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Primera edición, mayo de 2015 © David Álvaro García y Enrique Alberto Fonseca Porras, 2015 © Última línea, S.L., 2015 Oficina central: Luis de Salazar, 5 28002 Madrid Oficina de maquetación y diseño: Strachan, 11 29015 Málaga www.ultimalinea.es editorial@ultimalinea.es Ilustraciones de portada e interiores: Enrique Alberto Fonseca Porras Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) Última Línea no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación. Recordando que es el autor el único responsable de su contenido ISBN: 978-84-16159-70-3 IBIC: KJS, JPL, JPF http://www.ultimalinea.es mailto:editorial%40ultimalinea.es?subject= A nuestras familias. Ellos nos enseñaron que debemos perseguir nuestras metas por inalcanzables que parezcan. El esfuerzo convierte en realidades los sueños. Este libro no hubiese sido posible sin la ayuda y colaboración de María, Concha, Miguel, Miguel Ángel, Carlos, Jorge, Antonio José y Mercedes. Índice Prólogo, por Carlos Rodríguez Braun Introducción Sección 1. Crea una historia Capítulo 1. Diagnóstico de la realidad Capítulo 2. Crea los personajes de la historia Capítulo 3. Inventa una solución Sección 2. Encuentra a tu público Capítulo 4. Construye tu marco Capítulo 5. Adáptate al marco de tu audiencia Capítulo 6. Encuentra tu segmento Sección 3. Llega a tu público Capítulo 7. La importancia de los medios de comunicación Capítulo 8. Construyendo una estrategia de marketing desde 0 Entrevistas Pablo Casado Blanco, portavoz de campaña del PP María González Veracruz, vicesecretaria de política electoral del PSOE Jorge Verstrynge, colaborador de Podemos Conclusiones y Bibliografía Marketing político para un nuevo escenario Las 5 lecciones de marketing marxista Bibliografía Prólogo por Carlos Rodríguez Braun El caballo de Troya no era un regalo y el pañuelo de Desdémona no era una prueba. Si los troyanos vieron en el coloso de madera una inofensiva ofrenda a Atenea y si Otelo quedó convencido de la infidelidad de su mujer fue por unos hábiles relatos urdidos por el astuto Sinón y el insidioso Yago. Pues bien, de eso va este libro. Dirá usted: no, porque la clave de ambas estrategias era mentir, y la política es otra cosa. Pues no estoy seguro de que sea otra cosa, y de eso va este prólogo. David Álvaro García y Enrique A. Fonseca Porras señalan una incuestionable verdad: el marxismo se ha concretado en los regímenes políticos más criminales y devastadores que jamás hayan sido perpetrados contra los pueblos de la Tierra en toda la historia de la humanidad, y, sin embargo, ser marxista, comunista o socialista no es ningún estigma, más bien al contrario. Usted puede afirmar: «soy comunista», y a lo sumo lo considerarán una persona quizá algo exagerada, pero en el fondo buena, quizá no perfecta en sus razonamientos y recomendaciones, aunque sin duda inobjetable en sus fines. Pero si usted proclama «soy nazi» entonces ya será una persona perdida para la sociedad, será usted extremista, agresiva, intolerante, fanática, criminal, y convendrá confinarla en los márgenes de la comunidad aunque se pase usted toda la vida pidiendo perdón. La situación es realmente llamativa, no sólo porque las víctimas del comunismo fueron muchas más que las del fascismo, sino porque las bases ideológicas de ambos totalitarismos son bastante parecidas: no por casualidad el primer aliado de Stalin fue Hitler. Precisamente, su cambio de bando constituyó la más hábil maniobra política que el comunismo haya acometido nunca. La victoria aliada situó a Stalin en la foto de los «buenos», cuando en 1945 los comunistas habían matado ya a millones de trabajadores. Y más que matarían después, de hambre y en atroces campos de concentración… pero de todo esto no habrá visto usted muchas películas, ¿verdad que no? Lograr eso, lograr que el comunismo no sea un sistema apestado ni siquiera tras la caída del Muro de Berlín, no es fácil. Conseguir que cuando pensamos en campos de concentración pensemos en los nazis y no en los comunistas, que cuando pensamos en víctimas de la Guerra Civil Española no pensemos en las provocadas por la izquierda, y que cuando pensamos en violaciones de los derechos humanos en América Latina pensemos en Pinochet y no en Fidel Castro, todo ello requiere mucha destreza en la propaganda. Y diestros son los autores del presente libro al analizar el marxismo no en sus sanguinarios resultados reales sino en sus brillantes resultados propagandísticos, en concreto en el caso más reciente, el último camelo marxista: el fenómeno de Podemos. Álvaro García y Fonseca Porras brindan el análisis más atinado que conozco sobre lo que llaman «El Método Podemos», explican las claves de sus notables logros, y argumentan que es un método que los partidos no marxistas pueden utilizar con provecho. Sólo matizaría su análisis en un punto, el de la mentira y la verdad, que abordaré en seguida. El marxismo parte de la base de inventarse un problema derivado de un conflicto: la opresión y miseria de la clase obrera por culpa del capitalismo; y una solución: el socialismo. Desde el propio Marx en 1867, al final del capítulo 24 de El Capital, el marxismo siempre ha sostenido que la solución requiere el sacrificio de algunos individuos, ya se sabe, para hacer una tortilla hay que romper huevos, como sentenció ese afamado protosocialista, Robespierre. La clave para que dicho sacrificio sea asumible por los actuales o potenciales partidarios del socialismo estriba en machacar con la idea de que ellos, dichos partidarios, jamás serán las víctimas, que se limitarán un grupo reducido, privilegiado y odioso. Todo ello, lógicamente, facilitará la transición al edén progresista. Marx subraya, así, que el paso del capitalismo al socialismo será mucho más sencillo que el paso del pre-capitalismo al capitalismo, porque éste requirió que unos cuantos usurpadores expropiasen a la masa del pueblo, mientras que el socialismo apenas requerirá que la masa del pueblo expropie a unos cuantos usurpadores. Aunque nunca debemos olvidar que millones de trabajadores murieron merced a esta monstruosa mentira, nuestro objetivo ahora es diferente: se trata de entender cómo fue posible que tanta gente la creyera. Y la explicación nos conduce desde el comunismo más carnívoro hasta la socialdemocracia más vegetariana, y más interesante por haber sido más perdurable y generalizada. Podemos es un ejemplo del pensamiento mágico y simplista que caracteriza al antiliberalismo. Identifican un mal, digamos, la pobreza, y rápidamente dan con la solución: más gasto público en subsidios, rentas básicas, etc. Ante los desahucios, la receta es obvia: prohibirlos, y que las personas sin vivienda se alojen en los domicilios vacíos. «Será por casas en España», bromeó Pablo Iglesias en un reciente discurso, dando testimonio una vez más de que detectar su escalofriante totalitarismo no necesita de pesquisas detectivescas, porque es del todo transparente: simplemente, hablan como si el gasto público fuera gratis y como si las viviendas vacías no fuesen de nadie. El narcisismo, ese pueril autoengaño psicológico, está presente en la fatal arrogancia intervencionista, y es paradigmático en Podemos. Se creen que son mejores que los demás, lo que está lejos de ser evidente, y se creen que son un partido nuevo, cuando son rancios en sus vetustas banderas socialistas —y también fascistas, como el nacionalismo. Sus recomendaciones y recetas son insostenibles, y peligrosas en su recurso sistemático a los recortes de derechos y libertades, que procuran disfrazar con el truco de que bajo Podemos sólo padecerán «los ricos». Como están ansiosos por ampliar su base electoral más allá de las locuras comunistas, proponentoda clase de cosas todo el rato, porque están probando diversas estrategias, para sondear hasta qué punto su electorado potencial las acepta o rechaza, o para dar la impresión de que tienen ideas. Todas estas ideas repiten el patrón colectivista vestido de bondad y progreso: en Madrid sugirieron acabar con la fiesta de los toros. En Andalucía apuntaron a prohibir la Semana Santa: tras el revuelo, se presentaron como realistas, alegando que «se hará lo que el pueblo quiera», es decir, un totalitarismo de manual, porque los derechos y libertades individuales nunca pueden depender sencillamente de lo que el pueblo quiera, pero se trata de detalles de poca monta en un partido dispuesto a expropiar fincas –hace no mucho tiempo estaban también dispuestos a emplear la violencia para acallar las voces discrepantes: lo hicieron reventando conferencias de Rosa Díez y Josep Piqué, en la propia Universidad. Este ir y venir, descarado en Podemos, no es ajeno a la dinámica propia de la política democrática, que es diferente de la de las empresas privadas. Es lógico, como dicen los autores, que las empresas necesiten «crear un discurso coherente para ganar la confianza del público», pero lo que es arduo es la coherencia en el caso de los políticos a la hora de tender el «puente entre la ideología del partido y las necesidades de los distintos grupos de la sociedad». Este objetivo ilustra la brecha entre la sociedad civil y la política. Las empresas, que no pueden financiarse coercitivamente, tampoco pueden ser incoherentes ni perjudicar los intereses de sus clientes en la sociedad civil. Si lo hacen, quiebran y desaparecen. En los Estados no sucede eso: reconocerá el lector que los Estados cometen toda clase de tropelías políticas, y toda suerte de onerosos despilfarros económicos, y sin embargo no desaparecen; al contrario, vemos que tras una crisis que ellos mismos han provocado y prolongado, el desenlace es que ahora son más grandes y están más fuertes que nunca, entre absurdas jeremiadas que proclaman el triunfo del liberalismo y la extinción de «lo público». La explicación de esta aparente paradoja reside en que los propios ciudadanos no somos coherentes con el Estado como lo somos con las empresas: típicamente, queremos que el Estado aumente el gasto público pero no lo queremos pagar. Esta contradicción traslada a la política democrática una solución que sólo es posible si los gobernantes asumen ellos mismos la contradicción, y la zanjan conforme a sus propios intereses en cada momento. Al hacerlo, necesariamente socavan la ética por mor de consideraciones tácticas que disuelven valores morales en aras de la force majeure, es decir, los llamados intereses generales, categoría dentro de la cual las autoridades escamotean los suyos propios. Así, Mariano Rajoy prometió bajar los impuestos y después los subió: ninguna empresa podría engañar de esa manera y sobrevivir. El PP, con todos los problemas de «marketing» que subrayan con acierto Álvaro García y Fonseca Porras, no sólo no ha desaparecido sino que mejora en sus expectativas electorales, atribuyéndose falazmente, como era de esperar, el mérito de los buenos resultados de la economía española. El discurso de los demás partidos es similar. Recuérdese el «dilema» de Rodríguez Zapatero, el apreciable embuste de aducir que había hecho lo mejor para el interés del país, sacrificando el suyo propio. Toda su presentación fue y es tan populista como la de Rajoy o la de Pablo Iglesias, con la reiteración de los malvados «mercados» a los que se demoniza antropomorfizándolos: «tienen cara y ojos… nos atacan», cuando no se trata más que de las consecuencias de estrategias políticas que buscan maximizar el poder y minimizar los costes que su habitual ejercicio intervencionista conlleva. No digo que todos los políticos sean idénticos, ni que lo sea su mendacidad. Mi hipótesis es que la lógica de la política moderna es en buena medida incompatible con la verdad. Esto requiere que los políticos asignen un elevado porcentaje de sus energías a la propaganda, única manera de desactivar la reacción indignada de sus súbditos ante la creciente opresión fiscal, política y legislativa: de ahí, por ejemplo, el empeño en que los impuestos suben «para salvar el Estado del bienestar», o en lanzar campañas contra el fraude, cuyo objetivo, más que recaudar, es desviar la atención de los (mal llamados) contribuyentes, e intoxicarlos con la consigna de que los únicos impuestos realmente malos son los que aún no se pagan. Que hay matices me parece patente. Por ejemplo, Podemos aún no está en el Gobierno, ni lo ha estado antes, con lo cual puede exagerar la tomadura de pelo política habitual, y prometer un paraíso aún más deslumbrante que el que auguran los demás, que son juzgados con mayor severidad, precisamente porque no son unos recién llegados al ágora. En todo caso, todos deben componer un «relato», como en mi Argentina natal gusta de denominar la dinastía Kirchner a su falsaria reescritura de la historia. David Álvaro García y Enrique A. Fonseca Porras exponen con maestría el relato de Podemos, poniendo especial énfasis en cómo lo cuentan, en su magistral manejo de los medios de comunicación, manejo en el cual tienen brillantes antecedentes: por poner el ejemplo de un medio que conozco bien, la radio sirvió en los años 1930 y 1940 como un gran recurso de marketing político. El libro destaca el papel de Charles De Gaulle en la Segunda Guerra Mundial; yo habría subrayado el de Franklin D. Roosevelt, porque es anterior y porque repite buena parte de las mentiras dogmáticas de Podemos a la hora de propiciar su agenda liberticida revistiéndola de generosa atención a los más débiles, supuestamente hostigados por el capitalismo, el mercado y las empresas. En resumen, mi única diferencia con los autores radica en que no estoy seguro de que se pueda aplicar el Método Podemos sin mentir. Es más, no estoy seguro de que se pueda ganar en política sin mentir. Los Estados modernos, enormes y redistribuidores, imponen una dinámica de selección de damnificados, subrayando la visibilidad de los beneficios concretos y ocultando la generalización de los costes menos visibles, que dificulta el empleo políticamente provechoso de la verdad. Termino con dos melancólicas evocaciones latinoamericanas. La primera tuvo lugar hace un cuarto de siglo en la Universidad Menéndez y Pelayo de Santander, adonde Pedro Schwartz nos convocó a amigos y discípulos a discutir sobre la obra de Karl Popper con el propio filósofo (de ahí salió el libro Encuentro con Karl Popper, Alianza Editorial, 1993). En un momento dado, Mario Vargas Llosa, que un tiempo antes había disputado la presidencia del Perú frente a Alberto Fujimori, le planteó a Popper el siguiente dilema: ¿habría sido lícito mentir para derrotar a Fujimori, mentir por una buena causa, porque el candidato victorioso había probado ser un desastre como presidente del país? Popper, que según me dijo había dejado de ser comunista cuando descubrió cuánto mentían los comunistas, lo negó de plano: en ningún caso se puede mentir para ganar las elecciones. Quedó en la sala la incómoda sensación de que, entonces, con la verdad, es muy difícil ganarlas. La otra evocación es incluso anterior. Es un antiguo dibujo de Quino que muestra en una serie de viñetas a un político veterano que pronuncia un discurso ante un pequeño grupo de ancianos en una sala semivacía. Y dice algo parecido a esto: nuestro partido nunca mintió, nunca engañó, jamás prometimos nada que no pudiéramos cumplir, respetamos la libertad y los derechos de todos, nunca nos aliamos con quienes no compartían nuestros principios, jamás corrompimos ni nos corrompimos, etc. etc. En la última viñeta, el viejo político se derrumba llorando sobre el atril con esta conclusión: ¡Y no hemos gobernado nunca! Introducción La irrupción de Podemos en el panorama político español presupone la conclusión del periodo de bipartidismo de facto que hemos conocido. Decimos «de facto» porque no hay que olvidarel peso que tienen los nacionalistas en sus respectivas comunidades o la importancia que han llegado a tener algunas formaciones como Izquierda Unida. En cualquier caso, sí podemos hablar de una dinámica según la cual lo que ganaba el PP lo perdía el PSOE y viceversa. Esto ya no es así. Entramos en un nuevo escenario, con nuevas claves y una nueva forma de estructurar los discursos. Antes, la alternativa ante una mala gestión del Gobierno era obvia: votar el partido de la oposición. A partir de ahora, nos encontramos con varias marcas electorales con posibilidades reales de gobernar o, al menos, de lograr una influyente representación en el Parlamento. De esta forma, las formaciones políticas tienen que crear un mensaje que justifique claramente por qué hay que votarles. Al margen de discrepancias ideológicas, debemos reconocer que Podemos ha sido capaz de hacer eso desde el primer día. Esto explicaría su éxito sin precedentes. En menos de un año han pasado de no existir a encabezar algunas encuestas de intención de voto. Jamás se había visto un fenómeno semejante en la democracia española. Incluso es difícil encontrar casos parecidos en otros países. Algunos analistas consideran que este triunfo no se debe a la buena praxis de Podemos sino a una situación de descontento ciudadano fruto de la crisis económica. Sin embargo, ¿cuántos otros partidos podrían haber capitalizado esa situación y no lo han conseguido? ¿Por qué Podemos y no Izquierda Unida, con un ideario muy parecido y mucha más tradición? ¿Por qué no UPyD, que contaban con una líder conocida y mediática como pocas? En los últimos años se han creado numerosos proyectos, desde la izquierda hasta la derecha, llamados a llenar ese vacío de representación que señalaban todos los expertos. Hasta ahora, sólo uno lo ha conseguido. No reconocerles el mérito es negar la realidad. Incluso la coalición griega Syriza, señalado como su homólogo en el país heleno, necesitó años para llegar al lugar donde Podemos está en sólo un año de andadura. No es exagerado decir que se debe aprender de Podemos. De hecho, ha sido el primer partido en utilizar auténticas técnicas de marketing aplicadas a las elecciones. Precisamente eso es lo que vamos a analizar en este libro. Hace ocho años, Obama puso en valor la importancia de las redes sociales en política. Hoy en día es inconcebible que un candidato no tenga un perfil en Facebook o en Twitter. En un futuro próximo, muchas de las técnicas que vamos a exponer aquí también se convertirán en un estándar en el día a día de todos los partidos. Hablamos de marketing y no de comunicación. El marketing político se centra en la necesidad de satisfacer las demandas de los votantes mientras que la comunicación política persigue hacer llegar nuestras ideas a la ciudadanía. Dicho de otra forma, marketing es el modo de crear el discurso y comunicación es el canal. Mientras escribíamos este libro, realizamos varias entrevistas a distintos asesores de los principales partidos. Nos llamó la atención que muchos de ellos se sintieran incómodos con el término «marketing» aplicado a la política. A menudo se asocia el marketing con tácticas publicitarias agresivas y de dudosa eficacia. Nada más lejos de nuestra propuesta. Nosotros nos vamos a centrar en cómo crear un discurso efectivo utilizando las técnicas que ha introducido Podemos. ¿Qué es el discurso? El discurso es el modo de organizar la percepción que tenemos de la realidad. Cuando leemos la sección internacional de un periódico vemos una selección de noticias. Lógicamente, ese día, en el mundo han ocurrido muchas más cosas de las que podemos leer. Sin embargo, el jefe de sección ha realizado una selección de acontecimientos y los ha interpretado basándose en su punto de vista. En su discurso. Todos hacemos lo mismo y por eso hay diagnósticos y soluciones distintas para lo que pasa a nuestro alrededor. Los políticos, con sus programas electorales, nos ofrecen nuevas herramientas con las que entender esa realidad y, sobre ellas, proponen unas soluciones para mejorarla. Ése es su discurso. Su producto. La razón que nos motiva a votar a uno o a otro. La clave sobre la que orbita la relación entre un partido y los ciudadanos. El marketing es una disciplina que nos permite sistematizar este trabajo. Ése es el objeto de estudio de este libro. Y lo hacemos a través del análisis del discurso de Podemos. Entender a Podemos es entender a los intelectuales que les han inspirado. Por eso el título original de este libro era «Marketing marxista para partidos políticos no marxistas». A través de estas páginas haremos un recorrido por la filosofía marxista. La diferencia es que, en lugar de hacerlo desde una perspectiva ética, política o económica, lo vamos a hacer desde un punto de vista marketiniano. Ésa es la gran innovación de Iglesias y sus adláteres. MARX TENÍA RAZÓN Existe una máxima cuasi incontestable dentro de los partidos políticos de centroderecha en Europa en general, y en España en concreto, que responde a la creencia de una mala política comunicativa. No existe conversación entre dos o más votantes del centroderecha en la que no se acabe aludiendo a esa idea de que el gran problema político es que se comunica mal. Frente a esto, hay otro lugar común en el imaginario colectivo: que la izquierda comunica mejor. La prueba palmaria en estos momentos es Podemos. No hay mayor ejemplo de esa victoria comunicativa de la izquierda que la existencia de partidos comunistas, o de inspiración comunista, con cierto apoyo social. Son muchos los que consideran que no existe comparación posible entre fascismo y comunismo, que en origen, ese planteamiento dicotómico es erróneo, una contraposición injusta y falaz. Pero la realidad, desde el punto de vista pragmático y no ideológico, es que son movimientos que, a tenor de la Historia, pueden verse como las dos caras de una misma moneda. Así, el socialismo marxista se ha demostrado incapaz de cumplir con sus propósitos más románticos e idílicos dentro de la arena política, derivando, en la mayoría de las ocasiones, en el cumplimento de lo opuesto a lo que propugnaba previamente. La falta de libertad, la destrucción de la riqueza, las desigualdades económicas y, en gran parte de la Historia, la represión y los crímenes atroces contra la población civil, han sido una realidad irrefutable de su pasado. Esa retroalimentación histórica entre fascismo y comunismo puede verse ejemplificada en el hecho de que Fidel Castro en junio de 1961 sintetizase el eje de la política cultural socialista cubana con la siguiente frase: «Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución, nada». Una frase cuyo origen lo encontramos en el pensamiento colectivista de Mussolini: «Todo en el Estado, nada contra el Estado». Por lo tanto, colocar en el mismo plano dos visiones aparentemente antagónicas pero con claros nexos de unión como son fascismo y comunismo no es ninguna aberración intelectual. Para disipar cualquier atisbo de duda, sería aconsejable rememorar la comparación establecida por la pensadora Hannah Arendt y plasmada en su obra «Los orígenes del totalitarismo», publicada en 1951, donde trata de demostrar que ambos movimientos beben de las mismas fuentes. Sin embargo, mientras los partidos fascistas, por suerte para nuestra sociedad, fracasaron en su intento de continuar el relato político emprendido por sus ideólogos, el comunismo mantiene su magnetismo entre intelectuales, artistas y políticos. Podemos decir que, en Europa, el fascismo murió en su práctica totalidad con Hitler y Mussolini, dando algunos coletazos residuales en ciertos momentos puntuales y en lugares diferentes del continente europeo. El comunismo, sin siquiera cambiar de nombre, sigue vivo a través de formaciones con representación en todo Occidente. Esta paradójica situación se explica por el éxito del marketing marxista que han empleado dichas formaciones (pese a que nunca lo llamen por este nombre). Un marketing que no es coto exclusivo del marxismo y que esigualmente aprovechable por cualquier otro punto del espectro político. Técnicas similares a éstas son las que fraguaron la figura política de alguien como Margaret Thatcher, quien protagonizó un cambio de modelo comunicativo. Fue la primera en contar con un equipo de expertos en relaciones públicas y publicistas para que apuntalasen su estrategia. Aconsejada por ellos, fue de las primeras personas que cuidó cuestiones estéticas como su voz o su presencia. Así descubrimos que acudía con regularidad a un especialista para lograr mitigar el estridente timbre de voz con el que contaba o cómo logró convertir sus trajes azules, sus perlas, sus bolsos y su peinado en una de sus señas de identidad más reconocibles. Thatcher no solo comunicaba, creaba marca. Una marca de tanto éxito que logró tener su propio «ismo»: el thatcherismo, que logró ganar todas las elecciones desde 1979 hasta su retirada política. Si en aquella Inglaterra de finales de los 70 los conservadores descubrieron la importancia de la comunicación política, hoy en día, en un contexto diferente, con una sociedad en constante evolución, un partido nuevo como Podemos ha descubierto el valor del marketing político. Este libro pretende, entre otras cosas, animar a aprender de estos nuevos movimientos en lugar de quejarse de ellos. Y ganarles en su propio terreno. Para ello, se debe dar la batalla dentro de un nuevo marco conceptual y contextual. El hecho real y tangible es que la inmensa mayoría de la literatura marxista y de su sustento ideológico, están basadas en el marketing político. En contraposición a esto, muchos intelectuales liberales se han centrado únicamente en cómo gobernar, dejando de lado el paso previo: cómo llegar al Gobierno. Aunque parezca sorprendente, vamos a derribar una de las máximas políticas de nuestro tablero de juego. Es la idea de que el Partido Popular comunica mal. No es cierto. El problema del Partido Popular no es su comunicación. Es su marketing. Basta trazar un breve recorrido por la historia moderna del partido. Fue el primer partido político que creó un canal de comunicación online con los ciudadanos. Lo hizo en 1999, un año después del nacimiento de Google. Han sido pioneros y punteros en el uso de redes sociales (Esperanza Aguirre o Mariano Rajoy fueron de los primeros políticos en contar con una cuenta en Facebook y ambos son tremendamente activos en Twitter) y a pesar de todo ello, en el terreno del marketing, la izquierda gana por goleada. Hasta ahora ese planteamiento podría funcionar. El centroderecha tiene las riendas de la comunicación y la izquierda las del marketing. El problema es que el escenario ha cambiado. Podíamos continuar sin una estrategia de marketing definido puesto que nos movíamos en un sistema de juego de suma cero, donde lo que perdía el PSOE lo ganaba el PP y viceversa. Pero la irrupción de nuevos actores políticos en el tablero obliga a replantear posiciones y estrategias. Es el momento de reforzar la estrategia en uno de los puntos más débiles: el marketing. Y para ello, como sucede en todos los campos de la vida, lo mejor es aprender de los maestros, de aquellos a los que les ha funcionado una estrategia marketiniana estudiada y medida. Esos no son otros que la izquierda en general y Podemos en particular. A partir del análisis de este partido, nuestro objetivo con este libro es darles un sentido práctico a filósofos que parecían condenados a quedarse en el mundo académico. Vamos a revisitar a autores como Antonio Gramsci o Jacques Lacan para sacar conclusiones que pueda ser de utilidad en el día a día de una agencia o un departamento de marketing. También vamos a prestar atención a casos reales donde, de forma voluntaria o involuntaria, se han aplicado muchos de estos principios. Lo que tienes en tus manos no es sólo un libro sobre Podemos, es un libro de marketing desde una perspectiva filosófica o un libro de filosofía aplicada al marketing. Pero ¡No te asustes! También te ayudaremos a poner en práctica todos los principios teóricos que vas a leer. Te animamos a recorrer con nosotros este viaje por los fondos más inexplorables del marketing marxista de la mano de dos personas que conocen y tienen interiorizado los principios inalienables de un sector al alza. David Álvaro ha sido alumno del líder de Podemos, Pablo Iglesias. Sus años en la Facultad de Ciencias Políticas le han servido no solo para conocer de primera mano la estrategia del triángulo formado por Iglesias-Errejón- Monedero, sino también para estudiar y desgranar el pensamiento de sus referentes ideológicos. Contertulio en La Tuerka y Fort Apache, ha sabido entender la lógica marketiniana marxista y las posibilidades de su aplicación práctica en los partidos no marxistas. Es licenciado en Ciencias Políticas (UCM), especialista en Administración Pública. MBA y Máster en Comunicación Política y Empresarial. Cuenta con estudios en Economía (Mercados Financieros por la Universidad de Yale y Macroeconomía por la Universidad Irvine de California), en «Habilidades Directivas y Toma de Decisiones» (Universidad Rey Juan Carlos) y en «Negociación y Resolución de Conflictos» (Bureau Veritas Business School). Actualmente trabaja como asesor político. Enrique Fonseca es consultor externo de marketing. A lo largo de su trayectoria profesional, ha trabajado para varios partidos políticos en distintos niveles de la Administración y para empresas privadas en tres continentes diferentes. Sus conocimientos han servido para aplicar gran parte de los consejos que ofreceremos a lo largo de estas páginas con un alto porcentaje de éxito. Licenciado en Periodismo y Comunicación Audiovisual por la Universidad de Valladolid. Ha impartido cursos de marketing en el «Máster de Comunicación en Eventos» (Istituto Europeo Di Design) y en el seminario «Comunicar en política» ( Universidad Rey Juan Carlos). Os animamos a dejaros llevar, disfrutar de esta aventura y a cuestionar todo aquello que aquí planteamos. La esencia del marketing político es tan grande como cada uno quiera que sea. Antes de subirse a este tren y recorrer este viaje, se hace imprescindible conocer las contraindicaciones de este libro. «O eres parte de la solución, o eres parte del problema» Eldridge Cleaver Estudia la realidad Años después de abandonar el Gobierno, Margaret Thatcher reconoció que su mayor logro había sido la propia existencia de una figura política como la de Tony Blair. No era una broma. En sus más de diez años como primera ministra consiguió dar la vuelta al entramado político. Con una inteligencia desbordante y una calculada estrategia de marketing, Thatcher estableció las nuevas reglas de juego no sólo para su propio partido sino también para la oposición. Los laboristas pasaron de ser ese partido que, en los años 70, proponía nacionalizar hasta las funerarias, a que en la década de los 90 se transformasen en una «tercera vía» basada en una laxa socialdemocracia que abrazaba la economía social de mercado y el liberalismo progresista. A menor escala, se podría trasladar ese mismo ejemplo a la España de José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero. Los ocho años del PP en la Moncloa no sólo sirvieron para transformar la economía y modernizar el Estado, sino que además dibujaron una nueva lógica política que incluso Zapatero se vio obligado a mantener durante su primera legislatura. En lo referente a la economía, la gestión socialista en su primera etapa se define como continuista de los postulados ideológicos enunciados por los populares. En términos marxistas, o más concretamente, «gramscianos», diríamos que tanto Thatcher como Aznar consiguieron establecer una «hegemonía cultural». Es decir, no sólo ostentaron el poder sino que crearon un nuevo discurso dominante que habrían de seguir todas las formaciones políticas de sus respectivos países. Ambos políticos comparten también el haber obtenido una primera victoria electoral en un contexto de crisis del sistema donde el modelo político se mostraba incapaz de respondera las demandas ciudadanas. En septiembre de 1995, las encuestas del CIS situaban a la clase política en el segundo lugar entre las principales preocupaciones de los españoles, sólo por detrás del terrorismo de ETA, que en aquella época perpetraba una media de un atentado al mes con víctimas mortales. La situación de España era compleja: miembros del Gobierno encarcelados, corrupción institucional, crisis económica, un paro elevadísimo, un déficit público muy alto, una deuda de 60 billones de pesetas… Los sociólogos definieron aquel periodo como la «época de la crispación». Por su parte, Reino Unido en 1979 era un país al borde de la bancarrota, tutelado de facto por el Fondo Monetario Internacional y en el que la inestabilidad social se traducía en frecuentes huelgas masivas. Semejante situación llegó a su fin en el «invierno del descontento» en el que el primer ministro, James Callaghan, con unas cotas de popularidad bajo mínimos históricos, perdió una moción de censura presentada por los conservadores, lo que precipitó el adelanto electoral. En este tipo de contextos, siempre surge una posibilidad nueva. La oportunidad de ofrecer un discurso innovador, que otorgue un aire fresco a la política y que brinde la posibilidad de un cambio. Y fue ahí donde el centroderecha supo realizar un análisis certero de la situación y formular las preguntas que sólo ellos eran capaces de responder. Así consiguieron adelantarse a sus adversarios y ganar la hegemonía discursiva. Hoy en día, 20 años después, en España los partidos políticos vuelven a encontrarse entre las principales preocupaciones de los españoles. Las encuestas, si bien no tan clarificadoras como entonces, muestran que para una parte nada desdeñable de nuestra población, ese aire fresco ya no lo representa el centroderecha sino Podemos. Podemos es hoy el partido político que mejor ha sabido resumir la realidad en una serie de preguntas que sólo ellos pueden responder. En términos discursivos, ahora mismo tienen una ventaja competitiva que no es sino la antesala de la hegemonía. CLASIFICA LA SOCIEDAD Un campo poco explorado en el ámbito político y que nos ayuda a llevar a cabo un análisis exhaustivo de la realidad es la etnografía. Se trata de un método de investigación que consiste en observar las prácticas culturales de los grupos sociales para poder participar en ellos y así contrastar lo que la gente dice y hace. El análisis etnográfico nos proporciona una información sobre la vida social de nuestros votantes mucho más rica que la mayoría de los restantes métodos de investigación. A diferencia de un análisis de mercado clásico, aquí ya no clasificamos en torno a categorías estáticas y medibles (edad, sexo, situación geográfica), sino en función de motivaciones (parados, jóvenes ni-ni, jubilados, etc...). Se trata de un estudio cualitativo, en lugar de cuantitativo. El investigador social se convierte en observador participante analizando, desde dentro, las demandas y necesidades de diferentes colectivos. Es decir, convive con ellos durante un tiempo, recoge conversaciones y realiza entrevistas. Pongamos un ejemplo: los jóvenes. Hay jóvenes con formación, sin ella, con trabajo, desempleados, de izquierdas y de derechas. Utilizarlos como categoría de análisis implica asumir que todos tienen algo significativo en común cuando, en realidad, sus motivaciones pueden ser totalmente distintas. Sin embargo, los llamados «ni-nis» (jóvenes que ni estudian ni trabajan) comparten un punto de partida y unas expectativas en común. Por eso podemos estudiarlos como un grupo con coherencia interna. Siguiendo este modelo, encontraríamos que en España tenemos una serie de derechos garantizados como la participación en política, el voto, etc... Pero, ¿qué piensan los llamados ni-nis al respecto? Posiblemente el estudio de la etnografía política nos arrojaría como resultado que buena parte de ellos ni siquiera son conscientes de la importancia que tiene ser portadores de tales derechos y, por tanto, incapaces de ponerlos en valor. Sin embargo, sí son conscientes de que viven en casa de sus padres ante la imposibilidad de independizarse. Y de la frustración personal que supone no tener un trabajo. Continuando con el patrón que plantea este estudio, también veríamos cómo en nuestra sociedad hay personas que están siendo desahuciadas por no poder pagar la hipoteca, grupos minoritarios que viven en chabolas alejadas de los núcleos urbanos y, de nuevo, jóvenes de más de veinticinco años que aún viven en casa de sus padres. AGRUPA TODAS LAS REALIDADES EN UNA IDEA Aparentemente, tenemos una serie de perfiles distintos: es evidente que un joven universitario que vive con sus padres tiene poco o nada en común con una persona que duerme en la calle o un desahuciado. A este respecto, la respuesta que ofrece el marketing marxista ante esta disyuntiva es fácil y sencilla. Se sintetiza en una frase: «Gente sin casa y casas sin gente». Es decir, utilizando la teoría de Ernesto Laclau —pensador de cabecera del ideólogo de Podemos, Íñigo Errejón—, quien revisiona las teorías de sus principales referentes teóricos del siglo XX como Lacan, Saussure y Gramsci, formaríamos una realidad política que gravitaría sobre la figura del «significante vacío» construyendo un proceso hegemónico y disputando el sentido del discurso político. En este sentido, podríamos definir este tipo de superestructuras como la yuxtaposición de distintos significantes que se van a ligar a distintos significados a través de un lazo contingente (es decir, creado a propósito para ese fin), convirtiéndose en elementos del discurso que agrupan y dan sentido a distintas realidades que no tenían nada que ver entre sí hasta que alguien ha decidido aglutinarlas. Esto se traduce en que cada realidad particular es un círculo, con un significado concreto (ni-nis, desahuciados y sintecho). Necesitamos crear un nodo que sirva para otorgar un sentido general a todos esos problemas pese a que éste, en sí mismo, no represente ningún caso real. Explicado con un ejemplo más mundano. Aceite de oliva, bacon, vino blanco, huevos y queso rallado: todos estos elementos no tienen ninguna relación entre sí aparte de su condición de alimento. Se pueden combinar, o no, de infinitas formas (es decir, de forma «contingente»). Sin embargo, cuando hablamos de «salsa carbonara», estamos construyendo un concepto que interconecta todas estas realidades y les da un sentido de unidad. La salsa carbonara, intrínsecamente, no es una cosa real sino una idea, construida en nuestra mente, de cómo sumar distintas rea lidades que sí existen por sí mismas. Es un significante vacío. CREA EL PROBLEMA Errejón maneja con maestría los términos «desnaturalización» y «problematización» de la realidad. En su tesis doctoral, explica cómo las realidades por sí mismas no constituyen un problema político hasta que no se presentan como tal. Que haya un terremoto y en un barrio pobre se caigan algunas de las casas del vecindario puede tener significados diferentes: puede ser que la población culpe al terremoto, puede ser que la población culpe a los dioses malvados que les han enviado un temblor de tierra. Puede ser que la población culpe al alcalde, o culpe al ministro, o culpe al presidente… La atribución del significado político a los hechos sociales no es unívoca: es el objetivo de la lucha política. Así es como define Errejón el primer paso para la «desnaturalización» de una realidad. Continuando con el ejemplo acerca del problema de la vivienda, podemos afirmar que el hecho de no tener casa se puede deber a diversos factores. En unos casos puede deberse a la gestión irresponsable de un banco o un propietario, a que alguien se haya quedado en paro o incluso, a una caída en una espiral de drogadicción que lleve a la quiebra. Pero cuando hablamos de «gente sin casa y casas sin gente» agrupamos todas las situaciones en una misma realidad a la que convertimos en un problema político. Ya no es un simple drama sino el fruto de una determinadapolítica, con una víctima y un culpable. De esta forma, Errejón identifica tres etapas en la problematización: 1. Diagnóstico en el que definimos los problemas y los agrupamos en torno a una injusticia general. 2. Politización de la injusticia. Creamos unas identidades en pugna: culpables y víctimas (trataremos este punto en el siguiente capítulo). 