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Laura Quintana Rabia Afectos, violencia, inmunidad Herder Diseño de la cubierta: Gabriel Nunes Imagen de cubierta: Eulalia de Valdenebro Edición digital: Martín Molinero © 2021, Laura Quintana © 2021, Herder Editorial, SL, Barcelona ISBN digital: 978-84-254-4722-8 1.ª ed. digital, 2021 Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro de Derechos Reprográ�cos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com). Herder www.herdereditorial.com http://conlicencia.com/ http://www.herdereditorial.com/ A mi madre y a mi padre por su sabiduría de los cuerpos Índice AGRADECIMIENTOS INTRODUCCIÓN 1. ¿Por qué afectos? 2. Una metodología estético-afectiva 3. El recorrido 1. ECONOMÍAS AFECTIVAS INMUNITARIAS: APEGOS, ASEDIOS Y VIRTUALIDAD 1.1. Apegos incendiarios: entre la falta y el deseo de completud 1.2. Cartogra�ando las economías afectivas 1.2.1. Tan esquivas y tan materiales economías 1.2.2. Esos perturbadores apegos 1.3. Productivo deseo 1.3.1. Deseos de inmunidad 1.3.2. Fascismos moleculares: o cómo el deseo puede desear su represión 1.3.3. Afectos vitales y antivitales 2. CAPITALISMO, AFECTOS E INMUNIDAD 2.1. Fracturando lecturas totalizantes: un régimen afectivo heterogéneo 2.1.1. De la inescapabilidad al goce en la catástrofe 2.1.2. Resquicios, fracturas, torsiones en medio del deshecho 2.2. Declinaciones inmunitarias hoy 2.2.1. ¿Un sujeto de deseo necesariamente defensivo? 2.2.2. Conducciones emocionales y regulaciones del sufrimiento 2.2.3. Normalizaciones del deseo 2.2.4. La producción del deseo como falta 2.2.5. [Desviaciones] 2.2.6. Dispositivos securitarios y el cierre del campo de posibilidad 2.2.7. Precarización e inmunidad 3. RESENTIMIENTOS 3.1. Sinuosas constelaciones, nudosos devenires 3.1.1. Resentimiento y ressentiment 3.1.2. De vuelta a Nietzsche: una lectura no resentida del ressentiment 3.2. Constelaciones resentidas 3.2.1. Sintiendo la injuria, deseando el castigo 3.2.2. Una herida que no se cierra 3.2.3. Intersticio I: Intricados deseos de justicia 3.2.4. ¿«Insensibilidad selectiva»? 3.2.5. Inmunidad y enemistad 3.2.6. Intersticio II: ¿Odio de clases? 3.2.7. Deuda y culpabilización 3.2.8. Reversiones de la lógica inmunitaria I: La justicia afectiva del genealogista UMBRAL 3-4. REVERSIONES DE LA LÓGICA INMUNITARIA II 4. RABIA POLÍTICA 4.1. Complejas irradiaciones entre violencia y política 4.1.1. La rabia y la pretensión de no-violencia 4.1.2. Antiviolencia 4.2. El consensualismo afectivo y la desvalorización de la rabia 4.2.1. Vengativas, resentidas, furiosas mujeres 4.2.2. El multiculturalismo y su neutralización del con�icto 4.2.3. De las regulaciones normativas de la rabia a su modulación política 4.3. Odio destructivo y rabia transformadora 4.4. Emancipatorios enardecimientos 4.4.1. Rabia poética 4.4.2. En medio de la heterogeneidad feminista 4.4.3. «Ni una menos» y «Vivas nos queremos» EPÍLOGO BIBLIOGRAFÍA NOTAS INFORMACIÓN ADICIONAL El conocimiento está ligado a lo que nos hace sudar, estremecernos, temblar. S. AHMED (2015: 260) Yo soy un tigre dormido que todas las noches sueño con el mundo que dejé y quitaré vengativo cuando lo negro sea bello la cadena de mi piel. A. LANDERO («Cuando lo negro sea bello», cumbia) Así nos sucede en la música: primero se tiene que aprender a oír, a entreoír, a distinguir una �gura y un motivo, a aislarla y a delimitarla como a una vida por sí sola; luego se requiere esfuerzo y buena voluntad para tolerarla a pesar de su extrañeza, paciencia frente a su mirada y expresión, practicar la generosidad frente a lo sorprendente que hay en ella: �nalmente llega un instante en que estamos habituados a ella, en que la esperamos, presentimos que nos haría falta, si faltase; y luego ejerce más y más su imposición y hechizo y no acaba hasta que nos hemos convertido en su humilde y arrobado amante, que no quiere nada mejor del mundo más que a ella y solo a ella. Pero no solo con la música nos sucede así: precisamente así es como hemos aprendido a amar todas las cosas que ahora amamos. F. NIETZSCHE (CJ §334) Agradecimientos Le agradezco muy especialmente a mi buen amigo Gustavo Chirolla toda su sabiduría �losó�ca y afectiva, compartida en tantos momentos de complicidad; a la artista Eulalia de Valdenebro por permitirme usar en el libro algunas de sus obras, que resuenan con intuiciones de este y contribuyeron a crear sus constelaciones afectivas; a Catalina Cortés-Severino por la correspondencia que hemos mantenido y que iluminó indirectamente este trabajo. Mi agradecimiento también al seminario «Afectos, capitalismo, y política: entre �losofía y antropología», que dicté con Pablo Jaramillo y que nutrió especialmente el capítulo 2 de este libro; al semillero de investigación «Afectos, corporalidad y política», especialmente a Andrea Lehner y a Guillermo L. Acevedo por tantas discusiones provechosas en torno a la Ética de Baruch Spinoza. Gracias especiales a Juli Salamanca Cortés por sus generosos testimonios sobre su experiencia y su comprensión de la rabia, y por presentarme el valiente espacio de la Red Comunitaria Trans; a Carlos Alberto Benavides por conversaciones virtuales muy generosas de su parte. Agradezco asimismo a la Universidad de los Andes por el apoyo a la investigación que obtuve en el semestre I-20 para dedicarme a este proyecto, nutrido de un diálogo intenso entre antropología y �losofía; y a Gabriela Pedraza, quien trabajó para mí como asistente de investigación durante ese semestre y me ayudó a recabar material valioso, sobre todo en redes sociales y otros archivos del presente. Mi agradecimiento también a la editorial Herder por su cuidadoso trabajo de edición; a Luis Miguel por la escucha amorosa. Y sobre todo gracias in�nitas a Feliza y a Pablo por todos los afectos alegres que impulsan la vida. Introducción La gente nunca abandona voluntariamente una posición libidinal. S. FREUD (citado por Berlant, 2011a: 27)1 En distintas actitudes cotidianas y en decisiones políticas producidas en diversas latitudes son visibles formas de rabia, miedo, odio, resentimiento. En redes sociales y en decisiones electorales, en espacios cotidianos rutinarios y como respuesta a crisis inesperadas, la gente expresa su insatisfacción hacia aquello que percibe como rechazable y amenazante: personas migrantes estigmatizadas, formas de vida asumidas como degeneradas, �guras públicas satanizadas; sujetos que se culpabilizan de un contagio inminente. En un difundido libro reciente, la politóloga estadounidense Katherine Cramer (2016) recoge algunas de tales reacciones para caracterizar lo que ella denomina una «política del resentimiento». De acuerdo con esta autora, una política tal se produce cuando ciertos grupos precarizados tienden a crear identidades fuertes, que les brindan un sentido de orientación y seguridad en medio de la incertidumbre que los afecta (Cramer, 2016: 9). Estas identidades compactas también traen consigo la �jación de un otro que se culpabiliza por la situación adversa padecida y se rechaza como inaceptable. Ellas producen entonces estigmatización. Este tipo de identi�caciones estigmatizantes también puede vincularse con fenómenos de violencia que se dan, hoy en día, en diferentes sociedades. Así lo ha analizado, desde otras consideraciones, el antropólogo francés Étienne Fassin, al ocuparse del comportamiento agresivo de la policía en Francia con respecto a ciertos sectores marginalizados de la población. Estos sectores se estigmatizan, criminalizándolos, argumenta Fassin, desde proyecciones que, en gran parte, se relacionan con el descontento de los miembros de esta fuerza pública por su propia situación social (cfr. Fassin, 2013a). Este libro vincula tales reacciones con una lógica inmunitaria. Esto es, para decirlo por ahora someramente, una lógica que asume el espacio socialcomo un organismo, cuya integridad se ve amenazada por «algo extraño» que lo contagia y contamina, al alterar y poner en riesgo su «identidad», «salud», «seguridad» (cfr. Esposito, 2005: 9-10).2 Se trata de una comprensión militarizada del sistema inmunológico, proyectada al espacio social, desde la cual aquel se comprende como un sistema de defensa y eliminación de cualquier extraño que ataque la integridad del cuerpo (individual o social) (Martin, 1994).3 Esta es una lógica que puede revertirse desde otra comprensión de la identidad y de su relación con lo otro; una visión alternativa que también puede ligarse con otras aproximaciones al sistema inmunitario, como lo han destacado varios autores que han establecido un vínculo entre política e inmunidad (Martin, 1994; Borradori y Derrida, 2003; Esposito, 2005; Mutsaers, 2016). Por ahora basta con decir que caracterizaré las actitudes estigmatizantes, a las que he aludido, como expresiones de afectos inmunitarios. Y con esto me referiré, en gran parte, a afectos que producen un otro �jado como riesgo, desde rumores que lo marcan como algo amenazante: «inmigrantes ilegales» o pobres que se sienten excesivos, porque pareciera que no dejan de reproducirse, mientras van generando inseguridad y les van quitando puestos de trabajo a los nacionales; «izquierdosos» que impondrán la estatización de todo y el empobrecimiento del país; «anormales sexuales» que destruirán el modelo de familia y pervertirán a la sociedad; femi-nazis que acabarán con la estabilidad doméstica, lesbianizarán el mundo y difundirán el odio por lo masculino; «chinos come murciélagos» que se culpabilizan de haber producido la pandemia del Covid-19, entre otros. Este tipo de a�rmaciones inmunitarias — que circulan en redes, en medios de información, en diversos espacios sociales— producen un efecto defensivo de estrechamiento: a partir de un daño padecido se genera la a�rmación de sí desde el rechazo de un otro, sin que se produzca una lectura general sobre la situación del mundo en la que este daño se da; ante lo identi�cado como riesgo o amenaza los cuerpos se cierran sobre sí, angostan su percepción, simpli�can el campo de experiencia, dejan de sentir relaciones entre las cosas; separan y ponen en contra unos actores respecto a otros; desarrollan visiones unilaterales de un mundo complejo. Y al establecer jerarquías discriminatorias, intensi�can efectos de desigualdad. Tan visibles parecen ser globalmente las distintas manifestaciones de estas actitudes, que muchos �lósofos también tratan de pensarlas, cali�carlas, re�exionar sobre ellas, pretendiendo a veces una distancia contemplativa o enjuiciadora sobre fenómenos que también los condicionan. Entonces la con�ictividad de lo que sucede se aquieta, ya sea con normas o explicaciones globales,4 ya sea con dispositivos que se han aplicado una y otra vez para distintos casos.5 Yo no pretendo esta distancia conciliadora, ni este aquietamiento, que es protector con respecto a lo que asalta la comprensión y la sorprende. También he sentido rabia, odio, resentimiento, los respiro y habito; asimismo, he experimentado la necesidad de protección inmunitaria, por ejemplo, frente un riesgo de contaminación viral que asalta por todas partes. La inmunidad, además, forma parte de la vida, aunque, como lo veremos más adelante en el libro, no tiene que pensarse desde el paradigma de la defensa militar y la seguridad identitaria. En todo caso, tales afectos me cuestionan y me exigen llevar a cabo este ejercicio de re�exión para indagar algunas de sus declinaciones, pues hay distintas formas de reacción frente a un daño padecido y diversas maneras de relacionarse con el riesgo, y no todas tienen efectos desigualitarios. Me inquieta reconocer que estas reacciones, aunque estén atravesadas por el rumor, la conjetura, la proyección, el asedio de espectros, y estos parezcan «ilusorios», tienen efectos enormes, con alcances inesperados. Tales �ccionalizaciones son muy materiales: producen efectos visibles en lo real. Digo esto último pensando, particularmente, en las circunstancias que habito. Empecé este libro mientras volvía la guerra a Colombia; quizá nunca se fue del todo, pero sus manifestaciones más destructivas se contrarrestaron visiblemente con la �rma del acuerdo de paz con las FARC y ahora vuelven con un gobierno de ultraderecha que ha prometido «hacerlo trizas», y lo está logrando. Las noticias, que llegan día tras día, lo indican: desde hace meses, matan a cuentagotas a excombatientes de las FARC, y quienes se acogieron a las zonas establecidas para la reintegración las están abandonando por temor a que estas sean atacadas; cada día asesinan a un líder social en Colombia,6 sobre todo a líderes ambientalistas que se oponen a proyectos extractivos a gran escala o de turismo masivo y se preocupan por la defensa de territorios locales, en zonas de producción de coca o que sirven de corredor para su trá�co. Hablo en impersonal porque son fuerzas oscuras, con múltiples conexiones. Entre tanto, los paramilitares van tomando de nuevo el país; se incumplen los puntos del acuerdo ligados con excombatientes y sustitución de cultivos; se desmantela la política de restitución de tierras, constantemente torpedeada por formas de disuasión y silenciamiento paraestatales; muchos lugares se sienten nuevamente amenazados, regresa el desplazamiento forzado; se vive de nuevo el terror en varios territorios. Y mientras el con�icto armado se intensi�ca y vamos descubriendo restos de algunas de sus dinámicas más macabras, la memoria o�cial borra voces de víctimas y niega la realidad del con�icto que nos ha atravesado. También se multiplican las propuestas de reformas laborales, de pensiones tributarias que acentúan la �exibilidad laboral y la precariedad económica; se resquebraja aún más la división de poderes; vuelven las interceptaciones ilegales y se incrementan las formas de persecución y represión policial; la protesta surgió muy vivamente a �nes de 2019 y, después de unas semanas, se apagó; medios de comunicación críticos se han silenciado. Para muchos, una atmósfera de tristeza y frustración se siente en el país. Pero no hay sorpresa. Este gobierno hace lo que prometió y 10 millones de colombianos votaron por él. Seguramente, dada la corrupción y el clientelismo sistémico del país, un porcentaje de esos votantes fue comprado, y hoy en día cursan investigaciones que lo comprueban. Pero una buena parte de ellos no. Ciertamente, intereses de élites se expresaron y condicionaron esta votación, aunque en un país donde solo cerca de un 2,4% de la población se de�ne de «clase alta» esto no puede resultar decisivo.7 Frente a estas circunstancias muchos «espíritus letrados» aducirán las formas de manipulación que las élites usan para engañar a la mayoría precarizada, de modo que esta se incline por opciones que van en contra de sus propios intereses. Es la hipótesis de la ideología, que ve por doquier las mentiras del poder, vestidas con «el ropaje de la verdad» (Žižek, 1994: 6). Unas mentiras que, en el mundo contemporáneo del espectáculo (de los medios masivos y sus manipulaciones, de los algoritmos y sus conducciones), serían tan indistinguibles de lo real que se harían inescapables. Sin embargo, aquí me interesa explorar otra hipótesis, otra manera de entender el poder de ciertas narrativas, rumores, proyecciones y asedios sobre los cuerpos, para pensar de otro modo también las fracturas, los caminos de transformación. Una escena me permite empezar a introducirlo: 14 de enero de 2020. Voy en un taxi por las calles de Bogotá.8 En la radio hablan del asesinato de líderes sociales. El conductor me pregunta: «¿Por qué están matando tanto a los líderes sociales? ¿Qué es lo que hace esa gente?». Lo hablamos. Le cuento del trabajo de los líderes en los territorios, de su importancia; parece abrirse a la conversación, me escucha, me hace preguntas, se las devuelvo. Finalmente, concluye: «Tenaz esa politiquería corrupta y asesina; con esos políticos nopodemos cambiar nada». Asiento y le pregunto: «¿Sumercé votó por Duque?». Él me mira por el espejo retrovisor a los ojos, y me responde: «Sí, y tocaba porque ese Petro9 guerrillero hubiera sido peor». Luego empieza a hablar de Gustavo Petro con desprecio, se queda absorto en su desprecio por el personaje; su mirada se afila, su voz se vuelve enfática, se olvida de la conversación inicial. Otros taxistas me han hecho comentarios parecidos. Opiniones similares expresadas con mayor agresividad circulan en las redes sociales; lo veo todo el tiempo en Twitter, la única red social en la que participo. El espectro del comunismo y sus asedios, después de todo, se siguen reactivando en una época ya lejana del escenario de la Guerra Fría. En Colombia, es sabido, el discurso de la contrainsurgencia se desplegó por mucho tiempo, y mucho más allá de ese escenario, durante años de confrontación con movimientos guerrilleros de izquierda (Leal Buitrago, 1994 y 2006; Aranguren, 2015). Es un discurso que ha alimentado la paranoia estatal de persecución de cualquier forma de protesta, y ha «justi�cado» alianzas paraestatales, acentuando el delirio destructivo de la guerra. El discurso de la antiinsurgencia se volvió antiizquierda, y la percepción de crisis en Venezuela10 alimentó la satanización de posturas socialistas o incluso de cualquier reivindicación social- igualitaria. Es un discurso que ha sido efectivo, como se puso de mani�esto en la victoria de Iván Duque y en el triunfo previo del No en el plebiscito que buscaba refrendar el acuerdo de paz con las FARC. No creo, en todo caso, que esta narrativa funcione meramente como una ideología, es decir, como un «conjunto de ideas, creencias, conceptos y demás, destinado a convencernos de su “verdad”, al servicio de algún poder oculto» (Žižek, 1994: 7). Los poderes que se sirven de ella son muy visibles, y también la manera en que esta opera a través de micropoderes que atraviesan los cuerpos y los afectan. No hay algo oculto que descifrar en tal discurso, que solo mentes brillantes o expertos en crítica social pudieran detectar con sus baterías interpretativas; sus efectos también son bastante palpables, se sienten en ambientes, atmósferas, tonos de voz, imágenes, formas de escritura, corporalidades; se asocian con la �gura del ultraderechista, aunque no aparecen solo en quienes se reconocen en esta; han afectado también a las personas que se consideran de izquierda, en sus posiciones defensivas, en las estigmatizaciones que producen para defenderse de la estigmatización que reciben; se perciben también en las posturas que se cali�can de «centro», que asimilan a la izquierda con una posición polarizante, equiparable al radicalismo de derecha, y se identi�can con una presunta tecnocracia posideológica; circulan en ciudadanos que no se alinean con ninguna postura política, para atrincherarse más bien en el escepticismo, que es la otra cara de una cotidiana desesperanza. Atenderé a tales efectos palpables, muy materiales, corporales, sensoriales; indagaré cómo ciertas narrativas y prácticas, también instituciones sociales, afectan inmunitariamente a los cuerpos, hasta el punto de que estos pueden desear la represión de su deseo (cfr. Deleuze y Guattari, 1987); al punto de que pueden optar por visiones que los impulsan con fantasías de realización, mientras los asedian delirios persecutorios que les van cerrando posibilidades, les cortan relaciones, los hacen más impotentes, los agotan. Apunto, así, a pensar estos fenómenos políticos en términos de con�guraciones afectivas. De este modo, despliego una cartografía estética que recusa la lógica de la sospecha y del desciframiento que impulsan al crítico de las ideologías. Pero también tomo distancia de la perspectiva desafectada del académico racionalista, que dicotomiza el campo social al contraponer discursos políticos racionales (que valora como aceptables) y discursos políticos irracionales (que desprecia como inaceptables). Estas dos perspectivas (la del crítico de la ideología y la del académico desafectado), lo mostraré en el transcurso de este libro, no permiten contrarrestar los efectos más destructivos de las actitudes inmunitarias, sino que los reproducen e intensi�can. Re�exionaré aquí entonces — volviendo al hilo inicial de mi argumentación— sobre afectos inmunitarios, particularmente sobre diferentes declinaciones de la rabia. Pues diferenciaré entre formas de resentimiento, por una parte, y enardecimientos igualitarios (o rabia política), por la otra.11 Y pondré de mani�esto la manera en que ellas se producen en medio de dispositivos sociales, caracterizados por dinámicas del capitalismo global y sus múltiples violencias. En particular, me interesa indagar cómo tales afectos se anudan con la manifestación de una cierta impotencia, que se siente también de forma muy mani�esta en el mundo contemporáneo. Tal impotencia es el efecto de una pérdida de con�anza en que «el estado del mundo» pueda realmente cambiar, pues parece que nos hemos convencido, en consonancia con la famosa a�rmación de Jameson, de que es más fácil la destrucción del mundo que la transformación del capitalismo. En Política de los cuerpos (Quintana, 2020a), argumenté que esta parálisis del deseo de transformación es también un cierto bloqueo afectivo: una forma de negación de la relacionalidad de los cuerpos y de su fragilidad, propiciada por dinámicas de sujeción que operan en lo que he caracterizado, con Jacques Rancière, como consensualismo contemporáneo. Se trata de un orden normativo, producido en el capitalismo tardío, que decide sobre la posibilidad y, con esto, sobre el poder de los cuerpos: las capacidades que pueden tener lugar, el tipo de agencia que correspondería a los tiempos; lo que puede ser y lo que ya resultaría inviable. Por esto, si la gente acepta un «estado de cosas» que parece completamente contrario a sus intereses materiales no es porque haya sido idiotizada o meramente enceguecida por los mecanismos ocultos de la ideología. Más bien, se ha convencido de que las cosas no pueden ser de otro modo y se ha vuelto descreída: descree todo el tiempo de aquello (de los poderes económicos, de los medios de información, de la representación política) que piensa que no puede cambiar. Y esto, ciertamente, se acentúa en condiciones pronunciadas de violencia constante, como las que hemos vivido en Colombia. Pues estas violencias han grabado, a sangre y fuego, la persistencia del mismo estado de cosas y la inercial reproducción de lo mismo, que parece agotar cualquier deseo de transformación. Exploraré este posible vínculo entre descreimiento, escepticismo, impotencia y algunas manifestaciones contemporáneas del resentimiento. Y perseguiré la hipótesis de que estos podrían pensarse como efectos mani�estos — más que como síntomas latentes — de ciertas prácticas, discursos, lógicas sociales del mundo que habitamos, que forman parte de un régimen afectivo inmunitario. Por eso este libro se propone construir constelaciones de sentido que permitan relacionar algunas dinámicas del capitalismo tardío, teniendo en cuenta su dimensión global, pero también cómo se irradian y alteran en condiciones especí�cas de Colombia. En todo caso, destacar la afectividad de estos fenómenos también implica explorar su inestabilidad y ambivalencia, su heterogeneidad y con�ictividad, para indagar por las vías en que pueden fracturarse, remodularse y alterarse. Evidentemente, los afectos reactivos no son equiparables. Puede haber enardecimientos transformadores que se convierten en orgullo e indignación, que construyen otras posibilidades sin quedarse en el afán de mera destrucción, o en la reiteración de lo mismo de ciertas manifestaciones del resentimiento. Hay formas de rabia que intensi�can la desigualdad, y otras que la combaten desde prácticas a�rmativas plurales. Aunque por la misma con�ictividad e inestabilidad afectivas se dan tránsitos, transiciones, conversiones y devenires de lo uno a lo otro. En cambio, al asumir que lasformas de poder saturan por completo el campo de experiencia, el crítico de la ideología pierde de vista esta inestabilidad e indeterminación, y por eso nos condena a la inexorabilidad de las sujeciones, que el académico racionalista, con su lógica desafectada, ajena a las formas de corporización, muchas veces ni siquiera alcanza a captar. Sin embargo, las formas de poder son heterogéneas, dejan resquicios, y por ello también son fracturables; aunque se sedimenten en los cuerpos, pueden revertirse para dar lugar a otras emergencias. Hoy en día, en respuesta a su mani�esta circulación en el presente, se han multiplicado los trabajos que re�exionan sobre el papel y las condiciones del resentimiento.12 Sin embargo, hace falta un abordaje afectivo del asunto, que lo sitúe, a la vez, desde Latinoamérica y teniendo en cuenta dinámicas afectivas del capitalismo global. Hace falta para repensar las vías de transformación, en la inmanencia de la con�ictividad social, sin pretender neutralizarla o trascenderla, como lo hace una lógica inmunitaria. Hace falta también para resistir a la imposibilidad de la emancipación13 que sentencia el crítico de la ideología, junto a las formas de culpabilización, cinismo y parálisis que termina reproduciendo, pese a su pretensión de radicalidad. Y hace falta, �nalmente, frente a los análisis formalistas e institucionalistas de lo político, propios de quien caracterizo como el académico racionalista, que pierden por completo de vista las corporizaciones del poder y la manera en que los afectos también atraviesan las producciones y prácticas que se consideran más racionales. 1. ¿Por qué afectos? La lluvia cae, moja la calle, camino sobre el pavimento húmedo, me resbalo, me caigo, siento dolor y grito; alguien oye mi grito, es afectado por él, me ayuda a levantarme; me queda un moretón que me recuerda la caída, este recuerdo del resbalón también me afecta, quizá lo asocie con otras caídas y eventualmente pueda sentir tristeza; o quizá no, pues podemos ser afectados de distintas maneras, a partir de lo que hemos vivido y de cómo hemos sido conformados. La memoria personal está constituida por todo aquello que ha marcado al cuerpo y lo ha con�gurado también colectivamente. Nuestros juicios y valoraciones dependen de esta memoria corporal; toda toma de conciencia, toda elaboración racional es ya afectiva, porque está conectada con lo que ha producido efectos sobre nosotros, nos ha afectado, se ha inscrito en el cuerpo y atraviesa su historia. Si todo en el mundo está en relación (como lo vio hace tiempo la ontología de Spinoza), todas las cosas y seres pueden producir efectos entre unos y otros, modi�cándose entre sí. El afecto es precisamente el nombre de esta modi�cación. En particular, cuando hablo de «afectos», en este libro, me re�ero a fuerzas efectuadas en el mundo social, que atraviesan a los sujetos, los preceden y conforman; fuerzas que se producen en las interacciones con�ictivas entre seres vivos, cosas, lugares, temporalidades, tecnologías; entre cuerpos, imágenes, discursos; entre registros sensoriales, atmósferas y materialidades. Hablar de afectos es insistir entonces en un enfoque relacional, tomando distancia de aproximaciones psicologistas que reducen lo afectivo a «modi�caciones interiores», que se suelen llamar «sentimientos» o «emociones», entendidas como estados de sensación subjetivos, muy anclados a la �gura del individuo y a su interioridad. Pero también me distancio de teorías sociales, constructivistas y culturalistas, críticas de los enfoques naturalistas. En el caso del naturalista, las emociones se piensan como «sistemas de respuesta» orgánicos (Parkinson, citado por Greco y Stenner, 2008: 7) naturales y universales, producidos a través de la evolución, y se pierde de vista la manera en que el cuerpo y sus respuestas se han conformado histórica y socialmente. En el caso del constructivista, se insiste en el papel que los discursos y las prácticas desempeñan en la formación de las emociones, y estas se tienden a pensar entonces como fenómenos discursivos. Pero de este modo se cancela la dimensión no-discursiva de las corporizaciones y lo que excede las codi�caciones culturales (Massumi, 2002; Sedgwick, 2003). Algo que ha destacado, en particular, la teoría afectiva contemporánea. Al desmarcarme del vocabulario de la emoción y de los sentimientos, también tomo distancia de lecturas normativas �losó�cas que se han dado con respecto a las emociones. Pues estas aproximaciones impiden reconocer los juegos de fuerza, las relaciones de con�icto, la heterogeneidad y ambivalencia de estos fenómenos, y la manera en que sus intensidades condicionan a los cuerpos, los �jan de cierta manera, pero también los llevan fuera de sí, impulsando o inhibiendo su capacidad de actuar. En todo caso, al sugerir esta diferencia entre «emociones» y «afectos» no apunto a marcar la necesaria oposición entre ambos fenómenos. De hecho, re�exiones como las de Sara Ahmed (2004a y b; 2015), quien es importante en mi lectura, producen la convergencia de ambos desde una comprensión no subjetiva ni psicológica, pero tampoco meramente cultural de lo emocional (cfr. Stewart, 2015). Aunque al hablar de «emociones colectivas» Ahmed deja sentir el peso de una ontología individualista, sus planteamientos en torno a las economías afectivas me han resultado muy productivos, de la mano con sus análisis textuales y sus re�exiones sobre las marcas intensas que la circulación y reproducción de ciertas narrativas van dejando sobre los cuerpos. Argumentaré que los afectos son fuerzas históricamente conformadas, en ciertas condiciones, como bien lo vio en su momento Nietzsche. Por eso me distancio de aproximaciones ontológicas como la de Brian Massumi (2002), quien ha pensado lo afectivo en un nivel tal de abstracción que, por momentos, suena casi ahistórico, inmediato y precultural (cfr. Mazzarella, 2012). Con el énfasis en la intensidad no determinada de los afectos me parece fundamental seguir reconociendo las formas de poder que los producen y el carácter performativo — y de materialización— de los discursos y las prácticas que los generan e intensi�can. Así que es clave destacar su carácter presubjetivo (Mazzarella, 2012), por cuanto los sujetos son conformados por ellos, pero también las mediaciones de las que depende, su condición siempre social. Sin perder de vista que el mundo social, en sus lógicas e instituciones, es heterogéneo, abierto a la indeterminación, inestable en sus estructuras; inmanente. Esto es crucial, pues con el término «afecto», en la tradición del vitalismo, se acentúa también la dimensión de lo potencial y virtual; esto es, la capacidad de transformación que puede desplegarse desde las conexiones impredecibles, emergidas en medio de lo dado. En juego está un materialismo afectivo que re�exiona sobre la historicidad de las prácticas, sus condiciones y efectos sobre el mundo, pero pensando que esta materialidad está estructurada en ensamblajes que pueden desensamblarse y rearticularse en nuevas relaciones.14 Convergiendo entonces con algunos esfuerzos de la contemporánea affect theory y reactivando la �losofía afectiva y genealógica nietzscheana, pienso ahora ciertas fuerzas que atraviesan a los cuerpos, tomando en consideración algunas prácticas y experiencias del presente histórico. Cruzaré así la diversidad de re�exiones que se despliegan entre la antropología, los estudios culturales, la economía política, la literatura y la �losofía, en las contemporáneas teorías de afectos, para ocuparme de unas con�guraciones afectivas inmunitarias que no han interesado tanto a estas teorías. Asimismo, indagaré acerca de la ambivalencia y heterogeneidad de estos fenómenos, que han sugerido algunos enfoques afectivos (Ahmed, 2004a y b, y 2015; Berlant, 2011a y b; Stewart, 2007 y 2011; Lordon, 2016), pero que se ha perdido de vista en otros, que han tratado el afecto solamente en términos de «exceso» ontológico liberador (Massumi, 2002; Thrift, 2000 y 2007). 2. Unametodología estético-afectiva La afectividad es una dimensión difusa y heterogénea en la que se multiplican las relaciones, las intensidades, los juegos de fuerza. Y estos se resisten a una determinación conceptual cerrada o a cualquier intento de representación, como ha sido varias veces señalado (cfr., por ejemplo, Thrift, 2000 y 2007). De ahí que moverse en este terreno me lleve a producir composiciones entre distintas estrategias metodológicas y registros discursivos, en un diálogo entre producciones conceptuales de una �losofía atenta a la contingencia histórica; una antropología relacional, sensorial y experimentadora que, en algunos casos, también ha producido lecturas (pos)coloniales (Stoler, 2016);15 enunciados de actualidad, particularmente colombiana (obtenidos en redes, archivos periodísticos, sitios web); viñetas escritas a partir de mis conversaciones con taxistas y otros sujetos que encuentro en la cotidianidad; textos literarios y re�exiones sobre producciones audiovisuales que capten atmósferas intensivas. Así también la escritura argumentativa queda atravesada por momentos afectivos situados, que interrogan y localizan los conceptos, de tal modo que estos se elaboran siempre en un diálogo de ida y vuelta con experiencias, a la vez que estas quedan releídas en tal trabajo de re�exión. La noción de constelación, que retomo de Walter Benjamin, es central en la construcción argumentativa de este libro (Benjamin, 1983, 1991, 1995). Lo que me interesa de esta �gura metodológica es que indica un trabajo de composición, articulación y ensamblaje de distintos elementos que permiten leer una experiencia en su con�ictividad (cfr. Krauss, 2011: 439). Más aún, esta �gura llama la atención sobre «las condiciones inestables» de toda interpretación y cómo esta puede asumir que su objeto la condiciona, forma parte de su experiencia temporal y se mueve con ella, al atender a rasgos que no habían sido considerados y a tensiones que los atraviesan. Por eso este procedimiento de lectura se despliega más allá de las disciplinas académicas, articulando distintos discursos y géneros, justamente porque le interesa «transgredir» y «desplazar» los «bordes internos que estructuran una topografía establecida de lo pensable» (Krauss, 2011: 440); porque apunta a producir «una interpretación que no trata de reducir la complejidad sino de mostrarla, exponerla, desplegarla» (Didi-Huberman, 2009: 417, cursivas mías). La �gura de la constelación me permite destacar así el ejercicio de composición estético-cartográ�co que llevaré a cabo en esta investigación. Este es un trabajo que apunta, en primer lugar, a establecer relaciones entre discursos, prácticas y experiencias, que no han sido consideradas, para ofrecer otras formas de acercarse a dinámicas que atraviesan el mundo que habitamos. Esta composición — producida entre distintos registros— se detiene en escenas que muestran tensiones, atmósferas, residuos, perturbaciones, discontinuidades. Y atiende sobre todo a cómo se ensamblan y se pueden desensamblar las lógicas y coordenadas de sentido que marcan comprensiones habituales o hegemónicas de lo real, para desarraigar, en cierta medida, lo que se ha impuesto como presente. Así, esta metodología supone que el campo social está estructurado — de manera no cerrada ni uniforme— en distintos arreglos, ensamblajes, o articulaciones de sentido y percepción. Por esto mismo, ella subraya que las sujeciones pueden ser desestabilizadas y modi�cadas por formas de experimentación y experiencias que las fracturan, rearticulan y desplazan (cfr. Quintana, 2020a: 76); porque importa dejar que lo posible pueda emerger en condiciones estabilizadas, que ya lo median de cierto modo, pero de las que en todo caso puede irrumpir como lo que no se podía prever, como lo inédito y no anticipable. De ahí que me resista a una hermenéutica de la sospecha, como la que despliega el crítico de la ideología, y a una comprensión poco con�ictiva del campo social, como la que asume el académico racionalista. Los testimonios y enunciados que recogeré, las escenas que analizaré no son síntomas de mecanismos ocultos que hay que descifrar, ni enunciados que simplemente re�ejen intereses utilitarios. Más bien los asumiré como producciones discursivas, articulaciones del sentido, con�guraciones sensoriales que tienen efectos mani�estos, dependen de relaciones previas, las modi�can y las crean. Se trata de ver qué sujetos aparecen allí, qué �guras se trazan, qué afectividades se movilizan, qué sedimentaciones se reiteran, qué relaciones se producen. Además, una cartografía afectiva abandona un espacio de pensamiento dicotómico y sus oposiciones entre lo racional y lo irracional, lo objetivo y lo subjetivo, el adentro y el afuera, en cuanto que ellas impiden pensar la complejidad del mundo social y sus diversos ensamblajes. Una relacionalidad de todo con todo: de la naturaleza y la cultura; del cuerpo y el mundo social; de lo animal y lo humano; de lo material y lo virtual; de las temporalidades y sus heterocronías. Por esto, justamente, porque yo también estoy en este entramado de relaciones y condicionada por lo que me propongo pensar, no temo exponer mi voz, su localización y la manera en que esta se expresa desde afectaciones que me impulsan a este ejercicio de escritura. Asimismo, para hacer valer esta relacionalidad, creo resonancias e intersticios entre los distintos registros discursivos y estéticos que uso, de modo que puedan aparecer tensiones, �suras, cruces de fuerzas afectivas, excesos — o franqueamientos de bordes —, allí donde parece imponerse la explicación reductiva y la ordenación totalizante, jerárquica o identi�cadora. Sin pretender el estilo rizomático de Deleuze y Guattari, tal vez sea una forma de atravesar la escritura argumentativa con aperturas que dejan emerger multiplicidades: malezas afectivas, que desbordan los conceptos y afectan la sensibilidad.16 3. El recorrido El primer capítulo («Economías afectivas inmunitarias: Apegos, asedios y virtualidad») ahonda en la dimensión afectiva y en su importancia para comprender la relacionalidad del campo social y su materialidad, pensando ya de entrada en ciertas experiencias, a la vez globales y locales, en las que están en juego actitudes inmunitarias. Sirviéndome del vitalismo �losó�co de Spinoza, de Nietzsche y de Deleuze y Guattari, en diálogo con re�exiones contemporáneas, construyo el concepto de «economía afectiva» para pensar algunas dinámicas inmunitarias del mundo contemporáneo, desde irradiaciones políticas que afectan localmente a Colombia. Tal concepto acentúa la historicidad de las condiciones afectivas, pero insiste también en los procesos potenciales, en la virtualidad que, desde aquellas, puede dar lugar a nuevas emergencias. Esta indagación me permite también singularizar mi aproximación en la discusión contemporánea sobre teoría de afectos, y justi�car la importancia que le concedo a rastrear constelaciones afectivas inmunitarias que permiten cruzar fenómenos aparentemente tan disimiles como ciertas posiciones comunes en el espectro político colombiano (la del uribista; la del centrista, la del intelectual de izquierda deliberativa), y algunos efectos que la pandemia del Covid- 19 ha tenido globalmente y, en particular, en el mundo social de mi país. Para tejer estas conexiones exploro aspectos fundamentales en las economías afectivas como lo son los «apegos», su temporalidad y sus asedios ambivalentes; así como la productividad del deseo y cómo pueden interpretarse algunas derivas autodestructivas de este. El segundo capítulo («Capitalismo, afectos e inmunidad») se ocupa de discutir, en primer lugar, dos tesis �losó�cas difundidas: una, aquella según la cual el capitalismo es un horizonte cerrado y totalizante, que absorbe, con sus construcciones ideológicas y sus capturas de la imaginación y del deseo, toda alternativa inmanente (Berardi, 2008 y 2020; Fisher, 2009); la segunda, aquella que insiste en que el capitalismo tardío está saturado deafectividad, y de una no-inmunitaria (Han, 2017 y 2020). En contraste con estas dos tesis, analizo el capitalismo tardío como un régimen afectivo heterogéneo, que se caracteriza, en particular, por producir dispositivos emocionales inmunitarios. Concretamente, muestro cómo estos emergen en conducciones emocionales y regulaciones del sufrimiento, a través de normalizaciones del deseo que hacen sentir al sujeto continuamente en falta, a la vez que lo van sujetando a ritmos impersonales que lo exceden y agotan. En tales constelaciones afectivas también son visibles dispositivos de seguridad, que �jan la percepción de un riesgo, mientras van cerrando el campo de lo posible y van produciendo formas de resentimiento: proyecciones, especulaciones y asedios, cargados con la experiencia de una falta reiterada e insaciable que se irradia en los cuerpos, con distintos efectos de subjetivación muy destructivos, también en un nivel ecológico-político. Pues los deseos de apropiar y consumir el mundo, impulsados por una falta que nunca se llena, están destruyendo múltiples ensamblajes naturales, que también son culturales.17 Para elaborarlo me serviré del pensamiento de Deleuze y Guattari, así como de etnografías atentas a producciones afectivas del capitalismo que habitamos, que pongo a dialogar con archivos del presente, sobre todo de la actualidad colombiana. En el tercer capítulo («Resentimientos»), retomo la re�exión nietzscheana sobre el resentimiento, pues me interesa una lectura no dicotómica de este afecto, que insista en su carácter enmarañado. Además, discuto aproximaciones contemporáneas muy in�uyentes sobre el tema, como la de Robert Solomon y Jean Améry, para establecer un diálogo con diferentes experiencias resentidas del presente. En particular, atiendo a �guras, enunciaciones, imágenes y comprensiones de la temporalidad y de las memorias corporalizadas, atravesadas por la violencia, que pueden ponerse de mani�esto en discursos públicos en Colombia. A partir de aquí construyo constelaciones históricamente emergidas, en las que el resentimiento se explora y trata como una maleza atravesada por aristas diferentes, derivas ambivalentes, efectos desiguales. Esto me permite ahondar en la complejidad de esta afectividad — con sus rumores, sedimentaciones y marcas— y pensar en sus distintas in�exiones, condiciones, devenires y efectos. Al elaborar tales constelaciones re�exiono sobre experiencias que no han dejado de ser actuales, como el ansia de retaliación, el sentimiento de una herida recibida que no se puede cerrar y que exige una práctica de la memoria desde intrincados deseos de justicia; formas de insensibilidad selectiva que impiden acoger el daño padecido por muchas víctimas de injusticia; lógicas de enemistad que establecen rígidas fronteras entre unos y otros y justi�can la protección inmunitaria o, incluso, la eliminación de aquellos que se consideran enemigos; aproximaciones simpli�cadoras al con�icto social que lo reducen a odio de clases; y formas de endeudamiento interminables o impagables que terminan produciendo culpabilizaciones desgastantes que, en todo caso, pueden fracturarse. ¿Cómo pensar entonces reversiones con respecto a los efectos destructivos del resentimiento? En juego está, en gran parte, trastocar comprensiones de la vida, la identidad, la relación con lo extraño que tales efectos suponen y que están presentes en ciertas visiones biológicas tradicionales del sistema inmunitario y en un sinnúmero de instituciones y prácticas del mundo social. Siguiendo el impulso del vitalismo nietzscheano, en diálogo con re�exiones biológicas contemporáneas (Haraway, 1991; Tauber, 1994; Margulis, 2002; Mutsaers, 2016; Yong, 2017), apunto a pensar de otro modo la vida, las relaciones, los cuerpos y su salud, y de un modo tal que pueda acogerse la multiplicidad y el con�icto, neutralizado y perseguido como amenaza, en distintos ensamblajes económico- sociales. En una sección — que sirve de perno para enlazar el capítulo 3 y el 4, y que titulé «Umbral»— retomo una interpretación distinta del sistema inmunitario que es consecuente con el carácter simbiótico de la vida. Esta interpretación también es clave para re�exionar sobre afectos que pueden ser reactivos, defensivos, y hasta cierto punto destructivos, pero también relacionales, creativos y a�rmativos. Justamente, en el cuarto y último capítulo («Rabia política»), exploro formas de enardecimiento no resentidas, preocupadas por reclamos de justicia y formas de igualdad, y elaboro en qué sentido podrían considerarse como reversiones del resentimiento y de la lógica inmunitaria. Para argumentarlo cuestiono primero visiones que impiden considerar una interpretación emancipatoria de la rabia. En particular, me detengo en constelaciones de sentido que generan una desvalorización y despolitización de este afecto y muestro cómo reproducen un consensualismo estético que neutraliza las manifestaciones disensuales, aquellas que exponen el con�icto político. Luego me detengo en experiencias que logran elaborar las violencias que han padecido en formas de enardecimiento creativas, desde un trabajo de composición estético político que les permite visibilizar los daños que afectaron a ciertos cuerpos y construir apuestas para contrarrestarlos e imaginar otras formas de relación y mundos posibles. Esta apuesta de lectura se nutre de interpretaciones feministas de la vida que insisten en su vulnerabilidad y plasticidad, así como de re�exiones de activistas y actores sociales que dejan pensar un enardecimiento transformativo, no meramente reactivo. * A través de estas constelaciones afectivas — histórica y geográ�camente localizadas— re�exiono sobre efectos de ensamblajes constituidos por complejas relaciones entre los cuerpos, la naturaleza, los espacios y los tiempos. Mostraré la ambivalencia de estos efectos: cómo en muchos casos pueden traer consigo experiencias muy destructivas para los sujetos y su coexistencia, y cómo, en todo caso, se pueden torsionar y revertir para dar lugar a posibilidades vitales más igualitarias y a�rmativas de la complejidad. Así, al detenerme en tales ensamblajes, le apuesto a una visión ecológico-política amplia, desde la consideración de que hay una estrecha relación entre la crisis ambiental que estamos padeciendo, ciertas prácticas e instituciones económico-políticas atravesadas por intricadas circulaciones afectivas, modos de subjetividad y deseos ligados a estos, y los efectos de poder y de violencia que todo esto está teniendo para la vida en común. Frente la situación devastadora que vivimos, muchos cambios institucionales de fondo son necesarios; entre ellos, una transformación afectiva que altere deseos y necesidades normalizadas e impulse el anhelo de cambiar ciertas condiciones que están resultando inhabitables para la mayoría de los organismos. Estas transformaciones ya se están produciendo, en medio de tremendas di�cultades ocasionadas por persistencias estructurales, y no es de mi interés indicar cómo podrían seguirse dando. Me anima más bien asociarme a ellas y ofrecer otros elementos para alentarlas y a�rmarlas. Al concluir este comienzo del trayecto, quien lee quizá tenga la sensación de que aquí se inicia un recorrido en el que muchos caminos, senderos sin salida y desvíos se encuentran en medio de una intricada maleza. Y es así. El territorio que recorremos es espeso y enmarañado porque se mueve en un plano en el que todo guarda relación. Por eso las constelaciones que aquí se elaboran, como ya lo advertí, a veces parecen multiplicarse y desbordarse por varios lados, sin resguardar alguna pretensión de exhaustividad. Tan solo son como cortes transversales en algunas experiencias que dejan atisbar algo de su contingente y alterable complejidad. 