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El cuerpo productivo Teoría del cuerpo en el modo de producción capitalista Didier Deleule Francois Guéry Editorial Tiempo Contemporáneo Título del original: be corps productif. © Maison Mame, 1973. Traducción: Marco Gaknarini Tapa: Carlos Boccardo IMPRESO EN' L A ARGENTINA Queda hecho el depósito que previene La Ley \ 11 .72 © de todas las ediciones en castellano EDITO RIAL TIEMPO CONTEMPORANEO S.A., 19 Viam onte 14 53 - Buenos Aires https://tinyurl.com/y794dggv https://tinyurl.com/y9malmmm Indice Prim era parte Prólogo 9 La individualización del cuerpo productivo 15 Francois Guéry I. Cuerpo, producción, productividad 17 II. El cuerpo productivo en Marx: La apropiación capitalista de los poderes del cuerpo III. Metamorfosis en curso: La naturalización de los poderes de la cabeza o el cerebro fragmentado 61 Segunda parte Viviente - máquina y máquina viva 87 I. La construcción del cuerpo productivo en su imagen 7 II. La psicología en el cuerpo productivo 89 Prólogo Si bien es cierto que toda producción tiene necesi dad de medios, entre los cuales se cuentan los ins trumentos, la producción humana de las condicio nes mismas de subsistencia parece utilizar al cuerpo propio como instrumento privilegiado del cual proviene toda técnica desarrollada, incluso el ma qumismo. Según Marx, toda producción es social, y la socialización del cuerpo no se distingue de su conversión en medio de producción. Sin embargo, las sociedades históricas no socializaron inmediata mente la fuerza de trabajo que conlleva el cuerpo biológico, sino sólo en un pasado reciente, en un pasado que es el nuestro. Se trata de una tarea que el capitalismo cumple todavía hoy, la de incorporar el cuerpo biológico al cuerpo social por mediación de un tercer cuerpo, hasta ahora inadvertido porque es objetivamente fatal e indistinto: el cuerpo pro ductivo. El trabajo de esta mediación, lejos de acercar el cuerpo biológico al estado socializado en que el cuerpo social lo contendría como elemento, sólo consigue hipertrofíar el cuerpo intermediario y retardar la fusión, hasta llegar a invertir la tenden cia, ya que la socialización prevista cede lugar a la privatización de las funciones sociales. Si un cuerpo se define tanto por su unidad como por sus divi siones, no es la división social del trabajo —que afecta al cuerpo social— la que lleva a cabo las ta reas formadoras y represivas, objetivamente identi 9 ficadas, en perjuicio del cuerpo biológico. Quien cumple esa función es la división técnica, heredera de la división manufacturera, al afectar al cuerpo productivo. La división técnica no fragmenta el cuerpo biológico, sino que lo descuartiza al sepa rarlo de sus poderes, al volver contra él los poderes de la cabeza, su extracto, su resumen. El capital cumple, además, con la migración de las energías productivas a la capital del cuerpo que es la ca beza; entonces comienza a merecer su nombre. Por lo tanto, la inclusión jerárquica de los tres cuer pos no es estable, sino que sufre un movimiento de translación bipolar hacia su parte media, un de venir productivo de todos sus componentes. Curio samente, la epistemología contemporánea, compren dida la de las ciencias sociales e incluyendo el ma terialismo histórico en sus formas más aceptadas, anuncian la desaparición de la producción en la reproducción y declaran reproductora a toda es tructura productiva. En el dominio de las ciencias de la vida, Jacob sostiene, por ejemplo, en la Logi que du vivant, que la reproducción es a la vez el criterio de la vida y el fenómeno lógicamente pri mero del cual la producción de cada individuo sólo sería la pieza de un engranaje. El poder autoproduc- tor de las estructuras sociales se ve afirmado por análisis en los que el juego de las funciones socia les más diversas se asimila al de los mecanismos de reproducción, lo que acredita la tesis de la so cialización acelerada de los dos cuerpos dominados. La escuela, la prisión, el hospital, los sindicatos y los partidos, rivalizarían con el aparato central del Estado, a fin de lograr una mejor socialización del cuerpo biológico, es decir, de quebrarlo. En reali dad, la tendencia predominante es la de la privati- 10 zación de los órganos, la de su integración en el cuerpo productivo como elementos de la produc ción, o de la modelación del material humano hasta dejarlo bajo la forma productiva. De este modo, la formación del cuerpo productivo, en el sentido bio lógico del término, es inducida desde lo alto por el cuerpo social, una vez que la burguesía se ha apo derado de sus órganos principales. (Se comienza a ver que la monarquía absoluta es una forma bur guesa de Estado). Y este cuerpo adquiere en se guida una autonomía y una importancia cada vez mayores. Es esa autonomía la que acentúa su su misión al cuerpo social, cuyos poderes va heredando poco a poco. Por ejemplo: la reproducción —propia del cuerpo jerárquicamente dominante que engloba a los otros dos— pasa al servicio de la producción. A este respecto vale la pena recordar, prolongar y tomarse en serio los análisis del cuerpo u organismo productivo que lleva a cabo Marx en la cuarta sec ción del libro primero de El Capital.“ Y éste, pre cisamente, será el tema de la primera parte de esta obra. Si el cuerpo social debe delegar cada vez más sus poderes en el cuerpo productivo, de la misma ma nera, la autonomía del cuerpo biológico se toma necesaria dentro del cuerpo productivo individua lizado: mejor aún, el rango de pieza de engranaje que el segundo confiriera al primero exige, en más de un aspecto, cierto tipo de separación que nos será preciso analizar. Esta separación -que señala el retomo de la vida bajo una forma dominada— requiere a su vez el desarrollo de una disciplina * Toda' las referencias a El C apital remiten a la traducción de W . Roces, F.C .E., 1946. 11 específica, que se encuentre ella misma en la inves tigación de su autonomía problemática. De este modo, la psicología de vocación científica viene a ocupar un lugar que, por así decir, le estaba ya reservado en el espacio ideológico, pero cuya efec tiva realización sólo puede darse cuando las condi ciones reales del desarrollo del modo de produc ción lo permitan. La disciplina psicológica, consi derada aquí como “síntoma” de la ampliación del campo de las ciencias humanas, constituye, pues, a su nivel propio, una de las mediaciones necesarias entre el cuerpo productivo y el cuerpo biológico: el cuerpo biológico produce en tanto cuerpo autó nomo apresado en las redes del cuerpo productivo, en su representación mecánica; entra en el círculo de la reproducción en tanto elemento del cuerpo productivo, el cual está a su vez sometido al cuer po social. Sin embargo, puesto que este elemento de base es en cierto modo irreductible a un discurso general sobre la producción, para tratarlo es nece sario el desarrollo de un discurso particular, único capaz de realizar la mediación indispensable. En adelante, nada impide pensar que la psicología, en tanto pieza de la reproducción simple, intervenga en la superficie del cuerpo social, aunque tan solo en la medida en que la mediación se desplace, pues, en última instancia, es el cuerpo social el que gobierna la fusión de la producción y de la repro ducción. A esta altura se trata, pues —a pesar de las lágri mas de protesta humanista que invaden gustosas la literatura “crítica” de las ciencias humanas, pero con una actitud de cautela respecto de las distin ciones tajantes del tipo ciencia/ideología, cuyo es fuerzo se agota en pensar las condiciones de cienti 12 ficidad de una ciencia (en este caso, de las ciencias del hombre)— de reintroducir la finalidad de las ciencias humanas (en este caso la psicología) en el circuito productivo en cuyo seno asumen ellas la función característica —sin dejar de lado las volun tades reformistas que a veces las frecuentan— con el mismotítulo, aunque en otro registro, que las ciencias de la naturaleza. Poco importa, entonces, que la psicología sea ideológica o ciencia (en reali dad el problema de establecer si la ciencia es super estructura o si constituye un dominio autónomo regido por las leyes del pensamiento, se desplaza considerablemente si, en tanto fuerza productiva, la ciencia se localiza en lo que se llama infraestruc tura, que en este caso se identifica con el cuerpo productivo). Y menos aún importa que se reclame para ella, a voz en cuello, el nivel-de-disciplina- científica - perfectamente - autónoma - pero -en-rela- ción-estrecha-con-las-otras-ciencias-humanas-para- promover-la-interdisciplinaridad -deseada, puesto que su discurso y sus prácticas se inscriben en un “proyecto” histórico que otorga a la psicología un lugar del que sólo por ejercicio de la “mala con ciencia” trata de escapar. D. Deleule F. Guery 13 Primera parte La individualización del cuerpo productivo Francois Guéry Cuerpo, producción, productividad I Decía Spinoza que ni siquiera sabemos lo que pue de un cuerpo. La cuestión acerca del poder de un cuerpo nos aleja de esta otra, que solemos formu larnos en primer término: qué es un cuerpo, cuál es su naturaleza, su identidad. Antes de ocuparse de lo que el cuerpo es, será necesario saber qué puede. Pero hay más todavía, pues ambas cuestio nes no están en la misma tesitura, no corresponden a la misma instancia. La concerniente al poder re mite a una experiencia de percepción de intensidad, una experiencia de conocimiento directo y sin ro deos. A la inversa, la cuestión concerniente a la identidad supone el hecho de nombrar, supone tam bién que el cuerpo haya padecido la experiencia de la identificación consigo mismo. Efectivamente, no podemos esperar respuesta alguna a la pregunta “¿Quién eres?”, de parte de alguien que jamás se la haya formulado antes. Con el lenguaje entramos en un laberinto, pues sólo se identifica aquello que ya se ha identificado con otra cosa que sí mismo. ¿Con qué se ha identificado el cuerpo? La pregunta se convierte en una investigación. No saldremos de ella, pero tampoco la evitaremos. Sin embargo, po- 17 demos remitir la pregunta a sí misma planteándole esta otra: ¿quién piensa en preguntar “quién está allí’? ¿quién reclama que lo desconocido que se presenta decline su identidad? Podemos responder de inmediato; los guardianes y la policía. Los guardianes de edificios, de depósi tos, de cuarteles, de cualquier propiedad pública o privada. La cuestión de la identidad es sospechosa, porque ignora y tiene miedo de ignorar, adivina y tiene miedo de adivinar. El que pregunta quién no tiene, por cierto, la conciencia tranquila, pues tiene- algo que perder, algo que ocultar también, y algo de qué temer, a priori, acerca de quien sea. La iden tidad, en efecto, es una referencia al anonimato. Unicamente los desconocidos, los indiferenciados, los anónimos, tienen necesidad de un nombre, de un número. Que cualquiera, quienquiera que fuese, sea un desconocido, y, en consecuencia, amenaza dor, es precisamente la realidad, el universo, del guardián de propiedad. Como contrapartida, los que dominan la historia tienen de ella una concepción policial, y esa es la que impera. También el cuerpo productivo se vio envuelto en la cuestión de la identidad, y le hizo falta un nombre. Como todo desconocido, amenaza la propiedad, pues es una propiedad en potencia. El nombre que lleva remite al universo policial de una cierta manera. La analizaremos. Ese cuerpo se llama productivo. “¿En qué sentido es una identidad? ¿No lo es acaso todo cuerpo? Si consideramos el cuerpo al que más comúnmente se reconoce como tal, es decir, el cuerpo de los ani males, vemos que produce, por lo menos, su propia sustancia, según el concepto de la especie; produce 18 su descendencia según este mismo concepto; se lo puede llamar productor de su especie. Pero casi no pensamos en ello, pues referimos todos los actos del cuerpo de los animales a su naturaleza de seres vivos, y no a la de productores. Del mismo modo, los niños transforman en sus jue gos los materiales que les son dados, pero con ello sólo se divierten; por cierto, producen. Ser productivo no es, por lo tanto, lo propio de quien transforma, o informa una materia previamente da da, como quisiera el mito de la creatividad, otro término sospechoso. A decir verdad, ser productivo no es propio de nada ni de nadie; sino que son los productos lo propio de quien se los apropia. Esto significa que el término pertenece al vocabulario de cierto tipo de propietario. Efectivamente, si ser productivo es ser susceptible de dar lugar a productos, objetos de una apropia ción, es porque la forma final de la producción, el producto, vale por sí misma, o de un modo privile giado. Pero, a no ser un consumidor, ¿quién quiere los productos? ¿Quién se apropiaría de productos que no se pudiera consumir de ninguna manera? Producción y productividad son nombres dados pol los consumidores, son signos del discurso del con sumidor. Del cuerpo productivo no se dice que es productor, porque su concepto, su nombre, no es la produc ción, sino la productividad. En alemán, a esto se le llama Produktickraft, término que no designa la ír.erza productiva, sino la potencia o facultad de producir. De la misma manera, el Urteihkraft del que Kant ha realizado la crítica, no es la fuerza del juicio, .sino la facultad de juzgar. ¡Facultad! ¿Se trata, pues, de algo facultativo? ¿Producir, sería ver- 19 (laderamente facultativo? ¿Es acaso el ejercicio de una potencia que podría muy bien abstenerse de en trar en acto? Los trabajadores de la tierra no sien ten que ejercen facultativamente su potencia de cultivar, su productividad. Por el contrario, la acti tud de gran señor caprichoso, esa gratuita genero sidad, se la atribuyen a la tierra. Así, las prácticas mágicas suponen una facultad de producir, y, en consecuencia, de no producir; suponen la suspensión de la potencia. Pero la potencia es el hecho de la naturaleza, o bien, si se prefiere, cuando el cuerpo social usufructúa esencialmente los trabajos agríco las no hay cuerpo productivo aislable e identifi- cable. Lo que ocurre es que el trabajador de la tierra se concibe más bien como el consumidor de los pro ductos de la tierra que como su productor. Sólo a este precio puede entrar en su discurso el término de productividad, atribuido a la tierra. Esto significa que, para que el cuerpo productivo se componga de trabajadores, y no de una vaga unidad entre la tierra y sus explotadores, es necesa rio que el consumo no esté natural, sino socialmente separado de la producción. Es necesario un espacio tal que el consumidor pueda ver la producción co mo una potencia extraña que funciona a su servido, y pueda suspender su potencia o su* servicio. Pero no es suficiente hablar de espacio o de distancia si no se dice quién separa, quién pone a distancia y quién ocupa el lugar así delimitado. Podemos suponer que el mediador hará su propio juego a fin de asegurarse la parte del león entre las que se han puesto sobre el tapete. El mediador es el pro pietario de los productos. El cuerpo productivo es para el consumidor, existe con ese nombre desde su 20 punto de vista. Es, pues, para y por sus productos. Ser propietario de productos equivale a dominar la producción. Quien se apropia de los productos, se apropia de su venta, es decir, del mercado. Vemos así que sólo existe cuerpo productivo en una economía de mercado o en un modo de producción mercantil. El secreto de que la producción se de sencadene o entre en suspenso, en forma de pro ductividad, está en que la producción no tiene co mo destino el consumo directo —segundo momento del ciclo— sino el mercado, la apropiación tempora ria de los productos, el intercambio. A la inversa, la aparición del mercado, del régimen de intercambio, del mercantilismo,implica la cris talización del cuerpo productivo, lo toma visible, le otorga un rostro y una identidad. Esta separación, esta división en el cuerpo produc tivo, constitutiva del mismo, es solidaria de otra división, externa, superior, y de carácter social: la división entre la ciudad y el campo. En verdad, la división entre producción y consumo, la intervención del intercambio y de la distribución, no afectan in teriormente al cuerpo productivo mismo, sino que solamente lo individualizan. Sin embargo, esta pri mera gran división que afecta exterionnente al cuerpo productivo, es el contragolpe de una división del cuerpo social, que nos pone sobre una pista, que enunciamos así: una división que afecta el inte- rior mismo del cuerpo productivo deberá siempre remitimos a una gran división social que la pro voque. La división entre la producción y el producto, que es posible intercambiar y consumir, deja lugar a una ttiediación, a un tercer término. Si es cierto que el 21 mediador se apropia de la producción junto con el producto, sabemos a quién obedece el cuerpo pro ductivo. Se trata de un dato precioso, pues de la naturaleza del propietario, del señor, dependerá la del siervo. El mediador es un término medio, y también el término que designa un medio: el medio, para la fuerza o la instancia productiva, de producir1. El mediador ocupa el lugar del medio de producción. Si la producción está separada de su poder, porque está separada de su producto, ¿por qué no estará también separada de sus medios de producción? Una vez que el cuerpo productivo ha sido indivi dualizado e identificado con una pura potencia de producir, producción en potencia o en suspenso, es necesario dar a esta potencia inmóvil el agente, el factor desencadenante, el medio de pasar al acto. Es necesaria la mediación de un comerciante que compre para vender, que abra el mercado, que dé al cuerpo el medio que le es adecuado. ¿Qué es un cuerpo sin metabolismo, sin intercambios, sin con sumo, sin eliminación? 1 L a periodización de nuestra historia en eras de la comu nicación, era oral, era literaria ( litte racy) , luego era eléc trica, que opera M acLuhan en su obra Understanding M edia valoriza indebidamente esta potencia de mediación o de comunicación que en realidad no corresponde más que a un período reciente, el período m oderno en donde reina el modo de producción m ercantil y en donde los intermediarios conquistaron un papel decisivo en la v ida social. Este m ito, retrospectivo por definición, funda la valorización de una n ueva era de la tecnología en la q ue la producción parece volatilizarse ante el “m ensaje”, en el mismo estilo en que M acLuhan rechaza el marxismo, al que acusa en general de que en su concepción de Ja historia no p arte del fenó meno de la comunicación, sino del de la producción. 22 De este modo, el comerciante ha sabido hacer del cuerpo productivo algo dependiente, algo que debe exigir para vivir. Pero el rufián, el usurero, el chan tajista, el revendedor, no son amos. La fuerza de pendiente no está sometida; no funciona al servicio de quien la mantiene en forma. Más aún, es nece sario que el mediador o término medio pase al interior mismo del cuerpo a dominar, es necesario que se apodere de los puntos decisivos de su po tencia. El modo de producción mercantil todavía no ha invadido la producción misma. Las relacio nes mercantiles aún no se han separado de las fuer zas productivas. En otras palabras, es necesario que el mediador se apropie no de los medios de producción —en reali dad todo modo de producción lo hace sin alterar en nada el cuerpo productivo y en mutua relación de dependencia con éste—, sino de los medios de la productividad o de los resortes mismos de la pro ducción. El movimiento que culmina con el sometimiento del cuerpo productivo por parte del mercantilismo, fuerza nula que ocupa el espacio vacío que separa producción y producto, puede dar la impresión de engrosar el cuerpo productivo hasta llevarlo a ocu par toda la esfera económica, hasta hacerlo pene trar en el mercado, que es su medio vital. El límite del movimiento de conquista está en la coincidencia de los conceptos de cuerpo productivo y de economía. A partir de Lenin sabemos que la extensión espacial del cuerpo productivo puede ser la del planeta entero, una vez que el imperialismo haya cubierto toda la superficie del mismo. Pero es necesario conservar en el espíritu la noción de que tal expansión es sólo el fenómeno, la apariencia de 23 un movimiento de fractura y de apropiación interna de la productividad del cuerpo por su medio, por la fuerza nula y parasitaria que lo ha separado de sus poderes. Vemos que el cuerpo productivo tiene un devenir histórico. (Actualmente, ha devenido, se ha desarro llado, está a punto, como diríamos de un queso, es decir, está completamente mercantilizado; la fuerza nula del mediador ha contagiado a la mayor parte del engranaje.) La cuestión pertinente de lo que puede se ha convertido realmente en algo de pendiente de la cuestión —policial— acerca de qué es, de su identidad, de la serie de sus identificacio nes, que acompaña los progresos de su apropiación interna. ¿Cómo seguir tales "progresos”, tal progresión de parasitismo de las fuerzas productivas por parte de las fuerzas mercantiles? 