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CURSO
DE
ECONOMÍA SOCIAL
OBRAS DE ECONOMÍA Y SOCIOLOGIA
PUBLICADAS POR
LA ESPAÑA MODERNA
que se bailan de venta
en su Administración, López de Hoyos, 6.—MADRID
Buylla, Neumann, Kleinwhacter, Nasse, Wagner, Mithof y Lcxis.—
Economía política, 2 tomos, 10 pesetas.
Caillaux.—Los impuestos en Francia, tres tomos, 18 pesetas.
Deploige.—El conflicto de la Moral y de la Sociología, 7 pesetas.
Engels.—Anti-Dhüring o revolución de la ciencia de Eugenio Dhüring,
7 pesetas.
Fisher.—Economía política y geométrica, 8 pesetas.
Fouillée.—La ciencia social contemporánea, 8 pesetas.
Garotalo.—La superstición socialista, 5 pesetas.
George.—Protección y librecambio, 9 pesetas.—Problemas sociales,
5 pesetas.
Giddtags.—Principios do Sociología, 10 pesetas..Sociología inductiva,
6 pesetas.
Goschen.—Teoría sobre los cambios extranjeros, 7 pesetas.
Grave.—La sociedad futura, 8 pesetas.
Gumpiowlcz.—Lucha de razas, 8 pesetas.—Compendio de sociología,
9 pesetas.—La Sociología y la política, 4 pesetas.
Kells Ingram.—Historia de la Economía política, 7 pesetas.
Kropotkin. -Campos, fábricas y talleres, 6 pesetas.
Laveleye.- -Economía política, 7 pesetas.—El socialismo contemporá
neo, 8 pesetas.
Leroy-Beaulieu.—Economía política, 8 pesetas.
Liesse.--El trabajo desde el punto de vista científico, industrial y so
cial, 9 pesetas.
Marshall.—Economía política, tres tomos, 21 pesetas.
Nardi-Greco.—Sociología jurídica, 9 pesetas.
Novicow.—Los despilfarras de las Sociedades modernas, 8 pesetas.—El
porvenir de la raza blanca, 4 pesetas.—Conciencia y voluntad socia-
ciales, 6 pesetas.
Rogers.—Sentido económico de la Historia, 10 pesetas.
Rossi.—Sociología y Psicología colectiva, 6 pesetas.
Schee! y Mombert —La explotación de las riquezas por el Estado y por
el Municipio, 4 pesetas.
Sombart.—El socialismo y el movimiento social en el siglo xix,3 pesetas.
Spencer.—Principios de íiociología, Comprenden: Los datos de la Socie-
logía, 2 tomos, 12 pesetas.—Las inducciones de la Sociología y Las
instituciones domésticas, 9 pesetas.—Las instituciones sociales, 7 pe
setas.—Las instituciones políticas, 2 tomos, 12 pesetas.—Las institu
ciones eclesiásticas, 6 pesetas.—Las instituciones profesionales, 4 pe
setas—Las instituciones industriales, 8 pesetas.
Squillace.—Las doctrinas sociológicas, 2 tomos, 10 pesetas.—Problemas
constitucionales de la Sociología, 2 tomos, 12 pesetas.
Stourm.—Los Presupuestos, dos tomos, 15 pesetas. (
Sumner-Maine.—Las instituciones primitivas, 7 pesetas.
Tolstoy.—El dinero y el trabajo, 3 pesetas.—El Trabajo, 3 pesetas.—Los
Hambrientos, 3 pesetas.—¿Qu6 hacer?, 3 pesetas.—Lo que debe hacer
se, 3 pesetas.
Vaccaro.—Bases sociológicas del Derecho y del Estado, 9 pesetas.
Virgilii.—Manual de Estadística, 4 pesetas.
Vocke.—Principios fundamentales de Hacienda, dos tomos, 10 pesetas.
Willaughby.—La legislación obrera en los Estados Unidos, 3 pesetas .
BIBLIOTECA DE JURISPRUDENCIA. 'UTILOSO i- i A É HISTORIA
CURSO
 
DE
ECONOMÍA SOCIAL
POR EL
R. P. CH. ANTOINE
de Id Compañía de Jesús
Profesor en la Universidad católica de Angers.
TRADUCIDO DE LA' SEGUHDA EDICIÓN
POR
J. GONZALEZ ALONSO
ABOGADO 
LA ESPAÑA MODERNA
López Hoyos, 6.
MADRID
Es propiedad.
Queda hecho el depósito que
marca la ley.
r
v
- A S }
Imprenta de J. Pueyo, Mesonero Romanos, 34.—Madrid.
PREFACIO
Esta obra no es un tratado, sino, como lo indica su
título, un curso dado hace algunos años a estudiantes y
hombres deseosos de iniciarse en los problemas sociales.
Por eso se presenta con toda sencillez, en forma de lec
ciones, y conserva el aspecto de una enseñanza didáctica.
Las principales cuestiones suscitadas en nuestros días
bajo el nombre genérico de cuestión social, interesan al
mundo moral y religioso, al mismo tiempo que al orden
económico; así que este libro, se inspira en tres ciencias
distintas, que llamaremos a atestiguar cuando les corres
ponda su vez: el derecho natural, la teología y la econo
mía política. Esta tripleluz alumbrará nuestra marcha.
Creemos que todas ellas se necesitan para encontrar y
mostrar el camino en una materia en que las dudas son
múltiples, dudas con las que, en ocasiones, se mezclan
dolorosas angustias por no haber recurrido a una u otra
de dichas ciencias directrices.
Es frecuente echar en cara a los eclesiásticos que ha
blan de la cuestión social, su ignorancia de los datos de
la economía política, diciéndose de ellos que no disertan
más que en nombre de la teología. Aquí encontrarán
elementos para suplir este vacío. Por su parte, los eco
nomistas están expuestos a la tentación de razonar sobre
lós hombres comó si no fueran más que cifras y de no
ver otra cosa que los resultados materiales de su ciencia,
2 ECONOMÍA SOCIAL
sin ilustrarlos ni fecundarlos con principios superiores.
Nosotros quisiéramos probarles lo que ganaría su obra
si se completara Gon la filosofía cristiana. En fin, aque
llos a quienes el estudio de las ciencias jurídicas no ha
suministrado, para resolver los problemas sociales, más
que fórmulas de derecho romano o derecho francés,
deben recordar que la letra mata y el espíritu vivifica,
y que para completar sus estudios les es necesaria la
ayuda del derecho natural y de la teología moral. Con
fiamos darles algunos ejemplos de esta nuestra afirma
ción.
Por lo dicho, esperamos no se exija de este Curso un
tratado completo de economía política ni un curso entero
de derecho natural. De propósito será muy sobrio de
informaciones sobre varias materias de interés menos
cercano a la ciencia de la sociedad o a las preocupaciones
contemporáneas (1). Nos dirigimos a todos aquellos a
quienes inquieta el deber social, más bien que para evi
tar la labor siempre penosa de adquirir una ciencia, para
dirigir sus investigaciones. Nos consideraríamos dichosos
si este ensayo, por defectuoso que sea, pudiera darles
una orientación. Tal es nuestro propósito. En un tiempo
y en una materia en que algunos estiman más difícil
conocer su deber que seguirlo, nosotros deseamos ayudar
a los investigadores sinceros, contribuir a abrirles el
camino, poner de manifiesto puntos demasiado olvida
dos, deshacer quizá algunos equívocos y, como resultado
de ello, afirmar las convicciones y dar a la abnegación
un impulso más recto y más conscio de su rectitud, y, por
tanto, más potente.
(1) Tales son, por ejemplo, en economía política, el mecanis -
mo de los impuestos, la teoría de la moneda, la del cambio, la
industria de transporte, etc., en derecho natural, los principios
de la moralidad, la conciencia, los derechos individuales y el
derecho internacional.
P0R EL R. P. CH. ANTOINE 3
I
La cuestión es a la vez especulativa y práctica; depen
de lo mismo del dominio de las ideas que del dominio
de los hechos. De la propia manera, se ha procurado d ar
lugar muy amplio a la una y a la otra, ilustrar tal silo
gismo con la estadística y tal grupo de hechos por el
razonamiento. En lo que concierne a soluciones, se halla
muy lejos de nosotros la pretensión de ofrecer una co
lección de recetas prácticas para curar infaliblemente
las enfermedades del cuerpo social. Sin duda, Dios ha
hecho a las naciones curables; pero no ha creado pana
cea para las sociedades ni para los individuos. Si exis
tiera tal panacea se encontraría en el retorno a los ver
daderos principios directrices; por eso hemos insistido
tanto en ello; porque ante todo, queremos hacer obra de
ciencia. Pero, por rígidos que sean en el orden abstracto,
los principios deben, no digo ceder, pero sí dulcificarse
cuando descienden a la vida. Hay problemas sociales,
como hay casos complejos de moral; intervienen en ellos
tantos elementos concretos fque nadie debe resolverlos
prácticamente sin una prudencia soberana, maduras deli
beraciones, y aun sin la intervención frecuente de la ex
periencia. Así, pues, nos guardaremos muy bien de juz
gar en última instancia de la oportunidad de todas las
medidas propuestas, ni aun prevaleciéndonos de los me
jores principios; las expondremos lealmente, señalando
el fuerte y el débil, indicando nuestras preferencias y
dejando al tiempo el cuidado de madurar la cuestión jy
de decir su última palabra.
Por lo demás, si este libro tuviera alguna pretensión,
más bien que la de innovar o trastornar a ciegas el orden
de cosas existente, tendría la de volver nuestra sociedad
a su tipo normal, y reavivar en ella los rasgos que
todavía conserva de un pasado menos avanzado en la
industria, en las ciencias y en el comercio, pero más ilus
trado sobre los verdaderos derechos y los verdaderos
ECONOMIA SOCIAL
deberes. Ciertamente creemos tener en cuenta pro
gresos legítimos y cambios necesarios; pero entende
mos, con León XIII, que la reforma social consiste «en
devolver a la sociedad su forma natural, volviéndola a
los principios que le han dado la vida». Cuando eso su
ceda, el mundo verá las maravillas para el observador y
los beneficios para el hombre, que contiene este edificio,
que, como todas las cosas grandes, es admirablemente
simple en su complejidad, el orden social cristiano fun
dado en el derecho natural, perfeccionados por el Evan
gelio. «Hubo un tiempo, dice el Padre Santo, en que los
Estados se hallaban gobernados por la filosofía del Evan
gelio. En aquella época el poder de la sabiduría cristiana
y su divina virtud, penetraban en las leyes, en las insti
tuciones, en las costumbres de los pueblos, en todos los
rangos de la sociedad civil... La sociedad civil, organi
zada de esta manera, dio resultados muysuperiores a todo
lo'que se puede imaginar. Su recuerdo todavía subsiste
y quedará consignado en innumerables monumentos de
la historia que ninguna habilidad de los adversarios po
drá nunca corromper ni oscurecer (1).»
No es este el ideal de todos los economistas. Muchas
de las tesis que aquí se sostienen no se hallan de acuerdo
con la enseñanza oficial de la economía política en Fran
cia. Pero no por eso hay que precipitarse a considerarlas
como opiniones aisladas o paradojas sin autoridad. Están
defendidas por la nueva escuela que representan entre
nosotros M. M. Gide, Cauwés, Funk-Brentano y más que
pudieran citarse; por numerosos extranjeros, economistas
de nota, como Schónberg, L. Brentano, Lehr y Devas;
por sabios católicos, como los PP. Liberatore, Stecca-
nella,' H. Pesch, Lehmkuhl, Cathrein, Vicent, etc. A fin
de que el lector pueda darse cuenta de ello y dirigir por
(1) Encíclica Imrhórtale Dei.
POR ELR. P. OH. AXTOINE 5
sí mismo sus estudios personales, hemos multiplicado las
referencias, las citas y las notas, y enriquecido conside
rablemente la parte bibliográfica.
Confiamos en que, quien tenga a bien seguirnos, verá
que entre el socialismo y la escuela liberal hay espacio
para un camino muy amplio, muy alumbrado, muy se
guro y, en nuestra opinión, el único seguro, aquel de
donde la Revolución francesa nos ha desviado. «El error
fundamental de la Revolución francesa, ha dicho exce
lentemente Mons. Freppel, es el de no concebir ni admi
tir ningún organismo intermediario entre el individuo y
el Estado (1).» Desde entonces ya no resta a cada cual
más que preconizar en conformidad con sus prejuicios,
de sus intereses o de sus pasiones, bien el individualismo
más extremado, bien la universal providencia del Esta
do. Se puede decir que lo mismo el liberalismo que el
sistema socialista, que hoy se tratan con odio fraternal,
son hijos del 1789. ¡Pluguiese al cielo que el símbolo eco
nómico y social de la Revolución, no hubiera nunca
oscurecido nociones después de todo fundamentales, aun
en aquellos mismos que se encontraban animados de las
mejores intencionesl No debemos, pues, admirarnos de
queestemos ligados a una escuela más nueva y a la par
más antigua que el siglo xviii; se ha roto un anillo de la
cadena y es preciso a toda costa reanudar los trozos es
parcidos, pues en ello, y solamente en ello, está la salud.
Obra delicada, difícil, de grandes alientos que exige pru
dencia social y todo el arte del Gobierno; obra de tacto
tanto eomo de lógica, en que los piincipios mejor esta
blecidos no siempre encontrarán su aplicación directa;
pero, no por aplazar la aplicación, condenemos el prin
cipio. Guardémosle, yo diría afirmémosle, con tanta más
resolución cuanto mayor sea el riesgo de que caiga en el
olvido.
(1) La Révolution frangaise, p. 101 .
6 ECONOMÍA SOCIAL
Así ha procedido en sus inmortales Encíclicas aquel a
quien invocamos como la primera de nuestras autorida
des, el oráculo infalible, el -pensador de genio, el gran
Pontífice a quien la Providencia reservaba el papel de
rehacer en nuestro siglo la educación social de los cató
licos. ¡Qué sabiduría tan prudente y, al propio tiempo,
qué vigor tan magistral en la exposición de la filosofía
cristiana, en el llamamiento a las enseñanzas sobre la
sociedad de Santo Tomás de Aquino, en la afirmación
categórica delos derechos y de los deberes, de los males
y de los remedios! León XIII, bajo diversas formas, nos
ha comentado con frecuencia las máximas católicas en
materia social. Por lo dicho, se comprenderá que este
libro no es un comentario de la Encíclica De conditione
opificum. En ella se inspira cada una de sus páginas;
pero, por notable que sea, el Papa no ha puesto en ella
por entero todo su pensamiento; hay que buscar éste en
el conjunto de sus enseñanzas. Citemos, por ejemplo, la
Encíclica Quod apostolici muneris sobre los fundamentos
del orden social, la Encíclica Arcanum, código del matri
monio y de la familia, las Encíclicas Humanum genus e
Immortale Dei sobre la constitución civil de los Estados
y sus relaciones con la sociedad espiritual, la Encíclica
Diuturnum que estudia el poder civil y, en fin, la Encí
clica Libertas que trata de la libertad frente al derecho
moderno.
¡Ojalá podamos sacar limpias sus tantas lecciones que
constituyen para la sociedad la salud y la vida! Todas
ellas se resumen en esta enseñanza del inmortal Pontí
fice; la reforma social depende de la iniciativa indivi
dual y colectiva ayudada por el Estado, dirigida y
fecundada por la Iglesia. Nosotros no tenemos otro pro
grama. ,
Jersey, 25 de Marzo de 1896.
PREFACIO DE LA SEGUNDA EDICION
Si ha de juzgarse por el número de las obras, grandes
o pequeñas, importantes o mediocres, que aparecen cada
año, por las discusiones severas o apasionadas suscitadas
en los Parlamentos de los diversos países, por los con
gresos nacionales o internacionales, por las agrupaciones
y asociaciones de toda especie que se multiplican en
Francia y en el extranjero, no han perdido su actualidad
los problemas de economía social. Esta circunstancia,
añadida a la benévola acogida que tuvo este Curso de
economía social, me han determinado a dar a luz una
segunda edición, revisada y corregida del mismo.
Al rehacer mi trabajo, he tenido en cuenta las obser
vaciones y las críticas que se me han hecho, tanto en la
prensa como de una manera privada. Me complazco en
reconocer que la mayor parte de ellas eran juiciosas y
fundadas, así como también que he tenido mucho gusto
en hacerlas justicia, en la medida de mis fuerzas.
No se han cambiado en esta nueva edición ni el objeto
ni el plan general ni el método de la anterior, sino que
permanecen en conformidad con el verdadero papel de
la economía social, que no se contenta con exponer las
leyes abstractas de la riqueza en un estado ideal, ni con
acumular documentos, cifras y estadísticas, sino que
establece principios, busca conclusiones y traza las
reglas de la prosperidad material, subordinada al pro
greso intelectual y moral de la nación.
8 ECONOMÍA SOCIAL
Siendo mi empeño el hacer una obra útil, he sacado
de aquí y de allá detalles superfluos, controversias anti
cuadas, estadísticas envejecidas; por otra parte, a causa
de la importancia especialísima que posee en el orden
social y económico, me ha parecido necesario completar
la cuestión del derecho de propiedad. De diversas partes
se me ha señalado la ausencia de la teoría de la moneda
y la discusión del problema monetario. Se ha colmado
este vacío. En las filas de la escuela católica se señala
por su ardor, así como también por los ataques de que
es objeto, un partido joven que combate bajo la bandera
de la democracia cristiana. A ese partido se le consagra
un título especial.
A pesar de mi buena voluntad y de mis cuidados dili
gentes, mi trabajo, tengo clara conciencia de ello, está
lleno de imperfecciones. Ruego a mis lectores me las
perdonen y me ayuden en la tarea de hacerlas desapa
recer, Partícipe o no de las ideas que expongo, nadie
tendrá inconveniente en convenir que este es un libro de
buena fe.
Angers 8 de Septiembre de 1898.
INTRODUCCIÓN
i
DEFINICIÓN DE LA CIENCIA SOCIAL
Objeto de la ciencia social.—La sociedad, tal es el
objeto de la ciencia social. Pero en este estudio, el hom
bre puede proponerse un doble fin: observar y describir
los fenómenos variables, los hechos contingentes que se
manifiestan en las asociaciones de hombres que forman
sociedades, o bien investigar y establecer las leyes gene
rales, los principios y las causas de las sociedades.
La primera especie de conocimiento es puramente
empírico; sólo la segunda se eleva a la dignidad de cien
cia, porque la ciencia se cierne en las regiones superiores
de lo universal y de las causas.
Aunque un hombre conociera el nombre y la posición
de todas las estrellas, la forma de sus trayectorias y el
valor de sus velocidades, no por eso dejaría de ser extra
ño a la ciencia astronómica; pero que refiera todos esos
movimientos tan complejos o las sencillísimas leyes de
Kepler y al principio de la gravitación universal y le
tendremos en posesión de la ciencia, de la verdadera
ciencia astronómica.
Por lo demás, no es difícil reconocer, entre los dife
10 ECONOMÍA SOCIAL
rentes principios de la sociedad, el que juega el papel
principal.
¿Qué es, en efecto, una sociedad, considerada en el
más amplio sentido, sino la unión de varios hombres que
tienden, por medios comunes, hacia un mismo bien, hacia
un mismo fin?
En consecuencia, el elemento que determina la natu
raleza de la sociedad, le da su carácter distintivo yregu-
la los detalles de su constitución, es, a no dudarlo, su fin
y su objeto: el bien común de esta sociedad. La ciencia
social tiene, pues, por primera mjsión buscar y determi
nar las relaciones que deben existir entre los miembros
de la sociedad para que alcance su fin propio.
De esta noción de la ciencia social se desprende el lazo
que liga a esta ciencia con la moral.
La ciencia social y la moral—La filosofía moral, o
simplemente moral, se define diciendo que es la ciencia
que dirige losados humanos según los principios de la recta
razón (1).
Esto supuesto, la actividad del hombre que vive en
sociedad no es, evidentemente, más que un caso particu
lar de la actividad humana considerada en general; de
donde hay que concluir que la ciencia que regula ésta,
mantiene bajo su dependencia a la ciencia que dirige
aquélla.
Expliquemos la misma verdad en otra forma. Dos
ciencias están subordinadas cuando el fin de la primera
está sometido al fin de la segunda. Apliquemos este prin
cipio incontestable a las dos ciencias de que hablamos.
El fin propio de la ciencia social es el fin de la sociedad
civil: el bien común temporal de los ciudadanos;' por su
partela ciencia moral, tiene por fin, el término supremo,
(1) Para la noción de la moral v Schiffini, Disput. Phil,
moralis, vol. I, p. 1; y Cathrein, Moralphilosopjiie, B.i. I.
Einleitung, § 1.
POR EL B. P. CH ANTOINE 11
la soberana perfección del hombre, es decir, al fin últi
mo de toda la creación, Dios, el bien absoluto e infinito.
Ahora yo os pregunto: ¿No está subordinado el bien
temporal al bien eterno, lo finito a lo infinito, lo parti
cular a lo absoluto? Concluyamos, pues, que la ciencia
social está subordinada a la moral o nieguese que el
hombre, individuo o sociedad, está hecho para el bien.
La ciencia social, decimos, encamina la actividad del
hombre al bien social; pero este es un bien general que
comprende varios bienes particulares; la actividad hu
mana considerada en sus relaciones con los demás hom
bres reviste formas múltiples. Por lo mismo la ciencia
social se ramifica en varias ciencias sociales particulares
que, a su vez, dependen de la moral y están regidas por
ella: la política, el derecho, la economía política, etc.
Esta división nos parecen más natural y más racional
que la que consiste en considerar la ciencia social como
un conjunto comprensivo del derecho, de la moral y de
la economía política.
«La ciencia social, escribe M. Béchaux (1), estudia el
mundo como ser moral, dotado de una vida propia y
constituido en conformidad con un orden natural y cons
tante; este es un magnífico papel: fijar las leyes funda
mentales de este orden y las condiciones de la armonía
social. Ahora bien, no se concibe al hombre fuera de la
sociedad. Tiene deberes, derechos y necesidades. Por
todos esos títulos depende de la ciencia social... El hom
bre recibe de la moral el principio del bien; del derecho
el principio de lo justo, de la economía política las leyes
de la riqueza.»
Pero ya es tiempo de abandonar las alturas de la cien
cia social general para abordar una de sus partes: la
economía social.
(1) Le droit et les Faits économiques, p. 9.
12 ECONOMIA SOCIAL
II
OBJETO Y DEFINICIÓN DE LA ECONOMÍA SOCIAL O POLÍTICA
Primera noción de la economía.—La palabra eco
nomía se empleó primitivamente, en conformidad con
sn etimología para significar la administración domésti
ca, la gestión de los intereses materiales de la familia,
de la casa (otxo?). «Se llama ecónomo, dice Santo To
más, al administrador de una familia» (1). Por lo demás,
todavía subsiste este empleo con el mismo nombre en los
liceos, los hospitales, los seminarios, etc. Esta expresión
se ha extendido de la familia a la sociedad, y, desde ese
momento, por economía política se entiende la ciencia de
los intereses materiales de la nación.
En su acepción más amplia, economía es la ciencia de
los bienes materiales, de los cuales estudia la producción,
la adquisición, la distribución y el consumo. Pero puesto
que la riqueza puede ser particular o pública, según que
se refiera a los individuos, a los grupos particulares o a
la sociedad política, la economía es privada o pública,
según que las necesidades a que provea, sean particula
res o comunes y sociales. Por lo demás, esta considera
ción es la que ha dirigido a los fundadores de la ciencia
económica—los sabios que han agrupado en un cuerpo
de doctrina los principios y las conclusiones de esta
ciencia—en la elección de la definición que dan de eco
nomía política. Turgot con el mismo título de sus Refle
xiones sobre la formación y distribución de las riquezas,
indica, de una manera clarísima, que la economía polí-
(1) I, Politic, lect. I.
POR EL B. P. CH. ANTOINE 13
tica es la ciencia de la riqueza social. Adam Smith llama
a su magistral tratado, Investigaciones sobre la natura
leza y la causa de la riqueza de las naciones. En fin, J.-B.
Say, en el discurso preliminar de su curso, habla de la
economía política que enseña cómo se forman, se distri
buyen y se consumen las riquezas que satisfacen las ne
cesidades de la sociedad.
Bajo expresiones diferentes, siempre volvemos a en
contrar la misma idea: ciencia de la riqueza nacional. La
economía política es opuesta a la economía privada,
como la riqueza del Estado es distinta de la de los indi
viduos. He ahí por qué, no considerando más que la eti
mología griega o latina, es indiferente llamar, a la cien
cia de la riqueza de las naciones, economía política o
economía social; sin embargo, el uso—ese maestro sobe
rano—ha establecido una distinción muy precisa entre
estas dos expresiones.
Objeto de la ciencia económica.— El objeto de la cien
cia económica, ¿es la riqueza considerada en sí, inde
pendientemente del hombre, sin ninguna relación con
la moral o el derecho? Si %sí fuera, la economía polí
tica no sería ni una ciencia moral ni una ciencia social.
Además, la riqueza no es un hecho primitivo; no es más
que un resultado, un producto de la actividad humana.
De ser así, la economía política se vería reducida al
estudio de los fenómenos físicos conocidos con el nom
bre de producción, distribución y consumo de la riqueza,
porque ésta no es un hecho humano, no es más que una
cosa material. Tomar la riqueza como objeto de la cien
cia, es dar al efecto una importancia más considerable
que a la causa, es subordinar la actividad humana a su
producto, es materializar la economía política supri
miendo su elemento humano (1).
(1) V. Ott, Traité d'économie sociale, p. 29.
14 ECONOMÍA SOCIAL
El objeto propio de la economía política es, pues, la
actividad del hombre en el orden de los intereses mate
riales.
Los intereses materiales, la riqueza, pueden conside
rarse de una manera abstracta, estudiados en sí sin ¡nin
guna relación con el orden moral, el bien social o el in
terés nacional. Así consideran la ciencia económica la
mayor parte de los economistas contemporáneos que
pertenecen a la enseñanza oficial en Francia. Para estos
autores, la economía política es la ciencia de las rique
zas, «ni más ni menos»; ciencia material, ciencia de
observación, ciencia independiente que describe los fenó
menos, clasifica los hechos, hace constar mucho, prevé
muy poco y abandona al arte económico la preocupación
de la moral, el cuidado del interés nacional y el del bien
social. Nos parece estrecha esta concepción, porque la
economía política es esencialmente social (1).
El objeto de la economía política debe, en efecto, com
prender el fin propio de la sociedad civil, y al mismo
tiempo expresar el género particular de acción que le da
su carácter distintivo. Pongamos de relieve este doble
elemento, genérico y especial, y conseguiremos esta ex
presión del objeto de la economía política: el conjunto de
las funciones de los miembros de la sociedad en relación
con el aspecto material de la prosperidad temporal, fin de
la sociedad política. En esta definición, el elemento co
mún y genérico se halla representado por la prosperidad
temporal, fin de la sociedad; el elemento específico y par
ticular, por la actividad humana en la esfera de los intere
ses materiales (2).
(1) Henri Saint Maro, Etude sur le enseignement de l'éco-
nomie politique en Atlemagne, p. 7.—Bouglé, ¡.es Sciences
sociales en Allemagne.
(2) Philippovich. Grundriss der politischen OEconomie,
p. 14.—Julius Lehr, Grundregriffe, p. 9.
POB EL R. P. CH. ANTOINE 15
Ya se comprenderá por qué la economía política es al
mismo tiempo la economía social, y por qué tenemos
derecho para hablar de economía política o social. Pero,
a fin de evitar todo equívoco y de separar nuestra con
cepción de la ciencia económica de la noción incompleta
de ciencia de las riquezas, preferimos la expresión de
economía social. Es conveniente mantener la distinción
de los tres órdenes: moral, socialy económico. El orden
moral nace de las relaciones del hombre con su fin últi
mo; el orden social de las relaciones del hombre con la
prosperidad temporal de la sociedad; el orden económico
de las relaciones del hombre con la prosperidad mate
rial, fin particular de la sociedad política; tres órdenes
armónicamente dependientes y subordinados (1).
Definición de la economía política.—De la determina
ción precisa de su objeto dimana la definición de la eco
nomía política: la ciencia que establece las leyes de la acti
vidad humana en el orden de los intereses materiales de la
sociedad, subordinados al bien social.
La economía política no es, pues, solamente, como
piensa M. Paul Leroy-Beaulieu (2), «la ciencia que hace
constar las leyes generales que determinan la actividad
y la eficacia de los esfuerzos humanos para la produc
ción y disfrute de los diferentes bienes que la naturaleza
no concede gratuita y espontáneamente al hombre» ; es
también, y sobre todo, la ciencia que establece las leyes
de la actividad humana en el orden de los intereses ma
teriales de la sociedad, subordinados al bien común
social.
Resumamos y precisemos nuestro pensamiento en •
algunas definiciones.
(1) De PasGal. Le Pouvoir social, p. 8. Ott, Traité d'éco-,
nomie sociale, p. 33.—Devas. Groundworks, introducción.
(2) Traité théorique et practique d'économie politioue,
t. I, página 11.
16 ECONOMÍA SOCIAL
La filosofía social es el conocimiento de los principios
trascendentales de la sociedad; la ciencia social es el
conocimiento de las leyes generales de la sociedad; la
moral social es la ciencia de la conducta del ser social en
conformidad con las leyes de la honestidad; la economía
social es la ciencia de los intereses materiales de la
sociedad subordinados a la prosperidad social: domina y
sobrepuja a la ciencia y la riqueza, esto es, la economía
política incompleta, tal como la entiende la escuela libe
ral, clásica y ortodoxa.
ni
LA ECONOMÍA POLÍTICA ES UNA CIENCIA PRÁCTICA
La economía política es una ciencia.—En las conside
raciones que precedeD hemos supuesto que la economía
social es una ciencia. ¿Es legítima esta suposición? La
economía política ¿tiene derecho al título y dignidad de
ciencia? Seguramente, porque presenta una serie de con
clusiones rigurosas, deducidas de principios ciertos, y
expone las leyes generales de un objeto determinado.
Como hace notar muy bien M. Charles Périn, en el orden
económico, donde en un principio, no se veía más que
variedad, divergencia y confusión, se comprueba la uni
versalidad y la persistencia de ciertos hechos que, evi
dentemente, responden a leyes generales. De estos
hechos persistentes, los unos se deben a la misma cons
titución de la persona humana, los otros a la disposición
de las fuerzas en el mundo exterior. El trabajo, agente
necesario de toda producción, los límites asignados por
la naturaleza al poder de los agentes físicos que el tra
POR EL S. P. CH. ANTOINE 17
bajo emplea, la natural preocupación de todo trabajador
de obtener el mayor resultado posible con el menor
esfuerzo posible, el incremento de fecundidad que el tra
bajo recibe en la mayor parte de sus aplicaciones cuando
se halla convenientemente dividido; todos estos hechos
y otros muchos, indican claramente que el orden econó
mico está fundado en bases fijas y obedece a leyes ge
nerales (1).
La economía política, ciencia práctica.—La economía
es una ciencia; pero ¿dónde se la debe colocar, entre las
ciencias especulativas o entre las prácticas? Para resol
ver esta cuestión tenemos que advertir previamente que
la ciencia o el arte pueden tomarse en dos sentidos: sub
jetiva u objetivamente.
La ciencia objetiva, no es otra cosa que un conjunto de
verdades o de leyes sobre un asunto dado; la ciencia
.subjetiva es el conocimiento que se posee de estas ver
dades o de estas leyes.
Recordemos también la distinción fundamental de lo
verdadero y de lo bueno magistralmente opuesta por
Santo Tomás en estos términos: «El objeto de una facul
tad apetitiva puede ser lo verdadero en tanto sea consi
derado como bien; por ejemplo, cuando alguien desea
conocer la verdad. Así, el objeto de la inteligencia prác
tica es el bien, en vista de la acción considerada como
verdad. Como la inteligencia especulativa, la inteligen
cia práctica conoce lo verdadero, pero ordena a la acción
la verdad conocida» (2).
De ahí esta conclusión: la verdad es el fin común de
toda ciencia; pero, para cada una de ellas, .existe, además,
un fin práctico, esto es, un bien espiritual o temporal
que puede procurarse por esta ciencia. Es una verdad
(1) Doctrines économiques .
(2) Summ. Theol., I. p., q. 79 a. 11 ad. 2. — Conf. q. 14
a. 16.
9
18 ECONOMÍA SOCIAL
incontestable que hay una distinción entre las ciencias
teóricas y las prácticas; pero esta distinción no se halla
en modo alguno fundada en el fin extrínseco hacia el cual
el sabio dirige esta ciencia, sino más bien en el objeto
propio, o mejor todavía, sobre una manera de ser del
objeto de esta ciencia.
Una ciencia puede considerar el ser real en sí mismo
ens reale (das Sciende in sich, como dice Stockl) o bien
obrarlo el ser moral (das Handeln) (1). En el primer caso
la ciencia es especulativa, práctica en el segundo. La
ciencia práctica se refiere, pues, a la inteligencia, y a la
voluntad; a la inteligencia, porque su objeto es una ver
dad; a la voluntad, porque esta verdad es un querer y un
obrar (2).
Apliquemos estas consideraciones a nuestro asunto.
¿No considera la economía política a la riqueza como un
medio de satisfacer las necesidades del hombre y de la
sociedad? ¿No estudia la riqueza social, no solamente en
sus elementos abstractos, trascendentes y meramente
especulativos, sino sobre todo en sus relaciones con el
hombre en la producción, la distribución y el consumo
de la riqueza? Tiene por objeto inmediato la libre acti
vidad del hombre en la persecución de los bienes mate
riales. ¿No son esos los caracteres de una ciencia com
pletamente práctica?
«La riqueza, dice el sabio economista católico M. Pe-
rin '(3), es cosa esencialmente relativa al hombre; no
tiene valor sino en tanto que ayuda a éste a cumplir su
destino». La ciencia pura de la riqueza—la economía
pura—no será, pues, la ciencia real y completa de la eco
nomía política, como tampoco la anatomía y la fisiología
son la ciencia real y completa de la medicina. Es una
(1) Lehrbuch der Philosophie, p. 4. § 6.
(2) Devas, Oroundworks, apéndice A.
(3) Doctrines économiques.
POR EL H. P. CH. ANTOINE 19
verdad incontestable la de que la economía encuentra
en su camino varias nociones o teorías abstractas, como
las del valor del cambio y del crédito; pero no por eso
deja de ser menos cierto, que estas mismas teorías se
estudian para el fin principal de la ciencia económica,
fin práctico entre todos. Esto es lo que ha notado muy
bien M. Ott. «La economía social entera es una ciencia
práctica porque concierne a una de las ramas de la acti
vidad humana; y las ideas abstractas de que, como todas
las ciencias, hace uso, no pueden alterar en nada su natu
raleza fundamental» (1).
IV
RELACIONES DE LA ECONOMÍA POLÍTICA CON LA MORAL
Y LA POLÍTICA
La economía y la moral (2).—Después de haber consi
derado a la ciencia económica en sí misma, conviene con
siderarla en relación con dos ciencias cercanas: la moral
y la política: La economía social ¿es una ciencia distinta,
o bien no es más que una rama de la moral, una ética
particular? Esta segunda opinión la defienden varios
economistas: Liberatore, Devas, De Pascal, Ott, etcétera.
Otros en mayor número: Costa-Rosetti, H. Pesch, Ca-
threin, V. Brants, Réchaux, etc.,aunque admiten una
dependencia íntima y necesaria entre la economía polí
tica y la moral, sostienen la distinción formal de estas
(1) Traité d'économie sociale, tI, 27.—Worms, LaScien-
cié et l'Art en économie.
(2) H. Pesch, Die Béziehungen der National. - (Ekonomie
zur Moral (Stimmen aus María Laach, Mayo, 1894, p. 303 y
siguientes); —Liberatore, Principios de economía política.
20 ECONOMÍA SOCIAL
dos ciencias. Esta manera de ver nos parece más exacta.
¿Cuál es, en efecto, el objeto propio de la moral? La
honestidad; la actividad del hombre ordenada al fin últi
mo. ¿Y el objeto inmediato de la economía? Es, como
hemos demostrado, lo útil; la actividad del hombre que
se ejercita en el orden de los intereses materiales. La
diversidad de los objetos establece la distinción y la dife
rencia de las dos ciencias; por consiguiente, la economía
política es, con perfecto derecho, una ciencia distinta de
la moral (1).
Sin embargo, aunque sea una ciencia distinta, la eco
nomía social no es independiente de la moral; ésta no
sólo puede, sino que debe dirigir a aquélla. ¿En qué se
funda este dominio? En que la economía se halla nece
sariamente sometida a la moral. Nada es menos dudoso.
Dos ciencias están subordinadas cuando el objeto de
la primera se refiere al fin de la segunda; de fuerte que
la una regula y dirige a la otra. ¿No es la moral, de una
manera absoluta, la regla soberana de la actividad huma
na? El objeto final del hombre en la vida social, no es la
riqueza, ni siquiera la dicha temporal; porque uno y otro
no son más que medios dados al hombre para alcanzar
su último fin, quien debe hacer entrar la riqueza en el
orden del fin; pero ¿cómo? Por la ley moral que deter
mina las relaciones de la actividad libre con este fin; es
decir, en otros términos, que toda la organización de la
riqueza social debe regularse por la ley moral (2).
Asimismo, el hombre no puede, sin abdicar de su dig
nidad humana y descender al rango de los seres irracio
nales, hacer abstracción de la tendencia al último fin
contenida en todo bien particular; no puede, sin despo
seerse de su carácter de ser racional, prescindir de la ley
(1) Courcelle-Seneuil reconoce en parte esta verdad en el
Nouveau Dict. d'écon. polit. p. 764.
(2) V. Périn, Doctrines économiques.
POR EL R. P. CH. ANTOTNT? 21
moral en el ejercicio de su actividad voluntaria. Como
ciencia humana, es decir, moral, la economía política no
es, pues, la ciencia de la riqueza en sí; no es la ciencia
de la producción de la riqueza por todos los medios posi
bles, incluso el fraude, el robo o el saqueo (1), sino que
es la ciencia de la riqueza, considerada en relación con
el hombre.
De estas consideraciones brota espontáneamente una
conclusión importante.
Toda ley o toda regla económica en desacuerdo con
la ley moral, llega a ser extraña a la verdadera economía
y debe ser enérgicamente reprobada, como lo sería la
ciencia de robar, de falsificar documentos y de practicar
la usura (2). El hombre cumple su destino en el mundo
moral; el uso de los bienes materiales no es para él más
que un medio de realizar su fin, que está muy por cima
de la satisfacción de los sentidos. La riqueza no es rique
za más que en relación al hombre, y el hombre lleva con
sigo a todas partes los nobles lazos que le retienen en el
mundo del espíritu (3).
Opinión de la escuela liberal.—Se ha denunciado por
gran número de economistas de la escuela liberal, la
alianza de la economía social con la moral. «La ciencia
económica, ha dicho M. Ives Guyot, es inmoral por sí
misma; el uso que se hace de sus leyes es lo que puede
ser moral o inmoral (4). M. Block (5) protesta contra la
subordinación de la ciencia económica a la moral. «La
economía política ética o moral, implica una lamentable
confusión de la ciencia y del arte. No es el saber sino el
(1) V. Liberatore, Principios de Economía política.
(2) Ott, Traité d'Economie sociale, p. 44.
(3) Périn, Doctrines économiques.
(4) Sociedad de economía política, sesión del 5 de Diciem
bre de 1893. (Journal des economistes, Diciembre de 1898, pá
ginas 417 y siguientes.)
Í5) Les Progrés de la sciencie économique, p. 53.
22 EOONOMÍA SOCIAL
querer lo que es del dominio de la moral. La ciencia se
limita a contemplar la verdad, el arte obra... En resumen,
las ciencias no son morales ni inmorales, porque no
obran; hacen constar y explican. No se debe, pue>, per
mitir mezclar la ética con la ciencia económica. »
En este punto los anarquistas dan la razón a monsieur
Mauricio Block, porque también pretenden que su eco
nomía social no es una ciencia inmoral. ¡Y qué! El bur
gués debe ser suprimido, la autoridad abolida, el patrono
destruido; el robo es una restitución social... ¡He ahí
otros tantos principios que escapan del dominio de la
moral, puesto que la ciencia se limita a contemplar la
verdad!
Ya escribía Rossi: «No es por el fin a que puede ser
vir, por lo que se puede reconocer la naturaleza de una
ciencia y clasificarla. Hablando con propiedad, la ciencia
no tiene fin anterior; desde que uno se ocupa del empleo
que de ella puede hacerse, se sale de la ciencia para caer
en el arte» (1). Según Stuart Mili, la economía política
considera al género humano como si no tendiera más que
a la creación y consumo de las riquezas (2). M. Cherbu-
liez quiere, al estudiar las leyes económicas, que se haga
abstracción de su valor moral (3). Ricardo y Bentham se
expresan en idéntico lenguaje. A la luz de los principios
establecidos más arriba, es manifiesta la inexactitud de
estas afirmaciones.
¿No es evidente que una ciencia puede tener un fin
exterior como, por ejemplo, la medicina, que tiene por
fin exterior la salud del hombre? Por otra parte, la divi
sión entre la ciencia que contempla y el arte que ejecu
ta, es incompleta, porque la ciencia práctica se mantiene
en una situación intermedia entre la ciencia especulativa
(1) Cours d'économie politique, t. I, p. 29.
(2) Cours, t. I, p. 29.
(3) Précia, t. I, p. 7 y 8.
POB EL R. P. OH. ANTOINE 23
y el arte. La ciencia práctica considera su objeto como
aplicable a la acción; el arte dirige la ejecución del tra
bajo.
Agreguemos a lo dicho que se manifiesta entre gran
número de economistas modernos una reacción muy
acentuada contra esta separación antinatural entre la
ciencia económica y la moral. Citemos a Cauwes (1),
Gide (2), Baudrillart (3), de Laveleye, Béchaux (4), Min-
ghetti, Devas (5), doctor Schonber (6), etc., etc. M. Paul
Leroy-Beaulieu afirma resueltamente que «la economía
política vive en buena armonía con la moral» (7).
Relaciones de la economía Social y de la política.—La
economía social, sometida a las leyes de la moral, ¿se
halla cuando menos emancipada de la dominación polí
tica? Es esta una pregunta capciosa, porque la palabra
política está preñada de equívocos. No entendemos por
política el arte de conquistar el poder, de sostenerse en
él y de sacar de él todo el beneficio posible, sino que la
atribuímos la significación, menos vulgar y más científi
ca, de ciencia del gobierno de la sociedad. Esto supues
to, no es difícil ver que la economía social está subordi
nada a la ciencia de la política. Qobernar la sociedad,
¿qué otra cosa es que dirigirla a su fin, a la prosperidad
temporal? Por otra parte, la prosperidad temporal de la
sociedad comprende lo mismo el progreso intelectual y
moral que el desarrollo material, la riqueza social. Sá-
(1) Precis., 1. 1, p. 20 y 21.
(2) Principes, p. 4.
(3) Manuel, p. 44.
(4) Le droi et les faits économiques, p. 11.
(5) Groundworks, p. I-V.
(6) Handbuch, t. I, p. 56. Citemos también entre los auto
res católicos a Antonin Rondelet Le Spiritualísme en écono-
miepolitique. Oh. Perin, La richesse dans les sociétés chre-
ttennes. —Y el abate Elias Blanc, ¿Y a-t-il une Economie
politique chretiennef
(7) Traité théorique et practique, t. I, p. 78.
24 ECONOMÍA SOCIAL
quese la conclusión. La ciencia, que tiene por objeto la
prosperidad material y la riqueza social, debe estar su
bordinada a la que tiene por objeto la prosperidad com
pleta, el total desarrollo del cuerpo social; la economía
social se halla necesariamente sometida a la ciencia de
la política, y, en caso de conflicto, ésta debe prevalecer
sobre aquélla; la parte debe ceder al todo. No conside
rando más que el progreso material escueto, convendría
a la sociedad que todos los ciudadanos fueran producto
res de valores económicos en la mayor proporción; pero,
en tal caso, ¿qué vendría a ser la sociedad? Una vasta
fábrica, una inmensa sociedad cooperativa de donde se
excluiría la civilización en lo que tiene de más noble y
de más humano.
Para evitar el caer en este y otros excesos semejantes,
la economía social debe conocer su objeto, y permanecer
fiel a su fin propio. Debe, además, seguir un método se
guro y exacto. ¿Cuál es este método? He ahí lo que nos
falta que averiguar.
V
MÉTODO QUE CONVIENE A LA ECONOMÍA POLÍTICA
Del método en economía política.—Aplicada a una
ciencia, la palabra método tiene dos significaciones: o
bien indica la manera de descubrir las verdades de que
se compone esta ciencia, o bien designa la forma en que
deben enseñarse estas verdades. No porque tengan nu
merosos puntos de contacto los dos procedimientos, son
menos diferentes el método de investigación y el método
didáctico. El método de investigación, sea uno o múltiple,
POR EL R. P. CH. ANTOINB 26
es invariable; el método didáctico es variable, según las
disposiciones particulares de los profesores y de los
alumnos. Así, pues, nos ocuparemos solamente del mé
todo de investigación (1).
¿Cuál es el objeto de la economía política? Las rela
ciones de los hombres entre sí o con el mundo exterior,
en la persecución de los bienes materiales. Distingamos
en este objeto sus elementos constitutivos y encontrare
mos al hombre: un ser social, dotado de libre arbitrio,
destinado a una vida eterna y sometido a la ley moral;
el mundo exterior, que obedece al determinismo físico y
la actividad humana, que aplica a la persecución de los
bienes materiales ciertos medios generales. Para pasar
del objeto al método, basta recordar el principio de que el
objeto propio de una ciencia ordena y determina su méto
do de investigación. He ahí por qué la economía polí
tica, por la misma naturaleza de su objeto, no debe ser
ni exclusivamente deductiva, ni exclusivamente induc
tiva; sino que se apoya a la vez en los principios de
la razón especulativa y práctica y en las inducciones de
la experiencia; basa sus conclusiones, no menos que en
el conocimiento de la naturaleza y de los deberes del
hombre, en un examen detallado del trabajo, del sala
rio, del cambio, del reparto y del consumo de las rique
zas (2).
«La observación, escribe M. A. Liessc, recoge los
hechos concretos; el razonamiento analiza en seguida
estos hechos para desprender de ellos las- leyes naturales
que les rigen... En definitiva, el economista combinará en
proporciones variables, apropiadas a la naturaleza de su
(1) Devas, Political Economy. — P. Castelein, La jfótho-
de des sciences sociales.—Schmoller, L' Economie politique,
sa Théorie et sa Métode. (Rev. d'écon. polit. , 1894, p . 1Ü5. ;.—
Durkeim, Les Regles de la méthode sociologique.
(2) Brants, Lois et Méthodes de l 'economie politique. -
Funck-Brentano, La science morale, sociale et politique.
26 ECONOMÍA SOCIAL
espíritu y al problema propuesto, esos dos elementos
inseparables del entendimiento humano, la observación
y el razonamiento (1).»
La inducción y la deducción son necesarias para la
ciencia económica; pero estos dos procedimientos no
juegan el mismo papel en la investigación y estableci
miento de las leyes de la economia social.
Papel de la deducción.—Mediante la ayuda del método
deductivo, la economía política establece o recibe: 1.°
Las reglas superiores de la moral que dirigen al hombre
a su último fin: leyes morales obligatorias; 2.° Los me
dios generales de producir y de adquirir la riqueza; por
ejemplo: conviene disminuir los gastos de producción
para aumentar los beneficios; leyes de economía pura;
3.° Las reglas inmediatas de la actividad humana, que
dependen de las dos precedentes, como por ejemplo:
quien emplea, puede utilizar el trabajo de los niños,
mientras queden a salvo la higiene física y moral, leyes
prácticas de economía social.