6 de mayo de 2021. Reviso una última maqueta de este libro, en Bogotá. Las protestas en las calles del país, reunidas en un paro nacional contundente, en pleno pico de la pandemia, llevan ya diez días, y han tenido que enfrentar una brutal represiónpolicial que ha provocado hasta ahora varias muertes (37, al 5 de mayo, según la ONG Temblores), retenciones arbitrarias, desapariciones forzadas y numerosos casos de violencia física, particularmente en el Valle del Cauca. Una zona compleja del país en la que se han combinado, desde tiempo atrás, múltiples formas de explotación de los territorios y de los cuerpos, con persistencias coloniales, que hoy se anudan con poderes opacos, mafiosos y paramilitares. La gente expresa con indignación enardecida la precarización que vive, su rechazo a la violencia policial acentuada, su frustración por un gobierno que ha hecho pedazos el arco de esperanza que traían los acuerdos de paz. Este libro se piensa en colaboración con estos esfuerzos impulsados por visibilizar los nudos ciegos, los círculos reiterados que la violencia ha traído en este país, y por fracturar sus irradiaciones más destructivas, que recaen siempre sobre los cuerpos más fragilizados. Me uno, aquí al escribir, a la justa rabia política de estos movimientos populares. Necesitamos atender a esta rabia, a toda su complejidad, y sobre todo a su llamado a transformarnos, a construir futuros más dignos, a confrontar la desposesión del porvenir, abriendo el horizonte de lo posible. De eso se trata también en este libro. Eulalia de Valdenebro. Dibujo para Ser creciente 1. Economías afectivas inmunitarias: Apegos, asedios y virtualidad El castro-chavismo o se frena o llega... (Twitter de Álvaro Uribe, agosto de 2017, Campaña electoral para la presidencia de 2018) Nosotros no estamos con la polarización. (Respuesta del candidato presidencial Sergio Fajardo, en elecciones de 2018, sobre la posibilidad de hacer una coalición con Gustavo Petro) Uno lee a diario uribestias vulgares, brutos, arribistas, homofóbicos, misóginos, desubicados, mal informados, y resentidos... (Comentario en Twitter de tuitera antiuribista) Estos enunciados recogen opiniones que han con�gurado el discurso público, en Colombia, durante los últimos años. Han sido muy comunes en las calles, en redes sociales, en in�uyentes medios de comunicación, en las intimidades familiares. Construyen tres �guras que recorren el espacio político en el país, y sus asedios: «el castrochavista», «la polarización», «el uribestia». Los asedios se enredan e impulsan mutuamente: el «castrochavista» se �guró como una amenaza que iba llegando, que marcaría el futuro y estaba por invadirnos si no se frenaba, si no se contenía. Presentarlo como cercano lo hacía sentir más temible, porque lo «perjudicial, en cuanto amenazante, no está todavía en una cercanía dominable, pero se acerca» (Heidegger, 1997: 179-180). Y este asedio crea una situación de riesgo que exige la activación de los controles; algunos llamaban a la represión; como la amenaza de un virus que ya está por circular por todos lados, incontrolado; también el �ujo de venezolanos en el país se incrementó en un momento dado y se vinculó con la amenaza de crecimiento de informalidad, pobreza, criminalidad; e incluso de contagio, cuando el Covid-19 llegó a Colombia y encendió las alarmas en torno a múltiples riesgos. Asimismo, el discurso contra la polarización la identi�ca como una amenaza que presiona con insistencia: se habla de radicalismo, se insiste en evitar cualquier posición enardecida, llamando a una incontaminada neutralidad, desde la pretensión de una razón desafectada que se protege contra la inoculación de cualquier toma de posición enfática. Finalmente, aquel que enarbola el cali�cativo «uribestia» se siente cercado por esta misma �gura unilateral y se de�ende contra esta, al punto de reducirla a una caricatura a veces risible, a veces aterradora, a veces grotesca. Estas indicaciones iniciales ya pueden sugerir cómo, a través de las �guras sugeridas, se activan formas de defensa y protección, características de los afectos inmunitarios, y cómo estos pueden recorrer manifestaciones visiblemente diferentes. Este capítulo elabora esas relaciones de fuerza, estableciendo entre ellas un anudamiento, producido desde la re�exión sobre economías afectivas que propondré. Se trata de un anudamiento poco evidente que empezó a rondarme desde la campaña por el plebiscito para refrendar el acuerdo de paz conseguido con las FARC en 2016. Y se me hizo más patente a través de la campaña presidencial de 2018, al considerar los efectos políticos que las tres �guras mencionadas terminaron teniendo en la escena política colombiana. En particular, me parecieron visibles los efectos de retroalimentación: la �gura del castrochavista, que el uribista construye para a�rmar su posición, produce el desprecio del antiuribista, que tiene pretensiones de ilustrado, y este responde también con una caricatura denigrante, que le permite hacer valer su superioridad cognitiva y moral; así, el uno se a�rma en el re�ejo del otro, como en un juego de espejos. Pero el discurso que aboga por la no-polarización �ja estas caricaturas como si dieran cuenta del con�icto de posiciones, lo que contribuye a la simpli�cación del campo de fuerzas político, al perder de vista, además, la dimensión afectiva que lo condiciona y sus intricadas economías. Esta simpli�cación también es afectiva e impide aproximarse a la complejidad que está en juego en la situación, protegiéndose contra esta. Más aún, tal simpli�cación obstruye una exploración detenida de diferentes experiencias inmunitarias que se perciben en el presente de Colombia y, de este modo, tiene efectos políticos palpables. De hecho, como lo sugeriré en un momento, es como si la simpli�cación del con�icto nos dejara enredados en la reactividad que no logra considerar en su complejidad. Por eso este libro es también una invitación y un esfuerzo de re�exión para suspender y trastocar este bloqueo, con todas las neutralizaciones que produce en el campo político. Dos ejemplos de la literatura académica colombiana ilustran bien una de estas neutralizaciones, por eso abriré un paréntesis para analizarlos con algo de detalle. * 1. El primer ejemplo que quiero considerar es un artículo reciente de la politóloga Laura Gamboa (2019), que se ocupa de pensar las razones para explicar el éxito electoral de Iván Duque en las elecciones de 2018. Aunque este texto considera dos fenómenos que estuvieron afectivamente saturados, como lo fueron la crisis en Venezuela y la �rma de la paz con las FARC, se desentiende por completo de considerar el papel de los afectos en estas experiencias. De este modo, pierde de vista la conducción afectiva que llevó a cabo la extrema derecha con respecto a estas dos situaciones, y cómo este manejo permitió movilizar dos estrategias: acentuar el miedo por el fantasma del socialismo que implantaría el candidato de izquierda, Gustavo Petro, si ganaba, al vincular su �gura con la crisis en Venezuela; y, a la vez, exacerbar el odio por los excombatientes de las FARC, presentados como oportunistas violentos que ahora serían premiados con perdón, olvido y prerrogativas económicas, en contraste con el sufrido ciudadano de a pie que también padeció sus violencias. Pero sin una consideración de la dimensión afectiva, Gamboa difícilmente puede dar cuenta de los efectos de estos sucesos en los comportamientos electorales que le interesan, sin asumir muchas de las cuestiones que habría que tenido que explicar. Entre ellas, el temor que la percepción de la crisis despertó, y que solo menciona de pasada (Gamboa, 2019: 8). Pero ¿cómo se alimentó este temor?, ¿cómo operó y qué efectos tuvo? es algo que el artículo deja por completo de lado. Otra de las cuestiones que el artículo asume sin elaborar, pero que resulta central en su argumentación, es la idea de polarización. Por una parte, Gamboa supone que simplemente se dio una polarización alrededor del acuerdo de paz, que el partido uribista, Centro Democrático (CD), supo aprovechar para «fortalecer» su «maquinaria» (Gamboa, 2019: 7). Pero no indaga, o siquiera menciona, cómo este partido estuvo muy implicado en la construcción de este mismo escenariode polarización alrededor del acuerdo, y mediante qué recursos, estrategias discursivas y prácticas lo fue llevando a cabo; solo menciona — de pasada— que, en la campaña a favor del No en el plebiscito, el CD usó mentiras y lideró una «campaña emocional» (Gamboa, 2019: 16). Sin embargo, no ahonda en lo que esta implicó ni en el papel que desempeñaron las emociones, ni en cómo se movilizaron para dar lugar a la idea de polarización. Lo que sí hace, al asumir como dado el antagonismo que detecta, es participar de la construcción de esa misma �gura simpli�cada del con�icto político en Colombia. Esto es evidente cuando la autora diferencia los contenidos del programa del líder de izquierda, Petro, que evalúa como «de izquierda democrática», su estilo político, al que cali�ca como «polarizante», «al igual que el de Uribe», «y con tendencias autoritarias», sin aportar ningún análisis para ello, más que un par de «datos» reiterados en los medios de comunicación hegemónicos.1 Si me detengo en estos detalles no es para subrayar lo insu�cientes que son tales razones para apoyar la hipótesis que se pretende defender. Me �jo en estas consideraciones porque es muy signi�cativo que una posición académica, que pretende no estar afectada políticamente y hablar desde la voz crítica del autor cientí�co, termine asumiendo presupuestos no elaborados, que simplemente reiteran rumores y enunciados que se posicionan en los discursos públicos y, particularmente, en aquellas preferencias políticas que en el país se han denominado de centro. Lo que esto me permite sugerir es que el centro político quizá sea una postura muy atractiva para las perspectivas académicas que conciben una política desafectada. Esto es, una comprensión que desconoce la complejidad de los con�ictos sociales, al devaluar el papel que en estos desempeñan los afectos. De hecho, desde esta perspectiva se asume que las energías afectivas desvían de los contenidos argumentativos, y se usan, particularmente por parte de las élites, para generar manipulación: Queda claro que mientras el mecanismo a través del cual las élites políticas modelen la opinión pública siga siendo de tipo afectivo y no por medio de la transmisión de información real, fáctica, con análisis, veracidad, con reales argumentos, todo seguirá reducido a una movilización de emociones y los colombianos adherirán o se desvincularán de las posiciones que predican los líderes políticos como resultado de un simple, pero poderoso, vínculo afectivo con estos. (https://uniandes.edu.co/es/noticias/sociologia/polarizacion- un-debate-de-emociones-sin-argumentos) Se supone, así, que unas son las energías emocionales que permiten manipular al elector, y otros los contenidos cognitivos, los argumentos reales, que lo capacitarían para decidir bien. De este modo, esta posición, que se pretende no-polarizada, también participa en la construcción de un escenario de polarización, al dividir simpli�cadamente el espacio político entre quienes «simplemente manipularían con juegos afectivos» (élites y políticos populistas) y «quienes razonarían con verdad fáctica y veracidad» (¿académicos, tecnócratas?); como si la veracidad no requiriera de, por ejemplo, coraje, rabia, indignación y un sinnúmero de fuerzas afectivas, que pueden mover a los cuerpos a hacer valer la verdad fáctica de ciertos acontecimientos y experiencias, en medio de su pluralidad y opacidad.2 Piénsese, por ejemplo, en la valentía y persistencia enardecida de las Madres de Soacha para exigir la verdad en torno al brutal caso de las ejecuciones extrajudiciales de sus hijos, por parte del Estado colombiano. Ellas apelan a información, a argumentos, pero estos están atravesados por rabia, y esta no nubla su comprensión de lo acontecido, sino que las empuja a https://uniandes.edu.co/es/noticias/sociologia/polarizacion-un-debate-de-emociones-sin-argumentos buscar formas de relación con otros, en acciones políticas y prácticas de cuidado que les permiten denunciar la injusticia y buscar formas de apoyo entre los ciudadanos. Sin embargo, una posición desafectada no puede dar cuenta de estas experiencias. Y al mostrarse sesgada por la incapacidad de acoger el con�icto que simpli�ca, parece impulsada por el afán de protegerse contra la complejidad de este y contra sus fuerzas heterogéneas. 2. Pero no solo el académico centrista puede producir esta reducción del con�icto en Colombia y de los territorios afectivos que lo surcan. También el académico marxista puede dar lugar a esta reducción. Esto es algo bien visible en un artículo de Alexander Forero (2007) que se ocupa de pensar algunas condiciones propicias para que un proyecto de élites regionales y poderes corporativos, como el del Centro Democrático, haya tenido respaldo popular por un buen período de tiempo, focalizándose en un estudio de caso llevado a cabo en una zona popular de Bogotá (Ciudad Bolívar), entre los años 2002 y 2007. Un objeto de análisis clave, pero que ha ocupado muy poco a los académicos del país. Pues bien, una de las conclusiones de Forero es la siguiente: Uribe Vélez facilitó el campo para la adhesión irracional de sus seguidores, lo que se mezcló con la inestabilidad emocional, lo cual es un último elemento en común y funcional para la dominación. Todo lo anterior resulta orientador ya que la explicación de la cohesión de las masas se da a través de las ligazones afectivas. (Forero, 2007: 152) Esta posición ha sido común en aproximaciones deliberativas, que han dominado la autocomprensión de la izquierda democrática en Colombia. De acuerdo con esta postura, la dominación económico- política se reproduce gracias a formas de manipulación emocional, identi�cadas como irracionales, que impiden la comprensión adecuada de los problemas socioestructurales y sus causas objetivas. Más aún, la conformación de masas, esto es, de individuos gregarios que cederían su autonomía y capacidad de decisión consciente a la conducción de un líder carismático, se produciría a través de ligazones emocionales que, por ser afectivas, resultarían necesariamente unilaterales y enceguecidas. Me interesa detenerme en tales presupuestos porque ellos se retroalimentan y son performativos. Más aún, como empezaré a sugerirlo en un momento, tienen efectos contraproducentes en el espacio político, porque — entre otras cosas— reiteran un escenario que nos deja atrapados en formas de reactividad, que cierran posibilidades de transformación. En primer lugar, son en gran parte, como los he llamado en otro lugar (Quintana, 2020a), presupuestos de los espíritus letrados. Se trata de una perspectiva dicotómica, para la cual la comprensión del mundo requiere de un trabajo racional, explicativo, cientí�co, que implica una suspensión afectiva, capaz de producir una conciencia autónoma, dueña de sí, apta para captar la objetividad de las cosas. En contraste, se asume que las masas tienden a dejarse conducir fácilmente por sus pasiones, son heterónomas, subjetivistas, y por ello vulnerables a cualquier manipulación irracional. Esta lectura dicotómica no solo ha conducido a una comprensión algo paternalista y vertical de la izquierda cienti�cista sobre el pueblo gregario, necesitado de ilustración, con efectos de embrutecimiento, como ya lo he argumentado (ibid.), sino que, como quisiera elaborarlo ahora, ha producido una visión del mundo social que resulta contraproducente para contrarrestar las formas de dominación, que el académico racionalista lee de manera simpli�cada. Pues mucho de lo que pasa en el mundo social tiene que ver con fuerzas del deseo, históricamente conformadas, que han estructurado lo que se hace valer como «razón». Las formas de racionalidad también se han constituido afectivamente, y operan a través de la producción de afectos, como lo mostró bien la genealogía nietzscheana, el posestructuralismo francés y trabajos antropológicos críticos, decoloniales y (pos)coloniales.3 Ciertamente, las dominaciones se ejercen afectivamente, atraviesan los deseos,4 se sedimentan en los cuerpos. Perolas formas de emancipación también requieren del impulso de los sujetos, que estos vayan fuera de sí y por encima de lo que ha sido, desde el anhelo de que algo pueda cambiar. En ese sentido, una de las hipótesis que este libro retoma de las �losofías de Spinoza y Nietzsche es que hay con�guraciones afectivas más sujetantes que otras: unas que resultan más vitales, porque llevan a producir y tejer relaciones; y otras que resultan destructivas, agotadoras, �jadoras, sofocantes para los sujetos y la vida social. En todo caso, la diferencia entre ambas, como lo elaboraré luego, no es dicotómica sino inestable, gradual y susceptible de desplazamientos. Asimismo, esta aproximación también cuestiona que las formas de emancipación se identi�quen con la conciencia ganada de un sujeto soberano, pues esta �gura ha emergido con efectos problemáticos y puede ponerse en cuestión. En cuanto que afectados por fuerzas, que nos preceden y exceden, nunca somos por completo dueños de nosotros mismos. Estamos expuestos unos a otros, atravesados los unos por los otros, por instituciones y articulaciones sociales que han marcado las formas de individuación establecidas. De modo que lo que hay que pensar es cómo se produce una con�guración afectiva que niega su procedencia afectiva y su codependencia de unos y otros. Esta es una pregunta central para la genealogía nietzscheana, y es también una cuestión que abordaré en el capítulo 2, desde otro ángulo, al interpretar al capitalismo como un régimen de afectividad. De hecho, para adelantar una de las hipótesis de ese capítulo, aduciré que la �gura del individuo autodeterminado se vuelve fundamental para la con�guración del sujeto del deseo que produce el capitalismo. El crítico marxista, que confía en esa �gura soberana, habla entonces inadvertidamente con la voz de tal sujeto deseante. * Así que si el uribista y, de distinta manera, quien lo tilda de uribestia, muestran una necesidad de simpli�car el con�icto social, y esto los remite mutuamente al mismo lugar, un primer paso para intentar remover las cosas, más allá del re�ejo de posiciones que se recon�rman e intensi�can, es cuestionar tal necesidad de simpli�cación o al menos interrogarla. De hecho, esta necesidad, que es también un deseo, podría vincularse con la producción, difusión y sedimentación de afectos inmunitarios, que pueden dar lugar también a ciertas formas de estrechamiento experiencial, banalidad o irre�exividad en el capitalismo que habitamos. Unas formas de estrechamiento habitadas en todo caso por múltiples y ambiguas relaciones y por toda una riqueza imaginativa que estamos llamados a intentar fracturar, dados los efectos destructivos, desigualitarios y paralizantes que pueden tener. Sin embargo, tal fractura y recon�guración solo pueden darse corporalmente, transformando los afectos que hacen daño, intentando producir en las relaciones estructuradas del campo social otro tipo de afectos. Por esto mismo, cuando se habla aquí de «manejo afectivo» o de formas de intensi�car y de movilizar ciertos afectos sobre otros, no estoy aludiendo a un manejo intencional subjetivo, orquestado de manera calculada por unos agentes sociales que manipularían a otros atrapados en la inconsciencia del engaño. Quienes producen estrategias afectivas quedan condicionados por ellas mismas, también están impulsados por fuerzas del deseo. Se trata, así, para decirlo con términos foucaultianos, de una intencionalidad no-subjetiva: de arreglos, estrategias, composiciones que tienen efectos sobre el mundo y de las que participan sujetos atravesados por ellas, sin que puedan tener control sobre cómo terminan funcionando ni sobre lo que terminan produciendo. De ahí que advirtiera en la introducción que un análisis afectivo evita las teorías del desencubrimiento y la conspiración, usuales en las teorías sobre la ideología. Al acentuar la precedencia de lo afectivo, en todas las relaciones que articulan un campo social, ningún sujeto puede pretenderse en control, por encima o por fuera de estas relaciones, para desenmascararlas. Se trata entonces de atender a esas fuerzas, de seguir algunos de sus efectos, de cartogra�ar algunas de sus dinámicas y entrecruzamientos; sin buscar nada por detrás. Por ahora en este capítulo me interesa explorar más detenidamente algunos de los conceptos y supuestos que han aparecido y, en particular, mostrar por qué la noción de economía afectiva permite dar cuenta de la complejidad de ciertas dinámicas inmunitarias del mundo que habitamos. En particular, desde tal noción, me interesa mostrar que los territorios afectivos emergen de relaciones sociales heterogéneas, aunque excedan sus codi�caciones; y por esto son con�ictivos, opacos y pueden dar lugar a recon�guraciones y transformaciones. De ahí el énfasis en la relacionalidad con�ictiva y en la virtualidad de tales economías. Un texto del antropólogo William Mazzarella sobre la �gura de Trump, y las adhesiones que despertó, me permite elaborar un poco más lo que puede jugarse hoy al analizar lo afectivo en la lectura de ciertos fenómenos políticos e indicar la singularidad de mi aproximación. 1.1. Apegos incendiarios: entre la falta y el deseo de completud En «Why is Trump so Enjoyable» (2017), Mazzarella muestra cómo el caso de la resistente popularidad que tuvo por un buen tiempo Donald Trump debe hacernos re�exionar sobre lo que puede estar en juego en las adhesiones que este personaje generó. Una popularidad que fue resistente pese a la comprobada ine�ciencia de su gobierno para cumplir lo que prometió en campaña, pese a favorecer sus intereses corporativos con decisiones públicas en detrimento de personas muy precarizadas, y pese a las múltiples acusaciones de acoso sexual, entre otros. Se trata de un apego que no puede entenderse meramente desde un análisis utilitario de intereses, ni desde la problemática dicotomía entre «factores político-económicos reales» y «ruido afectivo vacío» (Mazzarella, 2017: 7). El punto central del argumento resulta muy sugestivo: tal dicotomía no tiene sentido porque los intereses utilitarios también están impulsados ya de antemano por energías afectivas, que a la vez pueden dar cuenta de las formas de adhesión que se expresaron en un fenómeno como el de Trump. Esta es una consideración central para mi aproximación, aunque tomaré distancia del dispositivo que Mazzarella escoge para elaborarla. Veamos. Para dar cuenta de la adhesión popular recibida por la �gura de Trump, Mazzarella moviliza la noción lacaniana de «goce» (jouissance): «un lugar más allá de la economía del placer y del dolor», en el que «placer y agonía se hacen indistinguibles» (Mazzarella, 2017: 13). Este lugar paradójico depende de la estructura del deseo, que, para Lacan, está organizado alrededor de la falta, pues el goce es justamente «la falta que escapa al Otro», ese Real que no puede ser simbolizado (Böhm y Batta, 2010: 352). Y el deseo se estructura «alrededor de la búsqueda incesante» por esa falta, «por el perdido e imposible goce» (ibid.). De ahí que, desde esta aproximación, el deseo sea siempre «el deseo del Otro» (Chemama, 1998: 196), una incompletud del ser que mueve. En el goce sentimos entonces una satisfacción profunda por aquello que ya siempre falta y nos arroja a una insuprimible insatisfacción. Y al encontrar satisfacción en la insatisfacción, gozamos también de todo aquello que se convierte en obstáculo para nosotros, para nuestra plenitud imposible (cfr. Böhm y Batta, 2010: 351). Así que el goce «�orece donde nos sentimos atados a lo que nos frustra, y se pone como obstáculo en nuestro camino». Y de ahí que tenga «algo de mórbida autodestrucción y sacri�cio heroico» (Mazzarella, 2017: 16), porque nos vamos consumiendo en el apego de aquello que nos frustra constantemente, a la vez que nos mueve y se adhiere a nosotros, como si fuera insuperable. Podríamos considerar aquí, para ilustrarlo, las formas del amor romántico que hacen sentir a los amantes siempre en sus carencias unos con respecto a otros,atándolos en esta misma experiencia de la falta, a la satisfacción que se deriva de padecerla, y que los va consumiendo y agotando, también cuando llega el abandono del deseo, justo en el momento en el que ya no se siente la imposibilidad que quema. Piensen en el descontento inagotable de Don Draper, en la famosa serie Mad Men (2007-2015). Esta justamente vincula al personaje principal, que es la encarnación del deseo como falta, con la producción publicitaria de marcas que alientan el consumo de objetos de mercado. Don vive su insatisfacción hasta consumirse a sí mismo, como exacerbación y a la vez como límite del goce, del deseo vivido como penitencia y carencia, que puede convertirse en un agujero negro para el sujeto enredado en él. Ahora bien, según Mazzarella, el goce impulsa a las personas cuando se comportan como consumidores y agentes económicos, pero también cuando se mueven como actores políticos. Por eso, a su modo de ver, no se trata tanto de que hoy en día la política se haya mercantilizado, porque política y mercado se copertenecen a través del goce. Tampoco tiene sentido buscar un lugar incontaminado de la política, sino que habría que reconocer más bien que lo que la impulsa está muy próximo a lo que mueve al mercado. Pues el goce opera en la efectividad de las marcas y en el carisma que pueden despertar líderes como Trump. En ambos casos se produce un valor adicional que no es reductible al valor utilitario: la marca no solo vale porque el objeto de la marca sea útil, sino porque ofrece algo más: prestigio, experiencia, glamur, etc. Así, el líder político no solo despierta adhesión por los bene�cios que pueda traer para el votante, sino por los apegos que genera en su sola �gura, por las identi�caciones y referencias colectivas que puede movilizar. En ambos casos parece operar una economía del don, en el interior de la economía de mercado, si el intercambio de cosas, en términos de oferta y demanda, requiere de la creación de un valor no reducible a la utilidad, sino dependiente de relaciones en las que se constituyen formas de autoidenti�cación y modos de ser persona, como los que producen las marcas comerciales. Porque «las marcas se personalizan y se ofrecen como un vehículo para la autoidenti�cación de los consumidores» (Mazzarella, 2003: 51). La marca le da un valor adicional al valor utilitario del objeto. Sus logotipos operan como insignias que adquieren cierta aura5 e incluso exigen sumisión, pero a la vez se venden como si sirvieran al consumidor, desde un cierto «populismo democrático» (Mazzarella, 2003: 55). Además, la marca le brinda estabilidad al producto y lo vuelve «una fuente �able de valor de cambio» (Mazzarella, 2003: 56). Consumimos, entonces, marcas que nos hacen sentir constantemente una falta que prometen remediar; y las seguimos consumiendo por el goce de la carencia que nunca se agota, mientras somos consumidos, a la vez, por la insatisfacción reiterada y el apego a ella. La �gura del político carismático también puede operar como una marca que se hace valer como insignia, incluso aurática, única, irrepetible, objeto de nuestro respeto, pero que a la vez promete completarnos, servirnos, darnos una intensa satisfacción, avivando la insatisfacción a la que no deja de apelar. Así, por ejemplo, en medio de enormes diferencias, líderes que han implementado programas precarizadores y que se han demostrado como poco éticos y violentos en sus intervenciones, como Trump y Uribe, con todas las diferencias del caso, pudieron crearse una �gura aurática de poder casi invencible, que se hace más fuerte cuanto más impunes se demuestren. Este poder aurático puede alentar un deseo de completud que moviliza también constantemente la insatisfacción por aquello que lo incumpliría: en el caso de Trump, los inmigrantes ilegales, los liberales progresistas, el discurso de lo políticamente correcto, que bloquean el deseo de «Make America great again»; en el caso de Uribe, los imaginados castrochavistas, en realidad cualquier disidente que impida — a sus ojos— el crecimiento y el desarrollo empresarial y dañe el sueño de una patria ordenada en las jerarquías tradicionales, asociadas con un cierto ideal de vida (patriarcal, blanco, emprendedor). Y si el goce «puede empezar con un cosquilleo y terminar con un gran incendio» (Mazzarella, 2017: 16) es por el apego incondicionado que puede activar hacia aquello que, a la vez, �ja como obstáculo para la (imposible) completud. Así, el racismo, el odio por ciertas identidades y formas de ser no tendría que ver meramente con tensiones económicas asociadas con estas identidades, sino con el goce vinculado a ellas, con los investimentos libidinales que se vinculan a su existencia y con la manera en que esta queda circundada por múltiples fantasías. Por ejemplo, Mazzarella destaca cómo el votante de Trump, en la campaña de 2016, ató su promesa de construir un muro entre Estados Unidos y México a un goce ligado al siempre frustrado deseo de integridad y pureza y, junto con esto, a la promesa de grandeza de que podría ser una gran muralla, avistable desde el espacio, tan colosal como la de China (Mazzarella, 2017: 8-9). También podría pensarse que el «efecto te�ón» que acompañó a Trump, y que bene�ció por un largo tiempo a Álvaro Uribe en Colombia (cfr. Sierra, 2015; Vélez, 2010), tiene que ver con el prestigio aurático que con�ere la probada impunidad de estas �guras y la fascinación que ha producido para muchos el poder de «salirse siempre con la suya», que reproduce el aura de su pretendida omnipotencia. A la vez, la pérdida de este efecto puede suponer la aparición de trazas de vulnerabilidad y falsi�cación de la �gura aurática. Así parece estar en juego hoy en día con la �gura de Uribe. La banalidad e incompetencia que ha demostrado su representante, el actual presidente Iván Duque, conocido en la opinión pública como títere de Uribe, su imagen como caricatura incompetente de este y mueca degradada de su poder, parece revertirse también al titiritero, para desin�ar su aura, porque la falsi�cación, sobre todo la mala falsi�cación, también desprestigia el valor de la marca.6 Sin embargo, la satisfacción en la falta no solo opera, según Mazzarella, en el votante de extrema derecha; también habría movido a las posiciones liberales progresistas. Pues estas, en el caso de la política estadounidense, habrían cedido al goce de la derecha al identi�car al trumpista con los sujetos «más deplorables» del país (Mazzarella, 2017: 34); aquellos que impedirían una nación moderna de tolerancia, empatía y racionalidad y que, al funcionar como obstáculo de la propia realización, la reforzarían a la vez como un ideal que impulsa un deseo en el desprecio. Por eso, según Mazzarella, para fracturar las dinámicas agotadoras del goce no bastarían las recetas que abogan por más simpatía y racionalidad, sino que sería necesaria una ética de la paciencia que atienda a las energías paradójicas que han sostenido tales dinámicas. Unas energías destructivas que también han sustentado al espacio político liberal-democrático. Se trataría entonces de cuestionar el supuesto de un sujeto autónomo soberano, que es central para este espacio, pero también para el goce que lo atraviesa. Pues la marca y el político que opera como marca hacen mover una satisfacción ya siempre frustrada en la autorreferencia del sujeto, en su «autoabsorción» y en la promesa de su siempre incumplida independencia y autocontrol (Mazzarella, 2017: 34). Como puede anticiparse, por lo que he argumentado hasta ahora, concuerdo con varios de estos planteamientos. En particular, la forma en que Mazzarella articula actitudes políticas que parecerían completamente distintas resuena con la manera en que he sugerido vincular las fantasías del castrochavismo, el uribestia y el no- polarizador, con irradiaciones inmunitarias, que afectan el espacio público colombiano. Además, la problematización del sujeto soberano y el énfasis en nuestra vulnerabilidad y codependencia son muy importantes parami aproximación. Sin embargo, considero que no resulta productivo dar cuenta de estas cuestiones en términos de goce. De hecho, esta noción sí captura un apego en una experiencia de la falta, que tiene mucho que ver con algunas de las dinámicas afectivas inmunitarias que me interesa explorar. Pero es problemático que presuponga una comprensión estructural del deseo en términos de carencia. Esta visión estructural no solo puede terminar naturalizando un funcionamiento del deseo, emergido históricamente, como lo han destacado distintas indagaciones (Foucault, 2004 a y b; De Beistegui, 2018), sino que pierde de vista otras comprensiones del deseo que pueden ser políticamente más productivas, para pensar en las posibilidades de emancipación. En particular, impide pensar el deseo como potencia, en el sentido del vitalismo spinozista que, en los dos volúmenes de Capitalismo y esquizofrenia, Deleuze y Guattari retoman para dar cuenta del deseo como productor de relaciones y no como lugar de incompletud. Asimismo, es problemático equiparar lo político, como lo hace Mazzarella, con la dimensión de los liderazgos y de las �guras carismáticas. Y a la vez con una lógica del consumo, que sería omnipresente. Esto pierde de vista prácticas políticas colectivas e igualitarias, no Estado-céntricas, que están animadas por el impulso de transformar el mundo, más que por el solo gobierno de los otros, y que tampoco pueden leerse desde el deseo de apropiación y de consumo de algo que falta apropiar. Pensar el deseo como potencia productiva permite entender mejor cómo los sujetos pueden querer actuar de otro modo, y demostrarse capacidades que les son negadas, al crear otras relaciones y prácticas que les permiten conectarse de otra manera con su cuerpo, con los otros, con las cosas; y habitar el mundo a veces perdiéndose, expropiándose, suspendiendo el ansia de control y apropiación; desidenti�cándose para crear otros arreglos existenciales. Si la economía y la política están atravesadas por fuerzas afectivas no es entonces porque estas puedan reducirse a los mecanismos del goce, sino porque los afectos dan vida a particulares economías que atraviesan toda la vida social. A continuación, precisaré cómo entiendo la noción de economía afectiva y por qué resulta útil para la construcción argumentativa de este libro. 1.2. Cartogra�ando las economías afectivas7 Los virus asedian y el asedio es viral... No hay mejor manera de empezar a comprender la noción de economía afectiva que cartogra�ando una escena que permita percibir algunas de sus dinámicas, más cuando se re�ere a una experiencia en la que a�oran distintas afectividades inmunitarias y que se impuso como un fenómeno de gran envergadura global cuando empezaba a escribir este libro. Me re�ero a la pandemia del Covid-19 y a cómo activó la sensación inminente de un contagio, que nos ponía a todos bajo el riesgo de enfermar, de transmitir la infección, de padecer la escasa o precaria cobertura de los sistemas de salud y, eventualmente, morir o ver morir a seres queridos y personas del entorno. En las redes sociales, la gente expresaba sus miedos y estos activaban en el ambiente una atmósfera de ansiedad, cuando no de pánico; un ánimo vigilante atravesaba a muchos, más atentos que nunca a seguir las instrucciones de prevención recomendadas, a lavarse constantemente las manos, a guardar distancia, a introducir una constante atención higiénica en las prácticas cotidianas y en los contactos con los otros, sobre todo con los desconocidos. En una tal situación se teme la cercanía, las multitudes, los trazos invisibles que los cuerpos dejan sobre las super�cies y que podrían eventualmente transmitir la infección. La capacidad de difusión e imprevisibilidad del contagio activa mucho más las alarmas, hace sentir más fuertemente el miedo, moviliza más intensamente las relaciones inmunitarias entre unos y otros. Pues reaccionamos, intentamos protegernos, activamos las localizaciones del riesgo y los controles, nos replegamos esperando fortalecer todos los mecanismos de defensa de nuestro cuerpo. Además, en un mundo donde las intervenciones neoliberales han reducido los sistemas de protección social, cuando no han cerrado la posibilidad de que alguna vez puedan emerger, el miedo por el contagio se potencia por el temor a la desprotección de los cuerpos, justamente cuando estos se sienten más frágiles y necesitados de cuidados. Las noticias corren en época de pandemia: se sabía que en Italia el sistema de salud colapsó y que la actividad del país se suspendió por meses. Se sentía en el ambiente una radical incertidumbre, todo parecía cambiar en la vida cotidiana de las personas, en el curso de unos días, de unas horas; en el azar de un minuto de exposición. La experiencia de esta abierta incertidumbre multiplicaba también las especulaciones (Bear, 2015: 409). Y, con estas, las anticipaciones imaginarias, las proyecciones que extrapolan, las fantasías que pueden convertirse incluso en delirios de destrucción. Aunque la especulación se re�ere en principio a «cómo el conocimiento, lo que ha de venir en el futuro y el valor son producidos a través de intentos de predecir y gobernar la economía» (Bear et al., 2015: 1); en general puede vincularse con la producción de distintas maneras de ver, relacionadas con una anticipación del futuro. De hecho, el término proviene del latín speculari, que quiere decir «espiar, observar, examinar, y se relaciona con specula, un mirador o torre de vigilancia» (ibid.). En todo caso, lo que Laura Bear, en particular, ha mostrado en sus trabajos es que las prácticas de observación, vigilancia y control, que están en juego en la especulación, se combinan con formas de «adivinación, profecía e imaginación» (Bear et al., 2015: 2). Y dado que a la especulación le concierne el futuro y su incertidumbre, da vida a todo un trabajo afectivo de manejo de la inquietud, de la ansiedad ante lo desconocido e imprevisible y sus vectores de anticipación y riesgo. Por eso la especulación puede producir, en medio de sus cálculos y previsiones informadas, rumores, proyecciones, síntesis imaginativas, adivinaciones que apuntan a conjurar lo incierto. Sobre todo, en condiciones en que esto se incrementa, tal trabajo imaginativo tiende a producir «órdenes mágicos» que crean sentido en la contingencia cuando los sujetos se sienten impotentes ante dinámicas que parecen recaer sobre ellos, sin que les quepa más intervención que adaptarse (Bear, 2015: 409, 422). Así, ante la incertidumbre radical que crean las formas de �nanciarización, que han subordinado los marcos legales-estatales a sus «liberalizaciones» y a las dinámicas poco transparentes del mercado, con sus poco visibles �ujos �nancieros; ante la inseguridad que generan familias de virus que se transmiten de manera altamente contagiosa y con grados no despreciables de mortalidad, se activa la especulación y distintas formas de anticipación, conjetura y fantasía, junto con afectos reactivos que responden al asedio con �jaciones de la amenaza, separaciones puri�cadoras, estigmatizaciones. Por ejemplo, en Italia y en otras partes del mundo se incrementó la xenofobia hacia personas con rasgos asiáticos, que se asociaran a China. Tan fuerte fue la tendencia que autoridades locales, por ejemplo, en Milán, tuvieron que instalar pósteres en la ciudad que desviaran la lógica inmunitaria de �jación de un enemigo, desde las personas de origen oriental hacia el virus, y dejando así en todo caso inalterado el esquema belicista. En palabras de uno de estos avisos: «El enemigo es el virus, no las personas. Fuerza China». También aumentaron en el mundo las teorías conspirativas y la búsqueda de culpables: En las últimas semanas, a medida que el coronavirus se ha ido difundiendo por todo el mundo, la �ebre conspiranoica ha adoptado vestiduras contemporáneas; es decir, racistas y/o geopolíticas. Las hay claramente psiquiátricas y las hay pseudocientí�cas. (https://ctxt.es/es/20200302/Firmas/31282/coronavirus-contagio-apologia-miedo-santiago-alba-rico-covid19-enfermedad.htm) Estas teorías responden a una lógica inmunitaria: nos protegen de quedar expuestos a la contingencia del no-saber y a la radical alteridad de lo que puede pasar, desde un cierto orden de sentido que hace todo inteligible, que revoca el azar, conjura lo acontecimental, suspende lo incalculable. Tal protección cierra y nos aísla unos de otros, nos impide entender mejor las relaciones que nuestro cuerpo guarda con la naturaleza y sus seres microscópicos más desconocidos, también con los artefactos tecnológicos, con las intervenciones económico-políticas que van haciendo de este planeta, cada vez más, un lugar poco habitable para la mayoría de los seres vivos. Y junto con esto se producen afectos de rechazo que canalizan el miedo, la ansiedad y eventualmente el pánico en formas de https://ctxt.es/es/20200302/Firmas/31282/coronavirus-contagio-apologia-miedo-santiago-alba-rico-covid19-enfermedad.htm negación de lo que pasa. Así, la amenaza del contagio puede activar fascismos moleculares: la vigilancia constante en lo cotidiano, la higiene en todos los contactos, la necesidad de cortar las formas de relación en común dan lugar a circuitos cerrados de protección, que bloquean la productividad del deseo por lo otro, por lo extraño. Pues cada quien aparece como asegurando su propia y contenida parcela. En todo caso, sabemos que a veces necesitamos del cierre, del distanciamiento social. Y en la época de la mayor movilidad para ciertos cuerpos, volvemos a sentir la necesidad de un cierto aislamiento arcaico. Y, sin embargo, nunca podemos suspender el contacto; de una u otra manera, dependemos los unos de los otros, y no podemos suprimir el riesgo de la relación. Esta, lo sabemos, es como un don que entrega la vida con la amenaza — a veces más patente— de la muerte. Los virus, con sus altos índices de contagio por contacto, lo atestiguan bien. Mientras empezaba a escribir una primera versión de este capítulo, sentí algunos síntomas leves de gripe, entré en alerta y entonces me receté un pro�láctico retiro en casa. El virus avanzaba por el país, y cuanto más precarias se hacían las condiciones sociales y de salud pública más se sentía la inminencia de una debacle, el rumor de que lo peor podría pasar. Algunos evocamos, a propósito de esta situación, aquel famoso cuento de García Márquez que alguna vez leímos en el colegio: Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos [...], está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde: —No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo. Ellos se ríen de la madre. Dicen que esos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice: —Te apuesto un peso a que no la haces. Todos se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla. Contesta: —Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo. Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su mamá o una nieta o, en �n, cualquier pariente. Feliz con su peso, dice: —Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto. —¿Y por qué es un tonto? —Hombre, porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con la idea de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo. Entonces le dice su madre: —No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen. La pariente lo oye y va a comprar carne. Ella le dice al carnicero: —Véndame una libra de carne — y en el momento que se la están cortando, agrega—: Mejor véndame dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado. El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una libra de carne, le dice: —Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y comprando cosas. Entonces la vieja responde: —Tengo varios hijos, mire, mejor deme cuatro libras. Se lleva las cuatro libras; y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo, en el pueblo, está esperando que pase algo. [...] Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo. Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice: —Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa — y entonces la incendia y otros incendian también sus casas. Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, clamando: —Yo dije que algo muy grave iba a pasar, y me dijeron que estaba loca. (García Márquez, 1970) Este pasaje traza muy bien el territorio afectivo del rumor y la conjetura, y los efectos muy materiales que sus economías pueden tener. Todo comienza con un gesto que transmite preocupación, la irradia en el ambiente, afecta las relaciones entre las personas cercanas del hogar. Una preocupación sobre una desgracia no es algo inusual en cualquier pueblo colombiano. La violencia armada (de grupos paraestatales, guerrilleros o del mismo Estado) es algo que muchos territorios de este país han padecido, así como catástrofes naturales incentivadas por la escasa plani�cación estatal, el uso extractivo de los suelos y las constantes formas de deforestación bien sea para la minería, para extender grandes cultivos o para la producción ganadera. Por mucho tiempo, diversos pueblos han estado a la espera de que algo nefasto pueda pasar con la incursión de algún grupo armado que asole el lugar, el desbordamiento de un río, la decisión arbitraria y violenta de algún mandamás sobre el destino del lugar. Estas experiencias han marcado los cuerpos, dejan rastros, más o menos intensos, en sus modos de habitar, convocan fantasmas que vienen y van, asedian. El fantasma, por ejemplo, habla con la voz de un presentimiento, y este tiene una fuerza performativa en los otros, se atraviesa en sus acciones, por las marcas que ellos también han vivido y pueden reexperimentar. El rumor empieza a circular, los signos que trae consigo — comprar más carne, por ejemplo, abastecerse ante la conjetura de escasez y carestía— lo hacen crecer, y los signos pueden intensi�carse por las marcas de la desgracia que todos comparten, al punto que el rumor se convierte en la inminencia de que algo grave va a suceder; y todos empiezan a esperarlo, a anticiparlo, hasta que �nalmente sucede: llega el día en que los habitantes, asediados por las conjeturas, se sienten llamados a desplazarse, a abandonar el pueblo, incluso a destruirlo, a arrasar con él. Las circulaciones entre marcas corporizadas, rumores que las activan, signos que los intensi�can, y los asedios del miedo que todo esto mueve, pueden traer efectos muy destructivos: en esas situaciones nos llevamos lo que podemos y parece que hasta necesitáramos quemar, deshacernos de todo aquello que pueda contagiarnos con la desgracia. Los presagios que se autocumplen, como en el cuento de García Márquez, movilizan esta circulación de fuerzas y el relato �gura muy bien la economía afectiva que produce la materialización del presentimiento en realidad: este «hace cosas» y transforma realidades, dispersando energías afectivas que dan lugar a formas de adhesión y de rechazo entre unos y otros, con efectos inesperados. 