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Mario Bunge - Sociología de la Ciencia

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Sociología de la Ciencia!
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Mario Bunge!
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PRÓLOGO!
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La sociología de la ciencia es la rama de la sociología que estudia las 
influencias de la sociedad sobre la investigación científica, así como el 
impacto de esta última sobre la sociedad. Sus disciplinas hermanas son 
la sociología de la técnica, del arte, de las humanidades, de la moral, de 
la religión, y de las creencias populares.!
La sociología de la ciencia fue cultivada ocasionalmente por un puñado 
de sociólogos clásicos, tales como Émile Durkheim. Pero no se 
desarrolló ni fue admitida oficialmente como una rama de la sociología 
sino hacia 1940, gracias principalmente a los trabajos de Robert K. 
Merton y sus numerosos colaboradores y discípulos.!
Estas investigaciones contribuyeron a corregir el cuadro puramente 
internalista de la evolución del conocimiento científico que habían 
dibujado casi todos los historiadores y filósofos de la ciencia. Éstos 
habían sostenido con razón que el motor de la investigación científica es 
la curiosidad, pero habían descuidado los factores sociales que estimulan 
o inhiben la curiosidad, así como las condiciones sociales que favorecen 
o dificultan la recepción y difusión de nuevas ideas científicas.!
Todo parecía indicar que marchábamos hacia una síntesis del 
internalismo con el externalismo, síntesis según la cual los factores 
endógenos se combinan con los exógenos, y el investigador aparece 
como un nudo en una red social compleja y cambiante. !
Pero este tren de ideas descarriló durante la etapa americana de la guerra 
de Vietnam. Por ese entonces irrumpió una nueva escuela en la filosofía 
y en la sociología de la ciencia. Esta escuela rompió con la tradición: 
minimizó el papel de la curiosidad y del talento, y acentuó la 
importancia de la presión y la convención sociales, y negó tanto la 
continuidad del esfuerzo científico como la posibilidad de alcanzar la 
verdad. Sus profetas fueron Thomas S. Kuhn y Paul K. Feyerabend.!
Sociología de la ciencia
Desde entonces los sociólogos de la ciencia se dividen en cos campos, 
que el eminente sociólogo francés Raymond Boudon llama el moderado 
(o moderno) y el maximalista (o posmoderno). El primero se inspira en 
las ciencias duras y en la filosofía rigurosa, mientras que el segundo se 
inspira en la literatura de ficción y en la filosofía blanda. El primero es 
canto y se esmera en fundamentar lo que dice. El segundo es iconoclasta 
y se esfuerza por épater le bourgeois.!
Quien se ubica en el primer campo da por descontado que el 
investigador científico busca la verdad, y admite que la organización 
social condiciona la investigación pero niega que ella dicte los resultados 
de la pesquisa o dictamine sobre el valor de verdad de los mismos.!
El adherente del segundo partido sostiene que la verdad es una ilusión o 
convención social. Afirma que todas las proposiciones científicas, 
incluso las matemáticas, tienen un contenido social y son aceptadas o 
rechazadas después de mucho negociar y politiquear.!
¿Quiénes dirán la verdad: los que la buscan o los que niegan la 
posibilidad de encontrarla? Si no hay verdad objetiva, ¿por qué los 
investigadores se empeñan en poner a prueba sus conjeturas? Si la 
verdad no es la moneda de la república de las ciencias, ¿cómo se explica 
que su falseamiento sea equiparado a la falsificación de la moneda 
corriente y castigado con el ostracismo de la comunidad científica?!
El interés del asunto que nos ocupa va más allá de la sociología y la 
filosofía de la ciencia. También atañe al estudio de los profundos 
cambios culturales que vienen ocurriendo en el curso de las tres últimas 
décadas. Algunos acogen estos cambios con entusiasmo, porque juzgan 
que nos libran de las cadenas de la razón y de la contrastación empírica. 
(Este es el "pensamiento débil" elogiado por los apóstoles del llamado 
postmodernismo. ) Otros deploramos esos cambios porque creemos que 
sólo la racionalidad y la contrastación empírica pueden ayudarnos a 
comprender mejor el mundo y a diseñar un futuro en el que sea posible 
vivir. Como se ve, la elección entre ambos partidos no es un problema 
técnico sino parte de la elección entre dos concepciones del mundo.!
He tenido la rara fortuna de que Hernán Rodríguez Campoamor, escritor, 
filósofo y sociólogo, entrañable y leal amigo de medio siglo y excelente 
traductor de mi libro La causalidad, haya accedido a traducir este 
trabajo.!
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MARIO BUNGE Foundations and Philosophy of Science Unit!
McGill University, Montréal, Québec, Canadá!
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Sociología de la ciencia
INTRODUCCIÓN!
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La sociología de la ciencia, otrora disciplina marginal, se ha convertido 
últimamente en un próspero ramo de actividades académicas, cultivado 
por un número cada vez mayor de estudiosos. Además de la plétora 
anual de libros en la materia, se están publicando una revista trimestral, 
Social Studies of Science, fundada en 1970, y un anuario, Sociology of 
the Sciences Yearbook, editado por primera vez en 1977, para no 
referirnos a los abundantes artículos aparecidos en las revistas 
sociológicas de índole general. Por otra parte, esta disciplina ha llegado 
a transformarse en asignatura ordinaria dentro de los programas de todas 
las principales universidades. Con frecuencia, viene a constituir el 
núcleo de los programas y centros designados en los países de idioma 
inglés con la sigla STS (science, technology and society).!
Desde el decenio de 1960 han venido surgiendo nuevas orientaciones en 
la sociología de la ciencia. Si bien los estilos respectivos presentan 
múltiples diferencias, no dejan por ello de adherirse todos a una cantidad 
de dogmas compartidos. Se trata del externalismo, tesis en cuyos 
términos el contenido conceptual es determinado por el marco de 
referencia social; el constructivismo o subjetivismo, según el cual el 
sujeto investigador construye no sólo su propia versión de los hechos 
sino también los hechos mismos y eventualmente el mundo entero; el 
relativismo, para el que no existen verdades objetivas y universales; el 
pragmatismo, que destaca la acción y la interacción a expensas de las 
ideas, e identifica a la ciencia con la tecnología; el ordinarismo, que 
reduce la investigación científica a pura transpiración sin inspiración, 
negándose a reconocer a la ciencia un rango especial y a distinguirla de 
la ideología, de la seudociencia y hasta de la anticiencia; la adopción de 
doctrinas psicológicas obsoletas, como el conductismo y el 
psicoanálisis,' y la sustitución del positivismo, el racionalismo y otras 
filosofías clásicas por multitud de filosofías ajenas a La ciencia a incluso 
anticientíficas, como la filosofía lingüística, la fenomenología, el 
exis tencial ismo, la hermenéutica, la " teoría cr í t ica" , e l 
postestructuralismo, el deconstructivismo, o la escuela francesa de 
semiótica, según el caso.!
Me propongo argüir que, como consecuencia de su adhesión a esos 
dogmas, los sociólogos de la ciencia de nuevo cuño son incapaces de 
entender la ciencia: en efecto, no explican nunca qué es lo que distingue 
al hombre de ciencia de los demás mortales; cuáles son, en su caso, las 
suposiciones filosóficas tácitas y las normas metodológicas; qué 
diferencia a la investigación científica de otras actividades humanas; 
cuál es su lugar en la sociedad, y por qué la ciencia ha tenido tanto éxito 
en la comprensión de la realidad y como propulsora de la tecnología. Y 
Sociología de la ciencia
lo que es aun peor, niegan que los hombres de ciencia posean un ethos 
propio y que desarrollen una actividad cultural específica.!
Con esto no se trata de menoscabar los pocos y modestos resultados que 
han obtenido a pesar de su deficiente filosofía y gracias a la concienzuda 
atención que dedican ocasionalmente a minucias. Pero sus 
contribuciones positivas a la ciencia de la ciencia son triviales 
comparadas con la enorme regresión que han acarreado a la sociología 
de la ciencia durante estos últimos años. Esta regresión es de tal 
magnitud que cualquierpersona con preparación científica debe 
considerar necesariamente la mayor parte de la producción actual en ese 
terreno como una grotesca caricatura de la investigación científica.!
En el presente ensayo examino aquellas falacias que a mi entender 
constituyen los defectos fatales de las nuevas orientaciones de la 
sociología de la ciencia. Cada una de mis críticas se aplica por lo menos 
a una de las escuelas contemporáneas de esa tendencia, y algunas, a 
todas ellas. Empero, antes de abordar esas nuevas orientaciones, 
convendrá pasar revista sumariamente a la sociología de la ciencia 
clásica, pues por más que la denigren los "jóvenes turcos", contiene el 
embrión de muchos dislates de las nuevas corrientes, junto con tantos 
otros elementos que son, a la inversa, de valor perdurable.!
1. LAS RAÍCES MARXISTAS DE LA SOCIOLOGÍA DE LA CIENCIA!
La sociología de la ciencia es, desde luego, una rama de la sociología del 
conocimiento, como lo son, y también de importancia, las de la 
tecnología, la medicina, el arte y la religión. Karl Mannheim ([1929] 
1936), discípulo de Max Weber y estudioso de Marx fuertemente 
influido por George Lukács ([1923] 1971), es considerado como el padre 
fundador de la sociología del conocimiento, por haber inventado esa 
denominación (en alemán, Wissensoziologie), además de Denkstil, estilo 
de pensamiento. Pero al revés de sus predecesores Weber y Durkheim, 
Mannheim no efectuó ninguna investigación especializada, ni elaboró 
teoría detallada alguna. Básicamente, se limitó a destacar el 
condicionamiento social de las ideas, y por ende, la importancia de la 
sociología del conocimiento como anexo de la historia y de la filosofía 
del conocimiento. Puesto que nunca llegó a sostener que todas las 
ciencias tienen contenido social, es a menudo criticado por los 
exponentes de las nuevas orientaciones, quienes afirman que los hechos 
sociales son "constitutivos" de la ciencia, y no tan sólo factores 
"contingentes" que la influencien desde afuera.!
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En realidad, la moderna sociología del conocimiento no es creación de 
Mannheim. Fue en principio esbozada por Karl Marx y Friedrich Engels, 
y cultivada mucho después, en forma sistemática, por Emile Durkheim y 
Sociología de la ciencia
por Max Weber (quienes dedicaron principal interés a la sociología de la 
religión), Max Scheler, John D. Bernal y su círculo, Robert K. Merton y 
sus colaboradores y discípulos, y varios investigadores más. Dado que 
Merton fue el último miembro eminente de la escuela clásica, y por 
haberse atenido al método científico y no ser, en consecuencia, ni 
constructivista ni relativista, los sociólogos de la ciencia de nuevo estilo 
lo han convertido en blanco de sus saetas y han dado en llamarse 
"posmertonianos", pretendiendo haber ido mucho más allá que él.!
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Marx y Engels son los abuelos de la moderna sociología de la ciencia, 
habiendo sido los primeros en sostener las siguientes tesis, harto 
conocidas:!
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1. "No es la conciencia de los hombres la que determina su ser, sino, al 
contrario, su ser social el que determina su conciencia" (Marx 1859, en 
Marx y Engels 1986, 182; las bastardillas son mías, MB).!
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2. "Sobre las diferentes formas de propiedad, sobre las condiciones 
sociales de la existencia, se levanta toda una superestructura de distintos 
sentimientos, ilusiones, modos de pensar y concepciones de la vida 
formados de manera peculiar. La clase, en su totalidad, los crea y los 
forma a partir de sus fundamentos materiales y de las correspondientes 
relaciones sociales. El individuo los recibe a partir de la tradición y de la 
educación" (Marx 1852, en Marx y Engels 1986, 118-119; las 
bastardillas son mías MB).!
3. La ciencia social tiene un compromiso ideológico. Promueve los 
intereses materiales de alguna clase social dada. En tiempos modernos, 
hay una ciencia social burguesa y otra proletaria. No obstante, mientras 
que la primera está repleta de errores y de ilusiones -al ser deformada 
por la ideología-, la segunda es objetivamente verdadera, puesto que el 
proletariado representa los intereses de la humanidad como un todo.!
Estas ideas eran por cierto audaces a mediados del siglo XIX, y cada una 
de ellas encierra un grano de verdad. En primer lugar, la psicología del 
desarrollo y la psicología social han demostrado que el ambiente social 
condiciona la mentalidad del individuo. Pero no la determina por entero, 
por cuanto el genoma y el sistema nervioso, lo mismo que la acción 
individual, que a menudo va contra la corriente, tienen, sin exagerar en 
absoluto, una gran influencia en la materia (en la sección 5 de este 
trabajo figuran otras consideraciones al respecto).!
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Sociología de la ciencia
En segundo lugar, como en una sociedad estratificada cada persona nace 
en alguna clase social, cuyos miembros comparten entre sí ciertos 
intereses, valores, creencias, expectativas, y así sucesivamente, la 
pertenencia a una clase influye desde luego sobre la actitud del 
especialista en ciencia social, pero esto no significa que el mismo no 
pueda superar tales límites, o que su clase social sea la que piensa por él. 
No deja de ser curioso que un materialista sostenga que una clase social, 
carente de cerebro, pueda pensar. Y es sencillamente falso que todas las 
ideas, hasta las de índole matemática, sean creadas a partir de las bases 
económicas de la sociedad. Volveremos a examinar este asunto en la 
sección 5.!
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En tercer lugar, es cierto que algunas ramas de la ciencia económica y 
política, particularmente las que se relacionan con la gestión de la 
economía y con el Estado, están contaminadas por los intereses de las 
clases dominantes. Basta con recordar las economías políticas 
neoclásicas, la doctrina de la disuasión recíproca y el leninismo. Sin 
embargo, desde que se ha instituido el estado de bienestar, en gran parte 
de los estudios sobre economía y politología se da por supuesto que el 
Estado, lejos de actuar como instrumento de las clases hegemónicas, 
debe hacer las veces de árbitro en la lucha de clases y distribuir parte del 
excedente en forma equitativa. Además, hasta en tiempos de Marx y 
Engels se realizaban estudios sociales objetivos, y muchos fueron 
utilizados por ambos para describir y condenar el capitalismo. En 
síntesis, la ciencia social básica o descriptiva es muy a menudo 
imparcial, por más que los estudios sociales prescriptivos o normativos 
sean con frecuencia partidarios.!
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Es notable que las opiniones de Marx y Engels sobre el 
condicionamiento social del conocimiento y la parcialidad de la ciencia 
social hayan sido tan influyentes, pues se trataba de puntos de vista 
esquemáticos, asistemáticos y no demasiado claros. ¿Qué significa 
exactamente la palabra "determina" en la frase "el ser social determina la 
conciencia"? ¿Quiere decir que la sociedad, en su conjunto, causa los 
procesos mentales, o que la posición social y el comportamiento del 
individuo ejercen una fuerte influencia sobre la forma en que piensa? Es 
obvio que la ambigüedad inherente al lenguaje ordinario se presta a 
múltiples interpretaciones.!
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Además, Marx y Engels fueron erráticos en esta materia. Por una parte, 
si bien sostenían a veces que la ciencia y la tecnología pertenecen a la 
Unterbau (infraestructura o base económica de la sociedad), en ciertas 
Sociología de la ciencia
ocasiones las colocaban en la Überbau (superestructura). Por otra, 
aunque sostuvieron esporádicamente que toda idea es creación de una 
clase social, y en consecuencia está deformada por los intereses de clase, 
a veces alegaron que la ciencia natural básica y la matemática son 
independientes de éstos, sin perjuicio de estar determinadas por las 
circunstancias sociales. A raíz de tales vacilaciones, esquematismos a 
imprecisiones, hay en el campo marxista una considerable variedad de 
puntos de vista y polémicas que no llevan a conclusión alguna en esta 
materia.!
2. EL FLORECIMIENTO DE LA SOCIOLOGÍA MARXISTA DE LA 
CIENCIA!
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El historiador yfilósofo de la ciencia Boris Hessen ( [1931] 1971) 
escribió un "verdadero manifiesto de la forma marxista de externalismo 
en la historia de la ciencia" (Needham 1971, viii). En su ensayo "Las 
raíces sociales y económicas de los Principia de Newton" (publicado en 
inglés bajo el título de "The Social and Economic Roots of Newton's 
Principia"), sostuvo que la obra de Newton era hija de su clase y de su 
época, y que su trabajo científico fue un intento de resolver problemas 
tecnológicos creados por el auge del capitalismo. Evidentemente, hay en 
esta tesis una pequeña porción de verdad: Newton abordó problemas 
científicos que ni siquiera se habían planteado antes de la era moderna, 
lo hizo con ayuda de métodos completamente modernos, y el éxito de su 
obra se explica en parte por su utilidad para la tecnología empleada por 
la industria capitalista en rápida expansión.!
Empero, esto no demuestra que las fórmulas mecánicas de Newton, y 
menos aún sus contribuciones al cálculo infinitesimal, tuvieran un 
contenido social. Su mecánica se refería a los cuerpos en movimiento y 
su matemática a las "fluxiones" (funciones dependientes del tiempo). 
Asimismo, ¿cómo explicar que Newton fuera el único "hijo de su clase y 
su época" que produjera esa obra monumental? ¿Por qué hubo sólo un 
libro como los Principia en vez de haber aparecido millares de otros 
similares escritos por sendos contemporáneos de Newton? Y por otra 
parte, si Newton estaba tan interesado en la industria como pretende 
Hessen, ¿por qué no diseñó ninguna máquina, ni proceso industrial 
alguno? ¿Por qué fue un físico teórico y matemático, y no un ingeniero? 
¿Y por qué la misma clase social produjo tanto al ateo Hobbes como al 
deísta Newton? ¿No es acaso posible que los cerebros de los distintos 
individuos, al igual que los grupos sociales, tengan algo que ver con la 
producción de ideas originales?!
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Sociología de la ciencia
El ensayo de Hessen ejerció una enorme influencia. Contribuyó a 
plasmar la sociología marxista de la ciencia en los países de Europa 
Occidental, que floreció entre 1935 y 1965, aproximadamente. La revista 
trimestral estadounidense Science and Society, que sigue publicándose 
con éxito en la actualidad, fue fundada en 1936. El libro de mayores 
alcances y más influyente surgido de esta escuela fue el de Bernal 
(1939): The Social Function of Science, que a criterio de Derek Price 
(1964) sentó las bases de la sociología de la ciencia. John Desmond 
Bernal, miembro de la Royal Society, fue un eminente cristalógrafo cuya 
obra resultaría de importancia decisiva para revelar la composición y la 
estructura de las proteínas, del ácido desoxirribonucleico y del ácido 
ribonucleico. Fue todo un precursor en materia de biología molecular, y 
sus colegas opinaban que sólo su militancia comunista impedía que se le 
otorgara el Premio Nóbel. Otros hombres de ciencia que colaboraron 
estrechamente con Bernal y que aportaron contribuciones a esta 
disciplina fueron los físicos P.M.S. Blacket (laureado con el Premio 
Nobel) y E.H.S. Burhop y los biólogos J.B.S. Haldane y J. Needham, 
todos ellos miembros de la Royal Society de Gran Bretaña, así como los 
matemáticos L. Hogben y H. Levy. (En Goldsmith y Mackay 1964 
figura una muestra representativa de la obra de estos investigadores, y en 
Crowther 1941 una animada reseña con fines de divulgación.)!
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Es muy interesante observar que Bernal y sus amigos eran sociólogos de 
la ciencia marxista moderados, y que les interesaba más la política de la 
ciencia que la sociología académica de la ciencia. Destacaron tanto las 
condiciones sociales de la investigación científica como los usos y los 
abusos actuales y potenciales de la ciencia en materia social, pero no 
pretendieron que la matemática y la ciencia natural tuviesen contenido 
social. Hoy en día quizás se los clasificaría como internalistas, no como 
externalistas. Deseaban fervientemente que la ciencia recibiera el debido 
apoyo en las universidades, y que fuera utilizada como corresponde en la 
industria, la salud pública y la educación, así como en la defensa de 
Gran Bretaña contra la agresión nazi. Después de la Segunda Guerra 
Mundial desarrollaron una vigorosa campaña contra la bomba nuclear.!
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El principal interés que movía a los primeros sociólogos de la ciencia 
marxistas era práctico, no teórico. Lo que más les preocupaba eran las 
aplicaciones de la ciencia, que querían ver orientadas hacia los intereses 
del pueblo, y la organización de la ciencia y la tecnología. Ninguno de 
ellos contaba con una formación en materia de ciencias sociales. Eran 
todos aficionados en este terreno, se dejaron desorientar a menudo por 
dogmas marxistas, y pocas veces buscaron contraejemplos para poner a 
prueba sus precipitadas generalizaciones. (Sólo Needham llegó a 
Sociología de la ciencia
convertirse en historiador profesional de la ciencia -y lo que es más, en 
el principal experto en historia de la ciencia y la tecnología chinas- y 
Price pasó de la física a la sociología y la historia de la ciencia. Pero ni 
uno ni otro habían sido marxistas ortodoxos.)!
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Con todo, el "colegio invisible" que rodeaba a Bernal produjo una 
cantidad de nuevas a importantes aportaciones conceptuales a la 
sociología de la ciencia; gracias a que sus miembros poseían una 
rigurosa formación científica, habían efectuado investigaciones 
originales en las ciencias "duras" y habían participado en la 
administración del quehacer científico, en su carácter de miembros de 
departamentos científicos universitarios y, durante la Segunda Guerra 
Mundial, también en reparticiones del Estado. A diferencia de los 
partidarios de la nueva sociología de la ciencia, que en el mejor de los 
casos han pasado un año como visitantes en un laboratorio, se trataba de 
hombres de ciencia distinguidos que sabían de qué estaban hablando y 
sobre qué estaban escribiendo, por más que a veces enfocaran sus 
propias especialidades con la óptica del materialismo dialéctico a 
histórico, filosofía más bien burda y anticuada.!
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Aproximadamente en esa misma época, un número apreciable de 
hombres de ciencia y de filósofos franceses se interesaron en la 
concepción marxista de la sociología, la historia y la filosofía de la 
ciencia. Cuando el Frente Popular salió triunfante en las elecciones de 
1935, el nuevo gobierno de la República Francesa confió a varios de 
ellos la misión de organizar la investigación científica, actividad que 
venía padeciendo serias penurias de recursos materiales y humanos 
desde tiempos de la Primera Guerra Mundial. Irene Joliot-Curie, 
Fréderic Joliot y Jean Perrin -los tres laureados con el Premio Nobel-, así 
como Paul Langevin y otros eminentes hombres de ciencia, participaron 
en esta tarea. Los hubo a su vez que escribieron una cantidad de libros, 
en muchos casos publicados por la editorial comunista Éditions Sociales 
Internationales, la cual, dicho sea en su honor, publicó también 
antologías anotadas de distintos filósofos clásicos franceses que habían 
sido ignorados por el establecimiento filosófico -el cual se hallaba 
entonces, como ahora, en manos de idealistas a irracionalistas-. La 
principal revista de este grupo, que se editaba mensualmente, era La 
pensée, cuya publicación fue interrumpida por la ocupación alemana, 
pero que luego de haber resucitado al finalizar la guerra parece 
encontrarse ahora en sus postrimerías.!
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Sociología de la ciencia
¿Cuál es el saldo de todos esos entusiastas esfuerzos? Muy poca cosa, si 
se exceptúan ideas generales, hoy aceptadas por casi todo estudioso de la 
ciencia, a saber, que ésta no funciona en un vacío social, que desempeña 
una importante función en la sociedad, y que debería asumir otra todavía 
más importante. La principal contribución de estos trabajadores 
científicos fue la que aportaron a la política de la ciencia. Pero en lo que 
se refiere a su propuesta de planificar todas las investigaciones en la 
misma forma en que se hacía en la URSS, provocaronuna reacción 
contraria. En particular, el distinguido químico Michael Polanyi (1958) 
destacó la necesidad de la libertad de investigación y de la 
independencia respecto de toda ideología. Lamentablemente, exageró al 
mismo tiempo el aspecto tácito e irracional de la investigación científica, 
al sostener que el conocimiento tácito es superior al explícito. (Con 
respecto a esta tesis, y en general a la distinción entre el saber cómo y el 
saber por qué, véase Bunge 1983).!
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3. ORÍGENES CIENTÍFICOS: LA ESCUELA DE MERTON!
La principal influencia del materialismo histórico sobre la historiografía 
ha sido indirecta, ya que en él se reconoce uno de los principales 
orígenes de la escuela francesa de los Annales, cuyo exponente más 
conocido fue Fernand Braudel. Los miembros de esa escuela, en vez de 
limitarse a repetir consignas marxistas, efectuaron importantes 
investigaciones acerca de aspectos materiales (tanto ambientales como 
económicos) de distintas sociedades. Análogamente, el principal efecto 
del marxismo sobre la sociología de la ciencia fue también aquí 
indirecto: Marx es uno de los dos autores más influyentes en la obra de 
Roberto K. Merton y su escuela -el otro es Durkheim-. En ambos casos, 
el marxismo, para poder prestar alguna utilidad, tuvo que ser aguado y 
activado (en vez de ser recitado) -aguado, o sea, despojado de su tesis 
radical externalista según la cual el marco de referencia determina el 
contenido, y activado, es decir, transformado, de retórica, en 
investigación-.!
Merton, sociólogo que adquirió su formación como tal en el ámbito 
universitario, y que ha trabajado en múltiples aspectos de la sociología -
no sólo teórica, sino también empírica-, es el verdadero fundador de la 
sociología de la ciencia en tanto que ciencia y como profesión: sus 
predecesores habían sido aficionados. Cuando Merton inició su carrera 
universitaria, en el decenio de 1930, todos los estudiosos de la ciencia, 
con excepción de los marxistas, eran internalistas estrictos. Esto reza en 
particular para George Sarton, Alexandre Koyré, Aldo Mieli, Charles 
Singer y Albert Butterfield. Es cierto que Sarton se refirió 
ocasionalmente al "trasfondo social" de la ciencia, pero no estableció 
vínculos entre el mismo y la problemática y la perspectiva general del 
Sociología de la ciencia
conocimiento científico. Además, se opuso vigorosamente a todo intento 
de explicar en principio la historia de la ciencia a partir de aspectos 
sociales o económicos. A su entender, "tal explicación sería válida, a lo 
sumo, para trabajadores rutinarios, pero muy difícilmente para los 
entusiastas ni para los excéntricos" (Sarton 1952, l:xiii).!
La tesis doctoral de Merton, presentada en 1935 y publicada tres años 
después, se intitulaba "Science, Technology and Society in Seventeenth-
Century England" (véase Merton [1938] 1970). (Las primeras cuatro 
palabras de este título son actualmente la denominación de un sector de 
estudios superiores con reconocimiento oficial.) La hipótesis central del 
libro se resume en lo que Merton mismo, con una arrogancia que por 
cierto no es característica de su personalidad, denominaría "la revolución 
copernicana en la sociología de la ciencia", a saber, que "no sólo el error 
o la ilusión o las creencias sin verificar, sino también el descubrimiento 
de la verdad, están social a históricamente condicionados". La hipótesis 
específica era que la ética puritana había promovido el florecimiento de 
la ciencia en Inglaterra (véase la antología de estudios sobre esta tesis 
que figura en Cohen 1990).!
Ahora bien, un sociólogo especializado en sociología de la ciencia 
podría sostener, con razón, que la idea "estaba en el aire", 
particularmente si se toman en cuenta tres experiencias contemporáneas. 
