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Urbanismo ecológico. Volumen 3, Colaborar - Mohsen Mostafavi (editor)_ Gareth Doherty (editor) - (2014)

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Colaborar I
Por un lado, nos parece obvio que hay que trabajar fuera de 
las estructuras profesionales y disciplinarias; por el otro, no es 
tan fácil hacerlo. a menudo los esfuerzos colaborativos se ven 
obstaculizados por divergencias de lenguaje y de terminología, 
ni qué decir por modos de pensar y trabajar distintos. Esta serie de 
textos breves, escritos por profesores de distintos departamentos 
y escuelas de la Harvard University, intenta resaltar no solo los 
puntos en común en las aproximaciones a la ecología, sino también 
sus diferencias. Giuliana bruno, por ejemplo, explora la relación 
entre el urbanismo ecológico y las artes visuales en la obra de la 
artista islandesa Katrin Sigurdardóttir, cuya práctica demuestra 
que el urbanismo ecológico es un “producto de la vida mental, 
alentado por el movimiento de la energía mental y el movimiento 
empático de la emoción”. Verena andermatt Conley explica Las 
tres ecologías de Félix Guattari, mientras que leland Cott trata la 
reutilización de las ciudades, lo que Guattari llama “transducción”. 
lawrence buell escribe sobre el urbanismo ecológico como 
metáfora urbana; Preston Scott Cohen y Erika Naginski, sobre el 
papel que desempeña la naturaleza en la teoría de la arquitectura; 
y lizabeth Cohen nos recuerda que “el urbanismo sostenible 
no puede traducirse en ciudades verdes para blancos ricos”. 
Finalmente, el texto de Margaret Crawford argumenta en favor de 
un urbanismo disperso capaz de integrar agricultura y horticultura, 
y de un modelo de ciudad drásticamente diferente al impuesto por 
normas pasadas.
 
Colaborar I El trabajo de campo como arteGiuliana BrunoUrbanismo ecológico y/como metáfora urbanaLawrence Buell
blanco y negro en las ciudades verdes
Lizabeth Cohen
El retorno de la naturaleza
Preston Scott Cohen y Erika Naginski
Prácticas urbanas ecológicas: Las tres ecologías de Félix Guattari
Verena Andermatt Conley
Modernizar la ciudad
Leland D. Cott
Entornos urbanos productivos
Margaret Crawford
 
 
8
 
El trabajo de campo 
como arte
Giuliana Bruno
al ser un fenómeno cultural de largo alcance, 
el urbanismo ecológico se extiende más allá 
de la arquitectura, el paisajismo, el urbanismo 
y la planificación urbana para entablar relaciones 
sobre todo con las artes visuales: sus visiones, 
metodologías y modelos imaginarios pueden 
presentarse vigorosamente en forma de obras 
de arte.
la artista islandesa Katrin Sigurdardóttir crea 
maquetas de arquitectura cuya construcción 
interna alude a un trabajo de campo activo. lleva 
a cabo instalaciones medioambientales táctiles 
animadas por el movimiento del espectador que, 
a su vez, activa ese espacio de una forma 
imaginativa. Sin título (2004), por ejemplo, consiste 
en una larga pared aserrada que formalmente 
se parece a una línea de la costa nórdica que 
los visitantes del museo pueden recorrer 
imaginariamente al pasearse por la instalación. 
Esta gran estructura arquitectónica, que en 
apariencia se cierra sobre sí misma, despliega la 
imagen de un paisaje remoto en el que se conectan 
cultura y naturaleza. lo mismo sucede en Isla 
(2003), que parece una isla en miniatura y produce 
el mismo efecto a una escala escultórica distinta. 
En ambas obras, esta forma de travesía 
arquitectónica imaginaria permite experiencias 
de ocupación distintas al desarrollarse como 
una geografía creativa.
la obra de Sigurdardóttir nos recuerda que, como 
producción del espacio, el urbanismo ecológico es 
un fenómeno complejo en el que no se puede 
separar lo perceptivo y lo figurativo de la función y 
del uso. la artista trabaja con un espacio figurativo 
que se utiliza a un nivel conceptual y se habita a un 
nivel perceptivo. Su espacio muestra señales de uso, 
como sucede con la obra Parcelas extrañas (2005), 
cuyas siete cajas de embalaje crean 
imaginariamente segmentos de un barrio 
neoyorquino. Estas unidades separadas del habitar 
urbano pueden viajar: las cajas pueden 
transportarse por separado, encontrar su lugar en 
ubicaciones distantes y desplegar pruebas de sus 
viajes con documentos de tránsito. Juntas, las cajas 
crean un paisaje urbano con todos los viajes 
potenciales que conllevan por separado, de manera 
que ilustran el mismísimo imaginario arquitectónico 
del urbanismo ecológico.
Sigurdardóttir nos muestra que la imagen de una 
ciudad es un ensamblaje interno en verdadero 
movimiento: el mapa mental del lugar en que 
vivimos, que llevamos con nosotros. Este tipo de 
tejido urbano, materializado en Parcelas extrañas, 
se vuelve terroso en Recorrido (2005), cuyas once 
cajas de embalaje forman la imagen de un paisaje 
natural. En el mapa de la artista tienen lugar 
desplazamientos y condensaciones que, en su 
recorrido imaginario, hilvanan materiales del 
inconsciente y revisten una forma mnemotécnica. 
El trabajo del recuerdo queda expuesto en Hierba 
verde de casa (1997, arriba), una maleta/caja de 
herramientas con múltiples compartimientos 
plegables que, al abrirse, despliegan su bagaje 
de recuerdos. Cada compartimiento contiene una 
maqueta de un parque o un paisaje que, en algún 
momento, estuvo cerca de las casas que la artista 
4CoLABorAr I
 
tuvo en las distintas ciudades en las que ha vivido. 
Este paisaje de la memoria nos lleva de reikiavik a 
Nueva York, San Francisco y berkeley. la maleta 
mnemotécnica fue construida por una artista en 
tránsito y funciona como un estudio móvil, viajando 
con ella como un equipaje, y llevando consigo el 
viaje del habitar.
El interior de esta maleta es un paisaje exterior que 
a su vez contiene los rastros de un mundo interior. 
Y, así, el mapa interior de un espacio vivido se 
construye como un desplegable, una estructura que 
vuelca las cosas de dentro afuera. En la obra de esta 
artista, lo interior y lo exterior son dos caras de una 
misma arquitectura, y experimentamos la inversión 
que vemos en las telas reversibles, donde dentro 
y fuera no están diferenciados, sino que son 
intercambiables. las instalaciones de Sigurdardóttir 
trabajan como si la arquitectura fuera un tejido, un 
espacio vestido con una tela reversible para que 
todo lo interno pueda volverse hacia fuera, y 
viceversa. Esta forma de dar la vuelta al espacio se 
repite en Planta segunda (2003), una versión del 
gran paisaje plegable de Sin título, que también nos 
recuerda a la miniatura Isla. la misma lógica de dar 
la vuelta se utiliza aquí bajo la forma del vestíbulo 
del apartamento de la artista en Nueva York, que se 
retuerce para encajar en el mapa de un lecho fluvial 
islandés, conectando así el paisaje del lugar de 
origen con el urbanismo del hogar escogido.
Mientras que los recuerdos migratorios de los 
espacios vividos se mantienen unidos en la 
construcción de texturas del imaginario 
arquitectónico del urbanismo ecológico, el tejido 
generador de la arquitectura despliega su propia 
naturaleza reversible. así, este paisaje cultural 
muestra su uso interno de muchas maneras, una 
huella de los recuerdos, la atención y la 
imaginación de aquellos habitantes pasajeros que 
los han atravesado en diferentes momentos. Estos 
entornos artísticos pueden contenernos a nosotros, 
los espectadores, en su diseño geofísico y 
podemos guiar nuestras propias historias, pues 
también estas llevan nuestra respuesta emocional 
al espacio, como muestra la artista en su obra 
Fyrirmynd/maqueta (1998-2000). En lo que todavía 
constituye otra inversión de dentro afuera, se traza 
una carretera en miniatura a partir del diagrama de 
los caminos neuronales que se activan en nuestros 
cerebros cuando respondemos emocionalmente 
ante una percepción. al hacer que el tejido del 
espacio vivido sea perceptible mediante caminos 
reversibles y plegables, la artista expone la textura 
neurológica de la fabricación arquitectónica, 
demostrandoque, como imaginario arquitectónico, 
el urbanismo ecológico es un producto de la 
vida mental alentado por el movimiento de 
la energía mental y el movimiento empático 
de la emoción.
5
 
Urbanismo ecológico 
y/como metáfora urbana
Lawrence Buell
Como humanista medioambientalista, al 
explayarme sobre “urbanismo ecológico” seguro 
que doy la impresión de ser alguien que viene 
desde los confines más remotos del tema. Me 
acerco a la materia como un lego profundamente 
interesado, curioso por saber en qué puede 
consistir esta rúbrica luminosa, sugerente, pero 
hasta ahora ignota. Como “ecocrítico” 
especializado en discursos y representaciones 
artísticas y literarias, pienso inmediatamente en 
términos de una metáfora, pues algunos tropos 
originales se nos insinúan como posibles lentes a 
través de las cuales imaginar qué es y qué podría 
ser el urbanismo ecológico. ¿Puede entenderse 
como una agenda? ¿Como una escuela, un nexo, un 
diálogo o un mercado? Puede que quepa imaginarla 
como todo esto, y más. Sin embargo, 
independientemente de cómo quieran sus 
impulsores definir su proyecto, la metáfora siempre 
será una parte constituyente –aunque no 
obstruyente– de la conformación, comunicación y 
recepción de lo que pueda entenderse por 
urbanismo ecológico.
En este caso, mi confianza nace de la conciencia de 
que se trata de una práctica antigua dentro del 
urbanismo, basada en metáforas para proveer de 
compendios esquemáticos la relación entre lo 
construido y lo natural en el espacio urbano. 
revisando la historia de cómo la literatura y otros 
formatos imaginan el espacio urbano, encontramos 
una cornucopia de metáforas “definitorias” 
empleadas de mil formas para este propósito. 
algunas son recientes, otras milenarias, y entre 
ellas se incluyen –aunque no agoten la lista de 
posibilidades– la ciudad/naturaleza como binomio, 
como macroorganismo global, como palimpsesto, 
como fragmento (tanto en el sentido de distritos 
fisurados como en el de marcos espaciales por los 
que uno se guía seriadamente), como red, como 
dispersión, como apocalipsis (la ciudad como forma 
de ocupación utópica o distópica por excelencia)... 
y puede decirse que todas ellas cuentan con sus 
ventajas y defectos heurísticos a la hora de 
entender la materialidad del medio ambiente y la 
experiencia existencial del urbanismo.
El caso específico al que quiero referirme aquí es el 
de la metáfora de la ciudad como organismo, que 
cuenta con una larga tradición en la imaginación 
poética. El poeta romántico William Wordsworth se 
imagina a sí mismo parado al amanecer en el 
puente londinense de Westminster, imaginando el 
“grandioso corazón” que “reposa” bajo la escena 
de tranquilidad bucólica (“la tierra no tiene nada 
más hermoso que mostrar”), y su sucesor 
estadounidense Walt Whitman personifica al 
“Manhattan de un millón de pies”. En Finnegans 
Wake, James Joyce mitifica a Dublín como una 
configuración de tierra primigenia y deidades 
fluviales en las figuras de Humphry Chimpden 
Earwicker y anna livia Plurabelle. Sin embargo, 
estas personificaciones urbanas gozan aún de 
mayor continuidad en la historia y la teoría propias 
del urbanismo. El historiador cultural richard 
Sennett sostiene que en la ciudad “los espacios 
toman forma en gran medida a partir de cómo la 
gente vive su propio cuerpo”, trazando en su libro 
Carne y piedra este presunto linaje, que va desde la 
teoría de la polis clásica ateniense hasta las 
metrópolis multiculturales y fragmentadas 
actuales. Según él, la práctica arquitectónica se ve 
influenciada, en todos sus niveles, por las 
estrategias imperantes de exposición u 
ocultamiento corporal. la teórica de la cultura 
Elizabeth Grosz somete este modelo –y creo que 
con razón– a una crítica feminista excesivamente 
intencional y teleológica, abogando por que entorno 
y cuerpo se “produzcan el uno al otro” de maneras 
mutuamente transformadoras. Pero este 
6CoLABorAr I
 
contraargumento solo refuerza la idea que subyace 
en la analogía cuerpo-ciudad.
Más llamativa incluso para nuestro actual propósito 
es la frecuencia con la que el lenguaje del holismo 
corporal se filtra a los modismos de la planificación 
urbana, como cuando los paisajistas y los urbanistas 
reciclan el cliché de Frederick law olmsted, según 
el cual los parques son “los pulmones de la ciudad”, 
o utilizan la metáfora de “arteria” para hablar de las 
grandes autopistas. o como cuando los ingenieros 
y analistas medioambientales hablan del 
“metabolismo urbano” y de la “huella ecológica” 
de la ciudad no ya como frases hechas, sino 
como realidades sujetas a mediciones 
cuantitativas. En pocas palabras, ni los escritores 
de ficción ni los académicos humanistas tienen 
nada parecido a un monopolio sobre la metáfora 
orgánica urbana. al contrario, esta parece gozar 
de más vitalidad y ser más duradera tanto en la 
cultura popular como (quizás por esa misma razón) 
en un abanico impresionantemente amplio de 
vocabularios profesionales.
Dicho todo esto, pasemos ahora a la pregunta: “¿y 
qué?”. ¿Qué bien, o qué mal, nos hace confiar en 
una metáfora de la ciudad como organismo en 
estos diversos contextos? Entre sus ventajas 
obvias estarían las siguientes: en primer lugar, nos 
facilita un modo accesible y atrayente de 
considerar la escena urbana como una Gestalt 
unitaria que se presenta a sí misma como vital en 
lugar de estática; no como algo incontrolable e 
indescifrablemente extraño, sino como algo 
potencialmente íntimo y simbiótico con sus 
ocupantes humanos. Potencialmente, la ciudad 
como cuerpo también podría evocar y fortalecer un 
sentido compartido de identidad colectiva. Y más 
allá de esto, aunque fuera en un sentido muy 
rudimentario, también nos habla de una ética 
ambiental: la suposición de que una ciudad tendría 
que funcionar como un cuerpo sano.
Con todo esto no quiero decir que la metáfora de la 
ciudad como organismo no presente sus lados 
negativos. Su holismo conduce, por ejemplo, a un 
cierto gigantismo en el que se funden los individuos 
con las masas. la fijación por la salud de la 
ciudad-cuerpo como conjunto puede llevarnos 
a poner en segundo plano otros aspectos (cuando, 
por ejemplo, empezamos a pensar en arterias 
principales, podemos perder fácilmente de vista 
a la gente y a los barrios pobres). otro problema 
relacionado con el anterior, aunque más sutil, es 
la facilidad con la que dos componentes centrales 
de la metáfora de la ciudad como organismo se 
separan de ella para irse a los extremos –el 
cuerpo/ciudad como jugada psicológica, la higiene 
medioambiental como fetiche–, como cuando 
la teórica de la arquitectura Donatella Mazzolini 
se refiere a la metrópolis como la “concretización 
de las grandes estructuras oníricas de nuestro 
cuerpo colectivo”, o como cuando la ciudad 
como cuerpo se ve atacada por alguna patología 
que debe combatirse mediante la expulsión de las 
presencias humanas problemáticas mediante una 
“purga urbana,” como dice el antropólogo arjun 
appadurai.
Pero al margen de sus posibles abusos, una 
defensa minimalista del valor instructivo que 
contiene la metáfora global de la ciudad como 
organismo sería que, cuando se la utiliza con un 
espíritu de autoconciencia crítica, nos ofrece una 
“vía negativa” instructiva para que los ciudadanos, 
urbanistas y todo tipo de gente pensante 
escenifiquen las formas en las que la ciudad real no 
se ajusta a aquello que debería ser, o que alguna 
vez fue. Este es, por ejemplo, el espíritu de gran 
parte del análisis de la “huella ecológica”.
ahora bien, no quiero parecer el gran defensor de la 
metáfora de la ciudad como organismo, ni de 
ninguna otra. En efecto, la metáfora puede tener un 
poder afectivo y ayudar a la percepción a centrarse 
más claramente en llamar nuestra atención hacia lo 
que, de otro modo, bien podríamos obviar. Pero las 
metáforas son escurridizas,dúctiles, y están 
sujetas al abuso o a la ingenua (o terca) 
interpretación equivocada. lo que quiero decir 
con esto es que, como no podemos evitarlas, 
debemos estar preparados para ambos escenarios. 
Seamos o no humanistas declarados, vivimos mucho 
más al son de las metáforas de lo que tendemos 
a darnos cuenta, tal como sugieren, entre otros 
muchos, George lakoff y Mark Johnson en su 
esclarecedor librito Metáforas de la vida cotidiana. 
los discursos de los autores que aparecen en este 
volumen lo confirman implícitamente. Me fascina 
ver que la mayor parte de las metáforas que he 
señalado al inicio, si no todas, se encuentran en 
estos discursos a distintos intervalos, sobre todo 
las de la ciudad/naturaleza como dicotomía, como 
red y como apocalipsis. lo mismo podría decirse 
del proyecto del urbanismo ecológico que está 
desarrollando la Graduate School of Design de 
la Harvard University. Seguro que encontrará 
en la metáfora un recurso necesario.
7
 
blanco y negro en 
las ciudades verdes
Lizabeth Cohen
Cuando pienso en la sostenibilidad de las ciudades 
como historiadora, empiezo a preguntarme sobre lo 
fundamentalmente sostenibles que han sido desde 
la II Guerra Mundial, como lugares donde la gente 
quiere vivir, trabajar y actuar. Me centraré aquí en 
cómo los estadounidenses han percibido las 
ciudades como entornos atrayentes para vivir 
durante la segunda mitad del siglo xx.
Podemos aprender mucho sobre la popularidad de 
las ciudades en general, y de ciertas ciudades en 
particular, con solo examinar algunas estadísticas 
sencillas de población entre los años 1950 y 2000. 
Estas cifras crean un contexto histórico crucial 
donde poder situar cualquier discusión que 
queramos tener sobre el urbanismo ecológico.
Si miramos la tabla adjunta, lo primero que veremos 
es el ranking según tamaño en 1950. aparecen en 
la lista las diez ciudades más grandes de Estados 
Unidos en 1950, seguidas por otras cinco ciudades 
que aparecerán entre las diez más grandes en 
2000, pero que en 1950 eran mucho más pequeñas. 
las cinco añadidas a las diez primeras están todas 
en el sur y el suroeste del país, y siete de las quince 
ciudades de la lista aparecen en cursiva para indicar 
su crecimiento entre 1950 y 2000. a excepción de 
Nueva York, todos estos enclaves de crecimiento 
urbano se ubican, de nuevo, en el sur o en el suroeste 
del país. Mientras que en 1950 las diez ciudades más 
grandes, salvo los Ángeles, eran centros industriales 
y comerciales del norte del país, en 2000 la población 
urbana se había desplazado hacia el sur y el oeste. 
las ciudades del Medio oeste (Chicago, Cleveland y 
St. louis) perdieron habitantes, mientras que las del 
suroeste (Houston, San Diego y Phoenix) crecieron 
en población.
Sin embargo, esta tabla nos dice más cosas de la 
redistribución demográfica de las ciudades 
estadounidenses durante la segunda mitad del 
siglo xx. Muestra, por ejemplo, que en general las 
ciudades redujeron su tamaño; aunque la 
población de Estados Unidos casi se duplicó de 
150,7 a 281,4 millones de personas en el último 
medio siglo, la de Nueva York apenas creció, y las 
seis ciudades cuya población sí se incrementó –
todas ellas del sur y del suroeste– la siguen muy 
por detrás, y no son tan grandes como cabría 
suponer. lo que queda claro a partir de estas 
cifras, y de otras formas de evidencia histórica, es 
que, de 1950 a 2000 creció exponencialmente la 
población de los suburbios y exurbios, mientras 
que la de las ciudades disminuyó precipitadamente. 
la disponibilidad de energía a precios económicos 
y la falta de interés por la degradación del medio 
ambiente fomentaron la preferencia por la 
dispersión suburbana sobre la densidad urbana.
actualmente, Estados Unidos se enfrenta a una 
nueva oportunidad, pues en la última mitad de 
siglo su población se ha vuelto más consciente de 
cómo sus decisiones han mermado los recursos, 
disparado los costes de la energía y afectado al 
medio ambiente. al mismo tiempo, la crisis 
económica que atravesamos hace difícil que la 
gente pueda permitirse estos costes tan elevados. 
la convergencia de una mayor conciencia 
ecológica y de mayores restricciones económicas 
nos ha llevado a debatir nuevas formas de habitar 
en aras de la superioridad de las ciudades y, en 
especial, de las ventajas que la densidad presenta 
para el medio ambiente, la oportunidad económica, 
la sociabilidad, la eficiencia, la conveniencia y el 
sentido de la conexión histórica. De pronto, 
tenemos la oportunidad irrepetible de dar la vuelta 
a la tendencia de los últimos cincuenta años.
Y aunque podríamos detenernos aquí, contentos de 
saber que muy probablemente las ciudades vuelven 
8CoLABorAr I
 