3. Motivación para la acción en la que se argumenta la posibilidad de cambiar esa realidad (trataremos este punto en el último capítulo de la sección). En otras palabras: el hecho de que haya «casas sin gente y gente sin casa» es un problema fruto de una decisión tomada a propósito por el Gobierno. Por supuesto que hay solución y ésta pasa por cambiar la política de vivienda. El debate al respecto es infinito, incluso peligroso para el que está creando ese discurso. ¿Entendemos que de semejante afirmación se desprende que se persigue que no exista vivienda vacía alguna? ¿Eliminamos la posibilidad de que una persona con el fruto de su trabajo pueda optar a una segunda residencia? ¿Abolimos los hoteles por permitir tener habitaciones vacías a diario? o ¿les obligamos a ceder gratuitamente las habitaciones disponibles a personas sin recursos? Sin embargo, ante la falta de otra interpretación de esa realidad, la idea que persiste es que hay un «malo» que disfruta dejando sin techo a una parte de la población y, por tanto, una necesidad de crear una nueva política de vivienda que solucione la injusticia actual. ¿Qué hace a este nuevo paradigma una idea tan poderosa? PON UN NOMBRE A TU PROBLEMA Las realidades existen cuando tienen un nombre. Las startups han sido una figura clave en el sistema productivo desde los albores de la economía de mercado. Mercedes Benz fue una startup en su tiempo. La American Wright Company, la primera empresa de aeronáutica, fundada por los Hermanos Wright, fue una «startup». La Bell Telephone Company, Ford, IBM... todas ellas son ejemplos de «startups». Sin embargo, nadie las llamó por ese nombre. Es ahora cuando hablamos de startups como si fueran una categoría nueva y especial de empresa. Existen eventos, carreras universitarias y hasta políticas especiales para este tipo de compañías. Se trata de una realidad que ha estado siempre presente pero que no ha pasado a existir como tal hasta que alguien le ha puesto un nombre especial para referirse a ella. Por lo tanto, el primer paso para crear una realidad política es nombrarla. A este efecto, las palabras que escogemos son también una pieza clave para el posicionamiento. «Gente sin casa y casa sin gente» es, probablemente, una simplificación absurda, pero también una expresión que conlleva lógica interna y una pregunta. Una vez se ha introducido en el debate, obliga a todos los actores a posicionarse en torno a ella. Incluso los adversarios, como parte del problema que son, también necesitan un nombre. Términos como «neoliberal» son prácticamente imposibles de definir. Existen numerosos artículos, estudios académicos e incluso libros tratando de descifrar su significado. Sin embargo, todo aquel que se ubique a la derecha de la izquierda y que ostente cierta cuota de poder, podrá ser denominado, «neoliberal», o incluso «ultracapitalista». Estos calificativos han sido asumidos incluso por la propia derecha y es posible encontrar cientos de referencias a ellas en cualquier medio de comunicación conservador. Sirva de prueba buscar en cualquier periódico conservador el número de noticias que reflejan la palabra «neoconservador» y llegan a generarse debates dentro del mismo espectro ideológico acerca del origen, sentido y características de los «neoliberales» o los «neoconservadores». No se trata de una etiqueta inofensiva. En sí misma implica una diferencia entre los liberales «clásicos» (cuyas aportaciones a la democracia y al nuevo régimen son difíciles de discutir) y los «modernos» liberales que al calor de dicha ideología han perseguido un «capitalismo salvaje» fundamentado en un egoísmo descontrolado. No sólo eso. La generalidad del término «neoliberal» permite, nuevamente, crear un significante vacío que conecta a todas las ideologías adversarias, por muy contradictorias que pueden ser entre ellas. Así nos encontramos con que el «neoliberalismo» define tanto al capitalismo americano como a los gobiernos populistas no comunistas de Latinoamérica (la Cuba de Batista o la Venezuela pre-Chávez) pese a que, en realidad, son radicalmente distintos. Algunos sistemas como la socialdemocracia también pueden ser tildados de «neoliberales» o de ejemplo a seguir dependiendo de las necesidades discursivas de cada momento. En contra de lo que diría Julio César, la estrategia ganadora es «agrupa y vencerás». La conclusión final es que todos terminan, de un modo u otro, aceptando el término. En términos hegemónicos —y electorales—, eso supone una batalla ganada. APLICACIÓN PRÁCTICA: EVO MORALES Y LA HEGEMONÍA EN BOLIVIA En 1982, tras el fin de la dictadura militar, Bolivia entró en un proceso de democratización y de modernización económica. El país estaba sumido en una grave crisis económica, con altos niveles de inflación y pobreza. Durante los años 80 y 90 los sucesivos gobiernos, tanto de derechas como de izquierdas, compartieron la misma agenda de reformas y formaron pactos en base a un sentido de «responsabilidad democrática». Es decir, todas las fuerzas políticas asumieron un consenso en pos de la reforma. Consenso que no sólo se ceñía a lo puramente productivo sino también al diseño de nuevas instituciones políticas más descentralizadas, con la pretensión de incluir a todas las capas sociales en el sistema. Hablamos de un caso claro de hegemonía. El programa de liberalización contenía la privatización de varios sectores, la atracción de inversión extranjera y el cierre de todas las industrias que habían dejado de ser rentables. Por ejemplo, la caída del precio del estaño motivó el cierre de varias minas, con el consiguiente despido de más de 30.000 trabajadores. Hechos como éste provocaron una fuerte inmigración de las zonas mineras a las capitales y a las regiones donde se cultiva la hoja de coca. Sin embargo, en su intento de convertirse en un socio internacional de confianza, Bolivia colaboraba con la guerra antidroga emprendida por el Gobierno de Estados Unidos. Esto se tradujo en una constante persecución a los agricultores cocaleros. Por un lado, la coca servía para emplear a buena parte de los trabajadores que han sido despedidos en las minas. No olvidemos que es un cultivo rentable y un sector en constante expansión que, en algunos momentos, llegó a representar el 20% del PIB nacional. Por el otro, la policía y el ejército hacían redadas en las que quemaban los campos. De esta forma, pese a los esfuerzos inclusivos del Gobierno, había muchos sectores que se empezaban a sentir excluidos de la construcción de la Bolivia moderna. Podríamos identificar a los cocaleros, a los indígenas, a los sindicalistas de esas industrias no rentables y a muchos de los que tuvieron que emigrar a las grandes ciudades y no encontraron trabajo. Sin embargo, no dejaban de ser actores independientes que, salvo pequeños enfrentamientos, no podían plantear un desafío serio al poder hegemónico. En el año 2000, con la privatización de la gestión de los recursos hídricos, se desencadenó una protesta que, por primera vez, se extendió por todo el país. En la llamada «guerra del agua» destacaban dos posiciones: los indígenas radicales, que recelaban de los mestizos, y los posibilistas, encabezados por Evo Morales, que apostaban por una confluencia con todas las fuerzas contrarias al Gobierno en un único partido, el Movimiento Al Socialismo (por las siglas MAS). Durante el periodo que va del 2000 al 2005, Morales creó un discurso que integraba las demandas de los cocaleros, las de los indígenas y las de los sindicalistas. Los primeros frutos de esta alianza se vieron en la victoria simbólica de las elecciones de 2002, en las que consiguió un 20% de los votos. Pero el auténticoRubicón llegó en 2003 con la llamada «Guerra del Gas». Ahí es cuando realmente se creó un elemento aglutinador (significante vacío) para todas las fuerzas opositoras: «El gas no se vende». Así se configuraron dos identidades: el «pueblo», representado por todos aquellos que luchan contra las multinacionales, y el Gobierno que «vende» el país. Las protestas alcanzaron su punto álgido cuando, en la región de El Alto, se llegó a constituir un Gobierno paralelo que no asumía la soberanía del oficial. Durante más de dos semanas, el Estado fue incapaz de enviar efectivos para desmantelarlo. Este desafío llevó a un colapso de régimen cuya primera víctima fue el por entonces presidente, Sánchez Losada, que se vio obligado a dimitir. A partir de ahí, Morales emprendió su sprint final hacia el Palacio Quemado. Entre 2003 y 2006 se sucedieron ejecutivos débiles, hostigados por la fuerte oposición del MAS. Finalmente, en 2006, Evo Morales llegó al poder al grito de «¡Viva la coca, mueran los yanquis!». Esta frase cristaliza las claves de su éxito porque la coca era ya un símbolo de todos los sectores que se sentían excluidos del sistema. Sin embargo, aún no podemos hablar de hegemonía real. A partir de este momento fueron los «prooccidentales» quienes se opusieron ferozmente al nuevo Gobierno al que tacharon de dictatorial. Sus principales quejas se basaban en aspectos económicos (inversión privada frente a nacionalizaciones) y políticos (federalismo frente a centralismo). Al año siguiente, en 2007, el prefecto (presidente) de una de las regiones más ricas, intentó convocar un referéndum de autonomía que terminó en enfrentamientos violentos entre los sectores acomodados y los pobres. Esto reforzó el discurso del MAS: hay un «pueblo» indígena y patriota y una derecha traidora que quiere trocear el país y venderlo a las multinacionales. Los pulsos se sucedieron hasta que finalmente, en 2009, Morales convocó un referéndum revocatorio en el que preguntó a los ciudadanos si mantenían la confianza en él y en todos los prefectos de todas las regiones, incluidas aquellas que estaban gobernadas por los conservadores. El resultado fue que ambos sectores (socialistas-indígenas y conservadores-regionalistas) afianzaron sus posiciones. Es en este momento cuando Morales presentó una nueva Constitución boliviana. La Carta Magna se basa en tres pilares: Estado plurinacional (integración de los indígenas). Estado soberano (lucha contra las multinacionales). Estado autonómico (consolidación de la democracia). Este último punto es el golpe definitivo a sus opositores. Al integrar una de sus principales demandas (autonomismo) les «robó» una de las principales propuestas que les daba sentido. A partir de ese momento, el bloque conservador-regionalista se desmorona. El discurso socialista-nacionalista-indigenista se convierte en la única ideología sólida que aglutina las preocupaciones de la amplia mayoría. De esta manera, todo aquel que quiere hacer política, lo tiene que hacer siguiendo las reglas marcadas con Morales. La palabra «neoliberal» pasa a ser un insulto. Y cualquier propuesta de atraer inversión extranjera o abrirse al mercado internacional es un tabú que ni siquiera los más liberales se atreven a pronunciar. Tras lograr la hegemonía, el éxito electoral está más que garantizado. Tras aprobar la Constitución en febrero de 2009, Morales vuelve a ganar las elecciones en diciembre, esta vez con un 64% de los votos. En octubre de 2014, vuelve a obtener una amplia mayoría que le permitirá gobernar hasta 2020. Para entonces, habrá sumado nada menos que 16 años siendo el presidente del país. «El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos» Antonio Gramsci Crea los personajes de la historia No es casualidad que, desde el inicio de la crisis, todos los medios de comunicación hayan buscado recurrentemente a «los culpables» de semejante situación. Como tampoco es casualidad que la inmensa mayoría de las películas o novelas se basen en una confrontación entre héroes y villanos. Y es que desde un punto de vista evolutivo, podemos afirmar que desde la más tierna infancia, se nos tiende a educar sobre la base de una simplificación de la realidad que divide a todos los actores entre buenos y malos, y las consecuencias de una acción entre premios y castigos. Nadie se plantea la lógica o motivaciones que se esconden detrás de los personajes oscuros y siniestros como el hombre del saco, el coco o el señor que regala caramelos con droga a la puerta del colegio. Nos limitamos a aprender que, por las razones que sean, son personajes malos y debemos desconfiar de ellos. Por infantiles que nos parezcan estos esquemas, también se repiten cuando nos hacemos adultos. En la literatura, en el cine, en los medios de comunicación y, por supuesto, en el marketing político. Actualmente esa división entre buenos y malos responde a los nombres de pueblo y casta. Desde un punto de vista semántico, «pueblo» somos todos. Son los parados de larga duración y los empresarios millonarios, los miembros del Gobierno y los ciudadanos despreocupados por la política, los niños y los ancianos. Sin embargo, en la lógica populista de Laclau, «pueblo» sirve para generar un escenario divisorio, en el que se produce una bifurcación entre el «Estado» y la «gente» o el «pueblo» dando lugar a la construcción de un relato político con historia propia. Dicho antagonismo terminológico ya había sido planteado en términos similares por uno de los principales exponentes del realismo político, Carl Schmitt. Éste, en su afán por aniquilar a las democracias liberales existentes, planteaba el concepto amigo-enemigo. La diferencia amigo-enemigo o nosotros-ellos establece un principio de oposición y complementariedad. La percepción que un colectivo desarrolla de sí mismo en relación a los demás es un elemento que a la vez que lo cohesiona, lo distingue. La opción de identificar al adversario implica la integración misma a un proyecto político que forja un sentimiento de pertenencia. CONVIERTE TU DISCURSO EN UNA HISTORIA Desde Christian Salmon, la teoría del storytelling se ha convertido en un mantra de los gurús del marketing político. Efectivamente, cualquier idea se entiende mejor si se presenta en forma de historia. Ahora bien, ¿Qué es una historia? Podríamos definir una historia como una selección de acontecimientos interconectados con una lógica narrativa. La percepción que tenemos de la realidad también se construye en torno a historias. Esas historias pueden ser creadas tanto por los medios de comunicación como por los políticos. Y su finalidad marketiniana está fuera de toda duda. Sirva de ejemplo la historia de Elián González, «El niño balsero». Cada año entran en Estados Unidos una media de 3.000 inmigrantes cubanos. Sin embargo, el caso de Elián abrió periódicos y telediarios de todo el mundo durante semanas. Se trataba de un niño que había llegado a las costas de Miami en un viaje en el que su madre perdió la vida junto con otras diez personas. Su padre, desde Cuba, lo reclamaba y su tío abuelo, desde Florida, lo retenía. Durante el tiempo que duró la historia del «niño balsero», los medios prestaban una atención especial (seleccionaban) a todos los aspectos relacionados con la historia. También los políticos. Desde Washington se tomó como un icono de la opresión castrista y del exilio de muchos cubanos a Estados Unidos, donde pueden vivir libremente. En La Habana lo utilizaron como un símbolo de su soberanía nacional frente a los intentos de influencia americana y como una reivindicación de los principios de la revolución socialista. DEFINE TUS PERSONAJES POR SUS ANTAGÓNICOS Una de las denominaciones más académicas del marxismo es el «materialismo dialéctico». La lógica dialéctica predica que un objeto no se define en sí mismo sino en sus múltiples relaciones con las demás cosas. Heidegger, que pese a sus relaciones con la Alemania nazi, ha inspirado a toda una legión de filósofosmarxistas, definía al hombre como ser-en-el-mundo. Es decir, la relación entre el hombre con el resto de las cosas y la sociedad es consustancial a su propia esencia. Uno no puede definir a una persona sin entender su rol en el lugar donde está. Un individuo se define a sí mismo como español (lo que indica una relación con España), albañil (lo que indica una relación con el sistema productivo), homosexual o heterosexual (lo que indica su forma de relacionarse íntimamente) y un largo etcétera. Este principio heideggeriano aplicado a la práctica política nos lleva a definir las realidades en función de su relación con el resto del mundo. Más concretamente, con sus antagonistas. De esta forma, alguien que se define «conservador» en la España de hoy podría pasar por un extremista de izquierda en el siglo XIX. Como explica Laclau, se trata de construir el escenario político sobre la base de una división de la sociedad en dos campos. Aznar la dividía entre las personas que querían un cambio frente a las inmovilistas y Pablo Iglesias nos enfrenta entre la «gente decente» y la «casta». El punto de partida sería un sistema institucional incapaz de satisfacer las demandas de los ciudadanos a partir del cual articulamos una identidad global damnificada por dicha carencia y que englobamos bajo el paraguas de un término genérico como «gente decente» al que dotamos de contenido gracias a definir su antagónico: la «casta». CARICATURIZA AL ADVERSARIO Will Eisner, más conocido como «el inventor de los comics con cerebro» y quizás el mayor teórico de la narración gráfica, defiende el uso de estereotipos para definir personajes. «Lo importante no es que dibujes un médico realista sino alguien que realmente se parezca a un médico». La cultura popular ha creado en el subconsciente colectivo una serie de asociaciones especialmente poderosas a la hora de identificar el rol de una persona en un contexto. Por ejemplo, el hecho de que asociemos la lencería femenina de encaje al erotismo mientras que un bikini de iguales proporciones sea una prenda sin mayor simbolismo no responde a ningún patrón biológico evolutivo sino a una construcción puramente cultural. No sólo eso, también hemos creado una serie de clichés y lugares comunes que, ciertos o no, forman parte de nuestra mitología. Las películas de James Bond nos han enseñado que los millonarios rusos son personajes excéntricos, derrochadores y amorales. Steven Spielberg nos ha hecho creer que los tiburones son las criaturas más temibles del medio acuático, pese a que sólo son responsables de la muerte de 10 personas al año frente a, por ejemplo, los hipopótamos, que multiplican esa tasa por 50, provocando unas 500 muertes anuales. De la misma manera, los medios de comunicación nos han posicionado a los emprendedores de Silicon Valley como jóvenes creativos y soñadores, que se pasean por sus oficinas, luminosas y modernas, en deportivas y camiseta. Por increíble que parezca, estas caricaturas juegan un papel fundamental a la hora de crear identidades políticas. Nuevamente, Errejón en su tesis destaca la necesidad de utilizar los clichés y las generalizaciones para definir al adversario político. A fin de cuentas, si estamos exponiendo nuestro discurso en forma de historia, con unos personajes, necesitamos que el votante lo pueda visualizar. Y su forma de hacerlo es a partir de arquetipos. Si el propio narrador es capaz de seleccionar aquellos personajes que tenemos en nuestro imaginario personal, conseguirá conectar de una forma más precisa con nosotros. Así se fijará de forma más tajante quién es el bueno y quién es el malo. Dicho de otra forma, todos tenemos una serie de actores en nuestra cabeza que responden a los patrones de conducta propios de los clichés. Un buen narrador es capaz de intuir cuáles son. Para eso, la cultura popular nos ofrece el mejor catálogo. Por ejemplo, tenemos al especulador sin escrúpulos representado a la perfección en Gordon Gekko en la película ‘Wall Street’ o al comunista autoritario, sombrío, inculto y militarizado que representa el contrincante de Rocky Balboa, Ivan Drago, en ‘Rocky IV’, una de las películas claves de la propaganda norteamericana en medio de la Guerra Fría. Slavoj Žižek, una de las primeras espadas del marxismo moderno, utiliza anuncios de televisión y películas como base para sus investigaciones. Su forma de analizar el capitalismo y sus lógicas internas surgen a partir de los valores que se manifiestan en la cultura popular que, de forma involuntaria, refleja ese «sentido común de época»: esa hegemonía. Esos actores imaginarios serán las caras visibles que utilizará la audiencia para reproducir la historia que el narrador les cuenta. Toda vez que se produzca la conexión y que consigamos dar con estereotipos realmente existentes en el imaginario colectivo, estaremos construyendo un relato consistente. Cuando Juan Carlos Monedero y Pablo Iglesias se refieren a «esa derecha que se va de putas el sábado por la noche y a misa el domingo por la mañana» consigue que su público visualice una historia creíble. Pese a que el estereotipo no sea real, está presente en la mitología popular (para muestra, el personaje de Antonio Recio en ‘La que se avecina’ o Mauricio Colmenero en ‘Aída’). Cuando Ronald Reagan aliñaba sus discursos con chistes sobre la Unión Soviética, creaba una serie de escenarios que permitían que los americanos imaginasen la realidad diaria de la vida en un país comunista. La caricatura, sin embargo, también puede convertirse en un arma de doble filo y entraña riesgos, especialmente en un discurso político de mayorías. Tal es el caso cuando el intento de estereotipo no se corresponde con la percepción de la realidad que tiene nuestra audiencia. Por ejemplo, tratar de mostrar a Pablo Iglesias como un «perroflauta» de barrio y sin formación es un error. Basta con oírle hablar para entender que su nivel intelectual es muy elevado. Otro error clásico es la exageración de elementos que no causan verdadera aversión entre el público, o que incluso dejan en peor lugar al que los enuncia. Los intentos de Alfonso Guerra por descalificar a Mariano Rajoy tachándole de «mariposón» son un claro ejemplo en este sentido. No hace falta explicar que no conecta con ningún cliché existente en el imaginario colectivo. Pero, incluso en el caso de que así fuera, la homosexualidad no es ningún atributo que cause el más mínimo desagrado en la sociedad española. Las consecuencias de esa figura retórica fueron un rechazo a Guerra, que desapareció para siempre de la política activa, y una denuncia en los tribunales. La conclusión es que una buena caricaturización del adversario político debe incluir los siguientes elementos: Estar basada en un arquetipo existente en el imaginario colectivo. Exagerar aspectos que causen verdadera aversión. Crear roles compatibles con la historia que queremos contar. APLICACIÓN PRÁCTICA: APPLE Y LA «VIDA DIGITAL». Tras ser despedido de la empresa que él mismo había fundado, en 1997 Steve Jobs volvió a ocupar el cargo de CEO de Apple. En un momento donde la compañía pasaba por enormes dificultades financieras, Jobs sentó las bases de lo que ahora es el principal referente tecnológico del mundo. Desde su fundación, Apple parecía llamada a ser «la eterna segundona», siempre por detrás de Microsoft. Fueron los primeros en sacar un sistema operativo basado en ventanas, o en crear equipos destinados al uso doméstico. Sin embargo, quien realmente capitalizó esas innovaciones fue Bill Gates con sus PC y su sistema Windows. Es verdad que ya por esos años, Apple contaba con fans incondicionales. Ya se habían posicionado como «los ordenadores de los diseñadores y la gente creativa». A diferencia de los PCs blanco hueso, con pantalla, CPU y montones de cables, los «power PC» eran máquinas bonitas, con colores intensos, formas sensuales y que no necesitaban más que una caja para ser transportados. Incluso muchos usuarios de Microsoft reconocían que los «mackintosh» eran, en honor a la verdad,mejores. Sin embargo, Apple no dejaba de ser una segunda opción muy por detrás de Microsoft. Steve Jobs entendía que, si quería competir con Microsoft, tenía que ofrecer algo absolutamente distinto al discurso dominante. No se trataba de ser mejor que ellos sino de jugar a otro juego, con otras reglas donde él pudiera contar con ventaja. Así es como entendió que los PC, pese a ser herramientas de uso doméstico, estaban concebidas para trabajar o para acometer tareas «serias» (pagar impuestos, llevar la contabilidad familiar, etc…). Por supuesto, también se podía jugar a videojuegos pero no era la tarea principal. Dicho de otra forma, identificó una realidad: la tecnología nos ayuda a ser más productivos pero no más felices. «La vida digital» fue su «significante vacío» para agrupar todas sus respuestas a las frustraciones de los usuarios. Jobs entendió que los usuarios, aunque no fueran conscientes de ello, concebían la tecnología como algo orientada principalmente al entorno profesional. Su papel consistió en «problematizar» esa realidad y buscar un culpable: el frío y gris Windows. A partir de ahí, su solución pasaba por ofrecer dispositivos tecnológicos enfocados a humanizar la informática. La mejor forma de entender esta perspectiva es a través de la campaña «Mac vs PC». En esta serie de más de 60 anuncios, Apple nos presenta su concepción de la tecnología contraponiéndola con la visión fría y aburrida de Microsoft. Los Macs se personalizan en la figura de un joven y los PCs se convierten en un cuarentón gris que sólo piensa en hacer hojas de cálculo y contabilidad. De esta forma, la «vida digital» (divertida, joven y fácil de usar) se define por su contraposición con el PC (aburrido, de mediana edad y con infinitas barreras para su uso). De hecho, si no fuera por Windows, el concepto de tecnología para el día a día no tendría ningún sentido. Efectivamente, los anuncios de «Mac vs PC» son una caricatura. Pese a todo, Windows también permite utilizar webcams o editar álbumes de fotos familiares. Pero los publicistas de Apple supieron utilizar un arquetipo presente en el imaginario colectivo de todos los americanos (y, en general, de todos los occidentales): el «trabajador gris». De repente, identificar ese estereotipo con los PCs color beige parecía lógico. En frente estaban los equipos de Mac, presentados en una gama de colores intensos y con interfaces estimulantes y sensuales. No sabemos si Jobs leyó previamente algo sobre marxismo o sobre dialéctica. Pero está claro que fue capaz de aplicar todos sus principios a la práctica de forma magistral. Desde entonces, Apple cambió radicalmente el discurso a la hora de presentar productos. Hasta la fecha, los equipos informáticos se promocionaban en base a sus características tecnológicas. Comprábamos un Pentium 3, cuyo procesador funcionaba a 500 Mghz, con un disco duro de hasta 8 Gbs y una memoria RAM de 254 Mbs. Los usuarios presumían (presumíamos) de tener «más megas de RAM» que sus amigos. Es decir, los ordenadores se definían en torno a sus características intrínsecas. Jobs fue el primero en definirlos por su relación con el usuario ¿Qué importa la velocidad de procesador de un iPhone, de un MacBook o de un iPod suffle? Lo importante es que es un dispositivo que nos permite hablar por teléfono y conectarnos a internet, o que es un portátil que las chicas pueden llevar en su bolso de mano, o que es un reproductor de mp3 que cabe en el bolsillo pequeño de tu pantalón vaquero. Apple no vende aparatos electrónicos: Apple vende un estilo de vida a través de soluciones para nuestros hábitos diarios. Quince años más tarde, los de Cupertino han pasado de ser los segundones a tener la hegemonía política en el mundo de la tecnología. Sus seguidores son auténticos fans de la marca. Presumen de tener productos con «la manzanita». Pocas veces una compañía inspira un fervor casi religioso entre sus usuarios. Incluso el propio Microsoft ha tenido que plegarse a su discurso y jugar con las reglas creadas por la empresa dominante. Después de que se creara la App store, Windows 8 incorpora su «Store» y Google tiene el «Google Play». Todos los teléfonos móviles lanzados tras el iPhone tienen acabados y forma de uso parecida. No hay ningún fabricante que no tenga su propia «Tablet» a imagen y semejanza del «iPad». Y, por descontado, Apple gana, por goleada, en capitalización bursátil a todos sus competidores. «Proletarios de todos los países ¡Uníos!» Karl Marx y Friedrich Engels Inventa una solución Hasta este punto, hemos visto cómo es imprescindible realizar un diagnóstico de la realidad certero y cómo crear unos personajes para que nuestra historia contenga un hilo conductor. Ahora es el momento de rematar nuestro relato con la búsqueda de una solución que de manera continuista nos sirva para calar dentro de nuestro nicho de mercado, es decir, entre nuestros posibles votantes. De esta forma, las cabezas pensantes de Podemos han logrado que sus soluciones inventadas se conviertan en el eje central del debate político. Cuestiones como la renta básica, la edad de jubilación, la jornada laboral, la nacionalización de sectores públicos, la permanencia en el euro o las relaciones internacionales se han convertido en tema central del discurso político. Estas propuestas son analizadas diariamente por parte de todas las formaciones políticas y de todos los medios de comunicación. El debate es infinito: ¿La renta básica de cuánta cantidad será? ¿Para quiénes? ¿De dónde saldrá el dinero para pagarla? ¿Se implantaría nada más llegar al Gobierno? Son preguntas que no tienen respuesta puesto que los líderes de Podemos jamás han profundizado en el fondo de la solución inventada. Podemos muestra una constante que comparte con algunos partidos comunistas y extremistas, una característica basada en ese planteamiento disfuncional que planteaba Laclau, se trata del hecho de abrazar la generalidad como forma de acción política. Nunca entran en detalles cuando se trata de definir el sistema que ellos mismos proponen. Esto tiene sus ventajas y sus desventajas. Una ventaja indudable es que hay un amplio sector de la población que observa dichas medidas con ilusión y esperanza. Los inconvenientes los hemos podido observar todos. Cuando un partido como éste, con una exposición mediática desbordante, se sienta ante cualquier periodista que apriete en la búsqueda de respuestas más allá del titular, los miembros de Podemos y sus soluciones inventadas se ven en aprietos. Esto no es algo nuevo. En «El manifiesto comunista» de Karl Marx y Friedrich Engels la palabra «revolución» aparece 29 veces; 51 «capital» y, únicamente leemos «comunismo» en 13 ocasiones. En un texto de más de 11.800 palabras, sólo 150 resumen el corpus de medidas que tomaría un gobierno comunista nada más llegara al poder. El resto es una crítica a la burguesía y a los movimientos «socialistas» que pretenden una reforma del capitalismo sin una ruptura violenta. Y sin embargo, «El manifiesto comunista», en sí mismo, es quizás el relato político mejor construido. Estamos hablando del germen de una ideología política que ha inspirado gobiernos en decenas de países. La semilla de los partidos comunistas existentes en todas las democracias del mundo. En otras palabras, el marxismo, desde sus orígenes, se define principalmente por oposición a otras teorías. Sin embargo, el sistema que se propone como solución es algo irresistiblemente nebuloso. Lo que podría entenderse como una debilidad es la auténtica grandeza del marxismo. Tal y como hemos visto en los capítulos anteriores, Marx y Engels hacen un diagnóstico de la realidad histórica creando dos identidades políticas antagónicas (proletarios vs burgueses). Los obreros tienen una serie de realidades y demandas insatisfechas que se interconectan en un significante vacío (la explotación) y se traducen en un problema político, causado por la clase dominante, que ha creado un sistema (el capitalismo) a su medida. En este contexto, se planteauna solución lógica: convertir lo que es una mayoría social —el proletariado— en una mayoría política que se haga con el poder y articule un sistema más justo. Ese sistema más justo no necesita ser definido con precisión. Y bastan unas pocas pinceladas a modo de decálogo con las primeras medidas que habrá que tomar. Todas estas medidas se vuelven a estructurar en otro significante vacío: «la revolución obrera». Se trata, por tanto, de jugar con el sentido de las esperanzas de futuro basadas en dichas soluciones inventadas. Como explica Robert Greene en «El arte de la seducción», las expectativas son más poderosas que las realidades porque nos permiten idealizar. Cuando empezamos una relación de pareja, nos imaginamos un noviazgo idílico. Nuevamente, el mejor ejemplo posible nos lo ofrece la cultura literaria o cinematográfica. Cualquier relato romántico tiende a ahondar en la primera etapa de la relación, cuando los personajes se están empezando a conocer: primer encuentro, primer beso, etc… Es un momento de ilusión, precisamente porque cabe cualquier expectativa (¿Mantendrán la pasión hasta el final? ¿Serán felices?). Las películas que reflejan la rutina de una pareja, por muy dulce que ésta sea, suelen ser consideradas dramas o comedias. Lo mismo sucede en el plano político y es ahí donde el marketing marxista explota su faceta más exitosa: los marxistas profundizan en esa primera etapa de toma del poder, donde todo parece posible, y dejan el poder en sí mismo en un segundo plano. Cuando la escritora y activista, Almudena Grandes, dice «yo soy revolucionaria pero no política» contrapone dos roles históricos distintos: el revolucionario que toma el poder y el político que lo ejerce. El primero implica la aventura, «el orgullo de pertenecer a nuestro pueblo en los días luminosos y tristes», que diría «el Che» Guevara. El segundo consiste en sacar leyes. El propio Ernesto «Che» Guevara, símbolo de la lucha marxista por antonomasia, el hombre cuyo retrato ha vendido millones de banderas y camisetas en todo el mundo, rechazó a propósito el poder ver el ideal convertido en realidad. Con un discurso basado en expectativas se constituye lo que el filósofo marxista Jürgen Habermas llamaría una «concepción mítica» de la realidad. A diferencia de la mentalidad científica, el mito no necesita contrastarse con la realidad objetiva. Basta con que guarde una coherencia interna consigo mismo. De hecho, tal vez sea esa la clave de la supervivencia del comunismo como ideología política y como herramienta de análisis. En realidad, Marx comete muchos errores, no sólo en su propuesta política sino en su análisis del capitalismo (que es lo que normalmente se le suele reconocer como éxito). La prueba es que todos los países en los que se ha producido una revolución exitosa no eran sociedades industrializadas y librecambistas (Rusia era una monarquía absoluta, China también y las gobiernos prebolivarianos de Latinoamérica no eran tampoco liberales ni industrializados por mucho apoyo que tuvieran de Estados Unidos). Los únicos casos de países capitalistas que terminaron abrazando el comunismo han sido Checoslovaquia y Hungría (tal vez Polonia) y no por la adquisición de modelos revolucionarios sino mediante incursiones militares soviéticas. De hecho, precisamente esos tres países son los que más dolores de cabeza dieron a la URSS (Hungría en 1956, Checoslovaquia en 1968 y Polonia en la década de los 80). Esta constatación no es nueva. La realizan los propios pensadores de la Escuela de Frankfurt (Max Horkheimer, Jürgen Habermas, Herbert Marcuse, etc…) a pesar de que ellos mismos, al menos en sus inicios, se consideran marxistas. Como veremos más adelante, Antonio Negri o el propio Pablo Iglesias refutan la teoría del valor enunciada por Marx, que es uno los pilares básicos de toda su teoría política. Ellos mismos reconocen que buena parte de las constantes que definirían el mundo tras la revolución están ya en el capitalismo moderno. Y sin embargo, se siguen considerando comunistas. Esta contradicción no se debe a una falta de argumentación lógica sino a que el marxismo, como teoría política, se ha elevado a la categoría de mito. Es decir, la pretensión de validez no se basa en la comparación con la realidad sino a la hermenéutica (interpretación de los textos). De esta forma, es prácticamente imposible refutar las ideas ya que, por definición, son correctas. USA DOS NIVELES DE LENGUAJE DISTINTOS Lo primero que llama la atención a cualquiera que esté familiarizado con la literatura liberal y quiera acercarse a la marxista es el estilo en el que está escrita. Parece un lugar común que todos los teóricos de izquierda, desde Marx hasta Laclau, pasando por Habermas o Žižek, son pretendidamente farragosos. Que hablan una «metalengua» llena de significados especiales realmente difíciles de entender para un neófito en contraposición a la claridad de Hayek o Friedman. El interés por sacralizar un discurso, por alejarlo de lo mundano, no es nada nuevo. Hasta hace no mucho, las misas católicas eran en latín y la Biblia no podía ser traducida a ninguna lengua moderna. De hecho, no es casualidad que las tres religiones monoteístas tengan una lengua ritual (en el caso del cristianismo, el latín, en el del judaísmo, el hebreo y en el del islam, el árabe). El marxismo, en su intento por conseguir lealtades que vayan más allá de lo institucional y lleguen a lo intelectual, no ha dudado en imitar ciertas técnicas. Es cierto que para llegar al pueblo, hay que, en palabras de Pablo Iglesias, «traducir el post-obrerismo en un lenguaje que entienda tu abuela». Pero eso es un nivel de lenguaje directo, adecuado para lanzar las consignas básicas. El discurso profundo, el que lee el intelectual y en el que se definen todos los aspectos de la ideología, requiere un esfuerzo adicional para ser comprendido. Ese esfuerzo nos obliga a reconocernos a nosotros mismos nuestro deseo por descifrar lo que está escrito. Tal y como reconoce el propio Žižek: «La manzana en el paraíso es, en realidad, un libro que Eva está leyendo: lo que seduce a Adán en el pecado es la ardiente curiosidad por lo que está escrito. Ésta es la prueba definitiva de que el sexo no tiene nada que ver con el pecado. El hombre cae en la tentación en el momento en el que está más interesado en lo que está escrito en el libro que por el cuerpo desnudo de Eva. Por supuesto, el libro está vacío (la manzana no era más que una simple manzana) y Eva sólo fingía estar enfrascada en su lectura para seducir a Adán». El nivel «profundo» nos permite sublimar la ideología y convertirla en un objeto de deseo. De esta forma, las obras marxistas enfocadas a una llamada directa a la acción («El manifiesto comunista» o, más recientemente, «¡Indignaos!» de Stéphane Hessel) tienen un estilo claro y comprensible para cualquiera. Sin embargo, los textos que dan un sustento filosófico al programa o que perfilan una idea de modelo de Estado, guardan un estilo cuasi-sagrado que le confiere al marxismo la dimensión espiritual que necesita para lograr adhesiones ciegas e incondicionales. Willi Münzenberg, considerado como uno de los mayores genios de la propaganda, consiguió revestir sus postulados de una pátina de glamour que los hacía irresistibles para los intelectuales de la época. Su trabajo consistía en promover posturas favorables a la Unión Soviética en Occidente. Por orden del Kremlin fundó la Internacional Comunista de la Juventud y la Ayuda Internacional de los Trabajadores, cuyo objetivo principal era recaudar fondos para ayudar al Gobierno Ruso que, en aquella época (años 20), pasaba por grandes dificultades económicas. Desde el primer momento, Münzenberg entendió que debía seducir a los intelectuales de la época, que eran quienes generaban opinión. Y que el modo de llegar a esas altas esferas no era mediante la pedagogía sino presentando su propuesta como algo indefinido pero envuelto en valores grandilocuentes. No se trataba de apoyar los intereses de la UniónSoviética, sino de defender la ética y la decencia. Ponía el énfasis en mostrar la postura contraria (el anticomunismo) como algo digno de malas personas o con poca educación. Los artistas que se congregaban a su alrededor (figuras de la talla de John Dos Passos, André Malraux o Bertolt Bretch) no eran comunistas. No, al menos, inicialmente. Se consideraban antifascistas, y eso les llevaba a apoyar cualquier tesis que apareciera en los diarios que editaba Willi, aunque no la entendieran del todo bien. Sentían que aquello les convertía en intelectuales. En gente separada de la muchedumbre inculta. El discurso de Münzenberg no les había convencido: les había enamorado. En nuestros días seguimos encontrando ejemplos de lenguaje sagrado para definir una ideología. Esta sacralidad se hace patente en el intento de cambiar la propia gramática y el vocabulario. Los lingüistas entienden que el lenguaje no es sólo una construcción humana sino que también a su vez, construye al ser humano. Por eso, si queremos cambiar la sociedad, necesitamos cambiar el lenguaje: no sólo a la hora de transmitir conceptos concretos, sino en todos y cada uno de los usos. De esta forma, los movimientos feministas radicales usan el masculino y el femenino cada vez que hacen una frase en plural (todos y todas). Los comunistas españoles rehúsan, a propósito, utilizar la palabra España porque entienden, como Iglesias, que «han perdido la guerra y no hay nada que se pueda hacer al respecto». Marx usaba el término «plusvalía» para hablar de beneficio económico, que implica algo positivo (es un beneficio). En definitiva, entienden que el lenguaje, en cualquiera de sus usos, es un campo de batalla más. Fruto de esta guerra, han «conquistado» ciertos términos ajenos a la jerga política que se ha convertido en patrimonio de la izquierda. El «compromiso social», por ejemplo, ha perdido su neutralidad para convertirse en un compromiso exclusivo con su ideología. La palabra «social», en sí misma, ha adquirido una connotación claramente izquierdista. Pero no sólo la izquierda ha hecho uso de estos recursos. En Estado Unidos, durante años, especialmente en los mandatos de Ronald Reagan, los conservadores patrimonializaron el uso del lenguaje basado en grandes valores, en principios emocionales que lograban empatizar con los sentimientos de la ciudadanía. Algo similar a lo que había logrado Margaret Thatcher en la Inglaterra de los finales de los 70. Según Lakoff, el centroderecha había conseguido durante décadas colocar su mensaje, dominando la agenda política e informativa. Así, cuestiones como la lucha contra el terrorismo, los valores de la familia o el libre mercado dominaban la moderna cosmovisión política. La expresión «alivio fiscal», por ejemplo, introducida por los republicanos en la primera campaña de George W. Bush incluye la existencia de una molestia que hay que evitar. Se trata de una medida que traerá bienestar, puesto que todo alivio trae consigo una sensación gratificante. Una vez se consigue instalar un tema en el debate político en unos términos determinados, todos los candidatos se ven forzados a posicionarse («¿Qué opina sobre las medidas de alivio fiscal que propone el Sr. Bush?») y, lo que es más importante, hace muy difícil la crítica (¿Quién puede estar en contra de aliviar una carga a los ciudadanos?). También aprendieron a enmarcar el debate usando expresiones como «la guerra contra el terror» para proceder a llevar a cabo operaciones militares internacionales. El resultado final era que el simple cuestionamiento de esta premisa convertía a todo aquel opositor en sospechoso de estar próximo a los postulados terroristas. AGRUPA Y VENCERÁS Tal y como hemos señalado en capítulos anteriores, las realidades que no tienen nada que ver entre sí pueden ser agrupadas en torno a un significante vacío que las dota de un nuevo sentido y una nueva unidad. Lo que sirve para definir problemas, también sirve para crear una solución global. Utilizando la terminología de Laclau, el proceso de negociación y creación de lealtades previo a la agrupación de diversos colectivos