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COLABORACIÓN NOTA La traducción de este libro es un proyecto de Erotic By PornLove, Reading Girls. No es, ni pretende ser o sustituir al original y no tiene ninguna relación con la editorial oficial, por lo que puede contener errores. El presente libro llega a ti gracias al esfuerzo desinteresado de lectores como tú, quienes han traducido este libro para que puedas disfrutar de él, por ende, no subas capturas de pantalla a las redes sociales. Te animamos a apoyar al autor@ comprando su libro cuanto esté disponible en tu país si tienes la posibilidad. Recuerda que puedes ayudarnos difundiendo nuestro trabajo con discreción para que podamos seguir trayéndoles más libros Ningún colaborador: Traductor, Corrector, Recopilador, Diseñador, ha recibido retribución alguna por su trabajo. Ningún miembro de este grupo recibe compensación por estas producciones y se prohíbe estrictamente a todo usuario el uso de dichas producciones con fines lucrativos. MAFIA MADMAN THE KINGS OF ITALY Kings 3 MILA FINELLI “La mejor arma contra un enemigo es otro enemigo”. FRIEDRICH NIETZSCHE. SINOPSIS Ella no es un ángel... y él es el mismísimo diablo. GIA Puede que sea una princesa de la mafia, pero tengo planes más grandes que permanecer en este mundo protegido. Estoy en Milan para perseguir mis sueños como diseñadora de moda. Tener una aventura es lo último en lo que pienso, excepto que él es guapo, encantador e italiano. En otras palabras, es irresistible. ¿Qué tiene de malo divertirse un poco? ENZO Años de trabajo, mi familia y casi mi vida... todo me fue robado. Durante cuatro años reconstruí mi imperio, conspirando en secreto, planeando hacerlo sufrir como sufrí yo. Cuando el arma perfecta cae en mi regazo, ¿quién soy yo para decir que no? Excepto que a Gia no parece importarle mi oscuridad. A ella le gusta, incluso le agrada. No puedo dejar que me distraiga, por mucho que la desee. No importa el fuego que arde entre nosotros. La tendré y luego la romperé. Si espera piedad, se sentirá decepcionada. No soy un héroe. Soy un rey despiadado, nacido para ser el villano. The Kings Of Italy #3. ÍNDICE COLABORACIÓN ................................................................................. 2 NOTA .................................................................................................. 3 MAFIA MADMAN ................................................................................ 4 MILA FINELLI ..................................................................................... 4 SINOPSIS ............................................................................................. 6 ÍNDICE ................................................................................................ 7 CAPÍTULO UNO .................................................................................. 9 CAPÍTULO DOS ................................................................................. 19 CAPÍTULO TRES ................................................................................ 35 CAPÍTULO CUATRO .......................................................................... 47 CAPÍTULO CINCO ............................................................................. 64 CAPÍTULO SEIS ................................................................................. 79 CAPÍTULO SIETE ............................................................................... 95 CAPÍTULO OCHO ............................................................................ 108 CAPÍTULO NUEVE .......................................................................... 123 CAPÍTULO DIEZ .............................................................................. 136 CAPÍTULO ONCE ............................................................................ 150 CAPÍTULO DOCE ............................................................................ 162 CAPÍTULO TRECE ........................................................................... 175 CAPÍTULO CATORCE ...................................................................... 187 CAPÍTULO QUINCE ......................................................................... 202 CAPÍTULO DIECISÉIS ...................................................................... 217 CAPÍTULO DIECISIETE .................................................................... 235 CAPÍTULO DIECIOCHO ................................................................... 248 CAPÍTULO DIECINUEVE ................................................................. 254 CAPÍTULO VEINTE .......................................................................... 271 CAPÍTULO VEINTIUNO ................................................................... 286 CAPÍTULO VEINTIDÓS .................................................................... 312 CAPÍTULO VEINTITRÉS ................................................................... 330 CAPÍTULO VEINTICUATRO ............................................................. 346 CAPÍTULO VEINTICINCO ................................................................ 360 CAPÍTULO VEINTISÉIS .................................................................... 380 CAPÍTULO VEINTISIETE .................................................................. 391 CAPÍTULO VEINTIOCHO ................................................................. 408 CAPÍTULO VEINTINUEVE ............................................................... 417 EPÍLOGO ......................................................................................... 427 AVANCE DE TARGET MAFIA .......................................................... 437 NOTA DE MILA ............................................................................... 448 CAPÍTULO UNO ENZO Hace cuatro años. Los recuerdos me atormentan. Aunque me rescataron del calabozo de Fausto Ravazzani hace tres semanas, hay momentos en los que me parece que sigo allí, una cáscara rota de hombre, débil y delirante sobre el suelo de piedra. Ahora no puedo cerrar los ojos sin recordar. Dormir se hace imposible, los sueños son demasiado agonizantes para soportarlos. Mi cuerpo se recupera. Cada día que permanezco en este yate, sanando, me hace más fuerte, los moretones se desvanecen. Mi mente es otra historia. No soy ajeno al derramamiento de sangre. Criado en un mundo violento por un hombre violento, me enseñaron a ocultar la crueldad bajo una sonrisa y un traje de diseñador. Lo había equilibrado con facilidad, sin perder nunca el control de la realidad mientras cometía incluso los actos más atroces. Lo que ocurrió en el calabozo de Ravazzani cambió eso. Ya no soy el mismo. Mis hermanos me pidieron que les explicara lo sucedido y les diera detalles, pero no pude pronunciar las palabras. Los horrores están demasiado frescos, mi humillación es demasiado grande. No puedo soportar que me toquen. Tuvieron que sujetarme la primera vez que la enfermera me cambió las vendas porque no paraba de forcejear para escapar. El suave balanceo del yate me arrulla hacia el olvido, pero lucho contra eso. No quiero revivir los horrores del calabozo en mis sueños. Cuando escucho a mis hermanos susurrar en la habitación de al lado, hablo tan fuerte como puedo: —¿Qué pasa? Vito y Massimo aparecen junto a mi cama. —¿Te hemos despertado? —dice Vito. Más cercano en edad a mí, es mi segundo al mando y consigliere1—. Deberías dormir. Imposible. Prefiero saber por qué están cotilleando como un par de nonne2. —Dimmi3. Mi hermano menor, Massimo, se aclara la garganta: —Le estaba diciendo a Vito que Fausto Ravazzani ha sido dado de alta del hospital.1 Consigliere. Asesor en italiano. Este se encarga de aconsejar al Don sobre todas sus acciones y movimientos. Es su mano derecha. 2 Nonne. Abuelas, en italiano. 3 Dimmi. Dime, en italiano ¿Che cazzo4? ¿Tan pronto? —Sorprendente, ¿no? —dice Vito—. Todos los informes decían que estaba a punto de morir. Salir del hospital público es un movimiento inteligente. Mucho más seguro para Ravazzani estar dentro del castello5, protegido por sus soldados. Esto es lo que lo hace un objetivo tan difícil de eliminar. Sin embargo, casi lo logré. Esconderme para mí es más difícil. Ahora mismo estoy en un yate en medio del Mediterráneo con mis hermanos. Mi esposa y mis hijos, así como mi hermana menor, han sido escondidos fuera de Italia, lejos de mí y de todo lo relacionado con la familia D'Agostino, por si los hombres de Ravazzani me encuentran. Lamiéndome los labios secos, fuerzo la respuesta: —¿Cuándo? —Ayer. Esto significa que no tengo mucho tiempo. Me está buscando, utilizando todos los recursos disponibles para buscar venganza. Tengo que ser más inteligente. —Agua —digo, y Massimo me ayuda a dar un largo trago. Todavía tengo la mano vendada desde que Fausto me cortó la punta del dedo índice, y los hombros me duelen por haber estado colgado de las manos durante días. Cuando termino, pulso un botón para elevar la cama. Mis hermanos construyeron en el yate una impresionante sala de hospital de última generación, con tres enfermeras y dos médicos. Gracias a Dios, porque nunca he estado tan cerca de la muerte. 4 Che cazzo. Qué mierda o Qué Carajo, en italiano. 5 Castello. Castillo, en italiano. ¿Y por qué? ¿Por qué me atreví a tomar más poder? ¿Por qué soñé con un imperio mejor para mis hijos? No me siento culpable por querer esas cosas. Sí, había escuchado el consejo equivocado, pero mis deseos no han cambiado. Estoy vivo y recuperándome, a salvo en medio del océano, y pronto lo haré sufrir. Un pensamiento me mantiene cuerdo. El ojo por ojo no es suficiente. —Enciende tu teléfono —le digo a Massimo—. Busca un ruido de fondo. Una ciudad, preferiblemente en Italia. Vito se frota la mandíbula. —Crees que te llamará. Lo sé en el fondo de mis huesos. —A Fausto le gusta burlarse de sus enemigos. También intentará saber dónde estoy. Dile al capitán que apague el motor. Mi predicción resulta correcta una hora después. Mientras una enfermera me da de comer sopa, mi teléfono suena con un número bloqueado. Miro a Vito y asiento. La enfermera es sacada de la habitación y Massimo comienza a reproducir sonidos de fondo. Vito pulsa aceptar y me acerca el teléfono a mi rostro. —Pronto6 —digo, con toda la fuerza que puedo. —Enzo, ¿come stai7? —La voz de Fausto es tensa y demasiado fuerte, una actuación si alguna vez he oído una—. ¿Cómo te sientes? 6 Pronto. Al contestar el teléfono es como decir diga, en italiano. 7 Come stai. Cómo estás, en italiano. Mi estómago arde de furia y frustración. Agarro la sábana con el puño, pero mantengo el tono uniforme. —Nunca estuve mejor, Fausto. Pero basta de hablar de mí. He oído que has estado mal. —Estoy bien. Más fuerte que un toro. Es una pena que no hayas podido quedarte más tiempo. Pezzo di merda8. Odio su arrogancia. —Sí, bueno. Gracias por tu generosa hospitalidad. Tendré que ver cómo puedo pagarte. —No hay necesidad de eso —dice—. Fue un verdadero placer. Sin duda es cierto. La sed de sangre de Il Diavolo es legendaria en la 'Ndrangheta9. Pero no dejaré que se aproveche de mí nunca más. —Quizás puedas visitarme la próxima vez. A tu esposa parece gustarle la casa de la playa. Hay una pausa y sé que di en el blanco. Mis labios se curvan con satisfacción. Finalmente dice: —Lo último que supe es que tu casa de la playa está destruida. Hago un ruido como si eso fuera nada. —Todo se puede reconstruir, no hay que preocuparse. Por cierto, felicidades por tu matrimonio. —No es el único que está bien informado. 8 Pezzo di merda. Pedazo de mierda, en italiano. 9 'Ndrangheta. Término calabrés. Es una organización criminal de Italia, cuya zona de actuación predominante es Calabria. —Grazie10. No es necesario enviar un regalo. Ya has dejado uno. Miro mi mano vendada, con la ira obstruyendo mi garganta. Madre di Dio11, es un coglione12. Me ha mutilado. Nunca se lo perdonaré. Antes que pueda responder, Ravazzani dice: —Hablando de regalos, ¿has recibido el que te envié? Debería haber llegado esta mañana. Miro a Vito, que niega con la cabeza y empieza a escribir en su teléfono. —No —digo—. Todavía no lo he visto. —Una muestra especial, solo para ti. Espero que lo disfrutes. ¿Qué ha entregado Ravazzani? No puedo ni empezar a adivinar, pero estoy seguro que no me va a gustar. —Seguro que sí. Me aseguraré de enviarte algo a cambio. —Si yo fuera tú, me centraría en mis negocios y en mi familia. —Su voz es baja y dura, una clara amenaza. Excepto que yo no acepto amenazas de este hombre. No acepto amenazas de nadie. Sonrío. —Entonces es una suerte que no seas yo, ¿no? —¿Cómo están tu esposa e hijos? —pregunta Ravazzani—. ¿Tu hermana menor? Se habrán alegrado de verte en tu regreso. 10 Grazie. Gracias, en italiano. 11 Madre di Dio. Madre de Dios, en italiano. 12 Coglione. Pendejo o Imbécil, en italiano. Más burlas. Quiero rodear su cuello con mis manos y apretar, hasta que sus ojos se salgan de la cabeza. Hasta que los vasos sanguíneos estallen y su piel se vuelva púrpura. Se había llevado a mi esposa y a mis hijos de sus camas, los había retenido a punta de pistola. Es inexcusable en nuestro mundo, donde las esposas y los hijos siempre han estado fuera de los límites. Ravazzani debió cansarse, porque dice: —Debo irme, Enzo, pero espero que te cuides. —Sí, cuídate tú también, Fausto. Por favor, dale un beso a tu hermosa esposa de mi parte, ¿sí? Puedo oír su pesada exhalación de enfado, y disfruto sabiendo que lo hice rabiar. Como si fuéramos amigos, dice: —Por favor, haz lo mismo con Mariella. Oh, espera. Se fue, ¿no? Una pena. Sé lo apegado que estabas a tu mantenuta13. ¿Mencionó a Mariella en lugar de a mi esposa para joderme la cabeza? La línea se corta y agarro el vaso de agua junto a la cama con la mano buena y lo lanzo al otro lado de la habitación. El dolor me atraviesa el hombro cuando el vaso se hace añicos contra los paneles de roble. Grito: —¡Brutto figlio di puttana bastardo14! —Cálmate —dice Vito—. Te vas a romper los puntos. —Angela, los niños... están a salvo, ¿no? —pregunto. —Sí, certo15 No te preocupes —dice Vito, ya escribiendo en su teléfono—. Ravazzani no los encontrará en Inglaterra. 13 Mantenuta. Mantenida en italiano. (Es como llaman a las amantes). 14 Brutto figlio di puttana bastardo. Bastardo hijo de puta, en italiano. 15 Certo. Por supuesto o cierto, en italiano. Rezo para que sea así. Aunque nuestro matrimonio fue concertado, me preocupo por Angela. Es una buena esposa y una gran madre para mi hijo y mi hija. Ver a los tres retenidos a punta de pistola fue el peor momento de mi vida. Después de mi captura, Vito envió a mi familia a un amigo en Inglaterra para mantenerlos fuera del alcance de Ravazzani. —El paquete —digo—. ¿Qué es? Mi hermano revisa su teléfono. —Encontraron la caja. Estaba junto a la carretera, fue arrojada por un auto que pasaba. —¿Qué había dentro? —Massimo lo incita. —¿Recuerdas al experto en computadoras de Ravazzani, al que chantajeamos para que nos ayudara a matar a Ravazzani? Vic,creo. —La mirada de Vito se encuentra con la mía—. Era su cabeza. Cristo. —¿El resto de él? —Ni idea. No siento ningún remordimiento. Vic había sido un medio para un fin, la herramienta adecuada para el trabajo en el momento. Esa herramienta había fallado, así que ahora no me servía de nada. Massimo mira entre Vito y yo, con una expresión ansiosa. —¿Y ahora qué? ¿Enviamos un mensaje de vuelta o vamos a matarlo? —Massimo hace crujir sus nudillos uno a uno, una molesta costumbre que le queda de la infancia. —No somos lo suficientemente fuertes —dice Vito—. Enzo tiene que recuperarse y nosotros tenemos que deshacer el daño del secuestro. Mi hermano no se equivoca. Ser prisionero de Ravazzani ha debilitado mi posición en la 'Ndrangheta. Muchos de nuestros aliados nos han abandonado, y nuestros enemigos están aprovechando la oportunidad para invadir nuestros negocios. Por suerte, la empresa de fraudes informáticos, valorada en miles de millones de euros, no se había visto afectada. Seguimos ganando dinero a manos llenas, lo que significa que puedo reconstruir todo lo demás. Ravazzani me torturó para conseguir ese negocio de fraude, haciendo cosas indescriptibles para obligarme a cederlo. Sin embargo, nunca me quebré. No fue el primero en hacerme daño, en hacerme sangrar. Mi difunto padre, el antiguo Don D'Agostino, jefe de la Napoli 'ndrina16, me enseñó el dolor. Me enseñó a soportar la agonía. —No te acobardes o te haré más daño —decía mi padre—. Debes ser fuerte, Lorenzo. Más fuerte que todos los demás. Pero esto fue diferente. Ravazzani me mutiló y humilló. Me trató peor que a un perro. Me dejó encadenado y desnudo durante días, y ahora perdí mi familia y mi libertad por su culpa. Eso retuerce mi mente y alimenta mi rabia. He cambiado. El hombre civilizado de antes ya no existe. Ahora soy inhumano, una criatura llena de odio y venganza, y Ravazzani lo pagará. Mirando a mis hermanos, digo: —Me buscará en tierra, así que nos quedamos en el agua. Nos mantenemos a salvo y somos inteligentes. Más fuertes juntos. —Más fuertes juntos —repiten mis hermanos el lema de la familia D'Agostino. 16 'ndrina. Es una unidad básica de la 'Ndrangheta de Calabria. —Compra un yate nuevo —le digo a Vito—. Asegúrate que nadie sepa que es mío. Navegaremos hacia el oeste y nos esconderemos en la Riviera francesa. Mis hermanos me dejan solo y cierro los ojos, agotado. Que se joda Fausto Ravazzani. Este siempre ha sido mi juego, no el suyo, y necesito tiempo más que nada. Al final, destruiré todo lo que le importa hasta que no quede nada. CAPÍTULO DOS GIA En la actualidad. Milan, Italia. Una mujer me grita en mi rostro en italiano, pero no puedo entenderla. ¿Por qué está tan jodidamente enfadada? Esta mañana llegué puntual al trabajo, con un pastelito y un capuchino en la mano, lista para afrontar el día. Hace falta mucho para ponerme nerviosa, así que me limito a dar un sorbo a mi café mientras Valentina sigue despotricando, con su piel aceitunada casi morada. Es la ayudante de Domenico, el propietario y diseñador jefe de la casa de moda en la que estoy haciendo mis prácticas, y no parezco gustarle mucho. Pero yo no estoy aquí para hacer amigos. Quiero aprender a manejar mis diseños y construir una marca, una marca de vanguardia sostenible como la de Domenico. Ha creado una de las marcas más exclusivas del mundo antes de cumplir los veinticinco años. —Non capisco17 —digo cuando Valentina toma aire—. Lentamente. —Llevo diciéndole a la gente que hable más despacio desde que llegué hace tres semanas. El labio de Valentina se curva. —Tú —cambia al inglés—. No confirmaste las modelos ayer y ahora nos falta una. —Sí, lo hice. Todas dijeron que estarían aquí. —¿Entonces por qué nos falta una modelo, scema? La nuca se me calienta. No me gusta que me llamen idiota. La gente normalmente me besa el culo, teniendo en cuenta que mi padre es uno de los hombres más peligrosos de Toronto. También estoy emparentada por matrimonio con Fausto Ravazzani, el hombre más peligroso de Italia. Excepto que aquí nadie sabe mi verdadero nombre. Cuando mi padre finalmente cedió y me permitió hacer unas prácticas en el extranjero, me presenté con el nombre de Gia Roberts. A Domenico le gustaron mis diseños y me ofreció un puesto por un año. Decidí mantener el engaño mientras estuviera aquí, así que le dije a todo el mundo que mis guardias de seguridad son porque mi padre es un político canadiense. Es el paraíso, ser otra persona durante un tiempo. Quiero tener éxito en mis propios términos, no por mis conexiones. —Basta, Valentina. —Chiara, la otra asistente de Domenico, se une a nosotras—. He comprobado la lista de Gia. Todas las modelos confirmaron. Esto no es culpa suya. 17 Non capisco. No entiendo, en italiano. Valentina se aleja, murmurando para sí misma en italiano. Capto la palabra troia, que sé que significa “puta”. Qué bien. ¿Estamos de vuelta en el colegio? Valentina me recuerda a todas las chicas malas que me habían insultado porque me había metido con muchos chicos. ¿Adivina qué? Me gustan las pollas. Demándame. —Grazie —le digo a Chiara, también conocida como mi persona favorita aquí. Tiene unos veintitantos años y es una de las pocas que me hizo sentir bienvenida. —Prego18, pero me temo que tengo malas noticias para ti. Sintiendo que necesito cafeína, tomo otro sorbo de mi capuchino. —¿Oh? —Domenico quiere que ocupes su lugar. Mis ojos se vuelven enormes. —¿De quién, Valentina? —Ojalá —dice Chiara—. No, de la modelo que falta. ¿Qué mierda? —Tienes que estar bromeando. —No estoy bromeando. —Chiara me toma del brazo y comienza arrastrarme hacia la puerta—. Eres hermosa y el vestido te quedará bien. ¿Vestido? Los diseños de Domenico son más bien ropa de calle bondage. Correas y hebillas con muy poca tela. Las piezas son increíbles, pero yo no quiero ser modelo. Quiero diseñar ropa para las modelos. 18 Prego. De nada, en italiano. (También lo usan como “Por Favor”). No puedo olvidar cómo el modelaje arruinó la vida de mi madre. La llevó hasta mi padre, un hombre peligroso y controlador, y ella renunció a sus sueños para esconderse detrás de él en Toronto, desapareciendo en la oscuridad. Esa nunca seré yo. Yo estoy destinada a la grandeza, no al matrimonio. Mientras Chiara pulsa el botón del ascensor, doy un paso atrás. —Dile que gracias, pero que prefiero no hacerlo. —No hay que negarse, Gia. Domenico es el jefe. A menos que quieras renunciar, lo estás haciendo. —Me mira por encima del hombro—. Y relájate. Es un espectáculo privado para su inversor más importante. No habrá nadie más. El calor me invade, una rebelión familiar que siempre acecha bajo mi piel. Tengo el problema que no me gusta que me digan lo que tengo que hacer. No soy una persona que siga las reglas, ni siquiera soy muy agradable. Soy ruidosa, testaruda y obstinada. Básicamente soy exactamente como mi padre, lo que explica por qué soy su hija menos favorita. El ascensor llega pero no me muevo. —Realmente no quiero hacer esto. —Dai andiamo19. —Vuelve a agarrarme del brazo y me lleva al interior—. Dos horas de cabello y maquillaje, luego treinta minutos en tacones. Teniendo en cuenta que tu día suele ser ir por bebidas y hacer recados, esto debería ser un buen cambio de ritmo, ¿no? —En realidad, es una mierda. No estoy aquí para modelar. Estoy aquí para aprender a diseñar ropa. 19 Dia andiano. Vamos, andando. En italiano. —No dejes que nadie te oiga decirlo,carissima20. Literalmente todo el mundo aquí mataría por llevar uno de los nuevos diseños de Domenico, aunque sea por unos minutos. Cierto, lo que solo hará que mis nuevos compañeros de trabajo se resientan. Genial. Las puertas del ascensor se abren y somos recibidas con puro caos. Hay gente por todas partes, mientras que los estantes de ropa y las estaciones de maquillaje y cabello se distribuyen por todo el piso. La música suena en los altavoces, por lo que hay que gritar para que te escuchen. Me encanta. Algún día voy a ser yo, supervisando mi colección antes que salga a la pasarela. Aprobando peinados y paletas de maquillaje, eligiendo zapatos y accesorios. Yo seré la jefa, dando órdenes a un equipo de secuaces. —Ahí estás, bella. —Un pequeño grupo se separa para revelar a Domenico, y éste se dirige directamente hacia el ascensor, con sus manos moviéndose rápidamente—. Vai, vai21. No hay mucho tiempo. Chiara me da un suave empujón y todo se difumina después. Manos me agarran y empiezan a trabajar en mí de pies a cabeza. Mi cabello tarda una eternidad porque hoy lo llevo en un moño desordenado, así que tienen que empezar de cero para conseguir el estilo recto y rígido de Domenico. El maquillaje es más dramático de lo que incluso yo intentaría para ir a la discoteca. Finalmente, me envuelven con una de las piezas de la nueva colección. Domenico me rodea mientras guía mis pies dentro de las botas de cuero con tacón. 20 Carissima. Cariño, en italiano. 21 Vai. Vamos, en italiano. —¡Dio santo! —Luego me gira hacia un espejo de cuerpo entero—. Sei perfetta22. Mierda. Me veo bien. Realmente bien. Un complejo entramado de tirantes y redes negras cae justo por debajo de mi entrepierna, que está cubierta por unas bragas negras, mientras que la mitad superior corta mis pequeñas tetas como si fuera hilo dental. El efecto general es sexy, glamoroso y atrevido, a medio camino entre una dominatriz y una estrella de rock. Domenico me arregla un poco el cabello. —Te robarás el espectáculo. —Empieza a alejarse—. Empezamos en unos minutos. —Es solo para tu inversor, ¿verdad? —Sí, si —dice por encima del hombro—. Un hombre muy poderoso. Uno al que debemos impresionar, ¿capisce? Asiento. Probablemente es algún viejo oligarca ruso. —Haré lo que pueda, signore23. —Llámame Domenico —dice, y pasa a otra modelo. El estilista que me atiende silba. No sé cómo responder a eso, así que me hago unas cuantas fotos y se las envío a Emma, mi hermana gemela. Ella está en la universidad en Toronto, estudiando para ser doctora. Gemela: Maldita sea, estás muy caliente. Yo: Ikr24. Yo: Estoy remplazando a una modelo. 22 Sei perfectta. Eres perfecta, en italiano. 23 Signore. Señor, en italiano. 24 IKR. Acrónimo de “lo sé, ¿verdad?” Gemela: ¿Puedes quedarte con el vestido? Yo: No lo creo. Yo: Te echo de menos. Es el tiempo más largo que hemos estado separadas. Es extraño no tenerla cerca para mantenerme conectada a la tierra. ¿Y quién se encargará que Emma no se entierre en los libros de texto? Gemela: Qué pena lo del vestido… y yo también te echo de menos Yo: Te llamaré más tarde. No estudies mucho. Gemela: Tengo un examen de QO mañana. En el lenguaje de Emma eso significa química orgánica. Es una nerd adorable. Gemela: Hablemos después de eso, ¿bien? Yo: Bien, pero volaré a casa y te daré una paliza si no me llamas después de tu examen. Me envía dos emojis con cara de risa. Gemela: ¡Diviértete en Milán! Le envío el emoji del dedo corazón y guardo el teléfono. Una parte de mí todavía no puede creer que papá nos dejara a Emma y a mí ir a la universidad, y mucho menos que me permita hacer unas prácticas en Milan. Probablemente esto es obra de Frankie. Desde que mi hermana mayor se casó con Fausto, mi padre nos dio más independencia a Emma y a mí. No hay discusiones sobre matrimonios o esponsales, gracias a Dios, y parece dispuesto a dejarnos vivir como jóvenes normales de nuestra edad. Cuando le pregunté a Frankie al respecto, me dijo que Fausto tiene influencia sobre nuestro padre y no teme usarla en nuestro favor. ¿Mi hermana mayor es una mierda o qué? No hay tiempo para nada más porque nos llevan en manada al piso de abajo. Las otras modelos tienen un aspecto similar al mío, la misma altura y complexión, también con un cabello y un maquillaje espectaculares. La ropa varía en cuanto a sensualidad, pero mi traje es el más revelador. Antes que tenga tiempo de pensar en eso, las puertas del ascensor se abren y nos dicen que nos reunamos en silencio entre bastidores. Los peluqueros y maquilladores ultimaron nuestros looks mientras Chiara y Valentina nos ponen en orden. Cuando estamos listas, empiezan a sonar los primeros compases de I'm a Slave 4 U de Britney Spears. Tengo que reprimir una sonrisa. A mis hermanas y a mí nos encantaba esta canción mientras crecíamos, y Britney era una maldita reina. Valentina me sisea cuando chasqueo los dedos al ritmo de la canción. Chiara me señala su rostro, recordándome que debo mantenerme en mi papel. Asiento y adopto la expresión de “me importa una mierda” que me enseñaron antes. La fila comienza a moverse cuando las modelos empiezan a caminar. Cuando me acerco puedo ver luces y humo sincronizados con la música, y mi corazón empieza a latir más rápido. La emoción bulle en mi pecho mientras subo los escalones y espero mi señal. Voy arrasar en esta maldita pasarela. ENZO Una lección que aprendí pronto en la vida: no confiar en nadie. Esto incluye a los que toman tu dinero y te hacen promesas. Esto significa que superviso mis inversiones cuidadosamente. Si no, ¿qué va a impedir que alguien me robe? Domenico es uno de los pocos diseñadores en los que invierto. La moda es una buena forma de blanquear mi dinero y siempre me ha gustado la ropa, y hasta ahora Domenico demostró ser una sabia elección. Su nombre está ahora en todo el mundo, con diseños que llevan todas las celebridades. Lo que significa que Domenico me responde y está disponible en cualquier momento para satisfacer todos mis caprichos. Hoy, eso se traduce en una muestra privada de su próxima colección para ver los frutos de mi inversión. Espero, solo, en la parte delantera de la pasarela, disfrazado con unas gafas de sol y una gorra de béisbol. —Signore. —Domenico aparece y se acomoda en el asiento contiguo al mío—. Creo que le gustará lo que verá. Lo dudo, pero estoy en Milan por otros asuntos, así que es una forma fácil de comprobarlo. Todavía estoy en la clandestinidad, así que tengo que ser cuidadoso, nunca me quedo en un lugar por mucho tiempo. Incluso después de cuatro años, mi enemistad con Ravazzani sigue ardiendo. Él me quiere muerto, pero yo no le doy la oportunidad. En lugar de eso, me mantengo al margen y planeo mi venganza. Nunca me verá venir. Sufrí mucho más que Ravazzani, perdiendo casi todo, incluyendo a mi esposa. Ella murió en un accidente de auto. No estábamos unidos, salvo para criar a nuestros hijos, pero ella se merecía algo mejor que desangrarse en una pequeña carretera rural de Inglaterra. Mis hijos perdieron a su madre. Eso me desgarra cada día. Asisten a un internado inglés con nombres falsos, y los veo durante unas pocas semanas cada verano cuando navegamos juntos lejos de Europa. Cualquier otra cosa es demasiado peligrosa para ellos. No puedo arriesgarme a que mi enemigo me encuentre y a que les haga daño a mis hijos. Un odio venenoso se retuerce en mis entrañas, lianas de rabia y oscuridad que se extienden para obstruir mi garganta y estrangularme. Esto es obra suya. Y Ravazzani lo pagará. Domenico hace una señal a alguien en los bastidores y la músicallena la sala. La cacofonía me hace daño en la cabeza mientras un desfile de hermosas mujeres empieza a recorrer la pequeña pasarela. Me esfuerzo por parecer interesado. Antes de mi cautiverio, charlaba con Domenico durante el desfile y luego le echaba el ojo a dos o tres de las modelos. Horas más tarde, esas mismas modelos llegaban de algún modo a mi habitación de hotel y pasábamos la noche intercambiando orgasmos. Hoy miro en silencio, estoicamente, deseando que éste recado termine. Domenico se mueve. —La inspiración de la colección... Levanto una mano para cortarlo. Me importa una mierda su inspiración o la sostenibilidad de la ropa. No me importa nada en este momento más que demostrarle que estoy vivo y que sigo siendo lo suficientemente formidable como para no traicionarme. Lo utilizo para blanquear dinero, nada más. Una mujer aparece en la pasarela y el aire sale disparado de mis pulmones. Esa cara. La conozco. Un recuerdo tira de mi mente, algo que debo recordar. Es hermosa. Tal vez me la he follado. No, no lo he hecho. No olvidaría tener esas largas piernas rodeando mi cintura o a ella... La niebla de mi cerebro se despeja y el reconocimiento me golpea en el pecho como un martillo. Es imposible. ¿Cómo ha sucedido esto? Ella se acerca y la verdad se instala en mis huesos. Incluso a través de mis gafas de sol puedo ver que se trata de Gia Mancini, y que está aquí, en la pasarela de Domenico. ¿Che cazzo? No la he olvidado del calabozo de Ravazzani mientras miraba mi cuerpo roto y ensangrentado en el suelo, mirándome como a un animal en el zoo. Una diversión para ella. Esa maldita stronza25. Mi conmoción disminuye después de unos cuantos latidos, y la estudio mientras mi mente se agita. Odio admitirlo, pero es preciosa. El diseño de Domenico la deja casi desnuda, y puedo rastrear sus curvas tras los tirantes que lleva. Las altas botas negras hacen que sus piernas parezcan aún más largas mientras se acerca a mí, y su pequeña cintura se ensancha hasta convertirse en generosas caderas. No tiene tetas, pero puedo ver la insinuación de sus pezones detrás de la endeble tela. Atrevida y sin miedo, me llama la atención mientras se acerca al final de la pasarela. ¿Me reconoce? Espero ver alguna señal, algún destello en su expresión plana, pero no lo hay. Su rostro permanece inexpresivo. Se da la vuelta y se aleja, moviendo el culo a cada paso. Mantengo mi mirada en esos dos firmes globos hasta que desaparece. ¿Esto es una estratagema de Ravazzani? ¿Un plan para sacarme de mi escondite? La ira me azota por dentro como un látigo. ¿Me cree tan desesperado, tan patético como para perseguir a su cuñada casi desnuda y tan sexy como el infierno? Las mujeres no significan nada para un hombre que esta muerto por dentro. En algún momento, la música se detiene. Domenico se mueve en su asiento, observándome de cerca. Puedo ver las gotas de sudor que se acumulan en su frente. Va bene26. Si me teme, me obedecerá. 25 Stronzo(a). Estúpido(a) en italiano. 26 Va Bene. Está bien, cierto o de acuerdo, en italiano. —Tráela de vuelta —le digo. —¿A ella? —La modelo de tirantes y botas. —No creo... —La quiero aquí. Ahora mismo. Domenico da un pequeño salto y empieza a escribir en su teléfono, moviendo los pulgares febrilmente. Me siento perfectamente inmóvil. Intento ver esto desde todos los ángulos, como hago con todos los problemas que encuentro. ¿Por qué ella? ¿Por qué aquí? No tiene sentido. Mi participación en los negocios de Domenico es un secreto bien guardado. —¿Alguien de su personal le ha dicho mi nombre? —No, signore —dice rápidamente—. Solo mi contable lo sabe y ha jurado guardar el secreto. Esto no significa mucho. Se puede hacer hablar a la gente. Mi esperanza es que haya infundido suficiente miedo en Domenico como para que guarde silencio. —La chica, ¿es una de tus modelos habituales? —No es una modelo, signore. Hoy estábamos escasos, así que ella nos ha sustituido. Es una interna, una don nadie. No es alguien de quien debas preocuparte. ¿Gia Mancini, una interna? ¿Para un diseñador de ropa en el que resulta que soy un inversor? Cazzata27. No creo en las coincidencias. Algo está mal y tendré respuestas. 