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SI AGUSTÍN 
VIVIERA 
EL IDEAL RELIGIOSO DE SAN AGUSTÍN HOY 
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TESTIGOÍ 
EDICIONEÍ 
THEODORE TACK, OSA 
SI AGUSTÍN VIVIERA 
El ideal religioso de san Agustín hoy 
2.a edición 
EDICIONES PAULINAS 
© SAN PABLO 1990 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid) 
© Alba House - New York 1988 
Título original: IfAugustine Were Alive 
Traducido por José Cosgaya, OSA 
Fotocomposición: Marasán, S. A. San Enrique, 4. 28020 Madrid 
Impreso en Artes Gráficas Gar.Vi. 28970 Humanes (Madrid) 
ISBN: 84-285-1333-3 
Depósito legal: M. 36.762-1993 
Impreso en España. Printed in Spain 
Introducción 
AN AGUSTÍN fue, sin duda alguna, una personalidad de gran 
relevancia. Han transcurrido dieciséis siglos desde la fecha de 
su nacimiento, el año 354 d.C, y de su conversión a la fe católica, 
el año 386. Aunque gozaba de amplia notoriedad en la Iglesia de su 
época, se le conoce aún mejor y se le lee con mayor profundidad y 
despliegue en nuestros días. Personas hubo que, cuando él era obispo 
en el norte de África, discrepaban de sus opiniones —Pelagio, por 
ejemplo, fue uno de sus mayores adversarios intelectuales—, y han 
seguido existiendo personalidades discrepantes con diversos aspectos de 
su enseñanza en los siglos posteriores, incluyendo el nuestro. Pero la 
Iglesia en su globalidad ha concedido gran crédito a este hombre 
brillante, profundo y de gran prestigio personal. Y este fenómeno tuvo 
lugar en vida de Agustín y lo ha seguido teniendo a lo largo de los 
siglos. 
Resulta un hecho incuestionable que su influjo se ha dejado sentir 
con mayor intensidad ahora que en tiempos pasados. No hay sino 
pensar en la cantidad de citas, tanto implícitas como explícitas, que los 
padres conciliares tomaron de él en el Vaticano II para calibrar el 
alcance del hecho. En la actualidad sigue siendo uno de los autores a 
nivel mundial sobre el que existe más bibliografía. Por lo que respecta 
a las últimas décadas, se han publicado en torno a él cientos y cientos 
de artículos y libros tanto en torno a su personalidad como a sus obras. 
Circunscribiéndonos a uno de sus libros, las Confesiones, hay que 
subrayar que se han traducido a casi todas las lenguas modernas del 
mundo y sigue gozando de amplia difusión. En muchos aspectos se le 
puede considerar como un best-seller, probablemente el éxito editorial 
más importante después de la Biblia. 
s 
5 
¿ Qué decir de este hombre que vivió hace tantísimo tiempo y cuyo 
poder de convocatoria ha llegado hasta la gente de nuestra época? Su 
genio teológico y filosófico no es cuestionable, es cierto. Pero me 
gustaría poner de relieve de que su convocatoria llega a mucha gente 
de hoy precisamente por haber sido tan profundamente humano, en el 
mejor sentido de la palabra. Él nos proporciona métodos de introspec-
ción psicológicamente válidos; su odisea personal es idéntica a la de 
muchos de nosotros; su sed de Dios y las dificultades que experimentó 
en la búsqueda de Dios y en mantener lo conquistado son una marcada 
referencia a una necesidad humana básica. Más aún: los problemas 
que fue planteándose en la vida diaria son muy similares a los proble-
mas a los que tenemos que hacer cara nosotros. Vivimos unos tiempos 
bastante análogos en cuanto a cataclismos sociales. Un profundo 
cambio flotaba en el aire a comienzos del siglo V. Nadie tenía 
conciencia de lo que traía consigo, ni del rumbo que tomaría, ni de su 
desenlace final. Por otra parte, él puso al desnudo su alma, su inte-
ligencia, sus sentimientos y su herencia cristiana de tal modo que las 
personas que son honestas consigo mismas pueden hallar todavía en 
Agustín una especie de reflejo de su propia vida íntima y de sus luchas 
personales. 
También Agustín había realizado un profundo buceo en la vida 
cristiana misma, y todo aquello que subrayaba ante el pueblo, en 
especial a los cristianos consagrados, constituye la idea nuclear que 
muchas de las familias religiosas tienden a acentuar actualmente. 
Agustín promovió de una manera vigorosa un profundo sentido de la 
comunidad cristiana, una búsqueda común de Dios y de la alabanza 
divina, una amistad auténtica y un respeto verdadero hacia el indivi-
duo, aunque éste viva en comunidad. Estimuló a otros a profundizar 
en la vida interior y a emprender una búsqueda incesante de la sabiduría 
y de la verdad. Personalmente partía de la convicción de que hallarían 
a Dios precisamente a través de esta búsqueda. Y, sobre todo, lo que 
él ansiaba era que encontraran y sirvieran a Cristo unos en otros 
mediante un servicio y amor mutuos, prácticos y totales. Cualquier 
tipo de liderato dentro de la Iglesia tenía que basarse más en el amor 
que en el temor. En todo esto subrayó la dignidad y el valor intrínseco 
de la persona humana en un entorno social, tema que constituye objeta 
constante de violación en nuestra época. 
6 
Los capítulos de este libro se centran precisamente en estos y otros 
puntos similares y, aunque van dirigidos principalmente a los cristianos 
que se han consagrado, dentro de la vida comunitaria, al servicio de los 
demás, tanto en el apostolado activo como en el contemplativo, creo 
que pueden prestar un buen servicio a todos los cristianos que tratan 
de acercarse más al Señor. En realidad, muchos de los ejemplos que he 
tomado de Agustín iban originariamente dirigidos a la totalidad del 
pueblo cuando se dirigía a él en lenguaje muy familiar dentro de su 
iglesia catedral. 
El papa Pablo VI fue gran admirador de san Agustín. En una de 
sus audiencias generales en Roma contó que había intentado leer al 
menos una página diaria de san Agustín. En otra ocasión recalcó que, 
si Agustín viviera hoy, se expresaría de idéntico modo a como lo hizo 
hace mil seiscientos años, porque personifica una humanidad que cree 
y ama a Cristo y a Dios (3 de noviembre de 1973). Este pensamiento 
ha dado título al presente libro. 
La admiración del papa actual por Agustín no es menos evidente. 
Juan Pablo II cita a san Agustín a lo largo y alo ancho de sus escritos 
y homilías. Más aún: con ocasión del XVI centenario de la conversión 
de san Agustín (1986), publicó una extensa carta apostólica en que 
expresa también lo que Agustín tiene que decirnos a los hombres de 
hoy. 
En los capítulos de este libro he citado con frecuencia a Agustín 
precisamente porque también yo creo que tiene mucho que decir a la 
generación actual. Tengo, por lo demás, muy constatado que éste es 
el sistema que han apreciado una amplia mayoría de ejercitantes a los 
que originariamente he brindado estas reflexiones durante los últimos 
cuatros años como parte de un programa de retiros. Su entusiasmo por 
Agustín y el ánimo que me han infundido me ha llevado actualmente 
a ofrecer estas ideas a una audiencia más copiosa. 
Al traducir el pensamiento de Agustín al inglés moderno he 
tratado de emplear, dentro de lo posible, un lenguaje universal. A 
veces, no obstante, este tipo de traducción no ha logrado acomodarse 
a las circunstancias en que Agustín se dirigía a grupos específicos de 
hombres o mujeres. Aunque de la Regla de Agustín hay dos versio-
nes, una masculina y otra femenina, por razones de nexo y de 
conveniencia he empleado únicamente la versión masculina. La forma 
1 
femenina es exactamente la misma, excepción hecha de los cambios 
pertinentes en base al uso de las formas pronominales. 
En la conclusión de la Regla, Agustín dice a sus lectores que 
tiene la esperanza de que les sirva de espejo en que puedan mirarse. 
Yo no pretendo tanto, pero tengo la esperanza de que estas reflexiones 
sirvan de estímulos y sean un reto para todos los que desean unirse 
más íntimamente a Cristo. 
8 
1. Vida comunitaria 
La experiencia agustiniana 
DESDE SUS PRIMEROS días Agustín soñaba con sus amigos, se sentía tonificado y se hallaba a sus anchascon ellos. También éstos sentían un gran atractivo por su 
persona debido a su fuerte personalidad, realmente cálida y 
fascinante '. A la luz de esto no resulta difícil comprender 
cómo, incluso con anterioridad a su conversión, Agustín 
proyectó con sus amigos la formación de una especie de 
comunidad entre ellos. Quizá el proyecto que acariciaban 
podría denominarse una comunidad "filosófica"; es decir, 
una comunidad entregada a la búsqueda de la sabiduría a 
través de la reflexión individual y de la puesta de todos los 
bienes en común. Se trataba de llevar a efecto una comuni-
dad real. Según nos cuenta Agustín mismo, se trataba de 
adoptar una separación de las masas, de establecer un fondo 
común de todas las posesiones y, partiendo de este punto, 
compartir las responsabilidades de modo que la mayoría 
quedara libre de toda preocupación personal de los bienes 
materiales. El proyecto se vino abajo, como era de suponer, 
cuando cayeron en la cuenta de que sus mujeres no estarían 
de acuerdo con el plan2 . 
1
 Véase Confesiones 4,4,7. Mientras no conste lo contrario, todas las citas de las 
Confesiones de san Agustín están tomadas de la versión de John K. Ryan, Carden 
City, Image Books, Nueva York 1960. Esta idea puede verse con más detenimiento 
más adelante, en el c. 3, "Verdaderos amigos en Cristo". 
2
 Ib, 6,14,24. 
9 
Lo que en todo este asunto resulta más interesante es 
que Agustín no tenía ni la más remota idea de la vida 
monástica que por entonces ya existía en la Iglesia. Tanto 
para él como para su íntimo amigo Alipio fue una revelación 
y una fuente de sorpresas lo que Ponticiano, su amigo y 
compatriota de África, les contó sobre un monje egipcio 
llamado Antonio; lo que les relató acerca de algunos mo-
nasterios que florecían en el yermo, y concretamente sobre 
un monasterio que se encontraba precisamente en Milán, 
donde Agustín vivía por aquellas fechas3 . Ponticiano y su 
relato impactaron profundamente a Agustín. Realmente este 
relato significó un cambio en su vida, si bien es cierto que 
ya había ido madurando un proyecto así desde hacía años. 
Se sintió tan impresionado con las palabras de Ponticia-
no, que, tras despedir a su invitado, irrumpió en el jardín de 
la casa de campo donde él y Alipio se alojaban para encon-
trarse a solas consigo mismo. Después de sufrir allí las con-
gojas de sentirse interiormente roto por dos sectores de sí 
mismo que litigaban entre sí, finalmente prevaleció la gracia 
de Dios y se sintió capaz de retornar con todo su corazón al 
Señor4 . Esto ocurría a primeros de agosto del 386. Aproxi-
madamente durante los seis meses siguientes que precedie-
ron a su bautismo, Agustín vivió una especie de experien-
cia comunitaria en Casiciaco, pequeña casa de campo a unas 
30 millas al norte de Milán. Aunque en esta comunidad se 
hallaba integrado un sector de su familia —su madre, Mó-
nica; su hijo Adeodato, su buen amigo Alipio, otros va-
rios parientes, amigos y estudiantes—, quizá podamos ha-
blar de ella como de la primera comunidad agustiana 
verdadera 5 . 
3
 Ib, 8,6,14. 
4
 Ib, 8,8-12. 
5
 Ib, 9,4-6. 
10 
Ideal rel igioso de Agustín 
Tras la muerte inesperada de Mónica a comienzos del 
otoño del 387 en el puerto de Ostia, Agustín se demoró en 
los alrededores de Roma un año bien cumplido. Durante 
este tiempo visitó diversas comunidades religiosas en Roma 
y sus proximidades, recabando más y más informes sobre 
otros monasterios "que funcionaban en otras partes 6 . Proba-
blemente durante este lapso de tiempo es cuando en su 
mente llegó a madurar la idea sobre el tipo de comunidad 
religiosa que proyectaba tanto para él como para sus amigos 
cuando retornaran a África. 
Posidio, buen amigo de Agustín, colega de obispado y su 
principal y primer biógrafo, nos cuenta que Agustín fundó 
de hecho esa primera comunidad religiosa en su ciudad 
natal de Tagaste (hoy Souk Ahras, Argelia), lo más probable 
en otoño del año 388, poco después de su vuelta a África 
desde Roma. En ese emplazamiento, junto con algunos ami-
gos y conciudadanos, todos laicos como él, hizo vida de 
comunidad, ayunando, orando, haciendo buenas obras y me-
ditando continuamente la palabra de Dios 7 . Es poco más lo 
que sabemos en torno a esta primera comunidad religiosa 
agustiniana. La situación continuó aproximadamente du-
rante tres años, hasta que, a finales del 391, Agustín fue 
ordenado presbítero y fundó su segundo monasterio, esta 
vez en la ciudad portuaria de Hipona (hoy Annaba, Arge-
lia), al lado de la iglesia, en un jardín que le regaló su obispo 
Valerio. Posidio subraya que el estilo de vida de esta nueva 
comunidad agustiniana estaba modelado según la comunidad 
cristiana de la Iglesia naciente en tiempo de los apóstoles8 , 
6
 De morihus Ecclesiae Catholicae I, 31-33 (en adelante la citaremos De mor. eccl. 
cath.). 
1
 POSIDIO, Vida de Agustín 3,1. En adelante la referencia será "Posidio". Una 
versión inglesa de su Vida puede encontrarse en E. A. FORAN, OSA, The Augusti-
nians, Burns Oates and Washbourne, Londres 1938. Las citas de este libro son 
traducción del autor. 
8
 Es decir, la comunidad de Jerusalén: cf He 4,32-35. (Las citas bíblicas están 
tomadas de la New American Bible, 1970 y 1986, de la Confraternidad de la Doctrina 
Cristiana, Washington, D.C.). 
11 
pero continúa diciendo que esto no constituía novedad al-
guna, porque Agustín ya había establecido este estilo apos-
tólico de vida en su primer monasterio de Tagaste "cuando 
retornamos a nuestra patria surcando los mare s " 9 . 
Orígenes de la " R e g l a " de san Agust ín 
Aunque no todos los estudiosos están de acuerdo, hay 
una corriente de opinión muy consistente que sostiene que 
la Regla l0 de San Agustín a sus religiosos fue redactada en 
torno a los años 396-397, probablemente con ocasión de la 
entronización de san Agustín como obispo de Hipona tras la 
muerte de Valerio. Por esta época decidió abandonar su 
primera fundación de Hipona y fundar un monasterio para 
clérigos que vivieran con él en su residencia episcopal. El 
porqué del abandono de este primer monasterio de Hipona 
nos lo explica personalmente Agustín: no sería indicado 
para el obispo vivir en él, subraya, porque se vería precisado 
a recibir a la gente a todas las horas del día, y su deseo era 
que no sufriera menoscabo la paz y el sosiego de los herma-
nos con tantas idas y venidas " . 
El anhelo de Agustín por seguir el ideal de la comunidad 
primera de Jerusalén se ve puesto claramente de relieve en 
esa regla de vida redactada para sus seguidores. También es 
interesante observar que treinta años más tarde, a sus se-
tenta y dos años, Agustín confirmó de una manera solem-
ne, en su iglesia catedral que este mismo ideal fue el modelo 
aceptado por él tanto para su persona como para los herma-
nos que vivían en su compañía. Con tal motivo hizo que el 
diácono Lázaro leyera el pasaje de los Hechos de los Após-
toles (4,31-35) que describe la primera comunidad cristiana: 
9
 POS1DIO, 5,1; cf Sermón 355,2. 
10
 The Rule of saint Augustine, con introducción y comentario de T. J. van Ba-
vel, OSA, trad. de R. Canning, OSA, Darton, Longman and Todd, Londres 
1984, 3-4. 
11
 Sermón 355,2. 
12 
"Retembló el lugar donde estaban reunidos, los llenó a 
todos el Espíritu Santo y anunciaban con valentía el mensaje 
de Dios. En el grupo de los creyentes todos pensaban y 
sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie consi-
deraba suyo nada de lo que tenía. Los apóstoles daban tes-
timonio de la resurrección del Señor Jesús con mucha efica-
cia. Todos ellos eran muy bien mirados, porque entre ellos 
ninguno pasaba necesidad, ya que los que poseían tierra o 
casas las vendían, llevaban el dinero y lo ponían a disposi-
ción de los apóstoles; luego se distribuía según lo que nece-
sitaba cada uno" . 
Actoseguido, Agustín recibió las Escrituras del diácono, 
volvió a leer en voz alta el mismo pasaje y lo comentó al 
pueblo que abarrotaba la iglesia: "Acabáis de escuchar cuál es 
el objeto de nuestras aspiraciones. Orad para que seamos capaces de 
vivir este estilo de vida" n. 
El objetivo principal de la Regla de san Agustín es muy 
sencillo: tanto los hermanos como las hermanas han de vivir 
en su respectiva casa religiosa de manera armoniosa, y ser 
un alma sola y un solo corazón orientados hacia Dios 13. La 
única gran exigencia, pues, que se hace a todos cuantos se 
integran en este estilo de vida religiosa es que traten conti-
nuamente de formar una comunidad donde todo esté clara-
mente dirigido hacia Dios y donde se haga hincapié en la 
unidad y concordia. En pocas palabras, en la Regla todo 
apunta a la formación de una comunidad de fe y de amor. 
Una de las características más llamativas de esta co-
munidad es que hay que buscar, encontrar y poseer a Dios 
en y a través del amor e interés mutuo de los herma-
nos/hermanas, del amor y a través del amor de unos por 
otros. Este auténtico amor e interés, esta unanimidad y 
concordia, constituye una reverencia real de Dios en el 
12
 Sermón 356,2. 
13
 Regla de san Agustín, n. 3 (c. 1,2). A menos que se determine lo contrario, 
todas las citas de la Regla están tomadas de la traducción de Robert P. Russell, 
OSA, Villanova, PA, Provincia de Santo Tomás, 1976. El P. Russell emplea una 
numeración continua de la Regla. (La referencia que va entre paréntesis se refiere 
a la versión de Van Bavel.) 
13 
compañero religioso que cada cual tiene a su lado: cada uno 
de ellos reconoce que los otros son templos de Dios tanto 
como lo es él mismo y, consiguientemente, todos ellos juntos 
constituyen el único templo del Señor 14. Agustín ve esta 
unidad de su culminación religiosa en su unidad con Cristo: 
"No son muchas almas, sino una sola: el alma única de Cristo"15. 
Un agustinólogo ha llegado incluso más lejos. Ha llegado a 
decir que la vida de comunidad tal como la interpreta Agus-
tín constituye en sí misma la "adoración primaria de Dios" 
que le brinda la persona 16. Desde este punto de vista puede 
dar la impresión de que el amor y servicio mutuos de unos 
a otros adquiere un aspecto cuasilitúrgico, una honra pública 
de Dios, presente en la persona del otro. Esta simple idea da 
una nueva y auténtica dimensión profunda a la vida comu-
nitaria, dimensión que podría transformar muchas comuni-
dades e incluso las vidas de cuantos viven juntos, si se le 
diera una mejor interpretación o se pusiera en ella un énfasis 
más rotundo. 
Unidad en el amor a través de la comunidad 
Si en el texto original latino de la Regla buscas la pala-
bra "comunidad", explícitamente sólo la hallarás una sola 
vez 17. Sin embargo, el concepto de comunidad penetra cada 
uno de los aspectos de esa Regla. Todos y cada uno de los 
detalles van dirigidos al otro, encaminados a hacer posible 
lo que Agustín ha establecido como primer objetivo que 
hay que poner en práctica en la vida religiosa. Muchas de 
las situaciones que Agustín describe y muchos de los conse-
14
 Ib, n. 9 (c. 1,8); véase también En. in Ps. 131,5. 
15
 Carta 243,4. 
16
 TARCISIUS VAN BAVEL, OSA, Community Life in Augustine, en "The Tagas-
tan" (actualmente conocida como "Augustinian Heritage") 29 (1983), n. 2, 124. 
Véase asimismo el Código de Derecho Canónico, 607,1, donde se acentúa la 
consagración personal. La existencia total del religioso es, de este modo, un acto 
continuo de adoración a Dios en la caridad. 
17
 Véase Regla, n. 8 (c. 1,7). 
14 
jos que da en este librito van encaminados hacia esta meta 
primordial. A Dios se le ama y se le honra de verdad a 
través del servicio religioso concreto que nos hacemos unos 
a otros. Estos pequeños detalles de la vida, y en especial la 
actitud interior que los acompaña, son precisamente lo que 
aspira a hacer que muchos sean uno, al igual que el Padre y 
Jesús son uno 18. 
Más aún: el principio básico de la unidad que subyace en 
todos estos detalles y que unifica todas las facetas de la 
comunidad agustiniana no es otro que el amor. El mismo 
Agustín declara que el religioso progresará en el amor en la 
medida en que muestre mayor interés por las cosas comunes 
que por las propias1 9 . Esta misma insistencia en el amor 
fraterno como medida de progreso encaja a la perfección 
con las experiencias tremendas de Agustín ante la descrip-
ción que el Señor hace del juicio final. En este juicio se 
contempla que la felicidad eterna de los bienaventurados 
depende de amor que hayan mostrado hacia sus hermanos y 
hermanas necesitados, servicio que, por un lado, se caracte-
riza por la abnegación real y, por otro, se observa en la 
auténtica estima de quienes son los pequeñuelos de Dios. La 
pregunta que surge aquí totalmente natural es ésta: ¿No hay 
que citar especialmente entre estos bienaventurados a quie-
nes lo han abandonado todo para abrazar la vida religiosa, 
por su total abnegación en el servicio y por la estima que les 
han merecido los demás, comenzando por sus hermanos de 
vida religiosa en la comunidad? Por supuesto que éste parece 
ser el sentir de Agustín2 0 . 
Compartir e interesarse según la " R e g l a " 
Contemplemos en una instantánea cuánta abnegación y 
estima, cuántos estímulos mutuos y cuánta comprensión, 
18
 Jn 17,21. 
19
 Regla, n. 31 (c. 5,2). 
20
 Mt 21,35-46; SAN AGUSTÍN, Sermón 389,4-5; 60,8-10. 
15 
cuánto compartir e interesarse afloran en los temas e ideas 
siguientes, tomados de la Regla: 
1) Todos los religiosos recibirán de acuerdo con sus 
necesidades particulares y compartirán alegremente todo 
cuanto tienen o cuanto puedan recibir en concepto de rega-
lo. La humildad —que permite a las personas contemplarse 
a sí mismas como son en realidad en la presencia de Dios y 
aceptar las diferencias de cada cual— debe ser su guía cons-
tante, sin que para ello sea óbice la extracción social de 
donde proceden, porque en la comunidad todos tenemos 
una meta común: vivir en armonía unos con otros con la 
finalidad de ser unos en el único Cris to 2 1 . 
2) Todos los miembros de la comunidad están convo-
cados a la oración común en tiempos señalados, y si alguien 
desea orar en su tiempo libre, los demás deben ser transi-
gentes con él, al menos siendo lo suficientemente conside-
rados como para no molestarle en su oración2 2 . 
3) Se espera que los religiosos sean comprensivos cuan-
do, por razones especiales, a otro se le proporcionan comi-
das o vestidos extraordinarios que no se les da a los 
demás 23. 
4) Los enfermos deben constituir objeto de especiales 
cuidados por parte de la comunidad. Con esta finalidad se 
designará a un religioso concreto para que supervise los 
cuidados de los que son objeto los enfermos2 4 . 
5) Aunque la castidad es una ofrenda muy personal a 
Dios, Agustín alerta a la comunidad a que sea consciente de 
su propia responsabilidad en este asunto, exhortando a todos 
a que practiquen una vigilancia y cuidado mutuos unos 
sobre otros, porque de este modo "Dios, que habita en vos-
otros, os garantizará su protección". Una vez más se pone de 
relieve la idea de la presencia de Dios en cada religioso 
21
 Regla, nn. 4-9 (c. 1,3-8); n. 32 (c. 5,3). 
22
 Ib, nn. 10-13 (c. 2,1-4). 
23
 Ib, nn. 14-17 (c. 3,1-4). 
24
 Ib, n. 18 (c. 3,5); n. 37 (c. 5,8). 
16 
concreto y en la comunidad, como estímulo para salvaguar-
dar de un modo práctico la mutua consagración2 5 . 
6) De modo muy similar, la corrección fraterna es un 
signo de amor esmerado. Quienes no exhortan a quien está 
en peligro no sólo le hacen un flaco servicio a esa persona, 
sino que comparten totalmente la inculpación y constituyen 
una decepción en su amor tanto por la persona como por la 
comunidad 26. 
7) Todaslas obras hay que hacerlas por el bien común, 
no por el medro personal2 7 . 
8) Cuando los religiosos salen fuera, se darán mutuo 
apoyo yendo juntos 2 8 . 
9) De todo aquel que ofende a otro se espera que pida 
perdón y que se le conceda lo antes posible, porque no 
puede existir armonía ni concordia donde se permite que las 
heridas se enconen2 9 . 
10) Finalmente, la obediencia es necesaria no sólo por-
que Dios habita en el superior, sino también porque es un 
modo de demostrar piedad y compasión frente a toda la 
comunidad. Porque en realidad es la comunidad la que se ve 
injuriada por quienes se niegan a obedecer, ya que tales 
individuos ponen su propia voluntad y su medro personal 
por encima del bien común 3 0 . 
En todos estos puntos podemos observar que la comuni-
dad orientada a estilo agustiniano tiene a la vez dos realida-
des: una espiritual, que es la búsqueda común de Dios, 
objetivo principal; otra verdaderamente humana, que es la 
construcción de una fraternidad de amor, de acogida, de 
soporte, de preocupación y de reto. Estas dos realidades 
—la espiritual y la humana— quedan fusionadas en una 
sola, dada la insistencia de Agustín en que el religioso sea 
cada día más consciente de la presencia de Dios en todos y 
25
 Ib, n. 24 (c. 4,6). 
26
 Ib, nn. 25-26 y 28 (ce. 4,7-8 y 10). 
27
 Ib, n. 31 (c. 5,2). 
28
 Ib, n. 36 (c. 5,7). 
29
 Ib, nn. 41-42 (c. 6,1-2). 
30
 Ib, nn. 44-47 (c. 7,1-4). 
17 
en cada uno. En la medida en que esta consciencia toma 
auge, la búsqueda de Dios y la construcción de la fraternidad 
constituyen un esfuerzo único y común. Este impulso co-
munitario es también algo antagónico de todo cuanto favo-
rece al yo: las posesiones personales, el poder, el orgullo, la 
independencia, la competencia, el egoísmo..., elementos que 
con frecuencia caracterizan las relaciones de la sociedad 
secular y que, desgraciadamente, llegan a considerarse el no 
va más del progreso y de la realización personal dentro de 
la sociedad. Una frase de Agustín sintetiza a la perfección 
el énfasis que pone en el amor mutuo de hermanos o herma-
nas en la comunidad como culminación de sus esfuerzos por 
amar a Dios: "¿Son perfectos los que saben vivir en común? 
Perfectos son los que cumplen la ley. Pero ¿cómo se cumple 
la ley de Cristo por parte de aquellos que viven en comu-
nidad como hermanos o hermanas? Escuchad lo que dice el 
apóstol: Arrimad todos el hombro a las cargas de los otros, que con 
eso cumpliréis la ley de Cristo (Gal 6,2)"3 1 . 
A lo largo y a lo ancho de la Regla se intima a los 
seguidores de Agustín a acarrear las cargas de los hermanos 
y hermanas como si fueran propias. De este modo quedarán 
capacitados para saber que realmente están imitando a Cris-
to y su amor. 
El puesto central de la vida comunitaria 
Cuantos se han ocupado del tipo de vida descrito por 
Agustín en su Regla han puesto siempre de relieve el lugar 
central que ocupa la comunidad en este género de vida. Aún 
más: han subrayado este puesto central como algo muy 
característico del proyecto agustiniano de vida religiosa. 
Algunos ejemplos de autores modernos nos ayudarán a ilus-
trar este punto: 
"Para Agustín la vida en común es más de lo que los 
términos quieren significar. Es en la vida de comunidad 
31
 En. in Ps. 132,9. 
18 
donde uno se encuentra con Dios. Agustín emplea un len-
guaje realmente curioso: 'Todo el que desea vivir bajo un 
mismo techo conmigo tiene a Dios como posesión'... No 
resulta fácil hallar otra legislación donde la noción de co-
munidad se haya constituido de una manera tan consciente 
y vigorosamente en punto central de toda la vida monástica. 
Ser una familia de Dios, ser una comunidad de amor y 
esforzarse dentro de esta comunidad en la realización per-
fecta de los ideales de la vida cristiana es la idea nuclear de 
todo cuanto Agustín hizo al establecer esta forma de vida 
monást ica"3 2 . "¿Por qué darle tanto realce a la comunidad? 
¿No será porque la tendencia a reforzar el propio ego y el 
individualismo son los principales obstáculos para vivir el 
evangelio?... La visión agustiniana de la comunidad es una 
protesta contra la indiferencia frente a la gente y contra la 
falta de igualdad que existe entre las personas como con 
harta frecuencia lo constatamos en la sociedad"3 3 . "La úni-
ca condición que Agustín le puso al obispo Valerio antes de 
ordenarle sacerdote fue quedar disponible para continuar 
viviendo en comunidad. Y la única cosa en la que siempre 
insistió, a medida que fue adaptándose a las distintas nece-
sidades apostólicas de la Iglesia, fue la comunidad. Toda su 
actividad apostólica se basó en la comunidad" 3 4 . 
32
 ADOLAR ZUMKELLER, OSA, Augustine's Ideal of the Religious Life, trad. de 
E. Colledge, Fordham University Press, Nueva York 1986, 126-127. 
33
 T. VAN BAVEL, OSA, Espiritualidad agustiniana, en Presencia, La Paz, Bolivia, 
domingo 16 de noviembre 1980. Véase asimismo T. VAN BAVEL, OSA, Community 
Life in Augustine, en "The Tagastan" 29 (1983), n. 2, 128-129: "En el monacato 
egipcio vemos a la cabeza de la comunidad el abba o amma, a través de los cuales 
los monjes más jóvenes escuchan la voz del Espíritu Santo... Con Agustín ocurre 
algo distinto: es la comunidad en su totalidad la que se halla reunida en torno al 
evangelio y escucha a Cristo como maestro interior. Consiguientemente, la cons-
trucción de la comunidad se considera mucho más como tarea de todos y cada uno 
de los miembros del grupo. Tenemos que escuchar a Cristo y su mensaje como 
grupo". 
34
 A. MANRIQUE-A. SALAS, OSA, Evangelio y Comunidad, Ed. "Biblia y Fe", 
Escuela Bíblica, Madrid 1978, 201-202. Véase también L. VERHEIJEN, OSA, Acts 
4,31-35 in the Monastic Texts of St. Augustine, en Second Annual Course on Augustinian 
Spiriruality, Roma 1976, 58: "San Agustín constató que esta fraternidad en un 
monasterio es una forma concreta del espíritu fraterno de toda la Iglesia: el anima 
una es el anima única Christi". 
19 
Estas expresiones, que revelan la importancia básica de 
una vida comunitaria orientada a la persona en el ideal 
religioso de Agustín, constituyen una estupenda razón para 
detenernos a reflexionar en qué puede y debe consistir tal 
estilo de vida. Quien vive este estilo comunitario y se es-
fuerza por conseguir el ideal expuesto ya posee a Dios y 
brinda a los demás un modelo de lo que es el ideal cristiano 
real, modelo que sirve no sólo para otros religiosos, sino 
quizá de manera específica para todas las familias cristianas. 
Al mirar por los demás antes que por su propia persona, el 
religioso lanza un signo de protesta tanto contra las priori-
dades que el mundo se ha fijado para sí mismo como contra 
el terrible mal de la soledad y del abandono que tantos y 
tantos experimentan en nuestra sociedad computerizada. Al 
escuchar el evangelio con el resto de los miembros de la 
comunidad, los religiosos declaran paladinamente que nadie 
posee toda la verdad, y que Jesús habla y enseña ya cuando 
dos o tres están reunidos en su nombre. Más aún: si bien es 
cierto que podemos aprender muchas cosas unos de otros, es 
Jesús en realidad el maestro interior y, por tanto, nuestro 
guía constante y nuestro director espiritual definitivo35 . 
Por último, el estilo de vida religiosa de Agustín no consti-
tuye un rancho aparte de las corrientes principales de la 
Iglesia. Es justamente todo lo contrario: es base de todo 
servicio apostólico y un auténtico reflejo de esa unidad del 
amor en Cristo que debe caracterizar a todos los cristianos. 
35
 "Hasta donde llegan mis conocimientos, más que descubrir que tienes ne-
cesidad de mí lo que veo es que estás bien instruido. Porque no me gustaría que 
nadie fuera tan ignorante que nos viéramos precisados a enseñarle: es mucho 
mejor que todos fuéramos discípulos de Dios... Ten por totalmenteseguro que, 
aun en el caso de que puedas aprender algo bueno de mí, tu verdadero maestro 
será siempre el maestro interior del hombre interior..." SAN AGUSTÍN, Carta 266, 
a Florentina, cit. en L. VERHEIJEN, OSA, Saint Augustine: Monk, Príest, Bishop, 
Augustinian Historical Institute, Villanova, PA, 1978, 59-60 (en adelante lo citaré 
como St. Augustine...). 
20 
Resumen 
Para compendiar brevemente, el puesto central de la 
comunidad teniendo en cuenta el concepto y la experiencia 
de la vida religiosa de Agustín podemos esquematizarlo 
como sigue: 1) En esta comunidad hay que buscar, poseer y 
honrar a Dios de un modo muy concreto: en y a través de 
los hermanos religiosos. 2) La comunidad vivida así es un 
acto de adoración a Dios. 3) Toda la Regla está orientada al 
otro; nos urge a compartir y a cuidar todo cuanto conduce 
a la unanimidad y a la concordia. Más aún, el progreso en 
el amor se mide por el grado en que se busca el bien común 
por encima de los propios intereses. 4) Finalmente, esta 
comunidad elimina todas las formas de egoísmo, porque el 
egoísmo es el mayor obstáculo de la visión evangélica de la 
vida y del seguimiento de Jesús. El centralismo de vivir la 
vida común está tan acentuado en el pensamiento de Agus-
tín, que puede afirmarse que ¡os votos de castidad, pobreza 
y obediencia, tal como hoy los conocemos, se hallan conte-
nidos en uno solo, en el llamado "compromiso santo", que 
Agustín exigía a todos aquellos que se le unían en aquel 
estilo de vida. Este santo compromiso" no es otro que el 
propósito de vivir la vida común con unanimidad de obje-
tivos y en concordia con todos3 6 . El religioso que tome en 
serio este "santo compromiso" no sólo agradará a Dios, 
sino que será fuente de inmensa alegría para el resto de los 
miembros de la comunidad y, por supuesto, para la misma 
Iglesia. 
•«> Véase SAN AGUSTÍN, En. in Ps. 99,12; 75,16; Sermón 355,1,1; también 
A. MANRIQUE, Teología agustiniana de ¡a vida religiosa, El Escorial, Real Monasterio, 
1964, p. II, c. 115-124 (citado en adelante como Teología...). 
21 
2. Ponedlo todo en común 
EN EL M U N D O de hoy existe abundancia de bienes materiales en algunos países. En otros —la mayoría, 
sin duda— muchedumbres inmensas de hijos de Dios viven 
en la pobreza e incluso en la miseria más abyecta. En este 
contexto, todo el problema de la pobreza religiosa consti-
tuye un auténtico reto. Si queremos que lo que el religioso 
comparte con los demás tenga sentido, esta oferta debe salir 
de dentro, de una vida interior inspirada por el amor. Este 
es el verdadero objetivo de los votos religiosos: deben ayu-
dar a profundizar en el amor a Dios y en el amor al prójimo. 
El voto de la pobreza religiosa sólo tiene verdadero sentido 
cuando se le contempla en el contexto más amplio de una 
vida dedicada a la unión con Cristo y al servicio generoso 
del prójimo. Fuera de este contexto o de otro similar, este 
voto no tiene sentido y fácilmente se le puede plantear 
como totalmente indeseable. 
En el capítulo anterior ya hemos esbozado un cuadro 
más amplio del ideal religioso agustiniano. En síntesis b re-
vísima, el objeto fundamental de la convivencia en una 
comunidad de orientación agustiniana es la consecución de 
la armonía y de la unidad entre los religiosos en su búsqueda 
de Dios, meta que consiste ante todo en buscar a Dios unos 
en otros y en honrarle en e l los ' . De esta manera, Cristo se 
1
 El papa Pablo VI recalcó que la vida común no tenía que considerarse 
precisamente como una ayuda más para los agustinos en su vivencia de la vida 
religiosa. Hay que considerarla más bien como el objetivo hacia el que tienen que 
23 
hace visible y palpable; se le puede amar de una manera 
efectiva en su humanidad débil, en la endeble humanidad de 
cada uno de nosotros. A esta luz debemos contemplar y 
evaluar la gran insistencia de Agustín en la pobreza evangé-
lica. Mejor dicho, su insistencia en el compartimiento total 
de los bienes en la comunidad religiosa. 
Agustín era muy consciente de la importancia de este 
compartimiento total desde el momento en que comenzó a 
vivir la vida religiosa personalmente. Comprendió muy bien 
que la verdadera unidad y armonía entre sus seguidores no 
sería posible mientras tuvieran la capacidad de poseer lo 
que quisieran y de hacer uso de estos bienes tal como les 
viniera en gana. A este propósito dice Agustín en un pasaje: 
"A causa de esas cosas que como individuos poseemos sur-
gen peleas, enemistades, disensiones, guerras entre los hom-
bres, motines, desavenencias... ¿Acaso nos peleamos por las 
cosas que tenemos en común?" 2 
Pero si el objetivo último de la pobreza religiosa, o del 
compartir , es algo claro para Agustín, ¿qué idea tenía sobre 
el contenido y la práctica de esta pobreza? Me gustaría 
resumir su actitud en cuatro títulos: compartir, recibir, vivir, 
servir. 
Compartir con la comunidad 
El principio básico que sienta Agustín para el religioso 
en este asunto podemos verlo en el mismo comienzo de su 
Regla: "No ¡¡améis a nada propio, sino que todas vuestras cosas estén 
en común" ^. Esto implica, ante todo, que cuando alguien 
ingresa en una comunidad de orientación agustiniana, actúa 
aspirar diariamente: una verdadera escuela de amor. Al hacer una ecuación entre 
la vida común y el objetivo del amor, el papa ponía de relieve que el ideal 
agustiniano trata de hallar a Jesús en el verdadero centro de la comunidad, presente 
en todos y cada uno de los religiosos (PABLO VI, Discurso al Capítulo General 
Agustiniano de 1971, en Living in Freedom Under Grace, Curia Generalizia Agostiniana, 
Roma 1979, 42. Cit. en adelante Living in Freedom). 
2
 SAN AGUSTÍN, En. in Ps. 131,5. 
3
 Regla, n. 4 (c. 1,3). 
24 
como lo hizo Agustín, dando cuanto tiene a los pobres o 
integrándolo en el fondo común de la comunidad religiosa. 
A este respecto dice Agustín: "Dejadles que hagan lo que 
quieran. Con tal de que sigan siendo pobres conmigo, pode-
mos todos esperar en la misericordia de D ios" 4 . 
Este principio básico de un compartir total también 
pone en claro, por lo demás, que los religiosos no deben 
tener nada propio, todo lo tienen que tener en común con 
el resto de los hermanos o hermanas. Antes de entrar en la 
vida religiosa sólo pueden reclamarse como propias las po-
sesiones de título personal. Después de ingresar en esta 
santa sociedad y de ponerlo todo en común, incluso lo que 
los otros poseían pertenece ahora a todos y a cada uno 5 . Lo 
que constituye mayor relevancia es el hecho de que Dios 
mismo se convierte en posesión común, en la más inestima-
ble de todas: "Efectivamente, Dios mismo, tesoro fabuloso y super-
abundante, será nuestra común posesión"6. 
Sin embargo, esta norma básica no afectaba sólo a quie-
nes acababan de acceder a su compromiso sagrado como 
cristianos consagrados. Se aplicaba también a los que ya 
estaban viviendo la vida común. Por ejemplo, todos los que 
recibían regalos del exterior, incluso de los parientes, se 
esperaba que pusieran todas esas cosas en común. Compe-
tencia del superior sería proveer que esas donaciones se 
dieran a quien pudiera necesitarlas. Más aún, Agustín llegó 
4
 Sermón 355,6. 