en uno sólo es el paso clave para el establecimiento de una hegemonía política. En contra de lo que se suele pensar, no se trata de una coalición de siglas (la llamada «sopa de letras» que caracteriza a muchos partidos de izquierda en España) sino la creación de un nuevo ente con personalidad propia que nace a partir de varios elementos más pequeños. El ejemplo paradigmático en la izquierda sería la creación del Movimiento Al Socialismo (MAS) de Evo Morales en Bolivia. Una identidad política que junta las reivindicaciones indigenista y la lucha sindical. Ambas realidades políticas, en principio, no tenían nada en común. En principio, un líder indígena ni siquiera conoce a Marx. En ningún momento está escrito que los nativos americanos tengan que sentir ninguna simpatía por la izquierda. En otros países como Estados Unidos, los «navajos» son fervientemente republicanos. El papel de Morales para negociar lealtades con ambos grupos es crucial para crear un discurso que conecte las demandas de todos en una ideología nueva con sentido propio. En la derecha encontramos casos muy parecidos. La misma forma es utilizada por José María Aznar cuando funda el Partido Popular sobre los restos de Alianza Popular. El centroderecha español pasa a ser una opción de gobierno a partir de un pacto no escrito según el cual los liberales se quedan con la economía, los democristianos con la moral y los conservadores con la estructura institucional. Por muy obvia que pueda parecer esta alianza, no debemos olvidar que en otros países como Italia, la democracia cristiana es un movimiento transversal que también ha llegado a tener una representación en el centroizquierda (Romano Prodi, miembro de la democracia cristiana italiana, se presentó como candidato a presidente en 2006 por «La Unión» junto a los socialdemócratas). La «revolución conservadora» de Reagan no es más que el resultado de unir realidades que, si bien hoy parecen primas hermanas, no lo eran en los años 60 o 70. El éxito de los republicanos consistió en crear un discurso en el que cabían los libertarios, los partidarios de una política exterior intervencionista (que, en muchos casos, venían de la izquierda trotskista) y la derecha religiosa. Se sirvieron para ello de un significante vacío como hilo conductor: la libertad. Nadie, independientemente de su ideología, se muestra contrario a la libertad pero el centroderecha ha sabido capitalizar el sentido de la libertad y atribuirse su patria potestad. En Estados Unidos, Barack Obama rescató del cajón del olvido los principios de la lingüística cognitiva, volviendo a remover los instintos emocionales de los norteamericanos para aportar soluciones inventadas que conectasen con la ciudadanía. En palabras de Lakoff: Obama comprendió por qué Reagan ganó en 1980: la gente no vota tanto basándose en detalles programáticos como en algo más profundo como son tus valores. ¿Dices lo que piensas? ¿Podemos confiar en ti? ¿Sabes comunicarte con nosotros? ¿Nos identificamos contigo? Ésas son las grandes preguntas de los electores. Y Obama siempre caminó por esa senda, convirtiéndose en un orador muy elegante y un gran narrador de historias. La gente entiende mejor lo que dices cuando se lo cuentas como una historia. En los últimos tiempos, la izquierda ha hecho uso de esta psicología basada en lo cognitivo para la elaboración de una serie de soluciones políticas creando una cadena de referencias vacías de contenido emocional pero de fácil calado en la sociedad, fusionándolo con los postulados de Schimtt y Laclau. Para comprender la transversalidad de estas opciones que nos ofrece el marketing político y apoyándonos en la famosa idea de que la política crea extraños compañeros de cama, vamos a recordar un dato curioso a la par que llamativo. Pablo Iglesias y Ronald Reagan tienen un punto en común. Según las encuestas electorales en las que se les consultaba a losciudadanos sobre ambos candidatos, en sus respectivos momentos, se desprendía que mucha gente no estaba de acuerdo con determinados aspectos de sus programas electorales pero aún así pensaban votarles. Le sucedió a Reagan y le sucede a Iglesias. APLICACIÓN PRÁCTICA: SAN PABLO Y LOS PRIMEROS CRISTIANOS Si existe un discurso hegemónico en la historia, ese es el de la Iglesia católica. Probablemente sea la única institución en el mundo que cuente con casi 2000 años de vida. Es tan importante que no hace falta ni explicar la influencia decisiva que ha tenido y tiene en gobiernos, intelectuales, artistas y la sociedad, en general, durante siglos. Pero todo tuvo un principio y éste fue San Pablo. Lógicamente, nos referimos a la Iglesia como organización y como discurso. No vamos a entrar en aspectos religiosos donde probablemente otros personajes tendrían un mayor protagonismo. En contra de lo que podría parecer, los primeros seguidores de Cristo no formaban, ni mucho menos, un grupo definido. Se contaban casi tantas tendencias como individuos. Por un lado estaban los llamados «gnósticos» que combinaban las enseñanzas de Jesús con creencias mágicas, por el otro, grupos de simpatizantes paganos y, en mayor medida, los «judeocristianos», es decir, los judíos que habían seguido al Mesías y que lo consideraban el salvador del pueblo de Israel. San Pablo, por entonces, simplemente, Saulo, era un joven fariseo, con buena formación, capaz de hablar cuatro idiomas con fluidez (latín, griego, hebreo y arameo). Tras su «caída del caballo», se dio cuenta del potencial que tenía el cristianismo por sí mismo. Es decir, que no es una simple interpretación del judaísmo ni una serie de enseñanzas éticas sino que es la base de lo que puede ser un discurso mucho más trascendente. No sólo eso. También supo identificar un vacío espiritual en la sociedad romana. Un vacío que no llenaba la religión politeísta del Imperio. Muchos ciudadanos, de toda clase social, tenían miedo de «no salvarse» y abrazaban los llamados «cultos del misterio». Estas sectas eran muy variadas y tenían en común la exigencia de rituales de iniciación muy costosos, tanto económica como físicamente, y en muchos casos, obligaban a sus feligreses a peregrinar a un santuario que podía estar en la otra parte del mundo conocido. Otros se interesaban por el judaísmo. Pero hacerse judío tampoco era fácil: las circuncisiones de la época no guardaban ninguna garantía sanitaria y una vez se entraba en la comunidad, se cargaba con un estigma social difícil de llevar. Por otra parte, los judíos tampoco estaban del todo satisfechos con una religión que estaba aceptada a regañadientes por el «establishment» romano. Que traía consigo la marginación y, de cuando en cuando, la persecución política. Y, por si fuera poco, esperaban a un mesías salvador que nunca llegaba. En otras palabras, ni tenían una vida terrenal agradable ni tenían claro que la del más allá fuera a ser mejor. En un plano más mundano, también encontramos varios colectivos «problematizables». En el Imperio Romano había esclavitud. Y los ciudadanos libres, en la mayoría de los casos, vivían en un sistema difícil, que obligaba a las mujeres a casarse cuando aún eran muy jóvenes, tener muchos hijos (muchos de los cuales morían en el parto) y enviudarse a los treinta años (la esperanza de vida era muy baja incluso para las clases medias). En una sociedad donde la mujer no trabajaba, perder al marido significaba la bancarrota. En muchos casos, las madres tenían que vender a su progenie en el mercado de esclavos. En este contexto de demandas espirituales y materiales insatisfechas, San Pablo crea un agregador común a todos los grupos: la salvación universal, personificada en la figura de Jesucristo. Para los judíos, Jesucristo podía representar el mesías que estaban esperando. Para los romanos, era una deidad mucho más creíble que cualquiera de las que proponían los «cultos del misterio». No olvidemos que, a diferencia de cualquier otro dios pagano, la historia de Jesús es realista. Tiene lugar en un entorno físico concreto, con situaciones y personajes tangibles y fáciles de asimilar. Hay unos «malos» fácilmente caricaturizables: los fariseos. Se tratan temas que importan a cualquier ciudadano: pobreza, ética, justicia, etc… Cristo es un personaje de carne y hueso pero a la vez tiene un componente sagrado, es decir, que lo separa del resto: ha resucitado de la muerte. Y, por si fuera poco, San Pablo promete que el Mesías volverá pronto para salvar a todos los que le sigan. Es decir, en contra de lo que dice el judaísmo, este nuevo culto propone un horizonte claro. Por si fuera poco, el ritual de iniciación en el cristianismo, el bautismo, no requiere ningún riesgo ni ningún gasto económico. Ni siquiera es necesario peregrinar a ningún sitio porque la premisa básica es que «Dios está en todas partes». En otras palabras, reagrupa a distintos colectivos (creyentes de otras religiones y judíos) en un nuevo significante que sí responde a sus preguntas trascendentales y ofrece una solución clara: la segunda venida de el salvador, Jesucristo. A partir de ahí, constituyen una comunidad de feligreses con personalidad propia. Dado su carácter asambleario, pasa a llamarse «la asamblea», que en latín se dice «Ecclesia» y que en español moderno llamamos «Iglesia». Esta asamblea no sólo responde a las necesidades espirituales sino también las materiales. Los primeros cristianos compartían sus bienes y tenían un sistema de ayuda colectiva (una especie de «seguridad social» primitiva). De esta forma, también se agregan las demandas materiales insatisfechas. Para asentar su discurso, San Pablo escribe una serie de textos en un lenguaje muy directo para la época, destinados a persuadir a distintos colectivos y unirles a su causa: las famosas «epístolas de San Pablo» en las que instruye en la ética cristiana y responde a las inquietudes de cada uno de los grupos a los que se dirige (romanos, corintios, filipenses, etc…). Tras la muerte de Pedro y Pablo en el año 67 d.C. (58 d.C. según la historiografía moderna), la Iglesia entra en un periodo de crisis, tanto de liderazgo como de discurso. El cristianismo se cimentaba en la promesa de una segunda y definitiva venida del Mesías. Como hemos visto, ésa era su principal ventaja frente al judaísmo. Sin embargo, Cristo no venía y sus seguidores estaban condenados a la marginación social y la persecución institucional (recordemos que los entonces cabezas de la Iglesia mueren ejecutados en la plaza pública). La respuesta de los seguidores de San Pablo ante este potencial colapso es la clave para construir una organización duradera. Es ahora cuando se construye lo que, en terminología de Habermas, llamamos el «mito». Es decir: si contrastásemos el discurso paulino con la realidad objetiva, nos terminaríamos contradiciendo. Pablo decía «Jesucristo volverá pronto» pero la verdad es que no ha venido. Ante esta disyuntiva, sus seguidores se adueñan de la interpretación de las profecías. De esta forma, el relato sólo puede ser interpretado por aquellos que hablan por boca de Dios, es decir, por las personas autorizadas. Es en este momento cuando se crean los primeros dogmas de fe. Creer en el Dios cristiano es seguir a la jerarquía. Y éstos son los que controlan la interpretación del discurso. De esta forma, el mensaje no tiene que guardar relación con el exterior: basta con que la guarde consigo mismo. Es decir, es un pensamiento lógico-mítico. A este discurso que ya está «blindado» ante posibles contradicciones le tenemos que unir una organización que gestiona las necesidades económicas de sus miembros. La «seguridad social primitiva» de la que hablábamos antes garantizaba, de algún modo, que ninguna mujer se quedara desatendida aunque su marido muriera joven. Además, el cristianismo prohibía radicalmente prácticas paganas como la «exposición» de los niños (dejar en la calle a los hijos que no pueden ser mantenidos por sus padres: según confirman varias excavacionesarqueológicas, debía ser una realidad muy extendida), o el aborto (que también existía entre los romanos y se practicaba sin ningún tipo de seguridad para la madre), lo que aumentaba la esperanza de vida de sus feligreses. Esta estrategia de marketing (y de organización social), unida a una comunicación constante y comprometida (los apóstoles recorrieron todo el mundo conocido predicando su mensaje y dieron su vida por sus creencias) constituyeron los cimientos de la hegemonía. Durante los años posteriores, la Iglesia creció en feligreses a un ritmo de un 40% cada década. Una cifra asombrosa sobre todo si tenemos en cuenta que los creyentes eran perseguidos y torturados por la autoridad del momento. En el 313 d.C., cuando el Emperador Constantino la legaliza (y, por tanto, acaba con las persecuciones), hay más de 8 millones de creyentes en todo el Imperio, más de un 13% de la población total. Con esta fuerza social, no es extraño que sólo 67 años más tarde, se constituyeran como religión oficial (y única) del Imperio Romano. Dos milenios más tarde, siguen siendo el culto más importante en todo Occidente. «Quien no se mueve, no siente las cadenas» Rosa Luxemburgo Construye tu marco En los anteriores capítulos hablábamos de demandas no satisfechas, agregación y presentación de soluciones. Decíamos que tenemos que buscar distintos grupos con necesidades concretas y que, esas necesidades deben ser «problematizadas». Parece razonable que alguien que acaba de ser desahuciado esté interesado en escuchar una solución a su problema. Sin embargo, eso no significa que automáticamente vaya a aceptar nuestro discurso. Es probable que tenga unos valores morales o una visión del mundo opuestos a los nuestros. Puede que interprete su problema como una cuestión de mala gestión de su economía personal. Así que cuando le digamos que los culpables de su situación son, por ejemplo, los políticos corruptos, nos dirá que estamos mintiendo. Podemos identificar un problema y ofrecer una solución adecuada pero eso no significa que hayamos creado un discurso convincente. De hecho, una cosa es necesitar algo y otra muy distinta ser consciente de que se tiene esa necesidad. En estos tres capítulos vamos a ocuparnos de los procesos de convicción. Tratar de modificar el pensamiento de las colectividades ha sido uno de los objetivos primordiales perseguidos a lo largo de la Historia por la lógica marxista. Para ello, han centrado parte de sus esfuerzos en intentar crear una serie de marcos cognitivos e interpretativos. Existen muchas definiciones de lo que se consideraría un marco cognitivo, pero una de las que mayor luz aporta a este campo es la planteada por el padre de la microsociología, Erving Goffman, a quien se considera como uno de los más importantes sociólogos del siglo XX junto con Max Weber, Durkheim y Mead. Goffman esbozaba que los marcos cognitivos son los mecanismos primarios de referencia, que nos permiten hacernos una idea clara e inmediata de lo que está pasado, es decir, todas aquellas premisas que utiliza una persona para interpretar la realidad que le rodea. A lo largo de nuestra vida, recogemos experiencias personales y aprendemos nuevos conceptos de otras personas. Todas esas premisas conforman una estructura que nos sirve para entender el mundo o para comprender algo nuevo. La traducción literal del inglés sería «encuadre cognitivo» (cognitive framing) ya que no existe ningún elemento concreto al que podamos llamar marco sino, simplemente, la acción de encuadrar o enmarcar una nueva realidad a ese humus de premisas que ya tenemos adquiridas (no obstante, en este libro usaremos la expresión «marcos cognitivos», como si fueran un objeto, porque es el término más utilizado en español para referirse a esta teoría). Por eso, no existe un «marco cognitivo» como tal, sino varios superpuestos. Algunos son compartidos por toda una sociedad o un colectivo. Otros son individuales. Algunas de las premisas que los componen pueden tener más o menos fuerza o podemos utilizarlas sólo en contextos concretos. Otras son de aplicación general. George Lakoff, en su libro «Moral Politics: how liberals and conservatives think», aplica la teoría de marcos al debate político y expone los principales valores morales que definen a izquierdas y derechas. Lógicamente y como él mismo señala, existen varios subgrupos dentro de esas dos categorías. Y pertenecer a uno de ellos no implica compartir todos los principios asociados a los mismos. Sin embargo, pese a ser una generalización, nos es muy útil para entender lo que son los marcos cognitivos. En el diagrama siguiente mostramos unos ejemplos. Como vemos, cada marco está compuesto de una capa de premisas básicas. Si nos acercáramos aún más a cualquiera de esos puntos encontraríamos otras premisas conectadas. Por ejemplo, dentro del concepto «responsabilidad individual» tendríamos otros valores como el sacrificio, el mérito o el derecho de las personas válidas a ser más exitosas. Cada vez que queremos convencer a alguien de algo, tenemos que conectar con su estructura de marcos. Si nuestra propuesta no guarda una relación lógica con los marcos de nuestro interlocutor, este la rechazará o no la comprenderá. Pongamos, por ejemplo, que queremos convencer a alguien que es ateo y comunista de que fumar es malo. Si nuestro argumento para persuadirle se basa en que «Dios condena el tabaco», tendremos muy poco éxito en nuestra argumentación ya que una de sus premisas básicas es que «Dios no existe». Sin embargo, si le decimos que «el Partido Comunista condena el tabaco», es probable que nos preste atención. Para estudiar mejor estos procesos de argumentación basada en marcos cognitivos, vamos a dividir los razonamientos en tres tipos de elementos. Primero necesitamos contar con lo que vamos a llamar el «marco de enganche»: una idea que comparte emisor y receptor. En segundo lugar, usaremos una «premisa a debatir»: un enunciado que añadimos y cuya asimilación es imprescindible para que se produzca la convicción. Finalmente, tendremos la «conclusión», que debe ser la propuesta que queremos defender. En el ejemplo que hemos dicho antes, quedaría así: Como buen comunista, debes seguir lo que dicta el Partido (marco de enganche, el receptor comparte esta propuesta con el emisor). El Partido dice que fumar es malo (esta es la premisa a debatir, si conseguimos que el receptor la asuma, también asumirá el resto del enunciado). Luego debes dejar de fumar (conclusión). MARCOS COGNITIVOS EN LA HISTORIA POLÍTICA La obra más reconocible de Alexis de Tocqueville, «La Democracia en América» constituye uno de los mejores repasos a los marcos cognitivos existentes en los Estados Unidos del siglo XIX. En ella, Tocqueville pone de manifiesto cómo a través del peso equivalente de todas las opiniones, independientemente de la posición social que ostentase cada ciudadano, hacían de la democracia norteamericana una estructura eminentemente igualitaria en contraposición con las viejas sociedades europeas. Esta opinión igualitarista y generalista era utilizada para crear marcos cognitivos que ejerciesen un poder de dominación sobre las minorías existentes, marcando el rumbo de las demandas tanto sociales como políticas de aquella época. El peso de dichas interpretaciones ciudadanas cobra mayor relevancia con el avance de los medios de comunicación, tal y como plantea Habermas en sus estudios sobre el desarrollo de la opinión pública. Según él, los medios de comunicación fueron un instrumento indispensable para formar el entorno político que marcó la transición de los sistemas absolutistas a los regímenes democráticos liberales entre los siglos XVII y XIX. Basta con retrotraerse a la Inglaterra de la década comprendida entre 1678 y 1688 para comprobar cómo los padres fundadores del liberalismo crearon una serie de marcos cognitivos apelando a lemas como «Papismo, no. Esclavitud, no. Libertad y propiedad». En el fondo de este relato propagandístico subyacía la defensa encendida de unaserie de demandas políticas y sociales innovadoras como eran, no sólo la libertad y la propiedad, sino una emancipación religiosa o la implantación de una serie de mecanismos de control del poder que lo hiciesen divisible, revocable y limitado. Se trataba de reivindicar, a través de una serie de marcos cognitivos, valores fundamentados sobre la base del individualismo y la responsabilidad en contraposición al absolutismo despótico dominante en aquella época. Con el paso del tiempo, se fue haciendo más evidente cómo tanto los líderes políticos como los impulsores de los movimientos sociales hacían uso de los marcos cognitivos como herramienta para formular problemas y proponer posibles soluciones, así como para incitar a los posibles votantes a unirse a las movilizaciones. Un ejemplo gráfico y actual de lo que sería un marco cognitivo plasmado en nuestro tiempo es el constante uso que hacen desde Podemos del concepto «puertas giratorias» para referirse al paso de expolíticos a los consejos de administración de diversas multinacionales. Pablo Iglesias, gracias al inteligente uso de los medios de comunicación, ha logrado crear en las mentes de los ciudadanos la idea de que existe esa puerta giratoria. Una mayoría de la población estima que cada expolítico que abandona su cargo da el salto de forma directa e inmediata a una gran empresa cobrando sueldos desorbitados. Objetivamente, la realidad no es exactamente como el líder de Podemos lo plantea. Para comenzar, ésta es una cuestión que está reglamentada en la Ley de regulación de los conflictos de intereses de los miembros del Gobierno y de los altos cargos de la Administración General del Estado. Dicha Ley establece que los altos cargos que abandonen su puesto tienen un periodo de dos años en los que existen una serie de limitaciones a la asunción de responsabilidades en empresas privadas y la obligación de presentar ante la oficina de conflicto de intereses un informe acerca de las actividades a realizar. De igual forma, deben inhibirse de realizar cualquier actividad que guarde relación con las responsabilidades desempeñadas en el cargo público anteriormente ejercido. Por lo tanto, el salto desde la política a la empresa privada no es tan inmediato como podría parecer. Si lo analizamos desde un punto de vista numérico y nos remontamos a los 3 últimos Gobiernos de nuestra democracia (los referidos a la época de Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero) comprobamos que solamente 3 de cada 10 exministros fueron a parar a empresas privadas tras abandonar su cargo institucional. La realidad es que la gran mayoría o bien ha retornado a su actividad profesional previa o han continuado trabajando en el ámbito político. A tenor de esto, vemos cómo a pesar de la refutación que nos demuestran los datos legislativos y cuantitativos, este marco cognitivo ha sido creado de forma exitosa. MARCOS COGNITIVOS EN CONFLICTO El problema puede radicar en que dos marcos cognitivos diferentes entren en conflicto. En este caso, sucede cuando combinamos la idea de las puertas giratorias y las pensiones de los exministros. De tal manera que podemos encontrar críticas en este sentido como las plasmadas por el periodista Ignacio Escolar en las que afirma que: Hay cierta demagogia en quienes cuestionan el sueldo tras dejar el cargo y, al tiempo, pretenden que los políticos vivan del aire. Se puede criticar las pensiones de los exministros o que salten desde lo público a lo privado sin cumplir un periodo de descompresión, pero no ambas cosas al mismo tiempo. No son los dos únicos marcos cognitivos que entran en conflicto entre sí y cuya cohabitación resulta difícilmente comprensible. Desde Podemos hacen uso de algunos otros cuya nomenclatura suele chirriar a oídos del ciudadano. Es habitual escuchar a Pablo Iglesias decir que en su formación política están los mejores. Profesores universitarios, investigadores, trabajadores altamente cualificados… Básicamente se fundamenta en el principio de meritocracia. Mérito y esfuerzo como valores en alza para promocionar dentro de su organización y como garante de éxito de cara a los votantes. Una visión meritocrática que choca de forma diametralmente opuesta con la manera en que conforman sus listas electorales basándose en el principio de listas cremallera, es decir, hombres y mujeres ocupando puestos alternos. No es posible apostar por el mérito propio pero a la vez aplicar principios basados en la discriminación positiva en detrimento de las cualidades personales de cada individuo. MARCOS COGNITIVOS EN NUESTRA SOCIEDAD De igual manera, existen una serie de marcos cognitivos creados en nuestra sociedad difícilmente refutables desde un punto de vista estrictamente moral o ético. Uno de ellos es el concepto de igualdad, considerado por muchos como una de las grandes victorias del marxismo. Sin embargo, desde una perspectiva netamente analítica podemos afirmar que la igualdad no es buena per se, es decir, cuando imaginamos una sociedad donde predomine la igualdad, tendemos a pensar en países como Dinamarca, Noruega o Suecia. Pero la realidad es que dicha igualdad no es una cuestión idílica, ni garante de mayores cotas de bienestar y prosperidad. Se presupone que el ciudadano medio preferirá vivir en países como Canadá, Estado Unidos o Singapur antes que hacerlo en Corea del Norte o Irak, pero a tenor de los datos que nos ofrece el coeficiente de Gini (el mayor indicador de la desigualdad) comprobamos como los primeros Estados son tremendamente desiguales mientras que los segundos son de los más igualitaristas del planeta. De hecho, en muchos lugares la desigualdad es signo de distinción, por ejemplo, las historias de superhéroes muestran la desigualdad de dichos personajes sobre el resto de la población, siendo capaces de realizar acciones fuera de lo común. De esta forma, mientras sociedades como la norteamericana tienen una concepción de la desigualdad positiva, en Europa no son pocos los colectivos que defienden a ultranza la idea de la igualdad material abrazando como argumento el coeficiente de Gini. Posiblemente si extrajéramos de este indicador a personas del nivel de Bill Gates, Mark Zuckerberg o Amancio Ortega, tanto Estados Unidos como España contarían con un índice de desigualdad menor. ¿Es esto un dato positivo? El marco cognitivo que estamos analizando diría que sí puesto que numéricamente disminuiría la desigualdad. La realidad es que el principio basado en que la igualdad es buena ha sido aceptado por el imaginario social debido a la existencia de un marco cognitivo. No hay más que comprobar cómo cuando repartimos una herencia, lo hacemos en términos proporcionales. Lo mismo sucede al realizar el reparto de los trozos de un pastel de cumpleaños. Parece obvio que hay que cortarlos a partes iguales pero ¿Por qué? Tal vez haya gente que esté a dieta y sólo quiera probar un poco mientras que otros más golosos estarían encantados de tener una porción mayor, algunos quieren la parte donde está la guinda y otros prefieren más chocolate. La igualdad no tiene por qué ser evidente. Sin embargo, lo consideramos como tal. IDENTIFICACIÓN IDEOLÓGICA Como hemos podido comprobar, muchos de estos marcos cognitivos son creados de manera deliberada basándose en otros marcos creados previamente y de manera espontánea. La concepción del Estado como una extensión de la autoridad paterna/materna es universal a casi todas las ideologías y épocas históricas. Decimos que «el Estado cuida de nosotros» o que «la patria envía a sus hijos a combatir al frente». Sin embargo, tal y cómo identifica Lakoff, la derecha tiende a usar la imagen del «padre estricto» mientras que la izquierda lo concibe como una «madre comprensiva». La madre comprensiva quiere a sus hijos incondicionalmente y asume que pueden cometer errores. Permite que vuelvan tarde a casa y les da generosas propinas. Está para ayudarles en todo momento, independientemente de lo que hagan. Por otra parte, también se interesa por suvida, en algunos casos llegando a preguntarles y a darles consejos en su vida íntima, no para censurarles sino para protegerles. Es la madre que te da lecciones sobre sexualidad y hasta te pide que lleves un par de preservativos en la cartera «por si acaso». El padre estricto entiende que el mundo es peligroso y ambiciona preparar a sus hijos para que sean responsables y capaces de sobrevivir por su propia cuenta. Desde niños, les pone límites y les inculca los valores de la disciplina. Más que transmitir valores, su papel es el de censurar aquellos comportamientos que considera nocivos. A diferencia de la madre comprensiva, jamás te preguntará por tu vida sexual ni te dará preservativos: en su lugar, te castigará si descubre que has sido irresponsable con tu pareja. A priori parece difícil preferir este segundo modelo pero, en realidad, tiene un sentido mucho más liberal que el primero. A fin de cuentas, la madre comprensiva intenta guiar a sus hijos en todo momento. El padre estricto, por el contrario, ofrece una mayor área de libertad con tan sólo unas pocas limitaciones. Las personas que se identifican con la visión de madre comprensiva (generalmente de izquierdas) dan por supuesto que el Estado también debe guiar a los ciudadanos y, por tanto, cubrir todas y cada una de sus necesidades materiales. Frente a esto, encontramos a aquellas personas que simpatizan más con el enfoque basado en la figura del padre estricto (generalmente de derechas). Éstos suelen argumentar que, a partir de ciertas necesidades básicas tales como la alimentación o la cobertura sanitaria, los individuos deben ser responsables de sus propios errores. De esta manera, sería lógico que quien ha sido capaz de sacrificar determinadas cosas en su vida en pos de sus aspiraciones profesionales tenga una mejor posición económica. Incluso estas dos visiones pueden apuntar a la misma idea pero con marcos totalmente distintos. Pongamos por ejemplo, las drogas de uso recreativo (marihuana, cocaína, heroína, etc…). Tanto en Estados Unidos como en Europa están prohibidas. En Europa, la perspectiva se acerca más a la de la «madre comprensiva». Esto significa que entendemos que el Estado debe encaminar a los ciudadanos a unos hábitos de vida más saludables pero sin censurar en exceso los malos comportamientos. La consecuencia es que las administraciones, a todos los niveles, destinan recursos a educar a los jóvenes para que no sólo eviten las drogas sino que además se diviertan de forma sana (muchos ayuntamientos abren sus centros cívicos por las noches para que los adolescentes realicen actividades culturales en vez de emborracharse en los bares, las instituciones educativas emprenden campañas para promocionar el uso del preservativo, etc…). En algunos municipios se ha llegado a pagar un local con profesional médico destinado a ayudar a los drogadictos a inyectarse heroína cumpliendo unos requisitos mínimos de higiene para asegurar, al menos, que el daño fuese el menor posible. En la mayor parte de los países, la ley no penaliza el consumo de estupefacientes y las penas por tenencia son suaves o inexistentes siempre y cuando sean cantidades pequeñas destinadas al consumo individual. En América, sin embargo, la perspectiva en este caso se acerca más a la del padre estricto. Los Estados no entienden que tengan que guiar a sus ciudadanos, especialmente cuando son adultos. La administración, en este caso, se limita a trazar una línea roja: tomar drogas está prohibido. Eso significa que si alguien consume o tiene sustancias ilegales, está cometiendo un delito que debe ser penado acorde a la ley. Sería impensable que, con dinero público de todos los ciudadanos se ofrecieran drogas a los ciudadanos. Lógicamente, no todo el mundo es 100% padre estricto o 100% madre comprensiva. Tampoco existe un único marco común a todos sino diversos marcos cognitivos. Algunos son más generales que otros. Como hemos visto, los marcos cognitivos se complementan y pueden ser totalmente distintos en distintas áreas. Uno puede ser un padre estricto cuando se trata de cuidar de sus hijos y a la vez ser votante de izquierdas cuando se trata de hablar del Estado. ESTEREOTIPOS COMO HERRAMIENTA Los estereotipos y los prejuicios también configuran marcos. En muchos casos están tan metidos en nuestro ADN que ni nos damos cuenta de que existen. La llamada «Construal Level Theory» dice que cuanto mayor es la distancia percibida, bien sea temporal, geográfica o cultural, mayor es nuestro nivel de generalización. Es una de las principales explicaciones del origen de los estereotipos. El mejor ejemplo para entender esto es nuestra percepción de la cultura islámica. Al igual que en el cristianismo existen distintas tendencias (católicos, calvinistas, luteranos, anglicanos, etc…), en el islam encontramos ramas y vertientes diferentes (chiíes, suníes, etc…). Estas diferencias pueden ser cruciales de cara a posicionamientos políticos o influencia de la religión en la vida pública. Sin embargo, al verlos como una religión lejana, tanto física como culturalmente, tendemos a identificarlos como un todo. En muchos casos, asumimos que todos los musulmanes tienen la misma opinión con respecto a un posicionamiento u otro. En algunos medios, la única distinción que se hace es entre «moderados» o «radicales». Lo mismo pasa en los partidos políticos. Desde fuera, los medios los presentan como un grupo de gente con las mismas ideas. En el mejor de los casos, distinguen entre un «ala dura» y un «ala moderada». Sin embargo cualquiera que forme parte de una formación entiende que en su partido convergen numerosas ideologías que van más allá de la radicalidad o no radicalidad de los planteamientos (en el Partido Popular convergen conservadores, democristianos, liberales, reformistas, social liberales, etc… ¿Cuál de todas estas tendencias sería la moderada y cuál no?). Sin embargo, desde fuera es fácil caer en la generalización y, finalmente, en el estereotipo (todos los del PP son religiosos y amantes de los toros o todos los socialistas son proabortistas, ateos y anticapitalistas). El mejor ejemplo para entender esto son los esquimales. Si preguntásemos ¿dónde vive un esquimal? todos, de primeras, contestaríamos que en un iglú. Es una concepción casi universal de nuestra sociedad pero la realidad es que los iglús sólo eran utilizados para aquellas noches en las que las largas horas de pesca o caza impedían que los esquimales pudiesen regresar a sus casas. Unas viviendas que suelen ser modernas, bien de madera o bien de piedra o con materiales importados. EL LENGUAJE SE CONFIGURA A TRAVÉS DE METÁFORAS En «Metáforas de la vida cotidiana», Lakoff explica el modo en el que construimos el lenguaje en torno a metáforas y metonimias. Estas analogías van más allá de una simple figura literaria, y configuran la forma en la que entendemos las cosas. De hecho, nos las encontramos en todos los aspectos de nuestra vida y, lo que es más, configuran el modo en el concebimos la realidad. Dicho de otra forma, crean marcos. Por ejemplo, «El amor es guerra» es una metáfora que implica una forma de acercarse a las relaciones. Hay una parte que ataca, que intenta tomar posiciones (proponer una primera cita, dar el primer beso, etc…) y otra que defiende y resiste. Alguien que lo viera desde fuera podría pensar que es algo ridículo. ¿Por qué hay que dar tantos pasos cuando las dos partes quieren empezar una relación? Sin embargo, todos hemos dicho/oído alguna vez «te quiero conquistar» o «voy a entrar a matar». En inglés americano se recurre a una metáfora propia del beisbol: «tocar base» para esos momentos clave que sirven para avanzar a la siguiente fase del proceso de seducción (primer beso, primera caricia, primer encuentro sexual, etc…). En contraposición tenemos que «el amor es un camino» que la pareja emprende. A diferencia del anterior ejemplo, en este caso las dos partes de la pareja comparten un mismo objetivo. Ya no es una confrontación sino un juego de colaboración: «caminamosjuntos», «iré contigo donde quiera que vayas», etc… También sirve para justificar una ruptura: «esto no nos lleva a ninguna parte» o «vamos por caminos diferentes». Pese a que sean contradictorias, ambas metáforas son de uso común, al menos en el español de España. Escogemos una u otra en función de la idea que necesitamos transmitir en cada momento. Es decir, de forma inconsciente entendemos que hay unos marcos asumidos por el oyente («el amor es un camino» y «el amor es una guerra») y nos basamos en ellos para construir un enunciado que sea comprensible y creíble. El amor es un camino. El nuestro ya no nos lleva a ninguna parte. Conclusión: tenemos que «romper». El ejemplo de arriba sólo funcionaría con alguien que aceptara la primera premisa. De otro modo, si sólo decimos «lo nuestro no nos lleva a ninguna parte», la otra persona diría ¿A qué parte? ¿A dónde se supone que nos debe de llevar? ¿De qué hablas? En realidad es un proceso cognitivo de asociación. Aprendemos las cosas a partir de otras que ya sabemos. Cuando estudiamos inglés, no estudiamos el vocabulario y la gramática desde el principio sino que partimos de conceptos que ya sabemos de nuestro idioma materno. De esta forma nos dicen que «hola» se dice «hello» y «león» se dice «lion». Lo mismo ocurre con las ciencias y, por supuesto, lo mismo ocurre con la ideas nuevas, bien sean propuestas políticas o productos nuevos. Cuanto más abstracta es una realidad, mayor esfuerzo metafórico requerimos para explicarla. Eso explica el uso de la espacialidad y la direccional en algo tan inmaterial como la economía. Decimos que «la bolsa sube» cuando realmente no hay ningún cuerpo que esté ascendiendo. En este caso, queremos decir que ahora se paga más dinero por las acciones de los valores que cotizan en el índice bursátil. Sin embargo, damos por hecho que subir está relacionado con algo bueno (riqueza, virtud) y bajar es algo malo (pobreza, perversión). Así es que la bolsa sube, el arte nos eleva, el cielo está arriba y el infierno está abajo. Por otra parte, cuanto mayor es nuestro intento por convencer a un auditorio, mayor es el esfuerzo en encontrar metáforas que nos sean útiles para construir un discurso. Nuevamente, uno de los éxitos retóricos de los autores marxistas ha sido el instalar la metáfora «el capitalismo es un villano» en el imaginario colectivo. Efectivamente, «el capitalismo es un villano». Y, como tal, es una persona con rasgos, motivaciones y necesidades. En los textos de izquierdas no son las empresas las que se internacionalizan sino que es el capitalismo, en sí mismo, el que necesita expandirse. Es el capitalismo el que obliga a los Estados a liberalizar su economía para poder pagar su deuda externa, o el que subyuga a los ciudadanos para que salden sus cuentas con el banco. En la siguiente cita, del escritor uruguayo, Eduardo Galeano, encontramos un ejemplo realmente bello para ilustrar la metáfora: Como Dios, el capitalismo tiene la mejor opinión sobre sí mismo, y no duda de su propia eternidad. En la construcción lingüística de Galeano, el capitalismo se humaniza hasta tal punto que incluso es consciente de su propia existencia. Lo que en apariencia no es más que una figura retórica, se convierte en un marco a partir del cual muchas ideas tienen o dejan de tener sentido. Si asumimos que el capitalismo es una construcción con personalidad propia, fenómenos como construir una fábrica en un país con salarios más bajos, tienen un sentido significado absolutamente distinto. Es más, de no entender que «el capitalismo es un villano», podríamos pensar que externalizar servicios a un país del tercer mundo es, a gran escala, algo muy parecido a aprovechar las ofertas especiales cuando hacemos la compra en el supermercado (en ambos casos, contratamos o compramos algo porque nos sale más barato que en condiciones normales). Sin embargo, ya no es una empresa, con su junta directiva y sus trabajadores, la que toma la decisión de hacer negocios en el extranjero. Es el capitalismo, con su personalidad depredadora, el que necesita buscar nuevas víctimas. APLICACIÓN PRÁCTICA: EL ABORTO Y LA BATALLA POR EL MARCO Éste es el único caso en todo el libro en el que no vamos a hablar del éxito de ningún grupo en particular sino de una batalla ideológica que aún no ha terminado. Las dos posiciones enfrentadas (pro-abortistas y anti-abortistas) están utilizando una estrategia retórica tan brillante que es prácticamente imposible determinar un ganador claro. Por eso, vamos a analizar el marco que proponen ambos. Pocos temas levantan tantas pasiones como el aborto (al menos en España, que es el caso que vamos a analizar). Tanto los que están a favor como los que están en contra lo consideran una de las piedras angulares de su cosmovisión del mundo. Por eso, ninguno de los dos bandos da la batalla por perdida. En el caso de los contrarios al aborto, su marco parte por la defensa de la vida. De hecho, uno de sus mayores éxitos discursivos es el haber creado el término por el que se les define: «pro-vida». Es difícil no estar de acuerdo con su marco inicial: la vida humana es el principal valor al cual se debe supeditar todo lo demás. A partir de aquí, asumen que el feto es una persona viva y, por tanto, el aborto es un asesinato. Para ello, se sirven de informes científicos y de ecografías conmovedoras para demostrar que, efectivamente, el nasciturus merece ser considerado como un sujeto de derechos. Explicado de forma esquemática, su estructura de marcos sería así: El derecho a la vida es el valor más importante en nuestra sociedad (marco de enganche: casi toda la sociedad acepta este principio). El feto es un ser vivo (premisa a debatir). Luego el aborto es un asesinato (conclusión). Se trata de una estructura argumental implacable. Si los pro-aborto aceptaran este marco, el debate se centraría en si el feto es o no un ser vivo. Y cierto o no, es muy difícil argumentar ante una ecografía. Así pues, el marco para defender la postura contraria parte de una base