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SERGE HUTIN 
 
 
LA ALQUIMIA 
 
 
 
 
 
 
EUDEBA 
EDITORIAL UNIVERSITARIA DE BUENOS AIRES 
 
 
 
INTRODUCCION 
 
 
Nada más fácil, en apariencia, que definir la alquimia. Es, se dice corrientemente, el arte 
de la transmutación de los metales, seudociencia de la Edad Media, cuyo fin era la 
fabricación del oro. Y muchos completan esta definición con una condena desdeñosa y 
categórica exclamando con el químico Fourcroy: "La alquimia ha ocupado a muchos 
locos, ha arruinado a una multitud de codiciosos e insensatos y embaucado a otra 
multitud aún más grande de crédulos1." 
Sin embargo, al estudiar la cuestión con menos ligereza, se observa que tras el 
término alquimia se oculta una realidad histórica extremadamente compleja. 
"La historia de la alquimia -escribe Berthelot- es muy oscura. Es una ciencia sin raíz 
aparente, que se manifiesta de pronto en el momento de la caída del Imperio Romano y 
que se desarrolla durante toda la Edad Media, entre misterios y símbolos, sin salir del 
estado de doctrina oculta y perseguida; en ella los sabios y los filósofos se mezclan y 
confunden con los alucinados, los magos y los charlatanes y, a veces, hasta con 
malvados, estafadores, envenenadores y falsificadores de moneda." 
El problema dista mucho de estar claro y, si numerosos trabajos eruditos han sido 
consagrados a la Alquimia, ésta no permanece menos profundamente desacreditada a los 
ojos de la mayoría del gran público, que habitualmente no hace diferencias entre 
"alquimista", "hechicero" y "charlatán". La alquimia habría sido una especie de arte más 
o menos mágico, consistente en la ingeniosa combinación de pases mágicos, retortas e 
invocaciones al Diablo, con el fin de obtener oro, o simular su obtención ante los ojos de 
papanatas maravillados... 
Si la alquimia no hubiera sido nada más que eso durante todo el largo período que fue 
cultivada, no merecería, por cierto, haber sido estudiada por tantos sabios e historiadores 
modernos, en primer término el gran químico Berthelot. Pero, cuando se sabe diferenciar 
a los verdaderos alquimistas de los estafadores y charlatanes que pretenden ser adeptos 
del arte sagrado se observa que la alquimia, lejos de reducirse a la simple fabricación de 
oro, era en realidad algo más noble y complejo. Así, un estudio imparcial aunque rápido 
de la antigua "ciencia de Hermes" es del más alto interés. Es una exploración 
verdaderamente apasionante de los tiempos pasados, a la cual invitamos al lector. 
 
 
 
 
 
 
 
 
1 ROGER BACON, Espejo de la alquimia (en latín; hay trad. francesa por A. Poisson). 
 
 
CAPÍTULO I 
 
¿QUÉ ES LA ALQUIMIA? 
Volvamos a la definición corriente de la alquimia: "El arte de hacer oro". 
El alquimista era un "hacedor de oro", alguien que procuraba enriquecerse al menor 
costo posible y, muy a menudo, a expensas ajenas... Sin embargo, este prejuicio es un 
grave error. Las tentativas experimentales de los verdaderos alquimistas para transmutar 
los metales eran emprendidas no para enriquecerse sino con el propósito de aportar una 
prueba material a su sistema "en interés de la ciencia", como se diría hoy. De ahí, las 
múltiples precauciones empleadas por los adeptos para ocultar sus secretos a los ojos de 
los profanos; de ahí su desdén por aquellos a quienes llaman "sopladores", es decir, 
simples fabricantes de oro, los que buscaban empíricamente la Piedra filosofal y que, 
ignorantes de las teorías iniciales ensayaban al azar los procedimientos más heteróclitos 
y concluían a veces su carrera como estafadores o monederos falsos. 
ETIMOLOGIA. Pero ¿qué era entonces la alquimia propiamente dicha? Interroguemos 
primero a la etimología de la palabra. Esta es árabe en su forma (el-Kimyâ), pero griega 
en su raíz. Kimyâ deriva, sin duda, de Khem ("el país negro"), nombre que designaba a 
Egipto en la antigüedad. La palabra misma, nos aporta útiles informes en cuanto a la 
patria de origen, real o simbólica, del arte sacro. (cf. más adelante, cap. III) 
CARACTERES GENERALES. En lo relativo a su fisonomía general, la alquimia 
presenta todas las características de un arte oculto, escondido, reservado a ciertos 
iniciados, y que no debe ser comunicado al vulgo. Es en esto donde desde el principio 
difiere fundamentalmente de la ciencia moderna. La alquimia se trasmite 
por tradición oral o escrita; en secreto, de maestro a discípulo. Se basa en las 
revelaciones y en los viejos secretos trasmitidos por una literatura emblemática. El 
alquimista nada tiene que descubrir; sólo reencontrar un secreto. Por eso la alquimia ha 
permanecido tan semejante a sí misma durante largos siglos: si su simbolismo y algunos 
de sus desarrollos pudieron exhibir variadas formas durante la Edad Media y hasta el 
siglo XVI, sus teorías básicas sobre la constitución de la materia no cambiaron. La 
alquimia es un arte oculto, decíamos; también un arte maldito, condenado por teólogos (y 
antes que ellos, por el Derecho Romano tardío), y que se desarrolló al margen de los 
cánones oficiales del saber y a veces contra ellos (cf. cap. II). Necesitamos considerar 
ahora la alquimia tal como la definían los mismos alquimistas. 
LA FILOSOFIA HERMETICA. Los alquimistas se adjudicaban de buen grado el título 
de filósofos, y lo eran en efecto en un género particular, toda vez que se consideraban 
depositarios de la Ciencia por excelencia, constituida por los principios de todas las 
demás, que explica la naturaleza, el origen y la razón de ser de todo lo que existe, que 
narra el origen y el destino del universo entero. Esta doctrina secreta era la madre de 
todas las ciencias, la más antigua, la que estudiaba el mundo y su historia y que, según la 
tradición, había sido revelada a los hombres por el dios Hermes (el Thoth egipcio), 
 
 
origen del nombre de filosofía hermética dado a esta doctrina (ver caps. III y IV). 
Pero es abusiva la confusión de esta doctrina y las operaciones propiamente dichas. La 
alquimia fue ante todo una práctica y, por lo tanto, la aplicación de la filosofía 
hermética. 
LAS TEORIAS ALQUIMICAS. La alquimia en el sentido estricto del término era un 
arte práctico, una técnica, pero como tal se apoyaba sobre un conjunto 
de teorías relativas a la constitución de la materia, a la formación de las sustancias 
inanimadas y vivas, etc., teorías que constituían los postulados de donde partía el 
alquimista (ver cap. VI). 
LA ALQUIMIA PRÁCTICA; SUS FINES. La alquimia práctica, aplicación directa de la 
alquimia teórica, era la búsqueda de la Piedra filosofal. Presentaba dos aspectos 
principales complementarios: la transmutación de los metales, que era la Gran Obra en 
el sentido estricto del término, y la Medicina universal. Eran éstos los dos poderes 
esenciales de la Piedra (cf. cap. VII). 
Los alquimistas suponían que los metales eran vivos y que en estado de pureza debían 
presentarse con la forma del oro, metal perfecto. De ahí la definición más corriente de la 
alquimia. "La alquimia es la ciencia que enseña a preparar cierta medicina o elixir que al 
ser proyectado sobre los metales imperfectos les comunica la perfección en ese mismo 
momento2". 
Pero licuando la Piedra se obtenía el elixir de larga vida, que debía asegurar a su 
poseedor la prolongación de la vida hasta la casi perpetuidad de la existencia, y a la vez 
la Panacea, remedio milagroso que restauraba la fuerza y la salud del organismo. Tal era 
la Medicina universal: se procuraba encontrar lo que hoy se llamaría un "regenerador 
celular". 
La Piedra filosofal debía igualmente comunicar a su poseedor toda clase de poderes 
maravillosos: volverse invisible, mandar a las potencias celestes, desplazarse a voluntad 
en el espacio, etcétera. Pero esos poderes mágicos serán mencionados sobre todo en la 
literatura alquímica solamente al fin de la Edad Media, lo mismo que los otros problemasque hasta el Renacimiento vinieron a injertarse en el de la Piedra: el alkaest (descubrir un 
"disolvente universal", capaz de desintegrar todos los cuerpos), el homunculus (fabricar 
artificialmente un hombre), etcétera. 
LA ALQUIMIA MISTICA. Es una muy distinta concepción de la alquimia; según 
algunos autores, y en particular los pensadores de la francmasonería, la alquimia era 
una Mística. La terminología alquímica tenía, en realidad, un sentido figurado y 
significaba el oro espiritual. El propósito del alquimista no era la búsqueda del oro 
material: era la purificación del alma, las metamorfosis progresivas del espíritu. Los 
"metales viles" eran los deseos y las pasiones terrenales, todo lo que entorpece el 
desarrollo del ser humano auténtico. La Piedra filosofal era el hombre transformado por 
 
2 ROGER BACON, Espejo de la alquimia (en latín; hay trad. francesa por A. Poisson). 
 
 
la transmutación mística. 
La transmutación del plomo en oro era la elevación del individuo hacia lo Bello, la 
Verdad, el Bien, la realización del arquetipo que cada ser humano lleva dentro de sí. El 
hombre era la materia misma de la Gran Obra, y así se explica este pasaje de los Siete 
capítulos de Hermes. "La Obra está contigo y reside en ti de tal modo que, al hallarla en 
ti mismo donde está siempre, la tienes constantemente, cualquiera fuere el lugar donde te 
hallares, en la tierra o en el mar." (Ver cap. VIII) 
EL "ARS MAGNA". Pero la concepción más grandiosa de la alquimia es el Ars 
magna ("Gran Arte"), llamada a veces arte regia: en Europa se la encuentra 
principalmente desarrollada entre los autores del siglo XV y posteriores. He aquí la 
definición que le da uno de sus intérpretes modernos, A. Savoret: "La alquimia 
verdadera, la alquimia tradicional, es el conocimiento de las leyes de la vida en el 
hombre y en la naturaleza, y la reconstrucción del proceso mediante el cual esta vida, 
adulterada aquí abajo por la caída de Adán, ha perdido y puede recobrar su pureza, su 
esplendor, su plenitud y sus prerrogativas primordiales: lo que en el hombre moral se 
llama redención o regeneración, perennidad en el hombre físico, purificación y 
perfección en la naturaleza; en fin, en el reino mineral propiamente dicho, refinamiento 
[el problema de la quintaesencia consistía en extraer de cada cuerpo sus propiedades más 
activas] y transmutación”. 
El fin de la alquimia se apoyaba así en la comprobación de una caída, de una decadencia, 
de una degradación de los seres de la naturaleza. La suprema Gran Obra (Obra Mística, 
Vía del Absoluto, Obra del Fénix) era la reintegración al hombre de su dignidad 
primordial. La Piedra filosofal daba al adepto la excelencia iluminativa física y moral, la 
felicidad perfecta, la influencia sin límites sobre el universo, la comunión con la Causa 
Primera. Encontrar la Piedra filosofal era descubrir lo Absoluto, la verdadera razón de 
ser de todas las existencias, poseer el Conocimiento perfecto (gnosis). La ascesis y la 
práctica se asocian estrechamente en esta alquimia trascendente: “Capaz de inventar, 
entre los órdenes diversos del ser, correspondencias fantásticas -escribe A.-M. Schmidt-, 
impone a sus sectarios una ascesis sujeta a reglas precisas. Mientras en el Huevo 
filosófico, globo de cristal cuidadosamente cerrado, vigilan la cocción y la metamorfosis 
del compost, mezcla secreta de la cual, como de un embrión prisionero del útero, nacerá 
la Piedra filosofal, deben pasar por las gradaciones lentas de un proceso de purificación. 
Profesan la creencia de que para realizar la Gran Obra, regeneración de la materia, deben 
procurar la regeneración de su alma... Así como, en su vaso sellado, la materia muere y 
resucita perfecta, de igual modo ellos anhelan que su alma, al caer en la muerte mística, 
renazca para llevar en Dios una existencia extasiada. Se jactan de ceñirse en todo al 
ejemplo de Cristo que, para vencerla, hubo de sufrir o, más bien, aceptar el golpe de la 
muerte. Así, para ellos, la imitación de Cristo es no solamente un método de vida 
espiritual, sino hasta un medio de regular el curso de las operaciones materiales de las 
cuales provendrá el Magisterio." 
El adepto resulta así capaz de realizar la Obra física, la regeneración del cosmos. La 
 
 
transmutación, después de operarse en el secreto del alma humana, debe manifestarse en 
el mundo material. 
La Piedra filosofal, materia animada más perfecta que todos los seres, semejante a la 
materia prima de la Creación cuando el Caos hubo sido animado por el Fuego divino (ver 
cap. V), extiende su acción a todos los reinos: animal, vegetal y mineral. El alquimista, 
en conocimiento de las leyes que según él han presidido la formación de los seres, puede 
reproducir los cuerpos que tenemos a la vista: "Lo que la naturaleza hizo al principio, 
decían los alquimistas, podemos hacerlo remontando el procedimiento que ella ha 
seguido; lo que ella quizás hace todavía, con ayuda de los siglos, en sus soledades 
subterráneas, podemos hacérselo terminar en un instante ayudándola y poniéndola en 
mejores circunstancias" (Hoefer). 
Pero el adepto busca también el descubrimiento y la fijación de un fermento misterioso, 
que es precisamente la Piedra, y que no sólo permite retardar casi indefinidamente la 
desintegración de los cuerpos, sino también asegura el progreso rápido de los seres hacia 
el estado superior, regenerando todos los seres imperfectos, cambiando los metales 
"leprosos" en oro y devolviendo la salud a los enfermos. El alquimista se transforma en 
un verdadero superhombre, regenerador del mundo (ver cap. IX). 
Resulta, así, mucho más difícil dar una respuesta precisa a la pregunta: ¿qué es la 
alquimia? Esa palabra abarca diferentes dominios, que pueden ser agrupados en cinco 
aspectos principales: 
1. Una doctrina secreta, la filosofía hermética. 
2. Teorías que se podrían calificar de "científicas" sobre la constitución de la materia. 
3. Un arte práctico cuyos fines principales son la transmutación de los metales y la 
medicina universal. 
4. Una mística. 
5. El Ars Magna, curiosa alianza de misticismo, aspiraciones religiosas, teosofía y 
procedimientos prácticos, especie de síntesis de los aspectos precedentes. 
Hubo tantos alquimistas como categorías precedentemente distinguidas: unos interesados 
casi exclusivamente en la transmutación de metales en oro (crisopea) o en plata 
(argiropea), otros en la medicina; unos, ante todo prácticos; otros, especulativos que 
trataban de disimular sus doctrinas heterodoxas tras el velo de alegorías y de símbolos; 
algunos fueron sobre todo místicos. Pero los maestros del "arte regia"3 han cultivado 
simultáneamente todos los aspectos posibles. 
Exteriormente la alquimia ha evolucionado mucho a través del tiempo; en Occidente no 
 
3 Observemos que la expresión arte regia designaba también, en el lenguaje de las corporaciones 
medievales, a la arquitectura. 
 
 
adquiere su fisonomía definitiva hasta la Edad Media y a veces hasta el siglo XVI (ver 
caps. III y IV). 
El estudio de la alquimia no es, pues, tan fácil como algunos podrían creer, tanto más 
cuanto que es difícil, hasta para un historiador sensato, abandonar el punto de vista de la 
ciencia contemporánea para buscar, detrás de un lenguaje especial de extraño porte, 
conceptos que a primera vista parecen insólitos y extravagantes al hombre moderno. 
Hemos pensado, por lo tanto, que una obra precisa y objetiva sobre este tema abstruso 
pero atrayente sería por su naturaleza interesante para los lectores. Encararemos 
sucesivamente los cinco puntos de vista considerados en este dominio, que permiten una 
aproximación cómoda y metódica al tema; pero primero trataremos de familiarizar al 
lector con la atmósfera de la alquimia europea medieval ysu curioso simbolismo, 
después de lo cual deberemos estudiar sumariamente los orígenes de la alquimia y luego 
las líneas generales de su evolución (caps. III y IV). 
 
CAPÍTULO II 
LOS ALQUIMISTAS Y SU SIMBOLISMO 
 
I. LOS ALQUIMISTAS 
 
LOS ALQUIMISTAS EN LA SOCIEDAD MEDIEVAL. Era un medio curioso y 
bastante heterogéneo el de los alquimistas, verdaderos o falsos. Había nobles y hombres 
de pueblo, religiosos y laicos, cristianos y judíos, sabios e iletrados, hombres y mujeres, 
eruditos y simples artesanos, médicos y “hechiceros”, en resumen; todas las clases 
sociales. Alemania, Francia, Inglaterra e Italia eran recorridas por una multitud de 
alquimistas ambulantes. Esos adeptos, cuya existencia era vagabunda y errante, 
cambiaban a menudo de nombre y viajaban a través de toda Europa. Dejaban la ciudad 
en que vivían en cuanto realizaban una transmutación, sin omitir precauciones para 
permanecer desconocidos. Verdaderos “ciudadanos del mundo”, los alquimistas 
mantenían entre sí estrechas relaciones por medio de sociedades secretas análogas a las 
cofradías, con sus signos de identificación y contraseñas para los iniciados. Así se 
explica la posibilidad de esos viajes prolongados en cuyo transcurso el adepto estaba 
siempre seguro de ser bien acogido dondequiera que fuese (por lo demás, en aquel 
tiempo era muy fácil viajar con poco gasto). Los alquimistas se mezclaban con los 
peregrinos y así se aseguraban alojamiento y comida. Siempre nómades, mezclados a 
veces con los gitanos, los alquimistas estaban verdaderamente en todas partes. Ciudades 
como París o Praga tenían calles especiales enteras, cuyas casas servían de laboratorios o 
de centros de reunión. 
Rodeados de un prestigio mezclado de temor, introducidos hasta en el clero y en las 
 
 
corporaciones de constructores de catedrales, protegidos a veces por los soberanos, 
formaban una verdadera fuerza secreta que era menester tomar en cuenta. 
Considerada por los sabios de entonces como una ciencia de la naturaleza, suscitando 
una verdadera admiración por la experimentación, la alquimia servía eventualmente 
también de vehículo a todas las doctrinas más o menos “heréticas”, obligadas a 
disimularse a los ojos de las autoridades eclesiásticas. 
LA IGLESIA Y LA ALQUIMIA. Los teólogos católicos no quedaron inactivos frente a 
ese desarrollo inquietante. El Papado condenó al arte de Hermes. Así fue como Juan 
XXII, Papa desde 1316 hasta 1334, expidió una bula de excomunión contra todos los que 
cultivaban el arte alquímico (hecho curioso: una tradición pretende, por el contrario, que 
Juan XXII fue su protector), y la Inquisición quemó a cierto número de alquimistas, 
mientras los tribunales seglares condenaban a otros a ser ahorcados. Sin embargo, y a 
pesar de las persecuciones –muy intermitentes por otra parte- la alquimia no dejó de 
prosperar, y algunos adeptos aislados desempeñaron funciones políticas importantes, 
como Jacques Coeur, el “gran platero” del Rey Carlos VII, que había encontrado, dícese, 
la Piedra filosofal. 
LA FORMACIÓN PROFESIONAL DEL ALQUIMISTA. ¿Cómo se llegaba a ser 
alquimista? Los adeptos tenían una idea elevadísima de su profesión: “Quien tenga su 
espalda encorvada sobre nuestros libros –declara la obra conocida con el nombre de 
Turba Philosophorum- y, fiel a nuestro arte, no se deje desviar por pensamientos 
frívolos, quien que se haya confiado a Dios, encontrará un reino que no perderá sino con 
la muerte”. Pero, decían los alquimistas, se necesita tener grandes cualidades y aún gozar 
de un verdadero socorro divino por revelación interior. Esta tendencia se exalta entre los 
cultores del arte regia, que aluden al episodio evangélico (Mateo, XXII) del invitado que 
no vestía ropas de boda, es decir, que no se había purificado moralmente antes de 
emprender la Obra: 
“Examínate a ti mismo. 
Si no te has purificado asiduamente 
las bodas te harán daño. 
Desventurado quien se entretenga por ahí; 
que se abstenga el que sea demasiado liviano”4 
“Lo que caracterizaba en más alto grado al alquimista era la paciencia –escribe Hoefer. 
No se dejaba abatir jamás por los fracasos. El operador arrebatado a sus trabajos por una 
muerte prematura a menudo dejaba en herencia a su hijo una experiencia comenzada, y 
no era raro que éste, a su vez, legara en su testamento los secretos de la experiencia 
inconclusa heredada de su padre”. El aspirante debía seguir el adagio: Lege, lege, relege, 
ora, labora, et invenies” (“Lee, lee, relee, ora, trabaja, y hallarás”). Era necesario leer 
mucho y, sin embargo, desconfiar, de la ciencia puramente libresca. 
 
4 J.V. Andreae, Las nupcias químicas de Christian Rosencreutz (en alemán; trad. Francesa de Auriger y P. Chacornac, 
París, 1928). 
 
 
El adepto, por lo demás, construía personalmente sus aparatos (hornos, retortas, 
alambiques, etc.). 
Pero la enseñanza alquímica es principalmente oral. El novicio se somete a la dirección 
de un maestro. Para encontrar tal maestro el aspirante no vacilaba en emprender largos 
viajes (era, por otra parte, común en muchos estudiantes frecuentar las universidades más 
distantes de su país de origen, con el fin de tomar contacto con los profesores más 
renombrados). 
La enseñanza propiamente dicha consistía a veces en el estudio de uno o varios 
manuscritos, aunque, con más frecuencia, se impartía en forma de preguntas y respuestas 
que era necesario aprender de memoria. 
LOS “GRANDES INICIADOS”. Los adeptos del Arte magna llegan a una concepción 
sobrehumana de la iniciación: así es como, para el rosacruz Robert Fludd, los grandes 
adeptos forman la Iglesia oculta de los elegidos, que se manifiesta en diversos períodos 
de la historia en diferentes formas. Esos “Invisibles”, esos “Inmortales” desconocidos del 
vulgo y dotados de poderes divinos, son los depositarios y guardianes de la Tradición (cf. 
el cap. IX y el apéndice III). Esta doctrina tendrá, por otra parte, una fortuna singular: en 
el siglo XVIII el Conde de Saint-Germain y Cagliostro se prestigiarán como tales, y esta 
concepción se expresa todavía en muchas obras esotéricas de la época actual. 
 
II. II. LA LITERATURA ALQUÍMICA 
EL ESOTERISMO. Los alquimistas se han esforzado por sustraer a los profanos el 
secreto de la Gran Obra, como también, por lo demás, su filosofía secreta. ¿Por qué? Se 
ha dicho con frecuencia que era por razones de seguridad, pero en realidad ese 
esoterismo es deliberado y tiende a ocultar al vulgo secretos que no debe conocer: 
“Revelado el secreto –escribe Roger Bacon en su Opus tertium- se debilita su fuerza. El 
pueblo nada de ello puede comprender. Haría de él un uso vulgar y le quitaría todo valor. 
Es locura dar al asno lechuga cuando se conforma con cardos. Y si los malvados 
conociesen el secreto lo aplicarían mal y convulsionarían el mundo. Yo no debo ir contra 
la voluntad de Dios ni contra el interés de la Ciencia, y por ello no escribiré el secreto de 
modo que cualquiera pueda comprenderlo”. Todo será dispuesto para desanimar a los 
curiosos: “Debe haber siempre, a la puerta del laboratorio, un centinela armado con una 
espada flamígera para examinar a todos los visitantes, y rechazar a los que no merezcan 
ser admitidos.5 Muy pocos, dicen los adeptos, son dignos de entrar en el “Palacio cerrado 
del Rey”, según expresión del Filaletes. Es menester también ocultar el objetivo detrás de 
misteriosos símbolos, cosa que los alquimistas han logrado acabadamente: es 
absolutamente imposible comprender cualquier tratado de alquimia si no se posee, en 
apoyo del conocimiento de las teorías alquímicas, la clave de los principales símbolos 
(ver más adelante § 3). 
 