Las fuentes de las cuales sacará los principios el eco
nomista cristiano son: el tesoro de verdades dogmáticas,
la enseñanza de la Iglesia, principalmente manifestada
en las magníficas Encíclicas de León XIII, las teorías
de derecho natural y las aplicaciones que de ellas ha
hecho la teología moral (2).
Al método de deducción, así comprendido, viene a
añadirse el procedimiento de inducción.
Papel de la inducción.—El método de inducción, apli
cado a la economía social, presenta las siguientes ven
tajas:
(1) Nouveau Dictionaire d'Economie politique, art. Mé-
thode, p. 256 y 271.
(2) Este punto está muy bien desarrollado por el P. von
Hammortein, Stimmen, t. XII, 1877, p. 139;— y por el P. Me-
yer, op cit, t, I, 1871, p. 131 y sig.
POR EL R. P. CH. ANTOINE 27
1.° El estudio de los hechos confirma los principios
generales de la actividad humana.
2. ° Las enseñanzas de la historia y de la experiencia,
brillan para ciertos espíritus, con una luz más viva que
los del análisis racional.
3. ° El estudio de los hechos determina la aplicación
de los principios apriorísticos. En economía política—
ciencia eminentemente práctica—no basta la deducción,
que puede servir para justificar una institución, para
determinar si en si es buena o mala, pero no si es aplica
ble a tal o cual situación económica determinada.
Los hechos naturales, que constituyen el fundamento
de la inducción económica, tienen por origen la activi
dad humana en el orden de los intereses materiales. Los
principales son: el trabajo y sus modos diversos, el cam
bio, el crédito, el capital, la distribución y el consumo
de los productos del trabajo.
Aplicando a su objeto propio método tan seguro, la
ciencia económica descubrirá las leyes de la economía
social. Partir de definiciones, de hechos y de principios
ciertos para llegar a las leyes generales, es, en efecto, el
objeto de la ciencia. Nadie pone en duda la verdad de
que hay leyes de economía política; pero si se trata de
determinar la naturaleza, el carácter y el grado de certi
dumbre de estas leyes, cesa el acuerdo, empieza la dis
cusión ardiente y —¿por qué no confesarlo?—algunas
veces confusa. Unas palabras sobre el asunto.
Leyes de la economía política.—Eu general, se distin
guen tres especies de leyes; las leyes morales obligato
rias, las leyes morales directivas o históricas, las leyes
físicas (1). Las primeras tienen por objeto la actividad
(1) Prescindimos, por no referirse a nuestro asunto, de las
reglas de las artes, como la gramática, la música, la estrate
gia, etc.
' ECONOMÍA SOCIAL
libre", que se ejerce en la esfera de lo honesto; impone
una necesidad u obligación moral y gozan de una certi
dumbre absoluta o metafísica. Las leyes morales histó
ricas o directivas tienen por dominio la manera constante
en que los hombres obran libremente, dadas circunstan
cias idénticas; no imponen ninguna necesidad u obliga
ción, se limitan a indicar, de una manera general, la
dirección de la actividad libre, y no traspasan las fron
teras de la certidumbremoral. Las últimas se refieren a
las acciones y reacciones de los cuerpos exteriores entre
sí, que sufren el yugo de un determinismo rígido y dan
nacimiento a la certidumbre física. Apliquemos estas
consideraciones a la materia que nos ocupa.
Como el objeto de la economía política es la libre
actividad del hombre en el orden de los intereses mate
riales, es manifiesto que esta ciencia se halla regida única
mente por las leyes morales obligatorias y por las leyes
morales históricas. Las leyes físicas no se admiten en
economía más que a título de auxiliares. Someter esta
ciencia a las leyes fatales, al ciego determinismo del
mundo material, es arrebatarle su carácter de ciencia
social y moral. Suprímase la libertad y ya no habrá ni
moral, ni sociedad. Esto supuesto, ¿cuál es, en economía
política, el papel peculiar de cada una de estas dos espe
cies de leyes morales?
Desde luego las leyes morales directivas, indican la
manera constante que tienen de obrar los hombres en
determinadas circunstancias económicas. Así, cuando
prospera la industria nacional, cuando son altos los sala
rios y moderado el coste de la vida, son numerosos y
fecundos los matrimonios en la clase obrera. Estas leyes
están fundadas en la libertad humana; admiten excep
ciones, y pueden modificarse por las circunstancias.
Cuando una ciudad está sitiada, aumentan de valor los
comestibles; esta es una ley económica. Que el poder ci
POR EL R. P. CH. ANTOINE 29
vil fije legalmente el precio de estos géneros y la ley
sufrirá una excepción.
Las leyes morales obligatorias son las leyes morales en
sentido estricto; aplican al orden económico los princi
pios generales de la honestidad, las reglas de la justicia
y de la caridad. Las leyes morales históricas expresan lo
que es o lo que será; las leyes morales obligatorias pres
criben lo que debe ser; por ejemplo: no deben admitirse
a trabajar en las fábricas a los niños cuyas fuerzas físi
cas no están suficientemente desarrolladas.
Hemos aludido precedentemente a las leyes de la eco
nomía pura. ¿Qué es, pues, la economía pura? Es una
ciencia llamada por Aristóteles crematística, que tiene
por objeto la riqueza considerada en sí, esto es, sin nin
guna relación con el hombre o la sociedad. En manera
alguna contradigo a los que dicen que la crematística,
es una parte, la menor de todas, de la economía política.
Pero habría sinrazón en confundirla con lo económico
estando la ciencia de la riqueza ordenada a la prosperi
dad temporal de la sociedad y subordinada al último fin.
En realidad, lo económico puro, o crematístico, es dis
tinto; pero no independiente de la economía política.
VI
MÉTODOS DEFECTUOSOS
Para apreciar mejor las cualidades y la necesidad del
método que acabamos de exponer, no será inútil pasar
revista a los principales métodos rivales, es a saber: el
método deductivo puro, el método histórico, el método
positivista y el método de Le Play.
30 ECONOMÍA SOCIAL
Método deductivo puro.—Este método pertenece prin
cipalmente a los economistas liberales de la escuela
inglesa: Ricardo, Malthus, Senior, StuartMill y a sus imi
tadores franceses J.-B. Say, Bastiat, Cournot y J. Gar-
nier (1).
El método deductivo puro, considera al hombre abs
tracto agitado por una necesidad indefinida de gozar,
que despliega, para satisfacer este deseo, el mínimum de
esfuerzo y obedece a la gran ley de la oferta y de la
demanda. El único resorte que mueve a este hombre, es
al interés personal desprendido de la ley moral y de los
lazos sociales. De las nociones primordiales del trabajo,
del capital, del cambio y del valor, se deducen, por un
encadenamiento seductor, las leyes naturales absolutas
e inmutables de la economía (2). ¡Ay! transportadas al
dominio de la vida real, estas fórmulas fascinadoras, no
presentan con frecuencia más que errores e ilusiones (3).
Así, de las famosas máximas de Ricardo, sobre la renta
territorial, resulta un antagonismo radical e irremediable
entre los propietarios territoriales y las demás clases de
la sociedad. El mismo método y los mismos principios,
conducen, por el contrario, a Bastiat al optimismo eco
nómico y a las armonías sociales, espontáneas e indes
tructibles (4).
Una variedad de este método es suministrada por el
método matemático. Consiste en representar por canti
dades matemáticas las diferentes magnitudes y variables
económicas como la demanda, la oferta, el valor, la
riqueza; y despues, mediante la ayuda del análisis y del
cálculo de las probabilidades, deducir soluciones y leyes.
Si en algunas ocasiones puede ser útil en economía polí-
(1) W. Pareto, Cours d'éeonomie politique.
(2) Cauwés, Précis, p. 32.
(8) Perin, les Doctrines économiques, p. 329.
(4) Armonios económicas, p. 28.
POR EL R. P. CH. ANTOINE 31
tica, como medio cómodo de solución y de representa
ción, el empleo de las matemáticas, es manifiesto, que no
constituyen para la ciencia económica un método espe
cial o un instrumento de investigación distinto de los dos
procedimientos generales de deducción y de inducción
de que hemos hablado más atrás.
Para facilitar su tarea, los economistas de esta escuela
refieren toda la economía a la teoría y a las aplicaciones
del valor y del cambio; pero este punto de vista es
incompleto, es una suposición gratuita.
El método matemático se ha enaltecido en Francia
por Cournot (1), y desarrollado en Inglaterra por Edge-
worth (2), Vicksteed (3), a los que podemos agregar
Walras, Jevons y Marshall.
Método histórico.—El método histórico, relacionado
con la escuela histórica, ha nacido de una reacción con
tra el abuso de la deducción pura. La escuela histórica
no reconoce ningún principio absoluto y universal; no
admite más que leyes que son el producto orgánico de
la conciencia nacional, leyes puramente empíricas, expre
siones de los hechos históricos. En este método ya no
existe ciencia económica independiente de las diversas
nacionalidades y de las diferentes épocas; no hay más
que una economía nacional peculiar de cada pueblo y de
cada época, en armonía con las condiciones físicas e his-
(1) Recherches sur les principes mathématiques des ri-
chesses.
(2) Muthematical psychics; an essay on the application of
Maíhematics to the moral Sciences. He aquí cómo se expresa
Edgeworth en su introducción; <An analogy is suggested bet-
ween the Principies ofgreatest liappiness, utilitarian or egois-
tic, which constitute the first principies of ethics and econo-
mics, and those Principies of máximum Energy which are
amongts the highest generalisation of Phytdcs and in virtue of
which mathematical reasoning is applicable to phisical phe-
nomena quite as complex of human lite.» (op. cit., p. V.)
(3) The Alphabet of econoinic Science.
32 ECONOMIA SOCIAL
tóricas de uno y otra. Los pretendidos principios gene
rales, dicen los defensores de este método, no son más
que abstracciones erróneas e incompletas del régimen
económico, propio del país de cada autor. Así el econo
mista de la escuela histórica se contenta con describir
los diferentes estadios de la civilización económica para
encontrar en ellos los principios y las aplicaciones con
cernientes a cada época particular (1).
La escuela histórica ha tomado—especialmente enAle
mania—el nombre de escuela ética. No hay que dejarse
engañar sobre la significación de esta etiqueta; con esa
palabra, los discípulos de Roscher y de Schmoller no
entienden en modo alguno la ley natural y divina de las
acciones del hombre; pues según estos economistas, la
ética comprende las costumbres generales, los diversos
fenómenos, que se comprenden en las categorías históri
cas del bien, del derecho y de lo justo (2).
En conformidadcon estos principios, la escuela histó
rica no admite más que leyes fugitivas, porque, si por
una parte la naturaleza humana es idéntica, de la otra,
las variedades históricas y geográficas despojan de toda
permanencia a la organización social. Cada período de la
vida de un pueblo tiene sus leyes particulares y cam
biantes y sus economías temporales, como las circuns
tancias que les han dado nacimiento (3). A la escuela
histórica pertenecen Schmoller, Roscher, Hildebrand,
Conrad, Knies, Kauts, Cliffe-Leslie, De Laveleye, etcé
tera, etc.
No hay que confundir el uso de la historia en econo-
(1) Devas. Grounworks, p. 42.
(2) Beudant, Le Droit individuel et VEtat, ch. III, § 4,
«Escuela histórica» .
(3) Menger, Untersuchungen iiber die Methode der Social
wissenchaft und politischen (Ekonomie, especialmente las
p. 187 y sigs.
mía política con el método histórico. Este es defectuoso
y estéril, mientras que aquél es correcto y fecundo. La
historia, en efecto, da a las leyes económicas una ancha
base de observación, mantiene el respeto de la tradición,
y le da, de este modo, el lugar que le pertenece, sin rom
per con el espíritu de progreso. Estas dos tendencias, el
respeto de la tradición y el deseo del progreso son igual
mente legítimas y necesarias, porque están fundadas en
la naturaleza del hombre y de la sociedad.
Método positivista.—Fundado por A. Comte, desarro
llado, organizado y propagado por Herbert Spencer, ha
dado nacimiento a la sociología. Según los dos maestros
de este nuevo evangelio, la sociología es la ciencia posi
tiva de los fenómenos sociales y de sus leyes.
La sociología aplica el método positivo, es decir, que
rechaza toda idea como todo principio apriori, no admi
te más que los hechos sensibles, proscribe la especulación
y la deducción, y considera la metafísica como una qui
mera. Su objeto no permite más que un método: la obser
vación y la. inducción (1).
Según la doctrina positivista, la sociedad es un orga
nismo viviente con su anatomía propia, que evoluciona
según una ley inmanente, de ordinario, según los prin
cipios del transformismo. Así, Herbert Spencer aplica a
las sociedades, consideradas como organismos, las dos
leyes darwinistas de la evolución, la concurrencia vital
y la selección natural (2). De estos principios se deduce
necesariamente que la ciencia social, la sociología, es la
historia natural de la sociedad, una rama de la biología
general. Después de esto, ya nadie se admirará de ver a
(1) De Vareilles-Sommiéres, Les Principes fondamentaux
du droit.
(2) Beudant, Le Droit individuel et VEtat, ch. m, § 5.—
Cauwés, Precis, t. 1. p. 10. - Paul Janet, Histoire de la science
poUtique, t. II, p. 764. 
34 ECONOMÍA SOCIAL
los sociólogos, buscar la revelación de las leyes sociales,
no solamente en las poblaciones más bárbaras, sino tam
bién en las sociedades animales. Sean grupos de anima
les o sociedades humanas, no hay diferencia entre el
método de observación, que se aplica al estudio de los
organismos. En las hormigas y en las abejas es donde
ordinariamente recae el honor de resolver el problema
social. El hombre y los demás animales, dicen corriente
mente y con cierta afectación los discípulos de Comte y
de Spencer. En el método positivista se confunden las
costumbres generales y las leyes, y toman prestadas de
la naturaleza hasta su certidumbre y su necesidad infle
xible. La ley es la sucesión de los hechos que correspon
den a circunstancias dadas; es la expresión del desarro
llo orgánico; de la evolución de las sociedades humanas.
La escuela sociológica en Francia se divide en tres ramas:
1.a; la escuela antropológica o etnográfica, cuyo jefe es
Letorneau; 2.a, la escuela criminalista de Tarde y Lacas-
sagne; 3.a, la escuela universitaria o moral, cuyos princi
pales representantes son Fouülée, Espinas y Durkheim.
Método de le Play.—A la pregunta de ¿qué es la ciencia
social?, contesta el ilustre economista: «La ciencia social
es el conjunto de conocimientos que enseñan cómo las
sociedades se aseguran la felicidad fundada en la paz. y
en la estabilidad (1).» Habiendo comprobado la insufi
ciencia del método apriorístico, que entonces dominaba
sin rival, Le Play apeló «al método usual en las ciencias
politécnicas» al método trazado por Descartes (2). Para
llevar a la práctica este método de inducción el eminente
pensador, emplea cuatro procedimientos: 1.°, la observa
ción por las monografías de familia, que elige en la clase
de los trabajadores, industriales o agrícolas; 2.°, el re
curso a las autoridades sociales; 3.°, la comparación con
(1) Ouvriers, européens, 2.a edic, p. 475.
(2) Op. cit., p. 13, 491-577.
POR EL R. P. CH. ANTOINB 35
los pueblos prósperos, esto es, con las sociedades en que
reina la paz sin acudir habitualmente a la fuerza; 4.°, las
informaciones legislativas (1). Tal es, a grandes rasgos,
el método del maestro (2).
Antes de pronunciar un juicio, tenemos que rendir el
más sincero homenaje a los elevados sentimientos, a las
rectas intenciones y a la extensa ciencia del gran econo
mista. Le Play ha sido, en la primera mitad de este siglo,
el infatigable apóstol de un pensamiento noble y gene
roso; la paz social. Ha puesto al desnudo los sofismas
del liberalismo económico, disipado la ilusión de los fal
sos dogmas de la revolución francesa, y ha vuelto a en
contrar, confirmándolas, con el argumento de los hechos,
un gran número de verdades sociales, enseñadas por la
Iglesia y el derecho natural. Sus trabajos, sobre la liber
tad de testar, la familia y el patronato de las clases
influyentes, son notables y justamente admirados.
Crítica del método.—Sin embargo, a nuestro parecer,
ofrece varios aspectos defectuosos del método que em
plea Le Play para construir la ciencia social (3).
El vicio radical de este método se halla en su princi
pio fundamental: el de establecer la ciencia social exclu-
(1) Op. cit., liv. II. ch. Xy XL
(2) Los discípulos de Le Play se han dividido en dos escue
las; la antigua, que tiene por órgano la Reforme sociale, y la
nueva, dirigida por M. Demolins y M. Henri de Tourville,
representada por la Science sociale. Sobre las causas de esta
escisión, v. el P. de Roussiers, Science sociale, Febrero de
1894, p. 147 y sig. Sobre La Nouvelle Méthode d'observation,
v. la Science sociale, 1686, t. I, pag. 393 y siguientes.
(3) Duparc (Fr.), Le Play et les jugements de lapresse
(Réforme sociale, 1882. p. 351-360 y 430-438).—Claudio Jan-
net, L'Ecole Le Play, Conférence faite á Genéve.-Q. Michel.
Nouveau Dictionaire d^économie politique, t. II, p. 130 y
sip.—Cessa, Introducción al estudio de la Economía política,
p. 409. Auburtin, Le Play. -Dr. Kaempffe Staatslexikon,
v. «Play».—Vignes La Sience sociale d'aprés Le Play.
36 ECONOMÍA SOCIAL
sivamente sobre la observación y la inducción (1). Que
rer transportar a las ciencias morales el método propio
de las ciencias físicas, es perderse en una falsa vía. El
gran peligro, el defecto ordinario, casi me atrevería a
decir, obligado de toda ciencia, que en el orden moral
no quiere apoyarse más que en la experiencia y en la
comprobación de los hechos, es el de omitir u olvidar en
su argumentación elementos esenciales, que debieran en
trar en ella. Método semejante es bueno en el orden físi
co, donde los hechos se reproducen con una regularidad
necesaria; pero allí, donde intervengan el hombre, su
libertad y sus pasiones, tal método expone a numerosas
equivocaciones y a emprender un falso camino. No pue
de, en efecto, prever e indicar con certidumbre el resul
tado de la actividad libre mientras disponga, lo que
sucede con mucha frecuencia, de observaciones imper
fectas y restringidas (2). Demos un ejemplo de estesofis
ma. En los países en que el Estado se halla separado de
la Iglesia, la observación muestra que, con frecuencia, la
vida católica es más intensa y más fecunda que en otros
países donde se halla reconocida oficialmente y prote
gida por el poder público la religión católica. Pero no
tendría razón de ser, el concluir de este hecho que se
deben separar el Estado y la Iglesia.
Defectuoso en su principio, el método de Le Play es
insuficiente en sus aplicaciones. Para dar conclusiones
exactas, el método de observación, el análisis micrográ-
fico, debe aplicarse a todos los órganos de la sociedad, y
el célebre economista no ha descrito más que la familia
obrera. ¿Es que no importa a la ciencia social conocer
los presupuestos de los grandes propietarios, de los prín-
(1) Von Hammerstein. Stimmen, t. XII, 1877, p. 139, 399.
(2) V. Paul Ribot, Exposé critique des doctrines de Le
Play.
POR EL H. T. CH. ANTOINE
cipes de los negocios y de los industriales? (1). ¿Por qué
dejar de lado el estudio de las diferentes clases de que
se compone el organismo social, el clero, la industria, el
comercio, lajmagistratura, la administración y el Parla
mento? ¿No forma parte de la sociedad y de la ciencia
social el poder civil?
A estas deficiencias generales se añaden varias otras
particulares. Oon una convicción enérgica Le Play afir
ma, y demuestra con los hechos, la importancia social
del Decálogo; pero ¿a qué conduce establecer esta ver
dad capital sobre -el terreno poco firme de las autorida
des sociales? (2). Apelar a las autoridades sociales, ¿no es,
en última instancia, el juicio caprichoso de la opinión
pública? Le Play no cuenta al clero entre las autorida
des sociales, porque, según dice, «el hábito del proseli-
tismo le impide tener ideas completamente exactas sobre
las cuestiones sociales» (3); y sin embargo, el primero, el
apóstol más sincero de la paz social, es, sin duda ningu
na, el clero católico.
¿Cuál es el carácter para reconocer las buenas o las
malas instituciones? «Las buenas instituciones, responde
el autor de la Reforme sociale, son las que ponen paz
entre los hombres; las malas las que hacen que nazca
entre ellos el antagonismo y la discordia.» Este criterio
¿es infalible? Opinamos que no. Para que determinadas
instituciones sociales sean verdaderamente buenas, no
basta que produzcan la paz, es decir, como lo explica Le
Play, la ausencia de disensiones y de desorden, sino que
hace falta además que favorezcan el desarrollo material
intelectual o moral de la sociedad. La civilización, hacia
la cual tienden los esfuerzos de los miembros de la socie-
(1) Abate Elias Blanc, La Question sociale, p. 42.
(2) La Reforme sociale en France.
(3) La Reforme sociale, ch. VIII . —L' Organisation du
travail. § 5.
38 ECONOMÍA SOCIAL
dad, no es una paz inerte y estéril; es una paz activa y
fecunda. En resumen, M. Le Play ha recogido materia
les para la ciencia social; ha comprobado, mediante la
observación, varias conclusiones, y ha desarrollado el
aspecto histórico de esta ciencia; pero, al menos así lo
creemos nosotros, no le ha dado ni un método exacto ni
una síntesis sólida.
VII
DIVISIÓN DEL TEATADO
La ciencia social tiene por objeto las leyes que rigen
a la sociedad; el conjunto de estas leyes constituye el
orden social. El orden social, considerado en toda su
generalidad, se divide en varios órdenes particulares: el
orden jurídico, el orden político y el orden económico.
Estudiar cada uno de ellos detalladamente, sería traspa
sar con exceso los límites asignados a estas lecciones.
Limitaremos, pues, nuestro estudio al orden social econó
mico, y consideraremos en la primera parte de este
tratado la constitución fundamental de la sociedad; en
la segunda, el orden económico. El orden que debe rei
nar en la sociedad, resulta de las diversas partes unidas
por los lazos comunes y orientadas a un mismo fin. Por
consecuencia, examinaremos sucesivamente: el fin de la
sociedad política, las unidades sociales, individuos, fami
lias, agrupaciones diversas, la autoridad política, forma
de la sociedad, el lazo que une estas partes, la justicia y
la caridad, el organismo social que de ello resulta, y, en
fin, la Iglesia encargada de conducir la sociedad civil a
su último fin. Todo esto constituye la primera sección.
39
En la sección segunda haremos la aplicación de estas
teorías a la cuestión social, de la que indicaremos las
soluciones principales; es a saber: la solución liberal, la
socialista y la católica.
La segunda parte de nuestro tratado, que se refiere al
orden económico, no puede tener más que tres partes
principales: producción, distribución y consumo de la
riqueza. Como hace notar con mucha exactitud Libera-
tore, «la razón de esta división es clara». Todos los
puntos dev vista bajo los cuales puede considerarse la
riqueza, se reducen a estas tres cuestiones principales.
¿Cómo se produce la riqueza? ¿Cómo se debe repartir
entre sus productores? ¿Qué reglas presiden a su consu
mo?» Algunos autores rechazan, por superflua, a la últi
ma parte, esto es, la que se refiere al consumo de las
riquezas. Pero el consumo de las riquezas debe pertene
cer a la economía política. Para convencerse de esta
verdad, basta observar que este consumo es el objeto, el
fin mismo de la producción y de la distribución. Ahora
bien; ninguna ciencia, y menos que ninguna una ciencia
práctica, puede prescindir del fin a que tienden las
demás materias de que trata.
Otros autores, en mayor número, dividen la economía
política en cuatro partes, añadiendo a las tres preceden
tes la circulación de las riquezas. Citemos entre los
contemporáneos a Baudrillart, Schónberg, Walker, Ely,
Leroy-Beaulieu, Beauregard, De Laveleye, Levasseur y
Jourdan. Esta división peca, a nuestro parecer, por exce
so. La circulación no es más que una forma del cambio,
y se refiere fácilmente a la producción de la riqueza, de
la que es su complemento natural, o a la distribución, de
la que es uno de los principales medios.
PRIMERA PARTE
EL ORDEN SOCIAL
PRIMERA SECCION
LA TEORÍA
CAPÍTULO PRIMERO
La sociedad política.
Todo conocimiento científico parte de una definición
para abocar a otra definición. La primera, que precede
y dirige la investigación científica, tiene por fin precisar,
fijar y determinar el objeto; es la definición nominal. La
segunda, término y resultado de la investigación, da a
conocer la naturaleza y principales propiedades de este
objeto; es la definición real. De ahí esta conclusión: la
definición nominal está al abrigo de las controversias;
la definición real, fruto de la demostración, tiene el mis
mo valor que el razonamiento, de que es el término.
Apliquemos estas consideraciones al asunto que nos
ocupa.
Sería c,aer en un sofisma manifiesto, definir la sociedad
política al principio de un capítulo, en que buscamos las
funciones, los derechos y los deberes de la sociedad por
42 ECONOMÍA SOCIAL
esas funciones, derechos y deberes; y lo mismo sucede
ría si se afirmara desde ahora que ésta tiene por fin
característico, ya la prosperidad temporal, ya la seguri
dad de sus miembros. Para evitar este escollo, tomemos
como punto de partida la definición nominal de sociedad
civil. ¿Cuál es el sentido universalmente admitido de las
palabras sociedad civil? Francia, Bélgica, Suiza e Ingla
terra son sociedades políticas—Estados—netamente
caracterizadas; comparémoslos con las demás sociedades
existentes, sociedades comerciales, industriales, litera
rias o artísticas y reconoceremos sin esfuerzo tres ele
mentos distintivos, tres rasgos comunes de la sociedad
política; una masa más o menos grande de hombres dividida en familias, una autoridad suprema universalmente
obedecida y la independencia frente a otros grupos seme
jantes. Añadamos que estas familias viven en un territo
rio común y podremos dar de la sociedad civil esta defi
nición nominal. Se llama sociedad política o estado a la
reunión de familias que forman un territorio común, un
grupo independiente, estando sometidas a una autoridad
suprema (1).
Supuesto este fundamento, después de recordar los
principios generales comunes a toda sociedad, establece
remos el origen natural de la sociadad civil. A este ori
gen corresponde un fin natural ¿Cuál? ¿Qué derechos
derivan de él? Terminaremos este estudio con la respues
ta a algunas objeciones que se suscitan con la teoría qne
defendemos.
(1) Cepeda, Elementos de derecho natural.— De Pascal,
Philosophie morale et sociale, 228 y sig. - Périn. Les Lois de
la societé chrétienne, t. I, p. 339.
POB EL B. P. OH. ANTOINE 43
ARTÍCULO PRIMERO
LA SOCIEDAD EN GENERAL
De la sociedad en general (1).—Varios hombres que
unen de una manera permanente sus esfuerzos para
obtener por una acción colectiva un fin común, consti
tuyen una sociedad. Como aquí se trata de la noción de
sociedad en un sentido riguroso y preciso, pasamos en
silencio las sociedades de los seres inferiores al hombre,
de los animales que, privados de inteligencia y de liber
tad, son incapaces de poseer el conocimiento del fin o de
combinar de una manera reflexiva sus acciones para lle
gar a este fin: «A un ser racional, nos dice Santo Tomás,
pertenece el tender a un fin moviéndose y dirigiéndose
hacia este fin; los seres privados de razón deben ser
movidos y dirigidos a su fin por otro (2).
Si en una ocasión fortuita, varias personas trabajan
en vista de un mismo fin, seguramente no están, en
modo alguno, por ello unidas por un verdadero lazo
social. ¿Se dirá que forman una sociedad tres hombres
que ayudan a salir del agua a un desgraciado que se está
ahogando? Parece, pues, necesario que la unión de los
miembros presente una cierta estabilidad. Toda sociedad
es una colectividad ordenada, una multitud referida a la
unidad. ¿Cuál es, pues, el principio de orden y de uni
dad que hace de varios hombres una sociedad una? Sin
duda no es solamente la unidad del fin que se persigue.
¿Diréis que existe una sociedad entre varios sabios cuyas
investigaciones tienen el mismo objeto, el remedio de la
(11 Henri Michel, Uldée de VEtat.
(3) 1.a, 2.a, q. 1., a. 2.
44 ECONOMIA SOCIAL
tuberculosis, por ejemplo, o entre varios capitalistas que
emplean sus capitales en hacer que alce o baje el mismo
valor en diferentes bolsas? No, porque el elemento ver
daderamente constitutivo de la sociedad se encuentra
en la comunidad de las voluntades y de las tendencias
para obtener un bien común. Hace falta, en una palabra,
que se unan los esfuerzos aislados en una tendencia
colectiva social. De otro modo la unión de los miembros
para el fin sería fortuita, accidental, ineficaz y no se dis
tinguiría en nada de la multitud de las partes, que obran
de una manera aislada por su cuenta personal.
Elementos constitutivos de la sociedad (1).—Estas
nociones nos dan a conocer los elementos esenciales de
toda sociedad. Esta, en efecto, contiene un elemento
material (materia societatis) los miembros de la sociedad;
un elemento formal (forma societatis) ideal y abstracto,
la coordinación, la unión de las voluntades para su bien
común. Por este lazo moral que orienta a un mismo fin,
las actividades y las energías de los individuos en una
acción común y colectiva, la multitud se eleva al estado
y a la dignidad de ser social.
Además de este elemento formal ideal, entra en la
constitución de toda sociedad un segundo principio for
mal concreto. Me refiero a la autoridad. En los miembros
de la sociedad la union, la armonía, la coordinación, la
eficacia de las inteligencias, de las voluntades, dé las
operaciones, es un hecho que debe tener un principio
inmediato. Este principio es la autoridad; Santo Tomás
lo afirma de un modo terminante: «La vida social es
imposible sin una autoridad que tenga por fin el bien
común; porque varios hombres, por sí mismos, tienden
a términos diferentes, pero un solo principio tiende a un
solo termino (2).
(1) Conf. Fabreguettes, Société, Etat, Patrie.
(2) 1.a, 2.a, q. 96, a. 4.
POR EL R. P. CH. ANTOINB 45
He aquí por qué la autoridad no es solamente necesa
ria para prevenir los abusos de la libertad. En modo
alguno se exige por las circunstancias especiales en que
se encuentre tal o cual sociedad particular. No es el
patrimonio de las sociedades constituídas después de
la caída original. Pero la autoridad, en una monarquía o
una democracia, es un elemento indispensable para toda
sociedad civil, religiosa o política (1).
En una democracia directa, la autoridad suprema resi
de en la colectividad; una democracia representativa,
aunque conserve en sí misma el principio del poder,
delega su ejercicio en uno o varios escogidos por su elec
ción. En la democracia francesa, la autoridad suprema
se ejerce por la Cámara, el Senado y el presidente de la
República. Existe principalmente en el poder legislativo,
confiado por el sufragio universal a las dos Cámaras que,
unidas, constituyen el Parlamento.¿
ARTÍCULO II
ORIGEN NATURAL DE LA SOCIEDAD CIVIL
De estas consideraciones generales descendemos al
estudio particular de la sociedad civil. El primer carác
ter de la sociedad política es, sin duda ninguna, el ser
una sociedad de derecho nacional y el de tener su fun
damento en una tendencia innata de la naturaleza
humana.
(1) Sohiffmi. Ethic. generális. p. 364; Cathrein, Moral phi-
losophie.Bá. II, p. 310. —A. de Vareilles-Sommieres, Les
Principes fondamentaux du droit , p. 49 y 50.—Tancréde
Rothe, Traité du droit naturel, p. 108.
46
La sociedad política es una sociedad natural.—Según
Hobbes y Rousseau, la sociedad política no es una ins
titución natural. Resulta, por el contrario, de un contra
to ^libremente discutido, cuyas cláusulas son siempre
revocables al arbitrio de los contratantes. En suma, suce
de con el contrato social de donde procede la sociedad,
lo mismo que con cualquier otro contrato £ivil o mer
cantil. Esta teoría, o más bien esta hipótesis gratuita, no
es fundada (1). Interroguemos la historia y nos dirá que
siempre y en todas partes, se encuentra a los hombres
organizados en sociedad política. Nunca se ha encon
trado un pueblo que no poseyese, con una organización
social que envolviese y reuniera las familias, cierta auto
ridad política superior.
Una colección de familias unidas para su defensa y
para su bien común ¿no es una sociedad política? Por
imperfecta y rudimentaria que sea, no por eso deja de
existir esta organización y de constituir un Estado en lo
que tiene de esencial (2), hecho que sería inexplicable si
la tendencia a constituir la sociedad civil no tuviera su
fundamento en la misma naturaleza del hombre. Sin
duda es múltiple y variable el hecho histórico, al cual
cada sociedad civil particular debe su origen, su fisono
mía distinta y su constitución especial. Extensión de una
familia, emigración de grupos, conquista del territorio,
consentimiento de la mayoría; estos hechos y otros seme
jantes se encuentran inscriptos en el acta de nacimiento
de las sociedades. Todas estas diferencias accesorias se
agregan al hecho primordial y fundamental de la exis
tencia de las sociedades civiles. Ahora bien; un fenóme-
(1) Para la refutación de la teoría del contrato social, v. De
Vareilles-Sommieres. Les Principes f'ondamentaux du Droit.
XII-XVII.—De Pascal Philosophie morale et sociale liv. III
l.re sect., chap. D.
(2) V. Cathrem,Moral philosophie, Bd. II, p. 38;>.
i7
no general que en medio de las vicisitudes de los cam
bios y de las revoluciones a que está sometida la huma
nidad, no solamente se reproduce con una constancia
perfecta, sino que también se desarrolla y perfecciona
con la civilización, tiene necesariamente una causa uni
versal y permanente: la naturaleza humana común a
todos los hombres.
La sociedad civil tiene, pues, su fundamento en la
naturaleza del hombre; es, en otros términos, una socie
dad de derecho natural (1).
Al testimono de la historia se agrega el testimonio
directo de la naturaleza humana. Todos los hombres se
encuentran, por un impulso irresistible de su naturaleza,
empujados a la felicidad; todo hombre desea ser feliz.
He ahí un hecho de conciencia, de experiencia y de his
toria.
Sin duda la felicidad absoluta y perfecta no se encuen
tra más que en la otra vida; pero aquí abajo, el hombre
aspira a ser dichoso, y en la más amplia medida posible"
No puede serle indiferente el bienestar temporal y por
un instinto natural, el hombre huye de la miseria y de
la desgracia. Durante esta vida procura establecerse en
un estado en que pueda libremente y en paz perseguir
sus intereses naturales y espirituales, trabajar en su per
fección física, intelectual y moral (2).
Por otra parte, el hombre es, por naturaleza, capaz de
progreso en el orden intelectual, moral y material, y es
impulsado y, hasta cierto punto, obligado a realizar este
progreso.
No me digan que cada hombre en particular puede
limitarse a cierto grado de perfección, pues no por eso
deja de ser menos cierto que la humanidad, considerada
(1) V. Weisa, Sociale Frage Bd. II, p 79!) y sig.—Staats
lexicon, art. <Gesellschaft.»
(2) Stocki, Lehrbuch der philosophie Bd. III, p. 360.
48 ECONOMIA SOCIAL
en conjunto, aspira a un progreso creciente. Ante esta
tendencia, que es uno de los caracteres de la inteligen
cia y del libre arbitrio, se erige una ley inexorable de
deficiencia y de indigencia que constituye una carga
pesada para el hombre; deficiencia en el conocimiento de
lo verdadero y de lo bueno, indigencia de los bienes
materiales y de las cosas necesarias para la existencia;
deficiencia e ignorancia en los procedimientos técnicos
del trabajo bajo sus diversas formas. El deseo de esca
par de ella por la comunidad de esfuerzos, es el primer
fundamento de la sociabilidad; un sentimiento innato de
benevolencia es el segundo. Porque el hombre, lejos de
permanecer encerrado en un egoísmo frío y estéril, se
inclina, por una pendiente natural, a buscar el comercio
con sus semejantes, a desearles el bien y a prestarles
asistencia.
La resultante de estas dos fuerzas conduce a los hom
bres a buscar la ayuda de los demás, a unir sus esfuerzos
individuales en una acción común para obtener cierta
suma de bienes temporales, necesaria para el verdadero
progreso y para la dicha temporal. Esta sociabilidad pro
duce la familia que, como vamos a demostrar, 3ncuentra
en la sociedad civil su plena expansión.
La familia es una sociedad natural, una comunidad
exigida por la naturaleza y por ella provista de una cons
titución determinada e inmutable en sus rasgos esencia
les. Ahora bien, la organización política es el desarrollo
necesario de la familia y, por consiguiente, saca su origen
de la naturaleza del hombre aunque menos inmediata
mente que la familia. ¿Cómo?
Los matrimonios acercan un cierto número de fami
lias entre las que se forman múltiples relaciones socia
les, y pueden establecerse entre sus miembros sociedades
particulares. Bien pronto estas familias experimentan la
necesidad de protegerse contra los peligros que las ame
POR EL B. P. CH. ANTOINE 49
nazan, ya de parte de los elementos o de los animales
salvajes, ya de parte de los hombres, ladrones, bandole
ros o enemigos. Estos peligros son permanentes y, por
consecuencia,' exigen una protección, una defensa cons
tante que excede a las fuerzas de una familia aislada,
reclama el concurso y los esfuerzos reunidos de todas las
familias. He ahí.un primer germen de asociación política.
Una familia sola apenas podría subvenir de una mane
ra conveniente a todas sus necesidades. Reducida a sus
propios recursos, llevaría una existencia precaria, mise
rable y llena de angustias. Esta necesidad de las familias
las arrastra, pues, de una manera necesaria, a unirse entre
sí para repartir los trabajos y los oficios. Entonces cada
familia podrá ejercitar sn actividad en un género parti
cular de trabajo y dar una parte de los frutos de su labor
en cambio de otros productos obtenidos por otras fami
lias. Es un grado superior de organización social.
En fin, la necesidad natural de la sociedad civil apare
ce con no menor claridad en el orden intelectual. El
género humano no se elevaría nunca por cima de una
civilización precaria y rudimentaria si tuviera que com
ponerse de familias aisladas. Todo progreso importante
en las ciencias o en las artes, en el dominio de la especu
lación o en. el de la práctica, es resultado de los esfuer
zos combinados, de las tentativas comúnmente repetidas
de cierto número de hombres, con frecuencia hasta de
varias generaciones, en una palabra, de la vida social.
Suprímase la sociedad y la humanidad recaerá muy pron
to en la barbarie.
¿Cuál es el resultado de nuestro análisis? Hele aquí.
Para conseguir el bien común al cual se inclinan, por
una pendiente natural, son absolutamente necesarias la
unión y la cooperación de las familias. Yo añado que
esta unión debe ser la sociedad política y no una aglo
meración de sociedades particulares.
4
50 ECONOMÍA SOCIAL
La acción común de las familias en la persecución del
bien común, no puede ser eficaz, duradera y armónica si
no se encuentra ordenada por un lazo social común, y
sometida a una autoridad superior que la dirija. Esta
consecuencia se impone de un modo necesario (1). Sin
una dirección común, sin un principio regulador y sin
un lazo de unidad, habrá en esta multitud de hombres y
familias, el desorden, el antagonismo, acciones divergen
tes; no habrá orientación armónica al bien común. Pon
gamos esta consideración a plena luz.
Supongo que cien familias de colonos llegan a una isla
y se encuentran sin comunicación con la patria, como lo
estarían familias de proscritos, por ejemplo. Sin duda
serían informes los comienzos de su sociedad civil. Qui
zá vivieran hasta sin poder supremo, contentos con su
independencia. Sin embargo, los altercados, que no deja
rían de suscitarse, harían sentir la necesidad de un árbi-
tro soberano; la prohibición de las venganzas particula
res exigiría una fuerza armada necesaria para hacer que
se respeten las decisiones de los jueces. Muy pronto se
reconocería que es preferible evitar las injusticias y los
homicidios que reprimirlos. El árbitro prohibiría que se
lleven armas, así como también suministrar víveres a los
bandoleros, condenados y rebeldes contra él, y todo el
mundo encontrará acertadas estas medidas. Después se
apercibirán de que tal pantano causa más muertos que
los ladrones contra los que se ha armado el árbitro y se
preguntará por el medio de ponerse al abrigo de sus
deletéreos efectos. Se remiten al árbitro recursos para
sostener su policía, tiene hombres. ¿Que no los emplea?
Así lo hará. Después vendrá la necesidad de las vías de
comunicación y la de la defensa contra los piratas de las
isiaa vecinas.
(1) Suárez, De legibus lib. IH, cap. I, nám. 3.
POR EL R. P. CH. ANTOINE 51
Las primeras medidas habían sido aprobadas y, como
cada vez crecen más las cargas que el arbitro tiene que
imponer para realizar sus proyectos, habrá división de
pareceres. Sin embargo,hay que decidir. El árbitro reci
birá el poder de juzgar lo que es más útil. Este poder
llegará a ser su función universal; su decisión se exten
derá bien pronto a todo lo que concierne al bien común.
Una nación pide entrar en relaciones comerciales con el
pueblo naciente; de un lado se ponderan las ventajas de
los cambios que van a aumentar el bienestar; del otro,
los viejos harán observar, que se ha vivido hasta enton
ces en una gran inocencia de costumbres y que es de
temer que las relaciones con ese pueblo acarreen la
corrupción. ¿Quién decidirá? El que está encargado de
decir lo que es más útil, el árbitro. Luego, los hijos de
los pobres no reciben educación; se teme que lleguen a
constituir un peligro para el resto de la comunidad; se
propone la construcción de una escuela para recogerlos
y moralizarlos; sin embargo, otros creen que se emplea
rían mejor los recursos a esto destinados en la defensa
nacional. ¿Quien decidirá? El árbitro.
£§En |todo 'esto no hay nada que no sea exigido por la
naturaleza de las cosas. ¿No es verdad que es una necesi
dad para todos la paz .pública en la justicia? ¿Que interesa
a todo el mundo la desecación de ese pantano que amena
za la salud pública? ¿Que es también una necesidad gene
ral la defensa contra los piratas?¡¿Que precaverse contra
la corrupcción|de costumbres no'es menos necesario que
sanear el suelo contra los miasmas de un pantano?
Pero; puesto que de un lado no se puede ejecutar
ninguna de estas medidas sin el concurso de todos, y que,
del otro, puede haber, y habrá, divergencia sobre su
utilidad relativa, es absolutamente indispensable haya
alguien que decida soberanamente estas controversias y
a cuya sentencia se someta todo el mundo. Para ello es
52 ECOKOMlA SOCIAL
preciso que ese magistrado supremo disponga de las
fuerzas de la nación para hacerse obedecer. Esta nueva
función corresponde, pues, a aquel que ha sido elegido
como arbitro; es decir, en resumen, que el poder encarga
do de administrar justicia se halla también encargado de
decretar lo que es más útil para todos.
Ahora bien, he dicho: aquel que está encargado de
decidir entre los diferentes bienes particulares, recursos
materiales, salud, buenas costumbres y seguridad contra
el extranjero, está también encargado de procurar un
bien superior a todos esos bienes, y en relación al cual
no son más que medios los bienes particulares, porque
toda elección versa sobre un medio y tiene por razón su
aptitud para procurar el fin. Este bien es, a no dudarlo,
el bien temporal común, el bien social.
¿Cuáles son los caracteres distintivos de ese bien
social? ¿Cómo se diferencia de los bienes particulares?
A esta pregunta responderemos en el artículo cuarto.
Origen divino de la sociedad política (1). —De todo lo
que precede resulta que la sociedad política es una socie
dad natural y que, por consecuencia, tiene a Dios por
autor. No nos engañemos sobre el sentido de esta expre
sión. Sin duda, por una inclinación innata, los hombres
se agrupan en sociedad política; pero esta tendencia
natural no formula ninguna obligación para cada hom-
en particular; no excluye ni el ejercicio de la libertad,
ni la elección de tal o cual forma particular de gobierno:
ni la variedad de los hechos contingentes por los cuales
se ejercita de una manera concreta esta aptitud social
del hombre. Así, la sociedad política es a la vez una ins
titucion divina, por su lejano principio y un producto
natural, por su origen inmediato y su evolución histó
rica. Dios es el autor de la sociedad política, porque es
(1) De Vareilles Sommieres, opt. cit., XII, 2.—De Pascal,
loe. cit.
VOR EL K. V. CH. ANTOINK 63
el autor de la naturaleza y él mismo ha depositado el
germen de esta sociedad en el hombre. La sociedad polí
tica tiene un origen divino, sin que por esto sea necesa
ria una intervención sobrenatural o una revelación de
Dios, de que sea teocrático el gobierno social o de que
suprima, para la elección de la constitución o del sujeto
de la autoridad, el libre juego de la actividad humana.
Sin embargo, no se halla por completo abandonada a la
voluntad del hombre la constitución de la sociedad civil,
porque la sociedad política recibe de la naturaleza el
artículo fundamental de su carta de fundación; esto es,
su fin propio/ <
ARTÍCULO III
LA SOCIEDAD CIVIL TIENE UN FIN NATUEAL
Según Montesquieu, el fin común de las diversas socie
dades políticas es su propia conservación; independien
temente de éste, cada una de ellas tiene un fin particular
determinado (1). Esa es también la opinión de la escuela
histórica. Haller expresa una manera de ver poco dife
rente. «En las sociedades políticas, dice, no existe fin
común, sino solamente una multitud de fines o de miras
particulares muy diversas, pudiéndose reducir todas ellas
a la vida y a sus comodidades, según los deseos de cada
cual (2).» Todas estas teorías pecan por su base porque
(l'i Espíritu de las leyes, lib. XI, ch. V.
(2) Eestauration de la science politique, Discours prel. El
sistema social de Ch. de Haller se halla muy bien expuesto y
recitado por Vareilles- Sommieres, op. cit , XXIV.
54 ECONOMIA SOCIAL
niegan el origen natural de la sociedad civil. ¿La socie
dad civil es, como acabamos de demostrar, una institu
ción natural y no el resultado de un contrato social, y se
sigue de esto que posee un fin natural? ¿Por qué? Porque,
por naturaleza, todos los seres tienen una actividad natu
ral. Ahora bien; toda actividad es una tendencia a un
término; por consiguiente, todos los seres tienen, por
naturaleza, un término natural. De la misma manera que
la familia saca de la naturaleza su origen y su fin pro
pios, la sociedad política es, en su esencia y en su fin,
una institución de derecho natural.
Importancia de la consideración del fin.—En la cues
tión que nos ocupa, conviene mucho determinar el fin
propio de la sociedad civil. De esta consideración depen
den, en efecto, la función, los derechos y los deberes de
la sociedad y de la autoridad suprema. ¿Por qué? Porque,
como dice Santo Tomás, «todo lo que mira al fin debe
ajustarse y proporcionarse a este fin: de ahi que la medi
da de las cosas que a él conduzcan deba encontrarse en
este fin (1).» ¿Qué es, en definitiva, la función de la socie
dad política, sino la manera de tender a su fin propio?
¿Los derechos de la sociedad? ¿El medio necesario de
desempeñar su función? ¿Los deberes? La regla y la
medida de esta función. Desde ese momento nada tiene
de sorprendente que las divergencias profundas que
separan a las escuelas sociales, tengan por punto de par
tida las concepciones diferentes, y con frecuencia diame-
tralmente opuestas, del fin hacia el cual evoluciona o
debe evolucionar la sociedad. Compárese el ideal social
de los colectivistas demócratas con el de los sociólogos
católicos.
¿Cuál es, pues, el fin propio de la sociedad civil? A
esta pregunta contesta la siguiente proposición.
(1) Summ. Th., 1.a 2.™ q. 102, a. 1; q. 174, a 2.
POR EL R. P. CH. ANTOINE 55
Fin propio de la sociedad civil.— El fin de la sociedad
consiste en el bien temporal público, esto es, en el conjunto
de condiciones necesarias para que los ciudadanos tengan
la posibilidad de alcanzar su verdadera dicha temporal (1).
