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Sociología de la Ciencia!
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Mario Bunge!
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PRÓLOGO!
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La sociología de la ciencia es la rama de la sociología que estudia las
influencias de la sociedad sobre la investigación científica, así como el
impacto de esta última sobre la sociedad. Sus disciplinas hermanas son
la sociología de la técnica, del arte, de las humanidades, de la moral, de
la religión, y de las creencias populares.!
La sociología de la ciencia fue cultivada ocasionalmente por un puñado
de sociólogos clásicos, tales como Émile Durkheim. Pero no se
desarrolló ni fue admitida oficialmente como una rama de la sociología
sino hacia 1940, gracias principalmente a los trabajos de Robert K.
Merton y sus numerosos colaboradores y discípulos.!
Estas investigaciones contribuyeron a corregir el cuadro puramente
internalista de la evolución del conocimiento científico que habían
dibujado casi todos los historiadores y filósofos de la ciencia. Éstos
habían sostenido con razón que el motor de la investigación científica es
la curiosidad, pero habían descuidado los factores sociales que estimulan
o inhiben la curiosidad, así como las condiciones sociales que favorecen
o dificultan la recepción y difusión de nuevas ideas científicas.!
Todo parecía indicar que marchábamos hacia una síntesis del
internalismo con el externalismo, síntesis según la cual los factores
endógenos se combinan con los exógenos, y el investigador aparece
como un nudo en una red social compleja y cambiante. !
Pero este tren de ideas descarriló durante la etapa americana de la guerra
de Vietnam. Por ese entonces irrumpió una nueva escuela en la filosofía
y en la sociología de la ciencia. Esta escuela rompió con la tradición:
minimizó el papel de la curiosidad y del talento, y acentuó la
importancia de la presión y la convención sociales, y negó tanto la
continuidad del esfuerzo científico como la posibilidad de alcanzar la
verdad. Sus profetas fueron Thomas S. Kuhn y Paul K. Feyerabend.!
Sociología de la ciencia
Desde entonces los sociólogos de la ciencia se dividen en cos campos,
que el eminente sociólogo francés Raymond Boudon llama el moderado
(o moderno) y el maximalista (o posmoderno). El primero se inspira en
las ciencias duras y en la filosofía rigurosa, mientras que el segundo se
inspira en la literatura de ficción y en la filosofía blanda. El primero es
canto y se esmera en fundamentar lo que dice. El segundo es iconoclasta
y se esfuerza por épater le bourgeois.!
Quien se ubica en el primer campo da por descontado que el
investigador científico busca la verdad, y admite que la organización
social condiciona la investigación pero niega que ella dicte los resultados
de la pesquisa o dictamine sobre el valor de verdad de los mismos.!
El adherente del segundo partido sostiene que la verdad es una ilusión o
convención social. Afirma que todas las proposiciones científicas,
incluso las matemáticas, tienen un contenido social y son aceptadas o
rechazadas después de mucho negociar y politiquear.!
¿Quiénes dirán la verdad: los que la buscan o los que niegan la
posibilidad de encontrarla? Si no hay verdad objetiva, ¿por qué los
investigadores se empeñan en poner a prueba sus conjeturas? Si la
verdad no es la moneda de la república de las ciencias, ¿cómo se explica
que su falseamiento sea equiparado a la falsificación de la moneda
corriente y castigado con el ostracismo de la comunidad científica?!
El interés del asunto que nos ocupa va más allá de la sociología y la
filosofía de la ciencia. También atañe al estudio de los profundos
cambios culturales que vienen ocurriendo en el curso de las tres últimas
décadas. Algunos acogen estos cambios con entusiasmo, porque juzgan
que nos libran de las cadenas de la razón y de la contrastación empírica.
(Este es el "pensamiento débil" elogiado por los apóstoles del llamado
postmodernismo. ) Otros deploramos esos cambios porque creemos que
sólo la racionalidad y la contrastación empírica pueden ayudarnos a
comprender mejor el mundo y a diseñar un futuro en el que sea posible
vivir. Como se ve, la elección entre ambos partidos no es un problema
técnico sino parte de la elección entre dos concepciones del mundo.!
He tenido la rara fortuna de que Hernán Rodríguez Campoamor, escritor,
filósofo y sociólogo, entrañable y leal amigo de medio siglo y excelente
traductor de mi libro La causalidad, haya accedido a traducir este
trabajo.!
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MARIO BUNGE Foundations and Philosophy of Science Unit!
McGill University, Montréal, Québec, Canadá!
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Sociología de la ciencia
INTRODUCCIÓN!
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La sociología de la ciencia, otrora disciplina marginal, se ha convertido
últimamente en un próspero ramo de actividades académicas, cultivado
por un número cada vez mayor de estudiosos. Además de la plétora
anual de libros en la materia, se están publicando una revista trimestral,
Social Studies of Science, fundada en 1970, y un anuario, Sociology of
the Sciences Yearbook, editado por primera vez en 1977, para no
referirnos a los abundantes artículos aparecidos en las revistas
sociológicas de índole general. Por otra parte, esta disciplina ha llegado
a transformarse en asignatura ordinaria dentro de los programas de todas
las principales universidades. Con frecuencia, viene a constituir el
núcleo de los programas y centros designados en los países de idioma
inglés con la sigla STS (science, technology and society).!
Desde el decenio de 1960 han venido surgiendo nuevas orientaciones en
la sociología de la ciencia. Si bien los estilos respectivos presentan
múltiples diferencias, no dejan por ello de adherirse todos a una cantidad
de dogmas compartidos. Se trata del externalismo, tesis en cuyos
términos el contenido conceptual es determinado por el marco de
referencia social; el constructivismo o subjetivismo, según el cual el
sujeto investigador construye no sólo su propia versión de los hechos
sino también los hechos mismos y eventualmente el mundo entero; el
relativismo, para el que no existen verdades objetivas y universales; el
pragmatismo, que destaca la acción y la interacción a expensas de las
ideas, e identifica a la ciencia con la tecnología; el ordinarismo, que
reduce la investigación científica a pura transpiración sin inspiración,
negándose a reconocer a la ciencia un rango especial y a distinguirla de
la ideología, de la seudociencia y hasta de la anticiencia; la adopción de
doctrinas psicológicas obsoletas, como el conductismo y el
psicoanálisis,' y la sustitución del positivismo, el racionalismo y otras
filosofías clásicas por multitud de filosofías ajenas a La ciencia a incluso
anticientíficas, como la filosofía lingüística, la fenomenología, el
exis tencial ismo, la hermenéutica, la " teoría cr í t ica" , e l
postestructuralismo, el deconstructivismo, o la escuela francesa de
semiótica, según el caso.!
Me propongo argüir que, como consecuencia de su adhesión a esos
dogmas, los sociólogos de la ciencia de nuevo cuño son incapaces de
entender la ciencia: en efecto, no explican nunca qué es lo que distingue
al hombre de ciencia de los demás mortales; cuáles son, en su caso, las
suposiciones filosóficas tácitas y las normas metodológicas; qué
diferencia a la investigación científica de otras actividades humanas;
cuál es su lugar en la sociedad, y por qué la ciencia ha tenido tanto éxito
en la comprensión de la realidad y como propulsora de la tecnología. Y
Sociología de la ciencia
lo que es aun peor, niegan que los hombres de ciencia posean un ethos
propio y que desarrollen una actividad cultural específica.!
Con esto no se trata de menoscabar los pocos y modestos resultados que
han obtenido a pesar de su deficiente filosofía y gracias a la concienzuda
atención que dedican ocasionalmente a minucias. Pero sus
contribuciones positivas a la ciencia de la ciencia son triviales
comparadas con la enorme regresión que han acarreado a la sociología
de la ciencia durante estos últimos años. Esta regresión es de tal
magnitud que cualquierpersona con preparación científica debe
considerar necesariamente la mayor parte de la producción actual en ese
terreno como una grotesca caricatura de la investigación científica.!
En el presente ensayo examino aquellas falacias que a mi entender
constituyen los defectos fatales de las nuevas orientaciones de la
sociología de la ciencia. Cada una de mis críticas se aplica por lo menos
a una de las escuelas contemporáneas de esa tendencia, y algunas, a
todas ellas. Empero, antes de abordar esas nuevas orientaciones,
convendrá pasar revista sumariamente a la sociología de la ciencia
clásica, pues por más que la denigren los "jóvenes turcos", contiene el
embrión de muchos dislates de las nuevas corrientes, junto con tantos
otros elementos que son, a la inversa, de valor perdurable.!
1. LAS RAÍCES MARXISTAS DE LA SOCIOLOGÍA DE LA CIENCIA!
La sociología de la ciencia es, desde luego, una rama de la sociología del
conocimiento, como lo son, y también de importancia, las de la
tecnología, la medicina, el arte y la religión. Karl Mannheim ([1929]
1936), discípulo de Max Weber y estudioso de Marx fuertemente
influido por George Lukács ([1923] 1971), es considerado como el padre
fundador de la sociología del conocimiento, por haber inventado esa
denominación (en alemán, Wissensoziologie), además de Denkstil, estilo
de pensamiento. Pero al revés de sus predecesores Weber y Durkheim,
Mannheim no efectuó ninguna investigación especializada, ni elaboró
teoría detallada alguna. Básicamente, se limitó a destacar el
condicionamiento social de las ideas, y por ende, la importancia de la
sociología del conocimiento como anexo de la historia y de la filosofía
del conocimiento. Puesto que nunca llegó a sostener que todas las
ciencias tienen contenido social, es a menudo criticado por los
exponentes de las nuevas orientaciones, quienes afirman que los hechos
sociales son "constitutivos" de la ciencia, y no tan sólo factores
"contingentes" que la influencien desde afuera.!
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En realidad, la moderna sociología del conocimiento no es creación de
Mannheim. Fue en principio esbozada por Karl Marx y Friedrich Engels,
y cultivada mucho después, en forma sistemática, por Emile Durkheim y
Sociología de la ciencia
por Max Weber (quienes dedicaron principal interés a la sociología de la
religión), Max Scheler, John D. Bernal y su círculo, Robert K. Merton y
sus colaboradores y discípulos, y varios investigadores más. Dado que
Merton fue el último miembro eminente de la escuela clásica, y por
haberse atenido al método científico y no ser, en consecuencia, ni
constructivista ni relativista, los sociólogos de la ciencia de nuevo estilo
lo han convertido en blanco de sus saetas y han dado en llamarse
"posmertonianos", pretendiendo haber ido mucho más allá que él.!
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Marx y Engels son los abuelos de la moderna sociología de la ciencia,
habiendo sido los primeros en sostener las siguientes tesis, harto
conocidas:!
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1. "No es la conciencia de los hombres la que determina su ser, sino, al
contrario, su ser social el que determina su conciencia" (Marx 1859, en
Marx y Engels 1986, 182; las bastardillas son mías, MB).!
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2. "Sobre las diferentes formas de propiedad, sobre las condiciones
sociales de la existencia, se levanta toda una superestructura de distintos
sentimientos, ilusiones, modos de pensar y concepciones de la vida
formados de manera peculiar. La clase, en su totalidad, los crea y los
forma a partir de sus fundamentos materiales y de las correspondientes
relaciones sociales. El individuo los recibe a partir de la tradición y de la
educación" (Marx 1852, en Marx y Engels 1986, 118-119; las
bastardillas son mías MB).!
3. La ciencia social tiene un compromiso ideológico. Promueve los
intereses materiales de alguna clase social dada. En tiempos modernos,
hay una ciencia social burguesa y otra proletaria. No obstante, mientras
que la primera está repleta de errores y de ilusiones -al ser deformada
por la ideología-, la segunda es objetivamente verdadera, puesto que el
proletariado representa los intereses de la humanidad como un todo.!
Estas ideas eran por cierto audaces a mediados del siglo XIX, y cada una
de ellas encierra un grano de verdad. En primer lugar, la psicología del
desarrollo y la psicología social han demostrado que el ambiente social
condiciona la mentalidad del individuo. Pero no la determina por entero,
por cuanto el genoma y el sistema nervioso, lo mismo que la acción
individual, que a menudo va contra la corriente, tienen, sin exagerar en
absoluto, una gran influencia en la materia (en la sección 5 de este
trabajo figuran otras consideraciones al respecto).!
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Sociología de la ciencia
En segundo lugar, como en una sociedad estratificada cada persona nace
en alguna clase social, cuyos miembros comparten entre sí ciertos
intereses, valores, creencias, expectativas, y así sucesivamente, la
pertenencia a una clase influye desde luego sobre la actitud del
especialista en ciencia social, pero esto no significa que el mismo no
pueda superar tales límites, o que su clase social sea la que piensa por él.
No deja de ser curioso que un materialista sostenga que una clase social,
carente de cerebro, pueda pensar. Y es sencillamente falso que todas las
ideas, hasta las de índole matemática, sean creadas a partir de las bases
económicas de la sociedad. Volveremos a examinar este asunto en la
sección 5.!
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En tercer lugar, es cierto que algunas ramas de la ciencia económica y
política, particularmente las que se relacionan con la gestión de la
economía y con el Estado, están contaminadas por los intereses de las
clases dominantes. Basta con recordar las economías políticas
neoclásicas, la doctrina de la disuasión recíproca y el leninismo. Sin
embargo, desde que se ha instituido el estado de bienestar, en gran parte
de los estudios sobre economía y politología se da por supuesto que el
Estado, lejos de actuar como instrumento de las clases hegemónicas,
debe hacer las veces de árbitro en la lucha de clases y distribuir parte del
excedente en forma equitativa. Además, hasta en tiempos de Marx y
Engels se realizaban estudios sociales objetivos, y muchos fueron
utilizados por ambos para describir y condenar el capitalismo. En
síntesis, la ciencia social básica o descriptiva es muy a menudo
imparcial, por más que los estudios sociales prescriptivos o normativos
sean con frecuencia partidarios.!
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Es notable que las opiniones de Marx y Engels sobre el
condicionamiento social del conocimiento y la parcialidad de la ciencia
social hayan sido tan influyentes, pues se trataba de puntos de vista
esquemáticos, asistemáticos y no demasiado claros. ¿Qué significa
exactamente la palabra "determina" en la frase "el ser social determina la
conciencia"? ¿Quiere decir que la sociedad, en su conjunto, causa los
procesos mentales, o que la posición social y el comportamiento del
individuo ejercen una fuerte influencia sobre la forma en que piensa? Es
obvio que la ambigüedad inherente al lenguaje ordinario se presta a
múltiples interpretaciones.!
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Además, Marx y Engels fueron erráticos en esta materia. Por una parte,
si bien sostenían a veces que la ciencia y la tecnología pertenecen a la
Unterbau (infraestructura o base económica de la sociedad), en ciertas
Sociología de la ciencia
ocasiones las colocaban en la Überbau (superestructura). Por otra,
aunque sostuvieron esporádicamente que toda idea es creación de una
clase social, y en consecuencia está deformada por los intereses de clase,
a veces alegaron que la ciencia natural básica y la matemática son
independientes de éstos, sin perjuicio de estar determinadas por las
circunstancias sociales. A raíz de tales vacilaciones, esquematismos a
imprecisiones, hay en el campo marxista una considerable variedad de
puntos de vista y polémicas que no llevan a conclusión alguna en esta
materia.!
2. EL FLORECIMIENTO DE LA SOCIOLOGÍA MARXISTA DE LA
CIENCIA!
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El historiador yfilósofo de la ciencia Boris Hessen ( [1931] 1971)
escribió un "verdadero manifiesto de la forma marxista de externalismo
en la historia de la ciencia" (Needham 1971, viii). En su ensayo "Las
raíces sociales y económicas de los Principia de Newton" (publicado en
inglés bajo el título de "The Social and Economic Roots of Newton's
Principia"), sostuvo que la obra de Newton era hija de su clase y de su
época, y que su trabajo científico fue un intento de resolver problemas
tecnológicos creados por el auge del capitalismo. Evidentemente, hay en
esta tesis una pequeña porción de verdad: Newton abordó problemas
científicos que ni siquiera se habían planteado antes de la era moderna,
lo hizo con ayuda de métodos completamente modernos, y el éxito de su
obra se explica en parte por su utilidad para la tecnología empleada por
la industria capitalista en rápida expansión.!
Empero, esto no demuestra que las fórmulas mecánicas de Newton, y
menos aún sus contribuciones al cálculo infinitesimal, tuvieran un
contenido social. Su mecánica se refería a los cuerpos en movimiento y
su matemática a las "fluxiones" (funciones dependientes del tiempo).
Asimismo, ¿cómo explicar que Newton fuera el único "hijo de su clase y
su época" que produjera esa obra monumental? ¿Por qué hubo sólo un
libro como los Principia en vez de haber aparecido millares de otros
similares escritos por sendos contemporáneos de Newton? Y por otra
parte, si Newton estaba tan interesado en la industria como pretende
Hessen, ¿por qué no diseñó ninguna máquina, ni proceso industrial
alguno? ¿Por qué fue un físico teórico y matemático, y no un ingeniero?
¿Y por qué la misma clase social produjo tanto al ateo Hobbes como al
deísta Newton? ¿No es acaso posible que los cerebros de los distintos
individuos, al igual que los grupos sociales, tengan algo que ver con la
producción de ideas originales?!
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Sociología de la ciencia
El ensayo de Hessen ejerció una enorme influencia. Contribuyó a
plasmar la sociología marxista de la ciencia en los países de Europa
Occidental, que floreció entre 1935 y 1965, aproximadamente. La revista
trimestral estadounidense Science and Society, que sigue publicándose
con éxito en la actualidad, fue fundada en 1936. El libro de mayores
alcances y más influyente surgido de esta escuela fue el de Bernal
(1939): The Social Function of Science, que a criterio de Derek Price
(1964) sentó las bases de la sociología de la ciencia. John Desmond
Bernal, miembro de la Royal Society, fue un eminente cristalógrafo cuya
obra resultaría de importancia decisiva para revelar la composición y la
estructura de las proteínas, del ácido desoxirribonucleico y del ácido
ribonucleico. Fue todo un precursor en materia de biología molecular, y
sus colegas opinaban que sólo su militancia comunista impedía que se le
otorgara el Premio Nóbel. Otros hombres de ciencia que colaboraron
estrechamente con Bernal y que aportaron contribuciones a esta
disciplina fueron los físicos P.M.S. Blacket (laureado con el Premio
Nobel) y E.H.S. Burhop y los biólogos J.B.S. Haldane y J. Needham,
todos ellos miembros de la Royal Society de Gran Bretaña, así como los
matemáticos L. Hogben y H. Levy. (En Goldsmith y Mackay 1964
figura una muestra representativa de la obra de estos investigadores, y en
Crowther 1941 una animada reseña con fines de divulgación.)!
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Es muy interesante observar que Bernal y sus amigos eran sociólogos de
la ciencia marxista moderados, y que les interesaba más la política de la
ciencia que la sociología académica de la ciencia. Destacaron tanto las
condiciones sociales de la investigación científica como los usos y los
abusos actuales y potenciales de la ciencia en materia social, pero no
pretendieron que la matemática y la ciencia natural tuviesen contenido
social. Hoy en día quizás se los clasificaría como internalistas, no como
externalistas. Deseaban fervientemente que la ciencia recibiera el debido
apoyo en las universidades, y que fuera utilizada como corresponde en la
industria, la salud pública y la educación, así como en la defensa de
Gran Bretaña contra la agresión nazi. Después de la Segunda Guerra
Mundial desarrollaron una vigorosa campaña contra la bomba nuclear.!
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El principal interés que movía a los primeros sociólogos de la ciencia
marxistas era práctico, no teórico. Lo que más les preocupaba eran las
aplicaciones de la ciencia, que querían ver orientadas hacia los intereses
del pueblo, y la organización de la ciencia y la tecnología. Ninguno de
ellos contaba con una formación en materia de ciencias sociales. Eran
todos aficionados en este terreno, se dejaron desorientar a menudo por
dogmas marxistas, y pocas veces buscaron contraejemplos para poner a
prueba sus precipitadas generalizaciones. (Sólo Needham llegó a
Sociología de la ciencia
convertirse en historiador profesional de la ciencia -y lo que es más, en
el principal experto en historia de la ciencia y la tecnología chinas- y
Price pasó de la física a la sociología y la historia de la ciencia. Pero ni
uno ni otro habían sido marxistas ortodoxos.)!
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Con todo, el "colegio invisible" que rodeaba a Bernal produjo una
cantidad de nuevas a importantes aportaciones conceptuales a la
sociología de la ciencia; gracias a que sus miembros poseían una
rigurosa formación científica, habían efectuado investigaciones
originales en las ciencias "duras" y habían participado en la
administración del quehacer científico, en su carácter de miembros de
departamentos científicos universitarios y, durante la Segunda Guerra
Mundial, también en reparticiones del Estado. A diferencia de los
partidarios de la nueva sociología de la ciencia, que en el mejor de los
casos han pasado un año como visitantes en un laboratorio, se trataba de
hombres de ciencia distinguidos que sabían de qué estaban hablando y
sobre qué estaban escribiendo, por más que a veces enfocaran sus
propias especialidades con la óptica del materialismo dialéctico a
histórico, filosofía más bien burda y anticuada.!
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Aproximadamente en esa misma época, un número apreciable de
hombres de ciencia y de filósofos franceses se interesaron en la
concepción marxista de la sociología, la historia y la filosofía de la
ciencia. Cuando el Frente Popular salió triunfante en las elecciones de
1935, el nuevo gobierno de la República Francesa confió a varios de
ellos la misión de organizar la investigación científica, actividad que
venía padeciendo serias penurias de recursos materiales y humanos
desde tiempos de la Primera Guerra Mundial. Irene Joliot-Curie,
Fréderic Joliot y Jean Perrin -los tres laureados con el Premio Nobel-, así
como Paul Langevin y otros eminentes hombres de ciencia, participaron
en esta tarea. Los hubo a su vez que escribieron una cantidad de libros,
en muchos casos publicados por la editorial comunista Éditions Sociales
Internationales, la cual, dicho sea en su honor, publicó también
antologías anotadas de distintos filósofos clásicos franceses que habían
sido ignorados por el establecimiento filosófico -el cual se hallaba
entonces, como ahora, en manos de idealistas a irracionalistas-. La
principal revista de este grupo, que se editaba mensualmente, era La
pensée, cuya publicación fue interrumpida por la ocupación alemana,
pero que luego de haber resucitado al finalizar la guerra parece
encontrarse ahora en sus postrimerías.!
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Sociología de la ciencia
¿Cuál es el saldo de todos esos entusiastas esfuerzos? Muy poca cosa, si
se exceptúan ideas generales, hoy aceptadas por casi todo estudioso de la
ciencia, a saber, que ésta no funciona en un vacío social, que desempeña
una importante función en la sociedad, y que debería asumir otra todavía
más importante. La principal contribución de estos trabajadores
científicos fue la que aportaron a la política de la ciencia. Pero en lo que
se refiere a su propuesta de planificar todas las investigaciones en la
misma forma en que se hacía en la URSS, provocaronuna reacción
contraria. En particular, el distinguido químico Michael Polanyi (1958)
destacó la necesidad de la libertad de investigación y de la
independencia respecto de toda ideología. Lamentablemente, exageró al
mismo tiempo el aspecto tácito e irracional de la investigación científica,
al sostener que el conocimiento tácito es superior al explícito. (Con
respecto a esta tesis, y en general a la distinción entre el saber cómo y el
saber por qué, véase Bunge 1983).!
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3. ORÍGENES CIENTÍFICOS: LA ESCUELA DE MERTON!
La principal influencia del materialismo histórico sobre la historiografía
ha sido indirecta, ya que en él se reconoce uno de los principales
orígenes de la escuela francesa de los Annales, cuyo exponente más
conocido fue Fernand Braudel. Los miembros de esa escuela, en vez de
limitarse a repetir consignas marxistas, efectuaron importantes
investigaciones acerca de aspectos materiales (tanto ambientales como
económicos) de distintas sociedades. Análogamente, el principal efecto
del marxismo sobre la sociología de la ciencia fue también aquí
indirecto: Marx es uno de los dos autores más influyentes en la obra de
Roberto K. Merton y su escuela -el otro es Durkheim-. En ambos casos,
el marxismo, para poder prestar alguna utilidad, tuvo que ser aguado y
activado (en vez de ser recitado) -aguado, o sea, despojado de su tesis
radical externalista según la cual el marco de referencia determina el
contenido, y activado, es decir, transformado, de retórica, en
investigación-.!
Merton, sociólogo que adquirió su formación como tal en el ámbito
universitario, y que ha trabajado en múltiples aspectos de la sociología -
no sólo teórica, sino también empírica-, es el verdadero fundador de la
sociología de la ciencia en tanto que ciencia y como profesión: sus
predecesores habían sido aficionados. Cuando Merton inició su carrera
universitaria, en el decenio de 1930, todos los estudiosos de la ciencia,
con excepción de los marxistas, eran internalistas estrictos. Esto reza en
particular para George Sarton, Alexandre Koyré, Aldo Mieli, Charles
Singer y Albert Butterfield. Es cierto que Sarton se refirió
ocasionalmente al "trasfondo social" de la ciencia, pero no estableció
vínculos entre el mismo y la problemática y la perspectiva general del
Sociología de la ciencia
conocimiento científico. Además, se opuso vigorosamente a todo intento
de explicar en principio la historia de la ciencia a partir de aspectos
sociales o económicos. A su entender, "tal explicación sería válida, a lo
sumo, para trabajadores rutinarios, pero muy difícilmente para los
entusiastas ni para los excéntricos" (Sarton 1952, l:xiii).!
La tesis doctoral de Merton, presentada en 1935 y publicada tres años
después, se intitulaba "Science, Technology and Society in Seventeenth-
Century England" (véase Merton [1938] 1970). (Las primeras cuatro
palabras de este título son actualmente la denominación de un sector de
estudios superiores con reconocimiento oficial.) La hipótesis central del
libro se resume en lo que Merton mismo, con una arrogancia que por
cierto no es característica de su personalidad, denominaría "la revolución
copernicana en la sociología de la ciencia", a saber, que "no sólo el error
o la ilusión o las creencias sin verificar, sino también el descubrimiento
de la verdad, están social a históricamente condicionados". La hipótesis
específica era que la ética puritana había promovido el florecimiento de
la ciencia en Inglaterra (véase la antología de estudios sobre esta tesis
que figura en Cohen 1990).!
Ahora bien, un sociólogo especializado en sociología de la ciencia
podría sostener, con razón, que la idea "estaba en el aire",
particularmente si se toman en cuenta tres experiencias contemporáneas.
