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Cazadores de ocasos 
Cazadores 
de ocasos
La literatura de horror en los 
tiempos del neoliberalismo
Miguel Vedda
C u a r e n t a R í o s
Vedda, Miguel
Cazadores de ocasos 
La literatura de horror en los tiempos del neoliberalismo.
Primera edición en mayo de 2021
Publicado por Editorial Las cuarenta y El río sin orillas
en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Argentina.
Colección Cuarenta Ríos
Diseño de tapa y diagramación interior de Las cuarenta
Páginas: 392
Formato: 21 x 13,5 cm. 
La edición de este libro ha sido parcialmente financiada por 
el proyecto de investigación plurianual CONICET “Teoría y 
crítica literarias en los ensayos tempranos de Siegfried Kracauer 
(1915-1933)” (código 11220170100600CO)
CDD 809.04 
ISBN 978-987-4936-28-8
1. Análisis Literario. 2. Cultura de Masas. 
3. Crítica Cinematográfica. I. Título.
Esta publicación no puede ser reproducida en todo ni en parte, ni 
registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de infor-
mación, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, foto-
químico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cual-
quier otro, sin el permiso previo por escrito del editor.
Hecho el depósito que previene la Ley 11.723
Derechos reservados
Índice
Capítulo I
La comprensión del presente: Cuestiones de método
1. Trailer (11)
2. El análisis del presente (15)
3. Las relaciones entre la fisiología del capitalismo y los “fenómenos 
de superficie” (27)
4.El historicismo de Marx y la estructura lógica de El capital (34)
5.La locura de la razón neoliberal y las nuevas lecturas de El capital 
(38)
6. La literatura de masas y la era del capital (46)
7. Conciencia cotidiana y literatura de masas (50)
8. Cosificación y utopía (58)
9. Entre la humanización y el gore: polarizaciones del horror 
contemporáneo (65)
10. Las industrias culturales bajo el neoliberalismo (76)
11. Consumismo y “norteamericanización cultural” (80)
12. Neoliberalismo y horror: teoría y crítica (86)
Capítulo II
El “horror boom” y la narrativa reciente de Stephen King
1. El “boom del horror norteamericano” (103)
2. Los demonios de la religión y la demonización de la Modernidad: 
El exorcista, de William P. Blatty (123)
3. El universo sin límites: El visitante (2018) (134)
4. El mundo concentracionario: El Instituto (2019) (150)
Capítulo III
Horrores literarios y realidad política
1. El auge del horror en la literatura argentina reciente (203)
2. Más allá de las confortables certezas: Distancia de rescate, de 
Samanta Schweblin (222)
3. Los demonios de la globalización: Kentukis (234)
4. Entre el reencantamiento del mundo contemporáneo y la 
desmitificación crítica: las narraciones de Mariana Enríquez (245)
5. El horror fascista y la mirada infantil (265)
6. Las antinomias de la conciencia progresista (276)
7. Desmitificación del optimismo (289)
8. Las formas narrativas y la carga del pasado (299)
9. Las pesadillas de la historia (323)
10. De la exacerbación de la sátira a las utopías oníricas: Luciano 
Lamberti (344)
Capítulo IV
Coda: Muerte y transfiguración de la utopía
1. Las industrias de la felicidad (373)
2. Entre la imaginería del desastre y las latencias de la utopía (381)
A Mário Duayer, in memoriam
Capítulo I
La comprensión del presente: 
Cuestiones de método
1. Trailer
...la comprensión del presente desde adentro es la tarea 
más problemática que pueda enfrentar la mente
Fredric Jameson, El giro cultural
El propósito de este libro es estudiar algunas de las moda-
lidades específicas que asumió la literatura de horror en los 
tiempos del neoliberalismo. En cuanto tal, es el complemen-
to de otro libro en el que estamos trabajando, y en el que nos 
ocuparemos de examinar la génesis histórica de la literatura de 
masas, partiendo de un modelo teórico y apoyándonos en el 
análisis de una serie de obras representativas. Lo que en esta 
oportunidad nos mueve es el deseo de contribuir a la compren-
sión crítica del presente; una de las tareas más urgentes y sus-
tanciales, pero también, como sugiere el primer epígrafe, acaso 
la más problemática que pueda afrontar el pensamiento. A esto 
se debe que nos concentremos, sobre todo, en obras muy re-
cientes: a excepción de algunas narraciones más antiguas, a las 
que nos remontamos a fin de establecer una mejor perspectiva, 
las obras en las que nos detenemos con mayor detalle fueron 
publicadas durante los diez años anteriores al comienzo de 
la escritura de este libro. No pretendemos ofrecer un análisis 
abarcador del desarrollo del género durante el período elegido; 
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 1312
solo nos concentramos en un número reducido de obras y fi-
guras características del llamado “horror boom” estadounidense 
(particularmente Stephen King) y de esa notoria expansión 
del horror literario que tuvo lugar durante los últimos años en 
Argentina (Samanta Schweblin, Mariana Enríquez, Luciano 
Lamberti). Es casi innecesario decir que bien podríamos ha-
bernos ocupado de otros autores no menos significativos; en el 
caso de Argentina, por ejemplo, habría sido igualmente válido 
examinar las obra des Celso Lunghi, Juan Terranova, Tomás 
Downey o Federico Falco, entre otros. Pero nuestro propósito 
era ofrecer aquí un examen detallado de un corpus limitado de 
obras, con vistas a identificar algunas de las formas peculiares 
en que la literatura de horror reciente configura la realidad 
contemporánea y, a la vez, reacciona ante ella. 
Otro de nuestros propósitos era colocar a la literatura de 
masas de la que nos ocupamos en una constelación singular 
con la obra madura y tardía de Marx. La elección, en contra 
de lo que quizás pueda parecer, no es fortuita: durante las úl-
timas décadas hemos asistido a una prodigiosa renovación de 
los estudios sobre la crítica de la economía política marxiana. 
Una de las razones que explican este renacimiento –aunque de 
ninguna manera la única– es que la neoliberalización volvió a 
colocar en el primer plano de la escena histórica todo un con-
junto de rasgos estructurales del capital que habían permaneci-
do transitoriamente desdibujados u ocultos durante el auge de 
los Estados de bienestar y del capitalismo embridado.1 En ese 
sentido, el regreso al Marx tardío representó –en algunos de los 
intérpretes, podemos decir: de manera voluntaria y expresa– 
un aporte valioso para la comprensión del presente. Nuestra 
propuesta se funda en ese mismo convencimiento: creemos 
que la obra madura y tardía de Marx, una vez puesta a salvo de 
las deformaciones que debió padecer durante muchas décadas, 
1 En inglés: embedded Capitalism.
provee elementos inestimables, no solo para entender los ras-
gos fundamentales de nuestra época y las relaciones que esta 
mantiene con el pasado, sino también para indagar la cultura 
de masas. De ahí que buena parte del primer capítulo esté dedi-
cada a revisar un complejo de cuestiones de la crítica de la eco-
nomía política que constituyen la base de nuestros posteriores 
análisis. Nos vemos obligados a comentar allí algunas cues-
tiones seguramente conocidas para estudiosos del marxismo. 
Quienes conozcan en profundidad esta dimensión de la obra 
de Marx podrán pasar por alto los primeros cinco parágrafos 
de este capítulo. Pero no querríamos dejar de decir, de todos 
modos, que nuestra interpretación coincide menos con la de 
los diversos “marxismos tradicionales”2 que con las nuevas lec-
turas desarrolladas durante las últimas décadas; precisamente: 
las que surgieron durante la fase neoliberal.3 A quienes no estén 
familiarizados con la crítica de la economía política marxiana, 
tendremos que pedirles que afronten con atención y paciencia 
la abstracción conceptual de los cinco parágrafos iniciales de 
este capítulo; una abstracción que consideramos, por lo demás, 
totalmente necesaria para entender las argumentaciones poste-
riores. Los parágrafos siguientes de este capítulo –dedicados a 
revisar el concepto de industria cultural y a polemizar con algu-
2 Hago referencia con este términoa una amplia ortodoxia que dominó 
los estudios de la obra de Marx; ante todo, los dedicados a la crítica de la 
economía política. Encierra a un elenco variado de autores, pero también 
a las versiones oficiales del marxismo que dominaron durante décadas en 
los países del llamado socialismo real. Tendremos ocasión de cuestionar, 
a lo largo de este capítulo, algunos de sus presupuestos. Esta tradición 
productivista, que en general limita sus críticas a los modos de distribu-
ción, pero que no cuestiona esencialmente las formas de producción de la 
ganancia generadas por el capitalismo, coincide a grandes rasgos con lo 
que Heinrich denomina “marxismo como visión del mundo” o con lo que 
Postone designa como “marxismo tradicional”.
3 Nos referimos, entre otros, a autores tales como Hans-Georg Backhaus, 
Michael Heinrich, Ingo Elbe o Moishe Postone.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 1514
nas lecturas recientes del “horror neoliberal”– resultarán segu-
ramente más accesibles. Lo mismo puede decirse del capítulo 
segundo (concentrado en el “horror boom” estadounidense y 
en las últimas dos novelas de Stephen King) y del tercero (en el 
que nos dedicamos a analizar la literatura de terror contempo-
ránea de Argentina). 
Querríamos aclarar brevemente una cuestión terminológi-
ca: la categoría empleada corrientemente, a lo largo del libro, 
para designar en el sentido más amplio la forma de la que nos 
ocupamos es “literatura de masas”. No ignoramos que exis-
ten otras denominaciones corrientes4 –como “literatura tri-
vial”, “literatura de entretenimiento”, “materiales de lectura 
populares”, “colportage”; o incluso términos manifiestamente 
despectivos, como “littérature industrielle” o “Schund- und 
Schmutzliteratur”5–. Más allá de sus dificultades, la expresión 
“literatura de masas” nos parece preferible en la medida en que 
destaca, sin evaluarla de manera expresa, una dimensión genui-
na de esta literatura: su orientación hacia un público masivo, lo 
que pone casi de inmediato en evidencia su sujeción a las reglas 
del mercado. O, dicho de otro modo: su carácter de mercan-
cía. Nos ocuparemos de esto más adelante, así como de algunas 
de las características que la diferencian, al mismo tiempo, de la 
literatura autónoma y de las casi extinguidas formas literarias 
populares. 
Es este el lugar, asimismo, para agradecer a quienes leyeron 
las versiones preliminares de este libro e hicieron observacio-
nes valiosas. En primer lugar, a Silvia Labado y Martín Sozzi, 
que hicieron lecturas detalladas de la totalidad de los borrado-
res. En segunda instancia, y de manera muy especial, a Mário 
4 Una exposición terminológica detallada (que concluye con una reivin-
dicación del término “literatura trivial”) puede leerse en Nusser, Peter, 
Trivialliteratur. Stuttgart: Metzler, 1991, pp. 1-3.
5 En alemán, “literatura sucia”, “inmunda” o “barata”. 
Duayer, quien aplicó una atención escrupulosa a las secciones 
del libro dedicadas a Marx, y sugirió sustanciales agregados y 
modificaciones. Amigo entrañable, Mário –uno de los mayo-
res estudiosos de la crítica de la economía política de Marx en 
Latinoamérica– nos dejó a comienzos de 2021, víctima de una 
pandemia que, en el momento en que concluimos la escritura 
de este libro, continúa devastando el mundo en general y, de 
manera muy particular, a países como Argentina y Brasil. Con 
el dolor de la separación y el recuerdo de los innumerables mo-
mentos compartidos, le dedico este libro, que se benefició de 
nuestros frecuentes diálogos. En diversas notas agradezco ade-
más a quienes me hicieron observaciones o sugerencias parti-
culares, en todos los casos muy pertinentes. No querría dejar de 
agradecer, asimismo, a Cuarenta Ríos por la generosidad que 
ha tenido al ofrecerme publicar este volumen.
2. El análisis del presente
Aquí tiene vigencia lo que dice Hegel con 
referencia a ciertas fórmulas matemáticas, esto es, 
que lo que la razón humana corriente considera 
irracional es lo racional, y que su racionalidad 
es la propia irracionalidad.
Karl Marx, El capital
Podemos pensar abstractamente sobre el mun-
do solo de acuerdo con la medida en que el mundo 
mismo se ha tornado ya abstracto.
Fredric Jameson, The Political Unconscious
Comenzamos diciendo que uno de nuestros propósitos es 
contribuir a una comprensión crítica de nuestro propio tiem-
po. Una decisión semejante encierra los riesgos característicos 
de todo análisis del presente; entre ellos, el de dejarse sugestio-
nar por elementos superficiales, coyunturales que se desvane-
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 1716
cen sin dejar rastros perceptibles al cabo de un tiempo. El exa-
men del presente debe eludir las generalizaciones apresuradas, 
pero también la tentación de dejarse seducir por la superficie 
del día a día: por aquello que Ernst Bloch llamaba oscuridad 
del momento vivido y que el Lukács de Historia y conciencia de 
clase denominó mera inmediatez de la empiria o inmediatez de 
la cotidianidad irreflexiva. Esta tentación jamás ha sido tan in-
tensa como en la Modernidad, ante todo a raíz de la enorme 
aceleración de los tiempos de producción, vida y experiencia 
que caracterizan a esa época; a raíz de la propia lógica inma-
nente del capitalismo, orientada a revolucionar constantemen-
te sus propios fundamentos. En términos todavía más específi-
cos, deberíamos decir que este vértigo ha alcanzado una brutal 
profundización durante el neoliberalismo, cuando la locura de 
la razón económica traspasó todos los límites imaginables, ex-
pandiéndose en una espiral fuera de control.6 
La movida superficie del capitalismo contemporáneo ejer-
ce, sobre el pensamiento cotidiano, un efecto hipnótico, y este 
efecto se ha intensificado en una medida tal que ha habido po-
cos momentos en la historia en que la complejidad del orden 
social haya resultado tan intimidatoria e inaccesible y en que, 
a la vez, dicho orden, implicado en un cambio extremadamen-
te vertiginoso, se haya mostrado dotado sin embargo de tanta 
solidez y consistencia.7 La fábula de que la historia ha conclui-
do y de que no existe alternativa mostró sus primeras grietas 
apreciables con la crisis mundial de 2007-2008, reavivando 
dudas acerca de la estabilidad de los regímenes neoliberales 
6 La expresión (en inglés, spiralling out of control) ha sido empleada recu-
rrentemente por David Harvey.
7 Jameson, Fredric, Valencias de la dialéctica. Trad. Mariano López Seoa-
ne. Buenos Aires: Eterna Cadencia, 2013, p. 446. Siempre que esto es 
posible, extraemos nuestras citas de las mejores traducciones existentes 
al castellano. Cuando las traducciones no existen, o cuando encontramos 
dificultades en las disponibles, ofrecemos una traducción propia. 
y reforzando, en un número creciente de personas en todo el 
mundo, la convicción de que otro mundo es posible. Pero la 
visión del mundo neoliberal continúa modelando eficazmente 
las maneras de pensar y sentir de millones de seres humanos, 
persuadiéndolos de actuar en contra de sus propios intereses. 
La efectividad de una retórica intencionalmente fundada en la 
banalidad –uno de cuyos ejemplos notorios son los “éxitos” de 
la propaganda macrista en la Argentina de los últimos años– 
es apenas la intensificación paroxística de procesos que poseen 
raíces hondas y una historia más prolongada. A lo que hemos 
asistido durante el último medio siglo es a una exacerbación de 
los fetichismos y mistificaciones que definen a la era del capital; 
fenómenos que no constituyen meras ilusiones, engaños de la 
conciencia susceptibles de ser suprimidos mediante la ilustra-
ción científica, sino consecuencia necesaria de las formas de 
praxis correspondientes a las sociedades orientadas a la produc-
ción y el intercambio de mercancías.8 La aparición de un con-
junto de tentativas teóricas para revisar y actualizar la categoría 
de fetichismo en el último tiempo permite sospechar lo mismo 
que confirma el análisis del capitalismo contemporáneo, a sa-
ber: que este ha colocadoen el orden del día de la historia las 
mistificaciones y fantasmagorías, tal como fueron examinadas 
por Marx, a un nivel cualitativamente más alto que cualquier 
etapa anterior de la Modernidad. Baste con aludir solo a un 
aspecto, a fin de tornar más clara esta problemática: si, duran-
te las últimas décadas, el capital financiero alcanzó un grado 
de autonomía sin precedentes, esto tenía que acentuar en una 
magnitud inaudita unos efectos mistificadores que son pro-
pios del capital en general. Ante todo en vista de que, si toda 
8 Heinrich, Michael, Wie das marx’sche Kapital lesen. Leseanleitung und 
Kommentar zum Anfang des ‘Kapitals’. 3ª. ed. revisada Stuttgart: Schmet-
terling, 2016, vol. I, pp. 171, 175. Cuando no se indica de otra manera, 
las traducciones son nuestras.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 1918
la producción capitalista es especulativa, en el sistema finan-
ciero esta cualidad se ve intensificada al punto de constituir-
se en el fetiche supremo.9 Ya Marx señaló que en el capital que 
devenga interés, el “fetiche automático”, el “dinero que incuba 
dinero” se encuentra consumada aquella mistificación en vir-
tud de la cual la relación social aparece como “relación de una 
cosa, del dinero, consigo misma”.10 En esta forma desprovista 
de contenido queda consumada “la figura fetichista del capital 
y la idea del fetiche capitalista”, la “inversión y cosificación de 
las relaciones de producción en la potencia suprema”; en esta 
presunta capacidad del dinero para valorizar su propio valor, 
independientemente de su reproducción, tiene lugar “la mis-
tificación del capital en su forma más estridente”.11 El capital 
adquiere “su forma fetichista pura, D-D’, como sujeto, como 
cosa vendible”.12
Veremos que esta preeminencia del capital financiero (y del 
ficticio) en el capitalismo neoliberal está relacionada estrecha-
mente con la “virtualidad”, con la “espectralidad”, no solo de 
la cultura de masas, sino de las condiciones de vida de nuestro 
tiempo. Habría que subrayar que la intensificación de los feti-
chismos y de las diversas formas de inversión y distorsión a la 
que asistimos no hace más que radicalizar aquella embaucado-
ra fascinación por la inmediatez que al comienzo resaltamos 
como un peligro distintivo de nuestro presente, de este tiempo 
hechizado por las apariencias y las superficies. Se ha afirmado 
que la cultura de las últimas décadas representa la apoteosis de 
la teatralidad y de la preocupación por las superficies, antes que 
por las raíces profundas; y Harvey ha mostrado en qué medi-
9 Harvey, David, Marx, Capital and the Madness of Economic Reason. Ox-
ford: Oxford U.P., 2018, pp. 40 y s.
10 Marx, Karl, El capital. Crítica de la economía política. Ed, trad. y notas 
de Pedro Scaron. 8 vols. México: Siglo XXI, 1975, vol. III/7, p. 500.
11 Ibíd., p. 501.
12 Ibíd., p. 502.
da el urbanismo postmoderno busca menos el realismo que la 
fachada, comunica “la aspiración a un mundo de fantasía, el 
ilusorio ‘high’ que nos lleva más allá de las realidades comu-
nes hacia la pura imaginación”; la materia del postmodernismo 
“además de función, es ficción”.13 Atenerse a los fenómenos de 
superficie como fuente última de la verdad sería errado, pero 
también lo sería desestimarlos como meros errores a los que 
bastaría con darles la espalda para disiparlos, tal como ocurre 
con los espectros en ciertas sagas populares. Recurriendo a una 
expresión eficaz formulada por Kracauer en contra de las expli-
caciones deterministas en el marxismo, podríamos decir que 
los fenómenos de superficie pueden muy bien ser una máscara, 
pero examinar atentamente la propia máscara es un factor in-
eludible para comprender nuestro presente. El nivel superficial 
de la dinámica social al mismo tiempo expresa y vela la esencia, y 
ha escrito acertadamente Postone que una teoría inspirada en 
Marx debería captar tanto la superficie como la realidad subya-
cente, de un modo tal que logre apuntar a la posible superación 
histórica del todo.14
La expansión de la economía mercantil y, correlativamente, 
la de la cultura de masas proporcionaron ya durante la primera 
mitad del siglo XIX indicios nítidos de esa proliferación de los 
fenómenos de superficie que hemos mencionado como rasgo 
definitorio de la Modernidad. Pero no han sido muchos los 
escritores y pensadores que, a lo largo de la Modernidad, logra-
ron resistirse a la seducción del alud de mensajes súbitamente 
accesible a un público relativamente masivo y se abocaron a la 
tarea de inspeccionar los niveles estructurales más profundos 
del mundo moderno, correspondientes a la esencia. Quienes 
13 Harvey, David, La condición de la postmodernidad. Investigación sobre 
los orígenes del cambio cultural. Trad. de Martha Eguía. Buenos Aires: 
Amorrortu, 2017 , p. 117.
14 Postone, Moishe, Time, Labour and Social Domination. A reinterpreta-
tion of Marx’s critical theory. Cambridge: Cambridge U.P., 2003, p. 89.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 2120
alcanzaron resultados más iluminadores fueron aquellos que 
se enfrentaron a unas relaciones sociales cada vez más abstrac-
tas empleando como herramienta –acaso paradójicamente– la 
abstracción. Un ejemplo excepcional lo ofrece el viejo Goethe, 
cuyas obras fueron cuestionadas por los lectores contempo-
ráneos a raíz de su enigmática genericidad. Descontento con 
la multiplicación de trivialidades difundidas por una prensa 
en plena expansión y con la nueva figura del Zeitschriftsteller 
–el “escritor de revistas”, pero también “el que escribe sobre 
su propio tiempo”, sobre las banalidades cotidianas–, el viejo 
Goethe compuso una literatura de la reticencia, que tomaba 
distancia de los acontecimientos superficiales de su época no 
para ignorarlos, sino para comprender sus leyes y causas. En la 
Modernidad, el lenguaje, al circular de manera desmedida e in-
sustancial, paradójicamente enmudece, algo que expresan muy 
bien los versos dedicados por Goethe a su nuera Ottilie: “Pues 
los tiempos son palabreros; / también son, a su vez, mudos”.15 
En la correspondencia y en las conversaciones, en escritos cien-
tíficos y programáticos, la respuesta del autor a la perniciosa 
predilección de los modernos por lo banal y pasajero es una 
búsqueda de principios fijos, inmutables: los que estarían en la 
base del arte griego o de la primera naturaleza. En esto, Goethe 
se asemeja a los críticos de la cultura, al cuestionar globalmente 
la Modernidad desde un punto de vista externo, trascendente: 
el de la pétrea solidez y serenidad de las estatuas griegas o el de 
la capacidad de regeneración de la naturaleza. Sus obras tardías 
más importantes muestran en ocasiones una perspectiva algo 
diferente: un intento para comprender la Modernidad desde 
adentro, indagando experimentalmente tanto sus fenómenos 
15 Goethe, Johann Wolfgang, “Ottilien von Goethe”. En: –, Sämtliche 
Werke. Briefe, Tagebücher und Gespräche. Frankfurter Ausgabe. Ed. de 
Friedmar Apel et al. 40 vols. Frankfurt/M: Deutscher Klassiker, 1985 y 
ss., vol. I/2, p. 584, vv. 3 y s. 
de superficie como sus leyes de desarrollo. Una de las tentati-
vas más audaces en este sentido es la segunda parte del Fausto, 
una obra que durante décadas no encontró lectores favorables 
a causa de su abstracción y hermetismo, y que podría ser enten-
dida como una alegoría de la Modernidad. En la base de esta 
obra está el afán de entender una época en la cual, como dice 
Mefistófeles, a fin de cuentas, dependemos de las criaturas que 
hemos hecho. Para la comprensión de Goethe, la Moderni-
dad es la época de las mistificaciones y fantasmagorías, y estas, 
como toda una imaginería de lo artificial y lo ficticio, recorren 
el Fausto II: lo vemos en la linterna mágica que proyecta, para 
un público extasiado, las imágenes de Helena y Paris; en los 
espejismos que, en la batalla del IV acto, crea Mefistófeles para 
derrotar al ejército rival al del emperador; en la mascarada im-
perial… Todo el tercer acto del segundo Fausto está rodeado 
por unaatmósfera espectral, y no en vano fue publicado ori-
ginariamente con el título de Helena. Fantasmagoría clásico-
romántica. Es significativo que Helena vea su vida precedente 
como un sueño; remitiéndose a la leyenda que habla acerca de 
su unión con Aquiles, dice: “Imagen yo misma, me uní con su 
imagen. / Fue un sueño, lo dicen aun las propias palabras. / 
Me desvanezco, y me convierto yo misma en sombra”.16 Ante 
la perspectiva de su unión con Helena, Fausto exclama: “es un 
sueño, se han esfumado el día y el lugar”.17 Más adelante, Faus-
to toma conciencia de que el mundo moderno, al que ahora 
pertenece, se halla demasiado sojuzgado por el dominio de las 
apariencias como para que resulte posible deshacerse de las 
imágenes: “el aire está tan lleno de tales fantasmas / que nadie 
sabe cómo habrá de evitarlos”.18 Más explícita era una versión 
16 Goethe, Johann Wolfgang, Fausto. Una tragedia. Ed., trad., introd. y 
notas de Miguel Vedda. Buenos Aires: Colihue, 2015, pp. 424 y s., vv. 
8879-8881. 
17 Ibíd., p. 448, v. 9414.
18 Ibíd., p. 549, vv. 11410s.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 2322
anterior de estos versos: “Me empeño en ahuyentar lo mágico 
/ en olvidar por completo las fórmulas de hechicería, / pero el 
mundo está tan lleno de tales fantasmas”.19 Una señal aún más 
clara de la perspicacia de Goethe es su determinación de con-
densar la índole fantasmagórica de toda la Modernidad en la 
forma de la mercancía y, ante todo, en la mercancía más inma-
terial y ficticia, el dinero. Sugestivo es que este sea creado du-
rante el carnaval; también que esa creación se encuentre asocia-
da, por su naturaleza espectral, al conjuro de los fantasmas de 
Paris y Helena; esto es algo que destaca el propio Mefistófeles 
cuando compara la dificultad de llamar a Helena con la que ha-
bía representado evocar al “fantasma de papel de los florines”.20
En su alegoría de la Modernidad, Goethe presenta a esta 
última como una era que, muy lejos de haber despejado los 
fantasmas de la superstición mediante las luces de la razón 
ilustrada, ha generado nuevas mistificaciones. Entre estas tie-
nen un lugar especial aquellas que el pensamiento cotidiano 
forja para enfrentar, con una mirada moralizadora, el vértigo 
de la modernización; esto lo vemos bien en las reacciones de 
Baucis ante los proyectos que Fausto, devenido en burgués 
colonizador, lleva adelante con la ayuda de Mefistófeles. Para 
la mirada de la anciana, “todo este asunto / no se desarrolló 
en forma natural”. 21 A los ojos de la anciana, las máquinas de 
vapor –a las que el propio Goethe llamaba “máquinas de fue-
go” (Feuermaschinen)– aparecen como perversos fuegos fatuos 
que realizan velozmente las obras: “donde las llamitas se agi-
taban por la noche / al día siguiente se alzaba un dique”.22 En 
la imaginación de Baucis, en la que lo nuevo se confunde con 
lo arcaico, la explotación de los trabajadores industriales asu-
19 Goethe, Johann Wolfgang von, Faust (Kommentar). En: FA VII/2, p. 
735.
20 Goethe, Johann Wolfgang von, Fausto, p. 303, v. 6198.
21 Ibíd., p. 532, vv. 11113 y s.
22 Ibíd., p. 533, vv. 11129 y s.
me rasgos semejantes a los de los ritos sacrificiales, o al pade-
cimiento de los esclavos inmolados durante la edificación de 
los monumentos de la Antigüedad: “Fueron necesarios sacri-
ficios humanos, / de noche resonaron quejidos de dolor”.23 
Hay en las palabras de Baucis acentos propios de un espíritu 
filisteo que, incapacitado para enfrentarse con la abstracción 
del mundo moderno, se obstina en reducirlo todo a términos 
morales y personales. Pero justamente el segundo Fausto ha 
dejado atrás el plano de la moralidad personal; como indicó 
Gert Mattenklott, una grieta entre dos épocas se extiende entre 
el Fausto I y el Fausto II: la primera parte “se encontraba aún 
totalmente centrada en lo moral”, mientras que en la segunda 
“lo moral permanece particularmente superficial, e incluso no 
se encuentra en modo alguno conectado con el fondo de los 
acontecimientos”.24 En contra de la representación filistea, en el 
segundo Fausto procura demostrar Goethe que la Modernidad 
es una época que ya no admite ser explicada en términos hu-
manos y personales, y cuyos procesos económicos y políticos se 
desarrollan a espaldas de los hombres, independientemente de 
su voluntad personal; un hecho que resume en palabras justas 
la declaración del aprendiz de brujo en la balada homónima 
de Goethe: “De los espíritus que conjuré / no sé ahora cómo 
deshacerme”.25
La aversión de Goethe hacia la modalidad específicamente 
alemana del sentido común pequeñoburgués, el filisteísmo, se 
relaciona con la crítica de un pensamiento concretista que, con 
extrema miopía, se deja impresionar por lo cercano y palpable, 
sin comprender que lo que él considera lo más inmediato y tan-
23 Ibíd., p. 533, vv. 11127 y s.
24 Mattenklott, Gert, “Faust II”. En: Witte, Bernd et al. (eds.), Goethe 
Handbuch. 6 vols. Stuttgart: Metzler, 2004, vol. 2, pp. 391-477; aquí, pp. 
454 y s.
25 Goethe, Johann Wolfgang, Der Zauberlehrling. FA I/1, pp. 683-686, 
vv. 91s. 
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 2524
gible puede ser abstracto y estar sujeto a múltiples manipulacio-
nes. De allí que reaparezcan asiduamente, en el Goethe tardío, 
las perspectivas panorámicas –como las que atisba Linceo en 
Fausto–, que permiten comprender en el marco de la totalidad 
las escenas y acontecimientos individuales que el miope filis-
teo resalta como si constituyeran una verdad última. También 
subraya Goethe la manera en que los filisteos ceden su capa-
cidad de reflexión a la hermandad de los periódicos, que ante 
todo existe, como se dice en una de las Xenias, para tomarles el 
pelo. La renuencia del escritor alemán a dejarse seducir por la 
prensa estaba fundada, como él mismo dice en carta a su ami-
go Zelter del 24 de abril de 1830, en la convicción de que en 
general es solo filisteísmo lo que nos lleva a prestar demasia-
da atención a aquello que no nos concierne en absoluto. Esto 
evoca cuestiones que nos resultan conocidas porque pertene-
cen a nuestro propio tiempo: el sentido común neoliberal se 
ha nutrido con excesiva frecuencia de las seudorrealidades que 
los medios de comunicación ligados al orden difunden para 
inducir a los ciudadanos a abrazar con entusiasmo aquellas po-
líticas que terminarán oprimiéndolos. La construcción de un 
sentido común antidemocrático –ante todo entre los sectores 
medios– a través de fake news y de fantasmagorías proyectadas 
por los mass media hegemónicos, así como la criminalización 
de los opositores y el lawfare, un siglo después de la muerte de 
Goethe, han formado parte, en la propia Alemania, del pro-
grama fascista, que ha dejado muy atrás las proyecciones en-
gañosas de Mefistófeles. Kracauer mostró cómo los fascismos 
necesitaron sustentarse ideológicamente en la creación de seu-
dorrealidades, en la exacerbación de fantasmagorías evasivas. 
La propaganda fascista “se mueve en la esfera de la apariencia y 
el destello de las fuerzas sociales reales; y la imagen sintomática 
es para él el hecho último; un hecho que en todo caso tiene 
para él más peso que el origen de la imagen”.26 De ahí el empeño 
en que los ciudadanos no se dejen persuadir por los hechos, 
sino por un aluvión de palabras; en que las superestructuras 
ideológicas sean presentadas como si fueran el fundamento; en 
que “la ilusión aparezca como realidad; la apariencia, como el 
propio ser”.27 De ahí que el propósito de la propaganda fascis-
ta no sea diferenciar netamente la verdad de la mentira, sino 
promover una estructura de pensamiento en la que ambas son 
igualmente insignificantes; el efecto es el de una suerte de ga-
binete de espejos destinado a deslumbrar y confundir, a la vez, 
a los espectadores.28 La opinión pública es fabricada: esta co-
nocida máxima de Goebbels se conecta también con la polí-
tica estética y la estetización de la política impulsadas por los 
fascistas; también, con algunas diferencias, por algunas de las 
derechas denuestro tiempo.
La fragilidad democrática del sentido común neoliberal, 
magnetizado por las seudorrealidades, siente horror ante la 
abstracción de las relaciones económicas y sociales y busca 
refugiarse infantilmente en seudoconcreciones. De ahí la in-
fluencia que sobre ese sentido común ejerce aquello que Ador-
no (reformulando ideas de Carl Jung) denominó concretismo o 
personalización,29 y que ha despertado una persistente fascina-
26 Kracauer, Siegfried, Totalitäre Propaganda. Ed. de Bernd Stiegler, con 
la colabor. de Joachim Heck y Maren Neumann. Postfacio de B. Stiegler. 
Frankfurt/M: Suhrkamp, 2013, p. 34.
27 Ibíd., p. 39.
28 Ibíd., p. 62.
29 “[…] el ejemplo específico de este modo de comportamiento es eso que, 
con una expresión de la psicología que procede originalmente de Jung, y 
que hace años me ocupé de traducir a la sociología, se puede denominar 
concretismo; es decir que la libido se deposita en aquello que está inme-
diatamente presente para los seres humanos y que estos, por así decirlo, a 
través de la identificación con las instituciones, mercancías, cosas, relacio-
nes inmediatamente existentes para ellos, no son capaces de percibir en 
absoluto su dependencia respecto de procesos alejados de ellos, respecto 
de los verdaderos procesos objetivos” (Adorno, Theodor W., Sobre la teo-
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 2726
ción en los sectores medios urbanos al menos desde comienzos 
del siglo XX, contribuyendo a mitigar sus impulsos democráti-
cos y a intensificar su atracción por los liderazgos carismáticos: 
cuanto mayor es el poder de las relaciones objetivas […] 
cuanto más anónimas son las relaciones entre poder y 
presión en las que nos encontramos insertos, tanto más 
insoportable será para nosotros precisamente ese carác-
ter ajeno y anónimo, y por consiguiente tendremos, en 
la medida en que no reflexionemos sobre estas cosas, 
una tendencia cada vez más fuerte a proyectar aquello 
que depende de semejantes circunstancias objetivas so-
bre factores personales.30
El afán de concretismo explica que el culinario espectáculo 
de unas bolsas de dinero despierte la indignación moral de vas-
tos sectores de nuestra propia sociedad en una medida en que 
no conseguirían hacerlo las descomunales fugas de capitales o 
la posesión de suculentas cuentas offshore. Entre el filisteo sati-
rizado por Goethe, el pequeñoburgués alemán seducido por 
el hitlerismo, el Babbit estadounidense configurado por Lewis 
y las víctimas entusiastas del sentido común neoliberal en La-
tinoamérica –que, en nuestros días, repite como letanías las 
seudorrealidades difundidas por los monopolios mediáticos– 
existen diferencias que requieren de análisis históricos especí-
ficos. Pero no dejan de estar engarzadas en un hilo rojo que los 
enhebra en cuanto manifestaciones de una matriz común: to-
das ellas son síntomas de miopía intelectual y política y de una 
evasión regresiva ante el desafío que supone enfrentarse en for-
ma adulta y democrática con la abstracción real. Veremos luego 
de qué modo atraviesan estos dilemas la literatura de masas.
ría de la historia y de la libertad. Ed. de Rolf Tiedemann. Trad. y notas de 
Miguel Vedda. Buenos Aires: Eterna Cadencia, 2019, p. 173).
30 Adorno, Theodor W., Introducción a la dialéctica, p. 230.
3. Las relaciones entre la fisiología del capitalismo y los 
“fenómenos de superficie”
Una de las razones por las que encuentro que El capital 
es un libro tan profético es que a menudo él identifica 
en el capitalismo de su época tendencias que resulta 
sumamente fácil identificar en la nuestra.
David Harvey, Una guía para El capital de Marx
Existe, para toda cosa, una teoría que se proclama ella 
misma “el sentido común”; […] mediación entre lo 
verdadero y lo falso; explicación, admonición que, por 
ser una mezcla de censura y excusa, se cree la sabiduría 
y no es a menudo sino pedantería. Toda una escuela 
política, llamada justo medio, ha salido de allí. Entre el 
agua fría y el agua caliente, es el partido del agua tibia. 
Esta escuela, con su falsa profundidad totalmente 
superficial que disecciona los efectos sin remontarse a 
las causas, reprueba, desde las alturas de una ciencia a 
medias, las agitaciones de la plaza pública
Victor Hugo, Los miserables
Ocupa un lugar central, en la crítica de la economía política 
de Marx, la tesis de que, en el capitalismo, las formas fenoméni-
cas “se reproducen de manera directamente espontánea como 
formas comunes y corrientes del pensar”, en tanto el trasfondo 
oculto debe ser “descubierto por la ciencia”.31 El hecho de que 
la conciencia ordinaria y, en consonancia con ella, la economía 
política permanezcan apegadas al nivel de la apariencia, condi-
ciona que ambas sean presas de formas de manifestación mis-
tificadas que no obedecen ante todo a una manipulación deli-
berada y consciente, sino que surgen de las propias relaciones 
capitalistas. Son, en términos de Marx, formas de pensamiento 
objetivas “para las relaciones de producción que caracterizan 
ese modo de producción social históricamente determinado: la 
31 Marx, Karl, El capital, vol. I/2, p. 661.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 2928
producción de mercancías”;32 todo su misticismo, “toda la ma-
gia y fantasmagoría”33 pierden su eficacia en cuanto se coteja a 
esas formas con las de otros modos de producción. El conven-
cimiento de que la era capitalista logra encubrir sus relaciones 
esenciales en una medida que no había sido posible para nin-
guna otra época histórica anterior estaba ausente en las prime-
ras fases de la ocupación de Marx con la economía política; 
todavía en el Manifiesto se dice que, a partir de la consolidación 
de la dominación burguesa, “todo lo santo es profanado, y los 
hombres se ven, por fin, obligados a contemplar con una mira-
da sobria su posición en la vida, sus relaciones recíprocas […]. 
En una palabra, en lugar de la explotación encubierta a través 
de ilusiones religiosas y políticas”, la burguesía “ha colocado la 
explotación abierta, descarada, directa, sobria”.34 A medida que 
se profundiza la anatomía del capitalismo, va intensificándose, 
en Marx, la conciencia de que, en la Modernidad, las aparien-
cias tanto expresan como distorsionan y encubren la esencia 
subyacente; el nivel de la superficie es incomparablemente más 
movido e inestable que aquel estrato profundo cuya dinámica 
designó Marx, con palabras de Hegel, como la calma de la esen-
cia. El mecanismo para estudiar tanto la esencia del capitalismo 
como el modo en que este se le presenta cotidianamente a la 
conciencia ordinaria es la abstracción; en las primeras páginas 
de El capital se lee que cuando analizamos las formas económi-
cas “no podemos servirnos del microscopio ni de reactivos quí-
micos. La facultad de abstraer [Abstraktionskraft] debe hacer las 
veces del uno y los otros”.35 A esto se debe que el libro primero 
de El capital se desarrolle a un nivel tan alto de abstracción: 
32 Ibíd., vol. I/1, p. 90.
33 Ibíd.
34 Marx, Karl, Manifiesto del Partido Comunista. Apéndice: Friedrich 
Engels, Principios del comunismo. Introd., trad. y notas de Miguel Vedda. 
Buenos Aires: Herramienta, 2008, p. 28.
35 Marx, Karl, El capital, vol. I/1, p. 6.
de lo que en él se trata es de examinar la estructura profunda, 
la esencia del capitalismo como un todo; progresivamente va 
desplazándose el análisis hacia niveles más superficiales, hasta 
alcanzar, en el libro III, las categorías que expresan la empiria 
de las relaciones capitalistas y, con ellas, la manera en que este 
modo de producción se presenta inmediatamente a la intui-
ción. Marx se refiere expresamente a esto cuando, al comienzo 
del libro III, hace referencia al modo en que el análisis del libro 
anterior puso en evidencia
que el proceso capitalista de producción, considerado 
en su conjunto, es una unidad de los procesos de pro-
ducción y circulación. De ahí que en este tercer tomo 
no pueda ser nuestro objetivo formular reflexiones 
generales acerca de esa unidad.Antes bien, se trata de 
hallar y describir las formas concretas que surgen del 
proceso de movimiento del capital, considerado en su con-
junto. […] Las configuraciones del capital, tal como las 
desarrollamos en este libro, se aproximan por lo tanto 
paulatinamente a la forma con la cual se manifiestan en 
la superficie de la sociedad, en la acción recíproca de los 
diversos capitales entre sí, en la competencia, y en la con-
ciencia habitual de los propios agentes de la producción.36 
La conciencia ordinaria y los fenómenos de superficie son, 
pues, punto de llegada de un extenso análisis que adoptó, como 
punto de partida, un nivel de abstracción sumamente elevado. 
La distinción, por otra parte, entre dos niveles de reflexión, 
uno de los cuales está concentrado en el análisis de las concate-
naciones esenciales de la economía –la fisiología de la sociedad 
burguesa–, y el otro en la descripción del nivel de la aparien-
cia, aparece desarrollada, en las Teorías sobre el plusvalor, en el 
36 Marx, Karl, El capital, vol. III/1, pp 29 y s.; las bastardillas en la última 
oración de la cita son nuestras.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 3130
contexto de una crítica de la incapacidad de Adam Smith para 
lidiar de manera científicamente correcta con ambos niveles:
Smith […] se mueve con gran simplismo en una conti-
nua contradicción. De una parte, indaga la concatena-
ción interior entre las categorías económicas o la tra-
bazón oculta del sistema económico burgués. De otra 
parte, coloca al lado de esto la concatenación que apa-
rentemente se da en los fenómenos de la competencia 
y que se ofrece a la vista del observador no científico, 
y a los ojos del observador prácticamente interesado y 
obsesionado por el proceso de la producción burgue-
sa. Estos modos de concebir –uno de los cuales penetra 
en la concatenación interna, en la fisiología del sistema 
burgués, por así decirlo, mientras que el otro se limita a 
describir, catalogar, relatar y colocar bajo determinaciones 
conceptuales esquemáticas lo que al exterior se manifiesta 
en el proceso de la vida– no discurren en A. Smith para-
lelamente y sin relación alguna entre sí, sino que se en-
trecruzan y se contradicen continuamente.37
La confusión entre los dos niveles de análisis habría condu-
cido a Smith a representarse la realidad económica en dos mo-
dos contradictorios, “uno de los cuales expresa de una manera 
más o menos exacta la concatenación interna, mientras que el 
otro responde, con la misma razón y sin trabazón interna algu-
na –y sin ninguna clase de conexión con el otro modo de con-
cebir– a la concatenación tal como se manifiesta”.38 Tal como 
dijimos, la superficie de la vida moderna consigue tanto expre-
sar como mistificar las relaciones esenciales. Es así que, para la 
percepción cotidiana, como para la economía vulgar, no existe 
37 Marx, Karl, Teorías sobre la plusvalía. Trad. de Wenceslao Roces. 3 vols. 
México: FCE, 1980, vol. II, p. 145; las bastardillas son nuestras.
38 Ibíd., p. 146.
diferencia entre precio y valor;39 como comenta Marx en carta 
a Kugelman del 11 de julio de 1868:
El economista vulgar no sospecha siquiera que las re-
laciones reales del cambio cotidiano y las magnitudes 
de los valores no pueden ser inmediatamente idénticas. 
[…] Y entonces el economista vulgar cree hacer un gran 
descubrimiento cuando, puesto ante la revelación de la 
estructura interna de las cosas, proclama con insistencia 
que estas cosas, tal como aparecen, tienen un aspecto 
39 En el plano de la praxis diaria, los agentes económicos perciben, en 
general, los precios a los que las mercancías son vendidas en el mercado, 
expresados en dinero, pero no su valor. Cf., para entender esto, la expli-
cación sintética y precisa de Michael Heinrich: “El valor de una mer-
cancía expresado en dinero es su precio. El precio expresa, pues, el valor; 
sin embargo, el precio puede expresar el valor de manera adecuada o no 
adecuada (los precios de mercado empíricos oscilan, por cierto, no en 
torno a las magnitudes de valor de las mercancías, sino en torno a los 
precios de producción […]). Incluso elementos que no son productos del 
trabajo –y que, por ende, no poseen ningún valor– pueden tener un pre-
cio” (“Grundbegriffe der Kritik der politischen Ökonomie”. En: Quante, 
Michael / Schweikard, David P. (eds.), Marx Handbuch. Leben – Werk 
– Wirkung. Stuttgart: Metzler, 2016, pp. 173-193; aquí, p. 174). Tal vez 
tenga sentido recordar que, en su crítica de la economía política, Marx 
no emplea la categoría de valor en un sentido ahistórico, sino de acuerdo 
con el sentido que ella posee en el contexto del capitalismo, de modo que 
dicha categoría no posee un sentido positivo. Ser un trabajador productivo 
–es decir, un trabajador que produce valor– representa mucho más una 
iniquidad social que una evidencia de superioridad existencial, social o 
moral. De lo que se trata, para Marx, es justamente de destruir el sistema 
de producción de valor, en el que se funda esencialmente el capitalismo, 
y de abrir paso a formas de producción y sociabilidad diferentes. Es com-
prensible que los marxismos productivistas del pasado no hayan querido 
admitir esto; infelizmente, es esta una dimensión del pensamiento de 
Marx que muchos marxistas contemporáneos continúan sin entender, 
por extraño que ello parezca.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 3332
muy diferente. En realidad, se jacta de su apego a la apa-
riencia, a la que considera como la verdad última.40 
Por efecto de una distorsión similar, el salario puede apare-
cer como el pago, no de la fuerza de trabajo, sino del valor del 
trabajo. Las mistificaciones de la sociedad capitalista encuen-
tran su síntesis y su expresión más extremada en la “fórmula 
trinitaria” del capital, en función de la cual, a los agentes de la 
producción, como a la mayoría de las teorías económico-polí-
ticas, el capital, la propiedad de la tierra y el trabajo se les apa-
recen como las tres fuentes diferentes e independientes entre sí 
del valor producido anualmente. Y, en la medida en que se las 
considera fuentes del valor, podrían convertirse –a los ojos del 
pensamiento cotidiano y el economista– en medios de apro-
piación de partes de ese valor:
En capital-ganancia o, mejor aún, capital-interés, suelo-
renta de la tierra, trabajo-salario, en esta trinidad eco-
nómica como conexión de los componentes del valor y 
de la riqueza en general con sus fuentes, está consumada 
la mistificación del modo capitalista de producción, la 
cosificación de las relaciones sociales, la amalgama di-
recta de las relaciones materiales de producción con su 
determinación histórico-social: el mundo encantado, 
invertido y puesto de cabeza donde Monsieur le Capi-
tal y Madame la Terre rondan espectralmente como ca-
racteres sociales y, al propio tiempo de manera directa, 
como meras cosas.
El mérito de los economistas políticos clásicos consistió en 
haber disuelto “esa personificación de las cosas y cosificación 
40 Marx, Karl, Cartas a Kugelmann. Trad. de Giannina Bertarelli. La Ha-
bana: Editorial de Ciencias Sociales, 1975, pp. 106 y s. Las bastardillas de 
la última oración son nuestras.
de las relaciones de producción, esa religión de la vida cotidia-
na, puesto que reduce el interés a una parte de la ganancia y 
la renta al excedente sobre la ganancia media, de tal manera 
que ambos coinciden en el plusvalor”.41 Puesto que presenta el 
proceso de circulación como “mera metamorfosis de las formas 
y finalmente, en el proceso inmediato de producción, reduce 
el valor y el plusvalor de las mercancías al trabajo”.42 Sus limi-
taciones científicas obedecían a que su perspectiva estaba limi-
tada por sus puntos de vista burgueses; en cualquier caso, se 
encontraban muy por encima de los economistas vulgares y de 
los agentes de la producción, quienes se sienten “por entero a 
sus anchas en estas formas enajenadas e irracionales de capital-
interés, suelo-renta, trabajo-salario, pues son precisamente las 
configuracionesde la apariencia en que se mueven y con las 
cuales tienen que vérselas todos los días”.43 Es por eso natural 
que la economía vulgar 
que es nada más que una traducción didáctica, más o me-
nos doctrinaria, de las representaciones corrientes de los 
agentes reales de la producción, entre las cuales intro-
duce cierto orden inteligible, encuentre precisamente 
en esa trinidad, donde está extinguida toda la conexión 
interna, la base natural, y puesta al abrigo de toda duda, 
de sus triviales jactancias.44
Una teoría acorde con el método de Marx debería tomar 
distancia de las manifestaciones superficiales en las que con-
centran su atención la conciencia cotidiana y las mistificacio-
nes teóricas. Pero también debería eludir el riesgo de renunciar 
a un examen de la inmediatez como pura mentira o engaño 
41 Marx, Karl, El capital, vol. III/3, p. 1056.
42 Ibíd.
43 Ibíd.
44 Ibíd., pp. 1056 y s.; las bastardillas son nuestras.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 3534
carente de todo interés para el analista, a la manera de aquellas 
propuestas presuntamente marxistas que, por ejemplo, contra-
ponen la esfera de la circulación con la de la producción como 
la mentira con la verdad. Las máscaras aparentes que expresan 
y velan la esencia deberían ser examinadas con todo detalle en 
el marco de la totalidad de la lógica del capital.