27 Cazzata. Mentira, en italiano. —¿Su nombre? —Gia Roberts. Una versión del primer nombre de su padre, Roberto. Qué bonito. ¿Significa esto que nadie aquí sabe de su padre o de su cuñado? Si es así, esta corderita se ha metido en una guarida de leones sin la más mínima protección. Por desgracia para ella, yo soy el león más peligroso. Pero las cosas que parecen demasiado buenas para ser ciertas suelen no serlo. Esperamos unos segundos y entonces aparece ella. Todavía con el vestido revelador, se acerca a mí con esas largas piernas, y no puedo evitar arrastrar mi mirada sobre su piel desnuda. Se mueve con seguridad, una mujer acostumbrada a llamar la atención allá donde va, y con un cuerpo como el suyo probablemente lo hace. Pero esto es diferente. Es la hermana de Francesca Ravazzani, la enemiga. Gianna me vio en mi peor momento... un hombre roto y ensangrentado en el suelo del calabozo de Fausto. Probablemente se había reído de eso con sus hermanas después. —Vete —digo, con tranquila autoridad. Domenico se pone de pie y sale a toda prisa de la gran sala, y yo me quito lentamente las gafas de sol, mostrando mi rostro, manteniendo la mirada fija en Gia todo el tiempo. Una tormenta, salvaje y feroz, se desata en mi interior, una locura provocada por los pensamientos sobre mi vergüenza, mi humillación en aquel calabozo. Lo dejo de lado por el momento y miro directamente a los curiosos ojos de Gia Mancini. Espero. El silencio suele revelar lo que las palabras no pueden. Ella no se inmuta ni se inquieta. En cambio, deja que sus ojos me recorran, examinando. Me preparo para esperar algún reconocimiento, alguna señal que me conozca, pero no hay nada, excepto un parpadeo de interés femenino en sus ojos marrones oscuros. Sorprendente. Después de un largo momento, ladea la cabeza. —¿Y bien? —¿Cómo te llamas, bella? —Gia. —¿Tu apellido, Gia? —Dejo que su nombre salga de mi lengua, como una caricia de sílabas y vocales. —Roberts —dice sin inmutarse. Una muy buena mentirosa, obviamente. —¿Y qué haces aquí en Milan? Ella exhala un suspiro y sacude un poco la cabeza. —Escucha, lo entiendo. ¿Una habitación llena de mujeres, un tipo como tú? Probablemente estás acostumbrado a elegir. Pero es mejor que elijas a otra. Créeme en esto. —¿Y si no quiero elegir a otra persona? —Seguiré diciéndote que no. Así de bocazas y atrevida. No estoy acostumbrado a que me hablen de esa manera, especialmente una mujer, pero tengo preocupaciones mayores. Si ella está aquí para atraparme, entonces ¿por qué rechazarme? No tiene sentido. ¿Es posible? ¿Realmente no tiene ni idea de quién soy yo? La anticipación me tensa los músculos, así que me obligo a relajarme y a no parecer amenazante. No puedo asustarla. —¿Eres americana? —Canadiense. —Sus labios se aplanan, como si lamentara haberme dicho la verdad—. De Montreal. Otra mentira. —Ah. ¿Je peux t'offrir un verre? Parpadea ante mi francés, claramente sin entender. ¿Admitirá su mentira? —Oh, fui educada en casa y nunca aprendí francés —dice. Es inteligente y testaruda. Engañosa. Todas cualidades que yo admiro. —Te he preguntado si puedo invitarte a una copa. —Mi respuesta es no. ¿Hemos terminado aquí? Realmente necesito salir de estos zapatos. Mejor dejarla pensar que está a salvo, por ahora. —Arrivederci28, Gia Roberts. Abre la boca, como si fuera a decir algo más, y luego la cierra. Girando, se aleja y estavez me permito disfrutar de la vista. Su culo es perfecto, alto y apretado, suplicando ser azotado y follado. Ahogo el pensamiento. Tengo que usarla, no follarla. Desaparece y un plan toma forma en mi mente, las piezas encajan en su lugar como un rompecabezas. Es perfecto. Exactamente lo que necesito para vengarme de Fausto Ravazzani. ¿Todo lo que me hizo? Ahora haré lo mismo con su preciosa cuñada. La tomaré y la encarcelaré. Luego infligiré todos los horrores del calabozo a Gia sin una pizca de remordimiento. Y Ravazzani solo podrá culparse a sí mismo. 28 Arrivederci. Adiós, en italiano. Vito aparece a mi lado. —¿Quieres que la lleve al yate? —No. —Me levanto y me pongo las gafas de sol—. Quiero que la sigan hasta que termine mi reunión de esta tarde. Entonces me ocuparé de ella. —Es bueno ver que vuelves a interesarte por una mujer, pero ¿estás seguro que es prudente? —Esa no es una mujer. Es el enemigo. Y voy a disfrutar rompiéndola. CAPÍTULO TRES GIA —¿Quién es ese tipo? —le pregunto a Chiara entre bastidores mientras me pongo mi ropa habitual. El inversor secreto de Domenico es increíblemente guapo, probablemente de unos 30 años. Tiene unos ojos oscuros que te atraen y una mandíbula cincelada que pertenece a los carteles de cine. He estado rodeada de suficientes hombres poderosos en mi vida como para reconocer a uno, así que sé que es alguien importante, pero va vestido con jeans y una camisa de aspecto caro, un atuendo poco serio para los negocios. Al menos no es de la mafia. Ningún mafioso que se respete se dejaría ver en público con algo menos que un traje. Apuesto a que es un actor o productor de cine. Un chef famoso. —No lo sé —responde Chiara—. Domenico mantiene los nombres de sus inversores muy privados. Sin embargo, debes haber causado una buena impresión. No recuerdo que hayan llamado a ninguna modelo para una entrevista personal antes. —No fue una entrevista. Me preguntó mi nombre y si podía invitarme a una copa. —En francés. ¿Sexy y puede hablar varios idiomas con fluidez? Podría haber tenido un orgasmo en el acto. —¿Y cuál fue tu respuesta? —Dije que no, por supuesto. Como si realmente me fuera a ir con un extraño al azar en un país extranjero y a beber alcohol. — ¿No ha visto Chiara alguna vez un documental de crímenes reales, por el amor de Dios? Chiara hace una mueca. —A veces a estos hombres, les gustan los desafíos. —Bueno, es una pena. No me voy a involucrar con nadie aquí. —¿Por qué no? —Chiara me entrega mis pantalones negros ajustados—. Los hombres italianos son divertidos, si consigues uno que no esté demasiado apegado a su mamá. Meto mis piernas en los pantalones. —¿No es eso un estereotipo? —No, definitivamente no —dice ella riéndose—. Generalmente son buenos en la cama, y la mayoría están muy ligados a sus madres. No me molesto en explicarle por qué no me interesa. Todavía me duele haber sido engañada por mi último novio, Grayson, al que conocí en la universidad. Después de salir con él durante cinco meses, lo descubrí enviando mensajes de texto a otra chica, con la que se había estado viendo a mis espaldas. Gracias a Dios que siempre usamos condones. El engaño es un factor decisivo para mí. Crecí rodeada de hombres que no tenían en cuenta sus votos ni los sentimientos de una esposa. Todos tenían mujeres a su lado, jovencitas bonitas que atendían a sus frágiles egos. Esto incluye a mi padre. Yo nunca seré ese tipo de novia o esposa. Nunca miraré hacia otro lado o compartiré a un hombre, como lo hizo mi madre. —Date prisa. —Valentina asoma la cabeza por la cortina, con el ceño fruncido en mi dirección—. Tengo un paquete que necesita ser entregado al otro lado de la ciudad. —De acuerdo —refunfuño, metiendo los pies de nuevo en mis zapatos planos—. Dame un segundo. Chiara se mueve para ver mejor a la otra asistente. —Val, ese inversor, ¿sabes quién es? —Sí. Al no continuar, Chiara hace un gesto con la mano. —¿Y? Responde en italiano y es demasiado rápido para que yo pueda traducirlo. —¿Qué ha dicho? —le pregunto a Chiara cuando Val se va. —Que ha jurado guardar el secreto y que no arriesgaría su trabajo por contármelo. Pero dijo que el hombre es inofensivo, algo relacionado con las finanzas. Ah, eso tiene sentido. Probablemente es un capitalista de riesgo playboy. Aun así, no estoy interesada. —Tienes que aprender más italiano —dice Chiara, mientras nos dirigimos a las oficinas. —Lo sé, lo sé. Pero aquí todo el mundo habla también inglés. Realmente no me he sentido en desventaja. —Sin embargo, la gente puede joderte, insultarte o mentirte. Es por tu propia protección. —Pulsa el botón del ascensor—. Por eso necesitas un amante italiano. Puede susurrarte italiano al oído mientras estás en la cama. Eso suena bien, pero también lo es escuchar una aplicación de idiomas en pijama mientras como helado. Los vibradores dan mucho menos trabajo que los hombres. Los chicos normalmente quieren hablar de mi padre o de mi educación. La gente de fuera de la mafia está obsesionada con ella, tratándola más como un espectáculo secundario que como una empresa criminal misógina. —Aquí. —Valentina espera en la oficina con un paquete en la mano—. Entrega esto y trata de no perderte de nuevo. Me trago una réplica furiosa. Cuando recién llegué me había perdido una vez y Valentina nunca me deja olvidarlo. —No lo haré. —Me apresuro para ir a mi escritorio y tomo mi bolso. Un rápido vistazo a mi correo electrónico no muestra nada súper importante, así que tomo el paquete de Valentina y me voy. Es casi la una, la hora en que los italianos hacen una pausa de noventa minutos para comer. Esta es una de las cosas que más me gustan de trabajar en Italia, se toman el descanso y la comida muy en serio. Después de comprobar la dirección, me pongo los auriculares y empiezo a caminar hacia la estación de metro. Christian, uno de los dos hombres que mi padre contrató para vigilarme, me sigue a una distancia discreta. Intento ignorar a los guardias en la medida de lo posible. Trabajan para mi padre, lo que significa que no puedo despedirlos ni convencerlos que son innecesarios. Dios sabe que lo he intentado. Es extraño, porque mi padre no oculta su desprecio por mí. Incluso cuando era más joven, estaba claro que Frankie era la responsable, la hija en la que se apoyaba para ocuparse de todo en la casa. Y Emma era la favorita de papá, la hija tranquila y estudiosa, la que nunca causaba problemas. Eso me dejaba a mí, la rebelde, siempre luchando por su atención. Pero cuanto peor me comportaba, más me ignoraba. Ni una sola vez había dicho que me amaba, que estaba orgulloso de mí. Sus palabras eran frías y planas, desaprobación en cada sílaba. Frankie me dijo que era mi edad, que no me preocupara, pero ¿cómo podría una niña no buscar la aprobación de un padre? Cuando llegué a la adolescencia, ya no me importaba lo que él pensara. Papá no me vigilaba como a mis hermanas, por lo que era más fácil salirme con la mía. Eso me venía muy bien. Cuando tuve quince años, uno de los guardias de papá me quitó la virginidad. Tony era increíblemente guapo y estaba aterrorizado que nos atraparan. Sin embargo, no nos descubrieron, y los dos pasamos un glorioso verano follando antes que lo trasladaran a otro lugar de la organización. Desde entonces no había ningún guardia menor de cuarenta años en la finca. Siempre me pregunté si papá se había enterado de lo de Tony y yo, pero sospecho que fue el hecho de tener tres hijas adolescentes lo que provocó el cambio, y no la preocupación por mi virtud. A la mayoría de los guardias no les había gustado más que a mi padre. —Aléjate de esa —le había susurradoun soldado a otro sobre mí unos años después—. Es un problema. Una zorra hambrienta de polla con problemas con papi de un kilómetro de largo. Que se joda ese cerdo misógino. Doblo la esquina y paso por delante de una hilera de trattorias29, cuyos asientos al aire libre empiezan a llenarse para el almuerzo. En el cristal me fijo en el reflejo de un hombre al otro lado de la calle que me mira fijamente mientras camino. Nuestros 29 Trattorias. Es un local o tipo de restaurante en Italia. No se sirve comida bajo un menú, se paga por cubierto, el ambiente es informal y relajado. pasos coinciden, como si siguiera mi ritmo. Los vellos de la nuca se me erizan, un escalofrío me recorre la espalda. Qué raro. Miro por encima del hombro a Christian, pero está esquivando a unos padres que intentan razonar con un niño que llora. En este momento pasa un tranvía que me impide ver la calle de enfrente. Cuando por fin se pierde de vista, el hombre ha desaparecido. Suelto una larga exhalación. Estoy siendo paranoica. ¿Por qué demonios va a seguirme alguien? Gia Roberts no es nadie aquí, solo una simple interna. Tengo que controlarme. Después de cruzar la ciudad en metro para dejar el paquete de Valentina, me muero de hambre. Me detengo a comer y descargo algunas aplicaciones de idiomas para probar. Chiara tiene razón. No dominar el italiano es una desventaja. Normalmente puedo seguir el ritmo cuando la gente habla despacio, pero eso no es lo ideal. Después de terminar un delicioso risotto de setas, vuelvo a la oficina y voy directamente a mi piso. Unas cuantas personas se aglomeran alrededor de mi escritorio. ¿Ha pasado algo? ¿Qué están mirando? —Ciao30... —Cierro la boca cuando veo un enorme ramo de flores encima de mi escritorio. Son flores elegantes, de las que tienen nombres que no puedo pronunciar. Como algo que se ve en un hotel o en una revista. ¿Son para mí? Chiara llega y ordena a todos que vuelvan al trabajo. —Estas son muy caras —me dice—. Tienes un admirador. —Pero no lo tengo. Estas no pueden ser para mí. —Comprueba la tarjeta. Definitivamente son para ti, carissima. 30 Ciao. Hola, en italiano. Efectivamente, el nombre Gia Roberts está escrito en el sobre. Saco la tarjeta. Prometo invitarte a esa copa, Gia Roberts. Mierda. Esto es del inversor de Domenico, el hombre del desfile de antes. El corazón me da un salto en el pecho mientras toco un pétalo pálido. Esto es ridículo. Le dije que no estoy interesada. Sin embargo, me siento halagada. Ningún hombre me había enviado nunca algo tan caro y hermoso. —¿Me lo vas a decir? —No. —Me meto la tarjeta en el bolsillo. No quiero que nadie en el trabajo sepa que el inversor de Domenico me envía flores. —Era el hombre, ¿no? El inversor del desfile de esta mañana. Miro a mí alrededor, asegurándome que no nos escuchen. —Shh. No se lo digas a nadie, especialmente a Domenico. No quiero que la gente cotillee sobre mí. Chiara se pone la mano en el corazón. —Te juro que no diré nada. —Luego vuelve a mirar el arreglo floral—. Questi sono molto belli31. Va muy en serio contigo. Meto el bolso en el cajón del escritorio y trato de apartar el arreglo floral de mi camino. —Entonces está perdiendo el tiempo. Acabo de salir de una relación en la que mi novio me engañó. Me estoy tomando un descanso de todos los hombres. Chiara hace una mueca, sus ojos marrones son comprensivos. 31 Questi sono molto belli. Estos son muy bonitos, en italiano. —Eso puede ser cierto, pero los hombres italianos... pueden ser muy persuasivos. Te deseo suerte. Sus palabras me acompañan durante el resto del día. ENZO No me molesto en llamar. Pateo la madera con el pie y la pesada puerta se abre de golpe, rebotando contra la pared. El minúsculo apartamento es un desastre, con envases de comida y latas de refresco desparramados por todas partes, mientras el olor del cuerpo flota como un perfume rancio. Tres biombos rodean un gran escritorio, con la silla vacía. ¿Dónde está? El sonido de una ventana que se desliza me hace correr hacia la otra habitación. Un hombre intenta escapar hacia el callejón. Massimo se precipita, pero me adelanto a él. Estoy ansioso por encargarme yo mismo de este stronzo. Cuando atrapo al hombre, lo agarro del cabello y tiro como si estuviera cerrando una persiana. Gritando, se agarra la cabeza y retrocede, cayendo a mis pies. Un mechón de cabello queda en mi puño, así que lo suelto y le doy una rápida patada en las costillas. —Stefano. Qué alegría verte. Jadea, sujetándose el costado. —Vi prego, Don D'Agostino. Por favor, no me haga daño. —Levántalo —le digo a Massimo—. En la silla. Mi hermano menor levanta a Stefano como si no pesara nada y lo arroja a la silla del escritorio. Saco unas bridas de mi bolsillo y aseguro los brazos y las piernas de Stefano donde quiero. Stefano sigue suplicándome, pero lo ignoro. —Ahora —digo, arrastrando una silla de la pequeña zona de la cocina para acomodarme frente a Stefano—. Dime por qué has dejado de atender mis llamadas. —¿Llamaste? No había... Mi puño chasquea contra su mandíbula, echando su cabeza hacia atrás y balanceando la silla. —No me mientas, coglione. Será peor para ti si mientes. —Le doy a Stefano unos segundos para recuperar el aliento. Quiero toda su atención—. De nuevo, te pregunto. ¿Por qué has dejado de atender mis llamadas? —Yo... yo creí que ya no necesitaba trabajar para ti. Exactamente como pensaba. —¿Crees que tu deuda conmigo está saldada? —Vi prego, signore. Hay una mujer... Lo golpeo de nuevo, esta vez en la mejilla. La piel se abre y la sangre rezuma por su rostro. Me relajo en la silla, mi corazón ni siquiera late rápido. Puedo romper a este hombre tan fácilmente. Mi mente anhela causar dolor y sufrimiento, empaparse de él y absorber la miseria ajena como una esponja. No es fácil mantener a todos a raya mientras me escondo. Piensan que no estoy mirando, que pueden aprovecharse de mí. Como Stefano. Sin embargo, pronto aprenderá lo que significa desafiarme. Me inclino hacia él. —¿Crees que me importa una mierda una mujer? Tu única preocupación es hacerme ganar puto dinero. Tu deuda se paga cuando yo diga y no un momento antes, ¿capisce? Un talentoso hacker, Stefano encontró vulnerabilidades de software dentro de la infraestructura de una empresa que nos permitió cosechar sus datos. Empleé a más de una docena de genios como él para mi empresa de fraudes y gané millones con sus habilidades. Dejando de lado las patéticas circunstancias de vida de Stefano, todos estaban bien compensados. Nada de eso importa. No lo voy a dejar ir, porque es demasiado valioso. Mejor dejarle creer que aún tiene una deuda a cambio de la vida de su padre. —Salí de mi escondite para verte, Stefano. Eso significa que ya estoy enfadado. Ya quiero golpear tu rostro hasta que tu propia madre no te reconozca. —No, vi prego... —Entonces estamos de acuerdo, ¿no? Seguirás trabajando para mí hasta que diga lo contrario. La sangre gotea sobre su camisa. —Por supuesto, Don D'Agostino. Saco la navaja del bolsillo y voy a cortar las ataduras que lo sujetan a la silla. Pero le clavo la navaja en el muslo. Stefano aúlla y sus gritos resuenan en el yeso agrietado. Giro el cuchillo, provocando más agonía, antes de arrancar el cuchillo y soltarlo. Se desploma en el suelo, sujetándose la pierna. La sangre se acumula en la gastada alfombra, así que lo rodeo y me agacho para agarrarle la cara. Está sollozando, pero lo sujeto con fuerza y lo miro fijamente a los ojos. —Respondes cuando te llame. Haz lo que te digo. O volveré y te meteréel cuchillo por el culo. —Sí, Don D'Agostino. Satisfecho, lo dejo marchar y me dirijo a la puerta, con Massimo detrás de mí. Espero a que mi hermano y yo estemos en el ascensor antes de decir: —Que encuentren a esa mujer a la que está unido. ¿Quién sabe cuánto le ha contado? No me gusta. —Nos encargaremos de eso —dice Massimo—. ¿Viste ese lugar? Era un agujero de mierda. —Se parece a tu camarote en el yate. —Vaffanculo32. —Massimo levanta el dedo corazón. Casi sonrío. Amo a mis hermanos. Cuando me vi obligado a esconderme, ambos vinieron conmigo, sin hacer preguntas. Empezar este negocio de fraude informático hace unos años fue lo más inteligente que hice. Nos permite trabajar fuera de Napoli, y los D'Agostino somos ahora más poderosos que incluso nuestro padre en los viejos tiempos. Pronto saldremos de las sombras y volveremos a la luz. Y Gia Mancini es la clave. —Comprueba con Vito —le digo—. Asegúrate que no la ha perdido. Massimo saca su teléfono y empieza a enviar mensajes de texto. Cuando llegamos a la planta baja me pongo la gorra y las gafas de sol. —Sigue con ella —informa Massimo—. Le ha parecido que ella lo ha notado en un momento dado, así que se ha retirado un poco. —Dile que siga persiguiéndola. —Ella tiene un guardia, dice. 32 Vaffanculo. Vete a la mierda, en italiano. Interesante. Su padre lo hizo, por supuesto, pero es un esfuerzo perezoso, un guardia. Antes que su hija mayor se casara con Ravazzani, Mancini nunca habría permitido que una de sus chicas saliera de Toronto, y mucho menos que se fuera sola al extranjero. Se ha vuelto audaz, pensando que sus conexiones le ofrecerán protección aquí. Pero está equivocado. La amenaza de la venganza de Ravazzani no significa nada para mí, porque yo lo mataré primero. Yo soy más inteligente y no tan arrogante. Él cometerá un error mucho antes que yo. Un error como dejar que su cuñada viva y trabaje en Milan con un solo guardia vigilándola. —¿Dónde están ahora? Tenemos que hacer una parada primero, pero luego pienso reunirme con ella después del trabajo. —Tal como lo prometí. CAPÍTULO CUATRO GIA Cuando salgo de la oficina estoy agotada. Valentina me envió hacer dos recados más y luego me gritó por no haberlos hecho lo suficientemente rápido. No tengo ni idea de por qué se comporta como una zorra, pero estoy más que preparada para ir a casa, relajarme y abrir una de las botellas de vino Ravazzani que me ha enviado Frankie. Dejo el enorme ramo de flores en el trabajo. Encontrar un taxi a esta hora del día es imposible, y no tengo fuerzas para llevar el enorme arreglo en el metro. Las flores nunca llegarían a cruzar la ciudad en una sola pieza. Mientras camino por la calle, paso por delante de un brillante auto deportivo italiano de color rojo. Mi boca prácticamente se hace agua ante la elegante belleza. Nunca vimos autos así en Toronto. Durante unas semanas salí con un tipo que tenía un Maserati, que era divertido de conducir. Pero este auto hace que ese pareciera una chatarra. La puerta del conductor del auto deportivo se abre y aparecen unas largas piernas vestidas de jeans. Disminuyo la velocidad, sin querer perder la oportunidad de saber quién es el dueño de semejante máquina. Cuando se endereza, pongo los ojos en blanco. Por supuesto, es él. El Señor Inversor. Cualquiera que pueda permitirse las flores que envió hoy, sin duda puede permitirse este auto. ¿Me está esperando? Si es así, ¿me siento halagada o asustada? Detrás de sus gafas de sol, sus ojos recorren mi cuerpo de arriba abajo, haciendo que me sonroje y me enfríe al mismo tiempo. —Gia Roberts —dice, con su profunda voz italiana. Dios, la forma sexy en que pronuncia la primera “R” de Roberts casi me hace desear que sea mi verdadero apellido. Me detengo en medio de la acera, a una distancia segura. —Vaya, vaya. Si es mi acosador. —¿Acosador? —Sus cejas se juntan bajo la visera de su gorra de béisbol—. ¿Crees que quiero hacerte daño? Estoy herido, bella. —Cualquiera que no pueda aceptar un no por respuesta es un sos. —¿Sos? ¿Qué significa esto? —Sospechoso. En otras palabras, tú. Empiezo a caminar pasando por delante de él, pero me sigue el ritmo. Se mete las manos en los bolsillos. —Prometí en la tarjeta que te invitaría una copa. ¿Qué creíste que quise decir? —Mira. Sé que no estás acostumbrado a que te rechacen, pero no tengo ganas de darte una patada en el culo ahora mismo. Solo capta la indirecta y piérdete. —Qué peleona. ¿Has tenido un mal día? Razón de más para relajarte y tomar una copa de vino conmigo. Exhalo y me detengo para sostener mi teléfono. —¿Tengo que llamar a la polizia33? Echa la cabeza hacia atrás y se ríe, y yo trato de no observar la fuerte columna de su garganta. ¿Por qué la nuez de Adán es tan caliente? Me dedica una sonrisa que puede encantar a las bragas de una monja. —¿La polizia? ¿Y qué he hecho mal, aparte de adularte? Ma dai34, déjame invitarte una copa. En un restaurante lleno de gente. ¿Qué tiene de malo? Yo quiero un trago. Desesperadamente. El día de hoy ha sido largo y molesto, gracias a Valentina. —Porque no te conozco, y sin ofender, eres un poco mayor para mí. —Conozco a Domenico desde hace unos diez años. ¿Y soy demasiado mayor para compartir una copa conmigo? Este hombre tiene una respuesta para todo. ¿Está tan mal de la cabeza? Tiene que estar rodeado de mujeres dondequiera que vaya. —¿Por qué yo? 33 Polizia. Policía, en italiano. 34 Ma dai. De verdad, en italiano. —Porque eres hermosa. —Se acerca un paso más y frunce los labios, su voz un profundo estruendo—. No he podido dejar de imaginarte con ese vestido de esta mañana. Sei irresistibile35. Ya sea por la promesa del vino o por su encanto, puedo sentir que me debilito. —Ni siquiera sé tu nombre. Por lo que sé, podrías ser un asesino. —No te diré mi nombre hasta que aceptes. —Señala el teléfono que tengo en la mano—. Ponlo en tus redes sociales, si quieres. Dile a todo el mundo dónde estás. Puedo hacerlo. Abro mi cuenta en las redes sociales y publico una selfie de mí afuera del bar. Luego escribo que estoy tomando una copa y etiqueto al restaurante. —También estoy enviando un mensaje a una amiga. —Le envié un mensaje a Chiara diciendo que estaba tomando una copa con el inversor de Domenico y le doy la ubicación del restaurante— . Allí. Si me encuentran muerta en algún sótano, sabrán que fuiste tú. —¿Por qué querría matar a una mujer tan hermosa? —Me toma del brazo y me lleva al interior del restaurante. La anfitriona le dedica una sonrisa de bienvenida mientras pide una mesa en el fondo, cerca de la cocina. Qué raro. A la mayoría de los hombres llamativos les gusta sentarse cerca de la ventana. Quizá este hombre no es lo que yo supongo. Me tiende la silla, lo que me parece innecesario pero un buen detalle, y luego se sienta frente a mí y se quita las gafas de sol. Tiene unos ojos oscuros e intensos, de los que encierran secretos sucios y promesas rudas que hacen que las chicas buenas corran en otra dirección. Por desgracia, yo no soy una buena chica. 35 Sei irresistibile. Eres irresistible, en italiano. La anfitriona presenta los menús, pero levanto la mano. —Solo vamos a tomar una copa. El Señor Inversor corrige con un: —Por ahora. La anfitriona deposita una carta de vinos sobre la mesa y luego nos quedamos solos. Golpeo con las uñas la mesa. —¿Me vas a decir ahora tu nombre? —Lorenzo. Parece un Lorenzo. —¿Y a qué te dedicas? —A la informática. Eso tiene sentido. Probablemente es el Steve Jobs o MarkZuckerberg italiano. —¿Y cómo conoces a Domenico? Sus labios se tuercen en una sonrisa divertida, su rostro es tan apuesto que juraría que se me curvan los dedos de los pies. —Esto parece un interrogatorio. Antes que pueda comentar algo, el camarero se acerca para tomar nuestras órdenes de bebidas. Tomo la carta de vinos, pero Lorenzo pone la mano sobre ella. —¿Has tomado ya un Aperol Spritz36? —No. —Me limito a pedir vino. 36 Aperol Spritz. Es un conocido trago italiano típico del aperitivo que mezcla Aperol, prosecco y soda. —Due, per favore37 —le dice al camarero, y luego habla rápidamente en italiano. —¿Qué más has pedido? —pregunto, cuando volvemos a estar solos. —Fruta y queso. Complementa la bebida. —¿Qué lleva un Aperol Spritz? —Te va a gustar, te lo prometo. Tiene un poco de carácter. Como tú. No se equivoca. Yo soy la hermana rebelde, siempre con prisa por experimentar todo lo posible. Al crecer, aprovechaba cualquier oportunidad para salir de la pequeña jaula dorada en la que mi padre nos había metido. La bebida, las drogas, el sexo... Nada estaba prohibido. Fui a mi primera fiesta rave a los catorce años, me hice mi primer tatuaje a los quince. Ni siquiera Emma sabía de mi piercing. Se me da bien romper las reglas y mantener el secreto. Pero no me gusta que este extraño intente ver dentro de mi cerebro. Tengo que permanecer distante y educada durante nuestra copa, y luego irme a casa sola. Ladeo la cabeza. —Entonces, volvamos a cómo conociste a Domenico. Se ríe y se echa hacia atrás, desperezándose un poco en su silla. Llama la atención sobre la extensión de su pecho, la fuerza de sus brazos. —Me gusta la moda. También me gustan las mujeres. Me pareció natural invertir en algunos diseñadores italianos emergentes cuando empecé a ganar dinero. —Pero, ¿por qué elegiste a Domenico? 37 Due, per favore. Dos, por favor. En italiano. —Sus diseños me atraían. Son ásperos y crudos. Como el sexo, ¿no? Se me seca la boca mientras el calor me inunda. Bien, ¿así que está diciendo eso, soltándolo en medio de un restaurante lleno de gente a una desconocida? Este tipo tiene bolas. Lo respeto. Que Dios me ayude, pero decido seguirle el juego. —Tal vez me gusta suave y dulce. —Arrastro las últimas palabras, susurrándolas con voz de dormilona. Sus fosas nasales se dilatan y la sorpresa brilla en sus ojos oscuros. Debí haberlo sorprendido porque no dice nada durante un largo segundo. Entonces llegan nuestras bebidas y el momento se rompe. Puntuación: Gia, uno. Lorenzo, cero. No causes problemas en Italia, había dicho Emma justo antes de irme. Y regresa con cuidado. Odio decepcionar a mi gemela, así que eso significa no coquetear con extraños. Una copa esta noche en un bar público y eso es todo. —Escucha, no debería haber dicho eso. No me hagas caso. A veces no contengo a mi boca. Eso hace que su mirada se dirija a mi boca y deseo poder retirar las palabras. Otra vez. Porque ahora probablemente ambos estamos pensando en mi boca y en dónde podría ir. Al menos, yo lo hago. Como si hubiéramos declarado una tregua, ambos damos un sorbo a nuestras bebidas. Es naranja, amarga y burbujeante. Me encanta. —Qué rico. —Te gustará aún más con la fruta y el queso, te lo prometo. —Se mueve para mirar por encima de su hombro, hacia la calle. —¿Preocupado por tu auto? —le pregunto. —¿Por qué iba a preocuparme? —Por si alguien lo abolla o intenta robarlo. Se ríe, como si ambas posibilidades fueran ridículas. —Si eso ocurriera, compraría otro, Gia Roberts. —Ya sabes lo que dicen de los hombres que conducen autos así. —¿Oh? —Da un sorbo a su bebida, mirándome por encima del borde de su vaso—. ¿Parece que estoy compensando una polla pequeña? Me gusta cómo nada intimida a este hombre. —No, en realidad. No lo pareces. No responde, solo sonríe como si compartiéramos un secreto. Uf, estos hombres italianos son difíciles de resistir. ¿El resto del mundo sabe lo malditamente encantadores y bonitos que son? Supongo que no, de lo contrario todas las mujeres del mundo se mudarían aquí. Se aparta de la mesa. —Scusa38. Tengo que ir al baño. Intenta no echarme de menos. Pongo los ojos en blanco. —No te preocupes. No lo haré. 38 Scusa. Disculpa, en italiano. Cuando se va, saco mi teléfono y reviso mis mensajes. Chiara me dio un pulgar hacia arriba en respuesta a mi mensaje anterior sobre tomar una copa con Lorenzo. Estoy a punto de responder, cuando la luz parpadea a mi alrededor y un fuerte sonido ensordece mis oídos. Jadeo, con un dolor repentino en todo mi cuerpo. Luego estoy en el suelo, con yeso y escombros cayendo del techo. No puedo respirar. Siento como si alguien me hubiera dado una patada en el pecho. Con fuerza. Entonces todo se vuelve negro. Todo me duele. Me zumban los oídos y tengo la cabeza hecha un lío. ¿Qué demonios ha pasado? ¿Y por qué siento que me estoy moviendo? Lo último que recuerdo es estar en el suelo. Nada tiene sentido ahora. Oh, mierda. El restaurante había explotado. Yo estuve en una explosión. ¿Y Lorenzo? ¿Está bien? Fue al baño justo antes que se desatara el infierno. No puedo abrir los ojos, así que me concentro en mi respiración. Inhalando y exhalando. Inhalar y exhalar. Intento flexionar los dedos de las manos y de los pies, para ver si hay algo roto. Me duele, pero todo parece funcionar. El suelo se inclina y me deslizo hacia mi derecha. Estoy en un auto, uno que acaba de hacer un giro. ¿Es una ambulancia? Sigo sin poder entender, así que me esfuerzo por levantar los párpados. En cuanto mi visión se ajusta, me doy cuenta al instante que no es una ambulancia. Asientos de cuero suave, un interior diminuto, como el de un auto deportivo. Desde el asiento trasero, puedo ver a un hombre al volante. Otro hombre está en el asiento del pasajero. Ojalá supiera qué diablos está pasando. La cabeza me palpita, peor que cualquier otro dolor de cabeza que hubiera experimentado. Es horrible, como si mi cráneo fuera a partirse en dos. Por un momento pienso que puedo enfermar del dolor. El hombre del asiento del copiloto se gira de repente hacia mí. ¡Lorenzo! Después de todo, está vivo. Eso es un alivio, pero ¿por qué estoy en su auto? —¿Qué...? —No puedo terminar la palabra. Mi cerebro y mi boca no están conectados en este momento. Me mira con desprecio y su rostro se transforma en algo monstruoso y odioso. Parece una persona diferente, todo lo contrario del hombre que me había encantado en el restaurante. Veo cómo mueve los labios, pero no puedo oírlo. Lo único que escucho es un terrible zumbido. Debí de desmayarme de nuevo porque lo siguiente que sé es que me llevan en brazos. El cielo azul llena mi visión y me aplasto contra un cálido pecho. El ruido en mis oídos ha disminuido ligeramente, lo suficiente como para escuchar el sonido de los barcos, como si estuviéramos en un puerto deportivo. —¿Zo? —balbuceo, queriendo saber si es él. No hay respuesta. Me esfuerzo por mantenerme despierta, por sacar las telarañas de mi cerebro. ¿Adónde me lleva? ¿Al hospital? Me pregunto si tendré una conmoción cerebral. —Por favor —jadeo. —¡Stai zitta39, troia! —dice el hombre. Maldita sea. Es la segunda vez que alguien me llama puta hoy. 39 Stai zitta. Cállate, en italiano. Quiero gritar y chillar, pero mi cerebro no puede soportarlo. Los bordes de mi visión se oscurecen y caigo en la inconsciencia. Resurjo de la oscuridad. Estoy en un colchón, con las sábanas frías debajo de mí, y la luz se filtra a travésde las finas cortinas. ¿Es el mismo día? ¿O la mañana siguiente? Mierda, no tengo ni idea de cuánto tiempo he dormido. Me duele la cabeza, aunque no tanto como antes. Al instante, me doy cuenta que esto no es el hospital. La habitación es demasiado bonita, con paneles de roble y apliques elegantes. No hay más muebles que la cama y una mesa auxiliar, lo cual es extraño. ¿Y me estoy meciendo? Que me jodan. Esto es un yate. Uno grande, si no me equivoco. El verano pasado Frankie nos dio un tour en el mega yate de Fausto y esto es exactamente lo que parecía y se sentía. No, no, no. No quiero estar en el agua. Cualquier cosa menos el agua. Me giro suavemente sobre la espalda y estiro mis músculos doloridos, intentando no pensar en el profundo abismo acuático que rodea este yate. En su lugar, pienso en mi cuerpo. Jesús, me duele. Antes de nada, tengo que encontrar un baño. Gimiendo, me pongo de pie y me dirijo lentamente hacia la puerta cerrada del fondo de la habitación. Me tiemblan las piernas, mi cuerpo es tan débil como un cordero, pero afortunadamente descubro un baño cuando finalmente llego a la puerta. Decir que mi reflejo en el espejo es impactante es quedarse corto. Me miro fijamente, horrorizada. Mi rostro está cubierto de suciedad, mi cabello alborotado y tengo un corte en la mejilla con costra de sangre. Has sobrevivido a una explosión. ¿Qué esperabas? Necesito una ducha, pero de ninguna manera puedo hacerlo en este momento. Después de usar el baño, abro las pequeñas cortinas para mirar por la ventana. Nada más que el océano azul hasta donde puedo ver. Además, nos movemos a gran velocidad. Me estremezco. No sé nadar. Cuando tenía seis años, me resbalé de un yate y me sumergí en el lago Ontario sin flotadores. Todavía recuerdo el terror de deslizarme bajo la superficie, de no poder respirar. Las garras de la muerte me rodeaban los tobillos y tiraban, casi reconfortantes, diciéndome que me relajara, que todo estaría bien si me rendía. Mis pulmones ardían en busca de aire, el agua era demasiado turbia para ver algo, y sabía que iba a morir. Más tarde supe que nuestra niñera se lanzó a salvarme, pero no recuerdo nada de eso. Esa fue la última vez que me metí en algo más profundo que un jacuzzi. Me negué aprender a nadar después de aquello. Con océano o sin él, tengo que ir a investigar. Quienquiera que me haya traído a este yate me debe una explicación. En cuanto salgo del baño, sé que no estoy sola. Es como si el aire del pequeño camarote se hubiera cargado de electricidad, oscuro y peligroso. Me agarro a la pared para estabilizarme y es entonces cuando él se adelanta. Lorenzo. Ha cambiado desde el restaurante, ahora lleva unos jeans oscuros y una camisa blanca abotonada. Lleva el cabello peinado hacia atrás, como si acabara de ducharse. Su mirada no es de preocupación ni de bienvenida. Su mirada me produce un escalofrío. Sin embargo, no voy a dejar que me intimide. Soy la maldita Gia Mancini. Ningún multimillonario informático va asustarme. —¿Qué demonios? —suelto—. Necesito un hospital, no un crucero por el Mediterráneo. Su boca se tuerce mientras se acerca. —No estás en condiciones de negociar conmigo, Gia Mancini. Mis músculos se paralizan mientras mi corazón se acelera dentro de mi pecho. ¿Mancini? Definitivamente no compartí esa información con él. —Ese no es mi nombre —miento. —Eres Gianna Mancini, hija de Roberto Mancini y hermana de Francesca Ravazzani. Te criaste en Toronto, cursaste dos años de universidad allí antes de venir a Milan para hacer unas prácticas con Domenico. —Hace una pausa y levanta una ceja arrogante—. ¿Debo continuar? No, no hace falta más. Obviamente, sabe demasiado. Mis uñas se clavan en el marco de madera de la puerta detrás de mí, mientras mi dañado cerebro se esfuerza por seguir el ritmo. Esto es malo. Muy malo. —¿Cómo sabes todo eso? —Realmente no tienes ni idea, ¿verdad? —Se acerca a la cama y se sienta en el colchón, luego se reclina sobre un codo. No me