Una de ellas fue la popularidad del marxismo entre los intelectuales de
Occidente en el decenio de 1930, y la entusiasta recepción que éstos
tributaron a las tesis externalistas radicales formuladas por los delegados
rusos, y en particular por Boris Hessen, en el Congreso Internacional de
Historia de la Ciencia y de la Tecnología, celebrado en Londres en 1931
(véase la sección 2). Otra fue el vigoroso apoyo a la investigación
científica proporcionado por el gobierno soviético -antes de que éste
emprendiera el desastroso camino del partinosty (partidismo) y de la
caza de brujas en el ámbito de la ciencia-, apoyo tanto más notable si se
recuerda el subdesarrollo económico de la Unión Soviética y si se lo
compara con los míseros presupuestos do investigación científica que se
aplicaban por entonces en países como Gran Bretaña y Francia. En tercer
lugar, el surgimiento de la llamada "ciencia aria" (Rassenhunde, física
alemana, y así por el estilo) y la persecución contra la llamada "ciencia
judía" en la Alemania nazi, así como, en particular, el papel
desempeñado por rectores universitarios y comparsas políticos, entre
ellos Martin Heidegger y Ernst Krieck, en la formación de la nueva
atmósfera antiintelectual (véase, por ejemplo, Kolnai 1938; Farías 1990).!
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En 1938 Merton escribió sobre el tema un brillante ensayo intitulado
"Science and the Social Order" (véase Merton 1973). En él resumía el
ethos de la ciencia como "honradez intelectual, integridad, escepticismo
Sociología de la ciencia
organizado, desinterés, impersonalidad", todo lo cual era "ultrajado por
la sarta de nuevas convicciones que el Estado nazi pretende imponer en
la esfera de la investigación científica" (pág. 259). No podía adivinar
Merton en aquellos tiempos que la existencia misma de ese ethos sería
desafiada treinta años después por los sociólogos de la ciencia
posmertonianos, muchos de los cuales se consideran izquierdistas y por
tanto se sentirían insultados si se les dijera que, aunque fuese
inocentemente, han abrazado una porción principal del credo nazi, a
saber, el desprecio por la ciencia pura y por las ideas en general.!
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No tendría mayor objeto resumir aquí las contribuciones de Merton a la
sociología de la ciencia porque son bien conocidas, y porque su prosa, a
diferencia de la de tantos sociólogos de la ciencia de nuevo cuño, es
transparente, elegante, y por ello, todo un deleite para el lector.!
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Con todo, debemos formular dos observaciones. Una de ellas es que
Merton parece haber sido el primero en declarar que la ciencia tiene un
ethos propio, el cual comprende cuatro "imperativos institucionales":
universalismo, o sea, no-relativismo; comunismo, es decir, participación
sin restricciones en el conocimiento científico; desinterés, entendido
como la exclusión de motivos o restricciones de índole política o
económica; y escepticismo organizado, a saber, rigurosa observancia de
la duda metódica, el libre examen y la comprobación (Merton 1957,
1973). Este aspecto de la cuestión fue desarrollado más tarde por
Bronowski (1959) y por el autor del presente trabajo (Bunge 1961).!
La segunda observación es que la labor de Merton y estudiosos afines se
denominaría actualmente análisis del discurso: efectivamente, consistía
en el análisis de documentos científicos, especialmente de publicaciones,
y casi no implicaba investigación empírica alguna, fuera de cuestionarios
ocasionales. Ninguno de esos hombres de ciencia tuvo la impertinencia
de pasarse un año en un laboratorio científico contemplando y
registrando el comportamiento ostensible y las "inscripciones"
producidas por investigadores cuyos actos no podían de ningún modo
entender, dada su falta de formación especializada (un ejemplo
representativo de esa labor aparece en Barber y Hirsch 1962).!
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El análisis del discurso, en manos de estudiosos que entendían
correctamente la índole y el objeto de la investigación científica, produjo
una cantidad de obras clásicas, como los artículos de Merton "Singletons
and Multiples in Science" (1961), "The Matthew Effect in
Science" (1968), y, en colaboración con su esposa, Harriet Zuckerman
Sociología de la ciencia
(1972), "Age, Aging andAge Structure in Science". Otras valiosas
contribuciones de la misma escuela son "The Case of the FloppyEared
Rabbits: An Instance of Serendipity Gained and Serendipity Lost", por
B. Barber y R.C. Fox (1958), "The Exponential Curve of Science", por
D.J. Price (1956) y "Resistance to Scientific Discovery", por B. Barber
(1961). (Estos trabajos aparecen reunidos en Barber y Hirsch 1962 o en
Merton 1973).!
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En todos estos estudios se daba por supuesta la unicidad de la ciencia
básica, proveniente de su universalismo, comunismo, desinterés y
escepticismo organizado -unicidad que es negada por la nueva sociología
de la ciencia-. No se trata, claro está, de que todos aquellos estudios
fueran impecables. A mi entender, algunos de ellos fueron
excesivamente externalistas, y han minimizado indebidamente la
contribución, única en cada caso, de hombres de ciencia como
Arquímedes, Newton, Darwin y Einstein. Por ejemplo, en su estudio
justamente célebre sobre descubrimientos únicos y simultáneos, Merton
(1973) escribía lo siguiente:!
!
"Los hombres de ciencia geniales son precisamente aquellos cuyos
descubrimientos, a la larga, terminarían por volver a producirse. Y no se
trataría de redescubrimientos por investigadores a título individual, sino
por todo un conjunto de hombres de ciencia. Desde este punto de vista,
la persona dotada de genio científico es el equivalente funcional de un
grupo considerable de otros investigadores con diversos grados de
talento" (pág. 366).!
!
¿Pero cómo podemos cerciorarnos de que así ocurre en efecto? En
realidad, no podemos. Sólo sabemos que en muchos casos la obra de un
genio sólo ha sido reconocida al cabo de largo tiempo, y que en el caso
de algunas revelaciones sensacionales, como sucedió en la génesis de la
teoría de los quanta, de la teoría sintética de la evolución, de la
psicología fisiológica y de la biología molecular, equipos enteros de
hombres geniales trabajaron en la edificación de una nueva disciplina.
Desde luego, hay casos -los estudiados por Merton- que confirman esta
hipótesis, pero rara vez se trataba precisamente de descubrimientos
científicos trascendentales.!
!
En síntesis, la escuela de Merton pecó al suponer que la cantidad pueda
compensar la calidad y, siendo estructuralista, exageró a veces el poder
de la matriz social. Pero practicó una especie de síntesis del externalismo
Sociología de la ciencia
y el internalismo, nunca adoptó el constructivismo ni el relativismo, y no
menospreció la importancia de las ideas. Es por ello que ha producido
una cantidad de estudios serios sobre la ciencia como institución. A mi
entender, la escuela de Merton sigue siendo hasta hoy el máximo
exponente de la sociología de la ciencia. En el momento en que empezó
a ser desplazada por la nueva sociología de la ciencia, a mediados del
decenio de 1960, esta disciplina comenzó a rodar cuesta abajo, como se
sostendrá en las páginas siguientes.!
!
4. EL "PROGRAMA FUERTE"!
!
Durante los decenios de 1960 y 1970 surgieron en la sociología de la
ciencia una cantidad de nuevas corrientes posmertonianas (véanse, por
ejemplo, Knorr-Cetina y Mulkay 1983). Una de las más articuladas entre
ellas es el llamado "programa fuerte", acometido por Barry Barnes,
David Bloor y Steve Shapin, de la Sección de Estudios de la Ciencia en
la Universidad de Edimburgo. Vamos a dedicarle una breve ojeada
preliminar antes de entrar en detalles.!
Tanto los sociólogos a historiadores de la ciencia marxistas occidentales
como los mertonianos que trabajaron a partir de 1930 distinguieron el
contenido conceptual de la ciencia de su marco de referencia social, y
sostuvieron que este último influye sobre el primero, pero sin
determinarlo plenamente. Además, eximieron a la matemática y a la
ciencia natural de la acusación de ser ramas del conocimiento
ideológicamente comprometidas. En cambio, la nueva sociología de la
ciencia, y en particular el "programa fuerte", pretenden que todo el
conocimiento es moldeado por la sociedad y que además tiene que ver
en alguna forma con ésta, o sea, que posee un contenido social -por
ende, en definitiva, no habría distinción entre contenido y contexto-.!
!
Esto valdría incluso para la matemática:!
!
"Si la matemática trata del número y de sus relaciones y si éstas son
creaciones y convenciones sociales, entonces, evidentemente, es de
índole social. En sentido indirecto es, por lo tanto, `referente' a la
sociedad. Lo es en el mismo sentido en que Durkheim sostenía que la
religión es referente a la sociedad. La realidad de la cual trata, al parecer,
representa una intelección transfigurada del trabajo social que se ha
invertido en ella" (Bloor 1976, 93).!
Sociología de la ciencia
!
Y Restivo (1992) asegura que la matemática es social "por donde quiera
que se la mire".!
!
Estas extraordinarias afirmaciones son, desde luego, meramente
programáticas. No se ha desplegado ningún esfuerzo por reunir pruebas
en su favor (en Restivo 1983, 1992, aparece una reseña completa de las
fuentes). Pero no hay necesidad de buscar pruebas positivas cuando las
negativas son tan abrumadoras. Para empezar, la matemática no se
refiere solamente "al número y sus relaciones". Sólo la teoría de los
números se refiere a los números (enteros) o mejor dicho a sistemas de
números, y dicha teoría es una porción bastante reducida de la
matemática contemporánea; ésta, a su vez, contiene muchos sectores' no
numéricos, como la lógica, el álgebra abstracta, la teoría de las
categorías y la topología. Sin embargo, ésta es nada más que una
cuestión secundaria, la cual sólo contribuye a sugerir que nuestro
sociólogo de la ciencia no está familiarizado con la disciplina acerca de
la que escribe.!
!
Lo importante es la afirmación de que toda ciencia, hasta la matemática
pura, se refiere a la sociedad. Aunque se admita el hecho trivial de que la
matemática es creación social, en el sentido de ser construida por
personas que se relacionan entre sí y que aprenden unas de otras, no por
ello se deduce que los axiomas, definiciones o teoremas matemáticos se
refieran a la sociedad, y menos aún que la describan. Supongamos, por
ejemplo, que una teoría de la referencia -una rama de la semántica
filosófica- determine cuál es el objeto de un concepto o proposición
matemática en particular; éste es un asunto que no se decide por decreto.
Pues bien, cualquier teoría razonable de la referencia nos dirá que la
afirmación "el número 2 es par" se refiere al número 2, que la
declaración "los paréntesis de Poisson no son asociativos" se refiere a
los paréntesis de Poisson, y que "la derivada de una función lineal es una
constante" se refiere a una función lineal arbitraria (en Bunge 1974,
figura una teoría exacta de la referencia, que se resume en el Apéndice
del presente trabajo).!
Si se procede a aplicar una teoría razonable de la referencia a la
matemática de los matemáticos -no a la matemática imaginada por los
partidarios de la nueva sociología de la ciencia se obtendrá el resultado
nada sorprendente de que la teoría de los conjuntos se refiere a los
conjuntos, el álgebra abstracta a los sistemas algebraicos, la topología a
los espacios topológicos, la geometría a las variedades, el análisis a las
funciones, y así sucesivamente. Si la matemática se refiriese a la
Sociología de la ciencia
sociedad, sería una ciencia social, y por lo tanto: 1) no podría aplicarse a
la física, la química, la biología o la psicología; 2) sería puesta a prueba
empíricamente, lo mismo que en principio deben serlo las hipótesis de la
ciencia social; y 3) la ciencia social propiamente dicha resultaría
superflua.!
Pero en definitiva, una afirmación de la forma "x se refiere a y" debe
formularse con ayuda de una teoría de la referencia, y sucede que los
sociólogos de la ciencia de la nueva cosecha no han propuesto ni
utilizado ninguna teoría por el estilo, sino que proceden en un asunto tan
decisivo de manera dogmática, y porende, sin base científica. Esto es de
mal agüero para el "programa fuerte". Pero ha llegado el momento de
referirnos precisamente a él.!
!
David Bloor (1976) propuso los cuatro principios siguientes del
"programa fuerte" en la sociología de la ciencia:!
!
1. Causalidad. La sociología de la ciencia debería "ocuparse de las
condiciones que originan creencias o estados de conocimiento"; el
conocimiento "emana de la sociedad", es el "producto de influencias y
recursos colectivos, y es peculiar de una cultura dada".!
!
2. Imparcialidad "con respecto a la verdad y la falsedad, la racionalidad
o la irracionalidad; el éxito o el fracaso".!
!
3. Simetría con respecto a la explicación: "Los mismos tipos de causas
explicarían, por ejemplo, las creencias verdaderas y las falsas".!
!
4. Reflexividad: "En principio, sus pautas de explicación deberían ser
aplicables a la sociología misma".!
!
Limitémonos por el momento a las siguientes observaciones críticas:!
!
EL análisis causal no es suficiente y, además, es a veces inadecuado
porque 1) se atiene a las condiciones exteriores, ignorando los motivos y
los problemas cognitivos del investigador, o los atribuye en su totalidad
a factores externos, presentando así al investigador como un mero
Sociología de la ciencia
instrumento y no como un creador, y 2) pasa por alto el azar, que está
presente en todos los casos, tanto dentro como fuera del cerebro.!
La imparcialidad es por supuesto necesaria mientras no se la interprete
como una indiferencia entre la verdad y el error, como una tolerancia
con la anticiencia o la seudociencia, o como una confusión de éstas con
la ciencia, lo cual ya ha sucedido en cuanto a las tesis de algunos
miembros de la escuela respecto al cociente de inteligencia y la polémica
sobre la eugenesia, así como con el pretendido carácter científico de la
parapsicología, de las especulaciones de Velikovsky y de la astrología
(véase la sección 2). Una cosa es la imparcialidad, y otra la
despreocupación por la verdad.!
La simetría con respecto a las explicaciones es obviamente errónea en
una perspectiva externalista y relativista, la cual requiere que los
intereses creados disfracen la realidad, conduciendo más frecuentemente
a errores que a verdades. También está equivocada dentro de la
perspectiva clásica, particularmente cuando se la apareja con el requisito
de la causalidad, con lo cual resulta o bien imposible, o bien fútil
distinguir entre las "causas" de la creencia verdadera y las de la creencia
falsa. En uno y otro caso, la sociología de la ciencia vendría a constituir
un mero ejercicio académico en vez de uno de los tres medios a nuestro
alcance para entender la ciencia y fomentar su progreso.!
La reflexividad es un requisito honrado pero suicida. Si se observa el
"programa fuerte" a la luz de sus propias tesis, debe ser interpretado
como una respuesta a alguna clase de intereses no científicos, y por tanto
no más fidedigna que una ideología. Pero de todos modos no parece que
este principio haya sido aplicado.!
Empero, este programa presenta otro problema aun más importante, a
saber, que su mismo primer principio (la causalidad) es una petición de
principios, en cuanto a determinar si en realidad las ideas científicas son
causadas por circunstancias sociales. ¿No sería cosa de dejar esta
cuestión librada a una investigación sin prejuicios, o se incurre acaso en
ingenuidad al exigir que la nueva sociología de la ciencia se atenga al
ethos científico esbozado por Merton? ¿Qué pasaría si un psicólogo de la
ciencia demostrara que un estímulo social dado evoca la idea a en la
persona A, la idea b en la persona B, y así sucesivamente hasta la
persona N, mientras que no evoca idea alguna en las demás personas que
integran su grupo experimental? (Después de todo, esto es lo que nos
induce a esperar la llamada Ley Cero de la psicología experimental,
hasta en el caso de las ratas.) ¿Y qué sucedería si un antropólogo de la
ciencia, especializado en observar a los investigadores durante sus tareas
cotidianas (y entendiendo lo que hacen sus sujetos de observación),
llegara a demostrar que éstos unas veces son beneficiados y otras se ven
estorbados por sus intercambios con colaboradores y colegas, pero que
Sociología de la ciencia
en cambio toman conciencia de muchos de sus problemas y conciben
gran parte de sus ideas y de sus planes cuando trabajan por sí solos y en
circunstancias inusitadas, como en la proverbial playa de Río de Janeiro?!
!
Un ideólogo o un político tratan de demostrar que hay tal o cual
situación, mientras que un hombre de ciencia investiga si en efecto la
hay, y procura ser objetivo, aunque por alguna razón o sinrazón pueda
desear que tal cosa ocurra (o que no ocurra). Un programa ideológico es
una profesión de fe y un plan para reforzar y propagar la fe. Un
programa científico es un proyecto de investigación a partir de ciertos
problemas, y no de principios, con excepción de los principios
filosóficos generales subyacentes en toda pesquisa científica -por
ejemplo, que el mundo exterior es real, legal y cognoscible-.!
En vista de todas estas consideraciones, es sumamente dudoso que el
"programa fuerte" en sociología de la ciencia sea más científico que
ideológico. No obstante, como se verá en breve, hay algo peor todavía:
otras tendencias de la nueva sociología de la ciencia se alejan aun más
de la ciencia auténtica al rechazar el realismo gnoseológico. Pero antes
de examinarlas debemos inspeccionar más de cerca el externalismo y la
forma en que la nueva sociología de la ciencia aborda el problema
denominado "de micro y macro".!
!
5. EL EXTERNALISMO!
La tesis externalista en sociología de la ciencia es que el marco de
referencia determina el contenido, a incluso que no hay diferencia entre
uno y otro: que las ideas, los procedimientos y las acciones de cada
hombre de ciencia son determinados por su ámbito social, pudiendo
llegarse al punto de afirmar que el mismo los "constituye". Como las
expresiones "marco de referencia social", "determina" y "constituye" son
vagas de por sí, la tesis externalista puede ser interpretada de diversas
formas. En rigor, es dado distinguir al respecto las siguientes versiones:!
5. EL EXTERNALISMO!
La tesis externalista en sociología de la ciencia es que el marco de
referencia determina el contenido, a incluso que no hay diferencia entre
uno y otro: que las ideas, los procedimientos y las acciones de cada
hombre de ciencia son determinados por su ámbito social, pudiendo
llegarse al punto de afirmar que el mismo los "constituye". Como las
expresiones "marco de referencia social", "determina" y "constituye" son
vagas de por sí, la tesis externalista puede ser interpretada de diversas
formas. En rigor, es dado distinguir al respecto las siguientes versiones:!
Sociología de la ciencia
!
Externalismo moderado o débil: el conocimiento es socialmente
condicionado!
!
M1 (Local). La comunidad científica influencia el trabajo de sus
integrantes.!
!
M2 (Global). La sociedad, en términos generales, influencia el trabajo de
sus miembros.!
!
Externalismo radical o fuerte: el conocimiento es social!
!
RI (Local). La comunidad científica emana o construye ideas científicas,
todas las cuales tienen, en última instancia, contenido social.!
!
R2 (Global). La sociedad, en términos generales, emana o construye
ideas científicas, por lo tanto, no hay distinciones de interior-exterior,
marco de referencia-contenido, discurso-praxis.!
!
La tesis moderada local M1 presupone que la comunidad científica se
autorregula; que establece su propio plan de acción y tramita sus propios
asuntos. Esta tesis es tan templada que apenas puede distinguirse de la
tesis internalista. La diferencia -entre las tesis M1 y M2 es que, a
diferencia del internalismo radical inherente en la historia tradicional de
la ciencia, que es individualista, el externalismo moderado global (M2)
postula que los hombres de ciencia, atítulo individual, no actúan por su
propia cuenta, sino como miembros de sus respectivas comunidades
científicas, respetando las normas y las reglas imperantes en dichos
sistemas, esperando que sus pares les otorguen reconocimiento y
distinciones, y siguiendo, en la mayoría de los casos, a las modas
contemporáneas en el medio científico. En general, los sociólogos de la
ciencia vinculados con la escuela de Merton (sección 3) se han
pronunciado por el externalismo moderado local, perfectamente
compatible con la tesis internalista según la cual la investigación
científica tiene sus propias normas y reglas y es impulsada
principalmente por la curiosidad, como enseñaba Aristóteles. Además, es
el complemento necesario del internalismo (véase Agassi 1981; Bunge
1983, cap. 3).!
Sociología de la ciencia
!
Algunos sociólogos de la ciencia de nuevo estilo afirman que Thomas S.
Kuhn es un externalista radical, llegando hasta a clasificarlo como
sociólogo de la ciencia externalista y padre de la nueva sociología de la
ciencia (véase, por ejemplo, Barnes 1982; Collins 1981). Pero, en
realidad, Kuhn es un historiador externalista global moderado, mucho
más interesado en las ideas que en las circunstancias sociales de éstas.
Lo cierto es que no aborda en absoluto los detalles al estudiar la
estructura social y que se refiere a las comunidades científicas tan sólo
como entidades que consagran o descartan ideas científicas. Además,
nunca ha estudiado ninguna comunidad científica en particular y, como
destaca Mendelson (1977, 7), nunca llegó a plantearse siquiera el
problema de las posibles relaciones entre el conocimiento y las
estructuras institucionales o las estructuras y procesos sociales más
amplios.!
!
Entonces, ¿por qué se ha saludado ocasionalmente a Kuhn como
fundador de la nueva sociología de la ciencia? Pues por distintas
razones, a saber: porque es relativista y convencionalista; porque se
inclina a favorecer el irracionalismo con preferencia ya sea al empirismo
o al racionalismo, y porque rechaza la idea de que la lógica y el método
sean más fuertes que la intuición, la analogía, la metáfora, la convención
social, o la moda.!
!
Lo que he llamado la tesis moderada externalista global va mucho más
allá: según ella, la ciencia está sujeta al dominio social externo más bien
que a la regulación interna ejercida por la comunidad científica. Ésta es
una concepción neomarxista; en realidad, Marx y Engels habían sido a
veces bastante más radicales (véase la sección 1). Según la misma, la
ciencia es una fuerza productiva y, por lo tanto, una parte de la
infraestructura económica de la sociedad. Más precisamente, de acuerdo
con esta escuela, todo problema científico es un problema de producción
o de intercambio,* y la ciencia en general, por su parte, sólo es un
instrumento para resolver problemas económicos; en tanto que la
investigación científica es orientada por la ideología dominante, que
expresa los intereses materiales de la clase hegemónica.!
!
La obra modelo de esta escuela es el famoso ensayo de Hessen ([1931]
1971), intitulado "Las raíces económicas y sociales de los Principia de
Newton" ("The Social and Economic Roots o Newton's Principia"), al
cual se ha aludido en la segunda sección. Hessen formuló la siguiente
Sociología de la ciencia
pregunta: ¿Dónde ha de buscarse la fuente de genio creador de Newton?
¿Qué fue lo que determinó el contenido y la orientación de sus
actividades? (pág. 151). A su entender, dicha fuente había de
encontrarse, no en el cerebro de Newton, impregnado por la cultura de
su época, sino en el capitalismo, la navegación y la guerra
contemporáneos, que planteaban por igual problemas mecánicos. Estos
problemas técnicos, relativos a las máquinas, la minería, el transporte, la
artillería y otros análogos, vendrían a constituir el "núcleo terrenal" de
los Principia de Newton (pág. 171). Hasta la pasión de éste por la
alquimia, en los últimos años de su vida, sería resultado de su interés por
la industria, particularmente por la metalurgia (págs. 172 y ss.). Sin
embargo, Hessen no es del todo un determinista económico, pues
reconoce la influencia de la ideología (en particular, de la religión),
aunque, lo mismo que Marx, sólo en carácter de elemento deformante
(págs. 82 y ss.).!
Ahora bien, por más que Hessen fuera externalista, era moderado en
comparación con los externalistas á la mode, porque después de todo
reconoció que la investigación científica es una actividad intelectual,
ejercida por personas individuales. Sostuvo que la ciencia tiene insumos
y productos económicos (y secundariamente, también ideológicos), pero
no que sea en sí social o que "emane" de grupos sociales. En
consecuencia, no habría aceptado ninguna de las tesis externalistas
radicales que examinaremos a continuación.!
El externalismo radical es aquella tesis según la cual todo conocimiento
es social, tanto en su contenido como en su origen. En otras palabras,
dime en qué clase de sociedad vives y te diré lo que piensas. Esta
concepción se parece bastante a una generalización de la notoria tesis de
Feuerbach-Durkheim según la cual todas las religiones son
transcripciones simbólicas de estructuras sociales reales -la cual fue
confirmada por una serie de estudios (por ejemplo, Frankfort y otros
[1946] 1949)-. Si eso mismo pudiera afirmarse de la ciencia, podríamos
conocer a una sociedad con sólo haber conocido sus teorías científicas,
así como Durkheim (1972) pretendía que "es mediante la religión como
podemos averiguar la estructura de una sociedad" (pág. 189).!
!
Pero, desde luego, nadie ha descubierto jamás nada acerca de la
estructura social estudiando, pongamos por caso, las ecuaciones de
Maxwell o la forma en que se miden las intensidades del campo
electromagnético. Ello sucede porque la ciencia natural no está
constituida a imagen y semejanza de la sociedad ni con el objeto de
reforzar el orden social; su objetivo es investigar y representarse la
naturaleza (para verificarlo, basta con remitirse a la bibliografía
científica en su conjunto).!
Sociología de la ciencia
Hemos dicho anteriormente que el externalismo radical se da en dos
formas: la local y la global. La tesis externalista radical local R1 sostiene
que toda ciencia, y todo objeto de las ciencias, son creados literalmente
por la respectiva comunidad científica. Esta tesis fue expuesta, en su
forma clásica, por Ludwik Fleck ( [1935] 1979) en Genesis and
Development of a Scientific Fact, oscuro libro rescatado del olvido por
Thomas Kuhn. Al parecer, Fleck, bacteriólogo competente, fue el
primero que investigó la sociogénesis del pensamiento médico. El tema
de la obra en cuestión es la historia de las concepciones médicas y
populares acerca de la sífilis, enfermedad a la cual califica de "hecho
científico" (en Bunge 1981 figura una reseña sobre el particular).!
Fleck era un constructivista, y como tal negaba que la ciencia estudiara
cosas dotadas de existencia independiente. En particular, sostenía que "la
sífilis, como tal, no existe". Examinaremos este aspecto de su obra en las
secciones 7 y 8. Lo que aquí nos interesa es su tesis de que todo "hecho
científico" es producto de una "colectividad de pensamiento", o
comunidad de personas unidas por un "estilo de pensar". Rechaza la idea
de que una persona pueda pensar y cita, aprobándola, la afirmación de
Ludwig Gumplowicz según la cual "lo que en realidad piensa dentro de
una persona no es el individuo mismo, sino su comunidad social" (págs.
4 6 - 4 7 ) . D e e l l o s e d e s p r e n d e q u e t o d o " h e c h o
científico" (descubrimiento o invención) vendría a ser un hecho social.
Además, lo mismo podría sostenerse a la inversa. Según Fleck, no
existiría mundo exterior alguno. "Exterior" vendría a ser lo mismo que
"interior". A su vez, "la realidad objetiva puede resolverse en secuencias
históricas de ideas pertenecientes a la colectividad" (pág. 41). Esta forma
colectivistadel subjetivismo, presagiada por el Husserl de los últimos
años ([1931], 1960), ha sido adoptada por una cantidad de sociólogos
(por ejemplo, Berger y Luckmann 1966), en particular de sociólogos de
la ciencia (por ejemplo, Latour y Woolgar 1979). ¿Pero dónde están las
pruebas de su veracidad? Aplazaremos la respuesta hasta la sección 7.!