a ser atractivas, creo que debemos ir un poco más 
allá y preguntarnos: “¿qué tipo de ciudades, y con 
qué carácter social, buscamos revivir con nuestra 
nueva conciencia ecológica?”. Sin duda, existen 
muchas formas de medir el éxito de una ciudad, 
pero mencionaré una que, en mi opinión, tiene una 
importancia crítica: las ciudades estadounidenses 
del futuro estarán más integradas desde el punto 
de vista socioeconómico –en particular en lo 
racial– que la mayoría de nuestras ciudades 
actuales. Diré incluso que la sostenibilidad social y 
la ecológica no pueden darse por separado.
la última columna a la derecha de la tabla es lo 
que se conoce como un “índice de disimilitud” una 
forma de medir hasta qué punto son similares o 
diferentes los habitantes de un mismo distrito 
censal. Según este cálculo, el 0 representa la 
completa integración racial y el 100 una 
segregación total. Sin duda, Estados Unidos es una 
sociedad multirracial compleja, dividida en más 
partes que la blanca y la negra. No obstante, como 
la segregación entre blancos y negros tiende a ser 
más extrema que la que se produce entre otras 
razas, la he tomado como medida de segregación 
social, que a menudo implica desigualdad de 
ingresos, de riqueza y de otro tipo de 
oportunidades.
Casi todas estas ciudades muestran índices de 
disimilitud muy altos en 2000, un rasgo típico en 
casi todas las ciudades. Por lo general, un índice 
de 60 o más se considera muy alto, uno entre 40 y 
50 moderado y uno de 30 o menos bastante bajo. 
los índices bajos, que indican más integración, 
son comunes en ciudades universitarias como 
Cambridge (Massachusetts), donde el índice de 
disimilitud es del 49,6. obsérvese en la tabla que 
las ciudades del sur y suroeste por lo general 
presentan índices de disimilitud inferiores a los de 
las viejas ciudades del Medio oeste, sin que 
ninguno de ellos sea muy bajo. obsérvese también 
que estas ciudades lo eran a veces solo de 
palabra, dados sus emplazamientos dispersos, 
suburbanizados y ecológicamente nocivos.
De todo esto se sigue que, mientras fantaseamos 
sobre cómo aplicar nuestra nueva conciencia 
ecológica para resucitar las ciudades 
estadounidenses, no debemos descuidar este 
importantísimo componente social. No quisiera 
promover solo ciudades con más edificios con 
certificación lEED, infraestructuras más 
ecológicas y mejores sistemas de transporte 
público, sino también pensar cómo podemos 
valernos de estas nuevas herramientas para lograr 
ciudades donde se dé una mayor integración racial 
y económica, como lugares para vivir, trabajar y 
actuar. al nivel más básico, esto significa incluir en 
nuestras definiciones de sostenibilidad, e invertir 
dinero en ello, una mejora de las infraestructuras 
que no solo incluya el tránsito masivo, sino 
también la calidad de la educación pública para 
hacer de las ciudades lugares atractivos donde 
una variedad de estadounidenses puedan sacar 
adelante a sus familias.
Para decirlo sin rodeos, el urbanismo sostenible no 
puede traducirse en ciudades verdes para blancos 
ricos.
Ciudad Ranking 
en 1950
Población 
en 1950 
(millones)
Ranking 
en 2000
Población 
en 2000(millones)
Índice de disimilitud 
entre blancos 
y negros en 2000*
Nueva York 1 7,9 1 8 85,3
Chicago 2 3,6 3 2,9 87,3
Filadelfia 3 2,1 5 1,5 80,6
Los Ángeles 4 2 2 3,7 74
Detroit 5 1,8 10 1 63,3
Baltimore 6 0,9 17 0,7 75,2
Cleveland 7 0,9 33 0,5 79,4
St. Louis 8 0,9 48 0,3 72,4
Washington 9 0,8 21 0,6 81,5
Boston 10 0,8 20 0,6 75,8
Houston 14 0,6 4 2 75,5
Dallas 22 0,4 8 1,2 71,5
San Antonio 25 0,4 9 1,1 53,5
San Diego 31 0,3 7 1,2 63,6
Phoenix 99 0,1 6 1,3 54,4
Población urbana de Estados Unidos 
de 1950 a 2000, por tamaño, posición 
y grado de segregación racial de las 
ciudades en 2000
Población total de Estados Unidos: 1950 = 
150,7 millones; 2000 = 281,4 millones
En cursiva = ciudades cuya población ha 
aumentado entre 1950 y 2000
*0 = integración completa; 100 = segregación 
completa
Fuentes: Censo de Estados Unidos, tabla 18, 
“Population of the 100 Largest Urban Places: 
1950”, www.census.gov/population/ www/
documentation/twps00027/tab13.txt; “2000 
Census: US Municipalities over 50,000: ranked 
by 2000 Population”, www.demorgraphia.com/
db-uscity98.htm; “racial Segregation Statistics 
for Cities and Metropolitan Areas”, 
Censusscope, www.censusscope.org/
segregation.htm
9
www.census.gov/population/ www/
www.demorgraphia.com/
www.censusscope.org/
 
El retorno de 
la naturaleza
Preston Scott Cohen y Erika Naginski
Que la naturaleza haya vuelto con fuerza a la teoría 
y práctica de la arquitectura va más allá de la 
transmutación de la tríada vitruviana de firmitas, 
utilitas y venustas en el lema de equidad, 
biodiversidad y sabio desarrollo del discurso 
sostenible. la relación entre naturaleza y 
arquitectura que encontramos en la copiosa 
bibliografía sobre sostenibilidad se debe a un 
imperativo moral dictado por la actual crisis 
medioambiental que, como en una tragedia griega, 
se basa en la finitud de los recursos naturales 
frente al ciclo infinito y funesto de la producción 
y del consumo humanos. De este agón surge la 
búsqueda de una arquitectura responsable, y el 
drama apocalíptico se ensaya en movimientos 
como la arquitectura natural, que cosifica el 
supuesto misterio y la fragilidad de los materiales 
naturales al disponer y exponer hojas, ramas y 
rocas en intervenciones efímeras. De igual modo, 
la esperanza acaba situándose, de un modo 
resuelto y problemático, en la promesa tecnológica 
(pese al espectro de modalidades históricas, como 
la contaminación y la obsolescencia); existe, pues, 
una biomímica, por citar solo un ejemplo, en la 
que la emulación de formas y procesos naturales 
afianza la creación de materiales tales como 
adhesivos que imitan a los de los mejillones, 
baldosas cerámicas con la resistencia de las 
conchas de las orejas de mar o vidrio con 
las capacidades purificadoras del aire de ciertas 
plantas.
Hasta qué punto estas plataformas bioéticas 
reniegan potencialmente del proyecto de que 
la arquitectura sigue siendo una cuestión 
fundamental. Por ahora, la tendencia a 
“neutralizar” la forma arquitectónica bajo el 
régimen digital ha hecho patentes dos tendencias 
que, cada cual a su manera, rechazan la vida 
cultural, social y simbólica de las formas. la 
primera incluye un cálculo directo que intenta 
traducir la conducta percibida de ciertos sistemas 
naturales, imbuyendo así la forma con una especie 
de conductismo naturalizado; la segunda está 
ligada a una tradición clásica que asocia 
matemáticas y naturaleza y sustituye la autoridad 
compositiva del proyectista con la generación 
computerizada de patrones. Demasiado a menudo, 
el resultado es una suerte de ornamento 
desvitalizado o formas retóricas que, al fin y al 
cabo, re-presentan la naturaleza, volviendo así a la 
mímica como principio (una vez más, la copia 
moralizada). Si el formalismo moderno viró 
demasiado hacia la pureza utópica de la autonomía 
del arte, la sostenibilidad ha dado un giro radical en 
la dirección opuesta; es decir, hacia la primacía 
ontológica del medio ambiente biológico, al tiempo 
que busca refugio en una agenda ética que no solo 
rehúye las críticas, sino que, además, le niega 
formar parte de un sistema formal y formalizado. 
Este declive de escalas no se produjo sin pagar un 
precio: correr el riesgo de respaldar un terreno 
crítico caracterizado por el neoempirismo y el 
ahistoricismo. Como hace no mucho expresara 
andrew Payne, la supuesta “prioridad del sistema 
natural sobre sus correlativos sociales y políticos 
puede producir el efecto de un embargo 
precipitado de la cuestión de cómo estos diferentes 
regímenes interactúan dentro de la dinámica que 
vincula la historia natural y la cultural, y, más aún, 
del grado y tipo de autonomía que posibilitan esas 
interacciones”.3
Nuestros robles ya no son oráculos, ni les 
pedimos ya muérdago sagrado; este culto 
tiene que reemplazarse con cuidados...1
Charles-Georges Le Roy
La biopolítica estadounidense ve en la 
naturaleza su propia condición de 
existencia: no solo el origen genético y la 
materia prima, sino también el referente 
único de control. La política es incapaz de 
dominar la naturaleza o de conformarla a 
sus fines, por lo que ella misma parece 
estar ‘informada’ de modo que ya no 
quepan otras posibilidades constructivas.2 
Roberto Esposito
10CoLABorAr I
 
Precisamente porque la sostenibilidad introduce 
nuevas y complejas restricciones, es necesario 
cambiar de velocidad para evitar incorporar las 
dimensiones sociales, políticas y culturales del 
entorno construido bajo el estatus primario de la 
naturaleza. En primer lugar deberíamos decir algo 
sobre el papel que desempeñan estas 
restricciones en las interpretaciones modernas 
de la naturaleza respecto a cuestiones de función 
y de códigos. Más tarde necesitaríamos realizar 
una comparación real entre la condición limitante 
del medio ambiente y otros momentos de 
“interferencia funcional” con la forma 
arquitectónica (como la introducción del ascensor, 
que transformó la relación entre los edificios y la 
ciudad y, por ende, a la ciudad en sí; la seguridad 
contra incendios, que cambió radicalmente la 
distribución social de los interiores; y la adopción 
de normativa para rampas de acceso para 
discapacitados, que alteró de manera fundamental 
la concepción de umbrales y secuencias). En cada 
uno de estos casos las limitaciones operaron en el 
corpus de la arquitectura y produjeron un cambio 
efectivo desde el punto de vista espacial e 
institucional; al fin y al cabo, existe una larga 
tradición de arquitectos que lucha contra aquello 
que se interponga entre ellos y su licencia para 
experimentar.
Más importante aún es reconocer que no estamos 
ante una calle de sentido único: es tan probable 
que la arquitectura provoque un cambio 
(arquitectura transformativa) como que responda 
a él (arquitectura reactiva). Podríamos argumentar 
que, pese a la vorágine de llamadas a la novedad 
y a la retórica moralizante que hoy gira en torno 
a los dimes y diretes de la sostenibilidad, esta 
cuestión puede sumarse al extenso legado de 
cómo, tanto en el pasado lejano como en el 
reciente, los factores externos se han impuesto 
a la arquitectura, y viceversa, de forma simbólica 
y concreta. Para decirlo de otro modo: desmitificar 
lo ecológico y lo sostenible es poner de manifiesto 
la condición de posibilidad de la arquitectura.
En efecto, la llamada a las armas de la 
sostenibilidad pertenece a un complejo arco 
histórico con momentos cruciales que van desde 
el bosque primordial de Giambattista Vico como 
antípoda de la civilización humana, pasando por 
las analogías entre sistemas ecológicos y 
economías políticas del siglo xx, hasta la 
demostración más reciente de cómo se acumulan 
las fuerzas y resonancias fundamentales para 
construirse en formas y figuras. Todo ello pone 
de manifiesto que el problema de la forma en el 
diseño resulta vital, no secundario, yque, sobre 
todo, no debe verse simplemente sujeto a las 
llamadas de un horizonte ético (ni convertirse en 
un receptor pasivo del mismo), tal como lo están 
delimitando los modos medioambientales 
actuales. ¿Cómo sopesar al legado posthumanista 
(y posthumano) de la arquitectura frente al valor 
otorgado a la naturaleza por las ideologías de 
sesgo bioético? ¿Cómo delimitar la encrucijada 
cambiante que existe entre la ecología, la sociedad 
y la filosofía estética? ¿Cómo despejar el aire 
(ideológico)?
Este texto surge de la descripción del programa para los simposios 
sobre arquitectura de la Harvard University, que, entre 2009 y 2010, 
organizó una serie de conferencias en torno a la autonomía de la 
arquitectura ante el imperativo sostenible.
1 Le roy, Charles-Georges, voz “Bosque”, en Diderot, Denis y 
D’Alembert, Jean Le rond (eds.), Encyclopédie ou dictionnaire rai-
sonné des sciences, des arts et des métiers, par une Société de 
Gens de lettres (1751-1772), vol. 7, pág. 129: “Nos chênes ne ren-
dent plus d’oracles, et nous ne leur demandons plus le gui sacré; il 
faut remplacer ce culte par l’attention”. Para una profunda reflexión 
sobre la voz de Le roy, véase: Harrison, robert Pogue, Forests: 
The Shadow of Civilization, University of Chicago Press, Chicago, 
1992, págs. 113-124.
2 Esposito, roberto, Bios: biopolitica e filosofia, Einaudi, Turín, 
2004 (versión castellana: Bíos: biopolítica y filosofía, Amorrurtu, 
Buenos Aires, 2006).
3 Payne, Andrew, “Sustainability and Pleasure: An Untimely Medi-
tation”, Harvard Design Magazine, núm. 30, Cambridge (Mass.), pri-
mavera/verano de 2009, pág. 78.
11
 
Prácticas urbanas ecológicas: 
Las tres ecologías de Félix Guattari
Verena Andermatt Conley
Hace ya varias décadas, Henri lefebvre proclamó 
la desaparición de la longeva distinción entre la 
ciudad y el campo en su estudio La revolución 
urbana.1 lefebvre puso sus esperanzas futuras 
para el planeta en un proceso de urbanización que 
remediara los males derivados de la modernidad, 
basados en el dominio del hombre sobre la 
naturaleza. Menos utópicos en relación con las 
bondades intrínsecas de la urbanización, Gilles 
Deleuze y Félix Guattari –que reconocían su deuda 
con el teórico de la cultura Paul Virilio, quien venía 
registrando el impacto de las tecnociencias desde 
la II Guerra Mundial– declaran en repetidas 
ocasiones que todo pensamiento ecológico tiene 
que partir de las condiciones actuales; es decir, 
de la revolución genética, la globalización de los 
mercados, la aceleración de los transportes y las 
comunicaciones, así como de la interdependencia 
de los grandes centros urbanos. Guattari, quien se 
presentó –aunque sin éxito– a un cargo público 
para un partido verde, escribió en su brillante y 
conciso ensayo Las tres ecologías,2 publicado en 
1989, simultáneamente a la caída del Muro de 
berlín, que teníamos que vérnoslas “con” estas 
condiciones para poder así rectificarlas mediante 
la recomposición total de los objetivos y los 
métodos de los movimientos sociales. No se trata 
de volver atrás, a antiguas formas de vida. la 
ecología no es la prerrogativa de un puñado de 
amantes de la naturaleza un tanto folclóricos 
y arcaizantes en un momento en el que, más que 
nunca, resulta imposible separar naturaleza 
y cultura. a diferencia de la mayor parte de los 
pensadores franceses (con la notable excepción 
de bruno latour), que se perdieron por los 
Caminos del bosque de Martin Heidegger, 
Guattari afirma que las tecnociencias son 
fundamentales para la supervivencia del planeta, 
con su densidad demográfica y sus problemas 
ecológicos actuales.
No obstante, la reorientación de las tecnociencias 
no puede producirse sin antes recomponer 
la subjetividad y la formación de los poderes 
capitalistas; por sí mismos, los reajustes 
tecnocráticos no bastan. Guattari concibe una 
ecosofía, que funciona simultáneamente en tres 
registros –social, mental y ambiental– y que 
generaría unas nuevas, y más placenteras, formas 
de vida en común. En su estado presente, el 
mundo se encuentra bajo la influencia de los 
medios de comunicación y el mercado, donde una 
gente infantilizada vive en agregados cargados 
de muerte. Guattari reclama que, en el marco del 
capitalismo actual, la antigua distinción entre 
infraestructuras y superestructuras ha sido 
sustituida por varios regímenes intercambiables de 
signos: económicos, jurídicos, científicos o 
aquellos que se ocupan de subjetivar.
al denunciar la preeminencia del régimen 
económico actual y esperar poder introducir el 
tiempo y el espacio en las ciencias, Guattari pone 
un énfasis especial en la cuestión de la 
subjetivación. En un esfuerzo por concebir una 
articulación eticopolítica y recurriendo a un 
vocabulario neosartreano, declara que todo aquel 
que se involucre en los campos propios de los 
procesos de subjetivación tiene la responsabilidad 
de abrir un en-soi (en sí) letal de los actuales 
territorios de la existencia hacia un pour-soi (por 
sí) precario, procesal y abierto al mundo. No solo 
los psicoanalistas están en disposición de influir 
sobre la psique de la gente, sino también, entre 
otros, los educadores, los artistas, los arquitectos, 
los urbanistas, los diseñadores de moda, los 
músicos y las figuras del deporte y la farándula... 
y ninguno de ellos puede esconderse detrás de 
una llamada neutralidad transferencial. Deben 
ayudar a producir el cambio al introducir una cuña, 
producir una interrupción o abrir espacios que 
12CoLABorAr I
 
puedan ocuparse con proyectos humanos que 
conduzcan a nuevas formas de sentir, percibir 
y pensar. Un paradigma ético tiene que 
complementarse con otro estético que impida 
que los procesos caigan en la repetición mortal, 
de modo que cada performance particular 
inaugure espacios que no puedan fijarse con 
respaldos teóricos o por la fuerza de la autoridad, 
pero que siempre sean works in progress.3
al rechazar los antiguos paradigmas de lucha 
social que se organizaban alrededor de ideologías 
unificadas, Guattari hace un llamamiento a una 
recomposición ecológica diversa en diferentes 
campos. aunque no descarta por completo los 
objetivos unificadores que se ocupen, por ejemplo, 
de la ecología urbana, sí destaca que no podemos 
seguir recurriendo a eslóganes o consignas que 
promuevan líderes carismáticos en lugar de a 
invenciones singulares. Para hacer que la ciudad 
sea habitable no solo es necesaria una 
macropolítica, sino también micropolíticas, y 
también es importante no reemplazar un término 
por su contrario. la pregunta no consiste pues en 
establecer reglas universales, ni marcar las cosas 
como “dentro” o “fuera” –que es lo que viene 
haciéndose ante la crisis económica actual–, 
sino que gravita alrededor de cómo desarticular 
las oposiciones binarias entre los distintos 
estamentos ecosóficos y cómo generar cambios 
de la sensibilidad y de la inteligencia de forma 
paulatina, dúctil y no violenta.
a la hora de poner esto en práctica, Guattari 
propone no limitarse a sustituir el desacreditado 
movimiento moderno por una nueva visión, sino 
entablar un proceso de transformación constante, 
capaz de incluir la construcción de una ciudad 
porosa con materiales más ecológicos, la recogida 
de agua de lluvia, el uso de energía eólica y solar, 
así como otros modos de relación con el propio 
cuerpo, nuevas interacciones de grupo y deshacer 
la ecuación actual que existe entre bienes 
naturales, materiales y culturales, que se basa 
solamente en su rentabilidad.
aunque Guattari deja bien claro que debemos 
renovar constantemente nuestros paradigmas 
teóricos, su breve ensayo y su mensaje urgente 
abogan por una militancia analítica, por actuar 
y pensar, teorizar y poner en práctica 
simultáneamente, lo que sigue siendo válido para 
el urbanismo ecológico de hoy. En un mundo 
globalizado con grandes megaciudades, quienestraten con las subjetividades –y esto incluye a 
arquitectos y urbanistas– tienen la responsabilidad 
de abrir espacios que puedan ser habitados por 
los proyectos humanos a través de las lentes 
intercambiables de las tres ecologías.
1 Lefebvre, Henri, La Révolution urbaine, Éditions Gallimard, 
París, 1970 (versión castellana: La revolución urbana, Alianza, 
Madrid, 1983).
2 Guattari, Félix, Les Trois ecologies, Éditions Galilé, París, 1989 
(versión castellana: Las tres ecologías, Pre-Textos, Valencia, 1996).
3 Ibíd.
La reorientación de las tecnociencias no 
puede producirse sin antes recomponer 
la subjetividad y la formación de los poderes 
capitalistas; por sí mismos, los reajustes 
tecnocráticos no bastan.
13
 
Modernizar la ciudad
Leland D. Cott
¿Qué debe hacerse para que nuestras ciudades 
sean más sostenibles? los problemas ya están 
bien documentados; las soluciones propuestas 
van desde conceptos conocidos –como los 
huertos urbanos y las medidas para la 
conservación del agua– hasta nociones más 
sofisticadas para enclaves de energía cero en 
suburbios y desiertos. Parece que, pese a la 
enorme tarea que tenemos por delante, tenemos 
la sensación de contar con un conocimiento 
colectivo para enfrentarnos a los problemas 
que comporta nuestra insensibilidad global con 
relación al medio ambiente y que, por tanto, 
podemos generar un futuro alternativo al que 
dirigirnos.
Hacer esto requerirá de una acción eficaz a todos 
los niveles. Se necesitarán soluciones a largo plazo 
y de bajo consumo energético si queremos dejar 
una huella de carbono menor a la existente, pero 
también en estos momentos podemos hacer 
mucho para remediar la situación actual. 
Nuestras ciudades contienen millones de edificios 
institucionales, comerciales y residenciales, y la 
mayoría de ellos despilfarra energía o la usa de 
modo ineficaz. Tomando cualquier indicador, 
casi todos nuestros edificios se revelan como 
la antítesis de lo “sostenible,” pues fueron 
concebidos y construidos mucho antes de finales 
del siglo xx, cuando los costes energéticos se 
consideraban desdeñables y se suponía que los 
recursos energéticos eran inagotables. Entonces, 
¿qué medidas pueden tomar las industrias 
actuales de la construcción y la inmobiliaria para 
mejorar la sostenibilidad?
 