5
 "Ellos ponían sus bienes personales en común. ¿Es que perdieron lo que 
había sido suyo? Si se hubieran reservado para sí lo que era suyo, entonces cada 
cual tendría sólo lo que era suyo. Pero puesto que puso en común lo que era suyo, 
incluso lo que los otros tenían pasó a ser suyo". (En. in Ps. 131,5). Esta observación 
nos recuerda, en un plano más espiritual, lo que Agustín escribió a Leto, religioso 
que había abandonado el monasterio, presumiblemente para atender asuntos fi-
nancieros de su casa, con la intención de retornar al monasterio. Sin embargo, el 
afán dominante de su madre se lo impidió. Agustín escribió al jovenrecordándole, 
entre otras cosas, que ya no se pertenecía sólo a sí mismo, sino también a sus 
hermanos en religión: "Tu alma ya no te pertenece exclusivamente a ti; pertenece 
a todos los hermanos. Y sus almas te pertenecen a ti. Mejor dicho, sus almas junto 
con la tuya no son muchas almas, sino solo una, el alma única de Cristo" (Carta 
243,4). 
6
 Sermón 355,1. 
25 
a manifestar a sus diocesanos que si, al reparar que algunos 
de los regalos que le hacían eran demasiado elevantes, ven-
dería los objetos y emplearía el dinero en obras de caridad, 
antes que estrenar los vestidos o hacer uso de cuanto era 
impropio de su profesión religiosa7 . Precisamente con esta 
actitud Agustín enseña incluso a los religiosos de hoy la 
necesidad de ser sencillos; simplemente hay cosas que no 
están muy en consonancia con los que han prometido ha-
llarse entre los pobres de Cristo. 
Pero quizá el detalle más importante de este compart i-
mento total con la comunidad fue la actitud positiva que 
Agustín deseaba que tuvieran presente cuantos venían a 
vivir con él: alegría en el dar por parte de cuantos disfrutaban 
de bienes en el mundo 8; la ausencia de deseo de adquirir cosas por 
parte de los que habían ingresado en la comunidad sin haber 
tenido bienes materiales9 . Más aún, la alegría debe caracte-
rizar a cuantos viven en el monasterio a través de los servi-
cios que se hacen unos a o t ros 1 0 y en su talante en la obser-
vancia de la Regla, es decir, como personas libres bajo la gracia n. 
También subrayó Agustín en qué medida la ausencia del 
apetito de poseer cosas hacía de la ofrenda religiosa personal 
un sacrificio total: "Renuncia al mundo entero quien renuncia a 
cuanto posee o desea poseer"12. No obstante, lo que realmente 
cuenta no es el hecho de haber traído algo para el fondo 
común ni el haber vendido cuanto se poseía. Lo que cuenta 
de verdad es el haber traído consigo a la comunidad "esa 
caridad que eclipsa todas las cosas.. ." 13. 
7
 Sermón 356,13. 
8
 Regla, n. 5 (c. 1,4). 
9
 Ib, n. 6(c. 1,5). 
10
 Ib, nn. 38,40 (c. 5,9,11). 
11
 Ib.,n. 48 (c. 8,1). 
12
 Carta 157,39; véase también En. in Ps. 103s, 3,16. 
13
 Sermón 356,9. 
26 
Recibir de acuerdo 
con las necesidades de cada cual 
La segunda norma sobre la pobreza que Agustín deja 
bien sentada para sus seguidores tiene conexión directa con 
el estilo de vida con que se describe a la naciente comunidad 
de Jerusalén: la distribución de los bienes de acuerdo con las 
necesidades de cada cual1 4 . La meta de la pobreza agusti-
niana es la unidad, no la uniformidad. Las diferencias reales 
entre los religiosos, por ejemplo, la salud, la complexión 
física, antecedentes, talentos y otras necesidades personales 
deben entrar en consideración siempre. 
Teniendo a la vista estas diferencias, Agustín en su Regla 
ha manifestado su amplitud de miras y su abierta mentali-
dad, así como el grado de deferencia mostrado frente a lo 
que hace a unas personas distintas de las otras. Supo com-
prender que las necesidades de los que antes eran ricos se 
hallaban expuestas a ser distintas de las necesidades de quie-
nes vivían en pobreza; que las necesidades de la gente sana 
tenían que ser distintas de las necesidades de los que estaban 
enfermos, y que la gente robusta no necesita tantas atencio-
nes como las personas débiles. Frente a sus religiosos tuvo 
en cuenta no sólo su condición física, sino también su ma-
durez espiritual y su estado psíquico. Todo ello pone de 
relieve una comprensión extraordinaria de la naturaleza 
humana para los tiempos que corrían. Siguiendo esta lógica, 
estableció reglas particulares para los enfermos con respecto 
a los ayunos y a la alimentación 15; había que dar comida, 
vestidos y ropa de cama especiales a aquellos que habían 
vivido en el mundo dentro de un ambiente que les hacía 
menos capaces de adaptarse pronto a la austeridad monás-
tica 16; y aunque advirtió a sus seguidores de no preocuparse 
demasiado del vestuario que recibían del fondo común, tam-
14
 He 4,35. \ 
15
 Regla, nn. 14,18 (c. 3,1,5). 
'
6
 Ib, nn. 16.17 (c. 3,3-4). 
27 
bien hizo excepciones con aquellos que aún no podían adap-
tarse a este consejo 17. 
Vivir c o m o los pobres en espíritu 
Ya hemos visto cómo Agustín quería que sus seguidores 
fueran pobres de hecho. Ahora nos preguntamos: ¿Cómo 
esperaba que fueran esos pobres en espíritu, interiormente? 
¿Qué espíritu guiaba a Agustín y a sus comunidades en la 
vida diaria de su consagración como pobres de Dios? 
Para comenzar a dar una respuesta a estas preguntas, 
oigamos primero lo que Agustín dice al pueblo cristiano, a 
los que, en su estimación, son pobres de Dios o pobres de 
espíritu: " U n pobre de Dios es... el que lo es en su corazón, 
no en su cartera... Dios no mira nuestros bolsillos, sino 
nuestros deseos... A todos los que son humildes de corazón, 
a los que viven en la práctica del doble mandamiento del 
amor, no importa cuanto posean en este mundo, hay que 
• clasificarlos como pobres, como los auténticos pobres a 
j quienes Dios harta de pan" 18. "Mira cómo los pobres y los j 
desposeídos pertenecen a Dios. Me refiero, por supuesto, aj 
los pobres en espíritu. De éstos es el reino de los cielos... ¿Y i 
quiénes son estos pobres en el espíritu? Los humildes, los 
que confiesan sus pecados, los que no presumen de sus pro-
pios méritos ni de su propia justicia... Los que alaban a Dios 
cuando hacen algo bueno y se acusan a sí mismos si hacen 
algo m a l o " 19. 
Es curioso observar cómo en estos textos Agustín asocia 
los conceptos de pobres en el espíritu y de humildes de 
corazón; para él son inseparables estos conceptos. Para Agus-
tín resultaría algo utópico que alguien busque la unidad y la 
armonía en su camino hacia Dios sin la práctica de estas dos 
virtudes. Más aún: Agustín recalca el hecho de que los 
17
 Ib, n. 30 (c. 5,1). 
18
 En. inPs. 131,26. 
19
 En. ¡n Ps. 73,24. 
28 
pobres de Dios y los pobres en el espíritu son probablemente 
los humildes de corazón, y como tales practican necesaria-
mente el amor a Dios y al prójimo. Al mismo tiempo no 
comprendían a Agustín quienes hacían un auténtico desplie-
gue dando su fortuna a los pobres, pero no estando perso-
nalmente dispuestos a ser pobres de Dios: "Están hinchados 
de orgullo y creen que el bienestar que disfrutan hay que 
atribuírselo a ellos, no a la gracia de Dios. Por todo ello, 
aunque practiquen muchas obras buenas, no viven bien... Su 
riqueza son ellos mismos, no son pobres de Dios. Están 
llenos de sí mismos, no tienen necesidad de Dios" 2 0 . 
Por eso, el verdadero pobre tiene que serlo primero en 
su corazón; debe reconocer con toda humildad tanto la 
necesidad de estar lleno de Dios como el hecho de que sin 
Dios no será capaz de realizar nada que sea digno del Reino. 
Si estos conceptos van dirigidos primariamente a todos los 
fieles, con mayor razón deben interesar a los religiosos. 
Otra observación que hay que hacer en esta área de la 
vivencia de pobreza sobre una base cotidiana es que Agustín 
buscó siempre manejar el timón de manera equilibrada. No 
creía en los extremismos. Una parte de la Regla que revela 
esta actitud equilibrada respecto de la pobreza es la refe-
rente al atuendo de los religiosos: "Que en vuestro vestido no 
haya nada que atraiga la atención" 2i. No se dan detalles al 
respecto. El único consejo que se da —y, como es lógico, es 
el más importante para Agustín— es que el vestido sea 
sencillo, ni demasiado buenos ni demasiado pobres. En otras 
palabras, que no les haga destacar. Este mismo rasgo de 
actitud equilibrada la expresa Posidio, si cabe, en términos 
más explícitos. El nos da una idea bastante aproximada de 
los hábitos personales de la vida de Agustín: "Sus vestidos, 
su calzado y el mobiliario de su dormitorio eran suficiente-mente modestos; ni demasiado refinados ni demasiado po-
bres. Porque en tales cosas la gente está acostumbrada o a 
un despliegue de orgullo personal o bien a rebajarse dema-
20
 En. inPs. 71,3. 
21
 Regla, n. 19 (c. 4,1). 
29 
siado. En ninguno de estos casos buscan las cosas de Jesu-
cristo, sino las suyas propias. Como ya he dicho, Agustín 
matenía un sano equilibrio, sin desviarse ni a la derecha ni 
a la izquierda" 2 2 . 
Un último punto nos lleva a considerar la vida cotidiana 
de la pobreza religiosa: se refiere a la necesidad que tienen 
los religiosos de subvenir a sus propias necesidades mediante 
el trabajo. Todo el libro de Agustín sobre El trabajo de los 
monjes puede constituir objeto de lectura y de cita en este 
aspecto, pero el texto siguiente, tomado de esta obra, es un 
resumen adecuado de su pensamiento: "Algunos han renun-
ciado o distribuido su fortuna, grande o pequeña, y con sana 
humildad han optado por ser numerados entre los pobres de 
Cristo. Si son físicamente capaces y no están comprometidos 
con trabajos de Iglesia y, no obstante, realizan trabajos 
manuales, rechazan todo ese tipo de excusas (para no traba-
jar) que suelen esgrimir los perezosos que ingresan en el 
monasterio procedentes de un estilo de vida más humilde y 
por ello más activo. Y al obrar así actúan con mayor mise-
ricordia que si hubieran repartido todos sus bienes entre los 
necesitados"2 3 . 
Los religiosos no pueden decir que viven propiamente el 
voto de pobreza si no están dispuestos —en la medida en 
que la salud se lo permite— a aceptar con alegría las cargas 
del trabajo diario, sea oración, ministerio pastoral, ense-
ñanza, escritura, enfermería, trabajo manual, servicios téc-
nicos o cualquier otra forma de apostolado. Si hay algo que 
caracteriza al auténtico pobre es el hecho no sólo de tener 
que trabajar, sino de trabajar duro para su manutención 
personal y la de su familia. 
Servir a los necesitados 
Finalmente, dado que la pobreza religiosa no es simple-
mente una condición económica, sino una actitud del cora-
22
 POSIDIO, 22; véase también SAN AGUSTÍN, Carta 48,3. 
23
 De opere monachorum 25,33 (en adelante, De op. mon.). 
30 
zón basada en el amor, tienen que sentirse también sus 
efectos más allá de los muros de la comunidad religiosa en 
un servicio que trascienda a los demás. Jesucristo se vació al 
sentar su tienda entre nosotros; aun siendo verdaderamente 
rico, se hizo pobre por nosotros, para que por su pobreza 
pudiéramos enriquecernos nosotros2 4 . Este reto va dirigido 
a todos los seguidores de Cristo y mucho más a los religio-
sos. Es el reto de entregarse a los pequeños de Dios. Agustín 
entendió en todo su contenido y aceptó este compromiso 
personal en su época y fue un modelo para que sus seguido-
res hagan lo propio. Posidio lo hace resaltar así: "Siempre 
estaba atento a sus compañeros de pobreza. Tomaba parte 
de su propia asignación entregándosela a los que convivían 
con él. Me refiero a los ingresos procedentes de la iglesia y 
de las ofrendas de los fieles"2 5 . "A veces, cuando la iglesia 
no tenía dinero, informaba a los fieles de que no contaba 
con más fondos para los pobres. Para ayudar a los encarce-
lados y a un gran número de pobres había mandado fundir 
algunos vasos sagrados. El dinero que le reportaba la venta 
de estos vasos sagrados lo distribuía a los necesitados"2 6 . 
Pero además de estos cuidados materiales en favor de 
sus compañeros de pobreza, como llamaba a los pobres, se 
propuso ayudar continuamente al pueblo mediante diversas 
obras de misericordia 27, porque sabía muy bien que no sólo 
de pan vive el hombre 28. 
¿De qué medios, podemos preguntarnos, puede servirse 
el religioso en casos concretos para imitar a Agustín en su 
ardiente celo por los pobres? Un autor nos brinda un amplio 
abanico de posibilidades en el pasaje siguiente: "El religioso 
se ha comprometido personalmente... a identificarse, tanto 
él como su instituto, con toda la familia humana, teniendo 
en cuenta que ésta manifiesta su pobreza de distintos modos 
ante Dios. Además de la forma más obvia de privación y de 
24
 Flp 2,7; 2Cor 8,9. 
25
 O.c, n. 23. 
26
 Ib, n. 24. 
27
 Véase, por ejemplo, POSIDIO, nn. 19-20. 
28
 Mt4,4. 
31 
r> 
escasez de bienes materiales, existe la pobreza de la igno-
rancia, de la inseguridad, de la soledad, de la enfermedad, 
del fracaso y, sobre todo, la pobreza de la perversidad. Al 
dar gratis y con generosidad lo que personalmente ha reci-
bido como don de Dios, el religioso procura llevar adelante 
de modo creativo el mandato de Jesús: 'Lo que habéis reci-
bido gratis, dadlo gratis ' (Mt 10,8)"2 9 . 
En el texto que acabamos de presentar podemos ver 
numerosas áreas en que se puede servir de manera más 
satisfactoria a los pobres de Cristo. Pero no resulta posible 
realizar este servicio sin un espíritu real de autosacrificio, 
sin una disponibilidad de mantenerse uno fuera. Y una vez 
más ahí queda el reto de vivir en esa admirable sencillez que 
caracterizó la vida de Agustín, de experimentar de manera 
profunda dentro de nosotros mismos la necesidad que tene-
mos de Dios y del prójimo y de tener hambre especialmente 
de Dios y de la venida de su Reino. 
Agustín nos permite resumir sus enseñanzas sobre po-
breza en aquello que constituye el verdadero núcleo del 
tema: la donación real que se nos intima a través de la 
pobreza evangélica es, ni más ni menos, el don de sí mismo. 
Agustín lo recalca en el pasaje siguiente: "Dad lo que habéis 
prometido; y, puesto que vuestra promesa os incluye a vos-
otros, entregaos al Único, que es quien os ha regalado la 
existencia... Lejos de disminuir, todo cuanto deis se conser-
vará y aumentará" 3 0 . 
De modo análogo, la meta de ser un alma sola y un solo 
corazón encaminados hacia Dios se alcanzará con mayor 
rapidez cuando los religiosos compartan con los demás no 
sólo lo que tienen, sino lo que son. En fin, lo que hemos 
dicho antes: el don de sí mismos. Cuando comparten sus 
talentos de mente y corazón, su fe, su esperanza y su amor, 
su tiempo, su entusiasmo y su propio yo, entonces resulta 
más accesible y tiene mayor sentido esa unidad en el amor 
29
 DAVID M. STANLEY, SJ, Faith and Religious Life, Paulist Press, Nueva York 
1971, 83-84. 
30
 Carta 127,6. 
32 
que se han propuesto como objetivo. Las necesidades más 
importantes de los hombres y de las mujeres de hoy no son 
necesariamente materiales. Con frecuencia sus necesidades 
espirituales, psicológicas y emocionales requieren una aten-
ción mayor y más inmediata. La posibilidad de contribuir 
en algo al alivio de estas necesidades se halla con toda 
probabilidad más dentro de las posibilidades del religioso 
que la de aliviar pura y simplemente las necesidades mate-
riales. 
Siguiendo a Cristo pobre. Agustín nos reta a aceptar de 
todo corazón no sólo la renuncia a nuestras posesiones en 
favor de los pobres, sino también, en una actitud realmente 
positiva, nos intima a un seguimiento voluntario de Cristo 
que invita a todos los religiosos: Ven y sigúeme. "¿Amas y 
quieres seguir a aquel a quien amas? Se ha marchado ense-
guida, se te ha adelantado. Corre y mira a ver dónde se ha 
ido. Cristiano, ¿no sabes adonde se ha ido tu Señor? Quiero 
preguntarte. ¿Quieres seguirle? ¿Quieres seguirle por el ca-
mino de las pruebas, insultos, acusaciones falsas, salivazos 
en el rostro, golpes y bofetadas, corona de espinas, cruz y 
muerte? ¿Por qué andas dudando? Mira, ahí tienes el cami-
no. Y tú exclamarás: Arduo camino es ése. ¿Quién puede 
seguir a Jesús por é l ? " 3 1 
Es muy posible que no todos los religiosos en la vida de 
cada día se encuentren con todo este tipo de retos. Pero la 
pregunta sigue en pie: "¿Amas y quieres seguir a aquel a 
quien amas?" ¿Qué quiere decir esto en la práctica? 
El P. BonifaceRamsey, OP, al hacerse esta misma pre-
gunta, señala diversas áreas en que tienen que sentirse inter-
pelados los religiosos si realmente desean seguir a aquel a 
quien aman. En breve síntesis, todo ello entraña: 1) El va-
ciamiento de nuestra condición humana; 2) La alienación de 
Cristo respecto de los estándares establecidos por los dir i-
gentes y la sociedad de nuestra época; 3) Solidaridad con los 
pobres, los oprimidos y los alienados; 4) Carencia de poder 
31
 Sermón 345,6, tal como lo cita BONIFACE RAMSEY, OP, The Center of Religious 
Poverty", en "Review for Religious" 42 (1983) n. 4, 539. 
33 
(impotencia) frente a ciertas situaciones; 5) Libertad con 
respecto a los asuntos humanos; 6) Dependencia de los de-
más, y especialmente dependencia del Padre 32. 
Como ayuda para una reflexión práctica sobre el tema, 
me gustaría comentar con brevedad cuatro palabras clave o 
esos cuatro conceptos que he visto expresados en el pasaje 
anterior: alienación, solidaridad, abandono, dependencia. 
Alienación. Los estándares de nuestro mundo no son los 
establecidos por Jesús en el evangelio. Por todo ello, si 
queremos adherirnos a las enseñanzas de Jesús, tendremos 
que distanciarnos de estos estándares. Considérense, por 
ejemplo, estos dos casos: 1) la mentalidad consumista con 
que se nos bombardea en los diversos mensajes y, sobre 
todo, en la televisión: "¡Rápido, rápido! Compre ahora mis-
mo. Posiblemente su felicidad dependa de esto"; y 2) "Si 
eso no produce dinero, no merece la pena". 
Permitidme un ejemplo concreto de cómo la mentalidad 
consumista ejerce una presión absoluta sobre todo el mundo, 
pero en especial sobre aquellos que no pueden secundarla. 
Hace unos años me hallaba en un bulevar céntrico de Ma-
nila. Mientras daba una vuelta de observación, me topé con 
una tremenda valla publicitaria instalada en todo lo alto de 
la calle, bien visible a todos los transeúntes. Presentaba las 
caras de tres niños de aspecto tristón con un mensaje escrito 
en caracteres bien destacados: "¿Cómo privar a sus hijos de 
una televisión en color si su alquiler sólo cuesta 12,50 al 
mes?" Por supuesto que el precio constaba traducido a mo-
neda filipina, pero equivalía aproximadamente a la paga de 
seis o siete días de la clase trabajadora destinaría de la 
publicidad. Lo que la valla proclamaba era que aquella tris-
teza de los niños dimanaba de no tener una televisión en 
color; la felicidad depende de poder disfrutar de un aparato 
de ese tipo. 
En una sociedad opulenta tanto nosotros a nivel indivi-
dual como nuestra comunidad tenemos que ser muy caute-
32
 BONIFACE RAMSEY, O.C, 534-544, pero especialmente 542-543. 
34 
losos ante la avalancha del apetito de posesión de muchos 
bienes materiales, además del exagerado deseo de confort, 
o simplemente por el prurito de tener muchas cosas, e in-
cluso por un espíritu falsamente competitivo. Asimismo te-
nemos que ser circunspectos para no dejarnos avasallar por 
una necesidad real de dinero en nuestra labor y en nuestra 
vida. Que no influyan en nuestra imagen de modo que 
lleguemos a olvidarnos de lo que realmente es importante 
en la vida religiosa, al sofocar quizá algunos de sus elemen-
tos esenciales: unidad en el amor, comunidad, oración, ser-
vicio. 
Solidaridad. Naturalmente que nos sentimos obligados a 
practicar la solidaridad con los pobres. Pero esta solidaridad 
no debe limitarse a los pobres meramente materiales. Como 
ya hemos indicado, debe incluir también a los ignorantes, 
inseguros, solitarios, enfermos, fracasados, pecadores3 3 . Nos 
viene ahora al pensamiento la totalidad del área de justicia 
y paz, área que repetidamente ha ido en estos últimos años 
ocupando un puesto de preferencia en nuestra reflexión 
cristiana. Pero hay que dejar bien sentado que no tratamos 
de hablar a los demás sobre este tema sin antes tener nuestra 
casa bien ordenada. Nuestra actitud global ante los grupos 
menos privilegiados, excepcionales y minoritarios, que tra-
bajan con nosotros o por nosotros, necesita someterse a un 
escrupuloso escrutinio, porque precisamente es en esta área 
personal donde debe comenzar la búsqueda de una mayor 
justicia en el mundo. Cuando tomamos en serio este aspecto 
de nuestra vida, nuestra solidaridad con todos los pobres 
—incluso con aquellos que disfrutan de bienestar material— 
irá adquiriendo un sentido nuevo y más significativo. 
Abandono. Jesús tuvo una experiencia real de abandono 
muchas veces en su vida. Se sometió voluntariamente a esta 
sensación porque quería ser como nosotros en todo menos 
en el pecado. Sufrió un montón de incertidumbres, frustra-
ciones y angustias, manteniendo su confianza ilimitada en el 
33
 Cf lo dicho en nota 29. 
35 
amor indefectible del Padre. Pero tenemos que preguntar-
nos: ¿Existe una voluntad similar de sufrir todo esto por 
parte de aquellos religiosos —pocos en número, ciertamen-
te— que parece que están sufriendo de eso que podemos 
definir como actitud de un futuro posible de dificultades? 
Esta clase de tipos son los que tienden a surtirse de los 
últimos gritos de la moda en el vestir y a preocuparse por 
verdaderas nimiedades; los que se procuran amigos influ-
yentes y otras ayudas foráneas, no porque estén interesados 
en promover los valores del Reino o en ayudar a las nece-
sidades de la comunidad, sino más bien por intereses pura-
mente personales. En el trasfondo de toda esta ansiedad 
parecen existir algunas condiciones no expresas que han 
hecho que se tambalee la generosidad original que estuvo 
presente con toda seguridad cuando comenzaron su vida 
religiosa: "Si abandono.. ." , o "si no puedo aceptar mi pró-
ximo destino.. .", o "si el superior se pone así o asá...". 
También yendo contra los principios básicos del espíritu de 
pobreza, este tipo de actitudes despliega una repugnancia 
básica a confiar en el Señor. Si no estamos dispuestos a 
confiar en el Señor y a correr riesgos prudentes, ¿cómo 
vamos a aprender a profundizar en nuestro amor, que es la 
auténtica meta de nuestra vida común? 
Dependencia. Se puede tener experiencia del sentido de 
dependencia de dos maneras: o con respecto a los demás (la 
comunidad) —en cuyo caso quedaría mejor expresado por 
' interdependencia'— o con respecto al Señor. De nadie se 
dice que su dependencia se basa tanto en los demás que es 
incapaz de funcionar solo. Todos necesitamos un cierto mar-
gen de autonomía para desarrollar nuestros talentos y per-
sonalidad a tope de nuestras capacidades y en sintonía con 
las necesidades de la Iglesia y de nuestro instituto religioso. 
Una pequeña anécdota va a enseñaros muy bien la clase 
de dependencia que no queremos fomentar. Durante unas 
recientes vacaciones de verano me encontraba en una de 
nuestras mayores casas, que en sus cercanías tenía una gran-
ja. Estábamos rezando vísperas al caer de la tarde cuando 
36 
estalló una tormenta formidable, con gran aparato eléctrico. 
De repente se apagaron todas las luces en muchas millas a 
la redonda. Justamente entonces se estaba procediendo al 
ordeño de las vacas del establo. Para ello se empleaban los 
medios más sofisticados y modernos. Cuando toda la ma-
quinaria se paró por falta de energía eléctrica, las vacas se 
negaron a dejarse ordeñar con métodos "pasados de moda" . 
Todo intento fue vano. Resultado: rebosantes de leche, las 
vacas comenzaron a sufrir tanto que sus mugidos se dejaban 
oír lejos de la granja. Cesaron sus mugidos de dolor a las 
tres de la madrugada, tras arreglarse la avería eléctrica, 
cuando se reinició el ordeñado moderno. 
No es ésta la clase de dependencia deseable en la vida 
religiosa. Pero si la autonomía degenera en independencia, 
no le faltarán sufrimientos a la comunidad. Cuando alguien 
puede disponer de grandes sumas de dinero, muy por encima 
de lo que requieren las responsabilidades pastorales,y si 
además tiene a su disposición un coche sin límite de horario, 
es muy fácil que se vaya independizando gradualmente de la 
comunidad. Análogamente, quienes se quedan con los dona-
tivos que les vienen de fuera de la comunidad se van auto-
marginando de hecho del resto de la comunidad, aunque no 
se den cuenta. La posesión de estas cosas, en especial en el 
caso del dinero, los hace diferentes, una especie de excep-
ción, como si ello derivara de las restricciones normales de 
la vida de comunidad. Y por extraño que parezca, estos 
individuos son refractarios a compartir con la comunidad lo 
que les han regalado, pero continúan firmes en su voluntad 
de compartir todo lo que la comunidad ofrece a sus miem-
bros. Cuando me pongo a pensar en una anomalía como 
ésta, no puedo menos de recordar la escena bíblica de Ana-
nías y Safira34. Este matrimonio insistía en que habían en-
tregado todas sus posesiones a los apóstoles, pero en realidad 
se habían quedado con ellas. Quizá también ellos sufrieran 
el síndrome del " tu turo muy oscuro". 
34
 He 5,1-11. 
37 
En última instancia, sin embargo, todo tipo de dificul-
tades puede reducirse a una reluctancia a aceptar la depen-
dencia del Señor, a confiar en él, a buscarle y amarle a él 
y a los demás en él. Si lo que intentan algunos es la adquisi-
ción o posesión de cosas materiales, es difícil imaginar 
que su intención vaya encaminada a Dios, que quieran se-
guir a Jesús más de cerca o que se empeñen en amar a sus 
compañeros religiosos con mayor generosidad. Como dice 
Agustín: "Es demasiado insaciable aquel a quien Dios no 
bas ta" 3 5 . 
Como conclusión está bien que recordemos que, para 
Agustín, compartir en común o profesar la pobreza evangé-
lica es precisamente un medio más —aunque esencial— 
para fundir los miembros de la comunidad en uno solo, 
haciendo que sean uno como "el alma única de Cristo"36. Los 
sacrificios necesarios para vivir una oblación como la po-
breza evangélica son aceptables cuando tenemos presente la 
globalidad del cuadro, es decir, la verdadera razón por la 
que nos hemos reunido: para tener un alma sola y un solo 
corazón —en Cristo— en nuestro caminar hacia Dios. 
35
 Citado en A. SAGE, La contemplation dans les communautés de vie fratemelle", en 
"Recherches Augustinniennes" VII (1971) 283. 
36
 Véase lo dicho en la nota 5; Carta 243,4. 
38 
3. Verdaderos amigos en Cristo 
HASTA HACE relativamente poco tiempo la noción de amistad en la vida religiosa suscitaba sentimientos de 
aprensión y con frecuencia levantaba oleadas de temor irra-
cional. De hecho, cabe la posibilidad de que se llegara a 
considerar improcedente, o al menos poco avisado, escribir 
o hablar sobre la amistad a la luz positiva con que actual-
mente la consideramos. El único uso realmente aceptable de 
la palabra parece que tuvo lugar dentro del contexto de 
relaciones altamente espirituales o "sobrenaturales", estilo 
que, según se apreciaba, tuvo lugar entre los santos a lo 
largo de los siglos. Cuando escriben sobre el tópico de la 
amistad, los tratadistas de ascética mencionan con frecuen-
cia estas amistades espirituales calificándolas de admirables, 
pero no siempre resultan fáciles de practicar o de mante-
nerlas limpias de toda ganga de sentimentalismo peligroso. 
Hacen luego hincapié en los males de lo que ha venido a 
llamarse amistades "part iculares", es decir, relaciones que 
en realidad son exclusivistas, egoístas, separatistas y que, en 
última instancia, revisten un carácter sensual. De la bondad 
y honradez de los niveles intermedios de la amistad apenas 
si se hizo mención '. Quizá un cierto temor moroso ante la 
corriente jansenista les hiciera considerar las cosas así ante 
la experiencia de la naturaleza humana caída. 
1
 A este respecto, véase, por ejemplo, ADOLPHE TANQUEREY, The Spiritual Life, 
Newman Press, Westminster, MD, 1930, 285-291. Un buen ejemplo de amistad 
espiritual o sobrenatural puede ser el de san Francisco de Sales y santa Juana 
Francisca de Chantal. 
39 
Innovaciones de un capítulo general 
Incluso después del concilio Vaticano II el cambio de 
mentalidad se tomó su tiempo. Recuerdo muy bien en 1968 
el capítulo general especial de los agustinos, que se celebró 
en el campus de la Universidad de Villanova (EE. UU. ) , 
primer capítulo general que la Orden tenía en el nuevo 
mundo. Este capítulo especial y otros muchos que los insti-
tutos religiosos celebraron por aquellos años habían sido 
ordenados por la Santa Sede para renovar las Constituciones 
de la Orden. Se esperaba una respuesta clara a la urgente 
llamada del Vaticano II, dirigida a los religiosos, a volver 
a sus raíces y a poner al día su estilo de vivir la vida reli-
giosa2 . 
El anteproyecto de estas nuevas Constituciones, tal 
como se presentaron al capítulo para su consideración, con-
tenían referencias muy específicas al puesto que tiene la 
amistad en la vida religiosa agustiniana. En los inicios del 
capítulo este hecho suscitó algunas críticas duras por parte 
de un buen número de miembros capitulares, que consideró 
estas nociones completamente extrañas a nuestro estilo de 
vida. En efecto, sus argumentos se basaban en que la vida 
religiosa que vivimos tenía como fundamento un vínculo 
jurídico libremente aceptado, y no en sentimientos que po-
dían cambiar de un día para otro. 
Pero estas críticas fueron perdiendo fuerza desde el mo-
mento en que se cotejaron con las declaraciones de unos 
pocos que consideraban como fuera de lugar en las Consti-
tuciones el concepto de "fraternidad", nuevo y amplio, que 
se estaba introduciendo. En sintonía con el Vaticano II, 
haría que todos nos consideráramos verdaderos hermanos, 
iguales y acreedores al mismo respeto, sin tener en cuenta 
distinciones o privilegios que dimanaran de talentos perso-
nales, títulos universitarios, ordenación sacerdotal o profe-
2
 Véase PC 2. (Todas las citas del concilio Vaticano II las he tomado de The 
Documents of Vatican II, editado por Walter M. Abbot, SJ, Guild Press, Nueva 
York 1966). 
40 
siones ejercidas con anterioridad. Afortunadamente, tras 
larga discusión e intensa oración, prevalecieron la fraterni-
dad y la amistad y hallaron su puesto exacto en la reforma 
aprobada de las Constituciones. Como agustinos, habíamos 
olvidado realmente o habíamos hecho dejación de la mara-
villosa herencia recibida de san Agustín. Nosotros, como 
muchos otros religiosos, habíamos infravalorado el calor de 
la amistad humana en la vida religiosa, considerándola sos-
pechosa o peligrosa, aunque el mismo Agustín la hubiera 
considerado como una de las dos cosas más necesarias en el 
mundo 3 . 
Fuera temores ante la amistad 
Agustín no le tenía miedo a la amistad ni a hacer amigos. 
Más bien al revés. Hacer amigos le era tan connatural que 
le resultaba imposible concebir su personalidad sin estar en 
contacto vital con ellos. Tal fue la realidad que vivió antes 
y después de su conversión a la fe católica4 . Sin embargo, 
esto no implica que sus ideas acerca de la amistad no sufrie-
ran algunos cambios significativos con su acepción de la fe 
de Jesucristo y con su entrada en la Iglesia católica por el 
bautismo. En aquellos momentos su conversión le llevó a 
reflexionar sobre un hecho: sus antiguos amigos habían sido 
hasta cierto punto deficientes por no haber estado aglutina-
dos con Dios mediante ese amor que procede del Espíritu 
Santo5 . 
Tras fundar su primera comunidad religiosa en Tagaste, 
sus primeros compañeros eran amigos ya desde mucho antes, 
a los que se unieron unos pocos hombres de buena volun-
tad 6 . Algunos de éstos le siguieron a Hipona tres años más 
tarde, cuando hizo su segunda fundación. Alipio, Evodio y 
3
 Sermón 299D.1; Carta 130,6.13. 
4
 Véase, por ejemplo, Confes., 2,5,10; 4,8,13; 4,9,14; 6,16,26; Carta 73,3; etc. 
5
 Confes.4,4,7. 
6
 POSIDIO, 3; Sermón 355,1,2. 
41 
Severo son los nombres de algunos de estos amigos que 
vivieron la vida religiosa en su compañía desde los inicios; 
posteriormente se les añadieron Posidio y otros 7 . La amistad 
de Agustín con estos hombres no perdió vigor con el com-
promiso que hicieron ante el Señor de vivir la vida común. 
Tampoco disminuyó, como lo prueba la correspondencia 
epistolar posterior, cuando algunos de ellos abandonaron la 
comunidad para dar respuesta a la llamada de la Iglesia en 
calidad de obispos. De hecho fue multiplicando amistades 
con otros clérigos y laicos, hombres y mujeres, durante 
estos años8 . Podemos afirmar con toda clase de garantías 
que no pocos de estos escritos fueron inspirados por las 
consultas de sus amigos y, a veces, por el diálogo subsi-
guiente con ellos9 . 
El estilo de acción de Agustín a este respecto no se 
diferenciaba del estilo del mismo Jesucristo, tanto en sus 
enseñanzas como en sus prácticas. Entre los doce que esco-
gió, al igual que entre sus muchos otros seguidores, Jesús 
tenía también amigos especiales: Juan, el discípulo amado; 
María Magdalena; María, Marta y su hermano Lázaro, y 
otros. Pero aunque tenía amigos especiales, Jesús deseaba 
extender su amistad a todos los hombres y mujeres que 
estuvieran dispuestos a guardar su doble mandamiento de 
amor 10. Llegó a afirmar que el colmo del amor era dar la 
propia vida por los amigos n . Una inequívoca indicación de 
que los discípulos eran sus amigos de verdad halló su confir-
mación compartiendo con ellos los secretos íntimos que su 
Padre le había confiado n. Más aún, las enseñanzas y la 
actitud de Jesús están en perfecta consonancia con la alta 
7
 MARIE AGUINAS MCNAMARA, OP, Friends and Friedshipfor St. Augustine, Alba 
House, Staten Island 1964, 129.133.137.142. Véase también TEÓFILO VIÑAS, OSA, 
La amistad en la vida religiosa, Instituto Teológico de Vida Religiosa, Madrid 1982, 
173ss. 
8
 M. A. MCNAMARA, 144-211. 
9
 Retractationes, I, 22,55; De libero arbitrio; también los diálogos de Casiciaco. 
10
 Jn 15,12-14. 
11
 Jn 15,13. 
12
 Jn 15,15. 
42 
estima que las páginas del Antiguo Testamento tienen de los 
amigos y de la amistad l3. 
A pesar de los cambios de mentalidad y de otros tipos de 
mejoras que se han dejado notar desde la conclusión del 
concilio Vaticano II, aún siguen persistiendo hoy en día 
algunos temores respecto de la amistad en la vida religiosa, 
quizá porque a continuación del concilio aparecieron algu-
nas exageraciones en nombre de una amistad descaminada o 
mal entendida l4. A pesar de todos los pesares y aun habida 
cuenta de que pueden existir algunos errores, en estos últi-
mos años se han dado pasos muy importantes hacia una 
mejor apreciación del valor y dignidad de la persona huma-
na y del sentido de la verdadera amistad en la vida religiosa. 
Concepto agustiniano de amistad 
Personalmente Agustín no escribió nunca un tratado 
sistemático sobre la amistad, aun cuando, como ya hemos 
dicho, este tópico llenó gran parte de su vida y de su pen-
samiento. Libando en sus variados escritos podemos sinteti-
zar brevemente su pensamiento sobre el tema en tres ideas 
básicas: 1.a La amistad es esencial para el bienestar personal en 
el mundo; pero la verdadera amistad, la única que perdura, 
sólo existe cuando está inspirada por Dios y cuando Dios 
hace de soldador o aglutinador. 2.a La amistad presupone amor, 
una verdadera unión de corazones y un compartir mutuo de 
cargas, al estilo de lo que Jesús hizo por nosotros. 3.a La 
amistad está caracterizada por la confianza y la franqueza, y en su 
más amplia interpretación hay que extenderla a todos. Pro-
fundicemos en estas ideas básicas que nos ayudarán a apre-
ciar el profundo concepto que Agustín tenía de la amistad, 
13
 Por ejemplo, Job, passim; Sal 41,9; 55,13; Prov 17,17; 18,24; 27,6. 
14
 Existieron, por ejemplo, excesos infiltrados en ciertas sesiones de sensiblería 
o en un exagerado sentimentalismo que hizo de la noción de amistad algo indesea-
ble para algunos. Siempre ha habido unos pocos, especialmente entre los superio-
res, que, aun sin darse cuenta cabal de ello, han tenido favoritos entre sus amigos 
y que, como resultado, han dividido sus comunidades. 
43 
y que también gozó de alta estima incluso entre los no 
creyentes de la antigüedad. 
Sin un amigo nada es amable 
En el transcurso de su vida, Agustín experimentó una 
variada gama de amistades. Este abanico abarca desde las 
amistades muy íntimas, pasa por aquellas de cobertura me-
nos emocional y llega a una especie de relación universal, 
comprensiva y global, donde no existe distinción real entre 
amistad y amor fraterno. Agustín cristianizó el concepto 
ciceroniano clásico de esta virtud, demostrando que la autén-
tica amistad es un don y una gracia especial de Dios, que 
sólo se mantiene de forma garantizada cuando se la vive en 
Cristo. Algunas citas bastarán para clarificar estos puntos: 
"La verdadera amistad no es auténtica si tú (Dios) no haces 
de aglutinante entre aquellos que están unidos a ti por medio 
de la caridad derramada en nuestros corazones por el Espí-
ritu Santo" ,5. "No te desdeñaste... de ser amigo del humilde 
ni de responder con amor al amor de que fuiste objeto. 
Porque, ¿qué es la amistad sino esto? Deriva su nombre sólo 
del amor, es fiable sólo en Cristo y sólo en él puede ser 
eterna y fel iz"1 6 . "Si unidos a mí guardáis con valentía 
estos dos mandamientos (el amor a Dios y el amor al pró-
j imo), nuestra amistad será auténtica y duradera y nos unirá 
no sólo los unos a los otros, sino también y sobre todo a 
Dios" 1 7 . 
Como un autor observa sobre estas ideas de Agustín: 
"Éste es el núcleo de la concepción agustiniana de la amistad 
y su gran innovación. Sólo Dios puede unir a Dios personas 
entre sí. En otras palabras: la amistad está fuera del alcance 
del control humano. Se puede desear ser amigo de otro que 
15
 Confes. 4,4,7. 
16
 Contra duas epístolas Pelagianorum, I, 1. 
17
 Carta 258,4; véase también Confes. 4,9,14: "Dichoso el que te ama a ti 
(Señor), y al amigo en ti y al enemigo por ti. Porque no pierde a ningún ser 
querido sólo aquel a quien todo le es querido en quien no se ha perdido". 
44 
anda buscando la perfección, pero sólo Dios puede efectuar 
la unión" l8. 
Agustín es muy claro ante el hecho personal de que le 
resultaba imposible vivir sin amigos. Necesitaba de verdad, 
y esto le ayudaba a promocionarse humanamente, las rela-
ciones humanas cálidas, donde los intereses comunes, las 
alegrías, las penas y las ideas fueran objeto de comparti-
miento fecundo 19. Para el modo de pensar de Agustín, esto 
no era sin más ni más una amistad puramente espiritual. Por 
el mero hecho de que la amistad entraña un intercambio de 
amor, debe extenderse a toda la persona en su realidad 
integral. Más aún: Agustín fue mucho más lejos al no cali-
ficar la amistad como necesidad personal referida a él solo. 