5 MADATHANUS, Aureum seculum redicicum. 
 
 
 
 
Haremos ahora una especie de inventario de la literatura alquímica medieval, pero 
tambiénde la moderna, pues hasta el final del siglo XVIII y mucho más tarde inclusive, 
ha sido editada gran cantidad de obras de este género. 
LAS OBRAS ESCRITAS. Los tratados europeos de alquimia que nos han llegado son 
abundantísimos y llenarían fácilmente una inmensa biblioteca. Con esta abundante 
producción se pueden constituir dos grupos: primero las traducciones latinas de 
escritores árabes, aparecidas en Occidente hacia el siglo XI, obras confusas, llenas de 
frases y hasta de páginas tomadas literalmente de los alquimistas griegos (cf. Cap. IV, § 
3); luego las obras originales de los alquimistas de Occidente, publicadas en latín, 
después en lengua vulgar, que se multiplican a partir del siglo XIII. Esos escritos están 
en prosa o, con frecuencia, en verso. La influencia de la filosofía hermética en la poesía 
ha sido, por otra parte, considerable. 
A pesar de la cantidad de obras desaparecidas, lo que queda basta ampliamente para 
hacernos conocer la alquimia. Algunos eruditos (Manget, Salmon, Ashmole, etc.) se 
esforzaron otrora en recopilar las obras que juzgaron más representativas. Queda también 
una cantidad grande de manuscritos inéditos en todas las bibliotecas de Europa; sólo muy 
pocos han sido editados. 
Esas obras, aún las más prolijas, intentan salvaguardar el esoterismo multiplicando los 
símbolos extraños y las frases misteriosas, de este género: “Toma, hijo mío, para 
comenzar, la piedra que tú sabes para el Remedio”6. Muy a menudo las operaciones son 
expuestas en un orden cualquiera para hacer el trabajo más inextricable todavía. Y, 
además, la mayor parte de las obras no se limita a la práctica, sino que trata todas las 
doctrinas herméticas y se inicia, de hecho, con una invocación a la Divinidad, como este 
pasaje de Arnaldo de Vilanova al comienzo de su Rosario de los filósofos: “Nuestro 
corazón permanecerá en la inquietud hasta que hayamos retornado a Él, porque la 
esencia superior de los elementos asciende hacia ese Fuego que está por encima de las 
estrellas. Y nosotros, salidos de Él, aspiramos legítimamente a retornar hacia Él, fuente 
única de todas las cosas” (citado por Ganzanmüller). La ilustración acude en apoyo del 
texto. Junto con muy preciosos aparatos, en las obras alquímicas abundan signos como el 
hermafrodita, que representa la unión del principio masculino con el femenino. A partir 
del siglo XV estas figuras se vuelven cada vez más frecuentes y también más 
complicadas; llegan a ser verdaderos pentaclos7, que resumen en sí toda una teoría 
aglomerando en una misma imagen los elementos más variados. Estos curiosos grabados, 
que ayudan a comprender el texto y tienen a veces un real valor artístico, son 
particularmente abundantes en las Doce Claves de Basilio Valentino, en Amphitheatrum 
Sapientiae aeternae de H. Khunrath, en las obras de Maier y Fludd, etc. 
 
6 GÉBER, Summa. 
7 Estrellas de cinco puntas (N. del T.). 
 
 
LAS FIGURAS ALEGÓRICAS. Algunas obras se componen únicamente de imágenes 
simbólicas. Tales son: el Mutus Liber (“Libro mudo”), que expone las diferentes fases de 
la Gran Obra en una serie de planchas sin una palabra escrita; las Figuras de Abraham el 
Judío, comentadas por Nicolás Flamel; el “Gran Rosario” (Rosarius Magnus), etc. 
En esta categoría se puede también incluir el célebre Tarot de los Bohemios, uno de los 
más curiosos objetos esotéricos de Occidente. 
EL TAROT. A fines del siglo XIV se fija en general la llegada de los bohemios (o 
gitanos) a Europa occidental. El esoterismo gitano trajo aportes muy variados (técnicas 
de adivinación, de clarividencia, de magia, poemas místicos tal vez de origen hindú, 
etc.). Mas parece también haberse incorporado la tradición hermética, condensada en un 
“libro” simbólico y emblemático, esto es, el tarot, llamado también “libro de Toth”, que 
no es solamente filosofía hermética. El Tarot comprende setenta y ocho “hojas” 
(constituidas por veintidós láminas “mayores” y cincuenta y seis láminas “menores”), 
cuyas figuras quizás hayan sido dibujadas en el siglo XV. Dispuestas en un orden 
determinado, las veintidós láminas mayores ofrecen toda la cosmogonía hermética (ver 
cap. V, § 2); el Caos, el Fuego creador, la división de la materia única y primordial en 
cuatro elementos, etc. Se vuelve a encontrar, del mismo modo, la teología solar, el 
conocimiento por iluminación (simbolizado por la “Papisa”), la simpatía y la antipatía, el 
dualismo sensual, el mal y la caída. En esas curiosas figuras, cuyo origen es sumamente 
misterioso, es posible encontrar las diferentes fases de la Gran Obra, si hemos de creer a 
algunos esoteristas. 
LAS ESCULTURAS ALQUÍMICAS. Por último, los alquimistas han utilizado las artes 
plásticas para exponer sus doctrinas y sus procedimientos (ver ante todo las obras de 
Fulcanelli citadas en la bibliografía). Algunas viviendas medievales –o renacentistas- 
(como la casa de Jacques Coeur en Bourges), ciertos edificios religiosos (Portal de Saint 
Marcel, de Notre Dame de París; la torre de Saint Jacques, edificada por Nicolás Flamel 
…) son ricos en esculturas simbólicas. 
 
 
III. EL SIMBOLISMO ALQUÍMICO 
Los adeptos, para ocultar al vulgo sus arcanos, constituyeron durante la Edad Media toda 
una simbólica que los alquimistas ulteriores no han dejado de usar hasta comienzos de la 
época contemporánea. Pese a los prejuicios corrientes, este simbolismo dista mucho de 
ser arbitrario: ha permanecido constante por espacio de siglos. Daremos de ello un 
resumen rápido. 
SIGNOS. Los signos propiamente dichos, que parecen jeroglíficos estilizados, eran ya 
conocidos de los alquimistas griegos y así pasaron a los adeptos medievales y a sus 
sucesores más modernos. 
 
 
 
 
 
 
He aquí algunos ejemplos: 
 
 
“Azufre” 
“Mercurio” Tres principios (ver cap. VI) 
“Sal” 
 Oro; Sol 
 Hierro; Marte 
 Alambique 
Figura 1 
Algunos tratados, como la Confessio de chao physico chimicorum de Khunrath, están 
escritos casi exclusivamente en signos. John Dee intentó en su Mónada jeroglífica, 
edificar toda una metafísica mediante esos signos alquímicos: el signo del Sol, por 
ejemplo, representa la Mónada configurada por el punto alrededor del cual el círculo 
simboliza al mundo. 
SÍMBOLOS. Los símbolos que utilizaron los adeptos eran muchos y muy variados. He 
aquí algunos de los más usuales. 
Águila . . . . . . . . . . . . . . . . Volatilización; ácidos empleados en la Obra; aire. 
Águila que devora a un león: volatilización de lo fijo por lo 
volátil. 
Animales . . . . . . . . . . . . . . 
 
1) Animales de la misma especie y de sexo diferente (león-leona, 
perro-perra, etc.): Azufre y Mercurio preparados para la Obra; 
fijo y volátil (macho = el Azufre, principio fijo; hembra = el 
Mercurio, principio volátil). Estos animales, unidos, expresan 
conjunción; si luchan representan fijación de lo volátil o 
volatilización de lo fijo. 
2) Animal terrestre-animal aéreo: fijo y volátil. 
Apolo . . . . . . . . . . . . . . . . . Ver “Sol”. 
Árboles . . . . . . . . . . . . . . . 1) Árbol con lunas: magisterio menor; 
2) Árboles con Soles: magisterio mayor. 
Baco . . . . . . . . . . . . . . . . . Materia de la Piedra. 
Baño . . . . . . . . . . . . . . . . . 1) Disolución del oro y de la plata. 
2) Purificación de esos dos metales. 
Cámara . . . . . . . . . . . . . . . Huevo Filosófico. 
Caos . . . . . . . . . . . . . . . . . Materia prima no diferenciada. 
Circunferencia . . . . . . . . . Unidad de la materia. 
Cisne . . . . . . . . . . . . . . . . . Albura. 
Corona . . . . . . . . . . . . . . . . Perfección metálica (metal transmutado en oro). 
Cristo . . . . . . . . . . . . . . . . . Piedra filosofal. 
 
 
Cuadrado . . . . . . . . . . . . . . Cuatro elementos. 
Cuervo . . . . . . . . . . . . . .. . Color negro que adquiere primero la materia de la Obra cuando se 
la calienta. 
Diana . . . . . . . . . . . . . . . . Ver “Luna”. 
Dragón . . . . . . . . . . . . . . . Dragón en las llamas: fuego 
Dragones en lucha: putrefacción. 
Dragones de Flamel: sin alas (= fijo), alado (= principio volátil). 
Encina hueca . . . . . . . . . . Atanor (horno). 
Espada; hoz . . . . . . . . . . . Fuego. 
Fénix . . . . . . . . . . . . . . . . Color rojo de la Piedra. 
Flores . . . . . . . . . . . . . . . . Colores de la Gran Obra. 
Fuente . . . . . . . . . . . . . . . . Ver “Baño”. 
Grano . . . . . . . . . . . . . . . . Materia de la Piedra filosofal. 
Hermafrodita . . . . . . . . . . Azufre y Mercurio después de la conjunción. 
 
Hombre y Mujer . . . . . . . . 
Azufre y Mercurio. 
En nupcias = conjunción. 
Encerrados en un sepulcro = Azufre y Mercurio en el Huevo 
filosófico. 
Júpiter . . . . . . . . . . . . . . . . Estaño. 
León verde . . . . . . . . . . . . Vitriolo verde. 
Lobo . . . . . . . . . . . . . . . . . Antimonio. 
Luna . . . . . . . . . . . . . . . . . Principio hembra: volátil; plata preparada para la Obra. 
Marte . . . . . . . . . . . . . . . . . Hierro. 
Matrimonio . . . . . . . . . . . Conjunción Azufre-Mercurio. 
Neptuno . . . . . . . . . . . . . . . Agua. 
Niño . . . . . . . . . . . . . . . . . Revestido de púrpura real o coronado: Piedra filosofal. 
Pájaros . . . . . . . . . . . . . . . En vuelo ascendente: volatilización, sublimación. 
En vuelo descendente: precipitación, condensación. 
En oposición a animales terrestres: Aire. 
Pelícano . . . . . . . . . . . . . . . Piedra filosofal. 
 
Perro . . . . . . . . . . . . . . . . . 
Azufre; oro. 
Perro devorado por un lobo: purificación del lobo por el 
antimonio. 
Perro-perra: fijo-volátil. 
Prisión . . . . . . . . . . . . . . . . Huevo filosófico. 
Rebis . . . . . . . . . . . . . . . . . Sinónimo de “hermafrodita”. 
Rey y Reina . . . . . . . . . . . . Ver “Hombre y Mujer”. 
Rosa . . . . . . . . . . . . . . . . . Color rojo. 
Salamandra . . . . . . . . . . . . Fuego. 
Saturno . . . . . . . . . . . . . . . Plomo. 
Sepulcro . . . . . . . . . . . . . . . Huevo filosófico. 
 Tres serpientes: los tres principios. 
 
 
Serpiente . . . . . . . . . . . . . . Serpiente alada: principio volátil, - sin alas: principio fijo. 
Serpiente crucificada: fijación de lo volátil. 
Serpiente que se muerde la cola (Uróboro): unidad de la materia. 
Sol . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Oro preparado para la Obra. 
Venus . . . . . . . . . . . . . . . . Cobre. 
Los alquimistas, para disimular mejor las nociones, utilizan el anagrama, el enigma y el 
acróstico. Así, la Piedra filosofal está designada por la palabra Azoth, formada por la 
letra inicial común a todos los alfabetos (A) y seguida de la última letra de los alfabetos 
latino, griego y hebreo, lo que significa que la Piedra es principio y fin de todos los 
cuerpos. 
ALEGORÍAS Y MITOS. Para disimular las operaciones, los adeptos recurren a las 
fábulas mitológicas. (Se ha llegado a admitir hasta la recíproca, y algunos autores 
hicieron interpretaciones alquímicas de Homero, de Ovidio o de Virgilio). Un mito muy 
difundido es la leyenda del Fénix que renace de sus cenizas. Pero los alquimistas no han 
titubeado en crear alegorías. Veamos una, extraída de una obra alemana, El cofrecillo del 
paisanito8, que simboliza los colores tomados por la materia durante la Gran Obra: “y, 
habiéndome ido de viaje, me encontré entre dos montañas donde admiré a un hombre de 
campo, grave y modesto en su porte, vestido de un manto gris, con un cordón negro en el 
sombrero, envuelto en una bufanda blanca, ceñido por una correa amarilla y calzado con 
botas rojas”. (Subrayado nuestro). 
CRIPTOGRAFÍA. Los alquimistas han empleado con frecuencia la criptografía 
utilizando letras (Raimundo Lulio), letras mezcladas con cifras, escritura invertida, 
alfabetos enteros compuestos de signos extraños (Tritheim). Algunos autores han 
recurrido a la música, han procurado relacionar los sonidos con las reacciones de la 
materia, particularmente el adepto rosacruz Michael Maier (tentativa repetida por Cyrano 
de Bergerac en su Histoire comique des Etats et Empires de la Lune). 
ALQUIMIA Y RELIGIÓN. Los adeptos han hecho múltiples analogías religiosas y han 
hallado una especie de culto de la naturaleza: “La Naturaleza –decía Lulio en su Teoría- 
ha fijado un tiempo para la concepción, la gravidez y el alumbramiento. Así el 
alquimista, después de haber fecundado la materia prima, debe esperar el término del 
nacimiento. Cuando ha nacido la Piedra, debe nutrirla como a un niño hasta que ella 
pueda soportar un gran fuego”. Los alquimistas han comentado extensamente la palabra 
evangélica si el grano no muere no puede dar frutos, que interpretan diciendo que, así 
como el trigo que debe corromperse en el seno de la tierra, la materia de la Piedra debe 
pasar por una fase de putrefacción. De este modo la alquimia se ha anexado el dominio 
religioso; autores como Ripley o Nurysement han llegado a interpretar alquímicamente 
las Escrituras. Así es como George Ripley dice en su Libro de las doce puertas: “El 
mundo y la Piedra provienen de una masa informe. 
La caída de Lucifer, como el pecado original, simboliza la corrupción de los metales 
viles”. Los adeptos cristianos han tratado de hacer de su arte una especie de religión 
 
8 Citado por Poisson, Théories et symboles des alchimistes págs.. 46-47. 
 
 
esotérica, superior al cristianismo ordinario: no vacilan en comparar a Cristo con la 
Piedra filosofal, pues la Piedra, asimilada a la causa final que puede reproducirse por sí 
misma, se fecunda y engendra como el Verbo de Dios. 
El Ars magna, por las múltiples comparaciones tomadas de la Pasión del Salvador, 
resulta un verdadero gnosticismo (ver cap. IX). 
Terminamos este breve paseo por entre los adeptos en la Edad Media y su posteridad en 
el Renacimiento y el Gran Siglo, con esta síntesis del simbolismo alquímico, que 
merecería un volumen entero para ser convenientemente tratado, aunque solo fuera en lo 
que concierne a la antigüedad de esos curiosos símbolos, tales como el Uróboro 
gnóstico, la Serpiente que se muerde la cola encerrando en su centro la fórmula “hèn tò 
pân” (uno el Todo”), símbolo, a un tiempo, de la unidad cósmica y de la Obra, que no 
tiene principio ni fin … Mas ahora debemos hacer un poco de historia, estudiar los 
orígenes y las grandes etapas de la alquimia. 
 
CAPÍTULO III 
LOS ORIGENES DE LA ALQUIMIA 
I. LAS FUENTES LEGENDARIAS 
EL ARTE MALDITA. Los adeptos aceptaban de buen grado atribuir a su arte un origen 
maldito. Uno de los más célebres alquimistas griegos, Zósimo de Panópolis (ver cap. IV, 
§ 1), escribía las siguientes líneas, citadas a menudo por los discípulos de Hermes: “Las 
antiguas y santas Escrituras dicen que algunos ángeles, enamorados de las mujeres, 
descendieron a la Tierra y les enseñaron las obras de la naturaleza; y por ello fueron 
arrojados del cielo y condenados a perpetuo exilio. De ese comercio nació la raza de los 
gigantes. El libro en el cual enseñaron las artes se llama Khêma. Allí tiene su origen el 
nombre de khêma, aplicado al arte por excelencia”. (Se encuentra también esta leyenda 
en el Libro de Enoc, inspirado tal vez en este pasaje del capítulo V del Génesis: “Los 
hijos de Dios, al ver que las hijas de los hombres eran bellas, escogieron mujeres entre 
ellas”). Hay en esta concepción de la ciencia, encarada como impía y maldita, un eco del 
viejo mito bíblico del Árbol de la Ciencia cuyo fruto perdió a la humanidad (recordar el 
carácter mágico atribuido entre los primitivos y por todos los antiguos a los que se 
ocupan en la extracción y trabajo de los metales). 
Zósimo continúa su relato y nos dice como el arte sagrada, conocida primero solo por 
los sacerdotesegipcios, fue inmediatamente después revelada a los judíos 
fraudulentamente, y como éstos la hicieron conocer al resto del mundo. 
HERMES TRISMEGISTO. Los alquimistas preferían a menudo un patronazgo divino, el 
de Hermes Trismegisto, “el tres veces grande”, a quien se suponía inventor de las 
ciencias y de las artes. (La alquimia ha debido su nombre de arte hermético a este 
patronazgo asignado a Hermes). El dios egipcio Thoth, que los griegos asimilaron a 
 
 
Hermes, era escriba de los dioses y divinidad de la sabiduría. Thoth-Hermes era el 
custodio y transmisor de la tradición, “la representación misma del antiguo sacerdocio 
egipcio o, mejor, del principio de la inspiración suprahumana cuya autoridad tenía y en 
cuyo nombre formulaba y comunicaba el conocimiento iniciático” (R. Guénon). 
Es menester, también, observar que los alquimistas consideraban a veces a Hermes como 
un personaje humano, un viejo rey, inventor de las ciencias y del alfabeto, el primer 
sabio. 
II. LAS FUENTES PSICOLÓGICAS 
La alquimia, como toda doctrina esotérica, responde a determinadas aspiraciones, a 
ciertos deseos, a tendencias eternas del espíritu humano; responde a una estructura dada 
–tradicional- del pensamiento; de ahí la posibilidad de un estudio psicológico del 
simbolismo alquímico. 
El dualismo sexual, herencia de mitos religiosos milenarios, está sumamente 
desarrollado en la literatura alquímica, donde encontramos cuadros de este género: 
Macho Hembra 
Esperma Menstruo 
Activo Pasivo 
Forma Materia 
Alma Cuerpo 
Fuego Agua 
Cálido-seco Frío-húmedo 
Azufre Mercurio 
Oro Plata 
Sol Luna 
Levadura Pasta no leudada 
 
Todas las oposiciones se ordenan en función de la oposición fundamental masculino-
femenino: la Gran Obra es la unión del elemento masculino, el Azufre, y el elemento 
femenino, el Mercurio. Y todos los autores multiplican las comparaciones tomadas del 
lenguaje de la unión y de la generación (cf. Caps. V y VI). 
Pero sería una interpretación demasiado simplista vincular la alquimia, como todas las 
concepciones de este género, con la irrupción de una sexualidad exacerbada. Todos estos 
antiguos símbolos lo mismo que el del fuego, que desempeña una función tan importante 
entre nuestros adeptos (cf. la expresión philosophus per ignem, “filósofo por el fuego”, 
empleada para designar al alquimista, son de origen tradicional: de ahí la posibilidad, 
sobre todo en lo referente al Ars magna, de hallar el significado profundo del 
simbolismo, de hacer una especie de fenomenología de la iconografía alquímica. Esto 
fue intentado por C. G. Jung en su obra Psicología y Alquimia (1944), en la que brinda 
 
 
cantidad de ilustraciones extraídas de antiguos tratados alquímicos y muestra sus 
analogías asombrosas con las visiones y los sueños. La alquimia es encarada como una 
técnica de salvación que procura liberar la chispa de la luz eterna caída en las tinieblas 
de la materia. 
“El opus cristiano era un operari de los que tenían necesidad de ser liberados, en honor 
del Dios salvador; mientras que el opus alquímico era el esfuerzo del hombre salvador 
que se consagraba al Alma universal divina, adormecida en la materia, en espera de la 
liberación9. Reencontramos el fin último del Ars magna y la ambición desmedida del 
adepto, que se constituye en salvador de la propia Divinidad (ver caps. I y IX). 
 
III. LOS ORÍGENES HISTÓRICOS 
LA ALQUIMIA ORIENTAL Y LA ALQUIMIA GRIEGA. El Oriente conoció la 
alquimia y allí encontramos, en un lenguaje a veces muy diferente, la misma aspiración 
de liberación extracósmica. 
Según la leyenda, los chinos habrían practicado la alquimia desde 4.500 años a.C. Pero 
es el taoísmo, doctrina atribuida a Lao-tse (hacia 600 a.C.) el que, a partir sobre todo del 
siglo III de nuestra era, originó este tipo de investigaciones. El taoísmo distingue dos 
principios complementarios: el yang, principio masculino que es la luz, el calor, la 
actividad y que tiene su sede principal en el Sol; y el yin, principio femenino que es la 
oscuridad, el frío, la pasividad y que radica en la Tierra. Todo se explica por la lucha y la 
reunión de ambos principios. Primero aparece el k’i, especie de espíritu vital aeriforme, 
sutil, al cual todo lo que vive debe su existencia. Luego las interacciones del yin y del 
yang engendran cinco elementos (el agua, el fuego, la madera, los metales, la tierra) que 
forman todos los seres de la naturaleza. De estas premisas los alquimistas chinos 
derivaban toda una práctica muy compleja tendiente a la obtención de la Piedra filosofal 
y de la Inmortalidad, para llevar los seres a su máxima perfección10. 
La India también supo de investigaciones alquímicas, que constituyen una de las 
disciplinas ocultas del tantrismo (hindú y budista). 
Todavía no se conocen bien la interpretación histórica de esas alquimias orientales y de 
la que nos es más familiar. Será la alquimia occidental, exclusivamente, la que nos ocupe 
aquí, porque ésta ha cumplido, en la historia del pensamiento europeo, una misión muy 
importante, y porque es también más accesible al especialista. 
Fue en Egipto, durante los primeros siglos de nuestra era, y más particularmente en 
Alejandría, donde se manifestó la alquimia por influencia del sincretismo filosófico-
religioso de la época helenística combinado con los conocimientos prácticos debidos a 
médicos y metalúrgicos. De allí pasó a los bizantinos y después a los árabes. 
 
9 Obra cit. (Hay trad. Española, Buenos Aires, 1960) 
10 Cf. F. DE MÉLY, “L’Alchimie chez les Chinois et l’Alchimie grecque”, Journal des Savants, París, 1895, y los 
trabajos de F. Maspero. 
 