Para comenzar, debemos intentar reutilizar tantos 
edificios como sea posible. Está en nuestras manos 
ahorrar hasta un 40 % de la energía que hoy 
utilizamos, así como limitar las emisiones de 
carbono, con solo reutilizar los edificios existentes 
en Estados Unidos. Este argumento cobra aún más 
fuerza si consideramos la cantidad de energía 
incorporada de los edificios existentes, lo que hace 
que las discusiones en favor de la demolición, 
la eliminación de residuos y la construcción de 
edificios nuevos sean difíciles de justificar. los 
gobiernos federales, estatales y municipales han 
comenzado a apoyar a la comunidad inmobiliaria 
con reducciones tributarias sobre el patrimonio y 
créditos para el impuesto sobre la renta, de modo 
similar a como se estimularon la conservación del 
patrimonio histórico y la reutilización de inmuebles 
hace treinta y cinco años.
Serán necesarios grandes subsidios de este tipo 
para incentivar que las inmobiliarias y los gestores 
inmobiliarios participen en un programa nacional 
de reconversión energética. Desde un punto de 
vista inmobiliario, el valor normalmente se mide en 
términos de rentabilidad de la inversión, por lo que, 
dado el coste actual de la energía y las reformas, 
son muy pocas las reconversiones de edificios que 
satisfacen los criterios para que se recupere la 
inversión de aquí a cinco o siete años. Puede que la 
ayuda con subsidios deba ser obligatoria para 
compensar los costes de lanzamiento en apariencia 
altos en favor de ahorros a más largo plazo. Cabe 
esperar que, a medida que los inquilinos sepan más 
del tema, entiendan que un consumo excesivo de 
energía afecta negativamente a sus ingresos y 
prefieran no alquilar edificios obsoletos. Un edificio 
reconvertido gasta menos energía, genera menos 
gastos y, probablemente, resulta más atractivo 
desde un punto de vista comercial.
14CoLABorAr I
 
 Un futuro en el que nuestras ciudades cuenten 
con un stock de edificios completamente 
modernizados, sostenibles y de bajo consumo 
podría alcanzarse en las siguientes una o dos 
décadas. El éxito de este proceso podría 
abastecernos de una serie de edificios eficientes 
que nos ayuden a avanzar hacia un urbanismo 
ecológicamente sostenible de cara a un futuro 
más lejano.
Está en nuestras manos ahorrar hasta 
un 40 % de la energía que hoy utilizamos, 
así como limitar las emisiones de carbono, 
con solo reutilizar los edificios existentes 
en Estados Unidos.
15
 
Entornos urbanos productivos
Margaret Crawford
las ciudades actuales tienen una fuerte huella de 
carbono y, para que puedan ser sostenibles, las 
ciudades del futuro deben tender a emisiones de 
carbono negativas. Hay que encontrar nuevas 
maneras de contrarrestar la energía que se 
incorpora a la ciudad con el aumento de la 
producción de energía, alimentos, transporte y 
viviendas sostenibles, al tiempo que mejoramos 
la salud pública y la calidad de vida. Para hacerlo 
debemos cuestionar el conocimiento heredado 
que tenemos sobre el medioambientalismo y sobre 
las numerosas definiciones existentes de ciudad.
al destacar que la mayor parte de las pérdidas 
energéticas se producen en el traspaso desde 
las plantas generadoras a los sistemas de 
distribución, el ensayo de Michelle addington que 
aparece en este volumen (págs. 244-255) nos 
sugiere un nuevo enfoque y una nueva escala para 
el ahorro eléctrico que desafía a la actual obsesión 
de los arquitectos por la producción de edificios 
que ahorren energía. Esto dirige nuestra atención 
desde el edificio individual a las redes eléctricas 
regionales y nacionales, situadas lejos de las áreas 
urbanas. Este marco ampliado podría sernos de 
mayor utilidad si pensamos en las ciudades como 
un elemento dentro de un sistema mayor, y no 
como entidades bien definidas, una idea también 
expresada en los mapas que acompañan al ensayo 
sobre “regiones urbanas” de richard T. T. Forman.
aunque históricamente se ha contrapuesto el 
campo a la ciudad, asumiendo que el primero 
abastecía de alimentos a la segunda, las prácticas 
agrarias actuales se están volviendo cada vez más 
diversas. la definición cambiante de granja, 
o de agricultor, ha estimulado la aparición de la 
horticultura casi en cualquier lugar. las regiones 
metropolitanas y los terrenos urbanos 
abandonados o en desuso, las tierras de 
fideicomiso, los jardines comunitarios, las escuelas 
o los campus universitarios y hasta los jardines de 
las casas suburbanas han comenzado a producir 
alimentos. También han surgido nuevos canales 
de distribución de alimentos: mercados de 
productores, agricultura comunitaria, restaurantes 
y mercados especializados en productos locales y 
hasta recolectores que reparten frutas caídas; 
todos ellos contribuyen a hacer que los alimentos 
locales estén ampliamente disponibles. aunque en 
Estados Unidos estas formas de agricultura no 
puedan competir con la gigantesca agroindustria 
del Medio oeste o del Central Valley californiano, 
Dorothée Imbert explica que sus beneficios 
trascienden lo meramente económico ya que, 
además de generar trabajo y aumentar los 
ingresos, la agricultura urbana favorece la 
cohesión cívica y comunitaria, acerca a la gente a 
los ritmos de la naturaleza, mantiene tradiciones 
étnicas y culturales, educa a los niños sobre 
alimentación, provee productos de alta calidad y, 
lo que no es menos importante, permite disfrutar 
del placer y la belleza como partes integrales del 
buen comer.
16CoLABorAr Ial imaginar lo que nos deparará el futuro, Mitchell 
Joachim nos presenta un abanico de propuestas 
sostenibles posibles, aunque meramente 
hipotéticas, para los entornos urbanos basados en 
asentamientos en entornos naturales. al imaginar 
una “ciudad” capaz de autoabastecerse, Joachim 
presenta proyectos inspirados en la manipulación 
de formas orgánicas mediante el uso de 
tecnologías innovadoras. Por ejemplo, el Fab Tree 
Hab toma la metáfora literal de una casa viva al 
utilizar un árbol como prototipo para un estilo de 
vida ecológico. Joachim también propone nuevas 
tecnologías de transporte que van desde los 
sistemas de transporte subterráneos hasta el 
rediseño de automóviles lentos impulsados por 
motores eléctricos individuales en las ruedas, de 
modo que los vehículos se adapten a la ciudad, y 
no al revés.
¿Qué tipo de entorno urbano producirán estas 
ideas? Sin duda, no el de la ciudad compacta 
a la que aspiran tantos defensores del urbanismo 
sostenible. En su conjunto, sugieren más bien una 
suerte de urbanismo en expansión, con viviendas 
y lugares de trabajo más en consonancia con la 
naturaleza y la agricultura que los actuales. 
al combinar las diferentes ideas que se articulan 
en torno a un ambiente urbano productivo, 
podemos imaginar una variedad de nuevos 
paisajes. Con una red energética sostenible capaz 
de albergar y distribuir fuentes de energía a 
pequeña y gran escala, este entorno ecológico 
tendría una infraestructura eléctrica y de 
transporte, viviendas y puestos de trabajo, 
espacios para la agricultura y áreas naturales 
entretejidas en nuevas combinaciones aún por 
imaginar. En lugar de volver a imponer antiguos 
modelos urbanos basados en la densidad y la 
finitud, quizás deberíamos mantener nuestras 
opciones abiertas en aras de la sostenibilidad. 
En lugar de contar con un ideal urbano normativo, 
deberíamos dirigirnos en direcciones múltiples con 
vistas a producir resultados diversos.
17
 
COLABORAR II
Amy C. Edmondson, profesora de la Harvard Business School, 
señala que existen investigaciones que demuestran que los 
esfuerzos colaborativos entre personas similares tienen más éxito 
que aquellos entre grupos diversos. Es necesario un liderazgo 
fuerte para coordinar dichos esfuerzos, así como respeto 
recíproco y que se reconozcan los diferentes lenguajes y formas 
de trabajo. La exploración que David Edwards hace de la 
purificación del aire viene seguida por el provocador ensayo de 
Susan S. Fainstein sobre la justicia social. En lo que inicialmente 
parece contradictorio es donde pueden surgir nuevas 
posibilidades. ¿Tiene relación la calidad del aire con la justicia 
social? Por supuesto que sí. En la reunión de contradicciones 
podemos encontrar respuestas para la ciudad actual y futura. 
Por ejemplo, Edward Glaeser aboga por una forma de vida más 
templada, lejos de los extremos del calor y el frío excesivos, 
aunque esas zonas templadas sean a menudo las mejor 
preservadas: “Si Estados Unidos quiere ser más ecológico, debe 
construir más en San Francisco y menos en Houston”. ¿Bajo qué 
parámetros estas ciudades son más ecológicas? Uno de los temas 
que este ensayo explora: los parámetros y el lenguaje que 
empleamos para evaluar el urbanismo ecológico. Donald E. Ingber, 
director del Wyss Institute for Biologically Inspired Engineeiring 
de la Harvard University, nos enseña cómo las ciudades podrían 
evolucionar en el futuro, al tiempo que nos advierte que nos 
exigirán nuestra colaboración en formas hasta hora inauditas.
 
Retos de gestión de la transformación urbana: 
organizar para aprender
Amy C. Edmondson
La purificación del aire en las ciudades
David Edwards
Justicia social y urbanismo ecológico
Susan S. Fainstein
El gobierno de la ciudad ecológica
Gerald E. Frug
Un futuro subterráneo
Peter Galison
Templado y limitado
Edward Glaeser
Arquitectura adaptable de inspiración 
biológica y sostenibilidad
Donald E. Ingber
COLABORAR II
 
Retos de gestión de la 
transformación urbana: 
organizar para aprender
Amy C. Edmondson
Mi trabajo de investigación estudia las 
interacciones humanas en cuyo marco se toman 
decisiones y se realiza un trabajo para transformar 
organizaciones complejas. Son aquellas que 
cuentan con muchas partes interconectadas 
que deben coordinarse para alcanzar las metas 
propuestas. Sin duda, mediante la introducción 
de una complejidad añadida de diversas 
organizaciones interconectadas –viviendas, 
lugares de trabajo, comercio, escuelas y agencias 
gubernamentales–, las ciudades deben 
transformarse de modos compatibles para generar 
los sistemas urbanos sostenibles del futuro. Nadie 
sabe cómo hacerlo, pero está claro que no podrá 
conseguirse sin innovación y colaboración. 
También es evidente que la transformación 
no puede planificarse y controlarse de un modo 
centralizado.
En todas partes he introducido la diferencia que 
existe entre “organizar para aprender” y “organizar 
para ejecutar”.1 Las técnicas clásicas de gestión, 
como el control de calidad o la medición del 
rendimiento, fueron diseñadas para facilitar una 
ejecución fiable de los procesos establecidos, 
y son efectivas cuando las soluciones para lograr 
que se haga el trabajo ya existen y se entienden 
bien. Ya sea para regular operaciones rutinarias o 
para implementar cambios localizados, “organizar 
para ejecutar” debe observar un plan, suprimir las 
divergencias y no desviarse de los procesos 
prescritos sin una buena causa.
Por otro lado, las situaciones en las que falta el 
conocimiento sobre cómo producir resultados 
requieren “organizar para aprender”. En este caso, 
los gestores intentan aumentar en lugar de reducir 
las divergencias, para promover experimentos y 
premiar el aprendizaje y la innovación por encima 
de la obediencia y la precisión. “Organizar para 
aprender” comprende tres aspectos esenciales: 
una intensa colaboración entre disciplinas, una 
rápida iteración (pequeños experimentos que 
producen pequeños fracasos y éxitos) y un 
intercambio de conocimiento (para propagar 
rápidamente los descubrimientos útiles).
Colaboración. La investigación sobre diseño 
y desarrollo de productos demuestra que una 
postura colaborativa basada en el trabajo en equipo 
permite mejorar la calidad, la eficiencia y la 
satisfacción del cliente en comparación con 
el trabajo independiente de especialistas.2 
El trabajo en equipo integra el conocimiento 
funcional –ingeniería, diseño, marketing y finanzas– 
y obliga a pensar en soluciones intermedias desde 
un inicio para permitir mejores soluciones de 
diseño. Al mismo tiempo, la investigación 
conductual demuestra que los equipos diversos 
–aquellos que abarcan fronteras demográficas, 
geográficas, de estatus o experiencia– a menudo 
tienen menor rendimiento que los equipos más 
homogéneos. Para que se logren beneficios de 
una colaboración es necesario un liderazgo hábil.3
Iteración. Evaluar los fracasos y sus lecciones 
forma parte esencial de “organizar para aprender”. 
La innovación organizativa se produce cuando 
los equipos identifican y ponen a prueba nuevas 
ideas mediante ensayo y error.4 No obstante, 
las organizaciones y las profesiones conllevan 
jerarquías sociales y la experimentación genera 
20COLABORAR II
 
incertidumbre. La jerarquía social intensifica los 
riesgos interpersonales de la experimentación 
(que, por su naturaleza experimental, a menudo 
falla) y de las discusiones extremadamente abiertas 
que le siguen. La rápida iteración puede prosperar 
cuando los líderes trabajan para construir un clima 
de seguridad psicológica.5
Intercambio de conocimientos. La propagación 
del conocimiento sobre qué funciona y qué no hace 
que en los sistemas complejos se produzcaun aprendizaje más rápido que exclusivamente 
mediante la experimentación local. En la esfera 
pública, los problemas –que van desde la 
malnutrición a las infecciones y el crimen– 
se benefician de compartir nuevas prácticas 
potencialmente mejores.6 Las empresas con 
empleados distribuidos por todo el mundo también 
están encontrando nuevas maneras de diseminar 
prácticas más eficientes, que combinen la riqueza 
emocional de las interacciones personales cara 
a cara con la eficacia de los sistemas de intranet.7 
Las buenas prácticas se difunden cada vez más 
rápido.8
Desde este punto de vista, el urbanismo ecológico 
tomará forma mediante la distribución del 
aprendizaje colaborativo. Las ciudades deben 
transformarse proyecto a proyecto (colaboración 
a colaboración), y crear e implementar nuevas 
tecnologías y contratos sociales a través de los 
cuales pueda llevarse a cabo la promesa de un 
urbanismo ecológico. Deben surgir proyectistas 
líderes, capaces de tocar los corazones y las 
mentes de la gente ante el viaje tan incierto 
que tenemos por delante.
1 Edmondson, Amy C., “Organizing to Learn”, HBS, núm. 5-604-
031, Harvard Business School Publishing, Boston, 2003; y “The 
Competitive Imperative to Learning”, Harvard Business Review 
núm. 86/7-8, 2008, págs. 60-67.
2 Wheelwright, Steven C. y Clark, Kim B., Revolutionizing Product 
Development, Free Press, Nueva York, 1992. 
3 Nembhard, I. y Edmondson, Amy C., “Making It Safe: The Effects 
of Leader Inclusiveness and Professional Status on Psychological 
Safety and Improvement Efforts in Health Care Teams”, Journal of 
Organizational Behavior, núm 27/7, 2006, págs. 941-966.
4 Edmondson, Amy C., “The Local and Variegated Nature of Lear-
ning in Organizations: A Group-Level Perspective”, Organization 
Science, núm. 13/2, 2002, págs. 128-146.
5 Edmondson, Amy C., “Psychological Safety and Learning Beha-
vior in Work Teams”, Administrative Science Quarterly, núm. 44/4, 
1999, págs. 350-383, y “Managing the Risk of Learning: Psycholo-
gical Safety in Work Teams”, en West, Michael A.; Tjosvold, Dean y 
Smith, Ken G. (eds.), International Handbook of Organizational 
Teamwork and Cooperative Working, Blackwell, Londres, 2003, 
págs. 255-276.
6 Sternin, J. y Choo, R., “The Power of Positive Deviancy”, Har-
vard Business Review, núm. 78/1, 2000, págs. 14-15; Nembhard, I., 
“Organizational Learning in Health Care: A Multi-Method Study of 
Quality Improvement Collaboratives”, tesis doctoral, Harvard Uni-
versity, 2007; Seabrook, J., “Don’t Shoot”, New Yorker, 22 de junio 
de 2009, pág. 85.
7 Edmondson, Amy C., et al., “Global Knowledge Management at 
Danone”, HBS, núm. 9-608-107, Harvard Business School Publis-
hing, Boston, 2007.
8 Shirky, Clay, Here Comes Everybody, Penguin, Nueva York, 
2008.
La cúpula Iris de Chuck Hoberman en la 
Expo 2000 de Hannover, Alemania. La 
cubierta retráctil se abre y se cierra como el 
iris de un ojo.
21
 
La purificación del aire 
en las ciudades
David Edwards
Las sustancias tóxicas volátiles que emiten 
muchas pinturas, tejidos y alfombras tienden a 
acumularse en zonas de circulación estancas 
de casas y oficinas.1 Este aire contaminado puede 
suponer peligros por exposición a corto y largo 
plazo, pues los clásicos sistemas HEPA y de 
filtración del carbono no eliminan de forma 
efectiva algunos de los gases más nocivos, 
como el formaldehído.2
Las plantas proporcionan un método tradicional 
para gestionar la contaminación del aire, pero su 
capacidad de filtración natural –aunque efectiva a 
nivel global– es limitada en un interior normalmente 
ventilado, salvo si se llena de plantas (unas 70 
cintas para un interior de 420 m2),3 o se cuenta con 
la ayuda del diseño y la ingeniería.
En los exteriores, la convección y la difusión 
proyectan la contaminación fuera del alcance 
de las plantas, donde los gases tóxicos que 
absorben las superficies expuestas –sobre todo 
las hojas– se degradan mediante procesos 
metabólicos naturales.4 En un interior estamos 
sentados o de pie, caminamos y hasta ponemos 
nuestras caras sobre las fuentes de contaminación 
que polucionan el aire que respiramos. Aunque 
tengamos plantas en el interior, generalmente es 
difícil que estas logren purificar el aire tóxico antes 
de que inadvertidamente lo inhalemos.
A mediados de la década de 1980, investigadores 
de la NASA abordaron el problema de la filtración de 
interiores al hacer pasar el aire contaminado a 
través de plantas de interior.5 Para mejorar la 
filtración del aire, los investigadores hicieron pasar 
el aire sucio por la tierra, donde las raíces y sus 
microorganismos asociados pueden proporcionar 
un segundo nivel de transformación metabólica. 
Esta mezcla de ventilación y filtración por tierra 
llevó a una serie de primeros prototipos de filtros 
vivos para purificar el aire contaminado.
Estos diseños de filtros vivos para interiores no 
tuvieron mucho éxito comercial, quizá debido (al 
menos en parte) a la velocidad máxima de 
filtración necesaria para que la tierra de las plantas 
no se seque mientras circula el aire por ella. 
Diseñados con la funcionalidad básica de finales 
de la década de 1980, los filtros de plantas son 
muy eficientes para eliminar gases tóxicos del aire, 
pero su índice de eliminación es ínfimo en 
comparación con los filtros tradicionales HEPA y 
de carbono.6 Esto hace que los filtros vivos sean 
eficientes cuando se ubican en locales estancos, 
pero a menudo son ineficientes en relación con 
los patrones de convección característicos de 
la mayor parte de los entornos interiores.
Conscientes de estas restricciones, hace poco 
abordamos el problema del aire en interiores 
mediante el diseño de un filtro vivo de aire más 
eficaz que el de la NASA, y también más atractivo 
desde el punto de vista estético. Es relativamente 
barato y su mantenimiento es tan fácil e intuitivo 
como el que normalmente asociamos al cuidado 
de las plantas. Yo mismo, en colaboración con 
el diseñador francés Mathieu Lehanneur, me 
encargué de su diseño en 2007, en ocasión de 
la inauguración del centro experimental de arte 
y diseño Le Laboratoire de París. El filtro Bel-Air 
hace que el aire contaminado atraviese las hojas 
22COLABORAR II
 
y la tierra de las plantas en macetas, pasa por 
un baño de agua y vuelve al entorno con una 
velocidad similar a la máxima del diseño de 
la NASA.
Bel-Air formó parte de la exposición Design and 
the Elastic Mind, celebrada en el Museum of 
Modern Art de Nueva York, y en 2008 ganó el 
premio Popular Science Invention. Hoy puede 
comprarse con el nombre comercial de filtro 
Andrea. Los filtros vivos como este pueden 
concebirse para escalas grandes y pequeñas. Una 
estrategia semejante 
de filtros vivos podría formar parte de una 
arquitectura urbana sostenible del futuro.
1 Mølhave, L., “Volatile Organic Compounds, Indoor Air Quality 
and Health”, Indoor Air, núm. 1, 2004, págs. 357-376. 
2 Chen, W. et al., “Performance Evaluation of Air Cleaning/Purifi-
cation Devices for Control of Volatile Organic Compounds in 
Indoor Air”, informe presentado en la Syracuse University, 2004.
3 Wolverton, B. C; McDonald, R. C. y Watkins, A. E. Jr., “Foliage 
Plants for Removing Indoor Air Pollution from Energy-Efficient 
Homes”, Economic Botany, núm. 38, 1984, págs. 224-228. 
4 Giese, Martina et al., “Detoxification of Formaldehyde by the 
Spider Plant (Chlorophytum comosum)”, Plant Physiology, 
núm. 104, 1994, pág. 1301.
5 Wolverton, B., “Foliage Plants for Improving Indoor Air Quality”, 
seminario de la National Foliage Foundation, Hollywood, Florida, 
19 de junio de 1988.
6 Chen et al., op. cit.
23
 
