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García-Gual, C (2004) Introducción a la mitología griega Madrid, España Alianza Editorial - Eli Hernández

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Carlos 
García Gual
Introducción 
a la mitología 
griega
Religión y
* * *
δ
I . lejada tanto del repertorio de m itos 
co m o del m anual d ; mitograf'ía, la presente IN T R O ­
D U C C IÓ N A LA M IT O L O G ÍA G R IE G A pretende 
facilitar la aproxim ación a estos antiguos relatos y 
ofrecer algunas reflexiones previas a su lectura o re­
lectura. Partiendo de un estudio de su peculiar trad i­
ción y transm isión, y subrayando la fun ción social y 
la p erviven tia de la m ito logía en su con texto h istó ­
rico y en la cultura occidental, C A R L O S G A R C ÍA 
G U A I. exam ina, desde una perspectiva a la vez críti­
ca y d idáctica, los temas y figuras m ás representati­
vos de ese am p lio repertorio narrativo, rem em ora 
los rasgos esenciale.; de los dioses y héroes griegos y, 
finalm ente, analiza las interpretaciones m ás sign ifi­
cativas que se han fo rm u lad o desde el in icio de la 
Edad M oderna sobre ese co n glo m erad o de m itos.
E l l ib r o d e b o ls illo
H u m a n id a d e s
Religión y mitología j
Carlos García Gual
Introducción 
a la mitología griega
El libro de bolsillo 
Religion y mitología 
Alianza Editorial
Armauirumque
Armauirumque
Humanidades
Prim era e d itio n en «Ei l.ihro do Bolsillo»: 1992 
C u arta reim presión : 1998
P rim era edición en «Arca de conocim ien to : H um anidades»: 1999 
Segunda reim presión : 2004
D iseño de cubierta: Alianza Editorial 
Ilustración: C orreggio. Zeus y ¡o. (detalle) 
M usco de H istoria de l Arte. Vicna
© C urios G a rd a C ual
© Alianza Editorial, S. A., M adrid , 1992,1993,1994,1995,199», 1999, 
2001,2004
Calle Juan Ignacio Luca de T ena, 15;
28027 M adrid; teléfono 91 393 88 88 
mvw.iilianzaeditorial.es 
ISBN: 8-1-206-3535-9 
D epósito legal: M . 10.140-2004 
I 'o tocom posic ión e im presión: pfca, s. a.
A modo de prólogo
Tan sólo unas cuan tas líneas para indicar lo que este libro 
quiere ser y lo que no. Por lo p ron to , indicaré de antem ano 
que no es ni pretende ser un repertorio mítico ni un manual 
de m itología. T am poco una divagación literaria acerca de 
los atractivos de los m itos griegos y su proyección artística. 
No voy a recom endar esos relatos que se recom iendan a sí 
m ism os. Tan sólo pretendo facilitar la perspectiva de su es­
tudio y ofrecer algunas reflexiones previas a su lectura o re­
lectura.
Somos ya sólo lectores descreídos de esos fascinantes rela­
tos. Penetram os en ese m undo imaginario de la mitología, un 
entram ado quim érico y fantasmagórico, a través de los textos 
más o m enos clásicos, pero siem pre antiguos, y de algunas 
imágenes del arte griego o rom ano. Λ través de los poetas y 
mitógrafos escuchamos la lejana melodía. Incluso en otra len­
gua, en traducciones y en alusiones truncadas, percibim os su 
poesía y su extraordinaria seducción y, acaso, algo de la anti­
gua religiosidad ligada a los personajes divinos y heroicos que 
los anim an. Estas páginas son tan sólo una invitación a fre­
cuentar esos antiguos relatos. Una introducción a ese mundo 
dram át ico y memorable, basada en algunas reflexiones y múl­
tiples lecturas.
7
A M O W ) Ι)Ι·, Ι'ΚΟ ΙΛΚ ίΟ
Para osta visión do conjunto he utilizado num erosas pági­
nas de un librillo que publiqué hace años on Barcelona -en 
una editorial do cuyo nom bro no quiero acordarm e- titulado 
La mitología. Interpretaciones del pensamiento mítico, y unos 
apuntes sobro las características de los m itos griegos y sus 
grandes figuras, dioses y héroes m ás conspicuos. Croo que 
am bas partes están bien ensam bladas y se ilustran m u tu a­
mente. (Por adelantado pido disculpas por si ha quedado en 
esas páginas alguna repetición inad vertida.)
Queda así el libro conform ado en tres partes: sentidos del 
m ito, principales temas y personajes de la mitología griega e 
interpretaciones do osos m itos y osa mitología. Como decía, 
estos apuntes surgen de numerosas lecturas, y he querido alu­
d ir a todas ellas. De ahí que ofrezca muchas referencias p u n ­
tuales a libros y artículos. lisas referencias no tienen nunca un 
propósito erudito. Podría haberlas m ultiplicado fácilmente. 
T an sólo he señalado aquellos libros o ensayos que me han pa­
recido atract ivos o pertinentes, a riesgo do ser subjetivo e in­
com pleto. Espero haber indicado con precisión las d ireccio­
nes m ássugeren tesdelos estudios m itológicos actuales.
He pretendido exponer los problem as y cuestiones con la 
mayor sencillez y claridad. Sigo el consejo de J. L. Borges: «No 
debem os buscar la confusión ya que propendem os fácilmente 
a ella». Y en este terreno de los estudios sobre mitología no fal­
lan los com entadores confusos. No sé si habró logrado evitar 
la oscuridad, pero lo he intentado una y otra vez.
M adrid , l d e en ero d e 1992
Primera parte 
Definiciones
1. Propuesta de definición del término 
mito
1
La palabra mito, que tiene un tufillo de cultism o y una n o ta ­
ble vaguedad en su significado, ha logrado estos añ o s una 
notable difusión . Se habla de «el m ito de la m ascuiinidad», 
«el m ito de la un idad árabe», o se d ic tam ina que «el instin to 
m aternal es sólo un m ito necesario». La calificación de una 
idea, una teoría o incluso una determ inada figura com o «un 
m ito» expresa lina cierta valoración, no siem pre negativa. 
Hay un perfum e llam ado «m ito» y la palabra aparece referi­
da tam bién a cierto autom óvil com o un elogio superlativo. 
No es tan sólo en el uso coloquial y periodístico donde apa­
rece el té rm ino cargado de conno tac iones varias. Hace ya 
tiem po E. C assirer tituló un espléndido lib ro EÍ mito del Es­
tado; hace años O ctavio Paz escribió que «el m odern ism o es 
un m ito vacío», y J. Gil de Biedm a, refiriéndose a su niñez, 
confesaba en u n poem a que «De m i pequeño reino a fo rtu ­
nado / me quedó esta costum bre de calor / y una im posible 
propensión al mito».
N o sirve de m ucho acudir al Diccionario de la Real Acade­
mia. (Sirve tan sólo para advertir qué anticuada ha quedado
¡¡
12 I. P M ÏM iü O N E S
la definición allí propuesta.) Porque defin ir mito com o «fá­
bula, ficción alegórica, especialm ente en m ateria religiosa» 
es rem itir a u n a acepción arqueológica» un tan to d iecio ­
chesca, válida tan sólo p a ra ilustrados y retóricos de hace 
m ás d ed o s siglos. (Esa definición ya estaba anticuada cuan­
d o la Academia decidió recogerla palabra en su Diccionario, 
en su edición de 1884> hace algo más de cien años.) I ai m en­
ción del té rm ino «fábula» rem ite a un vocablo latino utiliza­
d o para trad u c ir el griego mythos; pero hoy fiibula en un 
sentido tan genérico resulta un latinism o. Q ue el m ito sea 
u na «ficción alegórica» es el resultado de una visión «ilus­
trada» y «racionalista», una concepción muy an tigua y de 
larga persistencia, pero hoy totalm ente arrum bada y en de­
suso.
Para explicarnos el am plio uso del té rm ino en la ac tu a li­
d ad podem os p ensar en su s atractivas conno tac iones y en 
su im precisa deno tac ión . A lo que aparece com o fabuloso, 
ex trao rd inario , prestigioso, fascinante, pero, a la vez> com o 
increíble del todo , incapaz de som eterse a verificación o b ­
jetiva, quim érico, fantástico y seductor, parece convenirle el 
sustantivo m ito o el adjetivo mítico. En su aspecto negativo, 
el m ito está m ás allá de lo real, pertenece al ám b ito de lo 
«fabuloso» y de la «ficción». Fulgurantes figuras del espec­
táculo, ca tapultadas por sus éxitos deslum brantes y la p ro ­
paganda exagerada a sublim es a ltu ras , se conv ierten en 
«mitos». Ideas fundam entales o creencias de secular solidez 
pueden ser calificadas de «m itos», y con ello se les niega su 
objetividad y se las encuad ra en el ám bito ficticio y q u im é­
rico de lo im aginario . F.l té rm in o mito puede ser una am bi­
gua etiqueta.
A tal propósito , no estará de más evocar el brillante epílo­
go de RolandRarthes en sus Mythologies ( 1957), que I leva el 
títu lo de «El m ito, hoy», donde trata con perspicaz agudeza 
de los sentidos y usos de la palab ra w/ío, en el contexto con­
tem poráneo. Frente a los m itos antiguos están los m itos mo-
I. PROPKKMA in. IH.HNH ION DPI TfiKMINO ΛΟΓΟ 13
dem o s que Barthes analiza y de los que investiga su trasfon- 
do ideológico. C on su enfoque sem iótico ese ensayo de Bar­
thes m erece una relectura. Pero no es de esas m itologías ni 
de esos m itos constru idos por la m odern idad y m anipula* 
dos p o r la política y la propaganda de los m edios de com u­
nicación de lo que vam os a tra ta r en estas páginas.
N uestro objetivo es acercarnos a los m itos antiguos, a la 
m itología griega» tal co/no está constituida en su propia t r a ­
dición y tal com o ha sido heredada por la tradición de la cu l­
tu ra europea. Vamos a tratar de esos mitos» en el sentido más 
clásico y antiguo, no de los nuevos» renovados o m odernos 
m itos. De esos m itos de los que cabe preguntarse si los g rie ­
gos creyeron en ellos y hasta d ó n d e y cuándo funcionaron 
com o tales, com o hace P. Veyne. Pero que están ahí, en los 
textos de la literatura clásica y en las im ágenes del arte g rie ­
go, y form an un repertorio b ien delim itado: la mitología clá­
sica.
Parece, en principio, que defin ir el té rm ino en esta acep­
ción ha de resultar bastante m ás fácil. Y, sin em bargo, ta m ­
bién en este uso, m ás histórico y científico, encontram os d i­
ficultades. A ntropólogos, filólogos, psicólogos, sociólogos y 
teólogos m anejan el té rm ino con tales divergencias que se 
ha dicho que la palabra puede recubrir «connotaciones in fi­
nitas», aun cuando tuviera u n a denotación com ún a todos 
esos usos, h is distintas perspectivas, en sus enfoques part icu- 
lares, privilegian aspectos del m ito y acepciones convenien­
tes a su propia teorización, de m odo que no es tan evidente 
hallar un núcleo sem ántico com ún a todos ellos. Se podría 
exagerar y decir que las definiciones del m ito son casi tantas 
com o las perspectivas m etódicas sobre él. Ni siquiera los es­
tud iosos de los m itos griegos y las m itologías h istóricas 
coinciden en sus definiciones.
Unas veces, p o r un exceso de sim plic idad , se proponen 
definiciones dem asiado precisas. Por ejem plo, la de Jan de 
Vries, que dice: «M itos son historias de dioses. Quien habla
Μ ». i >i h n h :i o s i n
de m itos tiene, po r tan to , que hablar d e dioses. De lo que 
se deduce que la m itología es una parte de la religión»1, (lis 
cierto que m uchos m itos tra tan de d ioses, pero no todos; 
m uchos y los m ayores m itos 1 ienen un fondo religioso, pero 
no todos; algunos se relacionan con el «cuento popular», el 
folktale, y no requieren la fe religiosa.) La relación en tre m i­
tología y religión es im portan te , pero m ás com pleja de lo 
que frases tan rápidas presuponen.
Los antropólogos, tan to los funcionalistas com o los es- 
tructu ra lislas, han enfocado el m ito desde una perspectiva 
am plia y con una concepción pene tran te de su con figu ra­
ción y lunción, destacando su significado en el contexto social
o su valor com o in stru m en to m ental en la representación 
colectiva del m u ndo de la m entalidad arcaica. Tanto unos 
com o otros han visto en el m ito una form a de representar la 
realidad, un m olde im aginario de com prender y dar sentido 
a la situación y actuación del hom bre en ese m u ndo com ­
prensible y dom esticado gracias a los mitos, lisa m irada am ­
plia de los an tropólogos es, para el es tud ioso actual, algo 
irrenunciable.
Pero tanto contra los sim bolistas, com o contra los fundo» 
nalistasy losestructuralisL is -co n tra M alinowski, M. Kliade 
y C. Lévi-Strauss, por ejem plo-, cabe expresar una protesta 
crítica , com o hizo G. S. K irk en su excelente libro sobre El 
m ito (1970): «No hay n inguna defin ición del mito. No hay 
ninguna form a platónica del m ito que se ajuste a todos los 
casos reales. Los m itos (...) difieren eno rm em en te en su 
m orfología y su función social»2.
Los reparos y cautelas del profesor K irk han sido aleccio­
nadores. Desde su perspectiva de helenista e h isto riador del 
pensam iento .griego, conocedor riguroso de tradición helé­
nica, pero tam bién com o buen lector de la m oderna biblio­
grafía sobre estas cuestiones, Kirk se m uestra escéptico en 
cu an to a d e fin ir de m o d o unívoco y preciso el vocablo 
m ito. A ceptar una definición sesgada supone ya decantarse
I. I'KO l'U I.STA n r Μ Η Κ Κ Ί Ο Ν I)»·.!. I fR M IN D MITO IS
por un enfoque definido, parcia 1, que excluye otros posibles; 
supone privilegiar ciertos m itos y recortar y descartar otros. 
Pero, ¿no resulta excesiva esa renuncia a cua lqu ier defin i­
ción unitaria? ¿No conlleva esto una exagerada asepsia críti­
ca? Sin lina cierta delim itación , y Ja defin ición no es o tra 
cosa, de objetos y objetivos, ¿cóm o trazar una aproxim ación 
m etódica a la mitología?
A ndam os que el term ino mitología tam poco le parece útil 
a G. S. Kirk. Q uien, sin em bargo, traza una d istinción m uy 
clara d e sus dos acepciones básicas: repertorio de mitos y es­
tudio de los m itos. Pero sobre este punto volverem os niás 
adelante. Por de pronto , señalem os que aquí no vam os a tra ­
tar del «mito» com o una form a de pensam iento prim itivo, 
com o Denkform, en esa acepción un tanto idealista que está 
en la visión de la cu ltu ra helénica com o u n progreso «del 
mito al logos», Votu Mythos zu m Logos, según el famoso títu ­
lo de nn claro libro de W. Nestle.
2
A ñadam os a las dificultades m encionadas las que algunos
estud iosos han señalado respecto de los usos del té rm ino
griego mythos. Sin etim ología clara, puesto que no aparece
n ingún térm ino de la mism a raíz en otras lenguas indoeuro ­
peas, la palabra se va defin iendo en la litera tu ra griega. 
M. D etienne, !.. Brisson y C. C alam e han es tud iado bien \
desde una precisa observación filológica y con finos análisis,
la progresiva defin ición de! té rm in o desde H om ero hasta 
Platón, lin oposición a lógos, la palabra m ythos pasa a desig­
nar el «relato tradicional, fabuloso y acaso engañador» (y ya 
P índaro lo em plea en tal sentido ’), en contraste con el relato 
razonado y objetivo. Platón inventa sus mythoi, que p re ten ­
den encubrir alegóricam ente verdades que están más allá de
lo com probable m ediante el lógos. Ks probablem ente en los
16 I. IH-WNIf.lONhS
tiem pos de la Sofística cu ando m ythos - e n co n tra ste con 
logos- se perfila con ese significado d e «viejo relato» (ce r­
cano a los cuentos de vieja, tabulación fantasiosa, pero no 
forzosam ente falsa, 110 s iem prepseudos, aunque no garan ti­
ce tam poco la alétheia, la veracidad)* Los usos del vocablo 
m ythos en Platón son muy sin tom áticos de su evolución se­
m ántica y de sus varias connotaciones. Por o tro lado, Platón 
utiliza ya el té rm ino «mitología», mythologie, en una acep­
ción plenam ente m oderna, con una precisa conciencia de lo 
que un repertorio m ítico supone p a ra un a sociedad tra d i­
cional.
Aunque no todos los em pleos del té rm ino en la época clá­
sica indiquen ese valor léxico bien definido, parece razona­
ble pensar que P latón ha lom ado de la época esa oposición 
en tre mythos y higos t y que otros coetáneos suyos eran bien 
conscientes de la significación de m ythos que Platón atesti­
gua, pero no inventa 5. Es muy interesante que Aristóteles, en 
su Poética, em plee la palabra en dos sentidos: com o relato 
tradicional y com o argum ento dram ático . (Recordemossque 
los argum entos trágicos eran «relatos heredados», m ytho i 
paradedoménoi *.) Para uno y o tro siguieron los latinos em ­
pleando una m ism a palabra: fabula.
A p artir de la Poética de Aristóteles se acentúa, pues, esta 
coincidencia entre esos dos aspectos del mythos: el relato 
tradicional y arcaico,venido de m uy atrás, y la ficción litera­
ria, que el d ram atu rgo crea sobre una pauta «mítica». Fabu­
lae son para un la tino tanto los textos de un A polodoro o un 
Higino, repertorios mitológicos, com o las tragedias de Eurí­
pides o las com edias de Aristófanes. Los poetas helenísticos 
y los rom anos, que utilizan los antiguos mitos en sus alusio­
nes y en sus recreaciones poéticas, con tribuyen tam bién a 
esa consideración de los m itos com o fabulae, ficciones o fa- 
bulaciones. Las M etamorfosis de O vidio son mitos ya recon­
tados com o literatura, guiada por el m ero placer de narrar, 
su L ustzu fabulieretr, según la frase goethiana; donde los m i­
I. I'ROPUfcSTA I) F DFHNK.ICVN DF.t. 1ÉRMINO M H O 17
tos son argum entos para la poesía cuyo origen y t rasfondo 
religioso se perciben apenas com o una gracia arcaica que 
late en la tram a ingenua que el poeta O vidio sutilm ente re­
pinta y recrea.
Esa confusión entre los relatos arcaicos y las ficciones 
poéticas» designados unos y o tra s con el vocablo fabulae, 
persiste a lo largo de la trad ic ión medieval y renacentista. 
Sólo en el siglo xvm, gracias al descubrim iento de otras m i­
tologías y de las reflexiones de los sim bolistas acerca de los 
pueblos prim itivos, volverá a d istingu irse el «mito» de la 
«ficción» p o é tica7. Será C hristian G ottlob H eyne, a finales 
del siglo, qu ien introduzca, en su docta prosa latina, el té r­
m ino mythos y lo redefina -e n oposición a fa b u la - con una 
significación sorprendentem ente m o derna8. Su ensayo «In­
terpretación del lenguaje m ítico o sim bólico de acuerdo con 
sus orígenes y las reglas derivadas del mism o» (Sermonis 
mythici sivesymbolici interpretatio ad causiis ed rationes duc­
tas inde regulas revocata), de 1807, le acredita com o el fun­
dador de los estud ios de M itología con perspectiva m oder­
na. Es la época de Vico, los Schlegel, Herder, Schelling, etc. 
Los Prolegomena zu einer wisscnschaftliche M ythologie de 
K. O. M uller aparecen algo después» en 1824. La M itología 
com o d iscip lina «científica» avanza ya sobre u n cam ino 
firme.
3
Con todo esto se perfila el cam po de investigación. Pero el
problem a de defin ir el térm ino mito sigue en pie. M antener
escépticam ente el rechazo de lina definición general m ín i­
ma, que nos perm ita d istingu ir qué es lo que consideram os
propiam ente un m ito y qué no, es decir, advertir qué usos 
del térm ino consideram os pertinen tes y que acepciones de­
sestim am os en la batahola de sus aplicaciones, nos parece
18 i. í >i :h n k :i o n i .s
extrem ado. In tentem os p a r t i r de una defin ición m ín im a, 
que perm ita delim itar el ob je to del que vam os a t ra ta r9. Un 
ese sentido, p ropondré la siguiente: «M ito es un relato trad i­
cional que refiere la ac tuación m em orable y ejem plar de 
unos personajes extraord inarios en un tiem po prestigioso y 
lejano».
lil m ito os un relato, una narrac ión , que puede contener 
elem entos sim bólicos, pero que, frente a los sím bolos o a las 
im ágenes de carácter pun tua l, se caracteriza por presen tar 
una «historia», liste relato viene de tiem pos atrás y es co n o ­
cido de m uchos, y aceptado y transm itido de generación en 
generación. Es lo contrario de los relatos inventados o de las 
ficciones m om entáneas. Los m itos son «historias de la t r i ­
bu» y viven «en el pats de la m em oria» com unitaria . La fra- 
dición mítica es un fenóm eno social que puede presentar va­
riaciones culturales notables, pero que existe siem pre, y en 
G recia presenta una singular libertad , com o destacarem os 
luego ,ü. I;l relato mítico tiene un cardctcr dramático y ejem ­
plar. Se trata siem pre de acciones de excepcional interés para 
la com unidad , po rque explican aspectos im portan tes de la 
vida social m edian te la narrac ión de cóm o se produ jeron 
p o r prim era vez tales o cuales hechos. Ese valor paradigm á­
tico de los mitos es uno de sus trazos más destacados p o r los 
funcionalistas (M alinowski, y tam bién M . Eliade). El d ra ­
m atism o de los m itos los caracteriza con una alegre y feroz 
espontaneidad. En el ám bito narrativo desfilan fulgurantes 
actores y allí se cum plen las acciones m ás extraord inarias: 
creación y destrucción de mu ndos, aparici ón de dioses y hé­
roes, terrib les encuen tros con los m onstruos, etc.; todo es 
posible en ese m undo coloreado y mágico del mito M. Ese ca­
rácter d ram ático caracteriza a estos relatos frente a las tra ­
m as verosím iles de o tras narrac iones, o frente al esquem a 
abstracto de las explicaciones lógicas. El m ito explica e ilus­
tra el m undo m ediante la narración de sucesos m aravillosos 
y ejem plares12.
I. ΡΚΟ Ι’υ ΐύ ΊΆ i>r W T IM U r tN HI I I fH M IN O Λ Η ίο i9
Los aclorcs de los episodios m íticos son seres ex trao rd i­
narios, fúndam e ntalm ente seres divinos, ya sean dioses o fi­
guras em parentadas con ellos, com o los héroes de la m ito lo­
gía griega. Son m ás que hum anos y actúan en un m arco de 
posibilidades superio r al de la realidad natural. Ahí están los 
seres prim igenios, cuya acción da lugar al m undo, y los dioses 
que intervienen en el orden d e las cosas y de la vida hum ana, 
y los héroes civil i/.adores, que abren cam inos y los despejan 
de m onstruos y de som bras, lín fin, ahí están los seres ext ra- 
o rd inarios cuyas acciones han m arcado y dejado una huella 
perenne en ef cu rso del m undo. M ediante la rem em oración 
de esos sucesos prim ordiales y la evocación de esas hazañas 
heroicas y divinas, la narrac ión m ítica explica por qué las 
cosas son así y sitúa las causas de esos procesos originales en 
un tiem po prim ordial. I lay u nos tem as esencialm ente míti* 
eos, los que se refieren al com ienzo de las cosas: la cosm ogo­
nía y la teogonia, y los que se refieren al final de lodo, al más 
allá de la m uerte y del tiem po terrestre: la escalología. Hero 
los m itos explican tam bién la causa de m uchos usos y cos­
tum bres, de m ás o m onos im portancia , que so» de interés 
colectivo1'. Los mitos tratan del com ienzo, del arché, y d e las 
causas, aitíai, del universo y> en especial, de la vida hu m an a1 
Kn ese interés explicativo y eliológico (aitías-légeitt) sufren 
luego la com petencia de la filosofía en la cu ltura griega (des­
de el siglo vi a .C .) l\
Pero la explicación m ítica es la m ás an tigua, y, en cierto 
m odo, subsiste replegándose a ciertos tem as al enfrentarse 
con otros tipos de explicación, más lógicos o científicos. Los 
hechos narrados por los m itos revisten una form a d ram á ti­
ca y hum anizada, de m odo que sus actores pueden tener for­
m a hum ana, un tanto magnificada, com o los dioses y héroes 
griegos, por ejemplo; o no, com o los seres m onstruosos pri­
m igenios de m uchas m itologías, pero ac tú an y se m ueven 
an im ados por im pulsos com o los de los hum anos. Así, por 
ejem plo, el Cielo y la T ierra, que están en los com ienzos de
20 I. U kH N IW O N FS
los reíalos cosm ogónicos, se am an, se unen y se separan 
com o una pareja deam antes, y los poderes sobrenaturales se 
engendran y destruyen com o los anim ales.
Kn cierto m odo, podem os decir que la configuración de 
las fuerzas naturales en form as próxim as a lo hum ant) es un 
rasgo básico en la representación m ítica. El an tropom orfis­
m o de los dioses es uno de los trazos mtís característicos de 
la mitología griega. Pero tal vez podríam os postular que ese 
hum anizar la naturaleza, en cuanto a represen tarla com o 
poblada o an im ada por seros sobrenaturales dotados de for­
m as, deseos, e im pulsos, próxim os a los de los hom bres, se 
encuen tra en la raíz de to d o el pensar m itológico. Hay d io ­
sos con form as m onstruosas, com o los egipcios con cabeza 
d e anim ales, o los de la Ind ia, que m ultiplican sus brazos o 
aparecen com o trem endas fieras o sabios elefantes, c ie rta ­
m ente. Pero bajo todas esas m áscarasse mueven com o seres 
hum anos; com o seres hum anos do tados de una inm ensa li­
bertad de acción y un incalculable poderío . Los m itos nos 
ofrecen una explicación del universo ani m ado por fuerzas y 
figuras de rostro hum ano, es decir, con un sentido a la altura 
del hom bre.
Ya sea que esto se explique porque D ios h izo al hom bre a 
su imagen y sem ejanza, o al contrario , esta hum ana an im a­
ción del cosm os nos parece algo muy significativo. La inge­
nu idad del m ito no se p lan tea n inguna duda sob re este 
supuesto. La explicación filosófica significa, desde u n co ­
m ienzo, la renuncia a él. Entre afirm ar que el fundam ento y 
origen del m undo, el archéd e todo, es Océano, com o dice un 
antiguo mito helénico, o afirm ar que es «el agua», com o afir 
m ó Tales de Mi leto, hay una enorm e distancia. La ac titud es­
piritual con que el filósofo se enfrenta a las cosas está opues­
ta a la del creyente en los m itos, para qu ien toda la v ida está 
m arcada por los efectos de una historia sagrada, que ve en la 
naturaleza las huellas de las divinidades creadoras y o rgani­
zadoras del m undo. Para <íl las cosas son así porque los dio-
1. PROPUESTA |>h IM -H N IC IO N OKI. TÉRM INO .WITÏ) 21
ses las hicieron así, y hay que vivir según unas pautas que los 
dioses, o los héroes, m arcaron con su acción ejemplar. Kn las 
cerem onias festivas, en los rito s y en la mim esis de los d ra­
mas sacros, el creyente revive y rem em ora esa historia sagra­
da, y así participa en la recreación de esos hechos.
4
La narración m ítica nos habla d e un tiem po prestigioso y le­
jano, el tiem po de los com ienzos, el de los dioses, o el de los 
héroes que aún tenían tratos con los dioses, un tiem po que 
es el de los orígenes de las cosas, un tiem po que es d istin to 
del d e la vida real, aunque p o r m edio de la rem em oración 
y evocación ritua l puede acaso renacer en éste. Ese O tro 
Tiem po, que los m itos aus tra lianos llam an «el tiem po del 
sueño» o alcherittga, es aquel en el que los seres sobrenatu ­
rales, dioses o m onstruos originarios» actúan y con sus ac­
ciones crean las cosas, es el tiem po de los orígenes. Los ritos 
unidos a la recordación de tales o cuales sucesos m íticos tra ­
tan de establecer una com unicación con ese tiem po fu n d a­
cional, y sagrado l<\
En muchas cu ltu ras encontram os un m ito que nos cuenta 
el deterio ro progresivo o sim plem ente la ru p tu ra tem poral 
entre el tiem po prim ordial y el de nuestra vida. Así en el P ró ­
xim o O riente y en («recia tenem os el m ito de las lidades, de­
signadas con nom bre de m etales para referir esta decaden­
cia. Kn la versión hesiódica son las Edades de Oro, de la 
Plata, del Bronce, de los H éroes (un claro añadido típ ica­
m ente helénico al esquem a general) y del H ierro. Los hu m a­
nos vivim os en esta edad, la del Hierro, lam entable y oscura. 
Sería fácil en co n tra r ejem plos paralelos en o tros pueblos.
Insistir en la función social que tienen los relatos m íticos 
es muy conveniente. Tanto M alinowski com o Mircea Elkade, 
por citar sólo dos nom bres bien conocidos, han destacado
22 i. nm W H ti>NKs
este aspecto funcional de los m itos. Ahí podem os encon trar 
un punto de apoyo para la d istinción en tre m itos y cuentos 
populares. (Ya lo señaló tam bién V. Propp en su obra Ims rai- 
cvs históricas del cuento populor.) lil m ito es sentido com o se­
rio y vera/., con un halo de so lem nidad variable, pero que 
está un ido en m uchos casos al cariz religioso de los mitos 
fundam entales. A unque es un trazo más am plio que el de su 
carácter religioso. Pensem os, p o r ejemplo, en algunos mitos 
heroicos griegos. Parece d iscutib le que todos tuv ieran un 
trasfondo religioso, y la desproporción frecuente en tre m i­
tos y rito s en el m u n d o helénico apoya osla d istinción . Sin 
em bargo, cualquier historia m ítica conserva un valor para· 
digm át ico, com o ejem plo heroico, que es d istin to del cari/, 
de en tre tenim iento y diversión de otros relatos del folktale, 
sean cuentos m aravillosos o h isto rie tas de tipo novelesco.
Sé bien que en algún caso concreto esa d istinción puede 
ser difícil de t razar, pero en la teoría general resulta úti 1 y cla­
ra. Y, creo> podríam os postu larla com o universal. A unque es 
cierto que en m uchos cuentos popu lares puede rastrearse 
el eco de a lgunos m itos, o que tales cuentos puedan verse 
com o m itos decaídos, unos y o tro s relatos pueden d is tin ­
guirse p o r su función social. Se ha dicho que el cuento m a­
ravilloso, el Miircheti, es «el hijo m iniado y echado a perder» 
del mito; y eso vale para algunos cuentos. Pero, aunque coin­
cidan cuento y mito en la evocación de una atm ósfera m ara­
villosa y en la ac tuación de seres prod ig iosos, los m eca­
nism os de uno y o tro tipo de relatos trad ic ionales son, 
atendiendo a su función e incluso a su es truc tu ra narrativa 
(m ás fija, en princip io , en el cuento), diversas. La m en tali­
dad m ítica tiene algo en com ún con la im aginación infantil, 
ciertam ente, y el lector actual puede ver com o cuentos algu­
nos m itos de cu ltu ras y pueblos ex traños. Sin em bargo, el 
encanto del cuento y el del m ito son sentidos com o disi intos 
por los receptores habituales de am bos, en la cu ltura o rig i­
naria. Para el prim itivo la vana tabulación de los relatos fan-
1 l'HOl'L’B T A ni: D iJ J N N ION D I I Τ ΡΚ Μ ΙΝ Ο ;Mi/tí 23
tásticos está radicalm ente apartada de la historia real, vivaz 
y sacra que le d an los m itos. Al respecto, podem os señalar 
que los personajes del m ito son d istin tos a los protagonistas 
de los cuentos, que son personillas m ás cotidianas y de nom - 
bres poco destacados y propios, lin el decurso de la cultura 
esa oposición puede m atizarse y debilitarse, desde luego, 
com o ha sucedido en Grecia, po r recu rrir a un ejem plo p ró ­
ximo. Con todo , eso no suprim e la d istinción fundam ental.
I.as explicaciones del m ito rem iten siem pre a un más alld, 
a o tro tiem po, y a personajes, d ioses o héroes* que no son 
com o los seres hum anos de nuestro en torno, lisa trascen ­
dencia del m iro está m uchas veces cargada de em otiv idad . 
Por eso los relatos m íticos tienen un elevado com ponente 
simbólico: abu ndan en sím bolos y tra tan de evocar un com ­
plem ento ausen te de esta realidad que tenem os ante nues­
tros sentidos. Kn la épica hesiódica los héroes se oponen a 
los m ortales q u e «ahora son»» y a las cosas «tal com o ahora 
son». La fórm ula hoioi nytt eisiti, «tales com o son ahora»», 
que sirve p a ra indicar una oposición a lo que era antes, en 
los tiem pos del mito, resulta sugerente al respecto. Iras esta 
realidad, indican los m itos, hay o tra , que es m ás esencial, la 
Realidad fundacional, la divina y eterna Realidad. Kl pasado 
prestigioso es el ám bito de las actuaciones m íticas; en nues­
tro presente subsisten ecos y huellas de esas actuaciones. 
Para quien sólo atiende a la realidad em pírica, el m undo de 
los relatos m íticos no existe; es, a ese respecto, irreal. No 
puede com probarse con m étodos em píricos.
Por o tro lado nuestras leyes no están vigentes en el ám bito 
m ítico de un m odo absoluto. A unque es cierto que el m u n ­
do de los m itos está elaborado a im agen y sem ejanza del 
nuestro , y, p o r tanto, sus c ria tu ras son an tropom órficas, 
com o ya hem os com entado. Pero se mueven sobre un cam ­
po muy am plio de posibilidades. I)c ahí una cierta relación 
en tre el ám bito m aravilloso de los m itos y el m ágico de los 
cuentos y de las h isto rias fantásticas. Por eso el uso vulgar
califica de m íticos sucesos o figuras fascinantes e inverosí­
miles.
Los m itos dom estican Jos prod ig ios naturales al presen­
tarnos una naturaleza con sentido h um ano y d irig id a al 
hom bre, regida p o r d ioses o poderes que tienen e n ten d i­
m iento y voluntad y designioscom prensibles para los h o m ­
bres, aunque sean a veces hostiles al genero hum ano. Iodo 
está perm eado por un hálito d iv ino vivificador. Kl m undo 
platónico de las Ideas, m odelos trascendentes e inm anentes 
de las realidades terrenas, parece un vestigio de la im agina­
ción m ítica recuperada p o r un enfoque filosófico.
Al relatar sucesos ex trao rd inario s, ac tuaciones d e seres 
sobrenaturales, obras, en fin, que están más allá de nuestro 
tiem po y tal vez de nuestro espacio, los m itos se refieren al 
ám bito de lo m aravilloso, de m anera que, com o los cuentos, 
son inverosímiles. Pero entendam os bien que no pretenden 
ser verosímiles. La verosim ilitud significa ajustarse a unas 
lim itaciones d e una realidad que los m itos trascienden por 
su m ism o im pulso y su conten ido . Son verdaderos, para 
quienes creen en ellos; son la Verdad m ism a an terior a la rea­
lidad, que se explica por ellos. Por la verosim ilitud han de 
preocuparse los relatos ficticios que pretenden pasar p o r rea­
les; así, por ejem plo, los de las novelas de aventuras. Kn cam ­
bio, los tem as y motivos de los mitos, y sus personajes, están 
m ás allá de las norm as habituales y em píricas. Pertenecen a 
lo im aginario , un ám bito m ás am plio que el de lo real, y que 
llega incluso a con tenerá éste.
Los m itos su m in is tran una p rim era in te rp re tac ió n del 
m undo. Kn tal sen tido tienen m ucho que ver con la reli­
g ión . Y tam bién en el se n tid o de que, al fu n c io n a r com o 
creencias colectivas, com o un reperto rio de relatos sabidos 
p o r la com unidad , v incu lan a ésta con su trad ic ión y fun­
d an una u n an im id ad de saber, que tran sm ite u n a cierta 
im agen del m undo , p rev ia a los saberes rac ionales y a las 
técnicas y ciencias. Un m ito está, po r lo tanto, in serto en un
i. i 'R o r u iM A Dt: n m N îc ir t N »κι. ι μ μ ι ν ο λ ι /ϊ ο 25
e n tra m ad o m ítico; es una pieza en el s istem a que form a 
una m itología.
5. Mitología: ¿una palabra pomposa y ambigua?
La palabra mitología tiene dos acepciones claram ente distin - 
tas: «colección de mitos» y «explicación de los mitos». La 
raí?, que da en griego el verbo lego y el sustantivo lógos s ign i­
fica tan to «reunir, recoger» com o «decir», y el térm ino com ­
puesto ha heredado esos dos matices. Kirk, que lo advierte, 
prefiere renunciar al em pleo del té rm ino p o r considerarlo 
poco claro; pero creo que es fácil tener en cuenta esta d is tin ­
ción y reconocerla en cua lqu ier caso. Parece claro que la 
«mitología» com o «estudio de los m itos», o «tratado» o in ­
cluso «ciencia de los m itos», p resupone la existencia de la 
«mitología» com o colección y corpus mítico.
Kl vocablo griego mythología aparece en P latón, y no es 
por azar que sea en él, com o ha señalado Marcel D elienne 
(en La invención de la mitología, París, 1983). Pero no es u n 
neologism o so rp renden te , puesto que el verbo co rrespon­
diente m ythologeiw está ya en la Odisea XII v. 450, con el 
sentido de «contar un relato». Platón lo enlaza (en la Repú­
blica, en el Político, el Timen, el Critias y Las leyes) a térm inos 
muy significativos, com o geneaiogía, archaiología y phén/e 
(«rum or» o «fama» ), dándole un valor muy parecido al que 
tiene hoy.
Kn todo caso, la mitología com o un repertorio de mitos es 
algo previo a su recopilación p o r escrito en la obra de un 
poeta com o I Icsíodo. Kn el siglo vjii a.C. éste ha expuesto ile 
un m odo sistem ático y ordenado la m itología de los helenos 
en su poem a Teogonia, de un m odo m ucho m ás com pleto 
que n ingún o tro poeta arcaico griego. H om ero y los líricos 
arcaicos se refieren y aluden a esos m ism os d ioses y héroes, 
pero sin esa preocupación por exponer sistem ática y orde-
26 I. OKHNK IO N I*
iradamente la nóm ina de los personajes míticos. A hora bien, 
ya antes de H esiodo existía una relación sistem ática entre los 
mitos y los personajes m íticos; el poeta no la inventa, tan 
sólo la recoce y la expone poéticam ente. Aunque tju i/ás de 
m odo m enos com pleto y m enos rico , todo griego arcaico 
conocía, a grandes rasgos, el esquem a básico de esa o rdena­
ción de seres divinos, y de los mitos fundam entales.
La significación de un personaje m ítico está fijada por re­
ferencia al con jun to de relatos que constituyen la mitología, 
liada uno es com o una pieza del tablero y su actuación de­
pende de esa posición y ese valor asignado en el juego m ito­
lógico. Las relaciones de parentesco, las oposiciones y las re 
ferendas que se form an den tro de este sistem a son lo que 
define a cada personaje, den tro de esa estructura sim bólica 
que representa la m itología entera. D ejando para m ás ade­
lante una reflexión a fondo sobre este punto, podem os ap u n ­
tar aquí algún ejemplo, aunque quede sólo esbozado. La sig­
nificación de una diosa, pongam os p o r caso, Afrodita, está 
m arcada no sólo por u n a significación abstracta , com o la 
diosa del am o r y del deseo sexual, sino tam bién p o r su con­
traste con la posición d e o tras d iosas (Atenea, Artem is, 
Hera, etc.) y otros dioses den tro del sistem a po lite ís ta17.
Hn I lesíodo tenem os un prim er in tento de exponer un 
sistem a m itológico con u n buen esquem a organizativo bási­
co, que p arte de las d iv in idades prim igenias del universo 
para concluir en los epígonos divinos, los héroes y heroínas, 
lin ese mism o orden, en el que las genealogías const ituyen la 
base de la secuencia narrativa, hay ya un principio de expli­
cación «racional», a ten to al desarro llo de los poderes divi­
nos desde el caos o rig in a rio hasta su conclusión. I lay por 
parte del poeta un princip io de ordenación «lógica», y no en 
vano se suele hoy ver en H esíodo un p recurso r de los filó­
sofos.
Λ unos mil años de distancia de Hesíodo, un desconocido 
erudito , un tal A polodoro, recopiló los m itos griegos en un
i. I 'l i o P iT s r A n i ; ι ι ι -.ι ί ν ι ο ο ν i >m t í k m i n o λ μ γ » 27
par de libros y ιιη apéndice, recogiendo cuantas noticias le lle­
garon do la larga literatura griega, lü título de liiblioteai que se 
ha dado a ese resum en m itológico no es m uy afortunado; 
pero está claro que alude a una tradición mítica milenaria que 
para Apolodoro ya no era una tradición viva ni oral (como lo 
fue para I Iesíodo), sino una inm ensa bibliografía, de la que él 
extraía y resumía los mitos. Apolodoro es, sintom áticam ente, 
mucho más profuso y menos sistem ático que Hesíodo. Fs un 
an ticuario am ante de las anécdotas y los ecos literarios, 
un erud ito tardío, un lector de los clásicos, com o nosotros.
Un su segunda acepción, «mitología» resulla un hablar de 
los m itos; un d iscu rrir y teorizar sobre lo m ítico para in ten­
tar com prenderlo; una explicación de lo que los m itos signi­
fican. Fs una herm enéutica , m ás o m enos científica. Sólo 
para este uso se podría hablar de una «mezcla de cont rarios»
o una «fusión de lo antagónico» en la palabra, form ada de 
m ylhos y higos, com o ha hecho A. jolies.
Ahora bien, la oposición en tre am bos térm ¡nos, que se es­
tablece en la cu ltura griega a p a rtir de un determ inado m o ­
m ento histórico, os una oposición secundaria, que afecta tan 
sóloa un sentido restringido del término/rfgns. (Kn un p r in ­
cipio, iégeiti es «decir» o «reunir ordenadam ente». De la m is­
ma raíz indoeuropea el verbo la tino legcn· significa «leer», 
un claro derivado del sentido original.) Es en Platón donde 
encontram os iógo$ opuesto a mythos . Kn su diálogo Protágo- 
ras, el sofista del m ism o nom bre enfrenta un mythos *\ un to­
gas sob re el m ism o terna, com o dos form as didácticas d is ­
tintas. «La prim era es mora narración, 110 apo rta pruebas, se 
declara libre do todo com prom iso. La segunda, si bien puede 
ser tam bién narración o discurso, consiste esencialm ente en 
argum entar y probar» (K. Kerényi).
Poro tro lado, el mito es un relato trad icional, lo que se 
cuenta de siem pre, parecido a un «cuento de vieja», según 
dice alguna vez Platón. M ientras que el fógos es lo razonable, 
que se discute y se ofrece com o argum ento racional y com -
I. D K H N K 'IO N FS
probable, sin o tra au to ridad que esa capacidad de su propia 
dem ostración em pírica. Del m ito no cabe tal cosa, d e él no 
se puede ciar razón, logon ilidóirai.
La m itología como d isc u rr ir sobre los m itos se plantea 
desde una perspectiva cultural o histórica determ inada. Ln 
tal sentido, la crítica al m ito de los ilustrados, es decir, den ­
tro de la cu ltu ra griega, de un Jenófanes, los sofistas, o el 
m ism o P latón, form a parte del largo coloquio m itológico 
característico del m undo helénico. Las in te rp re tac iones de 
los mitos, desde Teágenes de Regio, ya del siglo vi a.C.» hasta 
las de los sim bolistas y los psicólogos de nuestro siglo, se 
ocupan de* la m itología en esta m ism a vertiente . Ul estud io 
de los m itos se constituye en una «ciencia» de su in te rp re ta­
ción, una ciencia herm enéutica un tanto insegura y variable 
según los tiem pos.
2. La tradición mitológica. 
Cómo fue en Grecia
¿Quién cuenta los mitos? ¿Quién rem em ora esos relatos in ­
m em oriales d e in terés co m u n ita rio que v ienen de m ucho 
a trá s y se refieren a un pasado fabuloso y que, de algún 
m odo, tienen una función ejem plar para la colectiv idad y 
para el individuo, que los aceptan com o paradigm as? ¿Quién 
se constituye en custodio de esos m itos, narraciones orales o 
textos que, herencia de todos, se transm iten com o un legado 
de generación en generación? ¿Quién defiende de la d isper­
sión , del desorden fantástico y del olvido esas viejas h isto ­
rias de la tr ib u , que viajan por las sendas de la mem oria?
P e algún m odo es la com unidad entera del pueblo quien 
guarda y alberga en su m em oria esos relatos. Los mitos circu­
lan por doquier. Las inst ituciones se apoyan en los m itos; se 
recurre a ellos para to m ar decisiones; se in te rp re tan los h e ­
chos de acuerdo con ellos. Los m ás viejos se los cuen tan a 
los más jóvenes, y éstos se inician en los saberes trad ic iona­
les de su pueblo m ediante los grandes relatos de los dioses y 
los héroes fundadores. Las nodrizas les cuentan a los n iños 
los fascinantes sucesos de un tiem po lejano y divino. Los 
abuelos y las abuelas recuentan a los pequeños lo que a ellos 
les contaron tiem po atrás sus propios abuelos. Y en las fi.es-
29
JO i. η εη Ν ία ο Ν ·» ;*
las com unita rias se reitera, a través de rituales m im élieos y 
de narraciones escogidas, las palabras de los m itos.
Pero, jun io a esa circu lación fam iliar y colectiva, en cada 
sociedad suele h ab e r u n o s ind ividuos especialm ente d o ta ­
dos o priv ilegiados para asum ir la tarea específica de referir 
esos relatos trad icionales. Son los sabios de la iribú , los m ás 
versados en el a r le de na rrar, los profesionales de la m em o­
ria o la escritu ra , qu ienes están designados hab itualm en te 
para tan ardua labor. Los m itos in co rp o ran una ancestra l 
experiencia y un a explicación sim bólica de ios fu n d am e n ­
tos de la vida social. De ah í que su conservación y tran sm i­
sión sea una ta rca generalm ente respetable y estim ada, lisa 
transm isión m itológica tiene m ucho qu e ver con la educa­
ción, pero tam bién con la religión y el cu lio, com o ya in d i­
cam os. Así que m uchas veces so n los sacerdotes qu ienes v e­
lan po r Ja transm isión d e esc acervo de d o ctrin as . Kn o tras 
ocasiones qu ienes asum en tan nob le papel son personas 
do tadas con una especial capacidad para com unicarse con 
el m undo div ino , com o los profetas o vates, que ven más le ­
jos que los d em ás y ex tienden su saber hacia el pasado y 
quizás hacia el fu turo . Kn alguna cu ltu ra el recitado y la evo­
cación de los m itos están encom endados a los profesionales 
de la m em oria y del can to , sin una clara conex ión con los 
sacerdotes, tfse es el caso de la an tigua G recia, d o n d e los 
aedos, los rapsoclos y los poetas e n general asum en esa fu n ­
ción.
Kn la G reda an tigua fueron , en efecto, los poetas, ad ies­
trados en la m em orización y en la com posición ora 1, quienes 
desde los com ienzos de la épica han form ado y I ransm itido 
el saber m itológico, l.a trad ic ió n m ítica fue aquí, com o en 
los dem ás pueblos, un rep e rto rio de transm isión oral. I lo ­
m ero y lle s ío d o son ep ígonos de una trad ic ión d e bardos 
que com ponen form ulariam ente, y que solicitan de la M usa
o las M usas la conexión con ese saber m em orizado que estas 
divin idades, las hijas de la M em oria, M nem ósine, transm i-
I A IIM IMClON' MtTOMfciICA IN (¡HJ.CIA .3/
ten al poeta verdadero , l.a secu lar I rad ic ión oral ép ica que 
desem boca en estos dos grandes poetas del siglo vin, a poco de 
in troducirse el alfabeto en Grecia, se rem ansa en los poem as 
épicos q u e guardan las huellas de la com posición an terio r 
oral. El poeta, guard ián de un saber tradicional, no inventa, 
sino que rep ite tem as y evoca figuras d iv inas y heroicas de 
todos conocidas, a) tiem po que reitera fórm ulas épicas y se 
acoge al patrocin io de las Musas, para que ellas garant icen la 
veracidad de sus palabras. R ecordem os cóm o H om ero co ­
rn icn/.a invocando a la M usa, y cóm o 1 lesíodo nos cuenta 
que fueron las M usas qu ienes se le aparecieron en el m onte 
Helicón para confiarle la m isión de tran sm itir el verídico y 
o rdenado m ensaje m ítico de la Teogonia y de Trabajos y 
días.
l.a considerac ión de qu iénes son los encargados de la 
transm isión y preservación de los m itos, y la reflexión sobre 
las condiciones socioculturales en cjue esta tarea se cum ple, 
son déla m ayor im portancia para explicar las características 
pecu liares de una m itología, l.os m itos reflejan siem pre la 
sociedad cjue los creó y los m antiene. Por ot ro lado, a pesar 
de su afán po r m antenerse inalterados, a pesar de su anhelo de 
rehuir lo histórico, los m itos se van a lterando a través de los 
sucesivos recuentos. Ahora bien, la transm isión y el paulati­
no alterarse de los m itos se han v isto afectados en la socie­
dad helénica po r tres factores determ inan tes: el p rim ero es 
que fueran los poetas los guard ianes de los m itos; esta rela­
ción entre la m itología y la poesía ha conferido a aquélla una 
inusitada l ibertad. En segundo lugar, la aparición de la escri­
tu ra alfabética ha sign ificado una revolución en la cu ltu ra 
griega; con ello la m itología q ueda un ida a la litera tu ra y 
expuesta a la crítica y la ironía, com o no lo e*stá en ot ras cu l­
tu ras don d e la transm isión es oral υ bien está ligada a un li­
bro canónico o un canon dogm ático . En tcrccr lugar, está la 
aparición de la filosofía y el racionalism o en la Jonia del si­
glo vi a.C. y su prolongación en la ilustración sofística y la fi­
32 I. D H JN IC IO N KS
losofía posterior, qu e in ten ta d a r un a explicación del m u n ­
do y la vida h um ana m ediante la razón , en un proceso c r íti­
co do enfren tam ien to al saber m ítico, lisa larga dispu ta en tre 
el lógosye I m ythos resulta característica d e la cu ltu ra grícgu, 
y ha sido objeto de b rillan tes y p ro fundos estudios.
C reo que en este m om en to p odem os de jar d e lado este 
punto para enfocar el o tro , el de la aparición de la escritu ra, 
y lo que este hecho decisivo cu ltu ra lm en te significa en rela­
ción con la m ito logía. Subrayem os que es decisivo qu e se 
trate de un sistem a de escritu ra alfabético, no de υη sistem a 
gráfico com plicado com o el que había existido en el m undo 
m icénico y m inoico unos siglos antes, fundado en un silaba­
rio de uso restring ido y que se perd ió fácilm ente.
La ap a rició n de la escritu ra significa u n en o rm e avance 
cultural, y no vam os a insistir en los aspee tos m ás obvios de 
este progreso . Tan só lo querernos aqu í subrayar que, e n lo 
que respecta a la m ito log ía , la fijación y recogida en un re­
perto rio escrito del acervo que la m em oria colectiva tra n s ­
m itía ora lm en te significa un a q u ieb ra en la trad ic ión . No 
sólo es el fin d e la palabra viva com o base del recuerdo, sino 
el com ienzo d e la crítica y d e la disolución de lo m ít ico. Kn el 
caso griego ese p roceso se p resen ta muy claram ente . Hasta 
que la civilización d e la escritu ra acaba im pon iéndose com o 
m edio cu ltural po r excelencia tran scu rren unos siglos. Knel 
siglo vin se in tro d u ce la escritu ra alfabética en G recia, con 
un alfabeto de abolengo fenicio que los griegos perfecciona­
ron, al añ ad ir los signos para no tar las vocales (que faltaban 
en el sistem a utilizado para un lenguaje sem ítico ), pero no 
es hasta finales del siglo v cuando la m entalidad griega ab a n ­
dona la cu ltu ra de la oralidad . F.n ese proceso cu ltu ra l, que 
ha sido bien estud iado (por J. Goody, con carácter m ás gene* 
ral, en The D om estication o f the Savage M ind, C am bridge 
1977, trad , esp., 1985; K. Havelock, en Preface to Plato, 1963, 
y en A u x origines de la civilisation écrite en Occident, 1974, 
en trad , franc., Paris» 1981, y M. D etienne, en L'invention de
la mythologie, París, 1981), se forja un a nueva m anera do en ­
focar todo el pasado y el presente. La poesía m ism a adquiere 
una renovada libertad y un anhelo de originalidad» que no es 
incom patible con su afán de tran sm itir el reperto rio mítico. 
Pero, p o r po n er un ejemplo» el poeta lírico F.stesícoro pudo 
inventarse una nueva versión del rap to do 1 M ena (según la 
cual no fue a ella, s ino a un doble fan tasm al, un engaño de 
los dioses, a qu ien llevó Paris a Troya, y fue por este fan tas­
ma por lo que com batieron griegos y troyanos en la fam osa 
guerra du ran te diez años), po rque ya la versión tradicional, 
can tada p o r o tros, p od ía adm itir la com petencia con o tras, 
en una poesía que se escribe. El poeta no es só lo un recorda­
d o s sino un creador m ás que un cantor, ao'uiós, es un poeta, 
poietés, y la insp iración es m ucho m ás que m e m o ria ,8.
Mitología y literatura
ΛΙ en fren ta rn o s con la trad ic ión m ito lógica de la an tigua 
(¡recia carecem os, com o es obv io resaltar, de esa p rox im i­
dad que B. M alinowski señalaba com o un privilegio y venta­
ja del antropólogo que viaja a la región de u n pueblo p rim iti­
vo y allí es tud ia los m itos ind ígenas sobre el terreno . N o 
tenem os a m ano , com o creía tenor M alinow ski, al m ism o 
«hacedor de mitos». Los m ythopoto ídel viejo m undo helén i­
co nos caen m uy lejanos, y tenem os que con ten ta rnos con lo 
que nos han legado, gracias al refinado a r te literario propio, 
y tal com o nos lo han legado, con una represen tación poco 
ingenua. Junto a los g ran d e s textos do H esíodo y H om ero, 
tenem os m uchos o tro s que nos hablan de los m itos - to d a la 
literatura clásica habla incesantem ente d e ellos-» pero m u ­
chas veces con alusiones y con fragm en tos de un d iscurso 
in te rrum pido . Ks un a ta rea a rdua descifrar este m ensaje 
trunco y poético . Las no tic ias pueden com pletarse con las 
imágenes que nos sum in is tra la arqueología, y esos (estim o-
i. U T R A t> li: ió N M m > 1 .0 t ílC A HN C R H 'IA . U
34 I. OH HNU IO N I*
nios plásticos del a r te an tig u o son d e un in terés m uy alto 
para nuestro conocim iento d e la m itología.
