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SI AGUSTÍN
VIVIERA
EL IDEAL RELIGIOSO DE SAN AGUSTÍN HOY
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TESTIGOÍ
EDICIONEÍ
THEODORE TACK, OSA
SI AGUSTÍN VIVIERA
El ideal religioso de san Agustín hoy
2.a edición
EDICIONES PAULINAS
© SAN PABLO 1990 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)
© Alba House - New York 1988
Título original: IfAugustine Were Alive
Traducido por José Cosgaya, OSA
Fotocomposición: Marasán, S. A. San Enrique, 4. 28020 Madrid
Impreso en Artes Gráficas Gar.Vi. 28970 Humanes (Madrid)
ISBN: 84-285-1333-3
Depósito legal: M. 36.762-1993
Impreso en España. Printed in Spain
Introducción
AN AGUSTÍN fue, sin duda alguna, una personalidad de gran
relevancia. Han transcurrido dieciséis siglos desde la fecha de
su nacimiento, el año 354 d.C, y de su conversión a la fe católica,
el año 386. Aunque gozaba de amplia notoriedad en la Iglesia de su
época, se le conoce aún mejor y se le lee con mayor profundidad y
despliegue en nuestros días. Personas hubo que, cuando él era obispo
en el norte de África, discrepaban de sus opiniones —Pelagio, por
ejemplo, fue uno de sus mayores adversarios intelectuales—, y han
seguido existiendo personalidades discrepantes con diversos aspectos de
su enseñanza en los siglos posteriores, incluyendo el nuestro. Pero la
Iglesia en su globalidad ha concedido gran crédito a este hombre
brillante, profundo y de gran prestigio personal. Y este fenómeno tuvo
lugar en vida de Agustín y lo ha seguido teniendo a lo largo de los
siglos.
Resulta un hecho incuestionable que su influjo se ha dejado sentir
con mayor intensidad ahora que en tiempos pasados. No hay sino
pensar en la cantidad de citas, tanto implícitas como explícitas, que los
padres conciliares tomaron de él en el Vaticano II para calibrar el
alcance del hecho. En la actualidad sigue siendo uno de los autores a
nivel mundial sobre el que existe más bibliografía. Por lo que respecta
a las últimas décadas, se han publicado en torno a él cientos y cientos
de artículos y libros tanto en torno a su personalidad como a sus obras.
Circunscribiéndonos a uno de sus libros, las Confesiones, hay que
subrayar que se han traducido a casi todas las lenguas modernas del
mundo y sigue gozando de amplia difusión. En muchos aspectos se le
puede considerar como un best-seller, probablemente el éxito editorial
más importante después de la Biblia.
s
5
¿ Qué decir de este hombre que vivió hace tantísimo tiempo y cuyo
poder de convocatoria ha llegado hasta la gente de nuestra época? Su
genio teológico y filosófico no es cuestionable, es cierto. Pero me
gustaría poner de relieve de que su convocatoria llega a mucha gente
de hoy precisamente por haber sido tan profundamente humano, en el
mejor sentido de la palabra. Él nos proporciona métodos de introspec-
ción psicológicamente válidos; su odisea personal es idéntica a la de
muchos de nosotros; su sed de Dios y las dificultades que experimentó
en la búsqueda de Dios y en mantener lo conquistado son una marcada
referencia a una necesidad humana básica. Más aún: los problemas
que fue planteándose en la vida diaria son muy similares a los proble-
mas a los que tenemos que hacer cara nosotros. Vivimos unos tiempos
bastante análogos en cuanto a cataclismos sociales. Un profundo
cambio flotaba en el aire a comienzos del siglo V. Nadie tenía
conciencia de lo que traía consigo, ni del rumbo que tomaría, ni de su
desenlace final. Por otra parte, él puso al desnudo su alma, su inte-
ligencia, sus sentimientos y su herencia cristiana de tal modo que las
personas que son honestas consigo mismas pueden hallar todavía en
Agustín una especie de reflejo de su propia vida íntima y de sus luchas
personales.
También Agustín había realizado un profundo buceo en la vida
cristiana misma, y todo aquello que subrayaba ante el pueblo, en
especial a los cristianos consagrados, constituye la idea nuclear que
muchas de las familias religiosas tienden a acentuar actualmente.
Agustín promovió de una manera vigorosa un profundo sentido de la
comunidad cristiana, una búsqueda común de Dios y de la alabanza
divina, una amistad auténtica y un respeto verdadero hacia el indivi-
duo, aunque éste viva en comunidad. Estimuló a otros a profundizar
en la vida interior y a emprender una búsqueda incesante de la sabiduría
y de la verdad. Personalmente partía de la convicción de que hallarían
a Dios precisamente a través de esta búsqueda. Y, sobre todo, lo que
él ansiaba era que encontraran y sirvieran a Cristo unos en otros
mediante un servicio y amor mutuos, prácticos y totales. Cualquier
tipo de liderato dentro de la Iglesia tenía que basarse más en el amor
que en el temor. En todo esto subrayó la dignidad y el valor intrínseco
de la persona humana en un entorno social, tema que constituye objeta
constante de violación en nuestra época.
6
Los capítulos de este libro se centran precisamente en estos y otros
puntos similares y, aunque van dirigidos principalmente a los cristianos
que se han consagrado, dentro de la vida comunitaria, al servicio de los
demás, tanto en el apostolado activo como en el contemplativo, creo
que pueden prestar un buen servicio a todos los cristianos que tratan
de acercarse más al Señor. En realidad, muchos de los ejemplos que he
tomado de Agustín iban originariamente dirigidos a la totalidad del
pueblo cuando se dirigía a él en lenguaje muy familiar dentro de su
iglesia catedral.
El papa Pablo VI fue gran admirador de san Agustín. En una de
sus audiencias generales en Roma contó que había intentado leer al
menos una página diaria de san Agustín. En otra ocasión recalcó que,
si Agustín viviera hoy, se expresaría de idéntico modo a como lo hizo
hace mil seiscientos años, porque personifica una humanidad que cree
y ama a Cristo y a Dios (3 de noviembre de 1973). Este pensamiento
ha dado título al presente libro.
La admiración del papa actual por Agustín no es menos evidente.
Juan Pablo II cita a san Agustín a lo largo y alo ancho de sus escritos
y homilías. Más aún: con ocasión del XVI centenario de la conversión
de san Agustín (1986), publicó una extensa carta apostólica en que
expresa también lo que Agustín tiene que decirnos a los hombres de
hoy.
En los capítulos de este libro he citado con frecuencia a Agustín
precisamente porque también yo creo que tiene mucho que decir a la
generación actual. Tengo, por lo demás, muy constatado que éste es
el sistema que han apreciado una amplia mayoría de ejercitantes a los
que originariamente he brindado estas reflexiones durante los últimos
cuatros años como parte de un programa de retiros. Su entusiasmo por
Agustín y el ánimo que me han infundido me ha llevado actualmente
a ofrecer estas ideas a una audiencia más copiosa.
Al traducir el pensamiento de Agustín al inglés moderno he
tratado de emplear, dentro de lo posible, un lenguaje universal. A
veces, no obstante, este tipo de traducción no ha logrado acomodarse
a las circunstancias en que Agustín se dirigía a grupos específicos de
hombres o mujeres. Aunque de la Regla de Agustín hay dos versio-
nes, una masculina y otra femenina, por razones de nexo y de
conveniencia he empleado únicamente la versión masculina. La forma
1
femenina es exactamente la misma, excepción hecha de los cambios
pertinentes en base al uso de las formas pronominales.
En la conclusión de la Regla, Agustín dice a sus lectores que
tiene la esperanza de que les sirva de espejo en que puedan mirarse.
Yo no pretendo tanto, pero tengo la esperanza de que estas reflexiones
sirvan de estímulos y sean un reto para todos los que desean unirse
más íntimamente a Cristo.
8
1. Vida comunitaria
La experiencia agustiniana
DESDE SUS PRIMEROS días Agustín soñaba con sus amigos, se sentía tonificado y se hallaba a sus anchascon ellos. También éstos sentían un gran atractivo por su
persona debido a su fuerte personalidad, realmente cálida y
fascinante '. A la luz de esto no resulta difícil comprender
cómo, incluso con anterioridad a su conversión, Agustín
proyectó con sus amigos la formación de una especie de
comunidad entre ellos. Quizá el proyecto que acariciaban
podría denominarse una comunidad "filosófica"; es decir,
una comunidad entregada a la búsqueda de la sabiduría a
través de la reflexión individual y de la puesta de todos los
bienes en común. Se trataba de llevar a efecto una comuni-
dad real. Según nos cuenta Agustín mismo, se trataba de
adoptar una separación de las masas, de establecer un fondo
común de todas las posesiones y, partiendo de este punto,
compartir las responsabilidades de modo que la mayoría
quedara libre de toda preocupación personal de los bienes
materiales. El proyecto se vino abajo, como era de suponer,
cuando cayeron en la cuenta de que sus mujeres no estarían
de acuerdo con el plan2 .
1
Véase Confesiones 4,4,7. Mientras no conste lo contrario, todas las citas de las
Confesiones de san Agustín están tomadas de la versión de John K. Ryan, Carden
City, Image Books, Nueva York 1960. Esta idea puede verse con más detenimiento
más adelante, en el c. 3, "Verdaderos amigos en Cristo".
2
Ib, 6,14,24.
9
Lo que en todo este asunto resulta más interesante es
que Agustín no tenía ni la más remota idea de la vida
monástica que por entonces ya existía en la Iglesia. Tanto
para él como para su íntimo amigo Alipio fue una revelación
y una fuente de sorpresas lo que Ponticiano, su amigo y
compatriota de África, les contó sobre un monje egipcio
llamado Antonio; lo que les relató acerca de algunos mo-
nasterios que florecían en el yermo, y concretamente sobre
un monasterio que se encontraba precisamente en Milán,
donde Agustín vivía por aquellas fechas3 . Ponticiano y su
relato impactaron profundamente a Agustín. Realmente este
relato significó un cambio en su vida, si bien es cierto que
ya había ido madurando un proyecto así desde hacía años.
Se sintió tan impresionado con las palabras de Ponticia-
no, que, tras despedir a su invitado, irrumpió en el jardín de
la casa de campo donde él y Alipio se alojaban para encon-
trarse a solas consigo mismo. Después de sufrir allí las con-
gojas de sentirse interiormente roto por dos sectores de sí
mismo que litigaban entre sí, finalmente prevaleció la gracia
de Dios y se sintió capaz de retornar con todo su corazón al
Señor4 . Esto ocurría a primeros de agosto del 386. Aproxi-
madamente durante los seis meses siguientes que precedie-
ron a su bautismo, Agustín vivió una especie de experien-
cia comunitaria en Casiciaco, pequeña casa de campo a unas
30 millas al norte de Milán. Aunque en esta comunidad se
hallaba integrado un sector de su familia —su madre, Mó-
nica; su hijo Adeodato, su buen amigo Alipio, otros va-
rios parientes, amigos y estudiantes—, quizá podamos ha-
blar de ella como de la primera comunidad agustiana
verdadera 5 .
3
Ib, 8,6,14.
4
Ib, 8,8-12.
5
Ib, 9,4-6.
10
Ideal rel igioso de Agustín
Tras la muerte inesperada de Mónica a comienzos del
otoño del 387 en el puerto de Ostia, Agustín se demoró en
los alrededores de Roma un año bien cumplido. Durante
este tiempo visitó diversas comunidades religiosas en Roma
y sus proximidades, recabando más y más informes sobre
otros monasterios "que funcionaban en otras partes 6 . Proba-
blemente durante este lapso de tiempo es cuando en su
mente llegó a madurar la idea sobre el tipo de comunidad
religiosa que proyectaba tanto para él como para sus amigos
cuando retornaran a África.
Posidio, buen amigo de Agustín, colega de obispado y su
principal y primer biógrafo, nos cuenta que Agustín fundó
de hecho esa primera comunidad religiosa en su ciudad
natal de Tagaste (hoy Souk Ahras, Argelia), lo más probable
en otoño del año 388, poco después de su vuelta a África
desde Roma. En ese emplazamiento, junto con algunos ami-
gos y conciudadanos, todos laicos como él, hizo vida de
comunidad, ayunando, orando, haciendo buenas obras y me-
ditando continuamente la palabra de Dios 7 . Es poco más lo
que sabemos en torno a esta primera comunidad religiosa
agustiniana. La situación continuó aproximadamente du-
rante tres años, hasta que, a finales del 391, Agustín fue
ordenado presbítero y fundó su segundo monasterio, esta
vez en la ciudad portuaria de Hipona (hoy Annaba, Arge-
lia), al lado de la iglesia, en un jardín que le regaló su obispo
Valerio. Posidio subraya que el estilo de vida de esta nueva
comunidad agustiniana estaba modelado según la comunidad
cristiana de la Iglesia naciente en tiempo de los apóstoles8 ,
6
De morihus Ecclesiae Catholicae I, 31-33 (en adelante la citaremos De mor. eccl.
cath.).
1
POSIDIO, Vida de Agustín 3,1. En adelante la referencia será "Posidio". Una
versión inglesa de su Vida puede encontrarse en E. A. FORAN, OSA, The Augusti-
nians, Burns Oates and Washbourne, Londres 1938. Las citas de este libro son
traducción del autor.
8
Es decir, la comunidad de Jerusalén: cf He 4,32-35. (Las citas bíblicas están
tomadas de la New American Bible, 1970 y 1986, de la Confraternidad de la Doctrina
Cristiana, Washington, D.C.).
11
pero continúa diciendo que esto no constituía novedad al-
guna, porque Agustín ya había establecido este estilo apos-
tólico de vida en su primer monasterio de Tagaste "cuando
retornamos a nuestra patria surcando los mare s " 9 .
Orígenes de la " R e g l a " de san Agust ín
Aunque no todos los estudiosos están de acuerdo, hay
una corriente de opinión muy consistente que sostiene que
la Regla l0 de San Agustín a sus religiosos fue redactada en
torno a los años 396-397, probablemente con ocasión de la
entronización de san Agustín como obispo de Hipona tras la
muerte de Valerio. Por esta época decidió abandonar su
primera fundación de Hipona y fundar un monasterio para
clérigos que vivieran con él en su residencia episcopal. El
porqué del abandono de este primer monasterio de Hipona
nos lo explica personalmente Agustín: no sería indicado
para el obispo vivir en él, subraya, porque se vería precisado
a recibir a la gente a todas las horas del día, y su deseo era
que no sufriera menoscabo la paz y el sosiego de los herma-
nos con tantas idas y venidas " .
El anhelo de Agustín por seguir el ideal de la comunidad
primera de Jerusalén se ve puesto claramente de relieve en
esa regla de vida redactada para sus seguidores. También es
interesante observar que treinta años más tarde, a sus se-
tenta y dos años, Agustín confirmó de una manera solem-
ne, en su iglesia catedral que este mismo ideal fue el modelo
aceptado por él tanto para su persona como para los herma-
nos que vivían en su compañía. Con tal motivo hizo que el
diácono Lázaro leyera el pasaje de los Hechos de los Após-
toles (4,31-35) que describe la primera comunidad cristiana:
9
POS1DIO, 5,1; cf Sermón 355,2.
10
The Rule of saint Augustine, con introducción y comentario de T. J. van Ba-
vel, OSA, trad. de R. Canning, OSA, Darton, Longman and Todd, Londres
1984, 3-4.
11
Sermón 355,2.
12
"Retembló el lugar donde estaban reunidos, los llenó a
todos el Espíritu Santo y anunciaban con valentía el mensaje
de Dios. En el grupo de los creyentes todos pensaban y
sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie consi-
deraba suyo nada de lo que tenía. Los apóstoles daban tes-
timonio de la resurrección del Señor Jesús con mucha efica-
cia. Todos ellos eran muy bien mirados, porque entre ellos
ninguno pasaba necesidad, ya que los que poseían tierra o
casas las vendían, llevaban el dinero y lo ponían a disposi-
ción de los apóstoles; luego se distribuía según lo que nece-
sitaba cada uno" .
Actoseguido, Agustín recibió las Escrituras del diácono,
volvió a leer en voz alta el mismo pasaje y lo comentó al
pueblo que abarrotaba la iglesia: "Acabáis de escuchar cuál es
el objeto de nuestras aspiraciones. Orad para que seamos capaces de
vivir este estilo de vida" n.
El objetivo principal de la Regla de san Agustín es muy
sencillo: tanto los hermanos como las hermanas han de vivir
en su respectiva casa religiosa de manera armoniosa, y ser
un alma sola y un solo corazón orientados hacia Dios 13. La
única gran exigencia, pues, que se hace a todos cuantos se
integran en este estilo de vida religiosa es que traten conti-
nuamente de formar una comunidad donde todo esté clara-
mente dirigido hacia Dios y donde se haga hincapié en la
unidad y concordia. En pocas palabras, en la Regla todo
apunta a la formación de una comunidad de fe y de amor.
Una de las características más llamativas de esta co-
munidad es que hay que buscar, encontrar y poseer a Dios
en y a través del amor e interés mutuo de los herma-
nos/hermanas, del amor y a través del amor de unos por
otros. Este auténtico amor e interés, esta unanimidad y
concordia, constituye una reverencia real de Dios en el
12
Sermón 356,2.
13
Regla de san Agustín, n. 3 (c. 1,2). A menos que se determine lo contrario,
todas las citas de la Regla están tomadas de la traducción de Robert P. Russell,
OSA, Villanova, PA, Provincia de Santo Tomás, 1976. El P. Russell emplea una
numeración continua de la Regla. (La referencia que va entre paréntesis se refiere
a la versión de Van Bavel.)
13
compañero religioso que cada cual tiene a su lado: cada uno
de ellos reconoce que los otros son templos de Dios tanto
como lo es él mismo y, consiguientemente, todos ellos juntos
constituyen el único templo del Señor 14. Agustín ve esta
unidad de su culminación religiosa en su unidad con Cristo:
"No son muchas almas, sino una sola: el alma única de Cristo"15.
Un agustinólogo ha llegado incluso más lejos. Ha llegado a
decir que la vida de comunidad tal como la interpreta Agus-
tín constituye en sí misma la "adoración primaria de Dios"
que le brinda la persona 16. Desde este punto de vista puede
dar la impresión de que el amor y servicio mutuos de unos
a otros adquiere un aspecto cuasilitúrgico, una honra pública
de Dios, presente en la persona del otro. Esta simple idea da
una nueva y auténtica dimensión profunda a la vida comu-
nitaria, dimensión que podría transformar muchas comuni-
dades e incluso las vidas de cuantos viven juntos, si se le
diera una mejor interpretación o se pusiera en ella un énfasis
más rotundo.
Unidad en el amor a través de la comunidad
Si en el texto original latino de la Regla buscas la pala-
bra "comunidad", explícitamente sólo la hallarás una sola
vez 17. Sin embargo, el concepto de comunidad penetra cada
uno de los aspectos de esa Regla. Todos y cada uno de los
detalles van dirigidos al otro, encaminados a hacer posible
lo que Agustín ha establecido como primer objetivo que
hay que poner en práctica en la vida religiosa. Muchas de
las situaciones que Agustín describe y muchos de los conse-
14
Ib, n. 9 (c. 1,8); véase también En. in Ps. 131,5.
15
Carta 243,4.
16
TARCISIUS VAN BAVEL, OSA, Community Life in Augustine, en "The Tagas-
tan" (actualmente conocida como "Augustinian Heritage") 29 (1983), n. 2, 124.
Véase asimismo el Código de Derecho Canónico, 607,1, donde se acentúa la
consagración personal. La existencia total del religioso es, de este modo, un acto
continuo de adoración a Dios en la caridad.
17
Véase Regla, n. 8 (c. 1,7).
14
jos que da en este librito van encaminados hacia esta meta
primordial. A Dios se le ama y se le honra de verdad a
través del servicio religioso concreto que nos hacemos unos
a otros. Estos pequeños detalles de la vida, y en especial la
actitud interior que los acompaña, son precisamente lo que
aspira a hacer que muchos sean uno, al igual que el Padre y
Jesús son uno 18.
Más aún: el principio básico de la unidad que subyace en
todos estos detalles y que unifica todas las facetas de la
comunidad agustiniana no es otro que el amor. El mismo
Agustín declara que el religioso progresará en el amor en la
medida en que muestre mayor interés por las cosas comunes
que por las propias1 9 . Esta misma insistencia en el amor
fraterno como medida de progreso encaja a la perfección
con las experiencias tremendas de Agustín ante la descrip-
ción que el Señor hace del juicio final. En este juicio se
contempla que la felicidad eterna de los bienaventurados
depende de amor que hayan mostrado hacia sus hermanos y
hermanas necesitados, servicio que, por un lado, se caracte-
riza por la abnegación real y, por otro, se observa en la
auténtica estima de quienes son los pequeñuelos de Dios. La
pregunta que surge aquí totalmente natural es ésta: ¿No hay
que citar especialmente entre estos bienaventurados a quie-
nes lo han abandonado todo para abrazar la vida religiosa,
por su total abnegación en el servicio y por la estima que les
han merecido los demás, comenzando por sus hermanos de
vida religiosa en la comunidad? Por supuesto que éste parece
ser el sentir de Agustín2 0 .
Compartir e interesarse según la " R e g l a "
Contemplemos en una instantánea cuánta abnegación y
estima, cuántos estímulos mutuos y cuánta comprensión,
18
Jn 17,21.
19
Regla, n. 31 (c. 5,2).
20
Mt 21,35-46; SAN AGUSTÍN, Sermón 389,4-5; 60,8-10.
15
cuánto compartir e interesarse afloran en los temas e ideas
siguientes, tomados de la Regla:
1) Todos los religiosos recibirán de acuerdo con sus
necesidades particulares y compartirán alegremente todo
cuanto tienen o cuanto puedan recibir en concepto de rega-
lo. La humildad —que permite a las personas contemplarse
a sí mismas como son en realidad en la presencia de Dios y
aceptar las diferencias de cada cual— debe ser su guía cons-
tante, sin que para ello sea óbice la extracción social de
donde proceden, porque en la comunidad todos tenemos
una meta común: vivir en armonía unos con otros con la
finalidad de ser unos en el único Cris to 2 1 .
2) Todos los miembros de la comunidad están convo-
cados a la oración común en tiempos señalados, y si alguien
desea orar en su tiempo libre, los demás deben ser transi-
gentes con él, al menos siendo lo suficientemente conside-
rados como para no molestarle en su oración2 2 .
3) Se espera que los religiosos sean comprensivos cuan-
do, por razones especiales, a otro se le proporcionan comi-
das o vestidos extraordinarios que no se les da a los
demás 23.
4) Los enfermos deben constituir objeto de especiales
cuidados por parte de la comunidad. Con esta finalidad se
designará a un religioso concreto para que supervise los
cuidados de los que son objeto los enfermos2 4 .
5) Aunque la castidad es una ofrenda muy personal a
Dios, Agustín alerta a la comunidad a que sea consciente de
su propia responsabilidad en este asunto, exhortando a todos
a que practiquen una vigilancia y cuidado mutuos unos
sobre otros, porque de este modo "Dios, que habita en vos-
otros, os garantizará su protección". Una vez más se pone de
relieve la idea de la presencia de Dios en cada religioso
21
Regla, nn. 4-9 (c. 1,3-8); n. 32 (c. 5,3).
22
Ib, nn. 10-13 (c. 2,1-4).
23
Ib, nn. 14-17 (c. 3,1-4).
24
Ib, n. 18 (c. 3,5); n. 37 (c. 5,8).
16
concreto y en la comunidad, como estímulo para salvaguar-
dar de un modo práctico la mutua consagración2 5 .
6) De modo muy similar, la corrección fraterna es un
signo de amor esmerado. Quienes no exhortan a quien está
en peligro no sólo le hacen un flaco servicio a esa persona,
sino que comparten totalmente la inculpación y constituyen
una decepción en su amor tanto por la persona como por la
comunidad 26.
7) Todaslas obras hay que hacerlas por el bien común,
no por el medro personal2 7 .
8) Cuando los religiosos salen fuera, se darán mutuo
apoyo yendo juntos 2 8 .
9) De todo aquel que ofende a otro se espera que pida
perdón y que se le conceda lo antes posible, porque no
puede existir armonía ni concordia donde se permite que las
heridas se enconen2 9 .
10) Finalmente, la obediencia es necesaria no sólo por-
que Dios habita en el superior, sino también porque es un
modo de demostrar piedad y compasión frente a toda la
comunidad. Porque en realidad es la comunidad la que se ve
injuriada por quienes se niegan a obedecer, ya que tales
individuos ponen su propia voluntad y su medro personal
por encima del bien común 3 0 .
En todos estos puntos podemos observar que la comuni-
dad orientada a estilo agustiniano tiene a la vez dos realida-
des: una espiritual, que es la búsqueda común de Dios,
objetivo principal; otra verdaderamente humana, que es la
construcción de una fraternidad de amor, de acogida, de
soporte, de preocupación y de reto. Estas dos realidades
—la espiritual y la humana— quedan fusionadas en una
sola, dada la insistencia de Agustín en que el religioso sea
cada día más consciente de la presencia de Dios en todos y
25
Ib, n. 24 (c. 4,6).
26
Ib, nn. 25-26 y 28 (ce. 4,7-8 y 10).
27
Ib, n. 31 (c. 5,2).
28
Ib, n. 36 (c. 5,7).
29
Ib, nn. 41-42 (c. 6,1-2).
30
Ib, nn. 44-47 (c. 7,1-4).
17
en cada uno. En la medida en que esta consciencia toma
auge, la búsqueda de Dios y la construcción de la fraternidad
constituyen un esfuerzo único y común. Este impulso co-
munitario es también algo antagónico de todo cuanto favo-
rece al yo: las posesiones personales, el poder, el orgullo, la
independencia, la competencia, el egoísmo..., elementos que
con frecuencia caracterizan las relaciones de la sociedad
secular y que, desgraciadamente, llegan a considerarse el no
va más del progreso y de la realización personal dentro de
la sociedad. Una frase de Agustín sintetiza a la perfección
el énfasis que pone en el amor mutuo de hermanos o herma-
nas en la comunidad como culminación de sus esfuerzos por
amar a Dios: "¿Son perfectos los que saben vivir en común?
Perfectos son los que cumplen la ley. Pero ¿cómo se cumple
la ley de Cristo por parte de aquellos que viven en comu-
nidad como hermanos o hermanas? Escuchad lo que dice el
apóstol: Arrimad todos el hombro a las cargas de los otros, que con
eso cumpliréis la ley de Cristo (Gal 6,2)"3 1 .
A lo largo y a lo ancho de la Regla se intima a los
seguidores de Agustín a acarrear las cargas de los hermanos
y hermanas como si fueran propias. De este modo quedarán
capacitados para saber que realmente están imitando a Cris-
to y su amor.
El puesto central de la vida comunitaria
Cuantos se han ocupado del tipo de vida descrito por
Agustín en su Regla han puesto siempre de relieve el lugar
central que ocupa la comunidad en este género de vida. Aún
más: han subrayado este puesto central como algo muy
característico del proyecto agustiniano de vida religiosa.
Algunos ejemplos de autores modernos nos ayudarán a ilus-
trar este punto:
"Para Agustín la vida en común es más de lo que los
términos quieren significar. Es en la vida de comunidad
31
En. in Ps. 132,9.
18
donde uno se encuentra con Dios. Agustín emplea un len-
guaje realmente curioso: 'Todo el que desea vivir bajo un
mismo techo conmigo tiene a Dios como posesión'... No
resulta fácil hallar otra legislación donde la noción de co-
munidad se haya constituido de una manera tan consciente
y vigorosamente en punto central de toda la vida monástica.
Ser una familia de Dios, ser una comunidad de amor y
esforzarse dentro de esta comunidad en la realización per-
fecta de los ideales de la vida cristiana es la idea nuclear de
todo cuanto Agustín hizo al establecer esta forma de vida
monást ica"3 2 . "¿Por qué darle tanto realce a la comunidad?
¿No será porque la tendencia a reforzar el propio ego y el
individualismo son los principales obstáculos para vivir el
evangelio?... La visión agustiniana de la comunidad es una
protesta contra la indiferencia frente a la gente y contra la
falta de igualdad que existe entre las personas como con
harta frecuencia lo constatamos en la sociedad"3 3 . "La úni-
ca condición que Agustín le puso al obispo Valerio antes de
ordenarle sacerdote fue quedar disponible para continuar
viviendo en comunidad. Y la única cosa en la que siempre
insistió, a medida que fue adaptándose a las distintas nece-
sidades apostólicas de la Iglesia, fue la comunidad. Toda su
actividad apostólica se basó en la comunidad" 3 4 .
32
ADOLAR ZUMKELLER, OSA, Augustine's Ideal of the Religious Life, trad. de
E. Colledge, Fordham University Press, Nueva York 1986, 126-127.
33
T. VAN BAVEL, OSA, Espiritualidad agustiniana, en Presencia, La Paz, Bolivia,
domingo 16 de noviembre 1980. Véase asimismo T. VAN BAVEL, OSA, Community
Life in Augustine, en "The Tagastan" 29 (1983), n. 2, 128-129: "En el monacato
egipcio vemos a la cabeza de la comunidad el abba o amma, a través de los cuales
los monjes más jóvenes escuchan la voz del Espíritu Santo... Con Agustín ocurre
algo distinto: es la comunidad en su totalidad la que se halla reunida en torno al
evangelio y escucha a Cristo como maestro interior. Consiguientemente, la cons-
trucción de la comunidad se considera mucho más como tarea de todos y cada uno
de los miembros del grupo. Tenemos que escuchar a Cristo y su mensaje como
grupo".
34
A. MANRIQUE-A. SALAS, OSA, Evangelio y Comunidad, Ed. "Biblia y Fe",
Escuela Bíblica, Madrid 1978, 201-202. Véase también L. VERHEIJEN, OSA, Acts
4,31-35 in the Monastic Texts of St. Augustine, en Second Annual Course on Augustinian
Spiriruality, Roma 1976, 58: "San Agustín constató que esta fraternidad en un
monasterio es una forma concreta del espíritu fraterno de toda la Iglesia: el anima
una es el anima única Christi".
19
Estas expresiones, que revelan la importancia básica de
una vida comunitaria orientada a la persona en el ideal
religioso de Agustín, constituyen una estupenda razón para
detenernos a reflexionar en qué puede y debe consistir tal
estilo de vida. Quien vive este estilo comunitario y se es-
fuerza por conseguir el ideal expuesto ya posee a Dios y
brinda a los demás un modelo de lo que es el ideal cristiano
real, modelo que sirve no sólo para otros religiosos, sino
quizá de manera específica para todas las familias cristianas.
Al mirar por los demás antes que por su propia persona, el
religioso lanza un signo de protesta tanto contra las priori-
dades que el mundo se ha fijado para sí mismo como contra
el terrible mal de la soledad y del abandono que tantos y
tantos experimentan en nuestra sociedad computerizada. Al
escuchar el evangelio con el resto de los miembros de la
comunidad, los religiosos declaran paladinamente que nadie
posee toda la verdad, y que Jesús habla y enseña ya cuando
dos o tres están reunidos en su nombre. Más aún: si bien es
cierto que podemos aprender muchas cosas unos de otros, es
Jesús en realidad el maestro interior y, por tanto, nuestro
guía constante y nuestro director espiritual definitivo35 .
Por último, el estilo de vida religiosa de Agustín no consti-
tuye un rancho aparte de las corrientes principales de la
Iglesia. Es justamente todo lo contrario: es base de todo
servicio apostólico y un auténtico reflejo de esa unidad del
amor en Cristo que debe caracterizar a todos los cristianos.
35
"Hasta donde llegan mis conocimientos, más que descubrir que tienes ne-
cesidad de mí lo que veo es que estás bien instruido. Porque no me gustaría que
nadie fuera tan ignorante que nos viéramos precisados a enseñarle: es mucho
mejor que todos fuéramos discípulos de Dios... Ten por totalmenteseguro que,
aun en el caso de que puedas aprender algo bueno de mí, tu verdadero maestro
será siempre el maestro interior del hombre interior..." SAN AGUSTÍN, Carta 266,
a Florentina, cit. en L. VERHEIJEN, OSA, Saint Augustine: Monk, Príest, Bishop,
Augustinian Historical Institute, Villanova, PA, 1978, 59-60 (en adelante lo citaré
como St. Augustine...).
20
Resumen
Para compendiar brevemente, el puesto central de la
comunidad teniendo en cuenta el concepto y la experiencia
de la vida religiosa de Agustín podemos esquematizarlo
como sigue: 1) En esta comunidad hay que buscar, poseer y
honrar a Dios de un modo muy concreto: en y a través de
los hermanos religiosos. 2) La comunidad vivida así es un
acto de adoración a Dios. 3) Toda la Regla está orientada al
otro; nos urge a compartir y a cuidar todo cuanto conduce
a la unanimidad y a la concordia. Más aún, el progreso en
el amor se mide por el grado en que se busca el bien común
por encima de los propios intereses. 4) Finalmente, esta
comunidad elimina todas las formas de egoísmo, porque el
egoísmo es el mayor obstáculo de la visión evangélica de la
vida y del seguimiento de Jesús. El centralismo de vivir la
vida común está tan acentuado en el pensamiento de Agus-
tín, que puede afirmarse que ¡os votos de castidad, pobreza
y obediencia, tal como hoy los conocemos, se hallan conte-
nidos en uno solo, en el llamado "compromiso santo", que
Agustín exigía a todos aquellos que se le unían en aquel
estilo de vida. Este santo compromiso" no es otro que el
propósito de vivir la vida común con unanimidad de obje-
tivos y en concordia con todos3 6 . El religioso que tome en
serio este "santo compromiso" no sólo agradará a Dios,
sino que será fuente de inmensa alegría para el resto de los
miembros de la comunidad y, por supuesto, para la misma
Iglesia.
•«> Véase SAN AGUSTÍN, En. in Ps. 99,12; 75,16; Sermón 355,1,1; también
A. MANRIQUE, Teología agustiniana de ¡a vida religiosa, El Escorial, Real Monasterio,
1964, p. II, c. 115-124 (citado en adelante como Teología...).
21
2. Ponedlo todo en común
EN EL M U N D O de hoy existe abundancia de bienes materiales en algunos países. En otros —la mayoría,
sin duda— muchedumbres inmensas de hijos de Dios viven
en la pobreza e incluso en la miseria más abyecta. En este
contexto, todo el problema de la pobreza religiosa consti-
tuye un auténtico reto. Si queremos que lo que el religioso
comparte con los demás tenga sentido, esta oferta debe salir
de dentro, de una vida interior inspirada por el amor. Este
es el verdadero objetivo de los votos religiosos: deben ayu-
dar a profundizar en el amor a Dios y en el amor al prójimo.
El voto de la pobreza religiosa sólo tiene verdadero sentido
cuando se le contempla en el contexto más amplio de una
vida dedicada a la unión con Cristo y al servicio generoso
del prójimo. Fuera de este contexto o de otro similar, este
voto no tiene sentido y fácilmente se le puede plantear
como totalmente indeseable.
En el capítulo anterior ya hemos esbozado un cuadro
más amplio del ideal religioso agustiniano. En síntesis b re-
vísima, el objeto fundamental de la convivencia en una
comunidad de orientación agustiniana es la consecución de
la armonía y de la unidad entre los religiosos en su búsqueda
de Dios, meta que consiste ante todo en buscar a Dios unos
en otros y en honrarle en e l los ' . De esta manera, Cristo se
1
El papa Pablo VI recalcó que la vida común no tenía que considerarse
precisamente como una ayuda más para los agustinos en su vivencia de la vida
religiosa. Hay que considerarla más bien como el objetivo hacia el que tienen que
23
hace visible y palpable; se le puede amar de una manera
efectiva en su humanidad débil, en la endeble humanidad de
cada uno de nosotros. A esta luz debemos contemplar y
evaluar la gran insistencia de Agustín en la pobreza evangé-
lica. Mejor dicho, su insistencia en el compartimiento total
de los bienes en la comunidad religiosa.
Agustín era muy consciente de la importancia de este
compartimiento total desde el momento en que comenzó a
vivir la vida religiosa personalmente. Comprendió muy bien
que la verdadera unidad y armonía entre sus seguidores no
sería posible mientras tuvieran la capacidad de poseer lo
que quisieran y de hacer uso de estos bienes tal como les
viniera en gana. A este propósito dice Agustín en un pasaje:
"A causa de esas cosas que como individuos poseemos sur-
gen peleas, enemistades, disensiones, guerras entre los hom-
bres, motines, desavenencias... ¿Acaso nos peleamos por las
cosas que tenemos en común?" 2
Pero si el objetivo último de la pobreza religiosa, o del
compartir , es algo claro para Agustín, ¿qué idea tenía sobre
el contenido y la práctica de esta pobreza? Me gustaría
resumir su actitud en cuatro títulos: compartir, recibir, vivir,
servir.
Compartir con la comunidad
El principio básico que sienta Agustín para el religioso
en este asunto podemos verlo en el mismo comienzo de su
Regla: "No ¡¡améis a nada propio, sino que todas vuestras cosas estén
en común" ^. Esto implica, ante todo, que cuando alguien
ingresa en una comunidad de orientación agustiniana, actúa
aspirar diariamente: una verdadera escuela de amor. Al hacer una ecuación entre
la vida común y el objetivo del amor, el papa ponía de relieve que el ideal
agustiniano trata de hallar a Jesús en el verdadero centro de la comunidad, presente
en todos y cada uno de los religiosos (PABLO VI, Discurso al Capítulo General
Agustiniano de 1971, en Living in Freedom Under Grace, Curia Generalizia Agostiniana,
Roma 1979, 42. Cit. en adelante Living in Freedom).
2
SAN AGUSTÍN, En. in Ps. 131,5.
3
Regla, n. 4 (c. 1,3).
24
como lo hizo Agustín, dando cuanto tiene a los pobres o
integrándolo en el fondo común de la comunidad religiosa.
A este respecto dice Agustín: "Dejadles que hagan lo que
quieran. Con tal de que sigan siendo pobres conmigo, pode-
mos todos esperar en la misericordia de D ios" 4 .
Este principio básico de un compartir total también
pone en claro, por lo demás, que los religiosos no deben
tener nada propio, todo lo tienen que tener en común con
el resto de los hermanos o hermanas. Antes de entrar en la
vida religiosa sólo pueden reclamarse como propias las po-
sesiones de título personal. Después de ingresar en esta
santa sociedad y de ponerlo todo en común, incluso lo que
los otros poseían pertenece ahora a todos y a cada uno 5 . Lo
que constituye mayor relevancia es el hecho de que Dios
mismo se convierte en posesión común, en la más inestima-
ble de todas: "Efectivamente, Dios mismo, tesoro fabuloso y super-
abundante, será nuestra común posesión"6.
Sin embargo, esta norma básica no afectaba sólo a quie-
nes acababan de acceder a su compromiso sagrado como
cristianos consagrados. Se aplicaba también a los que ya
estaban viviendo la vida común. Por ejemplo, todos los que
recibían regalos del exterior, incluso de los parientes, se
esperaba que pusieran todas esas cosas en común. Compe-
tencia del superior sería proveer que esas donaciones se
dieran a quien pudiera necesitarlas. Más aún, Agustín llegó
4
Sermón 355,6.