Una de ellas fue la popularidad del marxismo entre los intelectuales de 
Occidente en el decenio de 1930, y la entusiasta recepción que éstos 
tributaron a las tesis externalistas radicales formuladas por los delegados 
rusos, y en particular por Boris Hessen, en el Congreso Internacional de 
Historia de la Ciencia y de la Tecnología, celebrado en Londres en 1931 
(véase la sección 2). Otra fue el vigoroso apoyo a la investigación 
científica proporcionado por el gobierno soviético -antes de que éste 
emprendiera el desastroso camino del partinosty (partidismo) y de la 
caza de brujas en el ámbito de la ciencia-, apoyo tanto más notable si se 
recuerda el subdesarrollo económico de la Unión Soviética y si se lo 
compara con los míseros presupuestos do investigación científica que se 
aplicaban por entonces en países como Gran Bretaña y Francia. En tercer 
lugar, el surgimiento de la llamada "ciencia aria" (Rassenhunde, física 
alemana, y así por el estilo) y la persecución contra la llamada "ciencia 
judía" en la Alemania nazi, así como, en particular, el papel 
desempeñado por rectores universitarios y comparsas políticos, entre 
ellos Martin Heidegger y Ernst Krieck, en la formación de la nueva 
atmósfera antiintelectual (véase, por ejemplo, Kolnai 1938; Farías 1990).!
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En 1938 Merton escribió sobre el tema un brillante ensayo intitulado 
"Science and the Social Order" (véase Merton 1973). En él resumía el 
ethos de la ciencia como "honradez intelectual, integridad, escepticismo 
Sociología de la ciencia
organizado, desinterés, impersonalidad", todo lo cual era "ultrajado por 
la sarta de nuevas convicciones que el Estado nazi pretende imponer en 
la esfera de la investigación científica" (pág. 259). No podía adivinar 
Merton en aquellos tiempos que la existencia misma de ese ethos sería 
desafiada treinta años después por los sociólogos de la ciencia 
posmertonianos, muchos de los cuales se consideran izquierdistas y por 
tanto se sentirían insultados si se les dijera que, aunque fuese 
inocentemente, han abrazado una porción principal del credo nazi, a 
saber, el desprecio por la ciencia pura y por las ideas en general.!
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No tendría mayor objeto resumir aquí las contribuciones de Merton a la 
sociología de la ciencia porque son bien conocidas, y porque su prosa, a 
diferencia de la de tantos sociólogos de la ciencia de nuevo cuño, es 
transparente, elegante, y por ello, todo un deleite para el lector.!
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Con todo, debemos formular dos observaciones. Una de ellas es que 
Merton parece haber sido el primero en declarar que la ciencia tiene un 
ethos propio, el cual comprende cuatro "imperativos institucionales": 
universalismo, o sea, no-relativismo; comunismo, es decir, participación 
sin restricciones en el conocimiento científico; desinterés, entendido 
como la exclusión de motivos o restricciones de índole política o 
económica; y escepticismo organizado, a saber, rigurosa observancia de 
la duda metódica, el libre examen y la comprobación (Merton 1957, 
1973). Este aspecto de la cuestión fue desarrollado más tarde por 
Bronowski (1959) y por el autor del presente trabajo (Bunge 1961).!
La segunda observación es que la labor de Merton y estudiosos afines se 
denominaría actualmente análisis del discurso: efectivamente, consistía 
en el análisis de documentos científicos, especialmente de publicaciones, 
y casi no implicaba investigación empírica alguna, fuera de cuestionarios 
ocasionales. Ninguno de esos hombres de ciencia tuvo la impertinencia 
de pasarse un año en un laboratorio científico contemplando y 
registrando el comportamiento ostensible y las "inscripciones" 
producidas por investigadores cuyos actos no podían de ningún modo 
entender, dada su falta de formación especializada (un ejemplo 
representativo de esa labor aparece en Barber y Hirsch 1962).!
!
El análisis del discurso, en manos de estudiosos que entendían 
correctamente la índole y el objeto de la investigación científica, produjo 
una cantidad de obras clásicas, como los artículos de Merton "Singletons 
and Multiples in Science" (1961), "The Matthew Effect in 
Science" (1968), y, en colaboración con su esposa, Harriet Zuckerman 
Sociología de la ciencia
(1972), "Age, Aging andAge Structure in Science". Otras valiosas 
contribuciones de la misma escuela son "The Case of the FloppyEared 
Rabbits: An Instance of Serendipity Gained and Serendipity Lost", por 
B. Barber y R.C. Fox (1958), "The Exponential Curve of Science", por 
D.J. Price (1956) y "Resistance to Scientific Discovery", por B. Barber 
(1961). (Estos trabajos aparecen reunidos en Barber y Hirsch 1962 o en 
Merton 1973).!
!
En todos estos estudios se daba por supuesta la unicidad de la ciencia 
básica, proveniente de su universalismo, comunismo, desinterés y 
escepticismo organizado -unicidad que es negada por la nueva sociología 
de la ciencia-. No se trata, claro está, de que todos aquellos estudios 
fueran impecables. A mi entender, algunos de ellos fueron 
excesivamente externalistas, y han minimizado indebidamente la 
contribución, única en cada caso, de hombres de ciencia como 
Arquímedes, Newton, Darwin y Einstein. Por ejemplo, en su estudio 
justamente célebre sobre descubrimientos únicos y simultáneos, Merton 
(1973) escribía lo siguiente:!
!
"Los hombres de ciencia geniales son precisamente aquellos cuyos 
descubrimientos, a la larga, terminarían por volver a producirse. Y no se 
trataría de redescubrimientos por investigadores a título individual, sino 
por todo un conjunto de hombres de ciencia. Desde este punto de vista, 
la persona dotada de genio científico es el equivalente funcional de un 
grupo considerable de otros investigadores con diversos grados de 
talento" (pág. 366).!
!
¿Pero cómo podemos cerciorarnos de que así ocurre en efecto? En 
realidad, no podemos. Sólo sabemos que en muchos casos la obra de un 
genio sólo ha sido reconocida al cabo de largo tiempo, y que en el caso 
de algunas revelaciones sensacionales, como sucedió en la génesis de la 
teoría de los quanta, de la teoría sintética de la evolución, de la 
psicología fisiológica y de la biología molecular, equipos enteros de 
hombres geniales trabajaron en la edificación de una nueva disciplina. 
Desde luego, hay casos -los estudiados por Merton- que confirman esta 
hipótesis, pero rara vez se trataba precisamente de descubrimientos 
científicos trascendentales.!
!
En síntesis, la escuela de Merton pecó al suponer que la cantidad pueda 
compensar la calidad y, siendo estructuralista, exageró a veces el poder 
de la matriz social. Pero practicó una especie de síntesis del externalismo 
Sociología de la ciencia
y el internalismo, nunca adoptó el constructivismo ni el relativismo, y no 
menospreció la importancia de las ideas. Es por ello que ha producido 
una cantidad de estudios serios sobre la ciencia como institución. A mi 
entender, la escuela de Merton sigue siendo hasta hoy el máximo 
exponente de la sociología de la ciencia. En el momento en que empezó 
a ser desplazada por la nueva sociología de la ciencia, a mediados del 
decenio de 1960, esta disciplina comenzó a rodar cuesta abajo, como se 
sostendrá en las páginas siguientes.!
!
4. EL "PROGRAMA FUERTE"!
!
Durante los decenios de 1960 y 1970 surgieron en la sociología de la 
ciencia una cantidad de nuevas corrientes posmertonianas (véanse, por 
ejemplo, Knorr-Cetina y Mulkay 1983). Una de las más articuladas entre 
ellas es el llamado "programa fuerte", acometido por Barry Barnes, 
David Bloor y Steve Shapin, de la Sección de Estudios de la Ciencia en 
la Universidad de Edimburgo. Vamos a dedicarle una breve ojeada 
preliminar antes de entrar en detalles.!
Tanto los sociólogos a historiadores de la ciencia marxistas occidentales 
como los mertonianos que trabajaron a partir de 1930 distinguieron el 
contenido conceptual de la ciencia de su marco de referencia social, y 
sostuvieron que este último influye sobre el primero, pero sin 
determinarlo plenamente. Además, eximieron a la matemática y a la 
ciencia natural de la acusación de ser ramas del conocimiento 
ideológicamente comprometidas. En cambio, la nueva sociología de la 
ciencia, y en particular el "programa fuerte", pretenden que todo el 
conocimiento es moldeado por la sociedad y que además tiene que ver 
en alguna forma con ésta, o sea, que posee un contenido social -por 
ende, en definitiva, no habría distinción entre contenido y contexto-.!
!
Esto valdría incluso para la matemática:!
!
"Si la matemática trata del número y de sus relaciones y si éstas son 
creaciones y convenciones sociales, entonces, evidentemente, es de 
índole social. En sentido indirecto es, por lo tanto, `referente' a la 
sociedad. Lo es en el mismo sentido en que Durkheim sostenía que la 
religión es referente a la sociedad. La realidad de la cual trata, al parecer, 
representa una intelección transfigurada del trabajo social que se ha 
invertido en ella" (Bloor 1976, 93).!
Sociología de la ciencia
!
Y Restivo (1992) asegura que la matemática es social "por donde quiera 
que se la mire".!
!
Estas extraordinarias afirmaciones son, desde luego, meramente 
programáticas. No se ha desplegado ningún esfuerzo por reunir pruebas 
en su favor (en Restivo 1983, 1992, aparece una reseña completa de las 
fuentes). Pero no hay necesidad de buscar pruebas positivas cuando las 
negativas son tan abrumadoras. Para empezar, la matemática no se 
refiere solamente "al número y sus relaciones". Sólo la teoría de los 
números se refiere a los números (enteros) o mejor dicho a sistemas de 
números, y dicha teoría es una porción bastante reducida de la 
matemática contemporánea; ésta, a su vez, contiene muchos sectores' no 
numéricos, como la lógica, el álgebra abstracta, la teoría de las 
categorías y la topología. Sin embargo, ésta es nada más que una 
cuestión secundaria, la cual sólo contribuye a sugerir que nuestro 
sociólogo de la ciencia no está familiarizado con la disciplina acerca de 
la que escribe.!
!
Lo importante es la afirmación de que toda ciencia, hasta la matemática 
pura, se refiere a la sociedad. Aunque se admita el hecho trivial de que la 
matemática es creación social, en el sentido de ser construida por 
personas que se relacionan entre sí y que aprenden unas de otras, no por 
ello se deduce que los axiomas, definiciones o teoremas matemáticos se 
refieran a la sociedad, y menos aún que la describan. Supongamos, por 
ejemplo, que una teoría de la referencia -una rama de la semántica 
filosófica- determine cuál es el objeto de un concepto o proposición 
matemática en particular; éste es un asunto que no se decide por decreto. 
Pues bien, cualquier teoría razonable de la referencia nos dirá que la 
afirmación "el número 2 es par" se refiere al número 2, que la 
declaración "los paréntesis de Poisson no son asociativos" se refiere a 
los paréntesis de Poisson, y que "la derivada de una función lineal es una 
constante" se refiere a una función lineal arbitraria (en Bunge 1974, 
figura una teoría exacta de la referencia, que se resume en el Apéndice 
del presente trabajo).!
Si se procede a aplicar una teoría razonable de la referencia a la 
matemática de los matemáticos -no a la matemática imaginada por los 
partidarios de la nueva sociología de la ciencia se obtendrá el resultado 
nada sorprendente de que la teoría de los conjuntos se refiere a los 
conjuntos, el álgebra abstracta a los sistemas algebraicos, la topología a 
los espacios topológicos, la geometría a las variedades, el análisis a las 
funciones, y así sucesivamente. Si la matemática se refiriese a la 
Sociología de la ciencia
sociedad, sería una ciencia social, y por lo tanto: 1) no podría aplicarse a 
la física, la química, la biología o la psicología; 2) sería puesta a prueba 
empíricamente, lo mismo que en principio deben serlo las hipótesis de la 
ciencia social; y 3) la ciencia social propiamente dicha resultaría 
superflua.!
Pero en definitiva, una afirmación de la forma "x se refiere a y" debe 
formularse con ayuda de una teoría de la referencia, y sucede que los 
sociólogos de la ciencia de la nueva cosecha no han propuesto ni 
utilizado ninguna teoría por el estilo, sino que proceden en un asunto tan 
decisivo de manera dogmática, y porende, sin base científica. Esto es de 
mal agüero para el "programa fuerte". Pero ha llegado el momento de 
referirnos precisamente a él.!
!
David Bloor (1976) propuso los cuatro principios siguientes del 
"programa fuerte" en la sociología de la ciencia:!
!
1. Causalidad. La sociología de la ciencia debería "ocuparse de las 
condiciones que originan creencias o estados de conocimiento"; el 
conocimiento "emana de la sociedad", es el "producto de influencias y 
recursos colectivos, y es peculiar de una cultura dada".!
!
2. Imparcialidad "con respecto a la verdad y la falsedad, la racionalidad 
o la irracionalidad; el éxito o el fracaso".!
!
3. Simetría con respecto a la explicación: "Los mismos tipos de causas 
explicarían, por ejemplo, las creencias verdaderas y las falsas".!
!
4. Reflexividad: "En principio, sus pautas de explicación deberían ser 
aplicables a la sociología misma".!
!
Limitémonos por el momento a las siguientes observaciones críticas:!
!
EL análisis causal no es suficiente y, además, es a veces inadecuado 
porque 1) se atiene a las condiciones exteriores, ignorando los motivos y 
los problemas cognitivos del investigador, o los atribuye en su totalidad 
a factores externos, presentando así al investigador como un mero 
Sociología de la ciencia
instrumento y no como un creador, y 2) pasa por alto el azar, que está 
presente en todos los casos, tanto dentro como fuera del cerebro.!
La imparcialidad es por supuesto necesaria mientras no se la interprete 
como una indiferencia entre la verdad y el error, como una tolerancia 
con la anticiencia o la seudociencia, o como una confusión de éstas con 
la ciencia, lo cual ya ha sucedido en cuanto a las tesis de algunos 
miembros de la escuela respecto al cociente de inteligencia y la polémica 
sobre la eugenesia, así como con el pretendido carácter científico de la 
parapsicología, de las especulaciones de Velikovsky y de la astrología 
(véase la sección 2). Una cosa es la imparcialidad, y otra la 
despreocupación por la verdad.!
La simetría con respecto a las explicaciones es obviamente errónea en 
una perspectiva externalista y relativista, la cual requiere que los 
intereses creados disfracen la realidad, conduciendo más frecuentemente 
a errores que a verdades. También está equivocada dentro de la 
perspectiva clásica, particularmente cuando se la apareja con el requisito 
de la causalidad, con lo cual resulta o bien imposible, o bien fútil 
distinguir entre las "causas" de la creencia verdadera y las de la creencia 
falsa. En uno y otro caso, la sociología de la ciencia vendría a constituir 
un mero ejercicio académico en vez de uno de los tres medios a nuestro 
alcance para entender la ciencia y fomentar su progreso.!
La reflexividad es un requisito honrado pero suicida. Si se observa el 
"programa fuerte" a la luz de sus propias tesis, debe ser interpretado 
como una respuesta a alguna clase de intereses no científicos, y por tanto 
no más fidedigna que una ideología. Pero de todos modos no parece que 
este principio haya sido aplicado.!
Empero, este programa presenta otro problema aun más importante, a 
saber, que su mismo primer principio (la causalidad) es una petición de 
principios, en cuanto a determinar si en realidad las ideas científicas son 
causadas por circunstancias sociales. ¿No sería cosa de dejar esta 
cuestión librada a una investigación sin prejuicios, o se incurre acaso en 
ingenuidad al exigir que la nueva sociología de la ciencia se atenga al 
ethos científico esbozado por Merton? ¿Qué pasaría si un psicólogo de la 
ciencia demostrara que un estímulo social dado evoca la idea a en la 
persona A, la idea b en la persona B, y así sucesivamente hasta la 
persona N, mientras que no evoca idea alguna en las demás personas que 
integran su grupo experimental? (Después de todo, esto es lo que nos 
induce a esperar la llamada Ley Cero de la psicología experimental, 
hasta en el caso de las ratas.) ¿Y qué sucedería si un antropólogo de la 
ciencia, especializado en observar a los investigadores durante sus tareas 
cotidianas (y entendiendo lo que hacen sus sujetos de observación), 
llegara a demostrar que éstos unas veces son beneficiados y otras se ven 
estorbados por sus intercambios con colaboradores y colegas, pero que 
Sociología de la ciencia
en cambio toman conciencia de muchos de sus problemas y conciben 
gran parte de sus ideas y de sus planes cuando trabajan por sí solos y en 
circunstancias inusitadas, como en la proverbial playa de Río de Janeiro?!
!
Un ideólogo o un político tratan de demostrar que hay tal o cual 
situación, mientras que un hombre de ciencia investiga si en efecto la 
hay, y procura ser objetivo, aunque por alguna razón o sinrazón pueda 
desear que tal cosa ocurra (o que no ocurra). Un programa ideológico es 
una profesión de fe y un plan para reforzar y propagar la fe. Un 
programa científico es un proyecto de investigación a partir de ciertos 
problemas, y no de principios, con excepción de los principios 
filosóficos generales subyacentes en toda pesquisa científica -por 
ejemplo, que el mundo exterior es real, legal y cognoscible-.!
En vista de todas estas consideraciones, es sumamente dudoso que el 
"programa fuerte" en sociología de la ciencia sea más científico que 
ideológico. No obstante, como se verá en breve, hay algo peor todavía: 
otras tendencias de la nueva sociología de la ciencia se alejan aun más 
de la ciencia auténtica al rechazar el realismo gnoseológico. Pero antes 
de examinarlas debemos inspeccionar más de cerca el externalismo y la 
forma en que la nueva sociología de la ciencia aborda el problema 
denominado "de micro y macro".!
!
5. EL EXTERNALISMO!
La tesis externalista en sociología de la ciencia es que el marco de 
referencia determina el contenido, a incluso que no hay diferencia entre 
uno y otro: que las ideas, los procedimientos y las acciones de cada 
hombre de ciencia son determinados por su ámbito social, pudiendo 
llegarse al punto de afirmar que el mismo los "constituye". Como las 
expresiones "marco de referencia social", "determina" y "constituye" son 
vagas de por sí, la tesis externalista puede ser interpretada de diversas 
formas. En rigor, es dado distinguir al respecto las siguientes versiones:!
5. EL EXTERNALISMO!
La tesis externalista en sociología de la ciencia es que el marco de 
referencia determina el contenido, a incluso que no hay diferencia entre 
uno y otro: que las ideas, los procedimientos y las acciones de cada 
hombre de ciencia son determinados por su ámbito social, pudiendo 
llegarse al punto de afirmar que el mismo los "constituye". Como las 
expresiones "marco de referencia social", "determina" y "constituye" son 
vagas de por sí, la tesis externalista puede ser interpretada de diversas 
formas. En rigor, es dado distinguir al respecto las siguientes versiones:!
Sociología de la ciencia
!
Externalismo moderado o débil: el conocimiento es socialmente 
condicionado!
!
M1 (Local). La comunidad científica influencia el trabajo de sus 
integrantes.!
!
M2 (Global). La sociedad, en términos generales, influencia el trabajo de 
sus miembros.!
!
Externalismo radical o fuerte: el conocimiento es social!
!
RI (Local). La comunidad científica emana o construye ideas científicas, 
todas las cuales tienen, en última instancia, contenido social.!
!
R2 (Global). La sociedad, en términos generales, emana o construye 
ideas científicas, por lo tanto, no hay distinciones de interior-exterior, 
marco de referencia-contenido, discurso-praxis.!
!
La tesis moderada local M1 presupone que la comunidad científica se 
autorregula; que establece su propio plan de acción y tramita sus propios 
asuntos. Esta tesis es tan templada que apenas puede distinguirse de la 
tesis internalista. La diferencia -entre las tesis M1 y M2 es que, a 
diferencia del internalismo radical inherente en la historia tradicional de 
la ciencia, que es individualista, el externalismo moderado global (M2) 
postula que los hombres de ciencia, atítulo individual, no actúan por su 
propia cuenta, sino como miembros de sus respectivas comunidades 
científicas, respetando las normas y las reglas imperantes en dichos 
sistemas, esperando que sus pares les otorguen reconocimiento y 
distinciones, y siguiendo, en la mayoría de los casos, a las modas 
contemporáneas en el medio científico. En general, los sociólogos de la 
ciencia vinculados con la escuela de Merton (sección 3) se han 
pronunciado por el externalismo moderado local, perfectamente 
compatible con la tesis internalista según la cual la investigación 
científica tiene sus propias normas y reglas y es impulsada 
principalmente por la curiosidad, como enseñaba Aristóteles. Además, es 
el complemento necesario del internalismo (véase Agassi 1981; Bunge 
1983, cap. 3).!
Sociología de la ciencia
!
Algunos sociólogos de la ciencia de nuevo estilo afirman que Thomas S. 
Kuhn es un externalista radical, llegando hasta a clasificarlo como 
sociólogo de la ciencia externalista y padre de la nueva sociología de la 
ciencia (véase, por ejemplo, Barnes 1982; Collins 1981). Pero, en 
realidad, Kuhn es un historiador externalista global moderado, mucho 
más interesado en las ideas que en las circunstancias sociales de éstas. 
Lo cierto es que no aborda en absoluto los detalles al estudiar la 
estructura social y que se refiere a las comunidades científicas tan sólo 
como entidades que consagran o descartan ideas científicas. Además, 
nunca ha estudiado ninguna comunidad científica en particular y, como 
destaca Mendelson (1977, 7), nunca llegó a plantearse siquiera el 
problema de las posibles relaciones entre el conocimiento y las 
estructuras institucionales o las estructuras y procesos sociales más 
amplios.!
!
Entonces, ¿por qué se ha saludado ocasionalmente a Kuhn como 
fundador de la nueva sociología de la ciencia? Pues por distintas 
razones, a saber: porque es relativista y convencionalista; porque se 
inclina a favorecer el irracionalismo con preferencia ya sea al empirismo 
o al racionalismo, y porque rechaza la idea de que la lógica y el método 
sean más fuertes que la intuición, la analogía, la metáfora, la convención 
social, o la moda.!
!
Lo que he llamado la tesis moderada externalista global va mucho más 
allá: según ella, la ciencia está sujeta al dominio social externo más bien 
que a la regulación interna ejercida por la comunidad científica. Ésta es 
una concepción neomarxista; en realidad, Marx y Engels habían sido a 
veces bastante más radicales (véase la sección 1). Según la misma, la 
ciencia es una fuerza productiva y, por lo tanto, una parte de la 
infraestructura económica de la sociedad. Más precisamente, de acuerdo 
con esta escuela, todo problema científico es un problema de producción 
o de intercambio,* y la ciencia en general, por su parte, sólo es un 
instrumento para resolver problemas económicos; en tanto que la 
investigación científica es orientada por la ideología dominante, que 
expresa los intereses materiales de la clase hegemónica.!
!
La obra modelo de esta escuela es el famoso ensayo de Hessen ([1931] 
1971), intitulado "Las raíces económicas y sociales de los Principia de 
Newton" ("The Social and Economic Roots o Newton's Principia"), al 
cual se ha aludido en la segunda sección. Hessen formuló la siguiente 
Sociología de la ciencia
pregunta: ¿Dónde ha de buscarse la fuente de genio creador de Newton? 
¿Qué fue lo que determinó el contenido y la orientación de sus 
actividades? (pág. 151). A su entender, dicha fuente había de 
encontrarse, no en el cerebro de Newton, impregnado por la cultura de 
su época, sino en el capitalismo, la navegación y la guerra 
contemporáneos, que planteaban por igual problemas mecánicos. Estos 
problemas técnicos, relativos a las máquinas, la minería, el transporte, la 
artillería y otros análogos, vendrían a constituir el "núcleo terrenal" de 
los Principia de Newton (pág. 171). Hasta la pasión de éste por la 
alquimia, en los últimos años de su vida, sería resultado de su interés por 
la industria, particularmente por la metalurgia (págs. 172 y ss.). Sin 
embargo, Hessen no es del todo un determinista económico, pues 
reconoce la influencia de la ideología (en particular, de la religión), 
aunque, lo mismo que Marx, sólo en carácter de elemento deformante 
(págs. 82 y ss.).!
Ahora bien, por más que Hessen fuera externalista, era moderado en 
comparación con los externalistas á la mode, porque después de todo 
reconoció que la investigación científica es una actividad intelectual, 
ejercida por personas individuales. Sostuvo que la ciencia tiene insumos 
y productos económicos (y secundariamente, también ideológicos), pero 
no que sea en sí social o que "emane" de grupos sociales. En 
consecuencia, no habría aceptado ninguna de las tesis externalistas 
radicales que examinaremos a continuación.!
El externalismo radical es aquella tesis según la cual todo conocimiento 
es social, tanto en su contenido como en su origen. En otras palabras, 
dime en qué clase de sociedad vives y te diré lo que piensas. Esta 
concepción se parece bastante a una generalización de la notoria tesis de 
Feuerbach-Durkheim según la cual todas las religiones son 
transcripciones simbólicas de estructuras sociales reales -la cual fue 
confirmada por una serie de estudios (por ejemplo, Frankfort y otros 
[1946] 1949)-. Si eso mismo pudiera afirmarse de la ciencia, podríamos 
conocer a una sociedad con sólo haber conocido sus teorías científicas, 
así como Durkheim (1972) pretendía que "es mediante la religión como 
podemos averiguar la estructura de una sociedad" (pág. 189).!
!
Pero, desde luego, nadie ha descubierto jamás nada acerca de la 
estructura social estudiando, pongamos por caso, las ecuaciones de 
Maxwell o la forma en que se miden las intensidades del campo 
electromagnético. Ello sucede porque la ciencia natural no está 
constituida a imagen y semejanza de la sociedad ni con el objeto de 
reforzar el orden social; su objetivo es investigar y representarse la 
naturaleza (para verificarlo, basta con remitirse a la bibliografía 
científica en su conjunto).!
Sociología de la ciencia
Hemos dicho anteriormente que el externalismo radical se da en dos 
formas: la local y la global. La tesis externalista radical local R1 sostiene 
que toda ciencia, y todo objeto de las ciencias, son creados literalmente 
por la respectiva comunidad científica. Esta tesis fue expuesta, en su 
forma clásica, por Ludwik Fleck ( [1935] 1979) en Genesis and 
Development of a Scientific Fact, oscuro libro rescatado del olvido por 
Thomas Kuhn. Al parecer, Fleck, bacteriólogo competente, fue el 
primero que investigó la sociogénesis del pensamiento médico. El tema 
de la obra en cuestión es la historia de las concepciones médicas y 
populares acerca de la sífilis, enfermedad a la cual califica de "hecho 
científico" (en Bunge 1981 figura una reseña sobre el particular).!
Fleck era un constructivista, y como tal negaba que la ciencia estudiara 
cosas dotadas de existencia independiente. En particular, sostenía que "la 
sífilis, como tal, no existe". Examinaremos este aspecto de su obra en las 
secciones 7 y 8. Lo que aquí nos interesa es su tesis de que todo "hecho 
científico" es producto de una "colectividad de pensamiento", o 
comunidad de personas unidas por un "estilo de pensar". Rechaza la idea 
de que una persona pueda pensar y cita, aprobándola, la afirmación de 
Ludwig Gumplowicz según la cual "lo que en realidad piensa dentro de 
una persona no es el individuo mismo, sino su comunidad social" (págs. 
4 6 - 4 7 ) . D e e l l o s e d e s p r e n d e q u e t o d o " h e c h o 
científico" (descubrimiento o invención) vendría a ser un hecho social. 
Además, lo mismo podría sostenerse a la inversa. Según Fleck, no 
existiría mundo exterior alguno. "Exterior" vendría a ser lo mismo que 
"interior". A su vez, "la realidad objetiva puede resolverse en secuencias 
históricas de ideas pertenecientes a la colectividad" (pág. 41). Esta forma 
colectivistadel subjetivismo, presagiada por el Husserl de los últimos 
años ([1931], 1960), ha sido adoptada por una cantidad de sociólogos 
(por ejemplo, Berger y Luckmann 1966), en particular de sociólogos de 
la ciencia (por ejemplo, Latour y Woolgar 1979). ¿Pero dónde están las 
pruebas de su veracidad? Aplazaremos la respuesta hasta la sección 7.!