engaña. Es como un león relajándose en la llanura, justo antes de devorar un antílope—. Y yo que pensaba que tú eras la inteligente. El odio en su mirada me aterroriza, y no me entusiasma la forma en que había llamado la atención sobre la cama. Me mantengo perfectamente inmóvil. Excepto por mi boca, que no es buena para la autopreservación, aparentemente. —Mira, está claro que tienes algún tipo de problema con mi padre. Pero probablemente deberías dejarme ir antes que esto se ponga feo. —Mi problema —escupe burlonamente, como si la palabra lo ofendiera—. No es con tu padre. Y espero que se ponga muy, muy feo. Se me hace un nudo en la garganta y el miedo me atraviesa como una flecha envenenada. —Si no es mi padre, ¿entonces quién? —Tu cuñado. —¿Fausto? —El esposo de mi hermana es uno de los líderes de la 'Ndrangheta, la mafia más peligrosa del mundo. No me cabe duda que se ha ganado muchos enemigos a lo largo de los años. Mi hermana incluso había sido secuestrada por uno antes de casarse con Fausto. La expresión de Lorenzo se ensombrece y su boca se convierte en una línea blanca de enfado. —Así que ahora ves por qué no te dejaré ir. Hay algo aquí, alguna conexión que está fuera de mi alcance. Ojalá no me doliera tanto la cabeza. Entonces todo esto tendría sentido... el secuestro, los enemigos de Fausto. La animosidad de Lorenzo hacia mí. Oh, joder. Mi mirada se dirige a la suya y me doy cuenta. Lorenzo. ¿Cómo pude ser tan estúpida? —No —susurro, sacudiendo la cabeza—. No, no puede ser. —Ah. Por fin lo comprendes, ¿no? —Eres Enzo D'Agostino. —Retrocedo, aunque no hay dónde ir—. Casi matas a mi hermana. Mueve los dedos en un gesto italiano despectivo. —Apenas la toqué. No corría ningún peligro por mi parte. Me froto la frente. Enzo D'Agostino es el inversor de Domenico. Me buscó y me convenció para tomar una copa con él, y luego me secuestró. —Así que la explosión en el restaurante, ¿la planeaste tú? —No fue fácil conseguir esa cantidad de explosivos con tan poco tiempo de antelación. Deberías sentirte halagada. Me tambaleo sobre mis pies, mi cabeza nadando con toda esta horrible información. Ha matado a gente en ese restaurante hoy. No tengo un recuento de muertes, pero es imposible que todos sobrevivieran. Y lo hizo solo para secuestrarme. —Eres un maldito psicópata. Es como si la temperatura de la habitación bajara cincuenta grados mientras su cuerpo se queda muy quieto. —Yo tendría cuidado con los nombres con los que me llamas. Puedo ponerte las cosas difíciles, Gia. —Pero no lo harás, porque si me quisieras muerta ya me habrías matado. Entonces, ¿qué quieres de mí? Se levanta lentamente de la cama y se acerca a donde estoy de pie, y mi temor aumenta con cada uno de sus pasos. Sus cejas están fruncidas de forma amenazante mientras su mirada furiosa se fija en la mía. ¿Es racional? ¿Se puede negociar con él? No tengo ni idea, pero voy a luchar como un demonio si intenta hacerme daño. Me enderezo y preparo mis pies. No me encontrará como un blanco fácil, ya no. Cuando estoy al alcance, levanto la barbilla y espero. Tampoco se detiene, inclinándose como si fuéramos amantes. Está tan cerca que puedo sentir el calor que irradia de él y oler el fresco aroma de su champú o jabón. Una combinación de árbol de té, almizcle y pura locura. Contengo la respiración e intento desesperadamente no moverme, como si fuera un animal salvaje que puede atacar en cualquier momento. Acerca su boca a mi oído y susurra: —Lo que quiero, Gia Roberts Mancini, es venganza. Con eso, Enzo gira sobre su talón y se dirige a la puerta. Pero no ha terminado. Ni mucho menos. —La gente me buscará. No te saldrás con la tuya. Cuando se gira, la sonrisa que luce me aterroriza hastael alma. —Nadie te buscará. Todos creen que has muerto en la explosión de hoy. Una chica que se ajusta a tu descripción será encontrada entre los escombros cerca de tu teléfono y tu identificación. Será imposible identificarla de forma concluyente, así que todos asumirán que eres tú. Mi mandíbula se abre. —No... —Es todo lo que puedo lograr antes que mi aliento se atasque en mi garganta. —Sí —dice—. Después de todo, publicaste en Internet que estabas allí y enviaste un mensaje de texto a tu amiga. Todo el mundo confirmará que estuviste en ese restaurante. Sí, porque él me había animado a publicar mi ubicación en las redes sociales por mi propia seguridad. Ahora tiene sentido. —Quieres que todo el mundo piense que estoy muerta. Agarra el pomo de la puerta. —Por un tiempo, sí. Hasta que esté listo. Oh, Dios mío. Mi familia estará devastada. Frankie se culpará de alguna manera, y no puedo ni imaginar lo que esto le hará a Emma. Sé lo mal que estaría si la pierdo. Sería como cortar uno de mis propios miembros. Cuando todavía estoy luchando con esto, Enzo desaparece en el pasillo y escucho el cierre de la puerta. Demasiado débil para permanecer de pie, me hundo en el suelo y me abrazo a las rodillas, sin apenas notar cómo mi espalda roza el revestimiento de roble. ¿Qué voy hacer ahora? CAPÍTULO CINCO ENZO Cuando ocurre algo terrible, surgen dos tipos de personas. El primer tipo se encoge y llora, la mente se pliega sobre sí misma como un castillo de naipes. Este tipo no puede ver más allá de la desesperanza o el miedo para salvarse. El segundo tipo lucha. Estas personas se convierten en gatos callejeros ante el peligro de muerte, golpeando, arañando y rascando para sobrevivir. Algo me dice que Gia entrará en el segundo tipo. Pero incluso los luchadores pueden romperse. Me mantuve fuerte cuando los hombres de Ravazzani me quemaron la piel y me clavaron un cuchillo entre las costillas. Y cuando me rompieron los huesos y me dislocaron los hombros. Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, sentí que me debilitaba con la infección y la deshidratación. Cada respiración se convertía en una agonía, mi cuerpo estaba destrozado más allá de lo comprensible. Odiaba estar tumbado en aquel frío suelo de piedra, a merced de mi enemigo. Estuve a punto de rendirme, y eso me llenó de una vergüenza y una furia increíbles. Nunca me perdonaré los pensamientos que pasaron por mi cabeza en esas últimas horas de cautiverio. Debí ser más fuerte. En este momento comienza el ruido, un golpe incesante que se oye incluso con dos cubiertas de por medio. Parece que a mi gatita le han salido garras. Bien. Hará que el resultado final sea aún más satisfactorio. —Parece enfadada —dice Vito, desde la silla cercana a mi escritorio. Estamos en la oficina, que se encuentra en la cubierta superior, detrás de la caseta del piloto. —No es una sorpresa. —Sigo desplazándome por mi correo electrónico, escaneando los informes de todo el mundo. Empleo a los mejores hackers de Italia y Europa del Este para dirigir mi empresa de fraudes. También se aseguran que mi correo electrónico sea seguro, absolutamente imposible de rastrear. Esto me permite vivir en el yate y controlar mi imperio a distancia. Hago alguno que otro viaje al interior para solucionar problemas, pero por lo demás me convertí en un fantasma hace cuatro años. No es la forma en que mi padre lo hubiera manejado, pero yo soy diferente. Había pasado la última década llevando a la 'Ndrangheta al siglo XXI con un imperio informático global. Los días en los que sacudía los pequeños negocios locales por dinero de protección habían terminado. Pronto transformaré también las drogas. Ravazzani puede mantener su anticuado comercio de cocaína y heroína. Tengo a mi gente trabajando en nuevos compuestos químicos que reemplazaran las viejas fórmulas. Drogas de diseño que no causarán tantas sobredosis y arruinarán a los clientes habituales. —Deberías ir, ¿no? —sugiere mi hermano—. Para calmarla. —Es una prisionera, no una invitada. Me importa una mierda que esté calmada. —¿Y si se hace daño? Casi me rio. —Teniendo en cuenta que pienso hacerla sufrir, no creo que importe. —Señalo el teléfono—. Averigua si la habitación está lista. Quiero trasladarla cuanto antes. Su camarote actual, aunque escaso, es demasiado cómodo. Debiese estar incómoda, como lo estuve yo en el calabozo de Ravazzani. La tripulación está redecorando uno de los camarotes de la cubierta inferior según mis especificaciones. No es exactamente igual a lo que yo había soportado, pero será lo suficientemente parecido. Vito comienza a enviar mensajes de texto. —Necesitan una o dos horas más —dice finalmente. —Diles que se den prisa. Mi hermano transmite el mensaje y luego se guarda el teléfono en el bolsillo. —¿Me vas a decir qué piensas hacer con ella? La anticipación se arrastra por mi piel como un ejército de insectos. ¿Qué voy hacer? Voy a romperla, humillarla y arruinarla. Será un cascarón de mujer cuando termine, y entonces se la mostraré a Fausto y Frankie. Ellos me darán lo que quiera a cambio del regreso de Gia. Pero será demasiado tarde. Gia nunca será la misma. Me miro la mano, donde Ravazzani me había cortado la punta del dedo. Cada día me recuerda el tiempo que pasé en su calabozo, encadenado y golpeado. Muerto de hambre y desnudo. No me trataban mejor que a un animal, acabando con la humanidad que poseía. Que es exactamente lo que pretendo para Gia. —Ya verás —le digo a Vito. —No me gustaría verte convertido en él. Sé que se refiere a nuestro padre, que no pensaba dos veces antes de abusar de una mujer, incluida nuestra madre. Ninguno de sus hijos fue concebido por amor, y yo me juré a mí mismo de niño que nunca tomaría a una mujer en contra de su voluntad. Nunca romperé esa promesa. —No tienes que preocuparte. La destruiré, pero no de esa manera. Entonces suena mi teléfono, un número que reconozco. Paso el dedo para contestar. —Figlio40, ¿come stai? —Papá, me obligan a llamarte. A los doce años, Luca es mi hijo mayor. Se parece a su madre pero actúa exactamente como yo, heredando de alguna manera mi imprudencia y ambición. Es una combinación peligrosa, que yo conozco bien. —¿Qué ha pasado? —Un chico se ha metido con Nic. Nic es Nicola, su hermana menor. Luca se detiene un momento, las palabras no pronunciadas colgando entre nosotros. Nadie jode a un D'Agostino y se sale con la suya. 40 Figlio. Hijo, en italiano. —¿Y? —pregunto. —Me he ocupado de eso, pero quieren que me disculpe. Hago un sonido despectivo en mi garganta. —Esa escuela de ingleses es demasiado blanda. —Eso es lo que he dicho. —Toques de acento británico matizan ahora los sonidos italianos de su voz y eso me entristece más allá de las palabras. Mis hijos llevan demasiado tiempo fuera de su país. Luca continúa—: Es el hijo de un aristócrata presumido. El padre amenaza con responsabilizar a la escuela. —Bien. Deberían proteger mejor a sus alumnas. ¿Está herida? —No, no lo creo. —Quiero hablar con ella. Dile que me llame. Déjame hablar con quién sea de la escuela. Se escucha un poco de ruido cuando Luca le pasa el teléfono. —Señor Peretti —dice el hombre con un elegante acento inglés, dirigiéndose a mí por el nombre falso que Angela y los niños adoptaron cuando huyeron de Italia—. Soy el señor Payne, director de la escuela preparatoria. Espero que podamos llegar a una solución satisfactoria... —Señor Payne —digo bruscamente, interrumpiéndolo—. Mi hijo no se disculpará, nunca. Y usted tiene suerte que no vaya allí personalmente a destrozarlo por permitir que mi hija sufra mientras está bajo su cuidado. Si me enteroque alguien de allí... adulto o niño... ha jodido a alguno de mis hijos, quemaré esa escuela hasta los cimientos. Con usted adentro. —Pero, señor —tartamudea Payne—. El otro niño está en el hospital. Es el hijo de un conde, así que ya ve mi dilema. Me levanto de la silla mientras la rabia se agolpa en mi interior. —¿Estás insinuando que un aristócrata endogámico es más importante que mis hijos? —Ciertamente no, pero seguro que es capaz de entender que se trata de una situación delicada. ¿Cree que soy estúpido? ¿Solo un italiano rico y tonto? —No hay nada delicado en eso. El hijo de este conde se metió con mi hija y mi hijo le puso fin. En lo que a mí respecta, ese chico debe agradecer que una paliza fue todo lo que recibió. Payne aspira un corto aliento de sorpresa. —No aprobamos la violencia, señor Peretti. —Sin embargo, ¿permites el acoso a una niña de diez años? —Como no responde, endurezco la voz—: Cuida mejor a mis hijos, Payne. Si me entero que has hecho que Luca se disculpe o que mi hija ha tenido otro encontronazo con otro alumno, iré personalmente y tú serás mi primera parada. Ahora devuélvele a mi hijo su puto teléfono. Siguen algunos forcejeos y luego escucho la voz divertida de Luca: —Has hecho que casi se cague encima, Papá —dice en italiano. Bien. —Estoy orgulloso de ti, Luca —digo—. Sé que esto no ha sido fácil ni para ti ni para tu hermana, pero ya falta poco. —¿Nos vas a llevar a casa? Mi corazón se estruja al escuchar la esperanza en su voz. Tengo muchas ganas de verlos a los dos. —Pronto, figlio mio. Muy pronto. —Gracias a Dios. No es terrible aquí, pero la comida es pésima. Te echamos de menos. —Los echo de menos a los dos, mucho. Ti amo41, Luca. —Ti amo41. Le diré a Nic que te llame. —La línea se corta. Las emociones se agitan dentro de mi pecho, sobre todo una frustración aullante que mis hijos estén tan lejos. Deberían estar a mi lado. En lugar de eso, un mocoso inglés de cara pastosa se atrevió a meterse con mi dulce principessa42. Me inclino y apoyo las palmas de las manos en el escritorio, con los brazos temblando de rabia. Ardo en deseos de venganza, de equilibrar la balanza y reclamar mi vida. Ya es hora. Entonces escucho los gritos de dos cubiertas más abajo. Mi boca se curva y las ideas empiezan a arremolinarse en mi cabeza, cada una más depravada que la anterior. Voy a humillar a Gia Mancini, utilizarla para asegurar mi futuro y hacer que desee no haber nacido. —¿Qué estás planeando? —pregunta Vito, con la mirada fija en mí. Enderezándome, señalo su teléfono. —Diles que la voy a trasladar ahora, ya sea que la habitación esté lista o no. —Enzo... —¡Hazlo, maldición! —grito, golpeando la palma de la mano en el escritorio—. Y no me cuestiones nunca más. Yo soy el capo, no tú. 41 Ti amo. Te amo, en italiano. 42 Principesca. Princesa, en italiano. Levanta las manos en señal de rendición y saca su teléfono. Me dirijo a la puerta, más que ansioso por bajar a cubierta y ocuparme de mi gatita callejera. GIA Tengo la garganta en carne viva de tanto gritar, pero no me rindo. No hasta que ese psicópata vuelva a bajar y me deje salir. No puede tenerme encerrada para siempre. Antes lo estrangularé con mis propias manos. Entiendo que odie a Fausto, pero no hay razón para arrastrarme a sus guerras mafiosas. Yo soy una espectadora inocente. Bueno, casi inocente. Entré en el calabozo de Fausto mientras Enzo estaba retenido allí, pero no le hice nada a este hombre. El prisionero desnudo en ese calabozo no se parece al hombre guapo y encantador que me había llevado a tomar una copa. El prisionero estaba ensangrentado e hinchado, magullado y sucio, con los brazos colgando en ángulos extraños y las articulaciones de los hombros definitivamente dislocadas. El aire había salido silbando de sus labios agrietados, su cara era irreconocible. Había sufrido, pero no sentí ninguna simpatía por él, no después de haber secuestrado a mi hermana y haberle puesto un arma en la boca. Así que Enzo D'Agostino puede irse a la mierda. Si piensa que puede encerrarme y que obedeceré tranquilamente, se llevará una gran decepción. Empiezo a gritar y a golpear de nuevo, haciendo todo el ruido posible. Rompo una de las patas de la mesita de noche y la utilizo como una baqueta en la pared. Y cuando por fin alguien venga a desbloquearme, la usaré también como un arma. —¡Maldito cobarde! —grito—. ¡Abran la puerta ahora! Las llaves suenan en el pasillo y la puerta se abre. Me aplasto contra la pared, sujetando la pata de la mesa por encima de mi cabeza. En el momento en que alguien entre, lo golpearé en el cráneo. Enzo entra en la habitación y yo no dudo. Me lanzo con todas mis fuerzas, pero él esquiva el golpe y rodea la pata de la mesa con sus manos. Antes que pueda volver a intentarlo, me quita de un tirón el pesado trozo de madera de las manos y lo lanza al otro lado de la habitación. —Veo que has estado ocupada, micina43 —se burla. Pienso en salir corriendo, pero él está bloqueando la única salida. Además, ¿a dónde voy a ir? Estamos en un yate en medio del océano. —No puedes tenerme encerrada, Enzo. —¿No puedo? —Arrastra la punta de un dedo por mi pómulo. Le aparto la mano de un manotazo. —No me toques. —Eres increíblemente audaz para una mujer en tu posición. Exigir algo cuando no tienes ninguna ventaja. —Mi ventaja es que no quieres follar conmigo. Déjame ir antes que te arrepientas. Echa la cabeza hacia atrás y se ríe. En mi cara. Este hijo de puta. Cierro los dedos en puños. A la mierda con esto. No se lo pondré fácil. Mientras él sigue riéndose a mi costa, salgo disparada por la puerta y corro por el pasillo. Estoy en buena forma, ya que corro casi todas las mañanas cuando el tiempo lo permite. Así que pienso 43 Micina. Gatito(a), en italiano. que tengo una oportunidad decente de alejarme de Enzo, el tiempo suficiente para encontrar un escondite en otra cubierta. Cuando empiezo a subir las escaleras, una mano me rodea el tobillo y tira con fuerza. Mis brazos se estrellan contra el escalón y el dolor me sacude los codos antes de ponerme de pie. Enzo se inclina hacia mí y sus ojos bailan divertidos. —¿Adónde pensabas ir en este yate? ¿O ibas a arriesgarte con los tiburones? Por favor. Estaré muerta por ahogamiento antes que los tiburones me encuentren. Expulso esos pensamientos de mi sistema y lucho en su abrazo. Pero es demasiado fuerte. Sus dedos me muerden la piel —Suéltame —grito, con los dientes apretados. —Basta de esto. Andiamo. Aprieto los talones, pero me arrastra como si no pesara nada. Avanzamos por el pasillo. Pienso que me lleva de vuelta a mi camarote, pero en lugar de eso pasa por delante de él. —¿A dónde vamos? No contesta. Esto me parece una mala señal. Seguimos caminando hacia el final, donde hay una puerta entreabierta. La abre de un tirón y me arrastra detrás de él. No puedo ver mucho porque la habitación está oscura, pero hay suficiente luz para ver unas barras de metal en el centro de la habitación. ¿Una jaula? Oh, mierda, no. —No pude crear un calabozo con tan poco tiempo, así que tuve que improvisar. ¿Qué te parece? No puedo hablar a través de mi horror, así que empiezo a luchar. Golpeo con mis puños y mis piernas, arañando cualquier parte de él que pueda alcanzar. No me va a meter en una puta jaula. Prefiero morir antes. En cuestión de segundos me somete con una especie de llave de estrangulamiento que probablemente enseñaron en la escuela de la mafia. No puedo moverme, sus brazos atrapan mi espalda contra su pecho. Lucho, pero no cede. Lo único que puedo hacer es jadear y mirarla jaula. —Usamos estas jaulas para pescar en aguas peligrosas, así que hice que la soldaran, la fijaron al suelo y le pusieran un fuerte candado. También les pedí que hicieran el entorno un poco más acogedor para un prisionero. ¿Te gusta? Han quitado los paneles y las lámparas de las paredes, dejándolas desnudas. También han arrancado la alfombra, así que el suelo es de madera. No hay duda de que puedo contraer una infección por una astilla aquí abajo. ¿De verdad, Gia? ¿Te preocupan las astillas? Entonces veo las pesadas cadenas en la pared. Jesús, este tipo está loco. Me trago el pánico y mantengo la voz firme mientras arremeto: —Estás jodidamente enfermo, por no decir que deliras si crees que puedes mantenerme enjaulada. —Puedo hacer lo que quiera contigo, troia. ¿Aún no te has dado cuenta? —Llámame puta una vez más y te cortaré las bolas, D'Agostino. Me empuja hacia la jaula. —Entra. Avanzo a trompicones y me giro para mirarlo. —Esto es una locura. No tuve nada que ver con que te mantuvieran prisionero en el calabozo de Fausto. ¿Cómo es esto justo? Se lleva la mano a la espalda, saca un arma de la cintura y me apunta con ella. —Me importa una mierda lo justo. Te dije que me vengaría. Ahora, entra o te dispararé. —¿Vas a matarme? ¿Cómo es posible que eso sirva a tu propósito? —No dije que te mataría, dije que te dispararía. En cualquier lugar te dolerá y te hará sufrir. Sus ojos son intensos y claros, sin la más mínima vacilación en su voz. Lo dice en serio. Enzo está lo suficientemente desquiciado como para cumplir esa amenaza. ¿Pero una jaula? No puedo moverme hacia ella. Con el arma en alto, se acerca a mí con pasos medidos y yo empiezo a retroceder, con las manos tratando de apartarlo. —Piensa en lo que estás haciendo. Mi padre y mi cuñado no dejarán que te salgas con la tuya. Esta es tu sentencia de muerte, Enzo. —Te equivocas, esta es tu sentencia de muerte si no haces lo que te digo. Métete en la puta jaula, stronza. Otro insulto. Este saco de mierda no sabe cuándo parar. Mirándolo fijamente, levanto mi barbilla y planto mis pies. —Oblígame. Sucede en un instante. Se abalanza sobre mí y enreda su mano libre en mi larga cabellera, empujándola y obligándome a ponerme de puntillas. Luego me empuja hacia la jaula mientras gruño de agonía. Cada mechón de cabello está a punto de salirse del cuero cabelludo. —Suéltame, stronzo —gruño, devolviendo su insulto. Me suelta de un empujón, retrocede y cierra la puerta de metal con un chasquido, y luego la cierra con llave. Me froto la cabeza pero no hablo. Estoy demasiado furiosa. Sigue apuntándome con el arma. —Dame tu ropa. Mi mandíbula se abre, el miedo se abre paso en mi garganta. —De ninguna manera. —Estaba desnudo cuando viniste al calabozo a embobarte conmigo. Me parece apropiado, ¿no? Tu ropa, Gia. Ahora mismo, maldita sea. Nos miramos fijamente, sin pestañear. El corazón me late en el pecho como si hubiera corrido una maratón. ¿Va a violarme? Si lo intenta, le voy arrancar la polla de un mordisco. Tengo que intentar razonar con él. —Estuve en ese calabozo durante cinco minutos y apenas te miré. ¿Cómo es posible que esto sea lo mismo? —Nadie dijo que tuviera que ser exactamente igual. Y las reglas las pongo yo. Quítate la ropa y entrégamela, o te dispararé en la rodilla izquierda. Te dolerá mucho, probablemente se infectará, y nunca volverás a caminar igual. ¿Es eso lo que deseas? ¿Cómo está sucediendo esto? Jesús, esto es retorcido. Mi mente corre, evaluando mis limitadas opciones. ¿Vale la pena que me disparen sobre mi dignidad? Sin duda Enzo ha visto una variedad de mujeres desnudas en su vida, y yo no me avergüenzo de mi aspecto. Está haciendo esto solo para humillarme... y mi orgullo exige que no se lo permita. No quiero darle esa satisfacción. ¿Quiere mirarme las tetas y el coño? Bien. No lloraré ni rogaré. Y mientras esté encerrada aquí nadie podrá tocarme contra mi voluntad. Me arranco la blusa y la arrojo contra los barrotes. Aquellos ojos opacos no se apartan de mi rostro mientras me despojo de los pantalones y luego del sujetador. Cuando me quedo solo con las bragas, las bajo lentamente por las piernas como si me pagaran por hacerlo... y su mirada se desvía para observar, sus fosas nasales se dilatan ligeramente. La pequeña reacción me impulsa a quedarme completamente desnuda. Mantengo los brazos a los lados, dejando que él mire hasta la saciedad. Esto es lo que no puedes tener, psicópata. Finalmente, hace un gesto de desprecio con la mano. —Lástima que seas tan plana. No como tu hermana, Frankie. —Lástima que tú seas tan pequeño. —Inclino la cabeza hacia su entrepierna—. Sabes, recuerdo más de ese calabozo de lo que pensaba. —En realidad no tengo ni idea de cómo es su polla, pero él no lo sabe. No la había mirado en el calabozo. Mirar me había parecido demasiado cruel, incluso para mí, una adolescente obsesionada con la polla. Entonces me doy cuenta de mi error. Es bueno que no se sienta atraído por mí. Debería estar saltando de alegría en lugar de insultarlo. La voz de mi hermana es clara como una campana en mi cabeza. ¿Por qué no puedes callarte nunca, Gia? Un músculo salta en la mandíbula de Enzo mientras se mete el arma en la cintura. Luego se inclina para recoger mi ropa y la pone en sus brazos. Cuando se endereza, sus labios se curvan con satisfacción. —Te ves bien detrás de estos barrotes. Una mascota solo para mí. Disfruta de tu estancia, Gianna Mancini. —Vete a la mierda —siseo en voz baja. Lo siento, le digo mentalmente a mi gemela, que estaría horrorizada que no pueda dejar de contrariar a Enzo. No puedo evitarlo. Es un idiota. Tienes que hacerlo, casi puedo oír a Emma decir. Mantente a salvo. No puedo perderte. Enzo frunce los labios y niega con la cabeza, como si lo hubiera decepcionado. —Tenemos que trabajar en tus modales, mascota. Pronto vendrás cuando te llame y te sentarás a mis pies como una buena chica. Sí, eso no va a ocurrir. Nunca. Caminando hacia la puerta, me dice por encima del hombro: —Ponte cómoda, aunque dudo que sea posible. —¡No me dejes aquí, imbécil! —Agarro los barrotes y los sacudo, haciendo sonar el metal. Lástima que no este estrangulando su cuello en su lugar—. ¿Y la comida? ¿O un baño? Sin interrumpir su marcha, desaparece en el pasillo, y entonces la cerradura gira. Dios mío, esto es increíble. ¿Por qué los hombres más atractivos son también los más locos? CAPÍTULO SEIS ENZO Vuelvo a la oficina y tiro la ropa de Gia en el sofá. Ignorando el ceño de mi hermano, me dirijo a mi silla y me acomodo. Necesito volver al trabajo. Mi organización requiere mover mucho dinero. Tratamos con muchos países y monedas diferentes, con bancos de todo el mundo. Para cuando los fondos vuelven a mí, son imposibles de rastrear, lo que significa que la Guardia di Finanza puede irse a la mierda. Al principio, mi padre me dejó empezar con el fraude informático como una travesura, una forma de utilizar el título que no quería que obtuviera. En la universidad conocí a unos tipos que realizaban estafas de bajo nivel de phishing y rápidamente vi cómo podía adaptarlo a una escala mayor. A partir de ahí, nos expandimos también al hacking y a la minería de datos. La mayoría de mis empleados trabajan ahora en bonitas oficinas con computadoras de lujo, en lugar de golpear a los drogadictos y a los propietarios de tiendas por dinero. Vito se aclara la garganta. —Tomaste su ropa. —Sí. Sinceramente, me arrepiento. Gia es preciosa con la ropa puesta. ¿Sin ropa? Es una maldita diosa. Había insultado su falta de pechos como una forma de desviar mi deseo, pero cualquiera con ojos sabría que es una mentira. Su forma alta y ágil, tienecurvas en todos los lugares adecuados, y su pequeña cintura enmarca un vientre suave. Tiene unos pezones perfectos y un culo que podría iniciar una guerra entre naciones amigas. Y lo mejor de todo es que, como está depilada y desnuda, tuve una vista sin obstáculos de la pequeña barra vertical que perfora su clítoris. Mamma mia44, esa joya. Quiero pasar la lengua por encima, apretarla con los dientes y tirar suavemente de ella hasta que jadee debajo de mí. Ella tampoco se acobardó. Como hombre que nunca se acobarda, lo agradezco. Gia luchó contra mí y maldijo, se mantuvo firme y conservó su dignidad. Madonna45, ¿hay algo más caliente? Abro mi laptop y trato de concentrarme en el trabajo. Hay cientos de correos electrónicos e informes que revisar, pero mi mente sigue volviendo a ese camarote, a ese piercing. Cazzo. Necesito rascar este picor antes de hacer una estupidez. Mirando a mi hermano, le pregunto: 44 Mamma mia. Madre mía, en italiano. 45 Madonna. Virgen, en italiano. —¿Las chicas que trajimos la última vez, las de Cannes? Su rostro revela una absoluta falta de sorpresa. —¿Quieres que las haga volar de nuevo? —Sí. ¿Cuándo? —Dos días, probablemente. Asiento. —Organízalo. Hazlo saber a la tripulación. —¿Esto es por ella? —No seas ridículo —digo—. Odio todo lo relacionado con ella. Mira su teléfono y comienza a desplazarse. —Eso es bueno. Porque Massimo dice que la están vigilando en la sala de seguridad. Al parecer... ¡Dio santo! Me levanto de la silla antes que Vito pueda terminar la frase. Me dirijo a la sala de seguridad, que no está lejos de la oficina, y abro la puerta. Efectivamente, Massimo y dos miembros de la tripulación están reunidos alrededor de las pantallas, con la atención puesta en un monitor en particular. No tengo que adivinar cuál es. —¡Che cazzo! —grito—. ¿No hay nadie más que yo trabajando por aquí? Massimo me hace un gesto para que me acerque. —Ma dai, Enzo. Tienes que ver esto. Está haciendo yoga. Desnuda. Aprieto la mandíbula, molesto conmigo mismo y con ellos. —Apágalo. No quiero que nadie vea esa cámara más que yo. Massimo gime como un niño petulante y sigue mirando la pantalla. —No, por favor. Hasta ahora no ha habido ninguna mujer a bordo que esté tan buena, y no te creerás lo flexible que es. Te lo ruego, solo un ratito ¡Dio cane46! ¿Has visto eso? En tres pasos llego al monitor y lo apago. Los señalo a todos a los rostros, con una expresión inflexible. —Soy el único que la vigilará a partir de ahora. Cualquiera que sea sorprendido observándola será cortado en pedazos y arrojado por la borda. ¿Me han entendido? —Sí, Don D'Agostino —murmuran todos, excepto mi hermano menor. No me gusta el brillo sospechoso de sus ojos, pero lo ignoro. Todos en este yate responden ante mí, incluidos mis hermanos. Me dirijo a la puerta. —Massimo, conmigo. Cuando estamos en el pasillo, le pongo una mano en el esternón y lo empujo contra la pared. —¿En qué estabas pensando, alentándolos? Intenta apartar mi mano, pero la presiono con más fuerza. Me frunce el ceño. —Está caliente y desnuda. No puedes decirme que no miraste cuando tuviste la oportunidad. Lo hice, pero intento olvidarlo. —Quiero humillarla, no excitarte. No lo vuelvas hacer. 46 Dio cane. Maldita sea, en italiano. —Bien, pero no sabes lo que te pierdes ahí adentro. Madre di Dio, hizo esa cosa con la pierna... —Silba—. ¿Y has visto su piercing? Me invade un sentimiento extraño, un nudo oscuro en la boca del estómago. Es ira contra mí mismo, contra mi hermano. Enfado con la mujer de la jaula por no haberse escondido de las miradas indiscretas. Peor aún, es el impulso posesivo de mantenerla solo para mí, donde yo soy el único autorizado a verla. A la mierda. Yo soy el jefe. —Es mi prisionera... mía, no tuya. No puedes entrar ahí ni mirarla. ¿Está claro? —¿Qué está pasando? —Vito se apresura por el pasillo, con el ceño fruncido por la preocupación. Soltando a Massimo, doy un paso atrás. —Nadie entra en su habitación excepto yo. —Mis hermanos intercambian una rápida mirada que me pone los vellos de punta, así que pregunto—: ¿Algo que decir? Vito me estudia y casi puedo ver cómo le da vueltas la cabeza. —¿No vas a dejar que nadie entre ahí? ¿Ni siquiera a un miembro de la tripulación? —Cuando no respondo, pone los ojos en blanco—. Zo, necesitará comer, usar el baño. Para ducharse. Me paso una mano por el cabello. Cuando se me ocurrió la idea de una jaula ayer en Milan, no había considerado ninguno de estos aspectos prácticos mundanos. Después de todo, Ravazzani no se había preocupado de ninguna de esas cosas conmigo. Yo estuve sucio, encadenado a una pared y dejado para hacer mis necesidades en un cubo. Gia experimentará lo mismo, o peor. El ojo por ojo no es suficiente. —Es una mujer, no un hombre —añade Massimo como si yo necesitara este recordatorio—. No son tan fuertes como nosotros. Me dan ganas de reír. Si él hubiera sido al que estuvo luchando por meter a Gia en esa jaula, no diría que es débil. —Ella es fuerte —gruño—. Y le daré todo lo que necesite. Aunque suena como una sucia promesa sexual, me refiero a las necesidades básicas. Ella no recibirá nada excepto lo que yo le proporcione. La dejaré comer de mi mano, pero solo después que me ruegue que la alimente. Vito frunce el ceño. —¿Y si estás ocupado? Me inclino y gruño: —¿Por qué me presionas con esto? ¿Esperando que te deje ser el que la cuide? —No, pero estás actuando de forma muy extraña. Como si estuvieras celoso. —Vete a la mierda. Estoy tratando de vengarme. —¿Lo estás? Cerrando mi puño, lo clavo en la pared. El dolor sube por mi brazo y lo agradezco, utilizándolo para alimentar mi ira. —Esto no es de tu maldita incumbencia. Dejen de interrogarme los dos. Vito no se echa atrás, por eso es mi consigliere. —Es de mi incumbencia, y de la de Massimo también. Sufriremos las consecuencias cuando Ravazzani se entere de lo que has hecho. Cristo santo, Zo. Hemos vivido en este yate contigo durante cuatro años. Tenemos derecho a conocer tus planes. Insieme siamo più forti. Juntos somos más fuertes. Mientras tomo aire y me calmo, puedo ver que tienen razón, aunque no quiera admitirlo. —Bien. Le diré a Cecilia que la vigile. Vito se acaricia la mandíbula, una señal para cuando está a punto de decir algo que sabe que no me va a gustar. —No estás planeando forzarla, ¿verdad? No puedo creer que esté preguntando esto de nuevo. Yo soy el que recuerda los gritos de mi madre, oyéndola suplicar a mi padre que parará. Excepto que él nunca lo hizo. Al día siguiente él desaparecía y ella se quedaba en la cama, magullada y dolorida, diciéndonos que estaba “enferma”. Pero yo sabía la verdad. Y mi hermano también lo sabe. Miro fijamente a Vito. —Aunque la idea de meter mi polla dentro de ella no me diera náuseas, ¿crees sinceramente que lo haría? —No, pero le quitaste la ropa, Zo. —Porque eso es lo que me hizo. Repetiré cada una de mis pesadillas sobre Gia Mancini, y será mejor que los dos no intenten detenerme. Empujando a ambos, me dirijo hacia las cubiertas inferiores, que es donde normalmente se encuentran los miembros de la tripulación. Cecilia, la viuda del consigliere de mi padre, es la ama de llaves del yate y supervisa a las dos criadas y al personal de cocina. Pidió el trabajo cuando murió su esposo, diciendo lo mucho que quería navegar en aguas abiertas. Le pago bien y es extremadamente leal a los D'Agostino, a mí en particular, así que cuidar de Gia no será un problema. Cecilia seguirá mis instrucciones al pie de la letra. Y cualquier intento por parte de Gia de ganarse lasimpatía o la ayuda de Cecilia fracasará estrepitosamente. GIA Intento mantenerme activa en la jaula. A pesar que las cámaras vigilan sin duda todos mis movimientos, hago yoga y estiramientos, luego flexiones y abdominales. Si D'Agostino cree que me debilitará al confinarme, estoy decidida a demostrar que se equivoca. Me mantendré en forma y preparada. Todo lo que necesito es una pequeña oportunidad para escapar y la aprovecharé. Incluso si significa saltar por la borda. No tengo nada que perder. El mundo entero me da por muerta. Si me ahogo, es mejor que estar a merced de Enzo D'Agostino. Solo Dios sabe qué horrores ha planeado ese psicópata para mí. Las horas pasan y la sed se apodera de mí. —Necesito agua —grito por décima vez, agitando las manos. No puedo ver las cámaras, pero es imposible que no me estén vigilando. Fausto tiene una habitación entera dedicada a la seguridad en el castello, y Enzo seguramente tiene lo mismo. Mafiosos paranoicos hijos de puta—. ¡Agua, Enzo! ¡Hola! Pronto mi vejiga se une a la diversión, y estoy desesperada por usar el baño. Mi piel arde de indignación y furia. ¿Tengo que orinar en la maldita jaula? Uf. Justo cuando creo que voy a explotar, escucho unas llaves en la puerta. Enzo entra a grandes zancadas, con aspecto fresco y bien hidratado, lo que me hace odiarlo aún más. Me apoyo en los barrotes para mirarlo. —¡Ya era hora, stronzo! Una señora mayor lo sigue a la habitación. Lleva el cabello blanco recogido en un moño y un vestido de algodón con estampado floral, de esos que hacen que todas las mujeres parezcan peras, independientemente de su tipo de cuerpo. No sé qué hace mezclada con D'Agostino, pero tengo problemas mayores en este momento. —Necesito agua y un baño ahora. Mete las manos en los bolsillos de sus jeans, una pequeña sonrisa curva sus labios. —Esto no es un hotel, Gianna. Si quieres algo, debes pedírmelo amablemente. Oh, este hijo de puta. —A menos que quieras que orine en esta jaula, será mejor que me lleves al baño. —Entonces, orina en tu jaula. Nadie lo limpiará y te verás obligada a permanecer en tu propia mugre. Como yo. —Eres un monstruo. —Eso me han dicho. Esta es Cecilia. Cuando seas una buena chica, dejaré que Cecilia te lleve al baño y te alimente. ¿Estás preparada para pedírmelo amablemente? Inspiro profundamente y aguanto hasta que me arden los pulmones. No quiero jugar a este juego con él. Quiero que me deje ir. Pero me matará de hambre y me dejará morir de deshidratación si no lo hago. Exhalando, intento que mis labios formen las palabras... pero no puedo. Los segundos pasan hasta que Enzo le dice algo a Cecilia en italiano. Luego la señora mayor se va, cerrando la puerta suavemente tras ella. Apoyo la frente en los barrotes, maldiciendo mi propia terquedad. —La envié afuera para esperar —dice Enzo mientras se acerca a la jaula—. Para que tú y yo podamos charlar. Espero, sin decir una palabra. No me fío de este hombre. Apoya un hombro contra los barrotes, lo suficientemente cerca como para que pueda agarrarlo. No lo hago, por supuesto, porque es inútil. Lucharé con él, pero no hasta que esté fuera de la jaula. —No puedes ganar en una batalla conmigo, micina. Seré yo quien te dé lo que necesitas, pero solo después de que juegues bien. —Arrastra un dedo por el dorso de mi mano donde se enreda en los barrotes—. Te romperás, Gianna. Te lo prometo. Resistirse es una pérdida de tiempo. —Déjame salir de aquí. Frunce los labios y niega con la cabeza. —Eso no es pedirlo amablemente. —Por favor. Se aparta de los barrotes y se dirige a la puerta. Me siento aliviada. Por fin permitirá que Cecilia me lleve al baño. —Es una pena que no hayas podido cooperar —dice por encima del hombro—. Quizá otras horas te hagan cooperar más. —¿Qué? No. He dicho por favor, ¡Por el amor de Dios! —Hago sonar los barrotes, con el pánico retorciéndose en mi pecho. No puede irse. Esto es insoportable—. ¿Qué quieres de mí? Se detiene con la mano en el pomo de la puerta. —Suplícame. Cruzo las piernas, el dolor en mi mitad inferior agoniza. Pero todavía no puedo hacerlo. Cuando el silencio se prolonga, abre la puerta y desaparece. —¡Maldita sea! —grito. Entonces mi mitad práctica, el lado con dolor literal, asume el control de mi boca—. Por favor, Enzo. Te lo ruego. ¡Te lo ruego! No te vayas. —Me odio a mí misma por ceder tan fácilmente. Las lágrimas me pican en el fondo de los ojos mientras miro la puerta, esperando que se vuelva a abrir. Sigue cerrada. Mierda, mierda, mierda. Me hundo en el suelo y me hago un ovillo. El tiempo se prolonga. Cada segundo parece una hora. La presión en mi vejiga consume mi mente y jadeo por el dolor. Es terrible, peor que los dolores del periodo o de cuando me hice el piercing. El tatuaje de las costillas no fue nada comparado con esto. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Horas? No estoy segura de cuánto tiempo más podré aguantar. Tal vez debo dejarlo pasar, orinar en la jaula como un animal. Pero mi cerebro se rebela ante la idea, y desde algún lugar lejano me escucho gemir. La puerta se abre, pero no puedo moverme. Ni siquiera puedo levantar la cabeza. Que me mate. Al menos no tendré que soportar esto por más tiempo. El metal suena y puedo oír cómo se abre la puerta de la jaula. Unas manos apartan suavemente unos mechones de cabello de mi rostro. —¿Estás preparada para darme lo que quiero? —susurra. Ya no tengo fuerzas para luchar. Lamiéndome los labios secos, rasgo: —Por favor. Te lo ruego. —Va bene, micina. Va bene. Unos brazos fuertes se deslizan bajo mi cuerpo y me levantan. Jadeo y luego gimo, con nuevas olas de dolor recorriéndome. —Shh —dice—. Estará mejor en segundos. Aguanta, chica testaruda. Escucho otra puerta y luego sus zapatos golpean el azulejo. Mi trasero se encuentra con el asiento del inodoro. —¿Puedes sostenerte? —pregunta, manteniendo sus manos en mis hombros para estabilizarme. —Puedes salir. —Mi voz se quiebra, el alivio está tan cerca que me entumece. Me suelta y escucho cómo sus zapatos se retiran. Llevo tanto tiempo reteniendo la orina que tardo varios segundos en convencer a mi cuerpo que salga. Cuando finalmente lo hago, la liberación es como un orgasmo. Mis miembros se hunden y mis ojos se humedecen. Dios, no quiero volver a pasar por eso. Me tiemblan las piernas cuando me levanto para lavarme las manos. Cuando están limpias, ahueco las palmas, las lleno de agua del grifo y bebo. La puerta se abre detrás de mí y aparece Enzo. Me encuentro con su oscura mirada en el espejo y espero verlo sonriendo con suficiencia por su victoria. En cambio, parece pensativo, como si intentara ver dentro de mi cabeza. Lo ignoro y trago varios bocados más de agua. —No es necesario —dice—. Tengo comida y agua aquí afuera para ti. —Mezclada con drogas, sin duda. —Yo no drogo a las mujeres. Por alguna razón le creo. Me seco la boca con el dorso de la mano. —Prefieres los juegos mentales. Parpadea tres veces. ¿Lo he sorprendido? —Sí, los prefiero —responde—. Y aprenderás que siempre gano. Solo porque nunca ha jugado en mi contra. No soy una virgen inexperta ni una tímida introvertida. Conozco a los hombres y lo que les gusta, sus debilidades cuando se trata de mujeres. Y con toda su inteligencia y poder, Enzo D'Agostino es solo un hombre. ¿Quiere jugar? Bien. Pero jugaremos a mi manera. —Date la vuelta —ordena, sacando un trozo de cuerda de nylon de su bolsillo—. Pon las manos en la espalda. En silencio, obedezco y observo en el espejo del baño cómo se acerca. Así que no me pierdo cuando comprueba mi culo y mis piernas con un lento barrido de su mirada antes de empezar a enrollar la cuerda alrededor de mis muñecas. Sí. Solo un hombre. Voya atormentarlo de una manera que nunca esperará. Se va a arrepentir de haberme secuestrado, pero ya será demasiado tarde. Su mierda está tan jodida y ni siquiera lo sabe todavía. Agarrando mis muñecas atadas, me lleva a la otra habitación. Una sola silla espera, junto con una mesa con platos y botellas de agua. Gracias a Dios. Me va a dejar sentarme y comer. Cuando empiezo a sentarme en la silla, me levanta de un tirón. —Eso no es para ti. —Luego se sienta y señala el suelo junto a sus pies—. Arrodíllate. Apenas me abstengo de poner los ojos en blanco. Claramente, Enzo tiene una verdadera perversión de cautiverio D/S. Desde el momento en que me desperté en esta pesadilla, me ha amenazado con sentarme a sus pies. Supongo que está a punto de hacer realidad sus sueños pervertidos. Pero él no sabe que esta chica puede superarse desde el fondo. Sosteniendo su mirada, bajo lentamente sobre mis rodillas, mi pecho casi tocando su muslo. Con las manos atadas a la espalda, mis tetas están al frente y en el centro, con los pezones como puntos duros en el aire frío. Se queda muy quieto, con una expresión ilegible. Justo cuando pienso que no me encuentra atractiva, sus ojos se dirigen a mis pechos y traga con fuerza. Oh, sí. Esto va a ser fácil. Después de colocar una servilleta en su regazo, se ocupa de cortar lo que hay en el plato. —¿Tienes hambre? Me quedo mirando el cuchillo que tiene en la mano y me pregunto cómo puedo robarlo. —Más o menos. Tengo sobre todo sed. Da un mordisco a lo que parece ser una chuleta de cerdo con hierbas y dados de tomate, los músculos de su fuerte mandíbula trabajando mientras mastica. Cuando termina, se limpia la boca como si tuviera todo el tiempo del mundo. —¿Y cómo se pide lo que se quiere? —¿Posso avere acqua per favore, signore47? —Mi voz es una súplica ronca, íntima, del tipo que usaría para pedirle a un hombre que me folle más fuerte. Enzo se congela. No sé decir si le sorprendió mi tono o el hecho que se lo pedí en italiano. Pero he cenado afuera lo suficientemente a menudo durante mi estancia en Milan como para saber pedir cosas… aunque nunca le he hablado a un camarero de esa manera. Después de un largo rato, agarra una botella de agua, la destapa y se vuelve hacia mí, abriendo las piernas para rodearme con sus muslos. Una mano se desliza bajo mi barbilla para sujetarme, mientras la otra me lleva la botella a los labios. —Bebe —ordena, sus dedos presionando mi piel con autoridad. Me apetece mucho el agua, pero ¿me arrepentiré de haberla bebido después? 47 Posso avere acqua per favore, signore. Puedo tener agua por favor, señor. En italiano. —¿Me vas a dejar usar el baño de nuevo? —Eso depende de ti, ¿no? ¿Serás una buena gatita? A la mierda. Tengo demasiada sed. Mis labios se separan y el agua fresca llena mi boca. Mientras bebo, lo observo mirando mis labios todo el tiempo, y un extraño cosquilleo recorre mi piel. Odio a este hombre hasta los huesos, pero la forma en que me mira ahora... con una fascinación complaciente... hace que mi corazón palpite con fuerza. Tengo que controlarme. Un día y ya tengo un grave caso de síndrome de Estocolmo en marcha. Aparta la botella, la deja sobre la mesa y recupera los cubiertos para cortar un trozo de cerdo. Los músculos de sus antebrazos se mueven bajo una superficie de piel bronceada y vello castaño, sus manos son delicadas pero capaces. Cuando está listo, me acerca el tenedor a los labios. —Abre —espeta, la posición y la petición no pasan desapercibidas para mí. Es muy sexual, como si me estuviera metiendo la polla en la boca. ¿Es consciente de eso? Tonto. Me inclino hacia adelante, separo los labios y presento mi lengua, luego espero con los ojos cerrados. Desliza el tenedor en mi boca y tomo el trozo de carne de las púas lentamente, gimiendo como si fuera lo mejor que he probado en mi vida mientras mastico. La actuación es digna de un premio, llamando la atención sobre mi lengua y mi boca de las formas más depravadas. Que conste que yo hago una buena mamada cuando lo deseo, así que espero que Enzo se esté replanteando todas sus decisiones vitales ahora mismo. Por si acaso no lo está, me trago la carne y me lamo los labios. —Qué delicia. Un rubor sube por su cuello, su pecho ahora sube y baja rápidamente. En un instante me pone de pie y me lleva a la jaula con el plato en la mano. Me empuja dentro y tropiezo, con las manos todavía en la espalda. —¡Oye! Antes que me dé cuenta lo que esta ocurriendo, coloca el plato y dos botellas de agua en la jaula conmigo, y luego me encierra de nuevo. —Dame tus manos. —Levanta una navaja. Cuando me acerco lo suficiente a los barrotes, pasa la mano y corta la cuerda, liberando mis brazos. Se da la vuelta y sale a toda prisa de la habitación... pero no antes que vea la erección que cubre la parte delantera de sus pantalones. ¡Ja! Sonrío mientras bajo a comer. Si se siente atraído por mí, lograré que me deje salir de la jaula. Y si me deja salir de la jaula, Enzo D'Agostino es hombre muerto. CAPÍTULO SIETE ENZO Aunque sigo deseando humillar a Gianna Mancini, ahora también quiero azotarla y follarla. Mi polla sigue dura esta mañana, la piel tensa mientras la sangre palpita a lo largo de mi longitud. Madre di Dio. No tiene sentido. Ella no es nada para mí, un medio para un fin. Mi instrumento de venganza, nada más. Pero ahora la deseo. Mucho. Verla de rodillas, a mi merced, tomando comida y bebida de mi mano... disfrutando. Cazzo, esa visión me perseguirá. En la cubierta, intento trabajar en la pequeña oficina junto a mi camarote. En vez de eso, me encuentro activando la transmisión de la cámara de seguridad de la habitación de Gia para observarla. Es mi prisionera. Puedo hacer lo que me dé la gana. Aparece en la pantalla, sentada con las piernas cruzadas en el suelo de su jaula, desayunando. Esta mujer no es tímida. No es una flor marchita, sino una leona feroz. Cualquier otra en su situación ya habría llorado o se habría derrumbado. Gia ha permanecido fuerte, solo suplicando cuando las necesidades de su cuerpo la abruman. Yo respeto eso. Me hace desear aún más domarla. Mi polla palpita detrás de la cremallera mientras la observo. Ansío alivio, sobre todo después de negarme a darme placer desde que salí de su habitación ayer. Estira los brazos por encima de la cabeza, arqueando la espalda, con sus pezones apretados pidiendo mi boca. No puedo aguantar más. Cerrando mi laptop, me desabrocho rápidamente el cinturón, me desabrocho los pantalones, y luego saco mi polla. Cierro los ojos y me imagino a una mujer cualquiera de rodillas, tomando mi polla entre sus deliciosos labios. La punta de mi polla gotea pre-semen y me la unto por la longitud para dejarla resbaladiza. Joder, sí. Pero cuanto más me acaricio, más se parece la mujer de mi cabeza a Gia. No puedo parar, no una vez que ella está allí, esperándome tan dulcemente mientras me follo su hermoso rostro. Soy brusco, sujetando su cabello con fuerza, haciéndola amordazar mientras la meto profundamente en la garganta. Sus ojos se humedecen, pero le encanta, pidiendo más y yo la alabo, diciéndole lo buena zorra que es. Mi mano se acelera mientras la necesidad me araña las entrañas. Joder, no voy a durar. Pienso en correrme en la lengua de Gia, llenando su vientre con todo lo que se agita en mis bolas, y mis músculos se tensan. Jadeando, empiezo a eyacular sobre mi mano, con gruesas líneas de semen saliendo de la punta de mi polla. Sigue y sigue, tanto en exceso como en defecto. Cuando termino, me hundo en la silla y trato de recuperar el aliento. ¿Alguna vez me he corrido tan rápido? No en años, desde luego. Voyal baño y me limpio rápidamente. Vuelve la claridad y ahora detesto aún más a Gianna Mancini. Cuando vuelvo a entrar en mi oficina, escucho que alguien llama a la puerta. La abro y me encuentro con Vito, que me mira con desconfianza. —Ma ¿cosa vuoi48? —pregunto, mientras vuelvo a mi escritorio. —La noticia de su muerte apareció anoche a última hora. Pensé que te gustaría ver. —Vito está alrededor del escritorio antes que pueda detenerlo, lo que significa que ve que tengo la transmisión activa de la cámara de seguridad en mi pantalla cuando accede a la laptop—. Ah. Eso explica la puerta cerrada. —Cierra la boca, stronzo —le espeto. Sabiamente, no dice nada más mientras abre un sitio de noticias. Ahí esta, justo en la página de inicio. LA EXPLOSIÓN DE UNA BOMBA EN MILAN MATA A 3 PERSONAS Y HIERE A 13. HEREDERA CANADIENSE PRESUNTAMENTE MUERTA. —¿Presunta? —Vito se burla—. La chica que colocaste cerca de la mesa era una coincidencia perfecta con Gia. —No te preocupes —digo, desplazando el artículo—. Todavía están investigando, así que aún no pueden asegurarlo. Pero lo harán. —Hago clic en otros sitios de noticias, empapándome de toda la información que puedo encontrar. No consiguieron contactar con Roberto Mancini para que de una declaración, pero hay una foto de la gemela de Gia, Emma, en la calle en Toronto. Domenico hizo una declaración diciendo que Gia trabajaba allí con un nombre falso, 48 Ma ¿cosa vuoi? Pero, que quieres. En italiano. pero que están conmocionados por la pérdida de una amiga y colega tan maravillosa. Luego hay fotos de la cuenta de redes sociales de Gia que la muestran fuera del restaurante. Nada de Frankie o Ravazzani. No es sorprendente, pero me gustaría poder ver su reacción, su devastación. Empaparme de sus lágrimas. En cambio, tendré que esperar hasta que sepan que Gia está viva y aquí como mi prisionera. Dio, espero con ansias ese día. Suena el móvil de Vito. Comprueba la pantalla y dice: —Pietro. —Es nuestro primo, el que ayuda a dirigir nuestra organización en Napoli—. Pronto —responde Vito, después de poner la llamada en el altavoz. —¿Estás con Don D'Agostino? —Estoy aquí —digo, recostándome en mi silla. —Han atacado la casa de Pozzuoli —dice Pietro con rotundidad. Frunzo el ceño. Para comprobar si hay traidores, a menudo se nos “escapa” a varios miembros de la tripulación dónde me alojo, salvo que siempre es una casa vacía en medio de la nada. Esta vez la información llegó a mi enemigo. —Ravazzani debió haber quedado muy decepcionado. —Incendió el lugar por lo que he oído. Vito cruza los brazos sobre el pecho. —Podemos rastrear la fuga hasta el responsable, ¿no? —Por supuesto —dice Pietro—. Hice que alguien se encargara de eso antes de llamar. —¿Quién fue? —Andrea Di Vittorio. —¡Cristo! —Vito sisea. Mis manos se cierran en puños y las aprieto contra las cuencas de los ojos. Andrea está emparentado conmigo a través de mi difunta esposa, y mi padre lo había ascendido a lo largo de los años para darle más responsabilidades. ¿Por qué mierda le había dado a Ravazzani mi paradero? —¿Estamos seguros? —Él era el único que sabía cuál era la casa. Los otros solo conocían la ciudad. —Quiero saber la conexión con Ravazzani —digo, pinchando con el dedo en el escritorio—. Y quiero hacerlo yo mismo. Quiero mirar a Andrea a la cara mientras me explica por qué me ha traicionado. —Tratar con el primo de mi esposa me distraerá de mi otra prisionera. Vito silencia el teléfono. —No solo es arriesgado, sino que tendremos que dar la vuelta. Llevará tiempo. Tendremos que retrasar a las mujeres otro día. ¿Por qué no dejar que Pietro se encargue? —Porque soy el puto jefe. Tu polla puede esperar. Hazlo, Vito. Vito pulsa un botón y luego le pregunta a Pietro: —¿Dónde lo tienes? —En la carnicería al lado de la iglesia en Via Posillipo. —¿Podrá aguantar hasta mañana? —Me aseguraré que siga con vida si ustedes vienen. —Vamos a ir —digo, inclinándome más cerca del teléfono—. No se lo digas. Quiero que sea una sorpresa. —Por supuesto, Don D'Agostino. Pronto. Vito cuelga y luego se frota la mandíbula. Cazzo, ¿dos veces en un día por cuenta de mi hermano? —Déjalo salir —le ordeno—. Solo di tu parte. —Hiciste explotar un restaurante en Milan. Has secuestrado a la cuñada de Ravazzani. ¿Crees que es prudente pisar suelo italiano tan pronto? Creo que es mejor quedarse en el mar hasta que las cosas se calmen. —No me gustan las visitas en el yate. —Cuanta menos gente conozca el yate, mejor. En cuatro años solo tres de mis capitanes habían estado a bordo y confiaba en ellos implícitamente. Noto que Vito está a punto de discutir, así que levanto la mano—. Las mujeres son diferentes y lo sabes, así que no intentes usar eso en mi contra. —No me quejo de las mujeres, créeme. No puedo hacerme tantas pajas. —Bien. Así que estamos de acuerdo. Un viaje rápido para tratar con Andrea, y luego zarparemos hacia Francia para recoger a las mujeres. Vito comienza a desplazarse en su teléfono. —¿Alguna idea de cómo Andrea conoce a Ravazzani? —Ninguna. Su padre era de bajo nivel, nunca habría tenido ese tipo de conexiones. Y Andrea fue ascendido solo gracias a mi matrimonio con su prima. Me dirijo a la nevera y saco un agua con gas. Tomo un largo sorbo de agua, que me recuerda a mi pequeña gata callejera. ¿Qué hace en su jaula? La tentación de comprobar la transmisión de seguridad vuelve a susurrar en mi piel, pero no lo hago. Dejo que Cecilia se ocupe de Gia. —Que los chicos de Munich investiguen a Andrea —le digo a Vito, refiriéndome a mis mejores hackers—. Ellos sabrán descubrir cualquier mierda que se pueda encontrar. Diles tan rápido como puedas. Le diré al capitán que dé la vuelta y regrese por donde hemos venido. Vito asiente y busca su teléfono. —No volverás a pasar por la habitación de cierta prisionera, ¿verdad? —Haz lo que te dicen, fratello49. —Note la forma en que la miraste, Zo. Antes que supieras quién era. —¿Y? ¿Crees que soy tan débil que dejaré que sus tetas y su culo me engañen para olvidar quién es? Suspira con fuerza. —No lo sé. No eres el mismo hombre que entró en ese calabozo. Aprieto el puño para recordarme la punta del dedo que me falta, una costumbre que desarrollé en los últimos cuatro años. No es que sea necesario un solo recordatorio cuando tengo tantos, como las cicatrices que cubren mi cuerpo o el dolor persistente en los hombros. O las pesadillas, cómo odio que me toquen. Cada día vivo con las secuelas de lo que Ravazzani me hizo. —No tienes que preocuparte —le digo—. Lo que pasó en ese calabozo asegura que nunca olvidaré, y ciertamente nunca perdonaré, no importa lo que Gia Mancini intente hacer. —Soy tu hermano y tu consigliere. Es mi trabajo preocuparme. 49 Fratello. Hermano, en italiano. —Es una pérdida de tiempo. —Me dirijo a la puerta—. Ella es un medio para un fin, nada más. GIA Hace tiempo que no veo a Enzo. La señora mayor italiana, Cecilia, vuelve cada pocas horas para llevarme al baño y traerme comida. Es un enigma. Aunque parece la simpática abuela de alguien, lleva un arma y me amenaza como una criminal empedernida. No es cruel, pero tampoco es amable. Me esposa antes de abrir la jaula y no me da la espalda ni baja el arma ni un solo segundo mientras me dirige al baño. La observo detenidamente, esperando mi momento. ¿Podré vencerla en una pelea? Tengo que estar segura. No tendré una segunda oportunidad. —¿Cuánto tiempo has trabajado para los D'Agostino? —le pregunto, mientras coloca mi comida en el fondo de la jaula. Si puedo establecer una relación con ella, conseguir que confíe enmí, entonces tendré más posibilidades de sorprenderla con la guardia baja. No quiero acabar con una herida de bala de una nonna de gatillo fácil. Ella no responde. Sigo intentándolo. —¿Eres pariente de ellos? —Todavía nada. Vuelve a cerrar la jaula y me indica que me de la vuelta para poder quitarme las esposas. Cuando estoy libre, me froto las muñecas—. ¿Alguna vez te mareas? Su rostro permanece estoico, sin que se mueva ni un músculo. La mujer es como una piedra, sin ninguna emoción. Cuando empieza a marcharse, sigo hablando. —¡Oye! ¿Crees que podría conseguir una almohada o una manta aquí? Anoche me estaba congelando. Ni siquiera voy a ser exigente con el número de hilos. Cierra la puerta de golpe y con llave. Maldita sea. Qué frialdad, esa señora. Realmente quiero algo caliente para cubrirme. ¿Va hacer que me congele de nuevo toda la noche en el duro suelo? Agito los brazos y llamo: —¡Enzo! Sé que estás mirando, maniático. Quiero una almohada o una manta. Vamos. Ya es bastante malo que me tengas encerrada y dejes que Cruella de Vil me cuide. ¡O me dejas ir o me traes una manta! De algodón orgánico, de ser posible. Maldita sea. Pateo los barrotes. Esto no tiene sentido. Si está mirando, no va a volver pronto. Suspirando, me siento en el suelo de la jaula. Si tan solo pudiera dibujar diseños mientras estoy sentada aquí sin hacer nada. ¿Cuáles son las probabilidades que Cecilia me de lápices y papel? Resoplo. La mujer preferirá dispararme, sin duda. No tiene ni un hueso de compasión ni de cuidado en su cuerpo. ¿Dónde está la solidaridad femenina? Como mujer, ¿no debería intentar ayudar a otra mujer a escapar de esta pesadilla? Las llaves tintinean y me pongo en tensión. Espero que Enzo entre a toda prisa, maldiciendo y reprendiendo mi petición. En cambio, es un hombre, el que me había seguido por la calle. Y trae una manta. —Tú —jadeo—. Eras tú en Milan. —Ciao, Gianna. Soy Vito D'Agostino, uno de los hermanos de Enzo. Eso explica el parecido. Los dos son altos, con el cabello oscuro y castaño, y con la misma barbilla obstinada. El cabello de Vito es un poco más corto que el de su hermano, y su expresión es pensativa donde la de Enzo es suspicaz y amarga. —¿Es para mí? Comienza a introducir la gruesa tela a través de los barrotes. —Aquí, tómala. No hace falta decírmelo dos veces. Agarro el borde y tiro hacia mí. —¿Por qué haces esto? —Mi hermano... —Hace una pausa y sacude la cabeza—. No lo juzgues con demasiada dureza. Ha experimentado cosas que le han retorcido la mente. —Se señala la sien, como si me dijera algo que yo no sé. —Sí, eso es dolorosamente obvio. Pero no necesita secuestrarme y mantenerme en una jaula, por el amor de Dios. No le he hecho nada. —La manta cae en mis brazos y rápidamente me envuelvo en ella. Dios, esa pequeña cantidad de calor se siente bien en mi piel desnuda. —Él no lo ve igual, pero lo creas o no, no aprobamos la violencia contra las mujeres. —No estoy segura que Enzo haya recibido ese memorándum. —Ese no es el tipo de violencia al que me refiero. Violación, entonces. De ser cierto, es un alivio. Será un horror menos del que preocuparme durante mi encarcelamiento. Vito continúa: —Pero debes tener en cuenta una cosa. ¿Lo que tu cuñado le hizo a mi hermano? Lo cambio. —Si esperas que me compadezca de Enzo, no lo hago. Secuestró a mi hermana y le puso un arma en la boca. Levanta los hombros en un elegante encogimiento de hombros. —No estaba cargada. Y en ese momento solo era su amante. No sabíamos de su embarazo. —¿Qué era eso de no aprobar la violencia contra las mujeres? Si escuchar sus palabras echadas en cara le molesta, no lo demuestra. En cambio, ladea la cabeza. —¿Cuánto sabes tú de lo que hacen tu padre y tu cuñado, señorita Mancini? No me gusta lo que esto implica, que mi padre y Fausto hagan lo mismo. —Ellos no secuestran mujeres, Signore D'Agostino. —¿No lo hacen? ¿Cuándo Ravazzani sacó a la esposa e hijos de Enzo de sus camas, luego los ató y los retuvo a punta de pistola? ¿Qué fue eso? ¿Lo hizo? Frankie se había olvidado de contarme esa parte de la historia. Tal vez Vito esta mintiendo. —Mentira. Las esposas y los hijos están fuera de los límites. —No para Ravazzani, aparentemente. Esa fue la última vez que mi hermano vio a su esposa. Ella murió después y los niños fueron enviados lejos. Así que ya ves, ha perdido mucho más que Ravazzani. Se me hace un nudo en el estómago. No lo sabía. No es de extrañar que Enzo esté centrado en la venganza… pero esa venganza no tiene por qué incluirme a mí. —No tengo nada que ver con los negocios de Fausto. Estoy viviendo en Milan, estudiando para ser diseñadora de moda. —Eres una oportunidad, una que no desperdiciaremos. Aun así, haré todo lo posible para mantenerte a salvo. —Pero tu hermano es el jefe. —Lo que significa que Enzo tiene todo el poder sobre todos en este yate, incluyendo a Vito. —Es cierto, pero soy la única persona a la que escucha. —Se encoge de hombros con esa elegante manera italiana—. Haré todo lo posible para protegerte. Si haces lo que te digo y dejas de contrariar a mi hermano, puede que sobrevivas a lo que ha planeado. Eso suena siniestro. —¿Sabes lo que ha planeado? Un destello de algo... inquietud... cruza el rostro de Vito, y el nudo de mi estómago se tensa. —No, pero no lo compartiría aunque lo supiera—. Traerte esto. —Señala la manta—. Ya es ir en contra de los deseos de mi hermano. —Entonces, ¿por qué hacerlo? —Probablemente debo mentir y decirte que es porque odio verte sufrir. —¿Pero la verdad? —Es que mi hermano te ve en la cámara de seguridad. Solo él, nadie más. No me gustan las ideas que se le ocurren. Mantente tapada, Gianna Mancini. Oh, ¿así que esto es mi culpa? —Escucha, no estoy tratando de atraerlo. ¿Qué es esto, la maldita escuela secundaria? ¿Las chicas necesitan un código de vestimenta para que los preciosos chicos no se empalmen en la clase de gimnasia? La boca de Vito se tensa, su postura es más rígida, más enojada. —No, será mejor que escuches. Mi hermano no es un chico y tú no quieres su atención, no de ese tipo. Harías bien en sentarte aquí en silencio y hacer lo que se te dice. No causes problemas ni lo hagas enfadar, ¿capisce? —No puedo evitarlo —espeto—. No soy capaz de ser una cautiva dócil y cooperativa. Simplemente no está en mí. —Por tu bien, espero que te equivoques. —Se dirige a la puerta, con sus zapatos de cuero golpeando el suelo de madera—. De lo contrario, puede que no sobrevivas a tu estancia en este yate. CAPÍTULO OCHO ENZO Sé que algo va mal incluso antes de acceder a la cámara de seguridad de Gia a la mañana siguiente. Anoche estuvo callada. Demasiado silenciosa. Cada vez que me acerqué a su camarote solo hubo silencio. Ignoré las ganas de verla, en persona o con la cámara, desde que le di la cena el miércoles por la noche. La cinta colocada en la puerta esta intacta, lo que significa que no ha escapado. Eso es lo único que importa. Pero no puedo resistir más la tentación. Cuando la imagen de seguridad llena por fin mi laptop, mis músculos se traban de sorpresa. Gia está envuelta en una gruesa manta. ¡Cazzo madre di Dio! ¿Quién se atrevió a ir en mi contra y darle eso? Mi pecho se agita con la respiración agitada mientras la observo, acurrucada en un pequeño ovillo en el suelo de la jaula, durmiendo. No se merece esa comodidad, ese lujo. En el calabozo de Ravazzani temblaba y me debatía en el frío suelo de piedra sin mantas ni almohadas. Ella debe soportar lo mismo... o peor. El ojo por ojo no es suficiente. Esto no es obra de Cecilia. No se atrevería, teniendo en cuenta que la mujer es tan maternal como un insecto que secome a sus propias crías. Maldito Vito. Es la única persona que intentaría algo tan audaz, tan imprudente. Tan absolutamente irrespetuoso. Si no fuera mi hermano, lo destriparía como a un pez y lo tiraría por la borda. Hablaré con él más tarde, después de hacer una visita a mi prisionera. Tiene que entender que encantar a mi hermano no le hará ningún bien. Yo soy el jefe, su guardián, y está claro que necesita un recordatorio de este hecho. Me aparto de mi escritorio, salgo de mi oficina y bajo las escaleras. Mi piel arde de rabia y traición. La puerta de Vito se abre mientras camino por el pasillo hacia mi calabozo improvisado. —¡Enzo! —grita tras de mí. Me detengo y me giro lentamente, sin molestarme en ocultar la rabia y la violencia que se están gestando en mi interior. —Si yo fuera tú, fratello, me escondería. No dice nada, se limita a asentir una vez y vuelve a su camarote. Continúo hasta la última puerta y la desbloqueo. —¡Levántate! —gruño a la forma tendida en la celda mientras entro. Su respiración cambia a medida que se va despertando, pero está tardando demasiado para mí. Pateo los barrotes de la jaula, haciéndolos sonar—. Levántate, stronza. Tiene la audacia de estirarse lentamente en lugar de encogerse de miedo al instante. Che palle50, esta mujer. —¿Qué quieres, Enzo? Nadie me habla con una falta de respeto tan flagrante, excepto ella. ¿Tiene ganas de morir? —Te he dicho que te levantes. No lo volveré a decir. Envolviéndose en el edredón, se sienta. Unos largos y desordenados mechones de cabello castaño oscuro le caen alrededor de los hombros, con los ojos entrecerrados. Junto con su expresión suave y sus músculos relajados, parece recién follada. Mi polla responde, aunque yo quiera que no lo haga. La excitación no es la señal que quiero enviar en este momento. —Ya está. Ya me he levantado —dice entre un bostezo—. Ahora, di lo que tengas que decir y vete. Quiero volver a dormir. La miro fijamente, luchando contra el caos de mi mente. ¿Cómo expresarlo con palabras? Quiero humillarla y herirla, pero también quiero follarla. Quiero enterrar mi rostro entre sus piernas durante tanto tiempo que su coño lleve la huella de mi lengua. Quiero deslizar mi polla entre sus labios y disparar hacia su garganta hasta que se ahogue con mi semen. Pero me molesta este deseo por ella, una mujer que es mi enemiga. Amenaza todo lo que estoy planeando. Necesito hacerla gritar de dolor, no de éxtasis. Abro la jaula y entro en ella, luego agarro la manta. De un fuerte tirón, le arranco la tela del cuerpo. Rueda por el suelo y sus miembros desnudos se mueven en todas direcciones. —¡Oye! ¡Devuélveme eso, imbécil! 50 Che palle. Que bola, en italiano La ignoro y tiro la pesada manta fuera de la jaula. Cuando gruño en su dirección, se detiene y sus ojos se vuelven cautelosos. ¿Está comprendiendo por fin la gravedad de mi ira? —Levántate —le ordeno con los dientes apretados. Lentamente, se pone en pie. Madonna, es preciosa, con piernas largas y piel aceitunada. Aquel piercing en el capuchón del clítoris brilla a la luz, tentándome con su sola presencia, y el tatuaje en sus costillas, varias líneas de escritura oscura, se mueve y ondula al respirar. Incluso sus uñas son tentadoras, de un color violeta intenso casi negro, como el color de mi alma. Entonces me doy cuenta que me está estudiando a su vez. Su atrevida mirada me recorre las piernas y la entrepierna, los abdominales y el pecho, sus pezones se convierten en pequeñas puntas apretadas. ¿Excitación? Su respiración es más rápida de lo habitual, así que puede ser miedo. Pero lo dudo. Me cuesta creer que algo asuste a esta mujer. Lo que significa que se siente atraída por mí. Parece inconcebible, teniendo en cuenta cómo la he tratado, pero tal vez Gia Mancini y yo somos el mismo tipo de jodido. Archivo la posibilidad para más adelante. Si resulta ser cierto, podría utilizar esa información contra ella. Dando un paso adelante, acorto la distancia entre nosotros. No se mueve, aunque no espero que lo haga. Su cuello se inclina para sostener mi mirada mientras me alzo sobre ella, tan cerca que nuestros pechos casi se tocan. Puedo ver cada pestaña, cada mota de oro en sus iris. Puedo trazar los pequeños pliegues entre sus cejas. Con cuidado, le pongo la mano en la garganta, rodeando la suave carne con los dedos. Su pulso martillea contra mi palma, y la energía corre por mis venas. —¿Quién te ha dado esa manta? —Sé la respuesta, pero quiero ver si me lo dice. Su labio se curva. —No puedo creer que alguna vez pensé que eres lo suficientemente encantador y guapo como para tomar una copa contigo. Pero lo hizo porque yo había adoptado mi antiguo personaje, aunque había sido una lucha, solo para hacerla entrar en ese bar. Pero ya no soy un hombre tan deseable y elegante, no después de días de extrema tortura. Estoy retorcido, la oscuridad burbujeando cada vez más cerca de la superficie, con mi mente tambaleándose al borde de la cordura en todo momento. Y me importa una mierda. Eso solo me hará más temido, más poderoso en mi mundo. Mis fosas nasales se dilatan. —Responde a la pregunta. ¿Quién te dio la manta? —No lo diré. —Su voz es suave pero fuerte—. Necesito todos los amigos que pueda conseguir por aquí. —No tienes amigos en este yate, Gia. Y cualquiera que te ayude será castigado. —¿De verdad, Enzo? ¿Por una manta? No me importa su tono frívolo, así que aprieto mis dedos en su garganta. Luego me inclino y acerco mi boca a su oído: —¿Crees que a tu cuñado le importó una mierda mi comodidad cuando estuve desnudo y frío en el suelo de piedra? ¿Se me permitió una almohada o una manta? —Si vas a estrangularme, me gustaría que lo hicieras y acabaras de una vez. Todo este juego previo es realmente aburrido. Dio, esa maldita boca. Sin poder contenerme, aspiro su cabello y su piel. Cecilia la ha dejado ducharse, pero Gia aún huele un poco a explosivos. Me gusta ese aroma en ella. Me da ganas de lamer el humo de su piel. —Interesante elección de palabras. ¿Quieres follarme, micina? Ella se resiste a mi abrazo. —Prefiero luchar contra ti. No lo dudo, y es difícil decir qué prefiero en este momento. Tanto follar como pelear me parecen buenas ideas. Ella continúa tratando de alejarse de mí. —Y no sé lo que significa micina así que deja de llamarme así. —Significa gatita. —Hago una pausa—. Ya sabes, coñito. — Sonrío, esperando enfurecerla—. Y pelear solo terminaría con que me suplicaras por mi polla. —Estás alucinando. ¿Estás tan excitado aquí en el océano que necesitas secuestrar mujeres para tener sexo? —Jamás se me han puesto los pelos de punta con las mujeres. Si no me dieras tanto asco, ya te habría hecho vomitar. —Por favor. ¿Así que la erección que vi ayer fue por asco? La sangre sube a mi polla, endureciéndome aún más en mis jeans. Cazzo, esta diablesa. Quiero atarla y amordazarla, luego follarla hasta que se corra tantas veces que llore. —Tal vez la visión de una mujer de rodillas, suplicando, me excita. —No lo dudo. Supongo que tendría que sentir tu polla ahora mismo para probar esa teoría. Como no estoy de rodillas, no estarás duro, ¿verdad? ¿Se atreverá? Nadie me toca. Desde que salí del calabozo, no puedo tolerar la sensación de las manos de alguien sobre mí, salvo un simple abrazo de mis hijos. Ser tocado me recuerda haber sido atado y torturado, humillado durante días. Temiendo que volvieran y me infligieran más sufrimiento. Pero soy un hombre y sigo necesitando follar. Así que con las mujeres, les ato las muñecas durante la intimidad, dejándome el control absoluto en todo momento. Esta situación difícilmente puede calificarse de íntima, pero Gia es losuficientemente imprevisible como para agarrarme la polla. No puedo arriesgarme. Me aparto de inmediato y ella mira rápidamente mi entrepierna. —Estás duro —susurra—. Muy duro. La puerta se abre de repente y mi cabeza se levanta. Cecilia se detiene en la entrada. —Mi scusi, signore —dice, retrocediendo y cerrando la puerta. —¡Figurati51! —grito a la mujer mayor—. ¡È tutto a posto52! Dejo la celda de Gia abierta de par en par mientras cruzo la habitación. Es mi forma de decirle que puede intentar escapar, pero que será inútil. Cuando llego a la puerta, le digo a Cecilia en italiano: —No la pierdas de vista cuando la jaula esté abierta. Cecilia agacha la cabeza. —Por supuesto, Don D'Agostino. —Tenemos invitados que vienen mañana por la noche. Vito te lo ha dicho, ¿verdad? —Sí. Tendré todo preparado. —Grazie. Hablando de mi hermano, ¿lo has visto? —El señor Vito está comiendo en la cubierta del balneario — dice ella. 51 Figurati. Olvídalo, en italiano. 