 
El estudio de los orígenes remotos de la alquimia griega es difícil, en gran parte por la 
escasez de testimonios probatorios anteriores al fin del Imperio Romano. La primera 
mención oficial de la alquimia aparece durante Diocleciano, quien por un edicto ordenó 
destruir todos los libros egipcios alusivos a la fabricación del oro y de la plata. 
Sin embargo, el estudio de los textos permite, en cierta medida, llegar más atrás del siglo 
IV de nuestra era y realizar un censo de las influencias formativas. 
EGIPTO. El Egipto era considerado por la unanimidad de los alquimistas europeos como 
la patria de origen del arte sagrada y, sin duda, los conocimientos esotéricos de los 
sacerdotes egipcios no dejaron de desempeñar un gran papel. 
Encontramos en los alquimistas de Alejandría algunos rasgos característicos de las 
doctrinas religiosas del Egipto antiguo. Esta influencia es, sin embargo, bastante difícil 
de aislar, ahogada, como parece haber estado, por la masa de ideas helenísticas. 
CALDEA E IRÁN. Babilonia ha desempeñado un papel de primera categoría en todo lo 
que se relacione, de cerca o de lejos, con las ciencias ocultas. Nada mejor podríamos 
hacer que citar estas líneas de René Berthelot, en su libro La pensé de l’Asie et 
l’Astrobiologie11 : “La primera ciencia humana nació con las primeras industrias 
metalúrgicas, especialmente con las primeras aleaciones en proporciones definidas (en 
particular el bronce), los primeros esmaltes y el teñido de los géneros, así como por el 
uso de la balanza. Pero los caldeos asociaron estos procedimientos a teorías astrológicas 
sobre la fecha de las operaciones químicas (es decir, sobre la situación de los astros 
definida por esta fecha) … No es casualidad que más tarde, en el Imperio Romano, la 
palabra mathematici resultara sinónima de astrólogos, como tampoco es accidental que 
la alquimia y la astrología fueran interrelacionadas constantemente desde esta época, ni 
que estuvieran vinculadas, una y otra, con la idea de una correspondencia entre lo que los 
griegos llamaban microcosmo y macrocosmo, es decir, entre el organismo individual y el 
universo, organismo universal que forman el Cielo y la Tierra”. 
La alquimia debe al Irán lareformulación de varios mitos y leyendas relativos al Hombre 
primordial12, cuya muerte y desmembramiento originaron los diferentes metales. 
FUENTES HEBRAICAS Y GRIEGAS. En las obras alquímicas aparecen cantidad de 
leyendas hebreas (cf. el libro de Enoc y los otros Apocalipsis judíos). En lo que 
concierne a las doctrinas puramente helénicas, los alquimistas se han servido de todas las 
filosofías griegas (presocráticos, estoicismo, etc.), en gran parte, destaquémoslo, por 
medio de los neoplatónicos de Alejandría y los herméticos. 
GNOSIS PAGANAS Y CRISTIANAS. La alquimia griega parece formada en el siglo III 
d.C., en ese período confuso y atrayente donde todas las doctrinas aspiran a la vez a la 
salvación, la pureza y al conocimiento por iluminación (gnosis), impregnadas de las 
mismas tendencias fundamentales de la sensibilidad de la época, caracterizadas así por 
 
11 RENÉ BERTHELOT, La pensé de l’Asie et l’Astrobiologie, París, Payot, 1938. 
12 Es el Adam Kadmón de los cabalistas. 
 
 
A.-D. Nock: “deseo de incertidumbre y de revelación, gusto por el esoterismo, 
propensión a las abstracciones, cuidado del alma y de su salvación, tendencia a 
considerar el mundo en relación con la suerte del alma y a ésta en relación con el mundo. 
El hombre veía oscuramente en un espejo, se veía y tenía clara conciencia de distinguirse 
de la mayor parte de los hombres, que no se veían a sí mismos”. 
El hermetismo propiamente dicho, forma especial de gnosis pagana, comprendía una 
literatura muy ramificada, consagrada a temas diversos (astrología y otras ciencias 
ocultas, doctrinas filosóficas, religiosas, etc.), presentadas siempre como revelaciones y 
no como descubrimientos. “Cuando las creencias de Egipto entraron en el marco de la 
cultura griega –escribe Nock- y sufrieron su influencia, Thoth conservó su función 
tradicional y una nueva literatura en griego se desarrolló con su nombre”. Desde el 
segundo siglo, los textos herméticos se multiplicaron y la cantidad de escritos atribuidos 
a Hermes era, al decir del neoplatónico Jámblico (en su libro De los misterios), superior 
a veinte mil volúmenes. Entre los escritos consagrados a las artes de adivinación que nos 
han llegado, se destaca la serie de obras filosófico-religiosas compiladas en el Corpus 
Hermeticum. Es una sucesión de diálogos entre personajes divinos (Hermes, Isis, Horus, 
etc.) que apunta a la naturaleza de Dios, el origen del mundo, a la creación y caída del 
hombre, a la iluminación divina como único medio de liberación. Esas obras, en 
particular el Poimandres, no cesaron de ser comentadas hasta el siglo XVII. En este 
sentido se plantea el problema de la conexión de esta literatura con la filosofía hermética 
de la Edad Media y del Renacimiento (ver cap. IV. § 3 y cap. V). 
El neoplatonismo, doctrina de la Escuela de Alejandría, ejerció igualmente una 
importante influencia en la formación de la alquimia. El neoplatonismo tardío, influido 
por el hermetismo y las religiones mistéricas, se parecía más, por otra parte, a la gnosis 
pagana que a la filosofía propiamente dicha. 
En cuanto al gnosticismo cristiano que proliferaba en Alejandría, desempeñó un papel 
preponderante. Por lo demás, la alquimia tomó el estilo complicado de la gnosis, que 
mediante imágenes a la vez grandiosas y confusas intentaba iniciar a sus fieles en los 
secretos del cosmos, de la esencia y de los fines del universo, de las manifestaciones de 
la Divinidad y de la lucha eterna entre los principios del bien y del mal. Hay profunda 
analogía entre la gnosis, que enseña el sentido verdadero de teorías filosóficas y 
religiosas, disimulado tras el velo de símbolos y alegorías, y la alquimia, que en cuanto 
doctrina busca el conocimiento de las propiedades ocultas de la materia y las representa 
por símbolos. Los alquimistas utilizaron copiosamente los símbolos gnósticos, en 
particular el famoso Uróboro, que se encuentra grabado en las gemas y talismanes que 
posee la Biblioteca Nacional de París (cf. las sectas conocidas con el nombre de naasenos 
u ofitas, que veneraban la serpiente como símbolo del Alma del mundo, la que envuelve 
todo lo que existe, encerrando el universo creado). 
La alquimia griega se manifestó en un período de intenso fervor espiritual; muestra la 
colaboración de influencias y tendencias bastante diversas, aunque de inspiración 
análoga, y se presenta como un vasto sincretismo que une el arte práctico de los egipcios 
con la filosofía griega, las doctrinas orientales con el misticismo alejandrino; como una 
 
 
prestigiosa mezcla de elementos orientales, griegos, judíos, cristianos: según lo observa 
A. Ouy, la alquimia era “en cierto modo la imagen de la población de Alejandría”. 
 
 
CAPÍTULO IV 
LAS GRANDES ETAPAS DE LA ALQUIMIA 
 
I. ALEJANDRÍA Y BIZANCIO 
LA LITERATURA ALQUÍMICA GRIEGA. La alquimia, según hemos visto, parece 
nacida en Alejandría de un complejo constituido por especulaciones y prácticas 
helénicas, caldeas, egipcias y judías. El arte sagrada tomó, en el siglo IV 
principalmente, gran extensión en Egipto y en las provincias romanas vecinas. 
Toda la literatura alquímica de este período está en idioma griego. Los manuscritos 
forman una colección de textos, de los cuales los más viejos no trasponen el siglo III y 
los más recientes pertenecen al período bizantino. Se pueden dividir estos textos en 
cuatro categorías: 
1°. Escritos atribuidos a personajes divinos: Hermes, Isis, Agatodemon, etc. 
2°. Escritos atribuidos a soberanos célebres: Kheops, Alejandro, Heraclio, etc. 
3°. Escritos atribuidos a sabios ilustres: Platón, Aristóteles, Tales, Heráclito, Zoroastro, 
Pitágoras, Moisés, etc. 
4°. Y, por último, las obras cuyos autores reales son conocidos: Zósimo, Olimpiodoro, 
Sinesio, etc. 
ALQUIMISTAS ALEJANDRINOS. La edad de oro de la alquimia alejandrina va desde 
el fin del siglo III hasta el comienzo del siglo V. Desde el principio fue verdaderamente 
un arte sagrada que debía mantenerse al margen de la muchedumbre, y el esoterismo 
inherente no dejó de acentuarse también a medida que las autoridades eclesiásticas de la 
ciudad se volvían más y más intolerantes, sobre todo a partir de fines del siglo IV. 
Los alquimistas de Alejandría pertenecían a diversas religiones (cristianismo, judaísmo, 
paganismo), aunque de hecho profesaban el mismo iluminismo exaltado de doctrinas 
teosóficas análogas. Señalemos el gran papel desempeñado por las mujeres durante este 
período. 
Zósimo (comienzos del siglo IV), oriundo de Panópolis, aunque vivió en Alejandría, fue 
el más célebre alquimista griego, apodado “corona de filósofos”. Fue autor de gran 
 
 
cantidad de obras, muchas de las cuales han sido conservadas. 
María la Judía. Vivió, sin duda, en el transcurso del siglo IV. Inventó el kerotakis, vaso 
cerrado en el que delgadas láminas de cobre y de otros metales podían ser expuestas a la 
acción de diversos vapores, y el procedimiento designado aún hoy por el nombre de 
“baño de María”. En la metrópoli egipcia hubo otras mujeres alquimistas; la más célebre 
de las cuales fueron Cleopatra la Copta y Teosebia, “hermana hermética” de Zósimo. 
Sinesio (fin del siglo IV), era quizás el mismo famoso obispo de Ptolomea en Cirenaica, 
discípulo de la neoplatónica Hipatía, asesinada en 415 por el populacho cristiano de 
Alejandría. 
Oliompodoro vivió al comienzo del siglo V. Era un historiador y un filósofo que enseñó 
en la escuela de Alejandría y que, según la tradición, fue enviado como embajador ante 
Atila (412). 
BALANCE DE LA ALQUIMIA GRIEGA. Desde un punto de vista fundamental, las 
obras de esos alquimistas alejandrinos aparecen como una amalgama curiosa, donde 
encontramos teorías que asumen aspecto gnóstico mezcladas con visiones extáticas, 
descripciones detalladas de aparatos y experiencias, unidas a múltiples exhortaciones al 
lector deguardar el secreto del Arte. El alquimista intenta realizar la Gran Obra por 
medio de tres clases de operaciones distintas aunque simultáneas: 
La transmutación de metales en oro (crisopea) o en plata (argiropea) mediante el 
descubrimiento de la Piedra filosofal. 
El descubrimiento de la Panacea y la prolongación indefinida de la vida humana. 
La Felicidad perfecta en el seno de la Divinidad, la identificación con el Alma del mundo 
y la relación con los Espíritus celestes. 
Así se nos presenta la alquimia alejandrina, cuyos desarrollos ulteriores solo debían, en 
resumen, diversificar en extremo estas tendencias fundamentales. 
LOS BIZANTINOS. De Alejandría, la alquimia pasa a los bizantinos, y hombres como 
Estéfano o Eneas de Gaza (siglo VI) la cultivaron asiduamente. El arte hermética se 
benefició con el apoyo oficial durante el reinado del emperador Heraclio. Más tarde la 
alquimia fue más o menos perseguida, aunque no fue desterrada de Bizancio; en el siglo 
XI el filósofo platónico Miguel PSELLOS llegó hasta a intentar la apuesta de realizar de 
ella un arte positivo y racional, despojado de todo esoterismo. 
La alquimia bizantina tuvo notable proyección exterior pero fue sobre todo por los árabes 
como llegó al Occidente cristiano. 
 
II. LOS ÁRABES 
 
 
LA ALQUIMIA ÁRABE. Los árabes tuvieron un papel preponderante en la alquimia, 
como, por otra parte, lo demuestra la gran cantidad de palabras árabes empleadas por los 
adeptos e incorporadas al lenguaje corriente: “alquimia”, “alcohol”, “alambique”, 
“elixir”, etc. 
 
La alquimia se difundió muy temprano en el mundo islámico, y poseemos gran cantidad 
de obras herméticas escritas en árabe. Según la leyenda, el príncipe omeya Jalid ib 
Kjazid (Calid), que reinó en Egipto en la primera mitad del siglo VII, habría aprendido el 
arte sagrada por intermedio de un ermitaño oriundo de Roma aunque residente de 
Alejandría, Moriano, discípulo a su vez de un filósofo cristiano llamado Ádfar. De 
hecho, el papel esencial en la trasmisión de escritos griegos al árabe fue desempeñado 
por los sabios coptos de Egipto, impregnados de cultura alejandrina. La alquimia fue 
cultivada principalmente entre las comunidades místicas del Islam, poderosamente 
influidas por las gnosis y el neoplatonismo; y, a pesar de los defensores de la estricta 
observancia coránica, las doctrinas y los trabajos griegos fueron rápidamente difundidos 
en el mundo árabe. 
ALGUNOS ALQUIMISTAS MUSULMANES. Djábir ibn Hayyán, a quien los 
occidentales llaman GÉBER, vivió hacia 720-800. Nacido en Kufa, junto al Éufrates, 
perteneció a una cofradía de sufíes. Fue un gran sabio que intentó aplicar las matemáticas 
al estudio del cosmos y descubrió una cantidad de cuerpos químicos nuevos, como el 
ácido sulfúrico, el ácido nítrico y el agua regia. De su obra más importante, Summa 
perfectionis magisterii, solo se conoce la traducción latina. 
Razes, derivado de su verdadero nombre ar-Razí, muerto alrededor del año 930, ensayó 
preferentemente aplicar la alquimia a la medicina. Ibn Sina, más conocido con el nombre 
occidentalizado de AVICENA (980-1036), cultivó todas las ramas del saber y hasta 
presintió algunos descubrimientos de la geología. Personalmente consideró las 
transmutaciones como cambios en el aspecto y no en la naturaleza de los cuerpos. 
Otros autores, como el Artephius de los adeptos medievales, idéntico sin duda al poeta 
at-Tugraí, ejecutado alrededor de 1120, se orientan decididamente hacia el iluminismo, 
fundando el arte alquímico en la revelación y en la iniciación. Algunos místicos del 
Islam, como al-Gazali o Algacel (muerto alrededor del año 1111) rechazaron totalmente 
las operaciones materiales y no admitieron más que una alquimia interior y espiritual 
(Kimyá as-saada, “alquimia de la felicidad”), análoga a la concepción masónica del Arte 
de Hermes (ver cap. VIII). 
 
III. LA ALQUIMIA EUROPEA 
PASO DE LOS ÁRABES A OCCIDENTE. La alquimia pasó de Oriente a Occidente 
gracias a los árabes. ¿Cómo se operó este pasaje? 
 
 
1°. La influencia árabe penetró en Occidente primero por España: el califato de Córdoba 
alcanzó su apogeo durante los reinados de Abderramán II (912-961) y de al-Hákam II 
(961-976). Se crearon escuelas públicas y bibliotecas que atrajeron a estudiantes de todo 
el mundo mediterráneo. Según la tradición, el monje Gerbert, más tarde Papa con el 
nombre de Silvestre II (999-1003), fue el primer europeo que conoció las obras 
alquímicas escritas por árabes; aunque personalmente fuera sobre todo teólogo y 
matemático. 
2°. Pero fueron principalmente las Cruzadas las que pusieron al Occidente en relación 
con la civilización árabe y despertaron vivo interés por la ciencia oriental. Observemos 
también que Sicilia constituye un nexo entre Oriente e Italia: el astrólogo Miguel Escoto 
dedicó su De Secretis (1209), obra en la cual las teorías alquimistas estaban 
extensamente desarrolladas, a su maestro el emperador Federico II de Hohenstaufen. 
La alquimia comenzó a ponerse de moda en Occidente a mediados del siglo XII, época 
en que fue traducida del árabe al latín la obra conocida con el nombre de Turba 
philosophorum (“La turba de filósofos”). Es ésta una obra anónima, caótica y oscura, que 
relata una especie de concilio celebrado por los filósofos para fijar los términos del 
vocabulario hermético; los interlocutores son: Anaxímenes, Empédocles, Sócrates, 
Jenófanes y otros grandes pensadores de Grecia curiosamente “arabizados” en Ixidimus, 
Pandolfus, Frictes, Acsabofen … Las traducciones del árabe aumentaron 
progresivamente y suscitaron, en el siglo décimo-tercero una extraordinaria boga literaria 
de la alquimia. 
EL HERMETISMO MEDIEVAL. La Tabla de Esmeralda. A partir del siglo XII 
apareció en Occidente toda una serie de obras atribuidas a Hermes13, de las cuales la más 
conocida es la célebre Tabla de Esmeralda (en latín Tabula Smaragdina) que ningún 
alquimista ha omitido comentar desde la Edad Media. Es un texto muy corto, y ésta es su 
traducción14: 
“El Sol es el padre, la Luna es la madre, el viento la ha llevado en su vientre, la Tierra es 
su nodriza, el Telesma (“perfección”) de todo el mundo está aquí. 
“Su poder no tiene límites sobre la Tierra. 
“Tú separarás la Tierra del Fuego, lo sutil de lo espeso, suavemente, con mucha destreza. 
“Él sube de la Tierra al Cielo y enseguida baja nuevamente a la Tierra, y recoge la fuerza 
de las cosas superiores e inferiores. Tendrás así toda la gloria del mundo porque toda 
oscuridad se alejará de ti 
“Es la fuerza fuerte de toda fuerza, pues vencerá todo lo sutil y penetrará todo lo sólido. 
“Así el mundo ha sido creado. 
 
13 CF. L. THORNDIKE, A History of Magic …, t. II, Nueva York, cap. XLV. 
14 En POISSON, Cinq traités d’Alchimie, págs.. 2-3. 
 
 
“He aquí la fuente de las admirables adaptaciones indicadas aquí. 
“Por eso he sido llamado Hermes Trismegisto, poseedor de las tres partes de la Filosofía 
universal. 
Lo que he dicho de la operación del Sol es completo”. 
 
Todo es misterioso en este texto, verdaderamente “hermético” en el sentido corriente de 
la palabra. Lo son su fecha y su origen: los alquimistas le atribuían un origen fabuloso; la 
Tabula habría sido, según ellos, grabada por el propio Hermes sobre una esmeralda 
(origen de su nombre) y encontrada en la tumba de aquél (escenario clásico de la 
literatura esotérica: pensemos en el descubrimiento de la tumba de Rosenkreutz relatado 
en el manifiesto rosacruz titulado Fama Fraternitatis Roseae Crucis). Los historiadores 
se han esforzado por fechar ese texto, cuyo tenor ha sido conservado fielmente en 
manuscrito desde el siglo XIII. La Tabla de Esmeralda parece la versión de un texto 
árabe (siglo X?) traducido a su vez de un original griego más antiguo (siglo IV?). 
también es misterioso el propio tema que se trata: a primera vista ese textoextraño puede 
parecer verbalismo y delirio. Mas, para quien está al corriente de la doctrina hermética y 
de la alquimia, esta obra rara está en realidad plena de sentido; en ella encontramos la 
doctrina de la unidad cósmica, la de la analogía y correspondencia entre todas las partes 
de la Creación, como entre la Creación y la Gran Obra: es un discurso pronunciado por el 
Mercurio de los Sabios sobre cómo se elabora la Obra filosofal (cf. los caps. V y VIII). 
Entre las otras obras atribuidas a Hermes, cabe mencionar el Libro de los XXIV 
Filósofos, apócrifo del siglo XII, donde se halla la definición célebre de Dios, “círculo 
cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia, en ninguna”. 
LOS ALQUIMISTAS DEL SIGLO XIII. En el siglo XIII la alquimia alcanza en 
Occidente gran difusión. Suelen advertirse entre los autores de este período 
preocupaciones de orden científico ligadas al sincero afán de salvaguardar la ortodoxia 
católica. 
San Alberto el Grande (1193-1280) se interesa por la alquimia desde un punto de vista 
científico, experimental, y sus obras describen con precisión cantidad de hechos 
positivos. Su discípulo, santo Tomás de Aquino (1226-1274), contrariamente a la 
leyenda, no cultivó el arte sagrada. Empero, consideraba la alquimia como una ciencia 
perfectamente lícita mientras no entrara en los dominios de la magia15. 
Roger Bacon (121|4-1294) fue uno de los más grandes sabios de la época y se interesó 
mucho por las investigaciones experimentales sobre la transmutación de los metales. 
Con el médico Arnaldo de Vilanova (1245-1313), amigo del Papa de Aviñon Clemente 
V, la alquimia se revela más filosófica: desarrolla la noción, tomada quizás de la Cábala, 
 
15 Cf. Suma teológica, II, q. LXXVII, art. 2. 
 
 
del spiritus, que constituye el vehículo de la influencia de los astros en el universo y, por 
analogía, el mediador entre el alma y el cuerpo en el microcosmo humano16. La tradición 
considera discípulo suyo a Raimundo Lulio (1235-1313), el “Doctor iluminado”. Este 
extraño personaje, nacido en Palma de Mallorca, persiguió durante toda su vida el gran 
proyecto de convertir a los infieles mediante su apostolado. De acuerdo con historiadores 
modernos, todos sus tratados alquímicos serían apócrifos. 
 