24 El cuerpo productivo en Marx: La apropiación capitalista de los poderes del cuerpo II Cuando Marx estudia la manera en que el capital consiguió aumentar la plusvalía relativa y dismi nuir, en consecuencia, el valor de la fuerza de tra bajo, se ve obligado a hacer una incursión histórica, un retroceso en el tiempo que permita confrontar el capitalismo no ya con sus propios elementos, sino con los elementos integrados en otro modo de pro ducción. Se trata, pues, de un movimiento retros pectivo que vuelve a recorrer el camino de ascenso del sistema económico dominante, que distingue sus etapas y comprueba sus estragos, después de haber analizado el movimiento actual del capital, de haber delimitado —por parte del capital— un dominio que ha terminado por ser su dominio propio. Este texto, que ocupa la sección IV del libro pri mero, al seguir un proceso de apropiación progre siva o de capitalización de elementos pertenecientes al régimen previamente dominante, revela cómo el capital ha tenido que incorporar nuevamente esos 25 elementos, integrarlos a un cuerpo nuevo, esto es, al cuerpo productivo, que no es ni el de aquellos elementos ni el del capital. Es una mediación; en el límite, será el cuerpo propio del capital, pero bajo una forma siempre frustrada, siempre inesta ble. Buscaremos en Marx, pues, la identidad del cuerpo productivo. Marx habla de ello explícitamente y con un interés más cercano al espíritu clínico que a la especulación histórica. Podemos apoyar esta idea con algunas observaciones eruditas, aunque no decisivas, como éstas: la lectura que realizó Marx de Saint-Simon, autor de la fisiología social; el es tudio de la literatura médica más reciente, “a fin de elaborar un diagnóstico de la enfermedad de Engels y establecer su terapia”, en agosto de 1857, en el momento en que redacta una Introducción general a su obra económica. Precisamente en este año, 1857, Claude Bernard acaba de exponer su método de experimentación fi siológica en conferencias en las que reemplaza a Magendie. Todo esto significa, simplemente, que no hay por qué descartar el hecho de que Marx haya razonado en estilo de médico, de fisiólogo. En El Capital, el estudio del “mecanismo de con junto” de la manufactura viene inmediatamente después del de su cuerpo, es decir, la fábrica. Esto es, la fisiología después de la anatomía y para dar cuenta de ésta. Pero lo más notable es que no hable de fenómenos orgánicos (o quasi orgánicos) o fi siológicos que tienen lugar en el cuerpo productivo, sino en tanto fenómenos enfermizos, afecciones mórbidas. La diferenciaentre el médico y el sabio en fisiología está en que para el primero la experi mentación fisiológica está ligada a la voluntad de 26 intervenir contra el desarrollo de formas de vida patógenas, enfermizas; el médico lleva la mano, e- escalpelo, la atención, allí donde duele. El estudio de la fisiología de la manufactura se re duce a una serie de exclamaciones indignadas, de tomas de posición que constantemente animan des de adentro el análisis de las estructuras y del fun cionamiento. Por todas partes la enfermedad, la tor tura, el debilitamiento. Por todas partes la manu factura rechina, se queja. El cuerpo productivo se le aparece a Marx como un enfermo, y también co mo una enfermedad que ataca al cuerpo biológico, sometiéndolo a tortura. Estas precisiones no sólo aclaran un texto. Se trata de una voluntad, la volun tad de intervención que da a los análisis teóricos el carácter de escalpelos, de mano que palpa, de ojo que escruta y se compadece. Voluntad de saber dónde golpear. Ojo que escruta, mano. . . Nos preguntamos qué va a escribir la mano, en plena carne. Pobre cuerpo mártir, ¿qué prescripción te será escrita, quién te salvará de su marca? El Capital es esa prescripción escrita con mano “crispada de tics a causa de un hígado enfermo”, en plena carne, sobre la espalda del capital, literal mente y en todos los sentidos, sobre la espalda del cuerpo productivo que no se distingue de su enfer medad. La prescripción más bella del mundo, por que no está escrita por dinero, sino contra el dinero. En verdad, si bien no se trata de la indicación de un remedio, El Capital contiene la historia natural de la enfermedad; es un informe acerca de sus fases. Es necesario conocer los antecedentes del enfermo. Helos aquí: el cuerpo productivo es, en cierto rno- 27 do, el heredero o el descendiente de otro cuerpo, que no pertenece en sentido estricto a ningún modo de producción, sino que se remonta a la más lejana antigüedad y ha sobrevivido a todos los cambios. Es el oficio o la corporación. En realidad, no es su descendiente, pues en este dominio no hay filiación. Es una envoltura carnal, un cuerpo poseído por otro, metamorfoseado, desfigurado, alterado en su estructura y su funcionamiento. La intrusión de las relaciones mercantiles en el ofi cio, que siempre había fracasado, se impone ahora porque la burguesía es lo suficientemente poderosa como para remontar la corriente de la historia. Marx insiste en presentar a la corporación medieval como un cuerpo saludable, muy bien defendido con tra toda agresión del medio, un cuerpo sólido, bien constituido. Esto no implica la idea de que el modo de producción capitalista haya introducido, en ge neral en la sociedad, una verdadera degeneración, sino únicamente que el cuerpo productivo, en la forma de la corporación medieval, en la forma eter na del oficio jerarquizado, fijado en castas, ha soportado el dudoso progreso que introdujera el ca pital en el modo de explotación del trabajo. Con esto se refuerza la idea de que la productividad es una noción íntimamente ligada a un estado de esci sión de la fuerza consigo misma, del cuerpo y sus poderes. Aumentar la productividad del cuerpo productivo equivale a aumentar su potencia, su re serva, su repliegue sobre sí mismo, a aumentar su dependencia, a condenar su integridad. El cuerpo productivo representado por la corporación ha sido desangrado, corrompido, torturado. Sólo al precio de la degeneración de cada una de sus formas vita les, tomadas por separado, sólo al precio de un sa- 28 orificio de sus órganos en provecho de su organismo, el cuerpo productivo ha tomado la forma acabada de la gran industria. Sin embargo, todavía no es exactamente así. En efecto, no toda especie de cuerpo tiene como propio “ser un organismo”. Cuando ocurre, no se trata más que de un momento en el desarrollo del cuerpo productivo individualizado, un momento en su individuación. La corporación medieval, que es igualmente eterna, o por lo menos antigua de toda antigüedad, no es un organismo. Es un cuerpo, pues combina fuerzas, se les somete. Son las fuerzas orgánicas del cuerpo humano. Del cuerpo, comprendida la cabeza. Eso es importante, pues la corporación maneja la ca beza del hombre como parte orgánica del cuerpo. No se trata, pues, de una jerarquía interna en don de la cabeza estaría especial y cualitativamente ubi cada en la cúspide, más alta que la fuerza de las manos, de los pulmones, de los brazos, de los dedos, de las piernas, de los pies. Pero la corporación no es un organismo porque ma neje cada cuerpo biológico dentro de sus propios límites espaciales, intensivos, dentro de los límites del campo de sus poderes, respetando tanto a esos poderes como a su alcance espacial. La corporación tiene un profundo respeto por la forma del cuerpo humano. ¿Acaso no es éste el microcosmos corres pondiente al macrocosmos, la criatura que da testi monio de la excelencia del creador? El cuerpo, al extender sus miembros todo lo posible, y en todos los sentidos, traza y ocupa una esfera. En esa esfera se instala la corporación; no la agranda. Leonardo da Vinci ha dibujado, para siempre, la cruz del cuerpo humano, con su potencia radial, inscrita en 29 un círculo. Actualmente, ese dibujo constituye el emblema de un organismo de explotación esporá dica, llamado “trabajo temporario”. Sin duda por obra de una cruel ironía, este organismo se llama Manpower. Naturalmente, el hombre que muestra está más cerca de Dionisio descuartizado que del Cristo que cuelga como un trapo, hacia abajo, con la cabeza pesada contemplando la Tierra antes de abandonarla para siempre. De aquí a ver en esto el signo de una ruptura con el antihumanismo cris tiano, del renacimiento de un humanismo pagano, antiguo, de la aparición de una ética moderna de la dominación del mundo, no hay más que un paso que muchos, con gran ligereza, han dado ya. Si es cierto que el hombre-cruz de Leonardo es la ima gen del cuerpo incorporado, del cuerpo en corpo ración, entonces no hay Renacimiento alguno del espíritu de la Antigüedad, sino su simple y pura perpetuación, a través de los siglos y los modos, y, entre otros, de los modos de producción. Antiguo, pagano, humanista, si se quiere, anterior a la Encamación y a la redención, si bien la pri mera pueda considerarse también como la sanción divina que, de buen grado o por la fuerza, recayó sobre el cuerpo del hombre. Si es así, el Renaci miento no ha de tener absolutamente ningún vínculo con los ideales modernos, la ética burguesa, el trabajo de la historia que culmina en el capitalismo desarrollado, o bien debe considerárselo como un momento de hipocresía o de desviación del sentido de un cierto humanismo antiguo. Pues el capitalis mo es la forma sofisticada y materializada del odio del Hombre y de su cuerpo, mucho más cercano al cristianismo ascético y negador, que a ningún tipo de humanismo. 30 Por lo tanto, la corporación es un cuerpo sano, sólido, resistente; la solidez proviene de una suerte de rigidez casi ósea. Se trata de una “propensión de las sociedades antiguas a que los oficios se he redaran, a petrificarlos en castas o bien a osificar al menos en la forma de corporación los diversas ramas de la industria 2 ( subrayado por mí, F. G .). Marx toma esta idea de Diodoro de Sicilia, cuando éste habla del Egipto antiguo. Esta rigidez ósea con fiere una estabilidad que las leyes reforzarán aun desde el interior mismo. “Las leyes gremiales, obrando con arreglo a un plan, impiden, como sabemos, mediante una severa limi tación del número de los oficiales que se le autoriza emplear a cada maestro, la transformación del maestro en capitalista”.3 Esta estabilidad protegida, este conservadorismo que marca aún el espíritu artesanal, heredero de la Edad Media, implica una desvinculación del mer cantilismo, del mercado. “El gremio se defiende celosamente contra todas las invasionesdel capital comercial, única forma libre del capital que tiene en frente.” 4 Lo que preservaba esta situación era la coincidencia o la superposición, tan perfecta que la distinción de ambas instancias sólo podría ha cerse por abstracción de cada uno de los dos cuer pos, el biológico y el productivo. Marx expresa este sincretismo en términos imaginativos: “El trabaja dor y sus medios de producción quedaban soldados como el caracol y su concha.” En esta fusión ve una defensa natural contra la irrupción de relacio nes mercantiles en el cuerpo biológico-productivo. 2 Eí Capital, sección IV. 3 E l C apital, sección IV, cap. XII, p. 292. 4 lbídem. 31 “Faltaba —dice— la base primera de la manufactu ra, es decir, la forma-capital de los medios de pro ducción.” Sin embargo, todavía no hemos compren dido la naturaleza de los medios de defensa de la corporación frente al mercado, del modo de pro ducción mercantil. Enfrentamos nuevamente los dos sistemas de fuerzas que se fusionarán en el cuerpo productivo. Aparentemente, el mercado es un medio, un lugar intermediario donde se producen intercambios. En consecuencia, es una instancia neutra, sin fuer zas autónomas, sin identidad relevante. ¿Por qué este lugar intermediario abstracto entre instancias individualizadas, personalizadas, la instancia pro ductora y la instancia consumidora? Es necesario referir ese espacio a la vez separador y comunica- dor a una gran división, un gran distanciamiento que se ha operado en otra parte, por encima, antes, de todas esas expresiones que designan un cambio de escala o de cuerpo: una gran división del cuerpo social que induce el vacío o la fisura entre la pro ducción y el consumo. Es la gran división contem poránea de la historia, entre ciudad y campo, y, desde el punto de vista de las clases, entre produc tores o trabajadores (el campo) e improductores, no-trabajadores, explotadores (la ciudad). La ciudad es el reagrupamiento de minidéspotas, su plaza fuerte adonde confluye el excedente del tra bajo de la tierra. Este sobrante de la tierra es !o único que puede hacer del habitante de la ciudad un consumidor que supone un productor; consumi dor porque es no-productor que tiene necesidad del productor para no producir él mismo. He aquí el modo en que el consumo supone la producción: la supone porque permite al consumidor no producir 32 por sí mismo, porque es, así, la condición para que en la persona del consumidor el consumo sea real mente distinto de la producción, para que no la implique. Sin embargo, la potencia del no productor reside únicamente en la fuerza, la del Estado, la de las armas, que tiende a refinarse, a concentrarse me diante las dos operaciones conexas de la abstrac ción y la universalización. El aislamiento de la tie rra es una abstracción, pues abstrae, del mixto constituido por el suelo y el cuerpo biológico, que* componen el cuerpo productivo, un elemento nue vo, imprevisible, que proviene de otro campo, que habrá que analizar; ese elemento es un no produc tor. En esta separación o en esta abstracción del carácter productivo o no productivo del hombre, abstracción de una idea de hombre distinta de su relación con la tierra y de su fusión en la tierra, está presente el capital entero. Esta abstracción, este vacío creado penetra lo con creto, es decir, la tierra y su cuerpo productivo hu mano y técnico, mientras que lo abstracto, el Hom bre indiferenciado, productor o no productor, tiene un segundo momento, un momento de conquista, de recuperación de la fuerza. Después de la retirada, el asalto; tal el movimiento de lo Universal. El hom bre abstracto será universal, violentará la unidad de la tierra y de su producción, la superficie del gran cuerpo mixto geológico biológico-productívo. Convertirá los poderes de la producción en algo abstracto, algo diferente de la producción misma Y de su cuerpo. A ello sigue una disociación del cuer po mixto y un repliegue sobre sí misma de cada instancia así disociada. El cuerpo queda distinguido de lo que puede. 33 Es esta la estrategia del mercantilismo frente a la corporación, la de renovar el acto inaugurando la separación del Campo y la Ciudad, haciendo del Campo la fuerza productiva cuyo producto, cuyo sobreproducto, cuyo sacrificio, consume la Ciudad. A partir de esta primera estrategia que afecta al Cuerpo Social, se produce una segunda ofensiva, en profundidad, bajo la superficie del gran cuerpo, que consiste en la fractura del Cuerpo productivo, en la tensión de éste, en su dependencia de lo Universal que es la ley del valor, en su sumisión a la inmunda fábrica. El brillo del éxito de este ataque borrará y confir mará al mismo tiempo la gran separación inicial entre la ciudad y el campo, la desplazará a la vez que conservará el espíritu misterioso del divorcio entre lo Concreto y lo Abstracto. La corporación en tanto reunión de representantes de un mismo oficio —y que, en consecuencia, se desarrolla sobre la base de su apartamiento de la comunidad rural y de su congregación en desorden en ese lugar abstracto que es la ciudad—, puede considerarse productiva en el sentido en que es legítimo distinguir en ese lugar abstracto la pro ducción y el consumo, como también —en con secuencia— un mercado que cubra el abismo y sea estructuralmente previo a la producción material. Pese a todo, ¿se puede decir que la corporación de oficio produzca según la demanda, que subor dine el producto a la imagen del eventual consu midor? La obra maestra que hay que realizar no se relaciona con el simple valor de uso concebido según el gusto y la demanda de quien habrá de usarla. Su valor no se distingue de la idea pura, del concepto de la cosa hecha. En tal sentido, tanto 34 producción como consumo se refieren a un mismo término ideal, que es el valor en sí del producto. Es ésta la razón por la cual la corporación es pro ductora sin ser productiva. No pertenece a la edad de la producción mercantil. Hay que ponerla a tono, y de ello se encarga la manufactura. Este ten- sionamiento, esta incorporación de la forma pro ductiva, tendrá lugar por medio de un movimiento imperceptible, puesto que la corporación, aparen temente, permanece intacta, sin más alteración que una traslación en el espacio. Bajo la égida del po seedor del capital, la cooperación simple representa la molesta presencia de relaciones mercantiles en la esfera de la producción, puesto que aunque sólo lo estén a modo de encargo, en los distintos sentidos del término, y de concentración espacial y tempo ral, eso basta para que la producción toda sea la realización de la productividad inherente a un cuer po dado, y no su libre juego. En este sentido, el cuerpo productivo data de toda antigüedad, puesto que los egipcios, por ejemplo, ya conocían la coo peración simple y la utilizaban en las grandes obras de arquitectura, o en la irrigación, o, en resumen, en toda tarea que sobrepasara en amplitud el cua dro de las comunidades sociales restringidas. Pero justamente el hecho de que el inversor no sea un poseedor de excedente, un déspota, sino el media dor entre producción y consumo, poseedor de di nero, hará entrar en la modernidad aquella forma fugitiva, vieja como el mundo. Todo el movimiento que se desarrolla a partir de entonces, desde la cooperación simple sobre la base de la corporación hasta la manufactura en serie, preludio de la gran industria, sólo es explotación, intensificación de la productividad revelada de la 35 corporación medieval. No se arrojará el limón mien tras no se le haya exprimido todo el jugo. La intro ducción de la forma productiva es, inmediatamente, una ventaja en la productividad, puesto que la simple reunión de trabajadores sea del mismo ofi ció, sea de oficios diferentes— permite la realiza ción de trabajos que de otro modo serían imposi bles.5 Paralelamente al desarrollo de la productividad del trabajo, la función del mediadorse transforma tanto imaginaria como realmente; la imagen es el opera dor por cuyo intermedio se habrá de metamorfo- sear la función. Un primer aspecto del desarrollo es prehistórico, pues preexiste a la aparición del capitalista como tal. Efectivamente, el jefe del taller o el maestro de ofi cio es, en cierto modo, el prototipo del capitalista, siempre que sea cierto que la corporación como unidad de los medios de producción y de la fuerza de trabajo constituye una forma primitiva del ca pital constante. La capacidad de invertir capital para ampliar los talleres, propia de un comerciante que poseyera dinero, es lo que convertirá a aquella forma en capital, y lo que identificará al jefe de taller con el capitalista, al no ser ya más que la unidad de los diversos procesos de trabajo por él concentrados. Esta es la interpretación que sugiere la siguiente afirmación de Marx: “El capitalista comienza por separarse del trabajo manual.” En verdad, si el ca pitalista proviene de afuera de la corporación, se ha separado del trabajo manual a priori, o, mejor 5 El C apital, sec. IV. cap. XI. p. 263. 36 aún, jamás participó en él. Ya en Miseria de la Filosofía\ pensaba Marx así: “La manufactura no nació en el seno de las antiguas corporaciones. Fue el comerciante el que se convirtió en jefe del mo derno taller, y no el antiguo maestro de las corpora ciones.” De este modo, la corporación no es otra cosa que el antiguo cuerpo de oficio invadido, po seído, por el alma de la manufactura moderna. Esta alma está representada por el mercader o el media dor que se ha convertido en jefe o cabeza de la corporación. La evolución posterior del personaje manifiesta este hecho con toda claridad. Veremos por primera vez cómo el mediador ocupa el lugar central en el cuer po productivo, del cual es el inductor. Marx define de esta manera dicha evolución: “Todo trabajo directamente social o colectivo en gran escala, requiere en mayor o menor medida una dirección que establezca un enlace armónico entre las diversas actividades individuales y eje cute las funciones generales que brotan de los mo vimientos del organismo productivo total, a dife rencia de los que realizan los órganos individua le s ... Esta función de dirección, de vigilancia, de mediación, se convierte en función del capital tan pronto como el trabajo sometido a él reviste carác ter cooperativo. . . ” 6 Este texto aclara otro fragmento que lo antecede, y que dice así: “En un principio, el mando del Ca pital sobre el trabajo aparecía también como una consecuencia puramente formal y casi accidental.. . Con la cooperación de muchos obreros asalariados, el mando del capital se convierte en registro indis 6 E l C apital, sec. IV , cap. XI, p. 266. 37 pensable del propio proceso de trabajo, en una verdadera condición material de la producción (sub rayado por F. G .) .7 Podría creerse que el término real se opone al de “imaginario” o al de “ideal”. En verdad, no es así. La realidad corresponde a la imagen y ésta a aqué lla. Al contrario, a esta concepción de un modo de producción histórico transitorio —que ha consegui do imponerse por razones contingentes, lo que no excluye que entre sus medios de coacción se cuen ten todas las formas de la necesidad— se opondría una concepción idealista de la necesidad absoluta e intemporal de tal coacción, de tal modo de pro ducción. Es lo que expresa la siguiente fórmula desdoblada: “El modo de producción capitalista se presenta, pues, como necesidad histórica para trans formar el trabajo aislado en trabajo social; pero entre las manos del capital, esta socialización del trabajo sólo aumenta las fuerzas productivas para explotarlas con mayor provecho.” Esta fórmula re mite en su duplicidad al doble aspecto del proceso de trabajo y de función dirigente del capitalista. Este punto tiene gran importancia, lo que justifica que reproduzcamos íntegramente el texto que lo expone: “ . . .La cooperación entre obreros asalariados es, además, un simple resultado del capital que los em plea simultáneamente. La coordinación de sus fun ciones individuales y su unidad como organismo productivo radican fuera de ellos, en el capital, que los reúne y mantiene en cohesión. Desde un punto de vista ideal, la coordinación de sus trabajos se les presenta a los obreros idealmente como el plan del 7 íbídem. 38 capitalista y la unidad de su cuerpo colectivo les aparece prácticamente como la autoridad del ca pitalista, como el poder de una voluntad ajena que somete su actividad a los fines perseguidos por aquélla. Pero si, por su contenido, la dirección capitalista, como el propio proceso de producción que dirige, tiene dos filos (por una parte, un proceso social de trabajo para la creación de un producto, y por otra parte, un proceso de extracción de plusvalía), por su forma es una dirección despótica.” 8 En consecuencia, es verdad que, en un primer ni vel, la función productiva y la función explotadora y social de la dirección capitalista se superponen en un mismo acto sobredeterminado, lo cual refleja el sometimiento del cuerpo productivo al cuerpo social. Pero este sometimiento es contemporáneo del surgimiento de ese cuerpo productivo a plena luz y en forma individualizada. La duplicidad enuncia da más arriba sólo puede desarrollarse como un parasitismo exterior, como una torpe superposición en comparación con un segundo desdoblamiento infinitamente más detallado, más preciso, más ele mental: el desdoblamiento que se inaugura entre el cuerpo productivo y el cuerpo biológico, que hasta ese momento el primero habitara en sus pro pios límites. La separación de estos dos cuerpos es el verdadero fenómeno fundamental y radical al que lleva un cambio en el cuerpo social. Se opera de dos modos: el real y el imaginario. Marx, sin embargo, no opone ambos modos, sino que ubica el segundo en el nivel de los mecanismos que ha cen posible el primero. 8 El C apital, sec. IV, cap. XI, p. 267. 