Consideró que la amistad era una necesidad para todo el 
mundo. De hecho sitúa la salud y la amistad en el mismo 
plano, como bendiciones especiales de la naturaleza2 0 . A la 
vez que Dios nos creó para existir y vivir en plena forma, 
también nos dio amistades para no encontrarnos solos en la 
vida2 1 . Precisamente por esta razón Agustín puede concluir 
que sin amigos la vida es un vacío total, aunque se puedan 
disfrutar grandes riquezas y buena salud: "Cuando alguien se 
encuentra sin amigos, no hay nada en el mundo que le satisfaga"22. 
Por otra parte, la pobreza, los pesares y hasta el dolor 
mismo pueden soportarse cuando uno dispone de buenos 
amigos que le sirvan de apoyo, le alienten y le aligeren la 
carga. 
'Cuando nos oprime la carga y los pesares nos ponen 
tristones, cuando los sufrimientos corporales nos quitan el 
descanso y acabanpor abatirnos o cuando cualquier otro 
pesar nos aflige, si tenemos al lado buenas personas que 
dominen el arte de reír con los que ríen y de llorar con los 
que lloran, que sepan dirigir una palabra amable y elevar 
18
 M. A. MCNAMARA, 221. 
19
 Confes. 6,16,26; también T. VAN BAVEL, Christians in the World, Catholic 
Book Publishing Co., Nueva York 1980, 25 (en citas ulteriores, Christians...). 
20
 Sermón 229D.1. s 
21
 Ib. 
22
 Carta 130,2,4. 
45 
nuestra moral con su conversación, ocurre que nuestra amar-
gura va mitigándose al menos en parte, que nuestras pre-
ocupaciones adquieren cierto alivio y que superamos nues-
tras crisis"2 3 . 
Con todo, mientras "no exista un consuelo mayor que la 
lealtad sincera y el mutuo afecto de buenos y fieles amigos", en 
medio de las fluctuaciones de la vida, podemos realmente 
temer por el bienestar de éstos. Pero el temor puede adquirir 
mayores proporciones al constatar que los amigos pueden 
fallarnos e incluso volverse contra nosotros2 4 . 
El amor, núcleo de la amistad 
Aunque Dios actúa en la gente para hacer posible la 
verdadera amistad, esta misma amistad presupone amor mu-
tuo y una auténtica unión de corazones. Agustín hablaba 
con frecuencia de los corazones y almas de sus amigos y de 
su propio corazón como si estuvieran fundidos unos con 
otros de modo que ya no fueran muchos, sino un solo cora-
zón y un alma sola. Al hablar de su querido amigo Alipio, 
dice, por ejemplo: "Somos dos, pero sólo en el cuerpo, no 
en el alma. Tan grande es la unión de corazones, tan firme 
la íntima amistad que existe entre nosotros . . ." 2 5 De todos 
modos, esta unidad sólo es posible cuando esta amistad está 
dominada no por un deseo de logros temporales, sino por un 
"amor que es puro y desinteresado"2 6 . Una característica 
de este amor desinteresado, y a la vez una prueba de ver-
dadera amistad, es la disponibilidad a arrimar el hombro 
cuando el amigo está agobiado y hacerlo sin protestar. Por 
ejemplo, Agustín dice: "Llevas el peso del enfado de tu her-
mano cuando no estás enfadado con él. Lógicamente, en 
otra ocasión, cuando te veas alterado por tu mal humor, dé-
" Ib. 
24
 De ávitate Dei 19,8 (en adelante, De civ. Dei), hablando de idénticos temores 
en la Escritura. 
25
 Carta 28,1,1; véase también Condes. 4,8,13; 2,5,10. 
26
 Carta 155,1,1, 
46 
jale que se comporte contigo como arbitro de paz y de con-
dolencia"2 7 . 
Si el hacerse cargo de las molestias del prójimo no es 
ta rea fácil, t ambién es demasiado c ie r to que esto lo 
hacemos con mejor talante cuando el prójimo son nuestros 
amigos, porque somos proclives a las epiqueyas o excusas de 
su debilidad: "Sus buenas cualidades nos atraen y nos sirven de 
aval"2S. Más aún, esta difícil tarea está inspirada por 
nuestro conocimiento de que el Señor Jesús tomó volunta-
riamente sobre sí nuestras cargas y las soportó con sus 
sufrimientos por amor a nosotros. "Nada sería capaz de 
hacer que aceptáramos de manera voluntaria una tarea tan 
pesada como llevar las cargas de los demás, si no fuera la 
consideración de lo mucho que el Señor sufrió por nos-
o t ros" 2 9 . 
El amor genuino es el núcleo auténtico de la amistad. 
Este mismo amor es el que hace que la amistad real no 
degenere en exclusivismos o particularismos. Y es precisa-
mente este mismo amor el que nos protege de la ruptura 
con los demás, puesto que lo suyo es la apertura de todos: 
" N o hay que rechazar a nadie que trate de unirse a nosotros 
con el vínculo de la amistad. No es cuestión de aceptarle 
inmediatamente, sino de querer aceptarle. Por eso tenemos 
que tratarlo de tal modo que hagamos factible tal posibi-
l idad" 30. 
La confianza y la franqueza son esenciales 
La confianza que existe entre verdaderos amigos es tan 
grande, que con frecuencia se caracteriza por el hecho de 
compart ir los pensamientos más íntimos. Cuando estamos 
dispuestos a tomar parte en esta experiencia somos cons-
cientes de haber aceptado a una persona como realmente 
27
 De áiversts quaestionibus 83, q. 71,2 (en adelante, De iiv. quaest.). 
28
 Ib, q. 71,5. s 
29
 Ib, q. 71,3. 
30
 Ib, q. 71,6. 
47 
r 
amiga3 1 . Más aún, este hecho de compartir significa que 
hemos llegado a ver a Dios en esa persona y, por tanto, 
tenemos la sensación de que depositamos estos pensamientos 
no precisamente "en otro ser humano, sino en Dios que habita en 
esa persona"32. En realidad, ésta es otra manifestación de ese 
amor profundo que es base de toda amistad. 
Pero al igual que la confianza provoca el hecho de com-
partir, la franqueza, impulsada por el amor, hace que hable-
mos sin tapujos para ayudar a que nuestros amigos se conoz-
can mejor, se corrijan si es necesario y superen las dificul-
tades con mayor facilidad33. "La mayoría de las veces los 
enemigos que te piden cuentas son más útiles que los amigos 
que sienten timidez en hacerte un reproche" 3 4 . 
Continúa diciendo Agustín: "Nadie puede ser verdadero 
amigo de otro si antes no es amigo de la verdad... Cuando 
yo hablo lisa y llanamente en vuestro bien, tengo que ser 
tan franco como amigo, porque cuanto más leal soy con 
vosotros más amigo vuestro soy 35. 
Pero si la amistad le obliga a uno a hablar sin disimulos, 
también le obliga al otro a aceptar de buen grado los esfuer-
zos que el hermano hace para ayudarle, por penosa que sea 
esta tarea a veces. Este extremo queda bien ilustrado en la 
vida de Agustín. 
De manera amistosa le escribió en cierta ocasión a san 
Jerónimo, a quien no conocía personalmente. Pero también 
le puso reparos a algunas frases de su versión bíblica. En 
aquella época la distribución y entrega de la corresponden-
cia era un proceso harto accidentado. Se consideraba que 
las cartas eran de dominio público, como hoy ocurre con las 
tarjetas postales. Esta carta personal de Agustín tardó diez 
años en llegar a Jerónimo. Pero ya mucho antes que llegara 
31
 Ib, q. 71,6: "Podemos considerar que esa persona ha sido admitida por 
nosotros como un amigo con quien tenemos el coraje de compar t i r hasta los 
sentimientos más ín t imos" . 
32
 Carta 73,3,10. 
33
 Carta 68,2, de Jerónimo a Agustín. 
34
 Carta 73,2,4. 
35
 Carta 155,1,1; 3,11. 
48 
a él había sido leída y copiada a lo largo de su recorrido. De 
hecho, bien pudo ocurrir que Jerónimo recibiera una de las 
copias y que no estuviera seguro de que era de Agustín. 
Jerónimo le contestó con una carta punzante que Agustín 
recibió pocos meses después. La respuesta de Agustín a esta 
severa corrección de Jerónimo es admirable: "Yo recibiré 
con el mayor agrado tu amigable crítica... Y si yo recibo 
con tranquilidad tu corrección medicinal, nada tendré que 
lamentar.. . Y si mi debilidad, por ser humana o por ser mía, 
no deja de resentirse un tanto.. . , mejor es que el tumor de 
la cabeza duela cuando es curado que no operar para evitar 
el do lor" 3 8 . 
Aunque estos dos gigantes de la Iglesia no llegaron a 
conocerse personalmente, se tenían en muy alta estima, y su 
correspondencia deja traslucir un amor y una amistad ver-
daderos, a pesar de desavenencias ocasionales. 
Los amigos tienen que creer unos en otros si pretenden 
una confianza mutua. Deben estar dispuestos a aceptar la 
corrección como aceptan las alabanzas y el aprecio de los 
demás. Esta confianza es tan necesaria entre los hermanos 
como lo es entre los padres y los hijos, maestros y alumnos, 
maridos y mujeres y en otras relaciones humanas3 7 . 
Mucho de lo que se ha dicho sobre este punto hace 
referencia especial a la interpretación tradicional de las 
amistades como relación íntima. Sin embargo, Agustín con 
su profunda visión de la fe enfoca la amistad, tal como hizo 
Jesús, como abarcando a las personas a escala mucho más 
amplia. "La amistad no debe circunscribirse a un margen de 
límitesempequeñecidos. Abarca a todos aquellos que son 
acreedores de nuestro afecto y amor, aun contando con que 
a unos se les dé mayores facilidades y a otros se les acoja con 
ciertas vacilaciones. La amistad se extiende incluso a nues-
tros enemigos, por quienes tenemos también obligación de 
orar. Por tanto, dentro del género humano no hay nadie a 
quien no se le deba amar, si no por razones de afecto mutuo, 
36
 Carta 73,2,3-4. 
37
 T. VAN B A V E L , Christians..., 26.29. 
49 
sí al menos porque compartimos una naturaleza humana 
común. Por lo demás, una sola cosa es cierta: sentimos un 
encanto especial por aquellos con los que compartimos un 
amor mutuo dentro de un estilo santo y cas to" 3 8 . 
En este pasaje concreto Agustín, como es evidente, hace 
una ecuación entre amistad y caridad fraterna. Esto se ve 
claro cuando consideramos que uno de los requisitos previos 
de la amistad auténtica es la oferta de amor por amor. Este 
intercambio de amor no aparece cuando tratamos con ene-
migos. Con todo, Agustín revela aquí su idea realmente 
creativa de amistad. A su modo de entender, siempre tene-
mos que actuar con amor, incluso frente a aquellos que se 
declaran enemigos nuestros. Tenemos que hacer esto con la 
esperanza y el deseo de que cambiarán sus actitudes dando 
carpetazo a su enemistad. De este modo claramente amare-
mos y actuaremos según el estilo que Jesús empleó con 
nosotros, viendo a los demás no sólo por lo que son o por 
quienes son en este momento concreto, sino por lo que 
serán o por quienes serán en el futuro mediante la gracia de 
Dios 3 9 . 
Vivir en unidad y armonía 
es vivir c o m o hermanos 
Las ideas expresadas con anterioridad se refieren clara-
mente a todos los cristianos. Pero me gustaría aplicar esto 
al contexto de la vida religiosa o comunitaria. 
Si la amistad es tan importante para Agustín, podemos 
preguntarnos por qué no hace mención de ella en la Regla 
que dirigió a los religiosos. La respuesta puede estar en la 
repetición de lo que en otra parte se ha dicho en torno a 
la palabra "comunidad": "comunidad" aparece explícita-
38
 Carta 130,6,13. 
39
 "Ama de verdad a su hermano el que ama a Dios en él, sea porque Dios ya 
está en él, sea para que pueda estar en él". Sermón 361,1; véase también el Comentario 
a IJn. 10,7. 
50 
mente una sola vez en la Regla; la palabra "amistad", ni 
una siquiera. Con todo, ambos conceptos son básicos en la 
Regla40. 
Considérese, por ejemplo, el énfasis que pone Agustín 
en esta unión de corazones que existía entre él y sus amigos; 
ya no eran dos corazones, sino uno solo4 1 . Repite esta idea 
en su Comentario al salmo 132, que aplica a la vida religiosa. 
En este comentario define qué significa para él la palabra 
monos ( = uno): no uno a secas, sino muchos que se hacen uno 42. 
Menciona la misma idea en su carta a Leto, uno de sus 
religiosos que había abandonado la comunidad de manera 
provisoria. En esta carta habla de los hermanos del monas-
terio diciendo de ellos que son "no muchas almas, sino una 
sola. . ."4 3 . Idéntica expresión es la que escribe al comienzo 
de la Regla cuando encarga a sus seguidores vivir en común 
con armonía y tener un solo corazón y un alma sola en 
camino hacia Dios4 4 . 
La idea de amistad es algo nuclear a la Regla, porque 
todos aquellos que son unos en alma y corazón son clara-
mente hermanos, en Dios sobre todo, pero a través de Dios 
también en su amor y preocupación de unos por otros 4 5 . 
Más aún, la amistad sincera se basa en el amor desinteresado, 
y seguro que esto es lo que Agustín intenta decir cuando 
intima a los religiosos a crecer en el amor poniendo los 
intereses comunes por encima de los propios. Pone bien en 
claro que cuando los religiosos buscan primero el interés 
común, buscan también en realidad sus propios intereses 
más profundos, porque se comprometen a ser una comuni-
dad en Cristo. 
40
 Véase el c. 1, "Vida comunitaria: la experiencia agustiniana". 
41
 Véase página 37. 
42
 En. in Ps. 132,6. 
43
 Carta 243,4: "Sus almas unidas a las nuestras no son muchas almas, sino una 
sola, la única alma de Cristo". 
44
 Regla, n. 3 (c. 1,2). 
45
 En cuanto a estos conceptos relativos a la amistad en la Regla, véase 
T. VIÑAS, especialmente 236-244. 
51 
Aplicación de las ideas de Agustín 
a la vida religiosa de hoy 
Las exhortaciones iniciales de la Regla, según eso, pueden 
considerarse como una llamada a vivir en amistad en la vida 
religiosa. Sin embargo, la prueba real de esta amistad llegará 
sólo a través de nuestra disposición a llevar los unos las 
cargas de los otros. ¿Qué cargas son ésas? Pueden ser la 
enfermedad, el desánimo, la incomprensión o, como Agustín 
sobrentiende, la ira, la envidia, la impaciencia, el orgullo y, 
en otras palabras, la carga del mismo pecado en nuestras 
vidas y en las de nuestros colegas religiosos. 
Pero ¿cuál es nuestra disponibilidad ante el hecho de la 
molestia que entraña ayudar a nuestros amigos y llevar las 
cargas en común con ellos? La amistad requiere franqueza 
y sinceridad, pero también implica el respeto a la naturaleza 
humana de nuestros amigos, que tratemos de ayudarlos y 
que realicemos esta tarea con gran delicadeza y compren-
sión; que no ocultemos la verdad por miedo de perder o 
romper nuestra amistad. La ocultación de la verdad no sería 
un acto amistoso, sino un gesto hostil. Según la noción que 
Agustín tiene de las cosas, como ya hemos visto, tiene que 
haber una regla implícita entre quienes viven en comunidad: 
deben estar dispuestos a ayudar y a dejarse ayudar, no sólo 
a través de una afirmación, animación y aprecio debidos, 
sino también a través de la necesaria corrección fraterna 
realizada con amor. ¡Qué diferencia tenía que marcar una 
actitud de este tipo entre los religiosos en todas partes! 
Estas consideraciones pueden llevarnos a formular algu-
nas preguntas pertinentes: ¿Estamos por lo menos abiertos a 
la amistad con quienes comparten la vida con nosotros, 
constatando, como nos intima Agustín, que nunca podremos 
conocer realmente a los demás sino a través de la amistad? 46 
¿O sólo estamos dispuestos a vivir en común bajo el mismo 
techo física y materialmente, sin permitir que la armonía y 
46
 De div. quaest., q. 71,5. 
52 
la unidad externas penetren en lo profundo de nuestras 
vidas?4 7 ¿Hemos adoptado una actitud creativa en nuestro 
amor a los demás, es decir, una disposición a mirar más que 
al hecho de la situación actual de una persona al hecho de 
la posición que puede ocupar en el futuro gracias a su cre-
cimiento? Más aún, dado que la auténtica amistad es un don 
de Dios que nos acerca más no sólo a nuestro amigo, sino a 
Jesús mismo, ¿rezamos siempre por la gracia de la amistad? 
Desterrar la soledad 
Uno de los mayores estigmas de nuestra sociedad es la 
soledad de tantos y tantos conciudadanos nuestros de todo 
el mundo. La madre Teresa de Calcuta se ha dedicado a 
ayudar a los más necesitados entre tanta soledad. Pero quizá 
muchos de nosotros podríamos contribuir un poquito más a 
aliviar esta desgraciada situación. ¡Cuántas veces quizá ha-
bremos visto religiosos completamente solos viviendo en el 
seno de nuestras comunidades! A veces todos necesitamos 
estar solos, pero la soledad es algo totalmente distinto. Es 
una de las experiencias más tristes que una persona puede 
tener. Es sentirse aislado aunque se esté rodeado por los 
demás, no sentir ánimos para compartir con los otros lo 
realmente profundo que tiene lugar en nosotros: luchas, 
gozos, frustraciones. Es no sentirse aceptado. 
Por otra parte, ¡qué estupendo es tener un amigo fiel 
que nos escuche, que nos anime, que sienta con nosotros! 
Cierto que podemos preguntarnos: ¿Cómo es posible que 
existan miembros aislados y solos dentro de la vida religiosa, 
sobre todo cuando Agustínha puesto de relieve de manera 
tan clara, de palabra y de obra, la necesidad y el consuelo 
de la amistad?4 8 Me temo que esto ocurre con frecuencia 
porque muchos, en una época o en otra, han tenido sus 
47
 Constituciones de ¡a Orden de san Agustín, Roma 1978, nn. 27.30.31 (la c i taremos 
Const. OSA). 
48
 Véanse las notas 20 y 24. 
53 
anhelos de amistad y, dolorosamente, se han quemado en el 
proceso. Como consecuencia, han perdido confianza y se 
han encerrado en un infierno para protegerse de ulteriores 
contrariedades y sufrimientos. Quizá tengan necesidad de 
ánimos para intentarlo de nuevo. Ocasionalmente Jesús tuvo 
que sentirse también dolorosamente quemado, incluso ante 
aquellos que él consideraba amigos. Sin embargo, nunca se 
entregó: continuó repartiendo amor, aun cuando no siempre 
le correspondían. No debemos ser renuentes a correr el 
riesgo de amar, aunque tengamos miedo de no ser corres-
pondidos. Por otra parte, si algunos de nosotros hemos sido 
importadores de soledad por buscar nuestros amigos de 
modo exclusivo o principalmente de fuera de la comunidad, 
¿no es hora de que también los cultivemos en casa? 
Hay todo un montón de preguntas que podríamos for-
mular en torno a la amistad. Pero, a la vez que continuamos 
preguntándonos, quizá pudiéramos también reflexionar so-
bre las posibilidades con que contamos para hacer de esta 
característica asombrosamente cristiana una parte más im-
portante de nuestras vidas y de las vidas de nuestras comu-
nidades. Entonces estaremos más capacitados para com-
prender y apreciar la alegría y el consuelo de esa amistad de 
que Agustín hablaba con tanta frecuencia y que sintetiza 
tan bien con estas palabras: "Confieso que me entrego sin 
reservas al amor de quienes me son especialmente íntimos, 
en particular si están agobiados por las contrariedades del 
mundo. Descanso en su amor sin ningún tipo de preocupa-
ciones, porque siento que Dios está presente allí... Ante esta 
seguridad, no me asusta el miedo a la inseguridad del maña-
na. Porque cuando veo que una persona está inflamada de 
amor cristiano y, como consecuencia, se ha convertido en 
un fiel amigo mío, me consta que, sean cuales fueren los 
pensamientos o consideraciones que yo le confíe, no se los 
confío a otro ser humano, sino a Dios, en quien mora esa 
persona y por quien esa persona es lo que e s " 4 9 . 
49
 Carta 73,3,10. 
54 
4. Buscar a Dios 
Contemplación y vida interior 
PR O B A B L E M E N T E la frase más famosa escrita por Agustín se encuentre en el párrafo inicial de su igual-
mente famoso libro de las Confesiones: "Nos has hecho para ti, 
Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti '. 
Esta frase puede identificar a Agustín con todos los que le 
conocen, pero el mensaje que expresa identifica la realidad 
de todos, hombres y mujeres: nuestra inquietud humana 
básica se debe al hecho de que aún no hemos llevado a cabo 
el objetivo global de nuestra existencia. Y a fuer de sinceros, 
nunca podremos realizarlo aquí, sobre la tierra. Somos pe-
regrinos, y nuestros corazones se ven apremiados por una 
tremenda urgencia de encontrar y de poseer esa felicidad 
que es la única que puede satisfacernos. Al escribir esa 
frase, Agustín no hace sino poner su dedo sobre el objeto de 
nuestros deseos. Lo reconozcamos o no, estamos en camino 
hacia Dios y no podemos ser totalmente felices ni tener paz 
mientras no le hayamos encontrado plenamente. 
A la búsqueda del amor 
La búsqueda de la verdadera felicidad, Dios mismo, 
creó una gran urgencia en Agustín, en su camino hacia la 
1 Confes. 1,1,1. 
55 
adultez, aunque en esa época, al igual que ocurre entre 
tantos jóvenes de hoy, él no identificara ese deseo de felici-
dad con lo que era en realidad: "Andaba a la búsqueda de 
un objeto de amor, porque estaba enamorado del amor... 
Interiormente sentía hambre, por estar alejado del alimento 
interior, tú mismo, Dios mío. Pero esta hambre no me hacía 
hambrear. Me sentía desganado de alimentos incorruptibles, 
no por estar harto de ellos, sino porque cuanto más vacío 
me encontraba, mayor repugnancia sentía hacia e l los" 2 . 
Agustín quería amar y ser amado, pero de un modo 
sensual. También ansiaba asirse a la verdad, hacerla algo 
propio y verse invadido por la sabiduría. Andaba a la bús-
queda de respuestas básicas sobre el misterio de la vida. A 
su estilo, buscaba a Dios de verdad. Él mismo nos cuenta 
por qué no acababa de encontrarle: "¿Dónde estaba yo 
cuando te buscaba? Tú estabas delante de mí, pero yo me 
había escapado de mí mismo. No me encontraba a mí mis-
mo, ¿cómo iba a encontrarte a t i?" 3 " T ú estabas dentro de 
mí y yo fuera, y fuera te andaba buscando y, como una 
criatura deforme, me abalanzaba sobre la belleza de tus 
criaturas. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. 
Me tenían prisionero lejos de ti aquellas cosas que si no 
existieran en ti serían algo inexis tente" 4 . 
El joven Agustín no había logrado captar el verdadero 
sentido de su existencia, es decir, la profundidad de la be-
lleza que, profundamente dentro, era suya como resultado 
del amor de Dios que actuaba en él por medio de Jesucristo. 
Como muchos otros de su época y de la nuestra, viajó a lo 
largo y a lo ancho del mundo para maravillarse ante las 
montañas, lo ancho de los océanos, los ríos que fluyen entre 
valles y colinas, las miríadas de estrellas..., pero que pasaba 
de largo ante su propia persona infravalorándola. De todos 
modos, nunca dejó de profundizar ni de mirar íntimamente 
2
 Ib, 3,1,1 (versión propia). 
3
 Ib, 5,2,2. 
4
 Ib, 10,27,38. 
56 
dentro de sí mismo, ni de intentar conocerse mejor para 
saber quién era él en realidad5 . 
Buscar con empeño 
De todos modos, Agustín tenía una cosa muy a su favor: 
lo intentó siempre. A pesar de todos los desalientos, nunca 
llegó a capitular. Y esto es lo que realmente le salvó. Con 
la llegada de la fe, finalmente fue capaz de darse cuenta de 
que Dios estaba muy dentro de él. Dios había estado en él 
a lo largo de su vida, incluso antes que Agustín descubriera 
una relación personal con é l 6 . Fue madurando hasta llegar 
a ser consciente de que Dios estaba más cerca de él que su 
propia persona7 . Tras su conversión, Agustín fue un gran 
apóstol de la vida interior, porque llegó a constatar que, en 
realidad, era en esta vida donde había que encontrar a Jesu-
cristo. Este empeño por encontrar a Dios a toda costa está 
expresado muy bien en el pasaje siguiente: "Busco a mi 
Dios en las cosas materiales del cielo y de la tierra, y no lo 
encuentro. Busco la realidad de Dios en mi propia alma, y 
no la encuentro. De todos modos, estoy decidido a buscar a 
mi Dios, y en mi anhelo por comprender y bucear en las 
realidades invisibles de Dios por medio de las cosas creadas, 
'yo derramo mi alma dentro de mí ' (Sal 42,5). De ahora en 
adelante no tengo otro objetivo que alcanzar a mi Dios" 8 . 
El hecho de que Agustín siguiera convencido de la ne-
cesidad de buscar a Dios fomentando una vida interior pro-
funda, a pesar de todos los compromisos que entrañaba su 
actividad apostólica, da ánimos a muchos otros que en el día 
de hoy se hallan en idénticas circunstancias. Es indiscutible 
que se necesita ese entusiasmo, porque resulta muy fácil 
abandonar la dimensión contemplativa de la vida consagrada 
5
 Ib, 10,8,15. 
6
 Ib, 10,4.6. 
7
 Ib, 3,6,11. 
8
 En. ín Ps. 41,8 (uso la traducción que he encontrado en M. PELLEGRINO, Give 
what you command, Catholic Book Publishing Co., Nueva York 1975. 
57 
con la excusa fútil de que hay demasiadas cosas que hacer. 
Agustín no dudó en hablar con frecuencia de la vida 
interior, de la contemplación, ni siquiera a los laicos. Sobre 
estos temas escribió asimismo cuando tuvo ocasión para 
el lo9 . Podemos incluso decir que esta orientacióncontem-
plativa domina las páginas de sus Confesiones, porque este 
libro no es simplemente una confesión de faltas y pecados, 
sino quizá especialmente una confesión o alabanza de Dios. 
Lo que yo pretendo ahora no es reflejar ni, menos aún, 
enseñar a nadie el método agustiniano de oración interior o 
contemplación. Es muy verosímil que Agustín no enseñara 
tal método. Pero, puesto que le hemos oído hablar de su 
búsqueda personal de Dios y del entusiasmo que contagió a 
los demás en este aspecto, quizá nos veamos inducidos con 
mayores facilidades a este tipo de oración o animados a 
perserverar si ya lo estamos practicando. 
Retorno a la interioridad 
Las profundidades de la vida interior a las que Agustín 
convoca a todos los cristianos pueden quedar bosquejadas 
en la cita siguiente: " N o salgas fuera de ti; retorna dentro 
de ti mismo. La verdad mora en el hombre interior. Y si ves 
que tu naturaleza sufre cambios constantes, vete más allá de 
ti mismo... Acércate, pues, a esa fuente donde la luz de la 
razón misma recibe su luz" 10. 
Si hay algo en lo que Agustín insiste una y otra vez 
cuando trata de la búsqueda de Dios, es en el hecho de que 
debemos comenzar por entrar dentro de nosotros mismos. 
La palabra clave es dentro. Allí encontraremos la verdad, la 
luz, la alegría, a Cristo mismo. Allí se nos escuchará cuando 
oremos; allí amaremos y adoraremos a Dios. Pero mientras 
este dentro significa las profundidades verdaderas de nuestro 
ser, todo ello no es más que la primera etapa de nuestro 
9
 De op. mon. 29,37; Confes. 10,40,65; 10,43,70. 
10
 De vera religione 39,72. 
58 
viaje. Agustín nos estimula a avanzar, a llegar incluso a lo 
que está más allá de nosotros mismos, a la fuente auténtica 
de nuestra inspiración y luz, hasta el mismo Dios. "Busqué 
al Señor y él me respondió (Sal 34,5). ¿Dónde escuchó el 
Señor? Dentro. ¿Dónde contestó? Dentro. Allí oras, allí te 
escucha, allí te sientes feliz... El que está a tu lado no se 
entera de nada de esto, porque todo ocurre de un modo 
misterioso, como lo indica el Señor en el evangelio: 'Vete a 
tu cuarto, cierra la puerta y reza a tu Padre en privado. 
Entonces tu Padre, que ve lo que nadie ve, te recompensará' 
(Mt 6,6). Por eso, cuando entras en tu cuarto entras en tu 
corazón. Dichosos aquellos que hallan sus delicias al entrar 
en sus corazones y no hallan en ellos mal a lguno" n . 
Agustín emplea varias palabras para designar dónde, 
dentro de nosotros mismos, podemos hallar al Señor: en 
nuestro corazón, en nuestra conciencia, en nuestros lugares 
más retirados, en nuestro cuarto secreto, en lo profundo de 
nuestro ser. Pero todos estos términos significan lo mismo, 
una misma realidad: las verdaderas profundidades de nuestro 
ser, donde Dios mora y donde nos espera. Más aún, parece 
como si Agustín no fuera capaz de dar el énfasis suficiente 
a la gran alegría y dicha que esta comunicación interior con 
Dios trae circunstancialmente consigo. Reprende con deli-
cadeza a sus fieles por creer erróneamente que las cosas de 
Dios, como meditación, descubrimiento del Creador en la 
naturaleza, adoración y amor de Dios, no pueden reportar 
tanta alegría como la que hallan, digamos, en la pesca, en la 
caza o en el teatro. "Levantemos nuestros sentimientos por 
encima de nosotros mismos y no nos limitemos al disfrute 
de las realidades temporales. También nosotros tenemos 
nuestro apartamento. ¿Por qué no entramos dentro? ¿Por 
qué no reflexionamos en los años eternos ni encontramos 
alegría en las obras del Señor?... ¿Quién puede vivir sin 
alegría? ¿O es que pensáis, hermanos y hermanas, que los 
que reverencian, adoran y aman a Dios no tienen alegría? 
11
 En. in Ps. 33, sermón 2 (trad. de M. PELLEGR1NO, O.C). 
59 
¿Pensáis de verdad que las artes y el teatro, la caza mayor 
y la volatería y la pesca, todas producen placer, y las obras 
de Dios no? ¿Pensáis que la meditación de Dios no propor-
ciona alegrías íntimas, cuando alguien contempla el universo 
y el espectáculo de la naturaleza y rastrea a su Hacedor y se 
encuentra con un creador que nunca causa disgusto, sino 
que es el supremo placer?" I2 
Jesús, camino y meta 
A la vez que se nos invita a entrar dentro de nosotros 
para encontrar a Dios, se nos recuerda vigorosamente que 
el único que puede conducirnos provechosamente a esta 
meta es la persona de Jesucristo, Hijo de Dios1 3 . Como 
subraya Agustín, Cristo es ambas cosas: el camino y la 
meta. "A través de Cris to-Hombre llegas a Cristo-Dios. 
Dios significa mucho para ti, pero Dios se hizo hombre. La 
Palabra que se hallaba lejos de ti se hizo hombre en medio 
de ti. Dondequiera que te instales, él es Dios. En el camino 
hacia esa residencia, él es hombre. Cristo mismo es el cami-
no por el que avanzas y el cielo hacia donde encaminas tus 
pasos" 14. 
Una y otra vez Agustín subraya el hecho de que por 
medio de la fe Cristo ya está dentro de nosotros, de que sólo 
él es el maestro interior y que todos nosotros debemos 
aprender de él. Puede que la palabra del predicador resuene 
en nuestros oídos, pero si no tenemos a Cristo dentro y no 
estamos dispuestos a escucharle, no acabaremos de entender 
lo que Dios trata de hablarnos por medio de su ministro. 
"Tenemos nuestro maestro dentro. Es Cristo. Si no puedes 
captar nada a través de tus oídos ni de mi boca, retorna a él 
en tu corazón, porque él es quien me enseña lo que tengo 
que decir y a ti te da como él quiere" 15. "Si no hay alguien 
12
 En. in Ps. 76,13-14 (trad. de M. PELLEGRINO, O.C). 
13
 Confes. 7,10,16. 
14
 Sermón 261,7. 
15
 In ev. lo., tr. 20,3. 
60 
que enseñe dentro, el sonido que proferimos es algo fútil... 
Déjale que te hable interiormente en ese lugar donde no 
puede penetrar ningún maestro humano" l6. " 'Entra ' , pues, 
'dentro de tu corazón' (Is 46,8) y, si tienes fe, allí encontra-
rás a Cristo. Allí te habla. Yo, predicador, tengo que ele-
var mi voz, pero él te instruye con mayor eficiencia en si-
lencio" 17. 
La búsqueda tiene sus exigencias 
Ya que Jesús instruye interiormente en silencio, debemos 
fomentar dentro de nosotros una atmósfera de silencio. 
Aunque sirve de gran ayuda ser capaces de escapar del 
ruido y de la confusión del mundo que nos rodea, esto no 
siempre resulta posible para muchas personas. Lo que tene-
mos que hacer, no obstante, es saber cómo liberarnos de 
estas alternaciones dentro, en nuestros corazones, de modo 
que tengamos la oportunidad de escuchar a Cristo y no a 
nosotros mismos con todos nuestros trabajos, sentimientos y 
prejuicios. "Dejemos un pequeño margen para la reflexión 
y también un pequeño espacio para el silencio. Entra dentro 
de ti mismo, deja al margen todos los ruidos y la confusión. 
Mira dentro de ti mismo y observa si hay dentro de ti un 
lugar oculto de placer en tu conciencia donde puedas quedar 
libre de ruidos y de controversias, donde no tengas necesi-
dad de fomentar tus debates ni de planificar tus propios 
sistemas de tozudez. Escucha la palabra en silencio para que 
puedas comprenderla" 18. 
Pero si para entender a Cristo, nuestro maestro interior, 
es necesario todo esto en el curso ordinario de los aconte-
cimientos, tendremos mucha mayor necesidad de una at-
mósfera de silencio íntimo y atento donde tratemos de pro-
fundizar aún más en nosotros mismos siguiendo los caminos 
16
 In 1 Ep. lo. 3,13; véase también Sermón 134,1,1. 
17
 Sermón 102,2. 
18
 Sermón 52,22; c( también En. in Ps. 76,8. 
61 
de la oración interior o contemplación. Más aún, necesita-
remos alimentarnos, como lo hizo Agustín, con una lectura 
y reflexión frecuente y prolongada de las Escrituras. Esta 
lectura nos llevará tanto a escuchar como a dialogar con el 
maestro. Asimismo debemos purificar el ojo del corazón 
para ser capaces de ver a Dios l 9 y estar dispuestos a eliminar 
otroamor que no sea el de Dios. Esta purificación es penosa, 
pero es un preludio necesario para ser más sensibles a la 
presencia de Dios dentro de nosotros. "Todos desearíamos, 
si fuera posible, obtener al menos las alegrías de la sabiduría 
amable y perfecta sin tener que soportar los sudores de la 
acción y del sufrimiento; pero esto es algo imposible en esta 
vida mortal . Lo propio ocurre en el orden humano: la fatiga 
de llevar a cabo la obra de la justificación precede al placer 
de la comprensión de la verdad" 2 0 . 
El amor fraterno conduce a Dios 
El P. Atanasio Sage, sacerdote asuncionista que a lo 
largo de su vida escribió muchos estudios excelentes sobre 
san Agustín, comentaba en cierta ocasión que el santo insis-
tía en la caridad fraterna como el mejor camino para acce-
der a la contemplación. Y esto, añadía, sólo sirve para 
poner de relieve la originalidad de las enseñanzas de san 
Agustín 21. 
Esta indicación coincide muy bien con las ideas agusti-
nianas que conocemos en torno a la vida cristiana, es decir, 
el servicio y honor que le debemos a Dios en nuestros 
hermanos y hermanas mediante el amor e interés que de-
19
 De quantitate animae 33,74. 
20
 Contra Faustum 22,52. Véase Quaest. in Exodum 68: "El alma que está dema-
siado interesada por los asuntos humanos está en cierto sentido vacía de Dios; por 
otra parte, cuanto más libre sea el alma para alzar el vuelo a las realidades 
celestiales y eternas, más llena estará de Dios". Véase también A. TRAPE, OSA, 
The Searchfor God and Contemplation, en Searching for God, Publicaciones Agustinianas, 
Roma 1981, 17-21. 
21
 La contemplation dans les communautés de vie fratemelle, en "Recherches Augus-
tiniennes" VII (1971)301. 
62 
mostramos compartiendo las cargas con ellos22 . Agustín 
llega incluso a afirmar que por medio de este amor a nues-
tros hermanos y hermanas es como accedemos a la visión de 
Dios, amando al amor mismo: "Si amas a tu hermano a 
quien ves, por esa misma razón verás también a Dios, ya 
que verás la caridad misma y Dios mora en la intimidad" 23. 
Lo que es más importante aún es que este amor a nuestro 
prójimo es el camino en el que purificamos nuestra visión 
interior para que pueda ver a Dios: "Pero tú, que no ves a 
Dios todavía, te harás digno de verlo amando a tu prójimo. 
Amando a tu prójimo limpias tus ojos para ver a Dios... 
Ama a tu prójimo, pues, y contempla dentro de ti mismo la 
fuente de este amor al prójimo; aquí verás a Dios en la 
medida en que te capacites para ello 24. 
Por lo demás, si queremos reconocer a Cristo aquí en la 
tierra, es preciso que actuemos frente a los demás como los 
discípulos de Emaús actuaron frente al peregrino descono-
cido que se les unió en el camino: "Le acogieron con afable 
cortesía", dice Agustín. "... La hospitalidad volvió a poner en su 
sitio lo que había usurpado la incredulidad' 25. 
Es muy importante recordar que, para Agustín, el amor 
al prójimo no es algo teórico. Este amor o tiene sus exigen-
cias muy prácticas o no es un amor real. Por ejemplo, entre 
los que tratan de vivir en comunidad exige un esfuerzo 
diario por alcanzar la unidad y la armonía reales, por supe-
rar los problemas muy humanos que pueden ir surgiendo de 
continuo y que impiden todo progreso. En otras palabras, 
exige que nos ayudemos mutuamente a llevar nuestras car-
gas. ¡Éste es el camino para amar y cumplir la ley de Cristo! 
En el pensamiento de Agustín, la armonía fraterna tiene 
una dimensión social real. El hecho de que tanto la armonía 
como la unidad se busquen y se vivan en una comunidad 
dada, demuestra que Cristo está realmente presente en ella. 
22
 Véase c. 1, "Vida comunitaria: la experiencia agustiniana". 
23
 In Ep. lo. 5,7; cf también 5,10; De Trinitate 8,12. 
24
 In ev. lo., tr. 17,8. 
25
 Sermón 235,3. 
63 
Éste es el medio principal por el que los religiosos se puri-
fican interiomente para poder ver y reconocer mejor a 
Cris to 2 6 . 
Buscar y compartir 
La contemplación de estilo agustiniano exige también 
que nos pongamos al servicio de los demás por medio del 
apostolado. Agustín subraya que nadie puede entregarse a 
la contemplación hasta el punto de olvidarse de las necesi-
dades del prójimo 27. En otras palabras, tal como él lo ve, ni 
siquiera la vida netamente contemplativa está libre de res-
ponsabilidad apostólica. La búsqueda de la verdad en sí 
misma requiere una intensa actividad, pero la verdad objeto 
de discernimiento no puede considerarse como posesión pri-
vada. Hay que compartirla con los demás. La responsa-
bilidad puede tener un peso específico para quienes tienen 
talentos concretos para la enseñanza, la escritura o la di-
rección, aun entre quienes viven una vida estrictamente 
contemplativa2 8 . Con toda probabilidad, sin embargo, la 
prueba más concluyente de la necesidad que todos tienen de 
amar al prójimo se basa en la descripción que Jesús hace del 
juicio final29. Como Jesús recalca, no es menester hacer 
grandes proezas. Pero, sin excepción, todos serán juzgados 
por el interés (o por la falta de él) que han puesto en los 
pequeñuelos de Dios, los necesitados. Por eso nos dice Agus-
tín: "Cuando hayas encontrado tu camino de retorno a ti mismo, no 
te cierres en banda en tu interior... Vuélvete a aquel que te creó... "30. 
"Dios nos convoca a que nos acerquemos y bebamos, si es 
que tenemos sed interior. Más aún: dice que si bebemos, de 
nuestras profundidades brotarán surtidores de agua viva. 
26
 VERHEIJEN, SÍ. Augustine..., 70-71. 
27
 De ciu. Dei 19,19. 
28
 VERHEIJEN, St. Augustine..., 22-23. 
29
 Mt 25,31-46. 
30
 Sermón 330,3. 
64 
Las profundidades del hombre interior son la conciencia de 
su corazón. Al beber de esta agua, la conciencia limpia 
retorna a la vida y tiene a su disposición una fuente donde 
pueda beber. ¿Qué es esta fuente y qué es este río que fluye 
desde las profundidades de la persona interior? La benevolen-
cia que le lleva a interesarse por su prójimo. Porque si llegara a 
pensar que lo que bebe lo bebe sólo para sí mismo, no serían 
aguas vivas las que fluirían desde sus profundidades. Pero si 
se apresura en sus atenciones por el prójimo, las aguas no se 
secarán: seguirán fluyendo"31. 