Pero M alinow ski tenía razón . Carecem os de un tra to d i­
recto con la narrac ión mítica originaria . M ediatizado por la 
tradición poética y la plástica* en el m arco de una civilización 
de la escritura, el repertorio m ítico de los griegos se nos p re­
senta con una singular aureola de libertad y d e ironía, una li­
bertad y variabilidad que es consecuencia de lo ya apuntado, 
fundam entalm ente p o r su relación con el m undo de la poe­
sía. lis, por o tro lado, bien no torio que la literatura selecciona 
entre las variantes m íticas y, en un país fragm entado política­
m ente com o era (¡recia, escoge tam bién en tre las variantes 
locales de las tradiciones, p refiriendo, cuando se trata de un 
p oeta del A tica, las varian tes atenienses, pongo po r caso, o 
dejando en la som bra c iertos aspectos de los relatos que el 
poeta prefiere, por razones m om entáneas o en atención a su 
público, silenciar, o llegando en algún caso a censurar y m o­
dificar un m ito tradicional p o r razones de m oralidad. Pode­
m os encon trar ejemplos de todo esto. M encionarem os, como 
caso bien conocido, cóm o los autores trágicos prefieren ver­
siones atenienses, o cóm o en los poem as hom éricos han qu e­
dado m arginados dioses tan de p rim era fila com o D ioniso o 
Deméter, porque el poeta consideró qu e no interesaban a un 
púb lico a r is to c rá tico , o b ien p o rq u e eran m ás p rop ios de 
un ám bito cam pesino que del belicoso escenario donde actú ­
an los héroes y los o tro s olím picos. I tornero h a m odificado 
sus relatos ajustándo los al gusto de sus auditores, com o los 
tragediógrafos expon ían su versión cívica d e los ep isodios 
heroicos, venidos de un m undo arcaico al teatro ateniense. Y 
un poeta tan conservador y p iadoso com o P índaro puede 
m odificar un ep isod io m ítico, com o hace en la í,
para ajustarlo a una versión m oralizada. (A P índaro le escan­
daliza que una diosa com o D em éter se zam para un bocado 
del hom bro d e Pélope; prefiere suponer que el d ios Poseidón, 
enam oriscado del jovencito, lo raptó.)
2. ΙΛ rU ADK .lO N .M IIO L ft ilC A I N (iK IiC lA 35
Ahora bien, quizás algunos lectores piensen, com o C. I.évi- 
Strauss, qu e la es tru c tu ra ele un m ito perm anece invariable 
a lo largo de sus versiones y que el esquem a fundam ental se 
m antiene siem pre idéntico . Sospecho qu e en la d e m o s tra ­
ción de esa tesis se incu rre en un círculo vicioso, ya que se 
llama esquem a fundam ental a lo qu e efectivam ente p e rm a­
nece. Pero, bueno , dejém oslo com o un problem a. ¿Es que la 
trama del mito de iidipo, desde la épica a las versiones l râgicus, 
y luego al fam oso «complejo» (que, desde luego, no pudo c o ­
nocer el héroe del mito, n iño expósito y exiliado voluntario), 
está inalterada e n las repe tidas evocaciones literarias g r ie ­
gas? ¿Son las v ariaciones de un m ito tan sólo alteraciones 
marginales?
lin todo caso, queda claro qu e la litera tu ra an tigua se 
construye sobre el hum us fértil d e la m itología, y lodos los 
géneros poéticos an tiguos (la épica, la lírica coral y la trage­
dia) fundan en ese substra to sus argum entos. Frente a la t r a ­
dición m ítica se han constitu ido luego la filosofía, la historia 
y las investigaciones científicas to m o saberes críticos y ra ­
cionales. Se han creado frente a los m itos, en oposic ión a 
ellos, en busca d e una nueva explicación, fundada en la r a ­
zón, no en la trad ición . C om o decía Heraclito, «los ojos son 
testim onios m ás firm es que los oídos». Los géneros de la li­
teratura de ficción, desv inculados del acervo m ítico, son, en 
general (d e jan d o a un lado el cuen to popu lar), posteriores. 
Iin la C om edia Nueva, en la lírica bucólica, y en la novela he­
lenística y ta rd ía , ya se inventan los con ten idos. Pero estos 
géneros son ya postclásicos en la cultura griega. N o es casual 
que el té rm ino griego usual para «argum ento» (de una obra 
teatral) sea m ythos (así, p o r ejem plo, en 1« Poética de A ristó ­
teles). Por lo dem ás, la ta rd ía ap a ric ió n de la literatu ra de 
ficción es un rasgo característico del m undo griego, en o p o ­
sición al m u ndo m oderno. La literatura griega clásica y a r ­
caica estaba dirig ida a un público am plio, a un auditorio c iu ­
dadano, y tuvo siem pre un a vertiente educativa; la literal ura
36 I. DH M Nint >NhS
fue, e n G recia, paideía y m ousiké; es decir, «form ación» y 
«arte de las m usas» (en el sen tido antes ind icado). Literatu­
ra es u n té rm ino latino , que en griego encu en tra un p ara le ­
lo en gram tnatiké , qu e significa «gram ática», y tam bién 
« lectu ra e in te rp re tac ió n d e textos»; es decir, un sen tid o 
m uy lim itado.
Los poetas fueron entonces los educadores del pueblo, y la 
paideía tradicional se fundaba en un buen conocim iento de 
la poesía, la hom érica an te todo. La poesía, a su vez, se en ra i­
zaba en el recuerdo de los m itos. También las tragedias e s ta ­
ban hechas sobre ellos, a veces a través d e versiones épicas 
representadas p o r episodios. Esquilo decía que sus d ram as 
era «rebanadas del festín de llo inero» . Q uerem os insistir en 
la función colectiva del teatro trágico, que fue, no se olvide, 
un teatro cívico y popular.
Las tragedias se represen taban en un m arco ciudadano , el 
teatro de D ioniso al p ie de la A crópolis, y en un as fiestas 
cívicas, las d ion isíacas, ante u n au d ito rio que era to d a la 
ciudad. La represen tación conservaba, en su m arco festivo, 
m uchos elem entos religiosos. Y es interesante que fue ju s ta ­
m ente una polis dem ocrática com o Atenas la qu e velaba o fi­
cialm ente por esas representaciones teatrales. M ientras que 
no se p reocupaba por facilitar el aprendizaje de la lectura y 
la escritura, es decir, las grdm m ata , ni siquiera a un nivel ele­
m enta], p ro p o rc io n an d o una enseñanza general y g ra tu ita 
(com o sí se hizo en la colonia panhelém ca de Turios), sino 
que tal cosa quedaba al a rb itrio y conven iencia particu la r de 
los c iu d ad an o s, el E stado aten iense velaba p o r el teatro , 
com o si éste fuera un fundam ento de la cu ltura y la sociabili­
dad, com o algo fundam ental en la paideía com unita ria . El 
Estado proveía a todos los gastos de las representaciones tea­
trales, en el m arco de la fiesta d ion is íaca , m ed ian te el im ­
puesto de las corcgías, qu e rccaía sobre los ciudadanos m ás 
ricos, cada año. Tam bién p o r encargo estatal, en el m arco de 
las fiestas de las Panateneas, se rec itaban los poem as h o m é­
Z. I .A T R A P K IIO K M ITOLÓfitCA K \ «R EC IA 37
ricos. Q u é e x tru ñ o caso es tc :e ld e una dem ocracia que recu­
pera y reclam a com o base educativa la rem em oración de los 
m itos heroicos» de claro origen aristocrático, y trata de enfo­
carlos desde la óp tica cívica, en un am biente dem ocrático e 
igualitario . I.a épica y la traged ia - y tam bién la lírica coral 
d o r ia - fueron no sólo form as de arte , sino tam bién in stitu ­
ciones sociales con valor educativo.
I.os m itos hablaban de héroes y de dioses, que habían ac­
tuado en un tiem po rem oto , pero en sus dram áticas escenas 
plantean conflictos de valores en los que se m uestra parad ig ­
m áticam ente la trágica condición del hom bre. Ese cruce de 
dos tiem pos -el del m ito y el presente c iu d ad an o - y la im bri­
cación de lo h u m a n o en lo heroico , y viceversa, sirven a la 
educación m ed ian te la reflexión y la pu rificación afectiva, 
que A ristó teles su p o reconocer tan adm irab lem ente . Esa 
kdtharsis, o purificación, es u n o de los efectos del arte trági­
co siem pre. La fiesta y el dram a, m ediante la m im esis teatral
o litú rg ica, evocan los m itos, con un au ra religiosa m ás o 
m enos acentuada.
La fiesta en que se representa la tragedia conserva m ucho 
de ritual. Está p resid ida p o r el sacerdo te de D ioniso, que 
ocupa un asiento especial en la p rim era fila del aud ito rio , 
com ienza con un sacrificio sobre el a lta r que esta en el cen­
tro de la orchestra, delante de la escena, tiene unos orígenes 
en ritos sagrados (sean cuales fu e ran ) y m antiene elem entos 
arcaicos com o las m áscaras, los coros, la presencia de los 
dioses, etc. Conviene no o lv idar esto, ni tam poco, en co n tra ­
partid a , qu e todo eso se va co nv irtiendo en reliquias, al 
tiem po qu e aum enta la crítica a los m itos, especialm ente en 
Eurípides.
Es cierto que la literatu ra , con ese carácter crítico y lúdico 
que le es p rop io , con su ten d en c ia a buscar lo nuevo, lo 
so rp renden te, lo o rig inal (den tro d e ciertos m árgenes) y su 
progresiva ironía, va desgastando el fondo m ilico. Pero los 
m itos son evocados com o base de la representación y m an­
i. m a iN iu o s T s
tienen una función social -s im ila r a esa en que tanto han in­
sistido antropólogos com o Malinowski- hasta los finales del si­
glo IV, cuando se da la crisis del sent ido t rágico, que tiene en 
Eurípides a su nuis c laro expolíente. Los an tiguos fueron 
hien conscientes deesa significación del tea tro .‘lbdavía en la 
com edia de A ristófanes, Las ranas» que es del añ o 404 a,C., 
cuando en la escena discuten sus m éritos respectivos E squi­
lo y Eurípides an te el d ios del teatro , D ioniso, qu e ha bajado 
al I iades para resucitar al más valioso de ellos, es el carácter 
de «educador del pueblo» lo que decide el pleito, a favor de 
Ksquiio.
Por eso la crisis de la tragedia, que es la crisis del sen tido 
milico, com o subrayó F. N ietzsche, es una crisis de lo colec­
tivo, en laque todo un m odo d e en tender el m undo, atacado 
por la crítica racionalista de la Sofística, queda en e n tre d i­
cho. I.a ruina del saber m ítico, es decir, la pérd ida de te en los 
mitos, provoca una qu iebra en la conciencia colectiva; pero 
el individualism o crítico y el op tim ism o de la ilustración so­
fística ob tienen una victoria endeble, ya que sus logros d ifí­
cilm ente pueden satisfacer las ansias d e los c iu d ad an o s en 
esa crisis de los valores que coincide con la agonía de la polis 
com o com unidad libreyautosu llcien te .
También P latón, con su perspicacia habitual, revela su re­
conocim iento de que la educación popu lar estaba en m anos 
de los poetas, al p roponer la expulsión d e éstos de la ciudad 
ideal, tal com o se postu la en la República. HI filósofo es m uy 
consciente de los riesgos que esa trad ic ión poética supone 
para un Estado que pretende alcanzar una norm ativa nueva, 
m ediante una racionalidad to tal. Los poetas, relatores im p e­
nitentes de las v iejas historias de la m itología, de esas n a rra ­
ciones que son escandalosas a la luz de I a m oral y p e r tu rb a ­
doras desde la óp tica d e la pedagogía racional, deben ser 
censurados. Kn vina c iudad que será gobernada por sabios, 
los poetas y sus m itos lian de se r evacuados, p o rque com o 
com petidores de los filósofos en la ta rea educativa son peli-
i. 1Λ « R A M IO S M ITO I.O l.ICA F-N liltU U A .39
grosos c inútiles, a los ojos del ¡lustrado Platón. No hay ta m ­
poco lugar n i papel educativo p a ra los viejos y fantásticos 
m itos en esa ciudad ideal.
Anos nuts tarde, ya ei i m i vejez, vuelve Plutón a esbozar un 
cuadro de la c iudad ó p tim a , poro esta ve?, es m ás cau to en 
sus propuestas, tal vez porque no cree ya en el triun fo de la 
utopía radical, y aquí en las Leyes, en lugar de la supresión 
por destierro de los poetas, hace la p ropuesta de que se es ta ­
blezca un control y una censura de la m itología tradicional. 
Kl viejo filósofo parece advertir bien la función social de esas 
narraciones m íticas que los ancianos transm iten , jun to a los 
poetas, a las generaciones más jóvenes, que im pregnan toda 
una explicación del m undo y la vida colectiva, yes bien cons­
ciente d e la fuerza de ese saber d itu n d id o a travos de la piló­
me, el rum or, tan p o d ero so en la vida com un ita ria . Platón 
no tra ta ya de e rrad icar por com pleto ese legadomítico, sino 
tan sólo p re tende que el lis tado lo contro le y lo oriento, un 
tanto, d iría m o s noso tros, m aquiavélicam ente, para su me- 
jo rap rovecham ien toeducativo
P latón sugiere que el lis tado puede crear y d ifu n d ir sus 
propios m itos -com o el fam oso m ito d e las varias clases de 
c iu d ad an o s con n a tu ra lezas d is tin ta s , unos d e oro, o tro s 
de plata y o tro s de bronce, que expone en el libro III tic la /<*’- 
pública^ al servicio de la propaganda de su propia constitu ­
ción, que sin em bargo no esta fundada en m itos de n inguna 
clase. (Resulta curioso recordar que m ucho antes, su parien ­
te, el sofista C ritias, había sostenido la tesis de que la figura 
de un dios qu e todo lo ve y lo oye era una hábil invención de 
un legislador an tig u o que se lo inventó con una finalidad 
m oral, la de in fu n d ir tem or a ese d ios, v igilante y ubicuo 
guardián de la o ralidad y la justicia. Ya C ritias pensó, pues, 
en la difusión y confección de m itos con intención política.)
P latón es u n g ran n a r ra d o r de m itos, que son , en c ierto 
m odo, de su propia creación. lisas ficciones qu e llam am os, 
según el propio Platón hace, «mitos» son una especie de re­
40 I. n iiM N IC IO N H S
creaciones según un a pau ta poética trad ic iona l, C uando 
Platón nos refiere el viaje do las alm as ni Más Allá -on el Fe­
rian, ol Fetlro y la República- está con tando un m ito, que, en 
bueno m edida, es de su propio invención; lo es, sí, on m u ­
chos detalles; poro, no obstan te , os tam bién un relato que 
cum ple toda un a serie de requisitos p ropios del género. Po­
dríam os decir que osos relatos p latónicos son com o v arian ­
tes de un toma m ítico que, en su es truc tu ra básica, es m ucho 
más an tiguo que Platón. Un tem a m ítico que recobrará nue­
vas m atizaciones on ol Cristian ismo, d o n d e aparece en m u­
chos autores y con nuevos detalles en cuanto al viaje y el cic­
lo yo l in fierno y toda la am bien tación u ltram undana , pero 
que tiene unas raíces m uy h ondas en la trad ición helénica.
Y que tam bién hab ían explotad o en su proselitism o m istéri 
co o tras sectas, com o la do los ó rficos20.
M ediatizada por la escritu ra y por una literatura m uy for­
m alizada en d iversos géneros poéticos -d e m odo qu e un 
m ito puede ser «'vorado según el m odo épico, lírico o trág ico , 
con estilo vario y varia in tención - ,ia m itología griega cuen ­
ta con una condición singular: la de p resen tarnos una trad i­
ción que podem os estud iar d iacrón icam ente21. En eso p are­
ce aventajar a las de o íro s pueblos. E ncon tram os un m ito 
narrado en épocas y p o r autores distin tos, con varian tes sig­
nificativas, y podem os, por decirlo así, ra s trea rlas huellas de 
un m ito a lo largo de unos siglos. Me parece que esto es pecu ­
liar de la tradición que acostum bram os a llam ar clásica -q u e 
incluye tam bién la latina, com o prolongación d e ia h e lén ic a - , 
m ientras que no se da en la recolección m itológica que puede 
hacer un antropólogo en una encuesta qu e recoge un d e te r­
m inado m om ento de una transm isión oral. Y es un a posib ili­
dad que se encuentra m uy em botada en o tras cu ltu ras h istó ­
ricas cuya tradición religiosa ha fijado los m itos sagrados en 
una escritu ra canónica, que evita cualquier alteración, com o 
es el caso, pienso, de la trad ición h indú y, m ucho m ás m arca­
dam ente, de la trad ición hebrea bíblica.
2. I.Λ J 'RA IMCIÛN M lTO lrtt lIC A KN Ü K U ’.IA 41
Hn (¡recia podem os percib ir cóm o un a determ inada figu­
ra m ítica pervive a través de variaciones literarias m uy sin ­
tom áticas de este proceso. 'lom em os, p o r ejem plo, el p e rso ­
naje div ino que es Prom eteo, el Titán filántropo, el robador 
del fuego celeste, el p a tró n d e las a r te s y técn icas a rte sa - 
nas del m etal y la arcilla. C on tado po r 1 lesíodo» por Ksquilo 
después, m ás ta rde p o r Platón (que en el Protegerás p one en 
boca del gran sofista su relato m ítico), y luego recontado en 
son de sascarm o p o r Luciano d e Sam ósata, el m ito tie P ro­
m eteo resurge con u n a vivaz versa tilidad . La in tenc ión de 
los narradores y el contexto histórico y I iterario dejan su im ­
pronta en la ilum inación del p ro tagon ista . P rom eteo es en 
H esíodo un d io s as tu to , un trickster, que qu iere en vano 
triun far con sus engaños frente a Zeus; en Esquilo es el dios 
rebelde contra el reciente déspota del O lim po, que por am or 
a los h um anos desafía la cólera del lirai jo C rónida. Kn cam ­
bio, en el Protágoras de Platón, los dones de Prom eteo se in ­
terpret an com o un elem ento civilizador que, p a ra la existen­
cia de un progreso social, han d e s e r com plem entados con el 
sentido de la justic ia y el sen tido m oral, que son regalos de 
Zeus, repartidos por igual a tocios los hom bres. Prom eteo, el 
m agnán im o rebelde, qu ed a s itu ad o en un segundo piano, 
subord inado al designio suprem o de Zeus, fundador del o r­
den y la ju stic ia22.
O tros héroes -co m o Ulises, Heracles, jasón , Teseo, etc .- 
han sido tam bién p resen tados con m atices nuevos en esa 
larga trad ic ión literaria . Y algo parecido sucede con algunos 
dioses, aunque, naturalm ente, den tro de ciertos lím ites, que 
perm iten la estab ilidad fundam ental de un esquem a básico 
en los relatos m íticos.
Por o tro lado, al m argen de esta tradición literaria 2\h u b o 
las versiones locales, y los cu ltos, asociados a rituales, que 
conocem os bastan te mal. M uchas vcccs ah í se m anten ían os 
pectos m ás arcaicos que la trad ición literaria no habrá reco­
gido. Hay, com o Kirk y o tros han señalado, una enorm e des­
42 I. H K F IN ia O N E S
proporc ión entre los m itos y los ritos en cl «Imbito griego. (Y 
a la inversa, en el ám bito rom ano , parece que, fren te a una 
cierta pobreza m ítica propia, h u b o un g ran desarro llo de los 
rito s religiosos sin írasfondo m ítico o literario.)
En esas rein terpretaciones un tan to irónicas a veces de los 
m itos, la literatura griega preludia el trato que algunos escri­
tores m o d ern o s h an d ado a esos relatos de dioses y héroes 
helénicos. Al aum entarse la distancia, convirtiéndose la m i­
tología en un reperto rio d e lem as sólo literarios, el escrito r 
m o d ern o puede jugar a presen tar esas figuras an tiguas bajo 
una nueva luz, irónica y u n tanto frívola. Pensem os en obras 
de G oethe y R acine y, inris cerca de n oso tro s, en textos do 
Gide y G iraudoux, de Joyce y de K atsantsakis, por ejemplo.
Y en m uchos, m uchos o tro s. En este sen tido la m ito logía 
griega evs nuestra m itología familiar.
Segunda parto
Figuras y motivos
1. Mitología y tradición poética
1
«Éstos -H e sío d o y H o m ero - son los que crearon po ética­
m ente una teogonia p a ra los griegos, d an d o a los dioses sus 
epítetos, d istribuyendo sus honores y com petencias e ind i­
cando sus figuras.» As£ dice H cródo to en un pasaje bien 
conocido de su Historia (II, 53). HI texto del h isto riador jo- 
nio testim on ia claram ente que los griegos ilu strados del si­
glo V a.C. eran bien conscientes del papel asum ido en la tra ­
dición m itológica griega po r los dos g randes poetas épicos 
-q u e H eródo to sitúa u n o s cua trocien tos añ o s an tes de su 
propia época, es decir hacia el siglo ix 24- . Hilos hab ían fija­
do en sus poem as los rasgos m ás característicos de los d io ­
ses, sus figuras distin tivas y sus atribu tos culturales. Aunque 
en líneas an terio res sugiere que los nom bres (ottóm ata) de 
los d ioses proceden do una trad ic ión an te rio r -d e aquellos 
an tiguos pelasgos que an tes h ab ita ro n G rec ia-, deja claro 
que los poetas citados hab ían realizado un a adm irab le tarea 
ordenadora en el conglom erado mítico pol ¡teísta, al fijar los 
epítetos (epotiym(ai), los honores o prerrogativas (ritnaí) y 
las habilidades o com petencias (téchnai) d é c a d a divinidad,
45
46 II. F k ít íR A S V M O T IV O S
así com o sus aspectos o figuras (eidea). Los aedos, hábiles 
demiurgos* habían im puesto un o rden perdurable en el pan- 
león helénico y habían consagrado u n a es truc tu ra arm ónica 
en el con jun to de seres d ivinos que recibían culto a lo largo y 
ancho de (.¡recia.
Por encim a de las tradiciones locales, de los m itos y ritos 
de los diversos santuarios y múltiples c iudades, los poem as de 
Hesíodo y de H om ero (no sólo la Uùtda y la Odisea, sino 
tam bién los Himnos homéricos atribu idos a él en su co n ju n ­
to) eran los textos de referencia hab itual en la configuración 
dé la m itología helénica. 1 labían instaurado y d ifund ido una 
nom enclatura estable y un código m itológico acep tado po r 
todos. La palabra theogonia que utiliza H eródoto resulta un 
térm ino m uy bien em pleado a q u í25. Q ue el h isto riador m en ­
cione an tes a H esíodo que a H om ero no es, probablem ente, 
indicio de que lo considere m ás an tiguo, sino de que aprecia 
especialm ente el carácter m ás sistem ático y com pleto de* su 
inform ación sobre el m u n d o divino en vsu conjunto.
Λ1 afirm ar tan ro tundam en te la trascendencia de los p o e ­
tas ép icos en la configurac ión defin itiva de las creencias y 
cultos, no p retende H eródo to des taca r la o rig ina lidad de 
uno y o tro , sino el valor perm anen te d e sus obras en la fija­
ción del co rpus mitológico. No com o inventores, sino corno 
responsables de haber reorganizado y precisado en sus p o e ­
mas, can tadosan le un aud ito rio sin fronteras, el saber tra d i­
cional acerca de los dioses -q u izás podem os agregar: y acer­
ca de los héroes-, m erecían a m bos respeto y veneración. Por 
eso se convirtieron en los g randes educadores d e los griegos 
en m ateria de religión y teología, porque habían plasm ado en 
sus versos con singular destreza y claridad el legado de una 
larga trad ición o ra l, que v ino a fijarse p o r escrito en sus poe- 
m asa finales del siglo vm o com ienzos del vn.
Kl paso de la transm isión o ral a la redacción escrita -y en 
una escritu ra alfabética, con la ap e rtu ra y libertad de m ane­
jo que esta form a su p o n e - es, sin duda , un hecho cultural d e
i. μ ι ιο ί <H>(A y i k a i>u :iO n rorru '.A
enorm e trascendencia para la m itología an tigua. Kl avance 
cultural ciel siglo vin, el final ele la llam ada «época oscura», 
encuentra en la adopción del alfabeto de Fenicia y su d ifu ­
sión posterio r una de sus no las m ás relevantes. Ahí se inau ­
gura un a nueva e tapa d é la civilización helén ica26. Los p o e ­
mas de H om ero y H esíodo, que son el té rm ino de un secular 
proceso de la poesía de com posición oral, con sus fórm ulas 
y procedim ientos característicos, significan el fundam ento 
de toda la m itología chLsicai7.
Si bien es c ierto que tras el descifram iento d e las tablillas 
m icénicas -esc rita s m ed ian te el sistem a del silabario lineal 
B- tenem os notic ias acerca de los d ioses venerados en los 
palacios de C nosso en ( 're ta y de Pilo en el Peloponeso, la in 
form ación que esos docum entos nos proporcionan es n o ta ­
blemente lim itada. Kn una buena m edida los nom bres d e sus 
dioses coinciden con los d e los olím picos (ahí están ya /e u s , 
divinidad principal en C nosso, Poseidón, m uy venerado en 
Pilo, lle ra , A tenea, A rtem is, Hefesto, Ares y D ioniso), y 
en parte podem os sospechar una serie de cultos palaciegos 
peculiares (por ejem plo, las num erosas invocaciones a figu· 
ras fem eninas d e diosas con el ep íte to de ¡}ófniai, « sobera­
nas») *K. Pero las inscripciones sob re las tablillas de b arro 
nos dan unos cuan tos nom bres y unos pocos detalles sobre 
cultos locales, nada más; no tenem os relatos m itológicos ni 
figuras d ivinas bien identificadas. Podem os sospechar que 
algunos m itos son de origen m ícénico m ediante alguna su ­
til indagación arqueológica o etim ológica, pero aun aho ra la 
mitología griega sigue com enzando con los textos de H om e­
ro y 1 Iesíodo.
Conviene no olvidar, p o r o tro lado , que tan to H om ero 
como H esíodo com ponen sus poem as con u n determ inado 
objetivo e in tención . No todas las representaciones d e los 
dioses encuen tran un espacio co rrespond ien te a su relieve 
autént ico en la poesía d e H om ero. C om o se ha destacado 
con frecuencia, el poeta épico com pone sus cantos p ara una
4H II, lU illR A S Y M O T lV O J
sociedad jó n ica aristocrática , in teresada en d e term in ad as 
representaciones y valores heroicos. De ah í que dioses com o 
D ioniso o D em éter queden en el silencio, y que la vida de los 
o lím picos se p resen te com o la de g ran d es señores g u e rre ­
ro s2y. (Hay, sin em bargo, curiosas diferencias al respecto en 
la Odisea Kn cuan to a 1 lesíodo, se tra ta de u n pensador 
de acusada persona lidad , y sus p reocupaciones personales 
se reflejan en sus poem as. Por o tro lado, los estilos son n o ta ­
b lem ente d iversos: m ien tras qu e 1 lesíodo usa a b u n d a n te ­
m ente de los ca tá logos y esquem as genealóg icos, siem pre 
H om ero es m ucho m ás d ram ático y an im a d o 31.
2
Kl ca rác te r trad ic ional del rela to es un trazo esencial en el 
mito. Es uno d e los rasgos de term in an tes del té rm in o m is­
m o m ythos , en con traposic ión al vocablo lógos, en el co n ­
traste que se va perfilando en el siglo v, en la época de la S o ­
fística y de los p rim ero s h isto riado res32. Es entonces cuando 
la desconfianza en lo trad icional adquiere una form a ca rac­
terística del v igor crítico de los pensadores de este tiem po. 
Pero ya antes, en el siglo vi, en co n tram o s duras censuras a 
H om ero y a H esíodo - e n Jcnófancs y e n H eraclito , desde 
una perspectiva m oral y filosófica- y el sabio Solón afirm a, 
con frase lap idaria , qu e «m ucho m ienten los poetas» (polla 
pseúdotttai aottioi), un a crítica que hay q ue referi r a los p o e ­
tas p o r excelencia, los dos grandes épicos. En resum en, des­
de el siglo vin hay una transm isión oral de los poem as que 
son la base textual de esta m itología, y ya en el siglo vi a p a ­
recen las p rim eras críticas y censuras a las au to ridades de 
esta trad ición
C onviene subrayar este aspecto p o rque es u n o de los que 
singularizan la trad ic ión m ítica en Grecia. Son los grandes 
poetas quienes custod ian y configuran el repertorio narrati-
I. M IT O U X Ü A Y IK A im iON m f.T IC A
vo trad icional y es en la difusión de los poem as épicos donde 
la m itología adqu iere un perfil canón ico a Iravés de las va­
riadas regiones de (¡recia. Sin d u d a subsisten m últiples 
variantes locales» y m uchos relatos son v inculados p o r una 
tradición oral» pero quedan ensom brecidos y recortados en 
su circulación frente a los g randes textos de 1 lom ero y Hesí­
odo que se ap renden de m em oria en las escuelas y que se re ­
citan en los g randes festivales públicos. Kn los cultos locales 
-e n san tu ario s y ciudades d iv e rsa s- persis ten en contacto 
con ritos y cerem onias varias otros m itos de alcance lim ita­
d o 34. Pero la transm isión de los grandes m itos, del rep e rto ­
rio panhelénico, está ligada a la poesía que recrea y d ifunde 
los ritos y que, m ediante la escritu ra, presta a las «aladas pa­
labras» una perdurab le autoridad . A la vez, ese saber poético 
del m undo divino y heroico está sujeto a una cierta libertad 
-su p erio r a la que tienen o tras m itologías guardadas p o r un 
clero celoso de sus priv ileg ios y convencido de su carácter 
revelado-. Tam bién está expuesto a un as críticas renovadas, 
tanto de los filósofos com o d e los m ism os poetas, que se por 
m iten d isc repary recom poner un m ito qu e no les parece 
«decente». (Así, p o r ejem plo, lo hace el p iadoso P índaro en 
la O lím pica /, a p ropósito d e Pélope, o an tes Kstesícoro a 
p ropósito d e H elena, negando en su Palinodia que llegara 
a Troya ” .)
Platón es qu ien lleva m ás a fondo las censuras con tra los 
poetas m itó logos. Ks él qu ien d is tin g u e ya con todo rigor 
en tre lo m ítico y lo razonado -m y th o s γ /tfg o s-y q u icn p ro ­
pone ce n su ra r los m itos trad ic iona les y rechazarlos cu an ­
d o no parezcan a d e cu a d o s para la educac ión de lo s jó v e­
nes. T am bién él insiste en que H om ero , H esíodo y los 
dem ás po e tas son los «forjadores d e falsas n arrac io n es que 
han co n tad o y cu e n ta n a la s gentes» (Rep. 377d). Son los 
responsables de los «m itos m ayores», ju n to a los qu e exis­
ten o tro s «m enores» , tra n sm itid o s en re la tos locales y fa­
m iliares.
50 11. l ir.L 'RA SV M O T IV O S
l .a postu ra cid filósofo no deja ele se r m uy curiosa: por ti» 
lado, P latón es un recreador de m itos, u tilizados com o a le­
gorías en varios diálogos, p a ra ofrecer una im agen de lo que 
está m ás allá d e lo d em ostrab le (p o r ejem plo, el viaje del 
alm a al M ás Allá, en Gorgias, Pedón y República); po r o tro 
lado, su oposición crítica al saber m itológico trad ic ional le 
lleva a postu lar una estricta censura, que elim inaría la m a ­
yor parle de los m itos sobre los dioses, por su inexactitud y 
su inconveniencia pedagógica y m oral. Esta censura se e n ­
m arca en el p rog ram a po lítico del filósofo, en co n tra de la 
tradición general y en contra de los hábitos orales y el m agis­
terio ele H om ero. Así dice: «Debem os, pues, vigilar ante lodo 
a los forjadores de m itos / m yíhopoiois/ y acep tar los creados 
p o r ellos cuando estén bien y rechazarlos cuando no; y co n ­
vencer a las m adres y ayas p ara que cuenten a los n iños los 
m itos autorizados, m oldeando de este m odo su s alm as p o r 
m edio de los mitos» m ejor todavía que sus cuerpos po r m e­
d io de las m anos. Y habrá que rechazar la mayor parte de los 
que ahora se cuentan» (Rep. 377c). Sobre el hecho de ser fal­
sos, esos m itos, según Platón» «dan una falsa im agen de d io ­
ses y héroes» (y a con tinuac ión , com o ejem plo, alude Platón 
a los conflictos en tre Crono y U rano tal com o lo cuenta I ie ­
s íodo ). R esultan confusos, in m o ra les e inadecuados a la 
paúieftí.
I le c itado este pasaje p o rq u e resum e bien los reproches 
que un p en sad o r ilu s trad o y p reocupado p o r la educación 
p o d ía hacer a los m ito s clásicos. D esde Jenófancs a P latón 
hay una línea d irecta en la crítica a los m itos. Excesivo an tro ­
pom orfism o , que n o sólo se reflejaba en las figuras de los 
dioses, sino a la vez en sus conductas, a veces inferiores a las 
d e los hom bres justos, sirv iendo de esc ín d a lo m oral a estos 
ilustrados, com o Jenófanes: «A los d ioses a tribuyeron H o ­
m ero y 1 Iesíodo to d o cuanto en tre los hum anos es objeto de 
censura y de oprobio: robar, com eter adu lterio s y p racticar 
el m utuo engaño».
J. Μ ΙΙΟ ΙΛ Η .ΙΛ V Ik A D K lON l'O Íf IC A . 5/
Poro una censura com o esa que i m aginaba Platón era algo 
que jam ás se p u d o establecer en una c iudad griega, ni si­
quiera en círculos religiosos. Esas historias escandalosas de 
los dioses lo e ran para la m entalidad m oralista de estos pen­
sadores, no para el pueblo que creía ingenuam ente esos m i­
tos y que se deleitaba en lo que N ietzsche llam ó «la frivoli­
dad de los dioses griegos». Con tocio, tales ataques movieron 
a o tros pensadores a in ten tar una defensa de los m itos trad i­
cionales, bajo la explicación de qu e estos relatos no debían 
lom arse al pie de la le tra , ya que eran narraciones de sentido 
cifrado y lenguaje im aginativo , es decir, alegorías sobre el 
m undo divino, cuentos poéticos de sabio y críp tico trasfon- 
do. Ya Teágenes de Regio, en p leno siglo vi, explicaba a í to ­
rnero con un m c to d o aleg ó rico * .
3
Al es la r v incu lados p o r una trad ic ió n p o é tic a 37, los m itos 
griegos carecieron de la inflexibilidad que en o tros lugares 
han ten ido las narraciones de carácter religioso. Un ocasio­
nes estaban ligados a rituales lijos, pero en la m ayoría tie los 
casos se p resen tan desligados d e la p rác tica religiosa cere­
m onial. O frecían una versión m uy variada de u n o s dioses 
antropom orfos» singularm ente ágiles y relacionados en una 
estruc tu ra familiar. No hubo en Grecia dogm atism o ni rig i­
dez en las creencias. Los sacerdotes se ocupaban m ás de las 
cerem onias q u e d e los m itos en sí, aunque los m itos son in 
separables de la religión y la religiosidad popular* .
El pueblo griego era p rofundam ente religioso y los mitos 
se rem em oraban en todas las m anifestaciones festivas de la 
colectividad. Las recitaciones épicas y las representaciones 
trágicas suponen una rem em oración de los m itos que, en su 
parad igm ática y ubicua presencia, no só lo ofrecen una co­
m ún base religiosa, sino tam bién un firm e y com ún reperto ­
52 II. FKiUHAN V M O T IV O S
rio cultural. Junto a los textos es tán las im ágenes d e la p in tu ­
ra y la escultura, desde las m agníficas estatuas de los dioses y 
héroes a las im ágenes d e la cerám ica que una y o tra vez reile-
1 ¿ni c\ s c c i i <i s m itológicas, y que m uchas veces testim onian in ­
teresantes varian tes de tem as m íticos fam osos. Toda la li­
te ra tu ra clásica se funda en los relatos m íticos, tom ándolos 
unas veces com o tem a cen tra l del argum en to , com o en los 
poem as épicos y en las versiones trágicas, o bien com o a lu ­
siones de lección ejem plar, com o en la lírica. (Sólo la C om e­
dia Nueva y la Novela, géneros postclásicos, p rescinden de 
los m itos arcaicos.) Λ veces, el relato, com o es p rop io de una 
literatura escrita , supone una recreación con variantes m uy 
significativas del m ito; conservando la es tru c tu ra básica, el 
recuento m odifica detalles y añade una «relectura» nueva o 
una in terpretación singular, com o sucede en la versión de una 
tragedia. Tam bién este ágil y flexible recontar los m itos es u n 
rasgo peculiar de la trad ición helénica, den tro de la libertad 
y la función poética de lns que hem os hablado.
Surgidos en un pasado inm em oria l, los m itos griegos 
pervivieron en un a sociedad que se va haciendo progresiva­
m ente lite raria , aun q u e hoy som os conscientes de que los 
hábitos de la oralidad p erdu ran am pliam ente incluso tras la 
aparición de una escritu ra tan fácil com o la alfabética. Una 
sociedad m ucho m ás com pleja cu lturalm ente que la de o tros 
países con desarro llo m ás lento, u n a cu ltu ra abier ta a m ú lti­
ples influencias exteriores, especialm ente orientales, com o 
fue la griega, ofrece en su trad ición m itológica u n a peculiar 
riqueza en variantes y en rein terpretaciojies de un m aterial 
m ítico d e procedencia m uy varia.
Quizás resulta obvio advertir que el contexto social y el re ­
co rrido h istó rico del pueblo p ara el que se n a rran los m itos 
influencian su carácter; pero m e ha parecido pertinente* a 
riesgo d e en u n c ia r algo sob radam en te ev iden te , subrayar 
que justam ente esa ap e rtu ra de horizonte, ese progreso cu l­
tural, esa civilización de la escritu ra, esa ausencia de au to ri­
I. MITOLCKifA Y TRAD IC IO N lO f l t C A 53
dad eclesiástica y dogm ática , esa revisión constan te y m e­
morable en los festivales públicos, así com o el h iato frecuen­
te entre m itos y ritos, caracterizan el reperto rio m itológico 
heleno. (No voy a detenerm e en estos us»pcctos, que son co 
nocidos y que p ara ser expuestos en detalle requerirían m u ­
cho espacio; sólo quería ap u n ta ren un com ienzo que «la na­turaleza de la s m itos griegos»·'9 está d e te rm in ad a p o r la 
sociedad que los creó y usó.) Frente a o tro s reperto rios m í­
ticos, los relatos g riegos son en su tram a bastante sencillos y 
poco com plicados. Sus tem as pueden inventariarse fácil­
mente, y reflejan las p reocupaciones de la arcaica sociedad 
patriarcal, de abolengo indoeu ropeo , a firm ad a en un país 
m ed ite rráneo40. Cabe buscar un a sociología de los tem as in ­
ventariados, ad v in ien d o cuáles son sus m otivos esenciales, 
de orden fam iliar, cu ltu ral y político·11. De algún m odo aún 
estam os relacionados con esa cu ltu ra, de ah í que sus m itos 
nos resulten, si no fam iliares, al m enos no rad icalm ente ex­
trañ o s42.
R esponder a la cuestión de si creían los griegos en sus m i­
tos resulta en este m om en to dem asiado com plicado43. Por 
un lado, la creencia n o es algo sim ple; se puede creer m ás o 
menos; con consciencia o sin ella; ru tin a ria o activam ente. 
Por o tro lado, hubo, com o no podía se r m enos, g randes va­
riaciones según épocas y situaciones. Los m itos form an el 
trasfondo de la narrativa religiosa; las im ágenes y las h isto ­
rias de los dioses v ienen de los m itos; la m ayor parte d e los 
ritos presuponen una leyenda mítica; la religación con lo sa­
grado está te jida de palab ras m íticas; la m itología p ro p o r­
ciona una in te rp re tac ión del m undo hum ano fundado en la 
trascendencia o inm anencia d e lo d iv ino, ofrece un sistem a 
de referencias para convivir en un ám bito dom esticado por 
los dioses y explorado por los héroes; hum aniza la realidad 
con sus relatos.
Kn la m edida en qu e la gente deja d e creer e n las explica­
ciones trad ic ionales , tiene que ad o p ta r nuevas ideas para
II. lU rL 'H A SY M t> llV O *
confiar en cl m u ndo; si cl m undo deja de se r hab itad o por 
presencias míticas» necesita ser fundam en tado en o tras cau­
sas, explicado p o r la razón, liso sucedo poco a poco y relal i- 
vm ucntc. I.os im ius tienen una tendencia no table a pervivir 
bajo varios d isfrac es” . N o es fácil d e te rm in a r c u á n d o un 
m ito deja de ser creído ni c uándo viene a ser desp lazado por 
una nueva fe 43. Sabem os cuándo se aducen explicaciones 
nuevas acerca d e los as tro s y los p lanetas, p ero no es fácil 
p recisar cuándo lo» sen tim ien tos acerca de la d iv in idad de 
los cuerpos celestes su fren cam bios decisivos.
Hay tam bién cruces en tre m itos y figuras míticas» com o 
los sincretism os en tre dos o m ás personajes que acaban por 
confluir en uno solo: Helios y Apolo, Selene y A rtem is, po r 
ejem plo, acaban p o r iden tificarse com o el Pebo solar o la 
m ágica Luna. Todo ello v iene a cuen to para ind icar q u e en 
la m itología griega tenem os que co n ta r con un a variación 
en el tiem po, u n a d iacron ía m ito lógica p rop ia a esta tr a d i­
ción, algo m ucho m ás destacado en esta cu ltu ra que en n in ­
guna o tra , singularm ente.
4
E ntre la época do H om ero y H esíodo y la del com pilado r 
A polodoro, que com puso su m anual m itológico hacia el si­
glo i o n de n u es tra era, hay una d istanc ia de casi mil años; 
casi d iez siglos d e m itog ra íía sep aran al e ru d ito h e len ís ti­
co del ae d o I Iesíodo, p o r re fe r irn o s a los d o s au tores que 
han p re te n d id o d e ja r una v isión p an o rá m ica del c o rp u s 
m ítico griego . H esíodo co m p u so su poem a, la 
in sp irado p o r las Musas, según su p rop ia confesión inicial, 
m ien tras que A polodoro resum e los textos d e m uchos es­
critores an terio res, condensándo los en su Hibíioteoi en un 
m anual bien o rdenado . HI im pulso poético y el fervor re li­
gioso han desaparecido y queda sólo la in form ación lib res­
I. Μ ΙΤΟ ΙΛΜ ίϊΛ Y TR A D IC IO N WP.TICA 55
ca en es-te m itóg rafo ta rd ío , ep ígono de una trad ic ión lite­
raria p e rd id a lft.
Pero no es so lo ia am plia d istancia y la diferencia de tono 
lo que im porta reg istrar cu esta m ilografía, en Sa que H esío­
do y A polodoro pueden figurar com o dos exirem os, p rin c i­
pio y fin. Hay que advertir tam bién que toda la literatura clá­
sica conservada puede serv ir de fuente de información» pero 
que en sus referencias a la m itología los poetas y escritores 
antiguos m encionan las h istorias m íticas com o algo fam iliar 
y bien sabido, qu e es alud ido po r su valor ejem plar, p o r su 
función didáctica, o com o lección de sabiduría que conviene 
retom ar desde a lguna perspectiva. R aram ente cuen tan un 
mito sin más, para darnos inform ación com pleta sobre un re­
lato que sus auditores ya conocían . Ks, en efecto, privilegio 
del poeta, po r su relación con las m usas m em oriosas y su do ­
minio del canto m em orable, tran sm itir y d ifu n d ir el legado 
milico, pero el pueblo es qu ien guarda ese reperto rio t radi- 
cional de narrac iones de tiem pos in m em oriales. C uando un 
poeta 1 frico, pensem os en Píndaro, p o r caso, inserta un mito 
en su poem a, no suele con tarlo p o r entero, dan d o p o r su ­
puesto que sus oyentes ya lo saben, sino que ejuiere evocarlo 
rápidam ente destacando en él aquello que en ese m om ento 
le interesa especialm ente. C uando un autor trágico reelabo- 
ra en su d ram a un tem a m ilico, tam poco tiene especial in te­
rés en tran sm itirn o s la versión com pleta y canón ica, sino 
que cen tra su rep resen tac ión en a lgunos p un tos que en su 
reflexión le parecen los m ás sugesl ivos y convenientes. Pen­
sem os en lo qu e hace Eurípides, innovador y crítico en m u ­
chos lem as, p ero tam bién en o tro s autores. Basta com parar 
la versión que Esquilo ofrece en su Prometeo encadenado 
con la que d ie ra H esíodo en la Te<tgou(tí y en sus Trabajos y 
días, p ara a d v e n ir cóm o dos g randes autores pueden recon­
tar un m ism o m ito con variante» sustan tivas, deb idas no 
sólo a la personalidad poética de uno y o tro , sino a la consi­
deración ideológica y a la in terpretación que les im ponen los
56 II. HC.URAS Y M O T IV O S
tiem pos y públicos a quienes se d ir ig e n 47. Kn general p o d e ­
m os no ta r que un m ito se cuenta con una intención de term i­
nada y con una de term inada interpretación, y que las figuras 
m ism as de los m itos, especialm ente los héroes, p resen tan 
unos m atices d is tin to s en unos y o tro s relatos. Por p oner 
o tro ejem plo, pensem os en Ulises, el astu to pro tagon ista de 
la Odisea, que en las tragedias de Sófocles o Eurípides suele 
ser v isto bajo u n a luz m ás am bigua qu e en I lom ero , p o r ese 
aspecto taim ado que recurre a la tram pa para ob ten erla vic­
toria, cuando le co n v ien e1*.
Si en la trad ic ión oral las alteraciones de los relatos m íti­
cos son inevitables, puesto que nunca un recitado es exacta 
reproducción de o tro , en la trad ición literaria la tendencia a 
la variación o rig ina l o a la re in tcrp re tac ión crítica es algo 
esencial al m ism o proceso poético, d o n d e to d o recuento es 
a la vez rec reac ión49. O tro ejem plo in teresan te podría ser el 
m ito de leseo, po litizado en la trad ición aten iense50.
Por lo dem ás, no debem os co n sid erar a los m itos com o 
en tidades perfec tam ente acabadas en su o rigen , sino m ás 
bien com o com posiciones fo rm adas de elem entos n a rra ti­
vos m enores -m ito logem as y m item as- con un a es truc tu ra 
básica y una fo rm a susceptib le de varian tes num erosas. 
C om o las que podem os atestiguar en la transm isión d e los 
m ism os a lo largo de los siglos y tam bién en varian tes loca­
les. Sí un m ito es inm u tab le en su e s tru c tu ra esencial, so 
pena de a lte rar su sentido básico, no lo es en su fo rm a51.
2. Mitología como sistema y conglomerado
1:1 té rm in o m itología tiene dos acepciones: bien com o 
«conjunto de mitos»,bien com o «estudio de los mitos». Aquí 
nos interesa el p rim er sentido, es decir, en su significado de 
conjunto, colección, rep e rto rio de los m itos griegos. Y co­
m enzarem os p o r des tacar que u n a m ito logía es algo más 
que un conglom erado o un a sum a convencional, ya que los 
mitos se relacionan en tre sí y las figuras m íticas están refe­
ridas unas fren te a o tras. Una m itología es un sistem a de 
representaciones m íticas, organizado en to rn o a ciertas no ­
ciones básicas de carácter religioso. Los m itos están relacio­
nados y ofrecen su explicación sim bólica de lo real gracias a 
esa o rdenación ; no se p rod igan caó ticam ente , sino qu e se 
insertan en un a m itología que, si bien en una trad ición cul­
tural com o la griega no se m antiene rígidam ente fijada, p re­
senta sin em bargo unas claras líneas de ordenación, liste o r­
den de la m itología puede se ra veces ex p lid ta d o en una obra 
escrita, com o, p o r ejem plo, sucede en la Teogonia hesiódica, 
pero, d e hecho, d ista m ucho de ser un a creación del poeta, es 
algo preexisten te a su o rd en am ien to y que de m odo tal ve/, 
más vago, pero igualm ente firm e, está en la conciencia de los 
creyentes.
57
II. M<¡WRAS Y MOTIVOS
( 'o rn o J. P. V em ant y W. Burkert han subrayado, «un pan ­
teón ha d e ser visto com o un sistem a o rgan izado qu e im pli­
ca relaciones defin idas en tre los dioses, com o u na especie de 
lenguaje en el que los d ioses no tienen una existencia in d e­
p en d ien te , de igual m odo que las pa lab ras en la lengua»·'2. 
Lo qu e se dice de los d io ses p u ed e dec irse del co n ju n to de 
personajes que com ponen los elem entos con los qu e se teje 
la tra m a de los m itos. 1 .a analogía con la lengua parece clara 
en un a p ersp ec tiv a e s tru c tu ra lis ta . T am bién a q u í hay una 
sincron ía y un a d iacron ía qu e afectan al sistem a y a sus ele­
m entos, aunque , com o B urkert a d v ie r te 5’, la analog ía no es 
exacta, y sería e rró n e o p o s tu la r una g ram á tic a m itológica. 
La idea de que el re p e rto r io m ítico form a un co rp u s cuyos 
elem entos se definen en sus oposic iones y relaciones, y que 
la m ito log ía funciona significativa m ente g rac ias a esa rela­
ción d e o posic ión y co m p lem en ta ried ad e n tre sus figuras, 
puede encon trarse en m uchos o tro s estudiosos·*"1.
B aste recordar, com o ejem plo , có m o las d iversas diosas 
de! p an teó n o lím p ico tienen cad a una su p rop io perfil y 
cóm o cum plen sus funciones específicas de pro tección y pa­
trocin io de aspectos diversos de la existencia en una clara a r­
m on ía : H era, D em éter, A tenea, A frod ita , Á rtcm is, U estia, 
Hécate, se d is tin g u en p o r su sign ificado y cada una tiene su 
d o m in io y su ac tu ac ió n , s ie n d o opuestas en tre sí al tiem po 
qu e com p lem en ta rias en el cosm os d iv ino . También hay 
oposic ión y co m p lem en ta ried ad en el p a tro c in io d e ciertas 
ac tiv idades: así ta n to A res com o A tenea son d iv in idades 
g u erreras , p e ro bajo d is tin to en fo q u e del com bate ; Atenea 
co m p arte con H efesto el p a tro c in io d e la a r te san ía , pero 
cada u n o d e ellos tiene su esp ec ia lid ad 5>.
C abe reco rdar luego có m o los cu ltos locales p riv ileg ian a 
uno u otro dios, pero sin dejar d e advertir la im portancia déla 
com unidad de dioses. O lv idara uno cualqu iera de ellos es pe­
ligrosísimo» com o atestiguan num erosos m ito s5*. La organi­
zación fam iliar y la es tru c tu ra genealógica perm iten cohesio­
2. MITOLOGÍA Γ.ΟΜΟ SÍMT.MA Y (.O N 'il OMt'KAHO 59
nara las figuras mayores de eso pan teón helénico, form ado con 
agregaciones d e d ioses d e origen vario. I.a fam ilia d iv ina 
constituye un p rincip io de organización, de tipo patriarcal, y 
el dios suprem o, /cu s» conserva su títu lo decisivo d e «Padre 
de los diosos y los hom bres», que dice a las claras que es el ca ­
beza de familia, no tan to en cuanto a la sangre, sino en cuanto 
a su papel d eserto r y jefe de la organización familiar.
Al m argen y en con tac to siem pre con los dioses están los 
héroes, p ro tagon istas de g ran p arte del reperto rio de m itos 
griegos. Hstán p o r debajo de los d ioses en p o d er y gloria, y, 
como los hom bres, están sujetos a la m uerte. K sleesel trazo 
distintivo im b o rrab le en tre héroes y d ioses; só lo éstos son 
los Inm orta les. I.a b a rre ra qu e sep ara a u nos de o tro s es la 
condición m orta l delos«sem id ioses» , que sólo excepcional- 
mente -e n los casos do D ioniso y 1 Ierac les- logran trascen ­
der. I.a d istinción en tre am bas categorías de personajes m i­
licos es fundam ental. I.a ab u n d an cia de héroes y la riqueza 
episódica de sus h istorias es un rasgo característico de ia m i- 
tología helénica.
La categoría d e héroe es algo m ás difícil de defin ir que la 
de dios La serie de los héroes es m ucho m ás ab ie r ta que 
la de los dioses. I lay héroes m ayores, fam osos en toda G re­
cia, can tados en la épica y en toda la literatura clásica, y o íros 
menores, de ca rác ter local, ligados a un culto re s tr in g id o :,R. 
Son en general in te rm ed ia rio s en tre el m u n d o d iv in o y el 
hum ano. D escienden de los dioses, pero t ienen en su origen 
una m ezcla con lo m orta l de la natu ra leza h um ana No se 
alim entan de am brosía y están su je tos al dolor, el esfuerzo 
por vivir y f inalm en te a la m uerte . P or su p erten en c ia a los 
tiem pos del m ito y su afin idad con lo d iv ino , estos Iwmítht'oi 
oM tauliosvs son espec ia lm en te ejem plares p a ra los h u m a ­
nos. Sus hechos están m ás cercanos en m uchos casos a las le ­
yendas que a los g ran d es m itos prim ordiales*0.
Por o tro lado, en to rn o a los g ran d es d io ses pu lu lan una 
serie de d iv in id ad e s m enores, que fo rm an g ru p o s d e seres
60 II. l’K ÎU R A S Y M W IV O S
inm orta les (y p o r tan to div inos), do acción lim itada y perso ­
nalidad indefinida, com o son las ninfas, las sirenas, los fau­
nos, ele. Son tam bién m anifestaciones varias de lo div ino, 
pero carecen de una h isto ria m itológica propia. T ienen una 
vida m ás larga quo la de los héroes, pero carecen de la gloria 
y la ind iv idualidad de las figuras relevantes del rep erto rio 
m itológico. Form an coros y tíasos diversos, pero no son p ri­
m eros actores del d ram a.
Los m itos, com o relatos tradicionales, están sujetos a con­
tam inaciones, alteraciones y variables interferencias. Ln la 
transm isión siem pre perm anece ol núcleo fundam en tal de 
la n a rrac ió n , pero con su tiles m odificaciones puede ser 
ado rnado y retocado, com o esas estatuas sum ergidas d u ra n ­
te m uchos años en ol fondo m arino que resurgen luego con 
curiosas adherencias. N aturalm ente, los g randes relatos reli­
giosos, protegidos p o r un culto conservador y un rito repeti­
do exactam ente, prev ienen a los m itos do los d ioses de ese 
desgasto, que afecta m ás no to riam en te a los m itos heroicos. 