5
"Ellos ponían sus bienes personales en común. ¿Es que perdieron lo que
había sido suyo? Si se hubieran reservado para sí lo que era suyo, entonces cada
cual tendría sólo lo que era suyo. Pero puesto que puso en común lo que era suyo,
incluso lo que los otros tenían pasó a ser suyo". (En. in Ps. 131,5). Esta observación
nos recuerda, en un plano más espiritual, lo que Agustín escribió a Leto, religioso
que había abandonado el monasterio, presumiblemente para atender asuntos fi-
nancieros de su casa, con la intención de retornar al monasterio. Sin embargo, el
afán dominante de su madre se lo impidió. Agustín escribió al jovenrecordándole,
entre otras cosas, que ya no se pertenecía sólo a sí mismo, sino también a sus
hermanos en religión: "Tu alma ya no te pertenece exclusivamente a ti; pertenece
a todos los hermanos. Y sus almas te pertenecen a ti. Mejor dicho, sus almas junto
con la tuya no son muchas almas, sino solo una, el alma única de Cristo" (Carta
243,4).
6
Sermón 355,1.
25
a manifestar a sus diocesanos que si, al reparar que algunos
de los regalos que le hacían eran demasiado elevantes, ven-
dería los objetos y emplearía el dinero en obras de caridad,
antes que estrenar los vestidos o hacer uso de cuanto era
impropio de su profesión religiosa7 . Precisamente con esta
actitud Agustín enseña incluso a los religiosos de hoy la
necesidad de ser sencillos; simplemente hay cosas que no
están muy en consonancia con los que han prometido ha-
llarse entre los pobres de Cristo.
Pero quizá el detalle más importante de este compart i-
mento total con la comunidad fue la actitud positiva que
Agustín deseaba que tuvieran presente cuantos venían a
vivir con él: alegría en el dar por parte de cuantos disfrutaban
de bienes en el mundo 8; la ausencia de deseo de adquirir cosas por
parte de los que habían ingresado en la comunidad sin haber
tenido bienes materiales9 . Más aún, la alegría debe caracte-
rizar a cuantos viven en el monasterio a través de los servi-
cios que se hacen unos a o t ros 1 0 y en su talante en la obser-
vancia de la Regla, es decir, como personas libres bajo la gracia n.
También subrayó Agustín en qué medida la ausencia del
apetito de poseer cosas hacía de la ofrenda religiosa personal
un sacrificio total: "Renuncia al mundo entero quien renuncia a
cuanto posee o desea poseer"12. No obstante, lo que realmente
cuenta no es el hecho de haber traído algo para el fondo
común ni el haber vendido cuanto se poseía. Lo que cuenta
de verdad es el haber traído consigo a la comunidad "esa
caridad que eclipsa todas las cosas.. ." 13.
7
Sermón 356,13.
8
Regla, n. 5 (c. 1,4).
9
Ib, n. 6(c. 1,5).
10
Ib, nn. 38,40 (c. 5,9,11).
11
Ib.,n. 48 (c. 8,1).
12
Carta 157,39; véase también En. in Ps. 103s, 3,16.
13
Sermón 356,9.
26
Recibir de acuerdo
con las necesidades de cada cual
La segunda norma sobre la pobreza que Agustín deja
bien sentada para sus seguidores tiene conexión directa con
el estilo de vida con que se describe a la naciente comunidad
de Jerusalén: la distribución de los bienes de acuerdo con las
necesidades de cada cual1 4 . La meta de la pobreza agusti-
niana es la unidad, no la uniformidad. Las diferencias reales
entre los religiosos, por ejemplo, la salud, la complexión
física, antecedentes, talentos y otras necesidades personales
deben entrar en consideración siempre.
Teniendo a la vista estas diferencias, Agustín en su Regla
ha manifestado su amplitud de miras y su abierta mentali-
dad, así como el grado de deferencia mostrado frente a lo
que hace a unas personas distintas de las otras. Supo com-
prender que las necesidades de los que antes eran ricos se
hallaban expuestas a ser distintas de las necesidades de quie-
nes vivían en pobreza; que las necesidades de la gente sana
tenían que ser distintas de las necesidades de los que estaban
enfermos, y que la gente robusta no necesita tantas atencio-
nes como las personas débiles. Frente a sus religiosos tuvo
en cuenta no sólo su condición física, sino también su ma-
durez espiritual y su estado psíquico. Todo ello pone de
relieve una comprensión extraordinaria de la naturaleza
humana para los tiempos que corrían. Siguiendo esta lógica,
estableció reglas particulares para los enfermos con respecto
a los ayunos y a la alimentación 15; había que dar comida,
vestidos y ropa de cama especiales a aquellos que habían
vivido en el mundo dentro de un ambiente que les hacía
menos capaces de adaptarse pronto a la austeridad monás-
tica 16; y aunque advirtió a sus seguidores de no preocuparse
demasiado del vestuario que recibían del fondo común, tam-
14
He 4,35. \
15
Regla, nn. 14,18 (c. 3,1,5).
'
6
Ib, nn. 16.17 (c. 3,3-4).
27
bien hizo excepciones con aquellos que aún no podían adap-
tarse a este consejo 17.
Vivir c o m o los pobres en espíritu
Ya hemos visto cómo Agustín quería que sus seguidores
fueran pobres de hecho. Ahora nos preguntamos: ¿Cómo
esperaba que fueran esos pobres en espíritu, interiormente?
¿Qué espíritu guiaba a Agustín y a sus comunidades en la
vida diaria de su consagración como pobres de Dios?
Para comenzar a dar una respuesta a estas preguntas,
oigamos primero lo que Agustín dice al pueblo cristiano, a
los que, en su estimación, son pobres de Dios o pobres de
espíritu: " U n pobre de Dios es... el que lo es en su corazón,
no en su cartera... Dios no mira nuestros bolsillos, sino
nuestros deseos... A todos los que son humildes de corazón,
a los que viven en la práctica del doble mandamiento del
amor, no importa cuanto posean en este mundo, hay que
• clasificarlos como pobres, como los auténticos pobres a
j quienes Dios harta de pan" 18. "Mira cómo los pobres y los j
desposeídos pertenecen a Dios. Me refiero, por supuesto, aj
los pobres en espíritu. De éstos es el reino de los cielos... ¿Y i
quiénes son estos pobres en el espíritu? Los humildes, los
que confiesan sus pecados, los que no presumen de sus pro-
pios méritos ni de su propia justicia... Los que alaban a Dios
cuando hacen algo bueno y se acusan a sí mismos si hacen
algo m a l o " 19.
Es curioso observar cómo en estos textos Agustín asocia
los conceptos de pobres en el espíritu y de humildes de
corazón; para él son inseparables estos conceptos. Para Agus-
tín resultaría algo utópico que alguien busque la unidad y la
armonía en su camino hacia Dios sin la práctica de estas dos
virtudes. Más aún: Agustín recalca el hecho de que los
17
Ib, n. 30 (c. 5,1).
18
En. inPs. 131,26.
19
En. ¡n Ps. 73,24.
28
pobres de Dios y los pobres en el espíritu son probablemente
los humildes de corazón, y como tales practican necesaria-
mente el amor a Dios y al prójimo. Al mismo tiempo no
comprendían a Agustín quienes hacían un auténtico desplie-
gue dando su fortuna a los pobres, pero no estando perso-
nalmente dispuestos a ser pobres de Dios: "Están hinchados
de orgullo y creen que el bienestar que disfrutan hay que
atribuírselo a ellos, no a la gracia de Dios. Por todo ello,
aunque practiquen muchas obras buenas, no viven bien... Su
riqueza son ellos mismos, no son pobres de Dios. Están
llenos de sí mismos, no tienen necesidad de Dios" 2 0 .
Por eso, el verdadero pobre tiene que serlo primero en
su corazón; debe reconocer con toda humildad tanto la
necesidad de estar lleno de Dios como el hecho de que sin
Dios no será capaz de realizar nada que sea digno del Reino.
Si estos conceptos van dirigidos primariamente a todos los
fieles, con mayor razón deben interesar a los religiosos.
Otra observación que hay que hacer en esta área de la
vivencia de pobreza sobre una base cotidiana es que Agustín
buscó siempre manejar el timón de manera equilibrada. No
creía en los extremismos. Una parte de la Regla que revela
esta actitud equilibrada respecto de la pobreza es la refe-
rente al atuendo de los religiosos: "Que en vuestro vestido no
haya nada que atraiga la atención" 2i. No se dan detalles al
respecto. El único consejo que se da —y, como es lógico, es
el más importante para Agustín— es que el vestido sea
sencillo, ni demasiado buenos ni demasiado pobres. En otras
palabras, que no les haga destacar. Este mismo rasgo de
actitud equilibrada la expresa Posidio, si cabe, en términos
más explícitos. El nos da una idea bastante aproximada de
los hábitos personales de la vida de Agustín: "Sus vestidos,
su calzado y el mobiliario de su dormitorio eran suficiente-mente modestos; ni demasiado refinados ni demasiado po-
bres. Porque en tales cosas la gente está acostumbrada o a
un despliegue de orgullo personal o bien a rebajarse dema-
20
En. inPs. 71,3.
21
Regla, n. 19 (c. 4,1).
29
siado. En ninguno de estos casos buscan las cosas de Jesu-
cristo, sino las suyas propias. Como ya he dicho, Agustín
matenía un sano equilibrio, sin desviarse ni a la derecha ni
a la izquierda" 2 2 .
Un último punto nos lleva a considerar la vida cotidiana
de la pobreza religiosa: se refiere a la necesidad que tienen
los religiosos de subvenir a sus propias necesidades mediante
el trabajo. Todo el libro de Agustín sobre El trabajo de los
monjes puede constituir objeto de lectura y de cita en este
aspecto, pero el texto siguiente, tomado de esta obra, es un
resumen adecuado de su pensamiento: "Algunos han renun-
ciado o distribuido su fortuna, grande o pequeña, y con sana
humildad han optado por ser numerados entre los pobres de
Cristo. Si son físicamente capaces y no están comprometidos
con trabajos de Iglesia y, no obstante, realizan trabajos
manuales, rechazan todo ese tipo de excusas (para no traba-
jar) que suelen esgrimir los perezosos que ingresan en el
monasterio procedentes de un estilo de vida más humilde y
por ello más activo. Y al obrar así actúan con mayor mise-
ricordia que si hubieran repartido todos sus bienes entre los
necesitados"2 3 .
Los religiosos no pueden decir que viven propiamente el
voto de pobreza si no están dispuestos —en la medida en
que la salud se lo permite— a aceptar con alegría las cargas
del trabajo diario, sea oración, ministerio pastoral, ense-
ñanza, escritura, enfermería, trabajo manual, servicios téc-
nicos o cualquier otra forma de apostolado. Si hay algo que
caracteriza al auténtico pobre es el hecho no sólo de tener
que trabajar, sino de trabajar duro para su manutención
personal y la de su familia.
Servir a los necesitados
Finalmente, dado que la pobreza religiosa no es simple-
mente una condición económica, sino una actitud del cora-
22
POSIDIO, 22; véase también SAN AGUSTÍN, Carta 48,3.
23
De opere monachorum 25,33 (en adelante, De op. mon.).
30
zón basada en el amor, tienen que sentirse también sus
efectos más allá de los muros de la comunidad religiosa en
un servicio que trascienda a los demás. Jesucristo se vació al
sentar su tienda entre nosotros; aun siendo verdaderamente
rico, se hizo pobre por nosotros, para que por su pobreza
pudiéramos enriquecernos nosotros2 4 . Este reto va dirigido
a todos los seguidores de Cristo y mucho más a los religio-
sos. Es el reto de entregarse a los pequeños de Dios. Agustín
entendió en todo su contenido y aceptó este compromiso
personal en su época y fue un modelo para que sus seguido-
res hagan lo propio. Posidio lo hace resaltar así: "Siempre
estaba atento a sus compañeros de pobreza. Tomaba parte
de su propia asignación entregándosela a los que convivían
con él. Me refiero a los ingresos procedentes de la iglesia y
de las ofrendas de los fieles"2 5 . "A veces, cuando la iglesia
no tenía dinero, informaba a los fieles de que no contaba
con más fondos para los pobres. Para ayudar a los encarce-
lados y a un gran número de pobres había mandado fundir
algunos vasos sagrados. El dinero que le reportaba la venta
de estos vasos sagrados lo distribuía a los necesitados"2 6 .
Pero además de estos cuidados materiales en favor de
sus compañeros de pobreza, como llamaba a los pobres, se
propuso ayudar continuamente al pueblo mediante diversas
obras de misericordia 27, porque sabía muy bien que no sólo
de pan vive el hombre 28.
¿De qué medios, podemos preguntarnos, puede servirse
el religioso en casos concretos para imitar a Agustín en su
ardiente celo por los pobres? Un autor nos brinda un amplio
abanico de posibilidades en el pasaje siguiente: "El religioso
se ha comprometido personalmente... a identificarse, tanto
él como su instituto, con toda la familia humana, teniendo
en cuenta que ésta manifiesta su pobreza de distintos modos
ante Dios. Además de la forma más obvia de privación y de
24
Flp 2,7; 2Cor 8,9.
25
O.c, n. 23.
26
Ib, n. 24.
27
Véase, por ejemplo, POSIDIO, nn. 19-20.
28
Mt4,4.
31
r>
escasez de bienes materiales, existe la pobreza de la igno-
rancia, de la inseguridad, de la soledad, de la enfermedad,
del fracaso y, sobre todo, la pobreza de la perversidad. Al
dar gratis y con generosidad lo que personalmente ha reci-
bido como don de Dios, el religioso procura llevar adelante
de modo creativo el mandato de Jesús: 'Lo que habéis reci-
bido gratis, dadlo gratis ' (Mt 10,8)"2 9 .
En el texto que acabamos de presentar podemos ver
numerosas áreas en que se puede servir de manera más
satisfactoria a los pobres de Cristo. Pero no resulta posible
realizar este servicio sin un espíritu real de autosacrificio,
sin una disponibilidad de mantenerse uno fuera. Y una vez
más ahí queda el reto de vivir en esa admirable sencillez que
caracterizó la vida de Agustín, de experimentar de manera
profunda dentro de nosotros mismos la necesidad que tene-
mos de Dios y del prójimo y de tener hambre especialmente
de Dios y de la venida de su Reino.
Agustín nos permite resumir sus enseñanzas sobre po-
breza en aquello que constituye el verdadero núcleo del
tema: la donación real que se nos intima a través de la
pobreza evangélica es, ni más ni menos, el don de sí mismo.
Agustín lo recalca en el pasaje siguiente: "Dad lo que habéis
prometido; y, puesto que vuestra promesa os incluye a vos-
otros, entregaos al Único, que es quien os ha regalado la
existencia... Lejos de disminuir, todo cuanto deis se conser-
vará y aumentará" 3 0 .
De modo análogo, la meta de ser un alma sola y un solo
corazón encaminados hacia Dios se alcanzará con mayor
rapidez cuando los religiosos compartan con los demás no
sólo lo que tienen, sino lo que son. En fin, lo que hemos
dicho antes: el don de sí mismos. Cuando comparten sus
talentos de mente y corazón, su fe, su esperanza y su amor,
su tiempo, su entusiasmo y su propio yo, entonces resulta
más accesible y tiene mayor sentido esa unidad en el amor
29
DAVID M. STANLEY, SJ, Faith and Religious Life, Paulist Press, Nueva York
1971, 83-84.
30
Carta 127,6.
32
que se han propuesto como objetivo. Las necesidades más
importantes de los hombres y de las mujeres de hoy no son
necesariamente materiales. Con frecuencia sus necesidades
espirituales, psicológicas y emocionales requieren una aten-
ción mayor y más inmediata. La posibilidad de contribuir
en algo al alivio de estas necesidades se halla con toda
probabilidad más dentro de las posibilidades del religioso
que la de aliviar pura y simplemente las necesidades mate-
riales.
Siguiendo a Cristo pobre. Agustín nos reta a aceptar de
todo corazón no sólo la renuncia a nuestras posesiones en
favor de los pobres, sino también, en una actitud realmente
positiva, nos intima a un seguimiento voluntario de Cristo
que invita a todos los religiosos: Ven y sigúeme. "¿Amas y
quieres seguir a aquel a quien amas? Se ha marchado ense-
guida, se te ha adelantado. Corre y mira a ver dónde se ha
ido. Cristiano, ¿no sabes adonde se ha ido tu Señor? Quiero
preguntarte. ¿Quieres seguirle? ¿Quieres seguirle por el ca-
mino de las pruebas, insultos, acusaciones falsas, salivazos
en el rostro, golpes y bofetadas, corona de espinas, cruz y
muerte? ¿Por qué andas dudando? Mira, ahí tienes el cami-
no. Y tú exclamarás: Arduo camino es ése. ¿Quién puede
seguir a Jesús por é l ? " 3 1
Es muy posible que no todos los religiosos en la vida de
cada día se encuentren con todo este tipo de retos. Pero la
pregunta sigue en pie: "¿Amas y quieres seguir a aquel a
quien amas?" ¿Qué quiere decir esto en la práctica?
El P. BonifaceRamsey, OP, al hacerse esta misma pre-
gunta, señala diversas áreas en que tienen que sentirse inter-
pelados los religiosos si realmente desean seguir a aquel a
quien aman. En breve síntesis, todo ello entraña: 1) El va-
ciamiento de nuestra condición humana; 2) La alienación de
Cristo respecto de los estándares establecidos por los dir i-
gentes y la sociedad de nuestra época; 3) Solidaridad con los
pobres, los oprimidos y los alienados; 4) Carencia de poder
31
Sermón 345,6, tal como lo cita BONIFACE RAMSEY, OP, The Center of Religious
Poverty", en "Review for Religious" 42 (1983) n. 4, 539.
33
(impotencia) frente a ciertas situaciones; 5) Libertad con
respecto a los asuntos humanos; 6) Dependencia de los de-
más, y especialmente dependencia del Padre 32.
Como ayuda para una reflexión práctica sobre el tema,
me gustaría comentar con brevedad cuatro palabras clave o
esos cuatro conceptos que he visto expresados en el pasaje
anterior: alienación, solidaridad, abandono, dependencia.
Alienación. Los estándares de nuestro mundo no son los
establecidos por Jesús en el evangelio. Por todo ello, si
queremos adherirnos a las enseñanzas de Jesús, tendremos
que distanciarnos de estos estándares. Considérense, por
ejemplo, estos dos casos: 1) la mentalidad consumista con
que se nos bombardea en los diversos mensajes y, sobre
todo, en la televisión: "¡Rápido, rápido! Compre ahora mis-
mo. Posiblemente su felicidad dependa de esto"; y 2) "Si
eso no produce dinero, no merece la pena".
Permitidme un ejemplo concreto de cómo la mentalidad
consumista ejerce una presión absoluta sobre todo el mundo,
pero en especial sobre aquellos que no pueden secundarla.
Hace unos años me hallaba en un bulevar céntrico de Ma-
nila. Mientras daba una vuelta de observación, me topé con
una tremenda valla publicitaria instalada en todo lo alto de
la calle, bien visible a todos los transeúntes. Presentaba las
caras de tres niños de aspecto tristón con un mensaje escrito
en caracteres bien destacados: "¿Cómo privar a sus hijos de
una televisión en color si su alquiler sólo cuesta 12,50 al
mes?" Por supuesto que el precio constaba traducido a mo-
neda filipina, pero equivalía aproximadamente a la paga de
seis o siete días de la clase trabajadora destinaría de la
publicidad. Lo que la valla proclamaba era que aquella tris-
teza de los niños dimanaba de no tener una televisión en
color; la felicidad depende de poder disfrutar de un aparato
de ese tipo.
En una sociedad opulenta tanto nosotros a nivel indivi-
dual como nuestra comunidad tenemos que ser muy caute-
32
BONIFACE RAMSEY, O.C, 534-544, pero especialmente 542-543.
34
losos ante la avalancha del apetito de posesión de muchos
bienes materiales, además del exagerado deseo de confort,
o simplemente por el prurito de tener muchas cosas, e in-
cluso por un espíritu falsamente competitivo. Asimismo te-
nemos que ser circunspectos para no dejarnos avasallar por
una necesidad real de dinero en nuestra labor y en nuestra
vida. Que no influyan en nuestra imagen de modo que
lleguemos a olvidarnos de lo que realmente es importante
en la vida religiosa, al sofocar quizá algunos de sus elemen-
tos esenciales: unidad en el amor, comunidad, oración, ser-
vicio.
Solidaridad. Naturalmente que nos sentimos obligados a
practicar la solidaridad con los pobres. Pero esta solidaridad
no debe limitarse a los pobres meramente materiales. Como
ya hemos indicado, debe incluir también a los ignorantes,
inseguros, solitarios, enfermos, fracasados, pecadores3 3 . Nos
viene ahora al pensamiento la totalidad del área de justicia
y paz, área que repetidamente ha ido en estos últimos años
ocupando un puesto de preferencia en nuestra reflexión
cristiana. Pero hay que dejar bien sentado que no tratamos
de hablar a los demás sobre este tema sin antes tener nuestra
casa bien ordenada. Nuestra actitud global ante los grupos
menos privilegiados, excepcionales y minoritarios, que tra-
bajan con nosotros o por nosotros, necesita someterse a un
escrupuloso escrutinio, porque precisamente es en esta área
personal donde debe comenzar la búsqueda de una mayor
justicia en el mundo. Cuando tomamos en serio este aspecto
de nuestra vida, nuestra solidaridad con todos los pobres
—incluso con aquellos que disfrutan de bienestar material—
irá adquiriendo un sentido nuevo y más significativo.
Abandono. Jesús tuvo una experiencia real de abandono
muchas veces en su vida. Se sometió voluntariamente a esta
sensación porque quería ser como nosotros en todo menos
en el pecado. Sufrió un montón de incertidumbres, frustra-
ciones y angustias, manteniendo su confianza ilimitada en el
33
Cf lo dicho en nota 29.
35
amor indefectible del Padre. Pero tenemos que preguntar-
nos: ¿Existe una voluntad similar de sufrir todo esto por
parte de aquellos religiosos —pocos en número, ciertamen-
te— que parece que están sufriendo de eso que podemos
definir como actitud de un futuro posible de dificultades?
Esta clase de tipos son los que tienden a surtirse de los
últimos gritos de la moda en el vestir y a preocuparse por
verdaderas nimiedades; los que se procuran amigos influ-
yentes y otras ayudas foráneas, no porque estén interesados
en promover los valores del Reino o en ayudar a las nece-
sidades de la comunidad, sino más bien por intereses pura-
mente personales. En el trasfondo de toda esta ansiedad
parecen existir algunas condiciones no expresas que han
hecho que se tambalee la generosidad original que estuvo
presente con toda seguridad cuando comenzaron su vida
religiosa: "Si abandono.. ." , o "si no puedo aceptar mi pró-
ximo destino.. .", o "si el superior se pone así o asá...".
También yendo contra los principios básicos del espíritu de
pobreza, este tipo de actitudes despliega una repugnancia
básica a confiar en el Señor. Si no estamos dispuestos a
confiar en el Señor y a correr riesgos prudentes, ¿cómo
vamos a aprender a profundizar en nuestro amor, que es la
auténtica meta de nuestra vida común?
Dependencia. Se puede tener experiencia del sentido de
dependencia de dos maneras: o con respecto a los demás (la
comunidad) —en cuyo caso quedaría mejor expresado por
' interdependencia'— o con respecto al Señor. De nadie se
dice que su dependencia se basa tanto en los demás que es
incapaz de funcionar solo. Todos necesitamos un cierto mar-
gen de autonomía para desarrollar nuestros talentos y per-
sonalidad a tope de nuestras capacidades y en sintonía con
las necesidades de la Iglesia y de nuestro instituto religioso.
Una pequeña anécdota va a enseñaros muy bien la clase
de dependencia que no queremos fomentar. Durante unas
recientes vacaciones de verano me encontraba en una de
nuestras mayores casas, que en sus cercanías tenía una gran-
ja. Estábamos rezando vísperas al caer de la tarde cuando
36
estalló una tormenta formidable, con gran aparato eléctrico.
De repente se apagaron todas las luces en muchas millas a
la redonda. Justamente entonces se estaba procediendo al
ordeño de las vacas del establo. Para ello se empleaban los
medios más sofisticados y modernos. Cuando toda la ma-
quinaria se paró por falta de energía eléctrica, las vacas se
negaron a dejarse ordeñar con métodos "pasados de moda" .
Todo intento fue vano. Resultado: rebosantes de leche, las
vacas comenzaron a sufrir tanto que sus mugidos se dejaban
oír lejos de la granja. Cesaron sus mugidos de dolor a las
tres de la madrugada, tras arreglarse la avería eléctrica,
cuando se reinició el ordeñado moderno.
No es ésta la clase de dependencia deseable en la vida
religiosa. Pero si la autonomía degenera en independencia,
no le faltarán sufrimientos a la comunidad. Cuando alguien
puede disponer de grandes sumas de dinero, muy por encima
de lo que requieren las responsabilidades pastorales,y si
además tiene a su disposición un coche sin límite de horario,
es muy fácil que se vaya independizando gradualmente de la
comunidad. Análogamente, quienes se quedan con los dona-
tivos que les vienen de fuera de la comunidad se van auto-
marginando de hecho del resto de la comunidad, aunque no
se den cuenta. La posesión de estas cosas, en especial en el
caso del dinero, los hace diferentes, una especie de excep-
ción, como si ello derivara de las restricciones normales de
la vida de comunidad. Y por extraño que parezca, estos
individuos son refractarios a compartir con la comunidad lo
que les han regalado, pero continúan firmes en su voluntad
de compartir todo lo que la comunidad ofrece a sus miem-
bros. Cuando me pongo a pensar en una anomalía como
ésta, no puedo menos de recordar la escena bíblica de Ana-
nías y Safira34. Este matrimonio insistía en que habían en-
tregado todas sus posesiones a los apóstoles, pero en realidad
se habían quedado con ellas. Quizá también ellos sufrieran
el síndrome del " tu turo muy oscuro".
34
He 5,1-11.
37
En última instancia, sin embargo, todo tipo de dificul-
tades puede reducirse a una reluctancia a aceptar la depen-
dencia del Señor, a confiar en él, a buscarle y amarle a él
y a los demás en él. Si lo que intentan algunos es la adquisi-
ción o posesión de cosas materiales, es difícil imaginar
que su intención vaya encaminada a Dios, que quieran se-
guir a Jesús más de cerca o que se empeñen en amar a sus
compañeros religiosos con mayor generosidad. Como dice
Agustín: "Es demasiado insaciable aquel a quien Dios no
bas ta" 3 5 .
Como conclusión está bien que recordemos que, para
Agustín, compartir en común o profesar la pobreza evangé-
lica es precisamente un medio más —aunque esencial—
para fundir los miembros de la comunidad en uno solo,
haciendo que sean uno como "el alma única de Cristo"36. Los
sacrificios necesarios para vivir una oblación como la po-
breza evangélica son aceptables cuando tenemos presente la
globalidad del cuadro, es decir, la verdadera razón por la
que nos hemos reunido: para tener un alma sola y un solo
corazón —en Cristo— en nuestro caminar hacia Dios.
35
Citado en A. SAGE, La contemplation dans les communautés de vie fratemelle", en
"Recherches Augustinniennes" VII (1971) 283.
36
Véase lo dicho en la nota 5; Carta 243,4.
38
3. Verdaderos amigos en Cristo
HASTA HACE relativamente poco tiempo la noción de amistad en la vida religiosa suscitaba sentimientos de
aprensión y con frecuencia levantaba oleadas de temor irra-
cional. De hecho, cabe la posibilidad de que se llegara a
considerar improcedente, o al menos poco avisado, escribir
o hablar sobre la amistad a la luz positiva con que actual-
mente la consideramos. El único uso realmente aceptable de
la palabra parece que tuvo lugar dentro del contexto de
relaciones altamente espirituales o "sobrenaturales", estilo
que, según se apreciaba, tuvo lugar entre los santos a lo
largo de los siglos. Cuando escriben sobre el tópico de la
amistad, los tratadistas de ascética mencionan con frecuen-
cia estas amistades espirituales calificándolas de admirables,
pero no siempre resultan fáciles de practicar o de mante-
nerlas limpias de toda ganga de sentimentalismo peligroso.
Hacen luego hincapié en los males de lo que ha venido a
llamarse amistades "part iculares", es decir, relaciones que
en realidad son exclusivistas, egoístas, separatistas y que, en
última instancia, revisten un carácter sensual. De la bondad
y honradez de los niveles intermedios de la amistad apenas
si se hizo mención '. Quizá un cierto temor moroso ante la
corriente jansenista les hiciera considerar las cosas así ante
la experiencia de la naturaleza humana caída.
1
A este respecto, véase, por ejemplo, ADOLPHE TANQUEREY, The Spiritual Life,
Newman Press, Westminster, MD, 1930, 285-291. Un buen ejemplo de amistad
espiritual o sobrenatural puede ser el de san Francisco de Sales y santa Juana
Francisca de Chantal.
39
Innovaciones de un capítulo general
Incluso después del concilio Vaticano II el cambio de
mentalidad se tomó su tiempo. Recuerdo muy bien en 1968
el capítulo general especial de los agustinos, que se celebró
en el campus de la Universidad de Villanova (EE. UU. ) ,
primer capítulo general que la Orden tenía en el nuevo
mundo. Este capítulo especial y otros muchos que los insti-
tutos religiosos celebraron por aquellos años habían sido
ordenados por la Santa Sede para renovar las Constituciones
de la Orden. Se esperaba una respuesta clara a la urgente
llamada del Vaticano II, dirigida a los religiosos, a volver
a sus raíces y a poner al día su estilo de vivir la vida reli-
giosa2 .
El anteproyecto de estas nuevas Constituciones, tal
como se presentaron al capítulo para su consideración, con-
tenían referencias muy específicas al puesto que tiene la
amistad en la vida religiosa agustiniana. En los inicios del
capítulo este hecho suscitó algunas críticas duras por parte
de un buen número de miembros capitulares, que consideró
estas nociones completamente extrañas a nuestro estilo de
vida. En efecto, sus argumentos se basaban en que la vida
religiosa que vivimos tenía como fundamento un vínculo
jurídico libremente aceptado, y no en sentimientos que po-
dían cambiar de un día para otro.
Pero estas críticas fueron perdiendo fuerza desde el mo-
mento en que se cotejaron con las declaraciones de unos
pocos que consideraban como fuera de lugar en las Consti-
tuciones el concepto de "fraternidad", nuevo y amplio, que
se estaba introduciendo. En sintonía con el Vaticano II,
haría que todos nos consideráramos verdaderos hermanos,
iguales y acreedores al mismo respeto, sin tener en cuenta
distinciones o privilegios que dimanaran de talentos perso-
nales, títulos universitarios, ordenación sacerdotal o profe-
2
Véase PC 2. (Todas las citas del concilio Vaticano II las he tomado de The
Documents of Vatican II, editado por Walter M. Abbot, SJ, Guild Press, Nueva
York 1966).
40
siones ejercidas con anterioridad. Afortunadamente, tras
larga discusión e intensa oración, prevalecieron la fraterni-
dad y la amistad y hallaron su puesto exacto en la reforma
aprobada de las Constituciones. Como agustinos, habíamos
olvidado realmente o habíamos hecho dejación de la mara-
villosa herencia recibida de san Agustín. Nosotros, como
muchos otros religiosos, habíamos infravalorado el calor de
la amistad humana en la vida religiosa, considerándola sos-
pechosa o peligrosa, aunque el mismo Agustín la hubiera
considerado como una de las dos cosas más necesarias en el
mundo 3 .
Fuera temores ante la amistad
Agustín no le tenía miedo a la amistad ni a hacer amigos.
Más bien al revés. Hacer amigos le era tan connatural que
le resultaba imposible concebir su personalidad sin estar en
contacto vital con ellos. Tal fue la realidad que vivió antes
y después de su conversión a la fe católica4 . Sin embargo,
esto no implica que sus ideas acerca de la amistad no sufrie-
ran algunos cambios significativos con su acepción de la fe
de Jesucristo y con su entrada en la Iglesia católica por el
bautismo. En aquellos momentos su conversión le llevó a
reflexionar sobre un hecho: sus antiguos amigos habían sido
hasta cierto punto deficientes por no haber estado aglutina-
dos con Dios mediante ese amor que procede del Espíritu
Santo5 .
Tras fundar su primera comunidad religiosa en Tagaste,
sus primeros compañeros eran amigos ya desde mucho antes,
a los que se unieron unos pocos hombres de buena volun-
tad 6 . Algunos de éstos le siguieron a Hipona tres años más
tarde, cuando hizo su segunda fundación. Alipio, Evodio y
3
Sermón 299D.1; Carta 130,6.13.
4
Véase, por ejemplo, Confes., 2,5,10; 4,8,13; 4,9,14; 6,16,26; Carta 73,3; etc.
5
Confes.4,4,7.
6
POSIDIO, 3; Sermón 355,1,2.
41
Severo son los nombres de algunos de estos amigos que
vivieron la vida religiosa en su compañía desde los inicios;
posteriormente se les añadieron Posidio y otros 7 . La amistad
de Agustín con estos hombres no perdió vigor con el com-
promiso que hicieron ante el Señor de vivir la vida común.
Tampoco disminuyó, como lo prueba la correspondencia
epistolar posterior, cuando algunos de ellos abandonaron la
comunidad para dar respuesta a la llamada de la Iglesia en
calidad de obispos. De hecho fue multiplicando amistades
con otros clérigos y laicos, hombres y mujeres, durante
estos años8 . Podemos afirmar con toda clase de garantías
que no pocos de estos escritos fueron inspirados por las
consultas de sus amigos y, a veces, por el diálogo subsi-
guiente con ellos9 .
El estilo de acción de Agustín a este respecto no se
diferenciaba del estilo del mismo Jesucristo, tanto en sus
enseñanzas como en sus prácticas. Entre los doce que esco-
gió, al igual que entre sus muchos otros seguidores, Jesús
tenía también amigos especiales: Juan, el discípulo amado;
María Magdalena; María, Marta y su hermano Lázaro, y
otros. Pero aunque tenía amigos especiales, Jesús deseaba
extender su amistad a todos los hombres y mujeres que
estuvieran dispuestos a guardar su doble mandamiento de
amor 10. Llegó a afirmar que el colmo del amor era dar la
propia vida por los amigos n . Una inequívoca indicación de
que los discípulos eran sus amigos de verdad halló su confir-
mación compartiendo con ellos los secretos íntimos que su
Padre le había confiado n. Más aún, las enseñanzas y la
actitud de Jesús están en perfecta consonancia con la alta
7
MARIE AGUINAS MCNAMARA, OP, Friends and Friedshipfor St. Augustine, Alba
House, Staten Island 1964, 129.133.137.142. Véase también TEÓFILO VIÑAS, OSA,
La amistad en la vida religiosa, Instituto Teológico de Vida Religiosa, Madrid 1982,
173ss.
8
M. A. MCNAMARA, 144-211.
9
Retractationes, I, 22,55; De libero arbitrio; también los diálogos de Casiciaco.
10
Jn 15,12-14.
11
Jn 15,13.
12
Jn 15,15.
42
estima que las páginas del Antiguo Testamento tienen de los
amigos y de la amistad l3.
A pesar de los cambios de mentalidad y de otros tipos de
mejoras que se han dejado notar desde la conclusión del
concilio Vaticano II, aún siguen persistiendo hoy en día
algunos temores respecto de la amistad en la vida religiosa,
quizá porque a continuación del concilio aparecieron algu-
nas exageraciones en nombre de una amistad descaminada o
mal entendida l4. A pesar de todos los pesares y aun habida
cuenta de que pueden existir algunos errores, en estos últi-
mos años se han dado pasos muy importantes hacia una
mejor apreciación del valor y dignidad de la persona huma-
na y del sentido de la verdadera amistad en la vida religiosa.
Concepto agustiniano de amistad
Personalmente Agustín no escribió nunca un tratado
sistemático sobre la amistad, aun cuando, como ya hemos
dicho, este tópico llenó gran parte de su vida y de su pen-
samiento. Libando en sus variados escritos podemos sinteti-
zar brevemente su pensamiento sobre el tema en tres ideas
básicas: 1.a La amistad es esencial para el bienestar personal en
el mundo; pero la verdadera amistad, la única que perdura,
sólo existe cuando está inspirada por Dios y cuando Dios
hace de soldador o aglutinador. 2.a La amistad presupone amor,
una verdadera unión de corazones y un compartir mutuo de
cargas, al estilo de lo que Jesús hizo por nosotros. 3.a La
amistad está caracterizada por la confianza y la franqueza, y en su
más amplia interpretación hay que extenderla a todos. Pro-
fundicemos en estas ideas básicas que nos ayudarán a apre-
ciar el profundo concepto que Agustín tenía de la amistad,
13
Por ejemplo, Job, passim; Sal 41,9; 55,13; Prov 17,17; 18,24; 27,6.
14
Existieron, por ejemplo, excesos infiltrados en ciertas sesiones de sensiblería
o en un exagerado sentimentalismo que hizo de la noción de amistad algo indesea-
ble para algunos. Siempre ha habido unos pocos, especialmente entre los superio-
res, que, aun sin darse cuenta cabal de ello, han tenido favoritos entre sus amigos
y que, como resultado, han dividido sus comunidades.
43
y que también gozó de alta estima incluso entre los no
creyentes de la antigüedad.
Sin un amigo nada es amable
En el transcurso de su vida, Agustín experimentó una
variada gama de amistades. Este abanico abarca desde las
amistades muy íntimas, pasa por aquellas de cobertura me-
nos emocional y llega a una especie de relación universal,
comprensiva y global, donde no existe distinción real entre
amistad y amor fraterno. Agustín cristianizó el concepto
ciceroniano clásico de esta virtud, demostrando que la autén-
tica amistad es un don y una gracia especial de Dios, que
sólo se mantiene de forma garantizada cuando se la vive en
Cristo. Algunas citas bastarán para clarificar estos puntos:
"La verdadera amistad no es auténtica si tú (Dios) no haces
de aglutinante entre aquellos que están unidos a ti por medio
de la caridad derramada en nuestros corazones por el Espí-
ritu Santo" ,5. "No te desdeñaste... de ser amigo del humilde
ni de responder con amor al amor de que fuiste objeto.
Porque, ¿qué es la amistad sino esto? Deriva su nombre sólo
del amor, es fiable sólo en Cristo y sólo en él puede ser
eterna y fel iz"1 6 . "Si unidos a mí guardáis con valentía
estos dos mandamientos (el amor a Dios y el amor al pró-
j imo), nuestra amistad será auténtica y duradera y nos unirá
no sólo los unos a los otros, sino también y sobre todo a
Dios" 1 7 .
Como un autor observa sobre estas ideas de Agustín:
"Éste es el núcleo de la concepción agustiniana de la amistad
y su gran innovación. Sólo Dios puede unir a Dios personas
entre sí. En otras palabras: la amistad está fuera del alcance
del control humano. Se puede desear ser amigo de otro que
15
Confes. 4,4,7.
16
Contra duas epístolas Pelagianorum, I, 1.
17
Carta 258,4; véase también Confes. 4,9,14: "Dichoso el que te ama a ti
(Señor), y al amigo en ti y al enemigo por ti. Porque no pierde a ningún ser
querido sólo aquel a quien todo le es querido en quien no se ha perdido".
44
anda buscando la perfección, pero sólo Dios puede efectuar
la unión" l8.
Agustín es muy claro ante el hecho personal de que le
resultaba imposible vivir sin amigos. Necesitaba de verdad,
y esto le ayudaba a promocionarse humanamente, las rela-
ciones humanas cálidas, donde los intereses comunes, las
alegrías, las penas y las ideas fueran objeto de comparti-
miento fecundo 19. Para el modo de pensar de Agustín, esto
no era sin más ni más una amistad puramente espiritual. Por
el mero hecho de que la amistad entraña un intercambio de
amor, debe extenderse a toda la persona en su realidad
integral. Más aún: Agustín fue mucho más lejos al no cali-
ficar la amistad como necesidad personal referida a él solo.
