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A TRAVÉS 
DEL ESPEJO 
 
LEWIS 
CARROLL 
 
(1832 - 1898) 
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INDICE 
 
 
CAPÍTULO 1: LA CASA DEL ESPEJO......................................... 2 
CAPÍTULO 2: EL JARDIN DE LAS FLORES VIVAS ................ 17 
CAPÍTULO 3: INSECTOS DEL ESPEJO .................................... 33 
CAPÍTULO 4: TWEEDDLEDUM Y TWEEDLEDEE ................. 48 
CAPÍTULO 5: AGUA Y LANA .................................................. 66 
CAPÍTULO 6: HUMPTY DUMPTY ........................................... 82 
CAPÍTULO 7: EL LEON Y EL UNICORNIO ............................101 
CAPÍTULO 8: "ES MI PROPIA INVENCION" .........................116 
CAPÍTULO 9: ALICIA REINA ..................................................138 
CAPÍTULO 10: SACUDIENDO ................................................160 
CAPÍTULO 11: DESPERTANDO ..............................................161 
CAPÍTULO 12: ¿QUIEN LO SOÑO? ..........................................162 
 
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A TRAVÉS DEL ESPEJO 
LEWIS CARROLL 
 
 
 
Capítulo 1: LA CASA DEL ESPEJO 
 
Desde luego hay una cosa de la que estamos bien seguros y es 
que el gatito blanco no tuvo absolutamente nada que ver con 
todo este enredo... fue enteramente culpa del gatito negro. En 
efecto, durante el último cuarto de hora, la vieja gata había 
sometido al minino blanco a una operación de aseo bien rigurosa 
(y hay que reconocer que la estuvo aguantando bastante bien); 
así que está bien claro que no pudo éste ocasionar el percance. 
La manera en que Dina les lavaba la cara a sus mininos sucedía 
de la siguiente manera: primero sujetaba firmemente a la víctima 
con una pata y luego le pasaba la otra por toda la cara, sólo que 
a contrapelo, empezando por la nariz: y en este preciso 
momento, como antes decía, estaba dedicada a fondo al gatito 
blanco, que se dejaba hacer casi sin moverse y aún intentando 
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ronronear... sin duda porque pensaba que todo aquello se lo 
estarían haciendo por su bien. 
Pero el gatito negro ya lo había despachado Dina antes aquella 
tarde y así fue como ocurrió que, mientras Alicia estaba 
acurrucada en el rincón de una gran butacona, hablando consigo 
misma entre dormida y despierta, aquel minino se había estado 
desquitando de los sinsabores sufridos, con las delicias de una 
gran partida de pelota a costa del ovillo de lana que Alicia había 
estado intentando devanar y que ahora había rodado tanto de un 
lado para otro que se había deshecho todo y corría, revuelto en 
nudos y marañas, por toda la alfombra de la chimenea, con el 
gatito en medio dando carreras tras su propio rabo. 
–¡Ay, pero qué malísima que es esta criatura! –exclamó Alicia 
agarrando al gatito y dándole un besito para que comprendiera 
que había caído en desgracia. – ¡Lo que pasa es que Dina debiera 
de enseñarles mejores modales! ¡Sí señora, debieras haberlos 
educado mejor, Dina! ¡Y además creo que lo sabes! añadió 
dirigiendo una mirada llena de reproches a la vieja gata y 
hablándole tan severamente como podía... y entonces se 
encaramó en su butaca llevando consigo al gatito y el cabo del 
hilo de lana para empezar a devanar el ovillo de nuevo. Pero no 
avanzaba demasiado de prisa ya que no hacía más que hablar, a 
veces con el minino y otras consigo misma. El gatito se acomodó, 
muy comedido, sobre su regazo pretendiendo seguir con 
atención el progreso del devanado, extendiendo de vez en 
cuando una patita para tocar muy delicadamente el ovillo; como 
si quisiera echarle una mano a Alicia en su trabajo. 
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–¿Sabes qué día será mañana? –empezó a decirle Alicia–. Lo 
sabrías si te hubieras asomado a la ventana conmigo... sólo que 
como Dina te estaba lavando no pudiste hacerlo. Estuve viendo 
cómo los chicos reunían leña para la fogata... ¡y no sabes la de 
leña que hace falta, minino! Pero hacía tanto frío y nevaba de tal 
manera que tuvieron que dejarlo. No te preocupes, gatito, que ya 
veremos la hoguera mañana! Al llegar a este punto, a Alicia se le 
ocurrió darle dos o tres vueltas de lana alrededor del cuello al 
minino, para ver cómo le quedaba, y esto produjo tal enredo que 
el ovillo se le cayó de las manos y rodó por el suelo dejando tras 
de sí metros y metros desenrollados. 
–¿Sabes que estoy muy enojada contigo, gatito? –continuó Alicia 
cuando pudo acomodarse de nuevo en la butacona–, cuando vi 
todas las picardías que habías estado haciendo estuve a punto de 
abrir la ventana y ponerte fuera de patitas en la nieve! ¡Y bien 
merecido que te lo tenías, desde luego, amoroso picarón! A ver, 
¿qué vas a decir ahora para que no te dé? ¡No me interrumpas! –
le atajó en seguida Alicia, amenazándole con el dedo–: ¡voy a 
enumerarte todas tus faltas! Primera: chillaste dos veces mientras 
Dina te estaba lavando la cara esta mañana; no pretenderás 
negarlo, so fresco, que bien que te oí! ¿Qué es eso que estás 
diciendo? (haciendo como que oía lo que el gatito le decía) ¿que 
si te metió la pata en un ojo? Bueno, pues eso también fue por tu 
culpa, por no cerrar bien el ojo... si no te hubieses empeñado en 
tenerlo abierto no te habría pasado nada, ¡ea! ¡Y basta ya de 
excusas: escúchame bien! Segunda falta: cuando le puse a Copito 
de nieve su platito de leche, fuiste y la agarraste por la cola para 
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que no pudiera bebérsela. ¿Cómo?, ¿que tenías mucha sed?, 
bueno, ¿y acaso ella no? ¡Y ahora va la tercera: desenrollaste todo 
un ovillo de lana cuando no estaba mirando! 
–¡Van ya tres faltas y todavía no te han castigado por ninguna! 
Bien sabes que te estoy reservando todos los castigos para el 
miércoles de la próxima semana... ¿Y qué pasaría si me 
acumularan a mi todos mis castigos, –continuó diciendo, 
hablando más consigo misma que con el minino, –qué no me 
harían a fin de año? No tendrían más remedio que mandarme a 
la cárcel supongo, el día que me tocaran todos juntos. O si no, 
veamos... supongamos que me hubieran castigado cada vez a 
quedarme sin cenar; entonces cuando llegara el terrible día en 
que me tocara cumplir todos los castigos ¡me tendría que quedar 
sin cenar cincuenta comidas! Bueno, no creo que eso me importe 
tantísimo. ¡Lo prefiero a tener que comérmelas todas de una vez! 
–¿Oyes la nieve golpeando sobre los cristales de la ventana, 
gatito? ¡Qué sonido más agradable y más suave! Es como si 
estuvieran dándole besos al cristal por fuera. Me pregunto si será 
por amor por lo que la nieve besa tan delicadamente a los árboles 
y a los campos, cubriéndolos luego, por decirlo así, con su manto 
blanco; y quizá les diga también «dormid ahora, queridos, hasta 
que vuelva de nuevo el verano»; y cuando se despiertan al llegar 
el verano, gatito, se visten todos de verde y danzan ligeros... 
siempre al vaivén del viento. ¡Ay, qué cosas más bonitas estoy 
diciendo! –exclamó Alicia, dejando caer el ovillo para batir 
palmas, –¡Y cómo me gustaría que fuese así de verdad! ¡Estoy 
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segura de que los bosques tienen aspecto somnoliento en el 
otoño, cuando las hojas se les ponen doradas! 
–Gatito ¿sabes jugar al ajedrez? ¡Vamos, no sonrías, querido, que 
te lo estoy preguntando en serio! Porque cuando estábamos 
jugando hace un ratito nos estabas mirando como si de verdad 
comprendieras el juego; y cuando yo dije «jaque» ¡te pusiste a 
ronronear! Bueno, después de todo aquel jaque me salió bien 
bonito... y hasta creo que habría ganado si no hubiera sidopor 
ese perverso alfil que descendió cimbreándose por entre mis 
piezas. Minino, querido, juguemos a que tú eres... y al llegar a 
este punto me gustaría contaros aunque sólo fuera la mitad de 
todas las cosas que a Alicia se le ocurrían cuando empezaba con 
esa frase favorita de «juguemos a ser...» Tanto que ayer estuvo 
discutiendo durante largo rato con su hermana sólo porque 
Alicia había empezado diciendo «juguemos a que somos reyes y 
reinas»; y su hermana, a quien le gusta ser siempre muy precisa, 
le había replicado que cómo iban a hacerlo si entre ambas sólo 
podían jugar a ser dos, hasta que finalmente Alicia tuvo que 
zanjar la cuestión diciendo –Bueno, pues tu puedes ser una de 
las reinas, y yo seré todas las demás–. Y otra vez, le pegó un susto 
tremendo a su vieja nodriza cuando le gritó súbitamente al oído 
–¡Aya! ¡Juguemos a que yo soy una hiena hambrienta y tu un 
jugoso hueso! 
Pero todo esto nos está distrayendo del discurso de Alicia con su 
gatito: – ¡Juguemos a que tu eres la Reina roja, minino! ¿Sabes?, 
creo que si te sentaras y cruzaras los brazos te parecerías mucho 
a ella. ¡Venga, vamos a intentarlo! Así me gusta... –Y Alicia cogió 
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a la Reina roja de encima de la mesa y la colocó delante del gatito 
para que viera bien el modelo que había de imitar; sin embargo, 
la cosa no resultó bien, principalmente porque como dijo Alicia, 
el gatito no quería cruzarse de brazos en la forma apropiada. De 
manera que, para castigarlo, lo levantó para que se viera en el 
espejo y se espantara de la cara tan fea que estaba poniendo... –y 
si no empiezas a portarte bien desde ahora mismo –añadió– te 
pasaré a través del cristal y te pondré en la casa del espejo! 
¿Cómo te gustaría eso? 
–Ahora que, si me prestas atención, en lugar de hablar tanto, 
gatito, te contaré todas mis ideas sobre la casa del espejo. 
Primero, ahí está el cuarto que se ve al otro lado del espejo y que 
es completamente igual a nuestro salón, sólo que con todas las 
cosas dispuestas a la inversa... todas menos la parte que está justo 
del otro lado de la chimenea. ¡Ay, cómo me gustaría ver ese 
rincón! Tengo tantas ganas de saber si también ahí encienden el 
fuego en el invierno... en realidad, nosotros, desde aquí, nunca 
podremos saberlo, salvo cuando nuestro fuego empieza a 
humear, porque entonces también sale humo del otro lado, en 
ese cuarto... pero eso puede ser sólo un engaño para hacernos 
creer que también ellos tienen un fuego encendido ahí. Bueno, 
en todo caso, sus libros se parecen a los nuestros, pero tienen las 
palabras escritas al revés: y eso lo sé porque una vez levanté uno 
de los nuestros al espejo y entonces los del otro cuarto me 
mostraron uno de los suyos. 
–¿Te gustaría vivir en la casa del espejo, gatito? Me pregunto si 
te darían leche allí; pero a lo mejor la leche del espejo no es buena 
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para beber... pero ¡ay, gatito, ahí está ya el corredor! Apenas si 
puede verse un poquito del corredor de la casa del espejo, si se 
deja la puerta de nuestro salón abierta de par en par: y por lo que 
se alcanza a ver desde aquí se parece mucho al nuestro sólo que, 
ya se sabe, puede que sea muy diferente más allá. ¡Ay, gatito, qué 
bonito sería si pudiéramos penetrar en la casa del espejo! ¡Estoy 
segura que ha de tener la mar de cosas bellas! Juguemos a que 
existe alguna manera de atravesar el espejo; juguemos a que el 
cristal se hace blando como si fuera una gasa de forma que 
pudiéramos pasar a través. ¡¿Pero, cómo?! ¡¡Si parece que se está 
empañando ahora mismo y convirtiéndose en una especie de 
niebla!! ¡Apuesto a que ahora me sería muy fácil pasar a través! 
–Mientras decía esto, Alicia se encontró con que estaba 
encaramada sobre la repisa de la chimenea, aunque no podía 
acordarse de cómo había llegado hasta ahí. Y en efecto, el cristal 
del espejo se estaba disolviendo, deshaciéndose entre las manos 
de Alicia, como si fuera una bruma plateada y brillante. 
Un instante más y Alicia había pasado a través del cristal y 
saltaba con ligereza dentro del cuarto del espejo. Lo primero que 
hizo fue ver si había un fuego encendido en su chimenea y con 
gran satisfacción comprobó que, efectivamente, había allí uno, 
ardiendo tan brillantemente como el que había dejado tras de sí 
– De forma que estaré aquí tan calentita como en el otro cuarto –
pensó Alicia– más caliente aún, en realidad, porque aquí no 
habrá quien me regañe por acercarme demasiado al fuego. ¡Ay, 
qué gracioso va a ser cuando me vean a través del espejo y no 
puedan alcanzarme! 
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Entonces empezó a mirar atentamente a su alrededor y se 
percató de que todo lo que podía verse desde el antiguo salón 
era bastante corriente y de poco interés, pero que todo lo demás 
era sumamente distinto. Así, por ejemplo, los cuadros que 
estaban a uno y otro lado de la chimenea parecían estar llenos de 
vida y el mismo reloj que estaba sobre la repisa (precisamente 
aquel al que en el espejo sólo se le puede ver la parte de atrás) 
tenía en la esfera la cara de un viejecillo que la miraba sonriendo 
con picardía. 
–Este salón no lo tienen tan bien arreglado como el otro– pensó 
Alicia, al ver que varias piezas del ajedrez yacían desperdigadas 
entre las cenizas del hogar; pero al momento siguiente, y con un 
«¡ah!» de sorpresa, Alicia se agachó y a cuatro patas se puso a 
contemplarlas: ¡las piezas del ajedrez se estaban paseando por 
ahí de dos en dos! 
–Ahí están el Rey negro y la Reina negra –dijo Alicia muy bajito 
por miedo de asustarlos, –y allá están el Rey blanco y la Reina 
blanca sentados sobre el borde de la pala de la chimenea... y por 
ahí van dos torres caminando del brazo... No creo que me 
puedan oír continuó Alicia– y estoy casi segura de que no me 
pueden ver. Siento como si en cierto modo me estuviera 
volviendo invisible. 
En ese momento algo que estaba sobre la mesa detrás de Alicia 
empezó a dar unos agudos chillidos; Alicia volvió la cabeza justo 
a tiempo para ver como uno de los peones blancos rodaba sobre 
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la tapa e iniciaba una notable pataleta: lo observó con gran 
curiosidad para ver qué iba a suceder luego. 
–¡Es la voz de mi niña! –gritó la Reina blanca, mientras se 
abalanzaba hacia donde estaba su criatura, dándole al Rey un 
empellón tan violento que lo lanzó rodando por entre las cenizas. 
–¡Mi precioso lirio! ¡Mi imperial minina! –y empezó a trepar 
como podía por el guardafuegos de la chimenea. 
–¡Necedades imperiales! –bufó el Rey, frotándose la nariz que se 
había herido al caer y, desde luego, tenía derecho a estar algo 
irritado. con la Reina pues estaba cubierto de cenizas de pies a 
cabeza. 
Alicia estaba muy ansiosa por ser de alguna utilidad y como veía 
que a la pobre pequeña que llamaban Lirio estaba a punto de 
darle un ataque a fuerza de vociferar, se apresuró a auxiliar a la 
Reina; cogiéndola con la mano y levantándola por los aires la 
situó sobre la mesa al lado de su ruidosa hijita. 
La Reina se quedó pasmada del susto: la súbita trayectoria por 
los aires la había dejado sin aliento y durante uno o dos minutos 
no pudo hacer otra cosa que abrazar silenciosamente a su 
pequeño Lirio. Tan pronto hubo recobrado el habla le gritó al 
Rey, que seguía sentado, muy enfurruñado, entre las cenizas – 
¡Cuidado con el volcán! 
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–¿Qué volcán? –preguntó el Rey mirando con ansiedad hacia elfuego de la chimenea, como si pensara que aquel fuese el lugar 
más indicado para encontrar uno. 
–Me... lanzó... por... los aires –jadeó la Reina, que aún no había 
recobrado del todo el aliento. –Procura subir aquí arriba... por el 
camino de costumbre... ten cuidado... ¡No dejes que una 
explosión te haga volar por los aires! 
Alicia observó al Rey blanco mientras este trepaba 
trabajosamente de barra en barra por el guardafuegos, hasta que 
por fin le dijo –¡Hombre! A ese paso vas a tardar horas y horas 
en llegar encima de la mesa. ¿No sería mejor que te ayudase un 
poco? –pero el Rey siguió adelante sin prestarle la menor 
atención: era evidente que no podía ni oírla ni verla. 
Así pues, Alicia lo cogió muy delicadamente y lo levantó por el 
aire llevándolo hacia la mesa mucho más despacio de lo que 
había hecho con la Reina, para no sobresaltarlo; pero antes de 
depositarlo en ella quiso aprovechar para limpiarlo un poco pues 
estaba realmente cubierto de cenizas. 
Más tarde Alicia diría que nunca en toda su vida había visto una 
cara como la que puso el Rey entonces, cuando se encontró 
suspendido en el aire por una mano invisible que además le 
estaba quitando el polvo: estaba demasiado atónito para emitir 
sonido alguno, pero se le desorbitaban los ojos y se le iban 
poniendo cada vez más redondos mientras la boca se le abría 
más y más; a Alicia empezó a temblarle la mano de la risa que le 
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estaba entrando de verlo así y estuvo a punto de dejarlo caer al 
suelo. 
–¡Ay, por Dios, no pongas esa cara, amigo! –exclamó 
olvidándose por completo de que el Rey no podía oírla. 
–¡Me estás haciendo reír de tal manera que apenas si puedo 
sostenerte con la mano! ¡Y no abras tanto la boca que se te va a 
llenar de cenizas!... ¡Vaya! Ya parece que está bastante limpio –
añadió mientras le alisaba los cabellos y lo depositaba al lado de 
la Reina. 
El Rey se dejó caer inmediatamente de espaldas y se quedó tan 
quieto como pudo; Alicia se alarmó entonces un poco al ver las 
consecuencias de lo que había hecho y se puso a dar vueltas por 
el cuarto para ver si encontraba un poco de agua para rociársela. 
Lo único que pudo encontrar, sin embargo, fue una botella de 
tinta y cuando volvió con ella a donde estaba el Rey se encontró 
con que ya se había recobrado y estaba hablando con la Reina; 
ambos susurraban atemorizados y tan quedamente que Alicia 
apenas si pudo oír lo que se decían. 
El Rey estaba entonces diciéndole a la Reina: 
–¡Te aseguro, querida, que se me helaron hasta las puntas de los 
bigotes! 
A lo que la Reina le replicó: 
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–¡Pero si no tienes ningún bigote! 
–¡No me olvidaré jamás, jamás –continuó el Rey– del horror de 
aquel momento espantoso! 
–Ya verás como sí lo olvidas –convino la Reina– si no redactas 
pronto un memorándum del suceso. 
Alicia observó con mucho interés cómo el Rey sacaba un enorme 
cuaderno de notas del bolsillo y empezaba a escribir en él. Se le 
ocurrió entonces una idea irresistible y cediendo a la tentación se 
hizo con el extremo del lápiz, que se extendía bastante más allá 
por encima del hombro del Rey, y empezó a obligarle a escribir 
lo que ella quería. 
El pobre Rey, poniendo cara de considerable desconcierto y 
contrariedad, intentó luchar con el lápiz durante algún tiempo 
sin decir nada; pero Alicia era demasiado fuerte para él y al final 
jadeó: 
–¡Querida! Me parece que no voy a tener más remedio que 
conseguir un lápiz menos grueso. No acabo de arreglármelas con 
este, que se pone a escribir toda clase de cosas que no responden 
a mi intención... 
–¿Qué clase de cosas! –interrumpió la Reina, examinando por 
encima el cuaderno (en el que Alicia había anotado el caballo 
blanco se está deslizando por el hierro de la chimenea. Su 
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equilibrio deja mucho que desear)–. ¡Eso no responde en 
absoluto a tus sentimientos! 
Un libro yacía sobre la mesa, cerca de donde estaba Alicia, y 
mientras ésta seguía observando de cerca al Rey (pues aún estaba 
un poco preocupada por él y tenía la tinta bien a mano para 
echársela encima caso de que volviera a darle otro soponcio) 
comenzó a hojearlo para ver si encontraba algún párrafo que 
pudiera leer, –...pues en realidad parece estar escrito en un 
idioma que no conozco– se dijo a sí misma. 
Y en efecto, decía así: 
Durante algún tiempo estuvo intentando descifrar este pasaje, 
hasta que al final se le ocurrió una idea luminosa: 
–¡Claro! ¡Como que es un libro del espejo! Por tanto, si lo coloco 
delante del espejo las palabras se pondrán del derecho. 
Y este fue el poema que Alicia leyó entonces: 
GALIMATAZO 
Brillaba, brumeando negro, el sol; agiliscosos giroscaban los 
limazones banerrando por las váparas lejanas; mimosos se 
fruncían los borogobios mientras el momio rantas murgiflaba. 
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¡Cuidate del Galimatazo, hijo mío! ¡Guárdate de los dientes que 
trituran Y de las zarpas gue desgarran! ¡Cuidate del pájaro 
Jubo-Jubo y que no te agarre el frumioso Zamarrajo! 
 
Valiente empuñó el gladio vorpal; 
a la hueste manzona acometió sin descanso; luego, reposóse 
bajo el árbol del Tántamo 
y quedóse sesudo contemplando... 
Y asi, mientras cabilaba firsuto. 
¡¡Hete al Galimatazo, fuego en los ojos, que surge hedoroso del 
bosque turgal 
y se acerca raudo y borguejeando!! 
¡Zis, zas y zas! Una y otra vez 
zarandeó tijereteando el gladio vorpal! 
Bien muerto dejó al monstruo, y con su testa ¡volvióse 
triunfante galompando! 
¡¿Y haslo muerto?! ¡¿Al Galimatazo?! ¡Ven a mis brazos, 
mancebo sonrisor! ¡Qué fragarante día! ¡Jujurujúu! ¡Jay, jay! 
Carcajeó, anegado de alegria. 
Pero brumeaba ya negro el sol agiliscosos giroscaban los 
limazones banerrando por las váparas lejanas, mimosos se 
fruncian los borogobios mientras el momio rantas necrofaba... 
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–Me parece muy bonito –dijo Alicia cuando lo hubo terminado–
, sólo que es algo difícil de comprender (como veremos a Alicia 
no le gustaba confesar, y ni siquiera tener que reconocer ella sola, 
que no podía encontrarle ni pies ni cabeza al poema). Es como si 
me llenara la cabeza de ideas, ¡sólo que no sabría decir cuáles 
son! En todo caso, lo que sí está claro es que alguien ha matado 
a algo... 
–Pero ¡ay! ¡Si no me doy prisa voy a tener que volverme por el 
espejo antes de haber podido ver cómo es el resto de esta casa! 
¡Vayamos primero a ver el jardín! 
Salió del cuarto como una exhalación y corrió escaleras abajo... 
aunque, pensándolo bien, no es que corriera, sino que parecía 
como si hubiese inventado una nueva manera de descender 
veloz y rápidamente por la escalera, como se dijo Alicia a sí 
misma: le bastaba con apenas apoyar la punta de los dedos sobre 
la barandilla para flotar suavemente hacia abajo sin que sus pies 
siquiera tocaran los escalones. Luego, flotó por el vestíbulo y 
habría continuado, saliendo despedida por la puerta del jardín, 
si no se hubiera agarrado a la jamba. Tanto flotar la estaba 
mareando, un poco, así que comprobó con satisfacción que había 
comenzado a andar de una manera natural. 
 