39 En el modo real, la cooperación de trabajos indi viduales en una tarea común irrealizable a escala individual, revela una fuerza productiva específica en el cuerpo productivo. El desarrollo o simple mente la experiencia del proceso de trabajo cum plido por el cuerpo productivo reduce a su verdad al trabajo individual al producir concretamente la categoría de trabajo social medio, por la elimina ción estadística de las diferencias individuales en el ritmo y la calidad del trabajo. De este modo, en su extensión limitada, la cooperación simple, fe nómeno capitalista inicial y fundamental sobre ci cual se levantará el edificio ulterior, cuantifica el trabajo individual o da su verdad, que es también su negación, al trabajo cumplido por el cuerpo bio lógico. En efecto, se trata de una norma estadística y numerada, que no le concierne a menos que haya fundido en el cuerpo productivo. Unicamente por este camino aparece la categoría de fuerza de tra bajo, únicamente por este camino esta fuerza so cial y media podrá adquirir un valor, entrando así de lleno en las relaciones mercantiles. El mediador ya ha contaminado la fuerza de trabajo individual del oficio medieval, sin volencia, sin intrusión visi ble, por su sola presencia en el lugar —a la vez mediana y central— de la dirección capitalista. Pero este fenómeno objetivo y casi necesario se re pite en otro, imaginario, que consiste en el aisla miento de la fuerza y de su poder bajo la forma de una imagen abstracta e individualizada. Debido a la intrusión y al dominio de esa primera relación del cuerpo productivo con la forma de la cual se aparta (el cuerpo biológico hasta entonces morada de poderes productivos por delegación) por parte del cuerpo social, de la relación de explotación es 40 tablecida en el nivel del cuerpo social, “la coordi nación de sus trabajos se les presenta a los obreros idealmente como el plan del capitalista y la unidad de su cuerpo colectivoles aparece prácticamente como la autoridad del capitalista, como el poder de una voluntad ajena que somete su actividad a los fines perseguidos por aquélla”. Esta apariencia es entonces un rostro falso, una ilusión óptica, pues su víctima confunde el cuerpo productivo cuyo ele mento, aunque sin haberlo percibido jamás, es ella desde siempre con la fuerza histórica de fortuita aparición y venida desde afuera de la esfera de la producción, que la ha autodevelado y que le ha develado sus elementos, el cuerpo productivo hasta entonces encerrado en el cuerpo biológico, en quien veía sus límites para toda la eternidad. En efecto, en el estado de la cooperación simple, comienzo del capitalismo —como insiste Marx—, eso es cierto. No se trata más que de una apariencia, de una apa riencia falsa. El cuerpo productivo no es el capital. Aquí se abre paso la interpretación izquierdista,9 según la cual la superchería capitalista se ve abso lutamente desenmascarada en El Capital, que de nuncia el parasitismo al que el capital somete al cuerpo productivo y, en consecuencia, los separa conceptualmente antes de que la práctica se encar gue de hacerlo. En una perspectiva spinozista tal como la que adoptó la exégesis althusseriana, po dríamos responder que se trata de una concepción 9 En particular todas las variedades del trotskismo al ana lizar el cuerpo productivo desarrollado, el maqumismo, para denunciar el parasitismo de la producción respecto del ca pital e invertir, suplantar, esa relación. Es la versión econo- micista del marxismo, radiealiM da. 41 simplista de la ilusión, que carece de sentido enca rar la ilusión si se ha suprimido su base real, que para desenterrar la ilusión no es cuestión de inver tirla, sino de cambiar de terreno y pasar precisa mente a aquél en donde ella echa raíces. Pero Marx no presenta las cosas de esta manera. Efectivamen te, en absoluto opone apariencia, o ilusión, y reali dad. Sólo nos parece extraña esta negativa si re chazamos a priori la idea de un giro dialéctico, de un sesgo hegeliano en la presentación marxista de la historia. En caso contrario, ¿hay algo anormal en que el fenómeno sea apariencia de la verdad, y hasta su misma prefiguración? En realidad, el fenómeno ilusorio que identifica el cuerpo producti vo con el capital productivo, proyecta la produc tividad de las fuerzas de trabajo cooperantes sobre la unidad del capital dirigente e inversor, prefigura el futuro de aquel cuerpo, aclara el modo en que habrá de comprometerse. En otros términos, el me diador ocupa el lugar central, él lugar de la causa, al comienzo idealmente, luego realmente, sin solu ción de continuidad. Se comprende así la ceguera de la exégesis estructuralista de estos textos, en donde el flirteo con el “giro dialéctico hegeliano” se convierte en el más impúdico de los coitos. Si la esencia de la dialéctica es la apropiación ima ginaria, llega al extremo de que la imagen termina por desposeer de sí misma a la realidad correspon diente, toda vez que a esta última para coincidir con su propia productividad, le es necesaria la me diación interna de una imagen de sí que concrete sus poderes. El cuerpo productivo presenta al cuer po biológico su verdad en imagen. El cuerpo social hace lo mismo con el cuerpo productivo y todos subsisten, aunque encadenados y tomo encapsula- 42 dos bajo la dominación de un solo amo: el capital universal. ¿Cómo habrá de operarse el pasaje de la ilusión a la realidad? Hasta el presente, “la coordinación de sus funciones individuales [de los obreros asala riados] y su unidad como organismo productivo”, se encuentra “fuera de ellos, en el capital, que los reúne y mantiene en cohesión”.10 El mediador sólo ha ocupado idealmente el lugar de la causa o de la fuerza productiva. En realidad, sólo sirve de inter mediario entre el cuerpo productivo y sus productos. La etapa siguiente convertirá una encarnación del capital en intermediario entre el cuerpo productivo y su productividad. Esta encarnación será una parte de la fuerza real del capital, cuyas funciones son las de reunir y vigilar los trabajos, será el perso naje que ejerce la vigilancia, pero en una forma renovada, en una forma técnica, es decir, en la for ma de una dominación intelectual del conjunto del proceso de trabajo. Esta será, precisamente, la tarea histórica de la ma nufactura, según su doble origen y en sus dos for mas, heterogénea y en serie (sección IV, cap. XII). La manufactura lleva más lejos la tendencia del oficio a especializarse, es decir que acentúa al má ximo la posesión del cuerpo biológico por el cuer po productivo, con lo cual permite al mediador la invasión del terreno así abierto. Esto tiene como consecuencia, entre otras cosas, la de producir la caducidad de la tesis aristotélica según la cual la técnica prolonga los poderes del cuerpo.11 Sin em 10 E l Capital, sec. TV, cap. XI, p. 267. En la segunda p arte de este volum en se retoma y se desarrolla este punto. 43 bargo, la ilusión que sostiene al capital, otorgándole poderes productivos, vive de esta tesis, puesto que le permite usufructuar la distancia creada entre los poderes o una productividad referida a un cuerpo biológico ampliado y prolongado, y la productivi dad real del cuerpo productivo que, incluso en el estadio del maquinismo, sólo se emancipa imagina riamente de él para permitir, con todo, que la ex tracción de plusvalía, si bien perfectamente real, resulte imperceptible o inconcebible. Sabemos que la manufactura es, ante todo, cronoló gica, lógicamente, y fenomenológicamente, hetero génea. Según el modelo de la manufactura de auto móviles, unidad final y aditiva de los trabajos de herrería, carpintería, dorado, etc., que la componen. Este procedimiento revela, por cierto, la preexisten cia del propósito o del fin como causa formal, o sea la determinación de la idea de automóvil en relación con su realidad producida. Sin embargo, la causa, que actúa desde el comienzo y que se manifiesta perceptiblemente al final, está ausente durante todo el proceso de trabajo, separada de la unidad y de su lugarteniente, el capitalismo, que cumple una función de mera vigilancia. No ocurre lo mismo en la manufactura de agujas, de natura leza serial. Aquí, la idea simple también actúa co mo causa formal, pero con la particularidad de des componerse en operaciones conexas despojadas de sentido, cada una de las cuales, por separado, exi ge, como condición de su ejecución, la presencia efectiva, como causa actuante durante el proceso inismo de trabajo, de la operación única a la que ellas concurren, no ya en la forma de simple vigi lancia, sino en tanto elemento organizador, que re gula a la vez la cantidad, el ritmo y la naturaleza 44 misma del trabajo que se efectúa. Esto significa que el representante del capital, poseedor de la idea o ingeniero, desempeña, a partir de ese mo mento, el papel técnico necesario, del que carecía tanto en el estadio de la cooperación simple como en el de la manufactura heterogénea. Esta mutación implica la dislocación del cuerpo productivo restringido a los límites del cuerpo bio lógico, y hasta la simple explotación llevada al extremo de la productividad de este cuerpo formado por el oficio medieval. Desde el punto de vista de la habilidad puramente manual, la única que se conoce en la corporación, puesto que allí no se disocian el trabajo manual y el intelectual, la manufactura serial lleva al má ximo la virtuosidad de detalle del trabajador, le confiere fuerza, precisión, eficacia, rapidez y segu ridad en los movimientos. Desde este punto de vis ta, no se trata de ningún milagro, ya que cualquier otra fonna de compulsión que no fuera la de la ga nancia como ley, habría podido obtener el mismo acrecentamiento de la productividad. Descartes ob servaba que el luthier tenía la inteligencia en los dedos. Desde este punto de vista, los dedos del luthierparcial de la manufactura en serie adquie ren genio y desarrollan una sutileza casi sobrehu mana. Esto se da junto con una mecanización cada vez más extensa del virtuosismo de los movimien tos, es decir, precisamente, de una pérdida de inte ligencia, un empobrecimiento. Esta contradicción refleja un fenómeno fundamental, moderno en el sentido más riguroso del término, cual es la explo sión del cartesianismo, que es también la del aris- totelismo, que hace de la técnica una prolongación 45 de los poderes del cuerpo.12 Ilustra el paso de un cartesianismo a otro. El paso del cartesianismo de la tesis del cuerpo-máquina se esfuma ante el car tesianismo de la tesis humanista que hace del saber (y no de la habilidad manual, del saber-hacer), el arma gracias a la cual el hombre se erige en “amo y poseedor de la naturaleza”, y en primer lugar de la naturaleza maquinista del cuerpo en general. Es ta tesis hace del cartesianismo la filosofía del ma qumismo y no del mecanismo. Pero no tiene los medios de su filosofía porque piensa el maquinismo (en el futuro) según el modelo del mecanismo (existente por entonces bajo la forma aditiva de la manufactura heterogénea, sea de la cooperación, sea del oficio medieval). Esta tensión hace de Descar tes el pensador del mecanismo y el ideólogo del maquinismo, a la vez reflejo del cuerpo productivo bajo su forma sincrética primitiva y programa para el cuerpo productivo en su forma capitalista desa rrollada. Arrancar uno de estos aspectos al sistema cartesiano lleva, o bien a una ubicación histórica restringida, como en el caso de Borkenau en Der Übergang vorn feudalen zum bürgerlichen Weltbild (el paso de la concepción del mundo feudal a la concepción burguesa), que Koyre denuncia justa mente, o bien a limitarse al aspecto profético de su ideología como si se tratara de una filosofía fun dada, y justificar —como se siente tentada de ha cer toda epistemología no crítica, en la medida en que ignora la cuestión de la posición de las ciencias en el cuerpo productivo el conjunto de las actua les relaciones de producción como aplicación de 12 Este problem a se trata de manera desarrollada en la segunda paite. 46 normas racionales válidas universalmente o como racionalismo aplicado. En el mismo acto de enun ciar el carácter transitorio y opresivo del maqumis mo, Marx ubica definitivamente en el campo de los pensadores burgueses a todos los que ven en el cartesianismo profético la verdad que permite pen sar toda la historia pasada del mecanismo. En efec to, se puede juzgar la historia de la filosofía del mismo modo que la economía política, y afirmar que es burguesa “en la medida en que no ve en el orden capitalista una fase transitoria del progreso histórico, sino la forma absoluta y definitiva de la producción social” (Posfacio a la 2 ̂ edición ale mana de El Capital). Todo esto significa que !a crítica, o la ciencia, debe juzgar una formación so cial desde el punto de vista de su futuro, es decir, de su negación. Las protestas humanistas al modo de Friedman con tra el trabajo parcelario, el trabajo en migajas, protestas que comparten las corrientes izquierdistas inspiradas en Marcuse, al llamar a un desarrollo sin trabas de la técnica, esto es, a una inflación aún mayor del cuerpo productivo, hacen como si Des cartes, el Descartes del cuerpo máquina, describiera correctamente el cuerpo productivo, como si el ma qumismo fuera un mecanismo. Ello implica el des conocimiento de que la parcelación del cuerpo fí sico sólo es un fenómeno anacrónico que afecta el antiguo mixto de cuerpo biológico y cuerpo pro ductivo. No está allí la verdadera gran escisión del cuerpo. Es cierto que se halla entre los dos cuerpos, que se fueron separando progresivamente durante todo el período manufacturero —lo que torna inse gura toda crítica a la parcelación del trabajo—, pero también es cierto que esa escisión se apoya en otra, 47 practicada en el seno mismo del cuerpo biológico, que penetra el cuerpo, reducido entonces a una maquinaria, y las fuerzas intelectuales de la pro ducción, la cabeza, los sesos, cuyo estado actual es el del software de la informática. Por último, las tesis fenomenológicas y psicológicas, al insistir en la unidad del cuerpo y de la psiquis y en la unión sustancial cartesiana, hacen lisa y llanamente tabla rasa del trabajo histórico que el cuerpo social, rele vado por el cuerpo productivo, llevó a cabo en el cuerpo biológico, introduciendo la escisión de dos elementos en el corazón mismo del individuo. Fren te a la crítica histórica, tal como la practica Marx, la crítica parcial y anacrónica, la apología de lo que es, y el mito de una unidad perdida, se deben al desconocimiento de los resultados de la historia moderna dominada por el capitalismo. Henos aquí, pues, frente a un “organismo de pro ducción cuyos miembros son hombres”, la manu factura, principalmente en la forma de la produc ción en serie. Ocupémonos ahora del camino del mediador capitalista, en su sensacional ascenso a las fuentes de la productividad. El mediador ha ocupado, al hacerse cargo de los puestos de mando del organismo productivo entero, el lugar central donde el cuerpo fragmentado percibe su unidad, donde necesita una unidad con el propósito de convertir la suma de los procesos de trabajo parciales en una producción única, o en la producción de un único producto. El capital se interpone, entonces, entre la fuerza pro ductiva del trabajador parcelario y su producto, y lo hace en la forma técnica de trabajo de vigilancia y de unificación de tarcas. En consecuencia, entre capital y trabajo hay una solidaridad a la vez con- 48 tingente y contradictoria desde el punto de vista social, y necesaria y orgánica desde el punto de vis ta técnico o productivo. Si el capital tiende, como todo permite suponer, a la hegemonía en el conjunto del proceso de producción, no sólo le es necesario apropiarse de la función de unificación del cuerpo productivo, mediación entre producción y producto en la medida en que el tipo de cooperación en la manufactura en serie permite la subsistencia del todo por encima y al margen de las partes que lo componen, sino también de la fuerza productiva misma. El problema es el siguiente: para apropiarse de esta fuerza productiva del trabajo, tendría que apropiarse del trabajo mismo, o bien del trabajador. Ahora bien, el capital no puede, sin contradecir su principio, convertirse en trabajo, pues que el capi talista se ponga a trabajar para evitar la necesidad de comprar fuerza de trabajo, es un sin sentido histórico, una robinsonada. Sólo le queda, pues, apropiarse del trabajador. Pero en un régimen mer cantil en el que todo tiene un precio, la subsistencia biológica del trabajador individual está numérica mente medida, se evalúa en bienes de consumo, ya que trátese de esclavo o de asalariado, la necesidad de alimentar y vestir la fuerza de trabajo no varía. Desde el punto de vista del capital, el problema adquiere la forma concreta de la búsqueda del aumento de la plusvalía relativa. La solución está en el golpe de genio que permitió al capitalismo cu brir toda la superficie de la tierra con una horro rosa membrana. Modificar el trabajo mismo, des plazar el lugar de origen de su fuerza productiva y variar al mismo tiempo su forma de utilización, no es simplemente trabajar o apropiarse del trabaja 49 dor, sino en gran medida prescindir de éste, des poseerlo de su productividad, que era precisamente lo que lo hacía indispensable. La etapa que debe franquear el capital en su trabajo de apropiación parasitaria es la ejecución de la efectiva separación del cuerpo productivo y el cuerpo biológico, la expresión fuera del cuerpo biológico de toda la productividad que, hasta entonces, había permane cido oculta. Expresar esta productividad es llevarla al paroxismo de su manifestación hasta que quede completa mente afuera.Los dos momentos de la inaugura ción del maquinismo son, en efecto, el perfeccio namiento del instrumento de trabajo parcelario y la instalación de las máquinas-herramientas. El movimiento por el cual el cuerpo productivo caerá fuera de toda referencia biológica asignable y fuera del aristotelismo del mismo movimiento, será un desplazamiento inesperado a lo largo de los lados de un triángulo. El trabajo parcelario, propio de la manufactura en general, tiene como rasgo importante el haber im preso al útil de trabajo un desarrollo orientado. En efecto, el útil sufre la misma especialización, la misma “parcelación” que el mismo trabajador, co mo si fuera realmente una parte de la anatomía de este último, su prolongación. En la manufactura no hay herramientas universales; cada una, indispen sable en una operación, resulta inútil en otra. Desde el punto de vista de la anatomía del cuerpo productivo, el juego respectivo del todo y de las partes en la producción, en el estadio de la manu factura, es el siguiente. El trabajador colectivo se asegura el primer lugar, pues domina el conjunto del proceso y verifica sus partes; en segundo lugar 50 viene el trabajador individual, parcelario, que le sirve como relevo; por último, la herramienta per feccionada sirve como órgano de operación y trans forma el material en un producto. De este modo, podemos considerar estos tres elementos de la ma nufactura como los vértices de un triángulo unidos entre sí en cierto orden irreversible y con un hiato, puesto que la herramienta no remite al tra bajador colectivo T. C. / T. I. ------- -> H. P. Sin embargo, la herramienta remite, en cierta ma nera, al trabajador colectivo, pues éste desempeña el papel de unidad del proceso, reflejando la uni dad del producto al cual los trabajadores indivi duales sólo aportan fragmentos. Por su forma espe cializada, la herramienta parcelaria es la que refleja la unidad analítica de un proceso dividido en sus partes constitutivas últimas. El fatídico movimiento de ruptura con una tradición milenaria, que condi ciona también la ruptura de Marx respecto de todo el socialismo utópico o metafísico orientado a in vertir el curso de la historia, consistirá en eliminar un vértice y dos lados del triángulo, en conservar tan sólo una relación bilateral del cuerpo produc tivo con los órganos de operación o herramientas parcelarias. No se puede llamar “trabajador colec tivo” a un organismo de producción cuyos miem bros ya no son hombres sino elementos maquini- zados, donde el cuerpo productivo deja de ser una metáfora biológica. 51 C. P. t I H.P. Este resultado relativo a la anatomía del cuerpo productivo debe encararse según sus condiciones de posibilidad. Se trata de la solución a un doble problema que se plantea al capitalista: el problema de la valo rización del capital, problema político de disciplina del cuerpo productivo, encarado en estos térmi nos: “Como la pericia manual del operario es la base de la manufactura y el mecanismo total en que ella funciona no posee un esqueleto objetivo indepen diente de los propios obreros, el capital tiene que luchar constantemente con la insubordinación de los asalariados.”13 ¿Cómo se ha cumplido la expulsión del trabajador fuera del proceso de producción? Por el juego de dos expropiaciones, de dos delegaciones de poder, de una doble descomposición o disociación de la fuerza productiva del trabajo, sincréticamente con fundidas desde siempre. Por un lado, la maestría manual adquirida, legada por tradición, conservada por la usura del tiempo. Este elemento ha sido parcialmente transferido a la herramienta parcelaria que acompaña a la exacer bación del proceso de espeeialización y en él par ticipa. 13 El Capital, libro I, sec. IV, cap. XII, p. 300. 52 T.I. - expropiación * H. P. apropiación ¿Cómo ha podido acaparar el cuerpo productivo esas herramientas perfeccionadas para transformar las en sus propios órganos de ejecución? Para conseguirlo fue necesario que se apropiara del resto, o los elementos de productividad ajenos a la destreza manual o física en general. Es imposi ble leer este resto íntegramente porque el cuerpo biológico oculta su naturaleza. Pero lo podemos leer en el cuerpo en el que habrán de integrarse los elementos descompuestos, en el cuerpo maquinista de la gran industria. Es necesario plantear la cues tión: ¿de qué se compone la máquina-herramienta y el sistema de máquinas-herramientas o gran autó mata? Esta composición revela, en efecto, el resto de ele mentos productivos de los que debió despojarse al trabajador individual, de los que éste se vio expro piado, para que el maqumismo fuera posible. Esto no quiere decir, por cierto, que la verdad del cuer po biológico se encuentre en el cuerpo productivo maquinista, sino que de entre sus poderes sólo se han tomado, seleccionado, llevado a la virtuosidad inepta de la tarea parcelaria, los elementos produc tivos, a los que, por último, se ha sacado fuera de las extremidades del cuerpo y puesto en las herra mientas que lo prolongan, todo lo cual culmina en el vaciamiento del cuerpo biológico de sus poderes y sus fuerzas, con lo que se convierte en una mera envoltura hueca e irreparablemente mutilada: “La verdadera manufactura, convierte al obrero en un monstruo, fomentando artificialmente una de sus habilidades parciales, a costa de aplastar todo un 53 mundo de fecundos estímulos y capacidades, al modo como en las estancias argentinas se sacrifica un animal entero para quitarle la pelleja o sacarle el sebo.” 14 ¿Cuál es, pues, la composición de un “mecanismo desarrollado”? 