Justicia social 
y urbanismo ecológico
Susan S. Fainstein
Como tal, el urbanismo ecológico abarcatres 
ramas distintas del pensamiento ecológico: 
1) la protección ambiental, que se centra en la 
conservación de la naturaleza y en combatir 
la contaminación; 2) la ecología, que considera 
a los seres humanos dentro de los sistemas 
ecológicos y que se dirige a las interacciones 
entre humanos y naturaleza; 3) la justicia 
medioambiental, que considera el impacto del 
cambio medioambiental en grupos sociales 
desfavorecidos y analiza el impacto de la 
distribución de la política medioambiental. 
En consecuencia, permite la consolidación 
de movimientos sociales bastante diferentes: 
las clases medias y altas conservadoras y las 
iniciativas en aras de una mayor justicia 
medioambiental con base en la ciudad.
A menudo ambos movimientos se reducen a 
expresiones de la fórmula NIMBY (Not In My Back 
Yard; literalmente, “no en mi patio trasero”). 
Los medioambientales proteccionistas utilizan el 
entorno como un signo racional para oponerse a 
desarrollos de alta densidad e insistir en ubicar los 
terrenos indeseables, aunque necesarios, fuera 
de sus vecindarios. Los defensores de la justicia 
medioambiental rechazan estos mismos tipos de 
desarrollo basándose en que las comunidades 
de bajos recursos ya tienen cargas excesivas de 
usos que nadie quiere. Es importante invertir este 
negativismo de las reflexiones. El objetivo del 
urbanismo ecológico debería ser un programa 
con vistas a un desarrollo deseable para la gente 
y que mejore el entorno.
Los estímulos económicos incluidos dentro del 
programa de la administración de Obama para 
crear obras ecológicas intentan aunar la fuerza 
política de ambos movimientos, dándoles un giro 
positivo. Se pretende con ello generar una 
ecología más sostenible y fomentar además el 
crecimiento económico. Se trata de un esfuerzo 
por reconciliar lo que Scott Campbell llama el 
“triángulo del planificador”, la tensión que existe 
entre la promoción de iniciativas inmobiliarias, 
la equidad y la protección medioambiental.1 
Aún está por ver si esto se produce mediante 
la creación de obras ecológicas, pues estas 
no necesariamente se traducen en obras de 
calidad y la tecnología ecológica no siempre es 
estéticamente atractiva. Por ejemplo, a menudo 
para el reciclaje de basuras se emplea a 
emigrantes que trabajan delante de una cinta 
transportadora clasificando la basura de otra 
gente, y camiones de basura que atraviesan los 
barrios hasta llegar a las centrales de reciclaje. 
Los parques eólicos amenazan la vida silvestre 
y producen nuevos paisajes que muchos 
encuentran extremadamente desagradables.
Por otro lado, existen iniciativas que suman en 
positivo. Por ejemplo, el Ayuntamiento de Nueva 
York está construyendo una vía verde a lo largo 
de la ribera sur del Bronx con recursos de los 
incentivos federales designados para 
infraestructura. Esta parte de la ciudad tiene un 
índice elevado de asma infantil y acusa la falta 
de espacios verdes. El nuevo parque generará 
empleos inmediatos para su construcción y otros 
más a largo plazo para su mantenimiento. 
No obstante, el Ayuntamiento de Nueva York 
24COLABORAR II
 
también ha invertido enormes sumas en la 
construcción del nuevo estadio de béisbol de los 
Yankees, también en el Bronx, que ha destruido un 
parque popular para proporcionar grandes 
superficies de aparcamiento, y se prevé un 
aumento de tráfico que consumirá grandes 
cantidades de energía. Aunque finalmente el 
parque vaya a sustituirse por un espacio público 
cuantitativamente comparable, este será menos 
accesible. La justicia medioambiental exige un uso 
más que ocasional de los fondos para crear 
espacios verdes en barrios pobres, lo que significa 
la redistribución de los gastos municipales para 
que el presupuesto total no favorezca a los 
promotores, los equipos deportivos o los barrios 
más ricos. En el actual contexto económico, se 
exige que se haga uso de estos recursos para la 
compra de propiedades embargadas, la creación 
de viviendas asequibles y un mayor gasto en 
servicios, y no en la construcción de autopistas.
A la larga, el urbanismo ecológico debe basarse 
en la construcción de ciudades compactas, y esto 
se traduce en densificación, a la que oponen 
resistencia tanto los ricos como los pobres. 
Puesto que restringir el crecimiento de las 
periferias implica una subida de los precios de 
las propiedades céntricas, según el principio 
de equidad el gobierno debería intervenir y reducir 
los costes de vivienda para quienes no puedan 
permitirse dicho incremento. Este tipo de 
urbanismo también necesita del ingenio 
de arquitectos y urbanistas, quienes deben 
encontrar configuraciones espaciales y diseños 
de edificios que generen una mayor densidad de 
la que suele considerarse atractiva. Deben 
encontrar nuevas soluciones para los edificios 
comerciales y residenciales, y crear espacios 
verdes asequibles y seductores dentro de un 
entorno urbano de mayor densidad. Las plazas 
vacías modernas, tan características de las 
urbanizaciones de vivienda de promoción pública, 
deben llenarse de gente, y deben crearse espacios 
verdes que atraigan a un amplio espectro de 
usuarios. Es necesario repensar la ecología 
urbana para intensificar la interacción entre las 
personas y los lugares, para que la ciudad se 
desarrolle equitativamente y sea más atractiva. 
La ecología urbana es la base de una urbanidad 
mejor, más interesante y justa.
1 Campbell, Scott, “Green Cities, Growing Cities, Just Cities? 
Urban Planning and the Contradictions of Sustainable Develop-
ment”, Journal of the American Planning Association, núm. 62/3, 
verano de 1996, págs. 296-312.
25
 
El gobierno de la ciudad ecológica
Gerald E. Frug
Actualmente circulan muchas ideas sobre cómo 
cambiar la naturaleza de la vida urbana. Asociadas 
a términos como urbanismo ecológico, 
sostenibilidad o crecimiento inteligente, intentan 
redirigir las políticas urbanas para limitar el 
impacto de las ciudades en el cambio climático, 
reducir la segregación espacial, favorecer la 
densidad contra la dispersión urbana, fomentar el 
transporte público o el uso de la bicicleta en lugar 
del automóvil, y animar los espacios públicos. 
Arquitectos, urbanistas, sociólogos, economistas y 
politólogos difieren mucho en sus planteamientos 
sobre cómo lograr estos objetivos, pero al menos 
en la comunidad académica parece existir un 
consenso cada vez mayor en que esta es la 
agenda que nos guiará en la dirección correcta. 
Sin embargo, hay unas preguntas básicas que se 
han formulado inadecuadamente en la bibliografía 
actual: ¿quién es el público de este catálogo de 
ideas?, ¿quién tiene el poder de implementar 
alguna de ellas, por no decir todas?
Las respuestas a estas preguntas, que durante 
mucho tiempo han quedado sin respuesta, 
se encuentran en el sistema legal. Las leyes 
establecen cómo se gobiernan las ciudades y 
cómo se distribuye el poder (o fracasan en la 
distribución de poder) para implementar esta 
agenda de consenso. La versión actual de estas 
leyes es completamente inadecuada y en gran 
parte contraproducente. El problema de diseño 
más urgente al que se enfrenta la transformación 
urbana no es, pues, el diseño de un edificio o 
un barrio en particular, sino el de la estructura 
de gobierno de la ciudad. Los arquitectos y los 
urbanistas llevan años de ventaja a los abogados 
y juristas en lo que se refiere a la ciudad 
ecológica.
En Estados Unidos, la actual estructura de 
gobierno de las ciudades fracasa por varias 
razones, aunque aquí me centraré solo en una de 
ellas: la fragmentación de la autoridad. Algunos 
de los puntos corresponden al gobierno del 
Estado, y otros a los ayuntamientos. En general, 
el Estado puede (y a menudo lo hace) limitar la 
potestad de las ciudades en casi cualquier 
materia. Otros asuntos, como los estándares dela calidad del aire, están en manos del gobierno 
nacional, y la ley federal limita las decisiones 
que pueden tomarse a nivel local y estatal. Otros 
poderes se otorgan a una multitud de entes 
estatales públicos, y a distintas autoridades 
encargadas del transporte, la vivienda, el 
desarrollo urbano y muchos otros temas que 
operan de forma poco coordinada. Finalmente, 
las leyes facultan a la iniciativa privada para 
controlar temas importantes, algunos sujetos 
a la normativa federal y del Estado (como el 
energético), otros sujetos al Estado y a los 
ayuntamientos (como los estándares de 
construcción), y otros que no están regulados en 
absoluto (como decisiones individuales sobre si 
conviene desplazarse en coche o en autobús).
Consideremos el impacto que este tipo de 
estructura de toma de decisiones produce 
en un único punto de la agenda medioambiental. 
El Estado de Nueva York ha delegado al 
Ayuntamiento de Nueva York la potestad de 
conceder licencias a taxis y limusinas. Para limitar 
el impacto de estos vehículos en el cambio 
26COLABORAR II
 
climático (pues circulan durante todo el día), la 
Comisión de Taxis y Limusinas de la ciudad decidió 
actualizar los estándares de emisiones para ambas 
flotas. La mayor parte de los medioambientalistas 
considerarían que una intervención tan obvia tiene 
muy poco interés. Sin embargo, los propietarios de 
los vehículos no solo protestaron y llevaron el 
asunto ante el tribunal federal para anular el fallo 
del Ayuntamiento, sino que además ganaron el 
caso. El tribunal concluyó que la ley federal 
impedía al Ayuntamiento (y, por ello mismo, 
al Estado) que regulara los estándares de 
emisiones, pues solo el gobierno federal tiene esa 
potestad. Es poco probable que el gobierno federal 
adopte una política específica para los taxis y las 
limusinas de Nueva York. Incluso si lo hiciera, 
las objeciones de los propietarios prevalecerían, 
salvo, claro está, que el Ayuntamiento pueda 
ingeniárselas para cumplir sus objetivos de 
otro modo.
Nadie que intente impulsar los objetivos de una 
ciudad ecológica hubiera partido de este marco 
legal. Todo el sistema de gobierno necesita una 
reforma completa, y aun así, los cambios legales 
son insuficientes. Es duro comprobar cómo hasta 
las mejores ideas para avanzar en los puntos de 
una agenda consensuada no prosperan si la 
estructura de gobierno no está diseñada para 
implementarlos.
El problema de 
diseño más urgente 
al que se enfrenta la 
transformación urbana 
no es, pues, el diseño de 
un edificio o un barrio 
en particular, sino el 
de la estructura de 
gobierno de la ciudad.
27
 
Un futuro subterráneo
Peter Galison
A 800 metros bajo tierra, a 40 km al este de 
Carlsbad, en el estado de Nuevo México, una serie 
de galerías paralelas de techos altos cortan un 
lecho seco de sal de roca de 250 millones de años 
de antigüedad. La luz fluorescente ilumina el 
corredor que corta la cueva en dos, pero el brillo 
desaparece rápidamente en la oscuridad de los 
corredores a izquierda y a derecha. Unas 
carretillas eléctricas entran y salen velozmente 
atravesando el viento seco que sopla por la mina. 
En una galería, un robusto camión minero rasca 
una pared de salitre de un color blanco crudo, y 
deposita los pedazos de sal en una procesión de 
camiones basculantes. Y más abajo de una “sala” 
acabada, un ascensor naranja aguarda inmóvil a 
que un bidón de peligrosos residuos de uranio baje 
con la ayuda de un robot. La maquinaria da la 
vuelta al recipiente de acero, lo inserta en el hueco 
cilíndrico en la pared de sal y lo sella con un tapón 
de hormigón. En otra parte, hileras de bidones de 
200 litros, apilados a lo largo y a lo ancho, 
permanecen a la espera. Una vez la cueva está 
llena, esta se sella con una enorme barrera de 
acero y los residuos se dejan ahí para siempre.
Bienvenidos a la Waste Isolation Pilot Plant (WIPP), 
una instalación del Departamento de Energía de 
Estados Unidos (DOE) que será el lugar de reposo 
final del plutonio y otros materiales contaminados 
de larga vida, desechos de la producción de armas 
que comenzó en Los Álamos en 1943 y prosiguió 
durante más de medio siglo. Cuando la excavación 
termine, la enorme presión geológica que hay 
a esta profundidad sacará la sal de los espacios 
horadados de manera que envolverán y 
encapsularán 28 millones de litros, más o menos, 
de residuos radiactivos. Finalmente se espera 
que el deslizamiento paulatino (de unos 8 cm 
al año) de las paredes de sal de los intersticios 
aplaste los residuos, y se espera que queden así 
aislados del contacto humano durante un período 
de tiempo larguísimo.
He aquí el gran desperdicio de nuestra civilización: 
los residuos de una fábrica de bombas que, en su 
apogeo, produjo un arsenal de más de 20.000 
cabezas nucleares. El objetivo planeado para las 
armas nucleares fue cambiando con el paso de 
los años. Primero fue la Alemania nazi, pues los 
científicos de Los Álamos creyeron estar en una 
carrera mortal por fabricar la bomba atómica antes 
de que Werner Heisenberg y su equipo de físicos y 
químicos lo hicieran. Tras la derrota de Alemania, 
el objetivo se desplazó al Japón imperial: en 
Hiroshima y Nagasaki, la II Guerra Mundial se 
convirtió en la I Guerra Nuclear. Pasados uno o dos 
años de la victoria aliada y hasta la caída del Muro 
de Berlín, se redefinieron los bandos del 
enfrentamiento: Estados Unidos y Europa 
occidental, por un lado, y la Unión Soviética y 
Europa oriental, por el otro. Los enemigos van y 
vienen; el plutonio permanece y seguirá estando 
ahí, pues su vida media es de 24.000 años.
Después de haber estado en funcionamiento 
durante una década (1999-2009), el complejo 
subterráneo de la WIPP estaba medio lleno, 
y si se cumplen los objetivos de los planes, en 
las próximas décadas alcanzará su máxima 
capacidad. Aunque la mayor parte de los residuos 
de uranio relacionados con la fabricación de armas 
por entonces ya se habrán eliminado de las 
28COLABORAR II
 
fábricas de todo el país –desde Hanford y 
Washington hasta el río Savannah, en Carolina del 
Sur–, los residuos seguirán siendo peligrosamente 
radiactivos durante un período de tiempo enorme 
en comparación con el registro de la historia del 
ser humano. Y así, como dictamina la acción legal 
que reservó esas tierras para dicho objetivo, 
es necesario marcar el lugar para que en el futuro 
los seres humanos se abstengan de excavar allí 
durante al menos 10.000 años.
Diez mil años: casi el doble de tiempo que nos 
separa del inicio de la escritura. ¿Cómo podemos 
advertir a cuatrocientas generaciones? ¿Cómo 
podemos imaginar ese mundo? A través de los 
Sandia National Laboratories, el DOE encargó un 
estudio para evaluar el problema. Toda una hueste 
de expertos –antropólogos, arqueólogos, físicos 
y semiólogos– trabajó en el diseño de una señal 
monumental que representara nuestro legado de 
casi cien años de producción de armas nucleares. 
Alguien sugirió utilizar enormes púas, otro una 
superficie negra que se calentara 
insoportablemente bajo el sol del desierto.
Pero nos detendremos en otro de esos 
monumentos eternos diseñados para el DOE, uno 
que es una ciudad que no es una ciudad. Bajo el 
nombre de Forbidding Blocks (‘bloques 
intimidatorios’), según sus creadores la estructura 
representa “un esfuerzo descomunal para disuadir 
de su uso” al constituir un “paisaje explosionado, 
pero geométrico […], una regularidad irregular […] 
ordenada pero no respetada […], demasiado 
angosta como para ser habitada y cultivada”. 
Esta ciudad mimética inhabitada –o incluso sin 
posibilidad alguna de recibir visitantes– es una 
forma urbana de caminos intransitables y bloques 
invivibles.
Es un monumento terrorífico, instaladopara 
indicar que estuvimos allí y que nadie debe seguir 
nuestros pasos, para mostrar a un futuro 
inescrutable dentro de 10.000 años que 
deliberadamente hemos arruinado este territorio 
para salvar otro lugar. Quizás este sea el 
urbanismo ecológico en última instancia: la ciudad 
de lo abyecto. Una ciudad imposible. Una 
megalópolis medioambiental que nos alerte 
en la superficie de la existencia de un complejo 
subterráneo de residuos fruto de la fabricación 
de armas concebidas para destruir ciudades. 
Se trata de un lugar para pensar, quizás el 
esfuerzo más complejo y deliberado por crear algo 
lo más cercano a ser eterno. Y en cierto sentido, 
es un monumento optimista. Si las armas 
nucleares llegasen a utilizarse en una guerra, 
habrá otros monumentos, más grandes 
y terroríficos, dedicados a nuestro fracaso.
Forbidding Blocks. A la izquierda, concepto 
de Michael Brill, ilustración de Safdar Abidi; a 
la derecha, concepto e ilustración de Michael 
Brill
29
 
Templado y limitado
Edward Glaeser
¿Qué hace que una ciudad sea ecológica? 
O, al menos, ¿qué hace que sea baja en 
emisiones? Lo ecológico puede ser resultado de 
tecnologías de bajas emisiones o de un diseño 
medioambiental, pero buena parte de la diferencia 
en lo que se refiere al uso del carbono puede 
atribuirse a fuerzas más elementales, como la 
densidad y el clima. Si el mundo quiere reducir 
sus emisiones de carbono, sería sabio que 
consideremos reducir los reglamentos que limitan 
la construcción de edificios en climas templados, 
como en la costa californiana, y en ciudades de 
alta densidad.
Junto a Matthew Kahn, un economista 
especialista en temas medioambientales de la 
University of California en Los Ángeles (UCLA), 
hemos intentado estimar las emisiones asociadas 
a un nuevo desarrollo en distintas partes de 
Estados Unidos. Haciendo uso de la información 
censal disponible sobre consumo, calculamos la 
energía empleada en el hogar en sus diferentes 
formas: electricidad, fueloil y gas natural. 
Al utilizar datos sobre el consumo de gasolina, 
estimamos las emisiones de carbono para cada 
sección del censo del país causadas por el uso del 
automóvil privado. También calculamos la energía 
por vivienda utilizada por el transporte público. 
Con todas estas estimaciones, pudimos calcular 
las emisiones de carbono para un gran muestrario 
de áreas metropolitanas, grandes ciudades y 
suburbios.
Los lugares más ecológicos se encuentra en las 
áreas metropolitanas de California: San Francisco, 
San José, Los Ángeles y San Diego tienen las 
emisiones de carbono más bajas del país. Estos 
lugares tienen inviernos y veranos templados, 
por lo que no debería sorprendernos que utilicen 
menos energía. Los niveles de emisiones más 
altos se asociaban, en cambio, a ciudades en vías 
de crecimiento ubicadas en el sur del país, como 
Oklahoma City y Houston, donde la gente recorre 
enormes distancias en automóvil y utiliza ingentes 
cantidades de electricidad para soportar los 
veranos húmedos y calurosos. Las ciudades más 
antiguas del nordeste se encuentran entre ambos 
extremos, pues la gente hace un amplio uso de 
la calefacción, pero no necesita recorrer grandes 
distancias y su consumo de electricidad es 
moderado.
La paradoja es que las emisiones de carbono son 
más bajas justamente allí donde la construcción 
está más restringida, a menudo por razones 
presumiblemente ecológicas. Si Estados Unidos 
quiere ser más ecológico, debe construir más 
en San Francisco y menos en Houston. Y si los 
medioambientalistas californianos quieren 
realmente ayudar al planeta, tendrán que luchar 
en favor, no en contra, de que se creen nuevas 
urbanizaciones en sus comunidades.
También encontramos que los centros de las 
áreas metropolitanas son, casi sin excepción, más 
ecológicos que los suburbios. Las ciudades son 
más ecológicas porque se usa menos el automóvil 
y se consume menos energía en el hogar (como 
los apartamentos son más pequeños que las 
casas suburbanas, tienden a utilizar menos 
energía). Construir en altura es más ecológico 
que construir fuera de la ciudad.
30COLABORAR II
 
Henry David Thoreau, el santo patrón de los 
medioambientalistas estadounidenses, fue un 
gran aficionado al campo, pero su vida ilustra 
los peligros medioambientales de vivir rodeado 
de árboles. Un día de primavera de abril de 1884, 
se fue de pícnic a un bosque a las afueras de 
Concord. Hizo una fogata para cocinar una sopa 
de pescado y las llamas se esparcieron por el 
prado. Para cuando se apagó el incendio, más de 
120 hectáreas de bosque se habían quemado, 
de modo que este medioambientalista hizo 
más daño que casi cualquiera que haya vivido 
en el denso centro de Boston.
La lección de la historia de Thoreau, y de nuestro 
trabajo estadístico, es que portarse bien con la 
naturaleza a veces implica mantenerse alejado de 
ella. Aunque pueda parecer que las densas junglas 
de hormigón no son tan ecológicas, sí lo son, pues 
ocupan menos espacio y producen menos daños 
al medio ambiente. Las ciudades son motores del 
progreso económico y lugares de gran innovación 
cultural, y también se encuentran entre las 
mejores herramientas para reducir la huella 
de carbono de la humanidad.
Si Estados Unidos 
quiere ser más 
ecológico, debe 
construir más en 
San Francisco y 
menos en Houston.
31
 