Poro en el caso di* los dioses, especialm ente, tenem os que 
contar con las distintas tradiciones locales y con la confluen­
cia en una sola figura d iv ina do d iferentes m itos, de la co n ­
tribuc ión de cultos y rituales e im ágenes de varia p roceden­
cia. Los orígenes de una div in idad son siem pre oscuros y los 
fenóm enos de sincretism o se han p roducido m uchas veces 
en las religiones de la A ntigüedad.
C om o señala V/. B urkert, un universo politeísta presenta 
siem pre un aspecto de confusión en sus figuras, de perfiles 
com plejos.
La p e r s o n a lid a d d is tin tiv a d e u n d io s - d i c e - e s tá c o n s t itu id a y m e ­
d ia d a al m e n o s p o r c u a tro fa c to re s d ife re n tes : el c u lto local e s ta b le ­
c id o c o n su p ro g ra m a r i tu a l y su p e c u l ia r a tm ó s fe r a , e l n o m b re 
d iv in o , los m ito s q u e se c u e n ta n so b re el s e r n o m b ra d o y la ic o n o ­
g ra fía , e sp e c ia lm e n te el c u l to a su s im á g e n e s . P e ro e s te c o m p le jo 
p u e d e d e s c o m p o n e rs e fá c ilm e n te y e s to h a c e b a s ta n te im p o s ib le el 
e s c r ib ir la h i s to r ia d e c u a lq u ie r d io s p o r .se p a ra d o , l a m ito lo g ía ,
2. M ITO LO G ÍA C O M O S ISTEM A Y COKG IjO M ERADO 61
d esd e lu e g o , p u e d e re fe r ir s e a l r i tu a l, el n o m b re d iv in o p u e d e s e r 
e tim o ló g ic a m e n te t r a n s p a re n te y re v e la d o r y la s im ág en es p u e d e n 
a c la ra r c o n su s v a r io s a t r ib u to s a m b o s a sp e c to s d e l c t l t o y la m i to ­
log ía; p e ro n o m b re s y m ito s p u e d e n d ifu n d ir s e a m p lia m e n te c o n 
m ás fac ilid ad q u e el r itu a l lig a d o a lu g a r y tie m p o c o n c re to s , m ie n ­
tra s q u e la s im á g e n e s so b re p a s a n las b a r re ra s lin g ü ís tica s , y así los 
v a r io s e le m e n to s so n d iso c ia d o s d e c o n t in u o y rc c o m b in a d o s de 
n u e v o 61.
Si esta d ifusión y penetrac ión de trazos m ilicos d isoc ia­
dos, ju n io con el sincretism o y la am algam a, puede esperar­
se en cualqu ier m itología politeísta, es m ucho más de espe­
rar en el caso de una situada en la confluencia de m últiples 
interferencias, com o la griega, abierta desde un com ienzo a 
los influjos de la cu ltu ra oriental y la egipcia, así com o p ro ­
ducto de una sim biosis en tre la m itología indoeuropea tra í­
da p o r los invasores griegos y la religión m editerránea de los 
antiguos pobladores de la península y de las islas del F.geo6’.
A veces n o tam o s c ierta d isco rdancia en tre las im ágenes 
del culto y los m itos referidos a tal o cual divinidad, lin o tros 
casos una determ inada figura d iv ina ha recogido nom bres y 
epítetos d iversos, que revelan facetas d istin tas de su p e r­
sonalidad, que pueden provenir de una sum a de otros perso ­
najes confundidos en él. Así, po r ejem plo, com o apunta B ur­
kert *·\ la figura de una G ran D iosa, la Señora de los 
Animales, co rresponde en (¡recia a una pluralidad de diosas 
bien diferenciadas: H era, Artem is, Afrodita, D em éter y Ate­
nea; m ien tras que un m ism o d ios puede reun ir dos n o m ­
bres, com o Apolo y Peán, o bien Ares y Unialkx que tal vez 
tuvieron antes independencia . No es raro que a un m ism o 
dios se le ad judiquen dos relatos m íticos diferentes: así A fro­
dita ha nacido de la sim iente de U rano lanzada alas aguas o, 
según 1 Iom ero, es hija de Zeus y D íone, y Dioniso es hijo de 
Zeus y Sémele, o bien de Zeus y Perséfone.
La cu ltu ra g riega se ha m o strad o hábil p ara in teg rar los 
influjos orientales en una síntesis bien lograda, tanto en m i­
6 2 II. I U iU RAS Y M o t i v o s
tología com o en los orígenes de la filosofía. Q ue un dios lan 
helénico com o Apolo sea de procedencia oriental es bastante 
significativo; así com o que D ioniso, tan asiático en ap a rien ­
cia, el dios con vocación de ex traño , el dios de la m áscara, se 
encuentre ya en el panteón m icénicoM.
Subrayem os que nos im p o rta m ás la significación de un 
dios que su origen. Kn p rim er lugar poi que los m itos hablan 
de ésta y no de aquél, y, en segundo lugar, po rque esa cues­
tión de los orígenes de una figura m ítica se p resta a especu­
laciones arriesgada* y dudosas. Cabe preguntarse p o r la sig­
nificación orig inal, claro está, y es m uy interesante hacerlo; 
pero no es lo esencid en el estud io de la m itología.
Un h is to r ia d e las re lig io n e s - d ic e ). I \ V e rn a n t la e tim o lo g ía es 
b a s ta n te inris o sc u ra [q u e en u n s is te m a l in g ü ís tic o ! , p e ro in c lu so 
en el c a so d e l le n g u a je la e t im o lo g ía 110 n o s a c la ra a c e rc a d e l e m ­
p le o d e u n té rm in o en u n a é p o c a d a d a , p u e s to q u e lo s lo c u to re s , 
c u a n d o lo u til iz a n , n o c o n o c e n su e tim o lo g ía ; el v a lo r d e u n té rm i­
n o 110 e s tá t a n to e n fu n c ió n d e su p a sa d o lin g ü ís tic o c o m o del lu g a r 
o c u p a d o e n el s is tc m a g e n e ra l d e la le n g u a e n la é p o c a q u e se ira ta . 
Del m ism o m o d o u n g rieg o d e l s ig lo v c o n o c e q u iz á s m e n o s cosas 
so b re lo s o r íg e n e s d e H e rm e s q u e u n e s p e c ia lis ta c o n te m p o rá n e o ; 
p e ro eso n o le im p id e c re e r e n e s te d io s H e rm e s , ν s e n t ir e n c ie r ta s 
c irc u n s ta n c ia s la p re se n c ia d e l d io s . A h o ra bien» lo q u e in te rn a m o s 
c o m p re n d e r es p re c isa m e n te lo q u e es I le rm e s en el p e n s a m ie n to 
y la v ida re lig io sa d e l g rieg o , el lu g a r q u e o c u p a e s te d io s e n la e x is ­
ten c ia d e los h o m b re s .
Tanlo la analogía entre sistem a lingüístico y sistem a m ito ­
lógico (a la que ya hem os a lud ido) com o la preferencia dada 
a la significación funcional sobre la etim ología nos parecen 
m uy adecuadas. No im porta que J. W V ernant hable m ás 
com o h is to riad o r de la religión que com o m itólogo. Tam ­
bién al h isto riado r le interesan, claro está, los orígenes de las 
figuras d iv inas y la procedencia de los relatos que las descri­
ben en su ac tu ac ió r m ítica, l.os elem entos m íticos pueden
2 Μ ΙΤΟ ΙΧΚ,ίΛ « I M O 5ISTI-MA Y C D N O IO M ER A O O 6 J
sory son rein terp re tados al in troducirse en un sistem a nue­
vo. Tal dios puedo lonor rasgos orien tales o puede provenir 
do Oriente» pero al in teg rarse en el pan teón helénico se ha 
vestido de acuerdo al papel que en este ám bito divino y m i­
tológico se le ofrece.
Q ue la m itología griega -co m o la re lig ión- es el producto 
de un cruce y fusión de elem entos provenientes de la m ito ­
logía in d o e u ro p e a y de un su b stra to relig ioso m e d ite rrá ­
neo, con una larga p en e trac ió n de influencias asiáticas, es 
una tesis general razonab le y acep tada en su conjunto**. 
A hora b ien , de lim ita r qué e lem en tos provienen de uno u 
o tro ám bito o rig in a rio resulta ya cuestión m ucho m ás d is­
cutida.
Pensar que las figuras m asculinas de los grandes d ioses 
vinieron del n o rte y fueron im puestas po r los helenos con ­
quistadores sobre las figuras fem eninas de las diosas m ed i­
terráneas, subyugadas y som etidas entonces a lira es tru c tu ­
ra patriarca l, com o la de la m ism a sociedad helena, es una 
h ipótesis fan tasiosa c in d e m o strab le07, / c u s es un dios do 
orígenes indoeuropeos, tan to p o r su nom bre de clara e tim o ­
logía com o p o r su figura com o señ o r del rayo y d ios de las 
torm entas, con paralelos bien conocidos en el ám bito h indú, 
germ ánico y latino. Pero el Zeus griego no es sólo un dios in ­
doeuropeo, sino que se ha fusionado con o tras figuras m as­
culinas. Es tam bién ese dios nacido en (/re ta y festejado por 
los Curetes en la caverna del Ida; es un dios que tiene una n i­
ñez y que en C reta tiene tam bién una tum ba. Es un kouros y 
un d iosquo resucita tras una m isteriosa m uerte. lis una figu­
ra com pleja que se perilla com o Padre de d ioses y hom bres y 
d ispensador de la Justicia, tras haber conquistado la sobera­
nía destronando a C rono y venciendo a los Titanes y al mos- 
truoso Tifón (un m ito con paralelos asiáticos evidentes), es 
el p rogen ito r de A tenea y el esposo do lle ra , etc. Es, en fin, 
una figura que se perilla com o constru ida p o r un conjunto 
de relatos m íticos diversos ymezclados**8. Y lo nr.sm o puede
64 11. H<>UKAS V M O IIV O S
decirse de los o tros dioses, cuyos orígenes están , en general, 
m ucho m enos d iáfanos que los del so b e ran o celeste. (Así, 
p o r ejem plo, sus dos h e rm anos, H ades y Poscidón» tienen 
orígenes m ás oscuros y con sus poderes c tón icos están en ­
raizados en ese tenebroso m undo terráqueo , ju n to a diosas 
com o Perséfone y Deméter, con nom bres de etim ología g rie ­
ga, pero de trasfond» probablem ente m editerráneo.)
D entro del «conglom erado heredado» de creencias, im á­
genes y m itos, con sus varian tes locales y sus apoyos r itu a ­
les, las figuras de los dioses no se nos presentan com o m o n o ­
líticas, del m ism o m odo com o tam poco un relato m ítico es 
de una pieza. Por el con trarío , tan to los m itos com o las figu­
ras de los dioses están form ados de elem entos varios, a r tic u ­
lados en una e s tru c tu ra significativa d en tro de un sistem a 
m itológico, cuyos orígenes están confusos y m ezclados. Hay 
en ese sistem a algunas variaciones d iacrón icas que p o d e­
m os registrar, sobre todo en época tardía: p o r ejem plo seña­
lem os cóm o una diosa com o la G ran M adre recupera p resti­
gio a fines de la época clásica y có m o m ás ta rd e una diosa 
com o Isis se in troduce en el ám bito helenístico , o cóm o al­
gún dios mal colocado en el sistem a se va eclipsando, com o 
el an tig u o Helios, M iplantado p o r Apolo, p a ra luego, m uy 
tardíam ente, recobrarse en un sincretism o de época rom ana 
com o un d ios esplendoroso y m áx im o69.
Sin du d a ha habido tam bién variaciones sem ejan tes en 
épocas m uy anteriores que no podem os conocer. Por las ta ­
blillas m icénicas tenem os conocim ien to de los nom bres de 
algunos d ioses helénicos que recibían cu lto en C reta, y que 
se co rresponden en su m ayoría con los olím picos. Pero des­
g rac iadam ente no conocem os los m itos que c ircu laban a 
m ediados del segundo m ilenio en el Kgeo. Sin duda esa Á to ­
na potiiin tenía algunos rasgos en com ún con la A tenea de 
época clásica, pero tam bién es p robab le que tuv iera o tro s 
rasgos que no se han conservado en nuestra trad ición m íti­
ca. Las im ágenes d d ám bito m inoico-m icénico nos presen­
2. M ITO LO G ÍA C O M O M STKM A y C O N G IO M K R A IX ) 65
tan una serio de figuras un tan to enigm áticas, que son un re­
flejo de m itos perd idos para siem pre.
Sobre el cong lom erado m ítico trad ic ional, seleccionan­
do y o rd en an d o la p rofusa m ateria m ítica , su rgela visión y 
recreación de la poesía épica, es decir, la im pronta defin iti­
va de H om ero y H esíodo, que son , com o bien decía llc ró - 
doto, quienes fijaron los nom bres y funciones de los dioses, 
en un logro p ara siem pre, k tcm a es aiei. Los griegos e ran 
bien conscientes de su m agisterio , tan to com o los es tu d io ­
sos ac tua les50.
3. La fam ilia olím pica
Los dioses griegos se definen po r sus relaciones m utuas d en ­
tro de una sociedad que es, fundam entalm ente, la de una fa­
m ilia patriarca l. Los d ioses existen p ara siem pre, pero no 
desde siem pre. I Luí tenido un origen y sus figuras están en ­
cu ad rad as en un esquem a genealógico. Hs precisam ente la 
genealogía el eje que 1 lesíodo u tiliza p a ra o rd en arlo s en 
la Teogonia. Si los dioses son eternos, aeíeóntes, su eternidad 
debe en tenderse en este sen tido de «ser para siem pre», des­
conocedores de la m uerte y la co rrupción . Pero pertenecen 
a d istin tas generaciones y se han quedado fijados en una d e ­
te rm in ad a edad -s iem pre en relación de u nos con o tro s 71.
Zeus recibe el epíteto de «Padre de hom bres y dioses», no 
po rque sea especialm ente prohYico y p ro gen ito r universal, 
sino porque den tro de la fam ilia de los O lím picos ocupa esc 
papel, es decir, es el seño r de la casa, el augusto soberano , el 
Padre poderoso que ejerce su au to ridad patriarcal. A su lado 
están o íros m iem bros de su m ism a generación, la de los h i­
jo s de C rono , el Titán; son sus herm anos: Mera, D em éter, 
I lestia, Poseidón y I lados. I lera es su esposa legítim a, la se­
ñora de la casa, la augusta copartícipe del tro n o a través de 
su m a trim o n io con Zeus, h e rm a n o y esposo. Hs tam bién
66
J. (,Α ΓΛΜΠ.ΙΛ OLÍM PfCA 67
Madre, pero en m ucha m enor m edida, ya que sólo dos de los 
g randes dioses son hijos suyos» Ares y Hefesto, y son dioses 
que no destacan p o r especialm ente agraciados en tre los jó ­
venes olím picos.
D em éter, h erm ana de Zeus, es tam bién esencialm ente 
m adre d e la joven (Joro, hija de Zeus o acaso de PoseidOn. 
Core está destinada a convertirse en esposa de su tío, Hades, 
señor de los infiernos, soberano en el m u n d o de los m uer­
tos. (to re o Perséfone pasa la m ayor p arte de su tiem po en las 
m oradas som brías de Hades.
J lestia está relegada en el in terio r del hogar, es una d iv in i­
dad m uy lim itada, g u ard ad o ra del fuego del hogar, y con 
muy poca historia personal, deb ido a ese recogimiento.
Poseidón es uno de los tres h ijos m asculinos de C rono 
que, tras derribarlo , se repartieron el m undo. Zeus obtuvo el 
m ejor lote, toda la superficie de la tierra y el Olim po, a Hades 
!e tocó el reino de las som bras y los m uertos, al que d io su 
nom bre, y a Poseidón el vasto ám bito de los m ares y zonas 
subterráneas. Por su epíteto de Gaiéochos está definido com o 
«el que soporta la tierra» o «el que viaja bajo tierra» o «el que 
abraza la tierra». Es tam bién, consecuentemente, «el que con­
mueve la tierra», Emiosfgnhs, el p roducto r de los terrem otos, 
terrible po d er clónico y subm arino. En la sociedad olím pica 
ocupa el puesto de tío pa terno de los dioses jóvenes. I )e ahí 
sus relaciones un tan to tensas con Atenea y su especial am is­
tad con Apolo.
Hades se halla re tirado en sus dom inios. Tan sólo surge a 
la luz para ra p ta ra su sobrina (.‘ore, a la que convierte en sv 
esposa, la reina de los m uertos, Perséfone. Dem éter, m adre 
de Perséfone, tiene, com o Hostia, un papel ir.uy lim itado. 
Pero si I lestia es una figura fem enina dedicada a las faenas 
del in terio r de la casa, D em éter posee un po d er m ás aireado, 
com o diosa de los cereales y la tie rra cult ivada.
La distribución de com petencias y poderes entre esos d io ­
ses de Ja p rim era generación olím pica está claram ente traza-
68 II. FK Íl/R A S Y M O T IV m
da. No lo está m enos la que afecta a los d ioses m ás jóvenes, 
los de la generación siguiente, h ijos todos de Zeus.
Tan sólo dos son h ijos de I lera: Ares, dios de la guerra , 
violento y b ru ta l, y Hefesto, seño r del fuego y el a r te de los 
m etales, patizam bo h errero de hab ilidades m últip les. Ale- 
nca es hija só lo de Zeus, su ic id a de m i cubc¿a cu un pui lo 
m aravilloso. Apolo y Á rtcm is, b rillantes gem elos, son hijos 
de Zeus y Leto. I fermes» el as tu to m ensajero, psicopom po y 
noctám bulo, es hijo de Zeus y la ninfa Maya. D ioniso es hijo 
de Zeus y una m ortal, Sémele. A frodita, d iosa del am or, es, 
según H om ero, hija de Zeus y D ionc. (Según H esíodo, hija 
del esperm a de Urano y del mar.)
Ares, Hefesto, Apolo, H erm es y D ioniso tienen todos ellos 
bien delim itados sus quehaceres y atribu tos. Y lo m ism o p o ­
dem os dec ir de las d iosas. A frodita se opone a A tenea y 
A rtem is desde un com ienzo po r ser la d iv in idad del im pulso 
am oroso y la unión «sexual, m ien tras que las o tras dos hijas 
de Zeus son doncellas y castas. Especialm ente clara es la 
oposic ión en tre A frodita y A rtem is, la casta cazadora p ro ­
tectora de la virginidad y de las doncellas. S iendo una y o tra 
enorm em ente poderosas, represen tan polos opuestos y ren ­
d ir culto tan sólo a una de ellas es peligroso desvarío, (d o m o 
queda do m anifiesto en el Hipólito de Eurípides.)
Atenea estátam bién bien definida en sus enfrentam ientos. 
Se opone a A rtem is porque ella es una diosa de la sabiduría y 
la técnica, diosa de lanza, escudo y arm adura , frecuentadora 
de ciudades, patrona de guerreros y de artesanos, no cazado­
ra agreste y señora de las fieras; no m on ta raz y selvática, sino 
civilizada y casera, am iga del telar y de la inteligencia calcu­
ladora, inventora del olivo y de la flauta. C om parte con Po­
seidon la afición a los caballos y a las naves, pero m ien tras 
que el dios representa el im pulso natu ra l y el vigor im pe tuo ­
so, ella p rop icia la dom esticac ión y el d o m in io técnico, al 
servicio de los hom bres, inventora del freno y p ro tectora de 
in trép idos navegantes. C om parte con Hefesto el dom in io
del ingenio artesano , am bos son paírones de los artistas del 
Atica, y fue el hacha de Hefesto quien hizo nacer a la diosa do 
Sa cabeza de Zeus. Pero se d is tingue del fogoso dios p o r su 
elegancia y seren idad ; no traba ja en el ta lle r de la fragua, 
sino que planea e inventa. Rechaza los avances am orosos del 
dios, y d t‘ esos am ores con trariados es fru to F.recteo, que la 
joven doncella acoge protectora. Kstá próxim a a su padre, y 
d istanciada del m u n d o sen tim en tal fem enino, de acuerdo 
con su origen; asum e su fem inidad fríam ente y desconoce 
los encantos y seducciones de A frod ita77.
lil ám b ito fam iliar v iene bien para acoger a todos estos 
dioses, que a veces pueden en fren ta rse p o r culpa de los 
hom bres, pero que m antienen un equilib rio hecho de co n ­
trastes.
La ag rupación fam iliar del pan teón olím pico no es en te­
ram ente orig inal. Tam bién en o tras m itologías se ofrece una 
familia de dioses -y a en ligiplo y en el Próxim o O rien te- que 
se reparten poderes y dom inios. Pero sí nos parece m uy ca­
racterística de la representación helénica esa claridad de la 
representación del m arco familiar. C laridad que viene apun 
talada en el núm ero reducido y a) m ism o tiem pe suficiente­
m ente am plio de dioses: el núm ero canón ico de los doce 
olím picos: Zeus, I lera , Poseidón, D em éter, Atenea, Apolo, 
A rtem is, A frodita , Ares, llefesto, H erm es y D ioniso. Y a 
otro lado los poderes clón icos del m undo de la muerte: I la- 
des, Perséfone y Hécate, div in idades de las tinieblas.
Va en I lo m ero la Asam blea de los dioses ofrece un cuadro 
familiar plenam ente ilum inado, de notable plasticidad, d o n ­
de las figuras d iv inas se m ueven con en o rm e soltura: Zeus 
soberano tom a las decisiones suprem as y d irim e los pleitos 
de familia. 1 lera rezonga y se som ete a los inapelables desig­
nios de su augusto esposo. A tenea sabe ac tu ar de abogada 
de sus pro teg idos, y ap rovechar las ausencias de Poseidón 
para ob tener una sentencia favorable a Ulises. Zeus se abs­
tiene de p ro teger a su hijo S arpedón po r no queb ran tar las
.V LA I ΛΜΙ1.ΙΛ Ol.l.Ml’ICA 6 9
70 II. I'lCiUUAS Y MOTIVOS
norm as de la equidad. Hefesto, copero y m arido engañado, 
sabe suscitar la risa de los dioses. A frod ita va y viene ajet reada 
en sus am ores y favores, y H erm es actúa ráp idam ente una y 
o tra vez. I.os dioses observan a los hom bres, y com parten a 
veces desde la distancia o acercándose a ellos el destino dolien­
te de los héroes. I.os poem as hom éricos ofrecen un cuadro co­
loreado y luminoM) de esta sociedad d iv ina , p resen tada 
com o una familia principesca en el O lim po palaciego, a ta la­
ya del m undo h u m an o 71. Desde lo alto los dioses señorean el 
escenario terrestre, Son los Felices, los Inm ortales, «los que 
viven fácilm ente», según ia expresión hom érica, en co n tra s­
te con los m ortales, los h u m an o s que sufren y se esfuerzan 
por vivir un día más, efím eras cria turas, que tienen una n o ­
toria sem ejanza con los dioses en sus figuras y sus pasiones, 
y que alguna rara vez rozan a un d ios o reciben su epifanía 
ex traord inaria .
Junto a esos dioses hom éricos hay o tro s poderes divinos, 
que se han ajustado luego al con junto familiar. Es el caso de 
Kros, in tegrado en época posthom érica com o hijo de A fro­
dita y representado luego com o un n iño flechero y alado. Kn 
un com ienzo ese dios que representa el deseo am oroso es una 
fuerza divina que poco tiene que ver con los o tro s dioses. I£n 
la Teogonia de I Iesíodo figura com o uno de los p rim eros se­
res en los com ienzos del cosm os. O tras teogonias, com o la 
órfica, le atribu ían tam bién un papel p rim ord ial en la gene­
ración de todo el universo,
Al m argen del O lim po quedan los d ioses vencidos en la 
lucha po r el poder celeste, com o los T itanes, y tam bién algu­
na d iv in idad de actuación específica, com o el cap rípedo 
Pan, dios agreste, pastoril y buscador de un retiro bucólico, 
am igo de las ninfas y los sátiros, apartado de los nobles p rín ­
cipes del O lim po.
I.a personalidad de un dios griego puede ser no tab lem en­
te com pleja. Sus cultos, y sobre todo los m itos, configuran el 
perfil de cada divinidad, den tro de este juego de oposiciones
.1. I.A I ΛΜ ΙΙ.ΙΛ O l.lM l'iCA 71
y relaciones. C ada d ios tiene su h i s t o r i a U n o s una muy 
breve, com o es el caso de H estia, tan inm ovilizada ju n to al 
fuego familiar. O tros tienen una larga historia deaventuras y 
epifanías, com o es el caso de Apolo, o de H erm es. Pero el 
dios m as am biguo y m ultifo rm e es D ioniso , el d ios de la 
lu ásu n u , del en tusiasm o, de la vid y lu em briaguez, el dios 
que tiene vocación de extran jero , pero que inspira a sus fie­
les una ex traña identificación, con su vestim enta pintoresca 
y su aire afem inado, feroz y dulce dios del vino, del éxtasis y 
del m enadism o. K nfrentado a Apolo - n o en los m itos an ti­
guos, sino en su sign ificación peculiar, según la tesis de 
N ietzsche-, ofrece un con trapun to colorido a la tan celebra­
da seren idad de los d ioses olím picos, esa serenidad divina 
que se dibuja com o contraste al patetism o hum ano, pero que 
está llena de vivaces contrastes, una arm onía superadora de 
tensiones p articu la res , lum inosa au ra de lo d ivino en su 
conjunto.
4. La Teogonia: esquema general y temas 
principales
Kn su poem a sobre el origen de los dioses I lesíodo se ha es­
forzado, com o ya apuntam os» en ofrecernos una perspecti­
va de conjunto so'.ire la form ación y organización del m u n ­
do d iv ino . Ks una n arrac ió n m ítica que incluye un am plio 
m aterial de m uy lejana procedencia, que el poeta ha sistem a­
tizado y reelaborado con la finalidad de presen tar una visión 
global en la que no sólo se describe el com ienzo y la com ple­
jidad del en tram ado m ítico , sino tam bién el desarro llo del 
m undo divino, desde el caos inicial hasta el triun fo de Zeus, 
o m n ip o ten te defensor de la l) fk e 7s. I.a Teogonia es, pues, 
tam bién una teología y una teodicea, al tiem po que una cos­
m ogonía, puesto que esos dioses griegos son inm anentes al 
m undo , y el desarro llo del m u n d o d iv ino a través de una 
p ro g resió n genealógica concluye en una exp licación del 
tr iu n fo del bien sobre el mal y del co sm os so b re el d eso r­
den . F.l dom in io ce Zcus es el estab lecim ien to del reino de 
la justicia en los cielos m edian te su po d er prov idente, firm e 
y justo .
Hay que advertir en el poem a hcsíódico la recolección de 
diversos m itos que el poeta épico tom a de una trad ición a n ­
terior» en la que destacan las influencias orientales, y la siste-
72
4. I A m W O N M : lîAQUKMA W NfcRAI. Y TV M AS l'R IN C IVA I KS
m atización que cl ha im puesto sobre ese m aterial, a fin de 
ofrecernos esa m itología o rgan izada y ordenada. Se ha d i­
cho que H esíodo no só lo es el p rim e r teólogo griego, sino 
tam bién un pensador que anuncia ya a los filósofosde la n a ­
turaleza , p o r su afán de in tro d u c ir una explicación globalen ese rep e rto rio m ilico. C onviene subrayar esio desde un 
com ienzo: 1 lesíodo , que se confiesa insp irado p o r las M u­
sas, tiene la p re tensión de co n tar la verdad respecto de los 
dioses, lisa alétheia de H esíodo, esa revelación reconstru i­
da p o r el poeta , significa, p o r lo p ron to , un contraste con la 
n a rrac ió n h o m érica , d o n d e los d ioses se p resen taban sin 
explicación de sus orígenes y ac tuaban frivolam ente ju n to a 
los héroes g loriosos de la guerra de Troya. 121 con traste en ­
tre la perspectiva m itológica de H esíodo y la hom érica está 
claro.
Lo que a H esíodo le interesa es subrayar cóm o se ha llega­
do a form ar el actual dom inio divino, cóm o todo ha sido o r ­
denado para el establecim iento del reinado de Zeus. La teo ­
gonia hesiódíca es un canto en honor de Zeus, es una aristía 
del C rónida, del Padre de los dioses y los hom bres, que rige 
el cosm os. C om o «m aestro de verdad», poeta inspirado, H e­
síodo se siente investido de esa m isión religiosa. Bucea en los 
com ienzos de todo, indaga la arché m ítica de lo divino, para 
abocar a esa visión optim ista del triunfo del orden en los cie­
los, con una firm e convicción m oral: ese triunfo de la Justi­
cia en tre los dioses ha de reflejarse en el m undo de los hum a 
n o s76.
Tras una extensa invocación a las M usas, que incluye esa 
afirm ación de la m isión verídica del poeta, Hesíodo pasa a 
can tar a los d ioses y su sucesión significativa en la creación 
del orden de las cosas. Es «la es tirpe sagrada de los sem piter­
nos Inm orta les, los que nacieron de C ea y del estrellado 
U rano, los que nacieron de la tenebrosa Noche y los que crió 
el salobre Ponto» (vv. 105 y ss.), y los descendientes de éstos. 
Los dioses prim igenios, los que están en los orígenes de to-
74 II. F IGURAS Y M O T IV O S
das las cosas, tienen una clara referencia espacial, form an de 
algún m odo el núcleo y a la vez el m arco de toda la existen­
cia. Carecen todavía de una figura propia y de una configu­
ración personal; son el fundam en to últim o, el U rgrunddel 
que surge progresivam ente todo el pan teón posterior. Cielo 
y T ierra, N oche y M ar profundo , y ju n to a ellos o tra ilustre 
po tencia prim ord ial: Kros. Sobre ese m ism o fondo se han 
constru ido o tros esquem as teogónicos, que conocem os muy 
fragm entariam ente, com o el de losórficos.
Rn p r im o r lu g a r ex istió el C ao s. D e sp u és G ea - la T ie r r a - la d e a m ­
p lio p e c h o , se d e s ie m p re se g u ra d e to d o s los I n m o rta le s q u e habí* 
ta n la n e v a d a cu m h r,· del O lim p o . F .ncl fo n d o d e la (ie rra d e a n c h o s 
c a m in o s e x is tió el te n e b ro so T á r ta ro . P o r ú ltim o , K ros, el m á s h e r ­
m o so e n tre lo s d io se s in m o rta le s , q u e a flo ja lo s m ie m b ro s y c au tiv a 
d e to d o s lo s d io se s y to d o s los h o m b re s el c o ra z ó n y la se n sa ta v o ­
lu n ta d en su s p echos.
D el C a o s su rg ie ro n f ire h o y la n e g ra N o c h e . D e la N o c h e a su 
vez s u rg ie ro n el fîter y el D ía , a lo s q u e e lla a lu m b r ó p r e ñ a d a en 
c o n ta c to a m o ro s o con F re b o .
C e a a lu m b ró p r im e ro al e s tre l la d o U ra n o c o n su s m ism a s p r o ­
p o rc io n e s , p a ra q u e la c o n tu v ie ra p o r to d a s p a r te s y p o d e r se r así 
sude s ie m p re se g u ra p a ra los felices d io se s . T a m b ié n d io a lu z a las 
g ra n d e s M o n ta ñ a s , d e lic io sa m o ra d a d e las D io sa s , las N in fa s q u e 
h a b i ta n en lo s b o sc o so s m o n te s . FJIa ig u a lm e n te p a r ió al e s té r il 
p ié la g o d e a g i ta d a s o la s , el P o n to , s in m e d ia r el g r a to e n c u e n t r o 
sex u a l.
L ueg o , a c o s ta d a c o n U ra n o , a lu m b r ó a O c é a n o d e p ro fu n d a s 
c o r r ie n te s , a C e o ,a C río , a l l ip e r ió n , u Já p c to , u T e u .a R e a .a T e m is , 
a M n e m ó s in e , a Febc d e á u re a c o ro n a y a la a m a b le T e tis . D e sp u é s 
d e e llo s n a c ió el m á s jo v e n , C r o n o .d e m e n te r e to rc id a , el m ás t e r r i ­
b le d e los h ijo s y se llenó d e u n in te n so o d io h ac ia su p a d re .
D io a luz a d e m á s a lo s C íc lo p e s d e s o b e rb io e s p ír i tu , a B ro n te s , 
a R sié ro p es, y al v io len to A rges, q u e re g a la ro n a Z eu s el t r u e n o y le 
fa b ric a ro n el ray o . (Vv. 1 16-141.)
He citado estos versos po rque m e parece que ya en ellos 
puede verse bien la d iversidad de seres que H esíodo evoca
1, u m K .O .V M ; K sy ilt M A iih N H R A t V ΓΚΜΑΝ VKINt tl'AI-KS 75
para exponer la com plejidad del m undo que va forjándose a 
p a r tir de las com binaciones p rim ord ia les. Hay una línea 
fundam enta!, la descendencia de C ica y Urano. T ierra y Cielo 
son la pareja p rim igenia y prim ord ial, la que λ través de ge­
neraciones sucesivas, en un en tram ado genealógico que des­
ciende hasta los o lím picos m ás jóvenes» los lijo s de Zeus, 
cuarta generación a p a rtir de los orígenes cósmicos, p ro d u ­
ce la progenie esencial de dioses ν hom bres a los que el m un­
do les está encom endado y a qu ienes Gea y U rano ofrecen 
un sólido m arco que los arropa y rodea.
Pero, al m argen de la d escendencia de Gea, está el c o n ­
ju n to de se res que v ienen del C aos, ese vacío o r ig in a rio 
del que p roceden el ab ism al Érebo y la negra y prolífica 
N o c h e 77, lilla es la fuen te de d o n d e su rgen o tro s m uchos 
seres, en su m ayoría oscuros y enigm áticos, pero tam bién , 
en claro con traste , el alto y lím pido Kter y el p ropio P ía lu ­
m inoso.
Todas estas cria tu ras prim ord iales son seres un tan to im ­
personales, en tre los que hay en tidades de tipo natural, 
com o las g randes M ontañas y el agitado Ponto, y o tras de un 
sen tido m ás abstracto , com o 'lem is (O rdenación) y M ne- 
m ósine (R ecordación). Tam bién estas en tidades están lla­
m adas a tener un papel en la p rogresiva construcción del 
cosm os, d es tin ad o a ser regido p o r Zeus. Los Cíclopes, 
m onstruos violentos, de la m ism a generuciór, de C rono, son 
presentados a continuación de estas figuras, con una alusión 
precisa a su con tribución al o rden: fueron ellos quienes fa­
bricaron las arm as de Zeus, el tru en o y el rayo.
O tros hijos de U rano y Gea son los tres gigantescos C enti­
m anos, con cincuenta cabezas cada uno y una enorm e fuer 
za> poderosos m o n stru o s de estos prim eros tiem pos, h e r­
m anos de los C íclopes y de los Titanes.
H esíodo reíala a con tinuac ión la castración y d es tro n a­
m iento de U rano po r Crono, el m ás astu to de o s T itanes, que 
libra así a su m adre Gea y a sus herm anos del som etim iento
76 II. N C rU A S Y MOTIVOS
brutal a su progenitor. Con una hoz enorm e y de afilados 
dientes segó ( ’roño los genitales del opresivo Urano» y los 
arrojó a alta mar. De la espuma surgió entonces Afrodita, que 
se dirigió en prim er lugar a Citerea y la isla de Chipre, de 
donde proviene su sobrenombre de Cipria. En su nacimiento 
yen su presentación ante los dioses la acompañaban Hímeroy 
Eros, para corroborar su poder en el dom inio del amor.
Viene luego en el relato eJ tema de los hijos de la Noche. 
De nuevo voy a dar unas cuantas líneas del texto, porque me 
parece que tam bién en este esbozo genealógico se advierte 
bien ese afán explicativo y teológico de I lesíodo, reclaboran- 
do datos muy ant iguos:
P arió la N oche al M ald ito M oros, a la N eg ra Ker y a T án a to s, parió 
tam b ién a H ip n o s y en g en d ró la tr ib u d e los Sueños. Luego la d io ­
sa, la o sc u ra N oche, d io a luz s in a c o s ta rse con n ad ie a la Burla, al 
d o lo ro soL am en to , y a las H esp erid es q u e , al o tro lad o del ilu stre 
O céano , cu id an las bellas m an zan as d e o ro y los á rbo les q u e p ro d u ­
cen el fru to .
P arió ig ualm en te a las M oiras y a las Keres, ven g ad o ras im p la ­
cables: a Ç lo to , a Láquesis y a A tro p o q u e co n ced e n a los m orta les, 
c u a n d o nacen , la posesión del b ien y de 1 m al y persiguen los de lito s 
d e los ho m b res y dioses. N u n ca cejan las d iosas en su te rrib le cólera 
an te s d e ap lica r un am arg o castigo a q u ¡en com ete delitos.
T am b ién a lu m b ró a N ém esis, azo te p ara los h o m b re s m orta les, 
la fu n esta N oche. D esp u és d e ella tu v o al E n g añ o , la T e rn u ra y la 
funesta Vejez, y en g e n d ró a la as tu ta P.ris.
P or su p a rte , la m ald ita líris p a rió a la d o lo ro sa Patiga, al O lvi­
d o , al H a m b re y los D o lo res q u e c a u sa n llan to , a los C o m b a tes , 
G uerras» M atanzas, M asacres, O d io s, M e n tiras , D iscu rsos, A m bi­
g üed ad es , al D esorden y la D es tru cc ió n , co m p a ñ e ro s in separab les, 
y al Ju ram en to , el q u e m ás d o lo res p ro p o rc io n a a los h o m b res d e la 
tie rra s ie m p re que a lg u n o p e rju ra volu n ta riam en te . (V v. 2 11 -213.)
No hay en la mitología griega n inguna divinidad del mal, 
ningún Satanás o Ahrimán, que capitanee una turba de de­
monios malignos, pero hay toda una serie de personajes que
4, Ι.Λ I k i W f f l f A : h J U jV tM A «¡FNHRAI. Y T IB IA S l 'R lN U P A U '.S 77
Hesiodo rem em ora como procuradores del lado oscuro de 
la existencia. Son hijos de la Noche, se mueven en silencio, 
pero acosan a los hum anos y asedian su destino. Siempre al 
final están las Moiras: la tejedora, la distribuidora de la suer­
te y la cortadora del hilo de la vida, las tres Parcas implaca­
bles, Cloto, Láquesis y Atropo.
En este catálogo figuran una serie de personificaciones, 
como la Vejez, el Engaño, el Olvido, el í tam bre, etc., pero es 
Lris, la Discordia, la que, en la retahila de nom bres evocada 
por el poeta, alcanza un lugar destacado. Hs la Discordia, la 
causa de innumerables males entre los hum anos, una diosa 
antigua y malévola -algo así como la bruja irritada de cier­
tos cuentos de hadas-, la que se m uestra más prolífica, para 
desdicha hum ana. (Le interesa a Hesíodo, por motivos per­
sonales, destacar su papel en los conflictos, y volverá sobre 
ello en Trabajos y días, con ot ro acento.)
Prosiguen los catálogos de dioses de segunda y tercera ge­
neración: hijos de Gea y Ponto (w . 233-239), Nereidas (240- 
264), hijos de Taumante y Plectra (265-269), descendientes 
de Ceto y Porcis (270-336), hijos de Tetis y Océano (337- 
370), hijos de 'lea c H iperión (371 -374), hijos de Crío y Kuri- 
bia (375-388), hijos de Pebe y Ceos (404-452) e hijos de Cro­
no y Rea (453-506), seguidos de los de Jápeto y Clímene 
(507-534). Encontram os aquí un ejem plo de esa poesía de 
catálogo, con largas nom enclaturas, muy del gusto de este 
tipo de repertorios. La genealogía es la form a por excelencia 
de relacionar a todas estas divinidades, en tre las que se en­
cuentran personajes de muy diverso relieve; así, por ejem­
plo, tras m encionar a las cincuenta Oceánides Nereidas, el 
poeta dedica muy breve espacio a los vástagos de Hiperión, 
nada menos que I íelio y Selene, Sol y Luna, de tanto fulgor 
cósmico, y luego introduce alguna digresión, como el H im ­
no a Hécate (410-453).
Al tratar de la descendencia de C rono y Rea, el poema 
pasa ya a hablar de Zeus, de su ocultam ienlo infantil, de su
II. NCÎUkAS Y M OTIVOS
infancia en Creía y de su enfrentam iento posterior con Cro­
no, al que derrocó, obligándole a vomitar a sus hermanos» a 
los que para elim inarlos se había tragado, así com o liberó 
tam bién a los Cíclopes, ocultos por lacnorm e Cea, para esta­
blecer su reinado sobre moríales e inmortales,
Viene luego el relato sobre Prometeo (535-616). La razón 
por la que se cuente antes su genealogía es» evidentemente, la 
de presentarnos a la familia de este dios astuto, adversario de 
Zeus, no por la violencia, sino en el plano de la astucia. So­
bre este mito de Prometeo, tan atractivo por su sentido m úl­
tiple, volveremos m ás adelante. Situado en este punto de la 
sirve para recordar la posición de los hom bres 
frente a los dioses y para preludiar el relato de las luchas por 
la soberanía celeste a las que Zeus tiene que enfrentarse para 
obtener el poder indiscutible, sobre el m undo de los dioses, 
dom esticado tras la contienda, y sobre los hom bres efímeros 
y terrestres.
Las luchas por el poder celeste76 -que en algún m odo ya 
estaban com enzadas con la castración de Urano por Crono, 
y por el derrocam iento de éste por su hijo Zeus-1 ienen aho­
ra dos nuevos episodios: el com bate cont ra los Titanes o Ti- 
tanom aquia (617-728), que va seguido de la descripción del 
Tártaro som brío (729-819), y la batalla contra el m onstruo­
so Tifón (820-868). Breve excurso sobre sus hijos, los vien­
tos (869-885),
Iras estos com bates de terrib le violencia, en los que 
triunfa ya para siem pre Zeus, se no* habla de la cuarta ge­
neración de dioses, los hijos de Zeus, la familia olím pica. 
Son algo m enos de cien versos (886-962) los que H esíodo 
dedica a estos dioses de la generación m ás joven, los dioses 
que vemos moverse en H om ero como los Felices Inm orta­
les de vida fácil, agrupados en torno a la égida del padre, el 
justiciero Zeus.
Me parece conveniente volver al texto de Hesíodo para ci­
tar, según él lo cuenta, las divinidades que nacen de Zeus:
I. U ÎÎÜÜO.Vfa; I SQL'PMA (¡ΓΝΓ-RAI Y TI-MAS PRÎNCIPAI.KS 79
Z eus, rey d e d ioses, to m ó c o m o p r im e ra esposa a M etis, la m ás sa ­
bia d e lo s d io ses y h o m b re s m o ría le s . M as cu a n d o ya faltaba poco 
p a ra q u e nac ie ra la d io sa A tenea de o jos glaucos, en g a ñ a n d o a s tu ta ­
m e n te su esp íritu co n lad in as palab ras, Zeus se la trag ó p o r in d ica­
ció n de G ea y del e s tre lla d o U ran o . Así se lo aco n se ja ro n a m b o s 
p a ra q u e n in g ú n o tro d e los d ioses se m p ite rn o s tuv iera la d ign idad 
real en lu g a r de Zeus.
P u es e s tab a d e c re ta d o q u e n ac ie ran d e ella h ijo s m u y p ru d e n 
tes: p r im e ro la d o ncella d e o jo s g lau co s T rilo g en ia q u e iguala a su 
p a d re en co ra je y sab ia d ec is ió n , y luego , era tic e sp e ra r q u e un hijo, 
rey tie d io se s y h o m b re s co n a r ro g a n te co razó n . P ero Z eus se la tr a ­
gó an te s pura q u e la d io sa le av isa ra s iem p re d e lo b u e n o y lo m alo.
Un se g u n d o lu g a r, se llevó a la b r illa n te T em is q u e p a r ió a las 
l lo ra s , E u n o m ía , D ike ν la flo rec ien te Ivi rene, las cu a le s p ro teg en 
las co sech as de los h o m b re s m o rta le s , y a las M oiras, a las q u e Zeus 
o to rg ó la m ay o r d is tin c ió n , a C lo to , L iq u e a s y A tro p o , q u e c o n ce ­
d e n a los h o m b re s m o rta le s el se r felices y desgrac iados,
Ivu rínom e, h ija del O c é a n o , d e e n c a n ta d o ra belleza , le d io las 
t re s G rac ia s d e h e rm o sa s m ejillas , A glaya, H u fró s in e y la d e lic io ­
sa T alía .
Luego subió al lecho de Deméter nutrida de muchos.
Ésta p a r ió a P ersé fo n e d e b lan co s brazos» a la q u e U doneo a r re ­
b a tó del lad o d e su m ad re ; el p ru d e n te Zeus se lo hab ía co n ced id o .
T a m b ié n h izo el a m o r a M n e m ó sin e d e h e rm o so s cabellos y de 
ella n ac ie ro n las nu ev e M usas d e d o ra d a fren te a las q u e en can tan 
las fiestas y el p lacer del can to .
Loto p a r ió a A po lo y a la flech ad o ra A rtem is, p ro le m as d e se a ­
b le q u e to d o s lo s d e sc e n d ie n te s de U ran o , en c o n ta c to a m o ro so 
co n Z eus p o r ta d o r de la égida.
F.ii ú ltim o lug ar to m ó p o r e sp o sa a la flo recien te 1 le ra ; ésta p a ­
rió a 1 lebe , A re se I lit ía e n c o n ta c to am o ro so con el rey d e d io ses y 
h o m b res .
Y él, d e su cab ez a , d io a lu z a A tenea de o jo s g lau co s , te rrib le , 
belicosa, c o n d u c to ra d e e jé rc ito s, invencib le y au g u s ta , A la q u e en ­
c a n ta n lo s tu m u lto s , g u e rra s y batallas .
I le ra d io a luz, sin tra to a m o ro so -e s ta b a fu rio sa e ir r ita d a con 
su e s p o so - , a I le festo , q u e des taca e n tre to d o s los d escen d ien te s de 
U ra n o p o r la d es treza d e su s m anos.
1 ... 1 T a m b ié n con Z eus, la A tlán tid e M aya p a rió al ilu stre M er­
m es, h e ra ld o d e los I n m o rta lc s , su b ie n d o al sa g rad o lecho.
II. HUUKAN Y MOTIVOS
Y la C adm ea Sdmclc» ig u a lm en te en (ra to am o ro so con él, d io a 
Iu/, a un ilu s tre h ijo , el m u y r isu e ñ o D io n iso , un in m o rta l, sie n d o 
ella m o rta l. A hora a m b o s so n dioses.
A lcm ena p a r ió al fo rn id o H eracles en c o n ta d o a m o ro so con 
Zeus a n io n to n a d o r d e nu b es . (Vv. 886-929 y 938-944.)
Vienen a continuación una breve relación de m atrim o­
nios entro diosos y su progenie, un catálogo do héroes y un 
comienzo υ proem io al catálogo do las heroínas (945-1022). 
No sabemos si ahí concluía la Teogonia, o bien falta el final 
del poem a. Sí que queda concluido, tras la m ención de los 
hijos de Zeus y los héroes más famosos, el relato sobre el o ri­
gen de los dioses y del cosmos divino y humano. A partir del 
arché formado por el Caos y Gea, el poeta ha desarrollado el 
proceso de la creación hasta esa etapa final, en la que el sem ­
piterno gobierno de /c u s da definitiva forma y estabilidad a 
lo existente. lil triunfo de Zeus, como ya dijimos, significa la 
instauración de un orden; desdo los turbulentos Titanes al 
Crónida que apadrina la Dike desde el Olimpo hay una m ar­
cha que representa u na progresiva realización de la justicia y 
del o rden79. Ésa es la lección quo l lesíodo quiere manifestar 
en su poema, tan diestram ente ejecutado, dentro de las con­
venciones formales de la com posición arcaica y épica.
Después del relato acerca de los dioses colocaba Hesíodo 
el catálogo de los héroes y de la heroínas. Como hacen los 
mitólogos posteriores. Más cercanos a los hum anos, puesto 
que son m oríales, los héroes constituyen un eslabón entre 
los Inmortales Felices y los hombres que comen el fruto de la 
tierra. I.os héroes están condenados a la m uerte y al dolor, 
pero son ejemplares en su esfuerzo glorioso. De entre ellos, 
dos ocupan una posición especial, tan excepcional que han 
sido elevados a dioses: Dioniso y Heracles, que el poeta cita 
al final de las divinidades. I.a mitología heroica es especial­
mente rica en episodios, y H esíodo no hace más que m en­
cionar a los principales semidioses. Pero otros poem as épi-
■», I .A r F fH ; O A f M : K S g U I - W A < i l : S m A r Y r K V 1 A S P R lN U P A lR S 81
cos hablaban de ellos más cum plidamente, y la t ragedia y la 
lírica coral so nutrieron de esos mitos de hazañas heroicas, 
ofrecidas al recuento, la ilustración y la reflexión de diversas 
generaciones.
«lis un elemento com ún al mito oriental antiguo y a 
Hesíodo la serie de generaciones que procede de la pareja 
Cielo y Tierra, representando a las fuerzas desordenadas de 
la naturaleza, hasta llegar a una generación de varios dioses 
contemporáneos, a cuya cabeza se halla un dios supremo, con 
cuyo reinado está relacionada la introducción de un deter­
m inado orden comprensible para el hombre», señala K. von 
Fritz80, para destacar que el mismo esquema de fondo de la 
Teogonia tiene un cierto precedente en mitologías orienta­
les, como lo tienen, notoriam ente, algunos de los temas he» 
siódicos. Así, por ejemplo, el motivo de la sucesión de tres 
dioses en el poder de los cielos (Urano-Crono-Zeus), y el de 
las generaciones de los hom bres, calificadas con nombre 
de metales, en un proceso de decadencia, que el poeta cuen­
ta en Trabajos y días, o la lucha de Zeus contra el m onstruo 
Tifón.
Sin duda tenem os que considerar los influjos de la m ito­
logía oriental en la obra hesiódica*1, y en la tradición oral 
que ella recoge, a la vez que conviene destacar ese anhelo de 
sistematización, de ordenación global y do una perspectiva 
de explicación cósmica que son rasgos de nuestro poeta 
y del pensamiento griego en sus inicios.
5. El mito de Prometeo
Como los antropólogos han subrayado, los mitos tienen una 
función significativa en la vida de una sociedad primitiva o 
arcaica: explican el m undo, justifican los hábitos y los ritos, 
ofrecen las causas de las paulas de com portam iento y relatan 
por qué las cosas son de un m odo determ inado. F.se valor 
etiológico y paradigm ático de los m itos es algo dem asiado 
conocido para que lo com entemos ahora. Tan sólo lo recor­
dam os para resaltar cóm o en algún m ito resulta evidente la 
carga etiológica subyacente a la narración. Éste es el caso del 
mito de Prometeo, que expone el origen de 1res instituciones
o, m ejor dicho, de tres acontecim ientos fundam entales para 
la cultura humana: el sacrificio, la posesión del fuego y la in­
troducción de la mujer com o com pañera del hom bre82.
Prometeo, hijo del Titán Jápeto y de la Oceánide Clímene, 
según la versión de la Teogonia (o bien un Titán, hijo de la 
Tierra misma, y, en ese supuesto, un dios más antiguo que 
Zeus, según la versión recogida p o r Esquilo), es una d iv i­
nidad de singular astucia y benevolencia hacia los hum a­
nos. Es, como Crono, attkyíóméies, «de mente retorcida», y 
su m ism o nom bre parece alud ir a esa «previsión», pro- 
métheta, o sab iduría div ina, un tan to am bigua en su en-
A 2
5. U -.vm oD K ΙΗΙΟΜΙΠΊ'.Ι) 8S
frentaniiento con el om nipotente /c u s , el providente, mette- 
ta Zeus. Esquilo lo califica com o «amigo de los humanos», 
philtínthropos.
En la batalla que enfrentó a Zeus con los Titanes, Prome­
teo se puso de parte del Crónida frente a lo«s violentos Hijos 
de la Tierra y del Cielo, y así escapó luego al castigo que apri­
sionó a sus herm anos Menecio y Atlante, En efecto, el gigan­
tesco Allante quedó condenado a un eterno esfuerzo en los 
confines occidentales del m undo, condenado a soportar so­
bre sus hom bros y su cabeza un extremo de la cúpula celeste, 
inmóvil prisionero erguido en el m argen de Occidente, 
com o Prom eteo lo será en O riente, en el Cáucaso. En con­
traste con la ciega fuerza de los Titanes, Prom eteo se distin­
guió por su inteligencia y por ello se puso al lado de Zeus en 
la refriega por el dom inio celeste.
Pero tam bién él va a enfrentarse con el soberano de los 
dioses. Sólo que con un pretexto singular: po r proteger y be­
neficiar a los humanos. El astuto Prometeo intenta favorecer 
a estas efímeras criaturas más allá de lo que Zeus había dis­
puesto en su providente designio. Hubo tal vez una etapa en 
que la convivencia de los dioses y los hom bres fue más estre­
cha y confiada, pero llegado el mom ento en que unos y otros 
se distanciaron, Prometeo asum ió un papel de árbitro en el 
conflicto, con una intención filantrópica yen menoscabo de 
los dioses, es decir, en contra de Zeus.
Para asegurar mediante un rito solemne las relaciones en ­
tre los dioses y los hum anos, Prom eteo instituyó el prim er 
sacrificio, de una res bovina a la m anera de un pacto de 
amistad por el que dioses y hombres compartían el festín de las 
carnes de la víctim a, inm olada en honor de los olímpicos 
por los terrestres mortales. Fue en el llano de Mekone, en la 
llanura de Argos, donde se celebró ese prim er sacrificio. 
Prometeo m ató un espléndido buey, y lo descuartizó hábil­
mente. Luego repart ió en dos lotes las carnes de la res sacri­ficada. En uno de ellos dispuso la carne y las entrañas del
II. l'H iURAS Y MOTIVOS
animal, y en otro los huesos y la grasa, bien recubiertos por 
la piel lustrosa, form ando un m ontón más aparente. Y lo dio 
a elegir a Zeus la parte destinada a los dioses.
Ul Padre de los dioses y los hom bres, acaso por seguir el 
juego a Prometeo, escogió el m ontón más grueso, es decir, 
el que contenía los huesos y la grasa. Con esa elección que­
daba establecido que, desde entonces, así se cumpliera el sa­
crificio. Desde entonces los hum anos, en sus sacrificios do 
animales, quem an en honor de los l nmortales sobre los alta­
res los huesos y la grasa de las víctimas, y los dioses reciben 
su parte del sacrificio por medio de la humareda que asciende 
hasta los cielos. Pero Zeus se encolerizó terriblemente al des­
cubrir el engaño y la tram posa intención.