Si de verdad deseamos entrar en contemplación con el 
Señor y beber de su fuente íntima, debemos prepararnos a 
compartir con los demás su gran don. Como escribió Agus-
tín: "(Mi) corazón arde, pero no sólo por mí; ansia estar al 
servicio del amor f ra terno" 3 2 . 
También creyó firmemente Agustín que era más fácil 
llegar al conocimiento y al amor de Dios en una comunidad 
de hermanos, donde mutuamente compartieran todas las 
gracias o luces recibidas. Este antiguo deseo, expresado 
poco después de su conversión, lo tradujo a la realidad sólo 
dos años más tarde al fundar su primera comunidad religiosa 
de Tagaste. Agustín se preguntó una vez por qué deseaba 
que sus hermanos vivieran con él sobre una base permanen-
te, y ésta fue su respuesta: "Para poder investigar sobre el 
conocimiento de Dios y del alma en armonía fraterna. Así 
el que primero llegara a la verdad podía comunicárselo 
fácilmente al resto. Serán tanto más amigos míos cuanto 
más plenamente compartamos todos a nuestra amada" 3 3 . 
La búsqueda de Dios a través de la contemplación o de 
la oración interior no es, por tanto, un proceso interno que 
afecta únicamente a una sola persona. Al ser un proceso 
caracterizado por un amor progresivo, está hecho para com-
partirlo con otros y para que sea una irradiación de alegría. 
Más aún, es una tarea en proceso de avance. El progreso en 
31
 In ev. lo., tr. 32,4. 
32
 Confes. 11,2,3 (traducción personal). 
33
 Soliloquios I, 12,20; 13,22. 
65 
este estilo de oración se asemeja al período de transición 
que hay entre el estadio de la infancia, donde predomina lalactancia, al de la madurez, donde los adultos se alimentan 
de comida sólida, cuya asimilación va mejorando a medida 
que pasa el tiempo. Pero este crecimiento, qué duda cabe, 
procede de Dios, quien da más y más luz a los que le buscan 
en la medida que tratan de unirse más íntimamente a él. 
"Por eso en la mente misma, es decir, en la persona interior, 
tiene lugar el crecimiento de tal modo que uno no se limita 
a pasar de la leche a los manjares sólidos, sino que este 
alimento sólido se va asimilando en proporciones cada vez 
mayores. Este crecimiento no es sólo físico, sino que se basa 
en una luz interior más clara, porque el mismo alimento es 
una luz inteligible. Consiguientemente, si creces y com-
prendes a Dios... , debes buscar y esperar, no de ese maestro 
que aldabea a tus oídos..., sino de quien procede el creci-
mien to" 3 4 . 
La búsqueda que no acaba nunca 
Puesto que Dios no fuerza personalmente a nadie, sino 
que se limita a atraernos hacia él con el deleite de lo que él 
es y de lo que enseña3 5 , a veces la oración interior puede 
llevar consigo una luz o consuelo especiales. Pero la expe-
riencia tanto de la una como del otro suele ser normalmente 
corta. No constituye el objeto de la oración contemplativa 
o de la comunicación con Dios. Agustín tiene algunos pasa-
jes notables que expresan, sin lugar a dudas, su propia ex-
periencia al respecto. Pero incluso en medio de estas situa-
ciones elevadas, cosa que le ocurrió, trata de mantener los 
pies en el suelo: "El que frecuenta esta tienda y repasa en su 
mente las maravillas que Dios ha hecho por la redención de 
los creyentes se ve golpeado y fascinado a la vez por el 
sonido del festival del cielo, arrastrado por estos sonidos 
como el ciervo por la corriente de agua. Pero mientras 
34
 Inev. ¡o., tr. 97,1. 
35
 In ev. lo., tr. 26,7. 
66 
vivamos en el cuerpo, hermanos y hermanas, viajamos lejos 
de Dios y el cuerpo corruptible oprime al alma, y esta 
morada terrena tiraniza la mente que piensa en muchas 
cosas. Y así, aun en el caso de que caminemos con el deseo, 
tratamos de un modo o de otro de disipar las nubes y de 
alcanzar a veces estos sonidos..., pero bajo el peso de nuestra 
debilidad retornamos una vez más a la monotonía de las 
cosas ordinarias. Y precisamente así como allí encontramos 
algo en que gozarnos, aquí no faltan razones para l lorar" 36. 
Algunos de los pensamientos más desafiantes sobre la 
oración interior podemos observarlos en Agustín cuando 
nos estimula a avanzar, a continuar la búsqueda y el en-
cuentro, porque la búsqueda no acaba mientras no hayamos 
alcanzado la meta de nuestra vida. Esta búsqueda continuará 
incluso en el cielo, en el sentido de que estaremos descu-
briendo constantemente la infinitud de Dios. Lo que Agustín 
subraya en todo esto es el hecho de que nunca podemos 
darnos por satisfechos con nuestros propios récords. A Dios 
nunca se le posee plenamente en esta vida. El nos arrastra 
continuamente hacia algo más profundo si sabemos cómo 
atender a su llamada. "Busquémosle para hallarle, y una 
vez que le hayamos encontrado, continuemos buscándole. 
Tenemos que buscarle porque está escondido para nosotros. 
Y una vez que le hayamos encontrado, continuemos bus-
cándole porque no tiene límites... Llena al que lo busca, en 
cuanto la capacidad de éste lo permite. E incrementa esta 
capacidad en aquel que le busca, para que pueda seguir 
buscándole y él, a su vez, pueda l lenar le" 3 7 . "Buscamos a 
Dios para encontrarle con gran gozo por nuestra parte, y le 
hallamos para seguir buscándole con un amor más grande 
todavía" 3 8 . 
36
 En. in Ps. 41,9-10; todo el comentario al salmo 41, especialmente 8-10, es 
una oda a los gozos de la contemplación. Cf también Canjes. 10,40,65. 
37
 In ev. lo., tr. 63,1. El texto continúa: "No dejemos nunca de avanzar por 
este camino, hasta que nos lleve al lugar donde podamos estabilizarnos... Practi-
cando la búsqueda y llegando al hallazgo alcanzaremos la meta. Aquí acabará 
nuestra búsqueda, porque habremos encontrado la perfeción que buscábamos". 
38
 De Trinitate 15,2. 
67 
El apostolado de los contemplativos 
Me gustaría hacer unas breves consideraciones en torno 
a lo que antes dejé en suspenso sobre el apostolado específico 
de quienes viven estrictamente la vida contemplativa en la 
Iglesia, de esos hombres y mujeres a quienes no se les aprecia 
lo suficiente, ni siquiera por parte de los buenos católicos. 
Cuando escribió Agustín a los monjes de Capraria —que 
se supone vivían una vida estrictamente contemplativa—, 
no les dijo que salieran del monasterio para dedicarse de 
lleno al apostolado activo, a no ser en el caso de que la 
Iglesia requiriera sus servicios. Lo que sí les dijo es que 
tenían que ejercer un apostolado real allí en el monasterio 
y, principalmente, entre ellos. Subrayó la necesidad del 
trabajo, pero que este trabajo estaba bien dentro del am-
biente de su vida contemplativa. Les dijo, por ejemplo, que 
trabajaran por la gloria de Dios solamente, y que trabajaran 
con entusiasmo en la oración, en el ayuno y, sobre todo, en 
el amor fraterno. Si bien este amor debía abarcar también 
a los necesitados de fuera del monasterio, igualmente estaba 
orientado a fomentar el perdón dentro de la comunidad 
llevando gustosamente los unos las cargas de los otros. De-
bían trabajar en el sometimiento de sus cuerpos y en el 
discernimiento de los buenos y malos espíritus. Debían tra-
bajar alabando al Señor en la liturgia de las horas. En sín-
tesis, su trabajo principal estaba dirigido a la santificación 
personal y a compartir con los demás los valores cristianos 
que descubrieran3 9 . 
Si fuéramos a sintetizar las "act ividades" que se espera-
ban de estos monjes, tendríamos que decir que su gran tarea 
era transformarse en Cristo y compartir la presencia de 
Cristo con todos los que les rodeaban. Pero los contempla-
tivos pueden hacer aún más por los que viven fuera del 
monasterio o convento. Mediante su vida son un signo de 
protesta contra muchos de los pseudovalores que la sociedad 
3
" Carta 48; VERHEIJEN, St. Augustine..., 23-24.26-27. 
68 
propone. Por ello enseñan a los demás los valores auténticos 
de la vida y que la vida no consiste en acaparar muchas 
cosas, sino en reconocer humildemente nuestra pertenencia 
a Dios. 
Ellos nos enseñan cómo apreciar y hallar la paz verda-
dera, la paz interior, esa paz que sólo puede proceder de la 
presencia de Dios en el alma. Ellos nos proporcionan el 
sentido concreto de la comunión de los santos incluso aquí 
en la tierra, porque aligeran la carga de quienes son espiri-
tualmente más débiles. Ellos llevan en sí mismos muchos de 
los sufrimientos y cruces, y que, si no fuera por ellos, quizá 
serían nuestros y con toda seguridad nos abrumarían. Ellos 
nos enseñan el espíritu con que debemos llevar las cruces 
que nos vengan. También nos enseñan el tremendo poder de 
la oración, de la fe y del amor en un mundo que parece que 
sólo cree en el poder del dinero, de las armas y de la violen-
cia. Su presencia amorosa en la Iglesia, su interés por todos 
los hombres y mujeres tal como son en presencia de Dios, su 
profundo deseo de alabar a Dios y hacer a Cristo presente 
en nuestra época constituyen las obras espirituales de mise-
ricordia que son de incalculable valor para todos los peque-
ñuelos de Dios. Ellos, más que otros, llevan a cabo con 
generosidad el aviso de Jesús sobre el juicio final, aunque no 
sean específicamente conscientes de las personas a quienes 
hayan podido prestar un servicio de este tipo. 
Resumen 
Si damos una mirada retrospectiva y reflexionamos so-
bre el camino de Agustín hacia Dios y en su búsqueda de 
Dios a través de una vida interior profunda, se destacan 
varios puntos. 
El primero de todos es que Agustín, aun rodeado de 
ruidos, ansiedades y muchosproblemas de su servicio pasto-
ral, nunca dejó de crear dentro de sí mismo, por medio de 
la fe y de la gracia, un silencio interior que le permitiera 
69 
comunicar con Dios Padre y su Hijo Jesús. El enfoque total 
iba encaminado a Jesucristo como único ser que le podía 
llevar adentro y como el único que era la meta de su bús-
queda interior. Aún más: se alimentó de las Escrituras, le-
yéndolas, reflexionando y compartiendo con los demás las 
luces que había recibido. Conoció la necesidad de purificar 
el ojo del corazón si lo que pretendía era ver a Dios y 
reconocerle. Comprendió muy bien que la fatiga de trabajar 
sobre el amor tenía que preceder al gozo de alcanzar la 
verdad, que es el mismo Dios. Por eso concentró un trabajo 
tan pesado en favor de la unidad y de la armonía de la 
comunidad, amando al hombre y a la mujer, en especial a 
aquellos que tenía más cerca y ayudándole a llevar su carga. 
Agustín estaba convencido de que éste es el modo más 
rápido y seguro de alcanzar la paz interior y de crear un 
entorno que le capacitara a uno para la búsqueda y el ha-
llazgo de Dios. Dejó que el universo y todas las maravillas 
creadas por Dios le llevaran al Creador, pero supo que 
encontraría a su maestro únicamente dentro de sí mismo, en 
las profundidades de su propio corazón. No se permitió el 
lujo de desanimarse cuando su oración interior se veía inte-
rrumpida bruscamente y tenía que volver a las realidades 
rutinarias de la vida. Sabía que la búsqueda tenía que con-
tinuar y que nunca quedaría completa porque Dios sigue 
estando oculto y sigue siendo ilimitado. 
La única conclusión que quiero sacar de todo esto es que 
la contemplación no está fuera del alcance de los sencillos 
mortales como nosotros. Más aún, para quienes llevan 
unos cuantos años en la vida religiosa o sacerdotal, la ora-
ción interior de la que habla Agustín tiene que ser un estadio 
de crecimiento en la simplificación de la vida de oración. El 
silencio interior, el conocimiento de las Escrituras y la pu-
rificación progresiva son requisitos previos de esta oración. 
El amor al prójimo, llevado hasta el extremo del olvido de 
uno mismo, abrirá los ojos interiores a la presencia de Dios 
en nosotros y en los demás. Y Jesús mismo es el guía al que 
nos confiamos en la búsqueda del Padre. 
70 
El au to r de La nube del no-saber resume m u y b ien 
las paradojas de la contemplación: "Si me ruegas que te 
diga con precisión cómo debe comportarse uno al hacer la 
obra contemplativa del amor, estoy completamente perple-
jo . Todo cuanto puedo decirte es que ruego a Dios todopo-
deroso para que con su gran bondad y clemencia te enseñe. 
Porque con toda honestidad debo admitir que no lo sé. Y no 
tiene nada de extraño, porque es una actividad divina, y 
Dios la realizará en aquel a quien elige... Te aseguro que la 
contemplación no es fruto del estudio, sino un don de la 
gracia w . 
Lo que este don de la gracia hizo por Agustín, lo que 
significó para él y cómo impactó todo su ser lo resume muy 
bien él mismo con sus propias palabras, que constituyen una 
adecuada conclusión de estas reflexiones: "Me llamaste y 
me gritaste, y desfondaste mi sordera. Relampagueaste, res-
plandeciste, y tu resplandor disipó mi ceguera. Exhalaste 
tus perfumes, respiré hondo y suspiro por ti. Te he paladea-
do y me muero de hambre y de sed de ti. Me has tocado y 
ardo en deseos de tu paz" 4 1 . 
40
 ANÓNIMO INGLÉS DEL SIGLO XIV, La nube del no-saber, Paulinas, Madrid 19885, 
34, p. 128; c. 39, p. 139. 
4
' Confes. 10,27,38. 
71 
5. Signo de contradicción 
HACE U N O S AÑOS me encontraba en Filipinas dando una charla sobre san Agustín a los profesores y a unos 
300 alumnos de la Universidad de San Agustín, dirigida por 
los agustinos, en el sector sur de la ciudad de Iloilo. Uno de 
los puntos que toqué fue la "extraña orac ión" que Agustín 
en su juventud le había dirigido una vez al Padre; oración 
que, tal como les dije, habría repetido con toda probabilidad 
la juventud de todas las generaciones desde tiempos inme-
moriales: "Yo. . . había llegado a pedirte (Señor) incluso la 
castidad, y te había dicho: 'Dame la castidad y la continen-
cia, pero no ahora' . Temía que me escucharas enseguida y 
me sanaras de la enfermedad de los placeres, cuando lo que 
yo quería era satisfacerla, no ext inguir la" '. 
Aún no había concluido la cita cuando se dejaron oír 
algunos rumores entre los estudiantes tras ir calando en su 
significado: se había establecido una comunicación completa 
entre el hombre que escribió estas líneas en el siglo IV y 
estos jóvenes del siglo XX, con sus problemas peculiares. 
Esto era tan cierto que al final de la charla, en el turno de 
ruegos y preguntas, una de las chicas asistentes me preguntó 
si Agustín tenía algún mensaje más que comunicarnos a 
estilo de éste. 
1
 Confes. 8,7,17. 
73 
Un confl icto del corazón 
En realidad, Agustín tiene mucho que decir sobre cosas 
"como ésa": sobre la virginidad, la castidad y la continen-
cia; sobre el tremendo conflicto que tuvo desenlace en su 
propio corazón y en su mente cuando luchaba por desen-
gancharse de las cadenas de hierro de los deseos sensuales 
que le tenían atenazado y por sustituirlos con la libertad que 
nos viene con el casto servicio del Señor. "Mi voluntad 
estaba en manos del enemigo. De ella se había forjado una 
cadena con que me tenía bien atado... En cuanto a mi vo-
luntad nueva, recién estrenada, de ponerme a tu servicio 
gratuitamente y de gozar de ti, Dios mío... , aún no me 
sentía capaz de vencer a la primera, que se había ido refor-
zando con los años. De este modo, mis dos voluntades, una 
vieja y otra nueva, una carnal y otra espiritual, peleaban 
entre sí. Este antagonismo destrozaba mi a lma" 2 . 
Con sinceridad total, Agustín no se ahorra la molestia 
de relatar escenas que muestran el abismo al que había 
descendido antes de encontrar el camino de Cristo. Al mis-
mo tiempo, sin embargo, subraya claramente la alegría y la 
dicha que le embargaron cuando comenzó a vivir una vida 
santa y casta en el Señor. 
Los problemas de Agustín comenzaron muy pronto en 
su vida hogareña. Tal como nos cuenta, su padre, que toda-
vía era pagano, estaba mucho más interesado en la carrera 
del hijo y en sus estudios de retórica que en su castidad o en 
cómo crecía en la presencia de Dios 3 . (Entre paréntesis, 
podemos preguntarnos si actualmente las cosas son distintas, 
incluso en algunos hogares que se denominan cristianos.) 
Un verdadero confusionismo interior se abatió sobre Agus-
tín en sus años de pubertad, como ocurre con todos los 
jóvenes, "hasta el punto de no poder distinguir entre la luz serena 
del amor casto y la bruma del placer"4. Hasta su conversión a los 
2
 Ib, 8,5.10. 
3
 Ib, 2,3,5. 
4
 Ib, 2,2,2. 
74 
treinta y dos años experimentó un empuje tremendo hacia 
la actividad sexual pecaminosa. Posteriormente, ya obispo, 
y basado en su experiencia personal, aconsejaría a los neó-
fitos que estaban a punto de bautizarse que "en el santo 
bautismo se os perdonarán vuestros pecados, pero vuestras pasiones 
permanecerán; lucharéis, pues, contra ellas incluso después que hayáis 
renacido'''5. En cierta ocasión, al predicar al pueblo, hacía 
hincapié: "La concupiscencia con que hemos nacido no morirá mien-
tras vivimos; puede que vaya debilitándose, pero nunca desaparecerá 
del todo"6. Y mientras daba gracias a Dios por el gran don 
de la continencia que le había sido concedido con la fe, 
confesó públicamente que aún le seguían asaltando las imá-
genes que los hábitos pecaminosos antiguos habían implan-
tado en su memoria: "Me mandas, sin duda, abstenerme de 
las apetencias de la carne... Ya me mandaste que me abstu-
viera de la convivencia carnal, y respecto al matrimonio 
mismo advertiste que hay algo mejor de lo que concediste 
como cosalícita. Y como fuiste tú quien me concedió esta 
gracia, lo logré incluso antes de convertirme en dispensador 
de tu sacramento. Pero aún están vivas en mi memoria. . . las 
imágenes de aquellas cosas que la costumbre dejó impresas 
en e l l a" 7 . 
Creo que es en este punto donde tanto los religiosos 
como los sacerdotes de hoy pueden identificarse con este 
hombre de hace dieciséis siglos, que era también religioso y 
sacerdote. Tanto a nosotros como a Agustín, Dios nos ha 
aconsejado "algo mejor", algo que nos hace renunciar de 
buen grado al matrimonio. Este "algo mejor" ha sido nues-
tra meta desde que ingresamos en la vida consagrada o en 
el sacerdocio. C ie r to que hemos luchado por cumplir 
nuestro sagrado compromiso con Dios, pero, al igual que 
Agustín, también nos hemos visto sometidos a muchas y 
variadas tentaciones. Quizá hayamos tenido también algunas 
caídas, no sólo debidas a los recuerdos del pasado, sino 
5
 Sermón 57,9. 
6
 Sermón 151,5. 
7
 Confes. 10,30,41. 
75 
también a la misma naturaleza humana y al encuentro co-
tidiano con la cultura que nos rodea y que también se abre 
camino dentro de las casas religiosas en forma de revistas, 
libros y programas de televisión. Todo cuanto nos rodea 
está confrontado con una mentalidad que exalta la libertad 
sexual, incluso la llamada necesidad de actividad genital, 
para llevar a cabo la realización verdaderamente humana. 
La castidad, por tanto, que hemos escogido por el Reino, 
exige un esfuerzo determinado. Como todo objeto de belle-
za y de gran valor, no podemos poseerla a menos que este-
mos dispuestos a pagar un precio proporcionado por ella. Y 
el precio en este caso es la oración sincera, la humildad que 
nos lleva al conocimiento de nuestra debilidad, la autodis-
ciplina y el sacrificio personal. Un voto de castidad ha 
exigido siempre los mejores esfuerzos de quienes lo han 
hecho. Sin embargo, hoy es aún más exigente porque es una 
manifiesta "contracul tura". Vivir este estilo de vida se ha 
llegado a tildar de algo azaroso, perjudicial o imposible8. Pero 
también es un signo de contradicción. Hace que la gente de 
buena voluntad se plantee cuestiones arduas en torno a lo 
que significa el testimonio público o sobre qué es lo impor-
tante, incluso necesario, en la vida total de la Iglesia9. En 
una época de una indulgencia desmadrada y de un materia-
lismo rampante, este signo de compromiso total con Dios y 
al servicio de su pueblo es más necesario que nunca. 
Vis ión agustiniana de la castidad 
a la luz de la fe 
Agustín consideró dos cosas esenciales para quienes qui-
sieran vivir la vida religiosa en su compañía: el voto o 
profesión de vida común y el voto de castidad. La pobreza 
y la obediencia religiosa se hallaban tan incorporadas a la 
realidad del ideal de Agustín, que constituían parte integral 
8
 PC 12. 
9
 LG 42; OT 10; PC 12. 
76 
del voto de vida común y no era fácil separarlos de é l 1 0 . La 
estima que Agustín sentía por la virginidad, tanto como por 
la castidad en todos los estados de la vida, puede verse en el 
pasaje siguiente, que es parte de un sermón dirigido al pue-
blo. Primero trata de los votos bautismales comunes a todos 
los cristiano y luego habla de los votos individuales: " N o 
hagáis votos y luego os olvidéis de cumplirlos... ¿Qué votos 
esperamos que hagan todos sin distinción? El voto de creer 
en Cristo, de esperar de él la vida eterna y de vivir una vida 
buena guardando las normas ordinarias de buena conducta... 
Pero también hay votos hechos por personas concretas: unos 
consagran a Dios su castidad conyugal... Otros , tras expe-
rimentar los goces del matrimonio, prometen abandonar 
esta unión en adelante. Éstos prometen algo más grande que 
los primeros. Otros hacen voto de virginidad desde sus pri-
meros años y dejan completamente esos placeres que otros 
abandonan después de haberlos experimentado. Estos hacen 
el voto mayor de todos... O t ro hace voto de renunciar a 
todos sus bienes para poder distribuirlos entre los pobres y 
vivir en comunidad en compañía de los santos: éste es un 
gran voto.. . Que cada uno haga el voto que le parezca, pero 
que se cuide muy bien de observar el voto que ha hecho" u . 
La castidad religiosa es en realidad el más fundamental 
de todos los votos de la vida religiosa. Durante el curso de 
los siglos el estilo de vivir la vida común, así como el estilo 
de practicar la pobreza y la obediencia, ha variado en rela-
ción a los objetivos concretos de los distintos institutos re -
ligiosos. Pero aunque ha habido nuevas profundizaciones en 
la afectividad de la persona humana en nuestros días, no ha 
habido cambio esencial en lo que se espera de una persona 
consagrada a Dios mediante el voto de castidad. Entre todos 
los consejos evangélicos, sólo éste, en sentir del concilio 
10
 A. MANRIQUE, Teología..., II, c. 1, pp. 115-124. Véase también R. E. 
HESLINGA, ed. One Mind. One Heart (publicación privada y traducción parcial de 
la obra de Manrique) 1973, 102-105. 
11
 En. ín Ps. 75,16; véase también De sacra virginitate 8,8 (en adelante, De s. 
virg.). 
77 
Vaticano II, se mantiene como "don superior de la gracia" n. 
De todos modos, no hay que ignorar los problemas es-
peciales que han surgido en nuestra época en torno a la 
intimidad, vida afectiva y mejor integración de la propia 
sexualidad dentro de la vida comunitaria. El mismo concilio 
parece tomar nota de estas necesidades cuando dice: "ha 
castidad cuenta con mayores garantías en una comunidad donde florece 
entre sus miembros un amor fraterno auténtico"^. En realidad, 
todo cuanto en este libro se ha venido diciendo en torno a 
la vida de comunidad y a la necesidad del amor mutuo, o 
todo lo referente a compartir las cargas, a animarse unos a 
otros y a saber calibrar las distintas necesidades, todo esto 
interesa, de modo general, al modo de tratar este punto 
concreto. A partir del concilio se ha progresado un tanto en 
esta área de la vida religiosa. Pero con frecuencia nos halla-
mos con la necesidad real de trabajar mejor para establecer 
las bases para una relación más auténtica entre los miembros 
de muchas de las comunidades. La solución de los problemas 
que surgen en estas áreas no va a venir del intento de 
satisfacer las necesidades reales de vida privada casta (inti-
macy), de vida afectiva y de integración, saliendo fuera de la 
comunidad a un entorno que, con toda franqueza, frecuen-
temente ni siquiera comprende el voto de castidad. Estas 
necesidades afectivas reales deben ser susceptibles de ser 
canalizadas de una manera sana y casta, comenzando dentro 
de nuestras propias comunidades, sin incurrir en exagera-
ciones ni ceder ante expectativas irreales de lo que la comu-
nidad puede hacer 14. 
Pero si no se cuestiona lo que se espera de una persona 
consagrada a Dios por la castidad, probablemente tampoco 
se cuestiona el hecho de que nadie es capaz de vivir este 
12
 PC 12; cf también D. M. STANLET, O. C, 74-75. 
13
 P.C. 12. 
14
 Sobre una presentación más detallada del tema de la intimidad en la vida 
religiosa, véase R. J. MCALLISTER, MD, Living The Vows, Harper and Row, San 
Francisco 1986, especialmente pp. 38-51. Por ejemplo: "El deseo de intimidad 
motivará a una persona a la entrega del yo en busca del otro, no a privarse del otro 
buscándose el propio yo" (p. 41). 
78 
voto apoyado únicamente en sus propias fuerzas. Jesús mis-
mo lo dejó claro al hablar a sus discípulos: "Nadie puede 
aceptar esta doctrina (es decir, es mejor no casarse); sólo aquellos 
a quienes se les concede obrar así"1 5 . Sin embargo, Agustín nos 
cuenta que en sus años jóvenes había sido lo suficientemente 
necio como para pensar "que la continencia se basaba en la 
fuerza personal de cada uno" , sin constatar que "nadiepuede 
ser continente a menos que tú (Señor) selo garantices" 16. "En 
efecto, ¿quién es el hombre que desea reflexionar sobre su propia 
debilidad y que, no obstante, se atreve a confiar su castidad e inocencia 
a sus propias fuerzas...?" X1 Y, como ya hemos visto, Agustín 
admitió que ni realmente había tratado de ser casto ni tam-
poco había pedido seriamente esta gracia, porque temía que 
Dios le escuchara y le sanara. Y en el fondo no era eso lo 
que él quería 18. 
En el voto religioso de castidad se consagra la virginidad 
física. Pero esta ofrenda personal no tiene sentido alguno si 
no va acompañada de la castidad de espíritu. "Nadie —dice 
Agustín— conserva la pureza corporal a no ser que la castidad esté 
ya arraigada en el espíritu"]9, que, por su parte, tiene su base 
en "una fe íntegra, una esperanza sólida y una caridad sincera"20. 
Lo verdaderamente importante en el voto de castidad no es 
el hecho de renunciar al matrimonio o el estar más libre de 
una cierta esclavitud que entrañan los atractivos de la carne. 
Lo realmente importante, por el contrario, es el hecho de la 
consagración total de la persona a Dios. Esta consagración 
le capacita para amar al pueblo de Dios con un talante más 
generoso y más universal: " N o alabamos en las vírgenes el 
hecho de ser vírgenes, sino el hecho de su consagración a 
Dios mediante una santa cast idad"2 1 . 
El énfasis que pone Agustín más en el aspecto interior 
15
 Mt 19,11. 
16
 Confes. 6,11,20. 
17
 Ib, 2,7,15. 
18
 Ib, 8,17,17. 
19
 De s. vng. 8,8; cf también En. ín Ps, 99,13. 
M
 In ev. lo., tr. 13,12. 
21
 Des. virg. 11.11. 
79 
que en el exterior de la castidad lo pone de relieve el estilo 
notable con que habla de María, madre de Dios: "Para 
María fue una cosa mucho más grande haber sido discípula 
de Cristo que haber sido su madre.. . Fue mucho más grande 
conservar la verdad de Dios en su corazón que gestar su 
carne en el seno" 2 2 . 
En otras palabras: "María fue más bendita por acoger la 
fe de Cristo que por concebir la carne de Cristo.. . Ni si-
quiera la relación maternal de María le habría servido de 
provecho si no hubiera engendrado a Cristo más dichosa-
mente en su corazón que en su ca rne" 2 3 . 
La castidad consagrada debe llevar al amor 
¡La castidad religiosa no es cuestión de renunciar a nada! 
Al igual que todos los consejos evangélicos, debe llevar al 
amor 2 4 . También es verdad que la castidad religiosa da 
entrada a una amistad lo más íntima posible con Dios. Pero 
puesto que esta amistad se basa en la observancia de los 
mandamientos que Dios nos dio sobre el amor, debe englo-
bar también a la Iglesia entera y a todo el pueblo. De lo 
contrario será un fracaso 25. En síntesis, un voto de castidad 
constituye un compromiso no sólo frente a Dios, sino tam-
bién frente a la Iglesia y a su ministerio pastoral. Debe 
llevarnos a una mayor amabilidad y preocupación por las 
personas y no hacer que nos encastillemos de manera egoís-
ta. Por tanto, la castidad no puede limitarse a un amor 
intenso de Dios. Incluye también el amor a los hijos e hijas 
de Dios 26. Más aún, este voto debería capacitarnos más y 
mejor para tener en cuenta nuestras prioridades y hacernos 
menos propensos a la atomización de nuestras propias fíde-
22
 Sermón 72A,7 (conocido también como Denis 25,7). 
23
 De s. virg. 3.3. 
24
 De civ. Dei 10,6. 
25
 Jn 15,12-15. 
26
 JOHN M. LOZANO, CMP, Trenas ín Religious Life Today, en "Review for 
Religious" 42 (1983), n. 4, 500. 
80 
lidades, porque dirige todo el empuje de nuestras vidas a 
agradar a Dios y a seguir el mandato de Jesús mediante la 
santidad de cuerpo y de espíri tu2 7 . Agustín enfatiza este 
aspecto unificador de la castidad y todo su alcance en estas 
reflexiones: "A través de la continencia nos viene el reajuste 
y la reconducción a aquella unidad desde la cual nos preci-
pitamos dispersándonos en multi tud de cosas. Te ama menos 
(oh Dios) aquel que ama contigo alguna cosa que no ama 
por ti. ¡Oh amor, que siempre ardes y que nunca te apagas! 
¡Oh caridad, Dios mío, enciéndeme!" 2 8 . " Y puesto que no 
sólo no has exigido la continencia, es decir, la represión de 
nuestro amor por unas cosas concretas, sino también la 
justicia que nos señala el punto de referencia de nuestro 
prój imo. . ." 2 9 . 
Agustín pedía "encenderse" en amor de Dios y dar 
salida a la manifestación de este amor, porque comprendía 
muy bien el hecho de que "un amor más grande ha impuesto una 
carga más grande" sobre quienes están consagrados a Dios por 
la castidad3 0 . Pero este mismo amor es la salvaguardia de la 
castidad personal consagrada. Cuanto más amemos en la 
medida en que Dios nos ha amado, más guardará Dios en 
nosotros su propio don, grande e insuperable: nuestra casti-
dad. "Por tanto, sólo Dios es el que da la virginidad y el que 
la protege. ¡Y Dios es amor! Consiguientemente, es el amor 
el guardián de la virginidad, pero la humildad es la conser-
jería de este guardián. Aquí mora el que dijo que el Espíritu 
Santo descansa en los humildes, en los pacíficos y en los que 
temen su palabra... Los esposos humildes siguen más fácil-
mente al Cordero que las vírgenes orgullosas"3 1 . 
27
 ICor 7,32-34. 
28
 Confes. 10,29,40 (traducción propia). 
29
 Ib, 10,37,61. \ 
30
 Sermón 161,11,11. 
31
 Des. virg. 51,52. 
81 
¡Qué descansada vida con el voto de castidad! 
Por bello que sea el ideal, los que tratan de vivirlo saben 
cuánta lucha entraña. Agustín conocía también esta lucha: 
"No te preocupes de los enemigos externos —dice—. Conquístate 
a ti mismo y vencerás el mundo"32. Pero ahí precisamente, en 
la conquista de uno mismo, es donde radica la dificultad. En 
efecto, hay dos voluntades y dos amores que luchan por la 
supremacía en cada uno de nosotros: el amor del mundo y 
el amor de Dios. Estos amores se manifiestan a menudo en 
sentimientos y deseos antagónicos3 3 . Estamos consagrados a 
Dios, pero aún estamos sujetos a la tentación. Y porque 
somos conscientes de nuestra debilidad, también podemos 
temer fácilmente la fuerza de algunas de estas tentaciones. 
Sin embargo, al sentirnos como los seres más débiles pode-
mos experimentar la gran fuerza de Dios que actúa en 
nosotros y que en verdad puede probar nuestro amor por él: 
" C o n mucho gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis 
flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por 
consiguiente, con muchísimo gusto presumiré, si acaso, de 
mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cris-
to, pues cuando soy débil entonces soy fuer te" 3 4 . 
Me pregunto qué nos diría Agustín en una perspectiva 
práctica si nos hablara personalmente aquí y ahora. Quizá 
todo su mensaje se resumiría en aquellas palabras sorpren-
dentes que ya hemos citado: "¡Dios mío, enciéndeme!"35. 
Creo que Agustín desearía que comenzáramos por aquí: 
por pedir al Señor que nos inflame con su amor, con su 
generosidad, con su autosacrificio al servicio y en interés 
por los demás. Tenemos que centrar el voto de castidad más 
en nuestros corazones que en nuestra mente. Hay que ci-
mentarlo en la fe, esperanza y amor más que en la persua-
sión intelectual. Una justificación de carácter intelectual 
32
 Sermón 57,9. 
33
 Sermón 344,1. 
34
 2Cor 12,9-10. 
35
 Véase nota 27. 
82 
nunca será plenamente satisfactoria en este aspecto. O com-
prometemos el corazón en esta consagración —y lo com-
prometemos en profundidad— o la castidad resulta imposi-
ble. Más aún, hay que afrontar las dificultades con una fe y 
amor profundos, así como con la energía que Dios mismo 
nos proporciona. 
¿Y qué tipo de energía es ésta que Dios nos da? ¿Es 
simplemente la que brota de la gracia interior que puede 
salvarnos en el momento preciso, por decirlo de alguna 
manera? ¿O es la gracia que con frecuencia se reviste de 
forma muy humana y que Dios pone en nuestrosendero, 
intimándonos a aceptarla con toda sencillez y humildad, sin 
esperar milagros? Agustín cree en estas dos clases de gracias, 
pero su Regla en concreto pone de relieve algunas de estas 
ayudas más humanas de una manera eminentemente prácti-
ca. Una vez más creo que si Agustín viviera hoy entre 
nosotros nos diría: ¡Mira en torno tuyo! ¡Mira lo que Dios te 
ofrece aquí y ahora y haz buen uso de ello! 
¿Qué es lo que Dios nos ofrece aquí y ahora? Ante todo 
un toque de atención a la comunidad, que en el sentido 
agustiniano del término, es una llamada al amor, a la amis-
tad, al compartir , al interés mutuo. Consiguientemente, 
nuestras comunidades no pueden ser sitios refinados para 
orar, trabajar, comer y dormir. Son a la vez hogar, corazón 
y fuerza, porque nuestras comunidades somos nosotros mis-
mos, tú y yo y cuantos viven con nosotros. 
La Regla de san Agustín pone de relieve con trazos vigo-
rosos esta fuerza, y lo hace de manera muy concreta. Me-
diante la vigilancia mutua de unos sobre otros 3 6 , mediante 
la corrección fraternal realizada con espíritu de amor 3 7 , 
mediante el interés que unos por otros muestran incluso 
fuera de las cercas del monasterio o de la casa religiosa 38, 
los religiosos ofertan un servicio único de amor que es de 
vital importancia para ayudar a vivir la propia consagración 
36
 Regla, n. 24 (c. 4,6). 
37
 Ib, nn. 25-28 (c. 4,7-10). 
38
 Ib, nn. 20.36 (ce. 4,2; 5,7). 
83 
en castidad. Una amistad vivida mutuamente, que implique 
sinceridad, franqueza y confianza, es asimismo una fuente 
continua de optimismo y de arranque. Más aún, el espíritu 
de oración y de penitencia3 9 , que forma parte integrante de 
la vida de comunidad, debe recordarnos continuamente la 
presencia de Dios y el temor saludable de Dios que es una 
fuente de fuerza y de protección que no debemos pasar por 
a l to 4 0 . Agustín continúa ofreciendo sugerencias prácticas al 
precisar que los religiosos no deben llamar la atención ni 
disgustar a nadie ni por sus vestidos ni por su porte, com-
portamiento o cualquier otra actividad4 1 . En otros térmi-
nos: apela a la sencillez del estilo de vida como otra salva-
guardia real. Pero quizá su exhortación más importante al 
respecto es que los religiosos se anticipen a las dificultades 
innecesarias conociendo y reconociendo su debilidad, es de-
cir, siendo lo suficientemente humildes como para hacerse 
un chequeo personal, sobre todo en su corazón4 2 . En todo 
ello resulta más que evidente que Agustín no nos pide que 
esperemos milagros para hacernos capaces de perseverar en 
nuestra consagración a Dios. Su insistencia se basa, por el 
contrario, en que Dios actuará principalmente en nosotros 
por conducto de otras personas buenas y a través de las 
cosas sencillas y ordinarias de cada día. 
El orgul lo , precursor de la caída 
Nunca mejor aplicado el antiguo aforismo de que el 
orgullo precede a la caída que en el caso de la salvaguardia 
de la castidad religiosa: "Si alguno se considera firme, que 
esté ojo avizor, no sea que ca iga" 4 3 . Los religiosos que 
piensan que pueden hacerlo todo, verlo todo, oírlo todo o 
leerlo todo como si nunca hubieran hecho un voto de cas-
39
 Ib, nn. 10.14 y passim (ce. 2,1-4; 3,1). 
40
 Ib, n. 23 (c. 4,5). 
41
 Ib, nn. 19.21 (c. 4,1-3). 
42
 Ib, n. 22 (c. 4,2). 
43
 ICor 10,12. 
84 
tidad o de consagración a Dios, parecen ser felizmente in-
conscientes de su naturaleza humana gravemente herida. Se 
parecen muchísimo al fariseo orgulloso del evangelio, que 
proclamaba que no era "como los demás hombres" , y, por 
supuesto, no como el humilde publicano oculto en un rincón 
de la sinagoga, quien admitía cabizbajo su debilidad4 4 . 
No es extraño que Agustín tenga sus reservas sobre 
quienes profesan la continencia perpetua, y que pueden estar 
libres de otros muchos vicios y faltas, pero que se hallan 
tiranizados por su propio orgullo. En las citas siguientes se 
dirige a las vírgenes consagradas, pero el contenido es tam-
bién aplicable a todos los religiosos. "Temo que el orgullo 
anide en ellas: y tengo mis recelos de que se endiosen por 
ser beneficiarías de una bendición tan grande. Cuanto ma-
yores son las razones que hallan para envanecerse tanto 
mayor es el miedo que yo tengo de que, al agradarse a sí 
mismas, desagraden a aquel que 'resiste a los orgullosos, 
pero da su gracia a los humi ldes ' " 4 5 . "Por tanto, que su 
primer pensamiento se base en la humildad, no sea que 
lleguen a pensar que son vírgenes de Dios por méritos pro-
pios, cuando lo que ocurre es justamente lo contrario: este 
don tan exquisito procede de arriba, del Pad re" 4 6 . 
Llamada a la generosidad 
A modo de colofón, me gustaría repetir algo que ya he 
dicho antes sobre la actitud de san Agustín antes de su 
conversión: que personalmente nunca intentó en realidad 
ser casto ni pidió seriamente esta gracia. A veces surge todo 
un montón de dificultades con la castidad, no por el hecho 
de que no deseemos realmente ser castos, pues en realidad 
no hay duda alguna de que deseamos serlo. Más bien dima-
nan del hecho de que no siempre estamos dispuestos a inver-
44
 Le 18,9-14. \ 
45
 De s. virg. 34,34. 
46
 Ib, 41,42. 
85 
r 
tir las energías necesarias para vivir de manera generosa 
este voto. Y quizá sea ésta la razón principal del perjuicio 
que nos hacemos. Porque en el tema de la castidad religiosa, 
sólo nos engañamos al pensar en la posibilidad de excluir la 
generosidad de nuestro compromiso y al tratar de vivir en 
la frontera artificial entre lo permitido y lo no permitido. 
Vivir la castidad por el reino de los cielos es una tarea que 
escasamente pueden realizar quienes tratan de arbitrar cier-
to balanceo sobre la cuerda floja situada en la altura. El 
vértigo de la altura puede abocar en una caída desagradable. 