Arquitectura adaptable 
de inspiración biológica 
y sostenibilidad
Donald E. Ingber
El urbanismo ecológico significa diferentes cosas 
para diferentes personas, pero en esencia representa 
el reto de establecer un nuevo orden en la 
arquitectura, un orden armónico entre la gente, los 
edificios que ocupan, las ciudades que construyen 
y el entorno natural en el que viven. En cambio, 
los sistemas constructivos que normalmente se 
utilizan hoy están pensados para crear edificios 
que dependen en gran medida del aislamiento 
y que utilizan los recursos de maneras muy poco 
eficientes, lo que puede hacer estragos en el medio 
ambiente. Debemos enfrentarnos a este desafío si 
queremos conservar los recursos naturales y la 
calidad de vida necesaria para la supervivencia 
próspera de nuestra especie. Aun así, es improbable 
que las nuevas aplicaciones de materiales y sistemas 
constructivos satisfagan dicha exigencia.
Una aproximación potencialmente interesante para 
afrontar este reto sería aprender de los sistemas 
vivos. Para sobrevivir, todos los seres vivos –desde 
los organismos unicelulares más simples hasta los 
seres humanos– han desarrollado modos de 
cambiar sus formas y funciones, optimizando 
así su rendimiento en respuesta a los estímulos 
ambientales. Los humanos construimos con 
materiales estructurales, a los que más tarde 
sumamos distintos sistemas para el control de 
la temperatura, la fontanería, la electricidad y las 
telecomunicaciones. Las ciudades están llenas de 
edificios que dependen esencialmente de esfuerzos 
de compresión para su estabilidad; la naturaleza 
generalmente construye estructuras tensadas que 
minimizan la necesidad de materiales. Los edificios 
consumen inmensas cantidades de recursos de 
carbono y en las contadas estructuras con 
Las células vivas contienen núcleos (en azul) 
rodeados por una celosía molecular interna 
conocida como citoesqueleto (en verde). Los 
filamentos que componen esta celosía están 
sujetos a esfuerzos de tracción que estabilizan 
la estructura de la célula (que en este caso se 
parece a una cúpula geodésica), valiéndose 
de los principios de la tensegridad a una 
escala nanométrica. El citoesqueleto es 
un andamio multifuncional que da forma 
a la célula y le permite soportar esfuerzos 
mecánicos, al tiempo que orienta la 
maquinaria bioquímica que media entre 
el metabolismo celular y el procesadode 
información. La creación de materiales 
artificiales capaces de imitar esta 
multifuncionalidad podría transformar 
la industria de la construcción.
32COLABORAR II
 
capacidad de reconfigurarse automáticamente 
(como las ventanas con lamas), las 
transformaciones estructurales se consiguen 
gracias a motores que consumen energía. 
La naturaleza, en cambio, diseña sus materiales 
para poder tomar la energía del entorno y cambiar 
de forma espontánea mediante redisposiciones 
estructurales que se expresan a escalas múltiples. 
Hay, pues, mucho que aprender de todo esto 
y mucho en lo que inspirarnos.
Imaginemos un futuro en el que los edificios se 
diseñen para captar señales medioambientales 
y adaptar su forma y sus funciones, de modo que 
su eficiencia energética, transmisión de luz, 
ganancias térmicas y otros comportamientos 
críticos para la sostenibilidad puedan optimizarse 
continuamente. Imaginemos edificios recubiertos 
de capas de pequeñas lentes que imiten el modo 
en que ciertas criaturas acumulan luz en las 
profundidades del mar, pero que estas células 
fotovoltaicas de luz o bacterias vivas estuvieran 
genéticamente reprogramadas para convertir la luz 
en energía. O casas ribeteadas de canalones que 
alimentaran sistemas capilares microscópicos 
que ayudasen a elevar el agua a un depósito en 
cubierta sin necesidad de bombas o energía, solo 
con la acción capilar y la evaporación, como 
sucede con las hojas de las plantas. O quizás algún 
día construyamos cubiertas forradas de “pieles”, 
con pelillos que eviten que se adhiera el hielo, 
o que recojan el agua de lluvia o la energía del 
viento. En el Wyss Institute for Biologically Inspired 
Engineering de la Harvard University intentamos 
aplicar estas lecciones aprendidas de la naturaleza 
al diseño de materiales constructivos 
multifuncionales y completamente nuevos.
Potencialmente, estos materiales adaptables 
inspirados en la biología también pueden implicar 
una nueva estética arquitectónica que combine la 
belleza de los diseños naturales con la eficiencia de 
su rendimiento y adaptabilidad. Chuck Hoberman, 
ganador del Premio Wyss para la Arquitectura 
Adaptable de Inspiración Biológica de 2009, dio un 
primer paso en esta dirección con su instalación 
Adaptive Fritting (Fritado adaptable), presentada en 
la GSD de Harvard University. Su diseño incorpora 
un mecanismo de fritado reconfigurable 
dinámicamente para modular la opacidad del vidrio 
y controlar así la transmisión de luz y la captación 
solar. Hoberman logró su objetivo al idear múltiples 
capas móviles de láminas transparentes, cada una 
de las cuales contiene círculos opacos que se 
alinean para permitir una iluminación óptima, o se 
mueven lateralmente para cubrir un área mayor y 
restringir complemente el paso de la luz. Este 
mecanismo es similar al de ciertas células de la piel 
de los anfibios y de las escamas de muchos peces 
que cambian de color al mover bolsas esféricas de 
pigmentos por la célula, que es transparente o está 
levemente coloreada cuando las bolsas se 
concentran en un solo punto, u oscura y opaca 
cuando las miles de bolsas de color se mueven 
lateralmente para redistribuirse. Aunque el diseño 
de Hoberman no tenía una gran variedad cromática, 
ni se valía de rieles microtubulares para desplazar 
los círculos opacos, como ocurre con las células, 
 su trabajo compartía la belleza de un sistema vivo 
en sus patrones de transformación. Este proyecto 
combinaba varios aspectos clave de los sistemas 
vivos en un único material adaptable y de 
inspiración biológica.
El problema de la sostenibilidad ha llegado para 
quedarse. Una nueva arquitectura que incorpore 
diseños y materiales naturales y mecanismos 
inspirados en la biología nos ofrece una posible 
solución tecnológica, que además recupera la 
belleza natural. No obstante, hacer de esto una 
realidad exigirá que los diseñadores trabajen mano 
a mano con arquitectos, ingenieros y biólogos 
como nunca antes.
Imaginemos un futuro 
en el que los edificios 
se diseñen para captar 
señales medioambientales 
y adaptar su forma y sus 
funciones, de modo que 
su eficiencia energética, 
transmisión de luz, 
ganancias térmicas y otros 
comportamientos críticos 
para la sostenibilidad 
puedan optimizarse 
continuamente.
33
 
COLABORAR III
Las secciones “colaborar” aparecen tres veces en este libro, en 
parte para reforzar la idea de que la colaboración es un aspecto 
esencial del urbanismo ecológico. A todos los que contribuyeron 
a esta sección se les pidió que hablaran brevemente sobre la 
sostenibilidad desde su propia disciplina. Los textos se han 
dispuesto alfabéticamente para generar un orden temático 
arbitrario que resalte no tanto las similitudes como las divergencias 
entre los distintos métodos. Varios de los textos en esta sección 
tratan sobre la relación entre la sostenibilidad y los diferentes estilos 
de vida. John Stilgoe nos recuerda que es mejor apagar las luces, 
pero no como un castigo para alcanzar la sostenibilidad, sino para 
volver a disfrutar la noche. Antoine Picon describe el vínculo entre la 
naturaleza, la infraestructura y el urbanismo; y Nancy Krieger nos 
explica cómo –y sobre todo, dónde– se conectan el contexto y la 
longevidad. Donald K. Swearer infiere que el urbanismo ecológico 
no solo debe ser verde, “sino de todos los colores del arcoíris, 
símbolo de esperanza, expectativa, aspiración y promesa”. 
En efecto, el urbanismo ecológico tiene múltiples voces.
 
El confort y la huella ecológica
Alex Krieger
Urbanismo ecológico e igualdad sanitaria: 
una perspectiva ecosocial
Nancy Krieger
La naturaleza, las infraestructuras y la condición urbana
Antoine Picon
Sostenibilidad y estilo de vida 
Spiro Pollalis
Urbanismo ecológico y paisaje
Martha Schwartz
Esa vieja oscuridad
John Stilgoe
Los estudios religiosos y el urbanismo ecológico
Donald K. Swearer
El urbanismo ecológico y la literatura de Extremo Oriente
Karen Thornber
COLABORAR III
 
El confort y la huella ecológica 
Alex Krieger 
Todavía nos queda mucho camino por recorrer 
para llegar a ser más conscientes en materia de 
conservación; para, por ejemplo, concebir patrones 
de asentamiento más sostenibles y alcanzar una 
conciencia individual de cómo nuestras acciones 
cotidianas afectan al entorno. Aunque la retórica 
de lo ecológico ya esté instalada en nosotros, lleva 
tiempo, y mucho, cambiar los hábitos, si bien los 
avances que se vienen produciendo en nuestra 
comprensión del medio ambiente ya van más allá 
de los titulares. 
Por ejemplo, decir que “las ciudades consumen 
menos que los suburbios” puede que sea un 
eslogan eficaz contra nuestros instintos de 
expansión, pero no necesariamente es la mejor 
manera de conseguir que la gente reflexione sobre 
cómo sus acciones inciden sobre los recursos del 
lugar donde habita. Los defensores de la ciudad se 
han convencido de que la huella ecológica per 
cápita del habitante urbano es sustancialmente 
menor que la del suburbano. Podría hasta aducirse 
que los habitantes de Manhattan son mejores 
administradores del entorno que los de Long 
Island. Ahora bien, aunque existan muchas 
investigaciones que así lo demuestren, también 
podría parecerles ilógico a muchos ciudadanos 
que, por poner un ejemplo, ven pocas luces 
encendidas pasada la medianoche en sus barrios 
suburbanos, mientras parece que Manhattan 
nunca duerme, tal como muestran las imágenes 
de satélite. Quienes viven en la ciudad sin duda 
compran menos cortacéspedes, pero no está tan 
claro que consuman menos bienes materiales que 
los habitantes de la misma clase socioeconómica 
de los suburbios. Y aunque la densidad urbana 
pueda ser más eficaz que la expansión urbana, 
llevadaal extremo (como en las favelas de Río 
de Janeiro o Dharavi en Bombay) no sirve como 
indicador de una calidad de vida alta, pese a su 
huella de carbono enormemente reducida. Nuestra 
esperanza de aprender a administrar de forma más 
sabia el entorno todavía nos lleva a intuiciones muy 
variables respecto a las consecuencias de nuestras 
costumbres, opciones de habitar e ingenua 
confianza en la tecnología. 
Sustituir las bombillas incandescentes por otras de 
bajo consumo es una buena idea. Otras medidas 
pueden ser apagar las luces a menudo o 
encenderlas con menos frecuencia. La ingenuidad 
tecnológica hace posible la sustitución de 
bombillas al disponer de otras más eficientes, pero 
apagarlas y encenderlas de un modo más 
responsable conlleva un cambio de hábito. Este 
llover sobre mojado es esencial para un futuro con 
conciencia ecológica. En cambio, existe una lógica 
bastante extendida de comprar coches que 
consuman menos gasolina para conducir más 
kilómetros o, al menos, para conducir tanto como 
antes pero con menores costes. No obstante, un 
coche eficiente (una prioridad social) que pasara 
más tiempo aparcado (una decisión individual) 
sería aún mejor.
Ciertos círculos intelectuales proclaman que se 
está cerrando la brecha entre la conservación y la 
indulgencia, pues la sostenibilidad medioambiental 
y el consumo material ya no están reñidos, aunque 
sobre ello no existen más que tímidas evidencias y 
más bien pareciera que esto se traduce en 
justificar la opulencia. ¿Puede una cultura de la 
36COLABORAR III
 
opulencia orientarse menos hacia el consumo o 
aprender a consumir solo productos “ecológicos”? 
La pregunta no es baladí. Hay muchas cosas cuya 
producción exige grandes cantidades de energía, y 
luego producen más desperdicios. Y aunque sea 
cierto que la sociedad impone la conservación de 
la energía y las innovaciones en el reciclaje, un 
consumo menor a escala doméstica sería igual de 
eficaz, indicando que, una vez más, la 
sostenibilidad se beneficiaría de una reciprocidad 
mayor entre la acción del individuo y su impacto a 
nivel social. 
Todo esto me lleva a sugerir un título alternativo 
para este artículo: “¿Qué tiene que ver mi larga 
ducha matutina con el urbanismo ecológico?”. 
Digamos que una iniciativa para reducir la huella 
ecológica –en el suburbio o en la ciudad– consiste 
en apagar los calentadores de agua de manera 
regular. Es difícil que ocurra, pero si se hiciera se 
ahorrarían entre 225 y 380 litros (o más) de agua en 
cada uno de los cien millones de viviendas de 
Estados Unidos. ¿Cuántos de nosotros pensamos 
en apagar el interruptor de la caldera antes de salir 
de fin de semana? ¿Necesitamos todos esos litros 
de agua caliente para nuestra comodidad, o somos 
inconscientes por esperar que haya agua caliente 
cuando abramos el grifo? 
La sociedad exigirá y producirá calentadores más 
eficientes, quizás hasta que puedan encenderse y 
apagarse como los mandos a distancia de la 
televisión, pero tomar duchas más rápidas usando 
menos agua de vez en cuando también ayudaría al 
medio ambiente. Esto no es una llamada para que 
relajemos nuestros estándares de higiene personal 
o para que renunciemos al placer de una ducha 
caliente, sino un recordatorio más de que las 
decisiones individuales son importantes para 
el urbanismo ecológico. 
He citado ejemplos triviales de placeres comunes, 
y aunque hay muchos otros –algunos igual de 
triviales y otros menos– todos ellos contribuyen 
a reducir la huella ecológica general. Puede 
que llegue un día en el que la conservación y la 
mesura, en lugar de la opulencia, nos satisfagan 
a un nivel personal y universal, pero queda mucho 
por hacer para que ese futuro se convierta en 
realidad. 
¿Qué tiene que ver mi 
larga ducha matutina con 
el urbanismo ecológico?
Imagen para una campaña de información 
pública del Ministerio del Medio Ambiente/
Manatū Mō Te Taiao, Nueva Zelanda, 2007
37
 
Distribución
poblacional
de la salud
Contexto histórico +
generación 
TEORÍA ECOSOCIAL:
NIVELES, CAMINOS Y PODER
ECO
NOM
ÍA P
OLÍT
ICA
 
Y EC
OLO
GÍA
Procesos: 
producción
intercambio
consumo
reproducción
Curso de la vida
in utero niñez edad adulta
Desigualdad
de raza/etnia
Desigualdad
de género
Niveles: social
y ecosistema 
 global
 nación
 región
 zona
 
 vivienda
 individuo
Desigualdad 
de clase
infancia
– Personificación
– Vías de personificación
– Interrelación acumulada de
exposición, susceptibilidad
y resistencia
– Responsabilidad
y agencia
Fuente: Krieger, Soc Sci Med, 1994; Krieger, Epidemiol Review, 2000; Krieger, Int J Epidemiol, 2001; 
Krieger (org.), Embodying Inequality, 2004; Krieger, JECH, 2005; Krieger, AJPH, 2008
Urbanismo ecológico 
e igualdad sanitaria: 
una perspectiva ecosocial
Nancy Krieger 
Urbanismo ecológico. Esta expresión relaciona los 
temas de igualdad sanitaria con las personas, 
los lugares y las polis. En agosto de 2008 la primera 
Comisión sobre Determinantes Sociales de la Salud 
de la Organización Mundial de la Salud llegó a la 
conclusión honesta, aunque no del todo nueva, de 
que “la injusticia social está matando gente a gran 
escala”.1
Hace poco, en la School of Public Health de Harvard 
University elaboramos el primer un mapa para el 
análisis de las desigualdades sanitarias en Estados 
Unidos. Este mapa muestra la proporción de 
muertes prematuras –es decir, antes de cumplir 65 
años– que no se hubieran producido en Boston si 
todo el mundo disfrutara de los mismos índices de 
mortalidad específicos a sus edades que los 
residentes de los distritos censales más pudientes 
de la ciudad.2 Alarmantemente, esta porción supera 
el 20 % en 16 barrios de Boston, y es superior al 
68 % en 156 de sus distritos censales. Peor aún, en 
dos de sus comunidades más pobres y 
mayoritariamente de raza negra (Roxbury y 
Dorchester) la fracción alcanzó entre el 25 y el 30 % 
en más de la mitad de sus distritos censales. En 
pocas palabras, de cada 100 muertes de personas 
menores de 65 años, entre 25 y 30 no se hubieran 
producido si los habitantes de estos distritos 
tuvieran la misma experiencia de mortalidad que los 
de los distritos más ricos de la ciudad. 
¿Cómo podemos entender, y rectificar, estas 
desigualdades sanitarias, sociales y espaciales? La 
teoría puede ayudar, y yo abogo por la teoría 
ecosocial que propuse por primera vez en 1994 y 
que he desarrollado desde entonces.3 Atendiendo 
al contexto ecológico y social, a la historia y el 
desarrollo de la vida, a los niveles de análisis y a las 
interrelaciones y la responsabilidad de las diversas 
formas de desigualdad social –de raza, clase y 
género–, uno de los enfoques principales de mi 
teoría es el de la “personificación”. Este intenta 
esclarecer cómo personificamos, literal y 
biológicamente, nuestra experiencia vivida para 
crear patrones de población sana y enferma. Si 
traducimos esto al urbanismo ecológico, la teoría 
se concreta en la siguiente pregunta: ¿cómo 
promueven el diseño y las políticas urbanas la 
capacidad de la gente para llevar una vida sana? 
¿En qué medida aumentan o reducen el alcance 
de las desigualdades sanitarias? Las respuestas 
surgirán al combinar los elementos del sistema de 
salud pública con la manera de actuar de quienes 
diseñan las ciudades, quienes las ocupan y quienes 
las gobiernan. 
Resulta esperanzador que mucha gente del sector 
público, tanto en Estados Unidos como en otros 
países, esté dando pasos hacia este objetivo, 
aportando un espíritu solidario (ya no tecnocrático) 
a lo que sabemos del alcance y las causas de las 
desigualdades sanitarias. Una referencia útil es el 
High Point en Seattle,4 presentado en la aclamada 
teleserie estadounidense Un-Natural Causes: Is 
Inequality Making Us Sick? [Causas no naturales:¿nos está enfermando la desigualdad?].5 Como 
ejemplo de las nuevas obras de salud pública 
preocupadas por la ecología, el transporte a pie, los 
árboles, los parques, los jardines, la seguridad, el 
acceso a los alimentos y la igualdad económica, 
el proyecto actualiza un decrépito proyecto de 
vivienda económica para crear una comunidad 
38COLABORAR III
 
Distribución
poblacional
de la salud
Contexto histórico +
generación 
TEORÍA ECOSOCIAL:
NIVELES, CAMINOS Y PODER
ECO
NOM
ÍA P
OLÍT
ICA
 
Y EC
OLO
GÍA
Procesos: 
producción
intercambio
consumo
reproducción
Curso de la vida
in utero niñez edad adulta
Desigualdad
de raza/etnia
Desigualdad
de género
Niveles: social
y ecosistema 
 global
 nación
 región
 zona
 
 vivienda
 individuo
Desigualdad 
de clase
infancia
– Personificación
– Vías de personificación
– Interrelación acumulada de
exposición, susceptibilidad
y resistencia
– Responsabilidad
y agencia
Fuente: Krieger, Soc Sci Med, 1994; Krieger, Epidemiol Review, 2000; Krieger, Int J Epidemiol, 2001; 
Krieger (org.), Embodying Inequality, 2004; Krieger, JECH, 2005; Krieger, AJPH, 2008
1 Comisión sobre Determinantes Sociales de la Salud de la Orga-
nización Mundial de la Salud, Subsanar las desigualdades en una 
generación, OMS, Ginebra, 2008. Disponible en whqlibdoc.who.int/
publications/2009/9789243563701_spa.pdf?ua=1; último acceso 
el 25 de febrero de 2013; Davey Smith, G. y Krieger, N., “Tackling 
Health Inequities”, British Medical Journal, 2008; 337: a1526, dis-
ponible en: 10.1136/bmj.a1526.
2 Chen, J. T., et al., “Mapping and Measuring Social Disparities in 
Premature Mortality: The Impact of Census Tract Poverty within 
and across Boston Neighborhoods, 1999-2001”, Journal of Urban 
Health, núm. 83, 2006, págs. 1063-1085. 
3 Krieger, N., “Epidemiology and the Web of Causation: Has 
Anyone Seen the Spider?”, Social Science and Medicine, núm. 39, 
1994, págs. 887-903; “Theories for Social Epidemiology in the 21st 
Century: An Ecosocial Perspective”, International Journal of Epide-
miology, núm. 30, 1990, págs. 668-677, “Ecosocial Theory”, en 
Anderson, N. (ed.), Encyclopedia of Health and Behavior, Sage, 
Thousand Oaks, 2004, págs. 292-294; “Proximal, Distal, and the 
Politics of Causation: What’s Level Got to Do with It?”, American 
Journal of Public Health, 98, 2008, págs. 221-230.
4 Seattle Housing Authority, High Point. Disponible en www.seatt-
lehousing.org/redevelopment/high-point; último acceso el 20 de 
abril de 2009. Krieger, J. et al., “Using Community-Based Participa-
tory Research to Address Social Determinants of Health: Lessons 
Learned from Seattle Partners for Healthy Communities”, Health 
Education and Behavior, núm. 29, 2002, págs. 361-382; Krieger, J., 
“Healthy Homes and Early Learning: Addressing Social Determi-
nants of Health in Seattle and King County”, presentación para 
“Moving Upstream: Working Together to Create Healthier Commu-
nities”, conferencia auspiciada por la Blue Cross and Blue Shield 
Foundation de Minnesota, Minneápolis, 13 de noviembre de 2006. 
Disponible en www.bcbsmnfoundation.org/objects/Tier_3/ krieger.
pdf; último acceso el 20 de abril de 2009.
5 “Un-Natural Causes: Is Inequality Making Us Sick?”, disponible 
en www.unnaturalcauses.org; último acceso el 20 de abril de 2009.
6 Véase nota 4.
7 Véase nota 1.
renovada de ingresos mixtos que atienda 
simultáneamente a los entornos físicos, sociales y 
medioambientales de sus habitantes, incluyendo la 
construcción de “casas sanas” para asmáticos con 
bajos ingresos.6
En resumen, el urbanismo ecológico y la igualdad 
sanitaria están inextricablemente entrelazados. 
Para lograr que ambos florezcan, debemos actuar 
–según la precisa conclusión de la Comisión de la 
OMS– sobre los determinantes sociales de la salud 
para: 1) mejorar las condiciones de la vida diaria; 2) 
abordar la distribución desigual del poder, el dinero 
y los recursos; y 3) medir y entender el problema y 
evaluar el impacto de las acciones.7 Hacerlo exigirá 
que nos enfrentemos a la estructura profunda que 
vincula la salud pública con la justicia social y a 
nuestras relaciones corporales con lo público, así 
como trabajar en cooperación con otros para 
responder al desafío de lograr la igualdad en un 
mundo ecológicamente sostenible. 
Allston Brighton
Charlestown
East Boston
Beacon Hill - Back Bay North End
South End
South Boston
Fenway
Roxbury
Jamaica Plain
Roslindale
North Dorchester
South DorchesterWest Roxbury
Mattapan
Hyde Park
0-4,9 %
5-9,9 %
10-14,9 %
15-19,9 %
20-24,9 %
25-30 %
Fracción atribuible
Población basada en modelos
de distritos censales, fracción
atribuible de muertes prematuras
causadas por pobreza, Boston,
1999-2001
Allston Brighton
Charlestown
East Boston
Beacon Hill - Back Bay North End
South End
South Boston
Fenway
Roxbury
Jamaica Plain
Roslindale
North Dorchester
South DorchesterWest Roxbury
Mattapan
Hyde Park
0-4,9 %
5-9,9 %
10-14,9 %
15-19,9 %
20-24,9 %
25-30 %
Fracción atribuible
Población basada en modelos de barrio,
fracción atribuible de muertes
prematuras causadas por la pobreza,
Boston, 1999-2001
39
seattlehousing.
org/redevelopment/high-point; nuestras relaciones corporales con lo p�blico, as�
www.bcbsmnfoundation.org/objects/Tier_3/ krieger.
www.unnaturalcauses.org;
 