Consideró que la amistad era una necesidad para todo el
mundo. De hecho sitúa la salud y la amistad en el mismo
plano, como bendiciones especiales de la naturaleza2 0 . A la
vez que Dios nos creó para existir y vivir en plena forma,
también nos dio amistades para no encontrarnos solos en la
vida2 1 . Precisamente por esta razón Agustín puede concluir
que sin amigos la vida es un vacío total, aunque se puedan
disfrutar grandes riquezas y buena salud: "Cuando alguien se
encuentra sin amigos, no hay nada en el mundo que le satisfaga"22.
Por otra parte, la pobreza, los pesares y hasta el dolor
mismo pueden soportarse cuando uno dispone de buenos
amigos que le sirvan de apoyo, le alienten y le aligeren la
carga.
'Cuando nos oprime la carga y los pesares nos ponen
tristones, cuando los sufrimientos corporales nos quitan el
descanso y acabanpor abatirnos o cuando cualquier otro
pesar nos aflige, si tenemos al lado buenas personas que
dominen el arte de reír con los que ríen y de llorar con los
que lloran, que sepan dirigir una palabra amable y elevar
18
M. A. MCNAMARA, 221.
19
Confes. 6,16,26; también T. VAN BAVEL, Christians in the World, Catholic
Book Publishing Co., Nueva York 1980, 25 (en citas ulteriores, Christians...).
20
Sermón 229D.1. s
21
Ib.
22
Carta 130,2,4.
45
nuestra moral con su conversación, ocurre que nuestra amar-
gura va mitigándose al menos en parte, que nuestras pre-
ocupaciones adquieren cierto alivio y que superamos nues-
tras crisis"2 3 .
Con todo, mientras "no exista un consuelo mayor que la
lealtad sincera y el mutuo afecto de buenos y fieles amigos", en
medio de las fluctuaciones de la vida, podemos realmente
temer por el bienestar de éstos. Pero el temor puede adquirir
mayores proporciones al constatar que los amigos pueden
fallarnos e incluso volverse contra nosotros2 4 .
El amor, núcleo de la amistad
Aunque Dios actúa en la gente para hacer posible la
verdadera amistad, esta misma amistad presupone amor mu-
tuo y una auténtica unión de corazones. Agustín hablaba
con frecuencia de los corazones y almas de sus amigos y de
su propio corazón como si estuvieran fundidos unos con
otros de modo que ya no fueran muchos, sino un solo cora-
zón y un alma sola. Al hablar de su querido amigo Alipio,
dice, por ejemplo: "Somos dos, pero sólo en el cuerpo, no
en el alma. Tan grande es la unión de corazones, tan firme
la íntima amistad que existe entre nosotros . . ." 2 5 De todos
modos, esta unidad sólo es posible cuando esta amistad está
dominada no por un deseo de logros temporales, sino por un
"amor que es puro y desinteresado"2 6 . Una característica
de este amor desinteresado, y a la vez una prueba de ver-
dadera amistad, es la disponibilidad a arrimar el hombro
cuando el amigo está agobiado y hacerlo sin protestar. Por
ejemplo, Agustín dice: "Llevas el peso del enfado de tu her-
mano cuando no estás enfadado con él. Lógicamente, en
otra ocasión, cuando te veas alterado por tu mal humor, dé-
" Ib.
24
De ávitate Dei 19,8 (en adelante, De civ. Dei), hablando de idénticos temores
en la Escritura.
25
Carta 28,1,1; véase también Condes. 4,8,13; 2,5,10.
26
Carta 155,1,1,
46
jale que se comporte contigo como arbitro de paz y de con-
dolencia"2 7 .
Si el hacerse cargo de las molestias del prójimo no es
ta rea fácil, t ambién es demasiado c ie r to que esto lo
hacemos con mejor talante cuando el prójimo son nuestros
amigos, porque somos proclives a las epiqueyas o excusas de
su debilidad: "Sus buenas cualidades nos atraen y nos sirven de
aval"2S. Más aún, esta difícil tarea está inspirada por
nuestro conocimiento de que el Señor Jesús tomó volunta-
riamente sobre sí nuestras cargas y las soportó con sus
sufrimientos por amor a nosotros. "Nada sería capaz de
hacer que aceptáramos de manera voluntaria una tarea tan
pesada como llevar las cargas de los demás, si no fuera la
consideración de lo mucho que el Señor sufrió por nos-
o t ros" 2 9 .
El amor genuino es el núcleo auténtico de la amistad.
Este mismo amor es el que hace que la amistad real no
degenere en exclusivismos o particularismos. Y es precisa-
mente este mismo amor el que nos protege de la ruptura
con los demás, puesto que lo suyo es la apertura de todos:
" N o hay que rechazar a nadie que trate de unirse a nosotros
con el vínculo de la amistad. No es cuestión de aceptarle
inmediatamente, sino de querer aceptarle. Por eso tenemos
que tratarlo de tal modo que hagamos factible tal posibi-
l idad" 30.
La confianza y la franqueza son esenciales
La confianza que existe entre verdaderos amigos es tan
grande, que con frecuencia se caracteriza por el hecho de
compart ir los pensamientos más íntimos. Cuando estamos
dispuestos a tomar parte en esta experiencia somos cons-
cientes de haber aceptado a una persona como realmente
27
De áiversts quaestionibus 83, q. 71,2 (en adelante, De iiv. quaest.).
28
Ib, q. 71,5. s
29
Ib, q. 71,3.
30
Ib, q. 71,6.
47
r
amiga3 1 . Más aún, este hecho de compartir significa que
hemos llegado a ver a Dios en esa persona y, por tanto,
tenemos la sensación de que depositamos estos pensamientos
no precisamente "en otro ser humano, sino en Dios que habita en
esa persona"32. En realidad, ésta es otra manifestación de ese
amor profundo que es base de toda amistad.
Pero al igual que la confianza provoca el hecho de com-
partir, la franqueza, impulsada por el amor, hace que hable-
mos sin tapujos para ayudar a que nuestros amigos se conoz-
can mejor, se corrijan si es necesario y superen las dificul-
tades con mayor facilidad33. "La mayoría de las veces los
enemigos que te piden cuentas son más útiles que los amigos
que sienten timidez en hacerte un reproche" 3 4 .
Continúa diciendo Agustín: "Nadie puede ser verdadero
amigo de otro si antes no es amigo de la verdad... Cuando
yo hablo lisa y llanamente en vuestro bien, tengo que ser
tan franco como amigo, porque cuanto más leal soy con
vosotros más amigo vuestro soy 35.
Pero si la amistad le obliga a uno a hablar sin disimulos,
también le obliga al otro a aceptar de buen grado los esfuer-
zos que el hermano hace para ayudarle, por penosa que sea
esta tarea a veces. Este extremo queda bien ilustrado en la
vida de Agustín.
De manera amistosa le escribió en cierta ocasión a san
Jerónimo, a quien no conocía personalmente. Pero también
le puso reparos a algunas frases de su versión bíblica. En
aquella época la distribución y entrega de la corresponden-
cia era un proceso harto accidentado. Se consideraba que
las cartas eran de dominio público, como hoy ocurre con las
tarjetas postales. Esta carta personal de Agustín tardó diez
años en llegar a Jerónimo. Pero ya mucho antes que llegara
31
Ib, q. 71,6: "Podemos considerar que esa persona ha sido admitida por
nosotros como un amigo con quien tenemos el coraje de compar t i r hasta los
sentimientos más ín t imos" .
32
Carta 73,3,10.
33
Carta 68,2, de Jerónimo a Agustín.
34
Carta 73,2,4.
35
Carta 155,1,1; 3,11.
48
a él había sido leída y copiada a lo largo de su recorrido. De
hecho, bien pudo ocurrir que Jerónimo recibiera una de las
copias y que no estuviera seguro de que era de Agustín.
Jerónimo le contestó con una carta punzante que Agustín
recibió pocos meses después. La respuesta de Agustín a esta
severa corrección de Jerónimo es admirable: "Yo recibiré
con el mayor agrado tu amigable crítica... Y si yo recibo
con tranquilidad tu corrección medicinal, nada tendré que
lamentar.. . Y si mi debilidad, por ser humana o por ser mía,
no deja de resentirse un tanto.. . , mejor es que el tumor de
la cabeza duela cuando es curado que no operar para evitar
el do lor" 3 8 .
Aunque estos dos gigantes de la Iglesia no llegaron a
conocerse personalmente, se tenían en muy alta estima, y su
correspondencia deja traslucir un amor y una amistad ver-
daderos, a pesar de desavenencias ocasionales.
Los amigos tienen que creer unos en otros si pretenden
una confianza mutua. Deben estar dispuestos a aceptar la
corrección como aceptan las alabanzas y el aprecio de los
demás. Esta confianza es tan necesaria entre los hermanos
como lo es entre los padres y los hijos, maestros y alumnos,
maridos y mujeres y en otras relaciones humanas3 7 .
Mucho de lo que se ha dicho sobre este punto hace
referencia especial a la interpretación tradicional de las
amistades como relación íntima. Sin embargo, Agustín con
su profunda visión de la fe enfoca la amistad, tal como hizo
Jesús, como abarcando a las personas a escala mucho más
amplia. "La amistad no debe circunscribirse a un margen de
límitesempequeñecidos. Abarca a todos aquellos que son
acreedores de nuestro afecto y amor, aun contando con que
a unos se les dé mayores facilidades y a otros se les acoja con
ciertas vacilaciones. La amistad se extiende incluso a nues-
tros enemigos, por quienes tenemos también obligación de
orar. Por tanto, dentro del género humano no hay nadie a
quien no se le deba amar, si no por razones de afecto mutuo,
36
Carta 73,2,3-4.
37
T. VAN B A V E L , Christians..., 26.29.
49
sí al menos porque compartimos una naturaleza humana
común. Por lo demás, una sola cosa es cierta: sentimos un
encanto especial por aquellos con los que compartimos un
amor mutuo dentro de un estilo santo y cas to" 3 8 .
En este pasaje concreto Agustín, como es evidente, hace
una ecuación entre amistad y caridad fraterna. Esto se ve
claro cuando consideramos que uno de los requisitos previos
de la amistad auténtica es la oferta de amor por amor. Este
intercambio de amor no aparece cuando tratamos con ene-
migos. Con todo, Agustín revela aquí su idea realmente
creativa de amistad. A su modo de entender, siempre tene-
mos que actuar con amor, incluso frente a aquellos que se
declaran enemigos nuestros. Tenemos que hacer esto con la
esperanza y el deseo de que cambiarán sus actitudes dando
carpetazo a su enemistad. De este modo claramente amare-
mos y actuaremos según el estilo que Jesús empleó con
nosotros, viendo a los demás no sólo por lo que son o por
quienes son en este momento concreto, sino por lo que
serán o por quienes serán en el futuro mediante la gracia de
Dios 3 9 .
Vivir en unidad y armonía
es vivir c o m o hermanos
Las ideas expresadas con anterioridad se refieren clara-
mente a todos los cristianos. Pero me gustaría aplicar esto
al contexto de la vida religiosa o comunitaria.
Si la amistad es tan importante para Agustín, podemos
preguntarnos por qué no hace mención de ella en la Regla
que dirigió a los religiosos. La respuesta puede estar en la
repetición de lo que en otra parte se ha dicho en torno a
la palabra "comunidad": "comunidad" aparece explícita-
38
Carta 130,6,13.
39
"Ama de verdad a su hermano el que ama a Dios en él, sea porque Dios ya
está en él, sea para que pueda estar en él". Sermón 361,1; véase también el Comentario
a IJn. 10,7.
50
mente una sola vez en la Regla; la palabra "amistad", ni
una siquiera. Con todo, ambos conceptos son básicos en la
Regla40.
Considérese, por ejemplo, el énfasis que pone Agustín
en esta unión de corazones que existía entre él y sus amigos;
ya no eran dos corazones, sino uno solo4 1 . Repite esta idea
en su Comentario al salmo 132, que aplica a la vida religiosa.
En este comentario define qué significa para él la palabra
monos ( = uno): no uno a secas, sino muchos que se hacen uno 42.
Menciona la misma idea en su carta a Leto, uno de sus
religiosos que había abandonado la comunidad de manera
provisoria. En esta carta habla de los hermanos del monas-
terio diciendo de ellos que son "no muchas almas, sino una
sola. . ."4 3 . Idéntica expresión es la que escribe al comienzo
de la Regla cuando encarga a sus seguidores vivir en común
con armonía y tener un solo corazón y un alma sola en
camino hacia Dios4 4 .
La idea de amistad es algo nuclear a la Regla, porque
todos aquellos que son unos en alma y corazón son clara-
mente hermanos, en Dios sobre todo, pero a través de Dios
también en su amor y preocupación de unos por otros 4 5 .
Más aún, la amistad sincera se basa en el amor desinteresado,
y seguro que esto es lo que Agustín intenta decir cuando
intima a los religiosos a crecer en el amor poniendo los
intereses comunes por encima de los propios. Pone bien en
claro que cuando los religiosos buscan primero el interés
común, buscan también en realidad sus propios intereses
más profundos, porque se comprometen a ser una comuni-
dad en Cristo.
40
Véase el c. 1, "Vida comunitaria: la experiencia agustiniana".
41
Véase página 37.
42
En. in Ps. 132,6.
43
Carta 243,4: "Sus almas unidas a las nuestras no son muchas almas, sino una
sola, la única alma de Cristo".
44
Regla, n. 3 (c. 1,2).
45
En cuanto a estos conceptos relativos a la amistad en la Regla, véase
T. VIÑAS, especialmente 236-244.
51
Aplicación de las ideas de Agustín
a la vida religiosa de hoy
Las exhortaciones iniciales de la Regla, según eso, pueden
considerarse como una llamada a vivir en amistad en la vida
religiosa. Sin embargo, la prueba real de esta amistad llegará
sólo a través de nuestra disposición a llevar los unos las
cargas de los otros. ¿Qué cargas son ésas? Pueden ser la
enfermedad, el desánimo, la incomprensión o, como Agustín
sobrentiende, la ira, la envidia, la impaciencia, el orgullo y,
en otras palabras, la carga del mismo pecado en nuestras
vidas y en las de nuestros colegas religiosos.
Pero ¿cuál es nuestra disponibilidad ante el hecho de la
molestia que entraña ayudar a nuestros amigos y llevar las
cargas en común con ellos? La amistad requiere franqueza
y sinceridad, pero también implica el respeto a la naturaleza
humana de nuestros amigos, que tratemos de ayudarlos y
que realicemos esta tarea con gran delicadeza y compren-
sión; que no ocultemos la verdad por miedo de perder o
romper nuestra amistad. La ocultación de la verdad no sería
un acto amistoso, sino un gesto hostil. Según la noción que
Agustín tiene de las cosas, como ya hemos visto, tiene que
haber una regla implícita entre quienes viven en comunidad:
deben estar dispuestos a ayudar y a dejarse ayudar, no sólo
a través de una afirmación, animación y aprecio debidos,
sino también a través de la necesaria corrección fraterna
realizada con amor. ¡Qué diferencia tenía que marcar una
actitud de este tipo entre los religiosos en todas partes!
Estas consideraciones pueden llevarnos a formular algu-
nas preguntas pertinentes: ¿Estamos por lo menos abiertos a
la amistad con quienes comparten la vida con nosotros,
constatando, como nos intima Agustín, que nunca podremos
conocer realmente a los demás sino a través de la amistad? 46
¿O sólo estamos dispuestos a vivir en común bajo el mismo
techo física y materialmente, sin permitir que la armonía y
46
De div. quaest., q. 71,5.
52
la unidad externas penetren en lo profundo de nuestras
vidas?4 7 ¿Hemos adoptado una actitud creativa en nuestro
amor a los demás, es decir, una disposición a mirar más que
al hecho de la situación actual de una persona al hecho de
la posición que puede ocupar en el futuro gracias a su cre-
cimiento? Más aún, dado que la auténtica amistad es un don
de Dios que nos acerca más no sólo a nuestro amigo, sino a
Jesús mismo, ¿rezamos siempre por la gracia de la amistad?
Desterrar la soledad
Uno de los mayores estigmas de nuestra sociedad es la
soledad de tantos y tantos conciudadanos nuestros de todo
el mundo. La madre Teresa de Calcuta se ha dedicado a
ayudar a los más necesitados entre tanta soledad. Pero quizá
muchos de nosotros podríamos contribuir un poquito más a
aliviar esta desgraciada situación. ¡Cuántas veces quizá ha-
bremos visto religiosos completamente solos viviendo en el
seno de nuestras comunidades! A veces todos necesitamos
estar solos, pero la soledad es algo totalmente distinto. Es
una de las experiencias más tristes que una persona puede
tener. Es sentirse aislado aunque se esté rodeado por los
demás, no sentir ánimos para compartir con los otros lo
realmente profundo que tiene lugar en nosotros: luchas,
gozos, frustraciones. Es no sentirse aceptado.
Por otra parte, ¡qué estupendo es tener un amigo fiel
que nos escuche, que nos anime, que sienta con nosotros!
Cierto que podemos preguntarnos: ¿Cómo es posible que
existan miembros aislados y solos dentro de la vida religiosa,
sobre todo cuando Agustínha puesto de relieve de manera
tan clara, de palabra y de obra, la necesidad y el consuelo
de la amistad?4 8 Me temo que esto ocurre con frecuencia
porque muchos, en una época o en otra, han tenido sus
47
Constituciones de ¡a Orden de san Agustín, Roma 1978, nn. 27.30.31 (la c i taremos
Const. OSA).
48
Véanse las notas 20 y 24.
53
anhelos de amistad y, dolorosamente, se han quemado en el
proceso. Como consecuencia, han perdido confianza y se
han encerrado en un infierno para protegerse de ulteriores
contrariedades y sufrimientos. Quizá tengan necesidad de
ánimos para intentarlo de nuevo. Ocasionalmente Jesús tuvo
que sentirse también dolorosamente quemado, incluso ante
aquellos que él consideraba amigos. Sin embargo, nunca se
entregó: continuó repartiendo amor, aun cuando no siempre
le correspondían. No debemos ser renuentes a correr el
riesgo de amar, aunque tengamos miedo de no ser corres-
pondidos. Por otra parte, si algunos de nosotros hemos sido
importadores de soledad por buscar nuestros amigos de
modo exclusivo o principalmente de fuera de la comunidad,
¿no es hora de que también los cultivemos en casa?
Hay todo un montón de preguntas que podríamos for-
mular en torno a la amistad. Pero, a la vez que continuamos
preguntándonos, quizá pudiéramos también reflexionar so-
bre las posibilidades con que contamos para hacer de esta
característica asombrosamente cristiana una parte más im-
portante de nuestras vidas y de las vidas de nuestras comu-
nidades. Entonces estaremos más capacitados para com-
prender y apreciar la alegría y el consuelo de esa amistad de
que Agustín hablaba con tanta frecuencia y que sintetiza
tan bien con estas palabras: "Confieso que me entrego sin
reservas al amor de quienes me son especialmente íntimos,
en particular si están agobiados por las contrariedades del
mundo. Descanso en su amor sin ningún tipo de preocupa-
ciones, porque siento que Dios está presente allí... Ante esta
seguridad, no me asusta el miedo a la inseguridad del maña-
na. Porque cuando veo que una persona está inflamada de
amor cristiano y, como consecuencia, se ha convertido en
un fiel amigo mío, me consta que, sean cuales fueren los
pensamientos o consideraciones que yo le confíe, no se los
confío a otro ser humano, sino a Dios, en quien mora esa
persona y por quien esa persona es lo que e s " 4 9 .
49
Carta 73,3,10.
54
4. Buscar a Dios
Contemplación y vida interior
PR O B A B L E M E N T E la frase más famosa escrita por Agustín se encuentre en el párrafo inicial de su igual-
mente famoso libro de las Confesiones: "Nos has hecho para ti,
Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti '.
Esta frase puede identificar a Agustín con todos los que le
conocen, pero el mensaje que expresa identifica la realidad
de todos, hombres y mujeres: nuestra inquietud humana
básica se debe al hecho de que aún no hemos llevado a cabo
el objetivo global de nuestra existencia. Y a fuer de sinceros,
nunca podremos realizarlo aquí, sobre la tierra. Somos pe-
regrinos, y nuestros corazones se ven apremiados por una
tremenda urgencia de encontrar y de poseer esa felicidad
que es la única que puede satisfacernos. Al escribir esa
frase, Agustín no hace sino poner su dedo sobre el objeto de
nuestros deseos. Lo reconozcamos o no, estamos en camino
hacia Dios y no podemos ser totalmente felices ni tener paz
mientras no le hayamos encontrado plenamente.
A la búsqueda del amor
La búsqueda de la verdadera felicidad, Dios mismo,
creó una gran urgencia en Agustín, en su camino hacia la
1 Confes. 1,1,1.
55
adultez, aunque en esa época, al igual que ocurre entre
tantos jóvenes de hoy, él no identificara ese deseo de felici-
dad con lo que era en realidad: "Andaba a la búsqueda de
un objeto de amor, porque estaba enamorado del amor...
Interiormente sentía hambre, por estar alejado del alimento
interior, tú mismo, Dios mío. Pero esta hambre no me hacía
hambrear. Me sentía desganado de alimentos incorruptibles,
no por estar harto de ellos, sino porque cuanto más vacío
me encontraba, mayor repugnancia sentía hacia e l los" 2 .
Agustín quería amar y ser amado, pero de un modo
sensual. También ansiaba asirse a la verdad, hacerla algo
propio y verse invadido por la sabiduría. Andaba a la bús-
queda de respuestas básicas sobre el misterio de la vida. A
su estilo, buscaba a Dios de verdad. Él mismo nos cuenta
por qué no acababa de encontrarle: "¿Dónde estaba yo
cuando te buscaba? Tú estabas delante de mí, pero yo me
había escapado de mí mismo. No me encontraba a mí mis-
mo, ¿cómo iba a encontrarte a t i?" 3 " T ú estabas dentro de
mí y yo fuera, y fuera te andaba buscando y, como una
criatura deforme, me abalanzaba sobre la belleza de tus
criaturas. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo.
Me tenían prisionero lejos de ti aquellas cosas que si no
existieran en ti serían algo inexis tente" 4 .
El joven Agustín no había logrado captar el verdadero
sentido de su existencia, es decir, la profundidad de la be-
lleza que, profundamente dentro, era suya como resultado
del amor de Dios que actuaba en él por medio de Jesucristo.
Como muchos otros de su época y de la nuestra, viajó a lo
largo y a lo ancho del mundo para maravillarse ante las
montañas, lo ancho de los océanos, los ríos que fluyen entre
valles y colinas, las miríadas de estrellas..., pero que pasaba
de largo ante su propia persona infravalorándola. De todos
modos, nunca dejó de profundizar ni de mirar íntimamente
2
Ib, 3,1,1 (versión propia).
3
Ib, 5,2,2.
4
Ib, 10,27,38.
56
dentro de sí mismo, ni de intentar conocerse mejor para
saber quién era él en realidad5 .
Buscar con empeño
De todos modos, Agustín tenía una cosa muy a su favor:
lo intentó siempre. A pesar de todos los desalientos, nunca
llegó a capitular. Y esto es lo que realmente le salvó. Con
la llegada de la fe, finalmente fue capaz de darse cuenta de
que Dios estaba muy dentro de él. Dios había estado en él
a lo largo de su vida, incluso antes que Agustín descubriera
una relación personal con é l 6 . Fue madurando hasta llegar
a ser consciente de que Dios estaba más cerca de él que su
propia persona7 . Tras su conversión, Agustín fue un gran
apóstol de la vida interior, porque llegó a constatar que, en
realidad, era en esta vida donde había que encontrar a Jesu-
cristo. Este empeño por encontrar a Dios a toda costa está
expresado muy bien en el pasaje siguiente: "Busco a mi
Dios en las cosas materiales del cielo y de la tierra, y no lo
encuentro. Busco la realidad de Dios en mi propia alma, y
no la encuentro. De todos modos, estoy decidido a buscar a
mi Dios, y en mi anhelo por comprender y bucear en las
realidades invisibles de Dios por medio de las cosas creadas,
'yo derramo mi alma dentro de mí ' (Sal 42,5). De ahora en
adelante no tengo otro objetivo que alcanzar a mi Dios" 8 .
El hecho de que Agustín siguiera convencido de la ne-
cesidad de buscar a Dios fomentando una vida interior pro-
funda, a pesar de todos los compromisos que entrañaba su
actividad apostólica, da ánimos a muchos otros que en el día
de hoy se hallan en idénticas circunstancias. Es indiscutible
que se necesita ese entusiasmo, porque resulta muy fácil
abandonar la dimensión contemplativa de la vida consagrada
5
Ib, 10,8,15.
6
Ib, 10,4.6.
7
Ib, 3,6,11.
8
En. ín Ps. 41,8 (uso la traducción que he encontrado en M. PELLEGRINO, Give
what you command, Catholic Book Publishing Co., Nueva York 1975.
57
con la excusa fútil de que hay demasiadas cosas que hacer.
Agustín no dudó en hablar con frecuencia de la vida
interior, de la contemplación, ni siquiera a los laicos. Sobre
estos temas escribió asimismo cuando tuvo ocasión para
el lo9 . Podemos incluso decir que esta orientacióncontem-
plativa domina las páginas de sus Confesiones, porque este
libro no es simplemente una confesión de faltas y pecados,
sino quizá especialmente una confesión o alabanza de Dios.
Lo que yo pretendo ahora no es reflejar ni, menos aún,
enseñar a nadie el método agustiniano de oración interior o
contemplación. Es muy verosímil que Agustín no enseñara
tal método. Pero, puesto que le hemos oído hablar de su
búsqueda personal de Dios y del entusiasmo que contagió a
los demás en este aspecto, quizá nos veamos inducidos con
mayores facilidades a este tipo de oración o animados a
perserverar si ya lo estamos practicando.
Retorno a la interioridad
Las profundidades de la vida interior a las que Agustín
convoca a todos los cristianos pueden quedar bosquejadas
en la cita siguiente: " N o salgas fuera de ti; retorna dentro
de ti mismo. La verdad mora en el hombre interior. Y si ves
que tu naturaleza sufre cambios constantes, vete más allá de
ti mismo... Acércate, pues, a esa fuente donde la luz de la
razón misma recibe su luz" 10.
Si hay algo en lo que Agustín insiste una y otra vez
cuando trata de la búsqueda de Dios, es en el hecho de que
debemos comenzar por entrar dentro de nosotros mismos.
La palabra clave es dentro. Allí encontraremos la verdad, la
luz, la alegría, a Cristo mismo. Allí se nos escuchará cuando
oremos; allí amaremos y adoraremos a Dios. Pero mientras
este dentro significa las profundidades verdaderas de nuestro
ser, todo ello no es más que la primera etapa de nuestro
9
De op. mon. 29,37; Confes. 10,40,65; 10,43,70.
10
De vera religione 39,72.
58
viaje. Agustín nos estimula a avanzar, a llegar incluso a lo
que está más allá de nosotros mismos, a la fuente auténtica
de nuestra inspiración y luz, hasta el mismo Dios. "Busqué
al Señor y él me respondió (Sal 34,5). ¿Dónde escuchó el
Señor? Dentro. ¿Dónde contestó? Dentro. Allí oras, allí te
escucha, allí te sientes feliz... El que está a tu lado no se
entera de nada de esto, porque todo ocurre de un modo
misterioso, como lo indica el Señor en el evangelio: 'Vete a
tu cuarto, cierra la puerta y reza a tu Padre en privado.
Entonces tu Padre, que ve lo que nadie ve, te recompensará'
(Mt 6,6). Por eso, cuando entras en tu cuarto entras en tu
corazón. Dichosos aquellos que hallan sus delicias al entrar
en sus corazones y no hallan en ellos mal a lguno" n .
Agustín emplea varias palabras para designar dónde,
dentro de nosotros mismos, podemos hallar al Señor: en
nuestro corazón, en nuestra conciencia, en nuestros lugares
más retirados, en nuestro cuarto secreto, en lo profundo de
nuestro ser. Pero todos estos términos significan lo mismo,
una misma realidad: las verdaderas profundidades de nuestro
ser, donde Dios mora y donde nos espera. Más aún, parece
como si Agustín no fuera capaz de dar el énfasis suficiente
a la gran alegría y dicha que esta comunicación interior con
Dios trae circunstancialmente consigo. Reprende con deli-
cadeza a sus fieles por creer erróneamente que las cosas de
Dios, como meditación, descubrimiento del Creador en la
naturaleza, adoración y amor de Dios, no pueden reportar
tanta alegría como la que hallan, digamos, en la pesca, en la
caza o en el teatro. "Levantemos nuestros sentimientos por
encima de nosotros mismos y no nos limitemos al disfrute
de las realidades temporales. También nosotros tenemos
nuestro apartamento. ¿Por qué no entramos dentro? ¿Por
qué no reflexionamos en los años eternos ni encontramos
alegría en las obras del Señor?... ¿Quién puede vivir sin
alegría? ¿O es que pensáis, hermanos y hermanas, que los
que reverencian, adoran y aman a Dios no tienen alegría?
11
En. in Ps. 33, sermón 2 (trad. de M. PELLEGR1NO, O.C).
59
¿Pensáis de verdad que las artes y el teatro, la caza mayor
y la volatería y la pesca, todas producen placer, y las obras
de Dios no? ¿Pensáis que la meditación de Dios no propor-
ciona alegrías íntimas, cuando alguien contempla el universo
y el espectáculo de la naturaleza y rastrea a su Hacedor y se
encuentra con un creador que nunca causa disgusto, sino
que es el supremo placer?" I2
Jesús, camino y meta
A la vez que se nos invita a entrar dentro de nosotros
para encontrar a Dios, se nos recuerda vigorosamente que
el único que puede conducirnos provechosamente a esta
meta es la persona de Jesucristo, Hijo de Dios1 3 . Como
subraya Agustín, Cristo es ambas cosas: el camino y la
meta. "A través de Cris to-Hombre llegas a Cristo-Dios.
Dios significa mucho para ti, pero Dios se hizo hombre. La
Palabra que se hallaba lejos de ti se hizo hombre en medio
de ti. Dondequiera que te instales, él es Dios. En el camino
hacia esa residencia, él es hombre. Cristo mismo es el cami-
no por el que avanzas y el cielo hacia donde encaminas tus
pasos" 14.
Una y otra vez Agustín subraya el hecho de que por
medio de la fe Cristo ya está dentro de nosotros, de que sólo
él es el maestro interior y que todos nosotros debemos
aprender de él. Puede que la palabra del predicador resuene
en nuestros oídos, pero si no tenemos a Cristo dentro y no
estamos dispuestos a escucharle, no acabaremos de entender
lo que Dios trata de hablarnos por medio de su ministro.
"Tenemos nuestro maestro dentro. Es Cristo. Si no puedes
captar nada a través de tus oídos ni de mi boca, retorna a él
en tu corazón, porque él es quien me enseña lo que tengo
que decir y a ti te da como él quiere" 15. "Si no hay alguien
12
En. in Ps. 76,13-14 (trad. de M. PELLEGRINO, O.C).
13
Confes. 7,10,16.
14
Sermón 261,7.
15
In ev. lo., tr. 20,3.
60
que enseñe dentro, el sonido que proferimos es algo fútil...
Déjale que te hable interiormente en ese lugar donde no
puede penetrar ningún maestro humano" l6. " 'Entra ' , pues,
'dentro de tu corazón' (Is 46,8) y, si tienes fe, allí encontra-
rás a Cristo. Allí te habla. Yo, predicador, tengo que ele-
var mi voz, pero él te instruye con mayor eficiencia en si-
lencio" 17.
La búsqueda tiene sus exigencias
Ya que Jesús instruye interiormente en silencio, debemos
fomentar dentro de nosotros una atmósfera de silencio.
Aunque sirve de gran ayuda ser capaces de escapar del
ruido y de la confusión del mundo que nos rodea, esto no
siempre resulta posible para muchas personas. Lo que tene-
mos que hacer, no obstante, es saber cómo liberarnos de
estas alternaciones dentro, en nuestros corazones, de modo
que tengamos la oportunidad de escuchar a Cristo y no a
nosotros mismos con todos nuestros trabajos, sentimientos y
prejuicios. "Dejemos un pequeño margen para la reflexión
y también un pequeño espacio para el silencio. Entra dentro
de ti mismo, deja al margen todos los ruidos y la confusión.
Mira dentro de ti mismo y observa si hay dentro de ti un
lugar oculto de placer en tu conciencia donde puedas quedar
libre de ruidos y de controversias, donde no tengas necesi-
dad de fomentar tus debates ni de planificar tus propios
sistemas de tozudez. Escucha la palabra en silencio para que
puedas comprenderla" 18.
Pero si para entender a Cristo, nuestro maestro interior,
es necesario todo esto en el curso ordinario de los aconte-
cimientos, tendremos mucha mayor necesidad de una at-
mósfera de silencio íntimo y atento donde tratemos de pro-
fundizar aún más en nosotros mismos siguiendo los caminos
16
In 1 Ep. lo. 3,13; véase también Sermón 134,1,1.
17
Sermón 102,2.
18
Sermón 52,22; c( también En. in Ps. 76,8.
61
de la oración interior o contemplación. Más aún, necesita-
remos alimentarnos, como lo hizo Agustín, con una lectura
y reflexión frecuente y prolongada de las Escrituras. Esta
lectura nos llevará tanto a escuchar como a dialogar con el
maestro. Asimismo debemos purificar el ojo del corazón
para ser capaces de ver a Dios l 9 y estar dispuestos a eliminar
otroamor que no sea el de Dios. Esta purificación es penosa,
pero es un preludio necesario para ser más sensibles a la
presencia de Dios dentro de nosotros. "Todos desearíamos,
si fuera posible, obtener al menos las alegrías de la sabiduría
amable y perfecta sin tener que soportar los sudores de la
acción y del sufrimiento; pero esto es algo imposible en esta
vida mortal . Lo propio ocurre en el orden humano: la fatiga
de llevar a cabo la obra de la justificación precede al placer
de la comprensión de la verdad" 2 0 .
El amor fraterno conduce a Dios
El P. Atanasio Sage, sacerdote asuncionista que a lo
largo de su vida escribió muchos estudios excelentes sobre
san Agustín, comentaba en cierta ocasión que el santo insis-
tía en la caridad fraterna como el mejor camino para acce-
der a la contemplación. Y esto, añadía, sólo sirve para
poner de relieve la originalidad de las enseñanzas de san
Agustín 21.
Esta indicación coincide muy bien con las ideas agusti-
nianas que conocemos en torno a la vida cristiana, es decir,
el servicio y honor que le debemos a Dios en nuestros
hermanos y hermanas mediante el amor e interés que de-
19
De quantitate animae 33,74.
20
Contra Faustum 22,52. Véase Quaest. in Exodum 68: "El alma que está dema-
siado interesada por los asuntos humanos está en cierto sentido vacía de Dios; por
otra parte, cuanto más libre sea el alma para alzar el vuelo a las realidades
celestiales y eternas, más llena estará de Dios". Véase también A. TRAPE, OSA,
The Searchfor God and Contemplation, en Searching for God, Publicaciones Agustinianas,
Roma 1981, 17-21.
21
La contemplation dans les communautés de vie fratemelle, en "Recherches Augus-
tiniennes" VII (1971)301.
62
mostramos compartiendo las cargas con ellos22 . Agustín
llega incluso a afirmar que por medio de este amor a nues-
tros hermanos y hermanas es como accedemos a la visión de
Dios, amando al amor mismo: "Si amas a tu hermano a
quien ves, por esa misma razón verás también a Dios, ya
que verás la caridad misma y Dios mora en la intimidad" 23.
Lo que es más importante aún es que este amor a nuestro
prójimo es el camino en el que purificamos nuestra visión
interior para que pueda ver a Dios: "Pero tú, que no ves a
Dios todavía, te harás digno de verlo amando a tu prójimo.
Amando a tu prójimo limpias tus ojos para ver a Dios...
Ama a tu prójimo, pues, y contempla dentro de ti mismo la
fuente de este amor al prójimo; aquí verás a Dios en la
medida en que te capacites para ello 24.
Por lo demás, si queremos reconocer a Cristo aquí en la
tierra, es preciso que actuemos frente a los demás como los
discípulos de Emaús actuaron frente al peregrino descono-
cido que se les unió en el camino: "Le acogieron con afable
cortesía", dice Agustín. "... La hospitalidad volvió a poner en su
sitio lo que había usurpado la incredulidad' 25.
Es muy importante recordar que, para Agustín, el amor
al prójimo no es algo teórico. Este amor o tiene sus exigen-
cias muy prácticas o no es un amor real. Por ejemplo, entre
los que tratan de vivir en comunidad exige un esfuerzo
diario por alcanzar la unidad y la armonía reales, por supe-
rar los problemas muy humanos que pueden ir surgiendo de
continuo y que impiden todo progreso. En otras palabras,
exige que nos ayudemos mutuamente a llevar nuestras car-
gas. ¡Éste es el camino para amar y cumplir la ley de Cristo!
En el pensamiento de Agustín, la armonía fraterna tiene
una dimensión social real. El hecho de que tanto la armonía
como la unidad se busquen y se vivan en una comunidad
dada, demuestra que Cristo está realmente presente en ella.
22
Véase c. 1, "Vida comunitaria: la experiencia agustiniana".
23
In Ep. lo. 5,7; cf también 5,10; De Trinitate 8,12.
24
In ev. lo., tr. 17,8.
25
Sermón 235,3.
63
Éste es el medio principal por el que los religiosos se puri-
fican interiomente para poder ver y reconocer mejor a
Cris to 2 6 .
Buscar y compartir
La contemplación de estilo agustiniano exige también
que nos pongamos al servicio de los demás por medio del
apostolado. Agustín subraya que nadie puede entregarse a
la contemplación hasta el punto de olvidarse de las necesi-
dades del prójimo 27. En otras palabras, tal como él lo ve, ni
siquiera la vida netamente contemplativa está libre de res-
ponsabilidad apostólica. La búsqueda de la verdad en sí
misma requiere una intensa actividad, pero la verdad objeto
de discernimiento no puede considerarse como posesión pri-
vada. Hay que compartirla con los demás. La responsa-
bilidad puede tener un peso específico para quienes tienen
talentos concretos para la enseñanza, la escritura o la di-
rección, aun entre quienes viven una vida estrictamente
contemplativa2 8 . Con toda probabilidad, sin embargo, la
prueba más concluyente de la necesidad que todos tienen de
amar al prójimo se basa en la descripción que Jesús hace del
juicio final29. Como Jesús recalca, no es menester hacer
grandes proezas. Pero, sin excepción, todos serán juzgados
por el interés (o por la falta de él) que han puesto en los
pequeñuelos de Dios, los necesitados. Por eso nos dice Agus-
tín: "Cuando hayas encontrado tu camino de retorno a ti mismo, no
te cierres en banda en tu interior... Vuélvete a aquel que te creó... "30.
"Dios nos convoca a que nos acerquemos y bebamos, si es
que tenemos sed interior. Más aún: dice que si bebemos, de
nuestras profundidades brotarán surtidores de agua viva.
26
VERHEIJEN, SÍ. Augustine..., 70-71.
27
De ciu. Dei 19,19.
28
VERHEIJEN, St. Augustine..., 22-23.
29
Mt 25,31-46.
30
Sermón 330,3.
64
Las profundidades del hombre interior son la conciencia de
su corazón. Al beber de esta agua, la conciencia limpia
retorna a la vida y tiene a su disposición una fuente donde
pueda beber. ¿Qué es esta fuente y qué es este río que fluye
desde las profundidades de la persona interior? La benevolen-
cia que le lleva a interesarse por su prójimo. Porque si llegara a
pensar que lo que bebe lo bebe sólo para sí mismo, no serían
aguas vivas las que fluirían desde sus profundidades. Pero si
se apresura en sus atenciones por el prójimo, las aguas no se
secarán: seguirán fluyendo"31.