4. El historicismo de Marx y la estructura lógica 
de El capital
estoy seguro de que, si usted lo quiere, 
descubriremos lo que ocultan las apariencias.
Émile Gaboriau, Monsieur Lecoq
Comenzamos este desarrollo aludiendo a las dificultades 
que plantea el análisis del presente; y, en particular, el de nues-
tro propio presente. A la vista de la pérdida del sentido históri-
co de la era postmoderna, la fijación en la inmediatez conlleva 
el riesgo de un debilitamiento de la conciencia acerca de la his-
toricidad y, por lo tanto, de la transitoriedad de las circunstan-
cias en las que vivimos. Se ha señalado que nuestro mundo, en 
el que el tiempo no parece ser otra cosa que velocidad, instan-
taneidad y simultaneidad, genera una paradójica impresión de 
paralización, un poco a la manera de esa rueda que gira con tan-
ta rapidez que, a los ojos del observador, parece estar inmóvil. Y 
es así que, obnubilados por la celeridad frenética del día a día, 
muchos intelectuales atribuyen a las circunstancias contingen-
tes de la vida moderna el estatuto de leyes naturales, inmutables 
y eternas. En su análisis del fetichismo expuso Marx las razones 
por las que el capitalismo genera la apariencia de que el valor 
de las mercancías no es el producto de una relación social, sino 
una propiedad objetiva, “natural” de las cosas, como el peso o 
el color. De ese modo, la circunstancia de que “el carácter es-
pecíficamente social de los trabajos privados independientes 
consiste en su igualdad en cuanto trabajo humano y asume la 
forma del carácter de valor de los productos del trabajo”, un he-
cho “que solo tiene vigencia para esa forma particular de pro-
ducción, para la producción de mercancías” se presenta “ante 
quienes están inmersos en las relaciones de la producción de 
mercancías”, como un hecho atemporal y definitivo, así como 
“la descomposición del aire en sus elementos, por parte de la 
ciencia, deja incambiada la forma del aire en cuanto forma de 
un cuerpo físico”.45 Lo que es resultado de relaciones sociales 
determinadas es percibido, en la superficie de la vida econó-
mica, no como algo socialmente mediado, sino como algo in-
mediato, de modo que la objetividad del valor existe indepen-
dientemente de unas relaciones sociales específicas.46 En virtud 
de semejante naturalización, el valor aparece como un hecho 
ontológico, trascendental, independiente de las mutaciones 
históricas: aquello que solo pertenece a una época determinada 
se impone a los hombres “de modo irresistible como ley natural 
reguladora, tal como por ejemplo se impone la ley de la grave-
dad cuando a uno se le cae la casa encima”.47 Apunta a desmitifi-
car este estado de cosas el drástico historicismo del método del 
Marx tardío: el propósito de El capital no es proveer una teoría 
universalmente aplicable, sino un análisis –de una complejidad 
y amplitud incomparables– sobre la especificidad histórica del 
capitalismo. Fiel a su convicción de que las relaciones de pro-
ducción de toda sociedad conforman un todo,48 pero también de 
que ningún modo de producción se constituyó tan consisten-
temente como una totalidad como el capitalista –a pesar de la 
ilusión superficial de independencia en virtud de la cual las di-
versas áreas de la actividad no parecen estar relacionadas entre 
45 Marx, Karl, El capital, vol. I/1, p. 91.
46 Cf. Heinrich, Michael, Wie das marx’sche Kapital lesen, vol. 1, p. 183.
47 Marx, Karl, El capital, vol. I/1, pp. 91 y s.
48 Marx, Karl, Miseria de la filosofía. Respuesta a la Filosofía de la miseria 
de P.-J. Proudhon. Trad. de Martí Soler. México: Siglo XXI, 1987, p. 68.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 3736
sí, sino fragmentadas y aisladas–, Marx se dedica a indagar el 
modo en que las diferentes categorías socioeconómicas cum-
plen, en el ser social del capitalismo, una función distinta de la 
que tuvieron en cualquier otra época. La crítica de Marx ana-
liza el capitalismo como una totalidad estructurada por leyes 
que asumen, en su seno, funciones particulares; y es a partir 
de este análisis inmanente a la Modernidad capitalista, y no de 
un punto arquimédico externo a ella, que aquella totalidad es 
expuesta, no a la manera de una armonía preestablecida im-
perecedera y autosuficiente, sino como un todo internamente 
contradictorio, expuesto a periódicas crisis y, eventualmente, 
a la declinación y la muerte. Con razón se ha subrayado que 
esta cualidad le concede a la teoría marxiana un sesgo radical-
mente autorreflexivo, en virtud del cual su punto de vista no es 
transhistórico o trascendental, sino históricamente inmanen-
te.49 Cabría destacar la intransigente coherencia de la crítica 
de la economía política de Marx: en la medida en que tiene, 
como objetivo principal, conducir a la humanidad más allá del 
sistema del trabajo asalariado y de la acumulación infinita del 
capital, a lo que aspira es exactamente a generar aquellas con-
diciones que, poniendo fin a la prehistoria de la humanidad, 
tornen a dicha crítica científicamente obsoleta.
El capitalismo es una estructura económica y un conjun-
to de relaciones sociales históricamente específicos. Pero de 
esto no se deduce que su análisis teórico tenga que respetar 
un orden histórico y avanzar desde las formas más antiguas y 
elementales a las más desarrolladas. Una larga tradición de co-
mentadores de la obra madura de Marx ha logrado oscurecer 
este hecho; ya Engels dijo, en su reseña de Contribución a la 
crítica de la economía política, que la exposición lógica de Marx 
no es otra cosa que la exposición histórica, solo que desnudada 
de su forma histórica y de las contingencias perturbadoras; y 
Kautsky sostuvo que El capital es en lo esencial una obra his-
49 Postone, Moishe, Time, Labour and Social Domination, p. 140.
tórica. Contradicen estas posiciones tanto las declaraciones de 
Marx como la propia organización conceptual de sus escritos 
económicos fundamentales. En los Grundrisse precisa Marx 
que “sería impracticable y erróneo alinear categorías económi-
cas en el orden en que fueron históricamente determinantes”; 
su orden de sucesión está determinado “por las relaciones que 
existen entre ellas en la moderna sociedad burguesa, y que es 
exactamente el inverso del que parece ser su orden natural o 
del que correspondería a su orden de sucesión en el curso del 
desarrollo histórico”.50 De lo que se trata es de mostrar la arti-
culación de las categorías económicas “en el interior de la mo-
derna sociedad burguesa”.51 La indagación de Marx no parte 
en busca de categorías transhistóricas, pero sí de las determina-
ciones fundamentales de una época específica; determinaciones 
que,en cuanto tales, poseen un alto grado de estabilidad y per-
manencia. La teoría marxiana madura no se propone narrar la 
historia del capitalismo, ni describir una fase específica de este 
–digamos: el del laissez faire y la libre competencia, a diferencia 
de la posterior etapa imperialista–, sino que busca exponer “la 
organización interna del modo capitalista de producción, por 
así decirlo, en su término medio ideal [im Durchschnitt]”;52 la 
“ley económica que rige el movimiento de la sociedad moderna”.53 
Presupone un capitalismo plenamente desarrollado, a partir 
del cual es posible desplegar dialécticamente las categorías bá-
sicas. El hecho de que El capital es ante todo una obra “lógi-
ca”, “teórica” explica por qué los segmentos históricos son en 
él comparativamente escasos, y aparecen a continuación del 
desarrollo conceptual de las categorías correspondientes.54 
50 Marx, Karl, Elementos fundamentales…, vol. 1, pp. 28 y s.
51 Ibíd., p. 29.
52 Marx, Karl, El capital, vol. III/8, p. 1057. 
53 Marx, Karl, El capital, vol. I/1, p. 8.
54 Heinrich, Michael, Kritik der politischen Ökonomie. Eine Einführung. 
Stuttgart: Schmetterling, 2018, p. 29.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 3938
Esta decisión de atender a los rasgos esenciales del capitalismo, 
que persisten más allá de las variaciones históricas de ese modo 
de producción, explica el notable grado de generalización de 
la crítica de la economía política marxiana; justifica la validez 
que esta, hasta el día de hoy, no ha dejado de poseer. Al mis-
mo tiempo, distingue a Marx de esa atracción hacia –y de esa 
distracción con– los fenómenos coyunturales que define tanto 
a los economistas políticos y vulgares como a numerosos inte-
lectuales socialistas de su época. Con esto volvemos al punto 
del que partimos: Marx, como Goethe, promueve un estilo de 
pensamiento que toma distancia de la inmediatez sin renunciar 
a comprenderla; que, consciente de que las formas comunes y 
corrientes del pensar están cautivas de la mistificación y el fe-
tichismo, investiga en diversidad de planos la dialéctica entre 
fenómeno de superficie y estructura fundamental. Recuperar 
y actualizar esta estrategia es un medio cardinal para compren-
der nuestro presente.
5. La locura de la razón neoliberal y las nuevas lecturas 
de El capital 
Y aquí hay que constatar que las mistificaciones pre-
paran a las formas de pensamiento espontáneas para 
una interpretación conformista con el sistema de las 
necesidades, las desigualdades y los conflictos; hay que 
constatar que los objetivos de las luchas están condicio-
nados esencialmente por aquello, y que esos objetivos 
no pueden ser ignorados por una teoría crítica.
Ingo Elbe, Marx in Westen
Correlativamente, el objetivo de la producción en el 
capitalismo se enfrenta a los productores como si de 
una necesidad externa se tratase: no viene dado por la 
tradición social o por la coerción social abierta, ni es 
decidido conscientemente desde arriba. Tal objetivo, 
por el contrario, escapa del control humano. 
Sin embargo, ese objetivo no consiste, como creía Bell, 
en más y más bienes, sino en de más y más valor.
Moishe Postone, Marx Reloaded
Estas consideraciones sobre el método de Marx, en lugar de 
alejarnos, nos acercan intensamente a los tiempos en que vivi-
mos. Por una variedad de razones. En primer lugar, porque en 
nuestra exposición no hemos hecho otra cosa que subrayar 
toda una serie de aspectos de la crítica de la economía política 
que han sido particularmente revisitados (y revisados) por las 
relecturas de El capital que surgieron durante la época neolibe-
ral y que están –al menos, en parte– condicionadas por esta.55 
Tales relecturas se encuentran motivadas por el colapso de los 
regímenes del “socialismo real” y de la vulgata marxista-leninis-
ta en ellos propagada; vulgata que representaba el remplazo de 
la teoría crítica de Marx por una visión del mundo omniabarca-
dora, presuntamente capaz de ofrecer respuesta a todas las pre-
guntas. Este afán de sistematización, escolar en el fondo, que se 
inicia con el Anti-Dühring (1878) de Engels, condujo ya a Le-
nin a decir que la “doctrina de Marx es omnipotente porque es 
verdadera. Es completa y armónica, y brinda a los hombres una 
concepción integral del mundo”.56 Pero no ha sido solo el des-
crédito de las versiones dogmáticas del marxismo el basamento 
para las nuevas lecturas de El capital; provocador en ellas es el 
modo en que han puesto de relieve el potencial del pensamien-
to maduro de Marx para explicar las direcciones asumidas por 
el capitalismo durante las últimas décadas. Pensadores como 
Lukács y Benjamin destacaron la gravitación que, para una his-
toriografía marxista, debería poseer el presente en cuanto pers-
pectiva desde la cual es indagado el pasado. En particular, Ben-
55 Cabe mencionar como antecedentes a Isaak Rubin y a Roman Rosdolsky.
56 Lenin, Vladimir Ílich, “Tres fuentes y tres partes integrantes del marxis-
mo”. En: –, Obras escogidas. Varios traductores. 3 vols. Moscú: Progreso, 
1979, vol. I, p. 31.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 4140
jamin subrayó la importancia de la elección del presente como 
punto de partida para el análisis historiográfico, ante todo por 
el hecho de que ciertas dimensiones del pasado solo se tornan 
visibles desde un particular punto de vista; esas dimensiones se 
hacen evidentes “así como, para el observador que toma la de-
bida distancia y el ángulo necesario de visión, una roca permite 
ver una cabeza de hombre o un cuerpo animal”.57 Las exégesis 
de El capital mediadas por el capitalismo de nuestro tiempo 
han vuelto a colocar en el centro la teoría del valor: un aporte 
fundamental de la teoría de Marx, que los marxismos tradicio-
nales sustituyeron, como subrayó acertadamente Michael 
Wendl, por un paradigma basado en una teoría del poder. Una 
vez interrumpida la ilusión –consolidada durante el capitalis-
mo embridado y avalada en las bondades del Estado de bienes-
tar– de que era posible que asumiera un rostro humano el capi-
talismo, el funcionamiento de este quedó de manifiesto como 
lo que es: como un sistema de dominación abstracta que, surgi-
do históricamente como producto de la acción humana, posee 
un carácter impersonal, autónomo, cuasi objetivo, que se les 
contrapone a las personas como una suerte de destino. En con-
diciones tales, los procesos económicos se desarrollan, como 
dice a menudo Marx, a espaldas de los seres humanos, quienes, 
al margen de su situación de clase, se ven compelidos a observar 
la dinámica social como un movimiento de cosas bajo cuyo 
control ellos se encuentran, en lugar de controlarlo. Los proce-
sos económicos, tal como sostiene Marx específicamente a pro-
pósito de las magnitudes de valor, tienen lugar “independiente-
mente de la voluntad, las previsiones o los actos de los sujetos”.58 
Reducidos los seres humanos a objetos manipulables, es el capi-
57 Benjamin, Walter, “El narrador. Consideraciones sobre la obra de Nico-
lai Leskov”. En: –, Sobre el programa de la filosofía futura y otros ensayos. 
Trad. de Roberto J. Vernengo. Barcelona: Planeta-Agostini, 1986, pp. 
189-211; aquí, p. 189.
58 Marx, Karl, El capital, vol. I/1, p. 91.
tal –una sustancia inorgánica, muerta– quien asume el papel 
activo de determinar el proceso socioeconómico; y en este sen-
tido ha podido hablar Marx del valor como sujeto automático,59 
o como “una sustancia en proceso, dotada de movimiento pro-
pio, para la cual la mercancía y el dinero no son más que meras 
formas”.60 El impulso hacia el incremento desmesurado y conti-
nuo de las ganancias, que constituye un rasgo distintivo de la 
Modernidad, podría ser calificado con plena razón de demen-
cial; solo que esta demencia no depende de la voluntad perso-
nal de los agentes económicos: así como el trabajador no tiene 
más remedio que vender una y otra vez su fuerza de trabajo, si 
no quiere experimentar las penurias de sumarse al ejército in-
dustrial de reserva, así también los capitalistasse ven compeli-
dos, a causa de la competencia de los otros capitalistas, a inver-
tir una y otra vez el capital acumulado, como acostumbraba a 
decir Marx, bajo pena de sucumbir. En la medida en que la locu-
ra de la razón capitalista escapa de las manos de los seres huma-
nos, puede entenderse que Marx se rehúse a interpretar la Mo-
dernidad en términos morales, como resultado de faltas de 
personas particulares susceptibles de ser identificadas, conde-
nadas y, eventualmente, castigadas. Los capitalistas no son pre-
sentados por Marx como sujetos particularmente perversos, 
inducidos por un egoísmo desmedido, sino como herramientas 
del capital; ellos son personificaciones de categorías económicas, 
máscaras de personajes dramáticos (Charaktermasken). En vir-
tud de su movimiento autónomo, carente de cualquier finali-
dad externa a sí misma, la valorización del capital despliega su 
acción destructora sin medida ni meta final algunas; y acerta-
damente ha comparado Heinrich al capitalismo con una má-
quina anónima; una máquina a la que no se le conoce ningún 
maestro mecánico que sea capaz de conducirla eficazmente por 
59 Ibíd., p. 188.
60 Ibíd., p. 189.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 4342
su propia voluntad y al que podríamos responsabilizar por las 
acciones destructoras que el artefacto ocasiona.61 Si estos ras-
gos caracterizan a todo el capitalismo, ha sido en la época neo-
liberal cuando el automatismo de la ley del valor adquirió sus 
rasgos hasta ahora más extremos. La conciencia de este hecho 
explica la trascendencia que concedieron a estos fenómenos las 
nuevas lecturas de El capital. Pero también se mostraron estas 
singularmente sensibles a la hora de percibir y examinar los me-
canismos de los que se vale el capitalismo para enmascarar su 
propia lógica de funcionamiento. Dicho de otro modo: las exé-
gesis recientes concentraron su atención en los fetichismos y 
mistificaciones del capital en el mismo momento en que estos 
eran llevados, en la realidad del orden neoliberal, a una exten-
sión y una intensidad nunca antes conocidos. De ahí la insis-
tencia de autores como Ingo Elbe o Michael Wendl en estudiar 
el modo en que, bajo las actuales condiciones de vida, la con-
ciencia cotidiana de los agentes tiende a permanecer cautiva de 
las formas de manifestación distorsionadas de las relaciones 
capitalistas. Y a estas mistificaciones sucumben los trabajado-
res no menos que los capitalistas o que los integrantes de los 
sectores medios. No debe sorprender que las tentativas desple-
gadas durante las últimas décadas para retornar a Marx hayan 
señalado la ausencia, en este, de cualquier mitologización de la 
61 Heinrich, Michael, Kritik der politischen Ökonomie, p. 186. De un 
modo similar ha subrayado Postone que “la clase de mediación consti-
tutiva del capitalismo da lugar a un modo autogenerado de dominación 
estructural, que somete a los capitalistas tanto como a los trabajadores, 
a pesar de sus grandes diferencias en poder y riqueza. Es decir, da lugar 
a lo que Durkheim describe como la dominación de la vida social por la 
economía, lo que Bell llama la dominación de la vida social por el modo 
economizante y lo que teóricos como Horkheimer caracterizan como 
la creciente instrumentalización del mundo, la dominación del mundo 
por una racionalidad de los medios” (Postone, Moishe, Marx Reloaded. 
Repensar la teoría del capitalismo. Pref. de Alberto Riesco Sanz y Jorge 
García López. Tras. de Verónica Handel y Jorge García López. Madrid: 
Traficantes de Sueños, 2007, p. 184)
conciencia de clase proletaria como perspectiva privilegiada 
para comprender la lógica del capital, o como expresión ideo-
lógica –epistemológicamente correcta– de aquella clase que 
constituiría el sujeto-objeto idéntico de la historia, destinado a 
poner fin a las condiciones de opresión. El capitalismo es un 
sistema de dependencias: esta afirmación de Kafka dice algo más 
exacto sobre la lógica del capital que las prédicas entusiastas 
acerca de la preeminencia de la conciencia proletaria frecuentes 
en toda una serie de marxismos. Esto no supone negar la evi-
dencia de unas condiciones de explotación económica que, 
bajo el neoliberalismo, también se han agravado en una medida 
inconmensurable; tampoco el papel fundamental que podría y, 
aun, debería cumplir el proletariado en las luchas contra el ca-
pitalismo. De lo que se trata es de combatir todas las mistifica-
ciones –aun las surgidas en el seno del marxismo–; también de 
recordar que, en el pensamiento de Marx, el proletariado, en 
cuanto víctima y, a la vez, factor necesario de la acumulación 
del capital, no es la encarnación de una forma de sociabilidad 
que, hoy contenida, debería quedar libertada con la caída del 
capitalismo, sino una clase que debería ser abolida antes que 
idealizada. Y que es a menudo presa del fetichismo. De manera 
precisa sintetiza Jan Hoff las perspectivas de las nuevas lecturas 
de El capital cuando dice que estas, por cuanto buscan revisar 
toda una serie de “certezas” del marxismo tradicional que no 
encuentran apoyo en la crítica de la economía política de Marx, 
tienen que evidenciar
que el proletariado no dispone de ninguna predisposi-
ción privilegiada respecto del conocimiento correcto e 
inmediato de las relaciones sociales en su conexión in-
terna, y que también los trabajadores están presos nece-
sariamente –de momento– en el mundo de las mistifi-
caciones, fetichismos y fenómenos de superficie.62 
62 Hoff, Jan, Befreiung heute. Emanzipationstheoretisches Denken und his-
torische Hintergründe. Hamburgo: VSA, 2016, p. 329.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 4544
Desde ya que está fuera de todo cuestionamiento la existen-
cia de “procesos de conocimiento teórico-críticos que rompen 
trabajosamente con la conciencia cotidiana ‘presa de inver-
siones y mistificaciones’; procesos que orientan praxis activas 
que trascienden el sistema y que conducen en una dirección 
emancipadora”.63 Solo que esos procesos –que, de acuerdo con 
Marx, no coinciden con ninguna conciencia de clase hiposta-
siada, sino que son descubiertos por la ciencia– no bastan per 
se para eliminar los fetichismos: estos últimos son procesos ob-
jetivos, reales, que pueden ser examinados teóricamente, pero 
que solo serán eliminados mediante la destrucción práctica 
de la ley del valor. Reconocer la gravitación que, a lo largo de 
toda la historia del capitalismo, pero especialmente en nuestra 
época, poseen las mistificaciones no debería conducir al pesi-
mismo o al quietismo políticos, sino a la admisión de que se 
requieren un pensamiento y una acción más radicales de los que 
presuponían los marxismos tradicionales. 
La atención a las interrelaciones entre la superficie de la vida 
socioeconómica y la esencia subyacente debería inducir tam-
bién a distanciarse de un conjunto de fantasmagorías por las 
que permanecen seducidos amplios sectores de las izquierdas 
contemporáneas atraídos por los fenómenos de superficie, pero 
indiferentes a la fisiología de la sociedad burguesa. Entre ellas se 
encuentra la creencia de que los males del capitalismo se hallan 
concentrados exclusivamente en la esfera de la distribución, en 
contraposición con la productiva, de modo que alcanzaría con 
introducir alteraciones en el reparto de las ganancias, con am-
pliar las posibilidades de consumo de las masas, para generar 
un orden contrario a las leyes del capital. La aguda intensifi-
cación del ascendiente del capital financiero y el papel desem-
peñado por los bancos durante el neoliberalismo han difundi-
do también, durante las últimas décadas, la representación de 
63 Ibíd.
que la oligarquía financiera posee un carácter parasitario que 
la diferenciaría de la economía real, de modo que, en autores 
como Michael Hudson, pudo surgir la exhortación a rescatar 
al capitalismo industrial de su dependencia respecto del capi-
talismo de las finanzas. Una posición semejante, con la que se 
identifican influyentes movimientos sociales denuestra época, 
como el Occupy Wall Street, supone adoptar una perspectiva 
moralizadora, de acuerdo con la cual sería factible oponer la 
corrupción del capital financiero a otras formas presuntamen-
te más justas y “virtuosas” de capitalismo. No hay manera de 
idealizar a los bancos; pero imaginar que bastaría con conju-
rarlos o suprimirlos para dar nacimiento a un mundo nuevo 
delata una infinita ingenuidad. Marx ha definido, sin duda, al 
capital que devenga interés como “la madre de todas las formas 
absurdas”;64 pero también se ha referido en términos irónicos 
a aquella “crítica superficial, partidaria de la mercancía y que 
combate el dinero” que dirige “toda su sabiduría reformadora 
contra el capital a interés, sin tocar a la producción capitalista 
real y atacando solamente a [lo que es] uno de sus resultados”.65 
Una distribución diferente de la ganancia “entre las diferentes 
categorías de capitalistas y, por tanto, la elevación de la ganan-
cia industrial mediante la reducción del tipo de interés, y vi-
ceversa, no afectaría para nada a la esencia de la producción 
capitalista”; de modo que el socialismo que se dirige en contra 
del capital que devenga interés como “forma fundamental” del 
capital está “metido hasta el cuello en el horizonte burgués”.66 
Estos dilemas son característicos de las críticas del capitalismo 
que se circunscriben al nivel de la superficie sin cuestionar la 
relación de capital y que están expuestas, por ende, a las distor-
siones y engaños propios de la conciencia cotidiana. Con estos 
se halla entrañablemente ligada la cultura de masas.
64 Marx, Karl, El capital, vol. III/2, p. 600.
65 Marx, Karl, Teorías sobre la plusvalía, vol. III, p. 405. 
66 Ibíd., p. 413.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 4746
6. La literatura de masas y la era del capital
Como hemos visto, un elemento común a varias de las lec-
turas recientes de El capital es la identificación, en la obra ma-
dura de Marx, de una perspectiva metodológica doble. Por un 
lado, un historicismo consecuente, en función del cual todas 
las categorías esenciales del capitalismo deberían ser analizadas 
como inmanentes a ese modo de producción, y como dotadas 
de un sentido y una función diferentes de los que tendrían en 
cualquier otra circunstancia histórica. Por otro lado, un abor-
daje dialéctico que examina la organización interna del capita-
lismo, su término medio ideal, de manera sistemática, “lógica”, 
renunciando a un modo de exposición históricamente lineal. 
Desde luego que este enfoque sistemático incluye a la vez la 
exhortación a prestar, de cara a cada configuración particular 
del capitalismo, una atención hacia las cualidades singulares y 
distintivas del objeto en cuestión. La adopción de esta doble 
perspectiva empleada por Marx podría resultar especialmente 
fructífera para el análisis de la literatura de masas. Y esto por 
varias razones. En primer lugar, porque la literatura de masas 
es un producto de la era del capital; sus manifestaciones más 
tempranas surgieron en la segunda mitad del siglo XVIII –con 
la narrativa gótica inglesa (1764-1820) como una de sus pri-
meras expresiones significativas67–. Fruto, no de una circula-
ción oral y anónima, sino del trabajo de autores particulares, y 
67 Algunos best sellers anteriores, como el Robinson Crusoe o Pamela 
(1739), no podrían ser considerados expresión de una literatura de ma-
sas no solo por las condiciones materiales de distribución y recepción de 
la narrativa en la primera mitad del siglo XVIII, sino por el efecto que 
de hecho tuvieron tales obras en los lectores contemporáneos y en la 
tradición crítica posterior. En efecto, las novelas de Defoe y Richardson 
han sido incluidas ya tempranamente en el canon de la “gran” literatura y 
valoradas de un modo cualitativamente distinto de, digamos, los romances 
góticos de Walpole, Radcliffe o Lewis. 
difundida esencialmente a través del mercado, la literatura de 
masas estableció tempranamente una ruptura con la literatura 
popular precedente y con la residual contemporánea. Esto no 
impidió que aquella se nutriera una y otra vez de esta: así como 
la producción capitalista subsumió formalmente las formas de 
producción anteriores aún disponibles antes de proceder a la 
subsunción real de la producción propiamente capitalista, así 
también la literatura de masas se apoyó insistentemente en pro-
cedimientos habituales en géneros como el cuento maravilloso, 
la saga o la leyenda durante el proceso de constitución de sus 
formas específicas. Por lo demás, como tendremos ocasión de 
ver, la apelación a la tradición popular continúa hasta la actua-
lidad, en un contexto en que han desaparecido casi por com-
pleto las condiciones naturales y sociales que habían alimen-
tado dicha tradición: un fenómeno del que nos ocuparemos 
más adelante. Por otra parte, el surgimiento de la literatura de 
masas fue señalado ya en sus orígenes como un paso decisivo 
hacia la conversión de la literatura en mercancía: las denun-
cias contra los “fabricantes” (Coleridge) de novelas, contra la 
littérature industrielle (Sainte-Beuve) anteceden largamente 
las reflexiones de Adorno sobre la industria cultural y emergen 
ya en el escenario intelectual de finales del siglo XVIII. Estas 
denuncias alcanzan uno de sus primeros puntos culminan-
tes en la época del folletín, cuando se hacen evidentes rasgos 
fundamentales de la literatura de masas; entre otras razones, 
porque por primera vez se hacían notorias entonces las cuali-
dades de un modo de producir fantasías fundado en la división 
del trabajo y en la producción en serie.68 Sería errado reducir 
la llamada literatura trivial –ante todo, en sus exponentes más 
destacados–a la condición de “mera” mercancía; pero es osten-
sible que la imbricación entre belles lettres y negocios asumió, a 
68 Neuschäfer, Hans-Jörg, Populärromane im 19.Jahrhundert. Múnich: 
Fink, 1973, p. 15.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 4948
partir del ascenso de aquella, una magnitud jamás conocida an-
tes de la expansión del capitalismo. Con esta conversión de la 
obra literaria en mercancía se vincula buena parte de los rasgos 
de la literatura de masas condenados recurrentemente como 
regresivos: la apelación al sensacionalismo, la pornografía o 
la superstición; la relación simplista con la realidad –armoni-
zación, polarización entre “héroes” y “villanos”, happy end–; 
empleo de clichés sociales, culturales o estéticos; de manera 
general, la reducción de la obra a la búsqueda de efectos sobre 
un público considerado como conjunto de consumidores. No 
menos que otros innumerables ramos de producción, también 
la producción estética se adaptó a unas severas demandas de 
homogeneización que, a diferencia de las que habían existido 
en otras épocas históricas, ya no respondían directamente a las 
imposiciones de un poder político o religioso despóticos, sino 
a las del mercado. El hecho de que la corriente dominante de la 
literatura de masas se dejara determinar tan intensamente por 
la lógica mercantil explica que, tal como ocurre en general con 
las esferas productivas regidas por esta, dicha literatura haya 
tendido a someterse a reglas de producción de carácter objetivo 
y coactivo, independientes de la voluntad de los autores (y aun 
de los editores) individuales, y a las que se veían estos compeli-
dos a adaptarse bajo pena de sucumbir. Los diagnósticos sobre 
la industria cultural que presentan a esta, en términos unilate-
ralmente críticos, como el reino de la repetición infinita, han 
insistido sobre la condición paradójica que los bienes cultura-
les mercantilizados compartirían con el conjunto de los bienes 
de consumo: el hecho de que, siendo siempre iguales, fingen 
ser siempre nuevos a fin de conquistar clientes.69 De ahí que, 
por detrás de la aparente diversidad de la literatura de masas, 
esta última presente, a nivel histórico y estructural, una estabi-
69 Cf. Adorno, Theodor W., Teoría estética. Trad. de Jorge Navarro Pérez. 
Madrid: Akal, 2014,p. 231.
lidad notablemente mayor que la llamada literatura autónoma. 
Dicho de otro modo: bajo la agitada superficie de la “literatura 
industrial”, sería posible reconocer su fisiología, su esencia, al 
mismo tiempo expresada y velada por el nivel de la apariencia. 
Al plano esencial pertenece un conjunto rasgos fundamentales 
que definen a esta literatura a lo largo de la Modernidad y cuya 
caracterización permitiría trazar el término medio ideal de la 
literatura de masas. Esta afirmación no debería ser entendida 
como una exhortación a realizar un análisis ahistórico; bien al 
contrario, creemos que, siendo la cultura de masas un vástago 
de la Modernidad capitalista, sus categorías fundamentales po-
seen funciones netamente diversas de las que pudieron haber 
tenido en otras épocas del pasado, o de las que podrían asumir 
quizás en un futuro emancipado de la ley del valor. Tampoco 
habría que concluir que la literatura trivial es un sistema dota-
do de una coherencia cerrada, en el que no podrían persistir 
vestigios (estéticos, ideológicos) de una modalidad de con-
ciencia no contemporánea –la Ungleichzeitigkeit blochiana–, 
o atisbos de una sociabilidad y una conciencia aún no existen-
tes –la Vor-Schein estética teorizada también por Ernst Bloch–. 
La instigación a sondear las contradicciones y grietas dentro de 
la cultura consumida por los públicos masivos es tan cardinal 
como el imperativo, fundamental para todo análisis marxista, 
de siempre historizar. No estamos aquí a la caza de invariantes; 
lo que propiciamos, en cambio, es una modalidad de análisis 
que coloque las innumerables variaciones coyunturales de los 
fenómenos de superficie en relación con una estructura que, 
lejos de ser ahistórica, está totalmente impregnada de histo-
ricidad y que corresponde a una era totalmente particular. El 
análisis inmanente de la dialéctica de esencia y superficie de la 
literatura de masas que aquí proponemos se diferencia tanto 
de aquellos abordajes que buscan características eternas, atem-
porales tras las obras particulares, como de aquellos que, en el 
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 5150
extremo contrario, consideran a cada obra particular como un 
hecho único e incomparable o, sin ninguna voluntad de gene-
ralización, se limitan a hacer que desfilen las obras individuales 
como cuentas de un rosario. Un análisis dialéctico de la lite-
ratura de masas debería eludir ambas alternativas sin sugerir 
alguna suerte de “vía media”. 
De la postulación de un conjunto de categorías estructurales 
de la literatura de masas no se infiere, entonces, la negación de 
los cambios históricos. De hecho, veremos más adelante en qué 
medida las transformaciones que tuvieron lugar desde comien-
zos de la década de 1970 han tenido efectos sustanciales para 
toda la cultura de masas, haciendo que, en muchos aspectos, 
esta no sea idéntica con la que había cuestionado Adorno en 
las décadas que siguieron a la segunda postguerra. Pero estos 
cambios, como otros anteriores y sucesivos, se produjeron en el 
marco de la constitución de la esfera de la cultura de masas en 
cuanto producción orientada al mercado. Las pautas que este 
le impuso a la creación estética y literaria se les enfrentan a los 
artistas y escritores como una ley natural –como decía Marx a 
propósito de las coacciones establecidas por el capital–, y solo 
podrían dejar de tener vigencia en una sociedad que se haya 
deshecho de la ley del valor y en la que una literatura más ge-
nuinamente popular se vea finalmente liberada de su degrada-
ción a mercancía.
7. Conciencia cotidiana y literatura de masas 
Es posible decir, pues, que la conciencia inmediata de 
los seres humanos, como una apariencia socialmente 
necesaria, es, en una medida muy grande, ideología. 
Theodor W. Adorno, Lecciones sobre dialéctica negativa 
Vimos ya que, para Marx, las formas fenoménicas de la re-
lación capitalista se reproducen de manera espontánea como 
formas comunes y corrientes del pensar. El pensamiento co-
tidiano –el common sense– es el espacio en el que prosperan 
las mistificaciones; y de esas formas de reflexión se nutre espe-
cialmente la cultura de masas, como ha mostrado lúcidamente 
toda una galería de anatomías de la doxa del capitalismo tardío 
–desde Mitologías (1957) de Barthes a los estudios materiales 
de Adorno y los ensayos de Jameson sobre cine–, en las que 
dicha cultura es diseccionada en cuanto instrumento para la 
mistificación de masas. La literatura trivial también está signa-
da, en una medida comprensiblemente mayor que la autóno-
ma, por los estereotipos y distorsiones propios de la conciencia 
cotidiana; ya por el intenso grado de estandarización que la ca-
racteriza, y que es condición necesaria para su difusión. Esto es 
muy perceptible en aquellos formatos que, como el de la dime 
novel,70 imponen pautas externas inalterables en cuanto a can-
tidad de páginas, vocabulario, estructura sintáctica y extensión 
de las oraciones, número de personajes, caracterización física, 
socioeconómica y moral de los caracteres, organización de la 
acción narrativa, modos (y frecuencia) de tematización de la 
violencia o el sexo, polarización en héroes y villanos, entre otros 
aspectos. Pero es posible descubrirlo también en obras menos 
sometidas a un control específico: donde no operan los lectores 
de las editoriales como agentes de vigilancia, actúa implacable-
mente el mercado. En todo caso, en su extrema uniformidad, la 
dime novel permite extraer elementos pertenecientes a la fisio-
70 El término designa una forma muy estereotipada de ficción de masas 
que prosperó en EE.UU. ante todo entre 1860 y 1915. De muy bajo 
costo –de ahí la denominación del género–, reunía ficciones románti-
cas, narraciones históricas, episodios bélicos y relatos de acción. Estaban 
centradas en, en muchos casos, en los períodos de la Guerra Civil o de la 
Revolución. Entre los autores más exitosos se encuentran E. Z. C. Judson, 
Prentiss Ingraham, Edward Wheeler y J. R. Coryell. Su equivalente más 
cercano fueron las penny dreadfuls inglesas; su sucesor más inmediato, las 
pulp fiction. 
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 5352
logía de la literatura de masas en una medida mayor que otros 
géneros triviales. Entre esos rasgos cabe destacar, aún más que 
los aspectos formales externos, ciertos factores vinculados con 
la visión del mundo que emerge, no ya de ciertas obras parti-
culares, sino de la literatura no canónica in toto. No es tarea 
de este libro desarrollar toda la infraestructura de esta última; 
tan solo mencionaremos, remitiéndonos a un subgénero parti-
cularmente estereotipado, algunos componentes significativos 
tanto por su centralidad como por la relevancia que tendrán 
para nuestros posteriores análisis. Los estudios pioneros sobre 
las dimes novels subrayaron ya el modo en que estas permitían 
detectar con relativa facilidad los requerimientos promedio 
(Durchschnittsbedürfnisse) de un lector medio (Durchschnitts-
leser) sumamente masivo. Entre esos requerimientos se encuen-
tra aquello que designamos ya como concretismo o personali-
zación; en relación con lo que venimos comentando: las obras 
del subgénero deben renunciar a cualquier representación de 
los procesos socioeconómicos más amplios y complejos, o a las 
motivaciones psicológicas más profundas para las acciones, y 
concentrarse en lo palpable o perceptible.71 De lo que se trata 
71 En relación con estas particularidades del capitalismo plantea Volker 
Klotz el imperativo de visibilidad (Anschauulichkeit) como rasgo fun-
damental de la literatura de masas: las “formas de circulación” del capi-
talismo son “invisibles, en un sentido literal. Se sustraen a la percepción 
sensible. Las partes individuales pueden, sin duda, entrar evidentemente 
en el campo de visión y ser observadas: trabajadores en el pozo de una 
mina o en una fundición; chimeneas de fábricas; oficinas de dirección; 
departamentos de contabilidad; el frenético ajetreo de la bolsa; hambre y 
enfermedaden los complejos habitacionales. Permanece, en cambio, in-
visible el contexto: el sistema de leyes según el cual una pieza individual 
condiciona allí la otra. Esto solo se puede abstraer. Es decir, extraerlo del 
ámbito de la percepción sensorial” (Klotz, Volker, Abenteuer-Romane. 
Sue, Dumas, Ferry, Retcliffe, May, Verne. Múnich, Viena: Carl Hanser, 
1976, pp. 22 y s.). A modo de reacción frente a semejante estado de cosas, 
en la literatura de masas, todo lo que ocurre “es incondicionalmente ma-
nifiesto y palpable. Nunca resulta alguna cosa espiritualizada o abstraída. 
es de reducir la realidad “a su superficie sensorialmente aparen-
te, equívoca e insustancial”; las “justificaciones psicológicas o 
sociales que van más allá de las reacciones de los personajes a 
meros estímulos de superficie son casi sin excepción evitadas 
en las dime novels”.72 La exigencia de que el mundo representa-
do en las obras sea sensorial e intelectualmente abarcable y que 
eluda las complicaciones del real es la respuesta de la literatura 
de masas a una Modernidad que, ante los ojos del pensamien-
to cotidiano, se muestra como insuperablemente intrincada e 
inaprehensible. De ahí la abundancia de explicaciones aparen-
tes, la concentración en fenómenos de superficie, la insistencia 
en simplificar la realidad presentándola como resultado de la 
acción de un número limitado de personas, enfrentadas en un 
duelo que opone, en última instancia, a héroes y villanos. Pero, 
para alcanzar su más alto rendimiento en cuanto mercancía, la 
dime novel exige además la afirmación de sistemas de valores 
dotados del más alto grado de generalidad:
Los productores de dime novels, quienes, por razones 
de maximización de ganancias, dependen del consumo 
masivo, buscarán asegurarse […] la coincidencia óptima 
entre mensaje y estructura de las dime novels y los juicios 
de los lectores. Para la efectividad de los textos posee 
una importancia decisiva […] que los juicios sean gene-
ralizables. Por eso las dime novels reproducen aquellas 
normas y representaciones de valores que son sostenidas 
por todas o la mayoría de las partes de la población. Los 
autores velan para que estas normas y estos valores ge-
Todo se desarrolla en su presencia visible. Las acciones individuales del 
héroe, de sus acompañantes y sus adversarios, así como la acción nove-
lística en su totalidad, tienen lugar de modo tal que sean externamente 
visibles” (ibíd., p. 18).
72 Nusser Peter, “Zur Rezeption von Heftromanen”. En: Rucktäschel, An-
namaria / Zimmermann, Hans Dieter (eds.), Trivialliteratur. Múnich: 
Fink, 1976 pp. 61-79; aquí, p. 68.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 5554
neralizables sean representados exclusivamente por los 
héroes, los objetos de identificación de los lectores.73
La necesidad de captar a un número considerablemente am-
plio de consumidores hace que estas novelas atrapen el ethos del 
público de masas en una dimensión inalcanzable para formas 
más directamente efectistas o, en el otro extremo, más indirec-
tas y sublimadas. Puede resultar paradójico que un subgénero 
integrado por obras tan efímeras como el de las dime novels 
permita captar en una medida tan intensa algunos de los rasgos 
más básicos y, por lo tanto, más permanentes de la literatura 
de masas. Importa destacar que la visión del mundo con la que 
busca identificarse –de manera más inconsciente que conscien-
te– la literatura trivial presenta notorias afinidades con aquella 
conciencia cotidiana que, según Marx, permanece apegada a la 
superficie del capitalismo y que había llegado a encontrar una 
expresión característica en la economía vulgar y en no pocos 
teóricos del socialismo. También con aquella mistificada doxa 
pequeñoburguesa de la que encontró Barthes exponentes tan 
típicos en los editoriales de Le Monde o en los discursos de 
M. Poujade. El mito moderno, como destacó Barthes, trans-
forma la historia en naturaleza: si, según Marx, el capitalismo 
apunta a consolidar en los hombres –más allá de la clase social 
a la que pertenezcan– la representación de que las condicio-
nes económicas y sociales vigentes poseen la inexorabilidad de 
una ley natural, el mito contemporáneo, según Barthes, tiene 
por fin hacer que las normas burguesas aparezcan como leyes 
evidentes de un orden natural. Por obra de ese borramiento 
del carácter transitorio de la sociedad burguesa, el capitalismo 
mistifica lo contingente presentándolo como eterno: convier-
te una antiphysis en una pseudophysis. Esta naturalización de la 
ideología burguesa asume su carácter más enfático en el sentido 
73 Ibíd., p. 71.
común pequeñoburgués –a cuya definición y crítica está dedi-
cada la mayor parte de los análisis de Mitologías–, que es una 
amalgama de residuos de la cultura burguesa, de verdades bur-
guesas degradadas, empobrecidas, comercializadas, démodées. 
Así como se caracteriza por difuminar la cualidad histórica de 
las cosas, haciendo que no parezcan históricamente devenidas, 
“fabricadas”, así también busca la cosmovisión burguesa despo-
litizar la realidad social. 
Podrá afirmarse, con razón, que la conciencia cotidiana no 
es una entidad eterna existente en algún cielo platónico de las 
ideas, y que el análisis de sus mutaciones históricas es una tarea 
de extrema relevancia. Pero aquí es oportuna una nueva remi-
sión al presente: durante la fase neoliberal, de la mano de la 
mundialización capitalista, ha tenido lugar una homogeneiza-
ción de las necesidades y deseos de las masas en el plano global 
como nunca se había conocido (como nunca habría sido posi-
ble) en la historia precedente. Un espacio privilegiado para la 
consolidación y propagación de esta conciencia estandarizada 
han sido las industrias culturales; la norteamericanización de 
la cultura de la que hablaremos más adelante es un elemento 
sustancial de este proceso. El avance arrollador de este no im-
pide que un modelo uniforme y uniformador explote publici-
tariamente el discurso de la diferencia y los paradigmas de una 
multiculturalidad que él mismo se encarga materialmente de 
extinguir. Este modelo ha tendido a consolidarse como una 
visión del mundo fundada en un sentido común de los sectores 
medios. Esta afirmación requiere de algunas especificaciones: 
no hacemos referencia con ella a una clase media específica, 
efectivamente existente en algún lugar del planeta, ni a una 
suerte de destilación ideal del “espíritu” de las clases medias. El 
modelo middle-class al que nos remitimos es una construcción 
ideológica de identidad que ha logrado una efectividad inédita 
como expresión abreviada de las estructuras de pensamiento 
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 5756
y sentimiento compartidas por un público de consumidores 
enormemente difundido a escala mundial. En el análisis de una 
construcción tal se basan los cálculos acerca de los requerimien-
tos promedio del lector promedio a los que aludimos más arriba 
a propósito de las dime novels. La identificación de esas normas 
y representaciones de valores sostenidas por todas o la mayoría 
de las partes de la población que representan los mandamien-
tos fundamentales de la doxa de las sociedades de consumo es 
cardinal para alcanzar aquella generabilidad que puede úni-
camente garantizar la efectividad de las obras. La aptitud para 
expresar esta identidad de manera satisfactoria es lo que decide 
a menudo que una obra o un conjunto de obras no canónicas 
pertenezcan al mainstream de la literatura de masas, o lleven 
una vida subterránea como libros de culto o como manifesta-
ciones de una literatura alternativa o marginal. Cuanto más 
condescendiente es una obra con los preceptos de esta cons-
trucción identitaria, tanto más tiende a consustanciarse con la 
forma mercancía; por regla general, como dijimos, el reino de 
lo transitorio y de lo siempre igual. En las obras y autores más 
significativos y permanentes dentro del canon histórico de la 
literatura de masas, la vacilación entre la conformidad o el cues-
tionamiento del commonsense constituyó, no solo una decisión 
ética y crematística de los escritores, sino también un problema 
estético de las propias obras. Los lectores de Wilkie Collins 
recordarán en qué medida el ascenso del narrador inglés des-
de el autor de novelas históricas underground hasta la condi-
ción de clásico de la literatura de masas estuvo condicionado, 
entre otros elementos, por el desarrollo de una autocensura 
y una censura externa –los revisores asignados por Dickens– 
orientadas a controlar aquellos juicios que pudieran lesionar 
la sensibilidad moral o religiosa del público lector. Y buena 
parte de la complejidad de las obras mayores de Collins estri-
ba en su capacidad para convertir en sustrato siempre latente 
a un conjunto de actitudes y convicciones por los que el autor 
se sentía atraído, y que las obras asocian con una “perversión” 
moral que, encarnada en sus villanos, logró capturar el rechazo, 
pero también la fascinación de un público considerablemente 
numeroso y heterogéneo. La íntegra carrera de Dickens como 
hombre de letras es una eterna pugna entre el afán de conquis-
tar el ethos de sus lectores y el empeño en mantenerse a la altura 
de sus propios parámetros estéticos y políticos. 
La conciencia cotidiana, como vimos, es la sede de los feti-
chismos y mistificaciones. El hecho de que la literatura de ma-
sas necesite mantenerse próxima a aquella bajo pena de sucum-
bir autoriza a identificarla como una vía de acceso privilegiada 
a una modalidad de conciencia que, según dijimos, se encuen-
tra apegada a la superficie de la vida moderna. Considerado ex-
teriormente, el sentido común revela intensas mutaciones his-
tóricas, que requieren de un análisis específico tanto como de 
una puesta en relación con la matriz esencial válida para toda 
una era. En todo caso, una época que, como la nuestra, se halla 
tan expuesta al efecto alucinatorio de las fake news y a las dis-
torsiones de los trolls y en que se ha tornado moneda corriente 
el palabrerío acerca de la postverdad; en que, en consecuencia, 
ha alcanzado un nivel tan increíblemente intenso el fetichismo, 
tiene multitud de razones para examinar escrupulosamente el 
inconsciente político de la conciencia ordinaria. Se ha dicho (y 
volveremos sobre ello) que el mayor éxito del neoliberalismo 
ha sido ingresar eficazmente en el sentido común; esta estrate-
gia le ha permitido modelar las creencias y comportamientos 
de las masas, imponiéndoles la convicción de que sus reglas de 
funcionamiento son una ley natural para la que no hay alter-
nativa. Estos mecanismos de distorsión explican las decisiones 
políticas autodestructivas en las que se apoya toda una ola con-
trarrevolucionaria en el plano mundial, en la que se haya inclui-
do el surgimiento de nuevas derechas, también en Latinoamé-
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 5958
rica. Esto nos conduce a una tesis fundamental para el análisis 
de la cultura de nuestro tiempo: todo producto literario de masas 
se asienta (por lo general, de manera implícita) en algún modelo 
de sentido común, que configura como una amalgama de valores 
compartidos entre los potenciales lectores. Este modelo incluye 
tanto ideales y sensibilidades considerados como propios del 
grupo y formadores de comunidad, como criterios para la indi-
vidualización –y demonización– de enemigos y outgroups. Una 
señal distintiva de la literatura de masas de los últimos años es 
que, sobre todo para los autores más destacados, se ha vuelto 
cada vez más arduo construir sin conflictos la identificación 
con un common sense al que se percibe cada vez más como de-
gradado. Dicho de manera más simple: en los Estados Unidos 
de Trump, la Argentina de Macri o el Brasil de Bolsonaro, tiene 
que implicar una ineludible dificultad, para un escritor de ma-
sas, identificarse sin más con una visión del mundo middle-class 
aferrada a las banalidades intelectuales irracionalistas del neo-
liberalismo. Veremos, a propósito de las novelas más recientes 
de Stephen King, en qué medida el enfrentamiento con esta 
realidad deja marcas en las narraciones, poniendo de manifies-
to grietas y divisiones entre de las formas de pensar y de sentir 
tematizadas en las novelas como masivas y la visión del mundo 
plasmada positivamente por las obras. 