Producto más reciente de esta misma escuela de pensamiento, citado a
menudo como una proeza de la nueva sociología de la ciencia, es el
largo ensayo de Paul Forman (1971), "Weimar Culture, Causality and
Quantum Theory, 1918-1927: Adaptation by German Physicists and
Mathematicians to a Hostile Intellectual Environment" ("La cultura de
Weimar, la causalidad y la teoría cuántica, 1918-1927: Adaptación de los
físicos y matemáticos a un ambiente intelectual hostil"). El título lo dice
todo: los inventores de la mecánica cuántica no superaron la ideología
antiintelectualista que hacía estragos en la Alemania de posguerra; al
contrario, se adaptaron a ella. En particular, "la tendencia a prescindir de
la causalidad en física, que surgió tan repentinamente y floreció de
manera tan lujuriante en Alemania después de 1918, fue ante todo un
Sociología de la ciencia
esfuerzo de los físicos alemanes por adaptar el contenido de su ciencia a
los valores de su medio ambiente intelectual" (pág. 7).!
!
Este trabajo de Forman, tan citado, presento unos cuantos defectos
fatales. En primer lugar, es cierto que la filosofía predominante en
Alemania durante la gestación de la teoría de lo quanta era anticientífica,
vitalista a irracionalista. Basta para ello con recordar la filosofía de
Husserl en su última época, y la de su discípulo Heidegger (dicho sea de
paso, uno y otro son héroes de la nueva sociología de la ciencia). Pero
ésta no era, en modo alguno, la filosofía aceptada entre los físicos. Éstos
eran en su inmensa mayoría positivistas, y por lo tanto, procientíficos.
Hasta Pasqual Jordan lo era, pese a tratarse de un nazi militante. (Hubo,
desde luego, algunas excepciones: Einstein y Planck eran realistas, y
Bohr no se convirtió al positivismo hasta 1935 aproximadamente). Tanto
es así, que la interpretación ortodoxa, o de Copenhague, de la
formulación de la mecánica cuántica, que prevaleció desde 1935 hasta
hace poco tiempo, es universalmente tenida por positivista. Es posible,
eso sí, demostrar que esta interpretación es incompatible con la
formulación matemática de la teoría y que puede ser ventajosamente
sustituida por una interpretación estrictamente realista (Bunge 1967,
1973, 1985a). Y por otra parte, cuando se originó la mecánica cuántica,
el positivismo era una filosofía ilustrada, no oscurantista como la
fenomenología, el existencialismo o el hegelismo.!
!
En segundo lugar, al centrar la atención sobre Alemania, Forman olvida
que la teoría de los quanta fue elaborada no sólo por los alemanes
Heisenberg, Born y Jordan, sino también por el danés Bohr, el austríaco
Schrödinger, el francés de Broglie, el inglés Dirac, y el ciudadano del
mundo Einstein. Después de todo, el lugar adonde acudían en
peregrinación físicos cuánticos de aquella época, y que recibió el
nombre "Meca de la teoría de los quanta" fue Copenhague, no Gotinga,
Berlín, Leipzig ni Munich. (Varios de los peregrinos, entre ellos mi
maestro Guido Beck, hasta llegaron a casarse con dinamarquesas.)!
!
En tercer lugar, la mecánica cuántica fue inventada no como un
"esfuerzo para adaptarse al ambiente intelectual", como pretende
Forman, sino para resolver problemas de larga data que habían venido
intrigando a los físicos desde casi veinte años antes del nacimiento de la
república de Weimar. ¿Cómo podría alguien haber inventado la
mecánica de matrices, la mecánica ondulatoria, o la electrodinámica
cuántica, tan sólo para dar gusto a unos cuantos filósofos oscurantistas?
Lo cierto es que el positivismo -y no la Lebensphilosophie que se estaba
Sociología de la ciencia
popularizando y, favorecida por Husserl y Heidegger, entre otros, sugirió
la interpretación (operacionalista) de la mecánica cuántica a la que
acabamos de referirnos. También es verdad que Bohr padeció
inicialmente la influencia de sus compatriotas Kierkegaard y Höffding,
al concebir su oscuro "principio" de la complementariedad -pero en,
realidad no se trata de un principio, pues no tiene ninguna implicación y
de todos modos no desempeñó papel alguno en los cálculos-.!
!
En cuarto y último lugar, ¿qué hay de oscurantista en la hipótesis de que
el azar se entrelaza con la causalidad, en vez de reducirse meramente a
nuestra ignorancia de ésta? ¿Por qué habríamos de desconfiar del azar? -
¿tan sólo por la confusión vulgar entre causas y razones?-. ¿Y qué tiene
de oscurantista el primer intento fructífero de explicar la existencia
misma y las principales propiedades de átomos, moléculas, fotones,
sólidos, reacciones nucleares y químicas, y tantas otras cosas?!
!
Lo mismo que Fleck antes de él, Forman es un externalista y relativista
radical, aunque no un constructivista. Pero ambos han conservado la
distinción entre lo interno y lo externo: Fleck con referencia a las
comunidades científicas, y Forman en lo relativo a la intelligentsia en su
conjunto, dentro de un país determinado y en un momento dado. Muy
distinto es el caso de los externalistas radicales globales. Para ellos,
precisamente porque los laboratorios científicos son instituciones
públicas abiertas a los profanos (hasta a aquellos antropólogos y
sociólogos de la ciencia ignorantes de las ciencias naturales), se trata de
ámbitos sin muros, interpenetrados con la sociedad en general, y cuanto
sucede en su interior es de lo más corriente (Latour, 1983).!
!
Esto sucede porque en el laboratorio "el contenido se funde con el
contexto" (Latour 1987) y no hay distinción entre discurso y praxis
(Woolgar 1985). Por el mero hecho de que la investigación científica
implica cierto grado de politiquería, y porque se la confunde a veces con
la tecnología, puede llegar a ser concebida como la máxima fuente de
poder en la sociedad moderna: "La ciencia es la política desarrollada por
otros medios" (Latour 1983,168). En esta forma, también la distinción
entre micro y macro termina por disolverse en el gran magma que la
nueva sociología de la ciencia llama "ciencia" (a lo cual nos referiremos
nuevamente en la próxima sección).!
!
La tesis externalista radical, para la que todo conocimiento es social,
hasta el punto de no poder formularse distinción alguna entre su
Sociología de la ciencia
contenido y su contexto, es falsa por las razones que se enumeran a
continuación. En primer lugar, el hecho de que el contenido sea influido
por el contexto no prueba que sean indiferenciables entre sí, del mismo
modo que el hecho de que un organismo no pueda vivir si se cortan
todos sus vínculos con su medio ambiente no refuta la distinción ente
organismo y ambiente. (Por otra parte, en general, no puede haber
interacción sino en tres cosas distintas.) Los biólogos especializado en
citología y en el estudio de los organismos, si bien no niegan la
existencia ni la importancia del medio ambiente, dedican su principal
atención a los primeros, y no al segundo. En término semánticos, los
referentes centrales de los enunciados biológicos son los organismos,
mientras que el medio ambiente es su referente periférico.
Análogamente, para el estudioso serio de la ciencia, ésta es el referente
central de sus enunciados, y la sociedad, su referente periférico.!
El externalista radical no establece tal distinción semántica: para él,
tanto el centro como la periferia se confunden en una gran papilla dentro
de la cual se ahogan las ideas científicas. Esta fusión es una treta
conveniente para eludir cuestiones "técnicas", como la construcción y
verificación de teorías científicas; de este modo, el estudioso puede
prescindir de los elementos básicos de la investigación y dedicarse a sus
instrumentos, aspectos exteriores ycontingencias diversas. Gracias a ese
procedimiento el profano en la materia puede burlarse de los filósofos de
la ciencia que ignoran la "ciencia en proceso", y hasta lisonjearse con la
ilusión de que puede "explicar totalmente al experto su
funcionamiento" (Latour 1987, 15). ¡Qué caso ejemplar de modestia
científica!!
En la sección 4 se había ya mencionado una segunda razón por la cual la
tesis externalista radical es falsa, a saber, que cualquier teoría razonable
de la referencia ha de indicar que los referentes de los enunciados
matemáticos son objetos matemáticos, y los de los enunciados físicos,
objetos físicos -no hechos sociales-. ¿Cuál es el contenido social de una
función matemática, cuál el de una fórmula de reacción química? El
externalista no da respuestas precisas a estos interrogantes. La
circunstancia de que la creación de esos constructos exija aprender de
otras personas y comunicarse con ellas, y de que algunos de ellos se
utilicen en la industria y en el comercio mediante la tecnología, no
transforma dichos constructos en hechos sociales, así como la naturaleza
social de la producción y la venta de una caja de cereal para el desayuno
no convierte tampoco en procesos sociales ni el cereal, ni nuestra
ingestión y digestión del mismo.!
Para resumir, los externalistas tienen razón; al sostener que los hombres
de ciencia no viven en un vacío social. Y que, en consecuencia, la
separación entre las ideas y prácticas científicas de los hombres de
Sociología de la ciencia
ciencia y de sus circunstancias sociales es puramente analítica, por más
que sea indispensable para entenderlas y evaluarlas en tanto que ideas y
prácticas. Pero afirmar que las contingencias sociales constituyen ideas y
prácticas científicas es como sostener que, por vernos en la necesidad de
respirar para vivir, estamos completamente determinados por la
atmósfera, bien, según el externalismo radical, que estamos hechos de
aire; y en este caso, del aire caliente que, como si se tratara de un globo,
infla tal argumentación. (Otras críticas al externalismo pueden
encontrarse en Shils, 1982).!
6. EL TEMA DE LA RELACIÓN ENTRE MACRONIVELES Y
MICRONIVELES, O ENTRE ESTRUCTURAS Y AGENTES, EN LA
SOCIOLOGÍA DE LA CIENCIA!
Toda ciencia debe necesariamente encarar el problema de las relaciones
entre microniveles y macroniveles, o sea, entre la parte (por ejemplo, el
individuo y el todo (por ejemplo, la sociedad). Este problema reviste
particular seriedad en la ciencia social (véase, vg. Knorr-Cetina y
Cicourel 1981; Alexander et al. 1987). Los dos intentos clásicos de
resolver (o eludir) este problema son el individualismo y el holismo,
cada uno de los cuales presenta a su vez un aspecto ontológico y otro
metodológico (véase, vg., Krimerman 1969; O'Neill 1973; Bunge 1979,
1995). Los holistas sostienen que el individuo es un peón de la sociedad,
y por ello prefieren el enfoque descendente (o sea, del macronivel hacia
el micronivel), de modo que son macrorreduccionistas. En cambio, los
individualistas sostienen que todo acontecer social es resultado de actor
individuales, y por tanto prefieren el enfoque ascendente (o sea, del
micronivel hacia el macronivel), de modo que son microrreduccionistas.
Mientras que Marx y Durkheim fueron en gran medida holistas, Weber y
Schutz fueron predominantemente individualistas.!
Con todo, puede alegarse que el holismo y el individualismo son tipos
ideales. Por ejemplo, Marx no negó, sino que, al revés, realzó la acción
individual (aunque concertada), particularmente cuando ésta tendía a
modificar el orden social existente. Hasta los individualistas más
radicales reconocen que el individuo tiende a comportarse de modo
diferente en distintas situaciones sociales, pero no por ello intentan
siquiera analizar el concepto macrosociológico de una situación en
términos de actos individuales.!
En síntesis, un especialista en ciencias sociales no puede ser, en la
práctica, ni holista ni individualista en todos los casos. Ya sea que tenga
o no conciencia de ello, todo hombre de ciencia es sistemista, es decir, se
trata de alguien que estudia los sistemas sociales -como por ejemplo, las
comunidades científicas- y la forma en que éstos son originados,
conservados, reformados, revolucionados o desmantelados por medio de
acciones individuales, así como la manera en que las mismas son a su
Sociología de la ciencia
vez condicionadas (y en particular, estimuladas o inhibidas) por la
estructura social. El sistemista reconoce las distinciones y relaciones
entre micro y macroniveles, y acepta la legitimidad de algunas
reducciones (ascendentes o descendentes), pero a la vez destaca los
límites que se oponen a la reducción, originados en el hecho mismo de
que los sistemas sociales están compuestos de individuos y las acciones
de éstos serán condicionadas por el medio ambiente social (véase Bunge
1979, cap. 5; 1985b, cap. 4; 1995, 1996, 1998).!
¿Cuál es la posición de las distintas escuelas de la sociología de la
ciencia respecto del trilema individualismo-holismo-sistemismo?
Evidentemente, Marx y Engels, en sus enunciados generales, eran
holistas (recuérdese la sección 2), pero cuando juzgaban a algún hombre
de ciencia en particular, al cual profesaban respeto, como Ricardo o
Darwin, no lo trataban como a un mero portavoz de la burguesía ni
afirmaban que sus ideas hubieran estado integradas con elementos de la
infraestructura material. En cuanto a los hombres de ciencia marxistas
occidentales, como por ejemplo Bernal, eran todavía menos holistas que
Marx y Engels, pues no negaban la creatividad individual ni pretendían
que todo enunciado científico tuviera contenido social. Se caracterizaban
por destacar la influencia del contexto sobre el contenido social, sin
desconocer la distinción entre uno y otro (véase la sección 3).!
En cuanto a Merton, si bien se trata de un funcionalista-estructuralista, y
por tanto, en cierto modo, de un holista, sus contribuciones y las de sus
discípulos a la sociología de la ciencia no pueden catalogarse ni como
holistas, ni como individualistas. En realidad, todas ellas tratan de
hombres de ciencia a título individual, o de equipos de éstos que
comparten una misma ética y un mismo fondo de conocimientos. Dado
que esas contribuciones se refieren a individuos en el marco de una
sociedad, así como a los insumos y productos sociales (en particular,
económicos e ideológicos) de la labor desarrollada por hombres de
ciencia individuales o por equipos de investigación, establecen vínculos
entre macro y microniveles, en vez de intentar macrorreducciones
(característica del holismo) o microrreducciones (inherentes al
individualismo). En resumen, la escuela mertoniana de sociología de la
ciencia puede caracterizarse como sistemista, aunque no puede
asegurarse en modo alguno que el propio Merton hubiere de aceptar esta
caracterización.!
Pero, ¿qué decir de la nueva sociología de la ciencia? Pues bien, por
unida que ésta se presente en otros aspectos, está dividida en cuanto al
tema de los micro y macroniveles. Mientras que una minoría de sus
cultores, particularmente los etnometodólogos, es individualista, la
mayoría, y en especial los partidarios del "nuevo programa", es
colectivista o, al menos, cripto-holista. En contraste con otras ramas de
Sociología de la ciencia
la sociología, no parece haber sistemistas entre los secuaces de la nueva
sociología de la ciencia -mala señal-.!
La principal filosofía en la cual se funda la etnometodología es la
fenomenología, escuela fundamentalmente subjetivista y por ende
individualista. Husserl, padre de la misma, exigía que el sujeto se
contemplase a sí mismo para observar el flujo de su propia conciencia, y
que colocase la realidad "entre paréntesis", o sea, que hiciese de cuenta
como si no existiera. Además, de conformidad con esta doctrina, el
sujeto se crea su propia realidad en torno a sí, particularmente su propia
realidad cotidianao Lebenswelt. Es cierto que posteriormente (en 1931)
Husserl encomendó esta tarea a "comunidades intersubjetivas de
individuos". Pero aun así la idea básica es que la realidad carece por
entero de existencia autónoma. El mundo real es "inseparable de la
subjetividad trascendental", y además, constituye "una idea in finita,
relacionada con infinidad de experiencias armoniosamente
combinadas" (Husserl 1960, 62; las itálicas son del original). Es por ello
que la fenomenología encarna "el más extremo contraste con las ciencias
en el sentido hasta ahora aceptado de ciencias positivas,
'objetivas"' (Husserl [1931] 1960, 30; las bastardillas son del original).!
En síntesis, el propio Husserl destacó que la fenomenología implica un
enérgico rechazo del realismo gnoseológico peculiar de la ciencia y la
tecnología y que caracteriza también la obra de los fundadores de la
sociología. ¿Es realmente necesario explicar por qué una disciplina que
ni siquiera intenta proporcionar una concepción objetiva de la realidad
no puede ser considerada como científica por más que se otorgue esa
denominación?!
Berger y Luckmann (1967) -a la zaga de Schutz ([1932, 1967), quien
siguió a Husserl, que a su vez siguió a Dilthey, seguidor por su parte de
Kant y de Hegel- escriben, por lo tanto, sobre la construcción de la
realidad, y no sobre el estudio de la misma (véase Outhwaite 1986, con
respecto al linaje de la sociología fenomenológica), lo mismo que
Harold Garfinkel (1967) y otros miembros de la escuela
etnometodológica. Pero si bien los padrinos putativos de la
etnometodología son el Husserl tardío y hasta el propio Heidegger,
sucede que, a diferencia de estos filósofos, los etnometodólogos no son
aprioristas, sino que efectúan investigaciones empíricas, aunque éstas se
refieran a minucias. Es indudable que Husserl y Heidegger, quienes
despreciaban la ciencia, habrían desaprobado enérgicamente dichas
investigaciones empíricas por más que se hubieran deleitado con la jerga
hermética que las acompaña.!
!
Sociología de la ciencia
La etnometodología se opone al externalismo radical porque, en su
mayoría, los partidarios de éste dan por supuesta la realidad del mundo
exterior, considerando además todos ellos que el individuo es por entero
producto de su medio ambiente social. Este rechazo del externalismo
sería acertado si no ignorase por completo la existencia de los grandes
sistemas sociales y de las principales cuestiones de la sociedad, y si
fuera acompañado por un estudio en profundidad de las actividades
peculiares de los hombres de ciencia a título individual y de los equipos
que ellos integran. Lamentablemente no es así.!
En verdad, lo característico de los estudios etnometodológicos es el
registro (en cintas magnetofónicas o de video) de minucias relativas a las
actividades de la vida cotidiana (es decir, de lo familiar, no de lo
extraordinario) y la asignación arbitraria a los sujetos o actores de un
"sistema general de significado" otorgado por éstos a cada nueva
situación que van enfrentando -en cuyo proceso el término clave,
"significado" (o su equivalente pragmático, "interpretación") queda sin
definir, conforme a la tradición de Dilthey y de Weber-.!
Aquel etnometodólogo que estudia la ciencia sólo se interesa en los
"objetos mundanos" (por ejemplo, los instrumentos de medición) que los
hombres de ciencia utilizan en su "práctica concretada" (¿podría haber
acaso una práctica no concretada?) y en los signos que emplean al hablar
y al escribir, y no en las ideas científicas que confieren "significado" a
dicha práctica y a las interacciones de los propios hombres de ciencia. Y
no puede interesarse en ellas, porque no las entiende. El etnometodólogo
es un forastero, y por ello, un externalista metodológico, aunque no
ontológico. Tampoco se interesa en la acción recíproca entre ciencia y
tecnología ni en las limitaciones y oportunidades que presentan la
industria y el Estado. Volveremos a referirnos a la etnometodología en la
sección 7.!
Y sin embargo, muchos de los partidarios de la nueva sociología de la
ciencia son holistas. Para ellos, el grupo precede y domina al individuo,
y es quien concibe y aun quien profesa todas las creencias. Pero la tesis
de que los sistemas de creencias pueden imputarse a grupos de la
sociedad, y en particular a las clases sociales, tropieza con dos
dificultades. Una de ellas, como lo destacara Barnes (1977), miembro
fundador de la nueva sociología de la ciencia, es que pudo comprobarse
que las creencias que al parecer eran las indicadas racionalmente por los
intereses de una clase resultaban, con molesta frecuencia, comunes entre
los miembros de otra; que las creencias dominantes de una clase eran a
veces extraordinariamente reacias a una formulación racionalmente
inteligible en términos de cualquier versión plausible de intereses
objetivos; y a veces se encontraba en una clase tal diversidad de
Sociología de la ciencia
creencias y de pensamientos que era imposible proceder a un análisis
para verificar las formas dominantes (pág. 45).!
Para sintetizar, ocurre que las clases sociales no son ideológicamente
homogéneas. Pero esto loo sabíamos mucho antes de que apareciera la
nueva sociología de la ciencia. Por ejemplo, sabíamos que la Revolución
Francesa, cuyo carácter burgués era reconocido, fue en parte efecto de
los escritos y la acción de muchas personas que pertenecían a las
categorías menos encumbradas de la nobleza o del clero. El caso de la
Revolución Rusa fue análogo: entre sus promotores hubo numerosos
integrantes de las clases privilegiadas, entre ellos, Lenin y Trotsky.
Además, es dudoso que cualquier revolución sea posible a menos que se
produzca una división en el seno de la clase dominante.!
Sin embargo, la principal dificultad que presentan las tesis holísticas en
cuanto a la atribución de las creencias reside en su presunción de que
éstas pueden ser profesadas por grupos sociales, y no meramente por sus
miembros. Pero una creencia es un estado o proceso mental, y por lo
tanto sólo puede ser concebida, nutrida, sostenida o abandonada por una
mente individual, o mejor dicho, por un cerebro. De modo que la
atribución de creencias a grupos sociales sólo puede tener lugar en aras
de la brevedad; por ejemplo, la expresión "el grupo social X profesa la
creencia Y" debería interpretarse como una forma resumida de expresar:
"Todos (o la mayoría de) los miembros (adultos) de X creen en Y". Éste
es, desde luego, uno de los dogmas válidos del individualismo
metodológico.)!
Como hemos visto en la sección 5, Fleck ( [1935] 1979) fue quizás el
primero en afirmar que "las comunidades de pensamiento", y no los
individuos, construyen la ciencia, y no sólo ésta, sino también los
hechos, como por ejemplo, la infección sifilítica. (La idea de que sólo las
personas, naturales o sobrenaturales, crean los hechos, es, por supuesto,
mucho más antigua. Recuérdese no sólo a George Berkeley, sino
también a Ernst Mach y a Edouard Le Roy, el filósofo convencionalista
a quien se debe la famosa frase le savant crée le fait). Según Fleck, cada
Denkkollectiv tiene su propio Denkstil, y los diversos estilos de
pensamiento son -como algunos dirían hoy- mutuamente
"inconmensurables".!
¿Cómo llegó Fleck a concebir estas ideas? Probablemente tomó su
principio básico del marxismo, que por ese entonces era bastante popular
en Europa. ¿Y cómo llegó a confirmarlas? Concentrando su estudio en la
historia de la prueba de Wasserman para descubrir los casos de sífilis, y,
aun dentro de este tema, limitándose únicamente a un par de casos de
trabajo en equipo de índole relativamente rutinaria, a ignorando por
completo la labor individual. No comprendió que, si bien los
descubrimientos y las invenciones pueden ser anónimos y están
Sociología de la ciencia
expuestos a las influencias de la sociedad, nunca son colectivos por la
sencilla razón de que se trata de procesos mentales, que sólo ocurrenen
cerebros de individuos. Quien pasé por alto la mente individual será
incapaz de explicar la creatividad y, en consecuencia, de responder a
preguntas elementales por el estilo de "aunque muchos contemporáneos
de X conocían los mismos datos relevantes y compartían los mismos
intereses en los mismos problemas que X, ¿por qué fue únicamente X
quien descubrió Y?"!
Muchos cultores de la nueva sociología de la ciencia comparten el
holismo de Fleck. Por ejemplo, Bloor (1976) escribe acerca del
"conocimiento de la sociedad", entendido como una "visión
colectiva" (pág. 12). Y Latour (1983) sostiene que no hay diferencia
entre lo que llama microactores y macroactores, o entre el interior y el
exterior de un laboratorio. Basa esta tesis en el examen de los famosos
experimentos sobre el ántrax efectuados por Pasteur en 1881. Las
puertas del laboratorio de Pasteur estaban abiertas al público, y él mismo
fue a una granja a ejecutar un experimento sobre el terreno. Al obrar de
esa manera, borró el límite entre los hombres de ciencia y el público.
Después de todo, “la creencia en la 'cientificidad' de la ciencia ha
desaparecido” (pág. 142).!
Pero apenas se ha procedido a negar la distinción entre el interior y el
exterior, ésta vuelve a ser afirmada. Al estudiar el bacilo del ántrax en su
laboratorio, Pasteur pudo "dominarlo", mientras que afuera, sobre el
terreno, ese microorganismo era difícil de investigar y de manipular, por
ser invisible y hallarse mezclado con otros muchos microbios (pág. 147).
Además, pasando por alto los vínculos entre la ciencia de la
microbiología, la tecnología de la concepción, manipulación y
utilización de las vacunas, la industria respectiva y la campaña de
educación efectuada por higienistas y docentes, Latour sacó en
conclusión que "Pasteur modifica activamente La sociedad de su época,
y lo hace en forma directa que no indirecta, mediante el desplazamiento
de algunos de sus actores más importantes [a saber, los
veterinarios]" (pág. 156, itálicas del original). Y luego dio el salto
inductivo: el laboratorio "genera novísimos factores de poder" (pág. 160)
y por ello constituye un potente y directo agente de transformación
social, de ahí el modesto título del artículo: "Dadme un laboratorio y
levantaré el mundo". Curiosa sociología ésta, que ignora tres eslabones
de la cadena mediante la cual el hombre de ciencia en tanto que
individuo se relaciona con la sociedad general, a saber, la comunidad
científica, la industria y el Estado.!
!
Para concluir esta sección, cabe destacar que el individualismo no es
procedente en la sociología de la ciencia porque reduce a un mínimo o
Sociología de la ciencia
llega hasta a ignorar la existencia misma de los sistemas sociales (por
ejemplo, las comunidades científicas y las universidades) a los que
pertenecen los hombres de ciencia en tanto que individuos, y por ello no
puede explicar el peculiar comportamiento de esas personas como
miembros de dichos sistemas. Tampoco es procedente el holismo,
porque reduce a un mínimo y hasta ignora la iniciativa, creatividad,
dedicación y valor moral de los individuos, y concibe a los hombres de
ciencia como asalariados que trabajan con un horario de oficina,
incapaces de experimentar curiosidad, dudas, y pasiones. Tanto el
holismo como el individualismo son unilaterales, y por tanto
empobrecedores, y la oscilación entre uno y otro, que afecta por igual a
los etnometodologistas y a los partidarios del "programa fuerte", es
indicio de confusión. Por mi parte, sostengo que el enfoque correcto para
abordar todos los problemas en cualquier ciencia social es el enfoque
sistémico, que induce a estudiar las formas en que las personas se
vinculan entre sí para constituir o para cambiar sistemas sociales, y las
modalidades en que éstos funcionan a interactúan en el seno de la
sociedad general.!
7. EL CONSTRUCTIVISMO!
En el decenio de 1960 algunos filósofos de la ciencia alegaron que no
existe distinción absoluta entre los conceptos provenientes de la
observación y los de índole teórica, pues todos los primeros están
"cargados de teoría", en el sentido de que toda observación es orientada
o desorientada por alguna hipótesis, ya sea explícita o tácita.!