1.2.1. Tan esquivas y tan materiales economías La escena anterior permite mostrar, de hecho, que el miedo es económico, como lo son en general los afectos. Pues estos, como el valor, se generan, circulan, se acumulan y transmiten «entre signi�cantesen relaciones de desplazamiento y diferencia» (Ahmed, 2004a: 119). Y se producen, sobre todo, como fuerzas e intensidades que son efecto de tal circulación (Ahmed, 2004a: 120). Retomando consideraciones de Marx sobre la manera en que se produce el valor del capital, cabe hablar aquí de economías afectivas para acentuar la manera en que los afectos se intensi�can relacionalmente, por circulaciones acumuladas en el tiempo, en marcas corporales, que los sujetos muchas veces pierden de vista y que llegan a naturalizar incluso en formas de fetichización, que ocultan sus condiciones de emergencia (Ahmed, 2004a: 121). Las re�exiones de la teórica feminista Sara Ahmed me han resultado signi�cativas en esta dirección. Aunque esta autora habla de emociones colectivas, más que de afectos, y su aproximación se centra solo en producciones discursivas, muestra bien cómo aquellas emergen como efecto de instituciones sociales y sobre todo de historias previas que han dejado trazos en los cuerpos (ibid.). Y esto es de interés especial para mi aproximación. Sin embargo, quisiera acentuar también con la noción de economía afectiva una materialidad de los afectos que no solo es discursiva, pues estos se producen en la circulación entre los cuerpos, en sus relaciones entre sí, con entornos, cosas y tecnologías, y se acumulan y sedimentan por efecto de esta difusión heterogénea. Tales circulaciones se intensi�can en prácticas reiteradas y «palabras pegajosas» (sticky words), que se �jan a los cuerpos, se inscriben en ellos, removiendo previas adhesiones corporizadas y dando lugar a fuertes impresiones en estos (Ahmed, 2004a: 122). Pues lo que im-presiona, a la vez, se imprime en el cuerpo, deja una marca o hace valer un trazo previo, pero a la vez ejerce una presión sobre nosotros, que es justamente la intensidad de la huella, la manera en que esta nos afecta y puede seguir afectándonos, con efectos visibles en el campo social (Ahmed, 2004b: 29). Uno de estos efectos es la generación de identidades y �guras que proceden de historias de contacto y de los trazos heterogéneos que estas han ido dejando. Las identidades se forman entonces en formas de identi�cación corporal, ligadas a narrativas y prácticas, tremendamente afectivas. En las identi�caciones raciales, sexuales, morales, nacionales, higiénicas, se juegan estas economías de los afectos. Por ejemplo, volviendo al caso colombiano con el que empezó este capítulo, la animadversión que causa el con�icto social en distintas actitudes del espectro político del país tiene que ver con la sedimentación de narrativas y prácticas institucionalizadas que, o bien asimilaron todo con�icto a formas de violencia guerrera (como en las posiciones antipolarizantes, consensualistas); o bien naturalizaron esta violencia como mecanismo para imponer un cierto orden social, estigmatizando toda forma de disidencia (como en las actitudes de extrema derecha); o bien tendieron a identi�car cualquier verdadero desacuerdo como algo que ha de ser neutralizado a través de reglas de juego de un marco normativo establecido (como en la izquierda deliberativa). Dada esta circulación de narrativas, en medio de un cruento con�icto violento, atizado por las paranoias de la guerra, la �gura del disidente es muy difícil de aceptar; por ejemplo, la �gura del gra�tero o gra�tera que expresa su desacuerdo, ante formas de desigualdad y violencia estructural arraigadas, en muros o lugares signi�cativos de la ciudad (estaciones de policía, bancos, entidades públicas). Su acción se tiende a asimilar simplemente con el vandalismo o a identi�car con formas de intervención reactivas, destructivas e inconducentes, en esos espectros políticos del país. Tan fuerte es aquí la asimilación de la protesta social igualitaria a actos vandálicos, que cada vez que emerge una de ellas empiezan a circular en los medios imágenes y �guras que intensi�can la asociación, junto con la idea de improductividad y entorpecimiento que la protesta crearía en el trá�co, el trabajo, el consumo. Y todo esto, por supuesto, produce en las personas del común una tendencial animadversión y un cansancio hacia estas manifestaciones. No se trata, en todo caso, de simples formas de manipulación de las élites hacia las acciones populares que las confrontan, porque están implicados rechazos y des�guraciones incorporadas en los cuerpos. Por esto mismo, para transformar este tipo de actitudes no basta con descubrir un engaño, o levantar velos de una ideología; tampoco tiene mucho sentido pensar que se trata de una decisión que depende únicamente de usar otras palabras, u otro lenguaje, como en ciertas formas de constructivismo social extremadamente discursivas y a veces también voluntaristas. Más bien está en juego una transformación de las formas de relación que han producido distintos afectos como efectos corporizados; porque los cuerpos, su super�cie, su piel, se sienten como borde, y como uno que une o aísla, también a través de lo que ha afectado, sobre todo a través de las marcas que deja el dolor: «es a través del dolor que llegamos a tener un sentido de la piel como super�cie corporal [...] la piel es como un borde que siente» (Ahmed, 2004b: 29). Y es en los bordes donde se con�guran y deshacen las identi�caciones. Pues lo que pasa en el mundo toca, pero también deja de tocar: los afectos estabilizan fronteras, pero también pueden deshacerlas a través de las relaciones que se tejen o se destruyen en las experiencias dolorosas, y en las marcas que nos van dejando «como signo de la persistencia de los otros» (Ahmed, 2004b: 29). Ya lo decía Nietzsche: desconfía de la naturalidad e inmediatez de tus sentimientos,8 porque a través de ellos hablan las voces de tus abuelos y de sus abuelos (A §35). Y estas pasiones se dejan sentir en toda tu experiencia, en lo que percibes y comprendes, pues «vemos según sentimos» (FP II, 11 [241]). A través de los afectos se padece el arrojamiento que también somos, y desde aquí se con�guran las coordenadas de sentido, el sensorium desde el cual tenemos experiencia. Por eso podría decirse incluso que la «percepción tiene que ver con cómo tocamos y somos tocados por otros» (Ahmed, 2004b: 31); vemos desde la experiencia de la piel, porque las fronteras de visibilidad y sentido están atravesadas por afectividades, y estas a su vez se han conformado por previos encuentros con otros, que han dejado sus trazos, que nos han tocado. De ahí que también Nietzsche enfatizara que para cambiar el mundo habría que cambiar las formas de sentir, partiendo de las relaciones y prácticas que las han conformado, las formas de habitar, los arreglos o composiciones que conforman la cotidianidad, sus tiempos y espacios. De hecho, el énfasis en los espacios por los que circulan las economías afectivas permite tratar dinámicas de inclusión y exclusión, de visibilidad e invisibilidad, y producir análisis topográ�cos que tengan en cuenta las fuerzas, los encuentros espaciales: cómo aparecen ciertos sujetos, cómo se invisibilizan otros, cómo ciertas con�guraciones pierden o adquieren sentido; cómo emergen y se recon�guran coordenadas de experiencia, en medio de atmósferas materiales, sensibles, palpables pero también virtuales (Anderson, 2009); atmósferas que, como tantas veces en Colombia, también pueden hacer oír, arrojar a la escucha, el asedio de la violencia y la textura de sus sombras: Oigo un grito en la madrugada, y después un tiro. Es arriba en la esquina. Allí el estampido ha formado una negra fumarola. Una sombra blanca cruza corriendo, de esa esquina a la otra. No se oye más, sino los pasos precipitándose hasta desaparecer. Hoy madrugué temprano, irse, irse es mejor, no se puede en estos días pasear tranquilo; oigo ahora mis pasos que suenan uno detrás de otro, cada vez más rápido, con rumbo de�nido, ¿qué hago yo aquí, a las cinco de la mañana? (Rosero, 2007: 58) La violencia en los territorios colombianos, que ha obligado a desplazar forzadamente a millones de personas, seguramente se ha sentido como este diagramainhabitable de fuerzas perceptibles: un grito, seguido de un tiro, estampidos con sus fumarolas, sombras que corren, pasos que se sienten, presencias que se ausentan todo el tiempo, la atención constante a los rastros que va dejando la propia presencia y los efectos que puede tener, para precaverse, ocultarse, hacerse invisible o huir. El miedo se siente también en medio de la opacidad de mil ojos que miran, sin ser vistos. Como lo recoge la poeta Idea Vilariño: «La noche hace una casa / negra pura y de todos. / La noche hace una casa / pero el terror golpea / y la llena de ojos» (Vilariño, 2008: 115). El miedo — a veces convertido en el terror de una amenaza de muerte que puede llegar en cualquier momento— emerge en esa espesura de lo imprevisible e indescifrable. Los afectos no están entonces ni dentro ni fuera, sino que están vinculados a «variaciones continuas», a duraciones y transiciones; a intensidades, en relaciones o diagramas de fuerza. Dan lugar a composiciones y recomposiciones; producen «saturaciones», «resonancias», «redes», se sienten en tonalidades, aumento de intensidades, «coagulaciones» (Stewart, 2007). Las economías afectivas también se re�eren a estas con�guraciones energéticas, que atraviesan los espacios cotidianos y sus relaciones. Porque lo cotidiano está atravesado por «formas, �ujos, poderes, placeres, encuentros, distracciones, formas de pesadez, negaciones», desencuentros, ensoñaciones, violencias (Stewart, 2007: 29). Pensemos, por ejemplo, en los espacios domésticos, sus ritmos, sus tensiones, sus circulaciones de marcas que intensi�can ciertos afectos sobre otros, sus modos de producir una cotidianidad, en medio de las fronteras de un territorio más amplio, de una ciudad; quien ha devenido extraño, para esta familiaridad, podría trazarlas así, a distancia: La gente en esta ciudad se divide entre los que tienen carro y los que viajan en autobús, esta es la división más tajante [...], no importa tu nivel de ingresos o la zona donde vivís [...]. Por suerte ahora que estoy en el hotel Terraza ya no tendré que tratar más a mi hermano ni a su mujer, Clara, ni a sus vástagos, esos niños que no hacen otra cosa que ver televisión, es realmente increíble [...], una pareja de niños que solo pasa frente al televisor, porque te quiero aclarar que mi hermano tiene tres televisores en su casa, aunque no lo creás, tres televisores que muchas veces están encendidos al mismo tiempo y en distinto canal, un verdadero in�erno, ese lugar... (Castellanos Moya, 2004: 54-55) No hay que haber leído El asco de Horacio Castellanos Moya para percibir cómo en estas pocas palabras se logra trazar, en el desapego de un cierto desprecio, todo un espacio vital que emerge entre los bordes de una ciudad segmentada y un espacio doméstico capturado por el consumo de imágenes reiteradas que no paran, que absorben todas las interacciones del hogar, revocando los contactos genuinos, los tratos abiertos y la escucha entre unos y otros. La escena deja sentir una experiencia de super�cie: vivir la cotidianidad como si fuera el show de moda, o la información consensual que no deja de transmitirse en el telediario o las imágenes insistentes de las jornadas deportivas, que no tienen descanso. Y en la desvinculación que tal absorción genera, también se producen múltiples formas de apego. Los apegos son nudos de experiencia, coagulaciones afectivas más o menos densas que se producen como efecto en las economías afectivas; son como promesas que se han encarnado en la piel. 1.2.2. Esos perturbadores apegos Algo se incorpora a nosotros, se �ja a nuestras vidas, moviéndose más o menos con nosotros, deja sus trazos, inscribe lo que vamos cargando como pasado, pero también imprime deseos, lanzándonos a fantasías de otra vida que nos atan a la imaginación de lo que aún no ha sido, de lo que aún no es. Una joven de 15 años se entrega a ensoñaciones con un programa de TV que le promete belleza y bienestar, al precio de un sinnúmero de apremios en el día a día que la dejan sujetada a convenciones de deseabilidad. Nos apegamos, por ejemplo, como de hecho usualmente se dice, a «estar pegados» a pantallas que reiteran lo que siempre vemos y oímos, que reducen muchas veces nuestra potencia imaginativa, que nos consumen por dentro, aplanando la percepción; pero deseamos todo esto como estímulos que pueden reconfortar y desconectar del cansancio del día a día. Lauren Berlant (2011a), con su noción de optimismo cruel, ha descrito bien cómo funcionan este tipo de apegos en el capitalismo tardío, en regímenes sensoriales que se extienden desigualmente, y de manera heterogénea, entre el norte y el sur global, y sus penetraciones.9 En todo caso es palpable que, en múltiples experiencias cotidianas del capitalismo global, sentimos ese fuerte apego hacia prácticas, �guras, objetos, sujetos que nos impulsan a seguir viviendo, pero que también nos agotan y atascan. El optimismo cruel se re�ere justamente a esta con�guración afectiva paradójica por la cual voy consumiéndome por aquello que también deseo y anhelo ser y poseer. Se trata de una experiencia que, según Berlant, es epocal, pues caracteriza al sensorium histórico de un mundo signado por la pérdida de un horizonte de transformación profunda. Dado que en el capitalismo que habitamos, como ya lo he sugerido antes, se impone una lógica consensual, que ha �jado sus coordenadas de sentido, como si fueran necesarias, inescapables. El optimismo cruel emerge de esta experiencia de la falta, históricamente condicionada. Y, evidentemente, esta no se da de la misma manera en los lugares entrelazados del norte y del sur global. Pues en algunos casos, como los que describe Berlant, los sujetos viven evocaciones de una vida buena que ya no se da de la misma manera con la precarización que ha producido la �exibilización y el desmantelamiento de la garantías y protecciones sociales. Pero en otros lugares la precarización se intensi�ca, usualmente sin el horizonte de pérdida de algo que ya se no se tiene, porque las condiciones en el sur global siempre han sido difíciles y el Estado de bienestar, usualmente, no ha sido más que una promesa. Se siente aquí entonces, en algunos casos, la pérdida de la promesa, la nostalgia por ni siquiera poder anhelar que las cosas puedan ser radicalmente distintas. El optimismo cruel aparece entonces en las formas de precarización que, de distinta manera, hoy en día habitamos, atando a los sujetos a expectativas convencionales de vida lograda. Unas expectativas que exigen (actitudes, prácticas, compromisos) y que hacen sentir constantemente en deuda a los sujetos con algo que nunca pueden cumplir plenamente. Así pasa con ideales prosaicos de domesticidad y de cuidados cotidianos; con relaciones de productividad empresarial, amores románticos tradicionales, formas de �jación familiar y sexual, imperativos de popularidad y de belleza; ideales atravesados por fantasías de autorrealización y de plenitud en un logrado bienestar. El empleado, por ejemplo, que disfruta cumplir todas las metas que le exige su empresa, vive a gusto en el suburbio urbano, o en el condominio de clase media, y cumple con todas sus obligaciones laborales; pero también presiente, como una anticipación encarnada, que está condenado a moverse siempre en el mismo ciclo de productividad y competencia, que los momentos de ocio y de consumo no alcanzan a interrumpir. Y, sin embargo, no puede romper tampoco con los ritmos que su afán de productividad, y cierto ideal de bienestar y capacidad de consumo, le han impuesto. Así, el deseo de devenir y de ser otros se bloquea en estos apegos. Pero a la vez hay algo optimista en ellos, porque nos aferran a la vida, le dan sentido y una orientación imperturbable, en medio de tanta incertidumbre que trae la precariedad. Esta orientación se da, además, a través de fantasías que hacen esperar que las cosas podrán ser distintas en algún momento. Por esto mismo resulta muy difícil romper con tales apegos; es más fácil abandonar lo que ellos bloqueany sujetarse completamente a ellos que renunciar a su mandato. De ahí su tremenda y paradójica crueldad: impulsan a sentir que habrá algo que será mejor, pero a la vez impiden «alcanzar la transformación expansiva en la que la persona se esfuerza» (Berlant, 2011a: 2). Esta estructura paradójica del optimismo cruel puede rastrearse en varias �guras que recorren el espacio político del presente: Por una parte, el crítico de la ideología, con sus teorías de la sospecha que a veces se tornan en complot, está apegado a la catástrofe como posibilidad de «salvación». Así lo dejó ver Žižek cuando, a raíz de la epidemia del Covid-19, a�rmó: «el punto no es disfrutar sádicamente con la difusión del sufrimiento en el sentido de que ayude a nuestra causa; al contrario, el punto es re�exionar sobre el triste hecho de que necesitamos una catástrofe para hacernos capaces de pensar los rasgos básicos de la sociedad en la que vivimos» (Žižek, 2020). A veces también la izquierda está apegada, en formas de optimismo cruel, a la idea de una inexorabilidad del capitalismo, al identi�carse siempre con la posición del necesariamente dividido y derrotado, que a�rma su lucha en la frustración que aquella siempre le depara. Por otra parte, el institucionalista muestra un apego particular por la promesa de un Estado realmente normativo y no violento, sobre todo en un país como Colombia, donde ha estado muy ausente como marco social de garantías y muy presente como Estado usurpador, clientelista y para- Estado; hay algo cruel aquí porque la pretensión de no-violencia también puede traer consigo múltiples violencias, y porque la adhesión a la promesa siempre fallida impide acoger de un modo más productivo y creativo el con�icto social. Asimismo, aquel precarizado que se reconoce como de ultraderecha está apegado al desprecio de todo lo que amenaza aquellas formas de identi�cación (en la nación, la raza, los valores morales) que lo protegen de sus frágiles condiciones de existencia, agudizándolas; porque su temor a la relacionalidad y codependencia, que siente como amenazadoras de su integridad, lo hacen apoyar opciones liberalizadoras que favorecen intereses corporativos, más que su utilidad. Y el apego no se arriesga por la utilidad. En juego están economías afectivas, históricamente conformadas, que se sienten muy sostenedoras en las condiciones que habitamos. Y sostienen, claro, mientras también nos hunden. Nos ahogan, atándonos de distinta manera a una experiencia producida de la falta: a una falta de horizonte de transformación radical; a la carencia en la precarización que mueve al consumo inde�nido; al hacer sentir en deuda al sujeto por fracasar, de una u otra manera, con lo �jado convencionalmente como vida buena; a las fallas que perforan la fantasía de esta. Pensemos mejor ahora, sirviéndonos de Deleuze y Guattari, algunas implicaciones de la productividad del deseo que ha estado en juego en estas re�exiones. 1.3. Productivo deseo «La producción remite al deseo como principio inmanente» (Deleuze y Guattari, 1985: 14). Que el deseo sea productivo quiere decir que se genera y se intensi�ca en conexiones, en distintos arreglos o composiciones de relaciones que pueden darse entre los cuerpos, entre estos y las cosas, las tecnologías, los espacios, los ritmos, las atmósferas, las bacterias, los virus, las segmentaciones y suspensiones del tiempo. El agenciamiento (agencement) es así «una multiplicidad que comporta muchos términos heterogéneos, y que establece uniones, relaciones entre ellos [...], a través de diferentes naturalezas» (Deleuze, 1980: 79); es un arreglo o «intersección productiva» entre cuerpos y signos, entre lo corpóreo e incorpóreo- virtual, de la experiencia (Buchanan, 2015: 390). Esta es su única unidad, la de la simbiosis, la del cofuncionamiento. Comprender el deseo como creado en agenciamientos permite así cuestionar que se trate de una cuestión subjetiva, individual o presocial. De hecho, la noción de agenciamiento quiebra con una ontología individualista y una comprensión subjetivista y no mediada de la afectividad. Pero también permite pensar todo un mundo impersonal, infra y transindividual que atañe al deseo. Pensemos, de nuevo, en la epidemia del Covid-19. Globalmente emergieron agenciamientos del deseo en los que se produjo, de una u otra manera, la afectación por el virus: lo tememos y huimos, quizá inevitablemente, de su contagio, nos protegemos con todo tipo de cuidados, se multiplican los discursos que lo estudian y nombran; se representó su �gura, vista en el microscopio, para hacer visible de algún modo su invisibilidad; ha atravesado las conversaciones cotidianas y los sueños; el virus se incorpora a los �ujos y cortes del deseo, hace sentir de otro modo el contacto de los cuerpos, los transformó; lo sentimos dentro, a veces invadiéndonos lentamente; el enfermo está completamente habitado por él y lucha para hacerlo un huésped menos inhospitalario; los ancianos sospechaban que él les daría la inoculación de la muerte. Se producen, así, con el virus microformaciones que «ya moldean las posturas, las actitudes, las percepciones, las anticipaciones, las semióticas» (Deleuze y Guattari, 2004: 219). Y entre estos niveles conectados se da, justamente, la alianza, la aleación, el contagio entre cuerpos afectados, atravesados a su vez por un sinnúmero de poblaciones y relaciones. De hecho, Deleuze compara la alianza del agenciamiento con aquella que se da en la epidemia (Deleuze, 1980: 79); como si en todo agenciamiento se diera un tipo de contagio, por el cual unos cuerpos y cosas se ensamblan y penetran a otros. Y en el agenciamiento que produce un virus, el efecto de contagio se da duplicado, multiplicado; todo queda afectado por la presencia, la sospecha, el temor, la protección contra el virus, como el «movimiento de las cosas al viento» (ibid.). A�rmar que el deseo se produce en agenciamientos permite pensar que puede desarticularse y recon�gurarse, y que se da siempre en la multiplicidad y con variaciones. No se trata entonces de una dimensión oculta, detrás de lo aparente y visible, que hubiese que descubrir, desocultar e interpretar, como lo asume tendencialmente el psicoanálisis. Ni mucho menos de una carencia que nos absorbe para apropiar, desde el vacío, algo que habría de ser llenado. Tampoco se da en el modo de la expresión de lo espontáneo o inmediato de un sujeto (Deleuze, 1980: 109). Se produce en articulaciones sociales, aunque pueda ser también excesivo y sobrepasar las codi�caciones en las que se ensambla simbióticamente. Todo esto implica que las variaciones del deseo se pueden cartogra�ar siguiendo las relaciones en las que se producen, y a partir de estos trazados se pueden propiciar procesos de experimentación, de los cuales pueden emerger nuevos enunciados y afectividades. Porque el deseo se produce en la experimentación, en la creación, no en la experiencia de la falta. De hecho, cuando el deseo se con�gura como falta, esta se crea en diferentes tipos de ensamblaje: la falta es «preparada, organizada, en la producción social», particularmente por parte de una economía de mercado, que hace que «todo el deseo recaiga en el gran miedo a carecer»; es el miedo del sujeto atado al ciclo inde�nido que se da entre labor/consumo/descanso/labor, mientras que la producción del deseo queda asimilada a la dimensión de algo meramente fantasmal (Deleuze y Guattari, 2004: 35). En contraste, al comprender el deseo como producción, el fantasma, la proyección, la anticipación, se piensan como creaciones del deseo, articuladas socialmente, más que como un trasfondo apenas descifrable. Lo que hay que considerar, en cada caso, es cómo se compone el deseo, en qué elementos, en medio de qué entrecruzamientos y obstaculizaciones de líneas se da su agenciamiento (Deleuze, 1980: 109-110). Pensemos de nuevo en la experiencia del optimismo cruel. En esta con�guración del deseo están en juego líneas segmentarias rígidas que atrapan a los sujetos en visiones dicotómicas de lanormalidad y la anormalidad, anudadas a fantasías convencionales de vida buena. Pero en medio de estas líneas se con�guran afectos, percepciones, juegos de sensaciones que pueblan la experiencia de los sujetos, los llevan fuera de sí, para sujetarlos más �rmemente o para abrirlos a otras experiencias, e incluso a fugas: vías de escape en las que pueden perderse y transformarse vitalmente, o destruirse, cuando quedan atrapados en agujeros negros. En todo caso, una vida ordenada en segmentos de convencionalidad puede quedar poblada por movimientos y revelaciones moleculares, que dejan sentir, aunque sea por un momento, la limitación de los segmentos más rígidos. Pienso, por ejemplo, en esa famosa escena de Mrs. Dalloway, en la que Clarissa siente cómo se multiplica en otras identidades y placeres, desde la estrechez de su vida conyugal y doméstica: Como una monja que se retira o como un niño que explora una torre, subió, arriba, se detuvo ante la ventana, llegó al baño [...]. Había un vacío alrededor del corazón de la vida [...]. Las sábanas estaban limpias, tensamente estiradas en un ancho embozo, de lado a lado. Su cama se volvería cada vez más estrecha [...]. Porque en algunas ocasiones era incapaz de resistirse al encanto de una mujer, no de una niña, de una mujer confesándole, como hacía a menudo, un mal paso, una locura [...]. [Así, ella podía sentir], sin lugar a dudas, lo que los hombres sienten. Solo por un instante, pero era su�ciente. Era una súbita revelación, una especie de excitación como un sofoco que tratabas de contener, pero conforme se extendía no te quedaba más remedio que entregarte a su movimiento y te precipitabas hasta el �nal y allí te ponías a temblar y sentías que el mundo se te acercaba hinchado con un signi�cado sorprendente, con una especie de presión que te llevaba al éxtasis, porque estallaba por la piel y brotaba y �uía con un inmenso alivio por �suras y llagas. (Woolf, 2000a: 178-179) Para hablar de esta tensionalidad que puede emerger en la experiencia del presente, Berlant introduce la noción de impasse. Se trata de «un período de tiempo en el que uno se mueve con la sensación de que el mundo es a la vez intensamente presente y enigmático» (Berlant, 2011a: 4). Es como si en el impasse se tuviera una cierta experiencia de la inestabilidad y la opacidad, incluso en medio de la más ordenada experiencia, como si, para decirlo con las palabras poéticas de Virginia Woolf, el tiempo rompiera su «cáscara», «vertiera sus riquezas» sobre algún sujeto y «de sus labios cayeran, en capas, virutas de madera como las del cepillo de un carpintero» (Woolf, 2000a: 216). Porque el tiempo que solemos vivir en el capitalismo tardío es un tiempo bastante cerrado y homogéneo, en el que, en medio de la incertidumbre de las especulaciones económicas, lo que es posible e imposible parece decidido de antemano. Y, sin embargo, esa segmentariedad rígida puede fracturarse a veces con leves �suras que crean suspensiones, en las que, como en la descripción de Woolf, se dejan sentir las capas sedimentadas del tiempo y algunas conexiones heterocrónicas, que desestabilizan también las identidades y sus percepciones; como si en algunos momentos pudieran captarse mejor las posibilidades y la riqueza sensible de un instante, de un sensorium que puede aparecer súbitamente como más heterogéneo. También pueden darse alteraciones abruptas, visibles y compartidas, como cuando adviene una debacle incalculable, por ejemplo, una pandemia global, que hace sacudir el presente, descolocando a los sujetos por completo; llevándolos a improvisar otras rutinas y prácticas al �lo de una radical y simple exposición. Así, pensar productivamente el deseo permite advertir una dimensión creativa, profusa y rica en la experiencia cotidiana, también en prácticas y existencias unilaterales, simpli�cadoras y arrojadas a la falta. Sus reducciones del sentido son, en todo caso, producciones, y pueden ser trastocadas ya sea por procesos heterogéneos que se generan contingentemente en las fuerzas afectivas que los atraviesan, ya sea por elementos exteriores que acontecen de manera incalculable (enfermedades, catástrofes naturales, violencias traumáticas, pérdidas económicas, etc.); accidentes que impulsan leves o más prominentes alteraciones y que recuerdan la dimensión del azar que surca la más calculada existencia. 1.3.1. Deseos de inmunidad 16 de marzo de 2020. Voy en un taxi, tengo que salir en medio de la pandemia del Covid-19, antes de que se decrete la cuarentena. El número de contagiados crece en Colombia, ya va para 54 en 10 días. Hablamos de esto con el taxista, me dice que una clienta le comentó que en Neiva dos señoras de 70 años aparecieron con el virus, y «la gente le cogió a piedra la casa». Llego a mi casa y confirmo la noticia en varios periódicos: «En Neiva, vecinos atacan a piedra casa de paciente de Coronavirus», dice uno de los titulares.10 Eventos como estos dejan sin palabras. Al contármelo, el taxista también expresó una cierta indignación consternada, subrayaba la edad de las mujeres, el dolor que ellas ya estaban padeciendo por la enfermedad. Yo tuve que llegar a con�rmar el rumor porque me parecía absurdo. Luego me interrogué por qué habría de parecérmelo en un país en el que la violencia ha alcanzado los excesos más inverosímiles. No solo eso. La escena pone de mani�esto de una manera muy patente el vínculo tan intenso, casi de asimilación, que puede darse entre reactividad y lógica inmunitaria. Sin duda es una escena que irradia un gran arcaísmo: quedo expuesto al riesgo del contagio, se dice alguien, este viene de otro, el otro se determina y tiene que ser culpabilizado por el daño, se mueve una necesidad de venganza. El daño tiene que personi�carse, no se puede asumir simplemente la impersonalidad del riesgo y se tiene que encontrar una retribución equivalente porque, de mucho tiempo atrás, como lo mostró Nietzsche en La genealogía de la moral, hemos supuesto que el daño que padecemos debe remitirse a un culpable y debe hacerse pagar sobre el cuerpo de este; como si el perjuicio sufrido fuera equivalente al dolor que hacemos pagar al que suponemos que nos dañó (GM II, 4). Esta imagen es también arcaica por la manera en que las vecindades, como en las relaciones más ancestrales, se revelan como un foco de potencial amistad y enemistad, plagado de fantasías de retaliación. Fantasías destructivas que buscan reparar múltiples formas de daño, deslocalizadas, estructurales, que las personas padecen, sobre todo cuando no han conocido horizontes distintos a la precariedad, la violencia, y la competencia por quién puede usufructuar mejor los recursos escasos, que dejan los grandes acaparadores. Parecería que alguien tiene que culpabilizarse y estigmatizarse por el daño, en un movimiento característico de la reacción que necesita de un otro �jado para obtener una a�rmación protectora, que tiene entonces efectos inmunitarios. Así quedamos «atrapados en mil pequeñas monomanías, evidencias y claridades que [...] ya no forman sistema, sino rumor y murmullo, luces cegadoras que con�eren a cualquiera la misión de un juez, de un justiciero, de un policía por su cuenta» (Deleuze y Guattari, 2004: 231-232). Los vecinos que apedrean la casa de las contagiadas, los electores que votan por opciones políticas que los protejan de la inmigración que sobreabunda o contra las mal llamadas «ideologías del género» representan actitudes que encarnan muy bien esa lógica enjuiciadora, que opera desde la reactividad del miedo con una claridad cegadora. 1.3.2. Fascismos moleculares: o cómo el deseo puede desear su represión Deleuze y Guattari (1985, 2004) vincularon las actitudes inmunitarias, que he venido considerando, con los microfascismos o los fascismos moleculares, como pre�ero llamarlos. Con esta noción apuntaron a caracterizar «los núcleos moleculares», la dimensión afectiva que movilizó el fascismo histórico,11 pero también las derivas destructivas a las que pueden conducir, en distintos espacios sociales,ciertas con�guraciones del deseo, en las que los sujetos se atan, o apegan a su propia sujeción.12 Algo que justamente me interesa interrogar aquí son las condiciones de esos núcleos moleculares, y cómo se despliegan actualmente no solo en movimientos neofascistas13 o «posfascistas»,14 para usar la terminología de Enzo Traverso (2019), sino en actitudes cotidianas de las personas que dejan ver una cierta animadversión — acompañada de un miedo contenido y fantasías, a veces paranoicas, de defensa y protección— ante la relacionalidad, la multiplicidad y la vulnerabilidad del mundo que habitamos. Pero antes que nada cabría preguntarse: ¿por qué soportan los hombres desde siglos la explotación, la humillación, la esclavitud, hasta el punto de quererlas no solo para los demás, sino también para sí mismos? (Deleuze, 1980: 36). Algo que sin duda acerca mucho mi indagación al proyecto �losó�co de Deleuze y Guattari es pensar que las sujeciones se producen en complejos entramados afectivos del deseo, más que como efecto de la ignorancia, una ilusión ideológica o la mera manipulación de los poderes. Por supuesto que los ensamblajes del deseo dan lugar a fantasías, lo hemos visto, pero ellas emergen en redes de afectos, que condicionan también a quienes están en posiciones de poder, y no dejan de desearse cuando se reconocen en su carácter de ilusión. Hay también, por supuesto, un enceguecimiento en las reacciones antes mencionadas, pero sobre todo por su claridad, por su insensibilidad frente a la opacidad del mundo y sus relaciones. Y en ellas también se produce, aunque esto pueda resultar menos evidente, un bloqueo del deseo. No en el sentido de que se trate de abogar por una mera liberación libidinal, que implicaría una visión represiva — y no productiva— del poder, o porque se pierda de vista que toda producción del deseo supone también cortes y desconexiones. El punto es más bien destacar cómo el impulso de erigirse en «juez, justiciero y policía por cuenta propia» quiere que el deseo no produzca más relaciones, ni se multiplique, ni devenga. Así que en estas actitudes se da un deseo que quiere el agotamiento o incluso la muerte del deseo. Por eso la pregunta que interesa es qué tipo de ensamblajes o con�guraciones de afectos pueden llevar a producir este tipo de actitudes. Por paradójico que parezca, hay agenciamientos en los que se crea el deseo de cancelar las relaciones de las que en todo caso emerge; agenciamientos entonces que buscarían bloquearse como agenciamientos; esto sería, en pocas palabras, un deseo que se vuelve contra sí mismo. Esta estructura paradójica fue muy bien estudiada por Nietzsche con sus re�exiones genealógicas alrededor de la conciencia de culpa, al entenderla como un afecto que niega la afectividad, y al mostrar cómo aquella busca cancelar el con�icto, los campos de fuerza afectivos que en todo caso supone (cfr. GM II). Los deseos inmunitarios que estamos analizando son, sobre todo, deseos culposos, como lo veremos mejor en el capítulo 3; deseos que bloquean procesos de transformación para los sujetos. Se trata de derivas destructivas en las que el miedo ha endurecido los segmentos binarios (de normalidad/anormalidad; moralidad/inmoralidad; éxito/fracaso); la claridad lleva a pretender que se ha «comprendido todo, y a sacar las consecuencias» (Deleuze y Guattari, 2004: 230), �jando y empobreciendo la experiencia; afectos en los que el ansia de control suscita delirios de poder, en los que la impotencia llama a la dominación, y en los que pueden formarse agujeros negros totalizantes, o meramente destructivos, que devoran a los sujetos y lo que encuentran a su paso: los hacen colapsar, con sus vectores de abolición y sus líneas de fuga fallidas que se han convertido ahora en líneas de muerte. Estas derivas destructivas pueden emerger también de un deseo por otras formas de relación, de búsqueda de felicidad y libertad. Los sueños utópicos están atravesados por reveses azarosos. Al escribir esto me viene a la mente la trama de Primero estaba el mar, del escritor colombiano Tomás González: J. y Elena habían dejado su vida urbana para cumplir su sueño de retiro bucólico y sentimental en la naturaleza, en algún lugar de la costa de Urabá, donde compran una �nca y empiezan todo de nuevo. Pero su promesa de felicidad se va truncando, devorada por la áspera belleza del lugar y las complejas relaciones — de desconocimiento y descon�anza— con sus habitantes. La fantasía del amor fusional entre dos, alejados del ruido del mundo, se consume y agota, en medio de la dureza del entorno y las di�cultades cotidianas. Al �nal, el soñador y anarquista J., que imaginaba una vida liberada de las codi�caciones y ataduras establecidas, entregado a la �uidez de lo natural, queda completamente expuesto a quien le sirve, y a la manera en que este invierte — de la forma más cruenta y absoluta— la relación de subordinación. El horizonte de dislocación queda absorbido así por la violencia y la fuga, capturada por el poder, que otro ejerce, de dar la muerte: El viejo, muy pálido, se puso de pie y desa�ó a J. a pelear. La situación era absurda. J. pensó que el viejo había estado todo el día en el monte y debía oler a sudor. La imagen de Octavio y él rodando por el suelo agarrados del cuello le pareció insensata. Se enfrió. Se le quitó el miedo. —No voy a pelear con nadie, Octavio. Usted tiene más fuerza que yo y me puede dar duro. Más bien vaya y empaque sus cosas. Si mañana por la mañana lo veo todavía aquí, voy por la policía y lo hago sacar a la brava. J. se levantó, pasó por el lado del viejo sin mirarlo y bajó las escaleras del corredor. —No sos hombre. —Deje de hablar pendejadas — dijo J., casi con afecto—. Mejor vaya y se acuesta. J. miró las olas que rodaban, luminosas. El trago le bajó, fresco y seco, por la garganta. Oyó la ola que se devolvía, acascabelada y dulce. Supo que Octavio había entrado a la casa. Cuando empezaba a orinar retumbó la primera explosión y sintió que se rasgaba y caía. Aturdimiento. Hormigueo en el brazo derecho. Miró su camisa y vio que se estaba llenando de sangre. «¡Dios mío!», dijo. Intentó levantarse, pero el brazo derecho no pudo sostenerlo y volvió a rodar al pasto. Se apoyó en el brazo izquierdo y logró ponerse de pie. Náusea. Cuando intentó echar a correr oyó el otro disparo y cayó de nuevo al pasto. —Dios mío — dijo entonces—. Me mataron. (González, 2015: 140-141) De Octavio, el viejo administrador de la �nca, una señora le había dicho a J. que «tenía una mirada mala». Muy tarde J. la descubriría y cómo mira el odio del resentimiento. Aún nos ocupará pensar algunas condiciones de esta mirada, más exactamente, cómo el capitalismo que habitamos y las formas sedimentadas de violencia la reproducen. Por lo pronto, y ya para cerrar el capítulo, quisiera elaborar la distinción entre con�guraciones afectivas vitales (creativas, experimentadoras) y no vitales (destructivas, desgastantes) que ha aparecido en lo anterior, y que seguirá teniendo una presencia importante en el libro. Esta distinción se distancia de cualquier aproximación moralizante al campo social, pero puede traer consigo una actitud ético-política en la inmanencia, atenta a lo que puede producir relaciones productivas y potenciadoras para los cuerpos, y a lo que las puede destruir, conducir a la impotencia y dañar. Eulalia de Valdenebro. Dibujo para Vegetal maquínico 1.3.3. Afectos vitales y antivitales Desde una comprensión relacional del campo social, no cabe por supuesto un enjuiciamiento moral de lo que pasa, ni mucho menos un abordaje dicotómico de lo que ha emergido con�ictivamente, en zonas grises — como diría Nietzsche—, tensa y contaminadamente. Por eso cuando digo que ciertas con�guraciones afectivas resultan destructivas no estoy a�rmando que sean inmorales o inadecuadas con referencia a un marco valorativo que separe tajantemente Bien y Mal. Lo que digo, retomando consideraciones distintas del vitalismo �losó�co, es que hay relaciones afectivas que permiten acogerel carácter relacional del mundo, su contingencia y la vulnerabilidad que se desprende de ella, y otras que no, pues se protegen contra los vectores de la multiplicidad y del arrojamiento histórico; y se resienten cada vez que estos se mani�estan, inevitablemente, una y otra vez. Retomando estos planteamientos, a la luz de mi trabajo previo sobre las composiciones corporales y sus posibles formas de emancipación (Quintana, 2020a), trazaría estos elementos como constitutivos de una aproximación ético-política anclada en la inmanencia: 1. Si la vida se da en la relacionalidad, hay con�guraciones afectivas que hacen daño, porque bloquean la productividad del deseo, destruyen ensamblajes de relaciones y bloquean que otras puedan emerger. Esto pasa, por ejemplo, con discursos e intervenciones que justi�can la desigualdad, la explotación económica y ambiental. Pues estos pierden de vista que las visiones del mundo que de�enden, afectan — pero siguen dándose— en la necesaria codependencia de unos y otros, y no solo se perjudicarán a largo plazo por el colapso de los ecosistemas, sino que siguen acentuándolo con todos sus efectos destructivos, que terminarán siendo de cualquier manera autodestructivos. Esto también sucede con regímenes de sentido que pierden de vista la inmanencia e historicidad del mundo social y se naturalizan como universales, abstractos y necesarios. De este modo se imponen como lo que es, como lo que hay, y cierran el campo de experiencia para que sean posibles transformaciones y otras experimentaciones; así dañan la capacidad de devenir que caracteriza a un mundo de�nido por la multiplicidad y el con�icto. De hecho, hacen sentir a los sujetos incapaces de cambiar un estado de cosas, que intensi�ca constantemente su impotencia. Esto es algo que el pensamiento de Spinoza deja pensar muy bien: si la vida es potencia indeterminada, lo que daña es lo que reduce esta potencia. Por eso, todas las políticas del miedo y del odio dañan, porque nos retraen y cierran, porque cortan relaciones y crean formas de inferiorización y de desigualdad, que generan impotencia; en breve, porque nos angustian para reprimirnos, para decirlo con Deleuze. Más aún, como lo veremos en el próximo capítulo, estas actitudes están vinculadas a formas de producción del capitalismo que, en su heterogeneidad y ambivalencia, potencian a los cuerpos, producen en ellos deseos y capacidades, que también los despotencian. La idea de injusticia que acojo en este libro tiene que ver con estas prácticas desigualitarias que simpli�can la relacionalidad de la vida, su multiplicidad y sus capacidades. 2. Las con�guraciones afectivas vitales permiten manifestar las potencias imprevisibles de un cuerpo, porque, siguiendo la famosa y muchas veces citada a�rmación de Spinoza, nunca podemos saber todo lo que un cuerpo puede (Ética, parte III, proposición II, escolio). Pero esta expresión de la potencia requiere una apertura al mundo que la conforma y en la que se mani�esta. Porque un cuerpo está compuesto ya por ensamblajes afectivos, y estos son con�guraciones sociales, efectuadas en el mundo, que dependen de un sinnúmero de otras relaciones a las que los sujetos están expuestos. Este lenguaje de la potencia no es entonces falocéntrico, con delirios de supremacía, dominación y grandeza, sino que se sabe arrojado y solo puede darse en la exposición, que lo arroja y lo lleva fuera de sí. Por eso, relacionarse vitalmente con el mundo es también reconocer la fragilidad de los sujetos y la manera en que estos se afectan mutuamente, por contagios y circulaciones, que también permiten trastocar afectos no vitales en vitales, y al revés; afectos por los que en todo caso pasa la misma supervivencia. De hecho, en palabras de la antropóloga Anna Tsing: Si la supervivencia siempre involucra a otros, también está necesariamente sujeta a la indeterminación de las transformaciones de uno mismo y de otros [...]. Lo importante para la vida en la tierra ocurre en esas transformaciones [...]. En lugar de ver solo las estrategias incesantes de expansión y conquista de las personas, debemos buscar historias que se desarrollen a través de la contaminación. (Tsing, 2015: 29) Esta necesaria contaminación o simbiosis entre lo orgánico y lo no- orgánico, entre lo humano y lo no humano, entre los cuerpos más diversos y entre estos y las cosas es algo que pierden por completo de vista las visiones desafectadas de lo político, que, con su racionalismo ilustrado, erigen como ideal al sujeto autónomo- soberano que pretende ser dueño de sí y capaz de una lograda autodeterminación. Una visión que, retomando las palabras de Tsing, ha contribuido a reiterar «formas de expansión y conquista», por parte de sujetos que quieren tomar control y apropiar todo lo que excede su identidad, sometiéndolo de maneras que han resultado muy destructivas para los entramados vitales, en un nivel ecológico- político amplio (Stengers, 2005). Pues esas formas de expansión descontextualizan y arrasan composiciones vitales localizadas entre lo humano y lo no humano, en pos de un desarrollo extractivista y un progreso abstracto de grandes capitales que generan la devastación de la naturaleza y el agotamiento de los cuerpos. Podría decirse entonces que son vitales aquellas composiciones de mundo que permiten la cohabitación y codependencia de lo múltiple, en lugar de reducirlo cada vez más y arrasarlo. Y por esto, la potencia de un cuerpo o, para decirlo con Canguilhem, la salud humana, en toda su multiplicidad, «no puede separarse de las condiciones planetarias en general [...]» (Canguilhem, citado por Mutsaers, 2016: 130). 3. Sin embargo, justamente porque está en juego acoger la multiplicidad de la vida, tal cohabitación no es armónica, transparente, integrada. De ahí que en esta comprensión de la vitalidad esté en juego a�rmar la irreductibilidad del con�icto y, junto a esto, para decirlo de nuevo con Nietzsche, la copertenencia de lo feo y lo bello, la tristeza y la felicidad, lo propio y lo impropio. Porque también en las heridas, miserias y enfermedades se encuentran caminos de transformación, en ellos se deviene (CJ §295). Pero no hay que perder de vista que esta exposición a lo extraño y a veces hostil también trae consigo una vida expuesta y una identidad frágil, «de cristal» (CJ §154). En esa medida, el ser humano más vital es también entonces el más expuesto. Esta fragilidad implica que la salud es inestable y es inseparable de la enfermedad, así como la fortaleza de la debilidad. Esta es una salud que reconoce que tal vez la «exclusiva voluntad de salud sea un prejuicio, una cobardía y, tal vez, un sutil trozo de barbarie y atraso» (CJ §120). De hecho, estamos habitados por toda una vida microbiana de la que depende nuestra salud, pero que — dados ciertos cambios en sus ecosistemas— también nos puede enfermar. Además, en la vida diaria tenemos que ajustarnos a formas de cansancio, agotamiento, reiteración y explotación. Y, sin embargo, puede darse una vitalidad al enfrentar estas condiciones en con�guraciones afectivas que permiten a�rmar capacidades de los sujetos en su relacionalidad. Aunque esta potencia de los cuerpos muchas veces simplemente alcance para sobrevivir, y a veces ni siquiera, puede también manifestarse, pese a todo, y en medio de lo que más la aplasta. Pienso, por ejemplo, en la investigación que Kathleen Millar (2014) ha llevado a cabo con recicladores de Río de Janeiro, que trabajan en condiciones extremadamente duras y a veces arriesgadas. En medio esta inimaginable dureza, estos sujetos logran organizar lo que la autora llama una «autonomía relacional», que implica la a�rmación de una no-sujeción al ritmo, al tiempo, a las regulaciones del trabajo formal, estandarizado; y a la vez, formas de cuidado y de codependencia entre los recicladores, también de desapego, que resultan muy sostenedoras, vitales, mientras habitan dolorosamente en el desecho en condiciones que difícilmente se pueden idealizar como propicias para cualquier forma deresistencia política. 4. Por todo lo anterior, la diferenciación entre con�guraciones afectivas vitales y no vitales no puede ser dicotómica. Pues se trata de una diferencia inestable, sujeta al con�icto. Además, en los ensamblajes del deseo pueden darse reversiones, torsiones, espaciamientos, fracturas y, con estos, recon�guraciones y reensamblajes. La manera en que Nietzsche piensa la noción misma de afecto, como impulso devenido, puede indicarlo. Se trata de valoraciones largamente abrigadas, que se han incorporado hasta operar como inclinaciones que marcan a un cuerpo con gran intensidad.15 Pero se trata también de valoraciones heterogéneas y heterocrónicas: formadas en momentos distintos y con irradiaciones diversas que, en su con�ictividad, pueden dar lugar a quiebres, �suras, reinversiones. Aquí podríamos tener en cuenta el tipo de re�exión histórica sobre los afectos que han conformado a los cuerpos que es, justamente, el mismo análisis genealógico. Se trata de un trabajo de autorre�exión en el que el genealogista se reconoce atravesado por aquello que elabora críticamente. Por eso cuando Nietzsche lleva a cabo la genealogía del resentimiento se sabe de cierto modo condicionado por él. Y por esto mismo la genealogía es también una re�exión autoproblematizadora: da cuenta de cómo un sujeto transforma las fuerzas afectivas que lo han conformado, pensando desde ellas. Esto nos interesará particularmente en el capítulo 3, al analizar cómo el resentimiento de la conciencia de culpa puede devenir una conciencia crítica enardecida, que ya no odia, que ya no culpa. 5. Algo similar ocurre con lo inmunitario. Aunque hasta ahora he insistido en una comprensión militarizada de este sistema de protección que tiene efectos de estrechamiento y emprobrecimiento vital (es lo que hasta ahora he llamado «lógica inmunitaria»), también he sugerido que los cierres son evidentemente necesarios para todo agenciamiento, como puede experimentarse de manera patente en una pandemia. El problema se da cuando estos cierres se piensan unilateralmente sin acoger vectores de apertura e inevitable contaminación, y cuando la protección se piensa siempre defensivamente. En este sentido, es importante pensar que la lógica inmunitaria puede revertirse desde otra comprensión de la identidad, de la seguridad, de la protección y de su relación con lo otro, que también puede vincularse con otras aproximaciones al sistema inmunitario, como lo exploraré en el tránsito del capítulo 3 al 4. 6. Finalmente, desde esta aproximación vitalista, es fundamental considerar no solo las materializaciones, es decir, la manera en que se han conformado y corporizado ciertas afectividades, sino también los vectores de virtualidad, de transformación que atraviesan estas materializaciones. Porque estas han emergido y se han articulado socialmente, pero no quedan nunca plenamente determinadas; incluso sus con�guraciones más codi�cadas pueden trastocarse y estar surcadas por vectores de fuerza, que abren la posibilidad de lo que no ha sido y aún podría ser. En este sentido, lo virtual se re�ere a cómo un territorio de fuerzas afectivas es también, en mayor o menor medida, un campo de diferencias. Precisamente porque, como ya ha aparecido varias veces, los afectos �uyen, circulan, se transmiten, contagian, son excesivos, pues desbordan marcos establecidos, aunque estos también los produzcan. Pero este exceso no tiene que pensarse como pura donación potencial, indeterminada y vital, sino que emerge de las articulaciones sociales, dada su heterogeneidad y contingencia. Ahora bien, el capitalismo es un régimen afectivo que, con sus regulaciones del sufrimiento, sus normalizaciones del deseo, sus formas de precarización y sus dispositivos securitarios, activa y a la vez regula la ansiedad por la incertidumbre, la inquietud por el futuro, para acentuar un sistema inmunitario unilateralmente cerrado y defensivo frente a lo extraño, frente a lo otro que puede pasar. Así, al reducir el horizonte de lo posible y lo que puede venir, tiende a cercar las irradiaciones más disruptivas de lo virtual, aunque no sin dar lugar a materialidades heterogéneas, atravesadas también de ambivalencia y potencialidad. 