8. Cosificación y utopía
 me parece que debemos repensar la oposición alta 
cultura / cultura de masas de manera tal que el énfasis 
en la evaluación, al que tradicionalmente ha dado lugar 
–y que, al margen de cómo opere el sistema binario de 
valores […], tiende a funcionar en un reino atemporal 
de juicio estético absoluto–, sea reemplazado por un 
enfoque genuinamente histórico y dialéctico de esos 
fenómenos. […] En esta, la etapa tercera o multina-
cional del capitalismo, el dilema del doble criterio de 
la alta cultura y la cultura de masas, sin embargo, se 
mantiene, pero ha dejado de ser el problema subjetivo 
de nuestros propios criterios de juicio para convertirse 
en una contribución objetiva que tiene sus propios 
fundamentos sociales. 
Fredric Jameson, Signaturas de lo visible
Decir que la literatura de masas es hija de la Modernidad 
significa decir que las reglas que la rigen de manera esencial 
pertenecen a una era y no representan una suerte de determi-
nación eterna. Son algo devenido históricamente y de ningún 
modo una naturaleza sustancial; como habría escrito Adorno: 
son thései y no phýsei. Es una forma de pensamiento fetichista 
suponer que las normas a las que debe coactivamente amoldar-
se la literatura trivial son las que han regido desde siempre a la 
narrativa popular, más allá de ciertas semejanzas genéricas. La 
asociación entre literatura de masas y Modernidad nos condu-
ce a otra cuestión importante: aquella existe sustancialmente 
a fin de responder a necesidades planteadas por esta. Esto no 
significa que esta literatura sea sencillamente un reflejo de la 
apariencia o la estructura de la era burguesa: si a propósito de 
la literatura autónoma ha resultado siempre arduo afirmar que 
ella ofrece alguna clase de reproducción fotográfica de lo real 
(y esto, a lo sumo, fue acertado para cierto tipo de obras), esta 
afirmación resulta particularmente problemática para una lite-
ratura que, como la trivial, tiene como uno de sus propósitos 
básicos proporcionar una evasión respecto del mundo real. 
Más allá de esto, sería hora de que la teoría literaria marxista (y 
la teoría literaria en general) deje de andar a la caza de homo-
logías estructurales; posiciones como las de Goldmann, para 
quien la forma novelística es “la transposición al plano literario 
de la vida cotidiana en la sociedad individualista nacida de la 
producción para el mercado” y existe una “homología rigurosa 
entre la forma literaria de la novela […] y la relación cotidia-
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 6160
na de los hombres con los bienes en general y, por extensión, 
de los hombres entre sí, en una sociedad que produce para el 
mercado”74 revelan, en el mejor de los casos, una simplificación 
extrema de las obras concretas, a las que se les pide que tengan 
la gentileza de mostrar correspondencias estructurales con la 
fisiología de la sociedad burguesa. Una herramienta tan des-
provista de filo podría aportar algunos elementos útiles, con 
ciertas modificaciones (profundas), para dar cuenta de un for-
mato sumamente esquemático como el del folletín o las dime 
novels; el problema es que Goldmann lo propone como un 
instrumento para abordar novelas tan complejas como las de 
Balzac, Stendhal, Kafka o Sarraute. Y si los análisis particulares 
de Goldmann consiguen iluminar las obras que abordan, esto 
se debe a que el crítico se distrae de la aplicación de su metodo-
logía para prestar oídos al objeto. Pero volvamos sobre la cues-
tión de la utilidad de los métodos sociológicos para estudio de 
la literatura de masas: si esta admite, como sugerimos en este 
libro, un análisis basado en ciertos elementos de la crítica de la 
economía política marxiana, eso no sedebe a alguna clase de 
semejanza estructural, sino a que los productos de la industria 
cultural son, además de bienes culturales, mercancías, y están 
en esa medida regidas por la ley del valor. No se trata de alguna 
clase de semejanza pergeñada por el crítico, sino de una suje-
ción real.
La literatura trivial no refleja –ni en términos naturalistas, 
ni en forma estructural– a la Modernidad capitalista. Lo cual 
no impide que esta sea el trasfondo ante el cual aquella se re-
corta. Con el debido escepticismo y cum grano salis podríamos 
sugerir una tentativa de definición: las literaturas no canónicas 
buscan aportar soluciones imaginarias para problemas reales; y 
el mayor problema que esas literaturas procuran resolver es la 
74 Goldmann, Lucien, Para una sociología de la novela. Trad. de Jaime Ba-
llesteros y Gregorio Ortiz. Madrid: Ayuso, 1975, p. 24.
propia Modernidad. No tratan de calar en su lógica de funcio-
namiento, ni enfrentar su carácter abstracto con los medios de 
la abstracción. En su insistencia en expresar y, al mismo tiempo, 
velar la esencia del capitalismo, poseen toda la ambigüedad de 
las mistificaciones examinadas por Marx, y esto no hace otra 
cosa que reforzar su proximidad a la conciencia cotidiana. El 
consumidor de literatura trivial que le pide al vendedor de 
libros “novelas entretenidas” en lugar de “libros para pensar” 
dice algo más acertado sobre dicha literatura que toda una ga-
lería de teorías sociológicas acerca de la industria cultural. Las 
obras producidas para las masas responden a la desorientación 
de la conciencia corriente de cara a la Modernidad ofreciendo 
soluciones tranquilizadoras (simplificadoras) o modos de eva-
sión y distracción respecto de los dilemas de nuestra era. Um-
berto Eco explicó esta particularidad de la literatura de masas, 
en oposición a la “alta”, a partir de una diferenciación entre dos 
clases de catarsis; en tanto la “alta” literatura aspira a producir 
una catarsis problemática, despertando en los lectores una con-
ciencia mayor, acerca de la complejidad de las cuestiones que 
tematiza, que la que existía antes de la lectura, la literatura de 
masas apunta a producir una catarsis consolatoria en la medida 
en que, desde una perspectiva “socialdemócrata-paternalista”, 
solo abre crisis que pueden ser resueltas al final de las obras.75 
Tendría sentido agregar un aspecto más a la definición de Eco: 
si la literatura de masas suele ser, como él dice, socialdemócrata 
y paternalista, esto se relaciona, por un lado, con el empeño en 
mostrar que los “males” de la sociedad pueden sanarse, no a 
través de una transformación radical de las estructuras socia-
les, sino mediante cambios puntuales orientados a suprimir 
fallas locales y restablecer la armonía. Pero, por otro, también 
75 Eco, Umberto, “Le lacrime del Corsario Nero”. En: –, Il superuomo di 
masa. Retorica e ideologia nel romanzo popolare. Milán: Fabbri, 1978, pp. 
7-18; aquí, p. 10.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 6362
podríamos vincular esto con la insistencia en incluir, como un 
componente central, a líderes carismáticos (“paternalistas”) 
encargados de concretar esa armonía final. Esto anticipa algo 
que examinaremos luego: las estrategias de personalización y 
la apelación al liderazgo carismático, que se encuentran entre 
los elementos más recurrentes y esenciales en la literatura tri-
vial, se vinculan con una predisposición regresiva a escapar de 
la Modernidad refugiándose (ficcionalmente) en un mundo 
más sencillo y abarcable, con figuras de autoridad capaces de 
aportar orientaciones y protección. 
De un modo parecido funciona un rasgo de la literatura de 
masas que suele cobrar importancia en épocas de violenta in-
tensificación del tempo histórico: la nostalgia de un pasado en 
el que aún no existía esa aceleración de los ritmos de vida que es 
experimentada, en el presente, como amenazadora. Es explica-
ble que esta añoranza de la simplicidad del pasado se haya con-
vertido en un rasgo tan recurrente de la literatura de masas du-
rante la llamada postmodernidad, tal como lo ilustran toda una 
sucesión de modes rétro o los pastiches cinematográficos ana-
lizados por Jameson. En Frankenstein desencadenado (1973), 
de Aldiss, encontramos un caso representativo de esta clase de 
nostalgia: el protagonista, Joseph Bodenland, vive en un futu-
ro (¡el año 2020!) no muy alejado del presente de escritura de 
la novela en el que, a raíz de los efectos de las guerras nucleares 
sobre la estratósfera, el espacio y el tiempo se tornan inestables 
y se producen desplazamientos incontrolables. La responsabi-
lidad de tales alteraciones es imputada en última instancia a un 
mito: “la creencia dominante en nuestra época de que una pro-
ducción y una industrialización siempre crecientes procurarán 
el máximo de felicidad al mayor número y en todo el mundo”.76 
Como consecuencia de uno de esos desplazamientos espacio-
76 Aldiss, Brian, Frankenstein desencadenado. Trad. de Matilde Horne y F. 
A. Buenos Aires: Minotauro, 1976, p. 13. 
temporales, Bodenland aparece súbitamente en la Suiza de 
1816, donde no solo conoce a Byron, Percy B. Shelley y Mary 
Shelley, sino también a las “creaciones” de esta última, Victor 
Frankenstein y el monstruo. Podría pensarse –y la novela en 
buena medida lo sugiere– que el involuntario viaje del héroe a 
una Centroeuropa todavía signada por las guerras napoleónicas 
obedece al empeño de remontarse a las raíces históricas de un 
presente de crisis. Una lectura más atenta permite percibir que 
un designio aún más fuerte es, en verdad, evadirse de esa actua-
lidad –percibida como una intensificación de las condiciones 
vigentes en el presente de la escritura– hacia una época pretéri-
ta plagada de conflictos, pero en la que existen lugares amenos 
(como la Villa Diodati) y un ritmo de vida notoriamente más 
pausado que el que rige dos siglos más tarde. Esta añoranza se 
relaciona con un topos que reencontraremos en la literatura de 
horror de las últimas décadas: la idealización de la infancia, in-
tensificada en una época en la que ya no es posible imaginar 
paraísos geográficos situados al margen de la modernización. 
Al comienzo de la novela, leemos una carta que Bodenland le 
escribe a su mujer y en la que le detalla cómo sus nietos, junto 
con una niña amiga, realizan, en sus juegos, una suerte de ce-
remonia pagana en el patio de arena –“Un lugar perfecto para 
los niños en una época terrible como la nuestra”–77 en la que 
entierran una máquina, la cubren de flores e inician una danza 
ritual alrededor del túmulo. Bodenland concluye: “Los niños 
viven en el mito. Bajo el golpe implacable de la escuela, irrum-
pirá el intelecto –ese feroz depredador, el intelecto– y entonces 
el mito se marchitará y morirá como las flores brillantes que 
ahora adornan la misteriosa tumba”.78 La nostalgia de la infan-
cia no es más que el complemento de la añoranza del pasado 
idealizado; algo que sugiere un comentario del personaje: “Re-
77 Ibíd., p. 10.
78 Ibíd., pp. 12 y s.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 6564
cordé haber leído la vieja obra clásica de la literatura infantil, 
La máquina del tiempo, de Herbert Wells; pero el viajero del 
tiempo de Wells viajaba al futuro. ¡Cuánto más placentero era 
volver al pasado! ¡Cuánto más seguro!”.79 Esta declaración, así 
como el ánimo general de la novela, otorgan voz a un deseo de 
evasión de la actualidad que, justo es decirlo, en la corriente 
principal de la literatura de masas se expresa en términos más 
agudamente consolatorios que en Frankenstein desencadenado. 
En los impulsos regresivos de la cultura de masas se traslu-
ce el deseo de huir de la abstracción moderna, experimentada 
como caótica y destructora. Esta constatación no debería im-
pedirnos percibir que, como veremos, en ella existen también 
impulsos utópicos orientados a una emancipación futura que 
sería lícito asociar con los sueños diurnos (Tagträume) analiza-
dos por Bloch. Aun cuando son también mercancías, lasobras 
triviales no son únicamente mercancías, y esta existencia anfibia 
puede inducirnos a inspeccionarlas como algo más que mera 
mistificación de masas. Aunque en una medida comprensible-
mente menor que la autónoma, la literatura de masas debería 
ser considerada como un campo de fuerzas en que cosificación 
y utopía conviven en una relación polémica. Esto no tiene que 
llevarnos a sobreestimar –como lo ha hecho toda una serie de 
teorías– la eficacia de esta literatura en cuanto medio persuasi-
vo para orientar a sus lectores en direcciones ideológicas y po-
líticas determinadas. En un ensayo publicado en 1976, Rudolf 
Schenda invitó ya lúcidamente a tomar distancia de los “educa-
dores miopes” que insisten en que la razón para la criminalidad 
juvenil ha de buscarse en la literatura “sucia” y “barata”:80 una 
sugerencia que infelizmente no ha sido muy tenida en cuenta. 
79 Ibíd., p. 28; las bastardillas son nuestras.
80 Cf. “Violenz im populären Roman”. En: Schenda, R., Die Lesestoffe der 
Kleinen Leute. Studien zur populären Literatur im 19. und 20.Jahrhun-
dert. Múnich: Beck, 1976, pp. 105-120; sobre todo, p. 116.
La eficacia retórica de la literatura trivial es tan limitada como 
la de la literatura políticamente comprometida, y su influencia 
podría a lo sumo ser puesta en relación con la llamada socia-
lización indirecta. Mucho más productivo podría resultar ver 
en la literatura de masas un medio para acceder a formas de 
conciencia y sensibilidad ampliamente difundidas y arraiga-
das en el público. Pero para comprender esto se requiere un 
modo de abordaje que no se limite a señalar, desde su elevación 
moral, las iniquidades de la literatura industrial, sino que esté 
dispuesto a estudiarla en forma inmanente para mostrar tanto 
su coherencia lógica e ideológica como sus límites y contradic-
ciones. Aun al enfrentarse con materiales no canónicos debería 
el pensamiento asumir el imperativo dialéctico de prestar oídos 
al objeto, a fin de que este comience a hablar por sí mismo bajo la 
insistente mirada del pensamiento.81
9. Entre la humanización y el gore: polarizaciones 
del horror contemporáneo
La localización de componentes regresivos y utópicos no 
tendría que llevarnos a perder de vista esa aquiescencia del 
mainstream de la literatura de masas con la conciencia cotidia-
na y con las mistificaciones y fetichismos de esta. Atraída por 
fenómenos de superficie, dicha literatura –como, en general, el 
pensamiento espontáneo–, en medio de sus oscilaciones entre 
la nostalgia (neo)conservadora y los sueños de emancipación, 
tiende a buscar un punto de equilibrio en torno a interpreta-
ciones conformistas –conformes con el sistema (systemkon-
form), consolatorias–. En una época como la nuestra, cuya con-
signa, de acuerdo con los poderes económicos y políticos 
81 Cf. Adorno, Theodor W., Lecciones sobre dialéctica negativa. Fragmentos 
sobre las lecciones de 1965/66. Trad. de Miguel Vedda. Introd. de Mariana 
Dimópulos. Buenos Aires: Eterna Cadencia, 2020, p. 250.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 6766
globales, debería ser la de que no hay alternativa, la literatura de 
masas se convirtió en un escenario de luchas por el sentido co-
mún y por el conformismo de este con las reglas del statu quo. 
Y es así que, básicamente pesimista, la literatura de masas neo-
liberal se vio cada vez menos en condiciones de configurar los 
espantos con una optimista ingenuidad como la que era aún 
posible en épocas anteriores. En este aspecto, la historia se ha 
introducido en su despiadada materialidad en los géneros de 
masas, desarrollando, en algunos de sus autores más influyen-
tes, un giro autorreflexivo. Esto es simplemente ostensible en 
Stephen King, cuyas obras no solo están saturadas de referen-
cias intertextuales a la literatura de horror precedente (inclu-
yendo la del propio autor), sino que insisten en incluir, como 
un elemento gravitante, a personajes escritores, que con exacer-
bada frecuencia conducen a consideraciones sobre el estatuto 
del autor, sobre las condiciones de difusión y recepción de la 
literatura y sobre la propia escritura. La instancia por excelen-
cia de esta autorreflexión no debe buscarse quizás en la obra 
ensayística de King, sino en Misery (1987). El estado del mundo 
–y nunca tuvo tanta validez esta expresión como en los tiempos 
del capitalismo globalizado– signó también el horror de masas 
introduciendo una polarización que recuerda las contraposi-
ciones tradicionales entre literatura efectista o sensacionalista y 
literatura de tendencia. Así pues, en nuestros tiempos se ha lle-
vado, por un lado, la representación del gore explícito a un gra-
do tal que ya casi nada constituye un tabú para la escritura, y 
mucho menos aún para la cámara; películas como Braindead 
(1992) o The Human Centipede II (2011) tienden a insensibi-
lizar a un público cada vez más masivo que ya no se siente im-
presionado por las representaciones más extremas del horror 
difundidas, digamos, en la década de 1970, que ahora pueden 
parecer timoratas y “soft”. Por otro lado, ha tenido lugar una 
amplia humanización de los monstruos, sustentada en los idea-
les de political correctness propios de una moral biempensante 
cuyo aprovechamiento podría seducir a los consumidores de 
nuestro tiempo y multiplicar las ventas. Entrevista con el vam-
piro (1976) de Anne Rice –y más eficazmente aún la versión 
cinematográfica de Neil Jordan (1994)– y el Bram Stoker’s 
Dracula de Coppola (1992) aportaron elementos para esta es-
trategia que recorre el horror de las últimas décadas y que en-
cuentra una de sus más exitosas manifestaciones recientes en el 
Joker (2019) de Todd Philips. No querríamos reducir esta apa-
rente antítesis a un juicio global, y somos conscientes de que 
esta cuestión requiere de un análisis detallado. Solo nos intere-
saría extraer algunas conclusiones para la literatura de masas. 
Lo que aquí está en juego son las condiciones que ha asumido, 
y las que podría asumir, una literatura tal después de Auschwitz, 
pero también después de otros horrores, entre los que cabe in-
cluir a la última dictadura en Argentina. En su obra tardía, Kra-
cauer se ha interrogado por las formas estética e intelectual-
mente válidas de representar el horror. En Teoría del cine 
(1960), su respuesta es que la estrategia más adecuada es adop-
tar una perspectiva distanciada, que aspire a una sobria fideli-
dad a los hechos y que excluya la apelación al efecto fascinador 
y “culinario” (en el sentido brechtiano) de las imágenes bellas o 
impactantes. En Historia. Las últimas cosas antes de las últimas 
(publ. 1969), sostiene que la representación del sufrimiento 
humano exige un informe objetivo y distante.82 En concordan-
cia con lo que dijimos sobre la violencia en literatura, la explo-
sión del gore en la cultura de masas reciente y contemporánea, 
podría decirse que no hay que buscar en la literatura y el cine 
tanto la sencilla causa del fenómeno representado, como la ex-
presión –ideológica y comercial– de una era tan marcada por la 
82 Kracauer, Siegfried, Historia. Las últimas cosas antes de las últimas. In-
trod. de Miguel Vedda. Trad. de María Guadalupe Marando y Agustín 
D’Ambrosio. Buenos Aires: Las cuarenta, 2010, p. 128.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 6968
brutalidad como el neoliberalismo y de las formas específicas 
de sociabilidad y los déficits democráticos que la atraviesan. Un 
arte que se complace en la representación del sufrimiento y la 
mutilación, o aun en la de la llamada violencia psicológica, se 
aviene bien con una época que, como la nuestra, se caracteriza 
por el exceso. La sobria distancia y la reticencia recomendadas 
por Kracauer frente a las aficiones de la industria cultural por lo 
culinario ponen en evidencia la actualidad de las teorías del dis-
tanciamiento estético, que aun antes de Brecht vienen propo-
niendo el extrañamiento (Verfremdung) respecto de la superfi-
cie de la vida cotidiana como respuesta a la alienación 
(Entfremdung)de esta. En Teoría estética se ha referido Adorno 
a la alergia que el arte emancipado muestra, en el capitalismo 
tardío, frente a cualquier imitación demasiado directa del pla-
cer sensorial; correspondería ver “algo de infantil” en lo sensual 
si este aparece en el arte “literalmente, intacto”: “Es absorbido 
por el arte solo en el recuerdo y en el anhelo, no copiado y 
como efecto inmediato. La alergia a lo sensual burdo arruina 
también a los períodos en que lo placentero y la forma podrían 
comunicarse aún de una manera más inmediata”.83 Esta alergia 
debería extenderse a la estetización culinaria del horror, y fren-
te a ella también correspondería recomendar, si no la prohibi-
ción de imágenes, al menos sí el distanciamiento, la mediación 
formal. Por otro lado, tras la humanización del monstruo se 
esconde habitualmente tanto un sentimentalismo estético que 
a cada instante está expuesto al riesgo de la recaída en el kitsch, 
como la posibilidad de un moralismo doctrinario empeñado 
en sacar a pasear de nuevo, como a un viejo espectro, el manual 
liberal de las buenas costumbres. Ambas variedades del horror 
son reacciones típicas frente a la actual fase del capitalismo: el 
éxito masivo del gore puede bien ser leído como síntoma de una 
insensibilización ante el sufrimiento, de una cauterización de la 
83 Adorno, Theodor W., Teoría estética, p. 27.
sensibilidad que está en la base de las actuales olas de fascistiza-
ción y del ideario y la praxis de las nuevas derechas. (Mientras 
escribo esto, el ex capitán y actual presidente de Brasil, Jair Bol-
sonaro –una figura cuyos rasgos caricaturescos exceden con 
amplitud todos los desbordes en los que incurrieron hasta aho-
ra la opereta o la farsa–, funda su exaltada defensa de los nego-
cios, antes que de la salud de los ciudadanos, en que las muertes 
son un hecho inevitable: en vista de que no hay alternativa, el 
show debe continuar y la impassibilité es la actitud más reco-
mendable). El humanismo biempensante, aunque menos in-
quietante que el gore, suele representar una nostálgica respuesta 
socialdemócrata a una era que ha vuelto obsoletos los artilugios 
mágicos del keynesianismo: sería posible poner fin a la perver-
sidad de Dracula cuando este es redimido, como en el film de 
Coppola, por el amor; y los criminales dislates de Arthur Fleck 
podrían haber sido supuestamente prevenidos por un Estado 
contenedor y benévolo. Para un conjunto de autores del horror 
contemporáneo estadounidense, entre los que se encuentran 
algunos de los más exitosos, los héroes positivos son los heral-
dos de un sentido común middle-class que señala la posibilidad 
de reencauzar al capitalismo norteamericano en una vía dife-
rente de la de Trump, es decir: humanitaria y “virtuosa”. Estas 
dos versiones del sentido común middle-class –cuya pugna ten-
dremos ocasión de ver en las novelas de King– es uno de los 
productos de exportación más exitosos de la industria cultural 
estadounidense. Una configuración particularmente extrema-
da de esta versión compasiva del sentido común contemporá-
neo aparece en Elevación, una novela corta fantástica de Ste-
phen King publicada en 2018. Alejada del horror habitual del 
autor y, por así decirlo, concebida como una suerte de Canción 
de Navidad de los tiempos neoliberales, la narración expone el 
proceso por el cual Scott Carey, por efecto de alguna clase de 
mutación prodigiosa, va perdiendo todo su peso sin que su as-
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 7170
pecto físico se altere. La metamorfosis física, bien diferente de 
la de Gregor Samsa, va acompañada por una moral: transmuta-
do en un santo laico, Scott logra producir cambios propicios en 
la moral trumpiana –individualista, heteronormativa, xenófo-
ba– de la comunidad de Castle Rock, el más concreto de los 
cuales es transmutar el brutal rechazo hacia una pareja de les-
bianas que abren un restaurante en el pueblo en una integra-
ción humana y económicamente exitosa. La escena final, en la 
que Scott, ya totalmente carente de peso y, por ende, próximo 
a morir, asciende apoteósicamente al cielo en globo, es un real 
monumento al kitsch. También lo es la obvia metáfora de la 
elevación física y moral del personaje, que no solo le permite 
persuadir a su comunidad, sino también a las propias outsiders; 
ante todo, a la más “obstinada” de ellas, Myra, quien aprende a 
superar el desprecio hacia una comunidad que hasta entonces 
la había rechazado. De no ser por la educación moral impartida 
por Scott, Myra habría permanecido “ciega a cosas muy buenas 
y a ciertas personas buenas. Habría seguido siendo una mujer 
vieja y estúpida”.84 Esta es solo una de las instancias en que esta 
suerte de fusión de literatura de tendencia y cuento de hadas se 
eleva hasta las cimas del sentimentalismo; así, en el otro clímax 
de la novela corta –una carrera en la que, a pesar de su edad y 
estado físico, Scott deja atrás a casi todos los competidores (a 
excepción de Myra) gracias a su ingravidez–, “el mundo entero 
se había manifestado en la gloria normalmente oculta de las 
cosas ordinarias”, de modo que el personaje puede sentirse 
“elevado”.85 Ante pasajes como este, el lector podría añorar el 
gore, del mismo modo que los excesos del sensacionalismo po-
drían conducirlo erróneamente a extrañar las narraciones tri-
viales edificantes. Así las cosas; aunque, como se ha dicho más 
de una vez, en el infierno todas las posiciones son relativas.
84 King, Stephen, Elevación. Trad. de José Óscar Hernández Sendín. Bar-
celona: Penguin Random House, 2019, p. 76.
85 Ibíd.
Estas dos tendencias del horror reciente –que parecen la 
versión trivializada de la alternativa, en las poéticas burguesas 
clásicas, entre naturalismo e idealismo86– expresan modos de 
reacción típicos frente a la superficie de la vida contemporá-
nea; se hallan, en cuanto tales, marcados por la inmediatez y, 
por ende, cautivos de mistificaciones. No queremos decir con 
esto que esas obras representen de manera científica o ideoló-
gicamente errónea el mundo y que bastaría con corregir even-
tuales errores para tornarlas “verdaderas”. Más bien habría que 
decir que ellas expresan demasiado bien la conciencia cotidiana 
de un público considerablemente masivo y que por esa razón 
merecen una atención particular. Son, como veremos, ensayos 
imposibles para introducir un sentido, por vía ideal, en una rea-
lidad social desquiciada, aunque sin ir más allá de esta. Básica-
mente idealista, tanto la estetización de la violencia pura y dura 
como la idealización de una ética humanitarista apaciguan 
inquietudes en los lectores preservando, al mismo tiempo, la 
naturaleza de la realidad alienada. La catarsis que promueven 
es en ambos casos conciliatoria: o bien porque apuntan a anes-
tesiar la sensibilidad ante la violencia y el sufrimiento, o bien 
porque suponen que es posible crear islas de felicidad mediante 
pequeñas acciones bondadosas, a espaldas de un mal que conti-
nuamente se expande. Pero es también común a ambas tenden-
cias el énfasis sobre las impresiones inmediatamente sensibles, 
culinarias –hacia las cuales, según vimos en Adorno, siente 
“alergia” el arte autónomo moderno–, y el alejamiento de un 
tratamiento distanciado, el más apto para presentar resistencia 
86 Cf. Lukács, György, “Arte y verdad objetiva”. En: –, Problemas del rea-
lismo. Trad. de Carlos Gerhard. México: FCE, 1966, pp. 11-54. Recordar 
la oposición que allí se traza entre Diderot y Schiller y la caracterización 
del posterior ahondamiento de la escisión entre “por una parte, el atasca-
miento en la realidad inmediata, y por otra parte el aislamiento, respecto 
de la realidad material, de los elementos que trascienden la inmediatez” 
(pp. 17 y s.).
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 7372
a la realidad alienada. Esto explica que, más allá de las diferen-
cias que los separan, autores como Brecht, Lukács, Kracauer y 
Adorno hayan coincidido en reclamar del arte un esclarecedor 
distanciamiento respecto de la inmediatez dela conciencia co-
tidiana. Lukács escribió que la catarsis estética 
no se reduce, pues, a mostrar nuevos hechos de la vida, 
o a iluminar con luz nueva hechos ya conocidos por el 
receptor; sino que la novedad cualitativa de la visión 
que así nace altera la percepción y la capacidad, y la hace 
apta para la apercepción de nuevas cosas, de objetos ya 
habituales en una nueva iluminación, de nuevas cone-
xiones y de nuevas relaciones de todas esas cosas con él 
mismo.87
Y a lo que apunta es a subrayar hasta cuál punto la obra de 
arte promueve un efecto desfetichizador en la medida en que 
su lógica inmanente –y no su reproducción más o menos fiel 
de un referente externo, o su eficacia retórica– se aleja de las 
representaciones alienadas de la vida cotidiana. De un modo 
parecido se opuso a Adorno a las propuestas de que la “realidad 
empírica misma”, de que “la objetividad sensible inmediata”, 
tal como es experimentada por nosotros en la cotidianidad, 
aparezca en la obra de arte “así como está abierta, en general, a 
la experiencia no artística del hombre individual”.88 El distan-
ciamiento es la única genuina alternativa frente a la realidad 
alienada:
Solo cuando la forma alienada en la que se nos presenta 
el así llamado mundo natural es superada por la obra de 
arte misma y traspuesta a una forma otra, ella se deter-
87 Lukács, György, Estética 1. La peculiaridad de lo estético. Trad. de Ma-
nuel Sacristán. 4 vols. Barcelona: Grijalbo, 1982, vol. II, p. 528.
88 Adorno, Theodor W., Estética (1958/59). Ed. de Eberhard Ortland. 
Trad. y pról. de Silvia Schwarzböck. Buenos Aires: Las cuarenta, 2013, 
pp. 395 y s.
mina del mismo modo que una forma alienada a través 
de la obra de arte, la cual, por su intermedio, nos enseña 
de algún modo a volver a mirar con ojos extraños a un 
mundo que nos obliga ya a mirarlo con ojos extraños. 
[…] la ley formal exige disolver todas las fachadas, todas 
las conexiones superficiales que se nos presentan en la 
experiencia aparentemente como cerradas y reemplazar-
las por una configuración que sea […] tanto la crítica a 
esta forma superficial alienada como también el intento 
de construir, a partir de los elementos de esa realidad, 
precisamente, una realidad no alienada, una realidad en 
que nos volvamos a encontrar a nosotros mismos de ma-
nera crítica.89 
En medio de lo que percibe como un universal naufragio, y 
en su aborrecimiento hacia la abstracción de los conceptos, el 
pensamiento cotidiano se aferra a lo que considera su experien-
cia más concreta e inmediata como a la última tabla salvadora, 
como a lo único fijo y seguro, sin comprender que esa experien-
cia presuntamente inmediata es algo mediado y que, por ello, 
tampoco es algo absolutamente seguro.90 En el origen de estas 
aproximaciones dialécticas se encuentra la tesis del Hegel de la 
Fenomenología según la cual analizar una representación no es 
otra cosa que cancelar la forma en que ella era familiar y cono-
cida; es decir, practicar una forma de extrañamiento:
Lo que es sin más familiar y conocido, por ser familiar y 
conocido, no es conocido de veras. El engaño más habitual 
a sí mismo y a otros al conocer consiste en presuponer 
algo como ya familiar y conocido, y conformarse igual-
mente con ello; de tanto hablar de acá para allá, un saber 
semejante se queda en el sitio donde está, sin ni siquie-
ra saber lo que le pasa. El sujeto y el objeto, etc., Dios, 
89 Ibíd., p. 397.
90 Cf. Adorno, Theodor W., Lecciones sobre dialéctica negativa, pp. 205 y s.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 7574
la naturaleza, el entendimiento, la sensibilidad, etc., se 
colocan de fundamento sin mayor examen, como algo 
familiar y conocido, como algo válido, y constituyen 
puntos firmes tanto de partida como de retorno. El mo-
vimiento va y viene entre ellos, que permanecen inmó-
viles, y avanza solo por su superficie.91 
El movimiento avanza solo por su superficie: difícil encontrar 
mejores palabras para describir la fijación del pensamiento co-
tidiano en lo inmediato; una fijación que Hegel relaciona con 
la certeza sensible, aquella forma de conciencia que imagina 
poseer el conocimiento más rico y verdadero, cuando este co-
nocimiento es el más pobre, el más indeterminado. Solo que 
estas formas de conocimiento no son para Hegel mera ilusión: 
son opinión, doxa;92 algo que tiene su factor de verdad, pero 
que necesita ser superado por un conocimiento que se vuelve 
sobre sí mismo, que es autorreflexivo. De no hacer este movi-
miento, permanecerá confinado en la convicción ingenua de 
que el saber está concretamente ahí, al alcance de la mano, y 
solo tiene que aprehenderlo. En este concretismo permanece 
fijado el “sano” sentido común, que indolentemente insiste en 
ahorrarse el arduo trabajo del concepto, que apela al sentimien-
to como a su oráculo más íntimo y que se complace en repro-
ducir frases hechas. Si se le recrimina la insignificancia de estas,
contesta aseverando que el sentido y todo lo que las lle-
na se hallan en su corazón, e igualmente deberían ha-
llarse en el corazón de los demás, creyéndose que con lo 
de la inocencia del corazón, la pureza de la conciencia y 
lindezas por el estilo, ya ha dicho las cosas más últimas, 
91 Hegel, Georg Wilhelm Friedrich, Fenomenología del espíritu. Trad. de 
Antonio Gómez Ramos. Madrid: Abada / Univ. Autónoma de Madrid, 
2010, p. 89. La trad. ha sido levemente corregida.
92 Cf. Hyppolite, Jean, Genèse et structure de la Phénoménologie de l’Esprit 
de Hegel. París: Aubier, 1946, p. 83.
frente a lo que no cabe ninguna objeción, ni puede exi-
girse nada más.93 
El sentido común siente pavor ante la abstracción: incapaz 
de “sostener su pensar en una proposición abstracta, menos aún 
en la conexión de varias”,94 se recrea en tautologías. En vista del 
estado actual de la cultura de masas, ¿puede sorprender que las 
lecturas recientes de la Fenomenología se hayan detenido espe-
cialmente en la crítica hegeliana del “sano sentido común”, de la 
misma manera que las nuevas lecturas de El capital han destaca-
do el análisis marxiano de los fetichismos y mistificaciones? Es 
así que Jameson, no sin cierta desmesura, identifica simplemen-
te al “sano sentido común” con el entendimiento (Verstand) y, 
a este, con el pensamiento cosificado; el Verstand es “lo que hoy 
en día podríamos llamar sentido común: pensamiento cosifica-
do, el pensamiento de lo externo”,95 el “interminable e inevita-
ble pensamiento de la vida cotidiana y el mundo material”.96 Y, 
a propósito de la gran Lógica, destaca que el Verstand,
aunque omnipresente, y a pesar de ser el pensamiento 
propio de la vida cotidiana, es el villano de la historia. 
No podemos decir que a lo largo de la Lógica Hegel 
rastree la verdad como un detective, pero sin dudas po-
demos decir que rastrea el error, y que el error siempre 
y en todas partes asume la forma del Verstand. […] el 
Verstand es el gran mago […] de la obra, la fuente pri-
maria de error y de todas las tentaciones –la de persistir 
en un momento, por ejemplo, y convertirlo en el propio 
hogar–.97
93 Hegel, Georg Wilhelm Friedrich, Fenomenología del espíritu, p. 133.
94 Ibíd.
95 Jameson, Las variaciones de Hegel. Sobre la ‘Fenomenología del espíritu’. 
Present. y trad. de David Sánchez Usanos. Madrid: Akal, 2015, p. 30.
96 Ibíd., p. 14.
97 Jameson, Fredric, Valencias de la dialéctica, p. 99.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 7776
La actualización del problema delata la actualidad de este: 
más que nunca se trata, retomando el programa de Marx, de 
disolver la falsa apariencia de naturaleza de la vida social. Este 
programa sugiere la perspectiva desde la cual debería ser exa-
minada la literatura de masas contemporánea. Pero, así como 
es necesario deshacer la inmediatez mistificada de dicha lite-
ratura, también es necesario hacer lo propio con las formas de 
abordaje cosificadas de la industria cultural.
10. Las industrias culturales bajo el neoliberalismo
La verdad es solo lo que no tiene cinturón 
de seguridad,lo que se arroja à fonds perdu.
Theodor W. Adorno, Lecciones sobre dialéctica negativa
 “La filosofía, en efecto, no tiene ningún objeto garantizado 
de manera absoluta […]. En el instante en que no puede pasarle 
nada al pensamiento filosófico, es decir, cuando está instalado 
en el ámbito de la repetición, de la mera reproducción, en ese 
instante la filosofía ha perdido ya su objetivo”.98 Dirigida hacia 
la filosofía en general, esta tesis podría concretamente destinar-
se a un modo infelizmente difundido de entender y aplicar el 
pensamiento adorniano: víctima de la burocratización intelec-
tual dominante, dicho pensamiento es a menudo saludado, no 
como una invitación a mantener experiencias no reglamenta-
das con los objetos de análisis, sino como un acervo de man-
damientos que son repetidos hasta la náusea sin verificación 
alguna. Un blanco privilegiado de este procedimiento antidia-
léctico ha sido la teoría sobre la industria cultural: rebajada a 
reproducción de enunciados aforísticos, en general extraídos 
del célebre excurso de Dialéctica de la Ilustración, dicha teoría 
ha ido perdiendo el espíritu provocador que tuvo en sus oríge-
98 Adorno, Theodor W., Lecciones sobre dialéctica negativa, p. 180.
nes y osificándose en una condena en bloc de la cultura de ma-
sas, sobre la cual se ha pronunciado un anatema y respecto de 
la cual sería preciso guardar las asépticas distancias requeridas 
frente a todo objeto convertido en tabú. La teoría crítica de la 
sociedad pasó a asumir un sesgo acusadamente moral y perdió, 
con ello, su explosividad, para encontrar un cómodo refugio 
en un pesimismo análogo al de los conservadores culturales, 
quienes –en oposición a la tradición inaugurada por Hegel y 
Marx– poseen razones fundadas para demonizar a la Moderni-
dad. Una consecuencia de esta cosificación ha sido, en primer 
lugar, la renuncia al análisis inmanente; copiando al marxismo 
vulgar tan vehementemente condenado por ellos mismos, no 
pocos adeptos a la teoría crítica juzgan que el examen de los 
productos de la cultura industrializada es superfluo o debería 
reducirse a una mera ceremonia, en vista de que ya han pronun-
ciado su condena sobre ella los padres fundadores de la teoría 
crítica. Esto supone ignorar que en el propio Adorno existen 
ambivalencias en este punto, y que en su obra no solo aparecen 
exhortaciones a un análisis específico y diferenciado de la Kul-
turindustrie, sino que estas instigaciones se intensifican en una 
medida cada vez mayor en la obra tardía.99 De un modo pro-
vocador se afirma ya en la introducción al estudio, escrito en 
colaboración con Eisler, sobre la composición para el film que 
las “posibilidades que los dispositivos técnicos pueden brindar 
al arte en el futuro son imprevisibles, y hasta en la película más 
detestable hay momentos en los que estas posibilidades irrum-
pen de forma patente”; el análisis de la cultura de masas “debe 
ir dirigido a mostrar la conexión existente entre el potencial 
estético del arte de masas en una sociedad libre y su carácter 
99 Un análisis inusualmente sutil sobre el tema aparece en Keppler, An-
gela, “Ambivalenzen der Kulturindustrie”. En: Klein, Richard / Kreuzer, 
Johann / Müller-Doohm, Stefan (eds.), Adorno-Handbuch. Leben-Werk-
Wirkung. Stuttgart y Weimar: Metzler, 2011, pp. 253-262.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 7978
ideológico en la sociedad actual”.100 Podría añadirse no solo que 
Adorno ha admitido en diversos contextos el potencial eman-
cipador de ciertas expresiones de la cultura de masas, sino tam-
bién que la presencia, en sus escritos, de análisis significativos 
de fenómenos particularmente degradados de dicha cultura 
–baste con recordar el estudio sobre la columna astrológica de 
Los Angeles Times– muestra que es posible hallar en él algo más 
que un afán de refugiarse en la torre de marfil del arte moder-
nista para huir de los horrores de un mundo mercantilizado. 
Es preciso recordar que aquello que define al pensamiento 
dialéctico, del que es un seguidor confeso Adorno, es la nega-
ción a hacer violencia a sus objetos; su intención es más bien 
plantear al objeto como algo prioritario, y el esfuerzo del pensa-
miento debe estar volcado a amoldarse del modo más profundo 
posible a las particularidades del objeto. Dicho de otro modo: la 
dialéctica extrae los conceptos de la cosa, y no le impone coer-
citivamente a esta un concepto a priori; para citar al propio 
Adorno: la dialéctica “intenta una y otra vez no quedarse de-
tenida […] una y otra vez se corrige según los datos de las cosas 
mismas. Tentativa de una definición: la dialéctica es un pensar 
que no se conforma con el orden conceptual, sino que lleva a 
cabo el arte de corregir el orden conceptual a través del ser de 
los objetos”.101 En este sentido, la sugerencia más apropiada de 
Adorno para un análisis crítico inmanente de la cultura de ma-
sas podría ser el comentario de que el único modo de evaluar 
“de manera justa y sólida” los hits musicales sería “analizarlos 
tan concretamente como sea posible sobre la base de su pro-
pio lenguaje, y sin importar criterios desde afuera de su propia 
esfera”102. 
100 Adorno, Theodor W. / Eisler, Hans, El cine y la música. Trad. de Fer-
nando Montes. Madrid: Fundamentos, 1981, p. 15.
101 Adorno, Theodor W., Introducción a la dialéctica, p. 34 y s.
102 Adorno, Theodor W., “Musical Analysis of ‘The Bells of San Raquel’”. 
En: –, Current of Music. Elements of a Radio Theory. Ed. e introd. de Ro-
Lo que define de manera sustancial al verdadero pensamien-
to dialéctico es que se atreve a criticar sus propios conceptos 
establecidos, a modificarlos cuando ellos no concuerdan con 
el objeto; es que insiste para que los conceptos se avengan con 
el objeto. Es decir que, así como las cosas no existen de una 
vez y para siempre, así también los conceptos son mutables: 
necesitan ser continuamente reexaminados. Esto nos conduce 
a una segunda consecuencia de la dogmatización del concepto 
de industria cultural: su carácter atemporal, ya que enuncia su 
condena desde una instancia trascendental, eterna. Un aborda-
je dialéctico no solo debería indagar sin preconceptos las po-
sibilidades y, sobre todo, los límites de la reflexión adorniana, 
sino que debería mostrar hasta qué punto la propia cultura de 
masas se ha desarrollado –en relación estrecha con las mutacio-
nes experimentadas por el capitalismo durante los cincuenta 
años posteriores a la muerte de Adorno– en direcciones que 
este no podía (o, en todo caso, no pudo) prever. 
Un análisis dialéctico debería superar también un tercer as-
pecto dominante en la recepción de la teoría de la Kulturin-
dustrie, ligado a la disposición moralista antes mencionada: la 
definición de la cultura de masas como “mera” ideología, como 
falsa conciencia impide observar un aspecto que es fundamen-
tal en ella, su dimensión utópica, sin la cual no podría esa cul-
tura –sobre todo, en sus productos más sobresalientes– desper-
tar entre las masas la vasta adhesión que ha conquistado. Las 
teorías de Fredric Jameson han llegado a ocupar el lugar sobre-
saliente que poseen en el pensamiento crítico contemporáneo 
no solo por su invitación a pensar nuestro presente en términos 
dialécticos y no morales –“La dialéctica es el mandato del pen-
sar lo negativo y lo positivo al mismo tiempo, en la unidad de 
un único pensamiento, allí donde la moralización quiere tener 
bert Hullot-Kentor. Cambridge: Polity Press, 2009, pp. 327-331; aquí, 
pp. 327 y s.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 8180
el lujo de condenar este mal sin imaginar por ello nada en su 
lugar”103–, sino también, y de manera consecuente, por haber 
invitado a explorar el capitalismo actual y, dentro de él, la cul-
tura de masas como fenómenos sustancialmente contradicto-
rios, en los que los elementos manipuladores y regresivos con-
viven, en una relación polémica, con impulsos utópicos. Es esta 
dialéctica de la cultura de masas la que, en parte, querríamos 
aquí examinar, en relacióncon algunos de los rasgos asumidos 
por la industria cultural bajo el capitalismo neoliberal.
11. Consumismo y “norteamericanización cultural”
Los análisis entretanto clásicos sobre el neoliberalismo han 
subrayado hasta qué punto los cambios económicos, sociales 
y políticos adoptados por el capitalismo global a partir de las 
décadas de 1970 y 1980 han significado un punto de inflexión 
en la historia mundial. Las señales de estancamiento del Estado 
de bienestar, la derrota de los movimientos políticos y cultu-
rales de los años sesenta, la expansión de las tecnologías de la 
información, el desplazamiento desde el capital productivo al 
financiero como eje de la vida económica, el retroceso brutal 
de las barreras de lo no mercantilizable y, en primera línea, el 
programa efectivo de restauración de unas clases dominantes 
que habían visto amenazada su plena hegemonía y limitada su 
capacidad de acumulación bajo el capitalismo embridado, son 
algunos de los factores que condujeron a que la lógica del ca-
pital, sin perder sus atributos y sus modos de funcionamiento 
esenciales, mostrara rasgos diferentes a los de las circunstancias 
con las que se había enfrentado la teoría crítica en los años de 
postguerra. Desde sus primeras apariciones relevantes –el “ex-
perimento” chileno, el rodrigazo en Argentina, la brutal ges-
tión de la crisis financiera de Nueva York en los setenta–, pero 
103 Jameson, Fredric, Valencias de la dialéctica, p. 479.
aún más a partir de las políticas de Regan y Thatcher y de sus 
reverberaciones en el Este asiático y particularmente en China, 
el neoliberalismo ha revelado marcas de identidad inconfun-
dibles tanto en lo que concierne a su praxis económica como 
a sus estrategias ideológicas. La glorificación de la libertad de 
mercado y el libre comercio como valores supremos y la cons-
trucción de un Estado enfocado en defender los intereses de los 
grandes grupos económicos, en contra de la inmensa mayoría 
de los ciudadanos, es, bajo este aspecto, tan importante como 
la creación de un sentido común neoliberal capaz de abrazar des-
de las decisiones políticas de más vasto alcance hasta los más 
ínfimos aspectos de la vida cotidiana. El trabajo ideológico, tal 
vez la dimensión en la que tenido más alta eficacia el proyecto 
neoliberal, le ha permitido captar una insólita adhesión, en so-
ciedades muy diversas, a un individualismo radical orientado 
a extinguir los ideales históricos de democracia, solidaridad y 
justicia social, y enfocado en justificar el éxito o el fracaso sobre 
la base de decisiones puramente personales, en el mismo mo-
mento en que los poderes hegemónicos explotan todos los me-
dios para manipular y, sobre todo, disciplinar las decisiones y el 
modo de vida de los individuos. Parte del adoctrinamiento ha 
consistido en promover la aceptación de la neoliberalización 
como un fatum ineluctable: la célebre máxima de Thatcher 
There is no alternative vale, en ese sentido, a la vez como síntesis 
y como un programa que indujo a numerosas personas a optar 
en contra de sus propios intereses objetivos, y a creer que es 
imposible un cambio sustancial en el sistema.
El régimen de acumulación neoliberal, que introdujo una 
mayor flexibilidad en los mercados de trabajo, en los procesos 
de fabricación, en la circulación de las mercancías y, en parti-
cular, en la especulación financiera, ha conducido a una inesta-
bilidad sin precedentes en la que, por fin, todo lo sólido parece 
desvanecerse en el aire. La dinámica irracional del capital, que 
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 8382
ha sembrado la Tierra de paisajes industriales abandonados 
en su búsqueda de nuevos espacios de rentabilidad, los que 
a su vez quedarán desertificados y abandonados a sí mismos 
una vez que se les haya extraído su energía vital, ha logrado en 
gran medida disolver, junto con los lazos de solidaridad social, 
aquellos sentimientos de arraigo positivo a un lugar que tradi-
cionalmente habían sido parte de las representaciones utópicas 
de una existencia no alienada. Con estas realidades materiales 
se aviene bien la celebración neoliberal –y postmoderna– de 
lo efímero, que comprende desde las condiciones de seguridad 
laboral y social hasta los vínculos interpersonales y los afectos. 
Se ha señalado que a la frustración de las expectativas revolu-
cionarias de finales de los años setenta sucedió el hedonismo 
cínico, que halló una vía de salida en la explosión del hiper-
consumo a partir de los años ochenta.104 En todo caso, esta 
salida se vio favorecida por las peculiaridades del capitalismo 
neoliberal, al que no en vano se ha definido también como la 
era del consumismo indiferenciado. La aceleración de los rit-
mos de vida a la que asistimos durante las últimas décadas ha 
ido de la mano de una aceleración inaudita del consumo, que, 
promovida por los poderes económicos, se enfocó de manera 
creciente en la producción y gestión de las necesidades y los 
deseos humanos y procuró incidir sobre estos mediante la pro-
paganda y la obsolescencia programada.105 Bajo estas condi-
104 Cf. Callinicos, Alex, Contra el postmodernismo. Trad. Magdalena Hol-
guín. Buenos Aires: RyR, 2011, pp. 317 y ss.
105 Renake Bertholdo David das Neves me señaló muy acertadamente, en 
una lectura minuciosa de este capítulo, que la unión “entre el celular e 
Internet, con la difusión de las ‘redes asociales’, constituye un espacio fun-
damental de construcción de la hegemonía neoliberal. […] la propia con-
figuración con que la comunicación humana es realizada a través de esos 
mecanismos tecnológicos aparece, ante la conciencia cotidiana, de forma 
similar al capital financiero: sin ningún tipo de mediación. La conciencia 
cotidiana de ese hombre colectivo debe permanecer cautiva de la prolife-
ración de imágenes, de celebración de lo efímero, de las ultrarrobinsona-
ciones, como ya dijimos, han vuelto a tener una significación 
decisiva las problemáticas del fetichismo y la cosificación, en 
tiempos en que la totalidad del capital global y sus redes de po-
der impersonales resultan cada vez más complejas e irrepresen-
tables para el pensamiento cotidiano. Librados a la inmediatez 
de una cotidianidad manipulada y concebidos ante todo como 
consumidores, los hombres se ven expuestos a una prolifera-
ción de imágenes cuya inmaterialidad aparente es la exacerba-
ción de esa objetividad espectral que había atribuido Marx a las 
mercancías. Logró captar tempranamente Debord la sustancia 
del capitalismo contemporáneo al definirlo como una inmensa 
acumulación de espectáculos106, y al sugerir que la imagen es 
la forma extrema y acaso última de la cosificación mercantil. 