52 È tutto a posto. Todo está bien, en italiano. Perfecto. Tratar con mi hermano es exactamente la salida que necesito en este momento para descargar mi frustración. Aprenderá a no desobedecer mis órdenes, especialmente cuando se trata de mi prisionera. —Disfruta de tu estancia, mascota —le espeto a mi cautiva mientras salgo. —Muérete, maníaco. —La escucho gritar tras de mí, y mis labios se crispan mientras lucho contra una sonrisa. Una gorra de béisbol me cubre la cabeza al entrar en la carnicería en Napoli. Un hombre está detrás del mostrador, el resto del local vacío. No se trata de vender carne. Mis hombres la utilizan para todo tipo de fines, pero sobre todo para el trabajo más sangriento. Los desagües del almacén de carne facilitan la limpieza. Me quito las gafas de sol y paso a la parte de atrás, con Vito y Massimo detrás de mí. Pietro se reúne con nosotros en el pasillo. —Don D'Agostino —dice, con una respetuosa inclinación de la barbilla—. ¿Come stai? —He tenido días mejores. Acabemos con esto. Empezamos a avanzar y Pietro mira por encima del hombro a mis hermanos. —¡Vito! ¿Qué te ha pasado en el rostro? ¿Te has encontrado con un esposo celoso? Vito tiene fama de acostarse con mujeres casadas, al menos cuando vivíamos aquí. Sin embargo, las heridas de hoy son de mi parte. Golpearlo redujo un poco mi enojo, pero todavía estoy enojado con él por haberle dado a Gia esa manta. Vito se ríe, aunque suena hueco. —Los esposos, se vuelven perezosos y gordos, facilitan que hombres como yo se lleven a sus esposas a la cama. —Una no respuesta, la favorita de Vito cuando está fuera de la familia inmediata. Es lo que lo convierte en el consigliere perfecto. Pietro mantiene abierta la puerta del congelador de carne y todos entramos. —Piensas demasiado con la polla, coglione. —No hay tal cosa —dice Massimo, dándome un codazo—. ¿Verdad, Enzo? No respondo. Massimo me está tocando las bolas, como lo hace desde que le di un puñetazo a Vito en el desayuno. Mis dos hermanos me acusaron de actuar con celos por Gia, lo cual es absurdo. Mi polla la desea, pero ¿celos? No, la necesito miserable y asustada, incapaz de dormir por la noche y agotada de tanto preguntarse cuándo la mataré. Cuando sea una cáscara rota de mujer, llamaré a Fausto y le dejaré ver a mi cautiva. Entonces me dará lo que pida, o rebanaré a su cuñada y la arrojaré al mar como si fuera carnaza. Pero hay otros asuntos en este momento. Como descubrir por qué el primo de mi esposa muerta me traicionó. Andrea cuelga de un gancho para carne por sus manos atadas, con la cabeza colgando. Las puntas de sus pies apenas rozan el suelo, y sé por experiencia propia cuánto duele esta posición cuando no puedes soportar el peso de tu cuerpo. Ravazzani me había dejado en esa posición durante días. Incluso ahora no puedo levantar los brazos por encima de la cabeza sin sentir una punzada de dolor. Pero hoy no siento absolutamente nada mientras me acerco a mi presa, dispuesto a masacrarlo. —Cugino53 —digo, y Andrea se sobresalta por la sorpresa. Excelente. 53 Cugino. Primo, en italiano. Lo agarro del cabello y echo su cabeza hacia atrás hasta que puede verme el rostro. —He oído que has estado ocupado —gruño—. En Pozzuoli. —No sé nada —resopla. No le creo. Los hombres culpables suplican de forma tan convincente como los inocentes cuando se sienten amenazados. —¿Cuántos favores, Andrea? Un gemido escapa de su boca, sus párpados se cierran. Sacudo su cabeza como un muñeco de trapo. —¿Cuántos favores te he hecho desde que me casé con tu prima? —Le doy una bofetada en la cara y sus ojos se abren—. ¿Veinte? ¿Treinta? Me pides que te preste dinero. Te conseguí la casa en San remo para ti y tu amante. Más responsabilidad en la 'ndrina. Una parte del imperio del fraude. Te apoyaste en tu conexión con Angela para conseguir más y más de mí. Extiendo la mano y alguien desliza el mango de un cuchillo en mi palma. Lo aprieto y pongo la punta del cuchillo bajo el ojo derecho de Andrea. —¿Y qué has hecho para pagarme, cugino? Le dijiste a Ravazzani dónde encontrarme... —¡No! —Se debate como un pez en un anzuelo, pero no lo dejo ir. El acero perfora su carne y la sangre corre por su mejilla. —Sujétenlo —les digo a mis hermanos. Massimo y Vito sujetan los hombros de Andrea para estabilizarlo. —Por favor. Madre di Dio —gime Andrea. —Tu Dios no te salvará ahora. Solo yo. Así que dime qué hiciste. ¿Cómo hiciste llegar el mensaje a Ravazzani? —¡Lo juro, no fui yo! —Casi lo grita, con el rostro blanco de dolor. Me inclino y muevo la punta del cuchillo hasta justo debajo de su ojo. —Si no me lo cuentas todo, te sacaré el ojo de la cuenca y lo dejaré caer al suelo. Podrás verlo con tu ojo bueno, tu globo ocular inútil tirado en el piso. —Por favor, Don D'Agostino —susurra. Mi paciencia se evapora y le sujeto la cabeza donde quiero, y comienzo a clavar la punta del cuchillo en un lado de la cuenca del ojo. —Espera —se lamenta y me detengo—. El hijo —dice—. Lo conocí en un club. Atónito, doy un paso atrás. —¿Conociste a Giulio Ravazzani en un club? —En aquel momento no usaba ese nombre, pero sí. Giulio Ravazzani dejó la mafia hace años para ir a vivir su vida gay en Europa. Nadie lo ha visto u oído desde entonces. Y créanme, traté de localizarlo. ¿Ahora Andrea dice que se encontró con Giulio en un club y se hizo amigo de él? —Cazzata. No te creo, maldición —gruño, clavándole la culata del cuchillo en la sien—. Estás mintiendo, pedazo de mierda. Andrea se balancea un poco en el gancho, con el cuerpo inerte. ¿Lo he noqueado? —Desnúdalo y échale agua helada. Si tengo que cortarle las bolas para obtener respuestas, lo haré. Cuando finalmente despertamos a Andrea, está desnudo y temblando. Le paso el cuchillo por el pecho, un corte poco profundo que no pone en peligro su vida, pero que escoce muchísimo. —Ahora será mejor que digas la verdad, cugino. O te voy a dar de comer tus bolas de una en una. —Yo... no... miento. —Después de varias respiraciones dice— : Era un club gay. —No eres gay —gruño—. Te he visto con más coños que Vito y Massimo juntos. —¡Oye! —Massimo frunce el ceño, ofendido. Lo ignoro. —Me gustan las mujeres, pero... a veces dejo que los hombres me la chupen. Miro a Vito en busca de confirmación, pero mi hermano se limita a encogerse de hombros. Vuelvo acercarme a Andrea. —¿Estás diciendo que te has follado al hijo de Ravazzani? —No. Llevo a Bianca conmigo. Le gusta ver a los extraños... chuparme la polla. —Nada de esto importa, mierda —digo, golpeando su pecho de nuevo—. No me importa a quién te gusta follar. ¿Cómo me has traicionado,Andrea? Escúpelo antes que te corte en pedazos. —Alguien grabó un vídeo mío con un desconocido. Me estaban chantajeando. Le pedí ayuda a Giulio. —¿Ayuda con qué? —El hombre que me estaba chantajeando. Giulio lo mató. Con el pulgar, presiono el hombro dislocado de Andrea y lo escucho aullar durante unos minutos. Cuando se calma lo suficiente, le digo: —¿No pensaste en acudir a mí, tu primo y capo? —Mi dispiace54—solloza—. No quería que nadie de aquí se enterara. —¿Dónde fue eso? —En Ámsterdam. ¿Giulio Ravazzani, en Amsterdam? Lo guardo para más tarde. —¿Qué nombre estaba usando? —Gabriel Sánchez. Español. Inteligente. Lo suficientemente cerca del italiano como para no llamar la atención. Andrea sigue llorando. —Por favor, no sé nada más que eso. Vuelvo a presionar su hombro, esta vez con más fuerza. Cuando los gritos se apagan, le gruño al oído: —Yo decido cuándo hemos terminado, pezzo di merda. ¿Dónde lo conociste? —En un café. En algún lugar cerca de Sarphatipark. —¿Y a cambio de hacer desaparecer tu problema te pidió mi paradero? —Por favor, Don D'Agostino. No tuve otra opción... No necesito escuchar más. Le corto la garganta con un movimiento limpio, cortando las arterias y dejando que se desangre. Le indico a Pietro que termine con Andrea, y luego me dirijo a mi consigliere mientras hago lo posible por limpiarme las manos. —Consigue sus aparatos electrónicos. Quiero que los envíen a Munich. A ver qué pueden encontrar los chicos en ellos. —Giulio 54 Dispiace. Disculpa o perdón, en italiano. es demasiado listo para eso, pero vale la pena comprobarlo—. Luego que empiecen a buscar cualquier rastro de Gabriel Sánchez en Ámsterdam. —Lo haré —dice Vito asintiendo. Cuando empiezo a salir, pregunta—: ¿Adónde vas? —A ver al cura. El rostro de Vito expresa su descontento, pero sabe que no debe intentar detenerme. —Ve con él —le dice a Massimo. Me dirijo a la parte trasera de la carnicería y salgo al exterior. Ésta conduce a un callejón por el que puedo acceder a una puerta lateral de la iglesia. Entro y me encuentro con unas vidrieras familiares y un roble reluciente de cientos de años de antigüedad. El aire cambia de inmediato, volviéndose quieto y rancio. Es como si el tiempo se hubiera detenido aquí, la iglesia católica está tan arraigada en el pasado que todo lo moderno había pasado de largo. Solía encontrarlo reconfortante, un lugar para tranquilizar mi mente. No me gusta la religión en sí, pero disfruto de la rutina, del alivio de saber lo que va a pasar. La familia D'Agostino ayudó a construir esta iglesia y yo envío cantidades impías de dinero aquí cada año, aunque ya no soy un visitante habitual. Mis zapatos no hacen ruido en el viejo suelo de mármol. Sin embargo, Massimo hace mucho ruido, así que sin duda el padre Valerio sabe de nuestra presencia. Hace tres años que no vengo. Ya era hora de hacerlo. Las estatuas de los santos me miran fijamente mientras me deslizo en el confesionario y cierro la puerta, y luego me arrodillo, con la madera desgastada clavándose en mis rodillas. Penitente, cruzo las manos y espero. Minutos después, escucho que la otra puerta se cierra suavemente. —Buongiorno55, Lorenzo —saluda el padre Valerio tras abrir la mampara—. Ha pasado mucho tiempo. —¿Cómo está tu artritis? —Bene, grazie. ¿Empezamos? —Sí. —In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti —dice y ambos hacemos la señal de la cruz—. Amén. Inclino la cabeza. —Bendígame, Padre, porque he pecado. Han pasado tres años y cuatro meses desde mi última confesión. —Fue justo después de enterarme de la muerte de mi esposa. Llegué a altas horas de la noche y desperté a Valerio de la cama para que me confesara, necesitando purgar la culpa y el dolor de mi corazón. No había funcionado. —Nuestro amoroso y misericordioso Dios está siempre dispuesto a escuchar tus pecados, hijo mío. Confía en su perdón. —He matado a un hombre hace veinte minutos. El padre Valerio se aclara la garganta con delicadeza. Pero no es el primer asesinato que confieso, ni será el último. Pregunta: —¿Y estás arrepentido, hijo mío? Casi me rio. —Acabemos con esto, padre, y seguiré mi camino. Y recuerda que no me has visto. Si se lo dices a alguien, tu collar no te salvará de mi castigo. Salgo unos segundos después, con el alma salvada. 55 Buongiorno. Buenos días, en italiano. CAPÍTULO NUEVE GIA A medida que avanza la tarde, comprendo que tengo que salir de este yate. Enzo está desquiciado. Una maldita manta lo ha llevado al límite. Quiere mantenerme encerrada, desnuda y fría, para poder humillarme y torturarme. No sé qué pasará si me quedo. El yate giró ayer, con el sol apareciendo del otro lado. Eso significa que nos dirigimos de nuevo hacia la costa italiana. ¿Por qué? De ninguna manera Enzo cambió de opinión acerca de mantenerme cautiva, así que algo más debe haber sucedido. Cualquiera sea la razón, estoy agradecida. Más cerca de Italia significa más cerca de la ayuda, más cerca de mi hermana y su poderoso esposo. Si de alguna manera puedo volver a suelo italiano, todo lo que tengo que hacer es susurrar el nombre de Fausto y conseguiré un santuario al instante y a salvo de lo que Enzo planee. Pero eso significa meterme en el agua. No estoy segura de poder hacerlo, pero ¿qué opción tengo? No puedo quedarme aquí. Tal vez podré encontrar un pequeño kayak o balsa en algún lugar a bordo. Hablar con Cecilia no me sirvió de nada, así que me dedico a observar. Me fijo en sus hábitos y gestos, en los patrones de sus visitas, buscando una debilidad. Cualquier cosa que pueda aprovechar para liberarme, incluso una simple horquilla que pueda robar de su cabeza. Por desgracia, la mujer es enérgica y eficiente. No hay horquillas sueltas ni clips que pueda utilizar para intentar forzar la cerradura de la jaula. Me apunta con un arma todo el tiempo que estoy fuera de la jaula y nunca me deja sola, ni siquiera para ir al baño. Y entonces tengo mi golpe de suerte. A última hora de la tarde me lleva al baño cuando suena un golpe en la puerta. Cecilia mira por encima del hombro. —Quédate aquí —ordena y desaparece. Santa mierda. Estoy sola. Sé que no dispongo de mucho tiempo. No hay forma de buscar un arma o prepararme, así que hago lo único que se me ocurre en ese instante. Quito el rollo de papel higiénico de la pared, separo el tubo metálico y arranco el resorte. No estoy segura de poder esconderlo en mi mano sin que ella se de cuenta. Cuando intento comprimirlo, el resorte se me escapa de las manos y sale disparado hacia el suelo. Me pongo rígida y me abalanzo sobre el pequeño trozo de metal. Presa del pánico, me lo meto en la boca. Mientras no decida repentinamente que quiere mantener una conversación conmigo, estaré bien. Me tiemblan las manos cuando vuelvo a montar el artilugio, rezando para que se mantenga unido el tiempo suficiente para engañar a Cecilia. Luego me sonrojo y voy a lavarme las manos. Cecilia vuelve y me mira. El resorte metálico me hace daño en las encías, pero me callo. Necesito esto para escapar. Como es de esperar, Cecilia no dice nada mientras me acompaña de vuelta a la jaula. Una vez dentro, coloca un plato y tres botellas de agua en el suelo, y luego asegura el candado. En cuanto sale de la habitación, toso en mi mano para las cámaras y me quito disimuladamente el resorte de la boca. De momento lo pongo bajo el muslo, por si alguien me observa. Hace años que no fuerzo una cerradura. Con la esperanza de descubrir algo escandaloso, como el dinero en efectivo o las drogas de mi padre, aprendí a forzar cerraduras cuando era adolescente,pero solo encontré cajas de aburridos papeles y muebles viejos. Qué decepción. Termino mi cena y me bebo toda el agua. Cuando escape necesitaré mis fuerzas. Mi miedo al mar y mi incapacidad para nadar significan que tengo que encontrar un salvavidas o un dispositivo de flotación antes de poder patear hasta la orilla. Solo Dios sabe cuánto tiempo me llevará, pero tengo que estar preparada. Los minutos pasan. Cecilia vuelve para retirar el plato de plástico vacío y darme más agua. Decido esperar a que todos a bordo se acuesten. Cuando todo está tranquilo, me encorvo, dando la espalda a la cámara, y comienzo a trabajar en el resorte. Necesito que el metal esté lo más recto posible para poder abrir la cerradura. Entonces rompo el metal por la mitad. Es un trabajo difícil, pero solo necesito dos trozos pequeños. Con toda la naturalidad que puedo, doblo una de las piezas para formar un ángulo de 90 grados. Tengo los dedos doloridos y en carne viva cuando termino, pero lo hago. Ahora tengo un pico y una herramienta de tensión. El problema es la cámara. Observar movimientos simples usando mi espalda es una cosa; forzar una cerradura es otra. Vito dijo que solo Enzo vigila mi cámara de seguridad, pero no puede vigilarla toda la noche. El hombre tiene que dormir en algún momento. Tendré que arriesgarme. ¿Qué otra opción hay? Entonces escucho los débiles sonidos de los bajos. Risas... risas femeninas. Santa mierda. ¿Los chicos de D'Agostino están celebrando una fiesta de coños allá arriba? Mis labios se tuercen en una sonrisa. Esto es perfecto. Con suerte, Enzo tiene alguna chica chupándosela y no se dará cuenta de mi huida hasta que sea demasiado tarde, el muy idiota. Espero un poco más. Los necesito borrachos y distraídos. Cachondos y desnudos. Así que escucho y me estiro, dándole todo el tiempo que me atrevo. Luego me pongo a trabajar. La cerradura de la jaula es del tipo que se puede comprar en una ferretería, pero es la misma que mi padre había usado en su gabinete de licores allá en Toronto. Solo me lleva unos minutos recordar cómo manipular los pasadores. Una vez que los tengo en su sitio, giro la herramienta de tensión y la cerradura se abre de golpe. ¡Mierda, sí! Salgo de la jaula tan silenciosamente como puedo. Cierro los ojos y me concentro en mi respiración. Me preparo para que me descubran en cualquier momento, para que Enzo entre como un toro y me meta en la jaula. No entra nadie. Por lo que puedo ver, Cecilia no ha cerrado la puerta de la cabina cuando se fue. Probablemente pensaron que la cerradura de la jaula sería suficiente para retenerme. O quizás esta puerta no tiene cerradura por fuera. No lo sé, pero rezo mientras giro el pomo. Está abierta. Santa mierda. Vamos, hijos de puta. Lentamente empujo la madera para abrirla, echando un vistazo para asegurarme que el pasillo está despejado. No hay nadie, gracias a Dios. Desnuda, me pongo de puntillas por el pasillo y subo las estrechas escaleras. Necesito encontrar una balsa sin que me vean ni me escuchen, y el mejor lugar para hacerlo es probablemente la cubierta más cercana al agua. Desgraciadamente, por el ruido, allí es exactamente donde se celebra la fiesta. Es demasiado arriesgado. En su lugar, me dirijo a la parte delantera del yate. Tiene que haber algo que me sirva para mantenerme a flote, aunque sea un salvavidas. Bordeo la cocina, que está oscura, y me acerco a la proa. La distribución del yate no es exactamente como la de la embarcación de Fausto, aunque es igual de bonita. Madera brillante y paredes de color crema, todo ordenado y lujoso. Nada más que lo mejor para secuestradores y asesinos. Me deslizo por una puerta y acabo en una oficina vacía. ¿La de Enzo? Hay dos escritorios con monitores de ordenador y una barra contra una pared. Una camisa de vestir de manga larga está tirada sobre el respaldo de una de las sillas, así que la tomo y me la pongo. La costosa tela me parece celestial después de haber estado desnuda y con frío durante tanto tiempo. Lo siguiente es un dormitorio. Vaya, esto es una puta maravilla. Tiene una pared de ventanas que dan a una cubierta... ¡Mierda! Me agacho. Hay gente en la terraza. Manteniéndome perfectamente quieta, escucho, petrificada de ser descubierta mientras los espío. Un hombre joven, probablemente de unos veinte años, está allí, con una mujer desnuda en su regazo. Se inclina y esnifa polvo blanco... supongo que cocaína... de sus tetas. Qué elegante. Otro hombre está en el jacuzzi. Es Vito, y no está solo. Hay dos mujeres allí con él, una que claramente esta montando su polla en el agua y otra sentada a su lado, besándolo. No veo a Enzo. Eso me preocupa. Tal vez está en uno de los dormitorios, prefiriendo la privacidad para sus momentos de sexo. Ese no parece ser su estilo, pero ¿qué sé yo? Tengo que llegar al otro extremo del yate. Si salto por la borda aquí, entraré en pánico y me ahogaré. Mi corazón ya está acelerado dentro de mi pecho, mi respiración es superficial y rápida, como si no pudiera obtener suficiente aire. Cálmate. Puedes hacerlo. Volviendo sobre mis pasos, me deslizo hacia el exterior, agarrándome a la barandilla con fuerza mientras avanzo por las ventanas que rodean el comedor vacío. El viento me azota el cabello y sopla a través de la fina camisa que llevo, y la música se hace más fuerte. El agua brilla con un inquietante color turquesa alrededor de las luces del yate bajo la superficie. Se me pone la piel de gallina al contemplar lo que acecha en aquellas profundidades, pero tengo que arriesgarme. No voy a volver a esa jaula. Me acerco a las escaleras y me detengo. Enzo. ¡Mierda! Está sentado en el pequeño sofá, frente a mí. Por suerte, tiene los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás mientras una mujer está de rodillas entre sus piernas, con las manos atadas a la espalda, haciéndole una mamada. Es lo más relajado que lo he visto, su rostro inundado de placer. Tiene los dedos en el cabello de la mujer mientras guía sus movimientos, mostrándole lo que le gusta. Profundo y áspero, por lo que puedo ver. Ni siquiera la música alta puede ahogar los gemidos de la mujer mientras lo chupa, vendiendo realmente la vibración de estrella porno que Enzo sin duda requiere de sus amantes. Tal vez la visión de una mujer de rodillas, suplicando, me excita. No debo mirar. Pero no puedo apartar la vista. El calor me recorre las venas mientras me quedo allí, paralizada. Me digo a mí misma que es solo sorpresa y vergüenza, pero sospecho que es algo más. Me imagino que soy yo en su lugar, de rodillas entre sus piernas, obligada a meter su gran polla en mi garganta y a chuparla. Mierda. Realmente necesito salir de aquí. Solo hay una cosa que puedo hacer. Antes que pueda pensarlo mejor, agarro un cojín de una silla cercana, me subo a la barandilla y me dejo caer al abismo. ENZO Un pequeño chapoteo corta el ruido de mi cerebro y mis párpados se abren de golpe. Me alegro de la interrupción. Mi mente se había desviado involuntariamente hacia pensamientos sobre mi cautiva desnuda bajo cubierta durante esta mamada, deseando poder follar su rostro en su lugar. Aparto a Helene de mi polla y me pongo de pie. Ella no dice nada ni se mueve, simplemente me mira con grandes ojos curiosos. —Attendez56 —le digo en francés, mientras me meto la polla en los jeans y me alejo. Cuando llego a un lateral, sé al instante lo que ha pasado. Mis músculos se tensan de furia y sorpresa, la visión de esos largos miembros y ese cabello oscuro en el agua es como una sacudida de 56 Attendez. Espera, en francés. electricidad en mi corazón. Se agita, no nada realmente, se aferra a un cojín. ¿De verdad cree que podrá llegar atierra de esta manera? Entonces pierde el agarre al cojín y desaparece bajo la superficie. Finalmente me doy cuenta. No sabe nadar. ¡Cazzo! No me paro a pensar. Me subo a un costado y me zambullo. El agua está fresca, mis jeans absorben la humedad como una esponja para pesarme. Pateo con fuerza hacia la superficie, encuentro su cabeza meciéndose en la tenue luz y comienzo a nadar hacia ella. Cuando vuelvo a mirar hacia arriba, no la encuentro. ¡Minchia57! No, es inaceptable. No voy a dejar pasar esto tan fácilmente. Es demasiado perfecto, y yo he llegado demasiado lejos. La necesito viva para consumar mi venganza. Alejo de mi mente cualquier otra razón posible. Entonces aparece, su desesperado grito de aire ondula en el agua y me congela la sangre. Nado furiosamente, apresurándome a alcanzarla antes que se hunda de nuevo. Cuando llego al lugar donde la vi por última vez, ha desaparecido. El agua salada me escuece los ojos mientras nado y la luz de la luna no me ayuda. Pero entonces las puntas de los dedos rozan finos mechones de cabello. La agarro tan fuerte como puedo y la atraigo hacia mí. Una vez que tengo mi brazo alrededor de su cintura, lucho hacia la superficie. Nos abrimos paso y aspiro aire, Gia hace lo mismo a mi lado. Ella no se resiste mientras nado hacia la parte trasera del yate. Una vez allí, rodeo la escalera metálica con sus brazos. 57 Minchia. Mierda, en italiano. —Sujeta esto —grito, y luego subo a la plataforma. Girando, la arrastro rápidamente junto a mí, donde se desploma, con los ojos apretados. Jadeo y trato de recuperar el aliento, observándola atentamente mientras empieza a toser. —¿Por qué? —dice entre carraspeos—. ¿Por qué me has salvado? Me paso una mano por el rostro mojado y considero la pregunta. La verdadera respuesta es... turbia. Quiero decir que es porque ella es una moneda de cambio, demasiado valiosa para perderla. Pero la verdad probablemente tiene más que ver con la propia mujer y con esa malsana fascinación que parece crecer cuanto más estoy en su presencia. Pero nunca lo admitiré. —Te lo dije. Venganza. —Me arrodillo y la levanto. Las lágrimas caen por su rostro y se queda sin fuerzas en mis brazos. Insólitamente, algo en mi pecho se revuelve, una parte de mí, muerta hace tiempo, vuelve a la vida ante su derrota. No quiero que sea derrotada. Quiero que luche y me desafíe. Nada de esto tiene sentido, pero hace tiempo que he dejado de intentar comprender el funcionamiento de mi cerebro después del calabozo. Aquel lugar me había alterado, como si hubiera reordenado mi ADN, y antes no había sido precisamente un hombre sensato. Ahora soy un desastre de hombre. Pero mientras sostengo a una Gia desnuda y temblorosa contra mi pecho y la subo al yate, sé exactamente a dónde la llevo. Helene no dice nada cuando paso y agarro una manta del sofá. —Quédate aquí —le digo, y envuelvo a Gia con la manta lo mejor que puedo sin acostarla. Cuando paso por el puente, aparece un miembro de la tripulación. Su mirada se amplía cuando me ve, empapado y cargando a Gia. —Don D'Agostino. ¿Está usted bien? —Que envíen té caliente a mi camarote. Asiente y desaparece. Sigo hacia la proa y entro en mi dormitorio. Todavía con Gia en brazos, me dirijo hacia el jacuzzi de mi cubierta, donde mis hermanos están de fiesta con sus mujeres. —Fuera de aquí, maldita sea. —Me miran como si no pudieran creer lo que están viendo—. ¡Fuera! —grito, sin querer dar explicaciones—. Vayan al otro extremo del yate. Massimo se quita suavemente a la chica de encima, dejándola en la cubierta, y luego agarra su bebida y su cocaína antes de irse. Vito susurra a las mujeres que están con él en el jacuzzi y salen, se ponen la bata y desaparecen. Se rasca la mandíbula pensativo, observándome. No quiero escuchar lo que mi hermano tenga que decir. Girando sobre mis talones, me dirijo al baño y abro el agua caliente de la ducha. Gia se estremece contra mi pecho, incluso bajo la manta, y sospecho que el susto es la causa, no el frío de la inmersión. Vito tiene una toalla enrollada en la cintura cuando aparece en la puerta del baño. —Enzo... —No quiero oírlo, maldición —espeto. Gia se estremece, aunque dudo que entienda el italiano. Más bien reacciona a mi tono. Suavizando mi voz, le digo a Vito—: Más tarde. Él suspira y cierra la puerta, y entro en la ducha completamente vestido con Gia aún en brazos. La sostengo bajo el chorro y el vapor hasta que susurra: —Por favor, bájame. Con cuidado, la pongo de pie, pero no la suelto. La sostengo por la cintura, sujetándola, mientras intento no mirar la forma en que las gotas de agua caen en cascada sobre su esbelto cuerpo, deslizándose por los regordetes montículos de su culo y bajando por sus largas piernas. —Deja de mirarme el culo. —Se apoya en el azulejo, enterrando su rostro entre los brazos, escondiéndose de mí—. Dios, por favor. Déjame en paz. Sus hombros tiemblan y sospecho que la causa son más lágrimas. En un instante me quito la ropa mojada y la tiro al suelo del baño. Agarro el champú y le echo una buena cantidad en la cabeza, luego empiezo a aplicárselo en los largos cabellos. —¿Qué estás haciendo? —pregunta por encima del hombro. ¿No es obvio? —Lavándote el cabello. —Quiero decir, ¿por qué estás siendo tan amable conmigo? No estoy seguro. Si fuera inteligente, la metería de nuevo en la jaula, la cerraría tres veces y tiraría la llave. Pero no puedo hacerle eso, al menos no ahora. Le masajeo el cuero cabelludo, haciendo espuma con el champú, y ella gime. El sonido se dirige directamente a mi polla, haciendo que mis bolas, ya llenas, pesen aún más. En lugar de eso, intento concentrarme en su cabello, enjuagándola suavemente bajo el chorro de agua. —¿Sabes nadar? Unos ojos rojos y sospechosos se dirigen a los míos, como si estuviera evaluando si debe ser sincera o no. —No. Casi me ahogo cuando tenía ocho años. Después de eso no he vuelto a sumergirme. —¡Cristo! ¿En qué estabas pensando al tirarte al agua de esa manera? Una chispa ilumina su mirada, una que me es familiar. —Oh, no lo sé. Tal vez en que quería escapar de mi jaula por cualquier medio, aunque significara morir. Sacudiendo la cabeza, alcanzo el acondicionador. Ella se queda aquí, inmóvil, dejando que la atienda. —No quieres decir eso. —¡Sí, lo digo en serio! —Me empuja el pecho desnudo—. Lárgate de aquí, Enzo. Espero que la bilis me llene la garganta por el contacto, pero no lo hizo. ¿Che cazzo? Se aparta de mí. —Por favor, te lo ruego. Por el amor de Dios, déjame en paz cinco minutos. Estudio su espalda, con una extraña decepción instalada entre mis omóplatos. ¿Debería quedarme? Algo me dice que no me vaya, pero no puedo pensar con claridad con ella desnuda y mojada, a escasos centímetros de mí. Inseguro, me enjuago y salgo de la ducha, luego me ato una toalla alrededor de la cintura y salgo del baño. Me pongo unos pantalones cortos deportivos, pero no me molesto en ponerme una camiseta. Llega el té, así que hago que dejen la bandeja sobre la mesa. Luego tomo mi teléfono y le envío un mensaje a Vito para que averigüe exactamente cómo se escapó mi cautiva. Quiero respuestas. No puedo volver a meterla en la jaula, no hasta que sepa que puedo contenerla. Pero, ¿realmente la mantendré aquí? ¿Conmigo? Una mujer no ha dormido en mi cama desde Mariella y mi esposa. ¿Y si tengo una pesadilla? Es un riesgo demasiado grande. No, yo sujetaré a Gia y luego dormiré en mi oficina de abajo. Pienso en su cuerpo desnudo en mi cama, en su aroma en mis sábanas, y puedo sentir que me pongo nervioso de nuevo. Es luchadora, imprevisible. Domarla será un reto que disfrutaré enormemente. Será un polvoincreíble. Casi se me cae la baba. Gruñendo, me tiro del cabello. ¿Qué diablos estoy haciendo? ¿Pedirle un té? ¿Ayudándola a ducharse? ¡Intentó escaparse de mí! Debería estar dándole unos azotes en el culo y encadenándola a la pared en su calabozo improvisado. Soy patético, jadeando tras el coño de esa chica. Debes ser fuerte, Lorenzo. Más fuerte que todos los demás. Las palabras de mi padre siguen resonando en mis oídos todos estos años después. Se pondría furioso si me viera pensando en esa chica, mi enemiga. Esto tiene que terminar. Me levanto y llevo la bandeja del té al pasillo. Luego busco un par de esposas y me siento en la cama a esperar. CAPÍTULO DIEZ GIA Las lágrimas son una pérdida de tiempo. Lógicamente, lo sé. Pero la conmoción de estar a punto de ahogarme combinada con la inesperada ternura de Enzo después de rescatarme... por no hablar de la pérdida de mi mejor oportunidad de escapar... es demasiado para soportar. Mis lágrimas se mezclan con el agua mientras me pregunto qué va a pasar ahora. ¿Me volverá a meter en la jaula? También hay cadenas en la pared de esa habitación. Tal vez las use esta vez. Decida lo que decida, sé que Enzo no me dará otra oportunidad de liberarme. Estoy atrapada en este yate, a su merced. Exhalando, cierro los ojos y trato de reunir fuerzas. Dejo que el agua caliente empape mis músculos mientras dejo de lado el horror de casi ahogarme una vez más. Dios, ¿por qué me he metido tan imprudentemente? Emma se pondría furiosa conmigo por haber estado a punto de morir. Cuídate, Gigi. Lo siento, Em. Lo haré mejor. De acuerdo, bien. Así que Enzo me tratará como basura hasta que se me ocurra algo. Tal vez deba intentar seducirlo. Lo consideré antes, la noche que me alimentó de rodillas. Probablemente no necesitaría mucho estímulo para tener éxito... pero ¿a qué precio? ¿Qué parte de mi alma estoy intercambiando para acostarme con el enemigo de mi familia? Al final no importa, porque no tengo otra jugada. Enzo no sentirá piedad, ni remordimientos por la violencia que me infligirá. No estoy segura de cuál es su objetivo, pero tampoco parece estar interesado en obtener ningún tipo de rescate. Solo quiere hacerme sufrir. La puerta del baño se abre de golpe y me pongo en guardia. ¿Qué demonios? Un Enzo sin camiseta entra furioso, con el rostro como un trueno. Abre la puerta de la ducha y cierra el agua. —Sal. —¿Qué estás haciendo? No he terminado... —Me agarra del brazo y me saca de la ducha. Goteo por todo el suelo de baldosas y mis pies resbalan—. ¡Oye! Suéltame, neandertal. Me ignora. Intento clavar mis talones mojados mientras me arrastra fuera del baño, pero él es más grande y más fuerte. Entramos en el dormitorio y me arroja sobre la cama como si no pesara nada. Sus ojos son... aterradoramente salvajes. El miedo me invade y el instinto me hace luchar para escapar, pero él es más rápido. Me agarra por el tobillo y tira de mí hacia atrás, luego me acomoda para que mi cabeza esté sobre la almohada. ¿Qué está planeando? La mirada despiadada que tiene en su rostro dice que no es noche de películas y palomitas en la cama. —Suéltame. Deja de maltratarme. —Deja de retorcerte. Te vas a quedar aquí. ¿Aquí, con él? ¿Habla en serio? Mientras lidio con el shock de esa declaración, algo metálico se cierra alrededor de una de mis muñecas y me doy cuenta de lo que está pasando. Me está esposando a su cama, ¡Maldita sea! —¡Basta ya! —Lucho, pero es demasiado tarde. Estoy atada. Se ríe cuando mi pie conecta con su cadera. —Sigue arañando, micina. Me gusta. —Seguro que sí, psicópata. —Me retuerzo y giro, pero el metal se clava en mi carne, haciéndome estremecer. Enzo se deja caer en la cama, con sus manos presionando mis muslos para que no pueda moverme. Se cierne sobre mí, este gran mafioso italiano, y mis ojos se arrastran por su torso. Odio admitirlo, pero su cuerpo es jodidamente impresionante. La piel aceitunada, llena de cicatrices y áspera, se tensa sobre los músculos abultados, haciéndolo parecer un violento guerrero de antaño. La cantidad perfecta de vello oscuro le salpica el pecho, y su abdomen es una cordillera de crestas y protuberancias. Guau. No sé qué pensar de este hombre tan confuso. Había sido tan amable conmigo, llevándome a la ducha y lavándome el cabello. Ahora me está encadenando a su cama. ¿Me odia o quiere cuidarme? ¿Y por qué no dejó que me ahogara? Sus labios se tuercen cruelmente y su mirada brilla. —Me gustas así. Indefensa y a mi merced. Tal vez debo sujetar tus dos manos. —No te atrevas, imbécil. —Hmm. ¿Preferirías volver a tu jaula en su lugar? —Sí —miento, mientras me esfuerzo por recuperar el aliento. —No te creo, y no importa. Me gusta que estés aquí, atada a mi cama. Mis sábanas olerán a tu coño. —Su mirada recorre lentamente mi cuerpo desnudo y la piel se me pone de gallina. —¿Es aquí