15 Se compone de “tres partes sus tancialmente distintas: el mecanismo de movimien to, el mecanismo de transmisión y la máquina-he rramienta o máquina de operación”. La máquina herramienta o máquina de operación es heredera de la herramienta parcelaria, especia lizada. En consecuencia, habrá que buscar en los dos primeros órganos la naturaleza de las fuerzas productivas del cuerpo biológico, a través de su descendencia. El órgano motor, o mecanismo de movimiento, al producir energía o recibirla de otra parte, nos re vela que el trabajo humano es asimilable en parte a la noción física de trabajo,16 pues es la transfor mación de energía en movimiento, gasto de ener gía. Se la puede medir, y mediante la medida se percibe que el hombre no es un motor completa mente satisfactorio, que está limitado, que no tiene flexibilidad ni potencia. Sin embargo, es este mo tor el que constituye lo esencial de la fuerza de tra bajo humana, una vez que la herramienta parcela ria se ha desarrollado al máximo. Para ejemplo, el de la rueca.17 14 El C apital, sec. IV, cap. XII, § V, p. 2 9 3 : carácter ca pitalista de la manufactura. 15 El Capital, sec. IV, cap. XIII, p. 303. 16 El C apital, sec. IV, cap. XIII, p. 30 6 : “nada se opone a que [el músculo humano] sea sustituido también como fuerza m otriz por las fuerzas naturales”. 17 El Capital, sec. IV, cap. XIII, p. 30.5. 54 Es en el tercer órgano, simple intermediario, mo desto mediador, donde el capital ha descubierto y explotado un tesoro. Constituye no solamente el secreto del pasaje al maquinismo capitalista, sino también la esencia de la productividad de los otros dos. “El mecanismo de transmisión, compuesto por vo lantes, ejes, ruedas dentadas, etc., regula el movi miento, lo hace cambiar de forma cuando es nece sario. .. y [lo] transmite a la máquina-herramienta’ . Regulación, distribución, modulación del movi miento. ¿Se trata de simple función de transmisión, simple intermediación? ¿No se trata de intervención en el proceso directo del gasto de energía física, de tal modo que ésta se someta a los fines de quien se apropiará del producto, de quien ha previsto tanto el uso como la intercambiabilidad del pro ducto antes de todo proceso de producción? La transmisión, en su forma encarnada de ruedas den tadas, poleas y cables,manifiesta la causalidad for mal de la producción, la prioridad de la represen tación del producto sobre su producción efectiva. Pero esta vez la causa formal viene a identificarse en parte con la causa eficiente, pues no se trata ya del buril del escultor, sino de la mano que lo ma neja, el heredero de la mano. El mediador ha ve nido a instalarse desde un comienzo en el espacio que separa la captación de la energía física (el mo tor), y su gasto en forma automatizada (el órgano de operación convertido en máquina-herramienta). En consecuencia, es el medio para que la fuerza productiva material se transforme en producción. Pero este medio está directamente emparentado con aquel que doma la energía material y la utiliza en su provecho, con el elemento inteligente y cal culador que preside al conjunto del proceso de tra bajo, más aún, que es el requisito necesario a todo proceso de trabajo que es el elemento de montaje del cuerpo productivo, del cual dependerá íntegra mente en su funcionamiento, y que recuerda a un ingeniero. Si el elemento de transmisión correspon de, en el sentido de la anatomía del cuerpo pro ductivo, a los poderes de la cabeza, al trabajo de un ingeniero, de un ingeniero previsor que ha he cho construir los mecanismos de regulación que permitan la adaptación de las energías naturales a su gasto productivo, entonces sus propiedades son sintomáticas de las del trabajo intelectual. Asistimos entonces a una extensión espacial inmen sa del mecanismo de transmisión: “La transmisión se convierte en un cuerpo tan vasto como complicado.” 18 Más tarde se crea un “gran autómata” formado por una combinación de máquinas-herramientas: “La máquina aislada es sustituida por un monstruo mecánico cuyo cuerpo llena toda la fábrica y cuya fuerza diabólica, que antes ocultaba la marcha rít mica, pausada y casi solemne de sus miembros gi gantescos, se desborda ahora en el torbellino febril, loco, de sus innumerables órganos de operación”.19 La insistencia en el gigantismo del gran autómata, al mismo tiempo que subraya la dificultad de la tesis aristotélica según la cual mediante la técnica humana se crean miembros artificiales, refuerza con siderablemente la antigua ilusión que hacía del capital, encarnado en los medios de producción —que han llegado a ser gigantescos— el presupuesto i» El C apita l, sec. IV, cap. XIII, p. 309. 19 El Capital, sec. IV, cap. XIII, pp. 3 1 1 12. 56 natural o divino de toda producción. Y en verdad, hasta cierto punto, esa es la realidad, pues en la medida en que el capital se ha apropiado de las fuerzas intelectuales o técnicas del trabajo, la uni dad de los trabajos es el factum del capital. Vemos entonces que al trabajador-órgano mecánico del gran autómata, el capital se presenta en la for ma de la inteligencia, como presupuesto de toda producción y fuerza productiva eminente. La corporación ha vivido. El saber se ha escindido del saber-hacer; la invención de la repetición de los movimientos apropiados. “En el maquinismo, al convertirse en maquinaria, los instrumentos de trabajo adquieren una modali dad material de existencia que exige la sustitución de la fuerza humana por las fuerzas de la natura leza y la rutina por la ciencia.” 20 Y en seguida: “.. - La gran industria crea un organismo perfecta mente objetivo de producción con que el obrero se encuentra como una condición material de su trabajo, lista y acabada”.21 En consecuencia, las ciencias desempeñarán el pa pel de fuerzas productivas eminentes, presupuestos de la producción, presencia del Capital en el pro ceso de producción por delegación. Detengámonos en la lógica del análisis que hace Marx del cuerpo productivo. La exposición fenomenológica sufre aquí una me tamorfosis. Debido a la confusión con un orden cronológico lineal, una y otra vez, el texto de Marx 80 El C apital, sec. IV, cap. XIII, p. 280. 21 El C apital, sec. IV, cap. XIII, p. 315 . 57 nos presenta, en calidad de término medio, de me diación, de intermediario, un elemento, un mo mento que habrá de ocupar en seguida un lugar predominante, que llegará a adquirir una importan cia central: hablamos del capitalista mercantil des de su comienzo, que luego se transformó en el ins pector del proceso de trabajo cooperativo, y más tarde en el ingeniero o el elemento intelectual de la producción, cuya importancia, que acabamos de indicar, estriba en hallarse en el origen del monta je del gran autómata o sistema de máquinas herra mientas. ¿Se trata de la repetición de una misma figura? La última nos revela que el mediador, el elemento presente fenomenológicamente como tér mino medio, no es más que el presupuesto del pro ceso de producción. Este presupuesto no es, como lo indica el orden fenomenológico, la existencia ma terial de locales y de máquinas previamente a la llegada de los trabajadores, al proceso de trabajo, al proceso de producción. Tampoco se trata de un aspecto cronológico no esencial, de la prioridad del presupuesto respecto del proceso. Ni tampoco se trata de la “estructura” que revelaría su existencia a través de la sucesión fenoménica de sus estados, es decir, la estructura productiva no es la misma en la manufactura que en el maquinismo. Sin Em bargo, el presupuesto más allá de la diferencia de los elementos que en él se apoyan, es el mismo. De lo que se trata es, en realidad, de una relación de dominación, en que las fuerzas dominadas son idén ticas a la naturaleza y las fuerzas dominantes, a lo que podríamos llamar la voluntad. Una parte de las fuerzas productivas incluidas en el cuerpo biológico aparece, cuando las reemplazan 5S las fuerzas naturales en su función motora, como naturales en sí mismas; así, el músculo es un motor que transforma la energía en movimiento. El ele mento sometido de la fuerza productiva orgánica se asimila a la naturaleza. Cuando no se distinguía de los elementos “superiores”, es decir, los intelec tuales o hábiles de la productividad artesanal, no aparecía ese carácter natural. En realidad, la servi dumbre es la condición de la naturalidad, o bien, la naturaleza es el nombre que da el señor a quien lo sirve. Por eso, toda mecánica manifiesta una rela ción entre una voluntad y una naturaleza. En efecto, el mecanismo consiste en poner en juego cierta cantidad de elementos, unos sobre otros, según su naturaleza, de tal manera que él resultado sea el cumplimiento de los fines de quien los ha reunido.22 No cabe duda de que se trata de una argucia, pero sólo a medias, pues los elementos, ya desempeñen su papel natural, ya lo hagan como naturaleza, ca recen de fines propios; el mecanismo se apoya en la negación que realiza el encargado del montaje de toda finalidad propia a los elementos que lo integran, lo cual significa su reducción forzosa a una naturaleza considerada como inercia o identi dad en sí. El naturalismo que se instaura en el cuer po biológico a partir del momento en que entra en escena el capitalista mediador, pero con la aspira ción a ocupar el lugar del señor, es simplemente un devenir sometido, un devenir al comienzo soñado, luego buscado, finalmente obtenido mediante la sustitución del organismo de producción cuyos 22 En Connaissance d e la V ie , artículo “Aspects du vitalis m e”, G. Canguilhem com para el mecanismo con la argucia hegeliana de la razón. 59 miembros son hombres, por el gran autómata en que los hombres sólo son accesorios o sustitutos de órganos mecánicos. Podemos ahora restituir la verdad del papel de pre supuesto que desempeñaron las criaturas del capi tal en el proceso de producción, primero imagina riamente, más tarde realmente. El mismo señala las etapas de un itinerario, el que sigue el capital hacia el lugar del señor, y las de una muda, pues a me dida que el cuerpo productivo se destaca en su individualidad, se convierte en cuerpo del capital, provee al señor de su cuerpo, su elemento orgánica mente sometido,o su organismo. 60 III Metamorfosis en curso: La naturalización de los poderes de la cabeza o el cerebro fragmentado ¿De qué lado somos nosotros los límites del giro dialéctico hegeliano, de adentro o de afuera? El mismo Marx se encarga de hacer, en un solo movi miento, la exposición o la utilización, y la crítica de su objeto. Lo que es cierto para la economía po lítica burguesa también lo es para el método, co rrespondiente a la lógica, de esa economía. La dia léctica hegeliana es el método de exposición que se utiliza en El Capital. Es, en consecuencia, tanto el instrumento como el objeto de la crítica, en la medida en que la economía burguesa como proceso de apropiación imaginaria y real toma, tanto por su elaboración real como por la pensada, forma dia léctica. Se ha tomado en serio el texto de Marx, se lo ha tomado muchas veces literalmente, hasta palabra por palabra. Lo que queda por hacer es prolongarlo. Si Marx detuviera su análisis del maquinismo en la revelación del sometimiento del tía bajador manual 61 al trabajador intelectual, señor del trabajo y servi dor del capital, delegado del Capital ante el trabajo, con ello eternizaría la forma tecnocrática, o en cierto modo “epistemocrática”, hacia la cual tienden por una parte— las sociedades capitalistas desarrolladas, haría de ella el límite del desarrollo. El correlato de lo que se acaba de decir, es la idea de que el socialismo viene a favorecer la apropiación de las ciencias productivas por parte de los trabajadores manuales, esto es, la introducción de un cortocir cuito en el capital y el retorno del cuerpo produc tivo a sus propios límites, para hacerlo funcionar al servicio de un cuerpo social renovado. La Revolu ción cultural, en lo que tiene de más ejemplar para las sociedades capitalistas, constituye un esbozo de experiencia en tal sentido. Pero si el cuerpo pro ductivo es en general el elemento sometido al ca pital, su amo, lo que supone que no se identifique a este último con ninguna de sus formas de exis tencia, hay que distinguir, como síntoma del mante nimiento y de la renovación de esta servidumbre, una tendencia actual, ligada a la Antigüedad, a la naturalización del trabajo intelectual o de los po deres de la cabeza. Por lo tanto, natural significa sometido. La parcelación del trabajo intelectual está amplia mente comprometida. Las dificultades del capital para estimar el valor del trabajo intelectual, denun ciadas como defecto de la economía política mar- xista incluso por el revisionismo de Bernstein y por el marginalismo, no son insuperables. La divi sión del trabajo intelectual, división técnica que vacía de sentido toda tarea parcelaria, al concen trar su productividad de arriba a abajo en la jerar quía que va de las ciencias puras a la más especia- 62 lizada tecnología, desemboca, en Estados Unidos, en una creciente desocupación de intelectuales; entre ellos, los más eminentes diplomáticos consti tuyen el fenómeno más espectacular. No dudamos de que se trata de los avatares que impone al ca pital la ley del descenso tendencial de la tasa de ganancia. Pero también significa que el dominio del capital sobre el proceso de producción vuelve sus ceptible de naturalización la productividad que toda la especie humana oculta, y que ésta no puede sustraerse a los riesgos del capital en su busca de la máxima tasa de interés. Así, resulta tan utópico, idealista y reaccionario reclamar la vuelta al estadio de desarrollo del cuerpo productivo favoreciendo las ciencias y las técnicas, como reclamar —como lo hace todo el pensamiento de derecha—, la vuelta a la unión sustancial encarnada otrora por la corpo ración medieval, tendencia que ya Marx atribuyó a Proudhon. La novedad, el progreso en un dominio de la investigación, en una práctica científica sobre otras, depende de la investigación acerca de la manera de llevar al capital mismo a su valor má ximo. Con el mismo movimiento que se anuncia el pasaje de una disciplina científica al primer plano, se anuncia también su postergación. El cerebro fragmentado, la parcelación de las tareas intelec tuales, necesita un mediador, una imagen del cuer po unificado. No sólo hacen falta las ciencias natu rales, sino también las ciencias de la producción, las ciencias del cerebro, ciencias de las relaciones entre elementos dispersos del cuerpo productivo. Psicología, sociología, lingüística, informática, son otras tantas disciplinas de vocación unitaria, que concurren a la unidad, esclavas ya de la unidad soñada que habrá de parcelarlas a ellas a su vez. 63 Todas las ciencias que han reencontrado en sí mis mas la función productiva que les había sido afec tada desde afuera, la integraron asumiéndose como ciencias de la mediación o de la comunicación. Pronto se verán decepcionadas. Quienes las practi can se unirán a la cohorte de desposeídos. La his toria se desarrolla rápidamente, la carrera por la ganancia se acelera, las crisis internas del capita lismo no se exportan como en los primeros tiempos del imperialismo porque el corte es neto, y ya no queda lugar para ello. Hoy en día, las crisis van pasando de mano en mano como si se arrojara un petardo a punto de explotar lejos y lo más pronto posible. Hacerse notar ante el capitalismo, subra yar vanidosamente ante el señor el valor de los ser vicios que se le puede prestar, equivale a cavarse la propia fosa. La apropiación conlleva la expropia ción. Aumentar la cohorte de desocupados. Algunos anuncian que los intelectuales encuentran al lado de los proletarios, desposeídos mucho antes que ellos, su lugar natural. Esta concentración de los descontentos en un polo del cuerpo social, que, se gún se considera, aísla a los monopolios en el otro polo, sería un signo de la revuelta de las fuerzas productivas contra relaciones de producción dema siado estrechas. Pero los proletarios no resultan con centrados en tanto descontentos, sino por su despo sesión de productividad. ¿Dónde está, pues, su fuer za productiva? Y sin embargo, Marx contaba con ellos. Lo que ocurre es que hay dos modos de adop tar, respecto de las fuerzas dominantes de la his toria, el punto de vista del proletariado, de “apos tar” a favor de él. Si la crítica es el punto de vista del futuro como negación del presente, Marx de claró adoptar el punto de vista del proletariado en 64 la medida en que éste la encarna. Más generalmen te, es necesario adoptar, acerca de historia, la pers pectiva de la no-historia. Esta perspectiva no es trátese de cronología, de fenomenología, de dialéctica— la de un porvenir o culminación terminal de la historia, asignable, iden- tificable, menos aún en tanto no se considera al proletariado como clase históricamente producida por el capitalismo y destinada de relevarlo. La ne gación de la historia no sigue a la afirmación, no anula la negación. Se la toma en el sentido de algo que no podría de ninguna manera ser decepcionado ni desposeído, de algo que no conoce ni apropia ción ni expropiación, ni propiedad de ninguna for ma. Del poder de negación radical (esto es, más allá de las categorías de afirmación y de negación) de las fuerzas de la no historia, siempre presentes y siempre intempestivas, que resisten a los poderes de apropiación de la dialéctica, no aflora para nada el desfile histórico de los oponentes estructurales que el capital dotara en un comienzo de propieda des productivas y luego expropiara en beneficio de otros productores, como son el campesinado, el arte sanado, el proletariado obrero, los trabajadores in telectuales, los mediadores de todo tipo. Los oponentes estructurales, históricos, son más bien como una hierba paradojal, al paso de un Atila invertido, apropiador expropiado, surgiera fu riosamente del suelo para reclamar que vuelva a pasar, incansablemente. 65 Viviente-máquina y máquina viva D idier De lente Husserl crea un mito y lo bautiza Galileo. Sedes cribe el mito como la “sustitución de la naturaleza idealizada por la naturaleza sensible precientífica”.1 Se sabe cuáles son las recaídas en aquélla, a las que Husserl llama “revestimiento de ideas” o “re vestimiento de símbolos”, y que se ajusta a sí mismo para reemplazar el mundo vital por la “naturaleza, objetiva, real verdadera”, y producir la confusión de todo el mundo; entendámonos: lo que es sólo método se convierte en el ser verdadero. El éxito de la operación de desenmascaramiento consiste en que a la vez, y en el mismo movimiento, es descu brimiento (esto es, puesta al desnudo, depuración) y encubrimiento (esto es, manifestación de pudor respecto del cuerpo sobre el cual se echa un manto de ideas). Si se desnuda el cuerpo para acceder a la pureza de su esencia matemática, se encuentra al mismo tiempo un nuevo revestimiento que lo oculta a la indiscreción de la percepción inmediata. La consecuencia de esta operación de modista es que “el mundo sensible de nuestra vida es solamen te subjetivo” 2 y todo lo que concierne a la vida precientífica queda, en el mismo acto, “desvalori zada”. Eso tiene la consecuencia lógica de dejar de 1 C f. K r is is . . . , par. 9 , h . 2 Ibíd., i. 69 lado la vida personal de los sujetos y de lo que Husserl llama “todas las propiedades culturales que en las acciones humanas quedan adheridas a los objetos”,3 y esa marginación implica la escisión del mundo en naturaleza, por un lado, y mundo espiri tual por otro, que el cartesianismo tematiza por medio del trujamán de una empresa de “naturali zación del psiquismo”, que marca con su sello toda la époea moderna. Merleau-Ponty continúa el mito, afirmando que los psicólogos han errado el camino, que la caída del cuerpo propio en el nivel de un objeto cualquiera, u objeto entre otros objetos, en un mundo uniforme y chato* ha obnubilado la per cepción del cuerpo como medio de comunicación con el mundo, al mismo tiempo que pervirtió la noción misma de mundo, entendido como “suma de objetos determinados” y no como “horizonte latente de nuestra experiencia”.4 Habría, pues, un pecado original de la psicología —verificada, por otra parte, por la emergencia de la psicología científica en el siglo pasado—, que ins taura, con un solo gesto, una considerable limita ción y una notable extensión de su objeto. En efecto, el objeto psíquico, al quedar reducido a una se gunda realidad susceptible de una investigación de tipo científico, resulta —por la magia de la opera ción— recubierto de una objetividad pensable y po sible, y al perder su singularidad, accede a la dig nidad de una participación en la universalidad del ser. Allí está su lugar, en el campo del saber obje tivo, y este lugar le ha costado la originalidad de las múltiples facetas de carácter específico. Lo que 3 Ibíd., par. 10. * C f. Fenomenología de la Percepción, F. C. E., 1957 , p. 99. 70 el científico pierde es, sin duda, la experiencia del sujeto, y promueve, en cambio, la identidad de un ser susceptible de representación, y, en consecuen cia, de dominación. Al apreciar las consecuencias de este manto de interdicción arrojado sobre el va lor de la experiencia corporal, Merleau-Ponty lanza la siguiente acusación: ‘los psicólogos no se perca taban de que al tratar así la experiencia del cuerpo, sólo diferían, de acuerdo con la ciencia, el resolver un problema inevitable.” 5 Podría ocurrir, en ver dad, que la torpeza de los “psicólogos” no sea mate ria de discusión, pues su acto fallido sé complace al menos en el éxito lato sensu de su discurso, así co mo quizá haya sido inevitable a su estilo la opera ción de cirugía estética por la cual se hace propio el cuerpo propio depurándolo de las escorias de una subjetividad invasora y tozuda, asignándole la maravillosa inteligibilidad de mecanismos bien en samblados, lo suficientemente homogéneos como para justificar la intercambiabilidad de sus piezas. En resumen, se suscribe un viejo adagio socrático, esta vez por el rodeo de una estética industrial. En otros términos, si los psicólogos perdieron la opor tunidad, ello no ocurrió necesariamente por razones que pertenezcan esencialmente a la psicología, sino más bien por razones de las que, a su manera, par ticipa la disciplina psicológica sin encontrar en ellas ni causa ni efecto. Precisamente esas razones son las que quisiéramos evocar brevemente en las pá ginas siguientes, procurando establecer ciertos mo jones en el camino que lleva el cuerpo productivo a la construcción de la psicología como ciencia con vocación de autonomía. 5 Ibíd., p. 102. 