Durante el siglo XIII la alquimia había tomado en suma, la apariencia de una ciencia de 
la naturaleza perfectamente compatible con las enseñanzas corrientes de la Iglesia. Pero 
el iluminismo, que no había dejado de bullir durante este período, no tardaría en invadir 
los tratados de los adeptos. 
EL SIGLO XIV. El siglo XIV presenció un gran desarrollo de las obras escritas y la 
aparición, cada vez más intensa, de inclinaciones teosóficas. Ya el Roman de la Rose, 
verdadera obra maestra de la poesía hermética, cuyos autores eran GUILLERMO DE 
LOBRIS y JUAN DE MEUNG, exaltaba en forma simbólica la Gran Obra mística, 
paralela al descubrimiento de la Piedra filosofal, por la cual el alma humana alcanza la 
serenidad perfecta de la iniciación a través de pruebas múltiples, en tanto que la Rosa 
representaba a la vez la Gracia Divina y la Piedra. Idénticas tendencias cristianas 
esotéricas se encuentran en la Divina Comedia de Dante17. 
Los alquimistas más notables de este período fueron Petrus Bonus (de Ferrara); el 
hermano menor de Juan de Roquetaillade; Martín Ortholain (Ortulanus), que vivió en 
Francia a mediados del siglo; John Cremer (1327-1377), abate de Westminster … y 
sobre todo el célebre Nicolás Flamel. 
NICOLÁS FLAMEL Y EL ARTE REGIA. Flamel (1330-1418), oriundo de Pontoise, 
establecido en París como escribano público y luego como bibliotecario de la 
universidad, se consagró más tarde a la arquitectura: la iglesia Saint-Jacques-de-la-
Boucherie (de la que sólo queda hoy el campanario) fue construida por él. Después de 
andar a tientas durante veinticuatro años, ayudado por su mujer Pernelle, descubrió el 
manuscrito de un tal Abraham el Judío que representaba la Gran Obra en una serie de 
figuras cuyo secreto habría de descubrir Flamel después de un largo viaje por España18. 
Nicolás Flamel fue verdaderamente un maestro del arte regia que debía expandirse 
plenamente durante el siglo XV, uno de los períodos más complejos y menos conocido 
que encierra la Edad Media propiamente dicha. 
EL SIGLO XV. En este siglo la alquimia se revela francamente como gran doctrina 
iluminista: en esta época confusa en que las herejías abundan, cuando las doctrinas 
teosóficas y mágicas se extienden a través de toda Europa, la alquimia se resuelve en 
doctrina secreta disimulada tras las normas alegóricas y misteriosas, y cuya inspiración 
 
16 Cf. M. HAVEN, Arnauld de Villeneuve, París, 1898. 
17 Cf. E. Aroux, Dante hérétique …, París, 1939. 
18 Ver A. POISSON, Nicolás Flamel, París, 1893. 
 
 
parece muy distante de las devociones populares corrientes. Muchas obras de este 
período son anónimas. Sin embargo, algunos personajes atraen la atención: Juan de la 
Fonteine, preboste de la ciudad de Valenciennes, Isaac el Holandés; Bernardo, conde de 
Trevisan (1406-1490); Eck de Sulzbach; los ingleses George Ripley (1450-1490) y 
Thomas Norton … 
 
 
BASILIO VALENTINO. Debe asignarse lugar aparte a Basilio Valentino, que habría 
vivido en un convento de benedictinos, en Erfurt, hacia 1413. Sus manuscritos, 
encontrados, según la leyenda, en la iglesia de Erfurt después que un rayo hubiera 
quebrado una columna, no fueron impresos hasta 1602. Muchos historiadores también lo 
consideran un personaje mítico y sus obras, a veces, se juzgan posteriores a las de 
Paracelso. Sea como fuere, esas obras son del más alto interés, en ellas se expresa en 
toda su amplitud, la concepción más gnóstica de la alquimia. También se halla en ella la 
descripción de cuerpos químicos nuevos, como el antimonio, y la utilización de muchos 
procedimientos, como el del anillo adivinatorio para descubrir metales ocultos en el seno 
de la tierra. Las obras de Basilio Valentino, singularmente sus célebres Doce Claves, 
están ilustradas con curiosas planchas simbólicas. 
EL RENACIMIENTO. Desde el siglo XVI comienzan ya a aparecer obras químicas en 
el sentido moderno de la palabra. Jorge Agrícola (1494-1555) redacta uno de los 
primeros tratados de mineralogía científica, el De Re Metallica (Basilea, 1530). Sin 
embargo, la alquimia propiamente dicha alcanza su apogeo, y se asocia cada vez más a la 
Cábala, la magia y a la teosofía, que aparecen a plena luz; neo-platonismo de Marsilio 
Ficino, neo-pitagorismo de Nicolás de Cusa, cabalismo cristiano de Reuchlin y de Pico 
della Mirandola … La naturaleza constituye un inmenso laboratorio donde la materia, 
siempre en fermentación, es revestida de mil formas por “artistas” invisibles dirigidos 
por un Maestro supremo. Cada ser tiene su principio particular de organización, lo que 
Paracelso denominará archéus. 
El mundo es el dominio de acciones y de interacciones mutuas. En cuanto al hombre, 
imagen de Dios y resumen de toda la creación, es verdaderamente el centro del universo 
… Los alquimistas, herederos de todo ese esoterismo tradicional, son cada vez más. La 
invención de la imprenta permite una difusión considerable de escritos de los adeptos. Y 
las sociedades secretas brotan como hongos: la síntesis de esas aspiraciones será 
realizada por el movimiento de los Hermanos de la Rosa Cruz que se extenderá con más 
amplitud en el siglo siguiente (ver más adelante). 
Entre los muchos adeptos del siglo XVI citemos en Italia, J. Augurelli (1454-1537), 
autor de un poema célebre, la Crisopea; en Francia, Blaise de Vigenaire, Jacques 
Gohory, Denis Zachaire …; en Inglaterra, Samuel Norton (1548-1604), el célebre John 
Dee (1527-1608) y su amigo Edward Kelley; en países de habla alemana, el abate Johann 
Tritheim (1462-1516), el misteriosoSalomón Trismosin y, sobre todo, Paracelso. 
 
 
PARACELSO. Su verdadero nombre es Teofrastus Bombast Von Hohenheim. Paracelso 
nació en Einsiedeln en 1493. Su existencia es una verdadera novela de aventuras: durante 
diez años, terminados sus estudios médicos, llevó una vida vagabunda a través de toda 
Europa. Y, nuevamente en su país natal en 1526, obtuvo una cátedra en la Universidad 
de Basilea. Por haberse atraído la hostilidad de sus colegas debió dejar la ciudad y 
recomenzar su existencia errante, en el curso de la cual operó curas maravillosas. 
Murió en Salzburgo en circunstancias quizás sospechosas (1541) a la edad de cuarenta y 
ocho años19. 
Es ante todo un médico; para él la medicina no puede separarse de la alquimia, de la 
filosofía y ni siquiera de la religión. Quiere conocer todas las fuerzas misteriosas que 
obran en la naturaleza y en el hombre. El centro de la doctrina es la diferenciación del 
macrocosmo y el microcosmo, es decir, del universo y del hombre, que forman dos 
términos perfectamente semejantes; reproduce y repite exactamente lo que pasa en el 
otro. La vida del ser humano es inseparable de la del universo. Allí reaparecen los tres 
principios alquímicos (la sal, el azufre y el mercurio), que se presentan con la forma del 
espíritu, del alma y del cuerpo cuando se trata del ser humano. En cuanto a Dios, “centro 
y circunferencia del Todo”, envuelve toda la Creación; por lo demás, todo emana de Él 
por un vasto proceso cosmogónico (cf. cap. V, § 2). El hombre es triple: pertenece al 
mundo divino por su alma; al mundo visible, por su cuerpo, y al mundo angélico por el 
fluido vital, el “espíritu”, que se interpone entre el alma y el cuerpo como una especie de 
vehículo. El universo es un perpetuo flujo y reflujo de Vida, que pasa por el hombre para 
de Dios a las cosas y de las cosas a Dios. El alma humana posee en sí todas las ciencias, 
pero en estado latente. Conocer es reconocerse, reencontrar en sí la Ciencia por el 
recogimiento del alma que se considera a la claridad de la iluminación divina y, dice 
Paracelso: “quien se conoce, conoce implícitamente a Dios”20. 
A ese sistema teosófico, Paracelso unía múltiples aplicaciones prácticas; principalmente, 
mucho contribuyó a orientar la alquimia hacia la fabricación de remedios químicos. 
La influencia de Paracelso fue considerable, tanto desde el punto de vista práctico (por 
ejemplo en Libavius, 1560-1616, y en muchos médicos) como desde un ángulo 
especulativo. Los rosacruces del siglo XVII deben las líneas generales de sus doctrinas a 
las ideas de Paracelso. 
EL PRIMER TERCIO DEL SIGLO XVII. LOS “HERMANOS DE LA ROSA-CRUZ”. 
El comienzo del siglo XVII vio una gran expansión de la alquimia en todas sus formas. 
Los adeptos no cesaban de recorrer Europa en todo sentido. Fue así como el escocés 
Alejandro Sethon, después de haber recorrido toda Alemania de oeste a este, arrestado en 
Dresde, fue torturado para que revelara el secreto del polvo de proyección; liberado por 
el polaco Migues Sedainvoj, más conocido por el nombre de Sendivogius (1566-1646), 
murió poco después a consecuencia de sus numerosas heridas (1604). Más felices fueron 
 
19 Excelente biografía de Paracelso en la obra del Dr. R. ALLENDY, Paracelse, le médecin maudit, París, Gallimard, 
1937. 
20 Para una exposición detallada de la filosofía de Paracelso, ver F. HARTMANN, Grundriss der Lehren des 
Paracelsus, Leipzig, 1898. 
 
 
los alquimistas que rodeaban al emperador Rodolfo II (1562-1612): “Todos los 
alquimistas –escribe Figuier-, cualquiera que fuese su nacionalidad o rango, estaban 
seguros de ser bien acogidos en la corte de Rodolfo. Después de haber reconocido, por 
un examen, que poseían la ciencia requerida, se los introducía cerca del príncipe, que 
jamás dejaba de recompensarlos dignamente cuando sabían hacerlo testigo de alguna 
experiencia interesante”. 
En toda la Europa occidental florecía la alquimia cultivada por hombres como el 
presidente d’Espagnet (Arcanum hermeticae philosophiae, 1623) y Hesteau de 
Nuysement en Francia. Hasta la literatura está influida entonces por las doctrinas 
herméticas: citemos las curiosas obras de Cyrano de Bergerac (1620-1655). Es un 
hombre de primera línea el médico belga Juan Bautista van Helmont (1577-1664), quien 
asocia en una vasta síntesis las teorías alquímicas, el hermetismo religioso y los 
resultados experimentales21. 
Pero la alquimia de principios del Gran Siglo está representada sobre todo por el 
movimiento iniciático de los Hermanos de la Rosa Cruz que se desarrolla principalmente 
en Alemania, aunque extiende sus ramificaciones a toda Europa occidental. Las teorías 
rosacruces tienen antiguas raíces en tierra germánica; pero sus orígenes inmediatos 
pueden ser hallados en el movimiento oculto desarrollado por algunos discípulos de 
Paracelso tales como el médico Khunrath (1560-1588), autor de la curiosa obra titulada 
Amphitheatrum Sapientiae aeternae (El anfiteatro de la sabiduría eterna), movimiento 
cuyo fin era alcanzar por iluminación el Conocimiento total y universal (Pansofía). Al 
principio del siglo XVII, la tendencia alcanza su apogeo con la manifestación de un 
movimiento rosacruz, cuyos miembros más notorios fueron: en Alemania, Juan Valentín 
Andreae (1586-1654), autor de las Bodas químicas, obra extraña que, en forma de un 
cuento alegórico, es a la vez un tratado de alquimia y un ritual de iniciación de los 
hermanos; Hadrian von Mynsicht, llamado Madathanus; y Michael Maier (1568-1622), 
médico y consejero de Estado de Rodolfo de Habsburgo y autor de muchas obras donde 
la imagen y hasta la música acuden en apoyo del texto; y en Inglaterra el médico Robert 
Fludd (1574-1637), que sistematizó las doctrinas rosacruces en un vasto conjunto … 
Todos estos autores imaginan una síntesis universal que, al combinar el éxtasis y la 
observación, los métodos a priori y la experimentación, permitiría entrar en contacto 
íntimo con la Realidad que explica los fenómenos. 
Supuestos depositarios de la filosofía secreta conservada fielmente por los “grandes 
iniciados” desde los tiempos primitivos, se consagran preferentemente a la búsqueda de 
la “medicina universal”. Solamente el adepto puede descifrar el Libro de la Naturaleza, 
que, aunque abierto a todas las miradas, sólo puede ser leído y comprendido por algunos. 
Todas las viejas aspiraciones iluministas, mágicas y teosóficas, mezcladas con 
investigaciones experimentales y con un tremendo apetito de revolución social, 
desembocan en las teorías rosacruces que constituyen como el apogeo y la coronación 
del ars magna22 (cf. cap. IX y op. 3). Este movimiento influyó en el célebre zapatero 
 
21 Ver P. NÉVE DE MEVERGNIES, J.B. Van Helmont, Lieja y París, 1935. 
22 Ver SÉDIR, Les Rose-Croix, París, 1953; W. E. PEUCKERT, Jena, 1928; A.E. WAITE, The Brotherhood of the 
Rosy Cross, Londres, 1924. 
 
 
Jaco Boehme (1575-1624), que utilizó la simbólica y la imaginería de los alquimistas 
para exponer su amplio sistema teosófico, cuya influencia debía ser tan considerable en 
Alemania como en Inglaterra23. 
 
IV. DECADENCIA HISTÓRICA DE LA ALQUIMIA 
EL FIN DEL SIGLO XVII. En la segunda mitad del XVII empieza el descrédito oficial 
de la alquimia y demás ciencias ocultas. El triunfo de la filosofía de Descartes provoca 
un verdadero hundimiento de las teorías alquímicas. Muchos sabios se niegan entonces a 
admitir que una sustancia cualquiera que ocupe un lugar sea más perfecta que todas las 
otras sustancias. Los metales fueron creados por Dios para permanecer tal cual son, y el 
mundo entero, dicen los cartesianos, queda constantemente semejante a lo que era en el 
momento de la Creación, sin embargo, hay todavía alquimistas, de los cuales, muchos 
como J. R. Glauber (1603-1688) se encastillan en elcampo mineral y se orientan 
paulatinamente hacia la química propiamente dicha; así J. Kunchel (1630-1703), 
inventor del fósforo, que al cabo de muchos ensayos desafortunados abandona la 
creencia en la Piedra filosofal. (Señalemos que algunos de los más grandes sabios de la 
época, tales como Newton, Robert Boyle y Leibnitz, persisten en creer, por lo menos en 
parte, en la posibilidad de un arte transmutatoria24.) Quedan los partidarios del arte 
tradicional; Pierre Borel (1620-1689), médico del rey; J.F. Helvetius, cuyo verdadero 
nombre es Schweitzer (1625-1709); E. Ashmole (1617-92); el enigmático Irenaeus 
Philalethe; Thomas Vaugham … 
EL SIGLO XVIII. En el siglo XVIII la alquimia parece esfumarse o más bien 
transformarse en la química propiamente dicha: después de la teoría llamada “flogística” 
(no es el fuego mismo el que hacer arder los cuerpos combustibles, sino el “principio del 
fuego”, la “flogística”), hipótesis de Stahl (1660-1734), los químicos comienzan a volver 
la espalda a los adeptos y, con las teorías de Lavoisier, la ruptura es total. La noción de 
cuerpo simple es incompatible con las transmutaciones … 
Quedan sin embargo, alquimistas tradicionales: eruditos como Pernety o Lenglet du 
Fresnoy, magos y taumaturgos como el conde de Saint Germain y el no menos célebre 
Cagliostro, alias José Balsamo (1743-95), místicos y teósofos como d’Eckhartshausen, 
autor de la obra titulada La Nube sobre el Santuario, última manifestación de alquimia 
espiritual, rosacruz … La historia de la alquimia del siglo XVIII concluye en la época 
revolucionaria con el esoterista Alliette, llamado Etteilla, célebre por sus investigaciones 
sobre el Tarot y su escuela de magia. 
LOS ALQUIMISTAS CONTEMPORÁNEOS. La alquimia debía sobrevivir a pesar de 
todas las revoluciones, y en nuestros días conserva aún muy sinceros partidarios. Los 
alquimistas de los siglos XIX y XX pueden ser clasificados en tres categorías: 
 
23 Ver. G.C.A. VON HARLESS, Jacob Böhme und die Alchemisten, Berlín, 1870, y A. KOYRÉ, La Philosophie de 
Jacob Boehme, París, Vrin, 1929. 
24 Respecto de lo que antecede, ver H. METZGER, Les doctrines chimiques en France …, París, P.U.F., 1923. 
 
 
Los que procuran hacer lo que llamamos una “hiperquímica”, empeñados en justificar 
científicamente la posibilidad de transmutaciones metálicas (Tiffereau, Lucas, Delobel, 
Jollivet-Castellot …); 
Los escritores masones, como J.M. Ragon u O. Wirth, que sustentan una concepción 
mística de la alquimia; 
Los que se esfuerzan en prolongar el ars magna de fines de la Edad Media y del 
Renacimiento: a esta categoría pertenecen Cyliani, Cambriel, Fulcanelli, y también 
autores disimulados por los seudónimos de Jacob, d’Auriger … observemos, por otras 
parte, que las librerías especializadas en ocultismo no han cesado, desde el siglo pasado, 
de reeditar los más célebres tratados de alquimia. 
 
 
CAPÍTULO V 
 
LA FILOSOFIA HERMETICA 
 
I. GENERALIDADES 
Hemos visto que los alquimistas se asignan de buen grado el epíteto de "filósofos", y que 
muchos de ellos pretenden aportar un conocimiento profundo de la naturaleza: 
la filosofía hermética. 
FORMACION Y CARACTERES GENERALES. Es una doctrina o mejor, un conjunto 
de doctrinas perpetuado en el decurso de la Edad Media por obra de múltiples 
influencias. Esta filosofía hermética ha acarreado los restos de todas las doctrinas 
teosóficas de fines de la Antigüedad, que fueron combatidas por la Iglesia con 
encarnizamiento pero que no dejaron de marchar subterráneamente durante muchos 
siglos: hermetismo propiamente dicho, gnosis diversas, paganismo místico, religiones de 
misterios, neoplatonismo... (cf. cap. III). Más tarde la filosofía hermética recurrió a la 
Cábala judía, aunque sin llegar a confundirse con ella. 
Lo más extraño es que este conjunto de doctrinas diversas se presente como un coherente 
sistema tradicional no carente de grandeza. Doctrina secreta, oculta a la vista del profano 
tras el velo de alegorías y de símbolos, trasmitida por tradición oral y por iniciación, trató 
de estabilizarse, sobre todo a partir del siglo XV, en un sistema coordinado. Pese a las 
divergencias entre los autores, las ideas principales persisten invariables desde los libros 
de conjuros de la Edad Media (y los tratados antiguos...) hasta los voluminosos tratados 
de Paracelso y de Fludd. 
EL UNIVERSO. Como lo hace notar precisamente Lambert, "el campo de estudio del 
alquimista no va más allá del sistema o, más bien, del universo solar; esto debe tenerse 
presente. En los tratados de alquimia se habla a veces de constelaciones, pero éstas sólo 
sirven para definir la posición de los planetas del universo solar en el cielo". 
 
 
Se encuentra, sin embargo, entre los adeptos todo un sistema del mundo: en el centro, la 
Tierra; luego, los círculos de los siete planetas y el círculo de las estrellas fijas; después 
el Empíreo, el reino de los espíritus puros, y por fin, fuera del conjunto del universo, 
Dios mismo, creador de ese Todo que él "envuelve" en cierto modo, que "circunscribe 
todo sin estar él mismo circunscripto" (ver fig. 2). 
Aparecen en esta concepción las líneas generales de la cosmología gnóstica 25. 
 
fig. 2. Concepción gnóstica del universo (según Leisegang). 
DIOS Y EL MUNDO. Los textos herméticos insisten ora sobre la inmanencia de la 
Divinidad en el mundo, ora sobre su trascendencia respecto del universo. De hecho Dios 
no es independiente del mundo y tiende a menudo a abismarse en él. Los autores 
emplean sin violencia la expresión "naturaleza naturante" (Natura naturans) para 
designar la Divinidad. (Esta expresión no ha sido inventada por Spinoza: mucho antes se 
la encuentra en Robert Fludd y en Giordano Bruno, quienes la tomaron de los 
hermetistas medievales.) 
 
Por extensión todo ser en el mundo, todo lo que existe, es una parte de Dios. Más aún: la 
historia del mundo es también la historia de Dios; sin la creación, Dios se reduciría a una 
simple posibilidad indiferenciada; si Dios es visible en el universo, es porque se ha 
expresado por su intermedio (cf. más adelante, § 2). 
LA UNIDAD COSMICA. Hay así un solo Ser que se nos presenta con formas 
infinitamente variadas. Y la Piedra filosofal se constituye en el símbolo mismo de esta 
unidad cósmica. "La Piedra de los filósofos también es llamada vegetal, animal, mineral, 
 
25 Cf. H. LEISEGANG, La gnose, trad. franc., París, Payot, 1951, cap. II. 
 
 
porque de ella misma, en sustancia y en ser, los vegetales, los animales y los minerales 
han nacido26." La teoría de la unidad de la materia es como el leit motiv de todos los 
autores herméticos: "Uno es el Todo, por él el Todo, para él el Todo, y en él el Todo" 
escribe Zósimo, y en la faz final de su Testamentum el pseudo Lulio inscribió la 
siguiente fórmula: Omnia in Unum ("Todo en Uno"). Tras la diversidad de accidentes 
con que las cosas se revisten, se esconde una esencia común a todos los seres de la 
naturaleza. 
Esta concepción es retomada por Jacob Boehme, quien escribe en su De Signatura 
Rerum: "Cuando hablo del Azufre, del Mercurio y de la Sal, sólo entiendo una cosa 
única, espiritual o corporal; todas las criaturas son esa cosa única, pero las propiedades 
las diferencian. Cuando hablo de un hombre, de un animal, de una planta o de un ser 
cualquiera, todo ello es la misma cosa única. Todo lo que es corporal es una misma 
esencia, plantas, árboles y animales; pero cada uno difiere según que, al principio, el 
Verbo fiat le haya impreso una cualidad." (Este es el fundamento de la doctrina 
de las "Signaturas" ampliamente desarrollada por Paracelso.) 
LA VIDA DEL COSMOS. Se concibe el mundo como un vasto organismo. Todo es 
animado, vivo: la idea de la unidad de la materia y del vínculo íntimo entre lo que existe 
seacompaña de un vitalismo generalizado. "El mundo -decía ya el neoplatónico 
Jámblico-, es un animal vivo cuyas partes, cualquiera sea su separación, están ligadas 
entre sí de modo conveniente." Todo lo que existe vive y posee un alma; la vida 
evoluciona, y se transforma sin solución de continuidad, desde la piedra hasta Dios. "La 
Naturaleza, incluido el Universo, es una, y su origen sólo puede ser la eterna Unidad. Es 
un vasto organismo en el cual las cosas naturales se armonizan y simpatizan 
recíprocamente27." 
La muerte, nos lo dice el mismo Paracelso en su De Natura Rerum, no es más que la 
disociación de los seres y su "retorno al cuerpo de su Madre". Además, todo está poblado 
de espíritus, desde ángeles hasta demonios, comprendidos los "espíritus elementales" de 
los cuales Paracelso ha trazado una lista detallada: las "salamandras", espíritus del fuego; 
los "silfos", genios del aire y de las tempestades; las "ondinas", espíritus de las aguas; los 
"gnomos", potencias terrestres, guardianes de cavernas y tesoros... 
LA TEOLOGIA SOLAR. En el cosmos, el centro de la energía no es otro que el Sol, 
productor incesante de la fuerza universal, designado por diversos 
nombres: Telesma ("Tabla de Esmeralda"), Archeo (Paracelso, van Helmont), Alma del 
Mundo (Fludd)... 
Por su coagulación, esta luz formó los cuerpos y los materiales de que se compone el 
universo sideral. El Sol mantiene los seres en existencia; su energía anima al mundo y al 
hombre. De ahí el carácter divino atribuido al Sol, fuente de toda vida: la energía una, 
emanada del Sol, vivifica constantemente los seres del universo. Los adeptos 
reencuentran así el antiguo culto solar: el astro del día se hace tabernáculo de la 
 
26 KHUNRATH, Amphitheatrum. 
27 PARACELSO, Phisolophia ad Athenienses. 
 
 
Divinidad, expresión visible del Verbo divino. 
EL DUALISMO SEXUAL. Una de las teorías que más escandalizaron a los teólogos es 
la del dualismo sexual, ampliamente desarrollado por los autores herméticos: todas las 
oposiciones, todas las simpatías y antipatías verificables en el mundo provienen de la 
oposición de dos principios complementarios: uno activo y masculino, otro pasivo 
y femenino. Reaparecen aquí antiguas concepciones milenarias: Dios era hermafrodita 
antes de la Creación; luego se dividió en dos seres opuestos de cuya cópula nació el 
mundo (cf. más adelante, § 2). El Sol es masculino; la Tierra, femenina. 
El principio femenino se encarna más particularmente en la Luna. Es la Madre, la diosa 
siempre fecundada pero siempre virgen, representada por una mujer coronada de 
estrellas que lleva en su cuerpo el cuarto creciente. La unión del hombre y la mujer, la 
oposición del principio generador y del principio fecundado, constituye la explicación 
última. De ahí toda una serie de símbolos tomados del lenguaje sexual y expresados en 
formas muy variadas. 
 