Si de verdad deseamos entrar en contemplación con el
Señor y beber de su fuente íntima, debemos prepararnos a
compartir con los demás su gran don. Como escribió Agus-
tín: "(Mi) corazón arde, pero no sólo por mí; ansia estar al
servicio del amor f ra terno" 3 2 .
También creyó firmemente Agustín que era más fácil
llegar al conocimiento y al amor de Dios en una comunidad
de hermanos, donde mutuamente compartieran todas las
gracias o luces recibidas. Este antiguo deseo, expresado
poco después de su conversión, lo tradujo a la realidad sólo
dos años más tarde al fundar su primera comunidad religiosa
de Tagaste. Agustín se preguntó una vez por qué deseaba
que sus hermanos vivieran con él sobre una base permanen-
te, y ésta fue su respuesta: "Para poder investigar sobre el
conocimiento de Dios y del alma en armonía fraterna. Así
el que primero llegara a la verdad podía comunicárselo
fácilmente al resto. Serán tanto más amigos míos cuanto
más plenamente compartamos todos a nuestra amada" 3 3 .
La búsqueda de Dios a través de la contemplación o de
la oración interior no es, por tanto, un proceso interno que
afecta únicamente a una sola persona. Al ser un proceso
caracterizado por un amor progresivo, está hecho para com-
partirlo con otros y para que sea una irradiación de alegría.
Más aún, es una tarea en proceso de avance. El progreso en
31
In ev. lo., tr. 32,4.
32
Confes. 11,2,3 (traducción personal).
33
Soliloquios I, 12,20; 13,22.
65
este estilo de oración se asemeja al período de transición
que hay entre el estadio de la infancia, donde predomina lalactancia, al de la madurez, donde los adultos se alimentan
de comida sólida, cuya asimilación va mejorando a medida
que pasa el tiempo. Pero este crecimiento, qué duda cabe,
procede de Dios, quien da más y más luz a los que le buscan
en la medida que tratan de unirse más íntimamente a él.
"Por eso en la mente misma, es decir, en la persona interior,
tiene lugar el crecimiento de tal modo que uno no se limita
a pasar de la leche a los manjares sólidos, sino que este
alimento sólido se va asimilando en proporciones cada vez
mayores. Este crecimiento no es sólo físico, sino que se basa
en una luz interior más clara, porque el mismo alimento es
una luz inteligible. Consiguientemente, si creces y com-
prendes a Dios... , debes buscar y esperar, no de ese maestro
que aldabea a tus oídos..., sino de quien procede el creci-
mien to" 3 4 .
La búsqueda que no acaba nunca
Puesto que Dios no fuerza personalmente a nadie, sino
que se limita a atraernos hacia él con el deleite de lo que él
es y de lo que enseña3 5 , a veces la oración interior puede
llevar consigo una luz o consuelo especiales. Pero la expe-
riencia tanto de la una como del otro suele ser normalmente
corta. No constituye el objeto de la oración contemplativa
o de la comunicación con Dios. Agustín tiene algunos pasa-
jes notables que expresan, sin lugar a dudas, su propia ex-
periencia al respecto. Pero incluso en medio de estas situa-
ciones elevadas, cosa que le ocurrió, trata de mantener los
pies en el suelo: "El que frecuenta esta tienda y repasa en su
mente las maravillas que Dios ha hecho por la redención de
los creyentes se ve golpeado y fascinado a la vez por el
sonido del festival del cielo, arrastrado por estos sonidos
como el ciervo por la corriente de agua. Pero mientras
34
Inev. ¡o., tr. 97,1.
35
In ev. lo., tr. 26,7.
66
vivamos en el cuerpo, hermanos y hermanas, viajamos lejos
de Dios y el cuerpo corruptible oprime al alma, y esta
morada terrena tiraniza la mente que piensa en muchas
cosas. Y así, aun en el caso de que caminemos con el deseo,
tratamos de un modo o de otro de disipar las nubes y de
alcanzar a veces estos sonidos..., pero bajo el peso de nuestra
debilidad retornamos una vez más a la monotonía de las
cosas ordinarias. Y precisamente así como allí encontramos
algo en que gozarnos, aquí no faltan razones para l lorar" 36.
Algunos de los pensamientos más desafiantes sobre la
oración interior podemos observarlos en Agustín cuando
nos estimula a avanzar, a continuar la búsqueda y el en-
cuentro, porque la búsqueda no acaba mientras no hayamos
alcanzado la meta de nuestra vida. Esta búsqueda continuará
incluso en el cielo, en el sentido de que estaremos descu-
briendo constantemente la infinitud de Dios. Lo que Agustín
subraya en todo esto es el hecho de que nunca podemos
darnos por satisfechos con nuestros propios récords. A Dios
nunca se le posee plenamente en esta vida. El nos arrastra
continuamente hacia algo más profundo si sabemos cómo
atender a su llamada. "Busquémosle para hallarle, y una
vez que le hayamos encontrado, continuemos buscándole.
Tenemos que buscarle porque está escondido para nosotros.
Y una vez que le hayamos encontrado, continuemos bus-
cándole porque no tiene límites... Llena al que lo busca, en
cuanto la capacidad de éste lo permite. E incrementa esta
capacidad en aquel que le busca, para que pueda seguir
buscándole y él, a su vez, pueda l lenar le" 3 7 . "Buscamos a
Dios para encontrarle con gran gozo por nuestra parte, y le
hallamos para seguir buscándole con un amor más grande
todavía" 3 8 .
36
En. in Ps. 41,9-10; todo el comentario al salmo 41, especialmente 8-10, es
una oda a los gozos de la contemplación. Cf también Canjes. 10,40,65.
37
In ev. lo., tr. 63,1. El texto continúa: "No dejemos nunca de avanzar por
este camino, hasta que nos lleve al lugar donde podamos estabilizarnos... Practi-
cando la búsqueda y llegando al hallazgo alcanzaremos la meta. Aquí acabará
nuestra búsqueda, porque habremos encontrado la perfeción que buscábamos".
38
De Trinitate 15,2.
67
El apostolado de los contemplativos
Me gustaría hacer unas breves consideraciones en torno
a lo que antes dejé en suspenso sobre el apostolado específico
de quienes viven estrictamente la vida contemplativa en la
Iglesia, de esos hombres y mujeres a quienes no se les aprecia
lo suficiente, ni siquiera por parte de los buenos católicos.
Cuando escribió Agustín a los monjes de Capraria —que
se supone vivían una vida estrictamente contemplativa—,
no les dijo que salieran del monasterio para dedicarse de
lleno al apostolado activo, a no ser en el caso de que la
Iglesia requiriera sus servicios. Lo que sí les dijo es que
tenían que ejercer un apostolado real allí en el monasterio
y, principalmente, entre ellos. Subrayó la necesidad del
trabajo, pero que este trabajo estaba bien dentro del am-
biente de su vida contemplativa. Les dijo, por ejemplo, que
trabajaran por la gloria de Dios solamente, y que trabajaran
con entusiasmo en la oración, en el ayuno y, sobre todo, en
el amor fraterno. Si bien este amor debía abarcar también
a los necesitados de fuera del monasterio, igualmente estaba
orientado a fomentar el perdón dentro de la comunidad
llevando gustosamente los unos las cargas de los otros. De-
bían trabajar en el sometimiento de sus cuerpos y en el
discernimiento de los buenos y malos espíritus. Debían tra-
bajar alabando al Señor en la liturgia de las horas. En sín-
tesis, su trabajo principal estaba dirigido a la santificación
personal y a compartir con los demás los valores cristianos
que descubrieran3 9 .
Si fuéramos a sintetizar las "act ividades" que se espera-
ban de estos monjes, tendríamos que decir que su gran tarea
era transformarse en Cristo y compartir la presencia de
Cristo con todos los que les rodeaban. Pero los contempla-
tivos pueden hacer aún más por los que viven fuera del
monasterio o convento. Mediante su vida son un signo de
protesta contra muchos de los pseudovalores que la sociedad
3
" Carta 48; VERHEIJEN, St. Augustine..., 23-24.26-27.
68
propone. Por ello enseñan a los demás los valores auténticos
de la vida y que la vida no consiste en acaparar muchas
cosas, sino en reconocer humildemente nuestra pertenencia
a Dios.
Ellos nos enseñan cómo apreciar y hallar la paz verda-
dera, la paz interior, esa paz que sólo puede proceder de la
presencia de Dios en el alma. Ellos nos proporcionan el
sentido concreto de la comunión de los santos incluso aquí
en la tierra, porque aligeran la carga de quienes son espiri-
tualmente más débiles. Ellos llevan en sí mismos muchos de
los sufrimientos y cruces, y que, si no fuera por ellos, quizá
serían nuestros y con toda seguridad nos abrumarían. Ellos
nos enseñan el espíritu con que debemos llevar las cruces
que nos vengan. También nos enseñan el tremendo poder de
la oración, de la fe y del amor en un mundo que parece que
sólo cree en el poder del dinero, de las armas y de la violen-
cia. Su presencia amorosa en la Iglesia, su interés por todos
los hombres y mujeres tal como son en presencia de Dios, su
profundo deseo de alabar a Dios y hacer a Cristo presente
en nuestra época constituyen las obras espirituales de mise-
ricordia que son de incalculable valor para todos los peque-
ñuelos de Dios. Ellos, más que otros, llevan a cabo con
generosidad el aviso de Jesús sobre el juicio final, aunque no
sean específicamente conscientes de las personas a quienes
hayan podido prestar un servicio de este tipo.
Resumen
Si damos una mirada retrospectiva y reflexionamos so-
bre el camino de Agustín hacia Dios y en su búsqueda de
Dios a través de una vida interior profunda, se destacan
varios puntos.
El primero de todos es que Agustín, aun rodeado de
ruidos, ansiedades y muchosproblemas de su servicio pasto-
ral, nunca dejó de crear dentro de sí mismo, por medio de
la fe y de la gracia, un silencio interior que le permitiera
69
comunicar con Dios Padre y su Hijo Jesús. El enfoque total
iba encaminado a Jesucristo como único ser que le podía
llevar adentro y como el único que era la meta de su bús-
queda interior. Aún más: se alimentó de las Escrituras, le-
yéndolas, reflexionando y compartiendo con los demás las
luces que había recibido. Conoció la necesidad de purificar
el ojo del corazón si lo que pretendía era ver a Dios y
reconocerle. Comprendió muy bien que la fatiga de trabajar
sobre el amor tenía que preceder al gozo de alcanzar la
verdad, que es el mismo Dios. Por eso concentró un trabajo
tan pesado en favor de la unidad y de la armonía de la
comunidad, amando al hombre y a la mujer, en especial a
aquellos que tenía más cerca y ayudándole a llevar su carga.
Agustín estaba convencido de que éste es el modo más
rápido y seguro de alcanzar la paz interior y de crear un
entorno que le capacitara a uno para la búsqueda y el ha-
llazgo de Dios. Dejó que el universo y todas las maravillas
creadas por Dios le llevaran al Creador, pero supo que
encontraría a su maestro únicamente dentro de sí mismo, en
las profundidades de su propio corazón. No se permitió el
lujo de desanimarse cuando su oración interior se veía inte-
rrumpida bruscamente y tenía que volver a las realidades
rutinarias de la vida. Sabía que la búsqueda tenía que con-
tinuar y que nunca quedaría completa porque Dios sigue
estando oculto y sigue siendo ilimitado.
La única conclusión que quiero sacar de todo esto es que
la contemplación no está fuera del alcance de los sencillos
mortales como nosotros. Más aún, para quienes llevan
unos cuantos años en la vida religiosa o sacerdotal, la ora-
ción interior de la que habla Agustín tiene que ser un estadio
de crecimiento en la simplificación de la vida de oración. El
silencio interior, el conocimiento de las Escrituras y la pu-
rificación progresiva son requisitos previos de esta oración.
El amor al prójimo, llevado hasta el extremo del olvido de
uno mismo, abrirá los ojos interiores a la presencia de Dios
en nosotros y en los demás. Y Jesús mismo es el guía al que
nos confiamos en la búsqueda del Padre.
70
El au to r de La nube del no-saber resume m u y b ien
las paradojas de la contemplación: "Si me ruegas que te
diga con precisión cómo debe comportarse uno al hacer la
obra contemplativa del amor, estoy completamente perple-
jo . Todo cuanto puedo decirte es que ruego a Dios todopo-
deroso para que con su gran bondad y clemencia te enseñe.
Porque con toda honestidad debo admitir que no lo sé. Y no
tiene nada de extraño, porque es una actividad divina, y
Dios la realizará en aquel a quien elige... Te aseguro que la
contemplación no es fruto del estudio, sino un don de la
gracia w .
Lo que este don de la gracia hizo por Agustín, lo que
significó para él y cómo impactó todo su ser lo resume muy
bien él mismo con sus propias palabras, que constituyen una
adecuada conclusión de estas reflexiones: "Me llamaste y
me gritaste, y desfondaste mi sordera. Relampagueaste, res-
plandeciste, y tu resplandor disipó mi ceguera. Exhalaste
tus perfumes, respiré hondo y suspiro por ti. Te he paladea-
do y me muero de hambre y de sed de ti. Me has tocado y
ardo en deseos de tu paz" 4 1 .
40
ANÓNIMO INGLÉS DEL SIGLO XIV, La nube del no-saber, Paulinas, Madrid 19885,
34, p. 128; c. 39, p. 139.
4
' Confes. 10,27,38.
71
5. Signo de contradicción
HACE U N O S AÑOS me encontraba en Filipinas dando una charla sobre san Agustín a los profesores y a unos
300 alumnos de la Universidad de San Agustín, dirigida por
los agustinos, en el sector sur de la ciudad de Iloilo. Uno de
los puntos que toqué fue la "extraña orac ión" que Agustín
en su juventud le había dirigido una vez al Padre; oración
que, tal como les dije, habría repetido con toda probabilidad
la juventud de todas las generaciones desde tiempos inme-
moriales: "Yo. . . había llegado a pedirte (Señor) incluso la
castidad, y te había dicho: 'Dame la castidad y la continen-
cia, pero no ahora' . Temía que me escucharas enseguida y
me sanaras de la enfermedad de los placeres, cuando lo que
yo quería era satisfacerla, no ext inguir la" '.
Aún no había concluido la cita cuando se dejaron oír
algunos rumores entre los estudiantes tras ir calando en su
significado: se había establecido una comunicación completa
entre el hombre que escribió estas líneas en el siglo IV y
estos jóvenes del siglo XX, con sus problemas peculiares.
Esto era tan cierto que al final de la charla, en el turno de
ruegos y preguntas, una de las chicas asistentes me preguntó
si Agustín tenía algún mensaje más que comunicarnos a
estilo de éste.
1
Confes. 8,7,17.
73
Un confl icto del corazón
En realidad, Agustín tiene mucho que decir sobre cosas
"como ésa": sobre la virginidad, la castidad y la continen-
cia; sobre el tremendo conflicto que tuvo desenlace en su
propio corazón y en su mente cuando luchaba por desen-
gancharse de las cadenas de hierro de los deseos sensuales
que le tenían atenazado y por sustituirlos con la libertad que
nos viene con el casto servicio del Señor. "Mi voluntad
estaba en manos del enemigo. De ella se había forjado una
cadena con que me tenía bien atado... En cuanto a mi vo-
luntad nueva, recién estrenada, de ponerme a tu servicio
gratuitamente y de gozar de ti, Dios mío... , aún no me
sentía capaz de vencer a la primera, que se había ido refor-
zando con los años. De este modo, mis dos voluntades, una
vieja y otra nueva, una carnal y otra espiritual, peleaban
entre sí. Este antagonismo destrozaba mi a lma" 2 .
Con sinceridad total, Agustín no se ahorra la molestia
de relatar escenas que muestran el abismo al que había
descendido antes de encontrar el camino de Cristo. Al mis-
mo tiempo, sin embargo, subraya claramente la alegría y la
dicha que le embargaron cuando comenzó a vivir una vida
santa y casta en el Señor.
Los problemas de Agustín comenzaron muy pronto en
su vida hogareña. Tal como nos cuenta, su padre, que toda-
vía era pagano, estaba mucho más interesado en la carrera
del hijo y en sus estudios de retórica que en su castidad o en
cómo crecía en la presencia de Dios 3 . (Entre paréntesis,
podemos preguntarnos si actualmente las cosas son distintas,
incluso en algunos hogares que se denominan cristianos.)
Un verdadero confusionismo interior se abatió sobre Agus-
tín en sus años de pubertad, como ocurre con todos los
jóvenes, "hasta el punto de no poder distinguir entre la luz serena
del amor casto y la bruma del placer"4. Hasta su conversión a los
2
Ib, 8,5.10.
3
Ib, 2,3,5.
4
Ib, 2,2,2.
74
treinta y dos años experimentó un empuje tremendo hacia
la actividad sexual pecaminosa. Posteriormente, ya obispo,
y basado en su experiencia personal, aconsejaría a los neó-
fitos que estaban a punto de bautizarse que "en el santo
bautismo se os perdonarán vuestros pecados, pero vuestras pasiones
permanecerán; lucharéis, pues, contra ellas incluso después que hayáis
renacido'''5. En cierta ocasión, al predicar al pueblo, hacía
hincapié: "La concupiscencia con que hemos nacido no morirá mien-
tras vivimos; puede que vaya debilitándose, pero nunca desaparecerá
del todo"6. Y mientras daba gracias a Dios por el gran don
de la continencia que le había sido concedido con la fe,
confesó públicamente que aún le seguían asaltando las imá-
genes que los hábitos pecaminosos antiguos habían implan-
tado en su memoria: "Me mandas, sin duda, abstenerme de
las apetencias de la carne... Ya me mandaste que me abstu-
viera de la convivencia carnal, y respecto al matrimonio
mismo advertiste que hay algo mejor de lo que concediste
como cosalícita. Y como fuiste tú quien me concedió esta
gracia, lo logré incluso antes de convertirme en dispensador
de tu sacramento. Pero aún están vivas en mi memoria. . . las
imágenes de aquellas cosas que la costumbre dejó impresas
en e l l a" 7 .
Creo que es en este punto donde tanto los religiosos
como los sacerdotes de hoy pueden identificarse con este
hombre de hace dieciséis siglos, que era también religioso y
sacerdote. Tanto a nosotros como a Agustín, Dios nos ha
aconsejado "algo mejor", algo que nos hace renunciar de
buen grado al matrimonio. Este "algo mejor" ha sido nues-
tra meta desde que ingresamos en la vida consagrada o en
el sacerdocio. C ie r to que hemos luchado por cumplir
nuestro sagrado compromiso con Dios, pero, al igual que
Agustín, también nos hemos visto sometidos a muchas y
variadas tentaciones. Quizá hayamos tenido también algunas
caídas, no sólo debidas a los recuerdos del pasado, sino
5
Sermón 57,9.
6
Sermón 151,5.
7
Confes. 10,30,41.
75
también a la misma naturaleza humana y al encuentro co-
tidiano con la cultura que nos rodea y que también se abre
camino dentro de las casas religiosas en forma de revistas,
libros y programas de televisión. Todo cuanto nos rodea
está confrontado con una mentalidad que exalta la libertad
sexual, incluso la llamada necesidad de actividad genital,
para llevar a cabo la realización verdaderamente humana.
La castidad, por tanto, que hemos escogido por el Reino,
exige un esfuerzo determinado. Como todo objeto de belle-
za y de gran valor, no podemos poseerla a menos que este-
mos dispuestos a pagar un precio proporcionado por ella. Y
el precio en este caso es la oración sincera, la humildad que
nos lleva al conocimiento de nuestra debilidad, la autodis-
ciplina y el sacrificio personal. Un voto de castidad ha
exigido siempre los mejores esfuerzos de quienes lo han
hecho. Sin embargo, hoy es aún más exigente porque es una
manifiesta "contracul tura". Vivir este estilo de vida se ha
llegado a tildar de algo azaroso, perjudicial o imposible8. Pero
también es un signo de contradicción. Hace que la gente de
buena voluntad se plantee cuestiones arduas en torno a lo
que significa el testimonio público o sobre qué es lo impor-
tante, incluso necesario, en la vida total de la Iglesia9. En
una época de una indulgencia desmadrada y de un materia-
lismo rampante, este signo de compromiso total con Dios y
al servicio de su pueblo es más necesario que nunca.
Vis ión agustiniana de la castidad
a la luz de la fe
Agustín consideró dos cosas esenciales para quienes qui-
sieran vivir la vida religiosa en su compañía: el voto o
profesión de vida común y el voto de castidad. La pobreza
y la obediencia religiosa se hallaban tan incorporadas a la
realidad del ideal de Agustín, que constituían parte integral
8
PC 12.
9
LG 42; OT 10; PC 12.
76
del voto de vida común y no era fácil separarlos de é l 1 0 . La
estima que Agustín sentía por la virginidad, tanto como por
la castidad en todos los estados de la vida, puede verse en el
pasaje siguiente, que es parte de un sermón dirigido al pue-
blo. Primero trata de los votos bautismales comunes a todos
los cristiano y luego habla de los votos individuales: " N o
hagáis votos y luego os olvidéis de cumplirlos... ¿Qué votos
esperamos que hagan todos sin distinción? El voto de creer
en Cristo, de esperar de él la vida eterna y de vivir una vida
buena guardando las normas ordinarias de buena conducta...
Pero también hay votos hechos por personas concretas: unos
consagran a Dios su castidad conyugal... Otros , tras expe-
rimentar los goces del matrimonio, prometen abandonar
esta unión en adelante. Éstos prometen algo más grande que
los primeros. Otros hacen voto de virginidad desde sus pri-
meros años y dejan completamente esos placeres que otros
abandonan después de haberlos experimentado. Estos hacen
el voto mayor de todos... O t ro hace voto de renunciar a
todos sus bienes para poder distribuirlos entre los pobres y
vivir en comunidad en compañía de los santos: éste es un
gran voto.. . Que cada uno haga el voto que le parezca, pero
que se cuide muy bien de observar el voto que ha hecho" u .
La castidad religiosa es en realidad el más fundamental
de todos los votos de la vida religiosa. Durante el curso de
los siglos el estilo de vivir la vida común, así como el estilo
de practicar la pobreza y la obediencia, ha variado en rela-
ción a los objetivos concretos de los distintos institutos re -
ligiosos. Pero aunque ha habido nuevas profundizaciones en
la afectividad de la persona humana en nuestros días, no ha
habido cambio esencial en lo que se espera de una persona
consagrada a Dios mediante el voto de castidad. Entre todos
los consejos evangélicos, sólo éste, en sentir del concilio
10
A. MANRIQUE, Teología..., II, c. 1, pp. 115-124. Véase también R. E.
HESLINGA, ed. One Mind. One Heart (publicación privada y traducción parcial de
la obra de Manrique) 1973, 102-105.
11
En. ín Ps. 75,16; véase también De sacra virginitate 8,8 (en adelante, De s.
virg.).
77
Vaticano II, se mantiene como "don superior de la gracia" n.
De todos modos, no hay que ignorar los problemas es-
peciales que han surgido en nuestra época en torno a la
intimidad, vida afectiva y mejor integración de la propia
sexualidad dentro de la vida comunitaria. El mismo concilio
parece tomar nota de estas necesidades cuando dice: "ha
castidad cuenta con mayores garantías en una comunidad donde florece
entre sus miembros un amor fraterno auténtico"^. En realidad,
todo cuanto en este libro se ha venido diciendo en torno a
la vida de comunidad y a la necesidad del amor mutuo, o
todo lo referente a compartir las cargas, a animarse unos a
otros y a saber calibrar las distintas necesidades, todo esto
interesa, de modo general, al modo de tratar este punto
concreto. A partir del concilio se ha progresado un tanto en
esta área de la vida religiosa. Pero con frecuencia nos halla-
mos con la necesidad real de trabajar mejor para establecer
las bases para una relación más auténtica entre los miembros
de muchas de las comunidades. La solución de los problemas
que surgen en estas áreas no va a venir del intento de
satisfacer las necesidades reales de vida privada casta (inti-
macy), de vida afectiva y de integración, saliendo fuera de la
comunidad a un entorno que, con toda franqueza, frecuen-
temente ni siquiera comprende el voto de castidad. Estas
necesidades afectivas reales deben ser susceptibles de ser
canalizadas de una manera sana y casta, comenzando dentro
de nuestras propias comunidades, sin incurrir en exagera-
ciones ni ceder ante expectativas irreales de lo que la comu-
nidad puede hacer 14.
Pero si no se cuestiona lo que se espera de una persona
consagrada a Dios por la castidad, probablemente tampoco
se cuestiona el hecho de que nadie es capaz de vivir este
12
PC 12; cf también D. M. STANLET, O. C, 74-75.
13
P.C. 12.
14
Sobre una presentación más detallada del tema de la intimidad en la vida
religiosa, véase R. J. MCALLISTER, MD, Living The Vows, Harper and Row, San
Francisco 1986, especialmente pp. 38-51. Por ejemplo: "El deseo de intimidad
motivará a una persona a la entrega del yo en busca del otro, no a privarse del otro
buscándose el propio yo" (p. 41).
78
voto apoyado únicamente en sus propias fuerzas. Jesús mis-
mo lo dejó claro al hablar a sus discípulos: "Nadie puede
aceptar esta doctrina (es decir, es mejor no casarse); sólo aquellos
a quienes se les concede obrar así"1 5 . Sin embargo, Agustín nos
cuenta que en sus años jóvenes había sido lo suficientemente
necio como para pensar "que la continencia se basaba en la
fuerza personal de cada uno" , sin constatar que "nadiepuede
ser continente a menos que tú (Señor) selo garantices" 16. "En
efecto, ¿quién es el hombre que desea reflexionar sobre su propia
debilidad y que, no obstante, se atreve a confiar su castidad e inocencia
a sus propias fuerzas...?" X1 Y, como ya hemos visto, Agustín
admitió que ni realmente había tratado de ser casto ni tam-
poco había pedido seriamente esta gracia, porque temía que
Dios le escuchara y le sanara. Y en el fondo no era eso lo
que él quería 18.
En el voto religioso de castidad se consagra la virginidad
física. Pero esta ofrenda personal no tiene sentido alguno si
no va acompañada de la castidad de espíritu. "Nadie —dice
Agustín— conserva la pureza corporal a no ser que la castidad esté
ya arraigada en el espíritu"]9, que, por su parte, tiene su base
en "una fe íntegra, una esperanza sólida y una caridad sincera"20.
Lo verdaderamente importante en el voto de castidad no es
el hecho de renunciar al matrimonio o el estar más libre de
una cierta esclavitud que entrañan los atractivos de la carne.
Lo realmente importante, por el contrario, es el hecho de la
consagración total de la persona a Dios. Esta consagración
le capacita para amar al pueblo de Dios con un talante más
generoso y más universal: " N o alabamos en las vírgenes el
hecho de ser vírgenes, sino el hecho de su consagración a
Dios mediante una santa cast idad"2 1 .
El énfasis que pone Agustín más en el aspecto interior
15
Mt 19,11.
16
Confes. 6,11,20.
17
Ib, 2,7,15.
18
Ib, 8,17,17.
19
De s. vng. 8,8; cf también En. ín Ps, 99,13.
M
In ev. lo., tr. 13,12.
21
Des. virg. 11.11.
79
que en el exterior de la castidad lo pone de relieve el estilo
notable con que habla de María, madre de Dios: "Para
María fue una cosa mucho más grande haber sido discípula
de Cristo que haber sido su madre.. . Fue mucho más grande
conservar la verdad de Dios en su corazón que gestar su
carne en el seno" 2 2 .
En otras palabras: "María fue más bendita por acoger la
fe de Cristo que por concebir la carne de Cristo.. . Ni si-
quiera la relación maternal de María le habría servido de
provecho si no hubiera engendrado a Cristo más dichosa-
mente en su corazón que en su ca rne" 2 3 .
La castidad consagrada debe llevar al amor
¡La castidad religiosa no es cuestión de renunciar a nada!
Al igual que todos los consejos evangélicos, debe llevar al
amor 2 4 . También es verdad que la castidad religiosa da
entrada a una amistad lo más íntima posible con Dios. Pero
puesto que esta amistad se basa en la observancia de los
mandamientos que Dios nos dio sobre el amor, debe englo-
bar también a la Iglesia entera y a todo el pueblo. De lo
contrario será un fracaso 25. En síntesis, un voto de castidad
constituye un compromiso no sólo frente a Dios, sino tam-
bién frente a la Iglesia y a su ministerio pastoral. Debe
llevarnos a una mayor amabilidad y preocupación por las
personas y no hacer que nos encastillemos de manera egoís-
ta. Por tanto, la castidad no puede limitarse a un amor
intenso de Dios. Incluye también el amor a los hijos e hijas
de Dios 26. Más aún, este voto debería capacitarnos más y
mejor para tener en cuenta nuestras prioridades y hacernos
menos propensos a la atomización de nuestras propias fíde-
22
Sermón 72A,7 (conocido también como Denis 25,7).
23
De s. virg. 3.3.
24
De civ. Dei 10,6.
25
Jn 15,12-15.
26
JOHN M. LOZANO, CMP, Trenas ín Religious Life Today, en "Review for
Religious" 42 (1983), n. 4, 500.
80
lidades, porque dirige todo el empuje de nuestras vidas a
agradar a Dios y a seguir el mandato de Jesús mediante la
santidad de cuerpo y de espíri tu2 7 . Agustín enfatiza este
aspecto unificador de la castidad y todo su alcance en estas
reflexiones: "A través de la continencia nos viene el reajuste
y la reconducción a aquella unidad desde la cual nos preci-
pitamos dispersándonos en multi tud de cosas. Te ama menos
(oh Dios) aquel que ama contigo alguna cosa que no ama
por ti. ¡Oh amor, que siempre ardes y que nunca te apagas!
¡Oh caridad, Dios mío, enciéndeme!" 2 8 . " Y puesto que no
sólo no has exigido la continencia, es decir, la represión de
nuestro amor por unas cosas concretas, sino también la
justicia que nos señala el punto de referencia de nuestro
prój imo. . ." 2 9 .
Agustín pedía "encenderse" en amor de Dios y dar
salida a la manifestación de este amor, porque comprendía
muy bien el hecho de que "un amor más grande ha impuesto una
carga más grande" sobre quienes están consagrados a Dios por
la castidad3 0 . Pero este mismo amor es la salvaguardia de la
castidad personal consagrada. Cuanto más amemos en la
medida en que Dios nos ha amado, más guardará Dios en
nosotros su propio don, grande e insuperable: nuestra casti-
dad. "Por tanto, sólo Dios es el que da la virginidad y el que
la protege. ¡Y Dios es amor! Consiguientemente, es el amor
el guardián de la virginidad, pero la humildad es la conser-
jería de este guardián. Aquí mora el que dijo que el Espíritu
Santo descansa en los humildes, en los pacíficos y en los que
temen su palabra... Los esposos humildes siguen más fácil-
mente al Cordero que las vírgenes orgullosas"3 1 .
27
ICor 7,32-34.
28
Confes. 10,29,40 (traducción propia).
29
Ib, 10,37,61. \
30
Sermón 161,11,11.
31
Des. virg. 51,52.
81
¡Qué descansada vida con el voto de castidad!
Por bello que sea el ideal, los que tratan de vivirlo saben
cuánta lucha entraña. Agustín conocía también esta lucha:
"No te preocupes de los enemigos externos —dice—. Conquístate
a ti mismo y vencerás el mundo"32. Pero ahí precisamente, en
la conquista de uno mismo, es donde radica la dificultad. En
efecto, hay dos voluntades y dos amores que luchan por la
supremacía en cada uno de nosotros: el amor del mundo y
el amor de Dios. Estos amores se manifiestan a menudo en
sentimientos y deseos antagónicos3 3 . Estamos consagrados a
Dios, pero aún estamos sujetos a la tentación. Y porque
somos conscientes de nuestra debilidad, también podemos
temer fácilmente la fuerza de algunas de estas tentaciones.
Sin embargo, al sentirnos como los seres más débiles pode-
mos experimentar la gran fuerza de Dios que actúa en
nosotros y que en verdad puede probar nuestro amor por él:
" C o n mucho gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis
flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por
consiguiente, con muchísimo gusto presumiré, si acaso, de
mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cris-
to, pues cuando soy débil entonces soy fuer te" 3 4 .
Me pregunto qué nos diría Agustín en una perspectiva
práctica si nos hablara personalmente aquí y ahora. Quizá
todo su mensaje se resumiría en aquellas palabras sorpren-
dentes que ya hemos citado: "¡Dios mío, enciéndeme!"35.
Creo que Agustín desearía que comenzáramos por aquí:
por pedir al Señor que nos inflame con su amor, con su
generosidad, con su autosacrificio al servicio y en interés
por los demás. Tenemos que centrar el voto de castidad más
en nuestros corazones que en nuestra mente. Hay que ci-
mentarlo en la fe, esperanza y amor más que en la persua-
sión intelectual. Una justificación de carácter intelectual
32
Sermón 57,9.
33
Sermón 344,1.
34
2Cor 12,9-10.
35
Véase nota 27.
82
nunca será plenamente satisfactoria en este aspecto. O com-
prometemos el corazón en esta consagración —y lo com-
prometemos en profundidad— o la castidad resulta imposi-
ble. Más aún, hay que afrontar las dificultades con una fe y
amor profundos, así como con la energía que Dios mismo
nos proporciona.
¿Y qué tipo de energía es ésta que Dios nos da? ¿Es
simplemente la que brota de la gracia interior que puede
salvarnos en el momento preciso, por decirlo de alguna
manera? ¿O es la gracia que con frecuencia se reviste de
forma muy humana y que Dios pone en nuestrosendero,
intimándonos a aceptarla con toda sencillez y humildad, sin
esperar milagros? Agustín cree en estas dos clases de gracias,
pero su Regla en concreto pone de relieve algunas de estas
ayudas más humanas de una manera eminentemente prácti-
ca. Una vez más creo que si Agustín viviera hoy entre
nosotros nos diría: ¡Mira en torno tuyo! ¡Mira lo que Dios te
ofrece aquí y ahora y haz buen uso de ello!
¿Qué es lo que Dios nos ofrece aquí y ahora? Ante todo
un toque de atención a la comunidad, que en el sentido
agustiniano del término, es una llamada al amor, a la amis-
tad, al compartir , al interés mutuo. Consiguientemente,
nuestras comunidades no pueden ser sitios refinados para
orar, trabajar, comer y dormir. Son a la vez hogar, corazón
y fuerza, porque nuestras comunidades somos nosotros mis-
mos, tú y yo y cuantos viven con nosotros.
La Regla de san Agustín pone de relieve con trazos vigo-
rosos esta fuerza, y lo hace de manera muy concreta. Me-
diante la vigilancia mutua de unos sobre otros 3 6 , mediante
la corrección fraternal realizada con espíritu de amor 3 7 ,
mediante el interés que unos por otros muestran incluso
fuera de las cercas del monasterio o de la casa religiosa 38,
los religiosos ofertan un servicio único de amor que es de
vital importancia para ayudar a vivir la propia consagración
36
Regla, n. 24 (c. 4,6).
37
Ib, nn. 25-28 (c. 4,7-10).
38
Ib, nn. 20.36 (ce. 4,2; 5,7).
83
en castidad. Una amistad vivida mutuamente, que implique
sinceridad, franqueza y confianza, es asimismo una fuente
continua de optimismo y de arranque. Más aún, el espíritu
de oración y de penitencia3 9 , que forma parte integrante de
la vida de comunidad, debe recordarnos continuamente la
presencia de Dios y el temor saludable de Dios que es una
fuente de fuerza y de protección que no debemos pasar por
a l to 4 0 . Agustín continúa ofreciendo sugerencias prácticas al
precisar que los religiosos no deben llamar la atención ni
disgustar a nadie ni por sus vestidos ni por su porte, com-
portamiento o cualquier otra actividad4 1 . En otros térmi-
nos: apela a la sencillez del estilo de vida como otra salva-
guardia real. Pero quizá su exhortación más importante al
respecto es que los religiosos se anticipen a las dificultades
innecesarias conociendo y reconociendo su debilidad, es de-
cir, siendo lo suficientemente humildes como para hacerse
un chequeo personal, sobre todo en su corazón4 2 . En todo
ello resulta más que evidente que Agustín no nos pide que
esperemos milagros para hacernos capaces de perseverar en
nuestra consagración a Dios. Su insistencia se basa, por el
contrario, en que Dios actuará principalmente en nosotros
por conducto de otras personas buenas y a través de las
cosas sencillas y ordinarias de cada día.
El orgul lo , precursor de la caída
Nunca mejor aplicado el antiguo aforismo de que el
orgullo precede a la caída que en el caso de la salvaguardia
de la castidad religiosa: "Si alguno se considera firme, que
esté ojo avizor, no sea que ca iga" 4 3 . Los religiosos que
piensan que pueden hacerlo todo, verlo todo, oírlo todo o
leerlo todo como si nunca hubieran hecho un voto de cas-
39
Ib, nn. 10.14 y passim (ce. 2,1-4; 3,1).
40
Ib, n. 23 (c. 4,5).
41
Ib, nn. 19.21 (c. 4,1-3).
42
Ib, n. 22 (c. 4,2).
43
ICor 10,12.
84
tidad o de consagración a Dios, parecen ser felizmente in-
conscientes de su naturaleza humana gravemente herida. Se
parecen muchísimo al fariseo orgulloso del evangelio, que
proclamaba que no era "como los demás hombres" , y, por
supuesto, no como el humilde publicano oculto en un rincón
de la sinagoga, quien admitía cabizbajo su debilidad4 4 .
No es extraño que Agustín tenga sus reservas sobre
quienes profesan la continencia perpetua, y que pueden estar
libres de otros muchos vicios y faltas, pero que se hallan
tiranizados por su propio orgullo. En las citas siguientes se
dirige a las vírgenes consagradas, pero el contenido es tam-
bién aplicable a todos los religiosos. "Temo que el orgullo
anide en ellas: y tengo mis recelos de que se endiosen por
ser beneficiarías de una bendición tan grande. Cuanto ma-
yores son las razones que hallan para envanecerse tanto
mayor es el miedo que yo tengo de que, al agradarse a sí
mismas, desagraden a aquel que 'resiste a los orgullosos,
pero da su gracia a los humi ldes ' " 4 5 . "Por tanto, que su
primer pensamiento se base en la humildad, no sea que
lleguen a pensar que son vírgenes de Dios por méritos pro-
pios, cuando lo que ocurre es justamente lo contrario: este
don tan exquisito procede de arriba, del Pad re" 4 6 .
Llamada a la generosidad
A modo de colofón, me gustaría repetir algo que ya he
dicho antes sobre la actitud de san Agustín antes de su
conversión: que personalmente nunca intentó en realidad
ser casto ni pidió seriamente esta gracia. A veces surge todo
un montón de dificultades con la castidad, no por el hecho
de que no deseemos realmente ser castos, pues en realidad
no hay duda alguna de que deseamos serlo. Más bien dima-
nan del hecho de que no siempre estamos dispuestos a inver-
44
Le 18,9-14. \
45
De s. virg. 34,34.
46
Ib, 41,42.
85
r
tir las energías necesarias para vivir de manera generosa
este voto. Y quizá sea ésta la razón principal del perjuicio
que nos hacemos. Porque en el tema de la castidad religiosa,
sólo nos engañamos al pensar en la posibilidad de excluir la
generosidad de nuestro compromiso y al tratar de vivir en
la frontera artificial entre lo permitido y lo no permitido.