Demostración por vía analítica.—El fin del Estado
debe satisfacer las siguientes condiciones:
1.° Debe constituir un bien verdadero y real, capaz
de ser objeto de una institución fundada en la naturaleza
del hombre y querida por Dios. Por otra parte, todo ver
dadero bien del hombre debe, de un modo absolutamente
necesario, no solamehjte no impedir la tendencia de éste
a su último fin, sino además favorecerla deuna manera
2.° Este bien debe ser, en cierto modo, común a todos
los miembros de la sociedad, porque el fin del Estado es
el bien de todos y no el bien exclusivo de algunos indi
viduos. Por su naturaleza, to'dos los hombres están incli
nados a la vida social en el Estado, pero la naturaleza
no da impulsos innatos a los seres racionales más que
para un bien real y para su verdadera perfección. Por
consiguiente, cada miembro del cuerpo social político
deberá, hasta cierto punto, ser ayudado en la tendencia
que le empuja a la felicidad o a la perfección.
3.° Este bien debe ser exterior y temporal, porque la
actividad social de los miembros no puede unirse más
que para un bien exterior y concreto, según el axioma:
de internis non judicat praetor, axioma que atiende prin
cipalmente a la legislación humana y a la acción colec
tiva de las sociedades. Es una verdad que resalta con
evidencia del hecho de que el fin del Estado se halla
comprendido en los límites de la vida terrestre y debe
alcanzarse por la actividad de asociados que viven en
este mundo, el que ese bien debe ser temporal.
positiva.
(1) Conf., Cathrein, op. cit., p. 436.
56 ECONOMtA SOCIAL
4.° Este bien debe ser, además, propuesto como fin
a cada Estado y solo al Estado, porque como la sociedad
civil está especificada y caracterizada por el fin que le es
propio, a toda sociedad civil corresponde un mismo fin y
recíprocamente.
5.° En fin, ese bien debe comprender todo lo que se
exige para la dicha y la perfección del hombre en la
tierra. He ahí, en efecto, el rasgo especial de la sociedad
política que domina a todas las sociedades particulares,
que da el término y el complemento a la sociabilidad del
hombre y que refiere a la unidad del bien general las
inclinaciones del hombre a los bienes particulares tempo
rales.
Esto supuesto, fácil es comprobar que estos cinco
caracteres se aplican exactamente al fin social, tal como
lo hemos definido.
El conjunto de condiciones que hacen posibles a todos
los ciudadanos la verdadera dicha temporal es, en efec
to, un verdadero bien, un bien común a todos los miem
bros. Es, sin duda de ningún género, exterior y temporal,
y conduce a la dicha y a la perfección en esta vida terres
tre. Comprende, en su generalidad, los diferentes bienes
particulares que pueden servir al bienestar temporal y,
con ello, distingue la sociedad política de todas las
sociedades particulares, en la medida en que el bien
general se diferencia de los bienes particulares.
Demostración por vía sintética.—El fin propio de la
sociedad civil debe ser el término de las tendencias
naturales que le dan nacimiento. Ahora bien; las dos
fuerzas que atraen al hombre a la vida social, la benevo
lencia innata y la indigencia en la ley de progreso,
tienen por término natural y necesario el bien común
público. En este bonum commune es, pues, donde se
encuentra el fin propio de la sociedad. La sociabilidad
del hombre no se satisface más que en una sociedad supe
POR EL R. P. OH. ANTOINE 57
rior a los grupos particulares y en la adquisición de un
bien que exceda y domine a los bienes particulares, esto
es, el bien público, el bien común temporal. Demos relie
ve a este punto.
¿Para qué los hombres buscan, por cima de la familia
y de los grupos particulares, una unión más compacta y
más vasta? Para obtener un bien común, un bien social,
al cual no pueden llegar, o por lo menos no llegan sino
difícilmente, los individuos y los grupos inferiores. Pero
un bien común que tiene que suplir la insuficiencia de
las actividades individuales o colectivas, que se eleva
por cima de los diferentes bienes particulares y favorece
la tendencia al progreso físico, intelectual y moral de la
naturaleza humana, comprende el conjunto de condicio
nes que hacen posible a todos los asociados la verdadera
dicha, la perfección sobre esta tierra. Siendo el último
término de la sociabilidad humana en el orden natural,
el objeto de la sociedad civil es completar, ayudar a las
sociedades inferiores en la persecución de la di ha tem
poral y de la beatitud eterna, y, por consecuencia, procu
rar los medios necesarios para el perfeccionamiento
natural del hombre sobre la tierra en vista del fin últi
mo. Me refiero a los medios que exigen el concurso, la
acción colectiva de las fuerzas sociales existentes, y no
a los medios meramente individuales y privados. Este
es, en sus caracteres generales, el fin natural de la socie
dad política, tal como lo han expresado, en unánime
conformidad, la teología y la filosofía católicas. Algunos
testimonios, escogidos entre los más importantes, pon
drán este hecho fuera de discusión.
Testimonio de la teología y de la filosofía.—Conceda
mos la palabra al príncipe de la teología: «Como el hom
bre, dice Santo Tomás, no es un animal ni un esclavo, el
fin propio de la multitud que vive en la sociedad, no es
sólo vivir, sino también vivir una vida moral y vivir
58 ECONOMÍA SOCIAL
bien (1).» Por otra parte, no son de naturaleza diferente
el fin de varios hombres y el de un solo hombre (2). De
la misma manera el fin del hombre es la beatitud. Esta
beatitud es doble: la beatitud perfecta, patrimonio de la
vida futura, y la beatitud imperfecta, condición de la
vida terrestre (3). La beatitud de esta vida consiste en la
práctica de la virtud; pero el ejercicio de la virtud
requiere la cooperación del cuerpo y determinado con
junto de bienes materiales (4). «Sin' duda, hace notar el
Doctor Angélico, esas dos necesidades del hombre: la
práctica de la virtud y la posesión de los bienes terres
tres, se pueden encontrar en la familia; pero en ésta no
se realizan más que de una manera restringida e incíom-
pleta; en la sociedad civil se las encuentra de una mane
ra general y perfecta (5).» ¿En qaé consiste esta prospe
ridad, este bien temporal? «Dos son las condiciones
indispensables para que un hombre pueda gozar una vida
buena: una, la principal, consiste en el ejercicio de la
virtud, la cual virtud se define: aquello por lo cual el
hombre vive bien; la otra, secundaria, y en cierto modo
instrumental, consiste en la suficiencia de los bienes
corporales cuyo uso es necesario para la práctica de la
virtud (6).» Santo Tomás expresa el mismo pensamiento
cuando define el objeto de la ley civil y del poder legis
lativo, es, a saber: el bien temporal común de la socie
dad. En el siguiente capitulo aduciremos los testimonios.
En esta materia Suárez se halla completamente de
(1) De Regimine Principum I 14;—los dos primeros libros
De Regimine Principum, de donde están tomadas nuestras
citas, son seguramente auténticos. — Comment. in Ubr. politic,
libr. III lect. VII.
(2) De Reg. Princ. I 14;—Polit., lib. II, lect. I.
(3) Summ. Theol. 1.a. 2 a8, q. 4, a. 5.
(4) lbid. q. 4, a. 6;--conf. a 7.
(5) De Reg. Princ. I, 9; I. Politic.lect. I.
(6) De Reg. Princ. I, 15.
POR EL B. P. CH. ANTOINE 59
acuerdo con Santo Tomás: «La sociedad civil, dice, tiene
por objeto permitir a los hombres vivir en la paz y en la
justicia con cierta abundancia de bienes que conciernen
a la conservación y al bienestar de la vida corporal (1).»
No es Bellarmino de opinión distinta (2). En fin. los
teólogos modernos reproducen la enseñanza de los prín
cipes de la Escuela. Citemos entre otros a Zigliara (3),
Macolla (4), Turquini (5), Liberatore (6), Casajoana (7)f
Degroote (8), Murray (9), etc., etc. En cuanto a los filó
sofos católicos, varios de ellos dan, al parecer, del fin de
la sociedad fórmulas diferentes; pero este desacuerdo es
superficial; sólo existe en la expresión, en manera alguna
en la idea (10).
Autoridad de León XIII.—Para coronar estos testimo-
monios conviene aportarla palabra del gran Papa y del
gran teólogo^ León XIII, quien resume y confirma la
enseñanza de la filosofía y de la teología católica sobre
la naturaleza y el fin de la sociedad civil.
Er la Encíclica Inmortale Dei se expresa en estos tér
minos: «Por naturaleza, el hombre está hecho para vivir
en la sociedad civil. En efecto, en el estado de aislamien
to no puede proporcionarse los objetos necesarios para
(1) De Legibus, lib. III, cap. XI, núm. 7, seq.
(2) Controv. «de membris Eccles » lib. III; «de Laicis>,
capitulo V.
Í3) Propaedentica, lib. IV, «de Ecclesia>, p. 399.
(4) De Relig. et Eccles., disp. 2, p. 10, § 1, núm. 548.
(5) Juris Eccles. publici Instituí., p. 47.
(6) L'Eglise et L'Etat, p. 235.
(7) Theol. Fundamental, p. 50.
(8) Summa Apologetica, p. I, p' 867.
(9) Tracctus de Ecclesia.
(10) Citemos a Costa- Rossetti, Zigliari, Cavagnis,Tongiorgi,
Mendive, Tancréde Rothe, Schifnni, De Pascal; Cathrein, Me-
yer, Stockl, Weiss, etc. He aquí la fórmula de Liberatore: «El
fin de la sociedad civil es el orden exterior on cuanto conduce
a la paz, al bienestar y a la prosperidad públicas (L'Eglise et
L'Etat. liv II, ch. IV, § 2, p. 225.)
60 ECONOMIA SOCIAL
la conservación de su existencia, ni adquirir la perfec
ción de las facultades, del espíritu y del alma. Así, se ha
determinado por la Divina Providencia, que los hombres
fuesen llamados a formar, no solamente la sociedad
doméstica, sino la sociedad civil, única que puede sumi
nistrar los medios indispensablespara consumar la perfec
ción de la vida presente.» Nótese que León XIII deduce
la necesidad de la sociedad civil, de la tendencia al pro
greso intelectual y moral, y no solamente la necesidad
de paz y tranquilidad exteriores. Dice en la Encíclica
Nobilissima Gallorum: «Así como existen sobre la tierra
dos sociedades supremas, la sociedad civil, cuyo fin con
siste en procurar al género humano el bien temporal y
de este mundo...»
Ya la Encíclica Diuturnum expresaba la misma ense
ñanza; y en la Encíclica De Herum Novarum, León XIII
recuerda un principio fundamental de que hemos hecho
constantemente uso; es, a saber, que la sociabilidad del
hombre encuentra su necesario complemento en la socie
dad civil.
Resulta de las precedentes consideraciones que el fin
natural de la sociedad civil es el bien público temporal,
el conjunto de condiciones necesarias para que los ciuda
danos tengan la posibilidad de alcanzar su verdadera
dicha temporal. Esta forma exige mayor precisión. ¿Qué
es el bien público? ¿Cuáles son esas condiciones sociales
que la sociedad política debe suministrar a sus miem
bros?
POR EL R. F. CH. ANTOINE 61
ARTÍCULO IV
DETERMINACIÓN MÁS PRECISA DEL FIN DE LA SOCIEDAD
Importancia de esta determinación.—No deja de tener
importancia la tarea de fijar los límites del bien público
y del bien temporal. Estos límites, en efecto, separan
nuestro campo del de los socialistas y del de los indivi
dualistas. Para éstos el bien público se confunde con los
bienes individuales: para aquéllos el bien particular se
refunde en el interés social. Ahora bien; un examen aten
to descubre en el bien público cuatro rasgos distinti
vos que le diferencian claramente del bien privado.
Bien público y bien privado.—1.° El bien público se
encuentra fuera de la esfera de la actividad de los indi
viduos o de los grupos sociales existentes. El bien parti
cular se halla encerrado en la restringida esfera de los
individuos y de las sociedades inferiores.
Así, la sociedad política no debe ser ni agricultora, ni
maestra de escuela, ni minera, ni comerciante, etc.; no es
de su competencia ser productora o distribuidora de la
riqueza, el ser proveedora de alimentos o la providencia
de los miembros de la sociedad. En este punto nuestra
teoría de la sociedad civil difiere radicalmente de la del
estado socialista.
2.° Jül bien particular implica el uso inmediato y
personal. Me refiero a la aplicación de este bien a per
sonas determinadas. El padre de familia consume las
• riquezas adquiridas o las aplica a su mujer o a sus hijos.
El bien público universal no supone la aplicación
inmediata a cada uno de los asociados. Está en su dere
cho, y con frecuencia constituye un deber de la sociedad
62
política, el preparar a los ciudadadanos de medios fáci
les de comunicación, carreteras, ferrocarriles o canales;
pero seguramente se halla fuera de los límites del bien
social el transporte gratuito de cada uno de los miem
bros de la nación. En una palabra, el bien privado da el
uso; el bien social el poder de usar.
3.° Los bienes privados pertenecen a individuos o
familias, separados, aislados, considerados en sí mismos,
con exclusión de otras personas o grupos sociales del
disfrute de los mismos bienes; el bien público pertenece
al conjunto de los individuos, de las familias y de las
unidades sociales que constituyen la sociedad política;
por consecuencia, comprende bienes comunes de cuyo
disfrute no se excluye a nadie.
Pero, diréis, si así fuera, las instituciones de benefi
cencia, hospitales, orfelinatos y hospicios deben clasifi
carse entre los establecimientos de interés privado. Una
observación disipará el equívoco. El bien público abso
luto es aquel del cual se aprovecha inmediatamente cada
uno de los asociados; el bien público relativo es directa
mente accesible a una clase determinada de ciudadanos,
pero contribuye indirectamente al interés de todos. Favo
recer a los agricultores ¿no es trabajar en eJ bien común
de toda la sociedad? Recoger los enfermos, los viejos, las
familias abandonadas y privadas de todo socorro, ¿no es
un servicio prestado a toda la comunidad? El bien o el
mal de una parte notable del cuerpo social refluye en la
colectividad entera.
4.° El bien público es general; el bien privado puede
serlo igualmente, pero de una manera muy distinta. El
bien público goza de la universalidad propia de la causa;
debe ser accesible a todos los ciudadanos y no excluir a
ninguno de ellos. Sin embargo, por circunstancias for
tuitas, o por la conducta particular de los individuos,
puede acontecer que éstos reciban de ese bien social una
POR EL R. P. CH. ÁNTOINE 63
parte desigual. Así, el sol, causa universal de calor y de
luz, difunde sus beneficios por todos los cuerpos de la
naturaleza; sin embargo, no todos se calientan y se
alumbran igualmente. De la misma manera el bien públi
co puede ser general y poseer una generalidad de causa,
no de efecto (1). Expliquemos nuestro pensamiento con
un ejemplo. Para que la prosperidad de las familias sea
general, es preciso que cada familia cuente con cierta
abundancia de bienes, de donde resulta la prosperidad.
Por el contrario, la indigencia de algunos ciudadanos no
destruye la prosperidad pública.
Conclusión.—De este análisis resulta que el bien públi
co de que se trata no es, en manera alguna, la suma de
la prosperidad o de la dicha de todos los individuos
considerados separadamente; que la prosperidad públi
ca, fin de la sociedad civil, no consiste en hacer inme
diata y directamente, a cada individuo, o a cada familia
feliz, rica y próspera. Insistamos en esta verdad negada
por varios economistas; el bien social no difiere de los
bienes particulares, como la gavilla difiere de las espi
gas; les domina, como un bien superior sobrepuja a los
bienes particulares. Tal es, a no dudarlo, la enseñanza
de León XIII en la Encíclica De Rerum novarum: «La
experiencia cotidiana que hace el hombre de la exigüi
dad de sus fuerzas, le decide y le empuja a agregarse
una cooperación extraña. De esta propensión natural,
como de un mismo germen, nacen la sociedad civil en
un principio, y luego, en el seno de ésta, otras socieda
des que, nopor ser restringidas e imperfectas, dejan de
ser verdaderas sociedades. Entre estas pequeñas socie
dades y la grande existen profundas diferencias que
resultan de su fin próximo. El fin de la sociedad civil
(1) Sirviéndose del lenguaje filosófico se dirá que el bien
privado puede tener una generalidad lógica y que el bien pú
blico debe poseer una generalidad causal.
64 ECONOMÍA SOCIAL
abraza umversalmente a todos los ciudadanos, porque
reside en el bien común, esto es, en un bien del cual
todos y cada uno tienen derecho a participar en una
medida proporcional. Por el contrario, Jas sociedades
que se constituyen en su seno se consideran como priva
das y lo son, en efecto, porque su razón de ser inmediata
es la utilidad particular y exclusiva de sus miembros. La
sociedad privada es la que se forma con un fin privado,
como cuando dos o tres se asocian para desenvolver
juntos el negocio.» En resumen, según lo doctrina del
Papa: 1.° El fin inmediato de toda sociedad privada, es
la utilidad particular y exclusiva de sus miembros; 2.°, la
sociedad civil no tiene por fin próximo la utilidad parti
cular y exclusiva de los ciudadanos; 3.°, pero su fin es
un bien común, en el cual, en una medida proporcional,
tienen derecho de participar todos y cada uno. Según
esto, la afirmación, reproducida por algunos economistas
católicos, de que el bien común de la sociedad civil es la
suma de los' bienes particulares de los ciudadanos, nos
parece precisamente lo contrario de la verdad y del pen
samiento de León XIII.
La sociedad civil debe ser para los ciudadanos un
medio de perfeccionamiento, físico, intelectual y moral,
un medio favorable para la dicha y la prosperidad tem
porales. ¿Cuáles son estas condiciones? Esto es lo que
nos falta determinar.
Doble elemento del fin próximo de la sociedad.—Estas
condiciones comprenden dos elementos: 1.°, la protección
de los derechos y de las libertades de los individuos y
de los grupos; 2.°, la asistencia concedida a la actividad
privada de los asociados. Proteger los derechos, ayudar
los intereses; he ahí las dos funciones de la sociedad. De
estos elementos, el primero es, en cierto modo, negati
vo, en cuanto hace desaparecer los obstáculos que se
oponen al libre desenvolvimiento de las energías indivi
POB EL 11. P. CH. ANTOINE 65
•duales. El segundo es positivo, porque suministra los
medios de tender, en la paz y en el orden, a la verdadera
dicha temporal (1) , que consiste en servirse de los bienes
terrestres para practicar la virtud y disponerse a la beati
tud eterna.
La primera, la principal condición para que los ciuda
danos puedan, por el libre juego de su actividad, traba
jar en su dicha temporal, consiste en que se conserven
sus derechos, en que su libertad, individual o colectiva,
se libre de todo obstáculo y se vea al abrigo de todo
ataque. La institución de la sociedad responde, como
hemos demostrado, a las necesidades y a las tendencias
de la naturaleza humana. A estas necesidades pertene
cen, en primer término, la de la seguridad y la garantía
de todos los derechos, naturales o adquiridos. ¿Existe un
bien temporal que el corazón humano desee con más
ardor que la verdadera libertad y la independencia? ¿No
sería absurdo sostener que la naturaleza empuja a los
hombres a entrar en la sociedad civil para perder en ella
este precioso bien? Por otra parte, sin esta libertad, sin
esta independencia, la dicha común de los asociados sería
absolutamente imposible, porque es el fundamento y la
condición necesaria de la dicha temporal.
La función primaria de la sociedad civil es la protec
ción de la libertad, porque la libertad y el derecho son
la parte principal del bien público temporal, fin próximo
de la sociedad. He ahí por qué, hallándose indisoluble
mente ligada a ese fin, es imposible concebir una socie
dad privada de esta función primaria.
Es un hecho de experiencia y de la historia el de que
pueden emprenderse y ejecutarse por la iniciativa priva
da, individual o colectiva, un gran número de cosas
necesarias para la prosperidad temporal pública. Pero la
(1) V. Cathrein, Moralphilosophie, Bd. II, p. 440; Cepeda,
op. cit.
5
66 ECONOMIA SOCIAL
eficaz protección de los derechos, como exija una autori
dad que domine todas las voluntades, traspasa la esfera
de la iniciativa privada. La protección de los derechos
es, pues, el fundamento del bien temporal público. ¿Hay
que concluir que constituye todo el fin de la sociedad
civil? No, porque se requiere una segunda condición para
este Bonum commune y, en consecuencia, se debe atri
buir a la sociedad una segunda función. ¿No es, por otra
parte, cierto que la prosperidad temporal puede estar
expuesta a muchos obstáculos y peligros que no provie
nen de la lesión de los derechos o de la opresión de las
libertades, sino que son ocasionados por causas natura
les? Una enfermedad epidémica cuya propagación no es
combatida, una inundación cuyas invasiones no son con
tenidas, son otras tantas causas de calamidades públicas.
Por otra parte ¡cuántas ayudas son necesarias en el
interés del bien público! ¡Cuántas condiciones indispen
sables para que los asociados tengan la verdadera posi
bilidad de trabajar en su desarrollo físico, intelectual y
moral! Por ejemplo, la prosperidad del comercio y de la
industria exige la construcción de caminos, canales o
ferrocarriles; una comunicación rápida entre personas
alejadas exige el establecimiento de correos. Luego se
necesitarán establecimientos científicos, quizá institucio
nes de beneficencia, etc.—Concluyamos.
La función secundaria o la parte secundaria y variable
del fin de la sociedad política está constituida por la
realización de este conjunto de condiciones y de medios
positivos. Sin embargo, la sociedad civil no tiene dos
fines próximos naturales y necesarios; no tiene más que
uno, la prosperidad temporal pública; pero este fin com
prende dos elementos, uno primario y otro secundario.
Las consideraciones que hemos desarrollado en este
capítulo, se fortificarán con la exposición y la solución
de las objeciones que se les han opuesto.
67
ARTÍCULO V
RESPUESTA A ALGUNAS OBJECIONE&jí» .
I.—Según una teoría bastante difundida, el fin de la
sociedad civil consiste exclusivamente en la protección
de los derechos privados, individuales o colectivos, fin
completamente negativo, puesto que se limita a impedir
el mal, a reprimir los abusos de la fuerza contra el dere
cho, a apaciguar los trastornos, querellas y disputas. Nos
parece que esta tesis carece de fundamento y de verdad.
He aquí las principales razones que diotan nuestro
juicio.
1.° La simple protección de los derechos privados no
basta para satisfacer la necesidad de la asistencia y el
deseo de prosperidad y de progreso que son el elemento
radical de toda sociabilidad humana: La sociedad civil
es el término y el complemento de la tendencia social
arraigada en la naturaleza humana y por consiguiente,
debe ayudar a la insuficiencia de los individuos, de las
familias y de los grupos en la persecución de la dicha y
de la perfección sobre esta tierra.
2. ° Todas las naciones civilizadas ofrecen a sus miem
bros instituciones que tienden a favorecer la alta cultura
intelectual, las artes estéticas y mecánicas, el comercio,
la industria, etc. Aun en las naciones más bárbaras se
encuentra un jefe que dirige las fuerzas individuales en
la caza, la pesca, el riego de las tierras, en una palabra,
para el bien común positivo de los miembros de la socie
dad. En fin, cuanto más elevado es el nivel de la civili
zación, más numerosas son las condiciones positivas del
verdadero progreso físico, intelectual y moral que cons68
tituyen el patrimonio social. ¿Qué es esto sino decir que
la misión de la sociedad se extiende más allá de la sim
ple protección de los derechos?
3. ° La sociedad, concebida en conformidad con estos
principios, no tendría otro lazo social que el libre ejerci
cio de la actividad privada de los individuos o de las
asociaciones. Sería, por consiguiente, una simple yuxta
posición de intereses aislados, la resultante de egoísmos
particulares, una sociedad de seguros contra los riesgos
del exterior o del interior. En estos rasgos se reconoce
la tesis individualista que en más de una ocasión tendre
mos que señalar y refutar.
4.° Los documentos que hemos alegado más atrás
prueban cuánto se aleja de la enseñanza de León XIII
y de la escuela esta nueva teoría.
II.—También se dice: La felicidad temporal se identi
fica en absoluto con la suma de bienes que la constitu
yen; ahora bien; individuos y familias pueden por sí
mismos procurárselos, o al menos una parte de ellos; lue
go no piden el todo a las sociedades civiles. Nada más
jusco; he aquí por qué diremos que la sociedad civil no
está encargada directamente de dar a cada individuo todos
los bienes temporales. Recordad la diferencia entre el bien
público y el bien privado expuesta más arriba; recordad
estas palabras de León XIII: «El fin de la sociedad
civil... reside en el bien común, esto es, en un bien en el
cual todos y cada uno tienen el derecho de participar en
una medida proporcional. Por el contrario, las sociedades
privadas tienen por razón de ser inmediata la utilidad
particular y exclusiva de sus miembros» , y concluiréis sin
trabajo que esta objeción deja en pie la tesis que defen
demos.
III.—Sea, se replica. Por lo menos la sociedad civil
no está encargada de procurar el conjunto de las condi
ciones que hacen posible a todos los ciudadanos la verda
FOÜ JkL, Ji. P. OH. ANTOINE 69
dera dicha. Semejante sociedad no es de orden natural.
La razón de ello es que el hombre no está en este mun
do para llegar a la dicha temporal, sino para tender, sin
desviarse, a su último fin, que es Dios. Se engaña cuando
se le asigna otro fin natural.
La verdadera dicha de que hemos hablado no es la
dicha temporal encerrada en los límites de esta vidn. y
desligada de toda relación con el último fin. Seguramente
no. La dicha temporal de esta vida es, de toda necesidad,
un medio para el hombre, de tender, sin desviarse a su
último fin. «La beatitud del hombre, dicerSanto Tomás,
es doble: la beatitud perfecta es patrimonio de la vida
futura; la beatitud imperfecta condición de la vida te
rrestre. En esta vida la beatitud consiste en la prácti
ca de la virtud; pero el ejercicio de la virtud requiere la
cooperación del cuerpo y determinado conjunto de bie
nes materiales» (1). No ¿decimos otra cosa, y añadimos
que la misión de la sociedad civil consiste en ayudar a la
realización de dichas condiciones. ¿No es por la conside
ración del fin temporal y del fin eterno, del que uno es
medio en relación con el otro, como León XIII estable
ce los deberes y los derechos ds la sociedad civil y reli
giosa? Quemadmodum, dice, duae sunt in terris societates
maximae, altera civilis, cujus finis proximus est humano
generi bonum comparare temporale et mundanum, altera
religiosa, cujus est homines ad veram Mam felicitatem
perducere ad quam facti sumus... ita genuina potestas... (2).
IV.—Se objeta que se engañaría uno mucho si atribu
yese las sociedades civiles al instinto de sociabilidad que
empuja a los hombres a sus semejantes, porque si no fue
ra los vicios de los hombres, este instinto de sociabilidad
hubiera podido encontrar, fuera de las sociedades civiles,
su plena y completa satisfacción.
(1) Summ. Theol , 1 a2.fie, q. 4-7.
(2) Encycl. Nobilissima Gallorum, § Deinde illa.
70 ECONOMIA SOCIAL
León XIII ha refutado anticipadamente esta objeción:
«La experiencia cotidiana, dice, que hace el hombre de
la exigüidad de sus fuerzas, le induce y le impulsa a
agregarse una cooperación extraña. De esta propensión
natural, como de un mismo germen, nacen la sociedad
civil, en un principio, y luego, en el mismo seno de ésta,
otras sociedades que, no por ser restringidas e imperfec
tas, dejan de ser verdaderas sociedades (1).» Y en la
Encíclica Inmortale Dei: «Por su naturaleza, el hombre
está hecho para vivir en sociedad. En efecto, en el esta
do de aislamiento, no puede ni procurarse los objetos
necesarios para la conservación de su existencia, ni
adquirir la perfección de las facultades del espíritu y las
del alma. Así se ha determinado por la Providencia
Divina, que los hombres fuesen llamados a formar, no
solamente la sociedad doméstica, sino la sociedad civil,
única que puede suministrar los medios necesarios para
conseguir la perfección de la vida presente (quae suppe-
ditare vitae sufficientiam perfectam sola potet.)» Estos
testimonios no dejan ninguna duda sobre el pensa
miento de León XIII.
Definición de la sociedad civil.—Ahora podemos dar
de la sociedad civil una definición mas precisa. La socie
dad civil es aquella sociedad completa compuesta de una
multitud de familias que unen sus esfuerzos para la perse
cución del bien común temporal, o también: La sociedad
civil está constituida por cierto número de familias que
realizan, bajo la dirección de una autoridad suprema, las
condiciones que favorecen el desarrollo físico, intelectual y
moral de los asociados subordinado al último fin.
(1) Encyel. De Rerum novarum .
CAPÍTULO II.
El Estado.
Conocidas la naturaleza y el papel de la sociedad civil,
podemos, de esta noción general, descender a los deta
lles de nuestro estudio, esto es, a las partes principales
que componen la sociedad. Entre los elementos constitu
tivos del cuerpo social el que, sin discusión, ocupa el
primer rango, es el poder público, el Estado. ¿Qué es,
pues, el Estado? Tal es la primera pregunta a que inten
taremos contestar. ¿Es necesario el poder supremo a la
sociedad? En fin, después de haber considerado al Esta
do en sí mismo, estudiaremos, de una manera general, la
misión que debe llenar en y para la sociedad, y, a fin de
dar a esta verdad más relieve, expondremos las diversas
teorías del Estado que le son opuestas.
ARTÍCULO PEIMEEO
EL ESTADO-SOCIEDAD Y EL ESTADO-PODEB
Diferentes sentidos de la palabra Estado.—La palabra
Estado ha recibido significaciones muy diferentes, de lo
que proceden frecuentes equívocos. «Para los unos,
escribe M. Block, Estado es sinónimo de Gobierno; para
72 ECONOMÍA SOCIAL
otros, está compuesto del Gobierno y de los ciudadanos,
y los de más allá, sobrentienden con esa palabra la
sociedad y hasta un organismo abstracto dotado de toda
clase de virtudes (1).» ¿Qué es, pues, el Estado?
Por Estado se debe entender, bien la sociedad políti
ca que comprende al pueblo unido en una acción común
por la autoridad suprema, o bien la autoridad y el Go
bierno (2). Por lo dicho, en ningún caso debe confundir
se el pueblo con el Estado, puesto que es, ya una parte
del Estado-sociedad, ya el elemento dirigido, unificado
por el Estado-poder.
En el segundo sentido se dirá: el Estado debe asegurar
la ejecución de las leyes; en el primero: en determina
das circunstancias, el hombre debe sacrificar al Estado
su vida.
En esta última acepción investigamos en el capítulo
precedente, la naturaleza y las funciones del Estado; se
trataba entonces del Estado-sociedad y en este momento,
consideramos al Estado en conformidad con la otra sig
nificación, la de Estado-poder.
A nadie se le ocultará la importancia de esta distin
ción en la tan delicada investigación de los derechos,
de los deberes y de las atribuciones del podersupremo.
La célebre fórmula: «el Estado soy yo», sea el grito de
una democracia delirante, sea la regla fríamente expre
sada de un César, siempre representará el despotismo de
arriba y la esclavitud de abajo. Además, trastorna el
orden que debe existir entre el poder y la sociedad. Nada
es más manifiesto. En el verdadero sentido, el Estado,
considerado como sociedad, es para sí mismo su propio
fin. ¿No es, en efecto, para sí mismo por lo que busca la
felicidad temporal? La prosperidad que persigue ¿está
(1) M. Block Les Progres. p. 407.
(2) Cathrein, Die aufgaben der Staatsgewal p. 63; Cepeda,
Elementos.
POR EL R. P. CH ANTOINE 73
ordenada a otra sociedad, a otros individuos, que sus
miembros? De ninguna manera. El fin de la sociedad
política es el de los ciudadanos: no está sujeto más que
al fin último; término supremo de toda la creación.
¿Sucede lo mismo con el poder político, y se puede sos
tener, sin que con ello se defienda el reinado de la tiranía
y de lo arbitrario, que la autoridad suprema es para sí
propia su propio fin, sacrificando a la grandeza de su
desarrollo a los individuos y a la misma sociedad? El
orden^de las cosas y la sana razón protestan altamente de
que el poder político exista únicamente para la sociedad
política, para ayudar a los ciudadanos a llevar sobre esta
tierra una vida tranquila y honrada y desarrollar sus fa
cultades en un progreso sabio y prudente. Así la autori
dad del padre de familia no existe para sí nunca, sino
para conservar, proteger y perfeccionar a la familia (1).
ARTICULO n
NECESIDAD DEL PODER SUPREMO
La autoridad.—El Estado-poder es el detentador de la
autoridad pública. Manda, hace las leyes, impone las
penas y ordena su ejecución. Pero ¿qué es, pues, la autori
dad y más especialmente la autoridad social? Sin entrar
en controversias que nos alejarían de nuestro objeto, res
pondemos: la autoridad es el derecho de dirigir- eficaz
mente los miembros de una sociedad, en su acción
común, hacia el fin social. Un principio de unidad y
conservación, un fuerza directriz, eso es lo que nos pare
ce la autoridad.
En tal caso, la autoridad política no es otra cosa que
(1) Taparelli, Ensayo, núm. 485. — Pesch, Staatslehre,
p. 54.
74 ECONOMÍA SOCIAL
el principio directriz de la acción colectiva de los ciuda
danos en su tendencia a la dicha temporal (1). Como hace
notar con mucha exactitud el P. Mendive (2) se puede
llamar al poder político la razón social, porque, respecto
de los ciudadanos, desempeña el mismo papel que la
razón individual en la conducta del hombre.
Es una verdad que nadie pone en duda, a no ser quizá,
ios anarquistas en los peores días de las revoluciones san
grientas y también algunos soñadores en cuyo espíritu
como en eldeProudhon(3)semezclan la razón y lalocura,
la de que la autoridad suprema es un elemento indispen
sable de la sociedad. ¿Cómo, en efecto, en una sociedad
numerosa de larga duración, compuesta de elementos
diversos, de intereses frecuentemente en lucha, como lo
es la sociedad civil, se obtendrían el concurso simultáneo
de los esfuerzos, la variedad de procedimientos, la unión
de las inteligencias y de las voluntades absolutamente
necesarias para alcanzar el fin si un poder no dirigiese
coa eficacia a los asociados, refiriendo a la unidad sus
esfuerzos y sus acciones?
«No hay en modo alguno, dice Bossuet, peor estado
que la anarquía, esto es, aquel en el que no hay ningún
gobierno ni ninguna autoridad. Donde todo el mundo
puede hacer lo que quiere, nadie hace lo que quiere: don
de no hay amo, todo el mundo es el amo; donde todo
el mundo es amo, todo el mundo es esclavo (4).» «Sin
gobierno, el hombre, dice DeMaistre, sería a la vez
social e insociable y la sociedad sería a la vez necesa
ria e imposible (5).»
Esta necesidad natural de la autoridad política ha sido
(1) Costa- Rossetti, Staatslehre, p. 25.
(2) Etica.
(3) Idée générale de la Révolution, p. 304.
(4) Politique tirée de l'Ecriture Sainte, lib. I. art.
(5) Del Papa lib. II ch. I.
POR EL B. P. CH. ANTOINE 75
en varias ocasiones solemnemente afirmada y demostra
da por León XIII. «Es necesario que en toda sociedad,
dice, haya hombres que manden, a fin de que la socie
dad, desprovista de principio y de jefe que la dirija, no
caiga en la disolución y se encuentre en la imposibilidad
de alcanzar el fin para el cual existe.» (1). «Como no pue
de subsistir ninguna sociedad si no posee un jefe supre
mo que oriente de un modo eficaz y por medios comunes
todos los miembros hacia el fin social, la autoridad es ne
cesaria a la sociedad civil para dirigirla.» (2),
La sociedad es, pues, una multitud dirigida. ¿Cuál es
la naturaleza de esta dirección?
La autoridad es un poder moral.—La autoridad es el
principio directriz eficaz de las sociedades humanas, y
por consecuencia debe, conformándose con la naturaleza
del hombre, respetar su dignidad suprema de ser racional
y libre. Un poder que dirija a los hombres por la fuerza,
la violencia y la coacción, que les conduzca como el pas
tor a su rebaño o el jinete a su caballo sería la más irri
tante de las tiranías, la opresión más indigna.
¿Qué quiere decir esto? Que para el hombre libre la
- única dirección verdaderamente eficaz y que ampara la
dignidad de la persona, es la de la obligación moral que
se ejercita por la coacción inmaterial del deber. Que la
inteligencia discierna claramente el fin y los medios, que
la voluntad sea solicitada por el consejo y no se produ
cirán ningún acuerdo ni ninguna unión eficaz de las
voluntades, sin el peso y el impulso de la obligación
moral.
Por consiguiente, el Estado, para dirigir de una mane
ra eficaz y gobernar de un modo racional, debe estar
armado del poder de mandar, esto es, del derecho da
imponer la obligación moral.
(1) Encycl. Diuturnum, § Esti homo arrogan tía.
(2) Encycl., Immortali Dei, § Non est magni negotii.
76 ECONOMÍA SOCIAL
Existe una perfecta unanimidad entre los teólogos
sobre este punto. «El gobierno, dice Suárez, alegando el
testimonio de la Escuela, es ineficaz y fácilmente expues
to a la rebelión, si no está armado del poder de constreñir.
Por otra parte, el poder de constreñir, sin el poder de
obligar en conciencia, es moralmente imposible, porque,
para ser justa, la coacción supone una falta; por lo menos
es muy insuficiente. En gran número de casos urgentes
no bastaría, en efecto, para proteger a la sociedad (1).»
Generalmente se ataca esta doctrina por los represen
tantes de la escuela liberal que, en nombre de la Decla
ración de los derechos del hombre, no reconocen en la
autoridad pública más que el poder de coerción.
Federico Bastiat resume en estos términos la idea
madre de la Declaración: «El derecho colectivo, dice,
tiene su principio, su razón de ser y su legitimidad en
el derecho individual; y racionalmente la fuerza común
no puede tener otro fin ni otra misión que las fuerzas
aisladas a las cuales se sustituye... y como cada indivi
duo no tiene derecho a recurrir a la fuerza más que en
el caso de legítima defensa, la fuerza colectiva, que no
es más que la reunión de las fuerzas individuales, no
puede racionalmente aplicarse a otro fin.» (2).
No se puede exponer con más claridad la teoría del
Estado-guardia-civil.
«El Estado, dice M. Beudant, es la fuerza colecti
va que protege el libre desarrollo de las facultades de
cada cual y vela para que nadie usurpe el derecho de
nadie.» (3).
Según M. Mauricio Block, «el Estado es la fuerza;
pero la fuerza no es ni una virtud ni un vicio; puede
(1) De Leg., lib. III, cap. XXI, n.°8.—S. Thom., 1.a, 2.«« ,
q. 6, 4.—Bellarm., lib. III, de Laicis, cap. IT.
(2) La Loi, CEuvres completes, t. IV, págs.343, 38;i.
(3) Le Droit individuel et V Etat, p. 146.
POR EL B. P. CH. ANTOINE 77
oprimir o proteger al derecho, según la dirección que
reciba.» (1).
Gobernar a los ciudadanos por la fuerza, constreñir
los a respetar la manifestación soberana de la volun
tad nacional, tal es, según la escuela liberal, el papel
de la autoridad suprema. Es un regimen de esclavitud
impuesto y sufrido en nombre de la libertad. Rousseau,
no retrocede ante esta conclusión:' «En el instante, dice,
que un pueblo se da representantes, ya no es libre... tan
pronto son elegidos, es esclavo, no es nada. En los cortos
momentos de su libertad, hace de ella un uso que bien
merece que la pierda.» (2).
ARTICULO HI
• PAPEL GENERAL DEL PODER EN LA SOCIEDAD
Medida de las obligaciones del poder civil (3).—A la
pregunta ¿cuál es el fundamento, la medida y el princi
pio regulador de las obligaciones y atribucionés del
Estado-poder? respondemos: en el fin propio del poder
supremo se encuentran el fundamento y la regla de sus
derechos y sus deberes. Y este fin ¿qué es? No es, ni
puede ser otro, que el fin de la sociedad política. Esta
verdad resalta, llegando hasta la última evidencia de la
noción primordial de la autoridad civil, que es el princi
pio de unidad, de dirección y de coordenación de las
(1) Les Progres de la Science economique, t. I, p. 407.
(2) Contrat social, lib. III, cap. XV.
(3) Sobre la importancia de esta determinación, v. Onclair,
Revue cathol. des Instit., 1889, vol. II, p. 53. -P. Meyer,
Sümmen, t. XL, 1891, p. 47.—La Civiltá, serie XIV, vol. IV,
p. 385.
78 ECONOMÍA SOCIAL
fuerzas sociales en su tendencia al fin próximo de la
sociedad (1).
Toda autoridad, cualquiera que sea, está determinada,
especificada y perfectamente limitada por el fin especial
que se proponen las sociedades que debe dirigir. Sucede
lo mismo, sin duda, con la autoridad civil, cuya total
razón de ser existe en el bien común, origen y funda
mento de la agrupación de familias en la sociedad civil.
De esta primordial obligación del Estado derivan todas
sus obligaciones particulares en el campo múltiple de
sus atribuciones; en ella descansa el edificio de los dere
chos que corresponden a este deber. Tal es, según el car
denal Tarquini, el principio constitutivo, la magna ¿har
ta de toda sociedad perfecta (2). «Una sociedad perfecta,
dice, tiene derecho a todos los medios necesarios para su
fin particular, a condición de que estos medios no perte
nezcan a un orden superior. En lo que se refiere a los
medios que no son necesarios para obtener su fin, no
tiene a ellos ningún derecho.»
El papel general del Estado consiste, pues, en dirigir
la sociedad al fin próximo de ésta. Ahora bien; como
hemos demostrado en el capítulo precedente, el fin de la
sociedad política consiste en ayudar, en la seguridad del
orden, el desarrollo físico y moral de los asociados. Por
lo mismo, a la autoridad incumben la misión y la obli
gación de conservar la paz interior y exterior, por la
protección de los derechos, y contribuir positivamente
al desarrollo de la prosperidad temporal de la sociedad.
La misión general del Estado se divide, pues, en dos
atribuciones especiales, es, a saber: el papel de protec
ción y el papel de asistencia.
Esta verdad puede hacerse evidente bajo otra forma.
Una doble necesidad de la naturaleza determina la exis-
(1) Costa. Rossetti, Staatslehre, p. 25.
(2) Principia Juris ecclesiastici, p. 5.
ECONOMÍA SOCIAL 79
tencia de la sociedad política; necesidad de protección y
necesidad de asistencia; doble tendencia natural, cuyo
término necesario es el fin propio de la sociedad (1). Así,
para el hombre, necesidad de protección y de seguridad
en la conservación de sus derechos, necesidad de asisten
cia en la persecución de los medios de adquirir los bienes
temporales necesarios para pasar en esta tierra una vida
tranquila, honesta y dichosa, que no podría procurarse,
sino con mucha dificultad, reducido a sus propias fuer
zas. A esta doble necesidad social responde el deber del
Estado; proteger y ayudar; proteger los derechos y ayu
dar los intereses.
Testimonio de la teología.—Esta teoría del papel gene
ral del Estado se ha reconocido y enseñado en perfecto
acuerdo por los grandes doctores de la Escuela. Este
hecho resalta con mucha claridad de su enseñanza sobre
el objeto y el campo de acción de la ley humana. No
citaremos más que a Santo Tomás y a Suárez, de los
cuales no son, en esta materia, más que un eco los demás
doctores.
Para ver claramente expresado el pensamiento de
Santo Tomás sobre, la función del poder en la sociedad,
hay que buscarlo en el libro De Regimine Principum. Se
sirve de dos comparaciones: «Un navio—dice—, agitado
por vientos contrarios, no llegará jamás al término si no
se encuentra sometido a la dirección del capitán; así de
la sociedad en relación con la autoridad. Si es natural
en el hombre—concluye—, el vivir en sociedad, es nece
sario que la multitud sea dirigida por un jefe. Si, en
efecto, cada cual no se ocupa más que de sus intereses
personales, no tardará en disolverse la multitud, a menos
que no se encuentre alguien que cuide del bien común
de la misma. Así el cuerpo humano se disolvería si no
(1) Costa-Rossetti, Staatslehre, p. 26.—Cepeda, Elements,
p. 422 Cathrein. Die Aufgaben, p. 5.
80 POB EL fi. P. CH. ANTOINE
poseyera una fuerza que le dirija y tenga por objeto el
bien común de todos los miembros.» (1)
El Doctor Angélico no S3 contenta con comparacio
nes, sino que traza los deberes del poder: «Debe—dice—
hacer de manera que haya la cantidad suficiente de las
cosas necesarias para una existencia decorosa. Asimismo
debe promover el bien (ut sit de promotione sollicitus),
corregir lo que es defectuoso y perfeccionar lo que es
bueno (2). El fin de la sociedad civil no es diferente del
del Estado. Por otra parte, las leyes no tienen otro fin
que el de las sociedades. La conclusión es que el fin de
la ley es el mismo que el del poder supremo.
¿Cuál es, pues, la doctrina de Santo Tomás sobre la
ley civil? En más de un pasaje enseña el Doctor Angé
lico que el fin de las leyes humanas es reprimir la mali
cia y procurar la paz y la tranquilidad temporales de la
sociedad (3). Pero ¿podemos creer que tal sea el fin total
de estas leyes? ¿Es cierto que nunca asigna a la ley civil
otro fin que la paz y la tranquilidad temporales? Demos
la palabra al Doctor Angélico: «La ley—dice—debe
referirse al bien común; por consiguiente, el legislador
puede prescribir ciertos actos de todas las virtudes. ¿Por
qué? Porque el acto que cae bajo la ley debe referirse al
bien común, lo que puede suceder de dos maneras: por
que o bien se trata de cosas que deben hacerse directa
mente para el bien común, o bien el legislador dirige la
conducta de los ciudadanos hacia el bien común de la
justicia y de la paz (4).» En otros términos, el pensa-
(1) Lib. I, cap. I.—I, Ethic, lect. I, initio.—Oont. Gent,
lib. nI, cap. LXXXV.—1.a, 2.«, p. 61, a. 5. 4.» 2.a, 2.«
p. 58, a. 5 y 6.
(2) De Reg. Princip., lib. I, cap. XV.
(3) Summ. Theol., 1.", 2.ae, p. 95, a. 1; De malo, q. 1, a. 1;
Cont. Gent., lib. III, cap. CXLVI.—Crahay, La Politique de
Saint Thomas d'Aquin.
(4) 1.a, 2.", q. 96, a. 3.
POR EL R. P. CH. ANTOINE 81
miento de Santo Tomás es este: el fin general de la ley
es el bien común; este bien es doble. Comprende, por de
pronto, el bien común directo, y luego el bien común
indirecto: la conservación de la paz y de la justicia. La
tranquilidad y la paz temporales son, pues, una parte
solamente del fin de la ley humana. Y no se crea que por
una mera casualidad haya hablado así Santo Tomás.
Leemos, en efecto: «La ley humana debe,no solamente
apartar el mal, sino procurar el bien.» «El bien común,
el fin de la ley, se extiende a muchos objetos diferentes
según las personas, las circunstancias y los tiempos (1).»
«La ley ordena a la felicidad común; hace y conserva
esta felicidad.» (2) «La ley debe velar por la utilidad del
bien común necesario para la conservación del hombre.»
No multiplicaremos más las citas. Contentémonos con
añadir que Suárez, en su magnífico Tratado de las leyes,
reproduce y desarrolla la tesis de Santo Tomás (3).
Autoridad de León XIII.—El testimonio de la teología
y de la filosofía católicas se halla confirmado por el voto
de calidad del Papa León XIII. «La^ autoridad—dice—
es el principio que dirige la sociedad en la persecución
del fin para el cual existe.» (4) «El jefe supremo orienta
de una manera eficaz, y por medios comunes, a todos los
miembros hacia el fin social (5). » Precisando y acentuan
do su pensamiento, en su carta a los cardenales france
ses (6) el Padre Santo declara que «el bien común es el
principio creador y el elemento conservador de la socie
dad humana; de donde se sigue que todo verdadero ciu
dadano debe quererlo y procurarlo a toda costa. Ahora
(1) Q. 96, a. 1.