Tenemos que aprender a tener bien fijos los pies en tierra, 
a reconocer nuestra naturaleza humana en lo que realmente 
es y a hacer el mejor uso de la ayuda de Dios, tanto espiri-
tual como humana. Este es el medio para mantenernos fieles 
a nuestro compromiso. 
Nadie puede vivir el voto de castidad sin espíritu de 
autodisciplina y de autosacrificio. Nadie puede esperar la 
perseverancia en este santo compromiso sin impetrar ayuda 
en la oración y sin hacer uso frecuente de los auxilios sacra-
mentales que ofrece la Iglesia. Puede que el ascetismo no 
sea hoy una palabra muy popular para muchos, pero lo que 
representa es esencial para la vida de los consagrados a 
Dios. No hay modo de que el grano de trigo dé fruto si no 
muere 4 7 . No hay modo de que el religioso pueda dar fruto 
en el amor a menos que muera a sí mismo. Dios nos ha 
cursado una invitación especial a abrazar, en expresión de 
san Agustín, "algo mejor" o, como dice san Pablo, "a ser 
santos e intachables... y llenos de amor" 4 8 . Nuestro Padre 
del cielo nos estimula asimismo con palabras similares a las 
que dirigió a María en la anunciación: " N o temas. Estoy 
contigo. Nada es imposible para Dios" 4 9 . Pero, como ya 
hemos observado, muchísimo depende de nosotros. Tenemos 
que aceptar la venida de Dios a nuestras vidas con un talante 
muy personal, confiar en él y cooperar con la fuerza que 
47
 Véase Jn 12,24. 
48
 Ep. 1,4. 
49
 Le 1,29-37. 
86 
nos brinda. Entonces comprenderemos lo que significa estar 
abrasados de su amor, y comprenderemos también la in-
mensa alegría de compartir con los demás la plenitud de ese 
amor. 
La exhortación que sigue, dirigida por Agustín a las 
mujeres consagradas a Dios, tiene idéntica aplicación a los 
cristianos consagrados de hoy y constituye una conclusión 
pintiparada a estas ideas sobre la castidad evangélica: "Que 
los que perseveran entre vosotros os sirvan de ejemplo, y 
que los que caen aumenten vuestro temor. Estima el ejemplo 
de los que perseverane imítalos; llora por los caídos; si no, 
te harás un orgulloso. No pregones tu propia justicia; somé-
tete a Dios, que te libra de tacha. Perdona los pecados de los 
demás; reza por ti. Evita las caídas futuras mediante la 
vigilancia, borra las pasadas mediante la confesión"5 0 . 
50
 De s. virg. 52,53. 
87 
6. El cristiano comprometido 
y la cruz 
EL C O N C I L I O Vaticano II lanzó un reto a todos los cristianos: que apreciaran mejor su rol en la Iglesia y 
lo vivieran en plenitud según sus capacidades. A todas las 
personas bautizadas, por ejemplo, se les recordó su vocación 
a la santidad, área que durante muchísimo tiempo había 
sido considerada de dominio exclusivo de sacerdotes y reli-
giosos '. Toda la Iglesia tomó profunda conciencia de su 
naturaleza fundamentalmente misionera y de las consecuen-
cias prácticas que se siguen de esto 2. Al laicado se le urgió 
a tomar parte activa en el apostolado, en consonancia con el 
rol particular que cada laico desempeña en la sociedad, y a 
no seguir siendo meros espectadores pasivos en su Iglesia3. 
Y mientras se les hizo hincapié a los religiosos de que su 
única ley suprema y su norma fundamental no era sino 
"seguir a Cristo tal como se propone el evangelio"*, se les retaba 
asimismo a que "considerasen bien que a través de ellos, tanto a los 
creyentes como a los no creyentes, la Iglesia desea de verdad propor-
cionarles una revelación de Cristo cada vez más clara"5. En otras 
palabras, a los religiosos se les recordaba encarecidamente 
que su vocación era ser cristianos radicales, comprometidos 
totalmente con el servicio de Dios y en la imitación de 
1
 LG 40,2. Véase AG 2,4; 4,6 y passim. 
2
 Vaticano II, passim. 
3
 AA 3 y passim. \ 
4
 PC 2a. 
5
 LG46. 
89 
Jesús, de modo que sus vidas reflejen con mayor claridad la 
vida de Cristo en el mundo de hoy. 
Ser un cristiano radical en este sentido no resulta una 
tarea fácil. Exige que una persona, literalmente, desee "en-
gancharse" a Cristo, ser Cristo para los demás, con la misma 
delicadeza y comprensión que Cristo tuvo durante su estan-
cia en esta vida terrena. Qué duda cabe que esto implica 
que estas personas estén dispuestas a amar como lo hizo 
Cristo, a despojarse de todo lo que constituye un óbice para 
comunicarle a él y su mensaje a los demás y estar preparados 
a sacrificar no a los demás, sino a sí mismos por la difusión 
de su Reino 6. 
Sin embargo, parecerse cada día más a Cristo no es algo 
que ocurre de repente o que se hace de una vez para siem-
pre. Como toda conversión, es un proceso gradual que re-
quiere una cooperación solícita y una disposición a luchar 
durante toda la vida. La naturaleza humana no se doblega 
fácilmente al desarrollo de un amor altruista tal como nos 
lo presenta Jesús en su vida. Existen fuertes tendencias e 
instintos egoístas que hay que superar, así como ese básico 
e insaciable anhelo de la carne, de los ojos y de la ambición 
mundana que tan fuerte empuje tienen en todo nuestro ser. 
Basándose en su propio campo de experiencias de este tipo, 
Agustín comentó en uno de sus sermones: "En tanto que 
vivimos aquí en la tierra, hermanos y hermanas, el panora-
ma futuro es éste. Hemos envejecido en este combate y en 
la actualidad nuestros enemigos son más débiles, pero siguen 
siendo enemigos. Los años los han ido debilitando, pero no 
cesan de perturbar la paz de nuestra avanzada edad sirvién-
dose de mil artimañas. La batalla es más encarnizada para 
los que son jóvenes. Personalmente conocemos esta batalla 
y hemos pasado por ella. Seguid luchando con la esperanza 
puesta en la v ic tor ia" 7 . 
6
 Regla, n. 3 (c. 1,2): la unidad propuesta por san Agustín no sería nunca 
posible sin una visión cristiana "radical". 
7
 Sermón 128,11; véase también Confes. 10,30,42; 10,31-37, referentes a las 
distintas tentaciones que Agustín padeció en su madurez. 
90 
Una realidad que hemos de tener en cuenta es el hecho 
de que, según la visión cristiana de la vida, el amor y la cruz 
están íntimamente unidos. Y no es sólo porque Jesús nos lo 
enseñara así, sino especialmente porque él predicó lo que 
predicaba: "No hay amor más grande que dar la vida por los 
amigos. Y vosotros sois amigos míos si hacéis lo que yo os mando"*. 
La señal suprema del amor de Dios a nosotros radica preci-
samente en la ofrenda que Jesús hizo de sí mismo en la cruz 
para redimirnos. 
El cristiano mira a la cruz 
En nuestra época actual da la impresión de que la gente 
se halla más apartada que nunca de la cruz y de la mortifi-
cación. Por supuesto que la cruz nunca ha sido muy popular. 
No obstante, no cabe la menor duda que ha conferido gran 
fuerza y vigor a quienes han estado clavados a ella mediante 
el sufrimiento y la aflicción. Por eso se hallan tan profun-
damenta identificados con Cristo 9. Nosotros mayoritaria-
mente preferimos hacer énfasis en la resurrección, con sus 
aspectos de gozo, gloria, alabanza, libertad y conquista. Es 
una reacción muy natural: ¿quién no prefiere alcanzar la 
gloria del Señor sin pasar por el dolor y la ignominia del 
viernes santo? De todos modos, ahí queda el aviso del Señor: 
"Si el grano de trigo cae en tierra y no muere, queda infecundo. Pero 
si muere, produce mucho fruto" w. 
Probablemente contra lo que muchos se rebelan hoy es 
contra lo que parece negativo, un acercamiento casi anti-
cristiano a la cruz, y que quizá existiera esporádicamente 
en tiempos pasados: la disciplina por la disciplina, el sacri-
ficio que había perdido sentido, formas de mortificación 
que parecen fuera de lugar ahora que tenemos una com-
8
 Jn 15,13-14. 
9
 Véase SAN AGUSTÍN, En. in Ps. 54,10: "Si hubieras meditado con toda since-
ridad lo que Cristo ha sufrido, ¿no serías capaz tú también de sufrir con resigna-
ción, e incluso con alegría, puesto que te has hallado en situación similar a los 
sufrimientos de tu rey? 
10
 Jn 12,24. 
91 
t 
prensión y apreciaciones mejores de nuestra naturaleza total 
y de la unión íntima del cuerpo y del alma. Sin embargo, 
debemos tener mucho cuidado y no permitir que los posibles 
errores del pasado oscurezcan el puesto importante que 
tiene la cruz en la vida cristiana. Si tratáramos de despreciar 
la cruz, correríamos el riesgo de chocar frontalmente con 
una enseñanza básica del evangelio. 
Así pues, lo que hay que subrayar es el lado positivo de 
la cruz, su objetivo real en la vida: ayudarnos a llegar a la 
expresión más plena de ese amor y servicio que ha encon-
trado su representación en la muerte de Jesús. El amor 
auténtico lleva de buen grado a una persona a hacer todo 
cuanto sea necesario para agradar al ser querido o a poseer 
el objeto amado. Este es el único sistema para comprender 
las dos breves parábolas del Señor en torno al reino de Dios: 
"El reino de los cielos es como un tesoro escondido que un 
hombre encuentra en el campo. Vuelve a ocultarlo, y con-
tento por el hallazgo, va y vende todo lo que tiene y compra 
el campo. También el reino de los cielos es como un comer-
ciante en perlas finas. Cuando encuentra una de mucho 
valor va y pone a la venta todo lo que tiene y la compra" n . 
En otras palabras, no hay un precio demasiado elevado 
para quienes están convencidos de que han encontrado algo 
de valor incalculable y que merece la pena poseer. Análo-
gamente, ningún precio es demasiado elevado para aquellos 
que realmente aman a Jesús y desean seguirle más de cerca. 
Poseer algo que es bueno y que merezca la pena, algo que 
esté fuera del alcance del dinero, exige un esfuerzo concen-
trado y continuo. Sin embargo, por una razón o por otra, 
muchos parecen dudar cuando se trata del supuesto de que 
la vida del Espíritu puede requerir un esfuerzo similar, así 
como autodisciplina y sacrificio personal. Jesús no hizo mis-
terio de cómo podemos, e incluso debemos, seguirle:"Si 
alguno quiere venir en pos de mí, niegúese a sí mismo, tome 
su cruz y comience a seguir mis pasos" 12. 
11
 Mt 13,44-46. 
12
 Mt 16,24. 
92 
Y una vez más, apoyándonos en su afirmación de que el 
grano de trigo debe morir para dar fruto, continúa Jesús: 
"El que ama su vida la pierde, mientras que el que odia su 
vida en este mundo la guarda para la vida eterna. Si alguien 
quiere seguirme, que me siga; donde estoy yo allí estará mi 
servidor. Si alguno me sirve, le honrará el Padre" 13. 
Seguir las huellas de otro es ser discípulo de esa persona. 
Las huellas de Jesús, sin embargo, tienen la marca indeleble 
del amor que se autoinmola: "Igual que yo os he amado, 
amaos también entre vosotros. En esto conocerán que sois 
discípulos míos: en que os amáis unos a o t ros" 14. 
El camino hacia la libertad interior 
La fórmula, pues, que Jesús propone es en realidad muy 
simple: niégate a ti mismo, toma tu cruz y sigúeme. Es 
decir: ama como yo he amado. De todos modos, nadie será 
capaz de amar como Jesús amó sin aceptar estas condiciones 
previas de negarse a sí mismo y de tomar la cruz, porque el 
amor promovido por Jesús es algo radicalmente opuesto a 
ese otro amor, amor muy atractivo, que promocionan las 
fuerzas materialistas que nos invaden: "Dos tipos de amores 
construyeron dos comunidades (ciudades): el amor de uno 
mismo llevado hasta el extremo de rechazar a Dios creó la 
comunidad mundana; y el amor de Dios practicado hasta el 
punto de abandonar la autosuficiencia construyó la comuni-
dad celestial" 15. 
Los tratadistas de vida espiritual de nuestra época, al 
igual que hicieron los de tiempos pasados, ponen de relieve 
cómo la autodisciplina —no importa el nombre que se le dé: 
penitencia, mortificación, ascetismo— es absolutamente ne-
cesaria si queremos disfrutar del don de la libertad interior. 
13
 Jn 12,25-26. 
14
 Jn 13,34-35. 
15
 SAN AGUSTÍN, De civ. Dei 14,28, tal como lo traduce VAN BAVEL, Chris-
tians, 61. 
93 
Esta libertad nos permite afirmar en nosotros y proponer a 
cuantos nos rodean los verdaderos valores de la vida, que 
son también los dones del Espíritu: amor, alegría, paz, paciencia 
perseverante, bondad, generosidad, fe, mansedumbre y castidad. ¡Con-
tra éstos no hay ley!16 Si no adquirimos esta libertad interior 
seguiremos siendo esclavos de nuestro propio ego, completa-
mente centrados en el yo, amándonos sólo a nosotros mis-
mos y a nuestra propia voluntad l7. "Amarse a sí mismo es 
hacer la propia voluntad. Antepon la voluntad de Dios a 
todo esto; aprende realmente a amarte a ti mismo superando 
el egoísmo" l8. 
Un sentido cristiano de autodisciplina y mortificación 
nos permite comprobar que muchas actitudes que prevale-
cen en nuestra sociedad se basan en supuestos falsos que 
constituyen una negación práctica de la realidad espiritual 
de nuestra naturaleza l9. Al seguir a Cristo nos sentimos con 
la energía suficiente para buscar los auténticos y permanen-
tes valores de la vida que están totalmente de acuerdo con 
nuestra vocación cristiana. 
Una vis ión agustiniana de la cruz 
A la luz de lo expuesto, la aproximación muy personal 
y equilibrada de Agustín a la cruz, a la penitencia y a la 
mortificación puede servir de gran ayuda para comprender 
lo que Jesús mismo enseña sobre la materia. 
En general, Agustín dice a todos los cristianos que sólo 
pueden vivir su nombre y su vocación si no rehusan caminar 
por la senda de Cristo, aceptando el sufrimiento como Jesús 
lo aceptó: "£5 un camino duro —admite—, pero es el único 
16
 Gal 5,22-24. 
17
 Sobre este punto véase VAN BAVEL, Christians, 38-46; RENE VOILLAUME, 
Spirituality from the Desert, 74-75; GIOVANNI SCANAVINO, OSA, Lo Spirito dipenitenza, 
en "Bolletino de S. Rita", Milán, abril 1983, 6-7. 
18
 SAN AGUSTÍN, Sermón 96,2.2. 
19
 JAMES CARROLL, Mortification for Liberation, en "The National Catholic Re-
pórter ', adviento 1971, citado por MARTIN W. PABLE, OFM Cap. Psychology and 
the Commitment to Celibacy, en "Review for Religious" 34 (1975), n. 2, marzo. 
94 
bueno"20. No obstante el hecho de que este juicio puede 
resultar un tanto duro, no lo es tanto cuando se le contempla 
desde la perspectiva de la predicación y enseñanza agusti-
niana. De hecho, su aproximación a la penitencia y mort i -
ficación es nuevo y moderado, y pone de relieve estos tres 
puntos: 1) responsabilidad personal; 2) la salud del individuo, 
3) y sobre todo, crecimiento en el amor, unidad y libertad 
interior como consecuencia del ascetismo. Agustín había 
quedado profundamente impactado por los ayunos rigurosos 
y prolongados de los monjes de los monasterios de Roma y 
Milán que él visitó2 1 , pero quizá sus propias enfermedades 
físicas hicieron que pusiera mucho mayor énfasis en otros 
aspectos de la vida penitencial, que, sin género de dudas, 
eran muchos más importantes. Este extremo se ve claro en 
el pasaje siguiente: "Con todo este (ayuno), nadie se ve 
presionado a mantenerse en los rigores y austeridades para 
los que no tiene la debida complexión. Nada se impone a 
nadie contra su voluntad... Todos sus esfuerzos tienen como 
centro no el rechazo de diversos alimentos como impuros, 
sino el sometimiento del deseo desordenado y el manteni-
miento de la paz fraterna... Se hace hincapié especial en 
guardar la caridad: el alimento es subsidiario de la caridad, 
la conversación está al servicio de la caridad, los vestidos 
son tributarios de la caridad. Todo colabora con la caridad 
y sólo con la car idad" 2 2 . 
Agustín transfirió a su ideal religioso esta actitud básica 
y simple frente a la penitencia, donde a nadie se le coacciona 
contra su voluntad, donde cada cual es juez en última ins-
tancia de las posibilidades de su salud para tolerar estas 
prácticas y donde se cifra la caridad como norma última de 
todas las cosas. Como dice en su Regla: "Que la virtud de la 
caridad, que permanece siempre, prevalezca en todas las cosas que 
están al servicio de las necesidades transitorias de la vida"23. 
20
 En. in Ps. 36, serm. 2,16. 
21
 De mor. eccl. catk, I, 33,71 y 73. s-
22
 Ib. 
23
 Regla, n. 31 (c. 5,2). 
95 
Siguiendo el ejemplo de Cristo 
¿Cómo, pues, de acuerdo con Agustín, vamos a respon-
der al reto de Jesús de negarnos a nosotros mismos, tomar 
nuestra cruz y seguirle? Agustín comenta estas expresiones 
en muchas y diversas ocasiones, pero en síntesis y paladina-
mente viene a decir esto: para amar a Cristo tenemos que: 
1) hacer frente a las diversas estrategias con que el mundo 
trata de apártanos de nuestra fe; 2) aguantar todo lo que es 
oneroso; 3) guardar los mandamientos; 4) estar motivados 
por la misericordia y el amor como lo estuvo Cristo mismo; 
5) no confiar en nosotros mismos, sino en Cristo; 6) llevar 
la cruz de nuestra mortalidad —es decir, nuestra carne— y 
ponerla al servicio de nuestras metas más altas; 7) pero 
sobre todo debemos llevar mutuamente nuestras cargas, porque ello 
constituye el cumplimiento perfecto de la ley de Cristo. 
Esto es todo un programa, especialmente cuando consi-
deramos que la mayoría de estas ideas tuvieron como primer 
objetivo el laicado. Pero en realidad, dice Agustín, es toda 
la Iglesia la que está llamada a seguir a Cristo. Cuando 
Cristo habla de la necesidad de negarse a uno mismo y de 
seguirle, no se dirige exactamente a las vírgentes, a los 
religiosos o al clero, sino también a los casados, a las viudas, 
a todo el laicado 24. 
El mejor modo de apreciar la garra de Agustín en estos 
temas es dejar que hable él mismo: "¿Qué quiere decir 'que 
tome su cruz'? Aguantarlo todo es una molestia, pero así es 
como tiene que seguirme. A decir verdad, cuando me sigue 
imitando mi conducta y guardando mis mandamientos, ten-
drá que contar con muchos oponentes, con muchos que le 
pondrán el veto, con muchos disuasores.Y todo esto será 
obra de la gente misma que aparentemente me sigue... Si 
deseas seguirme, debes tener en cuenta todas estas cosas..., 
considerarlas como una cruz; tendrás que soportarlas, resig-
narte a ellas y no darte por vencido" 2 5 . "Que se nieguen a 
24
 Sermón 96,7,9. 
25
 Sermón 96,4,4. 
96 
sí mismos, es decir, que no depositen su confianza en su 
propia persona; que carguen con su cruz, es decir, que 
toleren todas las afrentas del mundo por amor a Cristo... 
Persiste, persevera, aguanta, cobra ánimo ante la dilación: 
de este modo cargarás con tu c ruz" 2 6 . "Esta cruz nuestra 
que el Señor nos manda llevar, ¿qué otra cosa es sino la 
mortalidad de nuestra carne? Nos angustia hasta que la 
muerte sea absorbida por la victoria. Por tanto, es precisa-
mente esta cruz, esta nuestra carne la que tenemos que 
crucificar y taladrar con los clavos del temor de Dios, para 
que podamos ser capaces de llevarla con libertad cuando 
nos ofrece resistencia"2 7 . 
Cuando seguimos a Cristo buscamos sus intereses y sus 
caminos, no los nuestros2 8 . ¿Y cuáles son los intereses de 
Cristo? Cristo no tiene otro interés que el cumplimiento de 
los dos grandes mandamientos del amor. 
La ley de Cristo consiste en que unos llevemos las cargas 
de los otros. Cuando amamos a Cristo resulta fácil transigir 
con las flaquezas del prójimo, aunque no le amemos aún por 
sus buenas cualidades29 . 
La experiencia nos enseña que las ocasiones de tener que 
soportar las flaquezas del prójimo no faltarán mientras vi-
vamos. Por consiguiente, no es preciso que los que viven en 
comunidad se formulen la pregunta de cómo seguir a Cristo 
más de cerca. Ya tienen trazadas su penitencia y mortifica-
ción básicas. Sólo les resta ser generosos en la realización de 
su vida comunitaria, y entonces, sin duda alguna, estarán 
unidos más íntimamente a Cristo 30. 
Pero, como dice Agustín, la carne —nuestra naturaleza 
mortal— es nuestra cruz real. Es preciso que la domemos y 
desbravemos si vamos a crecer en el amor y ser capaces de 
26 Sermón 96,7,9. 
" Carta 243,11. 
28
 In ev. lo. 51,12: "Sirven a Jesucristo quienes no buscan sus propios intereses, 
sino los de Jesucristo. Por eso la expresión 'sigúeme' significa sigue mis caminos, 
no los tuyos..." ""• 
2<l
 Dediv. quaest. 83, q. 71,7. 
30 Const. OSA, n. 38. 
97 
anteponer los intereses de Cristo a los nuestros. Tenemos 
que empeñar una gran batalla contra las tentaciones de cada 
día y tenemos que superarlas; aunque tengamos que hacerlo 
personalmente, sabemos que es una labor que supera nues-
tras propias fuerzas: "Nuestra tarea en esta vida es mort i -
ficar las obras de la carne mediante el espíritu, corregirlas 
día a día, atenuarlas, coartarlas, darles muerte. . . En esta 
batalla recurrimos a la ayuda de Dios mientras nos bat i-
mos il. 
En un pasaje de sus Confesiones Agustín describe una de 
sus batallas, con la que quizá muchos de nosotros podemos 
identificarnos: "Lucho a diario contra el apetito desordena-
do de comer y beber. En este punto no me resulta posible 
cortar drásticamente, de una vez para siempre, con ánimo 
de no volver a las andadas, cosa que sí pude hacer en el caso 
de mis relaciones sexuales. Porque en el comer y en el beber 
las riendas del apetito han de manejarse con equilibrio y 
moderación, con un tira y afloja. ¿Y quién hay, Señor, que 
no se desboque un poquito fuera de los límites de la nece-
sidad?" 3 2 . 
A la vez que postula una actitud de moderada relajación, 
insiste también en una firmeza equilibrada. Un equilibrio 
saludable en este sector de la vida es tan importante como 
en otros. Lo que Agustín viene a decir es que debemos 
alimentar nuestro cuerpo de manera que esté en buen estado 
de servicio, y domarlo de tal modo que no impida nuestro 
desarrollo integral en la vida cristiana3 3 . 
La penitencia debe llevar al amor 
Pero el hecho de que Agustín requiera siempre modera-
ción y un sano equilibrio no debe hacernos pensar en que 
31
 Sermón 156,9.9. 
32
 Confes. 10,31.47; véase también En. in Ps. 99,1, donde habla del problema de 
sus experiencias de las alabanzas humanas. 
33
 Const. OSA, n. 38. 
98 
fuera un oponente de aquellas formas de penitencia y mor-
tificación especialmente recomendadas por las Escrituras y 
por los primeros padres de la Iglesia: oración, ayunos, li-
mosna. Y no sólo no se oponía, sino que oportunamente 
hablaba de su necesidad, subrayando, no obstante, que su 
último objetivo tenía que ser el progreso en el amor y la 
armonía. En su carta a Proba, Agustín en un breve pasaje 
combina muchas cosas que él considera de importancia al 
abrazar la cruz: por una parte, la necesidad de la oración, 
del ayuno y de otros tipos de penitencia; y por otra, la 
necesidad del discernimiento personal de la propia capaci-
dad para estas prácticas. Pero, por encima de todo, insiste 
en la guarda del amor: "La oración recibe una gran ayuda 
del ayuno, las vigilias y toda clase de castigo corporal. Que 
cada una de vosotras haga lo que buenamente pueda. Si una 
(sólo) puede hacer un poquito, dejadla que haga lo que 
pueda, mientras ame en la otra lo que ella misma no hace 
sencillamente porque no puede. De ese modo, la más débil 
no servirá de remora a la más fuerte, y la más fuerte no 
fatigará a la más débil. Eres deudor de tu conciencia ante 
Dios. A nadie más le debes nada, sino el amaros unos a 
o t ros" 3 4 . 
La limosna y la oración, las buenas obras y el perdón de 
las ofensas de los demás nos hacen tan gratos a Dios, que 
cuando las ofrecemos con buena disposición borran todos 
nuestros pecados leves3 5 . Un pasaje de tipo parenético de 
gran finura que Agustín nos ha dejado subraya la inutilidad 
del ayuno y de otras manifestaciones penitenciales si no van 
acompañados de obras de amor y justicia: "Si no controlas 
tu severidad frente a su siervo, tu ayuno se verá rechazado. 
¿Es que va a tener aceptación si no reconoces a tu hermano? 
No te pregunto de qué alimentos te privas, sino de qué es lo 
que amas... ¿Amas la justicia?... Bueno, pues entonces deja 
que veamos tu justicia. Pienso que lo único bueno es que 
34
 Carta 130,16,31. 
35
 Sermón 56,8,12; 58,8,10. 
99 
guardes lo que es más grande, para que lo que es más peque-
ño te guarde a t i " 3 6 . 
Sugerencias a los rel igiosos sobre llevar la cruz 
Sugerencias desde la "Regla" 
Lo que Agustín ha expresado en sus enseñanzas al pueblo 
se lo repite a sus religiosos. Con absoluta franqueza, la Regla 
habla con la mayor sencillez de la penitencia, ofreciendo 
nada más que una norma concreta: "Someted la carne... me-
diante el ayuno y la abstinencia de comida y bebida". Pero Agustín 
añade a continuación una condición importante y cualifica-
da: "En cuanto vuestra salud lo permite"1''1'. Hacer penitencia no 
tendría objeto ni sentido si a consecuencia de ella cayera 
uno enfermo. El objeto de la penitencia no es en modo 
alguno perjudicarnos a nosotros mismos, sino facilitar esa 
armonía total dentro de nosotros, esa prioridad adecuada 
entre cuerpo y espíritu, que redundará en bien de la salud 
de todo nuestro ser3 8 . Como dijo muy bien un antiguo 
seguidor de Agustín: "La enfermedad que deriva de la abstinencia, 
más que recompensa lo que merece es reprimiendo"39. Agustín 
indica que incluso aquellos que no pueden resistir sin comer 
hasta la hora de la comida (que de ordinario se hacía en 
torno a las tres de la tarde) pueden tomar un ligero tentem-
pié hacia mediodía4 0 . Los enfermos quedaban libres de toda 
obligación de ayunar durante el proceso de su enfermedad. 
Pero al igual que Agustín se desvivía por que los enfermos 
estuvieran rodeados de cuidados especiales para que pudie-
ran recobrar su vigor con mayor rapidez, así esperaba de 
ellos que fueran lo suficientemente maduros y responsables 
como para darse cuenta de cuándodebía cesar su caso espe-
36
 De utilitate ieiunii, 5,6-7. 
37
 Regla, n. Ule. 3,1). 
38
 De doctrina enristiana 1,24-45. 
39
 Const. OSA, n. 38, donde se cita al beato Simón de Casia en nota a pie de 
página. 
40
 Regla, n. 14 (c. 3,1). 
100 
cial. Su idea era que debían retornar al modo de vivir más 
sencillo y más en consonancia con los siervos de Dios. E n 
otras palabras, los religiosos debían poner especial cuidado 
en no darse al regalo, prolongando su cura después de haber 
recobrado la primera salud: "No deben hacerse esclavos del 
disfrute de la comida que les era necesaria para mantenerles en píe 
durante su enfermedad"41. 
Esta es la síntesis de lo que Agustín tiene que decir 
explícitamente sobre la penitencia y la mortificación en la 
Regla. De todos modos, en varios otros capítulos de la Regla 
se habla también de una conducta mortificada e incluso 
pedida a los hermanos y hermanas. Por ejemplo, al ofrecer 
garantías de que su conducta externa (vestido, porte, com-
portamiento, etc.) no ofenda a nadie4 2 ; al evitar la curiosi-
dad de la vista ante la presencia del sexo opuesto4 3 ; al 
superar ciertas dudas o temores ante el compromiso de la 
corrección fraterna4 4; al compartirlo todo en comunidad 
(cosa que en realidad puede ser una auténtica penitencia) 45; 
al pedir perdón a quienes han ofendido4 6 ; e incluso en su 
verdadera actitud en la observancia de la Regla, que les pide 
vigilancia para no caer: "Pero si uno de vosotros ve que ha 
tenido su fallo en algún punto, duélase de lo pasado, esté en 
guardia para el futuro, rogando a Dios que le perdone su 
falta y no le deje caer en la tentación" 4 7 . 
Sugerencias a los otros religiosos 
En sus primeros años de obispo, Agustín tuvo ocasión de 
escribir a cierto abad, Eudoxio, y a sus hermanos de la isla 
de Cabrera, en el archipiélago balear, para responder a 
algunas cuestiones que le había formulado. En su carta hizo 
hincapié en ciertas prácticas penitenciales que, según dice, 
41
 Regla, n. 18 (c. 3,5). 
42
 Regla, nn. 19.21 (ce. 4,1.3). 
43
 Ib, n. 22 (c. 4,4). 
44
 Ib, nn. 25-26 (c. 4,7-8). 
45
 Ib, n. 32 (c. 5,3). \ 
46
 Ib, n. 42 (c. 6,2). 
47
 Ib, n. 49 (c. 8,2). 
101 
tenían que realizar con entusiasmo, aunque siempre para 
gloria de Dios. Sin embargo, hace mención especial de una 
acción concreta, que viene a subrayar una vez más lo que ya 
hemos observado que reviste para él el máximo interés: 
"Ante todo, soportaos mutuamente con amor, porque en realidad, 
¿qué puede tolerar una persona que es incapaz de aguantar a su 
hermano?"A% El amor a nuestros hermanos y hermanas, el 
aguantar sus dificultades y debilidad es la prueba decisiva 
de nuestra disponibilidad a someter nuestro corazón y nues-
tro espíritu a Dios, que es lo que constituye el objetivo 
cabal de la penitencia y mortificación. No hay nada que 
pueda probar mejor nuestra aceptación de la voluntad de 
Dios en nuestras vidas que el cumplimiento de estos dos 
grandes mandamientos del amor. 
El ejemplo de la vida de Agustín 
Posidio nos ha dejado entrever algunas de las huellas de 
la vida de Agustín con los hermanos y de cómo estos herma-
nos llevaban una vida sencilla y mortificada en lo que res-
pecta a la comida y a la bebida en la mesa común. Pero 
incluso en esto el autor subraya que Agustín interrumpía su 
dieta normal, más bien austera, en atención a los huéspedes 
o a los enfermos, sirviéndoles carne y vino al lado de la 
verdura. La lectura y la charla en la mesa tenía más impor-
tancia para él que la comida y la bebida. Pero insistía, 
asimismo, en que todos los presentes se abstuvieran de char-
las superfluas y dañinas, lo que es ya otra señal de su con-
ducta mortificada, que también esperaba tuvieran los que 
convivían con él 4 9 . Quizá el perfil más significativo de 
Agustín en el aspecto penitencial es el que traza Posidio 
cuando nos narra su última enfermedad: "Cuando hablaba 
con nosotros de manera familiar, era corriente en Agustín 
decirnos que, una vez que había recibido el bautismo, ni 
siquiera aquellos cristianos y sacerdotes que gozaban de alta 
48
 Caria 48,3. 
49
 O. c, 22,2-3.5-6; 25,2. 
102 
estima podían acercarse a la muerte sin haber hecho digna 
y adecuada penitencia. En su última enfermedad obró de 
acuerdo con este criterio. Había hecho copiar y fijar en la 
pared los salmos penitenciales de David. De este modo, 
estando enfermo podía verlos y leerlos en cama, mientras 
derramaba continuamente tiernas lágr imas" 5 0 . 
Resumen 
De todo cuanto hemos visto en relación con el pensa-
miento y el modo de actuar de Agustín se ve con suficiente 
claridad que su actitud frente a la cruz, es decir, frente a la 
práctica necesaria de la penitencia y de la mortificación en 
la vida cristiana, no tenía variaciones sustanciales tanto si se 
dirigía al laicado como a los religiosos. Siempre insistía en 
estos mismos puntos: 1) la necesidad de abrazar la cruz y de 
seguir a Cristo; 2) la necesidad de salvaguardar la propia 
salud en estas prácticas; 3) la presencia de un sentido de 
responsabilidad personal, dirigido por la generosidad y una 
prudente moderación; 4) la importancia absoluta en esto, 
como en todas las cosas, del amor como norma última. Si es 
imposible llevar a cabo esta norma; si se rompe o pone en 
peligro real la unidad de una comunidad mediante la acción 
de un individuo o de un grupo, entonces este no puede ser 
un medio sano de imitar a Cristo. "El trabajo de los que 
aman nunca es pesado; de hecho, con frecuencia proporcio-
na placer..., no importa lo que se ama. Cuando hacemos lo 
que amamos, o nos damos cuenta del trabajo o incluso ama-
mos este t rabajo" 5 1 . 
Si tal es el sentido agustiniano de llevar la cruz, ¿hay 
alguien que no sea capaz de llevarla con amor? A veces saca 
uno la impresión de que, con posterioridad al concilio Va-
ticano II, para muchísimos religiosos la penitencia y la mor-
tificación han sufrido un destino parecido al de la oración 
50
 Ib, 31,1-2. 
51
 De bono viduitatis 21,26. 
103 
meditativa y contemplativa. Dado que este tipo de oración 
ya hacía tiempo que no se practicaba en común, muchos 
simplemente lo ignoraron o lo descuidaron. Sin embargo, 
análogamente a como los religiosos no pueden progresar sin 
la oración de quietud, tampoco pueden esperar alcanzar el 
objetivo de seguir a Cristo más de cerca si no están dispues-
tos también a tomar su cruz. 
Esta cruz, como ya hemos visto, tiene muchas facetas. 
Por un lado es oración, ayuno y abstinencia. También es, 
por lo demás, dedicación al estudio y a otras formas de 
apostolado, todo ello emprendido únicamente en busca de 
los intereses de Cristo. Esto supone aguante bajo las pruebas 
de la vida diaria, guarda de los mandamientos y estar mo-
tivados como lo estuvo Cristo. Supone también el echar 
mano a las cargas de los demás con amor. Supone aceptar 
no sólo los gozos de la vida comunitaria, sino también sus 
sufrimientos —los trabajos y las luchas de nuestros herma-
nos y hermanas y también las nuestras propias—. Con todos 
estos medios nos vamos conformando poco a poco a la 
imagen de Jesucristo, cuya cruz fuimos y seguimos siendo 
por nuestros pecados y por nuestra negativa a renovarnos 
en el Espíritu. Cuando cargamos con nuestra cruz, no sólo 
a título individual, sino también en cuanto comunidad, esta 
cruz se hace mucho más ligera, especialmente cuando, según 
repite Agustín con énfasis, la cruz nos lleva a una unidad y 
a un amor más grandes. La cita siguiente resume la actitud 
de Agustín y puede servirnos de conclusión pintiparada a 
estas reflexiones: "Si te apoyas en las palabras de Cristo.. . , 
no te esclavizarán ni los deseos de la carne ni los de los ojos, 
ni te avasallará la ambición mundana. Y harás sitio para 
que, cuando llegue la caridad, puedas amar a Dios... Cadacual es lo que cada cual ama. ¿Amas la tierra? Eres terrenal. 
¿Amas a Dios? ¿Qué quieres que te diga? ¿Que serás Dios? 
No me atrevería a decirlo por mi propia autoridad, pero 
oye lo que dicen las Escrituras: Yo dije: sois dioses e hijos 
del Alt ís imo" 5 2 . 
52
 In ep. lo. 2,14. 
104 
7. Revestios de la humildad 
EL CRISTIANISMO es una religión de contrastes, a veces de fuertes contrastes, que no se pueden com-
prender desde un punto de vista puramente humano. Los 
que caminan en la luz, o en la gracia, se hallan en marcado 
contraste con los que avanzan en la oscuridad, es decir, en 
el pecado, o sin fe '. Hay un contraste entre la vida y la 
muerte hasta tal punto que los que mueren vivirán, mientras 
que los que desean conservar su vida la perderán 2 . Se ha 
dicho que los primeros serán los últimos y los últimos los 
pr imeros 3 ; que los que se enaltecen serán humillados, mien-
tras que los humildes se verán enaltecidos4 . Y todavía más: 
a los pobres se les colma de bienes, mientras a los ricos se les 
despide vacíos5 . No hay duda de que las prioridades que 
enseña Jesús son diametralmente opuestas a las que el mundo 
considera dignas de aprecio: la meta de ser los primeros, los 
que triunfan a fuerza de luchar, los que viven el momento 
presente sin pensar en el más allá. 
Ot ro contraste bíblico digno de especial mención es la 
oposición, repetida con frecuencia, expresada entre debili-
dad y fortaleza, que afecta no sólo a los seres humanos, sino 
—cosa bastante extraña— al mismo Dios. Esto aparece 
particularmente claro en los ejemplos siguientes, tomados 
1
 Evangelios en general, Juan en especial. 
2
 Me 8,35. 
3
 Mt 19,30. \ 
4
 Le 14,11. 
5
 Le 1,52-53. 
105 
de san Pablo: "Te basta mi gracia —le dice Jesús a Pablo—, 
porque en la debilidad es donde alcanza la fuerza su perfec-
ción... Por eso —dice Pablo— estoy satisfecho con mi de-
bilidad..., porque cuando me hallo sin fuerza es cuando soy 
fuer te" 6 . "El mensaje de la cruz es un absurdo completo 
para los que se pierden, pero para nosotros que experimen-
tamos la salvación es el poder de Dios... (Cristo crucificado) 
es piedra de escándalo para los judíos, un absurdo para los 
gentiles; en cambio, para los llamados, lo mismo judíos que 
griegos, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios... 
Lo necio del mundo se lo escogió Dios para humillar a los 
sabios; y lo débil del mundo se lo escogió Dios para humillar 
a lo fuer te" 7 . 
El orgul lo: pecado capital 
Hay un núcleo profundo de teología oculto en estas 
frases: la debilidad se hace fortaleza, la sabiduría del mundo 
se convierte en locura en presencia de Dios y la desesperan-
za de un Hombre-Dios crucificado se hace auténtica sabi-
duría y poder de Dios que conquista la muerte. Esta teología 
constituye todavía un lenguaje que es un "absurdo" para los 
que no tienen fe, tanto en nuestra generación como en la 
época de san Pablo. 
¿Cómo puede uno explicar esta enseñanza a quienes 
sienten que lo que realmente cuenta en este mundo es abrirse 
paso a empujones sin tener en cuenta para nada la gente 
sobre la que hay que pasar? ¿O a quienes confían tanto en 
la razón humana y en la sabiduría de la ciencia que apenas 
si dan crédito, si es que le dan alguno, a la sabiduría de Dios 
y a su Iglesia? ¿O a quienes se consideran personas que han 
alcanzado el éxito merced a su propio esfuerzo, que son 
superiores a los demás, que sólo tienen fe en lo que pueden 
ver, sentir o medir? El orgullo latente bajo estas actitudes 
6
 2Cor 12,9-10. 
7
 ICor 1,18.23-24.27. 
106 
ha llegado incluso a producir religiosos zelotas, como es el 
caso de san Pablo antes de su conversión, o el caso parecido 
de san Agustín, proselitista ferviente en su primera época 
maniquea. 
Fue el orgullo el que le impidió a Agustín la entrada en 
la Iglesia. No tiene nada de extraño que calara tan hondo en 
la interpretación de sus obras tan sutiles. Estaba altamente 
cualificado para aleccionar a su pueblo sobre los efectos 
destructores del orgullo y para animarlo a imitar a Cristo 
en su humildad. Y no hay por qué cuestionarse de por qué 
dio un énfasis particular a la virtud de la humildad como 
uno de los fundamentos de la vida religiosa. 