«Ah, hijo de Jápeto, tú que sobro lodos destacas por lu 
astucia, bien veo que no has olvidado aún tus mañas tram ­
posas», clamó el furioso Crónida. Y, tom ando recuerdo ren ­
coroso del engaño, decidió castigar a los hum anos, retirán­
doles la posesión del fuego.
Com enzó entonces para éstos una etapa penosa y som ­
bría, en la que, refugiados en cavernas y sin poder m ejorar la 
miseria de una existencia salvaje, ateridos de frío y sin fuego 
para cocinar sus alimentos, los hum anos se debatían am ena­
zados de angustia y extinción. Pero Prometeo sintió com pa­
sión por los hum anos y de nuevo actuó para socorrerlos. 
H urtó unas chispas del fuego que los dioses guardaban 
-acaso del perenne fuego do I lofosto, o acaso del fogoso ca­
rro de Helios - y, atesorándolo en una hueca caña, lo trans­
portó desde el cielo a la tierra y se lo ofreció a los humanos.
Cuando Zeus desde lo alto vio brillar una hoguera sobre 
la tierra, volvió a encolerizarse contra Prometeo y sus prote­
gidos. De nuevo, según Hesíodo, profirió sus amenazas cer­
teras: «¡Ah, hijo de Jápeto,tú que sobre todos destacas en as­
tucia, te alegras de haberm e burlado con el robo del fuego! 
Poro habrá una gran desgracia para ti y para los hom bres 
del futuro. A ellos les proporcionaré un mal ya, a cam bio
5. κι mito lit·: l’koMfîi-n S5
del fuego, y con ¿1 se gozarán encariñándose con su propia 
desgracia».
lidióse a reír entonces el Crónida y llam ó a su hijo Hefcs- 
to para encargarle la fabricación de una bella figura femeni­
na, semejante a las diosas en su aspecto y atractivo. Y orde­
nó a Atenea que enseñara a esta reden form ada las labores 
caseras, a Afrodita que infundiera en ella gracia y seduc­
ción, a Hermes que la dotara de un talante desvergonzado y 
un ánim o taim ado y voluble. Y los dioses obedecieron sus 
m andatos. Y así surgió, adornada por todos, Pandora, la 
prim era mujer, Su nom bre Pan-dora, Todo-regalo, alude a 
que recibió regalos de todos los dioses y que toda ella fue un 
regalo.
Una vez construida y bien dotada la doncella, de irresisti­
ble encanto, Zeus encargó a Hermes que se la ofreciera a Hpi- 
metco, el herm ano gemelo de Prom eteo -e l herm ano dis­
traído del Previsor, com o sugiere su nom bre-. Kn contra de 
las advertencias que le había hecho tiste, Epimeteo aceptó el 
presente ofrecido por el dios y, cautivado por los encantos 
de Pandora, la acogió en su casa, desposándola. Pero la bella 
Pandora llevaba además consigo un don suplementario: un 
ánfora en la que lo.s dioses habían escondido una serie de 
males. Y cuando la joven, guiada por su curiosidad, abrió ía 
jarra, éstos se esparcieron volando por el m undo. I.as enfer­
medades y calamidades surgieron a la luz al levantar Pando­
ra la lapa de la vasija y se derram aron sobre los hum anos. 
Cuando ella presurosa la cerró de nuevo, sólo quedaba en el 
fondo la Esperanza. Desde entonces diez mil penas vagan 
entre los hum anos, y las enfermedades acosan a las gentes, 
en silencio y al azar.
Pandora, prim era mujer, fue la introductora de tales ma­
les, y de un nuevo m odo de reproducción. (Antes los hom ­
bres nacían déla tierra, seguramente.) Pue la prcdeccsoradc 
todo el linaje femenino, de todas esas m ujeres seductoras y 
curiosas, délas que ya no pudieron prescindir los hombres.
H 6 II. HOURa S Y MOTIVOS
Fue ese «hermoso mal», esa am bigua ventura que Zeus ha­
bía profetizado.
También a Prom eteo le «sobrevino un trem endo castigo. 
Zeus ordenó que lu apresaran y clavaran sobre una escarpa­
da cima d d remoto C.áucasu, donde Hefesto lo encadenó. Y 
añadió a esa tortura de la roca la visita cotidiana de un águila 
que atacaba cada día al Titán inmovilizado para desgarrarle 
con sus corvas uñas y pico el hígado. No podía Prom eteo 
m orir, por su índole inm ortal, pero sí sufrir eternam ente. 
Así expiaba, en la atalaya desierta del confín oriental del 
mundo, su rebeldía frente a Zeus y su excesivo am or a los hu ­
manos» crucificado Prom eteo. (Más tarde Heracles abatirá 
al águila y librará, con el beneplácito de Zeus, al Titán filán­
tropo y astuto.)
Tal es, en sus líneas esenciales, el mito de Prometeo divini­
dad civilizadora, no un olímpico, sino un adversario de Zeus 
en el terreno de la astucia, un trickster <\ue aporta a los hum a­
nos tres elementos decisivos de la instalación en el m undo: el 
sacrificio que regula su relación con los dioses, el fuego que 
funda la civilización y el progreso y la Creación de la primera 
mujer y con ella el m atrim onio y la familia mediantee] am bi­
guo presente de los dioses. Del mito tenemos tres versiones 
con interesantes y significativas variantes: la de Hesíodo (en 
la Teogonia y en Trabajos y días), la de Esquilo (en su tragedia 
Prometeo encadenada, parte de una t rilogía de la que tan sólo 
hemos conservado esta pieza) y la de Platón (en el diálogo 
Protágoras). Mientras que el poeta épico presenta a Prometeo 
como un osado rebelde que desafía el designio suprem o de 
Zeus y que, en sus tretas, acaba por acarrear a los hum anos 
muy dudosas ganancias, Esquilo nos presenta al Titán como 
un sabio filántropo, rebelde contra el despotismo de Zeus, un 
joven tirano establecido en el O limpo con trem enda a rro ­
gancia, y Platón (poniendo el relato en boca del sofista Protá- 
goras, de quien probablemente lo tomó, de un tratado sofístico 
perdido para nosotros) nos da una versión en la que Prome-
y κι. w i r o m p KoM h ii.o
leo es el introductor del progreso técnico, pero no de ¡a con­
vivencia política, base de una civilización asentada en la m o­
ral y la justicia, que son dones de Zeus.
No vamos ahora a detenernos en discutir las connotacio­
nes del relato en uno u otro autor. Querem os destacar, sin 
em bargo, cóm o éste resulta un buen ejemplo de esa trad i­
ción literaria y sus reinterpretaciones a laque ya hem os alu­
dido com o característica de la Grecia antigua. Es notable 
que mient ras Hesíodo está por com pleto de parte de Zeus, 
en su enfrentam iento con Prometeo» Esquilo se plantea el 
lema con nuevos acentos. También d rebelde filántropo tie­
ne sus razones y su sentido de lo justo, y así Esquilo propor­
ciona una imagen más noble y generosa de Prometeo, tal vez 
apoyada en una tradición popular ateniense.
1:1 mito puede retom ar nuevos tonos en algunos motivos. 
Por ejemplo, el fuego de Hesíodo es ante todo el que protege 
del frío y del ham bre, el fuego culinario (que necesitan los 
hombres comedores de alimentos cocidos, distinguidos en 
ese trazo básico de los animales carnívoros). Pero el fuego de 
Esquilo representa mucho más que el instrum ento de cocer 
los alimentos y la defensa del frío. Es la base de toda una cultu­
ra y del progreso técnico. Su posesión infunde a los hombres 
ánimos confiados para enfrentarse a los rigores de la naturale­
za hostil (como en la narración de Protágoras), y gracias al 
fuego inventan los hombres, guiados por Prometeo, las arles 
y las técnicas: la construcción de viviendas, la minería, la agri­
cultura, ht murgación, la escritura, ht adivinación, la astrono­
mía y la misma ciencia de los números, «el más excelso de los 
saberes», lo obtuvieronlos hombres mediante el ingenio y el 
apoyo prometeico. Todas las téchnai, en resumen, dice el pro­
tagonista clel dram a esquileo, proceden de él.
En honor de Prom eteo .se celebraban fiestas en distintos 
lugares de Grecia, y de m odo regular y conocido en Atenas, 
en el barrio del Cerámico, donde era honrado - ju n to con 
Atenea y Hefesto- como patrón de los artesanos, de los he-
HH ». h <í i ;k a s y .m o t iv o s
rreros y ceramistas. Kn su honor, en recuerdo de la introduc­
ción del fuego, se celebraban carreras de antorchas con rele­
vos, lampadodromias.
Más tarde -en una versión atestiguada ya en un fragm en­
to de comedia del siglo iv a.C. y mucho después en algunos 
sarcófagos y en escritores latinos- se contaba que Prometeo 
fue el creador de los prim eros hombres; m oldeándolos del 
barro, como un alfarero en su taller de imágenes habría for­
m ado las figuras de los prim eros hum anos, a los que luego 
Zeus habría dado vida infundiéndoles un hálito o soplo vi­
vificante, es decir, la psyché, principio de vida. Pero ésle es 
un trazo probablemente tardío y desconocido tanto de He­
siodo como de Esquilo y de Platón.
Como en la tradición mítica hebraica, también para He­
siodo es la mujer la culpable, en su curiosidad inconsciente, 
de la introducción de los males en el m undo. La Eva griega 
OS, por su parte, una criatura más refinada y artificial que la 
bíblica. Hay un reflejo de misoginia en la versión hesiódica, 
como en algunos otros pasajes de su obra Trabajos y dias. La 
mujer, voraz y voluble, es un riesgo y una carga para el hom ­
bre afanoso del sustento. Pero, como el fuego y el sacrificio* 
también la introducción de la mujer supone un progreso de 
la condición hum ana, en una existencia no exenta de dolo­
res y donde el progreso se obtiene a costa de nuevos pesares. 
Situado entre los dioses y las bestias, el hom bre asum e un 
deslino ambiguo, como señala J. P. Vernant:
La duplicidad de Pandora es como el símbolo de la existencia hu­
mana ambigua. Kn cl personaje de Pandora vienen a inscribirse to­
das las tensiones, todas las ambivalencias que marcan el estatuto 
del hombre, entre bestias y dioses. Por el encanto de su apariencia 
externa, .semejante a las diosas inmortales, Pandora refleja el res* 
plandor de lo divino. Por lo perruno y cínico de su espíritu y su 
temperamento internos roza la bestialidad. Por el matrimonio que 
ella representa, por la palabra articulada y la fuerza que Zeus or­
dena infundir en ella, es propiamente humana.
5. 1.1 MIHI PH I'KOMKl'hO 89
Una am bigüedad que está tam bién muy presente en esa 
Esperanza que perm anece a su lado, en su jarra (o caja, se­
gún otras imágenes)11''. Entre la previsión y la imprevisión, la 
Esperanza, un bien y un mal, símbolo deesa condición ines­
table de los efímeros.
P ara q u ien es in m o rta l - su b ra y a V e rn a n t- , co m o los dioses, no hay 
necesidad n in g u n a de Lipis. T am p o co para q u ien , com o las bestias, 
igno ra que es m o rta l. Si el h o m b re , m o rta l co m o las bestias, prev ie­
ra co m o los d ioses to d o e l fu tu ro de an te m a n o , si e s tuv ie ra p o r e n ­
te ro del lado de P ro m e te o , no ten d ría ;ín im os para vivir, incapaz de 
c o n te m p la r su p ro p ia m u e rte d e frente.
P ero co n o c ién d o se m o rta l sin sab er cu án d o ni cóm o ha de m o ­
rir, la E speranza, p rev is ió n , p e ro p rev isión ciega (Esqu ilo , Prom e­
teo, 250; cf. ta m b ié n P la tó n , fio rg ú u , 523de), ilu sión sa ludab le , 
b ien y m al a la vez, la E speranza sola le pe rm ite v iv ire s ta existencia 
am bigua, desd o b lad a , q u e a p o r ta el fraude p rom ete ico c u an d o in s­
titu y e la p r im e ra c o m id a sacrificial. D esde en to n ces to d o tien e su 
reverso : n o hay ya c o n ta c to con los d io se s q u e n o sea tam b ién , a 
través del sac rific io , C onsag ración d e u n a in fra n q u e a b le b a rre ra 
e n tre m o rta le s e in m o rta le s , ya no d icha sin desd ich a , n acim ien to 
sin m u erte , a b u n d a n c ia s in pena , P ro m eteo sin E p im eteo , en una 
p alab ra ya n o hay 1 lo m b re s in P andora .
Esquilo, por su parte , hará hincapié en otro elemento del 
mito: en la grandeza del protagonista, Prometeo, como dios 
que sufre por los hom bres, que se sacrifica por ellos en opo­
sición a un Zeus despótico, un sofista contra el tirano, un re­
dentor de la hum anidad am enazada y angustiada. Va más 
allá de lo que Hesíodo relataba. También esa versión esquí- 
lea ahonda en la tram a para ofrecer un destello nuevo, y de 
una larga resonancia; sobre todo en la tradición clásica m o­
derna, romántica. Com o dice VV. Jaeger:
En el P rom eteo encadenado , el d o lo r se co n v ie rte en el signo esp e­
cífico del g én e ro h u m a n o . A quella creac ió n d e un d ía tra jo la ir ra ­
d ia c ió n d e la c u ltu ra a la o sc u ra ex is te n c ia d e los h o m b re s d e las
90 II. FH iURASV MOTIVOS
c av e rn as . Si n e c e s ita m o s to d a v ía u n a p ru e b a d e q u e es te d io s 
e n c a d e n a d o a la ro ca en e sca rn io de su s acciones en carn a p ara Es· 
q u ilo el d e s tin o d é la H u m an id ad » la h a lla re m o s e n d su f r im ie n ­
to q u e c o m p a r le con e lla y m u ltip lic a lo s d o lo re s en su p ro p ia 
a g o n ía " .
Es curioso señalar que algunos de los primeros escritores 
cristianos vieron en Prometeo una imagen semejante a la de 
Cristo, «versus Prometheus», según Tertuliano. HI dios fi­
lántropo se sacrifica o se expone al sacrificio -n o de la cruz, 
pero sí de una to rtu ra parecida en la soledad del Cáucaso-. 
Es muy interesante tam bién en el texto de Esquilo la expre­
sión de la sytuptUheia de los hum anos hacia el Titán sufrien­
te, esa com pasión que los pueblos bárbaros, no m enos que 
las Oceánides del coro, sienten por el rebelde m artirizado.
Es también interesante el dato de que, al cabo de largos si­
glos, Zeus accediera a la liberación de Prometeo. Tal acuer­
do final entre am bos dioses, con una recíproca cesión por 
am bos lados, encaja muy bien dentro de la ideología de Es­
quilo, glosador de la justicia de Zeus, no menos que Hesio­
do; pero el episodio de la liberación de Prometeo estaba ya 
en la tradición ¿pica. (Figura en el texto de la Teogonia, aun­
que quizás se trata de un añadido al poema originario.)
Fue Heracles, el am ado hijo de Zeus y el héroe benefactor 
por excelencia, quien devolvió al Titán su libertad y recom­
pensó así sus afanes filantrópicos. O tro personaje mítico, sa­
bio y amigo de los hombres, el centauro Quirón, afligido por 
una herida incurable, en un gesto m agnánim o, se ofreció 
para descender al Hades, com o pago por la liberación de 
Prometeo.
En recuerdo de su castigo, Prometeo se fabr:có un braza­
lete de piedra, de la roca del Cáucaso, que Zeus le invitó a lle­
var como testim onio de su aherrojam iento en las peñas y de 
su castigo. Así guardó para siempre Prometeo un testimonio 
de su sumisión, una reliquia simbólica de su pena.
y Kl. M ITO DP. PROMPTED
Hn las fiestas quo sc celebraban, en Atenas» en honor del 
dios, patrón de lus artesanos, se recordaban mediante los ri­
tos oportunos sus peripecias y, seguramente, el final feliz d d 
mito. Para explicar el paso de la naturaleza a la cultura en ­
contraron los griegos en este relato una expresión afortunada. 
También en este mito pueden detectarse influencias orienta­
les y tal vex algún eco indoeuropeo, pero la estructura sim ­
bólica ha sido reelaborada con un talento singularmente he­
lénico.
6. £1 mito de las edades
Para la explicación m ítica de la desdichada condición de los 
hum anos, I Iesíodo ha encontrado en el m ito de Prom eteo y 
la in troducción de Pandora un buen relato. Pero hay o tro 
que com plem enta esa m ism a referencia: el m ito de la de­
cadencia progresiva de las edades de loshom bres, un relato 
que el poeta no recoge en la Teogonia, sino en su o tra obra, 
en Trabajos y días (vv. 106-202).
Cuenta el poeta que la hum anidad ha ido em peorando a 
través de diversas edades, que se califican con nom bres de 
mótales: la Edad de O ro, la de Plata, la de Bronce, la de los 
H éroes y la de H ierro. Los hom bres, que com enzaron, en 
tiem pos de Crono, llevando una existencia próxim a a la de 
los dioses, han ido de edad en edad pasando a un vivir más 
penoso y desam parado. La peor de todas esas edades es la de 
H ierro, en la que vive el poeta, pero aun ésta es susceptible 
de una degradación, que él imagina y profetiza como próxima. 
Los hom bres de cada edad han desaparecido para ser su ­
plantados por otros peores, y tan sólo la F.dad de los I léroes 
m arca un relativo paréntesis en esa decadencia progresiva.
D entro del esquem a de las razas con nom bres metálicos, 
la de los héroes, que son los gloriosos personajes de la épica,
92
t i. E L M I T O DF. L A S M M D h S 93
es dccir> aquellos ilustres guerreros que com batieron en to r­
no a los m uros de Tebas y de Troya, aparece com o una etapa 
distin ta y singular. Probablem ente es una aportación inno ­
vadora del poeta a un esquem a heredado, una innovación 
que pretende dar un lugar en esa historia de la hum anidad a 
los héroes do un pasado sentido com o brillante y m em ora­
ble» por encim a de estos tiem pos de generaciones anónim as.
Aunque el pesim ism o de H esíodo le lleva a decir que su 
época es la peor de todas, su visión del futuro le hace augu­
rar o tra época aún m ás lam entable, cuando la justicia y el 
p u do r se ausenten definitivam ente de entre los hum anos. 
Aidós y dike son los fundam entos de la convivencia política, 
según destaca tam bién Platón -e n su versión del m ito de 
Prom eteo en su Protdgoras-. F,n la dura Edad del H ierro aún 
perm anecen en el m undo, aunque haya que luchar por su 
realización. Sin em bargo, la hum anidad puede arribar a otra 
edad aún más feroz y a una existencia aúr. más miserable, si 
aidósy tiémesis se retiran abandonando el trato con los hom ­
bres. Así ocurrirá , según profetiza una queja del poeta, ba­
sada en su propia experiencia personal, ligada a ese conflicto 
fam iliar que se nos relata en los Trabajos y días, donde la exi­
gencia de justicia está unida a una vivencia propia. (Frente al 
m undo de las bestias, dice luego el poeta, tras la fábula del 
halcón y el ruiseñor, la justicia debe caracterizar al m undo 
hum ano, d istin to del despiadado m undo de las bestias, que 
ignoran la dike).
lis m uy interesante observar que de nuevo encontram os 
aquí un relato m ítico que tiene claros paralelos orientales, 
por ejemplo en la cu ltura india y en la persa. Pero la versión 
griega ha introducido ciertas novedades características. Una 
de ellas es la introducción de la Edad de los Héroes en el es­
quem a general. O tra es la perspectiva ética, tan destacada 
por Hesíodo, no sólo en su final, sino en su mism a construc­
ción narrativa. Com o ha destacado J. P. Vernant, en un análi­
sis muy inteligente, hay en esa estructura de las etapas de la
94 n. M < ;u iu s y m o t iv o s
decadencia un afán de distinguir tres pares de edades, dife­
renciadas por el p redom inio de la justicia o el orgullo brutal, 
la dike y la hybris, según los térm inos clásicos» en cada una 
de ellas*·'. La Kdad de O ro posee un trazo positivo frente a la 
de la Plata, así com o la de los 1 léroes frente a la precedente de 
Bronce, com o luego la de H ierro frente a la caótica últim a 
edad, dentro del deterioro progresivo de las razas sucesivas. 
Esa tripartición recuerda un tanto el esquema señalado por 
Dumézil en los m itos indoeuropeos y las tres funciones pue­
den verse reflejadas en las tres etapas dobles: Oro y Plata co­
rresponden a una cercanía a los dioses, Bronce y Héroes a un 
predom inio de la función guerrera, y la Edad del H ierro y la 
últim a anónim a a un predom inio de lo trabajoso y servil.
De nuevo advertim os cóm o el mito, con su función para­
digmática, le sirve al relator para explicar su propio mundo, 
y cóm o la especulación de! poeta, de Hesíodo, en este caso, 
confluye con el sen tido de la narración. Pues, sin duda, el 
m ito de la Edad de O ro inicial, que se ha ido alejando de los 
hombres, y que es im aginada con nostalgia desde el desven­
turado presente, t iene unas raíces psicológicas muy genera­
les y reaparece en muy varias culturas. En los tiem pos de los 
prim eros hom bres, bajo el reino de Crono, o de Saturno, en 
la versión latina, había una prosperidad unida a una inocen­
cia de la hum anidad , luego el m undo ha envejecido y se ha 
desgastado, y los hom bres se han vuelto peores, más flojos y 
mils perversos. (Este mito no presupone la intervención de 
Pandora, sino que es otro relato etiológico del mal exten­
diéndose sobre las gentes y las tierras.)
Mientras en la evolución del m undo divino hay una p ro ­
gresión hacia el orden y la justicia, de m odo que el reinado 
de /c u s marca el establecim iento definitivo de un régimen 
justo, en la tierra hay un deterio ro que avanza en sentido 
contrario , hacia In desaparición d é la justicia y el reino del 
caos86. Al optim ism o del teólogo Hesíodo se opone la am ar­
ga experiencia del ciudadano de Ascra, que lleva una vida
t>. M . M l ΙΟ 1)H I A S Η>ΑΙ>Ι-Λ 95
penosa y se ve agobiado por los conflictos sociales*7. Pero e! 
mito griego no prom ete un m undo m ejor aquí, sobre la tie­
rra y en el futuro, O íros mitólogos, com o los órllcos, contra­
ponen a la existencia desdichada terrestre la perspectiva de 
O tro M undo m ás feliz para los justos e iniciados. Platón se 
hace eco de ello, p o s te r io r m e n te .
7. Los doce dioses
lin c l agora de Atenas se levantaba un altar a los Doce Dioses 
-según m encionan H eródolo (II, 7; VI, 108), Aristófanes 
(Caballeros. 235) y Tucídides (VI, 54 )-, y o tro semejante 
existía en O l im p ia -según Píndaro (Olímpica X, 50yss.)-.E n 
el límite extremo de su avance hacia el este, en la India, erigió 
Alejandro un aliar a los Doce (según cuenta Diodoro, XVII, 
95,1.), como testim onio de la religiosidad helénica, lise culto 
corporativo está bien atestiguado en la época clásica**. Kudo- 
xo, çl discípulo de Platón, asignó a cada uno de los doce gran­
des dioses un signo del Zodíaco. También Platón (a i el Pedro, 
246e, y en les Leyes, 828d) alude a ese núm ero de dioses, hoi 
dódeka (heoí, com o a un grupo firme y bien establecido.
Sin em bargo, había algunas vacilaciones en la adm isión 
de ciertas figuras divinas. Así, en el Pedro Platón asigna a 
Hestia un lig a r que, en otros catálogos, ocupaba Dioniso, y 
en Leyes propone colocar en el duodécim o puesto a Plutón, 
dios de los muertos. En el friso oriental del Partenón figura­
ba Dioniso (en vez de Ilestia) entre los doce dioses reunidos. 
En Olimpia, en cambio, figuraban los Titanes Crono y Rea, 
y el río Alfeo (en lugar de I lefesto, Deméler y I lestia) entre 
los doce allíconsagrados.
96
7. I.O SDO Œ DIO SILS 97
Probablemente el establecim iento de ese núm erode doce 
dioses principales, reunidos en un grupo canónico (aunque 
con variantes locales en los últimos puestos), fue una inven­
ción de época arcaica y de la costa jonia. Luego fue adopta­
da por doquier, com o una convención panhelénica. lise cul­
to corporativo no es, pues, antiguo, y tiene su origen en la 
actuación legislativa de algunos políticos y sacerdotes. Kn 
Atenas fue Pisistrato el in troductor del mismo; el nieto del 
tirano, según llicídides, erigió el aliar del ágora. HI doce es 
un núm ero prestigioso en muchos lugares, y resulta adecuado 
para acoger a as grandes figuras divinas del panteón griego, 
sea cual sea su origen*”.
1. Zeus™
Su nombre ofrece una clara etimología. Com o el Dyaús védi- 
co y el latino Júpiter (luppifcr / Dicspatcr), está formado so­
bre un radical indoeuropeo d iu /dieu que significábala clari­
dad del cielo, fira, pues, ensu origen, el gran dios celeste, el 
que en lo alto dom inaba. Sus epítetos hom éricos de «anión- 
tonador de n u b e s » , «altitonante», «gozador del rayo», evocan 
esc aspecto del soberano celeste y señor de las torm entas. 
Suele asentarse en las cum bres montañosas y desde allí olea e 
im pera, lis el olímpico p o r excelencia. (Hs probable que e! 
Olimpo, antes que un nom bre propio de una cordillera en Te­
salia, haya significado para los prehelcnos «promontorio ele­
vado», « C u m b re» o algo así.) Zeus tiene su morada en esas al­
tas atalayas, como el O lim po en Tesalia, el m onte Dicte en 
Creta, el I .icaón en Arcadia, el prom ontorio central de Hgina, 
y en el Ida cercano a Troya. P e ser la cum bre inaccesible luego 
pasó el Olimpo a denom inar el alto cielo donde m oran los 
dioses, en sus palaciegos aposentos, «olímpicas meradas».
Ya en I lomero Zeus es indiscutiblem ente el prim ero de los 
dioses en poccrío y saber. Por encim a de todos lor> dem ás
98 π. l u i r K A S Y M o n v o s
ejerce su función de «Padre», protector de dioses y hombres. 
Le pertenece, por conquista y por su dignidad, la soberanía 
del cielo, que obtuvo tras el reparto de dom inios con sus her­
m anos Poséidon y I lados. En las luchas po r osa soberanía, 
después de abat.r a su padre Crono, tuvo que som eter a los 
T itanes y a los Gigantes, y más tarde al m onstruoso Tifón. 
Con su asentamiento en el trono celeste ha establecido el o r­
den cósmico que no tendrá ya fin. Es el m anejador del rayo, 
arm a decisiva que para él forjaron los Cíclopes. Su anim al 
em blem ático es el águila soberana y solitaria. No es un dios 
de la fuerza bruta, sino un m onarca providente, que escucha 
a sus súbditos, dirim e los conflictos e im pone sus designios 
de eterno cumplimiento. Es el dios de la justicia.
El dios celeste de origen indoeuropeo fue enriqueciendo 
su figura con múltiples trazos de origen m editerráneo. No 
sólo com o dios del ciclo lum inoso, sino com o señor de las 
torm entas y lancero del rayo, era el dispensador de las lluvias 
y estaba ligado a la fertilidad de los campos. En Creta situaba 
el mito el lugar de su nacim iento. Allí lo había ocu ltados» 
m adre Rea, escondiéndolo en una caverna del monte Dicte, 
para que no se lo zam para el insaciable Crono, com o había 
hecho con sus hermanos. A llídanzabanensu honor los Cu- 
retes y lo am am antaba la cabra Amaltea. Una leyenda local 
narraba que también en Creta se hallaba la tum ba del dios. 
Probablem ente este mito conserva la huella de una d iv in i­
dad cretense que se ha fusionado con el Zeus helénico. La 
imagen del dios que nace y que muere, aplicada al Padre de 
los dioses, resul.aba escandalosa para los griegos, que nega­
ban tal relato como verídico, con el famoso refrán «lodos los 
cretenses son mentirosos».
La m ism a imagen del dios, de cabellera negra (kyano- 
chattes), y no rubio, com o casi todos los dem ás, es tal vez un 
rastro de esa fusión del dios venido del Norte con otras figuras 
divinas. Por otro lado, tam bién en el Próxim o O riente hay 
dioses del rayo.
?. I.O.S ÎXK IK DÏO.M.S ψ )
Zeus está muy por encim a de los dem ás dioses por su 
fuerza y su poderío. Com o él m ism o proclama en la litado, 
VIII, 8-28. Si todos los dem ás dioses se colgaran del extremo 
de una cuerda* él solo podría balancearlos desde la cum bre 
del O lim po. Cuando asiente a una petición, m oviendo las 
cejas en un gesto afirm ativo, todo el O limpo se estremece. 
No interviene dircciamtnUe nunca en los cóm bales de los 
héroes y los hom bres, com o hacen otros dioses. Su im par­
cialidad mantiene e! equilibrio del mundo, y su intervención 
partid ista lo pondría en peligro, lis el rey que señorea la 
asamblea familiar divina.
Se ocupa, com o autoridad suprem a celeste, en m antener 
el orden que él mismo ha instaurado er. el mundo. Como Pa- 
térandrón te theón te, «padre de los hombres y los dioses», a 
él le com pete velar por la estabilidad cósm ica y social. Se 
cumple siempre la decisión de Zeus; sus designios rigen el cur­
so de los acontecim ientos, y el destino está acorde con sus 
m andatos en un am biguo equilibrio de fuerzas. Es provi­
dente y justiciero. Com o basileús impone su realeza y todos 
los reyes han recibido de él su poder. Más tarde será el de­
fensor de la dike, la «justicia», en las ciudades. Λ él se le de­
dica el templo mayor en la mayoría de '.as póleis, com o Zeus 
po/ioudios, «protector de la ciudad». Pero ninguna ciudad 
lo tiene com o su dios propio y com o patrón ciudadano» ya 
que su im parcialidad lo eleva por encima de ese patronazgo 
local91.
Su carácter de dios justiciero es producto de una evolu­
ción que podem os observar en los testimonios literarios. Ya 
en la ¡liada se distingue de los oíros dioses, favorecedores de 
unos u otros guerreros por razones diversas. Zeus no salva a 
su hijo Sarpedón de la m uerte (como hace, por ejemplo, 
Afrodita con Eneas alguna vez), y sim plem ente presta su 
asentimiento a lo que indica la balanza del destino acerca del 
fin de Héctor. Al comienzo de la Odisea advierte de cómo los 
m ortales se labran su desdicha al desoír los consejos divinos
100 II. F IGURAS Y MOTIVOS
y quebrantar las norm as, y cuán en vano acusan luego a los 
dioses. La Odisea ofrece una clara perspectiva moral: Zeus 
preside el consejo de los dioses en que Atenea interviene en 
favor del esforzado y piadoso Ulises. Los pretendientes m e­
recen un castigo que Zeus aprueba. Pero es en Hesíodo don­
de Zeus resplandece com o el señor de la justicia y el orden. 
A su lado eslá siem pre Dike, hija venerable de Temis, y la vi­
gilancia del dios sobre la tierra se ejerce a través de diez mil 
divinos espías. Por culpa de Prometeo Zeus ha enviado m u­
chos males a los hombres. Sin embargo les ha dado, para dis­
tinguirlos de las bestias, la justicia, Después de I lesíodo, lis- 
quilo será el gran poeta que celebre el poder justo de Zeus 
con palabras entusiastas y pensam ientos de hondura teoló­
gica renovada.
Hay que recordar, sin em bargo, que los cam inos de la ju s­
ticia son intrincados y que los griegos no im aginaron nunca 
a Zeus como un juez rectilíneo o un verdugo rápido. La cóle­
ra de los dioses es a veces rápida y su justicia es muchas veces 
lenta. K1 m ism o Zeus recurre al engaño cuando le conviene. 
(Por ejemplo, enviando a Agamenón un sueño engañoso para 
extraviarlo y com placer a Aquiles.) Los sufrim ientos de He­
racles, el hijo más esforzado del mismo Zeus, son una p rue­
ba de estas dem oras. Zeus, el om nisapiente, resulta en un fa­
moso episodio hom érico engañado y d istra ído por Hera; 
pero advierte pronto el engaño.
Como responsable del orden social, Zeus velaba sobre los 
reyes, y tam bién sobre la justicia de las sentencias, lira el 
protector de los juram entos, y am paraba a los huéspedes y 
los suplicantes. Los epítetos con los que era invocado dan 
una idea de esas funciones de Zeus: «Protector del cercado 
familiar, de la propiedad, del hogar» (Herkeios, Kté$ios> 
liphestios), «Garante de los juram entos» (Hórkios), «Protec­
tor de los suplicantes y los huéspedes» (Hikésios, Hiketésios, 
Xe(nios); fue luego in troducido en los cultos ciudadanos 
como «Protector» y «Salvador» (Amyntor, Sotér), «dios de la
7. J.OS IK)Cl·. DIOSAS
ciudad» (Politius, Polioiichos), «de la plaza y del consejo» 
(Agoraíos, Boulaíos) y «liberador» (Hleuthérios)'*2.
Ya desde una época anterior a la aparición de la teología 
filosófica se deja notar una tendencia a convertir el politeís­
mo en un sistem a donde los dioses están som etidos a un 
gran dios om nipotente y providente sobre todo, que es Zeus, 
derivando hacia un henoleísmo, que luego los filósofos re­
frendarán. Pero ese dios más abstracto es com o el de Herá- 
clito, que «quiere y no quiere ser llam ado Zeus» (frg. 32 
D K )9\
Son num erosos y prolíficos los amores y am oríos de Zeus. 
Su esposa legítima, la que com parte el trono en la mansión 
olímpica, es Hera, herm ana y m ujer celosa del monarcace­
leste. En las tablillas micénicas aparece m encionada Diwiya, 
que por su m ism o nom bre se presenta com o em parejada 
con él. También Díone, la m adre de Afrodita -según la ver­
sión hom érica-, está en los com ienzos vinculada a Zeus, y a 
su lado recibe culto en el antiquísim o santuario de Dodona. 
Pero Zeus ha tenido trato sexual con otras grandes diosas. 
De sus am ores con Tcmis proceden las I loras, las M oiras y 
las Gracias, según Mcsíodo, y de M nemósine y Zeus son h i­
jas las nueve Musas. De su unión con su herm ana Deméter 
nació Core-Perséfone. A Metis se la tragó, antes de dar a luz 
a Atenea. De Leto le nacieron Apolo y Ártemis. De su m atri­
m onio con Hera nacieron 1 lefesto, Ares y Hebe. De la ninfa 
Maya tuvo al astuto I lermes.
Pero son también num erosos los am oríos del Padre de los 
dioses y los hom bres con mujeres. Más de un centenar de 
nom bres de m ortales am adas por Zeus han registrado los 
mitógrafos antiguos. Los encuentros de Zeus con estas m u­
jeres asum en variadas formas; según los casos el dios recu­
rre a uno u o tro truco o disfraz. De esos encuentros am oro­
sos nacen, como era previsible, los más famosos héroes. Los 
dos grandes héroes que se convierten en dioses: Dioniso y 
Heracles, son hijos del providente Zeus, que se unió a la te-
102 11. M U JK AS Y MOTIVOS
baña Sím ele y a Alcmena. También de Zeus es hija Helena, 
nacida de I.cda (o de Némesis, según otra variante), a la que 
Zeus se unió en forma de cisne. Sobre la enclaustrada Dánae 
bajó Zeus en forma de lluvia de oro» y de esa un ión nació 
Perseo, otro intrépido héroe. Por más que Hera trate do obs­
taculizar sus am oríos, el ingenioso Zeus logra siem pre su 
propósito: a la peregrinación, m etam orfoseada en vaca, se 
ayuntó en Egipto y de ahí nació Épago. Hijos de Zeus y la 
raptada Europa son los cretenses Minos y Radamantis. Y al­
gún héroe de trágico fin, com o Sarpedón, que m uere en la 
litada.
2. Hera1,4
El nom bre de la diosa parece provenir de la raíz indoeuropea 
jër-/jôr- (como el griego Hora y el alemán ¡ahr) e indicaría a 
«la que está en sa/ón», «m adura para el matrim onio». Es la 
«venerable esposa de Zeus». Aunque muchas otras com par­
ten el lecho del dios, sólo 1 lera se sienta junto a él en el trono, 
presidiendo la reunión de los dioses. Com o tal esposa legíti­
ma, Hera no rieneotros am ores ni aventuras terrenas. Ya en 
las tablillas micémcas aparece m encionada com o com pañe­
ra de Zeus.
Aunque su culto tuvo especial relieve en Argos, y se la ce­
lebra como «la argiva», los templos en su honor se extendie­
ron m uy pronto por todas las zonas pobladas por griegos. 
Además de los templos de Argos y Hcracora, se erigieron 
otros en Samos, en Delos, en Tirinto, en C rotona y en Pes- 
tum. Probablemente fue la pótnia del palacio de Argos, y ya 
en época micénica se extendió su culto; rem ontan los tem ­
plos más antiguos en su honor a la época de los prim eros 
templos, hacia el 800 a.C.
Su m atrim onio con Zeus es un hierósgdtttos w, represen­
tado en algunos relieves antiguos. Según el mito, habría te^
7. I.OS DOCK DIOMft
nido lugar a escondidas prim ero y luego en las bodas cele­
bradas en el jardín do las Hesperides. I lera, como modelo de 
la esposa, es Parthenon al llegar al m atrim onio. Renueva su 
doncellez m ediante un baño mágico y con la ayuda de Afro­
dita sigue atrayendo eróticam ente a Zeus.
Pero, según otros relatos míticos, Hera os tam bién la es­
posa celosa, irritada por los am oríos y aventuras de Zeus, y 
disputa a veces con su divino esposo, como cuenta la Ilíada, 
en más de una ocasión. En esos arrebatos abandona el hogar 
celeste y llega a engendrar por sí sola, para vengarse, al m ons­
truoso Tifón ( al que Zeus deberá vencer en feroz cont ienda), 
y, según una versión antigua, a iiefesto, el dios cojo, que 
guarda una am bigua relación hacia s t madre.
Del m atrim onio con Zeus tiene algunos hijos: Ares, He- 
festo (según otra variante del nacimiento del dios), I lebe e 
llitía. Sella subrayado que ninguno de ellos es una gran figu­
ra en el panteón: Ares os un dios torpe que sólo en la guerra 
brutal despliega su valor; I lefesto está tarado y es engañado 
por su esposa Afrodita, la misma llera lo arrojó del Olimpo, 
y él se vengó atrapándola en un asiento trucado; y Hebe e lli­
tía son figuras un tanto secundarias entre las divinidades. 
I lera, vengat iva y celosa, persigue a las a madas de Zeus, como 
al.e to y a lo, y a los hijos nacidos de las relaciones extram at­
rimoniales de su esposo, com o a Dioniso niño y a 1 ieracles. 
lis una diosa de gran poder, pero rencorosa y poco sim páti­
ca, porque está muy lim itada a su fun:ión de esposa y p ro ­
tectora del m atrim onio legítimo.
Tiene muy poco de m aternal, y no se la invoca como «ma­
dre». (Lo que no deja de tener interés, juando se piensa que 
ha heredado a la Diosa M adre de época anterior.) Son otras 
figuras las que tom an un aspecto más maternal, com o De- 
m éter (aunque sólo tiene una hija) y la m ism a Afrodita. 
Tampoco se encarga del hogar (¿unción asignada a Hostia). 
Com parte desde su posición de esposa legítima el trono real 
y lleva la correspondiente corona.
104 II. n r.U R A SY MOTIVOS
lin la i liada está dccididam cnlc del lado do los aqueos, 
como Atenea (con laque mantiene buenas relaciones), como 
es propio de una diosa de Argos y Micenas. Según el lam oso 
m ito del juicio de Paris, es por a ofensa causada por la pre­
ferencia del príncipe Iroyano que entregó la m anzana de oro 
a Afrodita, lis una representante de la soberanía, la prim era 
función en el esquem a de Dumézil. (M ientras que Atenea 
representa la segutula, la guerrera, y Afrodita, la tercera, la 
productiva.)
Su epíteto más característico en Hom ero es el de boopis: 
«de ojos de vaca». La vaca es el anim al que le está especial­
mente consagrado. Varios festivales -en Argos, en Platea, en 
Sanios-, se celebran en su honor, rem em orando sus bodas y 
sus rencillas con Zeus, mediante rituales muy antiguos y pe­
culiares.
3. Po$eidóii'*>
Kl nom bre del dios se suele in terpretar com o un térm ino 
com puesto: potei· «señor, esposo», en vocativo, y da- «Tie­
rra». Sería en sus orígenes «el señor o esposo de la Tierra»» a 
la que abraza y agita, según su título de «liiinosígaios» (o 
«Knnosidáon» según la form a que parece en las tablillas mi- 
cénicas y que tiene un paralelo en el «Knnosidas» de Pinda­
ro) g7. Es, en efecto, el que provoca los terrem otos, el bronco 
señor de los seísmos.
Ya Homero cuenta cóm o los tres hijos de Crono se repar­
tieron el poder: a Zeus le tocó el cielo, a Poseidón el mar, y a 
Hades el m undo subterráneo de los muertos, lis, en la épica 
y en la época clásica, el dios del m ar y habita en sus profun­
didades, junto a su esposa Anfitrite. Kn su figurase parece a 
Zeus. Su arm a no es el rayo, sin embargo, sino el tridente con 
el que revuelve las aguas en las torm entas y sacude y golpea 
Ja tierra.
7. U )S DOCK DJO.SKS /05
Según las tablillas micénicas era el dios nuis im portante 
en Pilo, lil recuerdo de su im portancia en el palacio ribereño 
se mantuvo largo tiempo; todavía en la «Telemaquia» el poe­
ta de la Odisea nos presenta al rey Néstor ofreciendo un im­
portan te sacrificio en su honor. I.osjonios, probablemente 
procedentes de esa zona, le dedicaron un santuario en el pro­
m ontorio de Mícale, centro de toda la Jonia. Los mitos le re­
conocen su poder al hacerlo padre de Neleo y de Pelias, que 
luego se instaló com o reyen Yolco, en Tesalia, y de leseo , el 
gran héroe ateniense.
Pero Poscidón ha tenido que ceder en sus rivalidades con 
otros dioses, fren te a l lera en Argos, frente a Atenea en Ate­
nas, frente a Zeus en general. Su hijo, el cíclope Polifemo, es 
cegado por Odiseo, y, a pesar de su gran poder, el dios m ari­
no no logra más que dem orar el regreso del héroe, protegi­
do por Atenea. O tros hijos de Poscidón, seres m onstruosos 
y turbulentos, son vencidos por otros héroes griegos. Kl dios 
conservael furor de las fuerzas elementales de la naturaleza 
del m ar y los terrem otos^.
Com o señor de las aguas es tam bién una divinidad aso­
ciada a la fecundidad y a la creación de las fuentes, surgidas 
por su intervención. Los manantiales de Lerma, cerca de Ar­
gos, son un regalo de Poseidón tras el encuentro am oroso 
con la danaide Amfmone,
A él se le consagra el caballo, engendrado por el propio 
dios, según un relato mítico. H1 caballo fogoso, sacudidor del 
suelo en su galope, es una imagen del dios. Un o tro mito él 
mismo se transform ó en caballo para acoplarse con Demo­
ler, que había tom ado la figura de una yegua, De su unión 
con la lirinis jun to a la fuente Telfusa, en B eoda, nació 
Arión» el velocísimo caballo que el dios ofreció a Adrasto, 
para salvarlo de la muerte ante los muros de Tebas. Del inte­
rio r de la Medusa decapitada por Perseo surgieron d alado 
Pegaso y el guerrero Crisaor, progenie del dios, que se había 
acostado con ella. Hn varios lugares se le sacrificaban uofre-
100 i i . k i í iu r a s y m o i i v o s
cían caballos en fiestas a ó\ dedicadas. Los animales eran sa­
crificados por inm ersión o despeñándolos al m ar o a una 
sima profunda. Es frecuente su atribulo de Hippios.
Com o protectora de la dom a del caballo y de los navios, 
Alenea entra en concurrencia con Poseidón, a quien invocan 
los navegantes y al que se le dedican los caballos. Pero está 
clara la competencia de cada dios: Atenea es la inventora del 
freno y de la técnica de navegar, es decir, del arte civilizado 
para dom inar los elementos, m ientras que Poséidon repre­
senta el ím petu natural, salvaje y furioso, de la m ar y el ca­
ballo.
Poseidón recibe culto en muchos lugares m arineros, y en 
especial en Corinto, ciudad que extiende su dom inio por 
am bos mares. También en el templo de Sunión, en el cabo 
del Ática desde donde se avistan todos los barcos que salen 
y en tran en Atenas. Com o a Zeus los juegos Olímpicos, a 
Poseidón se le honra en los ístm icos, jun to al Istm o de 
Corinto.
A. A tenea"
La diosa surgió de la cabeza de Zeus, en un parto prodigio­
so, Nació herm osa y joven y revestida de rutilante arm adu­
ra. Hefesto con su doble hacha hendió el cráneo del Padre y 
de allí brotó, luminosa y perfecta, la poderosa diosa de ojos 
glaucos, blandiendo la lanza y agitando el escudo. Una diosa 
guerrera y sin madre. H1 nacim iento maravilloso es un rasgo 
decisivo de la caracterización de Atenea, firm emente unida 
a Zeus como hija predilecta del Altísimo. La escena estaba re­
presentada en uno de los frontones del Parienón, el gran tem ­
plo de la acrópolis ateniense erigido en honor de la d io sa ,0I).
Su nombre, de oscura etimología, con un sufijo prehelé­
nico (en -ana, que aparece en algunos topónim os), tal vez 
esté relacionado con la propia ciudad de Atenas, y Atena fue-
7. MS IXttC !WKK 107
ra, originariam ente, la «señora» de la ciudad. Athana potnia 
aparece m encionada en una tablilla de Cnosso. En varias lo­
calidades Atenea era venerada en el templo situado en lo alto 
de la vieja cindadela, en la Acrópolis, com o en Atenas. Era 
una diosa guerrera, com o se destaca en su vestimenta, arm a­
da con la coraza y blandiendo la lanza y la égida, su terrorífi­
co m anto forrado de piel de cabra (aix: ‘cabra’, y aïsso: ‘agi­
ta r’); sobre el pecho lleva la cabeza de la (iorgona, sím bolo 
del espanto, y sus ojos em iten un terrible fulgor.
Es glaucdpis, la de «ojos de lechuza», según una etim olo­
gía fácil (Glaux: «lechuza»). El ave nocturna, de grandes ojos 
y expresión meditativa, es su símbolo. (En el m undo minoico 
abundan las representaciones de una diosa υ sacerdotisa con 
un ave.) Pero el epíteto puede entenderse también com o «la 
de ojos ciaros y brillantes». Cuando se aparece a Aquiles en 
el canto 1 de la litada recuerda el poeta que sus ojos lanzaban 
terribles destellos.
AI no haber nacido del vientre de mujer, sino de la cabeza 
de su padre, Atenea aparece distanciada de lo femenino. 
(Aun adm itiendo la versión de que su m adre pudo haber 
sido Metis, una diosa de la Inteligencia que Zeus se engulló 
previamente, temeroso de que diera a luz un hijo demasiado 
poderoso, Atenea es la hija sólo de Zeus.) Tiene figura y há­
bitos femeninos, pero no com parte las penas y placeres pro­
pios de su sexo. Por su afición a las arm as está del lado de los 
guerreros y es com pañera de los héroes. Semejante a las wal- 
kirias germánicas en su ardor bélico, se distancia de la b ru ­
talidad belicosa de Ares, dios de la guerra. Atenea es siempre 
la inteligencia y la eficacia en el combate, es decir, lo civilizado 
y táctico frente al ciego im pulso de m atanza, sangre y des­
trucción que perleneceal turbulento Ares. Es una diosa de la 
claridad incluso en la arrem etida del combate.
Es la protectora de los héroes: de Aquiles, Ulises, Perseo, 
1 leracles, Teseo, Tideo, etc. Aparece a su lado en los m om en­
tos de mayor tensión com o para confortarlos antes de la vic-
¡os II. W tiUKASV MOTIVOS
loria. De algún m odo aparece com o interm ediaria de los de­
signios de Zeus en esa cercanía a los esforzados caudillos y 
aventureros. También es protectora de las ciudades» com o 
Polids y Poltuchos, y por ello su santuario está en el corazón 
de la fortificada ciudadela. Su pequeña estatua, el paUadion, 
sirve de resguardo a la fortaleza. Por eso los saqueos roban 
la imagen santa de Troya, en una auda/. escaramuza, (Tal vez 
ese rasgo es una reliquia de su función en el palacio de tiem ­
pos micénicos, de su papel com o Potnia protectora.) F.n la 
¡liada y en la Odisea desciendo del O limpo para presentarse 
ante sus protegidos; a Aquiles sólo visible para él, a Ulises co­
mo una joven muchacha, a Telémaco disfrazada com o el an­
ciano Méntor.
Com o diosa de la inteligencia constructora, es la patrona 
de los artesanos: de los carpinteros, de los ceramistas. C ons­
truyó el prim er carro, cooperó en la fabricación del Caballo 
de Troya, y en la construcción de la prim era nave, y en lam í- 
tica Argo. Fero tam bién es patrona de las labores femeninas 
del telar y la rueca. Inspira a las tejedoras y bordadoras y cas­
tigó trasform ándola en araña a la vanidosa A racnc que se 
atrevió a rivalizar con ella en el bordado. Com o diosa p ro ­
tectora de la polis, y am ante de las tareas artesanas, recibe 
cada año en homenaje de toda Atenas el peplos bordado por 
las jóvenes de la ciudad.
En la disputa con Poseidón por el patronazgo de Atenas, 
el dios del tridente hizo brotar una fuente y Atenea introdujo el 
olivo. Obtuvo así el triunfo sobre su tío. En la Acrópolis re­
verdecía el olivo em blem ático, que rebrotó tras la derro ta de 
los persas. El árbol es un regalo de la diosa y representa bien 
algunos aspectos de la misma. Civilizado, con su follaje claro 
y sus frutos laboriosos de múltiple utilidad y uso, el vetusto 
olivo m editerráneo es, con la lechuza, uno de los sím bolos 
del Ática, noble y austera.
Atenea se m antiene virgen, y recibe culto como parificaos. 
Es una doncella que no conoce am oríos ni tentaciones sexua-
λ I.OMHMIÈ IM O SK 109
les. Cuando, apenas nacida, el dios I lefesto se prendó de ella 
y quiso hacerla su esposa, lo rechazó de plano. Persiguiéndo­
la, el d ios dejó caer sobre su muslo unas gotas de semen que 
Atenea arrojó a tierra. Y de ellas nació Rrectco-Krictomo («el 
muy terrestre»), a medias con figura humana y Λ medias sier­
pe» com o vástago de la T ierra Madre. Por su origen clónico 
lírecteo, p rim er rey de Atenas, presenta ese aspecto m ons­
truoso, en su nacimiento. Fue Atenea quien cogió al recién 
nacido y lo alzó en sus brazos, com o adoptándolo, más como 
un padre que com o una madre. Lo confió luego a las hijas de 
C lécrope, que luego se asustaron de su aspecto y se suicidaron 
arrojándose al abismo desde la Acrópolis101.
Sus fiestas principales eran las Panateneas, en las que en 
solemne cortejo los atenienses acudían al templo de la Acró­
polis a testim oniar su devoción. Más tardela diosa de la 
inteligencia fue considerada una valedora de la cultura ilus­
trada de la brillante ciudad, m etrópolis de las artes y la filo­
sofía ,02.
5. A polo103
Apolo es una figura de extraño origen. Su nom bre no apare­
ce en las tablillas micénicas, y su etimología es oscura. Pro­
bablemente se introdujo en el panteón helénico a mediados 
del segundo milenio, viniendo de Asia Menor. Kra acaso en 
su origen un dios de los rebaños. Todavía en el Himno homé­
rico a Hermes se menciona que poseía una manada de bovi­
nos (como la que tenía Helios, según la Odisea)· No deja de 
ser paradójico que este dios, que por su aspecto grácil y se­
reno parece encarnar el ideal griego de la pureza y la perfec­
ción juvenil, fuera de origen oriental, un asiático adoptado y 
extraordinariam ente bien adaptado.
Hs hijo de Zeus y de Leto, que lo dio a luz junto a su her­
m ana Àrtemis en la isla de Délos, una isla santa desde quo SO
n o U. m iU B A S Y M OTIVOS
ofreció com o asilo pura ese parto de la am ada de Zeus, a la 
que perseguían los rencores de Mera. Allí, pues, jun to a 
la palmera sagrada, nacieron los dos dioses: Apolo y Artemis. 
Luminosos, resplandecientem ente rubios, ágiles y m ontara­
ces, com parten la afición al arco y las flechas. A unque Apolo 
no es, a diferencia de Ártemis, un dios cazador. Sus flechas 
causan la enferm edad (com o se destaca en el can to I de la 
Ilíada) cuando él hiere de lejos con lino perfecto, com o He~ 
kaergos, b landiendo su lum inoso arco de plata. HI arco es un 
sím bolo de su poder distante, pero certero, silencioso.
F.ntre sus epítetos destacan los de Lykeios (de Lykos, ‘lobo’ 
-o acaso ‘de Licia’- ) y Phoibos (Febo, «el brillante»). F.n la 
Ilíada se le invoca com o Smintheus: «Ratonero», tal vez por 
que protegía de las plagas de ratones. Hs tam bién Paidn (p ro ­
bablem ente «curador»; el nom bre de Paiwon sí eslá en las ta­
blillas y quizás fue antes un dios d istin to que Apolo se 
asimiló), y a él se dedicaba el pean o canto de victoria.
Apolo es un dios que cam ina a grandes zancadas y se apa­
rece en lugares diversos. Es el patrón de las colonizaciones a 
lo largo del Mediterráneo. Desde su santuario de Delfos, en los 
repliegues del Parnaso, el dios ofrece su bendición a las em ­
presas audaces de los navegantes y colonos que van a fundar 
nuevas ciudades. Ks el dios de la profecía, el patrón de las a r­
tes, el caudillo de las Musas.