donde me agredes sexualmente? —Dios, ¿por qué pregunté eso? Ahora estaré pensando en ello. —No voy a tocarte. —Tus ojos locos y el bulto en tus pantalones cortos dicen lo contrario. —Ambos son imposibles de ignorar. —Interrumpiste mi mamada esta noche. Estaba recordando la boca de Helene y lo bien que se sentía envuelta en mi polla. —Mentiroso. Estabas en el agua fría, así que esto no es una sobra de tu amiga de alquiler de arriba. —Esa amiga de alquiler es una actriz francesa. Pongo los ojos en blanco. —Debe serlo para hacerte creer que realmente disfrutaba chupándote la polla. Un sonido de asombro escapa de su garganta. —Madre di Dio. Tu boca no es más que un problema. Si la seducción es el único camino que queda, ahora es mi oportunidad. Tengo que aprovecharla. Le dirijo lo que espero que sea una sonrisa traviesa. —Bueno, me han dicho que mi boca es buena para algunas cosas. Se queda inmóvil, con las cejas fruncidas, como si estuviera intentando descifrar mi coqueto comentario. El viento azota las ventanas mientras el yate se mece suavemente en el agua, pero ninguno de los dos habla. Vamos. Sabes que me deseas, Enzo. Solo necesito que me quite las esposas. Entonces podré trabajar mi magia en él. Pronto estará bajo mi hechizo y podré encontrar alguna forma de escapar. En lugar de liberarme, se baja de la cama y se pone de pie. —No te preocupes. Suplicarás por mi polla antes que todo acabe, Gianna. Fuerzo una fuerte dosis de bravuconería en mi voz y digo: —Más bien tú suplicarás, Lorenzo. Se inclina hacia abajo y presiona mis antebrazos para mantenerme quieta mientras su boca se encuentra con mi oreja: —Que empiece el puto juego, micina. Las seductoras palabras son como un narcótico para mi sistema, haciendo que mis músculos se tensen y mi sangre cante. Mi núcleo se aprieta, y me pregunto sinceramente si acabo de cometer un grave error. Ahora verá esto como una especie de desafío. No deberá ser difícil superarlo. Estoy segura que puedo mantener la ventaja y hacer que me desee más que yo a él. ¿Qué tan difícil puede ser cuando su polla reacciona así durante nuestras breves interacciones? Me desea tanto. Pobre mafioso. Voy a destruirlo. Entonces se aleja de la cama, hacia la puerta, y veo cómo se mueven los músculos de su espalda. Maldita sea, está muy bien dotado. ¿Hay un gimnasio en este yate? Concéntrate, Gia. Respiro profundamente. Tengo una batalla por delante y no es momento para distracciones. ENZO Me despierto solo, en mi oficina. Anoche me mantuve alejado de ella. Deseaba desesperadamente quedarme a su lado, lo cual es peligroso, así que me obligué a marcharme. Esto me dio un poco de paz. Dando vueltas, me quedo mirando el techo. Cazzo, es la mujer más atractiva que he conocido, pero es su actitud luchadora lo que realmente me excita. Ninguna mujer me habíahablado como ella, insultándome un minuto y coqueteando al siguiente. Me han dicho que mi boca es buena para algunas cosas. La sangre recorre mi longitud, endureciéndome, y me palpo la polla, deseando que se detenga. Necesito mantener el control, controlar el deseo desenfrenado que siento por ella. Me duele por besarla, tomar su boca y pasar mi lengua por sus labios. Quiero saborear esa terquedad y esa columna vertebral, doblegarla poco a poco hasta que se sienta flexible en mis brazos. Es una bonita fantasía. ¿Y no sería la máxima venganza contra Ravazzani, convertir a su cuñada en mi juguete sexual? La tendría de todas las maneras posibles, la convencería que me gusta, hasta que sea completa y totalmente mía. Entonces mostraré mi nueva mascota al mundo entero. Fausto se volvería loco. La idea echa raíces y florece en mi mente, comienzo a trazar los movimientos necesarios para convertir mi plan en una realidad. No creo que vaya a ser difícil. Anoche me echó el ojo cuando la sujeté en la cama, con sus pezones formando puntas apretadas. Obviamente no le repugna mi cuerpo. Empezaré por ahí. La puerta se abre y Vito entra, con una taza de café en la mano. Tiene un aspecto irritantemente renovado, como si se hubiera follado todo el estrés de la noche anterior. Me siento lentamente y me paso una mano por el cabello. —¿Qué hora es? —Justo antes de las siete. Toma. —Me entrega la taza—. Pensé que te vendría bien. Mi hermano sabe que ya casi no duermo. Me anima a tomar pastillas para dormir, diciendo que necesito el sueño, pero me resisto a las drogas. Mi madre había tomado una sobredosis de pastillas para escapar de mi padre después de soportar años de su crueldad. No la había culpado. No, es preferible permanecer despierto hasta que me agote, y luego conseguir una o dos horas de sueño irregular. Cualquier cosa más y mis sueños se llenan de dolor y agonía impotentes. El resultado me deja exhausto pero no cansado, una descripción que solo los que padecen insomnio crónico pueden entender de verdad. Es un cansancio profundo, como si mi mente se arrastrara por el barro. Aun así, es mejor que revivir lo ocurrido en el calabozo de Ravazzani noche tras noche. Gruño de agradecimiento cuando acepto la taza y me trago el ardiente líquido de dos tragos. —¿Las chicas se han ido? —Sí, desde hace dos horas. Massimo sigue desmayado abajo. ¿Cómo está tu cautiva? Viva, supongo. —Sí, está viva. —¿Qué pasó anoche? —Es obvio, ¿no? —Pongo la taza vacía sobre la mesa—. Ella saltó. —¿Y la salvaste en lugar de dejar que se ahogara? —Es demasiado valiosa para perderla, todavía no. —¿Demasiado valiosa o demasiado follable? —Tal vez son dos al mismo tiempo. —¿Ya te la has follado? Me recuesto en el sofá y lo miro con el ceño fruncido. —¿Por qué te importa? ¿Esperas que te toque a ti? Se toma su tiempo para responder, con los labios tensos por la ira. —Porque estás obsesionado con ella, fratello, y no me gusta. —No tiene que gustarte. Solo tienes que hacer lo que yo diga. Por cierto, ¿cómo se ha escapado? —Forzó la cerradura. Cecilia debió haberla dejado sola en el baño porque el resorte del rollo de papel higiénico ha desaparecido. Sin duda eso es lo que usó. ¿Sabe cómo forzar cerraduras? Micina inteligente. —Esto no es divertido, testa di cazzo58 —espeta Vito, señalando con un dedo en mi dirección. 58 Testa di cazzo. Cabeza de polla, en italiano. —No me divierte —gruño—. Y no me presiones, stronzo. Yo decidiré el destino de Gia Mancini, nadie más. No intentes interferir de nuevo. —Señalo su rostro—. O te haré algo peor. Vito se pasa la mano por la mandíbula mientras mira la pared. En voz baja, dice: —Ella te está cambiando. Te está distrayendo. —¿Distrayendo? ¿De qué? ¿de una mamada? —bajo la voz y me encuentro con su mirada—. Sé lo que estoy haciendo, y mi plan hará que Ravazzani se arrodille, te lo prometo. Confía en mí. Lo que sea que ve en mis ojos hace que mi hermano asienta, sus hombros se relajan. —Bien. ¿Me dirás lo que estás planeando? Normalmente confío en mi consigliere, así que no sé por qué de repente tengo el impulso de ocultarle esto. ¿Por qué es ella? La razón no importa. No quiero seguir hablando de Gia, así que cambio de tema. —¿Alguna noticia de Ámsterdam? ¿Han encontrado a Giulio Ravazzani? —Hasta anoche seguían excavando. Gabriel Sánchez es un nombre común. Me levanto y voy a mi laptop. —Quiero enviar a Alessio a Ámsterdam. —Quieres darle un golpe a Giulio. —Sí, y Alessio me debe después de joder el trabajo en Siderno. Alessandro Ricci es el mejor francotirador de Europa. Entrenado por los militares italianos, Alessio se convirtió en un asesino a sueldo y es utilizado por todo el mundo, incluidas las agencias gubernamentales. Le había pagado para que matara a Fausto Ravazzani hace cuatro años, un trabajo que no logró completar. Solo yo sé que ha sido él quien había disparado a Ravazzani, y planeo utilizar esa información para conseguir lo que quiero de Alessio. Que es matar a Giulio Ravazzani. Vito asiente una vez. —En cuanto tengamos la ubicación de Giulio, haré que Alessio tome un avión. —Bien. —Atacaré a Ravazzani por todos lados. Su hijo, su cuñada. Su tráfico de drogas. Todo lo que pueda destruir, lo haré. No será nada cuando termine con él. Envío a Vito por más café e intento trabajar, pero no puedo concentrarme en mi laptop. Peor aún, mis ojos se desvían hacia la aplicación de la cámara de seguridad. Solo yo tengo acceso a las cámaras de mi dormitorio, y la tentación de verla me corroe. ¿Está dormida? La idea de verla acurrucada en mi cama me hace abrir la cámara antes que pueda detenerme. Necesito ver su aspecto mientras duerme, relajada y desprevenida. La imagen se carga y puedo verla, tumbada de lado con un brazo bloqueado sobre la cabeza, con el cabello extendido sobre las almohadas. Puedo entrar ahí y hacerle lo que quiera ahora mismo. La parte violenta de mi cerebro me dice que rodee su garganta con las manos y la estrangule. La otra parte me insta a deslizarme detrás de ella, levantar su pierna y meterle la polla en el coño. Hacerla gemir y gritar mi nombre. Dio, me gusta esa idea. Pero no lo haré. Se trata de doblegarla, de hacerla rogar, dispuesta a hacer lo que yo quiera. Tengo que ser paciente. El resultado final valdrá la pena. Sin dudar de mi decisión, cierro la cámara de seguridad y mi laptop, y salgo de la oficina. Bajo y me dirijo directamente a mi habitación. Verla en persona es mucho mejor que en la computadora. Los ojos de Gia están cerrados, con sus largas pestañas apoyadas en las mejillas, y su respiración es uniforme y constante, suave y confiada. Mozzafiato59. ¿Por qué es tan condenadamente bella? Me estiro en la cama junto a ella, pero no la toco. Luego cruzo las manos detrás de la cabeza y espero. La luz de la mañana inunda ahora la habitación y dudo que ella duerma mucho más. Muy lentamente, se acerca a mí. Primero sus pies se rozan con mis piernas, sus dedos buscando. Cazzo, su piel es tan suave. Respiro hondo, esperando que el pánico se apodere del toque ajeno, pero nada. No lo entiendo. ¿Es porque está dormida? No, porque también me tocó en la ducha. Un minuto más tarde, se desplaza hacia atrás y se aprieta contra mi costado, su culo se acurruca en mi cadera y la sangre acude a mi polla. Huele como mi gel de baño, con un toque de tomillo y almendras. No puedo evitar rodar hacia ella, dejar que mi gorda longitud se encaja entre aquellas nalgas regordetas. Cristo santo, su culo es perfecto. Ella rogará que mi polla llene ese apretado agujero. Lo sé en el instante en que se despierta. Su respiración cambia y sus músculos se tensan ligeramente. —Buongiorno,mia prigioniera. —Mi prisionera. Ella se pone rígida. —¿Qué estás haciendo? 59 Mozzafiato. Impresionante, en italiano. —Estaba aquí tumbado cuando te acurrucaste a mi lado. Frotándote contra mí como una gatita. —Mentira. Nunca lo haría. —¿Debo mostrarte el video de seguridad para probarlo? —¿Estás grabando esto? —Su cabeza se inclina mientras trata de localizar la cámara. —Hay cámaras por todas partes en este yate, micina. —Paso mi mano por su muslo—. Pero no te preocupes. Solo yo tengo acceso a las cámaras de mi camarote. —¿Me estuviste observando anoche? No había estado, no anoche, pero ella no necesita saber eso. —Sí. —Eres un maldito enfermo, Enzo. Sé que esto es cierto. —Apuesto a que te gusta la idea que te mire. Ciertamente diste un espectáculo para las cámaras cuando estabas en esa jaula. Intenta alejarse de mí y la dejo. No irá muy lejos, no con su muñeca todavía encadenada a mi cabecera. —Necesito usar el baño. Metiendo la mano en el bolsillo de mis pantalones cortos, saco la pequeña llave de metal y abro su único brazalete. No pierde el tiempo y sale corriendo de la cama como si estuviera en llamas. ¿Su vejiga, o está corriendo asustada? Minutos después escucho que se abre la ducha. Me levanto de la cama y me dirijo al baño. Es el momento de empezar los juegos. Ella ya está en el agua cuando entro. Su cabeza se dirige hacia mí cuando me quito los pantalones cortos. —¿Qué estás haciendo? —Duchándome. —No conmigo. Sal. Abro la puerta de cristal y entro. Ella retrocede, con cuidado de no tocarme, mientras me acerco al chorro. Cerrando los ojos, dejo que el agua llueva sobre mí, mojando mi piel, y puedo sentir su mirada absorbiéndola. Sé que estoy en buena forma. Algunas noches hago ejercicio durante dos o tres horas en el gimnasio del yate. Mi polla está ya medio dura, colgando densamente entre mis piernas. Sin decir nada, alcanzo el jabón y me echo un chorro en las manos. Lo uso en mi cuerpo, lavando mis brazos y mi pecho, ella ni siquiera finge no mirar. Su atención sigue clavada en mis manos, así que reduzco la velocidad mientras me limpio el vientre, arrastrando la espuma por cada cresta muscular, esperando que aparte la mirada. Pero no lo hace. —¿Te gusta lo que ves? —le pregunto. Un rubor se desliza por su cuello, su pecho subiendo y bajando, pero ella me mira con desprecio. —No seas ridículo. No te quiero a ti, ni a ese monstruo. Ahora estoy completamente empalmado, con la longitud apuntando directamente a ella. Me doy un movimiento con jabón. —¿No tienes curiosidad? —¿Curiosidad? ¿Por tu polla? —Toma el jabón corporal y comienza a limpiarse los brazos y los hombros, moviéndose con una eficacia innecesaria—. Sé cómo funciona una polla, Enzo. —¿No eres virgen? —Si esperas arruinarme reventando mi cereza, pierdes el tiempo. No soy virgen desde hace mucho, mucho tiempo. Entonces desliza las manos hacia sus pechos y veo cómo las pequeñas burbujas acarician su piel aceitunada y se enredan en las duras puntas de sus pezones. Mamma mia, quiero lamerla y morderla, limpiarla con mi lengua. Antes de darme cuenta, mi mano está de nuevo en mi polla, apretando. Cuando su mano enjabonada se introduce entre sus piernas, aquel piercing me guiña el ojo, burlándose de mí. Se limpia los pliegues con los dedos, frotándose por todas partes, y no puedo aguantar más. Suelto: —Tengo una propuesta para ti. —Déjame adivinar. Quieres follar conmigo. ¿De verdad crees que soy tan fácil? No, pero estoy seguro de poder seducirla para que coopere. Excepto que no quiero una vez. La quiero ávida de mi polla sin parar, suplicando por ella. —No tiene nada que ver con follar. Tiene que ver con que vuelvas a tu jaula o no. Sé que esto la atraerá. Ella enarca una ceja y luego pasa por delante de mí para enjuagarse con el chorro de agua. El agua resbala sobre su piel y mi lengua se frota contra la parte posterior de mis dientes, la necesidad de ella estrangulando mis pulmones. —¿Qué tendría que hacer? —pregunta. Mi voz esta ronca de deseo cuando digo: —Haz que te corras y déjame ver. CAPÍTULO ONCE GIA ¿Habla en serio? —¿Quieres ver cómo me masturbo? —Sí. —Ahora se está acariciando la polla, los músculos de su brazo se flexionan mientras bombea esa gigantesca vara entre sus piernas. Dios, tiene una polla magnífica y siento un tirón de respuesta en mi parte inferior. Ya estoy mojada... siento la humedad resbaladiza entre mis piernas desde hace unos segundos... pero no he dejado que nadie me vea masturbarme antes. Es algo íntimo, un momento privado para mí y mis fantasías, sin que se permitan hombres reales. Solo los falsos. La idea que alguien lo observe me hace sentir vulnerable, expuesta. Como si me hubieran quitado las capas, eliminando cualquier protección y dejando mi yo más básica y no perversa. —¿Por qué? —pregunto, todavía hipnotizada por su masturbación. —Por la misma razón por la que me estás viendo hacer esto. Es sexy, ¿no? No estoy segura de poder hacerlo, pero tampoco quiero volver a esa jaula. —Necesito entender exactamente lo que estás ofreciendo. ¿Hago que me corra sin tu ayuda y no me vuelves a meter en la jaula? ¿O encadenarme a la pared? ¿O esposar mis manos a tu cama? —Sí. Te lo prometo. Tiene que haber una trampa. Esto es demasiado bueno para ser verdad. —¿Dónde me pondrás? —En una habitación con cama. —¿Y un baño? —Y un baño. Después de las últimas veinticuatro horas eso suena como un hotel de lujo. Y mi plan es seducirlo. Solo que no esperaba que fuera tan fácil. Lo estaré llevando por la polla en muy poco tiempo. Estúpido mafioso italiano. Mis días de ser su prisionera están contados. —De acuerdo. —Ocultando mi sonrisa, alcanzo el pomo de la puerta de la ducha—. Vamos. —No. —Me sujeta el brazo, manteniéndome en la ducha—. Aquí mismo. La ducha es pequeña, su gran volumen ocupa la mayor parte de la habitación. Me sentiría más cómoda en una cama con Enzo de pie, muy lejos, pero percibo por la mirada salvaje de sus ojos que esa idea no funcionará. —Cambia de lugar conmigo, entonces. Nos cruzamos y dejo que mi culo roce su muslo. Lo siento respirar y tengo que reírme. Ja, ja. No tiene ni idea de a quién se enfrenta, ¿verdad? Enzo no dice nada, solo se mueve hacia el chorro mientras me dirijo al extremo opuesto de la ducha. Su mandíbula está tensa mientras me observa, con la mano de nuevo en la polla, acariciándola. —Ahora, micina —susurra, un suspiro como una brizna de vapor en el aire—. Déjame ver cómo trabajas tu clítoris. —Deja de hablar. —Cierro los ojos y trato de silenciarlo mientras deslizo mis manos entre mis piernas—. Necesito fingir que no estás aquí. —Cazzata. Te gusta ver cómo trabajo mi polla. Abre los ojos. —No —digo tercamente. —Hazlo, o el trato se cancela. Mis párpados se abren de golpe y lo miro fijamente. —Imbécil. —Clavo mi mirada en su polla y trato de no pensar a quién está unida. Mi coño está hinchado, resbaladizo. Preparado para el sexo. Me toco el piercing, burlándome, y escucho a Enzo gruñir en su garganta. Empiezo hacer círculos con los dedos, con la joya clavándose en las puntas de los dedos. Mi clítoris palpita, asomando detrás de su capucha, y me froto mientras veo cómo su puño aprieta la cabeza de su polla. Una gota de humedad aparece en la punta y él utiliza su pulgar para untarla por toda la cabeza. Me lamo sin querer los labios, preguntándome por su sabor, y olas de calor recorren mis miembros, instalándose en mi núcleo. —Toccati —murmura—. Apri le gambe. —En inglés, stronzo. —Tócate y abre las piernas, troietta. Putita. Dios, quiero odiarlo por eso, pero una ráfaga de calorme desgarra. —Jesús —susurro, mientras abro ligeramente las piernas—. Eres un idiota. —¿Te gusta que te insulten, Gianna? —Suelta su polla y coloca sus manos a ambos lados de la ducha, exhibiéndose para mí—. ¿Te gusta que te tiren del cabello? ¿Te gusta recibir la corrida de un hombre en tu rostro? Mierda, cuando pregunta esas cosas con su voz grave con acento italiano, suena a puro sexo. Sin duda, Enzo folla como una bestia, duro y sucio. Yo aún no he experimentado eso. Los hombres con los que he estado me trataban con educación, como si fuera de cristal. Mi relación de cinco meses con Grayson había sido la más larga, y la mayoría de las veces había terminado en el baño después. Una vez le pedí que me azotara y me dijo que no quería degradarme de esa manera. Algo me dice que Enzo no tendría problema en cumplir esa petición. Excepto que no pienso dejar que tenga la sartén por el mango. —¿Es eso lo que te gusta hacer a las mujeres en la cama, Don D'Agostino? Ignorando mi pregunta, se queda mirando mi mano entre las piernas. —Me gustaría que estuvieras sentada en mi rostro ahora mismo. Te lamería y te mordería, te chuparía el clítoris hasta que te desmayaras. Quiero tirar de tu piercing con los dientes hasta que te escueza, y luego hacer que te corras tan fuerte que te chorrees sobre mí. Jesús, mierda. Mis dedos se mueven más rápido, mi placer subiendo, expandiéndose. Me quedo mirando su ancha polla, que sobresale orgullosa de su cuerpo, meciéndose en el vapor, con su piel lisa y sus venas a lo largo de los lados. La cabeza está enrojecida y redonda, goteando líquido nacarado. Imagino que ese grosor me perfora en mi interior, me parte por la mitad y me llena, más de lo que había sentido nunca. Mi coño se aprieta alrededor del vacío y gimo. —Usa tus dedos dentro de tu coño —dice—. Imagina que soy yo. Es como si pudiera ver mis pensamientos. Meto dos dedos en mi canal, ansiando ese ardor al estirarme por primera vez, y bombeo hasta que los dedos están completamente dentro. Jadeo, con los párpados tan pesados que ahora son ranuras. —¿Te gusta eso, no? —ronronea—. Dime, micina. —Me gusta. —¿Deseas que esa sea mi polla? Me lamo los labios mientras miro su erección, demasiado excitada para mentir. —Sí. Se agarra de nuevo, con sus fuertes dedos envolviendo la polla mientras tira. —Te follaría tan bien, sporca puttana60. Profundo y duro. Te daría toda mi corrida, todo lo que estoy guardando en mis bolas solo para ti. 60 Sporca puttana. Puta sucia, en italiano. —Dios, ¿nunca te callas? —jadeo, mientras empiezo acariciar mi clítoris de nuevo. Me tiemblan las piernas, mis movimientos son descoordinados porque estoy muy excitada. Tan cerca. Tan necesitada. —Y lo tomarás, ¿no? —continúa, claramente sin importarle que esta sea una conversación unilateral—. Nunca he visto a una mujer tan hambrienta. ¿No sabían esos chicos de Canadá cómo follarte? Apuesto a que te dejaron insatisfecha. Sal de mi cabeza, mafioso. Sigo adelante, el orgasmo está tan cerca que prácticamente puedo saborearlo. Sí, sí, sí. Sé que esto va a ser bueno. —Detente. La palabra resuena en el pequeño espacio como un látigo. Sin quererlo, le obedezco, mi mano se calma. Entonces me doy cuenta de lo que está haciendo, jugando a su juego. Al diablo con esto. Quiero un orgasmo, así que sigo frotando. —Ni hablar. Estoy demasiado cerca. Las líneas de su rostro se endurecen, sus músculos se hinchan, y la mirada en sus ojos es casi maníaca. —Detente o nuestro trato se cancela. De alguna manera fuerzo mi mano hacia mi muslo. —Eres un imbécil. Alcanza a cerrar el agua, luego sigue tirando perezosamente de su polla. —Ponte de rodillas. Mierda. Debí saber que no me dejaría correr fácilmente. —¿Por qué? —Porque yo lo digo, maldición. No aparto la mirada. ¿Es esto un juego de humillación? Este hombre es imprevisible y malvado. Debería estar temblando de miedo. Estoy temblando, pero no es porque tenga miedo. ¿Qué va hacer? No tengo ni idea. Lo que significa que tengo que averiguarlo. Lentamente, doblo las rodillas y me poso en la húmeda baldosa, con las piernas abiertas de forma obscena, exponiendo todo. Mi clítoris hinchado palpita, mi coño sin duda abultado y enrojecido, y él lo toma, su boca se afloja mientras su mano se mueve más rápido a lo largo de su polla. Esto le gusta. Su pecho se agita, la respiración sale rápidamente de sus pulmones. —Suplícame —dice en un tono bajo—. Suplícame que te deje correr. Yo puedo jugar a su manera... o él puede jugar a la mía. De los dos, estoy segura que yo puedo durar más sin un orgasmo. Con las manos apoyadas en los muslos, empiezo a canturrear: —¿Ve lo mojada que estoy, Don D'Agostino? ¿Puedes comprobar lo excitada que estoy viendo cómo masturbas esa gran polla suya? Apuesto a que tienes que usar lubricante cuando follas, eres tan grande. ¿Las mujeres gritan cuando las penetras? ¿Las haces sangrar, les dejas los coños en carne viva? Su mano vuela, bombeando más fuerte, apretando, su respiración entrecortada. —¡Minchia! —sisea—. Esa puta boca. —Te gustaría llenarla, ¿verdad, Don D'Agostino? —gruñe y sé que he acertado—. Ver mis labios estirados ampliamente mientras te metes en mi garganta, tan profundo que me haría llorar. ¿Me harías beber tu semen, tragarlo hasta que mi vientre se desborde? —¡Cazzo! —grita al techo, mientras echa la cabeza hacia atrás. Gruesas hileras de semen brotan de la punta de su polla, su gran cuerpo se convulsiona, se estremece, mientras su rostro se relaja por el puro placer. Con su expresión libre de su habitual cinismo maligno, es mucho más guapo. Sin darme cuenta, muevo mis dedos para rodear mi clítoris de nuevo mientras veo a este peligroso pero falible hombre desmoronarse. Es hermoso. Cuando sus párpados se abren de golpe, estrecha su oscura mirada hacia mí. En dos pasos tengo su mano alrededor de mi brazo, tirando bruscamente para ponerme de pie. —¡Oye! —digo, tratando de alejarme mientras me saca de la ducha—. Te he seguido el juego. Ahora me toca a mí. —No me seguiste el juego y ahora vas a sufrir por eso. Una vez más me arrastra, mojada, hasta el dormitorio. ¿Tendré alguna vez la oportunidad de secarme con una toalla en este maldito yate? —¿Quieres dejar de arrastrarme? Se está haciendo viejo. —Lo que también se está haciendo viejo es la forma en que me desobedeces. Ahora serás castigada. No me gusta la idea de los “castigos” de Enzo. Después de todo, ató a Frankie y le metió un arma en la boca. Me tira a la cama y luego sigue para inmovilizarme con su cuerpo. —¡Suéltame, mafioso! Eres demasiado pesado. —No puedo ver lo que está haciendo, pero hay algo en la cabecera del colchón. Unos dedos fuertes me agarran la mano y tiran hasta que mi brazo se endereza, entonces siento una gran correa alrededor de mi muñeca. ¡Mierda!—. Prometiste que no volverías a esposarme. —No te estoy esposando. Te estoy atando. —Eso es lo mismo, hijo de puta. Empiezo a forcejear en este momento, tratando de luchar contra él con todo lo que tengo. No quiero estar a su merced. ¡Se supone que debe estar a la mía! Le digo todas las palabrotas que conozco mientras él se acerca al otro lado y saca otra correa. Maldito equipo BDSM. En cualquier otra circunstancia estaría saltando de alegría, lista para jugar. En cambio, fantaseo con estrangularlo con la correa. Para cuando estoy atada con los brazos estirados por encima de la cabeza, ambos respiramos con dificultad. Sigo luchando, así que me inmoviliza las piernas con su torso. Con los ojos brillantes de triunfo, me abre los muslos. —Mira este pobre coño. Sei bagnata. Tan mojado. —Usando su dedo corazón, hace girar el piercinguna vez. Jadeo, las ondas de choque reverberan por mi clítoris, mi vientre, hasta los dedos de los pies. —Maldita sea —escupo, odiándolo por haberme excitado. Otra vez. —Suplícame. —Otro movimiento. El ligero toque es como un atizador caliente en mis venas y gimo. Luego aprieto los dientes, luchando contra la reacción de mi cuerpo. No es así como debe ser. Debería estar volviéndolo loco, haciéndolo jadear por mí. —Se sentiría tan bien, ¿no? Mi lengua en tu clítoris, lamiéndote. Esos chicos con los que estuviste, ¿sabían cómo comerte el coño? Apuesto a que no tenían ni idea. Jesús, su voz. Entonces empieza a susurrar en italiano, que no entiendo, pero los sonidos son muy sexys. Capto las palabras para rostro y boca, y puedo adivinar que habla de comerme. No quiero decirle que tiene razón, que nunca me he corrido con un oral. Grayson lo hizo un par de veces cuando lo pedí pero no parecía muy interesado, así que dejé de pedírselo. Enzo parece muy, muy interesado, si su expresión es algo a tener en cuenta. Siento que caigo bajo su hechizo, que quiero suplicar, aunque solo sea para experimentarlo una vez. Siento curiosidad por ese supuesto orgasmo cataclísmico que resulta de recibir una comida de coño y de la que hablan las mujeres cuando los hombres no están cerca. Mi cuerpo palpita de excitación, con cada latido de mi corazón como un tambor entre mis piernas. Mis caderas se agitan hacia su rostro. —Eso es —cambia al inglés—. Lo deseas tanto, mia sporca puttana. Dilo: “Ti prego, Don D'Agostino”. Esto está resultando mal. —¿No preferirías dejarme chupar tu polla? —Lo intento. Chupando suavemente, sopla en mi clítoris y mi espalda se arquea, el aire caliente es una caricia dolorosa en mi carne hipersensible. Miro al techo e intento respirar. Trato de calmar mi corazón acelerado. —Aquí —dice—. Te ayudaré. Repítelo. Voglio la tua testa fra le gambe61. Sé que voglio es “quiero” y gambe significa “piernas”. Puedo completar el resto basándome en nuestra posición. —Prefiero morir que rogarte por algo. Se levanta de la cama usando los brazos, luego se queda de pie y niega con la cabeza. —Veremos si lo dices de verdad, ¿no? 61 Voglio la tua testa fra le gambe. Quiero tu cabeza entre mis piernas, en italiano. Girándose, empieza a caminar hacia el armario abierto en el otro lado de la habitación. Me esfuerzo sin éxito por liberarme de las correas mientras él desaparece en el interior. —Espera, ¿a dónde vas? Tienes que liberarme. Esta en bóxer ajustado cuando sale, con un par de jeans en las manos. —Me voy a trabajar durante unas horas. No te preocupes, volveré. —Se coloca los jeans y sus músculos se mueven mientras se viste. —No te atrevas a dejarme aquí, imbécil. —Estoy hecha un lío, palpitante y húmeda. El olor a sexo, a mí, flota en el aire. Necesito tener las manos libres para encontrar alivio. —¿Estás lista para rogar? —No —grito—. ¿El tiempo que pasaste en el calabozo te dejó sordo? —Mencionar el calabozo es imprudente, Gianna. —Con el ceño fruncido, se mete de nuevo en el armario. No puedo resistirme a provocarlo. —¿Por qué? ¿No te gusta que te recuerden cuando te trataban así? —Porque me recuerda lo mucho que quiero vengarme de tu cuñado, y tú eres ese instrumento de venganza. Cuando vuelve ya se ha puesto una camiseta, pero de las caras. Con sus jeans de diseño, su reloj caro y su cabello mojado y desordenado, parece un modelo de portada. He visto bastantes en Milan mientras trabajaba para Domenico. Enzo podría adornar la portada de cualquier revista masculina. Pero es la confianza en sus hombros, el duro gesto de su mandíbula, lo que lo distingue como alguien peligroso. Alguien despiadado. No es una rata de gimnasio mimada; es un asesino a sangre fría. Un asesino que deseo desesperadamente que me folle. Dios, ¿qué me pasa? —Quiero volver a la jaula —intento. Al menos allí tendré el uso de mis manos y no lo olería a mi alrededor. —No. —Se acerca y se pone en el lado de la cama más cercano a mí. Con la punta de los dedos busca lentamente la punta de mi pezón. Intento apartarme, negándome el placer, pero solo consigo hacerme daño en las muñecas. Se ríe, el muy bastardo—. Creo que te mantendré aquí, esperando y lista para mí. A presto, micina. ¿Es de verdad? Mi cuerpo se siente como un alambre, tenso y al límite. Antes que pueda incinerarlo con la mirada, se da la vuelta y se dirige a la puerta. Me quedo boquiabierta. ¿De verdad va a dejarme así? —¡No te atrevas a irte, D'Agostino! Juro por Dios que te apuñalaré a la primera oportunidad que tenga si te vas de aquí. —Espero que lo hagas —dice por encima de su hombro—. La visión de la sangre me pone duro. CAPÍTULO DOCE ENZO Con la bebida agarrada en mi mano, me apoyo en la barandilla y observo cómo el yate atraviesa el agua azul. Nos dirigimos al suroeste, lejos de Cannes y hacia aguas abiertas. Pienso en Gia, encadenada a mi cama, con su coño mojado e hinchado, y lo único en lo que puedo concentrarme es en meter mi polla en ese apretado y húmedo agujero. Nadie me culparía por tomarla. Teniendo en cuenta mi historia con Ravazzani, probablemente lo esperan. Pero no me apresuraré. Será mucho más satisfactorio si ella está dispuesta. Tengo que doblegarla, conquistarla hasta que haga cualquier cosa que le pida... chuparme, follarme, suplicarme. Quiero su mente, no su cuerpo. Ella será mi pequeño juguete, mi pequeña mascota. Solo pensar en Gianna así de dispuesta, así de servil, me hace doler las bolas. Ravazzani odiará ver a su cuñada degradarse por mí, que es lo que más deseo. Doy un sorbo a mi bebida y trato de despejar mi mente mientras el viento azota mi cabello. No me gusta mi reacción ante ella. Debe tenerme miedo, aterrorizada por lo que puedo hacerle, y sin embargo pelea y me maldice cada vez que puede. Ninguna mujer había actuado así conmigo. Conocen mi trabajo, mi reputación. Siempre hacen lo que yo digo, sin hacer preguntas. Sin embargo, Gia sigue presionándome, pinchándome. ¿No se da cuenta del peligro que supone darme cuerda? Las reglas y los límites no significan nada para mí, y desde que escapé del calabozo ni siquiera sé obedecer ninguno. Me tambaleo al borde de la cordura en todo momento. Mis únicos objetivos son proteger a mi familia y vengarme de Ravazzani por cualquier medio. No me importan los sentimientos de Gia ni su comodidad. ¿Puedes ver lo excitada que estoy viendo cómo te masturbas con esa gran polla que tienes? Se veía tan perfecta, de rodillas a mis pies. Exactamente donde debe estar. Le haré pagar por haberme sacado el semen de las bolas demasiado pronto. La puerta se abre detrás de mí y mis hermanos salen a la cubierta. Massimo parece desaliñado y con resaca, como si Vito lo hubiera sacado de la cama. —¿Ya estás bebiendo? —pregunta Vito, mientras ambos se apoyan en la barandilla junto a mí. —No dejes que lo huela —dice Massimo, girando la cabeza hacia otro lado—. O vomitaré sobre la barandilla. Miro fijamente a mi hermano menor. —Tienes que dejar de beber y consumir tanto. —Lo dice el hombre que se toma un trago a las diez de la mañana. —Puedo hacer lo que me dé la gana —espeto—. No es lo mismo para ti. Los alcohólicos y los drogadictos se vuelven descuidados. Cuando te descuidas, te mueres. —Ma dai, Enzo. Se me permite salir de fiesta de vez en cuando. —Define de vez en cuando. Por lo que veo es todos los días. Massimo se aparta de la barandilla y se gira. —Me vuelvo a la cama antes que vomite. Cuando Vito y yo nos quedamos solos, dice: —Intenta no ser demasiado duro con él. Está aburrido y echa de menos su antigua vida. —Me importa una mierda lo que eche de menos. ¿Crees que noextraño a Luca y Nicola? ¿Nuestra hermana? ¿Mi casa? Estoy tratando de mantenernos a todos vivos. Vito levanta las manos. —Lo sé, pero es joven. Recuerda cómo eras tú a esa edad. Se trata de probarte a ti mismo y de coños. Para mí no fue así. Todavía estaba bajo el pulgar de mi padre mientras me forjaba en el hombre que quería que fuera: despiadado y sin piedad. Un asesino sin remordimientos. En gran parte lo he conseguido. He necesitado cinco días en un calabozo medieval para completar el trabajo. No quiero hablar de todo esto ahora. —¿Fue por eso que viniste aquí? —Acabo de enterarme por mi contacto en la Questura di Milano. Ravazzani está intentando conseguir una prueba de ADN de la chica encontrada en la explosión del bar. Hago una pausa, con mi bebida a medio camino de la boca. —¿Che cazzo? —Esa fue mi reacción. Debe sospechar que no es Gia. —¿Cómo? —No tengo ni idea. —Entremos y pongamos a Ravazzani al teléfono. Después de todo, aún no he ofrecido mis condolencias. —¿Estás seguro que eso es prudente? —Él espera que llame. —Es lo que hacemos, después de todo. Aprovechamos cada oportunidad para golpear al otro. Si no le doy a esta herida, se preguntará por qué y sospechará de mi participación—. Parecerá sospechoso si no lo hago. Entramos y busco ruidos de la ciudad en mi teléfono mientras Vito marca. Pone su teléfono en la mesa cerca de mí mientras suena. Respirando profundamente para calmarme, espero a que el testa di cazzo responsable de todos mis problemas conteste. —Pronto —dice una voz profunda y familiar, una que todavía escucho en mis pesadillas. —Ciao, Ravazzani. ¿Come stai? —D'Agostino. Ha pasado mucho tiempo. —Hay movimiento en el fondo, como si fuera a un lugar privado. —Espero no haberte sorprendido en un mal momento — digo—. He oído que no estás trabajando tanto estos días. —Se rumorea que pasa la mayor parte del tiempo con su esposa y sus hijos, algo que yo también estaría haciendo si no me hubiera robado mi vida. —Siempre tengo tiempo para ti. ¿Cómo van tus vacaciones? Vacaciones. Bastardo. —Llamé para ofrecer mis condolencias. No habla durante un largo segundo. —¿Por? —Tu cuñada. Me enteré que tuvo un terrible accidente. Es una pena. —Sí, muy terrible. Curioso, también. Mantengo mi voz ligera. —¿Es así? —Las grabaciones de las cámaras de la calle y del restaurante fueron borradas a distancia. Haría falta un hacker informático con talento para borrar esas cámaras. Sí, se necesitaría, y por eso contrato a los hackers con más talento de Europa. —Eso es extraño. ¿Así que sospechas de juego sucio? —En el mundo en que vivimos, siempre sospechamos, ¿no? —Sí, certo. Por eso estoy investigando el incendio provocado en una de mis propiedades. Está en Pozzuoli, a las afueras de Napoli. Silencio desde el otro lado. —No entiendo —continúo—. Porque la casa ni siquiera estaba a mi nombre. Quién fue a buscarme debió de sentirse muy decepcionado al encontrarla vacía. Enfurecido, incluso. Casi puedo oír cómo rechina los dientes antes que diga: —Quizá viajaron una gran distancia y pensaron que lo menos que podías hacer era estar allí para recibirlos. —Supongo, pero los visitantes inesperados nunca son bienvenidos. Pienso hablar con quién los haya invitado. —En otras palabras, Giulio Ravazzani. —Lo entiendo. Siento lo mismo por quien es responsable de la muerte de mi cuñada. —Sorprende que tu nombre no la haya protegido en tu propio país, ¿no? Eso debe escocer. ¿Significa esto que estás decayendo, Fausto? —Supongo que lo veremos con el tiempo. Ahora debo colgar. Mi esposa y mis hijos me necesitan. ¿Recuerdas cómo era eso, no? Debe ser duro para ti, estar separado de tu familia durante tanto tiempo. Aprieto los puños y me imagino arrancando el corazón que late en su pecho. —¿Y cómo está la tua bella moglie62? Por favor, dale mi amor. Cuelga. Suspirando, cierro los ojos. Lo odio tanto. —Sospecha de mí. —Sí, eso está claro —coincide Vito—. Pero todavía no sabe lo del accidente de Angela. Eso es un alivio. —Lo que significa que no sabe que Luca y Nicola están en Inglaterra. —Es posible que respete a mis hijos por lo que pasaría si no lo hiciera. Ahora tiene hijos pequeños y se convertirían en un juego limpio, una posibilidad que cualquier padre desea evitar. 