LOS TRES MUNDOS. "Hay tres mundos -dice Robert Fludd-: el mundo arquetípico, el 
macrocosmo y el microcosmo; es decir, Dios, la naturaleza y el hombre". El mundo 
divino encierra en sí la esencia de toda manifestación, envuelve todos los mundos pues 
es ese "círculo cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia en ninguna". El 
mundo material y el hombre están construidos según ese mismo plan divino: hay tres 
Personas divinas, tres principios materiales (el "Azufre", la "Sal" y el "Mercurio"), tres 
principios que forman el ser humano (el cuerpo, el espíritu y el alma). Todo es analogía, 
correspondencia... 
MACROCOSMO Y MICROCOSMO. Entre el universo y el ser humano los alquimistas 
buscan principalmente correspondencias sutiles. 
El hombre es llamado microcosmo ("mundo pequeño"), porque ofrece en síntesis todas 
las partes del universo. El hombre, por otra parte, es un reflejo del macrocosmo, formado 
de acuerdo con las mismas leyes. "Lo que está arriba es como lo que está abajo" (“Tabla 
de Esmeralda”); cf. diagramas tales como el sello de Salomón, cuyos triángulos 
equiláteros entrelazados representan, el uno, el macrocosmo y el otro, el microcosmo 
(fig. 3). 
 
fig. 3. Sello de Salomón. 
 
 
El nacimiento del hombre es análogo al del universo (cf. Paracelso: "El estudio de la 
matriz es también la ciencia de la génesis del mundo"). El dualismo universal se señala 
en el hombre por la separación de los sexos, que antes estaban reunidos: Se reencuentra 
en Boehme y en muchos otros teósofos esta antigua teoría del androginato primitivo del 
hombre, común a tantas mitologías antiguas. 
LA CAIDA Y LA SALVACION. El universo y el hombre están hoy en un estado de 
decadencia. Los adeptos cristianos desarrollan con muchas variantes la teoría del pecado 
original, siempre considerado un divorcio entre el alma y la carne, y la influencia de ésta 
sobre aquélla. 
Pero el hombre puede alcanzar la salvación, tanto más cuanto que el alma humana es, por 
esencia, una porción segmentada del alma divina. El hermetismo se prolonga muy 
naturalmente en el misticismo activo, el éxtasis, el iluminismo. La iluminación, unida al 
Arte, puede devolver la eternidad perdida y preparar la regeneración del propio 
cosmos. (cf. cap. IX). 
PARALELISMO ENTRE LA NATURALEZA Y EL ARTE. El arte alquímico y la 
Naturaleza están en estrecha correspondencia. El arte, por otra parte, según la expresión 
de Robert Fludd es solamente "el mono de la naturaleza": el laboratorio del adepto es en 
sí una especie de microcosmo, de pequeño mundo en relación con el universo. De ahí el 
principio, con frecuencia formulado, según el cual la Gran Obra realiza un proceso 
análogo al de la Creación del mundo. El alquimista reconstruye en vaso cerrado el 
trabajo de la naturaleza y, en cierta medida, hasta el de la Divinidad. Y la literatura 
alquímica es rica en frases de este género: "Al principio Dios creó todas las cosas de la 
nada, masa confusa de la cual hizo una clara distinción en seis días. Así debe suceder en 
nuestro magisterio." 
 
II. LA COSMOGONIA HERMETICA 
La cosmogonía hermética es la parte más elaborada del sistema y la que se encuentra 
más semejante a sí misma en los diversos adeptos. Aunque los autores, sobre todo en los 
siglos XVI y XVII, han desarrollado sistemas a menudo muy complicados en sus 
detalles, los rasgos principales han permanecido siempre iguales, y es posible descubrir 
las tesis fundamentales alrededor de las cuales gravitan todas las especulaciones. 
RASGOS CARACTERISTICOS DE LA COSMOGONIA HERMETICA. 
1º Esta Cosmogonía ("nacimiento del mundo") es al mismo tiempo una teogonía. 
Gracias a la Creación, Dios se afirma y se revela. Dios es el principio del ser y de lo 
posible. Todo lo que existe, todo lo que se ve actualmente, fue primero invisible en Dios. 
El Principio único engendró todas las cosas diferenciadas por transformaciones 
sucesivas: "Así como todas las cosas han provenido y provienen de Uno, todas han 
nacido de esta Cosa única por adaptación". 
2º El proceso de creación se opera gracias a la separación y luego a la unión de dos 
 
 
Principios: el Fuego28, que cumple la función de macho, y la Materia, principio hembra 
comparable a una inmensa matriz. El Fuego, primer aspecto de la emanación divina, 
fecunda la materia y engendra así todos los seres que integran el universo. Siempre se 
vuelve a encontrar el esquema. 
– Materia prima, caos indiferenciado, del cual surgirá la diversidad universal: 
"Todas las cosas vienen de la misma simiente, todas fueron en su origen 
engendradas por la misma madre29." 
– División de esa materia prima en elementos; 
– Formación de los cuerpos a partir de estos elementos. 
3º La creación realiza el pasaje de la potencia al acto. Es una explicación en el sentido 
etimológico (latín explicare = desplegar), un despliegue de las posibilidades del ser. 
4º El cosmos, es decir, el universo ordenado, es no sólo extraído del Caos, sinoproducido a partir del Caos, y no a partir de la nada (ex nihilo). La vibración original 
del fiat lux ígneo determina el comienzo del proceso por el cual el Caos se organiza para 
transformarse en el cosmos, aunque nada sustancial agrega a las posibilidades existentes 
en el Caos "informe y vacío". 
Sobre estas teorías básicas los hermetistas elaboraron síntesis, a veces muy complejas 
pero en las que persisten las líneas generales de la cosmogonía primitiva, expresada con 
ayuda de símbolos extremadamente antiguos tomados del lenguaje de la generación (cf. 
el antiguo símbolo del huevo del mundo, del cual el "huevo filosófico" es una imagen, y 
que se encuentra en las cosmogonías hindúes, caldeas, egipcias, etc.). He aquí, a título 
ilustrativo, una breve exposición de las ideas de Paracelso sobre la génesis del mundo, 
que ejercieron gran influencia en los alquimistas posteriores. 
LAS IDEAS DE PARACELSO. Al comienzo sólo existe la suprema Unidad cósmica 
indiferenciada, el Yliaster, la "materia prima" de todas las cosas, el "gran Misterio" 
(Mysterium magnum), incognoscible y sin forma, prodigiosa reserva de posibilidades y 
de fuerzas que comunicarán a todos los seres sus propiedades infinitamente diversas. En 
esas tinieblas primordiales, sustancia de todo lo que el ser podría devenir, pero en estado 
de posibilidades virtuales e indiferenciadas, se halla inscripto en estado de nada todo el 
desarrollo ulterior del ser. Este principio unitario, para manifestarse, se polariza por 
diferenciación binaria de un principio negativo, femenino, pasivo (Cagaster), y de un 
principio positivo, masculino. Su unión engendra el Caos o Ideos. El Yliaster, dividido y 
descompuesto, hizo brotar de su seno esa materia primitiva (Hyle) que Paracelso 
compara a las Aguas de que habla el Génesis, que contenían la sustancia de todas las 
cosas. La acción de la Luz activa sobre ese Limbus maior lo descompone en tres 
principios (Azufre, Mercurio, Sal), cuya unión produce la materia, ahora corporal 
(Yliadus), con sus cuatro elementos o "madres" de las cosas. El proceso de la creación 
 
28 Es el "Gran Arquitecto" de los francmasones, en cierta medida por lo menos. 
29 BASILIO VALENTINO, El carro triunfal del antimonio. 
 
 
culmina en la aparición de diferentes seres del universo, gracias a la división y a la 
evolución en los mysteria specialia: la fuerza vital se refleja en las simientes terrestres 
(Limbus minor), que tienen su origen en la Tierra. 
 
 
 
 
CAPÍTULO VI 
LAS TEORIAS ALQUIMICAS 
 
LA UNIDAD DE LA MATERIA. Ya hemos observado que uno de los fundamentos de 
la filosofía hermética era la afirmación de la unidad de la materia, que los adeptos 
representaban por el antiguo símbolo de la serpiente que se muerde la cola 
(uróboro). Esta afirmación reaparece como postulado fundamental de la alquimia 
teórica: la materia es una, decían los alquimistas, pero puede adoptar diversas formas y 
en estas nuevas formas combinarse consigo misma y producir nuevos cuerpos en 
cantidad indefinida. A esta "materia prima" le daban los nombres más diversos: 
simiente, caos, sustancia universal, absoluto30, etc. 
En verdad, esta teoría no es específicamente alquímica: ya Platón en su Timeo había 
desarrollado la noción de la materia prima común a todos los cuerpos y capaz de tomar 
todas las formas; pero los alquimistas la desarrollaron considerablemente y la llevaron 
hasta sus últimas consecuencias. 
Todo pasa y cambia en el mundo, todo está sujeto a perpetua transformación, pero nada 
muere, nada desaparece. El uróboro es el símbolo de la evolución que renace sin cesar 
de su propia destrucción, en un movimiento sin fin. "Todo lo que lleva el carácter del ser 
o de la sustancia -escribe d'Espagnet en su Enchiridion physicae restitutae- ya no puede 
abandonarlo y, por las leyes de la naturaleza, no le está permitido pasar al no-ser31." 
Por otra parte es menester que la materia en sus diversas formas, sea reductible a un 
constituyente común para que la transmutación resulte posible. Como lo hace notar 
Sinesio, en la experiencia alquímica el adepto no crea nada: sólo modifica la materia 
cambiando su forma. 
LOS TRES PRINCIPIOS: AZUFRE, MERCURIO Y SAL. Los alquimistas, sin 
embargo, distinguen dos principios opuestos: el Azufre y el Mercurio, a los cuales 
 
30 Cf. BALZAC, La recherche de l'Absolu. 
31 Citado por A. POISSON, en Théories et symboles des alchimistes. 
 
 
asocian un término medio: la Sal. Fue Paracelso quien popularizó la famosa división 
tripartita: Azufre, Mercurio, Sal (llamada también Arsénico) que había sido desarrollada 
antes de él por Géber, Roger Bacon y Basilio Valentino. 
Desde ahora debe advertirse que los nombres Azufre, Mercurio, Sal (o Arsénico) no 
designan los cuerpos químicos de igual denominación, sino que representan 
algunas cualidades de la materia: el Azufre designa las propiedades activas (por ejemplo 
combustibilidad o poder de ataque sobre los metales); el Mercurio, las propiedades 
llamadas "pasivas" (por ejemplo, fulgor, volatilidad, fusibilidad, maleabilidad); en 
cuanto a la Sal, es el medio de unión entre el Azufre y el Mercurio, comparada a menudo 
con el espíritu vital que une el alma al cuerpo. 
El Mercurio es la materia, el principio pasivo, femenino; el Azufre, la forma, el 
principio activo, masculino; en cuanto a la Sal, es el movimiento, por medio del cual el 
Azufre da a la materia toda clase de formas (este tercer término no desempeña una 
función teórica de primer plano y lo que interesa conocer es, principalmente, el dualismo 
Azufre-Mercurio). 
El Azufre y el Mercurio simbolizan así las propiedades opuestas de la materia. "Yo dije: 
Hay dos naturalezas, una activa y otra pasiva. El maestro me preguntó: ¿Cuáles son esas 
dos naturalezas? Y yo respondí: Una es la naturaleza del calor; la otra, la del frío. ¿Cuál 
es la naturaleza del calor? El calor es activo y el frío pasivo32". El Azufre es el principio 
fijo; el Mercurio, principio volátil. De ahí el siguiente cuadro: 
 
De esto los alquimistas deducen toda una teoría sobre la génesis de los metales (cf. más 
adelante), de donde provienen los calificativos de padre y de madre de los metales, 
dados al Azufre y al Mercurio, principios activo y pasivo, respectivamente. Separados en 
el seno de la Tierra y atraídos incesantemente uno hacia el otro, los dos principios se 
combinan en diversas proporciones para formar metales y minerales por influencia del 
fuego central. Y, según la expresión de Alberto Magno en su Compuesto de los 
compuestos, "la diferencia sola de cocimiento y de digestión produce la variedad en la 
especie metálica". 
LOS CUATRO ELEMENTOS. Los alquimistas retoman la vieja teoría griega de los 
cuatro elementos (tetrasomía). Para evitar equívocos, conviene insistir sobre el siguiente 
punto: los cuatro elementos (Agua, Tierra, Aire, Fuego) no designan las realidades 
concretas cuyos nombres llevan. Son estados, modalidades de la materia. "Los cuatro 
elementos responden, en efecto, a los estados generales y apariencias de la materia. La 
Tierra es el símbolo y el soporte del estado sólido. El Agua, símbolo y soporte de la 
liquidez. El Aire, de la volatilidad. El Fuego, más sutil todavía, responde al mismo 
tiempo a la noción sustancial del fluido etéreo, soporte simbólico de la luz, del calor, la 
 
32 ARTHESIUS, Claris maioris sapientiae. 
 
 
electricidad, y a la noción fenomenológica del movimiento de las últimas partículas de 
los cuerpos33." 
Los alquimistas distinguen dos elementos visibles: la Tierra y el Agua, continentes de 
dos elementos invisibles, el Fuego y el Aire; y hacen corresponder estos cuatro 
elementos con las cuatro cualidades tradicionales: cálido, frío, húmedo y seco (fig.4). 
En correspondencia con la Sal, se suele describir un quinto elemento, el Éter o 
Quintaesencia, especie de mediador entre los cuerpos y la fuerza vivificante que los 
penetra. 
Concepción utilizada con frecuencia es el llamado ciclo de Platón: hay cambio periódico 
continuo entre los elementos (el Fuego se condensa en Aire; el Aire se cambia en Agua; 
el Agua, solidificada se transforma en Tierra; la Tierra se trueca en Fuego; luego la 
transformación se reproduce en sentido inverso). 
 
fig. 4. Los cuatro elementos. 
Por otra parte, los alquimistas se empeñan en relacionar la clasificación Azufre-Sal-
Mercurio con la teoría de los cuatro elementos; de ahí este cuadro. 
 
33 BERTHELOT, Origines de l'alchimie, pág. 253. [Ed. castellana en Ed. Mra, Los orígenes de la Alquimia, Barcelona 
2001.] 
 
 
 
En fin, la génesis de los cuatro elementos preocupa mucho a los adeptos, lo que motiva 
múltiples interpretaciones de la "Tabla de Esmeralda". He aquí al respecto, una tentativa 
de elucidar un pasaje oscuro de dicho escrito, suministrada por uno de los intérpretes 
modernos de las doctrinas alquímicas, el doctor Lambert: "Parece, en nuestra opinión, 
fácil de interpretar ese pasaje si se lo relaciona con la emanación primordial 
o Telesma, que, proveniente del Sol, pasa por los cuatro estados de materia de que 
hemos hablado: el fuego, el aire, el agua y la tierra. El Sol es el padre de ese Telesma y 
lo emite en estado de fuego... 'El Viento lo ha llevado en su vientre', dicho de otro modo 
ese Telesma, al abandonar el estado de fuego, pasa al de aire simbolizado por el viento. 
'La Luna es su madre': aquí se trata, verosímilmente, del pasaje al estado de agua. 
'La Tierra es su nodriza'; es decir que ese Telesma recibe su materialización última en 
sustancia sólida, representada por la tierra" (fig. 5). 
 
fig. 5. Los cuatro elementos según R. Lulio. 
 
LOS SIETE METALES. Los alquimistas distinguían siete metales, dos de ellos 
perfectos, es decir, inalterables: el oro y la plata, simbolizados por el Sol y la Luna; y 
cinco imperfectos, simbolizados por los planetas y representados por los signos de estos 
últimos.34 
 
34 Citado por A. POISSON, Ibid. pág. 17. 
 
 
 
fig. 6. Metales y correspondencias planetarias. 
Cada metal está así en relación con un planeta, lo que entraña un vínculo entre la 
alquimia y la astrología. Los adeptos estudian así las influencias planetarias sobre la 
formación de metales en el seno de la Tierra. Ya el filósofo neoplatónico Proclo, 
escribía: "El oro natural, la plata y cada uno de los metales, como las otras sustancias, 
han sido engendrados en la tierra por influencia de las divinidades celestes y de sus 
efluvios. El Sol produce el oro; la Luna, la plata; Saturno, el Plomo, y Marte, el 
hierro35". 
Los metales son considerados seres vivos: "El bronce, como el hombre, tiene un cuerpo 
y un alma. El alma es el vapor que se eleva en el curso de la destilación y de la 
sublimación; el cuerpo es lo que queda en la retorta; ... reunidos el cuerpo y el alma, 
resucitan los cuerpos muertos" (Turba). 
Y los alquimistas desarrollan todo un conjunto de curiosas teorías sobre el origen de los 
metales, del cual daremos lo esencial: los metales, dicen, como todos los seres creados, 
tienen el mismo origen: la materia prima; "los metales son todos semejantes en su 
esencia, solamente se diferencian en su forma36". El oro es la perfección del reino 
metálico, el fin constante de la naturaleza. Pero ese fin es postergado por múltiples 
accidentes y vicisitudes que originan la aparición de metales inferiores: El oro, fin 
viviente de la perfección metálica, se forma en las entrañas de la Tierra a partir de una 
materia prima que maduran los astros; pero hay metales "enfermos", es decir, metales 
viles. Pese a todo, los metales tienden activamente a la perfección mediante el ciclo 
hierro  cobre  plomo  estaño  mercurio  plata  oro; la transmutación se 
opera así gradualmente en el transcurso de los siglos en las entrañas de la Tierra. 
Algunos autores, como Glauber en su libro Opus minerale (La obra mineral, 
Amsterdam, 1651), llegan a una concepción cíclica de aquélla: una vez alcanzado el 
estado de oro, los metales recorren el ciclo en sentido inverso, en una progresiva 
imperfección hasta llegar al hierro, para recuperar gradualmente su perfección y así 
indefinidamente; hay en esto como un remoto presentimiento de los conceptos modernos 
sobre la radioactividad y la transmutación espontánea de los cuerpos. 
Las doctrinas alquímicas sobre los metales fueron violentamente combatidas desde el 
siglo XVI. Así Tomás Erasto, uno de los más virulentos adversarios de Paracelso, niega 
 
35 COMENTARIO al Timeo, citado por POISSON, Ibid. 
36 ALBERTO MAGNO, De Alchimia. 
 
 
la posibilidad de la transmutación metálica cuando afirma que cada metal, en su propia 
forma, es incapaz de transformarse en otro metal. Las críticas dirigidas a la doctrina de 
la transmutación fueron, por otra parte, formuladas desde el principio no en nombre de 
la experiencia, sino de la religión, que declaraba los poderes del hombre limitados e 
incapaces de modificar la esencia de los cuerpos naturales. 
ALQUIMIA Y QUIMICA. Suele vincularse la alquimia con la química moderna y, en 
efecto, fácil es hallar en los adeptos el presentimiento de ciertas teorías contemporáneas: 
la unidad de la materia, la posibilidad de transmutar los elementos, etcétera. Se les debe 
también el descubrimiento de muchos cuerpos nuevos: el ácido sulfúrico, el antimonio, 
etcétera, y la invención de procedimientos técnicos bastante perfeccionados. 
Pero, en realidad, se trata de dos concepciones del saber diametralmente opuestas: 
"Nuestras ciencias modernas -escribe el doctor Sauné- proceden ante todo por análisis; 
nosotros dividimos todo el estudio en muchos dominios distintos, en el interior de los 
cuales todo resulta simple; al mismo tiempo que se acrecientan las adquisiciones de las 
ciencias, se ve multiplicada la cantidad de tales dominios tanto como la de los términos 
empleados. Por el contrario, los alquimistas suponían un paralelismo perfecto entre todas 
las manifestaciones naturales y hasta sobrenaturales. Las mismas palabras sirven para 
órdenes de fenómenos muy diferentes". 
Aun si, al considerar la alquimia, se hace abstracción de sus aspectos filosóficos y 
místicos, no deja de existir un abismo entre los fines de los alquimistas y los del químico 
moderno: en el plano material, el propósito del adepto es purificar las sustancias 
materiales, combinarlas y exaltar sus cualidades para llevarlas a una etapa más avanzada 
de evolución. Por lo demás, su dominio primordial no consiste en las sustancias 
materiales propiamente dichas, sino en las energías latentes que ellas encierran. Por 
actuación de las fuerzas espirituales, el alquimista puede sublimar elementos materiales 
en elementos invisibles y materializar sustancias invisibles; de ahí la posibilidad de lo 
que se ha llamado las palingénesis: según Paracelso, si un objeto pierde su sustancia 
material, su forma invisible permanece en la naturaleza y, si se llega a revestir esa forma 
de materia visible, se le permite reaparecer (así es cómo los alquimistas mencionados 
por Kircher en su Mundus subterraneus pretendían reconstituir una flor a partir de sus 
cenizas). 
"La química vulgar -dice Pernety en sus Fables grecques et égyptiennes dévoilées- es el 
arte de destruir los compuestos que la naturaleza ha formado; y la química hermética es 
el arte de trabajar con la naturaleza para perfeccionarla." Y F. Hartmann nos dice: "Es un 
error confundir la alquimia y la química. La química moderna es una ciencia que se 
ocupa únicamente en las formas exterioresen que se manifiesta el elemento de la 
materia. Jamás produce algo nuevo. Se puede mezclar, componer y descomponer, dos o 
muchos cuerpos químicos infinidad de veces, y hacerlos reaparecer en formas distintas, 
pero al fin de cuentas no habrá aumento de sustancia ni nada más que la combinación de 
sustancias empleadas al comienzo. La alquimia nada mezcla ni compone; hace que lo 
que existía ya en estado latente crezca y se vuelva activo. En consecuencia, la alquimia 
es más comparable a la botánica o a la agricultura que a la química. Y, de hecho, el 
 
 
crecimiento de una planta, de un árbol o de un animal es un proceso alquímico que se 
propaga en el laboratorio alquímico de la Naturaleza, y es ejecutado por el Gran 
Alquimista, el poder activo de Dios sobre la Naturaleza." 
En último análisis, lo que diferencia la química de la alquimia es el vitalismo de esta 
última. La química lleva las manifestaciones orgánicas hacia las reacciones químicas, 
mientras la alquimia asimila las manifestaciones del mundo inanimado a los fenómenos 
biológicos. De ahí surgen fórmulas como la de Paracelso en su Archidoxum magicum: 
"Nadie puede demostrar que los metales estén muertos y privados de vida... En cambio, 
yo lo afirmo audazmente, los metales y las piedras, lo mismo que las raíces, las hierbas y 
todos los frutos, son ricos de su propia vida." 
Comenzamos ahora a familiarizarnos con los fines perseguidos por los adeptos y vamos 
a poder considerar la alquimia práctica, la Gran Obra propiamente dicha. 
 