Esta aseveración contiene un elemento de verdad, a saber, que las
observaciones científicas, a diferencia de las ordinarias, son ideadas y
efectuadas sobre la base de hipótesis. Pero ello no impide que subsistan
diferencias indiscutibles entre los conceptos observacionales, como
"azul", y los teóricos, como "longitud de onda". El hecho de que unos y
otros se vinculen entre sí no significa que pertenezcan a la misma
categoría. Además, hasta la ciencia experimental de vanguardia utiliza
conceptos que se emplean de manera preteórica, como los de cosa, lugar,
cambio y color.!
A partir de la tesis relativa a la carga teórica de los conceptos empíricos
no costaba mucho dar un paso más y proclamar "la abolición de la
distinción entre hechos y teorías" (Barnes, 1983, 21), pero en realidad la
cosa no es tan fácil, porque puede admitirse la primera sin aceptar por
ello la segunda. O sea, que es dado admitir que la distinción entre
observación y teoría no es absoluta, o que es cuestión de grado,
conservando sin embargo la distinción entre hecho y teoría, por cuanto la
primera es de índole epistemológica (pues sólo concierne al
conocimiento) mientras que la segunda es ontológica (o sea, que
concierne a la realidad en su conjunto). En otros términos, puede
Sociología de la ciencia
afirmarse coherentemente que la observación científica de hechos
objetivos (exentos de teoría) implica (algunos) conceptos teóricos, sin
tomar los constructos por cosas, o viceversa.!
Por ejemplo, un físico, sin pretensiones de hacer filosofía,
probablemente admita que los conceptos de electrón contenidos (y
elucidados) en las diversas teorías relativas al mismo son de índole
teórica, sin dejar de afirmar al mismo tiempo que los electrones existen
de por sí, ya sea que se teorice o no acerca de ellos. Análogamente, un
sociólogo admitirá que los conceptos de estratificación social son
teóricos, sosteniendo a la vez que las sociedades modernas están
objetivamente estratificadas y que toda teoría de la estratificación social
tiende a representar ese rasgo objetivo. En síntesis, mientras que todo el
mundo -con excepción de los empiristas radicales- conviene en que los
constructos (o sea, conceptos, hipótesis y teorías) son construidos, sólo
los subjetivistas pretenden que también los hechos son construidos en su
totalidad. De ese modo, mientras que el constructivismo gnoseológico es
acertado hasta cierto punto, el constructivismo oratológico no lo es,
porque contradice la evidencia misma.!
En realidad, si hechos y teorías fueran una misma cosa, ningún hecho
podría ser utilizado para comprobar una teoría, y ninguna teoría podría
utilizarse para guiar la búsqueda de nuevos hechos. Dado que la
verificación de las teorías y la exploración guiada por teorías son
realidades (y no teorías) cotidianas del quehacer científico, salta a la
vista que negar la distinción entre hechos y teorías es una actitud
contraria a la realidad de los hechos (aunque no sea contraria a la teoría
subjetivista). Además, si los hechos y las teorías fueran idénticos, los
primeros tendrían propiedades teóricas (por ejemplo, coherencia y
capacidad explicativa) y las teorías tendrían propiedades físicas,
químicas, biológicas, o sociales (por ejemplo, viscosidad y reactividad
química). Como esto no sucede, la identidad postulada es un mero
sofisma.!
!
Sin embargo, este sofisma y el relativismo epistemológico que lo
acompaña son característicos del "programa fuerte". Sus partidarios
pretenden que la realidad es un constructo humano, y que todos los
constructos tienen contenido social. En particular, la frase "la
construcción social de los hechos científicos" ha llegado a convertirse en
lugar común dentro de la nueva sociologíade la ciencia, particularmente
desde que fuera adoptada como subtítulo de la primera edición de la obra
de Latour y Woolgar, Laboratory Life (1979).!
!
Sociología de la ciencia
Allí donde los constructivistas aluden a la construcción social de los
hechos científicos, la mayoría de los investigadores, los filósofos
realistas y los sociólogos de la ciencia se referirían al proceso de
acciones recíprocas entre hombres de ciencia (ya sea en forma personal
o por intermedio de escritos y publicaciones) que comienza con una
observación, una conjetura o un comentario crítico, y termina con una o
más proposiciones que son generalmente aceptadas (como
suficientemente exactas ), al menos por el momento, habiendo superado
todas las pruebas requeridas. De este modo, cuando Latour y Woolgar
(1986) afirman que el "FLT (factor liberador de la tiotropina) es por
entero una construcción social" (pág. 152), un no-constructivista diría
que la composición molecular y la función biológica del FLT fueron
descubiertas por hombres de ciencia que trabajaron en dos equipos de
investigación rivales (los cuales, sin embargo, se desempeñaron
frecuentemente en colaboración) durante un período de diez años
aproximadamente.!
!
Pero en los textos de los constructivistas hay algo más que un empleo
descuidado de términos como hecho y construcción. Hay también un
descuido intencional del aspecto "técnico" del proceso de investigación,
o sea, de los problemas, hipótesis, argumentos, diseños experimentales,
y mediciones que acompañan los intercambios de opiniones, planes, y
comprobaciones entre los miembros del equipo o equipos de
investigación, sin los cuales dichos intercambios serían por completo
ininteligibles. Hay más: se llega hasta a rehusar explícitamente el
empleo de términos metodológicos como hipótesis, prueba y otros por el
estilo, quizás por tratarse de los estigmas que caracterizan a los
internalistas (véase, por ejemplo, Latour y Woolgar 1986,153).!
!
Semejante desdén por los significados y valores de verdad de las
"inscripciones" producidas en los laboratorios no es accidental, sino
producto de una opción deliberada: la de estudiar a la tribu de los
hombres de ciencia como si se tratara de un sistema social ordinario, a la
manera de una tribu de cazadores y recolectores, o del vecindario de una
aldea de pescadores. En el caso de un sistema social ordinario, hasta un
viajero, o un periodista inquisitivo, pueden adquirir conocimientos
mediante una observación espontánea, gracias a lo que ya saben acerca
de las actividades humanas básicas en distintas culturas. Pero un estudio
en profundidad sólo se emprende si el observador desea entender la
organización política, la mitología, o las ceremonias del grupo!
!
Sociología de la ciencia
Ahora bien, un equipo de investigaciones científicas es radicalmente
distinto de una tribu primitiva. No porque sus operaciones sean
misteriosas, sino porque tiene una función extremadamente
especializada: la de producir conocimientos científicos mediante
procesos que, a diferencia de la recolección, la caza o la pesca, no son
mayormente visibles. El lego que visita un laboratorio sólo puede
observar, en el comportamiento de quienes allí trabajan, manifestaciones
externas de aquellos procesos mentales que se desarrollan en los
cerebros de los investigadores y de sus asistentes. Para el profano, los
problemas que motivan a impulsan las actividades de investigación son
aun menos inteligibles que los resultados de éstas. En vista de ello, sólo
puede aspirar a una visión superficial, como la del psicólogo del
comportamiento que se limita a describir la conducta ostensible del
sujeto.!
!
A pesar de esta obvia limitación, Latour y Woolgar (1986) sostienen que
"la observación de la práctica real del laboratorio" proporciona
resultados "que se prestan particularmente pare un análisis de los
detalles íntimos de la actividad científica" (pág. 153). No explican cómo
un intruso, que no entiende siquiera el idioma de la "tribu" cuya vide
diaria "comparte" (por alojarse en las mismas habitaciones), puede tener
acceso a tales detalles íntimos, que por otra parte están ocultos dentro de
los cráneos de los sujetos estudiados. Y tampoco explican cómo meros
intercambios orales y "negociaciones" pueden "crear o destruir hechos".!
Dichos antropólogos de la ciencia, no sólo no piden disculpas por
inmiscuirse en un grupo de investigación ocupado en un proyecto que
ellos no pueden entender, sino que consideran tal ignorancia como un
mérito:!
"Consideramos que la aparente superioridad de los miembros de nuestro
[sic] laboratorio en cuestiones técnicas es insignificante, en el sentido de
que no estimamos que un conocimiento previo... constituya un requisito
necesario pare entender la labor del hombre de ciencia. Esto es análogo a
la negativa del antropólogo a inclinarse ante los conocimientos de un
hechicero primitivo" (Latour y Woolgar 1986, 29).!
En vista de ello, no es de extrañar que estos observadores mal equipados
saquen en conclusión que los hombres de ciencia no incurren en proceso
mental peculiar alguno, que la actividad científica es "simplemente un
anfiteatro social" y el laboratorio, tan sólo un "sistema de inscripciones
literarias". Pero, ¿cómo pueden saberlo si no entienden los propósitos
del quehacer a que se dedican los hombres de ciencia? Dada su
intencional confusión entre hechos y proposiciones, ¿cómo pueden saber
cuándo "una declaración se fracciona en una entidad y una afirmación
Sociología de la ciencia
sobre una entidad" -o cuándo time lugar el proceso inverso, durante el
cual la realidad es "deconstruida"-, o en lenguaje ordinario, una hipótesis
es refutada? Basándose en tales confusiones elementales y valiéndose de
elementos tornados de filosofías anticientíficas, concluyen que la
"externalidad [o sea, el mundo exterior] es consecuencia del trabajo
científico, y no causa del mismo" (Latour y Woolgar 1986,182, itálicas
del original).!
Podría creerse acaso que Latour y Woolgar !1986) no son subjetivistas,
sino sencillamente autores poco versados en filosofía que utilizan
equivocadamente la palabra hecho para designar una proposición que se
estima verdadera sin lugar a reservas, como por ejemplo "la Tierra es un
planeta". Lo cierto es que, según sus propias expresiones, "un hecho es
nada más que una proposición sin modalidad [o sea, sin indicación de
que sea concebida como una hipótesis, o de que haya sido confirmada] y
sin rastros de identificación de autor" (pág. 82). De modo que, según
podría creerse, se trata en este caso de una confusión, por falta de pericia
filosófica, comparable a la identificación vulgar de la ecología con el
medio ambiente, de la meteorología con el estado del tiempo, de la
sociología con la sociedad, de la ontología con la clase de referencia, y
de la metodología con el método. Pero como en las páginas 174 y
siguientes lanzan todo un ataque en regla contra el realismo, es preciso
tomar en serio su subjetivismo.!
Latour y Woolgar (1979) no dejan dudas al respecto cuando afirman que
"la realidad es la consecuencia y no la causa de esta construcción", de
modo que "la actividad del hombre de ciencia está dirigida, no hacia la
realidad, sino hacia estas operaciones sobre proposiciones" (pág. 237).
Esta afirmación sería válida no sólo para el mundo social, sino también
para el natural: "La naturaleza es un concepto utilizable sólo como
subproducto de una actividad agonística [sea ésta lo que fuere]" (pág.
237).!
Otros miembros de la escuela opinan lo mismo. En particular, Collins
(1981) sostiene que "el mundo natural time un papel reducido o
inexistente en la construcción del conocimiento científico" (pág. 3).
Precisamente porque los laboratorios están repletos de artefactos, tanto
vivientes como inanimados, Knorr-Cetina (1983) pretende que "en
ningún lugar del laboratorio encontramos la ‘naturaleza' o ‘realidad' que
es tan decisiva para la interpretaciónde la investigación por parte de los
descriptivistas" (pág. 119).!
!
Para resumir, según el constructivismo, la realidad no es independiente
del sujeto investigador, sino producto de éste: la investigación científica
es "el proceso de segregar una corriente interminable de entidades y
Sociología de la ciencia
relaciones que constituyen el ‘mundo’” (Knorr-Cetina 1983,135).
Feyerabend (1990), uno de los principales mentores filosóficos de la
nueva sociología de la ciencia, afirma lo siguiente: "Las entidades
científicas (y en definitiva, todas las entidades) son proyecciones y por
lo tanto están estrechamente vinculadas con la teoría, la ideología y la
cultura que las proyectan" (pág. 147, itálicas del original).
Lamentablemente, no explica cómo puede haber proyección sin una
pantalla -en este caso, un mundo exterior autónomo-.!
!
La nueva sociología de la ciencia ha reemplazado el concepto de
descubrimiento por el de construcción social. Según éste, Cristóbal
Colón y el capitán Cook, Michael Faraday y Ramón y Cajal, y todos
aquellos que creyeron haber hecho descubrimientos, eran presa de
ilusiones; en realidad, sólo participaban en ciertas construcciones
sociales. Según las afirmaciones de Garfinkel, Lynch y Livingston
(1981), hasta los cuerpos celestes son "objetos culturales". Más aún,
todo objeto es "un icono de temporalidad de laboratorio" [sea cual fuere
el significado de esta frase] (Lynch, Livingston, y Garfinkel 1983).
Además, lo que vale para el mobiliario del mundo es, para estos autores,
válido para el mundo entero. La vieja fórmula de Schopenhauer, "el
mundo es mi representación", se convierte ahora en "el mundo es nuestra
construcción".!
El constructivismo no es un invento de la nueva sociología de la ciencia,
sino que es inherente al idealismo. Y así lo comprenden algunos
exponentes de la misma. Por ejemplo, Collins (1981) reconoce que esta
tendencia ha sufrido la influencia de filosofías idealistas como la
fenomenología, el estructuralismo, el postestructuralismo, el
desconstruccionismo, y el glosocentrismo del segundo Wittgenstein y de
la escuela francesa de semiótica general. Y Woolgar (1986) explica que
el análisis del discurso que él, Latour, Knorr-Cetina y otros practican
tiene su deuda con el postestructuralismo (y en particular con Foucault)
que "es compatible con la posición del ala idealista de la
etnometodología, según la cual no hay realidad independiente de las
palabras (textos, signos, documentos y demás) que se utilizan para
aprehenderla. En otras palabras, la realidad se constituye en el interior
del discurso y por intermedio de éste" (pág. 312). El mundo es un
enorme libro, y ni siquiera "la praxis puede existir fuera del
discurso" (pág. 312).!
!
Según la versión textualista (o retórica del idealismo, ser es ser un
inscriptor o una inscripción. Recuérdese a Heidegger (1953): "Im Wort,
in der Sprache werden und sind erst die Dinge" [Las cosas devienen y
Sociología de la ciencia
llegan a ser en palabras] (pág. 11). De modo que si se desea entender el
mundo, lo único que debe hacerse es leer textos o tratar la acción
humana como un discurso y someterla a análisis hermenéutico o
semiótico. Esto sería válido en particular para el mundo de la ciencia,
que vendría a consistir tan sólo en un cúmulo de inscripciones (Latour y
Woolgar 1979). ¡Qué manera de arreglar las cosas a su gusto!!
!
Dado que hacer ciencia o metaciencia -o en definitiva cualquier otra
cosa- es sólo cuestión de palabrerío, o un juego lingüístico, toda persona
que sepa leer y escribir puede participar en el ejercicio. Y es obvia la
consecuencia que ello acarrea para las distinciones entre hecho y ficción,
y entre verdad y falsedad: "Las distinciones entre hechos y ficciones
vienen de este modo a atenuarse, porque unos y otras son considerados a
la vez como productos y fuentes de la acción comunicativa" (Brown
1990, 188). En consecuencia, ¿por qué habría uno de preocuparse por el
concepto mismo de la verdad (aparte del consenso) y a mayor
abundamiento, por las pruebas empíricas de ésta?!
La interpretación textualista (o retórica) es tan conveniente que permite
encarar hasta las ideas científicas más abstrusas sin otras herramientas
que las del análisis semiótico. Así es como Latour (1988) ha efectuado
un análisis por el estilo de la teoría especial de la relatividad, aunque no
se trate de la expuesta en publicación científica alguna, sino en el
primero de todos los libros de divulgación de Einstein, y para más, en su
traducción al inglés de 1920: Relativity: The Special and the General
Theory. Como la exposición popular de Einstein presenta a un grupo de
viajeros que toman trenes, miden el tiempo y envían señales, Latour saca
en conclusión que la relatividad especial no se refiere a la
electrodinámica de los cuerpos en movimiento (título del trabajo seminal
de Einstein publicado en 1905) y ni siquiera al espacio y al tiempo.
Latour nos hace saber que lo importante en la relatividad especial son
ciertas actividades humanas (pág. 11). Llega hasta el punto de sugerir
que Einstein escogió un título erróneo: “Su libro bien podría haberse
titulado ‘Nuevas instrucciones para traer de vuelta a viajeros científicos
de larga distancia’” (pág. 23). Además, la obra de Einstein sería similar
al plan inicial de la Smithsonian Institution para establecer una red
nacional de observadores del estado del tiempo, a fin de "construir
fenómenos meteorológicos". Al parecer, los profundos cambios
introducidos por la relatividad especial en nuestros conceptos de espacio
y tiempo, así como en la relación entre mecánica y electrodinámica, son
invisibles desde el punto de vista del constructivismo.!
!
Sociología de la ciencia
No contento con deformar el contenido de la sociología de la ciencia,
Latour se pone luego a reivindicar la vieja interpretación filosófica
errónea de la relatividad especial (y de la mecánica cuántica) como
confirmación del relativismo epistemológico, forma de subjetivismo
según la cual todos los hechos científicos son creados por "observadores
independientes y activos". De ahí el título de su ensayo: "Exposición
relativista del relativismo de Einstein". No llegó a ocurrírsele que para
evaluar cualquier afirmación relativa al papel del observador en una
teoría científica, es necesario axiomatizar la teoría, a fin de separar el
grano científico de la paja filosófica, y analizar la teoría con ayuda de
alguna teoría de referencia, a fin de captar sus referentes genuinos
(véase, por ejemplo, Bunge 1967, 1973, 1974, resumen en el apéndice).!
Si se hace esta tarea, puede probarse, y no ya simplemente afirmarse,
que la relatividad especial y la mecánica cuántica se refieren a objetos
físicos dotados de existencia independiente, y no a "las formas de
describir cualquier experiencia posible" (Latour 1988, 25). En particular,
al probar que los referentes de la mecánica relativista son cuerpos que
interactúan a través de un campo electromagnético (como lo sugiere el
título del trabajo precursor de Einstein), se refuta la extraordinaria
afirmación de que la velocidad de la luz y las transformaciones de
Lorentz son “parte de la actividad normal de construir una
sociedad” (pág. 25). Las sociedades son construidas por la gente, en su
mayor parte sin planos, y su existencia es muy anterior a la aparición de
la ciencia, y finalmente -para bien o para mal- su surgimiento y su
desintegración no tienen relación alguna con las teorías de la relatividad.!
Paradójicamente, pese a su antirrealismo, los partidarios de la nueva
sociología de la ciencia pretenden que sólo sus propios "estudios
empíricos" ofrecen una versión adecuada (realista, verdadera) de la
investigación científica. Woolgar (1986) advirtió esta paradoja, pero esto
no parece haberlo perturbado. Después de todo, sólo los estudiosos de la
ciencia anticuados se preocupan de la lógica.!
!
8. EL RELATIVISMO!
Si no existe ninguna realidad independiente,si el mundo entero es una
construcción social, y si los hechos se reducen a proposiciones de cierto
tipo, es patente que tampoco hay verdad objetiva alguna. En otras
palabras, si no hay "afuera" de nosotros nada que no haya estado antes
"adentro", la expresión "correspondencia de las ideas con los hechos"
carece de sentido. Y si no hay verdad objetiva, la investigación científica
no es una búsqueda de conocimientos verdaderos. O sea, para emplear
un eufemismo, que "lo que se considera como verdad puede ser diferente
en distintos lugares y en distintos momentos" (Collins 1983, 88). Éste es
Sociología de la ciencia
el principio básico del relativismo epistemológico, que a su vez forma
parte integrante del relativismo cultural. (Respecto de la influencia de
este último sobre la filosofía contemporánea, véase Jarvie 1984.)!
Si el relativismo fuera verdadero, debería haber, por lo menos
potencialmente, tantas matemáticas "alternativas" como grupos sociales
(o étnicos, o de otra índole), a saber, matemática masculina y femenina,
Blanca y negra, occidental y oriental, y así sucesivamente. Según nos lo
recuerdan Bloor (1976) y Restivo (1983), ésta fue por cierto una tesis de
Oswald Spengler, filósofo de la historia pomposo y oscurantista que tuvo
su época de popularidad, y entre quienes la aprobaron se contó
Wittgenstein. Pero fue también una tesis favorita de los nazis: así, por
ejemplo, mientras que la matemática aria era pare ellos concreta e
intuitiva, la matemática judía era abstracta y contraintuitiva.!
La falsedad de la tesis sobre las matemáticas "alternativas" puede
probarse demostrando que las proposiciones matemáticas no se refieren
a nada real (y en particular, a nada social), y que no necesitan
justificaciones (ni, en particular, pruebas) que recurran a operaciones
empíricas (véase vg. Bunge 1985a, cap. 1). Lo que es cierto es que la
matemática no puede florecer en una sociedad atrasada, cuyos miembros
carezcan por igual de la instrucción, la motivación y los medios que se
necesitan pare poder dedicarse a la más Aura de las ciencias Auras.!
También es verdad, aunque quizás eso no les interese a nuestros
sociólogos relativistas, que la matemática moderna contiene gran
cantidad de teorías matemáticas "alternativas" al mismo tiempo que las
"canónicas". Ejemplos de ellas son la lógica intuicionista, las teorías de
los conjuntos no convencionales, la aritmética modular, las geometrías
no euclidianas y el análisis no estándar. De aquí que la verdad
matemática sea relativa, como se sabe desde hace más de un siglo. (Por
ejemplo, la igualdad "12 + 1 = 1" es verdadera en la aritmética del reloj,
pero falsa en teoría de los números. Otro viejo ejemplo: dentro de un
círculo hay un número infinito de paralelas a cualquier recta dada, o sea,
de rectas que no se cortan. Y otro más, bien conocido: los elementos de
un álgebra de Lie no son asociativos.)!
No obstante, toda verdad matemática es relativa a alguna teoría, no a la
sociedad. Y cualesquiera desviaciones de las teorías matemáticas
canónicas, estándar, o clásicas obedecen al anhelo de generalizar, o sea,
de superar las restricciones de teorías anteriores. (Ejemplo: si se omite la
operación inversa, un grupo se reduce a un semigrupo, y si se elimina la
condición asociativa éste pasa a ser un grupoide.) Todas estas
transformaciones son producto de una pura curiosidad intelectual, y no
responden a influencias sociales, a necesidades de la industria ni a
exigencias ideológicas: son respuestas a problemas conceptuales, no a
problemas sociales. Si los problemas matemáticos fueran problemas
Sociología de la ciencia
sociales, estos últimos serían en su gran mayoría solubles, y además,
irían resolviéndose a medida que progresa la matemática, lo cual,
lamentablemente, es imposible.!
La estructura de la sociedad no tiene nada que ver con las matemáticas
"desviadas", que no sólo carecen de todo elemento social, sino que se
cultivan juntamente con sus homólogas convencionales en una misma
comunidad matemática, independientemente de factores económicos o
políticos -con excepciones, claro está, como las de sociedades pobres
que no pueden costearse actividades de investigación considerables, y
las ocasionadas por dictadores que no gustan de ciertas ramas de la
matemática-. Así se dio el caso de dos gobiernos provinciales, durante la
dictadura militar de 1976-1983 en la República Argentina, que abrazaron
inopinadamente el "programa fuerte" al proscribir la matemática
moderna (incluido el cálculo vectorial) por considerarla marxista.p; hace
ya mucho tiempo que se sintetizó en una fórmula lapidaria: Veritas filia
temporis, o sea, "la verdad es hija de su tiempo". Se trata de una
reacción ingenua a la variedad de culturas y a la multiplicidad de puntos
de vista divergentes sobre unos mismos hechos. Esta multiplicidad de
representaciones del mundo coexistentes o sucesivas inspira
escepticismo, particularmente si se comparte la opinión externalista
según la cual las circunstancias e intereses sociales determinan y hasta
constituyen la totalidad de las proposiciones científicas.!
Hace ya mucho tiempo que los filósofos refutaron esos argumentos. La
multiplicidad de teorías simultáneas o sucesivas incompatibles entre sí
acerca de un mismo dominio factual sólo prueba que la investigación
científica no garantiza la verdad instantánea, completa y definitiva. Pero,
como lo ponen de relieve las pruebas observacionales y experimentales,
es frecuente acertar con hipótesis parcialmente verdaderas. Y, como lo
demuestra la historia de la ciencia, si una hipótesis es interesante y
suficientemente verdadera, habrá de estimular nuevas investigaciones
que podrán a su vez determinar nuevas hipótesis, más verdaderas o más
profundas. Lo que vale para las hipótesis y las teorías también es válido,
mutatis mutandis, para los diseños experimentales. Después de todo, el
progreso científico es una realidad.!
En cuanto a la sospecha de que si un proyecto científico ha sido
motivado o deformado por intereses materiales o ideológicos no podrá
suministrar resultados objetivamente verdaderos, es una muestra de lo
que los filósofos denominan falacia genética, según la cual los
conocimientos adquiridos han de juzgarse por su certificado de
nacimiento (o por su fe de bautismo). (El argumentum ad hominem es
un caso especial de la falacia genética.) Una hipótesis, dato o método
puede ser correcto (verdadero, en el caso de una proposición)
independientemente del motivo de la investigación que lo produjo, así
Sociología de la ciencia
como puede ser falso aunque sea producto de las más puras intenciones.
En síntesis, la veracidad de una idea es independiente de su origen y de
su utilización, y debe ser verificada por medios estrictamente objetivos.
Lo mismo ocurre con el contenido de una idea. Por ejemplo, Durkheim
sostuvo que todas las ideas lógicas, en particular la de la inclusión de
clase, tienen origen social (y en particular, religioso), pero no pretendió
que tuvieran también un contenido de esa índole.!
Otra fuente de relativismo, a la cual ya había recurrido Kuhn (1962), es
la percepción de figuras ambiguas como las estudiadas por los
psicólogos de la Gestalt. Por ejemplo, si en un momento dado veo un
rostro humano, que luego me parece un jarrón, ¿qué es lo que realmente
estoy viendo, y cómo puedo afirmar que una u otra de ambas
percepciones es la correcta? El constructivista replica: "Lo mejor de este
ejemplo es que gracias a él podemos advertir cuán necio es preguntar
cuál de estas percepciones es la real" (Collins, 1983, 90; las itálicas son
del original). Pero, desde luego, una figura ambigua es, por definición,
algo que puede interpretarse de dos maneras diferentes, ninguna de las
cuales es más verdadera que la otra. La ambigüedad reside en la figura y
en su percepción, no en el rostro ni en el jarrón reales.!
Collins sugiere que tal ambigüedad afecta a todos los problemas,datos,
hipótesis y métodos científicos. Pero ni él ni nadie han presentado
prueba alguna de que así ocurre en efecto. Además, todo hombre de
ciencia o filósofo de la ciencia sabe perfectamente que la ambigüedad y
la vaguedad son fenómenos que ocurren, pero que deben ser corregidos.
Todos sabemos que los adivinos prosperan gracias a la ambigüedad, pero
ningún estudioso serio de la ciencia ha pretendido jamás que los
investigadores científicos deban resignarse a ella.!