62 Tua bella moglie. Tu hermosa esposa, en italiano. Vito se acerca para apagar el sonido de mi teléfono cuando no me muevo. —Puedo intentar retrasar la prueba de ADN, si quieres. —Sí, lo que haga falta. Si el agente no acepta un soborno para hacerlo, hagamos que Stefano o alguno de los otros borre los registros que sean necesarios para retrasarlo. —Por supuesto. ¿Vas a ir a la oficina? Consulto mi reloj. Lleva tres horas atada, desnuda y cachonda. ¿Habrá sufrido bastante? La anticipación zumba en mi al pensar en su clítoris hinchado, empujando contra esa joya de metal. Con los pezones duros en el aire frío. Mi micina estará escupiendo furiosa para cuando yo vuelva, desesperada por el alivio. No puedo esperar. Es hora de ir a jugar con mi mascota. GIA Me despierto atrapada y desorientada. Almohadas y sábanas suaves. Claro, la cama de Enzo. Me dejó aquí y me he vuelto a quedar dormida. Intento moverme, pero no puedo hacerlo. Algo me pesa. Entonces me despierto del todo, con los ojos entrecerrados por la brillante luz del sol que entra por el cristal. En la distancia no hay nada más que azul hasta donde yo puedo ver. ¿Por qué no puedo moverme? —¿Has disfrutado de la siesta? ¡Oh, ese imbécil! Me sacudo y tiro una patada, esperando como el demonio que lo alcance en el trasero. —¡Suéltame! Se ríe entre dientes. —Una pena. Me gustabas dormida y dulce. Intento empujarlo más lejos sin usar las manos. —Suéltame ahora, Enzo. En un instante está encima mío, todo ese músculo duro inmovilizándome hasta el punto de no poder moverme. Oh, Dios. Puedo sentirlo en todas partes, especialmente su polla, que es gruesa contra mi vientre. Luchar contra él solo nos excita a los dos, aparentemente, y ahora estoy pensando en el sexo. En esa gran polla y en cómo se sentiría dentro de mí. Y lo odio por eso. Un aliento caliente recorre mi mejilla mientras me acaricia. —Ah, te gusta luchar y follar al despertar, ¿no es así, troietta? —Sus labios rozan mi mandíbula y me hacen temblar. —Suéltame. —Mi voz es débil, como si mi cuerpo no estuviera totalmente de acuerdo con esa decisión. —¿Estás preparada para suplicar? —Aprieta sus caderas contra mi montículo y casi gimo cuando mi piercing se arrastra contra su polla. —Nunca te rogaré por nada, mafioso. Se ríe con una sonrisa oscura y me sorprende bajando la cabeza. —¿Te gustaría visitar el baño? Después de haber estado esposada a la cama durante horas, pienso que la respuesta es obvia. Pero si cree que volveré a rogar por eso, se espera otra cosa. Primero me mearé en la cama. —Sí. Sin decir nada, deshace las correas alrededor de mi muñeca. Mirándolo con desconfianza, me froto las muñecas y trato de recuperar la sensibilidad en mis brazos entumecidos. —¿Cuál es la trampa? —No hay trampa. Confío en que uses el baño y luego vuelvas a la cama. —¿Y si no lo hago? —Entonces te perseguiré, y no te gustará lo que ocurra cuando te capture. El corazón me late con fuerza en el pecho, la emoción de desobedecerle me recorre, me atrae, a pesar del riesgo. Y es muy arriesgado. Mi vida está en manos de este hombre. No hay nada que le impida volver a meterme en la jaula. Diablos, puede arrojarme al océano ahora que conoce mi debilidad. Puede torturarme. Puede cortarme partes del cuerpo y enviárselas por correo a mi padre si quiere. Y aun así el deseo de rebelarmeme incita. —Me portaré bien —digo con dulzura. Demasiado dulce, pero realmente necesito orinar y alejarme un momento de él. Sus cejas se hunden como si no confiara en mí. —Y no te des placer ahí adentro porque lo sabré y te castigaré. —En serio, ¿cómo no te ha asesinado una mujer antes? Eres lo peor. —Vai avanti63 —dice, y agita la mano hacia el baño. La puerta del baño está casi completamente cerrada cuando habla: —Ah, me olvidé de mencionar que voy a revisar cada orificio cuando vuelvas a la cama. Así que no se te ocurra esconder el resorte del rollo de papel en ningún sitio. Me quedo paralizada. Así que se enteró de cómo me había escapado de la jaula. Supongo que no debo sorprenderme. —No sé de qué estás hablando. —Supongo que lo veremos cuando vuelvas, ¿no? Bastardo. Me tomo mi tiempo para ir al baño y lavarme el rostro. Mientras me cepillo los dientes, miro la navaja de Enzo y lo afilada que está. Deseo poder agarrar una, esconderla y usarla para asegurar mi libertad. Pero él espera que saque un arma del baño. ¿Realmente revisará mis orificios? Aprieto los músculos del culo, apretando fuerte como si quisiera mantenerlo afuera. Mejor que ni lo intente. Después de beber un poco de agua del grifo, decido enfrentarlo. Sea cual sea el infierno que tiene planeado para mí hoy, puedo soportarlo. Abro la puerta y entro en el dormitorio. Está exactamente donde lo dejé en la cama, pero parece ansioso, nervioso. Las líneas de su rostro están marcadas, su cuerpo está anormalmente quieto mientras mira el agua. Cuando me ve, su mirada se estrecha como si intentara ver dentro de mi cerebro. Camino con la cabeza alta hacia mi lado de la cama y espero. —¿Y bien? 63Vai avanti. Adelante o continua, en italiano. —Acuéstate. En cambio, le doy una vuelta completa a mi cuerpo. —Sin armas, como puedes ver. —He dado una orden, Gia. Ponte en la cama. —Mis orificios están fuera de los límites, D'Agostino. El lado de su boca se tuerce como si me encontrara divertida. —Será más fácil para ti si no creas problemas. —Pero me gustan los problemas —digo sin pensar, porque es cierto. Sin embargo, no he pensado en la forma en que esto se transmitirá. Básicamente lo estoy desafiando. Su expresión se vuelve dura, un poco aterradora. —Te daré la cuenta de tres. Si no estás en la cama antes de eso, iré por ti y habrá consecuencias. Nos miramos fijamente y trato de no reaccionar mientras contemplo esto. No tengo ni idea de lo que hará si le desobedezco, pero si quiero meterme en su piel, tengo que entrar en su juego. Por el momento. Bajo a la cama y me estiro. En sus ojos color café brilla la satisfacción y luego dice: —Los brazos por encima de la cabeza. —No hace falta que me sujetes. —Yo decidiré si es necesario o no. Los brazos, ahora. Lentamente levanto los brazos. Se acerca a mí y me coloca un brazalete en una muñeca. Luego se levanta y da la vuelta para sujetar también mi otra mano. Lo miro fijamente, preguntándome qué va a hacer. No me gusta estar tan desequilibrada con nadie, especialmente con un hombre que ha jurado utilizarme como venganza. —¿Y ahora qué? —No puedo evitar preguntar. No contesta mientras se dirige hacia el extremo de la cama. Su fuerte pecho desnudo me distrae ante la luz del sol, con una infinidad de cicatrices y marcas ásperas que cruzan su piel como un mapa de carreteras. Es un hombre cruel, inflexible y sin miedo a la violencia, y sin embargo, me ha tratado con tanta delicadeza la noche anterior después de rescatarme. ¿Qué significa eso? Aprieto los labios cuando saca un juego de las mismas ataduras a los pies de la cama. Oh, mierda. ¿Quiere asegurar también mis piernas? La pregunta se responde pronto cuando me agarra el tobillo y me pone el brazalete sobre el pie. —No hace falta que hagas esto —me apresuro a decir—. No voy a ir a ninguna parte. —Gracias a las correas de sujeción de las muñecas. El brazalete me aprieta la pierna derecha. Satisfecho, se mueve hacia el otro lado y empiezo a respirar profundamente, luchando contra el impulso de patear y pelear. ¿Qué está planeando? ¿Por qué me necesita abierta sobre la cama? Con cualquier otro hombre supondría que se trata de un juego sexual, pero a Enzo le gusta más el castigo que el placer. Cuando estoy atada, se sube a la cama, sus músculos se mueven mientras se arrastra entre mis muslos, y mis nervios se retuercen en mi vientre. Esto no es bueno. ¿Por qué no me enfrenté a él antes? Nuestras posiciones deberían estar invertidas ahora mismo, para que pueda arrastrarme sobre él y volverlo loco. Sus palmas se deslizan por mis muslos y se me pone la piel de gallina. Me acaricia el piercing una vez, con su voz como un susurro seductor: —¿Debo dejar que te corras, bambina? Niña. El calor florece en mi coño, esas palabras están cargadas de formas que no puedo empezar a descifrar. ¿Realmente va a jugar la carta de papá ahora? Joder. Es como si pudiera ver en mi mente la mejor manera de manipularme. —No lo hagas —le suplico, sin importarme que suene débil. Me recorre suavemente mi abertura con el dedo corazón. —Tal y como pensaba. Mojada. —Se lleva el dedo a la boca y lame mi excitación—. Te gusta eso, cuando te llamo niña. —No, no me gusta —digo, con el pecho agitado por la fuerza de mi respiración—. No necesitas hacer esto. —¿Te duele por dentro? —Desliza su dedo directamente en mi canal, presionando profundamente hasta que está completamente asentado. Entonces curva su dedo, golpeando un punto que yo había jurado que era un mito urbano. Mi espalda se inclina sobre la cama, los miembros se tensan contra las ataduras, y me muerdo el labio para permanecer callada. No quiero pensar en lo bien que se siente cualquier parte de él dentro de mí, en que ese dedo no es suficiente. —Por favor —jadeo, sin estar segura de lo que pido. Él bombea su mano, la fricción es deliciosa y frustrante a la vez. Luego añade otro dedo, yendo despacio hasta que lo introduce, y yo gimo. La presión es jodidamente increíble. —Mira qué bonito —dice— chupando mis dedos. Qué goloso es este coño. No te preocupes, micina. Voy a cuidar muy bien de ti. CAPÍTULO TRECE GIA Contengo la respiración. No sé lo que va a pasar. Solo sé que va a ser malo. Si se burla de mí, será horrible. Peor que horrible. Esta mañana ya ha sido bastante frustrante. No quiero volver a pasar por eso. Pero si realmente me da placer, si me rindo a él, será humillante. Se impondrá, y eso es lo que más me asusta. Lamiéndome los labios secos, me obligo a decir: —No necesito que me cuides. Deja que yo me ocupe de ti. Bombea sus dedos perezosamente, entrando y saliendo, arrastrando contra mis tejidos sensibles. Inhalo bruscamente, el placer me atraviesa como un rayo. —Claro que sí —dice en tono sombrío—. Eres una sporca troietta, tan deseosa de eso. Tan necesitada. Mi cuerpo se tensa hacia la fuente de este gozo, persiguiéndolo y convirtiéndome en una mentirosa. —No, no lo hago. No lo hago. Dios, no. Joder, sí. —¿Estoy balbuceando? Apenas puedo seguir la conversación mientras me folla con sus dedos. —¿Oyes lo mojado que está tu coño para mí? —Los sonidos resbaladizos llenan el dormitorio y quiero morirme de vergüenza. Se ríe—. Puedo olerte desde aquí. Entonces sus dedos abandonan mi coño y me relajo ligeramente, hasta que los desliza en la raja de mi culo, buscando. Oh, mierda. Joder, no. Me aprieto, esperando evitar lo que sospecho que va a suceder. —Relájate —canturrea—. Déjame entrar. Deja que te palpe, que te revise en busca de cualquier arma que puedas esconder. Mentira. No está comprobando si hay armas. —Esto es ridículo. Sabes que no estoy escondiendo nada. Encuentrael anillo fruncido del músculo y lo rodea con las puntas de los dedos. Tiro de las ataduras, tratando de alejarme de él. No porque no me guste que me toquen ahí. Todo lo contrario. Me gusta demasiado. Y no quiero que Enzo use ese conocimiento en mi contra. —No estoy ocultando nada, lo juro. Deja que te la chupe. —Le daré la mejor mamada de su vida. Lo que sea necesario para evitarlo. —Shh. —Inclinándose, presiona un beso en mi piercing—. Solo quiero hacerte sentir bien. Mi cuerpo me traiciona, ablandándose al instante ante las palabras, y él se aprovecha al máximo. La punta de su dedo penetra en mi culo, y el conocido ardor enciende mi estómago, un pellizco perseguido por un placer increíble. A menudo utilizo juguetes anales cuando me masturbo, y siempre me corro como un cohete. Dios, por favor, que este hombre no se entere de lo sensible que soy ahí. Me invade con cuidado, dándome tiempo para adaptarme, observando mi rostro todo el tiempo. Intento que mi expresión no revele nada de lo que siento, pero cuando se retuerce y bombea, gimo en lo más profundo de mi garganta. —Cazzo, qué bien, ¿no? —murmura, y luego pasa la lengua por mi piercing—. Eres una chica sucia, ¿verdad? Te gusta que te toquen el culo. —Oh, joder. —Ese es mi lugar favorito para poner mi polla. —Otro movimiento de su lengua mientras trabaja con sus dedos y gimo de nuevo—. Puedes llevarme ahí, creo. —De ninguna manera. Eres demasiado grande —jadeo, moviendo la cabeza de un lado a otro de la almohada—. Deja de hablar y haz que me corra, mafioso. Gruñe y empieza a usar sus labios y su lengua ligeramente en mi piercing, como si estuviera investigando el tacto del metal. Suena contra sus dientes. La presión en mi interior se hace más fuerte, se enrosca como un resorte, y no puedo recuperar el aliento. Entonces su pulgar se desliza en mi coño. La plenitud, oh Dios mío. Antes que pueda detenerme, estoy moviendo las caderas, desesperada, fuera de mí, empujándome sobre sus dedos y follando su mano. Me retuerzo y maldigo, tan cerca del orgasmo. Lo necesito. Está ahí, avanzando hacia mí y ocupando todo el espacio de mi parte inferior, subiendo desde los dedos de los pies. —Eso es. Usa mis dedos para correrte —dice—. Madre di Dio, eres lo más caliente que he visto nunca. Entonces empieza a comerme. Lame y chupa como si yo fuera una comida y él estuviera hambriento, su atención se centra en mi clítoris, girando y chupando, y de repente sé lo que me he estado perdiendo todos estos años. Dios mío, es increíble. Domina mi cuerpo en segundos, como una especie de mago del coño, porque al instante estoy a punto de correrme. Mis muslos empiezan a temblar y mis pulmones no pueden tomar aire. Y él se detiene. —¡No! —grito. Tambaleándome, trato de acercar mi montículo a su rostro—. No te detengas. Oh, Dios. Aprieta un beso en mi muslo. —Suplícame, Gianna. Suplícame que te haga correr. —¿Por qué me haces esto? ¡Maldito psicópata! —Estoy justo ahí, flotando en el borde, el aire entrando y saliendo de mis pulmones. Quiero gritar, quiero llorar. Quiero arañar su rostro con mis uñas. Quiero arrastrarme a su regazo y montar su polla hasta el orgasmo. —Esas no son las palabras. Inténtalo de nuevo. Se aparta cuando intento acercarme, rechazándome, con su pulgar y sus dedos apenas dentro de mí. Es horrible, peor que esta mañana. Estoy tan caliente y excitada que el aire se siente doloroso en mi piel. Dos dedos me pellizcan el pezón. Con fuerza. —Dilo y te dejaré correr. Mi cuerpo pronuncia las palabras antes que mi cerebro pueda decirle que no lo haga. —Por favor, Enzo. Por favor, haz que me corra. Su boca vuelve a mi clítoris y con dos pasadas de su lengua me convulsiono, mi visión se oscurece mientras el placer me arrastra. Las paredes de mi coño se cierran en torno a su pulgar, mientras los músculos de mi trasero se cierran sobre sus dedos. Me escucho gritar como si estuviera en la distancia, el subidón es tan increíblemente bueno, mejor que cualquier droga que hubiera probado. Parece durar días, pero probablemente solo son segundos. A medida que bajo, la vergüenza va sustituyendo a la euforia. Le rogué a Enzo D'Agostino, el secuestrador de mi hermana y enemigo jurado de la familia Ravazzani, que me haga correr. También lo disfruté. Me tocó y lo disfruté. Jesús Cristo. ¿Qué me pasa? Me dejo caer en la cama, derrotada. Reduce la velocidad de sus movimientos y luego saca sus dedos de mí. Me estremezco. Se nota la ausencia de lubricante. Baja y lame mi orificio, dando vueltas para recoger el lubricante adicional, y luego introduce su lengua dentro de mí, penetrándome como una lanza. Jadeo, la sensación me toma por sorpresa, solo para ser perseguida por un placer que me hace doblar los dedos de los pies. Tampoco se detiene y me folla con la lengua, gruñendo mientras me abre las piernas al máximo. —Estás muy mojada —gruñe—. ¡Me encanta, joder! —Tan bueno —murmuro, mucho más allá del punto de coherencia—. ¡Sí, Dios! Es tan bueno. Tras unos cuantos empujones más de su lengua, se dirige a mi clítoris, pero esta vez no se burla. Me lame sin piedad, implacablemente, hasta que empiezo a temblar, mis caderas se agitan mientras persigo un segundo orgasmo. Casi floto en la cama cuando por fin llego a la cima, mi cuerpo se rompe en un millón de pedazos, destrozado. Grito su nombre y me tenso contra las ataduras que me sujetan mientras sigo y sigo, oleada tras oleada de felicidad al rojo vivo. Enzo se pone de rodillas y empieza a masturbar su polla con furia. Su mirada se fija en mi coño hinchado hasta que sus movimientos se vuelven descoordinados, sus caderas tartamudean, y chorros calientes caen sobre mi vientre y mi pecho. Como si me estuviera marcando. Aprieta para sacar cada gota de semen de su polla y ponerla sobre mi cuerpo, y luego se sienta sobre sus piernas, con el pecho agitado. Yo estoy cubierta de él, el líquido enfriándose en mi carne desnuda. Complacida y utilizada por el último hombre por el que debo sentirme atraída. Oh, cómo han caído los poderosos. —Te ves bien así. —Traza una gota gorda y la frota en mi piel— . Empapada en mi corrida. Sei una sporca puttana. —Disfrútalo —jadeo—, porque es la última vez que pasará. —Te ha gustado. —Se unta más de su semen, observando sus dedos con una extraña luz en los ojos—. Admítelo. —Locura temporal provocada por la falta de comida. Echa la cabeza hacia atrás y se ríe. —Ya veremos la próxima vez, ¿no? Ahora que sabes lo bien que se está entre nosotros, no creo que te pelees tanto. Mierda. Eso es exactamente lo que me temo. —No va a haber una próxima vez, imbécil. Me da un golpecito en el piercing y me sacudo, aspirando una respiración aguda mientras una sacudida de lujuria me atraviesa. Me sonríe sombríamente. —Habrá muchas, muchas veces, troietta. Y amarás cada minuto. La promesa me produce un escalofrío y no digo nada más. Se baja de la cama, se pone de cara a las ventanas y se estira, dejándome mirar a escondidas su gran cuerpo. Pantorrillas esculpidas y muslos gruesos. Un culo duro y musculoso y una cintura esbelta. Su espalda es una compleja serie de músculos envueltos en piel cicatrizada. Tiene lo que parecen ser cicatrices de disparos, junto con rayas... ¿fue azotado?... No es de extrañar que esté loco. Nadie puede soportar todo ese dolor y salir cuerdo. Tengo que encontrar una manera de resistirme a él. Para destruirlo. Es lo que mi hermana se merece. Es lo que yo merezco, también. Y ahora estoy lo suficientemente cerca como para acabar con él. Todo lo que tengo que hacer es jugar cualquier juego que tenga en mente, hacerle creer que es mutuo, y conseguir que baje la guardia. Entonces podré clavarle un cuchillo directamente en el corazón. Podré matar a EnzoD'Agostino. Es perfecto. Enzo se dirige al baño y me quedo boquiabierta. ¿Realmente me está dejando aquí? —Desátame —grito a su espalda—. ¡Así podré limpiar tu semen! —No lo creo. Me gusta verlo ahí. Y será un buen recordatorio para ti, ¿no? Desaparece en el baño y me quedo sola. En la cama de Enzo D'Agostino, cubierta de su semen. Que se joda mi vida. ENZO Me dirijo a la cocina, donde varios miembros de la tripulación están trabajando en la cena de esta noche. Pido comida para dos en mi camarote, lo que puedan preparar rápidamente, y luego llamo a la tripulación de mantenimiento para que me den un largo tramo de cadena. Provisiones para la tarde. Casi me masturbo en la ducha después de dejarla, incluso con mi semen aun secándose en su piel. No puedo dejar de pensar en lo hermosa que es, en lo caliente que se siente su coño y su culo en mis dedos. Lo receptiva que es a mis caricias. Cazzo, quiero jugar con ella todo el día, llevarla al borde del orgasmo y negárselo, aunque solo sea para ver qué puedo hacerlo. No esperaba disfrutar tanto comiéndola. Lo hice para demostrar que la controlo. Para hacerla rogar, y luego marcarme en su mente y su cuerpo hasta que haga cualquier cosa que le pida. Pero su sabor, la sensación de su clítoris en mi lengua... y ese piercing. Mamma mia, casi pierdo el control. No pude parar, sacándole un segundo orgasmo. Nunca había tenido tantas ganas de follar. Necesité todo mi autocontrol para no meter mi polla en su interior y montarla hasta vaciarme. Pronto. Muy pronto. Nadie sabe mejor que yo cómo funciona la tortura. La anticipación es la peor parte, la espera de lo que vendrá después. Me aseguro que Gia sea cautelosa, que esté nerviosa cuando vuelva. Espera con ansias mis visitas porque eso significa que su mente no puede dejar de dar vueltas con la preocupación. Todo forma parte del proceso de descomposición. Decido que el trabajo puede esperar y vuelvo a mi camarote. Gia está abierta ampliamente en la cama, con los ojos clavados en mí. Meto mis manos en los bolsillos, sin molestarme en ocultar mi sonrisa. —¿Me has echado de menos, mia sporca puttana? —Desátame, hijo de puta. —Que boca. Tendré que ver si le encuentro un mejor uso después. Suena un golpe en la puerta. —¡Prego! —grito. Los ojos de Gia se abren ampliamente, la sospecha llenando su expresión. —¿Quién está ahí? ¿Qué estás planeando? —Es la tripulación. —Héctor y otros dos jóvenes entran, con los brazos llenos de todo lo que necesito para comer en la cubierta. Mantienen la mirada esquiva mientras caminan. Gia está de espaldas, con la piel de un rojo apagado. Entonces noto su respiración acelerada y cómo sus pezones se ponen rígidos. ¿Le gusta que la miren? Tengo que averiguarlo. Me estiro en la cama junto a ella. Intenta apartarse, pero es inútil, gracias a sus ataduras. Recorro con el dedo el semen seco en su suave vientre mientras mi tripulación trabaja justo al otro lado del cristal. Ella se retuerce en un esfuerzo por eludir mi contacto. —Estás intentando humillarme. Me inclino para lamer su pezón y me alegro cuando se estremece. —Creo que te gusta. —No me gusta. —¿Y si te hago correr mientras ellos miran? —Muerdo el pico suavemente—. Podrían verme comerte el coño y meterte el dedo en el culo. ¿Te gustaría? —No —respira, pero no hay certeza detrás de eso. Se está arqueando hacia mí ligeramente, aunque probablemente no se da cuenta. Los tres miembros de la tripulación evitan a propósito mirar en dirección a mi cama. Sonriendo, vuelvo a acercar mi boca a su pecho y chupo con fuerza. Cuando la suelto, la piel está roja e hinchada. Acerco mis labios a su oreja: —Intentan no mirar, pero no pueden evitarlo —miento—. ¿Crees que se les pone dura la polla al ver tu magnífico cuerpo expuesto así? Cierra los ojos. —¿No me has humillado lo suficiente por hoy? No, ni de lejos. —Siempre puedes volver a la jaula, micina. Pero no había pensado que fueras tan fácil de vencer. —Deslizo mi mano por su muslo lentamente, dándole tiempo suficiente para darse cuenta de lo que estoy haciendo—. Siguen observando, deseándote. Deseando ser ellos los que te besen y toquen. Se estremece, con la respiración entrecortada, pero no dice nada. Mis dedos llegan a su coño y la humedad acumulada en su abertura me dice todo lo que necesito saber. Deslizo dos dedos dentro de ella y su espalda se inclina. Cazzo, es hermosa. —Oh, mia sporca puttana. Te gusta esto. —Vete a la mierda, Enzo. Continúo la fantasía para ella. —Los hombres están distraídos, trabajando mucho más lento para poder ver lo que te estoy haciendo. —Ella jadea y bombeo mis dedos, follándola con ellos. Me inclino para susurrar—: ¿Los invito a unirse a nosotros? —No te atrevas —gruñe ella, y lucha contra sus ataduras. No tengo ningún deseo de compartirla, pero eso no significa que no pueda burlarme de ella con esa posibilidad. —¿Estás segura? Uno podría follar tu boca, otro tu coño. Otro podría chuparte las tetas. ¿No te gustaría que varios hombres adoren tu cuerpo a la vez? Las paredes de su coño se tensan, más humedad inundando su canal. Sí, eso le gusta mucho. —Don D'Agostino —llama Héctor, sin mirar la cama mientras ronda cerca de la puerta—. Hemos terminado. ¿Quiere algo más? Sigo metiendo y sacando los dedos de Gianna. Aunque tiene los ojos cerrados, está al límite, su cuerpo vibra de excitación y terror. Es un cóctel embriagador que quiero saborear. —Grazie, Hector. ¿Has traído la cadena? —Sí, Don D'Agostino. Está en la mesa. Lamo el pezón de Gia. —Tráela aquí. Héctor se gira para hacer lo que le pido y Gia sisea: —Te odio. Si su coño no estuviera apretando mis dedos como si no quisiera que me vaya, podría creerle. Héctor se cubre los ojos y lanza la fina cadena en mi dirección. Aterriza en el suelo, a metro y medio de la cama. Me apiado de él. —Puedes irte —digo, liberando mis manos de Gia antes de levantarme de la cama para recoger la cadena. Los miembros de la tripulación desaparecen. Desato las ataduras que rodean las piernas de Gia, luego encuentro en mi cajón una gruesa esposa de cuero para los tobillos y se la aseguro en la pierna derecha. No dice nada cuando le suelto las manos, solo baja los brazos y gira los hombros. Empiezo a tirar de la cadena a través del bucle metálico de la tobillera. Ella pregunta: —¿Qué estás haciendo? —Asegurándote y dándote de comer. —¿No hemos jugado ya a este juego? —Sí, pero tengo que asegurarme que no volverás a saltar por la borda. —No tienes que preocuparte por eso. Definitivamente no lo haré. —Perdóname si no te creo. —Agachándome, envuelvo el otro extremo de la cadena alrededor de la base de la cama, y luego la cierro con un juego de esposas. A menos que pueda levantar una cama atornillada al suelo, no va a ir a ninguna parte. Hago un gesto con la mano—. Levántate, mascota. Ven a comer. CAPÍTULO CATORCE GIA Esto tiene que ser una trampa de algún tipo. Enzo no va a dejarme andar con las manos libres, ¿verdad? Tengo la impresión que es inteligente, una especie de niño prodigio de la mafia. Entonces, ¿por qué no está preocupado por mis represalias? Porque no cree que sea capaz de hacerlo. Bien. Que me subestime... y cuando le clave un cuchillo en el corazón, reiré de último. Me levanto del colchón y me pongo de pie lentamente. Mi cuerpo está dolorido pero aún excitado, gracias a la boca y los dedos del mafioso. Ojalá no me afectara así, pero es como si hubiera metido la mano en mi cerebro y hubiera arrancado mis pensamientos más oscuros. ¿No te gustaría que varios hombres adoraran tu cuerpo a la vez? Sí, claro. Quiero decir, ¿no lo desean todas las mujeres? Tal vez Enzo no es tanperceptivo después de todo. Mi captor está sentado en la mesa de la cubierta, sirviendo tranquilamente agua con gas, despreocupado. Pero hay un notable bulto en sus jeans. Está claro que no soy la única que se ha excitado con lo que acaba de pasar. Esto es exactamente lo que yo quiero. No es inmune a mí, lo que significa que tengo ventaja. Sin un ápice de vergüenza, salgo a la cubierta, agradecida por sentir el sol en mi piel. Estar desnuda nunca me ha incomodado, y pasar tiempo rodeada de diseñadores y modelos me hizo ver que no tiene nada especial. Inclino mi rostro hacia el cielo y me estiro, dejando que me contemple largamente. Cuando por fin me siento, se mueve en su silla y mete la mano entre las piernas para ajustarse. Ja. Espero que esté empalmado y sea miserable. Alcanzo el agua. —¿No vas hacer que me siente a tus pies esta vez? —¿Estás tan ansiosa por comer de mi mano, gatita? Lo estoy volviendo a poner en mi contra, a pesar que fue él quien salió corriendo de la habitación la última vez. Que no quiera repetir esa experiencia lo dice todo. En lugar de responder, me concentro en la comida. Tomo un poco de pasta y verduras, y me pongo a comer. No dice nada durante un largo rato, solo me mira con el ceño fruncido. —Tienes hambre —comenta, como si fuera una gran revelación. —Sí, genio. Eso es lo que suele ocurrir cuando la gente no recibe comida durante mucho tiempo. —Le lanzo una mirada aguda—. ¿No te dieron de comer en el calabozo de Ravazzani? Resopla y se queda mirando el agua. —No. Jesús. Estuvo allí durante días. —¿Estabas hambriento después de escapar? —No pude comer alimentos sólidos durante dos meses. Una pizca de lástima se instala en mi estómago, pero la aparto. Había secuestrado y herido a mi hermana. Lo que le ocurriera en ese calabozo fue merecido. Me quedo mirando su dedo, el que tiene la punta perdida. ¿Le molesta? Fausto le había dado ese trozo de mano de Enzo a Frankie como un jodido regalo. ¿Será Enzo consciente de eso? —¿Admirando el trabajo de tu cuñado? —Enzo da un sorbo a su agua y flexiona los dedos de la mano que estoy estudiando. —¿Fueron esos los dedos que tenías dentro de mí? Hace una pausa, como si la pregunta lo sorprendiera. —No. Usé esta mano. —Levanta la otra mano de la mesa y se lleva los dedos a la nariz—. Cristo, me gusta cómo hueles, micina. —Eres un animal. —Inclino la barbilla hacia la mano con el dedo que falta, sin estar dispuesta a dejarlo ir todavía—. ¿Te dolió? —Un poco, pero no tanto como la operación para repararlo después de la infección. Vaya. Ahogo una mueca de dolor y luego casi me golpeo a mí misma. No debo sentir pena por él. Vuelvo a prestar atención a mi comida, decidida a no hacerle más preguntas. —También está adormecido —continúa—. Así que si quiero sentir el calor de tu coño o de tu culo, debo usar mi otra mano. —Ya podemos dejar de hablar de eso. —¿Pero por qué? ¿No quieres oír cómo he tenido que volver a aprender a cerrar el puño y a teclear? ¿Cómo a veces juro que siento que me pica? Termino el bocado que estoy masticando y luego me limpio la boca con una servilleta. —No siento ninguna simpatía por ti. Sabías a lo que te comprometiste cuando aceptaste ser don, y también cuando te enfrentaste a Fausto Ravazzani. Su expresión se vuelve tan amenazante, tan enfadado, que se me eriza el vello de la nuca. —Hablas de cosas que no entiendes. Si no aprendes tu lugar, te enviaré de nuevo a la jaula. —¿Y cuál es mi lugar, Enzo? No soy tu invitada ni tu amante, así que no tienes mi cooperación ni mi silencio. Devuélveme a la maldita jaula si no te gusta. —¿Crees que no puedo hacerte cooperar? —Empuja su silla hacia atrás de la mesa y se pone de pie. El bulto entre sus piernas sigue allí, todavía prominente. Extiende la mano por mi nuca y me pone de pie—. Veo que me miras la polla. Tal vez debería metértela en la garganta, hacer que te ahogues con ella. Ignoro la forma en que mi cuerpo reacciona ante su áspero agarre. —Te la arrancaré de un mordisco si lo haces. Sus dedos se aprietan, su pulgar acariciando mi piel. —No lo creo. Creo que quieres mi polla en tu boca tanto como yo quiero ponerla allí. Lo miro fijamente. Todo en mi interior me dice que luche, que arremeta. Lógicamente, sé que no debo hacerlo, pero soy una gran bola de hormonas y de ira en torno a este hombre. Sin embargo, nada de eso me dará lo que necesito, que es ganarme su confianza. Tengo que mantener la calma, mantener el control en todo momento. Tengo que jugar a su juego, y luego ganarle la partida. Me lamo los labios. —Puede que sí, pero aún no te la has ganado. Me mira como si tuviera dos cabezas. —¿Crees que tengo que ganarme una mamada tuya? —No lo hago por cualquier tipo al azar que conozco. —Empujo su pecho para poner algo de distancia entre nosotros y sorprendentemente me deja ir. Su mirada se estrecha, estudiándome, mientras vuelvo a sentarme. Como otra aceituna antes de acomodarme en la silla. Necesito comer todo lo posible. ¿Quién sabe cuándo volverá alimentarme? Él se recuesta en su silla. —Dai, Gianna. ¿No te gusta hacer mamadas? ¿Qué significa eso? Siento el juicio en su voz. ¿Cree que solo porque me gustan los hombres debe gustarme tener sus pollas en la boca? —No he dicho eso. He dicho que no lo hago por cualquiera. Tiene que ser alguien que realmente me guste. —¿Por qué? Te comí el coño y te odio. Cada músculo de mi parte inferior se aprieta al recordarlo. Ha sido jodidamente fantástico. —Bien, pero la mayoría de los chicos no lo hacen. Su mandíbula se abre y parpadea un par de veces. —Vete a la mierda de aquí. Estás mintiendo. Cuando no respondo, su boca se curva en una sonrisa cómplice y siniestra. Es entonces cuando me doy cuenta de mi error. Se abalanza al instante sobre este nuevo dato y su cuerpo se inclina hacia el mío. —¿Alguien te ha comido el coño antes que yo, micina? Me concentro en mi plato y murmuro: —Sí, por supuesto. Jesús, supéralo. —Ahora entiendo por qué te corriste tan fuerte... dos veces... cuando te comí el coño. Soy muy bueno en eso, ¿no? No estoy dispuesta a decirle la verdad, así que opto por el sarcasmo. —No podría decirlo. Nunca tuve otro secuestrador que me comiera el coño, así que no tengo nada con qué compararlo. —Termina tu almuerzo —dice en tono oscuro, con una expresión inescrutable. De alguna manera, sé que está planeando algo. Se nota en la tensión de sus hombros y en la atención que presta a mis movimientos. Su mirada no vacila, no se aparta de mi rostro, y yo... no lo odio. Finjo ignorarlo mientras sigo comiendo, deslizando el tenedor en mi boca y lamiendo las púas lentamente. Su suave respiración me anima y me siento un poco más recta en la silla. Es una sensación de empoderamiento. Me siento poderosa. Soy su cautiva y estoy encadenada a su cama, pero en este momento parece que lo tengo en las palmas de mis manos. Estoy aprendiendo que estar cerca de Enzo es como caminar por la cuerda floja, emocionante y aterrador al mismo tiempo, tan diferente de los otros hombres que he conocido. Puede hacerme daño en cualquier momento, pero algo me dice que no lo hará, no después de salvarme en el agua la noche anterior. Tuvo mucho tiempo para torturarme, pero no lo hizo. Y puede obligarme a algo sexual, pero no me violará. Aparte de degradarme y complacerme, no me ha tocado. Tampoco me ha obligado a tocarlo. Estamos jugando a un juego, pero no conozco las reglas. Menos mal que nunca me molesto en seguir las reglas de todos modos. No me apresura, simplemente se sienta en silencio y me observa mientras como. Cuando no puedo soportar otro bocado, me limpio la boca con la servilleta. —Ya he terminado. —Ve al baño y vuelve. El dominio en su voz me hacelevantarme antes que pueda detenerme. Mientras camino hacia el baño, me pregunto por qué obedecí tan fácilmente. Puedo fingir que es parte de mi actuación... pero ¿he estado actuando? Es muy considerado por parte de mi secuestrador permitirme la