Parecen describir, en un sorprendente anacronismo, los desa-
rrollos de los últimos cuarenta años las palabras de Feuerbach 
que Debord colocó como epígrafe de su libro, según las cuales 
nuestro tiempo prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, 
la representación a la realidad y la apariencia al ser. En términos 
análogos escribió Anderson que, si la Modernidad estaba cau-
tivada por las imágenes de la maquinaria, la Postmodernidad 
está presa de una maquinaria de imágenes. Esta prioridad de la 
imagen le concede al neoliberalismo una índole fantasmagóri-
ca que se manifiesta desde la centralidad asumida por el capital 
financiero hasta la plétora de mensajes difundida por las nue-
vas tecnologías de la información, de las que se ha dicho que 
son la tecnología privilegiada del neoliberalismo (y que son en 
das, de la prensa, del ruido incesante, de la luz azul de la vigilia constante, 
y es adversa a la introspección, a la contemplación, al silencio, al sueño, al 
tedio (tedio en el sentido del artículo anónimo de Kracauer, en la compi-
lación El ornamento de la masa), además de los clásicos comportamientos 
y pensamientos conformistas y de sumisión al orden de dominación de 
clases, fundamental para la sustentación de cualquier sociedad dividida 
en clases”. La observación no podría ser más pertinente. 
106Cf. Debord, Guy, La Société du Spectacle. París: Gallimard, 1992, p. 15.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 8584
sí mucho más convenientes para la actividad especulativa que 
para el mejoramiento de la producción).107 Pero también en 
otro plano es preciso subrayar esta prevalencia de las imágenes 
y, correlativamente, de lo visual: la globalización, que llevó a di-
mensiones insospechadas los pronósticos del Manifiesto, y que 
ha sido promovida por las tecnologías informáticas, ha contri-
buido a ahondar esa pérdida del sentido de la historia que es 
una marca de identidad del capitalismo contemporáneo y que 
ha acarreado un predominio del espacio sobre el tiempo108 o 
–lo que es casi equivalente– a que el tiempo asuma la forma 
del espacio. El capitalismo neoliberal, como destaca Jameson 
nos enfrenta a 
nuevas medidas y cantidades, a las cuales nadie se ha 
ajustado aún, y a nuevos procesos geográficos (y tem-
porales también, en la medida en que el tiempo es en 
la actualidad espacial y en que la nueva simultaneidad 
informacional tiene que ser reconocida en nuestras ca-
tegorías del grado y el intervalo) para los cuales todavía 
no tenemos órganos.109
Las condiciones adoptadas por la globalización capitalista 
conllevaron violentos procesos de estandarización. Estos, con-
tradiciendo las celebraciones de una presunta democratización 
de la cultura, no se desarrollaron en el sentido de una partici-
pación cada vez más igualitaria en el mercado mundial, sino, 
como es notorio, en el del establecimiento de una hegemonía 
cultural –la estadounidense– que no conoce precedentes en el 
pasado, de modo que con razón ha podido definir Jameson el 
desarrollo de las expresiones culturales del postmodernismo 
107 Cf. Harvey, David, Breve historia del neoliberalismo. Trad. de Ana Va-
rela Mateos. Madrid: Akal, 2007, p. 173.
108 Cf. Anderson, Perry, Los orígenes de la posmodernidad. Trad. de Luis 
Andrés Bredlow. Barcelona: Anagrama, 2000, p. 80.
109 Jameson, Fredric, Valencias de la dialéctica, p. 446.
como el primer estilo global específicamente norteamericano.110 
Si consumismo y norteamericanización han llegado a ser cate-
gorías afines, e incluso sinónimos, esto se debe a que estamos 
asistiendo a una agresiva homogeneización de las necesidades 
y deseos de las poblaciones de clase media a escala mundial.111 
Esto nos lleva de regreso a nuestras observaciones iniciales so-
bre la Kulturindustrie: es significativo que el área de produc-
ción de mayor crecimiento en la fase neoliberal haya sido el de 
las industrias culturales emergentes –cine, series, videojuegos, 
música, plataformas de entretenimiento on line– basadas en las 
tecnologías de la información. Si es en cualquier caso produc-
tivo indagar las relaciones existentes entre el valor que circula 
como capital y las mutaciones en los otros sistemas de valores 
–políticos, filosóficos, estéticos–, esto es especialmente perti-
nente en el caso de la industria cultural actual, ya que, como vi-
mos, nunca existió en el pasado una imbricación entre cultura y 
negocios como la que ella presenta. Solo que, como ya dijimos, 
habría que cuidarse de ver en la industria cultural alguna clase 
de reflejo directo del capitalismo neoliberal; en parte porque, 
en ella, con los efectos manipulatorios conviven impulsos utó-
picos sin los cuales no podrían tener sus productos la influencia 
que ejercen sobre un público masivo. A fin de localizar estas 
contradicciones es necesario un análisis inmanente del arte de 
masas tal como el que Jameson, en un estudio seminal sobre el 
tema, indicó como tarea sustancial para la crítica marxista: 
Volver a despertar, en medio de una sociedad […] ob-
sesionada con las mercancías y bombardeada por los 
slogans ideológicos de los negocios, cierto sentido de 
la corriente imparable hacia la colectividad que pue-
da detectarse, no importa cuán sutil y débilmente, en 
110 Jameson, Fredric, Postmodernism, or, The Cultural Logic of Late Capi-
talism. Duke: Duke U.P., 1991, p. xx.
111 Cf. Harvey, David, Marx, Capital and the Madness of Economic Reason. 
Oxford: Oxford U.P., 2018, p. 169.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 8786
las obras más degradadas de la cultura de masas con 
tanta certeza como en los clásicos del modernismo, es 
seguramente un indispensable prerrequisito para cual-
quier intervención marxista significativa en la cultura 
contemporánea.112
 
Una intervención de esta clase es la que nos propone-
mos hacer en este libro a propósito de la literatura de horror 
contemporánea.
12. Neoliberalismo y horror: teoría y crítica
Ahora bien, naturalmente no es posible […] ennoble-
cer toda la literatura trivial burguesa del siglo XIX. 
Pero este no es tampoco el propósito de este libro, para 
el cual no se trata de la apología, sino únicamente del 
reconocimiento de la historicidad de una literatura 
que, hasta ahora, apareció más bien como el espíritu 
malvado de la historia de la literatura.
Hans-Jörg Neuschäfer, Populärromane im 
19.Jahrhundert
La revalorización de la literatura de horror que tuvo lu-
gar durante las últimas décadas se enmarca en esa alteración 
general de las posiciones de la crítica frente a la literatura de 
masas que fue destacada como una de las particularidades de 
la cultura postmoderna. En un sentido más específico, la rei-
vindicación de la literatura de horror se avino muy bien con 
aquella condena total, desprovista de contradicciones y ma-
tices –y, por lo tanto, no dialéctica– de la Ilustración y la ra-
cionalidad en cuanto males absolutos en la que coincidieron, 
a veces con argumentos similares, el postmodernismo acadé-
mico y el sentimentalismo kitsch de la industria cultural. Así 
112 Jameson, Fredric, Signaturas de lo visible. Trad. de Margarita Costa y 
Marcelo Burello. Buenos Aires: Prometeo, 2012, p. 77.
como, durante años, el horror literario había sido blanco de las 
invectivas de los mandarines culturales, que lo estigmatizaban 
como una aberración estética y, más aún, moral, la hegemonía 
postestructuralista en los estudios literarios y culturales hizo 
de él un objeto de culto como divinidad contrapuesta a las 
fuerzas del mal, encarnadas en la idea platónica (más que en 
la realidad concreta) del Racionalismo. En la medida en que 
los modelos propuestos parten de patrones arquetípicos y solo 
ocasionalmente descienden, desde esas alturas, para ocuparse 
de obras concretas, puede entenderse que estas fueran con fre-
cuencia rudamente maltratadas a fin de obligarlas a insertar-
se en esquemas muy rígidos. El gótico clásico fue una víctima 
privilegiada de estas manipulaciones: con vistas a sostener la 
leyenda, era preciso no ver un hecho tan inocultable como las 
afinidades o, más aún, las simpatías de Ann Radcliffe, William 
Godwin o Charles Brockden Brown con el discurso ilustrado. 
A medida que los taumaturgos se convertían en burócratas, la 
literatura de horror era presentada como una panacea capaz de 
curar todas las calamidades de la Modernidad; ante todo: de 
ampliar nuestras mentes induciéndonos a creer lo que el aca-
démico postmoderno ya sabe desde el comienzo de los tiem-
pos, es decir: que el logocentrismo es el mal. No tiene sentido 
reproducir algunas de esas exaltadas exhortaciones a consumir 
ficción gótica que inmediatamente nos recuerdan las publici-
dades de los libros de autoayuda. El hecho es que incluso en 
estudios más serios sobre el género se inmiscuyen entusiasmos 
de este tipo. Jerrold E. Hoggle ha escrito que el gótico “ha sido 
y sigue siendo necesario para la cultura occidental moderna 
porque nos permite, mediante los disfraces espectrales de una 
ficcionalidad descaradamente falsificada, enfrentarnos con las 
raíces de nuestras existencias en cambiantes multiplicidades” 
y “definirnos en contraposición con esas abyecciones sinies-
tras, sintiéndonos, a la vez, atraídos hacia ellas; todo esto en 
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 8988
un tipo de actividad cultural que, a medida que el tiempo pasa, 
puede seguir transformandosus fantasmas de falsificaciones, a 
fin de apelar a cambiantes esperanzas y temores psicológicos y 
culturales”.113 Querríamos detenernos en el comienzo de la cita, 
que afirma rotundamente que el gótico ha sido y sigue siendo 
necesario. Nos llama la atención el énfasis recurrente sobre la 
necesidad de leer literatura de horror, que reaparece con una 
reiteración agobiante en los comentarios. Este énfasis se extien-
de a los análisis dedicados al horror de nuestra época; en un 
artículo sugestivamente titulado “Gótico contemporáneo: por 
qué lo necesitamos”, Steven Bruhm afirma:
Anhelamos la literatura gótica porque la necesitamos. La 
necesitamos porque el siglo XX nos ha despojado tanto 
de lo que alguna vez pensamos que nos constituía –una 
psiquis coherente, un orden social al que podemos jurar 
lealtad de buena fe, un sentido de justicia en el univer-
so–, y esa violenta carencia, esa experiencia traumática 
es dramatizada vívidamente en el gótico.114
Despojadas de historicidad, categorías como las de “gótico” 
se cosifican y degeneran en clichés aplicables a cualquier obje-
to. Este sesgo es característico de toda una praxis crítica obce-
cada en sujetar las obras a categorías y esquemas abstractos en 
lugar de prestar oídos al objeto, a fin de que este comience a hablar 
por sí mismo bajo la insistente mirada del pensamiento115 (y es 
llamativo que esta crítica se presente como la enemiga irrecon-
ciliable de la abstracción racionalista). Más allá de la definición 
general sobre la “necesidad del gótico”, los análisis específicos 
113 Hogle, Jerrold E., “Introduction: the Gothic in western culture”. En: 
–, Cambridge Companion to gothic fiction. Cambridge: Cambridge U.P., 
2002, pp. 1-20; aquí, pp. 16 y s.
114 Bruhm, Steven, “The contemporary Gothic: why we need it”. En: –, 
Cambridge Companion to gothic fiction, pp. 259-276; aquí, p. 273.
115 Cf. supra, nota 81.
que desarrolla Bruhm en su artículo son sutiles y no forman 
parte de esta amplia trivialización de la literatura gótica. En la 
medida en que se refieren al gótico contemporáneo, sus reflexio-
nes sugieren la pregunta por si la recepción reciente del gótico 
histórico no estará influida por un horizonte de convicciones 
y creencias, de expectativas y ansiedades que define a nuestra 
propia época y que ha sido elaborado de diferentes formas por 
la literatura de horror contemporánea. Responder afirmativa-
mente a esta pregunta (y creemos que una respuesta tal tiene su 
buena medida de verdad) nos enfrenta de inmediato con dos 
cuestiones, o con dos facetas de una misma cuestión. Por un 
lado, la actualidad intensa de un discurso, más allá de su verdad 
o falsedad epistemológicas, es una evidencia incontestable de 
su eficacia ideológica, que por sí sola justifica la importancia de 
tomar en consideración sus puntos de vista. Por otro, la aten-
ción a su actualidad no nos exime de una valoración crítica de 
sus aportes y sus limitaciones. En relación con las celebraciones 
postmodernas del gótico, sería provechoso reconocer una di-
ferencia entre los análisis más significativos y las divulgaciones 
escolares abocadas a reproducir ad nauseam todo un arsenal 
de lugares comunes. El discurso antiiluminista dirigió con 
frecuencia sus ataques contra un concepto degradado de Ilus-
tración que circuló ampliamente como vulgata, pero que guar-
da escasa relación con el pensamiento de Diderot, Rousseau, 
Lessing o Hegel. Sería asimismo injusto identificar a las figuras 
más destacadas de la teoría literaria postestructuralista con el 
abundante sotissier difundido por sus epígonos universitarios. 
Pero esta distinción no nos dispensa de indagar las limitaciones 
de unos y otros.
Un factor habitual, en las reivindicaciones recientes de la 
literatura de horror, es el énfasis que ellas ponen en destacar 
la supuesta capacidad de esta literatura para alcanzar finali-
dades extraestéticas tales como las de ampliar las fronteras de 
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 9190
nuestro pensamiento racional, trascender las representaciones 
binaristas en las relaciones de género o persuadirnos de la con-
veniencia de buscar formas de goce que vayan más allá de las 
representaciones propias de la sexualidad burguesa. Todos es-
tos propósitos son loables, pero sospechamos que existen me-
dios más apropiados que una novela de horror para convencer 
a los seres humanos de la importancia de aquellos designios y 
conducirlos a su realización. Esta sobreestimación de la fun-
ción práctica de la literatura equivale a suponer que el mundo 
cuenta con menos hipócritas y tacaños después de cada repre-
sentación de Tartufo o El avaro, o, en un sentido inverso, que la 
proyección de films de Tarantino contribuye decisivamente al 
incremento de la violencia urbana. Como ya dijimos, los proce-
sos de recepción son mucho más complejos. La creencia en que 
toda literatura gótica es beneficiosa a menos que se demuestre 
lo contrario es tan superficial –tan moralmente superficial– 
como aquella crítica conservadora que denunciaba a dicho gé-
nero en cuanto corruptor de las costumbres. Un término que 
reaparece con abrumadora reincidencia en las teorías contem-
poráneas del gótico es transgresión: se ensalzan los méritos de 
una forma trivial que, con ánimo rebelde, transgrede las fronte-
ras prefijadas y desestabiliza las normas sociales. El Handbook 
to Gothic Literature (por lo demás, un manual sumamente útil 
e instructivo) incluye, previsiblemente, la entrada “Transgres-
sion”, en la cual la autora señala, con un distanciamiento que 
deberíamos agradecerle, que la “escritura gótica ha sido asocia-
da con la transgresión de varias formas. En cuanto subgénero 
del romance, ha sido visto como uno que seduce a los lectores 
para que se aparten de las conveniencias y responsabilidades de 
la vida diaria de manera tal que transgrede la noción de orden 
civil”.116 En la medida en que los romances góticos “incorporan 
116 Horner, Avril, “Transgression”. En: Muldey-Roberts, Marie (ed.), The 
Handbook to Gothic Literature. Houndmills, etc.: MacMillan, 1998, pp. 
286 y s.
hechos que transgreden los códigos sociales normales de mo-
ralidad” –asesinato, violación, incesto–, esos hechos “pueden 
ser leídos a menudo como simbólicos de la transgresión contra 
un orden social o político más amplio; por ejemplo, el asesinato 
de un padre puede indicar un deseo de derribar a la Iglesia o al 
gobierno”.117 Además, la escritura gótica “frecuentemente desa-
fía las convenciones literarias y estéticas en la medida en que di-
suelve las diferencias entre Romanticismo y realismo, historia 
y romance, cultura alta y baja; al hacer esto, parece transgredir 
lindes genéricos”.118
Imaginamos que ningún crítico afirmará lisa y llanamente 
que el consumo de narrativa de horror contribuye de manera 
contundente a convertir a los lectores en revolucionarios. Pero 
es habitual que se atribuya genéricamente a esa literatura un 
ánimo transgresor y una aptitud para la formación de concien-
cias que se contrapone con lo que indican tanto el análisis de-
tallado de obras representativas del género como el de sus con-
diciones históricas de recepción. Suelen aflorar posiciones de 
este tipo en los estudios no muy abundantes, pero en todo caso 
sí significativos que se dedican a examinar las diversas formas 
en que la literatura de horror contemporánea plantea reaccio-
nes y respuestas a la fase neoliberal. Una vez más: dejamos aquí 
de lado los abordajes insustanciales y nos ocupamos solo de 
algunos que hacen aportes relevantes a la investigación sobre 
el tema. En un artículo a la vez instructivo y agudo, Rebecca 
Duncan sostiene:
Las formas góticas híbridas podrían […] ser moviliza-
das para impugnar la implementación del segregador 
poder colonial y neocolonial; podrían actuar para per-
turbar las codificaciones imperialistas del mundo, indi-
cando una realidad menos claramente segmentada en 
117 Ibíd., p. 287; las bastardillas son nuestras.
118 Ibíd.; las bastardillas son nuestras.Miguel Vedda Cazadores de ocasos 9392
que los discursos binarios de raza y cultura no pueden 
prevalecer.119
Cabría preguntarse, por un lado, si esta confianza en el po-
tencial transformador de la literatura de masas no es excesiva; 
por otro, si esa literatura no cumple (o podría cumplir) fun-
ciones más concretas y distintivas que la del adoctrinamiento 
ideológico y político, por importante que este sea en otros ám-
bitos de la actividad humana. Pero advertimos una dificultad 
más en los análisis dedicados a aquellas obras de nuestro tiem-
po “que despliegan específicamente convenciones góticas para 
exponer y criticar las actualidades materiales del presente”:120 
el de considerar las múltiples dimensiones del neoliberalismo 
como un complejo de iniquidades que vienen a interrumpir un 
desarrollo “normal”. En un análisis en lo demás agudo, Linnie 
Blake y Agnieszka Soltysik señalan que, en cuanto “los políti-
cos juraron su lealtad, no al bienestar del electorado, sino a las 
libertades financieras del mercado, se volvió demasiado visible 
una brecha creciente de desigualdad. En las naciones desarro-
lladas, esto se manifestó en la forma de bancarrotas, cifras de 
desempleados, personas en situación de calle y crisis en la salud 
pública”.121 No es precisamente nuestra intención minimizar las 
iniquidades del neoliberalismo; lo que querríamos es eludir la 
creencia en que ellas se deben a una intervención conspirativa, 
perpetrada por un conjunto de políticos y banqueros particu-
larmente codiciosos, y encauzada a poner fin al accionar probo 
del Estado de bienestar, que podría haber seguido derramando 
119 Duncan, Rebecca, “Gothic vulnerability: affect and ethics in fiction 
from neoliberal South Africa”. En: Blake, Linnie / Siltysik Monnet, Ag-
nieszka (eds.), Neoliberal gothic. International gothic in the neoliberal age. 
Manchester: Manchester U.P., 2019, pp. 123-141; aquí, p. 129.
120 Blake, Linnie / Siltysik Monnet, Agnieszka, “Introduction: neoliberal 
gothic”. En: – / – (eds.), Neoliberal gothic, p. 3.
121 Ibíd., p. 4.
sus beneficios por toda la eternidad de no haberse interpues-
to aquella intervención infausta. Entendido de esa manera, el 
período neoliberal sería la infeliz interrupción de un desarro-
llo virtuoso que podría y debería ser reanudado en cuanto las 
estrellas se muestren de nuevo propicias. Detrás de conceptos 
de esta clase suele cobijarse toda una serie de fantasías sobre el 
poderoso monstruo vengador del capitalismo “natural”, “sano”, 
que finalmente vendrá –un poco a la manera de las versiones 
recientes de Godzilla (Gareth Edwards, 2014) y Kong (Vogt-
Roberts, 2017), o de Jurassic World (Colin Trevorrow, 2015)– 
para destronar a sus equivalentes artificiales y perversos y res-
tablecer el equilibrio (restore the balance). No es preciso insistir 
sobre el hecho palmario de que la respuesta a la pregunta por 
si el capitalismo necesita ser reformado o superado depende de 
elecciones políticas personales. Lo sorprendente es que, en es-
critos de anticapitalistas convictos y confesos, se insinúa a veces 
el sentimiento de que el neoliberalismo es una suerte de ano-
malía, una distorsión siniestra del capitalismo, y no una fase 
históricamente específica que obedece de un modo demasiado 
ostensible a las leyes que rigen la fisiología del capital. Suponer 
que el laissez faire es la norma y que las prácticas predatorias de 
nuestro tiempo representan una infracción a las reglas del jue-
go limpio delata, cuando menos, una aguda voluntad de igno-
rar el desarrollo histórico del capitalismo en su longue durée y 
de concentrar la atención en las cualidades salientes de nuestra 
época, como si ellas representaran una diferencia excepcional 
respecto del pasado. Pero vimos ya que este tipo particular de 
miopía forma parte de todo un contexto de enceguecimiento 
que se agudizó en las últimas décadas, contribuyendo a una 
intensificación de las mistificaciones intrínsecas al capitalis-
mo. Por efecto de esa miopía, tendemos a aislar y magnificar 
aspectos puntuales de la dinámica social arrancándolos de los 
ciclos sistémicos de los que dependen y que les otorgan senti-
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 9594
do. Esta circunscripción a los fenómenos de superficie deja sus 
marcas en algunos análisis del horror contemporáneo. En mu-
chos casos, los críticos celebran, por ejemplo, la tematización 
de ciertas dimensiones de la economía, la política o la sociabi-
lidad neoliberales (la desertificación urbana, la depredación de 
la naturaleza, las prácticas neocoloniales, la trata de personas, 
el tráfico internacional de órganos), o aun la configuración de 
ciertos tipos (los yuppies, los trabajadores precarizados, los di-
versos exponentes de un lumpemproletariado que prolifera en 
los márgenes de las grandes urbes). Que la literatura de masas 
enfocada en una crítica del presente –aquella que destacan en 
Blake y Soltysik en la introducción antes citada– se aboque a la 
representación de los fenómenos de superficie no es cuestiona-
ble per se, dadas las reglas de funcionamiento de la literatura de 
masas. Menos justificable es que la crítica no considere esos fe-
nómenos en cuanto tales y, por ende, tampoco se ocupe de po-
nerlos en relación con el nivel de la esencia, menos afectado por 
las variaciones coyunturales. De esto se deriva toda una serie 
de dificultades. Entre ellas, la confusión, cuando se trata de de-
finir la especificidad del neoliberalismo y de su configuración 
estética por parte de la literatura de masas, entre los elementos 
transitorios y accesorios y aquellos que poseen un grado mayor 
de estabilidad y permanencia. También yace aquí el peligro de 
una comprensión “demasiado directa de la relación entre ideo-
logía y creación artística. Este peligro conduce, por un lado, a 
sobrevalorar a aquellos escritores en cuyas obras se expresa una 
ideología que le es ‘grata’ al crítico”.122 El pasaje que acabamos 
de reproducir corresponde a una polémica de Lukács contra 
aquella crítica mecanicista de la ex URSS que tendía a privi-
legiar, en la literatura del presente (¡realismo socialista!) y del 
122 Lukács, György, Escritos de Moscú. Introd. de Miguel Vedda. Trads. y 
notas de Martín Koval y Miguel Vedda. Buenos Aires: Gorla, 2011, pp. 
135-184; aquí, p. 165.
pasado, a aquellos escritores que manifestaban, en sus vidas y 
en sus obras, una adhesión explícita a ideales progresistas. Pero 
curiosamente puede aplicarse también a aquellos críticos pro-
gresistas de nuestro tiempo que realzan a los autores de masas 
que convierten a sus obras en instrumentos para la denuncia de 
los espantos neoliberales. En estos autores y, todavía más, en 
aquellos críticos, podemos ver varias de las posibilidades y las 
limitaciones de ese apego a lo concreto y esa falta de abstrac-
ción que caracterizan a la conciencia cotidiana en su término 
medio ideal en la Modernidad en general, pero aún más, como 
hemos visto, en el período en que vivimos. Cautivos de estas 
perspectivas están, por ejemplo, aquellos análisis que destacan, 
en el “gótico neoliberal”, la tematización de los instintos pre-
datorios del capitalismo contemporáneo, que distinguirían a 
este de etapas anteriores de la Modernidad. Es característico 
que tales análisis procedan ante todo del ámbito europeo o 
norteamericano, donde puede resultar convincente la figura-
ción del auge del Estado de bienestar como una Edad de Oro 
a la que sucedió de manera demasiado brusca, no ya tan solo 
la expulsión del paraíso terrenal, sino también la caída en una 
época de la pecaminosidad plena. El discurso sobre el disaster 
capitalism123 destaca acertadamente esa intensificación de las 
prácticas predatorias durante las últimas décadas en función de 
las cuales se ha podido hablar de un nuevo auge de la acumula-
ción por desposesión. Pero, al presuponer que esto interrumpe 
la vieja normalidad, dicho discurso olvida que estos ascensos se 
han producido periódicamente en la historia del capitalismo y 
que bastacon pensar en la conquista española de América o en 
la colonización de África para entender que estos fenómenos 
constituyen menos una excepción que una dinámica inmanen-
te al capitalismo desde sus comienzos. “Bifo” Berardi ha escrito 
123 Aclaramos que empleamos la expresión en un sentido diferente del que 
le concede Naomi Klein, por ejemplo, en La doctrina del shock (2007).
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 9796
que el avance de la desregulación capitalista “erradica una por 
una las convenciones culturales y jurídicas de la Modernidad y 
la ley burguesa. Es por esto que el capitalismo se ha convertido 
en un sistema criminal y sigue obrando con vistas a la expan-
sión del reino de la violencia pura, en el que su avance puede 
tener lugar sin obstáculo alguno”.124 Al mismo tiempo, Berardi 
destacó el papel de una “lumpemburguesía predatoria” en la 
fase neoliberal, bajo cuya hegemonía el crimen
ya no es una función marginal del sistema capitalista, 
sino el factor decisivo para la victoria en la competen-
cia desregulada. Tortura, homicidio, explotación infan-
til, el impulso hacia la prostitución y la producción de 
instrumentos de destrucción masiva se han convertido 
en técnicas irreemplazables de la competencia eco-
nómica. El crimen es más adecuado al principio de la 
competencia.125 
Nos parece característico que este último pasaje aparezca 
reproducido en términos aprobatorios en un artículo sobre 
los vampiros en la cultura de masas contemporánea y sobre su 
relación con la subjetividad neoliberal.126 Lo que nos llama la 
atención, en estudios tan lúcidos como los de Berardi, es la in-
sistencia sobre el ya no, como si las consideraciones en torno a 
la esencia criminal del capitalismo no reaparecieran en diversas 
etapas de la evolución de este y no hubieran encontrado una 
configuración estética sobresaliente en la gran tradición satíri-
ca. Para ilustrar esto solo basta con pensar en la Beggar’s Opera 
124 Berardi, Franco “Bifo”, Precarious Rhapsody. Semiocapitalism and the 
pathologies of the post-alpha generation. Trad. de Arianna Bove et al. Lon-
dres: Minor Compositions, 2009, p. 52.
125 Ibíd., pp. 52 y s.
126 Stephanou, Aspasia, “Game of fangs: the vampire and neoliberal sub-
jectivity”. En: Blake, Linnie / Siltysik Monnet, Agnieszka (eds.), Neolibe-
ral gothic, pp. 21-37; cf. p. 23.
(1728) de John Gay o, bajo la influencia de ella, en La ópera de 
los dos centavos (1928) y el Arturo Ui (1941) de Brecht. El as-
censo del fascismo dio lugar a todo un conjunto de teorías que, 
como las consideraciones frankfurtianas en torno a la “racket 
society”, destacaban la complicidad entre grandes negocios, 
aparatos estatales y crimen organizado. A la vista de esto, se-
ría tal vez más apropiado invertir la fórmula y decir que los in-
terludios en que el capitalismo ha ensayado mostrar un rostro 
consensual y benévolo (y aun así, solo para una porción ínfima 
de la humanidad) han sido raras excepciones a la normalidad 
predatoria. Sostener lo contrario equivaldría a caer en ese pa-
labrerío cándido acerca del capitalismo “salvaje” que evoca, in 
absentia, el espíritu de un capitalismo más blando e indulgente 
que no hemos tenido buenas oportunidades de conocer. 
Pero un énfasis desmesurado sobre los impulsos predatorios 
del capitalismo neoliberal se advierte en análisis menos procli-
ves a entonar la alabanza del Estado embridado y a condenar las 
políticas neoliberales como extrañas aberraciones. En su intro-
ducción al libro primero de El capital, Harvey sostiene que la 
evolución reciente del capitalismo ha puesto en evidencia que 
“(a) algo similar a la acumulación originaria está vivo y cómodo 
dentro de la dinámica del capitalismo contemporáneo y que 
(b) su existencia continuada puede muy bien ser fundamental 
para la supervivencia del capitalismo”.127 A diferencia de una 
multitud de analistas menores, Harvey pone estas conclusio-
nes en el marco del amplio ciclo sistémico del capital, en el que 
aquellas asumen una significación más profunda. Así, cuando 
dice que la circunstancia de que el capitalismo global, “desde 
la década de 1970, no ha tenido mucho éxito en la generación 
de crecimiento” está en la base de que ulteriormente “la conso-
lidación del poder haya requerido un giro mucho más fuerte 
127 Harvey, David, A Companion to Marx’s Capital. Londres, Nueva York: 
México: Verso, 2010, p. 308.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 9998
hacia la acumulación por desposesión”.128 El problema surge 
cuando la indignación ante la expoliación ilimitada de nuestro 
tiempo entiende a esta como excepción y como foul play, en lu-
gar de entenderla como una dinámica recurrente y estructural. 
La ceguera o la miopía ante esta dinámica no pueden dejar de 
producir efectos sobre el modo en que se analizan las relacio-
nes existentes entre la cultura de masas y los diversos espantos 
neoliberales.
La aclamación entusiasta de la eficacia iluminadora y trans-
formadora del gótico se ha extendido también a la literatura 
argentina de los últimos años. Se ha dicho, por ejemplo, que 
Mariana Enríquez “lee la sociedad argentina con una lente fe-
minista que evidencia la violencia estructural impuesta por la 
necropolítica, la desigualdad de clase y género”; los cuentos de 
Enríquez crean “lectores iluminados y militantes y, por eso, 
propongo, se tornan necesarios”.129 Un artículo publicado con 
el expresivo título de “Desafiando al patriarcado a través del 
fuego: el empoderamiento de las mujeres en Las cosas que per-
dimos en el fuego de Mariana Enríquez” le informa al lector, y 
lo reitera con particular insistencia, que “el libro de la autora 
argentina Mariana Enríquez abre paso a una serie de relatos 
donde el terror sirve de pretexto para tratar temas de gran re-
levancia social como son la violencia de género, los desórdenes 
psicológicos, el drama de la soledad, el abuso o bullying en las 
escuelas, etc.”.130 Una cualidad común a muchos análisis recien-
128 Ibíd., p. 312.
129 Gallego Cuiñas, Ana, “El feminismo gótico de Mariana Enríquez”. En 
Latin American Literature Today 2/1 (mayo de 2020). Disponible en: 
http://www.latinamericanliteraturetoday.org/es/2020/mayo/el-femi-
nismo-g%C3%B3tico-de-mariana-enr%C3%ADquez-de-ana-gallego-
cui%C3%B1as. 
130 Rodríguez de la Vega, Vanessa, “Desafiando al patriarcado a través del 
fuego: el empoderamiento de las mujeres en Las cosas que perdimos en el 
fuego de Mariana Enríquez”. En: TRANSMODERNITY: Journal of Pe-
tes del género es una curiosa apelación a la teoría postestructu-
ralista en cuanto base metodológica para alcanzar el objetivo, 
no menos curioso, de presentar a la literatura de horror como 
una mera literatura de denuncia: un propósito que encontraría 
una fundamentación mucho más apropiada en los discursos 
de Zhdánov y otros oscuros defensores del realismo socialista. 
Por otro lado, y en vista de que se ha rebajado la literatura a la 
función de herramienta para la difusión de propaganda ideoló-
gica o política, un punto de vista semejante invita de inmediato 
a preguntar, con total ingenuidad, si no sería mejor abando-
nar las ficciones góticas y dedicarse simplemente al consumo 
de obras del realismo social, que podrán afianzar mucho más 
nuestra identificación con aquellos principios que de todos 
modos ya conocemos y compartimos. Podemos decir ya en este 
punto que la narrativa de Enríquez es –felizmente– algo más 
rico, complejo y provocador que una literatura de denuncia. 
No tenemos por qué sucumbir a la tentación de aclamarla por-
que piensa, en términos políticos, lo mismo que nosotros.
Los análisis celebratorios del género procuran ilustrar “cómo 
los actos de violencia neoliberales contra el sujeto pueden ser 
interrogados por textos góticos contemporáneos que, al hacer 
esto, pueden capacitarnos para pensar estrategias de resistencia 
a la actualidad económica de la economía neoliberal y las ideo-
logías de individualismo y sociedad que aquellas conllevan”.131 
La contracara de estos puntos de vista estádada por abordajes 
que señalan a la ficción de horror contemporánea como una 
suerte de aliado natural o solícito ayuda de cámara del neolibe-
ralismo. Planteada a semejante nivel de generalidad, esta posi-
ción corre el riesgo de recaer también en un determinismo me-
ripheral Cultural Production of the Luso-Hispanic World 8/1 (2018), pp. 
144-161; aquí, p. 144. Las bastardillas son nuestras. 
131 Blake, Linnie / Siltysik Monnet, Agnieszka, “Introduction: neoliberal 
gothic”, p. 11.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 101100
canicista que todos creen relegado definitivamente al pasado, 
ahora en boca de críticos que seguramente reaccionarían in-
dignados ante la posibilidad de que sus nombres sean asociados 
con categorías como las de base y superestructura. Nuevamen-
te, dejamos de lado contribuciones totalmente insustanciales. 
Pero una propuesta provocadora como la de Michael Blouin 
cae en algunas de las desmesuras a las que nos estamos refirien-
do. Aun cuando se dedica específicamente al cine de horror, 
Blouin sostiene que no solo este, sino el cine tout court es el 
eficiente auxiliar de las políticas neoliberales. Apoyándose en 
Jonathan Beller, dice que el cine es “un medio que vuelve tole-
rables procesos económicos más amplios. Cine y capitalismo se 
desarrollan en tándem”.132 En concordancia con esta lógica, los 
ideales neoliberales “se expanden desde su origen en la política 
económica a su emergencia en el medio de los films fantásticos. 
Estos films proveen un vehículo para el neoliberalismo”.133 Ta-
les películas
Arrastran a los espectadores hacia la complacencia y fre-
cuentemente titilan a través del lustre del progresismo 
sin patrocinar un modelo de crítica sostenible. Resulta, 
pues, que los zarcillos del neoliberalismo se enredan tan 
apretadamente en torno a cada uno de los aspectos de 
nuestras vidas que es casi imposible fantasear sin afirmar 
sus términos y condiciones. Aun las fantasías de cambio 
social y transformación radical significativos se revelan, 
en última instancia, como poco más que un pensamien-
to mágico de tipo neoliberal.134
132 Blouin, Michael J., Magical Thinking, Fantastic Film, and the Illusions 
of Neoliberalism. Nueva York: Palgrave Macmillan, 2018, p. 52.
133 Ibíd., p. 9.
134 Ibíd.
Las películas de M. Night Shyamalan –junto con George 
Nolfi, la verdadera bestia negra del libro de Blouin– ofrecerían, 
según este, un ejemplo particularmente claro de esta clase de 
cooperación siniestra, en la medida en que “valorizan el cine de 
la misma manera en que los neoliberales valorizan el capital”.135 
Shyamalan, “como Hayek, Mises y Friedman, rehúye a los pla-
nificadores en el mismo momento en que dicta su propio plan. 
La antiplanificación […] es, de todos modos, planificación”.136 
Los elementos ceremoniales subyacentes a los films de Shya-
malan “condicionan a los espectadores para que visualicen, 
y luego respalden tácitamente, la mitificación análoga detrás 
del mercado mágico de Reagan”.137 Películas como The Village 
(2004) o Lady in the Water (2006) ilustran “una conexión entre 
la sumisión del espectador al cine y la sumisión del espectador 
al libre mercado. Los films fantásticos de Nolfi y Shyamalan 
adoctrinan a los espectadores de una manera conveniente a las 
ambiciones de Mises, Friedman y Hayek”.138 ¿No será demasia-
do? En cualquier caso, más allá de lo infundadas que nos pa-
recen las homologías propuestas por Blouin, hay que indicar 
que su condena global y por principio del cine de horror en la 
fase neoliberal niega a este prácticamente cualquier dimensión 
utópica: invirtiendo las interpretaciones celebratorias, sospe-
cha que todo film fantástico es pernicioso y que jamás podría 
demostrarse lo contrario. Nos preguntamos, de cara a las ce-
lebraciones y defenestraciones globales de la ficción de horror 
contemporánea, si estas posiciones extremas no se asemejan 
a aquellos jueces neoliberales que afirman no tener pruebas, 
sino convicciones; si no revelan una tentativa para violentar las 
obras en lugar de prestarles oídos atentamente, y si no será más 
135 Ibíd., p. 71.
136 Ibíd.
137 Ibíd., p. 72.
138 Ibíd., p. 76.
Miguel Vedda102
fructífero aproximarse a ellas sin cinturón de seguridad: arro-
jarse a ellas à corps perdu.139 Un análisis dialéctico de esta clase 
no busca ser ya “epistemológico-formal, sino drásticamente de 
contenido: los detalles ya no se insertan en un orden existente”; 
lo que pretende imponerle a los objetos un análisis mecanicista 
“solo debe ser buscado, en cuanto elemento cualitativamente 
diferente, en los detalles mismos. El pensamiento no tiene ga-
rantías ni de que ese elemento esté allí, ni de qué cosa sea. Solo 
de esta manera puede encontrar su justificación el discurso, to-
talmente abusivo, acerca de la verdad como lo concreto”.140 Un 
análisis tal, que no pretende ya resolver sus problemas desde 
arriba mediante conceptos, requiere tomar en serio al ensayis-
mo ya no solamente como género, sino como método.
139 Adorno, Theodor W., Lecciones sobre dialéctica negativa, p. 267.
140 Ibíd., pp. 266-268.
Capítulo II
El “horror boom” y la narrativa reciente 
de Stephen King
1. El “boom del horror norteamericano”
Diversos estudios críticos sobre el horror literario han des-
tacado el auge extraordinario que ha tenido la literatura de 
horror estadounidense durante las décadas de 1970 y 1980. El 
horror boom se tradujo, más que en cualquier otro aspecto, en 
un éxito comercial que amenazó las aspiraciones del género a 
mantener la posición potencialmente transgresiva dentro del 
campo literario en virtud de la cual veía a sí mismo “como mar-
ginal, contracultural, diferente […], como más subcultural que 
perteneciente a la cultura de masas”; como una forma que se 
considera contrapuesta “a la lógica industrial/estereotipada de 
la ficción popular”.141 Durante este período, en efecto, el horror 
infiltró el mainstream de la literatura de masas como nunca an-
tes lo había hecho,142 elevando la obra de su más célebre expo-
nente al rango de uno de los mayores best sellers –o incluso al 
rango del mayor best seller– en la historia de la literatura de ma-
sas. Aun cuando las cifras (y, consecuentemente, el interés de 
las editoriales) comenzaron a declinar en la década de 1990, el 
horror no ha dejado de ser un género comercialmente efectivo 
141 Gelder, Ken, Popular Fiction. The Logics and Practices of a Literary 
Field. Londres y Nueva York: Routledge, 2004, p. 84. 
142 Simmons, David, American Horror Fiction and Class. From Poe to Twi-
light. Londres: MacMillan / Palgrave, 2017, p. 34.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 105104
cientemente exhortados a cuestionar la eficacia de la asisten-
cia social como una herramienta para la reforma social”.145 La 
preocupación ante el hecho de que, a partir de las iniquidades 
de Reagan, Bush y Trump, el capitalismo habría perdido su 
rostro humano es un elemento sustancial del sentido común 
biempensante compartido por un amplio sector de la opinión 
pública norteamericana. Pero, así como esa desazón expresa un 
punto de vista circunscripto a los fenómenos de superficie y a 
los cambios coyunturales, sin indagar las causas más hondas ni 
los procesos de más largo desarrollo, así también está afectada 
por una cierta miopía la tesis de que el auge del horror en la 
fase neoliberal es una respuesta a las dificultades del ciudadano 
medio para enfrentarse de manera directa con los conflictos de 
clase y, en última instancia, con las insensibilidades ante la in-
justicia social. Es revelador que el libro de Simmons se concen-
tre en la representación de las clases sociales y no en la dinámi-
ca específicamente económica del capitalismo; esta decisión le 
permite caracterizar en forma acertada el modo en que la fobia 
hacia las clases populares como un Otro amenazador ha ingre-
sado a la literatura de horror, produciendo un “cambio funda-
mental en el modo en que la cultura popular retrata al pobre en 
sus ficciones”.146 Una posición tal no puede resistirla tentación 
de proponer una relación mecanicista entre los cambios socia-
les y las alteraciones en la literatura de masas: “parece inevita-
ble que, dados los cambios ideológicos más amplios que tienen 
lugar en EE.UU. durante los siglos XX y XXI, la descripción 
del pobre como esencialmente comparable con el lector” haya 
sido remplazada por “una representación del pobre que a me-
nudo destaca la diferencia y el carácter de aliens (alien-ness) o 
de Otros que poseerían aquellos que viven en la pobreza”.147 
145 Ibíd.
146 Ibíd., p. 2.
147 Ibíd.
y de permitir, de cuando en cuando, la aparición de un puñado 
de autores dotados de los méritos suficientes para destacarse 
de la muchedumbre de epígonos. Más de una vez se intentó 
rastrear las razones para este boom, e incluso se procuró indagar 
si algunas de las causas del fenómeno no deberían hallarse en 
las conmociones profundas que sufrió la sociedad estadouni-
dense a partir de comienzos de los años setenta. La búsqueda 
de correspondencias es tentadora, pero se expone al riesgo de la 
banalidad: ¿los norteamericanos consumen más horror porque 
el mundo en el que viven se ha vuelto más horroroso? ¿Des-
de cuándo la literatura de masas trata de volver a los hombres 
más capaces de entender el mundo en el que viven, en lugar de 
proporcionarles más bien una vía de evasión? Existen explica-
ciones más sofisticadas que nos parecen, de todos modos, insa-
tisfactorias. Al final de un libro que contiene una sucesión de 
análisis agudos sobre la tematización de las clases en la ficción 
de horror estadounidense, David Simmons concluye que la in-
comodidad que muchos lectores sienten en EE.UU. “cuando se 
ven forzados a reconocer la existencia de la pobreza” encuentra 
una expresión apropiada en la literatura de horror, pues este 
género “sirve como una herramienta con la cual el lector puede 
enfrentarse cara a cara con los terrores que acosan a una nación 
todavía incapaz de, o renuente a enfrentar la pobreza y la clase 
de un modo más directo y abierto”.143 El análisis de Simmons 
está sostenido por cierto espanto moral ante el giro asumido 
por la política norteamericana desde los años ochenta, que 
habría abandonado los anteriores ideales progresivos y adop-
tado un sesgo reaccionario vinculado con “el ascenso y la sub-
siguiente dominación de sucesivos gobiernos conservadores (y 
luego neoconservadores)” que alcanzaron “su pináculo con la 
presidencia de George W. Bush”.144 De la mano de los cambios 
gubernamentales, los estadounidenses se habrían sentido “cre-
143 Ibíd., p. 192.
144 Ibíd., p. 1.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 107106
Ciega al análisis dialéctico y atraída hacia la reducción de fe-
nómenos complejos a una oposición entre aspectos “buenos” y 
“malos”, la crítica biempensante tiende a traducir los problemas 
sociales a cuestiones morales. Esto se advierte en un estudio tan 
inteligente como el de Simmons, que no en vano termina pola-
rizando el horror norteamericano contemporáneo en dos for-
mas básicas de caracterización de las clases populares (o, como 
dice Simmons: los “pobres”), una de las cuales ha servido como 
una forma de represión excedente (surplus repression) que “en-
mascara los horrores de la pobreza y la explotación detrás de la 
pátina de la ficción”, en tanto la otra “ha despertado una intensa 
atención hacia aquellas cuestiones fundadas en las problemáti-
cas de clase que de otro modo podrían haber sido sublimadas 
por hegemonías culturales o gubernamentales más amplias”.148
Este planteamiento no ofrece una respuesta clara a la pre-
gunta de por qué tuvo lugar semejante florecimiento de la lite-
ratura de horror en las décadas mencionadas. En general, suele 
ser muy arduo hallar causas claramente identificables para el 
surgimiento de fenómenos estéticos significativos. En el caso 
de la literatura de masas, la dificultad es menor que en el caso 
de la autónoma, a raíz de la necesidad que a aquella se le im-
pone de satisfacer las demandas de un público de consumido-
res altamente estandarizado, al que, consecuentemente, se le 
ofrecen productos sometidos a pautas específicas de estanda-
rización. Un análisis históricamente abarcador del horror lite-
rario pondría en evidencia que los períodos en que este logró 
convertirse en un fenómeno masivo coinciden con épocas de 
transición histórica o de honda crisis social que motivaron, al 
mismo tiempo, una crisis de conciencia que afectó intensamen-
te las estructuras de pensamiento y de sentimientos del público 
lector. La acmé del gótico, con la aparición de las novelas de 
Radcliffe, Lewis y Godwin, es contemporánea de aquel punto 
148 Ibíd., p. 3.
de inflexión dentro de la Modernidad que encontró su expre-
sión más conspicua en la Revolución Francesa; a estas mismas 
circunstancias responde el nacimiento del american gothic en la 
obra de Charles Brockden Brown. El fin-de-siècle, en el que se 
acelera el proceso de declinación de Inglaterra como potencia 
hegemónica del sistema-mundo, ofreció el suelo nutricio para 
la gestación de las obras de Stevenson, Wells, Stoker y Machen. 
La crisis del imperio alemán (y, en el fondo: panalemán), que 
concluyó con el derrumbe, en la Segunda Guerra Mundial, de 
las tentativas del Reich para triunfar frente a EE.UU. en la pug-
na por convertirse en la potencia hegemónica global, coincidió 
con uno de los períodos de mayor auge de la literatura trivial de 
horror en Austria y Alemania (con autores como Perutz, Ewers, 
Strobl, Lernet-Holenia o Meyrink) y del cine de horror alemán 
(baste con pensar en El gabinete del doctor Caligari, Nosferatu o 
El gólem). Cada uno de estos procesos requeriría un análisis es-
pecífico; lo que sería pertinente preguntar aquí es si el boom del 
horror norteamericano coincide también con alguna crisis sig-
nificativa; una crisis que, como ocurrió en los casos menciona-
dos, hace vacilar los valores y los sistemas de creencias sociales y 
culturales anteriormente establecidos y promueve un estado de 
incertidumbre que termina convirtiéndose, de formas variadas, 
en materia de la literatura de horror. 
En este punto se hace preciso resaltar que, en el terreno de la 
historia, no existen las predicciones infalibles: el hecho de que 
determinadas coincidencias hayan tenido lugar en el pasado no 
es una garantía última de que tengan que volver a presentarse 
en otras circunstancias. Pero el hecho es que el florecimiento 
del horror en las décadas de 1970 y 1980 sí es contemporáneo 
de un punto de inflexión sustantivo en la historia de EE.UU. 
y de la Modernidad en su totalidad. Comprender esto exige ir 
más allá de un análisis de las alternancias entre demócratas y re-
publicanos y de las consideraciones acerca de la depravación de 
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 109108
los regímenes neoliberales y de sus bases sociales, por relevante 
que pueda resultar esto para una reflexión sobre cuestiones de 
coyuntura. Aquellos análisis del capitalismo contemporáneo 
que, tomando distancia respecto de la oscura inmediatez del 
momento vivido, situaron el presente en el marco de la historia 
del capitalismo neoliberal, y de la historia del capitalismo tout 
court, han subrayado hasta qué punto la hegemonía estadouni-
dense y el actual ciclo sistémico del capitalismo –el cuarto en 
la historia de este– han ingresado en una fase terminal cuyos 
primeros indicios claros se evidenciaron en la “crisis señal” des-
encadenada a comienzos de los años setenta del siglo pasado. 