Vivir la castidad por el reino de los cielos es una tarea que
escasamente pueden realizar quienes tratan de arbitrar cier-
to balanceo sobre la cuerda floja situada en la altura. El
vértigo de la altura puede abocar en una caída desagradable.
Tenemos que aprender a tener bien fijos los pies en tierra,
a reconocer nuestra naturaleza humana en lo que realmente
es y a hacer el mejor uso de la ayuda de Dios, tanto espiri-
tual como humana. Este es el medio para mantenernos fieles
a nuestro compromiso.
Nadie puede vivir el voto de castidad sin espíritu de
autodisciplina y de autosacrificio. Nadie puede esperar la
perseverancia en este santo compromiso sin impetrar ayuda
en la oración y sin hacer uso frecuente de los auxilios sacra-
mentales que ofrece la Iglesia. Puede que el ascetismo no
sea hoy una palabra muy popular para muchos, pero lo que
representa es esencial para la vida de los consagrados a
Dios. No hay modo de que el grano de trigo dé fruto si no
muere 4 7 . No hay modo de que el religioso pueda dar fruto
en el amor a menos que muera a sí mismo. Dios nos ha
cursado una invitación especial a abrazar, en expresión de
san Agustín, "algo mejor" o, como dice san Pablo, "a ser
santos e intachables... y llenos de amor" 4 8 . Nuestro Padre
del cielo nos estimula asimismo con palabras similares a las
que dirigió a María en la anunciación: " N o temas. Estoy
contigo. Nada es imposible para Dios" 4 9 . Pero, como ya
hemos observado, muchísimo depende de nosotros. Tenemos
que aceptar la venida de Dios a nuestras vidas con un talante
muy personal, confiar en él y cooperar con la fuerza que
47
Véase Jn 12,24.
48
Ep. 1,4.
49
Le 1,29-37.
86
nos brinda. Entonces comprenderemos lo que significa estar
abrasados de su amor, y comprenderemos también la in-
mensa alegría de compartir con los demás la plenitud de ese
amor.
La exhortación que sigue, dirigida por Agustín a las
mujeres consagradas a Dios, tiene idéntica aplicación a los
cristianos consagrados de hoy y constituye una conclusión
pintiparada a estas ideas sobre la castidad evangélica: "Que
los que perseveran entre vosotros os sirvan de ejemplo, y
que los que caen aumenten vuestro temor. Estima el ejemplo
de los que perseverane imítalos; llora por los caídos; si no,
te harás un orgulloso. No pregones tu propia justicia; somé-
tete a Dios, que te libra de tacha. Perdona los pecados de los
demás; reza por ti. Evita las caídas futuras mediante la
vigilancia, borra las pasadas mediante la confesión"5 0 .
50
De s. virg. 52,53.
87
6. El cristiano comprometido
y la cruz
EL C O N C I L I O Vaticano II lanzó un reto a todos los cristianos: que apreciaran mejor su rol en la Iglesia y
lo vivieran en plenitud según sus capacidades. A todas las
personas bautizadas, por ejemplo, se les recordó su vocación
a la santidad, área que durante muchísimo tiempo había
sido considerada de dominio exclusivo de sacerdotes y reli-
giosos '. Toda la Iglesia tomó profunda conciencia de su
naturaleza fundamentalmente misionera y de las consecuen-
cias prácticas que se siguen de esto 2. Al laicado se le urgió
a tomar parte activa en el apostolado, en consonancia con el
rol particular que cada laico desempeña en la sociedad, y a
no seguir siendo meros espectadores pasivos en su Iglesia3.
Y mientras se les hizo hincapié a los religiosos de que su
única ley suprema y su norma fundamental no era sino
"seguir a Cristo tal como se propone el evangelio"*, se les retaba
asimismo a que "considerasen bien que a través de ellos, tanto a los
creyentes como a los no creyentes, la Iglesia desea de verdad propor-
cionarles una revelación de Cristo cada vez más clara"5. En otras
palabras, a los religiosos se les recordaba encarecidamente
que su vocación era ser cristianos radicales, comprometidos
totalmente con el servicio de Dios y en la imitación de
1
LG 40,2. Véase AG 2,4; 4,6 y passim.
2
Vaticano II, passim.
3
AA 3 y passim. \
4
PC 2a.
5
LG46.
89
Jesús, de modo que sus vidas reflejen con mayor claridad la
vida de Cristo en el mundo de hoy.
Ser un cristiano radical en este sentido no resulta una
tarea fácil. Exige que una persona, literalmente, desee "en-
gancharse" a Cristo, ser Cristo para los demás, con la misma
delicadeza y comprensión que Cristo tuvo durante su estan-
cia en esta vida terrena. Qué duda cabe que esto implica
que estas personas estén dispuestas a amar como lo hizo
Cristo, a despojarse de todo lo que constituye un óbice para
comunicarle a él y su mensaje a los demás y estar preparados
a sacrificar no a los demás, sino a sí mismos por la difusión
de su Reino 6.
Sin embargo, parecerse cada día más a Cristo no es algo
que ocurre de repente o que se hace de una vez para siem-
pre. Como toda conversión, es un proceso gradual que re-
quiere una cooperación solícita y una disposición a luchar
durante toda la vida. La naturaleza humana no se doblega
fácilmente al desarrollo de un amor altruista tal como nos
lo presenta Jesús en su vida. Existen fuertes tendencias e
instintos egoístas que hay que superar, así como ese básico
e insaciable anhelo de la carne, de los ojos y de la ambición
mundana que tan fuerte empuje tienen en todo nuestro ser.
Basándose en su propio campo de experiencias de este tipo,
Agustín comentó en uno de sus sermones: "En tanto que
vivimos aquí en la tierra, hermanos y hermanas, el panora-
ma futuro es éste. Hemos envejecido en este combate y en
la actualidad nuestros enemigos son más débiles, pero siguen
siendo enemigos. Los años los han ido debilitando, pero no
cesan de perturbar la paz de nuestra avanzada edad sirvién-
dose de mil artimañas. La batalla es más encarnizada para
los que son jóvenes. Personalmente conocemos esta batalla
y hemos pasado por ella. Seguid luchando con la esperanza
puesta en la v ic tor ia" 7 .
6
Regla, n. 3 (c. 1,2): la unidad propuesta por san Agustín no sería nunca
posible sin una visión cristiana "radical".
7
Sermón 128,11; véase también Confes. 10,30,42; 10,31-37, referentes a las
distintas tentaciones que Agustín padeció en su madurez.
90
Una realidad que hemos de tener en cuenta es el hecho
de que, según la visión cristiana de la vida, el amor y la cruz
están íntimamente unidos. Y no es sólo porque Jesús nos lo
enseñara así, sino especialmente porque él predicó lo que
predicaba: "No hay amor más grande que dar la vida por los
amigos. Y vosotros sois amigos míos si hacéis lo que yo os mando"*.
La señal suprema del amor de Dios a nosotros radica preci-
samente en la ofrenda que Jesús hizo de sí mismo en la cruz
para redimirnos.
El cristiano mira a la cruz
En nuestra época actual da la impresión de que la gente
se halla más apartada que nunca de la cruz y de la mortifi-
cación. Por supuesto que la cruz nunca ha sido muy popular.
No obstante, no cabe la menor duda que ha conferido gran
fuerza y vigor a quienes han estado clavados a ella mediante
el sufrimiento y la aflicción. Por eso se hallan tan profun-
damenta identificados con Cristo 9. Nosotros mayoritaria-
mente preferimos hacer énfasis en la resurrección, con sus
aspectos de gozo, gloria, alabanza, libertad y conquista. Es
una reacción muy natural: ¿quién no prefiere alcanzar la
gloria del Señor sin pasar por el dolor y la ignominia del
viernes santo? De todos modos, ahí queda el aviso del Señor:
"Si el grano de trigo cae en tierra y no muere, queda infecundo. Pero
si muere, produce mucho fruto" w.
Probablemente contra lo que muchos se rebelan hoy es
contra lo que parece negativo, un acercamiento casi anti-
cristiano a la cruz, y que quizá existiera esporádicamente
en tiempos pasados: la disciplina por la disciplina, el sacri-
ficio que había perdido sentido, formas de mortificación
que parecen fuera de lugar ahora que tenemos una com-
8
Jn 15,13-14.
9
Véase SAN AGUSTÍN, En. in Ps. 54,10: "Si hubieras meditado con toda since-
ridad lo que Cristo ha sufrido, ¿no serías capaz tú también de sufrir con resigna-
ción, e incluso con alegría, puesto que te has hallado en situación similar a los
sufrimientos de tu rey?
10
Jn 12,24.
91
t
prensión y apreciaciones mejores de nuestra naturaleza total
y de la unión íntima del cuerpo y del alma. Sin embargo,
debemos tener mucho cuidado y no permitir que los posibles
errores del pasado oscurezcan el puesto importante que
tiene la cruz en la vida cristiana. Si tratáramos de despreciar
la cruz, correríamos el riesgo de chocar frontalmente con
una enseñanza básica del evangelio.
Así pues, lo que hay que subrayar es el lado positivo de
la cruz, su objetivo real en la vida: ayudarnos a llegar a la
expresión más plena de ese amor y servicio que ha encon-
trado su representación en la muerte de Jesús. El amor
auténtico lleva de buen grado a una persona a hacer todo
cuanto sea necesario para agradar al ser querido o a poseer
el objeto amado. Este es el único sistema para comprender
las dos breves parábolas del Señor en torno al reino de Dios:
"El reino de los cielos es como un tesoro escondido que un
hombre encuentra en el campo. Vuelve a ocultarlo, y con-
tento por el hallazgo, va y vende todo lo que tiene y compra
el campo. También el reino de los cielos es como un comer-
ciante en perlas finas. Cuando encuentra una de mucho
valor va y pone a la venta todo lo que tiene y la compra" n .
En otras palabras, no hay un precio demasiado elevado
para quienes están convencidos de que han encontrado algo
de valor incalculable y que merece la pena poseer. Análo-
gamente, ningún precio es demasiado elevado para aquellos
que realmente aman a Jesús y desean seguirle más de cerca.
Poseer algo que es bueno y que merezca la pena, algo que
esté fuera del alcance del dinero, exige un esfuerzo concen-
trado y continuo. Sin embargo, por una razón o por otra,
muchos parecen dudar cuando se trata del supuesto de que
la vida del Espíritu puede requerir un esfuerzo similar, así
como autodisciplina y sacrificio personal. Jesús no hizo mis-
terio de cómo podemos, e incluso debemos, seguirle:"Si
alguno quiere venir en pos de mí, niegúese a sí mismo, tome
su cruz y comience a seguir mis pasos" 12.
11
Mt 13,44-46.
12
Mt 16,24.
92
Y una vez más, apoyándonos en su afirmación de que el
grano de trigo debe morir para dar fruto, continúa Jesús:
"El que ama su vida la pierde, mientras que el que odia su
vida en este mundo la guarda para la vida eterna. Si alguien
quiere seguirme, que me siga; donde estoy yo allí estará mi
servidor. Si alguno me sirve, le honrará el Padre" 13.
Seguir las huellas de otro es ser discípulo de esa persona.
Las huellas de Jesús, sin embargo, tienen la marca indeleble
del amor que se autoinmola: "Igual que yo os he amado,
amaos también entre vosotros. En esto conocerán que sois
discípulos míos: en que os amáis unos a o t ros" 14.
El camino hacia la libertad interior
La fórmula, pues, que Jesús propone es en realidad muy
simple: niégate a ti mismo, toma tu cruz y sigúeme. Es
decir: ama como yo he amado. De todos modos, nadie será
capaz de amar como Jesús amó sin aceptar estas condiciones
previas de negarse a sí mismo y de tomar la cruz, porque el
amor promovido por Jesús es algo radicalmente opuesto a
ese otro amor, amor muy atractivo, que promocionan las
fuerzas materialistas que nos invaden: "Dos tipos de amores
construyeron dos comunidades (ciudades): el amor de uno
mismo llevado hasta el extremo de rechazar a Dios creó la
comunidad mundana; y el amor de Dios practicado hasta el
punto de abandonar la autosuficiencia construyó la comuni-
dad celestial" 15.
Los tratadistas de vida espiritual de nuestra época, al
igual que hicieron los de tiempos pasados, ponen de relieve
cómo la autodisciplina —no importa el nombre que se le dé:
penitencia, mortificación, ascetismo— es absolutamente ne-
cesaria si queremos disfrutar del don de la libertad interior.
13
Jn 12,25-26.
14
Jn 13,34-35.
15
SAN AGUSTÍN, De civ. Dei 14,28, tal como lo traduce VAN BAVEL, Chris-
tians, 61.
93
Esta libertad nos permite afirmar en nosotros y proponer a
cuantos nos rodean los verdaderos valores de la vida, que
son también los dones del Espíritu: amor, alegría, paz, paciencia
perseverante, bondad, generosidad, fe, mansedumbre y castidad. ¡Con-
tra éstos no hay ley!16 Si no adquirimos esta libertad interior
seguiremos siendo esclavos de nuestro propio ego, completa-
mente centrados en el yo, amándonos sólo a nosotros mis-
mos y a nuestra propia voluntad l7. "Amarse a sí mismo es
hacer la propia voluntad. Antepon la voluntad de Dios a
todo esto; aprende realmente a amarte a ti mismo superando
el egoísmo" l8.
Un sentido cristiano de autodisciplina y mortificación
nos permite comprobar que muchas actitudes que prevale-
cen en nuestra sociedad se basan en supuestos falsos que
constituyen una negación práctica de la realidad espiritual
de nuestra naturaleza l9. Al seguir a Cristo nos sentimos con
la energía suficiente para buscar los auténticos y permanen-
tes valores de la vida que están totalmente de acuerdo con
nuestra vocación cristiana.
Una vis ión agustiniana de la cruz
A la luz de lo expuesto, la aproximación muy personal
y equilibrada de Agustín a la cruz, a la penitencia y a la
mortificación puede servir de gran ayuda para comprender
lo que Jesús mismo enseña sobre la materia.
En general, Agustín dice a todos los cristianos que sólo
pueden vivir su nombre y su vocación si no rehusan caminar
por la senda de Cristo, aceptando el sufrimiento como Jesús
lo aceptó: "£5 un camino duro —admite—, pero es el único
16
Gal 5,22-24.
17
Sobre este punto véase VAN BAVEL, Christians, 38-46; RENE VOILLAUME,
Spirituality from the Desert, 74-75; GIOVANNI SCANAVINO, OSA, Lo Spirito dipenitenza,
en "Bolletino de S. Rita", Milán, abril 1983, 6-7.
18
SAN AGUSTÍN, Sermón 96,2.2.
19
JAMES CARROLL, Mortification for Liberation, en "The National Catholic Re-
pórter ', adviento 1971, citado por MARTIN W. PABLE, OFM Cap. Psychology and
the Commitment to Celibacy, en "Review for Religious" 34 (1975), n. 2, marzo.
94
bueno"20. No obstante el hecho de que este juicio puede
resultar un tanto duro, no lo es tanto cuando se le contempla
desde la perspectiva de la predicación y enseñanza agusti-
niana. De hecho, su aproximación a la penitencia y mort i -
ficación es nuevo y moderado, y pone de relieve estos tres
puntos: 1) responsabilidad personal; 2) la salud del individuo,
3) y sobre todo, crecimiento en el amor, unidad y libertad
interior como consecuencia del ascetismo. Agustín había
quedado profundamente impactado por los ayunos rigurosos
y prolongados de los monjes de los monasterios de Roma y
Milán que él visitó2 1 , pero quizá sus propias enfermedades
físicas hicieron que pusiera mucho mayor énfasis en otros
aspectos de la vida penitencial, que, sin género de dudas,
eran muchos más importantes. Este extremo se ve claro en
el pasaje siguiente: "Con todo este (ayuno), nadie se ve
presionado a mantenerse en los rigores y austeridades para
los que no tiene la debida complexión. Nada se impone a
nadie contra su voluntad... Todos sus esfuerzos tienen como
centro no el rechazo de diversos alimentos como impuros,
sino el sometimiento del deseo desordenado y el manteni-
miento de la paz fraterna... Se hace hincapié especial en
guardar la caridad: el alimento es subsidiario de la caridad,
la conversación está al servicio de la caridad, los vestidos
son tributarios de la caridad. Todo colabora con la caridad
y sólo con la car idad" 2 2 .
Agustín transfirió a su ideal religioso esta actitud básica
y simple frente a la penitencia, donde a nadie se le coacciona
contra su voluntad, donde cada cual es juez en última ins-
tancia de las posibilidades de su salud para tolerar estas
prácticas y donde se cifra la caridad como norma última de
todas las cosas. Como dice en su Regla: "Que la virtud de la
caridad, que permanece siempre, prevalezca en todas las cosas que
están al servicio de las necesidades transitorias de la vida"23.
20
En. in Ps. 36, serm. 2,16.
21
De mor. eccl. catk, I, 33,71 y 73. s-
22
Ib.
23
Regla, n. 31 (c. 5,2).
95
Siguiendo el ejemplo de Cristo
¿Cómo, pues, de acuerdo con Agustín, vamos a respon-
der al reto de Jesús de negarnos a nosotros mismos, tomar
nuestra cruz y seguirle? Agustín comenta estas expresiones
en muchas y diversas ocasiones, pero en síntesis y paladina-
mente viene a decir esto: para amar a Cristo tenemos que:
1) hacer frente a las diversas estrategias con que el mundo
trata de apártanos de nuestra fe; 2) aguantar todo lo que es
oneroso; 3) guardar los mandamientos; 4) estar motivados
por la misericordia y el amor como lo estuvo Cristo mismo;
5) no confiar en nosotros mismos, sino en Cristo; 6) llevar
la cruz de nuestra mortalidad —es decir, nuestra carne— y
ponerla al servicio de nuestras metas más altas; 7) pero
sobre todo debemos llevar mutuamente nuestras cargas, porque ello
constituye el cumplimiento perfecto de la ley de Cristo.
Esto es todo un programa, especialmente cuando consi-
deramos que la mayoría de estas ideas tuvieron como primer
objetivo el laicado. Pero en realidad, dice Agustín, es toda
la Iglesia la que está llamada a seguir a Cristo. Cuando
Cristo habla de la necesidad de negarse a uno mismo y de
seguirle, no se dirige exactamente a las vírgentes, a los
religiosos o al clero, sino también a los casados, a las viudas,
a todo el laicado 24.
El mejor modo de apreciar la garra de Agustín en estos
temas es dejar que hable él mismo: "¿Qué quiere decir 'que
tome su cruz'? Aguantarlo todo es una molestia, pero así es
como tiene que seguirme. A decir verdad, cuando me sigue
imitando mi conducta y guardando mis mandamientos, ten-
drá que contar con muchos oponentes, con muchos que le
pondrán el veto, con muchos disuasores.Y todo esto será
obra de la gente misma que aparentemente me sigue... Si
deseas seguirme, debes tener en cuenta todas estas cosas...,
considerarlas como una cruz; tendrás que soportarlas, resig-
narte a ellas y no darte por vencido" 2 5 . "Que se nieguen a
24
Sermón 96,7,9.
25
Sermón 96,4,4.
96
sí mismos, es decir, que no depositen su confianza en su
propia persona; que carguen con su cruz, es decir, que
toleren todas las afrentas del mundo por amor a Cristo...
Persiste, persevera, aguanta, cobra ánimo ante la dilación:
de este modo cargarás con tu c ruz" 2 6 . "Esta cruz nuestra
que el Señor nos manda llevar, ¿qué otra cosa es sino la
mortalidad de nuestra carne? Nos angustia hasta que la
muerte sea absorbida por la victoria. Por tanto, es precisa-
mente esta cruz, esta nuestra carne la que tenemos que
crucificar y taladrar con los clavos del temor de Dios, para
que podamos ser capaces de llevarla con libertad cuando
nos ofrece resistencia"2 7 .
Cuando seguimos a Cristo buscamos sus intereses y sus
caminos, no los nuestros2 8 . ¿Y cuáles son los intereses de
Cristo? Cristo no tiene otro interés que el cumplimiento de
los dos grandes mandamientos del amor.
La ley de Cristo consiste en que unos llevemos las cargas
de los otros. Cuando amamos a Cristo resulta fácil transigir
con las flaquezas del prójimo, aunque no le amemos aún por
sus buenas cualidades29 .
La experiencia nos enseña que las ocasiones de tener que
soportar las flaquezas del prójimo no faltarán mientras vi-
vamos. Por consiguiente, no es preciso que los que viven en
comunidad se formulen la pregunta de cómo seguir a Cristo
más de cerca. Ya tienen trazadas su penitencia y mortifica-
ción básicas. Sólo les resta ser generosos en la realización de
su vida comunitaria, y entonces, sin duda alguna, estarán
unidos más íntimamente a Cristo 30.
Pero, como dice Agustín, la carne —nuestra naturaleza
mortal— es nuestra cruz real. Es preciso que la domemos y
desbravemos si vamos a crecer en el amor y ser capaces de
26 Sermón 96,7,9.
" Carta 243,11.
28
In ev. lo. 51,12: "Sirven a Jesucristo quienes no buscan sus propios intereses,
sino los de Jesucristo. Por eso la expresión 'sigúeme' significa sigue mis caminos,
no los tuyos..." ""•
2<l
Dediv. quaest. 83, q. 71,7.
30 Const. OSA, n. 38.
97
anteponer los intereses de Cristo a los nuestros. Tenemos
que empeñar una gran batalla contra las tentaciones de cada
día y tenemos que superarlas; aunque tengamos que hacerlo
personalmente, sabemos que es una labor que supera nues-
tras propias fuerzas: "Nuestra tarea en esta vida es mort i -
ficar las obras de la carne mediante el espíritu, corregirlas
día a día, atenuarlas, coartarlas, darles muerte. . . En esta
batalla recurrimos a la ayuda de Dios mientras nos bat i-
mos il.
En un pasaje de sus Confesiones Agustín describe una de
sus batallas, con la que quizá muchos de nosotros podemos
identificarnos: "Lucho a diario contra el apetito desordena-
do de comer y beber. En este punto no me resulta posible
cortar drásticamente, de una vez para siempre, con ánimo
de no volver a las andadas, cosa que sí pude hacer en el caso
de mis relaciones sexuales. Porque en el comer y en el beber
las riendas del apetito han de manejarse con equilibrio y
moderación, con un tira y afloja. ¿Y quién hay, Señor, que
no se desboque un poquito fuera de los límites de la nece-
sidad?" 3 2 .
A la vez que postula una actitud de moderada relajación,
insiste también en una firmeza equilibrada. Un equilibrio
saludable en este sector de la vida es tan importante como
en otros. Lo que Agustín viene a decir es que debemos
alimentar nuestro cuerpo de manera que esté en buen estado
de servicio, y domarlo de tal modo que no impida nuestro
desarrollo integral en la vida cristiana3 3 .
La penitencia debe llevar al amor
Pero el hecho de que Agustín requiera siempre modera-
ción y un sano equilibrio no debe hacernos pensar en que
31
Sermón 156,9.9.
32
Confes. 10,31.47; véase también En. in Ps. 99,1, donde habla del problema de
sus experiencias de las alabanzas humanas.
33
Const. OSA, n. 38.
98
fuera un oponente de aquellas formas de penitencia y mor-
tificación especialmente recomendadas por las Escrituras y
por los primeros padres de la Iglesia: oración, ayunos, li-
mosna. Y no sólo no se oponía, sino que oportunamente
hablaba de su necesidad, subrayando, no obstante, que su
último objetivo tenía que ser el progreso en el amor y la
armonía. En su carta a Proba, Agustín en un breve pasaje
combina muchas cosas que él considera de importancia al
abrazar la cruz: por una parte, la necesidad de la oración,
del ayuno y de otros tipos de penitencia; y por otra, la
necesidad del discernimiento personal de la propia capaci-
dad para estas prácticas. Pero, por encima de todo, insiste
en la guarda del amor: "La oración recibe una gran ayuda
del ayuno, las vigilias y toda clase de castigo corporal. Que
cada una de vosotras haga lo que buenamente pueda. Si una
(sólo) puede hacer un poquito, dejadla que haga lo que
pueda, mientras ame en la otra lo que ella misma no hace
sencillamente porque no puede. De ese modo, la más débil
no servirá de remora a la más fuerte, y la más fuerte no
fatigará a la más débil. Eres deudor de tu conciencia ante
Dios. A nadie más le debes nada, sino el amaros unos a
o t ros" 3 4 .
La limosna y la oración, las buenas obras y el perdón de
las ofensas de los demás nos hacen tan gratos a Dios, que
cuando las ofrecemos con buena disposición borran todos
nuestros pecados leves3 5 . Un pasaje de tipo parenético de
gran finura que Agustín nos ha dejado subraya la inutilidad
del ayuno y de otras manifestaciones penitenciales si no van
acompañados de obras de amor y justicia: "Si no controlas
tu severidad frente a su siervo, tu ayuno se verá rechazado.
¿Es que va a tener aceptación si no reconoces a tu hermano?
No te pregunto de qué alimentos te privas, sino de qué es lo
que amas... ¿Amas la justicia?... Bueno, pues entonces deja
que veamos tu justicia. Pienso que lo único bueno es que
34
Carta 130,16,31.
35
Sermón 56,8,12; 58,8,10.
99
guardes lo que es más grande, para que lo que es más peque-
ño te guarde a t i " 3 6 .
Sugerencias a los rel igiosos sobre llevar la cruz
Sugerencias desde la "Regla"
Lo que Agustín ha expresado en sus enseñanzas al pueblo
se lo repite a sus religiosos. Con absoluta franqueza, la Regla
habla con la mayor sencillez de la penitencia, ofreciendo
nada más que una norma concreta: "Someted la carne... me-
diante el ayuno y la abstinencia de comida y bebida". Pero Agustín
añade a continuación una condición importante y cualifica-
da: "En cuanto vuestra salud lo permite"1''1'. Hacer penitencia no
tendría objeto ni sentido si a consecuencia de ella cayera
uno enfermo. El objeto de la penitencia no es en modo
alguno perjudicarnos a nosotros mismos, sino facilitar esa
armonía total dentro de nosotros, esa prioridad adecuada
entre cuerpo y espíritu, que redundará en bien de la salud
de todo nuestro ser3 8 . Como dijo muy bien un antiguo
seguidor de Agustín: "La enfermedad que deriva de la abstinencia,
más que recompensa lo que merece es reprimiendo"39. Agustín
indica que incluso aquellos que no pueden resistir sin comer
hasta la hora de la comida (que de ordinario se hacía en
torno a las tres de la tarde) pueden tomar un ligero tentem-
pié hacia mediodía4 0 . Los enfermos quedaban libres de toda
obligación de ayunar durante el proceso de su enfermedad.
Pero al igual que Agustín se desvivía por que los enfermos
estuvieran rodeados de cuidados especiales para que pudie-
ran recobrar su vigor con mayor rapidez, así esperaba de
ellos que fueran lo suficientemente maduros y responsables
como para darse cuenta de cuándodebía cesar su caso espe-
36
De utilitate ieiunii, 5,6-7.
37
Regla, n. Ule. 3,1).
38
De doctrina enristiana 1,24-45.
39
Const. OSA, n. 38, donde se cita al beato Simón de Casia en nota a pie de
página.
40
Regla, n. 14 (c. 3,1).
100
cial. Su idea era que debían retornar al modo de vivir más
sencillo y más en consonancia con los siervos de Dios. E n
otras palabras, los religiosos debían poner especial cuidado
en no darse al regalo, prolongando su cura después de haber
recobrado la primera salud: "No deben hacerse esclavos del
disfrute de la comida que les era necesaria para mantenerles en píe
durante su enfermedad"41.
Esta es la síntesis de lo que Agustín tiene que decir
explícitamente sobre la penitencia y la mortificación en la
Regla. De todos modos, en varios otros capítulos de la Regla
se habla también de una conducta mortificada e incluso
pedida a los hermanos y hermanas. Por ejemplo, al ofrecer
garantías de que su conducta externa (vestido, porte, com-
portamiento, etc.) no ofenda a nadie4 2 ; al evitar la curiosi-
dad de la vista ante la presencia del sexo opuesto4 3 ; al
superar ciertas dudas o temores ante el compromiso de la
corrección fraterna4 4; al compartirlo todo en comunidad
(cosa que en realidad puede ser una auténtica penitencia) 45;
al pedir perdón a quienes han ofendido4 6 ; e incluso en su
verdadera actitud en la observancia de la Regla, que les pide
vigilancia para no caer: "Pero si uno de vosotros ve que ha
tenido su fallo en algún punto, duélase de lo pasado, esté en
guardia para el futuro, rogando a Dios que le perdone su
falta y no le deje caer en la tentación" 4 7 .
Sugerencias a los otros religiosos
En sus primeros años de obispo, Agustín tuvo ocasión de
escribir a cierto abad, Eudoxio, y a sus hermanos de la isla
de Cabrera, en el archipiélago balear, para responder a
algunas cuestiones que le había formulado. En su carta hizo
hincapié en ciertas prácticas penitenciales que, según dice,
41
Regla, n. 18 (c. 3,5).
42
Regla, nn. 19.21 (ce. 4,1.3).
43
Ib, n. 22 (c. 4,4).
44
Ib, nn. 25-26 (c. 4,7-8).
45
Ib, n. 32 (c. 5,3). \
46
Ib, n. 42 (c. 6,2).
47
Ib, n. 49 (c. 8,2).
101
tenían que realizar con entusiasmo, aunque siempre para
gloria de Dios. Sin embargo, hace mención especial de una
acción concreta, que viene a subrayar una vez más lo que ya
hemos observado que reviste para él el máximo interés:
"Ante todo, soportaos mutuamente con amor, porque en realidad,
¿qué puede tolerar una persona que es incapaz de aguantar a su
hermano?"A% El amor a nuestros hermanos y hermanas, el
aguantar sus dificultades y debilidad es la prueba decisiva
de nuestra disponibilidad a someter nuestro corazón y nues-
tro espíritu a Dios, que es lo que constituye el objetivo
cabal de la penitencia y mortificación. No hay nada que
pueda probar mejor nuestra aceptación de la voluntad de
Dios en nuestras vidas que el cumplimiento de estos dos
grandes mandamientos del amor.
El ejemplo de la vida de Agustín
Posidio nos ha dejado entrever algunas de las huellas de
la vida de Agustín con los hermanos y de cómo estos herma-
nos llevaban una vida sencilla y mortificada en lo que res-
pecta a la comida y a la bebida en la mesa común. Pero
incluso en esto el autor subraya que Agustín interrumpía su
dieta normal, más bien austera, en atención a los huéspedes
o a los enfermos, sirviéndoles carne y vino al lado de la
verdura. La lectura y la charla en la mesa tenía más impor-
tancia para él que la comida y la bebida. Pero insistía,
asimismo, en que todos los presentes se abstuvieran de char-
las superfluas y dañinas, lo que es ya otra señal de su con-
ducta mortificada, que también esperaba tuvieran los que
convivían con él 4 9 . Quizá el perfil más significativo de
Agustín en el aspecto penitencial es el que traza Posidio
cuando nos narra su última enfermedad: "Cuando hablaba
con nosotros de manera familiar, era corriente en Agustín
decirnos que, una vez que había recibido el bautismo, ni
siquiera aquellos cristianos y sacerdotes que gozaban de alta
48
Caria 48,3.
49
O. c, 22,2-3.5-6; 25,2.
102
estima podían acercarse a la muerte sin haber hecho digna
y adecuada penitencia. En su última enfermedad obró de
acuerdo con este criterio. Había hecho copiar y fijar en la
pared los salmos penitenciales de David. De este modo,
estando enfermo podía verlos y leerlos en cama, mientras
derramaba continuamente tiernas lágr imas" 5 0 .
Resumen
De todo cuanto hemos visto en relación con el pensa-
miento y el modo de actuar de Agustín se ve con suficiente
claridad que su actitud frente a la cruz, es decir, frente a la
práctica necesaria de la penitencia y de la mortificación en
la vida cristiana, no tenía variaciones sustanciales tanto si se
dirigía al laicado como a los religiosos. Siempre insistía en
estos mismos puntos: 1) la necesidad de abrazar la cruz y de
seguir a Cristo; 2) la necesidad de salvaguardar la propia
salud en estas prácticas; 3) la presencia de un sentido de
responsabilidad personal, dirigido por la generosidad y una
prudente moderación; 4) la importancia absoluta en esto,
como en todas las cosas, del amor como norma última. Si es
imposible llevar a cabo esta norma; si se rompe o pone en
peligro real la unidad de una comunidad mediante la acción
de un individuo o de un grupo, entonces este no puede ser
un medio sano de imitar a Cristo. "El trabajo de los que
aman nunca es pesado; de hecho, con frecuencia proporcio-
na placer..., no importa lo que se ama. Cuando hacemos lo
que amamos, o nos damos cuenta del trabajo o incluso ama-
mos este t rabajo" 5 1 .
Si tal es el sentido agustiniano de llevar la cruz, ¿hay
alguien que no sea capaz de llevarla con amor? A veces saca
uno la impresión de que, con posterioridad al concilio Va-
ticano II, para muchísimos religiosos la penitencia y la mor-
tificación han sufrido un destino parecido al de la oración
50
Ib, 31,1-2.
51
De bono viduitatis 21,26.
103
meditativa y contemplativa. Dado que este tipo de oración
ya hacía tiempo que no se practicaba en común, muchos
simplemente lo ignoraron o lo descuidaron. Sin embargo,
análogamente a como los religiosos no pueden progresar sin
la oración de quietud, tampoco pueden esperar alcanzar el
objetivo de seguir a Cristo más de cerca si no están dispues-
tos también a tomar su cruz.
Esta cruz, como ya hemos visto, tiene muchas facetas.
Por un lado es oración, ayuno y abstinencia. También es,
por lo demás, dedicación al estudio y a otras formas de
apostolado, todo ello emprendido únicamente en busca de
los intereses de Cristo. Esto supone aguante bajo las pruebas
de la vida diaria, guarda de los mandamientos y estar mo-
tivados como lo estuvo Cristo. Supone también el echar
mano a las cargas de los demás con amor. Supone aceptar
no sólo los gozos de la vida comunitaria, sino también sus
sufrimientos —los trabajos y las luchas de nuestros herma-
nos y hermanas y también las nuestras propias—. Con todos
estos medios nos vamos conformando poco a poco a la
imagen de Jesucristo, cuya cruz fuimos y seguimos siendo
por nuestros pecados y por nuestra negativa a renovarnos
en el Espíritu. Cuando cargamos con nuestra cruz, no sólo
a título individual, sino también en cuanto comunidad, esta
cruz se hace mucho más ligera, especialmente cuando, según
repite Agustín con énfasis, la cruz nos lleva a una unidad y
a un amor más grandes. La cita siguiente resume la actitud
de Agustín y puede servirnos de conclusión pintiparada a
estas reflexiones: "Si te apoyas en las palabras de Cristo.. . ,
no te esclavizarán ni los deseos de la carne ni los de los ojos,
ni te avasallará la ambición mundana. Y harás sitio para
que, cuando llegue la caridad, puedas amar a Dios... Cadacual es lo que cada cual ama. ¿Amas la tierra? Eres terrenal.
¿Amas a Dios? ¿Qué quieres que te diga? ¿Que serás Dios?
No me atrevería a decirlo por mi propia autoridad, pero
oye lo que dicen las Escrituras: Yo dije: sois dioses e hijos
del Alt ís imo" 5 2 .
52
In ep. lo. 2,14.
104
7. Revestios de la humildad
EL CRISTIANISMO es una religión de contrastes, a veces de fuertes contrastes, que no se pueden com-
prender desde un punto de vista puramente humano. Los
que caminan en la luz, o en la gracia, se hallan en marcado
contraste con los que avanzan en la oscuridad, es decir, en
el pecado, o sin fe '. Hay un contraste entre la vida y la
muerte hasta tal punto que los que mueren vivirán, mientras
que los que desean conservar su vida la perderán 2 . Se ha
dicho que los primeros serán los últimos y los últimos los
pr imeros 3 ; que los que se enaltecen serán humillados, mien-
tras que los humildes se verán enaltecidos4 . Y todavía más:
a los pobres se les colma de bienes, mientras a los ricos se les
despide vacíos5 . No hay duda de que las prioridades que
enseña Jesús son diametralmente opuestas a las que el mundo
considera dignas de aprecio: la meta de ser los primeros, los
que triunfan a fuerza de luchar, los que viven el momento
presente sin pensar en el más allá.
Ot ro contraste bíblico digno de especial mención es la
oposición, repetida con frecuencia, expresada entre debili-
dad y fortaleza, que afecta no sólo a los seres humanos, sino
—cosa bastante extraña— al mismo Dios. Esto aparece
particularmente claro en los ejemplos siguientes, tomados
1
Evangelios en general, Juan en especial.
2
Me 8,35.
3
Mt 19,30. \
4
Le 14,11.
5
Le 1,52-53.
105
de san Pablo: "Te basta mi gracia —le dice Jesús a Pablo—,
porque en la debilidad es donde alcanza la fuerza su perfec-
ción... Por eso —dice Pablo— estoy satisfecho con mi de-
bilidad..., porque cuando me hallo sin fuerza es cuando soy
fuer te" 6 . "El mensaje de la cruz es un absurdo completo
para los que se pierden, pero para nosotros que experimen-
tamos la salvación es el poder de Dios... (Cristo crucificado)
es piedra de escándalo para los judíos, un absurdo para los
gentiles; en cambio, para los llamados, lo mismo judíos que
griegos, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios...
Lo necio del mundo se lo escogió Dios para humillar a los
sabios; y lo débil del mundo se lo escogió Dios para humillar
a lo fuer te" 7 .
El orgul lo: pecado capital
Hay un núcleo profundo de teología oculto en estas
frases: la debilidad se hace fortaleza, la sabiduría del mundo
se convierte en locura en presencia de Dios y la desesperan-
za de un Hombre-Dios crucificado se hace auténtica sabi-
duría y poder de Dios que conquista la muerte. Esta teología
constituye todavía un lenguaje que es un "absurdo" para los
que no tienen fe, tanto en nuestra generación como en la
época de san Pablo.
¿Cómo puede uno explicar esta enseñanza a quienes
sienten que lo que realmente cuenta en este mundo es abrirse
paso a empujones sin tener en cuenta para nada la gente
sobre la que hay que pasar? ¿O a quienes confían tanto en
la razón humana y en la sabiduría de la ciencia que apenas
si dan crédito, si es que le dan alguno, a la sabiduría de Dios
y a su Iglesia? ¿O a quienes se consideran personas que han
alcanzado el éxito merced a su propio esfuerzo, que son
superiores a los demás, que sólo tienen fe en lo que pueden
ver, sentir o medir? El orgullo latente bajo estas actitudes
6
2Cor 12,9-10.
7
ICor 1,18.23-24.27.
106
ha llegado incluso a producir religiosos zelotas, como es el
caso de san Pablo antes de su conversión, o el caso parecido
de san Agustín, proselitista ferviente en su primera época
maniquea.
Fue el orgullo el que le impidió a Agustín la entrada en
la Iglesia. No tiene nada de extraño que calara tan hondo en
la interpretación de sus obras tan sutiles. Estaba altamente
cualificado para aleccionar a su pueblo sobre los efectos
destructores del orgullo y para animarlo a imitar a Cristo
en su humildad. Y no hay por qué cuestionarse de por qué
dio un énfasis particular a la virtud de la humildad como
uno de los fundamentos de la vida religiosa.