Si Délos es el lugar venerado com o su cuna, isla santa en el 
centro del m ar Kgeo, su santuario m ás fam oso es el de Del- 
íbs, el ombligo del m undo, según la antigua creencia. Desde 
allí se difunde el enorm e prestigio desús oráculos, revelados 
por la Pitia, ia pitonisa que, sentada sobre el trípode, trans­
mite las indicaciones del dios. A veces am biguo y enigm áti­
co, Apolo es Loxias, el «torcido», porque su saber es pro fun­
do y su expresión recelosa. I lay o tros grandes santuarios de 
Apolo, com o Claros y Éfeso en la costa jonia. Pero, sin duda, 
ninguno ha logrado el esplendor y la perdurable fam a de 
Delfos (Pythó) com o sede oracular, centro de veneración
7. LOS DO Ct UJOSilS ///
panhelénico. Allí se elevaba el gran templo del dios, conm e­
m orando su victoria sobre el m onstruo local, una gigantesca 
dragona que guardaba el lugar. Apolo m ató a esta gigantes­
ca sierpe y se apropió el oráculo, que perteneció antes a la 
T ierra (Ge)» Allí se celebraban en su honor los famosos Jue­
gos P íticos101.
El clero que rodeaba el culto estaba constitu ido por un 
cuidadoso grupo de sacerdotes, que envolvía a la Pitia, única 
voz que recogía los mensajes y respuestas del sabio dios. Y 
allí, en Delfos, se rendía tam bién culto a D ioniso durante 
unos meses, cuando Apolo se encontraba de viaje por el Nor­
te, visitando a los piadosos Hiperbóreos. Allí estaba la famo­
sa fuente Castalia, y por las cercanías del Parnaso corretea­
ban las Musas en alegre cortejo, prestas a las órdenes del 
M usageta («conductor de Musas») Apolo, m aestro de la lira 
y director de las danzas.
Apolo es padre de algunos héroes y adivinos, com o el fa­
m oso Mopso. Entre sus num erosos lances de am or no faltan 
los fracasos o los am ores desdichados, tanto en sus tratos 
con ninfas com o con mujeres. Persiguió en vano a la ninfa 
Dafne, que prefirió transform arse en laurel a unirse al dios. 
También la doncella Castalia prefirió arrojarse desde las al­
turas a la fuente que lleva su nom bre, para escapar del acoso 
del dios. Casandra, a quien había concedido videncia profé- 
tica, eligió perm anecer doncella. Marpesa prefirió a un m or­
tal, Idas, y C orónide, encinta ya de sus encuentros con el 
dios, le traicionó con o tro hum ano, el arcadio Isquis. (Por 
ello el dios la mató, y luego extrajo de su vientre, ya en la pira 
funeraria, a su hijo Asclepio.) A su am ado Jacinto lo mató 
accidentalmente, al golpearle en la nunca con el disco en un 
entrenam iento atlético.
El dios es terrib le en sus venganzas y en su cólera. Junto 
con su herm ana Artemis acabó con los gigantes Oto y Efial- 
tes, que habían querido forzar a Hera, y con Ticio, que inten­
tó violar a Leto. Con certeras saetas, en com pañía de su her-
¡12 (I. FH'.UMAS Y MOTIVOS
mana, aniquiló a los hijos de Níobe, que se había jactado de 
ser una m adre más dichosa que Lelo por el núm ero de sus 
hijos. Despellejó al sátiro Marsias que se atrevió a com petir 
con él en un reto musical, la flauta contra la lira, y puso ore­
jas de asno a Midas, por preferir la flauta de Pan a la lira apo­
línea. Cuando Zeus fulm inó a su hijo Asclepio, culpable de 
haber resucitado a un muerto, se vengó m atando a los Cíclo­
pes, que habían forjado el arm a divina, y tuvo que expiar su 
crim en sirviendo com o esclavo a Admeto, rey de Peras, en 
Tesalia, purificándose luego del crim en, lis tam bién un dios 
purificador, y en su honor se celebran fiestas y festivales en 
num erosas ciudades (por ejemplo las C arneas en Lacede- 
inonia).
Febo, dios de la luz, fue adorado com o dios solar, aunque 
en tiem pos prim ero era I Ici ios quien tenía tal dom inio. Su 
fraternal antagonism o con Dioniso está cargado de am bi­
güedad. Lo apolíneo se enfrenta a lo dionisíaco en una opo­
sición polar un tanto abstracta» por encim a de las relaciones 
míticas entre los dos herm anos. Fue, com o es bien sabido,
F. Nietzsche quien destacó esa confrontación que resulta tan 
productiva para explicar ciertas tensiones de la civilización 
griega, y luego otros estudiosos han insistido en ella (por 
ejemplo, II. Fraenkel, K. Reinhardt, B. Vickers, etc.). Frente 
al frenesí dionisíaco, Apolo representa la serenidad, la clari­
dad, la distancia de lo patético, que parece ser un trazo ca­
racterístico de la divinidad del período clásico. Pero el dios 
de las purificaciones 110 deja de ofrecer algunas imágenes de 
violencia y venganza sangrienta, com o M. D etienne ha se­
ñalado.
lin la ¡liada Apolo está de parte de los troyanos, aunque se 
niega a com batir con su tío Poséidon a causa de los mortales. 
Interviene en la m uerte de Patroclo, deteniendo su avance 
triunfal.
Hay en su figura de efebosonriente una cierta frialdad, y 
en su belleza juvenil late un aplomo sereno que invita a man-
7, t.OMXKIi·. l>IO>hS
tenor el respeto y la distancia. Es el protector de la sabiduría 
tradicional y de la civilización m arcada por un talante racio- 
nal y las máximas de la m oderación. En su templo de Delfos 
estaban grabadas las sentencias de los Siete Sabios: «Conóce­
le a ti mismo»» «nada en demasía», «lo mejor es la medida». 
Es el dios de la sophrosyne> esa cordura tan preciada y tan 
difícil.
Como dice W. Otto:
el ca rác te r d io n is íaco q u ie re el éxtasis; p o r lo ta n to p ro x im id ad ; el 
ap o lín eo , en cam b io , c la rid ad y fo rm a, en consecu en c ia d istanc ia . 
Esta p a lab ra c o n tien e un e lem en to negativo , d e trá s del cual está lo 
positivo : la ac titu d del co n ocedor.
Apolo recha/a lo demasiado cercano, elapocamiento en los ob­
jetos, la mirada desfalleciente, y también la unión anímica, la em­
briaguez mística y el sueno extático. No quiere al alma, sino al espí· 
rilo. Quiere decir: libertad de l.i proximidad con su pesadez, abulia 
y estrechez, para lograr noble distancia y mirada amplia,05.
6 . A r te m i s " *
Nacida en Délos, en el famoso parto de Leto, com parte con 
su herm ano Apolo algunas características. Se parece a él en su 
aspecto, com o ágil y esbelta diosa rubia, de larga cabellera, 
cazadora arm ada de un espléndido arco, m ontaraz. La hija 
de Zeus y Leto es una joven siempre virgen ,parthenos invio­
lada e inviolable» que mantiene su doncellez como un privi­
legio otorgado por su padre. No es la virginidad guerrera de 
Atenea, hostil y ajena al sexo y sus placeres, sino una donce­
llez exultante y agreste, eróticam ente atractiva, la que carac­
teriza a la joven Ártemis.
Com o divinidad casta, es protectora de las muchachas en 
la pubertad y en algunos lances decisivos de su vida. De ahí 
que se la invoque en las ceremonias de la boda y también en 
los partos, para que acuda en favor de la joven esposa o pró-
IN II. H t iU k A SY MOTIVOS
xima madre. También castiga las ofensas a la castidad seve­
ramente.
Desde sus comienzos es la «señora de los animales salva­
jes», pólnia theróu. Avanza por los bosques y lugares agres­
tes con su cortejo de ninfas, en un raudo carro tirado por 
cuatro ciervos, y en su tropel festivo figuran fieras. Jabalíes, 
osos y leones. Sus venganzas son temibles. Contra Hneo en ­
vió al famoso jabalí de Calidcn, una devastadora bestia, 
para cuya cacería se movilizó un renom brado pelotón de jó ­
venes héroes, en una aventura épica. Por la ofensa com etida 
por Agamenón (al cazar una liebre en su santuario) exigió el 
sacrificio de la hija del rey, ingenia.
Λ flechazos mató a Ticio, que se atrevió a acosar a su m a­
dre, Leto; y a O rion y a Oto, otros dos gigantes, que preten­
dieron vio lara la misma Artemis. Y m etam orfoseóen cier­
vo a Acteón, el cazador que rivalizó con ella (y que la espió 
en su bario en el bosque). Y, junto a su herm ano Apolo, casti­
gó con la m uerte a los hijos de Níobe, asaeteando Apolo a los 
muchachos y Artemis a las muchachas. También sus (lechas 
pueden causar enferm edades terribles.
Com o señala el Himno de Calimaco, en m uchos lugares 
había santuarios y templos de \x diosa. Pero el más famoso 
era el gran templo de F.feso, que fue repetidam ente destru i­
do, una de las maravillas del mundo antiguo po r su esplen­
dor. Allí Artemis-Diana era venerada com o Gran Diosa con 
aspectos semejantes a algunas diosas orientales ligadas a la 
fertilidad natural, com o Pótnitt Theron. O tro santuario im­
portante era el de b raurón , en el Ática, donde un grupo de 
muchachas celebraba a la diosa, con un ritual peculiar, dis­
frazadas de oso, sustituyendo ritualm ente a una osa que los 
jóvenes del Ática habían m atado en una ocasión.
En los dioses del O lim po homérico, Á rtem is no destaca 
por su poder. Kn la Ufada (XXI, 470 y ss.) Hera la riñe como 
una dura m adrastra a una adolescente traviesa y corre a ser 
consolada por Zeus. Hn la Odisea (VI, 102 y ss.) en un bri-
7, ΙΟΜΗΚ,Ι-.Ρ ΙΟΜ,Ν Π5
liante símil la evoca el poeta al com parara la princesa Nausi­
caa con la divina cazadora quo recorro ágil los montos (como 
el Taigeto o ol Krimanto). Kstá un tanto al margen del mundo 
de las cortes y de las hatal las épicas. Su dom inio es el monte y 
los espacios salvajes, al margen de la civilización. Allí triunfa 
con sus ninfas y com pañeras de juegos agrestes, y allí recibe 
el culto y la devoción de cam aradas de caza, com o los del 
casto Hipólito (Hipólito de Irecén, al que el rencor de Afro­
dita lleva a una trágica muerte. La diosa Artemis, con una 
actitud significativa, no acude a salvara sti fiel, pero se venga 
m atando luego, mediante un feroz jabalí, a Adonis, el favori­
to de Afrodita).
También» com o Apolo, asume el halo resplandeciente de 
otras divinidades. Así como Apolo se asimila a 1 lelios, como 
dios solar, Artemis, Diana, la refulgente Luna, adquiere el 
fulgor de antigua Selene. N octurna y selvática, es una divi­
nidad de los pasos difíciles, y de los espacios deshabitados y 
escarpados. Preside algunascerem onias de ritos de pasaje de 
muchachas, y en su honor se celebran algunos cultos con de­
rram am iento de sangre. (Así, por ejemplo, los ritos de los 
tauros evocados por luirípidss en Ifigenia entre los TaurosIW.)
7. Afrodita™
Afrodita, la diosa del am or, es una divinidad cuyo nom bre 
no aparece en las tablillas micénicas. Los m ism os griegos 
eran conscientes de su origen oriental. Según Heródoto 
(1 ,105), su culto original se encontraba en Fenicia» en el sun­
tuario de Ascalón, de donde los fenicios lo habrían llevado 
hasta Citera y Pafos, en Chipre, según atestiguaban los mis­
mos chipriotas. Desde la época de Homero y Hesíodo lleva 
los sobrenom bres de Cipria (Kypris), y «nacida en Chipre» 
(Kyprogéneia), recordando esa procedencia. Según la Teogo­
nia de Hesíodo, la diosa surgió recién nacida de las olas ma-
II. H liU KAS Y MOTIVOS
riñas ante la isla de Citera y luego llegó a su santuario fam o­
so en Palos de Chipre.
Es un tipo de divinidad muy próxima a la diosa del am or y 
la fertilidad que encontram os en Babilonia, en Fenicia yen 
otros pueblos asiáticos. La Afrodita Urania tiene un paralelo 
en la «diosa del cielo» oriental, en Istar y Aslarté. Pero se ha 
helenizado pronto. En lugar de hullosa desnuda o guerrera, 
aparece desde el siglo vni a.C. totalm ente adaptada a la 
moda griega, con un largo peplo y áureas joyas y un trono de 
vivos colores. Deslaca por su espléndida belleza, sus gracias 
y encantos. La acom pañan las Cárites, y el deseo am oroso 
(Uros) y el anhelo del ser am ado (¡-¡(meros).
Según la versión de I lomero (litada, V, 312 y 370), es hija 
de Zeus y de Dione. Pero su genealogía más genuina, la que da 
1 lesíodo (en Teogonia, 188-206), la hace nacer del semen de 
Urano arrojado a las aguas m arinas. Cuando Crono el astuto 
casi ró a Urano que descendía am oroso sobre Cíen, sus geni­
tales cayeron al mar, y de esa espum a m arina surgió Afrodi­
ta. Su nom bre, según una etimología popular, aludiría a esa 
espuma (aphros) de la que había nacido la bella diosa. Cam i­
nando entre la espum a llegó la diosa a la isla de Citera y lue­
go a C hipre,n9. Según esta versión, Afrodita es anterior a los 
olímpicos, ha nacido del impulso genesíaco del Cielo (U ra­
no) en conjunción con las aguas. Es un im pulso cósmico y 
una fuerza natural primigenia, una divinidad que se reviste 
de una magnífica figura de joven doncella, y su grácil apa­
riencia se rodea de una singular fascinación. A su paso flo­
rece la tierra, y con ella van Eros e I lim eros, personificados 
luego com o sus hijos, sobre todo el prim ero. Son los genios 
del im pulso am oroso que reflejan los encantos de la diosa. 
(Aunque Eros cobra pronto una notable autonom ía y aun li­
bertad 110; en I lesíodo representa un impulso divino que está 
en ios prim eros orígenes del m undo; y en cierlos relatos y 
desarrollos del mito puede incluso, diosecillo travieso, herir 
con sus (lechas a su misma madre.)
7. i.os ικΗ ΐ. Diosas 117
Afrodita encarna el im pulso erótico y tam bién el placer 
del sexo y del trato sexual; simboliza la fuerza de la pasión y 
el deleite del amor, el atractivo de la belleza y el hechizo de su 
posesión, lis suave y seductora por excelencia, la acompañan 
las Gracias (CharitenJyUx irresistible Persuasión (Peilhó). Es la 
diosa «amiga de las sonrisas» (philorntneidés), de las flores 
y de los jardines» resplandeciente con su corona y sus colla­
res de oro, «la áurea Afrodita», que extiende su benéfico po­
der sobre todas las criaturas, invitándolas a em parejarse y 
realizar las gratas tareas que están bajo su am paro. No es, 
aunque tenga algún hijo al que protege, como el héroe lineas, 
una diosa madre, ni tampoco una diosa del matrim onio, que 
am parala venerable I lera.
Según la versión más extendida del mito, está casada con 
el dios Hefesto, el cojo y astuto herrero, el servicial patrón de 
artesanos y joyeros (tal vez de ahí la conexión con Afrodita). 
Pero le engaña con Ares, el rudo guerrero. En el canto X VIII 
de la ¡liada se cuenta cóm o el avisado esposo capturó a am ­
bos am antes en el lecho con una mágica red y los expuso a 
las miradas y risas de los otros dioses. (Una versión paródica 
de un antiguo hierbsgdmos entre la diosa bella y el Señor de 
la guerra.) En ’lebas se contaba el mito de las bodas de am ­
bos, y de esa unión había nacido l (arm onía, que los dioses 
otorgaron com o esposa a Cadm o, el fundador de la ciudad 
b eo d a . H arm onía evoca en su nom bre el acorde o ajuste 
perfecto entre la diosa del am or y el dios de la guerra.
Sólo Atenea, Artem is y Hestia, entre los dioses, se sus­
traen al poder de Afrodita. I Iasta el m ism o Zeus se deja cau­
tivar por el hechizo am oroso. En el famoso episodio del ju i­
cio de Paris, el príncipe troyano elegido com o árbitro entre 
las tres diosas: Mera, Atenea y Afrodita, concede la manzana 
de oro com o prem io a la más bella a la diosa del amor, fista a 
cambio le concederá a Helena, la más bella mujer de Grecia. 
I,o que será el motivo de la larga guerra en to rno a Troya.
G. Dumézil ha glosado este episodio com entando que cada
II. IK iU K A S V M OTIVOS
diosa représenla a una función social: Hera la soberanía, 
Atenea la guerrera y Afrodita la productiva. 1.a elección de 
Paris es significativa: pretiere la belleza y la abundancia pla­
centera a los prestigios basados en el poder regio y en la 
fuerza de las am ia s111.
I.a m anzana, objeto cargado de sim bolism o erótico, es un 
fruto asociado a la diosa, com o tam bién la palom a, ave em ­
blemática de la suavidad del am or. Kn los altares de Afrodita 
se quem a incienso y se le sacrifican palomas, com o a la diosa 
fenicia Astarlé.
Kn Troya está a favor de los asediados. Por varios motivos: 
su origen asiático, su agradecim iento a Paris y su relación 
con alguno de los príncipes de la ciudad. Ks la m adre de lincas, 
nacido de su unión con Anquises, un famoso encuentro n a ­
rrado en el Himno homérico a A frod ita11*. Tuvo lugar en el 
monte Ida, donde Afrodita hereda ciertos rasgos de la diosa 
Irigia Cibeles, una diosa déla m ontaña y de los anim ales sal­
vajes, uncidos a su cortejo triunfal. De igual m odo la Afro­
dita venerada en el templo de Afrodisias en Caria parece ha­
ber suplantado a la Gran Diosa de Asia Menor.
Kn el templo de Afrodita en Corinto se practicaba la pros­
titución sagrada (com o en los tem plos asiáticos de Istar y 
Astarté). Kn un fragmento de Píndaro ( 122), el poeta alude 
a las hierdodulas que ofrecían allí su am or venal:
Vosotras, doncellas hospitalarias, servidoras de Persuasión ¡Peit- 
hó} en la opulenta Corinto, que encendéis las rojizas lágrimas del 
incienso y celebráis a la celeste Afrodita, madre de los dioses amo­
rosos. Hila os hace recalar inocentemente el placer de la fina flor en 
almohadas deleitosa*. Donde manda ia necesidad todo está bien.
Las fiestas de Afrodita estaban ligadas a la sensualidad y a 
las flores y los perfumes, expresión de los goces naturales de la 
vida. La am able dicsa de los jardines recibía culto en ias fies­
tas en recuerdo de su am ado Adonis, y las lam entaciones ri ­
tuales por la triste muerte del favorito de la diosa estaban ro-
7. I.OS P O O . DIOSAS 119
cicadas de todo un ceremonial singular. Frente a las Tcsmo- 
forias en honor de Deméter, las Adonias eran tiestas igual­
mente de mujeres; pero a la feminidad hogareña y m aternal 
celebrada en unas fiestas se contraponía la sensualidad eró ­
tica no menos femenina de las otras. Las unas para las muje­
res casadas y al servicio de la m aternidad y el m atrim onio 
bien regulado, am parado por 1 lera y D em itor, y las otras 
para las heteras y las am antes, entre los arom as penetrantes 
y las llores m ás efím eras de los jardines del placer n\
Afrodita recibía culto en unos círculos singulares, en los 
que la diosa era invocada con afectuosa veneración y una 
am able familiaridad, en una atm ósfera esencialmente feme­
nina y privada. Ks el tipo de religiosidad que conocemos por 
los fragm entos de los poem as de Safo de Lesbos. Allí la poe­
tisa se dirige a la diosa invocándola repetidam ente, con una 
personal devoción. La invita a venir en su auxilio, a favore­
cer sus am ores, atrayendo apasionadam ente a su am ada, o 
bien a p artic ipa ren la fiesta nocturna en un bostjuecillo de 
manzanos. «Afrodita, la del trono pintado, tejedora de enga­
ños»... «sé tú aliada de com bate...»11‘.
Afrodita es, com o los o tros dioses griegos, despiadada y 
rigurosa en castigar a los que desdeñan su poder. Así destro­
za la vida de Hipólito, el casto seguidor de Ártcm it, y no va­
cila para ello en u tilizara la apasionada Fcdra. Otorga tam ­
bién su favor a algunos héroes, com o a Jasón, haciendo que 
Medea se enam ore de él, y a Teseo, inspirando am or a Ariad­
na. Kn la pasión se revela el gran poder de la diosa, tan ex­
tendido en toda la naturaleza como intenso en sus embates; 
com o cósm ico anhelo celebra ese poder de Venus el latino 
Lucrecio al com ienzo de su poem a Sóbrela naturaleza de las 
cosas ( ï,2 3 y ss .).
La figura de la diosa desnuda, tal com o aparece en algu­
nas representaciones asiáticas de la diosa del amor, fue susti­
tuida en Grecia por la de la herm osa y esbelta diosa ataviada 
con el largo peplo, coronada, y con brillantes collares y ador-
120 í i . n i i i n u M Y H r t n w f t
nos. Pero la estatua que Praxilcles esculpió para el santuario 
de Cnido representó de nuevo a la diosa en su total desnudez 
e im puso el m odelo de la Afrodita desnuda de la época hele­
nística y rom ana, En Roma el culto a Eneas y la devoción de 
la familia Julia a Venus, m adre del héroe fundador de la ciu­
dad, y de quien desciende Julo y su familia, realzó el presti­
gio de la divina am ante del troyano Anquises.
Desde la época helenística Eros aparece acom pañando a la 
diosa en form a de niño alado y travieso. Ya en época clásica 
la diosa se presenta acom pañada por jóvenes alados (Eros e 
Hímeros, o Eróles, «amores»), genios que sim bolizan su an ­
cho poder de seducción. «Pero A frodita es única. Se d istin ­
gue claram ente de Bros a quien el m ito llam a su hijo. Este 
dios desem peña un papel im portante en las especulaciones 
cosmogónicas, pero uno bien d im inuto en el culto. No apa­
rece en Hornero, ausencia significativa e im portante. Es el es­
p íritu divino del anhelo y de la fuerza de engendrar. Pero el 
m undo de Afrodita es de o tra categoría, más am plia y m ás 
rica. La idea del carácter y poder divino 110 em ana (com o en 
Bros, véase P latón, Banquete, 204c) del sujeto que anhela, 
sino del que es am ado. Afrodita no es la am ante; es la h erm o ­
sura y la gracia sonrien te que arrebata. Lo prim ero no es el 
afán de apresar, .sitio el encanto que lleva poco a poco a las de­
licias de la unión. El secreto de la unidad del m undo de Afro­
dita consiste en que en la atracción 110 actúa un poder dem o­
níaco por el cual un insensible agarra su presa, Lo fascinante 
quiere entregarse a sí m ism o, lo delicioso se inclina hacia lo 
em ocionado con la sinceridad sentim ental que lo hace tanto 
más irresistible. Ésa es la significación de Caris que sirv ién­
dola acom paña a Afrodita, chdris es algo más que la conquis­
tadora que toma posesión de otros sin entregarse a sí misma. 
Su dulzura es al m ism o tiem po susceptibilidad y eco, “am a­
bilidad” en el sentido de favor y de voluntad de ont regarse. La 
palabra duíris significa tam bién g ratitud y directam ente el 
consentim iento de loque desea el amante» ( W. R Olio).
7. IO S IX 'C K DIONI S ¡21
La distinción que Platón recoge en el Banquete entre dos 
Afroditas: una Urania o Celeste y o tra Pandemos o popular 
puede ser el eco de una fórm ula más antigua. La Afroditace­
leste está relacionada con la diosa del am or orienta! que re­
cibe justam ente ese epíteto (por ejemplo Istar o Astarté). Al 
mismo tiempo, Urania puede evocar su procedencia de Urano, 
com o una divinidad prim igenia, an terior al m ism o Zeus. La 
calificación de Pandemos recoge el aspecto universal de la 
pasión y del erotism o en sí, y alberga esos aspectos popula­
res de la diosa que no distingue rangos ni barreras sociales; a 
la que sirven las prostitutas y que favorece el placer sexual de 
todo lipo; td nphrodísia, son los tratos sexuales sin más, «las 
obras de Afrodita».
En la iconografía hay alguna representación de una Afro* 
dita andrógina, con barba, y alguna vez se menciona a Afro- 
dito, lo que tal vez será una reliquia de cultos antiguos, con 
precedentes orientales.
8. / / t rm e s115
Mermes es, sin duda, un d ios m uy antiguo, integrado en ia 
familia olím pica com o hijo de Zeus y do la ninfa Maya, que 
lo dio a luz en el m onte deC ilene en Arcadia. Su nombre está 
relacionado con herm a , el m ontón de p iedras que sirve de 
linde o que marca un cruce de cam inos. (Jomo li-nm-a apa­
rece ya en las tablillas micénicas. Se trata, pues, de un dios de 
los cam inos, peregrino y ligero, m ontaraz y astuto en el tra ­
to, do tado de una singular habilidad para el engaño y el 
robo, un trickster divino.
En Arcadia lleva el sobrenom bre de Nómios, «guardador 
del rebaño». Es antigua su imagen com o «pastor», con una 
oveja bajo el brazo o sobre los hom bros. Com o divinidad 
pastoril no sólo protege el ganado, sino que fomenta su fe­
cundidad. Es tam bién el padre del dios Pan, el caprípedo
¡22 II. H til'B A sY MO'UVOS
dios agreste, am igo de los faunos y sátiros, perseguidor ale­
gre do las ninfas y tocador del rústico caramillo. (Pan incor­
pora ciertas facetas do l lerm esen su aspecto arcádico.)
Pero sil representación m ás norm al es la del m ontón de 
piedras, cu to rno a un m ojón pétreo o un palo enhiesto, o 
bien una piedra cuadrada decorada con un falo erecto y co­
ronada con el busto del d ios barbado. Un sím bolo apotro- 
paico, y un busto -el único usual en la época an tig u a- del 
dios, que protege y denota un espacio, que suele erguirse en 
las encrucijadas o ante una casa, propiciando su benevolen­
cia. Es el dios de la ganancia inesperada, que se llanta her- 
maioti, «don de H erm es» .
Se le figura com o a un venerable dios barbado en la época 
arcaica y en la clásica, pero tam bién com o a un joven esbelto 
y ágil. Lleva unas sandalias aladas, un gorro de viaje (el pdfli­
sos de alas anchas, que protege al cam inante del sol y las llu­
vias), y en la m ano em puña el bastón del mensajero, el kery- 
keiott o caduceo, que tam bién es varita mágica.
Ya en H om ero H erm es figura com o el m ensajero de los 
dioses. Kn la ¡Hmia va disfrazado a acom pañar a Príam o has­
ta la tienda de Aquiles, para que el rey troyano logre llegar 
sano y salvo y rescatar el cadáver de Héctor. En la Odisea 
acude a la isla de Circe para ofrecer a Ulises la planta tnoly, 
que le protegerá de los hechizos de la maga, y m ás larde se 
presentará en la de Calipso para transm itirle la orden de los 
dioses de que deje partir de regreso al héroe. Y en el últim o 
canto de la Odisea acom pañará a las alm as de los p re ten ­
dientes m uertos hacia el 1 lados. M ensajero de los dioses, en ­
cargado de misiones difíciles en rem otos parajes, es tam bién 
psychopompós, guía de laspsychaf de los difuntos en su pere­
grinaje al 1 lades. Kn algunas representaciones se ve a Mer­
mes escoltando al d ifun to hasta la barca do Caronte, en el 
um bral del I lados o en la orilla del Aqueronte.
Mermes, capaz de franquear todos los cam inos, raudo 
viajero, señor de las encrucijadas, es un hábil em baucador.
7. J.OS ΙΗ Κ , ϊ 1>|0í) I¿ 123
Su dom inio linda con la magia. Su caduceo, en el que se c ru ­
zan, en form a de ocho, dos serpientes, <?$ un cetro mágico 
-co n claros precedentes o rientales- con el que puede ador­
mecer y desvelar a cualquiera. Con él logró dorm ir al gigan­
te Argos, al que Hera había apostado jun to a lo para impedir 
que Zeus se le acercara. Pero Hermes logró que al vigilante 
Argos le dom inara el sueño, y en cuanto cerró el m onstruo 
sus num erosos ojos, el ta im ado I ierm es lo degolló, dejando 
expedito el cam ino a los am ores de Zeus. El m ito se relacio­
na con el sobrenom bre más habitual del dios, Argeiphotites, 
«el m atador de Argos».
La habilidad extrem a y la rápida astucia que caracterizan 
al d ios están muy bien reflejadas en el m ito sobre su naci­
miento y prim eras hazañas, tal com o las cuenta el Himno ho­
mérico. Nacido al alba, al m ediodía tocaba la lira recién in ­
ventada sobre una concha de to rtuga y al atardecer robó el 
ganado bovino de Apolo, llevándose las vacas arteram ente 
desde Tesalia hasta Olimpia.
Cuando Apolo, irritado, logró dar con el bribón, IIermes 
logró que depusiera su furia, y ganó su am istad obsequián­
dole la lira. El dios arquero no pudo por m enos de sonreír 
ante las argucias y zalam erías del picaro recién nacido, y le 
dio sus vacas. I Iermes era considerado tam bién como inven­
tor del sacrificio -en honor de los doce d ioses- y de la técnica 
del fuego (en com petencia con Prometeo). No es Hermes un 
dios pendenciero ni belicoso; su arte es la m arrullería y una 
cierta capacidad de seducción, con sus trucos, sus palabras y 
sus gestos amables. Se lleva muy bien con su herm ano Apo­
lo, y tam bién con Afrodita «tejedora de engaños».
No sólo se le atribuye el invento de la lira, sino también el 
déla flauta, instrum ento pastoril de música campesina. Mer­
mes gusta de esos aires y tonadas rústicas, y su hijo Pan ha 
heredado esa afición a las flautas de caña.
(lom o dijim os, es el d ios de los m ensajes, y favorece los 
pactos. Los heraldos están bajo su protección. Y tam bién
\2Λ It. HUUKAJ. Y MOTIVOS
los interpretes. ¡lerntenetíscs el nom bre del interprete y her· 
meneía es «interpretación».
Por sus habilidades no es nada raro que fuera el dios de los 
ladrones -fu rtiv o s y raudos com o é l- y tam bién de los co­
merciantes. (Aunque el M ercurio rom ano estará aún más 
caracterizado com o divinidad del com ercio que el Hermes 
griego.) Proporciona la ganancia inesperada, y con la astu­
cia propicia el bo tín del trato comercial. F.s un dios popular, 
no aristocrático.
Praxiteles lo esculpió com o dios joven, un adolescente de 
espléndida belleza. Its tam bién un d ios de los gim nasios y 
palestras, afable, sonriente, que prom ete éxitos y ganancias. 
Por todo eso deb ían venerarlo los adolescentes, en el paso 
arriesgado de la juventud.
Entre sus descendientes, adem ás de a Pan, mencionemos 
al am biguo H erm afrodito , al astuto Autólico, en tre otros 
muchos.
9. Ares1ΙΛ
Ares es el dios d e la guerra, que personifica el furor bélico. 
Su m ism o nom bre se emplea com o sinónim o de éste: «res es 
furia guerrera y ardor combativo. Se trata de una divinidad 
antigua. (Ya en las tablillas en Lineal B aparece atestiguado 
su nom bre. Y tam bién el de Enialio, epíteto suyo, pero que 
tal vez en época prim itiva fue un dios d istin to y parecido.) 
Es hijo legítimo de Zeus y Hera. Pero 110 goza del afecto de su 
padre, según I lom ero. El Zeus de la ¡liada (vv. 890-891 ) le 
reprende: «Para m í tú eres el más odioso de los dioses que 
habitan el O lim po, pues siem pre a tu ánim o le Son gratos la 
discordia, las gu erras y los combates».
Los griegos situaban su origen en la Tracia, salvaje y bár­
bara. Se contrapone a Atenea, que representa la inteligencia 
y táctica guerreras. En la litada Atenea lo derriba, de un
7. i.os nocí·; m o s t * i 25
buen golpe de roca, y el héroe Diomedes, ayudado por Ate­
nea, le asesta un lanzazo en el vientre del que brota la sangre. 
Le acom pañan sus hijos: D am os y Phobos, «Espanto» y «Te­
rror». La grácil V ictoria, Nike, no está bajo sus órdenes. El 
dios bravucón sale mal parado en Homero. Son terribles susgritos y sus furias, pero Atenea es, por su inteligencia, m u­
cho más eficaz en lodo.
Por alguna alusión sabemos de un episodio mítico curio­
so: los gigantes Oto y Efialtes encerraron a Ares en una jaula 
de hierro, y tuvo que rescatarlo el astu to I lerm es a los once 
meses. Tiene num erosos vastagos; pero los más famosos 
fueron el feroz Cieno, que intentaba constru ir un templo con 
cráneos hum anos, y al que m ató Heracles en pelea (y Ares 
que acudió a vengarlo resultó herido por el héroe tebano); el 
dragón de la com arca de lebas, al que m ató Cadm o para 
fundar la ciudad, y de cuyos dientes sem brados surgieron 
los belicosos Espartos, prim eros habitantes de la misma, 
descendientes de Ares, por lo tanto; I Iarm onía, hija de Afro­
dita y esposa de Cadm o; y las Am azonas, doncellas gue­
rreras.
En el conflicto de Troya Ares está de parte de los troyanos. 
Se encoleriza al saber la m uerte de su hijo Ascálafo en el 
com bate y ansia tom ar terrib le venganza (//. vv. 110 y ss.). 
También la am azona Pentesilea, a la que da m uerte Aquiles, 
es hija suya.
Aunque estaba considerado com o un dios poderoso, no 
tenia muchos lugares de culto. Sus desdichas eran una mues­
tra de los daños y heridas de la bru talidad g u erre ra117. Por 
otro lado .sus am oríos con Afrodita están tratados un tanto 
en brom a en la Odisea. En el arte helenístico se encuentra 
tam bién el tema: el dios de la guerra depone sus arm as para 
hacer el am or y la diosa bella usa com o espejo el reluciente 
escudo del guerrero en reposo.
126 II. lIliü R A N Y M in iV O S
Hefesto es el dios de la fragua y cl fuego artesano. Trabaja 
moldeando los metales, fabrica espléndidas arm as de bron­
ce, pero tam bién o tros objetos con su arte maravilloso. Es el 
patrón de la m etalurgia y los artesanos que a ella se dedican. 
Es una personalidad un tanto extraña, por sus hábitos y su 
figura, dentro de la familia olímpica.
Probablem ente es una divinidad prehelénica, cuyo san­
tuario central estaba en la isla de Lemnos y cuyo culto se ha 
extendido progresivam ente. También hay dioses herreros 
en mitologías orientales (entre los hetitas y los fenicios). Y 
no es extraordinaria la vinculación entre el templo o el pa­
lacio y el taller del broncista donde se fabrican los in s tru ­
mentos metálicos. (Así, por ejemplo, en Chipre lo encontra­
mos en Pafos y en Cition.) Su nom bre está atestiguado en 
las tablillas micénicas (si es que A-pu-i-ti-jo en Cnosso debe 
leerse com o líaphuistios). No tenía m uchos templos en Gre­
cia. Después de Lem nos, que fue conquistada por Atenas en 
el siglo vi a .C , es Atenas la ciudad donde se le venera con 
m ayor relieve, com o patrón de artesanos de los m etales y 
ceramistas.
Kra el padre de Krictonio,el prim er rey de Atenas, nacido 
del semen de 1 lefesto rechazado por Atenea, engendrado en 
ia tierra, y luego criado en la Acrópolis. La relación con Ate­
nea refleja cierto com pañerism o com o dioses de los artesa­
nos, También tiene Ilefesto buenas relaciones con Prom e­
teo, o tro dios hábil y prom otor de la cultura. En las fiestas 
Apaturias se rinde culto al dios por su vinculación con los 
orígenes de Atenas. Y tam bién en las Molestias y las Chtükcia 
(«fiestas del bronce»). El gran templo en la colina jun to al 
ágora, que se ha conservado en su estructura general, situado 
enfrente de la Acrópolis, se erigió para Hefesto -asociado a 
Atenea y ancestro de los atenienses en la segunda m itad del 
siglo V.
10. HefestoUii
7. l O M H H i: íh o s k s 127
Aunque la versión mítica normal lo presenta como hijo de 
/e u s y de I lera, según otra es sólo hijo de la esposa de Zeus 
quien, irritada con él, se había retirado y habría engendrado al 
d ios po r su cuenta, lo m ism o que Zeus hab ía engendrado 
él aparte a Atenea. Pero, queriendo luego desem barazarse 
de Hefesto, lo había arrojado desde lo alto y el dios había caí­
do en I.emnos, rom piéndose una pierna. Eso explicaría su 
cojera. Según Homero, sin embargo, lue Zeus quien lo arro­
jó desde el cielo, por intervenir en las peleas entre el Cróni- 
da y su esposa Hera en favor de su madre.
O tra versión contaba que Hefesto habría aprisionado a 
Hera en un sillón con brazos provistos de mágicas ligaduras y 
luego se habría alejado del Olimpo, siendo necesaria la inter­
vención de Dioniso, quien tras embriagarlo habría reconduci- 
do a lomos de un asno, acompañado por cJ cortejo de sátiros, 
al dios artífice. Y éste habría soltado a su m adre de la trampa.
Hs un dios cojo y de andar vacilante. Excita la risa incesan­
te de los ot ros cuando lo ven brincar a lo largo de la sala para 
servir en el banquete com o copero, en lugar de Ganimedcs. 
Ü cuando convoca a otros olímpicos a contem plar a su pro­
pia esposa atrapada en el lecho con Ares en una posición 
com prom etida. I.a cojera y ese andar evocan el movimiento 
turbulento del fuego, y las figuras deform es de otros dioses 
herreros (com o los gnom os de la m itología germ ánica). El 
trabajo de la fragua es apropiado para alguien que no anda 
dem asiado bien, pero es también hábil pura ligar y desligar, 
con su talento de artistas, medio mago. I'abrica objetos pro­
digiosos, com o unos trípodes con ruedas o unas sirvientas 
mecánicas, criaturas robóticas, o el escudo de Aquiles, con 
su prodigiosa decoración, descrita por 1 lomero.
Su esposa es, según la Odisea, A frodita, Según la ¡lúldii, 
Caris, personificación divina de la Gracia, una esposa en ­
cantadora com o conviene a un dios artista. Presta buenos 
servicios: ayuda a fabricar a Pandora, o a encadenar en el 
Cáucaso a Prometeo.
m I I . H C ilJ R A S y M O T IV O S
Demoler es una divinidad de la tierra cultivada, diosa de los 
trigales y de los campos ro turados y fértiles. Desde antiguo 
se ha interpretado su nom bre -D m m uer en los dialectos d is­
tintos del jonio y ático- com o un compuesto: la Madre Tie­
rra (da equivaldría a ge, en dorio arcaico, o tal vez en una 
lengua prehelénica). I.a etimología es discutible, pero la re­
lación de la diosa con la tierra fecunda y m aternal está des­
tacada en sus mitos y ritos. No es, sin más, la Tierra (Gaiti o 
Cea), sino la productora de frutos y granos bajo el logro ci­
vilizador de la agricultura. (Jomo Dioniso es el dios del vino, 
Deméter es esencialmente la diosa de los cereales, y especial­
mente del trigo; pero tam bién de la cebada y otros produc­
tos de la siembra y cosecha.
Su culto estaba muy extendido, pero tenía especial relieve 
en Eleusis y en Sicilia. En los famosos m isterios de Eleusis 
los iniciados -que llegaban en procesión desde A tenas- ha­
llaban una mistérica revelación sobre los aspectos íntim os 
del nacim iento y la germ inación natural, y tam bién alguna 
esperanza sobre el des! ino tras la m uerte. Pero el secreto ha 
quedado bien guardado. El mito de Deméter avala el presti­
gio de su santuario en esta localidad. Y allí fue donde la d io­
sa obsequió ;il héroe 'Triptolemo la prim era espiga y le ayu­
dó a inventar el arado com o instrum ento do labranza. Por 
inspiración de ella com enzó allí la cultura del cereal, la de! 
Irigo y el pan, que caracteriza com o alim ento básico la ali­
m entación humana.
D em éter es hija de C rono y Rea. H erm ana de Zeus, por 
tanto, de quien concibió a su hija Kóre («la M uchacha») o 
Perséfone. Como relata el Himno homérico a Deméter, (.'ore 
fue raptada por I lades, su t ío, el poderoso y tenebroso Señor 
de los m uertos. Cuando la joven se disponía a coger en la 
pradera un brillante narciso, se abrió la tierra ante ella y de 
la hendidura surgió, enhiesto sobre su cuadriga, el terrorífi­
11. D m é t e r xw
7. IO S 1MM.I DIOSHS ¡29
co 1 lades, que arrebató a Core y se la llevó a sus m oradas 
bajo tierra.
De lejos oyó I )em éter el grito de la angustiada joven, y co­
rrió en busca de ella. Pero tío pudo hallar el rastro del raptor. 
Vagabundeó entristecida, inconsolable, m ientras los cam ­
pos quedaban estériles por el dolor de la diosa. Niflorecían 
las plantas ni brotaban nuevos latios de la tierra yerma por el 
pesar de Deméter. Ante la am enaza de la creciente desola­
ción el m ism o Zeus tuvo que intervenir y envió a I lermes 
que llevara a I lades la orden del regreso Je Core.
Antes de abandonar el inundo tie las tinieblas, desoyendo 
el consejo de su m adre, com ió la joven linos granos de la 
granada que le ofreciera el dios internal, com o regalo. Por 
haber com ido esos granos, quedó obligada a no abandonar 
para siem pre el Hades. Por ello Perséíbne pasa un tiem po 
con su m adre en el O limpo y otra parle del arto un tercio- 
junto a su esposo, com o reina de aquel ámbito sombrío. I.os 
meses que Perséfone pasa en el m undo subterráneo son los 
de invierno. Cuando resurge en primavera lodo florece, m a­
nifestando la alegría de su madre. (1:1 mi:o corresponde bien 
al ciclo vegetativo anual, y encontram oscn él elementos que 
están tam bién en mitos orientales o egipcios, com o el de Isis 
y Osiris; específicam ente griego parece el tema de que las 
dos diosas protagonistas sean m adre e h j a ,J<>.)
Kn su búsqueda afligida Deméter se detuvo en F.leusis, 
donde en tró com o nodriza en el palacio del rey Céleo. Allí 
quiso hacer inm ortal al niño Pemofonte; pero cuando lo su 
mergía en el fuego fue descubierta por la madre, la reina Me- 
tanira, y abandonó el intento, lilla guardó siempre gratitud 
hacia esa familia real de íileusis. Triptolemo pasaba por ser 
herm ano de Demofonle. Los m isterios de Iileusis conm e­
m oraban esa estancia121.
Deméter prefiere entre las flores la amapola, y entre los á r­
boles la higuera de dulces frutos, am bosseinisalvajesy veci­
nos del trigal.
II. n W R A M 'MOTIVOS
Deméter había lenidoatnorescon Yasión, con quien se unió 
acostándose sobre un campo 1res veces arado. De esa unión 
nació Pinto, personificación divina de la riqueza. Lo mismo 
que puede dar abundancia de bienes, también puede casti­
gar mediante el ham bre. Un ejemplo muy curioso del enojo 
de la diosa es el castigo que impuso a Erisicton, por haber la- 
lado un bosquccillo de frutales consagrado a Deméter» con 
el pretexto tie techar la sala para banquetes. Le infundió un 
ham bre tan feroz e insaciable que Urisicton acabó con lodos 
los anim ales de su casa, incluidas las muías y el caballo de 
guerra, que devoró, y luego vendió a su m ujer para com prar 
más com ida y, finalm ente, acabó devorándose a sí mismo 
(como cuenta Calimaco en el Himno o Démêler).
La persiguió Poseidón deseoso de unirse a ella. ΛΙ trans­
form arse la diosa en yegua, él se hizo caballo, y de ese aco­
plam iento nació A rión, el caballo velocísimo que salvó a 
Adrasto, en el asedio de Tebas. O tra leyenda cuenta que se 
refugió en una cueva de i igalia, en Arcadia, irritada por el 
acoso del dios, y allí la encontró Pan cuando los campos es­
taban ya casi agolados por la ausencia de (lores y frutos.
Hs una divinidad civilizadora. Por eso recibe el epíteto de 
'¡'hesmophoros, «legisladora», «que trae norm as legales», 
junto a oíros: Kurpóphorois» «dadora de frutos», Chihonia, 
«subterránea» (porque también t iene relación con el mundo 
de abajo, donde está Perséfone, y donde las sim ientes son 
impulsadas al crecim iento), y Melafnc, «negra» (en recuer­
do del lulo por su hija, pero sin olvidar que éso os también 
un adjetivo que se aplica con frecuencia a la Tierra)· lili m u­
chas fiestas se celebra a la vez a Deméter y Core com o «las 
dos diosas» Thco.
Las fiestas más im portantes en su honor 011 Alonas son las 
Tesmoforias, on las que participan sólo las mujeres casadas. 
Por su ca rad o r do divinidad agraria y popular esta ausente 
en la épica hom érica (Ufado y Orifcftij. Poro el Himno homé­
rico on su honor es uno do los mas antiguos y completos
λ i o s w x : r n irw <¡ IM
12. Dionisio'7·
Frente a todos los dem ás dioses olímpicos D ioniso m an tie ­
ne una posición singular. Se complace en aparecer com o un 
extraño, un ext ranjero, un recién llegado; dios de la máscara 
y de extraño atavío» convoca a sus fieles a un culto m uy dis* 
tinto» los aleja de la ciudad y los invita a una com unión con 
la naturaleza en el éxtasis y el entusiasmo. Sin em bargo, sa­
bem os que es un dios antiguo en el panteón helénico. Su 
n o m b re aparece ya en una tablilla de Filo (localidad en la 
que ya Homero cuenta que introdujo su culto el adivino Mc- 
lampo) y su culto está atestiguado en un santuario de la isla 
de ('eos desde el siglo xv a.G.
I.os antiguos griegos trazaban la etimología de su nombre 
a partir de un com puesto Dià$~nÿ$os; «Pe Zeus hijo». ( Pero 
el segundo elemento no parece ser raíz indoeuropea, como 
tam poco parecen serlo su epíteto de Bakchosi el nom bre de 
su madre Séniele, el de su símbolo, el bastón cubierto de ye­
d ra y coronado por una piña, el thyrsos, y el canto dedicado a 
él; el thriantbos o dithyratnbos. Símele es probablemente una 
palabra traco-frigia para la T ierra; thyrsos tal vez esté rela­
cionado con el dios de Ugarit Tirsu, o mejor, con la palabra 
hetita tuwnrsa: vid.) Por su aspecto y esos elementos exóti­
cos de su ritual los mismos griegos consideraban a Dioniso 
orig inario de Tracia, o de Lidia y Frigia, lugares donde las 
fiestas orgiásticas y la música báquica parecían hallar su 
cuna, lin las Bacantes de Eurípides el mismo dios proclama 
su proveniencia asiática. Nisa, la mítica patria del dios, era 
lina localidad de dudoso emplazamiento; pero la tradición 
la colocaba en Tracia.
La m adre de Dioniso era Sím ele, hija del rey de Tcbas, 
( )admo. Símele (que tal vez en su origen fuera una divinidad 
de !a tierra) era, según el mito, una princesa mortal, que 
tuvo amores con Zeus, y que fue fulminada al unirse el dios a 
ella en su form a de rayo. Zeus salvó al feto cuando Semele
IJ 2 n . i i i i i 'K A s ν m o t i v o s
m urió, y se Jo guardó en su muslo, de donde al cum plirse los 
meses necesarios para su gestación plena salió Dioniso. Us el 
único dios que nació de una mortal. (I lerades, hijo de Ale- 
mena, es un héroe que llegó a ser dios. Dioniso lo es desde su 
nacimiento.)
D ioniso aparece m encionado sólo un par de veces en 
Homero. No era una d iv in idad interesante para el poeta 
épico, ya que ni se cuida de guerras ni es un patrón de los 
héroes ni los nobles. Su dom inio es muy diferente y es in ­
negable su grandeza, com o la de Deméter. lis un dios de la 
vegetación, del ím pe tu natu ra l, del im pulso hacia la vida 
desbocada, del férv ido b ro tar de las plantas y lo.s seres an i­
m ados. Ks el dios clel vino y de la vid; el del entusiasm o y el 
éxtasis, de la m áscara y el tropel orgiástico. No protege la 
familia ni la com unidad cívica, sino el g rupo de fieles que, 
a im pulsos de su inspiración, van a festejarlo en correrías y 
danzas extáticas p o r los m ontes. Inspira el frenesí, la m a- 
nía o «desvarío» que puede ser una bendición y un castigo. 
Ks lysios o Lyatos: «liberador» de los vínculos sociales; in ­
vita a la fiesta, pero sus ritos son peculiares: los y las bacan­
tes van a danzar al m onte (om lw $fa) y en alegres tropeles 
celebran sus ritos (órgia), que incluyen ci perseguirá algu­
nos anim ales agrestes y devorar su carne cruda (ôttiùphü- 
gí(i)i sin tiéndose entusiásticam ente poseídos p o r el dios. 
C ada fiel de D ioniso se siente él m ism o inundado por el 
dios; cada bacante es IJaco.
Kl dios lleva un atuendo característico: cine sus sienes una 
corona de yedra - o de pám panos de v id · , lleva sobre sus 
hombros una piel moteada de cor/o -la nébride- yen sus m a­
nos blande un tirso, el bastón ornado de yedra. Los adeptos 
com parten ese hábito. La danza báquica es frenética y las ba­
cantes agitan al vuelo sus largas melenas al echar hacia atrás 
la cabeza en un m ovim iento característico entre saltos y 
brincos. La m úsica es de panderetas y timbales, instrum en­
tos de origen asiát ico.
7. I.O M K lC Ii ΙΙΙΟ Μ Λ
Dioniso aparece en el arte de la época arcaica com o un 
dios barbado» acompañado por un grupo <Je alegres sátiros 
y danzantes ménades. Luego, en la época clasica, se rejuve­
nece (com o i Iermes) y aparece com o un joven de delicada 
belleza. (La figura de Baco un tanto gordinflón y ebrio es ya 
rom ana y tardía.) Lleva entonces bajo la nebride un vestido 
azafranado - krokolís- y ofrece un aspecto un tanto am bi­
guo, afeminado. Kn las procesiones en honor de Dioniso se 
lleva un enorm e falo» sím bolo del dios; m ás quede su fertili­
dad lo es de su impulso creador; sím bolo de la excitación y la 
tensión vital que el dios provoca.
Los m itos sobre Dionkso hablan de la oposición de algu­
nos tiranos, defensores de un orden dem asiado estricto en 
la polis, con tra el dios. Ya H om ero alude a cóm o el Iracio 
Licurgo persiguió al joven dios y a sus nodrizas (¡lúulu, VI, 
135-6). Pero es Kurípides, en su tragedia las Rucantes, 
quien nos lia dejado un relato más claro d e ese en fren ta­
m iento Kn este caso, en tre D ioniso, llegado a Tobas, la 
ciudad de su m adre, y el joven tirano Ponteo, su prim o, nie­
to, com o el dios, del viejo Cudm o. Kl castigo del dios es 
siem pre terrible y cruelm ente ejemplar. Ponteo, el joven te- 
ómaco, es descuartizado por las bacantes dirigidas por su 
propia m adre, Agave, enloquecida por Buco. Kl joven rey» 
que ha acudido al bosque a espiar las fiestas báquicas, ya ha 
sido seducido por el dios cuando, advertida su presencia, 
es desarzonado del árbol al que se había encaram ado, y, 
asaltado por el tropel de las ménades, desm em brado como 
un anim al cazado por las enfurecidas seguidoras del dios. 
A Dioniso, com o a los o íros dioses, le gusta ser reconocido 
y venerado.
También castigó duram ente a los cam pesinos del Ática, 
que habían dado m uerte a Icario, el buen viejo a quien Dio­
niso dio el prim er vino, y a cuya muerte se suicidó ahorcán­
dose su hija Krígone. D ioniso se venga enloqueciendo a las 
muchachas, que se cuelgan de los árboles del Ática, hasta
II. HO U KAS Y M O T IV O S
quo los pobladores de la com arca establecen unas fiestas 
anuales en recuerdo de la joven F.rígonc.
Por oí ra par lo, Dioniso, dios de la vegetación, es una d iv i­
nidad que m uere y renace. Un Delfos, al pie de! Parnaso, se 
m ostraba la tu m b ad o Dioniso. I.osórficos narraban el mito 
del despedazam iento del niño Dioniso por los Titanes. Estos 
habían a tra ído al pequeño dios a una tram pa, ofreciéndole 
juguetes y fru tas. Luego lo habían descuartizado, y habían 
asado y herv ido su carne, y la habían devorado en un b a n ­
quete. Tan sólo el corazón divino había quedado sin devorar, 
cuando Zeus los castigó fulm inándolos con su rayo. Y de las 
cenizas de los feroces T itanes devoradores de D ioniso h a ­
brían sido creados los hum anos. Por ello, según el mito órfi- 
co> los hom bres tienen un com ponente titánico, feroz y cu l­
pable, y un algo divino, la porción dionisíaca que se quedó 
agregada a aquellas cenizas. lis difícil precisar la antigüedad 
de este mito.
O tra leyenda cuenta -en el H im no homérico a D ioniso- 
cóm o unos p iratas pretendieron rap tar al dios, y cóm o éste 
t ransform ó a los piratas en anim ales salvajes que devoraron 
a su capitán y sa ltaron luego al m ar y se volvieron delfines. 
Sólo el piloto, cjue protestara contra el rapto, quedó a salvo. 
F.l dios hizo crecer la vida a lo largo y ancho del navio. Una 
famosa copa de Exequias nos m uestra al dios navegando en 
un barco cuyo m ástil está llorido de pám panos y racim os.
En ciertos ritos se invoca a Dioniso bajo figura de toro. Y 
en las se alude a esa trasform ación del dios. En el
furor del toro se percibe algo del poderío de Dioniso.
Kl d ios recibe honras en m uchos festivales antiguos. Así 
en el Atica en las A paturias, las A ntesterias, las D ionisias 
rústicas y las grandes Dionisias y en las Lencas. En estas dos 
últim as fiestas se celebran los festivales de teatro -trag ed ia y 
com edia- en el gran semicírculo al pie de la Acrópolis.
D ioniso es el d ios del teatro. No porque los dram as repre­
sentados tengan un tem a dionisíaco. Con excepción de las
7. I.OS IHK'.K 1>M>S1:.S /J5
¡Uuwites de Eurípides, una de las últim as tragedias conser­
vada», y de la» t o m s de AriMófancs, cu la que Dioni.so apa­
rece en un papel sorprendente al viajar al Hades para resuci­
ta r a uno de los grandes autores de tragedias para reavivar la 
escena ateniense, los tem as llevados a escena 110 tienen que 
ver «nada con D ioniso», com o ya decían los m ism os g rie­
gos. Pero es el dios de la m áscara, el dios de la alteridad y el 
entusiasm o, el de la farsa y la fiesta. Sobre el pequeño altar en 
el centro de las orchestra se celebraba un sacrificio en honor 
de D ioniso antes de las representaciones, y su sacerdote 
presid ía los actos, sen tado en la p rim era fila del enorm e 
graderío.