2. Capitalismo, afectos e inmunidad En este capítulo caracterizaré algunas constelaciones afectivas del capitalismo que habitamos y argumentaré por qué en ellas puede verse una declinación inmunitaria. Al hacerlo, insistiré en que el capitalismo contemporáneo es un régimen heterogéneo. Esta heterogeneidad se deja ver, de entrada, cuando se considera cómo en sus con�guraciones actuales pueden articularse prácticas fordistas y posfordistas, «pericapitalistas», así como neoliberales y asistencialistas (cfr. Tsing, 2015). Esta mediación entre sistemas de valor diferentes, en bene�cio de corporaciones dominantes, es una experiencia más que conocida en el sur global. Pues aquí funcionan continuas formas de traducción, con�ictos y violencias, entre prácticas de agricultura campesina, extracción minera y pesca artesanal, y valores y emprendimientos capitalistas, ajustados a dinámicas globales de extracción a gran escala, intercambio y especulación �nanciera. De ahí los ajustes y desfases entre zonas «peri-capitalistas», atravesadas por múltiples persistencias coloniales (de patronazgo, clientelismo, de violencia corporal, de desposesión territorial), técnicas disciplinarias sobre los cuerpos, los tiempos y espacios en algunos entornos laborales de producción; y mecanismos de control difusos, caracterizados por sutiles regulaciones del deseo, la descentralización del trabajo, la �exibilización y cibernetización del ambiente laboral, más cercanas a lo que globalmente se conoce como posfordismo. De hecho, «la concentración de la riqueza es posible porque el valor producido en parches no plani�cados es apropiado para el capital» (Tsing, 2015: 5). Estos son territorios marginados, surcados por perduraciones coloniales (Stoler, 2016), donde las empresas transnacionales muchas veces hacen la vista gorda o incluso propician las condiciones de violencia y explotación bajo las cuales se obtienen diversos productos. Piénsese, por ejemplo, en materias primas (como el oro, el carbón, el petróleo, el azúcar, la palma) extraídas muchas veces en lugares en los que se imponen dispositivos necropolíticos,1 y cómo estos materiales terminan en bienes de consumo globales, como celulares, automóviles, ropa, cuyas condiciones de producción se ignoran o se abstraen en los espacios de «prosperidad». Pero este mecanismo de producción, al que Tsing llama «salvamento» (salvage), «no es un adorno en los procesos capitalistas ordinarios; es una característica de cómo funciona el capitalismo», como lo vio hace tiempo Marx (Tsing, 2015: 63). Y es una de las marcas de su heterogeneidad y de su capacidad de expansión a través de esta. Pues en medio de esta heterogeneidad (de prácticas, tecnologías, espacios y temporalidades) pueden formarse capacidades que alimentan el impulso a la acumulación, pero también pueden emerger tensiones que lo desvían, lo traicionan oblicuamente o lo contestan enfáticamente. Ahora bien, esta heterogeneidad se despliega afectivamente en un cierto régimen de la sensibilidad, en un sensorium histórico, es decir, en un cierto modo de producir lo que vale como experiencia, como parte de un campo de percepción e inteligibilidad. Cuando hablo de régimen evoco la noción foucaultiana (Foucault, 1979: 178) para pensar ciertos órdenes del deseo que se producen en el mundo social que habitamos.2 Y más concretamente, las fronteras que los delimitan, las formas de poder que producen y de las que dependen, las codi�caciones que las rigen, los excesos a los que estas pueden dar lugar. Lo que importa, desde esta mirada, es atender a cómo se generan distintos ensamblajes afectivos, de acuerdo con los mundos sociales y los sensorium que estos con�guran, en medio de arreglos productivos y sociales heterogéneos.3 Sin embargo, no se trata de decir que el capitalismo contemporáneose caracterice por una saturación afectiva, como si le fuera propio producir afectos de manera exacerbada (Mazzarella, 2012: 292). La circulación de afectos es algo que atraviesa la vida social, y distintas formas de vida, desde los más remotos ensamblajes entre lo humano y lo no humano, los cuerpos y las cosas, las tecnologías y las atmósferas, como bien lo analizaron Deleuze y Guattari en Mil mesetas. Por supuesto, no niego que hoy, por doquier, se insista en hablar de emociones y de aspectos emocionales: en estudios legales, económicos, sociales y por supuesto psicológicos se atiende constantemente a estas expresiones; en los medios de comunicación y en redes sociales cuando se enfatiza en modos de presentación autobiográ�cos, confesionales, de exposición de una vida íntima, y que buscan despertar identi�caciones o rechazos; en técnicas de management de todo tipo para el manejo emocional; en discursos políticos que apuntan a activar miedos, a movilizar esperanzas o conducir formas de compasión como parte de una política sentimental (Berlant, 2011b); en prácticas de trabajo que insisten en la importancia de llevar a cabo una labor emocional entre los empleados y entre estos y los clientes; en el énfasis en la corrección política y las formas de regulación emocional que esta supone (Greco y Stenner, 2008: 3-5); en la idea usual de acuerdo con la cual la expresión de emoción es un índice de credibilidad (Greco y Stenner, 2008: 184); o, incluso, en la manera en que el diseño urbano piensa cada vez más cómo las construcciones y espacios pueden dar lugar a cierto tipo de disposiciones emocionales (Greco y Stenner, 2008: 186). Además, se venden paquetes turísticos para despertar emociones fuertes, nostalgia, amor o sensualidad; hay todo un consumo emocional. Porque se trata de vender experiencias, y estas se vinculan a determinadas expresiones emocionales. No pierdo de vista entonces que hoy se dé una cierta saturación emocional. Lo que quiero destacar es que esta se produce en el interior de un determinado régimen afectivo que, entre otras cosas, trata a los afectos como emociones, es decir, como manifestaciones subjetivas que dependen sobre todo de la psicología de los sujetos.4 Se trata de un vector de psicologización de los problemas que es correlativo a su despolitización. Los antagonismos sociales se entienden así como con�ictos internos de las personas, el cansancio por las formas de precarización laboral como falta de motivación personal, la inmovilidad social como ausencia de emprendimiento y resiliencia; la frustración por la carencia de oportunidades como incapacidad afectiva; el trauma por violencias sistemáticas como algo que requiere sobre todo de un tratamiento terapéutico; la condición de marginalidad como una anomalía progresivamente subsanable con programas de reinserción social. Esto es despolitizante, pues oblitera las condiciones sociales de las que provienen muchas de estas experiencias y la posibilidad de que sean confrontadas por los sujetos que se encuentran más expuestos a ellas, en prácticas que llaman a transformar los entramados sociales, y no meramente a extenderlos, ampliarlos o suturarlos. Tal psicologización, como ha sido muchas veces señalado (Rose, 1989, 1996), tiene que ver con formas de subjetivación que se han vuelto dominantes en ciertas lógicas del capitalismo y que apuntan sobre todo a pensar a los sujetos como «empresas individuales» que requieren empoderarse a través de distintas tecnologías del yo, centradas en el autocuidado, la autoayuda, la autosuperación (Rimke, 2000; Illouz, 2007; Lofton, 2011). En juego está una cierta con�guración del deseo que impulsa a los sujetos a motivarse y empoderarse a sí mismos para sobrevivir y persistir en contextos de «inseguridad y �exibilidad laboral» (Besserer, 2015: 55), apoyándose en el lenguaje de la independencia individual. Así, el lenguaje de las emociones, y la psicologización que genera, oblitera y neutraliza la exterioridad y con�ictividad de las fuerzas afectivas, las relaciones sociales de las que emergen, sus ensamblajes y excesos no codi�cados. También naturaliza ciertas manifestaciones emocionales al volver normativas a algunas de ellas, y al rechazar a otras como si fueran en sí mismas inaceptables. Pero si estas naturalizaciones se entienden como producidas dentro de un régimen afectivo puede aparecer la normatividad y las codi�caciones que lo rigen, así como las economías afectivas que aquellas hacen emerger. Piénsese, por ejemplo, en todas las codi�caciones que hoy en día imponen la manifestación de entusiasmo, optimismo, energía por parte del homo œconomicus contemporáneo, que debe formarse y gestionarse como empresario de sí, aunque sea para vivir siempre endeudado (Lazzarato, 2013 y 2015; Zambrana, 2021); y cómo esta formación trae consigo el desprecio por el desapego, las múltiples cautelas frente a las formas de indignación y enardecimiento, la predisposición hacia cualquier expresión de desánimo. Porque el desánimo puede amenazar la productividad, sembrar un deseo de inoperancia, y las expresiones de ira se identi�can fácilmente con patologías psíquicas. Las marcas venden entonces empoderamiento, los jefes lo esperan de sus equipos de trabajo, los establecimientos ofrecen energía positiva como parte de sus servicios a los clientes. Y al comprar tu café en Starbucks recibes una linda sonrisa y un mensaje inspirador en tu taza de plástico. Emily Martin (2007) ha mostrado bien cómo, en el mundo de la �exibilización laboral y la autorresponsabilización que caracteriza tendencialmente al capitalismo contemporáneo, se espera que los sujetos estén motivados al punto de la euforia y la manía autodirigida, y entonces que se vean positivos, alegres, optimistas, entusiastas, llenos de con�anza. Aunque la otra cada de esta excitación psíquica sea también el cansancio, la depresión, el desasosiego. De hecho, este énfasis en el optimismo supone que todo puede tener un sentido positivo, enaltecedor, y direccionarse hacia la productividad, también todo lo negativo que pudiera ocurrir. Pero esta misma positividad no deja de producir cansancio, estrés, depresión. Se prohíbe así el desánimo, pero este evidentemente se da, porque el despliegue de energía precarizada cansa. Así, al entusiasmo le sigue muchas veces la depresión, y el optimismo puede mostrar sus múltiples facetas de crueldad. Este régimen afectivo, que voy aquí caracterizando, parece generar así, como uno de sus efectos más frecuente, agotamiento y muchas veces la depresión de los sujetos. Esto ha sido señalado frecuentemente, entre otros, por renombrados best sellers como Byung-Chul Han y Mark Fisher. El primero, de hecho, se hizo muy famoso con su libro La sociedad del cansancio. Y el segundo, por subrayar los efectos de impotencia y depresión que puede traer consigo el capitalismo como régimen sensible de cierre y �jación del sentido, al que denomina Realismo capitalista (2009). Aunque me acerco a algunas de las consideraciones de estos autores, me distancio visiblemente de sus presupuestos teóricos y de los efectos políticos que estos pueden traer. Si Han simpli�ca el capitalismo contemporáneo, al perder de vista la complejidad de sus economías afectivas y cómo estas pueden anudar la positividad, que busca siempre la completud de sí en la productividad y la acumulación ilimitadas, con la negatividad del rechazo frente todo lo virtual y excesivo que pueda poner en riesgo; Fisher propone una visión totalizante del capitalismo que pierde de vista su heterogeneidad, y termina produciendo una interpretación que conduce a la misma impotencia denunciada. Mostraré entonces, ahora, contra Han, que el capitalismo que habitamos produce declinaciones afectivas inmunitarias, y no solo en época de pandemia; y en contraste con Fisher argumentaré, antes que nada, la heterogeneidad que anida en el interior del capitalismo, y cómo desde esta pueden producirse torsiones, prolongables en formas de vida alternativa, a veces sostenidas, a veces derrotadas.Empecemos por esto último. 2.1. Fracturando lecturas totalizantes: un régimen afectivo heterogéneo Al caracterizar al capitalismo como realista, Mark Fisher apunta a destacar algo que comparto, y que ha sido subrayado también por otros autores como Deleuze y Guattari (2004), Rancière (1996 y 2009) y Latour (2014). A saber, la manera en que el capitalismo, en medio de sus declinaciones diversas, se caracteriza por una lógica axiomática, consensual, de necesidad y cierre, incluso cuando opera desestabilizando, multiplicando y desterritorializando, como en el capitalismo global y multicultural, que motiva a la constante innovación. Esta exigencia de producir lo nuevo realmente nunca pone en cuestión los axiomas de acumulación, expansión a gran escala, productividad y rendimiento, sino que más bien cancela como sin sentido, como atrasadas, fuera de lugar y sin posibilidad de persistir, aquellas formas de vida que intentan fugarse de algunos de esos imperativos. Pero esta estructura de cierre se produce en todo caso en la heterogeneidad y complejidad del mundo social, por eso no se despliega nunca de manera totalizante y homogénea; además, en medio de las múltiples relaciones afectivas a las que puede dar lugar, está expuesta a formas de fractura, dislocaciones y apropiaciones críticas. Por eso la pretensión de clausura nunca puede realizarse por completo. Esto es justamente lo que pierden de vista Žižek y otros en su estela, como Fisher y Berardi. 2.1.1. De la inescapabilidad al goce en la catástrofe De acuerdo con la argumentación de Realismo capitalista, hemos asimilado a tal punto la lógica de necesidad del capitalismo, su convicción de que se trata del único sistema económico-político viable, que nos resulta imposible imaginar alternativas coherentes a este; más aún, parecería que toda alternativa se mueve en el mismo horizonte que pretende dislocar. De ahí que vivamos en un tiempo en el que la esperanza se subordina a la reproducción de lo mismo, es decir, a reiterar que no podemos esperar que algo pueda ser realmente mejor. Entre tanto, la explotación exacerbada de todo y la acumulación sin límites agota el planeta y también la psique de los sujetos, que se sienten impotentes y exhaustos. Como en el �lm distópico Children of Men, que Fisher retoma en su argumentación, se podría ir sintiendo que es el tiempo del �nal y que se multiplican también las medidas autoritarias, los controles, las formas de ordenación del caos, para detenerlo o contenerlo. Desde esta lectura, en los tiempos que corren también se va produciendo un empobrecimiento experiencial, un aplanamiento de todo, una incapacidad para producir algo realmente nuevo, análoga, según Fisher, a la esterilidad que recayó sobre los seres vivos en la película de Cuarón. Esto es así porque el capitalismo tendría la capacidad de absorber todo lo nuevo y transgresivo en su sistema de equivalencias, ya que todo objeto, ser y entidad se puede reducir a un valor monetario, y todo puede ser abstraído de sus mundos vitales, para transformarse en objetos de consumo o en valores del mercado (Fisher, 2009: 4). Esta lógica igualadora es algo que todos padecemos y muchos pueden ver. Da vida a un cinismo, en parte conformista, en parte resultado de las formas de hiperestesia y desensibilización que ha producido el capitalismo con su colonización de todo. Porque el cínico pretendería que vive en un mundo posideológico, que ya no cree más en ninguna verdad ideológica, perdiendo de vista así, piensa Fisher de la mano con Žižek, la manera en que esta convicción es también ideológica. Asimismo, Fisher considera que el capitalismo también capturaría cualquier experiencia que se pretenda alternativa, porque previamente ha producido una «pre-corporización», «formateo» y «conformación de los deseos, aspiraciones y expectativas» (Fisher, 2009: 10-13). Para decirlo con Baudrillard, quedamos atrapados por «subyugaciones participativas», en las que el espectáculo se ha ensamblado con la vida (Fisher, 2009: 12); formaríamos parte así, advertida o inadvertidamente, de lo que Bifo llama «semiocapitalismo». Esto es, «el modo de producción en el cual la acumulación de capital se hace esencialmente por medio de una producción y una acumulación de signos», que actúan «sobre la atención, la imaginación y el psiquismo social» (Berardi, 2008). Dada esta compenetración entre lo estético-afectivo y lo económico, cuando pretendemos ser alternativos o transgresivos no podríamos serlo realmente, sino que solo terminaríamos reproduciendo y enmascarando «nuestra propia complicidad con las redes planetarias de opresión» (Fisher, 2009: 15). Además, el énfasis de los discursos neoliberales en el autogobierno y la autorresponsabilización de los sujetos, atado a ciertos ideales de éxito y consumo, trae consigo no solo la despolitización de los problemas, sino múltiples mecanismos de vigilancia internas, de autoevaluación, y también formas persistentes de culpabilización e insatisfacción consigo mismo, ante los múltiples «fracasos» que depara un mundo de competencia constante, de informes y revisiones persistentes que exacerban la ansiedad, en medio de unas posibilidades de ascenso cada vez más perseguidas y cerradas, y endeudamientos que no acaban. El sujeto puede sentirse así muchas veces frustrado, incluso psíquicamente colapsado, pero solo él y su contextura psicológica se hacen responsables del desfallecimiento (Fisher, 2009: 36-42). Sin embargo, según Fisher, estamos atrapados entre la ansiedad, el tedio y el cansancio. Y todo intento de ruptura nos deja dando vueltas, como en un carrusel infantil que no deja de girar sobre el mismo eje. En todo caso, este diagnóstico no pretende dejarnos sin salidas. De hecho, la última parte de Realismo capitalista traza una serie de lineamientos de lo que deberíamos hacer para encontrar alternativas. Por una parte, podemos continuar en la labor crítica, emprendida por voces como la del mismo Fisher, de desenmascarar las «fabulaciones consensuales» del capitalismo (Fisher, 2009: 66). Y esto puede suponer comprender las causas reales que nos entristecen, para decirlo, desde la particular interpretación lacaniana de Spinoza que ofrece Fisher (2009: 77); racionar (rationing) los deseos que el capitalismo ha hecho sobrecrecer para hacernos consumir, producir, sujetarnos (Fisher, 2009: 80); y politizar las enfermedades mentales que el capitalismo ha despolitizado, al psicologizarlas e individualizarlas, un aspecto en el que coincido con Fisher. Pero tal politización, a su modo de ver, requeriría de la formación de un sujeto político que no está dado, un sujeto político nuevo, capaz de reconocer las dominaciones estructurales y «su única causa sistémica: el Capital» (Fisher, 2009: 77) para poder así impulsar una transformación general de la vida. Entre tanto, nos quedaría ir intentando desenmascarar que nada es como se pretende, que las estrategias del capitalismo son inconsistentes e insostenibles, al mostrar cómo pierden de vista lo Real; lo Real lacaniano que, para Fisher, también puede asediar y contrarrestar el abstracto realismo capitalista (Fisher, 2009: 16-18). Las enfermedades mentales, y su difusión social innegable hoy, serían expresiones de este Real indomable; y, sobre todo, las catástrofes ambientales que demuestran los efectos destructivos del capitalismo sobre la tierra, y que deberían llamar a una radical transformación. La pandemia del Covid-19 podría leerse, de hecho, en estas coordenadas. Así lo propuso Franco «Bifo» Berardi, retomando consideraciones de Baudrillard y Žižek, que resuenan con los planteamientos de Fisher: No hay salida política de la axiomática del capital, ya que ningún idioma puede decir lo que está fuera del idioma y no hay posibilidad de destruir el sistema, ya que cada proceso lingüístico se despliega dentro de un axiomática que hace que las enunciaciones extrasistémicas sean inviables. Como Baudrillard supuso, la única salida es la muerte. La vida será posible nuevamente solo después de la muerte.(Berardi, 2020) Dado que el capitalismo se asume como un sistema totalizante que va produciendo el agotamiento y la muerte de todo, se piensa que la única salida es su completa detención y colapso; una suspensión que lo deje inoperante en su productivismo maníaco, en su lógica de competencia constante. Y el virus que ha hecho colapsar la economía del mundo parecía verse como una oportunidad tal; como la interrupción imprevista del ansia del crecimiento, como el momento de de�ación que detenía el movimiento de nuestras fuerzas y de todo aquello por lo cual seguimos alimentando el extractivismo del capital. Y así Bifo esperaba, en medio de los controles intensi�cados que, en todo caso, se producen para asegurar el �ujo incesante del capital, que el virus allanaría «el camino hacia una revolución sin sujeto, una revolución puramente implosiva basada en la pasividad y la rendición» (Berardi, 2020). Aunque era consciente de que el capitalismo se adapta a las «nuevas dinámicas biopolíticas del siglo XXI», pensaba que cabía la posibilidad de que no sobreviviera «al colapso que proviene de las epidemias, porque un factor extrasistémico entraba en la refriega» (ibid.). También Žižek esperaba que la pandemia de Covid-19 se convirtiera en una especie de golpe mortal contra el sistema capitalista global (Žižek, 2020). Como en el famoso verso de Hölderlin, esperaba que allí donde se encuentra el mayor peligro emergiera también lo que salva. Quizá la relación entre lo que hace peligrar la vida y los lugares y fuerzas de las que ella emerge sea inevitable. Y sin duda, necesitamos de importantes transformaciones para alterar prácticas que han convertido el mundo en un conjunto de ruinas en expansión. Pero no creo que la transformación tenga que esperarse de la catástrofe, como si de la mayor destrucción emergiera la salvación. Esto suena cercano a las múltiples formas de justi�cación del desastre que tantas veces han emergido en la tradición de la �losofía y que tantas veces se han problematizado. El Covid-19 ha matado a muchas personas, sobre todo por falta de recursos, por la desigualdad en la distribución de los cuidados, en tiempos de precariedad. Y hay personas que en muchos lugares han muerto por pobreza, por violencias que la crisis puede desencadenar, por otras enfermedades que no podían ser atendidas en muchos lugares, como Colombia, con de�cientes sistemas de salud y con muy escasa inversión social. El pensador, desde la seguridad de su distancia no amenazada, puede esperar lo mejor de la catástrofe, quienes evidentemente quedan más sacudidos por ella, no. Más aún, el pensador catastro�sta parece sentir un cierto goce por el desastre porque este le promete la liberación, la emancipación que anhela; y, sin embargo, aquel nunca parece llegar del todo, nunca se consuma realmente, y la transformación va quedando siempre diferida en medio de las ruinas que, en todo caso, deja. Por eso, frente a la promesa de radical ruptura, toda alteración producida en el mundo dado le puede parecer aparente, integrable, apropiable, no verdaderamente transgresiva. Así, termina desvalorizando esfuerzos de sujetos colectivos que ya están produciendo en el mundo alteraciones importantes para sus vidas: sujetos organizados en movimientos igualitarios que confrontan formas de desposesión y sujeciones que padecen; colectivos que vinculan los daños medioambientales con las formas de explotación que sufren los cuerpos (humanos y no humanos del planeta) y exigen prácticas económicas más sostenibles para estos ecosistemas; asociaciones que contrarrestan los daños padecidos creando formas de vida que se fugan, en cierto modo, de las exigidas por los mandatos de productividad del capitalismo contemporáneo; existencias que simplemente se resisten a ser borradas y persisten en formas de sobrevivencia disidentes. Las alternativas pueden ser múltiples y hay evidentemente abismos entre las resistencias que crean antagonismos políticos, las fugas que se desvían sin confrontación explícita, y las fricciones que emergen de negociaciones inestables para persistir en la vida. Ciertamente considero deseable que entre ellas puedan surgir sujetos colectivos preocupados por cambios de envergadura local, nacional o incluso global. Pero medirlas todas con el rasero de un sujeto unitario radicalmente anticapitalista, que aún está por ser construido y las hace ver insu�cientes, no solo neutraliza los efectos que ellas ya pueden estar produciendo en diferentes formas de vida, sino que puede reproducir la sensación de impotencia, al reiterar que ellas no pueden hacer lo que pretenden, al negarles agencia y leerlas meramente como prácticas integrables por la máquina del capital. Más aún, me parece clave interrogar el lugar desde el cual habla el crítico radical que minimiza los alcances de estos esfuerzos: él habla, al parecer, con la voz del saber desencantado, de una mayor capacidad de reconocimiento de la máquina y sus efectos, respecto de la mayoría de los sujetos que «no saben lo que quieren» («do not know what they want», Fisher, 2009: 76). Y desde aquí le dicta a los demás lo que hay que hacer. Así termina instalando una lógica jerárquica entre la capacidad y la incapacidad, y unas fronteras entre quienes ven y pueden más, los pocos iluminados por la crítica, y quienes no saben lo que quieren, y viven enredados en la matrix que absorbe sus deseos. De ahí que no se trate de anticipar el efecto de la catástrofe, como lo hace el �lósofo profesional, que vuela por encima de la contingencia; se trata de atender a los efectos que el desastre ya ha dejado, para moverse localizadamente desde ahí. Por eso creo que resulta más consecuente con la contingencia pensar que la vida puede emerger no de la catástrofe, sino en las ruinas que los desastres y el agotamiento del mundo, por cuenta del capitalismo, van dejando. Porque quizá la humanidad, lo que esta ha devenido, no sea más que «el material experimental, el tremendo excedente de fracasos: un campo de ruinas» (Nietzsche, FP IV, 713). Quizá entonces podríamos hacer algo más productivo frente al desastre ambiental que vivimos, y toda la destrucción que el capitalismo ha venido dejando en las formas de coexistencia y copertenencia de los seres vivos y sus hábitats. Unos efectos que, ciertamente, llaman a resituarnos desde sus trazos materiales e irradiaciones afectivas en los cruces entre lo humano y lo no humano. 2.1.2. Resquicios, fracturas, torsiones en medio del deshecho El sueño de la alienación inspira la modi�cación del paisaje en el que solo importa un activo independiente; todo lo demás se convierte en malezas o residuos [...]. Cuando un activo singular ya no se puede producir, se puede abandonar el lugar. La madera ha sido cortada; el aceite se ha acabado; el suelo de la plantación ya no admite cultivos. La búsqueda de activos se reanuda en otro lugar. Así, la simpli�cación de la alienación produce ruinas, espacios de abandono por la producción de activos. Los paisajes globales de hoy están sembrados de este tipo de ruina. Aún así, estos lugares pueden ser animados a pesar de los anuncios de su muerte; los campos de activos abandonados a veces producen nuevas especies y vida pluricultural. En un estado global de precariedad, no tenemos más opciones que buscar vida en esta ruina. (Tsing, 2015: 5-6) Releyendo las re�exiones de Marx sobre la alienación y la mercantilización que produce el capitalismo, Anna Tsing nos invita a pensar cómo la acumulación de la riqueza en este ha sido posible por la manera en que, desde los imperios coloniales, la vida en toda su materialidad relacional entre lo humano y no humano ha sido convertida en bienes intercambiables y, más recientemente, en «recursos para la inversión». Y esta conversión, que vuelve a las cosas bienes de intercambio y «activos móviles», ha supuesto desarraigarlas de sus mundos vitales y de los entrelazamientos múltiples que los constituyen (Tsing, 2015: 5). Tsing llama a este proceso de desarraigo «alienación». Un proceso quetiene como objetivo el crecimiento ilimitado, porque nunca «hay límites en cuanto a la cantidad de activos que desean los inversores». Por eso «la alienación hace posible la acumulación». Y así, el capitalismo se constituye en «una máquina de traducción para producir capital a partir de todo tipo de medios de vida, humanos y no humanos» (Tsing, 2015: 133). Y lo que ya no resiste esta traducción apropiadora, lo que se agota, se abandona. Así, con la pretensión de conquistar todas las dimensiones de la vida a través de estos procesos de alienación, que son además extensivos, que se escalan, se van produciendo cada vez más territorios agotados, devastados, arruinados. Pero en medio de estas ruinas, nos dice Tsing, la vida orgánica puede reemerger, y los humanos estamos llamados a encontrar arreglos vitales para vivir en medio de ellas. Por supuesto, no sin dar lugar a múltiples paradojas como las que la misma Tsing estudia en su investigación sobre el «Matsutake»: un hongo que crece como maleza en bosques arruinados por la actividad humana en el norte global, y que ayuda a nutrir los árboles en los bosques devastados en que aparece. Pero, a la vez, se trata del hongo más costoso del mundo, de una vida emergida de la ruina que vuelve a ingresar en los �ujos del capital. Quizá esto podría sugerir nuevamente la inescapabilidad del mercado, un horizonte en el que todo parece que vuelve a inscribirse de nuevo. Sin embargo, esa reinscripción no se da de la misma manera, cuando se piensa en medio de las ruinas y los deshechos. Porque aprender a rehacer la vida en medio de las ruinas no es simplemente seguir reproduciendo el sistema que ha generado la devastación, es ir perforándola, trastocándola desde adentro, aunque no necesariamente con éxito. Benjamin lo vio bien al desromantizar la �gura de la ruina y al ver en esta una estructura de descomposición que podría contener a la vez la «fragilidad de la cultura capitalista», y los rastros de la violencia que esta ha producido (Stoler, 2013: ix). Al atender a las ruinas se hace valer entonces la inscripción de la violencia en la materialidad de las cosas, su arbitrariedad y su contingencia en sedimentaciones heterogéneas que también son vulnerables, residuales, y que por eso pueden condensar «sentidos alternativos» de transformación (Stoler, 2016: 347). Retomando las palabras citadas de Nietzsche, el «excedente de fracasos» que se acumula, en el campo de ruinas que es la humanidad, puede guardar fuerzas excesivas, de ahí que también sea un material experimental. La ruina es entonces una �gura del resto, de lo que queda: aquello que guarda las marcas de la violencia, pero dejando también inscritos los trazos de lo que quedó arruinado. Esto es algo que ha perseguido Ann Stoler en sus re�exiones, ya no tanto sobre las ruinas como residuos del desastre, sino sobre la «ruinación» (ruination). Esta se re�ere a «las formas profundamente saturadas» y muchas veces poco visibles en las que «los colonialismos han dejado su huella» (Stoler, 2013: x). Y esta huella atañe sobre todo a «aquellos cuyas sensibilidades han estado marcadas por las ruinas en las que viven» (ibid.), en medio de un sinnúmero de «posibilidades excluidas», que han producido las formaciones imperiales, con sus estructuras de «vulnerabilidad, daño y rechazo» (Stoler, 2016: 347). Estas estructuras han marcado y sujetado de maneras brutales a los cuerpos colonizados, condicionando también sus interacciones con los demás y con sus entornos, en ciclos de violencia que parecen no tener �n. Pero el habitar en medio de estos procesos de ruinación, y en los deshechos que va dejando, puede ir formando también capacidades, expresiones de la potencia y formas de agencia a�rmativas, en medio de las sujeciones en que se despliegan. Esto último es algo que ha mostrado bien el antropólogo colombiano Pablo Jaramillo en sus trabajos con los mineros de Marmato (Caldas, Colombia). Me interesa detenerme brevemente en algunos de sus hallazgos porque esto, a la vez que ofrece otros argumentos para problematizar las lecturas totalizantes sobre el capitalismo de algunos �lósofos profesionales, me permite mostrar más concretamente cómo aquel está habitado por el con�icto y puede estar atravesado por fugas y derivas heterogéneas en las que se mani�estan impensadas potencias. Marmato es una zona de extracción de oro muy antigua, cuya historia se remonta al período colonial. A principios de la década del 2000, una compañía minera canadiense adquirió todos los títulos mineros del lugar, con el proyecto de convertirlo en una gran mina a cielo abierto, que borraría por completo la ciudad y las prácticas mineras de sus habitantes (Jaramillo, 2020: 51). De hecho, mediante una ley expedida en el 2001, la extracción de los pequeños mineros quedó criminalizada como una actividad de alto riesgo, que no podría ser aceptada desde los estándares de seguridad promovidos por la multinacional minera. De ahí que los habitantes y pequeños mineros se opongan tenazmente a este futuro, y lo hacen sobre todo al persistir en su actividad, utilizando los residuos que quedan del proceso de extracción de oro (barro, arena, escombros y gases tóxicos), a través de actividades mineras artesanales y de pequeña escala (Jaramillo, 2020: 52). Con su trabajo artesanal se resisten a que la minera corporativa, a gran escala, se instale en sus territorios. Y así desafían las comprensiones del riesgo, la seguridad y la vida de las normativas estatales, que apelan al lenguaje de la estabilidad, la transparencia de códigos y registros de agencias globales, aunque, en todo caso, estén subordinadas a los intereses del gran capital. También se resisten a la comprensión del futuro, que está en juego en estas formas de control del riesgo, para la cual los mineros artesanales son sujetos del pasado, que no tienen ninguna posibilidad de persistir de ahora en adelante. Pero los mineros persisten y más bien identi�can con la muerte el horizonte de estabilidad que la multinacional les vende. Así puede verse cómo estos pequeños mineros quedan marginados por dinámicas del capitalismo global que, en todo caso, los condiciona en sus formas de producir y organizar el trabajo. Por eso habitan y trabajan en los márgenes del capitalismo, pero no en su exterioridad. Y a la vez «logran un sentido de producción y reproducción vital» al ocuparse de los residuos en prácticas relacionales que a�rman sus capacidades, en medio de «los ciclos del capitalismo extractivo y �nanciero, de violencia local» (Jaramillo, 2020: 49) y de condiciones muy precarias. Por ejemplo, Jaramillo muestra cómo, al extraer oro de gases tremendamente tóxicos, los mineros locales desarrollan una variedad de capacidades corporales, de percepción y afectivas que ponen de mani�esto su discernimiento del lugar, de los ruidos de la tierra, de los olores venenosos y no venenosos. Y todo esto requiere, a la vez, construir distintas formas de relación entre los cuerpos masculinos que allí trabajan, y todas las condiciones no humanas que inciden en su actividad. De este modo, los mineros no solo logran obtener material productivo de lo que parecería meramente residual, desecho, sino que paradójicamente pueden sobrevivir, a partir de sustancia mortíferas, que los podrían matar, pero de las que obtienen insumos para seguir viviendo. Así, en los intersticios del capitalismo global y sus formas de desposesión y ruinación progresiva de formas de vida locales, logran organizar una «economía del residuo» que ofrece posibilidades vitales en medio de un ambiente muy poco vital y sostenible para ellos. Sin embargo, desde una visión totalizante toda esta riqueza material, corporal y afectiva que puede emerger de prácticas en el interior del capitalismo no puede aparecer. Tal visión nos deja atrapados o bien en el horizonte homogéneo de lo inescapable, con lo cual el crítico con�rma la lógica axiomática de cierre del capitalismo que critica, pues la hace valer como realizada; o bien, nos deja a la espera de la dislocaciónradical de una catástrofe que se anticipa, pero que siempre está por llegar. Y esto tiene también efectos políticos problemáticos porque conduce a minimizar las fugas, las posibilidades de dislocación, los intervalos que pueden emerger en lo heterogéneo que se cancela; además, niega la inteligencia y potencia de los cuerpos, que puede a�rmarse en las condiciones más adversas. De hecho, el crítico de las ideologías no cree en la inteligencia que puede desplegar cualquiera, porque asume que todos estamos engañados por los encubrimientos ideológicos, excepto él mismo, al ser capaz de desvelar las redes del poder. Sin embargo, los mineros de Marmato conocen bien estas redes y logran desviarse de algunas de sus sujeciones, aunque su vida quede en todo caso bastante limitada por ellas. Sin duda, sería deseable encontrar lugares menos saturados, prácticas menos limitadas por las condiciones de precarización que contestan. Pero el crítico no puede dictarlas y menos anticiparlas; se van produciendo más bien inesperadamente y organizadamente en la agencia de los actores, que hacen valer su capacidad en lugares agobiados por la desesperanza. Los mineros de Marmato muestran, además, lo problemático que es suponer que el capitalismo contemporáneo produce por doquier la completa fusión entre lo psíquico-afectivo y lo económico.5 Puede ser que estos mineros deseen generar riqueza a su manera y contar con posibilidades de consumo, tampoco son ajenos a las nuevas tecnologías, algunos — aunque no muchos— tienen teléfonos inteligentes y evidentemente están expuestos a las �guras y signos del espectáculo.6 Pero su imaginación y su afectividad no quedan limitadas a esto, y pueden desarrollar relaciones entre los cuerpos que no cabe reducir meramente al consumo y a la apropiación para alimentar la acumulación del gran capital. Por eso, porque hay muchas posibilidades de fugas y dislocaciones por parte de múltiples sujetos, hay que romper también con las formas de culpabilización que el crítico de las ideologías termina sugiriendo, cuando condena a todos los actores a no ser más que cómplices del sistema. Hay que romper con este efecto porque termina reproduciendo las formas de culpabilidad que ciertas dinámicas de autorresponsabilización del capitalismo global ya generan. Hay que abandonar entonces el radicalismo totalizante del �lósofo catastro�sta que, como bien lo ha visto Latour (2014), es la otra cara del capitalista convencido de la axiomática de su sistema. 2.2. Declinaciones inmunitarias hoy7 Cuanto más fuertemente nos inmunizamos, menos seguros nos sentimos. (Sloterdijk, citado por Mutsaers, 2016: 85). Argumentaré ahora en qué sentido el capitalismo produce con�guraciones afectivas inmunitarias, sin perder de vista la complejidad de los sistemas de inmunidad: cómo estos pueden pensarse y operar como sistemas de defensa que activan formas de rechazo hacia lo extraño, identi�cado como riesgo para un cuerpo (individual y social) entendido de manera identitaria; pero también como estrategias de protección y cuidado, que pueden dar lugar a cierres provisionales, en los que pueden desplegarse otras relaciones y formas de corporización, que no quedan atadas a la preservación de la frontera entre yo y no-yo, lo propio y lo impropio. Al establecer esta diferenciación me viene a la mente el testimonio de un inmunólogo, recogido en un pasaje de Flexible Bodies de Emily Martin: Bueno, me gusta pensar en el cuerpo como este universo permanente lleno de todo tipo de pequeñas criaturas, y si lo piensas a nivel celular, es tan diverso como el mundo, en el sentido de que tienes todo tipo de ciudadanos en el universo del cuerpo. A algunas personas les gusta equiparar el sistema inmunitario con el departamento de policía o el ejército. [...] De hecho, es un poco más complicado que eso porque el sistema inmune es un sistema carroñero en el que todo el tiempo se viola la integridad entre el interior y el exterior [...]. Entonces tienes este muro que te separa del exterior, pero no es cien por ciento inviolable [...]. Y ¿por qué esta persona no se enfermó mientras que otra sí? Bueno, quizá se enfermaron, pero no lo supieron... No eran sintomáticos. Pero el cuerpo acogió al extraño y se ocupó del problema. (Bruce Kleiner, citado por Martin, 1994: 106-107) Podría ser entonces que el sistema inmune luche, pero no en el sentido militar más popularizado, sino de una manera que Kleiner llega a describir como simbiótica; como si realmente permitiera que un virus haga ciertas cosas, a la vez que impide que haga otras, en formas de mutua relación y destrucción que implican la acogida más que el solo rechazo (Kleiner, citado por Martin, 1994: 107). Por supuesto que no me interesa en este trabajo, ni podría hacerlo, perseguir una elaboración biológica de distintas maneras de pensar el sistema inmunológico. Pero la aproximación de Martin resulta interesante para mostrar cómo las metáforas para abordar este sistema pueden cambiar enormemente, y con ello la comprensión de los cuerpos y de la vida, si esta se piensa en términos militares entre cuerpos a la defensiva, o en términos simbióticos. Además, como las metáforas militares y una lógica jerarquizante se trasladaron del campo social al biológico para extrapolarse de nuevo al campo social, unas metáforas distintas para pensar la vida podrían producir otras resonancias sobre el mundo social, en el borramiento del límite entre lo propio y lo impropio, en el saludo del extraño, que pueden intensi�car la codependencia de los cuerpos. En todo caso, cuando aludo a estas dos interpretaciones de lo inmunitario no hablo solo en términos metafóricos, sino que me re�ero a dos formas diferentes de comprender la vida, en sus distintas dimensiones relacionadas: una, para decirlo esquemáticamente, que enfatiza las identidades y la defensa de su integridad; otra, que insiste en la «coexistencia» como condición de nuestra existencia biológica y política (Haraway, 1991: 224; Mutsaers, 2016: 130) (volveré sobre estas consideraciones en el «Umbral», que marca el tránsito del capítulo 3 al 4). Por lo pronto, me concentraré en irradiaciones del primer modelo, al que he llamado «lógica inmunitaria». Pero, antes de trazar algunas de sus constelaciones afectivas, cuestionaré la posición de Byung- Chul Han, ya que este, en su lectura de la «sociedad del cansancio», niega que hoy en día operen de manera signi�cativa formas de protección ligadas con la lógica inmunitaria. Más exactamente, a su modo de ver: Hoy en día, la sociedad incurre de manera progresiva en una constelación que se sustrae por completo del esquema de organización y resistencia inmunológicas. Se caracteriza por la desaparición de la otredad y la extrañeza. La otredad es la categoría fundamental de la inmunología. Cada reacción inmunológica es una reacción frente a la otredad. Pero en la actualidad, en lugar de esta, comparece la diferencia, que no produce ninguna reacción inmunitaria. (Han, 2017: 13-14) Han reduce el sistema inmunológico a su interpretación reactiva- dicotómica (entre el yo y lo otro, el afuera y el adentro), y la lee desde un esquema de «negatividad dialéctica», para el cual se trata de defender lo propio, la identidad, de un otro que lo penetra e intenta negarlo.8 La defensa se realiza entonces como una «autoa�rmación inmunológica» en la que se produce la negación de esa negación. También en las formas de «pro�laxis inmunológica», como en la vacunación, se produciría esta doble negación solo que mediante una forma controlada del riesgo, al insertar pequeños trazos de un otro (en este caso el virus), que no amenaza realmente la vida, pero que induce al movimiento de autoa�rmación mediante la generación de anticuerpos (Han, 2017: 15). Y este esquema se puede extrapolar del campo biológico al campo político, en movimientos de mutua retroalimentación que producen una lógica a veces exacerbadamente defensiva. Para una tal lógica lo otro, con respecto a una identidad social, se puede �jar como una amenaza que desencadenadistintos dispositivos de seguridad, que incluyen vallas, fronteras, identi�caciones, regulaciones, en las que el otro tiende a aparecer como un enemigo que se ha de reducir y eliminar. Esto se da sobre todo mediante estrategias que permitan desarmar su peligrosidad o neutralizarlo, hacerlo menos amenazador y �nalmente reintegrarlo, de modo que ya no valga realmente como alteridad. Sin embargo, según Han, este paradigma inmunitario no sería compatible con las formas de desterritorizalización del capitalismo global, que desestabilizarían «los límites, cruces y umbrales» que impone aquel paradigma, pues estos impedirían el intercambio global (Han, 2017: 16). Además, a su modo de ver, el capitalismo contemporáneo sería un sistema de asimilación homogéneo y homogeneizante, dominado por el afán de convertir todo a lo mismo. Lo que tendríamos aquí sería la «sobreabundancia de lo idéntico, el exceso de positividad» (Han, 2017: 19): un exceso de rendimiento, producción, y comunicación que deshabilitaría y volvería inaplicables las formas de negatividad inmunitarias. Por eso, según Han, «el agotamiento, la fatiga y la as�xia ante la sobreabundancia tampoco son reacciones inmunológicas», serían más bien formas de colapso por «sobrecalentamiento que tienen su origen en la sobreabundancia de lo idéntico» (Han, 2017: 23).9 Ya no estaríamos ante las polarizaciones amigo/enemigo; lo otro/lo mismo, dentro/fuera, sino ante una violencia de la positividad que es «saturativa» y no «privativa»; es decir, exhaustiva porque busca integrar, más que excluir a todo aquel que no encaje en cierta identidad (Han, 2017: 22). Y así, en los términos más recientes del autor: «La represión a cargo de otros deja paso a la depresión, la explotación por otros deja paso a la autoexplotación [...]. En la sociedad del rendimiento uno guerrea sobre todo contra sí mismo» (Han, 2020). Una a�rmación sin duda muy polémica, por decir lo menos, en un espacio del capitalismo, como el colombiano, o como el mexicano, donde las formas de autoexplotación bien pueden conjugarse con la explotación y represión de otros, para alimentar circuitos globales del capital;10 o, para decirlo usando los términos de Han, donde la guerra contra sí mismo funciona al mismo tiempo que la guerra entre unos y otros. En todo caso, cuando la pandemia «ataca», como sucedió con el Covid-19, el despliegue de múltiples mecanismos inmunológicos es evidente, sobre todo leídos desde las versiones populares militaristas, pues muchos hablaban del virus como «enemigo» y «amenaza», y comparaban la crisis con una situación de guerra, que exigiría la activación de todos los mecanismos de defensa en la unión consensual contra el enemigo común.11 Ante esta situación, Han se ve obligado a desplegar algunos arti�cios argumentativos para llegar a a�rmaciones como estas: Pues bien, en medio de esta sociedad tan debilitada inmunológicamente a causa del capitalismo global irrumpe de pronto el virus. Llenos de pánico, volvemos a erigir umbrales inmunológicos y a cerrar fronteras. El enemigo ha vuelto. [...] La reacción inmunitaria es tan violenta porque hemos vivido durante mucho tiempo en una sociedad sin enemigos, en una sociedad de la positividad, y ahora el virus se percibe como un terror permanente. (Han, 2020) Han pierde de vista, así, los mecanismos inmunitarios que ya venían operando en el capitalismo contemporáneo antes de la pandemia. Por eso, para dar cuenta de cómo se agudizan con esta, tiene que recurrir a la tesis contraintuitiva de la compensación, como si hubiéramos estado tan faltos de lógica inmunitaria que, cuando aparece la pandemia, recurriéramos a ella de una forma muy violenta, que delataría — en medio del pánico por el virus— cuán ausente habría estado. Pero es contraintuitivo que en el mundo prepandemia la lógica inmunitaria haya estado ausente, si se piensa en muchos fenómenos globales, previos a la expansión del Covid-19. De hecho, desde hace algunos años, varios autores han venido destacando cómo la idea de contagio y las respuestas inmunitarias que exige se han convertido casi que en una clave hermenéutica del presente (Tanguay, 2018): Las enfermedades, los productos químicos, las vacunas, los disruptores endocrinos, los glútenes y los parabenos amenazan [hoy en día] los límites corporales y los sistemas internos, mientras que la conducción distraída, el sexting, la obesidad, el abuso de drogas y los tiroteos masivos adquieren proporciones «epidémicas» a nivel social, y mientras el terrorismo y el cambio climático amenazan con romper nuestras mejores defensas a escala nacional y mundial por igual. (Tanguay, 2018: 3) Por lo pronto me limitaré a mencionar tres dispositivos inmunitarios que operan en la actualidad y que pueden conectarse con otros: en primer lugar, considérese cómo la globalización, aunque funcione de manera desterritorializante con respecto a los �ujos del capital, también opera a través de reterritorializaciones. Por ejemplo, ha sido bastante estudiado cómo, hoy en día, no han dejado de erigirse y defenderse fronteras entre los países a través de distintas prácticas estatales que regulan el �ujo de las personas, desde consideraciones nacionales, raciales, pero sobre todo teniendo en cuenta la capacidad adquisitiva de estas. Estas fronteras no tienen que ser pensadas, claro, como divisiones meramente defensivas de la soberanía de los Estados-nación, pero sí funcionan como barreras que forman parte del paisaje de los �ujos del capital y permiten regular los movimientos entre los espacios entrelazados del norte y el sur global, y las interacciones entre sectores sociales marginalizados o mal integrados en las dinámicas del mercado. Es cierto que hoy en día los sujetos peligrosos y las amenazas de otros no responden simplemente a agentes que se puedan identi�car como meramente foráneos, porque, por ejemplo, cuando se ha insistido en la amenaza terrorista, vinculada globalmente sobre todo con el islamismo radical, se ha visto que se trata muchas veces de nacionales estadounidenses o europeos radicalizados. Pero, en todo caso, no deja de perseguirse una amenaza, un factor de riesgo que pone en peligro una identidad que se busca proteger, llámese degenerado sexual, castrochavista, terrorista, o inmigrante ilegal. Una a�rmación del general Mark Milley (Presidente del Estado Mayor Conjunto de EE UU, bajo el gobierno Trump), realizada al comienzo de la pandemia, dejó ver muy bien cómo pueden identi�carse distintos registros de lo extraño, en cuanto enemigo amenazante por combatir: «Estamos en guerra con el Covid-19, estamos en guerra con los terroristas y estamos en guerra con los carteles de la droga».12 Incluso no dejan de construirse muros para rea�rmar fronteras territoriales, aunque la soberanía nacional esté en erosión en el mundo del capitalismo global, como lo aduce Wendy Brown en su libro Estados amurallados (2015b). Según Brown, tales muros, como el construido entre Israel y Palestina, o el proyectado entre México y Estados Unidos, que capitalizó tanto la candidatura de Trump, en 2016, no operan meramente como fronteras que prohíben y separan e�cazmente, sino que «como respuestas a una soberanía estatal cuestionada y declinante, los muros proyectan una imagen de poder jurisdiccional soberano» (Brown, 2015b: 35). Se trata de una «imagen» que busca separar un nosotros de un ellos, un afuera de un adentro, cuando justamente se ha tornado más difícil, e inviable, establecer estas separaciones deseadas (Brown, 2015b: 35-36). De ahí que, para Brown, estas fronteras operen sobre todo como imágenes, es decir, como producciones imaginativas que buscan reforzar un poder soberano en decadencia. De hecho, Brown muestra bien cómo estos muros resultan ine�caces para conseguir lo que se proponen, pues, «los inmigrantes, los contrabandistas y los terroristas no entran en un país porque los límites fronterizos sean laxos [...]», de modo que «no desisten de hacerlo por las forti�caciones fronterizas, aunque es posible que vean redirigidas susactividades, que de alguna manera se ven alteradas por su causa» (Brown, 2015b: 158). Más aún, allí donde se construyen muros, estos dan lugar a «zonas permanentes de con�icto violento e ilegalidad», que agravan las agresiones y los problemas (Brown, 2015b: 165). Dada esta evidente ine�cacia, lo que hay que pensar es el deseo por estos muros, por qué se siguen anhelando, pese a que resultan contraproducentes para conseguir lo que se proponen. Esta es una pregunta que inquiere justamente por las constelaciones afectivas que estarían allí en juego, algo que evidentemente resulta fundamental para mi lectura. Aunque Brown no apela al lenguaje de los afectos, sino que se decanta por una mirada psicoanalítica del deseo, capta bien cómo en este se juegan fantasías colectivas que dejan de responder a una lógica utilitaria. Entre ellas Brown detecta las siguientes: «la fantasía del extranjero peligroso» (167), «fantasía de contención» (171), «fantasía de impermeabilidad» (173), y «fantasías de pureza, inocencia y bondad» (176). Se trata de ilusiones que emergen en identidades que se sienten amenazadas, que buscan el cierre como protección, que anhelan una autosu�ciencia e impenetrabilidad que les resulta imposible, que desean evitar el contagio de otros, de la mano con ideales de pureza. Es decir, se trata de fantasías atadas a una lógica inmunitaria. En segundo lugar, Han pierde de vista que en el mundo que habitamos se multiplican e intensi�can también los bordes (Mezzadra y Neilson, 2013). Bordes entre lo que tiene y no tiene sentido, entre lo económicamente viable y lo que no lo es, entre lo posible y lo imposible, entre quienes son expertos y quienes no, entre quienes son productivos y exitosos y quienes están condenados al fracaso, entre la inversión con riesgo controlado y la que resulta inviable; en �n. Estos bordes también dibujan un otro que ciertamente ya no es meramente el excluido a través de mecanismos de represión, sino un otro que se busca ir conteniendo, eliminado o suprimiendo de su diferencia para integrarlo. Pero aquí, en todo caso, como lo mostraré más adelante, están funcionando mecanismos securitarios que buscan proteger la continuidad de ciertos procesos, de ciertos modos de ser, de cierto espacio de sentido e identi�cación, contra elementos que se �jan como «obstáculo», di�cultades, o como algo negativo. Como lo a�rma Rancière, trastocando por completo los presupuestos de Han: [...] la constitución de cada individuo como amenaza para la comunidad es el estricto correlato de la búsqueda consensual de la comunidad enteramente realizada como identidad re�ejada en cada miembro del pueblo y la población [...]