 
 
 
CAPITULO VII 
LA ALQUIMIA PRÁCTICA 
 
I. LA GRAN OBRA 
Los alquimistas distinguían sin dificultad dos Obras que representaban por dos árboles, 
el “árbol lunar” y el “árbol solar”: por la Obra Menor o Pequeño Magisterio se trataba 
de obtener la Piedra blanca, capaz de cambiar en plata los metales imperfectos; por la 
Gran Obra, o Gran Magisterio, se debía obtener la Piedra al rojo, que permitía operar la 
transmutación en oro. 
Pero la marcha de las dos Obras era absolutamente idéntica. El Pequeño Magisterio era 
impulsado hasta la aparición del color blanco; en tanto, si se continuaba el trabajo hasta 
el fin, se obtenía la Piedra roja y se había terminado la Gran Obra. Nos referiremos 
solamente a esta última, por cuanto la Obra Menor aparece como una simple etapa del 
Magnum Opus. 
¿Cuáles son los procedimientos que permiten obtener la Piedra filosofal? Mucho han 
escrito los alquimistas sobre este tema pero, en verdad, a primera vista los textos son 
poco elocuentes. Júzgueselo por la muestra siguiente extraída del Libro de las doce 
puertas de George Ripley37: “Altera y disuelve al marido entre el invierno y la 
primavera, cambia el agua en una cabeza negra y elévate a través de los colores 
variados hacia el Oriente donde se muestra la luna llena. Después del Purgatorio 
aparece el Sol blanco y radiante”. A medida que la Edad Media llega a su fin, los 
autores se vuelven cada vez más sibilinos, y se llega en el siglo XVI a frases de este 
género: “Yo no escribo fábulas. Tú tocarás con tus manos, tú verás con tus ojos el 
Azoth, es decir, el Mercurio de los Filósofos que te basta por sí solo para obtener 
nuestra Piedra … Las Tinieblas aparecen sobre la haz del Abismo; aparecen la Noche, 
Saturno, y el Antimonio de los Sabios; la negrura y la cabeza del cuervo de los 
Alquimistas, y todos los colores del Mundo aparecen a la hora de la conjunción; 
también el arco iris y la cola del pavo real. Por último, después que la Obra haya 
pasado del color ceniciento al blanco y al amarillo, verás la Piedra de los Filósofos, 
nuestro Rey y Dominador de Dominantes, salir de su sepulcro vítreo para subir a su 
lecho o trono en su cuerpo glorificado …, diáfana como el cristal, compacta y 
poderosísima, de fácil fusión en el fuego como la resina, y fluyente como la cera y más 
que la plata viva …, de color azafrán cuando está en polvo, pero roja como el rubí 
cuando está en masa íntegra (la cual rojez es la SIGNATURA de la perfecta fijación y 
de la fija perfección)38 .” 
 
 
37 Citado por FIGUIER, L’Alchimie et les alchimistes, pág. 41. 
38 KHUNRATH, Amphitheatrum, trad. Al francés de Chacornac, París, 1900. 
 
 
Los adeptos se esforzaron particularmente por mantener secretos los dos puntos 
cruciales del Magisterio: la preparación de la mezcla primitiva que en el Huevo 
filosófico debía trascenderse hasta la Piedra, y “el conocimiento de los fuegos”, es 
decir, la regulación del calor que se irradia alrededor del vaso sellado. Es, sin embargo, 
posible interpretar el simbolismo de los textos y descubrir la marcha seguida por los 
adeptos. Daremos el procedimiento empleado por la mayoría de los antiguos 
alquimistas, el procedimiento llamado vía húmeda, el único utilizado hasta el siglo 
XVII: “No hay más que una Piedra, una sola manera de operar, un solo fuego, una sola 
manera de cocer para alcanzar el blanco y el rojo, y todo se realiza en un solo vaso”39. 
Por supuesto que damos seguidamente los datos a título puramente indicativo, y el 
lector no debe creer que ahí hallará la fórmula que le permita descubrir la Piedra 
filosofal, si es que existe … (Sobre la vía seca, ver apéndice 1). 
Para simplificar la exposición, haremos abstracción de la Sal, principio, por lo demás, 
prácticamente desdeñado por muchos alquimistas (cf. cap. VI). He aquí cuáles eran las 
diferentes fases de la Gran Obra: 
1. Preliminares. 
2. Preparación de la materia de la Piedra. 
3. Cocimiento en el Huevo filosófico. 
4. Preparación de la Piedra filosofal. 
1.- PRELIMINARES. El alquimista debía construir personalmente sus aparatos e 
instalar su laboratorio en un lugar tranquilo, al abrigo de miradas indiscretas. 
Respetuoso del ritmo de las estaciones, el operador comenzaba habitualmente en 
primavera la confección del Magisterio, puesto que la Naturaleza, decían los adeptos, 
impregnada del Spiritus mundi, era entonces más apta para concebir y para alumbrar 
que en cualquier otro período del año, pues la Obra tenía por objeto desarrollar en la 
materia las potencias seminales de las que la Piedra filosofal, sustancia regeneradora, 
era considerada como el aspecto visible. 
Algunos nunca comenzaban las operaciones sin asegurarse previamente de que los 
planetas eran favorables. 
Por otra parte, los adeptos insisten en la necesidad de una asistencia de la gracia divina, 
concretada por un “fuego secreto” que descendía del Cielo sobre el atanor. 
2.- PREPARACIÓN DE LA MATERIA DE LA GRAN OBRA. La preparación de la 
materia, verdadera clave de la Obra, era como la base sobre la cual reposaba todo el 
Magisterio: 
El más rudo trabajo, la pena toda entera 
Es preparar perfectamente la materia. 
(AUGURELLI, Crisopea). 
 
39 PSEUDO-AVICENA, Declaratio lapidis physici, trad. al francés en POISSON, obra citada. 
 
 
Se trataba de formar un nuevo cuerpo reuniendo los dos principios antagónicos que 
previamente debían ser extraídos en estado de pureza absoluta. 
¿Qué cuerpos debía emplearse? En rigor, si todo en la naturaleza estaba formado por la 
misma materia única, diversificada en dos principios antagónicos, se podía emplear 
cualquier sustancia animal, vegetal o mineral; de ahí expresiones de este género: “La 
materia de la Obra es mineral, vegetal y animal, porque ella es, una vez purificada, la 
medicina de los tres reinos. Es secreta como es común; todos la conocen, jóvenes y 
viejos, ricos y pobres. Sólo cuesta el trabajo de recogerla, y su preparación puede ser 
realizada por un niño si éste es bendecido por Dios40. Los alquimistas trabajaron sobre 
muchas sustancias sacadas de los tres reinos de la naturaleza. Algunas veces hasta 
ensayaron recoger directamente la materia remota de la Piedra; he aquí, en tal sentido, 
el método preconizado por Richter, antes citado. “La materia remotaes cierta humedad 
muy rica en fluido universal; esta materia no debe ser especificada, sino solamente 
signada de un modo incoativo por un espíritu metálico que recibe de la madre terrestre. 
este espíritu universal que desciende sobre la tierra se reviste en ella de sal y de azufre 
volátiles y de mercurio fijo del aire y del fuego. Se puede entonces llamar a esta 
materia Caos o Tierra caótica. Nuestro artista debe recoger este espíritu cuando las 
simientes de Saturno lo fecundan, en tiempo de lluvia y de tormenta, preferiblemente 
en marzo, cuando el Sol pasa de Aries a Tauro, y en octubre cuando el Sol entra en 
Escorpión y la Luna en Capricornio. Que tome un vaso de vidrio de forma piramidal 
con un embudo muy amplio en el cuello para recoger la lluvia; la base del vaso inferior 
comunica por un tubo, desde el lugar elevado donde ha sido colocado, con el 
laboratorio. Se recogen las dos terceras partes del vaso y se cierra herméticamente para 
que los espíritus sulfurosos no se evaporen. El agua se somete a continuación al primer 
grado del fuego y, si se cierran las ventanas de modo que no penetre luz alguna en el 
laboratorio, se advierte que el vaso se colora con todos los matices del arco iris; poco a 
poco se deposita en el fondo del vaso una especie de tierra sarrosa que es la materia 
remota de nuestro secreto”. 
Pero los adeptos desdeñan en general los procedimientos que requerían operaciones 
demasiado complicadas. “Supongamos primero –nos dice Roger Bacon41- que 
sacáramos nuestra materia de los vegetales: hierbas, árboles y todo lo que nace de la 
tierra. Habría que extraerle el Mercurio y el Azufre mediante una larga cocción; 
operación que rechazamos porque la Naturaleza nos ofrece Mercurio y Azufre ya 
preparados. Si hubiéramos elegido los animales, tendríamos que trabajar sobre sangre 
humana, cabellos, orina, excrementos, huevos de gallina, en suma, sobre todo lo que de 
los animales se puede obtener; también en este caso necesitaríamos extraer por cocción 
el Mercurio y el Azufre, recusamos estas operaciones por nuestra primera razón”. 
El medio más práctico era, pues, dirigirse al reino mineral como, por lo demás, lo 
indica la fórmula a menudo citada: Visita Interiora Terrae, Rectificando Invenies 
Occultum Lapidem (“visita las partes interiores de la Tierra, por rectificación 
encontrarás la piedra escondida”). 
 
40 S. RICHTER, llamado Sincerus Renatus, autor rosacruz de principios del siglo XVIII, citado por SÉDIR. 
41 Espejo de la Alquimia, trad. al francés por POISSON en Cinq traités d’Alchimie. 
 
 
Pero ¿qué minerales se debía emplear? Se recurría con más frecuencia al oro y a la 
plata tomados en pequeñas cantidades y, unidas éstas, debían servir de fermento y 
posibilitar transmutaciones más considerables, resueltas, en cierto modo, por 
multiplicación (cf. más adelante el párrafo sobre la Piedra filosofal). Estos dos metales, 
simbolizados por el Sol y la Luna, eran considerados como los cuerpos más ricos en 
principio Azufre el uno y el otro en principio Mercurio. Los adeptos, por otra parte, no 
hacían más que seguir los preceptos de la Tabla de Esmeralda: “El Sol es su padre, la 
Luna es su madre”, y el viejo adagio de los alquimistas griegos “El oro engendra el oro, 
como el trigo produce el trigo, como el hombre produce al hombre”. 
Tratábase de hacer posible la unión del Azufre y del Mercurio, principios masculino y 
femenino: “El Mercurio solo, el Azufre solo, no pueden engendrar metales, pero su 
unión da origen a los diversos metales y a muchos minerales. Es evidente, por lo tanto, 
que nuestra Piedra debe nacer de esos dos principios”42. Se trataba de hacer realizable 
lo que se llamaba el Matrimonio filosófico del Azufre y del Mercurio, representados 
habitualmente por un rey vestido de rojo y una reina vestida de blanco (a veces los 
alquimistas representaban la Sal, medio de unión entre los otros dos principios, por el 
sacerdote que consagraba la boda). 
El oro y la plata (a los cuales a veces se agregaba la plata viva o mercurio vulgar, 
considerada muy rica en Sal, la influencia oculta que tiende a unir “los dos hermanos 
enemigos”, el Azufre y el Mercurio) constituían así la materia remota de la Piedra. 
Pero no se los podía emplear tal como eran: debían ser purificados de modo que 
constituyeran la materia próxima del Magisterio, la mezcla del Azufre, extraído del 
oro, y del Mercurio, extraído de la plata (sin embargo, según ciertos autores, el oro 
nativo podía emplearse directamente). La purificación del oro y de la plata era 
representada por una fuente adonde el rey y la reina acudían a bañarse. El oro era 
purificado habitualmente por medio del antimonio, y la plata por el plomo; su 
purificación debía ser repetida tres veces para obtener “el oro y la plata de los 
filósofos”, es decir, para que no conservaran impureza alguna. 
Venía luego toda una serie de operaciones que tenía por objeto obtener, a partir del oro 
y de la plata, los dos principios opuestos extraídos de los dos metales perfectos. “El oro 
es el más perfecto de todos los metales, es el padre de nuestra Piedra y, sin embargo, no 
es su materia. La materia de la Piedra es la simiente contenida en el oro43”. El oro y la 
plata se disolvían; las sales obtenidas, una vez cristalizadas, se descomponían por el 
calor, el residuo era nuevamente disuelto por los ácidos, simbolizados por leones que 
devoraban al Sol o a la Luna. Finalmente se obtenía la materia próxima de la Obra, 
simbolizada por un líquido encerrado en una ampolleta. La materia se colocaba en el 
Huevo filosófico y allí se realizaba el acoplamiento del rey y de la reina, la conjunción 
del Azufre y del Mercurio; después de esta boda o unión, la materia tomaba el nombre 
de Rebis (etimológicamente Res y Bis es decir: “cosa-dos”) simbolizada por un cuerpo 
con dos cabezas o un hermafrodita, el “hermafrodita alquímico”. 
 
42 ROGER BACON, obra citada. 
43 FILALETES, Fuente de la filosofía química. 
 
 
 
Fig. 7. El huevo filosófico 
 
3. COCCIÓN DE LA MATERIA EN EL HUEVO FILOSÓFICO. La materia de la 
Obra era, pues, encerrada en el Huevo filosófico (fig. 7): una especie de globo pequeño, 
generalmente de cristal, cuyo orificio, una vez introducida la materia, debía cerrarse 
cuidadosamente con el “sello de Hermes” (éste es el origen de la expresión corriente: 
cierre “hermético”). Se le había dado el nombre de “Huevo filosófico” por su forma, 
aunque también por analogías más profundas: este “Huevo filosófico” era una especie 
de símbolo del “Huevo del mundo”, como un modelo reducido de la Creación; de él, 
como de un huevo, debía salir después de la incubación (de ahí la denominación de 
“casa del Polluelo”) la Piedra filosofal, el “Niño coronado y vestido con la púrpura 
regia”. 
 
 
Fig. 8. El atanor 
Dábasele también los nombre de “prisión”, pues una vez que entraban los “esposos 
filosóficos”, quedaban encerrados hasta el fin de la Obra; “cámara nupcial”, pues allí se 
realizaba el “matrimonio filosófico” del Azufre y del Mercurio; “sepulcro”, porque allí 
morían los “esposos” después de haberse unido. Después de la muerte, como toda 
generación procede la putrefacción, nacía su “hijo”, la Piedra filosofal. 
 
 
El Huevo filosófico era colocado sobre una escudilla llena de cenizas o de arena, y 
debía calentárselo de acuerdo con ciertas reglas en el atanor (fig. 8), especie de horno 
de reverbero. Una vez encendido, el fuego no debía apagarse hasta terminar la Obra. El 
atanor comprendía tres partes: la superior, en forma de cúpula, servía para reverberar el 
calor; la parte media tenía tres salientes en triángulo sobre las que descansaban la 
escudilla y el Huevo (dos agujeros opuestos con ventanas de cristal permitían ver el 
interior); y la parte inferior, que contenía el hogar, estabaperforada para dar acceso al 
aire exterior y tenía una puerta. 
La mayor dificultad consistía en graduar la temperatura necesaria para la Obra (los 
alquimistas solían utilizar una lámpara de aceite provista de una mecha de amianto; al 
aumentar la cantidad de filamentos de la mecha se podía aumentar la intensidad del 
calor). Había, según parece, cuatro niveles de temperatura: el primero oscilaba entre 
60°y 70° (temperatura estival de Egipto); el segundo estaba aproximadamente entre el 
punto de ebullición y el punto de fusión del azufre ordinario; el tercero era algo inferior 
a la temperatura de fusión del estaño, y el cuarto un tanto inferior al punto de fusión del 
plomo. 
Tan pronto se encendía el fuego, comenzaba la Gran Obra propiamente dicha. Se 
producían diferentes fenómenos llamados operaciones (cristalización, desprendimiento 
de vapores que luego se condensaban, etc.); en el curso de tales operaciones la materia 
tomaba coloraciones diversas, los Colores de la Obra, que se distinguían en principales 
(en sucesión invariable: negro, blanco, rojo) y en intermedios (gris, verde, amarillo, 
iris, etc.) que servían simplemente de transición entre los colores principales. 
Después del “matrimonio filosófico” no tardaba en aparecer el color negro, que era la 
fase designada putrefacción y simbolizada por un cadáver, un esqueleto, un cuervo, etc. 
Luego la Piedra se volvía progresivamente blanca; esto era la resurrección, que 
determinaba múltiples alegorías (por ejemplo, sobre la octava estrella de cinco puntas 
de las Doce Claves de Basilio Valentino se destaca: el grano que se corrompe en la 
tierra y renace después, y el cuerpo que se descompone y resucita en el momento del 
Juicio Final: dos comparaciones destinadas a mostrar que la materia encerrada en el 
huevo “muere”, ennegrece, luego “renace” perdiendo su negrura). 
El color blanco se simbolizaba ordinariamente por un cisne. Si se detenía la Obra en 
este punto, se obtenía la Piedra blanca, capaz de cambiar los metales en plata. 
En fin, después de haber pasado por todos los colores del arco iris, la Piedra adquiría un 
rojo brillante; esto era la rubificación, simbolizada por el fénix, el pelícano o un joven 
rey coronado encerrado en el Huevo filosófico. 
 
 
 
4. PREPARACIÓN DE LA PIEDRA. Se rompía el huevo filosófico y se recogía la 
materia roja. Entonces se poseía la Piedra filosofal, roja y perfecta, condensación activa 
del Spiritus mundi, “principio y fin de todas las cosas” (Azoth). Pero antes de ser 
utilizable debía sufrir todavía una preparación designada con el nombre de 
fermentación: la Piedra, masa friable, roja, era mezclada con oro fundido, y después de 
un tratamiento determinado aumentaba indefinidamente en calidad y en cantidad. 
5. LA PIEDRA FILOSOFAL Y SUS PROPIEDADES. La Piedra filosofal debía 
presentarse en forma de un polvo rojo brillante “de color del rubí” (Paracelso), bastante 
pesado y brillante. “Resulta –escribe Ortholain (citado por Ganzenmüller) una piedra 
cada vez más roja, transparente, fluida, licuable, que puede penetrar en el mercurio y en 
todos los cuerpos duros o blandos, y transformarlos en una sustancia apta para hacer 
oro; cura el cuerpo humano de todas sus debilidades y le devuelve la salud; gracias a 
ella se puede forjar el vidrio y colorar las piedras preciosas de rojo brillante semejante 
al carbunclo”. 
La operación consistente en transformar un metal vil en oro se llamaba proyección: se 
tomaba un metal calentado, generalmente mercurio ordinario (plata viva), o bien 
fundido, sobre todo plomo o estaño, y se “proyectaba” en el crisol un trozo de la Piedra 
previamente envuelto en cera. Se podían operar así, al decir de los adeptos, 
transmutaciones considerables. Sethon, en 1603, en casa del comerciante Coch en 
Francfort, había transformado en oro mil ciento cincuenta y cinco veces el peso de 
mercurio. En 1618, en su laboratorio de Vilvorde, Van Helmont, mediante un cuarto de 
grano de Piedra filosofal remitido por un desconocido, habría transformado en metal 
precioso dieciocho mil setecientas cuarenta veces el peso de mercurio. Arnaldo de 
Vilanova iba todavía más lejos: “Tiene –decía, hablando de la Piedra- la propiedad de 
suscitar la forma y perfeccionarla al infinito, pues la parte de sustancia mejorada 
perfecciona la siguiente, y así hasta el infinito (cf. las ideas modernas sobre la 
desintegración atómica en cadena) … Supuesto que toda el agua del mar fuera de plata 
viva hirviente o de plomo fundido, si se salpicara esta inmensa cantidad de líquido con 
un poco de este Remedio, se convertiría en oro o en plata”. Las propiedades 
medicinales de la Piedra eran muy naturalmente consideradas las más importantes. 
“¡Atrás, pues, todos los falsos discípulos –escribía Paracelso- que pretenden que esta 
ciencia divina sólo tiene un fin: hacer oro o plata! La alquimia, que ellos deshonran y 
prostituyen, no tiene más que una finalidad: extraer la quintaesencia de las cosas, 
preparar los arcanos, las tinturas, los elixires capaces de devolver al hombre la salud 
que ha perdido”. La Piedra solía ser empleada en una de estas formas: en forma de 
salina, o disuelta en el agua mercurial (Oro potable). “La Piedra filosofal cura todas las 
enfermedades, quita el veneno del corazón, humedece la traquearteria, libera los 
bronquios, cura las úlceras. Cura en un día una enfermedad que duraría un mes, en doce 
días una enfermedad de un año, y una más larga en un mes. Devuelve a los viejos la 
juventud44”. Es a un tiempo la Panacea y el Elixir de larga vida (cf. cap. I), pero no 
confiere forzosamente la inmortalidad. Una muerte accidental es, por lo demás, siempre 
posible … 
 
44 ARNALDO DE VILANOVA, Rosario de los filósofos. 
 
 
Los adeptos no vacilan, sin embargo, en llegar hasta el límite sosteniendo que la Piedra 
filosofal permite entrar desde esta vida en la eternidad de los Bienaventurados (cf. cap. 
IX). Los adeptos del Ars magna no han cejado en alargar la lista de poderes 
maravillosos de la Piedra; esta última debe permitir al alquimista hacerse invisible, 
tratar con las potencias celestiales, conocer la razón última de todas las cosas y hasta 
desplazarse a su voluntad en el espacio: “La piedra, mantenida en el hueco de la mano, 
vuelve invisible. Si se la cose en un lienzo fino y con éste se ajusta bien el cuerpo para 
que se caliente bien, es posible elevarse en el espacio tan alto como se quiera. Para 
descender basta aflojar ligeramente el lienzo45”. 
Desde el siglo XVI algunos pensadores criticaron la creencia de los adeptos en la 
Piedra filosofal: así, Cornelio Agripa, en su Philosophia Occulta, confiesa que en todas 
las experiencias de transmutación que ha realizado jamás pudo obtener, al cabo de la 
Obra, más oro o plata que las cantidades infinitesimales de las cuales había partido. En 
el siglo XVII el jesuita Kircher llegaba a la conclusión de que la alquimia práctica no 
era una ciencia imposible, que tal vez un día llegaría a operar la transmutación de los 
metales aunque tal como existía en su tiempo, el arte sagrado sólo era una quimera … 
Algunos adeptos habrían descubierto, a pesar de todo, polvo de proyección, lo que es 
imposible decidir por falta de pruebas históricas. 
 
II. EL HOMÚNCULO 
Algunos alquimistas han creído que era posible crear artificialmente un ser humano: 
ésta es la doctrina del homúnculo, popularizada sobre todo por Paracelso en su De 
natura rerum: “He aquí –nos dice- cómo hay que proceder para lograrlo: encerrad 
durante cuarenta días, en un alambique, licor espermático de hombre; que se putrifique 
hasta que empiece a vivir y a moverse, lo que es fácil de reconocer. Después de este 
tiempo aparecerá una forma semejante a la de un hombre, pero transparente y casi sin 
sustancia. Si después de esto se nutre todos los días ese joven producto, prudente y 
cuidadosamente,con sangre humana, y se lo conserva durante cuarenta semanas en un 
calor constantemente igual al del vientre de un caballo, ese producto se transforma en 
un verdadero niño viviente, con todos sus miembros, como el nacido de mujer, aunque 
mucho más pequeño46”. 
La creencia en el homúnculo aun cuando científicamente absurda (el elemento 
masculino aislado no puede engendrar) tuvo gran repercusión hasta en las leyendas 
populares, principalmente en Alemania. Ciertos historiadores la han interpretado como 
un eco distante de los maravillosos autómatas construidos por muchos sabios de la 
Edad Media y del Renacimiento. 
 
 
45 Libro de la Santa Trinidad, obra anónima del siglo XIV, citada por GANZENMÜLLER. 
46 Trad. según el texto latino dado por FIGUIER en L’Alchimie et les alchimistes. 
 
 
Quizás el propio Paracelso le dio un sentido esotérico relativo a la iniciación (ver cap. 
VIII), y muchos intérpretes modernos han pensado que el gran médico había querido 
por ese mito prometeico, designar alegóricamente la Piedra filosofal, el nacimiento del 
“embrión metálico”47. 
 