La naturaleza, las infraestructuras 
y la condición urbana
Antoine Picon 
Probablemente estemos cerca de una inversión 
espectacular de la relación tradicional entre la 
infraestructura urbana y el entorno natural. Durante 
siglos, la ciudad se percibió como un lugar con un 
entorno muy específico, que no seguía las reglas 
usuales de la naturaleza. En muchas ciudades del 
norte de Francia, dos infraestructuras fueron 
especialmente instrumentales a la hora de aislar y 
distinguir la ciudad del campo. La primera fue la 
fortificación. Con la evolución que llevó desde el 
muro de mampostería medieval hasta los 
movimientos de tierra de los baluartes renacentistas 
y del siglo xvii, la fortificación se hizo cada vez más 
grande, y contribuyó a separar la ciudad del campo 
mediante terraplenes y fosos que a veces se 
extendían cientos de metros. La densa red de 
acueductos, vital para que industrias como las de 
paños y pieles prosperasen, fue otra característica 
de los entornos del norte de Francia. Como el 
historiador André Guillerme ha demostrado, desde 
la Baja Edad Media hasta el siglo xviii, muchas de las 
grandes ciudades francesas del norte (Amiens, 
Rouen y Beauvais) se organizaron a lo largo de una 
red de ríos y canales que hicieron de ellas algo así 
como “pequeñas Venecias”; es decir, entornos 
artificiales sin equivalente en la campiña.1 Durante 
este período, París se mantuvo como la excepción, 
pues como estuvo fortificada hasta mediados del 
siglo xvii, su sistema de acuíferos estaba menos 
desarrollado que el de otros centros urbanos. Aun 
así, siguió considerándose París como un lugar 
especial, que seguía unas reglas diferentes de 
las de sus alrededores. 
Pese a los esfuerzos llevados a cabo a lo largo de 
los siglos xviii y xix por abrir la ciudad a los 
elementos naturales, los fragmentos de naturaleza 
que se integraron en el tejido urbano parecían algo 
artificiales. A menudo presentada como “la capital 
del siglo xix” (por citar a Walter Benjamin), París 
también fue el lugar donde esta artificialidad llegó 
a su clímax, con parques como los del barón 
Haussmann, repletos de exóticas flores que 
crecían en invernaderos, y sus hileras de árboles 
concebidas como parte integral del equipo 
tecnológico de la ciudad.2
¿Por qué estamos alcanzando ahora un punto de 
inflexión? En décadas recientes, las ciudades han 
crecido de una forma radical. La condición urbana 
se ha convertido en norma. Sin embargo, este 
carácterubicuo arroja una nueva luz sobre el papel 
de la naturaleza en los entornos urbanos. En los 
actuales territorios urbanos, extremadamente 
grandes, los elementos naturales no pueden 
considerarse artefactos. Desde los parques hasta 
los terrenos baldíos que poco a poco se ven 
invadidos por la vegetación, desde la gestión del 
agua hasta la agricultura urbana, la naturaleza 
representa, contra todo pronóstico, una dimensión 
fundamental de la urbanización. Además, las 
infraestructuras urbanas que antes se veían como 
algo que iba en contra de la vida natural parecen 
ahora reservas para su conservación. Por ejemplo, 
en Europa, la tierra sin labrar a lo largo de las 
autopistas se ha convertido en el hábitat de 
muchas especies en peligro de extinción. Y aun 
dejando de lado lo extremo de esta situación, uno 
no puede quedar sino maravillado por la nueva 
alianza que se viene produciendo entre la postura 
infraestructural y la afirmación del nuevo papel 
de la naturaleza en las ciudades.
40COLABORAR III
 
En el caso de la capital francesa, esta nueva 
relación es el denominador común para las diversas 
propuestas esbozadas por los diferentes equipos 
de arquitectos invitados a reflexionar sobre el Gran 
París. Desde Richard Rogers a Christian de 
Portzamparc, las infraestructuras están muy 
presentes en todas las propuestas, y no solo como 
apoyo a la circulación, sino también como 
plataformas que posibiliten la reconsideración del 
papel de la naturaleza en la ciudad.
1. Guillerme, André, Les Temps de l’eau: la cité, l’eau et les techni-
ques, Champ Vallon, Seyssel, 1983.
2. Véase, por ejemplo: Blancot, Christine y Landau, Bernard, “La 
Direction des Travaux de Paris au XIXe siècle”, en Belhoste, Bruno; 
Masson, Masson y Picon, Antoine (eds.), Le Paris des polytechni-
ciens: des ingénieurs dans la ville, Délégation à l’Action Artistique 
de la Ville de Paris, París, 1994, págs. 155-173.
Comparación entre los acuíferos urbanos 
de las ciudades del norte de Francia y el 
sistema veneciano (de Guillerme, André, 
Les Temps de l’eau, 1983)
Promenades Calorifère de Charles 
Adolphe Alphand
41
 
Sostenibilidad 
y estilo de vida 
Spiro Pollalis 
El arquitecto, profesor de tecnología de la 
información y vicepresidente de la ETH de Zúrich 
Gerhard Schmitt tuvo una visión: crear un segundo 
campus para la ETH a unos ocho kilómetros del 
centro de la ciudad, una comunidad dinámica 
conectada con el campus del centro para generar 
un nuevo modelo para la integración de los 
espacios físicos y virtuales. Después de más de 
una década, lo consiguió. El campus Hoenggberg, 
de poco más de cien hectáreas y ahora conocido 
como la Ciudad de la Ciencia, está repleto de 
edificios nuevos y de fuentes renovables de 
energía, y es un ejemplo de desarrollo sostenible 
a gran escala. Representa un logro notable en el 
marco de un entorno educativo cuyos líderes son 
elegidos por los profesores, con elecciones 
inspiradas tanto en la visión como en el consenso. 
Dentro del proyecto ETH World que llevé a cabo 
durante mi año sabático de Harvard University en 
2001, la tecnología de la información fue el punto 
de partida de la Ciudad de la Ciencia. En segundo 
lugar se encontraba la sostenibilidad 
medioambiental, seguida por la planificación 
urbana, el diseño y, finalmente, la arquitectura, que 
proporcionó edificios y espacios de interés. Todo 
fue planificado, diseñado y medido. En la Ciudad 
de la Ciencia, los edificios producen el 46 % de las 
emisiones de CO2, y el transporte desde y hacia las 
viviendas y el campus principal otro 8 %. Saber 
dónde vivían los estudiantes, qué cursos tomaban 
y cuáles eran sus actividades de investigación, e 
incluso si han adquirido bonos de transporte, hace 
que el cálculo sea bastante preciso. ¿Pero de 
dónde procede el 46 % restante de emisiones 
de CO2?
Según el profesor Schmitt, ese 46 % restante 
proviene de los viajes del profesorado, que en un 
94 % se traslada en avión. El profesorado de la 
ETH, como el de cualquier otra parte, viaja a 
menudo por el mundo para dar conferencias, 
ir a reuniones y congresos, llevar a cabo 
investigaciones y hacer de asesores. Aunque 
las investigaciones dicen que los aviones 
producen apenas el 3 % de las emisiones de CO2, 
la plantilla de profesorado ha recorrido un total de 
68.000 kilómetros para llegar al campus y han 
generado 21 toneladas de CO2. Tendrían que 
plantarse 103 árboles en los trópicos para 
absorber las emisiones producidas para estar 
aquí, el equivalente a quemar 7.500 litros de 
combustible.1 De modo que, salvo que podamos 
demostrar que las reuniones y conferencias 
internacionales le ahorran al mundo un múltiplo de 
su coste en emisiones, me pregunto si no somos 
tan hipócritas como los banqueros que causaron 
la crisis financiera actual.
Estos datos respaldan la idea de que la 
producción de CO2 está estratificada por la clase 
social. La sostenibilidad ecológica no es una 
cuestión de urbanidad, sino de la economía global 
y los estilos de vida actuales. Más aún, sabemos 
que muchas actividades sostenibles pueden 
consumir más energía que menos actividades no 
tan sostenibles. Sabemos también que la 
opulencia ha llevado a las sociedades modernas al 
exceso. No nombraré estadísticas sobre la 
urbanidad, la gente que vive en las ciudades o el 
consumo de energía; me conformaré con decir 
que, así como venimos planificando y 
construyendo nuevas ciudades –sobre todo en 
42COLABORAR III
 
países en vías de desarrollo– o interviniendo en 
ciudades antiguas, deberíamos atender a los 
estilos de vida y las escalas tanto como al diseño 
o la tecnología. Y habría que enseñar con el 
ejemplo, pues el mundo tiene derecho a su 
porción del “sueño americano”.
1. Este artículo es una selección de comentarios hechos durante 
la conferencia sobre urbanismo ecológico realizada en la GSD de 
Harvard University, 3-5 de abril de 2009.
Estos datos respaldan la 
idea de que la producción 
de CO2 está estratificada 
por la clase social. La 
sostenibilidad ecológica 
no es una cuestión de 
urbanidad, sino de la 
economía global y los 
estilos de vida actuales.
43
 
Urbanismo ecológico 
y paisaje
Martha Schwartz 
Siempre es un dilema escribir acerca del papel que 
desempeña el paisaje en la sostenibilidad. ¿Cómo 
parecer relevantes cuando nuestra formación 
básica y nuestros valores se forjaron antes de que 
la palabra “sostenible” fuera de uso corriente? En 
la universidad aprendimos y enseñamos cómo 
colocar delicadamente los edificios en el paisaje 
y cómo conservar y generar calor de una forma 
pasiva, protegerlos de los vientos, controlar y 
emplear el agua y proteger la permeabilidad del 
lugar, crear y preservar el hábitat y fomentar la 
biodiversidad, hacer uso de las plantas para 
remediar y alterar las condiciones climáticas, 
y crear belleza. Como paisajistas, aprender a 
proyectar pensando en lo “verde” es fundamental 
para nuestra profesión.
Desde la perspectiva de un paisajista, el 
“urbanismo ecológico” coloca en el centro de la 
discusión la construcción de ciudades. Los temas 
del paisaje y de la ecología son mucho más 
amplios que la arquitectura, pero la mayor parte de 
la gente no asociaría el paisaje con la ciudad, ni la 
ecología con el urbanismo. A menudo tiende a 
confundirse la palabra ‘paisaje’ con ‘naturaleza’; es 
decir, algo que no se encuentra cerca de la ciudad. 
La naturaleza existe más allá del entorno 
construido, en algún lugar ahí fuera, en tierras 
salvajes. Es precisamente en la fricción entre los 
conceptos de “paisaje” y “ciudad” donde radica la 
fuerza y la radicalidad del “urbanismo (ecológico) 
del paisaje”.
El papel mássólido que la arquitectura de paisajes 
muestra respecto a la sostenibilidad jamás se 
materializará sin que antes pensemos en las 
ciudades o en las aglomeraciones mucho mayores 
de recursos encontrados en los hábitats que hemos 
creado para nosotros mismos. Cuando se piensa en 
las ciudades como organismos vivos, más que 
colecciones de edificios, el paisaje pasa a ocupar 
un lugar destacado en las discusiones sobre la 
sostenibilidad. 
Como paisajistas, el “urbanismo ecológico” nos 
obliga no solo a considerar el funcionamiento 
propio del paisaje –la geología, la topografía, la 
composición de los suelos y las ecologías vegetales 
y animales–, sino a comprender más 
específicamente cómo opera el paisaje en la 
ciudad. Comenzamos a entender mejor los 
sistemas interrelacionados que influyen en el uso, 
la gobernanza, la economía y la estructura de una 
sociedad que se apoya sobre cierto paisaje urbano. 
Como sucede con el estudio de la ecología, si no 
logramos abarcar todos los sistemas, tanto 
humanos como naturales, no podremos diseñar 
ciudades óptimas para la gente. El urbanismo 
ecológico desplaza el foco de la profesión desde 
los suburbios a la ciudad para incluir los sistemas 
humanos como parte de la ecología. 
La colectivización es la mejor manera que tenemos 
de preservar los recursos naturales y mitigar el 
calentamiento global, por lo que un papel central 
del urbanismo ecológico pasa por animar a que la 
gente viva y prospere en la ciudad. Un mejor y 
mayor uso de nuestra formación como paisajistas 
radica en nuestra habilidad para generar centros 
poblados densos que la gente prefiera en lugar de 
los grandes suburbios derrochadores. Los 
paisajistas deben aprender ahora a prestar 
44COLABORAR III
 
atención no solo a los sistemas naturales, sino 
a los humanos, si lo que quieren es construir 
ciudades sostenibles que no abusen de la tierra, 
y condiciones que ofrezcan una buena calidad de 
vida a través de las fronteras socioeconómicas. 
El objetivo es alcanzar un verdadero equilibro en 
lo social, lo económico y lo medioambiental. Me 
sumo al “urbanismo del paisaje” porque estas dos 
palabras tan a menudo opuestas coexisten codo 
con codo. Creo firmemente que nuestra profesión 
está más enraizada en la cultura y la sociedad que 
en la tecnología y la ciencia. Si vamos a 
proporcionar un entorno construido sostenible, 
debemos crear lugares que la gente valore y con 
los que puedan conectar emocionalmente. Sin ese 
vínculo humano al lugar o a la ciudad, fracasarán 
hasta nuestros mejores esfuerzos por crear 
entornos sostenibles. Debemos construir distritos 
de usuarios dedicados a los lugares que 
construimos, y reconocer que el paisaje público es 
uno de los componentes más frágiles de nuestras 
ciudades, quizás el más crítico; sin él, los sistemas 
naturales y sociales no pueden funcionar. 
El paisaje urbano que los humanos compartimos 
con los sistemas ecológicos y los hábitats de 
plantas y animales conforma nuestra identidad y 
se convierte en la imagen de la polis: puede estar 
degradada y ser fea, o resultar magnífica en su 
diversidad y su belleza. Puede determinar la salud 
de la tierra y la habitabilidad de una ciudad, apoyar 
la economía de la ciudad y ayudar a crear salud y 
felicidad para sus habitantes. Todo esto es lo que 
puede ser el “urbanismo ecológico”. 
Si vamos a proporcionar 
un entorno construido 
sostenible, debemos 
crear lugares que la 
gente valore y con los 
que puedan conectar 
emocionalmente.
45
 
Esa vieja 
oscuridad
John Stilgoe
La oscuridad confunde y desalienta. La iluminación 
artificial nocturna que encandiló a los urbanitas 
decimonónicos ahora brilla como un mero 
servicio.1 Los urbanitas reflexionan poco sobre la 
iluminación, y mucho menos sobre la oscuridad 
que esta ha desplazado. Tienen miedo de las 
sombras, y las evitan tan hábil y rápidamente que 
sus ojos nunca se adaptan para ver en lugares 
iluminados por el brillo ambiental de la ciudad. La 
luz da seguridad. Cuando la central eléctrica o las 
líneas fallan, los urbanitas hablan de un fallo en la 
red: revolotean alrededor del tenue resplandor de 
un generador provisional o de una linterna de pilas 
a la espera de que vuelva la corriente. Solo rara vez 
se les ocurre utilizar las pantallas de los móviles 
como linternas. Confían en que haya luz artificial 
después del ocaso, y que dure hasta el amanecer. 
Ansían la luz y olvidan que la oscuridad desempeña 
un papel fundamental en el ritmo diurno y nocturno 
que rige los sistemas naturales, en especial los 
biosistemas. Urbanismo ecológico significa apagar 
el interruptor y que se haga la oscuridad. 
La ecología nocturna tuvo un papel importante, 
aunque sutil, en la suburbanización de Estados 
Unidos. Después de la Guerra de Secesión, 
algunos urbanitas cultos se fueron al campo para 
disfrutar de la naturaleza por las noches. Cuando 
la electricidad sustituyó la fulgurante luz de gas, 
fueron más quienes se trasladaron al campo y sus 
observaciones fueron cada vez más sofisticadas: a 
principios del siglo xx ya se habían percatado de la 
cada vez menor severidad de los inviernos de 
Nueva Inglaterra, que tuvieron por consecuencia 
que los zorzales petirrojos y los arrendajos azules 
dejaran de ser especies migratorias para formar 
parte de la fauna local. En una época con jornadas 
laborales de diez horas y largos viajes en tren, 
valoraban la noche como la principal hora para el 
esparcimiento al aire libre y en la oscuridad. 
“Cualquier estudioso de los pájaros que le haya 
prestado atención a estas voces de la noche habrá 
notado durante la época de migración cuán 
similares son sus caracteres generales”, observó 
James Buckham en su libro de 1903 Where Town 
and Country Meet. Salvo las aves acuáticas, las 
aves migratorias tienden a emitir “el mismo silbido 
trémulo, fino, claro y un tanto melancólico, con esa 
cualidad transcendental y como de otro mundo” 
tanto en primavera como en otoño. En las 
periferias aún sin suburbanizar de las ciudades del 
nordeste, los recién llegados apreciaban las 
noches oscuras sin ruidos artificiales: se 
deleitaban en el ecosistema de la oscuridad. 
Buckham catalogó los sonidos de la oscuridad: el 
croar espectral del sapo selvático en una cálida 
noche de verano, los gemidos de las mofetas que 
acosaban los gallineros, el estruendo hueco de las 
alas del chotacabras, el “aunc, aunc” del avetoro 
–que muchos todavía llaman “clavaestacas”–, que 
tanto se parece al sonido de un mazo clavando 
estacas en un humedal.2 Cualquiera que por la 
noche esté con el oído atento más allá del radio 
construido del suburbio oirá el gruñido lastimero de 
los zorros, el ulular del mochuelo afilador (llamado 
así porque se parece al sonido de un serrucho 
afilándose) y a veces el aullido del somorgujo. Se 
sabe que este último sonido atrae a los urbanitas a 
los lugares de vacaciones en la naturaleza: 
veranear cerca de los somorgujos parece estar muy 
de moda, ya que tienden a aullar hasta entrada la 
46COLABORAR III
 
noche para el placer de los turistas que se relajan, 
trago en mano y a oscuras, en cabañas con las 
ventanas abiertas y sin ruido de aire acondicionado. 
Deambular por la oscuridad a la luz de la luna y las 
estrellas permite a los más atentos escuchar, e 
incluso llegar a ver, aquello que quienes están más 
iluminados pasan por alto, a menudo en las 
inmediaciones de sus propias urbes.3
“Que estas cosas no se vean más a menudo se 
debe simplemente a que la gente está desganada y 
se va a dormir en lugar de sentarse a medianoche 
bajo un avellano mágico con luna llena”, afirmaba 
en 1909 Winthrop Packard en su libro Wild 
Pastures.4 Los entendidos se deleitaban en el 
ecosistema nocturno y desaparecieron de laciudad. Más tarde, la ideología de la eficiencia 
energética de la década de 1970 atrapó a los 
mojigatos residentes en apartamentos en un 
cálculo que computaba pasillos, aparcamientos y 
portales iluminados toda la noche, variables de las 
que los suburbanitas que vivían en parcelas 
grandes podían prescindir. El urbanismo ecológico 
nos tiende la misma trampa. La naturaleza 
reconquista todo lo que construyen los humanos 
y sus anillos verdes estrangulan la ciudad 
desprevenida.5 Mientras que la noche avanza con 
sigilo, lo verde se vuelve más oscuro cada 
atardecer.6 La forma más rápida y certera de 
acurrucarse alrededor de la naturaleza de una 
vivienda, fuera o dentro de la ciudad, es apagando 
las luces. Los agricultores y los ganaderos saben lo 
que significa conocer la noche, ver pasar un búho 
bajo la Vía Láctea, oír el chirriar del murciélago y 
fundirse en la oscuridad.7 Hoy la ciudad debe darle 
la bienvenida a esa vieja oscuridad.
1 Otter, Chris, The Victorian Eye: A Political History of Light and 
Vision in Britain, 1800-1910, University of Chicago Press, Chicago, 
2008.
2 Buckham, James, Where Town and Country Meet, Eaton, Nueva 
York, 1903, págs. 55-61.
3 El libro de Vinson Brown Knowing the Outdoors in the Dark 
(Collier, Nueva York, 1972) sigue siendo una valiosa introducción 
al tema.
4 Packard, Winthrop, Wild Pastures, Small, Maynard, Boston, 
1909, pág. 115.
5 Rae, Douglas W., City: Urbanism and Its End, Yale University 
Press, New Haven, 2003, págs. 361-392. 
6 Hesse, Hermann, Die Stadt [1919] (versión castellana: La ciudad, 
Hermann Blume, Madrid, 1985).
7 Frost, Robert, “Acquainted with the Night” [1928], en Connery, 
Edward (ed.), Poetry, Holt, Rinehart & Winston, Nueva York, 1969, 
pág. 255.
47
 