. Esta equivalencia es ilustrada por la intrusión brutal de las nuevas formas del racismo y la xenofobia en nuestros regímenes consensuales. (Rancière, 1996: 147-148) El consenso es una lógica de «inclusión exhaustiva», que �ja a ciertos otros como indeseables para unos �nes asumidos como necesarios e incuestionables, tales como el «desarrollo», la «modernización», el «emprendimiento», el «crecimiento económico», entre otros (Quintana, 2020a: 208-216). Es una racionalidad que produce identidades sociales cerradas y estabilizadas, que se imaginan como capaces de prescindir de la codependencia de los otros. Por eso puede dar lugar a lenguajes incluyentes, progresistas, de corrección política que, en todo caso, infantilizan o marcan como irracional o sin sentido lo que pone en cuestión su modo de consideración. Pero también produce reacciones arcaicas de xenofobia y racismo que son, sobre todo, marcadas formas de aporofobia. Y estas no son meramente lo opuesto al consensualismo, sino su otra cara. Pues tales reacciones tienen que ver con la manera en que el consenso cierra los espacios para que el con�icto político pueda emerger y pueda tratarse como verdadero con�icto. Esto es, como uno que puede poner en cuestión las formas establecidas de organización, producción y subjetivación, y lo establecido hegemónicamente como común. Dado lo anterior, y este sería un tercer elemento, podría decirse que una de las lógicas dominantes, aunque no sea la única, del capitalismo que habitamos, lejos de ser el exceso, como asume Han, es la saturación consensual (Rancière, 1996, 1998, 2009; cfr. Quintana, 2020a: 197-226). De modo que el problema no es que nos llegue mucha información, muchos estímulos y productos a la venta, el problema es cómo se produce, cómo se reparte, en qué distribuciones funciona este material, y qué se entiende por productividad. De hecho, pensando en particular en las imágenes y en la idea de sociedad del espectáculo debordiana, que retoman Fisher y Han, no es que hoy en día veamos demasiadas imágenes, más bien vemos pocas, casi siempre muy parecidas, ordenadas y editadas de maneras similares. Esa ordenación del consenso es justamente una que no permite la aparición de lo supernumerario o excedentario (Rancière, 1996: 151). Pues convierte en una mala parte lo múltiple excesivo (Rancière, 1998: 137), y conduce a contarlo solo en términos de raza, etnia o identidad social (Quintana, 2020a: 215). Lo que ella necesita son partes contables, que se dejen identi�car. Lo que excede, lo que no se deja contar aparece como un mero marginal, o como un otro despolitizado, anormalizado, que hay que ir integrando. Y que si no se deja integrar se abandona o se reprime policialmente. Piénsese, por ejemplo, cómo los Estados neoliberales multiplican las formas de abandono de las vidas que quedarán afectadas por ciertos emprendimientos y programas, y que serán contadas como marginaciones inevitables por gestionar; o cómo tales Estados recurren a medidas de violencia contra formas de organización y protesta social que cuestionan sus intervenciones neoliberales. La pandemia entonces no reactualiza dispositivos inmunitarios sin vigencia, como piensa Han, sino que exacerba una heterogeneidad de dinámicas de este tipo que funcionan — algunas desde hace tiempo y otras más recientemente— en el mundo que habitamos, intensi�cando algunas de sus tendencias y acentuando otras. En lo que resta del capítulo me detendré en algunas de estas tendencias, elaborándolas sobre todo como constelaciones afectivas heterogéneas, que dan lugar a con�ictos, ambivalencias y tensiones. 2.2.1. ¿Un sujeto de deseo necesariamente defensivo? Volvamos un momento a los planteamientos de Brown. A su modo de ver, el deseo de crear muros, dominante en ciertos sectores de la población de Estados Unidos, tiene que ver en gran parte con condiciones de agotamiento y precarización económica sufridas por estos, asociadas al debilitamiento del poderío mundial de esta nación y a «la erosión de la identidad nacional basada en una lengua y cultura compartidas» (Brown, 2015b: 182, trad. levemente modi�cada). Esto genera, según Brown, casi una «obsesión histérica» (ibid.) por contener a todo aquel (extraño) que se vincule con la contaminación de la identidad nacional y la violación de las fronteras, casi como si se tratara de un deseo patriarcal por asegurar la pureza de la patria y las formas de subjetividad nacional asociadas a esta. Un deseo que el miedo por la amenaza intensi�ca. Un deseo y un temor que la �gura del muro retroalimenta. Así, los muros facilitan «una defensa psíquica contra el reconocimiento de un conjunto de fracasos internos o sistémicos, que se reubican en el exterior» (Brown, 2015b: 182). Esta defensa también bloquea, a su modo de ver, que estos sujetos reconozcan cuán dependientes y vulnerables son, y la búsqueda de mecanismos de protección se vuelve obsesiva como mecanismo psíquico para obtener de allí también un esquivo resguardo. En estas consideraciones Brown retoma planteamientos de Sigmund y Ana Freud, especialmente de esta última, para quien la ansiedad es lo que desencadena sobre todo los mecanismos defensivos. Unos mecanismos que reaccionarían contra todo lo que los sujetos resultan incapaces de controlar: sus propios impulsos, aquello que no pueden asegurar como de�nible y previsible, loque les resulta «perturbador» o dislocante en el mundo, y que también los conecta con la experiencia del dolor, con lo que ya sufrieron y no han podido elaborar y aceptar (Brown, 2015b: 183-185). Incluso, a la luz de estas re�exiones, la subjetividad podría verse como un espacio «de hostilidades permanentes, ataques y contraataques motivados territorialmente» (Brown, 2015b: 186), cuya producción no sería otra que la misma identidad; una identidad más endurecida cuanto más frágil y amenazada se siente. Y todo esto podría extrapolarse políticamente para pensar el deseo de construir muros como un mecanismo de restablecimiento de la identidad nacional despotenciada, que permite separarla y descontaminarla de todo aquello con lo cual se vincula, pero que también le pertenece: la producción de desigualdades, su dependencia de dinámicas del capitalismo que requieren trabajo barato y explotación laboral, así como la prolongación de dispositivos coloniales (Brown, 2015b: 188). Como si este deseo se conectara entonces con una operación de puri�cación de la identidad nacional que permite sublimar sus trazos de violencia y, a la vez, reducir la ansiedad que genera la sensación de desintegración de su unidad y poderío (Brown, 2015b: 189-190). De este modo, Brown da cuenta de aspectos de la afectividad reactiva, atada a una lógica inmunitaria, que son de interés para mi aproximación. Pero lo hace desde un esquema de comprensión del sujeto que no permite reconocer su�cientemente sus condiciones de emergencia. Ni cómo los miedos, ansiedades y rechazos tienen que ver con historias colectivas sedimentadas, que exceden la biografía de los sujetos y su interioridad. Dado esto, evito pensar que la reactividad y sus mecanismos defensivos sean algo estructural a la vida psíquica de los sujetos. Me interesa, más bien, considerar cómo algunas actitudes reactivas se vinculan con economías afectivas que forman parte del mundo del capitalismo que habitamos y que proceden no de la psique, sino de circulaciones, acumulaciones y sedimentaciones entre signos y cuerpos, entre signos y otros signos, y prácticas materiales (Ahmed, 2004a: 125-126). 2.2.2. Conducciones emocionales y regulaciones del sufrimiento Tanto si les gusta como si no, los líderes deben gestionar el estado de ánimo de sus empresas. Los más hábiles lo consiguen empleando una misteriosa mezcla de competencias psicológicas conocidas como «inteligencia emocional». Son conscientes de ellos mismos y son empáticos. Pueden interpretar y controlar sus emociones a la vez que, de forma intuitiva, comprenden cómo se sienten los otros y controlan el estado emocional de sus empresas. (Goleman et al., 2018: 3) En esta cita, tomada del Manual de inteligencia emocional de Harvard, aparecen elementos que varios autores han vinculado con el neoliberalismo. Como es sabido, la discusión sobre este asunto y las distintas formas de abordarlo es hoy profusa en ciencias sociales. Recogiendo la aproximación al respecto que he elaborado en otro lugar (Quintana, 2020a: 158-198), y sin perder de vista la heterogeneidad de perspectivas sobre el tema, caracterizaría al neoliberalismo como un tipo de Estado y, a la vez, como una forma de racionalidad, que opera en este y en la vida social en general, con visibles efectos de subjetivación. Se trata de un Estado cada vez más fusionado con el poder de grandes intereses económicos corporativos, que se caracteriza por subordinar los marcos legales y los programas públicos a intervenciones que bene�cian los objetivos de grandes capitales, a la vez que se desmantelan derechos sociales o se cierra la posibilidad de que emerjan instituciones para garantizarlos. De la mano con esto, la función del Estado queda reducida a proveer condiciones securitarias para las inversiones del gran capital, y a promover políticas públicas policiales centradas en el orden y el control de variables que afecten el crecimiento económico y la estabilidad �nanciera. En esta con�guración estatal opera una racionalidad gubernamental, para decirlo con Foucault (2004b), que se caracteriza por convertir «cada necesidad humana y cada deseo en un emprendimiento provechoso», desde la extensión del modelo del mercado a todas las dimensiones de la vida (Brown, 2015a: 22, 28). Los sujetos se tienden a concebir entonces, en todas las esferas y actividades, como sujetos económicos (homo œconomicus). Y, más exactamente, como capital humano que apunta a mejorar cada vez más su posición — en las dinámicas de competencia que impone por doquier este mundo social— realizando, como pueda, las mejores inversiones para su vida. Cada sujeto se asume, así, como responsable de su propio éxito y fracaso en las dinámicas del mercado, a través de un trabajo de autodeterminación o «autopoiesis» (Rose, 1989 y 1996). De ahí la importancia que adquieren los discursos de la «autorrealización», junto al énfasis en la autorregulación y autocontrol de los sujetos (el self-management). A saber, una «autonomía» anclada al lenguaje de la autosu�ciencia, que capacitaría a los sujetos para las múltiples «transacciones sociales» que tienen que emprender en su vida productiva (Rimke, 2000: Gershon, 2011; Millar, 2014), mientras los va encerrando sobre sí en formas narcisistas de autoabsorción y mutua competencia. Ahora bien, en esta formación hacia el autocontrol, como ya lo destaqué, las aproximaciones y técnicas psicológicas resultan fundamentales. Tales técnicas apuntan sobre todo a garantizar un manejo emocional, desde la constatación de que son justamente las emociones las que podrían descolocar a los sujetos y trastocar lo que se espera de ellos, de modo que estas se asumen como un riesgo que hay que controlar. Por eso, se insiste en la inteligencia emocional y abundan los manuales para alcanzarla. Este es un fenómeno del que se ha ocupado de manera interesante la socióloga Eva Illouz, particularmente en Intimidades congeladas (2007). En este libro, Illouz muestra bien cómo a partir de la primera mitad del siglo XX el lenguaje emocional empezó a ser fundamental para la formación del «sujeto corporativo». Pues este lenguaje no solo permitió «naturalizar nuevas formas de competencia y jerarquías» (Illouz, 2007: 44), sino que trajo consigo la apariencia de que se promovían en los espacios de negocios y competencia, marcadamente desiguales (por rango, poder, estatus, riqueza, experticia), formas de trato y visiones más democráticas, ligadas tanto con la autoayuda como con la preocupación del buen líder por entender y escuchar a sus subordinados. Por eso la empatía, entendida como la capacidad para identi�car las emociones del otro, se vuelve fundamental. Y esto supone, por supuesto, que el buen líder pueda reconocer antes que nada sus propias emociones. Resulta clave, entonces, como reza el ya citado Manual de inteligencia emocional de Harvard, «poner nombre a las emociones», «etiquetarlas», como «primer paso para lidiar con ellas de manera efectiva» (Goleman et al., 2018: 39). Este «nombrar» permite reducir el carácter de extrañeza de lo emocional, su dimensión excesiva y no controlable. Porque recordemos que lo excesivo, lo que rebasa el marco esperado y establecido, en esta lógica, no puede ser. A la vez, tal identi�cación capacita para reconocer las emociones que resultarían negativas y positivas para los entornos laborales y para el propio rendimiento. En este sentido, como lo muestra Illouz, el lenguaje emocional permite objetualizar la vida afectiva de los sujetos y las relaciones entre ellos, para hacerlas más calculables, conmensurables, medibles (Illouz, 2007: 78). Tales técnicas tienen así un efecto regulativo y traen consigo también la instalación y naturalización de criterios de normalidad (salud psíquica) y anormalidad (patología). Pues quienes no se acoplan a un tal esquema se conciben como «vidas no realizadas», susceptibles de enfermar o quebrarse; y como vidas que tendrían que someterse a terapia para evitar colapsar. De este modo, las narrativas terapéuticas permiten «justi�carmiserias» sociales padecidas como algo que le concierne a la salud psíquica del sujeto. Lo que me interesa destacar ahora es cómo estas técnicas y lenguajes de la autosuperación van de la mano con «discursos del sufrimiento», como los llama Illouz, que alimentan formas reactivas de reconocimiento de los daños padecidos (resentimiento, odio, envidia). Y ambos — discursos de autosuperación y actitudes reactivas— se retroalimentan mutuamente: pues es el marco de la autorrealización el que permite detectar e identi�car una reacción como un sufrimiento psíquico, pero a la vez es el reconocimiento de esto lo que activa la presunta necesidad de las técnicas de autosuperación, con todos sus efectos psicologizantes y despolitizantes. En este sentido, «la misma narrativa que impulsa la autoayuda es una narrativa de la enfermedad y del sufrimiento psíquico» (Illouz, 2007: 135). Aquí el sufrimiento, reconocido y recordado — re-sentido— se �ja como algo constitutivo de la identidad y, al mismo tiempo, como algo que no debe ser; algo — en �n— que, en su negatividad, debe empujar a la autotransformación promovida por las técnicas de self-management; unas técnicas que permiten así intensi�car afectivamente la racionalidad neoliberal. En su trabajo sobre algunas narrativas terapéuticas de wealth-tech difundidas en Corea del Sur, Bohyeong Kim (2017) ha llegado a conclusiones similares. Estas narrativas proliferaron en este país a �nales de los noventa con la �nanciarización de la economía global y los efectos de �exibilización laboral e inseguridad económica en Corea del Sur. Se trata de «técnicas de �nanza personal y administración del dinero para la acumulación de riqueza» (Kim, 2017: 612) que ponen de mani�esto cómo la �nanciarización penetra en las relaciones sociales y se corporiza, con efectos de subjetivación. En particular, a través de tales técnicas los sujetos «cargan el peso de la crisis y de la recesión» y pueden expresar su frustración, reaccionando con indignación y resentimiento (ibid.). Pero las narrativas motivacionales del wealth-tech llevan a pensar este «sentirse herido» como motor de cambio, como algo que ha de inducir a la autosuperación, más exactamente, de ser un asalariado sujetado y precarizado a volverse un inversor individual exitoso. Estas técnicas conducen así a considerar que hay una «actitud mental» adecuada para el éxito, la actitud del poder tomar el control de la propia vida, del empoderamiento, de poder hacerse a uno mismo. Y esto se liga con la idea de un «despertar individual», una «liberación» y «revolución del yo» (Kim, 2017: 619-620), producidas a través del mismo wealth-tech, las formas de apoyo emocional que promueve y el networking. En todo caso, tal despertar solo puede darse desde cierta indignación y resentimiento por sentirse herido o dañado y, al mismo tiempo, este — se piensa— solo puede superarse a través de las técnicas motivacionales del wealth-tech. De modo que, como ya lo mostraba Illouz, ambas se retroalimentan. Así, el capitalismo puede encontrar «nuevas bases morales» (Kim, 2017: 615) en las actitudes reactivas, particularmente en el resentimiento, que dan sentido a los daños padecidos y a sus reclamos de justicia. Y estas «bases morales» justi�can sus intervenciones, reintegran descontentos por situaciones de precariedad en su mismo esquema, sin que se produzca una lectura general de la situación social que produce la precariedad. Ciertamente estas prácticas están bastante difundidas en países «desarrollados», que forman parte del centro del capitalismo mundial. En Corea del Sur, para volver al caso, Kim muestra que se han hecho muy populares a través de múltiples redes sociales, y producen apegos y entusiasmos que a veces se expresan con la convicción y la fe de la religiosidad (Kim, 2017: 614). También se multiplican globalmente las técnicas de coaching, que se difunden en redes y en los diferentes entornos laborales. Por ejemplo, en medio de la pandemia, tales técnicas encontraron un suelo fértil. Empresas de todo tipo, revistas populares, pero también muchas personas en Twitter, Facebook e Instagram, publicaron mensajes motivacionales con técnicas psicológicas de coaching, mindfulness y yoga, dando consejos sobre cómo enfrentar el encierro de la cuarentena y las formas de aislamiento social que trae consigo, para evitar la tristeza, la depresión y, sobre todo, para no echar por la borda la productividad: hay que levantarse temprano, arreglarse como normalmente, organizar rutinas, incluir en ellas hacer ejercicio y prácticas de relajación, tener tiempo para «reír», bailar, reunirse con los seres queridos y pensar siempre positivamente. De ningún modo habría que abandonar el imperativo de la felicidad. Porque este imperativo también revoca todo estremecimiento y camino de alteración radical. Sigamos entonces las rutinas para mantenernos calmados y positivos, y así vamos también conjurando los temblores de la crisis. Desviemos la mirada del abismo, que nos podría llamar a un cambio insospechado, para dejar todo inalterado. Sara Ahmed (2010) ha mostrado bien cómo hoy se multiplican los discursos, las técnicas e incluso las aproximaciones cienti�cistas (sobre todo económicas y psicológicas), sobre qué sería la felicidad, y cómo lograrla y propiciarla. Por ejemplo, el imperativo de felicidad ha impulsado mediciones de entidades internacionales13 y estudios económicos que tienen impacto global en la manera en que se plani�can políticas públicas y se interpretan datos y diagnósticos. Estos indicadores tienen en cuenta «factores relacionados con la capacidad de consumo, la tenencia de bienes y la productividad económica medida en términos del producto interno bruto (PIB) del país», «la expansión» en estos de «libertades individuales», el índice de desarrollo humano. Pero también se basan en indicadores de percepción de «salud mental individual» y colectiva, vinculados con la manera en que las personas expresan su capacidad para controlar «emociones negativas» y cultivar «emociones positivas que permitan seguir adelante con la vida en unión con otros y con el entorno».14 De este modo se establecen como normativas y deseables algunas formas de vida, ciertos modos de ser, y se generan múltiples asociaciones entre estas y espacios, actitudes, capacidades. Por ejemplo, asociaciones entre formas de vida doméstica, del hogar armónico — usualmente heteronormativo o gay chic acoplado a la vida convencional de pareja—, disposiciones mentales positivas, adaptables, innovadoras, y el comportamiento entusiasta, productivo, empático y autodeterminado en entornos laborales. Todas estas prácticas tienen así un carácter performativo, pues al llamarlas buenas se las generan como tales (Ahmed, 2010: 6). Y en juego, con ellas, está todo un arsenal de regulaciones establecidas en nombre de la felicidad. Un arsenal que también trae consigo diversos efectos de infelicidad (Ahmed, 2010: 2): frustración por parte de quienes no encajan en sus exigencias; agotamiento porque el imperativo de felicidad nunca se acaba y nunca se cumple su�cientemente; impotencia frente a situaciones dolorosas y miserables en las que es muy difícil regirse por él y que solo pueden leerse como fracasos, bajo su mandato. El imperativo de felicidad permite insistir, así, en la negatividad, inconveniencia y sinsentido de ciertas formas de afectividad: las de quien se presenta como loser, amargado, infeliz, por ejemplo, quien se queja resentido por las desigualdades, quien disiente, quien no quiere encajar y quien se encarga de hacer ver las limitaciones y problemas de las formas de vida idealizadas y naturalizadas. La felicidad se convierte, así, en un mandato que contribuye a integrar o ajustar la vida en el régimen afectivo de la productividad y la e�ciencia del capitalismo contemporáneo, aunque este se exprese y acoja con más o menos intensidad, y de manera distinta en las distintas localizaciones. En todo caso, lo que quiero destacar ahora es que se trata de un mandato que funcionaliza losefectos del sufrimiento que niega, para con�rmarse e intensi�carse: porque al padecer y sufrir, incluso al volver sobre esto una y otra vez como algo �jado en el resentimiento y al envidiar a quienes han «logrado» las cosas mejor en ese esquema, podemos impulsarnos a buscar las técnicas y los caminos para perseguir lo que ha sido esquivo y alcanzarlo. Aunque evidentemente tales exigencias no se acogen de la misma manera en todos los países, ni pueden tener el mismo impacto en sectores modernizados del capitalismo global y en las marginalizaciones que este produce, sí es un paradigma que tiene efectos sobre las formas de vida que quedan más o menos alcanzadas, y con distinta intensidad, por sus irradiaciones. Por ejemplo, numerosos vídeos en portales, plataformas y redes15 muestran que los discursos evangélicos — que se han hecho muy populares y políticamente in�uyentes en Latinoamérica, como muchas veces se ha estudiado—16 utilizan técnicas motivacionales (Viotti, 2018).17 Así estas se han introducido en sectores populares, alcanzando a personas del sur global que se encuentran arrojadas a vidas precarias, intentando salir a �ote, cada mes, como mejor se pueda. Quizá tales discursos puedan darle un sentido a sus padecimientos y a sus condiciones de fragilidad social, mediante mensajes que les hablan de conversión, de liberación, de darle otros sentidos a sus vidas, de rehacerse y transformarse con la fuerza de la fe y de la voluntad personal. Pero se requiere vencer múltiples obstáculos, tentaciones y desviaciones, se requiere odiarlas y rechazarlas, sentir cómo dañan y volver sobre el daño que producen, para poder encontrar la dirección correcta. También hay que avivar la culpa: ¿cuánto te has esforzado por ser mejor? ¿Qué has hecho hoy para transformarte? ¿Has caído, cómo? ¿Cómo te levantarás? ¿Estás sacando lo mejor de ti o te estás dejando desviar por lo que te hunde? Estos mensajes motivacionales, que integran el lenguaje del «querer es poder» mediante el reconocimiento de un sentirse herido, también se popularizan en otros circuitos sociales. Por ejemplo, en los mensajes motivacionales de las cadenas multinivel que les prometen a las personas del común hacerse emprendedores exitosos, generadores de sus propios ingresos, al operar como distribuidores de un producto y al generar microrredes que potencian su distribución y consumo. Resulta entonces clave ir generando estas cadenas, en entornos laborales, en los taxis, en redes sociales, en Whatsapp, convenciendo a unos de las bondades del producto y a otros, de cómo su venta puede cambiar realmente la vida y todo lo que se considera despreciable, o de poca monta, en ella. El recuerdo de estas condiciones despreciables motiva así a obtener cada vez mejores resultados. Y si no los has obtenido, pregúntate ¿qué has hecho realmente para alcanzarlos? Los métodos de inteligencia emocional, de autoayuda y motivacionales buscan así inmunizar contra los efectos desintegradores del padecimiento y la posibilidad de que permitan otras formas de reconocimiento y relación con el mundo, para fortalecer, al contrario, una identidad estable y narcisistamente cerrada sobre sí. Esa identidad es la de un sujeto que siempre se falta a sí mismo, que desea ser siempre otro a través de la falta y que no deja de alimentarla en su relación con el mundo, mediante la culpabilización: si no has cumplido los resultados del mes o si no estás al día con tus deudas, puede ser que no tengas la mejor actitud positiva para ello y tengas que esforzarte más, eso sí, sin perder el optimismo y el entusiasmo: la culpabilización es una función de la subjetividad capitalista. Pues las tecnologías capitalistas operan siempre con una imagen de referencia a partir de la cual se plantean cuestiones tales como: «¿Quién es usted?» [...] «¿Qué vale usted en la escala de valores reconocidos en la sociedad?» «¿A qué corresponde su habla?» «¿Qué etiqueta podría clasi�carlo?» [...] Por lo tanto, a la menor vacilación ante esa exigencia de referencia, se acaba cayendo automáticamente en una suerte de agujero, que hace que la gente comience a preguntarse: «A �n de cuentas ¿quién soy yo? ¿Será que soy una mierda?». (Guattari y Rolnik, 1999: 56) 2.2.3. Normalizaciones del deseo El gran genio del capitalismo contemporáneo es haber convertido al deseo en el verdadero motor de la economía, es el haber capitalizado el deseo mismo. (De Beistegui, 2018: 2) Las consideraciones anteriores muestran bien cómo en una vertiente dominante del capitalismo que habitamos, como lo es el neoliberalismo, el deseo se vuelve, para replicar las palabras de Miguel de Beistegui arriba citadas, el «verdadero motor de la economía». Precisaría, sin embargo, esta formulación con las siguientes aclaraciones: (i) no se trata obviamente de que el deseo opere como el móvil oculto de las transacciones económicas, pues no hay nada oculto que desenmascarar, las operaciones del deseo son patentes, y tampoco funcionan como una estructura latente; (ii) tampoco diría que solo en el neoliberalismo el deseo opere como algo prominente, pues ya he argumentado que la afectividad atraviesa todo entramado social; (iii) diría entonces que en el neoliberalismo se vuelve fundamental una con�guración del deseo que forma parte de un cierto régimen que estoy caracterizando en este capítulo. Una con�guración del deseo que está en juego en lo que se consume y cómo se consume, en la aspiración de ser cierto tipo de sujeto, de tener una cierta forma de vida; en el ansia de autocontrol, de felicidad, de evitar la tristeza, el «fracaso», la improductividad, el incumplimiento de las deudas, entre otros. Una frase recogida en un Harvard Business Review de 1927 anuncia bien esta tendencia que hemos visto cumplirse en décadas posteriores: «Debemos transformar a América [y al mundo] de una cultura de necesidades a una de deseos. La gente debe ser entrenada para desear, para querer cosas nuevas, incluso antes de que las viejas se hayan consumido por completo» (Paul Mazur, citado por De Beistegui, 2018: 2). En todo caso, si retomo ahora los planteamientos de De Beistegui no es meramente para hacer estas precisiones. Estos me permiten argumentar la manera en que una tal con�guración del deseo ha emergido históricamente y ha ido produciendo efectos contingentes y, por esto, también reversibles. Sirviéndose de las re�exiones de Foucault, The Government of Desire muestra cómo en la historia del liberalismo y del neoliberalismo el deseo aparece como problema. Y más exactamente, como «un ensamblaje de conocimiento y poder, por medio del cual somos constituidos como sujetos, y por medio del cual aprendemos a reconocernos y a gobernarnos a nosotros mismos» (De Beistegui, 2018: 8). Desde esta aproximación foucaultiana, entonces, el deseo está atravesado por relaciones de poder y es efecto también de una cierta tecnología del poder. Aunque me distancio algo de esta aproximación, al enfatizar el carácter excesivo y productivo del deseo, sin perder de vista que emerja de relaciones sociales, quisiera recuperar varios elementos de un tal trazado genealógico. En particular, me parece interesante cómo De Beistegui muestra que la con�guración del deseo que se despliega en los actuales discursos de self-management puede vincularse con la historia del liberalismo �losó�co y político, y la manera en que este se articula, a la vez, con la consolidación del capitalismo.18 Por supuesto que los discursos de autosuperación contemporáneos apelan a técnicas confesionales y de �jación identitarias muy antiguas que, como Foucault lo mostró bien, surgen en el cristianismo con la problemática de la carne. Pero es en el siglo XVIII que emerge, con los �siócratas y el liberalismo naciente, la idea y el «espacio normativo del libre mercado», y con este la invención de normas ligadas con el interés, la utilidad, la competencia, la e�ciencia, es decir, con la producción de capital (De Beistegui, 2018: 22). Se trata de normas que de�nen el movimiento del deseo, lo que ha de considerarseaceptable, razonable, o irracional y rechazable; normas que justamente determinan el deseo normal y lo normalizan. Y algo que también me parece muy signi�cativo es que este espacio normativo y «objeto de veridicción» en el que se convirtió el mercado apareció a la vez como algo «natural» y como «un lugar de verdad». Y esto implicó que, desde entonces, la economía se convirtió en un saber privilegiado, una ciencia reguladora del deseo que también cuenta con su normalización para operar (De Beistegui, 2018: 43). De hecho, en esta lógica liberal (sostenida por �lósofos como Smith y Hume), el deseo se empezó a vincular con «el interés propio», y el autogobierno de los sujetos con la capacidad de perseguir «racionalmente» tal interés. Esto es, evitando a largo plazo el dolor, el daño a la utilidad propia, que en el largo plazo parecería converger con una utilidad general, esto es, con una distribución del placer y el dolor que sería más o menos conveniente para la mayoría. Se asume, entonces, que el buen gobierno preserva la sociedad y con esto también el interés propio. Y con la idea de que la utilidad propia es el «�n natural» de todo ser humano, se llega a pensar también que el «motivo primario» por el cual los seres humanos establecen el gobierno es sobre todo su propio interés. Históricamente se ha demostrado que la utilidad propia no tiende a converger con la general, y que esta también se presta a la división por clases, localizaciones geográ�cas y raciales. Además, tales presupuestos condujeron a los famosos y problemáticos planteamientos de la mano invisible de Adam Smith, que el mundo que habitamos ha desvirtuado de manera patente, al evidenciar que el interés propio de los ricos, su egoísmo natural hacia la acumulación inde�nida, no conduce por ningún camino a que esta se termine derramando en el bene�cio de la mayoría. Pero más allá de esto, me interesa destacar cómo emerge aquí una comprensión de la gubernamentalidad liberal que implica «el gobierno de los deseos, por los deseos, para los deseos» (De Beistegui, 2018: 56). Porque si el deseo se identi�ca con la utilidad propia, y la idea es que cada quien se gobierne de acuerdo con esta, es decir, de acuerdo con el deseo (por el deseo), el objetivo del gobierno es garantizar que el deseo, es decir, la utilidad, pueda cumplirse y satisfacerse. Ahora bien, si esto no se da se asume que es principalmente porque las personas no se autogobiernan bien, es decir, no se conducen libremente, porque no comprenden ni administran bien su utilidad propia; ya sea por la persecución de placeres inmediatos, ya sea por ignorancia o por pereza. De ahí que lograr una conducción «racional» de la utilidad propia empiece a requerir todo un disciplinamiento molecular, afectivo de los cuerpos, no restrictivo o explícitamente prescriptivo, que les permita desear adecuadamente y que vaya conduciendo también a una normalización del deseo. Así, la identi�cación de la libertad con el autogobierno conduce a una libertad producida y modulada afectivamente. Además, cuando el interés propio se convierte «en el instrumento básico e indispensable del gobierno» (De Beistegui, 2018: 54), el mercado se asume como «el lugar en el que la maximización y realización» de esta utilidad puede tener lugar (De Beistegui, 2018: 57-58). Un lugar natural que, desde estas visiones liberales, se asume que funciona espontáneamente como productor de satisfacción, de deseo, de placer. Entonces, si la utilidad se entiende como la medida del buen gobierno y esta solo puede emerger de la espontaneidad del mercado, se empieza a pensar que el buen gobierno es aquel que puede intervenir y crear las condiciones para que el mercado funcione «libremente». En este sentido, parándose por fuera de estos supuestos liberales, es claro que el laissez faire requiere, como bien lo vio Polanyi, anticipando argumentos de Foucault, toda una plani�cación gubernamental, administrativa (De Beistegui, 2018: 58). Y por supuesto, los dispositivos disciplinarios y de regulación de la población (biopolíticos), como bien lo mostraron los análisis foucaultianos, contribuyeron a esta plani�cación en favor de la libertad del mercado. Ahora bien, no puedo, ni atañe a mi argumento, perseguir las diferentes in�exiones, desplazamientos y alteraciones en esta historia. Pero sí me interesa retomar la tesis fundamental que argumenta De Beistegui en su trazado genealógico. A saber, que el neoliberalismo produce «una mayor internalización del régimen económico del deseo, que de�ne al liberalismo y que consiste en una normalización de la subjetividad a través de la promoción del interés propio y la maximización de la utilidad» (De Beistegui, 2018: 63). Pues el neoliberalismo, en sus distintas manifestaciones, introduce otras normas para la regulación de las subjetividades, que producen una mayor incorporación; entre ellas «la competencia, la e�ciencia y el management», modulándolas en distintos niveles, empezando con la propia vida, entendida como capital a administrar (De Beistegui, 2018: 64). En particular, la competencia resulta fundamental porque es ella la que permitiría la autorregulación del mercado; a saber, que este genere, presuntamente desde adentro, sus propios balances y contrapesos, para evitar el monopolio y el estancamiento económico. De ahí entonces que el deseo de competir tenga que ser incesantemente avivado a través de muy distintos dispositivos; en particular «técnicas de gobierno indirectas» que in�uencian el mercado, producidas tecnológicamente, a través de métodos educativos, políticas de salud física y mental y mecanismos de seguridad (De Beistegui, 2018: 73-75); técnicas que permitan construir las mejores condiciones para el funcionamiento del mercado. Porque este ya no se asume que �uya espontáneamente como en el liberalismo. Así, el homo œconomicus neoliberal es el que ha internalizado tanto la competencia que la convierte en su norma de acción, en «su propia vida», al reconocerse como empresario de sí, y como una empresa que debe hacer sus mejores inversiones, también para cumplir con las deudas, que no deja de adquirir. Tal maximización implica que no deje de generar nuevos deseos que nunca se colman, y que en todo caso nunca deben exceder el marco normativo del mercado. Al punto que hoy, como lo exigía y presagiaba el testimonio del Harvard Business Review de 1927, se venden e intercambian experiencias, lugares, objetos, motivos del deseo, a través de marcas y campañas de publicidad que lo impulsan; también en los mercados de capital se especula en función de proyecciones del consumo, que son también anticipaciones del deseo, de una cierta con�guración del deseo, atravesada por cálculos de la con�anza y del riesgo. El deseo se proyecta así en múltiples análisis de redes, recolectados por ciertas compañías como big data (De Beistegui, 2018: 79-80). Y también se moviliza a través de un sinnúmero de técnicas motivacionales, de las que hablamos ya en la sección anterior. Técnicas que ya no funcionan disciplinariamente, como muchas veces ha sido destacado, sino que regulan el deseo desde adentro, produciéndolo e irradiándolo como algo �uido y móvil que puede sentirse en libertad, pero que no deja de estar muy conducido, a través de un marco que lo de�ne y contiene. No se trata, claro, de un marco que organice el deseo en un código social determinado, o en presupuestos de conducta inamovibles, puesto que su supuesto fundamental, además de los ya considerados sobre el mercado y la utilidad propia, no es más que uno claramente a�rmado por James Steuart: «el dinero es el objeto universal del deseo para todos los seres humanos, dado que el dinero es un equivalente adecuado para cualquier cosa y una medida exacta de nuestro deseo» (citado por De Beistegui, 2018: 50). El dinero, como lo recogió algunos años más tarde Marx, se convierte en un «equivalente general» que permite llevar a cabo todo tipo de traducciones y conversiones; empezando por aquellas que, según el pensador alemán, serían crucialespara el capitalismo que estudió: la mercantilización general, el hecho de que en el capitalismo todo pueda volverse intercambiable en relación con el mismo equivalente general que es el dinero, a la vez que todo trabajo puede verse como fuerza laboral para el crecimiento productivo y la acumulación del capital o, en términos marxianos, para la producción de plusvalía a través de la explotación laboral (Balibar, 2011: 50). Además, todas las diferencias se pueden traducir a la distinción entre «ser rico» y «ser pobre», y esta se puede reducir — obliterando todas sus condiciones históricas y sociales— a una diferencia cuantitativa, de más o menos dinero que, en cualquier momento — se asume—, podría superarse con una buena inversión. De modo que esta lógica pretende ser democratizadora, en su abstracción: «todo depende de tus inversiones», la línea que separa a unos de otros se puede cruzar «de repente». Pero en todo caso hay algunos que — desde esta misma lógica— se demuestran más capaces, poderosos, expertos en lograrlo para sí y para otros. Y estas representaciones de capacidad, de poder, de experticia, funcionan también como formas de ordenación y regulación de los deseos (Guattari y Rolnik, 1999: 209). Así, dadas estas traducciones hacia la abstracción y sus efectos deslocalizadores, el capitalismo, para decirlo en términos de Deleuze y Guattari, se caracteriza por un movimiento de desterritorialización, de borramiento de fronteras, de códigos, de localizaciones, en su vector de universalización y conversión de todo en términos de dinero. Pero esta desterritorialización funciona de manera axiomática y produce nuevas reterritorializaciones. Los axiomas del capitalismo son sus presupuestos incuestionables sobre la manera en que funciona la economía y las subjetividades. Un marco de axiomas que subordina las fuerzas corporales a un régimen afectivo que exige «nuevos» deseos, pero a la vez sujetándolos para volverlos compatibles con la manera en que se distribuye la propiedad, la riqueza y sus estructuras de representación (de experticia, poder, capacidad, estabilidad, con�anza). Este marco axiomático requiere, sobre todo, ya lo hemos sugerido, producir el deseo como falta. Explorémoslo ahora, con más detalle. 2.2.4. La producción del deseo como falta Qué genio el que inventó esa palabra, freeshop. Cuantas más restricciones le ponen al comercio, más nos gusta esa palabra [...]. Una extraña idea de libertad. / Ahí estaba yo viajando a contrabandear mi propia plata [...]. La guita que iba a solucionar todo. Hasta mi depresión y mi encierro, y el gran «no» de la falta. No puedo porque no tengo plata, no salgo, no mando la carta, no imprimo el formulario, no voy a preguntar a la agencia, no destrabo la bronca, no pinto las sillas, no arreglo la humedad, no mando el currículum, ¿por qué? Porque no tengo la plata. (Mairal, 2016: 11, cursivas mías) Aunque, como reza la campaña publicitaria de MasterCard, haya algunas cosas que el dinero no puede comprar, casi todas, se asume dentro del régimen afectivo del capitalismo, tienen que ver con objetos de consumo, y todas con experiencias avivadas por la adquisición y disfrute de ciertos bienes. Pero el deseo nunca queda satisfecho: siempre se producen nuevos deseos por alcanzar, en el productivismo y la acumulación sin límites. A la vez hay todo un margen de incertidumbre que atraviesa las operaciones del mercado, entre otros factores porque sus demandas se caracterizan por estar en constante cambio, por depender de informaciones falibles, contingentes, nunca completas y también de especulaciones, así como de un sinnúmero de variables, que no se pueden controlar por completo y sin las cuales tampoco el mercado puede funcionar (De Beistegui, 2018: 81). Estos márgenes de riesgo, de inseguridad respecto de lo que puede obtenerse y alcanzarse, traen consigo que la obtención de algo deseado nunca se dé con certeza y nunca esté completamente asegurada, ni pueda estarlo, pues la operación del mercado también depende de la incertidumbre. De ahí entonces que la utilidad — y el placer con el que se asocia— se experimente como algo esquivo, que puede obtenerse solo temporalmente, pero que no puede ni debe dejarse de buscar en tanto que sería lo que le daría sentido a la vida, desde el imperativo de felicidad. Se con�guran así entonces varios vectores de la falta que constituyen a este régimen afectivo: (i) algo falta siempre porque aunque obtenga lo que quería, siempre hay nuevos deseos por conquistar; además, (ii) me falta siempre la plena seguridad sobre lo alcanzado, y nunca la puedo obtener con todas las garantías; (iii) siempre puedo estar en falta con respecto al tipo de vida que puede considerarse feliz o buena, porque esta siempre puede ser mejor, dada la idea de superación constante que trae consigo el ideal de formación inde�nida del capital humano; y (iv) �nalmente la falta se con�gura cuando el deseo se ata a la lógica de obtención de algo, a la estructura de la adquisición, y esta se identi�ca además con un placer que se colma, como si se cumpliera justamente a través de un vacío o de una carencia por llenar. Pero, a la vez, es la falta, en sus distintas declinaciones, lo que mueve al deseo en este régimen afectivo; lo que lo mantiene activo, incesante. Y evidentemente esta insatisfacción que nunca se colma resulta fundamental para que el mercado pueda operar. De ahí que este funcione también como un espacio de proyecciones e intercambios que supone que el placer es siempre perfectible, imposible de satisfacer del todo, siempre diferible. Pues la insatisfacción inacabable lleva a buscar otras satisfacciones. El deseo asumido como falta impulsa a poseer, a apropiar, y trae consigo la exigencia de innovación constante dentro de este marco productivo, como motivo para crear nuevos emprendimientos y consumos. Algo que también parece operar en ciertas formas de amor e intercambios amorosos. Pero la falta también mueve desde el miedo a carecer o a perder lo que se tiene. Por eso, como lo veremos más adelante, permite activar distintos dispositivos de seguridad. Además, la falta da sentido, pero también ordena: «Desea entonces cada vez más», parece que se nos dice, «desea tener lo que no tienes»: objetos, sujetos que te son esquivos, todo aquello que te pueda producir placer y que el mercado te puede ayudar a proveer; siente la falta que te asedia y te lleva a querer poseer, consumir, tener, endeudarte. Desea, pero siempre en la falta, solo en el régimen de la falta, y sin dejar de cumplir con el pago de tus deudas. Ella se con�gura, así, como «un efecto de mercado, un efecto de la producción de consumo: falta producida, inventada, inyectada», en el régimen afectivo del capitalismo que habitamos (Guattari y Rolnik, 1999: 338). Asimismo, esta estructura de la falta, y más aún que esta se naturalice y universalice en ciertas comprensiones de los sujetos, también redobla la sensación de necesidad, de trascendencia e inescapabilidad que este régimen afectivo tiene sobre las personas. Se abstrae entonces de las condiciones históricas y afectivas inmanentes que lo producen, y aquel se hace valer como una estructura trascendente que organiza lo real. Así, «el mundo se ve doblado por otro mundo [...]: el objeto falta al deseo; luego el mundo no contiene todos los objetos, al menos le falta uno, el del deseo; luego existe otro lugar que posee la clave del deseo (de la que carece el mundo)» (Rousset, citado por Deleuze y Guattari, 1985: 33). Al �jarse como algo imposible de satisfacer y como algo que siempre se ausenta, el deseo se vincula entonces con lo fantasmal: una instancia de ensoñación subjetiva que impulsa en el modo de la negatividad; una dimensión imaginaria, emocional, que — se asume— no existe propiamente, mientras se supone que depende de algo exterior, eso sí asumido como real, que se piensa como ajeno al deseo, por ejemplo, ciertas exigencias de una racionalidad naturalizada (Deleuze y Guattari, 1985: 35). Así, el deseo queda convertido en unasombra derivativa de una realidad que ayuda a con�rmar (Deleuze y Guattari, 1985: 117). De modo que termina operando como una estructura de sujeción de los cuerpos a esa realidad, que reduce también su temporalidad a un pasado pesadamente reiterado y sin porvenir: El mundo de los fantasmas es [...] un mundo del pasado, no del futuro. Ir hacia adelante aferrándose al pasado es arrastrar consigo las cadenas del presidiario... No hay uno solo de nosotros que no sea culpable de un crimen: el — enorme— de no vivir plenamente la vida. (Deleuze y Guattari, 1985: 345) Por supuesto que no hay futuro sin pasado, porque los tiempos se copertenecen con�ictivamente; pero el pasado no tiene que cargarse ni arrastrarse, como lo hace quien resiente, quien ata su vida a algo sido, que lo sigue determinando en todo lo que pasa, como si no pudiera actuar de nuevo sino solo reaccionar ante una deuda impagable. Aquí, en los llamados fantasmales del deseo, opera entonces la estructura reactiva del resentimiento: la falta me quema como una llaga que me recuerda lo que no he podido ser, conseguir o alcanzar; me recuerda la herida que no sana y que me llama a seguir buscando lo que la pueda cerrar, en intentos de realización que no hacen sino activarla de nuevo y como un fracaso acechante. Por ejemplo, me puede llevar a imponerme todo tipo de regímenes y de rutinas estabilizadas (dietéticas, de ejercicio, de formación, de relajación, de socialidad) que vinculo con una trayectoria progresiva de obtención de lo que deseo, y en función de la cual puedo evaluar a los otros y sus rendimientos. Una trayectoria que también me permite ir disipando la amenaza de la propia muerte, el riesgo de desaparecer, la presencia de la �nitud. 