CAPÍTULO VIII 
LA ALQUIMIA MÍSTICA 
 
¿TENÍA LA ALQUIMIA UN SENTIDO OCULTO? “Debes saber que los filósofos, 
por previsión –escribía el misterioso Basilio Valentino- han escrito diversas cosas para 
que los ignorantes que sólo buscaban el oro y la plata fuesen engañados…”. Existe una 
concepción puramente mística de la alquimia, según la cual las fases sucesivas de la 
preparación de la Piedra filosofal, las operaciones “químicas”, describen en realidad las 
purificaciones sucesivas del ser humano en su búsqueda del conocimiento iluminador. 
“No todos los alquimistas –dice uno de los más grandes escritores de la masonería 
moderna, O. Wirth- se engañaron con sus símbolos. Plomo significaba para ellos 
vulgaridad, pesadez, falta de inteligencia, y Oro precisamente lo contrario. Ya 
iniciados, se desinteresaban de los bienes perecederos, de los metales ordinarios que 
fascinan a los profanos. Ellos relacionaban todo con el hombre, que es perfectible, y en 
quien el plomo es realmente transmutable en oro”. El simbolismo alquímico no se 
aplica, pues, a la materia, sino a operaciones espirituales. Las imágenes representan la 
evolución del ser interior. La materia sobre la cual se debe trabajar es el hombre 
mismo. “Tú eres la materia misma de la Gran Obra” (Grillot de Givry), y la Piedra 
filosofal designa el objeto de la iniciación: el hombre transformado. La alquimia no es 
otra cosa que la purificación del ser que hará al hombre capaz de llegar al supremo 
conocimiento. “Un hombre que, renunciando a toda sensualidad y obedeciendo 
ciegamente a la voluntad de Dios, ha llegado a participar en la acción que ejercen las 
inteligencias celestiales, posee por eso mismo la Piedra filosofal; de nada carece, y 
todas las criaturas de la tierra y todas las fuerzas del cielo le son sumisas48.” El 
“Mercurio de los filósofos”, es, a la vez, principio de la vida universal de la naturaleza 
y de la redención por la aspiración suprema. La teoría misma del homúnculo tiene un 
sentido oculto: es un símbolo de nuestro nuevo nacimiento, de la resurrección espiritual 
del hombre por la iniciación; así como muchos organismos vivos parecen nacer de 
materias en putrefacción, el hombre es capaz de elevarse por sobre su corrupción 
habitual. 
 
 
 
47 Cf. E. CANSELIET, Deux logis alchimiques, pág. 46. 
48 PARACELSO, Archidoxum. 
 
 
ASCESIS E ILUMINACIÓN. La persecución del oro es, en realidad, el descubrimiento 
de tesoros incorruptibles y puramente espirituales. “El que quiera trabajar en la Gran 
Obra debe visitar su alma, penetrar en lo más profundo de su ser y allí efectuar una 
labor oculta y misteriosa. Así como el grano debe ser sepultado en las entrañas de la 
Tierra, el que oye el llamado de Dios debe obtener, corrigiéndose, rectificándose, la 
sublime transmutación del osario natal, inmunda materia negra, y hacer del carbón un 
deslumbrador diamante; del plomo vil, un oro puro. Habrá hallado la Piedra oculta que 
se escondía en él49”. Es nuestro ser lo que hay que depurar: la fase de putrefacción de 
“negro” por que pasa la Piedra filosofal designa, en realidad, el estado espiritual que 
San Juan de la Cruz llamaba “la noche oscura del alma”, estado negativo donde el 
hombre mide su indignidad, movimiento de descenso en el cual el individuo cree tocar 
el fondo del abismo, pero que es necesario para el progreso ulterior. “Se trata –como 
dice René Guénon, de llevar a ser a un estado de simplicidad indiferenciada, 
comparable … al de la materia prima … para estar en condiciones de recibir la 
vibración del Fiat lux iniciático; es necesario que la influencia espiritual, cuya 
transmisión le dará esta ‘iluminación’ primera, no encuentre en él obstáculo alguno 
creado por ‘preformaciones’ inarmónicas provenientes del mundo profano; y por eso 
debe reducirse primero a ese estado de materia prima que, si bien se mira y se 
reflexiona un instante, muestra con toda claridad que el proceso iniciático y la ‘Gran 
Obra’ hermética no son, en realidad, sino una única y misma cosa: la conquista de la 
luz divina, única esencia de toda espiritualidad”. Las fases de la Gran Obra 
corresponden estrictamente, por otra parte, a las de la iniciación. La Piedra filosofal, 
para los iniciados es, pues, la sabiduría, la intuición, el proceso místico que nos 
aproxima a Dios. Encontrar la Piedra filosofal es haber resuelto el problema 
fundamental, haber hallado el secreto de la Naturaleza gracias a un Conocimiento 
perfecto adquirido por iluminación. El verdadero alquimista ve a Dios en todas las 
cosas, transforma el mal del mundo en bien, se muestra caritativo con sus semejantes. 
“En resumen, si quieres buscar nuestra Piedra, no peques, persevera en la virtud, que tu 
espíritu sea iluminado por el amor de la luz y de la verdad. Toma la resolución, después 
de haber adquirido el don divino que anhelas, de tender la mano a los pobres 
encharcados, de ayudar y levantar a los que están sumidos en la desdicha50”. 
ALQUIMIA Y FRANCMASONERÍA. Pensadores masones principalmente son, como 
ya lo hicimos notar, los que han desarrollado esta concepción altamente filosófica de la 
alquimia. Y en tal sentido debemos mencionar que muchos símbolos herméticos y 
alquímicos han pasado a la moderna francmasonería. “La francmasonería parece no ser 
otra cosa que la transfiguración moderna del antiguo hermetismo. El simbolismo masón 
constituye, en efecto, un extraño conjunto de tradiciones tomadas de las antiguas 
ciencias iniciáticas” (O. Wirth). Se multiplicaría fácilmente la cantidad de símbolos y 
de alegorías comunes a la masonería y a los adeptos: la escuadra y el compás51, el 
pelícano, el sello de Salomón, la estrella flameante, la Luz y las Tinieblas, etc. 
 
 
49 R. AMADOU, L’Occultisme, pág. 160. 
50 BASILIO VALENTINO, citado por O. Ouy, La philosophie secrète des alchimistes. 
51 Cf. Rebis de las Doce Claves, de BASILIO VALENTINO. 
 
 
Por lo demás, basta recordar la misión cumplida por las teorías herméticas en el 
esoterismo de corporaciones medievales, notablemente en la de constructores de 
catedrales. Muchos edificios religiosos de la Edad Media son muy ricos en signos 
herméticos, que han pasado a la francmasonería contemporánea. 
 
CAPÍTULO IX 
El “ARS MAGNA” 
 
Abordamos ahora la concepción más ambiciosa de la alquimia tradicional, designada a 
veces con el nombre de Ars magna o de “arte regia”, revelada en Europa sobre todo a 
partir del siglo XIV: las obras de este género, moldeadas según aspiraciones extáticas y 
contemplativas, son para el lector moderno verdaderos grimorios inextricables. Es 
posible, sin embargo, descubrir sus tesis fundamentales. 
EL SUPERHOMBRE. Porla alquimia superior, el adepto llega a ser un verdadero 
superhombre, un ser divino. La Gran Obra es la unión en Dios por el éxtasis; pero es 
también la liberación física, la emancipación de las fuerzas ciegas del destino, la 
transmutación del ser de lo ilusorio a lo real y el acceso a la inmortalidad. “En su 
aspecto más elevado, la alquimia se ocupa en la regeneración espiritual del hombre, y 
enseña cómo de un ser humano se puede hacer un Dios; o, para hablar más 
correctamente, cómo hay que establecer las condiciones necesarias para desarrollar en 
el hombre los poderes divinos” (F. Hartmann). El hombre es la materia de la Gran 
Obra, cuyo Verbo divino es el alquimista y cuyo Espíritu Santo es el fuego secreto. La 
Obra física, la transmutación de metales, resulta algo accesorio (el Parergon de los 
Rosacruces) en relación con la obra principal (Ergon): La verdadera ciencia regia y 
sacerdotal es la ciencia de la regeneración o ciencia de la reunión con Dios del hombre 
caído52”. Pero, es menester insistir en ello, las operaciones materiales se mantienen: el 
adepto practica simultáneamente la Obra mística y la Obra física, que son análogas y 
paralelas. La descripción de la Obra física se adapta estrictamente a las operaciones de 
la Obra espiritual y viceversa. Se encuentra aquí la generalización del principio 
fundamental de la filosofía hermética, según la cual todos los objetos, todos los seres 
del universo, mantienen entre sí una relación simpática porque provienen todos de un 
mismo Ser y se vinculan todos, por un hilo misterioso, con la Providencia misma. 
Las condiciones previas resultan fundamentales para la coronación de la Gran Obra; el 
adepto debe eliminar todos los deseos corporales, despreciar y vencer la carne, para 
poder beneficiarse con el apoyo divino. 
 
 
52 D’ECKHARTSHAUSEN, La nube sobre el Santuario, trad. al francés de Savoret. 
 
 
Es necesario el socorro de la Divinidad, la Gracia debe descender sobre el alquimista: 
“Advierto al investigador que, si desea cuidar su salvación temporal y eterna, no entre 
en el camino del procedimiento terrestre antes de haberse librado de la maldición de la 
muerte por el Mercurio divino … De otro modo, sus trabajos serán vanos y su ciencia 
inútil53”. Toda una serie de fórmulas de encantamiento se destinan a hacer descender el 
“fuego secreto” al atanor. El adepto no omite, especialmente, recitar antes de operar el 
antiguo Himno de Hermes: “Universo, está atento a mi plegaria. Tierra, ábrete; que la 
masa de las aguas se abra ante mí. Árboles, no tembléis; yo quiero loar al Señor de la 
creación, el Todo y el Uno. Que los cielos se abran y callen los vientos. Que todas las 
facultades que hay en mí celebren el todo y el Uno” (trad. por Hoefer). La alquimia 
resulta, pues, una verdadera religión, cuya tesis fundamental es el poder ilimitado del 
espíritu sobre la materia: “Es menester recordar a menudo –dice el adepto moderno 
Fulcanelli54 – el adagio latino Mens agitat molem, porque la convicción profunda de 
esta verdad conducirá al sabio obrero al término feliz de su labor. De ella, de esta fe 
robusta, extraerá las virtudes indispensables para la realización de este gran misterio”. 
La sublimación alquímica es a la vez ascensión hacia la contemplación de Dios y Obra 
material: el “arte” acompaña a la ascesis. Ambas constituyen el doble proceso del 
Magisterio. La Obra espiritual se opera por una ascesis metódicamente regulada, con la 
intervención de todos los métodos susceptibles de engendrar el éxtasis anulando la 
resistencia del cuerpo; es elevada a perfección por la santificación, la purificación 
radical del ser humano, que se opera gracias al descenso del Espíritu divino, del “fuego 
secreto”, del “agua ardiente”; es el verdadero “bautismo de fuego”, que solamente el 
Verbo de Dios puede conferir. Pero al mismo tiempo el artista trata de realizar la obra 
material que tiene por agente la energía viva y universal, el Spiritus mundi; intenta 
hacer surgir el rayo ígneo imperecedero, que está encerrado en el seno de la materia 
oscura e informe; para hacerlo debe captar el Fuego de Natura, ese Espíritu sin el cual 
nada puede crecer ni vegetar en el mundo, pero que es cautivo de las Tinieblas opacas; 
el alquimista debe captarlo a medida que se opera su materialización. 
El Fénix es la Piedra al rojo que renace de sus cenizas, de materia igual a la que lo 
engendra; es el principio de la Vida, idéntico al Verbo divino que el adepto capta al 
fabricarlo. Los alquimistas reencuentran el viejo mito del Dios que muere y resucita, y 
no vacilan en asimilar la Piedra al Cristo: “ … Imitadles, pues, y cuando hayáis visto su 
estrella, seguidla hasta su cuna; y veréis un hermoso niño al que limpiaréis para 
conocer mejor su belleza. Honrad a este niño regio, abrid vuestro tesoro y ofrecedle oro 
y, después de su muerte, él os dará su carne y su sangre, donde obtendréis una medicina 
soberana y necesaria en los tres reinos de este mundo55”. 
 
 
 
53 JACOB BOEHME, De Signatura Rerum. 
54 FULCANELLI, Les Demeures philophales, pág. 200. 
55 FILALETES, Introitus …, citado por C. D’YGÉ. 
 
 
He aquí algunas expresiones empleadas por el adepto Nuysement y resumidas así por 
A-M. Schmidt: “Este monarca, liberado de la tumba, vencedor de las divinidades 
paganas, dispensador de una eminente dignidad a los pobres, bienhechor de los 
deseosos; él, que preserva su unidad mientras colma el universo con su fuerza; él, que, 
disimulado bajo una débil apariencia, es sin embargo consustancial con la Divinidad; 
él, que resucita, Fénix; se pudre, Grano; nutre, Pelícano, de su sangre a sus hijos 
espirituales; nace, Salamandra, del Fuego del Espíritu y lo recibe, y en él se restaura; 
ese monarca ¿no es Jesucristo? Pero ese monarca, también, salido del matraz de cristal 
a pesar de los beneficios de la putrefacción y de la dificultad del Arte espagírica, 
dotado del poder de convertir en oro todos los metales menores y en diamante el vulgar 
cristal; salido de una de las materias más comunes; rojo y sin cesar renaciente como el 
Fénix; putrefacto como el grano que va a reproducirse; regenerando con su vida, como 
el Pelícano, materias muertas; viviendo, como la Salamandra, de diversos fuegos con 
los cuales se asegura la cocción regulada del Huevo filosófico; quintaesencia trinitaria 
…, ese monarca que en las entrañas del mundo cumpliría en paz su obra de aurificación 
si el pico del minero no suspendiera su lento proceso ¿no es la Piedra filosofal? 
El adepto puede, desde esta vida, alcanzar el estado de Resurrección, transformar su 
cuerpo mortal en una imagen radiante. “El fin de la Gran Obra es (para el adepto) 
desembarazarse cuando lo desee de la carne corruptible sin pasar por la muerte56”. La 
Piedra filosofal destruye la masa grosera y convierte el cuerpo en una esencia luminosa, 
infinitamente móvil, al abrigo de influencias exteriores, pero que continúa conservando 
siempre la apariencia humana: “A aquél que posea el Verbo proferido por la nube y se 
una al espíritu rutilante de esplendor divino, pertenecerá el destino de Moisés o de 
Elías57”. El cuerpo físico puede ser transformado en un “cuerpo glorioso” análogo al 
cuerpo que poseía Adán antes del pecado y al cuerpo que el elegido poseerá después 
del juicio. “El renacimiento es triple, nos dice D’Eckhartshausen (obra citada): primero 
el renacimiento de nuestra razón, luego el de nuestro corazón o de nuestra voluntad; 
por último, el renacimiento de todo nuestro ser. El primero y el segundo se llaman el 
renacimiento espiritual y el tercero, el renacimiento corporal. Muchos hombres 
piadosos que buscaban a Dios han sido regenerados en el espíritu y en la voluntad; pero 
pocos han conocido el renacimiento corporal”. 
El adepto, liberado de las contingencias ylos accidentes de la experiencia terrestre, 
purificado moral y físicamente, dotado de la Piedra filosofal de un verdadero “cuerpo 
celeste”, dispone del triple atributo del Conocimiento, el Poder y la Inmortalidad. 
Comunica a voluntad con Dios y se identifica con Él. Es salvo desde esta vida y no 
necesitará, como el común de los mortales, ser juzgado al fin de los tiempos. Si 
permanece sobre la Tierra, dotado de poderes sobrenaturales (volverse invisible, 
desplazarse rápidamente y a su albedrío por todas partes, comprender y hablar todas las 
lenguas, curar las enfermedades, etc.), es porque recorre el mundo con el fin de ayudar 
a los demás hombres a conquistar su salvación y de velar celosamente por la pureza de 
la tradición … 
 
56 JACOB, Revelación alquímica. 
57 FLUDD, Tractatus theologo-philosophicus. 
 
 
Pero, se nos dice enseguida, tales hombres son verdaderamente excepción (es en este 
sentido cómo los alquimistas interpretan las palabras evangélicas: “muchos son los 
llamados, pocos los elegidos”, y Robert Fludd nos informa de los vanos esfuerzos que 
ha realizado para descubrir a tales iniciados … 
LA REGENERACIÓN DEL COSMOS. La transmutación, después de haber 
transfigurado al ser humano, se aplica al universo entero: el adepto se esfuerza por 
regenerar el mundo que el hombre pecador ha arrastrado consigo en su caída. Resulta 
así un verdadero salvador que trae la salvación a la humanidad sufriente y al Cosmos 
decaído. “Existe, pues, una alquimia intelectual, una alquimia moral, una social, una 
fisiológica, una astral, una animal, una vegetal, una mineral y muchas otras todavía. 
Pero la alquimia espiritual permanece como el modelo, clave y razón de las otras. Y, de 
acuerdo con el enunciado de Hermes en la célebre Tabla de Esmeralda, el 
conocimiento de una cualquiera de estas adaptaciones descubre implícitamente el de 
todas las otras” (A. Savoret). El fin de la alquimia no se habrá realizado plenamente 
mientras el universo entero no se haya salvado: “No hay diferencia entre el nacimiento 
eterno, la reintegración y el descubrimiento de la Piedra filosofal. Desde que todo ha 
salido de la eternidad, todo debe retornar a ella del mismo modo58”. 
Así entendida, la alquimia se aleja singularmente de sus fines ordinarios y se 
transforma en una especie de religión de misterios, de cristianismo iniciático y 
esotérico. Por lo demás, la técnica no desaparece y se combina con la ascesis en la 
búsqueda de la liberación y de la salvación. El apogeo de este movimiento ocurrió al 
comienzo del siglo XVII, cuando los Hermanos de la Rosa-Cruz, en Occidente, 
difundieron su sistema, amalgama de iluminismo, de alquimia propiamente dicha, de 
astrología y de misticismo, que parecía retrotraer Europa a la época de los teósofos de 
Alejandría. La influencia del rosicrucianismo fue importante y se ejerció notablemente 
en Jacob Boehme y en los muchos discípulos que éste tuvo en Alemania y en 
Inglaterra. Entre los rosacruces las aspiraciones teosóficas se mezclaron, por otra parte, 
con un profundo afán de reforma social: los adeptos, los grandes iniciados, debían 
gobernar la Tierra después del advenimiento de Cristo, y se vio reaparecer las antiguas 
creencias milenaristas que no habían cesado de manifestarse en Occidente. Por lo 
demás, la alquimia parece haberse aliado a veces a las aspiraciones sociales. Es así 
como el misterioso Filaletes, que pretende haber descubierto la Piedra filosofal a la 
temprana de veintitrés años, escribe: “Algunos años más, y espero que la plata será tan 
despreciada como las escorias, y que se verá caer en ruinas esta bestia contraria al 
espíritu de Jesucristo. El pueblo sufre de esa locura y las naciones insensatas adoran 
como una divinidad este inútil y pesado metal. ¿Es esto lo que debe servir para nuestra 
redención próxima y para nuestras esperanzas futuras? … Preveo que mis escritos serán 
tan estimados como el oro y la plata más puros y que, gracias a mis obras, estos metales 
serán tan despreciados como el estiércol59”. 
 
 
58 J. BOEHME, De Signatura Rerum. 
59 Introitus, citado por el doctor ALLENDY, Paracelse, pág. 165. 
 
 
FORMAS ABERRANTES DE LA ALQUIMIA. Hemos estudiado hasta aquí la 
auténtica “Ars magna” tal como la definían sus adeptos más notorios. Ahora debemos 
mencionar algunas formas aberrantes de la alquimia que, aunque jamás tuvieron 
importancia apreciable, no dejaron de hacer hablar mucho de ellas al gran público: el 
hermetismo se alió a veces con la baja hechicería. El ejemplo más significativo del 
alquimista “negro” es el famoso mariscal Gilles de Rays, quien –si se da crédito a los 
testimonios de su proceso- sacrificó muchos centenares de niños a sus prácticas 
mágicas. Los “alquimistas” de esta clase desarrollaron toda una serie de prácticas que 
nos limitaremos a mencionar: la “misa negra”, los excesos eróticos destinados a captar 
el “fluido mágico” que se desprende de los acoplamientos, el asesinato ritual que 
permite recoger la sangre humana necesaria para el cumplimiento de la Gran Obra … 
Mezcla confusa de magia y de iluminismo grosero, esas aberraciones nada, 
absolutamente, tienen en común con la verdadera alquimia. Algunos, aun en pleno 
siglo XVIII, parecen haberse reconocido culpables (cf. el ejemplo citado por A. Ouy en 
su obra La philosophie secrète des alchimistes); pero, repitámoslo, esos extraviados no 
merecían el nombre de alquimistas60. 
CAPÍTULO X 
INFLUENCIA DE LA ALQUIMIA 
La influencia de la alquimia ha sido prodigiosa. Se encuentra su huella en muchas 
tradiciones populares (cf. una leyenda provenzal de la “Cabra de Oro”, que habitaba 
una gruta llena de incalculables riquezas y que llevaba a la muerte al hombre lo 
bastante temerario para pretender apoderarse de ellas: esta tradición fue popularizada 
por una novela de Jean Aicard). Raros son los dominios de la actividad humana que no 
hayan sufrido la influencia del Arte de Hermes. 
INFLUENCIA SOBRE EL ARTE Y LA LITERATURA. Las obras de arte inspiradas 
por la alquimia son muy abundantes. Ya mencionamos las esculturas simbólicas de los 
edificios medievales. Citemos igualmente algunos cuadros o estampas de Rembrandt, 
Alberto Durero, etc. Muchos son los escritores que deben una parte importante de su 
inspiración a obras de los adeptos. Nos bastará citar a Rabelais61, Cyrano de Bergerac, 
cuyas obras están literalmente saturadas de alegorías herméticas (empezando por el 
famoso mito del Fénix que renace de sus cenizas, símbolo de la Piedra filosofal); 
Goethe, cuyo Fausto, inspirado en una vieja leyenda, es una verdadera antología de 
ocultismo; Balzac, tan visionario como su héroe, el Baltazar Claës de La Recherche de 
l’Absolu; Rimbaud, el “Vidente” … La alquimia constituyó y constituye todavía una 
fuente inagotable de temas para el pintor y el escritor62. 
 
60 Apresurémonos a destacar, por otra parte, que las doctrinas luciferianas son diferentes de las prácticas inmundas 
que se apoyan en ellas; por lo demás, los ocultistas hacen una distinción entre luciferismo y satanismo (cf. R. 
AMBELAIN, Adam dieu rouge, París, Niclaus, 1941). 
61 Ver L. SAUNÉ, L’influence des chercheurs de la “Médicine universelle”, sur l’oeuvre de François Rabelais, tesis 
de medicina, París, Le François, 1935. 
62 Cf. R. AMADOU y R. KANTERS, Anthologie littéraire de l’Occultisme, París, Julliard, 1950 (con bibliografía). 
 