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Capítulo 2: EL JARDIN DE LAS FLORES VIVAS 
–Veré mucho mejor cómo es el jardín –se dijo Alicia– si puedo 
subir a la cumbre de aquella colina; y aquí veo un sendero que 
conduce derecho allá arriba...; bueno, lo que es derecho, desde 
luegono va... –aseguró cuando al andar unos cuantos metros se 
encontró con que daba toda clase de vueltas y revueltas– ...pero 
supongo que llegará allá arriba al final. Pero ¡qué de vueltas no 
dará este camino! ¡Ni que fuera un sacacorchos! Bueno, al menos 
por esta curva parece que se va en dirección a la colina. Pero no, 
no es así. ¡Por aquí vuelvo derecho a la casa! Bueno, probaré 
entonces por el otro lado. 
Y así lo hizo, errando de un lado para otro, probando por una 
curva y luego por otra; pero siempre acababa frente a la casa, 
hiciera lo que hiciese. Incluso una vez, al doblar una esquina con 
mayor rapidez que las otras, se dio contra la pared antes de que 
pudiera detenerse. 
–De nada le valdrá insistir –dijo Alicia, mirando a la casa como 
si ésta estuviese discutiendo con ella–. Desde luego que no 
pienso volver allá dentro ahora, porque sé que si lo hiciera 
tendría que cruzar el espejo... volver de nuevo al cuarto y... ¡ahí 
se acabarían mis aventuras! 
De forma que con la mayor determinación volvió la espalda a la 
casa e intentó nuevamente alejarse por el sendero, decidida a 
continuar en esa dirección hasta llegar a la colina. Durante 
algunos minutos todo parecía estar saliéndole bien y estaba 
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precisamente diciéndose –esta vez sí que lo logro– cuando de 
pronto el camino torció repentinamente, con una sacudida, como 
lo describió Alicia más tarde, y al momento se encontró otra vez 
andando derecho hacia la puerta. 
–Pero ¡qué lata! –exclamó–. ¡Nunca he visto en toda mi vida una 
casa que estuviese tanto en el camino de una! ¡Qué estorbo! 
Y sin embargo, ahí estaba la colina, a plena vista de Alicia; de 
forma que no le cabía otra cosa que empezar de nuevo. Esta vez, 
el camino la llevó hacia un gran macizo de flores, bordeado de 
margaritas, con un guayabo plantado en medio. 
–¡Oh, lirio irisado! –dijo Alicia, dirigiéndose hacia una flor de esa 
especie que se mecía dulcemente con la brisa–. ¡Cómo me 
gustaría que pudieses hablar! 
–¡Pues claro que podemos hablar! –rompió a decir el lirio–, pero 
sólo lo hacemos cuando hay alguien con quien valga la pena de 
hacerlo. 
Alicia se quedó tan atónita que no pudo decir ni una palabra 
durante algún rato: el asombro la dejó sin habla. Al final, y como 
el lirio sólo continuaba meciéndose suavemente, se decidió a 
decirle con una voz muy tímida, casi un susurro: 
–¿Y pueden hablar también las demás flores? 
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Tan bien como tú –replicó el iris–, y desde luego bastante más 
alto que tú. 
–Por cortesía no nos corresponde a nosotras hablar primero, ¿no 
es verdad? – dijo la rosa–. pero ya me estaba yo preguntando 
cuándo ibas a hablar de una vez, pues me decía: «por la cara que 
tiene, a esta chica no debe faltarle el seso, aunque no parezca 
tampoco muy inteligente». De todas formas tienes el color 
adecuado y eso es, después de todo, lo que más importa. 
–A mí me trae sin cuidado el color que tenga –observó el lirio–. 
Lo que es una lástima es que no tenga los pétalos un poco más 
ondulados, pues estaría mucho mejor. 
A Alicia no le estaba gustando tanta crítica, de forma que se puso 
a preguntarles cosas: 
–¿A vosotras no os da miedo estar plantadas aquí solas sin nadie 
que os cuide? –Para eso está ahí en medio el árbol –señaló la 
rosa–. ¿De qué serviría si no? 
–Pero ¿qué podría hacer en un momento de peligro? –continuó 
preguntando Alicia. 
–Podría ladrar –contestó la rosa. ¡Ladra «guau, guau»! –exclamó 
una margarita–, por eso lo llaman «guayabo». 
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–¡¿No sabías eso?! –exclamó otra margarita, y empezaron todas 
a vociferar a la vez, armándose un guirigay ensordecedor de 
vocecitas agudas. 
–¡A callar todas vosotras! –les gritó el lirio irisado, dando 
cabezadas apasionadamente de un lado para otro y temblando 
de vehemencia–. ¡Saben que no puedo alcanzarlas! –jadeó muy 
excitado, inclinado su cabeza hacia Alicia, que si no ya verían lo 
que es bueno! 
–No te importe –le dijo Alicia conciliadoramente, para 
tranquilizarlo. 
E inclinándose sobre las margaritas, que estaban precisamente 
empezando otra vez a vociferar, les susurró: 
–Si no os calláis de una vez ¡os arranco a todas! 
En un instante se hizo el silencio y algunas de las margaritas 
rosadas se pusieron lívidas. 
–¡Así me gusta! –aprobó el lirio–. ¡Esas margaritas son las peores! 
¡Cuando uno se pone a hablar, rompen todas a chillar a la vez de 
una forma tal que es como para marchitarse! 
–¿Y cómo es que podéis hablar todas tan bonitamente? –
preguntó Alicia, esperando poner al lirio de buen humor con el 
halago–. He estado en muchos jardines antes de este, pero en 
ninguno en que las flores pudiesen hablar. 
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–Coloca la palma de la mano sobre el lecho de tierra de nuestro 
macizo, –le ordenó el lirio– y entonces comprenderás por qué. 
Así lo hizo Alicia. 
–Está muy dura la tierra de este lecho –comentó–, pero aún así 
no veo qué tiene que ver eso. 
–En la mayor parte de los jardines –explicó el lirio– los lechos de 
tierra son tan muelles... que se amodorran las flores. 
Eso le pareció a Alicia una razón excelente y se quedó muy 
complacida de conocerla. 
¡Nunca lo habría pensado! –comentó admirada. 
En mi opinión, tú nunca has pensado en nada –sentenció la rosa 
con alguna severidad. 
–Nunca vi a nadie que tuviera un aspecto más estúpido –dijo una 
violeta de una manera tan súbita que Alicia dio un respingo, 
pues hasta ese momento no había dicho ni una palabra. 
–¡A callar! –le gritó el lirio irisado–. ¡Como si tú vieras alguna vez 
a alguien! Con la cabeza siempre tan disimulada entre las hojas, 
¡estás siempre roncando y te enteras de lo que pasa en el mundo 
menos que un capullo! 
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–¿Por casualidad hay alguna otra persona como yo en el jardín? 
–preguntó Alicia, prefiriendo no darse por enterada del 
comentario de la rosa. 
–Pues hay otra flor que se mueve por el jardín como tú –le 
contestó ésta–. Me pregunto ¿cómo os la arregláis? 
–Siempre te estás preguntando algo –rezongó el lirio irisado. 
Continuó la violeta: 
–Pero tiene una corola más tupida que la tuya. 
–¿Se parece a mí? –preguntó Alicia con mucha viveza, pues le 
pasaba por la mente la idea de que ¡a lo mejor hubiera otra niña 
como ella en aquel jardín! 
Bueno, la otra tiene un cuerpo tan mal hecho como el tuyo –
explicó la rosa–, pero es más encarnada... y con pétalos algo más 
cortos, me parece... 
–Los tiene bien recogidos, como los de una dalia –añadió el lirio 
irisado–, no cayendo desordenadamente, como los tuyos. 
–Pero ya sabemos que no es por culpa tuya –interpuso 
generosamente la rosa–. Ya vemos que te estás empezando a ajar 
y cuando eso pasa, ya se sabe, no se puede evitar que se le 
desordenen a una un poco los pétalos. 
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A Alicia no le gustaba nada esa idea, de forma que para cambiar 
el tema de la conversación continuó preguntando: 
–¿Y viene por aquí alguna vez? 
–Estoy segura de que la verás dentro de poco –le aseguró la rosa–
. Es de esa clase que lleva nueve puntas, ya sabes. 
–Y ¿dónde las lleva! –preguntó Alicia con alguna curiosidad. 
–Pues alrededor de la cabeza, naturalmente –replicó la rosa–. Me 
estaba preguntando precisamente por qué será que no tienes tú 
unas cuantas también. Creía que así es como debía ser por regla 
general. 
-¡Ahí viene!–gritó una espuela de caballero–. Oigo sus pasos, 
pum, pum, avanzando por la gramilla del sendero. 
Alicia miró ansiosamente a su alrededor y se encontró con que 
era la Reina roja. 
–¡Pues sí que ha crecido! –fue su primera observación; pues, en 
efecto, cuando Alicia la vio por primera vez entre las cenizas de 
la chimenea no tendría más de tres pulgadas de altura... y ahora, 
¡hétela aquí con media cabeza más que la misma Alicia! 
–Eso se lo debe al aire fresco –explicó la rosa–, a este aire 
maravilloso que tenemos aquí afuera. 
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–Creo que iré a su encuentro –dijo Alicia, porque, aunque las 
flores tenían ciertamente su interés, le pareció que le traería 
mucha más cuenta conversar con una auténtica reina. 
–Así no lo lograrás nunca –le señaló la rosa– Si me lo preguntaras 
a mí, te aconsejaría que intentases andar en dirección contraria. 
Esto le pareció a Alicia una verdadera tontería, de forma que sin 
dignarse a responder nada se dirigió al instante hacia la Reina. 
No bien lo hubo hecho, y con gran sorpresa por su parte, la 
perdió de vista inmediatamente y se encontró caminando 
nuevamente en dirección a la puerta de la casa. 
Con no poca irritación deshizo el camino recorrido y después de 
buscar a la Reina por todas partes (acabó vislumbrándola a 
buena distancia de ella) pensó que esta vez intentaría seguir el 
consejo de la rosa, caminando en dirección contraria. 
Esto le dio un resultado excelente, pues apenas hubo intentado 
alejarse durante cosa de un minuto, se encontró cara a cara con 
la Reina roja y además a plena vista de la colina que tanto había 
deseado alcanzar. 
–¿De dónde vienes? –le preguntó la Reina– y ¿adónde vas? 
Mírame a los ojos, habla con tino y no te pongas a juguetear con 
los dedos. 
Alicia observó estas tres advertencias y explicó lo mejor que 
pudo que había perdido su camino. 
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–No comprendo qué puedes pretender con eso de tu camino 
contestó la Reina–, porque todos los caminos de por aquí me 
pertenecen a mí...; pero, en todo caso - -añadió con tono más 
amable–, ¿qué es lo que te ha traído aquí? Y haz el favor de 
hacerme una reverencia mientras piensas lo que vas a contestar: 
así ganas tiempo para pensar. 
Alicia se quedo algo intrigada por esto último, pero la Reina la 
tenía demasiado impresionada como para atreverse a poner 
reparos a lo que decía. 
–Probaré ese sistema cuando vuelva a casa –pensó–, a ver qué 
resultado me da la próxima vez que llegue tarde a cenar. 
–Es tiempo de que contestes a mi pregunta –declaró la Reina roja 
mirando su reloj–. Abre bien la boca cuando hables y dirígete a 
mí diciendo siempre «Su Majestad». 
–Sólo quería ver cómo era este jardín, así plazca a Su Majestad... 
–¡Así me gusta! –declaró la Reina dándole unas palmaditas en la 
cabeza, que a Alicia no le gustaron nada– aunque cuando te oigo 
llamar a esto «jardín»... ¡He visto jardines a cuyo lado esto no 
parecería más que un erial! 
Alicia no se atrevió a discutir esta afirmación, sino que siguió 
explicando: 
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–...y pensé que valdría la pena de subir por este camino, para 
llegar a la cumbre de aquella colina... 
–Cuando te oigo llamar «colina» a aquello... ¡Podría enseñarte 
montes a cuyo lado, esa sólo parecería un valle! 
–Eso sí que no lo creo –dijo Alicia, sorprendida de encontrarse 
nada menos que contradiciendo a la Reina–. Una colina no puede 
ser un valle, ya sabe, por muy pequeña que sea; eso sería un 
disparate... 
La Reina roja negó con la cabeza: 
–Puedes considerarlo un disparate, si quieres –dijo–, ¡pero yo te 
digo que he oído disparates a cuyo lado éste tendría más sentido 
que todo un diccionario! 
Alicia le hizo otra reverencia, pues el tono con que había dicho 
esto le hizo temer que estuviese un poquito ofendida; y así 
caminaron en silencio hasta que llegaron a la cumbre del 
montecillo. 
Durante algunos minutos Alicia permaneció allí sin decir 
palabra, mirando el campo en todas direcciones... 
¡Y qué campo más raro era aquel! Una serie de diminutos 
arroyuelos lo surcaban en línea recta de lado a lado y las franjas 
de terreno que quedaban entre ellos estaban divididas a cuadros 
por unos pequeños setos vivos que iban de orilla a orilla. 
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–¡Se diría que está todo trazado como sí fuera un enorme tablero 
de ajedrez –dijo Alicia al fin–. Debiera de haber algunos hombres 
moviéndose por algún lado... y ¡ahí están! –añadió alborozada, y 
el corazón empezó a latirle con fuerza a medida que iba 
percatándose de todo–. ¡Están jugando una gran partida de 
ajedrez! ¡El mundo entero en un tablero!..., bueno, siempre que 
estemos realmente en el mundo, por supuesto. ¡Qué divertido es 
todo esto! ¡Cómo me gustaría estar jugando yo también! ¡Como 
que no me importaría ser un peón con tal de que me dejaran 
jugar...! Aunque, claro está, que preferiría ser una reina. 
Al decir esto, miró con cierta timidez a la verdadera Reina, pero 
su compañera sólo sonrió amablemente y dijo: 
–Pues eso es fácil de arreglar. Si quieres, puedes ser el peón de la 
Reina blanca, porque su pequeña, Lirio, es demasiado niña para 
jugar; ya sabes que has de empezar a jugar desde la segunda 
casilla; cuando llegues a la octava te convertirás en una Reina... –
pero precisamente en este momento, sin saber muy bien cómo, 
empezaron a correr desaladas. 
Alicia nunca pudo explicarse, pensándolo luego, cómo fue que 
empezó aquella carrera; todo lo que recordaba era que corrían 
cogidas de la mano y de que la Reina corría tan velozmente que 
eso era lo único que podía hacer Alicia para no separarse de ella; 
y aún así la Reina no hacía más que jalearla gritándole: «¡Más 
rápido, más rápido!» Y aunque Alicia sentía que simplemente no 
podía correr más velozmente, le faltaba el aliento para decírselo. 
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Lo más curioso de todo es que los árboles y otros objetos que 
estaban alrededor de ellas nunca variaban de lugar: por más 
rápido que corrieran nunca lograban pasar un solo objeto. 
«–¿Será que todas las cosas se mueven con nosotras?» –se 
preguntó la desconcertada Alicia. 
Y la Reina pareció leerle el pensamiento, pues le gritó: –¡Más 
rápido! ¡No trates de hablar! 
Y no es que Alicia estuviese como para intentarlo, sentía como si 
no fuera a poder hablar nunca más en toda su vida, tan sin 
aliento se sentía. Y aún así la Reina continuaba jaleándola: 
–¡Más! ¡Más rápido! –y la arrastraba en volandas. 
–¿Estamos llegando ya? –se las arregló al fin Alicia para 
preguntar. –¿Llegando ya? –repitió la Reina–. ¡Pero si ya lo 
hemos dejado atrás hace más 
de diez minutos! ¡Más rápido! –y continuaron corriendo durante 
algún rato más, en silencio y a tal velocidad que el aire le silbaba 
a Alicia en los oídos y parecía querer arrancarle todos los pelos 
de la cabeza, o así al menos le pareció a Alicia. 
–¡Ahora, ahora! –gritó la Reina–. ¡Más rápido, más rápido! 
Y fueron tan rápido que al final parecía como si estuviesen 
deslizándose por los aires, sin apenas tocar el suelo con los pies; 
hasta que de pronto, cuando Alicia ya creía que no iba a poder 
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más, pararon y se encontró sentada en el suelo, mareada y casi 
sin poder respirar. 
La Reina la apoyó contra el tronco de un árbol y le dijo 
amablemente: 
–Ahora puedes descansarun poco. 
Alicia miró alrededor suyo con gran sorpresa. 
–Pero ¿cómo? ¡Si parece que hemos estado bajo este árbol todo el 
tiempo! ¡Todo está igual que antes! 
–¡Pues claro que sí! –convino la Reina–. Y ¿cómo si no? 
–Bueno, lo que es en mi país –aclaró Alicia, jadeando aún 
bastante– cuando se corre tan rápido como lo hemos estado 
haciendo y durante algún tiempo, se suele llegar a alguna otra 
parte... 
–¡Un país bastante lento! –replicó la Reina–. Lo que es aquí, como 
ves, hace falta correr todo cuanto una pueda para permanecer en 
el mismo sitio. Si se quiere llegar a otra parte hay que correr por 
lo menos dos veces más rápido. 
–No, gracias; no me gustaría intentarlo –rogó Alicia–; estoy muy 
a gusto aquí... sólo que estoy tan acalorada y tengo tanta sed... 
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–¡Ya sé lo que tú necesitas! –declaró la Reina de buen grado, 
sacándose una cajita del bolsillo–. ¿Te apetece una galleta? 
A Alicia le pareció que no sería de buena educación decir que no, 
aunque no era en absoluto lo que hubiese querido en aquel 
momento. Así que aceptó el ofrecimiento y se comió la galleta 
tan bien como pudo, ¡y qué seca estaba! ¡No creía haber estado 
tan a punto de ahogarse en todos los días de su vida! 
–Bueno, mientras te refrescas –continuó la Reina–, me dedicaré a 
señalar algunas distancias. 
Y sacando una cinta de medir del bolsillo empezó a jalonar el 
terreno, colocando unos taquitos de madera, a modo de mojones, 
por aquí y por allá. 
–Cuando haya avanzado dos metros –dijo, colocando un piquete 
para marcar esa distancia– te daré las instrucciones que habrás 
de seguir... ¿Quieres otra galleta? 
–¡Ay, no, gracias! –contestó Alicia–. Con una tengo más que 
suficiente. –Se te ha quitado la sed, entonces, ¿eh? –comentó la 
Reina. 
Alicia no supo qué contestar a esto, pero afortunadamente no 
parecía que la Reina esperase una respuesta, pues continuó 
diciendo: 
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–Cuando haya avanzado tres metros, te las repetiré, no vaya a 
ser que se te olviden. Cuando llegue al cuarto, te diré «adiós». Y 
cuando haya pasado el quinto, ¡me marcharé! 
Para entonces la Reina tenia ya colocados todos los piquetes en 
su sitio; Alicia siguió con mucha atención cómo volvía al árbol y 
empezaba a caminar cuidadosamente por la hilera marcada. 
Al llegar al piquete que marcaba los dos metros se volvió y dijo: 
–Un peón puede avanzar dos casillas en su primer movimiento, 
ya sabes. De forma que irás muy de prisa través de la tercera 
casilla... supongo que lo harás en tren... y te encontrarás en la 
cuarta antes de muy poco tiempo. Bueno, esa casilla es de 
Tweedledum y Tweedledee... En la quinta casilla casi no hay más 
que agua... La sexta pertenece a Humpty Dumpty... pero ¿no 
dices nada? 
–Yo... yo no sabía que tuviese que decir nada... por ahora... –
vaciló intimidada Alicia. 
–Pues debías haber dicho - regañó la Reina con tono bien severo– 
«Pero ¡qué amable es usted en decirme todas estas cosas»... 
Bueno, supondremos que lo has dicho... La séptima casilla es 
toda ella un bosque... pero uno de los caballos te indicará el 
camino... y en la octava ¡seremos reinas todas juntas y todo serán 
fiestas y ferias! 
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Alicia se puso en pie, hizo una reverencia y volvió a sentarse de 
nuevo. 
Al llegar al siguiente piquete, la Reina se volvió de nuevo y esta 
vez le dijo: 
–Habla en francés cuando no te acuerdes de alguna palabra en 
castellano... acuérdate bien de andar con las puntas de los pies 
hacia afuera... y ¡no te olvides nunca de quién eres! 
Esta vez no esperó a que Alicia le hiciera otra reverencia, sino 
que caminó ligera hacia el próximo piquete, donde se volvió un 
momento para decirle «adiós» y se apresuró a continuar hacia el 
último. 
Alicia nunca supo cómo sucedió, pero la cosa es que 
precisamente cuando la Reina llegó al último piquete, 
desapareció. Sea porque se había desvanecido en el aire, sea 
porque había corrido rápidamente dentro del bosque (–Y vaya 
que si puede correr –pensó Alicia) no había manera de 
adivinarlo; pero el hecho es que había desaparecido y Alicia se 
acordó de que ahora era un peón y que pronto le llegaría el 
momento de avanzar. 
 
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Capítulo 3: INSECTOS DEL ESPEJO 
 