Producto más reciente de esta misma escuela de pensamiento, citado a 
menudo como una proeza de la nueva sociología de la ciencia, es el 
largo ensayo de Paul Forman (1971), "Weimar Culture, Causality and 
Quantum Theory, 1918-1927: Adaptation by German Physicists and 
Mathematicians to a Hostile Intellectual Environment" ("La cultura de 
Weimar, la causalidad y la teoría cuántica, 1918-1927: Adaptación de los 
físicos y matemáticos a un ambiente intelectual hostil"). El título lo dice 
todo: los inventores de la mecánica cuántica no superaron la ideología 
antiintelectualista que hacía estragos en la Alemania de posguerra; al 
contrario, se adaptaron a ella. En particular, "la tendencia a prescindir de 
la causalidad en física, que surgió tan repentinamente y floreció de 
manera tan lujuriante en Alemania después de 1918, fue ante todo un 
Sociología de la ciencia
esfuerzo de los físicos alemanes por adaptar el contenido de su ciencia a 
los valores de su medio ambiente intelectual" (pág. 7).!
!
Este trabajo de Forman, tan citado, presento unos cuantos defectos 
fatales. En primer lugar, es cierto que la filosofía predominante en 
Alemania durante la gestación de la teoría de lo quanta era anticientífica, 
vitalista a irracionalista. Basta para ello con recordar la filosofía de 
Husserl en su última época, y la de su discípulo Heidegger (dicho sea de 
paso, uno y otro son héroes de la nueva sociología de la ciencia). Pero 
ésta no era, en modo alguno, la filosofía aceptada entre los físicos. Éstos 
eran en su inmensa mayoría positivistas, y por lo tanto, procientíficos. 
Hasta Pasqual Jordan lo era, pese a tratarse de un nazi militante. (Hubo, 
desde luego, algunas excepciones: Einstein y Planck eran realistas, y 
Bohr no se convirtió al positivismo hasta 1935 aproximadamente). Tanto 
es así, que la interpretación ortodoxa, o de Copenhague, de la 
formulación de la mecánica cuántica, que prevaleció desde 1935 hasta 
hace poco tiempo, es universalmente tenida por positivista. Es posible, 
eso sí, demostrar que esta interpretación es incompatible con la 
formulación matemática de la teoría y que puede ser ventajosamente 
sustituida por una interpretación estrictamente realista (Bunge 1967, 
1973, 1985a). Y por otra parte, cuando se originó la mecánica cuántica, 
el positivismo era una filosofía ilustrada, no oscurantista como la 
fenomenología, el existencialismo o el hegelismo.!
!
En segundo lugar, al centrar la atención sobre Alemania, Forman olvida 
que la teoría de los quanta fue elaborada no sólo por los alemanes 
Heisenberg, Born y Jordan, sino también por el danés Bohr, el austríaco 
Schrödinger, el francés de Broglie, el inglés Dirac, y el ciudadano del 
mundo Einstein. Después de todo, el lugar adonde acudían en 
peregrinación físicos cuánticos de aquella época, y que recibió el 
nombre "Meca de la teoría de los quanta" fue Copenhague, no Gotinga, 
Berlín, Leipzig ni Munich. (Varios de los peregrinos, entre ellos mi 
maestro Guido Beck, hasta llegaron a casarse con dinamarquesas.)!
!
En tercer lugar, la mecánica cuántica fue inventada no como un 
"esfuerzo para adaptarse al ambiente intelectual", como pretende 
Forman, sino para resolver problemas de larga data que habían venido 
intrigando a los físicos desde casi veinte años antes del nacimiento de la 
república de Weimar. ¿Cómo podría alguien haber inventado la 
mecánica de matrices, la mecánica ondulatoria, o la electrodinámica 
cuántica, tan sólo para dar gusto a unos cuantos filósofos oscurantistas? 
Lo cierto es que el positivismo -y no la Lebensphilosophie que se estaba 
Sociología de la ciencia
popularizando y, favorecida por Husserl y Heidegger, entre otros, sugirió 
la interpretación (operacionalista) de la mecánica cuántica a la que 
acabamos de referirnos. También es verdad que Bohr padeció 
inicialmente la influencia de sus compatriotas Kierkegaard y Höffding, 
al concebir su oscuro "principio" de la complementariedad -pero en, 
realidad no se trata de un principio, pues no tiene ninguna implicación y 
de todos modos no desempeñó papel alguno en los cálculos-.!
!
En cuarto y último lugar, ¿qué hay de oscurantista en la hipótesis de que 
el azar se entrelaza con la causalidad, en vez de reducirse meramente a 
nuestra ignorancia de ésta? ¿Por qué habríamos de desconfiar del azar? -
¿tan sólo por la confusión vulgar entre causas y razones?-. ¿Y qué tiene 
de oscurantista el primer intento fructífero de explicar la existencia 
misma y las principales propiedades de átomos, moléculas, fotones, 
sólidos, reacciones nucleares y químicas, y tantas otras cosas?!
!
Lo mismo que Fleck antes de él, Forman es un externalista y relativista 
radical, aunque no un constructivista. Pero ambos han conservado la 
distinción entre lo interno y lo externo: Fleck con referencia a las 
comunidades científicas, y Forman en lo relativo a la intelligentsia en su 
conjunto, dentro de un país determinado y en un momento dado. Muy 
distinto es el caso de los externalistas radicales globales. Para ellos, 
precisamente porque los laboratorios científicos son instituciones 
públicas abiertas a los profanos (hasta a aquellos antropólogos y 
sociólogos de la ciencia ignorantes de las ciencias naturales), se trata de 
ámbitos sin muros, interpenetrados con la sociedad en general, y cuanto 
sucede en su interior es de lo más corriente (Latour, 1983).!
!
Esto sucede porque en el laboratorio "el contenido se funde con el 
contexto" (Latour 1987) y no hay distinción entre discurso y praxis 
(Woolgar 1985). Por el mero hecho de que la investigación científica 
implica cierto grado de politiquería, y porque se la confunde a veces con 
la tecnología, puede llegar a ser concebida como la máxima fuente de 
poder en la sociedad moderna: "La ciencia es la política desarrollada por 
otros medios" (Latour 1983,168). En esta forma, también la distinción 
entre micro y macro termina por disolverse en el gran magma que la 
nueva sociología de la ciencia llama "ciencia" (a lo cual nos referiremos 
nuevamente en la próxima sección).!
!
La tesis externalista radical, para la que todo conocimiento es social, 
hasta el punto de no poder formularse distinción alguna entre su 
Sociología de la ciencia
contenido y su contexto, es falsa por las razones que se enumeran a 
continuación. En primer lugar, el hecho de que el contenido sea influido 
por el contexto no prueba que sean indiferenciables entre sí, del mismo 
modo que el hecho de que un organismo no pueda vivir si se cortan 
todos sus vínculos con su medio ambiente no refuta la distinción ente 
organismo y ambiente. (Por otra parte, en general, no puede haber 
interacción sino en tres cosas distintas.) Los biólogos especializado en 
citología y en el estudio de los organismos, si bien no niegan la 
existencia ni la importancia del medio ambiente, dedican su principal 
atención a los primeros, y no al segundo. En término semánticos, los 
referentes centrales de los enunciados biológicos son los organismos, 
mientras que el medio ambiente es su referente periférico. 
Análogamente, para el estudioso serio de la ciencia, ésta es el referente 
central de sus enunciados, y la sociedad, su referente periférico.!
El externalista radical no establece tal distinción semántica: para él, 
tanto el centro como la periferia se confunden en una gran papilla dentro 
de la cual se ahogan las ideas científicas. Esta fusión es una treta 
conveniente para eludir cuestiones "técnicas", como la construcción y 
verificación de teorías científicas; de este modo, el estudioso puede 
prescindir de los elementos básicos de la investigación y dedicarse a sus 
instrumentos, aspectos exteriores ycontingencias diversas. Gracias a ese 
procedimiento el profano en la materia puede burlarse de los filósofos de 
la ciencia que ignoran la "ciencia en proceso", y hasta lisonjearse con la 
ilusión de que puede "explicar totalmente al experto su 
funcionamiento" (Latour 1987, 15). ¡Qué caso ejemplar de modestia 
científica!!
En la sección 4 se había ya mencionado una segunda razón por la cual la 
tesis externalista radical es falsa, a saber, que cualquier teoría razonable 
de la referencia ha de indicar que los referentes de los enunciados 
matemáticos son objetos matemáticos, y los de los enunciados físicos, 
objetos físicos -no hechos sociales-. ¿Cuál es el contenido social de una 
función matemática, cuál el de una fórmula de reacción química? El 
externalista no da respuestas precisas a estos interrogantes. La 
circunstancia de que la creación de esos constructos exija aprender de 
otras personas y comunicarse con ellas, y de que algunos de ellos se 
utilicen en la industria y en el comercio mediante la tecnología, no 
transforma dichos constructos en hechos sociales, así como la naturaleza 
social de la producción y la venta de una caja de cereal para el desayuno 
no convierte tampoco en procesos sociales ni el cereal, ni nuestra 
ingestión y digestión del mismo.!
Para resumir, los externalistas tienen razón; al sostener que los hombres 
de ciencia no viven en un vacío social. Y que, en consecuencia, la 
separación entre las ideas y prácticas científicas de los hombres de 
Sociología de la ciencia
ciencia y de sus circunstancias sociales es puramente analítica, por más 
que sea indispensable para entenderlas y evaluarlas en tanto que ideas y 
prácticas. Pero afirmar que las contingencias sociales constituyen ideas y 
prácticas científicas es como sostener que, por vernos en la necesidad de 
respirar para vivir, estamos completamente determinados por la 
atmósfera, bien, según el externalismo radical, que estamos hechos de 
aire; y en este caso, del aire caliente que, como si se tratara de un globo, 
infla tal argumentación. (Otras críticas al externalismo pueden 
encontrarse en Shils, 1982).!
6. EL TEMA DE LA RELACIÓN ENTRE MACRONIVELES Y 
MICRONIVELES, O ENTRE ESTRUCTURAS Y AGENTES, EN LA 
SOCIOLOGÍA DE LA CIENCIA!
Toda ciencia debe necesariamente encarar el problema de las relaciones 
entre microniveles y macroniveles, o sea, entre la parte (por ejemplo, el 
individuo y el todo (por ejemplo, la sociedad). Este problema reviste 
particular seriedad en la ciencia social (véase, vg. Knorr-Cetina y 
Cicourel 1981; Alexander et al. 1987). Los dos intentos clásicos de 
resolver (o eludir) este problema son el individualismo y el holismo, 
cada uno de los cuales presenta a su vez un aspecto ontológico y otro 
metodológico (véase, vg., Krimerman 1969; O'Neill 1973; Bunge 1979, 
1995). Los holistas sostienen que el individuo es un peón de la sociedad, 
y por ello prefieren el enfoque descendente (o sea, del macronivel hacia 
el micronivel), de modo que son macrorreduccionistas. En cambio, los 
individualistas sostienen que todo acontecer social es resultado de actor 
individuales, y por tanto prefieren el enfoque ascendente (o sea, del 
micronivel hacia el macronivel), de modo que son microrreduccionistas. 
Mientras que Marx y Durkheim fueron en gran medida holistas, Weber y 
Schutz fueron predominantemente individualistas.!
Con todo, puede alegarse que el holismo y el individualismo son tipos 
ideales. Por ejemplo, Marx no negó, sino que, al revés, realzó la acción 
individual (aunque concertada), particularmente cuando ésta tendía a 
modificar el orden social existente. Hasta los individualistas más 
radicales reconocen que el individuo tiende a comportarse de modo 
diferente en distintas situaciones sociales, pero no por ello intentan 
siquiera analizar el concepto macrosociológico de una situación en 
términos de actos individuales.!
En síntesis, un especialista en ciencias sociales no puede ser, en la 
práctica, ni holista ni individualista en todos los casos. Ya sea que tenga 
o no conciencia de ello, todo hombre de ciencia es sistemista, es decir, se 
trata de alguien que estudia los sistemas sociales -como por ejemplo, las 
comunidades científicas- y la forma en que éstos son originados, 
conservados, reformados, revolucionados o desmantelados por medio de 
acciones individuales, así como la manera en que las mismas son a su 
Sociología de la ciencia
vez condicionadas (y en particular, estimuladas o inhibidas) por la 
estructura social. El sistemista reconoce las distinciones y relaciones 
entre micro y macroniveles, y acepta la legitimidad de algunas 
reducciones (ascendentes o descendentes), pero a la vez destaca los 
límites que se oponen a la reducción, originados en el hecho mismo de 
que los sistemas sociales están compuestos de individuos y las acciones 
de éstos serán condicionadas por el medio ambiente social (véase Bunge 
1979, cap. 5; 1985b, cap. 4; 1995, 1996, 1998).!
¿Cuál es la posición de las distintas escuelas de la sociología de la 
ciencia respecto del trilema individualismo-holismo-sistemismo? 
Evidentemente, Marx y Engels, en sus enunciados generales, eran 
holistas (recuérdese la sección 2), pero cuando juzgaban a algún hombre 
de ciencia en particular, al cual profesaban respeto, como Ricardo o 
Darwin, no lo trataban como a un mero portavoz de la burguesía ni 
afirmaban que sus ideas hubieran estado integradas con elementos de la 
infraestructura material. En cuanto a los hombres de ciencia marxistas 
occidentales, como por ejemplo Bernal, eran todavía menos holistas que 
Marx y Engels, pues no negaban la creatividad individual ni pretendían 
que todo enunciado científico tuviera contenido social. Se caracterizaban 
por destacar la influencia del contexto sobre el contenido social, sin 
desconocer la distinción entre uno y otro (véase la sección 3).!
En cuanto a Merton, si bien se trata de un funcionalista-estructuralista, y 
por tanto, en cierto modo, de un holista, sus contribuciones y las de sus 
discípulos a la sociología de la ciencia no pueden catalogarse ni como 
holistas, ni como individualistas. En realidad, todas ellas tratan de 
hombres de ciencia a título individual, o de equipos de éstos que 
comparten una misma ética y un mismo fondo de conocimientos. Dado 
que esas contribuciones se refieren a individuos en el marco de una 
sociedad, así como a los insumos y productos sociales (en particular, 
económicos e ideológicos) de la labor desarrollada por hombres de 
ciencia individuales o por equipos de investigación, establecen vínculos 
entre macro y microniveles, en vez de intentar macrorreducciones 
(característica del holismo) o microrreducciones (inherentes al 
individualismo). En resumen, la escuela mertoniana de sociología de la 
ciencia puede caracterizarse como sistemista, aunque no puede 
asegurarse en modo alguno que el propio Merton hubiere de aceptar esta 
caracterización.!
Pero, ¿qué decir de la nueva sociología de la ciencia? Pues bien, por 
unida que ésta se presente en otros aspectos, está dividida en cuanto al 
tema de los micro y macroniveles. Mientras que una minoría de sus 
cultores, particularmente los etnometodólogos, es individualista, la 
mayoría, y en especial los partidarios del "nuevo programa", es 
colectivista o, al menos, cripto-holista. En contraste con otras ramas de 
Sociología de la ciencia
la sociología, no parece haber sistemistas entre los secuaces de la nueva 
sociología de la ciencia -mala señal-.!
La principal filosofía en la cual se funda la etnometodología es la 
fenomenología, escuela fundamentalmente subjetivista y por ende 
individualista. Husserl, padre de la misma, exigía que el sujeto se 
contemplase a sí mismo para observar el flujo de su propia conciencia, y 
que colocase la realidad "entre paréntesis", o sea, que hiciese de cuenta 
como si no existiera. Además, de conformidad con esta doctrina, el 
sujeto se crea su propia realidad en torno a sí, particularmente su propia 
realidad cotidianao Lebenswelt. Es cierto que posteriormente (en 1931) 
Husserl encomendó esta tarea a "comunidades intersubjetivas de 
individuos". Pero aun así la idea básica es que la realidad carece por 
entero de existencia autónoma. El mundo real es "inseparable de la 
subjetividad trascendental", y además, constituye "una idea in finita, 
relacionada con infinidad de experiencias armoniosamente 
combinadas" (Husserl 1960, 62; las itálicas son del original). Es por ello 
que la fenomenología encarna "el más extremo contraste con las ciencias 
en el sentido hasta ahora aceptado de ciencias positivas, 
'objetivas"' (Husserl [1931] 1960, 30; las bastardillas son del original).!
En síntesis, el propio Husserl destacó que la fenomenología implica un 
enérgico rechazo del realismo gnoseológico peculiar de la ciencia y la 
tecnología y que caracteriza también la obra de los fundadores de la 
sociología. ¿Es realmente necesario explicar por qué una disciplina que 
ni siquiera intenta proporcionar una concepción objetiva de la realidad 
no puede ser considerada como científica por más que se otorgue esa 
denominación?!
Berger y Luckmann (1967) -a la zaga de Schutz ([1932, 1967), quien 
siguió a Husserl, que a su vez siguió a Dilthey, seguidor por su parte de 
Kant y de Hegel- escriben, por lo tanto, sobre la construcción de la 
realidad, y no sobre el estudio de la misma (véase Outhwaite 1986, con 
respecto al linaje de la sociología fenomenológica), lo mismo que 
Harold Garfinkel (1967) y otros miembros de la escuela 
etnometodológica. Pero si bien los padrinos putativos de la 
etnometodología son el Husserl tardío y hasta el propio Heidegger, 
sucede que, a diferencia de estos filósofos, los etnometodólogos no son 
aprioristas, sino que efectúan investigaciones empíricas, aunque éstas se 
refieran a minucias. Es indudable que Husserl y Heidegger, quienes 
despreciaban la ciencia, habrían desaprobado enérgicamente dichas 
investigaciones empíricas por más que se hubieran deleitado con la jerga 
hermética que las acompaña.!
!
Sociología de la ciencia
La etnometodología se opone al externalismo radical porque, en su 
mayoría, los partidarios de éste dan por supuesta la realidad del mundo 
exterior, considerando además todos ellos que el individuo es por entero 
producto de su medio ambiente social. Este rechazo del externalismo 
sería acertado si no ignorase por completo la existencia de los grandes 
sistemas sociales y de las principales cuestiones de la sociedad, y si 
fuera acompañado por un estudio en profundidad de las actividades 
peculiares de los hombres de ciencia a título individual y de los equipos 
que ellos integran. Lamentablemente no es así.!
En verdad, lo característico de los estudios etnometodológicos es el 
registro (en cintas magnetofónicas o de video) de minucias relativas a las 
actividades de la vida cotidiana (es decir, de lo familiar, no de lo 
extraordinario) y la asignación arbitraria a los sujetos o actores de un 
"sistema general de significado" otorgado por éstos a cada nueva 
situación que van enfrentando -en cuyo proceso el término clave, 
"significado" (o su equivalente pragmático, "interpretación") queda sin 
definir, conforme a la tradición de Dilthey y de Weber-.!
Aquel etnometodólogo que estudia la ciencia sólo se interesa en los 
"objetos mundanos" (por ejemplo, los instrumentos de medición) que los 
hombres de ciencia utilizan en su "práctica concretada" (¿podría haber 
acaso una práctica no concretada?) y en los signos que emplean al hablar 
y al escribir, y no en las ideas científicas que confieren "significado" a 
dicha práctica y a las interacciones de los propios hombres de ciencia. Y 
no puede interesarse en ellas, porque no las entiende. El etnometodólogo 
es un forastero, y por ello, un externalista metodológico, aunque no 
ontológico. Tampoco se interesa en la acción recíproca entre ciencia y 
tecnología ni en las limitaciones y oportunidades que presentan la 
industria y el Estado. Volveremos a referirnos a la etnometodología en la 
sección 7.!
Y sin embargo, muchos de los partidarios de la nueva sociología de la 
ciencia son holistas. Para ellos, el grupo precede y domina al individuo, 
y es quien concibe y aun quien profesa todas las creencias. Pero la tesis 
de que los sistemas de creencias pueden imputarse a grupos de la 
sociedad, y en particular a las clases sociales, tropieza con dos 
dificultades. Una de ellas, como lo destacara Barnes (1977), miembro 
fundador de la nueva sociología de la ciencia, es que pudo comprobarse 
que las creencias que al parecer eran las indicadas racionalmente por los 
intereses de una clase resultaban, con molesta frecuencia, comunes entre 
los miembros de otra; que las creencias dominantes de una clase eran a 
veces extraordinariamente reacias a una formulación racionalmente 
inteligible en términos de cualquier versión plausible de intereses 
objetivos; y a veces se encontraba en una clase tal diversidad de 
Sociología de la ciencia
creencias y de pensamientos que era imposible proceder a un análisis 
para verificar las formas dominantes (pág. 45).!
Para sintetizar, ocurre que las clases sociales no son ideológicamente 
homogéneas. Pero esto loo sabíamos mucho antes de que apareciera la 
nueva sociología de la ciencia. Por ejemplo, sabíamos que la Revolución 
Francesa, cuyo carácter burgués era reconocido, fue en parte efecto de 
los escritos y la acción de muchas personas que pertenecían a las 
categorías menos encumbradas de la nobleza o del clero. El caso de la 
Revolución Rusa fue análogo: entre sus promotores hubo numerosos 
integrantes de las clases privilegiadas, entre ellos, Lenin y Trotsky. 
Además, es dudoso que cualquier revolución sea posible a menos que se 
produzca una división en el seno de la clase dominante.!
Sin embargo, la principal dificultad que presentan las tesis holísticas en 
cuanto a la atribución de las creencias reside en su presunción de que 
éstas pueden ser profesadas por grupos sociales, y no meramente por sus 
miembros. Pero una creencia es un estado o proceso mental, y por lo 
tanto sólo puede ser concebida, nutrida, sostenida o abandonada por una 
mente individual, o mejor dicho, por un cerebro. De modo que la 
atribución de creencias a grupos sociales sólo puede tener lugar en aras 
de la brevedad; por ejemplo, la expresión "el grupo social X profesa la 
creencia Y" debería interpretarse como una forma resumida de expresar: 
"Todos (o la mayoría de) los miembros (adultos) de X creen en Y". Éste 
es, desde luego, uno de los dogmas válidos del individualismo 
metodológico.)!
Como hemos visto en la sección 5, Fleck ( [1935] 1979) fue quizás el 
primero en afirmar que "las comunidades de pensamiento", y no los 
individuos, construyen la ciencia, y no sólo ésta, sino también los 
hechos, como por ejemplo, la infección sifilítica. (La idea de que sólo las 
personas, naturales o sobrenaturales, crean los hechos, es, por supuesto, 
mucho más antigua. Recuérdese no sólo a George Berkeley, sino 
también a Ernst Mach y a Edouard Le Roy, el filósofo convencionalista 
a quien se debe la famosa frase le savant crée le fait). Según Fleck, cada 
Denkkollectiv tiene su propio Denkstil, y los diversos estilos de 
pensamiento son -como algunos dirían hoy- mutuamente 
"inconmensurables".!
¿Cómo llegó Fleck a concebir estas ideas? Probablemente tomó su 
principio básico del marxismo, que por ese entonces era bastante popular 
en Europa. ¿Y cómo llegó a confirmarlas? Concentrando su estudio en la 
historia de la prueba de Wasserman para descubrir los casos de sífilis, y, 
aun dentro de este tema, limitándose únicamente a un par de casos de 
trabajo en equipo de índole relativamente rutinaria, a ignorando por 
completo la labor individual. No comprendió que, si bien los 
descubrimientos y las invenciones pueden ser anónimos y están 
Sociología de la ciencia
expuestos a las influencias de la sociedad, nunca son colectivos por la 
sencilla razón de que se trata de procesos mentales, que sólo ocurrenen 
cerebros de individuos. Quien pasé por alto la mente individual será 
incapaz de explicar la creatividad y, en consecuencia, de responder a 
preguntas elementales por el estilo de "aunque muchos contemporáneos 
de X conocían los mismos datos relevantes y compartían los mismos 
intereses en los mismos problemas que X, ¿por qué fue únicamente X 
quien descubrió Y?"!
Muchos cultores de la nueva sociología de la ciencia comparten el 
holismo de Fleck. Por ejemplo, Bloor (1976) escribe acerca del 
"conocimiento de la sociedad", entendido como una "visión 
colectiva" (pág. 12). Y Latour (1983) sostiene que no hay diferencia 
entre lo que llama microactores y macroactores, o entre el interior y el 
exterior de un laboratorio. Basa esta tesis en el examen de los famosos 
experimentos sobre el ántrax efectuados por Pasteur en 1881. Las 
puertas del laboratorio de Pasteur estaban abiertas al público, y él mismo 
fue a una granja a ejecutar un experimento sobre el terreno. Al obrar de 
esa manera, borró el límite entre los hombres de ciencia y el público. 
Después de todo, “la creencia en la 'cientificidad' de la ciencia ha 
desaparecido” (pág. 142).!
Pero apenas se ha procedido a negar la distinción entre el interior y el 
exterior, ésta vuelve a ser afirmada. Al estudiar el bacilo del ántrax en su 
laboratorio, Pasteur pudo "dominarlo", mientras que afuera, sobre el 
terreno, ese microorganismo era difícil de investigar y de manipular, por 
ser invisible y hallarse mezclado con otros muchos microbios (pág. 147). 
Además, pasando por alto los vínculos entre la ciencia de la 
microbiología, la tecnología de la concepción, manipulación y 
utilización de las vacunas, la industria respectiva y la campaña de 
educación efectuada por higienistas y docentes, Latour sacó en 
conclusión que "Pasteur modifica activamente La sociedad de su época, 
y lo hace en forma directa que no indirecta, mediante el desplazamiento 
de algunos de sus actores más importantes [a saber, los 
veterinarios]" (pág. 156, itálicas del original). Y luego dio el salto 
inductivo: el laboratorio "genera novísimos factores de poder" (pág. 160) 
y por ello constituye un potente y directo agente de transformación 
social, de ahí el modesto título del artículo: "Dadme un laboratorio y 
levantaré el mundo". Curiosa sociología ésta, que ignora tres eslabones 
de la cadena mediante la cual el hombre de ciencia en tanto que 
individuo se relaciona con la sociedad general, a saber, la comunidad 
científica, la industria y el Estado.!
!
Para concluir esta sección, cabe destacar que el individualismo no es 
procedente en la sociología de la ciencia porque reduce a un mínimo o 
Sociología de la ciencia
llega hasta a ignorar la existencia misma de los sistemas sociales (por 
ejemplo, las comunidades científicas y las universidades) a los que 
pertenecen los hombres de ciencia en tanto que individuos, y por ello no 
puede explicar el peculiar comportamiento de esas personas como 
miembros de dichos sistemas. Tampoco es procedente el holismo, 
porque reduce a un mínimo y hasta ignora la iniciativa, creatividad, 
dedicación y valor moral de los individuos, y concibe a los hombres de 
ciencia como asalariados que trabajan con un horario de oficina, 
incapaces de experimentar curiosidad, dudas, y pasiones. Tanto el 
holismo como el individualismo son unilaterales, y por tanto 
empobrecedores, y la oscilación entre uno y otro, que afecta por igual a 
los etnometodologistas y a los partidarios del "programa fuerte", es 
indicio de confusión. Por mi parte, sostengo que el enfoque correcto para 
abordar todos los problemas en cualquier ciencia social es el enfoque 
sistémico, que induce a estudiar las formas en que las personas se 
vinculan entre sí para constituir o para cambiar sistemas sociales, y las 
modalidades en que éstos funcionan a interactúan en el seno de la 
sociedad general.!
7. EL CONSTRUCTIVISMO!
En el decenio de 1960 algunos filósofos de la ciencia alegaron que no 
existe distinción absoluta entre los conceptos provenientes de la 
observación y los de índole teórica, pues todos los primeros están 
"cargados de teoría", en el sentido de que toda observación es orientada 
o desorientada por alguna hipótesis, ya sea explícita o tácita.!