Encuentro de Agust ín con el orgul lo 
Agustín conocía muy bien el poder del orgullo: su capa-
cidad de hacer naufragar la vida de una persona. ¡Había 
hecho naufragar tantas veces la suya!... ¿No había exagera-
do sus propias fechorías antes sus compinches juveniles para 
aparentar chulería delante de ellos?8 
Y, algo importante, ¿no se había cerrado al mensaje de 
salvación de la Sagrada Escritura por no estar redactada en 
el estilo literario de los autores clásicos, que tan bien cono-
cía y estimaba?9 Consideró las Escrituras "inferiores al 
r ango" de estos autores clásicos. Como resultado, nada que 
mereciera la pena podía aprender en ellas. ¿No acudía a oír 
la predicación de san Ambrosio por su habilidad oratoria 
más que por lo que de él pudiera aprender como hombre de 
Dios? 10 ¿No tuvo ocasión de experimentar en su rebaño y 
en sus clérigos, y casi hasta en su propio cuerpo, la violencia 
que puede nacer del orgullo, en especial del orgullo ideoló-
gico, tal como se manifestaba en el fanatismo religioso de 
los donatistas y circunceliones, que eran los terroristas de 
8
 Confes. 2,3,7. \ 
9
 Confes. 3,5. 
10
 Ib, 5,14,24. 
107 
entonces? " A mayor abundamiento, en sus relaciones pas-
torales con el pueblo y con los que ingresaban en la vida 
religiosa hablaba con franqueza y frecuencia de los peligros 
que este pecado ha traído a la raza humana. No es extraño, 
pues, que subrayase tanto la necesidad de humildad entre 
todos los que desean seguir a Cristo. 
Un corazón humilde atrae a Dios 
Repetidas veces subrayó que la razón primera de por 
qué los cristianos tenían que ser humildes era que de este 
modo podían imitar mejor al Padre celestial, que por la 
salvación de todos se había hecho humilde en Jesucristo. Y 
al probar este punto, con frecuencia utilizaba los mismos 
conceptos que emplean las Escrituras cuando contrastan 
fuerza y debilidad, orgullo y humildad, destronamiento de 
los poderosos y exaltación de los humildes: "Quizá te aver-
güences de imitar a un hombre humilde; imita al menos a un 
Dios humilde" 12. "Si en tu debilidad no desprecias a Cristo 
humilde, permanecerás verdaderamente firme en el Cristo 
exaltado. Porque, ¿cuál fue el objeto de la humillación de 
Cristo sino que tú fueras débil?" 13 "Cuanto más orgulloso 
es el corazón de una persona, más se aparta de Dios y baja 
hasta lo hondo. Un corazón humilde, por el contrario, hace 
bajar a Dios desde el c ielo" 14. 
Lo que dice Agustín en este último texto es algo que 
quizá podamos ilustrar desde el ángulo de nuestra experien-
cia personal. Resulta fácil, por ejemplo, hacerle regalos a 
los pobres, porque necesitan casi de todo. Pero es casi im-
posible encontrar un regalo para un rico, puesto que tiene 
todo cuanto necesita y mucho más. También resulta difícil 
ayudar al hombre que tiene conciencia de hacerlo todo por 
11
 POSIDIO, 9-12. 
12
 TV. in lo. 25,16; cf también Sermón 117,17. 
13
 Sermón 142,2 (conocido también como Wilmart, 11,2). 
14
 En. in Ps. 93,16. 
108 
sí mismo y que desea hacerlo todo él solo o ella sola. Algo 
así le ocurre a Dios: no tiene dificultades en contentar a los 
humildes ni en ayudar a los necesitados que reconocen su 
debilidad innata. Pero Dios sólo puede ser un mendigo, por 
decirlo así, a las puertas del orgulloso. La declaración de 
fuerza que hace la persona orgullosa pone de relieve la 
debilidad de Dios. Dios se permite en este caso ser casi un 
desamparado, porque no quiere imponerse personalmente 
por la fuerza a nadie ni quiere imponer sus gracias. La única 
manera en que Dios puede ayudara las personas a superar 
el orgullo es llevándoles a tales estrecheces que se sientan 
forzados a reconocer su debilidad real: "Todos los orgullo-
sos hacen alarde de fortaleza... Por eso, en su bondad, la 
primera gracia de Dios es hacer que admitamos nuestra 
debilidad, que confesemos que todo el bien que podamos 
hacer, así como todas nuestras capacidades, se lo debe-
mos a é l " 15. 
Agustín añade otro pensamiento muy incisivo cuando 
dice que los orgullosos no quieren tener como líder a Dios 
porque es débil. Este Dios es un escándalo para ellos por 
haber nacido como un hombre, sujeto a la sed, al hambre, 
a la fatiga y, finalmente, a la muerte de cruz —y todos éstos 
son signos de debilidad, de desamparo, de dependencia de 
los demás, que los orgullosos no están dispuestos a admitir 
en ellos mismos, y mucho menos a hallarlos en Dios— 16. 
Pero, continúa Agustín, Dios se abajó y se hizo débil como 
nosotros y por nosotros, porque de otra manera habríamos 
sido incapaces de llegar a él. La humildad del Hombre-Dios 
Jesús, pues, es la única medicina capaz de sanar nuestro 
orgullo, pero esta medicina no nos es accesible si no estamos 
dispuestos a reconocer la realidad de nuestra condición pe-
cadora y de nuestra debilidad, a reconocer que estamos 
enfermos y, ante este hecho, abrirnos a la curación l7. Es 
justamente lo que dijo Jesús: "No son los sanos los que tienen 
15
 En. in Ps. 38,12,18. 
16
 Sermón 123,1 y 3. 
17
 Sermón 123,1; 354,5. 
109 
f; 
necesidad de médico, sino los enfermos... Yo he venido a llamar no a 
los justos, sino a los pecadores"{%. 
El corazón de la humildad 
Pero si el orgullo consiste en no reconocer el papel de 
Dios en nuestras vidas, vernos como don suyo, y es la ten-
dencia a instalarnos como el centro independiente de todo, 
¿cómo podemos comprender la humildad? Ante todo, para 
Agustín la humildad no consiste en rebajarnos ni en tener 
una imagen pobre de nosotros, no apreciando ni desarro-
llando los talentos o los dones que Dios nos ha regalado. 
Agustín llega incluso a acusar a quienes actúan como adultos 
sin madurez calificándolos de "bebedores de leche", en vez 
de actuar como adultos maduros que toman manjares sólidos 
para alimentarse y progresar en la fe '9. Su descripción de la 
humildad es sencilla y sin recovecos: "Nadie te dice: 'Sé 
menos de lo que eres' , sino 'conoce lo que eres'; sábete que 
eres débil, sábete que eres un ser humano, sábete que eres 
un pecador. Reconoce que él es el Dios que te libra de toda 
mancha; reconoce que te has mancillado. Que tu confesión 
revele los lunares de tu corazón y pertenecerás al rebaño de 
Cr i s to" 2 0 . 
Esta actitud no es degradante para el individuo; más 
bien lo que hace es realzar su auténtico valor de obra maes-
tra y de don de Dios. Como Agustín comenta en otra parte: 
"Si alabas las obras de Dios, tendrás que alabarte también 
a ti porque eres obra de Dios... Fíjate bien, aquí tienes la 
posibilidad de alabarte sin por ello caer en la soberbia. No 
te alabes a ti mismo, sino a Dios en ti. Alábate no por ser 
esta o la otra clase de persona, sino porque Dios te ha 
creado; no porque seas capaz de hacer esto o lo otro, sino 
porque él actúa en ti y a través de t i " 2 1 . 
18
 Mt 9,12-13. 
19
 En. in Ps. 130,12. 
20
 Sermón 137,4; véase también TV. in lo. ev. 25,16. 
21
 En. in Ps. 144,7. 
110 
Estas ideas básicas sobre la alabanza y la humildad Agus-
tín las compartía constantemente con su pueblo. En cuanto 
a su aplicación a los que vivían en su comunidad religiosa 
aparece clara cuando profundizamos en algunas de las ma-
terias que él tocó en su Regla. 
Orgul lo y humildad en el monasterio 
Uno de los pasajes más conocidos y explícitos de la Regla 
que trata del orgullo y de su contrapartida, la humildad, 
está en el capítulo 1. Con imparcialidad absoluta, Agustín 
habla de las dos clases principales de gente que componían 
la sociedad de su tiempo y proporcionaban la mayoría de los 
candidatos a la vida religiosa: los muy pobres y los ricos o 
nobles. A ambos grupos les pone en guardia frente a los 
peligros del orgullo y les habla de la necesidad consiguiente 
de la humildad. Los pobres han de evitar "el andar con la 
cabeza muy alta"22, metafóricamente hablando, por asociarse 
actualmente con gente con la que no podían alternar cuando 
estaban en el mundo. Los ricos, por su parte, no deben 
"menospreciar" a estas personas pobres a quienes habrían des-
deñado totalmente en su vida social anterior 23. La verdad 
pura y simple es que la llamada común a la vida religiosa ha 
unido muy íntimamente a estas dos clases sociales que en la 
vida civil distaban mucho una de otra. Tan íntimamente de 
hecho, que van a tener un alma sola y un solo corazón en su 
peregrinación hacia Dios2 4 . 
A los pobres se les invita a elevar hacia Dios no sus 
cabezas, sino sus corazones, lo que es una clara actitud de 
una persona humilde; y a los que fueron ricos se les invita 
a congratularse no por sus orígenes de opulencia, sino por la 
compañía de los que proceden de una condición de vida más 
pobre, cosa que constituye una clara actitud de humildad. 
22
 Regla, n. 7 (c. 1,6). \ 
23
 Ib, n. 8(c. 1,7). 
24
 Ib, nn.. 3.9 (ce. 1,2 y 8). 
111 
n 
La exigencia que se cursa a ambos grupos va encaminada a 
realizar ese cambio de mentalidad, en la que ya insistía Jesús 
al situar las cosas en su verdadera perspectiva con relación 
al Reino. 
Pero si los orígenes o el rango social pueden ser una 
causa de orgullo, Agustín se apresura a puntualizar que para 
estas mismas personas hay otra fuente de orgullo mucho 
más sutil. Observa esta evolución en aquellos que llegan 
desde una condición de pobreza. Pueden convertirse en de-
masiado comodones e "hincharse" de orgullo en la vida 
religiosa, porque en la actualidad poseen cosas de las que no 
habían disfrutado con anterioridad. Por otro lado, los que 
eran de condición acomodada pueden perder todos los mé-
ritos adquiridos al compartir sus riquezas con la comunidad, 
si son más orgullosos al hacer esto que si hubieran disfrutado 
sus riquezas en la vida del siglo. Porque, ¿qué provecho le 
reporta hacerse pobre dando sus riquezas al monasterio si la 
persona rica se hace orgullosa? Agustín subraya aquí una 
realidad perennemente válida en la vida y que debemos 
tener siempre en cuenta: "El orgullo está al acecho incluso 
de las obras buenas para tratar de destruirlas 25. En resu-
men: se nos avisa que tengamos en cuenta que ni el estado 
social, ni los bienes materiales, ni la falta de ellos le inmu-
nizan a uno contra los sutiles ataques del orgullo. Seguimos 
siendo muy humanos, incluso dentro de la vida religiosa, y 
sentimos la necesidad constante de aprender de la humildad 
de Jesús. 
Algunas conclusiones prácticas 
Si echamos un vistazo a algunas de las circunstancias 
que rodean la vida religiosa hoy, podemos sacar algunas 
conclusiones prácticas sobre lo que Agustín dice en torno al 
peligro del orgullo y a la necesidad de la humildad. Esto 
25
 Ib, n. 8(c. 1,7). 
112 
puede ayudarnos a discernir cuánto hemos aprendido en 
realidad del ejemplo de la humildad de Jesús y cuánto tene-
mos que avanzar a este respecto. 
Orgullo de los orígenes 
Un cambio muy notable en la mentalidad de nuestra 
época —al menos en los países más desarrollados—, si la 
comparamos con la de Agustín, excluye más o menos todo 
peligro de orgullo actual por razón de asociarse en la vida 
de comunidad con aquellos a los que ni siquiera nos habría-
mos aproximado en el mundo. En nuestro tiempo ya quedan 
muy pocas huellas de la diferencia de clases que existía 
incluso hace cien años. No obstante, la experiencia nos 
enseña que pueden existir, y de hecho existen, otras formas 
similares de orgullo. 
En algunas partes del mundo, por ejemplo, los religiosos 
(olos seminaristas) puede que de repente se hallen a un 
nivel más elevado dentro de la sociedad por el mero hecho 
de haber respondido a la llamada del Señor. De suyo no hay 
nada malo en esto, y de hecho puede ser un medio de servir 
mejor a los demás. Pero puede que surja, por el mismo 
motivo, la tentación de sentirse "super ior" a todos los que 
han quedado en casa. Y esto hasta el punto de que estos 
religiosos comienzan a pensar en un trato diferente: hay que 
tratarlos con mayor deferencia, con mejores condiciones de 
vida y con otros privilegios especiales. Esta misma tentación 
de sentirse "super ior" se puede experimentar también en el 
área de la discriminación racial o étnica. Los problemas de 
la sociedad hallan fácilmente un fiel reflejo en la vida reli-
giosa de nuestros días, lo mismo que ocurría en tiempos de 
Agustín2 6 . 
26
 Por ejemplo, las diferencias tribales en algunas naciones pueden presentar 
serios problemas para la armonía y unidad en la vida religiosa. En otras circuns-
tancias, un prolongado establishment puede considerar como inferiores a los recién 
llegados (emigrantes, refugiados). 
113 
Orgullo de los talentos personales 
Sin embargo, el orgullo puede insinuarse en la vida 
religiosa de maneras mucho más sutiles. Hay otras clases de 
riqueza mucho más redituables que las que representan las 
posesiones materiales: los talentos o dones individuales, por 
ejemplo, que hay que compartir con la comunidad, pueden 
ser fácil presa del orgullo. Algunos poseen un gran caudal 
de habilidades intelectuales o académicas; otros tienen el 
don de gentes; otros, una agudeza psicológica notable. Todo 
esto hace que su relación con la gente sea mucho más fácil. 
Quienes tienen estos dones pueden caer en la misma trampa 
del orgullo de que Agustín habla en el capítulo primero de 
la Regla: "menospreciar" a los demás por no tener estos 
dones. 
A veces podemos observar que los otros son más pre-
miosos y lentos debido a la impaciencia e irritación que uno 
muestra con ellos; podemos observarlo en aquellos que se 
consideran más importantes o incluso imprescindibles en los 
cometidos que se les han asignado. Hay incluso algunos que 
llegan a tales extremos que rehusan interiormente aceptar 
las aportaciones de los otros simplemente por el hecho de 
que no creen que los demás tengan algo que merezca la 
pena compartir con ellos. Se cierran en banda frente a los 
hermanos o hermanas menos dotados porque no tienen nada 
que enseñarles, y piensan para sus adentros: ¿Qué se puede 
esperar de ellos? ¿Qué saben de todo esto? Es la misma 
actitud que adoptaban algunos frente a Jesús y que se pre-
guntaban: ¿De Nazaret puede salir algo bueno? De idéntica 
manera actúan las naciones más poderosas frente a las más 
pobres: se reparten sus tierras y, conscientes de lo que hacen, 
llegan a explotarlos, pero rara vez intentan, ni por asomo, 
aprender algo a cambio de la población de esos países. 
¡Qué absurdo sería ingresar en la vida religiosa, hacer 
todos los sacrificios que entraña un reto de este tipo, pre-
sentarse ante la Iglesia como un cristiano comprometido, 
hacer una obra buena en la presencia de Dios y luego per-
114 
mitir que el orgullo se lleve todos estos sacrificios generosos 
hasta el punto de convertirlo todo en un negocio que busca 
el propio yo y que está centrado en el propio yo! Realmente 
podemos preguntarnos: ¿Han cambiado mucho las cosas des-
de los tiempos de Agustín? No tanto, me atrevo a insinuar. 
Pero todavía tenemos mucho que aprender de la humildad 
de Cristo, como recalca Agustín en este pasaje: "Nos enca-
minamos hacia grandes cosas. Cobremos ventaja sobre las 
cosas pequeñas y seremos grandes. ¿Deseas ascender a las 
cumbres de Dios? Ánclate primero en la humildad de Dios... 
Edifica sobre la humildad de Cristo. Aprende a ser humilde, 
no seas orgulloso... Fíjate en el árbol: primero busca la 
profundidad para poder crecer hacia lo alto. Afinca sus 
raíces en el suelo para que sus ramas más altas puedan 
encaramarse hacia el cielo. ¿No está basado en la humil-
dad?2 7 
U n corazón que finge ignorancia 
Agustín es muy explícito en el capítulo primero de su 
Regla respecto del orgullo y de la humildad, como ya hemos 
visto. Pero también se refiere de manera implícita a las 
actitudes orgullosas y humildes del religioso en otros pasajes 
de esta misma Regla28. Me gustaría mencionar particular-
mente una de esas actitudes para que, siendo más conscientes 
de ella, podamos enfrentarnos a ella con mayor eficacia en 
nuestras vidas y en nuestras comunidades. 
En el capítulo cuarto de la Regla, Agustín se ocupa prin-
cipalmente de cómo deben salvaguardar la castidad los re-
ligiosos. Ansioso por salvaguardar la buena reputación de 
quien puede verse acusado de algún fallo al respecto, Agus-
tín propone un método de corrección muy discreto. No 
27
 Sermón 117,17; véase también Sermón 69,2-4. 
28
 Por ejemplo, en lo que respecta a la recepción de un vestuario más pobre 
(n. 30 [c. 5,1]) o al estar demasiado preocupado por la limpieza del vestido (n. 33 
[c. 5,4]); el caso de un hermano que no quiere pedir perdón de corazón (n. 42 
c. 6,2)]; la verdadera humildad que se postula en un superior (n. 46 [c. 7,3]), y no 
a que resulta excesiva (n. 43 [c. 6,3]); en todos los casos se hace mención explícita 
de la humildad. 
115 
obstante, si esta corrección no consigue su objetivo, el asun-
to hay que llevarlo ante la gestión de otros. ¿Cuándo hay 
que dar ese paso? Una traducción sin equívocos del pensa-
miento de Agustín sobre este tema vendría a decir así: "Si 
él/ella finge ignorancia, convóquese a los otros"29. Fingir ignoran-
cia es un acto que deja traslucir un corazón soberbio, un 
corazón que sabe que lo que ha hecho es malo, pero que no 
está dispuesto a reconocer el hecho. Es un corazón prepara-
do para realizar algo vergonzoso, esperando salir airoso de 
ello. No es muy consolador pensar que incluso en nuestros 
días puede que haya algunos religiosos de esta calaña, como 
parece que existieron hace dieciséis siglos. Pero dejadme 
que mencione otras maneras más comunes de "fingir igno-
rancia" que revelan al menos una actitud subconsciente de 
orgullo y que pueden causar gran detrimento a la vida de 
comunidad. 
¿Cuántos de nosotros, por ejemplo, hemos topado con 
religiosos que actúan como si nunca hubieran cometido un 
error, como si nunca se hubieran equivocado? Por supuesto 
que teóricamente admitirán que pueden equivocarse, pero 
en la práctica admitir un fallo raya poco menos que en lo 
imposible: siempre habrá algún tipo de excusas para sacudir 
la responsabilidad. No hay quien pueda reducir a estas per-
sonas a admitir de que también ellas están sujetas a esa 
condición universal tan bien resumida en el antiguo adagio: 
Errar es humano, perdonar divino. De modo muy parecido, 
a veces nos encontramos con otros que son incapaces de 
aceptar ninguna crítica, de cualquier clase que sea: de sus 
iguales, de sus superiores o del pueblo a cuyo servicio están. 
El P. Bernard Haring ha sabido etiquetar esta actitud en lo 
que realmente es: orgullo. "Parte del humilde servicio de la 
palabra de Dios es la disposición a aceptar cualquier posible 
fallo. El miedo a la censura o a la crítica es otra forma de 
vanidad" 3 0 . 
29
 Regla, n. 27 (c. 4,9). 
30
 BERNHARD HARING, The New Covenant, Burns and Oates, Londres 1965, 
190. 
116 
Combatir el buen combate 
Conocernos bien es una tarea ardua. ¡Y mucho más 
ardua todavía la de reconocer las virtudes y los talentos de 
los demás! Sólo esto tendría que ponernos en guardia y 
concienciarnos de que nos estamos "hinchando" de orgullo, 
de que nos consideramos "superiores". Nuestra verdadera 
condición humana subraya más que nunca la necesidad que 
tenemos del Señor y la que tenemos unos de otros en nuestra 
lucha por viviruna vida buena. Aún más, somos incapaces 
de luchar contando sólo con nuestras propias fuerzas. Nece-
sitamos de la fuerza que Dios nos da, porque, como dice 
Pablo, nuestra batalla no se libra contra fuerzas humanas..., sino 
contra los dirigentes de este mundo de tinieblas31. Agustín nos 
lanza un reto parecido: "Lucha de manera que ganes. Gana 
de manera que recibas la corona. Sé humilde. Si no, caerás 
en la bata l la" 3 2 . 
Un tratadista espiritual moderno emplea una termino-
logía anóloga, poniendo de relieve cómo las auténticas prue-
bas de nuestra vida espiritual constituyen el campo de bata-
lla donde debemos probarnos y adquirir la verdadera hu-
mildad: "La humildad sólo se adquiere en la batalla... La 
importancia de las tribulaciones en tu vida espiritual estriba 
en el hecho de que sólo a través de este tipo de pruebas 
adquirirás la verdadera humildad. Verás claramente la in-
utilidad de tus propios esfuerzos y la importancia de que 
Dios sea tu salvador... El orgullo es la última tentación que 
no ha llegado a superarse nunca en real idad"3 3 . 
Existen muchas ventajas en la imitación de la humildad 
de Cristo: Dios se nos hace más cercano, aprendemos a 
vivir pacífica y gozosamente en comunidad y entre los de-
más y descubrimos cómo emplear nuestros talentos para el 
bien común. Cuando nos humillamos ante el Señor, él nos 
31
 Ep 6,10-12. 
32
 Comm. in ep. lo. 2,7. 
33
 GEORGE A. MAHONET, SJ, Broken but Loved, Alba House, Nueva York 1981, 
30-31. 
117 
at rae 3 4 . Ante esta perspectiva, no es extraño que Agustín 
insista tanto en la humildad como compañera que debe estar 
siempre a nuestro lado mientras caminamos por la vida. No 
es extraño que para él y para sus seguidores la humildad sea 
uno de los cimientos sólidos en que se construye la comuni-
dad y que la lleva a la madurez. La cita siguiente, tomada 
de las cartas de Agustín, habla por sí misma al hacer que 
estos pensamientos desemboquen en una conclusión reflexi-
va: "Quisiera que te sometieras a (Jesús) con todo tu cora-
zón... Y que no anduvieses buscando otro camino para se-
guir y alcanzar la verdad que el que ha sido garantizado por 
aquel que, siendo Dios, vio la debilidad de nuestros pasos. 
Ese camino es: primero, la humildad; segundo, la humildad; 
tercero, la humildad; y cuantas veces me preguntes, otras 
tantas te diré lo mismo. No es que falten otros que se llaman 
preceptos; pero si la humildad no precede, acompaña y 
sigue todas nuestras buenas acciones, para que miremos a 
ella cuando se nos propone, nos unamos a ella cuando se nos 
allega y nos dejemos subyugar por ella cuando se nos impo-
ne, el orgullo nos lo arrancará todo de las manos" 3 5 . 
34
 Jm4,10. 
35 Carta 118,22. 
118 
8. Como quienes viven en libertad 
bajo la gracia 
LA " R E G L A " de san Agustín concluye con una exhor-tación impresionante en que se pide al Señor que ga-
rantice a todos los que la profesan la gracia de ser capaces 
de observar sus preceptos con espíritu de amor, "no como 
siervos bajo el peso de la ley, sino como seres libres bajo la gracia"'. 
En esta frase concreta se ve un contraste inequívoco entre 
una mentalidad precristiana —identificada con la esclavitud 
y la ley— y la mentalidd inspirada por la venida de Jesús 
—identificada con libertad y gracia—. 
A m o r , no temor 
Con su vida y enseñanzas Jesús mostró tanto a los judíos 
como a los gentiles que Dios no era un amo enfurruñado, 
dispuesto a sorprenderlos en sus debilidades y a castigarlos, 
sino un Padre amoroso, siempre dispuesto a echarles una 
mano. Consiguientemente, había que basar la relación con 
Dios en una respuesta amorosa similar. Jesús mismo era la 
prueba viviente del amor del Padre. No exigía a sus discí-
pulos más de lo que se exigía a sí mismo: un amor que 
aceptaba a la gente dondequiera se hallase y que, al mismo 
tiempo, miraba hacia el futuro para ver lo que las personas 
podían ser cuando crecieran en la gracia de Dios. 
1
 Regla, n. 49 (c. 8,2). 
119 
A este mismo tenor, Jesús puso en claro también que las 
relaciones de las autoridades con los subditos iban a ser 
completamente distintas de las que detentaban las autorida-
des de aquellas épocas, en que privaban la ostentación de 
importancia y el dominio sobre los subditos: "Pero no ha de 
ser así entre vosotros. Al contrario, el que entre vosotros 
aspire a la grandeza, que sea servidor de todos; todo el que 
quiera ser el primero, póngase al servicio de todos. El Hijo 
del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir 
y para dar su vida en rescate por todos" 2 . 
Un caso que me ocurrió hace años, siendo prior general 
de los agustinos, viene a demostrar de manera ilustrativa 
que este modo de abordar las cosas no es muy popular, 
sobre todo en nuestros días. Visitaba uno de nuestros semi-
narios menores de España y, siguiendo mi costumbre, me 
reuní con los 250 estudiantes en el salón de actos para poder 
dirigirme a ellos colectivamente. Apenas terminé de diri-
girles cuatro palabras abrí el coloquio y el turno de pregun-
tas de estos muchachos (su edad oscilaba entre once y die-
ciocho años). La mayoría se centraban en torno a los agus-
tinos. Las cosas comenzaron con buen rumbo: uno me 
preguntó cuántos agustinos había en el mundo, otro mostró 
interés por nuestro tipo de actividades, un tercero deseaba 
saber en qué naciones trabajamos actualmente. 
Tras darles respuesta cumplida a estas preguntas fáciles, 
se alzó una pequeña mano al fondo del salón. Le dije que 
podía hablar, y me espetó una pregunta totalmente inespe-
rada: "Padre general —dijo—, ¿qué tengo que hacer para 
ser general de los agustinos?" Como podéis suponer, la sala 
estalló en una carcajada, seguida de un aplauso cerrado. Yo 
le invité a este jovencito a que se me acercara. Descubrí que 
tenía once años y que acababa de llegar al seminario. Le 
miré con seriedad y le pregunté: "Conque, ¿de verdad quie-
res ser general de los agustinos?" "Sí" , dijo sin dudar. "Bue-
no, pues entonces —le repliqué— tienes que cumplir con lo 
2
 Me 10,42-45. 
120 
que el Señor nos ha mandado: ser el último de todos tus 
compañeros y servidor de todos. Entonces quizá algún día 
llegues a ser general". Tan pronto como oyó que tenía que 
ser el último y ponerse al servicio de todos hizo un mohín 
de desagrado y dejó de pensar en ser general de los agusti-
nos. A lo largo de los años he seguido la trayectoria de este 
muchacho, y siento la alegría de poder comunicaros que ha 
desistido de llegar a ser el líder mundial de los agustinos; 
felizmente se ha casado y es padre de un niño. 
Agustín entendió muy bien el concepto fundamental 
cristiano de la autoridad; incluso lo incorporó a su Regla. 
Para él autoridad y obediencia estaban tan interrelacionadas 
con el amor, que sobre superiores y demás religiosos recaía 
una responsabilidad mutua para alcanzar un objetivo único: 
la construcción sobre Cristo de la comunidad y la de cada 
miembro de ella. 
Pero esta clase de autoridad y obediencia, inspirada por 
el amor y no por el temor, exige gente madura y responsa-
ble dentro de la comunidad. Sólo tendrá su efecto donde los 
religiosos estén convencidos de que su meta en la vida con-
sagrada es obedecer no sus propios sentimientos o inclina-
ciones, sino la ley del Espíritu, la ley del amor, tal como se 
les ha manifestado por medio de su inserción en una comu-
nidad de fe y amor. 
Fallos del pasado y del presente 
En las décadas anteriores al concilio Vaticano II, las 
ideas básicas de Jesús sobre autoridad y obediencia como 
servicio en el amor no siempre se han tenido en cuenta. En 
ciertos sectores de la Iglesia —y, como es natural, también 
en la vida religiosa— ha predominado una atmósfera con 
más reminiscencias del Antiguo que del Nuevo Testamento, 
más caracterizada por el temor y por el dominio de la leyque por el amor y la compasión. En esta mirada retrospec-
tiva es difícil comprender cómo ha podido existir una men-
talidad de tal tipo a la luz de la enseñanza de Cristo y a la 
121 
f 
luz del amor que Agustín dice que deben caracterizar las 
relaciones entre el superior y el resto de la comunidad. 
No es extraño, pues, que en algunas partes haya cono-
cido la obediencia religiosa tiempos muy duros. No es ex-
traño que haya sufrido —a mi entender— quizá más que 
cualquier otro elemento de la vida religiosa. No es extraño 
que, aunque el concilio Vaticano II invirtiera esta marcha 
con sus enseñanzas luminosas3 y a pesar de que la actitud de 
quienes hoy ejercen la autoridad es, en general, muy distinta 
de la de antes, domine una terrible desconfianza en todos 
estos puntos para muchísimos religiosos. Esta desconfianza 
no sólo ha empañado algunos de los cambios significativos 
que han tenido ya efecto, sino que en la mayoría de los casos 
esto ha hecho que les resulte difícil aceptar sus roles reno-
vados en la comunidad. Una falsa interpretación de la obe-
diencia ha sido objeto de rechazo, pero, desgraciadamente, 
en no pocos casos con esta interpretación se ha rechazado la 
obediencia misma. 
Sin embargo, quizá en la actualidad nos acercamos a 
tiempos en que podemos ver otra vez las cosas con mayor 
objetividad. Aunque siguen en pie algunos problemas, el 
progreso es notable. Renovación, mayores cauces de con-
sulta, más tolerancia ante distintos puntos de vista y el 
funcionamiento revitalizado de los encuentros comunitarios 
donde se adoptan decisiones reales han comenzado a realzar 
el ejercicio de la responsabilidad mutua en muchas familias 
religiosas. Sin embargo, a pesar de todos estos logros, no 
todos han entendido o aceptado su responsabilidad plena, a 
menudo renovada, en la comunidad. No todos, por ejemplo, 
están dispuestos a aceptar aquellas decisiones comunitarias 
donde ellos han votado en contra. Y al revés, hay personas 
que desean aprobar decisiones en tales encuentros comuni-
tarios, pero que no están dispuestos a mover ni un dedo para 
ponerlas por obra, ni se molestan siquiera en ver si se llevan 
a cabo. Ambos casos son ejemplos de un fallo en aceptar la 
3
 PC 14. 
122 
responsabilidad corporativa y con frecuencia son signos de 
falta de madurez 4. 
Teniendo todo esto en cuenta, puede resultarnos real-
mente útil echar un vistazo a la idea que Agustín tiene sobre 
la autoridad evangélica y sobre la obediencia evangélica. 
Todo cuanto dice tiene relevancia incluso para nuestra épo-
ca de cambios. Y lo que dice de los superiores religiosos 
(líderes o coordinadores, como suelen denominarlos en al-
gunos grupos) puede y debe aplicarse a todos aquellos que, 
aun sin ser superiores en el estricto sentido de la palabra, 
frecuentan el trato con otros religiosos que detentan cierta 
autoridad. Pienso especialmente en todos los que tienen 
cargos en la tarea de la formación, directores de colegios e 
incluso párrocos y sus vicarios. 
Autoridad evangélica 
¿Qué clase de superior fue san Agustín? ¿Qué relaciones 
tuvo con sus religiosos en el monasterio y con su pueblo en 
la diócesis? ¿Cuál fue su modo de actuar frente a los errores 
de pensamiento y de acción? ¿Qué estilo tuvo en corregir a 
los recalcitrantes? ¿Cómo reaccionaba frente a aquellos que 
evidentemente se salían de la norma? ¿Cuáles fueron sus 
enseñanzas sobre los deberes de quienes ocupaban puestos 
de liderazgo: sus relaciones con los elegidos para el mando, 
y la responsabilidad de los que tenían que obedecer? 
En temas como autoridad y obediencia encontramos en 
Agustín, una vez más, un desarrollado sentido de equilibrio. 
Esto se ve cuando habla del tema de la vida doméstica en 
general, de la sociedad globalmente considerada y de la 
vida religiosa. Los argumentos que esgrime, por ejemplo, se 
basan en que la verdadera paz doméstica sólo tiene lugar 
cuando existe una "correlación armoniosa de autoridad y obediencia 
entre los que viven bajo un mismo techo". Más aún: en una casa 
4
 BERNARD O'CONNOR, OSA, A Cali to Reform, en "The Tagastan" 30 (1984) 
18. 
123 
cristiana "donde los que mandan están al servicio de quienes pare-
cen gobernar"5. Estos pensamientos son algo r ecu r ren -
te en Agustín, porque la paz de que aquí habla equivale a la 
armonía y unidad que espera de quienes viven en común la 
vida religiosa. 
En lo que respecta a este intercambio armónico de auto-
ridad y obediencia en la comunidad religiosa, la Regla es 
admirable: en términos muy sencillos traza lo que se espera 
de los superiores y pone de relieve las relaciones que deben 
existir entre ellos y el resto de los miembros de la comuni-
dad. Con sentido práctico, Agustín resume lo que espera de 
los superiores en un párrafo de la Regla; otra cosa es lo que 
de ellos dice respecto al lugar que les corrresponde en la 
resolución práctica de asuntos como la distribución de los 
efectos o bienes comunitarios o de la atención de la salud 
física y espiritual de los demás. "El superior, por su parte, 
no debe considerarse feliz en el ejercicio de su autoridad, 
sino en su rol de serviros en el amor. Ante vuestros ojos, él 
debe ocupar el primer lugar entre vosotros por la dignidad 
de su cargo, pero por temor a Dios debe ser como el último 
entre vosotros. Debe mostrarse ante todos modelo de buenas 
obras... Corrija a los inquietos, consuele a los pusilánimes, 
aguante a los débiles, sea paciente con todos ( ITim 5,14). 
Mantega la disciplina y haga que la respeten los demás. Y, 
aunque ambas cosas sean necesarias, debe preferir que le 
améis a que le temáis, pensando siempre que ha de dar 
cuenta de todos ante D ios" 6 . 
En esta descripción afloran unas cuantas ideas: 1) los 
5
 De civ. Dei 19,14; trad. City of God, de Vernon J. Bourke, Garden City, 
Image Books, Nueva York 1958. 
6
 Regla, n. 46 (c. 7,30). T. VAN B A V E L , OSA, en su Regla de san Agustín hace una 
versión l igeramente diferente de este pasaje de la Regla: ' Vuestro superior no debe 
considerarse dichoso por tener el poder y ejercerlo sobre vosotros, sino por el 
amor con que debe serviros. Por la estima que le tenéis debe ser vuestro superior; 
Í)or su responsabilidad ante Dios debe ser consciente de que es el úl t imo de todos os hermanos. Muéstrese como ejemplo cabal en todas las buenas obras; reprenda 
a los negligentes en el trabajo; dé ánimos a los que están desalentados, sea soporte 
de los débiles y sea paciente con todos. Observe las normas de la comunidad y 
haga que los demás las respeten también. Procure ser más amado que temido, 
aunque tanto el amor como el respeto sean necesarios. Recuerde siempre que él es 
el responsable de vosotros ante Dios" . 
124 
superiores tienen que servir a los demás con amor y tratar 
de ser más amados que temidos; 2) tiene que guiarlos una 
profunda humildad, por la responsabilidad que se les ha 
confiado; 3) tienen que ser ejemplo para todos; 4) y final-
mente, tienen que sentir un verdadero interés en el buen 
orden de la casa religiosa. Vamos a considerar más al detalle 
estas cuatro cualidades de esa persona a la que Agustín 
consideraría como un buen superior. 
Servir con amor 
En concepto de Agustín, la cualidad más importante de 
los superiores es un amor auténtico por sus religiosos, un 
amor que le motivará en cualquiera de las acciones que 
vaya a emprender. Por lo demás, todo lo que se pide de 
estos dirigentes se refiere al modo de llevar a la práctica 
este amor: humildad, conducta ejemplar, corrección de los 
perturbadores del orden de la comunidad, interés por los 
débiles y paciencia con todos. En otras palabras, todo lo que 
es básico para vivir la Regla en su globalidad, se espera tanto 
de los superiores como de los subditos: todos están llamados 
a la observancia de sus preceptos "con espíritu de caridad"1.Aún va más lejos; puesto que en la observancia de estos 
preceptos nadie debe actuar como un "esclavo bajo la ley", los 
superiores deben esmerarse en tratar a los religiosos tal 
como dice Agustín: "como a quienes viven en libertad bajo la 
gracia". 
La idea de que los superiores no se consideren felices 
porque se les ha conferido cierta autoridad cuadra muy bien 
con la insistencia de Agustín en que esta posición es una 
posición de servicio en el amor; mejor dicho, un servicio 
encaminado no al bien del superior, sino al bien común. 
Una vez más, pues, se nos recuerda un principio fundamen-
tal del estilo agustiniano de vida comunitaria por el cual 
todos los religiosos, incluso el superior, tienen que progre-
sar: han de anteponer el bien de la comunidad a las ventajas 
7
 Regla, n. 49 (c. 8,2). 
125 
t: 
personales. En este sermón sobre los pastores en la Iglesia, 
Agustín se refiere concretamente a este punto: "Dado que 
los superiores se designan para mirar por el bien de sus 
subditos, en el desempeño de su oficio no deben buscar sus 
propios intereses, sino los de sus subordinados. Todo supe-
rior que se lisonjea de estar por encima de los demás busca 
su propia honra y sólo tiene en cuenta sus propias conve-
niencias, se apacienta a sí mismo, no a su r ebaño" 8 . 
Servir con humildad 
Nadie puede ser servidor de los demás si se siente "su-
perior", "por encima" de ellos, por hablar de alguna mane-
ra. Ha de tener la misma actitud que Jesús esperaba de 
quienes querían ser los primeros: debían ser los últimos de 
todos9 . Y esto no hace sino reiterar la necesidad de que un 
superior sea humilde: humilde a los ojos de Dios, humilde 
en el servicio de los demás religiosos. Agustín mismo estaba 
inspirado por esta actitud, incluso cuando era obispo: "Tam-
bién nosotros, quienes os hablamos desde un lugar más ele-
vado, estamos postrados, llenos de temor, a vuestros pies, 
dado que somos conscientes de la estricta cuenta que tene-
mos que dar de este cargo tan encumbrado" 10. 
Cuando la comunidad llama a algunos religiosos a la 
responsabilidad de ser superiores, no tiene el intento de 
"honrar los" o de colocarlos "por encima" de los demás. La 
honra puede llegarles como resultado de su elección o no-
minación, pero no hay duda de que no fue ése el intento o 
el criterio de su selección. El intento es que estos religiosos 
acepten posiciones de liderazgo, de responsabilidad especial, 
de animación, como garantía de la armonía y la unidad de 
pensamientos y de corazones, que son los contrastes de toda 
comunidad agustiniana. Y si hay alguno que se da aires de 
grandeza por su función de superior, tenemos que decir a 
8
 Sermón 46,2. 
9
 Me 9,35; 10,42-45. 
10
 Sermón 146,1,1. 
126 
secas que no ha entendido ni palabra del mensaje del evan-
gelio ni del espíritu de Agustín. 
Un ejemplo para todos 
En tercer lugar, los superiores tienen que ser un ejemplo 
para todos. Tarea difícil, porque no todos tienen la misma 
óptica de las cosas. Pero al menos deben intentar el camino, 
no exigir de los otros más de lo que ellos se exigirían y 
confiar en sus oraciones la comunidad a Dios. Con toda 
probabilidad Agustín habría aplicado a los superiores lo que 
en cierta ocasión dijo de los predicadores: "Hay muchísima 
gente que... no quiere escuchar, con atención a aquella per-
sona que no se escucha a sí misma, e incurren en desprestigio 
tanto el predicador como la palabra de. Dios que se les 
predica" n . 
Cuando los superiores fracasan en dar un ejemplo de 
paciencia, humildad o servicio, ¿no es muy probable que el 
resto de los religiosos comience a considerar qué es lo que 
los superiores tratan de comunicarles? Los superiores, ni 
más ni menos, no pueden llevar a sus religiosos a la meta de 
santidad y de unidad propuesta en el evangelio (y explícita-
mente en la Regla de san Agustín) si ellos no son los primeros 
en intentarlo. Los superiores no pueden esperar obediencia 
de sus colegas en religión si personalmente no están dispues-
tos a prestar obediencia a la Regla, a las Constituciones y a 
sus superiores mayores. Como recalca Agustín: "¿Hay algo 
más injustificable que el hecho de que quienes no están dispuestos a 
obedecer a sus superiores deseen que les obedezcan sus subordina-
dos?"12 Hay una consecuencia natural de todo esto: los 
superiores están especialmente obligados a saber lo que de 
ellos se espera mediante la Regla y las Constituciones, y si no 
son capaces de enseñar la espiritualidad de su congregación 
en teoría, al menos tienen que intentarlo con el ejemplo. 