(2) Ibid., q. 90, a. 2.
(3) De Legibvs, lib. III, cap. II, n. 7; cap. XII, n. 7.
(4) Encjcl. Diviurnum, § Etsi homo arrogantia.
(5) EneycL Immortale Dei, § Non est itagni Degotti
(6) Carta de 3 de Mayo de 1892.— Rtvue cath. des Ivstit,,
2.a serie, vol. VIII, p. 481.
82 ECONOMÍA SOCIAL
bien, de esta necesidad de asegurar el bien común deri- I
va, como de su fuente propia e inmediata, la necesidad
de un poder civil que, orientándose al fin supremo,
dirija a él sabia y constantemente las múltiples volun
tades de los subditos agrupados como haz en su mano».
¿Cuál es ese fin social? Es, a no dudarlo, el fin natural
de la sociedad civil, del cual hemos dado la descripción
en el capítulo precedente, en conformidad con las mis
mas palabras de León XIII.
En la Encíclica De Rerum novarum, el Papa habla ex
professo del papel del Estado en la sociedad, principal
mente en el orden económico. Sería inconveniente disi
mular que esta doctrina de la Encíclica sobre la inter
vención del Estado ha sufrido comentarios diversos (1).
Prescindamos, al menos por ahora, de estos comentarios,
y atengámonos al mismo texto. «Lo que por de pronto
se pide a los gobiernos—dice el Papa León XIII—es un
concurso de orden general que consiste en la economía
total de las leyes y de las instituciones.» El poder debe
favorecer la prosperidad pública, esto es, la prosperidad
moral, religiosa, doméstica y económica. El concurso
general comprende, entre otras cosas, «una imposición
moderada y un reparto equitativo de las cargas públicas;
el progreso de la industria y del comercio; una agricul
tura floreciente y ptros elementos, si los hay, del mismo
género». León XIII anhela que la prosperidad resulte
espontáneamente de la organización social, y que «la
providentia generalis del Estado produzca el mayor
número de ventajas». Cuando este anhelo no puede ser
favorablemente acogido, invoca entonces en favor de los
débiles y en particular laprovidentia singularis del Esta
do. «Este debe hacer de manera que, de todos los bienes
que ios trabajadores procuren a la sociedad, les vuelva
(1) Grégoire, Le Pape, les Catholiques et la Question
sociale, p. 208.
POKEL B. P. CH. AXToINK 83
una parte conveniente en habitación y en vestido, y que
puedan vivir con los menores trabajos y privaciones que
sea posible.» Los gobernantes son los guardianes del
orden y de los derechos, porque «retienen el poder, no
en su interés personal, sino en el de la sociedad» . Ahora
bien, el orden exige que «la religión, las buenas costum
bres y el vigor corporal se hallen en estado floreciente;
si, pues, estas cosas se encuentran en peligro, es absolu
tamente preciso aplicar, dentro de ciertos límites, la
fuerza y la autoridad de las leyes». «Los derechos, don
dequiera que se encuentren, deben respetarse religiosa
mente. Sin embargo, en la protección de los derechos
privados, el Estado debe ocuparse de una manera espe
cial de los débiles y de los indigentes.»
Después de haber expuesto estos principios, el Papa
hace su aplicación y da la lista de los abusos y de los
intereses amenazados en que el simple peligro impone a
los poderes públicos el derecho de intervención. Se pue
de leer esta larga enumeración en el mismo texto de la
Encíclica.
Y ahora, ¿preguntais cuál es la enseñanza de
León XHI sobre el papel del estado en la sociedad?
Desde luego respondo: tolle, lege, leed la Encíclica ente
ra y en ella veréis que, de una parte, el Papa recomien
da, en términos enérgicos, a los gobernantes proteger
todos los derechos de los ciudadanos; que, de otra parte
recuerda al poder el deber de contribuir a la prosperi
dad pública, de favorecer el bien común temporal, bien
sea por un concurso general (providentia generalis), bien
sea por un concurso particular (providentia singularis).
En otros términos, proteger los derechos y ayudar los
intereses, tal es la misión completa del Estado, ex
puesta en la Encíclica De Rerum novarum. Esto es lo
que hace notar M. A. Leroy-Beaulieu: «En principio, en
teoría, escribe, probaría mala fe negar que el Papa es
84 ECONOMIA SOCIAL
intervencionista al mismo tiempo que demócrata. Y en
esto, no seremos nosotros los que se lo discutamos,
León XIII se halla dentro de la tradición de los docto
res y de los teólogos, casi todos los cuales han atribuido
al Estado el derecho de velar por el bienestar de las
diferentes clases de la nación (1)».
Esta interpretación está lejos de contar con la unani
midad de los sufragios de los economistas, porque los
escritores de las distintas escuelas, mediante hábiles
recortes, han sacado del documento pontificio las doc
trinas más inconexas.
Interpretaciones incompletas de la Encíclica.—En el
primer párrafo, donde el Soberano Pontífice enumera
las justas quejas del cuarto Estado, los colectivistas han
visto la justificación de su programa revolucionario.
Al leer estas palabras del Papa: «En primer lugar, es
preciso que las leyes públicas sean para las propiedades
privadas una protección y una salvaguardia; y lo que
importa, sobre todo, en medio del hervor de tantas con
cupiscencias en efervescencia, es mantener a las masas
en el deber.» Algunos fervientes partidarios de la eco
nomía clásica han pretendido reconocer la teoría que so
puede llamar del Estado-guardia-civil del Estado-vigi
lante-nocturno.
En fin, los economistas católicos que insisten en la
regla dada por la Encíclica de que «estas (las leyes) no
deben anticiparse más allá de lo necesario para reprimir
los abusos y apartar los peligros» exclaman triunfantes:
proteger los derechos, reprimir los abusos, he ahí toda
la obligación y la función del Estado.
También se dice: «En el estudio de las cuestiones
(1) Le Papauté, le Socialisme et la Démocratie, p. 115.
M. A. Leroy-Beaulieu añade: «Tal es la tesis establecida por el
Papa; he ahí una buena justificación filosófica de la interven
ción del Estado» .
POR KL R. P. CH. ANTOINE
sociales hay que seguir a la Encíclica, a toda la Encícli
ca, y nada más que a la Encíclica.» Esta profesión de fé
da testimonio de la sumisión filial de su autor, pero no
es menos defectuosa que las anteriores, y esto a dos títu
los. ¿Por qué suprimir, en cuestión tan importante, los
demás documentos, Encíclicas o Breves de León XIII?
En varias ocasiones el Papa ha precisado su pensamiento
sobre la cuestión obrera, y recordado en diversas Encí
clicas las leyes y los principios del Estado cristiano. Y
supuesto esto, ¿no es arbitrario encerrartodas las ense
ñanzas pontificias en el estrecho cuadro de la Encíclica
De Rerum novarum? Además, no es, ni con mucho, ver
dad que León XIII haya tratado en este documento
todas las materias concernientes a la cuestión obrera y
resuelto todos los delicados problemas que la misma
suscita. Con mano firme y segura, ha trazado todas las
grandes líneas de la reforma social y establecido los
principios fundamentales de caridad y de justicia que
deben regir el mundo del trabajo. Por lo que hace a las
conclusiones y a las soluciones inmediatamente prácti
cas, no ha indicado más que un pequeñísimo número de
ellas (1). Esto explica el porqué medidas prácticas distin
tas, y hasta opuestas, pueden, con perfecto derecho, rei
vindicar igualmente para sí determinados principios de
la Encíclica. Podeis defender las sociedades cooperati
vas de consumo o atacarlas, preferir los sindicatos mix
tos a los sindicatos aislados, ser partidarios de las cajas
(1) El mismo Padre Santo ha i razado las grandes líneas de
esta obra e indicado la vía en la cual deben entrar sacerdotes y
laicos para repartir con él su voluntad por las clases obreras.
Pero a los que hayan respondido a su llamamiento, el augusto
autor de la Knciclica De Rerum novarum, ha dejado libres el
examen y el estudio de varios puntos, que aunque conexos con
la cuestión social, son secundarios. Carta del cardenal Rampo-
11a al abate Six, 6 de Agosto de 1894.)
86 EOONOMlA SOCIAL
rurales o de los bancos populares, y sin embargo, encon
traros en perfecta armonía con la enseñanza de Roma.
En este punto la divergencia no radica en los principios
sino que más bien proviene de una apreciación diferente
de hechos, de circunstancias y de condiciones variables.
Después de haber expuesto la tesis católica, estudie
mos las teorías opuestas.
ARTÍCULO IV
DIFERENTES TEOBÍAS DEL ESTADO
i
Estado Kantiano.—El genial sofista que se llama Ma
nuel Kant, hace derivar la constitución del Estado de la
teoría del derecho y del orden jurídico. He aquí cómo.
Según el pensador de KSnigsberg, la moral abraza simul
táneamente los deberes interiores y exteriores, porque
unos y otros pueden cumplirse sin más móvil que el de
el deber. Por el contrario, el derecho no se aplica más
que a los deberes exteriores, únicos que pueden ser
objeto de coacción (1). El derecho posee dos caracteres
El primero es el de no aplicarse más que a las relacio
nes exteriores de una persona con otra en tanto en cuan
to las acciones de la una puedan, mediata o inmediata
mente, tener influencia sobre la otra (2); el segundo es
que consiste, no en la relación del deseo del uno con la
voluntad de la otra, sino en la relación de dos volunta
des (3). De estas nociones, el padre del criticismo tras-
(1) Kant, Doctrina del Derecho, Introducción a la Metafí
sica de las costumbres, III.
(2) Introducción a la Doctrina del Derecho, B.
(3) Jbid.
POR EL E. P. CH. ANTOINB
cendental deduce la fórmula de las acciones jurídicas.
«Es conforme al derecho toda acción que permite o cuya
máxima permite al libre arbitrio de cada uno concordar,
conforme a una ley general, con la libertad de todos»;
luego establece el principio de todos los deberes de dere
cho. «Obra exteriormente de tal suerte, que el libre uso
de tu libre arbitrio pueda concordar con la libertad de
cada uno siguiendo leyes generales (1).»
De esta noción, así definida, resulta inmediatamente
el poder de constreñir; porque si es un principio de la
razón que la libertad del uno deba concordar con la liber
tad del otro, todo ataque que se oponga a mi libertad es
contrario al derecho; al apartar este obstáculo, no hago
otra cosa que defender mi libertad. Por consiguiente, la
misma coacción empleada para alejar de mí todo acto
injusto, es conforme con la libertad; luego es justa (2).
Kant llega a sostener que el derecho y la facultad de
constreñir son una sola y misma cosa (3). Elimina de la
noción del derecho todo motivo interior o puramente
moral, como, por ejemplo, el respeto a la ley, y hace con-'
sistir el derecho exclusivamente en las acciones exterio
res. En fin, aboca a esta fórmula que es su última pala
bra sobre la naturaleza del derecho: «El derecho consis-,
te en la posibilidad del acuerdo de una caacción general
y recíproca con la libertad de cada uno.»
¿Cómo pasa el filósofo alemán de la noción del dere
cho a la teoría del Estado? «Las relaciones jurídicas,
dice, pueden existir entre personas privadas, pero de una
manera provisional y precaria. Una seguridad general
tal, que cada uno respete de una manera conveniente la
libertad de los otros, no puede existir, a no ser que, por
cima de los individuos, haya un poder más elevado con
(1) Introducción a la Doctrina del Derecho, B.
(2) Ibid, D.
(3) Ibid. E.
88 ECONOMÍA SOCIAL
la facultad de juzgar las contiendas y de hacer que se
ejecuten por la coacción las decisiones acordadas. En el
estado de naturaleza no existe ningún derecho y nadie
está garantido contra los ataques de que pueda ser obje
to su libertad. De ahí se sigue que es una exigencia
absoluta de la naturaleza que empuja a los hombres a
some+orse a una coacción pública y legal, en otros tér
minos, a formar la sociedad civil (1).» Si pedís a Kant la
definición del Estado os contesta: «El Estado es la unión
de una multitud de hombres que viven bajo la protección
de las leyes jurídicas». Por otra parte, esta tutela del
derecho no es más que una función negativa. El Estado
no se preocupa de la dicha o de la prosperidad de los
súbditos, debe velar únicamente por la conservación de
su existencia social (2). Como él mismo dice en varios
pasajes, la concepción social de Kant se ha inspirado en
las de Montesquieu y Rousseau (3). Todo derecho, dice,
depende de las leyes; pero una ley pública es el acto de
nna voluntad pública de la que procede todo derecho,
voluntad a la que nadie puede resistir sin cometer una
injusticia. Ahora bien; en este respecto no puede existir
otra voluntad que la voluntad colectiva del pueblo, por
que en este caso sólo contra sí propio puede cometer
injusticia. Esta ley fundamental que no puede provenir
más que de la voluntad universal del pueblo se llama el
contrato primitivo. Por este contrato el hombre abdica
plenamente su libertad primitiva; pero para volver a
encontrar inmediatamente en la dependencia de la ley,
como ciudadano del Estado, esa misma libertad bajo una
forma moral y civilizada (4).
En lo que respecta al origen histórico de este contrato
(1) Kant, Werke, edit. von Hartenstein t. V, p. 144.
(2) Loe. cit., páginas 383, 145.
(3) Pesch., Stimmen, 1879, t. XXI, p. 408.
(4) Loe. cit., p. 148.
POH EL R. P. CH. ANTOINE 89
inicial, Kant deja indecisa la cuestión y apela a la idea
pura de la razón (1).
Tal es la teoría del célebre autor de la Crítica de la
razón pura (2). El error capital de este sistema se en
cuentra en la completa autonomía que se concede a la
libertad. Para los discípulos de Kant la libertad es un
ídolo al cual se debe referir todo; es el deus ex machina
al cual nada resiste. Sin embargo, la libertad no es más -
que una fuerza creada y limitada que no tiene el fin en
sí misma y que recibe su ley de una autoridad más alta
y debe encuadrar en el orden moral y jurídico fundado
en lo absoluto. Si esto es así, ¿a qué limitar la función
del poder a la protección del ejercicio legítimo de la
libertad? «El. ejercicio legítimo de la libertad es, se dice,
el mayor de los bienes; no se le puede sacrificar para
obtener otro.» Examinemos esta razón. La libertad ¿es
un bien? Sin duda. Pero ¿por qué es un bien? ¿Porque
permite violar impunemente la ley moral en lo que no
interese al prójimo? Evidentemente queno; sino que, por
el contrario, permite hacer lo que es conforme con la
naturaleza humana, es a saber, el bien moral. ¿Qué se
desprende de lo dicho? Que el ejercicio libre de la acti
vidad humana no es un bien en sí mismo, sino solamen
te a causa del bien moral que permite practicar. No es,
pues, cierto que el mayor de los bienes sea el ejercicio
de la libertad. Pero, se insistirá, es el mayor de los bie-
(1) Elementos metafísicos del Derecho.
.2) Para la refutación detallada del sistema jurídico-moral
de Kant, véanse: Cathrein, Moralphilosoph¿e,Bá.,l, p.406.
Stockl, Lehrbuch der philosophie, Bd., III, p. 72 y sig. Me-
yer InsHtutiones Juris naturalis, págs. 132 y 145.—Cepeda,
Elementos de Derecho natural.—Beaussire, Les Principes,
pág. 25. Walter, Naturrechtundpolitik, p. 10. —Th. Punck
Brentano, Sophistes allemands et Nihilistas russes.—Paul Ja-
net. Histoire de la science politique, p. 573 y sig. Chresson,
La Morale de Kant.
90 ECONOMIA SOCIAL
nes que pueda dar el poder político. ¿Dónde se ha demos
trado este aserto? ¿Por qué con el ejercicio legítimo de
la libertad el Estado no podría también asegurar al hom
bre, por ejemplo, un ambiente moralizador? ¿Carece de
medios para ello? ¿No puede, al exigir una educación
moral, concediendo cargos y honores a la virtud, repri
miendo los escándalos y vigilando la prensa y el teatro,
llegar a rodear a los ciudadanos de una sana atmósfera
moral e imprimir así a la opinión una pendiente hacia
el bien? Por otra parte, como hemos demostrado, el
poder social tiene el mismo fin que la sociedad y este fin
no consiste en la coexistencia de las libertades indivi
duales bajo una ley general de coacción.
Estado liberal.—Las teorías políticas y sociales de la
escuela liberal, tienen con los principios del filósofo ale
mán lazos de parentesco bastante íntimos. La influencia
del racionalismo kantiano se hace sentir aún en los escri
tores que afectan una gran independencia de juicio y se
separan de la filosofía de más allá del Rhin.
He aquí, según M. Beudant, los rasgos principales de la
tesis liberal: «El derecho es la autonomía del ser huma
no, la facultad inherente a su naturaleza de no depen
der más que de si propio en la dirección de su pensa
miento y de sus actos: inviolabilidad de la persona,
libertad en sus diversas manifestaciones, y en fin, propie
dad, que no es más que un corolario de la libertad indi
vidual... La ley es una libertad impersonal, y por lo mis
mo, impasible y constante... La autoridad, en lugar de
transmitirse a un jefe, reside en una regla, en la regla
inmutable, según la cual se contienen los choques socia
les y son juzgadas las disensiones. Tiene por órgano el
Estado que la personifica y que aparece como la institu
ción social del derecho.
«El Estado es la fuerza colectiva que protege el libre
desarrollo de las facultades de cada cual y que vela por
POR EL B. P. CH. ANTOINB 91
que nadie usurpe el derecho de nadie. En la ciudad anti
gua se consideraba que lo podía y lo debía todo en lo
que respecta a la dicha del hombre: tenía a su cargo las
almas. En la sociedad moderna la fórmula se ha inverti
do; el individuo, considerado en sí mismo, no tiene nada
que esperar más que de sus propios esfuerzos. La ley, en
fin, es el arma puesta en manos del Estado para organi
zar la disciplina social» (1).
Tal es el derecho nuevo, el Estado moderno, la inmor
tal conquista de 1789, cuyo origen y desastrosas conse
cuencias se han trazado de mano maestra por León XIII
en las siguientes palabras: «El pernicioso y lamentable
deseo de novedades que se manifestó en el siglo xvi en
los cuestiones religiosas, penetró bien pronto, y como
por una pendiente natural, en el dominio de la filosofía,
y, desde ésta, en el orden social y político. A esta fuen
te hay que remontar esos principios modernos de liber
tad desenfrenada, soñados y promulgados entre las gran
des perturbaciones del siglo último, como los principios
y los fundamentos de nn derecho nuevo hasta entonces
desconocido, y en más de un punto, en desacuerdo, no
solamente con el derecho cristiano, sino también con el
derecho natural. He aquí el primero de todos esos prin
cipios: todos los hombres, desde el momento que son de
la misma raza y de la misma naturaleza, son semejantes,
y, por tal hecho, iguales entre sí en la práctica de la
vida. De tal modo depende cada cual únicamente de sí,
que, en manera alguna, se halla sometido a la autoridad
de otro; puede con toda libertad pensar sobre cualquier
cosa lo que quiera, hacer lo que le plazca; nadie tiene
derecho a mandar a los demás. En una sociedad fundada
en estos principios, la autoridad pública no es más que
la voluntad del pueblo, el cual, como no depende más
(1) Le Droit individuel, págs. 10, 146.
92 ECONOMIA SOCIAL
que de sí propio, es por ello el único que se manda.
Escoge sus mandatarios, pero de tal suerte, que les dele
ga, más bien que el derecho, la función del poder para
ejercerlo en su nombre. Se pasa en silencio la autoridad
de Dios, como si Dios no existiera o no se ocupara para
nada de la sociedad del género humano, o como si los
hombres, ya en particular, ya en sociedad, no debieran
nada a Dios o se pudiera imaginar un poder cualquiera
cuya causa, fuerza y autoridad no residiera por comple
to en el mismo Dios. Como se ve, de esta suerte, el
Estado no es otra cosa que la multitud señora que se
gobierna a sí misma, y desde el momento en que se repu
ta al pueblo fuente de todo derecho y de todo poder, el
Estado no se cree ligado por ninguna obligación para
con Dios, no profesa oficialmente ninguna religión, no
se cree obligado a investigar cuál es, de todas ellas, la
únicaVerdadera, ni a preferir una a las demás, ni a fa
vorecer principalmente a una de ellas, sino que debe
atribuir a todas ellas la igualdad ante el derecho, con el
solo fin de impedirles turbar el orden público (1).»
Nada tenemos que agregar a estas autorizadas pala
bras. El sistema de Kant y de la escuela liberal aboca
al individualismo en la moral, el derecho y la sociedad.
Se ha producido una reacción en el sentido de un objeti
vismo exagerado, que arrastra al individuo en una ley de
evolución ideal, lógica o material, para hacerle desapare
cer en el gran todo de Dios o de la colectividad. Tal es
el origen de la concepción hegeliana y socialista del Es
tado.
Estado hegeliano.—El Estado según los doctores del
panteísmo alemán, es lo absoluto. «Dios mismo, dice He-
gel, llegado a cierto grado de su devenir (auf einer bes-
timmten Stufe des Werdens).» Es, dice Schelling, «el fin
(1) Encycl. Immortale Dei, § Sed perniciosa.
POE EL B. P. CH. ANTOINE 93
completo y absoluto que posee un derecho supremo res
pecto a los individuos (1)». Stahl, aunque evita los grose
ros errores del panteísmo, afirma que «el Estado es sim
plemente el mundo moral (schlechihin die sittliche Welt),
cuyo objeto es perfeccionar la existencia humana (2).»
Señalemos asimismo los sistemas semihegelianos que
atribuyen al Estado la misión de realizar directamente,
por todos los medios posibles, el más alto grado de civi
lización. Tal es la teoría del Cultui'staat, enseñada por
Ahrens (3) y Bluntschli (4).
Estado socialista.—Los doctores del colectivismo aban
donan con gusto las nebulosas alturas del idealismo tras
cendental para fijarse en el terreno menos metafísico de
la evolución material. He aquí cómo el doctor Pioger
define al Estado: «Nos vemos conducidos a concebir al
Estado, al poder, a la soberanía y a la ley, no como una
entidad-providencia que vela por nuestros destinos, sino
como la expresión general de una colectividad, como
la resultante de una individualización social, Estado o
nación (5).» En otrostérminos, el Estado, el poder, la
soberanía, la ley... somos nosotros.
(1) Grimdlinien der Philosophie des Rechts, § 258, p. 306.
(2) Rechts-und Staatslehre auf der Grundlage chris-
tlicher Weltanschauuvg, 3, Auf., Bd. II Abth. 2. p. 140.
(3) Derecho natural.
(4) Teoría general del Estado lib. V, t. IV.
(5) Revue socialiste, 1.° de Enero de 1894, p. 9.—B. Ma
lon Le Socialisme intégral, primer volumen, p. 196 y sig.
Gabriel Deville, L' Etat et le Socialisme ( Revue socialiste,
Mayo de 1895, p. 513).—Juan Jaurés, Organisation socialiste
(Revue socialiste, Abril y Junio de 1895).
*¿¡ .. -,'! < ASH CAPITULO III
funciones del Estado.
En el capítulo precedente hemos considerado, de una
manera general, el papel del poder en la sociedad civil.
La importancia de esta cuestión nos obliga a someter a
un análisis más detallado, más preciso y más completo
las funciones del Estado. A este efecto, consideraremos
sucesivamente las dos atribuciones de la autoridad social:
proteger los derechos y ayudar los intereses. Las com
pararemos una con otra, y, en fin, intentaremos determi
nar sus limites.
AETICULO PRIMERO
CUESTIÓN PREVIA
Existencia de las funciones necesarias.—El Estado,
poder concreto, posee funciones necesarias a las que no
puede renunciar sin faltar a su deber. «No se debe, escri
be M. P. Leroy-Beaulieu, buscar en una concepción
meramente filosófica la contestación a la pregunta: ¿qué
es el Estado? Sólo el examen de los hechos históricos de
la evolución humana; el estudio atento en los diversos
pueblos de la manera en que vive, se mueve y progresa
POS EL H. P. CH. ANTOINE 95
la sociedad, pueden permitir el que se discierna con algu
na claridad el Estado concreto muy diverso, por otra
parte, según los países y los tiempos (1).» De ahí con
cluye el sabio economista que ninguna función pertene
ce de un modo necesario a ese conjunto de poderes públi
cos que se llama Estado.
Es una verdad que a nadie se le ocurrirá poner en
duda, la de que el individuo, la propiedad, la familia, la
sociedad política y el Estado manifiestan innumerables
variedades en el tiempo y en el espacio. Pero esta diver
sidad, ¿excluye caracteres comunes y permanentes? La
evolución histórica de la sociedad y del Estado, ¿es resul
tado del azar, una perpetua revolución en el caos y en el
desorden? ¿No se halla más bien sometida a leyes cons
tantes fundadas en la naturaleza del hombre y de la socie
dad? A estas preguntas hemos respondido asignando el
fin natural y necesario de la sociedad civil y del Estado.
Así, a fin de no perdernos en discusiones estériles y
fastidiosas, conviene precisar la significación que aquí
damos a la palabra Estado. Entendemos por Estado, el
Estado concreto, considerado en sus caracteres generales,
el conjunto de los poderes públicos que comprenden los
diversos grados de la jerarquía suprema bajo las diver
sas formas de gobierno y de constitución política. Por
consiguiente, la teoría de las funciones del Estado no
debe establecerse en beneficio del Estado centralizador
y de la burocracia moderna; no debe ser el panegírico
interesado de tal o cual gobierno particular. Debe, con
la imparcialidad de la ciencia, analizar y describir las
dos grandes funciones del poder público: proteger los
derechos y ayudar a los intereses.
(1) Revue des Deus Mondes, t. LXXXVIII, p. 308; L'Etat
moderne et ses fonctions, lib I, c. I.
96 ECONOMÍA SOCIAL
4
ARTICULO II
PRIMERA FUNCIÓN DEL ESTADO: PROTEGER LOS DERECHOS
Protección de los derechos.—La protección de los dere
chos impide la violación de los derechos de los indivi
duos o grupos, familias, asociaciones, municipios y pro
vincias de que se compone la sociedad; derecho a la exis
tencia, derecho a la propiedad, derecho a la reputación,
a la religión, derechos personales o adquiridos, todo lo
que, en una palabra, constituye la esfera de la justicia,
cuya violación es una injusticia en el total sentido de
esta palabra.
La frase respeto del derecho, ¿despierta la misma idea
que protección de éste? (1). Respetar un derecho es sen
cillamente no lesionarle sin que se necesite emplear
medios para evitar o reprimir las violaciones o ataques
al mismo. La protección añade el empleo de medidas
preventivas o represivas. Así, por ejemplo, yo respeto la
vida de mi prójimo con el sólo hecho de no atacarla. Si
estoy resuelto a proteger esta vida, debo, además, garan
tizar su seguridad por medios eficaces.
Para ser completa debe la protección de los derechos,
comprender tres atribuciones distintas: 1.°, asegurar el
ejercicio de los derechos por la coacción; 2.°, determinar
los derechos por la ley; 3.°, resolver por los tribunales los
conflictos de los derechos. Examinemos de más cerca este
papel particular del Estado:
1.° Asegurar él ejercicio del derecho.—Representaos
un estado social en el cual el derecho estuviera despro
visto de toda garantía eficaz. En él encontraríais una
(1) Beaussire, Les Principes du Droit, págs. 51 y 99.
POR EL R. P. CH. ANTOINE 97
confusión sin salida, la inseguridad general, la guerra de
todos contra todos, el desorden y la anarquía permanen
tes; nada que se parezca a una sociedad. Entonces el
triunfo pertenecería a los más fuertes; la violencia y la
astucia oprimirían a la virtud; se paralizarían, si es que
no se sofocaban, todas las energías.
Es de toda evidencia que, en una sociedad de este
género, sus miembros se verían imposibilitados de per
seguir la dicha temporal, puesto que todos los esfuerzos
intentados con este objeto podrían a cada instante encon
trarse detenidos y contrarrestados por los demás asocia
dos. Así, el bien común se encuentra esencialmente liga
do con la protección de los derechos respecto de los
miembros de la sociedad civil y, por consecuencia, es
para el Estado una obligación indispensable garantizar a
cada cual el libre ejercicio de sus derechos.
Por más que esta protección de los derechos se refiera
a todos los ciudadanos sin distinción, se ejerce, sin
embargo, de una manera más directa y más especial en
los débiles, es decir, en aquellos que, condiciones parti
culares, hacen incapaces de reivindicar sus derechos. Sin
embargo, apresurémonos a observar que la debilidad por
sí sola no es título bastante para una protección especial
o una ingerencia directa del Estado. Elevar esta preten
sión sería confiar a los cuidados del Estado los huérfa
nos, las viudas, los pobres, los enfermos con frecuencia,
los obreros y, a las veces, los patronos. Seguramente,
esto sería socialismo (1).
Nada más justo que el Estado ampare los derechos de
los débiles cuando son atacados o amenazados en ellos;
pero ¡cuidado! porque más allá comienzan los abusos del
poder.
(1) D'Eichthal, Souveraineté du peuple et gouvernement. —
Thomerau, Quelles sont les limites de l'intervention de l'Etat
en matiére d'assuranees?
7
98 ECONOMIA SOCTAT.
Aclaremos nuestro pensamiento con dos ejemplos.
Hay en Francia, según M. Bonjean, 100.000 niños
completamente abandonados, si no pervertidos, por sus
familias, huérfanos, cuyos padres viven; según M. Rous-
sel, son 40.000; según el director de la Asistencia públi"
ca, son 75.000. Desde el punto de vista físico y moral, la
situación de estos niños es deplorable y crea para la
sociedad un peligro permanente.
La ley de 24 de Julio de 1890, permite privar del
poder paterno a los padres más indignos de ejercerlo y
organizar en este caso la protección de los menores. ¿Es
esta ley un abuso del poder del Estado? Seguramente
que no, porque en este caso la autoridad pública protege
los derechos esenciales de esos niños a la vida y a la
moral contra la injusta tiranía de los padres.
El obrero que trabaja en una minano tiene el poder
de regular las condiciones de ventilación, de agotamien
to de las aguas y de todos esos elementos de seguridad
necesarios para la conservación de su vida.
Al prescribir medidas de higiene, para la explotación
de las minas, el Estado ejercita de un modo legítimo la
obligación que le es propia de proteger el derecho de
los trabajadores, a la existencia.
2.° Determinar los derechos por la ley.—No solamen
te el Estado debe garantizar por la coacción el ejercicio
de los derechos naturales, sino que también debe, por
una sabia legislación, determinar, precisar y fijar el ejer
cicio de estos derechos en casos particulares o también
aplicar a ciertas materias los principios generales de
derecho natural. En una sociedad en que las aplicaciones
de las reglas superiores de la justicia permanecieran inde
terminadas y entregadas al arbitrio o al capricho de los
individuos, se verían bien prontro nacer y perpetuarse
los conflictos, las disensiones, las riñas y el desorden,
invocando cada cual para su causa, los principios de jus
POR EL R. P. CH. ANTOINE 99
ticia. ¿Cómo entonces, en este estado de confusión y de
desorden, perseguir, en paz y en libertad, la dicha tem
poral, fin natural de la sociedad civil?
Pongamos un ejemplo entre mil. ¿Se limitan las leyes
de sucesión a reprimir las injusticias? ¿No son un medio
de que se sirve cada legislador para organizar la trasmi
sión de la propiedad según las exigencias del bien común
de la sociedad? Pero si las relaciones de sucesión here
ditaria necesitan armonizarse con el bien general ¿por
qué no se determinan otras relaciones no menos necesa
rias? Los mismos males piden los mismos remedios.
El bien común exige, pues, que una legislación posi
tiva aplique a los casos particulares, determine, según
las condiciones especiales de la sociedad, los principios
generales del derecho natural e impongan a todos una
regla común que armonice en una misma obligación las
voluntades y las acciones.
Por lo demás, no es necesario demostrar que el poder
legislativo es el atributo del poder soberano, multitud o
monarca.
3.° Resolver los conflictos de los derechos.—Es una
verdad incontestable que el orden social exige de un
modo absoluto la solución de los conflictos que se susci
tan en el ejercicio de los derechos opuestos y que recla
ma imperiosamente la represión de los crímenes y de los
delitos. Las leyes más sabias y los reglamentos más úti
les serían letra muerta sin el establecimiento de los tri
bunales, la vigilancia de la policía y el ejercicio del
poder coercitivo.
Tutela jurídica —Con el nombre de tutela jurídica se
puede comprender la triple función que acabamos de
describir, esto es, el conjunto de los medios eficaces que
aseguran la protección plena de los derechos; pero, así
entendida, se extiende más allá de la simple represión
de los abusos. Yo añado que la tutela jurídica recibe su
100 ECONOMÍA SOCIAL
complemento necesario y su indispensable coronación en
la segunda función del Estado: ayudar los intereses.
ARTICULO ni
SEGUNDA PUNCIÓN DEL ESTADO: AYUDAK LOS INTERESES
Deber de asistencia—Recordemos el principio funda
mental que hemos adoptado por guía eu la investigación
de las funciones del poder público. La misión del Esta
do es dirigir y ayudar a la sociedad en la realización de
su fin natural. Siendo este fin la prosperidad temporal
pública, se sigue que es misión del Estado promover este
fin, favorecer el desarrollo de la vida social y venir en
ayuda de los intereses generalos de los ciudadanos. ¿No
es verdad que el conjunto de los medios positivos de civi
lización puestos por la autoridad social—gobierno cen
tral o municipal—a disposición de sus miembros indican
el carácter distintivo, el grado de cultura de las diversas
sociedades políticas? Extendiendo bajo la dirección del
poder su acción más allá del Código civil y del Código
penal las sociedades, viven vida personal; dando a su
actividad una esfera más extensa que la simple protec
ción de los derechos, dejan de ser una yuxtaposición de
individuos, una multitud sin orden y sin lazo social, y
una contienda de intereses privados para convertirse en
un cuerpo social, una nación y una patria (1). Por otra
parte, este derecho de asistencia, tomado en su más
amplio sentido, no se niega ya más que por un número
insignificante de intransigentes de la economía liberal.
(1) Hamilton, Le Développement des fonctions de l'Etat
(Revue d'économie politique, 1891, p. 140.)
POR EL R. P. CH. ANTOINE 101
M. Michel Chevalier hace notar esta revirada en las doc
trinas de la escuela clásica. «De hecho, dice, se está
operando una reacción en los espíritus selectos; en las
teorías de economía social que adquiere favor, se deja de
considerar al poder como un enemigo natural; aparece
cada vez más como un infatigable y benévolo auxi
liar, como un apoyo tutelar. Se reconoce que está llamado
a dirigir la sociedad al bien y a preservarla del mal, a
ser el promotor activo e inteligente de las mejoras públi
cas, sin que por eso pretenda el monopolio de esta atri
bución (1).
Un intrépido defensor de la libertad civil y política,
M. Arthur Desjardins, escribe: «Los hombres se han
agrupado para asegurar, no solamente la grandeza y la
prosperidad del Estado colectivo, sino también, y muy
especialmente, su propio bienestar, su desarrollo mate
rial y moral» (2).
Según la excelente fórmula de M. Baudrillart, el papel
propio del Estado no es hacer ni dejar hacer, sino más
bien ayudar a hacer. M. Paul Janet admite en principio
la intervención del Estado en los intereses generales de
la sociedad, y añade que este principio no es más res
ponsable ;le sus excesos que la libertad de los excesos
contrarios» (3), M. León Aucoc y monsieur Ad. Franck (4),
expresan el mismo pensamiento; pero si existe acuerdo
sobre el principio de la intervención del Estado, deja de
haberlo en el momento en que se trata de determinar el
campo de acción que le está reservado. En esta región
accidentada de las atribuciones del Estado, ¿cómo trazar
la frontera que separa el derecho y el deber de la tiranía
(1) Cours d'économie politique, t. II, 6e lecon.
(2) De la liberté politique dans VEtat modeme, p. 10.
(H> Séances et travaux de V Academie des Sciences morales
et pólitiques, t. OXXV, 1886, p. 525.
(4) Ibid, p. 551.
102 ECONOMÍA SOCIAL
y del abuso? Existe, sin duda, un procedimiento empíri-
co que consiste en redactar una lista de lo que se puede
conceder y de lo que se cree debe rehusarse al poder (1).
Cuestión de dosificación, calculada según el tempera
mento nacional, la opinión pública, las circunstancias del
momento o menos todavía. Este método no tiene nada
de científico; es el arte de los expedientes. Dejemos éstos
y apelemos al principio fundamental que regula las atri
buciones del Estado.
El fin del poder es la prosperidad temporal pública de
la sociedad. Esta misma prosperidad ¿qué compren
de? Contiene dos elementos: la prosperidad económica o
material y la prosperidad moral e intelectual. Tales son
'las dos fuentes de la verdadera civilización, de la verda
dera prosperidad, del progreso real de la sociedad y de
sus miembros. ¿Qué decir de esto? Que el Estado debe
ejercer su influencia eu el orden económico y en el orden
moral de la sociedad.
Atribuciones del Estado en e! orden económico (2).—La
prosperidad material o económica consiste en cierta
abundancia de bienes materiales, de riquezas necesarias
para la conservación de la existencia, para el bienestar y
el perfeccionamiento del hombre. Ahora bien; la produc
ción de la riqueza depende principalmente de la activi
dad privada de los ciudadanos aislados o asociados.Por consiguiente, la intervención del poder civil en la
esfera de los intereres económicos debe tener por prin
cipal objetivo remover los obstáculos que se oponen al
desarrollo de esta actividad. Entre estos obstáculos cite
mos los impuestos aplastantes o repartidos sin equidad y
las cargas excesivas de los servicios militares. Por la
(1) Claudio Jannet, Le Socialisme (V Etat. ch. I. D'Haus-
sonville, Socialisme d'Etat et Socialisme chrétien (Revue des
Deux Mondes, 1890, III, p. 854 y sig.)
(2) Villey, Le ROle de l'Etat dans V ordre économique.
POB EL H. P. CH. ANTOINE 103
misma razón, el Estado tiene el deber de proteger y
defender la actividad privada contra todo lo que le pueda
causar perjuicio-, y, en fin, ayudarla y estimularla; sin
embargo, no debe sofocarla por una comprensión exage
rada. La autoridad social puede ayudar la iniciativa pri
vada en el orden económico por medios múltiples. He
aquí los principales:
1. ° Pertenece al Estado desarrollar directa o indirec
tamente las vías de comunicación: carreteras, ferrocari-
les, canales y puertos.
2.° Contribuye al progreso del comercio y de la
industria pactando convenios mercantiles con las demás
naciones, dirigiendo, con los aranceles aduaneros, el
movimiento de importación y de exportación de las pri
meras materias o de los productos elaborados.
3.° El poder estimulará la actividad de la producción
nacional mediante la creación de instituciones destina
das a propagar los conocimientos técnicos en las dife
rentes ramas de la industria, por la concesión de recom
pensas y de distinciones a los aventajados en ella, por la
concesión de exención de tributos o primas, ya a ciertas
industrias, ya a la exportación.
4.° Sin que él mismo sea el distribuidor de la rique
za social, que ni ha producido ni le pertenece, el Estado
debe, con todo, mediante una sabia legislación, velar
para que tal reparto tenga lugar de una manera equi
tativa.
He ahí cómo todo el poder cumplirá su misión de ayu
dar a la prosperidad material o económica de la nación.
Pero, por importante que sea esta prosperidad material,
no tiene valor sino en tanto en cuanto sirva al verdade
ro progreso y a la verdadera civilización, que principal
mente consisten en el desarrollo moral de la sociedad.
Es una verdad que resalta con evidencia de la conside
ración del fin natural del Estado y de la sociedad, la de
104 ECONOMÍA SOCIA:
que el poder civil tiene la misión de promover la moral
pública y de proteger a la religión. Una y otro, son, en
efecto, medios concedidos al hombre para ayudarle en el
cumplimiento de su destino sobre la tierra, esto es, pre
pararse para la felicidad eterna. Por lo mismo, la prospe
ridad material, despojada de la grandeza moral, no sería
digna del hombre y de la sociedad humana. León XIII
no ha, dejado de recordar en multitud de ocasiones esta
verdad fundamental. «Entre los principales deberes del
jefe del Estado, dice, se encuentra el de proteger y
defender la religión, porque importa a la prosperidad
social de los ciudadanos puedan, libre y fácilmente, ten
der a su último fin» (1). Los que gobiernan al pueblo
deben a la cosa pública, no solamente procurar los bie
nes exteriores, sino también ocuparse, por una sabia
legislación, de los bienes del alma. Desdeñar en el gobier
no las leyes divinas, es hacer que se desvíe el poder
político de su institución y del orden de la naturaleza (2).
«La naturaleza no ha hecho al Estado para que en él
encuentre su fin, sino para que en él encuentre los medios
aptos para su perfección. Por consiguiente, un Estado
que no suministrase a sus miembros más que las venta
jas exteriores de una, vida fácil y elegante, que en el
gobierno de la sociedad dejara a un lado a Dios y la ley
moral, ya no merecería ese nombre, no sería más que un
vano simulacro, una imitación engañosa (3).»
Esta misión en el orden moral y religioso impone al
poder deberes negativos y positivos. Los primeros con
sisten en reprimir, en castigar los actos contrarios a la
moral y a la religión que constituyen un escándalo
público. ¿No hay en eso, en efecto, un caso completa-
(1) Encycl. Immortale Dei, § Hac ratione.
(2) Encycl. Libertas praestantissimum. § Mitiores ali-
quanto .
(3) Encycl. Sapientiae christianae, § Quod autem.
POR EL R. P. CH. ANTOINE 105
mente elemental de defensa de los derechos individuales
y de preservación social? Además, la autoridad suprema
debe velar para que ni las leyes ni los magistrados, ni
los funcionarios en el ejercicio de su cargo, vengan a
destruir o restringir la moral pública o el espiritu de
religión de la sociedad.
Los deberes positivos comprenden el apoyo y la pro
tección que hay que dar a todo lo que tienda a estable
cer, desarrollar y fortificar la moralidad y la religión
públicas (1). Añadamos que el Estado, en esta función de
asistencia, debe respetar los derechos y la autoridad
superior de la sociedad a la cual pertenece la verdadera
religión, esto es, la Iglesia católica.
¿Se halla, pues, el Estado encargado de la moral y de
la religión de los individuos? Seguramente que no. Que
la autoridad suprema vele por la moral pública, nada
tiene de extraño, pues es su deber; pero no acontece lo
propio con la moral individual. ¿De dónde procede esta
diferencia? La moral y la religión del individuo son un
bien privado; pero ¿quién os el que no sabe que el bien
privado escapa al poder directo del Estado? Además, la
autoridad civil no tiene la misión de conducir inmedia
tamente a los hombres a la felicidad de la otra vida. Por
consiguiente, la religión y la moral privadas, prepara
ción inmediata para el último fin, están emancipadas de
la intervención del Estado.
(1) Cathrein, Die Aufgaben, p. 94.
106
AETÍCULO IV
COMPARACIÓN DE LAS DOS FUNCIONES DEL ESTADO
Después de haber demostrado la existencia y analiza
do la acción de las dos funciones generales del Estado-
poder, no dejará de tener interés compararlas entre sí, a
fin de percibir mejor sus diferencias y sus puntos de
contacto.
Esta comparación puede hacerse desde un triple punto
de vista: 1.° En relación con el fin de la sociedad civil,
la protección de los derechos es la función primaria; la
asistencia a los intereses, la función secundaria de la
autoridad social. 2.° Desde el punto de vista de los
miembros de la sociedad, el primer papel del Estado es
el ejercicio de un poder absoluto; el segundo, el de un
poder supletorio y condicional. 3.° En relación con el
poder supremo, está armado de un poder directo para
proteger los derechos; posee un poder indirecto para esti
mular y ayudar la iniciativa privada de los ciudadanos
aislados o asociados. Desarrollemos cada una de estas
consideraciones.
Función primaria y función secundaria.—La tutela
jurídica afecta a la misma existencia y asegura la con
servación de la sociedad política. El deber de existencia
atañe al desarrollo de la prosperidad temporal públi
ca (1). Y si esto es así, es manifiesto que la misión de
conservar el orden social es preferente a la de dirigir,
promover y excitar las energías sociales. Por otra parte,
(!) Cauwés, Preci8.,t. I, p. 115 y sig.—Peuwergne, De
V Organisation par VEtat des caisses de retraites pour les
ouvriers, chap. I.
POE EL E. P. CH. ANTOINTC 107
no pueden conseguirse la protección y el mantenimiento
del derecho sin una autoridad que lo defina y lo impon
ga. Mientras que la prosperidad temporal pública podria,
en rigor, y en determinados casos, obtenerse sin la sanción
del poder civil, o cuando menos con la más débil inge
rencia de éste, la autoridad pública, cuando protege los
derechos, excluye toda otra acción, pues la paz social es
imposible si cada cual se hacela justicia por su mano;
cuando viene en ayuda de los intereses, no hace más que
asociarse con la acción individual o colectiva o suplir la
ausencia de ésta. De ahi se sigue que el deber de protec
ción de los derechos existe siempre y debe necesaria
mente realizarse por la autoridad politica. La contribu
ción a los intereses públicos es, por el contrario, variable
y supletoria. En otros términos, proteger los derechos:
he ahi la función primaria; ayudar los intereses genera
les, la función secundaria del Estado (1). ¿Son completa
mente independientes estas dos atribuciones del poder?
¿No presentan ningún punto de contacto? Opinamos que
no; porque, no por ser distintos, dejan sus objetos de
prestarse uu concurso mutuo para realizar el fin de la
sociedad civil. Los derechos que el Estado protege son
al mismo tiempo intereses a los cuales viene en ayuda; el
mantenimiento del orden jurídico es un elemento necesa
rio para el desarrollo de la prosperidad temporal pública.
La seguridad de las propiedades, ¿no es la primera
garantía de todos los intereses económicos? Y, por otra
parte, la conservación de los caminos, el alumbrado de
las calles, las instituciones caritativas que tienden a dis
minuir la miseria y sus consecuencias, ¿no concurren a
la seguridad general y al orden público?
Poder absoluto y supletorio.—Cuando protege los
íl) Costa-Rowseti, Staatslehre, p. 27.—Cepeda, Elemen
tos. Van der Act, Etílica, prop. 140, schol. 2.
108 ECONOMÍA SOCIAL
•
- derechos, el Estado ejerce un poder absoluto, soberano
e independiente; porque, por su misma naturaleza, la
tutela jurídica sobrepasa las fuerzas privadas, individua
les o colectivas. Acudir en ayuda de los intereses, ayu
dar a hacer, indican un poder condicional y supletorio.
Condicional, porque la influencia excitadora del Estado
en los intereses de la sociedad entra enjuego a condición
de que se trate de bienes necesarios, o, por lo menos,
muy útiles para la comunidad; condicional, porque el
poder supremo debe tener en cuenta derechos anteriores,
innatos o adquiridos; en fin, supletorio, porque el Estado
no debe intervenir más que para ayudar la iniciativa
privada ausente o insuficiente: ausente, no debe conside
rarse más que como su sustituto provisional; insuficien
te, la completa sin restringirla (1).
Nunca insistiremos bastante en la verdad de que el
Estado-poder no es en sí mismo su propio fin, siendo su
objeto dirigir, favorecer y armonizar el juego de los
grupos sociales; no le incumbe constreñir a sus subditos
a ser dichosos, siendo cada cual, en semejante materia,
lo único en litigio y el único juez. Para que permanezca
en su verdadero papel y no usurpe los derechos de los
asociados, el Estado debe, pues, realizar las condiciones
necesarias a los individuos, a las familias y a los grupos,
a fin de que ejerciten sin trabas sus actividades propias,
y, de este modo, se desarrollen normalmente en el orden
y en la paz.
Así se concilian, en armoniosa síntesis, el individua
lismo bien comprendido de la solidaridad, el fin perso
nal de la vida social y el fin social de la vida personal (2).