71 I La construcción del cuerpo productivo en su imagen 1. La teoría cartesiana del viviente-máquina y la vida como conquista La revolución “mitológica” galileana no es, simple mente, acompañamiento de una subversión brutal de los valores medievales,6 sino que, ante todo, de sarrolla una posible imagen simple del cuerpo com plejo, en la que la negación de las fuerzas vitales en el campo epistemológico aparece como la con dición de posibilidad de la construcción del campo epistemológico mismo. Entendámonos: se trata de la determinación de las condiciones de posibilidad de la producción de cierto saber científico, él mismo acreditado como condición del poder sobre las cosas, sobre la naturaleza en general reducida ® Es conocido e l tem a del fracaso de la finalidad y de la espontaneidad naturales que exalta el pensamiento renacen tista, el de la expulsión de lo m aravilloso y de la promoción del equilibrio. Y paralelam ente, el de la sustitución de la simple subsistencia de la producción ilimitada por la pro ducción misma (rehabilitación de la usura; la condenación del ocio reemplaza a la de la avaric ia), etc. 73 a un “juguete mecánico".7 La imagen del viviente- máquina, en consecuencia, es al mismo tiempo tri butaria de una definición de naturaleza que com prende a ésta como potencia exuberante y omni presente, posible de todos los posibles, cada uno de los cuales puede actualizarse legítimamente en con diciones determinadas, ligadas a su virtud propia, y de una redefinición de la naturaleza que excluye de su espacio multitud de posibles, para dejar sur gir a la luz sólo uno, con exclusión de todos los demás: el de la naturaleza como objeto uniforme susceptible de un tratamiento matemático. La revo lución, en consecuencia, es más limitación que sub versión. Pero tal limitación es al mismo tiempo des plazamiento, pues sustituye a la potencia indefi nida de las fuerzas irracionales en acción en el conjunto de la naturaleza y a la cual sólo una cui dadosa jerarquía de los seres es capaz de otorgar un esquema de dominación —por ejemplo, la ins talación de la prioridad en las tareas por cumplir y un índice de dignidad en el cumplimiento de la tarea—, por la idea de una dignidad eminente y única (eminente porque, fuera de la consideración de ese posible privilegio, sólo reinan los desechos y la confusión; y única porque la naturaleza es una o no es y la bipartición tradicional no logra fijar las reglas adecuadas para una explicación cual quiera), sometida a leyes invariables y unifoiines, racionalmente prescritas y, por lo tanto, racional mente deducibles incluso por el entendimiento co mún, si está armado con los útiles metodológicos adecuados. Lo radicalmente nuevo, en consecuen- 7 Expresión de R. Lenoble, Histoire de l ’idée de nature, coi. “Evolution de l’hum anité”, Albin-M ichel, 1969 . p. 326. 74 cia, en el establecimiento de esta limitación/des- plazamiento, es la idea de que la producción ( cien tífico/técnica) es racional de cabo a rabo, esto es, explicable, justificable, previsible y legítima, pres crita, y por lo tanto eficiente, reconocible y asumi- ble. El proyecto de racionalidad total recae, eviden temente, en la representación del cuerpo, pues la evicción de la experiencia corporal del campo epistemológico se da junto con la promociónde un objeto imaginario (tematizado en la teoría del v i viente-máquina), y con el reconocimiento del cuer po como lugar de experiencia vital (reino del de seo, potencia de ilusión y de engaño y, al mismo tiempo, necesidad de una guía de vida).8 Decir que lo real de la experiencia queda eclipsada en favor de lo imaginario de la representación, sería no ir más allá de la Primera Meditación; por el contrario, lo que así se inaugura es cierto tipo de separación. Lo que se separa analíticamente no es alma, por un lado, y cuerpo por otro, aliria sobe rana frente a cuerpo sometido; por el contrario, la unión de hecho del alma y del cuerpo por medio de lo que Descartes llama el “compuesto” es lo que, en tanto fenómeno primero antes que problemático, posibilita la potencial separación-abstracción del cuerpo concebido como pura máquina sometida a las leyes ordinarias de la mecánica. De hecho, pues, el cuerpo está siempre unido al alma; pero esta unión fáctica, empíricamente determinable, no per mite plantear la cuestión de la ambigüedad de la 8 La construcción de la imagen del cuerpo, no como instru m ento de saber, sino como reconocimiento de un poder m e cánico, im plica que la experiencia corporal no se aprehenda ante todo en su form a aparentem ente aberrante: ilusiones de los sentidos, miembro fantasm a, sueño, locura. 75 noción misma de cuerpo.0 En consecuencia, sólo desde un punto de vista jurídico podemos separar el cuerpo como pura máquina y tratarlo de manera autónoma. El cartesianismo da cuenta, precisamen te, de esta separación jurídica. Es necesario precisar que no es la vida la que li mita a la máquina, vida reducida a lo maquinal, sino que es la máquina la que simula la vida.10 De esto hay que dar cuenta y es esto lo que autoriza el desplazamiento, aparentemente ininteligible, hasta escandaloso, que en nuestros días se lleva a cabo en el nivel del lenguaje, en la afirmación por ejem plo de la necesidad de una adaptación de la má quina al hombre. La aparente perversión represen tativa que instaura el ser vivo según el modelo de la máquina aparece como una de las condiciones de posibilidad de explotación reforzada del viviente- máquina, pero sólo se trata de una perversión para la actitud humanista que la señala con dedo acu sador. En realidad, la perversión representativa só lo agota su sentido por un acto de fuerza ¡oh, cuánto más profundo!— que confiere a la imagen del ser vivo la estructura de un mecanismo, pues el cuerpo que se ha convertido en objeto imagi nario— proyecta su energía vital en un conjunto mecánico de donde está ausente, en principio, toda sorpresa, y esta proyección sólo se apoya en una referencia última al organismo entendido como obje to de imitación a todo fin productivo ampliado. Esta metamorfosis procura, en primer lugar y ante todo, un aumento de poder. Fuera de esta observa 9 C f. C arta a M esland del 9 de febrero de 1645, 10 C f. G. Canguilhem, L a connaissance d e la l i e , Vrin, 1967, p. 113. 76 ción elemental, todo el proceso corre el riesgo de permanecer en el misterio. En efecto, la idea ya no es que la máquina debería poder reemplazar al ser vivo en una tarea de conquista imposible para él, sino más bien que la vida es esencialmente con quista y que la máquina, para cumplir su función, debe inscribirse en un movimiento que prolonga el del organismo vivo.11 La cuestión no cambia en absoluto porque esta simulación siga siendo simu lación —esto es, aproximación— y no fusión. El viviente-máquina es a la vez la vida afirmada en toda la exuberancia de su movimiento dominador, y la máquina requerida como desarrollo de las po tencialidades eficaces, como seguridad del movi miento funcional.12 No estamos en presencia de un simple útil descriptivo. No se trata de una mera manera de decir, ni de una simplificación con fines pedagógicos, sino, por el contrario, de la afirmación de las potencias de la energía vital frente a la “naturaleza” como punto de aplicación privilegiada, objeto de dominación y de conquista, él mismo mecánico. Y es, al mismo tiempo, darse los medios 11 C f. G. C anguilhem : D escartes et la technique, IX Con- giés International de Philosophie, II. Etudes cartesiennes, 2 1? partie (ed. Hermann, 19 37 , p. 84 : “Y puesto que ‘no podríamos fabricam os un nuevo cuerpo’ (V II, 1 4 8 ) , debe mos agregar a los órganos interiores los órganos exteriores (VII, 148); a los órganos naturales los artificiales (VII, 165). En las necesidades, e l apetito y la voluntad es donde hay q ue buscar la iniciativa de la fabricación técnica (IX, Prin cipios).” 12 C f. G. Canguilhem, La connaissance d e la vie, Vrin, 1967, p. 1 15 . “Según Descartes, un dispositivo mecánico de ejecución reem plaza a un poder de dirección y de comando. Pero Dios ha fijado la dirección de una vez para siempre; el constructor ha incluido la dirección del movimiento en el dispositivo mecánico de ejecución.” 77 para emprender la tarea infinita de conquista. En el viviente-máquina, la máquina es la que recupera siempre algo del ser vivo que ella simula con ma yor o menor habilidad, y al cual le debe, por lo menos, su concepción misma. La teoría del viviente- máquina aparece así en un mismo movimiento co mo develación y encubrimiento de la esencia mis ma de la tecnología. Para la culminación de la “maquinización” faltaba reducir el viviente a la máquina en función de la imagen misma del ser vivo y hacer de esta manera que la máquina se diera como lo que es, es decir, la prolongación (aun cuando sea por fuerzas inanimadas) del ser vivo, lo que se inscribe en el mismo impulso sin susti tuirlo jamás.13 En consecuencia, la máquina no re emplaza al ser vivo, no es ése su oficio. Todos los argumentos acerca de la “sociedad” mal organi zada, con exceso de trabajo pese a que los medios de producción permitirían aliviar al obrero-ciuda- dano concediéndole la posibilidad de desarrollar una política de ocios, así como ciertas direcciones de la investigación en cibernética, tienden a des conocer el rasgo fundamental de la civilización occi dental que consiste en que la máquina no tiene la finalidad de reemplazar el ser vivo en sus tareas serviles, sino que su función estriba en incrementar 13 Cf. M arx, carta a Engels del 2 8 de enero de 18 6 3 (en Correspondencia Marx-Engels, Cartago, p. 1 0 2 ) : “La reoo- lución industrial em pieza apenas se emplea el mecanismo ahí donde, desde los tiempos antiguos, el resultado fina] requería siem pre trabajo humano; es decir, no ahí donde como ocurría con las herram ientas recién m encionadas, el material a tratar nunca, desde un principio, ha sido tratado con la mano humana, sino donde, por la naturaleza de la cosa, el hombre no ha actuado m eram ente, desde el comiec- zo, como fuen-a.” 78 el poder de la vida misma, entendida como desarro llo del proceso de dominio de la naturaleza, y ja más en reemplazar a la vida en su función de do minación y de conquista. Precisamente a partir de la imagen de un ser vivo conquistador, expansio- nista e imperialista, de un ser vivo en posición de agresión respecto de la naturaleza, toma forma el mito epistemológico del viviente-máquina y se libera el discurso del mecánico, del ingeniero, del inventor. Puesto que la simulación sigue siendo, en el conjunto, esencialmente mecánica, hay quie nes con la ayuda de tortugas u otros animales elec trónicos, no pierden hoy la esperanza de establecer definitivamente que la “adaptación” es la caracte rística principal del comportamiento de los seres vivos.14 En consecuencia, la adaptación de la má quina al hombre sólo puede significar, en su sen tido profundo, que tanto la simulación del proyecto mismo del ser vivo por parte del funcionamiento mecánico como del viviente-máquina, deben apre henderse como el paradigma epistemológicamente construido de ese mismo proyecto. ¿De dónde proviene, entonces, el que la protestahumanista refiera el paradigma a una perversión representativa? Lo que Engels llama ‘la victoria del trabajo mecánico sobre el trabajo manual”15 es lo que hace necesaria la identificación del trabajo manual con el trabajo mecánico. Allí reside el feedback históricamente comprobado en la progre siva destrucción del productor independiente, en su 14 La cibernética como “arte de hacer eficaz la acción”, definición que retorna H. Labroit a propósito de la biología, “!a cibernética y la m áquina humana”, en Le dossier de la cybem étique, M arabout, 1968 , p. 195. 15 La situación de la clase obrera en Inglaterra. 79 i proletarización, en el mercado de víctimas que re vela la aparente perversión representativa como signo de una real expropiación y que, sin borrar nada de la marca del modelo vivo, asigna a lo eco nómico la responsabilidad de un retorno de la ima gen vivida como tal por los trabajadores, es decir que la rebelión del trabajo vivo contra el trabajo muerto que viene a tomar su lugar, el rechazo de la sumisión de lo vivo a lo muerto, indican aún el oscuro sentimiento de una homogeneidad de pro yecto: la máquina entra en competencia con los trabajadores como los trabajadores entran en com petencia unos con otros en el mercado de trabajo (donde la pérdida de la independencia inaugura la era de la ‘libertad”), y el primer proceso agrava al segundo al hacer entrar, en cierta época, muje res y niños en el sistema de la competencia gene ralizada.16 Pero al mismo tiempo, el ser vivo sc- 36 Y esto aún en los comienzos, como lo atestigua el pro yecto de Laffem as, de hacer trab ajar en ta ller a “niños pe queños, ciegos, v iejos mancos e im potentes, sentados a su gusto, sin trabajo ni molestia corporal” (cf. H. Hauser, Les debuts du Capitalism e, Alean, 1927 , p. 1 2 ) . Esta inversión particular en la que el cuerpo sufriente, dolorido y mutilado, de débil constitución, aparece como aptitud superior al gesto mecánico que reduce el esfuerzo físico, no constituye el aspecto menos im portante del sistema. En la generaliza ción de la competencia, el capitalismo marca el cuerpo (tam bién lo hace de muchas otras m aneras) en la recupera ción de potencialidades insospechadas. A m edida que el cuerpo productivo se extiende, tam bién se extiende el campo de explotación del cuerpo biológico. Véase tam bién, a este respecto, Marx, E l Capital, I, 1 , secc. IV, cap. XIII. La extensión del cuerpo productivo acom paña a la lim itación del acto productivo: “En tanto miembro del trabajador co lectivo, el trabajador parcelario es más perfecto en la me dida en que sea más lim itado e incompleto. El hábito de una función única lo transforma en órgano infalible y es pon- 80 metido a la máquina experimenta el trabajo mecá nico como reducción a la simulación de una actividad mortífera, como robo de vida, como extor sión de la energía vital por la tarea rítmica que produce la identificación con la máquina. He aquí la contradicción: en el mismo movimiento, recono cer oscuramente la participación de la máquina en cierto “proyecto” vital (lo que marca trágica mente la competencia generalizada en el interior del cuerpo productivo) y considerar el cuerpo bio lógico como herramienta reducida a un proceso maquinal (lo que está bien en los hechos, pero únicamente gracias a la magia de un retorno de la imagen). Contradicción que las estrategias y tác ticas revolucionarias pudieron reflejar por alternan cia, y hasta simultáneamente, en la historia del mo vimiento obrero. Promover la percepción maquinal del cuerpo bio lógico es, entonces, recurrir a una representación del ser vivo que incluye la producción de un tra bajo como constitutivo del ser así percibido. La má quina pura, una vez denunciadas y condenadas la ociosidad y la pereza como encarnación del mal social, trabaja libre de las escorias de la subjetivi dad. El viviente-máquina se presenta en su destino histórico como ser productivo, no porque la má quina, al encontrarse con el cuerpo, se haga produc tiva, sino porque el ser vivo mismo debe, en su proyecto de conquista, estar presente como poten- táneo de esta función, mientras que el conjunto del meca nismo lo com pele a actuar con la regularidad de una pieza de máquina” (E l Capital, I, 1, sec. IV, cap. X II). 81 cia de producción, y porque la máquina, al ser una prolongación de esta actividad vital, la representa ción del viviente-máquina, restituye su esencia al ser vivo en la trama de un “complot” que se ha urdido en otra parte. Si el ser vivo debe convertirse en máquina es porque la máquina acrecienta sus potencialidades inscritas en el viviente al efectuar una aparente economía de energía vital. ¿Y no es acaso esta aparente economía lo que permite ali mentar el mito de la sustitución, de la “liberación” de las fuerzas por otras tareas no productivas, la ilusión de una energía libre del cuerpo, mientras que el descanso sólo es recuperación, el sello de la marca suplementaria del cuerpo, y su antídoto re cientemente promovido, el deporte intensivo, otra marca en una sostenida ascesis y disciplina de mutilación? Lo que, por tanto, implica la represen tación del viviente-máquina es la reducción progre siva del acto manual a una operación mecánica, incluso antes de que la máquina viniera a tomar pura y simplemente el lugar del gesto mecánico. Pero consecuentemente, parece que tal gesto es a la vez la reducción de la operación hábil y com pleja a su más simple expresión, y simulación del trabajo vivo.17 Esta implicación sólo se justifica en los “efectos” históricos que habrá de sostener la representación, sin que por ello se confirme ningu na teoría del “reflejo”. 17 Cf. Marx, “Grundisse”, II: “La división del trabajo es lo que, al transformar cada vez más las operaciones manuales en operaciones mecánicas, ha hecho posible, a la larga, que las reem plazara la máquina. ’ 82 2. La teoría del viviente-máquina como herramien ta conceptual que ayuda a pensar la construc ción del cuerpo productivo La teoría del viviente-máquina tiene un alcance mucho mayor que la aparente reducción del ser vivo a la máquina, pues además de esto —que es cierto— es también revelación del hábil juego que permite la producción de semejante imagen. En la realidad, ambos movimientos son inseparables, que es lo que les otorga ese su carácter ejemplar. La disposición de los órganos del cuerpo para tal o cual movimiento libera de la referencia al alma co mo principio productor. El autómata es, así, “obra de la naturaleza”.18 La muerte se revela, entonces, como contemporánea de la ruptura de la disposi ción mecánica, el alma no podría soportar la res ponsabilidad, y la desaparición del lazo sustancial sólo sería la manifestación consecuente de la frac tura mecánica; pero también resulta que la des trucción de la máquina implica tal consecuencia al viviente-humano. Esto es lo que hace inevitable el pensar que el fin inscrito en la ordenación de los engranajes que componen la máquina tiene su ori gen en un plan extraño al funcionamiento de la máquina.19 El análisis cartesiano sobrepasa aquí 18 Cf. Cartas a Regius, enero 1642. Véase tam bién Princi pios, IV, y tam bién G. de Cordem oy, Oeuvres philosophiques, P. U. F., 1968, 3Q Discurso, “Des machines naturelles et artificielles”, p. 12 2 : “Lo que admiramos en las obras de arte , o de la N aturaleza, no es más que un p u ro efecto del movimiento y del orden, que, según sus diversidades, hacen que las cosas sirvan para distintos usos.” 1:1 Cf. Tratado de las pasiones, art. 5 y 6. Véase G. Can- guilhem, La formation du concept de réflexe aux XVII et XVIII siecles, P. U. F., 1955, p. 55. S3 considerablemente su fin inmediato. Ello nos ayuda a pensar la astucia por la cual se construye el cuer po productivo. No se trata de recoger, en este ca mino, la tesis desarrollada por Borkenau acerca de una era mecanicista concebidacomo reflejo ideo lógico de la organización de las manufacturas,20 sino de considerar, mucho más profundamente, que el mecanismo (cartesiano) ilumina —respecto de la teoría del viviente-máquina— el proceso inhe rente a la tecnología, que consiste en retirar del ser vivo una finalidad natural e inmediata para transferirla mediata y secretamente a un plan que continúa siendo extraño al ser vivo. Gracias a esta separación jurídica del cuerpo-má quina es posible pensar la construcción del cuerpo productivo. El real acrecentamiento de poder que se consigue por esa vía acompaña a la reorientación radical de las supuestas relaciones del organismo vivo con la naturaleza, y es esta reorientación la que, al mismo tiempo, exige la inteligible homoge neidad de las fuerzas presentes. De tal manera, el cuerpo no padece un tratamiento mecánico única mente para ser mejor conocido, ni siquiera para ser más disciplinado, sino que lo que está en cues tión es cierta potencia: a la potencia de la naturaleza mecánica responde la potencia del cuer- po-máquina, a la homogeneidad de tratamiento no corresponde ninguna fusión cosmológica, sino el planteo de una situación que habrá que percibir como antagonista, y que consiste en el enfrenta miento, provistos de los mismos mecanismos, del viviente-máquina y el mundo-máquina. Sin embar 20 Cf. G. Canguilhem. L a connaissance de la vie, pp. 1 0 8 v ss. y A. Koyré, Etudes d ’histoire de la pensée scientifique, P. U. F ., 1966, p. 148 , nota 3. 84 go, homogeneidad no implica equilibrio. El exce dente del proyecto de conquista viene a introducir cierto desequilibrio de fuerzas, que constituye la parte de la humanidad en el ser vivo. El para digma del viviente-máquina, sea el animal-máqui na, sea el telos de inteligibilidad del hombre-má- quina, es también real privación, algo a lo que falta la razón, es decir, a la vez lenguaje y cálculo, pro yección de fines.21 En consecuencia, más allá del proyecto de inteligi bilidad global del que participa, la teoría del vi viente-máquina aparece, en este aspecto, como un reconocimiento y explotación de un carácter origi nal de la vida: el de la vida como conquista y do minación de la naturaleza. Pero al mismo tiempo el viviente-máquina encarna el ardid por el cual se efectúa una transferencia de finalidad que ex pulsa al viviente de tal proyecto, con lo que pro mueve la posibilidad de pensar el cuerpo produc tivo como una consecuencia de la inversión de las relaciones entre el hombre y la naturaleza —la hu manidad como fractura de la naturaleza—22 según un plan qué continuamente escapa al interesado. ~l Por otra parte, la ambigüedad subsiste necesariamente: la acción animal, quintaesencia d e l acto mecánico, puede considerarse como el colmo de la rapidez, la precisión y la eficacia, en la medida, justamente, en que no es la conse cuencia de una deliberación. Entonces, la razón tendría co mo característica la lentitud y la incertidumbre. Esta es la línea q ue desarrolla Pierre Chanet en sus Considérations sur la sagesse de Charon, 1 6 4 3 (cf. J. B. Piobetta, Au temps de Descartes, une polémique ignorée sur la connaissance des animaux, IX Congrés International de Philosophie, II, Etudes cartesiennes, 2* parte, ed. Hernán, 1937 , p. 6 2 ) . 22 Esta fractura tiene su raíz en una form a d e “naturalis m o” que le proporciona justificación y límites. Los límites Para que el cuerpo productivo se construya, es ne cesario que el cuerpo biológico se fragmente, que la unidad perdida de éste sólo pueda volver a en contrarse en una aprehensión epistémica que no excluya la parcialización de tareas; es necesario que el acto productivo se haya retirado del cuerpo pro pio, del trabajo vivo, para refugiarse en el gesto fragmentario cuya significación y eficacia residen exclusivamente en su condición de órganos de una función, única garantía de su infalibilidad, pero que estén incluidos en un mecanismo general cuyo sentido escape al actor desde un principio, y que, en su desarrollo mismo, lo marque en el cuerpo, para hacer acceder al individuo —de acuerdo con la fábula de Menenio Agrippa— a una representa ción metonímica de sí mismo, en la cual un frag mento del cuerpo se convierte en el cuerpo entero. Ahora, al considerar los hechos consumados, con viene mostrar cómo esta representación se afina y, por así decirlo, se enriquece con nuevas determina ciones, hasta apelar, para su tratamiento particular, a la constitución de una disciplina específica, la psicología de vocación científica, en el seno mismo del cuerpo productivo desarrollado. Este pasaje, que implica el reconocimiento de un nuevo concep to de vida, será también el de la “cooperación” de tareas fragmentarias y definidas según un control central o gran autómata autorregulado, imagen pu ra del cuerpo productivo, obligado a mantener la ilusión de una cooperación perdida pero anhelada. son, evidentem ente, las leyes de la naturaleza que nadie puede trasgredir (cf. Mersenne, Les Mechaniques de Galilée, P. U. F., 1966 , cap. I) . La fractura sólo tiene sentido en el respeto a las le) es. 86 II La psicología en el cuerpo productivo 1. La psicología como “organología'\ o la máquina viva y sus contradicciones Ante una muestra productiva cuidadosamente me dida es posible tanto la serenidad como el terror. Por empezar, está implicado el tacto. Toma directa de la exterioridad, órgano por excelencia de la ma nipulación, el sentido recoge en ello el legítimo privilegio, ya comprobado en la tradición filosófica, de la investigación incesante. Pero, ¿qué se toca, y quién toca? Indudablemente, cuerpos, pero cuer pos que resisten, cuerpos que pesan, cuerpos que oprimen, a veces calientes, otras veces fríos,23 cuer pos que, sobre todo, se empecinan en engañar res pecto de su propia evaluación, cuerpos que embau- 23 En De pulsu, resorpUne, audit-u et tactu: annotationes anatomicae et phisiólogicae (Leipzig, 1 8 3 4 ) , E. H. W eb er precisa (Prolegom ene X I) que e l sentido d e l tacto nos re vela : 1. la fuerza de resistencia que el cuerpo opone a la presión de nuestros órganos: 2. la form a de los cuerpos y el espacio que se extiende en tre ellos; 3. la fu erza con la cual los cuerpos com primen nuestros órganos y, en particular, ante todo, su peso: 4. la tem peratura de los cuerpos, ca lientes o fríos. 