1
' De doct. christ. 4,27,60. 
12
 De op. mon. 31,39; véase también En. in Ps. 148,6. 
127 
Mantener el buen orden en la comunidad 
Finalmente, Agustín pone en las manos de los superiores 
todo lo que concierne al buen orden de la comunidad. Si no 
hubiéramos visto la gran importancia que Agustín otorga a 
la armonía y a la unidad como metas principales de su 
comunidad, nos sorprendería ver cuánto énfasis pone en 
este punto. La armonía y la unidad son esenciales para el 
desarrollo de la comunidad porque le permiten un mayor 
margen de libertad para la búsqueda y el encuentro de 
Cristo en su medio. En cuatro ocasiones específicas Agustín 
subraya en su Regla la obligación del superior de corregir e 
incluso castigar si la ofensa es lo suficientemente seria y el 
ofensor sigue contumaz en su actitud o sus actitudes1 3 . 
Pero Agustín no espera cosas imposibles de sus seguido-
res. Es más que consciente de la fragilidad humana de los 
que han abrazado la vida religiosa. Y este simple hecho le 
lleva a recalcar el hecho de que "aunque en mi casa reine el buen 
orden, soy hombre y vivo entre hombres"14. Todo esto viene a 
explicar muy bien por qué Posidio pudo escribir de él que 
censuraba o bien toleraba las faltas contra el buen orden y 
las infracciones cometidas por los hermanos contra la buena 
conducta según fuera más conveniente o más necesaria su 
13
 Regla, n. 27 (c. 4,9), sobre la corrección fraterna; n. 29 (c. 4,11), sobre cartas 
o regalos secretos de mujeres; n. 45 (c. 7,2), sobre las transgresiones de la Regla; 
n. 46 (c. 7,3), sobre las advertencias necesarias a los "rebeldes ' y el mantenimiento 
de la disciplina. El n. 43 se atribuía antiguamente al superior, pero teniendo en 
cuenta investigaciones modernas, hay que enfocarlo en otra perspectiva. Este 
núm. 43 no trata de las relaciones de los superiores con los religiosos. Más bien 
parece referirse a las relaciones de todos los religiosos (superior incluido) con los 
que se consideraban menores en aquella época y que probablemente no eran 
religiosos. Todos estos jóvenes vivían con frecuencia en los monasterios de aquella 
época con la finalidad de recibir una educación. Por motivos de edad y quizá 
también de falta de disciplina, con frecuencia era necesario hablarles fuerte para 
corregirlos. En estos casos es en donde Agustín dice que no hay que pedir perdón, 
"no sea que por practicar demasiada humildad para con quienes tienen que estaros 
sujetos quede minada la autoridad para gobernarlos". Parece que Agustín intro-
duce este número como excepción del pasaje precedente, n. 42, donde se les intima 
a los hermanos a pedirse perdón cuando se han ofendido. Otra razón: el n. 43 va 
dirigido al grupo global de los hermanos —todos los verbos están en plural—, 
mientras que en las demás partes de la Regla Agustín habla del superior exclusiva-
mente en singular. 
14
 Carta 78,8,9. 
128 
actuación 15. La actitud de Agustín frente a estas situaciones 
puede colegirse de estas palabras: "Que los hermanos sean 
amonestados por sus superiores con caridad, con mayor o 
menor-severidad, en consonancia con las diversas faltas" l6. 
"Que el superior actúe bien, es decir, con caridad humilde 
y moderada severidad, de modo que sea plenamente cons-
ciente de quees servidor de sus hermanos" , 7. 
Esta moderación de la severidad está recalcada una vez 
más y con claridad en el acercamiento de Agustín a los 
males generales de carácter social: "En mi opinión, estos 
males sociales no se erradican a base de rigor, severidad o 
métodos coercitivos, sino con educación más que con man-
datos formales, con persuasión más que con amenazas. Éste 
es el método de tratar al pueblo en general; sin embargo, 
hay que usar de severidad sólo contra los pecados de una 
minor ía" 18. 
De todos modos, nada de esto debe hacer que los supe-
riores piensen que quedan automáticamente excusados de 
corregir a sus religiosos. La corrección puede ser algo nece-
sario: " D e hecho se devuelve mal por mal cuando alguien 
que tenía que haber sido amonestado no lo ha sido, y el 
asunto se ha pasado por alto por un perverso color de pre-
t e x t o " 19. 
De ahí su cordial llamada a todos: "Si sois nuestros 
hermanos y hermanas, nuestros hijos e hijas, y si somos 
camaradas de servicio, mejor dicho, vuestros servidores en 
Cristo, prestad oído a nuestras advertencias, aceptad nues-
tros mandatos, admitid nuestro consejo"2 0 . 
Esta intimación la pueden seguir todos, lo que revela la 
actitud de Agustín frente a todos los fíeles bajo su dirección. 
Es una actitud que todos los superiores deben adoptar ante 
sí mismos en relación con todos los que sirven: "Ayudadme 
15
 POSIDIO, 25,3. 
16
 De correptione et gratia 15,46. 
17
 Contra Ep. Parm. 3,6. 
18
 Carta 22,5. \ 
19
 De corr. et gratia 16,49; también Regla, n. 26 (c. 4,8). 
20
 De op. mon. 29,37. 
129 
con vuestras oraciones para que (el Señor) pueda ayudarme 
a llevar su carga. Cuando rezáis así, oráis en realidad por 
vosotros mismos. Porque, ¿de qué carga estoy hablando sino 
de vosotros? Rezad por mí, lo mismo que yo rezo para que 
vosotros no resultéis tan pesados... Aguantadme.. . para que 
podamos llevar mutuamente nuestras cargas. Así cumplimos 
la ley de Cr i s to" 2 1 . 
Como conclusión de estos breves esbozos sobre las cua-
lidades y características de un buen superior, vemos que 
hemos retornado al punto en que ya hicimos hincapié antes: 
llevando unos las cargas de los otros —incluso las del supe-
rior— es como realmente demostramos nuestro amor mutuo 
y nuestro deseo sincero de seguir a Cristo 22. 
Obediencia evangélica 
Pero si la autoridad evangélica exige tales demandas de 
los superiores, la obediencia evangélica también tiene sus 
exigencias concretas y correspondientes a todos los religio-
sos. Hay que tener bien en cuenta que, desde el punto de 
vista de Agustín, tanto la obediencia como la autoridad son 
extremadamente importantes para asegurar la existencia de 
tal unidad y armonía en la comunidad, que se vea favorecida 
la búsqueda de Dios y que el bien común esté por encima de 
todos los intereses personales. Más aún, Agustín quiere que 
nuestra vida según la Regla no sea el resultado de un temor 
servil, sino un ejercicio práctico en el amor mutuo de unos 
por otros, motivado por la gracia. Puesto que el amor es la 
nota dominante en la comunidad, tiene que ser también la 
21
 Sermón 340,1. Véase también En. in Ps. 106,7, donde Agustín pide oraciones 
al pueblo, ya que todos se hallan en el mismo barco: " T o d o el barco está des-
t rozado. . . Os digo esto para que no ceséis de orar por nosotros, ya que vosotros 
seréis los pr imeros en padecer el naufragio. ¿O es que pensáis, hermanos, que por 
no estar d i rec tamente implicados en el gobierno del barco no estáis navegando en 
é l ? " 
22
 Véase c. 3, "Verdaderos amigos en Cr i s t o " ; c. 1, "Vida comunitar ia : la 
exper iencia agust iniana". 
130 
característica prevalente en las relaciones entre ¡mioi id.al y 
obediencia, donde tiene aplicaciones prácticas. 
Al igual que ya consideramos en su momento el rol del 
superior bajo cuatro apartados, así ahora vamos a subrayar 
cuatro características especiales que Agustín relaciona con 
la obediencia: 1) Obedecer al superior como a padre/madre. 
2) Ver a Dios en el superior. 3) Reconocer una responsabi-
lidad mutua. 4) Aceptar la corrección. 
Obedecer al superior como a padre/madre 
En sus primeros días de convertido, Agustín estaba muy 
impresionado por la santidad y distinción de los superiores 
con quienes mantuvo trato en las comunidades romanas que 
visitó. Y esto le impresionó hasta el punto que dejó escrito 
sobre ellos el siguiente testimonio: "Estos padres no son 
santos simplemente por el tenor de vida que llevan, sino 
que son unos varones fuera de serie por sus santas doctrinas; 
sobresalen en todo. Sin orgullo miran por aquellos a quienes 
llaman sus hijos, y, aunque tienen gran autoridad para dar 
órdenes, también es grande la disponibilidad y obediencia 
de los que están a su cuidado" 2 3 . 
Este modelo de superior se transfiere, aunque sólo en 
parte, a lo que Agustín escribió más tarde en su Regla: "El 
superior debe ser obedecido como un padre"24. Deliberadamente 
he dicho "sólo en p a r t e " porque me parece muy evidente 
que Agustín no adoptó para sus seguidores ese tipo más 
pasivo de obediencia que parece que encontró en aquellos 
monasterios de cuya visita habla. De hecho, en la Regla 
Agustín habla de los religiosos como si fueran sus hijos/hijas. 
Siempre que se dirige a ellos lo hace en calidad de hermanos 
o hermanas. Incluso parece excluir de modo totalmente 
deliberado el tipo de relaciones que existiría entre padres e 
hijos cuando les exhorta a todos a evitar el temor servil y a 
obedecer más en calidad de seres libres bajo la gracia. Este 
^ 
23
 De mor. eccl. cath., I, 31,67. 
24
 Regla, n. 44 (c. 7,1). 
131 
tipo de relaciones padre/hijo sería también contrario a la 
imposición total de la Regla, que hace hincapié en una gran 
responsabilidad de todos los religiosos de actuar como adul-
tos. Lo veremos, es de esperar, con mayor claridad a con-
tinuación. 
Ver a Dios en el superior 
A la vez que dice que el superior tiene que ser obedecido 
como padre o madre, Agustín añade que hay que hacerlo 
"con el respeto que le es debido, para no ofender a Dios en su 
persona"25. Puede dar la impresión de que con estas palabras 
Agustín quería poner énfasis en los objetivos que se había 
propuesto al comienzo de la Regla, es decir, que hay que 
honrar a Dios unos en otros, ya que somos templos de 
Dios2 6 . Este honor a Dios, presente en todos y en cada uno, 
había que reconocerlo, quizá de modo especial, en el caso 
del superior. ¿Por qué este énfasis en lo obvio? ¿Será quizá 
que Agustín, con su gran sentido práctico, preveía lo fácil 
que le resultaría al religioso olvidar este hecho en el caso 
del superior? Después de todo, los superiores tienen que 
tratar con frecuencia con los religiosos en situaciones tan 
concretas y a veces tan duras, que éstos pueden sentirse 
inclinados a criticarlos o incluso a oponerse a ellos cuando 
no se acentúa esta presencia de Dios. Así pues, los superiores 
tienen que ser objeto de nuestro amor, cuidado e interés. Y 
lo más sorprendente de todo es que Agustín nos urge a tener 
para con ellos una misericordia humana y comprensiva por 
nuestro propio bien y por el de ellos. Cuanto más obedientes 
seamos, tanto mayor será nuestra comprensión amorosa: 
"Por tanto, siendo obedientes haréis una demostración de 
piedad no sólo hacia vosotros mismos, sino también hacia el 
superior, cuya posición más elevada entre vosotros le expo-
ne a un peligro mucho mayor" 2 7 . 
Como Agustín puntualiza en otra parte, resulta dema-
25
 Ib. 
26
 Regla, n. 9 (c. 1,8). 
21
 Regla, n. 47 (c. 7,4). 
132 
siado fácil contemplar a los colegas en religión desde el 
punto de vista de las ventajas meramente humanas: "Pero si 
ama con amor espiritual a ese hermano a quien ve con óptica humana, 
verá a Dios que es el amor mismo" 2%. Sucumbimosa este modo 
de ver las cosas desde el prisma puramente humano si sólo 
nos fijamos en las cualidades humanas de quienes nos lide-
ran; por ejemplo, en su capacidad de persuasión, sin ver su 
autoridad para enseñarnos y dirigirnos en cuanto líderes de 
la comunidad. Por esta simple razón Agustín recomienda a 
los religiosos "no fijarse en el tálente práctico y emprendedor de 
quien os dirige, sino en la autoridad de quien os manda"29. La 
fragilidad humana de los superiores no debe aflorar en nues-
tro modo de contemplar su autoridad ni su derecho a exigir 
de nosotros actuaciones concretas. Un tratadista espiritual 
de nuestros días ha coincidido en la misma idea: "Si amáis 
únicamente al que es perfecto, no amáis a nadie. Si os 
limitáis a obedecer únicamente a la gente razonable, no 
obedecéis. Y si sólo creéis en lo que es obvio, no creéis" 3 0 . 
Ot ro autor, experto agustinólogo, subraya vigorosa-
mente el puesto que tienen el amor y la compasión en el 
concepto que Agustín tiene de la obediencia: "El oficio (en 
la Regla) se contempla globalmente a la luz del amor... La 
obediencia por parte de los miembros de la comunidad está 
exactamente en la misma línea. Para Agustín, ser obediente 
es en primer lugar un acto de amor al prójimo..., un acto de 
'amor compasivo'... Según esto, la obediencia es compartir 
las cargas y los cuidados de la comunidad entera... En cierto 
sentido, es a la vez sorprendente y enriquecedor que la 
obediencia tenga que separarse del contexto de la fe, donde 
se mantuvo encubierta durante muchos siglos, y situarse en 
el contexto del amor" 3 1 . 
28
 De Trinitate 8,12. 
29
 Deop. mon. 31,39. 
30
 Louis EVELY, Una religión para nuestro tiempo, Sigúeme, Salamanca 198122. 
31
 TARCISIUS VAN BAVEL, OSA, The Epangelical Inspiration of the Rule of St. 
Augustine, en "The Downside Review" 93 (1975), 97s (abril, n. 311). 
133 
Una responsabilidad mutua 
Este acercamiento a la obediencia está muy de acuerdo, 
una vez más, con la insistencia de Agustín en la confianza 
mutua de unos con otros, el respeto al individuo y al mismo 
tiempo un interés prioritario por el bien común por delante 
de los intereses personales. Existe una idéntica compagina-
ción con la responsabilidad que se cifra en el individuo, al 
igual que en el superior, de observar los preceptos de la 
Regla con amor. Asimismo resulta una cabal coincidencia 
con la visión paulina que tiene Agustín del amor perfecto 
como algo que se halla en aquellos que, viviendo en comu-
nidad, cumplen la ley de Cristo llevando unos las cargas de 
los otros 3 2 . Justamente ésta es la razón de por qué la obe-
diencia agustiniana no puede interpretarse jamás como algo 
pasivo o como algo que obstaculiza la auténtica madurez 
personal tanto humana como cristiana. 
Análogamente, las quejas, las murmuraciones, las crít i-
cas destructivas no tienen cabida en la comunidad, y mucho 
menos como respuesta a las posibles demandas del superior. 
Y, sin embargo, todos estos elementos pueden aflorar en 
quienes no hacen ni el mínimo esfuerzo por alcanzar ese 
amor perfecto de Cristo que se basa en honrarle a él unos en 
otros y en llevar mutuamente nuestras cargas: "Cuando se 
reúnen aquellos en quienes el amor de Cristo no es perfecto, 
se hacen odiosos, se molestan unos a otros, fomentan el 
desorden, desconciertan a los demás con sus desasosiegos 
personales y lo que pretenden es que hablen de ellos... Todo 
este gremio de murmuradores tiene su expresión bien plás-
tica en muchos pasajes de la Escritura: 'El corazón del necio 
es como la rueda de un carromato ' . Es inevitable que rechi-
ne. Y esto es precisamente lo que ocurre con muchos de los 
hermanos. Viven en comunidad, pero sólo físicamente"3 3 . 
Para obviar este tipo de situaciones, Agustín emplea un 
símil: Los religiosos se asemejan a las naves que se guarecen 
32
 En. in Ps. 132,9. 
33
 En. in Ps. 132,12; véase también de Op. mon. 16,19. 
134 
en el puerto. Les estimula a que se concentren unos y otros 
evitando todo tipo de colisiones y a que se amen mutuamen-
te. Para realizar este objetivo añade: "Vara esto se precisa una 
imparcialidad completa y un amor perseverante; y cuando los vientos 
racheados penetran por la bocana del puerto es cuando hay que practicar 
un pilotaje prudente"i4. 
La referencia al rol del superior y del grupo en su glo-
balidad resulta evidente. Quizá toda esta temática esté ad-
mirablemente resumida en los consejos de Agustín: "Haced 
mayor hincapié en buscar lo que os une que en criticaros unos a 
otros"35. Al igual que recalca el hecho de que los superiores 
tienen que rezar por sus religiosos y recabar oraciones por 
sí mismos, también insiste en que la oración sencilla de una 
persona obediente puede tener más eficacia que diez mil 
oraciones hechas por un desobediente o indisciplinado36 . 
Aceptar la corrección 
En los últimos años de su vida Agustín se enfrentó con 
una controversia en torno a la naturaleza de la gracia, con-
troversia que tuvo sus repercusiones en uno de los monaste-
rios sometidos a su jurisdicción. Alguno de los monjes de 
este monasterio exigía que el superior debía prescribir lo 
que había que hacer y orar por sus religiosos para que 
pudieran cumplir sus órdenes. Pero que, en caso de que no 
lo hicieran, no debía corregirlos ni censurarlos. Extraño 
concepto de obediencia, que quizá no difiera demasiado de 
algunas actitudes de nuestros días, que pretenden hacer de 
los superiores poco menos que recaderos o de mandaderos 
de la comunidad. San Agustín da una solución muy hábil a 
este problema citando la práctica de los apóstoles. En efecto, 
ellos, dice, prescribían lo que había que hacer, corregían 
cuando las cosas no se hacían debidamente y oraban para 
que sus mandatos resultaran factibles. Agustín aplica su 
ejemplo a la práctica de la caridad, de esa misma caridad 
34
 En. in Ps. 99,10. % 
35
 Carta 210,2. 
36
 De op. mon. 17,20. 
135 
que es el objetivo real que une a los religiosos para que 
vivan en comunidad. "El apóstol imparte órdenes para prac-
ticar la caridad; amonesta cuando de hecho ve que tal cari-
dad no se practica; ora para que abunde la caridad. De 
acuerdo con esto, en los mandatos del superior aprended lo 
que debéis tener; en sus admoniciones aprended que por 
culpa vuestra surge este tipo de deficiencias; en sus oracio-
nes aprended dónde está la fuente donde podéis adquirir lo 
que queréis t ener" 3 7 . 
Con este ejemplo por delante, vamos a retomar lo que 
ya hemos dicho previamente sobre la insistencia de Agustín 
en la obligación que el superior tiene de corregir a los 
indóciles, a los que de alguna manera infringen la armonía 
y la unidad de la casa religiosa, sea por ignorancia, sea 
porque actúan en contra de la Regla y de los mandatos del 
superior. De todos modos, resulta indicado añadir que Agus-
tín no está pidiendo un sometimiento de la inteligencia a los 
propios superiores. Un famoso teólogo agustino expresó a 
la perfección esta idea hace ya seis siglos: "No hay que 
molestar a nadie por sostener un punto de pista contrario cuando puede 
hacerlo sin perjuicio de la fe..., porque nuestro entendimiento no está 
sometido al hombre, sino a Cristo"**. Sea de ello lo que fuere, 
es indiscutible que el sometimiento de la voluntad es una 
tarea muy difícil. 
A Agustín le asistía toda la razón del mundo al afirmar 
que la obediencia es la virtud de los humildes, la virtud de 
quienes conocen su propia debilidad, su naturaleza corrupta, 
lo que son en la realidad3 9 . Sólo el humilde es capaz de 
soportar el peso de la obediencia evangélica o de la autori-
dad evangélica a semejanza de Cristo, que se humilló a sí 
mismo y se hizo obediente hasta el punto de morir por 
nosotros4 0 . 
37
 De con. et gratia 3,5. 
38
 EGIDIO ROMANO, Degradibus formarum, pars 2, c. 6, cit. en Const.OSA, n. 31. 
39
 De civ. Dei 14,13. 
40
 Flp2,8. 
136 
Llevar unos las cargas de los otros 
Jean Vanier, fundador de L'Arche, dice que los líderes 
de toda comunidad tiene una doble misión: "Deben mante-
ner fijos tanto sus ojos como los de la comunidad en lo que 
es esencial, en los objetivos fundamentales de la comuni-
dad..., pero su misión consiste también en crear una atmós-
fera de confianza mutua, de paz y de alegría entre los 
miembros de la comunidad" 4 1 . 
Todo esto es verdad, pero quizá tendríamos que añadir 
que los superiores no pueden crear esta atmósfera de con-
fianza, de paz y de alegría por sí solos. Necesitan de la 
ayuda de todos y de cada uno de los miembros de la comu-
nidad, pues de lo contrario fracasarán. El religioso debe 
prepararse a ayudar a llevar la carga al superior, y vicever-
sa. Que no alienten la expectativa de que los superiores 
están exentos de fallos humanos. Los tienen más o menos 
como los demás. Denotaría un grado de inmadurez muy 
acentuado hacer el propósito de seguir a los superiores y de 
obedecerlos en tanto no tengan fallos. Tal actitud vendría a 
ser algo así como caer en el cisma donatista contra el que 
Agustín tuvo que luchar tan duro y tantos años. Como ya se 
ha puesto de relieve con anterioridad: "Si sólo obedecéis a los 
que no se equivocan, no obedecéis a ninguno"42. 
Cuando nos comprometemos a seguir a Cristo nos com-
prometemos a seguirle a la luz oscura de la fe, sin la satis-
facción que deriva de la certeza. Esto incluye seguirle en los 
tiempos buenos y en los malos, en la salud y en la enferme-
dad, en tiempos de madurez y en tiempos de fracaso. Al 
prometer obediencia hacemos una especie de pirueta en el 
terreno de lo desconocido, porque no podemos leer el futuro 
con claridad. Pero esta pirueta es una pirueta de fe profunda 
y de confianza en aquel que nos llama. Es algo así como la 
respuesta práctica que Abrahán dio a Dios cuando éste le 
41
 JEAN VANIER, Community and Growth. Our Pilgrimage Together, Paulist Press, 
Nueva York 1979, 128. 
42
 Véase nota 30. 
137 
invitó a abandonar toda su parentela, su casa y sus amigos. 
Se puso en marcha sin conocer a ciencia cierta adonde se 
dirigía ni cuándo llegaría, pero confiando a ultranza en que 
Dios se interesaba por él y cuidaba de é l 4 3 . Tanto en calidad 
de superiores como en calidad de gente que obedece, todos 
hacemos lo mismo. Y ésta es la razón de por qué nos nece-
sitamos unos a otros para alcanzar la meta que nos han 
puesto delante. 
43
 Gen 12,1-4. 
138 
9. Amad a Dios, amad a la Iglesia 
UNA DE LAS V O T A C I O N E S que más dispersas se auguraban durante los cuatro años que duraron las 
sesiones del concilio Vaticano II fue la que tuvo lugar en la 
sesión del 29 de octubre de 1963. La votación no afectaba a 
materia de fe y costumbres, ni siquiera a un tema de rele-
vancia pastoral. Sin embargo, el asunto que se debatía estaba 
cargado de matices teológicos, aunque éstos se ocultaran en 
una proposición de resonancias más bien blandas. El núcleo 
de la cuestión era simplemente éste: El tratamiento que el 
concilio daba a la santísima virgen María, ¿debía incorpo-
rarse al documento sobre la Iglesia, o habría que tratar este 
tema en un documento aparte? Entre los casi 2.200 votos 
escrutados ese día, sólo un margen de 40 votos determinaron 
que el lugar ideal para tratar el tema de la madre de Dios 
no tenía por qué ser diferente, sino situado dentro de la 
estructura del documento sobre la Iglesia '. 
Para los conocedores del pensamiento de san Agustín 
este resultado de lo que había sido un tema candente de 
debate podía tener visos de resultado lógico sin más. Nadie 
ha tenido expresiones más elevadas para alabar a la madre 
de Dios ni para su rol exclusivamente personal en el plan de 
salvación de Dios que Agustín. Pero al mismo tiempo nadie 
ha afirmado con mayor claridad que, a pesar de su elevado 
rol, María es ni más ni menos que un miembro de la Iglesia: 
1
 AMADEO ERAMO, OSA, Mariologia del Vaticano II vista ¡n S. Agostino, Ed. 
Gabrieli, Roma 1973, 1012. 
139 
un miembro muy especial, es cierto, pero sólo un miembro: 
"María es santa, María es bienaventurada, pero la Iglesia es 
mejor que la virgen María. ¿Por qué? Porque María es una 
parte de la Iglesia, un miembro excelente, un miembro 
fuera de serie, pero un miembro del cuerpo total. Si ella es 
una parte del cuerpo total, resulta evidente que el cuerpo es 
más grande que su miembro" 2 . 
No me valgo de este ejemplo para hacer una introduc-
ción a la doctrina agustiniana sobre la santísima Virgen. Me 
sirvo de él porque me parece ilustrar con gran concisión la 
importancia absoluta que tiene la Iglesia para Agustín, esa 
Iglesia cuya cabeza es el Señor Jesús y cuya cabeza y cuerpo 
constituyen conjuntamente el Cristo total. El comprender 
el gran amor y la grande estima que a Agustín le merece la 
Iglesia desde siempre nos ayudará a apreciar mucho mejor 
todavía su idea del puesto del religioso en la Iglesia y de lo 
que la Iglesia puede y debe esperar del religioso. 
La Regla de san Agustín no dice ni siquiera una palabra 
sobre la Iglesia, ni tampoco sobre el apostolado de los reli-
giosos en la Iglesia. No tiene por qué extrañarnos: la Regla 
es muy breve y su interés total se centra en la vida interna 
de los religiosos. No trata de ocuparse en otros temas 3 . Sin 
embargo, en muchos de sus escritos Agustín tiene ideas 
clarísimas y auténticamente provocadores sobre los religio-
sos en la Iglesia. Y esto es lo que voy a tratar de sintetizar 
a continuación. 
Los rel igiosos en la Iglesia 
Agustín inició su propia experiencia de vida religiosa 
con una orientación abiertamente contemplativa. Cuando 
le ordenaron de sacerdote y casi acto seguido de obispo, 
2
 Sermón 72A (Denis, 25,7). 
3
 Ya hemos tenido ocasión de advertir que la Regla no trata explícitamente de 
la idea de amistad. Sin embargo, esta idea fue fundamental en la visión que de la 
vida tenía Agustín, y consiguientemente también fundamental para su idea de la 
vida religiosa. Véase c. 3, ' Verdaderos amigos en Cristo". 
140 
tuvo que alterar radicalmente esta perspectiva, aunque muí 
ca llegó a desconectarse de su anhelo que le arr.islr.ib.i al 
estilo de vida contemplativa4 . 
El apostolado directo puede que se viera directamente 
forzado en la persona de Agustín por su ordenación inespe-
rada. Pero una vez que aceptó la carga del sacerdocio y del 
episcopado, nunca llegó a cuestionarse su respuesta generosa 
a las demandas apremiantes que estos oficios habían im-
puesto sobre sus hombros. Al mismo tiempo, no obstante, su 
amor a la comunidad, su orientación contemplativa y la 
innata inquietud que guió su búsqueda de Dios y de la 
verdad confirieron una nueva dimensión dinámica a su ser-
vicio sacerdotal. Más aún: esta nueva dimensión pronto iba 
a difundirse por toda la Iglesia, quizá principalmente por el 
influjo que ejercía el ejemplo de Agustín. De hecho, con la 
fundación de su primer monasterio en Hipona poco después 
de su ordenación sacerdotal, el sacerdocio y el ministerio 
activo comenzaron a combinarse con la vida religiosa en el 
caso de no pocos hermanos, y el empuje básicamente con-
templativo de la vida religiosa comenzó a fundirse con los 
elementos más activos del ministerio pastoral5 . 
Los primeros en sentir el influjo de esta combinación de 
vida religiosa y de ministerio activo fueron los miembros 
del monasterio que Agustín tenía en Hipona. Posidio, que 
fue uno de los que experimentaron una influencia más di-
recta, nos da una idea de la reacción en cadena que se 
produjo cuando miembros de la comunidad de Agustín ocu-
4
 La prueba de esto se ve en el hecho de que habló con frecuencia a los demás 
de sus deseos de volver a un modelo más contemplativo de vida. Sin embargo, esto 
noimplica que fuera cauteloso a la hora de lanzarse a sus deberes apostólicos. El 
gran montón de sus sermones editados y de otras obras de teología revelan ya gran 
parte de su dedicación pastoral (véase POSIDIO, ce. 6.7.198.19, etc.). 
5
 El papa Pablo VI, ávido lector y admirador de san Agustín, reflejó frecuen-
temente en sus alocuciones públicas las dos dimensiones vitales de este gran santo 
y el equilibrio y unidad maravillosos que mantuvo entre ellas. Por ejemplo: 
"¿Quién fue más activo que él en la lucha diaria por la edificación de la Igle-
sia? ¿Quién estuvo más atento que él a la voz del maestro interior que habla en 
las profundidades del alma en conversación secreta, continua y amorosa?" (PA-
BLO VI, Alocución del 20 de marzo de 197Í, cit. en Living in Freedom under the Grace, 39; 
cf también 49. 
141 
paron otras sedes episcopales y establecieron a su vez mo-
nasterios: "Los que servían a Dios en el monasterio bajo la 
guía de san Agustín y al igual que él comenzaron a ser 
ordenados sacerdotes de la iglesia de Hipona... De hecho, 
previas las correspondientes demandas, san Agustín dio a 
diversas iglesias —algunas muy importantes— unos diez 
varones santos y venerables, castos y bien preparados, a los 
que yo conocí personalmente. Por otra parte, estos hombres, 
que se habían iniciado en su estilo de vida santa para servir 
a las iglesias de Dios que se difundieron por distintos luga-
res, siguieron fundando monasterios y... preparando a sus 
hermanos para recibir el sacerdocio, quienes a su vez ocu-
paron cargos en otras iglesias"6 . 
En el trasfondo fervoroso de esta formación cultural y 
espiritual de los clérigos de la Iglesia de África, muchos de 
los cuales procedían de las filas monásticas de Agustín, sub-
yace una teología sólida de la Iglesia, a la que Agustín 
repetidas veces confirió expresión. Esta teología considera-
ba la vida religiosa como fundamental al servicio del evan-
gelio por su situación peculiar en la Iglesia, que es la madre 
de todos y de cada uno de los miembros del Cristo total. 
Veamos cómo expresó este pensamiento en su corres-
pondencia con el abad Eudoxio y con los monjes de la isla 
de Cabrera, monasterio que no figuraba dentro de la jur is-
dicción de Agustín: "Os exhortamos en el Señor, hermanos, 
a que perseveréis hasta el final en la práctica del ideal 
religioso que habéis abrazado. Más aún: si la Iglesia requiere 
vuestros servicios, no accedáis a este requerimiento movidos 
por el apetito personal de encumbramiento, pero tampoco 
lo rechacéis instigados por el confort de vuestro ocio. Por el 
contrario, obedeced a Dios con sencillez de corazón, some-
tiéndoos humildemente a él, que es quien os dirige... No pre-
firáis vuestro ocio tranquilo a las necesidades de la Iglesia: si no 
hubieran existido personas buenas puestas a su servicio cuando ella 
6
 POSIDIO, 11,1-5. Posidio fue uno de los religiosos pertenecientes al monas te-
rio de Agustín. Fue obispo de la sede de Calama. 
142 
daba a luz, ni siquiera vosotros habríais tenido ocasión de nacer"1. 
Con posterioridad expresó un modo paralelo de pensar 
a Leto, un joven religioso de su propio monasterio, que 
había retornado a su casa paterna para arreglar algunos 
asuntos familiares y que en aquellas circunstancias se estaba 
desvinculando de su vocación por culpa de una madre su-
perdominante: "La Iglesia, tu madre, es también la madre 
de tu madre. Esta Iglesia os ha concebido a los dos por 
medio de Cristo.. . y os ha dado vida para que podáis alcan-
zar la vida eterna... Esta madre, extendida por toda la 
tierra, se ve asaltada por las acometidas del error... También 
se ve afligida por la pereza e indiferencia de muchos de los 
hijos que gesta en su vientre. Está acongojada, asimismo, 
viendo a tantos de sus miembros que hacen gala de frialdad 
en diversos lugares, mientra ella se ve cada vez menos 
capacitada para ayudar a los pequeñuelos. ¿Quién, pues, está 
dispuesto a brindarle la ayuda necesaria que está pidiendo, sino otros 
lujos y otros mkwhros a cuyo número tú perteneces?"8 
Finalmente, en un texto muy conocido de la Ciudad de 
Dios podemos observar cómo Agustín emplea ideas compa-
rables a las generalmente expresadas sobre los tres estilos de 
vida abiertos a todo el mundo: el contemplativo, el activo 
y el mixto, integrado por los dos primeros. No menciona 
explícitamente a la Iglesia ni al servicio de la Iglesia, pero 
lo que dice sobre la naturaleza imperiosa del amor coincide 
perfectamente con la doctrina de las dos citas anteriores. 
"Nadie debe entregarse al ocio hasta el punto de, desde esta 
postura, dejar de pensar en las necesidades del prójimo; 
pero tampoco debe entregarse a una actividad tan desenfre-
nada que no le quede tiempo para la contemplación de 
Dios. La atracción del ocio no puede basarse en una inacti-
vidad vacía de contenido, sino en la búsqueda y descubri-
miento de la verdad... Por consiguiente, el amor a la verdad anda 
a la busca del ocio santo, mientras que la fuerza acuciante del amor 
toma parte en la actividad necesaria. Pero si nadie se impone esta 
7
 Carta 48,2. Los subrayados son míos. 
8
 Carta 243,8. El subrayado es mío. 
143 
carga, el tiempo transcurre y se gasta en la búsqueda y en 
la profundización de la verdad. Sí uno se impone esa carga, 
cuenta con energías suficientes para llevarla merced a la fuerza estimu-
lante del amor. No obstante, ni siquiera en este caso debe 
abandonarse enteramente el atractivo de la verdad, pues de 
lo contrario se perderá el gusto por ella y la carga acabará 
por aplastarle a u n o " 9 . 
Principios básicos de orientación 
del rel igioso en la Iglesia 
¿Qué conclusiones podemos sacar de estas y de otras 
expresiones del pensamiento de Agustín sobre los religiosos 
y su apostolado en la Iglesia? Pienso que podemos sacar los 
siguientes principios o conclusiones teniendo en cuenta el 
posicionamiento de Agustín: 
1) Se espera que los religiosos perseveren en su voca-
ción hasta el final; que nada les obligue a abandonarla. En 
otras palabras, lo primero que se espera de los religiosos es 
que sean lo que su vocación pide de ellos dentro de la 
Iglesia: cristianos modélicos, los consagrados de Dios 1 0 . 
2) Si la Iglesia no los reclama, los religiosos deben 
emplear su ocio santo y sus horas de descanso en la búsqueda 
de la verdad; en otras palabras, en la oración contemplativa 
de Dios. Pero a la vez el religioso tiene que ser consciente 
de que incluso esta contemplación es un regalo que hay que 
compartir con los demás. Lo que Agustín dice al laicado en 
uno de sus sermones se aplica, con más fuerza si cabe, a los 
religiosos consagrados: "Predicad a Cristo donde podáis, a quien 
podáis y cuando podáis. Lo que se os pide es fe, no elocuencia. Quien 
no da nada a los demás es un desagradecido con aquel que le ha 
colmado de dones. Por tanto, se espera que cada cual dé de acuerdo con 
la medida que han empleado con él"11. 
9
 De civ. Dei 19,19. El subrayado es mío. 
i» En. ¡n Ps. 75,16; Carta 132,2. 
11
 Sermón 260E (también llamado Guelf, 19,2). Para Agustín tiene su respon-
sabilidad una vida monástica "puramente contemplativa' . Incluso los "monjes 
144 
3) Si la Iglesia los llama, la naturaleza aprcmi.uiii di I 
amor exige que el religioso arrostre todos los s.u litliiitn 
necesarios en pro del mayor bien de la Iglesia, sin abando-
nar, por lo demás, la vocación y dedicación religiosas luu 
damentales. 
4) La Iglesia cuenta particularmente con quienes y.i 
han sido bendecidos por Dios con gracias especiales p.u.i 
ayudarla a engendrar nuevos hijos e hijas y para difundí) < I 
evangelio. Agustín pone el mayor énfasis posible en la oblí 
gación que aquéllos tienen de servir a los demás, habida 
cuenta de la poca necesidad de preocuparse de sí mismos: 
"Aquellos a quienes el evangelio y la gracia de Diosha hecho perfec-
tos, viven en este mundo sólo para bien de los demás. No necesitan 
vivir para sí mismos" n. 
5) Finalmente, el servicio que la Iglesia puede deman-
dar de los religiosos no debe contar con móviles de ambi-
ción, ni con deseos de promocionarse en el mundo o en la 
misma Iglesia, ni de apetito de honores o intereses persona-
les, sino que debe basarse únicamente en el motivo del 
"amor de Cristo que nos acucia" 13. 
Resulta interesante que Agustín hable de modo explícito 
de la ambición en exclusiva, de los honores y de los intereses 
personales aun en el caso de los religiosos que han proyec-
tado y emprendido un servicio especial a la Iglesia. Su pro-
pia experiencia le debió poner en contacto con clérigos y /o 
religiosos de carácter ambicioso y egoísta. En todo caso, se 
hallaba suficientemente interesado, dadas sus observaciones, 
en despertar la atención de los demás sobre este ext remo. 
Acababan de ordenarle sacerdote cuando escribió a su obis-
po Valerio en estos términos: "En esta vida, y especialmente 
en esta época, nada hay más fácil, más apetecible ni más 
solicitado que el cargo de obispo, sacerdote o diácono si 
estos oficios se toman un tanto a la ligera entre halagos y 
laicos" pueden y deben compartir con otros el fruto de su respectiva contempla-
ción. Sobre este tema, véase VERHEIJEN, St. Augustine..., 22-23. 
12
 En. 2 in Ps. 30; Sermón 2,5. 
'3 2Cor5,14. 
145 
adulaciones. Pero a los ojos de Dios nada hay más miserable, 
más desdeñable y más digno de condenación... Por otra 
parte, habida cuenta de que este servicio hay que prestarlo 
como manda el Maestro, a los ojos de Dios no existe una 
felicidad mayor" M. 
Con posterioridad hablaría y proclamaría con vigor la 
necesidad que tienen los pastores de la Iglesia de hablar con 
una sola voz, con la única voz de Cristo. Porque si se 
dedicaran a hablar del cisma o herejía o se consagraran a la 
búsqueda de ventajas personales, no harían sino apacentarse 
a sí mismos y no al rebaño. Lo que constituirá para este 
último la confusión y la dispersión 15. 
El punto clave que Agustín parece poner de relieve es 
éste: sin que importe para nada la posición que ocupemos, 
estamos al servicio de la Iglesia, porque la Iglesia es Cristo, 
el Cristo total, y por tanto ella es nuestra madre espiritual. 
Todos los ministros tienen que estar unidos a ella cumplien-
do su misión personal, porque toda auténtica misión es como 
un mandato de Cristo por medio de la Iglesia. " 'Si el Señor 
no construye la casa, en vano se afanan los albañiles. ¿Quié-
nes son los albañiles? Los que en la Iglesia predican la pala-
bra de Dios, los ministros de los sacramentos de Dios. Todos 
los que corremos, todos lo que trabajamos, todos los que 
construimos... Pero si el Señor no construye la casa, en vano 
trabajan los albañiles'... Nosotros hablamos desde fuera; él 
construye desde dentro. Él es quien construye, aconseja, 
inspira temor, abre los corazones y los dirige a la f e " 16. 
Los religiosos no son, ni mucho menos, una simple parte 
de esta realidad de la Iglesia, sino, como recalca Agustín, 
14
 Carta 21,1. 
15
 Sermón 46,30 y en otros lugares. El problema de los clérigos o religiosos 
ambiciosos o indiferentes no se ha restringido nunca a esta o a la otra generación. 
El papa san Gregorio Magno hablaba de idéntico problema casi dos siglos después 
de san Agustín, criticando severamente a quienes asumen los deberes de pastor y 
reivindican los honores anejos a tales cargos, mientras lo que más les preocupan 
son sus propios intereses en el mundo, anteponiéndolos a los cuidados del rebaño, 
(véase Homilía 17,3,14, tal como se lee en la Liturgia de las Horas, sábado de la 27 
semana del año). 
16
 En. in Ps. 126,2. 
146 
una parte muy honorable, una parte modélica ,7. Igual que 
los miembros de la comunidad naciente de Jerusalén estaban 
íntimamente unidos a los apóstoles y eran instruidos pot 
ellos1 8 , así los religiosos de hoy tienen que estar íntimamen-
te unidos a la Iglesia e interesados principalmente en sus 
necesidades, no en las suyas propias. De modo análogo, toda 
obra o trabajo apostólico tiene que estar íntimamente rela-
cionado con las necesidades de la Iglesia y con la realidad 
que vive la Iglesia, porque cuanto el Espíritu nos da está al 
servicio del bien común i9. 