Esta aseveración contiene un elemento de verdad, a saber, que las 
observaciones científicas, a diferencia de las ordinarias, son ideadas y 
efectuadas sobre la base de hipótesis. Pero ello no impide que subsistan 
diferencias indiscutibles entre los conceptos observacionales, como 
"azul", y los teóricos, como "longitud de onda". El hecho de que unos y 
otros se vinculen entre sí no significa que pertenezcan a la misma 
categoría. Además, hasta la ciencia experimental de vanguardia utiliza 
conceptos que se emplean de manera preteórica, como los de cosa, lugar, 
cambio y color.!
A partir de la tesis relativa a la carga teórica de los conceptos empíricos 
no costaba mucho dar un paso más y proclamar "la abolición de la 
distinción entre hechos y teorías" (Barnes, 1983, 21), pero en realidad la 
cosa no es tan fácil, porque puede admitirse la primera sin aceptar por 
ello la segunda. O sea, que es dado admitir que la distinción entre 
observación y teoría no es absoluta, o que es cuestión de grado, 
conservando sin embargo la distinción entre hecho y teoría, por cuanto la 
primera es de índole epistemológica (pues sólo concierne al 
conocimiento) mientras que la segunda es ontológica (o sea, que 
concierne a la realidad en su conjunto). En otros términos, puede 
Sociología de la ciencia
afirmarse coherentemente que la observación científica de hechos 
objetivos (exentos de teoría) implica (algunos) conceptos teóricos, sin 
tomar los constructos por cosas, o viceversa.!
Por ejemplo, un físico, sin pretensiones de hacer filosofía, 
probablemente admita que los conceptos de electrón contenidos (y 
elucidados) en las diversas teorías relativas al mismo son de índole 
teórica, sin dejar de afirmar al mismo tiempo que los electrones existen 
de por sí, ya sea que se teorice o no acerca de ellos. Análogamente, un 
sociólogo admitirá que los conceptos de estratificación social son 
teóricos, sosteniendo a la vez que las sociedades modernas están 
objetivamente estratificadas y que toda teoría de la estratificación social 
tiende a representar ese rasgo objetivo. En síntesis, mientras que todo el 
mundo -con excepción de los empiristas radicales- conviene en que los 
constructos (o sea, conceptos, hipótesis y teorías) son construidos, sólo 
los subjetivistas pretenden que también los hechos son construidos en su 
totalidad. De ese modo, mientras que el constructivismo gnoseológico es 
acertado hasta cierto punto, el constructivismo oratológico no lo es, 
porque contradice la evidencia misma.!
En realidad, si hechos y teorías fueran una misma cosa, ningún hecho 
podría ser utilizado para comprobar una teoría, y ninguna teoría podría 
utilizarse para guiar la búsqueda de nuevos hechos. Dado que la 
verificación de las teorías y la exploración guiada por teorías son 
realidades (y no teorías) cotidianas del quehacer científico, salta a la 
vista que negar la distinción entre hechos y teorías es una actitud 
contraria a la realidad de los hechos (aunque no sea contraria a la teoría 
subjetivista). Además, si los hechos y las teorías fueran idénticos, los 
primeros tendrían propiedades teóricas (por ejemplo, coherencia y 
capacidad explicativa) y las teorías tendrían propiedades físicas, 
químicas, biológicas, o sociales (por ejemplo, viscosidad y reactividad 
química). Como esto no sucede, la identidad postulada es un mero 
sofisma.!
!
Sin embargo, este sofisma y el relativismo epistemológico que lo 
acompaña son característicos del "programa fuerte". Sus partidarios 
pretenden que la realidad es un constructo humano, y que todos los 
constructos tienen contenido social. En particular, la frase "la 
construcción social de los hechos científicos" ha llegado a convertirse en 
lugar común dentro de la nueva sociologíade la ciencia, particularmente 
desde que fuera adoptada como subtítulo de la primera edición de la obra 
de Latour y Woolgar, Laboratory Life (1979).!
!
Sociología de la ciencia
Allí donde los constructivistas aluden a la construcción social de los 
hechos científicos, la mayoría de los investigadores, los filósofos 
realistas y los sociólogos de la ciencia se referirían al proceso de 
acciones recíprocas entre hombres de ciencia (ya sea en forma personal 
o por intermedio de escritos y publicaciones) que comienza con una 
observación, una conjetura o un comentario crítico, y termina con una o 
más proposiciones que son generalmente aceptadas (como 
suficientemente exactas ), al menos por el momento, habiendo superado 
todas las pruebas requeridas. De este modo, cuando Latour y Woolgar 
(1986) afirman que el "FLT (factor liberador de la tiotropina) es por 
entero una construcción social" (pág. 152), un no-constructivista diría 
que la composición molecular y la función biológica del FLT fueron 
descubiertas por hombres de ciencia que trabajaron en dos equipos de 
investigación rivales (los cuales, sin embargo, se desempeñaron 
frecuentemente en colaboración) durante un período de diez años 
aproximadamente.!
!
Pero en los textos de los constructivistas hay algo más que un empleo 
descuidado de términos como hecho y construcción. Hay también un 
descuido intencional del aspecto "técnico" del proceso de investigación, 
o sea, de los problemas, hipótesis, argumentos, diseños experimentales, 
y mediciones que acompañan los intercambios de opiniones, planes, y 
comprobaciones entre los miembros del equipo o equipos de 
investigación, sin los cuales dichos intercambios serían por completo 
ininteligibles. Hay más: se llega hasta a rehusar explícitamente el 
empleo de términos metodológicos como hipótesis, prueba y otros por el 
estilo, quizás por tratarse de los estigmas que caracterizan a los 
internalistas (véase, por ejemplo, Latour y Woolgar 1986,153).!
!
Semejante desdén por los significados y valores de verdad de las 
"inscripciones" producidas en los laboratorios no es accidental, sino 
producto de una opción deliberada: la de estudiar a la tribu de los 
hombres de ciencia como si se tratara de un sistema social ordinario, a la 
manera de una tribu de cazadores y recolectores, o del vecindario de una 
aldea de pescadores. En el caso de un sistema social ordinario, hasta un 
viajero, o un periodista inquisitivo, pueden adquirir conocimientos 
mediante una observación espontánea, gracias a lo que ya saben acerca 
de las actividades humanas básicas en distintas culturas. Pero un estudio 
en profundidad sólo se emprende si el observador desea entender la 
organización política, la mitología, o las ceremonias del grupo!
!
Sociología de la ciencia
Ahora bien, un equipo de investigaciones científicas es radicalmente 
distinto de una tribu primitiva. No porque sus operaciones sean 
misteriosas, sino porque tiene una función extremadamente 
especializada: la de producir conocimientos científicos mediante 
procesos que, a diferencia de la recolección, la caza o la pesca, no son 
mayormente visibles. El lego que visita un laboratorio sólo puede 
observar, en el comportamiento de quienes allí trabajan, manifestaciones 
externas de aquellos procesos mentales que se desarrollan en los 
cerebros de los investigadores y de sus asistentes. Para el profano, los 
problemas que motivan a impulsan las actividades de investigación son 
aun menos inteligibles que los resultados de éstas. En vista de ello, sólo 
puede aspirar a una visión superficial, como la del psicólogo del 
comportamiento que se limita a describir la conducta ostensible del 
sujeto.!
!
A pesar de esta obvia limitación, Latour y Woolgar (1986) sostienen que 
"la observación de la práctica real del laboratorio" proporciona 
resultados "que se prestan particularmente pare un análisis de los 
detalles íntimos de la actividad científica" (pág. 153). No explican cómo 
un intruso, que no entiende siquiera el idioma de la "tribu" cuya vide 
diaria "comparte" (por alojarse en las mismas habitaciones), puede tener 
acceso a tales detalles íntimos, que por otra parte están ocultos dentro de 
los cráneos de los sujetos estudiados. Y tampoco explican cómo meros 
intercambios orales y "negociaciones" pueden "crear o destruir hechos".!
Dichos antropólogos de la ciencia, no sólo no piden disculpas por 
inmiscuirse en un grupo de investigación ocupado en un proyecto que 
ellos no pueden entender, sino que consideran tal ignorancia como un 
mérito:!
"Consideramos que la aparente superioridad de los miembros de nuestro 
[sic] laboratorio en cuestiones técnicas es insignificante, en el sentido de 
que no estimamos que un conocimiento previo... constituya un requisito 
necesario pare entender la labor del hombre de ciencia. Esto es análogo a 
la negativa del antropólogo a inclinarse ante los conocimientos de un 
hechicero primitivo" (Latour y Woolgar 1986, 29).!
En vista de ello, no es de extrañar que estos observadores mal equipados 
saquen en conclusión que los hombres de ciencia no incurren en proceso 
mental peculiar alguno, que la actividad científica es "simplemente un 
anfiteatro social" y el laboratorio, tan sólo un "sistema de inscripciones 
literarias". Pero, ¿cómo pueden saberlo si no entienden los propósitos 
del quehacer a que se dedican los hombres de ciencia? Dada su 
intencional confusión entre hechos y proposiciones, ¿cómo pueden saber 
cuándo "una declaración se fracciona en una entidad y una afirmación 
Sociología de la ciencia
sobre una entidad" -o cuándo time lugar el proceso inverso, durante el 
cual la realidad es "deconstruida"-, o en lenguaje ordinario, una hipótesis 
es refutada? Basándose en tales confusiones elementales y valiéndose de 
elementos tornados de filosofías anticientíficas, concluyen que la 
"externalidad [o sea, el mundo exterior] es consecuencia del trabajo 
científico, y no causa del mismo" (Latour y Woolgar 1986,182, itálicas 
del original).!
Podría creerse acaso que Latour y Woolgar !1986) no son subjetivistas, 
sino sencillamente autores poco versados en filosofía que utilizan 
equivocadamente la palabra hecho para designar una proposición que se 
estima verdadera sin lugar a reservas, como por ejemplo "la Tierra es un 
planeta". Lo cierto es que, según sus propias expresiones, "un hecho es 
nada más que una proposición sin modalidad [o sea, sin indicación de 
que sea concebida como una hipótesis, o de que haya sido confirmada] y 
sin rastros de identificación de autor" (pág. 82). De modo que, según 
podría creerse, se trata en este caso de una confusión, por falta de pericia 
filosófica, comparable a la identificación vulgar de la ecología con el 
medio ambiente, de la meteorología con el estado del tiempo, de la 
sociología con la sociedad, de la ontología con la clase de referencia, y 
de la metodología con el método. Pero como en las páginas 174 y 
siguientes lanzan todo un ataque en regla contra el realismo, es preciso 
tomar en serio su subjetivismo.!
Latour y Woolgar (1979) no dejan dudas al respecto cuando afirman que 
"la realidad es la consecuencia y no la causa de esta construcción", de 
modo que "la actividad del hombre de ciencia está dirigida, no hacia la 
realidad, sino hacia estas operaciones sobre proposiciones" (pág. 237). 
Esta afirmación sería válida no sólo para el mundo social, sino también 
para el natural: "La naturaleza es un concepto utilizable sólo como 
subproducto de una actividad agonística [sea ésta lo que fuere]" (pág. 
237).!
Otros miembros de la escuela opinan lo mismo. En particular, Collins 
(1981) sostiene que "el mundo natural time un papel reducido o 
inexistente en la construcción del conocimiento científico" (pág. 3). 
Precisamente porque los laboratorios están repletos de artefactos, tanto 
vivientes como inanimados, Knorr-Cetina (1983) pretende que "en 
ningún lugar del laboratorio encontramos la ‘naturaleza' o ‘realidad' que 
es tan decisiva para la interpretaciónde la investigación por parte de los 
descriptivistas" (pág. 119).!
!
Para resumir, según el constructivismo, la realidad no es independiente 
del sujeto investigador, sino producto de éste: la investigación científica 
es "el proceso de segregar una corriente interminable de entidades y 
Sociología de la ciencia
relaciones que constituyen el ‘mundo’” (Knorr-Cetina 1983,135). 
Feyerabend (1990), uno de los principales mentores filosóficos de la 
nueva sociología de la ciencia, afirma lo siguiente: "Las entidades 
científicas (y en definitiva, todas las entidades) son proyecciones y por 
lo tanto están estrechamente vinculadas con la teoría, la ideología y la 
cultura que las proyectan" (pág. 147, itálicas del original). 
Lamentablemente, no explica cómo puede haber proyección sin una 
pantalla -en este caso, un mundo exterior autónomo-.!
!
La nueva sociología de la ciencia ha reemplazado el concepto de 
descubrimiento por el de construcción social. Según éste, Cristóbal 
Colón y el capitán Cook, Michael Faraday y Ramón y Cajal, y todos 
aquellos que creyeron haber hecho descubrimientos, eran presa de 
ilusiones; en realidad, sólo participaban en ciertas construcciones 
sociales. Según las afirmaciones de Garfinkel, Lynch y Livingston 
(1981), hasta los cuerpos celestes son "objetos culturales". Más aún, 
todo objeto es "un icono de temporalidad de laboratorio" [sea cual fuere 
el significado de esta frase] (Lynch, Livingston, y Garfinkel 1983). 
Además, lo que vale para el mobiliario del mundo es, para estos autores, 
válido para el mundo entero. La vieja fórmula de Schopenhauer, "el 
mundo es mi representación", se convierte ahora en "el mundo es nuestra 
construcción".!
El constructivismo no es un invento de la nueva sociología de la ciencia, 
sino que es inherente al idealismo. Y así lo comprenden algunos 
exponentes de la misma. Por ejemplo, Collins (1981) reconoce que esta 
tendencia ha sufrido la influencia de filosofías idealistas como la 
fenomenología, el estructuralismo, el postestructuralismo, el 
desconstruccionismo, y el glosocentrismo del segundo Wittgenstein y de 
la escuela francesa de semiótica general. Y Woolgar (1986) explica que 
el análisis del discurso que él, Latour, Knorr-Cetina y otros practican 
tiene su deuda con el postestructuralismo (y en particular con Foucault) 
que "es compatible con la posición del ala idealista de la 
etnometodología, según la cual no hay realidad independiente de las 
palabras (textos, signos, documentos y demás) que se utilizan para 
aprehenderla. En otras palabras, la realidad se constituye en el interior 
del discurso y por intermedio de éste" (pág. 312). El mundo es un 
enorme libro, y ni siquiera "la praxis puede existir fuera del 
discurso" (pág. 312).!
!
Según la versión textualista (o retórica del idealismo, ser es ser un 
inscriptor o una inscripción. Recuérdese a Heidegger (1953): "Im Wort, 
in der Sprache werden und sind erst die Dinge" [Las cosas devienen y 
Sociología de la ciencia
llegan a ser en palabras] (pág. 11). De modo que si se desea entender el 
mundo, lo único que debe hacerse es leer textos o tratar la acción 
humana como un discurso y someterla a análisis hermenéutico o 
semiótico. Esto sería válido en particular para el mundo de la ciencia, 
que vendría a consistir tan sólo en un cúmulo de inscripciones (Latour y 
Woolgar 1979). ¡Qué manera de arreglar las cosas a su gusto!!
!
Dado que hacer ciencia o metaciencia -o en definitiva cualquier otra 
cosa- es sólo cuestión de palabrerío, o un juego lingüístico, toda persona 
que sepa leer y escribir puede participar en el ejercicio. Y es obvia la 
consecuencia que ello acarrea para las distinciones entre hecho y ficción, 
y entre verdad y falsedad: "Las distinciones entre hechos y ficciones 
vienen de este modo a atenuarse, porque unos y otras son considerados a 
la vez como productos y fuentes de la acción comunicativa" (Brown 
1990, 188). En consecuencia, ¿por qué habría uno de preocuparse por el 
concepto mismo de la verdad (aparte del consenso) y a mayor 
abundamiento, por las pruebas empíricas de ésta?!
La interpretación textualista (o retórica) es tan conveniente que permite 
encarar hasta las ideas científicas más abstrusas sin otras herramientas 
que las del análisis semiótico. Así es como Latour (1988) ha efectuado 
un análisis por el estilo de la teoría especial de la relatividad, aunque no 
se trate de la expuesta en publicación científica alguna, sino en el 
primero de todos los libros de divulgación de Einstein, y para más, en su 
traducción al inglés de 1920: Relativity: The Special and the General 
Theory. Como la exposición popular de Einstein presenta a un grupo de 
viajeros que toman trenes, miden el tiempo y envían señales, Latour saca 
en conclusión que la relatividad especial no se refiere a la 
electrodinámica de los cuerpos en movimiento (título del trabajo seminal 
de Einstein publicado en 1905) y ni siquiera al espacio y al tiempo. 
Latour nos hace saber que lo importante en la relatividad especial son 
ciertas actividades humanas (pág. 11). Llega hasta el punto de sugerir 
que Einstein escogió un título erróneo: “Su libro bien podría haberse 
titulado ‘Nuevas instrucciones para traer de vuelta a viajeros científicos 
de larga distancia’” (pág. 23). Además, la obra de Einstein sería similar 
al plan inicial de la Smithsonian Institution para establecer una red 
nacional de observadores del estado del tiempo, a fin de "construir 
fenómenos meteorológicos". Al parecer, los profundos cambios 
introducidos por la relatividad especial en nuestros conceptos de espacio 
y tiempo, así como en la relación entre mecánica y electrodinámica, son 
invisibles desde el punto de vista del constructivismo.!
!
Sociología de la ciencia
No contento con deformar el contenido de la sociología de la ciencia, 
Latour se pone luego a reivindicar la vieja interpretación filosófica 
errónea de la relatividad especial (y de la mecánica cuántica) como 
confirmación del relativismo epistemológico, forma de subjetivismo 
según la cual todos los hechos científicos son creados por "observadores 
independientes y activos". De ahí el título de su ensayo: "Exposición 
relativista del relativismo de Einstein". No llegó a ocurrírsele que para 
evaluar cualquier afirmación relativa al papel del observador en una 
teoría científica, es necesario axiomatizar la teoría, a fin de separar el 
grano científico de la paja filosófica, y analizar la teoría con ayuda de 
alguna teoría de referencia, a fin de captar sus referentes genuinos 
(véase, por ejemplo, Bunge 1967, 1973, 1974, resumen en el apéndice).!
Si se hace esta tarea, puede probarse, y no ya simplemente afirmarse, 
que la relatividad especial y la mecánica cuántica se refieren a objetos 
físicos dotados de existencia independiente, y no a "las formas de 
describir cualquier experiencia posible" (Latour 1988, 25). En particular, 
al probar que los referentes de la mecánica relativista son cuerpos que 
interactúan a través de un campo electromagnético (como lo sugiere el 
título del trabajo precursor de Einstein), se refuta la extraordinaria 
afirmación de que la velocidad de la luz y las transformaciones de 
Lorentz son “parte de la actividad normal de construir una 
sociedad” (pág. 25). Las sociedades son construidas por la gente, en su 
mayor parte sin planos, y su existencia es muy anterior a la aparición de 
la ciencia, y finalmente -para bien o para mal- su surgimiento y su 
desintegración no tienen relación alguna con las teorías de la relatividad.!
Paradójicamente, pese a su antirrealismo, los partidarios de la nueva 
sociología de la ciencia pretenden que sólo sus propios "estudios 
empíricos" ofrecen una versión adecuada (realista, verdadera) de la 
investigación científica. Woolgar (1986) advirtió esta paradoja, pero esto 
no parece haberlo perturbado. Después de todo, sólo los estudiosos de la 
ciencia anticuados se preocupan de la lógica.!
!
8. EL RELATIVISMO!
Si no existe ninguna realidad independiente,si el mundo entero es una 
construcción social, y si los hechos se reducen a proposiciones de cierto 
tipo, es patente que tampoco hay verdad objetiva alguna. En otras 
palabras, si no hay "afuera" de nosotros nada que no haya estado antes 
"adentro", la expresión "correspondencia de las ideas con los hechos" 
carece de sentido. Y si no hay verdad objetiva, la investigación científica 
no es una búsqueda de conocimientos verdaderos. O sea, para emplear 
un eufemismo, que "lo que se considera como verdad puede ser diferente 
en distintos lugares y en distintos momentos" (Collins 1983, 88). Éste es 
Sociología de la ciencia
el principio básico del relativismo epistemológico, que a su vez forma 
parte integrante del relativismo cultural. (Respecto de la influencia de 
este último sobre la filosofía contemporánea, véase Jarvie 1984.)!
Si el relativismo fuera verdadero, debería haber, por lo menos 
potencialmente, tantas matemáticas "alternativas" como grupos sociales 
(o étnicos, o de otra índole), a saber, matemática masculina y femenina, 
Blanca y negra, occidental y oriental, y así sucesivamente. Según nos lo 
recuerdan Bloor (1976) y Restivo (1983), ésta fue por cierto una tesis de 
Oswald Spengler, filósofo de la historia pomposo y oscurantista que tuvo 
su época de popularidad, y entre quienes la aprobaron se contó 
Wittgenstein. Pero fue también una tesis favorita de los nazis: así, por 
ejemplo, mientras que la matemática aria era pare ellos concreta e 
intuitiva, la matemática judía era abstracta y contraintuitiva.!
La falsedad de la tesis sobre las matemáticas "alternativas" puede 
probarse demostrando que las proposiciones matemáticas no se refieren 
a nada real (y en particular, a nada social), y que no necesitan 
justificaciones (ni, en particular, pruebas) que recurran a operaciones 
empíricas (véase vg. Bunge 1985a, cap. 1). Lo que es cierto es que la 
matemática no puede florecer en una sociedad atrasada, cuyos miembros 
carezcan por igual de la instrucción, la motivación y los medios que se 
necesitan pare poder dedicarse a la más Aura de las ciencias Auras.!
También es verdad, aunque quizás eso no les interese a nuestros 
sociólogos relativistas, que la matemática moderna contiene gran 
cantidad de teorías matemáticas "alternativas" al mismo tiempo que las 
"canónicas". Ejemplos de ellas son la lógica intuicionista, las teorías de 
los conjuntos no convencionales, la aritmética modular, las geometrías 
no euclidianas y el análisis no estándar. De aquí que la verdad 
matemática sea relativa, como se sabe desde hace más de un siglo. (Por 
ejemplo, la igualdad "12 + 1 = 1" es verdadera en la aritmética del reloj, 
pero falsa en teoría de los números. Otro viejo ejemplo: dentro de un 
círculo hay un número infinito de paralelas a cualquier recta dada, o sea, 
de rectas que no se cortan. Y otro más, bien conocido: los elementos de 
un álgebra de Lie no son asociativos.)!
No obstante, toda verdad matemática es relativa a alguna teoría, no a la 
sociedad. Y cualesquiera desviaciones de las teorías matemáticas 
canónicas, estándar, o clásicas obedecen al anhelo de generalizar, o sea, 
de superar las restricciones de teorías anteriores. (Ejemplo: si se omite la 
operación inversa, un grupo se reduce a un semigrupo, y si se elimina la 
condición asociativa éste pasa a ser un grupoide.) Todas estas 
transformaciones son producto de una pura curiosidad intelectual, y no 
responden a influencias sociales, a necesidades de la industria ni a 
exigencias ideológicas: son respuestas a problemas conceptuales, no a 
problemas sociales. Si los problemas matemáticos fueran problemas 
Sociología de la ciencia
sociales, estos últimos serían en su gran mayoría solubles, y además, 
irían resolviéndose a medida que progresa la matemática, lo cual, 
lamentablemente, es imposible.!
La estructura de la sociedad no tiene nada que ver con las matemáticas 
"desviadas", que no sólo carecen de todo elemento social, sino que se 
cultivan juntamente con sus homólogas convencionales en una misma 
comunidad matemática, independientemente de factores económicos o 
políticos -con excepciones, claro está, como las de sociedades pobres 
que no pueden costearse actividades de investigación considerables, y 
las ocasionadas por dictadores que no gustan de ciertas ramas de la 
matemática-. Así se dio el caso de dos gobiernos provinciales, durante la 
dictadura militar de 1976-1983 en la República Argentina, que abrazaron 
inopinadamente el "programa fuerte" al proscribir la matemática 
moderna (incluido el cálculo vectorial) por considerarla marxista.p; hace 
ya mucho tiempo que se sintetizó en una fórmula lapidaria: Veritas filia 
temporis, o sea, "la verdad es hija de su tiempo". Se trata de una 
reacción ingenua a la variedad de culturas y a la multiplicidad de puntos 
de vista divergentes sobre unos mismos hechos. Esta multiplicidad de 
representaciones del mundo coexistentes o sucesivas inspira 
escepticismo, particularmente si se comparte la opinión externalista 
según la cual las circunstancias e intereses sociales determinan y hasta 
constituyen la totalidad de las proposiciones científicas.!
Hace ya mucho tiempo que los filósofos refutaron esos argumentos. La 
multiplicidad de teorías simultáneas o sucesivas incompatibles entre sí 
acerca de un mismo dominio factual sólo prueba que la investigación 
científica no garantiza la verdad instantánea, completa y definitiva. Pero, 
como lo ponen de relieve las pruebas observacionales y experimentales, 
es frecuente acertar con hipótesis parcialmente verdaderas. Y, como lo 
demuestra la historia de la ciencia, si una hipótesis es interesante y 
suficientemente verdadera, habrá de estimular nuevas investigaciones 
que podrán a su vez determinar nuevas hipótesis, más verdaderas o más 
profundas. Lo que vale para las hipótesis y las teorías también es válido, 
mutatis mutandis, para los diseños experimentales. Después de todo, el 
progreso científico es una realidad.!
En cuanto a la sospecha de que si un proyecto científico ha sido 
motivado o deformado por intereses materiales o ideológicos no podrá 
suministrar resultados objetivamente verdaderos, es una muestra de lo 
que los filósofos denominan falacia genética, según la cual los 
conocimientos adquiridos han de juzgarse por su certificado de 
nacimiento (o por su fe de bautismo). (El argumentum ad hominem es 
un caso especial de la falacia genética.) Una hipótesis, dato o método 
puede ser correcto (verdadero, en el caso de una proposición) 
independientemente del motivo de la investigación que lo produjo, así 
Sociología de la ciencia
como puede ser falso aunque sea producto de las más puras intenciones. 
En síntesis, la veracidad de una idea es independiente de su origen y de 
su utilización, y debe ser verificada por medios estrictamente objetivos. 
Lo mismo ocurre con el contenido de una idea. Por ejemplo, Durkheim 
sostuvo que todas las ideas lógicas, en particular la de la inclusión de 
clase, tienen origen social (y en particular, religioso), pero no pretendió 
que tuvieran también un contenido de esa índole.!
Otra fuente de relativismo, a la cual ya había recurrido Kuhn (1962), es 
la percepción de figuras ambiguas como las estudiadas por los 
psicólogos de la Gestalt. Por ejemplo, si en un momento dado veo un 
rostro humano, que luego me parece un jarrón, ¿qué es lo que realmente 
estoy viendo, y cómo puedo afirmar que una u otra de ambas 
percepciones es la correcta? El constructivista replica: "Lo mejor de este 
ejemplo es que gracias a él podemos advertir cuán necio es preguntar 
cuál de estas percepciones es la real" (Collins, 1983, 90; las itálicas son 
del original). Pero, desde luego, una figura ambigua es, por definición, 
algo que puede interpretarse de dos maneras diferentes, ninguna de las 
cuales es más verdadera que la otra. La ambigüedad reside en la figura y 
en su percepción, no en el rostro ni en el jarrón reales.!
Collins sugiere que tal ambigüedad afecta a todos los problemas,datos, 
hipótesis y métodos científicos. Pero ni él ni nadie han presentado 
prueba alguna de que así ocurre en efecto. Además, todo hombre de 
ciencia o filósofo de la ciencia sabe perfectamente que la ambigüedad y 
la vaguedad son fenómenos que ocurren, pero que deben ser corregidos. 
Todos sabemos que los adivinos prosperan gracias a la ambigüedad, pero 
ningún estudioso serio de la ciencia ha pretendido jamás que los 
investigadores científicos deban resignarse a ella.!