Naturalmente, lo primero que tenía que hacer era lograr una 
visión panorámica del país por el que iba a viajar. –Esto se va a 
parecer mucho a estar aprendiendo geografía –pensó Alicia 
mientras se ponía de puntillas, por si alcanzaba a ver algo más 
lejos–. Ríos principales... no hay ninguno. Montañas 
principales... yo soy la única, pero no creo que tenga un nombre. 
Principales poblaciones..., pero ¿qué pueden ser esos bichos que 
están haciendo miel allá abajo? No pueden ser abejas... porque 
nadie ha oído decir que se pueda ver una abeja a una milla de 
distancia... –Y así estuvo durante algún tiempo, contemplando 
en silencio a uno de ellos que se afanaba entre las flores, 
introduciendo su trompa en ellas, – Como si fuera una abeja 
común y corriente –pensó Alicia. 
Sin embargo, aquello era todo menos una abeja común y 
corriente: en realidad, era un elefante... Así lo pudo, comprobar 
Alicia bien pronto, quedándose pasmada del asombro. –¡Y qué 
enorme tamaño el de esas flores! –fue lo siguiente que se le 
ocurrió. –Han de ser algo asi como cabañas sin techo, colocadas 
sobre un tallo... y ¡que cantidades de miel que tendrán dentro! 
Creo que voy a bajar allá y... pero no, tampoco hace falta que 
vaya ahorita mismo... – continuó, reteniéndose justo a tiempo 
para no empezar a correr cuesta abajo, buscando una excusa para 
justificar sus súbitos temores. –No sería prudente aparecer así 
entre esas bestias sin una buena rama para espantarlos... y ¡lo que 
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me voy a reír cuando me pregunten que si me gustó el paseo y 
les conteste «Ay, sí, lo pasé muy bien... (y aquí hizo ese mohín 
favorito que siempre hacia con la cabeza)... sólo que hacía tanto 
polvo y tanto calor... y los elefantes se pusieron tan pesados!» 
–Será mejor que baje por el otro lado –dijo después de pensarlo 
un rato– que a los elefantes ya tendré tiempo de visitarlos más 
tarde. Además, ¡tengo tantas ganas de llegar a la tercera casilla! 
Así que con esta excusa corrió cuesta abajo y cruzó de un salto el 
primero de los seis arroyos. 
–¡Billetes, por favor! –pidió el inspector, asomando la cabeza por 
la ventanilla. En seguida todo el mundo los estaba exhibiendo: 
tenían más o menos el mismo tamaño que las personas y desde 
luego parecían ocupar todo el espacio dentro del vagón. 
–¡Vamos, niña! ¡Enséñame tu billete! –insistió el inspector 
mirando enojado a Alicia. Y muchas otras voces dijeron todas a 
una (–Como si fuera el estribillo de una canción –pensó Alicia) –
¡Ala, niña! ¡No le hagas esperar, que su tiempo vale mil libras por 
minuto! 
–Siento decirle que no llevo billete –se excusó Alicia con la voz 
alterada por el temor–: no había ninguna oficina de billetes en el 
lugar de donde vengo. 
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Y otra vez se reanudó el coro de voces: –No había sitio para una 
oficina de billetes en el lugar de donde viene. ¡La tierra allá vale 
a mil libras la pulgada! 
–¡No me vengas con esas excusas! –dijo el inspector– Debieras 
haber comprado uno al conductor. 
Y otra vez el coro de voces reanudó su cantilena: 
–El conductor de la locomotora¡como que sólo el humo que echa 
vale a mil libras la bocanada! 
Alicia se dijo a sí misma –Pues en ese caso no vale la pena decir 
nada–. Esta vez las voces no corearon nada, puesto que no había 
hablado, pero con gran sorpresa de Alicia lo que si hicieron fue 
pensar a coro (y espero que entendáis lo que eso quiere decir... 
pues he de confesar que lo que es yo, no lo sé). –Tanto mejor no 
decir nada. ¡Que el idioma está ya a mil libras la palabra! 
–A este paso, ¡estoy segura de que voy a estar soñando toda la 
noche con esas dichosas mil libras! ¡Vaya si lo sé! –pensó Alicia. 
El inspector la había estado contemplando todo este tiempo, 
primero a través de un telescopio, luego por un microscopio y 
por último con unos gemelos de teatro. Para terminar, le dijo –
Estás viajando en dirección contraria –y fuese, cerrando sin más 
la ventanilla. 
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–Una niña tan pequeña –sentenció un caballero que estaba 
sentado enfrente de Alicia (y que estaba todo él vestido de papel 
blanco)– debiera de saber la dirección que lleva, ¡aunque no sepa 
su propio nombre! 
Una cabra que estaba sentada al lado del caballero de blanco, 
cerró los ojos y dictaminó con voz altisonante, –Debiera conocer 
el camino a la oficina de billetes, ¡aunque no sepa su abecé! 
Sentado al lado de la cabra iba un escarabajo (el vagón aquel iba 
desde luego ocupado por unos pasajeros harto extraños) y como 
parecía que la regla era la de que hablasen todos por turno, ahora 
a éste le tocó continuar diciendo, –¡Tendrá que volver de aquí 
facturada como equipaje! 
Alicia no podía ver quién estaba sentado más allá del escarabajo, 
pero sí pudo oír cómo una voz enronquecida la emprendía 
diciendo también algo: –¡Cambio de máquina...! –fue todo lo que 
pudo decir porque se le cortó la voz. 
–Por la manera que tiene de hablar no sé si decir que es un 
caballo bronco o un gallo –pensó Alicia. Y una vocecita 
extremadamente ligera le dijo, muy cerca, al oído –Podrías si 
quisieras hacer un chiste con eso, algo así como «al caballo le ha 
salido un gallo». 
Entonces, otra voz muy suave dijo en la lejanía –Ya sabéis, habrá 
que ponerle una etiqueta que diga «Frágil, niña dentro; con 
cuidado». 
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Después de esto, otras voces también intervinieron (–¡Cuánta 
gente parece haber en este vagón! –pensó Alicia) diciendo –
Habrá que remitirla por correo, ya que lleva un traje estampado... 
habrá que mandarla por telégrafo... que arrastre ella misma el 
tren en lo que queda de camino... –y así hasta la saciedad). 
Pero el caballero empapelado de blanco se inclinó hacia ella y le 
susurró al oído –No hagas caso de lo que están diciendo, querida: 
te bastará con sacar un billete de retorno cada vez que el tren se 
detenga. 
–¡Eso sí que no! –respondió Alicia con bastante impaciencia–. 
Nunca tuve la menor intención de hacer este viaje por tren... 
hasta hace sólo un momento estaba tan tranquila en un bosque... 
y ahora ¡cómo me gustaría poder volver ahí de nuevo! 
–Podrías hacer un chiste con eso –volvió a insinuar esa vocecilla 
que parecía 
tener tan cerca suyo–; algo así como «pudiera si gustase o 
gustaría si pudiese», ya sabes. 
–¡Deja ya de fastidiar! –dijo Alicia, mirando en derredor para ver 
de dónde provenía la vocecilla–. Si tienes tantas ganas de que 
haga un chiste, ¡por qué no lo haces tú misma! 
La pequeña vocecilla dio un hondo suspiro. Estaba muy 
disgustada, evidentemente, y a Alicia le hubiera gustado decirle 
algo amable para consolarla –Si sólo suspirara como todo el 
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mundo... –pensó. Pero no, aquel había sido un suspiro tan 
maravillosamente imperceptible que no lo hubiera oído nunca si 
no estuviera tan cerca de su oído. Lo que tuvo la consecuencia de 
hacerle muchas cosquillas y esto fue lo que la distrajo de pensar 
en el disgusto de la pobre y diminuta criatura. 
–Yo ya sé que eres una persona amiga –continuó diciendo la 
vocecilla–: una buena amiga mía y de hace mucho tiempo, 
además. Por eso sé que no me harás daño, aunque sea un insecto. 
–¿Qué clase de insecto? –preguntó Alicia con cierta ansiedad. En 
realidad, lo que le preocupaba era si podía o no darle un 
pinchazo, sólo que le pareció que no sería de muy buena 
educación preguntárselo así directamente. 
–¡Cómo! ¿Entonces es que a ti no...? –empezó a decir la vocecilla, 
pero cualquiera que fuese su explicación, quedó ahogada por un 
estridente silbato de la locomotora; todo el mundo saltó 
alarmado de sus asientos y Alicia también con los demás. 
El caballo, que había asomado la cabeza por la ventanilla, la 
volvió a meter tranquilamente y dijo –No es más que un arroyo 
que tenemos que saltar. –Todo el mundo pareció quedar 
satisfecho con esta explicación, pero Alicia no las tenía todas 
consigo ante la idea de que el tren se pusiese a dar saltos. –
Aunque si así llegamos a la cuarta casilla ¡creo que valdría la 
pena probarlo! –concluyó para sus adentros. Al momento 
siguiente sintió cómo el vagón se elevaba por los aires y con el 
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susto que esto le dio se agarró a lo que tuviera más cerca y dio la 
casualidad de que esto fue la barba de la cabra. 
Pero la barba pareció disolverse en el aire al tocarla y Alicia se 
encontró sentada tranquilamente bajo un árbol... mientras el 
mosquito (pues no era otra cosa el insecto con el que había estado 
hablando) se balanceaba sobre una rama encima de su cabeza y 
la abanicaba con sus alas. 
Ciertamente que se trataba de un mosquito bien grande. –Tendrá 
el tamaño de una gallina –pensó Alicia. 
De todas formas, no se iba a poner nerviosa ahora, después de 
que había estado charlando con él durante tanto rato como si 
nada. 
–¿... entonces, a ti no te gustan todos los insectos? –continuó su 
pregunta el mosquito, como si no hubiera pasado nada. 
–Me gustan cuando pueden hablar –respondió Alicia–. En el 
lugar de donde yo vengo no hay ninguno que hable. 
–¿Cuáles son los insectos que te encantan –le preguntó el 
mosquito– en el país de donde vienes? 
–A mí no me encanta ningún insecto –explicó Alicia–, porque me 
dan algo de miedo... al menos los grandes. Pero, en cambio, 
puedo decirte los nombres de algunos. 
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–Por supuesto que responderán por sus nombres –observó 
descuidadamente el mosquito. 
–Nunca me lo ha parecido. 
–Entonces, ¿de qué sirve que tengan nombres, si no responden 
cuando los llaman? 
–A ellos no les sirve de nada –explicó Alicia–, pero sí les sirve a 
las personas que les dan los nombres, supongo. Si no ¿por qué 
tienen nombres las cosas? 
–¡Vaya uno a saber! –replicó el mosquito–. Es más, te diré que en 
ese bosque, allá abajo, las cosas no tienen nombre. Sin embargo, 
adelante con esa lista de insectos, que estamos perdiendo el 
tiempo. 
–Bueno, pues primero están los tábanos, que están siempre 
molestando a los caballos –reanudó Alicia, llevando la cuenta 
con los dedos. 
–¡Vale! –le interrumpió el mosquito–: Pues allí, encaramado en 
medio de ese arbusto, verás a un tábano-de-caballitos-de-
madera. También él está todo hecho de madera y se mueve por 
ahí balanceándose de rama en rama. 
–¿De qué vive? –preguntó Alicia, con gran curiosidad. 
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- Pues de savia y serrín –respondió el mosquito–. ¡Sigue con esa 
lista! 
Alicia contempló al tábano-de-aballitos-de-madera con gran 
interésy decidió que seguramente lo acababan de repintar 
porque tenía un aspecto tan brillante y pegajoso; y entonces 
continuó: 
–Luego, está la luciérnaga. 
–Mira ahí, sobre esa rama encima de tu cabeza –señaló el 
mosquito– y verás una hermosa luciérnaga de postre. Su cuerpo 
está hecho de budín de pasas, sus alas de hojas de acebo y su 
cabeza es una gran pasa flameando al coñac. 
–¿Y de qué vive? –preguntó Alicia, igual que antes. 
–Pues de turrones y mazapán –respondió el mosquito -, y anida 
dentro de una caja de aguinaldos. 
–Luego, tenemos a la mariposa –continuó Alicia, después de 
haber echado un buen vistazo al insecto de la flameante cabeza 
y de haberse preguntado –¿Y no será por eso que a los insectos 
les gusta tanto volar hacia la llama de las velas...?, ¿por qué todos 
quieren convertirse en luciérnagas de postre? 
–Pues arrastrándose a tus pies –dijo el mosquito (y Alicia apartó 
los pies con cierta alarma) podrás ver a una melindrosa 
meriendaposa o mariposa de meriendas. Tiene las alas hechas de 
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finas rebanadas de pan con mantequilla, el cuerpo de hojaldre y 
la cabeza es toda ella un terrón de azúcar. 
–Y ésta ¿de qué vive? 
–De té muy clarito con crema. 
A Alicia se le ocurrió una nueva dificultad: 
–Y ¿qué le pasaría si no pudiera encontrarlo? –insinuó. 
–Pues que se moriría, naturalmente. 
–Pero eso ha de sucederles muy a menudo –dijo Alicia 
pensativa. –Siempre les pasa –afirmó el mosquito. 
Con esto, Alicia se quedó callada durante un minuto o dos, 
considerándolo todo. Mientras tanto, el mosquito se entretenía 
zumbando y dando vueltas y más vueltas alrededor de su 
cabeza. Por fin, volvió a posarse y observó: 
–¿Supongo que no te querrías quedar sin nombre? 
–De ninguna manera –se apresuró a contestar Alicia, no sin cierta 
ansiedad. 
–Y sin embargo, ¿quién sabe? –continuó diciendo el mosquito, 
así como quien no le da importancia a la cosa–. ¡Imagínate lo 
conveniente que te sería volver a casa sin nombre! Entonces si, 
por ejemplo, tu niñera te quisiese llamar para que estudiaras la 
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lección, no podría decir más que «¡Ven aquí...!», y allí se quedaría 
cortada, porque no tendría ningún nombre con que llamarte, y 
entonces, claro está, no tendrías que hacerle ningún caso. 
–¡Estoy segura de que eso no daría ningún resultado! –respondió 
Alicia–. ¡Mi niñera nunca me perdonaría una lección sólo por 
eso! Si no pudiese acordarse de mi nombre me llamaría 
«seriorita», como hacen los sirvientes. 
–Bueno, pero entonces si dice «señorita» sin decir más, tú podrías 
decir que habías oído que «te la quita» y quedarte también sin 
lección. ¡Es un chiste! Me hubiese gustado que lo hubieses hecho 
tú. 
–No sé por qué dices que te habría gustado que se me hubiera 
ocurrido a mí – replicó Alicia–; es un chiste muy malo. 
Pero el mosquito sólo suspiró profundamente, mientras dos 
lagrimones le surcaban las mejillas. 
–No debieras de hacer esos chistes –le dijo Alicia– si te ponen tan 
triste. 
Otra vez le dio al mosquito por dar uno de esos imperceptibles 
suspiros melancólicos y esta vez sí que pareció haberse 
consumido de tanto suspirar, pues cuando Alicia miró hacia 
arriba no pudo ver nada sobre la rama; y como se estaba 
enfriando de tanto estar sentada se puso en pie y empezó a 
andar. 
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Muy pronto llegó a un campo abierto con un bosque al fondo: 
parecía mucho más oscuro y espeso que el anterior y Alicia se 
sintió algo atemorizada de adentrarse en él. Pero, después de 
pensarlo, se sobrepuso y decidió continuar adelante: –Porque 
desde luego no voy a volverme atrás –decidió mentalmente; y 
además era la única manera de llegar a la octava casilla. 
–Este debe ser el bosque –se dijo, preocupada– en el que las cosas 
carecen de nombre. Me pregunto, ¿qué le sucederá al mío cuando 
entre en él? No me gustaría perderlo en absoluto... porque en ese 
caso tendrían que darme otro y estoy segura de que sería uno 
feísimo. Pero si asi fuera ¡lo divertido será buscar a la criatura a 
la que la hayan dado el mío! Seria igual que en esos anuncios de 
los periódicos que pone la gente que pierde a sus perros... 
«responde por el nombre de 'Chispa'; lleva un collar de bronce...» 
¡Qué gracioso sería llamar a todo lo que viera «Alicia» hasta que 
algo o alguien respondiera! Sólo que si supieran lo que es bueno 
se guardarían mucho de hacerlo. 
Estaba argumentando de esta manera cuando llegó al lindero del 
bosque: tenía un aspecto muy fresco y sombreado. 
–Bueno, al menos vale la pena –dijo mientras se adentraba bajo 
los árboles–, después de haber pasado tanto calor, entrar aquí en 
este... en este... ¿en este qué? –repetía bastante sorprendida de no 
poder acordarse de cómo se llamaba aquello–. Quiero decir, 
entrar en el ... en el... bueno... vamos, ¡aquí dentro! – afirmó al fin, 
apoyándose con una mano sobre el tronco de un árbol–. ¿Cómo 
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se llamará todo esto? Estoy empezando a pensar que no tenga 
ningún nombre... ¡Como que no se llama de ninguna manera! 
Se quedó parada ahí pensando en silencio y continuó 
súbitamente sus cavilaciones: –Entonces, ¡la cosa ha sucedido de 
verdad, después de todo! Y ahora, ¿quién soy yo? ¡Vaya que si 
me acordaré! ¡Estoy decidida a hacerlo! – Pero de nada le valía 
toda su determinación y todo lo que pudo decir, después de 
mucho hurgarse la memoria, fue –L. ¡Estoy segura de que 
empieza por L! 
En ese preciso momento se acercó un cervato a donde estaba 
Alicia; se puso a mirarla con sus tiernos ojazos y no parecía estar 
asustado en absoluto. – iVen! ¡Ven aquí! –le llamó Alicia, 
alargando la mano e intentando acariciarlo; pero el cervato se 
espantó un poco y apartándose unos pasos se la quedó mirando. 
–¿Cómo te llamas tú? –le dijo al fin, y ¡qué voz más dulce que 
tenía! 
–¡Cómo me gustaría saberlo! –pensó la pobre Alicia; pero tuvo 
que confesar, algo tristemente: –No me llamo nada, por ahora. 
–¡Piensa de nuevo! –insistió el cervato, porque así no vale. 
Alicia pensó, pero no se le ocurría nada. –Por favor, ¿me querrías 
decir cómo te llamas tú? –rogó tímidamente–. Creo que eso me 
ayudaría un poco a recordar. 
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–Te lo diré si vienes conmigo un poco más allá –le contestó el 
cervato porque aquí no me puedo acordar. 
Así que caminaron juntos por el bosque, Alicia abrazada 
tiernamente al cuello suave del cervato, hasta que llegaron a otro 
campo abierto; pero, justo al salir del bosque, el cervato dio un 
salto por el aire y se sacudió del brazo de Alicia. – ¡Soy un 
cervato! –gritó jubilosamente -, y tú... ¡Ay de mí! ¡Si eres una 
criatura humana! –Una expresión de pavor le nubló los hermosos 
ojos marrones y al instante salió de estampía. 
Alicia se quedó mirando por donde huía, casi a punto de romper 
a llorar, tal era la pena que le había causado perder tan 
súbitamente a un compañero de viaje tan amoroso –En todo caso 
–dijo– al menos ya me acuerdo de cómo me llamo, y eso me 
consuela un poco: Alicia... Alicia... y ya no he de olvidar. Y ahora, 
vamos a ver cuál de esos postes indicadores he de seguir, ¿por 
dónde habré de ir? 
No era una cuestión demasiado difícil de resolver, pues sólo 
había un camino por el bosque y los dos postes señalaban, con 
los índices de sus dos manos indicadoras, en la misma dirección. 
–Lo decidiré –se dijo Alicia– cuando el camino se bifurque y 
señalenen direcciones contrarias. 
Pero aquello no tenía trazas de suceder. Siguió adelante, 
andando y andando, durante un buen trecho y, sin embargo, 
cada vez que el camino se bifurcaba, siempre se encontraba con 
los mismos indicadores, los índices de sus respectivas manos 
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apuntando en la misma dirección. Uno decía: A CASA DE 
TWEEDLEDUM y el otro: A CASA DE TWEEDLEDEE. 
–Estoy empezando a creer –dijo Alicia al fin– ¡que viven en la 
misma casa! ¿Cómo no se me ha ocurrido antes?... Pero no tengo 
tiempo para entretenerme; me pasaré por ahí un momento, el 
tiempo justo de saludarles y de rogarles que me indiquen el 
camino para salir del bosque. ¡Si sólo pudiera llegar a la octava 
casilla antes de que anochezca! –Y de esta guisa, continuó 
hablando consigo misma, hasta que al doblar un fuerte recodo 
del camino, se topó con dos hombrecillos regordetes, pero tan de 
sopetón que no pudo reprimir un respingo de sorpresa; pero se 
recobró al momento, segura de que ambos personajes no podían 
ser más que... 
 
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Capítulo 4: TWEEDDLEDUM Y TWEEDLEDEE 
 
Ambos estaban parados bajo un árbol, con el brazo por encima 
del cuello del otro y Alicia pudo percatarse inmediatamente de 
cuál era quién porque uno de ellos llevaba bordado sobre el 
cuello «DUM» y el otro «DEE». –Supongo que ambos llevarán 
bordado «TWEEDLE» por la parte de atrás –se dijo Alicia. 
Estaban ahí tan quietecitos que Alicia se olvidó de que estuviesen 
vivos y ya iba a darles la vuelta para ver si llevaban las letras 
«TWEEDLE» bordadas por la parte de atrás del cuello, cuando 
se sobresaltó al oír una voz que provenía del marcado «DUM». 
–Si crees que somos unas figuras de cera –dijo– deberías de pagar 
la entrada, ya lo sabes. Las figuras de cera no están ahí por nada. 
¡De ninguna manera! 
–¡Por el contrario! –intervino el marcado «DEE»–. Si crees que 
estamos vivos, ¡deberías hablarnos! 
–Os aseguro que estoy apenadísima –fue todo lo que pudo decir 
Alicia, pues la letra de una vieja canción se le insinuaba en la 
mente con la insistencia del tic- tac de un reloj, de tal forma que 
no pudo evitar el repetirla en voz alta. 
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Tweedledum y Tweedledee decidieron batirse en duelo; 
pues Teweedledum dijo que Tweedledee le había estropeado 
su bonito sonajero nuevo. 
Bajó entonces volando un monstruoso cuervo, más negro que 
todo un barril de alquitrán; ¡y tanto se asustaron nuestros héroes 
que se olvidaron de todos sus duelos! 
–Ya sé lo que estás pensando –dijo Tweedledum–; pero no es 
como tú crees. ¡De ninguna manera! 
–¡Por el contrario! –continuó Tweedledee–. Si hubiese sido así, 
entonces lo sería; y siéndolo, quizá lo fuera; pero como no fue así 
tampoco lo es asá. ¡Es lógico! 
–Estaba pensando –dijo Alicia muy cortésmente– en cuál sería la 
mejor manera de salir de este bosque: se está poniendo muy 
oscuro. ¿Querríais vosotros indicarme cuál es el camino! 
Pero los dos gordezuelos tan sólo se miraron, sonriendo ladinos. 
Tanto se parecían a dos colegiales grandullones que Alicia se 
encontró de golpe señalando con el dedo a Tweedledum y 
llamándole -¡Alumno número uno! 
–¡De ninguna manera! –se apresuró a gritar Tweedledum 
cerrando la boca luego con la misma brusquedad. 
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–¡Alumno número dos! –continuó Alicia, señalando esta vez a 
Tweedledee, segura de que iba a responderle en seguida 
gritando «¡Por el contrario!» como en efecto sucedió. 
–¡Lo has empezado todo muy mal! –exclamó Tweedledum–. Lo 
primero que se hace en una visita es saludarse con un «hola, ¿que 
tal?» y luego ¡un buen apretón de manos! –Y diciendo esto los 
dos hermanos se dieron un fuerte abrazo y extendieron luego 
sendas manos para que Alicia se las estrechara. 
Alicia no se atrevía a empezar dándole la mano a ninguno de los 
dos, por miedo de herir los sentimientos del otro; de forma que 
pensando salir así lo mejor que podía del mal paso, tomó ambas 
manos a la vez con las dos suyas: al momento se encontraron los 
tres bailando en corro. Esto le pareció entonces a Alicia de lo más 
natural (según recordaría más tarde) e incluso no le sorprendió 
nada oír un poco de música; parecía que provenía de algún lugar 
dentro del árbol bajo el cual estaban danzando y (por lo que 
pudo entrever) parecía que la estaban tocando sus mismas 
ramas, frotándose las unas contra las otras como si fueran arcos 
y violines. 
–¡Sí que tenía gracia aquello –solía decir Alicia cuando le contaba 
luego a su hermana toda esta historia– encontrarme de pronto 
cantando en corrillo «que llueva, que llueva, la vieja está en la 
cueva»! La cosa es que no sé exactamente cuándo empecé a 
hacerlo, pero entonces ¡sentía como si lo hubiese estado cantando 
durante mucho, mucho tiempo! 
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Como los otros dos bailarines eran gordos, pronto se quedaron 
sin aliento. – Cuatro vueltas son suficientes para esta danza –
jadeó trabajosamente Tweedledum; y dejaron de bailar tan 
súbitamente como habían empezado; también se interrumpió la 
música al mismo tiempo. 
Ambos soltaron entonces las manos de Alicia y se la quedaron 
contemplando durante un minuto: se produjo una pausa un 
tanto azarante, pues Alicia no sabía cómo iniciar una 
conversación con unas personas con las que acababa de estar 
bailando. –Este sí que no es el momento de decir «hola, ¿como 
estás?» – se dijo a s i misma. Me parece que ya hemos superado 
esta etapa. 
–Espero que no estéis demasiado cansados –dijo Alicia al fin. 
–¡De ninguna manera! Pero mil gracias por tu interés –contestó 
Tweedledum. 
–¡Muy agradecido! –añadió Tweedledee. –Te gusta la poesía? 
–Pues... si, bastante... algunos poemas –dijo Alicia sin mucha 
convicción– ¿Querríais decirme qué camino he de tomar para 
salir del bosque? 
–¿Qué te parece que le recite? –preguntó Tweedledee 
volviéndose hacia Tweedledum con una cara muy seria y sin 
hacer el menor caso a la pregunta de Alicia. 
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–«La morsa y el carpintero», que es lo más largo que te sabes– 
replicó Tweedledum, dando a su hermano un tierno abrazo. 
Tweedledee comenzó en el acto: ¡Brillaba el sol...! 
Pero Alicia se atrevió a interrumpirle: –Si va a ser muy largo– 
dijo tan cortésmente como pudo –¿no querríais decirme primero 
por qué camino...? 
Tweedledee sonrió amablemente y empezó de nuevo: 
¡Brillaba el sol sobre la mar! 
Con el fulgor implacable de sus rayos se esforzaba, denodado, 
por aplanar 
y alisar las henchidas ondas; 
y sin embargo, aquello era bien extraño pues era ya más de 
media noche. 
La luna reinaba con desgana 
pues pensaba que el sol 
no tenía por qué estar ahí 
después de acabar el día... 
¡Qué grosero! –decía con un mohín, –¡venir ahora a fastidiarlo 
todo! 
La mar no podía estar más mojada ni más secas las arenas de la 
playa; no se veía ni una nube en el firmamento porque, de 
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hecho, no había ninguna; tampoco surcaba el cielo un solo 
pájaro pues, en efecto, no quedaba ninguno. 
La morsa y el carpintero se paseaban cogidos de la mano: 
lloraban, inconsolables, de la pena de ver tanta y tanta arena. 
¡Si sólo la aclararan un poco, qué maravillosa sería la playa! 
–Si siete fregonas con siete escobas la barrieran durante medio 
año, 
¿te parece –indagó la morsa atenta– que lo dejarían todo bien 
lustrado?–Lo dudo– confesó el carpintero y lloró una amarga 
lágrima. 
¡Oh ostras! ¡Venid a pasear con nosotros! requirió tan amable, la 
morsa. 
 
–Un agradable paseo, una pausada charla por esta playa 
salitrosa: mas no vengáis más de cuatro 
que más de la mano no podríamos. 
Una venerable ostra le echó una mirada pero no dijo ni una 
palabra. Aquella ostra principal le guiñó un ojo y sacudió su 
pesada cabeza... 
Es gue quería decir que prefería no dejar tan pronto su 
ostracismo. 
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Pero otras cuatro ostrillas infantes 
se adelantaron ansiosas de regalarse: limpios los jubones y las 
caras bien lavadas los zapatos pulidos y brillantes; 
y esto era bien extraño 
pues ya sabéis que no tenían pies. 
Cuatro ostras más las siguieron 
y aún otras cuatro más; 
por fin vinieron todas a una 
más y más y más... brincando 
por entre la espuma de la rompiente se apresuraban a ganar la 
playa. 
La morsa y el carpintero caminaron una milla, más o menos, y 
luego reposaron sobre una roca de conveniente altura; 
mientras, las otras las aguardaban formando, expectantes, en 
fila. 
–Ha llegado la hora –dijo la morsa– de que hablemos de muchas 
cosas: de barcos... lacres... y zapatos; 
de reyes... y repollos... 
y de por qué hierve el mar tan caliente y de si vuelan procaces 
los cerdos. 
–Pero ¡esperad un poco!– gritaron las ostras y antes de charla tan 
sabrosa 
dejadnos recobrar un poco el aliento 
¡que estamos todas muy gorditas! 
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–¡No hay prisa!– concedió el carpintero y mucho le agradecieron 
el respiro. 
–Una hogaza de pan –dijo la morsa–, es lo que principalmente 
necesitamos: pimienta y vinagre, además, 
tampoco nos vendrán del todo mal... 
y ahora, ¡preparaos, ostras queridas!, que vamos ya a 
alimentarnos. 
–Pero, ¡no con nosotras!– gritaron las ostras poniéndose un poco 
moradas; 
–¡que después de tanta amabilidad 
eso sería cosa bien ruin! 
–La noche es bella –admiró la morsa– ¿no te impresiona el 
paisaje? 
–¡Qué amables habéis sido en venir! ¡Y qué ricas que sois todas! 
Poco decía el carpintero, salvo –¡Córtame otra rebanada de pan!, 
Y ojalá no estuvieses tan sordo 
que, ¡ya lo he tenido gue decir dos veces! 
–¡Qué pena me da –exclamó la morsa– haberles jugado esta 
faena! 
¡Las hemos traído tan lejos 
y trotaron tanto las pobres! 
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Mas el carpintero no decía nada, salvo –¡Demasiada manteca has 
untado! 
–¡Lloro por vosotras!- gemía la morsa. –¡Cuánta pena me dais!– 
seguía lamentando y entre lágrimas y sollozos escogía 
las de tamaño más apetecible; restañaba con generoso pañuelo 
esa riada de sentidos lagrimones. 
–¡Oh, ostras!– dijo al fin el carpintero. –¡Qué buen paseo os 
hemos dado!, 
¿os parece ahora que volvamos a casita?– Pero nadie le 
respondía... 
y esto sí que no tenía nada de extraño, pues se las habían 
zampado todas. 
De los dos el que más me gusta es la morsa –comentó Alicia– 
porque al menos a esa le daban un poco de pena las pobres 
ostras. 
–Sí, pero en cambio, comió más ostras que el carpintero –corrigió 
Tweedledee– resulta que tapándose con el pañuelo se las iba 
zampando sin que el carpintero pudiera contarlas sino, ¡por el 
contrario! 
–¡Eso si que está mal! –exclamó Alicia indignada–. En ese caso, 
me gusta más el carpintero... siempre que no haya comido más 
ostras que la morsa. 
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–Pero en cambio se tragó todas las que pudo –terció 
Tweedledum. 
El dilema la dejó muy desconcertada. Después de una pausa, 
Alicia concluyó: – ¡Bueno! ¡Pues ambos eran unos tipos de muy 
mala catadura...!– Pero al decir esto se contuvo, algo alarmada al 
oír algo que sonaba como el jadear de una gran locomotora en el 
interior del bosque que los rodeaba, aunque lo que Alicia 
verdaderamente temía es que se tratase de alguna bestia feroz. –
Por casualidad, ¿hay leones o tigres por aquí cerca? –preguntó 
tímidamente. 
–No es más que el Rey rojo que está roncando –explicó 
Tweedledee. 
–¡Ven, vamos a verlo! –exclamaron los hermanos y tomando 
cada uno una mano de Alicia la condujeron a donde estaba el 
Rey. 
–¿No te parece que está precioso? –dijo Tweedledum. 
Alicia no podía asegurarlo sinceramente: el Rey llevaba puesto 
un gran gorro de dormir con una borla en la punta, y estaba 
enroscado, formando como un bulto desordenado; roncaba tan 
sonoramente que Tweedledum observó: –Como si se le fuera a 
volar la cabeza a cada ronquido. 
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–Me parece que se va a resfriar si sigue ahí tumbado sobre la 
hierba húmeda – dijo Alicia, que era una niña muy prudente y 
considerada. 
–Ahora está soñando –señaló Tweedledee– ¿y a que no sabes lo 
que está soñando? 
–¡Vaya uno a saber! –replicó Alicia– ¡Eso no podría adivinarlo 
nadie! 
–¡Anda! ¡Pues si te está soñando a ti! –exclamó Tweedledee 
batiendo palmas en aplauso de su triunfo–. Y si dejara de soñar 
contigo, ¿qué crees que te pasaría? 
–Pues que seguiría aquí tan tranquila, por supuesto –respondió 
Alicia. 
–¡Ya! ¡Eso es lo que tú quisieras –replicó Tweedledee con gran 
suficiencia– ¡No estarías en ninguna parte! 
¡Cómo que tú no eres más que un algo con lo que está soñando! 
–Si este Rey aquí se nos despertara –añadió Tweedledum– tu te 
apagarías... ¡zas! ¡Como una vela! 
–¡No es verdad –exclamó Alicia indignada– Además, si yo no 
fuera más que algo con lo que está soñando, ¡me gustaría saber 
lo que sois vosotros! 
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–¡Eso, eso! –dijo Tweedledum. 
 