2.2.5. [Desviaciones] En todo caso, los dispositivos de poder nunca saturan por completo el campo de experiencia. En ellos se producen puntos de desviación, a veces sutiles, a veces esporádicos, casi siempre inesperados. El capitalismo, lo hemos visto, ha producido múltiples mecanismos de culpabilización. Pero esta también se puede dar la vuelta, como una serpiente que se muerde la cola. En medio de la pandemia del Covid- 19 surgió, por ejemplo, una tendencia en Twitter bajo la consigna «el virus somos nosotros», o «we are the virus», e incluso se abrió una cuenta llamada @somoselvirus en la que se publicaban comentarios, vídeos y fotos que comparaban un antes y un después del planeta, luego de la pandemia. Algunas personas usaron el hashtag o la frase haciendo alusión a los seres humanos como un virus contra el medio ambiente e imaginaban, míticamente, al Coronavirus como la cura que, a través de las cuarentenas y la disminución de la producción económica, mejoraría el medioambiente. «Míticamente» porque se supone que, en medio del desgarramiento de la depredación y la separación con la naturaleza, esta se toma revancha y vuelve a a�rmar su poder. Así se asume que todo se devuelve y vuelve a su lugar, como en la estructura circular del mito y su culpabilización de la vida que, Benjamin (1999) lo vio bien, también ha alimentado al capitalismo. Tal vez sea una reversión insu�ciente porque nos deja patinando en la misma lógica que ha destruido la relacionalidad del mundo, pero en todo caso es una reversión por inversión, que le da la vuelta a la lógica inmunitaria, aunque no la quiebre, aunque la siga manteniendo invertida: Si utilizamos la palabra «guerra», debemos observar cuidadosamente al enemigo. [...] El enemigo somos nosotros. No exactamente nosotros, sino el capitalismo que nos somete a una forma de vivir mortífera. Y, si nos somete, es porque, con más o menos resistencia, lo aceptamos. Hay que cambiar la forma de vivir. Nuestra sociedad tiene que convertirse en otra.19 El esquema inmunitario, leído desde el vocabulario de la guerra, se mantiene invertido, al asumir que el enemigo que hay que aplacar y destruir somos nosotros y la forma de vida capitalista que nos ha llevado a la debacle ambiental. Sin embargo, los límites de una tal operación son evidentes: ¿por qué mantener la gramática bélica para hablar de una transformación radical que requeriría justamente trastocar un esquema tal? ¿Cómo pensar la guerra contra nosotros mismos sin activar un sinnúmero de paranoias, de formas de autovigilancia excesivas, de autopersecución y destrucción? Parece que, en estas derivas, la lógica inmunitaria se vuelve enfermedad autoinmunitaria, pues termina atacando a los cuerpos que busca sanar a través de sus propios mecanismos de defensa. Y lo hace, en el caso del ejemplo citado, exacerbándolos en su reactividad, produciendo una indistinción entre lo sano y lo que trae la enfermedad, fomentada en todo caso por un impulso irrefrenable de salud, de liberación entendida como puri�cación respecto de lo que contamina. Quizá haya otras reversiones más sutiles y transformativas. Aunque por ahora estamos un poco desorientados y el mundo se nos haya «vuelto extraño».20 En medio de la pandemia, aquellos con el privilegio de estar completamente replegados en la cuarentena nos dimos cuenta de otra vida de las cosas, de la materialidad de los medios de supervivencia, mientras pasaban los días y se armaban otros arreglos en medio de la atmósfera de incertidumbre. Muchos nos hemos preguntado qué necesitamos realmente para vivir, viendo cómo se con�guran otros deseos, con la detención del ritmo frenético de los días, del ansia de llenarlos con miles de cosas; con la detención del consumo para llenarnos, aunque rápidamente también se ocupen de un sinnúmero de actividades virtuales y domésticas. Sin duda, en cuarentena se sienten mucho más los cuerpos, con�nados en cuatro paredes, obligados a la soledad, o a una vida familiar saturada, y a llevar a cabo en la jornada múltiples o�cios que, en los hogares de clase media en Colombia, casi siempre hacen otras personas: mujeres trabajadoras domésticas. Pero en el encierro lavamos, fregamos, cocinamos, intentamos teletrabajar, cuidar de los niños, si los hay. Muchos, desde el privilegio de la cuarentena, pensamos en quienes realmente han sufrido más intensamente la precariedad en esta época y el riesgo de exponerse al contagio. La ansiedad circula de múltiples maneras en un tiempo desquiciado como ese. Muchos lo narramos, sobre todo al comienzo de la pandemia, en redes y en distintos medios; de hecho, se multiplicaron los diarios de cuarentena. En uno de ellos21 se revisitó aquella instalación que hicieran Tilda Swinton y Cornelia Parker en la Serpentine Gallery, titulada The Maybe (1995).22 En esta, Swinton yacía por varias horas dentro de una vitrina de cristal ubicada en una de las salas de la galería. Y se quedaba detenida, sin hacer nada más. Me pareció un gesto muy actual, lo releí así: 20 de abril de 2020. De tanto en tanto, nos refugiábamos del tedio de la repetición recorriendo vitrinas reiteradas de novedad, acumulando objetos aquí y allá, consumiendo productos fabricados y comercializados en procesos que cortan la vida de los materiales, los desarraigan y deslocalizan para fabricar productos globales, cuya fragilidad y finitud parece también detenida; y, ahora, en medio de la cuarentena, algunos nos sentimos como vivientes constreñidos a meramente vivir en la caja de cristal de su estrecha comodidad, tan frágiles y vulnerables como el vidrio, tan materiales. Entre tanto, nos hacemos visibles para otros a través de redes y formas de comunicación virtual que se multiplican. Una virtualidad incorpórea atraviesa ahora muchos contactos, mientras nos sentimos más cuerpos, más atados a nuestra corporalidad, más finitos y destinados en cualquier momento a morir, por el contacto con una superficie o una partícula ínfima de saliva, por cuenta de un trozo de ADN pegado con proteínas, que no vemos, y que requiere de nosotros para subsistir, mientras va inoculándonos la muerte. También tememos por la muerte de otros, sentimos más su proximidad, incluso en un país como Colombia, tan atravesado por la muerte violenta, donde muchos la conjuran en la distancia de suprivilegio, aislándose ya dentro de muros vigilados. Todo parece que se detiene en este instante, muchos lo han destacado, se siente congelado, mientras tantos otros están muriendo o sintiéndose padecer de hambre en la detención de la normalidad. Y paradójicamente, en esta suspensión, la virtualidad de un tal vez, de algo otro, también parece anunciarse; una cierta promesa — al menos en el ambiente— de que algo otro está pasando, y algo pueda cambiar. Y muchas personas sentimos también cómo el deseo se intensifica y expande en el mismo lugar, cómo deja de sentirse en falta, para conectarse de otro modo con las cosas, para desplazarse en los flujos moleculares de sabores, texturas; en anhelos y recuerdos, en llamadas y contactos virtuales que unen mundos distantes, dentro de las mismas cuatro paredes. Quizá esté en juego un forzado aprendizaje que no nos llena, que no nos forma como sujetos autorrealizados, más bien nos dobla y deshace; indica una mayor imposibilidad, un no-poder, en algunos casos un no-poder más, un estremecimiento, a veces rabioso. Algo podría inscribirse de otro modo en el cuerpo. Se siente, en fin, algo excesivo, eventual; un acontecimiento. Y puede ser que nada cambie para bien, en términos de detener la exacerbación del capitalismo expansivo que nos tiene como estamos. Pero muchos en el mundo, y de manera inesperada, también opinadores liberales, que en algún momento fueron neoliberales, sienten que la crisis actual es el signo de un límite alcanzado en la depredación. Un límite que exige frenar el ritmo del «progreso», de la carencia que nunca termina de acumular para llenar la falta. Tal vez. Si la captura del deseo nunca se produce por completo es porque, como he venido insistiendo, el campo social está atravesado por la heterogeneidad, por los con�ictos que anidan en ella, por la singularidad de las localizaciones geográ�cas y sus campos de fuerza, sedimentados históricamente. Por eso, todas las prácticas y discursos, de los que he venido hablando, en términos de constelaciones más globales, se despliegan de manera distinta en tales localizaciones, con más o menos intensidad, y no se dan nunca de la misma manera en los distintos sectores sociales y en la diversidad de sujetos. De hecho, estos se apropian de maneras muy variables de las narrativas y prácticas que circulan en sus campos de experiencia, hacen cosas distintas con ellas, las diseminan por caminos diversos en sus arreglos cotidianos, las perforan con desviaciones singulares; a veces las trastocan y revierten, a veces más bien las con�rman e intensi�can, desde los asedios que persiguen a cada quien. Noviembre de 2019. Voy en un Uber. El conductor me cuenta que venía del Chocó, que llevaba ya muchos años en Bogotá, que además de manejar Uber trabajaba para una compañía multinivel que vende complementos alimenticios (vitaminas, barras energéticas, suplementos proteicos). Estuve hablando con él en un trayecto largo, en un día de protesta, con muchas vías bloqueadas. Llovía, había mucho tráfico; me tomó casi dos horas llegar a mi casa. Durante una buena parte de la conversación me habló maravillas de la compañía multinivel y de cómo había cambiado su vida, lo hizo en un lenguaje impregnado por discursos motivacionales y de autosuperación, y quiso motivarme a mí también a comprar los productos, para mejorar mis prácticas alimenticias con ellos, sugiriendo incluso que realmente podrían cambiar mi vida, que esto estaba en mis manos, que cada quien era algo así como hacedor de su destino, según la manera en que tratara a su cuerpo y su alimentación. Yo intentaba cambiar la conversación, pero no era fácil. Hasta que nos encontramos con un inmigrante venezolano en medio del embotellamiento. Un joven, de unos 18 años, nos entonó una canción de amor, algo triste pero también simpática, acompañando su voz, que aún sonaba de niño, con algunos acordes de guitarra. Cuando acabó el breve show improvisado, que agradecimos con algunos pesos, y pudimos avanzar, el conductor empezó a hablar de lo duro que le parecía la situación de quienes venían de Venezuela, se remontó a su propia infancia en Quibdó, al estado de pobreza del lugar, e hizo todo un diagnóstico social de distintas problemáticas de la región, mientras recordaba una vida más sencilla que aquella de la ciudad, sonidos y sueños infantiles, y empezaba a hablar en un lenguaje de aspiraciones vitales más austeras, ligadas con la tierra y la vida en la naturaleza, que parecían en tensión con sus discursos iniciales de autosuperación citadina. Incluso se quejó de la vida en la ciudad, del individualismo de sus habitantes, de la destrucción que trae que todo tenga un precio, del egoísmo de la gente que solo piensa en su comodidad. Me empezó a hablar de su familia, de su matrimonio truncado, de los arreglos que hacía para cuidar a su hija, de la ansiedad que le producía imaginar cómo sería el futuro para ella; de lo triste que era que viviéramos en un país que no podía darle más garantías sociales a sus ciudadanos y condiciones de vida digna. Y entonces hablamos de las protestas y de los estudiantes, de lo que para él eran justas demandas, por la importancia de la salud y de la educación para todos, y de acabar con la corrupción que se roba tantos recursos para la inversión pública. Todas consideraciones que parecían contradecir sus afirmaciones iniciales, en la gramática de la autodeterminación, sobre el poder de cada quien para cambiar su vida. No le hice saber las tensiones que percibía en lo que decía, y él tampoco parecía notarlas. Al bajarme del automóvil me dio su tarjeta de agente de ventas y volvió a insistir en que pensara en comprar los productos y en sus beneficios. Se despidió con una amplia sonrisa. Esta viñeta me permite enfatizar en que las constelaciones afectivas que voy trazando recogen solo ciertas lógicas y con�guraciones hegemónicas, que se irradian y se componen de distinta manera, y casi siempre de forma tensa y desigual. Por eso, en contraste con los dispositivos críticos de la sospecha, lo que me anima al trazar estas constelaciones no es descubrir dispositivos de poder que capturen por completo el deseo de las personas y las sujeten, enceguezcan, alienen, sino poner de mani�esto circuitos y redes de producción del deseo que afectan nuestras vidas, pero que pueden componerse en arreglos muy distintos, que pueden agobiar a los sujetos, pero que también les pueden permitir a�rmar capacidades y potencialidades. Esta dimensión de la potencialidad afectiva quisiera que nunca se perdiera de vista, y con esta las múltiples ambivalencias que trae, porque ella, en su inmanencia se produce justamente en capas de experiencia heterogéneas y heterocrónicas, que impulsan de manera diferente desde sus capas distintas. Otra escena cotidiana lo puede iluminar: 14 de febrero 2020. Delfi, la señora que trabaja, desde hace varios años, en los oficios domésticos de mi casa, tiene casi 60 años ya, pero se ve muy bien conservada. Llegar al trabajo le toma más de una hora, en la mañana, y regresar un par de horas más. Ella cuida muchas veces de mis hijos en las tardes, y siempre trato de llegar a tiempo para que su regreso le tome menos tiempo, ya que la congestión empeora después de las 5:00 pm. Pero ella nunca da muestras de afán para emprender el regreso; se toma casi una hora para alistarse, y al salir veo que siempre luce muy bien arreglada: con el pelo muy brillante, que se pinta de negro azabache (¿una vez al mes?), perfectamente peinado, cuidadosamente maquillada y ataviada con ropa sexy, que la hace ver atractiva. Está casada y vive con el mismo hombre hace más de 30 años. Le insinúo que está bella y ella ríe y asegura que va a casa, y esporádicamente a juntarse con amistades. Este ritual de belleza se complementa con infusiones para estar en forma que hace con cáscaras de piña, otros residuos de fruta, hierbas, de las que tiene un saber acumulado; un saber popular que complementa con lecturas de algunas revistas de moda que a veces se compra. Delfiteme envejecer, parece evidente, y quiere estar a la moda. Invierte parte de su sueldo en ello, que tampoco es mucho. El crítico de las ideologías diría que su cuerpo precarizado se encuentra completamente sujetado por los modelos de belleza y autoayuda del capitalismo contemporáneo. Y sin duda su cuerpo — como el de todos— puede estar atravesado por muchos deseos sujetantes. Pero algo más está en juego también. En sus gestos y en su cuidado por su apariencia se manifiesta también un deseo de desidentificación, una voluntad de no ser marcada como un cierto tipo de sujeto, una manera de performar de otro modo en el espacio público que no la ate a las labores domésticas, a la suciedad por limpiar, a los restos que recoger, a los olores de los alimentos que se cocinan. Su cuerpo quiere afirmar así el deseo de otras cosas, que la alientan en el día a día. He visto que algo similar pasa con las mujeres que hacen el aseo en la Universidad en la que trabajo, muchas de ellas salen también de allí con tacones y muy maquilladas. Se hacen irreconocibles, y en ese gesto de desprendimiento identitario, de borramiento del rol social, también parece darse un impulso de movilidad, de desujeción, aunque quede atravesado por otros poderes. 2.2.6. Dispositivos securitarios y el cierre del campo de posibilidad La percepción de un riesgo, de algo asumido como un peligro que ha ser controlado, se produce en ensamblajes sociales. Por supuesto que una catástrofe, por ejemplo, una pandemia, representa un peligro palpable, corporal, vital para cualquier humano expuesto a ella, pero la manera en que ella se interpreta y controla como riesgo depende de composiciones de sentido y con�guraciones afectivas que articulan un sensorium histórico.23 Tendencialmente la manera en que hoy, y desde hace un tiempo, se determina algo como riesgo depende de dispositivos de seguridad que empezaron a operar con el gobierno del deseo propio del liberalismo, que ya consideramos. El liberalismo, en efecto, presupone la libertad de los sujetos y la produce, regulándola, es decir, no reprimiéndola sino incidiendo indirectamente sobre ella, desde instituciones y prácticas securitarias que producen modulaciones de los deseos. De hecho, en este marco, la libertad «no es otra cosa que el correlato de la introducción de los dispositivos de seguridad» (Foucault, 2006: 71). Estos suponen la «libertad» de aquello que gobiernan, permiten el movimiento, dejan que las cosas y las personas circulen en los espacios que controlan, asumiendo que hay contingencia y, con esta, aleatoriedad; y, sobre todo, teniendo en cuenta «lo que puede pasar» (Foucault, 2006: 40): los acontecimientos que pueden ser posibles. Se trata entonces de gestionar «series abiertas, que solo pueden controlarse en un cálculo de probabilidades» (ibid.) e introduciendo condiciones en la circulación para evitar la aparición desmedida de fenómenos indeseables desde el punto de vista de la seguridad poblacional (decrecimiento y estancamiento económico, desempleo, infecciones, criminalidad, entre muchos otros). Tales fenómenos, se asume, no se pueden evitar del todo, pero su aparición excesiva se puede regular. Se apunta entonces a prever estadísticamente las condiciones y efectos de tales eventos indeseables, para eventualmente prevenirlos antes de que sucedan y para medir también la incidencia y los efectos de las formas de controlarlos (Foucault, 2006: 19). Se trata así de minimizar los elementos negativos y su recurrencia, de una manera que resulte económicamente viable, dentro de ciertos márgenes «aceptables» — en el cálculo costo/bene�cio—, para «normalizarlos»; es decir, para reducirlos a un margen que parezca «probable y aceptable» desde criterios regidos por el crecimiento económico. Y esto permite, a la vez, identi�car grupos de riesgo, que han de ser mayormente gestionados desde un enfoque preventivo (Foucault, 2006: 21). Tal gestión supone así intervenir sobre el medio, entendido como «el ámbito de la circulación que puede incidir en la conducta» (Foucault, 2006: 41). De modo que se busca llegar a esta y gobernarla económicamente, modi�cando las condiciones en que se mueve e, incluso, creándolas. En este sentido, no se interviene directamente sobre la conducta sino sobre las condiciones que la afectan, estructurando el campo posible de acción. Este tipo de intervenciones hoy en día son visibles, por ejemplo, en la manera en que las ciudades y las fronteras de los países se han convertido en espacios securitarios, en los que se instalan todo tipo de tecnologías de vigilancia (cámaras, medidas biométricas, escáneres de los cuerpos, etc.), que controlan la circulación de las personas: cómo se puede circular y los cuerpos que pueden hacerlo (Wichum, 2013: 165). Y lo hacen identi�cando ciertas amenazas y excluyendo a sujetos que consideren peligrosos y, como tal, indeseables. Así, estas tecnologías también afectan la manera en que los cuerpos interactúan y se comportan en los espacios securitarios: en virtud de ellas las personas pueden evitar ciertas cosas y se pueden sentir más con�adas, o al contrario, pueden sentirse a la defensiva, inmovilizadas o perseguidas de acuerdo con la manera en que el cuerpo se reconoce y las técnicas de control. Piénsese, por ejemplo, en la experiencia de ansiedad que puede suponer para un viajero musulmán o mexicano, de clase media o de extracción popular, llegar a un aeropuerto de Estados Unidos, frente a la sensación que tiene un viajero blanco de este país o un europeo blanco. Constantemente, en muchas dimensiones del mundo social que habitamos, en el norte y en el sur global y sus penetraciones, circuitos afectivos diversos se producen por la disposición y organización de los espacios, por «diseños arquitectónicos, advertencias, anuncios de altavoces», regulaciones y segmentaciones del espacio público; estos funcionan «como artefactos simples, pero altamente efectivos»: hacen sentir afectos de inseguridad, intensidades que circulan en la percepción espacial (Wichum, 2013: 170). De modo que los dispositivos de seguridad pueden producir formas de inseguridad para regular otras formas de inseguridad, como lo elaboraré más adelante. Por ahora me interesa detenerme en la manera en que la percepción de un riesgo, desde una aproximación securitaria, implica una cierta construcción de la incertidumbre y con ella de la temporalidad, particularmente de la relación con el futuro. Pues los dispositivos de seguridad, aunque se apoyen hoy en día en algoritmos matemáticos, «especulan, extrapolan y proyectan», para hacer valer lo que aún no ha sido (Bahng, 2018). Esto puede verse en el mercado �nanciero, como lo ha destacado Bahng. Piénsese en los derivados: estos funcionan como «una política de aseguramiento», que opera como protección contra la incertidumbre de futuros especulativos, pues se negocian a partir de acciones, tasas de cambio, índices o tipos de interés, precios de materias primas, teniendo en cuenta aproximaciones econométricas que extrapolan datos, obtenidos de previas mediciones de emociones y expectativas, en las que estas se reducen a valores numéricos, ordenados en una «�cción o narrativa estadística» (Bahng, 2018: 4). Así, lo que aparece como imprevisible se trata de convertir en riesgo calculable, desde un ansia de contención protectora hacia el riesgo no-gobernable, es decir, aquel no-legible en los parámetros de la proyección estadística establecida. De este modo los dispositivos securitarios buscan justamente anticipar lo que puede pasar, pero aún no ha pasado, e incluso lo que no habíamos pensado que pudiera acontecer. En juego está un tratamiento de la incertidumbre como riesgo, a partir de prácticas que permiten racionalizarla: prevenirla, tomar medidas de precaución, preverla (Anderson, 2010). Y con esto, un intento por gobernar sobre el futuro como dimensión de lo imprevisible, ya sea actuando sobre futuros radicalmente distintos, que se desvían del afán de expansión y acumulación, y que se devalúan como inviables, destructivoso imposibles; ya sea anticipando futuros catastró�cos, en los que se pone en peligro la vida. Como lo ha argumentado Anderson, estos futuros catastró�cos se hacen legibles a través de enunciados que los hacen presentes, prácticas que los «materializan como objetos epistémicos y afectos», y lógicas que dan lugar a «programas y políticas públicas especí�cas» (Anderson, 2010: 779). Estos futuros amenazantes se anticipan hoy más que nunca por la complejidad y conectividad del mundo que habitamos, con todos sus �ujos y relaciones multiplicadas; por el enorme y no enteramente controlable poder transformativo sobre la naturaleza que las tecnologías han introducido y su demostrada capacidad de destrucción; y porque estos efectos, de resonancia global, pueden alterarse y acentuarse mientras circulan (Beck, 1992; Anderson, 2010: 781). Además, tal anticipación requiere, según Anderson, formas de cálculo (análisis de tendencias, modelación), pero también prácticas de imaginación (a partir de narrativas, representaciones), así como actos performativos (simulaciones, juegos estratégicos, entre otros). Y algo que resulta crucial enfatizar es la manera en que todas estas anticipaciones siempre privilegian ciertas vidas (cuáles y cuántas) que pueden ser protegidas, salvadas, frente a otras que — se calcula de antemano— tendrán que ser abandonadas, desposeídas o incluso destruidas (Anderson, 2010: 788, 791). De hecho, en este privilegio también está en juego la decisión sobre la forma de vida que, sobre todo, debe ser protegida: aquella dedicada al crecimiento y acumulación del capital, destinada a la continuidad y estabilidad del mercado (Anderson, 2010: 789, 792). Lo anterior se hizo evidente para muchos en época de pandemia. Por ejemplo, en varios países de Europa, particularmente en Italia y España, la crisis se volvió más grave porque reaccionaron tardíamente a las medidas de aislamiento social y cuarentenas obligatorias, para evitar la suspensión de la actividad económica y la afectación de los mercados. Y esto terminó implicando un desbordamiento de la pandemia, y muchas muertes, sobre todo de ancianos y personas más expuestas al contagio, en situación de vulnerabilidad. Algo parecido pasó en Estados Unidos, donde, además, la falta de cobertura en salud y los costos que implican para las personas los tratamientos produjeron muchos decesos;24 mientras tanto, en Ecuador se elevó el número de muertos y las noticias sobre decenas de cuerpos abandonados en las calles de Guayaquil resultaron escalofriantes.25 En Colombia las medidas de aislamiento y cuarentena no tardaron tanto, pero las condiciones de desigualdad e inseguridad social en que se encontraron muchas personas, o incluso de hacinamiento e inviabilidad para la vida, quedaron al descubierto de manera patente con la crisis y se recrudecieron. Como lo destacó Sinar Alvarado, en un artículo para The New York Times de abril de 2020, «los trabajadores informales — en el país— suman el 47%: aproximadamente 13 millones de personas sin salario garantizado. Los habitantes de la calle, que solían rebuscarse en el vaivén de las avenidas ahora desiertas, suman casi 10 000 personas solo en Bogotá. A ellos se añaden los desplazados internos, 6731 en los primeros meses del año; y muchos de los 1,7 millones de migrantes venezolanos, que enfrentan desalojos porque no pueden pagar sus hospedajes».26 También se publicaron, en un momento dado, distintos informes e imágenes de personas izando un trapo rojo en las ventanas y puertas, indicando el hambre, la necesidad de asistencia social por parte del Estado, o de solidaridad ciudadana.27 En las cárceles, donde las condiciones de abyección, exhumanas, para decirlo con Biehl (2013: 52),28 ya eran patentes, estas se volvieron más infernales, pues el virus llegó y se propagó, y con este las muertes multiplicadas, pero también la rabia y el pánico por parte de los reclusos y guardias.29 Estas son vidas que han quedado abandonadas, cuyo índice de mortalidad y el impacto social de su situación de miseria se calcula en las proyecciones para medir sobre todo cómo pueden afectar el ya débil sistema de salud y la estabilidad social. Entre tanto, los líderes y portavoces de gobiernos que sostienen políticas neoliberales o de liberalización, en un momento dado de la pandemia trataron de disipar el con�icto que puede darse entre la protección de la vida de las personas y la protección de los mercados desde la convicción de que la protección de la actividad económica es fundamental, porque de ella depende el sostenimiento de muchas vidas, también la sostenibilidad de los sistemas de salud. Este tipo de convicciones delatan las coordenadas dominantes de un sistema securitario neoliberal en tiempos de pandemia. Se trata de uno que, en palabras de Rodrigo Uprimny, «minimiza el riesgo» que el virus representa para la salud, especialmente para las poblaciones más vulnerables, a la vez que «maximiza el impacto negativo» de las medidas tomadas «sobre la economía y la pobreza» y, más aún, pierde por completo de vista «la posibilidad de medidas redistributivas para apoyar a los más vulnerables» en época de pandemia (cfr. Twitter: @RodrigoUprimny, 17-4-20). Tales medidas redistributivas supondrían una transformación del marco de análisis económico y esto es algo que, para quienes se mueven en las coordenadas de un tal marco, resulta inviable, no discutible. La forma de vida que merece ser protegida, aunque se hagan jornadas caritativas de donación y se tomen medidas humanitarias, ya ha sido decidida de antemano. Y, con esto, la seguridad del sistema �nanciero frente a la seguridad social de la mayoría de ciudadanos. Así, como ya lo anticipaba, los dispositivos securitarios neoliberales gestionan el riesgo económico regulando otro tipo de inseguridades e incluso produciéndolas, gobernando a través de ellas. Pero la inestabilidad social que la acentuación de las desigualdades y exclusiones puede generar también se regula con altos gastos estatales en defensa y en dispositivos de control policiales que disuaden la protesta social, la criminalizan o reprimen: «cuanto más se reduce el aseguramiento social y más aumenta la precarización, mayor es la batalla para elevar al máximo la seguridad» policial (Lorey, 2016: 74). Esto es algo que conocemos bien en Colombia, donde los movimientos y organizaciones igualitarios no han dejado de ser perseguidos e incluso masacrados. Y es una tendencia que estudiosos sociales como Maristella Svampa vienen investigando en Latinoamérica desde los noventa, con la implementación de las medidas neoliberales en la región (Svampa, 2007). De hecho, esta autora ha analizado cómo la criminalización y represión de la protesta se viene acompañando con la implementación de dispositivos de seguridad ciudadana que crean zonas de vigilancia en los sectores más pudientes, para protegerlos de los más precarizados, que así se criminalizan, al �jarlos como peligrosos, proclives a los delitos. Y esto exacerba el miedo y las formas de prevención entre los ciudadanos (Svampa, 2007: 11-12). Además, junto a esto, el Estado se rige cada vez más por discursos y prácticas de aseguramiento policial y militar, hasta llegar en algunos casos a una militarización de la vida en los territorios, que coincide también con el fortalecimiento de grupos paramilitares de autodefensa, vinculados con la protección de grandes consorcios, no pocas veces asociados a estructuras ilegales, incluso ma�osas (Svampa, 2007: 14). En Colombia, como muchas veces ha sido destacado, la política de «seguridad democrática» del expresidente Uribe (2002-2010), por un buen tiempo de gran popularidad en el país, implicó toda una identi�cación del riesgo, el peligro, la amenaza con el disidente, el crítico o, incluso, el solo defensor de los derechos humanos, de�nido como terrorista, o colaborador de los terroristas, enemigo de la patria, del crecimiento económico, de la tranquilidad, del desarrollo, de la «cohesión social» (Criscione, 2016: 64). Y esto evidentementeha tenido numerosos efectos afectivos: al cerrar los espacios para la manifestación del con�icto y las diferencias, y al perseguirlos de la manera más violenta y cruenta, con estrategias, que incluyeron detenciones arbitrarias, torturas, formas constantes de desplazamiento forzado, masacres, ejecuciones extrajudiciales, se produjeron formas de disciplinamiento de los cuerpos mediante el terror (Criscione, 2016; Blair, 2010). Y con ello, prevenciones, vigilancias mutuas, identi�caciones de sospechosos, posibles enemigos, silenciamientos, formas de resignación e impotencia. Pero tales intervenciones también trajeron consigo que descontentos sociales crecientes, en un país tan desigualitario como Colombia, no pudieran canalizarse en formas de manifestación política y quedaran contenidos en afectos de odio y miedo, que se fueron �jando a los cuerpos y se extrapolaron también en formas de inculpación de otros, con irradiaciones diversas. Estas inculpaciones también se potenciaron a través de identi�caciones binarias entre buenos y malos, amigos y enemigos; mediante �jaciones afectivas del disidente con el guerrillero y de este con el enemigo del emprendimiento y del orden social. Identi�caciones que dieron vida a rígidas fronteras entre quienes podrían ser matados impunemente y quienes no (Giraldo, 2020), con diversos efectos, como lo exploraremos en el siguiente capítulo. Pero en todo caso, y es lo que me interesa destacar ahora, son fronteras que instalaron la percepción de que aquellas vidas que no contribuyen al desarrollo y progreso del país — leídos en clave neoliberal— son un riesgo y son tendencialmente disponibles o sacri�cables con impunidad (Giraldo, 2020: 9). Así pues, distintas con�guraciones de los dispositivos securitarios tienden a producir arreglos que intentan «prever todo lo que pueda tener la naturaleza de una disidencia del pensamiento y del deseo» (Guattari y Rolnik, 1999: 58). Y el miedo ante lo incalculable puede «desembocar en una cultura desmesurada de la medida de lo inconmensurable» (Lorey, 2016: 18); una «cultura fóbica [...] en la que todo se ve como amenazante y susceptible de ser exterminado o amenazado y necesitado de protección» (Hage, 2003: 86). Una suerte de delirio persecutorio ante lo radicalmente inédito que parecería apuntar a neutralizar las disidencias radicales del deseo. Aunque, como he insistido antes, tal neutralización nunca puede darse del todo, pues no se pueden cancelar por completo los desvíos, las mutaciones, las proliferaciones impensadas que pueden surgir entre las fronteras defensivas instaladas y la multiplicidad de circuitos afectivos: Febrero 2020. Voy en un taxi por el barrio Teusaquillo. En la radio pasan las noticias, el conductor y yo las vamos oyendo mientras hablamos del clima. De pronto empiezan a comentar la audiencia del general (r) Mario Montoya, en la JEP, donde comparece tanto por su participación en la Operación Orión (16 de octubre de 2002 en la Comuna 13 de Medellín), de la que resultaron numerosos homicidios, desapariciones forzadas y heridos; como por las denuncias en su contra por el asesinato de numerosos jóvenes en estado de indefensión, de barrios marginados, presentados como bajas en combate contra la guerrilla. En las noticias relatan que el general habría dicho, para justificar los mal llamados «falsos positivos», algo así como: «la verdad es que los soldados que prestaban servicio militar [y estuvieron implicados] eran de estrato 1 y 2, y pues esos muchachos ni siquiera sabían cómo coger cubiertos ni cómo ir al baño». Al oír este enunciado el taxista y yo callamos por un par de minutos, algo pasmados; luego él me dice: «Ese general es un hijueputa, créame. Yo estaba en el ejército en esa época, una desgracia. Y yo no era un simple soldado. Me quise retirar al rato y aquí me tiene de taxista, tengo un par de taxis más. Tengo dos hijas y les pago la universidad. Yo sí pienso mucho en esas madres, y en los padres, pero sobre todo en las madres, qué dolor. Son unos desgraciados esos políticos y esos altos comandantes del ejército, y sobre todo ese Uribe... realmente un desgraciado». 2.2.7. Precarización e inmunidad Sin duda, una constante del capitalismo sigue siendo la extrema miseria de las tres cuartes partes de la humanidad, demasiado pobres para endeudarlas, demasiado numerosas para encerrarlas: el control no tendrá que afrontar únicamente la cuestión de la difuminación de las fronteras, sino también la de los disturbios en los suburbios y guetos. (Deleuze, 2006a: 9) Esto se va a poner feo. Esta gente está esperando unas ayudas, pero hoy como que no se va a entregar nada. (Policía a reportera de Universo Centro que cubría la situación en Ciudad Bolívar, Bogotá, durante la cuarentena por el Covid-19 en mayo de 2020)30 Al desmantelar los marcos de cuidado y protección social en muchos lugares del mundo, el neoliberalismo, como ya ha sido estudiado (Harvey, 2003 y 2005; Springer, 2012; Brown, 2015; Lorey, 2016), ha llevado a una paulatina precarización de la vida de millones de personas y a una acentuación de la desigualdad. Y esto ha producido formas de inseguridad social que mantienen a los sujetos constantemente en relación con la incertidumbre, con el riesgo de estar siempre en el límite de perder lo conseguido, de no poder mejorarlo o de caer en una completa inestabilidad que pone en riesgo el sustento. Incluso podría decirse, con Lorey (2016), que el neoliberalismo regula la vida de las poblaciones, gobierna usando como instrumento la inseguridad social, pues esta se vincula con constantes formas de privatización que favorecen intervenciones de grandes capitales a costa de la desprotección y empobrecimiento de la mayoría. Además, la presencia del riesgo puede ser un factor que active la competencia y la lógica de autoperfeccionamiento de los sujetos, de modo que estos contribuyan a su propia precarización, mientras no dejan de tener deseos y necesidades de consumo, que eventualmente se reducen — en el caso de muchos— a lo mínimo. Pues para esta racionalidad no importa tanto que crezca la desigualdad, ni la «pobreza relativa» aparejada a ella. Importa controlar el crecimiento de la «pobreza absoluta» (monetaria y multidimensional) que impide que las personas participen de algún modo en las dinámicas económicas del mercado. Por eso las intervenciones asistencialistas de los Estados neoliberales, como puede verse en Colombia, implementan políticas que estudian los riesgos de ciertas zonas y poblaciones de caer en la pobreza extrema, e implementan algunos planes asistencialistas para contener el crecimiento de esta situación.31 Esto quiere decir, por una parte, que la vida según esta racionalidad «no es un recurso que ha de ser prolongado, cultivado o mejorado, sino una posesión precaria en peligro perpetuo de ser dañada o arrebatada» (Zeideman, 2016: 102). Y, por otra, que el umbral de precariedad se modula de suerte que no caiga al punto que se ponga en cuestión la capacidad de consumo de la mayoría de los sujetos, y con esto la estabilidad económica y social de un país, sobre todo de los negocios corporativos, que buscan siempre «ambientes favorables» para su inversión. Por eso, bajo esta lógica, se trata siempre de «equilibrar ese umbral» (Lorey, 2016: 19). Evidentemente los equilibrios cambian mucho en los espacios del norte y el sur global. Pues es muy distinta la situación en países donde existieron formas de bienestar social y las tasas de pobreza y desigualdad son menores, así como mayores las garantías de protección de derechos humanos, aunque haya en ellos también crecientes sectores sociales (sobre todo inmigrantes ilegalizados y habitantes racializados) más expuestos a la marginalización y a la represión policial (Fassin, 2013b: XVIII). Cambian mucho las cosas respecto de la situación en el sur global, sobre todo en lugares donde las protecciones sociales nunca han logrado consolidarse y los índices de pobreza y miseria son elevados, así como la constante violación de derechos humanos deamplios sectores de la población que se encuentran en condiciones de pobreza. Esto último trae consigo que la represión policial ante el descontento social pueda ser mayor y más continua, así como en general la falta de garantías para la protesta ciudadana que reclama condiciones más igualitarias. Todo esto implica además una mayor normalización de la pobreza, que la gente tenga que lidiar con ella y ver cómo se las va arreglando con lo que ya hay, con las pocas asistencias estatales que se ofrecen y las «oportunidades» que el sector privado pueda abrir, o con las que cada quien pueda crearse mediante el «rebusque»: estrategias de sobrevivencia de tantas personas en las calles, que van desde el freelance más informalizado, hasta la venta ambulante, cuidar carros, vender droga, reciclar, prostituirse, pedir limosna, muchas veces habitando en las calles de las ciudades, residiendo en sitios de pago diario, en centros de acogida transitoria o en territorios urbanos impenetrables. Y allí donde hay menos garantías sociales y estas han existido como promesa cada vez más aplazada y ausente, pueden darse más recurrentes e intensivas formas de explotación laboral, pero también zonas más extensas de abandono y poblaciones más expuestas a padecerlo. Para producir la precarización de la vida, el neoliberalismo tiene que promover entonces formas de inmunización contra la vulnerabilidad y la codependencia de los cuerpos, en prácticas de autogobierno y deseos de consumo que intensi�can la autoprecarización, mientras responsabilizan a los sujetos de su propio «fracaso» social. Además, este sujeto autorresponsabilizado vive temiendo el riesgo de lo imprevisible, de habitar con otros, y el capitalismo activa ese miedo, del que en todo caso se sirve para que consumamos muchas cosas y produzcamos más, en competencia con otros: el miedo al que pueda ser mejor y a quedarse por detrás, el miedo al usurpador, el miedo a decaer, a devenir otro, envejeciendo, quebrándose, enfermándose, empobreciéndose; el miedo de perder, el miedo por la propiedad, «por lo de uno»; el miedo por lo incontrolable, que todo el tiempo en todo caso habitamos, con los riesgos y las inseguridades se multiplican por doquier; y sobre todo el miedo por la violencia, en lugares, como Colombia, atravesados por el peligro latente en algunos casos, inminente en muchos otros. Además, el miedo a lo imprevisible puede subyugar bajo múltiples deseos de normalidad, al mismo tiempo que empodera a buscar una autosu�ciencia protectora. Y esta termina fallando, por las condiciones mismas de precarización, los endeudamientos que no acaban y la inevitable heteronomía de la vida, sin que deje de manifestarse junto con el miedo. El miedo sobre todo frente a todos aquellos precarizados que nos recuerdan tanto el riesgo de caer y de quedar expuestos, como el riesgo que ellos mismos representan cuando se �jan como desposeídos, sin dinero ni capacidades deseables para el mercado, pero capaces de reaccionar con agresividad frente a situaciones de evidente desigualdad. De ahí que tendencialmente, «para la legitimación de la protección de unos es preciso encasillar a los que son marcados como “otros”» (Lorey, 2016: 29). Una marginación y un deseo de evitarla que son producidos por las mismas dinámicas del capitalismo. Por eso, la otra cara de una gran tendencia a producir márgenes, restos, formas de abandono y marginalización, de aquellos no incorporables en las dinámicas del mercado, es un intenso vector de integración, de asimilación consensual, en la lógica económica, de quienes toman parte o hacen todo lo posible por tomarla. Así parecería que, en los dispositivos securitarios, la precariedad se administra como una suerte de vacuna social: como una infección que se inocula en una dosis regulada, neutralizada, que activa las vigilancias para que el cuerpo social se de�enda mediante los mecanismos del dispositivo de seguridad, produciendo así — como efecto secundario— sujetos y zonas no integrables que se abandonan como un espacio de marginalidad inevitable y necesario (cfr. Lorey, 2016: 54). De este modo, tales mecanismos securitarios legitiman la inmunización que producen, sirviéndose de la �jación de amenazas y fuentes de peligro, que se incentivan y �jan, a la vez que se contienen para evitar el exceso que se liga con el colapso social (Lorey, 2016: 55). Porque el verdadero peligro para los dispositivos securitarios es, ya lo he argumentado, todo aquello excesivo que no deja que el crecimiento económico, en todos sus vectores de desigualdad, sea. Entre estos peligros se encuentran: sujetos que a�rman formas de relacionalidad en la vulnerabilidad que viven, a través de prácticas de organización que luchan por desprivatizar el mundo y hacerlo más común; luchas igualitarias que se resisten a la acumulación intensiva a gran escala; deseos que se rehúsan a las regulaciones de la autoformación y el autogobierno; prácticas minoritarias que se separan del proyecto de desarrollo capitalista y de sus trazas coloniales; o simplemente excesos debidos al crecimiento incontrolado de la precariedad, que sobrepasan el límite tolerable para las normalizaciones securitarias; excesos «super�uos» que las intervenciones de un Estado neoliberal dejan morir, privándolos de recursos mínimos para la vida. En todo esto hay, además, algo también muy paradójico: en ese arrojamiento de los cuerpos a la contingencia del riesgo, de lo imprevisible, esta a la vez se cierra, se angosta y va anulando devenires. Como si en este marco de producción de incertidumbre, muchos cuerpos ya pudieran saber de antemano, con�rmándolo una y otra vez, que algo muy distinto tampoco va a pasar, o incluso, que no hay futuro, como en la famosa película de Víctor Gaviria: Rodrigo no tiene todavía veinte años. Está en una ventana del último piso de un céntrico edi�cio en Medellín. Va a saltar sobre esa ciudad que lo oprime¸ lo llama¸ lo margina. No tiene otra opción¸ le grita a la ciudad. El tiempo se detiene y ahí está todo lo que ha sido su vida y lo que la rodea.32 Por supuesto que las condiciones de Colombia y de Medellín hoy pueden ser muy distintas a la experiencia de las Comunas en los ochenta y noventa, pero hay también hoy en día una reiteración de la pobreza, del abandono, de la violencia, del cierre del campo de posibilidad para millones de cuerpos en este país, que se sienten impotentes, incapaces de cambiar una situación que se les presenta como lo que hay, a menos que se la jueguen a la ruleta de la ilegalidad, que, en algunas ocasiones, como en los negocios asociados a la droga, puede funcionar como mecanismo radical de ascenso social. No puedo ni me interesa analizar las múltiples condiciones sociales vinculadas con estos fenómenos. Hago alusión a estos para destacar la dimensión afectiva que está en juego en experiencias de arrojamiento a un contexto de daño constante, donde un cuerpo siente que las promesas de algo mejor se incumplen recurrentemente, y su deseo y sus capacidades quedan constantemente reducidos, cuando no aplastados, en medio de situaciones que pueden ser más o menos duras pero que, en todo caso, se sienten tendencialmente imposibles de cambiar. Esta exposición a la reiteración del daño y de la frustración se incorpora y es un suelo propicio para el odio que incuba el resentimiento. Sin embargo, este no es el odio impotente «de los pobres» que reaccionarían con agresividad ante su debilidad y fragilidad, como muchas veces se asume en discursos reaccionarios, que hablan del resentido con la distancia oligárquica del desprecio por el que se ve como inferior. El resentimiento es más bien, lo he sugerido a lo largo del capítulo, una afectividad anclada a la experiencia de impotencia que el capitalismo propicia y regula, en muchos dispositivos y niveles: impotencia frente a promesas de progreso que siempre dejan atrás a muchos y di�eren constantemente la proyección de un estado de cosas mejor para la mayoría; impotencia por la captura del futuro ante deudas que los sujetosnunca terminan de pagar; impotencia producida a través de narrativas que imponen las regulaciones y �ujos establecidos del mercado como lo que es, en una suerte de «subyugación semiótica» (Laberge, 2019: 129). De modo que el capitalismo es sobre todo un régimen de afectividad que implica, para la mayoría que no se enriquece, una experiencia de indefensión (helplessness) (Latour, 2014) e inevitabilidad. Más aún, es un régimen afectivo que da lugar a un deseo que llega a desear su impotencia. ¿Pero por qué el deseo puede llegar a desear su propia impotencia? A lo largo del capítulo hemos recorrido algunos dispositivos que con�guran este tipo de deseo, que ya no quiere devenir y se protege inmunitariamente contra todo lo que lo altera; aunque paradójicamente sea también un deseo constante de ser otro a través del faltarse, a través de la reiteración de la falta incesante y de la deuda impagable. Tal deseo paradójico, lo vimos, puede cultivarse mediante la formación de un individuo que se pretende autodeterminado desde un control inmunitario de las emociones asumidas como un riesgo que impulsa; un riesgo que hay que intensi�car al controlarlo, siempre en todo caso fallidamente. Además, tal sujeto rechaza la vulnerabilidad — que en todo caso lo recorre—, a través de ideales de felicidad y empoderamiento que mueven — mediante el rechazo de quien se es y de lo que se ha sido— desde la promesa siempre incumplida de la autosu�ciencia; y a través de modulaciones del riesgo que hacen sentir constantemente a unos sujetos en peligro con respecto a otros. Este deseo arrojado a querer en el mismo horizonte, constreñido quizá a querer que las cosas — al menos— se sostengan y «no sigan empeorando» (Cavarello y Gago, 2019: 24), queda así enredado muchas veces entre el afán de autoprotección y el miedo. Y el miedo multiplica las fronteras y sus asedios. En época de pandemia esto último puede llevar incluso a situaciones delirantes, porque frente al riesgo inminente de un contagio viral que puede resultar mortal, los miedos acumulados hacia los otros se acentúan y llaman — en manada— a todos los pequeños miedos que la lógica securitaria ha incubado en cada quien: esas «pequeñas angustias que hacen de nosotros micro-fascistas, encargados de sofocar cada cosa, cada rostro, cada palabra un poco fuerte, cada uno en su calle, en su barrio» (Deleuze, 2008: 133), replegado sobre sí y defendiendo su propiedad. Abril de 2020. En prensa y en redes se informa sobre las discriminaciones que sufre el personal médico en época de pandemia: los buses y taxis no paran si alguien lleva uniforme blanco; hay tiendas que no quieren venderles, vecinos que les piden a residentes identificados con servicios de salud que abandonen edificios, conjuntos, viviendas, aduciendo que ponen en riesgo a sus familias; o incluso amenazas de muerte a quienes no acaten ese tipo de peticiones.33 Hay algo muy cruel, pensamos muchos, en este tipo de actitudes, y algo muy paradójico en esta discriminación de sujetos que justamente son responsables del cuidado de la salud de la gente, más necesario y evidente en época de pandemia. Y que además tienen que hacerlo en condiciones precarias, que ofrecen pocas garantías para su salud y bienestar social. Pero esta no es meramente una reacción irracional de gente obtusa. Esta discriminación sabe de tal inseguridad y la castiga: a quien se encuentra más expuesto por su actividad de cuidado a los enfermos y la carencia de protecciones adecuadas se lo responsabiliza de esta situación, y se lo culpa por el daño indirecto que podría eventualmente causar en otros, cuando todo esto se debe en realidad al precario sistema de salud colombiano y a las formas de gubernamentalidad que lo tienen en ese estado. Así, esta discriminación es también efecto de los mecanismos de autorresponsabilización que el capitalismo ha cultivado y de la manera en que este ha desarticulado los problemas con respecto a los entramados sociales en que se producen. En la abstracción de esos entramados, «cada soplo de aire fresco que tomamos se convierte en una frontera amenazante» (Hage, 2003: 86). Algo que, en época de pandemia, puede radicalizarse en la búsqueda de espacios domésticos cerrados sobre sí, donde cada quien intenta seguir con la normalidad de sus vidas, envuelto en las burbujas protectoras de su propiedad. En todo caso, como no he dejado de insistir, las sujeciones son heterogéneas y reversibles, forman parte de las coordenadas de lo sensible, son justamente perceptivas, sensoriales, afectivas, y por eso en ellas también pueden anidar alteraciones imprevisibles, incluso emancipatorias: El poder es una cosa de los sentidos. Vive como capacidad, o anhelo, o como resentimiento pululante. Puede ser sensualizado en noches de furia. Puede comenzar como un secreto guardado o como un gesto entrevisto en un corredor. Puede dejarse escapar o cosecharse para una referencia futura. Y puede esparcirse como semillas de maleza aleatoriamente arrojadas en un terreno suburbano. (Stewart, 2007: 84) Abordemos entonces más directamente algunas dimensiones de esa maleza que es el resentimiento. Una maleza que requiere crear intervalos, pensar entre las cosas, hacer emerger espaciamientos entre estas y los cuerpos, para atender a los con�ictos de fuerzas afectivas. Esto es algo que buscó decididamente Nietzsche con su pensamiento genealógico, y por eso este cobra una cierta preeminencia en las re�exiones que propondré a continuación. Eulalia de Valdenebro. Dibujo para Nativas Foráneas 3. Resentimientos EL MÉDICO: Es la guerra. SAWDA: ¿Qué guerra? EL MÉDICO: ¿Quién sabe? Nadie comprende. Los hermanos disparan sobre sus hermanos y los padres sobre sus padres. Una guerra. ¿Pero qué guerra? Un día quinientos mil refugiados llegaron del otro lado de la frontera. Dijeron: Nos han echado de nuestras tierras, dejadnos a vuestro lado. Gente de aquí dijo que sí, gente de aquí dijo que no, gente de aquí huyó. Millones de destinos. Y no sabemos quién dispara sobre quién ni por qué. Es la guerra. NAWAL: ¿Y los niños que estaban aquí, dónde están? EL MÉDICO: Todo ocurrió muy deprisa. Los refugiados llegaron. Cogieron a todo el mundo. Incluso a los recién nacidos. A todo el mundo. Estaban furiosos. SAWDA: ¿Por qué? EL MÉDICO: Para vengarse. Hace dos días, los milicianos colgaron a tres refugiados adolescentes que se aventuraron fuera de los campos. ¿Por qué colgaron los milicianos a los adolescentes? Porque dos refugiados del campo habían violado y matado a una chica del pueblo de Kfar Samira. ¿Por qué violaron esos dos tipos a la chica? Porque los milicianos habían lapidado a una familia de refugiados. ¿Por qué los habían lapidado los milicianos? Porque los refugiados habían quemado una casa cerca de la colina del tomillo. ¿Por qué quemaron los refugiados la casa? Para vengarse de los milicianos que habían destruido un pozo de agua perforado por ellos. ¿Por qué destruyeron el pozo los milicianos? Porque los refugiados habían quemado una cosecha al lado del río. ¿Por qué quemaron la cosecha? Hay ciertamente una razón, mi memoria se detiene ahí, no puedo retroceder más, pero la historia puede proseguirse aún mucho tiempo, de hilo en hilo, de cólera en cólera, de pena en tristeza, de violación en asesinato, hasta el comienzo del mundo. (Mouawad, 2011: 107-108) Esta escena de Incendios — que Wadi Mouawad elabora pensando en la cruenta y prolongada guerra que vivió el Líbano entre 1975 y 1990 — traza las espirales de violencia inde�nida que pueden desencadenarse cuando una acción violenta da lugar a múltiples reacciones. Y estas a otras, en círculos de odio y venganza cuyo punto de emergencia resulta nebuloso y tiende a borrarse, por la di�cultad de desanudar las capas de la historia y sus con�ictos y por la imposibilidad de separar una acción de otras reacciones con las que podría estar ligada y que la podrían impulsar en múltiples hilos, algunos visibles, otros secretos e inalcanzables. Todo lugar de emergencia es poco originario, ya que está atravesadopor la heterogeneidad, por lo que la hace diferir de sí, como bien lo vio el genealogista (Foucault, 1988). En todo caso, se trata de una escena que podría vincularse con muchos otros con�ictos violentos que se han dado en el mundo, y pienso particularmente en Colombia: en cómo el país, tras décadas y décadas de con�icto violento,1 ha estado atravesado por esas destructivas espirales de reacciones, que no parecen tener �n. La venganza circula y se reproduce sin control, con efectos perdurables. Así lo ha analizado la antropóloga colombiana María Victoria Uribe, al ocuparse del sinnúmero de masacres que se han dado en Colombia en todos esos años de guerra.2 En estas acciones devastadoras, con profundas sedimentaciones afectivas para quienes sobrevivieron, se produjo, en los períodos que Uribe analizó, una muerte «in�igida por conciudadanos en nombre de la venganza, de la pertenencia a un determinado partido político, o a un determinado grupo armado» (Uribe, 2003: 6). Así, en la época de la llamada La Violencia, al «calor de las afrentas, las muertes y las mutilaciones que se in�igían unos a otros, fue aumentando la acumulación del odio y la necesidad de venganza» (Uribe, 2003: 31). Y esta de�nió por mucho tiempo las relaciones entre unos y otros (Uribe, 2003: 39, 43), sus lenguajes y prácticas, y la gramática para dar muerte al otro y deshumanizarlo, como un animal despreciable, que puede ser matado impunemente. En palabras de un campesino, testigo de la época de La Violencia: Las cosas van pasando de unos a otros, de los taitas a los hijos y eso ya no para. Uno ve que un día matan a uno y nadie sabe por qué. Pero uno que ya ha vivido sabe que fulano tenía rencillas con zutano, que este mató a un hermano de aquel hace 20 años, y esas venganzas quedan allí y de pronto salen. Por eso digo yo que la guerra no se ha acabado, es un animal que está vivo. (Testimonio recogido por Alfredo Molano, citado por Uribe, 2003: 60) Las formas de violencia armada que el país ha vivido después, particularmente en las interacciones entre guerrillas, paramilitares, agentes del Estado y ma�as, son por supuesto distintas.3 Pero las espirales de reactividad, que hacen de la violencia algo muy vivo, acechante y voraz, haciendo eco de la imagen del testimonio recién citado, no han dejado de estar presentes en las relaciones destructivas y formas de terror a las que han dado lugar las confrontaciones entre los bandos. Estas circulan en rumores que producen identi�caciones destructivas, muchas veces aniquiladoras, como lo pueden ser la del «guerrillero», «terrorista», «paraco», «auxiliador» o la del delator declarado como «sapo». Ser señalado como sapo o por el sapo es algo que tuvo, y quizá siga teniendo, brutales consecuencias para las personas en los territorios de Colombia: El hombre con el pasamontaña era un «sapo». [...] El señalamiento que hace el «sapo» contamina a las personas señaladas con una alteridad que anticipa su muerte [...]