Desarrollar el individuo en todos los sentidos, perfeccio
nar integralmente la persona, el ciudadano, tal es el fin
(1) Funck-Brentano, La Politique, ch. II.
(2) P. Sohwalm, Individxialisme et solidarilé (Revue
Thotniste, Marzo de 1898).
POR EL B. P. CH. ANTOINE 109
de la vida social. Conservar, fortificar y mejorar ince
santemente el medio social, en el cual se ejercitan las
libres energías de la persona y del ciudadano, tal es el
fin social de la vida individual.
Poder directo e indirecto.—El poder directo del Esta
do tiene por objeto todo lo que, por su naturaleza y en
sí, se refiere inmediatamente al fin natural de la sociedad
civil; el bien temporal público de la colectividad.
¿Cuáles son estos objetos? Los medios necesarios indis
pensables para el orden social que, por su naturaleza,
exceden el poder de la iniciativa privada, individual o
colectiva. Por consiguiente, todo objeto que en sí no sea
un medio absolutamente necesario para el fin natural de
la sociedad, queda fuera de la esfera de acción del poder
directo del Estado. Por lo demás, esta diferencia es fácil
de percibir con sólo que se recuerde la que existe entre
el bien público y el bien privado, que se expuso en el
capítulo I. Pongámosla de relieve con un ejemplo. El
ejército, la magistratura, la policía y la diplomacia son
de la competencia del poder directo del Estado. Por el
contrario, los intereses, la organización, los derechos de
los individuos, de las familias y las asociaciones, escapan
a este poder. ¿No es evidente que esas agrupaciones,
consideradas en sí mismas y en su constitución natural,
no se refieren al bien común, sino que existen directa e
inmediatamente para un fin particular? No hay que con
fundir el poder directo con la acción directa, el poder indi
recto con la acción indirecta del Estado. El Estado no
tiene más que un poder indirecto sobre la familia; obra,
sin embargo, directamente cuando sustrae a los hijos de
la autoridad paternal. Por la magistratura y la policía,
que pertenecen al poder directo, el Estado puede tener
una acción indirecta sobre la' moralidad privada.
El poder indirecto del Estado se extiende a los objetos
que en sí mismos pertenecen al orden privado, se com
110 ECONOMÍA SOCIAL
prenden en la esfera de los intereses particulares, y, sin
embargo, en determinadas circunstancias se ligan de un
modo necesario con el fin próximo de la sociedad civil,
en una palabra, con el bien temporal público. ¿Cuál es
el fundamento de este poder indirecto del Estado? Se
encuentra en la supremacía del bien público relativa
mente a los bienes privados; se basa en la necesidad
social, regla suprema de la sociedad y del poder.
La línea de demarcación entre el objeto directo y el
objeto indirecto de la intervención del Estado se halla
claramente trazada por León XIII: «En virtud de su
mismo oficio, el Estado debe servir el interés común» ;
por consiguiente, «en todo el rigor de su derecho» debe
realizar este concurso de orden general; «de donde resul
ta espontáneamente la prosperidad pública». He ahí el
poder directo del Estado. Por otra parte, «pertenece a
los gobiernos proteger, no solamente la comunidad, sino
también las partes». ¿Por qué esto? Porque el interés
general de la colectividad se halla íntimamente ligado
con el de las partes. Y si esto es así, se impone la con
clusión: «Si, pues, sea los intereses generales, sea el inte
rés de una clase en particular, se encuentran lesionados
o simplemente amenazados y es imposible poner remedio
u obviar este mal de otro modo, habrá, por necesidad,
que recurrir a la autoridad pública.» He aquí el poder
indirecto: «Que el Estado se convierta, por un título
peculiarísimo, en la providencia de los trabajadores que
pertenecen a la clase pobre», porque el bien común de
la sociedad se halla íntimamente ligado con la suerte de
la clase pobre. En virtud del poder directo, «las leyes
civiles confirman el derecho de propiedad y le protegen
por la fuerza»; el poder indirecto del Estado interviene
para «moderar el uso de la propiedad y conciliarle con
el bien común (1)».
(1) Encycl. De Rerum novarum. § Jam vero quota pars.
POR EL R. P. CH. ANTOTNE 111
Esta importante distinción entre el poder directo y el
poder indirecto del Estado nos separa netamente del
socialismo. Según la concepción socialista, el Estado,
único e inmediato distribuidor de todos los bienes, cría
por sí mismo al niño, le instruye por sí mismo y produce
por sí mismo las riquezas. Todos los ciudadanos vienen
a ser sus empleados o sus obreros. Nada de intermedia
riosque no se hallen dentro de la esfera de su poder y
de su función. Para nosotros, el Estado protege inme
diatamente los derechos de cada uno, procura la seguri
dad por sí mismo; pero, en lo que respecta a todos los
demás bienes, no los procura más que de una manera
mediata, supliendo o ayudando la actividad de estos
órganos.
Y, sin embargo, el papel del poder, tal como acaba
mos de describirlo, parece tener, según algunos espíri
tus distinguidos, peligrosos puntos de contacto con la
omnipotencia del Estado colectivista. Esa etiqueta de
«bien común» ¿no oculta el despotismo más aplastante?
So color de bien público ¿habrá que sacrificar la libertad
al dios Estado? Esto? temores son quiméricos; para disi
parlos basta determinar más detalladamente los límites
del poder del Estado.
AETÍCULO V
LÍMITES DEL PODER DEL ESTADO
El poder del Estado se encuentra restringido por
límites absolutos y límites relativos. Los primeros se apli
can a todas las formas de gobierno y de sociedades polí
ticas; los segundos varían según la organización pecu
liar del Estado.
112 ECONOMÍA SOCIAL
Límites absolutos.—Estos límites pueden referirse a
las tres siguientes reglas:
1.a El Estado no debe ocuparse directamente más que
de los medios que le pertenecen en propiedad, esto es,
aquellos sin los cuales sería imposible el bien común de la
sociedad política y cuya relación con el bien público cons
tituye toda su razón de ser. Tales son el ejército, la poli
cía, los tribunales y la diplomacia. En este orden el
derecho del Estado no puede estar en conflicto con los
derechos privados, con tal, sin embargo, que la autori
dad social dirija estas instituciones al bien de la nación
y no a satisfacer su ambición o sus intereses personales.
2.a El Estado no tiene ningún poder directo sobre el
bien particular, hallándose, como se halla, su esfera de
acción determinada únicamente por el bien común.
Esta regla es capital porque nos separa con precisión
de los socialistas de todos los matices. Los bienes, los
derechos, las necesidades, las actividades de los particu
lares, individuos, familias, corporaciones, municipios,
etc., consideradas en sí, se hallan fuera de la esfera de
la autoridad del Estado.
El Estado no considera más que la comunidad; no
procura el bien de los particulares, no satisface sus nece
sidades, no se ocupa de sus derechos o de sus deberes
sino en tanto en cuanto son miembros del cuerpo social,
y cuando esta ingerencia llega a ser necesaria para el
bien común (1). Los diversos elementos sociales se hallan,
pues, sometidos al poder'indirecto del Estado.
Entonces toda la vida social, los derechos de los indi
viduos y de los grupos, todo, en una palabra, ¿se aban
dona a la omnipotencia del Estado? Haga el favor de
tranquilizarse y esperar un momento. Ninguna de estas
(1) Cathrein, Die Aufgaben, p. 95.—Costa-Rossetti, Staats-
lehre, p. 31.
POH EL It. P. CH. ANTOINE 113
cosas se entrega al poder directo del Estado; y lo mismo
puede decirse de los derechos que pertenecen al orden
trascendental de la Religión.—-El matrimonio, la educa
ción religiosa, escapan totalmente, aun al poder indirec
to del Estado; en fin, éste nada puede prescribir, exigir
o establecer, que sea contrario a la ley natural o divina.
Y ¿en lo que concierne al resto? Para el resto aplicamos
el principio: Sálus populi prima lex esto. Guando se halla
en juego la existencia de la sociedad, el Estado puede y
debe exigir de los ciudadanos todos los sacrificios com
patibles con el honor de la conciencia. Tales son los limi
tes extremos del poder indirecto del Estado.
Por lo demás—y esta observación es muy importan
te—en la competencia del poder indirecto se trata, más
bien que de la existencia, del ejercicio de los derechos
individuales en determinadas circunstancias concretas.
Así, la propiedad es un bien particular; el derecho de
propiedad es un derecho que corresponde a la justicia
conmutativa. Pero el uso del derecho de propiedad pue
de entrar en conflicto con otros derechos; puede tener
necesidad de ser protegido y defendido, puede entrar en
colisión con el bien público y restringirse por impuestos
justos. En estos diferentes casos entra en la esfera del
bien público y cae bajo la dependencia indirecta del
poder.
3.a El Estado no tiene derecho de hacer todo por sí
mismo, pero debe respetar el orden social, ceder el paso
a la libre iniciativa privada, y limitarse a una acción
directriz (1), siempre que no sea necesaria una interven
ción particular.
(1) Minghetti, Des Rapports de l'économie politique avec la
Morale et le Droit, p. 257, 400 y 436; en L'Association catho-
lique (Junio de 1886, págs. 686, 704), la traducción de un
artículo publicado por Minghetti en la Nuova Antología, donde
trata la cuestión de los derechos del ciudadano y refuta las
ideas de Spencer.
8
114 ECONOMÍA SOCIAL
¿No es el primer deber del Estado conservar y mante
ner el organismo social? Y de la misma manera el dere
cho fundamental de los particulares, individuos o gru
pos, ¿no es el de ejercitar y desarrollar libremente sus
actividades bajo la tutela del orden moral, mientras el
bien común no exija una limitación de esta libertad? Este
derecho primordial es una barrera levantada por la mis
ma naturaleza de la sociedad política contra la ingeren
cia abusiva del Estado. Es un deber absoluto de éste
respetar el equilibrio y la armonía de los órganos socia
les; entre estos órganos, como entre los de los cuerpos
humanos, debe existir cierta dependencia y correlación
armónica.
Que uno de ellos crezca de un modo desmesurado,
que la cabeza adquiera proporciones monstruosas y todo
el cuerpo sufrirá por ello. La negación de esta solidari
dad produce el individualismo; su exageración conduce
al socialismo.
De lo dicho resulta que el Estado debe dejar hacer
cuando la iniciativa privada, individual o colectiva, es
suficiente, debe ayudar a hacer cuando existe, pero se
considera insuficiente la iniciativa privada. En fin, no
debe hacer por sí mismo más que lo que concierne a los
servicios públicos que, por su naturaleza, son superiores
a las fuerzas y los recursos privados.
¿Es demasiado vasto el campo que hemos asignado a
la intervención del Estado? La teoría que acabamos de
exponer ¿deja al arbitrio del poder los intereses priva
dos y la libertad civil? Este peligro no es de temer y
esto por las dos siguientes razones:
CoROLARro I.—Una simple razón de utilidad no puede
bastar para justificar la intervención directa del Estado
en el juego de las actividades sociales, pues siempre se
requiere una necesidad moral para el bien público.
En verdad, son bastante difíciles de trazar con exac-
POB. Ei. B. P. CH. ANTOIXE 115
titud los límites de esta necesidad moral (1). Se trata de
un bien, sin el cual se vería comprometida la existencia
de la comunidad, o tambien de bienes necesarios o
sumamente útiles para la comunidad para los cuales no
basta en modo alguno la libre actividad particular y que,
por su naturaleza, exigen una dirección superior y más
poderosa; en este caso u otros semejantes, hay necesi
dad moral de una intervención del Estado. No basta la
simple utilidad para autorizar la ingerencia directa del
Estado; es esta una verdad que resalta con la mayor evi
dencia del papel supletorio y complementario de la
autoridad civil. Así, pues, la intervención del Estado
comienza donde las fuerzas privadas llegan a ser insu
ficientes.
Asimismo abusaría de su autoridad el jefe de Estado,
cuyo gobierno consintiera obtener el mayor desarrollo
de la riqueza, de la prosperidad pública, del poder mili
tar, el más alto grado de civilización y el mayor número
de individuosy de familias, sin tener en cuenta la
organización social existente, los derechos adquiridos y
el consentimiento, por lo menos tácito, de sus súbditos.
A la pretensión de M. Cherbuliez de que debe prefe
rirse la acción fdel Estado, siempre que ¡ la unidad de
organización es esencial, contesta, con mucha razón,
M. Onclair: «Todos los centralizadores, todos los déspo
tas se han arrogado todos los poderes y las funciones
del Estado, porque les ha parecido esencial establecer
una perfecta uniformidad de los cerebros de las volunta
des y de las fuerzas físicas en todas las funciones que
cada individuo puede ejercer en el seno de la vida pú
blica o de la vida privada (2)» .
(1) Leroy-Beafilieu, Revue des Deux Mondes^ 1888, tomo
LXXXIX, p. 585.
(2) Revue cath. des Instit, 1889. vol II, p. 33.
116 ECONOMÍA SOCIAL
Cobolabio II.—Así, lejos de conducir a la omnipoten
cia del Estado, la teoría de las funciones del poder su
premo tiene por necesaria consecuencia la ingerencia
míaima de éste en la vida social. ¿Dudáis de esto? Pues
recordad que el papel del Estado es supleterio y condi
cional, y en tal caso, cuanto más sanos, vigorosos y au
tónomos sean los órganos de la sociedad, más pequeña
será la acción del Estado, reduciéndose a una alta ins
pección. ¿No es el primer deber del Estado reconstituir
el organismo social destruido por la Revolución? He ahí
por qué ha podido decir sin paradoja M. Mun: «Todos
nuestros esfuerzos tienden a limitar la acción absorbente
del Estado (1),» y de Kiifstein: «Cuanto más se agrupe
orgánicamente la sociedad, más se desarrollará su vida
orgánica y más libremente podrá moverse y tanto menos
tendrá que sufrir bajo la presión del poder del Estado,
potencia esencialmente unificadoray absorbente (2)».
Al oir las mágicas palabras intervención del Estado,
algunos se imaginan que el papel de éste consiste prin
cipalmente en ejercer las funciones económicas. Es un
error; la misión principal de la autoridad social consiste
en orientar, mediante una sabia legislación, las volunta
des particulares al bien común. Nada más justo que sea
el Estado el que establezca el principio de determinadas
obligaciones y que convierta en jurídicos deberes sim
plemente morales; pero que abandone la ejecución y los
detalles a los grupos interesados. Por ejemplo, el Estado
establecerá la obligación' del seguro obrero y ordenará
que se redacten reglamentos de fábrica; pero no debe ad
ministrar las cajas de seguros ni dictar los detalles de los
reglamentos de cada fábrica. ¿No es verdad que el Esta
do debe especialmente gobernar, esto es, dirigir a los
hombres? Gobernar no es obrar por sí -mismo, sino diri-
(1) Ass- cath. 1898,I p. 717.
(2) Sur le Réglement de la durie du travail, p. 27.
P0K Kíi H. P. OH. ANTOTNE 117
gir la acción de un inferior. La administración, rne refie
ro a la gestión de los intereses materiales, no debiera ex
tenderse más que a las instituciones y a los bienes que
dependen del poder directo del Estado, por ejemplo, la
hacienda pública, los bienes nacionales. «Hay hombres
que llaman al Estado, escribe M. Ollé-Laprune, que po
nen toda su confianza en el Estado. Es un error creer
que el Estado sea el enemigo y que no haya nada que
pedirle; pero es también un error pretender que el Esta
do sea el salvador y que hay que dejarle hacer todo (1).»
Y sin embargo, si sa arroja una mirada sobre los di
versos paises civilizados, se comprueba sin esfuerzo que
la marcha ascendente de la civilización, muy lejos de re
ducir las atribuciones del Estado, tiende a desarrollar la
ingerencia del poder central en la sociedad. ¿Se debe ad
mitir, con Dupont-White (2), A. Wagner (3) y otros (4),
como resultado de esta evolución, una ley de extensión
creciente de las funciones del Estado? No, porque este
incremento de la intervención del Estado es una conse
cuencia fatal de los cambios sobrevenidos en el orden
económico, pero no es la expresión de una ley. Hacién
dose más complicadas las relaciones económicas, más di
vididas por el imperio del individualismo los intereses,
más delicadas las relaciones internacionales y más débi
les o atrofiados los órganos sociales, puede resultar que
el bien común, regla suprema de la sociedad, exija un
mayor desarrollo de las funciones del Estado, si no en
(1) Réforme sociale, 16 de Mayo de 1893, p. 763.
(2) L'Individue et l'Etat .
;8) Allgemeine Volkswirthschaftlehre, Grundlegung, p. 808
(4) E. de Laveleye, Le Gouvernement dans la Démocratie,
t. I, cap. X, y Un Précurseur (Revue des Deux Mondes, Dic.
de 1889.) Cauwés, Précis, t. I, p. 125 y sig. -Conde Hamil-
ton. Revue d'économie politique, 1891, p. 14Ü y sig. —Villey,
Du Role de l'Etat, conclusión.
118 ECONOMÍA SOCTAT.
intensidad y profundidad, por lo menos en extensión y
amplitud. Es esa una necesidad transitoria que procede
de una situación defectuosa, pero no de una ley general
o de un principio absoluto.
Después de haber trazado los limites absolutos de la
intervención del Estado, nos falta determinar las restric
ciones relativas a las diversas formas de organización
social o política.
Límites relativos de la intervención del Estado.— «El
Estado, dice M. Levasseur. es una fuerza considerable;
se puede abusar de él como de cualquiera otro poder, y
producir el mal empleando injustamente un instrumento
destinado por esencia a hacer el bien. Hay que lener
tanto esto en cuenta cuanto que, siendo muy fuerte el
instrumento, no puede detenerse con tanta facilidad
como el individuo, cuya libre actividad es detenida por
actividades concurrentes y que la responsabilidad de los
actos de los miembros o de los agentes del Gobierno no
pesa sobre sus autores de la misma manera que los actos
privados sobre los particulares (1).» La conclusión de
esto es que hay qus referir la intervención del Estado a
sus límites naturales. El poder del Estado está limitado:
1.° Por el grado de civilización y ol genio nacional
de cada pueblo. ¿No es evidente que la acción de la auto
ridad social debe modificarse según el espíritu de inicia
tiva, la facilidad de asociación, las aptitudes industria
les o mercantiles y las tradiciones históricas de los
diferentes pueblos? ¿No es una loca utopía exigir de los
poderes públicos el mismo impulso civilizador de una
sociedad de fueguianos o de hotentotes que de ingleses
o franceses? (2).
(1) Séances et Travaux de V Academie de Sciences morales
et polüiques, 1806, t. CXXV, p. 600.
(2) Sur Les faiblesses de VEtat moderne. Taine, La
Révolution, t, III especialmente lib. II y Le Régime moderne,
POP EL H. P. CH. ANTOINE 119
2.° Hay que tener en cuenta la estructura guberna
mental de los diferentes pueblos. La acción del poder
¿será la misma en una sociedad en que se respeta la auto
nomía municipal y provincial, en que las corporaciones
son de derecho público, que en una organización social
donde la centralización ha destruido todos los órganos
intermediarios? Seguramente que no.
3.° La constitución política de las sociedades civiles
tiene una gran importancia en la parte de ingerencia que
conviene pedir al Estado.
En un régimen político fundado en el sufragio uni
versal, la libertad política depende de la libertad del
voto. Ahora bien; esta libertad disminuye de una mane
ra considerable en los funcionarios del Estado. A pesar
de las declaraciones ministeriales, nadie ignora que la
legión de ciudadanos que figuran en el presupuesto cons
tituye el núcleo de electores que han de asegurar el
triunfo de los candidatos oficiales. Confiese o no, sea
indirecto o indirecta, en forma de amenaza o de prome
sas, no por eso deja de existir en todos los gobiernos
democráticos y constitucionales la presión gubernamental. Por otra parte, la libertad religiosa se halla íntima
mente ligada con la libertad política; con frecuencia la
centralización es una máquina de guerra contra la liber
tad de la Iglesia, aserto que se puede comprobar fácil
mente en los conflictos político-religiosos que caracteri
zan a nuestro fin de siglo. Esta es una de las razones
por las cuales el Centro alemán se negaba a confiar al
Estado la explotación de los ferrocarriles y la adminis
tración de las cajas de seguros para obreros.
t. I. (Hay ed. esp. publicada por La España Moderna). De
Laveleye, Le Oquvernement dans la Démocratie t. I, lib. I
y IV.—Anatolio Leroy Beaulieu. Le Papauté, le Socialisme
et la Democratie, p. 132 y sig. P. Martin, Etudes rligieuses,
1891, t. LIV, p. 375 — Funck-Brentano, La Polietique.
120 ECONOMÍA SOCIAL
En fin, la intervención del Estado aumenta los servi
cios públicos; ahora bien, la excesiva multiplicación de
los empleos administrativos presenta graves inconve
nientes.
1) Hace perder a los particulares el hábito de ocuparse
de sus propios asuntos, y, por consiguiente, descorazona
o enerva el sentimiento de responsabilidad. 2) Crea con
facilidad cargos presupuestívoros que no están compen
sados con el efecto conseguido. 3) Desvía de las carreras
industriales y de la agricultura una parte considerable
de las fuerzas de la nación. El funcionarismo (1) se con
vierte entonces en una pasión y todos se precipitan a los
empleos públicos a causa de la seguridad que proporcio
nan y de los menores esfuerzos que exigen. Se exageran
los riesgos de las empresas industriales y la inseguridad
de la agricultura, con lo que se enfría y se desalienta la
vida económica.
4.° Se debe atribuir la mayor importancia a la cua
lidad del gobierno en la elección de las medidas de pro
tección y de existencia para las cuales se apela a los
poderes públicos. A un gobierno de partido más cuida
doso de su interés que del bien social, animado de inten
ciones hostiles contra la religión, no se le pedirá más
que el mínimum de intervención y la absolutamente
indispensable para la conservación de la sociedad. Algu
nos sociólogos van más lejos, y concluyen, de un modo
resuelto, que, a semejante gobierno no se le debe recla
mar nada. No podemos participar de esta opinión. Como
hace observar el abate E. Blanc (2): «Los católicos fal
tarían a su deber si no solicitaran del Estado todo el
bien que pueda concederles; serían todavía más culpa-
(1) Cauwés, Précis, t. I, p. 131.
(2) Y a t-il une Economie politique chretiénne p. 46.— H.
Pesch. Ziele und Grenzen der staatlichen Wirtschaptspolitiky
Stimmen, Enero de 1896.
121
bles o más imprevisores, si dejaran a sus adversarios, los
socialistas, por ejemplo, la iniciativa de las medidas
populares generosas y justas, de esas medidas «prontas
y eficaces» que solicita León XIII. Sería imperdonable
una abstención sistemática y completa. En lugar de ate
nuar los males que padecemos, los provocaría mayores.»
Para terminar, recordemos el principio fundamental
en esta materia. El gobierno es para la sociedad; la socie
dad para las familias y los individuos. Trastornar este
orden es hacer que triunfen el despotismo o la anarquía.
CAPÍTULO IV
Organismo social.
En los capítulos precedentes hemos estudiado la socie
dad civil en su origen y en su naturaleza y hemos mos
trado el papel y las funciones del poder político. Nos
falta llevar más lejos el análisis, a fin de conocer con
exactitud la constitución íntima de la sociedad.
Hemos dicho que la sociedad política se halla consti
tuida por dos elementos distintos: el poder supremo,
elemento formal, y el pueblo, elemento material. Este
último elemento ¿es irreductible? ¿Está compuesto inme
diatamente de individuos que, como pretende la teoría
individualista de la escuela clásica, no poseen más que
los derechos personales?, o como sostiene la mayoría de
los sociólogos católicos, ¿está constituido por las familias
y los demás grupos naturales?
Tal es la cuestión cuya solución ^buscamos. He aquí
nuestro método para resolverla. Estudiar separadamente
las diversas partes del edificio social: la familia, el muni
cipio y las clases; investigar su ley de ensambladura en
el todo y comparar este conjunto natural con los proce
dimientos artificiales de la nueva escuela de sociología.
POR EL H. P. CH. ANTOINE 123
ARTICULO PRIMERO
LA FAMILIA
Definiciones.—Se entiende por familia al conjunto de
varias personas unidas por lazos de parentesco y tam
bién, en una más amplia acepción, el conjunto de perso
nas que viven bajo el mismo techo, sometidas a un supe
rior común y unidas por lazos que tienen su origen inme
diato en la ley natural. En esta segunda significación, la
palabra familia es equivalente a las de sociedad domés
tica. Sociedad completa, la familia está compuesta de
otras tres sociedades: la sociedad conyugal, la sociedad
filial o paternal y la sociedad heril (1), formada por el
amo y los criados.
La sociedad conyugal, base de la familia, es la unión
indisoluble del hombre y de la mujer en vista de la pro
creación y de la educación de los hijos y de la asistencia
mutua de los cónyuges. En lo que se refiere a la socie
dad doméstica tiene por fin natural el perfeccionamiento
material, intelectual y moral de los miembros ordenado
a la beatitud eterna, fin último y supremo del hombre
individual o social.
Origen de la familia.—Así definida, la familia, ¿saca
su origen y su constitución del capricho de los contra-
tantes?|¿Es, como pretenden los moralistas del colecti
vismo, un aparejamiento pasajero, resultado de una con
vención revocable a voluntad de las partes? (2) No, por-
(1) Esta palabra bárbara está tomada de latín, Societas he-
rilis
(2) Max Nordau, Mentiras convencionales de la civiliza
ción. — F. Pelloutier, La Macoueríe et V Unión libre (Revue
ECONOMÍA SOCIAL
que es evidente que, de la misma manera que el hombre
no ha hecho la sociedad civil, tampoco ha creado la fami
lia. Sin duda, según los tiempos y los lugares, ha podido
modificar los caracteres exteriores del grupo familiar,
constituir, por ejemplo, la familia nómada o fija; pero
no por eso deja de ser cierto que, en todos los pueblos
más o menos civilizados, la familia ha sido siempre,
según la expresión del protestante Lessing, «la gran
escuela fundada por el mismo Dios para la educación del
género humano». Fustel de Coulanges comprueba la mis
mo verdad histórica. «La familia antigua, dice, era más
bien una asociación religiosa, que una asociación natural
o de efecto. Entre los antiguos, la familia constituía un
culto, un altar doméstico que mantenía los miembros
agrupados en su derredor. Todo era divino en la familia;
pero cada familia tenía sus dioses particulares, su provi
dencia especial. La piedra del hogar era sagrada; de ahí
la santidad del domicilio, reputado como inviolable, por
que la casa era la morada de los dioses lares y pena
tes (1).
Según la doctrina católica, el matrimonio, la sociedad
conyugal y doméstica, tienen su fundamento en las incli
naciones innatas de la naturaleza humana; son produc
tos de la naturaleza y, por consecuencia, tienen a Dios
por autor, legislador y soberano señor. Tal es la ense
ñanza solemnemente afirmada por León XIH en multi
tud de circunstancias (2). Pero si la existencia de la
familia es de derecho natural, común a todos los pueblos
e independiente de las convenciones humanas, al cristia-
socialiste, Mayo de 1894, p. 535 y sig.) - P. Baquet. L'Evo-
lution de la Moróle (lhid. Junio de 1894. p. 710 y sig.)
(1 ) La Ciudad Antigua.
(2) Encycl. Inscrutabile § Optima porro; Encycl. Arca-
num, § Gonstat inter omnes, Encycl. De Rerum novarum, §
Q.uod igitur.POR EL R. P. CH. ANTOINE 125
nismo corresponde el privilegio y el honor de haber
espiritualizado su carácter. Al despotismo arbitrario y a
la sujeción servil que degradaban a la mujer -pagana,
sustituyó el respeto afectuoso y el sacrificio mutuo que
constituye la fuerza y el honor de la familia cristiana (1)-
Asimismo, la historia, estudiada de un modo impar
cial, prueba que sólo en el seno del cristianismo la fami
lia ha alcanzado su ideal. Tal es la razón de que cuando
una clase numerosa de hombres abandona el cristianis
mo, no pueden, como atestigua la experiencia, llegar a
las formas más elevadas y puras de la vida doméstica,
viéndoseles deslizar, por una pendiente fatal, hasta las
.formas más bajas que se encuentran entre los pueblos
paganos, y proclamar, con los doctores del colectivismo,
el amor libre, la igualdad politica absoluta del padre, de
la madre y de los hijos, y el derecho del Estado a la
crianza y educación de los pequeños ciudadanos. Sin
duda, algunos individuos aislados, aunque abandonen la
Iglesia, pueden conservar los afectos de familia, la pure
za del hogar y la paz doméstica; pero no sucederá lo
mismo entre las masas, y la ciencia social se ocupa de
masas y no de individuos (2). Por eso la ciencia social
atribuye tanto valor a la constitución sana y vigorosa de
la familia. Esta, en efecto, ejerce una influencia prepon
derante en la prosperidad de la sociedad, lo mismo en el
orden moral que en el económico.
(1) P. Félix, L'Economie sociale devant le Christianisme,
3.a conference: «L'Economie anticrhétienne devant la famille>.
—Sardá y Salvany, Mal social, t. II, ch. III. «Sacerdocio
doméstico.» —Staaslexikon, art. «Familia» . -Dr. Georg Rat-
zinger, Die Volkswirthschaft in ihren sittlichen Qrundlagen
páginas 424-431. Stimmen aus Maria-Laach, t. III, pági
nas, 15, 20, y 522 y sig.
(2) Devas, Studies of family life.—Claudio Jannet, La
Constitution de la famille dans le pasé et le présent (Reforme
sociale, 15 de Julio de 1886.)
126 ECONOMÍA SOCIAL
Importancia de la familia.—Desde el punto de vista
moral, la familia desempeña la función de depositaría y
de canal de la ley moral; es la educadora de los niños y
de la juventud, la moralizadora de los adultos, la salva
guardia y el aguijonado las virtudes individuales (1). Esta
acción benéfica de la familia, no permanece encerrada
en el hogar, sino que se derrama sobre la sociedad ente
ra. Para que la sociedad se encuentre en una atmósfera
de paz y de orden que le permita progresar ¿no es la
primera condición la de que los ciudadanos sean hom
bres honrados y|virtuosos que hayan adquirido en el
hogar de la familia las virtudes domésticas que son el
fundamento de las virtudes públicas como la obedienciaj
la abnegación, el espíritu de trabajo, etc?
Además, la familia es la depositaría y el órgano de
trasmisión de las tradiciones locales y nacionales de un
pueblo. Por la propiedad, la familia se adhiere fuerte
mente al suelo, y por tanto, se interesa en todo lo que
puede ..asegurar la paz y el orden público, y favorecer
las ventajas morales y materiales del país. Así se explica
la importancia de la familia en el orden económico de la
sociedad.
¿No es el centro de la producción de las fuerzas eco
nómicas del hombre, del trabajo y por consecuencia del
capital? No solamente la familia produce las fuerzas eco
nómicas, sino~'que, además, las ' perfecciona, porque la
productividad del trabajo proviene más bien del valor
que del número de hombres. Una raza fuerte, paciente,
sobria, valiente y previsora tiene un valor superior, des
de el punto de vista del trabajo y del ahorro. ¿Es esto
todo? No; a las fuerzas económicas que ha producido y
perfeccionado la familia les da también la armonía aso
ciándolas. La asociación es la fecundidad, el individua-
(1) D'Adhemar, Nouvelle education de la femme.
POR KL n. P. CH. ANTOINB 127
lismo la esterilidad. Ahora bien; la asociación más fecun
da es sin duda la familia, porque es el grupo de fuerzas
humanas más naturalmente asociado, el más voluntaria
mente abnegado y el más realmente productivo que se
pueda imaginar. Yo añado, que estas fuerzas están some
tidas a un principio unitario, a un motor sabiamente
directivo y dulcemente impulsivo del movimiento eco
nómico: la autoridad paternal; tal es, en sus principales
caracteres, la influencia de la familia en la sociedad. Para
encontrar su causa íntima y su última razón de ser, hay
que considerar a la familia como germen del cuerpo
social.
La familia, unidad social.—La familia, dice perfecta
mente M. Béchaux, es la unidad económica por excelen
cia y no el individuo. Es el cuerpo simple de la sociedad,
cuerpo compuesto de elementos múltiples y variables.
Para comprender las condiciones del orden económico,
hay que partir de la familia, ir de lo simple a lo com
puesto, de lo particular a lo general. El estudio de los
grupos más extensos, muy especialmente del Estado, tal
como lo comprende la ciencia política, no ofrece frecuen
temente más que divergencias y contradicciones. Las
sociedades, en efecto, no son más que un agregado de
familias; éstas componen los municipios que, a su vez,
constituyen el Estado (1).» Esta verdad no es nueva.
Aristóteles llama al Estado la unión de las familias y de
los municipios y no una multitud de hombres considera
dos individualmente. El Papa León XIII pone esta con
cepción a plena luz: «He aquí, pues, dice, la familia; esto
es, la sociedad doméstica, sociedad sin duda muy peque
ña, pero real y anterior a toda sociedad civil, a la cual,
por lo mismo, habrá necesariamente que atribuir ciertos
derechos y determinados deberes absolutamente inde-
(1) Les Droits et Fraits économiques, p. 40.—Fr. Kunck-
Brentano, Réforme sociale, 16 de Noviembre de 1895, p. 709.
128 ECONOMÍA SOCIAL
. pendientes del Estado. Por eso, siempre sin duda en la
esfera que le determina su fin inmediato, goza, para la
elección de todo lo que exigen su conservación y el ejer
cicio de una justa independencia de derechos, cuando
menos iguales a los de la sociedad civil... Los hijos son
algo de sus padres; son en cierto modo una extensión de
su persona y, para hablar con exactitud, no se agregan
e incorporan a la sociedad civil de una manera inmedia
ta sino por el intermedio de la sociedad doméstica en la
cual han nacido (1).»
Así, ya se considere el origen o el fin de la sociedad
familiar, siempre se impone la misma conclusión: la socie
dad política se halla constituida por la unión inmediata
de las familias.
La sociedad política, en efecto, se superpone, sin des
truirlas, a las familias ya constituidas; es el complemen
to natural de la sociedad doméstica y debe su origen a la
doble necesidad de protección y de asistencia, a la cual
se encuentran sometidas las familias aisladas (2).
Así, pues, el Estado y la familia se nos aparecen como
dos sociedades naturales íntimamente unidas. ¿Cuáles
son sus rasgos de semejanza y de desemejanza? ¿Qué
relaciones deben existir entre ellos? Eso es lo que vamos
a examinar:
1.° Semejanza entre el Estado y la familia (3).—El
Estado y la familia son dos sociedades de institución
divina que sacan su origen de la naturaleza del hombre.
La misma naturaleza es la que determina el fin propio y
la constitución fundamental de estas dos sociedades.
Están unidas y llamadas a prestarse una mutua ayuda;
sin el Estado, la familia sufre y languidece; sin la fami-
(1) Encycl. De Rerum novarum, § Jura vero.
(2) Catürein, Moralphilosophie, Bd., II, p. 433.— Libera-
tore, La Chiesa e lo Stato, c. II y V .
(3) Cathrein, Moralphilosophie, p. 446.
POR EL R. P. CH. ANTOINE 129
lia, el Estado llega a ser un ser quimérico. El fin de estas
dos sociedadeses perfeccionar al hombre; destinadas a
ayudarle en la adquisición de la beatitud eterna, no son,
por consiguiente, on relación con el verdadero bien de
la humanidad, más que medios.
2.° Desemejanza entre el Estado y la familia.—El
Estado no se distingue de la familia, por una simple dife
rencia de grado, de unidad y de perfección entre las dos
sociedades; la diferencia es profunda, íntima y radical;
en una palabra, esencial y específica. En efecto.
A.—Los fines propios de estas dos sociedades, y en
consecuencia, los derechos y deberes que de él derivan,
difieren radicalmente.
B.—Por más que ambas nazcan de la naturaleza, su
origen es diferente; porque la familia tiene en la natura
leza del hombre raíces más profundas y más íntimas que
el Estado.
C.—Las partes constitutivas de la familia son tres
sociedades simples: la sociedad conyugal, la filial y la
heril. El Estado se compone de familias y de diversas
agrupaciones más extensas.
D.—La autoridad social en la familia pertenece esen
cialmente a los padres y muy especialmente al padre de
familia. El gobierno familiar es monárquico y absoluto.
En el Estado son variables las formas de gobierno y el
sujeto de la autoridad. El ejercicio del poder supremo,
puede estar limitado y regulado de diferentes maneras.
E.—Los deberes recíprocos de la sociedad familiar
están fundados en la piedad y en el amor. Los deberes
de los miembros de la sociedad política para con la comu
nidad, sacan su origen de la justicia legal; los del jefe
del Estado para con el cuerpo social, se apoyan en la jus
ticia distributiva o la justicia legal, salvo el caso en que
intervengan un contrato tácito o expreso.
Intervención del Estado.—Sustraída por su misma natu
9
130 ECONOMÍA SOCIAL
raleza de la acción directa del Estado, la familia se halla,
sin embargo, subordinada indirectamente a la autoridad
pública, ya para suplir las deficiencias accidentales de
los órganos de la sociedad familiar, ya para la seguridad
del bien común. Tal es la doctrina tradicional expresada
por Suárez. El poder civil no tiene derecho a dirigir la
economía doméstica más que en lo que sea necesario
para el bien común del Estado; todo lo concerniente
a los intereses particulares de la familia, no debe ser
reglamentado por el legislador, sino que se debe enco
mendar a la prudencia del padre de familia (1).
) - j jí,:;3. los más celosos defensores de las
libertades individuales, no hay ninguno que rechace de
una manera absoluta la intervención del Estado en la
familia.
«La libertad que tengo de elegir una compañía, escri
be M. Caro, y de ser dueño en mi hogar, encuentra su
limite en la justa libertad de la mujer y de los hijos.
Ahí está el origan del derecho positivo de la autori
dad (2).»
El eminente economista católico M. Périn escribe:
«Cuando la familia era toda la sociedad, subsistía por sí
misma en el estado de sociedad perfecta. Completamente
independiente, no necesitaba, para conservarse y des
arrollarse, de ninguna otra fuerza y de ningún otro dere
cho que de su fuerza y de su derecho propios. Una vez
establecida la sociedad pública, la sociedad doméstica ya
no pudo pretender más que una independencia limita
da (3).»
Pero ¿cuál debe ser, y cuál es en realidad en la mayor
(1) De Regibus, lib. ILT, cap. XI, n. 8.—Encycl. De Rerum
novarum, § Velle igitur y § Nun civem.
(2) Problemes de morale sociale, págs. 220 y 432.
(3) Les Lois de la société chrétienne, p. 482.
POR EL R. P. CH. ANTOINE 131
parte de las legislaciones modernas, esta dependencia de
la familia en su relación con el Estado?
La familia y el Código civil.—El grande, el imperioso
deber del legislador, es reconocer, proteger y fortificar
los derechos esenciales de la familia, derechos que ha
recibido, independientemente del Estado, de Dios, autor
de la naturaleza.
Ahora bien; cuatro principios presiden la constitución
de la familia: la indisolubilidad del lazo conyugal y la
santidad del matrimonio, el poder paternal, la educación
de los hijos y la estabilidad de la familia por la trans
misión hereditaria de los bienes. ¿Cuál ha sido la acción
del legislador moderno sobre estos cuatro fundamentos
de la sociedad familiar? Una dolorosa realidad responde
a esta pregunta. Embriagado por una fórmula falaz de
progreso, el legislador no ha cejado en su tarea de minar
las bases de la familia.
Se ha relajado el lazo conyugal con la secularización
del matrimonio, y se ha roto con el divorcio. La familia
secularizada ya no tendrá otro lazo que el interés; cuan
do se deja de creer en Dios, cada cual cree en sí y vive
para sí.i,Obrar de otro modo, sería dejarse engañar, ser
un insensato. ¿Dónde encontrar, fuera de la religión, las
virtudes austeras, el espíritu de sacrificio y de abnega
ción necesarios para criar una familia? ¿Quién persuadi
rá a los esposos a que se impongan la carga, siempre
creciente, de una numerosa familia, si creen que el hom
bre no está en este mundo más que para acrecentar sus
goces, y si la ley del interés ha reemplazado, en los há
bitos domésticos, a la ley cristiana del sacrificio? (1).
La ley inmoral y nefasta del divorcio, ha sido el coro
namiento de la obra satánica de la destrucción de la fa
milia. Desde la promulgación de la ley de 1884, los di-
(1) Périn, Les Lois de la société chrétienne, t. I, libr. III,
ch. II y IV.
132 ECONOMIA SOCIAL
vorcios han seguido una progresión creciente. A seguida
de una diminución momentánea en 1886, recuperó su
marcha para ya no detenerse, y en 1894 ascendían a
6.419, cifra superior en 235 a la del año precedente. Los
tribunales, sobre todo en París, interpretan la ley de una
manera cada vez más amplia, y la legislación tiende a
hacer más fácil el divorcio.
Las formalidades requeridas por la ley para proceder
al matrimonio son demasiado largas y demasiado com
plicadas, y, en consecuencia, desvían de la unión legíti
ma a un gran número de familias obreras. En presencia
de tantos documentos que presentar, de las diligencias y
de los gastos que ocasionan, no es nada sorprendente que
millares de jóvenes pobres, ingnorantes e imprevisores,
se descorazonen y prefieran una unión irregular menos
difícil de contraer.
¡Si al menos el Estado protegiera los derechos natu
rales del padre de familia! Pero no hay nada de eso. Se
ha sacrificado la educación de los hijos al Moloch del
Estado, atribuyendo solamente a éste el derecho de for
mar sus inteligencias y sus almas, en conformidad con
el falso principio de que los niños pertenecen a la nación.
El legislador no ha retrocedido ante el crimen social de
preparar generaciones sin Dios, sin moral y sin reli
gión (1). La autoridad paternal, garantizada por el mismo
Dios que la colocó a la cabeza de los principios del decá
logo, se ha, imprudentemente, comenzado a minar en su
base, y comprometido en su acción legítima, por la ley
que retira al padre de familia—salvo en estos casos rarí
simos—el poder de desheredar a un hijo rebelde e
indigno.
(1) Si se comparan los crímenes de la infancia en 1841 y en
1891, se encuentra la proporción de 1 a 3. De cada 100 niños
recluidos en las casas de corrección, hay 11 congregantes y 89
laicos.
POK EL K. P. CH. AXTOINE 133
a reglamentado la herencia de manera que, por la
subdivisión de los patrimonios, compromete la unidad,
la estabilidad y la perpetuidad de las familias (1). Según
el Código civil, no solamente es regla la división igual
del patrimonio de la sucesión intestada, sino que tam
bién cada clase de bienes tiene igualmente que dividir
se... Según prescriben los artículos 826 y 832, cada
heredero debe tener parte en los inmuebles lo mismo que
en los muebles, créditos, etc. No se permiteponer en el
lote de uno de los herederos todos los bienes raíces, ni
aun pagando éste una indemnización en dinero a sus
copartícipes y, como sanción final, si los inmuebles no se
prestan a cómoda división, se deben vender en pública
subasta.
Cierto es que el padre de familia tiene el derecho de
conceder, en calidad de mejora, además de su parte, la
cuota disponible a uno de sus descendientes; pero esta
parte alícuota disponible está limitada a la cuarta parte,
cuando se tienen tres hijos. Además, puede él mismo
hacerJa partición de sus bienes, ya por testamento, ya en
vida por una donación que implica una partición, la cual,
en este caso, tiene que aceptarse por todos sus hijos. Sin
embargo, astas dos facultades son insuficientes para ase
gurar la estabilidad del patrimonio, porque la jurispru
dencia, llevada de un espíritu de desconfianza de la au
toridad paterna, ha reducido de tal modo el ejercicio de
los derechos reservado al padre, que el empleo de las
partijas hechas por los ascendientes, erizado de dificul
tades y de peligros, tiende a desaparecer en la práctica.
Señalemos, en fin. entre los defectos de la legislación,
el que se prohiba la investigación de la paternidad. En
el antiguo derecho francés se consideraba como un cri
men la seducción, pudiéndose constreñir al seductor a
(1) Claudio Jamiet Le Socialisme d'Etat, p. 491. G. Al-
bert, La Liberté de tester. 
134 ECONOMÍA SOCIAL
que cumpliera sus promesas de matrimonio o a que
indemnizara a aquella que había sido engañada. Además,
se le podía perseguir criminalmente. Hoy son nulas las
promesas de matrimonio y se halla prohibida la investi
gación de la paternidad (1). Por lo que respecta al pro
cedimiento criminal, si todavía se impone una pena al
hecho material del rapto, la seducción queda casi siem:
pre impune. (Artículos 340 y 341 del Código civil.)
Esta legislación es contraria al derecho natural, a los
más claros deberes de conciencia y al sentimiento de
responsabilidad. Es la fuente de una inmoralidad irri
tante sobre todo en las clases obreras.
Como no podemos volver a trazar los dolorosos cua
dros descritos por Villermé, Blanqui, Miguel Chevalier,
Luis Reybans, Audiganne, Julio Simón, Le Play, etc. (2),
citemos por lo menos un testimonio: «En Francia, escri
be M. Le Play, el desorden, la seducción, ha invadido
todas las clases de la sociedad; ha adquirido los carac
teres más peligrosos, llegando a ser difícil la reforma.
Muchos hombres ricos e indiferentes son la principal
causa del mal. Seducen a las jóvenes que se encuentran
bajo su dependencia y se hacen buscar otras por mise
rables auxiliares. Subvencionan legiones de cortesanas
reclutadas entre estas víctimas de la seducción. Conver
tidos en juguete de estas mujeres, que se vengan del
(1) Jacquier, Des Preuves de la recherche de la paternité
naturelle. Acollas, Le droit de Venfant. - Villermé Tableau
de Vetat physique et moral des ouvriers.—Alberto Gigot, Les
Ouvriers des Deux Mondes, t. III, p. 276. —León Giraud, La
Vérité sur le recherche de la paternité —Revue Catholique
des Institutions et du droit. M. Laurens, t. I, p. 568. M.
Jacquier, t. II, págs. 69 128 y 319.—M. Bresson, t. XXII,
págs. 296 y 382.
(2) Bebel, en su obra La Mujer, cita hechos históricos y es
tadísticos de una cruel elocuencia que no podemos reproducir
aquí.
POR EL R. P. CH ANTOTNE 135
perjuicio que han sufrido, se arruinan por ellas y em
plean, dejándose llevar del capricho de aquéllas, la
influencia de que disponen en la ciudad o en el Estado.
En el curso de mis viajes he visto con frecuencia las
torturas morales que causan a las madres pobres, la
situación de sus hijas atraídas fuera del hogar por la
necesidad del trabajo. He tenido la confidencia de los
odios que suscita la seducción ejercida por los ricos, y
después me he prometido reclamar sin descanso la repre
sión de este vergonzoso desorden (1).
¿Cual es el número de uniones ilegítimas? La estadís
tica no suministra sobre el asunto ningún dato, pero se
ve más claro por el progreso de los nacimientos ilegíti
mos. En 1801, de 918.073 nacimientos, eran ilegíti
mos 42.708; en 1879, de 956.526 nacimientos, la cifra de
los ilegítimos ascendió a 66.969. En 1891, la cifra de los
nacimientos llega a 880.379; los ilegítimos continúan
subiendo y se elevan a 73.570 que proceden principal
mente de los centros urbanos y manufactureros. De cada
1.000 nacimientos, la proporción de los ilegítimos es, en
efecto, en el departamento del Sena, de 241 y en la
población urbana, en general, de 99, mientras que en la
población rural no pasa de 41.
Al mismo tiempo aumenta la cifra de los abortos y de
los infanticidios. Pero la de los infanticidios no revela
más que la mitad del mal. Los abortos se elevan a más
del doble en los nacimientos ilegítimos que en los legí
timos. Ahora bien, tras de estas cifras se ocultan con la
mayor frecuencia verdaderos crímenes (2).