–¡Tú lo has dicho! –exclamó Tweedledee. 
Tantas voces daban que Alicia no pudo contenerse y les dijo: –
¡Callad! Que lo vais a despertar como sigáis haciendo tanto 
ruido. 
–Eso habría que verlo; lo que es a ti de nada te serviría hablar de 
despertarlo – dijo Tweedledum– cuando no eres más que un 
objeto de su sueño. Sabes perfectamente que no tienes ninguna 
realidad. 
–¡Que sí soy real! –insistió Alicia y empezó a llorar. 
–Por mucho que llores no te vas a hacer ni una pizca más real –
observó Tweedledee– y además no hay nada de qué llorar. 
–Si yo no fuera real continuó Alicia, medio riéndose a través de 
sus lágrimas, pues todo le parecía tan ridículo– no podría llorar 
como lo estoy haciendo. 
–¡Anda! Pues, ¡no supondrás que esas lágrimas son de verdad? –
interrumpió Tweedledum con el mayor desprecio. 
–Sé que no están diciendo más que tonterías –razonó Alicia para 
si misma– así que es una bobada que me ponga a llorar. De forma 
que se secó las lágrimas y continuó hablando con el tono más 
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alegre y despreocupado que le fue posible: – En todo caso será 
mejor que vaya saliendo del bosque, pues se está poniendo muy 
oscuro; ¿creéis que va a llover? 
Tweedledum abrió un gran paraguas y se metió debajo, con su 
hermano; mirando hacia arriba respondió: –No lo creo... al 
menos, no parece que vaya a llover aquí dentro. ¡De ninguna 
manera! 
–Pero, ¿puede que llueva aquí fuera? 
–Pues... si así se le antoja... - dijo Tweedledee– Por lo que a 
nosotros nos toca, no hay reparo... ¡Por el contrario! 
–¡Qué tipos más egoístas! –pensó Alicia y estaba ya a punto de 
darles unas «buenas noches» muy secas y volverles la espalda 
para marcharse cuando Tweedledum saltó de donde estaba bajo 
el paraguas y la agarró violentamente por la muñeca. 
–¡¿Ves eso?! –le preguntócon una voz ahogada por la ira y con 
unos ojos que se le ponían más grandes y más amarillos por 
momentos, mientras señalaba con un dedo tembloroso hacia un 
pequeño objeto blanco que yacía bajo un árbol. 
–No es más que un cascabel –dijo Alicia después de examinarlo 
cuidadosamente– ¡pero no vayas a cree que es una serpiente de 
cascabel! – añadió apresuradamente, pensando que a lo mejor 
era eso lo que le excitaba tanto: no es más que un viejo sonajero... 
bastante viejo y roto. 
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–¡Lo sabía! ¡Lo sabía! –gritó Tweedledum y empezó a dar unas 
pataletas tremendas y a arrancarse el pelo a puñados–. ¡Está 
estropeado, por supuesto! –y al decir esto miró hacia donde 
estaba Tweedledee, quien inmediatamente se sentó en el suelo e 
intentó esconderse bajo el enorme paraguas. 
Alicia tomó a Tweedledum del brazo y trató de tranquilizarlo 
diciéndole –No debes de enojarte tanto por un viejo sonajero. 
–¡Es que no es viejo! –gritó Tweedledum más furioso todavía–. 
¡¡Es nuevo, te digo que es nuevo!! Lo compré ayer..., ¡mi bonito 
SONAJERO NUEVO! –Y su tono de voz subió hasta convertirse 
en un auténtico alarido. 
Durante todo este tiempo, Tweedledee había estado intentando 
plegar su paraguas, lo mejor que podía, consigo dentro: lo cual 
representaba una ejecución tan extraordinaria que logró que 
Alicia se distrajera y olvidara por un momento a su airado 
hermano. Pero no lo logró del todo y acabó rodando por el suelo, 
enrollado en el paraguas, del que sólo le asomaba la cabeza: y ahí 
quedó, abriendo y cerrando la boca, con los ojos muy abiertos... 
–Pareciéndose más a un pez que a cualquier otra cosa –pensó 
Alicia. 
–¡Naturalmente que estarás de acuerdo en que nos batamos en 
duelo! –dijo Tweedledum con un tono un poco más tranquilo. 
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–Supongo que sí –dijo malhumorado el otro mientras salía del 
paraguas– sólo que, ya sabes, ella tendrá que ayudarnos a vestir. 
Así que los dos hermanos se adelantaron mano a mano en el 
bosque y volvieron de allí al minuto con los brazos cargados de 
toda clase de cosas... tales como cojines, mantas, esteras, 
manteles, ollas, tapaderas y cubos de carbón... 
–Espero que tengas buena mano para sujetar con alfileres y atar 
con cordeles – advirtió Tweedledee– porque hemos de ponernos 
todas y cada una de estas cosas de la manera que sea. 
Más tarde, Alicia solía comentar que nunca había visto un jaleo 
mayor que el que armaron aquellos dos por tan poca cosa... y la 
cantidad de objetos que hubieron de ponerse encima... y el 
trabajo que le dieron haciéndole atar cordeles y sujetar botones... 
–La verdad es que cuando terminen se van a parecer más a dos 
montones de ropa vieja que a cualquier otra cosa– se dijo Alicia, 
mientras se afanaba por enrollar un cojín alrededor del cuello de 
Tweedledee, –para que no puedan cortarme la cabeza –según 
dijo aquél. 
–Ya sabes –añadió con mucha gravedad– que es una de las cosas 
más malas que le pueden ocurrir a uno en un combate... que le 
corten a uno la cabeza. 
Alicia rió con gusto, pero se las arregló para disimular las 
carcajadas con una tosecita por miedo a herir sus sentimientos. 
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–¿Estoy algo pálido? –preguntó Tweedledum, acercándose para 
que le ciñera el yelmo (yelmo, lo llamaba él, aunque pareciera 
más bien una cacerola...) 
–Bueno... si... un poco –le aseguró Alicia con amabilidad. 
–La verdad es que generalmente soy una persona de mucho 
valor –continuó Tweedledum en voz baja–: lo que ocurre es que 
hoy tengo un dolor de cabeza... 
–Y yo, ¡un dolor de muelas! –dijo Tweedledee que había oído el 
comentario–. Me encuentro mucho peor que tú. 
–En ese caso, sería mucho mejor que no os pelearais hoy –les dijo 
Alicia, pensando que se le presentaba una buena oportunidad 
para reconciliarlos. 
–No tenemos más remedio que batirnos hoy; pero no me 
importaría que no fuese por mucho tiempo –dijo Tweedledum–. 
¿Qué hora es? 
Tweedledee consultó su reloj y respondió: –Son las cuatro y 
media. 
–Pues entonces, combatamos hasta las seis y luego, ¡a cenar! –
propuso Tweedledum. 
–Muy bien –convino el otro, aunque algo taciturno– y ella, que 
presencie el duelo... sólo que no se acerque demasiado a mí –
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añadió– porque cuando a mí se me sube la sangre a la cabeza..., 
¡vamos, que le doy a todo lo que veo! 
–¡Y yo le doy a todo lo que se pone a mi alcance, lo vea o no lo 
vea! –gritó Tweedledee. 
–Pues si es así –rió Alicia– apuesto que habréis estado dándole a 
todos estos árboles con mucha frecuencia. 
Tweedledum miró alrededor con gran satisfacción. –Supongo –
se jactó– que cuando hayamos terminado, ¡no quedará ni un sólo 
árbol sano a la redonda! 
–¡Y todo por un sonajero! –exclamó Alicia que aún tenía 
esperanzas de que se avergonzaran un poco de pelearse por tan 
poca cosa. 
–No me habría importado tanto –se excusó Tweedledee– si no 
hubiera sido uno nuevo. 
–¡Cómo me gustaría que apareciera ahora el cuervo monstruoso! 
–pensó Alicia. 
–No tenemos más que una espada, ya sabes –le dijo Tweedledum 
a su hermano así que tú puedes usar el paraguas..., pincha igual 
de bien; sólo que más vale que empecemos pronto porque se está 
poniendo todo muy negro. 
–¡Y tan negro! –convino Tweedledee. 
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Estaba oscureciendo tan velozmente que Alicia pensó que se 
estaría acercando alguna tormenta. –¡Qué nube tan negra y tan 
espesa! –dijo– Y qué rápidamente se está encapotando el cielo! 
Pero..., ¿qué veo? ¡Si me parece que esa nube tiene alas! 
–¡Es el cuervo! –gritó Tweedledum con un chillido de alarma y 
en el acto los dos hermanos salieron de estampía y 
desaparecieron en el bosque. 
Alicia corrió un poco también y se detuvo bajo un corpulento 
árbol. –No creo que pueda dar conmigo aquí –pensó– es 
demasiado grande como para poder penetrar entre estos árboles; 
pero ya me gustaría que no aletease de esa manera... está 
levantando un huracán en el bosque... ¡allí va un mantón que se 
le habrá volado a alguien! 
 
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Capítulo 5: AGUA Y LANA 
Y mientras decía esto cogió el mantón al vuelo; miró alrededor 
suyo para ver si encontraba a su dueña: al momento apareció la 
Reina blanca, corriendo desalada por el bosque, con los brazos 
abiertos en cruz, como si viniera volando; y Alicia se acercó muy 
cortésmente a su encuentro para devolverle el mantón. 
–Me alegro mucho de haberle podido echar una mano –dijo 
Alicia mientras le ayudaba a ponérselo de nuevo. 
La Reina blanca parecía no poder responderle más que con una 
extraña expresión, como si se sintiera asustada y desamparada, 
y repitiendo en voz baja algo que sonaba así como «pan y 
mantequilla, pan y mantequilla...», de forma que Alicia decidió 
que si no empezaba ella a decir algo no lograría nunca entablar 
conversación. 
La inició pues, tímidamente, preguntándole: –¿Tengo la honra 
de dirigirme a la Reina blanca? 
–Bueno, si llamas a eso «dirigirse»... –respondió la Reina blanca– 
no es en absoluto lo que yo entiendo por esa palabra. 
Alicia pensó que no tendría ningún sentido ponerse a discutir 
precisamente cuando estaban empezando a hablar, de forma que 
sonrió y le dijo: –Si Su Majestad quisiera decirme cómo debo 
empezar, lo intentaré lo mejor que pueda. 
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–Pero si es que noquiero que lo hagas en absoluto! –gimió la 
pobre Reina–. ¡Me he estado dirigiendo todo el tiempo durante 
las dos últimas horas! 
–Más le valiera –pensó Alicia– tener a alguien que la «dirigiera» 
un poco – pues estaba tan desarreglada. 
–Todo lo lleva mal puesto –consideró Alicia– y le sobran alfileres 
por todas partes. ¿Me permite ponerle bien el mantón? –añadió 
en voz alta. 
–¡No sé qué es lo que le pasa! –suspiró, melancólica, la Reina–. 
Creo que debe de estar del mal humor. Lo he puesto con un 
alfiler por aquí y otro por allá, ¡pero no hay manera de que se 
esté quieto! 
–No puede quedar bien, por supuesto, si lo sujeta sólo por un 
lado –le dijo Alicia mientras se lo iba colocando bien con mucho 
cuidado– y, ¡Dios mío!, ¡en qué estado lleva ese pelo! 
–Es que se me ha enredado con el cepillo –explicó la Reina 
suspirando– y el peine se me perdió ayer. 
Alicia desenredó cuidadosamente el cepillo e hizo lo que pudo 
por arreglarle un poco el pelo. –¡Vaya, ya tiene mucho mejor 
aspecto! –le dijo después de haberle cambiado de sitio la mayor 
parte de los alfileres–. ¡Lo que de verdad le hace falta es tener 
una doncella! 
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–Estoy segura de que te contrataría a ti con mucho gusto –
aseguró la Reina–. A dos reales la semana y mermelada un día sí 
y otro no. 
Alicia no pudo evitar la risa al oír esto, y le contestó: –No quisiera 
verme empleada... y no me gusta tanto la mermelada. 
–¡Ah! Pues es una mermelada excelente –insistió la Reina. –
Bueno, en todo caso, lo que es hoy no me apetece nada. 
–Hoy es cuando no podrías tenerla ni aunque te apeteciera –atajó 
la Reina–. La regla es: mermelada mañana y ayer... pero nunca 
hoy. 
–Alguna vez tendrá que tocar «mermelada hoy» –objetó Alicia. 
–No, no puede ser –refutó la Reina–. Ha de ser mermelada un día 
sí y otro no: y hoy nunca puede ser otro día, ¿no es cierto? 
–No, no comprendo nada –dijo Alicia–. ¡Qué lío me he hecho con 
todo eso! 
–Eso es lo que siempre pasa cuando se vive marcha atrás' –le 
explicó la Reina amablemente–: al principio se marea siempre 
una un poco... 
–¡Viviendo marcha atrás! –repitió Alicia con gran asombro–. 
¡Nunca he oído una cosa semejante! 
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–... Pero tiene una gran ventaja y es que así la memoria funciona 
en ambos sentidos. 
–Estoy segura de que la mía no funciona más que en uno –
observó Alicia–. No puedo acordarme de nada que no haya 
sucedido antes. 
–Mala memoria, la que sólo funciona hacia atrás –censuró la 
Reina. 
–¿De qué clase de cosas se acuerda usted mejor? –se atrevió a 
preguntarle Alicia. 
–¡Oh! De las cosas que sucedieron dentro de dos semanas –
replicó la Reina con la mayor naturalidad–. Por ejemplo, –
añadió, vendándose un dedo con un buen trozo de gasa– ahí 
tienes al mensajero del Rey. Está encerrado ahora en la cárcel, 
cumpliendo su condena; pero el juicio no empezará hasta el 
próximo miércoles y por supuesto, el crimen se cometerá al final. 
–¿Y suponiendo que nunca cometa el crimen? –preguntó Alicia. 
–Eso sería tanto mejor, ¿no te parece? –dijo la Reina sujetando 
con una cinta la venda que se había puesto en el dedo. 
A Alicia le pareció que desde luego eso no se podía negar. Claro 
que sería mejor –dijo– pero entonces, el haber cumplido condena 
no sería tanto mejor para él. 
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–Ahí es donde te equivocas de todas –le aseguró la Reina–. ¿Te 
han castigado a ti alguna vez? 
–Sólo por travesuras –se excusó Alicia. 
–¡Y estoy segura de que te sentó muy bien el castigo! –concluyó 
triunfante la Reina. 
–Sí, pero es que yo sí que había cometido las cosas por las que 
me castigaron – insistió Alicia– y en eso estriba la diferencia. 
–Pero si no las hubieses cometido –replicó la Reina– eso te habría 
sentado mucho mejor aún. ¡Mucho mejor, muchísimo mejor! 
Pero es que, ¡muchísimo mejor! –Con cada «mejor» iba elevando 
más y más el tono de voz hasta que al final no se oía más que un 
gritito muy agudo. 
Alicia iba precisamente a replicarle que: –Debe de haber algún 
error en todo eso...– cuando la Reina empezó a dar unos alaridos 
tan fuertes que tuvo que dejar la frase sin terminar. –¡Ay, ay, ay! 
–aullaba la Reina sacudiéndose la mano como si quisiera que se 
le soltara. 
–¡Me está sangrando el dedo! ¡Ay, ay, ay, ay! 
Sus alaridos se parecían tanto al silbato de una locomotora que 
Alicia tuvo que taparse los oídos con ambas manos. 
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–Pero, ¿qué es lo le pasa? –le preguntó cuando encontró una 
ocasión para hacerse oír. –¿Es que se ha pinchado un dedo? 
–¡No me lo he pinchado aún –gritó la Reina– pero me lo voy a 
pinchar muy pronto... ay, ay, ay! 
–¿Y cuando cree que ocurrirá eso? –le preguntó Alicia sintiendo 
muchas ganas de reírse a carcajadas. 
–Cuando me sujete el mantón de nuevo –gimió la pobre Reina. 
–El broche se me va a desprender de un momento a otro, ¡ay, ay! 
–y no acababa de decirlo cuando el broche se le abrió de golpe y 
la Reina lo agarró frenéticamente para abrocharlo de nuevo. 
–¡Cuidado! –le gritó Alicia– ¡que lo está agarrando por el lado 
que no es! –y quiso ponérselo bien; pero era ya demasiado tarde: 
se había abierto el gancho y la Reina se pinchaba el dedo con la 
aguja. 
–Eso explica que sangrara antes –le dijo a Alicia con una sonrisa. 
–Ahora ya sabes cómo suceden las cosas por aquí. 
–Pero, ¿y por qué no grita de dolor ahora? –le preguntó Alicia, 
preparándose para llevarse las manos otra vez a los oídos. 
–¿Para qué?, si ya me estuve quejando antes todo lo que quería –
contestó la Reina, –¿de qué me serviría hacerlo ahora todo de 
nuevo? 
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Para entonces comenzaba a clarear. –Me parece que el cuervo 
debe haberse marchado volando a otra parte –dijo Alicia. –
¡Cuánto me alegro de que se haya ido! Pensé que se estaba 
haciendo de noche. 
–¡Cómo me gustaría a mí poder alegrarme así! –comentó la 
Reina. –Lo que pasa es que nunca me acuerdo de las reglas para 
conseguirlo. ¡Has de ser muy feliz, viviendo aquí en este bosque 
y poniéndote alegre siempre que quieres! 
–¡Ay, si no estuviera una tan sola aquí! –se quejó Alicia con voz 
melancólica; y al pensar en lo sola que estaba dos lagrimones 
rodaron por sus mejillas. 
–¡Hala, no te pongas asi! –le gritó la pobre Reina, retorciéndose 
las manos de desesperación. –¡Considera qué niña más 
excepcional eres! ¡Considera lo muy lejos que has llegado hoy! 
¡Considera la hora que es! ¡Considera cualquier cosa, pero no 
llores! 
Alicia no pudo evitar la risa al oír esto, a pesar de sus lágrimas. 
–¿Puede Usted dejar de llorar considerando cosas? –le preguntó. 
–Esa es la manera de hacerlo –aseguró la Reina con mucha 
decisión: –nadie puede hacer dos cosas a la vez, con que... 
Empecemos por considerar tu edad..., ¿cuántos años tiene? 
–Tengo siete años y medio, exactamente. 
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–No es necesario que digas «exactamente» –observó la Reina: te 
creo sin que conste en acta. Y ahora te diré a ti algo en qué creer: 
acabo de cumplir ciento un años, cinco meses y un día. 
–¡Eso sí que no lo puedo creer! –exclamó Alicia. 
–¿Qué no lo puedes creer? –repitió la Reina con mucha pena; –
prueba otra vez: respira hondo y cierra los ojos. 
Alicia rio de buena gana: –No vale la pena intentarlo–dijo. Nadie 
puede creer cosas que son imposibles. 
–Me parece evidente que no tienes mucha práctica –replicó laReina. –Cuando yo tenía tu edad, siempre solía hacerlo durante 
media hora cada día. ¡Cómo que a veces llegué hasta creer en seis 
cosas imposibles antes del desayuno! ¡Allá va mi mantón de 
nuevo! 
Se le había abierto el broche mientras hablaba y una súbita 
bocanada de viento le voló el mantón y se lo llevó más allá de un 
pequeño arroyo. 
La Reina volvió a abrir los brazos en cruz y salió volando tras el 
y esta vez logró recobrarlo ella misma.– ¡Ya lo tengo! –exclamó 
triunfalmente. –¡Ahora verás cómo me lo pongo y me lo sujeto 
otra vez, yo solita! 
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–Entonces espero que se le haya curado el dedo aquel–contestó 
Alicia muy cortésmente mientras cruzaba ella también el arroyo 
en pos de la Reina. 
–¡Ay, está mucho mejor! –gritó la Reina y la voz se le iba 
elevando hasta convertirse en un gritito muy agudo, mientras 
continuaba diciendo: –¡Mucho mee-ejor! ¡Mee-jor! ¡Mee-ee-jor! 
¡Mee...eeh! –Esto último terminó en un auténtico balido, tan de 
oveja que Alicia se quedó de una pieza. 
Miró a la Reina y le pareció como si se hubiera envuelto de golpe 
en lana. Alicia se frotó los ojos y miró de nuevo. No podía 
explicarse lo que había sucedido. ¿Se encontraba acaso en una 
tienda? ¿Y era aquello verdaderamente... y estaba ahí, de verdad, 
una oveja sentada al otro lado del mostrador? Por más que se 
frotara los ojos esa era la única explicación que podía dar a lo que 
estaba viendo: estaba en el interior de una pequeña tienda, 
bastante oscura, apoyando los codos sobre el mostrador y 
contemplando enfrente suyo a una vieja oveja sentada en una 
butaca, tejiendo y levantando la vista de vez en cuando para 
mirarla a través de un par de grandes anteojos. 
–¡Qué es lo que quieres comprar? –le preguntó al fin la oveja, 
levantando la vista de su labor. 
–Aún no estoy del todo segura –le contestó Alicia muy 
cortésmente. –Si me lo permite querría mirar antes todo 
alrededor mío para ver lo que hay. 
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–Puedes mirar enfrente tuyo, y también a ambos lados, si gustas 
–replicó la oveja, –pero no podrás mirar todo alrededor tuyo... a 
no ser que tengas un par de ojos en la nuca. 
Y en efecto, como ocurría que Alicia no tenia ninguno por ahí, 
tuvo que contentarse con dar unas vueltas, mirando lo que había 
en los anaqueles a medida que se acercaba a ellos. 
La tienda parecía estar repleta de toda clase de curiosidades... 
pero lo más raro de todo es que cuando intentaba examinar 
detenidamente lo que había en algún estante para ver de qué se 
trataba, resultaba que estaba siempre vacío a pesar de que los 
que estaban a su alrededor parecían estar atestados y 
desbordando de objetos. 
–¡Las cosas flotan aquí de un modo!... –se quejo al fin, después 
de haber intentado en vano perseguir durante un minuto a un 
objeto brillante y grande que parecía unas veces una muñeca y 
otras un costurero, pero que en todo caso tenía la virtud de estar 
siempre en un estante más arriba del que estaba examinando. – 
Y esta es desde luego la que peor de todas se porta..., pero, ¡vas 
a ver! –añadió al ocurrírsele súbitamente una idea: –Voy a 
seguirla con la mirada hasta que llegue al último estante y luego, 
¡vaya sorpresa que se va a llevar cuando tenga que pasar a través 
del techo! 
Pero incluso esta estratagema le falló: la «cosa» pasó 
tranquilamente a través del techo, como si estuviera muy 
habituada a hacerlo. 
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–¿Eres una niña o una peonza? –dijo la oveja mientras se armaba 
con otro par de agujas. –Vas a marearme si sigues dando tantas 
vueltas por ahí. –Pero ya antes de terminar de hablar estaba 
tejiendo con catorce pares de agujas a la vez y Alicia no pudo 
controlar su curiosidad y su asombro. 
–¡¿Cómo podrá tejer al tiempo con tantas agujas?! –se 
preguntaba la niña, desconcertada. –Y a cada minuto saca más y 
más..., ¡ni que fuera un puercoespín! 
–¿Sabes remar? –le preguntó la oveja, pasándole un par de agujas 
de tejer mientras le hablaba. 
–Sí, un poco... pero no en tierra... y tampoco con agujas de tejer... 
–empezó a excusarse Alicia cuando de pronto las que tenía en las 
manos empezaron a convertirse en remos y se encontró con que 
estaban las dos abordo de un bote, deslizándose suavemente por 
la orilla del río: de forma que no le quedaba más remedio que 
intentarlo lo mejor que podía. 
–¡Plumea! –le espetó la oveja, haciéndose con otro par de agujas. 
Esta indicación no le pareció a Alicia que requiriera ninguna 
contestación, de forma que no dijo nada y empuñó los remos. 
Algo muy raro le sucedía al agua, pensó, pues de vez en cuando 
los remos se le quedaban agarrados en ella y a duras penas 
lograba zafarlos. 
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–¡Plumea, plumea! –volvió a gritarle la oveja, tomando aún más 
agujas. –Que si no vas a pescar pronto un cangrejo. 
–¡Una monada de cangrejito! –pensó Alicia, ilusionada. –Eso sí 
que me gustaría. 
–Pero, ¿es que no me oyes decir que «plumees»? –gritó enojada 
la oveja empuñando todo un manojo de agujas. 
–Desde luego que sí –repuso Alicia. –Lo ha dicho usted muchas 
veces... y además levantando mucho la voz. Me querría decir, por 
favor, ¿dónde están los cangrejos? 
–¡En el agua, naturalmente! –contestó la oveja, metiéndose unas 
cuantas agujas en el pelo, pues ya no le cabían en las manos. –
¡Plumea, te digo! 
–Pero, ¿Por qué me dice que «plumee» tantas veces? –preguntó 
Alicia, al fin, algo exasperada. –¡No soy ningún pájaro! 
–¡Sí lo eres! –le aseguró la oveja: –Eres un gansito. 
Esto ofendió un tanto a Alicia, de forma que no respondió nada 
durante un minuto a dos, mientras la barca seguía deslizándose 
suavemente por el agua, pasando a veces por entre bancos de 
algas (que hacían que los remos se le quedaran agarrotados en el 
agua más que nunca) y otras veces bajo la sombra de los árboles 
de la ribera, pero siempre vigiladas desde arriba por las altas 
crestas de la ribera. 
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–¡Ay, por favor! ¡Ahí veo unos juncos olorosos! –exclamó Alicia 
en un súbito arrebato de gozo: –¡De veras que lo son... y qué 
bonitos que están! 
–No hace falta que me los pidas a mi «por favor» –respondió la 
oveja sin tan siquiera levantar la vista de su labor: –no he sido yo 
quien los ha puesto ahí y no seré yo quien se los vaya a llevar. 
–No, pero lo que quiero decir es que si por favor pudiéramos 
detenernos a recoger unos pocos –rogó Alicia– si no le importa 
parar la barca durante un minuto. 
–¿Y cómo la voy a parar yo? –replicó la oveja. –Si dejases de 
remar se pararía ella sola. 
Dicho y hecho, la barca continuó flotando río abajo, arrastrada 
por la corriente, hasta deslizarse suavemente por entre los 
juncos, meciéndose sobre el agua. Y entonces fue el 
arremangarse cuidadosamente los bracitos y el hundirlos hasta 
el codo, para recoger los juncos lo más abajo posible antes de 
arrancarlos... y durante algún rato Alicia se olvidó de todo, de la 
oveja y de su calceta, mientras se inclinaba, apoyada sobre la 
borda de la barca, las puntas de su pelo revuelto rozando apenas 
la superficie del agua... y con los ojos brillantes de deseo iba 
recogiendo manojo tras manojo de aquellos deliciosos juncos 
olorosos. 
–¡Ojalá que no vuelque la barca! –se dijo a sí misma. –¡Ay, qué 
bonito que es aquél! Si sólo lo hubiera podido alcanzar... –y 
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desde luego que era como para enfadarse (–Porque casiparece 
que me lo están haciendo adrede... –pensó) el que, aunque 
lograba arrancar bastantes de los juncos más bonitos, mientras el 
bote se deslizaba entre ellos, siempre parecía que había uno más 
hermoso más allá de su alcance. 
–¡Los más preciosos están siempre más lejos! –dijo al fin, dando 
un suspiro, ante la obstinación de aquellos juncos, empeñados en 
ir a crecer tan apartados; e incorporándose de nuevo sobre su 
banqueta, con las mejillas encendidas y el agua goteándole del 
pelo y de las manos, empezó a ordenar los tesoros que acababa 
de reunir. 
¿Qué le importaba a ella que los olorosos juncos hubieran 
comenzado a marchitarse y a perder su perfume y su belleza 
desde el momento mismo en que los recogiera? Si hasta los 
juncos olorosos de verdad, ya se sabe, no duran más que un 
poco... y estos que yacían a manojos a sus pies, siendo juncos 
soñados, iban fundiéndose y desapareciendo como si fuesen de 
nieve... pero Alicia apenas si se dio cuenta de esto, pues estaban 
pasando tantas otras cosas curiosas sobre las que tenía que 
pensar... 
No habían ido mucho más lejos cuando la pala de uno de los 
remos se quedó agarrada en algo bajo el agua y no quiso soltarse 
por nada (o así al menos lo explicaba Alicia más tarde) y por 
consiguiente, el puño del remo acabó metiéndosele bajo el 
mentón y a pesar de una serie de entrecortados y agudos «ayes», 
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Alicia se vio arrastrada inevitablemente fuera de su banqueta y 
arrojada al fondo, entre sus manojos de juncos. 
Sin embargo, no se hizo ningún daño y pronto recobró su sitio; 
la oveja había continuado haciendo punto todo este tiempo, 
como si no hubiera pasado nada. – ¡Bonito cangrejo pescaste!, 
¿eh? –observó, mientras Alicia volvía a sentarse en su banqueta, 
muy aliviada de ver que continuaba dentro del bote. 
–¿De veras?, pues yo no lo vi –dijo Alicia, atisbando con cautela 
las aguas oscuras por encima de la borda. –Ojalá no se hubiese 
soltado... ¡Me hubiera gustado tanto llevarme un cangrejito a 
casa! –Pero la oveja sólo se rió desdeñosamente y continuó 
haciendo calceta. 
–¿Hay muchos cangrejos por aquí? –le preguntó Alicia. 
 