absolutamente distinta. Los pro-aborto o, como se les llama en Estados Unidos, «pro-elección», enfocan la cuestión desde la perspectiva de los derechos de la mujer. Ésta es quien físicamente gesta el feto, con todo el desgaste de energía, esfuerzo y privaciones que eso supone y, por tanto, es la única persona que está legitimada para decidir si da a luz o si interrumpe el embarazo. Cualquier intento de influir en esa decisión es una violación de la libertad de elección de la mujer y, por tanto, de sus derechos. La mujer es quien gesta el feto y quien hace todo el trabajo físico para tener un hijo (marco de enganche: casi toda la sociedad acepta este principio). Luego es la única persona legitimada para decidir si aborta o no (premisa a debatir). Cualquiera que intente influir, está violando su libertad (conclusión). En este punto es donde conectaríamos con otro marco que refuerza aún más la argumentación: la lucha por la igualdad. Durante siglos, las mujeres han estado aisladas en el entorno familiar. La modernización y democratización de la sociedad pasa por dotar a la mujer de los mismos derechos que el hombre: derecho al voto, derecho al trabajo y libertad para tomar sus propias decisiones. Tener un hijo es una decisión crucial que cambia irremediablemente su vida. Los hombres, al margen de consideraciones éticas, pueden marcharse y dejar a su pareja sola. Ellas no. De esta forma, el aborto sería un paso de gigante en la lucha por la igualdad de derechos. Y lo que es más, el «anti-abortismo» propone un retroceso. Atacar esta argumentación sin toparse con los pilares ideológicos del feminismo es una tarea realmente difícil, si no imposible. Así se explica que, cuando Zapatero sacó su ley del aborto, lo hiciera a través del Ministerio de Igualdad: bajo su lógica, se trataba de una cuestión de derechos de la mujer. Cuando Rajoy sacó la suya, lo hizo a través del Ministerio de Justicia: en su visión, se trata de un asunto penal. A partir de estos dos planteamientos,surgen las caricaturas de los contrarios. Los «pro-vida» consideran que los «pro-elección» son inmorales que anteponen su propio bienestar a la vida humana por pura conveniencia. Éstos, a su vez, caricaturizan a sus oponentes como extremistas religiosos que quieren conservar un modelo de sociedad machista y primitiva. Es difícil encontrar artículos de los anti-abortistas tratando de desmontar los argumentos de sus oponentes y al revés. Cada grupo se limita a desarrollar su marco y a tratar de ganar nuevos adeptos a su causa. En los últimos tiempos, los pro-abortistas daban por sentado que habían ganado. La ley aprobada por Bibiana Aído durante el Gobierno de Zapatero colmaba en buena medida sus expectativas y parecía cerrar el debate. Sin embargo, el nuevo ejecutivo de Rajoy, apoyado por los grupos anti-abortistas, propuso una modificación del texto reabriendo así la cuestión. El debate, encarnizado como pocos, se saldó con la dimisión del Ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, encargado de llevar a cabo esta nueva legislación. Sin embargo, esto no significa ni mucho menos una victoria. A día de hoy, los anti-abortistas continúan demostrando su poder de convocatoria en cada una de las manifestaciones que celebran, donde superan con creces a sus rivales, cuyo poder descansa en los medios de comunicación, donde, a excepción de los más conservadores, el resto mantiene una postura más o menos clara a favor del aborto. La batalla continúa. «El palacio de toda victoria se construye sobre el pueblo entero» Ho Chi Minh Adáptate al marco de tu audiencia Existe un paso previo y no por ello menos importante, antes de ser consciente de la necesidad de adaptar el marco a nuestra audiencia. Es el hecho de adaptar nuestro propio marco a nosotros mismos. Esto significa tener claros cuales son nuestros objetivos y metas. Así lo explicaba Joe Napolitan, el padre de la consultoría política moderna, en su famoso texto «100 Thing I Have Learned in 30 Years as a Political Consultant» de 1986 en el que planteaba la necesidad de asegurarse de que nuestro candidato sabe por qué se ha presentado a las elecciones y es capaz de responder a la pregunta «¿Por qué debo votarle a usted en lugar de a su oponente?». El ejemplo clásico de esto es el del senador Edward M. Kennedy tartamudeando ante la pregunta «¿por qué desea ser presidente?», planteada por Roger Mudd de la CBS en 1980 justo antes de que Kennedy empezara su campaña ante el presidente Jimmy Carter. Kennedy se mostró dubitativo, sin una idea clara y pudo haber perdido las elecciones justo en ese momento. En realidad, es sorprendente cuántas dificultades tienen muchos candidatos con la pregunta, «¿por qué se presenta?». Sería lógico creer que en el momento en que decidieron presentarse, deberían saber por qué lo hacían. Por lo tanto, existe un pre paso a la hora de adaptar el marco a la audiencia. Adaptar nuestro propio marco a nuestra idea mental. FACTORES QUE DETERMINAN NUESTRO MARCO Tras realizar éste, en apariencia, sencillo ejercicio de autorreflexión, debemos comenzar analizando las premisas que maneja nuestra audiencia. Tal y cómo afirma Lakoff, sólo aceptamos aquellas ideas que guardan coherencia con nuestro marco. Si, por alguna razón, nuestro enunciado no conecta con los que ya tenemos instalados o no entendemos lo que nos dicen, directamente lo rechazamos. Dicho en lenguaje de la calle: lo que decimos tiene que tener «sentido común». Cuando Willi Münzenberg tiene que sumar a los intelectuales europeos a la causa soviética, evita hacer referencias explícitas al comunismo. De hecho, debido a su condición de afiliado al Partido Comunista, usaba intermediarios para dirigirse a determinadas personalidades. De otro modo, sus ideas se habrían visto como algo pintoresco o incluso despreciable. Para conectar con el marco de su audiencia, apelaba a valores morales como la solidaridad o la justicia. Podría parecer que utilizar estos principios «humanos» es un ejercicio evidente. Sin embargo, ese sentido común que consideramos universal varía enormemente entre países, sociedades o colectivos. Uno de los marcos de mayor calado en la sociedad española y en las occidentales, en su conjunto, es la idea de que en «el medio está la virtud», haciendo evidente que los extremos son tremendamente negativos y peligrosos. Tendemos a analizar cualquier debate en un eje donde hay dos posturas contrapuestas y un centro que necesariamente incluye lo mejor de cada lado y que, por tanto, es la opción correcta. Todos los partidos políticos «de mayorías» intentan conquistar el «centro» y tachan a su oponente de ser un extremista. En las encuestas de opinión del CIS, la opción mayoritaria de los españoles, en una escala del 0 (extrema izquierda) al 10 (extrema derecha) es el 5. Incluso en temas como la religión, el culto más extendido es el de «cristiano no practicante», es decir, el supuesto «término medio» entre los dos extremos cristiano practicante y ateo. Incluso en el lenguaje, la palabra moderación se asocia comúnmente con algo bueno o inteligente. Sin embargo, por mucho que tratemos de satanizar el pensamiento basado en la negatividad de los extremos y las bondades de la centralidad, no siempre tiene que ser un planteamiento basado en la lógica. En realidad, el centro es algo absolutamente circunstancial. La clave fundamental radica en dónde se encuentren situados los extremos. Por ejemplo, en el Afganistán de los talibanes, las dos grandes tendencias se dividían entre los integristas más radicales y aquellos que proponían un modelo occidental. El centro, en este caso, estaría representado por la Alianza del Norte (apoyada por EEUU). En una entrevista, uno de sus líderes afirmó que «nosotros no queremos ningún cambio radical y por supuesto que continuaremos lapidando a las adúlteras… pero utilizaremos piedras más pequeñas que los talibanes». Por consiguiente, cualquier formación política que propugne una defensa férrea de la democracia y de los derechos humanos en Afganistán será radical y extremista comparada con el contexto existente. En el mundo occidental también vemos situaciones como ésta. En Estados Unidos, donde la Segunda Enmienda de la Constitución protege el derecho a tener y portar armas de fuego, una postura completamente abolicionista como la de la legislación española (donde está terminantemente prohibido tener cierto tipo de armas para civiles) se consideraría un atentado contra el sentido común incluso por muchos sectores de izquierdas. Sin embargo, en España nos parecería inconcebible que alguien defendiera la moderación en el uso y tenencia de armas. Lo mismo sucedería en el campo empresarial. Donde también existe la idea de un marco lineal con dos extremos y un centro en el que se encontraría la virtud. Muchas empresas lo utilizan. BQ, un fabricante español de dispositivos electrónicos, lanzó su nueva línea de móviles en tres gamas distintas: una muy barata (79,00 €), otra «moderada» (entre 129.00 € y 199.00 €) y una de lujo (299,00 €). Se trata de una marca que se intenta posicionar en un segmento de «móviles económicos» y, sin embargo, su productos más vendidos no son los de 79,00 € sino los de la «gama media». Otro marco previamente establecido es la identificación de los ciudadanos con sus respectivos estados-nación. De esta forma, realizamos afirmaciones del estilo «Alemania ha subido los impuestos», «los americanos invadieron Irak» o «el penúltimo mundial de fútbol lo ganamos nosotros». No es Alemania quien sube los impuestos sino el Gobierno del país; no son los americanos los que invaden Irak, sino su ejército debido a una decisión de la Administración; ni nosotros hemos ganado un Mundial de fútbol, sino los jugadores de la Selección Nacional. Éstos son tres ejemplos de tres ideas que construyen un marco, dando por hecho que el Estado son los ciudadanos. Se trata de darle un sentido global a algo concreto. Al mismo tiempo, llama poderosamente la atención el hecho de que la gente tienda a darle ese sentido globala algo concreto cuando ese algo es positivo. Cuando es negativo no se suele realizar. Lo podemos comprobar con las cuestiones relativas al deporte. Cuando la Selección Nacional de Fútbol encadenó Eurocopa, Mundial y Eurocopa, todos decíamos que habíamos ganado estos trofeos, sin embargo, cuando en el pasado Mundial nos eliminaron a las primeras de cambio, el discurso cambió y ya no éramos nosotros los derrotados, sino los futbolistas de la Selección Española. En este punto es necesario detenerse a reflexionar sobre la concepción antiglobalizadora de algunos intelectuales fuertemente influenciados por el marxismo. Dicho pensamiento antisistémico, claramente opuesto al modelo capitalista y fundamentado en la teoría del sistema-mundo de Immanuel Wallerstein, se materializaría únicamente a través de los movimientos socialistas o nacionalistas. El problema es que en España, esa concepción contra el sistema económico y cultural sólo ha tenido arraigo a través de los nacionalismos periféricos. Una concepción falaz que fija como objetivo de su crítica el imperialismo, tanto en su dimensión económica como cultural, obviando elementos que desmontarían tanto la visión teórica (no hay más que contraponer esta visión a la de Adam Smith) y práctica (la realidad económico-cultural de algunos Estados-nación como podrían ser Etiopía o Australia rebate esta argumentación). La misma visión antiglobalizadora es compartida por otro de los ideólogos de esta corriente de pensamiento: Noam Chomsky, quien defiende que un sistema global tiene como única finalidad el control absoluto por parte de las potencias más poderosas, principalmente Estados Unidos, en una relación de vasallaje sobre los Estados periféricos, tanto de la realidad económica, como de la social y política. Sin embargo, cae en el error de obviar que son los padres del liberalismo inglés encarnados en ilustres pensadores como Locke, Burke o el propio Smith los que mayor hincapié hicieron en contra de las desigualdades predominantes y contra el poder despótico y absolutista preexistente. En esa línea se mueve también Saskia Sassen, socióloga de referencia para Pablo Iglesias en sus clases en la Universidad Complutense. Sassen establece que la mano del neoliberalismo sería la culpable de los grandes males que están generando el sistema globalizador pero la gran diferencia con los referentes de Podemos que hemos analizado previamente es que Sassen no establece unos personajes claros, no estudia los efectos de la globalización en términos dicotómicos basados en buenos y malos, sino que se centra en procesos y lógicas que generarían graves desigualdades mundiales. Un punto discrepante con la teoría marxista clásica según los planteamientos de Sassen sería su idea basada en el que ni los Estados, ni los partidos políticos, ni los propios votantes ejercen un papel político en la práctica, siendo las minorías sociales, las multinacionales, los diferentes colectivos culturales o las ONGs las que ejercerían de catalizador del cambio político. Sin embargo, comparte con Chomsky y con los líderes de Podemos esa visión culpabilizadora de todos los grandes males que confluye en Estados Unidos como actor político. DISONANCIAS COGNITIVAS Como ya hemos visto, existen marcos contradictorios entre sí. Pero eso no significa que no pensemos de manera lógica. Al contrario, la lógica deductiva funciona en todos los marcos, en todos los sistemas y en todas las culturas. Habermas, en su «Teoría de la acción comunicativa», habla de la tribu africana de los «zande» como ejemplo de sociedad no científica (en sus palabras, que tiene una «comprensión mítica del mundo»). Cuando analiza su pensamiento, descubre que, en contra de lo que podría pensar, su forma de razonar también es lógica. La diferencia es que ellos no necesitan contrastar con la realidad objetiva sino que les basta con que un enunciado guarde coherencia con su corpus de creencias. Sin embargo y pese a la lógica, hay momentos en los que dos premisas se contradicen. Volvamos al ejemplo de la identificación ciudadanos/Estado- nación. Aceptamos que, en una democracia, el Estado es un reflejo de lo que quieren los ciudadanos. Los parlamentarios son los representantes de los votantes. Los políticos se sienten legitimados porque «la gente los ha elegido». Los periodistas afirman que, en la Constitución, «los españoles nos dimos derechos a nosotros mismos». Sin embargo hay un problema, aceptamos que los ciudadanos somos el Estado, y que atacar al Estado es atacar a los ciudadanos. Pero entonces… ¿También deberíamos identificarnos con los políticos corruptos? ¿También nos identificamos con el Gobierno cuando hay una crisis económica y el paro no deja de subir? En la mayor parte de los casos, no. A nadie le gusta culparse a sí mismo. Los psicólogos llaman a este fenómeno «disonancia cognitiva». Es la tensión que se produce cuando tenemos dos creencias contradictorias entre sí. En estos casos, ocurren dos cosas, o bien cambiamos una de nuestras ideas o bien creamos una nueva que nos justifique. Es algo que se produce a diario y en todas las áreas de la vida. Sabemos que fumar es perjudicial para la salud y, sin embargo, fumamos. Entonces decimos «lo dejaré cuando termine la carrera» o «son sólo unos pocos cigarrillos al día, no creo que me afecte». En este caso, la disonancia cognitiva se produce cuando asumimos que «nosotros formamos parte del Estado» y, a la vez «el Estado no funciona». Esta contradicción es más profunda cuando hemos votado o simpatizamos con el partido que está en el Gobierno y éste no cumple nuestras expectativas. Ante ese caso, pueden darse dos opciones distintas: Cambio una de mis premisas («Estado y ciudadano son distintos» o «los corruptos son sólo una minoría»). Me invento una excusa que justifique la contradicción (Nuestro sistema no es realmente democrático y, por tanto, los políticos no representan a los ciudadanos). De esta forma el «no nos representan» que se coreaba en el 15M es el enunciado necesario para resolver una disonancia cognitiva entre los simpatizantes del partido que estaba en el Gobierno (PSOE). Sin embargo, los que nunca habían confiado en los socialistas, simplemente cambiaron una de sus premisas: el Gobierno ya no refleja nuestras demandas y exigimos un adelanto electoral. De esta forma, ambas posturas (izquierdas y derechas) resolvieron su disonancia cognitiva. Unos interpretaron la contradicción como un error de premisa y los otros crearon una nueva. DESMONTANDO MARCOS Es aquí donde llegamos a uno de los marcos más importantes a la hora de fraguar el éxito electoral de Podemos. Es el marco que empleamos para concebir la política basado en un eje bidimensional izquierda-derecha. Bajo esa concepción y basándonos estrictamente en las propuestas presentadas en el programa electoral de las pasadas elecciones europeas, Podemos se encuadraría en la extrema izquierda. Como hemos visto, ésa es una situación muy poco ventajosa. Uno de los marcos fundamentales en nuestra sociedad es que los radicalismos son, por definición, malos y la moderación es un sinónimo de virtud. Por este motivo, formaciones como Izquierda Unida nunca han tenido una gran repercusión desde el punto de vista de la representatividad política. Ellos optaron por anclar su discurso y sus formas al eje bidimensional basado en izquierda-derecha asumiendo su papel residual a la izquierda del centro izquierda que representa el PSOE. Es ahí donde «Podemos ha logrado fraguar parte de su éxito. Ha sido capaz de salirse de ese planteamiento dicotómico y crear un marco distinto. Como veremos en el siguiente capítulo, la primera oleada de votantes de esta formación venía de haber votado o, al menos, simpatizado, con el PSOE. Eran de izquierdas. Sin embargo, percibían al nuevo partido como un «movimiento ciudadano» ajeno a cualquier clasificación de extremos. Se trata de una operación discursiva realmente difícil. La premisa «la moderación es buena» incluye un eje con dos direcciones: izquierda y derecha.Esta clasificación es también uno de los marcos asumidos por todos. De hecho, está presente en otros ámbitos ajenos a la política. Real Madrid/Barcelona, Windows/Apple, Star Wars/Star Trek, Beatles/Rolling Stones, etc… Es la brújula que usamos para orientarnos en entornos complejos. Y romperla significa desorientar al votante. De hecho, no es la primera vez que un partido político nuevo intenta salir de esa dicotomía con un éxito cuestionable. Los llamados «partidos de tercera vía» también huyen de estos planteamientos. Rosa Díez, de Unión, Progreso y Democracia, se esfuerza en hacer calar un discurso de «transversalidad». A priori, este esquema podría situarla en el centro político: la posición en la que todos quieren estar porque representa la moderación. Sin embargo, el apoyo que recibe en las urnas es minoritario. Los votantes se sienten desorientados y desconfían de un proyecto político que ni siquiera saben cómo clasificar. Podemos ha conseguido romper un marco a base de activar otro que también estaba previamente instalado en buena parte de la sociedad. Es decir, su forma de conectar con el votante es recordando unas premisas que ya existían en su imaginario pero que, hasta ahora, ningún otro político había utilizado. Esa idea es el «no nos representan» del 15M que hemos analizado previamente. Es decir, frente a la dicotomía izquierda vs derecha, Podemos utiliza otra: «políticos que no nos representan» vs ciudadanos. El marco ya estaba creado. Explicado de forma esquemática, tenemos: Los políticos son corruptos y dan la espalda a los ciudadanos (marco de enganche, hay mucha gente que acepta esta premisa). Nuestro sistema no es realmente democrático (premisa a debatir). La nueva dicotomía no es izquierda vs derecha sino pueblo vs casta política (premisa a debatir). El pueblo debe tomar el poder (conclusión). De esta forma, Podemos no se presenta como un partido de masas basado en la captación y movilización de un gran número de sujetos cuyos intereses puedan identificarse con su línea ideológica. Podemos se presenta como un catch-all party, un partido «atrapalotodo», como lo definía el jurista y politólogo Otto Kirchheimer, que basa su estrategia en atraer votantes de diversos puntos de vista e ideologías. A fin de cuentas, en la categoría «pueblo» o en la categoría «casta» caben muchos perfiles que podrían ser de izquierdas o de derechas. Otro marco que activa es el de la democracia como elemento legitimador: La democracia es el único sistema que legitima el poder (marco de enganche). Nuestro sistema no es una democracia real (premisa a debatir). Necesitamos cambiar el sistema y convertirlo en una democracia real (conclusión). La premisa «la democracia es el único sistema que legitima el poder» es compartida por casi todos los ciudadanos. Sin embargo, hasta ahora parecía obvio que vivíamos en una democracia y por tanto, no parecía necesario recordar lo evidente. Podemos reactiva este marco para construir una nueva estructura. Según su discurso, nuestro sistema político está pervertido por los mercados y los políticos corruptos. Así que, de nuevo, la legitimidad democrática está en juego. Ahí es donde está el debate. Todos asumimos que la democracia es buena. Ahora tenemos que discutir si realmente España es, o no, un país democrático. Por eso, todos los esfuerzos argumentativos se centran en demostrar que nuestro sistema está desvirtuado: los inversores internacionales, que no han sido votados, dictan la política a los gobernantes, los líderes del país pactan en secreto con las grandes multinacionales para conseguir puestos en sus mesas de administración, etc… Una vez aceptamos esa premisa a debatir, la conclusión es evidente. En palabras de Pablo Iglesias: nuestro objetivo es «convertir esa mayoría social en una mayoría política». GRAMSCI Y LA HEGEMONÍA POLÍTICA Un ejemplo magistral de esto es la materialización del concepto gramsciano de hegemonía política aplicado por Podemos. Una hegemonía que no se refiere a la primacía de determinados actores políticos sobre otros, sino a la concepción filosófico-política planteada por Gramsci. Dicho concepto es de gran utilidad para lo que él denomina como Estados occidentales, no como concepto geográfico sino político. Estados en los que hay toda una serie de instituciones de la sociedad civil que naturalizan un determinado orden, siendo necesaria una guerra de posiciones que desbarate el rol que se otorgan a cada actor social. Esta hegemonía política no se entiende solamente como la yuxtaposición de diferentes actores sino como una construcción nueva que determina un orden político. Se trataría de cristalizar la primacía de un determinado sector social, incluyendo a otros sectores sociales. Es aquí donde se incorpora lo que Marx llamó los medios de producción ideológica como son la escuela, la iglesia, los partidos políticos o los sindicatos. Su función sería la de expandir una visión del mundo adherida a las necesidades de la clase dominante. En palabras de Gramsci: El proletariado puede convertirse en clase dirigente y dominante en la medida en que consigue crear un sistema de alianzas de clase que le permita movilizar contra el capitalismo y el Estado burgués a la mayoría de la población trabajadora. Extrapolando esta teoría hegemónica a nuestra situación actual y al uso que de ella han realizado desde Podemos, diríamos que se trata de establecer una capacidad de dirección, capaz de conquistar alianzas y de proporcionar una base social coexistente. Dicho de otra forma, la capacidad de interconectar diferentes actores sociales que aparentemente se comportan como compartimentos estancos (15M, marea blanca, marea verde, funcionarios, pensionistas, colectivos de jóvenes…) dándoles una forma de aparente homogeneidad a pesar de su heterogeneidad manifiesta canalizándose a través de un liderazgo dinámico que pueda dar respuestas a las demandas de cada colectivo. Es algo que los partidos tradicionales, de forma consciente o inconsciente, han hecho desde la Transición. De esta manera, el Partido Popular ha sabido canalizar las demandas de diferentes colectivos como las asociaciones de víctimas del terrorismo, los defensores de la unidad de España o las organizaciones empresariales. Por su parte, el Partido Socialista hacía lo propio con colectivos sociales, grupos reivindicativos u organizaciones sindicales. Históricamente, Lenin logró unificar a sectores aparentemente dispares a través de un discurso que focalizaba sus iras contra los kulaks (aquellos agricultores y campesinos que poseían propiedades y contrataban a trabajadores) y, a día de hoy, Podemos orquesta una interconexión de movimientos sociales a través de sus diatribas contra banqueros o políticos englobados bajo el arquetipo de la «casta». Para establecer esta interconexión es fundamental, según Gramsci, el papel que juega el partido político, siendo el «resultado de un proceso dialéctico en el cual convergen el movimiento espontáneo de las masas revolucionarias y la voluntad organizativa y directiva del centro». En este caso, el partido político que mejor ha sabido ver esto es Podemos, siendo plenamente conscientes de la necesidad de crear marcos adaptados a la audiencia de forma que serán tanto más exitosos cuanto más aludan a los temas de la cultura política dominante del contexto social existente. Para ello, una vez más, hacen uso de la retórica basada en los postulados de Ernesto Laclau, quien nos recuerda constantemente que: «El lenguaje de un discurso populista siempre va a ser impreciso y fluctuante: no por alguna falla cognitiva, sino porque intenta operar performativamente dentro de una realidad social que es en gran medida heterogénea y fluctuante». CASO DE APLICACIÓN PRÁCTICA: BMW Y «¿TE GUSTA CONDUCIR?» Es difícil añadir una interpretación nueva al anuncio de BMW, «¿Te gusta conducir?». Según una encuesta realizada por publicistas, está considerado como el mejor spot de los últimos 25 años. Ha sido estudiado hasta la saciedad por teóricos detodo tipo. Sin embargo, la mayoría se limitan a concluir que «es una apelación a las emociones». Nosotros vamos a analizarlo desde el punto de vista de los marcos cognitivos. Hasta los años 90, BMW era una de las principales marcas de coches de alta gama. Al igual que sus competidores (Audi y Mercedes, principalmente), su discurso comercial se basaba en las características intrínsecas del producto (aspectos técnicos, estéticos, de usabilidad, etc...) o en el estatus social que otorga tener un automóvil de esas características. Sin embargo, a finales del siglo XX, la percepción y las aspiraciones de los usuarios cambian. Efectivamente, tener un BMW sigue siendo un síntoma de pertenecer a un estrato social superior pero eso ya no es algo inequívocamente bueno. En muchos casos, se entiende como un símbolo de ostentación y arrogancia. Otras marcas como Audi entendieron este cambio en el marco y cambiaron sus discursos publicitarios con spots inteligentes y con estética muy cuidada. Una investigación realizada por la agencia S.C.P.F. concluía que BMW era «el gran tiburón» —poderoso pero agresivo y depredador— mientras que Audi era «el delfín» —exitoso, inteligente y amable—. La conclusión era evidente: BMW necesitaba mejorar su imagen y adaptarse al marco de su audiencia. Así es como contrataron al creativo más afamado de España, Tony Segarra, para que hiciera la nueva campaña publicitaria de la marca. Segarra y sus colaboradores se dieron cuenta de que la tecnología y el diseño son interesantes en la medida en la que responden a una demanda. Y que, como hemos visto, esa demanda ya no es la de demostrar el poder económico ante el resto del mundo. De esta forma, la razón más intuitiva para adquirir un producto de lujo (estatus) estaba automáticamente descartada. Por otra parte, hay un marco asumido por casi toda la sociedad: los coches de alta gama (generalmente de fabricación alemana) tienen la mejor tecnología y los mejores acabados del mercado. Cuestión aparte es si eso compensa la diferencia de precio con otras marcas más accesibles. Pero el hecho de que son técnicamente superiores es casi un axioma. Así que ya no es necesario apelar a la calidad para demostrar algo que se percibe como evidente desde el principio. Tampoco querían dirigirse a un target concreto de edad. Si diseñaban un spot destinado a los compradores habituales (más de 40 años), estarían dando la espalda a los segmentos más jóvenes. Por otra parte, sería ridículo echar a un lado al público que ya estaba conquistado y presentar al BMW como un coche para chicos de 20 años. Necesitaban crear un discurso que rompiera la brecha entre generaciones. Descubrieron que el coche es algo más que un medio de transporte. Que hay mucha gente que disfruta conduciendo, sin más. No fueron los primeros en constatar esta realidad pero sí los primeros en ponerla sobre la mesa. Conducir es un placer en sí mismo. En muchos casos, el único que se pueden permitir aquellos que tienen mucho trabajo o cargas familiares. Al margen de emociones, parece razonable que se disfruta más conduciendo un coche de gama alta que uno de gama media. Y, como acabamos de decir, la calidad del BMW está fuera de toda duda. Así es como crearon la siguiente estructura argumental: El BMW ofrece la mejor experiencia de conducción (marco de enganche). Conducir es uno de los mayores placeres (premisa a debatir). Debes darte el capricho de comprarte un BMW (conclusión). De esta forma, el spot de Segarra se centraba en convencer a los espectadores de lo maravilloso que es conducir. Algo que muchos de ellos ya sabían pero que necesitaban que se les recordara. Es decir, no se trataba de explicar con imágenes las razones por las cuales merece la pena conducir sino de logar que el propio consumidor se creara el discurso en la cabeza. Para ello, necesitaban encontrar una metáfora visual del placer en la carretera. Algo que, nada más verlo, todos los conductores lo identificaran con experiencias placenteras al volante. Después, sólo necesitaban una pregunta que les hiciera reflexionar, «¿Te gusta conducir?» y una respuesta, BMW. Grabaron distintas tomas de gente conduciendo de distintas formas. Finalmente, eligieron las imágenes que todos conocemos, donde se ve, en cámara subjetiva, la mano de un conductor mecida por el viento. Todos, en algún momento, hemos hecho lo mismo cuando vamos en un coche. Y todos lo asociamos con el disfrute de la velocidad por sí misma. Independientemente del paisaje, de la compañía o de la música que llevamos puesta, notar como el aire acaricia la palma de nuestra mano mientras viajamos es una sensación agradable que sólo se puede obtener en esa situación. De una forma visual, Segarra nos recuerda lo fantástico que es conducir. Después, nos pregunta si nos gusta. La respuesta más lógica es «sí». Así queda resuelta la premisa a debatir. El marco de enganche está representado con el logo de «BMW». Y la conclusión está muy clara: el BMW es lo que necesitas para disfrutar al máximo de la carretera. El spot ganó el gran Premio a la Eficacia de la Publicidad de 2001 y marcó la nueva filosofía de marca para BMW, que sigue vigente hasta nuestros días. Tal y como afirma Tony Segarra: Me gusta pensar en conceptos, en ideas largas que expliquen a una marca durante un tiempo, y que tengan vocación de durar, y de ser corregidas, completadas, enriquecidas por el tiempo y por los mensajes. Por supuesto, este cambio discursivo se tradujo en un aumento significativo de las ventas en España (a día de hoy, es la más vendida en el segmento de alta gama). «Tenemos que unirnos rápidamente, sino puede ser tarde» José Díaz Ramos Encuentra tu segmento Uno de los mayores hitos de la doctrina marxista desde sus inicios ha sido su éxito a la hora de identificar a sus potenciales seguidores. En este caso, Podemos no es menos. Sin embargo, ellos subliman el marxismo, siendo capaces de otorgarle una implicación propia e innata jamás planteada en nuestro sistema político. Desde Podemos han sabido comprender e interiorizar el error que cometía Marx al centrar el grueso de su análisis marketiniano en el materialismo. Tanto Marx como Engels propugnaban que el ser humano solamente se movía por el bienestar material. De esta idea derivaba el hecho de que sólo los pobres eran aquellos que podían ser comunistas puesto que era un realidad incontestable dentro de esta lógica que los obreros se irían convirtiendo en indigentes. El problema es que el tiempo ha refutado semejante planteamiento, demostrando que en los países occidentales, lejos de quedar sometidos a un empobrecimiento masivo de los trabajadores, se ha ido incrementando progresivamente el nivel de vida de las clases obreras. De esta forma, distintos intelectuales posteriores a Marx como Antonio Gramsci o la escuela de Frankfurt se dan cuenta de que no sólo se trata de algo puramente material sino también emocional. Así, logran construir mitos históricos edulcorando la realidad o transformando el contexto. El propio Stalin cayó en la cuenta de que, para la construcción de un relato político realmente efectivo, había que activar mitos que van más allá de lo puramente material. Significantes como el esplendor del Imperio Ruso o la autorrealización en el trabajo. De hecho, fue bajo su mandato cuando se crea la figura de Stajanov: un minero hiper productivo (llegó a extraer 14 veces más carbón que la media de sus compañeros) que materializaba todas las virtudes del esfuerzo y la entrega. Si analizamos la propaganda soviética a partir de los años 40 encontramos numerosas referencias a este héroe. Más adelante, en los 60, aparecerán otros personajes que, siendo también reales, son elevados a la categoría de mitos. El cosmonauta Yuri Gagarin, por ejemplo, se convirtió en todo un ejemplo de autosuperación. De esta forma, el comunismo pasa a ser algo más que un sistema de emancipación y de igualdad material y se consolida como un camino para elevarnos de nuestra propia condición humana e imperfecta. SIMÓN BOLÍVARY EL MATERIALISMO EMOCIONAL Uno de los ejemplos más notorios y efectivos de esta mutación basada en el campo de los sentimientos queda representado en la figura de Simón Bolívar. En los últimos tiempos la figura de Bolívar ha sido utilizada por el chavismo en Venezuela como símbolo de la continuidad material de sus políticas encarnadas en el propio Hugo Chávez. Un referente para el llamado socialismo del siglo XXI que no sorprende al grueso de la ciudadanía gracias a un profundo ejercicio de marketing que ha conseguido aunar a toda la sociedad venezolana en torno a la figura del libertador ligada a la de sus actuales dirigentes políticos. En realidad, que Chávez se atribuyese la continuidad de las políticas de Bolívar es tanto o más radical que decir que Thatcher o Reagan extendieron las políticas de Marx o Bakunin. «Yo soy siempre fiel al sistema liberal» decía un Bolívar entregado al liberalismo primigenio de Locke basado en la defensa de la conciencia social, la libertad y la igualdad. De esta forma no es de extrañar que el propio Marx en una carta enviada a su amigo Engels definiese a Bolívar como el «canalla más cobarde, brutal y miserable», creado como personaje político por la fantasía popular: La fuerza creadora de los mitos, característica de la fantasía popular, en todas las épocas ha probado su eficacia inventando grandes hombres. El ejemplo más notable de este tipo es, sin duda, el de Simón Bolívar. Llega a ser kafkiano que Hugo Chávez, el autodenominado padre del socialismo del siglo XXI, se atribuyese la labor continuadora de quien era odiado abiertamente por el fundador del propio socialismo, Karl Marx. Esta incoherencia histórica no tiene importancia si de lo que se trata es de crear ese sentimiento colectivo de unión y cohesión en torno a personajes o valores compartidos por el grueso de los potenciales votantes. En este sentido, el marxismo ha sido capaz de fraguar magistralmente una forma de percibir la realidad sublime gracias al marketing político. LOS EARLY ADOPTER DE PODEMOS Desde Podemos son plenamente conscientes de ello, por eso convierten el voto a su causa en toda una declaración de intenciones. Ellos mismos presentan su marca no como un partido político sino como un «instrumento» para que los ciudadanos tomen el poder. Confiar en ellos es algo más que poner un papel en una urna: es hacer historia. Por supuesto, su programa apela a argumentos materiales (lucha contra la pobreza, protección a los desahuciados, etc…) pero también incluye ese componente de autorrealización. Como veíamos en el capítulo «Inventa una solución», San Pablo había detectado un vacío espiritual que podía ser cubierto con el cristianismo. Pablo Iglesias ha hecho un ejercicio parecido: encontrar un segmento de ciudadanos carentes de referentes y ofrecerles un discurso ilusionante. Expresiones como «estamos en un momento único y no podemos quedarnos en casa» o «por fin podemos cambiar las cosas» son comunes entre los votantes a Podemos. Sin embargo, esta «oleada de ilusión» no se consigue desde un primer momento. Es más, al igual que cualquier formación nueva, Podemos contaba con una barrera psicológica difícil de saltar: la del «voto útil». En todas las democracias existe una pléyade de formaciones políticas minoritarias. Cuando vamos a un colegio electoral, encontramos decenas de ofertas políticas distintas pero la inmensa mayoría se decanta por los grandes partidos (PP o PSOE en España) o por aquellos que, al menos, tienen un mínimo de posibilidades de entrar en el arco parlamentario (IU, Ciudadanos…). Muy pocos se atreven a confiar en propuestas casi desconocidas por mucho que se identifiquen con lo que proponen. Esto se debe a que no sólo votamos a aquellos que nos convencen sino también a aquellos que creemos que pueden tener representación. Algo parecido pasa con las empresas tecnológicas. Tal vez el caso más paradigmático sea el del sistema de videojuegos «Sega Saturn», creado en 1994 por la compañía japonesa Sega. Todos los expertos aseguran que, tecnológicamente, fue un paso de gigante. Según la revista online IGN, está entre las 20 mejores videoconsolas de todos los tiempos. Sin embargo fue un fracaso de ventas que supuso el inicio del declive de la empresa (desde hace años, Sega ha desaparecido como fabricante de consolas y sólo saca videojuegos para otros sistemas). Su talón de Aquiles fue la dificultad que tenían los desarrolladores de videojuegos para adaptarse a su nuevo sistema frente a las facilidades que ofrecía su competidor directo, Sony PlayStation. De esta forma, Sega Saturn se lanzó con un exiguo catálogo de juegos. La consecuencia fue que no lograron alcanzar una mínima masa crítica de consumidores. En términos políticos, no pasaron la barrera del «voto útil». Si alguien compraba una sega saturn, se arriesgaba a no poder compartir juegos con sus amigos o a no encontrar buenos títulos en las tiendas. PlayStation, por su parte, llamó la atención de una primera minoría de «innovadores». Éstos suelen ser creadores de opinión: recomiendan los productos que utilizan y consiguen convencer a los llamados «early adopters» que constituyen el primer gran grupo de usuarios. Todos tenemos a algún «early adopter» en nuestro círculo social. Éstos son los que invitan a sus amigos a probar su nueva videoconsola o su nuevo teléfono móvil. Cuanto más grande sea y más satisfecho esté este segmento, más fácil será convencer a la gran mayoría de los consumidores. En el caso de PlayStation, su estrategia se basó en ayudar a los desarrolladores y en satisfacer las demandas de un nuevo segmento de jugadores ya adultos. Los que crecieron con las consolas de finales de los 80 (Super Nintendo, Sega MegaDrive) habían crecido y ya les costaba encontrar videojuegos que respondieran a sus necesidades. La oferta en aquel entonces, aún estaba dirigida a niños y adolescentes. El catálogo de Sony incluía juegos maduros, con tramas desarrolladas, mayor violencia y una estética más sombría (el famoso Metal Gear sería un ejemplo). El gráfico que mostramos a continuación es la curva de adopción de la innovación, ideada por Everett Rogers, que explica las distintas fases a la hora de adoptar un producto innovador. Como vemos, al principio existe una minoría de «innovadores» que generan una corriente de opinión para seducir a los «early adopters». Una vez existe una pequeña masa crítica es cuando se da el salto a los grupos mayoritarios. Como podemos ver, la clave a la hora de introducir algo nuevo es encontrar a esos primeros consumidores que arrastrarán al resto. Por evidente que pueda parecer, apenas existen casos de partidos políticos que hayan utilizado esta estrategia. Por supuesto que Podemos no es la primera formación que intenta ofrecer algo nuevo frente al bipartidismo. La lista es interminable. En los últimos tiempos tenemos a los llamados «partidos de tercera vía» como son Ciudadanos y UPyD, fundados en 2006 y 2007 respectivamente. Pese a que el descontento ocasionado por la crisis económica les ha ayudado a crecer en votos, su representación sigue siendo minoritaria. En más de 8 años no han conseguido consolidarse, siquiera, como partido bisagra (de momento). Una de las razones que explica este pequeño fracaso es su falta de segmentación. Intentan apelar a todos los votantes por igual. Por el contrario, Podemos entendió que antes de consolidarse como partido de mayorías, tenían que crear un discurso dirigido especialmente a aquellos «early adopters» que podrían estar dispuestos a ser los primeros en votarles. Éstos no eran las «clases obreras» a las que intenta apelar IU. Tal y como explica el teórico social David Harvey en su charla «Crisis del capitalismo», los «proletarios» de hoy en día tienen una casa en propiedad y una hipoteca, lo que elimina sus ganas de iniciar ninguna revolución. Además, en nuestra sociedad del conocimiento, la teoría del valor marxista, fundamentada en el tiempo del