Encuentro de Agust ín con el orgul lo
Agustín conocía muy bien el poder del orgullo: su capa-
cidad de hacer naufragar la vida de una persona. ¡Había
hecho naufragar tantas veces la suya!... ¿No había exagera-
do sus propias fechorías antes sus compinches juveniles para
aparentar chulería delante de ellos?8
Y, algo importante, ¿no se había cerrado al mensaje de
salvación de la Sagrada Escritura por no estar redactada en
el estilo literario de los autores clásicos, que tan bien cono-
cía y estimaba?9 Consideró las Escrituras "inferiores al
r ango" de estos autores clásicos. Como resultado, nada que
mereciera la pena podía aprender en ellas. ¿No acudía a oír
la predicación de san Ambrosio por su habilidad oratoria
más que por lo que de él pudiera aprender como hombre de
Dios? 10 ¿No tuvo ocasión de experimentar en su rebaño y
en sus clérigos, y casi hasta en su propio cuerpo, la violencia
que puede nacer del orgullo, en especial del orgullo ideoló-
gico, tal como se manifestaba en el fanatismo religioso de
los donatistas y circunceliones, que eran los terroristas de
8
Confes. 2,3,7. \
9
Confes. 3,5.
10
Ib, 5,14,24.
107
entonces? " A mayor abundamiento, en sus relaciones pas-
torales con el pueblo y con los que ingresaban en la vida
religiosa hablaba con franqueza y frecuencia de los peligros
que este pecado ha traído a la raza humana. No es extraño,
pues, que subrayase tanto la necesidad de humildad entre
todos los que desean seguir a Cristo.
Un corazón humilde atrae a Dios
Repetidas veces subrayó que la razón primera de por
qué los cristianos tenían que ser humildes era que de este
modo podían imitar mejor al Padre celestial, que por la
salvación de todos se había hecho humilde en Jesucristo. Y
al probar este punto, con frecuencia utilizaba los mismos
conceptos que emplean las Escrituras cuando contrastan
fuerza y debilidad, orgullo y humildad, destronamiento de
los poderosos y exaltación de los humildes: "Quizá te aver-
güences de imitar a un hombre humilde; imita al menos a un
Dios humilde" 12. "Si en tu debilidad no desprecias a Cristo
humilde, permanecerás verdaderamente firme en el Cristo
exaltado. Porque, ¿cuál fue el objeto de la humillación de
Cristo sino que tú fueras débil?" 13 "Cuanto más orgulloso
es el corazón de una persona, más se aparta de Dios y baja
hasta lo hondo. Un corazón humilde, por el contrario, hace
bajar a Dios desde el c ielo" 14.
Lo que dice Agustín en este último texto es algo que
quizá podamos ilustrar desde el ángulo de nuestra experien-
cia personal. Resulta fácil, por ejemplo, hacerle regalos a
los pobres, porque necesitan casi de todo. Pero es casi im-
posible encontrar un regalo para un rico, puesto que tiene
todo cuanto necesita y mucho más. También resulta difícil
ayudar al hombre que tiene conciencia de hacerlo todo por
11
POSIDIO, 9-12.
12
TV. in lo. 25,16; cf también Sermón 117,17.
13
Sermón 142,2 (conocido también como Wilmart, 11,2).
14
En. in Ps. 93,16.
108
sí mismo y que desea hacerlo todo él solo o ella sola. Algo
así le ocurre a Dios: no tiene dificultades en contentar a los
humildes ni en ayudar a los necesitados que reconocen su
debilidad innata. Pero Dios sólo puede ser un mendigo, por
decirlo así, a las puertas del orgulloso. La declaración de
fuerza que hace la persona orgullosa pone de relieve la
debilidad de Dios. Dios se permite en este caso ser casi un
desamparado, porque no quiere imponerse personalmente
por la fuerza a nadie ni quiere imponer sus gracias. La única
manera en que Dios puede ayudara las personas a superar
el orgullo es llevándoles a tales estrecheces que se sientan
forzados a reconocer su debilidad real: "Todos los orgullo-
sos hacen alarde de fortaleza... Por eso, en su bondad, la
primera gracia de Dios es hacer que admitamos nuestra
debilidad, que confesemos que todo el bien que podamos
hacer, así como todas nuestras capacidades, se lo debe-
mos a é l " 15.
Agustín añade otro pensamiento muy incisivo cuando
dice que los orgullosos no quieren tener como líder a Dios
porque es débil. Este Dios es un escándalo para ellos por
haber nacido como un hombre, sujeto a la sed, al hambre,
a la fatiga y, finalmente, a la muerte de cruz —y todos éstos
son signos de debilidad, de desamparo, de dependencia de
los demás, que los orgullosos no están dispuestos a admitir
en ellos mismos, y mucho menos a hallarlos en Dios— 16.
Pero, continúa Agustín, Dios se abajó y se hizo débil como
nosotros y por nosotros, porque de otra manera habríamos
sido incapaces de llegar a él. La humildad del Hombre-Dios
Jesús, pues, es la única medicina capaz de sanar nuestro
orgullo, pero esta medicina no nos es accesible si no estamos
dispuestos a reconocer la realidad de nuestra condición pe-
cadora y de nuestra debilidad, a reconocer que estamos
enfermos y, ante este hecho, abrirnos a la curación l7. Es
justamente lo que dijo Jesús: "No son los sanos los que tienen
15
En. in Ps. 38,12,18.
16
Sermón 123,1 y 3.
17
Sermón 123,1; 354,5.
109
f;
necesidad de médico, sino los enfermos... Yo he venido a llamar no a
los justos, sino a los pecadores"{%.
El corazón de la humildad
Pero si el orgullo consiste en no reconocer el papel de
Dios en nuestras vidas, vernos como don suyo, y es la ten-
dencia a instalarnos como el centro independiente de todo,
¿cómo podemos comprender la humildad? Ante todo, para
Agustín la humildad no consiste en rebajarnos ni en tener
una imagen pobre de nosotros, no apreciando ni desarro-
llando los talentos o los dones que Dios nos ha regalado.
Agustín llega incluso a acusar a quienes actúan como adultos
sin madurez calificándolos de "bebedores de leche", en vez
de actuar como adultos maduros que toman manjares sólidos
para alimentarse y progresar en la fe '9. Su descripción de la
humildad es sencilla y sin recovecos: "Nadie te dice: 'Sé
menos de lo que eres' , sino 'conoce lo que eres'; sábete que
eres débil, sábete que eres un ser humano, sábete que eres
un pecador. Reconoce que él es el Dios que te libra de toda
mancha; reconoce que te has mancillado. Que tu confesión
revele los lunares de tu corazón y pertenecerás al rebaño de
Cr i s to" 2 0 .
Esta actitud no es degradante para el individuo; más
bien lo que hace es realzar su auténtico valor de obra maes-
tra y de don de Dios. Como Agustín comenta en otra parte:
"Si alabas las obras de Dios, tendrás que alabarte también
a ti porque eres obra de Dios... Fíjate bien, aquí tienes la
posibilidad de alabarte sin por ello caer en la soberbia. No
te alabes a ti mismo, sino a Dios en ti. Alábate no por ser
esta o la otra clase de persona, sino porque Dios te ha
creado; no porque seas capaz de hacer esto o lo otro, sino
porque él actúa en ti y a través de t i " 2 1 .
18
Mt 9,12-13.
19
En. in Ps. 130,12.
20
Sermón 137,4; véase también TV. in lo. ev. 25,16.
21
En. in Ps. 144,7.
110
Estas ideas básicas sobre la alabanza y la humildad Agus-
tín las compartía constantemente con su pueblo. En cuanto
a su aplicación a los que vivían en su comunidad religiosa
aparece clara cuando profundizamos en algunas de las ma-
terias que él tocó en su Regla.
Orgul lo y humildad en el monasterio
Uno de los pasajes más conocidos y explícitos de la Regla
que trata del orgullo y de su contrapartida, la humildad,
está en el capítulo 1. Con imparcialidad absoluta, Agustín
habla de las dos clases principales de gente que componían
la sociedad de su tiempo y proporcionaban la mayoría de los
candidatos a la vida religiosa: los muy pobres y los ricos o
nobles. A ambos grupos les pone en guardia frente a los
peligros del orgullo y les habla de la necesidad consiguiente
de la humildad. Los pobres han de evitar "el andar con la
cabeza muy alta"22, metafóricamente hablando, por asociarse
actualmente con gente con la que no podían alternar cuando
estaban en el mundo. Los ricos, por su parte, no deben
"menospreciar" a estas personas pobres a quienes habrían des-
deñado totalmente en su vida social anterior 23. La verdad
pura y simple es que la llamada común a la vida religiosa ha
unido muy íntimamente a estas dos clases sociales que en la
vida civil distaban mucho una de otra. Tan íntimamente de
hecho, que van a tener un alma sola y un solo corazón en su
peregrinación hacia Dios2 4 .
A los pobres se les invita a elevar hacia Dios no sus
cabezas, sino sus corazones, lo que es una clara actitud de
una persona humilde; y a los que fueron ricos se les invita
a congratularse no por sus orígenes de opulencia, sino por la
compañía de los que proceden de una condición de vida más
pobre, cosa que constituye una clara actitud de humildad.
22
Regla, n. 7 (c. 1,6). \
23
Ib, n. 8(c. 1,7).
24
Ib, nn.. 3.9 (ce. 1,2 y 8).
111
n
La exigencia que se cursa a ambos grupos va encaminada a
realizar ese cambio de mentalidad, en la que ya insistía Jesús
al situar las cosas en su verdadera perspectiva con relación
al Reino.
Pero si los orígenes o el rango social pueden ser una
causa de orgullo, Agustín se apresura a puntualizar que para
estas mismas personas hay otra fuente de orgullo mucho
más sutil. Observa esta evolución en aquellos que llegan
desde una condición de pobreza. Pueden convertirse en de-
masiado comodones e "hincharse" de orgullo en la vida
religiosa, porque en la actualidad poseen cosas de las que no
habían disfrutado con anterioridad. Por otro lado, los que
eran de condición acomodada pueden perder todos los mé-
ritos adquiridos al compartir sus riquezas con la comunidad,
si son más orgullosos al hacer esto que si hubieran disfrutado
sus riquezas en la vida del siglo. Porque, ¿qué provecho le
reporta hacerse pobre dando sus riquezas al monasterio si la
persona rica se hace orgullosa? Agustín subraya aquí una
realidad perennemente válida en la vida y que debemos
tener siempre en cuenta: "El orgullo está al acecho incluso
de las obras buenas para tratar de destruirlas 25. En resu-
men: se nos avisa que tengamos en cuenta que ni el estado
social, ni los bienes materiales, ni la falta de ellos le inmu-
nizan a uno contra los sutiles ataques del orgullo. Seguimos
siendo muy humanos, incluso dentro de la vida religiosa, y
sentimos la necesidad constante de aprender de la humildad
de Jesús.
Algunas conclusiones prácticas
Si echamos un vistazo a algunas de las circunstancias
que rodean la vida religiosa hoy, podemos sacar algunas
conclusiones prácticas sobre lo que Agustín dice en torno al
peligro del orgullo y a la necesidad de la humildad. Esto
25
Ib, n. 8(c. 1,7).
112
puede ayudarnos a discernir cuánto hemos aprendido en
realidad del ejemplo de la humildad de Jesús y cuánto tene-
mos que avanzar a este respecto.
Orgullo de los orígenes
Un cambio muy notable en la mentalidad de nuestra
época —al menos en los países más desarrollados—, si la
comparamos con la de Agustín, excluye más o menos todo
peligro de orgullo actual por razón de asociarse en la vida
de comunidad con aquellos a los que ni siquiera nos habría-
mos aproximado en el mundo. En nuestro tiempo ya quedan
muy pocas huellas de la diferencia de clases que existía
incluso hace cien años. No obstante, la experiencia nos
enseña que pueden existir, y de hecho existen, otras formas
similares de orgullo.
En algunas partes del mundo, por ejemplo, los religiosos
(olos seminaristas) puede que de repente se hallen a un
nivel más elevado dentro de la sociedad por el mero hecho
de haber respondido a la llamada del Señor. De suyo no hay
nada malo en esto, y de hecho puede ser un medio de servir
mejor a los demás. Pero puede que surja, por el mismo
motivo, la tentación de sentirse "super ior" a todos los que
han quedado en casa. Y esto hasta el punto de que estos
religiosos comienzan a pensar en un trato diferente: hay que
tratarlos con mayor deferencia, con mejores condiciones de
vida y con otros privilegios especiales. Esta misma tentación
de sentirse "super ior" se puede experimentar también en el
área de la discriminación racial o étnica. Los problemas de
la sociedad hallan fácilmente un fiel reflejo en la vida reli-
giosa de nuestros días, lo mismo que ocurría en tiempos de
Agustín2 6 .
26
Por ejemplo, las diferencias tribales en algunas naciones pueden presentar
serios problemas para la armonía y unidad en la vida religiosa. En otras circuns-
tancias, un prolongado establishment puede considerar como inferiores a los recién
llegados (emigrantes, refugiados).
113
Orgullo de los talentos personales
Sin embargo, el orgullo puede insinuarse en la vida
religiosa de maneras mucho más sutiles. Hay otras clases de
riqueza mucho más redituables que las que representan las
posesiones materiales: los talentos o dones individuales, por
ejemplo, que hay que compartir con la comunidad, pueden
ser fácil presa del orgullo. Algunos poseen un gran caudal
de habilidades intelectuales o académicas; otros tienen el
don de gentes; otros, una agudeza psicológica notable. Todo
esto hace que su relación con la gente sea mucho más fácil.
Quienes tienen estos dones pueden caer en la misma trampa
del orgullo de que Agustín habla en el capítulo primero de
la Regla: "menospreciar" a los demás por no tener estos
dones.
A veces podemos observar que los otros son más pre-
miosos y lentos debido a la impaciencia e irritación que uno
muestra con ellos; podemos observarlo en aquellos que se
consideran más importantes o incluso imprescindibles en los
cometidos que se les han asignado. Hay incluso algunos que
llegan a tales extremos que rehusan interiormente aceptar
las aportaciones de los otros simplemente por el hecho de
que no creen que los demás tengan algo que merezca la
pena compartir con ellos. Se cierran en banda frente a los
hermanos o hermanas menos dotados porque no tienen nada
que enseñarles, y piensan para sus adentros: ¿Qué se puede
esperar de ellos? ¿Qué saben de todo esto? Es la misma
actitud que adoptaban algunos frente a Jesús y que se pre-
guntaban: ¿De Nazaret puede salir algo bueno? De idéntica
manera actúan las naciones más poderosas frente a las más
pobres: se reparten sus tierras y, conscientes de lo que hacen,
llegan a explotarlos, pero rara vez intentan, ni por asomo,
aprender algo a cambio de la población de esos países.
¡Qué absurdo sería ingresar en la vida religiosa, hacer
todos los sacrificios que entraña un reto de este tipo, pre-
sentarse ante la Iglesia como un cristiano comprometido,
hacer una obra buena en la presencia de Dios y luego per-
114
mitir que el orgullo se lleve todos estos sacrificios generosos
hasta el punto de convertirlo todo en un negocio que busca
el propio yo y que está centrado en el propio yo! Realmente
podemos preguntarnos: ¿Han cambiado mucho las cosas des-
de los tiempos de Agustín? No tanto, me atrevo a insinuar.
Pero todavía tenemos mucho que aprender de la humildad
de Cristo, como recalca Agustín en este pasaje: "Nos enca-
minamos hacia grandes cosas. Cobremos ventaja sobre las
cosas pequeñas y seremos grandes. ¿Deseas ascender a las
cumbres de Dios? Ánclate primero en la humildad de Dios...
Edifica sobre la humildad de Cristo. Aprende a ser humilde,
no seas orgulloso... Fíjate en el árbol: primero busca la
profundidad para poder crecer hacia lo alto. Afinca sus
raíces en el suelo para que sus ramas más altas puedan
encaramarse hacia el cielo. ¿No está basado en la humil-
dad?2 7
U n corazón que finge ignorancia
Agustín es muy explícito en el capítulo primero de su
Regla respecto del orgullo y de la humildad, como ya hemos
visto. Pero también se refiere de manera implícita a las
actitudes orgullosas y humildes del religioso en otros pasajes
de esta misma Regla28. Me gustaría mencionar particular-
mente una de esas actitudes para que, siendo más conscientes
de ella, podamos enfrentarnos a ella con mayor eficacia en
nuestras vidas y en nuestras comunidades.
En el capítulo cuarto de la Regla, Agustín se ocupa prin-
cipalmente de cómo deben salvaguardar la castidad los re-
ligiosos. Ansioso por salvaguardar la buena reputación de
quien puede verse acusado de algún fallo al respecto, Agus-
tín propone un método de corrección muy discreto. No
27
Sermón 117,17; véase también Sermón 69,2-4.
28
Por ejemplo, en lo que respecta a la recepción de un vestuario más pobre
(n. 30 [c. 5,1]) o al estar demasiado preocupado por la limpieza del vestido (n. 33
[c. 5,4]); el caso de un hermano que no quiere pedir perdón de corazón (n. 42
c. 6,2)]; la verdadera humildad que se postula en un superior (n. 46 [c. 7,3]), y no
a que resulta excesiva (n. 43 [c. 6,3]); en todos los casos se hace mención explícita
de la humildad.
115
obstante, si esta corrección no consigue su objetivo, el asun-
to hay que llevarlo ante la gestión de otros. ¿Cuándo hay
que dar ese paso? Una traducción sin equívocos del pensa-
miento de Agustín sobre este tema vendría a decir así: "Si
él/ella finge ignorancia, convóquese a los otros"29. Fingir ignoran-
cia es un acto que deja traslucir un corazón soberbio, un
corazón que sabe que lo que ha hecho es malo, pero que no
está dispuesto a reconocer el hecho. Es un corazón prepara-
do para realizar algo vergonzoso, esperando salir airoso de
ello. No es muy consolador pensar que incluso en nuestros
días puede que haya algunos religiosos de esta calaña, como
parece que existieron hace dieciséis siglos. Pero dejadme
que mencione otras maneras más comunes de "fingir igno-
rancia" que revelan al menos una actitud subconsciente de
orgullo y que pueden causar gran detrimento a la vida de
comunidad.
¿Cuántos de nosotros, por ejemplo, hemos topado con
religiosos que actúan como si nunca hubieran cometido un
error, como si nunca se hubieran equivocado? Por supuesto
que teóricamente admitirán que pueden equivocarse, pero
en la práctica admitir un fallo raya poco menos que en lo
imposible: siempre habrá algún tipo de excusas para sacudir
la responsabilidad. No hay quien pueda reducir a estas per-
sonas a admitir de que también ellas están sujetas a esa
condición universal tan bien resumida en el antiguo adagio:
Errar es humano, perdonar divino. De modo muy parecido,
a veces nos encontramos con otros que son incapaces de
aceptar ninguna crítica, de cualquier clase que sea: de sus
iguales, de sus superiores o del pueblo a cuyo servicio están.
El P. Bernard Haring ha sabido etiquetar esta actitud en lo
que realmente es: orgullo. "Parte del humilde servicio de la
palabra de Dios es la disposición a aceptar cualquier posible
fallo. El miedo a la censura o a la crítica es otra forma de
vanidad" 3 0 .
29
Regla, n. 27 (c. 4,9).
30
BERNHARD HARING, The New Covenant, Burns and Oates, Londres 1965,
190.
116
Combatir el buen combate
Conocernos bien es una tarea ardua. ¡Y mucho más
ardua todavía la de reconocer las virtudes y los talentos de
los demás! Sólo esto tendría que ponernos en guardia y
concienciarnos de que nos estamos "hinchando" de orgullo,
de que nos consideramos "superiores". Nuestra verdadera
condición humana subraya más que nunca la necesidad que
tenemos del Señor y la que tenemos unos de otros en nuestra
lucha por viviruna vida buena. Aún más, somos incapaces
de luchar contando sólo con nuestras propias fuerzas. Nece-
sitamos de la fuerza que Dios nos da, porque, como dice
Pablo, nuestra batalla no se libra contra fuerzas humanas..., sino
contra los dirigentes de este mundo de tinieblas31. Agustín nos
lanza un reto parecido: "Lucha de manera que ganes. Gana
de manera que recibas la corona. Sé humilde. Si no, caerás
en la bata l la" 3 2 .
Un tratadista espiritual moderno emplea una termino-
logía anóloga, poniendo de relieve cómo las auténticas prue-
bas de nuestra vida espiritual constituyen el campo de bata-
lla donde debemos probarnos y adquirir la verdadera hu-
mildad: "La humildad sólo se adquiere en la batalla... La
importancia de las tribulaciones en tu vida espiritual estriba
en el hecho de que sólo a través de este tipo de pruebas
adquirirás la verdadera humildad. Verás claramente la in-
utilidad de tus propios esfuerzos y la importancia de que
Dios sea tu salvador... El orgullo es la última tentación que
no ha llegado a superarse nunca en real idad"3 3 .
Existen muchas ventajas en la imitación de la humildad
de Cristo: Dios se nos hace más cercano, aprendemos a
vivir pacífica y gozosamente en comunidad y entre los de-
más y descubrimos cómo emplear nuestros talentos para el
bien común. Cuando nos humillamos ante el Señor, él nos
31
Ep 6,10-12.
32
Comm. in ep. lo. 2,7.
33
GEORGE A. MAHONET, SJ, Broken but Loved, Alba House, Nueva York 1981,
30-31.
117
at rae 3 4 . Ante esta perspectiva, no es extraño que Agustín
insista tanto en la humildad como compañera que debe estar
siempre a nuestro lado mientras caminamos por la vida. No
es extraño que para él y para sus seguidores la humildad sea
uno de los cimientos sólidos en que se construye la comuni-
dad y que la lleva a la madurez. La cita siguiente, tomada
de las cartas de Agustín, habla por sí misma al hacer que
estos pensamientos desemboquen en una conclusión reflexi-
va: "Quisiera que te sometieras a (Jesús) con todo tu cora-
zón... Y que no anduvieses buscando otro camino para se-
guir y alcanzar la verdad que el que ha sido garantizado por
aquel que, siendo Dios, vio la debilidad de nuestros pasos.
Ese camino es: primero, la humildad; segundo, la humildad;
tercero, la humildad; y cuantas veces me preguntes, otras
tantas te diré lo mismo. No es que falten otros que se llaman
preceptos; pero si la humildad no precede, acompaña y
sigue todas nuestras buenas acciones, para que miremos a
ella cuando se nos propone, nos unamos a ella cuando se nos
allega y nos dejemos subyugar por ella cuando se nos impo-
ne, el orgullo nos lo arrancará todo de las manos" 3 5 .
34
Jm4,10.
35 Carta 118,22.
118
8. Como quienes viven en libertad
bajo la gracia
LA " R E G L A " de san Agustín concluye con una exhor-tación impresionante en que se pide al Señor que ga-
rantice a todos los que la profesan la gracia de ser capaces
de observar sus preceptos con espíritu de amor, "no como
siervos bajo el peso de la ley, sino como seres libres bajo la gracia"'.
En esta frase concreta se ve un contraste inequívoco entre
una mentalidad precristiana —identificada con la esclavitud
y la ley— y la mentalidd inspirada por la venida de Jesús
—identificada con libertad y gracia—.
A m o r , no temor
Con su vida y enseñanzas Jesús mostró tanto a los judíos
como a los gentiles que Dios no era un amo enfurruñado,
dispuesto a sorprenderlos en sus debilidades y a castigarlos,
sino un Padre amoroso, siempre dispuesto a echarles una
mano. Consiguientemente, había que basar la relación con
Dios en una respuesta amorosa similar. Jesús mismo era la
prueba viviente del amor del Padre. No exigía a sus discí-
pulos más de lo que se exigía a sí mismo: un amor que
aceptaba a la gente dondequiera se hallase y que, al mismo
tiempo, miraba hacia el futuro para ver lo que las personas
podían ser cuando crecieran en la gracia de Dios.
1
Regla, n. 49 (c. 8,2).
119
A este mismo tenor, Jesús puso en claro también que las
relaciones de las autoridades con los subditos iban a ser
completamente distintas de las que detentaban las autorida-
des de aquellas épocas, en que privaban la ostentación de
importancia y el dominio sobre los subditos: "Pero no ha de
ser así entre vosotros. Al contrario, el que entre vosotros
aspire a la grandeza, que sea servidor de todos; todo el que
quiera ser el primero, póngase al servicio de todos. El Hijo
del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir
y para dar su vida en rescate por todos" 2 .
Un caso que me ocurrió hace años, siendo prior general
de los agustinos, viene a demostrar de manera ilustrativa
que este modo de abordar las cosas no es muy popular,
sobre todo en nuestros días. Visitaba uno de nuestros semi-
narios menores de España y, siguiendo mi costumbre, me
reuní con los 250 estudiantes en el salón de actos para poder
dirigirme a ellos colectivamente. Apenas terminé de diri-
girles cuatro palabras abrí el coloquio y el turno de pregun-
tas de estos muchachos (su edad oscilaba entre once y die-
ciocho años). La mayoría se centraban en torno a los agus-
tinos. Las cosas comenzaron con buen rumbo: uno me
preguntó cuántos agustinos había en el mundo, otro mostró
interés por nuestro tipo de actividades, un tercero deseaba
saber en qué naciones trabajamos actualmente.
Tras darles respuesta cumplida a estas preguntas fáciles,
se alzó una pequeña mano al fondo del salón. Le dije que
podía hablar, y me espetó una pregunta totalmente inespe-
rada: "Padre general —dijo—, ¿qué tengo que hacer para
ser general de los agustinos?" Como podéis suponer, la sala
estalló en una carcajada, seguida de un aplauso cerrado. Yo
le invité a este jovencito a que se me acercara. Descubrí que
tenía once años y que acababa de llegar al seminario. Le
miré con seriedad y le pregunté: "Conque, ¿de verdad quie-
res ser general de los agustinos?" "Sí" , dijo sin dudar. "Bue-
no, pues entonces —le repliqué— tienes que cumplir con lo
2
Me 10,42-45.
120
que el Señor nos ha mandado: ser el último de todos tus
compañeros y servidor de todos. Entonces quizá algún día
llegues a ser general". Tan pronto como oyó que tenía que
ser el último y ponerse al servicio de todos hizo un mohín
de desagrado y dejó de pensar en ser general de los agusti-
nos. A lo largo de los años he seguido la trayectoria de este
muchacho, y siento la alegría de poder comunicaros que ha
desistido de llegar a ser el líder mundial de los agustinos;
felizmente se ha casado y es padre de un niño.
Agustín entendió muy bien el concepto fundamental
cristiano de la autoridad; incluso lo incorporó a su Regla.
Para él autoridad y obediencia estaban tan interrelacionadas
con el amor, que sobre superiores y demás religiosos recaía
una responsabilidad mutua para alcanzar un objetivo único:
la construcción sobre Cristo de la comunidad y la de cada
miembro de ella.
Pero esta clase de autoridad y obediencia, inspirada por
el amor y no por el temor, exige gente madura y responsa-
ble dentro de la comunidad. Sólo tendrá su efecto donde los
religiosos estén convencidos de que su meta en la vida con-
sagrada es obedecer no sus propios sentimientos o inclina-
ciones, sino la ley del Espíritu, la ley del amor, tal como se
les ha manifestado por medio de su inserción en una comu-
nidad de fe y amor.
Fallos del pasado y del presente
En las décadas anteriores al concilio Vaticano II, las
ideas básicas de Jesús sobre autoridad y obediencia como
servicio en el amor no siempre se han tenido en cuenta. En
ciertos sectores de la Iglesia —y, como es natural, también
en la vida religiosa— ha predominado una atmósfera con
más reminiscencias del Antiguo que del Nuevo Testamento,
más caracterizada por el temor y por el dominio de la leyque por el amor y la compasión. En esta mirada retrospec-
tiva es difícil comprender cómo ha podido existir una men-
talidad de tal tipo a la luz de la enseñanza de Cristo y a la
121
f
luz del amor que Agustín dice que deben caracterizar las
relaciones entre el superior y el resto de la comunidad.
No es extraño, pues, que en algunas partes haya cono-
cido la obediencia religiosa tiempos muy duros. No es ex-
traño que haya sufrido —a mi entender— quizá más que
cualquier otro elemento de la vida religiosa. No es extraño
que, aunque el concilio Vaticano II invirtiera esta marcha
con sus enseñanzas luminosas3 y a pesar de que la actitud de
quienes hoy ejercen la autoridad es, en general, muy distinta
de la de antes, domine una terrible desconfianza en todos
estos puntos para muchísimos religiosos. Esta desconfianza
no sólo ha empañado algunos de los cambios significativos
que han tenido ya efecto, sino que en la mayoría de los casos
esto ha hecho que les resulte difícil aceptar sus roles reno-
vados en la comunidad. Una falsa interpretación de la obe-
diencia ha sido objeto de rechazo, pero, desgraciadamente,
en no pocos casos con esta interpretación se ha rechazado la
obediencia misma.
Sin embargo, quizá en la actualidad nos acercamos a
tiempos en que podemos ver otra vez las cosas con mayor
objetividad. Aunque siguen en pie algunos problemas, el
progreso es notable. Renovación, mayores cauces de con-
sulta, más tolerancia ante distintos puntos de vista y el
funcionamiento revitalizado de los encuentros comunitarios
donde se adoptan decisiones reales han comenzado a realzar
el ejercicio de la responsabilidad mutua en muchas familias
religiosas. Sin embargo, a pesar de todos estos logros, no
todos han entendido o aceptado su responsabilidad plena, a
menudo renovada, en la comunidad. No todos, por ejemplo,
están dispuestos a aceptar aquellas decisiones comunitarias
donde ellos han votado en contra. Y al revés, hay personas
que desean aprobar decisiones en tales encuentros comuni-
tarios, pero que no están dispuestos a mover ni un dedo para
ponerlas por obra, ni se molestan siquiera en ver si se llevan
a cabo. Ambos casos son ejemplos de un fallo en aceptar la
3
PC 14.
122
responsabilidad corporativa y con frecuencia son signos de
falta de madurez 4.
Teniendo todo esto en cuenta, puede resultarnos real-
mente útil echar un vistazo a la idea que Agustín tiene sobre
la autoridad evangélica y sobre la obediencia evangélica.
Todo cuanto dice tiene relevancia incluso para nuestra épo-
ca de cambios. Y lo que dice de los superiores religiosos
(líderes o coordinadores, como suelen denominarlos en al-
gunos grupos) puede y debe aplicarse a todos aquellos que,
aun sin ser superiores en el estricto sentido de la palabra,
frecuentan el trato con otros religiosos que detentan cierta
autoridad. Pienso especialmente en todos los que tienen
cargos en la tarea de la formación, directores de colegios e
incluso párrocos y sus vicarios.
Autoridad evangélica
¿Qué clase de superior fue san Agustín? ¿Qué relaciones
tuvo con sus religiosos en el monasterio y con su pueblo en
la diócesis? ¿Cuál fue su modo de actuar frente a los errores
de pensamiento y de acción? ¿Qué estilo tuvo en corregir a
los recalcitrantes? ¿Cómo reaccionaba frente a aquellos que
evidentemente se salían de la norma? ¿Cuáles fueron sus
enseñanzas sobre los deberes de quienes ocupaban puestos
de liderazgo: sus relaciones con los elegidos para el mando,
y la responsabilidad de los que tenían que obedecer?
En temas como autoridad y obediencia encontramos en
Agustín, una vez más, un desarrollado sentido de equilibrio.
Esto se ve cuando habla del tema de la vida doméstica en
general, de la sociedad globalmente considerada y de la
vida religiosa. Los argumentos que esgrime, por ejemplo, se
basan en que la verdadera paz doméstica sólo tiene lugar
cuando existe una "correlación armoniosa de autoridad y obediencia
entre los que viven bajo un mismo techo". Más aún: en una casa
4
BERNARD O'CONNOR, OSA, A Cali to Reform, en "The Tagastan" 30 (1984)
18.
123
cristiana "donde los que mandan están al servicio de quienes pare-
cen gobernar"5. Estos pensamientos son algo r ecu r ren -
te en Agustín, porque la paz de que aquí habla equivale a la
armonía y unidad que espera de quienes viven en común la
vida religiosa.
En lo que respecta a este intercambio armónico de auto-
ridad y obediencia en la comunidad religiosa, la Regla es
admirable: en términos muy sencillos traza lo que se espera
de los superiores y pone de relieve las relaciones que deben
existir entre ellos y el resto de los miembros de la comuni-
dad. Con sentido práctico, Agustín resume lo que espera de
los superiores en un párrafo de la Regla; otra cosa es lo que
de ellos dice respecto al lugar que les corrresponde en la
resolución práctica de asuntos como la distribución de los
efectos o bienes comunitarios o de la atención de la salud
física y espiritual de los demás. "El superior, por su parte,
no debe considerarse feliz en el ejercicio de su autoridad,
sino en su rol de serviros en el amor. Ante vuestros ojos, él
debe ocupar el primer lugar entre vosotros por la dignidad
de su cargo, pero por temor a Dios debe ser como el último
entre vosotros. Debe mostrarse ante todos modelo de buenas
obras... Corrija a los inquietos, consuele a los pusilánimes,
aguante a los débiles, sea paciente con todos ( ITim 5,14).
Mantega la disciplina y haga que la respeten los demás. Y,
aunque ambas cosas sean necesarias, debe preferir que le
améis a que le temáis, pensando siempre que ha de dar
cuenta de todos ante D ios" 6 .
En esta descripción afloran unas cuantas ideas: 1) los
5
De civ. Dei 19,14; trad. City of God, de Vernon J. Bourke, Garden City,
Image Books, Nueva York 1958.
6
Regla, n. 46 (c. 7,30). T. VAN B A V E L , OSA, en su Regla de san Agustín hace una
versión l igeramente diferente de este pasaje de la Regla: ' Vuestro superior no debe
considerarse dichoso por tener el poder y ejercerlo sobre vosotros, sino por el
amor con que debe serviros. Por la estima que le tenéis debe ser vuestro superior;
Í)or su responsabilidad ante Dios debe ser consciente de que es el úl t imo de todos os hermanos. Muéstrese como ejemplo cabal en todas las buenas obras; reprenda
a los negligentes en el trabajo; dé ánimos a los que están desalentados, sea soporte
de los débiles y sea paciente con todos. Observe las normas de la comunidad y
haga que los demás las respeten también. Procure ser más amado que temido,
aunque tanto el amor como el respeto sean necesarios. Recuerde siempre que él es
el responsable de vosotros ante Dios" .
124
superiores tienen que servir a los demás con amor y tratar
de ser más amados que temidos; 2) tiene que guiarlos una
profunda humildad, por la responsabilidad que se les ha
confiado; 3) tienen que ser ejemplo para todos; 4) y final-
mente, tienen que sentir un verdadero interés en el buen
orden de la casa religiosa. Vamos a considerar más al detalle
estas cuatro cualidades de esa persona a la que Agustín
consideraría como un buen superior.
Servir con amor
En concepto de Agustín, la cualidad más importante de
los superiores es un amor auténtico por sus religiosos, un
amor que le motivará en cualquiera de las acciones que
vaya a emprender. Por lo demás, todo lo que se pide de
estos dirigentes se refiere al modo de llevar a la práctica
este amor: humildad, conducta ejemplar, corrección de los
perturbadores del orden de la comunidad, interés por los
débiles y paciencia con todos. En otras palabras, todo lo que
es básico para vivir la Regla en su globalidad, se espera tanto
de los superiores como de los subditos: todos están llamados
a la observancia de sus preceptos "con espíritu de caridad"1.Aún va más lejos; puesto que en la observancia de estos
preceptos nadie debe actuar como un "esclavo bajo la ley", los
superiores deben esmerarse en tratar a los religiosos tal
como dice Agustín: "como a quienes viven en libertad bajo la
gracia".
La idea de que los superiores no se consideren felices
porque se les ha conferido cierta autoridad cuadra muy bien
con la insistencia de Agustín en que esta posición es una
posición de servicio en el amor; mejor dicho, un servicio
encaminado no al bien del superior, sino al bien común.
Una vez más, pues, se nos recuerda un principio fundamen-
tal del estilo agustiniano de vida comunitaria por el cual
todos los religiosos, incluso el superior, tienen que progre-
sar: han de anteponer el bien de la comunidad a las ventajas
7
Regla, n. 49 (c. 8,2).
125
t:
personales. En este sermón sobre los pastores en la Iglesia,
Agustín se refiere concretamente a este punto: "Dado que
los superiores se designan para mirar por el bien de sus
subditos, en el desempeño de su oficio no deben buscar sus
propios intereses, sino los de sus subordinados. Todo supe-
rior que se lisonjea de estar por encima de los demás busca
su propia honra y sólo tiene en cuenta sus propias conve-
niencias, se apacienta a sí mismo, no a su r ebaño" 8 .
Servir con humildad
Nadie puede ser servidor de los demás si se siente "su-
perior", "por encima" de ellos, por hablar de alguna mane-
ra. Ha de tener la misma actitud que Jesús esperaba de
quienes querían ser los primeros: debían ser los últimos de
todos9 . Y esto no hace sino reiterar la necesidad de que un
superior sea humilde: humilde a los ojos de Dios, humilde
en el servicio de los demás religiosos. Agustín mismo estaba
inspirado por esta actitud, incluso cuando era obispo: "Tam-
bién nosotros, quienes os hablamos desde un lugar más ele-
vado, estamos postrados, llenos de temor, a vuestros pies,
dado que somos conscientes de la estricta cuenta que tene-
mos que dar de este cargo tan encumbrado" 10.
Cuando la comunidad llama a algunos religiosos a la
responsabilidad de ser superiores, no tiene el intento de
"honrar los" o de colocarlos "por encima" de los demás. La
honra puede llegarles como resultado de su elección o no-
minación, pero no hay duda de que no fue ése el intento o
el criterio de su selección. El intento es que estos religiosos
acepten posiciones de liderazgo, de responsabilidad especial,
de animación, como garantía de la armonía y la unidad de
pensamientos y de corazones, que son los contrastes de toda
comunidad agustiniana. Y si hay alguno que se da aires de
grandeza por su función de superior, tenemos que decir a
8
Sermón 46,2.
9
Me 9,35; 10,42-45.
10
Sermón 146,1,1.
126
secas que no ha entendido ni palabra del mensaje del evan-
gelio ni del espíritu de Agustín.
Un ejemplo para todos
En tercer lugar, los superiores tienen que ser un ejemplo
para todos. Tarea difícil, porque no todos tienen la misma
óptica de las cosas. Pero al menos deben intentar el camino,
no exigir de los otros más de lo que ellos se exigirían y
confiar en sus oraciones la comunidad a Dios. Con toda
probabilidad Agustín habría aplicado a los superiores lo que
en cierta ocasión dijo de los predicadores: "Hay muchísima
gente que... no quiere escuchar, con atención a aquella per-
sona que no se escucha a sí misma, e incurren en desprestigio
tanto el predicador como la palabra de. Dios que se les
predica" n .
Cuando los superiores fracasan en dar un ejemplo de
paciencia, humildad o servicio, ¿no es muy probable que el
resto de los religiosos comience a considerar qué es lo que
los superiores tratan de comunicarles? Los superiores, ni
más ni menos, no pueden llevar a sus religiosos a la meta de
santidad y de unidad propuesta en el evangelio (y explícita-
mente en la Regla de san Agustín) si ellos no son los primeros
en intentarlo. Los superiores no pueden esperar obediencia
de sus colegas en religión si personalmente no están dispues-
tos a prestar obediencia a la Regla, a las Constituciones y a
sus superiores mayores. Como recalca Agustín: "¿Hay algo
más injustificable que el hecho de que quienes no están dispuestos a
obedecer a sus superiores deseen que les obedezcan sus subordina-
dos?"12 Hay una consecuencia natural de todo esto: los
superiores están especialmente obligados a saber lo que de
ellos se espera mediante la Regla y las Constituciones, y si no
son capaces de enseñar la espiritualidad de su congregación
en teoría, al menos tienen que intentarlo con el ejemplo.