 
INFLUENCIA SOBRE LA TÉCNICA Y LA CIENCIA. Parece, a primera vista por lo 
menos, que la alquimia, con sus fórmulas extrañas, sus teorías esotéricas y sus fines 
ambiciosos, ha desempeñado respecto del conocimiento positivo la función de freno y 
hasta de obstáculo. Esta teoría, que es la del hombre culto actual, ha sido retomada 
recientemente en algunas obras quetienden a demostrar que los “ensueños” de los 
ocultistas, sobre todo en los siglos XVI y XVII, han bloqueado literalmente el progreso 
científico normal63. Pero, en realidad, todos esos “espejismos”, todas esas teorías que 
parecen profundamente absurdas al científico moderno, paradójicamente parecen haber 
ejercido una fecunda influencia en el desarrollo de la técnica y hasta de la ciencia 
propiamente dicha. En efecto, mientras muchas universidades medievales desdeñaban 
casi totalmente la experimentación, rodeada del mismo descrédito que afectaba 
entonces a las ocupaciones manuales, los alquimistas no vacilaron en ensuciar sus 
manos ni en trabajar en sus laboratorios construyendo ellos mismos sus hornos, 
alambiques y retortas. En pos de la Piedra filosofal, los adeptos (verdaderos y falsos) 
descubrieron muchos cuerpos químicos importantes: antimonio, ácido sulfúrico, agua 
regia, fósforo, etc. Sus aparatos y sus procedimientos son empleados todavía en los 
laboratorios de hoy. Su obra en medicina ha sido considerable, y ésta les debe cierto 
número de medicamentos minerales (observemos, por otra parte, que los médicos 
medievales casi no empleaban en su farmacopea más que las medicaciones orgánicas, y 
solamente los médicos alquimistas que, como hemos visto, identificaban los metales 
con seres vivos, podían aconsejar el empleo de medicamentos minerales, que la 
medicina tradicional consideraba perjudiciales al organismo humano). En resumen, si 
en nuestros días sería absurdo subordinar el hombre de laboratorio a la antigua 
alquimia, no podemos dejar de rendir homenaje a ésta, que fue la fuente de tantas 
investigaciones fecundas (por lo demás ¿no es acaso gracias a teorías absolutamente 
azarosas y que hoy nos parecen caducas, como Cristóbal Colón tuvo la idea de 
emprender su famosa expedición?). 
Mientras algunos teólogos, persuadidos de que Aristóteles y sus discípulos medievales 
ya habían dicho todo, querían prohibir al hombre llevar más adelante el conocimiento, 
los alquimistas, libres ya de barreras, se lanzaron audazmente hacia adelante haciendo 
suyas las palabras de Sinesio: “La ciencia todo lo puede, ve claramente las cosas que 
puede distinguir, y puede realizar cosas imposibles”. 
Nuestra ciencia contemporánea tiene, en suma, una deuda considerable con los 
discípulos de Hermes, que no merecen el profundo descrédito que rodea sus teorías y 
sus prácticas: por lo demás ¿no fueron los alquimistas quienes por primera vez 
presintieron la posibilidad de transmutar los elementos, teoría que hoy constituye el 
postulado de las investigaciones sobre la radioactividad y la energía atómica? “Unidad 
de la materia”, “transmutaciones provocadas”, son expresiones corrientes en el lenguaje 
científico actual. 
 
 
63 Cf. La tesis del P. LENOBLE, Mersenne et la naissance du mécanisme, París, 1943. Ver también la notable obra de 
G. BACHELARD, La formation de l’esprit scientifique, París, Vrin, 1930. 
 
 
INFLUENCIA SOBRE EL PENSAMIENTO FILOSÓFICO Y RELIGIOSO. Hemos 
tenido ocasión de comprobar varias veces, en el curso de este pequeño volumen, que la 
búsqueda de la Piedra filosofal, la Gran Obra material, estaba lejos de constituir todo lo 
que llevaba el nombre de alquimia (cf. cap. I). “Los símbolos de la alquimia –escribe 
Achille Ouy- cubrieron en el transcurso de las edades dos órdenes de realidad 
sensiblemente diferentes: operaciones químicas propiamente dichas y filosofía 
hermética. Estas dos preocupaciones ora se mezclan íntimamente –la transmutación 
fundada, en último análisis, sobre principios muy generales relativos a la naturaleza de 
la materia-; ora se separan, ya para dejar en primer plano la obra de laboratorio, ya, por 
el contrario, para disimular tras un lenguaje convencional una filosofía secreta”. Si se 
interroga sobre la influencia ejercida por esta filosofía hermética, no se puede menos 
que corroborar la extraordinaria repercusión que esas doctrinas, aparentemente tan 
extrañas al espíritu cartesiano del hombre actual, han tenido sobre el pensamiento y, en 
primer lugar, sobre las corrientes multiformes y bastante distantes que desde el siglo 
XIX se designan con el término general de Ocultismo. (Hagamos en esto un paréntesis: 
el “ocultismo” es un fenómeno específicamente occidental. Expliquémonos más 
claramente: mientras en Oriente, por ejemplo en la India, las doctrinas teosóficas se 
desarrollaron libremente, y hasta lograron incorporarse más o menos a las religiones 
llamadas “oficiales”, en Occidente las doctrinas de ese género, tan ricas y 
diversificadas como las de Oriente, fueron por el contrario obligadas por múltiples 
persecuciones a ocultarse de la vista de las autoridades eclesiásticas y seglares, y así 
llegan a ser ciencias “malditas” y ocultas64). Todo lo que se parezca, de cerca o de 
lejos, a la teosofía y a las ciencias ocultas ha sido, como todos saben, condenado desde 
el comienzo por muchos teólogos (basta recordar la lucha encarnizada llevada por los 
Padres contra el gnosticismo y teorías similares). Y la alquimia no se sustrajo a esta 
condenación. La ambición desmedida del adepto, por otra parte, hacía pensar 
irresistiblemente al teólogo católico en la famosa fórmula: Eritis sicut Dei (“Seréis 
como Dioses”), mediante la cual la Serpiente sedujo a nuestros antepasados. Aún en 
nuestros días, la Iglesia no ha relajado su desconfianza profunda respecto de las 
aspiraciones del esoterismo. 
Pese a todo, como hemos podido observar, las interdicciones y las condenaciones no 
fueron capaces de frenar el desarrollo del arte de Hermes, cultivado hasta por miembros 
del clero tales como Alberto el Grande, Roger Bacon, Raimundo Lulio, Basilio 
Valentino, Tritheim y tantos otros. Por lo demás, algunos pensadores perfectamente 
ortodoxos, tales como el alemán Angelus Silesius (principios del siglo XVII), no 
vacilaron en emplear el simbolismo de las operaciones materiales para designar las 
fases de la aprehensión mística de la Divinidad. 
Los filósofos propiamente dichos, lo mismo que los teólogos aunque por otras razones, 
han desterrado el ocultismo, juzgado completamente irracional y opuesto a toda 
investigación positiva de la verdad. Fue principalmente el cartesianismo el que 
precipitó la ruptura entre lo racional y lo irracional, y ese divorcio se acentuó por el 
desarrollo del racionalismo durante todo el siglo último. 
 
64 Lo cual no excluye, naturalmente, la existencia de un esoterismo deliberado en las religiones orientales. 
 
 
Por otra parte, los propios manuales de historia de la filosofía parecen consagrar esta 
exclusión, reservando sus desarrollos a los pensadores cuyo valor racional ha 
consagrado por la tradición universitaria. Y, sin embargo, el esoterismo desempeñó un 
papel mucho más importante de lo que se supone, en algunos filósofos que nos parecen, 
empero, la encarnación del racionalismo. Sería en extremo interesante estudiar la 
misión que el hermetismo, en particular, haya podido desempeñar en la formación de 
hombres como Leibniz, que era secretario de una sociedad secreta de tipo rosacruz, y 
cuyo sistema atestigua una lectura atenta de las obras de Paracelso; o como Hegel, que 
consagró un capítulo elogioso de su Historia de la filosofía al teósofo Jacob Boehme, 
cuya obra influyó mucho, además, en el sistema filosófico-religioso de Schelling. El 
propio Descartes, durante su juventud por lo menos, experimentó aspiraciones místicas: 
por otra parte ¿no trató de hallar Hermanos de la Rosa-Cruz durante su permanencia en 
Alemania? Y Spinoza ¿no juzgaba completamente razonable la creencia en la Piedra 
filosofal? Habría así material para múltiples investigaciones cuyo interés sería 
principalísimo para el conocimiento de las corrientes de pensamiento de la Europa 
moderna … 
En cuanto al hermetismoy a la alquimia propiamente dichos, si su misión es en 
nuestros días mucho menos importante que en la Edad Media y durante el 
Renacimiento, no son menos persistentes, y se imprimen todavía hoy obras que extraen 
lo esencial de su inspiración y de su simbolismo, de los escritos de adeptos medievales. 
Habría, por lo demás, ocasión para hacer todo un estudio psicológico sumamente 
interesante sobre las razones profundas de esta supervivencia siempre vivaz del 
ocultismo en todos los países occidentales a pesar de los trastornos políticos, sociales y 
económicos de los dos últimos siglos65. 
 
 
 
65 Cf. J.A. RÓNY, La magie, París, P.U.F., colección “Que sais-je?”, n° 413, 1950. 
 
 
CONCLUSIÓN 
 
Llegamos así al fin de nuestro corto paseo por entre la alquimia y sus múltiples 
partidarios. Hemos examinado sucesivamente los orígenes remotos, legendarios e 
históricos del “arte sagrada”; las doctrinas extrañas aunque profundas de la filosofía 
hermética; las teorías de los adeptos sobre la constitución de la materia, teorías que 
transfiguran, a veces en forma impresionante, algunas ideas modernas; la alquimia 
práctica y los procedimientos de la Gran Obra; la notable concepción mística de la 
alquimia, fuente de una elevada moral; la extraordinaria Ars magna, testigo 
sorprendente del antiguo afán de poderío humano y curioso ejemplo de una concepción 
tradicional del superhombre66, y hemos cerrado este estudio con una breve síntesis de la 
influencia ejercida por la alquimia y el hermetismo en los dominios más diversos y más 
insospechados. 
No hemos querido hacer aquí ni una crítica ni una apología de la alquimia (otros se han 
encargado de hacerlo), sino ofrecer simplemente al lector curioso una exposición tan 
imparcial como fuera posible, de esta arte extraña, cuya historia es tan fértil en 
sorpresas y que ha realizado durante muchos siglos la más paradójica de las uniones: la 
de la técnica con la mística, las cuales, en nuestros días, son por el contrario los dos 
polos absolutamente opuestos entre los cuales se divide la actividad humana. 
El lector deseoso de emprender por sí mismo el estudio de la alquimia en sus diversos 
aspectos encontrará al final de este volumen una bibliografía que contiene la lista de 
obras más importantes y representativas sobre los diferentes problemas que han sido 
encarados aquí. 
 
 
 
66 Sobre las formas contemporáneas –ateístas- de esta doctrina, ver M. CAROUGES, La mystique du Surhomme, 
París, Gallimard, 1946. 
 
 
APÉNDICES 
1. COMPLEMENTOS SOBRE LA GRAN OBRA 
 
a) LOS “REGÍMENES DE FILALETES. Entre las múltiples descripciones de la 
Gran Obra, una de las más célebres es la distinción hecha por el enigmático Filaletes de 
los siete regímenes, en relación cada uno con un planeta determinado: 
1.- Régimen de Mercurio, tan pronto se encendió el fuego: durante veinte días se 
sucede una gran cantidad de colores variados; hacia el trigésimo aparece el verde; 
por último, en el sexagésimo día aparece el color negro que caracteriza al régimen 
siguiente. 
2. Régimen de Saturno. 
3. Durante el régimen de Júpiter la materia toma todos los colores intermedios del 
negro al blanco. 
4. Régimen de la Luna: aparición del color blanco. 
5. Régimen de Venus: la materia sucesivamente se hace verde, azul, lívida, roja 
oscura. 
6. Régimen de Marte: aparición del amarillo anaranjado, de los colores del arco iris 
y de los matices de la cola del pavo real. 
7. Y, por último, el régimen del Sol, caracterizado por la aparición del rojo perfecto 
(color del rubí), señal de que la Gran Obra ha concluido. 
b) LA “VÍA SECA”. Hemos descripto el método llamado de “vía húmeda”, único 
empleado hasta una fecha bastante avanzada, y siempre el medio más usado. Pero en el 
siglo XVII Barchusen, en su Liber singularis de Alchimia, introdujo la “vía seca”, 
llamada también “vía breve” por cuanto permitía realizar la Gran Obra en cuatro días 
solamente67, o también “vía regia”, porque estaría reservada a un muy reducido número 
de elegidos. Sin embargo, se le hizo muy poco honor. Nos limitaremos a resumir 
brevemente el principio: lo que caracteriza este método es que consiste en el uso del 
crisol de tierra con exclusión de cualquier otro utensilio. Las fases de la Obra –siete- se 
suceden en el orden siguiente: separación, calcinación, sublimación, disolución, 
destilación, coagulación, cocción. 
 
 
 
67 En tanto que la “vía húmeda” requería cuarenta días, por lo menos, y esto al cabo de años de trabajos preliminares. 
 
 
2. ALQUIMIA Y ASTROLOGÍA 
Hemos observado que la alquimia fue, con frecuencia, tributaria de la astrología, no 
sólo en su parte práctica sino en su teoría (es así como, según Paracelso, cada metal 
debe su nacimiento al planeta cuyo nombre lleva; además los otros seis planetas, unidos 
en sendas constelaciones zodiacales, les dan sus diversas cualidades propias). Una 
relación de causa a efecto existe entre el Cielo y la Tierra: de ahí el desdén hacia la 
alquimia manifestado por algunos astrólogos que la consideraban como una especie de 
astrología inferior, encastillada en el dominio terrestre (en diversas oportunidades los 
alquimistas se empeñaron, por otra parte, en sostener la independencia de su arte frente 
a la astrología: cf. la Summa atribuida a Géber). 
3. “ROSA-CRUZ” Y “ROSACRUCES” 
Hemos empleado, en el curso de esta obra, el término Rosacruz para designar a los 
adeptos afiliados a la Fraternidad del mismo nombre. En verdad, la palabra “Rosa-
cruz” debería estar reservada, según los esoteristas, a los “liberados en vida”, a los 
Adeptos (con A mayúscula) llegados al Conocimiento supremo. Así, Fulcanelli escribe, 
hablando de los rosacruces: “Ningún juramento les ata, ningún estatuto los liga, 
ninguna otra regla fuera de la disciplina hermética, libremente aceptada y 
voluntariamente observada, influye en su libre albedrío. Los rosacruces no se conocen. 
No tienen lugar de reunión ni sede social, ni templo ni ritual, ni señal exterior de 
reconocimiento. Fueron y siguen siendo trabajadores aislados, dispersos por el mundo, 
investigadores ‘cosmopolitas’ en la más estricta acepción del vocablo. Como los 
Adeptos no conocen grado jerárquico alguno, se deduce que la Rosa-Cruz no es un 
grado, sino la exclusiva consagración de sus trabajos secretos, la de la Experiencia, Luz 
positiva cuya existencia les fue revelada por una viva Fe”. Esos adeptos, invisibles al 
común de los mortales, asocian el Conocimiento supremo a la Santidad y están dotados 
de poderes extraordinarios sobre el universo. Constituyen una especie de Iglesia oculta, 
formada por los grandes iniciados, que no ha cesado de manifestarse al mundo desde 
los más antiguos tiempos, para ayudar a los hombres a alcanzar la liberación extra 
cósmica68. 
De ahí las expresiones como ésta: “Dios ha decidido que los miembros de la Orden de 
los Rosacruces no podrán ser vistos por ojo humano que no haya recibido la energía 
visual del águila … Tenemos una escritura mágica, reproducción del divino alfabeto 
con que Dios ha transcrito Su voluntad sobre la naturaleza terrena y celestial … 
Nuestro lenguaje es semejante al de Adán y al de Enoc antes de la caída …”69. El tipo 
mismo de ese “Superhombre” está simbolizado por el fundador mítico de la 
Fraternidad, el misterioso Christian Rosenkreutz, que habría vivido en el siglo XV, 
pero que en realidad parece ser un personaje simbólico70. 
 
68 Cf. ROBERT FLUDD, Summum Bonum, LIBRO IV. 
69 J.V. ANDREAE, Confessio Fraternitatis. 
70 Cf. el relato del descubrimiento de la tumba de Rosenkreutz en la Fama Fraternitatis, traducción francesa por E. 
Coro, París, Edit. Rhéa, 1921. 
 
 
En el siglo XVIII doshombres se presentaron a sus contemporáneos como verdaderos 
rosacruces: el enigmático conde de Saint-Germain71 que poseía el Elixir de larga vida, 
“había conocido a Cristo” y no tenía necesidad de alimentarse; una leyenda (entre 
tantas …) nos asegura que él no ha muerto y que vive “en Venecia, en un palacio junto 
al Gran Canal” (tradiciones análogas de inmortalidad existen acerca de Nicolás Flamel 
y del adepto inglés Thomas Vaugham); Cagliostro72 cuya vida aventurera al finalizar el 
siglo XVIII terminó en los calabozos del Santo Oficio en Roma. 
En cuanto a los “rosacruces” en el sentido corriente del término, es decir los afiliados a 
sociedades secretas que tienen como signo de unión el símbolo de la Cruz y de la Rosa, 
habría que designarlos simplemente con el nombre de “rosacruces”, puesto que todavía 
no han alcanzado la verdadera Iniciación. En este sentido puede leerse en la Confessio 
(atribuida a J.V. Andreae): “Nuestra Fraternidad comprende determinada cantidad de 
grados que cada uno debe franquear para avanzar paso a paso hacia el Gran Arcano”73. 
4. NOTAS SOBRE LA HISTORIA DE LA QUÍMICA 
El gran químico J.B. Dumas escribía: “La química práctica nació en la fragua del 
herrero, en los talleres del alfarero, y del vidriero, y en las boticas del perfumista”. La 
química es, pues, en un sentido, y por lo menos en su aspecto práctico, más antigua que 
la alquimia europea, que ha adoptado como hemos visto, la forma de una extraña 
alianza entre el misticismo alejandrino y la técnica (ver cap. III). Por lo demás, no debe 
desdeñarse la función cumplida durante toda la Edad Media por los investigadores que 
no eran discípulos de Hermes: artesanos, mineros, metalurgistas, etc. La alquimia no ha 
desempeñado, pues, el papel único en la formación de la química; no es por ello menos 
cierto que ese papel ha sido fundamental74. 
5. DIFERENTES SENTIDOS DE LA PALABRA “ADEPTO” 
La palabra “adepto” tiene de hecho tres significados bastante diferentes: 
1.- Puede designar a todo hombre cuyas investigaciones se relacionen más o menos con 
la alquimia. 
2.- En un sentido más preciso, los adeptos son los verdaderos alquimistas, por 
oposición a los simples empíricos o “sopladores”. 
3.- Por último, el Adepto (con mayúscula) es el alquimista que ha descubierto la Piedra 
filosofal: es el “gran iniciado”, el “Rosacruz” en el sentido místico del término. 
 
71 Cf. su biografía por P. CHARCONAC, nueva ed., París, 1947. 
72 Biografía por M. HAVEN, París, 1926. 
73 Ver S. HUTIN, Les sociétés secrètes. [Las sociedades secretas, traducción española. Editorial Universitaria de 
Buenos Aires, colección Cuadernos. (N. del T.)]. 
74 No hemos querido hacer una historia de la Química propiamente dicha. Remitimos al lector, para ello, a JEAN 
CUEILLERON, Histoire de la Chimie, París, P.U.F., colección “Que sais-je?, n° 35, y a M. DELACRE, Histoire de 
la Chimie, París, Gauthier Villars, 1920. 
 
 
BIBLIOGRAFÍA SUMARIA75 
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BURCKHARDT, TITUS, Alchemie, Olten, Walter Verdag, 1960. 
CANSELIET, EUGENE, Deux logis alchimiques, París, Schemit, 1945. 
EVOLA, JULIUS, La tradizione ermetica, Bari Laterza, 2ª. ed., 1948. 
FIGUIER, LOUIS, L’alchimie et les alchimistes, 3ª. ed., París, Hachette, 1860. 
FULCANELLI, Le mystère des cathédrales, reeditado por Eugène Canseliet, París, Omnium 
Littéraire, 1957; Les demeures philosophales, íd. íd., 2 vols., 1960. 
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Nueva York, 1953; [trad. esp., Psicología y Alquimia, Buenos Aires, S. Rueda, 1961]; *Die 
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Heidelberg, 1886, 2 vols. 
LOSENSKY-PHILET, Das verborgene Gesetz, Gaustadt-bei-Bamberg, Isis Verlag, 1956. 
 
75 Las indicaciones de traducciones al español y las referencias bibliográficas precedidas de asterisco han sido 
agregadas por los editores de esta versión española. 
 
 
POISSON, ALBERT, Théories et symboles des alchemistes, París, Charconac, 1891. 
READ, JOHN, Prelude to chemistry, Londres, 1936. 
 
C) SOBRE PUNTOS PARTICULARES 
AMBELAIN, ROBERT, L’alchimie spirituelle, París, La Diffusion scientifique, 1961. 
*ARNAULD, PAUL, L’ésotérisme de Shakespeare, París, Mercure de France, 1955. 
ATWOOD, M.A., A suggestive inquirí into the Hermetic Mistery, reedición, Belfast, 1920. 
AURIGER, “L’alchimie devant le Tarot”, en Le Voile d’Isis, año XXXIII, 1928, págs.. 563-583. 
BERNUS, ALEXANDER VON, Alchimie et médecine, trad. del alemán, París, Danglès, 1959. 
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*GUÉNON, RENÉ, L’ésotérisme de Dante, 3ª. ed., París, 1949. 
HARTLAUB, C.F., Der Stein der Weisen, Munich, 1959. 
HUTIN, SERGE, Les Francs-Maçons, París, Editions du Seuil, colección “Le Temps qui court”, 
1960. 
*JUNG, CARL GUSTAV, y WILHELM, RICHARD, Das Geheimnis der goldenen Blute, 2ª. ed., 
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KOYRÉ, ALEXANDRE, Mystiques spirituels et alchimistes du XVI° siècle allemand, París, A. 
Colin, 1955. 
MASPERO, HENRI, Le Taoïsme, París, Musée Guimet, 1950. 
OUY, ACHILLE, La philosophie secrète des alchimistes, Laval, 1942. 
SAVORET, ANDRÉ, Qu’est-ce que l’alchimie? París, Heugel, 1947. 
SCHMIDT, ALBERT-MARIE, La pensé scientifique en France au XVI° siècle, París, Albin 
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STILLMAN, J.M., The Story of Alchemy and early Chemistry, Nueva York, Dover Publications, 
1960. 
WIRTH, OSWALD, Le symbolisme hermétique dans ses rapports avec l’alchimie et la franc-
maçonnerie, 2ª. ed., París, “Le simbolisme”, 1931. 
YGÉ, CLAUDE D’, Nouvelle assemblée des philosophes chimiques, París, Dervi-Livres, 1954. 
 
D) REVISTAS 
Existe una revista inglesa (trimestral) especialmente consagrada al estudio de los documentos 
alquímicos: Ambix, Londres. Diversas puntualizaciones sobre la alquimia han aparecido en las 
revistas francesas Atlantis y La Tour-Saint-Jacques. [* Artículos de interés sobre el tema, 
traducidos al español: de GÜNTHER GOLDSMIDT, “La alquimia medieval”, en Actas Ciba, 
Basilea, 1939, n° 6 (junio); y de E.J. HOLMYARD, “La alquimia en el Islam medieval”, enEndeavour, publicación de Imperial Chemical Industrias Ltd. de Gran Bretaña, ed. Española, XIV, 
55, julio de 1955]. 
 
 
 
INDICE 
 
INTRODUCCIÓN . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 3 
I ¿Qué es la alquimia? . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 4 
II Los alquimistas y su simbolismo . . . . . . . . . . . . . . . . 
I. Los alquimistas, 8; II. La literatura alquímica, 
10; El simbolismo alquímico, 12. 
8 
III Los orígenes de la alquimia . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 
I. Las fuentes legendarias; 16; II. Las fuentes 
psicológicas, 17; III. Los orígenes históricos, 18. 
16 
IV Las grandes etapas de la alquimia . . . . . . . . . . . . . . . 
I. Alejandría y Bizancio, 21; II. Los árabes, 22; III. 
La alquimia europea, 23; IV. Decadencia 
histórica de la alquimia, 30. 
21 
V La filosofía hermética . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 
I. Generalidades, 31; II. La cosmogonía hermética, 
35. 
31 
VI Las teorías alquímicas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 37 
VII La alquimia práctica . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 
I. La Gran Obra, 43; II. El homúnculo, 50. 
43 
VIII La alquimia mística . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 51 
IX El “ars magna” . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 53 
X Influencia de la alquimia . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 57 
CONCLUSIÓN . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 61 
APÉNDICES . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 62 
 1. Complementos sobre la Gran Obra, 62; 2. 
Alquimia y Astrología, 63; 3. “Rosa-cruz” y 
“rosacruces”, 63; 4. Notas sobre la historia de la 
química, 64; 5. Diferentes sentidos de la palabra 
“adepto”, 64. 
 
BIBLIOGRAFÍA SUMARIA . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 65

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