Según la tradición local, D ioniso había llegado a Atenas 
desde la aldea de íileútherai; era llam ado ¡ileuthereus: «de 
Eleúteras», pero tam bién «liberador». Había tam bién fiestas 
rústicas en su honor com o dios del vino.
O tro mito relata cóm o el d ios se unió a Ariadna, la p rin ­
cesa cretense abandonada por leseo en la isla de Naxos. Allí 
el d ios había celebrado sus bodas con la joven, según una 
versión local, luego m uy extendida. A riadna - la «muy san­
ta»; ari-hagne- era en el culto de Naxos una antigua d iv in i­
dad agreste, que se unía a Dioniso, dios también de la fertilidad 
agraria, que acudía con su acom pañam iento de sátiros y ba­
cantes en procesión triunfal. A liado de Dioniso iba Ariadna 
en el cortejo festivo. Kn época helenística es frecuente la re­
presentación en la que am bos presiden un festivo cortejo, de 
un carro del que tiran tigres y m oteadas panteras, y al que si­
guen con sus abigarradas ropas y atuendos las ménades y los 
sátiros, al son de panderetas y timbales. El colorido oriental 
del dios y su séquito aum enta en esa época: D ioniso llega de 
muy lejos, de ía India fabulosa.
Pero su culto está tam bién en el corazón mismo de Grecia. 
En Delfos los m ism os sacerdotes del santuario de Apolo ce­
lebran ritos para D ioniso en una época del año -m ien tras 
Apolo viaja al Norte y visita allí a los piadosos Hiperbóreos;
/36 Ii. M.UKAS V M< IIVM
la relación de Dioniso con Apolo es ex traña y compleja: am ­
bos saben convivir en los m ism os espac io s- y fue Apolo 
quien recogió los restos del cadáver de D ioniso y lo llevó a 
en terra r a la falda del Parnaso, y es D ioniso quien brinca 
danzante sobie las altas cum bres vecinas al santuario . (Des­
de o tro plinto de vista lo dionisíaco y lo apolíneo se contra­
ponen , com o ya hem os señalado; pero la an títesis es tam - 
biéncom plenientariedad.)
D ioniso noes un dios de la guerra, sino una divinidad p a­
cífica y bienhechora, jun to a D em éter figura com o un dios 
de la fertilidad cam pesina y aporta la alegría y el consuelo del 
v in o 125. La diosa del trigo figura jun to al dios de la vid como 
divinidades q je han ofrecido a los hum anos un don básico 
para el sustento. Pero, al m ism o tiem po, D ioniso conserva 
su p oder salvaje: es omestés, «devorador de carne cruda», 
brómios, «bram ador», com o una fiera, y ya hem os d ichoque 
produce la niatifa (santa y destructora), e invita a fiestasque 
com portan una tem poral transgresión de las norm as cívi­
cas. Sus adeptos se reúnen en un grupo fervoroso, el tilintas, 
que lo celebra con danzas y g ritos rituales de ¡evohi!, al 
m argen d é la polis, en los bosques y m ontes. Le gusta a este 
dios presentarse com o ex traño -co m o viniendo de Asia, de 
Ί Vacia, de Lidia y Frigia, o de C re ta -, com o taum aturgo, en ­
tre un ru m o r de m úsicas bárbaras, o en el fragor del b ram i­
do; pero es el dios que p en e tra en el án im o de sus fieles y 
provoca el entusiasm o. Un dios am biguo, «el más dulce y el 
m ás cruel pata los hum anos», com o dice Eurípides en las 
Bacantes.
8. D ivinidades menores
Junto a los grandes dioses existían una seriede divinidades 
m enores o de alcance más lim itado, bien porque en el curso 
del tiem po hubieran decaído, bien porque su función los 
restring iera a ciertos ám bitos, bien porque estuvieran e n ­
som brecidos p o r las figuras prom inentes de los Olímpicos.
Así, po r ejemplo, Hestia, diosa del hogar, figura en algu­
nas listas com o una de los doce olím picos. Diosa del hogar, 
hija de C rono y Rea, es herm ana de Zeus y 1 lera, de Posei­
don y D em éter, y de Hades. Diosa que perm anece virgen, 
sin aventuras, ligada al interior de la casa, protectora de la fa­
milia, se identifica con el fuego hogareño. Hesito es el n om ­
bre del «hogar» com ún. Si H erm es es el dios de los espacios 
abiertos, de los viajes azarosos y la com unicación afo rtuna­
da, H esita, en oposición, representa la seguridad del fuego 
dom éstico, el espacio interior de la m orada familiar, el fue­
go que no debe extinguirse, d d que cuida la esposa fiel y la 
joven hija. Al dejarle sj lugar a D ioniso el bullicioso en el 
g rupo de los Doce, I lestia cedería el sitio con su silencio ha­
bitual, com o apunta W. K. C. G u th rie ,2ft.
Una diosa m enor, encargada de una ayuda precisa, la de 
acud ir en socorro de las jóvenes partu rien tas, es llitía, que
/37
11. MMJKAS Y MOMV'OS
aparece ligada a ! lera y a Ártem is en su función auxiliadora. 
Su nom bre antiguo parece ser lileuthyia , «la que llega» (en el 
m om ento de dar a luz). Aparccc representada muchas veces, 
si bien com o figura secundaria , en escenas de parto . Al­
gunas veces se escinde en dos o tres Ililías, diosas del naci­
miento.
I )iosa antigua, de origen m inorasiótico, es I lócate, que en 
algunos aspectos coincide con Ártemis. Es la diosa de lasen- 
crucijadas y de los cam inos: Enodia o «caminera», Lleva en 
las m anos antorchas y va de noche, po r los espacios solita­
rios, terrorífica, seguida por un tropel de perros aulladores. 
La invocan las brujas de Tesalia en sus conjuros, y está aso­
ciada a la luna y al m undo tenebroso de las som bras y los 
m uertos. 1‘iene 1res rostros, com o las máscaras que se colga 
ban en las encrucijadas. Su nom bre se repite en las cerem o­
nias m ágicas, en los encantam ientos, hechizos y m aldi­
ciones.
Helios, el Sol, es un dios antiguo, cuyo san tuario más im ­
portan te se encontraba en la isla de Rodas. Cruza el cielo to ­
dos los días sobre su carro de raudos corceles y es t ranspor- 
tado a O riente todas las noches en una copa de oro. Es 
I liperión, el que vive en lo más alto, y tiene un hijo, Pactante, 
que se precipita en el m ar al desbocársele los caballos de su 
padre. Pero el brillo m ítico de Helios está muy apagado por 
la com petencia que le hace Pebo Apolo, señor de la luz, que 
va atrayendo aspectos de la antigua divinidad solar. Kn épo­
ca tard ía, sin em bargo, el Sol volverá a cobrar un enorm e 
prestigio, favorecido por el apoyo político de algunos em pe­
radores rom anos.
Selene, la Luna, es una diosa que se ve absorbida por 
Ártemis, la brillante herm ana de Apolo. Se enam oró de Kn- 
dim ión, un bello pastor que se adorm ece bajo los acarician­
tes rayos de la luna, lam bien tuvo am ores con el agreste Pan.
Pan, hijo de Hermes, es un dios de los espacios agrestes, al 
m argen de la polis y de la civilización. Tiene cuernos y palas
H. im 'IN I IM U h S MI-NOHJ-.S
de m acho cabrío. Persigue a las ninfas con frenético ardor 
sexual. Tiene afición por locar la flauta rústica. Su culto pa­
rece orig inario de Arcadia. Uno de sus santuarios estaba en 
una gru ta de M aratón. Le acom pañan con frecuencia ios sá­
tiros, sem ejantes a él.
D ivinidades fem eninas de reducido poder son Lelo, la 
m adre de Apolo y Artemis, de origen niinorasiálico,yTetis, 
hija de Nereo, el anciano dios m arino, y Leucólea, o tra divi­
nidad m arina.
C irán dios, pero apartado del m undo de los dioses celestes 
y de la superficie terrestre poblada por los hombres, es I lades. 
En oí reparlo entre los hijos de Crono, a él le tocó el reino de 
los m uertos, el ám bito subterráneo de las sombras. Se le res­
peta, pero no se le rinde culto de ordinario. I;s aborrecible a 
los dem ás dioses. Le acom paña en el Iront) subterráneo Per- 
séfone, su esposa, la hija de Deméter, a quien raptara. Entre 
sus epítetos está el de Polydégnion, «el muy acogedor», y el de 
Pintón, en relación con «la riqueza», phufos. (Pero Piulo, 
ploutos, es orig inariam ente hijo de D em éter y Yasión, evo­
cando la abundancia que nace de la fertilidad de los campos.)
El nom bre de I lades parece evocar lo «invisible» ya en su 
misma etim ología. El d io se ra A-Ules (a-widés). Su dom inio 
lleva ese mism o nom bre. Aidoneo era o tro sobrenom bre del 
dios.
Además de estos dioses de una individualidad conocida, 
había div in idades m enores que se presentan en g rupos de 
mayor o m enor extensión, sin una distinción personal. A ve­
ces en trío , com o las M oiras (o Parcas), las Cáritcs (o ( ira ­
d as), o las (îorgonas, o las Horas. Las Musas, hijas de Zeus y 
M nem ósine, son nueve. Las O céanides son unas cincuenta. 
Las ninfas son incontables; com o los Sátiros, los (Jureles, los 
Titanes o los (ligantes. Dioses y diosecillos ligados al culto 
de aspectos de la naturaleza, unos m ás festivos y o tros más 
terroríficos. Figuras de variados coros, comparsas de los feste­
jos y séquito de otros dioses.
140 II. I K.l-RAS V M O T IV O S
lira difícil establecer una cuenta exacta del núm ero de 
dioses, justam ente porque todos estos seres, fugaces y e te r­
nos, poblaban los m árgenes de lo divino. Y tam bién porque 
los cultos locales -com o los ríos personificados- diversifica­
ban el panteón adm itido por todos, que había sido estable­
cido en .sus líneas básicas por los poetas épicos.
Y a los dioses tradicionales -do diverso origen, com o he­
mos ind icado- vinieron a sum arse otras divinidades de e n ­
trada tard ía en (¡recia, com o la Gran M adre, Isis, Sárapis o 
Mitra.
Por o tro lado podem os sum ar a los dioses las figuras d iv i­
nas que parecen proceder de la personificación y represen­
tación plástica en form a hum ana de un aspecto de la n a tu ra ­
leza o de la sociedad . Son figuras m uy diversas, com o la 
Aurora, el Sueño, la Muerto, la Victoria, la Discordia, ote... HI 
lector de H esíodo es consciente de la facilidad con la que el 
poeta griego incorpora en figuras divinos conceptos o p r in ­
cipios que noso tros llam aríam os abstractos.
Algunas de esas figuras son antiguas, y hasta tienen oríge­
nes indoeuropeos y alguna breve h isto ria m ítica. Ese es el 
caso de tíos, la Aurora, «la de dedos de rosa» (rododdctylos), 
que se enam oró de Titono, un bello m ortal, para el que so li­
citó a Zeus la inm ortalidad. También Iris, relacionada con el 
arco celeste de su nom bre, que tiene asignado el papel de 
m ensajera de los dioses, puede tener algunos rasgos a n ti­
guos,
liris, la d iscordia, es una personificación de un concepto 
im portante en la visión hesiódica del m undo. Pero tam bién 
puede relacionarse con una bruja del folclore, en su ac tu a ­
ción típica, al lanzar la m anzana de la d iscordia en tre las 
diosas.
Nike, la V ictoria, tan representada en relieves y p in turas, 
es una figura pequeña, alada, po rtadora de coronas triunfa 
les, pero sin la m ás levo historia propia. Sí tiene algunas n o ­
tas peculiares Ném esis -q u e , según una versión, fue m adre
K. l>IVINIl>Al>KS MKNOKKS
dc Helena. La Noche, prolífica y m isteriosa, es o lra figura 
hesiódica.
Thanutos, la M uerte, es un personaje masculino, general­
m ente representado com o un daimtm o ángel alado. Λ voces 
va acom pañado de su herm ano, el Sueño, Hypnos.
Un lugar aparte , m ucho m ás prom inente, m erece Kros, 
que fue presentado com o un niño divino, alado y juguetón, 
provisto de un arco y de saetas eróticas, com o hijo y com pa­
ñero de Afrodita. A unque su culto estuvo bastante restrin ­
gido, fue invocado innum erab les veces en la poesía y los 
filósofos le inventaron una genealogíaalegórica. (Basta re­
cordar el Banquete de Platón.)
1.a invocación habitual en algunos sacrificios y cerem o­
nias, «Λ todos los dioses y diosas», envuelve en su referencia 
todo este am plio repertorio de figuras, muy diversas y colo­
cadas en distin tos rangos: dioses mayores, m enores, locales, 
daím ones más o m enos serviciales, etc. La im portancia de 
una u otra divinidad podía adem ás variar según la geografía 
y según la ¿poca. Conviene subrayar la im portancia de los 
dioses y diosas in troducidos en época plenam ente histórica 
y especialm ente en el helenism o: Isis, por ejemplo, tuvo una 
especial aureola y suscitó una devoción profunda entre sus 
fieles, com o M adre y Auxiliadora, con un aspecto hum ani­
tario y com pasivo su p e rio r a las diosas más clásicas. Tam ­
bién Cíbele y Attis, o, m ás tarde, M itra, tuvieron adeptos 
cuya devoción superaba la piedad tradicional. Pero en una 
época posterior al período clásico. La proveniencia oriental 
de estos dioses, así com o los elem entos exóticos de su culto, 
están muy m arcados.
C onvendría tam bién precisar hasta que punto las religio­
nes m istéricas -co m o la predicada por los á r tico s- y algu­
nos ritos m arginales -co m o el de los Cabiros en Tracia- 
suponen una desviación e innovaciones profundas de la reli­
g iosidad helénica. Aquí no podem os más que dejar esto 
apuntado.
9. Los héroes griegos
Uno de los rasgos más destacados de la mitología griega es la 
abundancia de figuras heroicas. Los héroes son «scmi- 
dioses», de acuerdo con la expresión habitual, hetníiheoi. 
Superan a los hom bres en poderío , fuerza y audacia, pero 
com parten con ellos la condición de m ortales, lise rasgo les 
distancia de les dioses. Los héroes son los grandes muertos, 
los m uertos memorables, cuyas hazañas han dejado una im ­
pronta en el mundo, los que, en expresión hom érica, son ob ­
jeto de canto para los que vinieron después.
Los héroes presentan una m orfología bastante vaiiada, 
com o subrayó Λ. lirclich en su claro e s tu d io ,27. Casi lodos 
tienen algo de ex trao rd inario , de excesivo y m onslr.ioso. 
M uchos de e lb s están ligados a una tum ba y un culto local; 
otros deben su fama a la épica que los recuerda y que ha d i­
fundido su gloria. Unos son héroes culturales, com o Ti iptó- 
lemo o Hquetio, o tros son héroes guerreros y aventureros, 
com o Teseo y Aquilcs. Según la etim ología del térm ino, el 
héroe, héros, os el que ha alcanzado la m adurez, el que reali­
za el m áxim o de lo asignado a la condición hum ana.
F,l culto de los héroes os d istin to al de los dioses, lis d is­
tin to tanto en las cerem onias com o en su alcance. Los héro ­
142
9. l.O SIII 'KO KM .K II.G O S
es tienen un prestigio local -e n la m ayoría de los casos - y 
un culto específico bien delim itado en la geografía. May hé­
roes con num erosas aventuras y una extensa nom bradla, 
con culto muy dilatado, com o es el caso de Heracles, y algu­
no adop tado com o «héroe nacional», po r razones políticas, 
com o le seo en Atenas; pero hay otros héroes de fama y cu l­
to reducidos a una sola localidad» com o Anio en la isla de 
D olos1*1.
lit» muy in teresarte que llesíodo , en su relato sobre las 
Kdades, haya dejado, com o ya dijim os, una lídad de los I ié- 
roes, situada entre la del Bronce y la del H ierro, esa tenebro­
sa edad en la que el poeta lam entaba que le hubiera tocado 
vivir, lisos héroes son los guerreros celebrados por la épica. 
Pero me gustaría citar algunos versos de Trabajos y tifas:
Y luego, cuando también a esta raza | la de los hombres de bronce] 
hubo sepultado la tierra, de nuevo sobre el fértil suelo /cus Cróni- 
da hizo nacer otra cuarta, más justa y más noble, la raza divina de 
los héroes, que son llamados semidioses, la estirpe anterior a noso­
tros sobre la tierra ilimitada.
También a éstos los aniquiló la maldita guerra y el feroz comba­
te: a los unos en torno a Tebas la de las siete puertas, en el país de 
Cadmo, peleando porlos rebaños de Hdipo, y a los otros llevándo­
los en naves por encima del inmenso abismo del mar hasta Troya, 
en pos de I lelena de herniosa cabellera.
Entonces los envolvió el manto de la muerte. Pero a algunos el Pa­
dre, Zeus Crónida, les concedió vida y inorada lejos de los humanos en 
los confines de la tierra Así que ésos habitan con ánimo exento de pe­
sares en las Islas de los nicnaventurados, a orillas del Océano de pro­
fundos remolinos. Felices héroes, a los que dulce cosecha, floreciente 
tres veces al ano, les da la tierra fecunda, lejos de los Inmortales.
Reina sobre ellos Crono. Porque el mismo Padre de los hombres 
y dioses lo liberó, y ahora por siempre mantiene su gloria allí, como 
es justo. De nuevo Zeus estableció otra raza de humanos de voz ar­
ticulada sobre la fértil tierra: los que ahora viven. Hubiera preferi­
do no estar yo entre los hombres de esta quinta generación, sino 
morir antes o haber nacido después. Pues la que ahora existe es la 
raza de hierro. ( Vv. 156-176. )
II. I JtiUKAS V M O IIV D N
Ya hem os anotado que en el esquem a de las edades, la de 
los héroes representa una pausa brillan te en la progresiva 
decadencia. Es «una raza más justa y más noble» (genos iti- 
kaióteron kai drcioti) que la del Bronce y, por supuesto, que 
la del H ierro. Kn esa Ldad encaja el poeta el tiem po de las 
grandes hazañas míticas celebradas por la épica. Ahí coloca 
el tiem po de los héroes fam iliares al pueblo griego, los gue­
rreros del ayer esclarecido por la epopeya, los m agnánim os 
aqueos de herm osas grebas, a los que 1 lom ero y o tros aedos 
y rapsodas habían rem em orado en su cantos. Un el esque­
ma m ítico de la progresiva degeneración se abre un espacio 
para la estirpe heroica. Com o J. P. Vernant ha destacado en 
un fino análisis, el contraste entre los guerreros de la Edad 
de Bronce y los héroes es muy expresivo, porque éstos vie­
nen a representar el aspecto positivo de la función guerre­
ra, según el esquem a funcional tr ip a rtito (según G. D um é­
zil) que late bajo el texto m ítico tal com o lo ha es truc tu rado 
I Iesíodo.
Tanto para H om ero com o para I Iesíodo, los héroes perte­
necen a un pasado mem orable. Tal vez no dem asiado lejano; 
unas cuantas generaciones, pensaban los poetas e h isto ria­
dores prim eros, separaban los tiem pos de las guerras de Te­
bas y de Troya de la época en que ellos com ponían sus rela­
tos. N inguno de los m ortales podía ya com pararse a los 
héroes. Ya el viejo Néstor en la Ufado (1,271-272) afirm a que 
«ninguno de los que ahora viven en la tierra podría pelear 
con aquellos de antaño». La fórm ula que habla de «los de 
ahora», ho i-nyn , com o m uy inferiores a los de antes vale 
para d istanciar tam bién a los héroes, superiores en m ucho 
por su vigor corporal, pero tam bién por la grandeza aním i­
ca, según dice A ristóteles,w.
Com o 1 Iesíodo cuenta, a algunos de los héroes les está re­
servado un retiro feliz y eterno en las Islas de los Bienaven­
turados o en los Cam pos Klíseos. Tal es el caso de Menelao, 
el esposo de Helena, yerno del gran Zeus.
y . i o m i P.k o i :s <î k i i .<î o s 145
Al m argen del prestigio conferido por los cantos épicos, 
los cultos heroicos estuvieron muy difundidos en Grecia y 
gozaron de enorm e arraigó en sus variantes locales. Muchas 
familias nobles pretendían descender de un famoso héroe, y 
num erosas ciudades tenían a un glorioso héroe com o fun­
dador mítico. Así en el supuesto sepulcro de un héroe se le­
vantaba un culto local, con sus ritos y sacrificios específicos. 
Sólo Heracles, héroe convertido en dios por su singular es­
fuerzo y m érito, carecía de una tum ba propia, aunque en el 
m onte lita se venerara el lugar en el que se levantó la pira en 
que ardió su cuerpo.
H esíodo alude ya a que los hom bres de la raza de O ro se 
habían transform ado, a su m uerte, en daítnones, especie de 
esp íritus o genios, o div in idades inferiores, que vagan ob ­
servadores y benéficos por la tierra . Los héroes,según una 
concepción popular, tuvieron un destino parecido. Com o 
espíritus de difuntos, fantasm as nocturnos casi siempre, so­
lían aparecerse y m anifestar su fantasm al poder en lugares 
próxim os a su tum ba. 'Icner un héroe en terrado cerca era 
una buena protección para una ciudad o una tierra . (Así 
Kdipo en Colono.) Los cultos estaban en relación con esa 
pervivencia de ultratum ba. El radio de actuación de un hé­
roe era, pues, lim itado, a partir de su túm ulo o del santuario 
local. La distinción entre daímones y espíritus heroicos esta­
ba poco clara. (Aunque la categoría de daüm m es bastante 
más am plia.)
Por o tro lado, los héroes habían fundado no sólo ciuda­
des, sino tam bién fiestas, festivales e instituciones. Así, He­
racles y Tesco eran los fundadores de los Juegos Olímpicos y 
los ístm icos, y de otros cultos y fiestas, a los que se asociaba 
su nombre.
Son num erosos los estudios dedicados a los héroes en la 
cultura griega -desde los capítulos de J. Burckhardt y E. Roh­
de al libro ya m encionado de A. Brelich-. lin la mitología 
griega, los relatos de los héroes ocupan tanto espacio com o
146 ti. HC.URAS Y M O T IVO S
los de los diosos. Su relación con la ¿pica no es caractériel icn 
del repertorio griego, sino general, com o señala C. M. Row- 
ra en su Heroic Poetry. También la lírica coral y la tragedia se 
nutren esencialm ente de relatos sobro el destino y las haza­
ñas de los héroes.
C om o d ijo H eráclito (frg. 29 DK): «Son los m ejores 
qu ienes eligen una cosa por en c im ad o todas: g lo ria im pe­
recedera en tre los m ortales» . Usa fam a im perecedera , ac­
unan kldos, es lo que han buscado los héroes. La elección 
típ icam ente heroica es la que se cuen ta de A quiles: una 
vida breve y g loriosa m ejor que una ex istencia larga y os­
cura. Kl kléos, «gloria»» es el correlato del «honor», la timé, 
que los héroes apetecen y red am an . Para lo.s nobles m ag­
nánim os esa tim éca «el m ayor de los b ienes externos» , se­
gún dice A ristó teles en sus Éticas. Por esa t im é com piten 
los héroes m ag n án im o s en audaces em presas y p o r ella 
a rro s tran los m ayores riesgos y la m uerte m ism a, valero­
sos y esforzados.
ΠΙ m ism o Sócrates -personaje bien distanciado de lo m i­
tológico- recuerda la elección heroica al escoger su fin. Pre­
fiere m orir a escapar con deshonra, com o Aquiles, al que re­
cuerda en el tr a n c e 1'1’. De algún m odo los héroes resultan 
ejem plares, po r esa m agnanim idad y arro jo , a pesar de sus 
aspectos desm esurados y de su orgullo excesivo.
Cada héroe tiene su propia historia y su personalidad, Y 
una carrera heroica m ás o m enos larga: H eracles es el que 
cuenta con más aventuras; o tros son de breve v ida , com o 
Protesilao, el p rim er caído en la guerra de Troya, tum bado 
por un lanzazo al echar pie a tierra. Sólo Heracles obtiene la 
inm ortalidad por sus denodados esfuerzos; es el «superhe- 
roe», el prim ero y el mayor. Pero tam bién Asclepio, hijo de 
Apolo, se vio realzado, en época posterior, a la condición 
de dios, por sus beneficios médicos. Pioniso» hijo de Zeus y 
una m ortal, posee -a pesar de su origen m ix to - ya desde su 
nacim iento esa divinidad»
V. t.DS H IÍI« UJi (îKlhftOS
De los sem idioses, unos I ienen a un d ios o una diosa en ­
tre sus progenitores (Heracles, Aquiles, lineas, etc.), m ien­
tras que otros tienen un abolengo d iv ino m ucho m ás leja­
no. Tal es el caso, entre otros, de Ulises (Odiseo) y de Hdipo. 
M uchas leyendas heroicas, com o ya apun tó M. P. Nilsson, 
parecen tener su centro en alguna ciudad del período mice- 
nico, com o son Jas de los Pelópidas en Argos o Jas de los 
Labdacidas de 'lebas, o los M inias de O rcóm enos. lebas, 
M icenas, T irin to , Pilos, A tenas y o tras antiguas fundacio­
nes m icénicas son el hogar de prestig iosos héroes, lo que 
probablem ente indica que las sagas correspondien tes se 
orig inaron en esa época. Algunas de ellas pueden guardar, 
tranform ados en relatos míticos, elementos de lejanos acon­
tecim ientos h istóricos, com o es el caso, por ejem plo, de la 
leyenda de leseo, vencedor del M inotauro terrib le , que li­
beró a Atenas de su tr ibu to a M inos, el poderoso soberano 
de Creta.
lisas leyendas heroicas han sufrido tam bién algunas m o­
dificaciones en el curso de la tradición, y han sido utilizadas 
por la propaganda política en algunos casos. Así, por ejem ­
plo, le seo , un an tiguo héroe jónico, ligado a ritos de in i­
ciación, con un curioso repertorio de aventuras y arm oríos, 
fue adoptado com o héroe nacional de Atenas en tiem po de 
Pisistrato. Ln la Teseidu, de m ediados del siglo vi, un poeta 
épico ateniense, o al servicio de esta ciudad, celebró una se­
rie de hazañas en las que el joven Teseo había lim piado de 
m onstruos y bandidos el cam ino de la Argólide a Atenas, 
em ulando, en una serie más breve y en un espacio más redu­
cido, las hazañas de Heracles, un héroe adoptado por los 
dorios.
O tra saga con num erosas variantes, influida por la trad i­
ción literaria secular, es la referida a Helena, que en Ksparta 
recibía culto com o una antigua diosa local. FJ lírico Kstesí- 
coro (siglo vil) modificó la leyenda en su Palinodia, al contar 
que 1 lelena no había llegado a Troya en la nave de Paris, sino
148 II. H<iUKAN Y M O I IVON
que su persona había sido sustituida por un doble, una falsa 
imagen forjada por los dioses, y p o r ella lucharon aq u e o sy 
troyanos, m ien tras la verdadera Melena perm anecía en 
Egipto.
Armauirumque
Armauirumque
10. Héroes m«is famosos
Resulta im posible ofrecer en el breve espacio que concede 
un trabajo in troductorio com o el presente uncatálogo com ­
pleto de los héroes griegos, aunque fuera sucinto y esquem á­
tico. Renunciando a tal em peño, intentaré citar a los más fa­
m osos, los que han trascend ido el prestigio local de sus 
orígenes. Son los grandes héroes cantados por la épica y alu­
didos por los líricos y evocados en las tragedias. La saga he­
roica que, en un com ienzo, fue oral y tuvo sus centros geo­
gráficos precisos, ha sido luego d ifundida por la literatura.
Aunque hay que recordar que el in troductor de la cultura 
y el progreso hum ano, el inventor de las téchttai de metal y 
del fuego, es un Titán -u n d ios y no un h éroe-, Prometeo, se 
atribu ían a algunos héroes aportaciones culturales singula­
res. (Así a T rip tó lem o el cultivo de los cereales y especial­
m ente del trigo, a Kquetlo la invención del arado, a Foroneo 
la invención del fuego - e n com petencia o variante de P ro­
m eteo-, a Palamedes algunos juegos, etc,) Podem os consi­
d era r tam bién héroes civ ilizadores a aquellos que ex ten­
d ieron los cam inos por do n d e podían avanzar después los 
hom bres, los que vencieron y elim inaron a los m onstruos, 
los que abrieron nuevas ru tas en el horizonte desconocido.
149
ISO II. IKiUKAS V MOTIVOS
Son figuras com o I Ieracles, Jasón, Teseo y, m ás moderno» 
Ulises.
De un laclo están esos héroes -so lita rios o acom pañados 
por uno o varios cam aradas de aventura- y por otro les cau­
dillos guerreros, los que lucharon en las batallas y los asedios 
en torno a una ciudad am urallada com o lebas o Troya. H é­
roes com o Agam enón, Aquiles, Adrasto» Polinices, Tideo, 
Alcnieón» etc. Los prim eros se enfrentan contra m onstruos 
trem endos: dragones y fieras diversas, m ientras que los se­
gundos son jefes de tropas, que com baten según las reglas de 
la táctica bélica, bien arm ados y en peleas individuales, due­
los de lanza y escudo, listos segundos son m ás recientes. Es 
fácil hacer esa distinción en abstracto. En la práctica puede 
un héroe ser de uno y o tro grupo, com o leseo o Ulises.
La lucha c e n tra d m onstruo que guarda un lugar o un te­
soro es un tema m ítico repelido en m uchas mitologías. El 
héroe fundador debe elim inar al dragón tenebroso que p re­
viam ente lo ccupa con todo su trem endo poder. No es una 
lucha específicamente heroica, ya que tam bién a un dios le 
puede tocar el m ism o papel. Así, po r ejem plo, en Delfos es 
Apolo quien dio m uerte en com bate al terrible dragón una 
dragona para ser más exactos- que dom inaba el encaram a­
do valle, para fundar luego allí su propio santuario . En Beo­
d a C adm o debe d ar m uerte al d ragón , hijo del d ios Ares, 
que guardaba el paso, para fu ndar allí la ciudad de Tebas. 
Cadm o plantó luego los dientes del m onstruo para obtener 
de la tierra una cosecha de guerreros autóctonos, los prim e­
ros Espartos (Spartoi = «plantados»).
O tras veces la lucha contra el d ragón es para obtener la 
m ano de una princesa - a s í Perseo rescata a A ndróm eda, 
ofrecida como víctim a propiciatoria al gran m onstruo m a­
rin o ·, o para conquistar un tesoro -Jasón, ayudado por Me­
dea, se enfrenta al d ragón que guarda el vellocino en la 
C ólquide-, o bien para liberar a su gente de un lastim oso tr i­
buto -as í Teseo penetra en el laberinto deC reta para aniqui-
Il) HfROI-S MAS l'AMOSOS 15/
!ar «il M inotauro-. Λ veces el héroe cuenta con algún auxiliar 
mágico para su empresa: así Belerofonte ataca a la espantosa 
Q uim era m ontado en su alado Pegaso.
El mito más semejante a un cuento m aravilloso, un M ar­
chen típico, con sus ingredientes fantásticos, es el de Perseo, 
cl m atador de la Gorgona M edusa. Nacido de D ánae y de 
Zeus (que llegó hasta la encerrada princesa en iorm a de llu­
via de oro), tras haber escapado del m ar (adonde su abuelo 
Acrisio, rey de Argos, lo había arro jado con su m adre en un 
arca claveteada), el héroe se dirige a la aventura lejana e im ­
posible. Com o auxiliares mágicos le protegen Atenea, Her­
mes y las Ninfas. Le ofrecen para su viaje unas sandalias con 
alas, un casco que hace invisible a su portador, una hoz de 
acero y un zu rrón para guardar la cabeza de la Gorgona. 
Para llegar hasta ella, Perseo debe inform arse del cam ino, c 
interroga a las tres Grayas, situadas en los confines del Atlas; 
les roba su único diente para hacerles revelar el secreto para­
dero de las terrib les diosas. Luego con sus apoyos mágicos 
llega hasta el rem oto refugio de las Gorgonas y, protegiéndo­
se con su escudo de la m irada petrificante de Medusa, d ir i­
gido por Atenea, le rebana el pescuezo. Y escapa de la perse­
cución de las o tras dos herm anas m ediante el casco que lo 
hace invisible. Más allá mata al terrible dragón m arino que 
asediaba el reino de los padres de A ndróm eda y salva a la 
princesa, con la que se desposa. Vuelve a Sérifos a rescatar a 
su m adre del acoso de Polidectes, a quien convierte en p ie­
dra, con todos sus cortesanos, con sólo sacar del zurrón la 
cabeza de Medusa. Algo sem ejante ya había hecho con el gi­
gante Atlas, que intentara asaltarle. Después devolvió a los 
dioses los objetos m aravillosos, y disfru tó del trono de Ar­
gos y del final feliz.
F,1 m ito de Perseo contiene den tro de una secuencia ar- 
quetípica m uchos de los ingredientes del cuento m aravillo­
so. lil protagonista, por o tro lado, cumplo los requisitos del 
héroe mítico: su nacim iento m ism o se ajusta a la pauta he-
15 2 I I . H U iU K A S V M iU 'IV O S
roica (estudiada porO . Rank ,J,)> y su carrera ofrece los ep i­
sodios más habituales de esa aventura fabulosa, iniciática y 
desaforada, que em prende tanto el protagonista dei cuento 
m aravilloso com o el del mito de esta categoría. Perseo ven­
ce a diversos m onstruos: la Gorgona M edusa, m onstruo es ­
calofriante y singular, el Dragón m arino, el Gigante Atlas y 
el rey tiránico y brutal, Polidectes. Un análisis del milo m e­
diante el esquem a de V. Propp m ostraría que sus secuencias 
corresponden a las de un típico Mcirchcn. Pero la ubicación 
en una determ inada región (la de Argos), los nom bres p ro ­
pios de los personajes (y de los dioses) consagran com o re­
lato m ítico esta antigua tram a. (También otros m itos se 
aproxim an a los esquem as del cuento maravilloso; pero n in ­
guno tanto com o éste.)
Com o es b ien sabido, quiso Atenas proclam ar a leseo 
com o su héroe nacional. También Teseo se enfren tó a un 
m onstruo: el M inotauro en el Laberinto de Creta, y m ucho 
luchó contra centauros y am azonas y bandidos varios com o 
un paladín de la civilización y la libertad. En los m onum en­
tos más significativos de época clásica figura en paralelo con 
Heracles (así en las m etopas del Tesoro de los atenienses en 
Delfos, en el Teseion de Atenas y en la base del Zeus de O lim ­
pia). Pero ju n to a la imagen de Teseo com o soberano ejem ­
plar, hay en su leyenda otros episodios, com o el rapto de I le- 
lena aún niña, y la bajada al liados, con su fiel com pañero 
Pirítoo, en un i ntento alocado de raptar a la misma Perséfo- 
ne, que pertenece al fondo más antiguo de su historia m íti­
ca. Según una variante, en esa em presa quedó apresado en el 
1 lades para siem pre; según otra, de allí lo rescató Heracles, y 
luego acabó desterrado de Atenas y despenado en la isla de 
Esciros. De donde los atenienses -h ac ia el 470- rescataron 
su esqueleto pa ra enterrarlo con todos los honores cerca del 
agora, en Atenas.
Jasón pertenece al m ism o tipo de aventurero heroico. Pue 
desde O rcóm cno hasta la Cólquide* en el extrem o oriental
10. HfROHA MÁS FAMOSOS ¡ 5 3
del M ar Negro, a buscar el Vellocino de O ro en una rauda 
nave, la Argo, y acom pañado por un tropel de jóvenes auda­
ces, los Argonautas. Hn la Cólquide tuvo que hacer frente al 
feroz rey Ketcs, hijo de Helios, y al dragón que custodiaba en 
un bosque sagrado el áureo pellejo del carnero mágico. Con 
la ayuda de Medea, la princesa enam orada, Jasón logra apo­
derarse de vellocino, tras su p e ra r las trem endas pruebas y 
peligros. Regresa perseguido por Hetes y sus guerreros en un 
largo viaje (por el D anubio, el Rin, el Ródano, el norte de 
África, el Adriático, y rozando Creta antes de tocar la costa 
de Yolco.su patria). A pesar de este triunfo, la leyenda de Ja­
són no le concede un final feliz, sino una peripecia trágica al 
intentar abandonar en CoriiUo, algunos años después, a Me­
dea. La bárbara M edea, hechicera y apasionada, se venga 
m atando a sus hijos y a la nueva novia y a su padre, el rey de 
Corinto. (Tema de una famosa tragedia de Lurípides.) 'leseo, 
en un lance parecido, había abandonado pronto a la prince­
sa que le ayudara a o b tener su v ictoria, la joven A riadna, 
otra nieta de Helios.
O tro héroe aventurero, protagonista de prodigiosos epi­
sodios en parajes extraños en un itinerario m arino tan mis­
terioso com o el explorado p o r ios Argonautas, es Odiseo (o 
Ulises, según su nom bre la tino). Pero O diseo es un héroe 
más m oderno y más com plejo que Jasón o 'leseo. Su ascen­
dencia divina está bastante lejana: por su madre, Anticlea, des­
ciende de Autólico, hijo de I lerm es. Su padre, en la versión 
hom érica, es Laertes, un oscuro reyezuelo de ílaca, una isla 
pobre y pequeña. Según o tra versión, es descendiente del 
taim ado Sísilo. Kn todo caso, tanto si su verdadero padre fue 
Sísilo o no, ya de Autólico pudo heredar la astucia y la auda­
cia que le caracterizan.
Odiseo ha sido un gran guerrero en el ataque a Troya. F.n 
la Iliada se habla de su valor y de su inteligencia en el com ba­
te. A él se debe el ard id que perm ite conquistar Troya m e­
diante el célebre caballo de m adera. Pero es su largo regreso,
¡54 I I . hll.tm .V S Y M O IIV O S
esos diez años que O diseo pasa e rran te antes de a rrib a r a su 
querida Itaca, lo que le ofrece un ám bito singular a sus aven­
tu ras m ás características, las que él m ism o relata a los re a ­
cios en la Odisea, cantos V íII-X ll.
O diseo es, según I lom ero, fw lytlas, polymetis, po ly tropos, 
el «muy sufridor» , «muy artero» , «el de m uchos trucos», I,a 
capacidad de soportar la adversidad, el arm arse de astucia, 
el en c o n tra rlo s roceos y vueltas para el triunfo , eso caracte­
riza a O diseo, personaje com pleto , no sólo valientey fo rn i­
do, sino inteligente y m ucho m ás hum ano que o tros héroes. 
Frente a Agam enón o Aquiles, ya en la ¡liada se percibe esc 
aspecto del héroe que, sin dejar de ser un buen guerrero en 
la ocasión -co m o se ve en los com bates o en la m atanza de 
los pretendientes erm su a rc o -, es ante todo el astu to vence­
dor del brutal Polifemo -e l gigante de un solo ojo, el ogro del 
folktale-, el que escapa tras escuchar a la sirenas, el que tras 
in ten tar salvar a sus hom bres de los lestrígones, los lotófa- 
gos, los cíclopes y los hechizos de Circe, a rro s tra las iras de 
Poséidon y va a consultar al 1 lades el esp íritu de Tiresias» y, 
al cabo, gracias a la ayuda de los Keacios, regresa solo a su 
isla para recuperar su tro n o y su fam ilia. O tros héroes m ari­
nos, com o Teseo y Jasón, con taban con la p rolección de las 
d iosas Atenea, Afrodita y I lera; Odiseo cuenta ante lodo con 
el apoyo de Atenea, favorecedora de los héroes y adm iradora 
de su inteligencia. Com o leseo y Jasón, Odiseo obtiene los fa­
vores de las figuras fem eninas que encuentra en su erranza: 
de Circe, de Calipso y de la princesa Nausicaa. Tam bién O d i­
seo va al Hades, aunque no en un descenso arquetípico, sino 
en una aproxim ación tu rística y fugaz. (Kn el tratam iento de 
ese lance en la (λ/ΰ?<ι se perciben los ecos de lejanos mot ivos 
m íticos, pero un tan to degradados. O diseo co m p arte con 
Gilgamés el em peño de saber de lo oculto, pero no el ansia de 
inm ortalidad, lán sólo quiere reg resara su ftaca.)
O diseo es un héroe m ás com plejo que sus com pañeros 
aqueos y tam bién m ás m o d e rn o que esos o tro s héroes de
in. HRKOKS MAM-AMOSOS ¡55
em presas lejanas, vencedores de m onstruos. También O d i­
seo se enfrenta a los trem endos riesgos del m ar fabuloso, y a 
los m onstruos (el C íclope Poli femó, la hechicera Circe, Ksci- 
la y C aribdis, las Sirenas, etc.)* pero para vencer en sus lan ­
ces apurados cuenta con un arm a propia: la inteligencia. Ks 
sintom ático que él, y no Ayax, ganara las arm as de Aquilcs, y 
tam bién que su viaje al I iades tenga los tin tes curiosos que 
tiene la Nekyia hom érica. O diseo es, po r o tro lacio, un héroe 
épico, el protagonista de un poem a com o la Odisea, que con 
tiene rasgos an tiguos, pero anuncia lo novelesco, f ig u ra s 
com o su hijo Telém aco y su m ujer, la pacien te y no m enos 
astu ta Penélope, form an tam bién p arte de su leyenda. Así 
com o algún o tro hijo de O diseo, com o Telégono, nacido de 
Circe (o de Calipso, según una variante m ítica), y descono­
cido po r H om ero. Según esa versión Telégono iba en busca 
de su padre y se encon tró con O diseo, ya viejo, y,sin recono­
cerlo, le d io m uerte en com bate. (Luego Telégor.o se casaba 
con Penélopev Telémaco con Circe.)
El héroe épico por excelencia, no ya un aventurero ni civi­
lizador, sino un rey guerrero , es Aquilcs, hijo de la diosa m a­
rina T etisy del héroe Peleo, rey de Ptía. Ai frente de sus m ir­
m idones, Aquiles ha acudido a Troya para conseguir gloria 
en los com bates. La Ufada no es una «Aquileida» -a l m odo 
com o la Odisea es el poem a de O diseo-, pero la ira de Aquiles 
im pone su estruc tu ra al poem a, que concluye con la m uerte 
de H éctor, y el apaciguam ien to del fero/, rencor del héroe, 
vengador de su am igo Patroclo. Desde un com ienzo sabem os 
que la vida de Aquiles será corta , si persiste en su elección de 
preferir la g loria. Pero su carácter es de una pieza. Aquilcs, 
«ligero de pies», es un guerrero invencible en la batalla y 
acepta su destino trágico. París lo herirá de m uerte en un ta ­
lón. (Su único punto débil, según una leyenda qi.e no parece 
conocer H om ero.) Frente a A gam enón, rey de reyes, caudillo 
de todo el contingente bélico de los D áñaos, Aquiles es, por 
su arro jo y destreza en la pelea, «el m ejor de los aqueos».
¡56 II. Η (·υΚΛΝ Y M O T IV O S
Su m adre Tetis acude desde su m orada m arina a socorrer­
lo cuando el g ran guerrero im plora su ayuda. Lo hace en dos 
ocasiones» y va a solicitar a Zeus el cum plim ien to del des ti­
no glorioso del héroe y, luego, a pedirle a Hcfe.su> la fabrica­
ción de una nueva a rm a d u ra para su hijo. (La p rim era a r ­
m adura de Aquiles fue tam bién regalo de los dioses, hecho a 
Peleo en sus bodas con la divina Nereida. Con ella m uere Pa- 
I roclo, y m ás tarde Héctor.)
Educado po r el cen tauro Q uirón , com o otros g randes hé­
roes, Aquiles m uere joven tras haber m ostrado su valentía 
incom parable. De un am orío juvenil procede su hijo N eop­
tolem o, que le sucederá al frente de sus tropas, conducirá a 
Troya a Filoctetes y m orirá luego en Delfos, violentam ente. 
O tro breve m otivo m ítico - n o can tad o p o r H o m ero - es el 
enam oram iento de Aquiles po r Pentesilea, al tom arla en sus 
brazos después de haberla h erid o de m uerte en com bate. 
(Pentesilea, reina de las am azonas, acud ió en ayuda de los 
troyanos.) H om ero hizo de A quiles el p ro to tip o del héroe 
joven, parad ig m a de la arcté del guerrero , con su trágico 
destino.
Junto a esos m itos de grandes héroes, o tras leyendas ab a r­
can el espacio de varias generaciones de una fam ilia regia. 
Así es la que relata las vicisitudes, hazañas y padecim ientos 
de los descendien tes de T ántalo , una d inastía que p ro p o r­
cionó tem as a num erosas tragedias.
Tántalo , hijo de Zeus, se había establecido en Lidia, en el 
m onte Sípilo. F recuentaba a los d ioses y gozaba de p rosperi­
dad hasta que in c u rrió en una te rrib le desm esura . Invitó a 
los O lím picos a un sin iestro banquete , en el que les ofreció 
com o plato fuerte la carne troceada y guisada de su hijo, Pé- 
lope. Los dioses, con su saber eterno , adv irtieron el engaño y 
se abstuvieron de probar la com ida, a excepción de D em éter 
que, apenada po r la perdida de su hija, m ordió la paletilla que 
le habían ofrecido. Luego los dioses volvieron a d a r la vida, 
restaurándolo en el caldero, al joven Pélope (con un hom bro
10. HfltOkN M A S l AM OSO S /57
de m arfil para com pensar cl m ordisco de D em éter), y casti­
garon para siem pre a Tántalo. (Un lo m ás p ro fundo de H a­
des se ve condenado a pasar ham bre y sed, en m edio de á r ­
boles fru ía les que se crecen cu an d o él in ten ta lom ar un 
fruto, y ju n to a un río cuyo caudal baja cuando él se agacha a 
beber.)
Pélope em ig ró hacia el con tinen te , a la región que luego 
tom aría su nom bre, el Peloponeso (PiHopos nésos: «isla de 
Pélope»). Kn la Élide com pitió en la ca rre ra de carro s con 
F.nómao, que ofrecía la m anos de su hija y su reino a quien 
lograra vencerle. C on la ayuda del cochero del rey, M irtilo, 
Pélope consiguió la victoria, m ientras que Knómao, al fallar­
le un eje de su carro , m urió en la carrera. Luego Pélope des­
posó a I lip o d am ía , la joven princesa, y elim inó a M irtilo , 
que al m orir lo m aldijo , a él y a sus descendientes.
Varios hijos tuvo el m atrim onio . Instigados por su m adre, 
los dos mayores, At reo y Tiestos, m ataron a su h erm ano Cri- 
sipo, el preferido de su padre. Tuvieron que exiliarse en Mi- 
cenas. Allí p re tend ieron am bos el tro n o de M icenas. D es­
pués de unas m utuas añagazas -e n las que in terv iene la 
apuesta sobre un ca rn ero de oro» regalo de H erm es, y el 
adulterio de Aérope, la esposa de Aireo, con su cuñado, y la 
detención del sol en su curso celeste- fue At reo quien logró 
hacerse con el poder real. Luego com etió una horrib le ven­
ganza: le sirv ió a su herm ano Tiestes en un banquete la car­
ne de sus propios hijos (los de Tiestes). Después del festín re­
veló al a terrorizado padre lo que había devorado, l'iesles se 
alejó m aldiciendo a su herm ano.
Para cum plir esa venganza, siguiendo un oráculo, Tiestes 
engendró en su prop ia hija , Pelopia, a ligisto, que con el 
tiem po acabaría con el p rim ogén ito de Aireo, Agam enón. 
De los A tridas éste fue el heredero del reino de M icenas, 
m ien tras su h e rm a n o M enelao, al casarse con Helena, hija 
del espartía la T indáreo, reinaba en F.sparta. I ras el rap to de 
H elena, am bos m archaron co n tra Troya. Para asegu rar la
/5« ti. H C U K A S Y M O T IV E S
navegación hacia ci Asia, A gam enón sacrificó en Aulide a su 
hija, Itlgenia. Y esluvo ausen te d u ran te los diez añ o s de la 
guerra famosa.
Kn M icenas C litem ncstra, esposa de A gam enón, irritada 
p o r el sacrificio de su hija y m ujer de ca rác ter apasionado , 
traicionó al ausente con su p rim o Egisto. Y al regresar Aga­
m enón , vencedor y d es tru c to r de Troya, lo asesinó - ju n to 
con su cautiva C asandra , la p rofetisa h ija de P ríam o Los 
h ijos de A gam enón, O restes y Klectra, u nos añ o s después, 
se encargaron de vengar a su padre, m atando a su m adre. I!l 
d ios Apolo y la p r.iden te A tenea ap ro b a ro n el m atric id io . 
El joven O restes, desputis de m atar a su m adre y a Kgisto, fue 
perseguido p o r las Krinias, pero fue absuelto del crim en de 
sangre al final, y, después de algunas o tras peripecias, se 
casó con I lerm íone, la hija de M enelao y de Helena, re inan ­
do sobre M icenas y Esparta . (La versión de Esquilo en la 
(hvstíada sitúa la absolución de O restes en el A reópago de 
Atenas, donde Apolo defiende ai m atricida y el voto de Ate­
nea solventa la decisión final.)
Tan trágica com o la de los Pelopidas es la saga de los Lab- 
decidas de lebas. I lijo de Lábdaco fue Layo que, tra ic ionan ­
do la am istad de Pclope, rap tó al adolescente C risipo y fue 
m aldito po r el padre ultrajado. El oráculo del Delfos adv ir­
tió a I .ayo que se guardara de tener descendencia, porque, en 
tal caso, su hijo le m ataría y se casaría con su propia m adre, 
con la esposa de Layo, Yocasta. Pero el rey de lebas la dejó 
encinta una noche ,dom inado po r la pasión o la em briaguez, 
y Yocasta d io a luz a lidipo.
Por te rro r al cum plim ien to del o ráculo , sus padres dec i­
d ieron ab an d o n ar al n iño en el m onte C iterón para que allí 
fuera devorado por las fieras. Para inm ovilizarlo le traspasa­
ron los pies con una fíbula. Así quedó Kdipo el de los pies 
h inchados (Oidi-pnus) expuesto en el m onte. De allí lo res­
cató un pastor que lo en tregó a los reyes de C orin to , Pólibo 
y M i'rupc, un m atrim onio sin hijos que lo adop taron com o
1 0 . Ι ΙΓ .Κ 0 1 Λ M A S l 'A M O S t 'S 159
suyo. M ás larde Kdipo fue a consu lta r al oráculo de Dclfos, 
que le advirl i<> de que m alaria a su padre y se casaría con su 
madre.
l 'n una encrucijada Kdipo tuvo un violento encuentro con 
un desconocido . l.o m alo en la reyerta: era el té ta n o Layo, 
aunque él ignoró su iden tidad . M archando hacia lebas su ­
peró el enigm a de la espantosa Ksfrnge que asolaba la región. 
ΛΙ vencer al m onstruo , obtuvo en prem io la m ano de la rei­
na, viuda de l.ayo. Así Kdipo reali/.ó la profecía deifica.
Según la versión l rágica más notable (la de Sófocles en su 
lidipo rey), no fue sino m uchos añ o s después cuando el ya 
venerado rey de lebas descubrió la verdadera historia de su 
ascendencia y sus crím enes. Ya en tonces había ten ido con 
su m adre y esposa cua tro hijos: K léodes, Polinices, A ntigo­
na e Ismene. A brum ado p o r esa conciencia de su terrible pa­
sado, Kdipo se exilió después de arran carse los ojos, según 
Sófocles, y de conocer el suicidio de Yocasta. (Pero los de ta­
lles varían según los trágicos, y según los m itógnifos.)
V iéndose ab a n d o n ad o p o r sus h ijos mayores, Kdipo los 
m aldijo. K téodes y Polinices se d ispu taron el trono. Ktéocles 
logró quedarse con él expulsando a su herm ano. Quien acu ­
d ió a so licitar auxilio al rey de Argos, A drasto. Se casó con 
una hija de éste, y, con la ayuda de su suegro , p reparó una 
expedición arm ada contra 'lebas. Ks la llam ada expedición 
de los Siete - po r el núm ero de los caudillos argivos que em ­
prendieron el asedio de la cindadela de las siete p je r ta s - . Kn 
la batalla perecieron los dos h ijos de Kdipo, enfrentados en 
un duelo fratricida. (I.a ciudad se salvó de la destrucción, ya 
que vencieron los (ébanos y sólo uno de los Sieie salió con 
vida: A drasto, que poseía un caballo prodigioso , Arión.)
In ten tó A ntigona, con tra las ó rdenes del nuevo regente, 
en terra r a Polinices, y fue condenada a m uerte por Creonte. 
K nterrada en vida, A ntigona se suicidó. Con ella m urió su 
p rom etido H em ón, hijo de Creonte; y el suicidio de f lem ón 
incitó a su m adre a su icidarse tam bién en el palacio.
II. lU iU R A S Y M O T IV O S
Según la leyenda» E dipo acabó sus días en C olono, una al­
dea de Ática, y allí, acogido p o r el rey 'leseo, qu iso d e jar su 
sepultura, com o un favorable augurio para la ciudad. Edipo 
es el m ayor ejem plo de un destino trágico. Q ueda en pie, sin 
em bargo, el in terrogante sobre su responsabilidad en los su ­
cesos que lo determ inan . ¿Es acaso la fatalidad la que ha p re­
fijado la oscura cadena de m uertes? ¿No es el héroe con su 
voluntad quien se abre un cam ino hacia la luz y la m em oria? 
Este héroe que trata de esquivar la fatídica profecía y que, sin 
saberlo, com ete los dos m ayores crím enes, el parricid io y el 
incesto, es -e n la versión trág ica - un hom bre inocente y un 
rey justo , un tyramtos que qu iere salvar a su ciudad , que no 
puede escapar a su destino. Es innegable en cualqu ier casó la 
g randeza de Edipo, en la búsqueda de la verdad y en el dolor. 
Es el héroe trágico p o r excelencia.
1 lay o tro s héroes de trágico destino . Entre aquellos cuya 
leyenda puede dar argum entos a buenas tragedias, Aristóteles 
cita -ju n to a Edipo, Tiestes y O restes- a Alcmeón, Meleagro y 
T é le fo ,J2. Y hay más (Penteo , Áyax, H loctetes, etc.). Pero 
quisiera ya concluir este incom pleto catálogo nom brando a 
un héroe d istin to de estos jóvenes guerreros y m onarcas v io ­
lentos. Un héroe muy diferente y con o tras v irtudes y presti­
gios: el Inicio Orfeo.