Si bien los cultores de la nueva sociología de la ciencia no se preocupan 
mayormente por el concepto de Verdad, les resulta imposible ignorar que 
todo el mundo puede errar; empero, no definen el concepto de error en 
términos de desviación de la verdad, como se hace en la teoría de los 
errores de observación y en la epistemología, sino que sencillamente lo 
dejan sin definir.!
Además, algunos miembros de esa escuela parecen valorar más el error 
que la verdad. Por ejemplo, Latour (1983) asegura que los hombres de 
ciencia "puedan cometer todos los errores que quieran, o simplemente 
más errores que cualesquiera otras personas de `afuera' que no puedan 
dominar los cambios de escala. Cada error es archivado, conservado, 
registrado y puesto sucesivamente en condiciones para que pueda volver 
a leerse con facilidad... Cuando uno ha sumado una serie de errores, es 
más fuerte que cualquiera a quien no se le hayan permitido tantas 
equivocaciones" (págs. 164-165). De este modo, el laboratorio "es un 
dispositivo tecnológico para adquirir más fuerza multiplicando los 
Sociología de la ciencia
errores" (pág. 165). Si el lector sospecha que Latour confunde la ciencia 
con la política, time razón. En efecto, Latour y Woolgar (1979) sostienen 
que "no se gana gran cosa manteniendo la distinción entre la ‘política’ de 
la ciencia y su ‘verdad’” (pág. 237). Para resumir: como dirían Hegel y 
los positivistas jurídicos, la fuerza hace el derecho.!
Lo que se sostiene como valedero en el caso de la verdad, también 
vendría a ser válido en materia de polémicas. Según los relativistas, toda 
controversia científica es conceptualmente interminable, dado que no 
existe la verdad objetiva. En consecuencia, "hasta en la más pura de las 
ciencias, para que se ponga término al debate es necesario darle fin 
empleando algún método que no suele ser considerado como 
estrictamente científico" (Collins 1983, 99, itálicas del original). Es decir 
no hay observaciones ni experimentos decisivos, ni nuevas predicciones, 
ni pruebas lógicas o matemáticas, ni contraejemplos concluyentes, ni 
pruebas de coherencia (interna o externa), y así sucesivamente. Sólo 
puede optarse entre la elección arbitraria del "equipo dominante" o mafia 
en el poder, y la negociación y la transacción final entre las facciones 
rivales. De este modo el juego de la ciencia quedaría reducido a una 
forma de la politiquería.!
Los filósofos han hecho frente al relativismo o escepticismo 
epistemológico con ayuda de argumentos puramente lógicos o bien 
enumerando algunos de los descubrimientos perdurables de la ciencia, 
como la teoría heliocéntrica del sistema planetario, la circulación de la 
sangre, la existencia de campos electromagnéticos, átomos y genes, y la 
evolución de las especies biológicas. Éstos, al igual que la mayoría de 
las verdades de la lógica y la matemática, son desde luego algunas de las 
muchas verdades totales (que no parciales) y eternas establecidas desde 
comienzos de la era moderna, a despecho de escépticos tan distinguidos 
como Hume, Engels y Popper.!
El sociólogo Tom Bottomore (1956) utilizó precisamente el argumento 
de los externalistas para refutar el relativismo, afirmando que "si todas 
las proposiciones están determinadas existencialmente [como solía decir 
Mannheim] y ninguna es absolutamente verdadera, entonces, esta misma 
proposición, de ser verdadera, no lo es en forma absoluta, sino que está 
determinada existencialmente" (pág. 56). Veinte años después, Bloor 
(1976), al formular el "programa fuerte", creyó haber refutado este 
argumento mediante la afirmación de que el mismo daba por supuesto 
que la causación social implica el error (por ejemplo, mediante el sesgo 
ideológico). Peso no es así, pues el propio Bottomore reconoció, a los 
fines de la argumentación, que la tesis externalista es verdadera. Sólo 
hizo hincapié en que, aun siéndolo en realidad, no puede serlo con 
carácter absoluto, sino únicamente dentro de (o en relación con) una 
sociedad o un grupo social dados. Y si así ocurre en efecto, ¿por qué 
Sociología de la ciencia
deberíamos adherirnos a esa tesis él o yo, que somos miembros de otra 
tribu? Después de todo, lo único que Bottomore estaba haciendo avant la 
lettre era aplicar a la sociología de la ciencia externalista el cuarto 
requisito del "programa fuerte", a saber, la condición de que "en 
principio, sus modalidades de explicación deberían ser aplicables a la 
propia sociología" (pág. 14; recuérdese el capítulo 4).!
Empero, el relativismo epistemológico no es totalmente falso, sino que 
contiene un elemento de verdad. Ciertamente, la investigación científica 
da por supuesto que todas las propositions de fait son en principio 
falibles y corregibles. EL investigador científico adopta en forma tácita 
lo que puede llamarse escepticismo metodológico (o moderado) en 
contraste con el escepticismo sistemático (o radical). Sólo duda cuando 
hay alguna razón (lógica o empírica) para dudar, y nunca duda de todo a 
la vez, sino que pondera lo que está en duda basándose en el conjunto de 
sus conocimientos acumulados. Y no duda de algunos de los propios 
principios filosóficos que rechaza la nueva sociología de la ciencia, entre 
ellos el de la existencia independiente del mundo exterior y su 
inteligibilidad objetiva. De modo que si bien la mayoría de las verdades 
relativas al mundo probablemente sean tan sólo parciales, no por ello 
dejan de ser verdades y no meras fábulas (véase Bunge 1991).!
Además, las verdades científicas, ya sean totales o parciales, son 
consideradas como universales, y no como propiedades de tal o cual 
grupo. No existen ni una ciencia proletaria, ni una ciencia aria, ni una 
matemática negra, ni una filosofía femenina. Estas entidades pertenecen 
al dominio de las supercherías políticas o académicas. Es cierto que el 
saber progresa más en ciertos grupos o sociedades que en otros, pero lo 
mismo sucede con la superstición.!
Si una opinión dada sólo es aceptable para los miembros de algún grupo 
social, entonces es ideológica, y no científica. Aun en el caso de que una 
idea se origine dentro de un grupo especial, debe ser universalizable para 
que pueda considerarse científica. A menos que se acepte este criterio de 
cientificidad, resulta imposible distinguir a la ciencia de la ideología, la 
seudociencia, o la anticiencia, lo cual, por supuesto, es una de las 
aspiraciones de la nueva sociología de la ciencia, como ha de verse en 
los capítulos 11 y 12 (véase Archer 1987; Siegel 1987; Livingston 1988; 
y Boudon 1990, 1995, para otras críticas que se han formulado contra el 
relativismo)!
!
7. Constructivismo!
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Sociología de la ciencia
En el decenio de 1960 algunos filósofos de la ciencia alegaron que no 
existe distinción absoluta entre los conceptos provenientes de la 
observación y los de índole teórica, pues todos los primeros están 
"cargados de teoría", en el sentido de que toda observación es orientada 
o desorientada por alguna hipótesis, ya sea explícita o tácita.!
!
Esta aseveración contiene un elemento de verdad, a saber, que las 
observaciones científicas, a diferencia de las ordinarias, son ideadas y 
efectuadas sobre la base de hipótesis. Pero ello no impide que subsistan 
diferencias indiscutibles entre los conceptos observacionales, como 
"azul", y los teóricos, como "longitud de onda". El hecho de que unos y 
otros se vinculen entre sí no significa que pertenezcan a la misma 
categoría. Además, hasta la ciencia experimental de vanguardia utiliza 
conceptosque se emplean de manera preteórica, como los de cosa, lugar, 
cambio y color!
!
A partir de la tesis relativa a la carga teórica de los conceptos empíricos 
no costaba mucho dar un paso más y proclamar "la abolición de la 
distinción entre hechos y teorías" (Barnes, 1983, 21), pero en realidad la 
cosa no es tan fácil, porque puede admitirse la primera sin aceptar por 
ello la segunda. O sea, que es dado admitir que la distinción entre 
observación y teoría no es absoluta, o que es cuestión de grado, 
conservando sin embargo la distinción entre hecho y teoría, por cuanto la 
primera es de índole epistemológica (pues sólo concierne al 
conocimiento) mientras que la segunda es ontológica (o sea, que 
concierne a la realidad en su conjunto). En otros términos, puede 
afirmarse coherentemente que la observación científica de hechos 
objetivos (exentos de teoría) implica (algunos) conceptos teóricos, sin 
tomar los constructos por cosas, o viceversa.!
!
Por ejemplo, un físico, sin pretensiones de hacer filosofía, 
probablemente admita que los conceptos de electrón contenidos (y 
elucidados) en las diversas teorías relativas al mismo son de índole 
teórica, sin dejar de afirmar al mismo tiempo que los electrones existen 
de por sí, ya sea que se teorice o no acerca de ellos. Análogamente, un 
sociólogo admitirá que los conceptos de estratificación social son 
teóricos, sosteniendo a la vez que las sociedades modernas están 
objetivamente estratificadas y que toda teoría de la estratificación social 
tiende a representar ese rasgo objetivo. En síntesis, mientras que todo el 
mundo -con excepción de los empiristas radicales- conviene en que los 
constructos (o sea, conceptos, hipótesis y teorías) son construidos, sólo 
los subjetivistas pretenden que también los hechos son construidos en su 
Sociología de la ciencia
totalidad. De ese modo, mientras que el constructivismo gnoseológico es 
acertado hasta cierto punto, el constructivismo oratológico no lo es, 
porque contradice la evidencia misma.!
!
En realidad, si hechos y teorías fueran una misma cosa, ningún hecho 
podría ser utilizado para comprobar una teoría, y ninguna teoría podría 
utilizarse para guiar la búsqueda de nuevos hechos. Dado que la 
verificación de las teorías y la exploración guiada por teorías son 
realidades (y no teorías) cotidianas del quehacer científico, salta a la 
vista que negar la distinción entre hechos y teorías es una actitud 
contraria a la realidad de los hechos (aunque no sea contraria a la teoría 
subjetivista). Además, si los hechos y las teorías fueran idénticos, los 
primeros tendrían propiedades teóricas (por ejemplo, coherencia y 
capacidad explicativa) y las teorías tendrían propiedades físicas, 
químicas, biológicas, o sociales (por ejemplo, viscosidad y reactividad 
química). Como esto no sucede, la identidad postulada es un mero 
sofisma.!
!
Sin embargo, este sofisma y el relativismo epistemológico que lo 
acompaña son característicos del "programa fuerte". Sus partidarios 
pretenden que la realidad es un constructo humano, y que todos los 
constructos tienen contenido social. En particular, la frase "la 
construcción social de los hechos científicos" ha llegado a convertirse en 
lugar común dentro de la nueva sociología de la ciencia, particularmente 
desde que fuera adoptada como subtítulo de la primera edición de la obra 
de Latour y Woolgar, Laboratory Life (1979).!
!
Allí donde los constructivistas aluden a la construcción social de los 
hechos científicos, la mayoría de los investigadores, los filósofos 
realistas y los sociólogos de la ciencia se referirían al proceso de 
acciones recíprocas entre hombres de ciencia (ya sea en forma personal 
o por intermedio de escritos y publicaciones) que comienza con una 
observación, una conjetura o un comentario crítico, y termina con una o 
más proposiciones que son generalmente aceptadas (como 
suficientemente exactas ), al menos por el momento, habiendo superado 
todas las pruebas requeridas. De este modo, cuando Latour y Woolgar 
(1986) afirman que el "FLT (factor liberador de la tiotropina) es por 
entero una construcción social" (pág. 152), un no-constructivista diría 
que la composición molecular y la función biológica del FLT fueron 
descubiertas por hombres de ciencia que trabajaron en dos equipos de 
investigación rivales (los cuales, sin embargo, se desempeñaron 
Sociología de la ciencia
frecuentemente en colaboración) durante un período de diez años 
aproximadamente.!
!
Pero en los textos de los constructivistas hay algo más que un empleo 
descuidado de términos como hecho y construcción. Hay también un 
descuido intencional del aspecto "técnico" del proceso de investigación, 
o sea, de los problemas, hipótesis, argumentos, diseños experimentales, 
y mediciones que acompañan los intercambios de opiniones, planes, y 
comprobaciones entre los miembros del equipo o equipos de 
investigación, sin los cuales dichos intercambios serían por completo 
ininteligibles. Hay más: se llega hasta a rehusar explícitamente el 
empleo de términos metodológicos como hipótesis, prueba y otros por el 
estilo, quizás por tratarse de los estigmas que caracterizan a los 
internalistas (véase, por ejemplo, Latour y Woolgar 1986,153).!
!
Semejante desdén por los significados y valores de verdad de las 
"inscripciones" producidas en los laboratorios no es accidental, sino 
producto de una opción deliberada: la de estudiar a la tribu de los 
hombres de ciencia como si se tratara de un sistema social ordinario, a la 
manera de una tribu de cazadores y recolectores, o del vecindario de una 
aldea de pescadores. En el caso de un sistema social ordinario, hasta un 
viajero, o un periodista inquisitivo, pueden adquirir conocimientos 
mediante una observación espontánea, gracias a lo que ya saben acerca 
de las actividades humanas básicas en distintas culturas. Pero un estudio 
en profundidad sólo se emprende si el observador desea entender la 
organización política, la mitología, o las ceremonias del grupo!
!
Ahora bien, un equipo de investigaciones científicas es radicalmente 
distinto de una tribu primitiva. No porque sus operaciones sean 
misteriosas, sino porque tiene una función extremadamente 
especializada: la de producir conocimientos científicos mediante 
procesos que, a diferencia de la recolección, la caza o la pesca, no son 
mayormente visibles. El lego que visita un laboratorio sólo puede 
observar, en el comportamiento de quienes allí trabajan, manifestaciones 
externas de aquellos procesos mentales que se desarrollan en los 
cerebros de los investigadores y de sus asistentes. Para el profano, los 
problemas que motivan a impulsan las actividades de investigación son 
aun menos inteligibles que los resultados de éstas. En vista de ello, sólo 
puede aspirar a una visión superficial, como la del psicólogo del 
comportamiento que se limita a describir la conducta ostensible del 
sujeto.!
Sociología de la ciencia
A pesar de esta obvia limitación, Latour y Woolgar (1986) sostienen que 
"la observación de la práctica real del laboratorio" proporciona 
resultados "que se prestan particularmente pare un análisis de los 
detalles íntimos de la actividad científica" (pág. 153). No explican cómo 
un intruso, que no entiende siquiera el idioma de la "tribu" cuya vide 
diaria "comparte" (por alojarse en las mismas habitaciones), puede tener 
acceso a tales detalles íntimos, que por otra parte están ocultos dentro de 
los cráneos de los sujetos estudiados. Y tampoco explican cómo meros 
intercambios orales y "negociaciones" pueden "crear o destruir hechos".!
Dichos antropólogos de la ciencia, no sólo no piden disculpas por 
inmiscuirse en un grupo de investigación ocupado en un proyecto que 
ellos no pueden entender, sino que consideran tal ignorancia como un 
mérito:!
!
"Consideramos que la aparente superioridad de los miembros de nuestro 
[sic] laboratorio en cuestiones técnicas es insignificante, en el sentido de 
que no estimamos que un conocimiento previo...constituya un requisito 
necesario pare entender la labor del hombre de ciencia. Esto es análogo a 
la negativa del antropólogo a inclinarse ante los conocimientos de un 
hechicero primitivo" (Latour y Woolgar 1986, 29).!
En vista de ello, no es de extrañar que estos observadores mal equipados 
saquen en conclusión que los hombres de ciencia no incurren en proceso 
mental peculiar alguno, que la actividad científica es "simplemente un 
anfiteatro social" y el laboratorio, tan sólo un "sistema de inscripciones 
literarias". Pero, ¿cómo pueden saberlo si no entienden los propósitos 
del quehacer a que se dedican los hombres de ciencia? Dada su 
intencional confusión entre hechos y proposiciones, ¿cómo pueden saber 
cuándo "una declaración se fracciona en una entidad y una afirmación 
sobre una entidad" -o cuándo time lugar el proceso inverso, durante el 
cual la realidad es "deconstruida"-, o en lenguaje ordinario, una hipótesis 
es refutada? Basándose en tales confusiones elementales y valiéndose de 
elementos tornados de filosofías anticientíficas, concluyen que la 
"externalidad [o sea, el mundo exterior] es consecuencia del trabajo 
científico, y no causa del mismo" (Latour y Woolgar 1986,182, itálicas 
del original).!
Podría creerse acaso que Latour y Woolgar !1986) no son subjetivistas, 
sino sencillamente autores poco versados en filosofía que utilizan 
equivocadamente la palabra hecho para designar una proposición que se 
estima verdadera sin lugar a reservas, como por ejemplo "la Tierra es un 
planeta". Lo cierto es que, según sus propias expresiones, "un hecho es 
nada más que una proposición sin modalidad [o sea, sin indicación de 
que sea concebida como una hipótesis, o de que haya sido confirmada] y 
Sociología de la ciencia
sin rastros de identificación de autor" (pág. 82). De modo que, según 
podría creerse, se trata en este caso de una confusión, por falta de pericia 
filosófica, comparable a la identificación vulgar de la ecología con el 
medio ambiente, de la meteorología con el estado del tiempo, de la 
sociología con la sociedad, de la ontología con la clase de referencia, y 
de la metodología con el método. Pero como en las páginas 174 y 
siguientes lanzan todo un ataque en regla contra el realismo, es preciso 
tomar en serio su subjetivismo.!
!
Latour y Woolgar (1979) no dejan dudas al respecto cuando afirman que 
"la realidad es la consecuencia y no la causa de esta construcción", de 
modo que "la actividad del hombre de ciencia está dirigida, no hacia la 
realidad, sino hacia estas operaciones sobre proposiciones" (pág. 237). 
Esta afirmación sería válida no sólo para el mundo social, sino también 
para el natural: "La naturaleza es un concepto utilizable sólo como 
subproducto de una actividad agonística [sea ésta lo que fuere]" (pág. 
237).!
Otros miembros de la escuela opinan lo mismo. En particular, Collins 
(1981) sostiene que "el mundo natural time un papel reducido o 
inexistente en la construcción del conocimiento científico" (pág. 3). 
Precisamente porque los laboratorios están repletos de artefactos, tanto 
vivientes como inanimados, Knorr-Cetina (1983) pretende que "en 
ningún lugar del laboratorio encontramos la ‘naturaleza' o ‘realidad' que 
es tan decisiva para la interpretación de la investigación por parte de los 
descriptivistas" (pág. 119).!
Para resumir, según el constructivismo, la realidad no es independiente 
del sujeto investigador, sino producto de éste: la investigación científica 
es "el proceso de segregar una corriente interminable de entidades y 
relaciones que constituyen el ‘mundo’” (Knorr-Cetina 1983,135). 
Feyerabend (1990), uno de los principales mentores filosóficos de la 
nueva sociología de la ciencia, afirma lo siguiente: "Las entidades 
científicas (y en definitiva, todas las entidades) son proyecciones y por 
lo tanto están estrechamente vinculadas con la teoría, la ideología y la 
cultura que las proyectan" (pág. 147, itálicas del original). 
Lamentablemente, no explica cómo puede haber proyección sin una 
pantalla -en este caso, un mundo exterior autónomo-.!
!
La nueva sociología de la ciencia ha reemplazado el concepto de 
descubrimiento por el de construcción social. Según éste, Cristóbal 
Colón y el capitán Cook, Michael Faraday y Ramón y Cajal, y todos 
aquellos que creyeron haber hecho descubrimientos, eran presa de 
ilusiones; en realidad, sólo participaban en ciertas construcciones 
Sociología de la ciencia
sociales. Según las afirmaciones de Garfinkel, Lynch y Livingston 
(1981), hasta los cuerpos celestes son "objetos culturales". Más aún, 
todo objeto es "un icono de temporalidad de laboratorio" [sea cual fuere 
el significado de esta frase] (Lynch, Livingston, y Garfinkel 1983). 
Además, lo que vale para el mobiliario del mundo es, para estos autores, 
válido para el mundo entero. La vieja fórmula de Schopenhauer, "el 
mundo es mi representación", se convierte ahora en "el mundo es nuestra 
construcción".!
El constructivismo no es un invento de la nueva sociología de la ciencia, 
sino que es inherente al idealismo. Y así lo comprenden algunos 
exponentes de la misma. Por ejemplo, Collins (1981) reconoce que esta 
tendencia ha sufrido la influencia de filosofías idealistas como la 
fenomenología, el estructuralismo, el postestructuralismo, el 
desconstruccionismo, y el glosocentrismo del segundo Wittgenstein y de 
la escuela francesa de semiótica general. Y Woolgar (1986) explica que 
el análisis del discurso que él, Latour, Knorr-Cetina y otros practican 
tiene su deuda con el postestructuralismo (y en particular con Foucault) 
que "es compatible con la posición del ala idealista de la 
etnometodología, según la cual no hay realidad independiente de las 
palabras (textos, signos, documentos y demás) que se utilizan para 
aprehenderla. En otras palabras, la realidad se constituye en el interior 
del discurso y por intermedio de éste" (pág. 312). El mundo es un 
enorme libro, y ni siquiera "la praxis puede existir fuera del 
discurso" (pág. 312).!
Según la versión textualista (o retórica del idealismo, ser es ser un 
inscriptor o una inscripción. Recuérdese a Heidegger (1953): "Im Wort, 
in der Sprache werden und sind erst die Dinge" [Las cosas devienen y 
llegan a ser en palabras] (pág. 11). De modo que si se desea entender el 
mundo, lo único que debe hacerse es leer textos o tratar la acción 
humana como un discurso y someterla a análisis hermenéutico o 
semiótico. Esto sería válido en particular para el mundo de la ciencia, 
que vendría a consistir tan sólo en un cúmulo de inscripciones (Latour y 
Woolgar 1979). ¡Qué manera de arreglar las cosas a su gusto!!
Dado que hacer ciencia o metaciencia -o en definitiva cualquier otra 
cosa- es sólo cuestión de palabrerío, o un juego lingüístico, toda persona 
que sepa leer y escribir puede participar en el ejercicio. Y es obvia la 
consecuencia que ello acarrea para las distinciones entre hecho y ficción, 
y entre verdad y falsedad: "Las distinciones entre hechos y ficciones 
vienen de este modo a atenuarse, porque unos y otras son considerados a 
la vez como productos y fuentes de la acción comunicativa" (Brown 
1990, 188). En consecuencia, ¿por qué habría uno de preocuparse por el 
concepto mismo de la verdad (aparte del consenso) y a mayor 
abundamiento, por las pruebas empíricas de ésta?!
Sociología de la ciencia
La interpretación textualista (o retórica) es tan conveniente que permite 
encarar hasta las ideas científicas más abstrusas sin otras herramientas 
que las del análisis semiótico. Así es como Latour (1988) ha efectuado 
un análisis por el estilo de la teoría especial de la relatividad, aunque no 
se trate de la expuesta en publicación científica alguna, sino en el 
primero de todos los libros de divulgación de Einstein, y para más, en su 
traducción al inglés de 1920: Relativity: The Special and the General 
Theory. Como la exposición popular de Einstein presenta a un grupo de 
viajeros que toman trenes, miden el tiempo y envían señales, Latoursaca 
en conclusión que la relatividad especial no se refiere a la 
electrodinámica de los cuerpos en movimiento (título del trabajo seminal 
de Einstein publicado en 1905) y ni siquiera al espacio y al tiempo. 
Latour nos hace saber que lo importante en la relatividad especial son 
ciertas actividades humanas (pág. 11). Llega hasta el punto de sugerir 
que Einstein escogió un título erróneo: “Su libro bien podría haberse 
titulado ‘Nuevas instrucciones para traer de vuelta a viajeros científicos 
de larga distancia’” (pág. 23). Además, la obra de Einstein sería similar 
al plan inicial de la Smithsonian Institution para establecer una red 
nacional de observadores del estado del tiempo, a fin de "construir 
fenómenos meteorológicos". Al parecer, los profundos cambios 
introducidos por la relatividad especial en nuestros conceptos de espacio 
y tiempo, así como en la relación entre mecánica y electrodinámica, son 
invisibles desde el punto de vista del constructivismo.!
!
No contento con deformar el contenido de la sociología de la ciencia, 
Latour se pone luego a reivindicar la vieja interpretación filosófica 
errónea de la relatividad especial (y de la mecánica cuántica) como 
confirmación del relativismo epistemológico, forma de subjetivismo 
según la cual todos los hechos científicos son creados por "observadores 
independientes y activos". De ahí el título de su ensayo: "Exposición 
relativista del relativismo de Einstein". No llegó a ocurrírsele que para 
evaluar cualquier afirmación relativa al papel del observador en una 
teoría científica, es necesario axiomatizar la teoría, a fin de separar el 
grano científico de la paja filosófica, y analizar la teoría con ayuda de 
alguna teoría de referencia, a fin de captar sus referentes genuinos 
(véase, por ejemplo, Bunge 1967, 1973, 1974, resumen en el apéndice).!
Si se hace esta tarea, puede probarse, y no ya simplemente afirmarse, 
que la relatividad especial y la mecánica cuántica se refieren a objetos 
físicos dotados de existencia independiente, y no a "las formas de 
describir cualquier experiencia posible" (Latour 1988, 25). En particular, 
al probar que los referentes de la mecánica relativista son cuerpos que 
interactúan a través de un campo electromagnético (como lo sugiere el 
título del trabajo precursor de Einstein), se refuta la extraordinaria 
Sociología de la ciencia
afirmación de que la velocidad de la luz y las transformaciones de 
Lorentz son “parte de la actividad normal de construir una 
sociedad” (pág. 25). Las sociedades son construidas por la gente, en su 
mayor parte sin planos, y su existencia es muy anterior a la aparición de 
la ciencia, y finalmente -para bien o para mal- su surgimiento y su 
desintegración no tienen relación alguna con las teorías de la relatividad.!
!
9. CRIPTOCONDUCTISMO Y PRAGMATISMO DECLARADO!
Está de moda denigrar al positivismo, y la nueva sociología de la ciencia 
se dedica con fruición a este deporte. Pero resulta que hay dos claves de 
antipositivismo: el ilustrado y el oscurantista. El primero ataca las 
limitaciones del positivismo y trata de superarlas, particularmente en 
cuanto a su adhesión al empirismo, su metafísica fenomenista, y su 
desdén por la teoría. En cambio, el antipositivismo oscurantista critica 
los aspectos más válidos del positivismo: su amor (no correspondido) 
por la ciencia y la matemática, su claridad conceptual y su empleo de 
métodos formales; su exigencia de pruebas y, naturalmente, su crítica del 
oscurantismo.!
Es de lamentar que la mayoría de los estudiosos de la sociedad y de los 
filósofos de las ciencias sociales que rechazan el positivismo haya 
adoptado una concepción oscurantista. Muchos de ellos lo hacen porque 
Green que es lo mismo que la ciencia natural. Lukács ([1923] 1971), uno 
de los héroes de Mannheim, fue de los primeros en identificar el 
positivismo con la ciencia natural y en escribir vehementes denuncias 
contra uno y otra. Irónicamente, la mayoría de los cultores de la nueva 
sociología de la ciencia es positivista, dado que se pasan gran pare del 
tiempo recopilando informaciones que no pueden asimilar por falta de 
teoría. Ello se aplica en particular a los etnometodólogos.!
Estos especialistas graban en cinta magnetofónica o de video "las 
prácticas detalladas y observables que constituyen la encarnación misma 
de los hechos sociales ordinarios, como por ejemplo, el turno del 
servicio a personas en espera de ser atendidas, el orden de sucesión en 
las conversaciones, y el método de una conducta hábilmente concretada 
e improvisada (Lynch, Livingston y Garfinkel 1983, 206). Sus datos son 
las huellas audibles o visibles dejadas por personas que, según se 
supone, actúan con ciertos objetivos y de manera inteligente. Ésta es la 
única pista que pueden seguir pues, al faltarles el conocimiento 
especializado propio del hombre de ciencia, no pueden entender cuáles 
son los fines que animan a este último, a saber, sus problemas y 
ambiciones, sus principios, valores y métodos, sus conjeturas, planes y 
decisiones -en fin, todo el proceso que se desarrolla bajo su bóveda 
craneana-.!