87 can porque el sentido, excitado por la exterioridad, sufre ilusiones sobre sí mismo, inhabilidad respecto del objeto. Entonces se organiza la exploración, que pasará sobre toda la superficie del cuerpo extendido en el espacio como si fuera una piel de ratón cla vada en la tablilla, con un compás de hierro, de puntas recubiertas con un trozo de corcho. Así se recorre sistemáticamente la piel y las mucosas co lindantes (lengua, labios). Así encontramos que la sensibilidad suficiente para discernir dos contactos distintos alcanza el máximo en la punta de la len gua, en los bordes de los labios y en la yema de los dedos, encontramos también que la misma sensi bilidad disminuye en cada miembro a partir de la extremidad terminal y a medida que uno se apro xima al tronco, que la espalda es un mal recep táculo de sensibilidad.. . En cuanto a los puntos del compás, su impacto se percibe de manera muy distinta si se los apoya sucesivamente sobre el te gumento que si se lo hace simultáneamente. Tam bién encontraremos que cuando el sujeto mueve el dedo sobre el que está apoyado el estesiómetro, siente más rápidamente el doble contacto, y que, en general, el movimiento de los órganos del tacto acrecienta considerablemente su fineza. Por último, encontramos que para percibir el doble contacto, las puntas del compás deben estar a una distancia mínima de 1 mm una de otra si se trata de la punta de la lengua, de 2 mm en la yema de los dedos. Todas las investigaciones parten de la hipótesis de que la sensibilidad es idéntica en todos losindivi duos, y que los diferentes organismos obedecen a leyes de homogeneidad semejantes a las que rigen en las máquinas. Pero al mismo tiempo se admite que si la máquina, no puede descomponerse “obje SS tivamente”, sí es posible que, ‘ subjetivamente”, su apreciación de sí misma, acerca de su funciona miento, sea problemático, tal como lo atestiguan las recomendaciones que preceden a una experien cia sobre las sensaciones de presión, que rezan: "Preste atención, cada tanto le tocaremos el dorso del puño con algo muy liviano; es fácil equivocarse. Tenga a bien responder “sí” cada vez que usted crea sentir que se lo está tocando; déjese llevar por sus impresiones inmediatas”.24 Y se procurará, en el curso mismo de la experiencia, descubrir “los errores de sugestibilidad o de fraude”, para lo cual se utilizarán mil argucias, como, por ejemplo, for mular la pregunta en ausencia de todo contacto. Esto significa que el recurso de técnicas “objetivas” debe hacerse cargo de la desconfianza respecto del discurso que se profiere. Así, no sólo se trata de que el lenguaje sea lo que cava el abismo entre el hombre y la máquina, sino que ahora el lenguaje, superfluo indispensable, simple señal de la sensa ción, constituye el medio por el cual la máquina es incitada al error acerca de la evaluación de su propia relación con el mundo; o, peor aún, a mentir por razones que están fuera de su alcance. El pro blema de todo universo mecánico es siempre el mismo: ¿de dónde proviene el error, dónde se ori gina el engaño, de dónde viene lo negativo? La psicología moderna se constituye como tenta tiva de reducción de la molesta “subjetividad”. Sea lo que fuere, los labios serán la parte del cuerpo más sensible al peso, seguidos inmediatamente por la piel que cubre la yema de los dedos de las ma nos y los pies; sea lo que fuere, un mismo peso -* E. Toulouse, H. Piéron, Technique de Psychologie expé rim ental, París, ecl. Doin, 2^ ed., 1 9 1 1 , tomo I, p. 34. 89 parecerá mayor cuando se lo estima con el costado izquierdo. Sea lo que fuere, las onzas y los dracmas (cf. Prolegómenos, XII), muestran que la diferen cia percibida permanece constante aun cuando los términos de comparación varíen en cantidad y en intensidad absoluta. El sujeto, en resumen, no tiene derecho a equivocarse, su error puede ser un he cho, pero jamás es un derecho. Respecto de la mentira (por sugestibilidad, por cansancio, por iro nía, por provocación, por mala disposición de áni mo), es suficiente con oponerle una argucia mejor, suscribiendo así el antiguo adagio que afirma que todos los hombres son bribones. Prevenir el gesto inútil, prevenir el movimiento tor pe, adaptar la máquina viva a la máquina muerta, hacer funcionar la máquina viva como una máquina muerta, sin problema, sin lugar para la conciencia, y, sobre todo, sin pérdida de tiempo, transformar la máquina viva íntegra en movimiento eficaz, todo eso constituye el logro forzado en sus “aplicacio nes” tal como se lo espera en este primer momento de la disciplina, antes de que echen raíces en el tronco común los problemas de “relación” por don de la afectividad produce su retorno triunfal. Sen saciones de presión, de temperatura, álgicas, eléc tricas; sensaciones cutáneas: cáusticas, capilares, de tracción, de cosquilleo; por último, subcutáneas, vibratorias y quinestésicas. La exploración así cum plida sobre la entera superficie del cuerpo hace im probable toda veleidad geológica; y la exploración puede, en ciertas circunstancias, lo sabemos muy bien, marear el primer paso de la colonización. Luego viene el ojo, preciso auxiliar de la mano, encargado de guiarla en su acto eficaz, geométrica mente evaluado, pero de tanto en tanto sujeto a la distracción, como lo atestigua el histórico error del asistente del Observatorio de Greenwich; distrac ción que, sin embargo, tan sólo lo es en apariencia, ergo, necesaria a título de ecuación personal; de terminación de los campos visuales, medida de la agudeza visual. Todo ello encuentra aquí su apli cación en la aproximación de la noción de “tiempo de reacción”, comprendido como duración que transcurre entre la producción de una estimulación exterior (sea luminosa, sonora, olfativa o gustativa, u otra) y el movimiento exterior por el cual el sujeto da testimonio de la percepción de la sensa ción provocada por la estimulación.25 La importan cia del tiempo de reacción atestigua la voluntad de reducir al máximo posible la intervención de la subjetividad, para acrecentar la precisión de la me dida; se trata de dedicarse prioritariamente —pers pectiva abierta por Wundt y su escuela— a la du ración de las modificaciones conscientes, en des medro de su intensidad. Así, la máquina viva, tanto en los casos simples de reacción como en los complejos, sufre una nueva reducción. Esta forma de intelección del sistema no significa otra cosa, en el fondo, que lo siguiente: la intensidad del gesto productivo depende de la duración del tiempo de reacción al estímulo, y no a la inversa. Pero, recí procamente, la duración del tiempo de reacción de pende de la intensidad de la estimulación de los órganos sensoriales, pues cuanto más intensa es la estimulación, más disminuye el tiempo de reacción. En promedio, las estimulaciones lumínicas tienen tendencia a producir reacciones más tardías, mien 26 C f. J. J. V an Biervliet, La psychologie quantitative (2? estudio); “ La psychologie”. Revue philosophique, junio 1&07, pp. 565-566, 81 tras que sonidos y contactos producen reacciones más rápidas. De este modo, el crecimiento intensivo de estimulaciones, al abreviar la duración del tiem po de reacción, puede llevar a una aceleración de la cadencia productiva. Todo es cuestión de ritmo, y tomar el ritmo es arriesgar la vida, pues la má quina, cuando innova, se rompe. La máquina pro duce más, aunque tal vez, según el lugar común, menos bien. Pero ¿a quién le interesa la calidad cuando sólo se exige cantidad? Por lo demás, el instrumento sigue siendo precioso cuando la pro ducción de la plusvalía absoluta (prolongación de la jornada de trabajo) se vuelve problemática, y se desplaza el acento a la producción de plusvalía relativa (aceleración de los ritmos). Marx muestra claramente (El Capital, I, sección V, cap. XVI) que si la producción de la plusvalía absoluta depende únicamente de la duración de la jornada de tra bajo, la producción de la plusvalía relativa, por el contrario, invierte por completo “los procedimientos técnicos y las funciones sociales”. “Se desarrolla —concluye Marx— con el modo de producción capi talista propiamente dicho.” La suerte no está defi nitivamente echada, sino que el sistema es perfec tible, y la psicología moderna poseía, desde su aparición a mediados del siglo XIX, un porvenir histórico que desde entonces no ha dejado de con solidar. No nos equivoquemos: ni la psicología es un simple reflejo ideológico del mundo de produc ción capitalista, ni es tampoco efecto transparente. Se contenta con abrirse camino en las sinuosidades del gran proyecto histórico de un sujeto muerto, acompaña, sostiene, se aparta de su lugar, vuelve. Está ahí, pieza indispensable, al parecer, de la máquina social. Intervención continua, de la que 92 no constituye un santo y seña, puesto que está allí, precisamente, para eso. Lo que interesa al psicólogo en el estudio del “fenó meno de dos caras” —para retomar una expresión de Ribot—, es, por una parte, una investigación laboriosa que tiene como finalidad la determinación de la eventual especificidad del psiquismo, y por otra parte, la necesidad de asignar a los errores e ilusiones de los sentidos una responsabilidad cau sal menos referida a la subjetividad inmediata que a las operaciones intelectuales que acompañan de ordinario el proceso. El principio del paralelismo,26 cualesquiera sean las variedades de sus modalida des (conciencia atribuida a todoslos fenómenos vitales, conciencia reducida a síntesis fisiológicas más o menos independientes, conciencia acordada a una zona mínima de hechos fisiológicos) termina por afirmar el automatismo del cuerpo y a negar a la conciencia, sean cuales fueren los atributos que se le quiera reconocer, en todas las circunstancias, el carácter de fuerza actuante, para reducirla a un mero epifenómeno.27 El alcance de la polémica del paralelismo consiste, pues, en nombre del postulado científico, en prescindir de la hipótesis “metafísica” —considerada como inútil, costosa y hasta perjudi cial— de la interacción entre el cuerpo y la con ciencia, cualquiera sea la forma en que se la con- 28 Para una definición precisa de] paralelismo, cf. Th. Ribot, Introducción a L a Psychologie allem ande conternpoTaine, París, 1879 , pp. IX y XI; y W . W u n d t: Eléments de psycho logie phyñologique, 1874 , trad. Rouvier, Alean, 1886, tomo II, p. 521. "7 Cf- A. Godfem aux, “La paraüélism e psvcho-physique et ses conséquences”, Revue philosophique, 1904, 2, pp. 329- 352 y 482 504. 93 ciba. El papel de concomitante que asume el fenómeno físico, que impide a la vez toda perspec tiva de causalidad inmediata del cuerpo sobre el espíritu, implica una escala de seres en cuyo seno la hipótesis de la presencia de fenómenos vitales que pueden no estar acompañados de conciencia no podría entrañar, sin embargo, la posibilidad de la producción de hechos de conciencia fuera de toda presencia corporal. La máquina corporal funciona sin recibir órdenes de la conciencia; de hecho, la conciencia, siempre presente en el nivel más alto de la jerarquía de los seres, acompaña sin actuar. La máquina corporal se mueve por sí misma; el alma se halla reducida a la porción congrua, a la posición de “sujeto lógico de la experiencia inter na”.28 No es asombroso, por lo tanto, que el pro blema planteado sea, precisamente, el de las rela ciones del alma y el cuerpo: “Entiendo por psico- físico —escribe Fechner— una teoría exacta de las relaciones entre el alma y el cuerpo, y, de un modo general, entre el mundo físico y el mundo psí quico... Nuestras investigaciones se ocupan sólo del aspecto fenomenal del mundo físico y del mun do psíquico, es decir, de lo que se nos da inme diatamente en la percepción interna o externa, o a lo que puede concluirse de los fenómenos. . . en resumen, estudiamos lo que es físico como lo hacen la física y la química, y estudiamos lo psíquico co- 28 C f. W undt, Eléments de psychologie physiologique, to mo I, p. 9. V éase también la definición del “alm a”, tomo II, p. 52 6 : “la correlación absoluta entre lo físico y lo p sí quico sugiere la hipótesis siguiente: lo que llamam os alma es el ser interno de la misma unidad, unidad que conside ramos exteriorm ente como cuerpo, que le pertenece.” 94 mo lo hace la psicología experimental, sin investi gar en los fenómenos la esencia del alma y del cuerpo como lo hace la metafísica”.29 El pasaje de la sustancia al fenómeno no puede, finalmente, ocultar la dificultad que experimenta el psicólogo cuando define la constitución de la “cara” psíquica. Así se empecina, como lo muestra el intento de Exner, en determinar la duración de las fases pro piamente psicológicas del tiempo de reacción, para medir la duración de las operaciones intelectuales consideradas como elementales.30 El intento se tra duce en una operación simple en su principio, enig mática en su efectivización, pues cuando se ha cal culado con exactitud la duración de las fases que se consideran extrapsicológicas, se sustrae el total obtenido de la duración del tiempo de reacción, de modo que la duración específica de la fase cons ciente se expresa en esa simple diferencia. En otros términos, lo consciente es el resultado de una sus tracción; o sea, lo que no pertenece directamente a la máquina-autómata en su funcionamiento perci bido puede acordarse, sin demasiados problemas, a la acción de la conciencia. Ningún psicólogo, por otra parte, pone en duda la dificultad de la tarea. Supongamos el siguiente material: una cámara os cura, en cuyo fondo se fija una hoja de papel blanco de 19 cm de alto por 11 de ancho, y en cuya pared 29 C f. G. T. Fechner, Elem ente der Psychophysik, Leipzig, 1860 . V éase también tom o I, p. 67 : la esperanza de llegar a form ular una ley de las sensaciones que sería también im portante respecto de las relaciones entre el alma y el cuer po, que puede ser la ley de gravedad para el campo del m ovim iento planetario. ao Cf. Van B iervliet, La Psychologie quantitative, loe. cit., p. 579. 95 , opuesta se encuentra una abertura circular de 3 cm de diámetro donde se ubica el ojo del sujeto para contemplar la pared de enfrente a una distancia de 25 cm; un tubo de Geissler que ilumina la cámara oscura en el momento del paso de la corriente; un cronoscopio ubicado en el circuito principal, cuyas agujas sólo oscilan cuando la corriente, que pasa por el circuito secundario, ilumina la cámara y el fondo blanco. Se pone en marcha el mecanismo de relojería; el ruido del cronoscopio advierte al sujeto que la experiencia ha comenzado. He aquí la ope ración: 1. El sujeto cierra a medias el circuito secundario; el experimentador pone en marcha el cronoscopio, pero, puesto que la corriente aún pasa en esas con diciones por el circuito principal, las agujas no oscilan. 2. El experimentador cierra completamente el cir cuito secundario; el tubo Geissler se ilumina; la co rriente se torna muy débil en el circuito principal; las agujas se agitan. 3. Tan pronto como el sujeto percibe la ilumina ción de la pared blanca, levanta la mano e inte rrumpe el circuito secundario; la luz se apaga y la corriente del circuito principal, al recuperar poten cia, detiene inmediatamente las agujas del cronos copio. Resultado: se obtiene el tiempo preciso, en milési mas de segundo, transcurrido entre el momento en que el sujeto ha “visto” el fondo blanco iluminado y el momento en que ha señalado la percepción me diante el gesto de la mano. Por supuesto, se pue den complicar al infinito las estimulaciones visua les, hacer variar eventualmente los colores. Lo de más es simple cuestión de sustracción. ¿Cuál es el 96 punto débil? En verdad son dos, prescindiendo por ahora de la precisión técnica de la experiencia. En primer lugar, la variación individual en la reacción del brazo levantado es una realidad; una psicología general no podría prescindir de una psicología in dividual, de una psicología de las diferencias, para quedarse únicamente con las semejanzas. Por de trás de la hermosa homogeneidad de la máquina subsiste la temida heterogeneidad de los sujetos. En segundo lugar, ¿quién podrá asegurar que el sujeto con el brazo levantado reacciona justamente en el momento en que tiene que reaccionar, sin que ningún retardo, voluntario o involuntario, acreciente súbitamente el margen de duración de la concien cia? ¿Y en cuanto a la duración de los fenómenos conscientes complejos, como elección, asociaciones, juicios, etc.? Con toda prudencia, el psicólogo con cluye: “los trabajos de psicofisiología realizados hasta ahora para medir la duración de los fenóme nos conscientes proporcionan más bien indicaciones que resultados”.31 Prudencia legítima que indica en la dirección del ámbito de la psicología, pues todas las investigaciones realizadas para elaborar el con cepto de desviación psicofísica, o en otros términos, para determinar lo que podría ser un acto “libre”, un pensamiento “puro” al margen de todo condi cionamiento corporal, se ven obligados a la recon sideración del sistema. En efecto, ¿qué es el acto “libre” sino una readaptación? Se reemplaza el dualismo organismo - medio, donde el modelo darwiniano viene a ocupar el lugar que le corres ponde. El objeto de la psicología no es la concien cia, sino el sujeto individual en su lucha con el ":1 J- J- Van Biervliet,La Psychologie quantitative, art. cit., p. 59 1 . 97 medio; se concebirá la psicología, ante todo, como una parte de la biología, y su problema esencial, si bien no formulado explícitamente, será el de la subsistencia del individuo en el medio social: “To dos los organismos están, respecto de su medio, en un estado de equilibrio que oscila alrededor del punto teórico de la adaptación perfecta”.32 La tarea 32 Godfernaux, art. cit., p. 343. Véase igualm ente: J. Piaget ( “L ’explication en psychologie et le parallélism e psychophi- siologique” , en Fraisse, Piaget, Traité de Psychologie expéri mental, fase. I. P. U. F., 1967 , p. 15 2 ) muestra cómo Cía paréde ha form ulado una ley “según la cual la toma de conciencia nace en ocasión de las desadaptaciones”. Para dicha ley, puede verse el artículo de C laparéde, “La Psy chologie fonctionnelle”, Revue philosophique, enero 1933 , p. 14 . Véase también, pp. 5 6: “la psicología. . . es una parte de la biología ( . . . ) El problem a central de la biolo gía es el de la adaptación ( . . . ) Y el problema central de la psicología es e l de la conducta. Pero la conducta no es otra cosa que cierta clase de adaptación.” En un texto que extrae las consecuencias de una polémica directam ente dirigida contra Comte, y que apunta a preser var el lugar de la “subjetividad”, H. Spencer escribe: “las pretensiones de ser una ciencia distinta que tiene la psico logia son, pues, m ucho mayores y no menores que las de cualquier otra ciencia. Si sus fenómenos, objetivam ente con siderados, sólo son ajustes neuro-musculares m ediante los cuales los organismos superiores adaptan a cada instante sus acciones a las coexistencias y secuencias del m edio, aún en esta form a, su grado de especialidad les otorga un lugar aparte. Mas desde el momento en que la conciencia se em plea para interpretar ta les ajustes neuromusculares en los seres vivos, la psicología objetiva adquiere una distinción más y absolutamente especial. Ahora se distingue más unién dose, gracias a ese elemento común de la conciencia, a la ciencia totalmente independiente de la psicología subjetiva, form ando ambas una doble ciencia que, en su totalidad, es completamente sui generis (Príncipes de Psychologie, 1855 , trac?. Ribot, Espinas, París, G erm er Bailliere, 1875 , tomo I, p. 14 2 ) . 98 de la psicología moderna es precisamente la de lo grar que la máquina viva, en su funcionamiento usual, se adapte lo más posible al mecanismo social al cual está integrada de hecho, a fin de que su acto productivo se desarrolle en condiciones ópti mas y evite que el engranaje rechine demasiado ostensiblemente. El hecho de conciencia carece de toda especificidad real, y, fuera de la doble cara, fuera de su carácter de “doble”, escapa al ámbito de la ciencia. Unicamente la máquina corporal, ór gano de transmisión, energía adaptativa, constituye un objeto legítimo de investigación científica. La concomitancia afirmada no deja de ocultar el ca rácter enigmático del status de uno de los elemen tos ni de convertir en ficción todo deseo científico que se manifieste en su lugar: “el esfuerzo del paralelismo consiste precisamente en hacer entrar en su lugar real, el cuerpo, la construcción imagi naria que los siglos han levantado con el nombre de espíritu, para alojar en ella las funciones superiores del cuerpo”.33 El objeto de nuestro trabajo es, pre cisamente, el de establecer de qué cuerpo se trata, a qué tipo de construcción corresponde, de qué fuente se alimenta. Que la psicología tienda a ser una “psicología sin alma”,34 significa ante todo que renuncia a la me tafísica y se niega a pronunciarse sobre la existencia misma de la sustancia. El concomitante psíquico, a partir de entonces, sólo puede percibirse en función de la capacidad esencial del sujeto para ejercer y controlar su atención. J. F. Richard ha mostrado fK A. Godfernaux, art. cit., p. 499 C f. H. Hoffding, Esguisse d ’un psychologie fondee sur Vexpérience ( 1 8 8 2 K trad. Poitevin. Alean, 1900 , p. 18. 