1
' De doct. christ. 4,27,60.
12
De op. mon. 31,39; véase también En. in Ps. 148,6.
127
Mantener el buen orden en la comunidad
Finalmente, Agustín pone en las manos de los superiores
todo lo que concierne al buen orden de la comunidad. Si no
hubiéramos visto la gran importancia que Agustín otorga a
la armonía y a la unidad como metas principales de su
comunidad, nos sorprendería ver cuánto énfasis pone en
este punto. La armonía y la unidad son esenciales para el
desarrollo de la comunidad porque le permiten un mayor
margen de libertad para la búsqueda y el encuentro de
Cristo en su medio. En cuatro ocasiones específicas Agustín
subraya en su Regla la obligación del superior de corregir e
incluso castigar si la ofensa es lo suficientemente seria y el
ofensor sigue contumaz en su actitud o sus actitudes1 3 .
Pero Agustín no espera cosas imposibles de sus seguido-
res. Es más que consciente de la fragilidad humana de los
que han abrazado la vida religiosa. Y este simple hecho le
lleva a recalcar el hecho de que "aunque en mi casa reine el buen
orden, soy hombre y vivo entre hombres"14. Todo esto viene a
explicar muy bien por qué Posidio pudo escribir de él que
censuraba o bien toleraba las faltas contra el buen orden y
las infracciones cometidas por los hermanos contra la buena
conducta según fuera más conveniente o más necesaria su
13
Regla, n. 27 (c. 4,9), sobre la corrección fraterna; n. 29 (c. 4,11), sobre cartas
o regalos secretos de mujeres; n. 45 (c. 7,2), sobre las transgresiones de la Regla;
n. 46 (c. 7,3), sobre las advertencias necesarias a los "rebeldes ' y el mantenimiento
de la disciplina. El n. 43 se atribuía antiguamente al superior, pero teniendo en
cuenta investigaciones modernas, hay que enfocarlo en otra perspectiva. Este
núm. 43 no trata de las relaciones de los superiores con los religiosos. Más bien
parece referirse a las relaciones de todos los religiosos (superior incluido) con los
que se consideraban menores en aquella época y que probablemente no eran
religiosos. Todos estos jóvenes vivían con frecuencia en los monasterios de aquella
época con la finalidad de recibir una educación. Por motivos de edad y quizá
también de falta de disciplina, con frecuencia era necesario hablarles fuerte para
corregirlos. En estos casos es en donde Agustín dice que no hay que pedir perdón,
"no sea que por practicar demasiada humildad para con quienes tienen que estaros
sujetos quede minada la autoridad para gobernarlos". Parece que Agustín intro-
duce este número como excepción del pasaje precedente, n. 42, donde se les intima
a los hermanos a pedirse perdón cuando se han ofendido. Otra razón: el n. 43 va
dirigido al grupo global de los hermanos —todos los verbos están en plural—,
mientras que en las demás partes de la Regla Agustín habla del superior exclusiva-
mente en singular.
14
Carta 78,8,9.
128
actuación 15. La actitud de Agustín frente a estas situaciones
puede colegirse de estas palabras: "Que los hermanos sean
amonestados por sus superiores con caridad, con mayor o
menor-severidad, en consonancia con las diversas faltas" l6.
"Que el superior actúe bien, es decir, con caridad humilde
y moderada severidad, de modo que sea plenamente cons-
ciente de quees servidor de sus hermanos" , 7.
Esta moderación de la severidad está recalcada una vez
más y con claridad en el acercamiento de Agustín a los
males generales de carácter social: "En mi opinión, estos
males sociales no se erradican a base de rigor, severidad o
métodos coercitivos, sino con educación más que con man-
datos formales, con persuasión más que con amenazas. Éste
es el método de tratar al pueblo en general; sin embargo,
hay que usar de severidad sólo contra los pecados de una
minor ía" 18.
De todos modos, nada de esto debe hacer que los supe-
riores piensen que quedan automáticamente excusados de
corregir a sus religiosos. La corrección puede ser algo nece-
sario: " D e hecho se devuelve mal por mal cuando alguien
que tenía que haber sido amonestado no lo ha sido, y el
asunto se ha pasado por alto por un perverso color de pre-
t e x t o " 19.
De ahí su cordial llamada a todos: "Si sois nuestros
hermanos y hermanas, nuestros hijos e hijas, y si somos
camaradas de servicio, mejor dicho, vuestros servidores en
Cristo, prestad oído a nuestras advertencias, aceptad nues-
tros mandatos, admitid nuestro consejo"2 0 .
Esta intimación la pueden seguir todos, lo que revela la
actitud de Agustín frente a todos los fíeles bajo su dirección.
Es una actitud que todos los superiores deben adoptar ante
sí mismos en relación con todos los que sirven: "Ayudadme
15
POSIDIO, 25,3.
16
De correptione et gratia 15,46.
17
Contra Ep. Parm. 3,6.
18
Carta 22,5. \
19
De corr. et gratia 16,49; también Regla, n. 26 (c. 4,8).
20
De op. mon. 29,37.
129
con vuestras oraciones para que (el Señor) pueda ayudarme
a llevar su carga. Cuando rezáis así, oráis en realidad por
vosotros mismos. Porque, ¿de qué carga estoy hablando sino
de vosotros? Rezad por mí, lo mismo que yo rezo para que
vosotros no resultéis tan pesados... Aguantadme.. . para que
podamos llevar mutuamente nuestras cargas. Así cumplimos
la ley de Cr i s to" 2 1 .
Como conclusión de estos breves esbozos sobre las cua-
lidades y características de un buen superior, vemos que
hemos retornado al punto en que ya hicimos hincapié antes:
llevando unos las cargas de los otros —incluso las del supe-
rior— es como realmente demostramos nuestro amor mutuo
y nuestro deseo sincero de seguir a Cristo 22.
Obediencia evangélica
Pero si la autoridad evangélica exige tales demandas de
los superiores, la obediencia evangélica también tiene sus
exigencias concretas y correspondientes a todos los religio-
sos. Hay que tener bien en cuenta que, desde el punto de
vista de Agustín, tanto la obediencia como la autoridad son
extremadamente importantes para asegurar la existencia de
tal unidad y armonía en la comunidad, que se vea favorecida
la búsqueda de Dios y que el bien común esté por encima de
todos los intereses personales. Más aún, Agustín quiere que
nuestra vida según la Regla no sea el resultado de un temor
servil, sino un ejercicio práctico en el amor mutuo de unos
por otros, motivado por la gracia. Puesto que el amor es la
nota dominante en la comunidad, tiene que ser también la
21
Sermón 340,1. Véase también En. in Ps. 106,7, donde Agustín pide oraciones
al pueblo, ya que todos se hallan en el mismo barco: " T o d o el barco está des-
t rozado. . . Os digo esto para que no ceséis de orar por nosotros, ya que vosotros
seréis los pr imeros en padecer el naufragio. ¿O es que pensáis, hermanos, que por
no estar d i rec tamente implicados en el gobierno del barco no estáis navegando en
é l ? "
22
Véase c. 3, "Verdaderos amigos en Cr i s t o " ; c. 1, "Vida comunitar ia : la
exper iencia agust iniana".
130
característica prevalente en las relaciones entre ¡mioi id.al y
obediencia, donde tiene aplicaciones prácticas.
Al igual que ya consideramos en su momento el rol del
superior bajo cuatro apartados, así ahora vamos a subrayar
cuatro características especiales que Agustín relaciona con
la obediencia: 1) Obedecer al superior como a padre/madre.
2) Ver a Dios en el superior. 3) Reconocer una responsabi-
lidad mutua. 4) Aceptar la corrección.
Obedecer al superior como a padre/madre
En sus primeros días de convertido, Agustín estaba muy
impresionado por la santidad y distinción de los superiores
con quienes mantuvo trato en las comunidades romanas que
visitó. Y esto le impresionó hasta el punto que dejó escrito
sobre ellos el siguiente testimonio: "Estos padres no son
santos simplemente por el tenor de vida que llevan, sino
que son unos varones fuera de serie por sus santas doctrinas;
sobresalen en todo. Sin orgullo miran por aquellos a quienes
llaman sus hijos, y, aunque tienen gran autoridad para dar
órdenes, también es grande la disponibilidad y obediencia
de los que están a su cuidado" 2 3 .
Este modelo de superior se transfiere, aunque sólo en
parte, a lo que Agustín escribió más tarde en su Regla: "El
superior debe ser obedecido como un padre"24. Deliberadamente
he dicho "sólo en p a r t e " porque me parece muy evidente
que Agustín no adoptó para sus seguidores ese tipo más
pasivo de obediencia que parece que encontró en aquellos
monasterios de cuya visita habla. De hecho, en la Regla
Agustín habla de los religiosos como si fueran sus hijos/hijas.
Siempre que se dirige a ellos lo hace en calidad de hermanos
o hermanas. Incluso parece excluir de modo totalmente
deliberado el tipo de relaciones que existiría entre padres e
hijos cuando les exhorta a todos a evitar el temor servil y a
obedecer más en calidad de seres libres bajo la gracia. Este
^
23
De mor. eccl. cath., I, 31,67.
24
Regla, n. 44 (c. 7,1).
131
tipo de relaciones padre/hijo sería también contrario a la
imposición total de la Regla, que hace hincapié en una gran
responsabilidad de todos los religiosos de actuar como adul-
tos. Lo veremos, es de esperar, con mayor claridad a con-
tinuación.
Ver a Dios en el superior
A la vez que dice que el superior tiene que ser obedecido
como padre o madre, Agustín añade que hay que hacerlo
"con el respeto que le es debido, para no ofender a Dios en su
persona"25. Puede dar la impresión de que con estas palabras
Agustín quería poner énfasis en los objetivos que se había
propuesto al comienzo de la Regla, es decir, que hay que
honrar a Dios unos en otros, ya que somos templos de
Dios2 6 . Este honor a Dios, presente en todos y en cada uno,
había que reconocerlo, quizá de modo especial, en el caso
del superior. ¿Por qué este énfasis en lo obvio? ¿Será quizá
que Agustín, con su gran sentido práctico, preveía lo fácil
que le resultaría al religioso olvidar este hecho en el caso
del superior? Después de todo, los superiores tienen que
tratar con frecuencia con los religiosos en situaciones tan
concretas y a veces tan duras, que éstos pueden sentirse
inclinados a criticarlos o incluso a oponerse a ellos cuando
no se acentúa esta presencia de Dios. Así pues, los superiores
tienen que ser objeto de nuestro amor, cuidado e interés. Y
lo más sorprendente de todo es que Agustín nos urge a tener
para con ellos una misericordia humana y comprensiva por
nuestro propio bien y por el de ellos. Cuanto más obedientes
seamos, tanto mayor será nuestra comprensión amorosa:
"Por tanto, siendo obedientes haréis una demostración de
piedad no sólo hacia vosotros mismos, sino también hacia el
superior, cuya posición más elevada entre vosotros le expo-
ne a un peligro mucho mayor" 2 7 .
Como Agustín puntualiza en otra parte, resulta dema-
25
Ib.
26
Regla, n. 9 (c. 1,8).
21
Regla, n. 47 (c. 7,4).
132
siado fácil contemplar a los colegas en religión desde el
punto de vista de las ventajas meramente humanas: "Pero si
ama con amor espiritual a ese hermano a quien ve con óptica humana,
verá a Dios que es el amor mismo" 2%. Sucumbimosa este modo
de ver las cosas desde el prisma puramente humano si sólo
nos fijamos en las cualidades humanas de quienes nos lide-
ran; por ejemplo, en su capacidad de persuasión, sin ver su
autoridad para enseñarnos y dirigirnos en cuanto líderes de
la comunidad. Por esta simple razón Agustín recomienda a
los religiosos "no fijarse en el tálente práctico y emprendedor de
quien os dirige, sino en la autoridad de quien os manda"29. La
fragilidad humana de los superiores no debe aflorar en nues-
tro modo de contemplar su autoridad ni su derecho a exigir
de nosotros actuaciones concretas. Un tratadista espiritual
de nuestros días ha coincidido en la misma idea: "Si amáis
únicamente al que es perfecto, no amáis a nadie. Si os
limitáis a obedecer únicamente a la gente razonable, no
obedecéis. Y si sólo creéis en lo que es obvio, no creéis" 3 0 .
Ot ro autor, experto agustinólogo, subraya vigorosa-
mente el puesto que tienen el amor y la compasión en el
concepto que Agustín tiene de la obediencia: "El oficio (en
la Regla) se contempla globalmente a la luz del amor... La
obediencia por parte de los miembros de la comunidad está
exactamente en la misma línea. Para Agustín, ser obediente
es en primer lugar un acto de amor al prójimo..., un acto de
'amor compasivo'... Según esto, la obediencia es compartir
las cargas y los cuidados de la comunidad entera... En cierto
sentido, es a la vez sorprendente y enriquecedor que la
obediencia tenga que separarse del contexto de la fe, donde
se mantuvo encubierta durante muchos siglos, y situarse en
el contexto del amor" 3 1 .
28
De Trinitate 8,12.
29
Deop. mon. 31,39.
30
Louis EVELY, Una religión para nuestro tiempo, Sigúeme, Salamanca 198122.
31
TARCISIUS VAN BAVEL, OSA, The Epangelical Inspiration of the Rule of St.
Augustine, en "The Downside Review" 93 (1975), 97s (abril, n. 311).
133
Una responsabilidad mutua
Este acercamiento a la obediencia está muy de acuerdo,
una vez más, con la insistencia de Agustín en la confianza
mutua de unos con otros, el respeto al individuo y al mismo
tiempo un interés prioritario por el bien común por delante
de los intereses personales. Existe una idéntica compagina-
ción con la responsabilidad que se cifra en el individuo, al
igual que en el superior, de observar los preceptos de la
Regla con amor. Asimismo resulta una cabal coincidencia
con la visión paulina que tiene Agustín del amor perfecto
como algo que se halla en aquellos que, viviendo en comu-
nidad, cumplen la ley de Cristo llevando unos las cargas de
los otros 3 2 . Justamente ésta es la razón de por qué la obe-
diencia agustiniana no puede interpretarse jamás como algo
pasivo o como algo que obstaculiza la auténtica madurez
personal tanto humana como cristiana.
Análogamente, las quejas, las murmuraciones, las crít i-
cas destructivas no tienen cabida en la comunidad, y mucho
menos como respuesta a las posibles demandas del superior.
Y, sin embargo, todos estos elementos pueden aflorar en
quienes no hacen ni el mínimo esfuerzo por alcanzar ese
amor perfecto de Cristo que se basa en honrarle a él unos en
otros y en llevar mutuamente nuestras cargas: "Cuando se
reúnen aquellos en quienes el amor de Cristo no es perfecto,
se hacen odiosos, se molestan unos a otros, fomentan el
desorden, desconciertan a los demás con sus desasosiegos
personales y lo que pretenden es que hablen de ellos... Todo
este gremio de murmuradores tiene su expresión bien plás-
tica en muchos pasajes de la Escritura: 'El corazón del necio
es como la rueda de un carromato ' . Es inevitable que rechi-
ne. Y esto es precisamente lo que ocurre con muchos de los
hermanos. Viven en comunidad, pero sólo físicamente"3 3 .
Para obviar este tipo de situaciones, Agustín emplea un
símil: Los religiosos se asemejan a las naves que se guarecen
32
En. in Ps. 132,9.
33
En. in Ps. 132,12; véase también de Op. mon. 16,19.
134
en el puerto. Les estimula a que se concentren unos y otros
evitando todo tipo de colisiones y a que se amen mutuamen-
te. Para realizar este objetivo añade: "Vara esto se precisa una
imparcialidad completa y un amor perseverante; y cuando los vientos
racheados penetran por la bocana del puerto es cuando hay que practicar
un pilotaje prudente"i4.
La referencia al rol del superior y del grupo en su glo-
balidad resulta evidente. Quizá toda esta temática esté ad-
mirablemente resumida en los consejos de Agustín: "Haced
mayor hincapié en buscar lo que os une que en criticaros unos a
otros"35. Al igual que recalca el hecho de que los superiores
tienen que rezar por sus religiosos y recabar oraciones por
sí mismos, también insiste en que la oración sencilla de una
persona obediente puede tener más eficacia que diez mil
oraciones hechas por un desobediente o indisciplinado36 .
Aceptar la corrección
En los últimos años de su vida Agustín se enfrentó con
una controversia en torno a la naturaleza de la gracia, con-
troversia que tuvo sus repercusiones en uno de los monaste-
rios sometidos a su jurisdicción. Alguno de los monjes de
este monasterio exigía que el superior debía prescribir lo
que había que hacer y orar por sus religiosos para que
pudieran cumplir sus órdenes. Pero que, en caso de que no
lo hicieran, no debía corregirlos ni censurarlos. Extraño
concepto de obediencia, que quizá no difiera demasiado de
algunas actitudes de nuestros días, que pretenden hacer de
los superiores poco menos que recaderos o de mandaderos
de la comunidad. San Agustín da una solución muy hábil a
este problema citando la práctica de los apóstoles. En efecto,
ellos, dice, prescribían lo que había que hacer, corregían
cuando las cosas no se hacían debidamente y oraban para
que sus mandatos resultaran factibles. Agustín aplica su
ejemplo a la práctica de la caridad, de esa misma caridad
34
En. in Ps. 99,10. %
35
Carta 210,2.
36
De op. mon. 17,20.
135
que es el objetivo real que une a los religiosos para que
vivan en comunidad. "El apóstol imparte órdenes para prac-
ticar la caridad; amonesta cuando de hecho ve que tal cari-
dad no se practica; ora para que abunde la caridad. De
acuerdo con esto, en los mandatos del superior aprended lo
que debéis tener; en sus admoniciones aprended que por
culpa vuestra surge este tipo de deficiencias; en sus oracio-
nes aprended dónde está la fuente donde podéis adquirir lo
que queréis t ener" 3 7 .
Con este ejemplo por delante, vamos a retomar lo que
ya hemos dicho previamente sobre la insistencia de Agustín
en la obligación que el superior tiene de corregir a los
indóciles, a los que de alguna manera infringen la armonía
y la unidad de la casa religiosa, sea por ignorancia, sea
porque actúan en contra de la Regla y de los mandatos del
superior. De todos modos, resulta indicado añadir que Agus-
tín no está pidiendo un sometimiento de la inteligencia a los
propios superiores. Un famoso teólogo agustino expresó a
la perfección esta idea hace ya seis siglos: "No hay que
molestar a nadie por sostener un punto de pista contrario cuando puede
hacerlo sin perjuicio de la fe..., porque nuestro entendimiento no está
sometido al hombre, sino a Cristo"**. Sea de ello lo que fuere,
es indiscutible que el sometimiento de la voluntad es una
tarea muy difícil.
A Agustín le asistía toda la razón del mundo al afirmar
que la obediencia es la virtud de los humildes, la virtud de
quienes conocen su propia debilidad, su naturaleza corrupta,
lo que son en la realidad3 9 . Sólo el humilde es capaz de
soportar el peso de la obediencia evangélica o de la autori-
dad evangélica a semejanza de Cristo, que se humilló a sí
mismo y se hizo obediente hasta el punto de morir por
nosotros4 0 .
37
De con. et gratia 3,5.
38
EGIDIO ROMANO, Degradibus formarum, pars 2, c. 6, cit. en Const.OSA, n. 31.
39
De civ. Dei 14,13.
40
Flp2,8.
136
Llevar unos las cargas de los otros
Jean Vanier, fundador de L'Arche, dice que los líderes
de toda comunidad tiene una doble misión: "Deben mante-
ner fijos tanto sus ojos como los de la comunidad en lo que
es esencial, en los objetivos fundamentales de la comuni-
dad..., pero su misión consiste también en crear una atmós-
fera de confianza mutua, de paz y de alegría entre los
miembros de la comunidad" 4 1 .
Todo esto es verdad, pero quizá tendríamos que añadir
que los superiores no pueden crear esta atmósfera de con-
fianza, de paz y de alegría por sí solos. Necesitan de la
ayuda de todos y de cada uno de los miembros de la comu-
nidad, pues de lo contrario fracasarán. El religioso debe
prepararse a ayudar a llevar la carga al superior, y vicever-
sa. Que no alienten la expectativa de que los superiores
están exentos de fallos humanos. Los tienen más o menos
como los demás. Denotaría un grado de inmadurez muy
acentuado hacer el propósito de seguir a los superiores y de
obedecerlos en tanto no tengan fallos. Tal actitud vendría a
ser algo así como caer en el cisma donatista contra el que
Agustín tuvo que luchar tan duro y tantos años. Como ya se
ha puesto de relieve con anterioridad: "Si sólo obedecéis a los
que no se equivocan, no obedecéis a ninguno"42.
Cuando nos comprometemos a seguir a Cristo nos com-
prometemos a seguirle a la luz oscura de la fe, sin la satis-
facción que deriva de la certeza. Esto incluye seguirle en los
tiempos buenos y en los malos, en la salud y en la enferme-
dad, en tiempos de madurez y en tiempos de fracaso. Al
prometer obediencia hacemos una especie de pirueta en el
terreno de lo desconocido, porque no podemos leer el futuro
con claridad. Pero esta pirueta es una pirueta de fe profunda
y de confianza en aquel que nos llama. Es algo así como la
respuesta práctica que Abrahán dio a Dios cuando éste le
41
JEAN VANIER, Community and Growth. Our Pilgrimage Together, Paulist Press,
Nueva York 1979, 128.
42
Véase nota 30.
137
invitó a abandonar toda su parentela, su casa y sus amigos.
Se puso en marcha sin conocer a ciencia cierta adonde se
dirigía ni cuándo llegaría, pero confiando a ultranza en que
Dios se interesaba por él y cuidaba de é l 4 3 . Tanto en calidad
de superiores como en calidad de gente que obedece, todos
hacemos lo mismo. Y ésta es la razón de por qué nos nece-
sitamos unos a otros para alcanzar la meta que nos han
puesto delante.
43
Gen 12,1-4.
138
9. Amad a Dios, amad a la Iglesia
UNA DE LAS V O T A C I O N E S que más dispersas se auguraban durante los cuatro años que duraron las
sesiones del concilio Vaticano II fue la que tuvo lugar en la
sesión del 29 de octubre de 1963. La votación no afectaba a
materia de fe y costumbres, ni siquiera a un tema de rele-
vancia pastoral. Sin embargo, el asunto que se debatía estaba
cargado de matices teológicos, aunque éstos se ocultaran en
una proposición de resonancias más bien blandas. El núcleo
de la cuestión era simplemente éste: El tratamiento que el
concilio daba a la santísima virgen María, ¿debía incorpo-
rarse al documento sobre la Iglesia, o habría que tratar este
tema en un documento aparte? Entre los casi 2.200 votos
escrutados ese día, sólo un margen de 40 votos determinaron
que el lugar ideal para tratar el tema de la madre de Dios
no tenía por qué ser diferente, sino situado dentro de la
estructura del documento sobre la Iglesia '.
Para los conocedores del pensamiento de san Agustín
este resultado de lo que había sido un tema candente de
debate podía tener visos de resultado lógico sin más. Nadie
ha tenido expresiones más elevadas para alabar a la madre
de Dios ni para su rol exclusivamente personal en el plan de
salvación de Dios que Agustín. Pero al mismo tiempo nadie
ha afirmado con mayor claridad que, a pesar de su elevado
rol, María es ni más ni menos que un miembro de la Iglesia:
1
AMADEO ERAMO, OSA, Mariologia del Vaticano II vista ¡n S. Agostino, Ed.
Gabrieli, Roma 1973, 1012.
139
un miembro muy especial, es cierto, pero sólo un miembro:
"María es santa, María es bienaventurada, pero la Iglesia es
mejor que la virgen María. ¿Por qué? Porque María es una
parte de la Iglesia, un miembro excelente, un miembro
fuera de serie, pero un miembro del cuerpo total. Si ella es
una parte del cuerpo total, resulta evidente que el cuerpo es
más grande que su miembro" 2 .
No me valgo de este ejemplo para hacer una introduc-
ción a la doctrina agustiniana sobre la santísima Virgen. Me
sirvo de él porque me parece ilustrar con gran concisión la
importancia absoluta que tiene la Iglesia para Agustín, esa
Iglesia cuya cabeza es el Señor Jesús y cuya cabeza y cuerpo
constituyen conjuntamente el Cristo total. El comprender
el gran amor y la grande estima que a Agustín le merece la
Iglesia desde siempre nos ayudará a apreciar mucho mejor
todavía su idea del puesto del religioso en la Iglesia y de lo
que la Iglesia puede y debe esperar del religioso.
La Regla de san Agustín no dice ni siquiera una palabra
sobre la Iglesia, ni tampoco sobre el apostolado de los reli-
giosos en la Iglesia. No tiene por qué extrañarnos: la Regla
es muy breve y su interés total se centra en la vida interna
de los religiosos. No trata de ocuparse en otros temas 3 . Sin
embargo, en muchos de sus escritos Agustín tiene ideas
clarísimas y auténticamente provocadores sobre los religio-
sos en la Iglesia. Y esto es lo que voy a tratar de sintetizar
a continuación.
Los rel igiosos en la Iglesia
Agustín inició su propia experiencia de vida religiosa
con una orientación abiertamente contemplativa. Cuando
le ordenaron de sacerdote y casi acto seguido de obispo,
2
Sermón 72A (Denis, 25,7).
3
Ya hemos tenido ocasión de advertir que la Regla no trata explícitamente de
la idea de amistad. Sin embargo, esta idea fue fundamental en la visión que de la
vida tenía Agustín, y consiguientemente también fundamental para su idea de la
vida religiosa. Véase c. 3, ' Verdaderos amigos en Cristo".
140
tuvo que alterar radicalmente esta perspectiva, aunque muí
ca llegó a desconectarse de su anhelo que le arr.islr.ib.i al
estilo de vida contemplativa4 .
El apostolado directo puede que se viera directamente
forzado en la persona de Agustín por su ordenación inespe-
rada. Pero una vez que aceptó la carga del sacerdocio y del
episcopado, nunca llegó a cuestionarse su respuesta generosa
a las demandas apremiantes que estos oficios habían im-
puesto sobre sus hombros. Al mismo tiempo, no obstante, su
amor a la comunidad, su orientación contemplativa y la
innata inquietud que guió su búsqueda de Dios y de la
verdad confirieron una nueva dimensión dinámica a su ser-
vicio sacerdotal. Más aún: esta nueva dimensión pronto iba
a difundirse por toda la Iglesia, quizá principalmente por el
influjo que ejercía el ejemplo de Agustín. De hecho, con la
fundación de su primer monasterio en Hipona poco después
de su ordenación sacerdotal, el sacerdocio y el ministerio
activo comenzaron a combinarse con la vida religiosa en el
caso de no pocos hermanos, y el empuje básicamente con-
templativo de la vida religiosa comenzó a fundirse con los
elementos más activos del ministerio pastoral5 .
Los primeros en sentir el influjo de esta combinación de
vida religiosa y de ministerio activo fueron los miembros
del monasterio que Agustín tenía en Hipona. Posidio, que
fue uno de los que experimentaron una influencia más di-
recta, nos da una idea de la reacción en cadena que se
produjo cuando miembros de la comunidad de Agustín ocu-
4
La prueba de esto se ve en el hecho de que habló con frecuencia a los demás
de sus deseos de volver a un modelo más contemplativo de vida. Sin embargo, esto
noimplica que fuera cauteloso a la hora de lanzarse a sus deberes apostólicos. El
gran montón de sus sermones editados y de otras obras de teología revelan ya gran
parte de su dedicación pastoral (véase POSIDIO, ce. 6.7.198.19, etc.).
5
El papa Pablo VI, ávido lector y admirador de san Agustín, reflejó frecuen-
temente en sus alocuciones públicas las dos dimensiones vitales de este gran santo
y el equilibrio y unidad maravillosos que mantuvo entre ellas. Por ejemplo:
"¿Quién fue más activo que él en la lucha diaria por la edificación de la Igle-
sia? ¿Quién estuvo más atento que él a la voz del maestro interior que habla en
las profundidades del alma en conversación secreta, continua y amorosa?" (PA-
BLO VI, Alocución del 20 de marzo de 197Í, cit. en Living in Freedom under the Grace, 39;
cf también 49.
141
paron otras sedes episcopales y establecieron a su vez mo-
nasterios: "Los que servían a Dios en el monasterio bajo la
guía de san Agustín y al igual que él comenzaron a ser
ordenados sacerdotes de la iglesia de Hipona... De hecho,
previas las correspondientes demandas, san Agustín dio a
diversas iglesias —algunas muy importantes— unos diez
varones santos y venerables, castos y bien preparados, a los
que yo conocí personalmente. Por otra parte, estos hombres,
que se habían iniciado en su estilo de vida santa para servir
a las iglesias de Dios que se difundieron por distintos luga-
res, siguieron fundando monasterios y... preparando a sus
hermanos para recibir el sacerdocio, quienes a su vez ocu-
paron cargos en otras iglesias"6 .
En el trasfondo fervoroso de esta formación cultural y
espiritual de los clérigos de la Iglesia de África, muchos de
los cuales procedían de las filas monásticas de Agustín, sub-
yace una teología sólida de la Iglesia, a la que Agustín
repetidas veces confirió expresión. Esta teología considera-
ba la vida religiosa como fundamental al servicio del evan-
gelio por su situación peculiar en la Iglesia, que es la madre
de todos y de cada uno de los miembros del Cristo total.
Veamos cómo expresó este pensamiento en su corres-
pondencia con el abad Eudoxio y con los monjes de la isla
de Cabrera, monasterio que no figuraba dentro de la jur is-
dicción de Agustín: "Os exhortamos en el Señor, hermanos,
a que perseveréis hasta el final en la práctica del ideal
religioso que habéis abrazado. Más aún: si la Iglesia requiere
vuestros servicios, no accedáis a este requerimiento movidos
por el apetito personal de encumbramiento, pero tampoco
lo rechacéis instigados por el confort de vuestro ocio. Por el
contrario, obedeced a Dios con sencillez de corazón, some-
tiéndoos humildemente a él, que es quien os dirige... No pre-
firáis vuestro ocio tranquilo a las necesidades de la Iglesia: si no
hubieran existido personas buenas puestas a su servicio cuando ella
6
POSIDIO, 11,1-5. Posidio fue uno de los religiosos pertenecientes al monas te-
rio de Agustín. Fue obispo de la sede de Calama.
142
daba a luz, ni siquiera vosotros habríais tenido ocasión de nacer"1.
Con posterioridad expresó un modo paralelo de pensar
a Leto, un joven religioso de su propio monasterio, que
había retornado a su casa paterna para arreglar algunos
asuntos familiares y que en aquellas circunstancias se estaba
desvinculando de su vocación por culpa de una madre su-
perdominante: "La Iglesia, tu madre, es también la madre
de tu madre. Esta Iglesia os ha concebido a los dos por
medio de Cristo.. . y os ha dado vida para que podáis alcan-
zar la vida eterna... Esta madre, extendida por toda la
tierra, se ve asaltada por las acometidas del error... También
se ve afligida por la pereza e indiferencia de muchos de los
hijos que gesta en su vientre. Está acongojada, asimismo,
viendo a tantos de sus miembros que hacen gala de frialdad
en diversos lugares, mientra ella se ve cada vez menos
capacitada para ayudar a los pequeñuelos. ¿Quién, pues, está
dispuesto a brindarle la ayuda necesaria que está pidiendo, sino otros
lujos y otros mkwhros a cuyo número tú perteneces?"8
Finalmente, en un texto muy conocido de la Ciudad de
Dios podemos observar cómo Agustín emplea ideas compa-
rables a las generalmente expresadas sobre los tres estilos de
vida abiertos a todo el mundo: el contemplativo, el activo
y el mixto, integrado por los dos primeros. No menciona
explícitamente a la Iglesia ni al servicio de la Iglesia, pero
lo que dice sobre la naturaleza imperiosa del amor coincide
perfectamente con la doctrina de las dos citas anteriores.
"Nadie debe entregarse al ocio hasta el punto de, desde esta
postura, dejar de pensar en las necesidades del prójimo;
pero tampoco debe entregarse a una actividad tan desenfre-
nada que no le quede tiempo para la contemplación de
Dios. La atracción del ocio no puede basarse en una inacti-
vidad vacía de contenido, sino en la búsqueda y descubri-
miento de la verdad... Por consiguiente, el amor a la verdad anda
a la busca del ocio santo, mientras que la fuerza acuciante del amor
toma parte en la actividad necesaria. Pero si nadie se impone esta
7
Carta 48,2. Los subrayados son míos.
8
Carta 243,8. El subrayado es mío.
143
carga, el tiempo transcurre y se gasta en la búsqueda y en
la profundización de la verdad. Sí uno se impone esa carga,
cuenta con energías suficientes para llevarla merced a la fuerza estimu-
lante del amor. No obstante, ni siquiera en este caso debe
abandonarse enteramente el atractivo de la verdad, pues de
lo contrario se perderá el gusto por ella y la carga acabará
por aplastarle a u n o " 9 .
Principios básicos de orientación
del rel igioso en la Iglesia
¿Qué conclusiones podemos sacar de estas y de otras
expresiones del pensamiento de Agustín sobre los religiosos
y su apostolado en la Iglesia? Pienso que podemos sacar los
siguientes principios o conclusiones teniendo en cuenta el
posicionamiento de Agustín:
1) Se espera que los religiosos perseveren en su voca-
ción hasta el final; que nada les obligue a abandonarla. En
otras palabras, lo primero que se espera de los religiosos es
que sean lo que su vocación pide de ellos dentro de la
Iglesia: cristianos modélicos, los consagrados de Dios 1 0 .
2) Si la Iglesia no los reclama, los religiosos deben
emplear su ocio santo y sus horas de descanso en la búsqueda
de la verdad; en otras palabras, en la oración contemplativa
de Dios. Pero a la vez el religioso tiene que ser consciente
de que incluso esta contemplación es un regalo que hay que
compartir con los demás. Lo que Agustín dice al laicado en
uno de sus sermones se aplica, con más fuerza si cabe, a los
religiosos consagrados: "Predicad a Cristo donde podáis, a quien
podáis y cuando podáis. Lo que se os pide es fe, no elocuencia. Quien
no da nada a los demás es un desagradecido con aquel que le ha
colmado de dones. Por tanto, se espera que cada cual dé de acuerdo con
la medida que han empleado con él"11.
9
De civ. Dei 19,19. El subrayado es mío.
i» En. ¡n Ps. 75,16; Carta 132,2.
11
Sermón 260E (también llamado Guelf, 19,2). Para Agustín tiene su respon-
sabilidad una vida monástica "puramente contemplativa' . Incluso los "monjes
144
3) Si la Iglesia los llama, la naturaleza aprcmi.uiii di I
amor exige que el religioso arrostre todos los s.u litliiitn
necesarios en pro del mayor bien de la Iglesia, sin abando-
nar, por lo demás, la vocación y dedicación religiosas luu
damentales.
4) La Iglesia cuenta particularmente con quienes y.i
han sido bendecidos por Dios con gracias especiales p.u.i
ayudarla a engendrar nuevos hijos e hijas y para difundí) < I
evangelio. Agustín pone el mayor énfasis posible en la oblí
gación que aquéllos tienen de servir a los demás, habida
cuenta de la poca necesidad de preocuparse de sí mismos:
"Aquellos a quienes el evangelio y la gracia de Diosha hecho perfec-
tos, viven en este mundo sólo para bien de los demás. No necesitan
vivir para sí mismos" n.
5) Finalmente, el servicio que la Iglesia puede deman-
dar de los religiosos no debe contar con móviles de ambi-
ción, ni con deseos de promocionarse en el mundo o en la
misma Iglesia, ni de apetito de honores o intereses persona-
les, sino que debe basarse únicamente en el motivo del
"amor de Cristo que nos acucia" 13.
Resulta interesante que Agustín hable de modo explícito
de la ambición en exclusiva, de los honores y de los intereses
personales aun en el caso de los religiosos que han proyec-
tado y emprendido un servicio especial a la Iglesia. Su pro-
pia experiencia le debió poner en contacto con clérigos y /o
religiosos de carácter ambicioso y egoísta. En todo caso, se
hallaba suficientemente interesado, dadas sus observaciones,
en despertar la atención de los demás sobre este ext remo.
Acababan de ordenarle sacerdote cuando escribió a su obis-
po Valerio en estos términos: "En esta vida, y especialmente
en esta época, nada hay más fácil, más apetecible ni más
solicitado que el cargo de obispo, sacerdote o diácono si
estos oficios se toman un tanto a la ligera entre halagos y
laicos" pueden y deben compartir con otros el fruto de su respectiva contempla-
ción. Sobre este tema, véase VERHEIJEN, St. Augustine..., 22-23.
12
En. 2 in Ps. 30; Sermón 2,5.
'3 2Cor5,14.
145
adulaciones. Pero a los ojos de Dios nada hay más miserable,
más desdeñable y más digno de condenación... Por otra
parte, habida cuenta de que este servicio hay que prestarlo
como manda el Maestro, a los ojos de Dios no existe una
felicidad mayor" M.
Con posterioridad hablaría y proclamaría con vigor la
necesidad que tienen los pastores de la Iglesia de hablar con
una sola voz, con la única voz de Cristo. Porque si se
dedicaran a hablar del cisma o herejía o se consagraran a la
búsqueda de ventajas personales, no harían sino apacentarse
a sí mismos y no al rebaño. Lo que constituirá para este
último la confusión y la dispersión 15.
El punto clave que Agustín parece poner de relieve es
éste: sin que importe para nada la posición que ocupemos,
estamos al servicio de la Iglesia, porque la Iglesia es Cristo,
el Cristo total, y por tanto ella es nuestra madre espiritual.
Todos los ministros tienen que estar unidos a ella cumplien-
do su misión personal, porque toda auténtica misión es como
un mandato de Cristo por medio de la Iglesia. " 'Si el Señor
no construye la casa, en vano se afanan los albañiles. ¿Quié-
nes son los albañiles? Los que en la Iglesia predican la pala-
bra de Dios, los ministros de los sacramentos de Dios. Todos
los que corremos, todos lo que trabajamos, todos los que
construimos... Pero si el Señor no construye la casa, en vano
trabajan los albañiles'... Nosotros hablamos desde fuera; él
construye desde dentro. Él es quien construye, aconseja,
inspira temor, abre los corazones y los dirige a la f e " 16.
Los religiosos no son, ni mucho menos, una simple parte
de esta realidad de la Iglesia, sino, como recalca Agustín,
14
Carta 21,1.
15
Sermón 46,30 y en otros lugares. El problema de los clérigos o religiosos
ambiciosos o indiferentes no se ha restringido nunca a esta o a la otra generación.
El papa san Gregorio Magno hablaba de idéntico problema casi dos siglos después
de san Agustín, criticando severamente a quienes asumen los deberes de pastor y
reivindican los honores anejos a tales cargos, mientras lo que más les preocupan
son sus propios intereses en el mundo, anteponiéndolos a los cuidados del rebaño,
(véase Homilía 17,3,14, tal como se lee en la Liturgia de las Horas, sábado de la 27
semana del año).
16
En. in Ps. 126,2.
146
una parte muy honorable, una parte modélica ,7. Igual que
los miembros de la comunidad naciente de Jerusalén estaban
íntimamente unidos a los apóstoles y eran instruidos pot
ellos1 8 , así los religiosos de hoy tienen que estar íntimamen-
te unidos a la Iglesia e interesados principalmente en sus
necesidades, no en las suyas propias. De modo análogo, toda
obra o trabajo apostólico tiene que estar íntimamente rela-
cionado con las necesidades de la Iglesia y con la realidad
que vive la Iglesia, porque cuanto el Espíritu nos da está al
servicio del bien común i9.