Sociología de la ciencia
!
¿En qué difieren los procedimientos del etnometodólogo de los del 
empirista radical, y en particular de los del psicólogo conductista? Sólo 
en que el primero padece de una desordenada predilección por los 
filósofos notoriamente opacos como Husserl y Heidegger, quienes se 
caracterizaban, uno y otro, por su menosprecio de la ciencia (véase, por 
ejemplo, Husserl [1931] 1960, secciones 3-5, sobre la oposición entre 
"ciencia auténtica" [o sea, la fenomenología] y la ciencia a secas, y 
Heidegger [1953] 1987, cap. 1, respecto de la posición subordinada de la 
ciencia en relación con la filosofía y la poesía).!
¿,Cuáles son los descubrimientos de los estudios sobre la actividad 
científica efectuados por los etnometodólogos? Fundamentalmente, dos 
(que aparecen resumidos en Lynch et al., 1983). Uno de ellos es que en 
la investigación va implicado "algo más" que cuanto pueda formularse 
pasta en el más detallado de los manuales de instrucciones. Este "algo 
más" es por supuesto el conjunto de suposiciones tácitas y de fragmentos 
y porciones de conocimientos prácticos o de procedimiento, todo ello tan 
familiar para los psicólogos, filósofos a ingenieros.!
El otro "descubrimiento" es que, por elemental que sea un experimento 
científico, no puede llevarse a cabo sin un mínimo de teoría -lo cual 
explica que un estudiante de química parcialmente paralítico pueda 
efectuar sus tareas de laboratorio con ayuda de un estudiante de 
etnometodología libre de impedimentos para esas labores, que actúe 
como reemplazante suyo en las manipulaciones-. Pero ¿acaso no lo 
sabíamos ya hace tiempo, por lo menos aquellos de nosotros que 
contábamos con una formación científica? Ninguno de los dos 
descubrimientos mencionados es una novedad, y en ambos casos el 
filósofo de la ciencia podría haber facilitado el elemento básico que se le 
escapa al etnometodólogo, a saber, la respuesta que debe darse a la 
siguiente pregunta: ¿Cuáles son, precisamente, las suposiciones 
explícitas y tácitas que condicionan un experimento dado?!
!
El constructivismo y el relativismo epistemológicos implican el 
convencionalismo y el instrumentalismo. La variedad especial de 
convencionalismo favorita de la nueva sociología de la ciencia puede 
llamarse convencionalismo social por cuanto se combina con el 
externalismo radical. Si todas las culturas son equivalentes, si ninguna es 
superior a otra, y si no existen siquiera diferentes clases de 
conocimientos (como por ejemplo, el científico y el ideológico), 
entonces la adopción de cualquier idea en particular es asunto de 
convención social y de utilidad para una comunidad dada.!
!
Sociología de la ciencia
El convencionalismo social sostiene, en especial, que "el uso apropiado 
[por ejemplo, de términosclasificatorios] es un uso acordado" y que 
"diferentes redes [conceptuales] son válidas por igual en cuanto a la 
posibilidad de justificación racional'. Todos los sistemas de cultura 
verbal tienen fundamentos racionales igualmente válidos" (Barnes 1983, 
33, itálicas del original). Barnes llega a estas conclusiones luego de 
haber examinado las formas en que los diferentes pueblos carentes de 
escritura clasifican a los animales, y a partir de su lectura de las 
Investigaciones filosóficas de Wittgenstein (1953), obra que por cierto 
sólo se refiere al lenguaje ordinario.!
Barnes generaliza, extendiendo a todos los conocimientos, incluidos los 
matemáticos, científicos y tecnológicos, los elementos que cree haber 
descubierto en las obras publicadas sobre el conocimiento ordinario 
primitivo. (Durkheim y Mauss [1903]1968, quienes fueron de los 
primeros en observar que las clasificaciones primitivas reflejan la 
estructura social de la tribu, particularmente en el caso del totemismo, no 
incurrieron en el error de Barnes.)!
Barnes no se molesta en averiguar en qué forma clasifican los 
sistematistas o los químicos contemporáneos, ni cómo construyen y 
verifican sus teorías los físicos. Puede presumirse que no le haría mella 
siquiera la objeción de que proposiciones como "las ballenas son peces" 
o "hay brujas" son falsas y eso es todo. Ello no es sorprendente, pues 
todos los antropólogos relativistas son, en materia epistemológica, 
relativistas, convencionalistas y subjetivistas. (Véase, por ejemplo, 
Schweder 1986, 172: dado que la creencia en brujas influye sobre el 
comportamiento, las mismas "son, en cierto sentido, que tiene su 
importancia, reales y objetivas".) Al parecer, el pensamiento mágico ha 
hecho presa de quienes debían estudiarlo científicamente. ¿Habrá que 
deducir que han sido embrujados?!
El convencionalismo social, progenie de las bases del externalismo con 
el constructivismo, implica el instrumentalismo o el pragmatismo.!
Esto lo comprendió Durkheim en sus últimos años, cuando en su último 
libro, publicado póstumamente (1972), se retractó del realismo de su 
obra fundamental, Les régles de la méthode sociologique, en la cual 
encontramos el siguiente pasaje, que no requiere comentario:!
"Si el objetivo del pensamiento fuera simplemente `reproducir' la 
realidad, sería esclavo de las cosas; estaría encadenado a la realidad. No 
tendría otro papel que ‘copiar’ en forma servil la realidad que tiene ante 
sí. Para que el pensamiento pueda ser liberado, debe convertirse en 
creador de su propio objeto; y la única forma de alcanzar esa meta es 
acordarle una realidad que él mismo debe crear o construir. 
Consiguientemente, el pensamiento tiene por finalidad no la 
Sociología de la ciencia
reproducción de una realidad dada, sino la construcción de una realidad 
futura. De ahí que el valor de las ideas ya no pueda evaluarse con 
referencia a los objetos, sino que deba ser determinado por su grado de 
utilidad, por su carácter más o menos ‘ventajoso’” (Durkheim 1972, 251, 
itálicas del original).!
No es sorprendente que el instrumentalismo o pragmatismo sea el dogma 
central de la nueva sociología de la ciencia. Por ejemplo, Barnes (1977) 
declara que el conocimiento es "activamente desarrollado y modificado 
en respuesta a contingencias prácticas" (pág. 2). Los problemas y los 
distintos aspectos del quehacer teórico no entran en el campo de 
atención del pragmatismo. Latour y Woolgar (1979) sostienen que "la 
observación de Heidegger según la cual ‘Gedanke ist Handwerh’ (‘el 
pensamiento es trabajo artesanal’) es una máxima útil" (pág. 171). En 
otros pasajes, ridiculizan las ideas en general, así como los "relatos 
según los cuales las mentes poseen ideas". Según ellos, las 
investigaciones de laboratorio no tendrían nada de particular, y no habría 
ninguna diferencia fundamental entre las actividades de los 
investigadores y las de sus informantes. "La única distinción es que los 
primeros tienen laboratorios" (pág. 257). Y Knorr-Cetina sostiene que "si 
hay un principio que al parecer rige las actividades del laboratorio, éste 
es la preocupación de los hombres de ciencia de hacer ‘que todo salga 
bien', es decir, una pauta para alcanzar el éxito, más bien que la 
verdad" (pág. 7). Como buena constructivista, esta autora combina el 
pragmatismo con el subjetivismo y, recurriendo a una frase de Nelson 
Goodman (1978), afirma que la investigación científica es "una forma de 
fabricar mundos" (Know-Cetina 1983).!
Como Monsieur Jourdain, quien no estaba enterado de que había 
hablado en prosa toda su vida, los proponentes de la nueva sociología de 
la ciencia han vuelto a inventar el concepto pragmatista de William 
James, que identificaba la verdad con la eficiencia (o con el valor 
monetario). De este modo, Bloor (1976) declara que puede prescindirse 
de la noción realista de la verdad de hecho como adecuación de las ideas 
con la realidad: "Es difícil advertir qué es lo que podría perderse con su 
ausencia" (pág. 35). Lo que interesa en una teoría es que "funcione" (sin 
que por ello aclare exactamente en qué consiste el "funcionamiento" de 
una teoría).!
La verdad es que toda prueba conceptual o empírica (observacional o 
experimental) de una hipótesis es una prueba de su verdad, sean cuales 
fueren su credibilidad o su utilidad potencial. Si la hipótesis sale airosa 
de las pruebas, declaramos que es (suficientemente) verdadera (pro 
tempore). Después de ello, la hipótesis en cuestión podrá ser sometida a 
otros debates, pruebas o aplicaciones. O sea, que la verdad precede a la 
"convención social", y no a la inversa.!
Sociología de la ciencia
!
Los cultores de la nueva sociología de la ciencia también han 
reinventado la idea operacionalista de Bridgman, que reduce el 
significado de un concepto a un conjunto de operaciones de laboratorio. 
De esta manera, como dice Latour (1988), "negamos significado a toda 
descripción que no retrate el trabajo de instalar laboratorios, mecanismos 
de inscripción, redes de operaciones conectadas entre sí; siempre 
relacionamos la palabra `realidad' con pruebas específicas dentro de 
laboratorios específicos y de redes de interconexión específicas que 
midan la resistencia de ciertos actuantes" (pág. 26; las itálicas son del 
original). Claro está que desde este punto de vista carecen de sentido 
tanto la matemática como la totalidad de las ciencias teóricas (en 
particular, la física, la química, la biología, la psicología y la sociología 
teóricas). Pero aplicando ese criterio ocurre lo mismo con la nueva 
sociología de la ciencia, pues ésta no hace trabajos de laboratorio, con 
excepción de visitas ocasionales a alguno de ellos.!
!
El instrumentalismo o pragmatismo no "funciona" respecto de la ciencia, 
porque las teorías v experimentos científicos tienden a construir 
versiones del mundo real dotadas de máxima coherencia, verdad y 
profundidad. De lo contrario, no valdría la pena verificar o perfeccionar 
tales versiones. Sólo las teorías, diseños y planes tecnológicos se ponen 
a prueba para constatar su eficiencia, es decir, su efectividad, y a la vez 
su bajo costo, escaso riesgo, y beneficio apreciable. Pero si bien la 
tecnología es pragmática, en el sentido de que persigue el éxito práctico 
más bien que el cognoscitivo, el pragmatismo no proporciona una 
imagen fiel de la tecnología moderna, que se nutre de la investigación 
desinteresada. A diferencia del "trabajo artesanal" precientífico, la 
tecnología moderna sólo puede "funcionar" si en su base científica 
implícita hay algún elemento de verdad. Debe reconocerse que, 
ocasionalmente, se designan artefactos o procesos basados en escasos 
conocimientos científicos, pero en tiempos modernos sólo la máquina de 
vapor y el aeroplano son ejemplos importantes de esta fórmula; en 
términos generales, si la invención es eficiente a importante, ella misma 
suscitará la investigación científica que terminará por legitimar su 
diseño.!
Pero sucede también que, siendoel pragmatismo incompatible con el 
racionalismo, en cambio congenia con el intuicionismo y con formas 
todavía más extremas del irracionalismo como ser el existencialismo. Y 
no es sorprendente que la nueva sociología de la ciencia contenga 
algunas tesis intuicionistas. Por ejemplo, sostiene que los hombres de 
ciencia no proceden racionalmente, críticamente, ni objetivamente, sino 
que están guiados por los paradigmas y modas culturales en vigor -
Sociología de la ciencia
incluido el prejuicio de clase- y por analogías y metáforas (sobre el 
particular, véanse las citas apropiadas de las obras de Thomas S. Kuhn 
1962, Mary Hesse 1980, y Richard Rorty 1979).!
Ahora bien, es cierto que ningún esfuerzo científico puede ser fructuoso 
sin el auxilio de intuiciones de diversas clases. La información y el rigor 
no son suficientes para "descubrir" nuevos problemas, hipótesis, diseños 
experimentales, o métodos. Pero la intuición es impotente sin la lógica, 
del mismo modo que la razón -salvo en el caso de la matemática- es 
impotente si no se efectúan observaciones o experimentos. El hombre de 
ciencia creador se las ingenia para combinar estos tres factores (véase 
Bunge 1996). De modo que el intuicionismo es una filosofía de la 
ciencia inadecuada, igual que el racionalismo radical y el empirismo 
radical. Y de todas las variedades de intuicionismo, la fenomenología es 
la peor, por cuanto postula la existencia de la Wesensschau, es decir, la 
capacidad de "ver" esencias en forma directa a inmediata, que exime al 
fenomenólogo de la pesada tarea de construir teorías, en particular 
modelos matemáticos, y de someterlas a pruebas de todas clases.!
En síntesis, la nueva sociología de la ciencia padece de conductismo y 
de pragmatismo. Como sabemos gracias a la historia de la psicología, el 
primero es garantía de superficialidad psicológica, por cuanto pasa por 
alto los procesos mentales, y, a fortiori, no investiga sus mecanismos 
neurales (véase, por ejemplo, Bunge y Ardila 1987). En cuanto al 
pragmatismo, sabemos, como nos lo enseña la filosofía de la ciencia, que 
no puede explicar la investigación científica, por cuanto minimiza el 
papel de la teoría a identifica el significado con la operacionalidad y la 
verdad con la eficiencia. Por ello no es de extrañar que la nueva 
sociología de la ciencia se caracterice por su superficialidad, como 
veremos a continuación.!
10. EL ORDINARISMO!
Uno de los principales dogmas de la nueva sociología de la ciencia es 
que el conocimiento científico no tiene nada de peculiar, y menos aún de 
extraordinario: es tan sólo una "construcción social" más, otro "escenario 
político". ¿Qué puede esperarse de investigaciones efectuadas sobre la 
base de esta presunción, a la cual denominaré "ordinarismo"? ¿Podemos 
esperar acaso que nos enseñe lo que distingue a la ciencia de los demás 
sectores del quehacer humano, como la técnica, la ideología, la industria 
o la política, y de qué modo participa en una acción recíproca con ellos? 
Es obvio que no, pues la nueva sociología de la ciencia niega tal 
diferencia, y por tanto la posibilidad misma de tal interacción. ¿Podemos 
quizás esperar que la nueva sociología de la ciencia descubra los factores 
sociales que estimulan, y los que inhiben el progreso de la ciencia? 
Desde luego que no, pues sostiene que los factores sociales mismos son 
construcciones, y en particular, construcciones científicas. Tampoco 
Sociología de la ciencia
podemos esperar que descubra ninguna otra cosa que exista en el mundo 
exterior, por la sencilla razón de que ese mundo es inexistente. Si 
tomamos al pie de la letra lo que afirma el constructivismo, sólo 
podemos esperar que nos proporcione lo que él mismo hace. Y si 
tomamos al pie de la letra el relativismo, no podemos esperar que nos 
suministre algo mejor que fábulas. Entonces, ¿por qué deberíamos creer 
en lo que puede decirnos la nueva sociología de la ciencia?!
Francis Bacon, que no es uno de los héroes de esta tendencia, creía haber 
dado con un conjunto de reglas mediante las cuales personas corrientes -
y bastaría, en rigor, con unas pocas docenas de éstas- podrían efectuar 
descubrimientos científicos por sí mismas. Los partidarios de la nueva 
sociología de la ciencia (v.g. Knorr-Cetina 1981; Latour 1983) están de 
acuerdo con el abuelo del positivismo, y van aun más lejos que él, al 
aseverar que en la ciencia no hay nada de especial, "nada que revista 
cualidad cognoscitiva alguna". Para citar a Latour (1983): "E1 hecho 
científico es producido por personas comunes, ordinarias, en ámbitos 
corrientes, que no están vinculadas entre sí por ninguna norma ni forma 
de comunicación, pero que trabajan con dispositivos inscriptores" (pág. 
162). No tiene importancia lo que las inscripciones signifiquen ni cómo 
se verifique su contenido para cerciorarse de su coherencia y de su 
veracidad: lo único que interesa es la "tecnología de la inscripción 
(escritura, enseñanza, impresión, dispositivos registradores)". Como dice 
Feyerabend, "en el laboratorio todo vale, excepto los dispositivos de 
inscripción y los documentos" (Latour 1983,161).!
La concepción constructivista-relativista de la investigación científica es 
una versión sociologizada de la tesis de Bacon, según la cual los 
hombres de ciencia sólo se ocupan de compilar (o mejor dicho, 
construir) datos, de hacer inscripciones, de "negociar" entre sí, y de 
modificar sus “reglas" (hasta sus "reglas para ver") en formas 
misteriosas (véase, por ejemplo, Collins, 1983). Por algún motivo 
ignoto, el descubrimiento de problemas, la concepción de hipótesis, el 
diseño de experimentos y las comprobaciones de la verdad no figuran 
para nada en el "modelo wittgensteiniano/fenomenológico/kuhniano de 
la actividad científica", como lo llama Collins (1983).!
Dado que la nueva sociología de la ciencia es externalista y pragmatista, 
no presta atención a las teorías científicas o bien, en caso de hacerlo, las 
toma por cúmulos de inscripciones que pueden someterse a "análisis 
semiótico", como lo ha hecho Latour (1988) con la relatividad especial. 
Y, al pasar por alto o interpretar mal las teorías científicas, no 
proporciona una descripción adecuada (verdadera) de las operaciones de 
laboratorio, todas las cuales suponen en realidad alguna teoría, hasta el 
punto de que hay algunas que tienen precisamente por objeto poner a 
prueba determinadas teorías.!
Sociología de la ciencia
!
Así es como Latour y Woolgar (1979) y Knorr-Cetina (1981) creen que 
el rasgo esencial del trabajo de laboratorio es la manipulación de 
artefactos. Al hacerlo, los hombres de ciencia, según estos autores, no 
descubrirían ni inventarían nada (ni siquiera los instrumentos mismos) 
sino que tan sólo adquirirían y acumularían "nuevas calificaciones para 
la manipulación de objetos"; en particular, objetos de laboratorio (Knorr-
Cetina 1981; Latour 1983). Pero en realidad, la manipulación de los 
instrumentos de laboratorio queda frecuentemente a cargo de técnicos, y 
hasta de dispositivos automáticos, siendo así que los instrumentos no son 
sino medios con que se cuenta para adquirir conocimientos objetivos 
acerca del mundo. Cuando los medios son sistemáticamente confundidos 
con los fines, algo anda muy mal en este planeta, y no sólo en lo que 
incumbe a la moral, sino también en todos los demás aspectos.!
Podría entonces suponerse, aplicando esta visión operacionalista de la 
labor científica, que Newton no se dedicó a investigar el movimiento de 
los cuerpos (o sea, los referentes de la mecánica) sino que se ocupaba de 
manipular instrumentos de medición -lo cual, lamentablemente, no le 
interesaba-. Y que, por más introvertido que fuera, estaba en realidad 
inmerso en "negociaciones" con Leibniz y con los cartesianos. Podría 
también presumirse que su victoria final sobre uno y otros fue resultado 
de su habilidad para maniobrar más eficazmente que sus rivales, o sea, 
de haber sido mejor político que ellos. Análogamente, habría que 
imaginarque Crick y Watson se pasaron el tiempo en Cambridge 
efectuando mediciones (cosa que en realidad nunca hicieron) y 
"negociando" con Rosalind Franklin y otros cristalógrafos, así como con 
Linus Pauling por intermedio del hijo de éste, pese a lo cual siempre 
creyeron que estaban tratando de descubrir la composición y estructura 
del material genético. De haber conocido el programa constructivista/
relativista se habrían enterado de lo que en realidad estaban haciendo. En 
efecto, si uno quiere librarse de sus ilusiones vanas, basta con que se 
haga tratar por un terapeuta de la ciencia.!
Los partidarios de la nueva sociología de la ciencia proclaman 
repetidamente que, lejos de descuidar el "contenido técnico" de los 
proyectos científicos que estudian, lo que hacen es proporcionar 
"descripciones detalladas de los 'tornillos y las tuercas' de la actividad 
científica" (Pinch 1985, 3). Esto lo consiguen, no ya sometiéndose al 
dilatado proceso de un aprendizaje científico normal, sino visitando 
laboratorios científicos. De esta manera Pinch (1985) nos cuenta que se 
"familiarizó" con el intrincado problema de los neutrinos solares 
"mediante una visita al lugar del experimento" [es decir, el que venía 
dirigiendo Raymond Davis, donde pasó "unos días conversando con los 
integrantes del grupo de investigadores que lo realizaban, y 
Sociología de la ciencia
'observándolos"' (pág. 5). Para proceder así no es necesario contar con 
ninguna preparación sólida en materia de física teórica o experimental, 
sino que basta con tener el tupé de hacerse invitar a visitar un 
laboratorio, a la vez que poseer suficiente dominio del idioma natural 
como para entender la versión popularizada que el anfitrión tenga la 
gentileza de proporcionar al audaz explorador. Evidentemente, aunque a 
esto se le dé el nombre de observación participativa, en realidad es tan 
sólo un vistazo desde la galería.!
Lo cierto es que para participar efectivamente en un proyecto científico, 
desempeñando cualquier papel que no sea el de un técnico de laboratorio 
corriente, es necesario entender el problema que se está investigando. 
Por ejemplo, para entender el llamado "problema de los neutrinos 
solares", es preciso leer las complejas fórmulas matemáticas del flujo de 
neutrinos. Y para entender el diseño del experimento, es indispensable 
dominar, entre otras cosas, el principio de detección de neutrinos que se 
está utilizando, lo cual exige conocer elementos bastante complejos de 
física atómica teórica. De lo contrario, no es posible entender el 
problema, consistente en la explicación de la discrepancia entre los datos 
de las mediciones y el cálculo teórico, y mucho menos exponerlo. Debe 
reconocerse que Pinch ha conseguido popularizar acertadamente toda 
esta cuestión, pero sin haber podido explicar los "resortes y engranajes" 
del caso, porque para ello habría necesitado poseer conocimientos 
sumamente especializados. Después de todo, la ciencia no es asunto tan 
ordinario.!
Irónicamente, ocurre que el análisis de Pinch constituye, con excepción 
de algunos comentarios marginales, una exposición completamente 
epistemológica y por tanto internalista de la forma en que se interpretan 
los datos de la observación a la luz de las teorías -lo cual, 
lamentablemente, se reduce a un análisis superficial, pues sólo menciona 
algunas de las teorías implicadas en el proyecto, sin analizar ninguna de 
ellas-. Pinch pretende haber esbozado una integración teórica de 
descubrimientos mediante estudios de casos en términos de dos 
conceptos supuestamente novedosos: la externalidad y el contexto 
evidencial. Lo que denomina "externalidad" o "externalización de la 
observación" es la "cadena de interpretaciones en que se incurre al 
efectuar una observación". Sostiene, con razón, que los resultados 
empíricos deben poder "verse" mediante la aplicación de las teorías, pero 
no intenta siquiera mostrar cómo se realiza esa "interpretación" mediante 
fragmentos de teoría e hipótesis indicadoras (véase al respecto Bunge 
1978, 1983b).!
En cuanto al "contexto evidencial de observación", sólo se trata de un 
nombre erróneo del propósito de una observación. ¿Es que ésta se 
efectúa para descubrir nuevos hechos, para averiguar nuevos datos que 
Sociología de la ciencia
han de insertarse en un cálculo teórico, para probar una teoría, o para 
verificar los resultados de otra observación? En resumen, Pinch ha 
estado reinventando precisamente aquella filosofía de la ciencia que él y 
sus compañeros de armas han venido denunciando, con tanta 
vehemencia, como infiel al saber científico. Pero, por desconfiar de la 
lógica, no han podido construir una filosofía de la ciencia clara y 
coherente.!
El cultor de la nueva sociología de la ciencia no se molesta en aprender 
el idioma de la tribu que pretende estudiar. Una o dos veces en su vida 
visita un laboratorio de biología sin saber nada de la materia, escribe 
sobre la sociología de la matemática sin haber estudiado esta ciencia, y 
así por el estilo, constituyéndose en un observador desde la galería 
digamos premalinowskiano, más bien que en un genuino observador 
participante, si bien pretende contar con un método rápido a infalible 
para adquirir competencia natural en cualquier ciencia, o sea, para 
dominar tanto las reglas tácitas como las explícitas de cualquier "juego" 
científico. La receta es la siguiente: "La mejor forma de adquirir el 
conocimiento tácito es el trato directo" con los hombres de ciencia, sea 
cual fuere su especialidad (Collins 1983, 92).!
Sin embargo, Collins (1983) admite que "el método de la plena 
participación rara vez puede alcanzarse (sic) en la práctica... pero una 
serie de entrevistas en profundidad puede constituir un sustituto 
aceptable" (pág. 93). Vale decir, que para dominar un sector de 
investigación no es necesario en absoluto haberlo estudiado, y menos 
todavía emprender investigaciones originales: basta con proceder a un 
breve reportaje de periodismo científico.!
No es de extrañar que los sociólogos de la ciencia persuadidos de que la 
investigación científica es un quehacer ordinario hagan descubrimientos 
que también lo son. En realidad, lo que descubren efectivamente es que 
la investigación científica no se desarrolla de modo aislado, sino en 
medio de una red de colaboración social; que cada miembro de un 
equipo de investigación intercambia con los demás una cantidad de 
informaciones, preguntas, evaluaciones, propuestas, y otras 
comunicaciones; que los hombres de ciencia formulan proposiciones de 
diferentes clases (por ejemplo, provisionales y asertivas); que 
permanentemente unas categorías se van transformando en otras, y que 
"el destino de lo que decimos y hacemos está en manos del usuario 
ulterior" (Latour 1987, 29).!
Junto a esta sarta de lugares comunes, damos también con egregios 
dislates, como las afirmaciones de que toda proposición tiene contenido 
social; que "una proposición se convierte en un hecho" cuando "es 
liberada de las circunstancias en que fue producida" (Latour y Woolgar 
1979); que la realidad es construida y "desconstruida" del mismo modo 
Sociología de la ciencia
que un texto literario; que "según se ha demostrado, todo el proceso de 
construcción de los hechos puede explicarse dentro de un marco de 
referencia sociológico" (Latour 1980, 53); que hasta la noción de 
contradicción, así como las operaciones de calibración de instrumentos y 
de análisis estadístico, pueden y deben ser construidas en términos 
sociológicos (Collins 1983, 101); que "las inferencias de lo general a lo 
particular tienen en realidad carácter inductivo" (Barnes 1982, 101), y 
así sucesivamente.!
En fin, para aplicar un viejo juego de palabras, lo que es verdadero en la 
nueva sociología de la ciencia, no es original, y lo que es original, no es 
verdadero (véase también Gieryn 1982).!
10. EL ORDINARISMO!
Uno de los principales dogmas de la nueva sociología de la ciencia es 
que el conocimiento científico no tiene nadade peculiar, y menos aún de 
extraordinario: es tan sólo una "construcción social" más, otro "escenario 
político". ¿Qué puede esperarse de investigaciones efectuadas sobre la 
base de esta presunción, a la cual denominaré "ordinarismo"? ¿Podemos 
esperar acaso que nos enseñe lo que distingue a la ciencia de los demás 
sectores del quehacer humano, como la técnica, la ideología, la industria 
o la política, y de qué modo participa en una acción recíproca con ellos? 
Es obvio que no, pues la nueva sociología de la ciencia niega tal 
diferencia, y por tanto la posibilidad misma de tal interacción. ¿Podemos 
quizás esperar que la nueva sociología de la ciencia descubra los factores 
sociales que estimulan, y los que inhiben el progreso de la ciencia? 