99 con claridad 33 qué papel obstaculizador ha desem peñado en las primeras tentativas de medición psi cológica el descubrimiento del hecho de las diferen cias individuales. La medida de la ecuación perso nal, fuente de investigaciones sobre el tiempo de reacción, lleva a la idea de una variación de la atención, pero, en el mismo movimiento, se efectúa un desplazamiento que reduce las variaciones inter individuales a variaciones intraindividuales. La con secuencia es que “lo que se estudia no es el tiempo de reacción, sino el tiempo de reacción en tanto traduce la duración del proceso de apercepción”, y lo único que se conoce es la medida de la dura ción del proceso, pero absolutamente nada acerca de su naturaleza. Es aquí, evidentemente, donde interviene la restauración de los derechos del co nocimiento psíquico, pues si la intensidad del gesto productivo depende de la duración del tiempo de reacción al estímulo, entonces es necesario que el experimentador pueda controlar la atención y el sujeto capaz de ejercerla; la duración medida no es otra cosa que el signo de la aptitud de la má quina viva para aumentar su rendimiento. Por su puesto, hay una limitación del órgano, que Bouguer mostró cuando buscaba determinar qué intensidad debe tener una luz para impedir que el ojo perciba otra más débil. La desaparición de la sombra de una lámpara sobre una pantalla blanca iluminada ( ̂ ' Richard, El descubrimiento de las diferencias in dividuales como obstáculos en las prim eras experiencias de medición en psicología”, Coloquio sobre “elaboración de conceptos y métodos de la psicología diferencial en e l siglo XIX y a comienzos del siglo XX ”. En Reme de Syntheses. LaUoques, text.es des rapports, ed. Albín M ichel, 1 9 6 8 pp. 369 82. pp. :375. 3SI. 100 por otra lámpara implica una distancia de 2,133 m entre ambas: “la distancia entre ambas luces sólo dejó de ser visible cuando la pequeña parte agre gada fue de alrededor de 64 veces más débil que la primera”.36 Pero estos problemas de astrónomos y de físicos, pese a constituir la ocasión que hará al ladrón, se inscriben en una concepción de la máquina viva que el pionero psicólogo desfasa a su manera, pues lo que a él le interesa no es tanto la limitación intrínseca del sentido, como el juego de reacciones que provoca la máquina ante una mala apreciación de distancias, de tamaños, de sonidos, de contactos. La responsabilidad no podría atribuir se a la máquina, ya que ésta hace lo que debe. La responsabilidad recae en el concomitante psíquico; ilusiones y errores no provienen tanto de la máqui na misma como de la defección quizá fundamen tal, pero corregible— de sus instmmentos de con trol. Cuanto más nos elevamos en la intelectualidad, más aumentan los riesgos de error: “ciertas opera ciones intelectuales se sobreagregan a las operacio nes más simples implicadas por los juicios senso riales elementales, y proveen de percepciones que a menudo engañan al sujeto acerca de la naturaleza de los fenómenos percibidos, como ocurre en la 36 P. Bouguer, T raité d ’optique su r la gradation de la lu- miére, París, 1760 , lib ro I, sec. 2, art. 1, p. 5 1 . El desarrollo precedente apunta a la categoría de trabajo social medio cuyo n ivel jamás se adquiere definitivam ente, sino que es siempre un perm anente mantenimiento (cf. M arx, “M ateria l e s . . . ” ; “el obrero debe ejecutar, en un tiempo dado, la cantidad de trabajo correspondiente a la form a social: el capitalista obliga al obrero a suministrar un trabajo que posea por lo menos el grado de intensidad m edia conforme a 3a norma social” ). 101 mayor parte de las ilusiones ópticas”.37 Un ejemplo: la comparación de dos pesos de volumen diferente, siempre que esté precedida por una percepción vi sual de los volúmenes a comparar, entraña la subes timación del peso de menor volumen; es conocidala historia del kilogramo de plumas y el kilogramo de plomo: “la vista interviene siempre para viciar las apreciaciones musculares de peso”.38 Parecería que sólo los tontos escapan a la ilusión. En suma, se trata de verificación experimental, y cuanto más idiota es, menos se reflexiona, y cuanto menos se reflexiona más rápido se actúa. El sentido no enga ña. Ya lo decían claramente Kant y otros. Sólo el entendimiento viene a poner desorden en el hermo so orden de la máquina. El ojo, el más “noble” de los órganos de los sentidos, paradigma del intelecto, es el que se encuentra en más estrecha correlación con el concomitante psíquico. El ojo es el órgano de la ambivalencia: en él se concentra la manifes tación psíquica de la reacción (veo y levanto el brazo, veo y aprieto el botón), en él se refugia la especificidad del psiquismo, la atención de su du ración. El ojo produce por interpósito gesto.39 Pero también se abre para él el camino del error de apreciación, obstáculo al gesto eficaz. ¿Quién asu mirá la rectificación? ¿Quién restaurará el circuito productivo perfecto, potencialmente alterado por el 37 Toulouse, Pieron, Technique de psychologie exp'érimen ta le, tomo I, p. 2 14 . 38 Ibíd., p. 242. 39 Cf. lo que dice Devvey: “La aptitud de la mano, al eje cutar su tarea, dependerá directa o indirectam ente de su control por el mecanismo de la visión”. “The reflex are concept in psychology”, The Psychological Revietc, vol. III, n1? 4, julio 1896 , p. 3 5 9 ) . 102 inevitable y perturbador concomitante psíquico? “Somos ciegos —decía Diderot—, el ojo es el perro que nos conduce”. Pero agregaba: “¡cómo nos enga ñaría este órgano (el ojo) si su juicio no fuera incesantemente rectificado por el tacto!” 40 Esta res puesta podría ser la de la psicología moderna en sus comienzos. En el fondo, sólo la máquina ciega sería ideal. Pero de ninguna manera la máquina edí- pica que se arranca los ojos para acceder a la vi sión, sino el ciego de nacimiento, provisto de un mundo diferente y sin embargo completo donde todo problema debe resolverse por el tacto, don de en la hermosa repetición mecánica del gesto productivo se instalan las tenazas robotizadas. La preocupación adaptativa llega aún más lejos. ¡Y que a nadie se le ocurra dejarse abatir por las catara tas! De esa manera se acabaría la historia del ojo. En la ausencia de vista, la ilusión se limita. La vida es embarazosa, la mirada brilla, la mirada inflama, es el mirador del alma. El telos de la máquina viva no sería el de los ojos vacíos de las antiguas esta tuas, sino la ausencia de ojo. Sin la mirada soca rrona del enano disimulado, el autómata ajedrecista de Maelzel sería —percibido en su inmediatez— ri gurosa perfección. Pero la mirada es la posibilidad de la no atención, de la simple distracción que ali menta el hecho mismo del error al destruir inciden talmente la crédula ilusión del ingenuo. La máquina, dígase lo que se quiera, ignora los problemas de adaptación, y su funcionamiento está fielmente ade cuado a su función. Sólo la vida plantea cuestiones, 40 “Eléments de physiologie”, en Oeut-res completes de D i derot, París, Belk's-Lettres. Gam ier, 1875, tomo IX, pp. 344, 345. IOS y la mirada es, a su manera, su espejo. La noción de acomodación pertenece tanto a la óptica como a la biología. El funcionalismo ha sabido asumir las consecuencias de tal representación. No hablamos solamente de la crítica conjunta del “estructuralis- mo” y de la psicología de las facultades, de la sus titución del mosaico de elementos por el acto único del ser vivo en interacción constante con el medio, por las modalidades de ajuste o de adaptación del individuo.41 Pensamos más específicamente en la teoría instrumental del espíritu en que se teje el operaeionalismo contemporáneo, en el que lo im portante es la reducción de la actividad mental a un órgano, susceptible de transformarse al compás de las experiencias con que se encuentre, apto para el perfeccionamiento (codificación del concepto de aprendizaje en psicología); el espíritu, con todo su cortejo activo o inactivo de atención, de vigilancia, de control, de decisión, etc., no es, en sentido es tricto, una guía, sino más bien un puro instrumento que utiliza la máquina viva con el solo fin de la adaptación, del mismo modo que los órganos de los sentidos. Por lo tanto, no se podría considerar diferencia cualitativa alguna entre actividad men tal y actividad nerviosa; el espíritu representa sim plemente un estadio cuantitativamente superior en el camino de la máquina viva hacia su adaptación.42 41 Cf. D ew ey, The reflex are concept in Psychology, p. 370. 42 Véase J. R. Angelí, The prooince of functional Psychology, Psychological R eview , 14, 1907 , pp. 6 1 9 1 : ‘l a psicología de la fu n ción . . . no se interesa solamente por las operacio nes del proceso m ental considerado simplemente en sí mis m o, sino también —y con m ayor intensidad— por la actividad m ental en tanto parte de un flu ir más vasto de fuerzas bio lógicas que están en actividad todos los días y a cada ins- 104 El concomitante psíquico no gobierna, puesto que, al ser sólo un aspecto de la máquina viva, sólo re cibe órdenes de la selección que exige la ejecución de técnicas eficaces como garantía de sobrevivencia. En otros términos, no es suficiente dejarse vivir, hay que aprender a vivir. Serie de proposiciones de J. McK. Cattell, produc tor de la noción de “test”: 43 1. Presión dinamomé- trica; 2. Velocidad de movimiento; 3. Zonas sensi tivas; 4. Presión, causa de dolor; 5. La mínima di ferencia perceptible en materia de peso; 6. Tiempo de reacción a un ruido; 7. Tiempo de reconocimien tante a nuestros ojos. ’ C f. igualm ente lo que dice W . Jam es: “la vida mental es, ante todo, finalidad, es decir, que nues tras diversas maneras de sentir y de pensar han llegado a ser lo que son porque nos sirven para m odelar nuestras re acciones sobre el mundo exterior. M uy pocas de las fórm u las recientes han prestado tantos servicios a la psicología como la de Spencer, que dice: la vida psíquica y la vida física tienen una misma esencia, “la adaptación de las rela ciones internas a las relaciones externas ( . . . ) E l fin p ri m ero y fundam ental de la vida psíquica es, pues, la con servación y la defensa del individuo” ( Précis de Psychologie, 18 9 2 , trad. Baudin y Bertier, ed. Marcel R iviére, 8 il ed,, 19 29 , pp. 5, 6 ) . Este problem a de la finalidad tampoco deja de ser considerado por C laparéde, en el artículo ya citado (L a Psychologie fo n ctio n e lle): “la consideración de los procesos orgánicos y m entales e n relación con su fin y con su utilidad parece demasiado im pregnado de finalism o”; sin embargo, l 9) “La psicología funcional no contradice en abso luto las explicaciones mecanicistas” (p . 7) y 29) “el punto de vísta funcional no im plica ninguna adhesión al finalismo. Si es posible explicar de un modo puram ente mecánico es tas coordinaciones adaptadas ¡m ejor! (Pues la explicación mecanicista es siem pre más satisfactoria para el espíritu) ( P . 17). 43 Cf. J. McK. Cattell. M ental tests and measurements, “Mind” , vol. XV, 1890 , pp. 373-381. 105 to de los colores; 8. Bisección de una línea de 50 cm; 9. Apreciación de un período tiempo de 10 segundos; 10. Cantidad de letras retenidas a partir de una sola audición. Toda la argumentación de Catell consiste en mos trar que, pese a la apariencia de una perspectiva de orden prioritariamente psicológica, este tipo de in vestigación no puede dejar indiferente al psicólogo; que es “imposible separar la energía corporal de la energía mental”. Lo que se halla en cuestión —a propósito, por ejemplo, de la presión dinamomé- trica— es el “sentimiento de esfuerzo”, son los "efec tos de la volición sobre el cuerpo”. La obtención de una presión máxima pone en juego toda una serie de relaciones hastaentonces insospechadas entre el “control volitivo” y el “vigor corporal”, o entre “la excitación emocional” y el vigor corporal mismo. Por cierto que seria incoherente subestimar la im portancia psicológica de la velocidad del movimiento que hay que ejecutar y su relación con la fuerza del movimiento; pero ¿cómo lograr que la velocidad del movimiento no altere ni su precisión ni su fuerza de ejecución? Se trata, sin duda, de una cuestión de “temperamentos”. Toda vez que las medidas repe tidas del cronoscopio dejan lugar a la posibilidad de un mejoramiento de la ejecución, ésta debe lo grarse mediante un aprendizaje destinado a confir mar el valor de la selección de los mejores sujetos. Entonces, la apreciación del tiempo y el espacio interviene para medir la precisión del gesto eficaz: dividir una regla de ébano (50 em x 3 cm) en dos partes iguales por medio de una cuerda móvil; gol pear sobre una mesa con la extremidad de un lápiz, dejar pasar diez segundos, volver a empezar. El sujeto actúa únicamente a su criterio. En ambos ca 106 sos, sólo está permitido un ensayo. Estimación, por último, del tiempo de reacción. Decir que se concibe el cuerpo como una máquina, como mecanismo susceptible de mantenimiento y que requiere evaluación de sus potencialidades y verificación de su funcionamiento, no es ninguna exageración. En efecto, no hay nada que pueda diferenciar tal representación de la que había pro puesto el mecanicismo clásico. Lo que en realidad revela dicha lista —a través de técnicas aferentes— es esencialmente un proceso de integración de la máquina viva al sistema general del cuerpo produc tivo desarrollado.44 El cuerpo biológico —entendido como conjunto de órganos directa o indirectamente conectados con el mundo exterior —viene a ocupar el lugar de un mecanismo de engranajes correcta mente ensamblados y, en lo posible, bien lubrica dos, en el interior del gran cuerpo productivo, donde se constituye como parte necesaria a su pri mordial función de producción. En otros términos, el cuerpo biológico se convierte en servidor del cuer po productivo (es esta la imagen que, de entrada, se impone a cualquier otra posible); a partir de entonces, debe percibirse el cuerpo biológico a la vez como elemento de base, pieza constitutiva y sistema integrado del cuerpo productivo desarrolla do. Si el cuerpo biológico puede ponerse al servicio de la máquina, es porque en su funcionamiento habitual ya es mecánico; y el deseo abolido sólo confirma el reconocimiento de este isomorfismo anhelado, que ninguna deuda simbólica habrá de contrariar. Se realiza así un sueño de Leviathan: 44 Véase la primera parte, donde se ha desarrollado este pnnto. 107 absorbido por el cuerpo social, el cuerpo biológico se ve constreñido a identificarse con la representa ción exigida que le confiere sus límites, considera dos como naturales, y recompensa sus esfuerzos. Si la máquina no piensa, puede ser programada; de todos modos, hay que estimularla. Máquina extraña ésta, contradictoria en su ser, a la que no preocupa la cogitatio, pero que no podría prescindir de la ratiocinatio. Irrupción de una nueva dimensión del deseo —bautizado como “motización” para que el sistema culmine en el taylorismo acabado, con el que aún se debaten de buen grado los “responsa bles” del trabajo.4’ 45 El fenómeno más im portante del taylorismo parece ser “la sustitución del juicio individual del obrero por una cien cia” (v. F. W . Taylor, L a direction scientifique des entre- prtses, trad. L . M aury; ed. Dunod; nueva ed., 19 7 1 , p. 1 8 4 ) . Más allá de los motivos manifiestos de la operación: lucha contra el vagabundeo, necesidad de la selección a partir de la detectación de aptitudes y de su eventual desarrollo, co laboración de clases bautizada “cooperación íntima de la dirección con los obreros, de manera ta l q ue ellos realicen el trabajo en conjunto aplicando las leyes científicas que se han enunciado, en lugar de dejar la solución de cada pro blem a a la iniciativa de cada obrero” ( I b í d p. 1 8 4 ) , por tanto “estudio profundizado de las motivaciones que hacen actuar a los hom bres” ( I b í d p. 17 2 y pp. 4, 54, 58, 290 y ss-) en vista a un pasaje de la guerra a la paz en el seno de la em presa; más allá del cinismo disfrazado de ingenuidad que salta a la vista a cada página de la deposición ante la comisión investigadora del Congreso norteamericano ( 1 9 1 2 ) , tanto en ocasión del acceso de Taylor al papel de jefe de equipo (ibíd., pp. 96 y ss .), con su obstinación en buscar la norma de una “jornada de trabajo lea l”, como en la ma nipulación efectuada a partir de las esperanzas de aumento de los salarios o de la promoción interna ( “m otivación” ); más allá aún de las enormidades acerca de la relación tra bajador-m áquina, proferidas con toda tranquilidad, ta les co mo “Cuando se conduce una máquina-herram ienta media, 108 2. La sobrevivencia como tema real de la psicología moderna Una de las enseñanzas fundamentales de la psico logía moderna podría resumirse diciendo que para sobrevivir es necesario someterse a las exigencias necesariamente, el obrero se pasa la m ayor parte de la jo r nada allí, ante la máquina, sin otra cosa que hacer que vigilar la m archa de la máquina ( . . . ) El resto del tiempo, la m áquina trabaja, el obrero se mantiene simplemente jun to a ella y la v igila; por esta razón no es de tem er una sobrecarga de trabajo en un ta ller de máquinas herram ien tas” ( ibíd., p. 1 1 1 ) ; parece más instructiva la posibilidad que se abre de tratar al mantenedor como a un “gorila” no del todo tarado y estimar, en consecuencia, que la adapta ción correcta a un trabajo definido no puede permanecer totalm ente ininteligible a quien la realiza, a fa lta de una descomposición de la operación en mecanismos elementales, tarea que corresponde al ám bito del especialista, el hom bre com petente, el ingeniero de almas ( v. pp. 85 y 1 6 9 ) . Por lo tanto, no hay nada extraño en que el modelo sobre el que se apoya la “ciencia” en cuestión, sea el del ingeniero de cuerpos, el cirujano moderno que aplica espontáneamente, en el ejercicio de su profesión, los principios de la dirección científica (cf. ibíd., pp. 71 y ss. y 278 y ss .) : “el hombre que combina habilidad y destreza m anual con la más im portante suma de conocimientos” (p . 7 1 ) . Pasamos por alto el hecho de que el cirujano es, por lo común, quien, con fines terapéuticos, quita o sustituye; nos quedamos con el hecho de que la ciencia está perfectam ente integrada al cuerpo productivo, como un elemento de este últim o: si algún sentido tiene la ciencia, el mismo no estriba en el simple carácter de ideología de la productividad, sino como elemento del cuerpo productivo. El taylorism o no hace otra cosa, a este respecto, que subrayar la posición de la psico logia moderna. O curre que esta integración fu e explícita m ente deseada. Véase, por ejemplo, la finalidad de U re a comienzos del siglo X IX : “Debido a una debilidad de la naturaleza humana, cuanto más hábil es un artesano, más empecinado e intratable puede hacerse, y, por tanto, menos 109 de la muerte. El tema dominante de la adaptación conduce a la integración necesaria de la máquina viva en el “mecanismo muerto”. Sobrevivir, en cier to sentido, es ponerse al servicio de la muerte, esto es, aceptar que, por así decir, las condiciones mis mas de la vida estén bajo el control de un organis mo exterior según un plan cuyos sostenedores y ejecutores, pese a la ilusión de autonomía que man tienen, no podrían atravesar el filtro de ningún te jido extraño. En este nivel se desprenden con mayor claridad las implicaciones de la importación precoz del modelo biológico en la psicología: la sobrevi vencia del sujeto individual en el medio social tiene como condición de posibilidad el sometimiento a la exigenciade selección que deriva de la ley de com petencia —‘la vida humana es, en el noventa por ciento de los casos, una lucha por la existencia”, decía Glasdstone.46 Entonces la adaptación aparece, en tanto proceso dinámico y necesidad operatoria de la vida, como condición necesaria, pero no sufi ciente, de la sobrevivencia. El tema siempre rena ciente de la sobrevivencia, a fuerza de slogans y de afiches de una ironía amarga, dista mucho de la ingenuidad; por el contrario, restituye a la noción de sobrevivencia con fundamental ambigüedad que consiste en que para que haya sobrevivencia, es necesario vencer en la lucha, lo que significa que apto para integrarse en un sistema mecánico en el que las ocasionales irregularidades de él mismo puedan perjudicar gravem ente al sistema. El fin esencial del m oderno je fe de empresa es el unir el capital y la ciencia para reducir la tarea de sus trabajadores al ejercicio de la vigilancia y de ^ destreza” (citado por J . A . C . Brown, Psychologie sociale de tindustrie, trad. cast. “Psicología social de la industria” , F. C .E .) . 46 Citado por Marx, El C apital, I, secc. VII, cap. XXV. 110 es necesaria la presencia de la muerte por todas partes. Pero el sobreviviente, marcado por la muerte que lo produce desde sus orígenes, no es otra cosa que esbozo de muerte él también, y, en consecuen cia, lo contrario de la vida: subsistencia elemental mente biológica, ritmo bien regulado que, en su misma repetición, se revela como pérdida de ener gía; gesto adaptado que introduce el paradigma de la sumisión a las fuerzas de la muerte, no —por cierto— en la emergencia de una fatalidad tecnoló gica cualquiera, sino en la red de absorción de trabajo vivo que tan estrechamente ha tejido el sistema. La operación adaptativa, a la que el sis tema del cuerpo productivo convoca sin cesar, afir ma con un único impulso las virtudes del consumo como condición de la sobrevivencia “biológica” del individuo, poniendo el acento sobre la importancia de los procesos de aprendizaje y sobre el desarrollo necesario de las aptitudes como mecanismos suscep tibles de constituir las premisas de la sobrevivencia “social” del sujeto considerado. Sería muy delicado instalar en ese movimiento doble una querella cual quiera de preminencia, aun cuando el discurso li beral tienda a insistir en el desarrollo del primer aspecto, mientras el discurso tecnocrático se haga cargo del segundo. Se trata, detrás de la apariencia, de un proceso único cuyos elementos se sostienen mutuamente, en el que a veces se bautiza como “abundancia” al desarrollo de la sobrevivencia “bio lógica” —es decir, el mínimo de consumo indispen sable a la cohesión del sistema—, posibilidad de “promoción” de la sobrevivencia “social” por enton ces reducida a criterios puramente técnicos. Pero si el destino histórico de la máquina viva deja aparecer, en una visión inmediata, una reducción 111 progresiva de parte del ser vivo, en beneficio de un aumento irrefragable del aspecto maquinal, el advenimiento de la psicología moderna encuentra en ello un punto de apoyo algo incoherente. Su mis ma existencia —y la evolución de la disciplina lo prueba mejor que nada— manifiesta la imposibili dad de una mecanización total de la vida. En con secuencia, la psicología es el reconocimiento nece sario de la presencia irreductible de la vida en la máquina viva, y por eso se plantean los problemas de adaptación. La psicología moderna constituye, en sus albores, la última tentativa de tratar cientí ficamente al ser vivo como una máquina, como engranaje del cuerpo productivo; pero tal tentativa marca también el fracaso de la evacuación de la vida del sistema viviente-máquina. Con esto se afir ma la doble definición potencial de la vida como conquista y como sobrevivencia, con lo que, en las condiciones de su realización, el proyecto vital cho ca, a partir de la identidad de principio, con la alteridad homogénea, y este choque transforma la cooperación deseada en amenaza permanente, en campo de batalla que comparten el reino de los vivos y el de los muertos. Si la psicología de voca ción científica surge como fracaso de la mecaniza ción de la vida, a pesar de la exigencia a la que obedece en forma prioritaria, es porque su oficio consiste en resolver a su manera el problema de la sobrevivencia, de invertir la dirección de la historia imaginada, de volver a la cooperación deseada, en resumen, de determinar las mejores condiciones de adaptación, de prevenir todo riesgo de conflicto,47 47 L a psicología contemporánea no niega el conflicto; al contrario, le otorga un lugar fundam ental; simplemente, des plaza la noción hacia las esferas ínter o intrapsíquicas, no 112 de sustituir la guerra de los vivos por la paz de las máquinas, de reforzar la imagen de una homo geneidad del cuerpo productivo, cuyos miembros y órganos se repartan las funciones según un esquema inalterable. El cuerpo biológico, como engranaje del cuerpo productivo, está bien separado. Pero tal separación no es la que le otorgaría el beneficio de una abs tracción lógica que promoviera la máquina orgá nica para, al mismo tiempo, arrojar a la basura la exuberancia de la experiencia corporal. Esta sepa ración se apoya en la representación de un conjunto que subsiste por sí mismo, provisto de una relativa autonomía de principio, cuya fuerza encuentra en el autómata como medio de trabajo su lugar de apli cación. Indudablemente, el cuerpo es un engranaje, pero esta posición no cuestiona su aparente autono mía de movimiento; por el contrario, la exige, del mismo modo que el mercado de trabajo exige para el individuo la “libertad” de vender su fuerza de trabajo. El cuerpo, dependiente y dominado, sepa rado de los medios de producción, es percibido, sin embargo, como autónomo en el sentido de que su funcionamiento sería libre, del mismo modo que lo son, una vez en movimiento, los engranajes de un mecanismo cualquiera. A diferencia de la má quina, cuyo funcionamiento es evidentemente de pendiente, el cuerpo biológico se halla envuelto en una representación compleja en cuyo seno el fun- sin tender a unlversalizar el lugar del desplazamiento así efectuado. Hoy en d ía se tra ta de una idea casi banal. L lá r íesela regresión o desplazamiento, nada im pide que la evo quemos en esta ocasión, aunque sólo sea para rememorar aquel tiempo, tan lejano, en que todavía resultaba incohe rente. 