Si bien los cultores de la nueva sociología de la ciencia no se preocupan
mayormente por el concepto de Verdad, les resulta imposible ignorar que
todo el mundo puede errar; empero, no definen el concepto de error en
términos de desviación de la verdad, como se hace en la teoría de los
errores de observación y en la epistemología, sino que sencillamente lo
dejan sin definir.!
Además, algunos miembros de esa escuela parecen valorar más el error
que la verdad. Por ejemplo, Latour (1983) asegura que los hombres de
ciencia "puedan cometer todos los errores que quieran, o simplemente
más errores que cualesquiera otras personas de `afuera' que no puedan
dominar los cambios de escala. Cada error es archivado, conservado,
registrado y puesto sucesivamente en condiciones para que pueda volver
a leerse con facilidad... Cuando uno ha sumado una serie de errores, es
más fuerte que cualquiera a quien no se le hayan permitido tantas
equivocaciones" (págs. 164-165). De este modo, el laboratorio "es un
dispositivo tecnológico para adquirir más fuerza multiplicando los
Sociología de la ciencia
errores" (pág. 165). Si el lector sospecha que Latour confunde la ciencia
con la política, time razón. En efecto, Latour y Woolgar (1979) sostienen
que "no se gana gran cosa manteniendo la distinción entre la ‘política’ de
la ciencia y su ‘verdad’” (pág. 237). Para resumir: como dirían Hegel y
los positivistas jurídicos, la fuerza hace el derecho.!
Lo que se sostiene como valedero en el caso de la verdad, también
vendría a ser válido en materia de polémicas. Según los relativistas, toda
controversia científica es conceptualmente interminable, dado que no
existe la verdad objetiva. En consecuencia, "hasta en la más pura de las
ciencias, para que se ponga término al debate es necesario darle fin
empleando algún método que no suele ser considerado como
estrictamente científico" (Collins 1983, 99, itálicas del original). Es decir
no hay observaciones ni experimentos decisivos, ni nuevas predicciones,
ni pruebas lógicas o matemáticas, ni contraejemplos concluyentes, ni
pruebas de coherencia (interna o externa), y así sucesivamente. Sólo
puede optarse entre la elección arbitraria del "equipo dominante" o mafia
en el poder, y la negociación y la transacción final entre las facciones
rivales. De este modo el juego de la ciencia quedaría reducido a una
forma de la politiquería.!
Los filósofos han hecho frente al relativismo o escepticismo
epistemológico con ayuda de argumentos puramente lógicos o bien
enumerando algunos de los descubrimientos perdurables de la ciencia,
como la teoría heliocéntrica del sistema planetario, la circulación de la
sangre, la existencia de campos electromagnéticos, átomos y genes, y la
evolución de las especies biológicas. Éstos, al igual que la mayoría de
las verdades de la lógica y la matemática, son desde luego algunas de las
muchas verdades totales (que no parciales) y eternas establecidas desde
comienzos de la era moderna, a despecho de escépticos tan distinguidos
como Hume, Engels y Popper.!
El sociólogo Tom Bottomore (1956) utilizó precisamente el argumento
de los externalistas para refutar el relativismo, afirmando que "si todas
las proposiciones están determinadas existencialmente [como solía decir
Mannheim] y ninguna es absolutamente verdadera, entonces, esta misma
proposición, de ser verdadera, no lo es en forma absoluta, sino que está
determinada existencialmente" (pág. 56). Veinte años después, Bloor
(1976), al formular el "programa fuerte", creyó haber refutado este
argumento mediante la afirmación de que el mismo daba por supuesto
que la causación social implica el error (por ejemplo, mediante el sesgo
ideológico). Peso no es así, pues el propio Bottomore reconoció, a los
fines de la argumentación, que la tesis externalista es verdadera. Sólo
hizo hincapié en que, aun siéndolo en realidad, no puede serlo con
carácter absoluto, sino únicamente dentro de (o en relación con) una
sociedad o un grupo social dados. Y si así ocurre en efecto, ¿por qué
Sociología de la ciencia
deberíamos adherirnos a esa tesis él o yo, que somos miembros de otra
tribu? Después de todo, lo único que Bottomore estaba haciendo avant la
lettre era aplicar a la sociología de la ciencia externalista el cuarto
requisito del "programa fuerte", a saber, la condición de que "en
principio, sus modalidades de explicación deberían ser aplicables a la
propia sociología" (pág. 14; recuérdese el capítulo 4).!
Empero, el relativismo epistemológico no es totalmente falso, sino que
contiene un elemento de verdad. Ciertamente, la investigación científica
da por supuesto que todas las propositions de fait son en principio
falibles y corregibles. EL investigador científico adopta en forma tácita
lo que puede llamarse escepticismo metodológico (o moderado) en
contraste con el escepticismo sistemático (o radical). Sólo duda cuando
hay alguna razón (lógica o empírica) para dudar, y nunca duda de todo a
la vez, sino que pondera lo que está en duda basándose en el conjunto de
sus conocimientos acumulados. Y no duda de algunos de los propios
principios filosóficos que rechaza la nueva sociología de la ciencia, entre
ellos el de la existencia independiente del mundo exterior y su
inteligibilidad objetiva. De modo que si bien la mayoría de las verdades
relativas al mundo probablemente sean tan sólo parciales, no por ello
dejan de ser verdades y no meras fábulas (véase Bunge 1991).!
Además, las verdades científicas, ya sean totales o parciales, son
consideradas como universales, y no como propiedades de tal o cual
grupo. No existen ni una ciencia proletaria, ni una ciencia aria, ni una
matemática negra, ni una filosofía femenina. Estas entidades pertenecen
al dominio de las supercherías políticas o académicas. Es cierto que el
saber progresa más en ciertos grupos o sociedades que en otros, pero lo
mismo sucede con la superstición.!
Si una opinión dada sólo es aceptable para los miembros de algún grupo
social, entonces es ideológica, y no científica. Aun en el caso de que una
idea se origine dentro de un grupo especial, debe ser universalizable para
que pueda considerarse científica. A menos que se acepte este criterio de
cientificidad, resulta imposible distinguir a la ciencia de la ideología, la
seudociencia, o la anticiencia, lo cual, por supuesto, es una de las
aspiraciones de la nueva sociología de la ciencia, como ha de verse en
los capítulos 11 y 12 (véase Archer 1987; Siegel 1987; Livingston 1988;
y Boudon 1990, 1995, para otras críticas que se han formulado contra el
relativismo)!
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7. Constructivismo!
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Sociología de la ciencia
En el decenio de 1960 algunos filósofos de la ciencia alegaron que no
existe distinción absoluta entre los conceptos provenientes de la
observación y los de índole teórica, pues todos los primeros están
"cargados de teoría", en el sentido de que toda observación es orientada
o desorientada por alguna hipótesis, ya sea explícita o tácita.!
!
Esta aseveración contiene un elemento de verdad, a saber, que las
observaciones científicas, a diferencia de las ordinarias, son ideadas y
efectuadas sobre la base de hipótesis. Pero ello no impide que subsistan
diferencias indiscutibles entre los conceptos observacionales, como
"azul", y los teóricos, como "longitud de onda". El hecho de que unos y
otros se vinculen entre sí no significa que pertenezcan a la misma
categoría. Además, hasta la ciencia experimental de vanguardia utiliza
conceptosque se emplean de manera preteórica, como los de cosa, lugar,
cambio y color!
!
A partir de la tesis relativa a la carga teórica de los conceptos empíricos
no costaba mucho dar un paso más y proclamar "la abolición de la
distinción entre hechos y teorías" (Barnes, 1983, 21), pero en realidad la
cosa no es tan fácil, porque puede admitirse la primera sin aceptar por
ello la segunda. O sea, que es dado admitir que la distinción entre
observación y teoría no es absoluta, o que es cuestión de grado,
conservando sin embargo la distinción entre hecho y teoría, por cuanto la
primera es de índole epistemológica (pues sólo concierne al
conocimiento) mientras que la segunda es ontológica (o sea, que
concierne a la realidad en su conjunto). En otros términos, puede
afirmarse coherentemente que la observación científica de hechos
objetivos (exentos de teoría) implica (algunos) conceptos teóricos, sin
tomar los constructos por cosas, o viceversa.!
!
Por ejemplo, un físico, sin pretensiones de hacer filosofía,
probablemente admita que los conceptos de electrón contenidos (y
elucidados) en las diversas teorías relativas al mismo son de índole
teórica, sin dejar de afirmar al mismo tiempo que los electrones existen
de por sí, ya sea que se teorice o no acerca de ellos. Análogamente, un
sociólogo admitirá que los conceptos de estratificación social son
teóricos, sosteniendo a la vez que las sociedades modernas están
objetivamente estratificadas y que toda teoría de la estratificación social
tiende a representar ese rasgo objetivo. En síntesis, mientras que todo el
mundo -con excepción de los empiristas radicales- conviene en que los
constructos (o sea, conceptos, hipótesis y teorías) son construidos, sólo
los subjetivistas pretenden que también los hechos son construidos en su
Sociología de la ciencia
totalidad. De ese modo, mientras que el constructivismo gnoseológico es
acertado hasta cierto punto, el constructivismo oratológico no lo es,
porque contradice la evidencia misma.!
!
En realidad, si hechos y teorías fueran una misma cosa, ningún hecho
podría ser utilizado para comprobar una teoría, y ninguna teoría podría
utilizarse para guiar la búsqueda de nuevos hechos. Dado que la
verificación de las teorías y la exploración guiada por teorías son
realidades (y no teorías) cotidianas del quehacer científico, salta a la
vista que negar la distinción entre hechos y teorías es una actitud
contraria a la realidad de los hechos (aunque no sea contraria a la teoría
subjetivista). Además, si los hechos y las teorías fueran idénticos, los
primeros tendrían propiedades teóricas (por ejemplo, coherencia y
capacidad explicativa) y las teorías tendrían propiedades físicas,
químicas, biológicas, o sociales (por ejemplo, viscosidad y reactividad
química). Como esto no sucede, la identidad postulada es un mero
sofisma.!
!
Sin embargo, este sofisma y el relativismo epistemológico que lo
acompaña son característicos del "programa fuerte". Sus partidarios
pretenden que la realidad es un constructo humano, y que todos los
constructos tienen contenido social. En particular, la frase "la
construcción social de los hechos científicos" ha llegado a convertirse en
lugar común dentro de la nueva sociología de la ciencia, particularmente
desde que fuera adoptada como subtítulo de la primera edición de la obra
de Latour y Woolgar, Laboratory Life (1979).!
!
Allí donde los constructivistas aluden a la construcción social de los
hechos científicos, la mayoría de los investigadores, los filósofos
realistas y los sociólogos de la ciencia se referirían al proceso de
acciones recíprocas entre hombres de ciencia (ya sea en forma personal
o por intermedio de escritos y publicaciones) que comienza con una
observación, una conjetura o un comentario crítico, y termina con una o
más proposiciones que son generalmente aceptadas (como
suficientemente exactas ), al menos por el momento, habiendo superado
todas las pruebas requeridas. De este modo, cuando Latour y Woolgar
(1986) afirman que el "FLT (factor liberador de la tiotropina) es por
entero una construcción social" (pág. 152), un no-constructivista diría
que la composición molecular y la función biológica del FLT fueron
descubiertas por hombres de ciencia que trabajaron en dos equipos de
investigación rivales (los cuales, sin embargo, se desempeñaron
Sociología de la ciencia
frecuentemente en colaboración) durante un período de diez años
aproximadamente.!
!
Pero en los textos de los constructivistas hay algo más que un empleo
descuidado de términos como hecho y construcción. Hay también un
descuido intencional del aspecto "técnico" del proceso de investigación,
o sea, de los problemas, hipótesis, argumentos, diseños experimentales,
y mediciones que acompañan los intercambios de opiniones, planes, y
comprobaciones entre los miembros del equipo o equipos de
investigación, sin los cuales dichos intercambios serían por completo
ininteligibles. Hay más: se llega hasta a rehusar explícitamente el
empleo de términos metodológicos como hipótesis, prueba y otros por el
estilo, quizás por tratarse de los estigmas que caracterizan a los
internalistas (véase, por ejemplo, Latour y Woolgar 1986,153).!
!
Semejante desdén por los significados y valores de verdad de las
"inscripciones" producidas en los laboratorios no es accidental, sino
producto de una opción deliberada: la de estudiar a la tribu de los
hombres de ciencia como si se tratara de un sistema social ordinario, a la
manera de una tribu de cazadores y recolectores, o del vecindario de una
aldea de pescadores. En el caso de un sistema social ordinario, hasta un
viajero, o un periodista inquisitivo, pueden adquirir conocimientos
mediante una observación espontánea, gracias a lo que ya saben acerca
de las actividades humanas básicas en distintas culturas. Pero un estudio
en profundidad sólo se emprende si el observador desea entender la
organización política, la mitología, o las ceremonias del grupo!
!
Ahora bien, un equipo de investigaciones científicas es radicalmente
distinto de una tribu primitiva. No porque sus operaciones sean
misteriosas, sino porque tiene una función extremadamente
especializada: la de producir conocimientos científicos mediante
procesos que, a diferencia de la recolección, la caza o la pesca, no son
mayormente visibles. El lego que visita un laboratorio sólo puede
observar, en el comportamiento de quienes allí trabajan, manifestaciones
externas de aquellos procesos mentales que se desarrollan en los
cerebros de los investigadores y de sus asistentes. Para el profano, los
problemas que motivan a impulsan las actividades de investigación son
aun menos inteligibles que los resultados de éstas. En vista de ello, sólo
puede aspirar a una visión superficial, como la del psicólogo del
comportamiento que se limita a describir la conducta ostensible del
sujeto.!
Sociología de la ciencia
A pesar de esta obvia limitación, Latour y Woolgar (1986) sostienen que
"la observación de la práctica real del laboratorio" proporciona
resultados "que se prestan particularmente pare un análisis de los
detalles íntimos de la actividad científica" (pág. 153). No explican cómo
un intruso, que no entiende siquiera el idioma de la "tribu" cuya vide
diaria "comparte" (por alojarse en las mismas habitaciones), puede tener
acceso a tales detalles íntimos, que por otra parte están ocultos dentro de
los cráneos de los sujetos estudiados. Y tampoco explican cómo meros
intercambios orales y "negociaciones" pueden "crear o destruir hechos".!
Dichos antropólogos de la ciencia, no sólo no piden disculpas por
inmiscuirse en un grupo de investigación ocupado en un proyecto que
ellos no pueden entender, sino que consideran tal ignorancia como un
mérito:!
!
"Consideramos que la aparente superioridad de los miembros de nuestro
[sic] laboratorio en cuestiones técnicas es insignificante, en el sentido de
que no estimamos que un conocimiento previo...constituya un requisito
necesario pare entender la labor del hombre de ciencia. Esto es análogo a
la negativa del antropólogo a inclinarse ante los conocimientos de un
hechicero primitivo" (Latour y Woolgar 1986, 29).!
En vista de ello, no es de extrañar que estos observadores mal equipados
saquen en conclusión que los hombres de ciencia no incurren en proceso
mental peculiar alguno, que la actividad científica es "simplemente un
anfiteatro social" y el laboratorio, tan sólo un "sistema de inscripciones
literarias". Pero, ¿cómo pueden saberlo si no entienden los propósitos
del quehacer a que se dedican los hombres de ciencia? Dada su
intencional confusión entre hechos y proposiciones, ¿cómo pueden saber
cuándo "una declaración se fracciona en una entidad y una afirmación
sobre una entidad" -o cuándo time lugar el proceso inverso, durante el
cual la realidad es "deconstruida"-, o en lenguaje ordinario, una hipótesis
es refutada? Basándose en tales confusiones elementales y valiéndose de
elementos tornados de filosofías anticientíficas, concluyen que la
"externalidad [o sea, el mundo exterior] es consecuencia del trabajo
científico, y no causa del mismo" (Latour y Woolgar 1986,182, itálicas
del original).!
Podría creerse acaso que Latour y Woolgar !1986) no son subjetivistas,
sino sencillamente autores poco versados en filosofía que utilizan
equivocadamente la palabra hecho para designar una proposición que se
estima verdadera sin lugar a reservas, como por ejemplo "la Tierra es un
planeta". Lo cierto es que, según sus propias expresiones, "un hecho es
nada más que una proposición sin modalidad [o sea, sin indicación de
que sea concebida como una hipótesis, o de que haya sido confirmada] y
Sociología de la ciencia
sin rastros de identificación de autor" (pág. 82). De modo que, según
podría creerse, se trata en este caso de una confusión, por falta de pericia
filosófica, comparable a la identificación vulgar de la ecología con el
medio ambiente, de la meteorología con el estado del tiempo, de la
sociología con la sociedad, de la ontología con la clase de referencia, y
de la metodología con el método. Pero como en las páginas 174 y
siguientes lanzan todo un ataque en regla contra el realismo, es preciso
tomar en serio su subjetivismo.!
!
Latour y Woolgar (1979) no dejan dudas al respecto cuando afirman que
"la realidad es la consecuencia y no la causa de esta construcción", de
modo que "la actividad del hombre de ciencia está dirigida, no hacia la
realidad, sino hacia estas operaciones sobre proposiciones" (pág. 237).
Esta afirmación sería válida no sólo para el mundo social, sino también
para el natural: "La naturaleza es un concepto utilizable sólo como
subproducto de una actividad agonística [sea ésta lo que fuere]" (pág.
237).!
Otros miembros de la escuela opinan lo mismo. En particular, Collins
(1981) sostiene que "el mundo natural time un papel reducido o
inexistente en la construcción del conocimiento científico" (pág. 3).
Precisamente porque los laboratorios están repletos de artefactos, tanto
vivientes como inanimados, Knorr-Cetina (1983) pretende que "en
ningún lugar del laboratorio encontramos la ‘naturaleza' o ‘realidad' que
es tan decisiva para la interpretación de la investigación por parte de los
descriptivistas" (pág. 119).!
Para resumir, según el constructivismo, la realidad no es independiente
del sujeto investigador, sino producto de éste: la investigación científica
es "el proceso de segregar una corriente interminable de entidades y
relaciones que constituyen el ‘mundo’” (Knorr-Cetina 1983,135).
Feyerabend (1990), uno de los principales mentores filosóficos de la
nueva sociología de la ciencia, afirma lo siguiente: "Las entidades
científicas (y en definitiva, todas las entidades) son proyecciones y por
lo tanto están estrechamente vinculadas con la teoría, la ideología y la
cultura que las proyectan" (pág. 147, itálicas del original).
Lamentablemente, no explica cómo puede haber proyección sin una
pantalla -en este caso, un mundo exterior autónomo-.!
!
La nueva sociología de la ciencia ha reemplazado el concepto de
descubrimiento por el de construcción social. Según éste, Cristóbal
Colón y el capitán Cook, Michael Faraday y Ramón y Cajal, y todos
aquellos que creyeron haber hecho descubrimientos, eran presa de
ilusiones; en realidad, sólo participaban en ciertas construcciones
Sociología de la ciencia
sociales. Según las afirmaciones de Garfinkel, Lynch y Livingston
(1981), hasta los cuerpos celestes son "objetos culturales". Más aún,
todo objeto es "un icono de temporalidad de laboratorio" [sea cual fuere
el significado de esta frase] (Lynch, Livingston, y Garfinkel 1983).
Además, lo que vale para el mobiliario del mundo es, para estos autores,
válido para el mundo entero. La vieja fórmula de Schopenhauer, "el
mundo es mi representación", se convierte ahora en "el mundo es nuestra
construcción".!
El constructivismo no es un invento de la nueva sociología de la ciencia,
sino que es inherente al idealismo. Y así lo comprenden algunos
exponentes de la misma. Por ejemplo, Collins (1981) reconoce que esta
tendencia ha sufrido la influencia de filosofías idealistas como la
fenomenología, el estructuralismo, el postestructuralismo, el
desconstruccionismo, y el glosocentrismo del segundo Wittgenstein y de
la escuela francesa de semiótica general. Y Woolgar (1986) explica que
el análisis del discurso que él, Latour, Knorr-Cetina y otros practican
tiene su deuda con el postestructuralismo (y en particular con Foucault)
que "es compatible con la posición del ala idealista de la
etnometodología, según la cual no hay realidad independiente de las
palabras (textos, signos, documentos y demás) que se utilizan para
aprehenderla. En otras palabras, la realidad se constituye en el interior
del discurso y por intermedio de éste" (pág. 312). El mundo es un
enorme libro, y ni siquiera "la praxis puede existir fuera del
discurso" (pág. 312).!
Según la versión textualista (o retórica del idealismo, ser es ser un
inscriptor o una inscripción. Recuérdese a Heidegger (1953): "Im Wort,
in der Sprache werden und sind erst die Dinge" [Las cosas devienen y
llegan a ser en palabras] (pág. 11). De modo que si se desea entender el
mundo, lo único que debe hacerse es leer textos o tratar la acción
humana como un discurso y someterla a análisis hermenéutico o
semiótico. Esto sería válido en particular para el mundo de la ciencia,
que vendría a consistir tan sólo en un cúmulo de inscripciones (Latour y
Woolgar 1979). ¡Qué manera de arreglar las cosas a su gusto!!
Dado que hacer ciencia o metaciencia -o en definitiva cualquier otra
cosa- es sólo cuestión de palabrerío, o un juego lingüístico, toda persona
que sepa leer y escribir puede participar en el ejercicio. Y es obvia la
consecuencia que ello acarrea para las distinciones entre hecho y ficción,
y entre verdad y falsedad: "Las distinciones entre hechos y ficciones
vienen de este modo a atenuarse, porque unos y otras son considerados a
la vez como productos y fuentes de la acción comunicativa" (Brown
1990, 188). En consecuencia, ¿por qué habría uno de preocuparse por el
concepto mismo de la verdad (aparte del consenso) y a mayor
abundamiento, por las pruebas empíricas de ésta?!
Sociología de la ciencia
La interpretación textualista (o retórica) es tan conveniente que permite
encarar hasta las ideas científicas más abstrusas sin otras herramientas
que las del análisis semiótico. Así es como Latour (1988) ha efectuado
un análisis por el estilo de la teoría especial de la relatividad, aunque no
se trate de la expuesta en publicación científica alguna, sino en el
primero de todos los libros de divulgación de Einstein, y para más, en su
traducción al inglés de 1920: Relativity: The Special and the General
Theory. Como la exposición popular de Einstein presenta a un grupo de
viajeros que toman trenes, miden el tiempo y envían señales, Latoursaca
en conclusión que la relatividad especial no se refiere a la
electrodinámica de los cuerpos en movimiento (título del trabajo seminal
de Einstein publicado en 1905) y ni siquiera al espacio y al tiempo.
Latour nos hace saber que lo importante en la relatividad especial son
ciertas actividades humanas (pág. 11). Llega hasta el punto de sugerir
que Einstein escogió un título erróneo: “Su libro bien podría haberse
titulado ‘Nuevas instrucciones para traer de vuelta a viajeros científicos
de larga distancia’” (pág. 23). Además, la obra de Einstein sería similar
al plan inicial de la Smithsonian Institution para establecer una red
nacional de observadores del estado del tiempo, a fin de "construir
fenómenos meteorológicos". Al parecer, los profundos cambios
introducidos por la relatividad especial en nuestros conceptos de espacio
y tiempo, así como en la relación entre mecánica y electrodinámica, son
invisibles desde el punto de vista del constructivismo.!
!
No contento con deformar el contenido de la sociología de la ciencia,
Latour se pone luego a reivindicar la vieja interpretación filosófica
errónea de la relatividad especial (y de la mecánica cuántica) como
confirmación del relativismo epistemológico, forma de subjetivismo
según la cual todos los hechos científicos son creados por "observadores
independientes y activos". De ahí el título de su ensayo: "Exposición
relativista del relativismo de Einstein". No llegó a ocurrírsele que para
evaluar cualquier afirmación relativa al papel del observador en una
teoría científica, es necesario axiomatizar la teoría, a fin de separar el
grano científico de la paja filosófica, y analizar la teoría con ayuda de
alguna teoría de referencia, a fin de captar sus referentes genuinos
(véase, por ejemplo, Bunge 1967, 1973, 1974, resumen en el apéndice).!
Si se hace esta tarea, puede probarse, y no ya simplemente afirmarse,
que la relatividad especial y la mecánica cuántica se refieren a objetos
físicos dotados de existencia independiente, y no a "las formas de
describir cualquier experiencia posible" (Latour 1988, 25). En particular,
al probar que los referentes de la mecánica relativista son cuerpos que
interactúan a través de un campo electromagnético (como lo sugiere el
título del trabajo precursor de Einstein), se refuta la extraordinaria
Sociología de la ciencia
afirmación de que la velocidad de la luz y las transformaciones de
Lorentz son “parte de la actividad normal de construir una
sociedad” (pág. 25). Las sociedades son construidas por la gente, en su
mayor parte sin planos, y su existencia es muy anterior a la aparición de
la ciencia, y finalmente -para bien o para mal- su surgimiento y su
desintegración no tienen relación alguna con las teorías de la relatividad.!
!
9. CRIPTOCONDUCTISMO Y PRAGMATISMO DECLARADO!
Está de moda denigrar al positivismo, y la nueva sociología de la ciencia
se dedica con fruición a este deporte. Pero resulta que hay dos claves de
antipositivismo: el ilustrado y el oscurantista. El primero ataca las
limitaciones del positivismo y trata de superarlas, particularmente en
cuanto a su adhesión al empirismo, su metafísica fenomenista, y su
desdén por la teoría. En cambio, el antipositivismo oscurantista critica
los aspectos más válidos del positivismo: su amor (no correspondido)
por la ciencia y la matemática, su claridad conceptual y su empleo de
métodos formales; su exigencia de pruebas y, naturalmente, su crítica del
oscurantismo.!
Es de lamentar que la mayoría de los estudiosos de la sociedad y de los
filósofos de las ciencias sociales que rechazan el positivismo haya
adoptado una concepción oscurantista. Muchos de ellos lo hacen porque
Green que es lo mismo que la ciencia natural. Lukács ([1923] 1971), uno
de los héroes de Mannheim, fue de los primeros en identificar el
positivismo con la ciencia natural y en escribir vehementes denuncias
contra uno y otra. Irónicamente, la mayoría de los cultores de la nueva
sociología de la ciencia es positivista, dado que se pasan gran pare del
tiempo recopilando informaciones que no pueden asimilar por falta de
teoría. Ello se aplica en particular a los etnometodólogos.!
Estos especialistas graban en cinta magnetofónica o de video "las
prácticas detalladas y observables que constituyen la encarnación misma
de los hechos sociales ordinarios, como por ejemplo, el turno del
servicio a personas en espera de ser atendidas, el orden de sucesión en
las conversaciones, y el método de una conducta hábilmente concretada
e improvisada (Lynch, Livingston y Garfinkel 1983, 206). Sus datos son
las huellas audibles o visibles dejadas por personas que, según se
supone, actúan con ciertos objetivos y de manera inteligente. Ésta es la
única pista que pueden seguir pues, al faltarles el conocimiento
especializado propio del hombre de ciencia, no pueden entender cuáles
son los fines que animan a este último, a saber, sus problemas y
ambiciones, sus principios, valores y métodos, sus conjeturas, planes y
decisiones -en fin, todo el proceso que se desarrolla bajo su bóveda
craneana-.!