«Estoy convencido, decía el Dr. Bertillón, antiguo
jefe de la Oficina de Estadística Municipal de París, en
(1) L'Orga::isation du travail, págs. 299 y 804; §§ 37, 47,
48, 49 y el documento F. La Reforme sociale en France,
ch. VI, §§ 14 a 17.— J. Simon, L'Ouvriére, p. 147 y sig.
(2) V. Guérin, VEvolution sociale, liv. IV, ch. III.
136 ECONOMÍA SOCIAL
vista de mi experiencia particular de médico, y de los
hechos que se me han comunicado por mis colegas, que,
al decir que los infanticidios son tres veces más numero
sos que los que conoce la justicia, y que los abortos pro
vocados son tres veces más numerosos que los infantici
dios en general, se quedaría todavía muy por bajo de la
verdad. »
Pero una práctica abominable, una vergüenza para la
civilización del siglo xix, es la que consiste en detener,
mediante vergonzosas operaciones, los progresos de la
maternidad. Esta llaga moral hace estragos inmensos en
las capitales de Europa, en París sobre todo. Arrojemos
un velo sobre esta podredumbre y pasemos al segundo
elemento constitutivo de la sociedad: el municipio.
ARTICULO II
EL MUNICIPIO
Origen.—El municipio es el embrión de la sociedad,
un elemento primordial del Estado; ha precedido y sobre
vive a éste. Nace espontáneamente del gobierno de las
familias que hablan la misma lengua, que tienen intereses
comunes, y sobre todo, un territorio colectivo. Durante
toda la Edad Media, la autonomía local ha sido completa,
tanto en el seno de las ciudades después que obtuvieron
sus franquicias, como en las aldeas que administraban
por sí propias sus intereses. Cada municipio constituía
un Estado independiente que, con mucha frecuencia,
tenía costumbres y legislación diferentes. Del desarrollo
de la vida local resultó, en la Edad Media, una gran
POil EL R. P. OH. ANTOINE 137
prosperidad (1); antes de las grandes guerras de Estado
a Estado, a partir del siglo xvi, la población de Francia
era mayor que en el siglo xviii (2). Las riquezas de los
florecientes municipios de Flandes y de Italia eran con
siderables (3). En la antigua Francia la organización
municipal se regia por dos formas: para las ciudades
importantes, el gobierno representativo por un ayunta
miento electivo, y para las pequeñas ciudades o las parro
quias rurales, el gobierno directo por la asamblea general
de los habitantes: es el régimen democrático en su domi
nio propio, donde puede ser inofensivo y benéfico.
Las asambleas de habitantes han desaparecido en
Italia, España, Portugal, Bélgica, Holanda, Dinamarca,
Austria-Hungría y Francia; todavía existen, por lo
menos, en los distritos rurales, en Inglaterra, Alemania,
Rusia, Suecia, Noruega y en algún cantón de Suiza (4).
Régimen municipal (5).—En 1789 la Revolución encon
tró a los municipios que encasi todas partes remontaban
a los tiempos más antiguos de Francia. La Convención
abolió el municipio que habían respetado los bárba
ros (6). El legislador definió al municipio «una agrupa
ción de habitantes cuya existencia depende del Estado,
al mismo tiempo que sus derechos propios como el ser
moral y colectivo de la institución municipal que le es
(1) G. Blondel, Etude sur le politique de Vempereur Fré-
deric II en Allemagne.—Jansen. Histoire du peuple alle-
mand, t I.
(2) Levasseur, La Population frangaise.
(3) De Laveleye, Le Gouvernement dans la democratie.
t. I. liv. n, ch.XyXI.
(4) V. Babeau, Les Assemblées générales des Communau-
tés d'Habitants en France du XIIIe siécle á la Révolution.
(Introducción y conclusión.)
(5) Tancréde Rothe, Traite, de Drolt nuturel, t. I p. 584
(6) A. Desjardins, De la liberté politique dans l'Etat mo-
derne, liv. I, ch. I, § 111. - Charles Benoist, La Politique.
138 ECONOMÍA SOCIAL
conferido por el Estado». Hoy el municipio no es más
que la agrupación de ciudadanos, de edad de veintiún
años cumplidos, domiciliados en un territorio determi
nado; estos ciudadanos entregan cada cuatro años la
administración de su municipio a determinado número,
de entre ellos, proporcionado a la población del munici
pio. La elección se verifica por sufragio universal. El
ayuntamiento, bajo la dirección del alcalde y bajo la
vigilancia muy cercana de la Administración central,
que trata al municipio como si fuera menor o pródi
go (1), administra los asuntos del municipio, lo que equi
vale a poner a éste en tutela, a confiscarle sus derechos,
al cesarismo más contrario al derecho social y polí
tico (2).
La autonomía municipal es, en efecto, reclamada por
el bien común de la sociedad. He aquí las principales
razones,en favor de este derecho:
1.a Los Ayuntamientos conocen mejor que las ofici
nas de un Ministerio los intereses del municipio y la
oportunidad de las medidas que hay que adoptar. La
Revolución ha decretado la uniformidad en el régimen
de los municipios; sólo una monomanía de igualdad ha
podido imponer medidas uniformes que imponían los
mismos tributos a los municipios de 300.000 habitantes
que a la de los 300, no distinguiendo la3 poblaciones
industriales de las agrícolas, que tienen tradiciones y
usos completamente distintos.
(1) La ley de 5 de Abril de 1884 ha aflojado—aunque de
una manera insuficiente—los lazos que ataban el municipio al
poder central.
(2) La tutela del Estado cuesta cara a los menores. El ba
lance de la situación financiera de los municipios en 1893, pre
senta un pasivo de cerca de -4.000.000.000. En 1891 ya llegaba
a un total de 3.293.964.000 francos, o sea una tercera parte
corrida más que en 1878. En un periodo de apenas quince años
la progresión es poco tranquilizadora.
POB EL B. P. CH. ANTOINE 139
2.a La responsabilidad que pesa sobre las autorida
des locales es más efectiva, y, en consecuencia, ofrece
garantías más serias. ¿No están ellas directamente inte
resadas en una buena gestión? Al ver de cerca las con
diciones locales, ¿no tienen más competencia que los
empleados de la Administración central que residen en
la capital de la provincia? (1).
3.a Los trabajos decretados y ejecutados directamen
te por el municipio producen una seria economía con la
supresión de intérmediarios, y evitan la interminable
lentitud y el embarazoso papeleo de la Administración
central.
4.a En fin, al habituarse a intervenir la Administra
ción local, los ciudadanos adquieren la aptitud para ocu
parse de la de la provincia y de la nación, y se forman
para la libertad política y el self-goveniment (2).
Sin duda puede cometerse algún abuso en la adminis
tración municipal; pero serán previstos o reprimidos por
la autoridad superior de la provincia o del Estado.
Reforma municipal.—La conclusión de lo que precede
es la necesidad de una reforma que devuelva al munici
pio sus derechos confiscados, y le arranque del pesadísi
mo yugo de la máquina administrativa. He aquí las prin
cipales medidas adoptadas en el Congreso de Juriscon
sultos católicos (3): introducir la representación de los
intereses en la constitución de los Ayuntamientos; con
fiar a la administración local las^escuelas (quedando a
(1) Un hermoso ejemplo de descentralización y de selfgo-
vernment municipal lo da la ciudad de Birmiogham. V. el
artículo de M. Max Leolerc, Revue des Deux Mondes, t. CVI,
1891, p. 449 y sig.
(2) Adolfo Prins, L' Organisation de lq¡ liberté et le devoir
social.
(3) Congreso de Jurisconsultos católicos celebrado en An-
gers. Ref. soc. 15 de Diciembre de 1892, p. 877. - Pablo Des-
chanel, La Déscentralisation.
140 ECONOMÍA SOCIAL
salvo la libertad de los padres de familia), los centros de
beneficencia y de asistencia pública, el presupuesto y las
obras locales. También se podría establecer el referen
dum para las enajenaciones de los bienes comunales y
para la imposición de contribuciones extraordinarias.
Por cima del municipio existen ordinariamente agru
paciones más extensas, como el cantón, el distrito, el
departamento y la provincia. Como su estudio es menos
importante, le dejaremos a un lado para dirigir nuestra
atención a las clases sociales.
AKTÍCULO in
LAS CLASES SOCIALES
Formación de las clases sociales.—La división del tra
bajo, la diversidad de ocupaciones, la desigualdad de
fortunas, las disposiciones y aptitudes naturales, la
influencia del derecho de herencia; todos estos hechos y
otros muchos del mismo género determinan en la socie
dad civil diferentes categorías de personas. Entre todos
los que, por elección o por nacimiento, pertenecen a la
misma categoría, la semejanza de ocupaciones y de posi
ción sociabengendra naturalmente una comunidad, si es
que no una igualdad de intereses. De ahí cierta confor
midad de ideas, de culturas y de maneras, de donde
resulta un tipo común: la clase (1). Estas consideraciones
nos permiten definir las clases sociales, diciendo que son
las diferentes agregaciones de hombres, que ejercen la
misma profesión o la misma industria o que se encuen-
(1) P. Meyer, Stimnitn aus Maria-Laach, 1872, TI, pá
gina 221. P. von Fugger, ibid, 1874, t. VIII, p. 338.
POB, EL R. P. CH. ANTOINE 141
tran en una igual posición social, y por consiguiente,
que tienen los mismos intereses.
Por lo dicho, se ve el papel y la importancia de esas
agrupaciones naturales. Lo que el individuo hace par;i la
vida social, lo que da a la sociedad, lo hace y lo da ordi
nariamente por la clase a que pertenece. En realidad, la
atmósfera en que cada cual vive y se mueve inmediata
mente es donde encuentra su desarrollo y su perfeccio
namiento intelectual y moral (1).
La historia de las sociedades del Oriente y del Occi
dente nos muestra de una manera constante la existercia
de clases. En el mismo tiempo actual, en el seno de las
sociedades más democráticas e igualitarias, al lado de
los proletarios, encontramos la clase de los grandes capi
talistas que ha venido a sustituir a la antigua nobleza:
el cleroj el ejército y la magistratura. El movimiento
sindical que se desarrolla de día en día es una manifes
tación He esa tendencia natural a la agrupación de los
intereses y a la formación de las clases.
División de clasas.—Las clases pueden ser: 1.°, de
derecho público o de derecho privado; 2.°, políticas o no
políticas; el clero, la nobleza y el tercer estado consti
tuían antes de la Revolución francesa clases de derecho
público y político; 3.°, hereditarias o no hereditarias.
El régimen feudal y las clases.—En la Edad Media fue
cuando la organización de clases tuvo un completo des
arrollo, formando en cierto modo el armazón de la socie
dad civil. El feudalismo tiene adversarios encarnizadosy defensores entusiastas; los primeros no consideran más
que los defectos y los abusos; los segundos no ven más
que las grandezas y las ventajas de aquellas edades de fe
y de valentía. Una apreciación justa debe evitar esos dos
extremos.
(1) Walter, Naturrecht, p. 115. Cathrein, Moralphiloso-
pkie, p. 44.
142 ECONOMIA SOCIAL
Pero el régimen feudal no es el ideal de una organi
zación económica perfecta, y, sin embargo, presenta un
orden social bien adaptado a las circunstancias y a las
condiciones de la época en que se desarrolló. En este
punto G. de Molinari (1) y Lafargue (2), están de acuer
do. En la Edad Media, en efecto, la falta de seguridad,
el escaso desarrollo del comercio y de la industria y la
dificultad de las comunicaciones hacían que la libertad
del trabajo y la propiedad privada estuvieran llenas de
peligros y de inconvenientes para la clase de trabajado
res. En cambio de una enajenación perpetua de su liber
tad, el siervo y el aldeano recibían de su señor y dueño
la seguridad y la protección, condiciones necesarias para
el trabajo y para la existencia (3). ¿Hay en esta ayuda
mutua, en esta verdadera solidaridad, un abuso irritan
te? ¿Quién se atrevería a afirmarlo? Diréis que se come
tieron abusos. No lo ignoro, pero eso no quita para que
el sistema feudal, desembarazado de los elementos con
tingentes y de las categorías históricas que le son pro
pias, contengan el principio fundamental del orden social
y económico. He aquí ese principio: no puede conseguir
se el orden social más que por la unión de las volunta
des individuales y su subordinación al bien común. ¿Cuál
es, en efecto, el rasgo característico del régimen social
del feudalismo? La autoridad fuerte y respetada, una
jerarquía de derechos que respondan a la diversidad de
los servicios sociales, la propiedad sirviendo de lazo de
unión entre las diferentes clases, el uso de la propiedad
territorial limitado por deberes recíprocos entre el pro
pietario y el colono, las clases sociales subordinadas
según su dependencia natural. ¿Qué es todo esto? La uni
dad en la variedad, una adaptación armónica de los diver-
(1) Les Bourses du travail, ch. III y VI.
(2) Cours d'Assises de Douai, 1891.
(3) H. Pesch, Stimmen, 1893, p. 445. (Heft, X.)
POR EL B. P. CH. ANTOINE 143
sos elementos de la sociedad sometidos a un principio de
unidad, en una palabra, el orden social cristiano.
Y, sin embargo, nadie piensa en restablecer la servi
dumbre o el vasallaje. La libertad personal es una con
quista demasiado preciosa para que se la sacrifique a tan
bajo precio; pero, digámoslo una vez más, no por eso las
leyes fundamentales del orden social son menos necesa
rias en la aurora del siglo xx, que bajo el reinado de San
Luis. En toda sociedad política, la organización de las
clases es un elemento de paz y de orden.
Ventajas de las clases sociales.—La organización de la
sociedad en clases—corporaciones del Estado, gremios,
sindicatos, etc.—, presenta grandes ventajas, tanto para
los individuos, como para la sociedad. El ciudadano
encuentra en la clase a que está ligado: 1.°, la protección
de su libertad y de sus derechos profesionales; 2.°, los
medios de desarrollar sus aptitudes y de ejercer su oficio
o su profesión; 3.°, socorrros en los diversos infortunios
de la vida; 4.°, un abrigo contra la competencia desen
frenada y la guerra sin cuartel, que aislados y sin defen
sa, se hacen los miembros de la misma profesión.
La sociedad encuentra en la organización de las cla
ses: 1.°, el orden y la armonía; 2.°, un elemento de pros
peridad pública, hallándose mejor distribuido el trabajo,
mejor regulada la producción y el reparto de la riqueza
mejor conocido y más vigilado; 3.°, una prenda de paz y
de seguridad, siendo más fáciles de resolver, por los
representantes y delegados de cada una de las clases, los
conflictos entre clases diferentes.
Peligros de las clases sociales.—A pesar de las venta
jas que presentan las clases sociales, pueden ofrecer peli
gros reales para la sociedad. El primero consiste en
excluir todo lo que no ha visto la luz en su seno y trans
formarse de este modo, a la manera de las famosas castas
indias, en castas cerradas. De ahí resulta un considera
144 ECONOMIA SOCIAL
ble perjuicio para la misma clase. A consecuencia de la
falta de sangre nueva, infundida por los hombres que,
con las coadiciones y capacidades requeridas, hubieran
entrado en estas clases, se encuentran atacadas de una
especie de anemia física o moral, dejando de ser útiles a
la comunidad y a toda sociedad.
Otro peligro es el de que las clases y los individuos
que a ellas pertenecen olvidan con mucha facilidad los
intereses de la sociedad y el bien común para preferir sus
intereses particulares, y procurar enriquecerse y aumen
tar la preponderancia de su clase en detrimento del res
to de la población. En este caso, la exuberancia y la pre
ponderancia de una clase llegan a ser funestas a la socie
dad, porque debilitan la vida y la fuerza de los demás
órganos en detrimento del cuerpo social.
¿Cómo remediar estos inconvenientes y mantener las
clases en su papel natural? Por una sabia intervención
del Estado.
Papel del Estado en las ciases sociales.—Las atribucio
nes del poder civil en la organización de las clases se
puede resumir así:
1.° Proteger por una legislación apropiada los inte
reses legítimos y los derechos de cada clase. Al destruir
las clases sociales legítimamente existentes, la Revolu
ción francesa cometió un doble atentado: primeramente
una injusticia respecto de los derechos históricos adqui
ridos por las diferentes clases, y después, un crimen
social, privando a la nación de cuerpos constituidos que
contribuían ampliamente a su vida.
2.° Corregir y prevenir los peligros que puede hacer
correr a la sociedad el exclusivismo de una clase deter
minada que pretende transformarse en casta o que, por
una preponderancia excesiva, pone en peligro la armonía
social y se opone al interés general.
3.° Promover y favorecer por medidas oportunas la
POR EL R. P. CH. ANTOINE 146
organización y el desarrollo de las clases en conformidad
con el bien común de la sociedad política. En general—
& no ser en los casos de necesidad absoluta—el Estado
saldría de sus atribuciones y cometería un abuso de
poder, organizando directamente las clases sociales. Nacen
«spontáneamente de los gérmenes depositados por la
naturaleza independientemente de toda acción del Esta
do (1). Y he aquí por qué tienen intereses colectivos y
derechos particulares que no reciben de la autoridad
social. Entre las clases cuya organización más importa a
la prosperidad de la sociedad, citaremos los trabajadores
de los campos, los obreros de las fábricas y los artesa
nos. Estos grupos de ciudadanos cuentan con intereses
profesionales claramente caracterizados, que tienen el
derecho de defender y de hacer representar.
Representación de intereses.—La representación de los
intereses inscrita en la orden del día de las discusiones
políticas o económicas tiene una doble significación: o
bien se trata de la representación de los intereses profe
sionales por Cámaras consultivas, o bien de la represen
tación profesional en las asambleas públicas nacionales.
En el primer caso, las diversas profesiones nombran
por elección delegados que componen una asamblea o
cámara con facultades para discutir los intereses y defen
der los derechos de la profesión y representarla ante los
poderes públicos. Esta institución ya existe en varias
profesiones. Los agentes de cambio, los abogados, los
notarios y los comerciantes tienen sus cámaras repre
sentativas que, en las cuestiones importantes concer
nientes alos intereses colectivos, son consultadas por
el gobierno. ¿No tienen también las otras profesiones
-derechos que defender, deseos que manifestar, reivin-
(1) Costa- Roeseti, Philosoph. moral, p. 118.—Vander Aa.
Ethica, prop. 147, p. 184.—Walter, Naturrecht,^. 155 y sig.
10
146 ECONOMÍA SOCIAL
dicaciones que presentar, intereses que proteger? Se
han presentado varias proposiciones a la Cámara de
diputados para establecer cámaras de trabajo, de indus
tria y de agricultura.
En el segundo caso, la representación nacional está
constituida, en totalidad o en parte, por los delega
dos de las profesiones que representan los intereses
sociales. El objeto de esta reforma es, según De Greef,
«organizar la gran fuerza no organizada que se llama
sufragio universal (1)», mediante la representación de
intereses; decimos organizar y no destruir. «Reglamen
tar el sufragio universal, escribía M. Emile Ollivier, no
es suprimirlo, como no se suprime la máquina de vapor,
perfeccionando el mecanismo rudimentario de los prime
ros tiempos; sino sanearlo, disminuyendo la preponde
rancia del número sobre la calidad de los votos (2).»
Varios escritores políticos llegan a opinar que es esen
cial, para toda representación verdaderamente nacional,
la representación por profesiones. A esto se objeta
que una asamblea legislativa suprema, con misión de
ocuparse de los intereses generales de la nación, de hacer
leyes y no decretos o reglamentos particulares, debe
estar compuesta de miembros que representen los inte
reses generales del país y no los intereses particulares
de las clases y es, por consiguiente, muy distinta de una
cámara económica.
Para obviar este inconveniente bastaría yuxtaponer
la representación de los intereses a la representación
nacional. De esta manera habría dos cámaras, cuyas atri
buciones, sin ser opuestas, serían distintas.
Sea lo que fuere de este punto de vista teórico, es lo
cierto que se dibuja con claridad en varios países una
(1) La Constituante et le Régime représentatif.
. (2) Correspondntit, 25 Junio de 1893.
POR EL B. P. CH. ANTOINE 147
corriente de opinión favorable a la representación de los
intereses. En Francia M. de Mun inscribió en su progra
ma la representación legal de los cuerpos profesiona
les (1); la obra de los círculos católicos de obreros quiere
preparar una representación libre y sincera de los dere
chos y de los intereses profesionales que no encuentren
su expresión en el régimen político actual, de manera
que suministre sus bases naturales e históricas a una
reorganización de la sociedad civil inspirada en la justi
cia y en la caridad cristianas (2). Citemos también a
M. Emile Ollivier, M. Ch. Benoist, el abate Lémíre,
M. Arthur Desjardins (3) y Benoit Malón (4).
En Bélgica M. Helleputte ha presentado un proyecto
de representación por profesiones. Todos los electores
forman parte de un grupo profesional. Cada grupo tiene
su parte de representación política; el cuerpo electoral
se divide en tres grupos: capital, trabajo y ciencia (5).
M. H. Prins, catedrático de la Universidad de Bruse
las (6), y M. de Laveleye, han desarrollado análogas
ideas (7). En Inglaterra y en Alemania sostienen esta teo
ría hombres eminentes como el conde de Grey, Sir Hen-
ri, Sumner Maine, James Lorimer, Von Molí y el doctor
Oberdorfer, los cuales proponen el reparto de todos los
ciudadanos en grupos de intereses comunes para que el
cuerpo representativo deje de ser la expresión de las
pasiones políticas de una circunscripción electoral y
(1) Discours de Lille (20 de Junio de 1891). (Ass. cath., 15
de Julio de 1891).—Discours de Leims. (Ass. cath., 15 de Julio
de 1891.)
(2) Ass. cath., 5 de Julio de 1891, paga. 6, 155 y 241.
(3) De la Liberté politique dans l'Etat moderne, p. 232
ysig.
(4) Le Socialismo integral, vol. II.
(5) Ass. cath., 15 de Mayo de 1891.
(6) La Démocralie et le régimen representatif.
(7) Le Gouvernement dans la Démocratie, t. II.
148 ECONOMÍA SOCIAL
constituya el reflejo exacto y una como fotografía de
todas las fuerzas sociales.
Después de haber descompuesto a la sociedad en sus
elementos constitutivos, la familia, el municipio y las
clases, nos resta estudiar la disposición de estas partes
en el todo, esto es, la estructura íntima de la sociedad
civil. ¿Estamos en presencia de un mecanismo o de un
organismo? Y si este organismo existe, ¿es físico o moral?
Tal es el problema cuya solución buscamos.
ARTICULO IV
LA ESTRUCTURA ORGÁNICA DE LA SOCIEDAD
¿Qué es un organismo?—¿Qué es, pues, un organismo?
Nadie niega que la constitución propia de los cuerpos
vivientes esté organizada. ¿Qué vemos en un cuerpo
viviente? Desde luego partes heterogéneas dotadas de
actividad: células, tejidos y aparatos muy diversos. Sin
embargo, considerando la cosa de más cerca, vemos que
el carácter propio de la constitución orgánica no consis
te, en modo alguno, en la heterogeneidad de actividades
elementales que se agreguen numéricamente, porque una
máquina, por ejemplo, un aparato eléctrico, contiene
muy frecuentemente acciones auxiliares, físicas y quími
cas, acciones que seguramente son heterogéneas. ¿Cuál
es, pues, el carácter dominante de una estructura orgá
nica, aquel mediante el cual pueda distinguirse con faci
lidad el organismo del mecanismo? Helo aquí: en un
organismo las diversas partes tienen una actividad pro
pia, autónoma; están subordinadas entre sí, unidas por un
principio directivo de orden superior que forman un
todo armónico y concurren al bien común de ese todo.
P0K EL R. P. CH. ANTOINE 149
Considerad el cuerpo humano: la mano, el pie, el híga
do, el estómago, el corazón y los demás órganos tienen
su función distinta; están unidos en conformidad a una
ley de armonía, se prestan mutuo concurso y contribu
yen en su esfera respectiva al bien y a la prosperidad
de todo el cuerpo. Por el contrario, en un mecanismo no
se encuentra actividad específica y autónoma, consis
tiendo el papel de cada parte únicamente en recibir y
transmitir un impulso, un movimiento venido del exte
rior. «El organismo, nos dice el P. Liberatore (1), difiere
del mecanismo en que este último toma una materia
absolutamente inerte y la dispone hábilmente, pero sin
producir un movimiento que una fuerza particular impri
me a todo el aparato; el otro, por el contrario, se compo
ne de partes dotadas de una estructura particular que se
mueven con fuerza propia en la órbita de su acción. Así,
en el cuerpo humano, la cabeza no reivindica el oficio
de los demás miembros, sino que los guía y los gobierna
para el bien de todo el cuerpo.»
Estas consideraciones nos suministran los dos rasgos
característicos del organismo: actividades propias y
específicas; unión de esas acciones en y para el todo,
esto es, el cuerpo. Apliquemos a la sociedad estos dos
caracteres.
El organismo social.—¿Se halla compuesta la sociedad
de grupos heterogéneos con derechos propios, un modo
de actividad distinto y una autonomía relativa? Después
de lo arriba dicho, la respuesta no es dudosa. Las fami
lias, los municipios y las clases, ¿tienen derechos e inte
reses especiales e independientes del Estado? Estas
diversas partes independientes, ¿están ligadas por un
principio de unidad? ¿Tienden armónicamente a un fin
(1) Institutiones Eticae et Juris naturalis, p. 2, cap II,
art. 4, prop. 3.
150 ECONOMÍA SOCIAL
común, el bonun commune de la sociedad? Esto es lo que
hemos demostrado en varias ocasiones, y puesto que esto
es así, se impone una conclusión: la sociedad se compone
de partes heterogéneas que, dotadas de una cierta auto
nomía, gozan de una actividad propia, están unidas para
el bien común del todo. Eso es lo que llamamosun orga
nismo moral (1). Como hace notar M. Ch. Périn, «todas
las funciones particulares en que se distribuye la activi
dad social se reunen para formar, por la asistencia mutua,
la vida común y completa de un pueblo. Así, no sin
razón, se ha comparado a la sociedad con un organismo
que vive y se mueve por la fuerza de un principio inter
no de unidad que liga sus partes unas con otras» (2).
No digais que esta concepción de la sociedad es nueva,
todavía fresca, importada de los países de más allá del
Rhin, pues en muchos pasajes la expone Aristóteles, la
adopta Santo Tomás (3) y sus comentadores, y la repro
ducen los filósofos católicos (4). León XIII la trae a
cuento en los pasajes de la Encíclica De Rerum novarum,
donde alude al cuerpo y a los miembros de la sociedad,
al cuerpo social, etc. Habiendo sido atacada con rudeza
por varios escritores modernos (5) esta teoría de la socie
dad-organismo, es muy importante precisar con cuidado
su significación. Por de pronto la sociedad no es un orga-
(1) H. Pesch. Die sociale Frage VIII, Heft. pága. 46 y 57.
Weiss. Sociale Frage und sociale Ordnung, p. 539 y sig. y
259 y sig. Costa Rossetti, Philosophie moralis, p. 834. —
Meyer, Die Sociale Frage, I. Heft, p. 42 y sig.
(2) Premiers principes d'écon. polit., p. 133.
(3) DeRegiminePrincipum, lib. I, cap. I. Summ.Theol.,
1.a, p. q. 60, a. 5.
(4) Habría precisión de citar los nombres de todos los pro
fesores de íilosofia católica que han publicado sus cursos —
Cons. la excelente obra de Santa María de Paredes, El Orga
nismo social.
(5) Conferences d'Etud<-s sociales de Notre Dame-du-
Haut-Mont, 1894, n. 3, p. 67 y sig.
POB EL B. P. OH. ANTOINE 151
nismo físico, un organismo fisiológico que ejerza accio
nes propiamente vitales. La sociedad es un organismo
moral, porque presenta varios rasgos de semejanza con
el organismo físico y eso que respecto de éste, presenta
numerosas divergencias (1). Me explicaré: La unidad del
todo, de las partes heterogéneas y autónomas, la acción
armónica de las partes en interés del cuerpo; he ahí los
tres puntos de semejanza entre los dos organismos. Pero
se marcan con mucha precisión las divergencias. En el
organismo fisiológico la unidad es física, moral en el
organismo social; en el primero la autonomía de las par
tes no es más que aparente, pues el principio vital es la
fuente única de la vida de los órganos y es real en el
segundo. En el cuerpo viviente los miembros existen
enteramente para el cuerpo, su actividad se halla orien
tada directamente al bien común; por el contrario, en el
organismo moral las diferentes partes tienen un fin par
ticular, existen independientemente de la colectividad y
no concurren sino indirectamente al bien común del cuer
po social.
Apurando más la analogía entre los dos organismos,
los socialistas han sacado la conclusión de que el indi
viduo tiene frente al Estado deberes y no derechos, y que
depende de la colectividad como la molécula del cuerpo
viviente. Eso es confundir el organismo moral con el
organismo físico. Ese mismo sofisma ha conducido a
otros escritores a una conclusión opuesta. Se llaman
órganos, así razonan, ciertas partes del ser viviente de
estructura y de función propias, que tienen por primer
principio de su creación el mismo principio vital y, por
fin directo, el bienestar del ser total; luego, la familia y
las asociaciones no son los órganos de la sociedad. La
única conclusión que fluye lógicamente de esta defini-
(1) P. Vicent, Socialismo y Anarquismo, p. 76-78.
152 ECONOMÍA SOCIAL
ción, es que la sociedad no es un organismo físico y fisio
lógico. También se dice: la policía, el ejército y la magis
tratura; he ahí verdaderos órganos porque no existen
más que para la sociedad; reciben su dirección de la
autoridad suprema y concurren directamente al bien
común. Pero precisamente porque la policía y el ejército
reciben directamente su impulso del Estado, porque no
tienen actividad inmanente, es por lo que no son en sen
tido preciso, órganos de la sociedad. La policía, el ejér
cito y los funcionarios concurren directamente al bien
común de la sociedad; he ahí por qué son instrumentos
puestos por la sociedad en manos del Estado. La admi
nistración es un tipo acabado de un mecanismo automá
tico, inerte e irresponsable, que distribuye hasta las
extremidades del cuerpo social el impulso que parte del
motor central.
ARTÍCULO V
LA SOCIOLOGÍA Y EL ORGANISMO SOCIAL
Escuela transformista (1).—La teoría del organismo-
social se ha desnaturalizado de un modo extraño por los
sociólogos de la Escuela transformista (2). De una ana-
(1) Las obras de Gumplowicz y de Lubbock.—Kidd. ^Evo
lución social. — Lilienfeld . la Patologie sociale . — Mismer,.
Principes sociologiques.—Tarde, Lois del'imitation, l'oppo-
sition Universelle. —Vaccaro, Bases sociologiques du droit (*).
Worms, Organisme et Société.—Combes de Lestrade, Ele
menta de sociologie . —Balicki, l'Etat comme organisation
coercitive. - Espinas, los Origines de la technologie. —Giddins,.
Principios de Sociología (**).
(2) De Vareilles-Sommiéres, Principes fondamentaux t
oh. XXV. —lleudant, Droit individuel, ch. III, § 5. -Claudio
Jaimet, Socialisme d'Etat, p. 141.
La traducción castellana da esta obra forma parte de e»ta Biblioteca
Idem.
POR EL R. P. CH. ANTOINE 153
logia han hecho una realidad; de una vida moral, com
puesta de actos libres que concurren a un fin común, han
hecho un proceso físico o fisiológico de la competencia
de la biología y de la histología. Algunas citas bastarán
para dar a conocer, y al mismo tiempo refutar esas inve
risímiles aberraciones del espíritu humano.
M. Fouillée (1) afirma seriamente que todos los cere
bros de los ciudadanos de una nación constituyen la
masa nerviosa- de la misma; las familias son los ganglios;
las ciudades, las visceras; la capital, el cerebro, que no
es más que una vértebra que ha crecido y llegado a ser
dominante; los pensadores y los sabios son las células
perfeccionadas del cerebro.
Ahrens enseña que el derecho es la red nerviosa de la
sociedad (2).
Herbert Spencer ha disecado el cuerpo social y encon
trado en él un aparato productor o digestivo, un aparato
de distribución o vascular y un aparato regulador o neu-
ro-motor. El aparato nutritivo es la clase agrícola e in
dustrial; el aparato vascular la clase mercantil; el apa
rato neuro-motor es el gobierno (3).
Schaffle, en su voluminosa obra sobre la estructura del
cuerpo social, describe hasta en sus últimos detalles, los
elementos histológicos, los cinco tejidos fundamentales,
la epidermis, el epitelio, las apófisis, las vértebras y los
sistemas óseo, nervioso y vascular del cuerpo social (4).
Bluntschli ha concluido por descubrir el sexo del Es
tado; el Justado es masculino. «Sucede lo propio, dice,
con el carácter masculino del Estado moderno, que se le
(11 La Ciencia social contemporánea, lib. II (*).
( 2) Enciclopediajurídica o Exposición orgánica.
(8) Inducciones de la Sociología (").
(4 Bau und Leben des socialen Kórper, Bd. I.
(*) La traducción castellara forma parte de «sta Biblioteca.
(**) Lo propio sucede con este libro .
164 ECONOMÍA SOCIAL
ha reconocido, oponiéndolo al carácter preferentemente
femenino de la Iglesia. Una comunidad religiosa puede
tener todos los demás caracteres del Estado, y, sin em
bargo, no será ni querrá ser un Estado, porque no se
gobierna conscia y virilmente a si misma ni se apodera
libremente de las cosas de la vida externa;, no quiere
más que servir a Dios y cumplir sus deberes religio
sos» (1). El autor añade en una nota: «He mostrado con
más detenimiento en mis estudios psicológicos el carác
ter másculo del Estado. La expresión francesa L'Etat
c'estl'homme no significa sólo que el Estado es el hom
bre (homo, MenschJ en general, sino también que el Esta
do representa la naturaleza masculina (vir, Man) en gene
ral como la Iglesia la naturaleza femenina. »
En cuanto al origen de las sociedades, se halla some
tido a las inmutables leyes de la biología.
«Las sociedades, dice Spencer (2), como los demás
cuerpos vivientes, comienzan en forma de gérmenes, y
tienen, como punto de partida, masas sumamente tenues
«n comparación con aquellas a que concluyen porllegar. »
M. Fouillée ha descubierto el tránsito de los gérmenes al
estado de sociedad. «Los gérmenes de los mixomicetas
viven, como todo el mundo sabe, al principio en estado
de mónadas ciliadas de forma amboidal que se mueven,
se nutren, crecen y se multiplican por esciparidad. He
ahí, pues, individuos desde luego independientes; los
individuos se unen en seguida para constituir grupos, los
grupos se unen a otros y concluyen por constituir un
cuerpo variable, de forma que se mueve y se arrastra
lentamente. ¿No es eso un tránsito de la independencia
a la dependencia mutua, de la vida aislada a la vida
colectiva? Y este tránsito ¿no se asemeja a la formación
{1) Teoria general del Estado. '
(2) Inducciones de la Sociología .
POR EL H. P. CH. ANTOINE
de las sociedades animales y humanas? (1)». Según Blun-
tschli, «el nacimiento del Estado se opera mediante una
especie de generación espontánea, bajo la influencia de
un Staatstriéb (instinto para el Estado) congénito en los
individuos» (2). En fin, para M. Tarde la sociedad se for
ma por una influencia de imitación con sugestión reci
proca, un hipnotismo mutuo, una especie de sonambulis
mo simpático (3).
Y, sin embargo, aún presentaba la biología social un
vacío: el estudio de los microbios sociales, vacío que
acaba de llenarse con un trabajo reciente de Van der
Velde y Massart, sobre el parasitismo social. El cuerpo
social nutre saprofitos que viven de detritus; tales son,
por ejemplo, los que recogen colas de cigarros. Algunos
parásitos sociales producen el fenómeno del mimetismo,
que consiste en tomar la librea de otro, como, por ejem
plo, los falsos mendigos, las sociedades comerciales que
se titulan sociedades cooperativas, etc. ¿Queréis conocer
la evaluación del parasitismo social? Se os dirá que se
ha verificado mediante la dulcificación del predatismo.
Tal es el caso de los ladrones de ganado entre los árabes
o de los bandoleros de la Edad Media que se convierten
en usureros, banqueros, ladrones tras el mostrador o
también, por perversión del mutualismo, como el señor
con sus compañeros de la Edad Media, convertido en el
sweater de Londres con sus miserables explotados, etcé
tera (4).
(1) La Ciencia social contemporánea, lib. II, cap. VI (*).
(2) Teoría general del Estado.
(3) Diversos artículos en la Revue philosophique, 1884,
1890 y 1891.
(4) Parasitisme organique et Parasitisme sociale, por
M. M. Van der Velde et Massart. - De Greef, le Transformis
mo social.
(*) La traducción castellana de esta obra forma parte dp nuestra Biblioteca.
156 ECONOMIA SOCIAL
Tales son algunas de las conclusiones de la nueva
escuela en sociología. Creemos que bastan para su plena
reputación las consideraciones que se han desarrollado
en este y en los capítulos precedentes.
CAPITULO V
Justicia y caridad.
La sociedad civil presenta analogías notables con los
cuerpos vivientes. Por esta razón puede a justo título
considerarse como un organismo moral. En el capítulo
precedente hemos aislado las diversas partes orgánicas
del cuerpo social: la familia, las asociaciones, las clases,
el municipio, el departamento y la provincia. ¿Qué falta
en nuestra investigación? Hemos disecado la sociedad,
pero se nos ha escapado el principio vital. ¿Cuál es, pues,
la fuerza que une las partes de la sociedad en un cuerpo
social, que suelde esos elementos esparcidos en un todo
organizado y les dé un fin, una acción común distinta de
la de los miembros aislados? Este principio de unidad es
la justicia legal. Para establecer esta verdad es indispen
sable recordar las nociones fundamentales de la justicia
y de la caridad. Dividiremos, pues, la materia de esta
lección de la manera siguiente:
1.° La justicia en general; 2.°, las diferentes especies
de justicia; 3.°, lajusticia legal, lazo de la sociedad; 4.°, la
caridad, y B.°, justicia y caridad.
168 EOONOJítA SOCIAL
ARTÍCULO PRIMERO
DE LA JUSTICIA EN GENERAL
Justicia en el sentido más general (1).—Tomada en su
expresión más general, la idea de justo representa la
noción de una cosa bien ajustada a otra, como un traje
al cuerpo, el continente de una medida de capacidad al
contenido.
La palabra justo representa esta ecuación.
En un sentido metafórico, la justicia significa la con
formidad, la ecuación de una voluntad con la regla de la
moral (2). Nada más cierto que esta acepción es metafó
rica, porque la idea de «justo» supone en el orden físico
dos objetos distintos ajustados uno a otro, y por conse
cuencia, en el orden moral, exige una distinción, por lo
menos inadecuada, de las personas. Esto es lo que los
antiguos expresaban al decir que la justicia es una vir
tud ad álterum (3). Pero en la justicia, rectitud moral, no
se trata más que del acuerdo interior de las disposicio
nes y de los actos con la recta razón en una misma per
sona (4). También en esta misma acepción San Agustín,
y después de él los teólogos de la escuela, W&m&n justi
cia al conjunto de las virtudes o virtud general. ■
(1) Sobreesta cuestión importante de la justicia, consúl
tese el notable trabajo que el P. José Hamon ha publicado en
la Association catholique, 15 de Diciembre de 1891, 15 de
Febrero y 15 de Marzo de 1892.—S. Thom, 1," 2", q. 61 a 3.—
Lessius, De Justicia, n. 1 .—Taparelli, Ensayo, números 177,
287 y 586.
(2) S. Thom., 1.*, 2.", q: 113, a 1.
(3) Ibid. 2.», 2.»<>. q. 58, a 2.
(4) Hamon, Association cath , 15 de Diciembre de 1891 >
p. 627.
POB EL R. P. CH. ANTOINE 1B9
Justicia en el sentido propio.—En una significación
más restringida y más rigurosa la justicia es: la virtud
que da a cada cual lo que le es debido. San Agustín se
expresa así: Justitia ea virtus est qtiae sua cuique tri-
buit (1). ¿No es, de la misma manera, ser justo, según el
unánime consentimiento de los pueblos, dar a cada cual
lo que le pertenece, aquello a que tiene derecho? Así,
nada tiene de particular que los filósofos y los juriscon
sultos definan la virtud de la justicia «esa disposición
habitual de la voluntad a dar a cada cual aquello que le
es debido.» Escuchad a Santo Tomás y veréis con qué
incomparable claridad comenta esta definición: «Lo pro
pio de la justicia entre las demás virtudes, es ordenar
bien al hombre con relación a otro. La justicia, en efec
to, expresa una especie de igualdad, porque se dice ordi
nariamente de dos cosas bien igualadas que están ajus
tadas. Ahora bien; toda igualdad marca una relación
con otra, mientras que las demás virtudes perfeccionan
al hombre únicamente en lo que concierne a sí mismo.
Así, pues, en los actos de las demás virtudes la rectitud
que cada una de ellas se propone como objeto propio no
se considera más que del lado del agente, mientras que
la rectitud propia de los actos de justicia se toma tam
bién sin hablar del agente del lado de otro. En efecto,
lo que se llama justo en nuestras acciones es lo que en
ellas responde por una especie de igualdad al derecho de
otro, como cuando se da la remuneración debida por un
trabajo concluido. De ahí viene también que una cosa se
llame justa porque presenta esa rectitud propia de la
justicia y que es el objeto de esta virtud sin tener en
cuenta ni aun la conducta delagente. Por el contrario,
en las demás virtudes no se admite la rectitud de una
cosa más que apreciando la manera con que ha sido
(1) De Civit. Bel, lib. IX, cap. XXI.
160 ECONOMÍA SOCIAL
hecha por el agente. He ahí por qué la justicia, prefe
rentemente a todas las demás virtudes, debe tener por
objeto lo justo (1).»
De esta explicación se desprenden los tres elementos
que caracterizan a la justicia distinguiéndola con clari
dad de las demás virtudes. Estos son: 1.°, la distinción
de las personas, por lo menos de las personas jurídi
cas; 2.°, lo debido a otro; 3.°, el pago de lo debido hasta
igualar con la deuda (2). Por esta triple señal podremos
reconocer si una virtud pertenece a la justicia y en qué
grado, y descubrir las diversas partes o especies de jus
ticia.
ARTÍCULO II
DIFEBENTES ESPECIES DE JUSTICIA
1
Partes primarias de la justicia.—Como la justicia, en
el sentido propio de la palabra, tiene por objeto lo que
es debido, se divide de la misma manera que las relacio
nes de lo mío y de lo tuyo. De ahí que, naturalmente, se
distingan tres partes primarias de la justicia, tres justi
cias diferentes, según que se considere: 1.°, las relacio
nes del hombre con la sociedad, esto es, lo que es debido
por el ciudadano al cuerpo social; 2.°, o bien las relacio
nes de la sociedad con cada uno de sus miembros, esto
es, lo que es debido por la sociedad a los ciudadanos,
y 3.°, o también las relaciones de los hombres conside
rados como individuos y no como partes de la sociedad.
Tal es la división clásica de la justicia, en justicia legal,
distributiva y conmutativa.
(1) Summ. Theol., 2.a, 2.»». q. 57, a 1.
(2) Op. cit., p. 629 y 630.
POB EL B. P. CH. ANTOINB 161
Entre las relaciones que caracterizan estas tres justi
cias, la primera es una relación de subordinación, la se
gunda una relación de superioridad y la tercera una rela
ción de coordinación.
La justicia legal regula las relaciones de los miembros
con la sociedad ordenándolas, ajustándolas al bien co
mún. Es la que inclina a los buenos ciudadanos a acep
tar los sacrificios necesarios para el bien público y que
al mismo tiempo inspira a los hombres de Estado el celo
por el bien y les dirige en su solicitud por todo lo que a
él pueda contribuir (1).
La justicia legal tiene, pues, un objeto propio perfec
tamente determinado, es a saber, «lo que es necesario
para el bien común de la sociedad» . He aquí por qué es
una virtud especial. Sin duda se la llama también una
virtud general, pero en un sentido muy distinto. Es gene
ral, porque tiene por término la sociedad y, si puedo
expresarme así, la generalidad de los ciudadanos. En
cuanto posee su objeto propio, la justicia legal no supo
ne—como sin razón opinan algunos autores—los actos
de otras virtudes. Lejos de ser dependiente y subordi
nada, goza de una perfecta autonomía.
La justicia distributiva regula las relaciones de la
sociedad con sus miembros y distribuye los bienes y las
cargas sociales según los méritos sociales y los recursos de
cada cual. Debe volverse a encontrar en todas las leyes
y, por consecuencia, en su aplicación por los tribunales
y la administración, estableciendo en todas partes una
(1) La teología está unánime en afirmar la existencia de la
justicia legal.—S. Thom, Summ. Theol., 2.a 2.a0, q. 58, a 5.—
Obj. 3 y a. 6, 7.—Suárez. Opuse, de Justitia Dei, § IV, n. 6.—
De Legibus, lio. I, cap. VIl, números 4 y 5.—Lugo, De Justi
tia etjure, disp. 4, p. 62 y 68. Molina, De Justitia, tract. 1,
d. 1, n. 7. — Lessius, De Justitia, cap. I. dub. 3. Valentía,
in 1.a 2.ae, q. 96, disp. 7, 5, punct. 7.—Salmant., tract. II, De
Legibus, cap. I, punct. 5, números 59 y 64, etc., etc.
ii
162 ECONOMÍA SOCIAL
cierta igualdad proporcional, por lo menos en relación
con el objeto de la ley.
La justicia conmutativa da a otro exactamente lo que
le es debido en derecho estricto, como el cumplir sus
obligaciones, pagar a sus acreedores, restituir lo robado,
reparar los daños e indemnizar los perjuicios. Sostiene
siempre los dos platillos de la balanza, deuda y pago,
recibido y devuelto, en perfecto equilibrio.
Tales son las tres partes primarias de la justicia. Para
tener de ellas una noción más distinta y más precisa con
viene compararlas entre sí.
Comparación entre las tres partes primarias de la jus
ticia.—Estas tres especies de justicia convienen en que:
1.°, no se refieren inmediatamente al hombre que practi
ca sus actos, sino directamente a una persona física o
moral distinta (virtus ad alterum); 2.°, las tres dan a otro
lo que se les debe, lo que tiene derecho a exigir como
suyo, y 3.°, tienden a establecer la igualdad objetiva entre
la deuda y lo que es dado o ejecutado. Cuanto mejor se
encuentren estas tres propiedades características en la
justicia, ésta será más perfecta y mejor merecerá el nom
bre de tal. He ahí por qué, comparada con las otras dos,
la justicia conmutativa es la justicia perfecta. Sólo ella,
en efecto, supone una distinción completa entre las dos
personas, sujeto y término del derecho; sólo ella confiere
un derecho perfecto y jurídico que posee la inviolabili
dad y la coacción; sólo ella establece la igualdad aritmé
tica entre la cosa debida y la cosa dada.
La justicia legal no implica una distinción absoluta
entre los dos términos, puesto que el deudor es una par
te de la sociedad de la cual es el acreedor. El deber
impuesto por la justicia legal es, bajo cierta relación,
menos riguroso que el de la justicia conmutativa. No
puede exigirse con la fuerza de la coacción por los indi
viduos, pero puede serlo por el depositario de la autori
POR EL R. P. CH. ANTOINE 163
dad social. Lajusticia legal no establece la igualdad obje
tiva, como la justicia conmutativa, sino que impone car
gas sociales proporcicnalmente a las capacidades de los
individuos (1). La justicia conmutativa deja por comple
to a un lado las disposiciones, las relaciones y la capaci
dad del deudor. El papel de la justicia legal es obligar a
cada asociado, en la medida de sus fuerzas, a cooperar al
bien común. Por lo mismo, el que puede contribuir más
se encuentra en sí (and und fiir sich) obligado a una
mayor cooperación y puede ser a ello constreñido por la
ley. Esta ley de proporcionalidad ha hecho llamar a la
justicia legal (así como también a la justicia distributiva)
justicia geométrica (2). Por estos motivos la justicia legal
es, pues, una verdaderajusticia; no es unajusticia estricta.