Los estudios religiosos 
y el urbanismo ecológico
Donald K. Swearer 
El número de verano de 1996 de Daedalus, la 
revista de la American Academy of Arts and 
Sciences, se dedicó al tema “La liberación del 
medio ambiente”. Aunque el volumen prevenía 
sobre que la calidad de vida en el planeta 
dependería de las convenciones y costumbres que 
finalmente dominen las sociedades, la línea 
general de los once artículos incluidos en la revista 
reflejaba el sentimiento expresado por el epígrafe 
de la National Academy of Sciences de 
Washington: “A la ciencia, piloto de la industria, 
conquistadora de la enfermedad, multiplicadora de 
cosechas, exploradora del universo, reveladora 
de las leyes naturales, guía eterna a la verdad”, y 
concluía diciendo: “Nos hemos liberado del 
entorno. Ha llegado la hora de liberarle a él de sí 
mismo”.
Creyendo que la humanidad debía tener alguna voz 
en el discurso medioambiental, cinco años después 
la Academia había publicado una serie de 
conferencias sobre religión y ecología organizadas 
por el Foro sobre Religión y Ecología, fundado en 
1998. Bajo el subtítulo de “Religión y ecología: 
¿puede cambiar el clima?”, en la introducción, Mary 
Evelyn Tucker y John Grimm, cofundadores del foro 
y editores de ese número de Daedalus, afirmaban: 
“Como depositaria de los valores más duraderos 
de la civilización e impulsoras imprescindibles de la 
transformación moral, las religiones desempeñan 
un importante papel en la proyección de visiones 
convincentes para un futuro más sostenible”. Más 
tarde, Tucker y Grimm citaron un ensayo de 1967 
de Lynn White (“The Historical Roots of Our 
Ecological Crisis”), publicado en la revista Science, 
donde White decía: “Lo que la gente haga con su 
ecología dependerá de qué piensa de sí misma en 
relación con lo que la rodea. La ecología humana 
está profundamente condicionada por las creencias 
sobre nuestro destino y naturaleza; es decir, por la 
religión”. 
Como experto en temas religiosos y miembro de la 
dirección del Foro sobre Religión y Ecología, creo 
firmemente que la humanidad puede y debe tener 
un papel constructivo en el debate ecológico, sobre 
todo en lo que se refiere a aquello que Larry Buell 
describe como “las artes de la imaginación para la 
apreciación y la puesta en valor del medio 
ambiente”, y a los valores éticos normativos que 
requieren los estilos de vida sostenibles. Con esto 
en mente, el Centro para el Estudio de las 
Religiones del Mundo y el Centro para el Medio 
Ambiente coauspiciaron una conferencia en marzo 
de 2006 que, a su vez, resultó en un libro titulado 
Ecology and the Environment: Perspectives from 
the Humanities.
En el sentido que proponen Tucker, Grimm y White, 
la religión desafía al “urbanismo ecológico” a que 
incluya ampliamente cuestiones humanistas de 
valor y significado, de justicia y comunidad, de 
cuidado y compasión, y hasta de bienestar de la 
comunidad biótica en su conjunto. La religión reta 
al urbanismo ecológico a que se preocupe más de 
las “ciudades sostenibles”, salvo que entendamos 
la sostenibilidad en términos heterodoxamente 
amplios. Veo, por ejemplo, que las ciento y tantas 
categorías que aparecen en la página web 
urbanism.org recogen grafitis, vandalismo y 
rascacielos, pero nada dicen sobre religión, ni 
siquiera sobre educación. 
48COLABORAR III
 
Esta conferencia anuncia que “el urbanismo 
ecológico representa una aproximación más 
global de la que suele esgrimir el urbanismo 
actual, exigiendo formas alternativas de pensar y 
diseñar”.1 Suena bien, ¿pero qué es en realidad 
esta “aproximación global”? La religión y la 
ecología tienen mucho que aportar a este debate, 
pues van mucho más allá de si la 
reconceptualización de los espacios urbanos 
incluye o no la preservación de los lugares de 
culto. De hecho, tienen mucho en común con la 
filosofía de la “ecología integral” de Ken Wilbur y 
con la ecosofía de Félix Guattari y Arne Naess, que 
defienden la interconexión íntima entre la 
subjetividad humana, el entorno y las relaciones 
sociales. La religión concibe un ser humano que 
prospera en un sentido amplio e integrado que 
incluye, además del cuerpo, el espíritu, el espacio 
y las formas, y no solo el verde, sino todos los 
colores del arcoíris, símbolo de esperanza, 
expectativa, aspiración y promesa.
1 Este texto es una selección de comentarios ofrecidos durante la 
conferencia sobre urbanismo ecológico realizada en la GSD de 
Harvard University, 3-5 de abril de 2009.
La religión concibe 
un ser humano que 
prospera en un sentido 
amplio e integrado que 
incluye, además del 
cuerpo, el espíritu, el 
espacio y las formas, 
y no solo el verde, sino 
todos los colores del 
arcoíris, símbolo de 
esperanza, expectativa, 
aspiración y promesa.
49
 
El urbanismo ecológico y 
la literatura de Extremo Oriente
Karen Thornber 
Desarrollar ciudades más sostenibles es esencial 
para el futuro del sureste asiático: la mayoría de 
los japoneses, coreanos y taiwaneses viven en 
áreas urbanas, y el porcentaje de chinos que 
habitan en ellas se ha doblado en las últimas 
tres décadas. La región acoge algunas de las 
conurbaciones más pobladas del mundo, con 
Tokio-Yokohama a la cabeza, además de Seúl-
Incheon, Osaka-Kobe-Kioto, Shanghái, Shénzhen, 
Pekín y Cantón-Foshán, todas entre las veinte 
primeras del mundo. Sus áreas urbanas arrojan 
huellas ecológicas considerables, con Tokio-
Yokohama una vez más en primer lugar y Nagoya, 
Osaka-Kobe-Kioto, Pekín y Catón-Foshán 
nuevamente entre las veinte primeras. Las zonas 
urbanas de Extremo Oriente se encuentran 
también entre las más densas del mundo. 
Las ecologías –sociales, culturales, económicas, 
políticas y medioambientales– varían 
inmensamente dentro de las muchas ciudades de 
Extremo Oriente. Varía también el grado de 
compromiso con las estrategias de un urbanismo 
ecológico, que busca una mejora de las 
condiciones en que se encuentran los seres 
humanos y los no humanos, bióticos y abióticos, 
en las ciudades,así como en los numerosos 
espacios sin urbanizar de cuyos recursos 
dependen. Sin lugar a dudas, la literatura de 
Extremo Oriente que trata sobre los problemas 
medioambientales urbanos suele ofrecer más 
reflexiones, descripciones, críticas y advertencias 
que soluciones comprensivas, y mucho menos 
políticas oficiales. Sin embargo, trazar políticas 
que promuevan un urbanismo ecológico, ni que 
decir implementarlas, requiere algunos cambios de 
percepción, de apreciación y de expectativas, o en 
una palabra: de conciencia. La literatura de 
Extremo Oriente puede desempeñar un importante 
papel en esta transformación. Un importante 
conjunto de obras literarias chinas, japonesas, 
coreanas y taiwanesas habla de la insostenibilidad 
de muchas prácticas urbanas y apunta los peligros 
que representan para los seres humanos y no 
humanos, bióticos y abióticos, desde la 
contaminación desenfrenada hasta los esfuerzos 
por repoblar de vegetación las ciudades de la zona. 
Aunque la literatura de Extremo Oriente sobre 
prácticas urbanas ecológicamente insostenibles 
puede rastrearse hasta la producción más 
temprana en la región, las décadas posteriores a la 
II Guerra Mundial vieron las muestras más efusivas 
de este tipo de discurso. En su poema Escena 
ciudadana al atardecer (1946), el escritor chino 
Chen Jingrong (1917-1989) declaraba que los 
ruidos de la ciudad habían “ahogado el ocaso” y las 
voces de la radio “destrozado el nervio de la 
ciudad”. Aunque muchos textos, como La montaña 
del alma (1989), del también chino Gao Xingjian 
(1940), relacionan la supervivencia humana con la 
decadencia de lo no humano ante una 
contaminación urbana simplemente abrumadora, 
otros auguran un futuro negro para humanos y no 
humanos por igual. El poema Bajo el agua que está 
sobre el agua (1983), del coreano Ch’oe Sŭngho 
(1954), habla no solo de caracoles de agua 
“emponzoñados por el veneno de los desagües”, 
sino también de “civilizaciones nacidas en la costa 
/ que supuran toda suerte de excrementos sin 
tratar”. En Las flores ya no vuelan en nuestra 
ciudad (1965), el poeta taiwanés Rongzi (Wang 
50COLABORAR III
 
Rongzhi, 1928) comenta que “la vida se apaga 
cada vez más” entre la “lluvia de hollín” y el “trueno 
del ruido urbano”.
De modo similar, y perturbado por la imagen de un 
pollo solitario que deambula por una calle 
asfaltada, “picoteando” entre los coches, el ácido 
sulfuroso y el ruido, en El dios de la muerte de la 
civilización (1991), el coreano Chŏng Hyŏnjong 
(1939) describe su ciudad “arropada en el asfalto 
negro del desarrollo encaminado hacia la muerte”. 
No menos inquietante es el relato corto Mujer de 
pie (1974), del japonés Tsutsui Yasutaka (1934), 
que trata sobre la superficialidad letal de los 
esfuerzos por hacer más verde la ciudad. También 
da que pensar la novela Las nubes flotantes (1951), 
del japonés Hayashi Fumiko (1903-1951), que 
destaca en qué medida la vida en las ciudades 
depende de la muerte fuera de ellas, a menudo en 
ultramar. Al presentarnos los peligros de los 
entornos no sostenibles, estas y muchas otras 
literaturas de Extremo Oriente demuestran la 
importancia de tomar conciencia de la situación y, 
finalmente, de cambiar de comportamiento. 
Trazar políticas que 
promuevan un urbanismo 
ecológico, ni que decir 
implementarlas, requiere 
algunos cambios 
de percepción, de 
apreciación y de 
expectativas, en una 
palabra: de conciencia. 
La literatura de Extremo 
Oriente puede 
desempeñar un 
importante papel en 
esta transformación.
51
 
En marzo, las flores ya no vuelan en nuestra ciudad 
agazapadas por doquier, esas bestias colosales de edificios 
esfinges en el desierto os espían con ojos burlones 
y rugen jaurías de tigres urbanos 
del amanecer al ocaso. 
Del amanecer al ocaso 
lluvia de hollín, trueno de ruido urbano
disonancia entre los engranajes
atropello entre las máquinas
el tiempo hecho añicos, la vida se apaga cada vez más…
Cae la noche, nuestra ciudad como una gran araña venenosa 
tiende su red centelleante, ondulante, seductora
capturando los pasos de los peatones
capturando la soledad de los corazones
el vacío de la noche.
A menudo me siento silenciosamente en el campo insomne de la noche
y observo la ciudad al fondo de la noche como 
un gigantesco broche de diamantes
puesto en la vitrina de la casa de subastas
esperando al más alto postor.
Rongzi (Wang Rongzhi), Women de cheng bu zai fei hua (Las flores ya no vuelan en nuestra ciudad), 
en Rongzi shi chao, Lanxing Shishe, Taipéi, 1965, págs. 84-85.
52COLABORAR III
 
Giré mis pasos en dirección al parque. Por las mañanas no venían niños a 
ese pequeño espacio de menos de setenta metros cuadrados en medio de 
una apretada zona residencial. Se estaba en silencio, así que hice que 
formara parte de mi paseo matutino. Estos días en la pequeña ciudad, hasta 
el escaso verde de los diez árboles más o menos que hay en el parque es 
impagable […]. Desemboqué en una de las calles principales, donde 
pasaban demasiados coches y pocos peatones. Alguien había plantado un 
rascador para gatos en forma de árbol de unos treinta o cuarenta 
centímetros de altura junto a la acera. A veces atisbo una columna de gatos, 
sin que llegue a ser en un árbol […]. Quizás, pensé, es mejor convertir a los 
perros en columnas. Se vuelven violentos y atacan a la gente cuando no hay 
comida. Pero ¿por qué tuvieron que convertir a los gatos en columnas? 
¿Acaso ha crecido en exceso el número de gatos callejeros? ¿Intentaban 
aliviar la situación alimentaria un poco? ¿O lo hacían para que la ciudad 
fuera más verde y ecológica? [Escuché por casualidad a tres estudiantes 
que conversaban sobre un crítico progresista a quien acababan de arrestar 
y convertir en una columna] “Algunos estudiantes protestaron contra su 
detención y se opusieron a la fuerza. Dicen que los arrestaron a todos y que 
los convertirán en hombres columna” […]. “Dicen que los plantarán como 
hileras de árboles a ambos lados de la calle de los Estudiantes, la calle 
frente a su universidad”. 
Yasutaka, Tsutsui, “Tatazumu hito” (“Mujer de pie”), en Tsutsui Yasutaka zenshu, vol. 16, 
Shinchosha, Tokio, 1984, págs. 184-193.
53
 
apéndices
II colaboradores
III agradecimientos
V créditos de las imágenes
IAPéndiCE
 
colaboradores
Giuliana Bruno se dedica al estudio del cine 
y la cultura visual y es profesora titular de Es-
tudios Visuales y Ambientales en la Harvard 
University. Explora los campos comunes que 
comparten el cine, el diseño y las artes visua-
les. Su libro Jane and Louise Wilson: A Free 
and Anonymous Monument examina la insta-
lación multipantalla de los artistas nominados 
al Premio Turner. 
Lawrence Buell ocupa la cátedra Powell M. 
Cabot de Literatura Americana en la Harvard 
University. Es autor de The Future of Envi-
ronmental Criticism y editor de Shades of the 
Planet: American Literature as World Literatu-
re (con Wai Chee Dimock).
Lizabeth Cohen ocupa la cátedra Howard 
Mumford Jones de Estudios Americanos y 
directora del Redcliffe Institute de la Harvard 
University. Es la autora de Making a New Deal: 
Industrial Workers in Chicago, 1919-1939, 
ganadora del premio Bancroft y finalista del 
premio Pulitzer. Actualmente trabaja en su 
libro Saving America’s Cities: Ed Logue and 
the Struggle to Renew Urban America in the 
Suburban Age.
Preston Scott Cohen es profesor Gerald M. 
McCue y antiguo director del Departamento 
de Arquitectura de la GSD, de la Harvard 
University. Con sede en Cambridge, Massa-
chusetts, su estudio Preston Scott Cohen, Inc. 
construye desde casas unifamiliares hasta 
instituciones culturales y educativas. Entre su 
obra reciente destaca el centro de estudiantesde la Universidad de Nankín en Xianlín, China 
(2007-2009).
Verena Andermatt Conley es profesora de 
Lengua y Literatura Romances y de Literatura 
Comparada en la Harvard University. Entre 
sus publicaciones se incluyen Hélène Cixous: 
Writing the Feminine y Eco-Politics: The Envi-
ronment in Poststructuralist Thought. Es au-
tora de Spatial Ecologies: Urban Sites, State 
and World-Space in French Cultural Theory.
Leland Cott es profesor de Urbanismo en la 
GSD, de la Harvard University, y fue presiden-
te de la Boston Society of Architects. Es fun-
dador y director de Bruner/Cott & Associates, 
que cuenta con más de cincuenta premios 
locales y nacionales, y cuyos proyectos se 
han publicado ampliamente. 
Margaret Crawford es profesora de Arquitec-
tura en la University of California, Berkeley, y 
fue profesora de Urbanismo y Teoría de la Pla-
nificación en la GSD, de la Harvard University. 
Entre sus publicaciones se incluyen Building the 
Workingman’s Paradise: The Design of Ameri-
can Company Towns y Everyday Urbanism.
Amy C. Edmondson ocupa la cátedra No-
vartis de Liderazgo y Administración y es 
directora de Administración de Tecnología y 
Operaciones en la Harvard Business School. 
En la década de 1980 fue ingeniera jefe en 
el estudio de Richard Buckminster Fuller; su 
libro, A Fuller Explanation, intenta explicar las 
aportaciones matemáticas de Fuller a un públi-
co no especializado. 
David Edwards ocupa la cátedra Gordon 
McKay en la Harvard University y fundador 
de Le Laboratoire, un centro de arte y dise-
ño en París. Es miembro de las academias 
nacionales de ingeniería de Estados Unidos 
y Francia, y Chevalier de l’Ordre des Artes et 
des Letres de Francia. 
Susan Fainstein es investigadora en la GSD, 
de la Harvard University. Su investigación y 
docencia se centran en la política y la econo-
mía de la renovación urbana, el turismo, las 
políticas sociales y urbanas comparadas, la 
teoría de la planificación y temas relaciona-
dos con la planificación y el género. Entre sus 
libros destacan Readings in Planning Theory y 
Cities and Visitors.
Gerald Frug es profesor Louis D. Brandeis 
en la Escuela de Derecho de la Harvard 
University, y especialista en derecho de las 
administraciones locales. Es autor de City 
Bound: How 
States Stifle Urban Innovation (2008, junto a 
David Barron) y City Making: Building Com-
munities without Building Walls (1999).
Peter Galison ocupa la cátedra Joseph Pe-
llegrino de Historia de la Ciencia y de la Física 
en la Harvard University. Entre sus libros se 
incluyen: How Experiments End, Image and 
Logic y Einstein’s Clocks. Ha coproducido 
dos documentales: Ultimate Weapon: The H-
Bomb Dilemma y Secrecy, ambos estrenados 
en el Festival de Cine de Sundance de 2008. 
Edward Glaeser ocupa la cátedra Fred y 
Eleanor Glimp de Economía en la Harvard 
University y es director del Taubman Center 
for State and Local Government, así como del 
Rappaport Institute for Greater Boston. Se de-
dica al estudio de la economía de las ciudades 
y del papel que la proximidad geográfica pue-
de ejercer en la generación del conocimiento y 
la innovación. 
Donald Ingber es director del Wyss Institute 
for Biologically Inspired Engineering de la 
Harvard University. Su obra demuestra que 
la tensegridad es un principio fundamental 
que gobierna la estructura de las células y los 
tejidos a escala nanométrica, y ha inspirado a 
una nueva generación de biólogos, ingenieros 
y nanotecnólogos. 
Alex Krieger es profesor de la GSD, de la 
Harvard University, y director interino del 
Departamento de Planificación y Urbanismo. 
Entre sus publicaciones se encuentran Urban 
Design y la coedición de dos números de 
Harvard Design Magazine. Es director y fun-
dador de Chan Krieger Sieniewicz, un estudio 
de arquitectura y urbanismo con sede en 
Cambridge, Massachusetts.
Erika Naginski es profesora asociada de 
Historia de la Arquitectura en la GSD, de la 
Harvard University. Es historiadora del arte 
y de la arquitectura europeos y su interés 
se centra en la estética de la Ilustración, las 
teorías del espacio público, la memoria cultu-
ral y las tradiciones críticas en la historia del 
arte. Su libro más reciente es Sculpture and 
Enlightenment.
Antoine Picon es ingeniero, arquitecto e his-
toriador, y profesor de Historia de la Arquitec-
tura y codirector del programa de doctorado 
de la GSD, de la Harvard University. Entre sus 
libros destaca Architectes et ingénieurs au 
siècle des lumières (1988) y Culture numéri-
que et architecture: une introduction (2010). 
Ha recibido la Medalla de la Villa de París. 
Spiro N. Pollalis es profesor de Diseño, Tec-
nología y Gestión en la GSD, de la Harvard 
University. En 2007 fundó el programa RMJM 
para el diseño integrado, y diez años antes, 
el Centro para la Informática del Diseño en 
Harvard University. Entre sus libros recientes 
están Understanding the Outsourcing of 
Architectural Services (2007) y Computer-
Aided Collaboration in Managing Construction 
(2006).
Martha Schwartz es profesora de Paisajismo 
en la GSD, de la Harvard University, y sus 
talleres se centran en la expresión artística en 
el paisajismo. Sus estudios Martha Schwartz, 
Inc., con sede en Cambridge (Mass.), y Martha 
Schwartz Partners, con sede en Londres, 
están especializados en paisajismo y en en-
cargos de arte público específicos para cada 
lugar. 
John R. Stilgoe es profesor Robert y Lois 
Orchard de Historia del Paisaje en la Harvard 
University. Entre sus diversas áreas de inves-
tigación, destacan la infraestructura nacional, 
la esteganografía, la catoptromancia y la ca-
tóptrica, las viviendas autosuficientes desde 
el punto de vista energético y el paisajismo 
histórico. Es autor de los libros Train Time: 
Railroads and Imminent Landscape Change y 
Landscape and Images.
Donald Swearer fue director del Centro para 
el Estudio de las Religiones del Mundo y 
profesor invitado de Estudios Budistas en el 
Divinity School, Harvard University. Entre sus 
publicaciones se encuentran The Buddhist 
World of Southeast Asia y Becoming the 
Buddha: The Ritual of Image Consecration in 
Thailand.
Karen Thornber es profesora de Literatura 
Comparada en la Facultad de Literatura y 
Literatura Comparada de la Harvard Univer-
sity. Es autora de Empire of Texts in Motion: 
Chinese, Korean, and Taiwanese Transcultu-
rations of Japanese Literature (2009) y trabaja 
en su libro Ecoambivalence, Ecoambiguity, 
and Ecodegradation: Changing Environments 
of East Asian and World Literatures.
II
 