Unidos en el amor 
en una verdadera Iglesia católica 
Pero no hay que ver las necesidades de la Iglesia bajo el 
estrecho prisma de lo que ocurre inmediatamente en torno 
nuestro. Como observa Agustín, uno de los aspectos más 
importantes de la Iglesia es precisamente su universalidad. 
Agustín estaba muy sensibilizado en este punto: su visión no 
se limitaba a los confines geográficos de su propia iglesia 
local, sino, como ya hemos visto, estaba más que dispuesto 
a subvenir las necesidades misioneras de la Iglesia donde las 
hubiera2 0 . Quizá motivado por los persistentes problemas 
que tuvo con los donatistas, que de hecho tenían una visión 
muy restrictiva de la Iglesia, Agustín llegó a equiparar su 
identificación de la Iglesia con el "Cris to total" , extendido 
por todo el mundo: "Nosotros somos la santa Iglesia. Pero 
no he dicho 'nosotros' como para indicar que lo somos en 
17
 In ev. lo., tr. 13,12; En. in Ps. 132,1. 
18
 En. in Ps. 132,2; He 2,42. 
19
 ICor 12,17. Estas ideas se han reiterado machaconamente en nuestro tiempo 
por parte de Pablo VI en su gran encíclica misionera Euangelii nuntianii: "La 
evangelización no consiste en un acto individual y aislado... No actúa en virtud de 
una misión que el individuo se atribuye a sí mismo o por inspiración personal, sino 
en unión con la misión de la Iglesia y en nombre suyo... El evangelizador tampoco 
es el dueño absoluto de su acción evangelizadora... Actúa en comunión con la 
Iglesia y sus pastores" (n. 60, 8 dic. 1975). 
20
 Véase nota 6. 
147 
exclusiva quienes estamos aquí, vosotros que me estáis es-
cuchando. Pienso en todos los que estamos aquí y por la 
gracia de Dios somos cristianos creyentes de esta iglesia, es 
decir, de esta ciudad. Pienso en todos los de esta región, de 
esta provincia, de allende los mares, del mundo entero.. . 
Esta es la Iglesia católica, nuestra madre verdadera, la espo-
sa fiel de un esposo tan g rande" 2 1 . "Muy cerquita de nos-
otros, aquí, en África, hay tribus innumerables de gente a 
los que no se ha predicado aún el evangelio... Por eso hay 
que establecer también la Iglesia en medio de estas personas, 
donde aún no está presente" 2 2 . 
A esta Iglesia verdadera, católica y universal, estamos 
invitados a amar, comprender, sacrificarnos por ella, man-
tenernos en su unidad, servirla con corazón generoso y 
tolerar el hecho de encontrarnos con que los miembros 
malos están mezclados con los buenos. Agustín sintetiza 
muchos de estos conceptos en este enunciado, que viene a 
ser un reto tanto para los apóstoles comprometidos como 
para los simples fieles: "El que ama a su hermano se acomo-
da en todo en aras de la unidad, porque el amor fraterno se 
basa en la unidad del amor. Suponte que una persona mala 
te ofende, o bien uno a quien juzgas que es malo o que te 
imaginas que lo es. ¿Abandonarías por este motivo a muchos otros 
que son buenos?"23 
Estas apreciaciones no deben conducirnos al error de 
pensar que Agustín se refiere principalmente aquí, califi-
cándolos de malos, a los separados de la Iglesia. Como con 
frecuencia indicaba a sus catecúmenos, la mayor piedra de 
escándalo de la fe no dimana de ordinario de los que se 
hallan fuera de la comunión de la Iglesia, sino de los que 
están dentro de la Iglesia, de los que reivindican el nombre 
de cristianos, pero que de hecho no lo son en modo algu-
no 2 4 . "Muchos se denominan cristianos, pero no lo son en 
21
 Sermón 213,8. 
22
 Carla 199,12,46 y 48. 
23
 Inlep. lo., 1,12.24
 VAN BAVEL, Christians..., 100.104. 
148 
realidad. No son lo que indica su título ni en su vida, ni en 
su moralidad, ni en su fe, ni en su esperanza, ni en su 
car idad" 2 5 . 
No tiene, pues, nada de extraño que, como cristiano 
recién bautizado, Agustín admirara tanto a los que ocupaban 
puestos de mando en la Iglesia, porque en realidad no sólo 
tenían que aguantar a este tipo de cristianos falsos, sino que 
también tenían que gobernar a quienes adolecían de una 
pobre salud espiritual: "Han de tener paciencia con los 
vicios del pueblo para curarlos, y antes de poder calmar la 
tempestad tienen que aguantar sus embates. En tales cir-
cunstancias resulta difícil mantener una conducta ejemplar 
y mantener el espíritu en perfecta ca lma" 2 6 . 
Honra a tu padre, honra a tu madre 
Agustín, finalmente, resalta con fuerza inusitada la iden-
tidad existente entre la unión con la santísima Trinidad y 
con Cristo mismo. Si de verdad amamos al Padre, necesa-
riamente tenemos que amar su Iglesia, que es el Cristo 
total. Análogamente, no podemos estar unidos al Espíritu 
Santo ni ver realizada en nosotros la obra del Espíritu si de 
algún modo estamos separados de la realidad de la Iglesia 
universal. No podemos honrar ni amar a Dios como Padre 
sin honrar y amar del mismo modo a la Iglesia como madre. 
Estas ideas las hallamos perfectamente entramadas en las 
citas siguientes: "¿Cómo puede uno llegar al conocimiento 
de haber reconocido el Espíritu Santo? Dejémosle que pre-
gunte a su propio corazón. Si ama a su hermano, el Espíritu 
de Dios mora en él. Dejémosle que se constituya en testigo 
delante de Dios: que mire a ver si hay en su persona amor 
a la paz y la unidad, amor a la Iglesia extendida por todo el 
m u n d o " 2 7 . "También nosotros recibimos el Espíritu Santo 
25
 In I ep. lo. 4,4. s 
26
 De mor. eccl. caá. 1,32,69. 
27
 In I ep. lo. 6,10. 
149 
si amamos a la Iglesia, si estamos conjuntados por el amor, 
si nos sentimos contentos del prestigio y de la fe católica. 
Creámoslo, hermanos y hermanas: uno tiene el Espíritu 
Santo en la misma medida en que ama a la Iglesia de Cris-
to.. . Más aún: amamos a la Iglesia cuando estamos firme-
mente anclados en sus miembros y en su amor 28. 
Pero la afirmación más sorprendente de Agustín —que 
demuestra su intenso amor a la Iglesia— sitúa a la Iglesia en 
tal unión con el Padre que hace un retrato de ellos como si 
estuvieran unidos por los vínculos del matrimonio: " A m e -
mos al Señor nuestro Dios, amemos a su Iglesia; a él como 
padre nuestro, a ella como nuestra madre; a él como Señor, 
a ella como esclava, porque somos hijos e hijas de esa escla-
va. Pero este matrimonio está unido por el amor más gran-
de. Nadie puede ofender a uno y esperar ser honrado por el 
otro. . . ¿Qué bienes te puede reportar no ofender al Padre, 
si va a vengar a la madre en el caso de que la ofendas?... Por 
eso, queridos míos, estad siempre en acuerdo completo con 
Dios como padre y con la Iglesia como m a d r e " 2 9 . 
Algunas conclusiones breves 
Siempre he sentido fascinación al observar que la Iglesia 
ha sido algo central en la vida de mi propia Orden agusti-
niana desde su fundación en el siglo XIII. Fue en efecto la 
misma Iglesia, por medio de dos papas en particular, la que 
unió distintos grupos de religiosos en el año 1244 y poste-
riormente en 1256 para constituir nuestra Orden. Estos di-
versos grupos se habían dedicado, en su inmensa mayoría, a 
la vida contemplativa, y, sin embargo, la Iglesia les dio en 
aquella época un verdadero empuje apostólico, insistiendo a 
la vez en que no perdieran su dimensión contemplativa. El 
paralelismo de lo que le aconteció personalmente a Agustín 
al pasar de un tipo de vida verdaderamente contemplativa 
28
 ln lo. ev., tr. 32,8. 
2<> En. in Ps. 88; Sermón 2,14. 
150 
a otro que con toda seguridad fue contemplativo y activo lo 
he mantenido yo siempre en mi persona. 
Hago mención de este tema porque, al igual que en la 
vida de Agustín hubo inevitables tensiones en la búsqueda 
de equilibrio entre las dimensiones contemplativa y apostó-
lica, estas mismas tensiones siguen siendo frecuentes en 
nuestro días entre todos los religiosos que con toda sinceri-
dad tratan de ser aquello a lo que han sido llamados en la 
Iglesia. 
Agustín enfocó este problema de distintos modos, pero 
en la práctica siguió siendo problema para él. En su obra La 
ciudad de Dios ya hemos visto la esperanza que tenía en que 
los llamados a la actividad no abandonaran nunca las alegrías 
interiores de la contemplación3 0 . Aunque estaba muy com-
prometido en sus trabajos apostólicos en favor del pueblo, 
siempre tenía tiempo, en medio del cúmulo diario de ocu-
paciones, para la actividad más importante de todas: su 
oración contemplativa, interior y tranquila a Dios. De he-
cho enseñó a sus compañeros de religión, y a los clérigos 
asociados a él, que antes de ser predicadores reales de la 
Palabra tenían que ser hombres de oración, bebiendo en la 
Palabra que Dios les daba antes de compartirla con los 
demás 3 1 . Practicó en su propia vida lo que el papa Juan 
Pablo II ha subrayado con frecuencia en sus alocuciones a 
los religiosos de todo el mundo: "Una pausa de verdadera 
adoración tiene más valor y provecho espiritual que la más intensa 
actividad, aunque se trate de actividad apostólica" *2. 
Quizá esto nos lleve a formularnos la siguiente pregunta: 
¿Cómo nos enfrentamos a este reto en nuestra vida de hoy? 
A menos que exista una unión íntima entre estas dos dimen-
siones de nuestra vida y a menos que la dimensión contem-
plativa cuente con posibilidades de suministrar la energía 
30
 Véase nota 9. 
31
 JUAN PABLO II, Alocución a tos Superiores Generales, 24 de noviembre de 1978, 
n. 4, en "Acta Ordinis S. Augustini" 23 (1978) 13. Este juicio es representativo de 
un pensamiento que ha aparecido a menudo en las observaciones del papa a los 
religiosos. 
151 
necesaria que exige nuestra actividad pastoral, se corre un 
grave peligro de esterilidad o de rutina e incluso de que la 
apatía haga acto de presencia en el servicio a los demás. Y 
caso de que esto ocurra, me extraña que podamos seguir 
diciendo que somos fieles a nuestra vocación dentro de la 
Iglesia en calidad de cristianos modélicos. 
Una vis ión más amplia de la Iglesia 
Otro punto que la idea que Agustín tiene de la Iglesia 
pueda inspirar a todos los religiosos es éste: Nuestra visión 
de la Iglesia no puede limitarse a nuestro entorno. 
Agustín estuvo dedicado a la Iglesia católica y universal. 
Se mantuvo abierto a las necesidades de largo alcance de 
todo el cuerpo de Cristo, sin estar totalmente atado a los 
problemas reales con que tenía que enfrentarse en su propia 
diócesis. Su visión de la Iglesia fue auténticamente misione-
ra, y a esta visión respondió personalmente de manera muy 
práctica: enviando a otros en ayuda de la Iglesia cuando ésta 
se veía realmente necesitada. 
Todos podemos estar orgullosos de las muchas contribu-
ciones que nuestras respectivas congregaciones religiosas 
han hecho a la Iglesia en el pasado. Pero aun contando con 
esto, tenemos que seguir sensibilizándonos ante las necesi-
dades emergentes y cambiantes de la Iglesia. Tenemos que 
seguir cuestionándonos cómo responder mejor a estas nece-
sidades tal como evolucionan, teniendo siempre en cuenta, 
naturalmente, nuestras limitaciones, nuestro carisma distin-
tivo, nuestra razón de ser en la Iglesia. Cuanto más fieles 
seamos a nuestra llamada dentro de la Iglesia, tanto más 
conscientes seremos de nuestra misión, aunque nunca salga-
mos de casa, como le ocurrió a santa Teresita de Lisieux. 
Amar al Señor y amar a su Iglesia —el "Cris to to ta l "— 
es una tarea gozosa, pero también es siempre un reto. Para 
quienes deseamos seguir el espíritu de Agustín cuenta tam-bién el modo con que estamos al servicio de nuestra madre 
152 
espiritual, que nos ha dado la vida y que continúa alimen-
tándonos a todos. Justamente de este modo otros hijos e 
hijas serán capaces de recibir esta misma gracia que se nos 
ha dado a nosotros, para así nacer y alimentarse en el evan-
gelio. 
153 
10. Hacer comunidad mediante 
la confianza y el amor mutuos 
LA EXPERIENCIA agustiniana de la vida comunitaria presenta un ideal que es a la vez atractivo y exigente '. 
Trata de fundir en una sola las dos partes distintas de este 
ideal: la parte espiritual, que tiene como objetivo principal 
la búsqueda común de Dios, y la humana, que se ocupa de 
la construcción de las relaciones mutuas que surgirán en una 
comunidad de amor, de acogida, de ayuda y de reto. Estas 
dos realidades pueden fusionarse porque, según la idea de 
Agustín, una conciencia creciente de la presencia de Dios 
en el otro inspira al religioso a hacer realidad su búsqueda 
de Dios, sobre todo en el verdadero corazón de la comuni-
dad. Es, por tanto, en las relaciones mutuas de los religiosos 
donde la búsqueda de Dios halla su punto de partida y 
donde adquiere impulso. Esta búsqueda postula demandas 
constantes y concretas a cada uno, demandas que pueden 
resumirse en un ideal básico: cada uno debe llevar las cargas 
de los demás como si fueran las propias. Esto es lo que 
constituye la realización de la ley de Cristo: que nos amemos 
unos a otros como él nos ha amado. 
Este estilo de vida ni es irreal ni es romántico. Eso sí, es 
un estilo de vida y como tal necesita de un esfuerzo de por 
vida para la consecución plena de sus objetivos. El esfuerzo 
1
 Véase el c. 1, "Vida comunitaria: la experiencia agustiniana"; también T. 
V. TACK, OSA, Augustinian Community and the Apostolate, en Living in Freedom Under 
Grace, 148-157, y Essential Charactistics of Augustinian Religious Life, ib, 187-200. 
155 
necesario para llevar a ejecución este amor e interés mutuos 
que tanto distinguen al proyecto agustiniano de comunidad 
se expresa de modo perfecto en un sermón que tuvo con 
ocasión de la dedicación de una nueva iglesia, en que se 
congregó la comunidad cristiana local: "Esta iglesia es la 
casa de nuestras oraciones, pero también nosotros somos 
casa de Dios. Y si somos casa de Dios, vamos construyén-
donos aquí durante el transcurso de la vida para que nos 
puedan dedicar al final de los tiempos. Una edificación o, 
por mejor decir, la construcción de ese edificio ocasiona 
trabajos, mientras que la dedicación produce alegría y nada 
más que alegría. Cuanto aquí se ha hecho al levantar estos 
muros se vuelve a realizar cuando congregamos a todos los 
que creen en Cristo.. . Sin embargo, no llegan a constituir 
una casa del Señor mientras no estén unidos por el amor. Si 
estas vigas y estas piedras no se dispusieran de manera or-
gánica; si no estuvieran ligados estos materiales unos con 
otros de manera armónica, en paz y, por decirlo así, enca-
jadas en el amor mediante una cohesión de unos con otros, 
nadie se atrevería a entrar en esta casa. Pero como contem-
pláis un edificio donde vigas y piedras están sólidamente 
trabadas, entráis en confianza y no tenéis miedo de que se 
venga abajo" 2 . 
La colocación de la piedra angular de una iglesia es 
ocasión para celebrar una fiesta, pero no hace sino señalar 
el principio de todo un montón de trabajos duros para mu-
cha gente, para que la iglesia pueda adquirir su estructura 
externa y su calor íntimo y familiar. Ot ro tanto puede 
decirse de las personas que ingresan en la vida religiosa o 
que se reúnen para formar una nueva agrupación comunita-
ria. Es algo que ocurre cuando alguien entra a formar parte 
de la comunidad o se le traslada. Hay por delante todo un 
cúmulo de esfuerzos incalculables, de muchas dificultades, 
de múltiples desencantos antes que el religioso aprenda el 
modo de formar una auténtica comunidad de amor en el 
2
 Sermón 336,1-2. 
156 
Señor, antes de ser capaz de alcanzar esa unión con Dios a 
través de sus hermanos y hermanas, que es lo que constituye 
el objetivo último que propone Agustín a quienes quieren 
seguir su ideal religioso. 
Muchos ingresan en la vida religiosa con expectativas 
poco realistas. (Es muy posible que nosotros mismos haya-
mos tenido expectativas de este tipo en fechas más o menos 
lejanas de nuestro pasado.) No son conscientes de sus propias 
limitaciones ni de las limitaciones de los demás. Con fre-
cuencia buscan la perfección y no pueden hallarla. Parecen 
haber olvidado que la vida religiosa es formalmente "v ida" 
integrada por seres humanos, no por ángeles. Con frecuen-
cia no están preparados para las decepciones con que inelu-
diblemente se toparán al no ver sus ideales realizados de 
modo inmediato. En síntesis, no acaban de constatar que la 
construcción de la comunidad y de la propia vocación es un 
proceso largo y a veces muy tedioso. 
Idea agustiniana de la vida religiosa. 
Antes y después 
En sus primeros días de cristiano, Agustín quizá tuviera 
una idea romántica de la vida religiosa, probablemente de-
bido a que era un mero espectador desde fuera. Hay eviden-
cias de ello, por vía de ejemplo, en algunos párrafos de su 
libro Sobre las costumbres de la Iglesia católica. En esta obra 
concreta, Agustín hace una referencia casi exclusiva a lo 
positivo de la vida religiosa, hecho que podría llevar a uno 
con demasiada facilidad a la creencia, totalmente falsa, de 
que la vida religiosa es una especie de paraíso en la tierra. 
Un breve pasaje de esta obra puede servirnos de ejemplo de 
esta mentalidad: "¿Cómo no admirar y recomendar a quie-
nes, despreciando y abandonando los placeres de este mundo 
y viviendo juntos en una sociedad auténticamente casta y 
santa; viviendo su vida en oraciones, lecturas y estudios, sin 
157 
asomo de orgullo, ruidos o pendencias, sin los ceños de la 
envidia; sino tranquilos, modestos, pacíficos, llevan una vida 
de verdadera armonía y consagración a Dios?" 3 
Las alabanzas tributadas a los siervos de Dios en este 
texto hacen que su vida parezca casi "del otro mundo" , 
muy lejos de las capacidades del común de la gente. Indu-
ciría al lector a pensar que estos religiosos ya habían alcan-
zado una especie de nirvana o estado de perfección. Pero 
años más tarde, cuando Agustín emprendió personalmente 
la vida religiosa, sus ideas se hicieron muy realistas y equi-
libradas. Vio todo el cúmulo de bienes que entraña este 
estilo de vida, pero al mismo tiempo no dudó en subrayar 
también la cantidad de cosas que pueden ir mal cuando se 
vive este tipo de reto. 
Esta visión más realista aparece en primer lugar en la 
Regla de Agustín, pero también en otras de sus obras. En 
todos estos escritos muestra una visión muy equilibrada, al 
insistir sobre muchos elementos positivos de la vida comu-
nitaria, sin ignorar, por lo demás, los aspectos negativos que 
a veces pueden encontrarse en el monasterio. Ve la vida 
religiosa como un microcosmos de la Iglesia misma, y en la 
Iglesia existe siempre una mezcla de trigo y de cizaña entre 
los miembros, sean laicos, clérigos o religiosos. "Hermanos 
y hermanas, que nadie os engañe. Si no queréis que os 
engañen y deseáis amaros unos a otros, tened bien en cuenta 
que todos los estados de la vida eclesial tienen sus hipócritas. 
Yo no diría que toda persona sea hipócrita, sino que cada 
estado de la vida tiene sus hipócritas... Igual que hay buenos 
cristianos, los hay malos" 4 . "Cualquier género de vida, 
caso de que se recomiende de manera errónea, es decir, 
imprudentemente, servirá de cebo a la gente por el mero 
hecho de alabarlo. Pero una vez que estas personas que han 
venido al monasterio se hallen dentro, verán cosas que nunca 
se habían imaginado que hubiera allí. Asqueados del mal, 
3
 De mor. eccl. cath., I, 31,67. 
4
 En.in Ps. 99,13; también 132,4; 54,9. 
158 
desisten del b ien" 5 . "Aunque en mi casa reine el buen 
orden, soy hombre y vivo entre hombres, y no osaría decir 
que mi casa es mejor que el arca de Noé, donde fue expul-
sado uno de los ocho...; ni mejor que la comunidad de 
Cristo el Señor, donde once almas leales aguantaron la 
deslealtad de Judas el ladrón... No , pero os digo con toda 
sinceridad ante el Señor, nuestro Dios, que es mi testigo..., 
que difícilmente me he encontrado con personas mejores 
que las que han progresado en el monasterio. Pero a la vez 
tampoco las he encontrado peores que las que dentro del 
monasterio han perdido su vocación" 6 . 
Una investigación pública 
Nada mejor que un caso práctico para ilustrar las difi-
cultades con que Agustín se topó en uno de sus propios 
monasterios. Este caso fue una prueba severa de su ideal 
religioso a los ojos de toda la iglesia local. Lo que podía 
haber degenerado en un desastre no fue tal, sino que dejó las 
cosas en su sitio, poniendo tanto a la comunidad como al 
ideal comunitario en una situación auténticamente lumino-
sa, a pesar de todas las debilidades humanas. En el Sermón 
355, que predicó poco antes de la navidad del año 425 —con-
taba por aquel entonces setenta y un años de edad—, vemos 
que Agustín estaba muy preocupado por uno de sus sacer-
dotes que había vivido en su compañía, un tal Jenaro, y que 
había muerto recientemente tras hacer testamento y dejar 
sus últimas voluntades. Este hecho estaba estrictamente 
prohibido, porque nadie dentro de su monasterio podía dis-
poner de propiedades o fundos personales. Como resultado 
de este hecho, Agustín comunicó al pueblo su intención de 
realizar una investigación exhaustiva acerca de cómo vivía 
su voto de vida común el resto de los clérigos de su comu-
nidad. Cuando algunas semanas más tarde presentó final-
\v 
5
 En. in Ps. 99,12. 
6
 Carta 78,8-9. 
159 
mente sus conclusiones a la multitud que abarrotaba la igle-
sia, mostró que se hallaba orgulloso con toda justicia: había 
constatado que todos sus hermanos eran leales a su "santo 
compromiso" de vivir en común sin tener nada propio 7 . 
Eran, pues, hombres de confianza y gozaban de crédito para 
el ideal que Agustín les había trazado. 
U n líder fiable 
La investigación tuvo un final feliz. Pero aún nos resta 
responder a una pregunta importante: ¿Cómo saltó este 
problema al primer plano? ¿Era posible que Jenaro hubiera 
vivido durante años con Agustín y su comunidad sin que 
ninguno de ellos sospechara de su mal comportamiento? Ese 
puede haber sido el caso, en efecto. Sin embargo, es difícil 
entender cómo ocurrió si tenemos en cuenta la actitud bá-
sica que guió a Agustín en el trato diario con sus compañe-
ros de religión. 
Agustín era muy consciente de esa verdad fundamental 
que enseñó a otros: que cada uno de nosotros es un templo 
de Dios. Y esto hizo de él una persona muy fiable. Pensaba 
asimismo que muchos de sus hermanos eran recelosos por lo 
que a su vida privada se refería. Es evidente que consideraba 
esta actitud de confianza del todo punto esencial para la 
total armonía de la comunidad. Tan esencial como su insis-
tencia, por ejemplo, en el total compartimiento de bienes 
en el monasterio. El respeto mutuo que todos los hermanos 
debían tener unos con otros tenía una finalidad: excluir de 
la vida común todo tipo de alteraciones graves que surgen 
invariablemente cuando se permite que eche raíces la sospe-
cha, que crezca y que eventualmente emponzoñe las rela-
ciones fraternas. Esta actitud de respeto y de confianza 
reviste especial importancia para quien está a la cabeza de 
la comunidad y cuyo cometido principal dentro de la es-
tructura agustiniana no es andar escrutando los secretos de 
7
 Sermón 356, predicado poco después de la epifanía de 426. 
160 
los demás, penetrar en sus conciencias, sino proteger y pro-
mover la unidad y armonía de la comunidad. Ya hemos 
indicado lo que significaba para Agustín esa unidad y armo-
nía 8 . Su pensamiento en torno a la confianza lo expuso con 
toda claridad cuando se dirigió a los fieles con motivo del 
caso de Jenaro: "Tengo tan buena opinión de mis hermanos 
que me he abstenido de hacerles preguntas, porque me pa-
recía que al andar indagando entre ellos podía dar la impre-
sión de que sospechaba algo malo. Por otra parte, era cons-
ciente, tanto entonces como ahora, de que todos los que han 
convivido conmigo están familiarizados con nuestro ideal y 
con nuestra regla de v ida" 9 . 
Este mismo elemento de confianza aparece en la Regla 
cuando habla Agustín del cuidado de los enfermos: "Si la 
causa de la enfermedad corporal del hermano no se ve con 
claridad, debes aceptar la palabra del siervo de Dios cuando 
indica que tiene dolores" l0. 
Posidio ofrece otras pinceladas en torno a la confianza 
de Agustín en relación con el área delicada de las finanzas: 
"Delegaba y confiaba alternativamente en los clérigos más 
capaces la administración de todos los bienes de la casa 
vinculada a la iglesia. Personalmente no se reservaba ni 
llaves ni sello. Los encargados registraban todas las entradas 
y salidas. A finales de año se le entregaba el balance de 
modo que pudiera estar al tanto de las cantidades recibi-
das, de las distribuidas y del remanente que quedaba para su 
ulterior distribución. Pero en muchas transacciones, más 
que verificar personalmente los documentos, lo dejaba todo 
en manos del administrador" " . 
Agustín estaba incluso dispuesto a aplicar esta misma 
actitud de confianza frente a los aspirantes a ingresar en el 
monasterio, hecho que constituye un ejemplo más de su 
extraordinaria apertura y comprensión de la psicología hu-
8
 Véase nota 1. 
" Sermón 355,2. 
10
 Regla, n. 35 (ce. 5.6), donde el individuo se integra a la observancia normal 
una vez recuperada suficientemente su salud. 
ii POSIDIO, 24,1. 
161 
mana. Déjales que se prueben a sí mismos, le dice a un 
superior hipotético, subrayando las dificultades que entraña 
juzgar a los demás sin tener experiencia personal de ellos. 
"¿Cómo vas a conocer a quien tratas de excluir del monas-
terio? Si quieres averiguar su falta de aptitud, somételo a 
prueba, y esto tienes que hacerlo dentro del monasterio.. . 
¿Tratas de rechazar a todos los que no son aptos? Eso es lo 
que dices... ¿Crees que van a presentarse ante ti con el 
corazón en la mano? Algunos postulantes ni siquiera se 
conocen a sí mismos. ¿Es que les vas a conocer tú mejor? 
Muchos se han prometido responder generosamente a la 
santidad de esa vida que posee todas las cosas en común, 
donde nadie reivindica nada como propio y todos tienen un 
solo corazón y un alma sola dirigidos hacia Dios. Los han 
puesto en el disparadero y se han der rumbado" n. 
Estos contados ejemplos nos hacen ver con suficiente 
claridad que Agustín observó una actitud de confianza fun-
damental con los que convivían con él. Al mismo tiempo, 
sin embargo, era muy exigente con ellos. Esperaba de ellos 
una actitud muy madura frente a su compromiso de vivir en 
común de manera armónica en una búsqueda común de 
Dios. Esta madurez y sentido de responsabilidad están en el 
núcleo de su Regla, que es una intimación continua a todos 
y cada uno a ser sinceros consigo mismos y con la comuni-
dad, como quienes han dejado ser esclavos y ya viven en 
libertad bajo la gracia. 
¡Suspicacias, no! ¡Responsabilidad, sí! 
De todos modos, no hay que confundir una naturaleza 
suspicaz con la actitud de "dejar hacer" a los que viven en 
comunidad. Ante signos claros de deficiencias, de actos o de 
actitudes erróneas que torpedean a la comunidad o ponen 
en peligro la vocación del individuo, uno tiene que actuar 
12
 En. m Ps. 99,11; véase también De op. mon. 25,25; Carta 31,7. 
162 
de la misma manera con que actuó Agustín. Él nunca hizo 
la vistagorda ante desórdenes evidentes. Posidio, por ejem-
plo, nos cuenta con qué energía actuaba Agustín cuando 
algunos colegas en el episcopado, invitados a su mesa, co-
menzaban a hablar sobre algunos hermanos ausentes. De 
manera inmediata mostró su repulsa y les afeó la acción con 
dureza l3. ¿Por qué reaccionaba con tanta fogosidad y acri-
tud? Porque la ofensa era grosera e iba contra los principios 
más fundamentales de la vida comunitaria. 
Con todo, la mayoría de las correcciones no son de esta 
naturaleza. Probablemente la mayoría de las situaciones de 
la vida comunitaria exigen un método totalmente distinto, 
uno que trate de proteger el buen nombre del individuo 
cuando el asunto no ha trascendido hasta alcanzar el punto 
del escándalo público 14. Es, por tanto, un asunto confiden-
cial y hay que evitar suspicacias indebidas. Ot ro tema bas-
tante distinto es interesarse por la buena salud de la comu-
nidad —es decir, de los individuos que la integran—, de 
modo que se tome la resolución oportuna cuando se consi-
dere necesario. Los superiores que dejan que las cosas se 
deterioren hasta el punto de que toda cura resulte inútil o 
prácticamente imposible son mucho más dañinos para la 
comunidad que aquellos que, sin base suficiente, adoptan 
una actitud de suspicacia frente a sus religiosos. Pero lo que 
tiene validez hablando de los superiores vale también para 
cada uno de los miembros de la comunidad. Las personas 
que andan de la ceca a la meca "buscando ja leos" no con-
tribuyen en nada a la unidad y armonía de la comunidad. 
Son peores que aquellos que no quieren comprometerse en 
el hecho actual y concreto de la construcción de la comu-
nidad. La confianza y el respeto mutuos, que nacen del 
interés y del amor mutuos y que se demuestran de modo 
práctico, son esenciales para la unidad y la armonía de la 
comunidad. 
Aunque se pueden cometer errores en la admisión de 
13
 POSIDIO, 22,6-7. 
14
 Regla, nn. 26-29.45 (ce. 4, 8-11; 7,2). 
163 
algunas personas en la vida religiosa, de las que con poste-
rioridad se puede constatar que no tenían vocación verda-
dera o que vuelven la mirada atrás de la vocación que un día 
acogieron, Agustín creyó, a pesar de todo, que "nuestra santa 
fraternidad no se ve perjudicada por quienes profesan ser lo que no 
son"i5. A éstos, dice, "no se les puede echar afuera sin haberlos 
aguantado con anterioridad",6. De nuevo aparece aquí la idea 
de Agustín de que servimos, honramos y adoramos a Dios 
en y a través de nuestros compañeros de religión llevando 
unos las cargas de los otros. Tal como Agustín lo ve, tene-
mos que aguantar las molestias de los problemas que causan 
algunos religiosos incompetentes o hipócritas en bien de los 
muchos que son buenos. Por nuestra perseverancia gozosa 
en este intento contribuimos al sostenimiento de la vocación 
de muchos otros —una amplia mayoría— que tratan de 
llevar una vida religiosa santa 17. 
Siguiendo esta línea, y tal como Agustín apunta en otros 
lugares, Jesús no vino a salvarnos cuando estábamos libres 
de pecado, sino precisamente porque estábamos agobiados 
por su peso. Por otra parte, Jesús no vino para que siguié-
ramos siendo pecadores, sino para que pudiéramos madurar 
y llegar a ser lo que no éramos todavía 18. Básicamente, ésa 
debe ser nuestra actitud en la vida religiosa. Tenemos que 
pedirle a Dios el don de amarnos unos a otros como Jesús 
nos amó. Porque, con toda franqueza, sólo nos amaremos 
unos a otros cuando amemos a Dios en el otro, "sea porque 
Dios vive en esa persona ya, sea porque Dios puede venir a vivir en 
ella..."19 De todos modos, esta actitud de amor y de con-
fianza básica no nos dispensa de afirmar nuestros pasos para 
salvaguardar la unidad y la armonía de la comunidad, habida 
cuenta de que ya han fracasado repetidamente otros ensayos 
más atemperados. "Esto no se hace por crueldad —escribe Agus-
15
 En. in Ps. 132,4; también 75,16; Sermón 355,4,6. 
16
 En. in. Ps. 99,12. 
" Ib. 
18
 AGUSTÍN, Coment. a í Jn. 8,10. 
19
 Sermón 361,1-2. 
164 
tín—, sino por un sentido de compasión, para que otros muchos no 
se pierdan por el mal ejemplo de uno o de otro"20. 
Profundizar en el respeto y en la sensibilidad 
De estas reflexiones pueden sacarse algunas consecuen-
cias práctica para la vida de comunidad. Dado que somos el 
resultado de una era que se ha caracterizado a menudo por 
la desconfianza y la carencia de fiabilidad, estamos llamados 
a adquirir un respeto más profundo de unos a otros en 
cuanto personas, hijos e hijas de Dios, con una llamada 
común. Este respeto por los demás dimanará, ante todo, del 
respeto que tenemos por nosotros mismos, es decir, del 
hecho de comprender quiénes somos y de lo que Dios trata 
de hacer en, a través y en favor nuestro. Este extremo debe 
llevarnos a apreciar mejor cómo trabaja y actúa Dios en los 
demás con idéntico objetivo, a pesar del obstáculo inevitable 
que nuestra naturaleza humana común pone ante su gracia. 
Diciéndolo sin tapujos, significa que nos debemos dejar 
llevar por una mejor sensibilidad frente a los otros; frente a 
sus necesidades, esperanzas y angustias; ante su soledad y 
ante los momentos de alegría. Hemos de prestar oído a sus 
deseos y tratar de comprenderlos. No podemos acompañar-
los físicamente en la oración, en el trabajo y el recreo 
mientras nos mantengamos apartados de sUs sentimientos e 
intereses. Sin embargo, para conseguir esto muchos tendrán 
que aprender a curar las heridas del pasado, que impiden su 
madurez personal y su cambio a mejor. Todos tenemos que 
aprender de nuevo a escucharnos unos a otros en el nuevo 
ambiente que se ha creado en la totalidad de la vida religiosa 
a partir del Vaticano II y de la renovación de nuestras 
Constituciones. 
Bien poca unidad hay en una pila de ladrillos puestos o 
amontonados sin más; sin embargo, hay contacto entre unos 
y otros. Pero la unidad sólo surge cuando están trabados 
20
 Regla, nn. 27, 42 (ce. 4,9.6,2). 
165 
unos con otros de manera racional y estable. Este ejemplo 
tiene validez hablando de las comunidades religiosas. Tene-
mos que darles consistencia y sentido por medio de una 
trabazón firme por el amor, la confianza, el interés y el 
apoyo; los más rápidos deben ser conscientes de que están 
llamados a animar a los demás a permanecer en la carrera, 
compitiendo por mantenerse a la cabeza; los que están mejor 
dotados pueden contribuir quizá de manera efectiva y en 
mayor proporción a la construcción de la comunidad, pero 
sin dejar nunca a sus compañeros de religión en la sombra. 
Agustín nos ofrece algunas cautelas sobre temas prácticos 
en torno a este esfuerzos que supone un ejemplo, un reto y 
una palabra de ánimo. "Sabemos que caminamos juntos. Si 
nuestro paso es lento, poneos a la cabeza del pelotón. No os 
vamos a envidiar; al contrario, trataremos de alcanzaros. 
Pero si nos consideráis capaces de correr más rápido, corred 
con nosotros. Sólo hay una meta y estamos con ganas de 
alcanzarla, unos despacio, otros más apr isa" 2 1 . "Si unos 
tienen una capacidad de comprensión más rápida que otros, 
que piensen que a lo largo del camino se encuentran con 
otros más lentos. Cuando dos compañeros emprenden el 
mismo camino, en manos del más veloz está el permitir que 
le alcance el más lento, no viceversa. De hecho, si el más 
veloz corre con toda la velocidad de que es capaz, su cama-
rada no conseguirá seguir sus pasos. Por eso es necesario 
que el que es más rápido atempere su marcha de modo que 
su compañero más lento no acabe por abandonar" 2 2 . 
Estas páginas nos recuerdan el pasaje de san Pablo donde 
dice que todos tenemos diferentes dones de acuerdo con la 
gracia especial que se nos ha dado a cada uno, pero que 
todos esos dones están al servicio de la comunidad2 3 . Repe-
tidamente Agustín puntualiza que nuestro compromisocon 
Dios tiene que realizarse en términos prácticos mediante el 
compromiso de unos con otros. Incluso los campeones de 
21
 Sermo de Cántico Novo 4,4. 
22
 En. in Ps. 90; Sermón 2.1. 
23
 Rom 21,6; ICor 12,7. 
166 
velocidad y de fuerza tienen sus momentos de duda y de 
debilidad. Todos necesitamos apoyarnos mutuamente vien-
do la vocación a la que hemos sido llamados. Todos necesi-
tamos llevar mutuamente nuestras cargas si vamos a formar 
una comunidad real. Y cuando hacemos esto con amor, con 
ese respeto y confianza que dimana del reconocimiento de 
la presencia de Dios en nuestros hermanos y hermanas, 
entonces, y a pesar de todas las dificultades, florecerán la 
unidad y la armonía, que constituyen el sagrado compromiso 
de la comunidad en su camino hacia Dios. Entonces es 
cuando tendremos constancia de esa paz interior que sólo 
Dios puede garantizar a los que le aman en sus peque-
ñuelos2 4 . 
24
 De civ. Da 19,13. 
167 
índice 
Pág. 
Introducción 5 
1. Vida comunitaria: La experiencia agustiniana. 9 
Ideal religioso de Agustín 11 
Orígenes de la Regla de san Agustín 12 
Unidad en el amor a través de la comunidad .... 14 
Compart i r e interesarse según la "Reg la" 15 
El puesto central de la vida comunitaria 18 
Resumen 21 
2. Ponedlo todo en común 23 
Compart i r con la comunidad 24 
Recibir de acuerdo con las necesidades de cada 
cual 27 
Vivir como los pobres en Espíritu 28 
Servir a los necesitados 30 
3. Verdaderos amigos en Cristo 39 
Innovaciones de un capítulo general 40 
Fuera temores ante la amistad 41 
Concepto agustiniano de amistad 43 
Vivir en unidad y armonía es vivir como her-
manos 50 
Aplicación de las ideas de Agustín a la vida 
religiosa de hoy 52 
Desterrar la soledad 53 
169 
4. Buscar a Dios: Contemplación y vida interior. 55 
A la búsqueda del amor 55 
Buscar con empeño 57 
Retorno a la interioridad 58 
Jesús, camino y meta 60 
La búsqueda tiene sus exigencias 61 
El amor fraterno conduce a Dios 62 
Buscar y compartir 64 
La búsqueda no acaba nunca 66 
El apostolado de los contemplativos 68 
Resumen 69 
5. Signo de contradicción 73 
Un conflicto del corazón 74 
Visión agustiniana de la castidad a la luz de 
la fe 76 
La castidad consagrada debe llevar al amor 80 
¡Qué descansada vida con el voto de castidad!. 82 
El orgullo, precursor de la caída 84 
Llamada a la generosidad 85 
6. El cristianismo comprometido y la cruz 89 
El cristiano mira a la cruz 91 
El camino hacia la libertad interior 93 
Una visión agustiniana de la cruz 94 
Siguiendo el ejemplo de Cristo 96 
La penitencia debe llevar al amor 98 
Sugerencias a los religiosos sobre llevar la cruz. 100 
Resumen 103 
7. Revestios de la humildad 105 
El orgullo, un pecado capital 106 
Encuentro de Agustín con el orgullo 107 
Un corazón humilde atrae a Dios 108 
El corazón de la humildad 110 
Orgullo y humildad en el monasterio 111 
Algunas conclusiones prácticas 112 
Un corazón que finge ignorancia 115 
Combatir el buen combate 117 
8. Como quienes viven en libertad bajo la gracia. 119 
Amor, no temor 119 
Fallos del pasado y del presente 121 
Autoridad evangélica 123 
Obediencia evangélica 130 
Llevar unos las cargas de los otros 137 
9. Amad a Dios, amad a la Iglesia 139 
Los religiosos en la Iglesia 140 
Principios básicos de orientación del religioso 
en la Iglesia 144 
Unidos en el amor en una verdadera Iglesia 
católica 147 
Honra a tu padre, honra a tu madre 149 
Algunas conclusiones breves 150 
Una visión más amplia de la Iglesia 152 
10. Hacer comunidad mediante la confianza y el 
amor mutuos 155 
Idea agustiniana de la vida religiosa. Antes y 
después 157 
Una investigación pública 159 
Un líder fiable 160 
¡Suspicacias, no! ¡Responsabilidad, sí! 162 
Profundizar en el respeto y en la sensibilidad. 165

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