Estamos en medio de una trayectoria que se prolongará aún 
durante algunas décadas: “un largo período al que podríamos 
llamar el de la decadencia de la hegemonía de Estados Unidos 
en un mundo caótico”.149 El largo proceso de ascenso de EE.UU. 
a la hegemonía global, que se inició con la recesión mundial 
de 1873 y que alcanzó su consolidación al final de la Segunda 
Guerra, se encuentra en declinación desde hace medio siglo, de 
modo que, como argumentó persuasivamente Wallerstein, las 
opciones para Estados Unidos son extremadamentelimitadas, 
y no hay manera de evitar que el país continúe su decadencia 
durante las próximas décadas como fuerza determinante en 
los asuntos mundiales: “El verdadero dilema no es si Estados 
Unidos está en decadencia como potencia hegemónica, sino si 
podrá encontrar un modo de caer con elegancia, con el menor 
daño para el mundo y para el propio país”.150 Si no le es posible 
volar, tal vez trate de caer con estilo; el punto es que, hoy por 
hoy, EE.UU. es una superpotencia solitaria que no posee verda-
dero poder, un dirigente mundial al que nadie sigue ni respeta 
y “una nación peligrosamente a la deriva en medio de un caos 
149 Wallerstein, Immanuel, La decadencia del imperio. Estados Unidos en 
un mundo caótico. Trad. de Antonio Saborit. Caracas: Monte Ávila, 2007, 
p. 3.
150 Ibíd., p. 28.
global que no puede controlar”.151 Una crisis tal no podría dejar 
de tener decisivas repercusiones en el plano global: no solo la 
potencia hegemónica declinante, sino el capitalismo mundial 
se encuentra “en la fase terminal de un sistema histórico, en una 
‘época de transición’”.152 El escenario abierto desde los seten-
tas es una fase de severa contracción que continúa en nuestros 
días y que sucedió a la fase de extraordinario ascenso que había 
tenido lugar entre 1945 y 1967. En particular, las décadas de 
1950 y 1960 fueron los años dorados de la acumulación del ca-
pital en EE.UU.;153 una fase de expansión material en la cual no 
solo la economía estadounidense, sino también el comercio y 
la producción mundiales conocieron una expansión sin prece-
dentes. El período que va de la Guerra de Corea a los Acuerdos 
de Paz de París con los que se puso fin a la Guerra de Vietnam 
fue evaluado por algunos estudiosos como “el período más ren-
table y sostenido de crecimiento económico en la historia del 
capitalismo mundial”, como la “edad de oro del capitalismo”;154 
y aun cuando no está seguro Arrighi de que el crecimiento haya 
sido superior al del período 1848-1875, considera que esa tesis 
es al menos sostenible.155 Wallerstein destaca en qué medida el 
contexto global contemporáneo es el de una “oscuridad a me-
diodía”, después de “un largo período –sobre todo de 1945 a 
1970– de un sol brillante a medianoche”.156
Las peculiaridades de esta fase de contracción se entienden 
mejor si se interpreta a esta última como una instancia dentro 
del actual ciclo sistémico de acumulación del capital; es decir: 
como parte de un proceso cíclico que se ha dado ya en el desa-
151 Ibíd., p. 18.
152 Ibíd., p. 42.
153 Harvey, David, Capital and the Madness of Economic Reason, p. 185.
154 Arrighi, Giovanni, El largo siglo XX. Trad. de Carlos Prieto del Campo. 
Madrid: Akal, 2015, p. 357.
155 Ibíd., p. 358.
156 Wallerstein, Immanuel, La decadencia del imperio, p. 39.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 111110
rrollo histórico precedente del capitalismo. Arrighi ha explica-
do el modo en que la fórmula básica del capital propuesta por 
Marx (D-M-D’),157 podría ser traspuesta al desarrollo de cada 
ciclo sistémico. La última etapa de este ciclo se ha caracterizado 
siempre hasta ahora por el paso desde una expansión de alcance 
internacional de la producción y el comercio (D-M), a una ex-
pansión descontrolada del capital financiero (M-D’) que repre-
senta un signo otoñal (Braudel). El abandono de los acuerdos de 
Bretton Woods; en sí: el abandono de la paridad fija entre las 
diferentes monedas nacionales y el dólar, y entre este y el oro; el 
pasaje a un sistema de cambios flexible, fueron signos del trán-
sito a una era en que los flujos financieros prevalecen sobre los 
flujos reales. Esta es la realidad histórica, desde la perspectiva 
de la longue durée, tras el profuso palabrerío acerca de la per-
versidad del capital financiero hoy dominante. Aun en la belle 
époque de la era Reagan habría que ver un signo otoñal, ya que 
ella fue de la mano de la mayor expansión de la deuda pública 
de la historia mundial. Esta conjunción de financierización y 
endeudamiento reedita lo ocurrido en otros ciclos de acumu-
lación; como señala Kevin Philipps, comparando la influencia 
creciente de las finanzas en EE.UU. en la década de 1980 con 
fenómenos similares en el declive económico de Génova, Ho-
landa e Inglaterra, una “preocupación excesiva por las finanzas 
y la tolerancia de las deudas son evidentemente típicas de las 
grandes potencias económicas en sus últimas etapas. Presagian 
157 Aclaramos, porque nos aseguran que es preciso: dinero – mercancía – 
más dinero. Si, en una praxis económica no orientada a la acumulación de 
capital, las mercancías son ofrecidas a cambio de un dinero que se emplea 
para comprar otras mercancías (M-D-M), la fórmula D-M-D’ expresa 
una práctica en la cual el valor “se vuelve valor en proceso, y en ese carácter, 
capital. Proviene de la circulación, retorna a ella, se conserva y multiplica 
en ella, regresa de ella acrecentado y reanuda una y otra vez, siempre, el 
mismo ciclo. D-D’, dinero que incuba dinero –money which begets mo-
ney– reza la definición del capital en boca de sus primeros intérpretes, los 
mercantilistas” (Marx, Karl, El capital, vol. I/1, p. 189).
el declive económico”.158 La pérdida del control económico fue 
también de la mano de una crisis de legitimación. La Guerra 
de Vietnam, las revueltas que alcanzaron su pico en 1968, y 
más recientemente los atentados del 11 de septiembre de 2001 
erosionaron la imagen de EE.UU. y alentaron unos ánimos 
antiestadounidenses que jamás se desvanecieron desde que ese 
país alcanzó la hegemonía global en 1945. EE.UU. sigue sien-
do por lejos la mayor potencia militar del mundo. Esto puede 
ser bastante intimidatorio, pero de ningún modo podría pro-
porcionar una base de legitimidad suficiente. Los procesos y 
acontecimientos descriptos, unidos al vertiginoso crecimiento 
del sudeste asiático y, en las últimas décadas, de China, hacen 
que el pasado reciente, la actualidad y, sobre todo, el porvenir 
de EE.UU. resulten poco alentadores. Podrá decirse que esta-
mos en medio de un proceso y que el futuro podría deparar 
un desenlace diferente del que se produjo en los anteriores ci-
clos sistémicos. Quizás. Improbable, pero posible. Pero esto no 
cambia en nada nuestros argumentos: la crisis aguda efectiva-
mente existe, sus primeros signos tuvieron lugar (y comenzaron 
a hacerse visibles) a comienzos de la década de 1970, y desde 
entonces ha continuado agravándose la declinación. 
Lo que este análisis expone es la dimensión esencial del decli-
ve de la hegemonía estadounidense durante la fase neoliberal, 
dentro del marco general de la dinámica cíclica del capitalismo. 
Una perspectiva tal supone un alto grado de abstracción; es de-
cir: implica asumir un punto de vista que, como hemos visto, 
resulta escasamente accesible para la conciencia ordinaria. Lo 
que deberíamos preguntarnos ahora es qué efectos produce la 
articulación de la esencia subyacente sobre el sensus communis; 
en qué medida en este aparece expresado, encubierto o distor-
sionado lo que revela una consideración científica apartada 
de las esperanzas y temores del pensamiento cotidiano. Sobre 
158 Cit. en Arrighi, Giovanni, El largo siglo XX, p. 378.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 113112
este último, los “grandes” acontecimientos suelen producir un 
impacto mucho mayor que los procesos seculares; la derrota 
militar en Vietnam o los atentados contra las Torres Gemelas 
ejercieron una gravitación mucho mayor sobre el imaginario 
estadounidense, como síntomas de la pérdida de poder o de la 
fragilidad creciente de la propia nación, que las intensas trans-
formaciones en la infraestructura económica. Eso no significa 
que estas alteraciones no hayan dejado marcas en la conciencia 
ordinaria; solo que esta, comprensiblemente, se concentró en 
los síntomas perceptibles antes que en las causas profundas. La 
financierización de la economía se manifestó como una demo-
nización del sistema bancario –que no tenemos ninguna inten-
ción de idealizar–, en lamedida en que el neoliberalismo no ha 
sobrecargado de deudas tan solo a México, Argentina y Grecia, 
sino también a millones de personas; en que, como ha escrito 
Harvey, “los tentáculos del endeudamiento se extienden por 
todas partes, implicando a todo aquel que lleva aunque más no 
sea una tarjeta de crédito en su bolsillo”.159 Sobre las limitacio-
nes de la demonización biempensante del sistema bancario y, 
en general, del capital financiero hablamos en el capítulo ante-
rior y volveremos a hablar luego; baste con destacar que, como 
muchos cuestionamientos de las supuestas versiones “salvajes” 
del capitalismo, esa demonización recae una y otra vez en el 
moralismo, contraponiendo, por ejemplo, las iniquidades del 
capital financiero con las aparentes virtudes del capital produc-
tivo: la crítica se dirige a “excrecencias” del capitalismo y no a la 
relación capitalista como tal. El periodismo, el cine y la litera-
tura de masas muestran con frecuencia excesiva una tendencia 
a caer en estas condenas parcializadas de aspectos concreta-
mente visibles del neoliberalismo, poco afectos a comprender 
el capitalismo en cuanto totalidad. 
159 Harvey, David, Marx, Capital and the Madness of Economic Reason, 
p. 81.
Si esta clase de demonización del sistema financiero llegó 
a convertirse en rasgo característico de una cierta izquierda 
contemporánea, existe también –si se nos permite la fórmula– 
una demonización de derecha. Desde que la economía-mundo 
ingresó, a comienzos de la década de 1970, en fase recesiva y, 
entre otras cosas, el desempleo comenzó a incrementarse, los 
inmigrantes se convirtieron en el chivo expiatorio predilecto. Y 
es así que las fuerzas de la extrema derecha “de pronto empeza-
ron a emerger nuevamente, a veces dentro de los partidos con-
servadores tradicionales, a veces como estructuras separadas”; 
en este último caso, “se alimentaron del apoyo, no solo de los 
partidos conservadores, sino también de los partidos obreros 
de centroizquierda”.160 En la década de 1990, estas tendencias 
cobraron dimensiones preocupantes, y desde entonces están en 
la base de la expansión de las nuevas derechas; encontraron una 
voz en la retórica grotesca de Haider y Le Pen, de Bolsonaro y 
Trump, de Viktor Orban y Miguel Ángel Pichetto. El hecho de 
que estas figuras posean (para emplear la fórmula de Kracauer) 
una naturaleza farsesca, correspondiente a una sociedad de ope-
reta, no debería llevarnos a banalizar el problema: el hecho de 
que el discurso de estas derechas haya ingresado en una opinión 
pública tan amplia a nivel mundial es una razón suficiente para 
someterlo a un análisis escrupuloso. 
Sería desacertado colocar al mismo nivel fenómenos como 
la demonización del capital financiero en cuanto fuente última 
de todos los males y la demonización de los trabajadores inmi-
grantes. No lo están. Pero ambos son ejemplos de ese afán de 
particularización y concretismo que define a la conciencia co-
tidiana. Existe en esta una voluntad desesperada de reordenar 
una realidad confusa señalando culpables puntuales, “perso-
nalizables”, cuyo control o exterminio podría producir el bien 
general. Se busca siempre acotar el mal, delimitarlo, volverlo 
160 Wallerstein, Immanuel, La decadencia del imperio, p. 75.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 115114
asible e identificable, en una era esencialmente regida por una 
dominación abstracta e impersonal. En lo que concierne a la 
opinión pública estadounidense, en la que resultan especial-
mente visibles los fenómenos que estamos señalando, podría-
mos sintetizar el modo en que la decadencia de la hegemonía 
de EE.UU. logró extenderse capilarmente hasta el sentido co-
mún –ante todo, en los sectores medios– como una sensación 
de desmoralización respecto del poder de la nación y de pesi-
mismo acerca de sus posibilidades de crecimiento económico, 
social, cultural; una sensación de fragilidad frente a la amenaza 
de los otros –o lo Otro–; como un estado de desorientación e 
incertidumbre frente al estado del mundo. Wallerstein sinteti-
za este ánimo general, entre los estadounidenses en las primeras 
décadas del siglo XXI, como la impresión de estar rodeados 
“por el miedo, la confusión, el desesperado desorden de todo”; 
es como si “el crecimiento increíble y siempre veloz del sistema 
capitalista se hubiera salido de las manos”, y a tal punto que 
“Estamos frente a la incertidumbre”.161 Hoy en día “hay mucha 
confusión y dudas en Occidente, una situación que siempre 
renueva la necesidad de demonios”.162 Asistimos a un recrude-
cimiento de los irracionalismos; y, como dice acertadamente 
Wallerstein, “claridad, no demonios, es lo que más necesitamos 
en este momento”.163
Estas formas de reacción del sentido común frente a la crisis 
del capitalismo estadounidense se conectan con la intensifica-
da receptividad para la literatura de horror desde inicios de la 
década de 1970; pero también –y sobre todo– ayudan a en-
tender las características de esta literatura, que la diferencian 
de la ficción de terror de otros períodos. Apoyándose en otros 
autores, Simmons busca resumir el trasfondo del boom horror 
en estos términos: 
161 Ibíd., p. 41.
162 Ibíd., p. 111.
163 Ibíd., p. 113.
estas décadas de “crisis cultural y desintegración” […] 
dieron a luz un “legado de paranoia” […] En que los es-
tadounidenses sentían como si estuvieran “inmóviles en 
medio de las ruinas de lo que, poco más de una década 
antes, había parecido estable e inmutable”. Es posible, 
entonces, que la naturaleza mecánica de las novelas de 
King y de la hueste de “aspirantes, oportunistas” […] 
podría haber cumplido una función tranquilizadora en 
una era de incertidumbre moral e ideológica, adhirién-
dose a las críticas de la Escuela de Frankfurt a la cultura 
popular como una especie de “cemento social”.164
Esta descripción tiene algunos aciertos. Pero no nos parece 
que el efecto que produce la ficción de horror haya sido bien 
captado por Simmons. Para este, dicha ficción busca crear un 
espacio imaginativo en que el lector puede ver que su propio 
mundo no es tan malo como el de la novela.165 Esta explica-
ción no capta lo específico del horror contemporáneo: lo que 
este busca en su mainstream es, en una medida mucho mayor, 
configurar problemas reales de nuestro tiempo para proponer 
luego alguna vía evasiva, fundada justamente en una lógica di-
vergente de la que rige en el mundo real. Podríamos explicar 
esto a través de un paralelo: los policiales de Henning Mankell 
se encuentran entre los mayores éxitos de la literatura de ma-
sas de la fase neoliberal. Una nota distintiva del ciclo de na-
rraciones sobre el inspector Kurt Wallander es un naturalismo 
intensamente más desarrollado que el que se veía aun en va-
riantes comparativamente realistas del policial como la novela 
negra norteamericana, o todo un conjunto de narraciones de 
Simenon, Scerbanenco o Vázquez Montalbán. El naturalismo 
se percibe tanto en la descripción detallada de milieux y en la 
164 Simmons, David, American Horror Fiction and Class, p. 134.
165 Ibíd.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 117116
tematización de delitos vinculados con la inmigración ilegal, 
el tráfico de órganos, la trata de personas o el crecimiento de 
las nuevas derechas, como en la tematización de cuestiones tan 
ligadas a la neoliberalización, en el plano social, como el debi-
litamiento del Estado de bienestar, los efectos de la globaliza-
ción sobre la vida cotidiana, la flexibilización y precarización 
laborales. Wallander representa, asimismo, una versión de in-
vestigador mucho más realista, no digamos ya que Holmes o 
Poirot, sino también que Maigret o Martin Beck. El punto de 
vista que aparece encarnado en el personaje es el de una clase 
media semiilustrada que se aferra aún a las reglas de un mundo 
en trance de desaparecer y que está cargada de temores frente a 
una realidad emergente que le resulta enigmática e inquietante. 
Estas sensaciones se intensifican en las últimas novelas de la se-rie, cuando se torna más agudo, en el personaje, el sentimiento 
de que no solo no ha llegado a comprender jamás a los seres 
más cercanos a él –su padre, su hija, sus eventuales parejas–, 
sino tampoco el sentido de su propia vida y el del mundo en 
general. En estas obras, el agravamiento de las incertidumbres 
existenciales va de la mano de las ansiedades ante el propio en-
vejecimiento; Wallander teme convertirse, como su padre, en 
“un viejo que se repetía, ya fuese en los cuadros que pintaba 
o en sus opiniones sobre un mundo que cada vez le resultaba 
más incomprensible”.166 Un rasgo distintivo de las novelas de 
Simenon, como recordarán sus lectores, fue la humanización 
de los criminales, que eran empáticamente descifrados y com-
prendidos por Maigret. La humanización de Wallander no lo 
acerca a los delincuentes que persigue: a menudo, él se enfrenta 
con crímenes brutales que no hacen más que acentuar sus sen-
timientos de alienación respecto del mundo contemporáneo. 
Existe en él simpatía y solidaridad con las víctimas de una ex-
166 Mankell, Henning, El hombre inquieto. Trad. de Carmen Montes. Bue-
nos Aires: Tusquets, 2009, p. 64.
plotación que las novelas suelen vincular con redes criminales 
organizadas a nivel global; pero de esto no se deriva una ge-
nuina comprensión de los humillados y ofendidos, cuyas sub-
jetividades siguen siendo jeroglíficos para Wallander. Sabemos 
tan poco de las personas:167 este comentario de Linda, la hija de 
Kurt, resume toda una dimensión de la narrativa de Mankell, 
que convierte al principal héroe de su obra en un personaje 
parcialmente problemático, y que acerca la visión del mundo 
ofrecida en la saga policial del escritor sueco al universo de la 
gran tradición novelística, cuya representación crítica de la era 
del individualismo podría resumirse en un comentario del na-
rrador de Ferragus de Balzac: “Pero ¿quién puede jactarse de ser 
jamás comprendido? Todos moriremos sin ser conocidos”.168 
Cualidades como esta son las que llevan a los periodistas 
culturales a elogiar la “complejidad”, de las novelas de Mankell, 
el talento para proponer un policial “adulto” y otros méritos 
afines. Esto tiene su núcleo de verdad, pero habría que explicar 
aún por qué consigue la serie Wallander seducir a un público 
de masas, que no recurre prioritariamente a ellas para enfren-
tarse con las complejidades de nuestra época. Para explicar esto 
podríamos decir unas pocas palabras sobre El hombre inquieto 
(2009), la última novela de la serie,169 en la que se plantean las 
167 Ibíd., p. 119.
168 Balzac, Honoré de, La Comédie Humaine. Ed. de Marcel Bouteron. 10 
vols. París: La Pléiade, 1948, vol. V, p. 20.
169 Esto no significa que cuestiones como las que comentaremos no apa-
rezcan en otras novelas y cuentos de la serie; cf. por ejemplo, el comen-
tario de un personaje de Huesos en el jardín (2004): “¿Qué sabe uno en 
realidad de sus vecinos? Antes todo el mundo lo sabía casi todo de los que 
vivían a su alrededor. Pero hoy no tenemos ni idea”. Wallander piensa que 
se halla “ante una de esas personas extremadamente conservadoras que 
están convencidas de que, antiguamente, todo era mejor” (Huesos en el 
jardín. Trad. de Carmen Montes Cano. Buenos Aires: Tusquets, 2013, p. 
73). Y, sin embargo, reflexiones similares aparecen a menudo en el propio 
Wallander en diversas obras de la serie.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 119118
reacciones del inspector ante la política local y global. Las opi-
niones y reacciones de Wallander son presentadas, de manera 
bastante explícita, como las del sentido común medio de su ge-
neración, caracterizada por la apatía política y por una mezcla 
de ignorancia y azoramiento frente a una esfera de relaciones 
impersonales y abstractas. No comprendo nada de lo que está 
pasando:170 esta frase sintetiza la situación de Kurt ante una tra-
ma de espionaje que la novela desarrolla con una notoria trivia-
lidad. Bruscamente enfrentado a una intriga internacional rela-
cionada con las secuelas de la Guerra Fría, Wallander descubre 
“lo poco que en el fondo sabía sobre el mundo en el que había 
vivido. Claro que resultaba imposible adquirir unos conoci-
mientos que no le habían interesado hasta entonces”; se pre-
gunta “abatido si había alguna característica propia de toda su 
generación. Cierta renuencia a interesarse por el mundo en que 
vivían, por las circunstancias políticas siempre cambiantes”.171 
Aunque perteneciente a la generación que se hizo adulta en la 
década de 1960, Kurt
jamás participó activamente en ninguno de los movi-
mientos políticos de la época, jamás intervino en ningu-
na de las manifestaciones celebradas en Malmö, nunca 
entendió de verdad qué era la guerra de Vietnam ni se 
interesó por los movimientos de liberación de países 
cuya localización geográfica ni siquiera conocía. […] Él 
solía rechazar la política como un poder superior que 
controlaba las posibilidades que pudiera tener la policía 
a la hora de mantener el orden, pero poco más.172
Como podía preverse, la novela tiene la mayor comprensión 
y condescendencia frente a estas perspectivas que, convenga-
170 Mankell, Henning, El hombre inquieto, p. 444.
171 Ibíd., p. 453.
172 Ibíd., p. 111.
mos, coinciden con las del lector promedio. La imagen posi-
tiva que el autocrítico y pesimista inspector posee de sí mismo 
está fundada en el convencimiento de que él podría describirse 
como un hombre “bueno en su profesión, incluso sagaz. Du-
rante toda su vida se había esforzado por formar parte de las 
fuerzas benignas en este mundo, y si no lo había consegui-
do, tampoco era el único. ¿Qué podía hacer un hombre, sino 
intentarlo?”.173 Para aquel que interpreta el mundo en estos tér-
minos, la esfera de la “gran” política es el ámbito abstracto en el 
que realizan sus jugadas los ambiciosos y los malvados. Frente a 
los dilemas éticos de los hombres comunes, estos mantendrían 
el mismo distanciamiento impasible que aquellas altas jerar-
quías burocráticas que planifican las políticas del aparato po-
licial sobre la base de abstrusas estadísticas. Wallander confía 
en su experiencia concreta con el crimen tanto como en su in-
tuición; esa experiencia le dice que la planificación de los altos 
funcionarios ha derivado en un incremento constante “de casos 
sin resolver. Se cerraban o se reformaban unidades policiales 
competentes, hasta que dejaban de serlo. Era más importante 
cumplir objetivos estadísticos que resolver los casos y castigar a 
los delincuentes según la ley”.174 Lo que el “sistema” habría ol-
vidado, con sus elucubraciones, son los intereses y necesidades 
de las personas corrientes:
El día que la dirección de la policía sueca decidió que 
los “delitos menores” debían tolerarse, acabaron con el 
último asidero de la relación de confianza entre la poli-
cía y los ciudadanos. / Para el ciudadano de a pie no era 
natural aceptar que le robasen el reproductor de música 
del coche, o que le robasen en el garaje o en la casa de 
verano. Los ciudadanos querían que también se resol-
viesen esos delitos o, al menos, que se investigasen.175 
173 Ibíd., p. 297.
174 Ibíd., p. 413.
175 Ibíd.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 121120
¿Cómo se articula, entonces, esta visión del mundo de los 
“ciudadanos de a pie” con la trama de espionaje internacional 
tematizada en la novela? Wallander se ve forzado a implicarse 
en ella y siente esa participación como un pernicioso contacto 
con un ambiente malsano y corrupto. En estas consideraciones 
se entremeten puntos de vista convencionales acerca del uni-
verso de la política como una esfera sustancialmente inmoral. 
En su trabajo cotidiano, Kurt se encuentra de continuo enfren-
tado con realidades brutales, pero justamente esta brutalidad 
mantiene viva en él la confianza en el sentido de su profesión. 
El espionaje, en cambio, cuyo funcionamiento le resulta tan os-
curo como el de la bolsa, simplemente no debería existir. 
La demonización de la “gran” política es la contracara de ese 
pequeñomundo en el que los problemas se resuelven gracias 
a las acciones de personas buenas y sagaces como Wallander. 
La celebración de los pequeños grandes hombres es una nor-
ma que la novela tiene que observar bajo pena de sucumbir. 
Esto nos conduce a una contradicción central en la obra de 
Mankell. Por un lado, las narraciones se plantean el desafío de 
tematizar los dilemas característicos de una época en la que el 
mundo resulta más impenetrable para la conciencia cotidiana 
que en ningún período anterior de la Modernidad. Las narra-
ciones son lo bastante atrevidas para mostrar que la crisis del 
Estado de bienestar sueco, las nuevas dinámicas del capital y 
los efectos de las políticas de ajuste sobre la vida cotidiana de 
los ciudadanos tienen algún vínculo con el estado de desorien-
tación en el que se ven inmersos los personajes y, en primera 
línea, el protagonista. Vivimos en una sociedad ciertamente 
vulnerable:176 esta reflexión del médico forense Nyberg es la 
definición de una época expuesta al caos; y el pensamiento re-
currente de Wallander frente a esto se condensa así: “Debería 
176 Mankell, Henning, Cortafuegos. Trad. de Carmen Montes Cano. Bue-
nos Aires: Tusquets, 2006, p. 85.
permanecer aquí e imponer algo de orden en este caos. Pero en 
estos momentos me siento incapaz”.177 Llevar audazmente las 
acciones en esta dirección haría que las novelas sean demasiado 
problemáticas para un público de masas. De ahí que, por otro 
lado, las historias de Wallander ofrezcan un repliegue repara-
dor hacia los pequeños mundos comprensibles y abarcables 
con la mirada. Esto se expresa, de manera explícita, a través 
de las recurrentes expresiones de nostalgia que manifiestan los 
personajes; la declaración del policía Martinson en Cortafuegos 
suena como una declaración muy típica de desaliento ante el 
vértigo de las condiciones de vida y de trabajo en un mundo 
neoliberal: “Yo aún no he cumplido los cuarenta y ya me sor-
prendo a mí mismo recordando los buenos tiempos de antaño. 
Al menos, eran mejores que el infierno laboral que vivimos en 
la actualidad”.178 Reencontraremos esta añoranza de un mundo 
más sencillo en el horror contemporáneo; el problema es que, 
como a menudo ocurre en este, las novelas de Mankell intentan 
corregir la realidad contemporánea que se ocupan de plasmar 
introduciendo en ella reglas propias de otros tiempos, e incluso 
del policial de otros tiempos. Es un gesto regresivo responder 
a las complejidades del capitalismo de nuestro tiempo soste-
niendo, a modo de solución, la ética de las pequeñas acciones 
probas de las personas corrientes, como si a partir de la acción 
bondadosa de estas pudiera derivarse algún cambio sustantivo. 
Pero entonces también es un ademán regresivo la apelación al 
método deductivo y a la intuición excepcional de Wallander, 
quien, como ocurría con las máquinas de pensar del policial 
anglosajón, consigue hacer la diferencia y crear un orden a par-
tir del caos. Lo que queremos decir aquí es que la apelación al 
método y la intuición es ella misma una forma de nostalgia, 
que trata de aportar un componente consolatorio orientado a 
177 Ibíd., p. 73.
178 Ibíd., p. 48.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 123122
tranquilizar las ansiedades del lector y propiciar el happy end. 
La forma de policial propuesta por Mankell es el resultado de 
un compromiso entre (al menos) dos modelos diferentes: uno 
que reconoce, sin protecciones ni escrúpulos, la vulnerabilidad 
de nuestro mundo, y otro que confía, con la obstinación típica 
del voluntarismo, en la posibilidad de conjurar racionalmente 
el caos. 
No es nuestra intención señalar esta contradicción inma-
nente a la obra de Mankell como la expresión de una incapaci-
dad en el autor o una deficiencia en sus novelas. Creemos que, 
como en el caso de King, del que nos ocuparemos luego, a es-
tas contradicciones se debe en parte el hecho de que Mankell 
pertenezca, por así decirlo, al gran canon de la literatura no 
canónica. Aquellos autores de la literatura de masas que estén 
seriamente dispuestos a ir más allá de los propósitos evasivos, 
simplificadores del mainstream y se muestren interesados en 
explorar la realidad como un territorio desconocido, asumen 
riesgos y se alejan de las zonas de confort de las convenciones y 
los clichés. Pero la industria de la cultura impone sus constric-
ciones, y el autor tiene que respectarlas si quiere que su obra 
funcione como mercancía. La lucha entre la tiranía del mer-
cado y las pretensiones estéticas de los mejores escritores de li-
teratura de masas de nuestro tiempo ha cobrado tal magnitud 
que se convirtió en tema de algunas de las obras clásicas del 
género; y Misery, de Stephen King, es posiblemente el expo-
nente más exitoso, pero también uno de los más sobresalientes 
de esta problemática.
La cuestión a la que queríamos arribar es la siguiente: el po-
licial de Mankell enfrenta al lector con dos clases de horror. De 
un lado se encuentran los espantos y ansiedades propios de la 
fase neoliberal, cuya expresión más elemental es un sentimien-
to de extrema alienación ante un mundo abstracto en el cual 
no comprendemos nada de lo que nos está pasando. Frente esta 
angustia bien real y material, los crímenes bestiales de las no-
velas representan una evasión: los asesinos seriales de La falsa 
pista (1994) o La quinta mujer (1996), en su excepcionalidad, 
representan un papel parecido al de los espantos extraños o so-
brenaturales de la literatura de horror de King. Los casos excep-
cionales no solo distraen de los terrores cotidianos de nuestro 
tiempo; también pueden ser conjurados en un happy end. La li-
teratura de masas de nuestro tiempo, tanto en el policial como 
en la narrativa de horror, configura dos clases de temores. El 
más serio –aquel del que busca en el fondo evadirse el lector 
promedio– es la propia Modernidad. Un rasgo de la fase neoli-
beral es que a la literatura de masas más importante se le impo-
ne como una necesidad casi inevitable tematizar ese horror; de 
ahí que resulte, como veremos, mucho más ardua la lucha para 
proporcionar, frente a él, una vía de escape consolatoria. 
2. Los demonios de la religión y la demonización de la 
Modernidad: El exorcista, de William P. Blatty
Podrá preguntarse a esta altura por qué, si tenemos en vista 
un examen dialéctico de la industria cultural que identifique en 
esta la convivencia de impulsos antagónicos, en nuestro análisis 
precedente de la fase neoliberal sobresalen los rasgos negativos. 
La respuesta es que lo que queremos indagar aquí es el horror 
neoliberal en un sentido específico: los temores y ansiedades 
que recorren la literatura trivial de horror de nuestro tiempo 
y que se diferencian de las modulaciones que el terror había 
asumido en períodos anteriores. El surgimiento de la literatura 
de horror se produjo en relación estrecha con la génesis de la 
literatura fantástica, una forma esencialmente moderna, hija de 
la Ilustración y del proceso de secularización. Lo fantástico li-
terario nació como un modo de elaborar los traumas del desen-
cantamiento del mundo, así como del desamparo trascendental 
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 125124
(Lukács) o la anomia (Durkheim) de la Modernidad, es decir: 
la descomposición de la tradición y la consiguiente ausencia de 
parámetros de orientación –éticos, políticos, religiosos– fijos, 
la pérdida de un ethos vinculante para el conjunto de una socie-
dad que, a diferencia de las mitificadas Gemeinschaften, ya no 
puede ser abarcada por la mirada. En sus formas más banales, 
la literatura fantástica trató de aportar una respuesta consola-
toria a estos dilemas, configurando una solución imaginaria 
para los conflictos reales. En algunas de sus expresiones estéti-
camente más valiosas, elaboró estos problemas en toda su com-
pleja contradictoriedad; la narración de Tieck El rubio Eckbert 
(1796) debe parte de su significación histórica al modo en que 
configura, con una capacidad de generalización inigualada,el 
desamparo del hombre moderno en un mundo individualista 
abandonado por los dioses. El deseo regresivo, a menudo in-
consciente, de hallar un refugio en una sociedad menos com-
pleja que las modernas es un rasgo tan típico de lo fantástico 
trivial como de otras formas representativas de la literatura de 
masas. La literatura de horror ha revelado una intensificación 
en el tratamiento de estos temas. Y como nunca ha resultado 
la realidad moderna tan espectral y fantasmagórica como hoy; 
como pocas veces ha habido, en tiempos del capitalismo, pe-
ríodos en que los individuos se hayan sentido menos poderosos 
que en la fase del neoliberalismo, puede entenderse el auge que 
la literatura de horror ha experimentado durante las últimas 
décadas, como también que tenga sentido examinarla. Como 
una razón esencial para la inmensa popularidad del neogóti-
co contemporáneo mencionó Mark Edmunson el modo en 
que ese género contribuye a la localización de un sentido del 
mundo:
Muchos de nosotros, pienso, pasamos de la esperanza en 
la religión benévola a la fascinación con el gótico. […] 
Con el giro en dirección al gótico contemporáneo […] 
recuperamos un horizonte de sentido último. Recupe-
ramos algo de lo que se ha perdido con el alejamiento 
de Dios respecto del mundo cotidiano. Con el gótico, 
podemos decirnos que vivimos en el peor y en el más 
bárbaro de los tiempos, que todo lo que está roto nunca 
podrá ser enmendado, que las cosas son malas y están 
condenadas a serlo, que la esperanza significativa es una 
triste broma, la prerrogativa de los tontos. El gótico, 
siendo tan oscuro, ofrece una certeza epistemológica; 
nos autoriza a creer que hemos encontrado la verdad.179
Por poco persuasiva que sea la justificación de que es esa la 
certeza que aporta el horror contemporáneo, es convincente 
la conjetura de que este busca, de variadas formas, ofrecer un 
modo de elaborar, no solo el problema genérico de la secula-
rización, sino también el problema históricamente específico 
de un estado del mundo que, con su dinámica de cambio ver-
tiginosamente acelerada, se ha tornado cada vez más difícil de 
reducir a estructuras de pensamiento y sentimiento estables. 
Esto ha producido unos cambios en las representaciones so-
ciales del horror y de los modos de lidiar con él que podrían 
percibirse más nítidamente si comparásemos los inicios de la 
fase neoliberal con las circunstancias más recientes. Para dar 
mejor cuenta de esto nos ocuparemos de algunos productos de 
la cultura de masas norteamericana cuya vastísima circulación 
en el plano global –una muestra de la “norteamericanización” 
a la que nos referíamos más arriba– da cuenta del modo en que 
en ellos se han captado ansiedades y temores fundamentales de 
la época. El primero de ellos es la novela El exorcista (1971), 
de William Peter Blatty, un best-seller que vendió 14 millones 
179 Edmundson, Mark, Nightmare on Main Street. Angels, Masochism and 
the Culture of Gothic. Cambridge, Mass. y Londres: Harvard U.P., 1999, 
p. 68.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 127126
de ejemplares solo en EE.UU. y que se encuadra en esa ola de 
furor por los temas demoníacos a la que pertenecen también 
El bebé de Rosemary (1968), de Ira Levin, y La profecía (1976), 
de David Seltzer (1976). La novela de Blatty, contemporánea 
de la crisis del liberalismo embridado, de los orígenes del neo-
liberalismo y de la derrota de los movimientos radicales de los 
sesenta, apela al recurso de mostrar la civilización urbana, con 
su relativismo moral y su amplio secularismo, como una más-
cara que encubre las fuerzas –subterráneas, pero “auténticas”– 
que obran debajo de las apariencias de la vida moderna. En la 
medida en que, como en la mayoría de los productos de la cul-
tura de masas postmoderna, la novela tiene como destinatario 
ideal promedio –que, como dijimos, no tiene por qué coincidir 
puntualmente con los destinatarios empíricos– a un público ur-
bano y middle-class, el punto de vista desde el cual, en general, 
se presentan los hechos de la narración es el de una joven actriz, 
Chris McNeil, cuyo modo de ver el mundo es el prototípico de 
una clase media semiilustrada; en él confluyen el escepticismo 
religioso, la devoción por las bondades del “sano” sentido co-
mún y, significativamente, el descrédito hacia la necesidad o el 
sentido de algún tipo de praxis política radical. La referencia 
expresa a la política se introduce a través de comentarios sobre 
el guion de un film en el que aparece actuando como protago-
nista Chris al comienzo de la novela, y en el cual se había incor-
porado “una trama secundaria acerca de las rebeliones univer-
sitarias”; Chris “hacía el papel de una profesora de psicología 
que estaba de parte de los rebeldes. Y odiaba ese papel” (25).180 
En el film, el decano habla con los estudiantes para sofocar una 
manifestación pacífica, y Chris debía “embestir resueltamente 
al decano y, mientras señalaba el edificio principal, gritar ‘¡Ti-
180 A partir de aquí, los números de página indicados entre paréntesis re-
miten a Blatty, William Peter, El exorcista. Trad. de Raquel Albornoz. 
Buenos Aires: Emecé, 1972.
rémoslo abajo!’” (30). Aunque poco “cultivada”, Chris encuen-
tra esa idea “estúpida”: su mente “nunca confundió los slogans 
con la verdad y […] picoteaba incansablemente entre el pala-
brerío para encontrar la reluciente verdad escondida. Y de este 
modo, para ella, la causa revolucionaria era ‘estúpida’” (25). 
Aunque satisfecha con su fe en el common sense, se siente aco-
sada por sueños relacionados con la muerte y con el anhelo a 
medias consciente de trascendencia: “pensaba una y otra vez Yo 
no voy a ser, yo moriré, yo no seré y por los siglos de los siglos” (26). 
La respuesta a esta demanda es la aparición brusca de una serie 
de alteraciones en el comportamiento de su hija adolescente, 
Regan, que, en una espiral fuera de control, incurre en una saga 
de adversos –y perversos– milagros que habría de explotar lue-
go de manera sensacionalista y, casi literalmente, ad nauseam 
la adaptación cinematográfica de William Friedkin (1973). El 
hecho de que los fenómenos paranormales sean señalados por 
los psiquiatras como propios de “adolescentes en estados de ‘ex-
trema tensión interior, frustración y rabia’” (255) delata menos 
un afán de rigurosidad científica que la índole de los miedos e 
inquietudes de los adultos liberales y conservadores de la época 
frente una adolescencia y una juventud que, a sus ojos, han de-
jado de ser familiares para tornarse extrañas, siniestras, con toda 
la densidad de significados que posee el término unheimlich en 
el pensamiento de Freud. La estrategia de ligar la “anomalía” de 
los jóvenes, no con circunstancias históricas y sociales, sino con 
la intervención de algún género de mal sobrenatural, será un 
Leitmotiv del copioso teenage horror que habría de inundar la 
industria hollywoodense durante la era postmoderna. 
En la novela de Blatty, una vez que ha quedado probada la 
incapacidad de un ejército de médicos para conjurar científica-
mente los demonios, el sentido común le sugiere a Chris colo-
car a su hija en manos de una autoridad superior, y es así que 
recurre a un sacerdote jesuita, Demian Karras, que es al mismo 
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 129128
tiempo un psiquiatra acreditado. Karras, que en el elemental 
contrapunto que hilvana los capítulos iniciales de la novela, se 
perfila como deuteragonista, no parece representar una ópti-
ma elección: exponente de un clero ampliamente secularizado, 
prefiere interpretarlo todo, incluyendo el comportamiento de 
Regan, desde una perspectiva terrenal. Asediado por el terror 
a una pobreza que padeció intensamente en su infancia, pero 
también por la culpa de haber dejado sola a su madre, el jesuita 
está hundido en una crisis de fe, de modo que anda, en pala-
bras suyas, “a tientas en un estado de ignorancia, lo cual no es 
nada extraño ni anormal en mí, sino mi condición habitual” 
(214). Su causa esencialde inquietud “era el silencio de Dios”; 
el sacerdote “hubiera deseado haber vivido con Cristo, haber 
visto, haber tocado, haber explorado Su mirada. […] Este deseo 
ardiente lo consumía” (59). Hijo de la Ilustración más que de 
la fe, observa en sí mismo, y en los sacerdotes a los que aconse-
ja, las huellas de una alienación al menos igual a la que experi-
mentan los escépticos y los ateos en las condiciones de la vida 
moderna, lo que atestiguaría que la pertenencia a la Compañía 
no proporciona ninguna cura para la “terrible soledad de los 
sacerdotes” (ibíd.). 
Es sabido que Lukács definió a la novela como epopeya del 
mundo abandonado por Dios, como la forma de la virilidad ma-
dura, correspondiente a una época atea e individualista en que 
el sentido ha dejado de ser inmanente a la realidad. De acuer-
do con su esencia genuina, la novela solo podría avanzar en el 
sentido de una radicalización de su ateísmo; es esto lo que in-
terpreta el joven Lukács –en concordancia con el conservadu-
rismo cultural que define a su filosofía temprana– como mar-
ca de un género correspondiente a una época de decadencia, 
y lo que otros pensadores, como Kracauer y Sartre, entienden 
como provocadora incitación a enfrentarse desde una perspec-
tiva libre y madura con los problemas que plantea una realidad 
secular. Si el género novelístico corresponde a un universo re-
lativista en el que el hombre ya no camina llevado de la mano 
por el buen Dios, la novela de entretenimiento fantástica busca 
aportar una solución evasiva y regresiva a este estado de cosas: 
trata de proveer una catarsis consolatoria, religando al mundo 
terrenal con un orden relativamente simple, visible y, a menu-
do, trascendente: el prosaísmo de la novela es compensado por 
la densidad poética del romance.181 De ahí su insistencia en evi-
tarle al lector la desesperación de enfrentarse con un mundo te-
rrenal en el que, con el desvanecimiento de los dioses, ha tenido 
lugar también la desaparición de todas las figuras de autoridad 
incuestionables. En la novela de Blatty, esto se evidencia en la 
ineficacia, no solo de los médicos y psiquiatras, sino también 
del detective Kinderman, quien procura en vano explicarse 
un asesinato brutal cuyo autor es una niña de doce años. La 
imposibilidad de reconocer un sentido visible en un caso que 
se le manifiesta como un cúmulo de evidencias inexplicables e 
inconexas es, en el fondo, una exacerbación de su posición ante 
el mundo, en la medida en que las metamorfosis recientes en 
el crimen –ante todo, las que usualmente asociamos como los 
efectos de la globalización– lo habían convencido ya de que “el 
mundo ‘entero’, está trastornado”, y de que “en estos tiempos 
no se necesita un motivo” (140) para cometer un crimen. En 
la Modernidad tardía de las grandes ciudades estadouniden-
ses, “un motivo es un estorbo para un asesino, más todavía, un 
181 La oposición novel / romance recorre la literatura de lengua inglesa del 
siglo XVIII y reaparece con frecuencia a lo largo del XIX: en lo esencial, 
se trataba de contraponer una forma básicamente realista y secular como 
la novela –en la tradición inaugurada, en la modernidad, por el Quijote– 
con una forma, la del romance, que se empeña en preservar las fuerzas 
mágicas y sobrenaturales propias de una realidad todavía encantada. La 
discusión sobre los dos géneros como formas incluso rivales fue intensa 
y aparece documentada profusamente en Williams, Ioan (ed.), Novel 
and Romance 1700-1800. A Documentary Record (Londres: Routledge, 
2012).
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 131130
impedimento” (139), de modo que para “estar a tono con esta 
época, hoy en día hay que estar algo loco” (160). Detrás de las 
palabras de Kinderman es posible reconocer ingredientes de 
ese discurso pequeñoburgués que querría encontrar una solu-
ción para la inseguridad, no en un programa de educación para 
la madurez, sino en la imposición de una mano dura por parte 
de una dirección autoritaria, y en el cual siempre acecha la de-
voción fascista por los líderes carismáticos. Menos radicalizado 
en su conservadurismo, Kinderman –el nombre es emblemá-
tico– renuncia a entender el mundo y su propio caso policial, 
y acepta la recomendación de dejar al menos a este último “en 
manos de una autoridad superior” (323).
En su nostalgia de las autoridades indisputables, la novela 
liga la emergencia del mal con la ausencia de un padre. De he-
cho, la locura clínica o la posesión demoníaca de la adolescente 
son puestas una y otra vez en relación con el divorcio de Chris 
y Howard y la desaparición de este último, que deja a Regan 
desprovista de la autoridad (y del autoritarismo) de un padre. 
Una familia sin cabeza es, para la novela, balneum diaboli; y no 
en vano el nombre con el que inicialmente se presenta el de-
monio como “amigo imaginario” de Regan es captain Hodwy, 
lo que sugestivamente constituye una distorsión del nombre 
paterno, más allá de la referencia capitán = caput = cabeza que 
es tentador inferir. Ante la irrupción del demonio que instala 
la anarquía, lo que se necesita, según la novela, es un padre –en 
el doble sentido del término; o mejor aún: un Padre– capaz de 
expulsarlo: una vez admitida la ineficacia de los medios terre-
nales, se produce la aparición de aquel personaje que encarna, 
en la narración, el saber auténtico acerca de las fuerzas que ri-
gen el universo, por detrás de la engañosa fachada de la Mo-
dernidad. Lankester Merrin, el exorcista, se muestra como una 
figura situada más allá de la temporalidad –“un melancólico 
viajero congelado en el tiempo” (286)–; Chris siente que la piel 
del sacerdote “parecía curtida por vientos extraños, por un sol 
que brillaba en otra parte, en algún lugar muy lejos del espacio 
y del tiempo de ella” (291). La novela se abre con un preludio 
en Iraq (!) en que se ve a Merrin trabajando en una excavación 
arqueológica en las ruinas de la antigua Nínive, y en el curso 
de la cual encuentra el fragmento de una pequeña escultura de 
un demonio babilónico. Merrin comprende, al margen de todo 
pensamiento racional, por vía intuitiva, que pronto tendrá que 
enfrentarse con ese demonio; en la escena con la que se cierra 
el preludio, en los restos del palacio de Asurbanipal, se alzan, 
enfrentados, los dos “verdaderos” contendientes de la novela: el 
austero sacerdote Merrin y la estatua del demonio Pazuzu, cuya 
vinculación con una sensualidad desprovista de límites mora-
les aparece expresada tanto en la mezcla de rasgos humanos y 
bestiales como en su gigantesco falo. La antítesis entre bien y 
mal, en este reto a duelo enmarcado en un escenario distante 
de la modernidad de Georgetown en la que transcurre el resto 
de la novela, presenta en forma simple y manifiesta, sin la densa 
red de distracciones de la cultura espectacular postmoderna, 
las fuerzas atemporales en conflicto: una conciencia moral in-
conmovible de un lado y, del otro, un ello incontrolado y en 
principio incontrolable. Cuando Merrin entra en la casa de la 
familia MacNeil, viene a traer estas certezas; libre de las dudas 
de Karras (quien siente envidia por su “fe profunda y sencilla”, 
312), el anciano desestima toda consideración científica y de-
signa rotundamente la personalidad presente en Regan como 
demonio. Ascético y autoritario, Merrin –inspirado en el teó-
logo Teilhard de Chardin– no argumenta ni justifica, sino or-
dena: sus indicaciones requieren una aceptación inmediata y la 
consiguen por una fuerza de irradiación milagrosa. Lo suges-
tivo es que el efecto más concreto de la severa autoridad que 
impone Merrin es una inaudita sensación de seguridad; ya en el 
prólogo se describen los sentimientos de un curdo que experi-
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 133132
menta, ante el sacerdote, algo “parecido a la seguridad, un sen-
timiento de protección y de profundo bienestar”, y que, al irse 
Merrin, se halla “extrañamente solo” (17). De un modo similar, 
Chris se siente “aliviada por la sensación de firmeza ydecisión 
que la invadía” (294) en presencia de Merrin; cuando este le 
apoya la mano sobre el hombro, Chris siente que fluyen “a su 
interior una fuerza y un afecto indefinibles. Paz. Sintió paz. Y 
un extraño sentimiento de... ‘¿seguridad?’” (295). La muerte de 
Merrin antes de que haya sido expulsado el demonio confirma 
que el destinatario concreto del proceso que desemboca en el 
exorcismo es el padre Karras, quien asume la tarea de continuar 
el ritual y quien logra salvar a Regan transfiriendo hacia sí mis-
mo el demonio y luego inmolándose. Pero Karras muere lleno 
de “algo misteriosamente parecido a la alegría ante el fin de una 
añoranza del corazón” (329), en la medida en que ha recibido 
la señal largamente demandada. 