–Hay cangrejos y toda clase de cosas –replicó la oveja. –Hay un 
buen surtido; no tienes más que escoger. ¡Vamos, decídete!, ¿qué 
es lo que quieres comprar? 
–¡¿Comprar?! –repitió Alicia con un tono de voz entre 
asombrado y asustado... pues los remos, la barca y el río se 
habían esfumado en un instante y se encontraba de nuevo en la 
pequeña y oscura cacharrería de antes. 
–Querría comprarle un huevo, por favor –dijo al cabo con 
timidez. –¿A cuánto los vende? 
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–A cinco reales y un ochavo el huevo... y a dos reales la pareja. 
–¿Entonces dos cuestan más barato que uno? –preguntó Alicia, 
asombrada, sacando su monedero. 
–Es que si compras dos huevos tienes que comerte los dos –
explicó la oveja. 
–En ese caso, me llevaré sólo uno, por favor –concluyó Alicia, 
colocando el dinero sobre el mostrador; pues estuvo pensando 
que –Vaya una a saber si están todos buenos. 
La oveja tomó el dinero y lo metió en una caja. Dijo luego: –
Nunca le doy a mis clientes nada con la mano... eso no estaría 
bien... has de cogerlo tu misma–. Y con esto se fue hacia el otro 
extremo de la tienda y colocó el huevo de pie sobre un estante. 
Me, pregunto por qué no estaría bien que me lo entregara ella 
misma –pensó Alicia, a medida que avanzaba a tientas entre 
mesas y sillas, pues el fondo de la tienda estaba muy oscuro. –
Ese huevo parece estar alejándose cuanto más camino hacia él 
y..., ¿qué es esto?, ¿será una silla?, pero..., ¿cómo?, ¡si tiene ramas! 
¡Que raro es esto de encontrarse un árbol creciendo aquí dentro! 
¡Pero si también veo allí un pequeño riachuelo! Bueno, desde 
luego esta es la tienda más extraña que haya visto jamás... 
Alicia continuó de este modo, cada vez más asombrada a medida 
que todo a lo que se acercaba se iba convirtiendo en un árbol; y 
casi esperaba que le sucediera lo mismo al huevo. 
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Capítulo 6: HUMPTY DUMPTY 
Sin embargo, lo único que le ocurrió al huevo es que se iba 
haciendo cada vez mayor y más y más humano: cuando Alicia 
llegó a unos metros de donde estaba pudo observar que tenía 
ojos, nariz y boca; y cuando se hubo acercado del todo vio 
claramente que se trataba nada menos que del mismo Humpty 
Dumpty. – ¡No puede ser nadie más que él! –pensó Alicia. –
¡Estoy tan segura como si llevara el nombre escrito por toda la 
cara! 
Tan enorme era aquella cara, que con facilidad habría podido 
llevar su nombre escrito sobre ella un centenar de veces. Humpty 
Dumpty estaba sentado con las piernas cruzadas, como si fuera 
un turco, en lo alto de una pared... pero era tan estrecha que 
Alicia se asombró de que pudiese mantener el equilibrio sobre 
ella... y como los ojos los tenía fijos, mirando en la dirección 
contraria a Alicia, y como todo él estaba ahí sin hacerle el menor 
caso, pensó que, después de todo, no podía ser más que un 
pelele. 
–¡Es la mismísima imagen de un huevo; –dijo Alicia en voz alta, 
de pie delante de él y con los brazos preparados para cogerlo en 
el aire, tan segura estaba de que se iba a caer de un momento a 
otro! 
–¡No te fastidia...! –dijo Humpty Dumpty después de un largo 
silencio y cuidando de mirar hacia otro lado mientras hablaba; –
¡qué lo llamen a uno un huevo...!, ¡es el colmo! 
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–Sólo dije, señor mío, que usted se parece a un huevo –explicó 
Alicia muy amablemente– y ya sabe usted que hay huevos que 
son muy bonitos –añadió esperando que la inconveniencia que 
había dicho pudiera pasar incluso por un cumplido. 
–¡Hay gente– sentenció Humpty Dumpty mirando hacia otro 
lado, como de costumbre –que no tiene más sentido que una 
criatura! 
Alicia no supo qué contestar a esto: no se parecía en absoluto a 
una conversación, pensó, pues no le estaba diciendo nada a ella; 
de hecho, este último comentario iba evidentemente dirigido a 
un árbol... así que quedándose donde estaba, recitó suavemente 
para sí: 
Tronaba Humpty Dumpty desde su alto muro; 
mas cayóse un día, 
¡y sufrió un gran apuro! Todos los caballos del Rey, todos los 
hombres del Rey, ¡ya nunca más pudieron a Humpty Dumpty 
sobre su alto muro tronando ponerle otra ver! 
–Esa última estrofa es demasiado larga para la rima –añadió, casi 
en voz alta, olvidándose de que Humpty Dumpty podía oírla. 
–No te quedes ahí charloteando contigo misma –recriminó 
Humpty Dumpty, mirándola por primera vez– dime más bien tu 
nombre y profesión. 
–Mi nombre es Alicia, pero... 
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–¡Vaya nombre más estúpido! –interrumpió Humpty Dumpty 
con impaciencia. –¿Qué es lo que quiere decir? 
–¿Es que acaso un nombre tiene que significar necesariamente 
algo? –preguntó Alicia, nada convencida. 
–¡Pues claro que sí! –replicó Humpty Dumpty soltando una 
risotada: –El mío significa la forma que tengo... y una forma bien 
hermosa que se es. Pero con ese nombre que tienes, ¡podrías 
tener prácticamente cualquier forma! 
–¿Por qué está usted sentado aquí fuera tan solo? –dijo Alicia que 
no quería meterse en discusiones. 
–¡Hombre! Pues por que no hay nadie que esté conmigo –
exclamó Humpty Dumpty. –¿Te creíste acaso que no iba a saber 
responder a eso? Pregunta otra cosa. 
–¿No cree usted que estaría más seguro aquí abajo, con los pies 
sobre la tierra? –continuó Alicia, no por inventar otraadivinanza 
sino simplemente porque estaba de verdad preocupada por la 
extraña criatura. –¡Ese muro es tan estrecho! 
–¡Pero qué adivinanzas tan tremendamente fáciles que me estás 
proponiendo! – gruñó Humpty Dumpty. 
–¡Pues claro que no lo creo! Has de saber que si alguna vez me 
llegara a caer... lo que no podría en modo alguno suceder... pero 
caso de que ocurriese... –y al llegar a este punto frunció la boca 
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en un gesto tan solemne y fatuo que Alicia casi no podía contener 
la risa. –Pues suponiendo que yo llegara a caer – continuó– el Rey 
me ha prometido..., ¡ah! ¡Puedes palidecer si te pasma! ¡a que no 
esperabas que fuera a decir una cosa así!, ¿eh? Pues el Rey me ha 
prometido..., por su propia boca..., que..., que... 
–Que enviará a todos sus caballos y a todos sus hombres –
interrumpió Alicia, muy poco oportuna. 
–¡Vaya! ¡No me faltaba más que esto! –gritó Humpty Dumpty 
súbitamente muy enfadado. –¡Has estado escuchando tras las 
puertas..., escondida detrás de los árboles..., por las chimeneas..., 
o no lo podrías haber sabido! 
–¡Desde luego que no! –protestó Alicia, con suavidad. –Es que 
está escrito en un libro. 
–¡Ah, bueno! Es muy posible que estas cosas estén escritas en 
algún libro – concedió Humpty Dumpty, ya bastante sosegado. 
–Eso es lo que se llama una Historia de Inglaterra, más bien. 
Ahora, ¡mírame bien! Contempla a quien ha hablado con un Rey: 
yo mismo. Bien pudiera ocurrir que nunca vieras a otro como yo; 
y para que veas que a pesar de eso no se me ha subido a la cabeza, 
¡te permito que me estreches la mano! 
Y en efecto, se inclinó hacia adelante (y por poco no se cae del 
muro al hacerlo) y le ofreció a Alicia su mano, mientras la boca 
se le ensanchaba en una amplia sonrisa que le recorría la cara de 
oreja a oreja. Alicia le tomó la mano, pero observándolo todo con 
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mucho cuidado: –Si sonriera un poco más pudiera ocurrir que 
los lados de la boca acabasen uniéndose por detrás –pensó– y 
entonces, ¡qué no le sucedería a la cabeza! ¡Mucho me temo que 
se le desprendería! 
–Pues sí señor, todos sus caballos y todos sus hombres –continuó 
impertérrito Humpty Dumpty –me recogerían en un periquete y 
me volverían aquí de nuevo, ¡así no más! Pero..., esta 
conversación está discurriendo con excesiva rapidez: volvamos 
a lo penúltimo que dijimos. 
–Me temo que ya no recuerdo exactamente de qué se trataba –
señaló Alicia, muy cortésmente. 
–En ese caso, cortemos por lo sano y a empezar de nuevo –zanjó 
la cuestión Humpty Dumpty– y ahora me toca a mí escoger el 
tema... (–Habla como si se tratase de un juego –pensó Alicia)... 
así que he aquí una pregunta para ti: ¿qué edad me dijiste que 
tenías? 
Alicia hizo un pequeño cálculo y contestó: –Siete años y seis 
meses. 
–¡Te equivocaste! –exclamó Humpty Dumpty, muy ufano. –
¡Nunca me dijiste nada semejante! 
–Pensé que lo que usted quería preguntarme era más bien «¿qué 
edad tiene?» – explicó Alicia. 
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–Si hubiera querido decir eso, lo habría dicho, ¡ea! –replicó 
Humpty Dumpty. 
Alicia no quiso ponerse a discutir de nuevo, de forma que no 
respondió nada. 
–Siete años y seis meses... –repetía Humpty Dumpty, cavilando. 
–Una edad bien incómoda. Si quisieras seguir mi consejo te diría 
«deja de crecer a los siete»..., pero ya es demasiado tarde. 
–Nunca se me ha ocurrido pedir consejos sobre la manera de 
crecer –respondió Alicia, indignada. 
–¿Demasiado orgullosa, eh? –se interesó el otro. 
Alicia se sintió aún más ofendida por esta insinuación. 
 
–Quiero decir –replicó– que una no puede evitar el ir haciéndose 
más vieja. 
–Puede que una no pueda –le respondió Humpty Dumpty –pero 
dos, ya podrán. Con los auxilios necesarios podrías haberte 
quedado para siempre en los siete años. 
–¡Qué hermoso cinturón tiene usted! –observo Alicia 
súbitamente (pues pensó que ya habían hablado más que 
suficientemente del tema de la edad; y además, si de verdad iban 
a turnarse escogiendo temas, ahora le tocaba a ella). –Digo más 
bien... –se corrigió pensándolo mejor– qué hermosa corbata, eso 
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es lo que quise decir...no, un cinturón, me parece... ¡Ay, mil 
perdones: no sé lo que estoy diciendo! –añadió muy apurada al 
ver que a Humpty Dumpty le estaba dando un ataque 
irremediable de indignación, y empezó a desear que nunca 
hubiese escogido ese tema. –¡Si solamente supiera –concluyó 
para sí misma– cual es su cuello y cuál su cintura! 
Evidentemente, Humpty Dumpty estaba enfadadísimo, aunque 
no dijo nada durante un minuto o dos. Pero cuando volvió a abrir 
la boca fue para lanzar un bronco gruñido. 
–¡Es... el colmo... del fastidio –pudo decir al fin– esto de que la 
gente no sepa distinguir una corbata de un cinturón! 
–Sé que revela una gran ignorancia por mi parte –confesó Alicia 
con un tono de voz tan humilde que Humpty Dumpty se apiadó. 
Es una corbata, niña; y bien bonita que es, como tu bien has 
dicho. Es un regalo del Rey y de la Reina. ¿Qué te parece eso? 
–¿De veras? –dijo Alicia encantada de ver que había escogido 
después de todo un buen tema. 
–Me la dieron –continuó diciendo Humpty Dumpty con mucha 
prosopopeya, cruzando una pierna sobre la otra y luego ambas 
manos por encima de una rodilla– me la dieron... como regalo de 
incumpleaños. 
–¿Perdón? –le preguntó Alicia con un aire muy intrigado. 
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–No estoy ofendido –le aseguró Humpty Dumpty. 
–Quiero decir que, ¿qué es un regalo de incumpleaños? 
–Pues un regalo que se hace en un día que no es de cumpleaños, 
naturalmente. 
Alicia se quedó considerando la idea un poco, pero al fin dijo: –
Prefiero los regalos de cumpleaños. 
–¡No sabes lo que estás diciendo! –gritó Humpty Dumpty–. –A 
ver: ¿cuántos días tiene el año? 
–Trescientos sesenta y cinco –respondió Alicia. 
–¿Y cuántos días de cumpleaños tienes tú? 
–Uno. 
–Bueno, pues si le restas uno a esos trescientos sesenta y cinco 
días, ¿cuántos te quedan? 
–Trescientos sesenta y cuatro, naturalmente. 
Humpty Dumpty no parecía estar muy convencido de este 
cálculo. –Me gustaría ver eso por escrito –dijo. 
Alicia no pudo menos de sonreír mientras sacaba su cuaderno de 
notas y escribía en él la operación aritmética en cuestión: 
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Humpty Dumpty tomó el cuaderno y lo consideró con atención. 
–Sí, me parece que está bien... –empezó a decir. 
–Pero, ¡si lo está leyendo al revés! –interrumpió Alicia. 
 
–¡Anda! Pues es verdad, ¿quién lo habría dicho? –admitió 
Humpty Dumpty con jovial ligereza mientras Alicia le daba la 
vuelta al cuaderno. 
–Ya decía yo que me parecía que tenía un aspecto algo rarillo. 
Pero en fin, como estaba diciendo, me parece que está bien hecha 
la resta... aunque, por supuesto no he tenido tiempo de 
examinarla debidamente... pero, en todo caso, lo que demuestra 
es que hay trescientos sesenta y cuatro días para recibir regalos 
de incumpleaños... 
–Desde luego –asintió Alicia. 
–¡Y sólo uno para regalos de cumpleaños! Ya ves. ¡Te has 
cubierto de gloria! 
–No sé qué es lo que quiere decir con eso de la «gloria» –observó 
Alicia. 
Humpty Dumpty sonrió despectivamente. 
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–Pues claro que no... y no lo sabrás hasta que te lo diga yo. Quiere 
decir que «ahí te hedado con un argumento que te ha dejado 
bien aplastada». 
–Pero «gloria» no significa «un argumento que deja bien 
aplastado» –objetó Alicia. 
Cuando yo uso una palabra –insistió Humpty Dumpty con un 
tono de voz más bien desdeñoso– quiere decir lo que yo quiero 
que diga..., ni más ni menos. 
–La cuestión –insistió Alicia– es si se puede hacer que las 
palabras signifiquen tantas cosas diferentes. 
–La cuestión –zanjó Humpty Dumpty– es saber quién es el que 
manda..., eso es todo. 
Alicia se quedó demasiado desconcertada con todo esto para 
decir nada; de forma que tras un minuto Humpty Dumpty 
empezó a hablar de nuevo: – Algunas palabras tienen su genio... 
particularmente los verbos..., son los más creídos..., con los 
adjetivos se puede hacer lo que se quiera, pero no con los 
verbos..., sin embargo, ¡yo me las arreglo para tenérselas tiesas a 
todos ellos! ¡Impenetrabilidad! Eso es lo que yo siempre digo. 
–¿Querría decirme, por favor –rogó Alicia– qué es lo que quiere 
decir eso? 
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–Ahora sí que estás hablando como una niña sensata –aprobó 
Humpty Dumpty, muy orondo. –Por «impenetrabilidad» quiero 
decir que ya basta de hablar de este tema y que más te valdría 
que me dijeras de una vez qué es lo que vas a hacer ahora pues 
supongo que no vas a estar ahí parada para el resto de tu vida. 
–¡Pues no es poco significado para una sola palabra! –comentó 
pensativamente Alicia. 
Cuando hago que una palabra trabaje tanto como esa explicó 
Humpty Dumpty– siempre le doy una paga extraordinaria. 
–¡Oh! Dijo Alicia. Estaba demasiado desconcertada con todo esto 
como para hacer otro comentario. 
–¡Ah, deberías de verlas cuando vienen a mi alrededor los 
sábados por la noche! –continuó Humpty Dumpty. –A por su 
paga, ya sabes... 
(Alicia no se atrevió a preguntarle con qué las pagaba, de forma 
que menos podría decíroslo yo a vosotros.) 
–Parece usted muy ducho en esto de explicar lo que quieren decir 
las palabras, señor mío –dijo Alicia– así que, ¿querría ser tan 
amable de explicarme el significado del poema titulado 
«Galimatazo»? 
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–A ver, oigámoslo –aceptó Humpty Dumpty– soy capaz de 
explicar el significado de cuantos poemas se hayan inventado y 
también el de otros muchos que aún no se han inventado. 
Esta declaración parecía ciertamente prometedora, de forma que 
Alicia recitó la primera estrofa: 
Brillaba, brumeando negro, el sol, agiliscosos giroscaban los 
limazones banerrando por las váparas lejanas, mimosos se 
fruncían los borogobios mientras el momio rantas murgiflaba. 
–Con eso basta para empezar– interrumpió Humpty Dumpty– 
que ya tenemos ahí un buen montón de palabras difíciles: eso de 
que «brumeaba negro el sol» quiere decir que eran ya las cuatro 
de la tarde..., porque es cuando se encienden las brasas para asar 
la cena. 
–Eso me parece muy bien –aprobó Alicia– pero, ¿y lo de los 
«agilisco- sos»? 
–Bueno, verás: «agiliscosos» quiere decir «ágil y viscoso», 
¿comprendes? es como si se tratara de un sobretodo..., son dos 
significados que envuelven a la misma palabra. 
–Ahora lo comprendo –asintió Alicia, pensativamente. –Y, ¿qué 
son los «limazones»? 
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- Bueno, los «limazones» son un poco como los tejones..., pero 
también se parecen un poco a los lagartos..., y también tienen un 
poco el aspecto de un sacacorchos... 
–Han de ser unas criaturas de apariencia muy curiosa. 
–Eso sí, desde luego –concedió Humpty Dumpty– también hay 
que señalar que suelen hacer sus madrigueras bajo los relojes de 
sol..., y también que se alimentan de queso. 
Y, ¿qué es «giroscar» y «banerrar»? 
–Pues «giroscar» es dar vueltas y más vueltas, como un 
giroscopio; y «banerrar» es andar haciendo agujeros como un 
barreno. 
–Y la «vápara», ¿será el césped que siempre hay alrededor de los 
relojes de sol, supongo? –dijo Alicia, sorprendida de su propio 
ingenio. 
–¡Pues claro que sí! Como sabes, se llama «vápara» porque el 
césped ese va para adelante en una dirección y va para atrás en 
la otra. 
–Y va para cada lado un buen trecho también –añadió Alicia. 
–Exactamente, así es. Bueno, los «borogobios» son una especie 
de pájaros desaliñados con las plumas erizadas por todas 
partes..., una especie de estropajo viviente. Y en cuanto a que se 
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«fruncian mimosos», también puede decirse que estaban 
«fruncimosos», ya ves, otra palabra con sobretodo. 
–¿Y el «momio» ese que «murgiflaba rantas»? –preguntó Alicia. 
–Me parece que le estoy ocasionando muchas molestias con tanta 
pregunta. 
–Bueno, las «rantas» son una especie de cerdo verde; pero 
respecto a los «momios» no estoy seguro de lo que son: me 
parece que la palabra viene de «monseñor con insomnio», en fin, 
un verdadero momio. 
–Y entonces, ¿qué quiere decir eso de que «murgiflaban»? 
–Bueno, «murgiflar» es algo así como un aullar y un silbar a la 
vez, con una especie de estornudo en medio; quizás llegues a oír 
como lo hacen alguna vez en aquella floresta..., y cuando te haya 
tocado oírlo por fin, te bastará ciertamente con esa vez. ¿Quién 
te ha estado recitando esas cosas tan dificiles? 
–Lo he leído en un libro –explicó Alicia. –Pero también me han 
recitado otros poemas mucho más fáciles que ese; creo que fue 
Tweedledee..., si no me equivoco. 
–¡Ah! En cuanto a poemas –dijo Humpty Dumpty, extendiendo 
elocuentemente una de sus grandes manos– yo puedo recitar tan 
bien como cualquiera, si es que se trata de eso... 
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–¡Oh, no es necesario que se trate de eso! –se apresuró a atajarle 
Alicia, con la vana esperanza de impedir que empezara. 
–El poema que voy a recitar –continuó sin hacerle el menor caso– 
fue escrito especialmente para entretenerte. 
A Alicia le pareció que en tal caso no tenía más remedio que 
escuchar; de forma que se sentó y le dio unas «gracias» más bien 
resignadas. 
En invierno, cuando los campos están blancos, canto esta canción 
en tu loor. 
–Sólo que no la canto –añadió a modo de explicación. –Ya veo 
que no –dijo Alicia. 
–Si tu puedes ver si la estoy cantando o no, tienes más vista que 
la mayor parte de la gente –observó severamente Humpty 
Dumpty. Alicia se quedó callada. 
En primavera, 
cuando verdean los bosques, 
me esforzaré por decirte lo que pienso 
Muchísimas gracias –dijo Alicia. 
En verano, 
cuando los días son largos 
a lo mejor llegues a comprenderla. 
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En otoño, 
cuando las frondas lucen castañas, 
tomarás pluma y papel para anotarla. 
–Lo haré si aún me acuerdo de la letra después de tanto tiempo 
–prometió Alicia. 
–No es necesario que hagas esos comentarios a cada cosa que 
digo –recriminó Humpty Dumpty– no tienen ningún sentido y 
me hacen perder el hilo... 
Mándeles a los peces un recado: «¡Qué lo hicieran ya de una 
vez!» 
Los pequeños pescaditos de la mar mandáronme una respuesta 
a la par. 
Los pequeños pescaditos me decían: 
«No podemos hacerlo, señor nuestro, porque...» 
–Me temo que no estoy comprendiendo nada –interrumpió 
Alicia. 
–Se hace más fácil más adelante –aseguró Humpty Dumpty. 
Otra vez les mandé decir: «¡Será mejor que obedezcáis!» 
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Los pescaditos se sonrieron solapados. «Vaya genio tienes hoy», 
me contestaron. 
Se lo dije una vez y se lo dije otra vez. 
Pero nada, no atendíana ninguna de mis razones. 
Tomé una caldera grande y nueva, que era justo lo que 
necesitaba. 
La llené de agua junto al pozo y mi corazón latía de gozo. 
Entonces, acercándoseme me dijo alguien: «Ya están los 
pescaditos en la cama». 
Le respondí con voz bien clara: «¡Pues a despertarlos dicho sea!» 
Se lo dije bien fuerte y alto; fui y se lo grité al oído... 
Humpty Dumpty elevó la voz hasta aullar casi y Alicia pensó 
con un ligero estremecimiento: –¡No habría querido ser ese 
mensajero por nada del mundo! 
Pero, ¡qué tipo más vano y engolado! Me dijo: «¡No hace falta 
hablar tan alto!» 
¡Si que era necio el badulaque! 
«Iré a despertarlos» dijo «siempre que...» Con un sacacorchos 
que tomé del estante fui a despertarlos yo mismo al instante. 
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Cuando me encontré con la puerta atrancada, tiré y empujé, a 
patadas y a puñadas. 
Pero al ver que la puerta estaba cerrada intenté luego probar la 
aldaba... 
A esto siguió una larga pausa. 
–¿Eso es todo? –preguntó tímidamente Alicia. –Eso es todo –
dijo Humpty Dumpty. –¡Adiós! 
Esto le pareció a Alicia un tanto brusco; pero después de una 
indirecta tan directa, concluyó que no sería de buena educación 
quedarse ahí por más tiempo. De forma que se puso en pie y le 
dio la mano: –¡Adiós y hasta que nos volvamos a ver! –le dijo de 
la manera más jovial que pudo. 
–No creo que te reconozca ya más, ni aunque nos volviéramos a 
ver –replicó Humpty Dumpty con tono malhumorado, 
concediéndole un dedo para que se lo estrechara de despedida. 
–Eres tan exactamente igual a todos los demás... 
–Por lo general, se distingue una por la cara –señaló Alicia 
pensativa. 
–De eso es precisamente de lo que me quejo –rezongó Humpty 
Dumpty. –Tu cara es idéntica a la de los demás..., ahí, un par de 
ojos... (señalando su lugar en el aire con el pulgar), la nariz, en el 
medio, la boca debajo. Siempre igual. En cambio, si tuvieras los 
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dos ojos del mismo lado de la cara, por ejemplo..., o la boca en la 
frente..., eso sí que sería diferente. 
–Eso no quedaría bien –objetó Alicia. Pero Humpty Dumpty sólo 
cerró los ojos y respondió: –Pruébalo antes de juzgar. 
Alicia esperó un minuto para ver si iba a hablar de nuevo; pero 
como no volviera a abrir los ojos ni le prestara la menor atención, 
le dijo un nuevo «adiós» y no recibiendo ninguna contestación se 
marchó de ahí sin decir más; pero no pudo evitar el mascullar 
mientras se alejaba: –¡De todos los insoportables...! –y repitió esto 
en voz alta, pues le consolaba mucho poder pronunciar una 
palabra tan larga –¡de todos los insoportables que he conocido, 
éste es desde luego el peor! Y... –pero nunca pudo terminar la 
frase, porque en aquel momento algo que cayó pesadamente al 
suelo sacudió con su estrépito a todo el bosque. 
 