Toda publicación de cierta embergadura sale 
adelante gracias al compromiso y el apoyo de 
muchas más personas de las que aparecen como 
autores, y en especial cuando se trata de una obra 
tan interdisciplinar como Urbanismo ecológico. 
estamos en deuda con muchos miembros de la 
comunidad de la Harvard University y otras 
instituciones por sus aportaciones. con su ayuda 
esperamos haber iniciado una conversación que 
tenga repercusiones en las múltiples facetas de la 
acción y la investigación. 
debemos empezar agradeciendo a drew Gilpin 
Faust, rectora de la Harvard University, que 
organizara la conferencia sobre urbanismo 
ecológico que se celebró en la Gsd de Harvard 
University en primavera de 2009. Junto a la 
exposición que la acompañaba, fue una 
oportunidad para explorar muchas de las ideas 
que aparecen en este volumen. agradecemos 
también a Thomas M. Menino, alcalde de Boston, 
sus palabras de apertura.
esta ambiciosa publicación no habría sido posible 
sin el apoyo económico de John K. F. irving, aB ’83, 
MBa ’89 y anne c. irving Oxley, MLa, a quienes 
agradecemos su enorme generosidad y su 
compromiso con la reflexión para avanzar en 
temas tan complejos como el que nos ocupa. 
La conferencia contó con el apoyo del rectorado 
de la universidad, del Harvard center for the 
environment, del Taubman center for state and 
Local Government y Rappaport institute for Great 
Boston de la Harvard Kennedy school of 
Government.agradecemos esta importante 
participación, en especial a daniel schrag, 
profesor sturgis Hooper de Geología y catedrático 
de ciencias de la Tierra y planetarias de la Harvard 
University, además de director del Harvard center 
for the environment; a edward Glaeser, profesor 
Fred y eleanor Glimp de economía de la Harvard 
University y director del Taubman center y del 
Rappaport institute; y a david Luberoff, director 
ejecutivo del Rappaport institute. También damos 
agradecimientos
las gracias a donald e. ingber, director del Wyss 
institute for Biologically inspired engineering, por 
copatrocinar el premio Wyss para arquitectura 
adaptable de inspiración biológica, quien nos 
permitió presentar la obra de chuck Hoberman en 
nuestra exposición y libro. el Rouse Visting artist 
Fund de la Gsd también tuvo a sissel Tolaas como 
artista invitado en 2009.
durante la compilación de materiales para este 
volumen tuvimos la suerte de contar con el apoyo 
gráfico de Lars Müller, un reconocido profesional 
con una dilatada experiencia en la edición de 
libros rigurosos y bellamente diseñados sobre arte 
y arquitectura. además de su inspiradora ayuda, 
nos beneficiamos de la experiencia en la edición 
de libros de su equipo en Baden, suiza, integrado 
por esther Butterworth, Milana Herendi, ellen Mey 
y Martina Mullis. 
Ya en el marco de la Gsd, agradecemos los 
esfuerzos de nuestra decana ejecutiva patricia 
Roberts, y de la decana asociada, Hannah peters. 
También damos las gracias a Melissa Vaughn y 
amanda Heighes, del departamento de 
publicaciones; a dan Borelli y shannon stetcher, 
del departamento de exposiciones; a Leslie Burke 
y Jane acheson, de la Oficina del decano; y a la 
organizadora de la conferencia, Brooke Lynn King. 
Jared James May desarrolló y gestionó un sistema 
para archivar miles de imágenes que se 
emplearon en el libro. 
nuestos estudiantes desempeñaron un papel 
fundamental en el desarrollo de algunos de los 
temas que se investigaron en la conferencia, la 
exposición y el presente libro. Un agradecimiento 
especial a los participantes del seminario de 2008 
“comisariar el urbanismo ecológico”: abdulatif 
almishari, adi assif, peter christensen, elizabeth 
christoforetti, suzanne ernst, anna Font, Melissa 
Guerrero, caitlin swaim y aylin Brigitte Yildrim. 
Lindsay Jonker, dan Handel, almin prsic, Ryan 
shubin y Quilian Riano nos ayudaron a incluir los 
extractos de los blogs de los estudiantes que aquí 
IIIAPéndiCE
 
aparecen. shelby doyle nos prestó una ayuda 
esencial en aspectos gráficos durante el 
desarrollo del libro. 
durante la conferencia, personal de la Gsd, 
académicos y estudiantes de doctorado dirigieron 
grupos de discusión que enriquecieron el 
contenido de este libro: Julia África, Rania Ghosn, 
Brian Goldstein, Jock Herron, Li Hou, Har-Ye Kan, 
shelagh Mccartney, alexios nicolaos Monopolis, 
edward Morris, Masayoshi Oka, antonio petrov, 
ivan Rupnik, Fallon samuels, susannah sayler, 
Thomas schroepfer, Zenovia Toloudi, Heather 
Tremain, dido Tsigaridi, Lin Wang y christian 
Werthmann.
para concluir, damos las gracias a los numerosos 
pensadores de los mundos del arte y de la ciencia, 
del mundo académico y profesional, que han 
contribuido con sus artículos e imágenes a la 
elaboración de este libro. su fe en la aportación de 
las diferentes perspectivas a una comprensión 
más potente y sutil de la interrelación entre lo 
ecológico y lo urbano es el alma de esta obra. 
desde la publicación original de este libro en 
inglés, estamos muy satisfechos por el interés que 
ha suscitado su edición en otros idiomas, tanto en 
formato digital como en papel. La edición de una 
obra tan extensa y compleja desde el punto de 
vista material como esta no es tarea fácil, y solo 
ha sido posible gracias a la ayuda y el estímulo de 
los patrocinadores, las editoriales, los traductores, 
los editores, los autores y otra gente que ha 
prestado su ayuda. agradecemos en particular el 
compromiso continuado de Lars Müller, editorial 
original del libro, por facilitar las ediciones 
traducidas.
además de a todos aquellos mencionados en los 
agradecimientos a la edición inglesa, querríamos 
agradecer también a Benjamin prosky, Jennifer 
sigler, Melissa Vaughn y Karen Kittredge, de la 
Gsd, sus esfuerzos por hacer que esta edición 
salga a la luz.
agradecemos a la editorial Gustavo Gili, en 
especial a Mónica Gili y saskia adriensen, su 
entusiasta colaboración en esta edición española. 
También agradecemos a Moisés puente la 
cuidadosa edición del texto.
agradecemos el trabajo de Mónica Belevan en la 
traducción del texto. por su apoyo a la traducción 
y su alcance general en Latinoamérica, damos las 
gracias al david Rockefeller center for Latin 
american studies de la Harvard University 
(dRcLas), a sus oficinas en la región y a aRTs@
dRcLas.
Gracias a Mariano Gómez Luque por su ayuda en 
la revisión de la traducción. Felipe Vera Benítez ha 
sido un apoyo fundamental desde los inicios de 
este proyecto.
agradecimientos 
de la edición española
IV
 
Págs. 130-131: Katrín Sigurdardóttir
Págs. 141: The Boston Globe. La ilustración de 
Shelby Murphy apareció por vez primera el 28 
de junio de 2009 en el artículo “Urban Retrofits: 
How to Make a City Green –without Tearing It 
down”, de Michael Fitzgerald
Págs. 143: Arup 
Pág. 297: cortesía de Hoberman Associates, 
Nueva York 
Pág. 299: Mathieu Lehanneur, David Edwards 
Pág. 305 (izquierda): concepto de Michael Brill, 
ilustración de Safdar Abidi; (derecha): concepto 
e ilustración de Michael Brill, de: Trauth, K. M. et 
al., “Expert Judgment on Markers to Deter Inad-
vertent Human Intrusion into the Waste Isolation 
Pilot Plant”, SAND92-1382 UC-721, noviembre 
de 1993
Pág. 308: Donald E. Ingber
Pág. 517: Ministerio de Medio Ambiente/Manatū 
Mō Te Taiao, Nueva Zelanda
Pág. 519: Nancy Krieger 
Pág. 521 (izquierda): de Guillerme, André, Les 
Temps de l’eau: la cité, l’eau et les techniques 
Pág. 521 (derecha): de Alphand, Jean-Charles, 
Promenades de Paris
Pág. 526: de Packard, Winthrop, Wild Pastures, 
Small Maynard, Boston, 1909, pág. 115
créditos de las imágenes
VAPéndiCE
 
Título original: Ecological Urbanism, publicado por Harvard University Graduate 
School of Design/Lars Müller Publishers, Cambridge (Mass.)/Baden, 2010
Edición de Mohsen Mostafavi con Gareth Doherty
Diseño gráfico: Integral Lars Müller, Lars Müller y Martina Mullis 
Versión castellana: Mónica Belevan
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o 
transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus 
titulares, salvo excepción prevista por la ley. 
La Editorial no se pronuncia ni expresa ni implícitamente respecto a la exactitud 
de la información contenida en este libro, razón por la cual no puede asumir ningún 
tipo de responsabilidad en caso de error u omisión. 
© Lars Müller Publishers/The President and Fellows of Harvard College, 2010, 2013
y para la presente edición:
© Editorial Gustavo Gili, SL, Barcelona, 2014
Editorial Gustavo Gili, SL
Rosselló 87-89, 08029 Barcelona, España. Tel. (+34) 93 322 81 61
Valle de Bravo 21, 53050 Naucalpan, México. Tel. (+52) 55 55 60 60 11
www.ggili.com
E-books (PDF):
Volumen 1: ¿PoR qUé URBaNISMo ECoLóGICo? ¿ PoR qUé aHoRa?
ISBN: 978-84-252-2800-1
Volumen 2: aNTICIPaR
978-84-252-2801-8
Volumen 3: CoLaBoRaR
ISBN: 978-84-252-2802-5
Volumen 4: SENTIR
ISBN: 978-84-252-2803-2
Volumen 5: CoMISaRIaR
ISBN: 978-84-252-2804-9
Volumen 6: PRoDUCIR
ISBN: 978-84-252-2805-6
Volumen 7: INTERaCTUaR
ISBN: 978-84-252-2806-3
Volumen 8: MoVILIzaR
ISBN: 978-84-252-2807-0
Volumen 9: MEDIR
ISBN: 978-84-252-2808-7
Volumen 10: aDaPTaR
ISBN: 978-84-252-2809-4
Volumen 11: INCUBaR
ISBN: 978-84-252-2810-0
Edición impresa
ISBN: 978-84-252-2742-4
VI
www.ggili.com
 
Volumen 1
¿pOR QUé URBanisMO 
ecOLóGicO? 
¿pOR QUé aHORa?
12 ¿por qué urbanismo ecológico?¿por qué ahora?
Mohsen Mostafavi
Volumen 2
anTicipaR
56 progreso contra apocalipsis
Rem Koolhaas
72 Zeekracht
OMA
78 con Bombay en mente: 
algunas ideas sobre sostenibilidad
Homi K. Bhabha
84 planeta Urbano: Bombay
Daniel Raven-Ellison y Kye Askins
94 apuntes sobre la tercera ecología
Sanford Kwinter
106 desigualdad social y cambio climático
Ulrich Beck
110 por un posmedioambientalismo: 
siete recomendaciones para una 
nueva carta de atenas y La metrópolis débil
Andrea Branzi
114 Obra débil: la “metrópolis débil” de 
andrea Branzi y el potencial proyectivo 
de un “urbanismo ecológico”
Charles Waldheim
122 de “sostén” a “habilidad”
JDS Architects
124 cuarenta años después: 
retorno a la Tierra sublunar
Bruno Latour
Volumen 3
cOLaBORaR i
130 el trabajo de campo como arte
Giuliana Bruno
132 Urbanismo ecológico y/como metáfora 
urbana
Lawrence Buell
134 Blanco y negro en las ciudades verdes
Lizabeth Cohen
136 el retorno de la naturaleza
Preston Scott Cohen y Erika Naginski
138 prácticas urbanas ecológicas: 
Las tres ecologías de Félix Guattari
Verena Andermatt Conley
140 Modernizar la ciudad
Leland D. Cott
142 entornos urbanos productivos
Margaret Crawford
URBanisMO ecOLóGicO
cOLección de e-BOOKs
Índice
VIIAPéndiCE
 
Volumen 4
senTiR
146 La ciudad desde el olfato
Sissel Tolaas
156 planeta Urbano: ciudad de México
Daniel Raven-Ellison
164 citysense: 
una red de sensores a escala urbana
Matt Welsh y Josh Bers
166 Eat love
Marije Vogelzang
168 ecologías autoingeniadas
Christine Outram, Assaf Biderman y Carlo Ratti
174 Hay más verde de lo que 
a simple vista parece: 
ecologías de lo verde en Baréin
Gareth Doherty
184 Play Me, I’m Yours!
Luke Jerram
186 Mapping Main Street
Jesse Shapins, Kara Oehler, Ann Heppermann 
y James Burns
Volumen 5
cOMisiOnaR
190 comisariar recursos
Niall Kirkwood
194 el mar y el monzón: 
un manifiesto de Bombay
Anuradha Mathur y Dilip da Cunha
208 ¿ecociudades trascendentes o seguridad 
ecológica urbana?
Mike Hodson y Simon Marvin
218 nuevos paisajes acuáticos para singapur
Herbert Dreiseitl
222 subir el nivel del agua de un estanque
Zhang Huan
224 Visión de las ciudades ecológicas
Mitchell Joachim
230 Vuelta a la naturaleza
Sandi Hilal, Alessandro Petti y Eyal Weizman
236 Harmonia 57
Triptyque
238 Fundamentar una estrategia urbana 
sostenible
Michael Van Valkenburgh Associates
240 center street plaza
Hood Design
VIII
 
Volumen 6
pROdUciR
244 sub, supra e infraestructuras energéticas
D. Michelle Addington
252 parque undimotriz
Pelamis Wave Power Ltd.
254 Showroom para cR Land Guanganmen 
Green Technology
Vector Architects
256 Aux fermes, citoyens!
Dorothée Imbert
268 Local River: 
unidad de almacenaje doméstico 
para peces y verduras
Mathieu Lehanneur, con Anthony van den Bossche
270 soft cities
KVA MATx
274 ZedFactory
Bill Dunster
280 ecociudad Logroño
MVRDV
282 La revolución del pie grande
Kongjian Yu
292 La Tour Vivante, ecotorre
soa architectes
Volumen 3
cOLaBORaR ii
296 Retos de gestión de la transformación 
urbana: organizar para aprender
Amy C. Edmondson
298 La purificación del aire en las ciudades
David Edwards
300 Justicia social y urbanismo ecológico
Susan S. Fainstein
302 el gobierno de la ciudad ecológica
Gerald E. Frug
304 Un futuro subterráneo
Peter Galison
306 Templado y limitado
Edward Glaeser
308 arquitectura adaptable de inspiración 
biológica y sostenibilidad
Donald E. Ingber
IXAPéndiCE
 
Volumen 7
inTeRacTUaR
312 La ecología urbana y la distribución de la 
naturaleza en las regiones urbanas
Richard T. T. Forman
324 La agencia ecológica
Chris Reed
330 infraestructura neoyorquina
Christoph Niemann
332 Redefinir la infraestructura
Pierre Bélanger
350 Urbanismo generado por los usuarios
Rebar
356 experimentos urbanos y ecológicos 
en el espacio público
Alexander J. Felson y Linda Pollack
364 Una perspectiva holística del fenómeno 
urbano
Salvador Rueda
370 nuevo sistema de parques para Gwanggyo
Yoonjin Park y Jungyoon Kim (PARKKIM)
372 Una metodología para la innovación urbana
Alfonso Vegara, Mark Dwyer y Aaron Kelley
374 Greenmetropolis
Henri Bava, Erik Behrens, Steven Craig y Alex Wall
Volumen 8
MOViLiZaR
380 Movilidad, infraestructura y sociedad
Richard Sommer
382 Movilidad urbana sostenible con vehículos 
eléctricos ligeros
William J. Mitchell
398 Movilidad sostenible en acción
Federico Parolotto
402 sostener la ciudad ante la marginalidad 
avanzada
Loïc Wacquant
406 Teoría general del urbanismo ecológico
Andrés Duany
412 La ecología política del urbanismo ecológico
Paul Robbins
416 el modelo de sistema energético urbano 
syncity
Niels Schulz, Nilay Shah, David Fisk, James Keirstead, 
Nouri Samsatli, Aruna Sivakumar, Celine Weber y Ellin 
Saunders
420 Las ciudades del oro negro: 
petropaisajes y futuros sostenibles
Michael Watts
425 Los campos petrolíferos del delta del níger
Ed Kashi
428 sobre rasante
Rafael Viñoly
430 inVesTiGación de La Gsd 
Taller nairobi
Jacques Herzog y Pierre de Meuron
X
 
Volumen 9
MediR
444 cinco retos ecológicos para la ciudad 
contemporánea
Stefano Boeri
454 Re(e)volucionar la arquitectura
Jeremy Rifkin
456 el proyecto canary
Susannah Sayler
458 “performalismo”: 
medidas medioambientales y urbanismo
Susannah Hagan
468 cultura natural
Kathryn Moore
472 investigar la importancia de la información 
de modelos energéticos a medida: 
un estudio del Gund Hall
Holly A. Wasilowski y Christoph F. Reinhart
476 percepción de la densidad urbana
Vicky Cheng y Koen Steemers
482 La región del estuario de Londres
Terry Farrell
488 planeta Urbano: Londres
Daniel Raven-Ellison
496 iniciativas sostenibles para Londres
Camilla Ween
500 Más allá de Leed: 
evaluación ecológica a escala urbana
Thomas Schroepfer
502 paisajes de la especialización
Bill Rankin
504 inVesTiGación de La Gsd 
Medio millón de árboles: 
prototipos de lugares y sistemas para 
las ciudades sostenibles
Kristin Frederickson y Gary Hilderbrand
506 slavecity
Atelier Van Lieshout
510 ecOBox/Red ecourbana autogestionada
atelier d’architecture autogérée
512 acción urbana: playa en la plaza Luna
Ecosistema Urbano
Volumen 3
cOLaBORaR iii
516 el confort y la huella ecológica
Alex Krieger
518 Urbanismo ecológico e igualdad sanitaria: 
una perspectiva ecosocial
Nancy Krieger
520 La naturaleza, las infraestructuras 
y la condición urbana
Antoine Picon
522 sostenibilidad y estilo de vida
Spiro Pollalis
524 Urbanismo ecológico y paisaje
Martha Schwartz
526 esa vieja oscuridad
John Stilgoe
538 Los estudios religiosos y el urbanismo 
ecológico
Donald K. Swearer
530 el urbanismo ecológico y la literatura 
de extremo Oriente
Karen Thornber
XIAPéndiCE
 
Volumen 10
adapTaR
536 ecologías insurgentes: 
recuperar terreno para la ciudad y el paisaje
Nina-Marie Lister
548 Madera performativa: 
diseño computacional integral para una 
superficie de madera sensible al clima
Achim Menges
554 Reducir la huella ecológica de nueva York
Laurie Kerr
560 La adaptabilidad en la arquitectura
Hoberman Associates, Ziggy Drozdowski 
y Shawn Gupta
568 inVesTiGación de La Gsd 
cambio climático, agua, urbanización de 
terrenos y adaptación: planificar desde la 
incertidumbre (almere, países Bajos)
Armando Carbonell, Martin Zogran y Dirk Sijmons
Volumen 11
incUBaR
572 equilibrios y desafíos de la práctica 
integrada
Toshiko Mori
578 el lujo de reducir: 
sobre el papel de la arquitectura 
en el urbanismo ecológico
Matthias Sauerbruch
584 Bank of america
Cook + Fox Architects
588 inVesTiGación de La Gsd 
Un lugar en el cielo/un lugar en el infierno: 
operaciones tácticas en são paulo
Christian Werthmann, Fernando de Mello Franco 
y Byron Stigge
590 in situ: la especificidad del lugar en la 
arquitectura sostenibleAnja Thierfelder y Matthias Schuler
598 proyecto bioclimático
Mario Cucinella
600 Wanzhuang, ecociudad agrícola
Arup
606 plan ecosistémico para la región diseZ, 
senegal
ecoLogicStudio
608 ciudad vegetal: soñar con una utopía verde
Luc Schuiten
610 Verticalismo
Iñaki Ábalos
616 prototipos urbanos
Raoul Bunschoten
622 incubadora de cambio climático 
para el estrecho de Taiwán 
Chora Architecture and Urbanism
629 La ciUdad
Ian McHarg
630 Gsd:ecologicalurbanism
XII
 
TaMBién dispOniBLe:
La edición iMpResa de URBanisMO ecOLóGicO
cOn TOdOs LOs 11 VOLúMenes
XIIIAPéndiCE
Más e-books de la colección
URBanisMO ecOLóGicO:
 
 
8
 
 
8
 
 
8
 
 
8
	Urbanismo ecológico: colaborar
	Página Legal
	Índice
	Colaborar I
	El trabajo de campo como arte
	Urbanismo ecológico y/como metáfora urbana
	Blanco y negro en las ciudades verdes
	El retorno de la naturaleza
	Prácticas urbanas ecológicas: Las tres ecologías de Félix Guattari
	Modernizar la ciudad
	Entornos urbanos productivos
	Apéndices

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