. Y se trata de una contaminación que se transmite por contagio. (Uribe, 2003: 87, énfasis mío) El señalamiento del sapo contamina y circula contagiosamente, porque el rumor de que X fue señalado por el sapo se transmite como estigma a sus familias y allegados, con anticipaciones y proyecciones que anuncian la muerte, lanzan inculpaciones (de ser auxiliador, de haber sido sapo) e imponen la necesidad de desplazarse en medio del terror o de formar parte de los bandos en guerra. Una guerra en la que a veces todos parecían los mismos, todos camu�ados, dando lugar a situaciones devastadoras y espacios de terror, que también se caracterizan por volver opacas las fuerzas que operan, sus conexiones y agentes, y por trazar fronteras variables, a veces ambiguas y letales, que marcan a las personas como amigos o enemigos, dependiendo del actor armado (ibid.). Las circulaciones son tan pegajosas en las «zonas de guerra», tan contagiosos los posibles contactos con el enemigo, que se leen como «contaminaciones peligrosas» a partir de «cualquier tipo de intercambio» (Uribe, 2003: 90), en un claro lenguaje inmunitario. Así se con�gura además un espacio de terror (Taussig, 2002: 23-60): un espacio de completa exposición, incertidumbre y amenaza incesante de ser identi�cado y asesinado, bajo el pánico y el dolor de ver morir a conocidos o seres queridos — y de maneras además terriblemente crueles— o de ser obligado a desplazarse del lugar que se ha habitado. Se trata de espacios y economías afectivas caracterizadas por la completa indefensión e impotencia, el asedio de las amenazas constantes, la experiencia de violencias atroces, las inculpaciones «por no haber podido impedir la muerte de vecinos o conocidos» (Uribe, 2003: 95). * Si empiezo por estas espirales de venganza y circulaciones afectivas del terror que ha traído la guerra en Colombia y que han marcado evidentemente la vida pública, social y psíquica del país — con trazos heterocrónicos y persistencias diversas—, no es para abrir el inabarcable y estudiado debate sobre la violencia en el país. Me interesa, más bien, ir sugiriendo algunos vectores de fuerza que se anudan en la maleza del resentimiento, y sus diversas irradiaciones y efectos, pensando sobre todo desde las circunstancias en las que escribo. El resentimiento, de hecho, es un afecto reactivo, es decir, se produce como respuesta frente a un daño que atravesó a los cuerpos y se inscribió en ellos, dejando marcas intensamente dolorosas que no cesan. Se trata, además, de un daño experimentado como una injusticia, como algo que no debió pasar porque negó o truncó posibilidades vitales a quienes lo padecieron. Pero en el resentimiento se con�guran además otros efectos y manifestaciones que tienen que ver con su vínculo con la memoria, con su relación con la temporalidad. En este capítulo construiré constelaciones afectivas que permiten poner de mani�esto algunas de sus aristas y ambivalencias. Pero antes abriré un paréntesis algo extenso sobre la manera en que me aproximaré a la cuestión y cómo me serviré del polémico, y muchas veces simpli�cado, pensamiento de Nietzsche. 3.1. Sinuosas constelaciones, nudosos devenires Varios �lósofos y �lósofas que se ocupan del tema tienden a tratar el resentimiento desde un punto de vista normativo, dando argumentos para justi�car por qué es una emoción para algunos éticamente signi�cativa,4 para otros moralmente problemática y destructiva.5 Por razones que ya advertí en la introducción, me distancio de este abordaje, pues no me interesa juzgar normativamente esta experiencia, ni ver si puede resultar justi�cable o no desde un ideal de lo que el ser humano debería ser. Más bien la elaboro como una afectividad gris (heterogénea y ambivalente), que circula y nos surca de distintas formas y que puede dar lugar a constelaciones más o menos destructivas para los sujetos y las relaciones que habitan. Asimismo, es clave considerar la historicidad de este afecto: por ejemplo, la manera en que emerge, como lo sugerí en el capítulo anterior, en los heterogéneos ensamblajes afectivos del capitalismo que habitamos, y cómo se ha pensado también de distintas maneras en la historia (Fantini et al., 2013). Aunque, por supuesto, no me propongo una historia del resentimiento, ni un trazado genealógico de este, las constelaciones que trazaré exploran tensiones, rupturas, con�ictos que atraviesan comprensiones difundidas y experiencias situadas en las que este afecto aparece con sus nudosas rami�caciones. Esto último marca diferencias importantes respecto de otras aproximaciones al tema que lo han vinculado con condiciones sociales y psíquicas del capitalismo, retomando también planteamientos de Nietzsche, como la muy difundida de Scheler (1994 [1912]), ya algo lejana en el tiempo, y la más reciente de Peter Sloterdijk (2010). Scheler retoma la noción de ressentiment, introducida por Nietzsche, como un término técnico intraducible al alemán, y a otros idiomas, que le permite insistir en dos aspectos fundamentales para su aproximación. Por una parte,la manera en que allí está en juego una experiencia de reiteración, un re-sentir, y un re-accionar hacia otro. Y, a la vez, un movimiento de hostilidad que se expresa en la reacción (Scheler, 1994: 68). Según Scheler, esta actitud emocional caracterizaría al «hombre corriente» de sociedades capitalistas liberales, «donde los derechos aproximadamente iguales (políticos y de otro tipo) o la igualdad social formal, reconocida públicamente, van de la mano con amplias diferencias fácticas en poder, propiedad y educación» (Scheler, 1994: 88). Y donde se promueve la competencia constante, y con esta las comparaciones incesantes entre unos y otros (Scheler, 1994: 103). Frente a estas condiciones, las personas de a pie sienten que, aunque tienen el derecho de compararse con cualquiera, fácticamente no pueden hacerlo (Scheler, 1994: 89), mientras se ven arrojados a una profunda inseguridad e impotencia como condiciones incesantes de su existencia (Fantini et al., 2013: 9). Y tal experiencia se incrementa en tanto que las condiciones de vida se sientan más injuriosas e inmodi�cables, como si se tratara de un «destino» dado, impenetrable (Scheler, 1994: 89). Aunque coincido con Scheler en la identi�cación del vínculo que establece entre expresiones de resentimiento y condiciones del capitalismo, me distancio por varias razones de su perspectiva y de la manera en que asume la aproximación nietzscheana. En primer lugar, los análisis de Scheler están enmarcados en una visión axiológica. Para esta hay valores objetivos desde los cuales el resentimiento produce juicios y visiones falsas, avivados por una sociedad de decadencia, en la que se impondría «un debilitamiento de las fuerzas centrales y orientadoras del hombre frente a la anarquía de sus impulsos automáticos», un predominio de los medios sobre los «verdaderos �nes morales» (Scheler, 1994: 405). Esta visión totalizante del capitalismo, y además moralizante, supone un pensamiento dicotómico que entiende el resentimiento como un estado interno negativo y como un riesgo que se ha de evitar. Se trata de un «riesgo» que Scheler �ja a ciertas identidades que considera más expuestas a padecerlo, desde el análisis que propone de los roles sociales. Esta comprensión inmunitaria del resentimiento, como riesgo y amenaza, está muy lejos de mi aproximación, que más bien, en la estela de Nietzsche, comprende la doble necesidad de �jar un riesgo amenazante, por detener, y a la vez contenerlo en identidades marcadas, como ligada al fenómeno del ressentiment. Además, también me distancio de la manera en que Scheler piensa la producción del valor y el deseo, y de la lectura que desde allí hace del pensamiento de Nietzsche. Pues este termina siendo reducido por Scheler a un subjetivismo relativista que sería producto del resentimiento (Scheler, 1994: 111-112). Aunque evidentemente hoy en día los análisis de Scheler no tienen una in�uencia signi�cativa, me re�ero a ellos porque producen una lectura muy difundida del pensamiento afectivo nietzscheano — como meramente inmoralista, enaltecedor del subjetivismo valorativo— de la que me desmarco. Pues parte de lo que me interesa de las re�exiones de Nietzsche es la manera en que desestabiliza las oposiciones entre lo subjetivo y lo objetivo, al pensar la afectividad como producida y condicionada históricamente en relaciones que pueden ser más o menos vitales, en el sentido que ya aclaré al �nal del capítulo 1. Por su parte, Peter Sloterdijk considera que el capitalismo crea constantemente «complejos resentidos del deseo», que se caracterizan por «volver la culpa hacia adentro y el odio hacia afuera» (Sloterdijk, 2010: 41; Van Tuinen, 2010: 49). Tales complejos serían visibles, y casi virales, en las victimizaciones, las formas de indignación moral y las reacciones de antielitismo, que serían constantes hoy en día (Van Tuinen, 2010: 49), y sobre todo tendrían múltiples efectos patológicos sobre la vida. De modo que Sloterdijk se pregunta por cómo inmunizarse contra la «epidemia afectiva» y las infecciones virales del resentimiento (Sloterdijk, 2010: 205). Se propone así reactivar un modelo psíquico y una afectividad timótica (de afectos «autoa�rmativos», de orgullo) distinta con respecto a aquella del resentimiento, desde la diferenciación entre dos formas muy distintas de pensar la «economía de la ira»: una «timótica justa o saludable» y una «timótica enferma». Desde esta diferenciación, inspirada en la establecida por Nietzsche entre moral noble y moral de esclavos, el resentimiento aparece como ira latente, acumulada a través del tiempo (Sloterdijk, 2010: 59-62). De ahí el vínculo que, en la estela de Nietzsche, Sloterdijk establece entre ira y tiempo, al caracterizar la ira del resentimiento por la interiorización de «un pasado traumático, en la forma de una venganza pospuesta» (ibid.). De hecho, Sloterdijk interpreta «la historia de Occidente» como emergida de «la herida psíquica y moral» del resentimiento, una herida que «no sana y que crea su propia temporalidad corrupta, el in�nito mal de una queja sin respuesta» (Sloterdijk, 2010: 49). Y propone una transformación de tal economía resentida y la producción de una forma de valoración distinta que, a su modo de ver, podría darse desde una reversión del capitalismo sobre sí mismo, toda vez que la riqueza pudiera liberarse «del ferviente y hermético valor de acumulación» y hacerse «capaz de un gasto radical» (Van Tuinen, 2010: 60). Así se produciría una economía de la generosidad, que evitaría las lógicas compensatorias del resentimiento, un soberano desperdigarse, en un sentido que Sloterdijk retoma de Bataille, que pudiera permitir compartir un mismo planeta, reinterpretando la inocencia nietzscheana del devenir como «inocencia de la disipación» (Van Tuinen, 2010: 58; Sloterdijk, 2010: 30). Por supuesto he recogido muy esquemáticamente una apuesta compleja, que depende de un sinnúmero de elaboraciones que no puedo discutir aquí. Por eso, no me interesa cuestionarla de manera sustantiva, mostrando las formas de jerarquía que presupone, desde un marco de comprensión que no deja de ser desigualitario y conservador. Si la retomo es para destacar cómo esta apuesta está metodológicamente muy lejos de mi tratamiento de la rabia política y del resentimiento, y de la manera en que usaré a Nietzsche en mi aproximación. Además, tengo la impresión de que la caracterización de la «salud timótica», por parte de Sloterdijk, entroniza actitudes a�rmativas de orgullo y distinción que responden a una herencia bastante masculinizada, que tampoco es ajena a algunos tonos de Nietzsche y que no me interesa para nada recuperar, como tampoco me interesa retomar los planteamientos desigualitarios de los que depende. Pero más allá de esto, el punto central es que no veo a la ira y al resentimiento como dos economías psíquicas opuestas, ni considero con esto, como ya lo anticipé en el capítulo 1, que la distinción entre salud y enfermedad pueda considerarse «trágica y radical», como para Sloterdijk (Van Tuinen, 2010: 63). Además no hablo, como él, desde la voz del �lósofo que muestra una gran creatividad trazando narrativas abarcadoras, de larga duración, que habrían constituido a Occidente,6 y ambiciosas apuestas de transformación para construir de otro modo el mundo. Me situó en una �losofía de la contingencia que no busca modelar, sino entender de otro modo algunos aspectos que caracterizan lo que hemos llegado a ser, ofreciendo otras coordenadas de sentido y visibilidad; desplazando la mirada. Y es así también, desde este ángulo, que retomo la genealogía nietzscheana del ressentiment. De hecho, lo que considero más potente del pensamiento de Nietzsche, ya de otro tiempo, pero no pasado, tiene que ver con cómo puede interpelarnos aún en este presente convulsionado, cuestionando algunos de sus pliegues, para permitirnos imaginar hoy otras posibilidades de ser; o en palabras del autor, «para actuar contra y por encima de nuestro tiempo, a favor, eso espero, de un tiempo por venir» (SI,39). Porque pasado, presente y futuro se cruzan en una aproximación intempestiva, como la nietzscheana, y de este cruce de tiempos, de la con�ictividad del tiempo y de los tiempos, también se tratará aquí al re�exionar sobre el resentimiento. Más aún, como este autor nunca dejó de subrayarlo, pensamos siempre desde unas condiciones de existencia que empujan y desconciertan a un cuerpo, con los numerosos y complejos signos de interrogación que le lanzan: oyendo a lo lejos los estallidos de la batalla; desde el diagnóstico de un tiempo vivido que duele y afecta, desde la fragilidad de un cuerpo que piensa su enfermedad; desde las corrientes contradictorias de la historicidad, desde sus quiebres y violencias, el pensamiento puede dejar vibrar los movimientos sísmicos que atraviesan el suelo del presente y a veces, abismalmente, lo hacen tambalear. Por lo anterior, es también problemático asumir que Nietzsche produce una comprensión meramente negativa del ressentiment, al caracterizarlo presuntamente como una «reacción débil e impotente» (Thiebaut y Gómez-Ramos, 2018: 36; Scheler, 1994; Oudai Celso, 2013), que obedecería a una mera «frustración patógena y enferma» de la voluntad (Thiebaut y Gómez-Ramos, 2018: 51). De este modo se omite algo fundamental: si este autor se resiste a una interpretación binaria del resentimiento es porque se propone fracturarlo desde adentro, y esa afectividad es la que ha dado origen, en primer lugar, a una valoración dicotómica que ha traído efectos antivitales. Pues las valoraciones binarias se asientan justamente en un deseo de escapar de la contingencia del mundo, de su historicidad y con�ictividad. De modo que Nietzsche se abstiene de producir una lectura resentida del ressentiment, que apunte a la destrucción de lo que se odia, para pensar más bien cómo, desde este afecto incorporado, podemos devenir (cfr. Siemens, 2001: 69). De ahí que la problematización del resentimiento se dé como un trabajo de autoproblematización, que puede ser vehemente y odioso, pero desde la polémica, desde una reactivación del con�icto que se rehúsa a tratar al adversario como una enfermedad por extirpar, como una debilidad por dejar atrás, o como una deformación por reconducir. Nada sería más lejano para un pensamiento que comprende la fortaleza con la debilidad, la salud como exposición a la enfermedad, la decadencia con la vitalidad (cfr. CJ §120); y la enemistad como constitutiva de la amistad. Nada más ajeno para quien se reconoce condicionado por aquello que critica y padece. Nada más apartado de una sensibilidad trágica que vincula todo lo bello y creador con la aceptación y acogida de lo más doloroso. Y que intenta asumir así toda la complejidad que anida en las «semióticas del sufrimiento» (Siemens, 2001: 74). Tal esfuerzo puede ser fundamental para repensarnos. Pues al reconocer la complejidad que habita en la experiencia del sufrimiento se podría a�rmar también la irreductibilidad del con�icto social, despotenciando las espirales inmunitarias de �jación de amigos y enemigos, para crear antagonismos más constructivos. Esto es, antagonismos en los que no esté en juego la eliminación del otro, sino la erosión de prácticas y narrativas que impiden acoger la vulnerabilidad de los cuerpos y la posibilidad de que puedan relacionarse de múltiples maneras. De hecho, Nietzsche ofrece elementos para pensar cómo puede producirse una transformación a�rmativa del ressentiment desde una exploración inmanente de su propia complejidad. Una exploración que lo sitúa en la economía afectiva de las fuerzas devenidas, que nos han conformado como sujetos morales y que puede dar cuenta de su con�ictividad. 3.1.1. Resentimiento y ressentiment7 Un primer enredo en la maleza del resentimiento aparece cuando se consideran los dos términos («resentimiento» y el término francés ressentiment) que en las discusiones sobre el tema se usan para caracterizar la afectividad reactiva de la que venimos hablando y su historicidad. Aunque es evidente que algunas de las actitudes afectivas que caracterizan al resentimiento (la ira, el deseo de venganza, el odio por la constatación de impotencia y de inferioridad) aparecen elaboradas en textos literarios, �losó�cos e históricos anteriores a la modernidad, trabajos historiográ�cos recientes (Fantini et al., 2013) han mostrado que la emergencia del resentimiento como objeto de re�exión, en algunos de los rasgos que ya hemos considerado, y del ressentiment, tal y como lo elabora Nietzsche y otros en su estela, es una preocupación moderna (cfr. Sennett, 1974: 278). En esta dirección, Fantini, Moruno y Moscoso muestran, por ejemplo, que la connotación moral del resentimiento solo se habría dado en la segunda mitad del siglo XVIII, «cuando empezó a ser entendido como un sentimiento enraizado en un sentido profundo de la injuria que surge contra el autor de una injusticia» (Hume, citado por Fantini et al., 2013: 3); comprensión que tomó fuerza en el contexto cultural y social de la Revolución francesa y de las luchas por la independencia en Latinoamérica (ibid.). Es decir, junto con la promulgación de formas de igualdad formal, concepciones de la sociedad basadas en el mérito y lecturas sobre la miseria de las masas y su experiencia de impotencia. Aquí se produjo una naturalización del resentimiento al comprenderlo como una pasión humana inevitable, vinculada con un sentido de justicia ofendido y, por ende, incluso fue leído como algo implantado por la naturaleza para «propósitos saludables» (Fantini et al., 2013: 4). Esta naturalización puede verse ya en autores del siglo XVIII que fueron fundamentales para la emergencia del liberalismo político y económico, como Adam Smith y David Hume. Una naturalización que se ha reproducido en visiones contemporáneos que asumen este afecto como una disposición psicológica universal, ligada con un sentido humano de la justicia y, por ende, como una emoción moralmente signi�cativa (Rawls, 1971; Solomon, 1994). Siguiendo con el argumento histórico, es en el siglo XIX que esta interpretación del resentimiento, como pasión moral positiva, empieza a ser cuestionada desde lecturas más psicológicas que empezaron a enfatizar su dimensión temporal, su vínculo con una memoria obsesionada con la reiteración de un daño, cuyos efectos dolorosos se reprimen y resultan así destructivos para los sujetos (Fantini et al., 2013: 4). Una visión que, con una compleja elaboración particular, hizo carrera con la in�uyente interpretación de Nietzsche y su empleo del término francés ressentiment, que empezó a popularizarse por entonces en la lengua alemana (Fantini et al., 2013: 6). El término luego se desplazó y recon�guró en el siglo XX a través de perspectivas críticas de la sociedad de masas, como la de Scheler, que ya consideramos, y otras como la de Hannah Arendt y posteriormente la de Sennett, para mencionar algunas in�uyentes. Estas últimas aludieron al ressentiment como una actitud característica de las masas de las sociedades contemporáneas, que se sentirían impotentes y frustradas, dado el cierre que se presenta en estas de espacios públicos para la acción y la deliberación con otros sobre el mundo tenido en común. Tal frustración también surge por la burocratización impersonal de las distintas transacciones públicas y el repliegue de cada quien a un espacio íntimo, en el que viviría la experiencia del estar aislado, o de la soledad (loneliness) en el sentido de Arendt (1973: 317, 475), mientras acumula insatisfacción por no sentir un lugar digno en el mundo y por padecer una situación de super�uidad que vive como inmerecida. Una situación que experimenta entonces como una injusticia, y como una, además, que no puede cambiar, lo que incrementa su odio hacia aquellos (poderes y sujetos, el establishment) que responsabiliza por su condición (Sennett, 1974: 277-282; Mishra, 2017: 27). En estas comprensiones, el resentimiento termina vinculándose con un odio producido en dinámicas de clase y, más exactamente, con un odio de sectores marginalizadoshacia sectores privilegiados, sobre todo urbanos, que se culpabilizan por la desigualdad sufrida (Sennett, 1974: 278-279). Esta es una aproximación que, por supuesto, las élites, sobre todo en estructuras oligárquicas enquistadas, también han movilizado para deslegitimar el con�icto social, al simpli�carlo como un odio de clases, proclive a la violencia. Un uso regresivo de la noción de resentimiento que conocemos bien en Colombia, como lo exploraré más adelante, y frente al cual hay que decir que Nietzsche no fue muy sensible, por su ceguera frente a la injusticia social. Ahora bien, aunque desde un abordaje histórico se pueda diferenciar entre el uso de la noción de resentimiento y el uso del término más técnico ressentiment, en las re�exiones contemporáneas sobre el tema, tal distinción no necesariamente se hace o no necesariamente se asume en los términos señalados, en parte porque pocas veces se reconoce la historicidad del concepto. Piénsese, por ejemplo, en los famosos planteamientos de Jean Améry, que retomaremos luego. Para quebrar radicalmente con la lectura nietzscheana del resentimiento, Améry reinterpreta la noción de ressentiment y su incapacidad de olvido, para asumirla como una exigencia ética que se resiste a olvidar lo que no puede ser olvidado, por traumático e inaceptable. En esta estela, abordajes más contemporáneos como el de Fassin retoman la perspectiva ética de Améry para plantear que el ressentiment es «una reacción a hechos históricos, que genera una condición antropológica: víctimas de genocidio, apartheid o de persecuciones experimentan esta condición», sin que implique meramente la necesidad de venganza; más bien se trata de una «exigencia de reconocimiento» (Fassin, 2013a: 260). Lo que «signi�ca es la imposibilidad de olvidar y de perdonar sin sentido». En contraste, según Fassin «el resentimiento [resentment] sería una reacción a una condición relacional, que resulta de una posición sociológica: o�ciales de policía, la base constituyente de la derecha radical, trabajadores largamente desempleados, pueden encontrarse en esta posición» (ibid.). Esta implica una animosidad difusa que tiende a la reivindicación, y desplaza el «objeto de descontento de actores especí�cos de la sociedad en su conjunto a grupos vulnerables, en particular, a través de proyecciones imaginarias» (Fassin, 2013a: 261). Sin embargo, por una parte, la distinción que Fassin propone entre la dimensión antropológica y la sociológica no es tan evidente, sin desconocer con ello la diferencia entre las experiencias de las que parte para trazarla, pues evidentemente la situación de la fuerza policial en las calles de París es muy distinta a la de quienes padecieron el apartheid en Sudáfrica. Por otra parte, hay autores, como Katherine Cramer (2016), que al referirse al resentment parecen vincular los dos sentidos diferenciados por Fassin, para caracterizar proyecciones imaginarias de grupos vulnerables y, a la vez, aducir que su precarización también responde a razones estructurales, percibidas por estos grupos como daños endémicos. Asimismo, tampoco puede perderse de vista que diversos autores que han participado de la discusión más que diferenciar entre dos experiencias cualitativamente distintas conciben el ressentiment como una variedad del resentment (Oksenberg Rorty, 2000). Mientras que otros proponen una diferenciación alternativa. Por ejemplo, Meltzer y Musolf (2002) muestran cómo, sobre todo en distintos abordajes psicológicos, el ressentiment se entiende como un sentimiento crónico, vinculado con deseos de venganza, acumulados en el tiempo, que no se pueden consumar fácilmente y que obedecerían a «fuentes abstractas», incluyendo estructuras sociales que los sujetos sienten que recaen sobre ellos y no dependen de su decisión (Meltzer y Musolf, 2002: 241, 251-260). En cambio, el resentment funcionaría como una emoción más simple, de corto plazo, que emerge de las interacciones personales cuando un sujeto es afectado negativamente como consecuencia de un juicio adverso de otros — explícito o implícito—, que lo martilla y vuelve sobre él, recordándole su impotencia: En una reunión social, te encuentras expuesto a un comentario cáustico o degradante que se te lanza. Si hubieras sido fuerte en habilidades sociales, habrías recibido el golpe con una réplica que habría terminado en una carcajada. Si hubieras sido muy fuerte, habrías sorprendido al agresor con una humillación tan ingeniosa que se habría encontrado incapaz de no reírse de sí mismo. [...] Te sientes herido, morti�cado. El golpe fue asestado y el agresor se dio la vuelta; el sentimiento no pasa. [...] De vuelta en tu habitación, incapaz de dormir, revisas la herida, la palpas, la sientes y veri�cas el dolor. En el rastro de la agresión, secretas la imagen del agresor. Al no haber podido detener el golpe en ese momento o responderlo con un contragolpe, golpeas esa imagen: menosprecias, denigras, vituperas al otro, no en su presencia sino en su imagen. (Lingis, 2000: 76-77) Tendremos mucho que pensar sobre esas imágenes, esas proyecciones imaginarias que circulan en muchas de las experiencias del resentimiento, y sobre el dolor que producen; cómo afectan a los sujetos. Por lo pronto, una aclaración metodológica adicional: aunque reconozco la diferencia histórica entre las nociones de resentimiento y ressentiment, dada su inestabilidad solo la marcaré — en sentido terminológico— cuando el argumento lo requiera, por ejemplo, cuando retome varios elementos de los análisis de Nietzsche. Pero no dejaré de hablar, como ya lo he hecho antes, de resentimiento en general, tratándolo como un afecto atravesado por sedimentaciones históricas distintas, que a veces se cruzan en puntos inesperados, a veces se separan, a veces se conectan íntimamente, enredando algunos de los hilos y diferencias que aparecieron en el trazado que he planteado en esta sección. Además, en la experiencia cotidiana hablamos solo de resentimiento, sin recurrir al término técnico en francés, para aludir a una multiplicidad de reacciones, y por eso, para una aproximación como esta, atenta a los afectos que se producen en la cotidianidad, resulta más natural usar la expresión general en castellano. En todo caso, se trata de un concepto que se desborda y se divide constantemente. Acaso todos los conceptos que se re�eren a afectos (¿y quizá todos los que son menos susceptibles de ser regulados?) son como una maleza incontenible, que se multiplica cada vez que se pretende contener o cortar. 3.1.2. De vuelta a Nietzsche: una lectura no resentida del ressentiment De hecho, es esta maleza lo que el pensamiento de Nietzsche me ha invitado a pensar. Por eso a continuación recogeré los elementos de su genealogía que resonarán en las constelaciones resentidas que construiré en lo que resta del capítulo. Lo que me interesa en este punto es recoger, en un arco general, la caracterización no dicotómica que Nietzsche produce del ressentiment en La genealogía de la moral más que atender al detalle de los trazados genealógicos mismos que este libro propone. Y, ante todo, lo que me resulta fundamental destacar es que el ressentiment es realmente un problema para Nietzsche, uno que, en sus palabras, «no es precisamente sencillo: es necesario haberlo vivido (erlebt) desde la fuerza y la debilidad» (EH, «¿Por qué soy tan sabio?», sec. 6, p. 29). Desde la fuerza y la debilidad, no lo perdamos de vista. El ressentiment, de acuerdo con lo que aparece en el Tratado primero de La genealogía de la moral, se caracteriza por un movimiento de doble negación, producido por quienes padecen una condición de sufrimiento y esclavización, es decir, una muy escasa movilidad mundana, y pocas condiciones para el despliegue de las potencias corporales en la interacción con otros. El padecimiento de esta condición de explotación genera como efecto una reacción vengativa frente a quienes se perciben como causa del daño y el displacer. Pero, además, y esto es lo más característico, esta reacción identi�caa ese causante como un «otro», un «fuera de sí», «un mundo externo» para �jarlo como «opuesto», «negativo», «como rechazable», como «malvado», y obtener, luego, la «a�rmación de sí», como bueno. Se trata de un movimiento de «reactividad» que, en palabras de Nietzsche, podría describirse así: se «dice no, ya de antemano, a un “afuera”, a un “otro”, a un “no-yo”, y ese “no” es lo que constituye su acción creadora» (GM I, §10, 50). Tú eres malvado, luego yo soy bueno, se dice el hombre del resentimiento. Así él, de nuevo en palabras de Nietzsche, «ha concebido el “enemigo malvado”, “el malvado”, y ello como concepto básico, a partir del cual se imagina también, como imagen posterior y como antítesis, un “bueno” – ¡él mismo!» (GM I, §10, 53). En este sentido, y esto es crucial, el ressentiment no es meramente una reacción indignada ante un daño padecido, sino la manera en que esa reacción termina produciendo, por la operación de una proyección imaginaria, un otro inaceptable, que permite a la vez la identi�cación y el autorreconocimiento de un yo �jado como bueno. Este movimiento de negación proyectiva que produce al otro como «malvado» funciona a partir del odio y lo retroalimenta. Por eso la a�rmación de sí que trae consigo el resentimiento y el placer vinculado a tal a�rmación hacen sobrecrecer el rechazo de lo que se odia. Más aún, a mayor identi�cación de ese sí mismo, mayor intensidad del odio y mayor des�guración del otro odiado. Aquí se falsea completamente al adversario y se lo transforma «en una auténtica caricatura, en un espantapájaros» (GM I, §10, 50-51). Y esta caricaturización produce al otro también como amenaza; una que activa aún más la doble negación y el mecanismo de identi�cación que refuerza al hombre del resentimiento. Por eso, el adversario es aquí el enemigo que no puede ser, que no tiene derecho a la vida porque amenaza la existencia del resentido, aunque paradójicamente también le permita ser. Y por eso también el resentido no puede amar a sus enemigos, como tampoco a sus amigos: a ninguno de los dos los deja ser en su diferencia. El uno no puede sino ser �jado como malvado, como el rechazable de suyo, al que necesita acusar para a�rmarse como bueno; el otro, solo puede ser su hermano, el igual a sí mismo. Esta incapacidad de amar delata también una impotencia: no poder acoger lo extraño (CJ §334), es decir, lo que se resiste a ser comprendido dentro de un esquema de comprensión dicotómico y que también amenaza al sujeto resentido con alterarlo, con arrojarlo a la incertidumbre de su no saber. Por eso su felicidad se identi�ca con un estado de pasividad, de «quietud», «de anestesia» (GM III, §15), de suspensión de todo con�icto (cfr. GM I, §10, 52), de todo lo que lleva fuera de sí. Pero aquí se deja ver también algo paradójico: el resentimiento rechaza la contingencia y la con�ictividad del mundo; es un afecto simpli�cador y aplanador que, de ese modo, resulta injusto con la vida. Y, sin embargo, a la vez, profundiza y agudiza la mirada, da lugar a una intensa vida interior. En palabras de Nietzsche: «su alma mira de reojo; su espíritu ama los escondrijos, los caminos tortuosos y las puertas falsas, todo lo encubierto le atrae como su mundo, su seguridad, su alivio; entiende de callar, de no olvidar, de aguardar» (ibid.). Aquí nos encontramos con un rasgo que acentúa la complejidad y ambivalencia del resentimiento: esa afectividad da lugar a numerosos arti�cios que, a la vez que enmascaran y velan el carácter desgarrador y abismal de la vida — es decir, la olvidan, para protegerse de ella—, van �jando las marcas de lo que pasa, particularmente, las huellas de lo que duele. Y la conservación de estas trazas de memoria que impiden actuar de nuevo e iniciar nuevos cursos de acción da vida a numerosos arti�cios que sustentan un modo de existencia. De ahí que el ressentiment suponga, para Nietzsche, el cultivo de una cierta memoria, de una que no deja pasar y asimilar plásticamente las desventuras, sino que las �ja como lo que no deja de doler. De modo que, como se a�rma en Ecce Homo, en medio del resentimiento, «[n]o sabe uno desembarazarse de nada, no sabe uno liquidar ningún asunto pendiente, no sabe uno rechazar nada — todo hiere—. Personas y cosas nos importunan molestamente, las vivencias llegan muy hondo, el recuerdo es una herida purulenta» (EH §6, 29; trad. modi�cada). Así, al hacer valer la etimología del vocablo francés ressentiment, Nietzsche, como lo han anotado varios comentaristas,8 acentúa que este afecto es un re-sentire, un sentir una y otra vez lo que dañó. Pero el resentido no es simplemente el que no puede olvidar lo que le dolió, ni la reversión del resentimiento es simplemente el olvido del daño, o el regreso a la existencia desbordada e irre�exiva del hombre noble. No. El resentido es quien ata su existencia a la reiteración del pasado como «un fue»; es quien asume el pasado como una dimensión cerrada, como una marca que simplemente quema, y sobre la cual no se puede volver, para elaborarla y acogerla como ocasión de transformación. Por eso «con ningún fuego se consume uno más velozmente que con los afectos del resentimiento» (EH §6, 29; trad. modi�cada); porque este afecto quita justamente la fuerza plástica para alterarse y devenir, desde las marcas de lo que afecta, también en su dolor: «Fue»: así se llama el rechinar de dientes y la más solitaria tribulación de la voluntad. [...] Que el tiempo no camine hacia atrás es su secreta rabia. «Lo que fue, fue», así se llama la piedra de toque que ella no puede remover (AZ, 210) Ya en la Segunda intempestiva, Nietzsche había explorado esta dimensión del resentimiento, sin denominarlo así, al hablar del peso de un «fue» que le hace sentir al ser humano que su existencia no es más que un imperfectum, que nunca llega a realizarse plenamente (cfr. SI §1, 41). Esa rabia por no poder querer hacia atrás, por no poder deshacer lo hecho, es también la experiencia de una cierta impotencia, de un no poder ya, que se vuelve también burla por, y descreimiento en, todo lo que aspira a ser de otro modo. Se trata entonces de la incapacidad de asumir la apertura y virtualidad del pasado, la manera en que este persiste, sin que pueda admitir el cierre de una estructura �ja de sentido, y sin que tenga que cargarse pesadamente. Porque, justamente, lo uno tiene que ver con lo otro: el que carga el pasado como algo ya pasado es quien busca cancelar su fuerza de interpelación, la manera en que también puede hablarnos de otro modo; y es quien busca superarlo para, por ejemplo, como en las �losofías de la historia que Nietzsche critica en la Segunda intempestiva, o en los discursos capitalistas de hoy en día, abrirle las puertas al progreso. De modo que no se trata de olvidar el pasado, ni de recordarlo como algo allí dado o disponible. Se trata de asumir la copertenencia entre memoria y olvido: que necesitamos olvidar para vivir, y que al recordar también olvidamos, pero también que todo olvido humano está cruzado por memorias discontinuas y con�ictivas que se dejan sentir en cuerpos formados por la historia, como lo asume precisamente un análisis genealógico. Pero acoger esta copertenencia es asumir creativamente la relación con el pasado, como una que tiene que ser recreada y producida una y otra vez para elaborar las marcas dolorosas, que surcan heterogéneamente a los cuerpos y desde las cuales estos también pueden devenir. Porque la exposición al dolor también es necesaria para dar vida a lo que aún puede venir. La noción misma de afecto, de impulso devenido, como lo destaqué ya en el capítulo 1, se relaciona con lo anterior, pues se trata de valoraciones incorporadas — heterogéneas y heterocrónicas— que marcan a un cuerpo con gran intensidad. Por eso al analizar tales afectos el genealogista se autoproblematiza, interpreta fuerzas que también lo conforman. Precisamente, el Tratado segundo de la Genealogía ofrece elementos interesantes que alimentan estas consideraciones: en este tramo, Nietzsche muestra cómola coerción afectiva que da lugar a la mala conciencia — esa experiencia de decirse no a sí mismo, y sentir que se habría podido actuar de otro modo y de atribuirse una libertad de actuar— es también fundamental para la formación de la conciencia en general y para el proceso civilizatorio que produjo la humanización. Esto es, el proceso que al convertir al animal-humano en humano produjo un cierto ideal que se ha hecho cuerpo, que ha producido ciertas formas de corporeidad o, en términos más contemporáneos, de subjetivación. Ahora bien, algo característico de esta forma de subjetivación es la formación de una memoria de la voluntad, por medio de la cual el ser humano puede mantener el querer de lo que promete, hacerse responsable por esto y, así, �able, previsible (cfr. GM II, §1, 77). Se trata de la obra más acabada de este proceso civilizatorio (GM II, §2, 77): el individuo autónomo soberano. Un producto so�sticado, efecto de prácticas de dolor milenarias y formas de internalización de la crueldad que, en todo caso, puede dar vida a fuerzas prometedoras, preñadas de porvenir (GM II, §16). Pero es también un sujeto que pierde de vista su propia historia, las trazas que lo han conformado, al olvidar la heteronomía de su autonomía, la no-soberanía de esta. Un sujeto que puede obliterar las fuerzas plásticas y estilizadoras; la dimensión no consciente que impulsa su trabajo de autodeterminación y la manera en que este trabajo está lejos de hacerlo dueño de lo que acontece. De ahí que este ideal puede dar lugar a una actitud muy poco vital: Aquellos maestros de la moral que, en primer término y por sobre todo, ordenan al ser humano ponerse bajo su propio poder, arrojan con eso sobre él una peculiar enfermedad: especí�camente, una continua irascibilidad ante todas las emociones [...]; siempre le parece a este irascible como si su autodominio cayese ahora en peligro: él no debe con�arse más a ningún instinto, a ningún libre batir de alas, sino que ha de estar constantemente allí con un gesto defensivo, armado en contra de sí mismo [...]. (CJ §305, 177-178) Aquí está en juego una actitud inmunitaria muy defensiva, que busca dominar — de manera muy violenta— aquello que excede y amenaza su capacidad de control: los afectos, la naturaleza, lo animal, pero también la historicidad a la que está arrojada; así como con�guraciones de mundo que no tienen la soberanía como ideal. Además, el individuo, que se pretende autodeterminado, busca justamente apropiarse de todo aquello que lo puede alterar para mantenerse igual a él mismo. Esta es una forma de egoísmo narcisista que quiere «todo para sí» (cfr. AZ 123), que nada teme más que perderse, quedar expuesto a devenir. Y por eso se venga, se resiente también por aquello que lo desposee, como pude destacarlo en algunas constelaciones afectivas del capitalismo que habitamos, elaboradas en el capítulo anterior. Sin embargo, el ressentiment también puede devenir cuando alguna de las fuerzas que lo constituyen fractura las �jaciones establecidas y abre la posibilidad de otros arreglos afectivos. Por eso la memoria de la voluntad que se ha producido con el despliegue e incorporación de la mala conciencia, puede ser también «algo nuevo, inaudito, enigmático, lleno de futuro» (GM II, §16, 110); con ella puede emerger «un placer de darse forma a sí mismo como una materia dura, resistente y paciente» (GM II, §18, 112). Esta es quizás una cierta actitud crítica, de�nida por «una contradicción, un desprecio, un no», que es resultado de un «siniestro trabajo sobre el alma», de una «activa (aktivische) “mala conciencia”», que puede ser el seno de acontecimientos «ideales e imaginarios» y que quizá «por primera vez ha creado belleza... ¿Pues qué cosa sería bella si la contradicción no hubiese cobrado antes conciencia de ella misma?» (GM II, §18, 113). De hecho, al �nal del Tratado segundo de la Genealogía, después de haber mostrado que nosotros los «modernos somos los herederos de la vivisección durante milenios de la conciencia (Gewissen)» (GM II, §24, 122) y de aducir que esta, al ser apropiada por el sentimiento religioso monoteísta, particularmente en el cristianismo, produce una autotortura negadora de los afectos, como lo es la conciencia de culpa, Nietzsche se pregunta si no podría darse una reversión de estas fuerzas. Una reversión que implicaría dejar de vincular la mala conciencia con los instintos, para más bien volverla contra todas las actitudes negadoras de lo afectivo, particularmente contra la conciencia de culpa, que nos hace sentir irremediablemente en falta por ser afectivos. Recordemos que esta forma de autotortura, de la conciencia de culpa, produce la experiencia de una falta irredimible, de un sujeto que siempre está en deuda consigo mismo; es un mecanismo de culpabilización y rechazo de sí que nunca encuentra redención (GM II, §22). De modo que con la pregunta por la reversión se inquiere si la mala conciencia no podría dividirse y volverse contra ella misma para producir una conciencia crítica que ya no reniegue, sino que a�rme la afectividad, su propia afectividad: una conciencia crítica que ya no sería culposa, o que por lo menos encontraría vías para darse la vuelta y liberarse de la culpa irredimible implantada por el cristianismo. Una conciencia crítica como la desplegada tal vez por el mismo genealogista, que también es rabiosa, polémica, combativa, pero creadora. Finalmente, en el Tratado tercero se elabora aún más esta reversión del ressentiment sobre sí, a través de la �gura del sacerdote acético. Una �gura que recibe, por parte de Nietzsche, una lectura ambivalente: al modi�car «la dirección del resentimiento», el sacerdote evitaría que este se desahogue en el mundo, buscando represalias en otros, pues: «Todo el que sufre busca instintivamente, en efecto, una causa de su padecer, [...] un causante responsable, susceptible de sufrir, en una palabra, algo vivo sobre lo que poder desahogar [...] sus afectos» (GM III, §15, 164). Y este desfogue podría darse de una manera muy destructiva, pues con su fuerza el resentimiento puede amortiguar o «adormecer un dolor torturante, secreto, progresivamente intolerable, mediante una emoción más violenta» (ibid.). La violencia de la emoción, dirigida como venganza hacia alguien en el mundo, parece entonces que neutraliza el dolor torturante que no deja de asediar, aliviando la conciencia de él (ibid.); como si el odio que se dirige hacia otro, en la fuerza del resentimiento, desviara la atención del dolor que se padece y esto produjera también un cierto alivio. Un alivio que es también un veneno, porque hace que la herida se vuelva más quemante y violenta. Ahora bien, el sacerdote cambia la dirección del resentimiento, revierte la culpabilización hacia adentro. Ya no hay que buscar entonces el culpable del dolor que se padece en el mundo, sino en sí mismo, odiándose a sí mismo, culpabilizándose a sí mismo por el dolor sufrido: «¡Está bien, oveja mía!, alguien tiene que ser culpable de esto: pero tú misma eres ese alguien, tú misma eres la única culpable de esto – ¡tú misma eres la única culpable de ti!» (GM III, §15, 165). Se trata de una reorientación que reconforta; es, de nuevo, una «cura» que trae consigo también enfermedad, la antivitalidad de una vida que solo vive de negarse, sin que encuentre en adelante los caminos para redimir su falta. La experiencia de sentirse pecador y las autotorturas que este se in�ige encarnan esta reorientación del resentimiento hacia adentro y las llagas y efectos que produce por doquier (GM III, §20, 181-182). Vemos entonces aquí, de nuevo, la ambivalencia del resentimiento: este enferma porque se dirige contra una parte de la vida, divide al mundo, sospecha de una dimensión fundamental de este, desarrolla toda suerte de delirios persecutorios que se protegen contra la contingencia, la temporalidad y la corporalidad del mundo. Pero aquí, por otra parte, en todos estos síntomas de enfermedad, emergen también nuevas capacidades, porque el «no», que el resentidole dice a la vida, «saca a la luz, como por arte de magia, una muchedumbre de síes más delicados» (GM III, §13, 157); y estas a�rmaciones recrean la existencia y la sostienen, haciendo vivir desde la herida abierta, en medio de continuos estragos y batallas interiores que no tienen �n. Son batallas continuas porque entre las emergencias del resentimiento hay con�icto. Por ejemplo, hay con�icto entre una necesidad de ocultamiento y mendacidad sobre el sinsentido del dolor y el desgarramiento abismal que atraviesa todas las cosas, sin razón, y la inexorable necesidad de lacerarse, hacerse daño, ser implacable consigo mismo, renunciado a todo aquello que desvíe de esta severidad con respecto a sí. Condiciones estas que, según Nietzsche, espiritualizan, profundizan, dan lugar a una fecunda vida interior, como la existencia �losó�ca. Pues «nosotros [�lósofos] nos violentamos ahora [en la modernidad] a nosotros mismos [...], nosotros problematizadores y problemáticos, como si la vida no fuese otra cosa que cascar nueces» (GM III, §9, 147). Y esta capacidad de autoproblematización, estimulada por el sacerdote ascético y sus valoraciones dicotómicas, puede irse también contra estas, contra las condiciones que le dieron vida, y puede volverse así una autoproblematización y una autosuperación de la moral cristiana y de su incondicionada voluntad de verdad (GM III, §27, 203).9 Una incondicionalidad que se desmonta, por cuenta de ella misma, al hacer valer un impulso de incondicionada veracidad, cuando la autoproblematización genealógica pone de mani�esto la historia con�ictiva y cruenta de esa voluntad de verdad, y, con esto, que la verdad misma tiene una historia, como bien lo hizo valer Foucault en sus trabajos. 