 
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Capítulo 7: EL LEON Y EL UNICORNIO 
Al momento comenzaron a acudir soldados corriendo desde 
todas partes del bosque, primero de a dos y de a tres, luego en 
grupos de diez y veinte, y finalmente en cohortes tan numerosas 
que parecían llenar el bosque entero. Alicia se refugió tras un 
árbol por miedo a que fueran a atropellarla y estuvo así 
viéndolos pasar. 
Pensó que nunca había visto en toda su vida soldados de píe tan 
poco firme: constantemente estaban tropezando con una cosa u 
otra de la manera más torpe, y cada vez que uno de ellos daba 
un traspiés y rodaba por el suelo, muchos otros más caían detrás 
sobre él, de forma que al poco rato todo el suelo estaba cubierto 
de soldados apisados en pequeños montones. 
Entonces aparecieron los caballos. Como tenían cuatro patas, se 
las arreglaban mejor que los soldados; pero incluso aquellos 
tropezaban de vez en cuando y a juzgar por el resultado, parecía 
ser una regla bien establecida la de que cada vez que tropezaba 
un caballo, su jinete debía de caer al suelo en el acto. De esta 
manera, la confusión iba aumentando por momentos y Alicia se 
alegró mucho de poder salir del bosque, por un lugar abierto en 
donde se encontró con el Rey blanco sentado en el suelo, muy 
atareado escribiendo en su cuaderno de notas. 
–¡Los he mandado a todos! –exclamó regocijado el Rey al ver a 
Alicia. –¿Por casualidad no habrás visto a unos soldados, 
querida, mientras venías por el bosque? 
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–Desde luego que sí –dijo Alicia– y a lo que me pareció, no habría 
menos de varios miles. 
–Cuatro mil doscientos siete, para ser exactos –aclaró el Rey 
consultando sus notas– y no pude enviar a todos los caballos, 
como comprenderás, porque dos de ellos han de permanecer al 
menos jugando la partida. Tampoco he enviado a los dos 
mensajeros. Ambos se han marchado a la ciudad. Mira por el 
camino y dime, ¿alcanzas a ver a alguno de los dos? 
–No..., a nadie –declaró Alicia. 
–¡Cómo me gustaría a mí tener tanta vista! –exclamó 
quejumbroso el Rey–. ¡Ser capaz de ver a Nadie! ¡Y a esa 
distancia! ¡Vamos, como que yo, y con esta luz, ya hago bastante 
viendo a alguien! 
Pero Alicia no se enteró de nada de todo esto pues seguía 
mirando con atención a lo lejos por el camino, protegiéndose los 
ojos con la mano. –¿Ahora sí que veo a alguien! –exclamó por 
fin– pero viene muy despacio..., ¡qué posturas más raras! –pues 
el mensajero no hacía más que dar botes de un lado a otro y se 
retorcía como una anguila a medida que avanzaba, extendiendo 
sus manazas a ambos lados como si fuesen abanicos. 
–Nada de raras –explicó el Rey. –Es que es un mensajero 
anglosajón..., y lo que pasa es que adopta actitudes anglosajonas. 
Eso sólo le ocurre cuando está contento. Se llama Haigha –
nombre que pronunciaba como si se escribiera Je-ja. 
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Al oír esto, Alicia no pudo contenerse y empezó a jugar a las 
letras: –Viene un barco cargado de H; amo a mi amor con H 
porque es hermoso; lo odio con H porque es horroroso. Lo 
alimento de..., de..., de habas y heno. Su nombre es Haigha y 
vive... 
–Vive en la higuera –suplió el Rey con toda naturalidad, sin tener 
la menor idea de que estaba participando en un juego, mientras 
Alicia se devanaba los sesos por encontrar el nombre de una 
ciudad que empezase por H. 
–El otro mensajero se llama Hatta. Tengo que tener a dos, 
¿comprendes?, para ir y venir: uno para ir y el otro para venir. 
–Le ruego que me repita eso –dijo Alicia sorprendida. 
–¡Niña: a Dios rogando y con el mazo dando! –amonestó el Rey. 
–Sólo quise decir que no había comprendido –se excusó Alicia. –
¿Por qué uno para venir y otro para ir? 
–¿Pero no te lo estoy diciendo? –dijo el Rey con cierta 
impaciencia– necesito tener a dos..., para llevar y traer..., uno 
para llevar y otro para traer. 
En ese momento llegó el mensajero: pero estaba demasiado 
extenuado y sólo podía jadear, incapaz de pronunciar una sola 
palabra, agitando desordenadamente las manos y haciéndole al 
Rey las muecas más pavorosas. 
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–Esta jovencita te ama con H –dijo el Rey presentándole a Alicia, 
con la esperanza de distraer hacia ella la atención tan alarmante 
del mensajero..., pero en vano..., las actitudes anglosajonas se 
hacían más extraordinarias por momentos, mientras que sus 
grandes ojazos giraban violentamente en sus órbitas. 
–¡Me estás asustando! –se quejó el Rey– siento un desmayo... 
¡Dame unas habas! 
Al oír esto, el mensajero, ante el regocijo de Alicia, abrió una saca 
que llevabacolgada al cuello y extrajo unas cuantas, que le dio al 
Rey y que este devoró con ahínco. 
–¡Más habas! –ordenó el Rey. 
–Ya no queda más que heno –contestó el mensajero examinando 
el interior de su saca. 
–Pues heno, entonces –murmuró el Rey con un hilo de voz. 
Alicia se tranquilizó al ver que esta vitualla parecía reanimarlo 
considerablemente. –No hay como comer heno cuando se siente 
uno desmayar! –comentó el Rey mientras mascaba con gusto. 
–Estoy segura de que una rociada de agua fría le sentaría mucho 
mejor –sugirió Alicia– o quizá unas sales volátiles... 
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–Yo no dije que hubiese algo mejor –replicó el Rey. –Sólo dije que 
no había nada como comer –afirmación que desde luego Alicia 
no se atrevió a contradecir. 
–¿Te encontraste con alguien por el camino? –continuó el Rey 
extendiendo la mano para que el mensajero le diera más heno. 
–A nadie –reveló el mensajero. 
–Eso cuadra perfectamente –asintió el Rey– pues esta jovencita 
también vio a Nadie. Asi que, naturalmente, Nadie puede andar 
más despacio que tú. 
–¡Hago lo que puedo! –se defendió el mensajero malhumorado. 
–¡Estoy seguro de que nadie anda más rápido que yo! 
–Eso no puede ser –contradijo el Rey– pues de lo contrario habría 
llegado aquí antes que tú. No obstante, ahora que has recobrado 
el aliento, puedes decirnos lo que ha pasado en la ciudad. 
–Lo diré en voz baja –dijo el mensajero, llevándose las manos a 
la boca a modo de trompetilla, e inclinándose para hablar en la 
misma oreja del Rey. Alicia lo sintió porque también ella quería 
enterarse de las noticias. Sin embargo, en vez de cuchichear, el 
mensajero gritó a todo pulmón: –¡¡Ya están armándola otra vez!! 
–¡¿A eso le llamas hablar en voz baja?! –gritó el Rey dando 
brincos y sacudiéndose como podía. –¡Si vuelves a hacer una 
cosa así haré que te unten de mantequilla! ¡Me ha atravesado de 
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un lado a otro de la cabeza como si hubiese tenido un terremoto 
dentro! 
–Pues habrá tenido que ser un terremoto muy chiquito –pensó 
Alicia. – ¿Quiénes la están armando otra vez? –se atrevió a 
preguntar. 
–¿Quién va a ser? –dijo el Rey– el león y el unicornio, por 
supuesto. 
–¿Estarán luchando por la corona? 
–¿Pues y por qué si no? –respondió el Rey. Y lo más gracioso del 
asunto es que la corona no es ni del uno ni del otro, ¡sino que es 
la mía! ¡Corramos allá a verlos! –Y emprendieron la carrera, 
mientras, Alicia se acordaba de la letra de una vieja canción: 
El león y el unicornio por una corona 
siempre sin tregua se batían. 
El león al unicornio 
por toda la ciudad 
una buena paliza le ha dado. 
Unos les dieron pan 
y otros borona. 
Unos les dieron pastel 
y otros a tortas, redoblando tambores, 
de la ciudad los echaron. 
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–¿Acaso..., el que..., gana..., se lleva la corona! –preguntó Alicia 
como pudo, pues de tanto correr estaba perdiendo el aliento. 
–¡De ninguna manera! –exclamó el Rey. –¡Dios nos libre! 
–Querría ser..., tan amable..., –jadeó Alicia después de correr un 
rato más– de parar un minuto..., sólo para..., recobrar el aliento? 
–Tan amable, sí soy –contestó el Rey– sólo que fuerte no lo soy 
tanto. Ya sabes lo veloz que corre un minuto. ¡Intentar pararlo 
sería como querer alcanzar a un zamarrajo! 
A Alicia no le quedaba ya aliento para seguir hablando de forma 
que continuaron corriendo en silencio, hasta que llegaron a un 
lugar donde se veía a una gran muchedumbre reunida en torno 
al león y al unicornio mientras luchaban. Ambos habían 
levantado una polvareda tal que al principio Alicia no pudo 
distinguir cuál era cuál; aunque pronto identificó al unicornio 
por el cuerno que le asomaba. 
Se colocaron cerca de donde estaba Hatta, el otro mensajero, que 
también estaba ahí contemplando la pelea, con una taza de té en 
una mano y una rebanada de pan con mantequilla en la otra. 
–Acaba de salir de la cárcel y aún no había acabado de tomar el 
té cuando lo encerraron –susurró Haigha al oído de Alicia– y allá 
dentro sólo les dan conchas de ostra para comer..., de forma que 
está el pobre muy hambriento y sediento. ¿Cómo estás, mi hijito 
continuó dirigiéndose al sombrerero y pasándole el brazo 
afectuosamente por el cuello. 
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El sombrerero se volvió y asintió con la cabeza, pero siguió 
ocupado con su té y su pan con mantequilla. 
–¿Lo pasaste bien en la cárcel, viejito querido? –le preguntó 
Haigha. 
El sombrerero se volvió de nuevo, pero esta vez unos lagrimones 
le rodaron por la mejilla; pero de hablar, nada. 
–¡A ver si hablas de una vez! –le espetó impacientado Haigha. 
Pero el sombrerero continuó mascando tan campante y 
sorbiendo su te. 
–¡A ver si hablas de una vez! –le gritó el Rey. –¿Cómo va esa 
pelea? 
El sombrerero hizo un esfuerzo desesperado y logró tragar un 
trozo bien grande de pan y mantequilla que tenía aún en la boca. 
–Se las están arreglando muy bien los dos –respondió, 
atragantándose–. Ambos han mordido el polvo unas ochenta y 
siete veces. 
–Entonces, supongo que estarán a punto de traer el pan y la 
borona –se atrevió a observar Alicia. 
Ahí está esperando a que acaben –dijo el sombrerero–; yo me 
estoy comiendo un trocito. 
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Se produjo entonces una pausa en la pelea y el león y el unicornio 
se sentaron en el suelo, jadeando, lo que aprovechó el Rey para 
darles una tregua, proclamando a voces: 
–¡Diez minutos de refresco! 
Haigha y Hatta se pusieron inmediatamente a trabajar pasando 
bandejas de pan negro y blanco. Alicia se sirvió un poco para 
probar, pero estaba muy seco. 
–No creo que luchen ya más por hoy –le dijo el Rey a Hatta–, así 
que ve y ordena que empiecen a doblar los tambores. 
Y el sombrerero salió dando botes como un saltamontes. 
Durante un minuto o dos Alicia se quedó en silencio, 
contemplando cómo se alejaba. Pero de pronto se llenó de gozo: 
–¡Mirad! –exclamó, señalando apresuradamente en aquella 
dirección–: ¡Por ahí va la Reina blanca corriendo por el campo! 
Acaba de salir volando del bosque por allá lejos... ¡Vaya lo rápido 
que pueden volar estas Reinas! 
–La perseguirá algún enemigo, sin duda –comentó el Rey sin tan 
siquiera volverse–. Ese bosque está infestado de ellos. 
–Pero... ¿no va a ir corriendo a ayudarla? –preguntó Alicia muy 
sorprendida de que lo tomara con tanta calma. 
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–No vale la pena; no serviría de nada –se excusó el Rey–. Corre 
tan velozmente que sería como intentar agarrar a un zamarrajo. 
Pero escribiré un memorándum sobre el caso, si quieres... ¡Es tan 
buena persona! –comentó en voz baja consigo mismo, mientras 
abría su cuaderno de notas–. Oye, ¿«buena» se escribe con «b» o 
con «v»? 
En este momento el unicornio se paseó contoneándose cerca de 
ellos, con las manos en los bolsillos. 
–He salido ganando esta vez, ¿no? –le dijo al Rey apenas 
mirándolo por encima cuando pasaba a su lado. 
–Un poco..., un poco... –concedió el Rey algo nerviosamente–. No 
debiste haberlo atravesado de esa cornada, ¿no te parece? 
–No le hizo el menor daño –aseguró el unicornio sin darle 
importancia, e iba a continuar hablando cuando su vista se topó 
con Alicia; se volvió en el acto y se quedó ahí pasmado durante 
algún rato, mirándola con un aire de profunda repugnancia. 
–¿Qué es... esto? –dijo al fin. 
–Esto es una niña –explicó Haigha demuy buena gana, 
poniéndose entre ambos para presentarla, para lo que extendió 
ambas manos en su dirección, en característica actitud 
anglosajona–. Acabamos de encontrarla hoy. Es de tamaño 
natural y ¡el doble de espontánea! 
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–¡Siempre creí que se trataba de un monstruo fabuloso! –exclamó 
el unicornio– ¿Está viva? 
–Al menos puede hablar –declaró solemnemente Haigha. 
El unicornio contempló a Alicia con una mirada soñadora y le 
dijo: –Habla, niña. 
Alicia no pudo impedir que los labios se le curvaran en una 
sonrisa mientras rompía a hablar, diciendo: –¿Sabe una cosa?, yo 
también creí siempre que los unicornios eran unos monstruos 
fabulosos. ¡Nunca había visto uno de verdad! 
–Bueno, pues ahora que los dos nos hemos visto el uno al otro –
repuso el unicornio– si tu crees en mi, yo creeré en ti, ¿trato 
hecho? 
–Sí, como guste –contestó Alicia. 
–¡Ala! ¡A ver si aparece ese pastel de frutas, viejo! –continuó 
diciendo el unicornio, volviéndose hacia el Rey–. ¡A mí que no 
me vengan con ese pan negro! 
–¡Desde luego..., desde luego! –se apresuró a balbucear el Rey, e 
hizo una seña a Haigha–: Abre el saco –susurró–. ¡Rápido! ¡Ese 
no... no tiene más que heno! 
Haigha extrajo un gran pastel del saco y se lo dio a Alicia para 
que se lo tuviera mientras él se ocupaba de sacar una fuente y un 
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cuchillo de trinchar. Alicia no podía comprender cómo salían 
tantas cosas del saco. –Es como si fuera un truco de magia– 
pensó. 
Mientras sucedía todo esto, el león se reunió con ellos: tenía un 
aspecto muy cansado y somnoliento y hasta se le cerraban un 
poco los ojos. 
–¿Qué es esto? –preguntó, parpadeando indolentemente en 
dirección a Alicia y hablando en un tono de voz huero y 
cavernoso que sonaba como si fuese el doblar de una gran 
campana. 
–¡A ver, a ver! ¿A ti qué te parece que es? –exclamó ansiosamente 
el unicornio- -. ¡A que no lo adivinas! ¡Yo desde luego no pude 
hacerlo! 
El león contempló a Alicia cansinamente. –¿Eres animal..., 
vegetal..., o mineral...?– preguntó, bostezando a cada palabra. 
–¡Es un monstruo fabuloso! –gritó el unicornio antes de que 
Alicia pudiera contestar nada. 
–Entonces, pasa ese pastel de frutas, monstruo –repuso el león, 
tendiéndose en el suelo y apoyando el mentón sobre las patas–. 
Y sentaos vosotros dos también (al Rey y al unicornio), ¡a ver si 
no hacemos trampas con el pastel! 
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El Rey se sentía evidentemente muy incómodo de tener que 
sentarse entre las dos grandes bestias; pero no podía sentarse en 
ningún otro lugar. 
–¡Qué pelea podríamos tener ahora por la corona!, ¿eh? –
comentó el unicornio mirando de soslayo a la corona, que 
comenzaba a sacudirse violentamente sobre la cabeza del Rey, 
de tanto que estaba temblando. 
–Ganaría fácilmente –declaró el león. 
–¡No estés tan seguro! –replicó el unicornio. 
–¡Cómo! ¡Pero si te he corrido por todo el pueblo! ¡So gallina! –
replicó el león furiosamente, casi poniéndose en pie mientras lo 
increpaba así. 
Al llegar a este punto, el Rey los interrumpió para impedir que 
reanudaran la pelea; estaba muy nervioso y desde luego le 
temblaba la voz. –¿Por todo el pueblo? –preguntó– pues no es 
poca distancia. ¿Fuisteis por el puente viejo o por el mercado? 
Por el puente viejo es por donde queda la mejor vista. 
–Yo sí que no sabría decir por donde fuimos –gruñó el león, 
echándose otra vez por el suelo–. Hacía demasiado polvo para 
ver nada. ¡Cuánto tarda el monstruo cortando ese pastel! 
Alicia se había sentado al borde de un pequeño arroyo con la 
gran fuente sobre las rodillas y trabajaba diligentemente con el 
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cuchillo. –¡Pero qué fastidio! – dijo, dirigiéndose al león (se 
estaba acostumbrando bastante a que la llamaran «monstruo»)–. 
Ya he cortado varios trozos, pero ¡todos se vuelven a unir otra 
vez! 
–Es que no sabes cómo hacerlo con pasteles del espejo –observó 
el unicornio–. Reparte los trozos primero y córtalos después. 
Aunque esto le parecía una tontería, Alicia se puso de pie, 
obedientemente, y pasó la fuente a unos y otros; el pastel se 
dividió solo en tres partes mientras lo pasaba. 
–Ahora, córtalo en trozos –indicó el león cuando hubo vuelto a 
su sitio con la fuente vacía. 
–¡Esto sí que no vale! –exclamó el unicornio mientras Alicia se 
sentaba con el cuchillo en una mano, muy desconcertada sin 
saber cómo empezar–. ¡El monstruo le ha dado al león el doble 
que a mí! 
–Pero en cambio se ha quedado ella sin nada –señaló el león–. 
¿No te gusta el pastel de frutas, monstruo? 
Pero antes de que Alicia pudiera contestar comenzaron los 
tambores a redoblar. 
Alicia no acertaba a discernir de dónde procedía tanto ruido, 
pero el aire parecía henchido de redobles de tambor cuyo 
estrépito estallaba dentro de su cabeza hasta que empezó a 
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ensordecerla del todo. Se puso en pie de un salto y acosada de 
temor saltó al otro lado del arroyuelo; tuvo justo el tiempo de 
ver... 
... antes de caer de rodillas y de taparse los oídos tratando en 
vano de aislarse del tremendo ruido, cómo el león y el unicornio 
se ponían súbitamente en pie, mirando furiosos en derredor al 
ver interrumpida su fiesta. 
–¡Si eso no los echa a tamborilazos del pueblo –pensó para sí 
misma– ya nada lo logrará! 
 