trabajo asalariado, echa por tierra cualquier teoría «obrerista». Jonas Ridderstraley Kjell Nordström comienzan su obra «Funky Business» diciendo que «Marx tenía razón» para recordar que ese «desarrollo libre de las individualidades» y esa «formación artística y científica» que iba a caracterizar a la sociedad comunista, se han alcanzado con el desarrollo del capitalismo. El propio Pablo Iglesias en su tesis doctoral dedicada a los movimientos antiglobalización, rescata el concepto del «postobrerismo» y señala que «esos elementos inmateriales —arte, ciencia, sensibilidades estéticas, afectos etc... no cuantificables mediante el tiempo «socialmente necesario» que Marx creía propios de una sociedad post-capitalista y por tanto comunista— se han puesto a trabajar para «el capital». En contra de lo que han señalado los medios de comunicación, los «early adopters» de Podemos tampoco vienen de los abstencionistas. De hecho, es una locura intentar cosechar votos en ese segmento que, en realidad, no puede ser considerado como tal. Los votantes que se abstienen no tienen ningún elemento en común. Cada uno tiene una razón distinta para no participar en las elecciones. Algunos analistas políticos dicen que los abstencionistas son mayoritariamente de izquierdas (¿Cuántas veces no hemos oído que «la alta participación favorece a la izquierda»?) pero eso es indemostrable. Países como Bélgica o Grecia, donde el voto es obligatorio, han tenido numerosos gobiernos tanto o más conservadores que en los lugares donde la participación es voluntaria y, por tanto, más baja. Ni siquiera podemos hablar de un trasvase de votos de la izquierda a la izquierda del PSOE (representada por IU) a Podemos. Primero porque, ,a tenor de los resultados en las elecciones europeas de 2014, ambas formaciones (IU y Podemos) cosecharon buenos resultados por igual.Además, desde el punto de vista del marketing no tendría sentido. Los votantes de IU no tienen razones para estar desilusionados porque sus representantes a duras penas ocupan cargos de gobierno y, por tanto, no tienen tantas oportunidades para decepcionar a sus partidarios. Los «early adopters» de Podemos fueron todos aquellos sectores de la población que estaban desilusionados con el PSOE ¿Por qué? En primer lugar porque son los que más fácil pueden aceptar a gente con el pasado político de Pablo Iglesias y sus compañeros. En segundo lugar, porque son los que realmente tienen esa disonancia cognitiva de la que hablábamos antes. Eran votantes vacíos de referentes en busca de un nuevo líder al que seguir. Y éste fue Pablo Iglesias. En el mapa siguiente mostramos los distintos distritos de la ciudad de Madrid. Las áreas más oscuras son aquellas donde hay un mayor descontento con el PSOE (lo medimos restando los resultados de las elecciones generales de 2008 y las de 2011 desagregados por barrios). Efectivamente, en aquellas zonas donde había más potenciales «early adopters» es donde Podemos organizó sus mítines. El resultado fue más que perfecto. El éxito de su campaña se puede apreciar en los siguientes gráficos. Correlacionamos el descontento con el PSOE en las europeas (esta vez lo sacamos restando los resultados, desagregados por barrios, de las elecciones de 2009 con las de 2014) con el voto a Podemos y nos sale una relación casi milimétrica. La misma tendencia se aprecia en otras ciudades como Valladolid. Ahí es donde está su auténtico éxito. No han conseguido votos por pura casualidad. Es que se propusieron conseguir una bolsa de votos y la explotaron a la perfección. Podemos entendió lo que significa el 15M: un colectivo de la izquierda huérfana. En muchas ocasiones han ido probando diferentes fórmulas partidistas que nunca terminaban de convencer. Ellos han sido los primeros en entenderlos, saber de dónde venían y ofrecerles lo que necesitaban. A partir de este núcleo de «early adopters» que se define con el golpe de efecto que consiguen en las elecciones europeas, es cuando se crea el efecto bola de nieve. Al igual que ocurrió con la PlayStation, los primeros votantes de Podemos convencen a sus amigos y familiares. Y éstos, los que componen la potencial mayoría, se atreven a confiar en una formación que ha demostrado que tiene apoyo social y, por tanto, posibilidad de obtener representación política. Por eso, en las primeras intervenciones de Pablo Iglesias para la campaña electoral, se partía de la premisa: Nuestro sistema no es una democracia real (en este caso es un marco de enganche para los «early adopters»). La única forma de democratizar nuestro sistema es mediante la participación activa en un movimiento político (premisa a debatir). Nuestro sistema ciber-asambleario basado en los círculos es la solución (conclusión). Es decir, el marco que propone Podemos está diseñado en exclusiva para apelar a ese segmento de primeros votantes. No sólo eso: para asegurarse una mayor penetración, utiliza una estrategia de marketing en forma de embudo. El «embudo de las ventas» (del inglés «sales funnel») es un modelo para comprender las estrategias comerciales. Lo utiliza por primera vez el teórico Elias St. Elmo Lewis a finales del s. XIX para explicar la ya clásica teoría AIDA para la publicidad: Atención, Interés, Deseo y Adquisición. En la parte más ancha del embudo es donde abarcamos el máximo número de personas a las que llamamos a la atención con nuestra campaña publicitaria. Sólo un porcentaje dentro de este primer grupo se mostrará interesado en lo que ofrecemos. Después, otro porcentaje aún más pequeño mostrará un deseo claro por el mismo. Finalmente, algunos de esos que quieren nuestro producto se decidirán a adquirirlo. Es decir, el proceso de captar clientes o votantes no es instantáneo sino que sigue una estructura de más a menos. Nadie vota o compra algo en el mismo instante en el que descubre que existe. Probablemente, si Podemos hubiera pedido el voto desde un primer momento, habría generado rechazo en sus potenciales votantes. Incluso cuando el discurso sea atractivo y responda a sus necesidades. Pese a que el voto no supone ningún desembolso económico, si implica un coste de otras magnitudes (en unas elecciones, sólo podemos decantarnos por una formación y sólo una, con lo cual pensamos y meditamos nuestra decisión). Sin embargo, cuando Pablo Iglesias y su equipo crean los llamados «círculos» de debate, están permitiendo que muchos potenciales votantes comiencen a participar de una forma muy sencilla. Tomar parte en una discusión, que generalmente se mantiene en redes sociales (con lo que no tenemos ni que movernos de nuestra casa) no exige «casarse» con nadie. A medida que la gente participa en esos foros, se crea un sentido de comunidad (los usuarios perciben que hay muchos más con sus mismas inquietudes) y de apego a una causa. De esta forma, es muy fácil canalizar a esa comunidad hacia un objetivo claro. A que deseen votar a una causa concreta. Así es como no sólo hemos definido un segmento concreto de «early adopters» sino que además les ofrecemos una ruta cómoda para que, poco a poco, caigan en la cuenta de que tienen que votar a nuestra causa. DESMONTANDO FALSAS CREENCIAS En sus inicios, Podemos fue atacado bajo el pobre argumento de ser un partido formado por perroflautas antisistema para perroflautas antisistema. Estos estereotipos y clichés han sido derribados en la Europa actual por los movimientos políticos basados en el populismo. En Francia, el Frente Nacional de Le Pen ha logrado cosechar sus mejores resultados electorales entre los obreros y los jóvenes. Los tradicionales votantes comunistas han dejado de creer en dichas formaciones para lanzarse en brazos de la extrema derecha. Le han perdido el miedo al Frente Nacional y ya no son vistos como los herederos naturales del fascismo capaces de gobernar de forma autoritaria y haciendo un uso constante de la violencia. Esa pérdida progresiva del miedo a votar a formaciones como el Frente Nacional es la que les ha permitido seguir creciendo hasta erigirse en alternativa real de Gobierno. Lo mismo está sucediendo hoy en día con Podemos. La moderaciónde sus propuestas y el acertado uso del marketing político les está transformando, dejando de ser los comunistas radicales que pretendían implantar un sistema bolivariano en España, a ser los profesores universitarios que apuestan por la socialdemocracia probada en los países escandinavos. Ambas formaciones, tanto el Frente Nacional como Podemos, comparten una máxima incontestable. Un marco situacional común que facilitaba la tarea de penetración a nuevas caras y nuevas siglas. Con un partido socialista desnortado bajo la tutela de un tándem formado por Hollande y Vals que no termina de entenderse, frustrado y perdido y con un centroderecha huérfano de liderazgo e ideas, el Frente Nacional ha sabido atacar cuando el resto se defendía. Una situación parecida a la del resto de países del sur de Europa, donde la crisis económica ha hecho estragos. Una de las constantes de la extrema izquierda es el intentar unir a distintos colectivos en una causa concreta (ecologistas, antiglobalización, etc...) y tratar de unirlos a través de una sola voz. En la Bolivia de Morales se hizo con los indígenas y sindicatos, en la revolución rusa, con los marxistas y socialdemócratas, en Francia, con jóvenes y obreros y en España, Podemos ha demostrado que no necesitaba segmentar a sus votantes «early adopters» y organizarlos puesto que ya estaban organizados. Sólo bastaba con acercarse a ellos y canalizar sus inquietudes a través de una única figura política. EL NICHO DE MERCADO Siguiendo con la terminología empresarial, diríamos que nadie excepto Podemos fue capaz de ver el nicho de mercado existente dentro de un sector de nuestra sociedad. Ahora puede parecer obvio pero no debía de serlo cuando una formación aparentemente similar a Podemos como es Izquierda Unida lo pudo hacer y no lo ha hecho. Su pecado o su defecto ha sido estar marcado políticamente y formar parte de los mal llamados culpables de la crisis. Es un hecho irrefutable que nuestro sistema está cambiando. No hay más que mirar cómo entre las tres primeras opciones políticas de los jóvenes estudiantes no se encuentran ninguno de los dos grandes partidos, optando por opciones como Podemos (17%), UPyD (8%) o Izquierda Unida (8%). De esta forma, Pablo Iglesias y sus colaboradores, en algún momento de la campaña electoral decidieron responder a la pregunta de ¿Quién puede votar a tu causa? Su respuesta estaba clara: los desencantados con el socialismo. Ahora, una vez han conseguido una masa crítica de «early adopters», es cuando se lanzan a una mayoría social. Hoy, ante la misma cuestión, la solución sería: los desencantados con la «casta política». Para ello era necesario presentarse como una organización política virgen y que se apoyasen en una transversalidad que lograse conectar de algún modo inquietudes compartidas por sectores de la población diametralmente opuestos. Las elecciones europeas los auparon al tangible escenario político y poco a poco han demostrado haber roto el miedo al voto basura para convertirse en una opción real más. Ahora es cuando toca poner a prueba su marco y demostrar si el suflé bajará o si gracias al acertado uso del marketing político se mantienen como una gran (en términos cuantitativos) opción de gobierno. CASO DE APLICACIÓN PRÁCTICA: FACEBOOK Y SU EXPANSIÓN VIRAL A estas alturas, no es necesario definir lo que es Facebook. Probablemente la gran mayoría de los lectores de este libro tenga una cuenta en esta red social. De hecho, al margen de aspectos financieros (sus vaivenes en el mercado bursátil o su capacidad de generar beneficios económicos reales), se ha convertido, junto a Google, en el paradigma de la nueva economía digital. Es una empresa con presencia masiva en todo el mundo, base tecnológica y que fue fundada por únicamente cuatro personas jóvenes (Mark Zuckerberg, Eduardo Saverin, Chris Hughes y Dustin Moskovitz) que estudiaban en una empresa americana. El éxito de esta compañía daría material para llenar tesis doctorales. Es realmente difícil explicar cómo, con apenas presupuesto en publicidad y con una idea tan compleja, un grupo de estudiantes extendieron su producto por todo el planeta. Pensemos por un momento en lo que supuso Facebook en sus inicios. A priori, es fácil explicarle a alguien de los años 80 las ventajas de tener un teléfono móvil: le permite llamar a sus contactos esté donde esté, sin tener que estar en casa o en la oficina. La propuesta de valor de Google también es evidente para todo aquel que haya navegado en internet: es una herramienta para buscar páginas web rápidamente y de forma más precisa que con los anteriores buscadores. Pero, ¿una red social? ¿Qué es una red social? Recordemos que, en el año de su fundación, 2003, ya existían servicios de mensajería instantánea, emails y blogs. Tal y como se narra en la película «La red social», la explicación de Zuckerberg era tan nebulosa como estimulante: «Facebook es una página donde se vuelca toda la vida social de la universidad». Es decir, el propósito inicial de su producto era expandirse entre sus compañeros de Harvard donde estudiaban los fundadores. Hablamos de una de las universidades más elitistas del mundo, con alumnos de todos los países. El mero hecho de estudiar en Harvard es, en sí mismo, un combustible para la arrogancia. Se trata de una comunidad con sentido propio, con sus clubes, sus fiestas privadas y su periódico. Los estudiantes de esta universidad son proclives a adoptar nuevas costumbres y tecnologías con gran facilidad. Más aún si se trata de algo creado en su propio entorno, al que se sienten orgullosos de pertenecer. En una palabra, eran los mejores candidatos para ser el primer grupo de «innovadores» de Facebook. Efectivamente, la «red social» creada por Zuckerberg y sus socios no tardó en hacerse extremadamente popular entre sus compañeros de pupitre. Por obvio que nos suene ahora, su estrategia podría haber sido totalmente distinta. Podrían haber promocionado su web en foros, otras páginas o incluso comprar espacios publicitarios en medios de comunicación. En otras palabras, podrían haber tratado de asaltar a un público masivo desde el primer momento. De hecho, éste es el modelo que se ha seguido con otros portales de internet (recordemos, en los años 2000, los spots de televisión de portales como Olé, Terra, Lycos o Eresmas en España, que se emitían en programas generalistas y en franjas horarias de prime time). Sin embargo, ellos optaron por una estrategia más barata y, en principio, más lenta. Encontraron su nicho de «innovadores» y volcaron toda su energía en cubrirlo hasta el máximo de sus posibilidades. Éstos, por su parte, empezaron a recomendar Facebook al resto de sus amigos de fuera de otras universidades. A fin de cuentas, los esquemas que funcionaban en Harvard también podían funcionar en otros entornos similares. Los universitarios son jóvenes y, por norma general, más curiosos y abiertos a las nuevas tecnologías. Además, Facebook no hace más que explotar el cotilla que llevamos dentro. Y cualquiera que haya estudiado una carrera, sabe que el ambiente académico se presta a estos menesteres más que ningún otro. Así que el segmento de «early adopters» estaba en las universidades y colegios mayores. Zuckerberg no tardó en mudarse a California para trabajar en la UCLA y en Stanford, dos de las más grandes instituciones educativas americanas. En cuestión de dos años, todos los estudiantes superiores de América tenían una cuenta de Facebook. En los lugares donde era más difícil acceder (bien por la propia cultura de los estudiantes o porque tenían sus propios sucedáneos locales), se ponía en práctica una estrategia de asedio: promocionaban la red en los centros educativos de alrededor hasta que, mediante un efecto de viralidad, terminaba contagiándose también (por lógica, los estudiantes de un sitio tienen amigos en las ciudades cercanas. Si sus contactos tienen y recomiendan Facebook, los otros serán más proclives a terminar usándolo). Una vez se contaba con una masa crítica de«early adopters», llegar a los grupos mayoritarios de la curva de la teoría de difusión de innovaciones era mucho más sencillo. Tener una cuenta de Facebook se convierte en algo «cool», propio de estudiantes universitarios y gente que está a la última. De las universidades pasa rápidamente a todos los jóvenes y más tarde a los mayores de 30 años. Otras empresas han tratado de imitar el éxito de Facebook. En 2008, Telefónica, con una inversión varias veces mayor que la de Zuckerberg en sus comienzos (llegaron a contratar a Paris Hilton para la promoción) intentó lanzar keteke.com. A día de hoy, ni siquiera sigue existiendo la página web. Por mucho capital inicial del que se disponga, nada puede competir con una buena estrategia. Ahora mismo, Facebook cuenta con más de 1.500 millones de usuarios, lo que supone aproximadamente la quinta parte de la población mundial. Una cifra que supera en número a la población de Europa y Estados Unidos juntas. «No sabemos valernos de los periódicos para sostener la lucha de clases, como lo hacía la burguesía. No hacemos una guerra seria, despiadada, verdaderamente revolucionaria contra los portadores concretos del mal» «Fijaos en la burguesía. ¡Qué admirablemente sabe dar publicidad a lo que le conviene a ella! ¡Cómo exalta las empresas capitalistas en los millones de ejemplares de sus periódicos!» Lenin La importancia de los medios de comunicación Bajo una óptica estrictamente liberal, los medios de comunicación ejercen un papel fundamental como garantes de la independencia y pluralidad. Para ello, parten de la premisa de que la libertad de expresión constituye un derecho fundamental desde un punto de vista ético. En contraposición a esta visión, los marxistas han entendido la comunicación con la misma lógica con la que entendían la economía: en clave de lucha de clases. Al igual que los medios de producción, los medios de comunicación son propiedad de la burguesía. Más aún: son el instrumento para transmitir una ideología que justifique su dominación. Como ya hemos visto, el control de la sociedad no se consigue únicamente con la represión sino también con la hegemonía cultural. Esta hegemonía se lograría a través de, entre otras cosas, la prensa y, por extensión, la televisión, la radio y, a día de hoy, internet. El propio Marx admiraba el uso que hacía la burguesía de la comunicación, siendo tremendamente crítico con la inacción o la errónea estrategia comunicativa de los marxistas. Entendía que debían ir a rebufo de las técnicas empleadas por los poderosos para alcanzar una auténtica revolución proletaria. Es decir, mantenía una visión doble: por un lado de desconfianza hacia el papel que jugaba la comunicación en el ámbito político y por otro de cierta envidia y desazón por el éxito de los adversarios políticos y el fracaso de los suyos. A lo largo de la historia de la filosofía marxista, encontramos numerosas investigaciones que intentan analizar las claves de la comunicación capitalista para revertirlas en favor de la revolución. La llamada «teoría crítica de la comunicación» es el campo de estudio que inauguran los llamados pensadores de la Escuela de Frankfurt. Bajo su prisma, los medios de comunicación y la cultura, en general, tienen una función en el contexto capitalista de «creación de sentido». Es decir, construyen una percepción de la realidad que presenta la relación de dominación como algo inevitable, lógico y cotidiano. No estamos hablando de un discurso explícito o de la línea editorial de un medio de derechas sino de una ideología transversal que comparten y transmiten todos los grandes emporios mediáticos de forma tácita. Con respecto a los medios de información, ha habido diferentes respuestas por parte de los distintos líderes marxistas a lo largo de la historia. Así nos encontramos con una primera visión que podría resumirse en la frase del Che Guevara en la que decía que «Hay que acabar con todos los periódicos. Una revolución no se puede lograr con la libertad de prensa». Según este planteamiento, los medios de comunicación no aportarían nada a la expansión del ideario y, por tanto, no se debe consumir un minuto de nuestro tiempo en este sentido. De lo que se trataría es de perseguir una pseudoautarquía mediática en la que el hermetismo y la falta de información evitasen problemas mayores. Esta es la concepción que se suele aplicar de forma práctica en los regímenes dictatoriales como puede ser Corea del Norte en la actualidad. Sin embargo, esta estrategia sólo puede ponerse en práctica una vez se ha concluido con éxito la revolución. Es decir, cuando ya se ostenta el poder. De otra forma sería imposible bloquear a esos grandes grupos de comunicación. Entre los pensadores occidentales, encontramos las tesis de Chomsky y Herman, quienes consideran que existe una «infoxicación» al servicio del gran capital que se plasma en el hecho de que los medios de comunicación, al estar en manos del sistema, sólo procuran ofrecer espectáculo y «divertir, entretener, informar e inculcar, a los individuos, los valores, creencias y códigos de conducta que les integrarán en las estructuras institucionales de la sociedad». Por lo tanto, ambos abogan por la necesidad de llevar a cabo una suerte de guerra de guerrillas que desmonte la construcción del relato ficticio que elaboran los grandes grupos empresariales al servicio del capital. En otras palabras, su propuesta para desmontar el «capitalismo mediático» sería mediante la creación de medios de información alternativos. Esta teoría sustentaría la creación de fanzines, periódicos independientes o radios comunitarias. Con la llegada de internet, se han sucedido numerosos proyectos online de lo que se autodenomina como «contrainformación». En habla hispana deberíamos señalar cabeceras con relativo éxito como Kaos en la Red o Rebelion.org. En todos los casos hablamos de portales informativos colectivos sin ánimo de lucro. Sin embargo, su área de influencia no va más allá de audiencias minoritarias. Esto nos lleva a decir que este escenario, compartido o no, se ha demostrado engañoso. De hecho, la concepción que mayor auge y aumento está teniendo en estos tiempos rebate esta argumentación. Dicha concepción es la que encarna una visión más moderna y aperturista, acompañada de una auténtica revolución mediática en la que entran en juego múltiples canales y formas de comunicar. Dentro de esta lógica encontraríamos a los movimientos bolivarianos de América Latina donde experimentaron una forma de hacer política fuertemente vinculada al uso de los medios de comunicación. Una visión moderna de la lógica política marxista y de sus movimientos periféricos que pudimos constatar en primera persona cuando en el año 2012 viajamos a Venezuela, en las últimas elecciones ganadas por Hugo Chávez, como parte de un grupo de observadores internacionales en el que se encontraban miembros del Partido Demócrata de Estados Unidos, del PRO argentino (Propuesta Republicana), de Los Verdes holandeses, del Partido Popular panameño o de la Unidad Nacional boliviana. Lejos de entenderlo como una forma de política-espectáculo, la campaña electoral gravita sobre el poder de los medios. Unos medios que en la gran mayoría de las ocasiones juegan un papel determinante y que tienden a posicionarse a favor de sus propios beneficios en función de las posibilidades de victoria de cada candidato. En el caso de Venezuela, en los últimos años del chavismo han aumentado los medios públicos de 1 a 6 televisiones, de 0 a 4 periódicos y de 3 a más de 400 radios. No podemos olvidar que Chávez ganó en 1998 con el apoyo de grupos privados mediáticos como el periódico El Nacional o la cadena de televisión Venevisión. Al tiempo que perdía su apoyo, Chávez alegaba que «los medios de comunicación son enemigos de la revolución» y procuró tejer su propio entramado mediático. Más allá del famoso «Aló Presidente» y apoyado en la polémica Ley Resorte que estipula el tiempo designado para hacer campaña electoral, nos encontramos consituaciones tan paradójicas como que las televisiones públicas lancen hashtags o etiquetas a favor del candidato oficialista para su utilización en las redes sociales el día antes de las elecciones, a pesar de la prohibición legislativa de hacer campaña en la jornada de reflexión. ¿Se imaginan algo así en RTVE? Igual de llamativo resultaba que los medios públicos se hiciesen eco de la figura del opositor derrotado desde el día después de las elecciones cuando su figura no había existido en toda la campaña electoral. Esto ha llevado a que los propios dirigentes del Gobierno venezolano conciban la comunicación como una herramienta represiva en la que poder ejercer una primacía de poder al margen de las normas legislativas y dando pie a ejemplos como el del gobernador del Estado de Bolívar que en plena jornada de reflexión, telefoneó a 60 emisoras de radio y televisión públicas haciendo proselitismo electoral. Se trata, por tanto, de materializar una guerra de posiciones haciendo un uso personalista de los medios. Sin llegar a este extremo, Podemos ha demostrado confiar gran parte de su éxito electoral a los medios de comunicación. No olvidemos que Pablo Iglesias estudió y conoció personalmente a Habermas, Žižek y a prácticamente todos los intelectuales vivos que inauguraron el estudio crítico de los medios de comunicación. Sin embargo, Podemos ha hecho una aportación revolucionaria a este campo. PODEMOS Y LOS MEDIOS Habermas, Adorno y Kirchheimer, concluían sus estudios con la impotencia de no poder dar con una metodología que permitiera revertir la estrategia de dominación capitalista en los medios. El propio Adorno terminaba diciendo: A la pregunta de “¿qué habría que hacer?”, en la mayoría de los casos no puedo en verdad sino contestar con un “no lo sé”. No puedo sino intentar analizar con rigor lo que hay. En esto hay quien me reprocha: “cuando ejerces la crítica, estás a tu vez obligado a decir cómo habría que hacerlo mejor”. Sin embargo, Iglesias hace una afirmación rotunda: «los medios, especialmente la televisión, son el principal espacio de socialización política en este país». Es decir, entiende que las estrategias «chomskianas» que llevan a crear medios alternativos minoritarios están llamadas al fracaso. En sus propias palabras: No me gusta hablar de contrainformación, ni de alternativo, ni de medio libre […]. Es reconocer que somos minoritarios. Somos medios de comunicación y tenemos que competir en igualdad de condiciones. Las redes sociales han redefinido la forma de hacer política. Es decir, que cualquier estrategia de comunicación debe pasar de una forma u otra por las cadenas mayoritarias. Ante la aparente falta de ideas de los de Frankfurt, Iglesias lleva el análisis un poco más lejos. Hasta ahora, los intelectuales marxistas analizaban a los medios de comunicación como un ente monolítico que actúa como una sola fuerza. Sin embargo, no existe tal bloque sino diversas empresas compitiendo entre ellas que, a su vez, tienen numerosos trabajadores con distintos intereses. Desde esta perspectiva cabe preguntarse. ¿Qué motiva al directivo de una cadena a tomar una decisión? ¿Y al periodista? ¿Y al productor? Desde una perspectiva liberal, parece un razonamiento obvio. Pero bajo la óptica marxista supone un antes y un después. De hecho, en un principio, Pablo Iglesias saludaba a los compañeros del programa político «Al Rojo Vivo» de La Sexta bajo la perorata de ser el «No-Do Vivo, un programa de todólogos, estilo ‘Aquí Hay Tomate’: una jaula de grillos». Es decir, despreciaba a los medios por no entenderlos. Sin embargo, al comprender los mecanismos que llevan a la toma de decisiones por parte de los directivos de las cadenas, es mucho más sencillo lograr que sus intereses confluyan con los nuestros. Dicho esto, si las cadenas quieren audiencia, audiencia es lo que hay que darles. Así es como es posible entrar, poco a poco, en los medios de comunicación hasta conseguir introducir nuestro discurso en el dominante. A partir de aquí, en palabras de Errejón, la política comunicativa de Podemos (que, en el principio, todavía eran meros asesores de Izquierda Unida) se basa en el ensayo-error. Es decir, en ir probando las fórmulas pertinentes hasta alcanzar el éxito variando la técnica. Si para ello se incurren en contradicciones, es totalmente justificable puesto que como reconoce Pablo Iglesias «hacer política es cabalgar contradicciones». Unas prácticas comunicativas de las que han ido haciendo uso desde sus inicios en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense. Allí llevaron a cabo los primeros escraches políticos y organizaron performances reivindicativas que terminaban en tensas algaradas como cuando allí acudieron Rosa Díez o Josep Piqué. Allí es donde se dieron cuenta de que los programas de televisión se basan en conseguir un mayor beneficio económico y, por tanto, mayor audiencia. Eso les convierte en modelos a imitar si se quiere conseguir atraer al público. Eso explica que elaborasen actos políticos con formatos televisivos similares al del programa «59 segundos». Todo esto mientras perfeccionaban la teatralidad política con clases de artes escénicas. Pablo Iglesias reconoce haber visto varias veces debates televisivos para aprender la forma de gesticular de los tertulianos y presentadores con más éxito. Hoy en día, han refinado aquellas prácticas amateurs de la Facultad de Políticas y que fueron puliendo con los formatos visuales que comenzaron con «La Tuerka» y continuaron con «Fort Apache». Como veremos más adelante, son modestos espacios audiovisuales en los que debatir de política desde la Ciencia Política en una eficaz cohabitación con representantes de distintos partidos políticos. Al tiempo que producían aquellos debates políticos televisados con cortes de vídeo de los propios programas que se difundían por las redes sociales con éxito, plantearon la necesidad de dar el salto a los medios de comunicación de masas. Comprendían que, una vez tomada la decisión de fundar Podemos, una de sus mayores debilidades de partida como joven formación política en medio de un sistema bipartidista sería la escasa visibilidad mediática. Para mitigar este hándicap inicial que lastraba tremendamente sus opciones electorales, supieron entender cómo funciona la lógica de los medios de comunicación. A continuación vamos a analizar su estrategia de penetración en las grandes cadenas de televisión. Pero todo este proceso no se entendería sin La Tuerka. El esquema tradicional de la comunicación política podría sintetizarse de forma muy somera en este diagrama: El problema de este sistema es que ata al político a lo que diga o interprete el periodista. Dicho de otra forma, la percepción que tenemos de una ley, propuesta o iniciativa no está creada por el político sino por el periodista y, lo que es peor, en muchas ocasiones por la oposición. Buena prueba de ello ha sido esta legislatura del Partido Popular. La percepción que hemos tenido los ciudadanos de la gestión de la crisis es la que nos han creado los medios de comunicación. En su agenda se puso la palabra «recortes» y absolutamente todas las medidas, independientemente de lo que fueran, han sido calificadas como recortes. A falta de un discurso desde el Gobierno por mera omisión, los periodistas construyen el suyo propio. De hecho, incluso los medios más afines terminan dando sus propias explicaciones de la realidad que, en muchos casos, distorsionan la propia visión de los políticos a los que intentan apoyar. En este sentido, un medio que escapa del control de los grandes grupos comunicativos y de la óptica subjetiva del periodista es internet. La red de redes te permite crear tu propio medio de comunicación con el que llegar directamente a tu elector. De esta forma, el partido o institución puede controlar directamente el mensaje. Esto no sólo lo coloca en una posición ventajosa sino que además le marca la agenda al medio. No se trata de lanzar una medida concreta, sino de explicar todoel relato político que la envuelve. Así, el periodista no tiene que buscar interpretación alguna sino que la propia organización se la sirve en bandeja. A partir de ahí, se podrán escribir artículos de opinión en contra o declaraciones de cualquier tipo pero nadie podrá obviar el marco que hemos propuesto inicialmente. Sin embargo, esta visión apenas ha calado en los responsables de marketing de casi ninguna organización. En la mayor parte de los casos, especialmente en el mundo de la política, el llamado «marketing de contenidos» se concibe como una extensión de la publicidad tradicional. Donde antes se hacían spots de propaganda, ahora se graban piezas para youtube con las mismas características. La diferencia es que, si bien un anuncio tiene garantizado un número de espectadores que están viendo el programa que lo precede, los contenidos online pueden no ser vistos por nadie. Un anuncio como el de «BMW: ¿Te gusta conducir?» es idóneo para un medio como la televisión. Sin embargo, el impacto que tendría en un medio online es bastante dudoso. Pese a que el discurso es impecable, se trata de un vídeo que apenas aporta nada al espectador. Tan sólo vemos una mano y música. Es difícil pensar que alguien buscara algo así en youtube (a no ser que, como en este caso, el spot se siga viendo como una pieza clave de la historia de la publicidad española). Podemos ha basado su modelo en ofrecer contenidos valiosos por sí mismos que no necesitan el filtro de la prensa ni la inserción en un espacio publicitario para ser consumidos. Como no podían salir en la televisión, crearon su propia televisión. Y lo hicieron imitando los programas que tenían éxito y cuyos formatos les servían para comunicar lo que les interesaba. De esta forma, no sólo explicaban un posicionamiento político concreto sino que ofrecían valor al usuario mientras construían el marco que les interesaba. Hasta ahora, internet se ha utilizado como una mera herramienta de comunicación: el partido político lanza un mensaje en bruto y se difunde. Después, se intenta controlar la opinión pública con una campaña en redes sociales. Sin embargo, internet ayuda a movilizar pero no cambia la intención de voto, como demuestran diferentes estudios. Lo que sí ayuda a crear opinión con capacidad de influencia sobre la voluntad del elector es la televisión. Sin duda, es el medio de comunicación más utilizado por todos los españoles y el que más influye. De hecho, más que los telediarios, los programas que realmente ayudan a crear tendencias de voto son las tertulias y los programas de «infoentretenimiento», donde se interpreta la actualidad y se «espectaculariza». De ahí, la obsesión de Pablo Iglesias de llegar a las televisiones generalistas. Podemos no sólo utiliza internet como medio para comunicarse sino también como una herramienta de marketing. Es decir, no sólo lo emplea para difundir mensajes sino también para crearlos. Esos mensajes son sus contenidos. A la hora de estructurar dicha plataforma de comunicación, Podemos entiende que hay distintas formas de acceder a la información disponible en internet. Siguiendo la metodología que explica el teórico Bill Shander, los contenidos se dividen en 4 tipos: Vaso de agua: Son los contenidos cortos, que, en palabras del propio Shander, se consumen durante una pausa en el trabajo para ir a por un vaso de agua. Su función es llamar la atención del usuario y crear expectación. En el caso de Podemos, éstos serían los cortes de vídeo de 1 ó 2 minutos en los que vemos una respuesta en una tertulia. Tazas de café: Se consumen durante los descansos en mitad de la jornada laboral. En este caso no basta con llamar la atención del usuario sino que hay que narrar una historia elaborada. Aquí nos referiríamos a los programas completos de La Tuerka. Biblioteca: Son los contenidos profundos que ya sólo consumen los que están muy interesados. En este apartado encontraríamos las conferencias en vídeo o los libros. Son piezas de larga duración dirigidas a llamar a la acción a individuos altamente politizados. Laboratorio: En esta última categoría hablamos de la participación y la interactuación directa con el usuario. Podemos comienza a hacer uso de este tipo de contenidos en el momento en el que se constituye como fuerza política. Es cuando crean un grupo en la red social Reddit en el que los propios usuarios pueden aportar y debatir medidas concretas que más adelante se reflejarían en el programa electoral. Tal y como sigue explicando Shander, todos los contenidos deben cumplir 4 características básicas: deben ser visuales, transmitir un relato, poder ser compartidos fácilmente en redes sociales y permitir, de un modo u otro, la interactuación por parte del usuario. Podemos sustenta su propuesta de participación democrática a través de la red basándose en los principios de la socióloga anteriormente estudiada, Saskia Sassen. Según ella: La idea de internet como red de redes descentralizada ha contribuido a reforzar la noción de que posee una autonomía intrínseca con respecto al poder estatal, además de una gran capacidad para mejorar la democracia desde la base mediante un fortalecimiento de las dinámicas del mercado y del acceso a ella por medio de la sociedad civil. Saskia Sassen entiende que existe la necesidad de «un gobierno justo para garantizar que el interés público también incida en el desarrollo de internet». En este sentido, aparte de cumplir los principios de Shander y Sassen, los contenidos de Podemos se caracterizan por imitar los formatos de televisión a donde quiere llegar. No se trata de hacer un video tipo parodia sino de hacer un programa, tal cual. Cuidando una imagen profesional y tratando de crear contenidos de larga duración. Esto les sirve también para segmentar a sus simpatizantes y conocerles mejor. Tenemos que repetir el cambio de mentalidad que esto supone en la estrategia de marketing: no hay que pensar como un anunciante sino como un medio de comunicación. Desde el primer momento, Pablo Iglesias se da cuenta de que los programas de infoentretenimiento son lo que ve la gente a la que le interesa la política: es decir, los votantes. Se trata de un formato que funciona bien y que es relativamente fácil de realizar con bajo presupuesto. Es una evidencia que la tertulia de La Tuerka es una imitación de otras como El Gato al Agua, Al Rojo Vivo o La clave, aquel programa de TVE considerado como uno de los mejores programas informativos y de debate en la historia de la televisión nacional. Como habíamos dicho, otra de las preguntas que cabe hacerse con el análisis de los medios hecho por Pablo Iglesias es «¿Qué motiva a los periodistas a tomar sus decisiones?». De forma intuitiva, todos los jefes de prensa de las organizaciones han entendido que una buena relación con los trabajadores de las principales cabeceras es muy importante. Los grandes directivos de comunicación son también grandes relaciones públicas. Pero es difícil conseguir la atención de ningún redactor cuando representas a una organización insignificante como podía ser La Tuerka. Pese a ser pequeña, La Tuerka era un «talk show». Eso significa que tenían algo que ofrecer a esos periodistas a los que se querían dirigir: la posibilidad de ser tertulianos. En este sentido, es un ejemplo de cómo «hacer de la necesidad virtud». Es obvio que con el presupuesto modesto con el que contaban era difícil conseguir a analistas políticos famosos. Sin embargo, sí podían llegar a una segunda fila de trabajadores de la información a los que les viene muy bien tener un espacio televisivo en el que foguearse, por poca audiencia que este tenga. Por eso decimos que La Tuerka ha jugado durante mucho tiempo una doble función. Por un lado servía de medio de comunicación propio para comunicarse con los votantes (Iglesias, en una charla, reconoce que «La Sexta ya no nos llama porque ya no hay que competir con El Gran Debate (Telecinco) y ya pueden volver a llevar sólo al centroizquierda y al centroderecha pero eso no depende de nosotros…para eso ya tenemos La Tuerka»). Por el otro, es un instrumento para comunicarse no con las cadenas de televisión sino con los periodistas, que a fin de cuentas, son los que realizan los contenidos. Pablo Iglesias siempre ha sido consciente de que cuando entablas relación con un periodista, a éste, por una mera cuestión de empatía personal, le es más difícil realizar una crítica despiadada como la realizaría si no conociese de nada al personaje en cuestión. Por otro lado, les ha servido para conseguir entrar en ese círculo de tertulianos y colaboradores en medios de comunicación que pudiesen abrirles las puertas de los medios con más audiencia. Para este efecto, toda esa investigación sobre los medios de comunicación y las técnicas para conseguir audiencia fueron fundamentales. Pablo Iglesias sabía cómo actuar para convertirse en el foco de atención y una «máquina» de retener espectadores. De esta forma, se crean vínculos muy estrechos con los periodistas. Vínculos que no sólo sirven para salir en la televisión y tener una relación amistosa los medios sino también para tener influencia sobre ellos y marcarles la agenda. En paralelo, Pablo Iglesias utilizaba los monólogos iniciales y finales de La Tuerka para provocar a los directores y presentadores de los medios generalistas para que aceptasen debatir con él en su propio terreno de juego. La primera gran aparición de Pablo Iglesias en un canal de televisión generalista fue en el programa «Dando Caña» de Intereconomía en abril de 2013, gracias a la mediación de uno de los colaboradores habituales de La Tuerka y que por aquel entonces trabajaba en la cadena de Ariza. El tertuliano en cuestión es un periodista que ideológicamente se sitúa en las antípodas de lo que luego sería Podemos pero que entendía que traer a un «marxista puro y duro» a una cadena