El hijo del rey tracio Eagro y de la m usa C alíope, Orfeo, 
era un m aravilloso cantor, al son de la cítara (que él habría 
inventado, o a la que había añ ad id o dos cuerdas). Con sus 
dulces can tos atraía a los anim ales del bosque, reun idos en 
pacífico corro , am ansando a las fieras, y conm oviendo a los 
m ism os árboles y a las peñas, l-iguró en tre los héroes que se 
em barcaron en la A rgo ca lm ando las tem pestades y d e rro ­
tando en el encuentro a las can to ras Sirenas con su melódica 
voz.
Se casó con Eurídice, que m u rió al se r m ord ida p o r una 
serp ien te escondida en tre la h ierba. O rfeo la lloró y fue al 
1 lacles a rescatarla, logrando hechizar con su lira a los trem e-
ιο MËROFS m A s f a m o s o s I6t
bundos guardianes del reducto infernal. H adesaccedió a d e ­
volvérsela, con la condición de que no se volviera a m irarla 
hasta tran sp o n e r el um bral de sus dom inios. Orfeo, am oro ­
so y desconfiado, se volvió a m irar a Kurfdice antes de fran ­
quearlo , y su esposa tuvo que p erm an ecer en el m undo de 
las som bras, adonde Mermes lu rccondujo de nuevo.
O rfeo d ifund ía ciertos cultos m istéricos en Tracia, adm i­
tiendo sólo a los hom bres, despreciando a todas las mujeres. 
Por ello las tracias, incitadas acaso p o r Dioniso o po r A fro­
d ita , se lanzaron fu riosas con tra él y lo descuartizaron . 
A rrojaron su cabeza y su lira al río H ebro, que las transpo rtó 
hasta la isla de Lesbos, afam ada po r la du lzura de sus poetas 
líricos. A O rfeo se le a tribu ían d o c trin as sobre la vida en el 
Más Allá y la secta de los llam ados órficos selló con su nom ­
bre to d a una teología y una ética de singular alcance y fasci­
nación.
Tercera parte
Interpretaciones
1. Interpretaciones de los mitos: 
el alegorismo y el evemerismo
Con los prim eros filósofos aparece en Grecia la crítica al 
m ito com o form a de explicar el m undo. Desde .in com ienzo 
la filosofía tiene que enfren tarse a los m itos, pues intenta en ­
con tra r m edian te un nuevo m étodo de conocim iento, el de 
la razón , un fundam en to y unas causas a los m ism os fenó­
menos que el mito daba com o producidos po r los seres divinos 
y heroicos de tiem pos lejanos. Frente a la narración m ítica 
sobre el origen del m undo y de las cosas, ahora los filósofos 
p lan tean la p regun ta p o r la verdad de un m odo radical. Y 
este po n er en cuestión todo el m undo m ítico supone un en ­
frentam iento a la tradición. En griego la palabra que signifi­
ca «verdad» es aléthcia, que significa etim ológicam ente 
«desvelamiento», o negación de la iéthc u «olvido» de lo real; 
desde sus com ienzos, la filosofía se plantea com o una tarea 
crítica, lise sentim iento de desconfianza en las explicaciones 
tradicionales, que es característico de los pensadores del si­
glo vi a.C., de un Jenófanes o un H eráclito, supone un recha­
zo de lo m ítico , lis d ec ir que, cuando Tales de M ileto dice 
que el origen y princip io fundam ental de todo es el agua, ya 
está negando cualqu ier m ythos sobre el arché cósm ico que 
no sea un elem ento natu ra l. C on una respuesta de ese tipo
165
¡ 6 6 111. IN't I'iKPKt-'TACIONKS
queda ya en en tred icho cl relato sobre los d ioses p rim ig e­
nios» sean U rano y Cica, o el prolífico O céano.
F.l enfrentam iento en tre el myiltos y el lógos no es m om en­
táneo» sino que más bien podem os verlo com o una larga 
contienda en la que el m ito va cediendo el terreno , con una 
cierta displicencia, esfum ándose ante las luces de la ilu stra­
ción. I.a m archa del m ito al logos (según un fam oso libro de 
W. Nestle: Votn M ythos zuñ í Logos '■'■') no es una peripecia ca­
tastrófica, sino un progresivo avance de la observación y la 
reflexión com o bases de la explicación racional del m undo, 
sobre las cuales la especulación filosófica construye su in te r­
pretación.
l,a h isto ria del pensam ien to griego ha sido bien e s tu d ia ­
da desde esta perspectiva. C ualqu ier m anual de la h isto ria 
de la filosofía an tigua recoge lo esencial de este p roceso . 
Junto al ya c itado W. Nestle, p o d ríam o s reco rd a r estud ios 
im p o rta n tes de C orn fo rd , U n terste iner, F raenkel, Jaeger, 
B urnet, G igon y otros, que nos han com en tado con ag u d e ­
za y h o n d u ra cóm o la filosofía no supuso un b ru sco corte 
en la cu ltu ra helénica, sino un progresivo avance de la in ­
qu isición racional sobre te rren o s antes d o m in a d o s p o r los 
m itos. Pero en las m ism as exp licaciones m íticas hab ía ya 
a lg u n o s p u n to s que facilitaban ese avance crítico . Pense­
m os, po r ejem plo en los in ten tos de un o rden en el p roceso 
cosm ogónico descrito p o r I Iesíodo. I-rente a o tras m ito lo ­
gías la helénica está s in g u larm en te bien o rd en a d a y d e s ta ­
ca p o r su sencillez y su referenc ia a asu n to s fam iliares, 
com o C. S. Kirk ha destacado . Kl am plio m argen de lib e r­
tad crítica existente en la sociedad griega al respecto de la 
religión favoreció ese avance crítico . (A unque hub ie ra a l­
gún que o tro en fren tam ien to grave, com o cu a n d o Anaxá- 
goras fue condenado en A tenas p o r so sten er que el sol era 
una en o rm e roca canden te su sp en d id a en el cielo, o c u a n ­
d o S ócrates fue a ju stic iad o tra s un p roceso de im p iedad 
espectacu lar.)
\ I N n !Rt’R i:rA i:iONKS l>l;. ix is M ÎTOS: 1-1 A l KCiORISM íl Y H FVt’MF.RISMO 167
Lstá claro que en cuan to se le p lantea a! mito la cuestión 
de la veracidad de lo que narra , no puede d ar razón de ello. 
D ar razón de acuerdo con los dalos reales es algo propio del 
logos. Un cuan to se p lan tean dudas sobre su veracidad los 
m itos se encuen tran en una posición débil, y como creencias 
licncn una dudosa vigencia. La cuestión de hasta que punto 
creían los griegos en sus m itos es bastante compleja; la res­
puesta varía m ucho según la época y el nivel intelectual y el 
lip o d e m itos. P. V eyne,quesela ha planteado en un brillante 
libro l3\ reconoce que sí, pero a g randes rasgos y partiendo 
del hecho de que el creer no es un acto sim ple. O rtega, en su 
ideas y creencias, atina, pensam os, en señalar que en las c re­
encias se está instalado, y que es sólo cuando éstas se ponen 
en cuestión cuando surgen las ideas com o nuevos in s tru ­
m entos para ap rehender la realidad cuestionada.
Pienso que el p rogresar de la filosofía en C irecia puede e n ­
focarse con ayuda de ese esquem a. Λ m edida que los m itos 
com o creencias van siendo som etidos a crítica, van cediendo 
su lugar a los razonam ien tos y las ideas. Por o tro lado, allí 
donde no llegan las ideas o los razonam ientos siguen insta­
lándose los m itos. Así, p o r ejem plo, cu an d o Platón quiere 
hab larnos de la vida del alm a inm orta l tras la m uerte ha de 
rec u rr ir a un m ito (que, com o hem os dicho, es una recrea­
ción platónica sobre una pauta tradicional).
A hora quisiéram os no insistir sobre este enfrentam iento, 
sino tan sólo enfocar un aspecto del m ism o: cóm o se reh a­
bilita el m ito an te los em bates de la explicación racional. 
Para algunos ilustrados, com o lo eran los sofistas, los m itos 
aparecen com o reliquias fabulosas de un pasado ignorante, 
que explicaba el m undo de un m odo fantástico e infantil, o 
bien com o m entiras y pa trañas u rd idas para engaño de las 
gentes. Ante el t ribunal de la razón los m itos quedaban con ­
d enados com o no veraces, com o «ficciones de los a n ti­
guos», pltlsm ata (óti protérón, pod ríam os decir con una ex­
presión de Jenófanes. Jenófanes fue el p rim ero en atacar la
168 III. INTKRI’HfciACIONkS
teología n iílica d e Homero» con sus d io ses a n tro p o m ó rf i­
co!», v io lentos e «inm orales», lis decir, unos d ioses in ad m i­
sibles desde las exigencias críticas del p en sad o r ilu s trado 
del siglo vi a.C.
Y es probablem ente frente a ese a taque cu an d o surge la 
teoría alegórica, que gozará luego de g ran aceptación po r fi­
lósofos posterio res (en algunos sofistas, en los estoicos, y en 
losneoplatón icos). La teoría alegórica, un intento po r salva­
guardar la lección verídica de los m itos, sólo en apariencia 
escandalosos, es tam bién un signo de la ilu stración , ya que 
parte de acep tar que el lenguaje del razonam iento es el n o r­
mal y que los m itos *e expresan en o tro lenguaje, secundario 
y poético, que hay que traduc ir al código del logos para com ­
prenderlo en toda su h o n d u ra y valor. Kl p rim er alegorista 
fueTeágenesde Regio, un sagaz com entador de l lom ero, del 
siglo vi a.C. (Su doctrina está expuesta en un escolio a la Ilia­
da XX 67, en una cita breve, pero m uy jugosa.)
Kl escolio B al citado pasaje de la ¡liada dice así:
La e n s e ñ a n z a a ce rca ce lo s d io se s g e n e ra lm e n te ro z a lo v io le n to y 
a u n lo in m o ra l. P u es va él (¿P o rfirio ? ) s e ñ a la q u e lo s m ito s d e los 
d io se s so n e sc a n d a lo so s . F re n te a ta l ju ic io , a lg u n o s b u sc a n tr a s la 
ap a rien c ia d e su figura verbal u n a so lu c ió n a la d if ic u ltad , en la c re e n ­
c ia d e q u e (o d o eslit d ic h o a le g ó r ic a m e n te d e la n a tu ra le z a d e los 
e le m e n to s ; a s í s e r ía , p o r e je m p lo , c u a n d o se h a b la d e lo s e n c u e n ­
tro s h o s ti le s d e lo s d to se s . S e ñ a la n q u e ta m b ié n lo se c o c o m b a te 
c o n tr a lo h ú m e d o y lo c á lid o c o n lo Irío , y lo lig e ro c o n tr a lo p e s a ­
d o . T am b ién el a g u a t e n e la facu ltad d e a p a g a r el fu eg o , y el fuego 
la d e s e c a r el ag u a . Y «sí su b ya c e e n tre lo s v a rio s e le m e n to s , d e los 
q u e se c o m p o n e el u n iv e rso m u n d o , u n a o p o s ic ió n , y en p a r te su lv 
y ace é s ia ta m b ié n a l p ro c e s o d e su d e s tru c c ió n . P e ro el c o n ju n to 
p e rm a n e c e en la e te rn id a d . A sí q u e el p o e ta 11 lo m e ro 1 p e rm ite q u e 
te n g a n lu g a r las b a ta lla s ( e n tre d io se s) y n o m b ra al fu eg o A p o lo y 
1 le lio s , y ta m b ié n H e íe s to ; y al a g u a P o sé id o n y E sc a m a n d ro ; a la 
lu n a A rtem is ; al a ire M era, e le . D e m a n e ra p a re c id a d a él, p o r o tro 
la d o , n o m b re s d e d io se s a las f a c u lta d e s y p ro p ie d a d e s e sp iritu a le s ; 
as í d ic e e n lu g a r tie la n te lig e n c ia A te n e a , e n vez d e s in ra z ó n A res,
I . ΙΝ Τ Κ Η Η Κ Κ ΙΛ » H O N K S U K I O S m i t o s ; h A l.l M I K IV M O Y 1 1. ΙΛ Ί :Μ Η Ι· ΐΝ Μ Ο
cn vez d e p a s ió n A frod ita» e n lu g a r d e a s tu c ia H e rn ie s , e le . liste 
m o d o tío e x p lic a c ió n |d e l p o e m a h o m é r ic o ] es m u y a n t ig u o ; c o ­
m e n z ó a p a r t i r d e T e á g e n e s d e K egio , q u e fue el p r im e ro en e s c r i­
b ir a s í so b re I lo m e ro .
Podem os figurarnos cóm o surgió esta defensa poética de 
Homero» que recurre a la teoría de que él se expresaba alegó- 
ricamente. Alegoría es, etim ológicam ente, «o:ro hablar», es 
decir, una expresión figurada, c ifrada , m etafórica, t i co ­
m en tado r salva así la verdad profunda del mensaje h o m é ri­
co, que puede traducirse a sentencias com o las de los filóso­
fos (la oposic ión de los elem entos naturales, tan destacada 
po r H eráclito y o tros presocnUicos, está bajo la alegoría de 
los com bates en tre dioses en la litada). D ando po r aceptado 
que las narraciones m íticas son escandalosas [ante el canon 
ético de la m oralidad convencional, cívica y co tid iana), se 
intenta justificar la sab iduría del poeta alegando que se ex­
presaba de un m o d o críp tico , m ed ian te un código poético. 
Con tal lenguaje alude y revela a los en tend .dos verdades 
p ro fundas ocultas tras un velo de metáforas» Iras un ropaje 
em bellecido po r im ágenes plásticas.
La teoría alegórica gozó de un enorm e éxito en el inundo 
an tig u o y ha p e rd u rad o en variadas épocas, con algunos 
m atices nuevos. Ya los estoicos se sirvieron deella con tra los 
escépticos y los epicúreos, en un in ten to de rescatar la doc­
tr in a religiosa de los m itos venerables, y los neoplatónicos 
hicieron algo parecido frente a los c ris tian o s (que no que­
rían negar la existencia de los d ioses paganos, sino ante todo 
destacar su inm oralidad escandalosa); m ás tarde los gnósti­
cos recu rrie ro n a la h e rm en éu tica alegórica para expresar 
una concepción sem i filosófica del un iverso envolviendo 
sus do c trin as en relatos m etafóricos y fantásticos, al m odo 
de los an tiguos m itos. F undada en el principio de la alegoría 
se despliega una su til h erm enéu tica que busca el sentido 
sim bólico de las figuras y los actos narrados en el m ito para
170 111. IN T I:UI'IHTACl(1NI-S
traducirlo en un plano m ás abstracto . Así el m ito queda vis­
to com o un lenguaje cifrado que cela un saber profundo que 
hay que in terpretar y descifrar, Erente al m odo lógico de ex­
presarse, cabe una a lternativa, la de! m ilo com o lenguaje 
críptico, cuya h ondura espiritual requiere tal vez esa form a 
figurada de expresión poética y religiosa.
No se discute, pues, que el m odo lógico sea el v d id o para 
la com unicación hab itual, sino que se alega, en defensa de 
los m itos, que ese lenguaje m ítico posee un código propio y 
unas referencias cifradas, que los sabios saben en co n tra r y 
rastrear. HI mito dice verdades profundas, intuiciones ex traor­
d inarias, que, con una notable pérdida de su vigor poético y 
su p lasticidad esp iritual, los en tend idos pueden traducir al 
lenguaje m ostrenco y norm al de la expresión lógica. I .os m i­
tos, para ser en tendidos, requieren una exégesis que ex p ri­
ma iodo el sentido de su form a alegórica.
El em pleo del m étodo alegórico en la interpretación de los 
m itos perm ite descub rir tras su ingenua y escandalosa ap a ­
riencia mensajes con sentidos p ro fundos y de alcance filosó­
fico. Pero, en la in te rp re tac ión de a lgunos alegoristas, esa 
traducción de los miUxs aboca a resultados tie una asom bro ­
sa trivialidad. Así, p o r ejem plo en las Historias increíbles de 
Paléfato, un m ediocre escrito r del siglo iv a .C , se nos da una 
versión «racionalizada» de los m itos, que nos sorprende po r 
lo anecdótica y íacilona. De este Paléfato no tenem os datos 
personales. Com o señala W. Nestle,
es cl típ ic o teó lo g o d e c o m p ro m is o y m e d ia c ió n , q u e se se p a ra t a n ­
to d e lü cr<Mtilu m u c h e d u m b re c o m o d e lo s « c o m p le to s in c r é d u ­
los». I .a v e rd ad e s tá e n el té rm in o m e d io y lo d o lo q u e s e d ie n ta , su - 
p o n e él, se basa e n a lg ú n su c e so . N o ex is te u n a in v e n c ió n c o m p le ta . 
H ay q u e n eg a rse a a d m it i r eso s s u p u e s to s h e c h o s q u e h an su c e d i­
d o se g ú n la tr a d ic ió n u n a so la vez y n o se r e p ite n ya en e l t ie m p o 
p re se n te , en el m u n d o d e n u e s tra e x p e r ie n c ia : s o n e x a g e ra c io n e s 
p o é tic a s d e a c o n te c im ie n to s rea les , p a ra h a c e r d e e llo s h e c h o s s o ­
b re n a tu ra le s y m ila g ro so s . P e ro h a y q u e e x p lic a r ta m b ié n p o r q u é
i. i n t i :r i*h i Τ Λ α ο Ό * d e l o s m i t o s : t!i a i .i.u o r i n m o y i :i . k v u m h u s m o I7¡
se hn re c u r rid o a esas r e p re se n ta c io n e s in c re íb les . S egún (ales p r in ­
c ip io s se so m e te n a e x a m e n lo s m ito s s is te m á tic a m e n te , d e m o d o 
c ju ese in te rp re ta n to d o s y c a d a u n o d o lo s ra sg o s del m ito , y se o b ­
tie n e al l'iiml u na e l im in a c ió n c o m p le ta d é lo so b re n a tu ra l.
La o b ra de Paléfato nos p ropo rc iona una serie de e jem ­
plos. Así Acteón no se habría trasfo rm ado en un ciervo» ni 
fue luego despedazado p o r sus propios perros, sino que esc 
desgarram iento fue el que le p rodu jo su pasión por la caza y 
la com pra de perros, que le a rru in ó y devoró su hacienda. La 
fábula de Níobe, trasform ada po r el do lor en una roca, alu­
d iría sim plem ente a una estela de p iedra levantada sobre la 
tum ba de una desventurada m adre. Linceo, del que se refe­
ría que podía ver incluso debajo de tierra , habría sido sim ­
plem ente el inventor de la m inería y la lám para dé lo s m ine­
ros. A Ivuropa la rap tó un cretense que se llam aba Toro, no 
un (oro real, liolo fue un astrólogo, sabedor de la ciencia de 
los vientos y la navegación, que ad iestró en tal saber a Ulises. 
Kl m uro de bronce que cercaba su isla no era más que un 
ejército de guerreros hoplitas. La fam osa h idra de cincuenta 
cabezas, que venció H eracles, era un castillo con ese n o m ­
bre, del rey de Lem nos, que estaba defendido po r cincuenta 
hoplitas. C uando caía uní), le sustituían o íros dos. L1 cangre­
jo que socorría a la h id ra no era sino un guerrero cario con 
el nom bre propio de K arkinos, «cangrejo». M edea, que, 
según el mito, rejuvenecía a los ancianos ai cocerlos en un cal­
dero m ágico, no era más que una hábil inventora de un tin ­
te para el pelo, y de una especie de sauna, m uy conveniente 
para la salud y la apariencia juvenil.
Este m odo de in te rp re tar los m itos, m ediante su explica­
ción racionalista tan superficial, supone que los relatos tra ­
dicionales es:án fundados en erro res de transm isióny exa­
geraciones d isparatadas. Sin llegar a un sistem atism o tan 
marcado» lo encon tram os en los p rim eros historiadores, los 
logógrafos junios, y en com en tado res ta rd íos. Se m antuvo
172 III. (Nlf-KI’ Kf-TACfONLS
on la Kdad M edia y on el R enacim iento. Poro lo m ás 
so rp renden te os la reaparición del m étodo en la época m o ­
derna, desde com ienzos del siglo xix, am p arad o en teorías 
derivadas de la Ilustración.
May, com o se advierte ya en la cita del escolio a la ¡liada, 
un alegorism o físico y o tro esp iritual, según se encuen tren 
tras los personajes m íticos alusiones a fuerzas de la n a tu ra ­
leza o a poderos del espíritu. La d istinción puede proyectarse 
a in terpretaciones más recientes. Kn el siglo xix ya verem os 
que para unos los m itos se refieren m ediante ese lenguaje fi­
gurativo a fenóm enos naturales (com o cuando Max M üller 
y sus secuaces in te rp re tan com o alusiones a au ro ras, to r­
m entas y puestas do sol los relatos de luchas div inas), m ien­
tra s que p ara otro?·, com o p ara a lgunos psicoanalistas» los 
m itos cuentan en su figurado y d ram ático lenguaje los con ­
flictos, tem ores y esperanzas del alm a hum ana, y son algo así 
com o los sueños de un alm a colectiva.
¡.a teoría de Evcmero
Algo posterio r al alegorism o, hubo o tra teoría sobre la in te r­
pretación de los m itos que tuvo extraord inaria resonancia en 
o) am bien te helenístico. Fue el evem erism o, que deriva su 
nom bre de su supuesto inventor, F.vémero do Mescne, un es­
crito r de fines del siglo IV a.O. A unque hay rastros de esta teo­
ría ya antes (en el m ism o H eródoto), fue F.vémero el p rim ero 
en susten tarla do m odo global, no en un tra tad o científico, 
sino en un texto casi novelesco. Según él los dioses m íticos no 
son m ás que personajes históricos de un pasado nial recorda­
do, m agnificados por una trad ición fantasiosa.
Un la teoría do livemero hay claros reflejos do un m om en­
to histórico precisa: el do la deificación de los p rim eros m o­
narcas helenísticos, los D iádocos, sucesores del g ran Alejan­
dro. Nos detendrem os un rato en exponer lo que sabem os de
1. IN-J I ;R P K h T A < lO N K S U l· L O S M I I O S : H . A l M I O K I S M O Y L V K M IJ .IS M O ¡73
su obra, perd ida p ara noso tros. Kvémero estuvo al servicio 
del rey C asand ro de M acedonia en tre el 3 1 1 y el 298 a.C . y 
allí d io a conocer su libro Hiera Anagraphé, la «inscripción 
sagrada», lin su aspecto ex terno se tra tab a de un relato de 
viajes, pero p o r su conten ido era básicam ente una narración 
u tópica (que pod ría enlazarse con la República de Platón, la 
Ciropedia de Jenofonte y la Atlantis de Critias}.
Kn el libro contaba Kvémero su viaje p o r el g ran O céano 
(el Indico, al sureste del continente asiático), donde arribó a 
un g ru p o de islas, la m ayor de las cuales era Pancaya, que 
describía con un c ierto detalle, com o un antropólogo avant 
la lettre. Allí encon tró una población dividida en tres clases 
y regida po r los sacerdotes. Pero lo m ás im portante es que en 
una larga inscripción sagrada (de ahí el título de la obra) ha­
lló la h isto ria de los p rim eros reyes de Pancaya: U rano, su 
hijo C rono y el hijo y sucesor de éste, Zeus, así com o las h a ­
zañas de los m ism os. A estos reyes de g ran p o d erse les había 
rendido luego culto div ino. Y sus res gestae se habían exage­
rado con el paso de los siglos. La conclusión estaba al alcan­
ce de la m ano. 1 le ahí de d ó n d e venían los dioses griegos, lin 
esa rem ota isla oceánica aún se conservaba el recuerdo de lo 
que fueron, an tiguos reyes, deificados po r el culto popular, 
com o lo» m onarcas helenísticos.
lil libro de Kvémero obtuvo una estupenda acogida p o r la 
actualidad de sus alusiones. El cu lto d iv ino a los soberanos, 
«benefactores y salvadores» de los pueblos, estaba en el can- 
delero. Ya Filipo y A lejandro hab ían recibido honores d iv i­
nos. Kn Kgipto Tolomeo II y su herm ana Arsínoe fueron dei­
ficados y se Ies adscrib ió un culto , en Siria A ntíoco II y 
D em etrio se hab ían proclam ado dioses, etc. Por o tro lado, 
algunas leyendas locales apoyaban el aserto: en la isla de 
Creta se m ostraba el sepulcro de Zeus. La revelación de iivé- 
m ero se apoyaba, pues, en una sólida basis «cultural». ¿Por 
qué no iban a ser los viejos d ioses an tiguos reyes deificados 
por el agradecim ien to popu la r y el olvido histórico?
174 111. INIt.Kl’KH AU O S 'I.S
tinn io tradu jo la abra de Kvcmcro al latín. Sin duda debió 
de escandalizar a los rom anos piadosos y com placer a los es­
cépticos. Entre los escritores griegos de su época, Calim aco 
le rep rochó su elocuencia y su frivolidad descarada, y Ura- 
tóstenes le llam ó em bustero . A cinco siglos de d istancia, 
Plutarco le acusa de «haber d isem inado el ateísm o po r todo 
el m u n d o » 1 w. A los Padres de la Iglesia les fue útilísim o para 
sus ataques con tra los dioses paganos; de ah í que lo citen con 
frecuencia; p o r ejem plo, así lo hace l.actancio . Y grac ias a 
ello su interpretación pasó a los escritores medievales, com o 
un recurso para poder referir los an tiguos m itos sin in cu rrir 
en la censura com o idólatras.
¿F ue E v c m c ro u n sa tír ic o a e x p e n sa s tic A le ja n d ro y su s e x p e r ie n ­
c ia s e n la In d ia , y re c o m e n d a b a , c ín ic a m e n te , la a u to d e if ic a e ió n d e 
lo s rey es c o m o u n m e d io Inicia fines p o lítico s? ¿O e ra , m á s b ie n , el 
V o lta ire o el P o n ten e lle d e su t ie m p o , a q u ie n P lu ta rc o c o n s id e ró 
re s p o n s a b le d e h a b e r d e s e m in a d o e l a te ís m o p o r lo d o e l m u n d o ? 
D e c u a lq u ie r m o d o , la p o s ib il id a d d e q u e e s c rib ie ra i ró n ic a m e n te 
p a ra in te n ta r p ro m o v e r el c u lto al e m p e ra d o r al e n c o n t r a r u n d i s ­
tin g u id o p re c e d e n te .s e ha m o s tra d o m e n o s a c e p ta b le a lo s lec to res, 
q u e p re fie re n c o n m u c h o u n a lH atoria sa g ra d a ico n o c lá s tic a a u n a 
im p e ria lis ta . S ean cuales fu e ra n su s in te n c io n e s , E v ém ero se a c re d i­
tó p o r su s é x ito s e sp e c ta c u la re s , q u e v an d e sd e la su b v e rs ió n d e las 
re lig io n e s p a g a n a s a la fu n d a c ió n d e la a n tro p o lo g ía m o d e rn a .
Estas líneas de K. K. Ruthven '■* indican los sentidos en que 
puede en tenderse la in tencionalidad de esta o b ra m uy con ­
dic ionada po r su tiem po, pero que trascendió enorm em ente 
a esas circunstancias que le d ie ron origen.
El evem erism o reaparecerá en d istin tas épocas. Ya hem os 
alud ido a lo útil que fue para los cristianos y para los escri­
tores m edievales com o una fórm ula fácil p ara explicarse la 
existencia y variedad de d iv in idades an tiguas, aplicándolo 
tan to a héroes com o a dioses. A veces lo encon tram os jun to 
al alegorism o, un alegorism o que se refuerza con sus alusio­
nes a «etimologías» harto opo rtunas.
I. IN 'IK H I’ K H T A C -IO N K S DH I O S M I T U S : HI A l Μ ,Ο Η Ι Ν Μ Ρ Y lil. I .V I M I I I S M O 175
C i c e r ó n , d o c t o c o n o c e d o r d e e s t o s t e m a s , r e c u r r e t a n t o a 
u n a c o m o a o t r a t e o r í a , c i t a n d o , s i v i e n e a l c a s o , la r e c o m e n ­
d a c i ó n d e lo s e s to ic o s a la t e s is a l e g o r i s t a :
Quedó admitido por las costumbres y el uso general que hombres 
omínenles por sus hazañas benéficas fueran elevados al cielo, con 
la aquiescencia y el consentimiento de todos. Así fue con 1 lércules, 
con Cástor y Pólux, así con Asclepio, y con Líber...
Y a ñ a d e c a u t a m e n t e , p a r a n o h e r i r la s u s c e p t i b i l i d a d d e 
a lg ú n r o m a n o :
Me refieroa Líber, el hijo de Sémele, y no a aquel al que nuestros 
antepasados han consagrado un culto augusto y santo junto a Ce- 
res y a Libera, culto que puede verse en los misterios... Así pasó 
también con Rómulo que, se cree, es idéntico a Quirino. Como las 
almas de todos estos hombres subsistían ygozabande la eternidad, 
se les ha tenido legítimamente por dioses, puesto q.ieson perfectos 
yetemos.
Por otro motivo, en relación con la Física ha surgido una multi- 
tud de dioses que, revestidos de forma humana, han dado materia a 
las ficciones de los poetas, pero han llenado la vida humana de su­
perstición. F.ste tema, tratado por Zenón, ha sido desarrollado por 
Oleantes y por Crisipo. Porque Grecia quedó invadida ha mucho 
por la creencia de que el Cielo había sido mutilado por su hijo Sa­
turno, y Saturno, a su vez, encadenado por su hijo Júpiter. Hay una 
doctrina física encerrada en esas Tabulaciones impías; quieren de­
cir que la naturalc/.a del cielo, que es la nuis elevada y estd hecha de 
éter, es decir, de fuego y capa/, de engendrar todo por sí misma, ca­
rece de ese órgano corporal que necesita, para procrear, unirse a 
otro ser. Y han querido designar por Saturno la realidad que con­
tiene el curso y la revolución circular de los espacios y del tiempo, 
del que lleva el nombre griego, porque le llaman (>0/105, que es lo 
mismo que Chronos, es decir, espacio de tiempo.
Y nosotros le llamamos Saturno porque está saturado de artos. Y 
fingen que tiene costumbre de devorar a sus propios hijos porque 
la duración devora los espacios de t iernpo y se colma de los años del 
pasado sin estar jamás saturada. Y Saturno ha sido inmovilizado 
por Júpiter para que su curso no sea desmesurado γ que quede en­
176 III. 1X1 ΚΚΡΚΙ'.Ί Λ< MONKS
c a d e n a d o p o r lo s v ín cu lo s d e lo s a s iro s . Jú p ite r m ism o , e s d e c ir , el 
« p a d re q u e s o c o rre » ,q u e en lo s caso s o b lic u o s d e la d e c lin a c ió n lla ­
m a m o s lovis, en re la c ió n c o n iuvando (« a y u d a n d o » ) , re c ib e ta m ­
b ié n d e lo s p o e ta s el ca lifica tiv o d e « p a d re d e lo s d io se s y lo s h o m ­
b res» , y d e n u e s tro s a n te p a s a d o s el d e «el ó p t im o y m ás ex ce lso » , 
« m u y b u e n o » , e s d e c ir « m u y b e n é v o lo » a n te s q u e « m u y g ra n d e » , 
p o rq u e es m e jo r y nutr; m e r i to r io s e r ú til a todo ;; q u e p o w e r g ra n 
d e s r iq u e z a s 117.
Cicerón sigue, com binando am bas exegesis, para encon ­
trar el origen de otros dioses. Un poco m ás adelante dice:
HI a ire , d e a c u e rd o con la d o c tr in a e s to ic a , e s tá s i tu a d o e n tr e el m a r 
y el c ie lo , y fu e d e if ic a d o b a jo el n o m b ro d e Ju n o . Ju n o es la h e rm a ­
n a y la e sp o sa d e Jú p ite r , lo q u e q u ie re d e c ir q u e el a ire se a sem e ja al 
é te r y tie n e c o n él la u n ió n m ás ín tim a . IV ro se le r e p re s e n ta en fi­
g u ra d e se x o fe m e n in o , y e s tá c o n s a g ra d o a Ju n o , p o r q u e n o h a y 
n a d a q u e c e d a ta n fá c ilm e n te c o m o é l. El n o m b r e d e ¡uno viene, 
c re o , d e iuvando. Q u e d a b a n el a g u a y la t ie r ra , d e m o d o q u e h u b o , 
se g ú n los m ito s , tre s r e in o s d is t in to s . A sí c o m o v ie n e d e
portus, Neptunus v iene d e nando, c a m b ia n d o a lg o s u s p r im e ra s le­
tra s . T odo el p o d e r ío y la n a tu ra le z a t e r re s t r e le fu e ro n a tr ib u id o s 
a Disputer, es d e c ir , al q u e es r ic o [P lu tó n en g r ie g o ), p o rq u e to d a s 
las c o sa s v u e lv e n a la t ie r ra y n a c e n d e la tie r ra . . . C e re s fu e la q u e 
tr a jo lo s c e rea le s [u gerendis frugibus}, y C e re s e s tá p o r Geres, con 
la p r im e ra le tra m o d ific a d a p o r a z a r , a s í c o m o e n g rieg o a e s ta d io ­
sa se la llam a DenitUer, es d e c ir , Geniéter. Mavors ( M a rte ) es el q u e 
p ro d u c e g ra n d e s traM o rn o s ¡magna verterej; M in e rv a es la q u e d is ­
m in u y e o la q u e a m e n a z a ¡de minuere o minare},Λ*.
Y con tinúa con otras etim ologías m ás o m enos p in tores­
cas; en algún caso con un casual eco auténtico , com o cuan ­
do em paren ta a Diana, y en o tros de lo m ás arb itra rio , com o 
cuando relaciona a Venus con venire13*.
Esta algarab ía en que a las in te rp re tac iones alegóricas, 
apun tadas po r los estoicos, se añade un m otivo etim ológico, 
gozó de una notable aceptación en tre los doctos. I le ah í que 
el lenguaje m ism o parecía su g e rir la clave interpretativa»
I. INTliKl'RKI A U O N ES ΠΗ U1S MITOS: I I. A IH .O KISM O Y HI FVKMI-.KI'MO /77
com o m ucho m ás tarde, a m ediados de) siglo >JX, postulará 
el com para!ista Max M üller, m ejor pertrechado en su saber 
etim ológico, pero con una tesis que encuentra «.qui su prece­
dente lejano. Ya aqu í parece perfilarse un origen m itológico 
en una «enferm edad del lenguaje», p roducto r de figuras mí» 
liras. Isidoro de Sevilla con tinúa a Cicerón.
Kl alegorism o gozó de g ran créd ito en tre los ú ltim os pen ­
sadores y defensores del paganism o, en su afán de defender 
el culto antiguo.
HI neop latón ico Salustio en su o b ra Sobre !os dioses y el 
m undo in tenta proveer a los m itos de una significación teo­
lógica, y p ropone una división de los m itos en: mitos teológi­
cos, que tra tan de la naturaleza de los dioses; m itos físicos, 
que hablan de la naturaleza donde se refleja la actuación d i­
vina; m itos psicológicos, que nos ilustran sobre las activ ida­
des del alm a en su búsqueda de la d iv in idad ; y míf05 m ate­
riales, que tra tan de los elem entos de este m undo. A unque 
son los m enos interesantes para el teólogo, tam bién estos ú l­
tim os son in struc tivos, pues enseñan a rastrear en las p ie­
d ras, p lan tas y an im ales las leyes de una sim patía cósm ica 
que une estos seres a lo div ino, y por m edio de operaciones 
de m agia puede rem ontarse de estos elem entos m ateriales a 
su fundam en to últim o.
C om o ejem plo de una in te rp re tac ión teológica expone 
Salustio el m ito de Atis:
La M a d re d e los D ioses se e n a m o ró d e l jo v e n A lis a iq u e h a b ía v isto 
a c o s ta d o a la o r illa d e l río G alo , y, lo m a n d o u n g o rro e s tre lla d o lo 
c u b rió c o n él y lo re tu v o a su lad o . P ero A tis, q u e se h ab ía e n a m o ra ­
d o d e u n a n in fa , a b a n d o n ó a la M a d re d e lo s D ioses y se fue a v iv ir 
con a q u é lla . E n to n c e s la M a d re d e lo s D io se s lo v o lv ió lo c o , d e 
m o d o q u e él s e c o r tó su s g e n ita le s , lo s d e jó j u n io a a n in fa y vo lv ió 
a h a b ita r al la d o d e la G ra n M a d re .
[Según la in te rp re ta c ió n alegó rica , | La M a d re d e los D ioses es u na 
d iosa q u e d a la v ida , y p o r eso se la llam a M a d re . A lis es el a r te sa n o 
q u e nace y q u e p erece , y h e a q u í |>or q u é se d ice q u e lo e n c o n tró ju n to
J 78 n i. IN IH H W F rA U O N l.S
al río ( ja lo : G alo su g ie re la G alax ia o la V ía L áctea, q u e es el lím ite s u ­
p e r io r d e la m a te r ia su je ta a c a m b io . C o m o lo s d io se s p r im e ro s p e r ­
feccionan a lo s d io se s se c u n d a r io s , la M a d re s e e n a m o ra d e A tis, y le 
d a los p o d e re s celestes (q u e es lo q u e sign ifica el b o n e te re c u b ie r to d e 
es tre llas); p e ro A tis, a su vez, se e n a m o ra d e la n in fa ; las n in fas p re s i­
d en la g e n e ra c ió n , ya q ue to d o lo q u e es e n g e n d ra d o fluye. N o o b s ­
ta n te , c o m o o ra necoK jrio q u o la g e n e ra c ió n tu v ie ra u nté rm in o , p o r 
m ie d o a q u e d e lo q u e ya e ra m a lo su rg ie ra a lg o a ú n p e o r , el a r te sa n o 
q u e p ro d u c ía to d o e so a b a n d o n ó su s p o te n c ia s e n g e n d ra d o ra s en el 
m u n d o del d e v e n ir y de n u ev o se u n tó a los d ioses.
Ya se ve, esta in terpretación significa el destino del alm a, 
su caído en la materia y, de nuevo, su ascensión hacia los d io ­
ses po r m edio de ayi nos y de ritos. Los relatos más ex traños
o m ás repugnantes pueden así cobrar un valor espiritual re­
cordándonos las verdades más elevadas de la d o c trin a de la 
salvación.
Por lo dem ás, nada podía detener a los exégetas en el ca­
m ino de la alegoría de los m itos d iv inos, puesto que su ab ­
su rd idad m ism a era considerada p ara ellos com o un esti­
m ulante para la búsqueda de significaciones escondidas. 
Saluslio m ism o expene este principio:
¿P ero p o r q u é e n lo s nv to s se h a b ló d e a d u lte r io s , d e r a p to s , d e c a ­
d e n a s q u e a p r is io n a n a u n p a d re , y d e ta n ta s e x tra ñ e /a s? ¿N o h a b rá 
a h í u n d e s ig n io a d m ira b le , c o n el fin d e q u e , g ra c ia s a esa a p a re n te 
e x tra ñ e z a , el a lm a c o n te m p le d e p r o n to e so s re la to s c o m o v e lo s y 
lo v e rd a d e ro c o m o u n a c o s a inefab le?
U na in te rp re tac ió n sem ejan te da el em p erad o r ju lian o 
en su d isc u rso A la m adre de los d ioses . Y a ñ a d e una te ­
sis in te resa n te com o co ro la rio y ju s tif ic a c ió n de su ex e ­
gesis:
Los a n tig u o s in v e s tig a ro n las c a u sa s d e lo s se re s e te rn o s , b ie n b a jo 
la g u ía d e lo s d io se s o b ien p o r s u p ro p ia in ic ia tiv a o , p o r d e c ir lo 
q u iz á m e jo r , lo b u s c a ro n b a jo la g u ía d e to s d io se s y , c u a n d o las
I. IN t K H m i AC IONKS l)K I.OS M l fOSt HI A I.M iO IM SM O Y 11 DVKM FK ISM C 179
e n c o n t r a r o n , la s c u b r ie ro n c o n m ito s p a r a d ó j ic o s p a ra q u e , p o r 
m e d io d e lo p a r a d ó j ic o y lo in v e ro s ím il , la f ic c ió n d esv e la d a n o s 
in c ita se a la b ú s q u e d a d e la v e rd a d . Λ la g e n te c o m ú n c re o q u e le 
b a s ta la u t i l id a d ir ra c io n a l y q u e p ro v ie n e ú n ic a m e n te d e los s ím ­
b o lo s , m ie n tra s q u e a lo s q u e d e s ta c a n p o r su in te lig e n c ia s o la ­
m e n te les s e rá ú til la v e rd a d a c e rc a d e lo s d io se s si, in v e s tig á n d o la 
b a jo la g u ía d e lo s m is m o s d io se s , la e n c u e n tr a n y la a c e p ta n , p e n ­
s a n d o p o r s u s e n ig m a s q u e h a y q u e b u s c a r a lgo e n lo s m i to s y q u e , 
tr a s e n c o n t r a r la g ra c ia s a s u in v es tig ac ió n » Jes e n c a m in a h a c ia el 
fin y c u m b re d e su a c c ió n , n o ta n to p o r re sp e to y fe en u n a d o c tr i - 
n a e x tra ñ a c u a n to p o r su p ro p ia e n e rg ía e s p ir i tu a l . (A la m a d re de 
los d ioses, 10.)
lin Contra el cínico Heraclio, caps. 14-17, explica alegóri­
cam ente el m ito de D ion isoy Sémele, y lo glosa así:
C u a n d o lo s m ilo s q u e tr a ta n s o b re a s u n to s d iv in o s son in v e ro s ím i­
les e n c u a n to a la r a z ó n , es como si n o s g r i ta ra n y a te s tig u a ra n q u e 
n o h ay q u e c re e r lo s lla n a m e n te , s in o q u e h a y q u e o b se rv a r y e x a ­
m in a r su s e n t id o oculto. Iin e s to s te m a s e s ta n to m ás p re fe rib le lo 
in v e ro s ím il a lo g ra v e c u a n to q u e , m e d ia n te e s to , h a b r ía el p e lig ro 
d e c re e r q u e lo s d io se s s o n m u y b e llo s, g ra n d e s y b u e n o s , p e ro so n 
h o m b re s , m ie n tra s q u e , p o r m e d io d e lo in v e ro s ím il, m ira n d o p o r 
e n c im a d e l s e n tid o e v id e n te d e las p a la b ra s , q u e d a la e s p e ra n z a d e 
su b ir h ac ia su e se n c ia a b s tra c ta y h ac ia su p e n s a m ie n to p u r o q u e 
esui p o r e n c im a d e lo d o lo q u e ex iste .
El em perador, que escribió el elogio del d ios Helios, aúna 
el com entario alegórico con un sincretism o mi.y propio de 
su época. Rs el caso de un filósofo, un ilustrado, conocedor 
del cristianism o, que no renuncia, sin em bargo, al culto p a ­
gano y a la m ito logía, y puede m an ten e r su fe gracias a esa 
in terpretación alegórica m .
Hn el reperto rio enciclopédico que son las litimologías de 
Isidoro de Sevilla encontram os los ecos de am bas corrientes, 
tan to del evem erism o com o de la exégesis alegórica. O e o 
que es interesante observar cóm o a los ecos de las tesis fun ­
dam entales se añade ya un tono cristiano , que ve la mitolo*
III. ΙΝΤΚΚΙ'ΗΗΤΛΓΙΟΝΗΛ
gía com o una sum a de erro res de los an tiguos paganos. 
Dice, pues, san Isidoro:
A q u ello s a u n io n e s los p a g a n o s l la m a ro n «d ioses» se d ic e q u e en un 
c o m ie n z o fu e ro n h o m b re s , y q u e lu eg o , d e s p u é s d e su m u e r te , e m ­
p e z a ro n a re e ib ir v en e rac ió n e n tre lo s su y o s , d e a c u e rd o c o n la v ida 
y lo s m é r i to s m o s tr a d o s p o r c a d a u n o . T a l es el c a so d e Is is , en 
E g ip to ; d e Jú p ite r , e n C re ta ; d e Ju b a e n tre lo s m o ro s ; d e F a u n o e n ­
tr e lo s la tin o s ; d e Q u ir in o e n tre lo s ro m a n o s . O tro ta n to c a b e d e c ir 
d e M in e rv a , e n A tenas; d e Ju n o , e n S an io s; d e V en u s , e n P afo s; de 
V u lc a n o , en L em nos: d e L íb e r, en N ax o s ; d e A p o lo , en D élos. Los 
p o e ta s lo m a ro n p a r te en su s a la b a n z a s y, c o n lo s p o e m a s q u e e n su 
h o n o r c o m p u s ie ro n , lo s e le v a ro n h a s ta el c ie lo . C u e n ta n q u e el in ­
v e n to d e d e te rm in a d a s a r le s d io o r ig e n al c u lto d e a lg u n o s d e ellos, 
c o m o E scu lap io , p o r la m e d ic in a , o V u lc a n o , p o r la fo rja . O tro s r e ­
c ib en su n o m b re d e sus a c tiv id a d e s , c o m o M e rc u r io , q u e a t ie n d e a 
las m e rc a d e r ía s (M e rc u r iu s <¡uo<i m e rc ib u s p ra e est o L íb e r p o r su 
« lib e rta d » , i lu b o ta m b ié n a lg u n o s q u e fu e ro n h o m b re s m u y p o d e ­
ro so s y fu n d a d o re s de c iu d a d e s , e n cu y o h o n o r , al m o r ir , las g en te s 
a g ra d e c id a s e r ig ie ro n e s ta tu a s p a ra e n c o n t r a r c o n su e lo en la c o n ­
te m p la c ió n d e su im .ig en ; p e ro p o c o a p o c o , y p o r in c ita c ió n del 
d e m o n io , ta l e r r o r fue a r ra ig a n d o d e ta l m o d o en su s d e s c e n d ie n ­
te s q u e a q u ie n e s se h ib ía h o n r a d o ú n ic a m e n te e n re c u e rd o d e su 
n o m b re , su s su c e so re s a c a b a ro n p o r a d m it i r c o m o d io se s y les d ie ­
ro n cu lto . El u so d e e s ta tu a s s u rg ió c u a n d o p o r d e se o d e lo s d i f u n ­
to s se les h ic ie ro n im ág en es y efig ies, c o m o si se tra ta s e d e p e rso n u s 
a d m it id a s en el c ie lo , y lo s d e m o n io s lo s s u p la n ta ro n en la tie r ra 
p a ra se r v e n e ra d o s , p e r su a d ie n d o a los e n g a ita d o s y e x tra v ia d o s a 
q u e les r in d ie ra n sa crific io s l'n .
Isidoro suscribe algunas etim ologías p ropuestas p o r Ci­
cerón, conio es el caso de la de S aturno M2, y añade otras. Fs 
difícil d iscern ir que es lo que tom a de autores an terio res y lo 
que agrega de propia cosecha entodo este juego etim oló- 
gico.
A Ja n o le d a n e s te n o m b re p o r q u e v ie n e a se r la p u e r ta ¡a n u a del 
m u n d o o d e l c ie lo , o d e lo s m eses. P re se n ta n a Ja n o c o n d o s caras, 
te n ie n d o e n c u e n ta e lo r ie n te y el o c c id e n te . C u a n d o lo re p re se n ta n
I . I N T I-R P R H T A C IO N K S U K I jO S M l l 'O S : l:L A l .L l lO R l S M O Y E t K V K M I-R IS M O 1 8 1
cu ad rilV o n te y lo lla m a n Ja n o G em elo» d ic e n q u e haa* re fe re n c ia u 
las c u a tro p a r le s d e l m u n d o o a lo s c u a tro d e m e n tó se » a las c u a tro 
e s ta c io n e s ; p e ro c u a n d o a s í lo re p re s e n ta n , lo q u e nos m u e s tra n es 
u n m o n s t r u o , n o u n d io s . Λ N e p tu n o lo c o n s id e ra n s e ñ o r d o las 
ag u a s d e l m u n d o . Y lo d e n o m in a n N e p tu n o , c o m o si d i je ra n 
«el q u e e n la n u b e tru e n a » f N ep tunus» tp ta si n u b e tovatts}. P re te n ­
d e n q u e V u lc a n o es el d io s d e l fuego» al q u e lla m a n V u lcan o c o m o 
u n « v o la n te fuego» (q u a s i vo ia tis ca n d o r} o p o rq u e vuela
p o r el a ire , ya q u e el fu eg o n a c e e n las n u b e s . D e a h í q u e H o m e ro 
d ije ra q u e el d io s fue p re c ip ita d o d e s d e el c ie lo a la lie -ra , p u e s to d o 
ray o c a e del c ielo . Y p re c is a m e n te p o r e s o s e im ag in an q u e V u lcan o 
n a c ió d e u n f é m u r d e ju n o , p o r q u e lo s r a y o s p ro c e d e n d e lo m ás 
p ro fu n d o d e l c ie lo . Y se d ic e q u e V u lc a n o e s c o jo p o rq u e , p o r su 
m ism a n a tu ra le z a , el fu eg o n o s u rg e n u n c a re c io , s in o q u e , c o m o 
u n c o jo , t ie n e u n a p e c u lia r f ig u ra y m o v im ie n to s . A firm an ta m b ié n 
q u e ese m ism o V u lc a n o es el in v e n io r d e la fra g u a d e lo s h e rre ro s , 
p o rq u e s in fu eg o n o p u e d e fu n d irs e n i la m in a rse n in g u n a c lase d e 
m e ta l H\
A veces Isidoro d a varias posibles etim ologías, com o a l­
ternativas para un m ism o dios, ya que le interesa m enos ser 
preciso que ind icar o sugerir el o rigen natu ra l de las e r ró ­
neas d iv in idades de los paganos.
2. La mitología clásica en el Renacimiento
C on el redescubriin ien to de los textos griegos y latinos, 
vuelven en el R enacim iento -so b re (odo a p a r tir de Ita lia- 
las figuras de los aniiguos dioses y héroes. Vuelven en las re­
presen taciones plásticas, en la p in tu ra y la escu ltu ra , en la 
poesía y en la retórica, y en las m áscaras y m otivos deco ra ti­
vos de las tiestas fantásticas de la época; vuelven en un su n ­
tuoso y alegre tropel, en un tr iu n fo alegórico. Frente a esta 
presencia m últiple, y a esa evocación artística de la m ito lo ­
gía, es nuiy poco lo que la época renacentista apo rta en la in ­
terpretación y crítica de los m itos. Hay una eno rm e riqueza 
figura! iva, com o si la m itología fuera un lib ro de im ágenes 
vistosas y lúdicas, y, en contraste , una g ran pobreza h erm e­
néutica o, m ás bien, un desin terés p o r la exégesis,
Fs p robab le que en tre esos dos aspectos haya una rela­
ción. Tal vez la incorporación o recuperación del reperto rio 
m ítico a la cu ltu ra literaria y artística de un m odo tan vivaz 
haya negado la distancia para la consideración crítica o p o r­
tu n a de un m u n d o que era p a ra los renacen tistas a la par 
p róx im o y ex lraño . Fse m undo lo enfocaba el hom bre del 
R enacim iento con una cordial sim patía y con ojos de artista, 
fascinado p o r la poesía y la g racia de lo an tiguo, en un afán
W2
λ ( Α Μ Π Ο Κ κ ; ίΛ « : ΐΛ Μ < Λ h.N l.l. K h N A U M U N T O
estético singular. Los a r tis ta s y los escrito res renacentistas 
han recreado los m otivos y las figuras de los antiguos m itos 
con un am or sin lím ites por la belleza an tigua. Pero el talante 
lúdico» el am biente de fiestas, el regusto po r la parodia, e in ­
cluso la m ascarada y la ironía, no hacen sino m atizar la im- 
pronta h o n d a que toda la mitología resuc itada por escultores, 
poetas, p in tores y pensadores deja en el am biente espiritual 
del tiem po; aunque sean pensadores y artis tas cristianos, y a 
veces p ro fundam ente religiosos, quienes am paran ese rena­
cer de lo pagano. ¿Qué sería el a rte renacentista sin ese tra ­
sunto fantasm al de los núm enes antiguos? Por doquier cam ­
pean los am orcillos del corte jo de Venus, m ientras la diosa 
del A m or y el astu to liros reaparecen en mil formas, y ninfas, 
náyades y faunos corretean po r paisajes selváticos o idílicos 
a los sones de la flatua d e Pan. Júpiter, M arte, Vulcano, M i­
nerva y el viejísim o C ronos, com o tan to s o tros fantasm as 
del O lim po, son evocados sin cesar. La lum inosidad y la jo ­
vialidad de m uchas escenas se enlaza con la prestancia poé­
tica de estas im ágenes m íticas. Sirven para expresar de 
m odo plástico los aspectos gozosos tie la existencia, para dar 
cuerpos y gestos a los anhelos de la sensibilidad, y para ape­
lar a los m isterios de la im aginación. Para eso el texto de lo 
religión dom inan te , la d o c trin a cristiana, con mi iconogra­
fía pobre y triste , con su austero desprecio de las galas del 
m undo, con su olvido de la belleza co rporal, resultaba insí­
p ido y poco ap ropiado . Kl rec u rrir a la m itología clásica es 
m ucho m ás que un juego form al. De algún m odo podem os 
decir, com o señaló K. Kerényi, que supone e implica una ra­
dical experiencia m ítica. El m undo de la mitología reaparece 
ante el a r tis ta com o un lenguaje cargado de incom parable 
riqueza sem ántica, sim bólica, al que él puede recurrir para 
expresar una nueva com prensión del m undo.
¿Podría haberse revelado ese sen tido mágico, m ístico y 
festivo de la naturaleza po r o tro s cam inos? ¿Hemos de con ­
siderar las im ágenes m íticas recurren tes com o si fueran m e­
III. IN IK K I'K K I'A C IO N h S
táforas, m áscaras sólo y disfraces de una rom ería fan tasm a­
górica? En todo caso, queda claro que el Renacim iento revi­
vió ese despliegue de figuras m íticas con peculiar intensidad 
y que se sirv ió de tales sím bolos para expresar, con pasión y 
brillantez, una concepción del m undo m uy diversa de la m e­
dieval. ( 1.0 que no qu iere dec ir que hub iera n in g ú n co rle 
brusco en tre el Medievo y el Renacim iento; tan sólo que a n i­
vel teórico hay una oposic ión de ac titudes y de v isión del 
m undo.) Sin em bargo, no hubo en el Renacim iento una teo ­
ría sobre «el sentido m ítico» que, dando un quiebro a la im a­
ginería cristiana, justificara la reaparición de todo ese có d i­
go de im ágenes paganas.
En un espléndido estud io de Jean Seznec se indica que los 
dioses paganos «no resucitaron , porque jam ás hab ían desa­
parecido de la m em oria e im aginación de los h o m b res» l H. 