Sociología de la ciencia
!
¿En qué difieren los procedimientos del etnometodólogo de los del
empirista radical, y en particular de los del psicólogo conductista? Sólo
en que el primero padece de una desordenada predilección por los
filósofos notoriamente opacos como Husserl y Heidegger, quienes se
caracterizaban, uno y otro, por su menosprecio de la ciencia (véase, por
ejemplo, Husserl [1931] 1960, secciones 3-5, sobre la oposición entre
"ciencia auténtica" [o sea, la fenomenología] y la ciencia a secas, y
Heidegger [1953] 1987, cap. 1, respecto de la posición subordinada de la
ciencia en relación con la filosofía y la poesía).!
¿,Cuáles son los descubrimientos de los estudios sobre la actividad
científica efectuados por los etnometodólogos? Fundamentalmente, dos
(que aparecen resumidos en Lynch et al., 1983). Uno de ellos es que en
la investigación va implicado "algo más" que cuanto pueda formularse
pasta en el más detallado de los manuales de instrucciones. Este "algo
más" es por supuesto el conjunto de suposiciones tácitas y de fragmentos
y porciones de conocimientos prácticos o de procedimiento, todo ello tan
familiar para los psicólogos, filósofos a ingenieros.!
El otro "descubrimiento" es que, por elemental que sea un experimento
científico, no puede llevarse a cabo sin un mínimo de teoría -lo cual
explica que un estudiante de química parcialmente paralítico pueda
efectuar sus tareas de laboratorio con ayuda de un estudiante de
etnometodología libre de impedimentos para esas labores, que actúe
como reemplazante suyo en las manipulaciones-. Pero ¿acaso no lo
sabíamos ya hace tiempo, por lo menos aquellos de nosotros que
contábamos con una formación científica? Ninguno de los dos
descubrimientos mencionados es una novedad, y en ambos casos el
filósofo de la ciencia podría haber facilitado el elemento básico que se le
escapa al etnometodólogo, a saber, la respuesta que debe darse a la
siguiente pregunta: ¿Cuáles son, precisamente, las suposiciones
explícitas y tácitas que condicionan un experimento dado?!
!
El constructivismo y el relativismo epistemológicos implican el
convencionalismo y el instrumentalismo. La variedad especial de
convencionalismo favorita de la nueva sociología de la ciencia puede
llamarse convencionalismo social por cuanto se combina con el
externalismo radical. Si todas las culturas son equivalentes, si ninguna es
superior a otra, y si no existen siquiera diferentes clases de
conocimientos (como por ejemplo, el científico y el ideológico),
entonces la adopción de cualquier idea en particular es asunto de
convención social y de utilidad para una comunidad dada.!
!
Sociología de la ciencia
El convencionalismo social sostiene, en especial, que "el uso apropiado
[por ejemplo, de términosclasificatorios] es un uso acordado" y que
"diferentes redes [conceptuales] son válidas por igual en cuanto a la
posibilidad de justificación racional'. Todos los sistemas de cultura
verbal tienen fundamentos racionales igualmente válidos" (Barnes 1983,
33, itálicas del original). Barnes llega a estas conclusiones luego de
haber examinado las formas en que los diferentes pueblos carentes de
escritura clasifican a los animales, y a partir de su lectura de las
Investigaciones filosóficas de Wittgenstein (1953), obra que por cierto
sólo se refiere al lenguaje ordinario.!
Barnes generaliza, extendiendo a todos los conocimientos, incluidos los
matemáticos, científicos y tecnológicos, los elementos que cree haber
descubierto en las obras publicadas sobre el conocimiento ordinario
primitivo. (Durkheim y Mauss [1903]1968, quienes fueron de los
primeros en observar que las clasificaciones primitivas reflejan la
estructura social de la tribu, particularmente en el caso del totemismo, no
incurrieron en el error de Barnes.)!
Barnes no se molesta en averiguar en qué forma clasifican los
sistematistas o los químicos contemporáneos, ni cómo construyen y
verifican sus teorías los físicos. Puede presumirse que no le haría mella
siquiera la objeción de que proposiciones como "las ballenas son peces"
o "hay brujas" son falsas y eso es todo. Ello no es sorprendente, pues
todos los antropólogos relativistas son, en materia epistemológica,
relativistas, convencionalistas y subjetivistas. (Véase, por ejemplo,
Schweder 1986, 172: dado que la creencia en brujas influye sobre el
comportamiento, las mismas "son, en cierto sentido, que tiene su
importancia, reales y objetivas".) Al parecer, el pensamiento mágico ha
hecho presa de quienes debían estudiarlo científicamente. ¿Habrá que
deducir que han sido embrujados?!
El convencionalismo social, progenie de las bases del externalismo con
el constructivismo, implica el instrumentalismo o el pragmatismo.!
Esto lo comprendió Durkheim en sus últimos años, cuando en su último
libro, publicado póstumamente (1972), se retractó del realismo de su
obra fundamental, Les régles de la méthode sociologique, en la cual
encontramos el siguiente pasaje, que no requiere comentario:!
"Si el objetivo del pensamiento fuera simplemente `reproducir' la
realidad, sería esclavo de las cosas; estaría encadenado a la realidad. No
tendría otro papel que ‘copiar’ en forma servil la realidad que tiene ante
sí. Para que el pensamiento pueda ser liberado, debe convertirse en
creador de su propio objeto; y la única forma de alcanzar esa meta es
acordarle una realidad que él mismo debe crear o construir.
Consiguientemente, el pensamiento tiene por finalidad no la
Sociología de la ciencia
reproducción de una realidad dada, sino la construcción de una realidad
futura. De ahí que el valor de las ideas ya no pueda evaluarse con
referencia a los objetos, sino que deba ser determinado por su grado de
utilidad, por su carácter más o menos ‘ventajoso’” (Durkheim 1972, 251,
itálicas del original).!
No es sorprendente que el instrumentalismo o pragmatismo sea el dogma
central de la nueva sociología de la ciencia. Por ejemplo, Barnes (1977)
declara que el conocimiento es "activamente desarrollado y modificado
en respuesta a contingencias prácticas" (pág. 2). Los problemas y los
distintos aspectos del quehacer teórico no entran en el campo de
atención del pragmatismo. Latour y Woolgar (1979) sostienen que "la
observación de Heidegger según la cual ‘Gedanke ist Handwerh’ (‘el
pensamiento es trabajo artesanal’) es una máxima útil" (pág. 171). En
otros pasajes, ridiculizan las ideas en general, así como los "relatos
según los cuales las mentes poseen ideas". Según ellos, las
investigaciones de laboratorio no tendrían nada de particular, y no habría
ninguna diferencia fundamental entre las actividades de los
investigadores y las de sus informantes. "La única distinción es que los
primeros tienen laboratorios" (pág. 257). Y Knorr-Cetina sostiene que "si
hay un principio que al parecer rige las actividades del laboratorio, éste
es la preocupación de los hombres de ciencia de hacer ‘que todo salga
bien', es decir, una pauta para alcanzar el éxito, más bien que la
verdad" (pág. 7). Como buena constructivista, esta autora combina el
pragmatismo con el subjetivismo y, recurriendo a una frase de Nelson
Goodman (1978), afirma que la investigación científica es "una forma de
fabricar mundos" (Know-Cetina 1983).!
Como Monsieur Jourdain, quien no estaba enterado de que había
hablado en prosa toda su vida, los proponentes de la nueva sociología de
la ciencia han vuelto a inventar el concepto pragmatista de William
James, que identificaba la verdad con la eficiencia (o con el valor
monetario). De este modo, Bloor (1976) declara que puede prescindirse
de la noción realista de la verdad de hecho como adecuación de las ideas
con la realidad: "Es difícil advertir qué es lo que podría perderse con su
ausencia" (pág. 35). Lo que interesa en una teoría es que "funcione" (sin
que por ello aclare exactamente en qué consiste el "funcionamiento" de
una teoría).!
La verdad es que toda prueba conceptual o empírica (observacional o
experimental) de una hipótesis es una prueba de su verdad, sean cuales
fueren su credibilidad o su utilidad potencial. Si la hipótesis sale airosa
de las pruebas, declaramos que es (suficientemente) verdadera (pro
tempore). Después de ello, la hipótesis en cuestión podrá ser sometida a
otros debates, pruebas o aplicaciones. O sea, que la verdad precede a la
"convención social", y no a la inversa.!
Sociología de la ciencia
!
Los cultores de la nueva sociología de la ciencia también han
reinventado la idea operacionalista de Bridgman, que reduce el
significado de un concepto a un conjunto de operaciones de laboratorio.
De esta manera, como dice Latour (1988), "negamos significado a toda
descripción que no retrate el trabajo de instalar laboratorios, mecanismos
de inscripción, redes de operaciones conectadas entre sí; siempre
relacionamos la palabra `realidad' con pruebas específicas dentro de
laboratorios específicos y de redes de interconexión específicas que
midan la resistencia de ciertos actuantes" (pág. 26; las itálicas son del
original). Claro está que desde este punto de vista carecen de sentido
tanto la matemática como la totalidad de las ciencias teóricas (en
particular, la física, la química, la biología, la psicología y la sociología
teóricas). Pero aplicando ese criterio ocurre lo mismo con la nueva
sociología de la ciencia, pues ésta no hace trabajos de laboratorio, con
excepción de visitas ocasionales a alguno de ellos.!
!
El instrumentalismo o pragmatismo no "funciona" respecto de la ciencia,
porque las teorías v experimentos científicos tienden a construir
versiones del mundo real dotadas de máxima coherencia, verdad y
profundidad. De lo contrario, no valdría la pena verificar o perfeccionar
tales versiones. Sólo las teorías, diseños y planes tecnológicos se ponen
a prueba para constatar su eficiencia, es decir, su efectividad, y a la vez
su bajo costo, escaso riesgo, y beneficio apreciable. Pero si bien la
tecnología es pragmática, en el sentido de que persigue el éxito práctico
más bien que el cognoscitivo, el pragmatismo no proporciona una
imagen fiel de la tecnología moderna, que se nutre de la investigación
desinteresada. A diferencia del "trabajo artesanal" precientífico, la
tecnología moderna sólo puede "funcionar" si en su base científica
implícita hay algún elemento de verdad. Debe reconocerse que,
ocasionalmente, se designan artefactos o procesos basados en escasos
conocimientos científicos, pero en tiempos modernos sólo la máquina de
vapor y el aeroplano son ejemplos importantes de esta fórmula; en
términos generales, si la invención es eficiente a importante, ella misma
suscitará la investigación científica que terminará por legitimar su
diseño.!
Pero sucede también que, siendoel pragmatismo incompatible con el
racionalismo, en cambio congenia con el intuicionismo y con formas
todavía más extremas del irracionalismo como ser el existencialismo. Y
no es sorprendente que la nueva sociología de la ciencia contenga
algunas tesis intuicionistas. Por ejemplo, sostiene que los hombres de
ciencia no proceden racionalmente, críticamente, ni objetivamente, sino
que están guiados por los paradigmas y modas culturales en vigor -
Sociología de la ciencia
incluido el prejuicio de clase- y por analogías y metáforas (sobre el
particular, véanse las citas apropiadas de las obras de Thomas S. Kuhn
1962, Mary Hesse 1980, y Richard Rorty 1979).!
Ahora bien, es cierto que ningún esfuerzo científico puede ser fructuoso
sin el auxilio de intuiciones de diversas clases. La información y el rigor
no son suficientes para "descubrir" nuevos problemas, hipótesis, diseños
experimentales, o métodos. Pero la intuición es impotente sin la lógica,
del mismo modo que la razón -salvo en el caso de la matemática- es
impotente si no se efectúan observaciones o experimentos. El hombre de
ciencia creador se las ingenia para combinar estos tres factores (véase
Bunge 1996). De modo que el intuicionismo es una filosofía de la
ciencia inadecuada, igual que el racionalismo radical y el empirismo
radical. Y de todas las variedades de intuicionismo, la fenomenología es
la peor, por cuanto postula la existencia de la Wesensschau, es decir, la
capacidad de "ver" esencias en forma directa a inmediata, que exime al
fenomenólogo de la pesada tarea de construir teorías, en particular
modelos matemáticos, y de someterlas a pruebas de todas clases.!
En síntesis, la nueva sociología de la ciencia padece de conductismo y
de pragmatismo. Como sabemos gracias a la historia de la psicología, el
primero es garantía de superficialidad psicológica, por cuanto pasa por
alto los procesos mentales, y, a fortiori, no investiga sus mecanismos
neurales (véase, por ejemplo, Bunge y Ardila 1987). En cuanto al
pragmatismo, sabemos, como nos lo enseña la filosofía de la ciencia, que
no puede explicar la investigación científica, por cuanto minimiza el
papel de la teoría a identifica el significado con la operacionalidad y la
verdad con la eficiencia. Por ello no es de extrañar que la nueva
sociología de la ciencia se caracterice por su superficialidad, como
veremos a continuación.!
10. EL ORDINARISMO!
Uno de los principales dogmas de la nueva sociología de la ciencia es
que el conocimiento científico no tiene nada de peculiar, y menos aún de
extraordinario: es tan sólo una "construcción social" más, otro "escenario
político". ¿Qué puede esperarse de investigaciones efectuadas sobre la
base de esta presunción, a la cual denominaré "ordinarismo"? ¿Podemos
esperar acaso que nos enseñe lo que distingue a la ciencia de los demás
sectores del quehacer humano, como la técnica, la ideología, la industria
o la política, y de qué modo participa en una acción recíproca con ellos?
Es obvio que no, pues la nueva sociología de la ciencia niega tal
diferencia, y por tanto la posibilidad misma de tal interacción. ¿Podemos
quizás esperar que la nueva sociología de la ciencia descubra los factores
sociales que estimulan, y los que inhiben el progreso de la ciencia?
Desde luego que no, pues sostiene que los factores sociales mismos son
construcciones, y en particular, construcciones científicas. Tampoco
Sociología de la ciencia
podemos esperar que descubra ninguna otra cosa que exista en el mundo
exterior, por la sencilla razón de que ese mundo es inexistente. Si
tomamos al pie de la letra lo que afirma el constructivismo, sólo
podemos esperar que nos proporcione lo que él mismo hace. Y si
tomamos al pie de la letra el relativismo, no podemos esperar que nos
suministre algo mejor que fábulas. Entonces, ¿por qué deberíamos creer
en lo que puede decirnos la nueva sociología de la ciencia?!
Francis Bacon, que no es uno de los héroes de esta tendencia, creía haber
dado con un conjunto de reglas mediante las cuales personas corrientes -
y bastaría, en rigor, con unas pocas docenas de éstas- podrían efectuar
descubrimientos científicos por sí mismas. Los partidarios de la nueva
sociología de la ciencia (v.g. Knorr-Cetina 1981; Latour 1983) están de
acuerdo con el abuelo del positivismo, y van aun más lejos que él, al
aseverar que en la ciencia no hay nada de especial, "nada que revista
cualidad cognoscitiva alguna". Para citar a Latour (1983): "E1 hecho
científico es producido por personas comunes, ordinarias, en ámbitos
corrientes, que no están vinculadas entre sí por ninguna norma ni forma
de comunicación, pero que trabajan con dispositivos inscriptores" (pág.
162). No tiene importancia lo que las inscripciones signifiquen ni cómo
se verifique su contenido para cerciorarse de su coherencia y de su
veracidad: lo único que interesa es la "tecnología de la inscripción
(escritura, enseñanza, impresión, dispositivos registradores)". Como dice
Feyerabend, "en el laboratorio todo vale, excepto los dispositivos de
inscripción y los documentos" (Latour 1983,161).!
La concepción constructivista-relativista de la investigación científica es
una versión sociologizada de la tesis de Bacon, según la cual los
hombres de ciencia sólo se ocupan de compilar (o mejor dicho,
construir) datos, de hacer inscripciones, de "negociar" entre sí, y de
modificar sus “reglas" (hasta sus "reglas para ver") en formas
misteriosas (véase, por ejemplo, Collins, 1983). Por algún motivo
ignoto, el descubrimiento de problemas, la concepción de hipótesis, el
diseño de experimentos y las comprobaciones de la verdad no figuran
para nada en el "modelo wittgensteiniano/fenomenológico/kuhniano de
la actividad científica", como lo llama Collins (1983).!
Dado que la nueva sociología de la ciencia es externalista y pragmatista,
no presta atención a las teorías científicas o bien, en caso de hacerlo, las
toma por cúmulos de inscripciones que pueden someterse a "análisis
semiótico", como lo ha hecho Latour (1988) con la relatividad especial.
Y, al pasar por alto o interpretar mal las teorías científicas, no
proporciona una descripción adecuada (verdadera) de las operaciones de
laboratorio, todas las cuales suponen en realidad alguna teoría, hasta el
punto de que hay algunas que tienen precisamente por objeto poner a
prueba determinadas teorías.!
Sociología de la ciencia
!
Así es como Latour y Woolgar (1979) y Knorr-Cetina (1981) creen que
el rasgo esencial del trabajo de laboratorio es la manipulación de
artefactos. Al hacerlo, los hombres de ciencia, según estos autores, no
descubrirían ni inventarían nada (ni siquiera los instrumentos mismos)
sino que tan sólo adquirirían y acumularían "nuevas calificaciones para
la manipulación de objetos"; en particular, objetos de laboratorio (Knorr-
Cetina 1981; Latour 1983). Pero en realidad, la manipulación de los
instrumentos de laboratorio queda frecuentemente a cargo de técnicos, y
hasta de dispositivos automáticos, siendo así que los instrumentos no son
sino medios con que se cuenta para adquirir conocimientos objetivos
acerca del mundo. Cuando los medios son sistemáticamente confundidos
con los fines, algo anda muy mal en este planeta, y no sólo en lo que
incumbe a la moral, sino también en todos los demás aspectos.!
Podría entonces suponerse, aplicando esta visión operacionalista de la
labor científica, que Newton no se dedicó a investigar el movimiento de
los cuerpos (o sea, los referentes de la mecánica) sino que se ocupaba de
manipular instrumentos de medición -lo cual, lamentablemente, no le
interesaba-. Y que, por más introvertido que fuera, estaba en realidad
inmerso en "negociaciones" con Leibniz y con los cartesianos. Podría
también presumirse que su victoria final sobre uno y otros fue resultado
de su habilidad para maniobrar más eficazmente que sus rivales, o sea,
de haber sido mejor político que ellos. Análogamente, habría que
imaginarque Crick y Watson se pasaron el tiempo en Cambridge
efectuando mediciones (cosa que en realidad nunca hicieron) y
"negociando" con Rosalind Franklin y otros cristalógrafos, así como con
Linus Pauling por intermedio del hijo de éste, pese a lo cual siempre
creyeron que estaban tratando de descubrir la composición y estructura
del material genético. De haber conocido el programa constructivista/
relativista se habrían enterado de lo que en realidad estaban haciendo. En
efecto, si uno quiere librarse de sus ilusiones vanas, basta con que se
haga tratar por un terapeuta de la ciencia.!
Los partidarios de la nueva sociología de la ciencia proclaman
repetidamente que, lejos de descuidar el "contenido técnico" de los
proyectos científicos que estudian, lo que hacen es proporcionar
"descripciones detalladas de los 'tornillos y las tuercas' de la actividad
científica" (Pinch 1985, 3). Esto lo consiguen, no ya sometiéndose al
dilatado proceso de un aprendizaje científico normal, sino visitando
laboratorios científicos. De esta manera Pinch (1985) nos cuenta que se
"familiarizó" con el intrincado problema de los neutrinos solares
"mediante una visita al lugar del experimento" [es decir, el que venía
dirigiendo Raymond Davis, donde pasó "unos días conversando con los
integrantes del grupo de investigadores que lo realizaban, y
Sociología de la ciencia
'observándolos"' (pág. 5). Para proceder así no es necesario contar con
ninguna preparación sólida en materia de física teórica o experimental,
sino que basta con tener el tupé de hacerse invitar a visitar un
laboratorio, a la vez que poseer suficiente dominio del idioma natural
como para entender la versión popularizada que el anfitrión tenga la
gentileza de proporcionar al audaz explorador. Evidentemente, aunque a
esto se le dé el nombre de observación participativa, en realidad es tan
sólo un vistazo desde la galería.!
Lo cierto es que para participar efectivamente en un proyecto científico,
desempeñando cualquier papel que no sea el de un técnico de laboratorio
corriente, es necesario entender el problema que se está investigando.
Por ejemplo, para entender el llamado "problema de los neutrinos
solares", es preciso leer las complejas fórmulas matemáticas del flujo de
neutrinos. Y para entender el diseño del experimento, es indispensable
dominar, entre otras cosas, el principio de detección de neutrinos que se
está utilizando, lo cual exige conocer elementos bastante complejos de
física atómica teórica. De lo contrario, no es posible entender el
problema, consistente en la explicación de la discrepancia entre los datos
de las mediciones y el cálculo teórico, y mucho menos exponerlo. Debe
reconocerse que Pinch ha conseguido popularizar acertadamente toda
esta cuestión, pero sin haber podido explicar los "resortes y engranajes"
del caso, porque para ello habría necesitado poseer conocimientos
sumamente especializados. Después de todo, la ciencia no es asunto tan
ordinario.!
Irónicamente, ocurre que el análisis de Pinch constituye, con excepción
de algunos comentarios marginales, una exposición completamente
epistemológica y por tanto internalista de la forma en que se interpretan
los datos de la observación a la luz de las teorías -lo cual,
lamentablemente, se reduce a un análisis superficial, pues sólo menciona
algunas de las teorías implicadas en el proyecto, sin analizar ninguna de
ellas-. Pinch pretende haber esbozado una integración teórica de
descubrimientos mediante estudios de casos en términos de dos
conceptos supuestamente novedosos: la externalidad y el contexto
evidencial. Lo que denomina "externalidad" o "externalización de la
observación" es la "cadena de interpretaciones en que se incurre al
efectuar una observación". Sostiene, con razón, que los resultados
empíricos deben poder "verse" mediante la aplicación de las teorías, pero
no intenta siquiera mostrar cómo se realiza esa "interpretación" mediante
fragmentos de teoría e hipótesis indicadoras (véase al respecto Bunge
1978, 1983b).!
En cuanto al "contexto evidencial de observación", sólo se trata de un
nombre erróneo del propósito de una observación. ¿Es que ésta se
efectúa para descubrir nuevos hechos, para averiguar nuevos datos que
Sociología de la ciencia
han de insertarse en un cálculo teórico, para probar una teoría, o para
verificar los resultados de otra observación? En resumen, Pinch ha
estado reinventando precisamente aquella filosofía de la ciencia que él y
sus compañeros de armas han venido denunciando, con tanta
vehemencia, como infiel al saber científico. Pero, por desconfiar de la
lógica, no han podido construir una filosofía de la ciencia clara y
coherente.!
El cultor de la nueva sociología de la ciencia no se molesta en aprender
el idioma de la tribu que pretende estudiar. Una o dos veces en su vida
visita un laboratorio de biología sin saber nada de la materia, escribe
sobre la sociología de la matemática sin haber estudiado esta ciencia, y
así por el estilo, constituyéndose en un observador desde la galería
digamos premalinowskiano, más bien que en un genuino observador
participante, si bien pretende contar con un método rápido a infalible
para adquirir competencia natural en cualquier ciencia, o sea, para
dominar tanto las reglas tácitas como las explícitas de cualquier "juego"
científico. La receta es la siguiente: "La mejor forma de adquirir el
conocimiento tácito es el trato directo" con los hombres de ciencia, sea
cual fuere su especialidad (Collins 1983, 92).!
Sin embargo, Collins (1983) admite que "el método de la plena
participación rara vez puede alcanzarse (sic) en la práctica... pero una
serie de entrevistas en profundidad puede constituir un sustituto
aceptable" (pág. 93). Vale decir, que para dominar un sector de
investigación no es necesario en absoluto haberlo estudiado, y menos
todavía emprender investigaciones originales: basta con proceder a un
breve reportaje de periodismo científico.!
No es de extrañar que los sociólogos de la ciencia persuadidos de que la
investigación científica es un quehacer ordinario hagan descubrimientos
que también lo son. En realidad, lo que descubren efectivamente es que
la investigación científica no se desarrolla de modo aislado, sino en
medio de una red de colaboración social; que cada miembro de un
equipo de investigación intercambia con los demás una cantidad de
informaciones, preguntas, evaluaciones, propuestas, y otras
comunicaciones; que los hombres de ciencia formulan proposiciones de
diferentes clases (por ejemplo, provisionales y asertivas); que
permanentemente unas categorías se van transformando en otras, y que
"el destino de lo que decimos y hacemos está en manos del usuario
ulterior" (Latour 1987, 29).!
Junto a esta sarta de lugares comunes, damos también con egregios
dislates, como las afirmaciones de que toda proposición tiene contenido
social; que "una proposición se convierte en un hecho" cuando "es
liberada de las circunstancias en que fue producida" (Latour y Woolgar
1979); que la realidad es construida y "desconstruida" del mismo modo
Sociología de la ciencia
que un texto literario; que "según se ha demostrado, todo el proceso de
construcción de los hechos puede explicarse dentro de un marco de
referencia sociológico" (Latour 1980, 53); que hasta la noción de
contradicción, así como las operaciones de calibración de instrumentos y
de análisis estadístico, pueden y deben ser construidas en términos
sociológicos (Collins 1983, 101); que "las inferencias de lo general a lo
particular tienen en realidad carácter inductivo" (Barnes 1982, 101), y
así sucesivamente.!
En fin, para aplicar un viejo juego de palabras, lo que es verdadero en la
nueva sociología de la ciencia, no es original, y lo que es original, no es
verdadero (véase también Gieryn 1982).!
10. EL ORDINARISMO!
Uno de los principales dogmas de la nueva sociología de la ciencia es
que el conocimiento científico no tiene nadade peculiar, y menos aún de
extraordinario: es tan sólo una "construcción social" más, otro "escenario
político". ¿Qué puede esperarse de investigaciones efectuadas sobre la
base de esta presunción, a la cual denominaré "ordinarismo"? ¿Podemos
esperar acaso que nos enseñe lo que distingue a la ciencia de los demás
sectores del quehacer humano, como la técnica, la ideología, la industria
o la política, y de qué modo participa en una acción recíproca con ellos?
Es obvio que no, pues la nueva sociología de la ciencia niega tal
diferencia, y por tanto la posibilidad misma de tal interacción. ¿Podemos
quizás esperar que la nueva sociología de la ciencia descubra los factores
sociales que estimulan, y los que inhiben el progreso de la ciencia?