conservadora azuzaría el debate, lo que se traduciría en más audiencia. Efectivamente, la participación de Iglesias en este espacio fue algo insólito, polémico y, sobretodo, muy atractivo. De repente, en un programa de televisión claramente de derechas, donde el espacio reservado a la izquierda lo ocupan unos más que previsibles socialdemócratas, encontramos a una «rara avis» que pone en tela de juicio todos los principios que hasta entonces se daban por sentados. Esta aparición fue duramente criticada por los seguidores de La Tuerka. Desde la visión tradicional marxista que hemos descrito, colaborar con un medio de comunicación privado es continuar la lógica del capital. Según éstos, al entrar en ese debate-espectáculo estaba convirtiendo sus ideas en una mercancía y en beneficio para la cadena. Pablo Iglesias, en su propio programa justificaba esta intervención diciendo que «hacer política es cabalgar contradicciones». En realidad, lo que había logrado era utilizar el funcionamiento de la comunicación capitalista para poderlo revertir. En sus propias palabras, «por primera vez la gente puede ver en sus pantallas a alguien que propone una alternativa». Efectivamente, a partir de esta aparición, Intereconomía reservó un espacio ideológico en sus tertulias a la extrema izquierda. Pablo Iglesias se convirtió en el portavoz mediático de todos los movimientos de protesta, de las manifestaciones y de los escraches. De esta forma, la historia que contaba la cadena empezó a incluir y a valorar acontecimientos a los que antes no se les daba importancia. Y lo que es más importante, se consolidaba la figura de una cabeza de toda esa oleada reivindicativa que no se sentía representada por los partidos mayoritarios. Todo esto, mientras sus audiencias crecían en torno a debates con posturas mucho más contrastadas. Nuevamente, desde una óptica dialéctica, un canal conservador como Intereconomía necesitaba un antagonista que le ayudara a definir su propio discurso. Durante las legislaturas de Zapatero, usaban al Gobierno como némesis ideológica. Sin embargo, con un ejecutivo de centroderecha, los de Ariza se quedaban sin un enemigo claro. Pablo Iglesias, como portavoz de esa extrema izquierda presente en las calles pero no en el Parlamento, era el candidato perfecto a ocupar ese vacío. Tras el éxito cosechado ahí, no tardaron en llamarle desde otras cadenas. Todos querían imitar los buenos resultados de su competidora. Así es como Pablo Iglesias pasó a entrar en el circuito de los analistas políticos. Mientras, en su propio canal afianzaba su relación con los periodistas, fijaba su discurso y presentaba en sociedad a sus otros compañeros, principalmente Íñigo Errejón y Juan Carlos Monedero. Con respecto al discurso, la grandeza del marco establecido por Podemos se asienta sobre la idea de que no sólo lo construyen ellos sino también sus adversarios. Hasta ahora, cuando se hablaba de storytelling, se decía que el candidato debía contar sus propuestas como si de una historia se tratase. O que el marco lo enunciaba el propio interesado. Podemos ha dado una vuelta más a esa historia y ha conseguido que todos los actores políticos, voluntaria o involuntariamente, se conviertan en actores de su propio relato y le ayuden a enunciar su marco. Recordemos que esto mismo constituyó el mayor éxito del Partido Conservador inglés durante los mandatos de Margaret Thatcher. En el caso de Podemos, primero predicen que «los ricos harán todo lo posible para desacreditarnos». Después les atacan y anuncian medidas inaceptables para ellos (impuestos especiales a las grandes fortunas, moderación en el crecimiento de sus beneficios, supresión de exenciones y deducciones fiscales, etc...). Lógicamente la respuesta de algunos empresarios no se hace esperar. Sin darse cuenta, sus propios adversarios políticos acaban de validar lo que ellos mismos habían pronosticado. De esta forma, al provocar a otros actores, consiguen que éstos construyan el discurso necesario. Este fenómeno se hace patente tras los sorprendentes resultados de las elecciones europeas, el argumento que se esgrime desde Podemos es que la ciudadanía ha demostrado que «sí se puede». La prueba de que se puede, según los ideólogos de Podemos, es que ahora la mal llamada casta va a hacer todo lo que pueda para atacarlos, convirtiéndose ellos en una amenaza real y en el principal problema para el bipartidismo. Desde ese momento, su obsesión es provocar a sus enemigos para que hablen de ellos. Para este fin se lanzan declaraciones llamadas a crear polémica, se proponen medidas políticas inaceptables como nacionalizar los medios de comunicación o, en última instancia, se interponen demandas judiciales a personajes especialmente simbólicos como Esperanza Aguirre. Desde la política tradicional, este tipo de estrategias se considerarían un suicidio. Cuando Pablo Iglesias dice que «ETA tiene explicaciones políticas» no sólo está escandalizando a la derecha sino también a una buena parte de sus votantes. Y se está alejando de ese centro que, según todos los manuales, es el lugar óptimo al que todas las formaciones de mayorías deben dirigirse. Pero la moderación no sirve de nada si no hay un discurso sólido que la sustente. En ese momento, la validación de su mensaje se producía a través de provocar el enfrentamiento directo con sus adversarios. Este enfrentamiento se llega a teatralizar y a «mediatizar» en el debate que tiene Pablo Iglesias con Esperanza Aguirre en La Sexta Noche. Ambos políticos se dirigían a sus propios votantes. De esta forma, la presidenta del PP madrileño afianzaba su imagen entre sus simpatizantes y el líder de Podemos se consolidaba como el auténtico azote de la derecha. Efectivamente, para esto tuvo que forzar una posición con respecto a ETA que le alejaba del centro político. Pero lo que recibía a cambio era la validación definitiva de su discurso. A partir de ahí, nadie puede negar que «la casta» está atemorizada ante la eventual victoria de Podemos. Y si tu antagonista te reconoce como su principal adversario, tú te has convertido, automáticamente, en la alternativa. Esto se traduce en una credibilidad absoluta entre sus simpatizantes.Así se explica que, pese a que aparezcan noticias sobre presuntas corruptelas los líderes de Podemos, sus simpatizantes no pierden la confianza en sus líderes. Incluso sirven para afianzar su apoyo ya que el foco no se pone en si son o no corruptos sino en el intento desesperado de la casta por desacreditarles. Esto no hace sino reforzar su marco. La muestra más clara, como describíamos anteriormente, la tenemos en que ahora los periodistas preguntan a todos los políticos si tienen alguna medida para luchar contra las puertas giratorias, si debería limitarse el salario de los altos ejecutivos o si nos encontramos ante el fin del bipartidismo. Todo esto son problemas que antes ni existían. Ahora sí. Pero no sólo eso. Al establecer una comunicación inicial y ser los primeros en lograr establecer un marco concreto, refutarlo a posteriori se hace prácticamente imposible. De hecho, los únicos que pueden contradecir a Podemos, desde un punto de vista mediático, son los medios de centroderecha puesto que la gran mayoría de su audiencia sólo conoce a Pablo Iglesias y a Podemos a través de dichos medios de comunicación. Sin embargo, en los medios de izquierda es bastante más complejo. Los espectadores ya conocen a Pablo Iglesias previamente. Ya han visto sus vídeos, han leídos sus tweets o incluso han colaborado en sus plataformas online de participación. Su percepción de Podemos no la han construido los periodistas sino los propios ideólogos del partido. Por eso, cuando Ana Pastor entrevista a Pablo Iglesias en La Sexta y es capaz de poner de manifiesto las utopías de Podemos, sus contradicciones o las mentiras demostradas de las que se han servido previamente, son sus propios votantes los que van a atacar a la presentadora. Buena parte de su propia audiencia que reconoce en Iglesias una esperanza política y reniega del hecho de que desde una cadena de izquierdas se critique a un político de izquierdas. En la entrevista que le hizo Sergio Martín a Pablo Iglesias en el Canal 24 horas de Televisión Española se lanza una batería de preguntas incómodas al candidato. Además se muestran tweets agresivos en el faldón de la pantalla. Y son los espectadores quienes terminan pidiendo, de manera explícita, el despido del periodista. Estos dos ejemplos son únicos en la democracia española. Por primera vez quien tiene la credibilidad es el político y no el periodista. Esto no pasaría, por ejemplo, con Mariano Rajoy. Pese a tener el prestigio que le otorga ser el presidente del Gobierno y haber sido votado por más de 11 millones de españoles, la percepción que tenemos viene dada, única y exclusivamente, por la imagen que reflejan los medios. De esta forma, quien controla el discurso no es el entrevistado sino el entrevistador. Todo esto se explica porque Podemos es el primer caso conocido en el que el propio partido ha creado el discurso y se lo ha transmitido, sin intermediarios, a los ciudadanos. De esta manera, los medios son meras correas de transmisión que apenas pueden añadir nada a lo que ya está construido. Así tenemos que el modelo estratégico de Podemos se resume en el diagrama de la siguiente página. Como podemos ver, La Tuerka juega un rol fundamental. Comunica directamente a los ciudadanos pero también crea las reglas del juego para los periodistas. De hecho, si analizamos los contenidos creados por la productora de Podemos, vemos que evolucionan y cambian en función de los intereses de cada momento. Si, en un primer momento, necesitaban entrar en las tertulias políticas, sus contenidos imitaban a los espacios televisivos donde quería estar. La Tuerka recuerda en todo a El Gato al Agua, de Intereconomía TV. Sin embargo, en los últimos tiempos, la estrategia de Podemos pasa por un viraje al centro que les permita acceder al voto mayoritario. Es en ese momento cuando La Tuerka deja de ser emitido como tal y da paso a un nuevo programa complementario «Otra vuelta de Tuerka», creado a imagen y semejanza de las entrevistas que podemos ver en las grandes cadenas de televisión. Si, inicialmente, la necesidad era establecer vínculos con los tertulianos, ahora hace falta mostrar a Pablo Iglesias en compañía de personajes simbólicos para el electorado más moderado al que quieren acceder. Así encontramos una entrevista a Iñaki Gabilondo (el periodista por antonomasia de la socialdemocracia), a Iñaki Anasagasti (representante del PNV, lo que demuestra que Podemos puede entablar diálogo con otras fuerzas políticas pese a las diferencias ideológicas) a Fernando Romay (icono deportivo de los años 80, que sirve para conectar con los votantes de mediana edad) o a personajes reconocibles del mundo del cine y la música como Icíar Bollaín, Terele Pávez o Ismael Serrano. Nuevamente estas entrevistas se presentan primero con cortes de vídeo a modo de «trailer» (lo que, en la terminología de Bill Shander serían «water- coolers») y más adelante con contenidos de más de 30 minutos de duración (lo que serían «tazas de café») en donde se puede ver la charla íntegra. El Gobierno y, fundamentalmente, el Partido Popular, tuvieron una muy buena oportunidad de hacer algo parecido con sus medidas contra la crisis económica. La pedagogía de la crisis no se trataba de enunciar medidas, sin más, sino de generar un marco y transmitirlo directamente a los ciudadanos. Desde el propio partido se podía haber creado una plataforma de comunicación online desde la que transmitir ese discurso. Además, su situación privilegiada de fuerza política mayoritaria, les habría garantizado la mayor cobertura mediática sin hacer grandes esfuerzos. De esta forma, los medios, se tendrían que haber atenido al marco del Gobierno para criticarlo, lo que le habría colocado en una posición ventajosa. En lugar de anunciar una subida del IVA, se podría haber construido un relato político, social y colectivo de Nación que hiciese entender al ciudadano el porqué de estas medidas. De dónde venimos, cómo estamos, por qué lo hacemos y qué evitamos. En lugar de esto, la oposición ha logrado que su marco acabe calando, creando la idea de que «la herencia recibida» era la excusa perfecta para hacer y deshacer a su antojo, definiendo cualquier nueva ley como «un recorte». Podemos ha demostrado que la creación de una vía de comunicación propia nos sitúa en una posición de liderazgo sobre el resto de canales y actores políticos. APLICACIÓN PRÁCTICA: LA RADIO, DE GAULLE, LA TELEVISIÓN Y KENNEDY No cabe duda de que los medios de comunicación juegan un papel determinante en el ámbito del marketing político. Se suele decir que la mejor fuente de conocimiento es la propia experiencia y, en este caso, la experiencia demuestra que quien es capaz de adivinar las ventajas del medio, acaba venciendo. Basta recordar dos ejemplos históricos que tuvieron como protagonistas a Charles de Gaulle y a John Fitzgerald Kennedy. La historia del primero de ellos comenzó en Francia, la noche del 16 de junio de 1940, cuando Paul Reynaud, presidente del Consejo, dimitió al verse en minoría en su propio Gobierno ante los partidarios del armisticio. Su sucesor, el mariscal Pétain, nombrado presidente del Consejo por el presidente de la República, decidió entablar negociaciones con el enemigo y el 17 de junio pidió a los franceses el cese de los combates. Como reacción a la petición de armisticio, Charles de Gaulle huyó a Londres. Se instaló con su ayudante de campo, Geoffroy Chodron de Courcel, en un piso prestado por un francés, cerca de Hyde Park. Es en ese momento cuando de Gaulle decide redactar un discurso para rechazar la derrota y hacer un llamamiento para seguir el combate. Animado por el primer ministro británico, Winston Churchill, pronuncia este discurso a través de las ondas radiofónicas de la BBC la noche del 18 de junio de 1940. Anuncia que la guerra no está decidida, reiterando que «¡Francia no está sola!» y recordando que «la guerra es una guerra mundial» y que «el destino del mundo está ahí». Lo esencial para el general De Gaulle era garantizar un lugar paraFrancia junto a los futuros vencedores. El 18 de junio de 1940, con un discurso que constituye una de las piezas más notables en la historia de la radiodifusión, Charles de Gaulle consiguió algo moralmente imprescindible: salvar el honor de toda una Nación. De Gaulle entendió que la radio no era un mero instrumento de entretenimiento, sino que podía servir para que un único hombre organizase, con un discurso emotivo y empático, el mayor movimiento de resistencia desde fuera de sus fronteras que había conocido la historia de Francia. El objetivo era evidente: oponerse a la dominación extranjera y la sumisión y luchar por la restauración de las libertades. El general de Gaulle fue capaz de adelantarse a las técnicas empleadas en aquellos tiempos y servirse de un instrumento de comunicación empleado con otros fines como era la radio para articular un movimiento político y social. Algo similar a lo que le sucedió a nuestro segundo protagonista, J.F. Kennedy, ante el primer debate político televisado entre dos candidatos a presidir el Gobierno de Estados Unidos en las elecciones de 1960. En este caso el medio utilizado no fue la radio sino la televisión. Aquel 26 de septiembre de 1960 demostró que Kennedy fue capaz de adelantar a Nixon en la carrera hacia la Casa Blanca haciendo un uso inteligente de los medios de comunicación en su propio beneficio. Pongámonos en situación. Dos candidatos completamente opuestos entre sí ante el primer debate electoral televisado. Uno demócrata, otro republicano. Uno atractivo, otro menos agraciado. Uno con un traje azul oscuro que contrastaba con el fondo y le hacía poderoso, otro con un traje gris que se camuflaba con el escenario y le hacía pasar inadvertido. Uno hablaba mirando a cámara, otro la despreciaba. Uno con un sano moreno, otro con un color pálido casi enfermizo. Uno perfectamente afeitado, otro no. Uno con una postura relajada y desenvuelto, otro con pose rígida e incómodo. En definitiva, antes de empezar a debatir, Kennedy había obtenido un punto de ventaja sobre su oponente. De hecho, la prueba empírica de la victoria de Kennedy en televisión fue que las personas que vieron el debate por este medio, dieron como vencedor de forma abrumadora a Kennedy, sin embargo, aquellas personas que solamente habían podido escuchar el debate por la radio, dieron como vencedor a Nixon con una escasa ventaja. Según diferentes estudios de prestigiosas universidades, la percepción de la simpatía se recibe en un 55% por la mirada, en un 38% por los gestos y en un 7% de la voz, por lo tanto, en un medio visual la voz es un elemento residual frente a los medios radiofónicos donde constituye el arma de seducción central. «Es evidente que la estrategia no impide la táctica» León Trotski Construyendo una estrategia de marketing desde cero En este capítulo, a modo de «preconclusión», vamos a trazar un flujo de trabajo para crear una estrategia de marketing aplicable a una organización política. Para ello vamos a utilizar la experiencia de Podemos y todas las aportaciones de los intelectuales marxistas que hemos señalado anteriormente. Seguramente muchos critiquen nuestra pretensión de sacar una metodología de marketing político sin tener en cuenta que cada contexto tiene unas necesidades distintas. Por supuesto, no es lo mismo hacer marketing para una empresa tecnológica que para un partido político o para una fundación sin ánimo de lucro. Tampoco es comparable una situación en la que se busca introducir un producto nuevo en el mercado (caso de Podemos o de una empresa de reciente creación) con otra en la que se busca continuar una posición de liderazgo (caso del Partido Popular o de una gran multinacional). En este esbozo vamos a intentar explicar cómo poder adaptar el método de Podemos a otras organizaciones con situaciones distintas. Por supuesto, nuestra propuesta es lo suficientemente amplia como para no entrar en demasiados detalles. Lógicamente hay aspectos únicos de cada organización y no se puede intentar aplicar, al pie de la letra, la misma estrategia para perfiles tan diferentes. Sin embargo, todos estaremos de acuerdo en que en cualquiera de estos ejemplos hay una constante común: el objetivo de afianzar una relación armoniosa con el público. Por otra parte, uno de los errores de las marcas consolidadas es pensar que su posición de liderazgo es inamovible. La historia de la política o de la empresa nos demuestra que esto no es así. En un mundo cambiante, las organizaciones tienen que estar siempre alerta. Así que incluso un partido consolidado debe mantener su preocupación por llegar a nuevos públicos y afianzar los que ya confían en él. Por sorprendente que parezca, apenas existe bibliografía que arroje luz para el desarrollo de una metodología de marketing político. No al menos tal y como lo concebimos en este libro. Por eso esperamos que esta metodología que proponemos, aunque genérica, pueda servir de guía para la elaboración de estrategias de marketing para distintas formaciones políticas. Lo primero que necesitamos es fijar nuestra concepción acerca del marketing. Tal y cómo señalábamos en la introducción, normalmente se confunde este término con la publicidad. Es verdad que son conceptos que van de la mano pero no son lo mismo. Cuando entramos en una tienda de Ikea nos encontramos con una ruta que debemos seguir. En la tienda hay varios mapas que nos indican el recorrido a seguir e incluso hay flechas pintadas en el suelo para orientarnos. A lo largo de ese camino encontramos todos los productos colocados como si estuviéramos en una casa real (las estanterías tienen libros, los sillones y las mesas están colocados como si fuera un salón, etc…). A diferencia de unos grandes almacenes tradicionales, aquí no metemos las cosas en nuestro carro según las vemos sino que las apuntamos en un papel para recogerlas después, antes de llegar a la línea de caja. Este diseño del establecimiento no es, ni mucho menos, una campaña publicitaria. De hecho, nadie contrataría a una agencia de publicidad para que se encargara de algo así. Sin embargo, si deberíamos considerarlo como una estrategia de marketing. Luego, ¿qué es el marketing? La definición clásica de este término, acuñada por el teórico Philip Kotler, es la de «proceso social y administrativo por el que los grupos e individuos satisfacen sus necesidades al crear e intercambiar bienes y servicios». Dicho de otra forma, sería el conjunto de técnicas aplicadas por una organización para satisfacer las demandas de su mercado de forma más eficiente que la competencia. Algo así como el estudio de todos los procesos mediante los cuales nos relacionamos con nuestro público. A este respecto, el producto que vendemos también debe ser analizado a la luz de esta disciplina. La concepción habitual es que los bienes o servicios que ofrece una compañía son lo que le dan el sentido. En realidad no es así. De hecho, las empresas cambian sus ofertas sin por ello perder su esencia. Hace veinte años, Apple vendía, casi exclusivamente, ordenadores domésticos. Ahora, su principal línea de negocio son los smartphones y las tablets. Sin embargo, nadie diría que ahora es una empresa distinta. De esta forma, el producto no es más que un medio para satisfacer las demandas de nuestro mercado. Es decir, una herramienta de marketing. De hecho, en los últimos años se ha creado en todas las compañías la figura del «product manager» («coordinador del producto», en inglés) que se encuadra dentro de los departamentos de marketing. Su trabajo es, precisamente, diseñar productos nuevos que respondan a las necesidades de su público. Por supuesto que este tipo de prácticas han existido desde los inicios de la historia. Siempre ha habido productos, siempre han existido organizaciones y siempre ha habido un público que demanda cosas. La diferencia es que, lo que antes se hacía de forma intuitiva, ahora se intenta hacer siguiendo una metodología protocolizada. Parte de la evolución humana consiste en eso: en sistematizar procesosque en el pasado se realizaban por ensayo-error. La producción industrial es, en esencia, eso. En el ámbito de la política, el mero término de «marketing» tiene connotaciones peyorativas. Incluso a veces se utiliza para descalificar a otros candidatos: «este candidato no dice la verdad, su campaña es puro marketing». En la introducción señalábamos que, mientras escribíamos este libro, realizamos varias entrevistas a asesores de campaña de los principales partidos políticos. Nos llamó la atención que muchos de ellos se sintieran incómodos cuando decíamos la palabra «marketing». Entendían que, al importar un término de la jerga empresarial, queríamos mercantilizar la política y desproveerla de cualquier principio ético o presunción de autenticidad. Sin embargo, esos mismos asesores no tenían ningún problema en manejar conceptos provenientes del mundo de la guerra como «táctica», «estrategia» o «campaña». Es curioso cómo aún hoy nos parece más noble comparar unas elecciones con una batalla que con un mercado. Por supuesto que la estrategia militar tiene mucho que aportar. Pero en unas elecciones democráticas no se persigue aniquilar a ningún enemigo ni causar bajas. Sin embargo, los partidos tienen unos consumidores (votantes) a los que deben satisfacer. También persiguen un beneficio concreto y mensurable (los votos). Y, por supuesto, también tienen un producto que ofrecer al mercado. En este caso no se trata de algo tangible como un mueble sino de un programa político a desarrollar. En definitiva, de una forma intuitiva o metódica, en la política se termina haciendo marketing. Que nadie entienda el mínimo atisbo de cinismo en esta afirmación. Al contrario. Como hemos dicho, el marketing consiste en satisfacer las necesidades de los consumidores de la forma más eficiente. Así que el objetivo es tratar de mejorar la situación para todos. Nuestra propuesta está lo más lejos posible de las caricaturas habituales que se hacen del marketing político. En ningún momento defendemos que los candidatos se fotografíen abrazando a niños ni realicen «salida de tono» a las que, desgraciadamente, algunos nos tienen muy acostumbrados. Al contrario. Si a menudo se dice que los políticos no son capaces de responder a los ciudadanos, nuestra propuesta, en último término, consistiría en desarrollar una relación más saludable entre los partidos y sus votantes. Eso y no otra cosa es el marketing político. Vamos a dividir nuestro marco de trabajo en dos grandes fases: diseño del producto y diseño de la relación con el mismo. Cada una de estas fases estará deconstruída, a su vez en pasos más sencillos. Empezamos. PRIMERA FASE: CONSTRUYE UN DISCURSO Lo hemos dicho y lo repetimos: el producto no es más que un medio para satisfacer las demandas del mercado. Debe nacer como respuesta a una necesidad y debe evolucionar en función a ésta. En una empresa tecnológica, distinguiríamos entre tecnología y producto. La primera, por sí misma, no sirve de nada. Es necesario que alguien le de una utilidad. La teoría de la relatividad no es más que una formulación científica. Tiene un uso social cuando alguien decide emplearla para generar energía mediante centrales nucleares. Los principios que permiten crear pantallas táctiles no son más que investigaciones técnicas. Su interés comercial aparece cuando un desarrollador de producto los emplea para el diseño de un Smartphone. En el caso de un partido político, la ideología sería el símil a la tecnología. Efectivamente, en política existen y existirán principios y valores. Ningún candidato ni representante de los ciudadanos debería obviarlos. Pero el liberalismo, la socialdemocracia o cualquier otra filosofía política sólo tienen utilidad cuando se emplean para resolver los problemas de los ciudadanos. Por supuesto que deben existir ideólogos, académicos y asesores que analicen distintas alternativas. El debate de ideas es fundamental. Pero eso, continuando con el paralelismo empresarial, pertenecería al departamento de I+D+i. Es necesaria la figura de un «product manager» político. Alguien que sea capaz de coger la materia prima que aportan los ideólogos y convertirlo en un discurso adaptado al momento y a la sociedad. Ese discurso es lo que motiva a los votantes a confiar en ese partido y no en otro. Todo lo demás (mítines, publicidad, apariciones en medios…) no tiene ningún sentido si no hay un mensaje bien construido. El primer paso para construir este discurso es analizar las demandas insatisfechas de nuestros potenciales usuarios. PASO 1. ENCUENTRA LAS NECESIDADES DE TU MERCADO Todos necesitamos algo. Probablemente, antes de que los primeros walkman salieran al mercado en 1980, nadie se planteaba la necesidad de escuchar música mientras andaba por la calle. Sin embargo, cuando Sony comercializó las primeras unidades, el éxito fue instantáneo. Había una demanda latente. Siempre hay aspectos en los que se puede mejorar la vida de los consumidores/votantes. Lógicamente, este ejercicio es mucho más sencillo en mercados inmaduros o cuando se parte de posiciones minoritarias para ofrecer una categoría de producto totalmente nueva. Estas situaciones serían lo que los teóricos W. Chan Kim y Renée Mauborgne llaman un «océano azul». Los océanos azules son los mercados que aún no existen. Antes de que se introdujera el walkman, existía esa necesidad oculta de escuchar música por la calle. Y esa demanda latente no estaba satisfecha por ninguna compañía. Así que cuando apareció Sony con su nuevo producto, consiguió un crecimiento rápido en poco tiempo. Seguramente, otras compañías tratarían de seguir su estela con un éxito menor. Incluso los propios creadores de la criatura tendrían mayores dificultades para encontrar vacíos en el mercado con la siguiente versión de su reproductor portátil. Pese a que, técnicamente, la situación de Podemos no podría definirse como un océano azul, hay algunas claves similares. En la España de la crisis económica, hay muchos ciudadanos que no encuentran acomodo en ninguna de las ofertas electorales disponibles. Y es evidente que tienen demandas insatisfechas. Algunas incluso se ponen de manifiesto en protestas. Ante este escenario, Podemos se presenta bajo una categoría nueva. Evita definirse como partido político. Es un movimiento ciudadano con un programa electoral realizado a partir de la colaboración de cientos de usuarios en una red social. Un producto nuevo. Por otra parte, a diferencia de los océanos azules, éstos sí tenían competidores (el resto de partidos). Un elemento con el que contaba Podemos era el conocimiento de varios colectivos de la sociedad civil que estaban organizados y tenían líderes claros y concretos. Cuando hablan de vivienda, tienen a su lado a la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) y otras agrupaciones similares. En cualquier caso, esto no significa que el resto de partidos no deban hacer el mismo análisis de partida que hace Podemos. El Partido Popular, pese a tener una posición dominante (es el partido en el Gobierno) también debe conocer las necesidades de aquellos grupos que simpatizan con su ideario y las de aquellos que podrían llegar a hacerlo. Como señalábamos en el capítulo 1, no se trata de perfiles estadísticos sino de una forma distinta de categorizar la sociedad en torno a demandas. Existen numerosas herramientas que nos pueden servir de brújula para encontrar estos grupos. Los grandes partidos cuentan con sus propios estudios demoscópicos. Para aquellas organizaciones con menor presupuesto, pueden echar mano de datos estadísticos de las Administraciones Públicas o de empresas privadas que los venden por precios razonables. En los últimos años han aparecido programas de software que analizan grandes bases de datos o incluso el tráfico en una red social. Los precios varían notablemente. También la precisión de los análisis. Algunas plataformas como Twitter venden el llamado «firehose», que ofrece datos de todas las interacciones de una red concreta en tiempo real. Con la herramienta, losequipos y el personal adecuado se pueden hacer el análisis más exhaustivo. No obstante, el presupuesto que requiere es prohibitivo para muchas organizaciones. Sin embargo, a día de hoy ninguna organización política puede obviar la información que vierten los usuarios sobre sí mismos en internet y existen métodos más económicos. Un simple vistazo al mapa de nodos de nuestra propia red de Facebook puede arrojar mucha más luz que muchos informes estadísticos. Y existen recursos de software libre (Gephi, jQuery) que, con la formación adecuada, nos permiten encontrar cuáles son los temas que más preocupan a una comunidad concreta de usuarios. Todas estas herramientas nos mostrarán un mapa donde podremos encontrar distintos grupos de usuarios conectados en torno a temas que les interesan. Un mapa de redes elaborado a partir de Facebook nos mostrará las páginas web que acumulan más «likes» dentro de una red concreta y con cuáles otras están relacionadas. Por ejemplo, podremos encontrar que a aquéllos a los que les interesan las páginas de búsqueda de pisos para comprar, también les interesan las webs de los bancos que ofrecen las mejores hipotecas. También hemos visto los métodos de análisis etnográficos, que incluyen entrevistas y experiencias en persona dentro de comunidades concretas. Este tipo de investigaciones requieren un esfuerzo previo de selección de los grupos que se quieren estudiar. Sin embargo, nos permiten conocer a fondo una realidad y entablar relaciones con líderes que, durante la campaña electoral, pueden ayudar a movilizar votantes. Además, es una disciplina que no requiere grandes recursos económicos ni tecnológicos. Basta con tener un equipo de voluntarios dispuestos a llevarlo a cabo. Finalmente, no hay que olvidar que, más allá de cualquier análisis o estudio estadístico está el olfato político, el debate con el equipo de campaña y el seguimiento diario de la actualidad, incluyendo aquí todas las fuentes de información posibles: medios de comunicación de toda índole, blogs y redes sociales. Basta con conocer la situación del país para, por ejemplo, entender que la gente que tiene ahorros en su banco demanda un Gobierno que garantice estabilidad financiera. Hasta ahora, el ejecutivo de Mariano Rajoy ha protegido esos depósitos llegando a rescatar a las entidades con problemas. Por otra parte, el Banco Central Europeo ha mantenido la inflación a raya. Es decir, los ahorradores pueden sentirse satisfechos. Otro grupo serían los que tienen inversiones en bolsa, o aquellos que están acumulando recursos económicos para iniciar un proyecto empresarial o incluso familiar (comprar una casa, criar a un hijo, etc…). Todas estas realidades se podrían agrupar en torno a un significante vacío al que podríamos denominar «previsores». Una de sus principales demandas sería la seguridad jurídica que necesitan para garantizar que su dinero no va a desaparecer de un momento a otro por una intervención externa. Esta demanda puede considerarse más que satisfecha. Tanto que ni siquiera reparamos en ella. Es decir, es un término «naturalizado». Sin embargo, basta con mirar a otros países para entender que el respeto por la propiedad no es algo tan común. Ni siquiera hace falta echar la vista muy atrás. En diciembre de 2014, los «previsores» rusos perdieron la mitad de su dinero de un mes para el siguiente. El rublo se había devaluado un 50%. ¿Quién tiene la culpa de eso? La seguridad jurídica es un fenómeno absolutamente político. Eso significa que está en permanente debate y que tiene unos enemigos y unas víctimas potenciales en caso de que se rompiera. Así tenemos que cada uno de estos grupos que construimos en torno a sus demandas tienen tres elementos clave: Situación de partida: Qué les define y qué pueden necesitar. Politización de su causa: Quién podría atacar sus intereses y en qué manera se verían afectados. Solución propuesta: En qué medida nuestra ideología resuelve su situación. Cualquier estudio de nuestro mercado debería concluir con un documento en el que se señalen los distintos colectivos cuyas demandas se pretende resolver. PASO 2. CREA LA SOLUCIÓN Una vez tenemos los colectivos clasificados en función de sus problemas y demandas, debemos reagruparlos en función de las soluciones que vamos a aportarles. En este caso, hablamos del proceso más ideológico de todos. Lógicamente, un partido liberal-conservador ofrecería soluciones completamente distintas a las de un partido socialdemócrata o uno comunista. Todo esto es connatural a la lógica política. En aras de buscar el mayor rigor y la mayor credibilidad, las soluciones deben ser lo más elaboradas posibles y tener contra argumentaciones de todo tipo. Los think tanks y laboratorios de ideas ofrecen numerosos informes y análisis de política comparada que tienen una utilidad capital para la elaboración de medidas políticas concretas, basadas tanto en nuestro país como en el extranjero. Por supuesto, tampoco podemos obviar las propuestas que realizan los expertos externos. Incluso cuando se rechaza una sugerencia, es necesario tenerla en cuenta como contra-argumento al que habrá que saber dar respuesta. Cuando tenemos clara cuál es nuestra batería de medidas, debemos buscar sus extremos opuestos que nos servirán para definir nuestro programa mediante contraste con su antagonista. Esto es especialmente importante cuando hablamos de temas tan complejos como la economía. Una propuesta como «bajar los impuestos» tiene sentido cuando explicamos por qué es malo subirlos. De otro modo, caemos el riesgo de hablar un lenguaje vacío de contenido. Tal y como hemos visto, los enunciados se definen por sus opuestos. Finalmente, un aspecto crucial es ser capaz de poner nombres a las soluciones y a los problemas. Nombrar algo lo convierte en una realidad sólida. Debe ser un término que el público pueda utilizar con naturalidad. Que pertenezca al lenguaje coloquial. Para asegurarnos de que escogemos títulos adecuados, podemos utilizar Google. Si, al hacer una búsqueda con nuestra construcción lingüística, apenas encontramos resultados, es que vamos por mal camino. PASO 3. CONVIÉRTELA EN UNA HISTORIA Como hemos visto, las ideas abstractas son difíciles de asimilar por sí mismas. La forma más efectiva de comunicar un principio es convirtiéndolo en algo tangible. Las empresas que fabrican objetos tangibles tienen un producto que mostrar. Algo que se puede tocar o incluso probar. En nuestro caso, nuestro producto es una construcción ideal. La única forma de materializarla es convirtiéndola en una historia, con personajes y acontecimientos. Esa historia debe tener un hilo conductor general, que es la gran razón que justifica todo el movimiento. En el caso de Podemos, la historia central sería: Había una vez una mayoría de ciudadanos ahogada por una casta que les robaba y les cerraba la participación en la vida política. Podemos surgió como un instrumento para convertir esa mayoría social en una mayoría política que expulsara a esa casta y devolviera las instituciones a sus legítimos propietarios. Si lo analizamos detenidamente, vemos que hay una trama muy clara: problema (planteamiento) – solución (nudo) – beneficios (desenlace). Podemos expandir o contraer este relato en función de cuantos acontecimientos queramos incluir. Por ejemplo, en una intervención larga, se pueden señalar distintas noticias que avalen el hecho de que hay una casta que roba a los ciudadanos (casos de corrupción, etc…), describir los pasos que llevaron a la construcción de Podemos (el grupo de Reddit en el que se abrió la participación a todos los simpatizantes, las primeras reuniones de afiliados, etc…). También debemos resaltar la creación de personajes reales en la historia. Tenemos a los ciudadanos y a la casta, con ejemplos que tienen nombre y apellidos. De esta forma, con mayor o menor extensión, la historia siempre guarda la misma lógica narrativa y es fácil de asimilar. A partir de este discurso general surgen las principales medidas que lo dan sentido.Por perfecta que sea la construcción discursiva de la casta y la ciudadanía, es necesario mostrar una serie de medidas concretas llamadas a solucionar problemas concretos. Recordemos, paso a paso, la forma en la que Pablo Iglesias narraba una de sus medidas estrella para las elecciones europeas del 2014: En este país tenemos un problema, que son las puertas giratorias. Fijémonos en cómo empieza mostrando un problema/demanda insatisfecha (no olvidemos que muchos votantes perciben que los políticos utilizan lo público en su propio beneficio). A ese problema le pone un nombre eficaz, que genera una metáfora visual (todos podemos imaginarnos una puerta giratoria). Ahí tenemos al expresidente González, que ha terminado entrando en el Consejo de Administración de Gas Natural. Cuando estaba en el Gobierno la privatizó y ahora le devuelven el favor dándole un puesto de trabajo con un salario millonario. Tras nombrar el problema, nos señala un hecho real lleno de carga simbólica. Al recordarlo, no sólo encuentra una prueba para fundamentar su tesis (nada importa que el hecho de que entre su cargo de expresidente y su fichaje por Gas Natural hayan transcurrido más de 14 años) sino que además permite que todos podamos personalizar el problema en alguien al que conocemos todos y que es un icono del socialismo español. Para evitar eso, nosotros vamos a presentar la Directiva Villarejo…. Aquí nos presenta la solución al problema y le pone un nombre. Presentada por el que fue Fiscal Anticorrupción, Carlos Jiménez Villarejo, que le traemos en listas únicamente para que pueda presentar esta ley. Después dejará el escaño y correrá la lista. Tras mostrar su solución, nos da un argumento de autoridad que demuestra la solidez del producto en cuestión (lo ha creado el mismísimo exfiscal anticorrupción). No sólo eso, nos termina de contar la historia: había una vez un expresidente del Gobierno que traicionó a sus antiguos votantes a cambio de un puesto en una gran empresa. Podemos, con el sabio Carlos Jiménez Villarejo a la cabeza, decidió poner fin a esta injusticia con un arma, la Directiva Villarejo. Una vez fue presentada, ningún expresidente volvería a burlar la confianza de sus simpatizantes y el fiscal anticorrupción se volvería a su puesto de trabajo habitual con la sensación del deber cumplido. Este mismo esquema lo podemos encontrar en cualquier otra medida propuesta por Podemos. Siempre hay una serie de acontecimientos que, colocados en un marco temporal, construyen un relato. En todas las historias encontramos unas víctimas, unos culpables a los que se les puede poner cara y unos términos claros para referirse a los elementos clave. Pablo Iglesias podría decir «voy a prohibir la recolocación de cargos públicos en puestos de organización de empresas» o «voy a prohibir los desahucios». Sin embargo, él habla de «Directiva Villarejo» y «Decreto Antidesahucios». Son productos con nombre al que nos podemos referir. SEGUNDA FASE: DISEÑA EL MODO DE RELACIONARTE CON TU PÚBLICO Un producto se compone de dos elementos principales: la solución que plantea y el modo de uso. Un discurso por sí sólo no es más que una idea flotante que debe materializarse en un formato que nos permita verlo. Ese formato puede ser una declaración en prensa, un vídeo o un mitin. En el mundo empresarial se habla de «la experiencia de usuario». Es la forma en la que el consumidor se relaciona con el concepto que propone la empresa y se considera como parte del producto. Existe incluso una disciplina llamada «diseño de la experiencia del usuario» (UX design) dedicada a elaborar métodos eficientes para usar un software determinado para un dispositivo tecnológico. Uno de los éxitos de los productos de