Partes potenciales o secundarias de la justicia.—De
este modo la justicia se ramifica en tres especies distin
tas. ¿Hemos llegado a los últimos términos del análisis
de esa virtud? No, porque comprende también partes
potenciales o secundarias. ¿Qué quiere decir esto? Según
la enseñanza de, Santo Tomás, a la cual pueden referirse
las de toda la escuela, se llaman partespotenciales o secun
darias de una virtud «ciertas virtudes anejas que no tie
nen toda la perfección de la virtud principal y se refie
ren a actos secundarios (3)». En otros términos, las par
tes potenciales de la justicia son virtudes adjuntas ala
justicia que, reproduciendo sus caracteres, aunque ate
nuados, verifican sus condiciones, pero de una manera
más o menos completa, más o menos perfecta.
La aplicación de estas nociones a la justicia conmuta-
(1) S. Thom., Summ. Theol., 2.a 2." q. 61. a. 2. - Costa-
Rossetti. Phil. moral, p. 221.—Cepeda, Elementos.
(2) Véase la demostración de esta verdad en el P. Cathrein,
Moralphil., p. 262. —Cepeda, Elementos. - Costa-Rosaetti,
Phil. moral, p. 545.— Questions sociales et ouvriéres, p. 208,
nota C .
(3) 2.*, 2.*e, q. 48, a. unic.
164 ECONOMÍA SOCIAL
tiva, ha conducido a Santo Tomás (1), aLessius (2),etc.,
a establecer para esta virtud las partes potenciales si
guientes: 1.°, la religión; 2.°, la piedad; 3.°, la observan
cia (el respeto y la obediencia); 4.°, el reconocimiento;
5.°, la vindicta o castigo; 6.°, la verdad o veracidad; 7.°,
la liberalidad, y 8.°, la equidad. Prescindiendo del estu
dio detallado y del análisis completo de estas virtudes,
nos limitaremos a hacer dos observaciones destinadas a
proyectar alguna luz sobre la controversia que ha llega
do a ser célebre de \& justicia-caridad:
1° Estas diferentes virtudes pertenecen a la virtud
justicia, y no pueden colocarse entre ninguna otra de las
virtudes teologales o morales, por ejemplo, la caridad.
Sobre este punto no puede ponerse en duda el sentido de
Santo Tomás. Vuélvase a leer la cuestión LXXX, donde
el gran Doctor establece el principio fundamental: «Para
que una virtud pueda ser aneja de otra debe satisfacer
dos condiciones: tener con la virtud principal un elemen
to común y no tener la perfección de ésta.» De donde
coroluye que esas virtudes a que nos hemos referido más
arriba, pertenecen con toda verdad a la virtud de la jus
ticia; además, en las cuestiones siguientes, Santo Tomás
demuestra que cada una de estas virtudes en particular
son realmente una parte de la justicia.
La enseñanza de la Escuela se halla completamente al
unisono con la del maestro. Baste citar a Lessius (3),
Soto (4), Valentía (5), los Salmanticenses (6) y los manua
les de derecho natural.
2.° Estas diferentes virtudes no pertenecen en modo
alguno a la justicia en un sentido metafórico, sino en un
~(1) 2.», 2.", q. 80.
(2) De Justitia, lib. II, cap. IV.
(3) Ibid., lib. II, cap. XLVI.
(4) Ibid., lib. II, q. 4. a 1.
(5) Tract., 3, d. 5, q. 26 y sig.
(6) De virt., n. 56.
POR EL H. P. CH. ANTOINE 165
sentido propio; son, con toda verdad, partes de la jus
ticia.
Como la noción de justicia abraza tres elementos^
distinción de las personas, deuda a otro y pago de lo que
es debido—es claro que estos elementos pueden, en casos
determinados, modificarse y alterarse sin que se destru
ya la noción de justicia. La distinción de las personas
puede ser completa o incompleta, por lo menos jurídica
mente; la deuda de derecho estricto o no estricto; el
pago de esta deuda exacto y perfecto b simplemente
proporcional y hasta siempre inferior a la deuda. Tales
son las condiciones que diferencian las diversas partes
secundarias de la justicia (1).
No insistiremos más en estas nociones que, hay que
confesarlo, son bastante abstrusas, y consideraremos con
más detenimiento las tres especies de justicia.
Justicia conmutativa.—La justicia conmutativa fija el
orden y regula las relaciones mutuas entre las personas
privadas (o consideradas como tales) relativamente a las
cosas propias de cada una. Su dominio es lo mio y lo tuyo,
meum et tuum. ¿Por qué se la llama conmutativa? Porque
se ejerce especialmente en los cambios. «En esta materia,
dice el Angel de las Escuelas, es preciso que la cosa
iguale a la cosa, de suerte que si alguien tiene algo de
lo que pertenece a otro además de lo que le pertenece a
él mismo, está obligado a restituirlo exactamente (2).»
El objeto de la justicia conmutativa es el derecho
estricto, de donde se deriva esta conclusión; la justicia
conmutativa puede ser natural o contractual. ¿Está fun
dado el derecho en la naturaleza, independientemente
del libre consentimiento de los interesados? Pues la
justicia será natural. ¿Tiene su origen en la libre volun-
(1) Cathrein, Moralphilos . , lib. I, p. 263.
(2) Summ. Theol., 2 a, 2.»», q. 61, a. 1 y 2.
166 ECONOMÍA SOCIAL
tad de las partes contratantes? Pues la justicia es con
tractual. No es esa la opinión de M. Fouillée: «Para que
haya justicia, dice, es preciso que nuestras libertades se
acepten una a otra, y que, en lugar de ponerse de acuer
do por un medio exterior, concuerden ellas por sí mis
mas. Yo me comprometo a no decir nada sin el consenti
miento vuestro en lo que nos concierne a los dos, como
usted se compromete a no decidir nada sin mi consenti
miento en lo que nos concierne. He ahí el primero de los
contratos y la condición de todos los demás. No porque
sea tácito es menos real. Este es el verdadero postulado
de la justicia, sobrentendido en todas las relaciones que
puedan establecerse entre nosotros» (1). Este postulado
es la justicia contractual. Seguramente toda convención
particular supone, de parte de los contratantes, la volun
tad y hasta el deber de respetar la libertad de otro y de
no violar los compromisos contraídos. Pero en este pos
tulado no hay ni convención general ni contrato implíci
to. Hablando de buena fe ¿es en virtud de un contrato
por lo que el ladrón debe, en nombre de la justicia, res
tituir el objeto robado? ¿Es en virtud de una semejante
convención, por lo que yo debo respetar la vida de mi
prójimo? No; porque respetar la libertad y el derecho de
otro es la ley fundamental de la justicia natural en la
que se apoya la justicia contractual.
Una observación importante es que la justicia conmu
tativa no se extiende solamente a las cosas, a los dere
chos reales; protege y garantiza los derechos personales.
La persona humana, escribe el P. de Pascal, se pertene
ce, es inviolable en sí misma e imprime ese carácter de
inviolabilidad a las cosas que le están legítimamente
unidas. Perjudicarla en sí misma, en sus facultades, en
sus bienes espirituales, en todo lo que a ella se liga por
(1) La Ciencia social contemporánea. Conclusión, § IV.
POE EL E. T. OH. ANTOINE 167
un verdadero lazo, en su vida, en su conciencia, en una
palabra, en todo lo que pueda llamar suyo, es causarle
una injuria, es violar la justicia conmutativa, es romper
un orden y una igualdad que no se restablecen más que
por la restitución (1). En este punto se halla alterada con
frecuencia la noción de la justicia. No es raro ver perso
nas sumamente sensibles a la injusticia cuando se trata
de bienes puramente materiales, entregados a ilusiones
extravagantes cuando se encuentran enjuego intereses
de un orden mucho más elevado. ¿Quién, sin embargo,
se atrevería a decir que la inocencia de un niño o la
reputación de una persona valgan menos que un billete
de mil pesetas?
Justicia distributiva (2).—La justicia distributiva tiene
una doble función; repartir las cargas sociales propor-
cionalmente a los méritos y a la capacidad de los ciuda
danos y distribuir de una manera equitativa los bienes
comunes de la sociedad. Entre las cargas sociales a que
deben someterse los ciudadanos se coloca, en primer
lugar, el deber de pagar el impuesto. ¿Por qué? Porque
los ciudadanos deben cumplir todas las obligaciones
indispensables para el bien común de la sociedad. Ahora
bien; por los impuestos el Estado se proporciona los
medios necesarios para la administración, el gobierno y
la defensa de la sociedad. Desconfiáis de la rapacidad
del Estado y para ello tenéis mil razones. El Estado no
tiene derecho de poner arbitrariamente a contribución
la fortuna de los ciudadanos; pero puede y debe levantar
impuestos conformándose con los principios de la justi
cia distributiva (3). He quí los principales:
El impuesto.—1.° La justicia pide que los impuestos
(1) Philosophie morale et sociale, p. 265.
(2) H. Pesch. Liburalismus, socialismus und christlcihe
Gesellschaftsordnung, p. 140 y sig.
(3) Tancredo Rotne, Traité de droit naturél, p. 70 y sig.
168 ECONOMÍA SOCIAL
sean realmente necesarios, esto es, exigidos por el bien
común de la sociedad política. De otro modo, el impues
ta es injusto, y una violación manifiesta del derecho de
propiedad de los ciudadanos. Examinando con cuidado
el presupuesto de la mayor parte de los Estadosmoder
nos, ¡qué de gastos inútiles, y por una repercusión nece
saria cuántos impuestos injustos no se encuentran en
ellos! (1).
2.° El impuesto debe ser general y alcanzar a todos
los que participan de las ventajas de la vida social. Esta
regla, sin embargo, se halla sujeta a varias excepciones.
¿No es evidente que quien no posee más que lo indispen
sable para vivir, que el indigente y el mendigo están,
de hecho como de derecho, exentos de la obligación de
pagar el impuesto? La ley puede también eximir—en
totalidad o en parte—de impuestos a las familias que
han prestado a la sociedad señalados servicios, o tam
bién a los que en cierto modo compensan la contribución
pecuniaria debida a la sociedad. Así, en algunos países
se dispensa de una parte de los impuestos a los jefes de
una numerosa familia, estimando, con razón, que multi
plicar los defensores de la patria es pagar suficientemen-
su deuda a la sociedad. En suma, esas excepciones con
firman el principio de la universalidad del impuesto)
puesto que éste no debe alcanzar más que a aquellos que
son capaces de pagarlo y a los que no han satisfecho
esta obligación de otro modo.
3. ° El impuesto debe repartirse con igualdad. Si este
principio es simple e incontestable, nada más difícil que
determinar en la práctica la base de este igual reparto.
Exigir de cada ciudadano la misma contribución, sin
tener en cuenta su fortuna o su poder económico, sería
(1) Cucheval-Clarigny. La Situation flnanciere de la Fran-
ce (Revue de Deux Mondes, 15 de Septiembre y 1.° de Octu
bre de 1886.
POR EL B. P. CH. ANTOINE 169
una nivelación opuesta a la justicia más elemental. La
igualdad reclamada y establecida por la justicia distri
butiva no es la igualdad numérica, sino más bien la
igualdad proporcional a los recursos de cada uno. Suum
cuique, tal es el postulado de toda justicia. En materia de
impuestos, ¿qué significa este postulado? A cada cual la
carga que pueda soportar en las condiciones concretas
en que se encuentre; a cada cual el deber de concurrir a
los gastos necesarios para la sociedad, según sus fuerzas
económicas. De lo dicho se sigue, por una consecuencia
legítima, que el impuesto debe gravar, por de pronto, lo
superfluo, después lo conveniente y respetar lo nece
sario.
El impuesto ¿debe ser proporcional o progresivo?
El impuesto se llama proporcional cuando el derecho
fijado por el gobierno conserva una proporción constan
te con la riqueza, cualquiera que sea el incremento de
esta última; por ejemplo, cuando 100 pesetas de renta
pagan al Estado 10, 1.000 pesetas pagarán 100, 10.000
pesetas pagarán 1.000, y así sucesivamente, [siempre la
décima parte de la renta. Por el contrario, se llama pro
gresivo, el impuesto cuya proporción varía, aumentando
a medida que crece la riqueza, de tal suerte que, por
ejemplo, hasta 1.000 pesetas de renta el tipo sea del 10
por 100, del 12 por 100 para una renta de 1.000 a 10.000
pesetas, el 14 por 100 para una renta de 10.000 a 100.000
pesetas, y así sucesivamente.
El impuesto progresivo no se aplica solamente a la
renta, sino que puede gravar a las sucesiones, ventas,
hipotecas, etc.
Esto supuesto, advirtamos con cuidado que hay en
esta materia una cuestión de principio y una cuestión de
aplicación. Cuestión de principio: ¿es justo el impuesto
progresivo? Cuestión de aplicación: ¿cómo y en qué
medida conviene introducir el impuesto progresivo en
170 ECONOMÍA SOCIAL
un país determinado, por ejemplo, en Francia? No nos
ocuparemos más que del primero de estos dos puntos de
vista, y diremos: el impuesto progresivo es, en principio,
más conforme con la justicia distributiva que el impues
to proporcional.
Sin embargo, admitiendo que el impuesto progresivo,
y hasta el impuesto único sobro la renta sea el más sim
ple, el más racional y el más equitativo en teoría, razo
nes prácticas muy graves pueden oponerse a su intro
ducción, especialmente cuando se trata de trastornar un
régimen fiscal a que- la nación se halla de antiguo acos
tumbrada.
El tratar esta cuestión a fondo exigiría largos des
arrollos que salen del plan que nos hemos propuesto.
Quedémonos en los principios. Como ha notado muy
bien M. Ch. Bodin, la controversia del impuesto pro
porcional o progresivo equivale a decidir a qué justicia
corresponde el impuesto general: a conmutativa o a dis
tributiva.
El impuesto ¿es una simple contribución material a
los gastos públicos, el equivalente objetivo de las ven
tajas sociales recibidas por los ciudadanos? En este caso
cada cual debe alimentar el fondo de los gastos públicos en
la medida en que participe activamente de estos gastos, esto
es, proporcionalmente a su fortuna.
El impuesto ¿es el concurso personal a las cargas
sociales, la parte de sacrificio exigido del contribuyente
en los gastos públicos? Entonces cada cual debe pagar
una parte de impuesto proporcional a su facultad contri
butiva. Ahora bien; las facultades contributivas crecen
progresivamente en proporción de la fortuna del contri
buyente. Luego el impuesto debe ser progresivo en rela
ción con esta fortuna. Cargas iguales, sacrificios iguales,
desde el punto de vista personal, y no solamente objeti
vo, corresponden a fracciones desiguales, de rentas des
POE EL H. P. CH. ANTOINE 171
iguales. Sostienen la legitimidad del impuesto progresi
vo escritores de gran autoridad como Taparelli, Libera-
tore, Stuart Mili, J. Garniór, Devas, J.-B. Say, Rossi,
L. Faucher, Courcelle-Seneuil, Wagner, Schaffle, Hel-
ferich, etc. Otros muchos lo rechazan como injusto y
nocivo, tales son: Thiers. H. Passy, Wolowski, Leroy-
Beaulieu, León Say, Cauwés, etc. (1).
El segundo papel de la justicia distributiva consiste
en repartir equitativamente los bienes comunes de la
sociedad. Entre éstos ocupan el primer lugar los empleos
públicos. La mayor parte de ellos, en efecto, van acom
pañados de emolumentos respetables. Todos los ciuda
danos pagan el impuesto, consagrándose gran parte de
él a retribuir la administración y las funciones públicas.
Constituiría, pues, una injusticia apartar de estos em
pleos retribuidos a una clase de ciudadanos que ni es
incapaz ni indigna, como, por ejemplo, los católicos.
También sería injusto distribuir estos cargos por el favor
y el capricho, sin atender al mérito y a los derechos
adquiridos.
Todavía hay que señalar, entre los bienes comunes de
la sociedad, a la personalidad jurídica de las asociacio
nes. Así, la justicia distributiva pide se concedan la per
sonalidad y la protección legal a todas las asociaciones
lícitas y útiles para la prosperidad de la sociedad. ¿No
hay parcialidad en reconocer al comercio el derecho de
estar representado por Cámaras, y negar ese mismo dere
cho a la industria, al trabajo y a la agricultura? ¿No es
un bien social a que todos tienen igual derecho, el de la
(1) Helferish, en el Handbuch, de Schonberg, t. III, p. 134.
Oczapowski, Revue d'économie polit., 1891, p.l.061.—Stourm,
dystémes généraux d'impdts, paga. 218 a 241. L. Vauthier,
Revue d'économie politique, Enero de 1896 p. 42.—Enrique
Dabry, Etude sur l'impót progressif (La Democratie chré-
tienne, Marzo de 1896, p. 837.)
172 ECONOMÍA SOCIAL
existencia legal y el de la representación jurídica de las
asociaciones profesionales?
La justicia distributiva y la distribución de las rique
zas.—La justicia distributiva tiene por objeto los bienes
comunes de la sociedad; pero no hay que concluir de
esto que una de las funciones de la justicia distributiva
sea el reparto de la riqueza entre los ciudadanos o la
nivelación de las fortunas privadas. En efecto, el Estado
no puede, sin cometer una injusticia flagrante, distribuir
las riquezas queno le pertenecen, en cuanto que las
riquezas de los miembros de la sociedad son propiedad
privada, exclusiva e inviolable de éstos. Por consiguien
te, al encargarse directamente del reparto de las rique
zas, el Estado se hacía culpable de un atentado contra
el derecho de propiedad.
¿Es esto decir que el poder debe asistir como mero
espectador a la distribución de la riqueza en la sociedad?
Nada de eso. Como patrono general, como promotor del
bien común, debe, mediante una prudente legislación,
hacer de suerte que «de la misma organización y del
gobierno de la sociedad, fluya espontáneamente y sin
esfuerzo la prosperidad, tanto pública como privada» (1).
Ahora bien; esta prosperidad exige una distribución equi
tativa de la riqueza. Leed estas palabras de León XIII:
«Así, pues, la equidad pide que el Estado se preocupe
de los trabajadores, de suerte que de todos los bienes que
procuran a la sociedad les corresponda una parte conve
niente, como la habitación y el vestido, y puedan vivir
con menos trabajos y privaciones (2). «Este es el pensa
miento que expresamos al decir que el Estado debe con
tribuir indirectamente a un reparto equitativo de las
riquezas, a título de justicia legal o social.
(1) Encycl. De Rerum novarum, § Jamvero quota pars.
(2) Ibid., § Quamvis antein.
POB EL B. P. CH. ANTOINE 173
May distinta es la concepción de justicia tan del gusto
por los socialistas de todos los matices.
La justicia distributiva y el socialismo.—Para éste, la
función principal de la justicia es la distribución de las
riquezas y de los productos de la colectividad. Babeuf y
Saint Simón, antecesores del socialismo, establecían
como postulado de la justicia «exigir de cada uno según
su capacidad, y dar a cada uno según sus necesidades»1
De esta fórmula son eco profesiones de fe más recien
tes, como, por ejemplo: «La justicia consiste, no en la
igualdad, sino en la proporcionalidad del derecho» (1), y
Schmoller, el principal representante de los socialistas
de cátedra: «Para apreciar con justicia el valor y el méri
to de una acción o de un trabajo, es preciso considerar
únicamente su relación con la colectividad y con el bien
social» (2). Pues bien; estos errores son lógicos; son la
consecuencia necesaria de la falsa concepción de la socie
dad, que forma el primer artículo del Credo socialista. Si
la sociedad existe antes de los individuos, si ella sola
posee derechos con exclusión de los derechos privados
preexistentes e independientes, el bien de la colectividad
llega a ser la sola y única medida del derecho y de la
justicia, de la justicia conmutativa o estricta, y no sola
mente de la justicia legal que, como hemos establecido
precedentemente, ajusta y ordena al bien común del
cuerpo social las acciones de los ciudadanos. Insistamos
sobre este punto.
(1) Clemence Royer, L'origine de l'homme et des societés,
oh. XIII
(2) Zur social und Gewerbepolitik der Gegenioart, p. 230.
174 ECONOMÍA SOCIAL
AETÍCULO III
LA JUSTICIA LEGAL, LAZO DE LA SOCIEDAD
Dos maneras de ser de la justicia legal (1).—Según la
excelente observación de Santo Tomás, la justicia legal
existe de una manera diferente en el príncipe y en los
subditos, porque el concurso de estas dos partes en el
bien común es completamente desemejante. «La justicia
legal, nos dice el gran doctor, se encuentra en el prínci
pe de una manera principal, como en el que dirige; pero
en los subditos existe de una manera secundaria, [como
en aquellos que son gobernados» (2). De ahí resulta la
diversidad de los deberes que incumben a la autoridad y
al subdito. El deber de la justicia legal en la autoridad
puede reducirse a la obligación de exigir de los ciudada
nos, miembros de la sociedad, todo lo que es necesario
para el bien común; esta obligación tiene su fuente en
el derecho superior de la sociedad a ser dirigida hacia
su fin propio. En los subordinados los deberes de la jus
ticia legal se reducen a prestar el concurso exigido por
la autoridad en vista del bien común.
Esto no es decir que la justicia legal no imponga obli
gación anterior a la intervención del legislador, puesto
que, independientemente de ésta, el ciudadano debe con.
tribuir al bien común de la sociedad y hacer todo lo
necesario para la existencia y conservación del cuerpo
social. Es verdad que esta obligación sigue siendo imper
fecta, en cuanto qne carece de sanción y se encuentra
(1) Schiffine, Disputationes phüosophiae moralis, n. 178
(2) Summ. Theol., 2.a, 2.<« q. 58, a. 6.
y sig.
POR EL K. P. CH. ANTOINE 175
casi siempre indeterminada. Los impuestos son necesa
rios para la conservación de la sociedad civil; la obliga
ción de pagarlos existe antes de la ley; pero ¿en qué
proporción debe concurrir cada cual a las cargas socia
les? ¿Cómo pagar esta deuda? Éstas son otras tantas
cuestiones, cuya solución compete al legislador, encon
trándose en este caso perfectamente determinada sólo
la obligación de justicia legal.
He ahí por qué existe entre la justicia legal y la ley
una relación íntima que conviene poner de manifiesto.
La justicia legal y la ley.—El objeto material de la
justicia legal es todo acto que conduzca al bien común.
El objeto formal es una relación de necesidad con el
bien común de la sociedad. Pero ¿no es ese precisamente
el objeto mismo de la ley civil? Por consiguiente, el
poder legislativo puede extenderse a los actos exterio
res (1) de todas las virtudes necesarias para el bien
social.
No hay, en efecto, ninguna virtud que no pueda con
tribuir al bien general, y por eso el legislador tiene el
derecho y el deber de reprimir la embriaguez y la licen
cia, la cobardía del soldado y la imprudencia del gene
ral, puesto que en todos estos casos ordena directamente
un aoto de justicia legal. El Estado puede hasta ordenar
actos de beneficencia; tal es, a no dudarlo, el sentir de
Santo Tomás (2). También dice Suárez: «Las leyes pue
den prescribir, no solamente actos de justicia, sino tam
bién actos de misericordia y de templanza» (3). y Les-
sius: «Podemos ser constreñidos por la ley a muchos
actos que no prescribe la justicia, como huir de la
embriaguez, de la fornicación, de la blasfemia y hasta
(1) Todos saben que los actos interiores no caen inmediata
mente bajo la ley positiva humana.
(2) Comment in Arist. Politic. lib III, lect. 4.
(3) De virtut. theol., d. 7. s. 6.
176 ECONOMÍA SOCIAL
mandar que se dé limosna.» (1), Molina, Lugo y los
Salmanticenses reproducen la misma enseñanza.
Justicia legal, lazo de la sociedad.—Establecidos estos
principios, nos es fácil demostrar que la justicia legal es
el lazo que reune a los ciudadanos, las familias, las aso
ciaciones y los municipios en un cuerpo social. El fin
propio de la sociedad política es el bien común de los
miembros. Este bien no podrían realizarlo los individuos
aislados; por otra parte, cada uno de los individuos, por
lo mismo que forma parte de la sociedad, tiene el deber
de cooperar al bien común en la medida de lo posible y
de lo necesario y el derecho de ser dirigido de una mane
ra eficaz por la autoridad suprema en la prosecución de
este fin. La conclusión se impone; la voluntad constante
de los ciudadanos en dar a la sociedad lo que le es debi
do, la disposición habitual a contribuir, bajo la dirección
de la autoridad suprema, al bien común; he ahí lo que
hemos llamado justicia legal. ¿Llamaremos a esta virtud
la justicia social?
Justicia social.—A esta pregunta algunos oponen una
cuestión previa. A creerles, justicia social es una locu
ción vacía de sentido. ¿No se ha dicho no ha mucho en
pleno Congreso de jurisconsultos: «Se habla algunas
veces de justicia social, palabras que no tienen sentido?»
Nadiepone en duda que la locución dejusticia social sea
de origen relativamente reciente, así como tampoco que
desde su primera aparición haya recibido diversas signi
ficaciones. Primitivamente, el epíteto social se agregó en
algunas ocasiones a la palabra justicia para designar de
una manera precisa la justicia propiamente dicha, la
justicia que regula lo que cada cual debe a otro, en vir
tud de la semejanza de naturaleza y de la comunidad de
fin. Se decía lajusticia social como se dice la moral social,
(1) De Justitia et Jure, lib. II, cap. XLLT, dub. 12, núme
ro 75-
POR EL R. P. CH. ANTOINE 177
porque la justicia, como la moral, debe reinar en la socie
dad. Hoy, por el contrario, justicia social se dice de la
justicia propia de la sociedad. Con todo, aun restringido
a la sociedad civil el término que nos ocupa, puede tra
ducir dos ideas diferentes, expresar dos diversas mane
ras de concebir. Hay la justicia social propiamente dicha
y la justicia social metafórica. Asimismo, como ya he
probado más atrás, esta dualidad de significación ya se
encuentra en el orden individual.
La justicia social metafórica consiste en la rectitud
de disposición interna de la persona moral, que es la
sociedad civil en el estado de salud del cuerpo social. El
papel de esta justicia es intransitivo, regula la ordena
ción de la sociedad en sus relaciones con otro. Esta
inmanencia la caracteriza. Todo lo que expresa la locu
ción de justicia social empleada metafóricamente, se tra
duce con plenitud y precisión por este término propio:
orden social, no siendo en efecto, el orden en la sociedad,
otra cosa que la conformidad del estado social actual
con el estado social ejemplar, ideal. Sin perder nada en
el cambio, ganaremos en esta sustitución de ya no tener,
en materia de justicia social, más que una sola noción
franca, clara y constante: la de la justicia social propia
mente dicha.
Esta justicia tiene por objeto formal el derecho al
bien social, al bien común. Ahora bien; este bien común,
puede engendrarse en su producción o en su goce; de ahí
dos aspectos de la justicia social; concierne, ya al dere
cho de la sociedad con cada uno de sus miembros en vis
ta del bien común que hay que producir, ya al derecho
de cada uno de los ciudadanos con la sociedad en vista
del goce de ese bien. A ella le corresponde regular estas
dos relaciones de la misma dirección, y en sentido con
trario. Así, pues, se desdobla en justicia social contri
butiva y justicia social distributiva. Esos dos aspectos
12
178 ECONOMÍA SOCIAL
reunidos constituyen, en su conjunto, la justicia social
integral.
Se puede, pues, definir esta justicia: «la observancia
efectiva de todo derecho que tenga por objeto el bien
social común y a la sociedad civil como sujeto o como
término». Por lo dicho se reconoce en la justicia social,
tal como la hemos descrito, la propia justicia legal, esa
justicia que tiene por objeto el bien social, el bien social
común a todos (1).
Se ha abusado mucho de la locución justicia social,
pabellón con que los socialistas encubren su contraban
do. Disipemos los equívocos y hablemos con claridad.
¿Se quiere designar con el nombre justicia social a la jus
ticia que debe existir en la sociedad? En este caso la jus
ticia social comprende las diferentes especies de justicia,
y, por consiguiente, la justicia conmutativa, distributiva
y legal. ¿Se trata de la justicia de que la sociedad, con
siderada como ser moral, es el sujeto o el término? Enton
ces la justicia social no es otra cosa que la justicia dis
tributiva y legal. En fin, en un sentido más restringido
y más preciso, la justicia social expresa el lazo jurídico
de la sociedad; el principio de unidad del cuerpo social
es entonces la única justicia legal.
Aquí nos detienen espíritus malhumorados. ¡Cómo!
dicen, ¿prescindís de la caridad, esa virtud hija del cie
lo, único cimiento de la sociedad? Para calmar esas alar
mas, después de recordar las nociones fundamentales de
la caridad, investigaremos el papel propio de ésta y de
la justicia en la sociedad.
(1) Notion de justice sociale, por el Edo. P. de la Béca-
ssére.
POR EL R. P. CH. ANTOINE 179
AKTÍCULO IV
LA CARIDAD
¿Qué es la caridad?—La palabra caridad se toma en
dos distintos sentidos: ya significa el amor de los hom
bres, la benevolencia, ya la asistencia concedida a los
desgraciados. Dar su superfino, apiadarse de la pobreza
del prójimo, ir en ayuda de su indigencia, tal es el papel
de la caridad-beneficencia. Considerando la cosa de cer
ca, es fácil comprobar que la beneficencia no procede de
un modo necesario del amor al prójimo. Se puede, pues,
dar al pobre por conveniencia, por vanidad, hasta por
egoismo; para evitar la penosa impresión que causa el
espectáculo de la miseria y para librarse de las inopor
tunidades del mendigo. ¡Cuánto más elevada no es la
caridad cristiana!
Virtud sobrenatural, la caridad cristiana nos hace
amar a Dios por sí mismo, sobre todas las cosas, y al pró
jimo como a nosotros mismos por amor de Dios. Es una
virtud divina, una gracia, un don de Dios; el fundamen
to de la vida cristiana, el resumen de la ley y de los pro
fetas. ¿Qué decir más? ¿No es la reina, la coronación, la
perfección de todas las virtudes, la fuente más pura del
ideal cristiano, de la santidad? Ama et fac qtiod vis, decía
excelentemente San Agustín. ¿Se puede concluir de lo
dicho que no exista fuera del cristianismo el amor al
prójimo? Seguramente que no, porque el amor al próji
mo fundado en la comunidad de raza y de fin último, en
la ^fraternidad del rango y la sociabilidad innata en el
(1) La Ciencia social contemporánea.
180 ECONOMÍA SOCIAL
hombre, brota espontáneamente de la naturaleza huma-
ma. Ahora bien; la religión revelada y enseñada al mun
do por Jesucristo, no destruye ni amengua la naturaleza,
sino que la perfecciona, la fortifica y la eleva.
Asi, en el cristianismo, la filantropía, la benevolencia
natural, se convierte en caridad, la caridad que descien
de de una fuente divina y se alimenta en una fuente
divina. Y es que el Verbo encarnado, al descender sobre
nuestras miserias, con una condescendencia infinita, puso
los fundamentos de una. nueva fraternidad entre los
hombres, invitando a todos ellos a la misma fe y a la
misma dicha, elevándolos a la dignidad de hijos del
Padre, que está en los cielos y de hermanos de Jesu
cristo. Esa es la verdadera caridad cristiana, tan mal
comprendida por algunos adversarios. «La caridad cris
tiana, escribe M. Fouillée, no fué verdaderamente el
amor al hombre, sino el amor a Dios y a los hombres
por Dios. El cristianismo no cree que los hombres lleven
en sí mismos el principio de su unión recíproca, que sean
aiuigos por su naturaleza esencial y enemigos solamente
por los accidentes o las necesidades de la vida (1).» Y
más lejos: «Es peligroso buscar fuera de la humanidad
el lazo del hombre con el hombre, pues entonces la cari
dad se reduce a una gracia y la gracia a una elección; la
caridad concluye por dejar fuera de sí a los reprobos, y,
ya en esta vida, hace anticipos de la condenación futura
con el odio más o menos disimulado a los infieles y a los
incrédulos (2).» Si M. Fouillée se tomara la molestia de
leer cualquier manual de filosofía moral redactado por un
autor católico y luego una explicación cualquiera de la
doctrina cristiana, en la primera obra encontraría expues
ta y desarrollada, a ciencia y conciencia de la Iglesia, la
tesis de derecho natural de que la benevolencia innata
(1) La Ciencia social contemporánea.
(2) Ibid., I.
POR EL B. P. CH. ANTOINE 181
del hombre por el hombre constituye el fundamento de
toda sociedad y que la semejanzade su naturaleza esen
cial es un principio de amistad. Tal es la enseñanza de
la Iglesia, así como también de la razón. Por lo que res
pecta a la caridad sobrenatural, ningún catecismo ni
ninguna teología han excluido nunca a los que son extra
ños a las creencias de la Iglesia; el celo de nuestros
apóstoles y la abnegación de nuestros sacerdotes son
católicos como el principio en que se inspiran.
Para atacarla con más seguridad, los adversarios de la
caridad cristiana comienzan por desnaturalizarla. Es,
pues, nuestro deber volver a ilustrar con su verdadera
luz esta noción. Con este fin vamos a comparar entre sí
la caridad y la justicia.
ARTICULO V
JUSTICIA Y CARIDAD
Justicia y caridad.—Cuando se opone la justicia a la
caridad, conviene determinar con cuidado los dos térmi
nos de la oposición. Puede, en efecto, tratarse de la cari
dad-benevolencia o de la caridad-asistencia, de la caridad
cristiana o de la caridad natural (1). Además por justicia
¿entendéis únicamente la justicia conmutativa o la virtud
de la justicia en toda su extensión? En el primer caso,
la división es evidentemente incompleta y los dos térmi
nos no se oponen sino imperfectamente, en cuanto dejáis
del lado la justicia distributiva y legal; en el segundo
caso, los deberes de caridad se oponen, no solamente
(1) Ollé-Laprune, Ref. soc, 16 de Mayo de 1895. p. 760.
182 ECONOMIA SOCIAL
a los deberes de las tres virtudes primarias de justi
cia, sino también a todas las partes anejas o secundarias
de esta virtud. ¿Se puede consentir que se hable siquie
ra de oposición entre la justicia y la caridad, como si
entre estas dos virtudes reinara antagonismo u hostili
dad? En todo rigor, no por ser distintas están menos
unidas. Se prestan mutuo apoyo en la sociedad.
Justicia y caridad en la sociedad.—El fundamento en
el orden social, la base inquebrantable de la sociedad, es
la justicia. Desde el momento en que vacila la justicia
en una sociedad, la libertad y la civilización se encuen
tran amenazadas. La razón de esto es manifiesta. ¿Qué
es, en efecto, el orden? Un conjunto de relaciones que se
consideran como medios para un fin necesario. ¿Y el
orden social en particular? Es la armonía de los dere
chos y de los deberes que conducen al fin propio de la
sociedad civil; es también la concordia de las libertades
humanas efectuada por la ley y la ^autoridad en la uni
dad de fin social. Concluyo de lo dicho, que la sociedad
es una institución jurídica, no un establecimiento de
caridad, un producto del derecho natural y no una con
cepción religiosa; que está fundada sobre el deber y el
derecho y no sobre la abnegación y el desprendimiento.
Y, sin embargo, la caridad—por lo menos la caridad
natural—es indispensable para el orden y para la con
servación de la sociedad; es lo que excelentemente
observa Santo Tomás: «No basta que las prescripciones
de la justicia conserven entre los ciudadanos la paz y la
concordia, sino que además es preciso que reine entre
ellos el amor. Sin duda la justicia impide que los hom
bres se perjudiquen unos a otros, pero no los inclina a
que se ayuden. Acontece, en efecto, con frecuencia, que
el hombre necesita un concurso que no cae bajo una
obligación de justicia. Era, pues, necesario para realizar
,esta asistencia recíproca, agregar a la justicia la facul
POR EL R. P. CH. ANTOINE 183
tad del amor mutuo por el cual cada uno debe ayudar a
su prójimo, aunque no exista para ello un deber de jus
ticia (1).» León XTTI expone la misma verdad: «Es evi
dente, dice, que la sociedad civil carece de fundamentos
sólidos, si de una parte no se apoya en las inmutables
leyes del derecho y de la justicia, y si, de otra, las vo
luntades no están unidas por un sincero amor destinado
a hacer más suave y más recto el cumplimiento de los
deberes (2).» Tal es el papel de la caridad al lado de la
justicia.
Supongamos que la justicia, tanto social como indivi
dual, ejerza un imperio incontestable en el orden econó
mico de la sociedad y que son perfectamente respetados
todos los derechos relativos a maestros y obreros, ¿qué
sucederá? ¿Desaparecerá la miseria? Evidentemente que
no. El reinado de la justicia hará que disminuya el
número de los necesitados, no suprimirá la pobreza,
enfermedad endémica de toda sociedad humana. Causas
múltiples, las unas inherentes, las otras extrañas al régi
men económico, engendrarán perpetuamente necesidades
que la práctica de la justicia no podrá remediar; de ahi
una misión completamente especial, exclusivamente
transmitida a la caridad. Haga lo que haga, la justicia
siempre dejará en este orden de cosas, vacíos que la
caridad tendrá el privilegio de colmar (3).
Además, la caridad es el guardián de la justicia. Es
muy difícil que quien menosprecie la caridad pueda jac
tarse do ser perfectamente justo. ¿Por qué este fenómeno
a primera vista extraño? Es que la caridad es la mayor
enemiga, por no decir la única enemiga, verdaderamente
poderosa de la concupiscencia natural. He ahí por qué,
quien no conoce las efusiones de la caridad cumplirá
(1) Cont. Gent., lib. III, cap. XXX.
(2) Encycl. Inscrutabile.
(3) Toupet, Examen du socialisme.
184 ECONOMIA SOCIAL
difícilmente las obligaciones que le dicte la justicia. Por
el contrario, el régimen de la caridad facilita el de la
justicia; quien sabe dar por añadidura, con mayor razón
pagará la deuda de justicia. «Si por la caridad no enten
déis más que la limosna, escribe M. Ollé-Laprune, estre
chais y reducís mucho su significación. Y si entendéis la
palabra caridad en un más amplio sentido, yo digo que
la tal, o supone la justicia o la explica y la contiene, pero
no dispensa de ella (1).»
La verdadera caridad ordena la justicia plena y ente
ra, individual y social; prescribe a los patronos que
comiencen por remunerar suficientemente a los obre
ros (2). Sólo entonces, por esta caridad bien ordenada,
podrán darse a sí propios testimonio de que se inspiran
en el espíritu del Evangelio. De todo esto resulta que la
caridad practicada en toda su extensión, como amor de
Dios y del prójimo, tiene el poder, no solamente de
resolver, sino de suprimir la cuestión social.
Sin embargo, hay que reconocer que una sociedad
dirigida únicamente por la ley del amor y de la caridad
es un ideal que no se ha realizado ni se realizará jamás
en esta tierra. Las mismas órdenes religiosas, que por
la perfección de su estado debieran necesitar menos del
austero constreñimiento de la justicia, están sometidas a
una legislación positiva y a obligaciones jurídicas. En la
sociedad civil, la masa de los ciudadanos no está anima
da del espíritu del cristianismo. El interés personal,
móvil preponderante en una sociedad individualista, se
olvida con demasiada frecuencia de los preceptos de la
caridad. Por lo mismo, el Estado debe suplir por una
legislación prudente, pero eficaz, las deficiencias de la
libertad y las malas disposiciones de la masa de los ciu-
(1) Réforme sociale, 16 de Mayo de 1895, p. 760.
(2) León Grégoire, El Pape, les Catholiques et la Question
sociale, p. 124.
POR EL R. P. CH. ANTOINE 185
dadanos. Las obligaciones exteriores de la justicia son,
en efecto, independientes de los sentimientos del hom
bre que las cumple, pues están fundadas en el derecho
objetivo.
Esta intervención de la justicia en el orden social es
exigida más imperiosamente que nunca en las condicio
nes anormales y en el estado de desorganización en que
se encuentra la sociedad actual. M. Toniolo ha desarro
llado muy bien este pensamiento en el primer Congreso
de católicos italianos: «Digo que ha llegado a ser nece
saria una acción más extensa del poder legislativo, que
se ejercitede una manera transitoria esperando que se
restablezca el orden por tres razones: 1.a, para sustituir
a las relaciones jurídicas actuales, defectuosas y hasta
injustas, un orden social cristiano; 2.a, para suplir la falta
de constitución orgánica de la sociedad, y 3.a, para sub
venir a necesidades excepcionales y urgentes del cuerpo
social (1).» Estas conclusiones nes parecen legítimas y
sabias.
(1) Atti del primo Congreso cattolico italiano, p. 285.—
Rivista internasionale di Science sociali, Mayo de 1894.
CAPÍTULO VI
La Iglesia.
La sociedad civil es una sociedad natural, fundada en
las inclinaciones innatas, puestas por Dios, autor de la
naturaleza, en el corazón del hombre; tiene por fin próxi
mo la prosperidad temporal pública. Una agrupación de
familias dirigidas hacia el bien común por una autoridad
suprema, que es el principio de unidad de cohesión y de
conservación, eso es lo que para nosotros constituye la
sociedad civil, dotada de una admirable estructura orgá
nica. Teniendo por bases inquebrantables la justicia y la
caridad, la sociedad política recibe de la justicia legal su
unidad interna. Tal es, en resumen, el resultado de nues
tras investigaciones sobre la sociedad.
Pero en la sociedad así constituida-, el ciudadano debe
tender a su último fin, la beatitud eterna; la sociedad
debe ser para él una ayuda que le permita alcanzar más
fácilmente el término supremo de sus deseos y de sus
energías. Negar esta verdad equivaldría a desposeer al
fin último del soberano dominio que posee, sobre todos
los fines particulares que le están necesariamente subor
dinados. Ahora bien; existe una sociedad que reivindica
muy alto la exclusiva misión de conducir a todos los
hombres, ricos o pobres, gobernantes o súbditos, parti
culares o públicos, al fin último de toda criatura racio
nal. Esta sociedad se llama la Iglesia católica, maestra
yeducadora de los pueblos. Si esto es así, se propone
POR EL R. P. OH. ANTOINE 187
una cuestión inevitable. ¿Tiene la Iglesia católica el
derecho de intervenir en el orden social? He aquí nues
tra respuesta: no solamente la Iglesia tiene derecho a
ejercer una acción en la sociedad, sino que también
posee, para curar el mal social y restablecer la paz en el
mundo del trabajo, una virtud que no podría reempla
zarse por nada. Me explicaré. Por su enseñanza tradicio
nal, la Iglesia cura el gran mal social de las inteligen
cias, el ateísmo; por su moral fuerte y dulce, elevada y
eficaz, cura el mal de la voluntad, el dejarse llevar por
las malas pasiones; con su ejemplo, sus instituciones y
sus obras múltiples, hace que su influencia penetre lo
mismo en las altas clases de la sociedad, que en las capas
profundas del proletariado.
Tal es la materia de esta lección.
AETÍCULO PRIMERO
¿TIENE LA IGLESIA DERECHO A INTERVENIR EN LA SOCIEDAD?
Definición de la Iglesia.—¿Qué es la Iglesia? «Es, res
ponde Bellarmino, la sociedad fundada por Jesucristo y
compuesta de fieles que viven aquí abajo, que profesan
la misma fe, participan de los mismos sacramentos y
están sometidos a sus pastores legítimos, así como al cen
tro de la unidad católica, que es el Romano Pontífice.»
La Iglesia es, pues, el representante auténtico de una
doctrina y una sociedad perfectamente legítima; de una
parte, en efecto, conserva, defiende y propaga el depósi
to de las verdades morales y religiosas reveladas al mun
do por Jesucristo, su divino fundador y su jefe invisible;
de la otra, reúne los fieles bajo una misma autoridad y
188 ECONOMÍA SOCIAL
los dirige por medios sociales a un fin común, la eterna
beatitud.
La escuela racionalista no tiene inconveniente en reco
nocer a la religión el carácter dogmático; pero es para
negarle con más energía el privilegio de estar indisolu
blemente ligada a una sociedad jurídicamente constitui
da e independiente. Esta pretensión destruye simultá
neamente la religión católica y la Iglesia. ¿Y por qué?
Porque la existencia de la Iglesia, en cuanto sociedad
religiosa perfecta, es uno de los dogmas fundamentales
de la religión católica, porque Jesucristo, el divino fun
dador de la religión cristiana, ha querido que ésta estu
viera indisolublemente ligada a la Iglesia Católica. No
entra en el plan que nos hemos trazado hacer un tratado
de la Iglesia (1). Recordemos solamente que la Iglesia es
una sociedad divina, sobrenatural, perfecta y jurídica,
de derecho divino. «La Iglesia, dice León XIII, en la
Encíclica de 20 de Junio de 1894, dirigida a los prínci
pes y a los pueblos del universo—por la voluntad y la
orden de Dios, su fundador, es una sociedad perfecta, en
su género; sociedad cuya misión y papel son: hacer pene
trar en el género humano los preceptos y las institucio
nes evangélicas, amparar la integridad de costumbres y
el ejercicio de las virtudes cristianas y, mediante esto,
conducir a todos los hombres a esa felicidad celeste que
le es propuesta (2).»
Derecho de la Iglesia en el orden social.—Y si ahora
preguntaseis, ¿tiene derecho la Iglesia a intervenir en la
(1 ) Cavagnis, Notions de droit naturel et eclesiastique. —
Hergenróther, l'Eglise catholique et l'Etat chrétien. - Phillips,
Droit ecclesiastique dans ses principes generaux. Card. Tar-
quini, Institutionesjuris publici ecclesiastici.—Liberatore, la
Chiesa e lo Stato; Traité du droit public de l'Eglise.—P. Ch.
M. le Droit social de l'Eglise.
(2) Encycl. Nobilissima Gallorum, § Deinde illa. Tm-
mortale Dei, § Nam Unigénitas.
POR EL H, P. CH. ANTOINE 189
cuestión social? os diré que escuchéis la respuesta del
Papa: «Abordamos este asunto con seguridad y toda la
plenitud de nuestro derecho; porque la cuestión que se
agita es de naturaleza tal, que, a menos de hacer un lla
mamiento a la religión y a la Iglesia, es imposible encon
trarle una solución eficaz (1).» Es una verdad incontes
table, que haremos más evidente en el capítulo VII, la
de que la cuestión social se halla por completo ligada
con la moral y la religión. Hallándose, por derecho divi
no, confiadas-a la Iglesia la moral y la religión, claro es
que la Iglesia puede y debe intervenir en el orden social.
Tiene a ello derecho y posee la competencia necesaria
para esta misión.
Es inútil que el racionalista desvíe sus miradas del
esplendor divino que brilla en la frente de la Iglesia,
pues no por ello se verá menos obligado a saludar en
ella la más antigua y la más majestuosa institución que
existe en la historia. Pues bien, me dices, ¿tiene la Igle
sia derecho a ocuparse de la cuestión social? La Iglesia
es la mayor institución social, ¿no es ella quien debe ser
la primera en levantar su voz en la cuestión social 5e la
humanidad? La Iglesia es la institución social más anti
gua, ¿no es en ella donde se encontrará la experiencia
más completa y más segura de esos delicados problemas?
La Iglesia es la única institución social verdaderamente
universal; por consiguiente, sólo ella puede hacer que su
acción penetre en todos los países y en todas las capas
sociales (2). «¿Dónde hay sobre la tierra, escribe M. Ana-
tolio Leroy-Beaulieu, *el poder bastante fuertemente
constituido que se pueda poner en parangón con el de la
Iglesia? Hoy, como ayer, ¿no es el único que, a la orga
nización internacional del socialismo, pueda oponer una
(1) Encycl. De Rerum novarum, § Confidenter.
(2) P. Kolb. Conferenzen über die sociale Krage, § 7, p. 4.