113 cionamiento mecánico se ve desbordado por do quier por la vida que lo invade, llevando al interior del cuerpo productivo los problemas aparentemente contradictorios de la necesidad de incrementar la productividad y de la sobrevivencia del individuo en un sistema de competencia vital. Por un lado, el cuerpo biológico se ve reducido siempre a la con dición de engranaje, es el fruto de una representa ción mecánica; por otro lado, el cuerpo biológico es biológico antes de ser mecánico, y las exigencias de una vida otrora conquistadora y actualmente en peligro, llevan a plantear en nuevos términos la cuestión que se impone en adelante, cual es la de la sobrevivencia. La separación del productor respecto de los medios de producción no es —por cierto— el resultado de abstracción alguna, sino la culminación de un pro ceso histórico real, la historia de una expropiación. Ahora bien, esta separación fundamental sólo pa rece hacerse efectiva mediante el cumplimiento pro gresivo de una síntesis cuya plena efectivización tiene lugar en el mecanismo general, allí donde la yuxtaposición de todos los elementos del sistema —condición de la buena marcha del mismo— exige el autofuncionamiento del cuerpo biológico, elemen to básico de la pirámide, como condición de posi bilidad de la permanencia del sistema. Por tanto, si es necesario que el organismo sea una máquina, es porque esta máquina es orgánica en su funciona miento habitual; y si la vida invade el universomecánico, es para componer una hermosa totalidad funcional fundada prioritariamente en el haz de potencialidades sensoriales e intelectuales: cada órgano asume una multiplicidad de funciones, pero, en un primer momento, sólo se toma en cuenta la 114 relación de exterioridad. Así, se entenderá el dua lismo organismo-medio que esquematiza la relación estímulo-respuesta, excitación-reacción, como nece- cidad adaptativa proyectada en un sistema referen- cial —sistema que hoy se denomina de buen grado “hombre-máquina”— que representa la fusión de los elementos sueltos de la mecánica social, síntesis realizada del cuerpo productivo en su integridad. Sin duda, ha sido necesario que la vida abandonara el cuerpo para que la vida, al transformarse el con cepto de vida en asiento de la metamorfosis, vuelva al cuerpo bajo una forma dominada, y para que la fuerza viva, sin perder nada de su sustancia, se vea absorbida por el trabajo muerto. Pero esta concep ción mecanicista de la vida, si bien tiende a dar testimonio de un impulso epistemológico siempre renovado, aparece también, en los límites mismos con que tropieza, como “síntoma” eminente del apogeo del cuerpo productivo. El propio movimien to histórico propicia este doble destino; la ciencia no reflexiona, simplemente acompaña. La resisten cia de la vida invoca la necesidad de una separa ción del cuerpo en el interior del compuesto hom- bre-máquina; y es esta separación la que permite y justifica, en el seno del sistema, el discurso del ingeniero de almas. Sin esta separación, la psicolo gía científica sería totalmente prescindible y se li mitaría, por falta de función, a la proposición de las experiencias imaginarias que marcaban, tomando las cosas ingenuamente, sus “balbuceos”.48 Algunos proyectos de W o lff, Ramsay, Crusius, M auper tius, Plouaquet. Bonnet, M érian, Hagen, Kürber, que se designan con el nombre de “psicom etría” no han superado e -l estado de program a; ninguno ha ingresado plenamente 115 3. La psicología moderna como factor de mejoramiento del consumo productivo Pero para que esta separación aparezca como un tratamiento adecuado de la máquina viva, será ne cesario que la máquina se emancipe de la fuerza y en el dominio de la experimentación (cf. K. Ramul, The problem of measurement in the psychology of the eighteenth century, Am erican Psychologist, t. 15 , 1960, pp. 2 5 6 -6 5 ) . E n realidad, lo que triunfa de la “psicología” del siglo XVII, es la experiencia imaginaria, en dos niveles: 1. L a cuestión planteada por Molineux en su carta a Locke del 2 de marzo de 1692 (cf. Works of John Locke, 4 vol. Londres, 1768, 7^ ed., vol. 4, p. 2 8 2 ) cuestión que Locke incluirá en 16 9 3 en la segunda edición de los Essay (II, IX, 8 ) — constituye un muy buen ejemplo del prim er nivel de aprehensión; este problema divertido ( jocose problem), para usar la expresión de Molineux, propone una cuestión que pide una respuesta inmediata, aunque evitando el rodeo m ediante la experien cia real (el hecho de que la experiencia se haya realizado en 1728 , por obra de Cheselen en condiciones que no per miten una respuesta segura no cambia para nada la cues tión); ante todo, el problema de Molineux se ofrece como una experiencia m etafísica para metafísicos, una experiencia de salón (al comienzo de su carta, M olineux cuenta haber propuesto a diversas personas, al azar de sus encuentros), casi una “adivinanza”; si bien en su carta M olineux no se opone expresamente a la experimentación real, tampoco lo encara en ningún momento; la lapidaria respuesta que aporta a la cuestión que él mismo ha planteado es, por lo demás, el índice de tal economía de experimentación; la qtiery de M olineux es a sus ojos, incuestionablemente un asunto de puro razonamiento, y exactamente del mismo modo lo entiende Locke. 2. La experiencia “m etafísica”, en el sentido en que lo entiende M aupertius (cf. Oeuvres de Maupertius, n. ed., Lyon 1768 , t. 2. Lettre sur le progrés des sciences, parág. XVII, pp. 426 30 ) pbdría constituir en ejemplo del segundo n ivel al cual se refieren los autores antes citados. Tanto se trate de la producción artificial de los sueños por medio de drogas, o del aislamiento artificial de ciertos 116 de la habilidad humanas, emancipación que Marx percibió como una de las condiciones del desarrollo de la gran industria; en efecto, a este precio se constituye un “organismo de producción completa mente objetivo e impersonal” 49 capaz de consagrar, pese a la homogeneidad deseada, una separación radical de la máquina muerta y la máquina viva. El mantenimiento de la máquina viva exige, puc.s, una disciplina específica a la que aportan una con tribución directa las investigaciones de orden fisio lógico en primer lugar, luego las de orden psicoló gico, en especial acerca de la evaluación de las aptitudes sensorio-motrices e intelectuales. Efecti vamente, el complejo productivo requiere que se ordenen y perfeccionen los diversos engranajes del mecanismo: el obrero se vuelve “parcela” (como dice Marx) de una máquina parcelaria, elemento de otra máquina que se inscribe en un movimiento que organiza el mecanismo general de la produc ción puesto bajo la vigilancia de ingenieros y me cánicos —a quienes les llegará también el momento de someterse al control psicológico—, pero cuya inteligibilidad sólo se encuentra en el exterior, en el plano del capital. El cuerpo productivo, a partir de entonces, se constituye con el conjunto de los engranajes que componen la mecánica social: el niños con el objeto de estudiar la producción del lenguaje, la experiencia, en esta oportunidad, puede considerarse de seable, pero sin que el filósofo corra riesgo experimental alguno ese no es su propósito , ya que no le interesa re cuperar logro técnico alguno en el campo de su polémica. Si para explicar esa carencia se invoca el Zeitgeist como hace P. Fraisse via Boring (v. Fraisse, J. Piaget, T raite de psychologie experimental, Histoire et M éthode, PUF, 2 a ed., 1967 , p. 1 1 ) — sólo se logra eludir la cuestión. 4:* Cf. Marx, El C apital, lib. I, secc. IV, cap. XIII. 117 cuerpo biológico se reduce, según la posición de su sujeto en la división del trabajo, sea a los órga nos de los sentidos capaces de adaptarse lo mejor posible a la máquina sirviéndola, sea a las faculta des sensoriales o intelectuales capaces al compás de la evolución técnica de cumplir lo mejor po sible las funciones de vigilancia y de control que en adelante exige la presencia de la máquina. La máquina misma, instrumento de producción que, bajo la forma del capital, se transforma en trabajo muerto que domina a la fuerza viva, y produce la extenuación del cuerpo biológico al reducirlo al pa pel de servidor integrado a un “mecanismo muerto”. La intervención psicológica agotará su necesidad ejemplar en el ordenamiento de tal circuito; tal vez podríamos ubicarla en el marco de lo que Marx llama “consumo productivo”, que él distingue del “consumo individual”, con lo que se refiere a los medios de subsistencia necesarios al trabajador para 5a reconstitución de su fuerza de trabajo.50 Entre el consumo individual (fundamento de la sobrevivencia biológica del individuo) y el mantenimiento (lim pieza, reparación, etc.) de las máquinas muertas, se ubicaría esta otra aprehensión de la sobreviven cia del individuo, condición de la permanencia del sistema del cuerpo productivo. La psicología mo ^la rx > & C apital, lib. I, secc. VII, cap. XXIII, p. 4 8 0 : El consumo del obrero presenta un carácter doble. n el proceso mismo de la producción consume m ediante su trabajo medios de producción, convirtiéndolos en productos e valor superior al del capital desem bolsado: ta l es su consumo productivo. Es, a l mismo tiem po, el consumo de su fuerza de trabajo por e l capitalista que la ha adquirido. as, e otra parte, el obrero invierte el dinero con quese e paga Ja fuerza de trabajo en medios de vida: éste es su consumo individual.” 118 derna, a través de técnicas abiertas de selección, de detección y de desarrollo de aptitudes, de condi cionamiento y de aprendizaje, de prevención y de reabsorción de conflictos, de diagnósticos de per sonalidad, etc., podría considerarse como uno de los factores, y no el menor, de mejoramiento del “consumo productivo”. En esta serie de elementos reside, precisamente, para el conjunto del sistema, la realidad de su dominio: al mantenimiento de las máquinas muertas corresponde el mantenimiento de las máquinas vivas de las que, en el acto produc tivo, depende el funcionamiento de autómatas como medios de trabajo.51 La vida del viviente-máquina era, ante todo, con quista; la vida de la máquina viva es, ante todo, sobrevivencia. En consecuencia, la coexistencia de ambos aspectos (cuerpo reducido a un proceso ma quinal, inscripción de la máquina en cierto pro ceso vital), se decide definitivamente en una sumi sión de lo vivo a lo muerto. En el sistema del cuerpo productivo desarrollado, ya no se trata de que el ser vivo maneje la máquina, sino que la máqui na maneja incluso al viviente. “El capital —dice Marx— absorbe el trabajo vivo como si estuviera poseído por el diablo”; 52 se vuelve monstruoso.63 51 C f. la distinción de Potter que cita M arx (Ibíd., p. 4 8 5 ) entre la m áquina m uerta que se deteriora, se deprecia día a día y envejece al compás de la evolución tecnológica, y la m áquina viva, la que, por el contrario, se m ejora gra cias a la “habilidad” que se transm ite de generación en ge neración; de esta “habilidad”, M arx declara más arrib a (p . 8 8 4 ) , que “figura en el inventario del capitalista”. 52 “Grundisse”, en Pléiade, II, p. 305. &:í Imagen a la que Marx recurre a menudo. C f. por ej®®- plo, “Grundisse” , Pléiade, II, p. 287 ; Un capítulo inédito de El C apital; El C apital, lib. I, secc. 4*, cap. XII. 119 Esta monstruosidad se traduce en deformación y mutilación del cuerpo. En efecto, a la imagen de un cuerpo ya “lisiado”, “fragmentado’, parcelado, “metamorfoseado en recurso automático de una ope ración exclusiva” y de la que da cuenta la fábula de Agripa,54 le sigue hoy —para evocar la culmi nación del sistema— la imagen de un cuerpo redu cido a la función de “vivo apéndice solidario de la máquina”,55 donde el trabajo vivo se convierte en “simple accesorio”.50 La máquina viva, marcada de esta manera en su cuerpo, se ve reducida a una “articulación”; 57 su papel es el de un engranaje que sirve o que vigila a la máquina, el de un órgano intelectual —en el sentido preciso de tarea de vigi lancia y de control— sometida al circuito del tiempo entendido como “quantum de trabajo” y “único ele mento determinante de la producción”.58 La máqui na muerta, lejos de ser medio de trabajo para la máquina viva, impone a ésta la triple tarea del acuerdo entre la acción y la máquina prima, la vigilancia de la acción y la preservación de los po sibles incidentes.50 De esta manera, el movimiento r'4 El hombre, fragmento de su propio cuerpo; ef. E l C a pital, lih. I, secc. 4?, cap. XII. 05 Cf. “Grundisse", Pléiade, II, p. 2 8 8 : En realidad, la m á quina es la que desempeña el papel unificador. La m áquina no es el instrumento del trabajador, sino que, p or e l contra- lio , éste es e! que está ligado a la máquina. El obrero, individualidad dotada de un alma, ya no es más que un apéndice vivo solitario de la m áquina”. Cf. tam bién El C a pital, lib. I, sece. 7?, cap. XXV. 58 C f. Grundisse, ecl. cit., p. 298. 57 l b í d . , p. 297. ™ lb íd ., p. 301. Kt lb íd ., p. 297. 120 de las máquinas muertas es el que determina la actividad de las máquinas vivas, y no a la inversa. Al autómata, en la medida en que entra en el plan del capital y se encama en “la persona del capita lista”, sólo lo anima una única pasión, la de “estirar la elasticidad humana y quebrar todas las resisten cías”.60 En este plan, la disciplina psicológica toma el lugar que le está reservado, a saber, el de apén dice, manual o intelectual, y en tanto apéndice no puede exceder las dimensiones de la erección que actualiza su ser; su criterio de normalidad depende de la extensión —estimulada, pero dentro de límites prescritos— de este órgano suficientemente defi nido. Dentro de estos límites, conviene ir lo más lejos posible; más allá de ellos, la intervención qui rúrgica. Pero la confiscación de la vida a la que se entrega el cuerpo productivo va acompañada de una con fiscación del saber, que refuerza la división del trabajo: “la ciencia que obliga a los elementos in animados de las máquinas a convertirse, gracias a su construcción, en autómatas útiles, no existe en la conciencia del obrero. Por intermedio de la má quina, actúa sobre éste como una potencia extraña, como la potencia misma de la máquina”.61 Analó gicamente, puede aplicarse esta observación a la intervención psicológica. La máquina viva, reducida a condición de apéndice, constituye, sin duda, un co C f. E l Capital, lib . I, secc. 4 '1, cap . X III, p . 327. C1 C f. Grundissc, ed . c it., II, p . 298. Sob re la ace le rac ió n forzosa d e l d esarro llo de la c ien c ia como fo rm a p ro d u ctiv a , cf. todo este cap ítu lo de los G nxndisse; v é ase ig u a lm en te , Vn cnvíhilo inrdito de El C a p i t a l ; y El Capital, M ’ - !• Passim- 121 “momento’’ 62 del proceso de producción, pero este “momento” está despojado del sentido de su acto productivo, puesto que el apéndice que algunos sueñan con eliminar sin perjuicio para el cuerpo productivo, desconociendo así la propia estructura de este último— no es superfluidad, sino ignoran cia. Una de las funciones de la intervención psico lógica (y, en general, de todo lo que gravita en tomo de la idea de una “ciencia de la comunicación”), consiste, precisamente, en restituir al agente una conciencia desfasada de su posición, inculcándole un tipo de conocimiento de sí mismo centrado en las nociones folklóricas de “participación”, de “sen timiento de pertenencia al grupo”, hasta de “empa- tía-espontaneidad-creatividad”, que danzan en ron da enloquecida alrededor del concepto de “perso nalidad”, al que acompaña su indispensable com parsa, el concepto de “integración”.63 La descripción de la fabrica que da Ure, y que Marx retoma, como “vasto autómata compuesto por muchísimos órganos mecánicos e intelectuales que operan de consuno e ininterrumpidamente para producir un objeto, y que están todos subordinados a una potencia motriz que se mueve por sí mis ma”,64 encontramos una imagen resumida del cuer po productivo desarrollado (“el autómata dice Marx— es el sujeto, mientras que los trabajadores e2 C f. Grundisse, ed. cit., II, p. 30 0 : “el capital tiende a dar a la producción un carácter científico y a reducir el trabajo directo al papel de simple momento del proceso”. °'3 Para m ayor deta lle , véase nuestro artículo: “L a philoso phie et le psychologue”, en R evue philosophique, enero- marzo 19 7 1 , pp. 19 y ss., como también la segunda parte de La psychologie, rmjthe scientifique, col. Libertés, ed. Robert Laffont, 1969. Cf. E l Capital, lib. I, secc. 4 í, cap. XIII. 122 son meros agregados como órganos conscientes a sus órganos inconscientes y con ellos subordinados a la fuerza motriz central”) en su funcionamiento real, al mismo tiempo que tiende a suministrar el modelo ideal del cuerpo productivo, refirmando así la ilusión de una cooperación perfecta de todos los órganos en el cumplimiento de una misma finali dad, lo mismo, en cierto modo, que en el universo aristotélico, en el que los seres jerárquicos que com ponen el cosmos sólo extraen su permanencia de la imitación de lo deseable por excelencia, la divini dad, primer motor que se mueve con un movimiento eterno y circular, pura forma, acto puro, pensa miento del pensamiento, “separado” en todos lossentidos del término. La psicología, en aquello que le concierne, ha sido convocada para el manteni miento de esta ilusión, que expresa también la ten sión efectiva del cuerpo productivo, para que nada obstaculice ni destruya el hermoso orden del sis tema así establecido en su autosuficiencia. Hemos tratado de demostrar que el mito galileo- cartesiano no designaba otra cosa, en cierto ni vel del análisis, que el advenimiento a la realidad histórica de un discurso posible acerca de la pro ducción. De ahí uno de los sentidos de la teoría del viviente-máquina que, en la confiscación de fi nalidad de que ella da testimonio, manifiesta la po sibilidad de pensar el cuerpo productivo. En el otro extremo de la cadena, una vez actualizado el ardid que el cartesianismo da a luz sin ser su pro ductor, la disciplina psicológica, en su conjunto y bajo sus formas múltiples, se agota en ser el dis curso de la producción, económicamente necesario 123 desde entonces e históricamente posible. O, si se prefiere, a través del discurso y de las prácticas psicológicas (acerca de las aptitudes y el aprendi zaje así como sobre la patología mental de la per sonalidad) es el cuerpo productivo mismo quien habla y actúa, quien destila discreta o espectacu larmente su propósito —no sin contradicciones apa rentes— quien promueve, recupera o higieniza, co mo aún lo hace a distintos niveles a través de la política manifiesta, la ideología activa, la econo mía vulgar, la pedagogía tradicional o experimen tal, etc. El cuerpo productivo susurra, y ese susurro se irradia en todos los sectores de la vida cotidiana. La psicología es uno de los discursos reales del do minio del cuerpo productivo. El tema de la psico logía es, pues, el cuerpo productivo, mientras que el cuerpo biológico, elemento fundamental del cuer po productivo, requiere un discurso específico a través del cual todo el cuerpo productivo se expre se de cierta manera, en cierto tono. Al mismo tiempo, la intervención del psicólogo está marcada por una temible ambigüedad, pues pese a sus pre misas, o mejor gracias a ellas, la psicología se cons tituye como empresa de mecanización entusiasta del viviente, y como necesario reconocimiento del fracaso de la mecanización total de la vida. El psi cólogo no ha inventado la máquina viva; pero como se trata de una máquina que también está viva, la finalidad de la disciplina apenas puede apoyarse en las múltiples aportaciones conceptuales y ana lógicas impuestas por importación de un modelo biológico en el seno de la psicología misma; el pro blema "natural” de la sobrevivencia se convierte en el problema del viviente en el seno del cuerpo pro ductivo. Y esto en su doble forma: consumo indivi 124 dual, consumo productivo. La psicología toma a su cargo uno de los aspectos del segundo. El plan de la psicología, indudablemente extraño al plan del propio psicólogo, se integra también en el plan ge neral del cuerpo productivo que, forzado a destruir la vida en el viviente para reducirla al anhelado acto maquinal, vuelve a encontrar, bajo formas diversas y a cada paso, la resistencia de la vida, sea como lucha de clases, sea en la forma de resurgi miento de aspiraciones del trabajo vivo, sea, en la vida cotidiana, en la forma de la reivindicación de la alteridad legítima. En consecuencia, no puede dejar de tenerla en cuenta, y de hacerlo en el más pleno sentido de la expresión. 125