Desde luego que no, pues sostiene que los factores sociales mismos son
construcciones, y en particular, construcciones científicas. Tampoco
podemos esperar que descubra ninguna otra cosa que exista en el mundo
exterior, por la sencilla razón de que ese mundo es inexistente. Si
tomamos al pie de la letra lo que afirma el constructivismo, sólo
podemos esperar que nos proporcione lo que él mismo hace. Y si
tomamos al pie de la letra el relativismo, no podemos esperar que nos
suministre algo mejor que fábulas. Entonces, ¿por qué deberíamos creer
en lo que puede decirnos la nueva sociología de la ciencia?!
!
Francis Bacon, que no es uno de los héroes de esta tendencia, creía haber
dado con un conjunto de reglas mediante las cuales personas corrientes -
y bastaría, en rigor, con unas pocas docenas de éstas- podrían efectuar
descubrimientos científicos por sí mismas. Los partidarios de la nueva
sociología de la ciencia (v.g. Knorr-Cetina 1981; Latour 1983) están de
acuerdo con el abuelo del positivismo, y van aun más lejos que él, al
aseverar que en la ciencia no hay nada de especial, "nada que revista
cualidad cognoscitiva alguna". Para citar a Latour (1983): "E1 hecho
Sociología de la ciencia
científico es producido por personas comunes, ordinarias, en ámbitos
corrientes, que no están vinculadas entre sí por ninguna norma ni forma
de comunicación, pero que trabajan con dispositivos inscriptores" (pág.
162). No tiene importancia lo que las inscripciones signifiquen ni cómo
se verifique su contenido para cerciorarse de su coherencia y de su
veracidad: lo único que interesa es la "tecnología de la inscripción
(escritura, enseñanza, impresión, dispositivos registradores)". Como dice
Feyerabend, "en el laboratorio todo vale, excepto los dispositivos de
inscripción y los documentos" (Latour 1983,161).!
!
La concepción constructivista-relativista de la investigación científica es
una versión sociologizada de la tesis de Bacon, según la cual los
hombres de ciencia sólo se ocupan de compilar (o mejor dicho,
construir) datos, de hacer inscripciones, de "negociar" entre sí, y de
modificar sus “reglas" (hasta sus "reglas para ver") en formas
misteriosas (véase, por ejemplo, Collins, 1983). Por algún motivo
ignoto, el descubrimiento de problemas, la concepción de hipótesis, el
diseño de experimentos y las comprobaciones de la verdad no figuran
para nada en el "modelo wittgensteiniano/fenomenológico/kuhniano de
la actividad científica", como lo llama Collins (1983).!
Dado que la nueva sociología de la ciencia es externalista y pragmatista,
no presta atención a las teorías científicas o bien, en caso de hacerlo, las
toma por cúmulos de inscripciones que pueden someterse a "análisis
semiótico", como lo ha hecho Latour (1988) con la relatividad especial.
Y, al pasar por alto o interpretar mal las teorías científicas, no
proporciona una descripción adecuada (verdadera) de las operaciones de
laboratorio, todas las cuales suponen en realidad alguna teoría, hasta el
punto de que hay algunas que tienen precisamente por objeto poner a
prueba determinadas teorías.!
Así es como Latour y Woolgar (1979) y Knorr-Cetina (1981) creen que
el rasgo esencial del trabajo de laboratorio es la manipulación de
artefactos. Al hacerlo, los hombres de ciencia, según estos autores, no
descubrirían ni inventarían nada (ni siquiera los instrumentos mismos)
sino que tan sólo adquirirían y acumularían "nuevas calificaciones para
la manipulación de objetos"; en particular, objetos de laboratorio (Knorr-
Cetina 1981; Latour 1983). Pero en realidad, la manipulación de los
instrumentos de laboratorio queda frecuentemente a cargo de técnicos, y
hasta de dispositivos automáticos, siendo así que los instrumentos no son
sino medios con que se cuenta para adquirir conocimientos objetivos
acerca del mundo. Cuando los medios son sistemáticamente confundidos
con los fines, algo anda muy mal en este planeta, y no sólo en lo que
incumbe a la moral, sino también en todos los demás aspectos.!
Sociología de la ciencia
!
Podría entonces suponerse, aplicando esta visión operacionalista de la
labor científica, que Newton no se dedicó a investigar el movimiento de
los cuerpos (o sea, los referentes de la mecánica) sino que se ocupaba de
manipular instrumentos de medición -lo cual, lamentablemente, no le
interesaba-. Y que, por más introvertido que fuera, estaba en realidad
inmerso en "negociaciones" con Leibniz y con los cartesianos. Podría
también presumirse que su victoria final sobre uno y otros fue resultado
de su habilidad para maniobrar más eficazmente que sus rivales, o sea,
de haber sido mejor político que ellos. Análogamente, habría que
imaginar que Crick y Watson se pasaron el tiempo en Cambridge
efectuando mediciones (cosa que en realidad nunca hicieron) y
"negociando" con Rosalind Franklin y otros cristalógrafos, así como con
Linus Pauling por intermedio del hijo de éste, pese a lo cual siempre
creyeron que estaban tratando de descubrir la composición y estructura
del material genético. De haber conocido el programa constructivista/
relativista se habrían enterado de lo que en realidad estaban haciendo. En
efecto, si uno quiere librarse de sus ilusiones vanas, basta con que se
haga tratar por un terapeuta de la ciencia.!
Los partidarios de la nueva sociología de la ciencia proclaman
repetidamente que, lejos de descuidar el "contenido técnico" de los
proyectos científicos que estudian, lo que hacen es proporcionar
"descripciones detalladas de los 'tornillos y las tuercas' de la actividad
científica" (Pinch 1985, 3). Esto lo consiguen, no ya sometiéndose al
dilatado proceso de un aprendizaje científico normal, sino visitando
laboratorios científicos. De esta manera Pinch (1985) nos cuenta que se
"familiarizó" con el intrincado problema de los neutrinos solares
"mediante una visita al lugar del experimento" [es decir, el que venía
dirigiendo Raymond Davis, donde pasó "unos días conversando con los
integrantes del grupo de investigadores que lo realizaban, y
'observándolos"' (pág. 5). Para proceder así no es necesario contar con
ninguna preparación sólida en materia de física teórica o experimental,
sino que basta con tener el tupé de hacerse invitar a visitar un
laboratorio, a la vez que poseer suficiente dominio del idioma natural
como para entender la versión popularizada que el anfitrión tenga la
gentileza de proporcionar al audaz explorador. Evidentemente, aunque a
esto se le dé el nombre de observación participativa, en realidad es tan
sólo un vistazo desde la galería.!
!
Lo cierto es que para participar efectivamente en un proyecto científico,
desempeñando cualquier papel que no sea el de un técnico de laboratorio
corriente, es necesario entender el problema que se está investigando.
Por ejemplo, para entender el llamado "problema de los neutrinos
Sociología de la ciencia
solares", es preciso leer las complejas fórmulas matemáticas del flujo de
neutrinos. Y para entender el diseño del experimento, es indispensable
dominar, entre otras cosas, el principio de detección de neutrinos que se
está utilizando, lo cual exige conocer elementos bastante complejos de
física atómica teórica. De lo contrario,no es posible entender el
problema, consistente en la explicación de la discrepancia entre los datos
de las mediciones y el cálculo teórico, y mucho menos exponerlo. Debe
reconocerse que Pinch ha conseguido popularizar acertadamente toda
esta cuestión, pero sin haber podido explicar los "resortes y engranajes"
del caso, porque para ello habría necesitado poseer conocimientos
sumamente especializados. Después de todo, la ciencia no es asunto tan
ordinario.!
Irónicamente, ocurre que el análisis de Pinch constituye, con excepción
de algunos comentarios marginales, una exposición completamente
epistemológica y por tanto internalista de la forma en que se interpretan
los datos de la observación a la luz de las teorías -lo cual,
lamentablemente, se reduce a un análisis superficial, pues sólo menciona
algunas de las teorías implicadas en el proyecto, sin analizar ninguna de
ellas-. Pinch pretende haber esbozado una integración teórica de
descubrimientos mediante estudios de casos en términos de dos
conceptos supuestamente novedosos: la externalidad y el contexto
evidencial. Lo que denomina "externalidad" o "externalización de la
observación" es la "cadena de interpretaciones en que se incurre al
efectuar una observación". Sostiene, con razón, que los resultados
empíricos deben poder "verse" mediante la aplicación de las teorías, pero
no intenta siquiera mostrar cómo se realiza esa "interpretación" mediante
fragmentos de teoría e hipótesis indicadoras (véase al respecto Bunge
1978, 1983b).!
En cuanto al "contexto evidencial de observación", sólo se trata de un
nombre erróneo del propósito de una observación. ¿Es que ésta se
efectúa para descubrir nuevos hechos, para averiguar nuevos datos que
han de insertarse en un cálculo teórico, para probar una teoría, o para
verificar los resultados de otra observación? En resumen, Pinch ha
estado reinventando precisamente aquella filosofía de la ciencia que él y
sus compañeros de armas han venido denunciando, con tanta
vehemencia, como infiel al saber científico. Pero, por desconfiar de la
lógica, no han podido construir una filosofía de la ciencia clara y
coherente.!
El cultor de la nueva sociología de la ciencia no se molesta en aprender
el idioma de la tribu que pretende estudiar. Una o dos veces en su vida
visita un laboratorio de biología sin saber nada de la materia, escribe
sobre la sociología de la matemática sin haber estudiado esta ciencia, y
así por el estilo, constituyéndose en un observador desde la galería
Sociología de la ciencia
digamos premalinowskiano, más bien que en un genuino observador
participante, si bien pretende contar con un método rápido a infalible
para adquirir competencia natural en cualquier ciencia, o sea, para
dominar tanto las reglas tácitas como las explícitas de cualquier "juego"
científico. La receta es la siguiente: "La mejor forma de adquirir el
conocimiento tácito es el trato directo" con los hombres de ciencia, sea
cual fuere su especialidad (Collins 1983, 92).!
Sin embargo, Collins (1983) admite que "el método de la plena
participación rara vez puede alcanzarse (sic) en la práctica... pero una
serie de entrevistas en profundidad puede constituir un sustituto
aceptable" (pág. 93). Vale decir, que para dominar un sector de
investigación no es necesario en absoluto haberlo estudiado, y menos
todavía emprender investigaciones originales: basta con proceder a un
breve reportaje de periodismo científico.!
No es de extrañar que los sociólogos de la ciencia persuadidos de que la
investigación científica es un quehacer ordinario hagan descubrimientos
que también lo son. En realidad, lo que descubren efectivamente es que
la investigación científica no se desarrolla de modo aislado, sino en
medio de una red de colaboración social; que cada miembro de un
equipo de investigación intercambia con los demás una cantidad de
informaciones, preguntas, evaluaciones, propuestas, y otras
comunicaciones; que los hombres de ciencia formulan proposiciones de
diferentes clases (por ejemplo, provisionales y asertivas); que
permanentemente unas categorías se van transformando en otras, y que
"el destino de lo que decimos y hacemos está en manos del usuario
ulterior" (Latour 1987, 29).!
Junto a esta sarta de lugares comunes, damos también con egregios
dislates, como las afirmaciones de que toda proposición tiene contenido
social; que "una proposición se convierte en un hecho" cuando "es
liberada de las circunstancias en que fue producida" (Latour y Woolgar
1979); que la realidad es construida y "desconstruida" del mismo modo
que un texto literario; que "según se ha demostrado, todo el proceso de
construcción de los hechos puede explicarse dentro de un marco de
referencia sociológico" (Latour 1980, 53); que hasta la noción de
contradicción, así como las operaciones de calibración de instrumentos y
de análisis estadístico, pueden y deben ser construidas en términos
sociológicos (Collins 1983, 101); que "las inferencias de lo general a lo
particular tienen en realidad carácter inductivo" (Barnes 1982, 101), y
así sucesivamente.!
En fin, para aplicar un viejo juego de palabras, lo que es verdadero en la
nueva sociología de la ciencia, no es original, y lo que es original, no es
verdadero (véase también Gieryn 1982).!
Sociología de la ciencia
!
11. IDEOLOGÍA Y CIENCIA!
Un número considerable de adeptos de la nueva sociología de la ciencia
han adoptado la tesis de Herbert Marcuse (1964), Jürgen Habermas
(1971), y otros miembros de la llamada teoría crítica, según la cual la
ciencia (incluida la matemática) y la tecnología tienen contenido
ideológico, y hasta han llegado a convertirse en la ideología del
capitalismo contemporáneo, desempeñando así la función de legitimar
los poderes establecidos. Pero, ¿cuáles son las pruebas de una tesis tan
audaz? Sus defensores, por lo pronto, no las presentan.!
Es bien sabido que la ciencia y la tecnología modernas se han
desarrollado paralelamente con el capitalismo y que la ideología se
infiltra en las ciencias sociales, particularmente en la economía. (El
aspecto histórico no se presta, mayormente a discusión; en cuanto al
segundo, véanse, por ejemplo, Robinson y Eatwell 1974; Galbraith
1987). Pero la ciencia y la tecnología deberían ser igualmente útiles -si
no más, como sostenía Bernal (1939)- en una sociedad (genuinamente)
socialista. En cuanto a la economía, cabe recordar que las teorías y
métodos económicos, a diferencia de las políticas económicas, deben
estar libres de todo contenido ideológico para que puedan considerarse
científicos, y esto por la definición misma de "ciencia" y de "ideología".
Dado que los métodos y modelos econométricos, los modelos de
insumo-producto, y los modelos bioeconómicos son transferibles de una
sociedad a otra, no hay motivo para sospechar que están contaminados
ideológicamente. O al menos no se han ofrecido pruebas para
demostrarlo.!
Más infundada todavía es la acusación de que la matemática pura y las
ciencias naturales básicas son armas políticas del capitalismo. ¿Es acaso
posible advertir contenido económico o social alguno en el teorema de
Pitágoras, o en el teorema de Euclides sobre la existencia de infinitos
números primos? ¿Cuál es el contenido social de las afirmaciones según
las cuales el átomo de hidrógeno tiene un solo protón, el de carbono
cuatro valencias, los ribosomas sintetizan proteínas, el encéfalo está
compuesto de varios subsistemas, cada uno con una función específica,
la progenie se parece a sus progenitores, o el plomo es tóxico? Claro está
que la matemática y demás ciencias pueden ser utilizadas con fines
económicos o políticos. Pero el hecho de que puedan emplearse con
objetivos sociales tanto buenos como malos es sin duda un argumento
favorable a la tesis de que son intrínsecamente neutrales.!
!
Si a toda proposición matemática o científica se le atribuyera algún
contenido social (indefinido), se deduciría que todas las controversiasSociología de la ciencia
científicas tienen un componente ideológico, y a la vez que se dirimen
por medios diferentes del experimento, el cálculo, o los argumentos
lógicos. Por cierto que éstas son otras tantas tesis favoritas de la nueva
sociología de la ciencia. Una vez más, debemos preguntarnos: ¿Dónde
están las pruebas de esas afirmaciones? Sólo se apoyan, presuntamente,
en que algunas polémicas científicas han revestido en verdad matices
ideológicos, a raíz de que una de las opiniones en conflicto integraba la
ideología de la clase dominante. Así ocurrió, notoriamente, en casos
tales como el juicio de Galileo, la controversia del evolucionismo versus
el creacionismo, la supuesta existencia de razas humanas superiores, el
escándalo de Lysenko, y algunos más. Pero en última instancia el
veredicto ha sido científico, y no político.!
!
Sólo un inductivista muy primitivo daría el salto de algunos a todos sin
prestar atención a los contraejemplos. Y por cierto que hay gran
abundancia de éstos, pues las justas científicas libres de elementos
ideológicos siempre han sido mucho más frecuentes que las cargadas de
ideología. Véase si no la siguiente muestra al azar de acaloradas
controversias en la primera de estas dos categorías, a saber: la relativa a
la fusión en frío, de 1989; la que está en curso acerca de la existencia de
los "agujeros negros"; la que opone a gradualistas y saltacionistas en la
biología evolutiva; la disputa sostenida en los decenios de 1930 y 1940
sobre la índole (eléctrica o química) de la transmisión interneuronal; las
referentes a la interpretación de la teoría cuántica, desde su formulación
en 1926; el apasionado debate sobre la relatividad especial durante el
decenio subsiguiente a su invención en 1905; las discusiones en torno a
la existencia misma de los átomos y respecto a la teoría de los conjuntos
hacia el 1900; la polémica entre los teorizadores del campo
electromagnético y los partidarios de la acción a distancia a mediados
del siglo XIX, y el conflicto entre newtonianos y cartesianos durante los
siglos XVII y XVIII.!
!
No se trata con lo antedicho de negar que algunas de estas controversias
hayan tenido componentes filosóficos. Por ejemplo, la última de ellas los
tenía en efecto, pero ocurre que los dos puntos de vista rivales, el
cartesiano y el newtoniano, eran ideológicamente progresivos en aquella
época, pues eran ambos mecanicistas. Ahora bien, lo importante es
destacar que dichas controversias científicas estaban libres de ideología,
y que se les dio término por medios estrictamente científicos (en
particular, los newtonianos triunfaron al demostrar que podían calcular, y
hasta predecir, las trayectorias de los cuerpos en multitud de casos,
mientras que los cartesianos estaban muy lejos de poder hacer nada por
el estilo). Los contraejemplos que preceden, y que podrían multiplicarse
Sociología de la ciencia
fácilmente, refutan la tesis de la nueva sociología de la ciencia según la
cual en todos los casos el consenso en materia científica depende de la
capacidad para abrirse paso a codazos, gritar más fuerte, mentir mejor, o
tener más poder.!
No puede negarse empero que en algunos casos hay factores ideológicos
o sociopolíticos que se interponen en el curso normal de la controversia
científica. Pero esto no ocurre siempre. En particular, no ocurrió durante
la polémica entre Pasteur y Pouchet sobre la generación espontánea,
utilizada por algunos partidarios de la nueva sociología de la ciencia
para confirmar sus propias tesis. Es cierto que Pasteur era católico, pero
por otra parte su opositor era protestante, y en tal carácter habría debido
apoyar a Pasteur para ser fiel al libro del Génesis. Empero, lo importante
es destacar que Pasteur estaba acertado al negar la posibilidad de
emergencia casi instantánea de organismos a partir de materia inorgánica
-especialmente en las condiciones de asepsia que llegó a establecer-. Y
no se le puede reprochar el no haber anticipado la hipótesis de Oparin de
1922 acerca del origen abiótico de la vida. Sean cuales hayan podido ser
los méritos filosóficos de la hipótesis de Pouchet, ésta fue refutada en
forma decisiva por Pasteur sobre la base de argumentos puramente
científicos (como lo expone ampliamente Roll-Hansen, 1983).!
!
Nuestro último ejemplo es la versión de Pinch (1979a) de la fase inicial
en la controversia sobre las variables ocultas en la mecánica cuántica
desencadenada por el famoso trabajo publicado por David Bohm en
1952. La parte técnica de dicha versión es correcta, aunque superficial
en la medida en que no distingue entre los dos aspectos filosóficos de la
polémica. Uno de ellos está constituido por los problemas ontológicos
del determinismo y la cuestión de si toda propiedad física posee un valor
"nítido" en todo momento. (Ahora, sobre todo después de lo que hemos
aprendido con los experimentos efectuados en 1981 por Aspect y otros -
que acarrearon la refutación de las desigualdades de Bell- es muy fácil
reconocer que Bohm, lo mismo que Einstein y De Broglie, estaba
equivocado en este asunto). El otro componente filosófico reside en la
cuestión epistemológica de averiguar si la mecánica cuántica se refiere a
la realidad física, o bien si sólo concierne a las operaciones de algún
experimentador. (A mi entender, Bohm, Einstein y de Broglie tenían
razón en este aspecto; véase Bunge 1979, 1985a, 1988.) No obstante,
aquí debemos concentrarnos en el aspecto supuestamente sociológico de
la versión de Pinch (1979a).!
La originalidad del análisis de Pinch reside en su pretensión de ser
sociológico tan sólo por emplear las expresiones de Pierre Bourdieu
"capital social" y "estrategia de inversión" involucradas en una analogía
superficial entre la producción del conocimiento y la de las mercancías,
Sociología de la ciencia
que había sido sugerida anteriormente por Louis Althusser (Bourdieu
1975). La hipótesis era que la actividad científica constituye una lucha
para ganar ascendiente en la ciencia ("reconocimiento de capital"). Esta
contienda se desarrolla tomando en cuenta las "estrategias de inversión"
y, ocasionalmente, también las "estrategias de subversión". En esta
forma, se nos dice que "en 1943 él [Bohm] incrementó su capital social
al obtener un doctorado... En 1945 adquirió más capital mediante su
designación para el cargo de profesor auxiliar en Princeton" (Pinch
1979a, 179). La publicación de su famoso libro de texto sobre mecánica
cuántica "proporcionó a Bohm un capital mayor y lo ayudó a establecer
relaciones con la elite de los quanta" (pág. 180). Hacia 1952, Bohm
"había acumulado considerable capital social", y "modificó entonces su
rumbo para adoptar una estrategia de subversión, al publicar su trabajo
heterodoxo" (pág. 181).!
¿Podría tal vez afirmarse que esta representación de David Bohm como
"capitalista social" dedicado a la acumulación de capital y a la captura de
nuevos activos contribuya a esclarecer su intento de refundar la
mecánica cuántica en términos de variables ocultas? De ninguna manera,
pues deja de lado el principal motivo que animaba a Bohm, que era
filosófico. Esto lo sé por haber pasado un semestre con él en 8áo Paulo
durante 1953, discutiendo precisamente las cuestiones suscitadas por su
artículo de 1952. En aquella época Bohm estaba trabajando sobre tres
arduos problemas científico-filosóficos. Uno de ellos era el ensayo de
derivar las probabilidades de la mecánica cuántica de alguna función o
funciones distintas de la función de estado (o función psi). El segundo
era un intento de dilucidar las relaciones entre causación y azar mediante
el concepto de nivel de organización (Bohm había leído mi artículo
sobre el tema [Bunge 1951], le había parecido bien, y a raíz de ello había
obtenido para mí un subsidio de investigación, a fin de que pudiéramos
debatir mano a mano las objeciones a su teoría que yo le había
presentado por carta). El tercer problema de Bohmen aquel momento
era cómo aplicar su propia teoría alternativa para resolver el problema de
la medición, lo cual, según había declarado Wolfgang Pauli -conforme al
dogma operacionalista- era necesario para dotar de significado físico a la
teoría de Bohm.!
La versión de este asunto proporcionada por Pinch está muy lejos de ser
exacta, ya que pasa por alto las ideas que inspiraban a Bohm en aquel
período. Además, no toma en cuenta para nada su desinteresada y
apasionada búsqueda de la verdad, ni el valor que desplegó para hacer
frente a la ortodoxia, sin esperanzas de vencerla y sin deseos de adquirir
forma alguna de poder -y por otra parte, sin esperar tampoco en absoluto
un incremento del posible "capital social" (es decir, prestigio académico)
que había ganado anteriormente-. Obvio es decir que la interpretación de
Bourdieu-Pinch también dista mucho de explicar el ulterior viraje de
Sociología de la ciencia
Bohm hacia el misticismo oriental. (Véanse las críticas a la versión de
Bourdieu en Bourricaud 1975; Knorr-Cetina 1983).!
Al comienzo del presente capítulo hemos mencionado una de las raíces
de la creencia de que todo el conocimiento científico está contaminado
de ideología. Hay además una segunda raíz, a saber, la transposición de
la interesante hipótesis de Feuerbach-Durkheim según la cual las
cosmogonías y religiones primitivas están modeladas sobre las
características de las respectivas sociedades. E1 autor del proyecto del
"programa fuerte" (Bloor 1976, cap. 2) cree que lo que vale para las
cosmogonías y religiones primitivas también vale para la ciencia
moderna. Pero, ¿por qué habría de suceder así, cuando la ciencia, lejos
de ser un sistema de creencias, es un campo de investigación, y por ello
un ámbito en el cual la creencia viene tan sólo a coronar (y además sólo
pro tempore) la etapa final de la hipótesis y los datos?!
La aseveración de que las controversias científicas sólo pueden ser
resueltas por medios extracientíficos tiene asimismo una tercera raíz, a
saber, la tesis de la "subdeterminación" de la teoría por los datos,
popularizada por W.V. Quine, pero que ya era conocida de los
astrónomos en la Grecia antigua. Según ella, todo conjunto de datos
empíricos puede ser explicado por dos o más teorías, que reciben a
continuación el nombre de "equivalentes empíricos". Los
convencionalistas, como Pierre Duhem, y algunos empiristas, como
Philipp Frank, han esgrimido este supuesto hecho científico contra el
realismo científico y en favor de la concepción según la cual las
polémicas científicas se zanjan mediante el recurso a algún criterio no
científico (pero siempre conceptual) como la simplicidad (véase, por
ejemplo, Bunge 1963). Los partidarios de la nueva sociología de la
ciencia lo utilizan en apoyo de su afirmación de que las controversias
científicas se resuelven mediante recursos no conceptuales, tales como
maniobras políticas. En rigor, el problema de la subdeterminación
empírica no es tan grave como parece, y no hay ninguna prueba de que
los hombres de ciencia lo resuelvan en formas no conceptuales.!
Lo cierto es que la situación de subdeterminación usual concierne a
hipótesis y no a teorías (sistemas de hipótesis). Se estima que las
segundas, a diferencia de las primeras, explican una cantidad de
colecciones de datos aparentemente dispares. Y, lo que viene a ser lo
mismo, se considera que las teorías científicas predicen hechos que,
prima facie, parecen inconexos. Por ello, una prueba clásica a la que se
someten las teorías rivales es la consistente en averiguar cuál de ellas
predice más exactamente la mayor variedad de hechos. Así es como la
teoría del campo electromagnético de Maxwell fue preferida a la teoría
de la acción a distancia de Ampére-GaussWeber, la teoría de la
Sociología de la ciencia
relatividad de Einstein a la mecánica clásica, la electrodinámica cuántica
a la electrodinámica clásica, y así sucesivamente.!
Pero con todo, es verdad que no basta con la capacidad predictiva, y que
las teorías científicas se elaboran de modo que puedan superar toda una
batería de pruebas suplementarias, que nunca dejan de ser conceptuales
(Bunge 1963, 1969, 1983b). Una de ellas es la que denomino "prueba de
coherencia externa", a saber, la compatibilidad con el grueso del
conocimiento precedente. Otra es la compatibilidad con la concepción
del mundo que prevalece en el seno de la comunidad científica -y que
puede divergir con respecto a la ideología de la clase dominante-. Esto
no es sorprendente, porque toda concepción científica del mundo va
desarrollándose paralelamente a la evolución de la ciencia misma. Por
ejemplo, si dos teorías psicológicas rivales del aprendizaje son
compatibles con los mismos datos experimentales, pero una de ellas
hace referencia a algún proceso neurofisiológico y la otra no, lo más
natural es preferir la primera por las siguientes razones: en primer lugar,
porque ayudará a explorar los mecanismos neurofisiológicos de
aprendizaje, y así podrá ir adquiriendo más amplias bases empíricas; y
en segundo término, porque la hipótesis de que las funciones mentales
son funciones cerebrales, y no de una mente inmaterial, es coherente con
la concepción del mundo naturalista que predomina en la comunidad
científica contemporánea. De modo que, para resumir, la filosofía
desempeña en efecto cierto papel en las controversias científicas, o al
menos en algunas de ellas, mientras que la política no desempeña
ninguno, o bien, si lo hace, es indicio de que una de las partes no es
científica, sino política.!