En su supervivencia los dioses ant iguos fueron conocidos de 
los au tores m edievales, es verdad , y en ese aspecto no hay 
una ru p tu ra en tre la cultu ra de la Baja Edad M edia y el Rena­
cim iento. Seznec apoya su tesis con un esfuerzo erud ito con­
siderable. Sin em bargo, el énfasis con el que se recobra en el 
Renacim iento la m itología tiene m ucho de singular. No sólo 
porque aquí los antiguos d ioses recobran sus figuras, que en 
la Edad Media habían ocu ltado bajo disfraces diversos y es­
tram bóticos, sino por la in tensidad vital con la que aho ra se 
les invoca, con un sentim iento que es m uy d istin to a lo m e­
dieval.
La c u ltu ra h u m a n ís tic a r e n a c e n tis ta fue r iq u ís im a e n e x p e r ie n c ia s 
m ític a s . E sc rib e c o n razó n K erén y i q u e , e n la p in tu ra d e B olicelli 
s o b re la P r it t im w a, «hay al m e n o s ta n ta m ito lo g ía v iva c o m o c u a n ­
ta p u e d a h a b e r e n el H im n o h o m é r ic o a A fro d ita , t r a d u c id o p o r 
M a rs ilio F ic in » y t r á m e n lo e n las S /m iz f d e P o liz ian o » . M as p re c i­
s a m e n te e s ta e x cep c io n a l r iq u e z a d e e p ifa n ía s m ític a s y esa s in g u ­
la r y a p a s io n a d a d isp o n ib ilid a d a a c o g e r la s m a n tu v ie ro n al h u m a ­
n ism o r e n a c e n tis ta a le jad o d e la « c iencia d e l m ito » , o sea , d e a q u e lla 
a c tiv id a d c rític a q u e in d ag a e n t é rm in o s ra c io n a le s el o r ig e n , la fo r-
i. I . A M I IO K K l f A C IA M C A l 'N I I Κ» Ν Λ Μ Μ ^ Ν Ί O ;85
m a c ió n , la h is to r ia y lo s v a lo res d e lo s m ilo s , e n c o n tra n d o e n su r i ­
g o r r a c io n a lis ta u n a c o m p e n s a c ió n a la n o sta lg ia p o r la p é rd id a de 
re la c ió n d ire c ta c o n la s f ig u ra s m ític a s . F .n len d id a así, la « c iencia 
del m ito » es p ro p ia d e é p o c a s y c u l tu r a s p o b re s e n g e n u in a m ito lo ­
g ía , y n o d e b e , p o r t a n to , r e su lta r e x tra ñ a su e scasa p re sen c ia en el 
R e n a c im ie n to » 1*5.
1 lasta qué pun to pueda percibirse com o una experiencia 
m ítica prop ia la de revivir ese rep e rto rio m ítico prestado, 
que ha perd ido sus raíces en la religiosidad de la época, y que 
se opone a la piedad cotidiana» es decir, a la religiosidad cris­
tiana de los siglos XV y xvi, es algo difícil de precisar. Si el 
m ito viene a ser, com o ha subrayado M alinowski, «en su for­
ma p ro funda y espon tánea, no una explicación aprendida, 
sino una realidad vivida», está claro que toda esta m itología, 
que se recobraba en un contexto h istó rico tan distin to a su 
fondo o rig inario , no podía funcionar com o tal, sino com o 
una m itología secundaria.
La recuperación de los m itos paganos sólo pudo hacerse 
desde una perspectiva escolástica y culta, y su reavivamien- 
to, en tales condiciones» fue un irónico evocar las im ágenes 
de los dioses perdidos, aunque la evocación se revistiera de 
pom posa cerem onia. La creencia en tal mitología fue irón i­
ca, lo que no quiere dec ir que fuera siem pre desapasionada 
o que no hubiera tras la docta ficción m ucho de vivaz. Justa­
m ente eso es lo singular en el Renacim iento: cóm o artis tas y 
poetas acerta ron a insudar un hálito joven y un gozo tal en la 
Reducción de las figuras de ant iguos dioses.
La experienc ia m ítica resulta aqu í m ás estética que reli­
giosa, cierto . Y es m enos colectiva que prop ia del artista . 
Pero, aun así, hay en ella chispas de religiosidad y de pop u ­
laridad. Las teorías sobre el m ito com o alegoría o com o 
deform ación de unos hechos o personajes de antaño de es­
pecial g randeza, de acuerdo con la tesis de livémero, perd u ­
raron en la Kdad M edia y en el R enacim iento. Pero, ju n to 
con la ad m irac ió n p o r todo el m u n d o grecolatino, en esta
¡8b III. INTILRPRIiTAitUINKS
época sc recobra una notable sim patía ~$yin¡HÍtheui- hacia 
la m itología, y eso nos parece lo característ ico de esa recupe­
ración nostálgica aveces y sim bólica siem pre. Hay, com o in­
dicarem os, un cierto eclecticism o al m ezclar m otivos helé­
nicos con o tro s cristianos, e incluso en la m anera de ver y 
sen tir los m itos.
Con todo , esa com prensión y afin idad estética y se n ti­
m ental no es un mero arcaísm o, ni se conten ta con el ap ren ­
dizaje escolar y la rep roducción de las h isto rias an tiguas, 
s in o que se prolonga en un m ito log izar activo, según las 
pau tas de la confo rm ación clásica, p a ra la recreación de 
nuevas historias y leyendas épicas y elegiacas. Ksto ya lo se­
ñaló J. Burckhardt:
Kl d e sa rro llo d e l m ito a n tig u o , el ju e g o d e la im a g in a c ió n en lo m o 
a su s lag u n as so n a h o ra m u y p ro d u c tiv o s . 1.a p o es ía ita lian a s e a p o - 
d e r ó m u y p r o n to do e s te f iló n : c i ta r e m o s c o m o e je m p lo - t r a s el 
p o e m a Á fr ic a d e P e tr a rc a - la TeseitUt d e B o c cacc io , q u e p a sa p o r 
s e r la m e jo r d e su s a b r a s p o é tic a s . B ajo M a rtín V , M a ffco V eg io 
c o m p u s o e n la tín un l ib ro trece p a ra a ñ a d ir a la ¡incida; lu eg o se e n ­
c u e n tr a n c a n tid a d de e n sa y o s s in g ra n v a lo r e n el g é n e ro d e C la u ­
d ia n o , u n a M cledgrtd ti u n a lle sp d r id a , e tc . P ero lo q u e h ay d e m ás 
n o ta b le so n lo s m ito s n u e v a m e n te im a g in a d o s , q u e p u e b la n las 
n u ls b e lla s r e g io n e s d e I ta lia tie u n a m u c h e d u m b r e do d io se s , d e 
n in fas , d e g e n io s , y ta m b ié n d e p a s to re s ; p u e s a q u í el e le m e n to é p i ­
c o y e l e le m e n to p a s to ril s o n ya in se p a ra b le s | ... f A q u í se ve m ás 
c la ra m e n te q u e en o tra p a r te , q u e lo s d io se s a n t ig u o s t ie n e n u n a 
d o b le s ig n if ic a c ió n e n el R e n a c im ie n to : d e u n la d o , re e m p la z a n a 
las a b s tra c c io n e s , a las g e n e ra l id a d e s y v u e lv en in ú tile s las f ig u ra s 
a le g ó ric a s ; d e o tro , so n aJ m ism o tie m p o m i e le m e n to d e p o e s ía l i­
b re e in d e p e n d íe n te , u n a e sp e c ie d e b e lle z a n e u tr a q u e p u e d e e n ­
c o n t r a r s u lu g a r en to d a e sp e c ie d e p o e s ía y q u e se p r e s ta a m il 
c o m b in a c io n e s v a r ia d a s . B occaccio a b re la m a rc h a c o n su m u n d o 
im a g in a r io d e d io se s y d e p a s to re s e n lo s a lr e d e d o re s d e F lo re n c ia , 
c o n su N iu fíü v de A 'ne to y su Ninfale de l- 'iesohno , q u e e s tá n e s c r i­
to s en ita lia n o . P ero la o b ra m a e s tra d e l g é n e ro p o d r ía s e r la ¿Mirra 
d e P ie tro B e m b o , los e sp o n sa le s d e la n in fa G a rd a c o n el r ío d e este 
n o m b r e , el m a g n íf ic o b a n q u e te n u p c ia l en u n a g ru ta d e l m o n te
2. I Λ M l ΓΟΙ,ΟίΐΐΛ C LÁS IC A Ι·Ν ΚΙ. Κ Κ Ν Λ Ο Μ ΙΚ Κ ΪΟ IS7
B albo , his p re d ic c io n e s d e M a n to , la h ija d e 'P iresias, s o b re el n a c i­
m ie n to d e l n iñ o M in c io , la fu n d a c ió n d e M a n tu a y Ια g lo r ia fu tu ra 
d e V irg ilio , q u e n a c e rá d e la u n ió n d e M in c io c o n la n in fa do A ndes, 
M aya. S o b ro e s te bo llo ro c o c ó h u m a n is ta , B om bo lo g ró h e rm o so s 
v o rso s y , a l fin a l, u n a in v o c a c ió n a V irg ilio q u e c u a lq u ie r p o e ta 
[Hiede e n v id ia r le lM‘.
Sigue Burckhardt c itando o tros ejem plos. F.ntrc ellos es el 
más in te resan te el de Sannazaro , que logra una adm irab le 
fusión de elem entos cris tian o s y paganos en su delicada 
poesía. Pero vam os a recoger lo que parece ya un extrem o 
p roducto de ese furor m itologizante: el poem a de I lércules 
S trozza sobre la m uerte de C ésar Borgia, que es una pieza 
ocasional de esta retórica.
Se o y en las q u e ja s d e R o m a , q u e h a b ía p u e s to to d a su e sp e ra n z a on 
los P a p a s e s p a ñ o le s , C a lix to III y A le ja n d ro V I, y q u e , ira s e llo s, n ú - 
rab a a C é sa r c o m o al h o m b re p ro v id e n c ia l.
Kl poeta aprovecha la c ircunstancia p ara contar toda la 
historia del p ríncipe hasta el desastre de 1503. Después p re ­
gunta a la M usa cuáles fueron en el m om ento las decisiones 
de los dioses, y Urato le cuenta lo siguiente: en el O lim po Pa­
las tom ó p arlid o a favor de los españoles, Venus po r los ita ­
lianos. Am bas diosas se echaron a las rodillasde Júpiter, con 
lo que el jefe de los d ioses las abrazó, calm ó a una y a o tra , y 
se excusó de no hacer nada porque él era im potente cont ra el 
destino h ilado po r las Parcas, pero las prom esas de los d io ­
ses, les d ijo , se realizarán p o r m edio del hijo ce la casa de 
Kste-Borgia. D espués de haber contado las aventuras m ara­
villosas de las dos lam illas, afirm a que no le es posible con ­
ceder a César la inm orta lidad que tuvo que negar an tañ o a 
un M e m n ó n o a un Aquiles, a pesar de intercesiones podero ­
sas, y te rm ina con la afirm ación consoladora de que antes de 
m orir César m atará aún m ucha gente en los cam pos de b a ­
talla. M arte se va po r tan to a N ápoles a p reparar allá la dis-
/«8 III, IN Ih K I 'K H A i U»NI.S
cordia y la g u erra , m ien tras que Palas co rre a Nepi y allí se 
aparece a César enferm o, bajo la apariencia do A lejandro VI, 
qtic tras exho rta rle a resignarse y con ten tarse con la gloria 
de su nom bre, desaparece - la d iosa p o n tifica l- «com o un 
pájaro».
I.a poesía q u r s r em peña en prolongar, im itándola, la an ­
tigua épica y lírica grecolatina nos da m uchas veces una cu ­
riosa im presión de falsa, nos suena vacía y retórica, adverti­
m os enseguida la parodia y nos parece un tanto cóm ica p o r 
su aire carnavalesco. N uestra actual sensibilidad tiende a d e ­
sacred ita r enseguida esta re tó rica . Sin em bargo, no d eb e ­
m os o lv idar que tras esc m an to pud o encub rirse un fervor 
pagan izan te que, en oposic ión a la trad ic ión cris tiana , d e ­
fendía o tro s valores, recu rriendo para su expresión a im itar 
los enredos descritos p o r H ornero, a ese O lim po acartonado 
o ingenuo. No deja de ser ex traño y significativo que en este 
poem a de consolación ante la m uerte, d irig ido al hijo de un 
Papa, no se recuerden las prom esas trascendentes de Cristo, 
sino tan sólo la universal condena de la m uerte, la obligada 
sum isión al destino com ún y el único consuelo de la fama te­
rrena.
Kn m uchos o tro s poem as y en m uchas p in tu ra s lo que 
advertim os es una fusión de no tas paganas y cristianas. Ve­
nus presta su gracia a una M adonna o una M agdalena, pero 
a su vez recibe rasgos de la rttafer doloroso147. C onvertida en 
una práctica universal, esta mezcla de elem entos se en cu en ­
tra con m ucha frecuencia en el a rte . Pero, com o señala
E. W ind,
se ría a b s u rd o b u sc a r u n m is te r io e n c a d a im a g e n h íb r id a d e l R e n a ­
c im ie n to . LLn p r in c ip io , sin e m b a rg o , la c o s tu m b re a r t ís t ic a d e ex ­
p lo r a r e s la s o sc ila c io n e s y ju g a r c o n e llas fu e s a n c io n a d a p o r u n a 
te o r ía d e la c o n c o rd a n c ia q u e d e s c u b r ía u n m is te r io sa g ra d o en la 
b e lle z a -p a g a n a % in s tru m e n to p o é tic o al se rv ic io d e la t r a n s m is ió n 
d e l e s p le n d o r d iv in o N".
i. 1Λ M I lo K M i lA < l ASIt A IN 11 Kt NAt lM t liN IO 189
Los mitos» según Pico della M irándolo, encubrían bajo su 
velo poético un significado m istérico que sólo los esp íritus 
m ás perfectos y elevados consiguen recobrar, y en esta sabi­
duría en igm ática coinciden los m itos de la tradición pagana 
y los de la Biblia.
til sen tim ien to deísta o pan teísta que anim a la obra de al­
gunos a rtis ta s acentúa su sim patía hacia esas figuraciones 
m íticas, tan válidas com o las cristianas al m enos en cuanto 
sím bolos de un m undo d ivino trascendente que se refleja en 
m ultitud de alegorías y variedad de im ágenes. Esta sim patía 
conduce a la in terpenetración de m otivos paganos antiguos 
y cristianos en un claro y p intoresco sincretism o.
C om o señala Agnes 1 leller:
en el c u rs o del R e n a c im ie n to se d e s a rro lló u n cu erpo n .ítico u n i ta ­
rio, y n o só lo en el s e n t id o d e q u e p o e ta s , p in to re s y e s ju lto r e s re ­
c u r r ie ra n a u n a u o tra d e las re se rv a s m ític a s (g re c o rro m a n a , ju d ía , 
c r is tia n a ) e n b u sc a d e te ín as; lo m ás im p o r ta n te del caso fue q u e las 
a n é c d o ta s y lo s p e rso n a je s d e lo s m ito s c o m e n z a ro n a u n d irsc . Fl 
c a rd e n a l B e sa r ió n t ra z ó u n p a ra le lo e n tr e H o rn e ro y M o isé s p o ­
n ie n d o d e re liev e lo s a sp e c to s e n q u e a m b o s se a sem ejaban; el p u e ­
b lo d e F lo re n c ia c o n s id e ra b a ig u a lm e n te s ím b o lo s d e la c iu d a d a 
B ru to y a D av id ; las f ig u ra s d e C r is to y S ó c ra te s ( in te rp re ta d a s a s i­
m ism o m ític a m e n te ) se v o lv ía n p ro g re s iv a m e n te u n a sola. C h a rle s 
d e T o ln a y h a e s tu d ia d o a g u d a m e n te el p u n to c u lm in u n te d e e.stu 
te n d e n c ia en las o b ra s d e M iguel A ngel. M iguel Á ngel re tra ta a Je­
sú s n iñ o a la m a n e ra d e u n p u tto ; la M a d o n n a M e d ic i es re a lm e n te 
u n a s ib ila q u e m ira se c o m o « n s ím b o lo d e l I-lado a n tig u o la s t u m ­
bas d e lo s d o s M ed ic i. Kl ( 'r i s lo d e l Ju ic io F in a l es id én tico a A polo : 
soa lza e n el c e n t r o d e la c o m p o s ic ió n c o m o u n p o d e ro so y v en g a ti­
vo d io s s o l a r ,4V.
Por o tra parte ese sen tim ien to de sim patía hacia las figu­
ras de la m itología pagana ayuda a expresar nuevos valores, 
com o el de la belleza del cu e rp o hum ano , esp lendoroso en 
su desnudez, un aspecto que las figuras de los dioses a n ti­
guos venían a ejem plificar con noble prestancia, o el de la
¡90 Μ . 5ΝΤΓΗ )·Μ Γ.ΐΛ ί:ΐΟΜ *
potencia del am or, que tan to los filósofos antiguos, especial' 
m ente Platón, com o los m itos venían a dem ostrar.
Muy d ifu n d id a p o r algunos p restig iosos escritores de la 
A ntigüedad, y bien conocida en la F.dad M edia, la teoría de 
que los m itos eran relatos alegóricos, que bajo un disfraz 
poético y figurado e s t i l o vHnhnn una antigua y perenne sabi­
duría» encon tró en el Renacim iento una aceptación ex trao r­
dinaria. Con esta herm enéutica algunos filósofos tardíos, es­
toicos, ncoplatónicos, eclécticos, habían tra tado de salvar el 
prestigio de las fábulas m íticas presentándolas corno ficcio­
nes poéticas, en las que los sabios habían cifrado un en igm á­
tico mensaje, veraz y profundo, para que pasara inadvertido 
a los necios e ineducados, pero para que llegara a ser reinter- 
pretado p o r o tros sabios. Código cifrado, jeroglífico, el mito. 
Alegorías del m undo físico, los d ram áticos sucesos d ivinos 
sim bolizaban aconteceres del cosm os físico, fenóm enos cós­
micos, m ovim ientos astrales, Zeus era el cielo, 1 lera el aire, 
Apolo el sol, etc. Alegorías del saber m oral, cualquier leyenda 
podía ser leída com o una im agen en clave de una sentencia 
moral. Los m itos son una tram a selvática de m etáforas y sím ­
bolos que el iniciado sabe descifrar. M inerva es la Prudencia, 
Venus la Kelleza. Los a tribu tos viriles de M ercurio sim boli­
zan la ftvm ididad de la razón (C ornu to ). Las A rp ías que 
arrebatan los alim entos a Finco son las cortesanas que arre­
batan su hacienda al joven disoluto (H eráclilo), etc.
Las apariencia.·» m íticas son el velo poético en el que que­
dan p rend idas esas m áxim as p ro fundas sobre la naturaleza 
de las cosas, una revelación que aguarda la sutil lectura del 
teólogo o del filósofo inspirado, m ediador de los sím bolos y 
las imágenes.
Fueron algunos filósofos de la A ntigüedad, que querían re­
cuperar para la filosofía todo el saber tradicional de los gran­
des poetas, quienes insistieron en esta explicación: Plutarco, 
C icerón, Apuloyo, M acrobio, Servio, Juliano, etc., ofrecían a 
los renacentistas apoyos sistem áticos p ara esta interpre-
> \ A M U O U H ltA V.\ASH. A I.N VI H I-N A O M U S T O 191
(ación. Kl estoico I leráclito que escribió las A learía s tic Ho­
mero, Paléfato, C ornu to , Fulgencio, daban ejemplos de esta 
herm enéutica inagotable. C ualquier relato mítico, cualquier 
figura albergaba esas potencialidades de interpretación.
Los renacentistas acogieron esta teoría, que ya tuvo g ra n ­
eles adeptos en la Hoja Bdud M edia -b a s ta pciiNui en la trad i­
ción m itográfica medieval que cu lm ina en el Ovidio m orali­
zado en sus diferentes versiones-, con singular entusiasm o. 
Encajaba adm irab lem ente en algunas tendencias de la épo ­
ca, en la que ese saber po r enigm as y po r m isterios tuvo ta n ­
tos adeptos. Los jeroglíficos, los em blem as, el universo c ríp ­
tico de la alqu im ia y la cábala, estaban en contecto con ese 
saber escondido y secreto, tan sólo revelado a unos pocos. 
Pico della M irandola p lanteó escrib ir un libro sobre la na tu ­
raleza secreta de los m itos paganos que llevaría el títu lo tie 
Poetica theologia.
A firm ab a q u e las re lig io n e s p a c a n a s , sin e x c e p c ió n , se h a b ía n s e r ­
v id o d e u n a ic o n o g ra fía « jerog lífica» ; y q u e h a b ía n o c u lta d o su s r e ­
velac io n es b a jo la f o rm a d e m ito s y fá b u la s d e s tin a d o s a d is tr a e r la 
a te n c ió n del vu lg o , p a ra p ro te g e r a s í lo s s e c re to s d iv in o s d e la p r o ­
fanación : « m o s tr a n d o al v u lg o só lo la c o r te z a d e los m is te rio s y r e ­
se rv a n d o el m eo llo del v e rd a d e ro s e n t id o a lo s e sp ír itu s su p e rio re s 
ν m ás p e r fe c to s» C o m o e je m p lo , P ico c i ta b a lo.s Him no;* órfiu>.s, 
pues im a g in a b a q u e O rfe o h a b ía o c u lta d o en e llo s u na rev e lac ió n 
re lig iosa q u e d e s e a b a fu e ra c o m p r e n d id a só lo p o r t n a p e q u e ñ a 
so d a d e in ic ia d o s : « S ig u ien d o el u so d e lo.s a n tig u o s teó lo g o s, O r ­
feo e n tre te j ió los s e c re to s tic su d o c tr in a c o n lo s a d o rn o s d e la fa n ­
tasía y lo s r e c u b r ió c o n ro p a je p o é tic o . P e e s te m o d o a lg u ie n p o ­
d ría p e n s a r q u e en su s h im n o s só lo se c o n tie n e n fábu las y s im p le s 
b ro m a s» ,<0.
Del m ism o m odo, «la Cabala era a la Ley escrita del Anli- 
guo ’testam ento lo que los secretos órfícos a los mitos paganos. 
El texto bíblico era la cáscara; la Cábala, el meollo», según 
Pico l5‘. Apoyándose en D ioniso Areopagita, deefe que «estas 
teologías no diferían en el lóndo, sino sólo en nombre» ,5\
192 111. INTTRPRRTACION IîS
A lgunos ciclos más destacados hum anistas florentinos so 
expresaron en el m ism o sen tido que Pico. Así Poliziano y 
Landino, vinculados a la renacida A cadem ia platónica d ir i­
gida p o r M arsilio Picino, O tra vez encon tram os aqu í el d o ­
ble juego:
D e h e c h o lo s m ito s p a g a n o s s irv ie ro n d e v eh ícu lo al p e n s a m ie n to 
filo só fico del R e n a c im ie n to : c u a n d o lo r e n z o V alla tr a ta a ce rca del 
l ib re a rb itrio * s im b o liz a la p re sc ie n c ia d iv in a p o r A p o lo , la o m n i ­
p o te n c ia p o r Jú p ite r ; m á s ta rd e , b a jo la in f lu e n c ia d e )a A cad e m ia 
f lo re n tin a . C h a rle s de B oue lles in su f la rá u n a n u ev a v id a e s p ir itu a l 
al v ie jo le m a d e P ro m e te o , r e m o n tá n d o s e as i, e s la vez, a la p u ra 
tr a d ic ió n p la tó n ic a , fa d e l P ro td g o n ts . I.os s im p le s e r u d i to s y Jos 
p o e ta s « p la to n iz a n » a su v e /.e n ese s e n tid o . | . . . | = I...J
P e ro a la lu z d e l n e o p la to n is m o , lo s h u m a n is ta s d e s c u b re n en 
Jos m ito s a lg o m á s , q u e re b a s a las id e a s m o ra le s ; d e s c u b re n u n a 
d o c tr in a re lig io sa , u n a e n s e ñ a n z a c r is tia n a .
La in te rp re ta c ió n s im b ó lic a n o p e rm ite ú n ic a m e n te , en e fec to , 
d is c e rn i r b a jo las fic c io n e s m á s d iv e rsa s , y en a p a r ie n c ia m e n o s 
e d if ic a n te s , uiki e lev ad a s a b id u r ía : lleva a c o n s ta ta r el p a re n te sc o 
fu n d a m e n ta l t ic e s ta sa b id u r ía p ro fa n a cu y a e n v o ltu ra v a r ía , p e ro 
c u y o s p ro c c p to s .w n in m u ta b le s - c o n la d é la E sc r itu ra . D el m ism o 
m o d o q u e P la tó n c o n c u e rd a c o n M o isés y S ó c ra te s « c o n firm a » a 
Jesú s , la v oz d e H o rn e ro es la v oz d e u n p ro fe ta ; y lo s « M agos» de 
P e rs ia y tie H gipto, q u e d is im u la n ta m b ié n m á x im a s s a g ra d a s b a jo 
u n a q u e se in s in u a ra , e n tre lo s h u m a n is ta s , la id ea e n q u e h a b ía d e ­
s e m b o c a d o el p a g a n ism o d e c lin a n te , a s a b e r , q u e to d a s las re lig io ­
n e s so n e q u iv a le n te s , y q u e b a jo s u s d iv e rsa s fo rm a s - y a se an p u e ­
rile s o m o n s tru o s a s se e s c o n d e u n a c o m ú n v e rd a d . M a rs ilio 
P ic in o se in c lin a hacia u n a e sp ec ie d e te ísm o u n iv e rsa l, c o n el p la ­
to n is m o c o m o ev an g e lio IV\
C iertos hum anistas avanzarán po r este peligroso sendero 
hacia so sten er la universalidad de la alegoría en cua lqu ier 
m anifestación religiosa. La expresión m ás ab ierta de esto se 
encuentra en una confidencia episto lar de M ulianus Rufus a 
un am igo, bien recogida po r Seznec:
2. I 4 Μ Ι ΙΟ Μ Χ . ΙΛ C IA N IC A I.N H H hN AC IM IK N H » 193
«Est unus deus et unit dea. St'd sunt multa uti numina i:a ct nomino: 
Júpiter, Sol, Apolo, Moses, Christus, ¡.una, Caes, Prose'pina, Tellus, 
Muría. Sed haec fave enunties. Sunt enim occulta silentio tanquam 
Eleusinarum dearum mysteria. Utendum est fabulis atque enignia- 
tum integumentis in resacra».
Se ve a q u í has ta d ó n d e lleg ab an a lg u n o s h u m an is ta s : h a s ta la h e ­
rejía inclusive, l.a cxégesi.s n co p la tónica» q u e Icí» h ab ía u b ic u o p o s i­
b ilid a d e s in e sp e ra d a s d e c o n c ilia c ió n e n l r e la B iblia y la M ito log ía , 
les lleva a h o ra a c o n tu n d ir la s , h as ta el p u n to d e n o a cep ta r ya el d o g ­
m a c r is tia n o m a s q u e en s e n tid o a leg ó rico , lis b u e n o ,s in d u d a » q u e 
el p u e b lo c o n tin ú e in g e n u a m e n te p re s ta n d o fe a las en señ an zas Ira 
d ic io n a le s : lo s d o c to s , m .is in s tru id o s , s a b rá n d isc e rn ir e n ellas, 
co m o en el p ag an ism o , la in ev itab le co n c e s ió n a la f a b u la t io n ,M.
La alegoría sirve paro justificar la presencia de m últiples 
im ágenes payanas, com o las que decoran , po r ejem plo, los 
apartam en tos de la abadesa del m onasterio de San Pablo en 
Parm a, p in tados po r C orreggio: I )iana cazadora, am orcillos 
en tropel. A donis, Juno desnuda y colgada segu í el castigo 
que cuenta I lom cro (//. XV 18 y s s .) ,v\ Imágenes que, a p ri­
m era vista, no parecen las m ás propias de un m onasterio de 
m onjas. Incluso después del C oncilio de Trento, cu an d o la 
alegoría tiene que explicitarse con m ayor claridad» pero si­
gue siendo un m edio m uy soco rrido para ev itarla censura y 
dar inocencia al uso de im ágenes paganas o relatos an tiguos 
de tono licencioso.
Un ejem plo fam oso lo representa la inscripción grabada 
en la base de la lam osa Dafne esculpida po r Bernini:
Quisquis amans sequitur fugitivae gaudia forwae 
fronde manus implet, inuras sen carpit amaras...
Los versos son del cardenal B arberini -m á s tarde U rba­
no V IH -, que los im provisó para «rem ediar» los encantos 
tu rbadores de la n infa y para apaciguar los escrúpulos del 
cardenal deS o u rd is ,w.
III. IN Ih R l’KhTAC IO N IN
(O tras variantes del m ism o m ito explicado: «Febo aspira 
a la vana g loria del m undo , que es Dafne»; «D afne es un 
alm a perseguida por el d iablo y salvada po r la plegaria»; «la 
hu ida es el m edio m ás seguro para escapar a las ten tac io ­
nes».)
La in te rp re tac ión alegórica encon tró un g ran foco en la 
Florencia de fines del siglo XV, donde es com entada po r h u ­
m an istas de enorm e p restig io , reavivada p o r poetas com o 
Poliziano, y reaílora en la p in tu ra de Botticelli, de Rafael, de 
T iciano y de G iorgione. Pero, sin iluda, es ju s to reconocer 
que ya la Fdad M edia había avanzado po r este cam ino.
La obra más im portan te del M edievo al respecto es la del 
M yiíwgraphus III, el rep e rto rio com puesto p o r A lexander 
Neckham , que m ur.ó hacia 1217, y que m erece ser conside­
rada com o Ja últim a Sum m a m iíográfica m edieval. El m is­
mo Petrarca se servirá de ella p ara su poem a A/rica. A hora 
bien, com o señala Fanofsky, una serie de textos an terio res a 
Petrarca avanzaron en la m oralización de los m itos. Así el 
fu lg e n d u s Mctaforalis de John Ridewall, las M oralitates de 
Robert W alcott, los Cesta Rom anorum , el O vide M oralisé 
francés y sobre todo el O vidio moralizado* que redac tó en 
latín Pierre Bersuirehacia 1340, precedieron la vasta com pila­
ción m ítica de la Genealogia deorum en la q u e Boccaccio p a ­
saba revista a todo un am plio m aterial m itológico, tra tando 
de avanzar hacia sus fuentes antiguas.
La Genealogía délos dioses de Boccaccio significa un paso 
hacia la ac titud renacentista, po r su respeto a la A ntigüedad 
clásica y su afán erudito , m ás poético que teológico. Fn este 
am plio com pend io cu lm ina el saber enciclopédico m edie­
val. La idea de partida ν su concepción son medievales. Tra­
ta r de reducir la m itología clásica a un sistem a y v incu lar 
cada figura, dios o héroe, al fundador de una raza o casta no­
ble señala a Boccaccio com o un hijo del M edievo. O bra de 
encargo, a petición del rey de C hipre, I lugo, le ocupó al es­
c rito r veinticinco años de su vida. Las em prend ió a m ed ia­
1. LA M IT O M K U A C l ¿S IC A l:S l:L K K N A U M im o /95
dos del siglo XI v e influyó m ucho d u ran te unos doscientos 
años. Sólo a m ed iados del siglo xvi en co n trará sucesión y 
com petencia en las obras de L. C. C iraldi, N ata leC on tiy Vi~ 
cenzo (Tartari, tan estim ados p o r los escritores cel Barroco.
1.a Genealogia deorum de Boccaccio concluye con un elo­
gio de ¡«i poesía:
La p o e s ía |. . .] e s u n a rd ie n te a n h e lo d e d e s c u b r im ie n to s in só lito s 
|. . .] P ro c e d e d e l s e n o d e D io s y a p o c o s es c o n c e d id a (...) S u b lim es 
so n lo s f ru to s d e ese a rd o r : la m e n te se s ie n te a r ra s tr a b a p o r u n de 
se o d e e x p re sa rs e , d e h a lla r in v e n c io n e s p e re g r in a s e in só lita s , de 
c o m p o n e r la s se g ú n u n o rd e n p re c iso , d e a d o rn a r la s on u n n u ev o 
c o n te x to d e p a la b ra s y o ra c io n e s , d e d is im u la r su v erd ad c o n bellas 
fábu las.
Con una exaltación de la poesía com ienza su libro De labo­
ribus Herculis ( 1406) Collucio Salutati (1456), que vela poe­
sía com o un h im no que confiere rasgos d ivinos a las hazañas 
de los héroes. Para am bos la in te rp re tac ión alegórica sigue 
siendo esencial. Pero hay algo más en su defensa de la poesía, 
que can ta sub cortice fabu larum la grandeza de los dioses y 
los héroes antiguos. (Basta com parar el libro de Knrique de 
Villena Los doze trabajos de Hércules [ 1417] con el del canci­
ller florentino para advert ir que el p rim ero es uii estudio m e­
dieval, y que en el segundo apunta un aire nuevo.)
1.a teología poética de que hablaba Pico, el neoplatonism o 
de K cino, las alegorías de Poliziano, todo concordaba en ese 
sentim iento de adm iración y entusiasm o.
M ientras iba despareciendo la vieja concepción de la rea­
lidad y florecían las hum anae disciplinae y las «ciencias nue­
vas», los artis tas redescubrían la antigua función ce los m itos 
y restauraban su sentido, al tiem po que una conciencia ya 
m adura reducía las visiones «divinas» y las convertía en be­
llas fantasías, p ara poblar los ilim itados espacios celestes y 
llenar con cantos los espacios sobrehum anos del absoluto, 
pava apartar el tem or del corazón de los hom bres. Situándose
/96 III. IN T I RPRl.l At l«>N1 >
por encim a del hum ilde plano ele una investigación hum ana, 
cuyo cam po específico eran \os studia hum anitatis y las cien­
cias revalori/.adas, el arle llegó a ser el ám bito en que el h om ­
bre se reencontraba con el sentido divino de la naturaleza» y 
el valor e te rn o de la vida: o tra «teología poética», pero que 
esta vez em pieza a com prender el origen y los lím ites hum o 
nos de sus «revelaciones», com o explica Eugenio Garin.
(¿¿¡justo reco rdarqueet R enacim iento no trae consigo una 
resurrección de los dioses de la m itología pagana, sino que 
recoge una tradición m edieval, ( 'o rn o señaló /. Sezncc en su 
esp léndido libro, «los d ioses no resuc ita ron , porque jam ás 
hab ían desaparecido de la m em oria y de la im aginación de 
los hom bres». Pero el p rob lem a fundam en tal, com o ha se­
ñalado fi. G arin , no es precisar hasta qué pun ió la tem ática 
m itológica perv iv ió en tiem pos m edievales y qué m ayor 
acopio eru d ito p roporc iona el R enacim iento, sino que «el 
p rob lem a es este o iro : la ac titu d hacia los d ioses an tiguos 
¿sigue siendo la misma o, acaso, cam bia rad icalm ente la va­
loración de las creencias paganas?».
C reo que G arin lo señala m uy agudam ente, cuando dice 
que
Scznct, a pode de su tcsi.·» tuvo que reconocer algo muy importante 
cuando declaró que las expresiones tradicionales en el sentido de 
una «muerte» de los dioses al final del mundo antiguo, y de una 
«resurrección», se justificaban en cuanto que en la tdad Media «lo 
único que había sobrevivido era el contenido». Los antiguos dioses 
habían servido de vehículo a ideas tan profundas y tenaces que no 
podían morir había desaparecido la envoUura, la forma clási­
ca. Se la habían quitado para cubrirlos con bárbaros disfraces que 
los volvían irreconocibles.
Son eslas form as lo que el Renacim iento quiso restaurar, 
so lucionando así d largo divorcio en tre lem as y m otivos, la 
d isyunción medieval de con ten ido y form a. lisa recu p era ­
ción de las figuras clásicas, esa in teg ración de las historias
2 W Μ Μ Ο Κ Κ ίΙ Α C l A S I l 'A I N I I. K I .S A C JM J H N T O 197
m íticas y las im ágenes bellas, es una característica del a rte 
y la sensib ilidad renacen tis tas , y es un p resupuesto para 
gozar d é la m ito logía en su p len itud y en su au tonom ía sig­
nificativa.
Junto a esta «restauración» de las form as de las d iv in ida­
des an tiguas en su plenitud y e n su bcllc/.u, «al n a rg e n tie la 
inserción de esos m itos en la econom ía del cristianism o», el 
Renacim iento propone una revalorización tie la poesía com o 
expresión del m undo, un nuevo sabor poético, al m argen de 
la teología oficial, el reconocim iento tie que a través de osos 
bellos m itos se expresa tam bién la velada sabiduría eterna y 
en la belleza antigua tam bién se revela la plenitud de la vida.
I.a Iklad M edia tra trid e aprovechar g ran p a rle d e las doc­
trinas heredadas de la A ntigüedad, tan to en saberes com o en 
m otivos, pero con su falta de perspectiva no pudo establecer 
lo heredado en su contexto, sino en form a de mezcla un ta n ­
to abigarrada y confusa. De ahf que» una vez que m ediante la 
alegoría y el evem erism o podía evocar las figuras de los d io ­
ses antiguos, lo hiciera con una m irada fam iliar, com osi hu ­
bieran sido personajes su rg idos de su p ropio tiem po, con 
trazas m edievales. Así un M ercurio puede ir vestido de obis­
po, un Júpiter aparece com o un noble tonsurado, y una v ir­
gen de Reims tiene el po rte de uno vestal venerable. 1 lay un 
m antenim iento de los nom bres y las h istorias, pero una pér­
dida de los trazos auténticos y d istin tivos de las figuras clá­
sicas. Hay, pues, en lo m edieval, un «princip io de d isy u n ­
ción», según señala Panofsky:
C ada vez q u e en la H dad M e d ia p le n a y ta rd ía u n a o b ro de a r te lo m a 
su fo rm a d e u n m o d e lo c lás ico , esa fo rm a es in v e s tid a c e u n a s ig n i­
ficación n o c lásica , n o rm a lm e n te c r is tia n a ; c a d a vez q u e en ia Hdad 
M edia p le n a y U rd ía u n a o b r a d e a r te lo m a su le m a d e la p o e s ía , la 
leyen d a , la h is to r ia o la m ito lo g ía c lás icas, ese tem a es r e p re s e n ta ­
do en u n a fo rm a n o c lás ica , n o rm a lm e n te c o n te i i ip o m e a .
m n i . i n h :r p r i ;.t a < :i o n l s
Y Sezncc dice lo mismo:
Λ la lu z d e e s to s a n á lis is , el R e n a c im ie n to se n o s a p a re c e c o m o la 
r e in te g ra c ió n d e u n lem a a n tig u o e n u n a fo rm a a n tig u a : se p u e d e 
h a b la r d e R e n a c im ie n to a p a r t i r del d ía en q u e 1 lé rc u le s re c u p e ró 
su c o n te x tu ra a tlé tic a , su m aza y su piel d e leó n . Kn m o d o a lg u n o se 
tr a ta d e u n a re su r re c c ió n : H é rc u le s n u n c a h a b ía m u e r to , c o m o 
ta m p o c o M a rte o Per>eo: c u a n d o m e n o s , el n o m b re y la id ea d e e s ­
to s d io se s h a b ía n so b re v iv id o te n a z m e n te e n la m e m o r ia d e lo s 
h o m b re s . Ú n ic a m e n te su a p a r ie n c ia se h a b ía d e s v a n e c id o , p u e s to 
q u e P e rseo v iv ía c o n el a s p e c to d e u n tu rc o , y M a rte c o n el d e u n c a ­
b a lle ro . | . . . | - | . . . | ü l R e n a c im ie n to a p a re c e p o r c o n s ig u ie n te , n o y a 
c o m o u n a c ris is sú b ita , s in o c o m o el fina l d e u n la rg o d ivo rc io? n o 
c o m o u n a re su r re c c ió n , s in o c o m o u n a s ín te s is 1'7.
La erudición mitológica del Renacim iento cu lm inará más 
larde , a m ed iados del siglo xvi, en c ierto s rep erto rio s , de 
gran éxito y difusión. Los m ás im portan tes son los de Lilio 
Gregorio G yraldi De deisgen tium varia et m ultiplex historia 
(Basilea, 1548), de Natale Conl i M yihologiae sive explicatio­
num fabularum libri decern (Venecia, 1551), V incenzo Car- 
tari l.e iw w ag in i cclla sposizioni degli Dei degli A ntich i (Ve­
necia, 1556). lisios m anuales ilustrados son un m onum ento 
de erudición: una m ultitud de figuras divinas se aglom eran 
en una confusa y dcinónica algarabía. En la Europa del Ba­
rroco, ijue anuncian , serán de g ran utilidad» pero frente al 
en lusiam o y a la serena adm iración del hum anism o, son un 
signo de decadencia. Ya no hay in tentos de reconciliar estas 
figuras con la piedad cristiana. Lo que aqu í se expone es e ru ­
dición para uso de los poetas y de los retóricos. Son diccio­
narios m itográficos, que no fueron necesarios en el esplen­
do r del Renacim iento italiano (entre Boccaccio y G yraldi no 
aparece en Italia n inguna h istoria de los dioses; m ás bien re­
cuerdan , con nuevas figuras, los doctos reperto rios m edie­
vales). Ya se acabó el cu lto pagano de la vida. Son los tie m ­
pos de Trento y la C ontrarreform a. El frágil equ ilibrio entre 
la adm iración poética p o r la belleza y el cu lto pagano de la
2. I-Λ Μ Π Ό Μ Χ ίίΛ CI.ASH’A ΙιΝ kl H M M C IM Ih N T O
vida y la fe c ris tiana ya ha hecho crisis. Es el tiem po de la 
reacción.
Al fe rv o r s u c e d e u n a a d m ira c ió n r e t ic e n te e in q u ie ta n te , llen a d e 
e sc rú p u lo s ; a la e m b r ia g u e z d e la b e lleza u n frío in te ré s a rq u e o ló ­
g ico , u n a c u r io s id a d d e e ru d i to s . D e jan <U* s e r u n o lv e tn d«* a m o r 
p a ra c o n v e r t irs e en te m a d e e s tu d io . Se re n u e v a a s i la tra d ic ió n m e ­
d ieval d e lo s L ib ri d e im a g in ib u s D eo ru m ; ¡ rea p a rec en as i, p o r un 
e x tr a ñ o r e to rn o d e las c o sas , lo s d io se s d e M a rz ia n o ( 'a p e lla ! I.os 
O lím p ic o s c e d e n a n te lo s íd o lo s d e fcg ip to y d e S iria , c o m o en el 
c re p ú sc u lo d e l m u n d o a n tig u o IS\
En España los paralelos, ta rd íos y no muy poéticos, de es­
tos rep e rto rio s son el g rueso libro de Juan Pérez de Moya 
Philosophia secreta, donde debajo de historias fabulosas se 
contiene mucha doctrina provechosa a todos los estudios, con 
el Origen de los ídolos o dioses de la gentilidad (al m enos cua­
tro reediciones), y el l'ealro de los dioses de la gentilidad de 
Fray Baltasar de Vitoria, p rio r del convento de San Francisco 
de Salam anca, que apareció en 1620, con una «aprobación» 
justam en te de I.ope de Vega. Ya en su m ism o tirulo am bas 
obras p roclam an su barro q u ism o y su concepción a legóri­
ca. Fueron m uy utilizadas p o r m uchos escritores de nuestro 
tardío Siglo de Oro, especialm ente po r d ram aturgos y poetas 
cortesanos.
En resum en, el R enacim iento recobró a los dioses paga­
nos con sus figuras clásicas y se entusiasm ó con su teología 
poética. Incluso intentó, en un im pulso de fervor poético, un 
sincretism o con la d o c trin a cristiana. Pero luego la m ito lo­
gía volvió a ser erud ic ión alam bicada y peregrina, un pande­
m ónium de la im aginería an tigua. A pesar de su enorm e 
sim patía, y quizás po r ello, el Renacim iento no buscó nuevas 
explicaciones a las que recibió; el alegorism o y el evem eris- 
mo le parecieron aceptables.
A los renacen tistas les faltaron elem entos im portan tes 
para una visión m ás am plia. I.os descubrim ientos de nuevas
200 III. Ι Ν Ί Μ Ρ Κ Η Λ Ο ο Ν Ι *
cu ltu ras y de pueblas p rim itivos con sus m ito logías -q u e 
luego se verán sim ilares a las de la A n tigüedad - serán al res­
pecto decisivos para un com parai ism o, que no se desarrolla 
hasta el siglo xvm . No llegaron tam poco los renacentistas a 
afinar su perspectiva h istórica de m o d o que adv irtieran las 
fases de la trad ición religiosa griega» y así m etían en un m is­
m o saco a los d iosesde I lom ero y a los de los tard íos h im nos 
órficos, a las figuras de la Teogonia hesiódica con las de d io ­
ses o rien ta les de cultos m istéricos helenísticos. C onocían 
m ejor a Plutarco que a Esquilo, y no a tend ieron a las raíces 
sociales de lo míticc. Su perspectiva era deficiente en an tro ­
pología, c iertam ente. V ieron los m itos com o creaciones de 
la poesía an tigua, o com o ficciones fabulosas y enigm áticas 
cifradas po r unos pocos sabios, m ás que com o las creencias 
de una com un idad arcaica, lé o riz a ro n poco sobre el tem a. 
Pero se sirv ieron dolos m itos, recuperados con gracia y fer­
vor, para expresar y representarse el sentido d iv ino de la n a ­
turaleza, recogiendo ecos de un antiguo paganism o. De ellos 
hem os ap rend ido mucho.
3. La mitología comparada, 
en sus comienzos
1. Primeros comparatistas: los salvajes y los antiguos
La denom inación de «m itología com parada» para un d e ter­
m inado enfoque de los estud ios de m ito logía ha quedado 
consagrada a p a r tir del ensayo de igual títu lo que l*r. Max 
M üller publicó en 1856 1W. Pero la aparic ión del m étodo 
com parativo en el cam po de la h istoria de las religiones pue­
de re tro trae rse hasta com ienzos del siglo xvin. Aunque sin 
una aplicación tan precisa com o la que tendrá en com para· 
listas posteriores* p odem os señala r el en o rm e interés que 
tiene, en esa dirección, el tra tado que B. de Fontenelle publi­có en 1724 con el títu lo de De l'origine des fables.
Un títu lo que ya de p o r sí resulta muy indicativo. Para este 
docto racionalista , un adelan tado del Siglo de las Luces, las 
mitologías dé lo s pueblos prim itivos son un cúm ulo de «qui­
m eras, sueños y absurdidades». Pero, al m ism o tiem po, ta ­
les fabulaciones son un fenóm eno com ún a todas las civili­
zaciones. O rien ta les, g riegos, cafres, lapones o iroqueses 
coinciden, a los ojos de su autor, en ofrecer un m ontón de re­
201
202 III. INTKRPAF.TAOIONES
lulos de sorprendente ferocidad sobre los dioses y el num do. 
Sus div in idades son tan brutales com o los hom bres en su es­
tado salvaje» solam ente los superan en fuerza y en poder, 
com o sucede tam bién en los poem as de H om ero. Hay, según 
Fontenelle, «una asom brosa confo rm idad en tre las fabula- 
cioncs de los am ericanos y las de los griegos».
S. Reinach, L. Lévi-Bruhl y M. D etienne, en tre otros, han 
destacado la im portancia de este opúscu lo , que refleja tan 
agudam ente el espíritu de un au to r y una época, la de la Ilus­
tración. De un lado, las investigaciones etnográficas habían 
aportado m uchos materiales acerca de nuevas cu lturas (nue­
vas para los europeos), com o eran las de los indios am erica­
nos, con sus costum bres y creencias; de o tro lado, la o bse r­
vación crítica y racionalista encon traba unas sem ejanzas 
adm irables en tre los m itos de estas tribus salvajes y las fábu­
las de los griegos y rom anos. Sin duda, conviene recordar 
que la sensibilidad de la época estaba ya a lertada en tal sen­
tido po r la fam osa querelle en tre los an tiguos y los m o ­
dernos.
«Ll Origen de las fábulas -seg ú n apun ta R. C hase- es ca­
racterísticam ente un breve jeu d'esprit. Aunque no usa to d a ­
vía el m étodo com parativo, p ropone una perspectiva evolu­
cion ista y racionalista p a ra el es tud io del m ito que los 
pensadores posteriores del siglo xvm generalm ente igno ra­
ron y que tuvo que esperar su reconocim iento, en Inglaterra 
al m enos, hasta el tardío período Victoriano, cuando los ra ­
cionalistas ingleses lo adoptaron.» «Los seguidores del señor 
Κ. B. Tylor -ad v ie rte A ndrew Lang en su M yth, R itua l and 
Religion-, parecen no darse cuen ta de que sólo están rep i­
tiendo las ideas del sobrino de Corneille.»
Fontenelle quería descubrir, m edian te la com paración de 
los paralelism os y sim ilitudes en tre las creencias de los pue­
blos antiguos, cóm o se hab ían o rig inado las Jabíes, es decir, 
los m itos. En sus p rim eras nebulosas edades los h um anos 
hab rían tra tad o de explicarse los fenóm enos n a tu ra les re ­
3. U Μ ΙΤ Ο ΙO G ÍA C O M PARAD A , ΠΝ SUS COMIl.NZO*,
cu rrien d o a una la m asía m itopoética , que era así lina espe­
cio de ciencia infantil o filosofía prim itiva. Su esencial igno­
rancia acerca de lo real y luego la debilidad m ental y su «res­
peto ciego p o r el pasado» p e rp e tu a ro n las fantasiosas y 
absurdas nociones fabulosas, inventos de una época grosera 
y salvaje. Con el progreso el m undo bárbaro de tdlc* im áge­
nes quedaría b arrid o po r la luz de la razón, según Fontene- 
Ue, que pensaba que tal progreso sería universal. Todos los 
pueblos seguirían las pautas que tuvo el desarrollo racional 
en Grecia.
Puesto que los griegos, con lodo su espíritu, cuando eran un pue­
blo nuevo no pensaron más razonablemente que los bárbaros de 
América, que eran según todas las apariencias un pueblo bastante 
nuevo cuando fueron descubiertos por los españoles, hay motivos 
para creer que los americanos habrían llegado, al fin, a pensar tan 
razonablemente como los griegos, si se les hubiera dejado tiempo 
para ello.
lil m ism o ano en que se publica la ob ra de Fon:enelle, en 
1724, aparece la del jesu íta J. F. Lafitau, M oeurs des savages 
am ériquaitis comparées a u x m oeurs des premiers temps, 
que, com o M . D étienne ha ind icado , p resen ta una notable 
co incidencia en su idea fu n d am en ta l con aquélla. Los in ­
d ios d e N o rteam érica , es tu d ia d o s p o r los jesuítas, tienen 
una afin idad de costum bres m uy notab le con los an tiguos 
griegos. Los iro q u esesy los hurones son en sus hábitos fru ­
gales y nobles com o los e sp artan o s o los an tiguos helenos 
re tra tados p o r P lutarco; y ju n to a sus nobles figuras y ges­
tos m uestran , com o los an tiguos, una credu lidad en lo m a­
rav illoso y una fan tasía en su v isión de la natu ra leza que 
son el o rigen de sus tabulaciones. Así en su fantasía el o r i­
gen de su religión y de sus m itos, esas fables que son «fanta­
sía infantil» en la concepción de Pontenelle, o im aginación 
errada , «perversa», p ara el je su íta Lafitau, com o dice M ar­
cel P e ticnne .
Iit. ΙΝ ΊΉ Ι Ι 'Κ Η ΙΛ ϋ ΙΟ Μ *
Las reflexiones sobre el fundam ento de la religión natural, 
al m argen de la religión cristiana que se présenla corno reve­
lada, son tam bién una nota característica de la época, aunque 
en m uchas pensadores esas reflexiones aparecen desvincula­
das de la consideración sobre los m itos. Hs la época de Locke, 
de 1 lum e, de Voltaire, de B. C onstant y de Ci. Vico, cuya Scicti­
za Ntiova aparece en 1725. Precediendo a Herder, a 1 leyne y a 
Schleiermacher» es probablem ente Vico el pensador más in te­
resante en su concepción del desarrollo de la religión en la h is­
toria de las cu lturas prim itivas y del fundam ento poético del 
pensam iento m ito-poético. Pert) no hablarem os ahora de su 
teoría; sino que sí recogemos la noción de que en m uchos as­
pectos se m uestra un precursor, m ucho m ás avanzado que 
pensadores ilustrados com o Voltaire o Hum e. A hora quere­
m os señalar tan sólo algunos espíritus pioneros en el cam ino 
del m étodo com parativo en mitología. Aunque se trate, en el 
caso de Fontenelle y de Lafilau, de autores m enos interesados 
en las form as específicas de lo m ítico que en relacionar la 
creación de los m itos con una tendencia universal de una 
m entalidad fabulosa, infantil, prim itiva.
La m itología, com o un am asijo de relatos y creencias sal­
vajes y absurdas, fruto de la ignorancia y de los errores pri- 
m ilivos, no requería m ás explicación, sino que podía ser 
presen tada com o un d iscu rso infan til, vano, rid ículo , y no 
obstan te atractivo, <i la luz de la Razón. Los m itos form aban 
el trasfondo de las religiones de los salvajes que los m isione­
ros, com o el jesuíta Lafltau, se em peñaban en rechazar su sti­
tuyéndolas po r la ciistiana. A los ojos de los prim eros a n tro ­
pólogos rac io n a lizas , la religión de los p rim itivos e ra un 
p roducto de sus sen tim ien tos irracionales y su im potencia 
an te las fuerzas de la N aturaleza. Lafilau subrayaba la gene­
ralidad del fundam ento psicológico y social que daba origen 
a esas religiones: «K1 fundam ento de la religión de los salva­
jes de A m érica es el m ism o que el de los b árbaros que o c u ­
paron Grecia, se expandieron por Asia, el m ism o que sirv ió
y LA MNOI.OC.ÍA COMPARADA, HN SU M OM N.N/OS 205
luego de fundam ento a toda la m itología pagana ya las fábu­
las de los griegos». Y, m ás explícitam ente, pocos lustros des­
pués, el presidente De Brosses afirm aba en el m ism o sen ti­
do·. «Las p rác ticas sem ejantes que vem os en siglos y clim as 
alejados tienen una m ism a causa cuya explicación ha de 
buscaise en las afecciones de la hum anidad: el temor, la a d ­
m iración , el agradecim ien to» . Señala M. Meslin -d e quien 
hem os tom ado la c ita - que «aquí estam os en las raíces de to ­
das las teorías m odernas sobre los orígenes patológicos del 
sentim iento relig ioso» ,w>. Pero se trata de una reafirm ación 
de viejas tesis sofísticas, de Pródico y de D em ócri:o, fo rm u­
ladas en nuevos contextos filosóficos.
2. lil fe tichism o y lo evolución del culto
La palabra fe tichism o se d ifundió a p a rtir do una obra publi­
cada en 1760; su

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