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Capítulo 8: "ES MI PROPIA INVENCION" 
Después de un rato, el estrépito fue amainando gradualmente 
hasta quedar todo en el mayor silencio, por lo que Alicia levantó 
la cabeza, un poco alarmada. No se veía a nadie por ningún lado, 
de forma que lo primero que pensó fue que debía de haber estado 
soñando con el león y el unicornio y esos curiosos mensajeros 
anglosajones. Sin embargo, ahí continuaba aún a sus pies la gran 
fuente sobre la que había estado intentando cortar el pastel. Así 
que, después de todo, no he estado soñando –se dijo a sí 
misma...– a no ser que fuésemos todos parte del mismo sueño. 
Sólo que si así fuera, ¿ojalá que el sueño sea el mío propio y no el 
del Rey rojo! No me gusta nada pertenecer al sueño de otras 
personas –continuó diciendo con voz más bien quejumbrosa 
como que estoy casi dispuesta a ir a despertarlo y ¡a ver qué pasa! 
En este momento sus pensamientos se vieron interrumpidos por 
unas voces muy fuertes, unos gritos de –¡Hola! ¡Hola! ¡Jaque! –
que profería un caballero, bien armado de acero púrpura, que 
venía galopando hacia ella blandiendo una gran maza. Justo 
cuando llegó a donde estaba Alicia, el caballo se detuvo 
súbitamente–: ¡Eres mi prisionera! –gritó el caballero, mientras 
se desplomaba pesadamente del caballo. 
A pesar del susto que se había llevado, Alicia estaba en aquel 
momento más preocupada por él que por sí misma y estuvo 
observando con no poca ansiedad cómo montaba nuevamente 
sobre su cabalgadura. Tan pronto como se hubo instalado 
cómodamente en su silla, empezó otra vez a proclamar: –¡Eres 
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mi...! – pero en ese preciso instante otra voz le atajó con nuevos 
gritos de–: ¡Hola! ¡Hola! ¡Jaque! –y Alicia se volvió, bastante 
sorprendida, para ver al nuevo enemigo. 
Esta vez era el caballero blanco. Cabalgó hasta donde estaba 
Alicia y al detenerse su montura se desplomó a tierra tan 
pesadamente como antes lo hubiera hecho el caballerorojo: 
luego volvió a montar y los dos caballeros se estuvieron mirando 
desde lo alto de sus jaeces sin decir palabra durante algún rato. 
Alicia miraba ora al uno ora al otro, bastante desconcertada. 
–¡Bien claro está que la prisionera es mía! –reclamó al fin el 
caballero rojo. 
–¡Sí, pero luego vine yo y la rescaté! –replicó el caballero blanco. 
–¡Pues entonces hemos de batirnos por ella! –declaró el caballero 
rojo, mientras recogía su yelmo (que traía colgado de su silla y 
tenía una forma así como la cabeza de un caballo) y se lo calaba. 
–Por supuesto, guardaréis las reglas del combate, ¿no? –observó 
el caballero blanco mientras se calaba él también su yelmo. 
–Siempre lo hago –aseguró el caballero rojo y empezaron ambos 
a golpearse a mazazos con tanta furia que Alicia se escondió tras 
un árbol para protegerse de los porrazos. 
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–¿Me pregunto cuáles serán esas reglas del combate? –se dijo 
mientras contemplaba la contienda, asomando tímidamente la 
cabeza desde su escondrijo. 
Por lo que veo, una de las reglas parece ser la de que cada vez 
que un caballero golpea al otro lo derriba de su caballo; pero si 
no le da, el que cae es él..., y parece que otra de esas reglas es que 
han de agarrar sus mazas con ambos brazos, como lo hacen los 
títeres del guiñol..., ¡y vaya ruido que arman al caer: como si 
fueran todos los hierros de la chimenea cayendo sobre el 
guardafuegos! Pero, ¡qué quietos que se quedan sus caballos! Los 
dejan desplomarse y volver a montar sobre ellos como si se 
tratara de un par de mesas. 
Otra de las reglas del combate, de la que Alicia no se percató, 
parecía ser la de que siempre habían de caer de cabeza; y 
efectivamente, la contienda terminó al caer ambos de esta 
manera, lado a lado. Cuando se incorporaron, se dieron la mano 
y el caballero rojo montó sobre su caballo y se alejó galopando. 
–¡Una victoria gloriosa! ¿no te parece? –le dijo el caballero blanco 
a Alicia mientras se acercaba jadeando. 
–Pues no sé qué decirle –le contestó Alicia con algunas dudas–. 
No me gustaría ser la prisionera de nadie; lo que yo quiero es ser 
una reina. 
–Y lo serás: cuando hayas cruzado el siguiente arroyo –le aseguró 
el caballero blanco–. Te acompañaré, para que llegues segura, 
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hasta la linde del bosque; pero ya sabes que al llegar allá tendré 
que volverme, pues ahí se acaba mi movimiento. 
–Pues muchísimas gracias –dijo Alicia–. ¿Quiere que le ayude a 
quitarse el yelmo? –evidentemente no parecía que el caballero 
pudiera arreglárselas él solo; pero Alicia lo logró al fin, tirando y 
librándolo a sacudidas. 
–¡Ahora sí que puede uno respirar! –exclamó el caballero 
alisándose con ambas manos los pelos largos y desordenados de 
su cabeza y volviendo la cara amable para mirar a Alicia con sus 
grandes ojos bondadosos. Alicia pensó que nunca en toda su 
vida había visto a un guerrero de tan extraño aspecto. 
Iba revestido de una armadura de latón que le sentaba bastante 
mal y llevaba sujeta a la espalda una caja de madera sin pintar 
de extraña forma, al revés y con la tapa colgando abierta. Alicia 
la examinó con mucha curiosidad. 
–Veo que te admira mi pequeña caja –observó el caballero con 
afable tono–. Es de mi propia invención..., para guardar ropa y 
bocadillos. La llevo boca abajo, como ves, para que no le entre la 
lluvia dentro. 
–Pero es que se le va a caer todo fuera –señaló Alicia con 
solicitud–. ¿No se ha dado cuenta de que lleva la tapa abierta? 
–No lo sabía –respondió el caballero, mientras una sombra de 
contrariedad le cruzaba la cara–. En ese caso, ¡todas las cosas se 
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deben haber caído fuera! Y ya de nada sirve la caja sin ellas. –Se 
zafó la caja mientras hablaba y estaba a punto de tirarla entre la 
maleza cuando se le ocurrió, al parecer, una nueva idea y la 
colgó, en vez, cuidadosamente de un árbol–. ¿Adivinas por qué 
lo hago? –le preguntó a Alicia. 
Alicia negó con la cabeza. 
–Con la esperanza de que unas abejas decidan establecer su 
colmena ahí dentro..., así conseguiría un poco de miel. 
–Pero si ya tiene una colmena..., o algo que se le parece mucho..., 
colgada ahí de la silla de su caballo –señaló Alicia. 
–- Si, es una colmena excelente –explicó el caballero, con voz en 
la que se reflejaba su descontento– es de la mejor calidad, pero ni 
una sola abeja se ha acercado a ella. Y la otra cosa que llevo ahí 
es una trampa para ratones. Supongo que lo que pasa es que los 
ratones espantan a las abejas..., o que las abejas espantan a los 
ratones..., no sé muy bien cuál de los dos tiene la culpa. 
–Me estaba precisamente preguntando para qué serviría la 
trampa para ratones - -dijo Alicia–. No es muy probable que haya 
ratones por el lomo del caballo. 
–No será probable, quizá –contestó el caballero– pero, ¿y si 
viniera alguno?, no me gustaría que anduviera correteando por 
ahí. 
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–Verás continuó diciendo después de una pausa– lo mejor es 
estar preparado para todo. Esa es también la razón por la que el 
caballo lleva esos brazaletes en las patas. 
–Pero, ¿para qué sirven? –preguntó Alicia con tono de viva 
curiosidad. 
–Pues para protegerlo contra los mordiscos de tiburón –replicó 
el caballero–. Es un sistema de mi propia invención. Y ahora, 
ayúdame a montar: iré contigo hasta la linde del bosque..., ¿para 
qué es esa fuente que está ahí? 
–Es la fuente del pastel –explicó Alicia. 
–Será mejor que la llevemos con nosotros –dijo el caballero: nos 
vendrá de perillas si nos topamos con alguna tarta. Ayúdame a 
meterla en este saco. 
Esta labor los entretuvo bastante tiempo, a pesar de que Alicia 
mantuvo muy abierta la boca del saco, pues el caballero 
intentaba introducir la fuente tan torpemente: las dos o tres 
primeras veces que lo intentó se cayó él mismo dentro del saco 
en vez. –Es que está muy ajustado, como ves– se explicó cuando 
la consiguieron meter al fin– y hay tantos candelabros dentro ... 
–y diciendo esto la colgó de la montura, que estaba ya cargada 
de manojos de zanahorias, hierros de chimenea y otras muchas 
cosas más. 
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–Espero que lleves el pelo bien asegurado –continuó diciendo 
una vez que empezaron a marchar. 
–Pues asi así, como todos los días –respondió Alicia sonriendo. 
–Eso no basta –dijo con ansiedad el caballero. –Es que verás: el 
viento sopla tan fuertemente por aquí... Es tan espeso que parece 
sopa. 
–¿Y no ha inventado un sistema para impedir que el viento se le 
lleve el pelo? – inquirió Alicia., 
–Aún no –replicó el caballero–. Pero si que tengo un sistema para 
impedir que se me caiga. 
–¡Ah! Pues me interesaría mucho conocerlo. 
–Verás: primero se toma un palo bien recto –explicó el caballero– 
luego haces que el pelo vaya subiendo por el palo, como se hace 
con los frutales. Ahora bien, la razón por la que el pelo se cae es 
porque cuelga hacia abajo..., y ya sabes que nada se puede caer 
hacia arriba, conque... Es un sistema de mi propia invención. 
Puedes probarlo si quieres. 
No sonaba demasiado cómodo el sistema, pensó Alicia, y 
durante algunos minutos caminó en silencio, sopesando la idea 
y deteniéndose cada dos por tres para auxiliar al pobre caballero, 
que ciertamente no era un buen jinete. 
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Cada vez que se detenía el caballo (lo que sucedía muy a 
menudo) se caía por delante;y cada vez que el caballo arrancaba 
de nuevo (lo que generalmente hacía de manera bastante súbita) 
se caía por la grupa. Por lo demás, se las arreglaba bastante bien, 
salvo por el vicio que tenía de caerse por uno u otro lado del 
caballo de vez en cuando; y como le daba por hacerlo 
generalmente por el lado por el que Alicia iba caminando, muy 
pronto esta se dio cuenta de que lo mejor era no ir andando 
demasiado cerca del caballero. 
–Me temo que no ha tenido usted ocasión de ejercitarse 
montando a caballo –se aventuró a decir, mientras le auxiliaba 
después de su quinta y aparatosa caída. 
Al oír esto, el caballero puso una cara de considerable sorpresa y 
quedó un tanto ofendido. –¿Y por qué se te ocurre decirme eso 
ahora? –preguntó mientras se encaramaba nuevamente sobre su 
montura, agarrándose de los pelos de Alicia con una mano para 
no desplomarse por el otro lado. 
–Porque la gente no se cae con tanta frecuencia del caballo 
cuando tiene práctica. 
–Pues yo tengo práctica más que suficiente declaró gravemente 
el caballero – ¡más que suficiente! 
A Alicia no se le ocurrió otra cosa mejor que decir a esto que –
¿de veras?–, bien es verdad que lo dijo tan cordialmente como 
pudo. Después de esto, continuaron avanzando en silencio 
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durante algún rato, el caballero con los ojos cerrados 
mascullando cosas ininteligibles y Alicia esperando la siguiente 
caída. 
–El gran arte de la equitación –empezó a declamar de golpe el 
caballero, con resonante voz y gesticulando con el brazo derecho 
mientras hablaba– estriba en mantenerse... –pero aquí la frase se 
detuvo tan inopinadamente como había comenzado, pues el 
caballero cayó pesadamente de cabeza precisamente en medio 
del sendero por el que iba caminando Alicia. Esta vez se asustó 
de veras y por ello, mientras lo levantaba, le dijo con voz 
inquieta: –Espero que no se haya roto ningún hueso. 
–Ninguno que valga la pena de mencionar –repuso el caballero, 
como si no le importara quebrarse dos o tres–. El gran arte de la 
equitación, como estaba diciendo..., estriba en mantenerse 
adecuadamente en equilibrio. De esta manera en que voy a 
demostrar... 
Dejó caer las riendas y extendió ambos brazos para mostrarle a 
Alicia lo que quería decir, y esta vez se cayó cuán largo era y de 
espaldas bajo las patas del caballo. 
–¡Práctica más que suficiente! –continuaba repitiendo todo el 
tiempo, mientras Alicia le ayudaba a ponerse en pie–. ¡Práctica 
más que suficiente! 
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–¡Esto ya pasa de la raya! –gritó Alicia perdiendo esta vez toda 
su paciencia–. ¡Lo que usted debiera de tener es un caballo de 
madera con ruedas! ¡Eso es lo que necesita usted! 
–¿Es que ese género equino cabalga con suavidad? –le preguntó 
el caballero con un tono que revelaba su gran interés; y se agarró 
firmemente al cuello de su caballo justo a tiempo para salvarse 
de una nueva y ridícula caída. 
–¡Mucho más suavemente que un caballo de carne y hueso! 
exclamó Alicia dando un pequeño chillido de la risa que le estaba 
dando todo ello, a pesar de los esfuerzos que hacia por 
contenerla. 
–Voy a conseguirme uno –se dijo pensativo el caballero– uno o 
dos..., ¡varios! 
Después de esto, se produjo un corto silencio y luego el caballero 
rompió de nuevo a hablar. 
–Tengo un considerable talento para inventar cosas. Y no sé si 
habrás observado que la última vez que me levantaste del suelo 
estaba así como algo preocupado... 
–Desde luego, me pareció que había puesto una cara bastante 
seria –aseguró Alicia. 
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–Bueno, es que precisamente entonces estaba inventando una 
nueva manera para pasar por encima de una cerca..., ¿te gustaría 
saber cómo? 
–Me gustaría muchísimo –asintió cortésmente Alicia. 
–Te diré cómo se me ocurrió la idea –dijo el caballero. –Verás: me 
dije a mi mismo: «la única dificultad está en los pies, pues la 
cabeza ya está de por sí por encima». Así pues, primero coloco la 
cabeza por encima de la cerca ..., y así queda asegurada ésta a 
suficiente altura…, y luego me pongo cabeza abajo..., y entonces 
son los pies los que quedan a suficiente altura, como verás..., y 
de esta forma, ¡paso la cerca! ¿Comprendes? 
–Sí, supongo que lograría pasar la cerca después de esa 
operación – asintió Alicia pensativamente– pero, ¿no cree usted 
que resulta algo difícil de ejecutar? 
–No lo he probado aún –declaró con gravedad el caballero– así 
que no puedo asegurarlo..., pero me temo que algo difícil sí sería. 
El darse cuenta de esto pareció molestarle tanto que Alicia se 
decidió a cambiar apresuradamente de tema. 
–¡Qué curioso yelmo el suyo! –dijo, prodigando alegría–. ¿Es 
también de su invención? 
El caballero posó orgullosamente la vista sobre su yelmo, que 
llevaba colgado de la silla. –Si –asintió– pero he inventado otro 
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mejor aún que este..., uno en forma de un pan de azúcar. Con 
aquel yelmo puesto, si me sucedía caer del caballo, daba 
inmediatamente con el suelo puesto que en realidad caía una 
distancia muy corta, ¿comprendes?... Claro que siempre existía 
el peligro de caer dentro de él, desde luego... Eso me sucedió una 
vez..., y lo peor del caso fue que antes de que pudiera salir de 
nuevo, llegó el otro caballero blanco y se lo puso creyendo que 
era el suyo. 
El caballero describía esta escena con tanta seriedad que Alicia 
no se atrevió a reír. –Me temo que le habrá usted hecho daño –
comentó con voz que le temblaba de la risa contenida– estando 
usted con todo su peso encima de su cabeza. 
–Tuve que darle de patadas, por supuesto –explicó el caballero 
con la misma seriedad–. Y entonces se quitó el yelmo..., pero 
pasaron horas y horas antes de que pudiera salir de ahí dentro. 
¡Estaba yo tan apremiado que no había quien me sacara de ahí! 
–Me parece que lo que usted quiere decir es que estaba muy 
«apretado» –objetó Alicia. 
–Mira, ¡apremiado por todas partes! –insistía el caballero–. ¡Te lo 
aseguro! – Levantó las manos, sacudiendo la cabeza, al decir esto, 
bastante excitado, y al instante rodó por tierra, acabando de 
cabeza en una profunda zanja 
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Alicia corrió al borde de la cuneta para ver de ayudarle. La caída 
la había tomado por sorpresa pues aquella vez el caballero 
parecía haberse mantenido bastante bien sobre su caballo 
durante algún tiempo, y además temía que esta vez sí se hubiese 
hecho daño de verdad. 
Sin embargo, y aunque sólo podía verle la planta de los pies, se 
quedó muy aliviada al oír que decía en su tono usual de voz: –
Apremiado por todas partes – repetía– pero fue un descuido por 
su parte ponerse el yelmo de otro..., ¡y con el otro dentro 
además!... 
–¿Cómo puede usted estar ahí hablando tan tranquilo con la 
cabeza abajo como si nada? –preguntó Alicia mientras lo 
arrastraba por los pies y amontonaba sus enlatados miembros al 
borde de la zanja. 
El caballero pareció quedar muy sorprendido por la pregunta. –
Y, ¿qué más da donde esté mi cuerpo? –dijo–. Mi cabeza sigue 
trabajando todo el tiempo. De hecho, he comprobado que cuanto 
más baja tenga la cabeza, más invenciones se me van ocurriendo. 
–Ahora, que la vez que mejor lo hice –continuó después de una 
pausa– fue cuando inventé un budín mientras comíamos la 
entrada de carne. 
–¿Con tiempo suficiente para que se lo sirvieran al siguiente 
plato? –supuso Alicia–. ¡Eso sí que se llama pensar rápido! 
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–Bueno, no fue el siguiente plato –dijo el caballero lentamente, 
con voz un tanto retenida–. No, desde luego no lo sirvieron 
después del otro. 
Entonces, ¿lo servirían al día siguiente, porque supongo que no 
iban a comer dos budines en la misma cena? 
–Bueno, tampoco apareció al día siguiente –repitió el caballero 
igual que antes- 
-. Tampoco al otro día. En realidad –continuó agachando la 
cabeza y bajando cada vez más la voz– no creo que ese budín 
haya sido cocinado nunca. En realidad, ¡no creo que ese budín 
sea cocinado jamás! Y, sin embargo, como budín, ¡qué invento 
más extraordinario! 
–A ver, ¿de qué estaba hecho ese budín, según su invento? –
preguntó Alicia, con la esperanza de animarlo un poco, pues al 
pobre caballero parecía que aquello le estaba deprimiendo 
bastante. 
–Para empezar, de papel secante –contestó el caballero dando un 
gemido. 
–Me temo que eso no quedaría demasiado bien... 
–No quedaría bien así solo –interrumpió con bastante ansiedad– 
pero, ¡no tienes idea de cómo cambia al mezclarlo con otras 
cosas!... Tales como pólvora y pasta de lacrar. Pero tengo que 
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dejarte aquí –terminó, pues acababan de llegar al lindero del 
bosque. 
A Alicia se le reflejaba el asombro en la cara: no podía menos de 
pensar con ese budín. 
–Estás triste –dijo el caballero con voz inquieta– déjame que te 
cante una canción que te alegre. 
–¿Es muy larga? –preguntó Alicia, pues había oído demasiada 
poesía aquel día. 
–Es larga –confesó el caballero– ¡pero es tan, tan hermosa! Todo 
el que me la ha oído cantar..., o se le han saltado las lágrimas o si 
no... 
¿O si no qué? –insistió Alicia pues el caballero se habla quedado 
cortado de golpe. 
- O si no se les ha saltado nada, esa es la verdad. La canción la 
llaman «Ojos de bacalao». 
–¡Ah! ¿Conque ese es el nombre de la canción, eh? –dijo Alicia, 
intentando dar la impresión de que estaba interesada. 
–No, no comprendes –corrigió el caballero, con no poca 
contrariedad–. Asi es como la llaman, pero su nombre en 
realidad es «Un anciano viejo viejo». 
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–Entonces, ¿debo decir que así es como se llama la canción? –se 
corrigió a su vez Alicia. 
–No, tampoco. ¡Eso ya es otra cosa! La canción se llama «De esto 
y de aquello», pero es sólo como se llama, ya sabes... 
–Bueno, pues entonces cuál es esa canción, –pidió Alicia que 
estaba ya completamente desconcertada. 
–A eso iba –respondió el caballero. En realidad, la canción no es 
otra que «Posado sobre una cerca», y la música es de mi propia 
invención. 
Y hablando de esta guisa, detuvo su caballo y dejó que las 
riendas cayeran 
sueltas por su cuello: luego empezó a cantar, marcando el tiempo 
lentamente con una mano, una débil sonrisa iluminando la cara 
bobalicona, como si estuviera gozando con la música de su 
propia canción. 
De todas las cosas extrañas que Alicia vio durante su viaje a 
través del espejo, esta fue la que recordaba luego con mayor 
claridad. Años más tarde podía aún revivir toda aquella escena 
de nuevo, como si hubiera sucedido sólo el día anterior..., los 
suaves ojos azules y la cara bondadosa del caballero..., los rayos 
del sol poniente brillando por entre sus pelos venerables y 
destellando sobre su armadura, con un fulgor que llegaba a 
deslumbrarla..., el caballo moviéndose tranquilo de aquí para 
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allá, las riendas colgando del cuello, paciendo la hierba a sus 
pies..., y las sombras oscuras del bosque al fondo..., todo ello se 
le grabó a Alicia en la mente como si fuera un cuadro, mientras 
se recostaba contra un árbol protegiéndose con la mano los ojos 
del sol y observaba a aquella extraña pareja, oyendo medio en 
sueños la melancólica música de esa canción. 
–Sólo que la música no es uno de sus inventos –se dijo Alicia– es 
«Te doy cuanto poseo que ya más no puedo». Se quedó callada 
oyendo con la mayor atención, pero no se le asomaba ninguna 
lágrima a los ojos. 
Te contaré todo cuanto pueda: 
Poco me queda por narrar. 
 
Una vez vi a un anciano viejo viejo asoleándose sobre una 
cerca. 
–¿Quién eres, anciano? –díjele–, y, ¿qué haces para vivir? 
Su respuesta se coló por mi mente como el agua por un tamiz. 
Díjome: –Cazo las mariposas que duermen por el trigo trigo. 
Con ellas me cocino unos buenos pastelillos de cordero que 
luego vendo por las calles. 
 
Me los compran esos hombres –continuó– que navegan por los 
procelosos mares. 
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Y así consigo el pan de cada día. 
Y ahora, tenga la bondad, la voluntad... 
Pero yo estaba meditando un plan 
para teñirme de verde los bigotes, empleando luego un abanico 
tan grande que ya nadie me los pudiera ver 
Así pues y no sabiendo qué replicar 
a lo que el viejo me decía 
gritéle: –¡Vamos! ¡Dime de qué vives! con un buen golpe a la 
cabeza. 
Con su bondadosa voz, reanudó la narración. Díjome: –Me 
paseo por ahí 
y cuando topo con un arroyo lo echo 
a arder en la montaña. 
Con eso fabrican aquel espléndido producto que llaman aceite 
de Macasar... 
Sin embargo, dos reales y una perra 
es todo lo que me dan por mi labor. 
Pero yo estaba meditando la manera 
de alimentarme a base de manteca 
para ir así engordando un poco cada día. Entonces, le di un 
fuerte vapuleo, hasta que se le puso la cara bien morada. 
–¡Vamos! ¡Dime cómo vives! –le grité–. ¡Y a qué profesión te 
dedicas! 
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Díjome: –Cazo ojos de bacalao 
por entre las zarzas y las jaras. 
Con ellos labro, en el silencio de la noche hermosos botones de 
chaleco. 
Y cata que a estos no los vendo 
ni por oro ni por plata; 
sino tan sólo por una perra 
¡Y por una te llevas diez! 
A veces cavo bollos de mantecón o pesco cangrejos con vareta 
de gorrión. 
A veces busco por los riscos 
a ver si encuentro alguna rueda de simón. 
Y de esta manera –concluyó pícaro dando un guiño– es como 
amaso mi fortuna... 
Ahora me sentiría muy honrado bebiendo un trago a la salud 
de vuesa merced. 
Entonces sí que lo oí, pues en mi mente maduraba mi gran 
proyecto de cómo salvar del óxido al puente del Menai 
recociéndolo bien en buen vino. 
 
Así que mucho le agradecí la bondad 
de contarme el método de su fortuna, 
pero mayormente, por su noble deseo 
de beber a la salud de mi ilustre persona. 
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Y así, cuando ahora por casualidad 
se me pegan los dedos en la cola; 
o me empeño en calzarme salvajemente el pie derecho en el 
zapato izquierdo 
o cuando sobre los deditos del pie 
me cae algún objeto bien pesado, 
lloro porque me acuerdo tanto, 
de aquel anciano que otrora conociera... 
De mirada bondadosa y pausado hablar... 
Los cabellos más canos que la nieve... La cara muy como la de un 
cuervo, los ojos encendidos como carbones. 
Aquel que parecía anonadado por su desgracia 
y mecía su cuerpo consolándose... Susurrando murmullos y 
bisbiseos, como si tuviera la boca llena de pastas, y que resoplaba 
como un búfalo..., aquella tarde apacible de antaño..., 
asoleándose sentado sobre una cerca. 
Al llegar a las últimas palabras de la balada, el caballero recogió 
las riendas y volvió la cabeza de su corcel por el camino por 
donde habían venido. –Sólo te quedan unos metros más –dijo– 
bajando por la colina y cruzando el arroyuelo aquél: entonces 
serás una reina..., pero antes te quedarás un poco aquípara 
decirme adiós, ¿no? –añadió al ver que Alicia volvía la cabeza 
muy ansiosa en la dirección que le indicaba–. No tardaré mucho. 
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¡Podrías esperar aquí y agitar el pañuelo cuando llegue a aquella 
curva! Es que, ¿comprendes?, eso me animaría un poco. 
–Pues claro que esperaré –le aseguró Alicia– y muchas gracias 
por venir conmigo hasta aquí, tan lejos..., y por la canción..., me 
gustó mucho... 
–Espero que sí –dijo el caballero con algunas dudas–: no lloraste 
tanto como había supuesto. 
Y diciendo esto se dieron la mano y el caballero se alejó 
pausadamente por el bosque. –No tardaré mucho en verlo 
despedido, supongo –se dijo Alicia mientras le seguía con la 
vista–. ¡Ahí va! ¡De cabeza, como de costumbre! Pero parece que 
vuelve a montar con bastante facilidad..., eso gana con colgar 
tantas cosas de la silla... –y así continuó hablando consigo misma 
mientras contemplaba cómo iba cayendo ya de un lado ya del 
otro a medida que el caballo seguía cómodamente al paso. 
Después de la cuarta o quinta caída llegó a la curva y entonces 
Alicia agitó el pañuelo en el aire y esperó hasta que se perdiera 
de vista. 
–Ojalá que eso lo animara –dijo, al mismo tiempo que se volvía 
y empezaba a correr cuesta abajo–. Y ahora, ¡a por ese arroyo y a 
convertirme en Reina! ¡Qué bien suena eso! –y unos cuantos 
pasos más la llevaron a la linde del bosque. 
–¡La octava casilla al fin! –exclamó dando un salto para salvar el 
arroyo y cayendo de bruces... 
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... sobre una pradera tan suave como si fuese de musgo, con 
pequeños macizos de flores diseminados por aquí y por allá. –
¡Ay! ¡Y qué contenta estoy de estar aquí! 
Pero, ¿qué es esto que tengo sobre la cabeza? –exclamó con gran 
desconsuelo cuando palpándose la cabeza con las manos se 
encontró con algo muy pesado que le ceñía estrechamente toda 
la testa. 
–Pero, ¿cómo se me ha puesto esto encima sin que yo me haya 
enterado! –se dijo mientras se quitaba el pesado objeto y lo 
posaba sobre su regazo para 
averiguar de qué se trataba. Era una corona de oro. 
 