Algo debe andar muy mal en el marco de un estudio de la ciencia que es
incapaz de diferenciar a ésta de la ideología, o peor aún que las
entremezcla. La fuente de esta confusión es la ingenua epistemología
pragmatista según la cual el conocimiento "es aquello que los hombres
tienen por conocimiento. Consiste en aquellas creencias a las cuales los
hombres otorgan su confianza y conforme a las cuales viven" (Bloor
1976, 2) -si bien con la condición de que la palabra "conocimiento" se
reserve a "aquello que recibe la aprobación colectiva, dejando a un lado,
como mera creencia, lo individual y lo peculiar" (pág. 3)-. O sea, que es
conocimiento toda creencia que goza de sanción social (véanse las dos
diferentes críticas de esta concepción del conocimiento como creencia
formuladas por Popper 1972 y Bunge 1983a). Conforme a esta
definición del "conocimiento", teorías abstrusas pero bien confirmadas,
como la mecánica cuántica, no llegan a ser conocimiento porque no
cuentan con aprobación colectiva. Pero, en cambio, las supersticiones sí
lo son, dada su popularidad.!
!
Sociología de la ciencia
Pero no nos detengamos indebidamente en la definición correcta del
concepto de conocimiento. Lo decisivo en la materia es saber si el
estudioso de la ciencia debería o no establecer alguna distinción entre lo
verdadero y lo falso. Según los partidarios del "programa fuerte", el
sociólogo no se interesa en la distinción entre la verdad y la falsedad,
sino que debe dedicar una "atención equivalente" a cada teoría, y las
suyas propias "han de aplicarse tanto a las creencias verdaderas como a
las falsas", "independientemente de cómo las evalúe el
investigador" (Bloor 1976, 3). En consecuencia, el sociólogo de la
ciencia de nuevo estilo resulta incapaz de distinguir la ciencia de la
inciencia, y al mismo tiempo no desea proceder a esa distinción. Pero
este problema merece una sección por separado.!
!
12. LA INCIENCIA!
La mayoría de los sociólogos de la ciencia de nuevo cuño no admiran la
ciencia, ni la estiman, ni confían en ella. La consideran como una
ideología, un instrumento de dominación, un dispositivo para la
confección de inscripciones que no puede pretender legitimidad
universal, y en definitiva, como una clase más de construcción social,
comparable a la excavación de trincheras, o peor aún. Consideran a los
hombres de ciencia como artesanos hábiles, perotambién como
especuladores inescrupulosos y como políticos sin principios. En
síntesis, se ríen de la definición del ethos científico formulada por
Merton.!
Los cultores de la nueva sociología de la ciencia consideran todos los
hechos, o por lo menos lo que ellos denominan "hechos científicos",
como construcciones sociales. Pero en las cuestiones relativas al
conocimiento las únicas construcciones sociales genuinas son las
falsificaciones científicas perpetradas por dos o más individuos. Un
famoso fraude de esta índole fue el del hombre fósil de Piltdown,
"descubierto" por dos personas en 1912, y certificado como auténtico
por varios expertos (entre ellos Teilhard de Chardin), que sólo fue
desenmascarado en 1950. Conforme al criterio de existencia sostenido
por la nueva sociología de la ciencia, deberíamos admitir que el hombre
de Piltdown existió -por lo menos entre 1912 y 1950- porque la
comunidad científica creyó en él. ¿Estamos dispuestos a aceptarlo, o
bien debemos concluir que la nueva sociología de la ciencia es incapaz
de distinguir la realidad de la superchería o simplemente no quiere
hacerlo?!
Dado que los adeptos de esa corriente niegan que exista diferencia
conceptual alguna entre la ciencia y otras actividades humanas, algunas
de sus evaluaciones de la ciencia coinciden con la de la contracultura,
Sociología de la ciencia
hasta tal punto que en algunos importantes aspectos dicha tendencia
viene a integrarla. Veamos algunos ejemplos ilustrativos en la materia.!
Michael Mulkay (1972), uno de los principales iniciadores de la nueva
sociología de la ciencia, se indigna ante la forma en que la comunidad
científica trata el libro supuestamente revolucionario de Immanuel
Velikovsky Worlds in Collision (1950). Reprocha a los hombres de
ciencia su "rechazo abusivo y acrítico" de las especulaciones de
Velikovsky, y les echa en cara su adhesión a los "paradigmas teóricos y
metodológicos", entre ellos, las leyes de la mecánica celeste. Sostiene
asimismo que los astrónomos tienen el deber de poner a prueba las
fantasías de dicho autor.!
Al formular estas quejas, Mulkay ignora que: 1) el peso de la prueba
corre por cuenta del presunto innovador; 2) las pruebas empíricas son
innecesarias cuando una teoría viola otras teorías bien confirmadas o
métodos aplicados con éxito, además de no resolver ninguno de los
problemas subsistentes; 3) casi todas las afirmaciones de Velikovsky han
resultado inexactas (con excepción de su conjetura de que han tenido
lugar choques entre galaxias, acierto fortuito para el cual no había
aportado ninguna prueba); y 4) los hombres de ciencia tienen asuntos
más importantes a los cuales dedicarse que gastar sus energías en poner
a prueba las fantasías de un lego sin credencial científica alguna. Es por
ello que el eminente y cortés astrónomo estadounidense Harlow Shapley,
atacado por Mulkay, rechazó terminantemente el libro en cuestión. No
obstante, un grupo de hombres de ciencia, encabezado por Carl Sagan,
se tomó el trabajo de criticar en pormenor las fantasías de Velikovsky, y
la Asociación Estadounidense para el Progreso de la Ciencia dedicó toda
una reunión especial a debatirlas (Goldsmith 1977).!
Segundo ejemplo: Yaron Ezrahi (1972) pretende que los
"descubrimientos" de Arthur Jensen sobre la inferioridad intelectual de
los negros fueron rechazados por la comunidad científica estadounidense
por motivos ideológicos, y sostiene que los genetistas fueron los más
vehementes en sus críticas contra la obra de Jensen, al menos en parte
por preocuparles "su propia imagen y apoyo en la opinión pública". Pero
no se molesta en analizar las diversas pruebas de cociente de inteligencia
de las cuales Jensen extrajo sus conclusiones. Si lo hubiera hecho, se
habría enterado de que en aquella época las pruebas en cuestión estaban
culturalmente cargadas en favor de los blancos con respecto a los negros,
y que por otra parte ningún test de inteligencia es completamente
fidedigno a menos que esté respaldado por una teoría de la inteligencia
plenamente confirmada, que por el momento no existe (Bunge y Ardila
1987).!
!
Sociología de la ciencia
Otros dos ruidosos partidarios de la nueva sociología de la ciencia, H.M.
Collins y T.J. Pinch, han pergeñado toda una ardiente defensa de la
astrología y de la parapsicología (véase Pinch y Collins 1979, 1984;
Pinch 1979b; Collins y Pinch 1982). Defienden, en particular, el "efecto
Marte" (vinculando la posición de dicho planeta en la fecha del
nacimiento con las proezas de los deportistas) anunciado por los
psicólogos franceses Michel y Francoise Gauquelin; las investigaciones
de J.B. Rhine -a quien califican de "archiexponente del método
estadístico riguroso"- en materia de telepatía, psicocinética, y otras
yerbas; y el trabajo sobre "visión remota" de R. Tharg y H. Puthoff. Al
mismo tiempo, atacan al Comité de Investigación Científica de Alegatos
sobre lo Paranormal (del cual soy miembro) y a su revista The Sheptical
Inquirer por haber defendido lo que ellos denominan "modelo ordinario
de la ciencia", y que motejan de "ideología".!
Desde luego, Collins y Pinch no proponen un "modelo" alternativo de
ciencia. Sólo preconizan una "reevaluación del método científico" para
dar lugar a la astrología, la parapsicología, el psicoanálisis y otras
"ciencias extraordinarias". Sería contradictorio para la nueva sociología
de la ciencia proponer criterios propios y paladinos acerca del
conocimiento científico, desde el momento que tiene a éste por una
"construcción social" ordinaria. ¿Pero cómo es posible examinar
racionalmente el estatuto científico de una idea o práctica a menos que
se aplique para ello alguna definición de la cientificidad, ya sea la
clásica de Merton (1957), la mía (Bunge 1983b) o la de algún otro autor?
En cuanto a los valores de verdad de los supuestos descubrimientos de
astrólogos, parapsicólogos, psicoanalistas y afines, ¿cómo podríamos
debatirlos dentro de un marco de referencia constructivista/relativista en
el cual se afirma que la verdad es una convención social? ¿De qué
serviría, entonces, citar alguno de los autorizados estudios que figuran en
A Skeptic's Handbook of Parapsychology, compilado por Paul Kurtz
(1985)?!
El volumen 3 del Sociology of the Sciences Yearbook está dedicado a
los contramovimientos en las ciencias. La mayoría de los colaboradores
de ese volumen simpatiza con la anticiencia y con la contracultura en
general, mientras que otros preconizan el reconocimiento de la
astrología, la parapsicología y el psicoanálisis como ciencias, o al menos
como "ciencias controvertidas". Pero como no ofrecen una definición
nueva y precisa de la ciencia para dar lugar a las mismas, su pretensión
sólo puede considerarse como un cri du coeur ideológico.!
Algunos de los colaboradores del volumen 3 se refieren al "mito" de la
ciencia, y atacan a la racionalidad; otros se atienen a criticar lo que
consideran limitaciones de la ciencia, y, por último, hay quienes
denuncian a la ciencia -que confunden con la tecnología- como sirvienta
Sociología de la ciencia
del capitalismo. Pero todos esos autores comparten por igual la
convicción de que "la ciencia es una relación social", si bien no explican
lo que quieren decir con esto. (Ya sea que la ciencia sea concebida como
un cuerpo de conocimientos, como una actividad, o como una
comunidad de investigadores, no es una relación, por más que esté
relacionada con multitud de otros elementos).!
No es sorprendente que la mayoría de los colaboradores de dicho
volumen sean sumamente ingenuos. Uno de ellos cree en los OVNIS,
otro en la astrología, un tercero en la telepatía, y un cuarto en todas esas
cosas a la vez. Algunos, y en particular Hilary Rose (1979), vinculan a la
anticiencia con la izquierda y no se dejan impresionar por las pruebas
históricas de que la derecha siempre ha sospechado de la ciencia y se ha
opuesto a la educación científica pública, aunque sólosea porque la
gente ignorante es más fácil de engañar. Pero, pensándolo bien, no hay
que sorprenderse de ello, pues Rose, que reprende al eminente físico y
sociólogo de la ciencia J.D. Bernal por tener fe en el conocimiento
científico, sale del paso con una cita de Mao en vez de formular un
análisis de las relaciones entre la ciencia y la sociedad. Aparentemente,
la nueva izquierda es tan anticientífica como la vieja derecha. (V Gross y
Levitt 1994.)!
Hay varios otros ejemplos de esta convergencia de la izquierda con la
derecha en la esfera cultural. Uno de ellos es la formación, en el decenio
de 1970, de un movimiento de "filosofía radical", en cuyas filas se han
juntado neomarxistas, fenomenólogos y existencialistas que rechazan la
ciencia por igual. Otro caso es el común aborrecimiento hacia el
cientificismo por parte de izquierdistas y derechistas en el Tercer
Mundo. Y un tercer ejemplo es lo que Hirschman (1981) denomina "la
non-sancta alianza" entre economistas neomarxistas y ortodoxos contra
el desarrollo económico y contra la industrialización en América Latina.!
Otro ejemplo de esta alianza impía es el que ofrece la crítica de Hilary y
Steven Rose (1974) contra la psiquiatría biológica y el correspondiente
empleo de drogas para tratar la depresión, la esquizofrenia y otras graves
enfermedades mentales reacias a los métodos de los psicólogos clínicos.
Se oponen a la psicología biológica porque ésta busca "una explicación
biológica a problemas de índole social". Y en consecuencia, apoyan el
movimiento antipsiquiátrico de Laing, Cooper y Esteson, que consideran
"políticamente desestabilizante". ¿Por qué no ir más a fondo y, por la
misma razón, favorecer el charlatanismo médico en vez de la medicina
"ortodoxa"? Y para mayor sorpresa, ocurre que Steven Rose es
neurobiólogo de profesión. Pero en fin, no se trata del primer caso de
hombre de ciencia descarriado por la ideología, ni será tampoco el
último.!
!
Sociología de la ciencia
Para terminar, citaremos el caso del estudio etnometodológico de Lynch
(1988) intitulado "El sacrificio y la transformación del cuerpo animal en
un objeto científico: cultura de laboratorio y práctica ritual en las
neurociencias". Tomando como punto de partida los estudios de
Durkheim sobre la sociología de la religión, Lynch sostiene que la
inmolación de animales de laboratorio al finalizar una serie de
experimentos es una práctica ritual en la cual el cuerpo del animal se
transforma en un elemento "portador de significaciones trascendentales".
Lamentablemente, omite presentar prueba alguna en abono de
afirmación tan peregrina. Ya era bastante penoso cuando Latour y
Woolgar (1979) comparaban el laboratorio científico con un comité
político. Ahora que la mesa de experimentos se presenta como un altar
de sacrificios, no sería cosa de asombrarse si los hombres de ciencia
prohibieran la entrada en el laboratorio a visitantes del bando enemigo.
Las concepciones erróneas acerca de la ciencia que prevalecen en la
opinión pública son ya bastante graves sin necesidad de que la nueva
sociología de la ciencia venga a empeorarlas.!
Para finalizar esta sección, el hecho de no distinguir la ciencia de la
seudociencia es un síntoma de superficialidad filosófica, cuyas
consecuencias son desastrosas tanto en la teoría como en la práctica.
Esto es particularmente grave en materia de estudios sociales, porque las
concepciones seudocientíficas de la sociedad pueden convertirse en la
base conceptual y en la justificación de atroces políticas
gubernamentales (y antigubernamentales). Basta con recordar el mito de
la superioridad de la "raza blanca" en relación con la esclavitud, el
colonialismo y el apartheid; del monetarismo y, en general, de la
economía neoclásica como arma contra la justicia social; o los mitos de
la dictadura del proletariado y del "centralismo democrático" como
instrumentos del stalinismo.!
13. CONCLUSIÓN!
!
Hay dos posibles variedades de crítica de la sociología del conocimiento,
y en particular, de la sociología de la ciencia, a saber, la destructiva y la
constructiva. La primera, patrocinada por la mayoría de los estudiosos
clásicos de la ciencia (en particular, Karl R. Popper), niega la posibilidad
misma y la utilidad de la sociología de la ciencia, a insiste en mantener
una perspectiva internalista radical. Esta opinión es falsa porque, en
realidad, el conocimiento -y en particular, la investigación científica- no
puede separarse del cerebro que conoce o de su sociedad: el ser que
actúa como sujeto de la operación cognoscitiva está inmerso en un
medio ambiente natural y social.!
!
Sociología de la ciencia
El externalismo es, por supuesto, una reacción extrema contra el
internalismo. En la mayoría de sus aspectos, esta reacción exagera al
mantener la distinción clásica entre lo constitutivo o cognitivo y lo
contingente o social, para terminar sosteniendo (sin pruebas) que lo
segundo determina lo primero, a incluso que lo cognitivo es lo
contingente con distinto envoltorio lingüístico, una vez despojado de
todas las "modalidades" o referencias a las opiniones y actos del hombre
de ciencia (Latour y Woolgar 1979). Esta tesis le ahorra al estudioso de
la ciencia de nuevo estilo el trabajo de estudiar las ideas científicas y los
diseños experimentales, de modo que en rigor nunca llega a adquirir un
conocimiento íntimo de ningún proyecto de investigación: en vez de
ello, lo que hace es observar la ciencia desde lejos, como si fuera un
periodista o un administrador.!
A la inversa, en otro aspecto, la nueva sociología de la ciencia no va lo
bastante lejos cuando se trata de investigar las circunstancias sociales de
la investigación científica, pues en la mayoría de los casos limita su
interés al examen de lo que llama "procedimientos de contabilidad local"
(Krohn 1980; Collins 1983), por ejemplo ciertos laboratorios en
particular, como si el lugar concreto de que se trata tuviera mayor
importancia que los rasgos genéricos de la investigación científica y la
estructura de la sociedad en general (véase Gieryn 1982). A este
respecto, la nueva sociología de la ciencia implica una regresión,
comparada con la sociología de la ciencia marxista !
Como resultado de tal perspectiva lugareña (enfocada sobre el lugar
físico), la nueva sociología de la ciencia no ha llegado siquiera a estudiar
cuestiones no locales, y temas de primera importancia, como 1) la
deliberada escasez de los fondos dedicados a las investigaciones en
materia de ciencias sociales por los gobiernos conservadores de Estados
Unidos, y a la investigación científica en general por el gobierno
conservador de Gran Bretaña; 2) la actual decadencia del comunismo
epistémico, que se concreta en la aversión cada vez mayor, por parte de
los hombres de ciencia experimentales, a intercambiar datos, ideas y
materiales, a causa de la competencia exacerbada y de las presiones
comerciales (Marshall 1990); 3) la creciente frecuencia de
reivindicaciones exageradas y el descaro de la publicidad, así como el
número cada vez mayor de casos de fraude y de plagio, particularmente
en las ciencias biomédicas, como resultado de la implacable
competencia para conseguir subsidios y empleos; 4) la declinación del
número de hombres de ciencia y de estudiantes de ciencias nativos en
Estados Unidos y en Gran Bretaña, a raíz del filisteísmo fomentado por
la suma de todos los factores antedichos, más el predominio de un
ambiente antiintelectual; y 5) la prosperidad de las doctrinas y
movimientos anti y seudocientíficos y el concomitante resurgimiento de
Sociología de la ciencia
filosofías irracionalistas en todos los países industrializados, tanto del
Oeste como del Este.!
Si la nueva sociología de la ciencia no ha llegado a encarar esos
problemas es precisamente porque forma parte de los mismos. Más aún,
ha venido criticando lo que llama el "mito de la ciencia". En cambio, son
principalmente personas ajenas a la profesiónsociológica, en particular
miembros de las redacciones de Science y Nature, y colaboradores de
The Skeptical Inquirer, quienes han venido siguiendo de cerca y
analizando las mencionadas tendencias. En suma, la nueva sociología de
la ciencia denuncia la política y la ideología allí donde no las hay, a
saber, en el contenido de la ciencia, tanto formal como factual, mientras
que no llega siquiera a advertirlas justamente donde estorban su
desarrollo.!
¿Cómo puede explicarse el surgimiento de la nueva sociología de la
ciencia? Un sociólogo de la ciencia podría sentir la tentación de
explicarla como un efecto "perverso" del rápido incremento en la
demanda de estudiantes para el grupo de materias denominado "Ciencia,
Tecnología y Sociedad", que acompañó el súbito auge de la ciencia y la
tecnología durante el período de posguerra a partir de 1945. Hubo de
pronto demasiadas oportunidades de empleo, que los posibles candidatos
no deseaban perderse, como podría haber ocurrido si se hubiesen
ampliado los cursos de estudios científicos que en épocas anteriores se
habrían considerado necesarios para convertirse en un serio estudioso de
la ciencia. El externalismo proporcionó la excusa perfecta para no
molestarse en abordar la ciencia como un órgano de conocimiento.!
¿Pero por qué tuvo que abrirse paso, durante los decenios de 1960 y
1970, una tendencia subjetivista (constructivista) y relativista, que
además no alberga ningún respeto por la ciencia? A mi entender, este
acontecimiento, y la paralela reanimación de las filosofías antirrealistas a
irracionalistas, pueden explicarse en términos externalistas, de la
siguiente forma: la nueva sociología de la ciencia nació juntamente y en
acción recíproca con las revueltas estudiantiles de Estados Unidos y
Europa Occidental, que culminaron en los sucesos de mayo de 1968. Los
rebeldes en cuestión no sólo lucharon contra la intervención
estadounidense en la guerra de Vietnam (una vez que el Gobierno
empezó a llamarlos a filas), sino que se alzaron contra el
"establecimiento" en general, y, en Europa Occidental, contra la rígida
jerarquía universitaria en particular.!
!
Extraviados por Marcuse, Habermas y otros "teóricos críticos", aquellos
jóvenes, cuyas buenas intenciones no hay razón de poner en duda,
interpretaron la ciencia y la tecnología como ideología del
Sociología de la ciencia
"establecimiento". En consecuencia, culparon a ambas (pues las
confundían entre sí) de los pecados de ciertos políticos y dirigentes del
mundo de los negocios, principalmente belicismo, degradación
ambiental, explotación económica, y hasta opresión política.!
Pero como la gente tiene que creer en algo, muchos de aquellos
revoltosos abrazaron doctrinas irracionalistas, como el misticismo
oriental, el existencialismo, el ocultismo, el escepticismo radical, y,
especialmente, el anarquismo epistemológico, en torno al lema popular
de "anything goes" ("todo vale"), acuñado a su debido tiempo por el
filósofo Paul K. Feyerabend (1975).!
A su vez, la adopción de estas doctrinas anticientíficas alejó a muchos
jóvenes del estudio de la ciencia y la tecnología y los indujo a abrazar
concepciones no científicas de los estudios sociológicos, históricos y
filosóficos de dichas disciplinas. El desastroso estado actual del
alfabetismo científico y la disminución del número de estudiantes de
ciencias y de ingeniería son en parte resultado de la revuelta contra el
"mito de la ciencia", pues quienes temen, odian o desprecian la ciencia o
la tecnología no se molestan en estudiarlas (véase Bunge 1989). Otro
resultado de la revuelta contra la ciencia es la aparición de la nueva
sociología de la ciencia, y, en general, la reciente cosecha de estudios
sociales constructivistas, relativistas a irracionalistas (véase, como
ejemplo representativo, Fiske y Schweder 1986).!
Para recapitular, hasta mediados del decenio de 1960 la ciencia era
generalmente caracterizada por un conjunto de rigurosas normas y por
un ethos propio. Desde entonces, un número creciente de estudiosos de
la ciencia han venido proclamando que ésta es un mito y, desde luego, en
sus propios trabajos se han negado a aplicar esas normas y a observar
esa ética. El resultado ha sido una versión totalmente grotesca de la
ciencia, que puede dar lugar a las siguientes moralejas:!
!
!
Si quieres saber algo de la ciencia, empieza por estudiarla.!
!
Si ignoras la filosofía, terminarás por reinventar alguna mala filosofía.!
!
Y si todo vale, entonces no vale gran cosa.!
!
POSTSCRIPTUM!
Sociología de la ciencia
Los científicos no suelen tener tiempo ni paciencia para corregir los
disparates de los seudocientíficos y de los enemigos de la ciencia (o
"tecnociencia", como la llaman quienes ignoran la diferencia entre la
búsqueda de la verdad y la búsqueda de la utilidad). Es así que, durante
más de dos décadas, los constructivistas-relativistas pudieron macanear
impunemente y encaramarse en cátedras universitarias y consejos
editoriales.!
Eventualmente, la reacción vino de golpe y vigorosa. La primera fue el
presente trabajo, publicado entre 1991 y 1992. En seguida después
golpeó el embriólogo Lewis Wolpert en su delicioso libro The Unnatural
Nature of Science (Faber and Faber, 1992). Poco después apareció
Higher Superstition, del biólogo Paul R. Gross y el matemático Norman
Levitt (Johns Hopkins University Press, 1994). El mismo año se publicó
el volumen colectivo Le relativisme est-il résistible?, compilado por el
sociólogo Raymond Boudon y el filósofo Maurice Clavelin (Presses
Universitaires de France, 1994 ). El año siguiente la New York Academy
of Sciences celebró un gran congreso, sobre el tema The Flight from
Science and Reason, dedicado a poner en evidencia al enemigo. Las
actas de este animadísimo congreso constituyen el grueso volumen 775
de los Annals of the New York Academy of Sciences (New York, 1996).
Raymond Boudon volvió sobre el tema en Le Juste et le vrai (Fayard,
1995). Yo he hecho lo propio en Finding Philosophy in Social Science
(Yale University Press, 1996) y Social Science under Debate (University
of Toronto Press, 1998).!
A la hora de escribir este P.S., el enemigo sigue socavando las
universidades y debilitando el apoyo del público a la investigación
básica, en alianza tácita con el movimiento neoliberal, que sostiene que
el Estado sólo debe subvencionar las investigaciones técnicas (como si el
avance técnico fuese sostenible sin investigaciones básicas).!
Sin embargo, las críticas citadas han hecho alguna mella, a consecuencia
de lo cual el enemigo está ahora a la defensiva. Por ejemplo, Bruno
Latour ha reconocido recientemente que se le había ido la mano al negar
la existencia autónoma de la naturaleza. Pero el daño que han hecho los
constructivistas-relativistas a toda una generación es irreversible. Esos
cerebros han sido incapacitados para buscar la verdad, a incluso para
admitir que alguien pueda buscarla y encontrarla.!
Cometen un error los científicos que menosprecian a los charlatanes,
porque éstos llegan a un público mucho más amplio que aquéllos. Por
ejemplo, los medios de difusión de masas publican a menudo relatos de
presuntas experiencias paranormales y sobrenaturales, mientras que rara
vez publican críticas a tales experiencias. Y las facultades de
humanidades están llenas de docentes que repiten dogmas irracionalistas
y anticientíficos, sin molestarse por ofrecer argumentos. No debiera de
Sociología de la ciencia
extrañar que, llegadas a posiciones de poder, las víctimas de este
oscurantismo se conviertan en victimarios empeñados en desmantelar los
institutos de investigación científica y en degradar la enseñanza de la
ciencia, al punto de pretender eliminar la biología evolutiva, ignorar la
psicología biológica y marginar las ciencias sociales auténticas.!
Si toleramos que el vecino críe cuervos, no nos quejemos cuando éstos
nos saquen los ojos. Una cosa es tolerar toda búsqueda de la verdad,por
heterodoxa que sea. Otra cosa es tolerar, en el recinto académico, a
quienes no toleran la búsqueda de la verdad porque niegan que ésta sea
posible o deseable. La libertad de opinión es sagrada. Pero, como todo
derecho, la libertad de opinión conlleva una responsabilidad. En este
caso, esta es la de examinar y fundamentar las opiniones. En casa y en la
calle, cualquier opinión es tolerable. En el recinto académico, sólo es
tolerable la opinión discutible racionalmente y susceptible de ser
fundamentada. Lo demás es estafa.!
!
Montreal, Primavera 1998!
!
Sociología de la ciencia