Lo que en esencia representa Merrin es la afirmación de un 
liderazgo carismático como solución frente a los sentimientos 
de anomia, alienación y desorientación característicos de la 
Modernidad. La conclusión a la que arriba la novela parece ser 
que el verdadero mal no es el demonio, sino los tiempos moder-
nos, cuyos artilugios impiden identificar a los representantes 
“genuinos” del bien y el mal. De ahí que Merrin sostenga que 
“Quizás el mal sea el crisol de la bondad [...]. Y tal vez el propio 
Satán, a pesar de sí mismo, sirva de alguna manera para cumplir 
la voluntad de Dios” (311). La manifestación del demonio, di-
cho de otro modo, es saludable porque permite intuir que Dios 
no ha muerto; el infierno es una era de la desorientación cuyos 
espantos deberían ser exorcizados mediante el retorno a una es-
tructura social más simple y personalizada. De lo que se trata es 
de moralizar a una época que, como la Modernidad capitalista, 
se sustrae precisamente a toda moralización. Puede entenderse 
que una novela de horror no incluya consideraciones sobre la 
compleja (e impersonal) dinámica socioeconómica del capita-
lismo contemporáneo. Pero eso no impide que este último sea 
el inevitable trasfondo de la realidad narrada; que sea aquello 
que está en la base de esa confusión y esa anomia sociales que 
la novela identifica como el “auténtico” horror. A lo que aquí se 
apela, para aportar un consuelo estético a los lectores, es a aque-
llo que denominamos ya concretismo o personalización. En vista 
de la fascinación que ejerció El exorcista sobre una vastísima 
audiencia en EE.UU. y en el mundo, la eficacia de las estrategias 
de personalización propuestas por la novela delata algunas de 
las ansiedades y temores del público lector en los años seten-
ta, algo infinitamente más interesante de estudiar que el son-
deo de las posibles perspectivas ideológicas del autor empírico 
Blatty. Tras la seducción de esta obra se esconde el terror frente 
a una era de la cual pueden aparecer como síntomas superficia-
les, aunque notablemente impresionantes, la crisis del ideal de 
la pequeña familia, la propagación de perspectivas emancipa-
torias o la emergencia de las sexualidades disidentes, con sus 
respectivas articulaciones ideológicas. A una época en la cual la 
insurrección aparecía, bajo la mirada del “sentido común”, con 
rostros juveniles, El exorcista responde entronizando la figura 
heroica de un anciano cuya sabiduría podría imponer orden en 
el caos. La puesta del sol, un insistente Leitmotiv de la novela, 
es una imagen utópica que sugiere tanto una naturaleza situada 
más allá de las contingencias históricas, como una estetización 
de la muerte en cuanto abandono del mundo de las apariencias 
e ingreso al reino de las verdades imperecederas, o de la Verdad.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 135134
4. El universo sin límites: El visitante (2018)
al menos quedaba algo en el mundo que seguía 
funcionando bien y normal. / Por aquel 
entonces […] el mundo tenía cierto sentido
Stephen King, El visitante
La novela de Blatty apareció en un punto de inflexión histó-
rico. Durante las décadas siguientes, el horror pasaría a narrar 
otros tipos de horror, o a configurar los mismos horrores de 
manera diferente. Nos ocuparemos aquí de un solo autor, aun-
que se trata de una figura suficientemente representativa por 
ser uno de los escritores de best sellers más influyentes, no solo 
de la era postmoderna, sino de toda la historia de la literatura. 
Stephen King trazó imágenes del horror capaces de cautivar a 
públicos muy variados en todo el mundo a lo largo de la era 
del capitalismo finalmente globalizado. Los orígenes de su pro-
ducción remiten a la misma época demonizada por Blatty: “los 
años de la Contracultura, la Nueva Izquierda y la gran ola de 
protesta juvenil contra la Guerra de Vietnam; los años del ‘Mo-
vimiento’, que llegó al clímax en las protestas antibélicas en toda 
la nación de la primavera de 1970 y que se deshizo en las arenas 
en la debacle McGovern de 1972”.182 Hatlen caracteriza de este 
modo las ambivalencias que las obras tempranas de King mues-
tran frente a la ola contemporánea de insurrecciones:
Esas novelas desarrollan una visión agudamente crítica 
de la vida estadounidense. […] ven la sociedad estadou-
nidense como una que obliga a los jóvenes a renunciar 
a sus impulsos naturales para comprometerse, en cam-
bio, con una despiadada batalla por el “éxito”, o inclu-
182 Hatlen, Burton, “Stephen Kind and the American Dream: Alienation, 
Competition, and Community in Rage and The Long Walk”. En: Herron, 
Don (ed.), Reign of Fear. The Fiction and Film of Stephen King (1982-
1989). Londres, etc.: Pan Books, 1991, pp. 19-50; aquí, p. 21.
so meramente por la supervivencia. Pero la ira contra 
los poderosos, incluso contra el propio mundo adulto 
(“no confíes en nadie de más de treinta” proclamaban 
los voceros de la Cultura Juvenil), que recorre esos li-
bros termina en nada. En esas novelas, la estructura de 
la sociedad estadounidense es presentada como violenta 
e hipócrita, pero de todos modos inevitable, y todos los 
jóvenes rebeldes de King son derrotados o destruidos.183
La primera novela de King, Rabia, escrita entre 1966 y 
1971, ilustra estas ambivalencias. El protagonista, Charles Eve-
rett Decker, es un estudiante de escuela media que mata a una 
profesora y mantiene como rehenes durante cuatro horas a sus 
compañeros de clase. Lo curioso es que estos, lejos de rebelarse 
en contra de Charlie, van estableciendo una creciente empatía 
con él, que los conduce a confesar públicamente sus secretos 
y que culmina en una suerte de linchamiento del único estu-
diante rebelde frente a la rebeldía: Ted Jones, un joven adap-
tado y complaciente con las autoridades y con la Autoridad, 
que encarna, sin grietas ni fisuras, el common sense oficial de 
la época. Pero, aunque la novela muestre cierta simpatía hacia 
la disposición rebelde de Charlie, es ostensible que este es una 
amenaza que debe ser (y es) conjurada, de modo que el joven 
termina siendo arrestado y recluido en una clínica psiquiátrica. 
De manera parecida, el primer éxito de King, Carrie (1974), 
se introduce en el ámbito de la escuela media para mostrar a 
una outsider víctima de los abusos de sus compañeros y de la 
demencia de una madre trastornada por el fundamentalismo 
religioso. La historia de la novela es, en parte, la de los esfuer-
zos de la marginada para insertarse en la comunidad, lo que 
desemboca en la realización efectiva de un hecho que hunde 
sus raíces en lo que podríamos llamar el inconsciente político 
183 Ibíd., pp. 22 y s.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 137136
de la literatura de masas y que, por serlo, es tan omnipresen-
te como –con raras excepciones– implícito. Nos referimos a 
que el sentido común que está en la base de la estructura de 
pensamientos y sentimientos estandarizada por los best sellers, 
y que ha llegado a despertar una aceptación tan vasta a escala 
mundial, tiene mala conciencia respecto de sí mismo y siente 
fascinación por lo que se aparta de la norma. Pero a la vez, con 
un poderoso instinto de autoconservación, insiste en que los 
outsiders que encarnan la ruptura, y que suscitan tanta fasci-
nación como repulsión,deberían ser excluidos y sacrificados. 
Los poderes psíquicos (una típica estrategia de compensación 
imaginaria para las deficiencias reales de los débiles y exclui-
dos) permiten que Carrie logre, frente a sus compañeros, sus 
profesores y su madre, una venganza casi perfecta que busca 
despertar la identificación de los lectores. Pero no existe, para 
la protagonista, una sociedad “normal” capaz de integrarla: 
Carrie sigue siendo hasta el final el monstruo que es preciso 
inmolar para restablecer el orden, de un modo remotamente 
parecido a lo que vimos en Rabia. 
Cabe destacar algunas diferencias respecto de la novela de 
Blatty: la complejidad comparativamente mayor de la obra de 
King reside en parte en que, en ella, las personificaciones del 
bien y del sentido común biempensante son menos identifi-
cables y fijas. En Blatty, el pensamiento ordinario middle-class 
que representa Chris McNeil no recibe un tratamiento crítico 
o irónico: se muestra como una perspectiva básicamente co-
rrecta que “solo” necesita ser ampliada merced a las iluminacio-
nes de la Verdad revelada (Merrin), con la que sería compatible. 
Las posiciones que las novelas de King asumen frente a la men-
talidad convencional de las clases medias son, como vimos, más 
ambivalentes.
No podemos estudiar aquí el desarrollo histórico que la na-
rrativa de King recorrió en las décadas siguientes a Carrie, y que 
muestra, entre otras cosas, las respuestas del autor a la neolibe-
ralización creciente de EE.UU. y el mundo. Nos ocuparemos 
solo de la últimas dos novelas publicadas en el momento de la 
escritura de este libro, El visitante (2018) y El Instituto (2019), 
que permitirán establecer algunos contrastes significativos con 
la obra temprana del autor. Comencemos ocupándonos de la 
primera de ellas. Sería superficial decir que su actualidad se vin-
cula con el papel que en ella juegan Internet, las redes sociales, 
las aplicaciones de celulares, las notebooks, el iPad o las presun-
tas bondades de Walmart. Resultaría correcto, aunque dema-
siado generalizador identificar, por ejemplo, la modernidad de 
la obra con esa apelación a la violencia explícita que caracteriza 
al horror de las últimas décadas y que ha hecho del gore –como 
ya dijimos– objeto de una recepción cada vez más semejante 
a la que tienen la literatura y el cine pornográficos. Más per-
tinente es la insidiosa referencia a la actualidad política, que 
esporádicamente emerge a través de referencias a los horrores 
de la administración Trump y a las depravaciones sociales que 
avalaron su ascenso. Entre ellas se destaca una exacerbación de 
la xenofobia que, con demencial furor, demoniza todo lo extra-
ño. De ahí que las masas aparezcan bajo la forma de una lyn-
ching mob, con comportamientos bestiales. Hasta la revelación 
ostensible del horror, la novela se desarrolla según la fórmula 
estereotípica de una narración policial sobre una pequeña co-
munidad conmocionada ante un crimen brutal; al comienzo, 
un agente de policía, Ralph Anderson, arresta al entrenador de 
béisbol Terry Maitland en medio de un espectáculo deportivo, 
ante los ojos de un público numeroso, en vista de que existen 
pruebas incontestables –testigos directos, huellas digitales, ras-
tros de ADN– para encausar a Terry por la violación, mutila-
ción y asesinato de un niño de 11 años. King subraya la bestia-
lidad del crimen tanto a través de una reseña minuciosa de los 
abusos de que fue víctima el niño, como de una descripción de 
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 139138
las impresiones que el crimen produce en policías y forenses, 
quienes insisten enfáticamente en que jamás habían visto una 
atrocidad comparable. Un efecto del crimen en la comunidad 
de Flint City es el estallido de un deseo sádico de venganza 
contra un conciudadano que había gozado, hasta entonces, de 
una simpatía y un reconocimiento unánimes. Cuando Terry es 
trasladado al juzgado, los periodistas y la multitud se lanzan 
sobre él convertidos en una horda animalizada; Ralph se pre-
gunta “qué imagen darían los habitantes de la ciudad al resto 
del estado cuando esas escenas se emitieran en los informativos 
de las seis: igual que hienas. Veía a cada uno en vivo relieve, 
y todos se le antojaban grotescos” (197).184 Durante esta esce-
na, el hermano de la víctima mata de un disparo a Terry y es, a 
su vez, asesinado por una bala policial. La impresión universal 
es que “Nada tiene sentido” (161), que es “como si el mundo 
entero se hubiera vuelto del revés” (112), que vivimos en “un 
mundo extraño, lleno de cosas extrañas” (278). El sentido co-
mún de las masas de los sectores medios no aparece aquí como 
sencillo portador de la verdad y la justicia; y, desde el comienzo, 
se muestra como expresión conspicua de la estrechez de miras y 
el conformismo. A esto parece hacer referencia el epígrafe de la 
novela: “El pensamiento solo confiere al mundo una apariencia 
de orden para aquellos que, en su debilidad, se dejan convencer 
por sus alardes”. El problema que la narración plantea es que 
la indignación de la multitud no responde a un sentido de la 
justicia, sino al horror mítico ante lo diferente: basta con que 
el ciudadano más respetado de la comunidad se convierta en 
sospechoso para que se dirija hacia él la violencia colectiva; en 
términos sociales estrictos, todo el comienzo de la narración es 
una reflexión sobre los outsiders, precisamente la palabra que 
184 A partir de aquí, los números de página indicados entre paréntesis re-
miten a King, Stephen, El visitante. Trad. de Carlos Milla Soler. Barce-
lona: Plaza & Janés, 2019.
da título a la novela. De haberse limitado a este estado de cosas, 
El visitante se habría circunscripto a una configuración realista 
próxima a un cierto género de naturalismo estético, en virtud 
del cual el crimen brutal es solo el paroxismo de una bestialidad 
inherente a la comunidad. La reflexión distópica de Terry: “Es 
como si hubiera entrado en una novela de Kafka, o en 1984” 
señala el límite al que ha llegado la construcción realista, “pro-
blemática” de la realidad narrada, y del cual tiene que distan-
ciarse si aspira a ofrecer un relato evasivo, capaz de cautivar a un 
público de masas. Por ello, como la novela de Blatty, la de King 
plantea dos males, y uno de ellos es la propia época; una época 
en la que el individualismo exacerbado convive dialécticamen-
te con la masificación más extrema; en que la multiplicación y 
el allanamiento de los accesos a la información global coexis-
ten con un modo de reflexión acusadamente provinciano; en 
que el pensamiento mágico y religioso ha sido en gran medida 
desterrado, pero las masas están dominadas por el prejuicio y 
por instintos primitivos. El otro mal es de índole sobrenatural y 
marca el punto en el que la novela provee a los lectores una vía 
de escape respecto de una realidad con la que parecería difícil 
lidiar en forma madura. 
No es casual que, para comprender y derrotar al auténtico 
criminal, sea preciso recuperar un modo de pensamiento defi-
nido expresamente como infantil: el asesino es (como) el fan-
tasma de los cuentos para niños; la reacción de uno de los per-
sonajes ante la revelación del modo de proceder del outsider, 
“Dejé de creer en el hombre del saco más o menos a la misma 
edad a la que dejé de creer en Papá Noel” (467), resume el modo 
de pensamiento con el que los personajes deberían romper para 
vencer al monstruo. Esa perspectiva infantil es la que se resis-
ten a adoptar, pero necesitan asumir; del mismo modo que el 
grupo de adultos en It (1986) debe recuperar los reprimidos 
impulsos y los recuerdos pueriles para derrotar definitivamente 
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 141140
a Pennywise; de manera similar, el pequeño Danny es, en El 
resplandor (1977), el que sabe –con una comprensión que está 
más acá de la racionalidad– acerca de la naturaleza del mal. El 
hecho de que, en ‘Salem’s Lot (1975), las dos figuras princi-
pales en la “liga de los justos” sean un escritor –BenMears– y 
un niño –Mark Petrie– encierra un simbolismo que no nece-
sitamos explicitar. No menos importante es que Mark sea un 
niño con rasgos diferenciales respecto de la media, una suerte 
de puer senex, y que Ben reviva, en su lucha contra el vampiro 
Barlow y consortes, los temores de su infancia, los únicos que 
reconoce como realmente significativos:
Mark se dio cuenta de que estaba pensando, y no por 
primera vez, lo extraños que eran los adultos. Tomaban 
laxantes, alcohol o píldoras para dormir, para ahuyentar 
sus terrores y conseguir conciliar el sueño, y sus temores 
eran tan mansos, tan domésticos: el trabajo, el dinero, 
lo que pensará la maestra si Jennie no va a la escuela 
mejor vestida, si me amará mi mujer, quiénes serán mis 
amigos. Pálidos miedos comparados con los que expe-
rimentan todos los niños en la oscuridad de sus lechos, 
sin poder confesárselos a nadie en la esperanza de ser 
comprendido, a no ser a otro niño. No hay terapia de 
grupo ni psiquiatría ni servicios sociales de la comuni-
dad para el niño que debe hacer frente a eso que todas 
las noches está en el sótano o debajo de la cama, a eso 
que acecha, se mueve y amenaza detrás del punto donde 
la visión se acaba. Y noche tras noche hay que librar la 
misma batalla solitaria, y la única cura es que al final las 
facultades imaginativas terminan por anquilosarse, y a 
eso se le llama ser adulto.185 
185 King, Stephen, El misterio de Salem’s Lot. Ed. ilustrada. Trad. de Marta 
I. Guastavino. Barcelona: Plaza & Janés, 2007, p. 255.
La instancia de apelación de la novela es una conciencia 
preilustrada, infantil, que representaría la verdad frente a las 
seudoverdades de la ciencia. La oposición entre ciencia y su-
perstición reaparece con abrumadora insistencia, como si el au-
tor imaginara que no ha sido aún formulada con la frecuencia y 
la claridad suficientes. Así, mediante el contraste entre la sinies-
tra casa Marsten y el hospital, “la ciudadela de la incredulidad”, 
donde las pesadillas “se disipan con desinfectantes, escalpelos 
y quimioterapia, no con estacas de fresno y Biblias y tomillo 
silvestre”. Allí “son felices con los pulmones de acero, las agujas 
hipodérmicas y los irrigadores llenos de soluciones de bario. Si 
la columna de la verdad tiene una gotera, ni se enteran ni les 
importa”.186 La carga de la infancia, como veremos, se intensifi-
cará todavía más en El Instituto. 
Pero volvamos a El visitante. No podemos detenernos a 
caracterizar detalladamente al outsider; baste con decir que 
es una entidad sobrenatural que asume la identidad de otras 
personas para vejar y asesinar a niños y atraer la culpa hacia 
aquellos adultos cuya identidad ha robado; no es una perso-
na malvada, ni siquiera excepcionalmente malvada, sino “pura 
maldad” (576). Una vez consumado el crimen, que señala a 
un falso culpable, la familia de la víctima y, más tarde, toda la 
comunidad quedan infectadas (“La muerte de Frank Peterson 
en Flint City había contagiado a su desventurada familia y se 
había propagado por toda la ciudad”, 378), a menos que se tra-
tara de ciudades “donde eran pocos los que mantenían lazos 
duraderos”. Una vez logrado el propósito, el monstruo sale en 
busca de otra localidad y otra víctima, ya que es esencialmen-
te nómada, “le gusta ir de aquí para allá” (414). La fábula de 
esta novela se aproxima a la de otras obras de King: el mal que 
es preciso combatir para crear condiciones humanas no es, en 
ellas, el capital –la fuerza impersonal que se desarrolla “a las 
186 Ibíd., p. 243.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 143142
espaldas” (Marx) de los hombres, que absorbe la energía de las 
sociedades más diversas hasta extinguirla, dejando en su rastro 
“un detrito de paisajes industriales abandonados y poblaciones 
descartables y desilusionadas”,187 y partiendo en busca de nue-
vos espacios de inversión; que constituye “trabajo muerto que 
solo se reanima, a la manera de un vampiro, al chupar trabajo 
vivo, y que vive más cuanto más trabajo vivo chupa”188–, sino 
una suerte de sustituto mágico o sobrenatural, pero en todo 
caso individualizado, más allá de su proteica ubicuidad. Es 
Pennywise, que retorna para asolar la comunidad de Derry con 
la cíclica periodicidad de las crisis; es una fuerza maléfica que 
convierte en un desierto la comunidad de Salem’s Lot alimen-
tándose de su sangre; o que asedia Flint City viviendo “de san-
gre y carne, como un vampiro” (415), que “es un vampiro, o al 
menos algo parecido. Necesita sangre para formar el siguiente 
eslabón de la cadena. Para perpetuarse” (478). Por inquietantes 
que sean las novelas de King, es más tranquilizador enfrentarse 
con potencias sobrenaturales inexistentes en el mundo real que 
con una dinámica que efectivamente devasta la vida natural y 
social; en todo caso, el horror mostrado en las narraciones tie-
ne una fuente identificable, personificada, y cesa una vez que ha 
sido destruido su agente. Lidiar con el horror neoliberal es una 
empresa ciertamente más compleja y requiere dejar de lado las 
cosas infantiles.189 
187 Harvey, David, Marx, Capital and the Madness of Economic Reason, 
p. 131.
188 Marx, Karl, El capital, vol. I/1, pp. 279 y s.
189 Un problema específico que esta novela plantea y que, infelizmente, 
no podemos discutir aquí es una incongruencia que señalan muchas 
reseñas de El visitante: la incongruencia entre la eficacia argumental –y 
también podría decirse: argumentativa– de la primera mitad de la na-
rración, la específicamente policial, y la relativa banalidad de la segun-
da, en la que irrumpe lo fantástico. El título de un comentario the James 
Kidd (2018) en The Post Magazine resume esta evidencia: “King había 
sido tan diligente cuando distribuía sus indicios materiales que la llega-
Si, en Blatty, para conjurar los males de la Modernidad, el 
sentido común contemporáneo solo necesitaba ampliarse en 
dirección a una trascendencia religiosa, en El visitante, la vic-
toria sobre el horror requiere enriquecer la doxa con una regre-
sión a la infancia. En la narrativa fantástica de King, en general 
los niños saben lo que olvidaron los adultos; por eso la gesta de 
los héroes que, al final de El visitante, aniquila al monstruo en 
la caverna, tiene como modelos las peripecias de Tom y Becky 
en Tom Sawyer, o los avatares de Hänsel y Gretel. No es ocioso, 
inversamente, que las víctimas predilectas del monstruo sean 
niños. En Blatty, la principal destinataria de las enseñanzas des-
plegadas por la novela era Chris; en El visitante, ese papel lo 
cumple Ralph, en quien la determinación de llevar radicalmen-
te hasta el final la investigación acerca del mal y la erradicación 
de este, a contrapelo de la insistencia de quienes lo rodean para 
que abandone la búsqueda, convive con la obstinación en sos-
tener un modo de pensamiento absolutamente secular que, a 
fin de cuentas, representa el obstáculo decisivo para avanzar en 
sus propósitos. En El exorcista, el principal encargado de am-
pliar los límites del pensamiento de Christ (y Karras) era el pa-
dre Merrin; en El visitante, una obra nacida en una coyuntura 
histórica diversa, el personaje que asume el liderazgo e instruye 
a Ralph presenta rasgos muy diferentes. El eje indiscutido de 
la “liga de los justos” es aquí una investigadora privada, Holly 
Gibney, que lleva la vida solitaria de una outsider en una medi-
da de su monstruo es sentida como una traición. […] Mi frustración es, 
pues, una especie de ambiguo elogio. El visitante es la mejor novela de 
King en bastante tiempo. Brillantemente controlada, está llena de esce-
narios inolvidables y poseída de una sensibilidad humana hacia sus bien 
trazados caracteres. El visitante era una obra maestra en potencia. Si él 
solo la hubiese mantenido real” (“Stephen King’s The Outsider: murde-
rous crime fiction marred by fantastical folly”. Disponible en https://
www.scmp.com/magazines/post-magazine/books/article/2147401/
stephen-kings-outsider-murderous-crime-fiction-marred). 
Miguel VeddaCazadores de ocasos 145144
da comparable con la del visitante. Kracauer ha escrito que el 
detective de la narración policial clásica, cuyo paradigma po-
dría hallarse en el Holmes de Conan Doyle, es la exacerbación 
misma de la ratio: un intelecto absolutizado del que parece ha-
ber sido borrada la menor huella de una existencia cotidiana, 
ordinaria. En cuanto encarnación de la racionalidad abstracta, 
el detective ocupa, en el mundo secularizado, el lugar que en 
la comunidad tradicional correspondía al mago o al sacerdo-
te.190 Si este modelo de detective es la figura representativa del 
capitalismo “clásico”, Holly es una exponente sublimada del ca-
pitalismo neoliberal: en ella se hallan exacerbadas y, en esa me-
dida, idealizadas las formas de vida y experiencia propias de los 
tiempos en que vivimos. Holly lleva el culto de la eficiencia a un 
grado de perfección capaz de garantizarle las más elevadas cali-
ficaciones de acuerdo con los manuales de la “ética” neoliberal. 
La rigurosidad extremada de sus procedimientos le concede la 
fría objetividad de un autómata; y podemos recordar aquí que 
algunos de los principales ideólogos del neoliberalismo deplo-
raron las necesidades y los deseos humanos como un obstáculo 
para la concentración del capital: los robots “no reclaman, no 
responden, no inician acciones judiciales, no se enferman, no 
hacen trabajo a reglamento, no exigen mejores salarios, no se 
preocupan por las condiciones laborales, no quieren pausas 
para tomar el té ni simplemente faltan a trabajar”.191 Máquina 
de trabajar infalible, Holly es descripta como “una excéntri-
ca, un poco obsesivo-compulsiva, y el trato personal no es lo 
suyo, pero no se le escapa una. […] habría sido una inspectora 
190 Cf. Kracauer, Siegfried, Der Detektiv-Roman. Ein philosophischer 
Traktat. En: –, Werke. Ed. de Inka Mülder-Bach e Ingrid Belke. Vol. 1: 
Soziologie als Wissenschaf. Der Detektiv-Roman. Die Angestellten. Ed. de 
Inka Mülder-Bach, con la colaboración de Mirjam Wenzel. Frankfurt/M: 
Suhrkamp, 2006, pp. 141-151.
191 Harvey, David, Marx, Capital and the Madness of Economic Reason, 
p. 121 y s.
de policía fenomenal” (304). Su locus amoenus es el supermer-
cado Walmart –mencionado a menudo como exponente por 
excelencia de la empresa neoliberal192–, ya que Holly ama “su 
tamaño, su anonimato. Los clientes no parecían mirar a otros 
clientes como en otras tiendas; era como si todos se hallaran en 
su propia cápsula privada” comprando en grandes cantidades; 
usando “el sistema de autopago ni siquiera era necesario hablar 
con quien atendiera la caja” (426). Desprovista de familia y de 
cualquier otro lazo social, Holly es una “excelente pensadora 
deductiva”, pero no consigue desarrollar “lo que su analista lla-
maba ‘aptitudes sociales’” (321 y s.). Sin fe religiosa, reza por 
las mañanas y las noches a una Divinidad para ella inexistente, 
ya que, según su analista, “expresar con palabras sus preocupa-
ciones y planes a una hipotética entidad superior la ayudaría 
aunque no creyese” (313). 
La paradoja en este personaje ateo, sistemático, sometido 
de manera bastante acrítica a las alienaciones distintivas de la 
sociabilidad postmoderna, es que a él le cabe la función de in-
troducir el sentido en el caos generado por el mal –una función 
similar a la que desempeñaba el anciano jesuita en la novela de 
Blatty–. A mitad de camino entre un sacerdote católico y un 
detective clásico, Holly farfulla su versión particular del Cre-
do, que concluye así: “Y creo en Arthur Conan Doyle, que hizo 
decir a Sherlock Holmes: ‘Una vez que eliminamos lo impo-
sible, lo que queda, por improbable que sea, tiene que ser la 
verdad’” (221). Es ella la que, en palabras del propio monstruo, 
logra convencer “a un grupo de hombres modernos que proba-
blemente no creen en nada que quede fuera del alcance de sus 
cinco sentidos” (549). El último en ser convencido es Ralph, 
un “hombre anclado a los hechos durante toda su vida profe-
sional” (450) que tiene una sensación dúplice frente a Holly: 
192 Cf. el análisis que Jameson dedica a Walmart en Valencias de la dialéc-
tica, pp. 477-483.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 147146
de admiración ante sus capacidades extraordinarias, pero “al 
mismo tiempo lamentaba haberla conocido. Gracias a ella se 
libraba en su cabeza una guerra, y deseaba profundamente una 
tregua” (478).
El horror sobrenatural que la novela presenta como causa de 
los asesinatos bestiales puede suponer una evasión respecto de 
los crímenes del mundo real, o de los crímenes configurados de 
manera realista. Pero la novela es lo bastante consciente para 
subrayar que sus propios horrores son mucho menos tranquili-
zadores que los de la literatura de masas de períodos anteriores. 
La obra de King sugiere ese contrapunto a través de referencias 
al policial clásico (las “antiguas novelas de misterio inglesas”, 
387), cuyos detectives, en el capítulo final, “lo desentrañaban 
todo” (122). Con el debido grado de ironía, podría decirse 
que Holly es la Miss Marple de la fase neoliberal; y uno de los 
personajes de El visitante propicia el paralelo al decir que “no 
contamos con Miss Marple, pero sí con la señorita Gibney” y 
al declarar su esperanza en que ella pueda “ordenar todas es-
tas piezas para nosotros” (400). El deseo de evadirse de un 
presente incomprensible mediante la añoranza de un pasado 
más ordenado y simple puede ser un deseo dominante en las 
clases medias durante toda la Modernidad.193 Pero, como he-
193 Adorno subrayó, a propósito de dichas clases, la relación histórica-
mente condicionada entre idealización del pasado e identificación con las 
estructuras autoritarias: “estos grupos de personas que conocen una vida 
para ellos material o ideológicamente mejor o que la han experimentado 
como posibilidad, y que no pueden esperar nada bueno, con razón o sin 
razón, en cualquier caso para sí mismos de un cambio de la sociedad en 
la medida en que lo miden con el pasado, son convertidos en laudatores 
temporis acti por el progreso mismo, por la trayectoria del desarrollo his-
tórico mismo, esto es, convertidos en aquellos que buscan la salvación en 
el pasado y que según su conciencia quedan estancados en fases pasadas; 
y esta tendencia regresiva en su conciencia será amalgamada muy fácil-
mente con los poderes sociales más poderosos que, por su parte, niegan 
el concepto usual de progreso, porque este concepto de progreso, en un 
mos visto, nunca ha sido tan acuciante este afán de regresión 
como en la era del neoliberalismo, cuando ya no hay paraísos 
existentes o cercanos en el tiempo en los cuales refugiarse. Por 
eso los personajes de El visitante expresan insistentemente esa 
nostalgia –cuya importancia para la literatura de masas con-
temporánea destacamos en el capítulo anterior–; a la vista, no 
solo del asesinato del niño, sino también del comportamiento 
de los periodistas y de la turba, uno de los policías, Alec, añora 
“los tiempos en que las cosas eran distintas (esa época lejana en 
que un caballero le abría la puerta a una dama), pero esos días 
habían quedado atrás” (113). De acuerdo con los sueños regre-
sivos de la novela, nacer en los tiempos que corren es una locura 
o un acto de arrojo; cuando una de sus compañeras de trabajo 
da a luz un niño, Ralph piensa: “Si ese hombrecito supiera cómo 
es este mundo, se resistiría a salir” (256). 
Pero, si Holly provee soluciones, cabría preguntarse qué tie-
nen ellas de particular: en qué punto la resolución de la novela 
se distingue de las del mundo del policial clásico o aun del po-
licial de las décadas de 1960 y 1970. La respuesta podría ha-
llarse en un Leitmotiv que recorre la narración: la hipótesis de 
que el universo no tiene límites. Esta frase resume el sentimiento 
de desorientación que los caracteres experimentan, la impre-
sión de que no es posible aportar explicaciones válidas sobre 
el sentido del mundo.194 Si la admisión de este hecho podría 
sentido auténticamente burgués, está unidoa la liberalidad y la libertad 
individual, mientras que ellos buscan precisamente recurrir a formas de 
dominio autoritario, por razones que no podemos analizar aquí, y se sir-
ven de este rasgo regresivo de muy grandes grupos que les quedan confia-
dos” (Adorno, Theodor W., Introducción a la dialéctica, p. 260).
194 Nada más alejado de esta ausencia de límites que el policial clásico, con 
su insistencia en delimitar espacialmente los crímenes: baste con pensar 
en el problema de la habitación cerrada como lugar recurrente del género 
(Los crímenes de la calle Morgue, La banda de lunares, El misterio del cuar-
to amarillo); o en las mansiones en la a medias idílica campiña inglesa, 
en las que convive un número reducido de caracteres, en las novelas de 
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 149148
conducir a una determinación de lidiar de manera adulta con 
un mundo finalmente desencantado, la novela de King ensaya 
una respuesta relativamente consoladora: el universo natural y 
social puede ser incomprensible, pero es aún factible diseñar 
una moral sencilla para el uso de las clases medias; en palabras 
de Holly:
En el mundo hay una fuerza en favor del bien. También 
en eso creo. En parte para no volverme loca cuando 
pienso en todas las atrocidades que ocurren, supongo, 
pero además…, bueno, las pruebas parecen confirmarlo, 
¿no te parece? No solo aquí, sino en todas partes. Existe 
una fuerza que intenta restaurar el equilibrio. Cuando 
lleguen las pesadillas, Ralph, procura recordar ese troci-
to de papel (577).
En El exorcista, la condición del mundo contemporáneo era 
el caos. Pero existían estrategias de personalización orientadas 
a identificar los culpables del mal, como también una religión 
institucionalizada que se consideraba habilitada para aportar 
procedimientos de reencantamiento ritual de una realidad 
presuntamente degradada. El visitante remite a un estado del 
mundo en el que ya no resulta sencillo proveer explicaciones 
abarcadoras; al final de la novela, Ralph comenta: “Pensaba en 
el universo. Ciertamente no tiene límites, ¿verdad? Y no puede 
explicarse”. A esto agrega Holly: “Así es […]. Ni siquiera vale la 
pena intentarlo” (577). 
El trasfondo ante el cual se recorta la acción de estas novelas 
es una intensificación extrema de la soledad en una sociedad 
de masas marcada por el individualismo exacerbado. Se ha 
subrayado a menudo que la destrucción de todos los vínculos 
Agatha Christie (El templete de Nasse House, Sangre en la piscina, Muerte 
en la vicaría, entre otras). 
de solidaridad social e incluso de la propia idea de sociedad195 
es, no solo uno de los atributos más característicos de nuestro 
tiempo, sino también un artículo del programa neoliberal. Las 
dos novelas que hasta ahora analizamos tematizan esta intensi-
ficación de la soledad; en un giro sugestivo, aun los monstruos 
se caracterizan por un llamativo aislamiento: la entidad que 
posee a Regan define a los demonios como “almas en pena”: 
“no tenemos adónde ir”, “no tenemos hogar”.196 En El visitante 
se destaca que los asesinos seriales viven en “soledad, y los que 
permanecen en libertad más tiempo son errantes” (496); esto 
se extiende al asesino espectral –recordemos su denominación 
de outsider–: cuando lo enfrentan en la cueva, Ralph piensa 
que el monstruo estará dispuesto a confesar porque, como la 
mayoría de los sospechosos de crímenes, había vivido solo “en 
la habitación cerrada de su pensamiento. Y ese ser debía de 
haber vivido solo en compañía de sus pensamientos durante 
muchísimo tiempo. O sea, totalmente solo” (547). La segrega-
ción se extiende a los representantes del bien, y aquí los perso-
najes de Karras y Holly –ellos mismos outsiders– encarnan de 
manera paroxística la soledad. De ahí la importancia que las 
obras asignan al hecho de que, con vistas a vencer el mal, los 
caracteres se asocien provisoriamente en una liga. Estos víncu-
los señalan una débil visión utópica en estas novelas: en dos 
narraciones que relacionan la irrupción del mal con la amenaza 
hacia la pequeña familia, los lazos temporarios de amistad per-
miten que reluzca frágilmente una sociabilidad distinta de la 
típicamente neoliberal. De ahí la explicación última acerca de 
la realidad que aporta Holly al final de El visitante: “La reali-
dad es una capa de hielo muy fina, pero la mayoría de la gente 
patina sobre ella durante toda su vida y nunca caen y se hunden 
del todo. Nosotros caímos, pero nos ayudamos mutuamente a 
195 Cf. Harvey, David, Breve historia del neoliberalismo, p. 90.
196 Blatty, William Peter, El exorcista, p. 236.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 151150
salir. Y seguimos ayudándonos” (585). Aun la narrativa de en-
tretenimiento encuentra serias dificultades, en nuestro tiempo, 
para rebasar ese individualismo que ha sido subrayado como 
rasgo definitorio del género novelístico. El horror contemporá-
neo remite a una era en la que todos y cada uno de los hombres 
son o pueden convertirse en outsiders.
5. El mundo concentracionario: El Instituto (2019)
Tenemos que ayudar a Luke, y tenemos 
que ayudarnos a nosotros mismos. 
Veo las piezas, pero no sé cómo juntarlas.
Stephen King, El Instituto 
El Instituto podría ser juzgada rápidamente como una ver-
sión edulcorada de las distopías clásicas; y, de hecho, puede 
entenderse que un autor tan aficionado a las intertextualidades 
como King no haya resistido aquí la tentación de destacar las 
afinidades con el género. Así, por ejemplo, cuando hace que la 
directora de la institución compare la recepción de un nuevo 
niño por parte de los internos con “algo salido de El señor de las 
moscas” (112).197 En la novela no faltan ni una reelaboración 
detallada del género distópico ni las estrategias consolatorias 
encaminadas a volver soportable la lectura para un público 
masivo. Pero las vías que adopta la obra para lidiar con estos 
propósitos son con frecuencia espinosas. Es que, a primera vis-
ta, las novelas de King parecen ser cosas obvias, triviales. Pero 
su análisis demuestra que son cosas intrincadas, llenas de su-
tileza metafísica y de caprichos teológicos. De lo que en este 
caso se trata es de lidiar con un mundo en el que el sentido 
común estadounidense –y, querría entender por extensión la 
197 A partir de aquí, los números de página indicados entre paréntesis re-
miten a King, Stephen, El Instituto. Trad. de Carlos Milla Soler. Plaza & 
Janés, 2019.
novela: el sentido común global– está moderadamente entera-
do de los horrores de Auschwitz, los gulags y Guantánamo. E 
incluso quizás está enterado también de aquellos espantos que 
tienen lugar hoy y que no son meramente tolerados, sino, en 
numerosos casos, perpetrados por los Estados Unidos. Los ob-
jetivos y el modus operandi del Instituto son meridianamente 
claros: se trata de secuestrar a niños con capacidades telepáti-
cas y telequinéticas excepcionales, de someterlos a experimen-
tos y tratamientos torturantes a fin de combinar sus poderes y 
aprovecharlos como “drones psíquicos” (244) en el proyecto de 
exterminar a personas presuntamente peligrosas para el orden 
global. Una vez agotadas sus capacidades mentales, los niños, 
enteramente imbecilizados, pueden ser descartados como un 
capital (¿fijo o variable?) que ha perdido toda utilidad. Para las 
autoridades, los niños no son “prisioneros, son propiedades” 
(501); son mercancías, pero cuentan además entre las mercan-
cías cada vez más escasas, en la medida en que el FNDC –el 
Factor Neurotrófico Derivado del Cerebro– estaría desapare-
ciendo del genoma humano, como la agudeza visual o la audi-
tiva. Los grupos de tareas del Instituto –Ópalo y Rubí– son los 
encargados de secuestrar, extrayéndolos de sus casas, a niños 
con un nivel extraordinariamente alto de FNDC, luego de ase-
sinar a sus familiares más directos. Los pequeños, que repre-
sentan un ínfimo porcentaje de la población mundial, son “las 
personas más afortunadas del mundo”; son
lo que Dios tenía pensado cuando había creado a losse-
res humanos. Rara vez padecían pérdida de memoria, 
depresión o dolores neuropáticos. Rara vez sufrían de 
obesidad o de la desnutrición extrema que aquejaba a 
anoréxicos y bulímicos. Entablaban buenas relaciones 
sociales […]; tendían a atajar los problemas más que a 
provocarlos […]; presentaban escasa propensión a neu-
rosis como el trastorno obsesivo-compulsivo y poseían 
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 153152
excelentes aptitudes verbales. Tenían pocos dolores de 
cabeza y casi nunca padecían migrañas. Su colesterol 
permanecía en niveles bajos comieran lo que comieran. 
Solían tener ciclos de sueño deficientes o por debajo de 
la media, pero lo compensaban con siestas en lugar de 
con somníferos (317).
Una vez encerrados en el Instituto, e instalados en cuartos 
que tratan de reproducir hasta en los detalles las habitaciones 
que tenían en sus casas, son sometidos a agresiones “científicas” 
destinadas a potenciar ciertas capacidades. Al mismo tiempo, 
son expuestos a una pedagogía del látigo y el terrón de azúcar 
–castigados físicamente o premiados con fichas que les permi-
ten comprar golosinas, tabaco o bebidas alcohólicas (!)– con 
vistas a volverlos dóciles y reconciliarlos con el horror; tal 
como uno de los empleados le informa a un niño: “Eres hijo del 
Instituto [...]. Más vale que te relajes y te acostumbres” (140). 
Todo esto sucede en la Mitad Delantera del Instituto, donde 
el mistificador (y domesticador) canto de sirenas de los bienes 
de consumo, ante todo a través de productos que desarrollan 
intensas adicciones, tornan a los chicos más sumisos; espe-
cialmente, los “más deprimidos y aterrorizados por el cambio 
súbito y catastrófico en sus vidas”, que “eran los que creaban 
menos problemas, porque no solo querían fichas, las necesi-
taban” (268). La Mitad Trasera prescinde del encanto de las 
mistificaciones; en ese nivel, el de la infraestructura, los niños 
convertidos ya en armas son explotados hasta agotarse. Enton-
ces pasan a la mitad trasera de la Mitad Trasera, donde se unen 
al zumbido de las mentes de niños convertidos en zombis: el 
hecho de que, en estos, las mentes se hayan apagado, “los hace 
más fuertes. Todo lo demás ha desaparecido. Ha sido extirpado. 
Ellos son la batería”; en comparación con estos, los otros chi-
cos son “el interruptor de encendido” (431). El Instituto en el 
que se centra la acción de la novela –y que, naturalmente, se 
encuentra en EE.UU., en “algún rincón perdido de Maine”–, 
es solo uno dentro de una pluralidad de centros desperdigados 
en el planeta con similares propósitos. La imaginería a la que 
los personajes recurren para explicar y explicarse la institución 
es concentracionaria: el protagonista no puede dejar de pensar 
recurrentemente “en los campos de concentración, y en los ex-
perimentos horrendos y absurdos que se habían llevado a cabo 
allí. Congelar a la gente, quemarla, provocarle enfermedades” 
(221); admite que el principal científico del Instituto era un 
médico, pero que también “lo era Josef Mengele”; justifica la 
pasividad de los habitantes del pueblo en el que está radicado 
el centro comparándola con el hecho de que “aún hay gente 
que no cree que los alemanes mataran a todos esos judíos, pese 
a la magnitud de lo ocurrido. Se llama negación” (422). Los 
responsables son comparados con Eichmann o Walter Rauff, y 
la directora, con Hitler. La síntesis de toda la insistente abun-
dancia de referencias al Holocausto es la explicación de que el 
primer Instituto se encontraba en la Alemania nazi, a la que 
el principal responsable, enigmático e inaccesible, del centro 
norteamericano –el “señor Smith”– presenta como los precur-
sores de toda la ciencia contemporánea. Ellos llevaron a cabo 
“experimentos en percepción extrasensorial con el apoyo entu-
siasta de Hitler. Descubrieron, casi por casualidad, que grupos 
de niños con ciertas dotes eran capaces de conseguir que ciertas 
personas conflictivas (obstáculos para el progreso, podríamos 
decir) dejaran de ser conflictivas” (595 y s.). Esos niños perdie-
ron toda utilidad en 1944, porque “no existía ningún método 
seguro, ningún método científico, para encontrar sustitutos 
cuando se convertían […] en vegetales. La prueba más eficaz 
para establecer la capacidad psíquica latente llegó más tarde” 
(596). 
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 155154
Toda esta explicación que, al final de la novela, aporta Smith 
remite a lo que podría llamarse la épica del Instituto, que en 
sí reedita uno de los elementos que recorren la historia de la 
literatura de masas: las Sociedades Secretas, en cuyo oscuro ac-
cionar estaría la clave esencial oculta detrás de la apariencia de 
la realidad histórica. Este motivo, que encontramos en obras 
tan importantes en la historia de la literatura trivial como El ju-
dío errante (1844-45) de Sue, La boca del infierno (1851) y Los 
mohicanos de París (1854-59) de Dumas o la saga novelística de 
los Hábitos negros (1863-75) de Féval, se corresponde con uno 
de los componentes que el sentido común de las clases medias 
europeas legó a la constitución de la doxa hoy global: las teorías 
de la conspiración. Estas estrategias supersticiosas, pergeñadas 
hoy regularmente por individuos y grupos neoconservadores 
con el propósito de denunciar presuntas maquinaciones or-
questadas primero y luego encubiertas por la izquierda o el li-
beralismo, presentan un aspecto diverso en la novela de King. 
En esta son los propios responsables del Instituto los que jus-
tifican un plan coordinado, en el plano global, durante más de 
sesenta años y mantenido enteramente a espaldas de la opinión 
pública mundial. En verdad, en El Instituto son los caracteres 
que se unen para oponerse al proyecto neofascista los que se 
ven compelidos a aceptar la existencia de una conspiración en-
cubierta: algo que contradice el pensamiento corriente de los 
personajes. El proceso que estos recorren aquí hasta aceptar lo 
imposible es semejante al que, en otras novelas de King, atra-
viesan, no sin resistencias, los personajes positivos para admitir 
la existencia de vampiros o espectros. En todos los casos, los 
Justos tienen que aceptar lo irracional para poder combatirlo. 
Lo particular en esta obra es que los responsables del Instituto 
están positivamente identificados con la causa en la que están 
implicados, y este convencimiento afianza la implacabilidad de 
sus procedimientos. Empleados y jefes creen que solo el plan 
recóndito de los Institutos es lo que, después de la Segunda 
Guerra, ha preservado a la humanidad de una segura extinción. 
El objetivo básico es emplear a personas prescientes –es decir: 
capaces de adivinar el futuro– para buscar a aquellos indivi-
duos a los que los Institutos denominan bisagras:
Son los ejes sobre los que puede girar la puerta de la ex-
tinción humana. Las bisagras no son agentes de destruc-
ción, sino “vectores” de destrucción. […] En cuanto los 
descubrimos, los investigamos, estudiamos sus antece-
dentes, los vigilamos, los grabamos en vídeo. Finalmen-
te los entregamos a los niños de los distintos Institutos, 
que los eliminan, de una manera u otra (600).
Los Institutos se concentran tan solo en destruir a las más 
importantes bisagras; el mundo “ha sobrevivido porque hemos 
sido capaces de adoptar esas medidas proactivas. En el proceso 
han muerto miles de niños, pero se ha salvado a miles de millo-
nes de niños” (599). La prueba del éxito del plan se encontraría 
en que “Setenta años después de la destrucción de Hiroshima y 
Nagasaki por el lanzamiento de las bombas atómicas, el mundo 
sigue ahí” (600). Estos principios alientan el comportamiento 
de los empleados, que en su casi totalidad son presentados, por 
así decirlo, como sociópatas con principios. Saben que, si sus 
procedimientos quedaran expuestos públicamente, serían pro-
cesados y ejecutados; pero a este lado siniestro de la moneda 
se opone otro: cada uno de ellos entendía que “en sus manos 
estaba nada menos que el destino del mundo, comolo había 
estado antes en las manos de sus predecesores. No solo la super-
vivencia de la especie humana, sino la supervivencia del plane-
ta”; entendían “que ese fin lo justificaba todo, sin límite alguno 
a lo que podían hacer y harían. Nadie que comprendiese ple-
namente la labor del Instituto lo consideraría una monstruo-
sidad” (330). El principal científico del Instituto, Stackhouse, 
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 157156
creía en la labor que llevaba a cabo más allá de cualquier cinis-
mo; más allá de la admisión de la monstruosidad de sus prácti-
cas y de la ilegalidad del proyecto: “Mantener el mundo a salvo 
para la democracia era una cuestión secundaria. Mantenerlo 
a salvo y punto era lo principal” (512). La vinculación entre 
estas estructuras de pensamiento y estas prácticas con el terro-
rismo de Estado (estadounidense) es manifiesta: la mayoría del 
personal está integrado por militares retirados que habían sido 
ya humanamente desensibilizados durante su entrenamiento 
castrense; así, Maureen, una empleada de mantenimiento que 
simula bondad con los niños, pero es en verdad un topo de la 
dirección, había estado previamente en Iraq en la segunda Gue-
rra del Golfo y en Afganistán, donde asistió a la aplicación de 
toda clase de torturas. Todos los miembros, desde la directora 
Sigsby al último de los bedeles (y a Maureen) han hecho del 
Instituto su vida, relegando todo lo demás; no lo hicieron por 
el sueldo, los pagos extra o la jubilación prometida; tenía que 
ver “con una forma de vida que les resultaba tan familiar como 
respirar” (329).
Una pregunta ineludible es cómo reacciona el “sano” sentido 
común ante la realidad (y la justificación discursiva) del Insti-
tuto. En primer lugar, habría que decir que, para los personajes 
que encarnan la mejor versión, de acuerdo con la novela, de 
ese pensamiento cotidiano, las teorías del complot son estereo-
tipos carentes de sustantividad. Aparecen relegadas a figuras 
social e intelectualmente excéntricas, como Annie la Huérfa-
na, una homeless que padece el “síndrome paranoide de los sin 
techo” (42) y que es fanática, no solo de los platos voladores, la 
transmigración de las almas y las posesiones demoníacas, sino 
también de desquiciadas teorías de la conspiración. El expo-
nente por excelencia del sentido común, Tim Jamieson –un 
ex policía que ahora ejerce funciones como colaborador de la 
diminuta comisaría del ínfimo pueblo de DuPray, y que es uno 
de los dos protagonistas de la novela– descree del conspiracio-
nismo porque su sentido común se resiste a aceptarlo. Tim “no 
era experto en historia ni en ciencias sociales, pero se mantenía 
al corriente de los temas de actualidad” (541); piensa, por ende, 
que no es posible guardar secretos de gobierno tales como la 
existencia del Instituto en épocas de Wikileaks e Internet. 