Desde luego que no, pues sostiene que los factores sociales mismos son 
construcciones, y en particular, construcciones científicas. Tampoco 
podemos esperar que descubra ninguna otra cosa que exista en el mundo 
exterior, por la sencilla razón de que ese mundo es inexistente. Si 
tomamos al pie de la letra lo que afirma el constructivismo, sólo 
podemos esperar que nos proporcione lo que él mismo hace. Y si 
tomamos al pie de la letra el relativismo, no podemos esperar que nos 
suministre algo mejor que fábulas. Entonces, ¿por qué deberíamos creer 
en lo que puede decirnos la nueva sociología de la ciencia?!
!
Francis Bacon, que no es uno de los héroes de esta tendencia, creía haber 
dado con un conjunto de reglas mediante las cuales personas corrientes -
y bastaría, en rigor, con unas pocas docenas de éstas- podrían efectuar 
descubrimientos científicos por sí mismas. Los partidarios de la nueva 
sociología de la ciencia (v.g. Knorr-Cetina 1981; Latour 1983) están de 
acuerdo con el abuelo del positivismo, y van aun más lejos que él, al 
aseverar que en la ciencia no hay nada de especial, "nada que revista 
cualidad cognoscitiva alguna". Para citar a Latour (1983): "E1 hecho 
Sociología de la ciencia
científico es producido por personas comunes, ordinarias, en ámbitos 
corrientes, que no están vinculadas entre sí por ninguna norma ni forma 
de comunicación, pero que trabajan con dispositivos inscriptores" (pág. 
162). No tiene importancia lo que las inscripciones signifiquen ni cómo 
se verifique su contenido para cerciorarse de su coherencia y de su 
veracidad: lo único que interesa es la "tecnología de la inscripción 
(escritura, enseñanza, impresión, dispositivos registradores)". Como dice 
Feyerabend, "en el laboratorio todo vale, excepto los dispositivos de 
inscripción y los documentos" (Latour 1983,161).!
!
La concepción constructivista-relativista de la investigación científica es 
una versión sociologizada de la tesis de Bacon, según la cual los 
hombres de ciencia sólo se ocupan de compilar (o mejor dicho, 
construir) datos, de hacer inscripciones, de "negociar" entre sí, y de 
modificar sus “reglas" (hasta sus "reglas para ver") en formas 
misteriosas (véase, por ejemplo, Collins, 1983). Por algún motivo 
ignoto, el descubrimiento de problemas, la concepción de hipótesis, el 
diseño de experimentos y las comprobaciones de la verdad no figuran 
para nada en el "modelo wittgensteiniano/fenomenológico/kuhniano de 
la actividad científica", como lo llama Collins (1983).!
Dado que la nueva sociología de la ciencia es externalista y pragmatista, 
no presta atención a las teorías científicas o bien, en caso de hacerlo, las 
toma por cúmulos de inscripciones que pueden someterse a "análisis 
semiótico", como lo ha hecho Latour (1988) con la relatividad especial. 
Y, al pasar por alto o interpretar mal las teorías científicas, no 
proporciona una descripción adecuada (verdadera) de las operaciones de 
laboratorio, todas las cuales suponen en realidad alguna teoría, hasta el 
punto de que hay algunas que tienen precisamente por objeto poner a 
prueba determinadas teorías.!
Así es como Latour y Woolgar (1979) y Knorr-Cetina (1981) creen que 
el rasgo esencial del trabajo de laboratorio es la manipulación de 
artefactos. Al hacerlo, los hombres de ciencia, según estos autores, no 
descubrirían ni inventarían nada (ni siquiera los instrumentos mismos) 
sino que tan sólo adquirirían y acumularían "nuevas calificaciones para 
la manipulación de objetos"; en particular, objetos de laboratorio (Knorr-
Cetina 1981; Latour 1983). Pero en realidad, la manipulación de los 
instrumentos de laboratorio queda frecuentemente a cargo de técnicos, y 
hasta de dispositivos automáticos, siendo así que los instrumentos no son 
sino medios con que se cuenta para adquirir conocimientos objetivos 
acerca del mundo. Cuando los medios son sistemáticamente confundidos 
con los fines, algo anda muy mal en este planeta, y no sólo en lo que 
incumbe a la moral, sino también en todos los demás aspectos.!
Sociología de la ciencia
!
Podría entonces suponerse, aplicando esta visión operacionalista de la 
labor científica, que Newton no se dedicó a investigar el movimiento de 
los cuerpos (o sea, los referentes de la mecánica) sino que se ocupaba de 
manipular instrumentos de medición -lo cual, lamentablemente, no le 
interesaba-. Y que, por más introvertido que fuera, estaba en realidad 
inmerso en "negociaciones" con Leibniz y con los cartesianos. Podría 
también presumirse que su victoria final sobre uno y otros fue resultado 
de su habilidad para maniobrar más eficazmente que sus rivales, o sea, 
de haber sido mejor político que ellos. Análogamente, habría que 
imaginar que Crick y Watson se pasaron el tiempo en Cambridge 
efectuando mediciones (cosa que en realidad nunca hicieron) y 
"negociando" con Rosalind Franklin y otros cristalógrafos, así como con 
Linus Pauling por intermedio del hijo de éste, pese a lo cual siempre 
creyeron que estaban tratando de descubrir la composición y estructura 
del material genético. De haber conocido el programa constructivista/
relativista se habrían enterado de lo que en realidad estaban haciendo. En 
efecto, si uno quiere librarse de sus ilusiones vanas, basta con que se 
haga tratar por un terapeuta de la ciencia.!
Los partidarios de la nueva sociología de la ciencia proclaman 
repetidamente que, lejos de descuidar el "contenido técnico" de los 
proyectos científicos que estudian, lo que hacen es proporcionar 
"descripciones detalladas de los 'tornillos y las tuercas' de la actividad 
científica" (Pinch 1985, 3). Esto lo consiguen, no ya sometiéndose al 
dilatado proceso de un aprendizaje científico normal, sino visitando 
laboratorios científicos. De esta manera Pinch (1985) nos cuenta que se 
"familiarizó" con el intrincado problema de los neutrinos solares 
"mediante una visita al lugar del experimento" [es decir, el que venía 
dirigiendo Raymond Davis, donde pasó "unos días conversando con los 
integrantes del grupo de investigadores que lo realizaban, y 
'observándolos"' (pág. 5). Para proceder así no es necesario contar con 
ninguna preparación sólida en materia de física teórica o experimental, 
sino que basta con tener el tupé de hacerse invitar a visitar un 
laboratorio, a la vez que poseer suficiente dominio del idioma natural 
como para entender la versión popularizada que el anfitrión tenga la 
gentileza de proporcionar al audaz explorador. Evidentemente, aunque a 
esto se le dé el nombre de observación participativa, en realidad es tan 
sólo un vistazo desde la galería.!
!
Lo cierto es que para participar efectivamente en un proyecto científico, 
desempeñando cualquier papel que no sea el de un técnico de laboratorio 
corriente, es necesario entender el problema que se está investigando. 
Por ejemplo, para entender el llamado "problema de los neutrinos 
Sociología de la ciencia
solares", es preciso leer las complejas fórmulas matemáticas del flujo de 
neutrinos. Y para entender el diseño del experimento, es indispensable 
dominar, entre otras cosas, el principio de detección de neutrinos que se 
está utilizando, lo cual exige conocer elementos bastante complejos de 
física atómica teórica. De lo contrario,no es posible entender el 
problema, consistente en la explicación de la discrepancia entre los datos 
de las mediciones y el cálculo teórico, y mucho menos exponerlo. Debe 
reconocerse que Pinch ha conseguido popularizar acertadamente toda 
esta cuestión, pero sin haber podido explicar los "resortes y engranajes" 
del caso, porque para ello habría necesitado poseer conocimientos 
sumamente especializados. Después de todo, la ciencia no es asunto tan 
ordinario.!
Irónicamente, ocurre que el análisis de Pinch constituye, con excepción 
de algunos comentarios marginales, una exposición completamente 
epistemológica y por tanto internalista de la forma en que se interpretan 
los datos de la observación a la luz de las teorías -lo cual, 
lamentablemente, se reduce a un análisis superficial, pues sólo menciona 
algunas de las teorías implicadas en el proyecto, sin analizar ninguna de 
ellas-. Pinch pretende haber esbozado una integración teórica de 
descubrimientos mediante estudios de casos en términos de dos 
conceptos supuestamente novedosos: la externalidad y el contexto 
evidencial. Lo que denomina "externalidad" o "externalización de la 
observación" es la "cadena de interpretaciones en que se incurre al 
efectuar una observación". Sostiene, con razón, que los resultados 
empíricos deben poder "verse" mediante la aplicación de las teorías, pero 
no intenta siquiera mostrar cómo se realiza esa "interpretación" mediante 
fragmentos de teoría e hipótesis indicadoras (véase al respecto Bunge 
1978, 1983b).!
En cuanto al "contexto evidencial de observación", sólo se trata de un 
nombre erróneo del propósito de una observación. ¿Es que ésta se 
efectúa para descubrir nuevos hechos, para averiguar nuevos datos que 
han de insertarse en un cálculo teórico, para probar una teoría, o para 
verificar los resultados de otra observación? En resumen, Pinch ha 
estado reinventando precisamente aquella filosofía de la ciencia que él y 
sus compañeros de armas han venido denunciando, con tanta 
vehemencia, como infiel al saber científico. Pero, por desconfiar de la 
lógica, no han podido construir una filosofía de la ciencia clara y 
coherente.!
El cultor de la nueva sociología de la ciencia no se molesta en aprender 
el idioma de la tribu que pretende estudiar. Una o dos veces en su vida 
visita un laboratorio de biología sin saber nada de la materia, escribe 
sobre la sociología de la matemática sin haber estudiado esta ciencia, y 
así por el estilo, constituyéndose en un observador desde la galería 
Sociología de la ciencia
digamos premalinowskiano, más bien que en un genuino observador 
participante, si bien pretende contar con un método rápido a infalible 
para adquirir competencia natural en cualquier ciencia, o sea, para 
dominar tanto las reglas tácitas como las explícitas de cualquier "juego" 
científico. La receta es la siguiente: "La mejor forma de adquirir el 
conocimiento tácito es el trato directo" con los hombres de ciencia, sea 
cual fuere su especialidad (Collins 1983, 92).!
Sin embargo, Collins (1983) admite que "el método de la plena 
participación rara vez puede alcanzarse (sic) en la práctica... pero una 
serie de entrevistas en profundidad puede constituir un sustituto 
aceptable" (pág. 93). Vale decir, que para dominar un sector de 
investigación no es necesario en absoluto haberlo estudiado, y menos 
todavía emprender investigaciones originales: basta con proceder a un 
breve reportaje de periodismo científico.!
No es de extrañar que los sociólogos de la ciencia persuadidos de que la 
investigación científica es un quehacer ordinario hagan descubrimientos 
que también lo son. En realidad, lo que descubren efectivamente es que 
la investigación científica no se desarrolla de modo aislado, sino en 
medio de una red de colaboración social; que cada miembro de un 
equipo de investigación intercambia con los demás una cantidad de 
informaciones, preguntas, evaluaciones, propuestas, y otras 
comunicaciones; que los hombres de ciencia formulan proposiciones de 
diferentes clases (por ejemplo, provisionales y asertivas); que 
permanentemente unas categorías se van transformando en otras, y que 
"el destino de lo que decimos y hacemos está en manos del usuario 
ulterior" (Latour 1987, 29).!
Junto a esta sarta de lugares comunes, damos también con egregios 
dislates, como las afirmaciones de que toda proposición tiene contenido 
social; que "una proposición se convierte en un hecho" cuando "es 
liberada de las circunstancias en que fue producida" (Latour y Woolgar 
1979); que la realidad es construida y "desconstruida" del mismo modo 
que un texto literario; que "según se ha demostrado, todo el proceso de 
construcción de los hechos puede explicarse dentro de un marco de 
referencia sociológico" (Latour 1980, 53); que hasta la noción de 
contradicción, así como las operaciones de calibración de instrumentos y 
de análisis estadístico, pueden y deben ser construidas en términos 
sociológicos (Collins 1983, 101); que "las inferencias de lo general a lo 
particular tienen en realidad carácter inductivo" (Barnes 1982, 101), y 
así sucesivamente.!
En fin, para aplicar un viejo juego de palabras, lo que es verdadero en la 
nueva sociología de la ciencia, no es original, y lo que es original, no es 
verdadero (véase también Gieryn 1982).!
Sociología de la ciencia
!
11. IDEOLOGÍA Y CIENCIA!
Un número considerable de adeptos de la nueva sociología de la ciencia 
han adoptado la tesis de Herbert Marcuse (1964), Jürgen Habermas 
(1971), y otros miembros de la llamada teoría crítica, según la cual la 
ciencia (incluida la matemática) y la tecnología tienen contenido 
ideológico, y hasta han llegado a convertirse en la ideología del 
capitalismo contemporáneo, desempeñando así la función de legitimar 
los poderes establecidos. Pero, ¿cuáles son las pruebas de una tesis tan 
audaz? Sus defensores, por lo pronto, no las presentan.!
Es bien sabido que la ciencia y la tecnología modernas se han 
desarrollado paralelamente con el capitalismo y que la ideología se 
infiltra en las ciencias sociales, particularmente en la economía. (El 
aspecto histórico no se presta, mayormente a discusión; en cuanto al 
segundo, véanse, por ejemplo, Robinson y Eatwell 1974; Galbraith 
1987). Pero la ciencia y la tecnología deberían ser igualmente útiles -si 
no más, como sostenía Bernal (1939)- en una sociedad (genuinamente) 
socialista. En cuanto a la economía, cabe recordar que las teorías y 
métodos económicos, a diferencia de las políticas económicas, deben 
estar libres de todo contenido ideológico para que puedan considerarse 
científicos, y esto por la definición misma de "ciencia" y de "ideología". 
Dado que los métodos y modelos econométricos, los modelos de 
insumo-producto, y los modelos bioeconómicos son transferibles de una 
sociedad a otra, no hay motivo para sospechar que están contaminados 
ideológicamente. O al menos no se han ofrecido pruebas para 
demostrarlo.!
Más infundada todavía es la acusación de que la matemática pura y las 
ciencias naturales básicas son armas políticas del capitalismo. ¿Es acaso 
posible advertir contenido económico o social alguno en el teorema de 
Pitágoras, o en el teorema de Euclides sobre la existencia de infinitos 
números primos? ¿Cuál es el contenido social de las afirmaciones según 
las cuales el átomo de hidrógeno tiene un solo protón, el de carbono 
cuatro valencias, los ribosomas sintetizan proteínas, el encéfalo está 
compuesto de varios subsistemas, cada uno con una función específica, 
la progenie se parece a sus progenitores, o el plomo es tóxico? Claro está 
que la matemática y demás ciencias pueden ser utilizadas con fines 
económicos o políticos. Pero el hecho de que puedan emplearse con 
objetivos sociales tanto buenos como malos es sin duda un argumento 
favorable a la tesis de que son intrínsecamente neutrales.!
!
Si a toda proposición matemática o científica se le atribuyera algún 
contenido social (indefinido), se deduciría que todas las controversiasSociología de la ciencia
científicas tienen un componente ideológico, y a la vez que se dirimen 
por medios diferentes del experimento, el cálculo, o los argumentos 
lógicos. Por cierto que éstas son otras tantas tesis favoritas de la nueva 
sociología de la ciencia. Una vez más, debemos preguntarnos: ¿Dónde 
están las pruebas de esas afirmaciones? Sólo se apoyan, presuntamente, 
en que algunas polémicas científicas han revestido en verdad matices 
ideológicos, a raíz de que una de las opiniones en conflicto integraba la 
ideología de la clase dominante. Así ocurrió, notoriamente, en casos 
tales como el juicio de Galileo, la controversia del evolucionismo versus 
el creacionismo, la supuesta existencia de razas humanas superiores, el 
escándalo de Lysenko, y algunos más. Pero en última instancia el 
veredicto ha sido científico, y no político.!
!
Sólo un inductivista muy primitivo daría el salto de algunos a todos sin 
prestar atención a los contraejemplos. Y por cierto que hay gran 
abundancia de éstos, pues las justas científicas libres de elementos 
ideológicos siempre han sido mucho más frecuentes que las cargadas de 
ideología. Véase si no la siguiente muestra al azar de acaloradas 
controversias en la primera de estas dos categorías, a saber: la relativa a 
la fusión en frío, de 1989; la que está en curso acerca de la existencia de 
los "agujeros negros"; la que opone a gradualistas y saltacionistas en la 
biología evolutiva; la disputa sostenida en los decenios de 1930 y 1940 
sobre la índole (eléctrica o química) de la transmisión interneuronal; las 
referentes a la interpretación de la teoría cuántica, desde su formulación 
en 1926; el apasionado debate sobre la relatividad especial durante el 
decenio subsiguiente a su invención en 1905; las discusiones en torno a 
la existencia misma de los átomos y respecto a la teoría de los conjuntos 
hacia el 1900; la polémica entre los teorizadores del campo 
electromagnético y los partidarios de la acción a distancia a mediados 
del siglo XIX, y el conflicto entre newtonianos y cartesianos durante los 
siglos XVII y XVIII.!
!
No se trata con lo antedicho de negar que algunas de estas controversias 
hayan tenido componentes filosóficos. Por ejemplo, la última de ellas los 
tenía en efecto, pero ocurre que los dos puntos de vista rivales, el 
cartesiano y el newtoniano, eran ideológicamente progresivos en aquella 
época, pues eran ambos mecanicistas. Ahora bien, lo importante es 
destacar que dichas controversias científicas estaban libres de ideología, 
y que se les dio término por medios estrictamente científicos (en 
particular, los newtonianos triunfaron al demostrar que podían calcular, y 
hasta predecir, las trayectorias de los cuerpos en multitud de casos, 
mientras que los cartesianos estaban muy lejos de poder hacer nada por 
el estilo). Los contraejemplos que preceden, y que podrían multiplicarse 
Sociología de la ciencia
fácilmente, refutan la tesis de la nueva sociología de la ciencia según la 
cual en todos los casos el consenso en materia científica depende de la 
capacidad para abrirse paso a codazos, gritar más fuerte, mentir mejor, o 
tener más poder.!
No puede negarse empero que en algunos casos hay factores ideológicos 
o sociopolíticos que se interponen en el curso normal de la controversia 
científica. Pero esto no ocurre siempre. En particular, no ocurrió durante 
la polémica entre Pasteur y Pouchet sobre la generación espontánea, 
utilizada por algunos partidarios de la nueva sociología de la ciencia 
para confirmar sus propias tesis. Es cierto que Pasteur era católico, pero 
por otra parte su opositor era protestante, y en tal carácter habría debido 
apoyar a Pasteur para ser fiel al libro del Génesis. Empero, lo importante 
es destacar que Pasteur estaba acertado al negar la posibilidad de 
emergencia casi instantánea de organismos a partir de materia inorgánica 
-especialmente en las condiciones de asepsia que llegó a establecer-. Y 
no se le puede reprochar el no haber anticipado la hipótesis de Oparin de 
1922 acerca del origen abiótico de la vida. Sean cuales hayan podido ser 
los méritos filosóficos de la hipótesis de Pouchet, ésta fue refutada en 
forma decisiva por Pasteur sobre la base de argumentos puramente 
científicos (como lo expone ampliamente Roll-Hansen, 1983).!
!
Nuestro último ejemplo es la versión de Pinch (1979a) de la fase inicial 
en la controversia sobre las variables ocultas en la mecánica cuántica 
desencadenada por el famoso trabajo publicado por David Bohm en 
1952. La parte técnica de dicha versión es correcta, aunque superficial 
en la medida en que no distingue entre los dos aspectos filosóficos de la 
polémica. Uno de ellos está constituido por los problemas ontológicos 
del determinismo y la cuestión de si toda propiedad física posee un valor 
"nítido" en todo momento. (Ahora, sobre todo después de lo que hemos 
aprendido con los experimentos efectuados en 1981 por Aspect y otros -
que acarrearon la refutación de las desigualdades de Bell- es muy fácil 
reconocer que Bohm, lo mismo que Einstein y De Broglie, estaba 
equivocado en este asunto). El otro componente filosófico reside en la 
cuestión epistemológica de averiguar si la mecánica cuántica se refiere a 
la realidad física, o bien si sólo concierne a las operaciones de algún 
experimentador. (A mi entender, Bohm, Einstein y de Broglie tenían 
razón en este aspecto; véase Bunge 1979, 1985a, 1988.) No obstante, 
aquí debemos concentrarnos en el aspecto supuestamente sociológico de 
la versión de Pinch (1979a).!
La originalidad del análisis de Pinch reside en su pretensión de ser 
sociológico tan sólo por emplear las expresiones de Pierre Bourdieu 
"capital social" y "estrategia de inversión" involucradas en una analogía 
superficial entre la producción del conocimiento y la de las mercancías, 
Sociología de la ciencia
que había sido sugerida anteriormente por Louis Althusser (Bourdieu 
1975). La hipótesis era que la actividad científica constituye una lucha 
para ganar ascendiente en la ciencia ("reconocimiento de capital"). Esta 
contienda se desarrolla tomando en cuenta las "estrategias de inversión" 
y, ocasionalmente, también las "estrategias de subversión". En esta 
forma, se nos dice que "en 1943 él [Bohm] incrementó su capital social 
al obtener un doctorado... En 1945 adquirió más capital mediante su 
designación para el cargo de profesor auxiliar en Princeton" (Pinch 
1979a, 179). La publicación de su famoso libro de texto sobre mecánica 
cuántica "proporcionó a Bohm un capital mayor y lo ayudó a establecer 
relaciones con la elite de los quanta" (pág. 180). Hacia 1952, Bohm 
"había acumulado considerable capital social", y "modificó entonces su 
rumbo para adoptar una estrategia de subversión, al publicar su trabajo 
heterodoxo" (pág. 181).!
¿Podría tal vez afirmarse que esta representación de David Bohm como 
"capitalista social" dedicado a la acumulación de capital y a la captura de 
nuevos activos contribuya a esclarecer su intento de refundar la 
mecánica cuántica en términos de variables ocultas? De ninguna manera, 
pues deja de lado el principal motivo que animaba a Bohm, que era 
filosófico. Esto lo sé por haber pasado un semestre con él en 8áo Paulo 
durante 1953, discutiendo precisamente las cuestiones suscitadas por su 
artículo de 1952. En aquella época Bohm estaba trabajando sobre tres 
arduos problemas científico-filosóficos. Uno de ellos era el ensayo de 
derivar las probabilidades de la mecánica cuántica de alguna función o 
funciones distintas de la función de estado (o función psi). El segundo 
era un intento de dilucidar las relaciones entre causación y azar mediante 
el concepto de nivel de organización (Bohm había leído mi artículo 
sobre el tema [Bunge 1951], le había parecido bien, y a raíz de ello había 
obtenido para mí un subsidio de investigación, a fin de que pudiéramos 
debatir mano a mano las objeciones a su teoría que yo le había 
presentado por carta). El tercer problema de Bohmen aquel momento 
era cómo aplicar su propia teoría alternativa para resolver el problema de 
la medición, lo cual, según había declarado Wolfgang Pauli -conforme al 
dogma operacionalista- era necesario para dotar de significado físico a la 
teoría de Bohm.!
La versión de este asunto proporcionada por Pinch está muy lejos de ser 
exacta, ya que pasa por alto las ideas que inspiraban a Bohm en aquel 
período. Además, no toma en cuenta para nada su desinteresada y 
apasionada búsqueda de la verdad, ni el valor que desplegó para hacer 
frente a la ortodoxia, sin esperanzas de vencerla y sin deseos de adquirir 
forma alguna de poder -y por otra parte, sin esperar tampoco en absoluto 
un incremento del posible "capital social" (es decir, prestigio académico) 
que había ganado anteriormente-. Obvio es decir que la interpretación de 
Bourdieu-Pinch también dista mucho de explicar el ulterior viraje de 
Sociología de la ciencia
Bohm hacia el misticismo oriental. (Véanse las críticas a la versión de 
Bourdieu en Bourricaud 1975; Knorr-Cetina 1983).!
Al comienzo del presente capítulo hemos mencionado una de las raíces 
de la creencia de que todo el conocimiento científico está contaminado 
de ideología. Hay además una segunda raíz, a saber, la transposición de 
la interesante hipótesis de Feuerbach-Durkheim según la cual las 
cosmogonías y religiones primitivas están modeladas sobre las 
características de las respectivas sociedades. E1 autor del proyecto del 
"programa fuerte" (Bloor 1976, cap. 2) cree que lo que vale para las 
cosmogonías y religiones primitivas también vale para la ciencia 
moderna. Pero, ¿por qué habría de suceder así, cuando la ciencia, lejos 
de ser un sistema de creencias, es un campo de investigación, y por ello 
un ámbito en el cual la creencia viene tan sólo a coronar (y además sólo 
pro tempore) la etapa final de la hipótesis y los datos?!
La aseveración de que las controversias científicas sólo pueden ser 
resueltas por medios extracientíficos tiene asimismo una tercera raíz, a 
saber, la tesis de la "subdeterminación" de la teoría por los datos, 
popularizada por W.V. Quine, pero que ya era conocida de los 
astrónomos en la Grecia antigua. Según ella, todo conjunto de datos 
empíricos puede ser explicado por dos o más teorías, que reciben a 
continuación el nombre de "equivalentes empíricos". Los 
convencionalistas, como Pierre Duhem, y algunos empiristas, como 
Philipp Frank, han esgrimido este supuesto hecho científico contra el 
realismo científico y en favor de la concepción según la cual las 
polémicas científicas se zanjan mediante el recurso a algún criterio no 
científico (pero siempre conceptual) como la simplicidad (véase, por 
ejemplo, Bunge 1963). Los partidarios de la nueva sociología de la 
ciencia lo utilizan en apoyo de su afirmación de que las controversias 
científicas se resuelven mediante recursos no conceptuales, tales como 
maniobras políticas. En rigor, el problema de la subdeterminación 
empírica no es tan grave como parece, y no hay ninguna prueba de que 
los hombres de ciencia lo resuelvan en formas no conceptuales.!
Lo cierto es que la situación de subdeterminación usual concierne a 
hipótesis y no a teorías (sistemas de hipótesis). Se estima que las 
segundas, a diferencia de las primeras, explican una cantidad de 
colecciones de datos aparentemente dispares. Y, lo que viene a ser lo 
mismo, se considera que las teorías científicas predicen hechos que, 
prima facie, parecen inconexos. Por ello, una prueba clásica a la que se 
someten las teorías rivales es la consistente en averiguar cuál de ellas 
predice más exactamente la mayor variedad de hechos. Así es como la 
teoría del campo electromagnético de Maxwell fue preferida a la teoría 
de la acción a distancia de Ampére-GaussWeber, la teoría de la 
Sociología de la ciencia
relatividad de Einstein a la mecánica clásica, la electrodinámica cuántica 
a la electrodinámica clásica, y así sucesivamente.!
Pero con todo, es verdad que no basta con la capacidad predictiva, y que 
las teorías científicas se elaboran de modo que puedan superar toda una 
batería de pruebas suplementarias, que nunca dejan de ser conceptuales 
(Bunge 1963, 1969, 1983b). Una de ellas es la que denomino "prueba de 
coherencia externa", a saber, la compatibilidad con el grueso del 
conocimiento precedente. Otra es la compatibilidad con la concepción 
del mundo que prevalece en el seno de la comunidad científica -y que 
puede divergir con respecto a la ideología de la clase dominante-. Esto 
no es sorprendente, porque toda concepción científica del mundo va 
desarrollándose paralelamente a la evolución de la ciencia misma. Por 
ejemplo, si dos teorías psicológicas rivales del aprendizaje son 
compatibles con los mismos datos experimentales, pero una de ellas 
hace referencia a algún proceso neurofisiológico y la otra no, lo más 
natural es preferir la primera por las siguientes razones: en primer lugar, 
porque ayudará a explorar los mecanismos neurofisiológicos de 
aprendizaje, y así podrá ir adquiriendo más amplias bases empíricas; y 
en segundo término, porque la hipótesis de que las funciones mentales 
son funciones cerebrales, y no de una mente inmaterial, es coherente con 
la concepción del mundo naturalista que predomina en la comunidad 
científica contemporánea. De modo que, para resumir, la filosofía 
desempeña en efecto cierto papel en las controversias científicas, o al 
menos en algunas de ellas, mientras que la política no desempeña 
ninguno, o bien, si lo hace, es indicio de que una de las partes no es 
científica, sino política.!