3.2. Constelaciones resentidas Sin embargo, esa problematizadora vuelta sobre sí, de la que venimos hablando, nada tiene que ver con una voluntad de descubrirse, porque no hay una experiencia transparente — para sí o para otros— que desocultar, ya que se trata justamente de sujetos conformados por miles de historias enredadas y opacas, en una maleza que no tiene inicio ni �n. De ahí que se trate también de una re�exividad desplegada sobre prácticas, enunciados, imágenes, que ponen de mani�esto el mundo complejo que la ha conformado, como ejercicio de conciencia inevitablemente afectivo (corporal), siempre situado. Por eso en las constelaciones que siguen no apunto a deshacer la maleza, sino a manifestarla en composiciones que hagan valer esta re�exividad sobre el mundo y su con�ictividad. Ellas anudan diferentes comprensiones del resentimiento y experiencias heterogéneas y heterocrónicas de este: unas producidas en historias de larga duración, en el devenir de un sujeto moral cristiano, analizado por el mismo Nietzsche, que ha afectado a Occidente y se ha globalizado en distintos procesos (como la lógica de la retaliación, la oposición binaria amigo/enemigo; la economía de la deuda/culpa); otras más ligadas con el capitalismo, sus persistencias coloniales y sus formas de consensualismo inmunitario más recientes; unas más localizadas en las circunstancias de con�icto y violencia en Colombia, y �nalmente espacios porosos y desvíos que permiten trazar reversiones y fracturas en los bordes de las experiencias consideradas. 3.2.1. Sintiendo la injuria, deseando el castigo El resentimiento no es una mera «reacción» sino un agudo sentido de injusticia, que es, a su vez, el fundamento tanto de nuestro sentido de justicia como del vínculo interpersonal — sin importar cuán cargados de tensiones y desacuerdos— que unen a nuestra sociedad. (Solomon, 1994: 117) Los �lósofos que hablan normativamente de los afectos tienden a naturalizarlos y a perder de vista las intricadas capas de sentido y contradicciones que los atraviesan. Y esto termina teniendo profundas irradiaciones ético-políticas. Veamos. En las palabras citadas se retoma una comprensión que ya desarrollara Adam Smith en el siglo XVIII. En efecto, como este, Solomon de�ende que el resentimiento, entendido como emoción natural en el ser humano (Schwarze y Scott, 2015: 467) es central para desarrollar un sentido de justicia. Pues produciría un previo reconocimiento emocional de la injusticia (Solomon, 1994: 117). Y «es a partir de este sentido de ser tratado injustamente, junto con el consiguiente sentimiento de venganza [...] que nuestro sentido general de justicia [...] se desarrolla» (ibid.). Solomon llega incluso a suscribir — contra Nietzsche— la tesis de Dühring según la cual «el hogar de la justicia debe buscarse en la esfera de los sentimientos reactivos» (Solomon, 1994: 124). Además, Solomon considera que el resentimiento se produce frente a «alguna injusticia mayor, no solo hacia uno mismo» sino, por lo general, formando parte de un colectivo que sufre (Solomon, 1994: 118). De ahí que, a su modo de ver, se dé un vínculo muy estrecho entre resentimiento y normatividad, pues, en sus palabras, tal emoción sería «muy consciente no solo de cómo son las cosas sino de cómo podrían ser y, lo más importante, de cómo deberían ser» (Solomon, 1994: 117, énfasis mío). Así que, según él, el resentimiento sería como una suerte de sentido de opresión que les permitiría a las personas reconocer la injusticia de lo que padecen, como una «sensación contagiosa», que nunca es meramente personal, sino que da cuenta de estructuras más amplias. Por eso, las «personas miserables» que reconocen «estructuras sistemáticas en su opresión están obligadas a generalizar, esquematizar y conspirar, no por el mero pesar, sino por el bien de la acción correctiva» (Solomon, 1994: 116-117). Aunque Solomon reconoce que el resentimiento «siempre comienza con una especie de autoabsorción» y «con una amarga sensación de desilusión o humillación», asume que este afecto «luego tiende a racionalizar y generalizar, y por lo tanto proyecta su propia impotencia hacia afuera como un reclamo, incluso una teoría, sobre la injusticia en el mundo» (Solomon, 1994: 117). Más aún, tal afecto se pondría como objetivo «socavar el statu quo», desde razones que articulan daños, reconocibles por «animales “racionales” como nosotros». De modo que se trataría, ante todo, de una emoción social que, «con su�ciente compañía y un poco de coraje, incluso puede comenzar una revolución» (Solomon, 1994: 117-118). Pero ¿qué tipo de justicia es la que está en juego aquí?: La justicia, como generalmente la entendemos, tiende a activar nociones tales como «desquitarse» y asegurarse de que cada persona reciba lo que le corresponde. (Solomon, 1994: 119) Se trata, entonces, de una justicia ligada al deseo de desquite, al «sentimiento de venganza» que implementa las «acciones correctivas» para restablecer lo que «le corresponde a cada quien». Esta es una justicia retributiva. Una comprensión basada en el supuesto de que debe darse proporcionalidad del castigo en relación con el crimen o el perjuicio que se cometió. Así, Solomon asume una noción de justicia que presupone como natural la idea de retaliación.10 Una visión basada, como bien lo vio Nietzsche, en la idea de compensación y de equivalencia entre el daño sufrido y el castigo que ese daño merece, entre el daño padecido por un agente y el dolor que el castigo debería traer a quien lo procuró (cfr. GM II, §4); equivalencia que sancionó la antigua lex talionis y que no ha dejado de asumirse en sistemas de justicia de Estados de derecho democráticos que, con muchas garantías, aplican sistemas penales retributivos. Ahora bien, ¿por qué asumir como natural y evidente tal vínculo? ¿En qué medida dañar a quien nos dañó compensa por el daño que recibimos? De hecho, hoy en día la naturalidad y evidencia de la justicia retributiva ha sido puesta en cuestión por otras formas de pensar la justicia, por ejemplo, desde modelos restaurativos que cuestionan la productividad social del esquema retributivo y sus equivalencias, o desde discusiones sobre procesos de paz que requieren de modelos de justicia transicional, más reparadores que punitivos (cfr. Elster,2004 y 2006; Hoyos, 2016). Pero antes de pasar a considerar ciertos límites de la retribución quisiera detenerme en algunos aspectos más de la posición de Solomon. La idea misma de que la justicia tiene que ver con lo que le corresponde a cada quien supone que puede darse una correcta distribución de lo común, de acuerdo con criterios previamente establecidos de igualdad formal o material, que aseguran una comunidad integrada, más o menos armónica, que puede desgarrarse justamente cuando esos criterios de distribución no funcionan. Solomon asume, así, como ideal una comunidad bien cohesionada y privilegia, las formas de uni�cación comunitaria, frente a las prácticas que permiten asumir los desacuerdos irreductibles en el mundo social. De la mano con esto supone que la distribución de la justicia puede �jarse racionalmente, como si lo que ha de valer como racional y equitativo no estuviera siempre expuesto a un con�icto que puede empezar por cuestionar los criterios establecidos de racionalidad e igualdad para establecer la distribución. Además, una comprensión normativa del resentimiento, como la que pretende Solomon, implica también una visión normativa de los seres humanos, de lo que la naturaleza o la persona humana debe ser. De hecho, al establecer este vínculo remite a la idea de «animal racional», capaz de discurso articulado, tal y como lo hiciera clásicamente Aristóteles al de�nir un modo de vida (de no-necesidad, de no-coerción, de no-violencia, en �n, de razonabilidad) que sería propio de la existencia humana y de su capacidad política (cfr. Aristóteles, Política, 1, 1253a 9-18). Pero siempre puede abrirse el con�icto entre lo útil para una cierta comunidad de vida y lo justo, lo que se considera valioso, aceptable «en general»; siempre puede darse un desacuerdo entre lo que se considera propiamente humano (poseedor de logos) y defectivamente humano, y sobre lo que «le corresponde a cada quien». Y ese con�icto puede manifestarse también de distintas maneras. Piénsese en el siguiente ejemplo, partiendo incluso de la posición de Solomon: este asume que personas en condición de miseria podrán reconocer a través del sentido de injusticia del resentimiento que las instituciones que habitan son desiguales y reclamar otra distribución de estas. Pero la manera en que estas personas reconocen esa miseria, y los tratamientos para esta, dependen de la manera en que se interpretan como sujetos sociales y políticos. Si se asumen a sí mismos, por ejemplo, como sujetos blancos injustamente precarizados por un Estado liberal progresista que ha cedido todo a minorías raciales que han invadido el país, el diagnóstico cambia mucho respecto a si se interpreta en términos de condiciones de inequidad producidas por un Estado neoliberal que privilegia a las corporaciones frente a los ciudadanos de a pie, como se tiende a hacer en movimientos sociales igualitarios. Por supuesto hay criterios para decir que esta última interpretación es más equitativa que la primera, por tener en cuenta a más sujetos precarizados, y no segmentarlos racialmente, y por considerar estructuras de opresión más amplias, evitando producir con el diagnóstico evidentes estigmatizaciones desigualitarias. Pero el punto fundamental es que esta diferencia se establece desde una apertura al mundo social, a su contingencia y relacionalidad, que no es evidente cómo pueda obtenerse del sentimiento de humillación y amargura que el mismo Solomon detecta en el resentimiento, ni de su proyección de la impotencia al mundo, para retomar su formulación. La impotencia, de hecho, se deriva de ciertos arreglos sociales, como lo vimos en el capítulo anterior, y desde aquí emerge el resentimiento. No es claro, entonces, cómo desde un afecto que Solomon reconoce como «autoabsorbido» puede darse tal apertura al mundo, ni tampoco resulta evidente por qué proyectar al mundo un estado autoabsorbido sería una forma de abrirse a la complejidad de los entramados sociales y ganar una comprensión amplia de estos. Más aún, en la medida en que la disposición retaliativa del resentimiento se ancla a una creencia en que el sentimiento de la injusticia padecida da cuenta de lo que deben ser o deberían ser las cosas, parece cancelar la posibilidad de tratar políticamente, es decir, como un asunto objeto de discusión, lo que ha de valer como mundo común en un espacio público, legalmente establecido. Así, el sentimiento que venimos considerando puede albergar la pretensión terriblemente violenta de que todos tienen que acogerse al deber ser que el sentido de justicia naturalizado dicta, o de lo contrario se produce una injusticia, que requeriría acciones correctivas para recti�car la no conformidad respecto de lo asumido como normativo. Varias de las revoluciones que se han dado en Occidente, particularmente la francesa y posteriormente la rusa, fueron incitadas por tal impulso «correctivo» anudado al ideal de una comunidad unitaria y bien cohesionada. Esta conjunción puede llevar a privilegiar una integración que no conoce reales fracturas, un estado de conciliación que pone �n a todo aquello (violencias, dominaciones) que desunió o creó desarmonías y �suras. Y esto no solo neutraliza la manera en que las relaciones humanas están constantemente atravesadas por con�ictos, sino que pierde de vista la violencia que puede desencadenar el proyecto de producir una humanidad tan unitaria como libre de con�ictividad, tan homogénea como libre de diferencias, asentada muchas veces en la convicción problemática de que la realidad es «inde�nidamente maleable» (Vincent, 2002). Además, tales proyectos revolucionarios se sirvieron de un sentimiento de injusticia que buscó la retaliación. Y sabemos, en medio de las importantes conquistas igualitarias que consiguieron estas revoluciones, cómo sus pretensiones de transformación del mundo dieron lugar, en un momento dado, a espirales de persecución muy cruentas, incluso delirantes y tremendamente destructivas, que entraron en tensión con sus conquistas de libertad e igualdad. Piénsese en el Terror de la Revolución francesa, que perseguía y castigaba por doquier a presuntos traidores del orden de la justicia y sus repartos establecidos, también entre quienes la habían impulsado y defendido, hasta convertirse incluso en un «instrumento de la política revolucionaria» (cfr. Gueniffey, 2000: 14); o piénsese en la revolución proletaria vengándose de aristócratas y burgueses por las injusticias que estos cometieron, y persiguiendo luego a todo aquel sospechoso de aburguesamiento o de traición a la revolución, hasta terminar devorando a sus propios hijos revolucionarios y socavando las instituciones populares que había fundado (cfr. Fitzpatrick, 1982 y 1999). No estoy diciendo que la posición de Solomon lleve directamente a esto, pero sí pongo en cuestión que haya un sentido de injusticia natural, y que este se transmita a través de un sentimiento retaliativo como el resentimiento, pensando sobre todo en sus complejos y heterogéneos efectos. * En Colombia conocemos bien las limitaciones de las emociones retaliativas y de la justicia retributiva que trae consigo. Las reacciones frente al acuerdo de paz �rmado con las FARC en 2016 y las discusiones sobre la justicia que desencadenaron lo pusieron de mani�esto de manera palpable. Más allá de que la campaña orquestada por el uribismo para torpedear este acuerdo y hacerlo trizas — como efectivamente lo viene haciendo— respondiera a intereses oscuros que en realidad nada tienen que ver con alguna preocupación por la justicia, me interesa detenerme en uno de los mensajes que más intensamente movilizó y que caló en muchos ciudadanos del común. Este mensaje se transmitió en distintas consignas, recogidas en el lema «paz sí pero no así», traducible también en aquel otro que rezaba «paz sí, pero sin impunidad». Algo que el hoy presidente de Colombia, Iván Duque, expresaba entonces en estos términos: «Si con el plebiscito nos quieren imponer que las FARC no paguen por sus crímenes, diremos...NO».11 Muchas personas acogieron este mensaje, se hizo común en redes, lo escuché en muchos taxistas y vendedores ambulantes, la nana de mi hija me lo martillaba a diario; era un lema que activaba al pequeño justiciero que cada quien parecía llevar consigo. Hay varios puntos que quisiera destacar aquí: primero, la manera en que las personas — arropadas sobre todo en fuertes visiones dicotómicas— pueden asimilar fácilmente la justicia con la retribución, y cómo esta asimilación se potencia al asociarla con actores que, como en el caso de las FARC, se pueden vincular con violencias y daños padecidos que afectaron a muchas personas. El uribismo propició tales asociaciones, acentuando la culpabilización de este grupo guerrillero, el deseo de castigo y, junto con esto, la identi�cación de muchas personas con una posición moral enjuiciadora que exige la retribución como garantía de no impunidad. Sin embargo, a lo que apunto con esto no es a abrir el debate sobre los límites de la justicia retributiva desde otros modelos o comprensiones de la justicia (algo que excede los propósitos de mi indagación). Lo que quiero considerar son algunos mecanismos afectivos que operan en esta visión retributiva y la comprensión limitada de las complejidades del mundo social que produce en su deseo de retaliación, contra la agudeza y apertura que le atribuye Solomon a este deseo. En primer lugar, es claro, como lo destacó Nietzsche y ya antes Kant (1966: 159-160), que la justicia retributiva, con todo y su funcionamiento legal garantista en Estados de derecho democráticos, está vinculada si no genealógicamente al menos conceptualmente con la lex talionis, según lo acabo de sugerir. Y esto implica que, en tal visión, está en juego una lógica de intercambio en virtud de la cual todo se hace conmensurable; por ejemplo, X crimen equivale a tantos años de prisión o a tal penalidad monetaria. Pero esta conmensurabilidad reduce evidentemente las acciones cometidas, los actores implicados, las relaciones que habitan y los daños que se produjeron. De acuerdo con una tal lógica, todo tiene un precio y todo tiene que ser pagado (GM II, §8). Y ese precio es sobre todo la compensación que — se asume— puede obtenerse al producir un dolor en el victimario similar al padecido por la víctima. Esto parece estar bastante lejos de la normatividad acentuada por Solomon, puesto que sanciona un derecho — acaso un derecho sublimado a la crueldad, diría Nietzsche— a producir dolor en el cuerpo de otro, por parte del Estado, como un dolor que, se presume, compensaría anímicamente a quien fue perjudicado. En segundo lugar, y de la mano con lo anterior, los actos juzgados como criminales se ven como mera transgresión de la ley o violación de una norma y como amenaza contra el orden social establecido. El castigo al infractor responde así a un deseo de restablecer un orden normativo del mundo y de liberar a este del riesgo de inestabilidad y desintegración. Pero esta aproximación impide una comprensión más amplia de la acción transgresora y de la manera en que esta no solo afecta formas de vida y produce daños en las víctimas, que no se reducen a la infracción del marco legal, sino que se conectan también con problemáticas sociales (de desigualdad, exclusión, corrupción) que el énfasis en el mero orden de la sociedad y su integración muchas veces invisibiliza. Además, en la medida en que se trata de una perspectiva más orientada a castigar al victimario que a reparar a la víctima, produce también con ello una aproximación muy estigmatizante hacia quien cometió el daño y puede generar, de la mano con esto, una visión enjuiciadora muy moralizante en la que el infractor se ve meramente como malvado o inaceptable, sin que se produzca una lectura más relacional de sus acciones como ocurridas en un mundo social del que forma parte. Esto último puede afectar también la posición de quien fue dañado, pues muchas veces el castigo al victimario no atiende a cuestiones estructurales que estuvieron implicadas en la victimización. Y esto, evidentemente, afecta también la reincidencia en los crímenes, pues resulta plausible pensar que es mejor garantía de no repetición transformar las condiciones sociales ligadas con el crimen que meramente castigar ejemplarmente a un ofensor y a su acción puntual (Hoyos, 2016). Así que la lógica retributiva no permite realmente cambiar las condiciones de violencia crónicas, por varias razones: (i) porque nos deja atrapados en la lógica daño-retaliación — incluso cuando esta se modula en el ámbito del marco legal— y esta lógica se contenta con la �jación de un culpable, es decir, con activar formas de reacción que no permiten per se actuar de nuevo. Más bien, los sujetos atravesados por esta lógica quedan limitados a sentir que, ante todo, «alguien tiene que pagar» (ii). De este modo, no solo no se rompe con los ciclos de violencia que se generan también con las mutuas inculpaciones, sino que (iii) se bloquea la posibilidad de pensar en profundidad las condiciones que hicieron posible el daño y los efectos que este produjo a mediano y largo plazo; ambas cosas cruciales para que puedan darse verdaderas transformaciones. En la campaña a favor del No y, en general, en su necesidad de �jar «enemigos» y «culpables», que amenazan su proyecto de país «blanco», masculino y emprendedor, el uribismo supo, entre otras cosas, mover estas simpli�caciones que produce el deseo de retribución desde el descontento albergado en muchos ciudadanos del país. Y supo así dejarnos entregados a la reiteración de lo mismo: a la repetición de las mismas lógicas violentas que han devastado el país y han dejado incambiadas condiciones estructurales de desigualdad. De hecho, el uribismo, como proyecto político, se ha alimentado de esa necesidad de retaliación y de orden que reside en la justicia retributiva, claro, transgrediendo límites legales y produciendo en el país múltiples justi�caciones de la violencia, particularmente, desde la necesidad de inculpación, castigo y «autodefensa», que ha fortalecido al paramilitarismo en el país y sus múltiples formas de despojo. Pues las autodefensas y sus mecanismos «protectores» de grandes poderes e intereses económicos en el país (Hristov, 2014: 4), con efectos de expropiación y control territorial,12 activaron múltiples formas de retaliación y los más brutales «castigos» a todo el que pudiera vincularse con la actividad guerrillera. Y aquí también se movilizó, como «justi�cación»,13 la defensa de un deber ser asociado a un Dios, un ideal de familia, un modelo de desarrollo y productividad que el transgresor guerrillero, relacionado con la �gura del terrorista y enemigo por aniquilar, habría amenazado y puesto en cuestión: Yo, Salvatore Mancuso, me presento ante ustedes, ilustres compatriotas, Honorables Senadores y Representantes de la República, investido por mis compañeros de Causa del Movimiento Nacional de Autodefensas, como jefe del Estado Mayor. Soy creyente en Dios, en el Dios de la Esperanza, del Amor y del Perdón, hombre de empresa y padre de familia, arrojado a las desgarradoras fauces de la guerra, como les sucedió a millones de colombianos indefensos, golpeados y agredidos por los profetas armados del caos, la violencia y el terrorismo que azota de forma impiadosa a la familia colombiana.14 En todo caso, es verdad que el sentimiento de retaliación no agota la afectividad del resentimiento y su espesa maleza, ni se expresa siempre en los términos que he considerado. Sin embargo, puede manifestarse así, y lo hace con bastante frecuencia, también en asedios cotidianos frente a las violencias padecidas, que encierran en la misma descon�anza, en la misma impotencia y en un deseo de castigar para vengarse por esta, que deja a cada quien �jado en su lugar de sujeción. Allí, quizá, se puedan descubrir pequeños poderes sobre otros, sus fantasmas y sus sombras que apacigüen la incapacidad, multiplicando las dominaciones en efímeras y ambivalentes potencialidades, que en todo caso envenenan losdías: —Sí señor — dijo—. También son mías estas guitarras, todas las he matado yo, porque mi marido, que Dios lo tenga con el diablo, era guitarrero. Una manera de vengarme de sus trampas fue quedarme con sus guitarras y rompérselas, porque él ya se murió, y yo quedé la única dueña, no solo del hotel y las guitarras sino de todos los pollos de este pueblo, señor, los pollos muertos y los pollos vivos, todos los que usted podrá encontrar en este hotel o en el convento, casi son como mis hijos, los pollos que él jamás pudo comerse, ¿por qué?, por terco, su misma guitarra le partió el alma, prefería estarse más con su guitarra que conmigo en la cama como cualquier hombre con su cualquier mujer, ladrón de mis días [...]. (Rosero, 2013: 35-36) Sin embargo, minar la con�anza en la presunta normatividad del deseo de retaliación no quiere decir a�rmar su inconveniencia normativa. En este libro, lo he reiterado, se trata de buscar otra perspectiva. De ahí el énfasis en la vitalidad y la antivitalidad, como criterios siempre instables y no dicotómicos, que tendrían que considerarse en cada circunstancia. Además, las manifestaciones reactivas varían de acuerdo con el caso, y en muchas de ellas sus contornos e irradiaciones se hacen indecidibles, puesto que se siguen prolongando, no se cierran y se conectan con daños de larga duración que siguen afectando la vida de los sujetos con efectos imprevisibles. A veces, también, como muchas veces en Colombia, nos sorprendemos con que «nada pase» frente a un daño reiterado; que las personas no se mani�esten al constatar que una injusticia se repite una y otra vez, y nos preguntamos por esta «indiferencia», por una cierta impasibilidad en contextos crónicos de violencia. Son efectos muy variables en los que las formas de impotencia se sedimentan en afectos reactivos, que parecen muy «conformistas». Asimismo, hay circunstancias en las que un dolor padecido, en una situación de radical pérdida de poder, de absoluta impotencia, puede sentirse tan excesivo, que hace estallar las fronteras de sentido y los marcos de conformidad. En este exceso resistente y anticonformista, Jean Améry encontró una forma de resentimiento muy distinta al deseo de retaliación que hemos venido considerando. 3.2.2. Una herida que no se cierra En su memoria las voces encadenadas seguían convocándolo... (Rosero, 2013: 63) Jean Améry retoma el término ressentiment, que popularizó Nietzsche, para aludir a una experiencia muy distinta a la elaborada por el �lósofo alemán, aunque no por completo desconectada de su abordaje. Al contrario, una cierta lectura de Nietzsche — de la que aquí tomo distancia— es una referencia muy presente en las re�exiones de Améry,15 y una referencia que apunta enfáticamente a rebatir. No me interesa aquí, en todo caso, mostrar por qué la lectura de Améry es injusta con la aproximación de Nietzsche. Pues los dos autores abren dos aproximaciones diferentes al ressentiment, que apuntan a aristas distintas del fenómeno que no se pueden asimilar y transponer, aunque en algunos aspectos, como veremos, se puedan cruzar e interpelar. Améry viaja por Alemania, a mediados de los sesenta, recorriendo sus vías reconstruidas, percatándose de la industriosidad reactivada, del optimismo creciente. Siente en la atmósfera, en los enunciados que circulan, en las actitudes que percibe, que la gente quiere dejar de hablar de lo que pasó con el exterminio judío, dejar de confrontarse con esto; las nuevas generaciones parecen agotadas con el tema: «basta ya» — se dicen—, quieren seguir adelante, superar lo que pasó, con la distancia de algo que ya sienten lejos y que no les concierne. Algo similar sentía Arendt al viajar por ese país en la misma época. Ella detectaba allí una «falta general de emoción» (a general lack of emotion), una «aparente falta de corazón (an apparent heartlessness), a veces cubierta con sentimentalismo barato», que interpreta como síntoma de algo más, como la manifestación «exterior más visible [...] de una arraigada, terca y a veces viciosa negativa a enfrentar y aceptar lo que realmente sucedió» (Arendt, 1994: 259). Hay una super�uidad en ese afán de fácil reconciliación que se niega a admitir que algo brutal pasó. Se da una cierta banalidad en la voluntad de simpli�cación, de reducir lo acontecido, de hacerlo digerible, normalizable, como algo que no trastoca y no altera realmente la dirección de las prácticas, la manera en que se vive. La actitud que Améry denomina «resentida» es, sobre todo, como bien lo captó Sebald (2003: 155), un deseo de resistencia. Aquí re- sentir es re-sistir. Recuérdese, de hecho, que «resistir» viene del latín resistere («quedar atrás», «detenerse»), que, a su vez, es derivado de sistere («colocar», «estar»); re-sisto es etimológicamente un «volver a estar»: un rehusarse a dejar atrás, un persistir en hacer valer lo fallido. De modo que re-sentir es aquí vincularse una y otra vez con lo que pasó, resistirse a olvidarlo, persistir en reclamar su vigencia, su derecho a la actualidad, quizá la exigencia de lo inolvidable. Y se resiste sobre todo a una voluntad de fácil reconciliación que impone la necesidad de un futuro de desarrollo y prosperidad, que no quiere nada que tenga que ver con el dolor y las heridas que le recuerdan su propia miseria, la violencia que también es parte de su herencia. Un futuro victorioso que, en el decir de Benjamin, entierra la ignominia y sigue así, en el encubrimiento de lo fallido, reproduciendo la violencia que lo hizo perecer; reiterando el enmudecimiento de las voces que fueron acalladas. De hecho, esta actitud, en su afán de conformidad, de deshacerse rápidamente de lo que incomoda y trastoca, puede conducir fácilmente a un violento y perturbador negacionismo: Bastaban conversaciones como la que mantuve con un comerciante del sur de Alemania mientras desayunaba en cierto hotel. Aquel hombre intentaba convencerme, no sin antes informarse cortésmente de si era judío, de que en su país no existía odio racial. Aseguraba que el pueblo alemán no guardaba rencor al judío. (Améry, 2004: 146) Tal anhelo de reconciliación condena a la insigni�cancia lo que pasó, como mero momento de algo mejor que espera, o bien lo llena de un sentido determinado que cierra y agota su virtualidad. En ambos casos lo que puede aún ser queda ya �jado, desprovisto de toda potencia real de transformación. Las �suras, tensiones, heridas de un pasado desgarrador han de ser sanadas, cerradas, reparadas y, con ello, dejadas atrás, para posibilitar, en el cierre de la reparación, la restauración de los lazos que se fracturaron y rompieron. Esto impide reconocer que las heridas dejan huellas y fantasmas que no se pueden simplemente cerrar y superar, sino que vuelven no solo en las reacciones al evento, sino en todo intento y posibilidad de actuar de nuevo. Por eso, en palabras de Améry, «el hombre del resentimiento no puede secundar aquel llamamiento a la paz que con tono jovial nos exhorta al unísono a no mirar hacia atrás, sino hacia delante, hacia un futuro mejor y común» (Améry, 2004: 149). Un común que, de hecho, no puede serlo tanto, volveré sobre esto, si se asienta sobre el olvido de tantos cuerpos masacrados. Hay que interrumpir entonces tal horizonte integrador — parece pensar Améry al dirigirse al lector alemán de los sesenta—, interpelar a los que ya no oyen, hablarles con la fuerza del dolor, volviendo a él en su carácter de indigerible. Y hablarles de esto sin tacto, sin esconder la amargura. A�rmando una voz que se siente minoritaria, incluso solitaria porque no se integra, porque no se deja acoplar al consenso establecido: Yo mismo [...] pertenezco a esa minoría de réprobos que abrigan rencor. Reprochaba tercamente a Alemania sus doce años de régimen hitleriano, me recomían en mi interior el idilio industrial de la nueva Europa y los salones majestuosos de Occidente. [...] Alimentaba mis resentimientos (ressentiments). Y puesto que no puedo ni quiero superarlos, he de vivir con ellos y estoy obligado aexplicarlos a aquellos contra los que están dirigidos. (Améry, 2004: 146) Este resentimiento se expresa con amargura, incluso con rencor. Y Améry no lo esconde; lo mani�esta asociándolo con experiencias e imágenes que no puede olvidar, lo comunica sin vergüenza y «sin autocompasión seductora y consoladora» (Améry, 2004: 148). Por eso no lo carcome por dentro, no se convierte en una herida purulenta que impide crear de nuevo. Améry lo explora, lo escudriña, escribe sobre esto, lo vuelve parte de su experiencia, lo acoge y mani�esta así su potencia plástica, desde y a través de lo que no deja de doler. De este modo se opone también a la patologización de este afecto como algo que no debe ser, como si se tratara de una enfermedad indignante que hubiera que superar. Y recusa entonces una normalización del deseo, como la que opera en los discursos de autosuperación que neutralizan toda verdadera alteración de sí a través del dolor. Además, Améry tampoco quiere ser tratado como un objeto de estudio psicológico, se resiste a la victimización que opera en ciertos tratamientos terapéuticos del trauma. Por eso expresa que si el resentimiento fuera una enfermedad querría asumirla como parte «integrante» de sí (Améry, 2004: 142), después de haber padecido lo que sufrió con otros: quedar como restos, como «esqueletos reanimados con conservas de Cornedbeef angloamericanas, fantasmas rapados y desdentados, apenas capaces de prestar rápidamente testimonio para luego esfumarse en el lugar que les correspondía» (ibid.). Al a�rmar que el horror vivido no se deja asimilar, hay algo contraconsensual en el rencor que Améry expresa. Porque el consenso del progreso y la reconciliación fácil quiere que cada quien ocupe rápidamente su lugar, y que desaparezca cualquier rastro abismal que demanda hacer pedazos estructuras de violencia profundas que contribuyeron al horror. Por eso este rencor anticonsensual se resiste a la gramática de la mera tolerancia que lleva simplemente a soportar al otro, pero no a acogerlo y a interrogarse a fondo sobre lo que demanda su acogida. Y también cuestiona las formas de perdón que lo asimilan con la voluntad de olvido y de dejar atrás para recomenzar de nuevo, como si se pudiera comenzar desde cero. No creo que Améry niegue que pueda darse un perdón de lo imperdonable. Pero ese perdón exige justamente asumir el carácter absoluto de la ofensa, la manera en que radicalmente dañó — sin sentido o justi�cación posible— a las víctimas, y el que tenga que permanecer como algo inolvidable: como una herida que nunca se cierra, aunque se pueda elaborar, como de hecho lo hace Améry en su misma práctica escritural. Ese perdón exige «aceptar que el sentido temporal quedó “desquiciado”», que ya nada puede ser como era. Ahora bien, en esta voz anticonsensual, que exige que el daño altere más profundamente, está en juego para Améry una dimensión ética del resentimiento muy distinta a la que encontramos antes en Solomon. De hecho, no se trata aquí de una moral normativa segura de los criterios universales de lo correcto y lo incorrecto. Como bien lo destacó Arendt en sus re�exiones sobre el caso Eichmann, la con�anza en que hay unos criterios universales de acción puede conducir a una moralidad de obediencia a un cierto código establecido. Y este acostumbramiento puede llevar a comportamientos banales. Esto es, a actitudes que, protegidas bajo el código asumido como universal, no solo se alejan de la contingencia de la realidad, sino que pierden capacidad de imaginación y el poder de abrirse a otras posibilidades de sentido; de modo que paralizan el movimiento del pensamiento, su ir y venir sobre lo que uno hace y sobre la manera en que la propia acción se relaciona con las circunstancias del mundo. Además, de entrada, Améry no pretende tener claridad sobre lo que deba ser el ser humano, ni si hay un deber para este o un ideal con el que deba corresponder; ni siquiera pretende tener plena claridad sobre lo que aconteció: No tenía claridad cuando estaba escribiendo este pequeño libro, hoy no la tengo, y espero que nunca la tenga. La aclaración equivaldría a la eliminación, la solución del caso, que luego se puede colocar en los archivos de la historia. Mi libro está destinado a ayudar a prevenir precisamente esto. Porque nada se resuelve, ningún con�icto se resuelve, ningún recuerdo se ha convertido en un mero recuerdo [...] Yo me rebelo: contra mi pasado, contra la historia, contra un presente que congela históricamente lo incomprensible y con ello lo falsea del modo más vergonzoso [...] ¿Emociones? ¡Sea! ¿Dónde está escrito que la ilustración deba ser desapasionada? En verdad es todo lo contrario. La ilustración solo podrá cumplir su tarea si obra con pasión. (Améry, 2004: 46) Tal pretensión de claridad niega el con�icto, tal y como lo hacen los discursos reconciliatorios contra los cuales Améry lanza su voz. Los acontecimientos son opacos, están atravesados por miles de hilos, por múltiples corrientes y contracorrientes, y no podemos pararnos como jueces objetivos por encima de esta opacidad. Pero podemos explorarla, acogerla en su multiplicidad, a�rmando que algo pasó, que es imborrable y demanda hacerle frente en toda su complejidad, para des�jar el presente que se ha impuesto como único posible, para realmente desquiciar el horizonte de lo que ha sido pensable, y cuyas lógicas dominantes han engendrado las peores violencias. Por eso, esta «capacidad de resistencia moral incluye la protesta, la rebelión contra lo real», porque «el hombre moral exige la suspensión del tiempo» (Améry, 2004: 153). Y esto requiere pensar de otro modo, desde las fuerzas pasionales que atraviesan a los sujetos y que forman parte de su vulnerabilidad. Toda reconciliación verdadera con el mundo, de ser posible, tendría que aceptar entonces las dislocaciones irreparables en medio de las cuales — sin borrarlas— una nueva vida puede emerger. Además, quien, como Améry, habla desde la experiencia localizada del sobreviviente, recusando las �jaciones revictimizantes, asume esa dislocación que sufrió, con todas las heridas que dejó, como un lugar de enunciación que le permite reconocer mucho más de la vida que aquel que se ajusta a una normalidad que enmascara las violencias del mundo que habita: Estaríamos, según dicen, «deformados». Esto me hace pensar de pasada en mis brazos dislocados tras mis espaldas durante la tortura. Pero todo esto me obliga también a rede�nir nuestra deformación o torcedura como expresión de una humanidad con un rango moral e histórico superior a la salutífera derechura. (Améry, 2004: 148) Aquí está en juego una ética de la memoria que asume la apertura al pasado y la posibilidad de volver siempre de otro modo a él, a sus trazos más dolorosos y violentos, como condición de una verdadera transformación. Entonces más que la superación o borradura de lo que fue, como algo que ya fue, la posibilidad de actuar de nuevo supone reconocer que la herida abierta puede recon�gurarse sin dejarse atrás, sin superar las fallas y �suras que creó, para propiciar más bien otras relaciones a partir de ellas. Supone asumir también que todo el sufrimiento de lo que ha sido, sus fallas y derrotas, no puede asimilarse en una perspectiva integradora que lo redima por completo; e implica reconocer, por último, que las violencias que hemos repetido y reproducido también tienen que ver con la incapacidad para exponerse y crear lo impensado, desde las heridas que han quedado abiertas. Así que, por paradójico que parezca, aquí el ressentiment no implica resignarse a reiterar y cargar pesadamente lo que pasó, como una cadena inamovible, sino, al contrario, asumir todo su peso, dejar que aplaste para que algo otro realmente pueda pasar. Una preocupación central también para Nietzsche, en su abordaje crítico, aunque no dicotómico, del resentimiento: evitar la �jación del presente, «la justi�cación de nuestra actualidad como destino», «la naturalización de lo que somos» (Castro, 2015: 62). Por eso mismo, el ansia de borrarel pasado e imponer un futuro armónico, más que un rechazo del resentimiento, desde un punto de vista nietzscheano, puede suponer su reiteración; mientras que experiencias de construcción de la memoria que a�rman una cierta pervivencia del dolor, desde una práctica escritural, como la que lleva a cabo Améry, pueden leerse más bien como formas de elaboración de la vida, en las que esta mani�esta también su potencia plástica, desde un trabajo de modulación afectiva. En todo caso, desde una ética del sobreviviente al horror, como la de Améry, tal plasticidad corporal enfatiza lo que no debió ser, y se resiste a la redención nietzscheana, incluso la siente inadmisible. Para Améry no cabe decirse «así fue» y asumir ese trozo de pasado que lo atraviesa desde la a�rmación de un «así lo quise» (AZ II, 201), como si fuera un fragmento de vida que compone lo que se ha devenido. Améry, en su resentimiento, «exige absurdamente que lo irreversible deba revertirse, que lo acontecido deba cancelarse». Sabe que esta es también una actitud imposible, absurda (Brudholm, 2008: 112), incluso la declara «antinatural», porque en el fondo desea lo imposible: «desandar lo ya vivido y borrar lo sucedido» (Améry, 2004: 149). ¿Cómo construir entonces desde este deseo imposible otras formas de relación con un mundo en el que lo padecido aconteció? Por lo pronto habría que dejar de buscar «una comunidad social» atada «a su propia seguridad», a su propia preservación. Una comunidad que pone su afán en la protección contra el riesgo, inmunitaria, que «no se deja afectar por la vida dañada» (Améry, 2004: 151). El abismo entre esta forma de vida y la de aquel que fue dañado por ella no puede ser más radical. Y el resentimiento emerge, según Améry, para hacer valer este abismo, para a�rmar que este no puede reducirse hasta que el daño no altere a esa comunidad de sentido que lo hizo posible. Por eso no se trata de venganza ni de buscar la expiación de quienes puedan ser �jados como culpables (Améry, 2004: 152). Se trata de pensar que los implicados directamente, o que los interesados en compartir una misma herencia cultural, puedan sentir la soledad extrema del sobreviviente, como algo que pueda propiciar la descon�anza con respecto a sí mismos (Améry, 2004: 161). Una descon�anza que rompa con la autosatisfacción y la autocomplacencia consensuales y abra al cuestionamiento de sí, como camino para una verdadera alteración. Solo desde aquí, parece sugerir Améry, puede construirse una comunicación, un entendimiento distinto entre unos y otros, que ya no los deja incambiados. De hecho, al escribir su texto sobre el resentimiento, Améry espera justamente movilizarlo como una suerte de aguijón que pueda inquietar a quien lo lee, para que se examine a sí mismo. Así, para ese lector, sería también más difícil reconciliarse con su mundo, con el pasado del que ha emergido, como lo es para quien escribe sobre lo que padeció. Solo así, en esta mutua actitud antirreconciliatoria frente a lo que pasó — de desdoblamiento de sí en el cuestionamiento de quien se es, de irreconocimiento y extrañamiento de sí— un mundo común puede emerger entre ambos: entre víctimas y quienes no creían que tenían algo que ver con su padecimiento, aún cuando habitaran el mismo espacio de mundo. Mayo de 2020.16 Releo un texto de abril de 2014, expedido en ese entonces por La Oficina del Alto Comisionado para la Paz, en el que se explican todos los puntos avanzados en el proceso con las FARC. Ese horizonte de construcción de paz se siente lejos ahora, como promesa fallida en estos tiempos que corren. Algo hace, en todo caso, ruido mientras avanzo en la lectura del documento y tiene que ver con una idea asociada allí con la noción de paz. Esta es allí definida como «una decisión por el futuro y en contra del pasado».17 Me hace ruido que esta definición asuma el tiempo en términos de una línea recta que opone el pasado de lo sido, al futuro por proyectar, y piense el presente como mero tránsito. Me disuena identificar el pasado como algo que se deja atrás, se desecha, se entierra en sus fallas y residuos, al pensar en los enormes, inimaginables daños que trajo el conflicto armado para muchas personas en los territorios. Me desconcierta porque la necesidad de dejar de repetir un pasado violento, la necesidad de ser de otro modo, que seguramente estaba en juego en las palabras del alto comisionado para la paz de entonces, terminaba desechando otras posibilidades de experimentar el pasado y, con esto, formas de vida que no han podido tener lugar para muchos, porque han sido invisibilizadas en lecturas dominantes de la historia. De hecho, las coordenadas que delimitaban esta idea de reconciliación se dejaban ver muy bien en campañas publicitarias de la época que promovían la reconciliación en nombre del progreso del país,18 o del trato tolerante en las interacciones más cotidianas,19 por ejemplo, en la entonces famosa campaña, promovida por empresas privadas, «soy capaz».20 Estas campañas no solo ponían de manifiesto que la idea de reconciliación se hermanaba con una comprensión del tiempo progresiva, que, como bien lo destacó Benjamin, ha producido siempre montañas de ruinas, escombros, desechos, de lo que no se ajusta al movimiento finalizado de lo que — se pretende— ha de ser; también promovían una cómoda idea de tolerancia, de las buenas conciencias satisfechas de su corrección, que soportan meramente al otro, sin dejarse alterar, modificar o transformar realmente por él. Ahora, mientras escribo esto, cuando se incrementa el asesinato de líderes sociales igualitarios que luchan porque las cosas sean de otro modo, y son asesinados excombatientes reinsertados de las FARC y jóvenes pobres en distintos lugares, creo que solo podremos ser de otro modo cuando en lugar de domesticar al otro, por ejemplo, a la alteridad del pasado, podamos aprender a vivir con lo excesivo e indomable que lo constituye, que es la otra cara de las alteraciones que nos promete; cuando podamos abrir la tensión inconciliable, trágica también, de nuestra historicidad, y cerrar las promesas de armónicos paraísos perdidos que se reiteran en cada — nueva y ya siempre frustrada— exigencia de simple reconciliación. Eulalia de Valdenebro. Imagen de Gnomon 3.2.3. Intersticio I: Intricados deseos de justicia En consecuencia también los ausentes están presentes [...], y, cosa que es más difícil de decir, los muertos viven. (Cicerón, Laelius de Amicitia, citado por Derrida, 1998b: 10) Aunque el resentimiento ha aparecido vinculado con dos sentidos de justicia distintos (aquel que se asocia con la retaliación, y aquel que exige una relación de irreconciabilidad con el daño padecido), en la experiencia histórica estos sentidos muchas veces se cruzan y dan lugar a interacciones diversas, que producen también diferentes economías afectivas. Al escribir esto pienso particularmente en las voces de víctimas que sienten que el daño que padecieron ha quedado en la completa impunidad, no solo porque los directamente responsables no han sido castigados, sino también porque estos no han pedido perdón e incluso se rehúsan a reconocer lo que hicieron: el daño que causaron y cómo afectó — con abismal intensidad— muchas vidas. Más aún, esta experiencia de impunidad se puede ampli�car al constatar que lo sucedido, aunque expuesto públicamente, difundido y compartido, no ha alterado ni ha afectado a muchos conciudadanos enterados de los sucesos. Al escribir esto podría estar aludiendo a distintas formas de violencia en Colombia, como la masacre sistemática de líderes sociales y el dolor que sus familias y personas más próximas pueden sentir, o en los miles de desaparecidos que ha producido el Estado colombiano, entre otros. Pero pienso ahora particularmente en el caso de las ejecuciones extrajudiciales que se dieron en el país en los dos mandatos del gobierno de Álvaro Uribe (2002-2010): Entre diciembre de 2007 y agosto de 2008, al menos 16 hombres jóvenes desaparecieron en extrañas circunstancias del