La literatura fantástica en general, y la de King en particular, 
son hijas de una era secular. Sería –felizmente– banal suponer 
que Salem’s Lot o El visitante esperan despertar en el lector una 
profesión de fe sobrenatural como la que terminan por asumir, 
en esas novelas, los personajes incrédulos. En esta medida, se-
ría lícito decir que rige aquí una suspensión de las finalidades 
prácticas: King no es un apóstol del ocultismo (como lo fue en 
parte Meyrink), y ni siquiera aspira a reavivar (como Blatty) la 
decaída creencia en una religión institucionalizada. Podría de-
cirse algo semejante en relación con el pensamiento conspira-
tivo: El Instituto narra, entre otras cosas, el proceso por el cual 
los protagonistas llegan a convencerse de una realidad infernal 
contra la cual se rebela el pensamiento corriente. Pero esto en 
nada altera el hecho de que, para el common sense ideal que la 
obra sugiere, las creencias en Sociedades Secretas omnipoten-
tes y ocultas continúan siendo formas de pensamiento mágico 
que solo podrían seducir a perturbados fanáticos. Cuando El 
judío errante (1844-5) apareció en Le Constitutionnel, logró 
instigar una intensa ola de fobia hacia los jesuitas; Sue estaba 
curiosamente persuadido de que muchos de los grandes dile-
mas del mundo contemporáneo eran resultado de las intrigas 
secretas de la Compañía de Jesús, cuyas autoridades aparecen 
caracterizadas, en ese folletín, de acuerdo con una imaginería 
inspirada en la novela gótica inglesa. Pero, más allá de la rea-
lidad fehaciente de su periódica recurrencia en la literatura de 
masas, las teorías de la conspiración no poseen el mismo esta-
tuto en tiempos de la Monarquía de Julio y en nuestra propia 
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 159158
actualidad. Explorar cuál es el tratamiento que este motivo 
recibe en El Instituto ayuda a comprender la contemporanei-
dad concreta de esta novela y, por ende, a discernir aspectos 
distintivos del horror neoliberal. Al hacer que la acción de su 
novela gire en torno a una conspiración secreta, King es cons-
ciente de que está tematizando horrores específicos de nuestro 
presente. En efecto, las conspiracy theories han ido cobrando 
una creciente presencia en la opinión pública estadounidense 
e internacional durante la última década, no menos que las fake 
news, con las que presentan varias afinidades y, en ciertos casos, 
superposiciones. Lo llamativo es que esta actualidad de las teo-
rías de la conspiración no se debe a que estas hayan conquista-
do una mayor adhesión en la opinión pública mundial; como 
explica Michael Butter, estas teorías han caído en un descrédito 
del que no se han recuperado desde comienzos de la década de 
1960, y en general son menos objetos de adhesión que fuentes 
de curiosidad y blancos de estigmatizaciones. Presentar a un 
enemigo político como partidario de las teorías de la conspira-
ción suele ser tan infamante como calificarlo de populista; y no 
es infrecuente que las dos imputaciones recaigan a menudo so-
bre una misma persona. Las teorías que sostienen que Hillary 
Clinton o Paul McCartney han muerto y han sido sustituidos 
por algún tipo de clon, o que denuncian la existencia de una 
conjura judeo-masónico-comunista internacional o la invasión 
reptiliana no son menos hilarantes que el terraplanismo o los 
movimientos antivacuna, y no hay evidencias de que los risibles 
adictos a estas explicaciones se hayan multiplicado en nuestro 
tiempo. El cambio fundamental al que asistimos durante los 
últimos años es que la expansión de Internet les dio una visibi-
lidad que jamás habían tenido. La propia desacreditación del 
conspiracionismo había llevado a que, desde finales de los años 
cincuenta del siglo pasado, sus elucubraciones encontraran di-
ficultades para llegar al gran público: quedaron, en general, res-
tringidos a una circulación subterránea. Con Internet, se tornó 
posible crear blogs, abrir foros de discusión o subir a YouTube 
videos que difunden teorías de la conspiración. La aparición de 
Twitter acrecentó las posibilidades de estas “opiniones públi-
cas alternativas” al permitir la rauda difusión no de teorías, pero 
sí de rumores de conspiración: la brevedad del medio era aquí 
compensada por el poder de propagación. El conspiracionis-
mo logró así, gracias a las nuevas posibilidades aportadas por 
la web, extraer provechos de la fragmentación de la opinión 
pública generada por la web y atacar las “versiones oficiales” di-
vulgadas por los aparatos de gobierno y los mainstream media. 
La mayor visibilidad de estas teorías habilitó su explotación 
por los aparatos de propaganda. Y ninguno supo aprovecharlas 
tan eficazmente como el de Donald Trump, que no solo recu-
rrió al empleo astuto y eficaz en trolls y a la difusión masiva de 
noticias falsas, sino también a los rumores y las teorías de la 
conspiración. Esta estrategia se intensificó en las semanas pre-
vias a las elecciones de 2016, en las que Trump echó mano de 
estas teorías con una característica ambivalencia: mencionan-
do las versiones con la insistencia suficiente para que tuvieran 
efectos sobre los electores, pero con la indirección necesariapara que no se lo pudiera inculpar por ellas y estuviera en con-
diciones de desdecirse. El espectro de seudoverdades fue muy 
amplio:
Las vacunas causan autismo; el cambio climático es un 
invento de potencias extranjeras para perjudicar la eco-
nomía estadounidense; su rival Ted Cruz nació en Ca-
nadá y no puede, por ende, presentarse como candida-
to; el padre de Cruz se reunió con Lee Harvey Oswald 
poco antes de que este asesinara a Kennedy; Anthony 
Scalia, un juez de la Suprema Corte de Justicia, que mu-
rió inesperadamente en febrero de 2016, fue asesinado; 
y Vince Foster, que, durante la presidencia de Bill Clin-
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 161160
ton, había trabajado en la Casa Blanca, también había 
sido asesinado porque sabía demasiado sobre las maqui-
naciones de Clinton.198
La retórica conspiracionista de Trump buscaba alcanzar los 
sentimientos de inseguridad y, es preciso decirlo, las ignoran-
cias del electorado en una situación que proveía el caldo de cul-
tivo ideal para que florecieran los irracionalismos. Lo que unía 
a los electores de Trump, entre sí tan heterogéneos, “era un sen-
timiento de pérdida de estatus y de marginalización social. Al 
margen de que esto sea o no objetivamente cierto en relación 
con ellos, tenían la impresión de que el país se transformaba 
constantemente en dirección a lo peor y que se encontraban 
culturalmente postergados”.199 Que Trump y su equipo eran 
conscientes de los riesgos que podía acarrear esta estrategia es 
algo que podemos deducir de la evidencia de que, una vez al-
canzado el triunfo, han apelado a ella con menor frecuencia, 
aunque nunca han dejado de recurrir a esta artimaña siempre 
que vieran en ella alguna utilidad específica. Como señala But-
ter, Trump no ganó las elecciones gracias a la retórica cons-
piracionista, y sería errado extraer, del resultado electoral, las 
conclusiones de que las teorías de la conspiración han vuelto 
a conquistar a nivel masivo la influencia que alguna vez tu-
vieron como presuntas fuentes de saber.200 Más acertado sería 
ver, detrás de la táctica de Trump y consortes, el síntoma de 
un proceso más abarcador que los asesores del ex presidente 
estadounidense han sabido explotar: una crisis de las visiones 
democráticas del mundo y una caída en descrédito del discurso 
científico y de las explicaciones racionales que han aportado 
198 Butter, Michael, “Nichts ist, wie es scheint”. Über Verschwörungstheorien. 
Frankfurt/M: Suhrkamp, 2018, pp. 212 y s.
199 Ibíd., p. 217.
200 Ibíd., p. 218.
algunas bases de sustento, no solo al ascenso de figuras como 
las de Trump o Bolsonaro, sino también al de las nuevas de-
rechas en el plano internacional o, a la organización de golpes 
de Estado en Latinoamérica de un nuevo tipo, apoyados en 
campañas mediáticas y lawfares. Algunas de las razones para el 
triunfo de Macri en Argentina deberían buscarse en el efectivo 
aprovechamiento de este estado de cosas, que pone en eviden-
cia hasta qué punto la locura económica neoliberal es en el fon-
do afín a los impulsos irracionalistas presentes o latentes en las 
masas. Se ha señalado que uno de los logros de la propaganda 
macrista es que ha sabido adaptarse a un mundo inficionado 
por la así llamada postverdad generando mensajes diversos y a 
menudo contradictorios entre sí; se trataba de difundir infor-
maciones que resultaran atractivas para públicos heterogéneos, 
sacando provecho de la fragmentación de la opinión pública 
–de la consolidación de opiniones públicas parciales– que el 
capitalismo contemporáneo ha exacerbado y que los recursos 
de la web permitieron manipular. De lo que aquí se trata es, 
en parte, de influir sobre las ansiedades del “sano” sentido co-
mún ante la abstracción del presente creando la impresión de 
que existen soluciones personales, a la medida del cliente o del 
votante, o del votante concebido como cliente. Así como las 
nuevas tecnologías (y, sobre todo, el diseño por computadora) 
han creado una generación masiva flexible de “productos per-
sonalizados”, diversificando la oferta a fin de tratar “con grupos 
de clientes diferentes en formas personalizadas, a la vez que 
conciben productos para diferentes situaciones, funciones y 
‘gustos culturales’”,201 así también los algoritmos de las páginas 
de la web generan filtros burbuja (bubble filters) que recopilan 
datos de los usuarios con vistas a “personalizar” contenidos y 
publicidades. 
201 Harvey, David, La condición de la posmodernidad, p. 96.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 163162
El discurso de las nuevas derechas se sirve conveniente-
mente de las estrategias de personalización. ¿No se sirvieron 
también de ellas las “viejas” derechas con vistas a capitalizar el 
horror de fracciones diversas y numerosas de la sociedad eu-
ropea –sobre todo, los sectores medios– frente a la imperso-
nal abstracción de la Modernidad? Vimos ya que, en Marx, el 
capitalismo no es entendido simplemente en términos de una 
apropiación privada de los medios de producción, o como una 
forma de dominio gestionada eficaz y ventajosamente por la 
burguesía, en perjuicio de las clases trabajadoras. El capital es 
un sistema nuevo, crecientemente abstracto, de dominación 
social que se desarrolla, como dice Marx, a espaldas de los se-
res humanos, sujetándolos a imperativos estructurales imper-
sonales que no podrían ser entendidos como una dominación 
concreta. Para la conciencia cotidiana, fijada en la superficie de 
la vida social, es sumamente arduo lidiar con esta abstracción; 
de ahí su desesperada demanda –en la economía, en la política, 
en la literatura trivial– de culpables personalizados o persona-
lizables que puedan ser identificados y señalados con el dedo. 
El antisemitismo, al identificar a la “raza” judía, y a cada uno 
de sus integrantes, con una enfermiza adicción al dinero y la 
ganancia, al relacionar una presunta ética judía con el espíritu 
del capitalismo, ha sido una de las expresiones más regresivas 
de este deseo de personificación. Michael Heinrich lo carac-
terizó acertadamente como una negación estrecha de miras de 
los fetichismos:
Detrás de la maquinaria capitalista anónima se buscan 
“culpables” a los que es posible hacer responsables de la 
miseria. Habría que tener influencia sobre sus acciones; 
en último extremo, ellos deberían pagar por los críme-
nes que se les imputan. De modo que, en las diferentes 
sociedades capitalistas, es posible constatar una y otra 
vez una personalización de las relaciones fetichistas. A 
esto pertenece también el antisemitismo.202
Por efecto de esa mistificación, “todas las amenazas que 
emanan de poderes anónimos, intangibles, reciben ahora un 
rostro: se trata de la amenaza del ‘judaísmo mundial’”.203 Las 
teorías de la conspiración responden estructuralmente a este 
esquema; algunos de sus presupuestos fundamentales son 1) 
que nada se debe al azar, 2) que nada es tal como parece, 3) 
que todo está relacionado con todo, 4) que la historia no solo 
puede ser, sino que es, de hecho, manipulada por un pequeño 
grupo de conspiradores, quienes “con ayuda de sus marionetas, 
determinan el curso de la historia, a fin de asumir el poder so-
bre toda la humanidad”.204 A la desesperación real frente a una 
era en que los procesos económicos no dependen de la acción 
de los individuos, a los temores frente a un sistema de domina-
ción abstracta, el conspiracionismo responde proponiendo la 
ficción de que los hilos de la historia son de hecho manejados 
por un número limitado de personas. De ahí el fanatismo en 
poner al descubierto a los culpables: si la historia se desarrolla 
a nuestras espaldas, su sujeto no es algo tan anónimo como el 
capital, sino una camarilla de conjurados. Para el pensamiento 
conspiracionista y para el más avanzado, la realidad fenomé-
nica, tal como se le presenta a la conciencia cotidiana, es una 
apariencia mistificada; pero en tanto el segundo busca indagar 
la “concatenación interna”, la “fisiología” de la Modernidad y 
sus mecanismosde fetichización, el primero se empeña en per-
sonificar la historia, reduciendo su complejidad a las maquina-
ciones perversas y recónditas de grupos de individuos.
202 Heinrich, Michael, Kritik der politischen Ökonomie. Eine Einführung, 
p. 187.
203 Ibíd., p. 192.
204 Butter, Michael, “Nicht ist, wie es scheint”. Über Verschwörungstheorien, 
p. 28.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 165164
Al colocar en la base de su novela una conspiración –concre-
tamente: al explicar la supervivencia de la humanidad, durante 
los últimos setenta y cinco años, por la acción secreta de un 
puñado de Institutos desperdigados por el mundo–, la novela 
de King trata un tema de notoria actualidad. Pero también res-
ponde a una demanda de personalización cardinal tanto en la 
conciencia cotidiana moderna como en la literatura de masas. 
Insistimos en que King trata estos temas únicamente en forma 
sublimada, y que sería absurdo atribuirle la fe en alguna teoría 
de la conspiración y la determinación de difundir la mala nue-
va entre sus lectores. No solo se percibe en El Instituto, como 
vimos, una escisión entre la creencia en la conspiración y la 
afirmación de que dicha creencia solo puede ser un síntoma de 
estupidez o ignorancia, sino que, en las últimas páginas, asis-
timos a una discusión entre “Will” –el principal responsable 
del Instituto– y el niño que protagoniza la novela, Luke, en la 
que este defiende la idea de que los cálculos probabilísticos en 
los que los Institutos se basan para elegir sus víctimas a partir 
de las elecciones de los prescientes son simplemente falaces: 
una estimación extremadamente incierta, en la medida en que 
no puede tener en cuenta los innumerables factores aleatorios. 
La teoría en la que se apoyan para justificar los experimentos 
con los niños es científicamente obsoleta: esto lo sabían des-
de hacía décadas tanto Will como las personas con las que él 
trabaja: “Cualquier aficionado a las matemáticas con un orde-
nador puede aplicar una distribución de Bernoulli. Puede que 
no estuviera claro cuando ustedes empezaron con esto a finales 
de los años cuarenta o principios de los cincuenta, pero en los 
ochenta por fuerza lo sabían. Probablemente ya en los sesenta” 
(604). De acuerdo con la explicación de Luke, “Will”, como 
los demás culpables intelectuales de los crímenes en los Institu-
tos, no tiene certeza respecto de la justificación de la empresa, 
“pero no puede soportar la idea de haber matado a tanta gen-
te por nada. Ni él ni ninguno de los suyos” (605). El debate 
tiene en Luke a un notorio ganador; una evidencia de esto es 
que el “Will” que se retira vacilante y temeroso, con un “pro-
nunciado ceceo y manchas de sudor en las axilas de la camisa”, 
no es el mismo hombre que había llegado a la reunión como 
“una persona segura de sí misma y con control de la situación. 
Acostumbrada a dar órdenes y a que estas se cumplieran en el 
acto” (606). La novela no cierra la discusión sancionando una 
de las dos posiciones como definitivamente verdadera. Lo im-
portante es restar credibilidad a una explicación que se había 
presentado hasta entonces como científicamente inatacable 
y que ahora aparece rebajada al nivel de una hipótesis no del 
todo libre de voluntarismo y pensamiento mágico, en vista de 
que hay demasiadas variables. 
Cabría preguntar por qué la novela necesita poner en duda 
la teoría según la cual los Institutos han salvado al mundo de 
la destrucción, y sin ellos el mundo iría “cuesta abajo como el 
cochecito de un niño sin una mano que lo guíe” (606). ¿Para 
inducir al lector a enfrentarse con una realidad narrativa des-
pojada de certezas absolutas y a lidiar con ella en términos 
maduros y seculares? Ya a propósito de El visitante comenta-
mos que, en la narrativa reciente de King, se ha intensificado 
–ante todo, en los personajes más importantes– el sentimiento 
de vivir en un mundo brutalmente irracional, que se sustrae a 
explicaciones abarcadoras y definitivas. Aun cuando este pesi-
mismo epistemológico y ético es igualmente apreciable en esta 
novela, la principal razón para que se socave la eficacia persua-
siva de la ideología que sustenta a los Institutos es diferente: 
representar sus teorías y su praxis como no solo militantes, 
sino además triunfantes podría producir un efecto demasiado 
desalentador en los lectores, obturar cualquier tipo de catarsis 
consolatoria. La construcción distópica tiene, en El Instituto, 
una función comparable a la que en El visitante tenía la trama 
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 167166
policial del comienzo: es un desarrollo que, de continuar sin 
inhibiciones, encaminaría la obra en una dirección problemáti-
ca, contradictoria con las expectativas de la literatura de masas. 
1984 –uno de los intertextos de El Instituto– se cierra con la 
conversión brutal de Winston Smith: la conciencia crítica de 
la novela capitula ante el despotismo desarrollando una falsa 
conciencia feliz y perdiendo, no solo la energía para la resis-
tencia práctica, sino también toda autonomía de pensamiento; 
las torturas infligidas por el Ministerio del Amor de Oceanía 
lograron que Smith aceptara que todo está bien, que la lucha 
ha concluido y que debía amar al Big Brother. Una novela de 
King no puede terminar así: la institución represora tiene que 
ser derrotada a manos de (algunas de) sus víctimas, aunque esta 
derrota no sea presentada como definitiva. Esto explica que el 
Instituto no muestre solo fisuras ideológicas, sino también ma-
teriales. En una auténtica distopía, las redes del control oficial 
van mostrándose cada vez más densas y consistentes, con vistas 
a ir creando la impresión de que no hay alternativa. Luego de 
un inicio en el que las evidencias parecen apuntar en esa direc-
ción, la novela introduce un segundo movimiento en el cual 
los niños van descubriendo que “había grietas en los muros” 
del “agujero del infierno” (227) que permitían abrigar espe-
ranzas. Un conjunto creciente de evidencias va cimentando la 
convicción “de que el Instituto funcionaba por inercia, como 
un cohete al apagar los motores una vez alcanzada la velocidad 
de escape” (279). Fallas en el control informático permiten que 
Luke acceda a sitios ocultos de la web. Un empleado olvida la 
tarjeta de acceso que el personal emplea para accionar los as-
censores. El servicio de seguridad es negligente y gracias a ello, 
más aún que por su excepcional inteligencia, Luke consigue 
escapar cavando un hoyo en el patio. La huida es posible por-
que los empleados eran “perezosos, sin más. Si no, no habría 
podido salir de allí” (438). Como explicación posible para esas 
desatenciones se sugiere “la entropía. La tendencia a relajarse 
cuando las cosas iban bien” (327). Pero un elemento decisi-
vo para que Luke logre huir es la asistencia de una empleada, 
Maureen, que, desencantada con el Instituto y dominada por 
la gratitud y un progresivo afecto hacia Luke, le proporciona 
herramientas imprescindibles para el escape. Las motivaciones 
son trilladas, pero dotadas de cierta actualidad: el Instituto es 
mostrado como un proyecto que exige el más riguroso cálculo 
racional y la más estricta disciplina, a espaldas de un mundo 
en el que “las primitivas emociones humanas continúan impo-
niéndose” (600). Pero el plan perfecto fracasa, nos solo debi-
do a sus “ordenadores obsoletos” e “infraestructuras ruinosas” 
(598), sino por fallas humanas: por la dejadez del personal o 
por sus fugaces sentimientos humanitarios. Las grietas existen 
para hacer posible una catarsis consolatoria y para que el final 
pueda ser leído como un happy end. 
La coexistencia –no pacífica– de distopía y esperanza reve-
la que El Instituto responde a dos propósitos contradictorios 
que delatan grietas, no ya en las instituciones represivas de la 
novela, sino en los modos en que esta reacciona ante su pre-
sente, que es todavía el nuestro. Por un lado, se muestra una 
honda insatisfacción ante el mundo contemporáneo como uno 
en el que tanto las prácticaseconómicas dominantes como sus 
justificaciones ideológicas, eficazmente inyectadas en el senti-
do común, impulsan la reducción brutal de los límites de lo 
mercantilizable, la postergación de las necesidades naturales y 
humanas frente a la búsqueda del mayor rédito o la entroniza-
ción del mito del eficientismo. A fin de cuentas, la política del 
Instituto exige concebir a los niños superdotados como “mer-
cancías”, como “propiedades” que tienen que ser hiperexplota-
das, que deben convertirse en víctimas de una suerte de acumu-
lación por desposesión hasta que sus mentes queden totalmente 
agotadas. En concordancia con las más íntimas fantasías de los 
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 169168
gestores neoliberales, la fuerza de trabajo y los recursos natura-
les son usados de manera abusiva hasta su agotamiento, sin que 
haya necesidad alguna de pensar en su reproducción. El méto-
do es, como en general en el neoliberalismo, la explotación no 
regulada: los responsables de los Institutos saben que, como en 
cada niño en particular, así también a nivel de la especie huma-
na están agotándose las reservas de FNDC altamente superior 
a la norma, y esto no los incita en modo alguno a interrumpir 
o mitigar la explotación. Nadie encarna la locura de la razón 
administrativa de manera tan paroxística como la directora 
del Instituto, la señora Sigsby. Glacial, flemática, obsesionada 
por la disciplina y la eficiencia y absorbida íntegramente por 
su trabajo, Sigsby responde a un modelo de gestión y liderazgo 
intensamente publicitado por los ideólogos y propagandistas 
del orden económico imperante: ella es la Dama de Hierro, 
obstinada en convencer a los niños de que no hay alternativa y 
que deberían adecuarse al principio de realidad, renunciando a 
rebelarse frente al hecho irreversible de que se han convertido 
en mercancías del Instituto. Para ello, ataca sistemáticamente 
todas las formas de solidaridad entre los internados, sobre la 
base de que, en su centro de detención, existen solo niños y 
niñas individuales.205 Ciega no solo a cualquier consideración 
humanitaria, sino aun a un interés puramente científico, carece 
de fascinación por las mentes prodigiosas de los niños: su “co-
metido se reducía a obtener resultados” (318). 
La novela trata de instigar el horror frente un Instituto al 
que presenta como vástago de una suerte de evolución natural 
desde el fascismo alemán al neoliberalismo. Pero, por otro lado, 
en cuanto literatura de masas, tiene que ofrecer una evasión 
205 Todavía muy cerca final, cuando reencuentra a Luke después de la 
huida de este, trata de convencerlo de que renuncie a rebelarse contra el 
Instituto, que deje de morir a sus amigos y continúe huyendo: “¿Qué han 
hecho ellos por ti?”. A lo que responde Luke: “Usted no lo entendería 
[…]. Ni en un millón de años” (525).
de aquella realidad a la que los lectores querrían precisamen-
te sustraerse mediante la lectura. Como veremos, el modo en 
que King trata de lidiar con esta necesidad no es tan simple y, 
para entenderlo, es conveniente que revisemos primeramente 
las modulaciones que en esta novela asume el sentido común. 
El tratamiento es ambivalente: oscila entre el distanciamien-
to crítico y aun satírico respecto de la estrechez de miras –la 
“caja cognitiva” (65)– del pensamiento convencional, que se 
rige por estereotipos, y la confianza moderadamente optimista 
en “la bondad y la generosidad corrientes de la gente corriente, 
en particular de las personas que no tenían mucho que dar”, 
que permitirían concluir que “Estados Unidos seguía siendo 
un buen sitio, por más que algunos […] opinaran lo contrario” 
(19). El “mal” sentido común de la novela puede ser recons-
truido de manera relativamente sencilla: se orienta según un 
conjunto de presupuestos que el autor asociaría seguramente 
con Trump, ese “capullo de la gran ciudad” (600) que compar-
te con sus adeptos una comprensión de la cultura comparable 
con la que un burro posee acerca del álgebra (18). La “buena” 
conciencia ordinaria es más enmarañada, y para comprender 
hasta qué punto es una amalgama de elementos heterogéneos 
puede resultar útil detenernos a examinar a los protagonistas 
de la novela. En un primer plano aparecen Tim y Luke –una 
vez más, como en Salem’s Lot, un adulto y un niño–, cuya amis-
tad y alianza se tornan esenciales para el enfrentamiento con 
el Instituto. Tim encarna algo similar a lo que representaba 
Ralph en El visitante: una conciencia biempensante, sensata 
que necesita ampliar las limitaciones de su pensamiento secu-
lar para incorporar lo que este considera inadmisible. Impulsa-
do por un afán aventurero que contrasta con la sedentaria pa-
sividad de los Babbits norteamericanos, es caracterizado como 
una figura anacrónica en relación con el statu quo contempo-
ráneo. Sus lugares dilectos son pueblos ínfimos como DuPray, 
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 171170
colocados al margen de la historia. El empleo que consigue allí 
es el de sereno, y se le asigna la tarea de marcar los lugares a 
vigilar con un reloj temporizador al que Wendy, la agente de 
la comisaría que le explica la rutina, define como “arcaico. […] 
El trabajo de sereno es un empleo analógico en una era digital” 
(38). El anacronismo de Tim forma pendant con el de DuPray, 
uno de esos “pueblos pequeños del Sur” donde se experimenta 
“la sensación de retroceder cincuenta años en una máquina del 
tiempo” (445). La construcción de Tim como figura positiva 
y la de DuPray como lugar ameno se relacionan con esa nos-
talgia de un pasado más simple que señalamos ya como rasgo 
característico de la literatura de masas contemporánea, pero 
también, como veremos, de un cierto paradigma de resistencia 
de los débiles frente a la pretendida omnipotencia de las fuer-
zas dominantes. Así como DuPray encarna la utopía del pe-
queño mundo abarcable con la mirada y regido por ritmos de 
vida apacibles y casi atemporales, contrapuesto a los horrores 
de la vida brutalmente acelerada de las megaciudades postmo-
dernas, Tim es la imagen idealizada de un modelo de decencia 
middle-class que se contenta con poco y que está dispuesta a 
arriesgar la vida caballerescamente para proteger a los desva-
lidos: la actualización de un tipo que acompaña la literatura 
de masas desde sus orígenes, aunque haya sufrido importantes 
mutaciones históricas. 
Como en otras innumerables idealizaciones de pequeños 
paraísos idílicos fuera de la historia que ha producido la Mo-
dernidad, podemos ver en esta que la serenidad de DuPray no 
basta para cautivar a los lectores, como tampoco podría hacerlo 
la simpática probidad de Timm. Para compensar esto son ne-
cesarios, no solo las iniquidades del Instituto, sino también un 
héroe dotado de cualidades excepcionales. Esta es la función de 
Luke, el protagonista de la novela; un personaje que aparece 
como síntesis única de una multiplicidad de atributos y que por 
ello puede funcionar como fuente de identificaciones. Por un 
lado, a raíz de sus capacidades extraordinarias: no es un niño 
prodigio como los otros, ya de por sí infrecuentes; estos “son 
limitados”, pero Luke “es global. No es una sola cosa; es todo” 
(60). Ni siquiera sucede en él que la aptitud excepcional para 
las ciencias “duras” aparece compensada por una insensibili-
dad hacia las humanidades: al comienzo de la novela, con doce 
años de edad, está a punto de rendir los exámenes de admisión 
para estudiar ingeniería en el MIT de Cambridge y literatura 
en Emerson. Nueva recuperación del topos del puer senex, po-
see además una comprensión de la realidad que lo acerca a la 
perspectiva de un adulto. Un personaje tan insoportablemente 
perfecto podría provocar rechazos; la novela evita este riesgo 
asociándolo con un paradigma de medianía y “normalidad” 
convencional que lo acerca al lector implícito: así, consciente 
de que sus cualidades podrían volverlo “rico y famoso”, Luke 
dice que “ni lo uno ni lo otro me interesa demasiado, soy clase 
media hasta lamédula” (65). Sus padres son “personas corrien-
tes con aspiraciones y expectativas corrientes” (67) y, aun cuan-
do encuentra intolerables las cajas cognitivas en las que per-
manecen encerradas las demás personas, no halla dificultades 
en adaptarse y es todo lo contrario a un nerd: es “en esencia un 
buen chico, obediente […] el chico que se desvivía por mostrar-
se sociable para que la gente no pensara que era un bicho raro, 
además de un cerebrito” (225). Esta estructura de personalidad 
permite que, en el Instituto, no se pierda entre el conjunto de 
los niños resignados y apáticos que buscan una evasión consu-
mista, ni se una al grupo de los visiblemente díscolos. La razón 
para el éxito de Luke –para su fuga del Instituto tanto como 
para su capacidad para organizar la rebelión–, así como de su 
efectivo liderazgo, está en que no solo es un niño prodigio, sino 
también un niño adaptado: la facultad de autocontrol, que lo 
ayuda a planear y ejecutar astutamente la huida, se debe tanto a 
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 173172
sus dotes de “ajedrecista” que prefiere “las maniobras solapadas 
a la agresión directa”, como a su condición de niño obediente, 
que no podría rebelarse abiertamente ante las normas estable-
cidas –por la familia, por el colegio, por el Instituto–, ya que 
“la respuesta directa no era lo suyo” (275). No solo la “norma-
lidad” de Luke, que lo coloca por encima de sus compañeros 
de Instituto, sino aún más la alianza entre Luke y Tim vienen a 
ilustrar que el sentido común no está asociado necesariamente 
con esa caja cognitiva en la que parecen cautivos los votantes de 
Trump y los enemigos de las vacunas; existe además un pensa-
miento corriente que podría hacer su contribución moderada a 
la transformación del mundo. 
Tim y Luke –más allá de los excepcionales talentos de este– 
representan a un sentido común middle-class que se rebela fren-
te a las atrocidades del Instituto. La reacción inicial de ambos 
se apoya en una representación hilarante sobre EE.UU. como 
heraldo de la democracia y la defensa de los derechos indivi-
duales. Al tomar conciencia sobre lo que sucede en la Mitad 
Trasera, Luke se dice a sí mismo: “Esas cosas no pasan”, e in-
mediatamente recuerda el modo de pensar de “la gente”, que 
sostiene “que no pasaban cosas como el Instituto, y menos en 
Estados Unidos, y si llegaran a pasar, saldrían a la luz” (252). 
Ampliar la conciencia cotidiana es, en esta novela, aceptar que 
existen horrores que contradicen las representaciones corrien-
tes y que ellos no se encuentran allá lejos, en el ancho mundo 
sustraído a las virtudes de la pax americana. Estas representa-
ciones corrientes, en las que permanecían fijados no solo los pa-
dres de Luke, sino este mismo y Tim antes del descubrimiento 
del Instituto, reinstala tópicos característicos de la fase neoli-
beral que ya tuvimos ocasión de revisar: la exacerbación de los 
sentimientos de desorientación e inseguridad, la impresión de 
que el mundo ya no se entiende y de que no hay indicios de que 
se pueda rastrear un sentido. Estos tópicos recorren la novela. 
“El mundo”, piensa Tim, “andaba muy mal. Eran demasiadas 
las cosas que podían torcerse” (41). Desde su internación en 
el Instituto, Luke piensa que “nunca se había sentido tan per-
dido” (95); podía “calcular la edad aproximada del bosque que 
lo rodeaba; conocía los nombres de un centenar de bacterias 
distintas; podía aleccionar a esos niños sobre Hemingway, 
Faulkner o Voltaire, pero no se había sentido jamás tan en la 
inopia” (99). Cerca del final, la sensación que tiene Tim es que 
“el mundo había quedado patas arriba” (502). La disposición 
de los caracteres frente a un mundo tan incomprensible es de 
absoluta alienación; justamente aquel sentimiento del que tra-
ta de evadirse el lector seudoformado leyendo novelas de King, 
en lugar de aquellas obras de Kafka o de Orwell que, en su opi-
nión, producen angustia. El problema es, por un lado, que la 
literatura de masas contemporánea, a fin de evitar toda referen-
cia al extrañamiento del mundo, debería abandonar ese estilo 
naturalista que cautiva a muchos lectores haciéndoles sentir 
que consumen una literatura de actualidad –ese “realismo de 
lo cotidiano” tan celebrado por los admiradores de Mankell o 
King–. Por otro, que esa literatura encuentra dificultades ma-
yores que las que se presentaban en otros períodos para ofrecer 
una compensación tranquilizadora mínimamente eficaz frente 
a unos espantos que se aproximan demasiado a los del mundo 
real, si es que no quiere caer en la banalidad espiritualista de 
Elevación. 
El Instituto tiene que lidiar con estos dilemas. La tensión que 
se acumula durante la mayor parte de la novela se apoya en unas 
representaciones acerca del horror firmemente instaladas en el 
sentido común estadounidense e internacional desde finales de 
la Segunda Guerra y que encuentra su modelo más conocido 
en los campos de concentración del nazismo. La presión sobre 
los lectores no puede dejar de verse sentirse intensificada por el 
hecho de que las víctimas de la tortura y exterminio son niños. 
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 175174
Una tensión semejante, ligada además a una confabulación se-
creta internacional, difícilmente logre producir una liberación 
catártica narrando las pequeñas escaramuzas de una diminuta 
liga de los justos, como todavía ocurría en El visitante. No es 
que en El Instituto esté ausente una asociación comparable con 
las de novelas anteriores: una de las historias paralelas que es-
canden la última parte es la del grupo formado por Tim, Luke, 
un puñado de policías pueblerinos, “un calvo gordo con cha-
queta de pijama” y Annie, –“una mujer greñuda envuelta en lo 
que parecía un sarape mexicano” (491)–, quienes, con recursos 
ridículamente escasos y elementales, logran derrotar a los equi-
pos Ópalo y Rubí, liderados por la señora Sigsby. La despro-
porción es tan notoria que la novela no puede resistir la tenta-
ción de explotar el costado risible del episodio. En todo caso, la 
victoria reviste la grandiosidad épica de las hazañas imposibles, 
ya que la mera idea “de que un puñado de policías de pueblo 
hubiese eliminado a los equipos Ópalo y Rubí combinados era 
absurda” (517). En una novela en la que no faltan referencias a 
Vietnam, la resistencia eficaz del ínfimo, anacrónico y desguar-
necido DuPray frente a dos grupos de operaciones especializa-
dos reedita un imaginario vastamente difundido sobre la de-
rrota de la potencia militar más poderosa del planeta a manos 
de una modesta población tercermundista. Pero esta versión 
del enfrentamiento entre David y Goliat es insuficiente: para 
conjurar los males que ella misma acumuló durante varios cen-
tenares de páginas, la novela necesita una solución colectiva y 
violenta. Para eso recurre a un imaginario que, para la literatura 
de masas, supone siempre un atrevimiento y un riesgo. Es el 
imaginario de la revolución.
Va de suyo que los horrores perpetrados en el espacio con-
centracionario del Instituto no pueden ser compensados a tra-
vés de algunas leves reformas. A Dickens podía bastarle con que 
un niño dotado como David Copperfield fuera rescatado de un 
trabajo embrutecedor de diez horas diarias a fin de producir, 
en los lectores, una sugestión de justicia. Orwell tiene toda la 
razón cuando sostiene que lo que Dickens no dice es que “nin-
gún niño debería ser condenado a una fatalidad semejante, y no 
hay razón para inferir que él lo piensa”;206 David escapa del alma-
cén, “pero Mick Walker y Mealy Potatoes y los otros niños están 
aún allí, y no hay ningún indicio de que esto preocupe a Dickens 
particularmente. Como es usual, no detalla ninguna conciencia 
de que la estructura de la sociedad pueda ser cambiada”.207 En la 
novela de King, no alcanza con la huida de Luke; el pesimismo 
de la distopía concentracionaria tiene que ser contrarrestado con 
el optimismo utópico de una revolución. Pero sería pertinente 
indagar de qué clase de revolución setrata. Ante todo, no se trata 
de una insurrección orquestada a fin de implantar un programa 
pensado de antemano; el modelo es más bien el de la rebelión 
catastrófica que derriba súbitamente el orden existente y que 
agota sus energías en esa destrucción. La conciencia que va des-
puntando en los internos después de la huida de Luke es que 
deben hacerse con el poder: “Si no podemos escapar, tenemos 
que tomar este lugar” (418). Se trata además de una revolución 
pensada como acorde a la Era de la Información –para emplear 
una fórmula estereotipada a la que recurre la propia novela–: 
el proyecto es conectar en red las mentes de todos internos a 
fin de emplear en contra del Instituto las energías que este ha-
bía explotado en su beneficio particular (aunque disfrazándolo 
como universal). Una vez unidas las mentes prodigiosas, todas 
las barreras pueden ser derribadas: el zumbido “se convertiría 
en una onda capaz de derribar edificios o destruir ciudades” 
(544); enfatiza el carácter puramente negativo de la subleva-
206 Orwell, George, “Charles Dickens”. En: The Collected Essays, Journalism 
and Letters of George Orwell. 4 vols. Harmondsworth: Penguin, 1979, vol. 1, 
pp. 454-504; aquí, p. 460.
207 Ibíd.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 177176
ción el hecho de que los niños no sepan “si podrán desactivarlo 
luego. Pero, después de lo que les hicieron, les importa un ble-
do” (545). Una cuestión con la que se enfrentan los insurrec-
tos es la necesidad de no limitarse a organizar la revolución en 
un solo Instituto: “La revuelta no ocurría solo allí; la revuelta 
ocurría a nivel mundial” (567); es que el amontonamiento de 
mentes “–o la revolución, por utilizar un término menos peyo-
rativo– actuaba como un virus, y más en la Era de la Informa-
ción. Podía propagarse” (541). 
Es llamativo que una revolución concebida como negación 
de una iniquidad positiva sea presentada, en una variedad de 
aspectos, como una imagen invertida de los procedimientos de 
los Institutos. De hecho, lo que los niños necesitan es conocer 
con total exactitud esos procedimientos a fin de aplicarlos con 
un propósito diferente. Las técnicas que aplican para rebelarse 
son en sustancia las mismas que empleaban sus secuestradores; 
lo que potencia la energía de los niños, lo que les da una “sen-
sación de poder sublime” es que lo que estaban organizando 
por sí mismos “era limpio, porque era cosa de ellos” (486). El 
tratamiento de este tema no está, sin embargo, desprovisto de 
ambivalencias. Por un lado, si se nos permite el símil, pareciera 
que no es el proceso de producción de la energía psíquica, ni la 
manera de coordinar las capacidades individuales con vistas a 
un fin colectivo; no es, en otras palabras, la infraestructura del 
trabajo en los centros lo que está “mal” para la novela, sino la 
apropiación privada del trabajo colectivo por parte de las auto-
ridades del Instituto. De ahí que los niños sientan, no solo una 
alegría desbordante, sino también un incremento intenso de sus 
capacidades desde el momento en que estas dejan de contrapo-
nérseles como una fuerza extraña, alienada, y pasan a depender 
de ellos mismos. Si las voces mentales son más intensas en la 
revolución, es porque ahora hacen lo mismo que practicaban 
bajo la vigilancia de la señora Sigsby y consortes, pero “ahora lo 
hacían en su propio interés”; no eran ya “marionetas aturdidas 
en el regazo del ventrílocuo. Era muy sencillo, pero constituía 
una revelación: lo que uno hacía en su propio interés era lo que 
le proporcionaba el poder” (436). Pero, por otra parte, todo 
el proyecto de los Institutos es objeto de una condena moral: 
de no haber existido una organización inicua, no habría sido 
necesaria toda la empresa de la insurrección. En otras palabras: 
en esencia, la insurrección no debería haber existido. Un mun-
do sano, de acuerdo con el manual de buenas costumbres de la 
conciencia cotidiana, es aquel en el que los niños no tienen que 
organizarse de manera autónoma, sino ser socializados bajo la 
tutela de padres y educadores moralmente probos. El horror en 
la vida de Luke comienza en el momento en que el secuestro y 
el asesinato de sus padres le arrebata para siempre la posibilidad 
de seguir existiendo en ese “ambiente muy protegido” (85) en 
el que había vivido hasta entonces, y cesa cuando recrea una 
suerte de familia sustituta con Tim y Wendy. La sensación que 
acomete a Luke en su primer encuentro con la señorita Sigsby 
es la de que “nunca había conocido a ningún adulto sin com-
pasión, pero pensó que tal vez tenía a uno delante en ese mo-
mento. La idea resultaba aterradora y su primer impulso fue re-
chazarla de puro absurda”; era mejor “creer que simplemente él 
había vivido en un entorno muy protegido” (136). La afinidad 
hacia Tim se explica porque en este puede encontrar al padre 
imprescindible: “Necesito tu perspectiva. Lo que estoy pensan-
do tiene sentido para mí, pero solo soy un niño. No puedo estar 
seguro. Tú eres un adulto y estás en el bando de los buenos” 
(526). A Luke le “alegraba notar la mano de Tim en el hombro 
y la mirada de preocupación de Wendy” (536). Tim “carecía de 
poderes psíquicos, pero sí tenía un poder: era la persona mayor. 
El adulto. Ellos [los niños] querían que les dijera que no había 
un monstruo debajo de la cama” (609). Esta añoranza de la vida 
ordinaria –de la casa a la escuela y de la escuela a la casa– sub-
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 179178
raya el carácter reformista del sentido común, con su retórica a 
favor de la medianía y su condena de los extremos malos. Para 
él, los horrores distópicos y las fantasías utópicas son dos de-
monios malignos que deberían ser exorcizados y mantenidos a 
distancia del edén doméstico.
La apología de la chata normalidad y la poesía de la revolu-
ción –las dos alternativas que la novela enfrenta a las políticas 
del Instituto– no son congruentes entre sí: siguen direcciones 
divergentes y sería dificultoso armonizarlas. Esto revela que las 
perspectivas de la obra, como vimos a varios niveles, son am-
bivalentes y a menudo contradictorias. Vemos esto resumido 
en la propia naturaleza anfibia de Luke, en cuanto niño ex-
cepcionalmente superdotado y, al mismo tiempo, adaptado y 
convencional. La novela no ofrece una respuesta unívoca a la 
pregunta por cuál sería la mejor perspectiva para un niño como 
Luke: desarrollar de la manera más intensa y gratificante sus 
potencialidades, convirtiéndose en lo que querría y podría ser, 
o amoldarse a las cajas cognitivas de la media y conseguir una 
socialización normal. Aunque quizás trate de hacerlo al final, 
cuando Tim le pregunta si recuperará las aptitudes que tenía 
antes de atravesar la odisea del Instituto, y Luke responde: “No 
lo sé. A mí de todas formas me da igual. Nunca le he dado im-
portancia. A mí lo que me importaba eran el fútbol y el hoc-
key callejero” (584). No habría que ver, en discordancias como 
estas, una evidencia de la incapacidad de King como escritor; 
en verdad, la voluntad de lidiar con contradicciones es uno de 
los elementos que colocan a novelas como El Instituto por en-
cima de una pléyade de imitaciones menores. Por otro lado, un 
elemento provocador en la novela son aquellos puntos en los 
que quedan al descubierto las grietas del sano sentido común y 
se abren perspectivas hacia un modo de sociabilidad diferente. 
Hablamos ya de una poesía de la revolución como la res-
puesta que la novela ofrece a sus propias incursiones en la disto-
pía. La apelación a una utopía revolucionaria supone siempre 
un riesgo para una forma que, como la de la literatura de ma-
sas, tiene que mostrar una actitud complaciente y comprensiva 
frente al sentido común del público lector contemporáneo, 
bajo pena de sucumbir. (Un problema más arduo es la inda-
gación acerca de la persistencia histórica de ciertas obras en el 
canon de las literaturas no canónicas; pero recordemos que en 
este libro nos concentramos en el presente). Veremos que, si 
conjura a losespectros de la insurrección para producir justi-
cia, la literatura de masas tiene que volver a encerrar a esos es-
pectros, una vez logrados sus propósitos, en los lugares ocultos 
en los que estaban antes recluidos. Si la cultura de masas está 
continuamente enfrentada al dilema de cosificación y utopía, 
en aquellos autores que tienen algo más que una mínima de-
terminación de no capitular enteramente ante las demandas de 
los consumidores, el modo de lidiar con ambas tiene que ser 
problemático y generar disonancias y grietas en el interior de 
las obras. Pudimos ver algunos ejemplos de esto en King. Lo 
que querríamos indagar ahora es cómo esto incide en el tra-
tamiento de la revolución. Por un lado, cabe subrayar que, si 
hablamos de poesía de la revolución, esto se debe a que, en El 
Instituto, la imaginería de la insurrección se enfrenta explícita-
mente al horror distópico –e implícitamente a la prosa de la 
vida ordinaria– como una suerte de reencantamiento del mun-
do: es este el punto en que el prosaísmo novelístico es relevado 
por la poesía del romance. Este género, marginalizado a menu-
do como satisfacción de impulsos y deseos infantiles y como 
huida de los malestares de la cultura y las deficiencias de una 
era secular, ha tenido en la Modernidad una incidencia mucho 
mayor que la que habían pronosticado los radicales defensores 
tempranos del género novelístico. Apoyándose en Frye –pero 
historizándolo radicalmente–, Jameson destacó que el roman-
ce es “un cumplimiento de deseos o una fantasía utópica que 
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 181180
apunta a la transfiguración del mundo de la vida cotidiana con 
vistas a restaurar las condiciones de algún Edén perdido o anti-
cipar un campo futuro del que han sido borradas la vieja mor-
talidad y las imperfecciones”.208 En tanto en el “realismo narra-
tivo convencional” los eventos “tienen lugar dentro del espacio 
infinito de la pura extensión cartesiana, de la cuantificación del 
sistema de mercado: un espacio que […] es incapaz de proveer 
una unificación simbólica”,209 el romance considera los espacios 
y las temporalidades en términos cualitativos. En su base se en-
cuentra un imaginario “acerca del paraíso terrenal o de la tierra 
baldía, de la pérgola de la felicidad o el bosque encantado”;210 
solo que este reencantamiento no se produce en algún universo 
trascendente, sino dentro de los límites de lo real. Es también 
sugestivo que Jameson destaque que los héroes tradicionales 
del romance no son emisarios de un “mundo superior”, y en 
cambio muestran una estupefacción y una ingenuidad que los 
identifican como espectadores mortales sorprendidos por un 
conflicto sobrenatural, al que han sido arrastrados involunta-
riamente. De ahí que esos héroes sean ante todo seres margina-
les que emplean su popular astucia para engañar a los poderes 
dominantes.211 Estas determinaciones son relevantes para una 
novela que tematiza una revolución de niños, aun cuando se 
trate de niños con mentes prodigiosas –¿acaso los héroes del 
romance no han encontrado en la aventura la ocasión de po-
ner a prueba la capacidades que los destacaban de la media?–. 
Esto explica tanto el desconcierto que produce inmediatamen-
te en las víctimas el mundo concentracionario, como el hecho 
de que la revolución aparezca representada en términos de 
epifanía. Un rasgo llamativo del relato de la revolución en El 
208 Jameson, Fredric, The Political Unconscious. Narrative as a Socially Sym-
bolic Act. Cornell: Cornell U.P., 1981, p. 110.
209 Ibíd., p. 111.
210 Ibíd., p. 112.
211 Ibíd., p. 113.
Instituto es que está sustentado por una dimensión mítica cuya 
densidad se destaca del resto de la novela. El empleo que allí se 
hace de mitos y, en general, de arquetipos de la emancipación 
remite a dimensiones culturalmente muy elementales del acto 
de contar historias en cuanto resolución imaginaria de proble-
mas reales, en cuanto impulso ficcional hacia la corrección de 
la realidad deficiente. Avalaría un análisis de la novela a partir 
de la teoría blochiana sobre los arquetipos; esos arquetipos de 
los que se alimentan las fantasías diurnas y que poseen, como 
se subraya en el primer volumen de El principio esperanza, una 
latencia inagotable. Como se sabe, Bloch se esforzó en rescatar 
los arquetipos de su interpretación romántica regresiva –por 
ejemplo, por parte de Jung– destacando la función utópica de 
aquellas representaciones arquetípicas en las que alienta un 
material todavía no elaborado, no terminado. Estos arquetipos 
muestran “muy a menudo la esperanza en el abismo y al abis-
mo en lo arcaico; son como los tesoros sumergidos en el pro-
pio mito, que surgen y relucen al sol en un día de San Juan”.212 
Aquello que el análisis blochiano ilustra con los motivos de la 
lucha con el dragón o del país de Jauja, con las trompetas fina-
les de Fidelio o el último movimiento de la séptima sinfonía de 
Beethoven, se expresa, en la novela de King, mediante una serie 
de Leitmotive vinculados con la insurrección y que se apoyan, 
ante todo, en fuentes bíblicas. El más importante (y recurren-
te) de ellos, sugerido ya desde los epígrafes de la novela, es la 
fantasía de derrumbar el Instituto sobre las cabezas de los “se-
cuestradores y torturadores de niños” así como Sansón había 
“derribado el templo de Dagón sobre los filisteos”. Y lo que el 
desenlace muestra es cómo esta “fantasía rencorosa e impoten-
te de un crío de doce años” (167) se hace realidad. La insurrec-
ción despierta fantasías apocalípticas radicales, en vista de que 
una sublevación tal “podría implicar el fin del mundo” (458).
212 Bloch, Ernst, Das Prinzip Hoffnung. 3 vols. Frankfurt/M: Suhrkamp, 
1993, vol. 1, p. 197.