Algo debe andar muy mal en el marco de un estudio de la ciencia que es 
incapaz de diferenciar a ésta de la ideología, o peor aún que las 
entremezcla. La fuente de esta confusión es la ingenua epistemología 
pragmatista según la cual el conocimiento "es aquello que los hombres 
tienen por conocimiento. Consiste en aquellas creencias a las cuales los 
hombres otorgan su confianza y conforme a las cuales viven" (Bloor 
1976, 2) -si bien con la condición de que la palabra "conocimiento" se 
reserve a "aquello que recibe la aprobación colectiva, dejando a un lado, 
como mera creencia, lo individual y lo peculiar" (pág. 3)-. O sea, que es 
conocimiento toda creencia que goza de sanción social (véanse las dos 
diferentes críticas de esta concepción del conocimiento como creencia 
formuladas por Popper 1972 y Bunge 1983a). Conforme a esta 
definición del "conocimiento", teorías abstrusas pero bien confirmadas, 
como la mecánica cuántica, no llegan a ser conocimiento porque no 
cuentan con aprobación colectiva. Pero, en cambio, las supersticiones sí 
lo son, dada su popularidad.!
!
Sociología de la ciencia
Pero no nos detengamos indebidamente en la definición correcta del 
concepto de conocimiento. Lo decisivo en la materia es saber si el 
estudioso de la ciencia debería o no establecer alguna distinción entre lo 
verdadero y lo falso. Según los partidarios del "programa fuerte", el 
sociólogo no se interesa en la distinción entre la verdad y la falsedad, 
sino que debe dedicar una "atención equivalente" a cada teoría, y las 
suyas propias "han de aplicarse tanto a las creencias verdaderas como a 
las falsas", "independientemente de cómo las evalúe el 
investigador" (Bloor 1976, 3). En consecuencia, el sociólogo de la 
ciencia de nuevo estilo resulta incapaz de distinguir la ciencia de la 
inciencia, y al mismo tiempo no desea proceder a esa distinción. Pero 
este problema merece una sección por separado.!
!
12. LA INCIENCIA!
La mayoría de los sociólogos de la ciencia de nuevo cuño no admiran la 
ciencia, ni la estiman, ni confían en ella. La consideran como una 
ideología, un instrumento de dominación, un dispositivo para la 
confección de inscripciones que no puede pretender legitimidad 
universal, y en definitiva, como una clase más de construcción social, 
comparable a la excavación de trincheras, o peor aún. Consideran a los 
hombres de ciencia como artesanos hábiles, perotambién como 
especuladores inescrupulosos y como políticos sin principios. En 
síntesis, se ríen de la definición del ethos científico formulada por 
Merton.!
Los cultores de la nueva sociología de la ciencia consideran todos los 
hechos, o por lo menos lo que ellos denominan "hechos científicos", 
como construcciones sociales. Pero en las cuestiones relativas al 
conocimiento las únicas construcciones sociales genuinas son las 
falsificaciones científicas perpetradas por dos o más individuos. Un 
famoso fraude de esta índole fue el del hombre fósil de Piltdown, 
"descubierto" por dos personas en 1912, y certificado como auténtico 
por varios expertos (entre ellos Teilhard de Chardin), que sólo fue 
desenmascarado en 1950. Conforme al criterio de existencia sostenido 
por la nueva sociología de la ciencia, deberíamos admitir que el hombre 
de Piltdown existió -por lo menos entre 1912 y 1950- porque la 
comunidad científica creyó en él. ¿Estamos dispuestos a aceptarlo, o 
bien debemos concluir que la nueva sociología de la ciencia es incapaz 
de distinguir la realidad de la superchería o simplemente no quiere 
hacerlo?!
Dado que los adeptos de esa corriente niegan que exista diferencia 
conceptual alguna entre la ciencia y otras actividades humanas, algunas 
de sus evaluaciones de la ciencia coinciden con la de la contracultura, 
Sociología de la ciencia
hasta tal punto que en algunos importantes aspectos dicha tendencia 
viene a integrarla. Veamos algunos ejemplos ilustrativos en la materia.!
Michael Mulkay (1972), uno de los principales iniciadores de la nueva 
sociología de la ciencia, se indigna ante la forma en que la comunidad 
científica trata el libro supuestamente revolucionario de Immanuel 
Velikovsky Worlds in Collision (1950). Reprocha a los hombres de 
ciencia su "rechazo abusivo y acrítico" de las especulaciones de 
Velikovsky, y les echa en cara su adhesión a los "paradigmas teóricos y 
metodológicos", entre ellos, las leyes de la mecánica celeste. Sostiene 
asimismo que los astrónomos tienen el deber de poner a prueba las 
fantasías de dicho autor.!
Al formular estas quejas, Mulkay ignora que: 1) el peso de la prueba 
corre por cuenta del presunto innovador; 2) las pruebas empíricas son 
innecesarias cuando una teoría viola otras teorías bien confirmadas o 
métodos aplicados con éxito, además de no resolver ninguno de los 
problemas subsistentes; 3) casi todas las afirmaciones de Velikovsky han 
resultado inexactas (con excepción de su conjetura de que han tenido 
lugar choques entre galaxias, acierto fortuito para el cual no había 
aportado ninguna prueba); y 4) los hombres de ciencia tienen asuntos 
más importantes a los cuales dedicarse que gastar sus energías en poner 
a prueba las fantasías de un lego sin credencial científica alguna. Es por 
ello que el eminente y cortés astrónomo estadounidense Harlow Shapley, 
atacado por Mulkay, rechazó terminantemente el libro en cuestión. No 
obstante, un grupo de hombres de ciencia, encabezado por Carl Sagan, 
se tomó el trabajo de criticar en pormenor las fantasías de Velikovsky, y 
la Asociación Estadounidense para el Progreso de la Ciencia dedicó toda 
una reunión especial a debatirlas (Goldsmith 1977).!
Segundo ejemplo: Yaron Ezrahi (1972) pretende que los 
"descubrimientos" de Arthur Jensen sobre la inferioridad intelectual de 
los negros fueron rechazados por la comunidad científica estadounidense 
por motivos ideológicos, y sostiene que los genetistas fueron los más 
vehementes en sus críticas contra la obra de Jensen, al menos en parte 
por preocuparles "su propia imagen y apoyo en la opinión pública". Pero 
no se molesta en analizar las diversas pruebas de cociente de inteligencia 
de las cuales Jensen extrajo sus conclusiones. Si lo hubiera hecho, se 
habría enterado de que en aquella época las pruebas en cuestión estaban 
culturalmente cargadas en favor de los blancos con respecto a los negros, 
y que por otra parte ningún test de inteligencia es completamente 
fidedigno a menos que esté respaldado por una teoría de la inteligencia 
plenamente confirmada, que por el momento no existe (Bunge y Ardila 
1987).!
!
Sociología de la ciencia
Otros dos ruidosos partidarios de la nueva sociología de la ciencia, H.M. 
Collins y T.J. Pinch, han pergeñado toda una ardiente defensa de la 
astrología y de la parapsicología (véase Pinch y Collins 1979, 1984; 
Pinch 1979b; Collins y Pinch 1982). Defienden, en particular, el "efecto 
Marte" (vinculando la posición de dicho planeta en la fecha del 
nacimiento con las proezas de los deportistas) anunciado por los 
psicólogos franceses Michel y Francoise Gauquelin; las investigaciones 
de J.B. Rhine -a quien califican de "archiexponente del método 
estadístico riguroso"- en materia de telepatía, psicocinética, y otras 
yerbas; y el trabajo sobre "visión remota" de R. Tharg y H. Puthoff. Al 
mismo tiempo, atacan al Comité de Investigación Científica de Alegatos 
sobre lo Paranormal (del cual soy miembro) y a su revista The Sheptical 
Inquirer por haber defendido lo que ellos denominan "modelo ordinario 
de la ciencia", y que motejan de "ideología".!
Desde luego, Collins y Pinch no proponen un "modelo" alternativo de 
ciencia. Sólo preconizan una "reevaluación del método científico" para 
dar lugar a la astrología, la parapsicología, el psicoanálisis y otras 
"ciencias extraordinarias". Sería contradictorio para la nueva sociología 
de la ciencia proponer criterios propios y paladinos acerca del 
conocimiento científico, desde el momento que tiene a éste por una 
"construcción social" ordinaria. ¿Pero cómo es posible examinar 
racionalmente el estatuto científico de una idea o práctica a menos que 
se aplique para ello alguna definición de la cientificidad, ya sea la 
clásica de Merton (1957), la mía (Bunge 1983b) o la de algún otro autor? 
En cuanto a los valores de verdad de los supuestos descubrimientos de 
astrólogos, parapsicólogos, psicoanalistas y afines, ¿cómo podríamos 
debatirlos dentro de un marco de referencia constructivista/relativista en 
el cual se afirma que la verdad es una convención social? ¿De qué 
serviría, entonces, citar alguno de los autorizados estudios que figuran en 
A Skeptic's Handbook of Parapsychology, compilado por Paul Kurtz 
(1985)?!
El volumen 3 del Sociology of the Sciences Yearbook está dedicado a 
los contramovimientos en las ciencias. La mayoría de los colaboradores 
de ese volumen simpatiza con la anticiencia y con la contracultura en 
general, mientras que otros preconizan el reconocimiento de la 
astrología, la parapsicología y el psicoanálisis como ciencias, o al menos 
como "ciencias controvertidas". Pero como no ofrecen una definición 
nueva y precisa de la ciencia para dar lugar a las mismas, su pretensión 
sólo puede considerarse como un cri du coeur ideológico.!
Algunos de los colaboradores del volumen 3 se refieren al "mito" de la 
ciencia, y atacan a la racionalidad; otros se atienen a criticar lo que 
consideran limitaciones de la ciencia, y, por último, hay quienes 
denuncian a la ciencia -que confunden con la tecnología- como sirvienta 
Sociología de la ciencia
del capitalismo. Pero todos esos autores comparten por igual la 
convicción de que "la ciencia es una relación social", si bien no explican 
lo que quieren decir con esto. (Ya sea que la ciencia sea concebida como 
un cuerpo de conocimientos, como una actividad, o como una 
comunidad de investigadores, no es una relación, por más que esté 
relacionada con multitud de otros elementos).!
No es sorprendente que la mayoría de los colaboradores de dicho 
volumen sean sumamente ingenuos. Uno de ellos cree en los OVNIS, 
otro en la astrología, un tercero en la telepatía, y un cuarto en todas esas 
cosas a la vez. Algunos, y en particular Hilary Rose (1979), vinculan a la 
anticiencia con la izquierda y no se dejan impresionar por las pruebas 
históricas de que la derecha siempre ha sospechado de la ciencia y se ha 
opuesto a la educación científica pública, aunque sólosea porque la 
gente ignorante es más fácil de engañar. Pero, pensándolo bien, no hay 
que sorprenderse de ello, pues Rose, que reprende al eminente físico y 
sociólogo de la ciencia J.D. Bernal por tener fe en el conocimiento 
científico, sale del paso con una cita de Mao en vez de formular un 
análisis de las relaciones entre la ciencia y la sociedad. Aparentemente, 
la nueva izquierda es tan anticientífica como la vieja derecha. (V Gross y 
Levitt 1994.)!
Hay varios otros ejemplos de esta convergencia de la izquierda con la 
derecha en la esfera cultural. Uno de ellos es la formación, en el decenio 
de 1970, de un movimiento de "filosofía radical", en cuyas filas se han 
juntado neomarxistas, fenomenólogos y existencialistas que rechazan la 
ciencia por igual. Otro caso es el común aborrecimiento hacia el 
cientificismo por parte de izquierdistas y derechistas en el Tercer 
Mundo. Y un tercer ejemplo es lo que Hirschman (1981) denomina "la 
non-sancta alianza" entre economistas neomarxistas y ortodoxos contra 
el desarrollo económico y contra la industrialización en América Latina.!
Otro ejemplo de esta alianza impía es el que ofrece la crítica de Hilary y 
Steven Rose (1974) contra la psiquiatría biológica y el correspondiente 
empleo de drogas para tratar la depresión, la esquizofrenia y otras graves 
enfermedades mentales reacias a los métodos de los psicólogos clínicos. 
Se oponen a la psicología biológica porque ésta busca "una explicación 
biológica a problemas de índole social". Y en consecuencia, apoyan el 
movimiento antipsiquiátrico de Laing, Cooper y Esteson, que consideran 
"políticamente desestabilizante". ¿Por qué no ir más a fondo y, por la 
misma razón, favorecer el charlatanismo médico en vez de la medicina 
"ortodoxa"? Y para mayor sorpresa, ocurre que Steven Rose es 
neurobiólogo de profesión. Pero en fin, no se trata del primer caso de 
hombre de ciencia descarriado por la ideología, ni será tampoco el 
último.!
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Sociología de la ciencia
Para terminar, citaremos el caso del estudio etnometodológico de Lynch 
(1988) intitulado "El sacrificio y la transformación del cuerpo animal en 
un objeto científico: cultura de laboratorio y práctica ritual en las 
neurociencias". Tomando como punto de partida los estudios de 
Durkheim sobre la sociología de la religión, Lynch sostiene que la 
inmolación de animales de laboratorio al finalizar una serie de 
experimentos es una práctica ritual en la cual el cuerpo del animal se 
transforma en un elemento "portador de significaciones trascendentales". 
Lamentablemente, omite presentar prueba alguna en abono de 
afirmación tan peregrina. Ya era bastante penoso cuando Latour y 
Woolgar (1979) comparaban el laboratorio científico con un comité 
político. Ahora que la mesa de experimentos se presenta como un altar 
de sacrificios, no sería cosa de asombrarse si los hombres de ciencia 
prohibieran la entrada en el laboratorio a visitantes del bando enemigo. 
Las concepciones erróneas acerca de la ciencia que prevalecen en la 
opinión pública son ya bastante graves sin necesidad de que la nueva 
sociología de la ciencia venga a empeorarlas.!
Para finalizar esta sección, el hecho de no distinguir la ciencia de la 
seudociencia es un síntoma de superficialidad filosófica, cuyas 
consecuencias son desastrosas tanto en la teoría como en la práctica. 
Esto es particularmente grave en materia de estudios sociales, porque las 
concepciones seudocientíficas de la sociedad pueden convertirse en la 
base conceptual y en la justificación de atroces políticas 
gubernamentales (y antigubernamentales). Basta con recordar el mito de 
la superioridad de la "raza blanca" en relación con la esclavitud, el 
colonialismo y el apartheid; del monetarismo y, en general, de la 
economía neoclásica como arma contra la justicia social; o los mitos de 
la dictadura del proletariado y del "centralismo democrático" como 
instrumentos del stalinismo.!
13. CONCLUSIÓN!
!
Hay dos posibles variedades de crítica de la sociología del conocimiento, 
y en particular, de la sociología de la ciencia, a saber, la destructiva y la 
constructiva. La primera, patrocinada por la mayoría de los estudiosos 
clásicos de la ciencia (en particular, Karl R. Popper), niega la posibilidad 
misma y la utilidad de la sociología de la ciencia, a insiste en mantener 
una perspectiva internalista radical. Esta opinión es falsa porque, en 
realidad, el conocimiento -y en particular, la investigación científica- no 
puede separarse del cerebro que conoce o de su sociedad: el ser que 
actúa como sujeto de la operación cognoscitiva está inmerso en un 
medio ambiente natural y social.!
!
Sociología de la ciencia
El externalismo es, por supuesto, una reacción extrema contra el 
internalismo. En la mayoría de sus aspectos, esta reacción exagera al 
mantener la distinción clásica entre lo constitutivo o cognitivo y lo 
contingente o social, para terminar sosteniendo (sin pruebas) que lo 
segundo determina lo primero, a incluso que lo cognitivo es lo 
contingente con distinto envoltorio lingüístico, una vez despojado de 
todas las "modalidades" o referencias a las opiniones y actos del hombre 
de ciencia (Latour y Woolgar 1979). Esta tesis le ahorra al estudioso de 
la ciencia de nuevo estilo el trabajo de estudiar las ideas científicas y los 
diseños experimentales, de modo que en rigor nunca llega a adquirir un 
conocimiento íntimo de ningún proyecto de investigación: en vez de 
ello, lo que hace es observar la ciencia desde lejos, como si fuera un 
periodista o un administrador.!
A la inversa, en otro aspecto, la nueva sociología de la ciencia no va lo 
bastante lejos cuando se trata de investigar las circunstancias sociales de 
la investigación científica, pues en la mayoría de los casos limita su 
interés al examen de lo que llama "procedimientos de contabilidad local" 
(Krohn 1980; Collins 1983), por ejemplo ciertos laboratorios en 
particular, como si el lugar concreto de que se trata tuviera mayor 
importancia que los rasgos genéricos de la investigación científica y la 
estructura de la sociedad en general (véase Gieryn 1982). A este 
respecto, la nueva sociología de la ciencia implica una regresión, 
comparada con la sociología de la ciencia marxista !
Como resultado de tal perspectiva lugareña (enfocada sobre el lugar 
físico), la nueva sociología de la ciencia no ha llegado siquiera a estudiar 
cuestiones no locales, y temas de primera importancia, como 1) la 
deliberada escasez de los fondos dedicados a las investigaciones en 
materia de ciencias sociales por los gobiernos conservadores de Estados 
Unidos, y a la investigación científica en general por el gobierno 
conservador de Gran Bretaña; 2) la actual decadencia del comunismo 
epistémico, que se concreta en la aversión cada vez mayor, por parte de 
los hombres de ciencia experimentales, a intercambiar datos, ideas y 
materiales, a causa de la competencia exacerbada y de las presiones 
comerciales (Marshall 1990); 3) la creciente frecuencia de 
reivindicaciones exageradas y el descaro de la publicidad, así como el 
número cada vez mayor de casos de fraude y de plagio, particularmente 
en las ciencias biomédicas, como resultado de la implacable 
competencia para conseguir subsidios y empleos; 4) la declinación del 
número de hombres de ciencia y de estudiantes de ciencias nativos en 
Estados Unidos y en Gran Bretaña, a raíz del filisteísmo fomentado por 
la suma de todos los factores antedichos, más el predominio de un 
ambiente antiintelectual; y 5) la prosperidad de las doctrinas y 
movimientos anti y seudocientíficos y el concomitante resurgimiento de 
Sociología de la ciencia
filosofías irracionalistas en todos los países industrializados, tanto del 
Oeste como del Este.!
Si la nueva sociología de la ciencia no ha llegado a encarar esos 
problemas es precisamente porque forma parte de los mismos. Más aún, 
ha venido criticando lo que llama el "mito de la ciencia". En cambio, son 
principalmente personas ajenas a la profesiónsociológica, en particular 
miembros de las redacciones de Science y Nature, y colaboradores de 
The Skeptical Inquirer, quienes han venido siguiendo de cerca y 
analizando las mencionadas tendencias. En suma, la nueva sociología de 
la ciencia denuncia la política y la ideología allí donde no las hay, a 
saber, en el contenido de la ciencia, tanto formal como factual, mientras 
que no llega siquiera a advertirlas justamente donde estorban su 
desarrollo.!
¿Cómo puede explicarse el surgimiento de la nueva sociología de la 
ciencia? Un sociólogo de la ciencia podría sentir la tentación de 
explicarla como un efecto "perverso" del rápido incremento en la 
demanda de estudiantes para el grupo de materias denominado "Ciencia, 
Tecnología y Sociedad", que acompañó el súbito auge de la ciencia y la 
tecnología durante el período de posguerra a partir de 1945. Hubo de 
pronto demasiadas oportunidades de empleo, que los posibles candidatos 
no deseaban perderse, como podría haber ocurrido si se hubiesen 
ampliado los cursos de estudios científicos que en épocas anteriores se 
habrían considerado necesarios para convertirse en un serio estudioso de 
la ciencia. El externalismo proporcionó la excusa perfecta para no 
molestarse en abordar la ciencia como un órgano de conocimiento.!
¿Pero por qué tuvo que abrirse paso, durante los decenios de 1960 y 
1970, una tendencia subjetivista (constructivista) y relativista, que 
además no alberga ningún respeto por la ciencia? A mi entender, este 
acontecimiento, y la paralela reanimación de las filosofías antirrealistas a 
irracionalistas, pueden explicarse en términos externalistas, de la 
siguiente forma: la nueva sociología de la ciencia nació juntamente y en 
acción recíproca con las revueltas estudiantiles de Estados Unidos y 
Europa Occidental, que culminaron en los sucesos de mayo de 1968. Los 
rebeldes en cuestión no sólo lucharon contra la intervención 
estadounidense en la guerra de Vietnam (una vez que el Gobierno 
empezó a llamarlos a filas), sino que se alzaron contra el 
"establecimiento" en general, y, en Europa Occidental, contra la rígida 
jerarquía universitaria en particular.!
!
Extraviados por Marcuse, Habermas y otros "teóricos críticos", aquellos 
jóvenes, cuyas buenas intenciones no hay razón de poner en duda, 
interpretaron la ciencia y la tecnología como ideología del 
Sociología de la ciencia
"establecimiento". En consecuencia, culparon a ambas (pues las 
confundían entre sí) de los pecados de ciertos políticos y dirigentes del 
mundo de los negocios, principalmente belicismo, degradación 
ambiental, explotación económica, y hasta opresión política.!
Pero como la gente tiene que creer en algo, muchos de aquellos 
revoltosos abrazaron doctrinas irracionalistas, como el misticismo 
oriental, el existencialismo, el ocultismo, el escepticismo radical, y, 
especialmente, el anarquismo epistemológico, en torno al lema popular 
de "anything goes" ("todo vale"), acuñado a su debido tiempo por el 
filósofo Paul K. Feyerabend (1975).!
A su vez, la adopción de estas doctrinas anticientíficas alejó a muchos 
jóvenes del estudio de la ciencia y la tecnología y los indujo a abrazar 
concepciones no científicas de los estudios sociológicos, históricos y 
filosóficos de dichas disciplinas. El desastroso estado actual del 
alfabetismo científico y la disminución del número de estudiantes de 
ciencias y de ingeniería son en parte resultado de la revuelta contra el 
"mito de la ciencia", pues quienes temen, odian o desprecian la ciencia o 
la tecnología no se molestan en estudiarlas (véase Bunge 1989). Otro 
resultado de la revuelta contra la ciencia es la aparición de la nueva 
sociología de la ciencia, y, en general, la reciente cosecha de estudios 
sociales constructivistas, relativistas a irracionalistas (véase, como 
ejemplo representativo, Fiske y Schweder 1986).!
Para recapitular, hasta mediados del decenio de 1960 la ciencia era 
generalmente caracterizada por un conjunto de rigurosas normas y por 
un ethos propio. Desde entonces, un número creciente de estudiosos de 
la ciencia han venido proclamando que ésta es un mito y, desde luego, en 
sus propios trabajos se han negado a aplicar esas normas y a observar 
esa ética. El resultado ha sido una versión totalmente grotesca de la 
ciencia, que puede dar lugar a las siguientes moralejas:!
!
!
Si quieres saber algo de la ciencia, empieza por estudiarla.!
!
Si ignoras la filosofía, terminarás por reinventar alguna mala filosofía.!
!
Y si todo vale, entonces no vale gran cosa.!
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POSTSCRIPTUM!
Sociología de la ciencia
Los científicos no suelen tener tiempo ni paciencia para corregir los 
disparates de los seudocientíficos y de los enemigos de la ciencia (o 
"tecnociencia", como la llaman quienes ignoran la diferencia entre la 
búsqueda de la verdad y la búsqueda de la utilidad). Es así que, durante 
más de dos décadas, los constructivistas-relativistas pudieron macanear 
impunemente y encaramarse en cátedras universitarias y consejos 
editoriales.!
Eventualmente, la reacción vino de golpe y vigorosa. La primera fue el 
presente trabajo, publicado entre 1991 y 1992. En seguida después 
golpeó el embriólogo Lewis Wolpert en su delicioso libro The Unnatural 
Nature of Science (Faber and Faber, 1992). Poco después apareció 
Higher Superstition, del biólogo Paul R. Gross y el matemático Norman 
Levitt (Johns Hopkins University Press, 1994). El mismo año se publicó 
el volumen colectivo Le relativisme est-il résistible?, compilado por el 
sociólogo Raymond Boudon y el filósofo Maurice Clavelin (Presses 
Universitaires de France, 1994 ). El año siguiente la New York Academy 
of Sciences celebró un gran congreso, sobre el tema The Flight from 
Science and Reason, dedicado a poner en evidencia al enemigo. Las 
actas de este animadísimo congreso constituyen el grueso volumen 775 
de los Annals of the New York Academy of Sciences (New York, 1996). 
Raymond Boudon volvió sobre el tema en Le Juste et le vrai (Fayard, 
1995). Yo he hecho lo propio en Finding Philosophy in Social Science 
(Yale University Press, 1996) y Social Science under Debate (University 
of Toronto Press, 1998).!
A la hora de escribir este P.S., el enemigo sigue socavando las 
universidades y debilitando el apoyo del público a la investigación 
básica, en alianza tácita con el movimiento neoliberal, que sostiene que 
el Estado sólo debe subvencionar las investigaciones técnicas (como si el 
avance técnico fuese sostenible sin investigaciones básicas).!
Sin embargo, las críticas citadas han hecho alguna mella, a consecuencia 
de lo cual el enemigo está ahora a la defensiva. Por ejemplo, Bruno 
Latour ha reconocido recientemente que se le había ido la mano al negar 
la existencia autónoma de la naturaleza. Pero el daño que han hecho los 
constructivistas-relativistas a toda una generación es irreversible. Esos 
cerebros han sido incapacitados para buscar la verdad, a incluso para 
admitir que alguien pueda buscarla y encontrarla.!
Cometen un error los científicos que menosprecian a los charlatanes, 
porque éstos llegan a un público mucho más amplio que aquéllos. Por 
ejemplo, los medios de difusión de masas publican a menudo relatos de 
presuntas experiencias paranormales y sobrenaturales, mientras que rara 
vez publican críticas a tales experiencias. Y las facultades de 
humanidades están llenas de docentes que repiten dogmas irracionalistas 
y anticientíficos, sin molestarse por ofrecer argumentos. No debiera de 
Sociología de la ciencia
extrañar que, llegadas a posiciones de poder, las víctimas de este 
oscurantismo se conviertan en victimarios empeñados en desmantelar los 
institutos de investigación científica y en degradar la enseñanza de la 
ciencia, al punto de pretender eliminar la biología evolutiva, ignorar la 
psicología biológica y marginar las ciencias sociales auténticas.!
Si toleramos que el vecino críe cuervos, no nos quejemos cuando éstos 
nos saquen los ojos. Una cosa es tolerar toda búsqueda de la verdad,por 
heterodoxa que sea. Otra cosa es tolerar, en el recinto académico, a 
quienes no toleran la búsqueda de la verdad porque niegan que ésta sea 
posible o deseable. La libertad de opinión es sagrada. Pero, como todo 
derecho, la libertad de opinión conlleva una responsabilidad. En este 
caso, esta es la de examinar y fundamentar las opiniones. En casa y en la 
calle, cualquier opinión es tolerable. En el recinto académico, sólo es 
tolerable la opinión discutible racionalmente y susceptible de ser 
fundamentada. Lo demás es estafa.!
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Montreal, Primavera 1998!
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Sociología de la ciencia

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