190 ECONOMIA SOCIAL
organización tan vasta? Y no es ésta su menor superio
ridad. ¿Quién posee en el mismo grado el celo del após
tol y sabe gustar, como sus hijos y sus hijas, las beatitu
des de la renunciación? Y sobre todo, ¿quién como ella
tiene la fe que hace desafiar, no solamente al frío y al
calor, a lafatiga y a la sed, sino a aquello que detiene
con frecuencia a los más bravos, el ridículo? (1)»
Necesidad de la acción de la Iglesia (2).—No solamen
te la Iglesia tiene el derecho de tomar en la solución del
problema social una parte eficaz, sino que también su
acción es indispensable. «Seguramente, dice León XHI,
una obra de esta gravedad exige también de otros agen
tes su parte de eficacia y de esfuerzos; nos referimos a
los gobernantes, amos y ricos y a los mismos obreros
cuya suerte se halla aquí en juego. Pero lo que afirma
mos sin vacilación es la inanidad de su acción indepen
dientemente de la Iglesia (3).» Por lo que se ve, el pen
samiento del Papa no es dudoso; por una parte la acción
de la Iglesia es indispensable para la solución de la cues
tión social y, por la otra, esta acción debe ser ayudada
por el concurso de las demás fuerzas sociales.
Nos consideramos dichosos al ver esta verdad alta
mente afirmada también por M. A. Leroy-Beaulieu:
«Para estos males de las sociedades modernas ¿dónde,
pues, está el remedio y cuál será el médico?... La Igle
sia, responde el Papa, posee el remedio; el único médico
que nos puede curar, es Cristo; sabe el aceite que dulci
fica las llagas, el bálsamo que cicatriza las heridas. Id a
él y seréis curados. Sólo Cristo es capaz de devolveros
la paz y de hacer que entre, vosotros reine la justicia
(1\ La Papauté, p. 266.
(2) Heinrich, Wittemberg und Rom, p. 185. - Albertiy,
Die Sociale politik der Kirche.—Martin von Nathusius. Die
Mitarbeit der Kirche au der Lbsung der socialem Frage.
(3) Encycl. De Rerum novarum, § Confidenter.
POR EL R. P. CH. ANTOINE 191
porque sólo él conoce las leyes. A las cuestiones sociales
que os atormentan, ricos y pobres, que espantan a los
unos e irritan a los otros no les podréis encontrar solu
ciones fuera de Dios y de la religión. Sin Dios, todos los
esfuerzos de los hombres son vanos inania conata ho-
minum» (1).
¿Cuál es ese remedio infalible que sólo posee la Igle
sia? «La Iglesia, responde León XHI, es la que saca del
Evangelio doctrinas capaces de dar fin al conflicto o por
lo menos de dulcificarlo quitándole toda su aspereza y
y acritud; la Iglesia, que no se contenta con ilustrar a los
espíritus, mediante sus enseñanzas, sino que también se
esfuerza por arreglar, en consecuencia de ellas, la vida
y costumbres de cada cual; la Iglesia, que por una multi
tud de instituciones eminentemente benéficas tiende a
mejorar la suerte de las clases pobres; la Iglesia, que
quiere y desea ardientemente que todas las clases pon
gan en común sus luces y sus fuerzas para dar a la cues
tión obrera la mejor solución posible; la Iglesia, en fin,
que estima que las leyes y la autoridad pública deben,
sin duda con medida y prudencia, aportar su concurso a
tal solución» (2). En resumen, la Iglesia ofrece a la socie
dad enferma un triple remedio; un dogma, una moral y
unas instituciones sociales. Desarrollemos sucesivamen
te estos tres pensamientos.
ARTICULO II
LA IGLESIA Y EL GRAN MAL SOCIAL, EL ATEISMO
La Iglesia y el destino del hombre.—Es la gloria, y al
mismo tiempo la necesidad del hombre, proponerse la
(1) La Papauté, p. 93.
(2) Encycl. De Serum novarum, § Confidenter.
192 ECONOMIA SOCIAL
cuestión de su destino. Ahora bien; entre todas las reli
giones no hay más que una, la Iglesia católica, que dé a
tal cuestión la respuesta firme, segura y precisa que
necesita la humanidad. Fuera de la Iglesia, no hay sobre
la existencia y la naturaleza divina y sobre las relaciones
entre Dios y el hombre más que fragmentos de verdad,
dogmas confusos, jirones esparcidos conservados hoy
con mano firme y quizá mañana dispersados al capricho
de la duda o del libre examen; sólo la Iglesia da al hom
bre un dogma cierto, una teologia completa; sólo la
Iglesia cuenta con los recursos necesarios para salvar
eficazmente a la humanidad del gran mal social, el
ateísmo.
Ahora bien, ¿qué sucede si el hombre vacila en su
creencia sobre los misterios del más allá? No tiene dicha
que esperar en una vida futura ni esperanza de inmorta
lidad; obedeciendo a la invencible tendencia que le
impulsa a la dicha, usando de un derecho soberano, pro
curará su felicidad en los bienes terrestres y sensibles.
¿Posee esos bienes? Pues el goce llegará a ser su regla
de conducta; si no los tiene empleará, para procurárse
los, todos los medios, sean buenos o malos. El derecho
absoluto de tender a su fin último ¿no confiere el de
emplear los medios necesarios para conseguirlo? (1).
En una sociedad emancipada de la ley de Cristo y de
la dirección de la Iglesia, la alternativa de la riqueza y
de la pobreza llega a ser, pues, al mismo tiempo la cues
tión de la dicha y la de la desgracia. Entonces surge la
temerosa pregunta: ¿Por qué un pequeño número de
dichosos se encuentran frente a una inmensa multitud
de desgraciados? ¿No tiene también el pobre derecho a
la dicha? ¿No se halla, lo mismo que el rico, impulsado
(1) Stentrup, S. J., Zeitschrift für Kath. Theol., 1891,
p. 5.
POR EL R. P. CH. ANTOINE 193
de un modo irresistible por su naturaleza a la felicidad?
¿Qué responde el ateismo? Decir su respuesta y medir
sus consecuencias respecto de la paz social, del derecho
de propiedad y de la autoridad, es medir simultáneamen
te la extensión de los beneficios de la Iglesia, la
mejor, digamos más bien, el único guardián contra seme
jante mal.
El ateísmo y la paz social.—El ateísmo, por las conse
cuencias de sus principios, tiende a producir una socie
dad constituida por un número siempre creciente de
pobres y un grupo cada vez más pequeño de ricos. Negar
a Dios es, en efecto, rechazar que el hombre esté desti
nado a un mundo mejor y confinar su dicha en los limi
tes de esta vida. Siendo esto así, una sociedad irreligiosa
y atea, debe considerar como primer principio el: «Goza
de los bienes de la tierra; esfuérzate por todos los medios
de adquirir su posesión y su goce.»
Pero ¿qué sucederá si la pasión llega a ser el resorte
de la actividad humana? Que se producirá en la sociedad
una escisión violenta y profunda, colocando de un lado
los ricos, los que gozan, los hartos; del otro, los pobres,
los hambrientos y los desgraciados. Estado social seme
jante, ¿no es una injusticia irritante, en cuanto viola
*el derecho esencial de todo hombre a la dicha para satis
facer las locas concupiscencias, de algunos? Este estado
social, en fin, es la amenaza perpetua de la guerra civil,
porque el ateismo ataca los mismos fundamentos en la
sociedad: el derecho, la propiedad y la autoridad.
El ateísmo y la autoridad.—La lógica más elemental
enseña que la negación de una idea destruye todas las
consecuencias de esta idea. Pero la idea de Dios es
el fundamento necesario del derecho, del deber, y del
orden moral. ¿Quién medirá las ruinas que entraña
consigo el ateísmo? ¿Se negará que Spinoza fue perfec
tamente lógico cuando escribía «el derecho del hombre
i3
194 ECONOMIA SOCIAL
es la fuerza de que dispone y aquél se extiende tanto
como ésta?» Si es independiente de Dios, si no tiene por
cima de él ningún superior, el hombre es para sí mismo
su ley y la medida de su derecho; esto es que, para él, el
derecho es la fuerza (1).
El ateísmo y la propiedad.—Si se le mira de cerca, el
aforismo de los socialistas: La propiedad es el robo, deri
va de un modo necesario de la negación de la vida futu
ra, del más allá.
El hombre ¿tiene, sí o no, un derecho esencial e ina
lienable a la dicha, derecho que es igual para todos?
Seguramente. Luego todo lo que se oponga a este dere
cho es una injusticia, y si la dicha consiste únicamente
en la posesión de los bienes terrestres y sensibles, lariqueza de un pequeño número se opone directamente a
la dicha de los demás. Por consecuencia, la propiedad
es una injusticia; la propiedad es un robo.
El ateísmo y la autoridad (2).—¿Hay precisión de ape
lar a la majestad de la autoridad, a la inviolabilidad de
la ley, para afirmar el orden social y salvar el derecho
de propiedad? ¡Vana quimera! En cuanto el hombre
derriba a Dios de su trono, ya no le queda más que la
supremacía de la fuerza. Cualquiera otra dependencia
tiene por fundamento necesario e inquebrantable la
dependencia frente a Dios; o más bien toda sumisión á
toda autoridad creada no es más que un homenaje tribu
tado al poder de Dios. Nada tiene de sorprendente que,
en el orden social fundado sobre el ateísmo, deje de ser
virtud la obediencia, convirtiéndose en un desfalleci
miento, en una debilidad que condena la razón y reprue
ba la dignidad humana. Proudhon era lógico cuando
llamaba verdadera libertad la negación de toda autori-
(1) Weis, O-P., Sacíale Frage,?. 160 y sig. y 267.
(2) Dr. Ratzinger, Die Volkswirthschaft in ihren sit-
tlichen Grundlagen, p. 397.
POH EL B. P. OH. ANTOINE 195
dad, cuando definía al poder civil el derecho de opresión
y proclamaba el derecho de rebelión como el evangelio
de la humanidad emancipada (1), así como también son
consecuentes los socialistas que, para conquistar la liber
tad, unen estas dos negaciones: .Ni Dios, ni amo.
Esb es lo que demostraba con terrible lógica el anar
quista Henry ante el Jurado del Sena. «Vi, decía, que,
en el fondo, el socialismo no cambia nada en el orden
actual, que mantiene el principio autoritario y que ese
principio, a pesar de lo que de él puedan decir los que
a sí mismos se llaman librepensadores, no es más que un
viejo resto de la fe en un poder superior. Ahora bien;
yo era materialista y ateo; estudios científicos me habían
iniciado gradualmente en el juego de las fuerzas natu
rales; yo había comprendido que la hipótesis Dios había
sido eliminada por la ciencia moderna, que para nada la
necesitaba. La moral religiosa y autoritaria, basada en
falso, debía ¡desaparecer. ¿Cuál era entonces la nueva
moral en armonía con las leyes de la naturaleza, que
debía regenerar^al viejo mundo y dar a luz una humani
dad dichosa? Aquel fue el momento en que yo me puse
en relación con algunos compañeros anarquistas» (2).
No es necesario inventar o renovar esa moral; basta
pedirla a la Iglesia, de la misma manera que basta recu
rrir a susjenseñanzas para evitar los peligros sociales del
ateísmo.
(1) De la Justice dans la Révolution et dans l'Eglise,
passim.
(2) Cour d'assise de la Seines, 28 de Abril de 1894.
196 ECONOMÍA SOCIAL
ÁETÍCULO III
LA IGLESIA Y LA MORAL
La Iglesia y el orden moral.—El orden moral consiste
en el conjunto de los derechos y de los deberes del hom
bre. Ahora bien; la Iglesia, y esa es su misión especial,
define y prescribe los deberes de cada uno. Recuérdese
cómo León XIII, en la Encíclica De Rerum novarum,
llama la atención de patronos y obreros, de ricos y
pobres sobre sus respectivos deberes.
Arréglese en conformidad con los principios del cato
licismo la vida de los obreros, y se encontrará frecuen
temente al abrigo de las apreturas de la miseria y siem
pre fortificado, consolado y dichoso. Turbar por la vio
lencia el orden establecido por Dios, atacar y destruir
la propiedad, ponerse en estado de guerra contra los
patronos, he ahí lo que nunca se permitirá un obrero fiel
a los principios del cristianismo (1). En verdad, ¡cuántos
obreros podrían, mediante una vida cristiana, evitar la
miseria! El obrero cristiano practica la sobriedad y la
economía, reprime sus pasiones y se contenta con un
género de vida conforme a su condición: célibe, prepara
por un ahorro constante un capital suficiente para crear
se un hogar; padre de familia, cría a sus hijos en el
temor de Dios, en el amor al trabajo y en la práctica de
las virtudes cristianas (2). No nos cansaremos de repetir
lo: si no se vuelve a los principios del cristianismo, serán
impotentes cuantos medios se propongan para impedir
(1) Lehmkuhl., Die sociale Noth, p. 18 y sig.
(2) Meyer, Stimmem, 1874, t. VI, p. 236.—Stentrup, Zeits-
chrift für Kath. TheoL, Heft. II, p. 225.
POR EL R. P. CH. ANTOINE 197
que los obreros se arrojen en brazos del socialismo y
trastornen el orden social (1). ¿Por qué? Porque no com
baten al mal en su raíz, porque se limitan a calmar al
enfermo sin curarlo.
Sin duda las leyes hechas a porfía por todos los
gobiernos de Europa para venir en ayuda de los traba
jadores: la reducción de horas de trabajo, la prohibición
de trabajar durante la noche, la higiene de las minas y
de las fábricas, el establecimiento de cajas de socorros,
todo eso es excelente, pero no basta. ¿Creéis que un
obrero, criado fuera, si es que no en el odio al cristia
nismo, un obrero imbuido de teorías ateas o materialis
tas va a quedar satisfecho con lo que por él hagan el
Estado o la caridad? Nunca dirá «¡basta!» Paso porque
se satisfagan sus necesidades reales; pero ¿lo serán sus
necesidades facticias? Aseguradle su pan y el de su
familia, y os pedirá los medios de aplacar su sed de
goces (2), y esto quizá en nombre de la misma justicia,
porque de ella no tiene más que nociones erróneas.
La Iglesia y la justicia.—¡La justicia, el orden social!
Sí; el orden social está fundado en la justicia, y precisa
mente por oso el catolicismo, ese gran conservador del
orden, ha representado en todos los siglos la lucha con
tra los opresores de todo género, la defensa de todos los
derechos violados o amenazados. Por eso interviene en
el régimen del trabajo, para hacer que se respete la dig
nidad del hombre, de la mujer y del niño, impidiendo el
abuso que pudiera hacerse de las fuerzas del trabajador,
garantizando a éste la seguridad del mañana, la paz de
la vejez y el honor del hogar doméstico (3). En verdad
es gran ilusión la de creer que la doctrina social del
(l; De Muju. (Euvres, t. I, p. 427, 522 y 562.
(2) La Civilitá, 1868, serie 13, t. XI, p. 264.
(3) De Mun. Discours prononcé á l'Asamblée genérale des
Catholiques en 1887, Oeuvres, 1. 1, p. 562.
198 ECONOMÍA SOCIAL
Evangelio se reduce al único precepto: «Amaos los unos
a los otros» , contentándose con ofrecer a los desgracia
dos la resignación en la miseria (1). «¿Habéis observado,
escribe M. Harmel, qué antipática es hoy la idea de jus
ticia? Basta pronunciar la palabra para suscitar las más
violentas tempestades, aun entre los buenos. Se citan
con frecuencia las palabras del Evangelio: «Buscad por
de pronto el reino de Dios» ; pero se omite el fin. de la
frase; «y su justicia», porque la palabra ha llegado a ser
agresiva; se considera una palabra revolucionaria... Sólo
restableciendo en el mundo del trabajo la noción y la
práctica de la justicia, podremos evitar los socavamien-
tos que amenazan a nuestra sociedad. (2).
La sociedad moderna ya no quiere la moral del Evan
gelio; ¿qué pretende, pues, poner en su lugar?
La moral independiente.—Con los diversos nombres de
moral positivista, científica o natural, ss ha intentado
construir una moral independiente de Dios. Según el
profeta del socialismo, Proudhon, es preciso renunciar a
Jas viejas leyendas cristianas, a las revelaciones sucesi
vas de las verdades sobrenaturales o morales hechas por
Dios en el Sinai en los tiempos antiguos y en la monta
ña en los tiempos nuevos. La verdadera moral cívica
debe despojarse de todo aire místico y purificarse de toda
idea de Dios, de ley eterna o de vida futura. En la moral
nueva, el hombre virtuoso es aquel que respeta la digni
dad humana; el hombre vicioso el que la olvida y la des
conoce por un acto culpablede su voluntad. La paz
interior que experimentamos después de haber hecho el
bien, es toda la recompensa que podemos esperar; la
turbación y el remordimiento que siguen a la culpa, todo
el castigo que hay que temer. ?Más allá, el filósofo inde-
(1) Leon Grégoire, le Pape, p. 113 y sig.
^2) Carta al señor abate Pottier publicada en la Corpora-
del 1 1 de Febrero de 1893.
ion
POR EL R. P. CH. ANTOINB 199
pendiente no ve ni vida futura, ni recompensa, ni casti
go. Ya no tendrán en lo sucesivo sentido estas palabras,
que deben desterrarse de la moral y de la filosofía (1).
En formas más dulcificadas y más académicas, se
vuelve a encontrar un programa parecido en la neutra
lidad escolar, tal como se practica en gran número de
países. En Francia, el programa de las escuelas prima
rias se expresa en estos términos: «El maestro no está
encargado de dar un curso sobre la naturaleza y los atri
butos de Dios; asocia íntimamente en su espíritu a la
idea de la causa primera y del ser perfecto, un senti
miento de respeto y de veneración, y habitúa a cada uno
a rodear del mismo respeto esa noción de Dios, aun en
el caso de que se la presentara en formas distintas a las
de su propia religión. » He aquí, despojado de artificios
oratorios, el comentario de M. Francisco Sarcey: «Es
preciso mantener estrictamente la neutralidad de la
escuela en la enseñanza primaria, porque se trata de la
misma fe. No es que se la combata directamente, puesto
que la esencia de la neutralidad es, por el contrario, abs
tenerse de todo ataque; pero se habitúan los espíritus a
pasarse sin ella. Se les prepara para que comprendan que
se puede ser hombre honrado y buen ciudadano y vivir
fuera de toda enseñanza de religión revelada. Se les des
prende de este modo dulce y lentamente de la fe; esto es lo
esencial» (2). En realidad, esta moral nueva está preñada
de peligros para la dignidad del hombre y el porvenir de
las sociedades; es un crimen social. He aquí los motivos
de este juicio:
1.° Por la negación de Dios, legislador supremo, la
moral cívica e independiente niega el principio funda
mental de la moral para hacer de ésta la obra efímera
(1) La Justice dans la Révolution, t. I, p. 216.
(2) Sacado del XIX' Siécle, citado en la Corporation del 2
de Julio de 1892.
200 ECONOMÍA SOCIAL
ctal hombre y de sus pasiones; porque si el hombre no
tiene superior, si su voluntad es autónoma, es para sí
mismo su propia ley y su propia moral. Desde ese mo
mento habría la moral de los asesinos al lado de la de
las víctimas, la moral de los ladrones, así como también
la de los robados; ya no habrá más que una regla: Haz lo m
que quieras. (1).
2° Con la negación de la vida futura desaparece la
sanción, la única sanción eficaz de la ley moral, la san
ción del más allá. ¿No hay—responden los socialistas—
la sanción del remordimiento? Pero la ley del remordi
miento es la de ser un castigo para las almas delicadas,
no siendo nada de eso, ni siquiera existir, para el hom
bre profundamente malo, esto es, para el culpable más
criminal cuyas rebeldías piden, sin embargo, y merecen
el mayor castigo (2). ¿Dónde está el remordimiento para
los terroristas de la anarquía: Ravachol, Vaillant, Henry,
etcétera?
En lo que hace a la teoría de la recompensa por el
testimonio de la conciencia, ¿qué vale para el soldado
que muere en el campo de batalla, para el mártir que da
su sangre por afirmar su fe, para todo hombre que sacri
fica su vida en la defensa de una gran idea, de su próji
mo o de la patria? (3).
3.° Con la negación de Dios, del alma y de la inmor
talidad, la moral independiente niega la dignidad huma
na y el derecho al respeto. A primera vista este aserto
puede parecer extraño, y, sin embargo, cuando se esta
blece el principio de que no hay Dios, ni alma, ni vida
futura; cuando se abaten las barreras que separan los
(1) El Droit social de l'Eglise, p. 209 y sig.
(2) Sardá y Salvany, El Mal social, 1. 1, capítulos VLT,
VIII y IX.
(3) Méric, Los Erreurs sociales du temps présent, p. 35
y sig.
POR EL R. P. CH. ANTOINE 201
hombres de los animales, ¿qué queda de la dignidad
humana? Decís que aquí abajo todo es materia, que por
todas partes en este mundo no hay más que una misma
causa, la materia. Por consiguiente, esta misma causa,
en la infinita variedad de sus efectos fisiológicos, vitales
y físicos, constituye la dignidad y ordena el respeto;
pero, entonces, en nombre de la lógica más sencilla pue
de asegurarse que la dignidad ya no es un privilegio del
hombre, sino que es común a toda la naturaleza sin dis
tinción y en el mismo grado. ¿Qué respeto os debo? El
mismo que al antropopíteco o a la mónera primitiva (1).
4.° Toda la moral nueva se contiene en esta fórmula
de Kant y de Proudhon: «Respetar la dignidad humana
en sí y en su prójimo.» Respetar la dignidad humana en
su prójimo es, según la moral laica, darle lo que le es
debido, es no robar ni su mujer, ni sus bienes, ni su
dicha, ni su vida. Y porque estos preceptos están colo
cados bajo la protección de la fuerza y forman parte del
Código que garantiza el orden en la sociedad, la moral
nueva se confunde, por lo menos en la práctica, con la
legalidad. Monstruoso error, porque la moral comprende
cosa distinta que actos exteriores sometidos a la inter
vención represiva de la autoridad civil. Abraza una por
ción de deberes, de los que unos son interiores y se
cumplen en la conciencia, y otros que no derivan del
Código civil. Todas estas teorías huecas son impotentes
para destruir la naturaleza. Y es que existe una relación
íntima entre el pensamiento, la voluntad y la acción,
entre el deseo y su manifestación por los hechos. Con
mucha frecuencia la acción culpable comienza en el alma
y concluye en el exterior y no tiene sentido afirmar que
una acción es indiferente en el santuario de la conciencia
y mala en los hechos y en la realidad. He ahí por qué la
(1) Schiffini, Disp. Ph.il. moral, n. 520.
202 ECONOMÍA SOCIAL
moral nueva, extraña al mundo interior del alma, y úni
camente preocupada de la conducta exterior, aboca, de
un modo fatal, a la negación del orden moral (1).
En nuestros días la propaganda por el hecho multipli
ca los asesinatos y arroja a Europa en la consternación.
Hay que ser ciego para no reconocer que la propaganda
por el hecho es hija de la propaganda por la idea. ¡Pero
ante la idea, las prisiones, el cadalso y el presidio son
impotentes!
¿Cuál ha sido en Francia el resultado del ateísmo prác
tico y de la instrucción sin Dios? El aumento de crimi
nalidad y, lo que es más triste, de la criminalidad entre
los niños, el número incesantemente en aumento de las
reincidencias, la ola ascendente del suicidio, de la locura
y del alcoholismo. Eso es lo que se puede responder a
esta pregunta (2).
Tal es el mal social. ¿Dónde está la salud? «La salud,
dice León XIDI, no vendrá sin la Iglesia, y sólo la in
fluencia de ésta puede encaminar las inteligencias en la
senda de la verdad y formar las almas en la virtud y en
el espíritu de sacrificio» (3). Yo añado que esta benéfica
influencia de la Iglesia desciende de las alturas de la ver
dad y del deber a la religión inferior de los intereses
materiales.
(1) Méric, Los Erreurs sociales, ioc. cit.
(2) M. Farget en un volumen muy documentado, La Mar
che de la criminalité et les progrés de V instructions depuia
soixante ans, demuestra de una manera perentoria el lazo que
existe entre la criminalidad y la educación sin Dios. -El
P. Martín trata el mismo asunto en Los Etudes religieuses de
Septiembre de 1892.
(8) Breve al cardenal Rampolla, 15 de Junio de 1877, § Tut-
to ci consiglia.
POB EL R. P. CH. ANTOINE 203
AETÍCULO IV
LA IGLESIAY EL ORDEN ECONÓMICO
La Iglesia y los intereses materiales.—Un error muy
acreditado en el mundo de los trabajadores, explotado
con habilidad por los apóstoles del socialismo, es preten
der que la acción de la Iglesia y del catolicismo en la
cuestión social, se limita a predicar la caridad de los
patronos, la resignación a los proletarios y la vida eter
na a unos y otros. No es ese el sentido de León XIII.
En la Encíclica De Serum novarum, afirma que la Igle
sia no desdeña lo que se relaciona con la vida terrestre
de los obreros; que favorece la prosperidad temporal de
los trabajadores, indirectamente, promoviendo las bue
nas costumbres, la templanza y el ahorro; directamente,
mediante innumerables instituciones destinadas al alivio
de todas las miserias del cuerpo y del alma. Nos mues
tra el ejemplo de los primeros cristianos, el patrimonio
de la Iglesia al servicio de los desgraciados y el sacrifi
cio de las órdenes religiosas prodigado a los pequeños y
a los débiles. Condena, en fin, la caridad legal en cuanto
sustituye a la caridad cristiana (1). Leyendo este cuadro
conmovedor se ve uno forzado a confesar que la solicitud
de la Iglesia por el bien material de aquellos de sus hijos
que sufren, es la de las madres más tiernas.
El orden económico se halla principalmente fundado
en el trabajo y la propiedad. Veamos cuál es, en estas
materias, la doctrina y la acción de la Iglesia (2).
(1) § Nec tamen putandum.
(2) Lehmkuhl, Die sociale Noth un der Kirchliche Ein-
fluss, p. 26.
ECONOMÍA SOCIAL
La Iglesia y el trabajo.—La ley del trabajo, impresa
en la misma naturaleza del hombre, se ha elevado a la
dignidad de un mandamiento divino.
Antes de la caída, nuestros primeros padres trabaja
ban para ejercitar sus facultades e imitar al divino Obre
ro, pero sin esfuerzo y sin dolor. Después de la caída, la
sentencia divina: «Comerás el pan con el sudor de tu
frente» da al trabajo, convertido en condición necesaria
de la vida, un carácter de penalidad; pero hace de él una
fuente de bendición y un título de honor. El pecado será
expiado en la pena y el trabajo; pero al mismo tiempo
el pecador será purificado y santificado (1).
En el cristianismo se ennoblece el trabajo: 1.° Por el
ejemplo de Jesucristo. Escuchad el magnífico lenguaje
de Bossuet hablando de Jesús obrero: «Todo su empleo
y todo su ejercicio es obedecer a dos de sus criaturas. Y
obedecer ¿en qué? En los ejercicios más bajos, en la prác
tica de un arte mecánico. ¿Dónde están los que se que
jan, los que murmuran cuando sus empleos no responden
a su capacidad, digamos más bien, a su orgullo? Vengan
a la casa de José y de María y vean en ella trabajar a
Jesucristo... Que los que vivan en un arte mecánico se
consuelen y regocijen, Jesucristo es de ellos. Que apren
dan, trabajando, a alabar a Dios, a cantar salmos y san
tos cánticos; Dios bendecirá su trabajo y serán ante Él
como otros Jesucristos (2).»
2.° Con el ejemplo del trabajo de los apóstoles.
3:° Con la enseñanza tradicional de la Iglesia (3), y
(1) Méric, les Erreurs sociales, ch. VII.—Albertus, Die
sociale politick der Kirche, lib. III, secc. II.—P. Félix, l'Eco-
nomie sociale devant le Christianisme, 5.a conferencia.— Sa-
batier, l'Eglise et le travail manuel.
(2) Elévations, semana XX. Meditacion VIII.
(3) Ch. Périn, la Richesse dans las societés chretiennes,
t. I, liv. II, ch. X y XI.—Abate Méric , loe. cit.—Do Decker,
l'Eglise et l'Ordre social chrétien, ch. II. — Janssen, Die alie-
POR EL R. P. OH. ANTOINK 205
4.° Por las instituciones monásticas de los monjes
trabajadores. Bien conocido es el bello pasaje de Monta-
lembert sobre el trabajo monástico: «Como dice un san
to, las celdas reunidas en el desierto eran como una col
mena de abejas; cada cual toma en ellas, en sus manos
la cera del trabajo, en su boca la miel de los salmos y de
las oraciones. Los días se distribuían entre la oración y
el trabajo; el trabajo se repartía entre la labranza y la
práctica de diversos oficios, sobre todo la fabricación de
esas esteras cuyo uso es todavía tan universal en los paí
ses del Mediodía. Así, había entre los religiosos familias
enteras de tejedores, de carpinteros, de curtidores, de
sastres y de bataneros. En todos, el trabajo se acompa
ñaba de un ayuno casi continuo. Todas las reglas de los
patriarcas del desierto prescriben la obligación del tra
bajo y todas esas santas vidas la inspiraban todavía
mejor con su ejemplo. No se cita ni se ha descubierto
ninguna excepción a este precepto. Los superiores eran
los primeros en el esfuerzo (1).
De la ley y de la necesidad del trabajo resulta, sir
viéndonos de las palabras de la Encíelica, que: «El pri
mer principio que hay que poner por delante es el de
que el hombre tiene que tener paciencia con su condi
ción. Es imposible que en la sociedad civil se halle todo
el mundo al mismo nivel. Eso es, sin duda, lo que persi
guen los socialistas. Pero son vanos todos los esfuerzos
contra la naturaleza; ella, en efecto, es la que ha dis
puesto entre los hombres diferencias tan múltiples como
gemeinen Zurtilnde des deutschen Volkes, t. I, 3.a liv.—De
Champagny, De la chanté chrétienne dans les premiers sié-
cles, p. 280 y sig.
(1) Les moines d'Occident, t. I, p. 70.— Gorini. Defense
de VEglise, t. II, p. 160. — Guizot, Histoire de la civilisation
en France. - A. Thierry, Essai sur VHistoire du Tiers Etat,
ch. I.—Levasseur, Histoire des clases ouvriéres en France,
liv. II, ch. IV.
206 ECONOMIA SOCIAL
profundas; diferencias de inteligencia, de talento, de
habilidad, de salud y de fuerza; diferencias necesarias
de donde espontáneamente nace la desigualdad de con
diciones. Esta desigualdad, por otra parte, retorna en
provecho de todos, lo mismo de la sociedad que de los
individuos. Porque la vida social requiere un organismo
muy variado y funciones muy diversas; y lo que preci
samente lleva a los hombres a distribuirse esas funciones
es, sobre todo, la diferencia de sus respectivas condi
ciones (1).
Como el trabajo, tampoco el derecho de propiedad
escapa de la solicitud de la Iglesia. Esta influencia se
manifiesta especialmente en el uso de la propiedad y en
la equidad en los contratos.
La Iglesia v la propiedad.—Aunque sostiene resuelta
mente que la propiedad individual es el fundamento de
la familia y de la sociedad, laj Iglesia afirma, con no
menos energía, y no cesa de proclamar, en su enseñanza
y en su legislación, los deberes sociales y las obligaciones
de caridad que incumben a la propiedad mueble o inmue
ble. De orden de Dios, dispensador de la riqueza, los
privilegiados de la fortuna deben usar de lo superfluo
en favor de la comunidad, y principalmente de (los des
graciados (2).
Como consecuencia de esta doctrina se han establecido
numerosos derechos en provecho de los pobres. El dere-
cho|de espigadero y de pasto, los bienes comunales, las
propiedades denlos gremios y las fundaciones de utilidad
pública, seránTespetados^como el patrimonio colectivo
de los pobres, al mismo título que la propiedad de los
(1) Encycl. De Rerum novarum, § Illud itaque.
^;(2) Claudio Jannet Revue cath. des Inst., Enero y Febrero
de 1893.—De Pascal L'Eglise et l'Economie sociale des peu-
pies, Ass . cath. Enero de 1896.
POR EL R. P. CH. ANTOINE 207
particulares y de tal manera que venga a ser su con
trapeso (1).
En fin, el derecho canónico impondrá a los clérigos y
a los monjes la obligación de gastar una gran parte de
las rentas eclesiásticas en obras de misericordia.
Si de una parte la Iglesia ampara la libertad de los
contratos y ordena su leal ejecución, por la otra vela
cuidadosamente para que los contratos no puedan con
vertirse en un medio de opresión para los débiles,en una
ocasión de ruina para la sociedad. He ahí por qué prohi
be la especulación sobre las necesidades de uno de los
contratantes; rechaza el préstamo a interés usurario; sin
perjuicio de aceptar los títulos de renta legítima cono
cidos con dos nombres de damnum cessans, lucrum emer-
gens y periculum sortis, y condena el principio de algu
nos juristas Ees tanti valet quanti vendi potest, sin que
por eso deje de reconocer en su teoría deljustum pretium
la influencia de la fluctuación del mercado, de la oferta
y de la demanda (2).
Testimonio de la historia.—Para quien la estudie sin
prejuicios, la historia de los siglos pasados da un testi
monio brillante de la influencia de la Iglesia en el orden
social: «No hay duda, dice León XIII, que la sociedad
civil de los hombres se ha renovado radicalmente por las
instituciones cristianas; que, en efecto de esta renova
ción, se ha levantado el nivel del genero humano o, por
decir mejor, le ha llevado de la muerte a la vida y ele
vándole a un tan alto grado de perfección que nada
semejante se vió ni antes ni después, ni se verá en todo
el curso de los siglos (3).
(1) Claudio Jannet, Réforme sociale, 1891. t, I. p. 77.
(2) Périn, De la richesse dans les Sociétés chrétiennes, t.I,
liv. II, ch. II.—H. Pesch. IJEglise etla civilisation, Stimmen,
Febrero de 1895.
(3) Encycl. De Rerum novarum, § Denique nec satis,
208 ECONOMÍA SOCIAL
Se precisaría un volumen para exponer detalladamente
el papel civilizador de la Iglesia en los siglos pasados.
Nos contentaremos con llamar la atención sobre dos
puntos: la emancipación da los esclavos y de los siervos
y la organización del trabajo.
Emancipación de los esclavos y de los siervos.—Se ha
reprochado a la Iglesia el haber favorecido la esclavitud.
Este reproche es injusto, porque la Iglesia no tenía el
poder de efectuar de un golpe un cambio político tan
considerable que hubiera acarreado una terrible crisis
política y social. Amiga de la paz y del orden, la Iglesia
no hubiera recurrido al poder de los gobiernos ni a la
sublevación de los pueblos; pero comenzó por despojar
a la esclavitud del caracter horroroso y repugnante que
le había impreso el puganismo; el esclavo ya no fue con
siderado como cosa sino como un hombre; después tra
bajó en la abolición de la esclavitud por la introducción
pacífica y la aplicación prudente del gran principio de
la igualdad de los hijos de Cristo. ¿Convenía exigir de
una manera inmediata y simultánea la emancipación de
los esclavos? Sólo la ignorancia puede contestar afirma
tivamente (1).
«Los esclavos constituían la mayoría de la población.
La esclavitud se hallaba mezclada con todas las institu
ciones, con todos los intereses, con todas las tradiciones,
con todos los detalles de la vida pública y privada. Toda
la organización económica de la sociedad reposaba en la
servidumbre. Desde hacía siglos el esclavo era el instru
mento de la producción de riquezas, la parte esencial y
principal o. patrimonio del Señor. Invertir bruscamente
(1) Wallon, Histoire de l'esclavage.—De Champagny. De
la Charité chrétienne, 2. 6 partie, chap. XX.—Hurter, Tablean
des institutions de VEglise au moyen áge. p. 120.—Móhler,
Christianismeet esclavage; de l'Ábolition de Vesclavagepar lé
christianisme.
POR EL B. P. CH. ANTOINE 209
los papeles, exigir un nuevo reparto de la propiedad, lla
mar a una libertad inmediata a esas multitudes de alma
degradada, con el corazón ulcerado por la venganza y el
odio, hubiera sido provocar un espantoso cataclismo (1).»
Basta recordar las ruinas físicas y morales que fueron
resultado de la emancipación general y súbita de los
esclavos en las colonias francesas y en la América
del Sur.
Para operar gradualmente la emancipación de las cla
ses populares, había ante todo necesidad de organizar el
trabajo libre, hacerlo estimable, porque la antigüedad
pagana asociaba una idea de menosprecio a la de trabajos
manuales. Esta rehabilitación del trabajo manual, fue en
gran parte la obra y el beneficio inmenso de las órdenes
monásticas. Michelet reconoció lealmente esta verdad
cuando escribía: «La orden de San Benito dió al mundo
antiguo, estropeado por la esclavitud, el ejemplo del
trabajo ejecutado por manos libres. Esta gran innovación
del trabajo libre y voluntario constituirá la base de la
existencia moderna (2).
La organización del trabajo.—En uno de los siguientes
capítulos describiremos la organización gremial del tra-
bajo, que reinó en el mundo económico hasta la Revolu-
-ción francesa. No pretendemos que la primera fundación
de estas asociaciones del trabajo sea debida a la inspira
ción y al impulso de la Iglesia; pero no por eso deja de
ser cierto que la influencia religiosa y moral, ejercida
por los gremios en el mundo del trabajo, se debe a la
Iglesia católica. Este hecho lo afirman escritores protes-
(1) Thonissen, Quelques considerations sur la théorie du
progrés indefini.— Godofredo Kurth, les origines de la civili-
sation.—Krótz. S. J., VEgliiw et l'esclavage dans le hau mo-
yen age, Zeitschrift fiir Kath, Theol, 1895, págs. 273 y 589.
(2) Histoire de France, t. I. p. 112.—Agustín Thierry,
Histoire du Tiers Etat, ch . I.—Dutilleul, Histoire des corpo-
rations réligieuses en France, p. 108.
14
ECONOMÍA SOCIAL
tantes como Schónberg (1), Eimen (2) y Hüllman (3). Sin
dnda los gremios no se han visto libres de graves abusos.
¿Ni por qué negarlo, cuando las causas de ello se encuen
tran en la naturaleza humana abandonada a sus pasiones,,
la concupiscencia, la ambición, el deseo de lucro, el espí
ritu de casta, etc.? Pero lo que está fuera de duda, lo que
resalta del testimonio de la historia, es que los gremios
constituyeron una fuente de dicha y de prosperidad todo
el tiempo que permanecieron fieles a la dirección de la
Iglesia.
Sería con todo una ilusión considerar el orden social
europeo durante la Edad Media como un estado de paz
absoluta. Bajo el reinado de Luis el Benigno hubo con
juraciones de siervos en la Frisia; en el siglo x una revo
lución sangrienta en Normandía; luego, en tiempo de
San Luis, la agitación de los pastorcitos; en el siglo xiv,
la Jaqueria en Francia, y en varias ciudades de Italia,
trágicos motines populares. Pero la sociedad de la Edad
Media salió victoriosa de estas luchas, porque conserva
ba fuertemente arraigados los principios de vida y de
regeneración social: el espíritu de fe, el respeto a la auto
ridad, la sumisión al poder religioso, la fuerza de expan
sión de la caridad y de abnegación cristianas.
(1) Handluch, t. II, p. 477.
(2) Geschichte der Staat Koln. Bd. III, p. 78.
(3) Deutsche Finanzgesc des Mittelalters, Bd. III, p. 149.—
Janssen, Histoire du pevple allemand, t. VII, liv. III.
POB EL R. P. CH. ANTOINE 211
ARTICULO V
¿BASTA LA ACCIÓN DE LA IGLESIA PARA LA REFORMA SOCIAL?
Objeción.—Y, sin embargo, tal como la hemos descri
to en esta lección, la acción benéfica de la Iglesia no
basta para la solución de la cuestión social y obrera.
Pues qué, diréis: ¿no ha escrito el Padre Santo estas
líneas significativas: «no se vería en muy poco tiempo la
pacificación si pudiesen una vez prevalecer las enseñan
zas de la filosofía cristiana? (1). Nada más cierto; pero es
de advertir que los principios del cristianismo bastan en
tesis, que resolverán o más bien suprimirán la cuestión
social el día en que de hecho dirijan la sociedad. Pero
este día está muy lejano; ¿lucirá alguna vez? No confun
damos el ideal con lo real. La realidad es que el mundo
del trabajo se halla entregado al individualismo y a la
concupiscencia. Y es que la conquista evangélica de la
sociedad no puede hacerse en un día y la cuestión social
exige una solución pronta.En fin, la realidad es que la
Iglesia se halla en todas partes perseguida o molestada
en su acción, mirada con desconfianza y apartada de la
vida pública.
La Iglesia y las fuerzas sociales.—He ahí el por qué
León XIII afirma en varias ocasiones que la acción de
la Iglesia debe ser ayudada por medios puramente huma
nos: «Seguramente una obra de esta gravedad exige
también de otros agentes su parte de actividad y de
esfuerzos; nos referimos a los gobernantes, a|los amos,
a los ricos y a los mismos obreros cuya suerte se halla
aquí enjuego.»
(1) lincycl. De Rerum novarum, § Quos tamen.
212
Sin embargo, es indudable que para conseguir el resul
tado deseado,Mhay además, necesidad de recurrir a
medios^humanos. Así," todos ^aquellos a quienes concier
na la causa deben poner su punto de mira en el mismo
y trabajar de concierto, cada uno dentro de su esfera.
Hay¡ en esto como una] imagen de la Providencia que
gobierna al mundo,vporque ordinariamente vemos que
los hechos y los acontecimientos que dependen de causas
diversas son la resultante de su acción común.
|¡*En fin, «la Iglesia entiende que las leyes y la autori
dad pública deben, sin duda con su cuenta y razón y con
prudencia, aportar su parte de concurso a esta solu
ción» (1).
Conclusión.—Concluyamos: no pueden existir entre
los católicos divergencias en lo que respecta al punto
fundamental: todos admiten que la cuestión social no
puede resolverse por completo y de una manera ple
na, más que por la restauración de las costumbres cris
tianas. El que esta restauración parezca lejana no dis
pensa el que se la prepare. Como observa M. León Gre-
goire (2). «la cuestión social es urgente, lo que obliga
a buscar inmediatamente medios provisionales para
atenuar la crisis. En la investigación de estos medios,
los católicos se inspirarán en los principios cristianos y,
esperando que estos principios vuelvan a ser la ley supre
ma de la sociedad, propondrán al mundo laico aplicacio
nes parciales de los mismos. Debe aplazarse la curación
completa, buscar alivios y dulcificaciones; interesándose
por el pueblo se interesarán por sus propias ideas y le
encaminarán de este modo a la aceptación del soberano
remedio, Jesucristo, salvador de los pueblos.
(1) Encycl. De Remm novarum, §§ Confitender y Nec
tamen putandum.
(2) Le Pape, les Catholiques et la Question social*, p. 120.
SECCIÓN SEGUNDA
LAS CONTROVERSIAS /
Hasta el presente, hemos expuesto los principios y las
leyes de las sociedades políticas. Conformarse con estos
principios fundamentales y observar estas leyes natura
les, es para la sociedad la paz y el orden. Pero, de hecho,
la paz social no existe, al orden social se le ataca en más
de un país, el malestar es general y la queja universal.
¿Cuáles son las causas de este mal; cuáles los remedios?
A esta importante pregunta es a la que vamos a intentar
responder.
Llamados en consulta cerca de este gran enfermo que
se llama la sociedad civil, los hombres del arte comien
zan por dividirse sobre la patología y la etiología de la
enfermedad, continuando luego el desacuerdo, cuando es
preciso escoger el tratamiento que ha de aplicarse. Para
resumir estas controversias estableceremos en un primer
capítulo la existencia de la cuestión social, y en los
siguientes, daremos a conocer las principales soluciones
que se han propuesto: la solución liberal, la solución
socialista y la solución católica.
CAPÍTULO VII
La cuestión social
¿Existe la cuestión social? ¿Cuáles son los elementos
del mal social, objeto de esta cuestión? ¿Dónde encon
trar los remedios convenientes y eficaces? He ahí los
tres artículos en que distribuiremos la materia de este
capítulo.
AETICULO PRIMERO
EXISTENCIA DE LA CUESTIÓN SOCIAL
¿Hay una cuestión social?—Públicamente negada por
un tribuno tristemente célebre (1), tímidamente puesta
en duda por la burguesía liberal, la cuestión social no
por eso deja de ser la realidad terrible de nuesto siglo.
Existe el estado de guerra entre los capitalistas y los
proletarios, los patronos y los obreros; este es un hecho
que provoca la atención de los legisladores de todas las
naciones de Europa, apasiona a la prensa de ambos
mundos y determina la aparición de un número casi infi
nito de libros. Las manifestaciones agudas de este hecho
(1) Gambetta, en la Cámara Je Diputa Jos: No hay cuestión
social.
POR EL B. P. CH. ANTOTIfE 215
son las explosiones de dinamita, las huelgas, los lock-out,
los incendios, y algunas veces el homicidio. No; un hecho
semejante no es, en modo alguno, una quimera; está
fuera de duda que hay una cuestión social (1).
«Nos encontramos, dice M. Anatolio Leroy-Beaulieu,
en presencia de un movimiento social que hay que encau
zar por las vías legales, pero al cual sería en vano que le
cerráramos el paso... El sentimiento nacional, tan fuerte
todavía ayer, lo mismo entre nosotros los franceses que
«ntre nuestros vecinos los alemanes y los italianos, empie
za en todas partes a corroerse merced al aire ácido del
socialismo y el lento corrosivo de la envidia. El siglo xix,
siglo de las nacionalidades, como le llamará la historia,
no ha llegado todavía a su término cuando ya vemos las
nacionalidades en lucha con el socialismo. Y ¿de cuál de
los dos podremos decir: esto mátará a aquello (2)?»
Hay, pues, una cuestión social, todo el mundo convie
ne en ello; pero ¿en qué consiste? Aquí comienza el des
acuerdo. ¿Se sabe siquiera qué idea despiertan las pala
bras cuestión social?
Naturaleza de la cuestión social.—Una cuestión es un
problema, un conjunto de datos y de incógnitas, cuya
solución se busca. La cuestión social es, pues, un proble
ma social.
En el orden político, jurídico o social, se acostumbra
indicar con la palabra cuestión un mal, un desorden del
-cual se estudia el origen y el desarrollo y se buscan los
remedios. Así, en política, se habla de la cuestión roma
na, de la cuestión de Oriente, etc.; en derecho, de la
cuestión de la reforma testamentaria, del contrato de
trabajo, etc.
División de la cuestión social.—Considerada en toda
su amplitud, la cuestión social tiene por objeto los males
(1) Luis Blanc, L' Organisation du Travail, introduction.
(2) Eevue de Deux Mondes, t. CX, 1892, p. 106.
216 ECONOMÍA SOCIAL
innumerables que produce la sociedad en nuestro siglo,
así como los remedios que pueden y deben aportarse a
ellos.
Vasto e importante estudio si los hay, pero que tras
pasa el plan que nos hemos trazado.
En un sentido más restringido y más usado, la cues
tión social se concentra en el mundo del trabajo, sobro
el estado de crisis en el cual se agitan febrilmente el
capital y el trabajo. Así entendida, la cuestión social es,
pues, el conjunto de los males que sufre la sociedad en el
orden del trabajo y de los medios propios para curarlos o
dulcificarlos.
Dos clases de trabajadores se distribuyen el mundo
económico, la de los agrícolas y la de los industriales.
Aunque tienen intereses, necesidades y males comunes,
no por eso dejan de ser menos diferentes los sufrimien
tos, las necesidades y las operaciones de estos dos cuer
pos del ejército del trabajo. He ahí por qué la misma
cuestión social se subdivide en cuestión agraria, cues
tión industrial, etc.
Siendo—en Francia por lo menos—la situación de los
obreros o proletarios de la industria, más aguda, más
triste y más amenazadora que la de los trabajadores del
campo, la cuestión social se estudia ordinariamente de
una manera más inmediata y más particular on el traba
jo industrial. En el trabajo de los campes, es, a causa de
las exigencias de las estaciones y de las intemperies del
cielo, menos larga la duración media de la jomada de

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