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La rebelión de los niños cuenta con su propio héroe: Avery, 
un chico de doce años con un coeficiente único de FNDC, 
pero con un comportamiento tan incongruente con su edad 
que “aparentaba seis, siete como mucho” (152). Los otros ni-
ños necesitan pasar por una serie de torturadores experimentos 
para desarrollar lo que en la novela se denomina “luces de Sta-
si” e integrarse luego al pensamiento grupal. Pero “ninguno de 
ellos era como Avery”: “Había ido derecho a la cisterna de in-
mersión, donde lo habían empujado a las puertas de la muerte 
o tal vez un poco más allá, y como consecuencia podía generar 
las luces de Stasi casi a voluntad. No necesitaba las películas, 
ni necesitaba formar parte del pensamiento grupal” (416). En 
él va madurando el descubrimiento de que las mentes podrían 
conectarse en red y de que “si se mantenían unidos, en su pro-
pio pensamiento en grupo, y si existía una manera de formar 
un escudo” (417) podrían tomar el Instituto. El Leitmotiv que 
acompaña el plan conducido por Avery es el de un castillo: “Un 
muro. Un escudo. Nuestro castillo. Nuestro muro. Nuestro escu-
do” (418). Para construir su edificación insurgente, Avery com-
prende que debería aprender a conducirse como un adulto. El 
ejemplo es su padre: 
Le habían regalado un castillo de Lego que había pedi-
do, pero cuando tuvo las piezas desparramadas ante sí, 
no supo cómo pasar de ese desorden al hermoso castillo 
de la caja, con sus torreones y sus puertas y el puente 
levadizo que subía y bajaba. Se echó a llorar. Entonces 
su padre (que había muerto, de eso ya estaba seguro) se 
arrodilló a su lado y dijo: “Seguiremos las instrucciones 
y lo haremos juntos. Paso a paso”. Y eso hicieron (412).
La construcción avanza hasta que los conjurados descubren 
la única pieza que se les había ocultado tenazmente: la clave de 
los procedimientos del Instituto era emplear a los niños degra-
dados a vegetales de la Mitad Trasera como fuente de energía; 
el hecho de que esos niños no tengan ya pensamiento conscien-
te es “lo que los hace más fuertes. Todo lo demás ha desaparecido. 
Ha sido extirpado. Ellos son la batería”, para la cual los niños 
aún conscientes actúan solo como “interruptor” (435). Es a 
partir de aquí que se iniciael enfrentamiento que constituye el 
clímax de toda la novela: a la conjura de los niños, poderosa no 
solo merced a la colaboración consciente de sus mentes, sino 
también –y aún más– por la conexión en red con los vegetales y 
con los estudiantes de los otros Institutos del mundo, responde 
la contrarrevolución de Sigsby y su personal, que, en una nue-
va remisión al mundo concentracionario, deciden gasear a los 
niños. La ultima ratio de Sigsby es recurrir al Teléfono Grande 
para llamar al impalpable señor Smith; la de Avery, instantes 
antes de tener su último pensamiento consciente e integrarse 
al zumbido, es recurrir a su propio Teléfono Grande: convocar 
a los reclusos de todos los Institutos para derribar el templo 
de Dagón. Toda esta gesta, que concluye con la increíble ima-
gen del edificio del Instituto avanzando sobre el aire y desplo-
mándose sobre las cabezas de los empleados, pero también de 
la mayoría de los internados, es deudora de una estética de lo 
sublime y los propios sobrevivientes la juzgan como un espec-
táculo estéticamente impresionante (así, Kalisha llora por “lo 
hermoso que es todo. Incluso a oscuras es todo muy hermoso”, 
582). Si esta sublime catástrofe es la consumación apoteósica 
del mito de Sansón, el hecho de que el líder de la revuelta sea 
un chico particularmente aniñado y desvalido actualiza un pa-
saje bíblico tradicionalmente citado por su función utópica, 
ante todo en relación con las fantasías de reconciliación con la 
naturaleza: “Serán vecinos el lobo y el cordero, y el leopardo se 
echará con el cabrito, el novillo y el cachorro pacerán juntos, y 
un niño pequeño los conducirá” (Isaías 11, 6).213 En su búsque-
213 El pasaje es mencionado en la p. 544 de El Instituto, como pensamiento 
de Kalisha. 
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da de contrarrestar el desencantamiento del mundo, el romance 
moderno, desde la segunda mitad del siglo XVIII, ha buscado 
una y otra vez revivificar los mitos. En una de sus tentativas más 
arriesgadas para ir más allá de los conformismos del sentido co-
mún en una dirección utópica, el autor de El Instituto hace un 
empleo intenso y, en varias ocasiones, muy eficaz de lo mítico. 
Es el medio para producir la poesía de la revolución.
Estos arquetipos de la liberación representan la faceta lu-
minosa de la revolución, que, más allá de las reacciones entu-
siastas que podrían despertar en lectores fogosos, no de deja 
proyectar algunas sombras tenebrosas. Estas pueden ser pues-
tas en relación con algunas dimensiones en las que la poesía 
revolucionaria es desplazada por estructuras de sentimiento 
y pensamiento convencionales. Podemos empezar a entender 
esto si nos detenemos en el propio líder de la revuelta: Avery 
es un niño prodigioso, pero también una existencia mutilada, 
un auténtico outsider. Representa solo una mitad de Luke: la 
faceta excepcional, que provoca admiración, pero también 
miedo en las personas corrientes, incluyendo en primera línea 
a los propios padres. Está ausente la otra cara: la del niño adap-
tado y dócil que, como se dice en un pasaje que ya citamos, se 
“desvivía por mostrarse sociable para que la gente no pensara 
que era un bicho raro” (225). En su insuperable anormalidad, 
Avie recrea un modelo no solo identificable en la narrativa 
anterior de King, sino también sugestivamente recurrente en 
la literatura trivial de la Modernidad: es el bouc émissaire, la 
víctima expiatoria creada para capturar los sentimientos com-
pasivos de un público de masas que, al mismo tiempo, debe 
llorar su muerte y confortarse con la inevitabilidad de su sacri-
ficio. Los chivos emisarios son aquellos outsiders cuyos rasgos 
diferenciales, según la provocadora teoría de René Girard, los 
vuelven blancos privilegiados para que la comunidad “normal” 
demande su inmolación como phármakos, y a partir de ese sa-
crificio, abrigue la fantasía de que se ha puesto fin a una crisis 
de indiferenciación y se ha abierto la puerta para la superación 
de un estado general de confusión y de anomia. Un rasgo que 
pertenece a la esencia de la literatura de masas es este fatal an-
helo de recrear el rito de sacrificar a personajes cuya diferencia 
respecto de la norma los vuelve irreconciliables con el mundo 
de la normalidad y su sentido común –que, según vimos, en 
las condiciones de la Modernidad es un pensamiento cosifica-
do–. Presente ya en la tradición gótica inglesa desde la segunda 
mitad del siglo XVIII, este motivo pudo hacer su presencia en 
obras estéticamente importantes e históricamente significati-
vas; pensemos solo en la Mignon del Wilhelm Meister, en la 
Ottilie de Las afinidades electivas o, en un registro ya hilarante-
mente lacrimoso, en la pequeña Nell del Viejo almacén de an-
tigüedades. El motivo tiene una función central en la narrativa 
de Wilkie Collins, y en la historia posterior de la literatura de 
masas constituye un oscuro trasfondo constante que periódica-
mente emerge como una pieza necesaria para la construcción 
de las obras, pero también como un factor riesgoso cuando se 
vuelve demasiado evidente su lógica de funcionamiento. Si la 
tendencia de la infraestructura económica de la Modernidad 
impone, bajo pena de sucumbir, la continua valorización del 
valor y la búsqueda de tasas cada vez mayores de plusvalor, 
más allá de los deseos y convicciones personales de los agen-
tes económicos, podríamos decir que la “fisiología” del sentido 
común impuesto y mundializado por las industrias culturales 
posee una estructura cosificada que, por detrás de las prédicas 
evangelizadoras acerca del multiculturalismo y la celebración 
de la diversidad, es objetivamente discriminatoria, y se encuen-
tra sostenida por una lógica sacrificial. Estos problemas se han 
radicalizado durante las últimas décadas y la reactualización de 
esta problemática en la literatura obedece seguramente a razo-
nes similares a las que motivaron el surgimiento de reflexiones 
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 187186
provocadoras sobre el tema, entre las cuales se destaca la vasta 
producción de Girard. Las crisis miméticas214 y los mecanismos 
sacrificiales han cobrado actualidad, y esto es lo que ha llega-
do a caracterizar el mainstream del horror contemporáneo. 
Cabría adaptar aquí, en relación con el sacrificio de los bouc 
émissaires, lo que dijimos en general acerca del terror reciente: 
un tratamiento demasiado explícito del horror sacrificial po-
dría lesionar la sensibilidad del lector promedio –siempre en 
busca de evasiones– o impulsar una estetización fascista de la 
violencia, produciendo a lo sumo obras de culto; por otro lado, 
un tratamiento edificante y moralmente edulcorado de un fun-
damento culturalmente tan hondo de la violencia social dejaría 
insensible a aquel público que consume literatura de horror 
en busca de estremecimientos. Como Eugène Sue o Collins, 
pero bajo circunstancias muy diferentes, King apela a una te-
214 Las crisis miméticas o crisis de indiferenciación son, para Girard, pro-
cesos culturales recurrentes en los que la identificación (real o imaginaria, 
pero socialmente efectiva) de crímenes o anomalías entendidos como 
particularmente brutales o monstruosos comprometen las reglas y usos 
de funcionamiento tradicionales de una sociedad y generan una guerra 
de todos contra todos: “El hundimiento de las instituciones borra o en-
frenta las diferencias jerárquicas y funcionales, y confiere a todas las cosas 
un aspecto simultáneamente monótono y monstruoso. En una sociedad 
que no está en crisis, la impresión de las diferencias procede a la vez de la 
diversidad de lo real y de un sistema de intercambios que diferencia y que, 
por consiguiente, disimula los elementos de reciprocidad que necesaria-
mente supone, so pena de dejar de constituir un sistema de intercambios, 
es decir, una cultura. En cambio, cuando una sociedad se descompone 
[…] se instala una reciprocidad más rápida […]. La reciprocidad que, por 
así decirlo, se vuelve visible al acortarse, noes la de los buenos, sino la de 
los malos modos, la reciprocidad de los insultos, de los golpes, de la ven-
ganza y de los sistemas neuróticos. He aquí por qué las culturas tradicio-
nales rechazan esta reciprocidad en exceso inmediata. Aunque enfrente a 
unos hombres a otros, esta mala reciprocidad uniformiza las conductas 
y provoca una predominancia de lo mismo, siempre un poco paradójica, 
puesto que es esencialmente conflictiva y solipsista” (Girard, René, El chi-
vo expiatorio. Trad. de Joaquín Jordá. Barcelona: Anagrama, 1986, p. 23).
matización sublimada de estos temas. En esto se diferencia de 
tratamientos más intrincados y sutiles del motivo en la cultura 
de masas de nuestro tiempo, como los que encontramos en El 
sacrificio de un ciervo sagrado (2017) de Yorgos Lanthimos o en 
Huye (2017) de Jordan Peele; pero también de elaboraciones 
más banales de la problemática del outsider en cuanto víctima 
y de los medios de contención, cura o integración posibles, con 
tendenciosos mensajes catequísticos como los que encontra-
mos, por ejemplo, en X-Men: La batalla final (2006), de Brett 
Ratner. El cine de horror de M. Night Shyamalan –al que se 
hace referencia explícita en El Instituto (77)– o películas como 
La cabaña del bosque (2012), de Drew Goddard, ofrecen ver-
siones deliberadamente postmodernas del motivo, cargadas de 
manierismos y referencias intertextuales.
En El Instituto no faltan elementos del horror postmoder-
no precedente y esto incide también en el motivo del sacrificio 
victimario. Pero la novela subordina los juegos textuales a la 
búsqueda de efectos catárticos, emocionales en los lectores. Si 
se la observa desde una leve distancia crítica, se percibe de in-
mediato que esa catarsis presenta algunas complicaciones. La 
alegría de Luke al descubrir que sus mejores amigos –Kalisha, 
Nicky, George– han sobrevivido se destaca sobre el trasfondo 
de la muerte, no solo del personal del Instituto, sino además 
de la mayoría de los niños recluidos, incluyendo a la totalidad 
de los vegetales de la Mitad Trasera. También, ante todo, de 
la muerte de Avery Dixon, el verdadero chivo expiatorio de 
la novela, cuya caracterización y función remiten a obras an-
teriores de King. Sería lícito decir que Avery es una versión 
corregida y aumentada de Carrie White: como esta, Dixon 
es un menor dotado de formidables poderes extrasensoriales 
que encuentra enormes dificultades de adaptación y que ha 
padecido un intenso bullying por parte de sus compañeros de 
escuela. Como en Carrie, el punto culminante en la vida de 
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 189188
Avery es la ejecución de una espectacular venganza contra sus 
abusadores que exige la puesta en práctica de sus capacidades 
en una medida extremada y que se cierra con la inmolación del 
outsider. La muerte de Avery, como la de Carrie, no solo tiene 
víctimas, sino también sobrevivientes compasivos en quienes 
sigue vivo el recuerdo de la pasión y muerte del monstruo. En 
ambas novelas, como en tantas otras obras pertenecientes al 
mainstream de la literatura de masas, reencontramos infinidad 
de variaciones sobre este mismo modelo: el monstruo puede 
merecer comprensión y misericordia, pero no puede sustraerse 
a la muerte sacrificial. La diferencia en El Instituto está en que 
la gesta vengativa a la que asistimos no es una rebelión personal, 
como en el caso de Carrie, sino una revolución, cimentada en 
un trabajo colectivo e inspirada en sentimientos de solidaridad. 
A pesar de los horrores padecidos en la institución, Avery pudo 
encontrar en ella a amigos que lo rescataron de la soledad de su 
vida anterior; en el colegio “lo consideraban un bicho raro, in-
cluso se burlaban de su nombre”; pero en el Instituto “no había 
tenido que pasar por eso, ya que las circunstancias los unían. 
Allí sus amigos habían cuidado de él, lo habían tratado como 
a una persona normal y él cuidaría de ellos. De Kalisha, Nic-
ky, George y Helen: cuidaría de ellos” (567). En el fondo de la 
determinación de Avery hay también arquetipos bíblicos: “No 
hay amor más grande que dar la vida por los amigos” ( Juan 15, 
13). Y esto es lo que hace Avery; su último pensamiento, an-
tes de que el techo se desplome sobre él, es: “Me ha encantado 
tener amigos” (576). Los rasgos diferenciales de Avery bastan 
para que el lector pueda reconciliarse con su sacrificio: todo 
lo que importa es que sean rescatados de la catástrofe aquellos 
niños que poseen un coeficiente de normalidad suficiente para 
que pueda identificarse con ellos el lector promedio. La simple 
conclusión con la que se justifica la muerte de Avery (“Es mejor 
así”, 580) forma pendant con la simplicidad con que se acepta 
que no solo los vegetales han muerto durante la rebelión, sino 
también todos los demás niños de la Mitad Delantera, en vista 
de que eran “demasiado vulnerables”. Y Avery es la representa-
ción paroxística de la vulnerabilidad: a él solo le correspondía 
la hazaña súbita, ya que era demasiado frágil para vivir. La no-
vela no muestra en él perspectivas de futuro; por eso más que 
“un niño pequeño, parecía un viejo cansado” (492), así como se 
dice que el cuerpo de Carrie, después de la masacre en la fiesta 
de graduación, “parecía haberse encogido y encorvado como el 
de una vieja”.215
Auténtico pharmakos, Avery es divinizado porque, siendo 
un individuo con rasgos diferenciales, ha tenido la gentileza 
de aceptar su propia inmolación. Pero, en cuanto amigo de los 
protagonistas y líder de la revuelta, él es el único rostro visible 
detrás del conjunto de niños sin nombre ni rostro que murie-
ron aplastados en el Instituto. Un desenlace tal implica una 
regresión respecto del desafío que suponía configurar una re-
volución: a fin de cuentas, es como si, en el Copperfield de Dic-
kens, fueran liberados de la fábrica, además de David, algunos 
amigos. Esta es una de las estrategias de personalización que, en 
la novela, ponen un límite a la utopía de una acción colectiva. 
Out of sight, out of mind: pareciera como si la novela de King 
no pudiera renunciar –una vez más: bajo pena de sucumbir– a 
un horizonte individualista y a un concretismo que pertenecen 
a la esencia de la literatura de masas. Para este punto de vis-
ta, un final es feliz cuando lo es para las figuras protagónicas. 
Por similares razones, el Instituto no una institución perversa 
porque ejerce algún tipo de dominación abstracta e imperso-
nal, sino porque es moralmente inicuo y, ante todo, producto 
de las decisiones y acciones de personas particularmente ini-
cuas. Con este espíritu concretista coincide el hecho de que la 
215 King, Stephen, Carrie. Trad. de Gregorio Vlastelica. Barcelona: Plaza 
& Janés, 1984, p. 241.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 191190
rebeldía de los niños vengue ante todo afrentas personales y 
aspire a realizar objetivos particulares, sin interrogarse dema-
siado por lo que está más allá de esta perspectiva restringida. 
Sintetiza este ánimo el abrazo del grupo de amigos una vez ter-
minada la insurrección: “el círculo formado por su abrazo en 
medio de aquel césped salpicado de escombros contenía todo 
lo que necesitaban. Se necesitaban solo unos a otros. El mun-
do y todos sus problemas podían irse a la mierda” (580). Este 
es el reverso sombrío de la tesis de que lo que uno hacía en su 
propio interés era lo que le proporcionaba el poder: admite una 
interpretación individualista, según la cual el único bien es el 
de uno mismo y el del pequeño mundo que lo rodea. La actitud 
de Luke, quien, frente a la pantalla de la computadora, siente 
que el “Times, con su titular sobre Trump y Corea del Norte, le 
traía sin cuidado” (152), remite a ese pobre individualismo que 
no solo considera que su hogar debería ser su castillo, sino que 
además entiende que sus enemigos personales deberían ser los 
enemigos únicos de todo el mundo. La fantasía pequeñobur-
guesa es esencialmente aquella que Goethe pone, al comienzo 
del Fausto, en boca de un filisteo: “En los domingosy feriados, 
para mí no hay nada mejor / que una conversación sobre la gue-
rra y el griterío de la guerra, / mientras allá lejos, en Turquía, 
/ los ejércitos combaten entre sí”.216 La declaración atribuida a 
Mark Zuckerberg según la cual saber que una ardilla muere en 
tu jardín puede ser, para tus intereses, más relevante que saber 
que muere gente en África es una forma llamativamente exacta 
de actualizar esta perspectiva; y es significativo que suela ape-
larse a esa declaración para explicar el funcionamiento de los 
filtros burbuja. Las limitaciones del inconsciente político de El 
Instituto son las limitaciones del sentido común de la Era de la 
Información: más allá de algún intento denodado, no puede 
dejar totalmente atrás su propia burbuja. 
216 Goethe, Johann Wolfgang, Fausto, p. 48, vv. 860-863.
 Esto explica que los dilemas éticos en la novela sean a menu-
do planteados como elecciones alternativas entre un bien gene-
ral y el bienestar del individuo o de la pequeña comunidad de 
amigos; también que los personajes positivos tiendan a optar 
a favor de lo segundo. Sabemos que al final queda relativizada 
la tesis de que la “buena causa” de los Institutos, matar “a unos 
cuantos niños para evitar que toda la especie humana se quite la 
vida” (541), efectivamente ha funcionado. Pero, antes de esto, 
los niños solo están dispuestos a actuar en su propio interés, 
sin que les importe la marcha del mundo. Maureen se decide 
a colaborar con la huida de Luke porque siente por el niño un 
afecto particular y subraya la dificultad de esa elección: “Tuve 
que elegir entre tu vida y las vidas de, quizá, miles de millones 
de personas de este mundo que dependen del trabajo del Insti-
tuto sin saberlo siquiera. Te elegí a ti en lugar de a ellos, y que 
Dios me perdone” (466). Pero Maureen, desde la perspectiva 
del autor implícito, está del lado de los héroes y, en esa medida, 
se contrapone a aquellos “perversos” empleados del Instituto 
que se identifican con una causa abstracta. Aquí continúan ace-
chando siempre el horror del pensamiento cotidiano ante una 
realidad abstracta y el deseo de amurallarse dentro del pequeño 
mundo abarcable con la mirada: ¿no es esto lo que representa, 
en el fondo, la idealización del ínfimo y anacrónico pueblo de 
DuPray?
Difícilmente pueda reducirse esta búsqueda de personali-
zación y concretismo a un deseo del autor. En cualquier caso, 
los anhelos personales de King son poco relevantes. Lo que sí 
es relevante es que la literatura de masas tiene sus propias ca-
jas cognitivas, que se les imponen a los autores como una ley 
natural, restringiendo las posibilidades de elección y asignan-
do estereotipos. Entre esas constricciones ocupa un lugar im-
portante, como vimos, la de no lesionar gravemente el sentido 
común del lector promedio. Y El Instituto no deja de rendirle 
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 193192
algunos honores a esta forma de conciencia cotidiana. Insisti-
mos en que no es nuestra intención descalificar la novela arro-
jándola a la fosa común de la literatura industrial. Queremos 
tan solo tomarla en serio y comprender sus contradicciones; 
y en este aspecto destacamos que, al configurar una distopía y 
una revolución, King construye un campo de fuerzas contra-
dictorias, polémicas, que le otorga a la novela una complejidad 
muy superior a la que se encuentra en la inmensa mayoría de la 
literatura evasiva. Solo que la intención del autor no es escribir 
una obra semejante a El señor de las moscas o Nosotros, ni siquie-
ra parecida a La larga marcha (1979), sino una narración que 
al mismo tiempo pueda funcionar como un bien de consumo 
evasivo. Para conseguir esto, cada vez que realiza un riesgoso 
avance hacia un terreno peligroso, la novela retorna –para em-
plear de nuevo una fórmula de la doxa contemporánea– a su 
zona de confort. Esto exige pactar con la conciencia cotidiana; 
sabrá Dios –no lo sabemos, ni estamos desesperados por saber-
lo– hasta qué punto este pacto ha sido aceptado por el autor 
con plena satisfacción o si lo hizo con un ademán condescen-
diente o en contra de su mejor conciencia. 
En todo caso, las reglas de funcionamiento objetivas de la 
literatura de masas rigen en los más diversos niveles. Esto in-
cluye tanto los aspectos implícitos de la novela como los ex-
plícitos. Estos últimos, comprensiblemente, no abundan, y 
cuando aparecen, lo hacen, como anticipamos, a través de re-
ferencias a los horrores de la administración Trump. Los para-
lelos que se sugieren son llamativamente banales; así, cuando 
el eslogan propagandístico de Hillary, “JUNTOS SEREMOS 
MÁS FUERTES”, es planteado como consigna de la insurrec-
ción de los niños. O cuando se compara el enfrentamiento de 
estos con los esbirros del Instituto con la lucha desigual entre 
los probos militantes demócratas y la iniquidad de los actuales 
republicanos: “Juntos eran más fuertes, sí, pero todavía no lo 
suficiente. No más de lo que lo había sido Hillary Clinton al 
presentarse a la carrera presidencial unos años atrás. Porque 
el otro candidato y sus partidarios disponían del equivalente 
político de los bastones eléctricos de los cuidadores” (429). La 
política entendida de este modo es asunto de héroes y villanos, 
y de esta manera se promueve no solo la ficción de que aquella 
es un resultado demasiado inmediato de la acción de indivi-
duos y grupos particulares, sino también la de que la marcha 
del mundo depende de manera muy directa de la política, y 
de una política moralizada. Es comprensible que en una insu-
rrección de niños puede favorecer en una medida particular un 
tratamiento ingenuo de la política. Todavía más explicable es 
la relativa ausencia de cuestiones económicas. No faltan alu-
siones a las medidas de ajuste intensificadas en EE.UU. duran-
te la era Trump, ni remisiones a las condiciones materiales de 
vida de las clases populares. Respecto de esto último, hay varias 
expresiones de esa condescendiente benevolencia con que las 
versiones biempensantes del sentido común middle-class mora-
liza las virtudes de los trabajadores poco calificados, precarios o 
desocupados, o de una homeless como Annie la Huérfana. Son 
típicas las referencias a los preconceptos de Luke respecto de 
aquellos personajes que realizan trabajos serviles; así, el niño 
teme que Maureen no haya entendido una nota que le dejó en 
la cesta, y el narrador aclara que esto “se debía a un pequeño 
prejuicio inconsciente, basado quizá en el uniforme marrón de 
limpiadora que llevaba; tendría que trabajar en esto” (277). La 
novela es menos prejuiciosa que su héroe y aclara que Maureen 
“la había entendido a la perfección”; a fin de cuentas, es en ver-
dad una militar retirada que ha recibido un riguroso entrena-
miento. Pero es notorio que los estímulos económicos juegan 
en la intriga un papel menor. Los Institutos no tienen como 
objetivo la acumulación de ganancias, sino la consolidación de 
la paz mundial; esto se extiende tanto a las autoridades como 
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 195194
a los empleados: si la institución termina convirtiéndose en la 
vida de ellos, esto no era “por el sueldo. No era por los extras 
o las opciones de jubilación. Tenía que ver en parte, como ya 
dijimos, con una forma de vida que les resultaba tan familiar 
como respirar” (329). Constituidos como pequeñas comuni-
dades cerradas, los Institutos les proporcionan a los empleados 
un cierto sentido de pertenencia y familiaridad; por eso, aun 
cuando decidan alejarse de ellos, siempre terminan retornan-
do. Al fin y al cabo, allí “se vivía bien, o al menos bastante bien” 
(330); de ahí que, al cabo de un tiempo, abandonen inexora-
blemente a sus familiares: “estos –las esposas, los maridos, los 
hijos– se daban cuenta de que ocupaban un lugar secundario 
y a ellos solo les importaba su trabajo. Porque se apoderaba de 
ellos”. Más allá de su caracterización intensamente negativa, el 
Instituto viene a responder a una necesidad que la novela pro-
pone como válida:la de vivir en pequeñas comunidades, como 
miembro de un grupo reconocible, en la mayor medida posible 
resguardado de los espantos de las grandes ciudades y del gran 
capital. De este horror real quiere escaparse, aunque más no sea 
por vía imaginaria, la conciencia cotidiana de nuestro tiempo, 
y es esta una de las pruebas capitales que debe superar la litera-
tura de masas. 
El capitalismo contemporáneo se cuela en El Instituto por 
una grieta comparativamente pequeña, pero significativa: me-
diante algunas reflexiones de Luke sobre la perversidad del 
sistema financiero. Con el propósito de ayudarle a Maureen 
a lidiar con sus deudas impagables, Luke comienza a explorar 
Internet en busca de informaciones útiles. Él parte del vago co-
nocimiento, que le había transmitido el padre, de que “las com-
pañías de tarjetas de crédito son básicamente hampa. Si nos 
basamos en el interés compuesto que cobran” (88), concluye, 
su padre tenía razón. La investigación confirma esta sospecha 
genérica, pero acrecentándola de recomendaciones útiles y de 
los contenidos y el lenguaje habituales en aquellos movimien-
tos sociales –recordemos el comentario sobre Occupy Wall 
Street en el capítulo anterior– que dirigen toda su furia con-
tra el capital financiero, como si una vez suprimido este fuera 
posible retornar a alguna clase de capitalismo sano. El horror 
ante el carácter irreal y, en cuanto tal, “falaz” del capitalismo 
financiero va consolidándose en Luke a medida que investiga:
El concepto más interesante –el eje en el que se engrana-
ban todos los demás– era sencillo pero asombroso […]. 
La deuda era una mercancía. Se compraba y vendía, y 
en algún punto se había convertido en el centro no solo 
de la economía estadounidense, sino de la de todo el 
mundo. Sin embargo, en realidad no existía. No era un 
objeto concreto, como el gas, el oro o los diamantes; era 
solo una idea. Una promesa de pago (134).
Lo que Luke descubre es un conjunto de espantos que no 
son sobrenaturales, y que tienen efectos concretos sobre la vida 
de millones de personas. Un dato estadístico que el narrador 
califica de “aterrador” se destaca especialmente en la novela: 
“los estadounidenses debían más de doce billones de dólares. 
Dinero gastado pero no ganado, solo prometido. Paradoja que 
únicamente podía gustarle a un contable” (170). Aun cuando 
gran parte de esa deuda correspondía a las hipotecas de vivien-
das y locales comerciales, “una cantidad considerable surgía de 
esos pequeños rectángulos de plástico que todo el mundo lle-
vaba en bolsos y billeteros: la oxicodona de los consumidores 
estadounidenses”. Las tarjetas de crédito son el opio de los pue-
blos; esta constatación de Luke acerca del horror de los bancos 
desemboca en la identificación de unos monstruos acaso más 
tenebrosos que los propios emisores de tarjetas: “Cobradores 
de deudas que amenazaban con sacar a padres ancianos de las 
residencias de la tercera edad. Amenazaban con reclamárselas a 
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 197196
hijos adultos jóvenes que todavía intentaban abrirse paso en la 
vida. Cualquier cosa con tal de embolsarse su comisión” (172). 
Estos pensamientos de Luke sobre el sistema financiero, aun 
cuando tienen una función relativamente menor en la novela, 
nos permiten explicar algo fundamental del modo en que King 
(y también algunos otros exponentes importantes de la literatu-
ra de masas) se enfrenta con la realidad contemporánea. Cuan-
do convierte en tema de su novela la centralidad que, en nues-
tro tiempo, llegó a alcanzar el capital financiero, sin duda está 
captando una cuestión actual. Pero se trata de la actualidad, del 
día a día tal como es aprehendido por la conciencia cotidiana, 
con su tendencia a permanecer fijada en la superficie de la vida 
social y, en ocasiones, aun a reproducirla con una exactitud no-
table. Pero ya dijimos que esa superficie es, en la Modernidad, 
el sitio mismo de las mistificaciones; y esto nunca ha sido tan 
válido, en la historia del capitalismo, como en el período neo-
liberal, cuando la inmediatez se encuentra a tal punto fetichi-
zada que se requiere el más arduo trabajo del concepto para no 
quedar cautivo de la miopía del pensamiento ordinario. Frente 
a una estructura social abstracta –y aún más ante la extrema 
abstracción del capital financiero–, dicho pensamiento tiende 
a retroceder en busca de lo que le parece concreto y personal: 
como comentamos, las bolsas de dinero en lugar de las cuentas 
offshore en paraísos fiscales. Estas últimas son tan inmateriales 
e inasibles que no le producen escándalo: de acuerdo con esa 
estructura de pensamiento tan sutilmente analizada por Bar-
thes, para la doxa de nuestro tiempo la causalidad inmediata es 
lo único válido y desplaza cualquier atención hacia las media-
ciones más complejas. Atraída solo por aquello que le parece 
tangible, que cree que se encuentra al alcance de la mano, a la 
hora de enfrentarse con algo tan abstracto como el capital fi-
nanciero o el ficticio necesita personalizarlo y moralizarlo, con 
vistas a reducirlo a la acción concreta de personas concretas. 
Y es esto lo que ocurre en El Instituto: como en otros planos, 
la novela tiene la osadía de plantear un horror real: las deudas 
que, como descubre Luke, no son un objeto concreto como el 
gas, el oro o los diamantes, sino “tan solo una idea”, una “pro-
mesa de pago”. Pero lo que de esto se deriva es una moralización 
de los bancos y los cobradores como demonios que agobian a 
los sectores medios y a las clases populares –o, como preferi-
ría caso plantearlo la novela: a los “hombres comunes”– con 
procedimientos tan perversos que claman al cielo por un justo 
castigo. Los banqueros y sus agentes deberían actuar de manera 
proba y entonces tal vez encontraríamos el milagro de un capi-
talismo financiero con rostro humano. 
El punto de vista de la novela respecto de este tema coincide 
bastante con el de aquel periodismo biempensante que, res-
paldado por un alud de datos concretos, de estadísticas y docu-
mentos probatorios, se limita a poner en evidencia que vivimos 
bajo un capitalismo salvaje, o que nuestros capitalistas carecen 
de principios. Sería injusto equiparar esta perspectiva con esa 
conciencia cautivada por el sentido común neoliberal que, con 
toda la ingenua hipocresía del alma bella, avala los golpes de 
Estado neoliberales, sustentados en fake news y lawfares. Pero 
ambas comparten el hecho de que, de los universos sumamente 
complejos de la economía y la política, solo quieren entender 
una única cosa: la corrupción. Cualquier interrogación acerca 
de los fundamentos podría distraerla. No querría preguntarse 
si esos mismos excesos que denuncia en cuanto perversiones no 
serán en realidad compulsiones objetivas impuestas a los agen-
tes, ni si el sistema financiero es menos una excepción que un 
componente necesario del capital. Aún menos dispuesta estaría 
dispuesta la conciencia ordinaria a afirmar la conclusión a la 
que arriba el pensamiento dialéctico: la de que un análisis que 
examinara el capitalismo en su término medio ideal, que se con-
centrara en su fisiología, haciendo momentáneamente abstrac-
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 199198
ción de las iniquidades morales y postulando un sistema regido 
por el fair play, seguiría poniendo en evidencia la expoliación 
como un elemento estructural del capitalismo, arraigado en la 
propia ley del valor y en la forma misma de producción. Un 
pensamiento emancipador sería capaz de lidiar con una reali-
dad abstracta, en la que los agentes económicos solo son per-
sonas en la medida en que son la personificación de categorías 
económicas, y en ese sentido no se limitaría a responsabilizar al 
individuo por relaciones de las cuales él es objetivamente una 
criatura antes que un creador, por más que pueda colocarse 
subjetivamente por encima de ellas.217 Pero este punto de vista 
es especialmente arduo de aceptar para el sentido común con-
temporáneo, con su fundamental tendenciaa personalizar y 
moralizar. Esto impone limitaciones severas a la literatura de 
masas, aun en el caso de sus autores más talentosos. 
El tipo ideal de capitalista que la literatura trivial sugiere ha 
encontrado ya su prototipo inigualable en la Canción de Na-
vidad de Dickens. Y la cultura de masas insiste en generar una 
y otra vez variaciones de ese retrato, que no han hecho otra 
cosa que proliferar en nuestra época. No nos referimos solo a 
las más de veinticinco adaptaciones cinematográficas y televi-
sivas recientes de la narración dickensiana, sino todavía más a 
productos relativamente sofisticados, pertenecientes al canon 
de las obras reputadas como importantes de la cultura de ma-
sas. Mencionaremos solo un ejemplo: Todo el dinero del mundo 
(2017), de Riddley Scott. El film fue rápida y justificadamente 
celebrado por la reconstrucción de época, por las actuaciones 
de Michelle Williams y Christopher Plummer, por la construc-
ción narrativa. Pero también por su supuesta captación realista 
de la esencia del capitalismo. En el centro de la película está la 
sed patológica de dinero que lleva a John Paul Gettys –el hom-
bre más rico de su época–, no solo a incurrir en pequeñas avari-
217 Marx, Karl, El capital, vol. I/1, p. 8.
cias grotescas, sino ante todo a negarse a pagar el rescate de 17 
millones de dólares que exigen los secuestradores de la mafia 
calabresa a cambio de la liberación de su nieto, John Paul III. 
Matt Zoller Seitz escribió que el magnate es tan miserable que 
hace que Ebenezer Scrooge parezca generoso.218 David Scarpa, 
el guionista, explica la realidad a la que haría referencia el film 
en estos términos: “La gente que participa en los mercados sabe 
que el dinero es una fuerza poderosa, complicada, casi [!] abs-
tracta; están aquellos que lo controlan y aquellos que son con-
trolados por él”. Getty fue un hombre “que controló el dinero, 
pero que fue al mismo tiempo controlado por él. Fue capaz de 
acumular una vasta suma de dinero y, al mismo tiempo, no fue 
capaz de orientarlo hacia sus propios fines en el sentido de ha-
cer su vida más feliz”.219 Los dos comentarios hacen referencia 
a esa mezcla de perspicacia y candidez que permea la idea de la 
película: relacionar los males del capitalismo con una patología 
adictiva que podría ser prevenida y curada en términos pareci-
dos al consumo excesivo de tabaco y alcohol supone pensar que 
el horror económico es producto de la avidez desmedida de los 
Scrooge y los Gettys y que podría ser en definitiva controlado. 
Es indudable que el capitalismo produce personalidades mu-
tiladas y trastornadas. Pero sus efectos más destructores se en-
cuentran más allá de los límites de lo moral. Mostrar que el mal 
se debe al comportamiento anómalo de personas excepcional-
mente depravadas es una desesperación aparente y un consuelo 
secreto. Favorece en el lector una catarsis consolatoria efectiva, 
ante todo, cuando los malos son corregidos o castigados. A fin 
de cuentas, con ese propósito es consumida la cultura de masas; 
218 Cf. la reseña en https://www.rogerebert.com/
reviews/all-the-money-in-the-world-2017.
219 Cit. en Teodorczuk, Tom, “Oscar nominations: How ‘All the Money in 
the World’ captured J. Paul Getty’s stock market obsession”. En: https://
www.marketwatch.com/story/how-the-makers-of-all-the-money-in-the-
world-captured-j-paul-getty-on-screen-2018-01-02.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 201200
y para la perspectiva de esta sería nocivo que toda la inteligen-
cia del mundo –aquella de la que dispone Luke– se dispusiera a 
explorar los mecanismos de la dominación abstracta. 
Esto puede conducirnos a reflexionar sobre el papel del di-
nero en la cultura de masas (y en la conciencia cotidiana). En 
estas, el dinero no aparece tan solo como sinécdoque, sino aún 
más como sustancia de la riqueza. Un hombre rico es, para el 
sentido común moderno, alguien que posee abundancia de di-
nero; y sería difícil que se avanzara, desde esta representación, 
hasta algún tipo de representación acerca del capital. A los 
estratos más elementales de los ensueños diurnos –a los más 
afectados por la cosificación– pertenece ante todo la fantasía 
de ganarse la lotería y disponer de una cantidad enorme de di-
nero, o aun de todo el dinero del mundo. Para esta conciencia 
que identifica el poder con el atesoramiento de dinero, y que 
permanece, en esa medida, presa de las representaciones coti-
dianas, la idea del capital como valor en proceso es casi inacce-
sible. Su funcionamiento es esencialmente reactivo: el ensueño 
de nadar en dinero –tal como lo hace el personaje de Disney– 
es en el fondo un deseo de evasión de los espantos del trabajo 
alienado. Un problema que recurrentemente se le plantea a la 
cultura de masas es cómo otorgar alguna dignidad estética a 
una fantasmagoría tan crasamente prosaica y, al mismo tiempo, 
tan saturada de fetichismo como lo es el dinero. La sustitución 
clásica es la de las mistificaciones del papel moneda por las de 
objetos dotados de un poder mágico de seducción, y que a me-
nudo proceden de universos precapitalistas o externos al capi-
talismo: la piedra lunar en la novela de Collins, el diamante del 
rajáh en las Nuevas mil y una noches de Stevenson, el anillo de 
los nibelungos wagneriano o aquel que es objeto de adoración 
demencial por parte de Gollum (y muchos otros caracteres) en 
el fantasy de Tolkien. La ambivalencia de estas configuraciones 
de la riqueza es sugestiva: por un lado, el distanciamiento res-
pecto del “mero” capital, del “mero” dinero existentes y prosai-
cos delata un deseo de evasión frente a la Modernidad alienante 
y alienada. Por otro, detrás del tratamiento sublimado se hacen 
visibles los rasgos del dinero –y del capital– tal como se le pre-
sentan a la conciencia cotidiana. La operación es comprensible: 
atribuir a objetos una fuerza mágica de atracción ligada al mal 
no solo moraliza y personifica al dinero; también permite una 
catarsis consolatoria, en la medida en que sugiere la existen-
cia de unas fuerzas del bien capaces de oponerles resistencia y, 
eventualmente, destruirlos. Lo llamativo es la centralidad que 
volvió a tener este motivo justamente en una época que, como 
la nuestra, ha asistido a un proceso de desaparición progresiva 
del “dinero físico”. Si, al menos a partir de 1973, el dinero se ha 
“desmaterializado”; si el mundo, por primera vez en su historia 
“se atiene a formas inmateriales del dinero”,220 y si este proceso 
no ha hecho otra cosa que intensificarse en las últimas décadas, 
la demonización (o incluso la idealización) de objetos mágicos 
funciona en nuestro tiempo, a semejanza de otros procesos que 
hemos analizado, como expresión de nostalgia que una época 
plagada de incertidumbres siente por formas de materializa-
ción de la riqueza que aún podían ser señaladas con el dedo y 
sostenidas en la mano. Un horror más inquietante que el de las 
piedras lunares, los carbunclos azules y las coronas de berilos es 
el que podría producir el análisis de los vertiginosos modos de 
circulación del dinero, que, en las últimas décadas, ha acrecen-
tado su espectral objetividad. Harvey ha puesto acertadamente 
a la desmaterialización del dinero en relación con las crisis de 
representación que definen a la así llamada postmodernidad: 
en la medida en que la desvinculación del sistema financiero 
“de la producción activa y de cualquier base monetaria material 
pone en cuestión la confiabilidad del mecanismo fundamental 
mediante el cual se representa el valor”, no es difícil advertir 
220 Harvey, David, La condición de la posmodernidad, p. 328.
Miguel Vedda202
cómo todo esto puede crear una crisis más general de 
representación. El eje del sistema de valores, al que el ca-
pitalismo ha apelado siempre para validar y evaluar sus 
acciones, se ha desmaterializado y desplazado, los hori-
zontes de tiempo colapsan y es difícil decir exactamente 
en qué espacio estamos cuando se trata de evaluar las 
causas y los efectos, los significadosy los valores.221
Las conexiones entre las crisis de sentido de nuestro tiempo, 
nostálgicamente cuestionadas por los críticos contemporáneos 
de la cultura, y la locura de la razón económica se tornan parti-
cularmente visibles a partir de las mutaciones del dinero duran-
te la fase neoliberal. Marx había observado ya hasta qué punto 
el impulso que arrastra al dinero a un proceso de valorización 
infinita, incesante es locura (Verrücktheit), pero la locura, cier-
tamente, como un factor de la economía que incide en la vida 
práctica de los pueblos.222 Semejante locura, intensificada más 
allá de cualquier frontera, se encuentra entrañablemente vin-
culada con las ansiedades y expectativas de una época –la nues-
tra– que se enfrenta con el capitalismo finalmente globalizado 
como con un universo sin límites. 
221 Ibíd., pp. 329 y s.
222 Cf. Marx, Karl, Elementos fundamentales para la crítica de la economía 
política, vol. I, p. 209. La edición que citamos coloca, curiosamente, 
“incoherencia” para lo que preferimos traducir como “locura”. Hay que 
destacar que el verbo verrücken, empleado frecuente –e insidiosamente– 
por Marx, designa, en sentido literal, un desplazamiento “Wegrücken, an 
einen anderen Platz rücken”; y, en un sentido figurado, una perturbación 
mental o una ocurrencia extraña o desquiciada. Cf. la definición de ver-
rückt: “geisteskrank; überspannt, nicht recht bei Verstand […]; unsinnig, 
sehr mekwürdig, vom Normalen stark abweichend (Einfall, Gedanke, 
Tat) (cf. Wahrig, s.v. “verrücken” y “verrückt”).
Capítulo III
Horrores literarios y realidad política
1. El auge del horror en la literatura argentina reciente 
Durante los últimos años se ha impuesto la convicción –o, 
por lo menos, la sospecha– de que la ficción de horror está dis-
frutando, en la actualidad, de un auge que nunca antes había 
tenido dentro de la literatura argentina. El surgimiento de un 
conjunto de escritores talentosos habría permitido, según se 
comenta, que el horror sea reconocido ya como un auténtico 
poder por las potencias de la crítica y el mercado, de modo que 
los fantasmas del terror literario pueden exponerse abierta-
mente ante todo el mundo, y sus autores encuentran mejores 
condiciones para expresar sus modos de ver, sus objetivos, sus 
tendencias, y para alcanzar a un público aún más masivo. Se 
dice que la narrativa de horror está “tomando fuerza como no 
se dio antes. Es un momento que vamos a recordar más ade-
lante. La mirada editorial sobre el género va a ser impensada 
en unos años porque ya está en plena metamorfosis”; hoy “el 
terror está dejando de ocultarse, está saliendo de ese lugar que 
se mira con desprecio y diciendo ‘llegué para quedarme’”.223 En 
223 “Escribir terror en Argentina”, nota de Julián Mocoroa y Martín Riano 
(en: https://eterdigital.com.ar/escribir-terror-en-argentina/). La de-
claración citada es de Narciso Rossi. Cf. también, sobre el auge del horror 
argentino, el libro de Sandra Gasparini Las horas nocturnas. Notas sobre 
terror, fantástico y ciencia (Buenos Aires / Los Ángeles: Argus-a, 2020), 
pp. 119 y s. También el artículo, de la misma autora, “Últimas inflexiones 
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 205204
las declaraciones de autores y editores identificados con el te-
rror se percibe a menudo una oscilación entre la glorificación 
artificiosa –y muy trillada– de las ventajas de la clandestinidad, 
y la celebración de la actualidad de un género que finalmente 
habría conquistado el reconocimiento desde siempre merecido 
y continuamente postergado. Todo un conjunto de diferencias 
nos sugiere pensar que sería erróneo equiparar este apogeo de 
una forma antes marginal en la literatura argentina con el ho-
rror boom norteamericano de las décadas de 1970 y 1980. Pero 
un hecho es cierto: el éxito comercial y el reconocimiento con-
quistados por la obra de Stephen King, como, en general, los 
cambios que tuvieron lugar en la literatura de masas durante 
las últimas décadas, ayudaron a que la lectura de la literatura 
de horror dejara, hasta cierto punto, de representar un pecado 
inconfesable y contribuyeron a que, en los autores, se fueran 
disipando las inseguridades y aprensiones en relación con una 
narrativa tradicionalmente estigmatizada. Sería muy cómodo 
resolver el problema recurriendo a algunas fórmulas estereo-
tipadas; señalar, por ejemplo, que los narradores argentinos 
muestran una recepción productiva de la obra de King, o que 
han realizado operaciones de traducción que traicionan crea-
tivamente al corpus original. Estas afirmaciones son ciertas en 
la precisa medida en que lo son en general los truismos. Son 
además la expresión habitual del sentido común biempensante 
de la literatura comparada contemporánea, que, basándose en 
modelos críticos enlatados estadounidenses y europeos, se con-
vence, y procura convencernos, de que deberíamos abandonar 
las perspectivas eurocéntricas y festejar la inventiva de nuestros 
de la narrativa argentina de terror: las novelas de Celso Lunghi”. En: Es-
tudios de Teoría Literaria. Revista digital: artes, letras y humanidades 7/13 
(marzo de 2018), pp. 51-59; y, con una perspectiva histórica más amplia, 
la presentación de Pablo Ansolabehere a un dossier instructivo y lúcido 
sobre el horror argentino: “Apuntes sobre el horror argentino”, publicado 
en el mismo número de Estudios de Teoría Literaria.
escritores. Semejante infantilismo se acerca bastante al de no 
pocas adaptaciones vernáculas de los estudios postcoloniales. 
Como el ideal –tan estadounidense– de la political correctness, 
buena parte de esas estrategias encierran un formalismo total-
mente coincidente con el multiculturalismo y el pluralismo 
postmodernos, con los que aquellas comparten el empeño en 
dilapidar todas las energías transformadoras en el nivel de la 
superficie de la vida social.224 Toda la prestidigitación formal 
sirve al interés que tienen los poderes económicos en que per-
manezcan intactas las estructuras. Y así como las versiones po-
líticamente más inofensivas de la teoría postcolonial florecen 
en los ámbitos académicos de los países que alguna vez fueron 
potencias coloniales, así también los translational turns com-
paratísticos, en su benévola aclamación pluralista de la diver-
sidad, tratan de borrar el proceso de “acumulación originaria” 
de una disciplina como la literatura comparada, que tiene sus 
orígenes en la expansión colonial. Una parte significativa de la 
teoría literaria promovida en los ámbitos académicos contem-
poráneos busca ofrecer, entre otras cosas, la versión postmo-
derna, edulcorada, de una tradición entrañablemente fundada 
en la violencia material.
224 Con plena justificación me señala Renake Bertholdo David das Neves 
que la vaciedad de esta retórica formalista acerca de la multiculturali-
dad ha contribuido a la explosión de la xenofobia: “Sospecho que la se-
rie de escisiones sociales en los mundos del trabajo creada por el capi-
talismo contemporáneo y la ‘celebración de las diferencias identitarias’ 
del postmodernismo crearon un fermento para la adhesión al fascismo 
de ‘fracasados’. Es importante dejar en claro que los fanáticos fascistas / 
antisemitas no son necesariamente anticapitalistas, ya que ese es un dis-
curso muy utilizado por los medios liberales (el peligro de los ‘extremos’ 
que la extrema derecha la ‘extrema’ izquierda –izquierda revolucionaria 
en nuestros términos– son la misma cosa con los signos invertidos; a fin 
de cuentas, ¿hay algo más burgués que el amor por la reticencia, por el 
‘equilibrado justo medio entre los extremos’? Tengo para mí que ninguna 
clase dominante, a lo largo de la historia, temió tanto el canto de la sirena, 
el difusor mayor de seudorrealidades”.
Miguel Vedda Cazadores de ocasos 207206
Una vez dicho esto, podríamos preguntarnos, de manera 
general, en qué se distingue el horror argentino de los últimos 
años, tanto del horror boom de hace 30 ó 40 años, cuanto de 
obras recientes, como El visitante o El Instituto; en particular,

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