 
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Capítulo 9: ALICIA REINA 
–¡Vaya! ¡Esto sí que es bueno! –exclamó Alicia–. Nunca supuse 
que llegaría a ser una reina tan pronto..., y ahora le diré lo que 
pasa, Majestad –continuó con severo tono (siempre le había 
gustado bastante regañarse a sí misma)–. Simplemente, ¡qué no 
puede ser esto de andar rodando por la hierba así no más! ¡Las 
reinas, ya se sabe, han de guardar su dignidad! 
Se puso en pie y se paseó un poco..., algo tiesa al principio, pues 
tenía miedo de que se le fuera a caer la corona; pero pronto se 
animó pensando que después de todo no había nadie que la 
viera. –Y si de verdad soy una reina –dijo mientras se sentaba de 
nuevo– ya me iré acostumbrando con el tiempo. 
Todo estaba sucediendo de manera tan poco usual que no se 
sintió nada sorprendida al encontrarse con que la Reina roja y la 
Reina blanca estaban ambas sentadas, una a cada lado, junto a 
ella; tenía muchas ganas de preguntarles cómo habían llegado 
hasta ahí, pero tenía miedo de que eso no fuese lo más correcto. 
–Pero, en cambio –pensó– no veo nada malo en preguntarles si 
se ha acabado ya la partida. Por favor, ¿querría decirme si... – 
empezó en voz alta, mirando algo cohibida a la Reina roja. 
–¡No hables hasta que alguien te dirija la palabra! –la 
interrumpió bruscamente la Reina. 
–Pero si todo el mundo siguiera esa regla –objetó Alicia que 
estaba siempre dispuesta a discutir un poco– y si usted sólo 
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hablara cuando alguien le hablase, y si la otra persona estuviera 
siempre esperando a que usted empezara a hablar primero, ya 
ve: nadie diría nunca nada, de forma que... 
–¡Ridículo! –gritó la Reina–. ¡Niña! ¡Es que no ves que...? –pero 
dejó de hablar, frunciendo las cejas y después de cavilar un poco, 
cambió súbitamente el tema de la conversación–. ¿Qué has 
querido decir con eso de que «si de verdad eres una Reina»? 
¿Con qué derecho te atribuyes ese título? ¿Es que no sabes que 
hasta que no pases el consabido examen no puedes ser Reina? Y 
cuanto antes empecemos, ¡mejor para todos! 
–Pero si yo sólo dije que «si fuera»... –se excusó Alicia 
lastimeramente. 
Las dos reinas se miraron, y la roja observó con un respingo: –
Dice que sólo dijo que «si fuera»... 
–¡Pero si ha dicho mucho más que eso! –gimió la Reina blanca, 
retorciéndose las manos–. ¡Ay! ¡Tanto, tanto más que eso! 
–Así es; ya lo sabes –le dijo la Reina roja a Alicia–. Di siempre la 
verdad..., piensa antes de hablar..., no dejes de anotarlo todo 
siempre después. 
–Estoy convencida de que nunca quise darle un sentido... –
empezó a responder Alicia; pero la Reina roja la interrumpió 
impacientemente. 
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–¡Eso es precisamente de lo que me estoy quejando! ¡Debiste 
haberle dado algún sentido! ¿De qué sirve una criatura que no 
tiene sentido? Si hasta los chistes tienen su sentido..., y una niña 
es más importante que un chiste, supongo, ¿no? Eso sí que no 
podrás negarlo, ni aunque lo intentes con ambas manos. 
–Nunca niego nada con las manos –protestó molesta Alicia. 
Nadie ha dicho que lo hicieras –replicó la Reina roja–. Dije que 
no podrías hacerlo ni aunque quisieras. 
–Parece que le ha dado por ahí –comentó la Reina blanca–. Le ha 
dado por ponerse a negarlo todo..., sólo que no sabe por dónde 
empezar. 
–¡Un carácter desagradable y desabrido! –observó la Reina roja; 
y se quedaron las tres durante un minuto o dos sumidas en 
incómodo silencio. 
La Reina roja rompió el silencio diciéndole a la blanca: Te invito 
al banquete que dará Alicia esta tarde. 
La Reina blanca le devolvió una sonrisa desvalida y le contestó: 
–Y yo te invito a ti. 
–Es la primera noticia que tengo de que vaya yo a dar una fiesta 
–intercaló Alicia– pero si va a haber una me parece que soy yo la 
que debe de invitar a la gente. 
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–Ya te dimos la oportunidad de hacerlo –observó la Reina roja– 
pero mucho me temo que no te han dado aún bastantes lecciones 
de buenos modales. 
–Los buenos modales no se aprenden en las lecciones –corrigió 
Alicia–. Lo que se enseña en las lecciones es a sumar y cosas por 
el estilo. 
–¿Sabes sumar? –le preguntó la Reina blanca–. ¿Cuánto es uno y 
uno y uno y uno y uno y uno y uno y uno? 
–No sé –dijo Alicia– he perdido la cuenta. 
–No sabe sumar –interrumpió la Reina roja–. ¿Sabes restar? 
¿Cuánto es ocho menos nueve? 
–Restarle nueve a ocho no puede ser, ya sabe –replicó Alicia 
vivamente– pero, en cambio... 
–Tampoco sabe restar –concluyó la Reina blanca–. 
¿Sabes dividir? Divide un pan con un cuchillo..., ¡a ver si sabes 
contestar a eso! 
–Supongo que... –estaba empezando a decir Alicia, pero la Reina 
roja contestó por ella–: Pan y mantequilla, por supuesto. Prueba 
hacer otra resta: quítale un hueso a un perro y, ¿qué queda? 
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Alicia consideró el problema: –Desde luego el hueso no va a 
quedar si se lo quito al perro..., pero el perro tampoco se quedaría 
ahí si se lo quito; vendría a morderme..., y en ese caso, ¡estoy 
segura de que yo tampoco me quedaría! 
–Entonces, según tú, ¡no quedaría nada? –insistió la Reina roja. 
–Creo que esa es la contestación. 
–Equivocada, como de costumbre –concluyó la Reina roja–.Quedaría la paciencia del perro. 
–Pero no veo cómo... 
–¿Qué cómo? ¡Pues así! –gritó la Reina negra -. El perro perdería 
la paciencia, ¿no es verdad? 
–Puede que sí –replicó Alicia con cautela. 
–Entonces si el perro se va, ¡tendría que quedar ahí la paciencia 
que perdió! – exclamó triunfalmente la Reina roja. 
Alicia objetó con la mayor seriedad que pudo: –Pudiera ocurrir 
que ambos fueran por caminos distintos–. Sin embargo, no pudo 
remediar el pensar para sus adentros–: Pero, ¡qué sarta de 
tonterías que estamos diciendo! 
–¡No tiene ni idea de matemáticas! –sentenciaron enfáticamente 
ambas reinas a la vez. 
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–¿Sabe usted sumar acaso? –dijo Alicia, volviéndose súbitamente 
hacia la Reina blanca, pues no le gustaba nada tanta crítica. 
A la Reina se le cortó la respiración y cerró los ojos: –Sé sumar –
aclaró– si me das el tiempo suficiente... Pero no sé restar de 
ninguna manera. 
–¿Supongo que sabrás tu A B C? –intimó la Reina roja. 
–¡Pues no faltaba más! –respondió Alicia. 
Yo también –le susurró la Reina blanca al oído–: lo repasaremos 
juntas, querida; y te diré un secreto... ¡Sé leer palabras de una 
letra! ¿No te parece estupendo? Pero en todo caso, no te 
desanimes, que también llegarás tú a hacerlo con el tiempo. 
Al llegar a este punto, la Reina roja empezó de nuevo a examinar: 
–¿Sabes responder a preguntas prácticas? ¿Cómo se hace el pan? 
–¡Eso sí que lo sé! –gritó Alicia muy excitada–. Se toma un poco 
de harina... –¡Qué barbaridad! ¡Cómo vas a beber harina! –se 
horrorizó la Reina blanca. 
–Bueno, no quise decir que se beba sino que se toma así con la 
mano, después de haber molido el grano... 
–¡No sé por qué va a ser un gramo y no una tonelada! –siguió 
objetando la Reina blanca–. No debieras dejar tantas cosas sin 
aclarar. 
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–¡Abanícale la cabeza! –interrumpió muy apurada la Reina roja–
. Debe de tener ya una buena calentura de tanto pensar. –Y las 
dos se pusieron manos a la obra abanicándola con manojos de 
hojas, hasta que Alicia tuvo que rogarles que dejaran de hacerlo 
pues le estaban volando los pelos de tal manera. 
Ya se encuentra mejor –diagnosticó la Reina roja–. ¡Has 
aprendido idiomas? ¿Cómo se dice tururú en francés? 
–Tururú no es una palabra castellana –replicó Alicia con un 
mohín de seriedad. 
–¿Y quién dijo que lo fuera? –replicó la Reina roja. 
Alicia pensó que esta vez sí que se iba a salir con la suya–. Si me 
dice a qué idioma pertenece eso de tururú, ¡le diré lo que quiere 
decir en francés! –exclamó triunfante. 
Pero la Reina roja se irguió con cierta dignidad y le contestó: –
Las reinas nunca hacen tratos. 
–¡Ojalá tampoco hicieran preguntas! –pensó Alicia para sus 
adentros. 
–¡No nos peleemos! –intercedió la Reina blanca un tanto 
apurada–. ¿Cuál es la causa del relámpago? 
–Lo que causa al relámpago –pronunció Alicia muy decidida, 
porque esta vez sí que estaba convencida de que sabía la 
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contestación–, es el trueno..., ¡ay, no, no! –se corrigió 
apresuradamente–. ¡Quise decir al revés! 
–¡Demasiado tarde para corregirlo! –sentenció la Reina roja–. 
Una vez que se dice algo, ¡dicho está! Y a cargar con las 
consecuencias... 
–Lo que me recuerda... –dijo la Reina blanca mirando hacia el 
suelo y juntando y separando las manos nerviosamente–. ¡La de 
truenos y relámpagos que hubo durante la tormenta del último 
martes...! Bueno, de la última tanda de martes que tuvimos, se 
comprende. 
Esto desconcertó a Alicia. –En nuestro país –observó– no hay 
más que un día a la vez. 
La Reina roja dijo: –¡Pues vaya manera más mezquina y 
ramplona de hacer las cosas! En cambio aquí, casi siempre 
acumulamos los días y las noches; y a veces en invierno nos 
echamos al coleto hasta cinco noches seguidas, ya te podrás 
imaginar que para aprovechar mejor el calor. 
–¿Es que cinco noches son más templadas que una? –se atrevió a 
preguntar Alicia. 
–Cinco veces más templadas, pues claro. 
–Pero, por la misma razón, debieran de ser cinco veces más 
frías... 
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–¡Así es! ¡Tú lo has dicho! –gritó la Reina roja–.Cinco veces más 
templadas y cinco veces más frías..., de la misma manera que yo 
soy cinco veces más rica que tú y cinco veces más lista! 
Alicia se dio por vencida, suspirando. –Es igual que una 
adivinanza sin solución –pensó. 
–Humpty Dumpty también la vio continuó la Reina blanca con 
voz grave, más como si hablara consigo misma que otra cosa–. 
Se acercó a la puerta con un sacacorchos en la mano. 
–Y, ¿qué es lo que quería? –preguntó la Reina roja. 
–Dijo que iba a entrar como fuera –explicó la Reina blanca– 
porque estaba buscando a un hipopótamo. Ahora que lo que 
ocurrió es que aquella mañana no había nada que se le pareciese 
por la casa. 
–Y, ¿es que sí suele haberlos, por lo general? –preguntó Alicia 
muy asombrada. –Bueno, sólo los jueves –replicó la Reina. 
–Yo sí sé a lo que iba Humpty Dumpty –afirmó Alicia–. Lo que 
quería era castigar a los peces, porque... 
Pero la Reina blanca reanudó en ese momento su narración. –
¡Qué de truenos y de relámpagos! ¡Es que no sabéis lo que fue 
aquello! (–Ella es la que nunca sabe nada, por supuesto –intercaló 
la Reina roja.) Y se desprendió parte del techo y por ahí ¡se 
colaron una de truenos...! ¡Y se pusieron a rodar por todas partes 
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como piedras de molino..., tumbando mesas y revolviéndolo 
todo..., hasta que me asusté tanto que no me acordaba ni de mi 
propio nombre! 
Alicia se dijo a si misma: –¡A mi desde luego no se me habría 
ocurrido ni siquiera intentar recordar mi nombre en medio de un 
accidente tal! ¿De qué me habría servido lograrlo! –pero no lo 
dijo en voz alta por no herir los sentimientos de la pobre reina. 
–Su Majestad ha de excusarla –le dijo la Reina roja a Alicia, 
tomando una de las manos de la Reina blanca entre las suyas y 
acariciándosela suavemente–. Tiene buena intención, pero por lo 
general no puede evitar que se le escapen algunas tonterías. 
La Reina blanca miró tímidamente a Alicia, que sintió que tenía 
que decirle algo amable; pero la verdad es que en aquel momento 
no se le ocurría nada. 
–Lo que pasa es que nunca la educaron como es debido –
continuó la Reina roja- -. Pero el buen carácter que tiene es algo 
que asombra. ¡Dale palmaditas en la cabeza y verás cómo le 
gusta! –Pero esto era algo más de lo que Alicia se habría atrevido. 
–Un poco de cariño..., y unos tirabuzones en el pelo..., es todo lo 
que está pidiendo. 
La Reina blanca dio un profundo suspiro y recostó la cabeza 
sobre el hombro de Alicia. –Tengo tanto sueño –gimió. 
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–¡Está cansada, pobrecita ella! –Se compadeció la Reina roja–. 
Alísale el pelo..., préstale tu gorro de dormir..., y arrúllala con 
una buena canción de cuna. 
–No llevo gorro de dormir que prestarle –dijo Alicia intentando 
obedecer la primera de sus indicaciones– y tampoco sé ninguna 
buena canción de cuna con qué arrullarla. 
–Lo tendré que hacer yo, entonces –dijo la Reina roja y empezó: 
Duérmete mi Reina sobre el regazo de tu Alicia. 
Has que esté lista la merienda tendremos tiempo para una siesta. 
Y cuando se acabe la fiesta nos iremos todas a bailar: 
La Reina blanca, y la Reina roja, Alicia y todas las demás. 
–Y ahora que ya sabes la letra –añadió recostandola cabeza sobre 
el otro hombro de Alicia– no tienes más que cantármela a mí; que 
también me está entrando el sueño–. Un momento después, 
ambas reinas se quedaron completamente dormidas, roncando 
sonoramente. 
–Y ahora, ¿qué hago? –exclamó Alicia, mirando a uno y a otro 
lado, llena de perplejidad a medida que primero una redonda 
cabeza y luego la otra rodaban desde su hombro y caían sobre su 
regazo como un pesado bulto. 
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–¡No creo que nunca haya sucedido antes que una tuviera que 
ocuparse de dos reinas dormidas a la vez! ¡No, no, de ninguna 
manera, nunca en toda la historia de Inglaterra! ... Bueno, eso ya 
sé que nunca ha podido ser porque nunca ha habido dos reinas 
a la vez. ¡A despertar pesadas! –continuó diciendo con franca 
impaciencia; pero por toda respuesta no recibió más que unos 
amables ronquidos. 
Los ronquidos se fueron haciendo cada minuto más distintos y 
empezaron a sonar más bien como una canción: por último Alicia 
creyó incluso que podía percibir hasta la letra y se puso a 
escuchar con tanta atención que cuando las dos grandes cabezas 
se desvanecieron súbitamente de su regazo apenas si se dio 
cuenta. 
Se encontró frente al arco de una puerta sobre la que estaba 
escrito «REINA ALICIA», en grandes caracteres; y a cada lado 
del arco se veía el puño de una campanilla: bajo una de ellas 
estaba escrito «Campanilla de visitas» y bajo el otro «Campanilla 
de servicio». 
–Esperaré a que termine la canción –pensó Alicia– y luego sonaré 
la campanilla de..., de..., ¿pero cual de las dos? –continuó muy 
desconcertada por ambos carteles -. No soy una visita y tampoco 
soy del servicio. En realidad lo que pasa es que debiera de haber 
otro que dijera «Campanilla de la reina»... 
Justo entonces la puerta se entreabrió un poco y una criatura con 
un largo pico asomó la cabeza un instante, sólo para decir: –¡No 
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se admite a nadie hasta la semana después de la próxima! –y 
desapareció luego dando un portazo. 
Durante largo rato Alicia estuvo aporreando la puerta y sonando 
ambas campanillas, pero en vano. Por último, una vieja rana que 
estaba sentada bajo un árbol, se puso en pie y se acercó 
lentamente, renqueando, hacia donde estaba. Llevaba un traje de 
brillante amarillo y se había calzado unas botas enormes. 
–Y ahora, ¿qué pasa? –le preguntó la rana con voz aguardentosa. 
Alicia se volvió dispuesta a quejarse de todo el mundo. 
–¿Dónde está el criado que debe responder a la puerta? –empezó 
a rezongar enojada. 
–¿Qué puerta? –preguntó lentamente la rana. 
Alicia dio una patada de rabia en el suelo: le irritaba la manera 
en que la rana arrastraba las palabras. –¡Esta puerta, pues claro! 
La rana contempló la puerta durante un minuto con sus grandes 
e inexpresivos ojos; luego se acercó y la estuvo frotando un poco 
con el pulgar como para ver si se le estaba desprendiendo la 
pintura; entonces miró a Alicia. 
–¿Responder a la puerta? –dijo–. ¿Y qué es lo que la ha estado 
preguntando? – Estaba tan ronca que Alicia apenas si podía oír 
lo que decía. 
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No sé qué es lo que quiere decir –dijo. 
–,Ahí va! ¿y no le e'toy halando en cri'tiano? –replicó la rana– ¿o 
e' que se ha quedao sorda? ¿Qué e' lo que la ha e'tao 
preguntando? 
–¡Nada! –respondió Alicia impacientemente–. ¡La he estado 
aporreando! 
–Ezo e'tá muy mal..., ezo e'tá muy mal... –masculló la rana–. 
Ahora se no' ha enfadao. –Entonces se acercó a la puerta y le 
propinó una fuerte patada con uno de sus grandes pies-. U'té, 
ándele y déjela en paz –jadeó mientras cojeaba de vuelta hacia su 
árbol– y ya verá como ella la deja en paz a u'té. 
En este momento, la puerta se abrió de par en par y se oyó una 
voz que cantaba estridentemente: 
Al mundo del espejo Alicia le decía: ¡En la mano llevo el cetro y 
sobre la cabeza la corona! ¡Vengan a mí las criaturas del espejo, 
sean ellas las que fueren! ¡Vengan y coman todas conmigo, con 
la Reina roja y la Reina blanca! Y cientos de voces se unieron 
entonces coreando: ¡llenad las copas hasta rebosar! ¡Adornad las 
mesas de botones y salvado! ¡Poned, gatos en el café y ratones en 
el té! ¡Y libemos por la Reina Alicia, 
no menos de treinta veces tres! 
Siguió luego un confuso barullo de «vivas» y de brindis y Alicia 
pensó: – Treinta veces tres son noventa, ¿me pregunto si alguien 
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estará contando? –Al minuto siguiente volvió a reinar el mayor 
silencio y la misma estridente voz de antes empezó a cantar una 
estrofa más: 
¡Oh criaturas del espejo, 
clamó Alicia. Venid y acercaros a mí! ¡Os honro con mi 
presencia y os regalo con mi voz! 
¡Qué alto privilegio os concedo 
de cenar y merendar conmigo, 
con la Reina roja y con la Reina blanca! 
Otra vez corearon las voces: 
¡llenemos las copas hasta rebosar, con melazas y con tintas, 
o con cualquier otro brebaje igualmente agradable de beber! 
¡Mezclad la arena con la sidra 
y la lana con el vino! 
iY brindemos por la Reina Alicia 
no menos de noventa veces nueve! 
–¡Noventa veces nueve! –repitió Alicia con desesperación–. ¡Así 
no acabarán nunca! Será mejor que entre ahora mismo de una 
vez –y en efecto entró; mas en el momento en que apareció se 
produjo un silencio mortal. 
Alicia miró nerviosamente a uno y otro lado de la mesa mientras 
avanzaba andando por la gran sala; pudo ver que había como 
unos cincuenta comensales, de todas clases: algunos eran 
animales, otros pájaros y hasta se podían ver algunas flores. –Me 
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alegro de que hayan venido sin esperar a que los hubiera 
invitado –pensó– pues desde luego yo no habría sabido nunca a 
qué personas había que invitar. 
Tres sillas formaban la cabecera de la mesa: la Reina roja y la 
Reina blanca habían ocupado ya dos de ellas, pero la del centro 
permanecía vacía. En esa se fue a sentar Alicia, un poco azarada 
por el silencio y deseando que alguien rompiese a hablar. 
Por fin empezó la Reina roja: –Te has perdido la sopa y el 
pescado –dijo–. ¡Qué traigan el asado! –Y los camareros pusieron 
una pierna de cordero delante de Alicia, que se la quedó mirando 
un tanto asustada porque nunca se había visto en la necesidad 
de trinchar un asado en su vida. 
–Pareces un tanto cohibida: permíteme que te presente a la 
pierna de cordero – le dijo la Reina roja–: Alicia..., Cordero; 
Cordero..., Alicia. –La pierna de cordero se levantó en su fuente 
y se inclinó ligeramente ante Alicia; y Alicia le devolvió la 
reverencia no sabiendo si debía de sentirse asustada o divertida 
por todo esto. 
–¿Me permiten que les ofrezca una tajada? –dijo tomando el 
cuchillo y el tenedor y mirando a una y a otra reina. 
–¡De ningún modo! –replicó la Reina roja muy firmemente–: 
Sería una falta de etiqueta trinchar a alguien que nos acaba de ser 
presentado. ¡Qué se lleven el asado! –Y los camareros se lo 
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llevaron diligentemente, poniendo en su lugar un gran budín de 
ciruelas. 
–Por favor, que no me presenten al budín –se apresuró a indicar 
Alicia– o nos quedaremos sin cenar. ¿Querrían que les sirviese 
un poquito? 
Pero la Reina roja frunció el entrecejo y se limitó a gruñir 
severamente: – Budín..., Alicia; Alicia..., Budín. ¡Que se lleven el 
budín! –Y los camareros se lo llevaron con tanta rapidez que 
Alicia no tuvo tiempo ni de devolverle la reverencia. 
De todas formas, no veía por qué teníaque ser siempre la Reina 
roja la única en dar órdenes; así que, a modo de experimento, dijo 
en voz bien alta: –¡Camarero! ¡Que traigan de nuevo ese budín! 
–y ahí reapareció al momento, como por arte de magia. Era tan 
enorme que Alicia no pudo evitar el sentirse un poco cohibida, 
lo mismo que le pasó con la pierna de cordero. Sin embargo, 
haciendo un gran esfuerzo, logró sobreponerse, cortó un buen 
trozo y se lo ofreció a la Reina roja. 
–¡¡Qué impertinencia!! –exclamó el budín–. Me gustaría saber, 
¿cómo te gustaría a ti que te cortaran una tajada del costado! ¡Qué 
bruta! 
Hablaba con una voz espesa y grasienta y Alicia se quedó sin 
respiración, mirándolo toda pasmada. 
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–Dile algo, –recomendó la Reina roja–. Es ridículo dejar toda la 
conversación a cargo del budín. 
–¿Sabe usted? En el día de hoy me han recitado una gran 
cantidad de poemas – empezó diciendo Alicia, un poco asustada 
al ver que en el momento en que abría los labios se producía un 
silencio de muerte y que todos los ojos se fijaban en ella– y me 
parece que hay algo muy curioso..., que todos ellos tuvieron algo 
que ver con pescados. ¿Puede usted decirme por qué gustan 
tanto los peces a todo el mundo de por aquí? 
Le decía esto a la Reina roja, cuya respuesta se alejó un tanto del 
tema. – Respecto al pescado –dijo muy lenta y solemnemente, 
acercando mucho la boca al oído de Alicia– Su Blanca Majestad 
sabe una adivinanza..., toda en rima..., y toda sobre peces... 
¿Quieres que te la recite? 
–Su Roja Majestad es muy amable de sacarlo a colación –
murmuró la Reina blanca al otro oído de Alicia, arrullando como 
una paloma–. Me gustaría tanto hacerlo..., ¿no te importa? 
–No faltaba más –concedió Alicia, con mucha educación. 
La Reina blanca sonrió alegremente de lo contenta que se puso y 
acarició a Alicia en la mejilla. Empezó entonces: 
Primero, hay que pescar al pez; Cosa fácil es: hasta un niño 
recién nacido sabría hacerlo. Luego, hay que comprar al pez; 
Cosa fácil es: hasta con un penique podría lograrlo. 
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Ahora, cocíname a ese pez; Cosa fácil es: no nos llevará ni tan 
siquiera un minuto. Arréglamelo bien en una fuente: pues vaya 
cosa: si ya está metido en una. 
Tráemelo acá, que voy a cenar; Nada más fácil que ponerla sobre 
la mesa ¡Destápame la fuente! ¡Ay! Esto sí que es difícil: no puedo 
yo con ella. 
Porque se pega como si fuera con cola, Porque sujeta la tapa de 
la fuente mientras se recuesta en ella. 
 
¿Qué es más fácil, pues, descubrir la fuente o destapar la 
adivinanza? 
–Tómate un minuto para pensarlo y adivina luego –le dijo la 
Reina roja–. Mientras tanto, brindaremos a tu salud. ¡Viva la 
Reina Alicia! –chilló a todo pulmón y todos los invitados se 
pusieron inmediatamente a beber..., pero, ¡de qué manera más 
extraña! Unos se colocaban las copas sobre sus cabezas, como si 
se tratara del cono de un apagador, bebiendo lo que les chorreaba 
por la cara... Otros voltearon las jarras y se bebían el vino que 
corría por los ángulos de la mesa..., y tres de ellos (que parecían 
más bien canguros) saltaron sobre la fuente del cordero asado y 
empezaron a tomarse la salsa a lametones: –¡Como si fueran 
cerdos en su pocilga! –pensó Alicia. 
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–Deberías dar ahora las gracias con un discursito bien arreglado 
–dijo la Reina roja dirigiéndose a Alicia con el entrecejo 
severamente fruncido. 
–A nosotras nos toca apoyarte bien, ya sabes –le aseguró muy 
por lo bajo la Reina blanca a Alicia, mientras ésta se levantaba 
para hacerlo, muy obedientemente, pero algo asustada. 
–Muchas gracias –susurró Alicia respondiéndole– pero me las 
puedo arreglar muy bien sola. 
–¡Eso sí que no puede ser! –pronunció la Reina roja con mucha 
determinación: así que Alicia intentó someterse a sus esfuerzos 
del mejor grado posible. 
(–¡Y lo que me apretujaban! –diría Alicia más tarde, cuando 
contaba a su hermana cómo había transcurrido la fiesta–. 
¡Cualquiera hubiera dicho que querían aplanarme del todo entre 
las dos!) 
La verdad es que le fue bastante difícil mantenerse en su sitio 
mientras pronunciaba su discurso: las dos reinas la empujaban 
de tal manera, una de cada lado, que casi la levantaban en 
volandas con sus empellones. –Me levanto para expresaros mi 
agradecimiento... –empezó a decir Alicia; y de hecho se estaba 
levantando en el aire algunas pulgadas, mientras hablaba. Pero 
se agarró bien del borde de la mesa y consiguió volver a su sitio 
a fuerza de tirones. 
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–¡Cuidado! ¡Agárrate bien! –chilló de pronto la Reina blanca, 
sujetando a Alicia por el pelo con ambas manos–. ¡Que va a 
suceder algo! 
Y entonces (como lo describiría Alicia más tarde) toda clase de 
cosas empezaron a suceder en un instante: las velas crecieron 
hasta llegar al techo..., parecían un banco de juncos con fuegos 
de artificio en la cabeza. En cuanto a las botellas, cada una se hizo 
con un par de platos que se ajustaron apresuradamente al 
costado, a modo de alas, y de esta guisa, con unos tenedores 
haciéndoles las veces de patas, comenzaron a revolotear en todas 
direcciones. –¡Si hasta parecen pájaros! –logró pensar Alicia a 
pesar de la increíble confusión que empezaba a invadirlo todo. 
En este momento, Alicia oyó que alguien soltaba una carcajada 
aguardentosa a su lado y se volvió para ver qué le podía estar 
sucediendo a la Reina blanca; pero en vez de la Reina lo que 
estaba sentado a su lado era la pierna de cordero. –¡Aquí estoy! 
– gritó una voz desde la marmita de la sopa y Alicia se volvió 
justo a tiempo para ver la cara ancha y bonachona de la Reina 
blanca sonriéndole por un momento antes de desaparecer del 
todo dentro de la sopa. 
No había ni un momento que perder. Ya varios de los comensales 
se habían acomodado en platos y fuentes, y el cucharón de la 
sopa avanzaba amenazadoramente por encima de la mesa, hacia 
donde estaba Alicia, haciéndole gestos impacientes para que se 
apartara de su camino. 
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–¡Esto no hay quien lo aguante! –gritó Alicia poniéndose en pie 
de un salto y agarrando el mantel con ambas manos: un buen 
tirón y platos, fuentes, velas y comensales se derrumbaron por el 
suelo, cayendo con estrépito y todos juntos en montón. 
–¡Y en cuanto a ti! –continuó volviéndose furiosa hacia la Reina 
roja, a la que consideraba culpable de todo este enredo... 
Pero la Reina ya no estaba a su lado..., había menguado 
súbitamente hasta convertirse en una pequeña muñeca que 
estaba ahora sobre la mesa, correteando alegremente y dando 
vueltas y más vueltas en pos de su propio mantón que volaba a 
sus espaldas. 
En cualquier otro momento, Alicia se habría sorprendido al ver 
este cambio, pero estaba demasiado excitada para que nada le 
sorprendiese ahora. 
–¡En cuanto a ti! –repitió agarrando a la figurilla justo cuando 
ésta estaba saltando por encima de una botella que había 
aterrizado sobre la mesa–. ¡Te voy a sacudir hasta que te 
conviertas en un gatito! ¡Vaya que si lo voy a hacer! 
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Capítulo 10: SACUDIENDO 
Mientras hablaba, Alicia la retiró de la mesa y empezó a sacudirla 
hacia atrás y hacia adelante con todas sus fuerzas. 
La Reina roja no ofreció la menor resistencia: tan sólo ocurrió que 
su cara se fue empequeñeciendo mientras que los ojos se le 
agrandaban y se le iban poniendo verdes; y mientrasAlicia 
continuaba sacudiéndola, seguía haciéndose más pequeña..., y 
más gorda..., y más suave..., y más redonda..., y ... 
 
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Capítulo 11: DESPERTANDO 
..., y..., ¡en realidad era un gatito, después de todo! 
 
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Capítulo 12: ¿QUIEN LO SOÑÓ? 
 
–Su Roja Majestad no debiera de ronronear tan fuertemente –dijo 
Alicia, frotándose los ojos y dirigiéndose al gatito, 
respetuosamente pero con alguna severidad–. Me has 
despertado y, ¡ay, lo que estaba soñando era tan bonito! Y has 
estado conmigo, gatito, todo este tiempo, en el mundo del espejo, 
¿lo sabías, querido? 
Los gatitos tienen la costumbre, muy inconveniente (había dicho 
Alicia en alguna ocasión) de ponerse siempre a ronronear les 
digas lo que les digas. –Si tan sólo ronronearan cuando dicen «sí» 
y maullaran cuando dicen «no», o cualquier otra regla por el 
estilo –había dicho– lo que sea para poder conversar. ¡Pero no! 
¿Cómo puede una hablar con una persona que se empeña en 
decir siempre la misma cosa? 
En esta ocasión el gatito sólo ronroneó y era imposible saber si 
estaba diciendo que «sí» o que «no». 
Así que Alicia se puso a rebuscar por entre las figuras del ajedrez 
hasta que encontró a la Reina roja; entonces se arrodilló sobre la 
alfombra delante de la chimenea y colocó al gatito y a la Reina 
uno frente a la otra: 
–¡Ahora dime, minino! –exclamó batiendo palmas–. ¡Confiesa 
que te convertiste en ésta! 
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(–Pero no quería ni mirar a la figurilla –decía luego Alicia cuando 
se lo estaba contando todo a su hermana. –Volvía la cabeza y 
pretendía que no la veía; pero parecía que estaba algo 
avergonzado de sí mismo, así que creo que tuvo que ser él quien 
se convirtió en la Reina roja.) 
–¡Siéntate un poco más derecho! –le gritó Alicia riendo 
alegremente–. ¡A ver si haces una reverencia mientras piensas 
qué es lo que vas a..., lo que vas a ronronear! Ya sabes que así se 
gana tiempo. –Y lo levantó en brazos para darle un besito. –En 
honor de quien ha sido una Reina roja. 
–¡Copito de nieve! ¡Mi favorito! continuó mirando por encima 
del hombro y viendo al gatito blanco, que se sometía aún con 
paciencia al meticuloso acicalamiento de su madre–. ¿Y cuándo, 
me pregunto, acabará Dina con su Blanca Majestad? Por eso será 
que estabas tan desgreñada en mi sueño... ¡Pero Dina! ¿Te das 
cuenta de que estás fregoteando nada menos que a una Reina 
Blanca? ¡Francamente, qué falta de respeto! 
–¿Y en qué se habrá convertido Dina, me gustaría saber? –
continuó parloteando Alicia mientras se acostaba sobre el suelo, 
poniéndose cómoda, con un codo apoyado sobre la alfombra y 
la barbilla descansando sobre una mano, para observar a los 
gatitos. 
–Dime, Dina: ¿te transformaste en Humpty Dumpty? Pues yo 
creo que sí... Sin embargo, será mejor que no se lo digas a tus 
amigos por ahora porque aún no estoy segura. 
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–A propósito, gatito; si de verdad estuviste conmigo en mi sueño, 
hay algo con lo que desde luego lo habrías pasado muy bien..., 
toda esa cantidad de poemas que me recitaron y, ¡todos sobre 
peces! Mañana por la mañana te daré algo que te guste mucho: 
mientras te comes el desayuno te recitaré La morsa y el 
carpintero, ¡para que puedas imaginarte que te estás zampando 
unas ostras! Ahora, veamos, gatito: pensemos bien quién fue el 
que ha soñado todo esto. Te estoy preguntando algo muy serio, 
querido mío, así que no debieras de seguir ahí lamiéndote una 
patita de esa manera... ¡Como si Dina no te hubiera dado ya un 
buen lavado esta mañana! ¿Comprendes, gatito? Tuve que ser yo 
o tuvo que ser el Rey rojo, a la fuerza. ¡Pues claro que él fue parte 
de mi sueño!..., pero también es verdad que yo fui parte del suyo. 
¿Fue de veras el Rey rojo, gatito? Tú eras su esposa, querido, de 
forma que tú debieras de saberlo... ¡Ay gatito! ¡Ayúdame a 
decidirlo! Estoy segura de que tu patita puede esperar a más 
tarde. Pero, el exasperante minino se hizo el sordo y empezó a 
lamerse la otra. 
¿Quién creéis vosotros que fue? 
Bajo un soleado cielo, una barca se desliza calladamente en el 
sueño de una tarde de verano... 
Tres niñas se acurrucan muy cerca, los ojos brillantes, el oído 
atento quisieran oír un sencillo cuento... 
Mucho ha ya de aquel soleado cielo, se apagan sus ecos y su 
recuerdo... El gélido otoño ha muerto aquel julio estival. 
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Mas su espíritu..., aún inquieta mi ánimo: Alicia deambulando 
bajo cielos que nunca ojos mortales vieron. 
Aún querrán niños un cuento, los ojos brillantes, el oído atento 
acurrucándose amorosos a mi lado. 
Penetran en un país de maravillas. Soñando mientras pasan los 
días, soñando mientras mueren los estíos. 
Siempre deslizándose con la corriente..., siempre flotando en ese 
rayo dorado..., la vida, acaso, ¿no es más que un sueño? 
 
 
Material autorizado sólo para consulta con fines educativos, culturales y no lucrativos, con la obligación de citar 
invariablemente como fuente de la información la expresión “Edición digital. Derechos Reservados. Biblioteca Digital © 
Instituto Latinoamericano de la Comunicación Educativa ILCE”. 
 
 
 
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