Unidos en el amor
en una verdadera Iglesia católica
Pero no hay que ver las necesidades de la Iglesia bajo el
estrecho prisma de lo que ocurre inmediatamente en torno
nuestro. Como observa Agustín, uno de los aspectos más
importantes de la Iglesia es precisamente su universalidad.
Agustín estaba muy sensibilizado en este punto: su visión no
se limitaba a los confines geográficos de su propia iglesia
local, sino, como ya hemos visto, estaba más que dispuesto
a subvenir las necesidades misioneras de la Iglesia donde las
hubiera2 0 . Quizá motivado por los persistentes problemas
que tuvo con los donatistas, que de hecho tenían una visión
muy restrictiva de la Iglesia, Agustín llegó a equiparar su
identificación de la Iglesia con el "Cris to total" , extendido
por todo el mundo: "Nosotros somos la santa Iglesia. Pero
no he dicho 'nosotros' como para indicar que lo somos en
17
In ev. lo., tr. 13,12; En. in Ps. 132,1.
18
En. in Ps. 132,2; He 2,42.
19
ICor 12,17. Estas ideas se han reiterado machaconamente en nuestro tiempo
por parte de Pablo VI en su gran encíclica misionera Euangelii nuntianii: "La
evangelización no consiste en un acto individual y aislado... No actúa en virtud de
una misión que el individuo se atribuye a sí mismo o por inspiración personal, sino
en unión con la misión de la Iglesia y en nombre suyo... El evangelizador tampoco
es el dueño absoluto de su acción evangelizadora... Actúa en comunión con la
Iglesia y sus pastores" (n. 60, 8 dic. 1975).
20
Véase nota 6.
147
exclusiva quienes estamos aquí, vosotros que me estáis es-
cuchando. Pienso en todos los que estamos aquí y por la
gracia de Dios somos cristianos creyentes de esta iglesia, es
decir, de esta ciudad. Pienso en todos los de esta región, de
esta provincia, de allende los mares, del mundo entero.. .
Esta es la Iglesia católica, nuestra madre verdadera, la espo-
sa fiel de un esposo tan g rande" 2 1 . "Muy cerquita de nos-
otros, aquí, en África, hay tribus innumerables de gente a
los que no se ha predicado aún el evangelio... Por eso hay
que establecer también la Iglesia en medio de estas personas,
donde aún no está presente" 2 2 .
A esta Iglesia verdadera, católica y universal, estamos
invitados a amar, comprender, sacrificarnos por ella, man-
tenernos en su unidad, servirla con corazón generoso y
tolerar el hecho de encontrarnos con que los miembros
malos están mezclados con los buenos. Agustín sintetiza
muchos de estos conceptos en este enunciado, que viene a
ser un reto tanto para los apóstoles comprometidos como
para los simples fieles: "El que ama a su hermano se acomo-
da en todo en aras de la unidad, porque el amor fraterno se
basa en la unidad del amor. Suponte que una persona mala
te ofende, o bien uno a quien juzgas que es malo o que te
imaginas que lo es. ¿Abandonarías por este motivo a muchos otros
que son buenos?"23
Estas apreciaciones no deben conducirnos al error de
pensar que Agustín se refiere principalmente aquí, califi-
cándolos de malos, a los separados de la Iglesia. Como con
frecuencia indicaba a sus catecúmenos, la mayor piedra de
escándalo de la fe no dimana de ordinario de los que se
hallan fuera de la comunión de la Iglesia, sino de los que
están dentro de la Iglesia, de los que reivindican el nombre
de cristianos, pero que de hecho no lo son en modo algu-
no 2 4 . "Muchos se denominan cristianos, pero no lo son en
21
Sermón 213,8.
22
Carla 199,12,46 y 48.
23
Inlep. lo., 1,12.24
VAN BAVEL, Christians..., 100.104.
148
realidad. No son lo que indica su título ni en su vida, ni en
su moralidad, ni en su fe, ni en su esperanza, ni en su
car idad" 2 5 .
No tiene, pues, nada de extraño que, como cristiano
recién bautizado, Agustín admirara tanto a los que ocupaban
puestos de mando en la Iglesia, porque en realidad no sólo
tenían que aguantar a este tipo de cristianos falsos, sino que
también tenían que gobernar a quienes adolecían de una
pobre salud espiritual: "Han de tener paciencia con los
vicios del pueblo para curarlos, y antes de poder calmar la
tempestad tienen que aguantar sus embates. En tales cir-
cunstancias resulta difícil mantener una conducta ejemplar
y mantener el espíritu en perfecta ca lma" 2 6 .
Honra a tu padre, honra a tu madre
Agustín, finalmente, resalta con fuerza inusitada la iden-
tidad existente entre la unión con la santísima Trinidad y
con Cristo mismo. Si de verdad amamos al Padre, necesa-
riamente tenemos que amar su Iglesia, que es el Cristo
total. Análogamente, no podemos estar unidos al Espíritu
Santo ni ver realizada en nosotros la obra del Espíritu si de
algún modo estamos separados de la realidad de la Iglesia
universal. No podemos honrar ni amar a Dios como Padre
sin honrar y amar del mismo modo a la Iglesia como madre.
Estas ideas las hallamos perfectamente entramadas en las
citas siguientes: "¿Cómo puede uno llegar al conocimiento
de haber reconocido el Espíritu Santo? Dejémosle que pre-
gunte a su propio corazón. Si ama a su hermano, el Espíritu
de Dios mora en él. Dejémosle que se constituya en testigo
delante de Dios: que mire a ver si hay en su persona amor
a la paz y la unidad, amor a la Iglesia extendida por todo el
m u n d o " 2 7 . "También nosotros recibimos el Espíritu Santo
25
In I ep. lo. 4,4. s
26
De mor. eccl. caá. 1,32,69.
27
In I ep. lo. 6,10.
149
si amamos a la Iglesia, si estamos conjuntados por el amor,
si nos sentimos contentos del prestigio y de la fe católica.
Creámoslo, hermanos y hermanas: uno tiene el Espíritu
Santo en la misma medida en que ama a la Iglesia de Cris-
to.. . Más aún: amamos a la Iglesia cuando estamos firme-
mente anclados en sus miembros y en su amor 28.
Pero la afirmación más sorprendente de Agustín —que
demuestra su intenso amor a la Iglesia— sitúa a la Iglesia en
tal unión con el Padre que hace un retrato de ellos como si
estuvieran unidos por los vínculos del matrimonio: " A m e -
mos al Señor nuestro Dios, amemos a su Iglesia; a él como
padre nuestro, a ella como nuestra madre; a él como Señor,
a ella como esclava, porque somos hijos e hijas de esa escla-
va. Pero este matrimonio está unido por el amor más gran-
de. Nadie puede ofender a uno y esperar ser honrado por el
otro. . . ¿Qué bienes te puede reportar no ofender al Padre,
si va a vengar a la madre en el caso de que la ofendas?... Por
eso, queridos míos, estad siempre en acuerdo completo con
Dios como padre y con la Iglesia como m a d r e " 2 9 .
Algunas conclusiones breves
Siempre he sentido fascinación al observar que la Iglesia
ha sido algo central en la vida de mi propia Orden agusti-
niana desde su fundación en el siglo XIII. Fue en efecto la
misma Iglesia, por medio de dos papas en particular, la que
unió distintos grupos de religiosos en el año 1244 y poste-
riormente en 1256 para constituir nuestra Orden. Estos di-
versos grupos se habían dedicado, en su inmensa mayoría, a
la vida contemplativa, y, sin embargo, la Iglesia les dio en
aquella época un verdadero empuje apostólico, insistiendo a
la vez en que no perdieran su dimensión contemplativa. El
paralelismo de lo que le aconteció personalmente a Agustín
al pasar de un tipo de vida verdaderamente contemplativa
28
ln lo. ev., tr. 32,8.
2<> En. in Ps. 88; Sermón 2,14.
150
a otro que con toda seguridad fue contemplativo y activo lo
he mantenido yo siempre en mi persona.
Hago mención de este tema porque, al igual que en la
vida de Agustín hubo inevitables tensiones en la búsqueda
de equilibrio entre las dimensiones contemplativa y apostó-
lica, estas mismas tensiones siguen siendo frecuentes en
nuestro días entre todos los religiosos que con toda sinceri-
dad tratan de ser aquello a lo que han sido llamados en la
Iglesia.
Agustín enfocó este problema de distintos modos, pero
en la práctica siguió siendo problema para él. En su obra La
ciudad de Dios ya hemos visto la esperanza que tenía en que
los llamados a la actividad no abandonaran nunca las alegrías
interiores de la contemplación3 0 . Aunque estaba muy com-
prometido en sus trabajos apostólicos en favor del pueblo,
siempre tenía tiempo, en medio del cúmulo diario de ocu-
paciones, para la actividad más importante de todas: su
oración contemplativa, interior y tranquila a Dios. De he-
cho enseñó a sus compañeros de religión, y a los clérigos
asociados a él, que antes de ser predicadores reales de la
Palabra tenían que ser hombres de oración, bebiendo en la
Palabra que Dios les daba antes de compartirla con los
demás 3 1 . Practicó en su propia vida lo que el papa Juan
Pablo II ha subrayado con frecuencia en sus alocuciones a
los religiosos de todo el mundo: "Una pausa de verdadera
adoración tiene más valor y provecho espiritual que la más intensa
actividad, aunque se trate de actividad apostólica" *2.
Quizá esto nos lleve a formularnos la siguiente pregunta:
¿Cómo nos enfrentamos a este reto en nuestra vida de hoy?
A menos que exista una unión íntima entre estas dos dimen-
siones de nuestra vida y a menos que la dimensión contem-
plativa cuente con posibilidades de suministrar la energía
30
Véase nota 9.
31
JUAN PABLO II, Alocución a tos Superiores Generales, 24 de noviembre de 1978,
n. 4, en "Acta Ordinis S. Augustini" 23 (1978) 13. Este juicio es representativo de
un pensamiento que ha aparecido a menudo en las observaciones del papa a los
religiosos.
151
necesaria que exige nuestra actividad pastoral, se corre un
grave peligro de esterilidad o de rutina e incluso de que la
apatía haga acto de presencia en el servicio a los demás. Y
caso de que esto ocurra, me extraña que podamos seguir
diciendo que somos fieles a nuestra vocación dentro de la
Iglesia en calidad de cristianos modélicos.
Una vis ión más amplia de la Iglesia
Otro punto que la idea que Agustín tiene de la Iglesia
pueda inspirar a todos los religiosos es éste: Nuestra visión
de la Iglesia no puede limitarse a nuestro entorno.
Agustín estuvo dedicado a la Iglesia católica y universal.
Se mantuvo abierto a las necesidades de largo alcance de
todo el cuerpo de Cristo, sin estar totalmente atado a los
problemas reales con que tenía que enfrentarse en su propia
diócesis. Su visión de la Iglesia fue auténticamente misione-
ra, y a esta visión respondió personalmente de manera muy
práctica: enviando a otros en ayuda de la Iglesia cuando ésta
se veía realmente necesitada.
Todos podemos estar orgullosos de las muchas contribu-
ciones que nuestras respectivas congregaciones religiosas
han hecho a la Iglesia en el pasado. Pero aun contando con
esto, tenemos que seguir sensibilizándonos ante las necesi-
dades emergentes y cambiantes de la Iglesia. Tenemos que
seguir cuestionándonos cómo responder mejor a estas nece-
sidades tal como evolucionan, teniendo siempre en cuenta,
naturalmente, nuestras limitaciones, nuestro carisma distin-
tivo, nuestra razón de ser en la Iglesia. Cuanto más fieles
seamos a nuestra llamada dentro de la Iglesia, tanto más
conscientes seremos de nuestra misión, aunque nunca salga-
mos de casa, como le ocurrió a santa Teresita de Lisieux.
Amar al Señor y amar a su Iglesia —el "Cris to to ta l "—
es una tarea gozosa, pero también es siempre un reto. Para
quienes deseamos seguir el espíritu de Agustín cuenta tam-bién el modo con que estamos al servicio de nuestra madre
152
espiritual, que nos ha dado la vida y que continúa alimen-
tándonos a todos. Justamente de este modo otros hijos e
hijas serán capaces de recibir esta misma gracia que se nos
ha dado a nosotros, para así nacer y alimentarse en el evan-
gelio.
153
10. Hacer comunidad mediante
la confianza y el amor mutuos
LA EXPERIENCIA agustiniana de la vida comunitaria presenta un ideal que es a la vez atractivo y exigente '.
Trata de fundir en una sola las dos partes distintas de este
ideal: la parte espiritual, que tiene como objetivo principal
la búsqueda común de Dios, y la humana, que se ocupa de
la construcción de las relaciones mutuas que surgirán en una
comunidad de amor, de acogida, de ayuda y de reto. Estas
dos realidades pueden fusionarse porque, según la idea de
Agustín, una conciencia creciente de la presencia de Dios
en el otro inspira al religioso a hacer realidad su búsqueda
de Dios, sobre todo en el verdadero corazón de la comuni-
dad. Es, por tanto, en las relaciones mutuas de los religiosos
donde la búsqueda de Dios halla su punto de partida y
donde adquiere impulso. Esta búsqueda postula demandas
constantes y concretas a cada uno, demandas que pueden
resumirse en un ideal básico: cada uno debe llevar las cargas
de los demás como si fueran las propias. Esto es lo que
constituye la realización de la ley de Cristo: que nos amemos
unos a otros como él nos ha amado.
Este estilo de vida ni es irreal ni es romántico. Eso sí, es
un estilo de vida y como tal necesita de un esfuerzo de por
vida para la consecución plena de sus objetivos. El esfuerzo
1
Véase el c. 1, "Vida comunitaria: la experiencia agustiniana"; también T.
V. TACK, OSA, Augustinian Community and the Apostolate, en Living in Freedom Under
Grace, 148-157, y Essential Charactistics of Augustinian Religious Life, ib, 187-200.
155
necesario para llevar a ejecución este amor e interés mutuos
que tanto distinguen al proyecto agustiniano de comunidad
se expresa de modo perfecto en un sermón que tuvo con
ocasión de la dedicación de una nueva iglesia, en que se
congregó la comunidad cristiana local: "Esta iglesia es la
casa de nuestras oraciones, pero también nosotros somos
casa de Dios. Y si somos casa de Dios, vamos construyén-
donos aquí durante el transcurso de la vida para que nos
puedan dedicar al final de los tiempos. Una edificación o,
por mejor decir, la construcción de ese edificio ocasiona
trabajos, mientras que la dedicación produce alegría y nada
más que alegría. Cuanto aquí se ha hecho al levantar estos
muros se vuelve a realizar cuando congregamos a todos los
que creen en Cristo.. . Sin embargo, no llegan a constituir
una casa del Señor mientras no estén unidos por el amor. Si
estas vigas y estas piedras no se dispusieran de manera or-
gánica; si no estuvieran ligados estos materiales unos con
otros de manera armónica, en paz y, por decirlo así, enca-
jadas en el amor mediante una cohesión de unos con otros,
nadie se atrevería a entrar en esta casa. Pero como contem-
pláis un edificio donde vigas y piedras están sólidamente
trabadas, entráis en confianza y no tenéis miedo de que se
venga abajo" 2 .
La colocación de la piedra angular de una iglesia es
ocasión para celebrar una fiesta, pero no hace sino señalar
el principio de todo un montón de trabajos duros para mu-
cha gente, para que la iglesia pueda adquirir su estructura
externa y su calor íntimo y familiar. Ot ro tanto puede
decirse de las personas que ingresan en la vida religiosa o
que se reúnen para formar una nueva agrupación comunita-
ria. Es algo que ocurre cuando alguien entra a formar parte
de la comunidad o se le traslada. Hay por delante todo un
cúmulo de esfuerzos incalculables, de muchas dificultades,
de múltiples desencantos antes que el religioso aprenda el
modo de formar una auténtica comunidad de amor en el
2
Sermón 336,1-2.
156
Señor, antes de ser capaz de alcanzar esa unión con Dios a
través de sus hermanos y hermanas, que es lo que constituye
el objetivo último que propone Agustín a quienes quieren
seguir su ideal religioso.
Muchos ingresan en la vida religiosa con expectativas
poco realistas. (Es muy posible que nosotros mismos haya-
mos tenido expectativas de este tipo en fechas más o menos
lejanas de nuestro pasado.) No son conscientes de sus propias
limitaciones ni de las limitaciones de los demás. Con fre-
cuencia buscan la perfección y no pueden hallarla. Parecen
haber olvidado que la vida religiosa es formalmente "v ida"
integrada por seres humanos, no por ángeles. Con frecuen-
cia no están preparados para las decepciones con que inelu-
diblemente se toparán al no ver sus ideales realizados de
modo inmediato. En síntesis, no acaban de constatar que la
construcción de la comunidad y de la propia vocación es un
proceso largo y a veces muy tedioso.
Idea agustiniana de la vida religiosa.
Antes y después
En sus primeros días de cristiano, Agustín quizá tuviera
una idea romántica de la vida religiosa, probablemente de-
bido a que era un mero espectador desde fuera. Hay eviden-
cias de ello, por vía de ejemplo, en algunos párrafos de su
libro Sobre las costumbres de la Iglesia católica. En esta obra
concreta, Agustín hace una referencia casi exclusiva a lo
positivo de la vida religiosa, hecho que podría llevar a uno
con demasiada facilidad a la creencia, totalmente falsa, de
que la vida religiosa es una especie de paraíso en la tierra.
Un breve pasaje de esta obra puede servirnos de ejemplo de
esta mentalidad: "¿Cómo no admirar y recomendar a quie-
nes, despreciando y abandonando los placeres de este mundo
y viviendo juntos en una sociedad auténticamente casta y
santa; viviendo su vida en oraciones, lecturas y estudios, sin
157
asomo de orgullo, ruidos o pendencias, sin los ceños de la
envidia; sino tranquilos, modestos, pacíficos, llevan una vida
de verdadera armonía y consagración a Dios?" 3
Las alabanzas tributadas a los siervos de Dios en este
texto hacen que su vida parezca casi "del otro mundo" ,
muy lejos de las capacidades del común de la gente. Indu-
ciría al lector a pensar que estos religiosos ya habían alcan-
zado una especie de nirvana o estado de perfección. Pero
años más tarde, cuando Agustín emprendió personalmente
la vida religiosa, sus ideas se hicieron muy realistas y equi-
libradas. Vio todo el cúmulo de bienes que entraña este
estilo de vida, pero al mismo tiempo no dudó en subrayar
también la cantidad de cosas que pueden ir mal cuando se
vive este tipo de reto.
Esta visión más realista aparece en primer lugar en la
Regla de Agustín, pero también en otras de sus obras. En
todos estos escritos muestra una visión muy equilibrada, al
insistir sobre muchos elementos positivos de la vida comu-
nitaria, sin ignorar, por lo demás, los aspectos negativos que
a veces pueden encontrarse en el monasterio. Ve la vida
religiosa como un microcosmos de la Iglesia misma, y en la
Iglesia existe siempre una mezcla de trigo y de cizaña entre
los miembros, sean laicos, clérigos o religiosos. "Hermanos
y hermanas, que nadie os engañe. Si no queréis que os
engañen y deseáis amaros unos a otros, tened bien en cuenta
que todos los estados de la vida eclesial tienen sus hipócritas.
Yo no diría que toda persona sea hipócrita, sino que cada
estado de la vida tiene sus hipócritas... Igual que hay buenos
cristianos, los hay malos" 4 . "Cualquier género de vida,
caso de que se recomiende de manera errónea, es decir,
imprudentemente, servirá de cebo a la gente por el mero
hecho de alabarlo. Pero una vez que estas personas que han
venido al monasterio se hallen dentro, verán cosas que nunca
se habían imaginado que hubiera allí. Asqueados del mal,
3
De mor. eccl. cath., I, 31,67.
4
En.in Ps. 99,13; también 132,4; 54,9.
158
desisten del b ien" 5 . "Aunque en mi casa reine el buen
orden, soy hombre y vivo entre hombres, y no osaría decir
que mi casa es mejor que el arca de Noé, donde fue expul-
sado uno de los ocho...; ni mejor que la comunidad de
Cristo el Señor, donde once almas leales aguantaron la
deslealtad de Judas el ladrón... No , pero os digo con toda
sinceridad ante el Señor, nuestro Dios, que es mi testigo...,
que difícilmente me he encontrado con personas mejores
que las que han progresado en el monasterio. Pero a la vez
tampoco las he encontrado peores que las que dentro del
monasterio han perdido su vocación" 6 .
Una investigación pública
Nada mejor que un caso práctico para ilustrar las difi-
cultades con que Agustín se topó en uno de sus propios
monasterios. Este caso fue una prueba severa de su ideal
religioso a los ojos de toda la iglesia local. Lo que podía
haber degenerado en un desastre no fue tal, sino que dejó las
cosas en su sitio, poniendo tanto a la comunidad como al
ideal comunitario en una situación auténticamente lumino-
sa, a pesar de todas las debilidades humanas. En el Sermón
355, que predicó poco antes de la navidad del año 425 —con-
taba por aquel entonces setenta y un años de edad—, vemos
que Agustín estaba muy preocupado por uno de sus sacer-
dotes que había vivido en su compañía, un tal Jenaro, y que
había muerto recientemente tras hacer testamento y dejar
sus últimas voluntades. Este hecho estaba estrictamente
prohibido, porque nadie dentro de su monasterio podía dis-
poner de propiedades o fundos personales. Como resultado
de este hecho, Agustín comunicó al pueblo su intención de
realizar una investigación exhaustiva acerca de cómo vivía
su voto de vida común el resto de los clérigos de su comu-
nidad. Cuando algunas semanas más tarde presentó final-
\v
5
En. in Ps. 99,12.
6
Carta 78,8-9.
159
mente sus conclusiones a la multitud que abarrotaba la igle-
sia, mostró que se hallaba orgulloso con toda justicia: había
constatado que todos sus hermanos eran leales a su "santo
compromiso" de vivir en común sin tener nada propio 7 .
Eran, pues, hombres de confianza y gozaban de crédito para
el ideal que Agustín les había trazado.
U n líder fiable
La investigación tuvo un final feliz. Pero aún nos resta
responder a una pregunta importante: ¿Cómo saltó este
problema al primer plano? ¿Era posible que Jenaro hubiera
vivido durante años con Agustín y su comunidad sin que
ninguno de ellos sospechara de su mal comportamiento? Ese
puede haber sido el caso, en efecto. Sin embargo, es difícil
entender cómo ocurrió si tenemos en cuenta la actitud bá-
sica que guió a Agustín en el trato diario con sus compañe-
ros de religión.
Agustín era muy consciente de esa verdad fundamental
que enseñó a otros: que cada uno de nosotros es un templo
de Dios. Y esto hizo de él una persona muy fiable. Pensaba
asimismo que muchos de sus hermanos eran recelosos por lo
que a su vida privada se refería. Es evidente que consideraba
esta actitud de confianza del todo punto esencial para la
total armonía de la comunidad. Tan esencial como su insis-
tencia, por ejemplo, en el total compartimiento de bienes
en el monasterio. El respeto mutuo que todos los hermanos
debían tener unos con otros tenía una finalidad: excluir de
la vida común todo tipo de alteraciones graves que surgen
invariablemente cuando se permite que eche raíces la sospe-
cha, que crezca y que eventualmente emponzoñe las rela-
ciones fraternas. Esta actitud de respeto y de confianza
reviste especial importancia para quien está a la cabeza de
la comunidad y cuyo cometido principal dentro de la es-
tructura agustiniana no es andar escrutando los secretos de
7
Sermón 356, predicado poco después de la epifanía de 426.
160
los demás, penetrar en sus conciencias, sino proteger y pro-
mover la unidad y armonía de la comunidad. Ya hemos
indicado lo que significaba para Agustín esa unidad y armo-
nía 8 . Su pensamiento en torno a la confianza lo expuso con
toda claridad cuando se dirigió a los fieles con motivo del
caso de Jenaro: "Tengo tan buena opinión de mis hermanos
que me he abstenido de hacerles preguntas, porque me pa-
recía que al andar indagando entre ellos podía dar la impre-
sión de que sospechaba algo malo. Por otra parte, era cons-
ciente, tanto entonces como ahora, de que todos los que han
convivido conmigo están familiarizados con nuestro ideal y
con nuestra regla de v ida" 9 .
Este mismo elemento de confianza aparece en la Regla
cuando habla Agustín del cuidado de los enfermos: "Si la
causa de la enfermedad corporal del hermano no se ve con
claridad, debes aceptar la palabra del siervo de Dios cuando
indica que tiene dolores" l0.
Posidio ofrece otras pinceladas en torno a la confianza
de Agustín en relación con el área delicada de las finanzas:
"Delegaba y confiaba alternativamente en los clérigos más
capaces la administración de todos los bienes de la casa
vinculada a la iglesia. Personalmente no se reservaba ni
llaves ni sello. Los encargados registraban todas las entradas
y salidas. A finales de año se le entregaba el balance de
modo que pudiera estar al tanto de las cantidades recibi-
das, de las distribuidas y del remanente que quedaba para su
ulterior distribución. Pero en muchas transacciones, más
que verificar personalmente los documentos, lo dejaba todo
en manos del administrador" " .
Agustín estaba incluso dispuesto a aplicar esta misma
actitud de confianza frente a los aspirantes a ingresar en el
monasterio, hecho que constituye un ejemplo más de su
extraordinaria apertura y comprensión de la psicología hu-
8
Véase nota 1.
" Sermón 355,2.
10
Regla, n. 35 (ce. 5.6), donde el individuo se integra a la observancia normal
una vez recuperada suficientemente su salud.
ii POSIDIO, 24,1.
161
mana. Déjales que se prueben a sí mismos, le dice a un
superior hipotético, subrayando las dificultades que entraña
juzgar a los demás sin tener experiencia personal de ellos.
"¿Cómo vas a conocer a quien tratas de excluir del monas-
terio? Si quieres averiguar su falta de aptitud, somételo a
prueba, y esto tienes que hacerlo dentro del monasterio.. .
¿Tratas de rechazar a todos los que no son aptos? Eso es lo
que dices... ¿Crees que van a presentarse ante ti con el
corazón en la mano? Algunos postulantes ni siquiera se
conocen a sí mismos. ¿Es que les vas a conocer tú mejor?
Muchos se han prometido responder generosamente a la
santidad de esa vida que posee todas las cosas en común,
donde nadie reivindica nada como propio y todos tienen un
solo corazón y un alma sola dirigidos hacia Dios. Los han
puesto en el disparadero y se han der rumbado" n.
Estos contados ejemplos nos hacen ver con suficiente
claridad que Agustín observó una actitud de confianza fun-
damental con los que convivían con él. Al mismo tiempo,
sin embargo, era muy exigente con ellos. Esperaba de ellos
una actitud muy madura frente a su compromiso de vivir en
común de manera armónica en una búsqueda común de
Dios. Esta madurez y sentido de responsabilidad están en el
núcleo de su Regla, que es una intimación continua a todos
y cada uno a ser sinceros consigo mismos y con la comuni-
dad, como quienes han dejado ser esclavos y ya viven en
libertad bajo la gracia.
¡Suspicacias, no! ¡Responsabilidad, sí!
De todos modos, no hay que confundir una naturaleza
suspicaz con la actitud de "dejar hacer" a los que viven en
comunidad. Ante signos claros de deficiencias, de actos o de
actitudes erróneas que torpedean a la comunidad o ponen
en peligro la vocación del individuo, uno tiene que actuar
12
En. m Ps. 99,11; véase también De op. mon. 25,25; Carta 31,7.
162
de la misma manera con que actuó Agustín. Él nunca hizo
la vistagorda ante desórdenes evidentes. Posidio, por ejem-
plo, nos cuenta con qué energía actuaba Agustín cuando
algunos colegas en el episcopado, invitados a su mesa, co-
menzaban a hablar sobre algunos hermanos ausentes. De
manera inmediata mostró su repulsa y les afeó la acción con
dureza l3. ¿Por qué reaccionaba con tanta fogosidad y acri-
tud? Porque la ofensa era grosera e iba contra los principios
más fundamentales de la vida comunitaria.
Con todo, la mayoría de las correcciones no son de esta
naturaleza. Probablemente la mayoría de las situaciones de
la vida comunitaria exigen un método totalmente distinto,
uno que trate de proteger el buen nombre del individuo
cuando el asunto no ha trascendido hasta alcanzar el punto
del escándalo público 14. Es, por tanto, un asunto confiden-
cial y hay que evitar suspicacias indebidas. Ot ro tema bas-
tante distinto es interesarse por la buena salud de la comu-
nidad —es decir, de los individuos que la integran—, de
modo que se tome la resolución oportuna cuando se consi-
dere necesario. Los superiores que dejan que las cosas se
deterioren hasta el punto de que toda cura resulte inútil o
prácticamente imposible son mucho más dañinos para la
comunidad que aquellos que, sin base suficiente, adoptan
una actitud de suspicacia frente a sus religiosos. Pero lo que
tiene validez hablando de los superiores vale también para
cada uno de los miembros de la comunidad. Las personas
que andan de la ceca a la meca "buscando ja leos" no con-
tribuyen en nada a la unidad y armonía de la comunidad.
Son peores que aquellos que no quieren comprometerse en
el hecho actual y concreto de la construcción de la comu-
nidad. La confianza y el respeto mutuos, que nacen del
interés y del amor mutuos y que se demuestran de modo
práctico, son esenciales para la unidad y la armonía de la
comunidad.
Aunque se pueden cometer errores en la admisión de
13
POSIDIO, 22,6-7.
14
Regla, nn. 26-29.45 (ce. 4, 8-11; 7,2).
163
algunas personas en la vida religiosa, de las que con poste-
rioridad se puede constatar que no tenían vocación verda-
dera o que vuelven la mirada atrás de la vocación que un día
acogieron, Agustín creyó, a pesar de todo, que "nuestra santa
fraternidad no se ve perjudicada por quienes profesan ser lo que no
son"i5. A éstos, dice, "no se les puede echar afuera sin haberlos
aguantado con anterioridad",6. De nuevo aparece aquí la idea
de Agustín de que servimos, honramos y adoramos a Dios
en y a través de nuestros compañeros de religión llevando
unos las cargas de los otros. Tal como Agustín lo ve, tene-
mos que aguantar las molestias de los problemas que causan
algunos religiosos incompetentes o hipócritas en bien de los
muchos que son buenos. Por nuestra perseverancia gozosa
en este intento contribuimos al sostenimiento de la vocación
de muchos otros —una amplia mayoría— que tratan de
llevar una vida religiosa santa 17.
Siguiendo esta línea, y tal como Agustín apunta en otros
lugares, Jesús no vino a salvarnos cuando estábamos libres
de pecado, sino precisamente porque estábamos agobiados
por su peso. Por otra parte, Jesús no vino para que siguié-
ramos siendo pecadores, sino para que pudiéramos madurar
y llegar a ser lo que no éramos todavía 18. Básicamente, ésa
debe ser nuestra actitud en la vida religiosa. Tenemos que
pedirle a Dios el don de amarnos unos a otros como Jesús
nos amó. Porque, con toda franqueza, sólo nos amaremos
unos a otros cuando amemos a Dios en el otro, "sea porque
Dios vive en esa persona ya, sea porque Dios puede venir a vivir en
ella..."19 De todos modos, esta actitud de amor y de con-
fianza básica no nos dispensa de afirmar nuestros pasos para
salvaguardar la unidad y la armonía de la comunidad, habida
cuenta de que ya han fracasado repetidamente otros ensayos
más atemperados. "Esto no se hace por crueldad —escribe Agus-
15
En. in Ps. 132,4; también 75,16; Sermón 355,4,6.
16
En. in. Ps. 99,12.
" Ib.
18
AGUSTÍN, Coment. a í Jn. 8,10.
19
Sermón 361,1-2.
164
tín—, sino por un sentido de compasión, para que otros muchos no
se pierdan por el mal ejemplo de uno o de otro"20.
Profundizar en el respeto y en la sensibilidad
De estas reflexiones pueden sacarse algunas consecuen-
cias práctica para la vida de comunidad. Dado que somos el
resultado de una era que se ha caracterizado a menudo por
la desconfianza y la carencia de fiabilidad, estamos llamados
a adquirir un respeto más profundo de unos a otros en
cuanto personas, hijos e hijas de Dios, con una llamada
común. Este respeto por los demás dimanará, ante todo, del
respeto que tenemos por nosotros mismos, es decir, del
hecho de comprender quiénes somos y de lo que Dios trata
de hacer en, a través y en favor nuestro. Este extremo debe
llevarnos a apreciar mejor cómo trabaja y actúa Dios en los
demás con idéntico objetivo, a pesar del obstáculo inevitable
que nuestra naturaleza humana común pone ante su gracia.
Diciéndolo sin tapujos, significa que nos debemos dejar
llevar por una mejor sensibilidad frente a los otros; frente a
sus necesidades, esperanzas y angustias; ante su soledad y
ante los momentos de alegría. Hemos de prestar oído a sus
deseos y tratar de comprenderlos. No podemos acompañar-
los físicamente en la oración, en el trabajo y el recreo
mientras nos mantengamos apartados de sUs sentimientos e
intereses. Sin embargo, para conseguir esto muchos tendrán
que aprender a curar las heridas del pasado, que impiden su
madurez personal y su cambio a mejor. Todos tenemos que
aprender de nuevo a escucharnos unos a otros en el nuevo
ambiente que se ha creado en la totalidad de la vida religiosa
a partir del Vaticano II y de la renovación de nuestras
Constituciones.
Bien poca unidad hay en una pila de ladrillos puestos o
amontonados sin más; sin embargo, hay contacto entre unos
y otros. Pero la unidad sólo surge cuando están trabados
20
Regla, nn. 27, 42 (ce. 4,9.6,2).
165
unos con otros de manera racional y estable. Este ejemplo
tiene validez hablando de las comunidades religiosas. Tene-
mos que darles consistencia y sentido por medio de una
trabazón firme por el amor, la confianza, el interés y el
apoyo; los más rápidos deben ser conscientes de que están
llamados a animar a los demás a permanecer en la carrera,
compitiendo por mantenerse a la cabeza; los que están mejor
dotados pueden contribuir quizá de manera efectiva y en
mayor proporción a la construcción de la comunidad, pero
sin dejar nunca a sus compañeros de religión en la sombra.
Agustín nos ofrece algunas cautelas sobre temas prácticos
en torno a este esfuerzos que supone un ejemplo, un reto y
una palabra de ánimo. "Sabemos que caminamos juntos. Si
nuestro paso es lento, poneos a la cabeza del pelotón. No os
vamos a envidiar; al contrario, trataremos de alcanzaros.
Pero si nos consideráis capaces de correr más rápido, corred
con nosotros. Sólo hay una meta y estamos con ganas de
alcanzarla, unos despacio, otros más apr isa" 2 1 . "Si unos
tienen una capacidad de comprensión más rápida que otros,
que piensen que a lo largo del camino se encuentran con
otros más lentos. Cuando dos compañeros emprenden el
mismo camino, en manos del más veloz está el permitir que
le alcance el más lento, no viceversa. De hecho, si el más
veloz corre con toda la velocidad de que es capaz, su cama-
rada no conseguirá seguir sus pasos. Por eso es necesario
que el que es más rápido atempere su marcha de modo que
su compañero más lento no acabe por abandonar" 2 2 .
Estas páginas nos recuerdan el pasaje de san Pablo donde
dice que todos tenemos diferentes dones de acuerdo con la
gracia especial que se nos ha dado a cada uno, pero que
todos esos dones están al servicio de la comunidad2 3 . Repe-
tidamente Agustín puntualiza que nuestro compromisocon
Dios tiene que realizarse en términos prácticos mediante el
compromiso de unos con otros. Incluso los campeones de
21
Sermo de Cántico Novo 4,4.
22
En. in Ps. 90; Sermón 2.1.
23
Rom 21,6; ICor 12,7.
166
velocidad y de fuerza tienen sus momentos de duda y de
debilidad. Todos necesitamos apoyarnos mutuamente vien-
do la vocación a la que hemos sido llamados. Todos necesi-
tamos llevar mutuamente nuestras cargas si vamos a formar
una comunidad real. Y cuando hacemos esto con amor, con
ese respeto y confianza que dimana del reconocimiento de
la presencia de Dios en nuestros hermanos y hermanas,
entonces, y a pesar de todas las dificultades, florecerán la
unidad y la armonía, que constituyen el sagrado compromiso
de la comunidad en su camino hacia Dios. Entonces es
cuando tendremos constancia de esa paz interior que sólo
Dios puede garantizar a los que le aman en sus peque-
ñuelos2 4 .
24
De civ. Da 19,13.
167
índice
Pág.
Introducción 5
1. Vida comunitaria: La experiencia agustiniana. 9
Ideal religioso de Agustín 11
Orígenes de la Regla de san Agustín 12
Unidad en el amor a través de la comunidad .... 14
Compart i r e interesarse según la "Reg la" 15
El puesto central de la vida comunitaria 18
Resumen 21
2. Ponedlo todo en común 23
Compart i r con la comunidad 24
Recibir de acuerdo con las necesidades de cada
cual 27
Vivir como los pobres en Espíritu 28
Servir a los necesitados 30
3. Verdaderos amigos en Cristo 39
Innovaciones de un capítulo general 40
Fuera temores ante la amistad 41
Concepto agustiniano de amistad 43
Vivir en unidad y armonía es vivir como her-
manos 50
Aplicación de las ideas de Agustín a la vida
religiosa de hoy 52
Desterrar la soledad 53
169
4. Buscar a Dios: Contemplación y vida interior. 55
A la búsqueda del amor 55
Buscar con empeño 57
Retorno a la interioridad 58
Jesús, camino y meta 60
La búsqueda tiene sus exigencias 61
El amor fraterno conduce a Dios 62
Buscar y compartir 64
La búsqueda no acaba nunca 66
El apostolado de los contemplativos 68
Resumen 69
5. Signo de contradicción 73
Un conflicto del corazón 74
Visión agustiniana de la castidad a la luz de
la fe 76
La castidad consagrada debe llevar al amor 80
¡Qué descansada vida con el voto de castidad!. 82
El orgullo, precursor de la caída 84
Llamada a la generosidad 85
6. El cristianismo comprometido y la cruz 89
El cristiano mira a la cruz 91
El camino hacia la libertad interior 93
Una visión agustiniana de la cruz 94
Siguiendo el ejemplo de Cristo 96
La penitencia debe llevar al amor 98
Sugerencias a los religiosos sobre llevar la cruz. 100
Resumen 103
7. Revestios de la humildad 105
El orgullo, un pecado capital 106
Encuentro de Agustín con el orgullo 107
Un corazón humilde atrae a Dios 108
El corazón de la humildad 110
Orgullo y humildad en el monasterio 111
Algunas conclusiones prácticas 112
Un corazón que finge ignorancia 115
Combatir el buen combate 117
8. Como quienes viven en libertad bajo la gracia. 119
Amor, no temor 119
Fallos del pasado y del presente 121
Autoridad evangélica 123
Obediencia evangélica 130
Llevar unos las cargas de los otros 137
9. Amad a Dios, amad a la Iglesia 139
Los religiosos en la Iglesia 140
Principios básicos de orientación del religioso
en la Iglesia 144
Unidos en el amor en una verdadera Iglesia
católica 147
Honra a tu padre, honra a tu madre 149
Algunas conclusiones breves 150
Una visión más amplia de la Iglesia 152
10. Hacer comunidad mediante la confianza y el
amor mutuos 155
Idea agustiniana de la vida religiosa. Antes y
después 157
Una investigación pública 159
Un líder fiable 160
¡Suspicacias, no! ¡Responsabilidad, sí! 162
Profundizar en el respeto y en la sensibilidad. 165