Google, por ejemplo, es haber creado una interfaz de usuario realmente intuitiva y sencilla de manejar. Volviendo a la política, la experiencia de usuario empieza desde el momento en el que queremos que los periodistas, los líderes de la sociedad civil y los distintos perfiles de votantes interactúen con nuestro discurso. Que lo vean y lo asimilen. PASO 4. ADÁPTATE A LOS HÁBITOS DE CONSUMO DE TU PÚBLICO De esta forma, el primer paso es definir los públicos finales y los objetivos instrumentales para llegar a éstos. En el caso de Podemos, el objetivo final era llegar a sus potenciales votantes que, especialmente en un primer momento (la campaña de las europeas), deberían ser gente previamente interesada en política, con un nivel formativo medio-alto y una sensibilidad de izquierdas. Necesitaban su atención y su participación. A diferencia de cualquier otro partido político, que tiene afiliados que acuden a los eventos y hacen campaña entre su círculo de amigos, Podemos no contaba con ningún grupo inicial de simpatizantes. Para eso necesitaban lograr un objetivo instrumental: conseguir el apoyo de los periodistas y los líderes de colectivos sociales. Especialmente en el caso de los periodistas, no les interesaba tanto los redactores de noticias como aquellos que trabajan en los programas de «infoentretenimiento». ¿Por qué? Porque sabían que sus potenciales simpatizantes consumían más televisión que periódicos. Para su estrategia, valía más 5 minutos en una tertulia que aparecer en un informativo. A partir de ahí, estudiaron el comportamiento de cada uno de esos grupos para ofrecerles una experiencia de usuario que se adaptara a ellos. En el caso de los periodistas y los líderes sociales, les ofrecieron participar en un programa de televisión. De esta forma, los unos iniciaban la relación amistosa que buscaban y los otros encontraban una nueva plataforma de difusión de su marca personal. Ambos salían ganando. Con respecto a los votantes, el mero hecho de salir en los canales de televisión mayoritarios les daba un canal de comunicación extraordinario. Sin embargo, también necesitaban esa masa crítica de simpatizantes que participan y colaboran con el partido. De esta manera entendieron que el grueso de sus seguidores eran jóvenes que manejan las nuevas tecnologías con fluidez. En muchos casos, utilizaban las redes sociales como espacio de debate de ideas. La conclusión era obvia: a «su gente» le gusta hablar de política por internet. Así es como crearon un canal en la red social Reddit en el que podían capitalizar ese gusto por la discusión. El «núcleo duro» de militantes entraba ahí para contraponer ideas en lo que más adelante sería el programa electoral. Existen numerosos estudios sobre hábitos de consumo del consumidor. No sólo las empresas de estudio de mercado sino incluso algunas compañías como Eriksson o Vodafone publican informes sobre el uso de dispositivos móviles o las redes sociales. Todas estas herramientas son fundamentales para estudiar a los públicos y deben ser tenidas en cuenta para el diseño de una estrategia de marketing experiencial. Por ejemplo, todas las investigaciones sobre comercio electrónico apuntan a un incremento del uso de smartphones para navegar por la red. En algunos grupos, el móvil ha superado al ordenador. Mucha gente ya no lee sus portales de noticias desde su portátil. Por otra parte, las tablets siguen siendo un producto más minoritario reservado para un tipo de consumidor con mayor poder adquisitivo. También recomendamos el estudio de campo en pequeños grupos de simpatizantes. Encuestas sobre la forma en la que consumen los medios de comunicación o el tipo de productos que les gusta consumir. Todos estos datos se deben plasmar en un documento en el que se deben mostrar los siguientes epígrafes: públicos finales, públicos instrumentales, hábitos de consumo de cada grupo y propuesta de soluciones para llegar a cada uno. PASO 5. CREA LOS FORMATOS DE LOS CONTENIDOS Realizado este ejercicio es cuando se crean los diferentes formatos en los que debe ir nuestro discurso. Para que nos hagamos una idea, el discurso es el contenido y el formato es continente. Ese continente debe encajar a la perfección en los diferentes hábitos del consumidor. En los últimos tiempos, parece un requisito indispensableplantear formatos online para dirigirse al votante. Antes de la llegada de internet, los partidos debían preocuparse por su relación con los medios de comunicación tradicionales y de otras vías de comunicación física como los mítines. Ahora es indispensable dotarse también de una estrategia de comunicación digital. El llamado «marketing de contenidos» es la estrategia para crear piezas destinadas a ser distribuidas por las redes sociales. A diferencia de los medios de comunicación clásicos, aquí no hay ninguna gran empresa que pueda garantizar la repercusión de un anuncio. Es el usuario el que debe ir a propósito a ver lo que le queremos mostrar. Esto supone un riesgo y una oportunidad. El riesgo es el de invertir esfuerzo y dinero en un contenido que, finalmente, tenga una difusión mínima. La oportunidad es la de poder captar la atención del usuario durante mucho más tiempo que el del espacio que nos ceda un medio de comunicación determinado. Además, se puede establecer una relación continuada en el tiempo con el votante. Nadie cambia su tendencia de voto de un día para otro sino que es un proceso de meses o incluso años. Así que la posibilidad de poder acompañar al usuario durante todo ese tiempo debería ser considerada como una ventaja y no como un problema. Sin embargo, los partidos siguen concibiendo los contenidos online como experiencias momentáneas: un único vídeo, un videojuego o una página que no se actualiza más que el día en el que fue colgada. A este respecto, las campañas virales han hecho mucho daño. Existe algo a lo que podríamos llamar el «síndrome Amo a Laura», que consiste en tratar de repetir el éxito que tuvo una campaña de publicidad online que lanzó la MTV en el año 2006. Consistía en un videoclip de parodia hecho con relativo bajo presupuesto. La película, de menos de 2 minutos, se convirtió en un fenómeno de difusión viral. Así es como se empezó a hablar de marketing viral. De repente, todas las marcas, incluyendo los partidos políticos, intentaron repetir el mismo éxito pensando que bastaba con lanzar cualquier tipo de vídeo corto y chistoso para que todos los usuarios lo compartieran de forma compulsiva. La experiencia demuestra que este tipo de efectos virales son imprevisibles. En contrapartida, los sistemas que se revelan más exitosos son aquellos que se basan en crear contenidos periódicos. Es una difusión mucho más lenta pero establece una relación controlable y estable con el usuario. Una estrategia online no consiste en pensar en un anuncio sino en una serie de contenidos que se puedan producir con frecuencia. El símil más parecido sería el de una serie de televisión. Todo esto significa que hay que tener en cuenta las posibilidades reales de producción. Las preguntas deben ser: ¿Podemos hacer este tipo de vídeos/artículos/podcast todas las semanas? ¿Contamos con los recursos y el tiempo suficientes? ¿Encontraremos inspiración para crear una serie de piezas de calidad homogénea? El equipo de Pablo Iglesias necesitaba un formato que permitiera que se adaptara a las preferencias de sus grupos objetivos. La solución fue realizar una tertulia política que se emitiría tanto por un canal de televisión minoritario como por youtube. Esta solución era idónea por las siguientes razones: Frecuencia: Contaban con recursos como para hacer un programa de buena calidad todas las semanas. Valor: El usuario percibe que hay un beneficio en ver el programa: es entretenido y formativo. Discurso: El programa les permitía transmitir su discurso de forma amena y fácil de entender. Adaptación: Ofrece a los periodistas y líderes sociales la posibilidad de participar en una tertulia, lo que es percibido como un valor. Por otra parte, se adapta a los gustos de los electores, que, cada vez más, utilizan youtube como una cadena de televisión más. Estas cuatro claves deben estar presentes en todos los formatos que diseñemos en nuestra estrategia de contenidos. Especialmente en el caso de la adaptación, tenemos que ser capaz de ofrecer algo para cada momento. Como explicábamos en el capítulo anterior, los contenidos más cortos son idóneos para pequeñas pausas en mitad de la jornada laboral. Un vídeo corto o una infografía sencilla nos permiten captar la atención de nuestros simpatizantes durante un par de minutos. Más allá de ahí, es importante tener contenidos de más larga duración. Contenidos pensados para ser disfrutados durante la hora de cenar, para ver durante un trayecto en transporte público o para poder leer durante el desayuno. Los medios de comunicación han entendido estas dinámicas desde hace mucho tiempo. Los matinales de radio están pensados para despertar al oyente con música alegre y dinámica. Los grandes locutores repiten sus editoriales durante varias veces (una a las 6:00, otra a las 7:00 y otra a las 8:00) para coincidir con la hora a la que despiertan sus distintos públicos. Las tertulias son enérgicas y apasionadas. Por las noches, sin embargo, los periodistas ofrecen análisis más profundos y los debates son más pausados. Los jingles de entrada son lentos y suaves. Y ya no es necesario repetir los editoriales varias veces porque todos los oyentes están despiertos a las horas a las que suelen empezar estos programas. En el caso de internet, la temporalidad no es tan importante. Los usuarios consumen los contenidos en el momento en el que más les conviene. Pero eso no significa que la gente deje demandar materiales para cada momento del día. Un buen ejemplo de contenidos adaptados al comportamiento del usuario sería el del semanario británico The Economist. Los suscriptores online pueden leer la revista online en cualquier momento, igual que lo hacen con la edición impresa. Sin embargo, The Economist Expresso (nombre en clara alusión al café expreso del desayuno) despierta a todos sus lectores con una lista con siete artículos que resumen lo más importante de la actualidad internacional y económica del día. Estos contenidos se pueden visualizar desde cualquier Smartphone que tenga instalada la aplicación. De esta forma, todos podemos desayunar mientras hacemos un repaso a las noticias sin necesidad de encender nuestro ordenador. PASO 6. CREA TU PLATAFORMA DE COMUNICACIÓN Hay dos grandes mitos a barrer en el mundo de la comunicación online. El primero es aquel que dice que los usuarios de internet sólo están dispuestos a consumir contenidos cortos. Vídeos de corta duración o artículos de poca extensión. El segundo dicta que la red es democrática y que, por tanto, los acabados profesionales no son bienvenidos. Marcas importantes, con posibilidad de invertir grandes sumas de dinero en marketing online, deciden, a propósito, elaborar contenidos de mala calidad, escaso valor y muy corta duración. Lo que algunos supuestos gurús gustan en llama «aspecto casual». La prueba fehaciente de que estos mitos son falsos es la piratería. Los usuarios demuestran a diario que son capaces de ver películas y hasta temporadas enteras de series de televisión desde la pantalla de su ordenador. Las librerías de Reino Unido venden ya más libros en formato electrónico que en formato impreso. En Estados Unidos, plataformas online como Netflix o Amazon han llegado a producir programas de altísimo presupuesto, contratando a Kevin Spacey o al mismísimo Woody Allen, destinados directamente a ser consumido en internet. La conclusión es que los usuarios están dispuestos a consumir cualquier tipo de contenido online siempre y cuando éste sea de buena calidad y ofrezca algo a cambio del tiempo invertido. Por supuesto que nadie va a ver dos horas de vídeo si no espera recibir un beneficio de ningún tipo (diversión, formación, etc…). Sin embargo, la calidad se premia. Por eso, a la hora de producir los formatos que hemos diseñado, debemos mantener una línea homogénea que garantice la calidad. Para eso existen los libros de estilo. Los libros de estilo fijan unas normas estéticas, ortográficas y de mensaje que obligan a los productores a armonizar todas las piezas dando un sentido deunidad y creando obras dignas de la atención de los usuarios. Los programas de La Tuerka no cuentan con el presupuesto de las grandes cadenas de televisión. A falta de grandes platós, optan por fondos negros y un decorado minimalista. Sin embargo, la iluminación no tiene nada que envidiar a ningún programa de televisión clásico y el ritmo en la realización es impecable. Todo esto no es fruto de la casualidad sino del estudio de los medios de comunicación tradicionales. Recomendamos el estudio de cualquier otro tipo de contenido que pueda servir de precedente a nuestra propuesta de contenidos. Por supuesto, aquellos que cuenten con presupuesto suficiente pueden contar con los servicios de una empresa profesional. Sin embargo, nadie debería externalizar ningún servicio sin contar con alguien de la organización que supervise todo el trabajo realizado y conozca lo que se ha hecho antes para saber hasta dónde puede exigir. Pablo Casado Blanco (Partido Popular) Abogado y economista colegiado en Madrid. Ha completado su formación académica con el DGP de la Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard, el CLS del Government Affairs Institute de la Universidad de Georgetown, el PLGP del IESE, el PLPE de Deusto Business School, el PGP del Instituto de Empresa y el Curso de Mercados Financieros del IEB. Pablo Casado comenzó su andadura política en Nuevas Generaciones del Partido Popular de Madrid, organización que presidió durante 8 años. Ha sido diputado autonómico en la Asamblea de Madrid y director de gabinete del expresidente del Gobierno de España, José María Aznar. Actualmente es Diputado en el Congreso de los Diputados, desempeñando las tareas de portavoz de la Comisión mixta Congreso-Senado para la Unión Europea y vocal de las Comisiones de Asuntos Exteriores y Cooperación Internacional en el Congreso de los Diputados de España. También es representante de España en la COSAC (Conference of Community and European Affairs Committees of Parliaments of the European Union) y en la Asamblea Parlamentaria de la Unión por el Mediterráneo. Es el responsable del área online del Partido Popular a nivel nacional y portavoz del equipo de campaña de las elecciones autonómicas y municipales. Mucha gente piensa que los altos cargos políticos no se dejan aconsejar por sus asesores, ¿es eso cierto? Yo no tengo asesores con lo cual no puedo decir nada [risas]. He sido asesor y generalmente… lo más importante es que el líder político tenga la capacidad suficiente de liderazgo y de convicción en sus propias ideas como para que el asesoramiento sea un complemento. El problema que hemos tenido en España es cuando un líder ha sido sobretodo cosmético y ha estado al albur de su demoscopia, su asesoría de marketing… y sólo eso. Al final un partido tiene que tener tres puntos fundamentales: buen equipo, buen programa y buenos principios. Si además tiene buena asesoría pues mucho mejor. Hay buenos equipos de asesoría, la demoscopia ha avanzado muchísimo y todos los proyectos políticos lo tienen muy en cuenta pero reitero que tiene que ser un complemento. No puedes estar gobernando al albur de eso. ¿Qué papel juegan las redes sociales dentro del marketing político? Absoluto. Las Redes Sociales no son un canal más sino otro espacio en el cual juegas. Antes se jugaba en el espacio offline nada más (mitin, comisión de estudios, que han existido siempre aunque en otros partidos llaman círculos) y ahora eso se ha trasladado al espacio virtual. Ahí la gente está, el partido tiene que estar y el líder tiene que estar. Y, evidentemente, ese nuevo espacio requiere de un canal de comunicación distinto que tiene que ser más visual. Con un aspecto más de marketing. Puesto que lo visual tiene un elemento de competencia intrínseca: como es visual tienes que competir para ser atractivo. Y el propio canal de la red es democrático: la gente consume lo que quiere. Es una buena forma para afinar una estrategia de manera que los mensajes que llevas a ese nuevo espacio sean atractivos. ¿Están sobrevaloradas? No lo creo. La red social es muy democrática porque la gente elige lo que consume. Y son tremendamente mesurables. La sobrevaloración no existe. Tú sabes si algo ha tenido repercusión o no. Tú sabes en una red social si algo está gustando o no. Hoy en día ni siquiera la automatización o las herramientas de robotización son específicamente del todo fiables: el PP nunca las ha usado. Sabemos que otros partidos las usan. Pero los propios criterios de las empresas (Twitter, Facebook) las penalizan. Con lo cual, hay una traslación bastante exacta de lo que le interesa a la gente y cuánto ha gustado. Eso sí, dentro de la gente que está en esa red. Por ejemplo, Facebook tiene a un votante más liberal-conservador y Twitter más a la izquierda o más enfocado al mass media. Dentro de lo que es la red, la repercusión de tu mensaje es más fidedigno a lo que te arroja la red. ¿Qué otros formatos te parecen importantes en una campaña? Audiovisual sin duda. No es tan nuevo. De hecho habría que remontarse al debate Kennedy-Nixon pero hay una evolución que dura hasta nuestros días. Al formato audiovisual de la televisión se ha sumado el de la red. Youtube es fundamental e incluso la red social: todos los enlaces que tú cuelgas en Twitter o en Facebook con contenido audiovisual son mucho más atractivos que los otros. No sólo audiovisual sino también visual: hay que hacer muchos carteles, muchos logos… Algo que ha funcionado mucho con la campaña de Obama es una frase con una buena fotografía o una buena slide con una gráfica de barras o quesitos te ilustra muchísimo mejor lo que estás intentando explicar. ¿Aplica un mejor marketing político la izquierda que la derecha? Yo soy una persona que cree que el bipartidismo trae a los países una estabilidad y una gobernabilidad positiva. En Estados Unidos o en el Reino Unido, que son dos democracias de las más consolidadas, antiguas y exitosas del mundo así lo atestiguan. No obstante, cualquier introducción de una nueva fuerza bienvenida sea, siempre y cuando tenga unos parámetros de expectativa de gobierno lógica. En el caso de Podemos creo que su programa es irrealizable y muy perjudicial para los intereses de España. Tenemos experiencias en otros países en los que los populismos a corto plazo traen efectos perversos en los que esa rotura de un sistema que hasta entonces estaba funcionando revierte y es pasajera. En el caso de Podemos las encuestas arrojan que van a tener una entrada importante en las próximas elecciones. Lo que no tengo tan claro es que esa entrada se consolide y sea duradera. Cuando los partidos mayoritarios han tenido oportunidad de gobernar con unos programas realistas es cuando ha habido progreso en las sociedades. Estos programas utópicos y… diríamos casi estatistas, en los que la persona pasa a ser secundaria y los parámetros de actuación son en torno a unos supuestos convencionalismos que se deciden para que gobiernen en contra de la opinión de los administrados no conducen a nada. La irrupción de Podemos va a romper el bipartidismo. Esto trae una nueva lógica en las elecciones. ¿Ha llegado el momento de dar la batalla ideológica? Las ideas de la izquierda venden mejor porque son más irrealizables y más demagógicas. Decir que hay que jubilarse a los 60 años es irrealizable con una pirámide poblacional como la europea. El monopolio de la sonrisa o de las frases que gusta escuchar siempre ha sido de la izquierda. El realismo, el pragmatismo o la sinceridad siempre han sido de los gobiernos liberal- conservadores. Más que venderlo mejor, lo que pasa es que tienen unos principios que son más fácilmente vendibles. Pero también son más dañinos a corto, medio y largo plazo para las sociedades. ¿Cómo se tratan de administrar los ataques del adversario? ¿En qué tipo de situaciones compensa entrar al debate? Hay que contestarlo siempre. La batalla ideológica hay que darla siempre. No por ello hay que perder las buenas formas ni entrar en el «cuerpo a cuerpo» o las«patadas en la espinilla». En política la gente está cansada de la crispación. Se pueden decir las cosas, si no con una sonrisa, sí sin levantar la voz. Sobre todo cuando uno está convencido de que sus ideas son las mejores. No es que los liberales seamos arrogantes. No queremos imponer nuestras ideas. Pero estamos seguros de ellas. La historia de la humanidad nos da la razón. Las sociedades que han progresado han sido donde la persona decide por su propio futuro, los recursos económicos caen sobre las personas y los Estados son reducidos, honestos y no interfieren en la voluntad de la gente para decidir su futuro, para tener la libertad de elegir una educación, una sanidad, una política de infraestructuras o una política social. Eso está constatado. El muro de Berlín cayó hace 25 años y todos sabíamos hacia dónde corría la gente. No hace falta explicar a estos señores de la izquierda hacia dónde volverá a correr la gente si levantamos otro muro. La gente corría hacia el lado occidental y librecambista. La gente se moja la espalda en dirección a Estados Unidos y no en dirección a La Habana. Nuestras ideas son las que han traído más progreso y más libertad a la humanidad. Podemos ha sido capaz de materializar los principios planteados por sus referentes ideológicos. Así han llevado a la práctica los enunciados propuestos en «La razón populista» por Ernesto Laclau. ¿Está el centroderecha huérfano de referentes ideológicos modernos? El siglo XX trajo una constatación por la cual el socialismo del s. XXI del que se nutre Podemos es aún más aburrido que el del s. XX. Porque todos sabemos hacia dónde conduce. Antes podías tener una inquietud ideológica. Todos los que hemos leído a Marx… alguno de esos postulados te podían parecer a nivel teórico de cierto interés. Pero la aplicación práctica ha sido tan catastrófica que ya no debería caber ninguna duda. Los ideólogos de la derecha están perfectamente vigentes. Quien lea a Hayek, a Friedman o a Popper verá que están de plena actualidad. No hay nada más moderno que decir que el individuo tiene capacidad de decidir por sí mismo. Que ningún burócrata puede subvertir la voluntad para construir un entorno familiar o social sin ninguna ingeniería impuesta desde esa nomenclatura que los ideólogos de Podemos defendían: lo que definía Orwell como: «todos somos iguales pero algunos más que otros». No es una cosa de un zoológico pasado sino que se puede constatar hoy en día todavía en dictaduras como la norcoreana, la cubana o en regímenes «anaftalinados» o evocadores de dictaduras como los bolivarianos del ALBA. Y se puede constatar que la ideología del centroderecha sigue muy viva. Hoy en día si lees discursos de Thatcher, de Reagan o de Churchill, ves que ese discurso desgarrador, las «Lágrimas, sudor y sangre», es lo que está diciendo ahora el Partido Popular. Como se hizo en Reino Unido con Thatcher, como intentó hacer Sarkozy en Francia… tenemos tantos ejemplos en Europa y donde no es Europa que dicen claramente que la gente no es tonta. La gente lo que pide a un gobernante, ya que le paga con lo más sagrado que tenemos que son los impuestos —que coactivamente se sustraen de los ciudadanos—, es que le resuelva sus problemas. Las ingenieras sociales, cantos de sirena o utopías de facultades de politología no se pueden experimentar a nivel de gobierno. La gente quiere que su familia vea sus intereses bien protegidos y su país avance. Y por eso las ideologías liberales que han ido ejecutando toda la vertiente ideológica de los gobiernos liberal-conservadores son de plena actualidad. Según las encuestas, el Partido Popular pierde casi la mitad de los votos que obtuvo en las pasadas elecciones generales. ¿Tiene pensado el partido una estrategia definida para recuperar a esos posibles abstencionistas? Las encuestas son una foto fija. No creo que hayamos perdido la mitad de los votantes ni muchísimo menos. Otra cosa es que ahora mismo la gente se puede sentir algo defraudada o preocupada porque el partido al que apoyó ha tenido que acometer unas reformas durísimas. Y eso ha pasado siempre. Todos los gobiernos en las elecciones europeas no tuvieron buenos resultados con sus partidos. Todos sufrieron el desgaste de haber arreglado lo que dejaron los que ahora dicen que están en mejor forma que nosotros. Por eso no creo que sea una foto real. Puede que haya un desgaste, no obstante, y estamos intentando revertirlo ¿Cómo? Pues haciendo lo que hubiéramos querido hacer desde el principio. Bajando los impuestos, empezando a hacer las políticas que a nosotros nos gusta hacer: sostenibilidad del Estado del bienestar, unidad de mercado, políticas de libertad en la educación, de mérito, de esfuerzo y de competitividad para lo que jóvenes salvan mejor formados, ahorro sanitario y farmacológico sin perder un ápice de calidad en el servicio sanitario, políticas de infraestructuras donde tienen que ejecutarse y donde son útiles y no por cuotas territoriales o autonómicas. Lo que viene siendo una política que se puede hacer cuando la situación catastrófica y urgente ya se ha embridado. ¿Cuál era esa situación? Perder la soberanía nacional por primera vez en nuestra historia. Y eso lo hemos evitado. ¿Cómo? Ingresos rápidos para hacer frente a nuestros acreedores para que siguiéramos siendo solventes. Hecho eso, este año viene la Política con mayúsculas, la ideológica. Decirle a nuestro votante: esto es lo que pensamos, esto es lo que dijimos y esto es lo que hacemos. Yo confío en que la situación del PP sea mucho más positiva en los próximos meses. Podemos está teniendo un gran éxito en la construcción de una historia como relato político .¿Crees que el Partido Popular ha fallado a la hora de construir esa línea temporal con los hitos fundamentales que ha ido alcanzando para que la gente entendiese el «porqué» de cada medida? Hemos pecado quizá de confiar en que todo el mundo iba a comprender lo que se estaba haciendo y es verdad que no hay que escatimar en esfuerzos para comunicarlo y estar presentes en todos los medios de comunicación. Hacer pedagogía. Es verdad que a veces el PP está más centrado en la gestión que en la comunicación. Otros están más centrados en la manipulación y el ocultamiento de la realidad. Y en eso nosotros tenemos que hacer más autocrítica. Podíamos haberlo hecho mejor y ya estamos haciéndolo mejor. El presidente del Gobierno ha anunciado que los ministros van a estar comunicando más, los diputados vamos a estar más presentes en los medios de comunicación y eso es porque consideramos que una vez hayamos hecho los trabajos de gestión, ahora tenemos que explicar las razones por las que hemos hecho tenido que hacerlo y los resultados, que han sido por el esfuerzo de todos. Cuando decimos que se crean medio millón de empleos mientras que antes se estaban destruyendo 3 millones y medio, no es que nos estemos acreditando méritos sino que estamos dando las medidas para que los españoles, con su esfuerzo, poniéndose el país a la espalda y tirando adelante, hayan cambiado la tendencia. Somos un gobierno que ha visto como 400.000 españoles se han afiliado a la Seguridad Social. La macro es la suma de micros. Hay mucha gente a la que la recuperación no le ha llegado a su casa. Pero hay 400.000 a los que si les ha llegado. Aún quedan 4 millones y por eso queda mucho por hacer. Y hasta que no lo consigamos no vamos a estar satisfechos. Hay que explicarlo con la bandera de las ideas, con humildad y con eficacia. Nuestro programa, por mucho que diga la oposición está cumplido al 86% y ahora la gente podrá comparar y depositar su confianza en una formación u otra. Y yo digo que el voto no debe ser una tarjeta roja o amarilla sobre lo que se ha hecho sino una tarjeta verde, de confianza, sobre qué quieres que se haga con tu país. Y en ese sentido está muy claro y cualquier español sabe a dónde han conducido las políticas de izquierda y a dónde las del centroderecha. Y la solución es muy clara. La izquierda conduce a más paro y más precariedad y más exclusióny siempre ha tenido que venir el centroderecha a resolver lo que nos han dejado destrozado. Es el caso de Zapatero y González. Y ese relato se está construyendo y se repetirá mucho este año. Aparte de la comunicación, ¿Existe en tu partido un área responsable de crear un relato político que dé sentido a todas las propuestas del programa, algo a lo que podríamos llamar «departamento de marketing político»? En el partido hay un departamento de comunicación, que engloba prensa, telegenia y comunicación online. Dentro de la comunicación online hay mucho que se realiza por nosotros mismos como los contenidos audiovisuales, que pueden tener mucha carga de marketing o ideológica: infografías, la página web, la intranet, el sistema de mensajería directa para cientos de miles de afiliados, newsletter… Luego está el departamento de estudios y programas que hace los estudios, los argumentarlos y los programas. Ellos nutren lo que es el departamento de comunicación y el marketing está muy enfocado a lo que los propios dirigentes transmiten. Al final, por mucho que haya un asesor o una línea de marketing político es importante que quien luego lo transmite, quien da la cara (da una rueda de prensa o explica una medida), también tenga una forma atractiva de hacerlo. Yo creo que más que un departamento concreto entendamos que todo el engranaje político de la organización esté barnizado de marketing político, que hoy en día es algo imprescindible. No creo que tenga que ser un departamento estanco sino que tiene que irradiar y contagiar a todos los demás. María González Veracruz (Partido Socialista Obrero Español) Licenciada en Bioquímica. Después de cuatro años de investigación en Genética Molecular entre Leipzig (Alemania) y la Universidad de Murcia obtuvo el Grado de Licenciada en Investigación con la tesina, varias publicaciones, el Diploma de Estudios Avanzados en Genética y los cursos de doctorado. María comenzó desde muy joven a participar en movimientos sociales, estudiantiles y ONG, así como a implicarse en política desde Juventudes Socialistas. Fue la secretaria general de Juventudes Socialistas de la Región de Murcia y diputada regional hasta que en las elecciones generales de noviembre de 2011 fue elegida diputada nacional. En 2008, entró a formar parte de la Ejecutiva Federal del PSOE dirigiendo la Secretaría de Innovación y Nuevas Tecnologías. Posteriormente se encargó de dirigir la Secretaría de Participación, Redes e Innovación. En el Congreso Extraordinario de 2014, se la encomendó la tarea de responsabilizarse de la Secretaría de Ciencia, Participación y Política en Red. Dentro del PSOE siempre has estado ligada al contacto ciudadano, la participación y las nuevas tecnologías. ¿Has observado una evolución dentro del ámbito del marketing político? En 2008, cuando se crea la Secretaría de Nuevas Tecnologías, lo que estaba de moda eran los blogs. De hecho, había una blogosfera socialista y la gente era muy activa y teníamos miles de blogs en toda España. En 2008 entra Twitter, pero no había casi nadie hasta que surgió el boom en 2011, que es cuando empieza realmente a moverse. Pasamos de 2007 a 2011: de blogs a Twitter. Cuando a principios del año 2000 todo el mundo estaba con el sms, después pasaron al blog, con muchos más caracteres y de ahí al microblogging. Todo esto muy indicativo de los cambios sociales que siempre tienen repercusiones en un partido como el PSOE. Nosotros siempre hemos intentado estar en la vanguardia de todo y también de las redes. Fuimos el primer partido que tuvo una página web, una tele interactiva (PSOE TV) y, conforme van cambiando los tiempos, estamos donde está la gente. Hoy la gente está en Twitter y ahí estamos. Más que como espacio de marketing 1.0, nuestra filosofía es muy bidireccional. Buscamos un espacio de convivencia y así lo gestionamos. Y, según dicen muchos gurús, se nota. ¿Tenéis algún tipo de estrategia marketiniana para recuperar al votante que tradicionalmente era socialista y que hoy puede verse seducido por Podemos? Trabajamos en primera fase para recuperar el orgullo socialista, por decirlo en un titular. Eso significa que, en un tiempo muy complejo, los votantes y simpatizantes sean capaces de ver, por encima de los errores, lo que hemos supuesto para este país en creación del Estado del bienestar, derechos y libertades que es lo realmente nos «toca la fibra» a los que nos sentimos socialistas. Éste es el primer trabajo y mucho más en un momento político como éste, con cambios como la entrada de Pedro Sánchez, que es elegido por todos los militantes. Creo que ese momento es significativo de cómo un partido con más de 135 años de historia es capaz de responder a un momento. Creo que es importante que los partidos con gran tradición, que tenemos un plus de experiencia, tradición y seguridad, tenemos que ser capaces de mejorar, modernizar y actualizarnos. Creo que es lo que hemos hecho. Primero con la conferencia política, que más que un ejemplo, es un modelo de participación por medio de las redes y de colaboración de crowsourcing desde un punto de vista de la construcción de un proyecto político entre miles de personas por distintos foros. Después el cambio de liderazgo por el voto directo de miles de militantes del Partido Socialista. Creo que es transformador. Vinculándolo con la otra pregunta, creo que en el s. XXI, con la rapidez de las redes sociales y la globalización, los partidos tenemos que ir a la velocidad de los cambios. Estamos haciendo muchos esfuerzos en esa dirección. Si uno realiza una búsqueda en Google con los parámetros «Pedro Sánchez» y «Marketing» aparecen más de 7 millones de resultados. Si esta misma búsqueda la llevamos a cabo cambiando Pedro Sánchez por Rajoy o Pablo Iglesias, ninguna se acerca al millón de resultados. ¿Es Pedro Sánchez un candidato consciente de la importancia del marketing político? Yo creo que Pedro [Sánchez] es un hombre de fuertes convicciones que no tiene el marketing en su primera prioridad. Él está mucho más preocupado en cómo sacar al país de la crisis, como creo que pertenece a un líder político de su altura. Pero sí creo que debe tener relación la búsqueda con el fenómeno social que se ha ido generando en torno a él. Desde que Pedro Sánchez ha sido secretario general decidimos que teníamos que estar en todos los sitios. Si se te genera una oportunidad como la famosa llamada del ‘Sálvame’ o si te ofrecen el reto de Calleja, ahí vamos a estar. Pero creo que se ha generado una especie de épica en torno a Pedro que es mucho menos de lo que se escribe. A veces me preguntan por sus asesores… ¡No hay tantos asesores! Pedro es valiente y es capaz de decirle «sí» a Calleja y decir «estoy en contra del maltrato animal y ahora mismo se lo digo a Jorge Javier [Vázquez, presentador de ‘Sálvame’]». Creo que hay más autenticidad en Pedro que marketing. Y lo digo porque le conozco. Hay una decisión conjunta de tratar de comunicar de otra manera, de una forma mucho más cercana y mucho más en la calle. Pedro se está recorriendo España en asambleas abiertas con mucha participación. Cualquier ciudadano puede tomar la palabra en cualquier tema con la única limitación de una regla de tiempo y de hablar de temas que importen al ciudadano y no de asuntos internos del partido. Creo que Pedro va a dar mucho que hablar pero por su fortaleza y por su empeño de cogerse el coche y hacer kilómetros de socialismo. Decía Joe Napolitan, el padre de la consultoría política moderna, que la estrategia es el factor individual más importante en una campaña política. ¿Crees que una estrategia adecuada puede sobrevivir a una campaña mediocre? ¿Puede una campaña brillante fallar si la estrategia es equivocada? A mí me cuesta mucho distinguir entre estrategia y campaña porque una buena campaña tiene que responder a una estrategia. Una estrategia mal enfocada puede arruinar una campaña; creo que sí. Si tú pones el foco en un defecto o en un marco que no te interesa, o estás constantemente entrando en el marco del otropartido, o simplemente no explicas con suficiente intensidad lo que al ciudadano le preocupa, te estás equivocando. A la inversa, yo creo en las estrategias desde el punto de vista del fondo: de lo que tú realmente eres. No puede haber una campaña exitosa sin una estrategia bien enfocada y sin reflexión y pensamiento. ¿Qué importancia le otorgas a los medios de comunicación dentro del marketing político? Toda. Cuando reflexionamos sobre las carencias o no del sistema democrático español, muchísimas de las reflexiones las comparto desde hace mucho tiempo. Antes del 15M. Una de las ventajas que tenemos los que, desde muy jóvenes, nos apasiona la política y la hemos practicado en el instituto, la universidad y los movimientos sociales, es que somos los conocedores, en primera persona, de los déficits que puede haber. Soy una amante de la participación y me hubiera encantado que desde lo público se hubiera fomentado más. En mi comunidad autónoma, el PP gobierna desde hace 20 años y eso desapareció desde hace 17. Reclamo el activismo ciudadano. La democracia no es completa si no hay un proceso ciudadano y no hay medios de comunicación que garanticen la pluralidad pero, ante todo, el derecho a los ciudadanos al acceso a una información veraz. Y creo que eso no siempre es así. Mucho más ahora. La crisis económica ha hecho que los medios entren en una situación compleja desde el punto de vista económico. Muchos periodistas intentan hacer periodismo a pesar de todo pero la velocidad, las propias redes, de alguna manera perjudican al ciudadano en su derecho al acceso a la información. Por eso soy muy defensora de que, en paralelo, los partidos hagamos política abierta. Que los gobiernos practiquen el Gobierno Abierto como hizo Patxi [López] en Euskadi o como hace Obama. Que cualquier ciudadano que quiera encontrar los datos de forma accesible para evaluar a los políticos, tenga una plataforma donde sea obligatorio rendir cuentas. De otra forma, otros deciden por ti: qué opinas, qué información tienes… eso sucede constantemente. Por ejemplo, hace 3 años que se aprobó la reforma laboral. Nos hemos opuesto por activa y por pasiva en el Parlamento, en las votaciones, la hemos llevado al Constitucional… y todavía hay gente que me pregunta por qué no nos oponemos a la reforma laboral. Cuando yo les traslado esto a muchos periodistas su respuesta es «eso ya lo hemos contado y no podemos contarlo otra vez». Además de primar el titular, la audiencia y la venta, también debería garantizarse que el ciudadano sepa qué hacen sus políticos y qué se decide en las instituciones. Creo, sinceramente, que cuanto más nos conocieran a la mayoría de los políticos (en este caso, hablo de lo que más conozco, que es mi partido) menos desafección habría. Creo que hay que ser muy exigente con los políticos, las instituciones, los medios y la propia ciudadanía. Si no, no vamos a conseguir hacer los cambios que este país necesita porque son de fondo. No son de maquillaje. No son de cambiar a otros. No son de cabrearse y punto. Son de cambio de mentalidad y sólo lo podemos hacer desde todas las esferas y desde el entendimiento. ¿Qué crees que determina el éxito o el fracaso de una campaña de marketing político? Por ejemplo, ¿por qué consideras que fracasó en su día aquella campaña encaminada a ayudar a los jóvenes a encontrar casa y que pivotaba sobre las famosas «Keli Finder»? Yo creo que las cosas tienen que ser «de verdad». Lo que mejor se comunica, el mejor marketing, es lo que es auténtico. En ese caso creo que la ocurrencia superaba el problema real que tenían los jóvenes. En ese momento, evidentemente, me tocó callarme pero siempre he dicho lo que pienso desde dentro, que es donde hay que decir las cosas. La lealtad a nuestros valores no es gritar tanto fuera sino cambiar las cosas desde dentro. Por eso me comprometí un día y sigo comprometida. ¿Crees que Podemos puede cosechar votos en el centroderecha? Ellos juegan en un eje que les interesa tratando de difuminar el eje izquierda- derecha. Según ellos están los del poder y los del pueblo. Les sale bien ante mucha gente y puede ser que haya mucha gente de centro y de centroderecha que ahora mismo pueda estar convencida de eso. Pero yo creo que España tiene una democracia muy reciente. Eso puede calar quizá en la gente más joven o de edad mediana, pero hay muchísimas personas que tienen muy claro qué es la derecha, qué es la izquierda, donde se ubican y, en mi opinión, poco a poco, se irá viendo que ellos son extremistas y están en un punto de la izquierda que no es en la que se siente la mayoría del país. Ésa es el centroizquierda que representamos el PSOE. No es una valoración mía. Te coges el CIS, ves donde los ciudadanos ubican al PSOE y donde se autoubican y la relación es muy cercana. Yo quiero pensar que los ciudadanos terminarán sabiendo quién es cada cual y qué defendemos cada uno más allá de consignas, eslóganes o estrategias falsas. Yo creo en la gente que ha creído y que cree en Podemos. Creo que esa gente es sana. Y conozco a muchos de ellos que con su movimiento han intentado hacer un mundo mejor desde la Plataforma Antidesahucios, etc... y creo que son personas de verdad. Pero no creo en los que dicen representarles porque creo que no responden a los que ellos piensan. ¿Vais a intentar buscar nuevos votantes en otros segmentos fuera de los tradicionales del centroizquierda? El PSOE con Felipe González tomó una decisión que no sólo comparto sino que además me parece algo del siglo XXI. Esa decisión es que si quieres trasformar la realidad no puedes estar anclado en 100 años atrás. Tienes que saber en qué mundo vives y aceptarlo para cambiarlo. Nosotros somos un partido de gobierno y queremos gobernar para todos en este país. Creo que ya lo hemos demostrado. A veces creo que incluso lo hemos demostrado demasiado. Si hay algo que lastra al PSOE, a veces, es la responsabilidad de gobernar para todos. Por supuesto que nosotros queremos ser atractivos para la gente de izquierdas porque creemos que somos el proyecto de izquierdas que puede gobernar este país y, por supuesto, para le gente de centro. Queremos hacer políticas de izquierdas para todos los españoles. No queremos locuras del estilo salirse del euro o engañar a la gente. ¡Es que no lo concebimos! Decirle a la gente que te vas a jubilar con 60 años lo firmaría cualquier español, sea de izquierdas, de centro o de centroderecha. Pero no es realista. Simplemente no es real. Nosotros vamos a recuperar nuestro espacio sin autolimitaciones y tratando de ser la alternativa de gobierno en este país. ¿Tenéis un departamento de marketing político? Lo llamamos Acción Electoral y eso incluye estrategia, campañas electorales y comunicación, en global. Luego cada departamento lleva lo suyo pero se piensa, se diseña y se coordina en global. No hay un departamento de marketing político. De hecho el término en esta casa es extraño. Creo que nunca lo he usado como tal. En esta casa se hablaba siempre de «prensa» hasta que llegamos los de redes y, con mucho trabajo, hemos conseguido hablar de comunicación en lugar de «prensa». Es normal que en un país como éste se hable de una tradición de periódico y tele y no tanto de comunicación integral. Pero quien define ese departamento es la Secretaría de Organización y dentro de eso Acción Electoral. Jorge Vestrynge Rojas (Podemos) Profesor titular de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid. Considerado, en su día, delfín de Manuel Fraga, alcanzó la Secretaría General de Alianza Popular, antes de iniciar un largo camino, en sentido opuesto. Colaborador habitual de la revista política El Viejo Topo y de varios programas de televisión de debate político. Comenzó su carrera política en el seno del neofascismo francés, evolucionando después hacia el nacionalcomunismo, según confiesa en su libro «Memorias de un maldito». Alumno de Manuel Fraga en la universidad, comenzó a colaborar con éste hasta ocupar el escaño de diputado entre 1982 y 1989. Se convirtióen secretario general de Alianza Popular entre 1979 y 1986, aunque con anterioridad había ocupado la Secretaría de Acción Territorial (1976-1978) y la Secretaría de Organización (1978-1979). Candidato a la alcaldía de Madrid en 1983, resultó derrotado por el socialista Enrique Tierno Galván. Tras verse obligado a dimitir por su enfrentamiento con Manuel Fraga el 1 de septiembre de 1986, abandona Alianza Popular, se integra en el Grupo Mixto del Congreso junto con otros tres diputados de AP y comienza un viraje ideológico hacia posturas humanistas. Tras esto, pasó por el PSOE, por el PCE y por Izquierda Unida. Asesoró al Gobierno de Hugo Chávez. Actualmente simpatiza con Podemos. En un momento dado, en tu biografía «Memorias de un maldito» cuentas cómo en tus años como número 2 de Alianza Popular, llegasteis a inventar una encuesta electoral sobre las elecciones en Galicia. Aquel sondeo que «fabricasteis con una Casio de bolsillo», en el que AP salía lógicamente muy beneficiada, fue recogido por los medios como cierto y ayudó, según tú, a atraer al electorado. Cuentas como hiciste esto en otras elecciones hasta que Fraga te ordenó que parases. ¿Consideras este tipo de acciones como marketing político? El marketing político existe desde… que el propio Napoleón Bonaparte recortaba, él mismo, los partes de guerra para que cuando ganara, ganara muchísimo y cuando perdiera, no perdiera tanto. El marketing político existe desde siempre. Los emperadores romanos se intentaban identificar con el pueblo frente al Senado, que eran las clases poderosas. Luego lo que pasa es que yo aquí apliqué un sistema que era diferente. Yo no sé de marketing, las cosas como son, pero sí sé de sociología y de táctica de guerra. Yo me acordaba de que Filipo de Macedonia, el padre de Alejandro, inventó una práctica que no era la «guerra total» (la utilización de todos los medios para la destrucción total del otro) sino la «guerra permanente». En aquella época no se hacía por ejemplo la guerra en verano, porque era cuando se recogía la cosecha. Tampoco en invierno porque no se podía hacer. Así que se hacía en primavera o en otoño —preferentemente en otoño porque en primavera era la siembra—. Es decir: si tú no tienes medios porque el otro dispone de medios enormes, lo único que puedes hacer es llevarle la guerra a los morros los 365 días del año. Luego hay umbrales. Hay un umbral que es fundamental, que es el umbral de lo que podíamos llamar, la probabilidad del éxito, que añade ya un punto más. Lo que se llama el voto útil. Es el mismo motivo por el cual si tú haces un referéndum, en tu pregunta, la respuesta que quieres, debe ser el «sí». El «sí» tiene un premio. Una prima. En aquel caso, en Galicia, era difícil. Galicia votaba a UCD y yo tenía que partir esa especie de «voto útil». ¿Dónde lo podía partir? Pues teníamos que inventarnos que al menos en Lugo, que era la provincia de Fraga, AP podía ganar. Y ahí hicimos el «sondeo» famoso en el cual empatábamos en Orense, que también es bastante conservador pero ganábamos en Lugo y pisábamos los talones a los socialistas en Pontevedra y en Coruña. El sondeo coló. Ya cuando das el segundo, y el tercero… si han ganado en Lugo, también pueden ganar en Orense y, si están pisando los talones a los socialistas, igual al final de la campaña les han rebasado. Y fue lo que hicimos en el tercer sondeo. Ahí ya les habíamos rebasado a los socialistas y les pisábamos los talones a UCD. Así se creó un efecto de voto útil a favor de AP. Eso son trucos de carrera electoral. Un ejército en una ofensiva que se cree vencedor ha ganado la mitad de la partida. Si, al contrario, piensa que va a una batalla perdida, ya ha perdido de entrada. Lo que hicimos fue convencer a AP de que se podía ganar. Es guerra electoral por decirlo de alguna manera. También, como no teníamos dinero para poner carteles, utilizábamos los carteles del enemigo. UCD sacó un cartel con sus colores donde decía «UCD o socialismo». En aquel momento no teníamos posibilidad de contrarrestarlo así que sacamos unas tiras para poner debajo de cada cartel donde pusiera «DA LO MISMO». Sacamos 60.000 tiras. Pero eso ya son trucos. Tras tu salida de Alianza Popular, trataste de fundar un partido con algunos colaboradores que abandonaron AP junto a ti y financiado por Mario Conde. Aquella idea no llegó a ver la luz. ¿Por qué crees que los partidos que tratan de competir por el electorado de centroderecha acaban fracasando (Vox, Mario Conde, CDS…)? Mario Conde se confundió. Terminó apostando por el dirigente de AP que era el más catastrófico de todos: Antonio Hernández Mancha. Hacía sus discursos de una forma muy lineal: Dios, la patria, España… y eso sólo movía a su núcleo duro… pero la gente iba por otro lado. Mario decidió apostar por él y así fue. VOX… yo me acuerdo un señor con barba que viene del País Vasco [Santiago Abascal] que me dijo, a la salida de un programa de televisión, que iba a ir a VOX y yo le dije «no te vayas ahí, que son cuatro gatos, vete a Ciudadanos». Me respondió que lo pensaría pero no lo hizo. VOX es un planteamiento de derecha dura, eso ya está en el PP. Esto no significa que el PP sea derecha dura pero sí que la derecha dura está en el PP y nadie puede competir con eso. Tal vez en otro momento de la lucha contra ETA se podría competir. Pero ETA ha dicho «ya me paro». Así que todos los que podían vivir de ETA ya no pueden. ETA ya no pone bombas. A pesar que la política de este país ha estado dominada por el problema etarra durante décadas, cuando ya el tema etarra se ve que ya no da más de sí, tú no puedes seguir manteniendo el eje de la política contra ETA. Y ése fue el gran error de VOX. Sobre Ciudadanos, el problema es que viene visto como un planteamiento catalán. Un planteamiento catalán anticatalanista. La gente está con otras preocupaciones, en el paro, sin dinero, sus hijos se van… entonces yo ni a Ciudadanos, ni a VOX ni a UPD los veo posibilidades. Y menos ahora con la irrupción de Podemos. Podemos ha cogido la mesa política española y la ha puesto patas arriba. Ningún criterio de los que antes se podían utilizar, izquierda/derecha, catalanista/no catalanista… sirve ya. Es «otro rollo». Y si no es «otro rollo» ellos han logrado que sea «otro rollo». Yo temblaba pensando en el día que Pablo tuviera que definirse sobre Cataluña y lo ha hecho bien. Él ha dicho que el referéndum de Cataluña habrá que embarcarlo en otras consultas: ¿Qué derechos queremos? ¿Qué Constitución queremos? Todo ello enmarcado en preguntarle a la gente qué tipo de país quiere. Es muy peligroso ese planteamiento incluso para los partidos nacionalistas. ¿Crees en la importancia del marketing político o lo concibes como Lampedusa y El Gatopardo: «Cambiar todo para que nada cambie»? Depende para qué se hace. Muchas veces el marketing político ha servido para el famoso teorema de Lampedusa. Otras veces no. En la historia, la geopolítica o la militar, periódicamente aparece un elemento es lo que yo llamo «el gran perturbador». Es el tío que aparece y cambia las reglas del juego. En la mayoría de los casos lo terminan machacando pero hay veces que no. ¿Qué es Podemos? Es el gran perturbador. Como lo son Syriza o también, de alguna forma, el Frente Nacional en Francia. Cuidado. Has colaborado con Hugo Chávez en Venezuela, quien en sus inicios, antes de ser elegido Presidente aparecía ante los medios trajeado, con camisas de cuello y puños blancos y apostando por privatizar determinadas empresas públicas y por una política de corte socialdemócrata incluso liberal. A tenor de sus políticas una vez alcanzado el poder, ¿consideras que aquel discurso y aquella imagen se debían a una estrategia de marketing político para captar votos? Yo no colaboré con Hugo. Yo colaboré con el general Baduel que era el número 2 del régimen hasta que le metieron en la cárcel por corrupción (y está justiciado, las cosas como son). Por aquello de, si los americanos venían, como derrotarles bueno, bonito y barato. Yo les contesté «mejor llamáisa un coronel serbio, que lo han hecho muy bien ahí… yo sé de sociología de la guerra pero eso no es estrategia militar». En muchas cosas con Venezuela yo no estaba de acuerdo. Hugo es un personaje inteligente y muy leído. Se benefició de una circunstancia: estuvo en la cárcel unos cuantos años y en la cárcel no haces más que leer. Tú le decías «Habermas» y se lo había leído. Y te decía si creía que tenía la razón o no. Y no sólo a los liberales de la Escuela de Chicago. Era una persona táctica y sincera. Y su programa se debía a lo que realmente pensaba. Después utilizaba marketing político o tácticas para convencer a la gente de lo que él pensaba es lo que el país requería. Pero Chávez no es marketing. No lo es. Si hubiera sido una construcción de marketing, quizás hubiera ido mejor. Como denunció Monedero: ¡Ojo con el «hiperliderazgo» porque cuando no estés esto se va al garete! Chávez se enfadó con Monedero y después le llamó y dijo por la televisión «¡Vuelve Monedero, tenías razón, he pecado!». Luego ha llegado Maduro y, como no tiene el estatus y la estatura de Chávez, más la bajada del precio del petróleo… no sé qué va a ser de la revolución bolivariana. Si Chávez hubiera hecho más marketing político alguien le podría haber aconsejado. En 1995, Bill Clinton afirmaba que «a menudo, no existen respuestas simples para los problemas complicados pero, sin embargo, son las respuestas simples las que mueven al electorado» ¿Estás de acuerdo con esta idea? No estoy de acuerdo. Yo creo que ahí hay una actitud de condescendencia al electorado. El electorado no se mueve por ideas simples, el electorado se mueve por ideas claras. Lo ve o no lo ve. O tú explicas cosas que se entiendan o no. Un ejemplo: el referéndum sobre Maastricht en Francia y, desde entonces, todos los referéndums que ha habido en el país. Todos los periódicos pedían el «sí» al referéndum. Salió el «no». Estamos en una situación curiosa donde la gente está hasta el moño del discurso de la clase política. Las afirmaciones de «con Maastricht tendremos más trabajo» y hasta «reiremos más», que han llegado a decir…. Ya hay un nivel de desconfianza hacia la clase política que los especialistas en marketing deberían considerar. Y no solo en España sino en todas partes. La clase política se las ha apañado para que ahora, a priori, suscite una reacción, de entrada, negativa. Es muy fuerte. Todos los periódicos pidieron el «sí» y salió el «no». Un caso de marketing total. ¿Por qué? Porque los partidos que pidieron el «no» lo explicaron clarísimamente. Al final, votación tras votación la mayoría terminó votando el «sí» por los pelos. Todo sistema democrático requiere un determinado grado de lo que podríamos llamar «populismo». No es malo. En definitiva, ¿qué es el populismo? Es gobernar por el pueblo, para el pueblo pero, sobre todo, por el pueblo. El pueblo es inseparable de cualquier planteamiento democrático. En una dictadura es: «esto es lo que hay y si no te gusta, te pego un tiro». Así que decir que el «marketing es decir cosas sencillas» es decir que la gente es gilipollas. De hecho, el 15M me ha demostrado que la gente entiende perfectamente. Yo pensaba que en Francia se discuten más las cosas, hay programas políticos y que en España, todos están a saber si la Pantoja o el Pantojo, esto o lo otro… Me acuerdo que les pegué una bronca a mis alumnos diciéndoles «¿No os da vergüenza no hacer nada? Mirad la juventud griega, la francesa, la alemana… que están en la calle». Y les tuve que pedir perdón. Yo deseaba el 15 M pero no me lo esperaba. Yo veía que la gente discutía temas muy gordos y con puntos de vista bastante fundamentados. Nada de ideas sencillitas. La gente sí funciona por ideas claras pero no por ideas sencillas. Claramente expresadas. Y ahí el marketing tiene un papel fundamental siempre y cuando no caigáis en el error de pensar que la gente vote contra sus propios intereses. ¿Cómo defines a Podemos? Para simplificar, Podemos son tres ejes. Aquí en España mucha gente no se ha dado cuenta de eso porque la gente no se lee las cosas y no compara. Un eje es la preocupación social por tanto relanzar la economía a través del consumo, lo cual implica quitar a los más ricos para dar a los que tienen más propensión a consumir, que son los que menos tienen: justicia social, etc. Segundo eje, democratización: participación ciudadana, los círculos, patatín patatán… El tercero es la soberanía nacional. Ojo, es que el tercero… hay muchos que pasan y no lo ven y yo que conozco bastante bien a Podemos… no hay más que ver el discurso de Errejón, un discurso de Pablo o de Monedero. Casi nunca hablan de «Estado español»: hablan de «España». Es un tema importante porque son soberanistas. No sé si conocéis a este señor francés: Jean-Pierre Chevènement. Fue un hombre fuerte en el Partido Socialista. Fue Ministro de las Fuerzas Armadas y luego de Educación. Dimitió por primera vez en la [primera] guerra de Irak, dimitió la segunda vez cuando se emitió un estatus particular autonómico a Córcega por aquello de que la República es una e indivisible para todo. ¡Es soberanista! En el esquema famoso que yo hacía en el cuadro derecha/izquierda además había mundialización/no mundialización, europeísmo/no europeísmo, federalismo europeo/confederalismo europeo. El planteamiento de Podemos coincide absolutamente con él. Salvo en el debate de inmigración, donde hay diferencias importantes. Es un tema en el que yo y Chevènement defendíamos y que, por ahora, no defiende Podemos. Sin embargo yo les he dicho: el día que haya que legislar sobre inmigración, sometedlo a referéndum y veremos qué pasa. En cualquier caso, Podemos son esos tres ejes. Lo demás es accesorio. Podemos es un partido formado principalmente por profesores de Ciencias Políticas. ¿Consideras que el hecho de conocer las diferentes teorías y filosofías existentes dentro de la Ciencia Política les permite ser capaces de aplicar toda esa teoría a la práctica? ¿Es ésta su principal ventaja competitiva? Yo sobretodo veo ventaja el hecho de que «mis niños» (los dirigentes de Podemos) vienen de haber asesorado a un montón de gobiernos. No solamente saben las ideologías, los sistemas políticos, las constituciones… ¡En eso son muy buenos, por supuesto! Pablo Iglesias fue mi mejor alumno. Pero además se han dado cuenta de cómo hay principios que hay que aplicar a la práctica y que no es fácil de aplicar. Y los han aplicado. Y muchas veces les ha salido bien. Vas a Perú, a Bolivia, a Venezuela y la gente vive bastante mejor de lo que vivía antes. La derecha dice «Venezuela es una dictadura». Dice que Chávez está interviniendo los medios de comunicación. No es que los interviniera, ¡es que no quedaba más remedio! Yo he contado 14 veces a gente, por la tele y por escrito, pidiendo que se asesinara a Hugo Chávez. Y yo decía «¿Y el fiscal aquí les ha dicho algo?», «¿Nadie les ha puesto un pleito por llamar al magnicidio?». No. En España uno sale por la televisión diciendo que hay que matar a Juan Carlos o a Felipe VI y tienes al fiscal general tirando la puerta a hachazos dos minutos después —como es natural, por otra parte—. Éstos, en Venezuela, han aplicado sobretodo políticas públicas: de lucha contra el desempleo, de igualdad en el plano social… La primera vez que vine a Venezuela, el espectáculo era para llorar. Diez años después, la gente viste más o menos bien, compra coches… Pero no sé lo que durará con el barril de petróleo a 60 dólares. ¿Puede Podemos conseguir votos del centroderecha? ¿Cómo? Sí: en Podemos hay determinadas actitudes, que ya existen, que pueden suscitar un voto que venga de la derecha… ¡Pues claro! Ya os digo: fijaros en sus discursos. No hablan del «Estado español», hablan de «España». No es casual. Porque si eso puede traer voto de sectores que hasta ahora no habían pensado en votar por Podemos, pues igual sí. Pero no es táctica, es convicción. No es que Pablo Iglesias no decida hablar del «Estado» porque esté intentando conseguir el voto de Blas Piñar sino porque quiereel voto de España. Y cuando va a Cataluña dice «sí, estamos a favor del derecho a decidir pero comprender que no estamos a favor de la independencia de Cataluña, lo cual no significa que se vaya a impedir por la fuerza sino que en determinado momento habrá que intentar explicar en Cataluña y fuera de Cataluña porque es bueno que se quede». Pero no partiendo del viejo principio de que Cataluña se queda porque Cataluña ni opina ni nada. ¿Crees que si Pablo Iglesias asumiera como propios ciertos símbolos como la bandera, podría ganarse la confianza de algunos sectores de votantes tradicionales del PP? Mi mitad francesa no tiene problema. En Francia no hay más que una bandera que es la tricolor y todo el mundo la considera normal. Motivo por el cual los partidos políticos no la usan. Es un bien común. Punto. Yo con España, con la bandera republicana, la primera, que era rojigualda, que es la misma que ahora, pues le hubiera pasado lo mismo. La bandera como es, y ya está. AP usaba los colores de la bandera, pero no es lo mismo. Yo creo que la bandera es un bien común sobre el cual conviene no articular un discurso porque eso significa articular un discurso sobre la unidad nacional. Eso es así. Es que además, sacar la bandera de la República… pues sácala si quieres pero evidentemente la próxima república en España no vendrá con la tricolor. Vendrá con la bandera normal porque está asumida por todos los españoles. Los bienes comunes son los bienes comunes. Y los bienes comunes se dejan en paz. Y por eso Podemos no usa la bandera: ni sí ni no. Punto pelota, se pasa a otro tema. Marketing político para un nuevo escenario Sudáfrica, enero de 1879. Un ejército de más de 3.000 zulúes rodea a una brigada de menos de 150 soldados británicos. Llevan meses combatiendo y están cansados. Apenas tienen municiones y la comida escasea en el fortín de Rorke´s Drift. Sus enemigos cuentan con 800 «martini-henris», el rifle más letal del momento, que han capturado en anteriores batallas. No tienen nada que perder. Están defendiendo su tierra de los invasores anglosajones y, para ello, están dispuestos a dejarse la piel en el campo de batalla. Cualquier analista militar diría que los británicos estaban condenados a muerte. Que por mucho empeño que pusieran en defender el pequeño fortín, tocaban a más de 20 enemigos por barba. A pesar de esto, ganaron. Y no de cualquier manera. Ganaron con la suficiente holgura como para que al menos 15 de esos 150 (el 10% de los combatientes anglosajones) vivieran para contarlo. El historiador militar Victor Davis Hanson, en su obra «Carnage and Culture» explica esta victoria cuasi-milagrosa como un ejemplo de la importancia de la estrategia. Los zulúes, pese a ganar en número, estaban desorganizados, disparaban sin ningún objetivo concreto y no había prestado la más mínima atención a preparar el campo de batalla. Los británicos no tenían ningún arma especial que les diera ventaja (recordemos que sus enemigos contaban con los mismos el mismo tipo de rifle que los ingleses). Su única baza era sus cuadros de mando, que habían estudiado la teoría y la táctica de todos los generales de la historia. Dicho de otra forma, la metodología y el estudio teórico no son aspectos que deban quedar relegados al ámbito académico. Tienen una aplicación práctica. Los ejércitos bárbaros como el zulú o el persa que se enfrentaba a Alejandro Magno desprecian este conocimiento. Consideran que la guerra es una cuestión de números y de fuerza bruta. Todo lo demás no son más que debates de salón. Las fuerzas armadas de la cultura occidental han entendido que el análisis es el primer paso para la victoria. La historia demuestra cuál de las dos visiones es la más acertada. Este ejemplo llevado a nuestro campo, se traduce en dos visiones diferentes en la gestión electoral (o comercial). Por sorprendente que resulte, la concepción mayoritaria es la del número y la fuerza bruta. La del candidato carismático que llena estadios y empapela las ciudades con carteles. En palabras de un importante asesor electoral: Las elecciones se resumen en dos cosas: evitar problemas de organización en los mítines importantes y asegurarse de tener interventores en todas las mesas electorales. Todo lo demás son pamplinas. En contra de esta visión tenemos el marketing entendido como una metodología científica. Un campo de estudio que requiere de la investigación teórica y del análisis de los precedentes exitosos. Efectivamente, los candidatos carismáticos son necesarios, de igual manera que un buen ejército necesita contar con artilleros precisos, unidades de infantería bien entrenadas y un armamento de alta tecnología. Sin embargo, todos estos recursos no sirven de nada si no hay una estrategia detrás. No nos engañemos, la estrategia no se define en el último momento. No consiste en responder con rapidez a una hipotética crisis de comunicación. La estrategia consiste en establecer una serie de acciones en el tiempo encaminadas a la consecución de unos objetivos plausibles. Por extraño que resulte, el marketing político hasta ahora se ha limitado a la pura improvisación. Algo parecido ocurre en las empresas privadas. Son muy pocas las que entienden la necesidad de crear un discurso coherente para ganar la confianza de su público. En su lugar, la mayor parte de los gurús dedican sus esfuerzos al funcionamiento de las nuevas tecnologías de la información o métodos pseudocientíficos que, supuestamente, cambian conciencias milagrosamente. La primera conclusión que trazamos es la necesidad de contar con una estrategia de marketing por parte de las organizaciones. Marketing entendido como táctica y no como un concepto vacío de contenido. La segunda es el rechazo al «adanismo». A pensar que «antes de nosotros no había nada». Parte del éxito de Podemos reside en estructurar y trazar una estrategia a largo plazo basada en el estudio pormenorizado de una hoja de ruta que les permitió construir un relato político acorde a las necesidades que encontraron a la hora de realizar un análisis situacional. Con apenas recursos económicos y sin tener ninguna baza para conseguir cobertura mediática, rodeados por partidos que, como los zulúes, les superaban en número de afiliados y en potencia, una formación nueva ha conseguido liderar algunas encuestas tan sólo un año después de su formación. Efectivamente, el contexto de crisis económica y de descontento con la clase les era propicio. Sin embargo, ¿cuántos otros partidos podrían haber capitalizado la situación y no lo han hecho? ¿Por qué Podemos y no Izquierda Unida, con un ideario muy parecido y mucha más tradición? ¿Por qué no UPyD, que contaban con una líder conocida y mediática como pocas? En los últimos años se han creado numerosos proyectos, desde la izquierda hasta la derecha, llamados a llenar ese vacío de representación que señalaban todos los analistas. Sólo unos pocos lo han conseguido. No reconocerles ese mérito es negar la realidad. Hasta ahora, podíamos omitir o minimizar los daños que generaban los partidos periféricos o los partidos minoritarios puesto que no resultaban una amenaza real para los intereses de los partidos mayoritarios. Como recordábamos en la introducción, se trataba de un juego de suma cero, en el que lo que pierde uno lo ganaba el otro. Ahora todo apunta a que hemos entrado en una nueva lógica, con varios actores. Podemos ha subido el listón. No por su propia existencia, sino por el hecho de fragmentar la estructura clásica que concebíamos desde la época de la Transición. Si antes era necesario tener un discurso, un producto político, lo suficientemente sólido como para ofrecer una razón de voto creíble, ahora es imprescindible. El producto político debería ser la tarea principal de un departamento de marketing político. Ser capaz de hacer de puente entre la ideología del partido y las necesidades de los distintos grupos en la sociedad. Siempre resulta demasiado osado realizar análisis a futuro. Es evidente que nuestro futuro a corto-medio plazoestá por escribir. No existen fórmulas mágicas que vaticinen el devenir de los acontecimientos pero trataremos de esbozar una breve hoja de ruta de cada uno de los principales partidos políticos en base a sus necesidades de marketing. PARTIDO POPULAR Por un lado, es un partido con una estructura clara, con una hoja de servicios demostrable que le convierte en previsible y, por lo tanto, ciertamente fiable. Debe ser consciente de que muchos ciudadanos han tenido durante años la idea de que el Partido Popular gestiona bien en el ámbito económico pero que tiende a desatender o minusvalorar otros campos de actuación, como por ejemplo, las políticas sociales. La gran ventaja que comparten PP y PSOE es el hecho de contar con una tradición histórica que les convierte en necesarios dentro del panorama político nacional. Gustarán más o menos, pero cuentan con una sólida estructura, con una trayectoria reconocible y con un suelo electoral que sería la envidia de cualquier otro partido político. Por otro lado, los populares parecían disfrutan de una gran ventaja competitiva respecto a su rival histórico, el PSOE. Y es que los votantes que ha perdido el Partido Popular, durante un tiempo, no han dado el paso de coger otra papeleta electoral. Estaban en la abstención. Es evidente que es más fácil volver a atraer hacia ti a sectores que han decidido no acudir a votar por enfado, descontento o desidia, que volver a conseguir el voto de un elector que tradicionalmente ha votado por ti pero que en las últimas citas electorales ha sido seducido por otras formaciones políticas. Este último es el caso del PSOE con el trasvase de votos hacia Podemos. Todo apunta a que los populares también sufrirán un traslado de votos de su formación hacia Ciudadanos. Lo que está por ver es en qué medida. A esto ha contribuido el aumento de casos de corrupción en el seno del Partido Popular. Si bien son casos que tienen que ver con épocas pasadas, la inmaculada hoja de servicios que presentaban los populares en este sentido en los inicios de la década del 2000, ha caído como una losa. El Partido Popular lo que necesita es volver a elaborar una estrategia que contenga un relato de los hechos y que utilice un discurso claro. Y decimos “volver a elaborar” porque ya lo hizo en su momento y porque así lo ha hecho en algunas regiones. Sirvan de ejemplo las campañas electorales de José María Aznar en la década de los noventa o, más recientemente, las campañas de Esperanza Aguirre en Madrid o Alberto Núñez Feijóo en Galicia. No deben menospreciar a nuevas fórmulas que pueden restarles votos. Menos aún si se lleva a cabo de forma vulgar y carente de argumentación política e ideológica obviando que en un futuro a corto-medio plazo estas nuevas formaciones políticas pueden determinar la configuración de diferentes gobiernos. Resaltar los principios ideológicos del gran bastión para los ciudadanos de centroderecha es una labor imprescindible para garantizar la estabilidad del Partido Popular. De no ser así, los ciudadanos tendrán más opciones políticas y poco a poco irán perdiendo el miedo de optar por ellas. PARTIDO SOCIALISTA OBRERO ESPAÑOL Necesitan refundar el socialismo. Y eso no es un término vacío. Tal y como hemos visto a lo largo del libro, izquierda y derecha no son términos absolutos sino el fruto de negociaciones de distintos colectivos. Con Felipe González, se acuñó una socialdemocracia que aglutinaba a obreros, antiguos activistas antifranquistas, jóvenes universitarios, etc... El éxito de Zapatero fue encontrar nuevas capas sociales cuyas demandas se encontraban insatisfechas y que podían cobijarse bajo su paraguas. Convirtió el socialismo en la respuesta para los homosexuales, los inmigrantes o aquellos que estaban en contra de la política exterior existente. En Francia y en Italia estamos viendo cómo ciertos grupos que anteriormente podrían simpatizar con el centroderecha quedaron huérfanos tras los desaciertos de sus respectivos gobiernos conservadores. Sarkozy no logró enganchar a sus votantes, muchos de los cuales huyeron a otras fuerzas políticas más extremas. Berlusconi cayó en desgracia tras conseguir que su país fuera rescatado y tras salir a la luz diferentes casos de corrupción. Los gobiernos socialdemócratas de Manuel Valls y Mateo Renzi han entendido que la clave de su supervivencia es lograr una nueva alianza de fuerzas. De repente, es la izquierda la que defiende a los empresarios y menosprecia a los sindicatos. Son ellos los que defienden medidas como la liberalización de horarios. Es la UMP francesa la que ahora está atacando algunas de las medidas librecambistas que saca el ejecutivo ¿El mundo al revés? Tal vez. O tal vez la oleada de cambio que sacudió a la socialdemocracia hace 10 años en países como Alemania o Reino Unido ha llegado ya al Sur. Sin dudas ésta debería ser una de las opciones a tener en cuenta por el PSOE. Convertirse en esa tercera vía que descansa sobre las teorías del sociólogo Anthony Giddens y que consideran necesaria una reforma de la socialdemocracia capaz de defender los elementos básicos del Estado de bienestar adoptando un modelo económico socioliberal. Así lo hicieron Tony Blair, Gerhard Schröder, Martin Schulz o la propia socialdemocracia de Suecia. Y lo hicieron como última opción y gran necesidad ante el agotamiento de las políticas socialistas, haciendo compatible los valores tradicionales del centroizquierda, como la solidaridad social, la justicia social, la responsabilidad y las oportunidades, con los postulados económicos del libre mercado, como la reducción del intervencionismo y de los impuestos. Los socialistas pueden optar por virar hacia esa tercera vía o escorarse más a la izquierda para competir directamente con Podemos. Sin embargo, la historia política reciente en Europa demuestra que el elector siempre va a optar por el original ante la copia, por lo que la opción de mimetizarse políticamente con Podemos podría suponer una sangría de votos mayor. IZQUIERDA UNIDA Quizás la marca más torpe en materia de comunicación política. Se han dedicado a vender ideología en lugar de ofrecer respuestas a los ciudadanos. La falta de un discurso moderno y actualizado les ha pasado factura y han olvidado las grandes lecciones que en su día les otorgó el propio Julio Anguita, demostrando que Izquierda Unida podía ser más de lo que a ellos mismos aspiraban. Se encuentran en la encrucijada de ver cómo un partido nuevo les ha robado el grueso de sus votantes, apropiándose de una base social que parecía intocable para Izquierda Unida. El cambio generacional que ha vivido parece no ser suficiente para volver a atraer a sus potenciales votantes y sigue perdido en la búsqueda de ese revulsivo que vuelva a situar a la formación como el tercer partido político dentro del panorama nacional. CIUDADANOS En un principio, Ciudadanos y UPyD iban a ser analizados en un mismo apartado bajo el epígrafe «otros partidos» pero el meteórico ascenso de la formación naranja obliga a dedicarle la atención que merece un partido que allá por el año 2009 se encontraba inmerso en una profunda crisis y que obligó a plantearse el futuro de la formación. A nadie se le escapa que el líder de Ciudadanos, Albert Rivera, es un maestro de la comunicación. Domina la escena, se siente cómodo entre las cámaras y es percibido por la sociedad como uno de los líderes más carismáticos y con proyección del actual panorama político. Un gran orador y un excelente estratega. Cualidades que sumadas a la errática campaña de desprestigio impulsada por algunos líderes del Partido Popular, hacen de Ciudadanos una de las nuevas amenazas del bipartidismo actual. Es atrevido aventurar un futuro certero a Ciudadanos pero es probable que sus posibilidades de crecimiento vengan condicionadas por los posibles pactos o alianzas que alcance con los diferentes partidos políticos después de las elecciones municipales. Muchos esperan ver si el partido de Albert Rivera es un apéndice del Partido Popular como pudo llegara ser Izquierda Unida del PSOE o si por el contrario decide apoyar única y exclusivamente la lista más votada, con independencia de las siglas del ganador. El tiempo dirá. UPyD UPyD fue el primer partido con cierto éxito en nuestra historia política reciente que comenzó a plantear la necesidad de romper con el sistema bipartidista y ofrecer un discurso alternativo. Su gran hándicap era el hecho de que su cara más visible, en este caso Rosa Díez, tenía un pasado político muy reconocible dentro de las filas socialistas. Esto dificulta enormemente el hecho de que el elector perciba a una formación política como fresca, novedosa y hasta cierto punto rupturista cuando su líder ha militado durante 30 años en el Partido Socialista. Su caída en las encuestas ha sido proporcional al aumento de alternativas políticas capaces de recoger el descontento de los ciudadanos. Y su debacle estrepitoso en las elecciones autonómicas de Andalucía, en marzo de 2015, evidencian que está en proceso de descomposición y quién sabe si de fagocitación por parte de Ciudadanos, con quien Rosa Díez y su círculo más próximo siempre se negó a un acercamiento. PARTIDOS PERIFÉRICOS CiU, ERC, PNV, Amaiur, Compromis… son opciones nacionalistas que suelen conseguir algo de representación a nivel nacional y que habitualmente se convierten en la llave de sus respectivas regiones. En este sentido, su estrategia de marketing está muy centrada en el ámbito regional y local, abogando por un sentimiento de pertenencia comunitaria en contraposición al Gobierno central. Es un claro caso de definición de una identidad a partir de un antagonista. Las 5 reglas del marketing marxista Como decíamos al principio del libro, la teoría marxista no sólo ofrece una nueva perspectiva para el marketing político sino también para el comercial. Estas cinco reglas se pueden aplicar como guía para cualquier estrategia de mercadotecnia o, incluso, para las campañas publicitarias. También pueden ser de utilidad para la elaboración de presentaciones, informes o cualquier otro tipo de mensaje. 1. NO VENDAS UN PRODUCTO: OFRECE UNA SOLUCIÓN A UN PROBLEMA La primera tentación que tenemos a la hora de exponer una propuesta o mostrar un producto es comenzar explicando sus características. A diario, vemos anuncios de teléfonos móviles centrados en la resolución de pantalla o la memoria. Los «powerpoints» de las consultoras ponen el acento en sus flujos de trabajo o en explicar los distintos protocolos de actuación. Sin embargo, la razón por la que nos decidimos a comprar algo es porque nos soluciona un problema. Por eso, el elemento central de nuestra presentación debe ser siempre el beneficio que ofrecemos al público. 2. NO ENUMERES TUS IDEAS: CUENTA UNA HISTORIA ¿Cuántas veces hemos acudido a alguna presentación titulada «Los 10 errores típicos de…» o «6 formas de…»? ¿Y quién es capaz de recordar esos 6, 10 o 15 puntos tres horas después de que la exposición haya terminado? Es cierto que tendemos a ordenar nuestras propias ideas en forma de listas. No es un mal ejercicio previo. Pero a la hora de estructurar un mensaje, debemos crear una estructura lógica, donde cada punto lleve al siguiente. Un relato, con desarrollo, nudo y desenlace es fácil de entender y de recordar en el tiempo. 3. NO DEFINAS CONCEPTOS: COMPÁRALOS CON SUS ANTAGONISTAS El PIB de un país crece un 3% interanual. ¿Es mucho o poco? A partir de ahora, la «empresa x» va a aplicar políticas de eficiencia presupuestaria. ¿Entonces no lo hacía antes? Asimilamos los conceptos y las cifras por comparación. En realidad, una definición no es más que una enumeración de los elementos que hacen que algo sea distinto del resto de elementos. Seven Up salió al mercado bajo el eslogan «la no-coca-cola». El comunismo se define a menudo como «anticapitalismo». Definir algo comparándolo con un antagónico permite que los conceptos sean más fáciles de entender. 4. NO HABLES DE IDEAS ABSTRACTAS: UTILIZA EJEMPLOS La ley de la inercia es un principio abstracto muy difícil de asimilar para alguien que no ha estudiado física. Incluso aunque lo pudiéramos explicar mediante ecuaciones, sería muy difícil que el público entendiera la importancia de este principio. La mayor parte de los procesos cognitivos parte de las experiencias. Por eso, la mejor forma de enseñar un principio es mediante la identificación con elementos de la vida diaria. Cualquiera puede asimilar que, cuando frenamos el coche, este sigue en movimiento unos segundos más y, por tanto, aún puede atropellar a un transeúnte. 5. NO PROPONGAS IDEAS NUEVAS: CONECTA CON LAS PREMISAS DE TU PÚBLICO Izquierda Unida nunca ha sido un partido de mayorías porque parte de una premisa no compartida por los votantes: la necesidad de ruptura extrema con el capitalismo. Uno de los marcos aceptados por la casi todos es que los extremos son malos por definición. Nadie acepta una idea nueva si esta no conecta con su marco. Podemos, con prácticamente el mismo programa que IU, ha conseguido posicionarse como alternativa de gobierno porque ha conseguido encajar con una premisa sostenida por todos los ciudadanos: la necesidad de eliminar la corrupción política. 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Encuentra a tu público Construye tu marco Marcos cognitivos en la historia política Marcos cognitivos en conflicto Marcos cognitivos en nuestra sociedad Identificación ideológica Estereotipos como herramienta El lenguaje se configura a través de metáforas Aplicación práctica: El aborto y la batalla por el marco Adáptate al marco de tu audiencia Factores que determinan nuestro marco Disonancias cognitivas Desmontando marcos Gramsci y la hegemonía política Caso de aplicación práctica: BMW y «¿Te gusta conducir?» Es difícil añadir una interpretación nueva al anuncio de BMW, «¿Te gusta conducir?». Según una encuesta realizada por publicistas, está considerado como el mejor spot de los últimos 25 años. Ha sido estudiado hasta la saciedad por teóricos de todo tipo. Sin embargo, la mayoría se limitan a concluir que «es una apelación a las emociones». Nosotros vamos a analizarlo desde el punto de vista de los marcos cognitivos. Encuentra tu segmento Simón Bolívar y el materialismo emocional Los Early Adopter de Podemos Desmontando falsas creencias El nicho de mercado Caso de aplicación práctica: Facebook y su expansión viral Sección 3. Llega a tu público La importancia de los medios de comunicación Podemos y los medios Aplicación práctica: La radio, De Gaulle, la televisión y Kennedy Construyendo una estrategia de marketing desde cero Primera fase: Construye un discurso Paso 1. Encuentra las necesidades de tu mercado Paso 2. Crea la solución Paso 3. Conviértela en una historia Segunda fase: diseña el modo de relacionarte con tu público Paso 4. Adáptate a los hábitos de consumo de tu público Paso 5. Crea los formatos de los contenidos Paso 6. Crea tu plataforma de comunicación Entrevistas Conclusiones y Bibliografía Marketing político para un nuevo escenario Partido Popular Partido Socialista Obrero Español Izquierda Unida Ciudadanos Partidos periféricos Las 5 reglas del marketing marxista 1. No vendas un producto: ofrece una solución a un problema 2. No enumeres tus ideas: cuenta una historia 3. No definas conceptos: compáralos con sus antagonistas 4. No hables de ideas abstractas: utiliza ejemplos 5. No propongas ideas nuevas: conecta con las premisas de tu público Bibliografía Artículos Páginas webs consultadas