cadena suficientemente larga para llegar al baño. Muy lejos de cuando me encerró en la jaula y me hizo rogar. ¿Lo estoy ablandando? Uso el baño y me lavo las manos, luego humedezco un paño y me limpio el semen seco del cuerpo. Eres lo más sexy que jamás he visto. No esperaba cumplidos. Burlas y amenazas, sí. Así que tal vez me estoy metiendo un poco en su piel. Bien. Cuando no puedo retrasarlo más, respiro profundamente y abro la puerta. Enzo está estirado en la cama, desnudo, mirándome fijamente. La mesa del almuerzo fue retirada, la tripulación se retiró hace rato. Su polla, de un tamaño considerable, está medio dura, apoyada en el muslo. Me da una palmadita en el colchón. —Ven y túmbate. Es hora de tu recompensa. ENZO Observo cómo Gia echa un vistazo a la cubierta. ¿Buscando a alguien que la rescate? Reprimo una sonrisa. No hay rescate para ella. No de mí. —Ahora, Gia. Responde a mi orden, arrastrándose al instante sobre la cama, y me gusta lo ansiosa que se mueve cuando uso ese tono de voz. Silenciosa, se estira sobre su espalda y espera, como una buena gatita. Pero puedo ver dentro de su mente. Todavía no está destrozada, lo que significa que es un acto para ganarse mi confianza. Pobre y equivocada micina. No tiene ninguna confianza que ganar. Si Gia piensa que alguna vez bajaré la guardia con ella, se equivoca. Es un medio para un fin para mí. Aun así, puedo seguirle el juego, dejarla creer que estoy cayendo bajo el hechizo de su coño. —Brazos arriba —digo, complacido cuando obedece. La rebelión se arremolina en el fondo marrón de su mirada, pero no dice nada, simplemente observa cómo le aseguro las manos a la cama con las esposas. Por el momento le dejo las piernas libres. Cuando está esposada, me apoyo en un codo y la miro. Es tan jodidamente hermosa. Mientras que su hermana mayor parece una estrella del porno, Gia es más bien una actriz de Hollywood. Elegante y refinada, con piernas infinitas, pero con una pizca de fuerza, como la joven Angelina Jolie. —Abre las piernas —le ordeno—. Muéstrame tu coño. Un músculo salta en su mandíbula pero hace lo que le pido. Su piercing me llama como una capa roja a un toro, pero decido hacerla esperar. En su lugar, tomo su pezón en mi boca y chupo hasta que gime. Luego cambio al otro lado y le presto la misma atención. —Tus tetas son preciosas —le digo antes de pasar mis dientes por su pezón—. ¿Puedes correrte solo con que te las chupen? —Eso no es nada. —Su voz es jadeante y llena de burla—. Es solo algo que el porno y las novelas románticas reclaman para que las mujeres se sientan inadecuadas. Sacudo la cabeza ante su ingenuidad. —He hecho que muchas mujeres se corran así. —Seguro que sí —murmura. Cazzo, su boca. Si no tuviera planes para ella, me pasaría todo el día chupándole las tetas hasta que llegue al orgasmo. Me muevo entre sus piernas, con mi rostro directamente sobre su coño. —Dejaré eso para otro momento. Prefiero continuar nuestra discusión del almuerzo. Las arrugas se forman en su frente mientras frunce el ceño. —¿Qué discusión? Le acaricio los pliegues resbaladizos, inhalando el aroma almizclado de su excitación. Ya está mojada e hinchada. Esto va a ser fácil. —Sobre comer coño —digo vagamente, antes de rodear su piercing con la lengua y jugar con ella. Ella me observa, con los ojos fijos, mientras hago girar mi lengua alrededor de ese pequeño trozo de metal. Sus labios se separan ligeramente al tiempo que su respiración se acelera, y comienzo a lamerla con seriedad, centrándome en su clítoris. Está resbaladiza y deliciosa, y puedo sentir cómo los músculos de sus muslos empiezan a temblar a ambos lados de mí mientras sus ruidos se hacen más fuertes, más desesperados. —Oh, mierda. Oh, Dios. Oh, joder. Sí, ya casi. Su clítoris se aprieta contra mi lengua y me aparto inmediatamente, deslizándome para besar el interior de su muslo. Gia se derrumba sobre el colchón. Espero a que me reprenda, pero no lo hace. Su pecho sube y baja mientras intenta recuperar el aliento. Me acerco a sus tetas y empiezo a trabajar sus pezones, chupando uno mientras retuerzo el otro. Cuando ella sacude sus caderas contra mi estómago, vuelvo a su coño, lamiéndolo de nuevo. Me detengo justo antes que se corra. Lo hago dos veces más. A la cuarta vez, ella jadea y gime, un desastre incoherente. —Maldita sea —gime—. ¿Intentas que te suplique un orgasmo? Suelto su pezón con un chasquido. Está hinchado y rojo, mojado por mi boca. —No. —Entonces, ¿qué mierda? Por favor, Enzo. No puedo soportar más burlas. —Deja que te folle la boca y que me corra en tu garganta. Entonces dejaré que te corras. —Imbécil. —Se retuerce, tratando de sacarme de encima. Pero soy demasiado grande y demasiado decidido. Yo tendré esto. Me arrastro hacia su coño de nuevo. —No, por favor. Es demasiado. Presiono con suaves besos su clítoris, que está congestionado. —Dime que quieres mi polla en tu boca. Dime que te tragarás mi semen. —¡Enzo! —Llámame padrone y deja que te folle la boca. —Le doy un golpecito a su piercing con la punta de la lengua. —No sé lo que significa esa palabra, así que no. —Significa amo. —Ninguna otra mujer me ha llamado por ese nombre antes, pero sé que Gia lo odiará, y por eso lo sugiero. —Vete a la mierda. Nunca te llamaré así. Vuelvo a burlarme de ella, metiendo mi lengua en su abertura, clavándola como una polla. Su espalda se arquea mientras sus miembros tiemblan, y suelta una serie de creativas palabrotas en inglés. Casi sonrío cuando me aparto para besar su estómago. —Por favor —casi grita. —La palabra, Gianna. Dimmi. Entonces abrirás la boca y te tragarás mi polla. Aprieta los párpados. —Dios, te odio. No, es más que eso. Odio es una palabra demasiado suave para lo mucho que te desprecio. La ignoro y chupo su clítoris un par de veces. Ella trata de no reaccionar, de engañarme, pero yo estoy prestando atención a su cuerpo, no a su rostro. El sudor cubre su piel aceitunada, cada tendón se esfuerza por aguantar. No puede aguantar mucho más. Cuando está cerca, me aparto. Es entonces cuando veo que la derrota se refleja en sus rasgos. Por fin se da cuenta que no puede ganar. Le doy un beso en el estómago. —Dilo y dejaré que te corras después que yo me corra. —Por favor, padrone —susurra—. Per favore. El rayo de placer que recibo de esta pequeña victoria supera todo lo que he experimentado como Don D'Agostino. Mejor que el poder, el dinero, todo eso. Mi polla palpita, y nunca había estado más duro. Más desesperado. Me siento a horcajadas sobre su cabeza, con las rodillas sobre la almohada sosteniéndola, y apunto mi polla a su boca. —Mettilo in bocca64. Sus labios se separan y lo aprovecho al máximo, deslizando mi erección en ese cálido refugio, y es incluso mejor de lo que imaginaba. Casi se me ponen los ojos en blanco y tengo que tomarme un momento para recomponerme y no descargarme antes de tiempo. Entonces su lengua revolotea en la parte inferior de mi polla y mis caderas se flexionan, empujando mi polla más profundamente. —¡Cazzo, Gianna! —jadeo, mientras golpeo la entrada de su garganta. 64 Mettilo in bocca. Póntelo en la boca, en italiano. Es preciosa, tan jodidamente sexy con sus labios estirados alrededor de mi longitud, y comienzo a follar lentamente su boca, viendo como mi polla desaparece y vuelve a emerger recubierta de su saliva. —Bellissima65 —respiro—.Tu sei perfetta. Hay determinación en su mirada, como si fuera a hacerme la mejor mamada de mi vida o morir en el intento. Sin poder evitarlo, acelero, la sensación de ella es demasiado fuerte, demasiado buena, y los cosquilleos recorren la parte posterior de mis muslos. Gruño y utilizo su boca para correrme, agarrándome al cabecero de la cama y empujando mis caderas con brusquedad. Se le humedecen los ojos, pero nunca se aparta, nunca se atraganta, simplemente toma todo lo que le doy en silencio. Una mascota perfecta. Mi mascota perfecta. Al instante, mis bolas se tensan y me corro en su garganta, con chorros calientes que explotan en su boca mientras tiemblo y me estremezco, el orgasmo no se parece a nada que hubiera sentido antes. Es increíble, sigue y sigue, como si me estuviera volviendo al revés, dejándome seco. —¡Minchia! —grito al techo—. Bébeme, chica hermosa. Finalmente, me retiro de su boca y un largo hilo de mi semen mezclado con su saliva se desliza desde su lengua hasta la punta de mi polla. Es sucio y visceral, una imagen que nunca olvidaré mientras viva. Luego se lame los labios, rompiendo esa última conexión, pero no dice nada. Le acaricio el cabello. —La mia troia —canturreo, y luego me sitúo entre sus piernas—. Te daré tu recompensa. Chuparme la ha mojado aún más. La humedad se acumula en su entrada, así que meto mis dedos en su coño y lamo su clítoris 65 Bellissima. Bellísima o muy hermosa, en italiano. rápidamente. No tengo que esperar mucho antes que sus músculos se contraigan y grite: —¡Oh, joder! —Sus muslos se aprietan a ambos lados de mi cabeza mientras se convulsiona, su coño ordeñando mis dedos, y por un breve momento deseo que se corra sobre mi polla. Cuando se relaja debajo de mí, disminuyo la presión, sabiendo que estará sensible y adolorida. Pero estoy satisfecho. Me dio lo que quería. Sin quitar los dedos, me estiro en la cama junto a ella, apoyado en un brazo. —¿Te gusto ahora, micina? Si su mirada pudiera matarme, moriría en el acto. No hay nada más que pura aversión mirándome. —Quiero cortarte las bolas y tirarlas por la borda. Me rio. —¿Ves? Podemos odiarnos pero seguir teniendo un sexo increíble. —Si discuto contigo, solo vas a bordearme hasta que esté de acuerdo. —Ahora estás aprendiendo. Será mucho más fácil para ti si no peleas conmigo. —Saco lentamente mis dedos de su coño y los llevo a su boca—. Lame. Ella saca la lengua y me deja deslizar mis dedos en su boca. —Madre di Dio —susurro, con la plenitud creciendo en mis bolas de nuevo mientras ella se limpia de mi piel—. Sei molto sporca66. Por mucho que quiera seguir provocándola, tengo que trabajar. Mi imperio no se ejecuta solo. De mala gana, me retiro y me levanto del colchón. Está despeinada y enrojecida, flácida y bien 66 Sei molto sporca. Eres muy sucia, en italiano. usada. Dio cane, me gusta verla así en mi cama, sujeta y a mi merced. Me vuelvo a vestir y luego libero sus manos. —No te metas en problemas. —¿Me dejas sin atar? —Incluso si consigues forzar el candado de la cadena, ¿a dónde irás? ¿Al agua de nuevo? —Sacudo la cabeza—. No lo creo. —Quizá encuentre un arma y te arranque el corazón cuando vuelvas. Tan sanguinaria y feroz. Sin duda lo intentaría si encontrara un arma a su alcance, pero no lo hará. Lo que ella no se da cuenta es que yo ya no temo a la muerte. Me he enfrentado a ella y he sobrevivido. Ahora mis días son atormentados y mis noches están llenas de agonía. Cuando llegue mi final, lo recibiré con agrado. Me pongo la camisa y me dirijo a la puerta. —Espero que lo hagas, Micina. Espero que lo hagas. CAPÍTULO QUINCE GIA Inclino mi rostro hacia el sol mientras la brisa besa mi cálida piel. Estamos anclados en medio de un agua azul aguamarina, con un cielo brillante resplandeciendo en lo alto. No hay nada a nuestro alrededor, y estoy sola en la cubierta, la cadena que me rodea el tobillo me permite el movimiento suficiente para llegar incluso a la bañera de hidromasaje. Si pudiera olvidar de quién es este yate... y el brazalete medieval en el tobillo... estaría en el cielo ahora mismo. Todo el día de ayer busqué algo para forzar la cerradura de mi tobillera. Por desgracia, no hay nada. Enzo se llevó el resorte del rollo de papel higiénico y no hay nada más afilado que me ayude a escapar. Sí, encontré su ropa, que me permitió al menos cubrirme. No me importa si eso lo hace enfadar o no. Ya me ha humillado lo suficiente. Está claro que a Enzo le gusta la ropa. Tiene más ropa que casi todos los que conozco, un armario lleno de camisas y jeans de diseño, trajes y zapatos. Reconozco las marcas... todas italianas... y las cosas no son baratas. No volvió ni anoche ni esta mañana, lo que no me deja más alternativa que pensar. Sobre todo en esa mamada... Quiero decir que lo odio, que después me sentí violada, pero sería una mentira. Fue poderoso, dejar que me follara la boca y ver el placer aturdido en su rostro mientras se la chupaba. Pensará en la mamada durante mucho, mucho tiempo. Tampoco había tardado más que un minuto o dos en correrse. Bellissima. Tu sei perfetta. No quiero admitir, ni siquiera a mí misma, lo mucho que me gusta que me elogie. Qué triste es que un hombre que me ha secuestrado sea el primero en aumentar realmente mi confianza. Es tan jodido. Pero Enzo no tiene ninguna razón para mentir, ninguna razón para ganarme con falsos cumplidos. Las palabras son sinceras, reticentes, como si él tampoco pudiera creérselo del todo. Se me curvan los dedos de los pies al recordar su voz pronunciando todas esas palabras sensuales. Jesús, el hombre puede hablar sucio en italiano como nadie. No sé por qué reacciono con tanta fuerza, pero lo hago. —¡Ciao! ¿Permesso67? Es una voz masculina, pero una que no reconozco. Me giro, tiro de la camiseta de Enzo un poco más abajo sobre mis muslos desnudos y cruzo las piernas. —¡Prego! Dios, espero que sea comida. 67Permesso. Permiso o permitir, en italiano. Un hombre joven, probablemente de unos veinte años, atraviesa el dormitorio y sale a la cubierta. El cabello oscuro y la barbilla son puro D'Agostino. Es el hombre al que había visto esnifando coca de un par de tetas la noche de mi fuga. Levanta la bandeja en sus manos. —Ciao, bella. Te he traído la comida. Me siento más erguida. —Hola. Gracias. Pone la bandeja en la mesa y se acomoda en la silla vacía. —Soy Massimo. El hermano divertido. No puedo evitar sonreír. —Entonces me alegro mucho de conocerte por fin. Con un guiño, añade: —También soy el hermano atractivo. Los tres hombres D'Agostino son atractivos, pero no voy a decírselo. Ni siquiera el ahogamiento me hará admitirlo. Estudio la bandeja. —¿Y qué has traído? Se frota las manos dramáticamente. —Veamos. He traído sándwiches, vino, ensalada... — Entonces rebusca en su bolsillo y arroja un paquete de polvos blancos sobre la mesa—. Y una fiesta. No es la primera vez que veo cocaína, pero me quedo boquiabierta. —Sabes que soy la prisionera de tu hermano, ¿verdad? —Lo que significa que probablemente necesitas un escape incluso más que yo. Tomo un sándwich y me alegro de encontrar mozzarella fresca, tomate y albahaca en un panecillo de ciabatta. —¿Sabe tu hermano que esnifas tu almuerzo? Se forma una pequeña hendidura entre sus cejas mientras frunce el ceño. —Creí que eras la hija salvaje de Mancini. —Lo soy, y ya me he metido coca antes. Pero no a la luz del día. Desliza el paquete de polvos a un lado y toma el sándwich extra. —Bueno, otras semanas en este barco y locomprobarás. También estarás desesperada por cualquier tipo de entretenimiento. —¿Cuánto tiempo llevas en el yate? —pregunto, y le doy un mordisco al sándwich. Oh, Dios. Casi gimo. Es lo mejor que he probado en mucho tiempo. Los italianos sí que saben de comida. —Un poco más de cuatro años. Eso tiene sentido. Por lo que dijo Frankie, todos suponían que Enzo se escondía en Italia o en Europa. No sabían que Enzo había tomado el agua en su lugar. Inteligente, mafioso inteligente. Abro la botella de vino y lleno una copa hasta el borde. Beban, perras. —Debes sentirte solo. Massimo se encoge de hombros. —Traemos mujeres cada pocas semanas. No es terrible. Recuerdo el festival de sexo de la noche de mi fuga, la mujer que le hacía una mamada a Enzo. Massimo y Vito también habían estado ocupados. —¿No es arriesgado? Una de ellas podría hablar. —Ellas no saben nuestros verdaderos nombres. Además, nos movemos constantemente, nunca nos quedamos en un lugar por mucho tiempo. —Bueno, eres bienvenido a pasar el rato conmigo durante el día. Me aburro como loca. —No debería quedarme mucho tiempo. —Se sirve vino—. A mi hermano no le gustará que esté aquí. —A la mierda lo que piense Enzo. —Tomo un buen trago de vino blanco—. Es un idiota. —No siempre fue así —dice Massimo. El comentario es similar a lo que me dijo Vito allá en la jaula, que el calabozo ha cambiado a Enzo para mal. —Perdóname si no te creo —murmuro—. Sé lo que le hizo a mi hermana. Massimo se encoge de hombros antes de recostarse en su silla, con la copa de vino en la mano. —En su mayor parte la dejó al cuidado de Mariella en la casa de la playa. No quiero debatir el concepto de hospitalidad de Enzo con Massimo. Se trata de una batalla perdida. Ya que parece conversador, decido sonsacarle información. —¿Cómo era Mariella? Hace un ruido e inclina su rostro hacia el sol. —Una stronza. Pero es hermosa y hacía todo lo que mi hermano le pedía. Algo de eso me molesta. No me gusta pensar en Enzo dominando a otra mujer, consiguiendo que haga lo que él quiere. Espera, ¿otra? Quise decir cualquiera. No me gusta pensar en él dominando a cualquier mujer. Mierda, eso tampoco suena bien. Bebo más vino. —¿Qué pasó con ella? —Está en Milan, viviendo con un diseñador. ¿Tal vez lo conoces? Brunello Calli. Conozco a Brunello. Es mayor y muy exigente. Las modelos se quejan de él todo el tiempo. —Parece un poco viejo para ella. —A algunas mujeres les gustan los hombres mayores, ¿no? Considero esto mientras bebo más vino. —¿Qué edad tienen tú y tus hermanos? —Yo tengo veintiocho años, Vito tiene treinta y dos. Enzo tiene treinta y ocho. Mierda, es dieciocho años mayor que yo. Casi el doble de mi edad. ¿Por qué no me repugna? Dejando eso a un lado por ahora, pregunto: —¿Los separan cuatro años a cada uno? —¿Revelador, no? Creo que se puede decir que ninguno de nosotros fue espontáneo. —Supongo que tus padres no estaban felizmente casados. Resopla. —No había nadie feliz en nuestro hogar mientras crecía. Mi padre era un hombre cruel. A Enzo no le gustará que te lo cuente, pero es cierto. Ouch, eso es sombrío. Puede que mi padre me ignorara, pero mis hermanas y yo tuvimos una infancia feliz. Sobre todo porque Frankie nos cuidó a Emma y a mí. ¿Quién sabe qué habría pasado si no fuera por mi hermana mayor? —¿Y la esposa de Enzo? —Tienes mucha curiosidad por mi hermano. —Me estudia, y no me importa la especulación que ilumina su oscura mirada—. Si esperas entenderlo, pierdes el tiempo, bella. Puedo creer eso. —Llámame Gia. ¿Y por qué dices que es una pérdida de tiempo? —Porque va un paso por delante en todo momento. No se puede ser más astuto que él. Tal vez, tal vez no. Enzo no se ha encontrado con alguien como yo antes. —Tal vez, pero tengo curiosidad por una mujer que mira hacia otro lado mientras su esposo mantiene una relación tan abierta con su amante. Massimo parece confundido por mi comentario. —Así es como se hacen las cosas aquí. Ninguna buena esposa italiana quiere a su esposo de esa manera. Hola, patriarcado. Me alegro de verte de nuevo. —¿Cómo sabes eso? ¿Le has preguntado alguna vez? —¡Che cazzo! ¿Preguntarle a la esposa de Enzo si le gustaba follar? ¿Ma sei pazza? —¿Qué significa eso? —¿Estás loca? Entonces, la versión masculina de “loco” es pazzo. Tengo que recordar esa palabra. —A las mujeres también les gusta follar, Massimo. —Ya lo sé —murmura, sin mirarme a los ojos—. Pero las esposas no. Se las elige por su pureza, para que cuiden de nuestros hogares y críen a nuestros hijos. Esto suena como algo que había escuchado cientos de veces y luego memorizado. Hago un gesto con la mano, apretando los dedos y agitándolos. —Como dicen los italianos, ¡Cazzata! Se ríe, el viento agita su cabello oscuro. —Me gustas. Eres divertida. Es ridículo que el feminismo sea una novedad aquí. —El matrimonio es largo y duro. Cuando eliges un cónyuge tienes que encontrar a alguien que te respete, que sea tu igual. —Me quedé en blanco después de que dijeras largo y duro — dice con una sonrisa de satisfacción. Riendo, agarro un tomate cherry de la ensalada y se lo lanzo a la cabeza. —Eres asqueroso. —Y también encantador. Admítelo. La verdad es que lo es. No tengo ni idea de cómo Massimo y Enzo pueden estar relacionados. —Bien, sí. Tienes un cierto encanto, para las mujeres a las que les gustan los cavernícolas. —¿Cómo puede ser esto de cavernícola? Creo que deberíamos terminar nuestro almuerzo y luego llevar esta botella de vino al jacuzzi. Eso suena como una excelente idea, excepto por un problema. —No tengo traje de baño. —La ropa de Mariella probablemente todavía está a bordo. Puedo encontrarte uno. Oh, genial. Justo lo que quiero. Vestirme como la antigua amante de Enzo. Aun así, ese jacuzzi suena bien. —De acuerdo. ¿Hay alguna posibilidad que me sueltes? — Señalo el brazalete alrededor de mi tobillo. —Si lo hago, mi hermano me colgará de las bolas, bella. —¿No se enfadará porque estés aquí? —Él y Vito están ocupados trabajando. Suelen estar todo el día con llamadas y correos electrónicos. —Entonces, ¿qué haces? —Boh... ver películas, tumbarme al sol. Nadar. Hablar con la tripulación. No es de extrañar que estuviera de fiesta y esnifando coca. Massimo está ávido de responsabilidades y Enzo no le da nada que hacer. —Podemos entretenernos, entonces. —Va bene. —Se aparta de la mesa y se pone en pie—. Iré a buscar las cosas de Mariella. —¿Puedes hacerme otro favor? —Mientras no requiera soltarte, sí. —No lo requiere. Quiero papel y lápices para dibujar. —¿Cómo, dibujos? —Diseños. Voy a convertirme en diseñadora de moda. Me sonríe. —Me encanta la ropa, pero me gustan más las modelos. Pongo los ojos en blanco hacia el cielo. —Por supuesto que sí. ¿Adivina qué? Si me dejas ir, te presentaré a algunas. —Dai, Gia —dice con una sonrisa de satisfacción—. Con una llamada telefónica puedo tener a diez mujeres aquí para montar mi polla. Mis hermanos y yo estamos nadando en hermosos coños. Una piedra se instala en la boca del estómago. No sé por qué eso me molesta, pero lo hace. Mejor no desempacar eso ahora. —¿Cómo podría olvidarlo? —No te preocupes —dice Massimo mientras se aleja—. Si te hace sentir mejor, nunca había visto a mi hermano actuar así por una mujer. Tomo mi vino, preguntándome qué ha visto Massimo en mi rostro para hacer un comentario tan ridículo. No estoy celosa. Enzo puede follarse a todas las mujeres de aquí a Roma por lo que me importa. ¿Esta gente cree sinceramente que yo quiero su atención? Por favor, padrone. Por favor. La vergüenza caliente me recorre la piel. Vuelvo a llenar mi copa e intento decirme a mí misma queno tuve elección. Me había obligado a decir esas palabras. ¿No es así? Entonces recuerdo el orgasmo que había experimentado poco después... Valió la pena. ENZO El hombre al otro lado de la conferencia telefónica sigue zumbando y yo escucho con media oreja. Vito y yo estamos en nuestra oficina de la cubierta superior, pero yo pienso en mi prisionera. Su olor, su piel. La mirada en su rostro cuando finalmente la dejé correrse. Es demasiado perfecta, con una actitud luchadora y unos apetitos jodidos que coinciden con los míos. Quiero perseguirla por el bosque, luego atraparla y follarla en el suelo, con ella resistiendo y fingiendo luchar contra mí. Cazzo, quiero ponerla a prueba. Ahora mismo. Desde su asiento frente a mí, Vito alcanza a silenciar el teléfono. —¿Estás prestando atención? Y no mientas, porque ya sé la respuesta. —Entonces, ¿por qué haces la pregunta? —Quiero quitarle el silencio al teléfono, pero me agarra del brazo. —No podemos permitirnos errores, Zo. Le frunzo el ceño. —¿Y qué es exactamente lo que te preocupa, fratello? —Tu cabeza lleva días fuera de sí y tenemos asuntos serios que tratar. Sacudo su mano, luego quito el silencio del teléfono e interrumpo nuestro contacto en Bélgica. En un francés impecable, respondo a cada una de las cuestiones planteadas, relatándolas casi palabra por palabra. Mi mirada no se aparta de la de mi hermano, y puedo comprobar su sorpresa. Cuando desconectamos, unos minutos más tarde, había satisfecho a ambas partes y nos he ahorrado un montón de dinero. Recostado en mi silla, levanto una ceja hacia él y lucho por mantener la calma. —¿Decías? Levanta las palmas de las manos. —Me disculpo. —No vuelvas a interrogarme. Me estoy cansando de tener esta conversación contigo. Mi hermano no parece convencido. En cambio, se acaricia la mandíbula con los dedos, pensativo. —Deberíamos grabar un vídeo de ella y enviárselo a Ravazzani. —No. —La reacción es instantánea y visceral, basada en la emoción y no en la lógica, pero todo en mí se rebela ante la idea. Templando mi tono, digo—: Todavía no. Es demasiado pronto. —Cuanto más tiempo se quede, mayor será la posibilidad de que nos resulte contraproducente. —¿Y cómo nos va a resultar contraproducente? Nos miramos fijamente, el momento se prolonga en la quietud. El yate está anclado, así que los motores están en silencio, el agua en calma. Sé lo que Vito está pensando, y me pregunto si tendrá las bolas para decírmelo a la cara. Yo ya estoy al límite. Tal vez una pelea con mi hermano es exactamente lo que necesito para dejar de pensar en mi pequeña cautiva. Levanta las manos. —Bien. Veo que no estás dispuesto a renunciar a ella. ¿Me dirás al menos lo que estás planeando? —De nuevo, no. No te va a gustar y no me van a convencer de lo contrario. —Planeas hacerle daño. —No de la manera que estás pensando. ¿Dónde estamos con la búsqueda de Giulio Ravazzani? —Gabriel Sánchez salió ayer de Ámsterdam y tomó un vuelo a Barcelona. Eso es todo lo que sé. —Probablemente se enteró de la desaparición de Andrea Di Vittorio y comprendió que ha sido comprometido. Sin duda, ahora está usando otro alias. —Sí, eso es lo que suponemos. Tengo que buscar en todos los registros de vuelos de Barcelona y en las grabaciones de seguridad del aeropuerto. —Que revisen también Madrid. Es posible que el billete a Barcelona sea un despiste. —Si Barcelona es falso, entonces Giulio podría estar en cualquier parte del mundo. —Es cierto, pero el despiste funciona mejor si se acerca a la verdad. Quiere que creamos que está en Barcelona para que no busquemos en las otras ciudades de España. Prueba con Madrid, luego con Málaga. —Lo haré. —Vito comienza a escribir en su teléfono. Una hora más tarde, estoy hablando por teléfono con un director de banco con el que trabajo en Haití, moviendo dinero, cuando Vito llama mi atención. Levanta su móvil delante de mi rostro. —Stefano está llamando —dice—. Probablemente por la prueba de ADN. —Contesta y pon el altavoz —le ordeno, y luego le digo a mi contacto que le devolveré la llamada. Vito pulsa algunos botones y deja el móvil sobre el escritorio. —Pronto. —Ciao, Vito. Supongo que Don D'Agostino está contigo. —Estoy aquí —digo—. Informe. —¿Esa base de datos que me pediste que alterara? No fue un problema. He borrado algunos de los archivos relevantes y he cambiado los otros que quedaban. —Va bene —dice Vito—. Buen trabajo, Stefano. El dinero será transferido esta tarde. —Grazie, Stefano —añado. Entonces decido añadir otra tarea a su lista. Es algo que me ronda por la cabeza—. Quiero que hagas algo más por mí. —Por supuesto, Don D'Agostino. —Suena resignado, pero me importa una mierda. —Quiero que investigue los antecedentes de alguien. Quiero conocer cada detalle de su vida, por pequeño o insignificante que sea. ¿Capisce? —Si, no hay problema. —Cada detalle, Stefano. Incluyendo los registros de salud. Te veré bien compensado por eso. —Entiendo. Solo necesito un nombre y una ciudad de nacimiento. —Gianna Mancini, Toronto. Vito se queda muy quieto al otro lado del escritorio, pero lo ignoro. —Informaré en cuanto pueda —dice Stefano—. No debería tardar más de un día. —Bien. Envíame un correo electrónico de la forma habitual. Terminamos la conversación y vuelvo a mi laptop, dejando a Vito con su desaprobación. Finalmente, mi hermano dice: —¿Sigues negando que estás obsesionado con ella, fratello? Me desplazo por mi lista de correos electrónicos no leídos. —Cuanta más información tenga sobre ella, más podré usar en su contra. —¡Cazzata! —Cuida tu tono conmigo. Y cuando quiera tu opinión sobre mi prisionera te la pediré. Si no, mantén la boca cerrada y deja que yo me encargue. —Solo promete pensar con la cabeza y no con la polla, per favore. No estoy seguro que eso sea una posibilidad a estas alturas, así que no digo nada. CAPÍTULO DIECISÉIS GIA Las cosas están mejorando para esta prisionera, aunque solo sea un poco. Ahora tengo un amigo en el yate. Massimo vuelve hoy con comida y vino, y descubro que tenemos mucho en común. Es divertido estar con él y, aún mejor, no se parece en nada a su hermano mayor. Massimo me trajo lápices y papel, que me permitieron hacer bocetos anoche y esta mañana. También me enseñó dónde está escondida la televisión en el dormitorio de Enzo y dónde encontrar la colección de DVDs. Y lo mejor de todo es que Enzo no ha vuelto desde la épica mamada que le hice. Probablemente todavía está tambaleándose, tratando de decirse a sí mismo que no quiere una repetición. Pero volverá, listo para más de mis habilidades especiales. Al menos, estoy bastante segura que no ha vuelto. Tengo un vago recuerdo de un cuerpo cálido detrás de mí durante la mitad de la noche, abrazándome con fuerza, con suaves respiraciones en mi cabello. El lado vacío de la cama estaba frío esta mañana cuando finalmente me desperté, así que no puedo estar segura. Massimo y yo nos relajamos en el jacuzzi después de comer. Si no fuera por mi cadena en el tobillo, casi puedo fingir que no estoy cautiva. Me está mostrando vídeos divertidos de las redes sociales, y luego pasa un vídeo de cocina. —Espera —digo, agarrando su muñeca—. Quiero ver lo que están haciendo. —Son espaguetis a la carbonara, como los hacen en Roma. —¿Hay diferentes formas de hacerlos? —La verdadera forma clásica es con panceta. Los americanos intentan hacer trampa usando tocino. —Los americanos —me burlo, haciéndolo reír—. ¿Qué saben ellos de comida? —Exactamente. Lo haré alguna vez para ti. —¿Sabes cocinar? Baja la cabeza, como si estuviera avergonzado. —No es difícil. Hay más en esta historia. Y la cantidad de vídeosde cocina que hemos pasado en su feed de repente tiene sentido. —Espera, puedes, como, cocinar de verdad, ¿no? Te interesa la comida. —Me gusta cocinar. Me da algo que hacer. Pero una vez que estemos de vuelta en tierra, tomaré mi lugar como un verdadero D'Agostino. Un asesino y un ejecutor, ayudando a dirigir la 'ndrina. —¿Por qué no puedes hacer eso ahora? —No quieren mi ayuda. Me tratan como si fuera un estúpido. Un niño. Especialmente Enzo. No quiero defender a mi captor, pero pienso que esto es vender al mafioso un poco. —¿Has hablado con él de eso? Massimo resopla. —¿Crees que es razonable en su estado actual? —Obviamente quiere mantenerte oculto y a salvo en este momento, pero no siempre estarás atrapado en el yate... —¿Pasando una buena tarde? Ambos nos sobresaltamos al oír la furiosa y profunda voz cerca de la puerta. Massimo permanece en silencio, pero respondo a la oscura mirada de Enzo con una propia. —Sí, así que siéntete libre de irte antes de arruinarlo. —No creo que sea yo quien se vaya, micina. Massimo se levanta e inmediatamente sale del jacuzzi. —Mi dispiace, fratello... Enzo levanta una mano y se adelanta. —Me ocuparé de ti más tarde. Ve a buscar a Vito. En silencio, Massimo agarra una toalla y se la pone alrededor de la cintura. Se aleja y escucho cómo se cierra la puerta, mi atención sigue puesta en el mafioso enfadado que está de pie junto al jacuzzi. —No sé por qué estás enfadado. Todavía estoy encadenada. Sus dedos comienzan a desabrochar su camisa. —No me había dado cuenta que estabas aburrida, Gianna. —Estoy cautiva en el yate de un psicópata y no tengo nada que hacer. Por supuesto que estoy jodidamente aburrida. Su camisa golpea la cubierta y trato de no mirar toda la tonificada piel aceitunada que exhibe. —¿Así que no hiciste una línea o dos mientras tú y mi hermano pasaban el rato? ¿Es eso lo que piensa que Massimo y yo estábamos haciendo aquí? Pongo una fuerte dosis de sarcasmo en mi voz. —Es un poco temprano para la coca y esto no es un club nocturno, pero no rechazaría un poco de molly68. ¿Tienes algo? —Me traerán un poco mañana —responde, mientras se desabrocha los jeans. Me doy cuenta que se está desnudando. —¿Qué crees que estás haciendo? —Mi gatita necesita entretenerse, por lo visto. —Se baja los jeans por sus gruesos muslos y mis ojos casi se salen de mi cabeza. —¿Siempre vas en plan comando? En lugar de responder, se mete en el jacuzzi y se sienta. —Ven aquí, micina. —Estoy bien donde estoy. 68Molly. Es una droga sintética que altera el estado de ánimo y la percepción, usualmente conocida como éxtasis. —Ven aquí ahora mismo, o te ataré a mi cama y te azotaré hasta que llores. —¿Por qué? —Porque te voy a castigar y si te lo tengo que volver a pedir, te azotaré y te daré con un cinturón en el culo. —No te atreverías. Su sonrisa es positivamente tortuosa. —Nunca dudes de mis palabras, Gia. Siempre digo lo que quiero decir. Ven aquí, maldición. Ahora. Mi corazón se acelera mientras floto más cerca. Nunca sé lo que va hacer... y eso me excita como ninguna otra cosa. Me encuentro a su lado, con el cuerpo zumbando con la posibilidad. Empiezo a poner mis manos sobre sus hombros, pero él me agarra las muñecas y me lleva los brazos a la espalda. —Súbete encima, de cara a mí. Me sujeta las muñecas con una mano, mientras su otra palma se posa en mi cadera, ayudándome a subir a horcajadas sobre su regazo. La posición arquea mi cuerpo hacia adelante y levantando mis tetas. Mis pezones se asoman a través del top del traje de baño, y él rodea uno con sus labios y lo chupa con fuerza. Gimo y puedo sentir cómo su polla se engrosa, se alarga en el agua. Hay una energía oscura burbujeando entre nosotros, que se alimenta de nuestra ira y nuestra lujuria. Raspa con sus dientes mi pezón cubierto de tela y luego lo suelta. —Frota tu coño en mi polla. Hazte correr como la sucia gatita que eres. Un pequeño escalofrío me recorre, pero lo miro por encima de la nariz. —Vete a la mierda, Enzo. Desata los cordones de mi top y lo deja flotar. La brisa fresca me roza los pechos mientras él pasa largos minutos chupando y mordiendo cada teta, dejando marcas que sin duda sentiré durante días. Me pellizca y tira de los pezones, casi abusando de ellos, y no puedo evitar gemir. Algo en su dominio y agresividad me excita. Cuanto más me da, más deseo, arqueándome hacia él y suplicando en silencio que siga. —No voy a tocar tu coño —susurra, lamiendo mi cuello—. Si quieres excitarte, tienes que utilizarme y frotarte contra mi polla. Estoy muy mojada, mi cuerpo ya arde y estoy deseando correrme. Me duelen los hombros por estar sujeta, pero en el buen sentido, y ansío hacer rodar mis caderas sobre su gorda polla. Mi clítoris palpita, y no estoy segura por qué me lo niego. Si él no va a darme placer, puedo hacerlo yo misma. Como para insistir en su caso, me besa la garganta y luego hunde sus dientes en la carne, y un largo gemido sale de mi boca. —No hace falta que te resistas. —Mueve sus labios a lo largo de mi mandíbula y me balanceo hacia él—. Tu coño debe estar húmedo y necesitado. Piensa en lo bien que te sentirás al correrte. —Dios, eres lo peor. —Derrotada, bajo y presiono mi sexo sobre su polla. Está muy dura y gruesa, más que suficiente para hacer el trabajo. Enzo gruñe pero se queda quieto. No estoy segura de cuál es su juego, pero necesito este orgasmo. —Adelante —susurra—. Desliza tu clítoris por toda mi polla. —Se deleita con uno de mis pezones, aplicando presión, y eso lo hace. Empiezo a moverme, balanceando tímidamente mis caderas, y la sedosa fricción de mi traje de baño sobre su polla es mi nueva cosa favorita, como el chocolate y la cachemira todo en uno. Me muevo más rápido. Pronto mis caderas se agitan, el placer aumenta, y él se inclina hacia atrás para observarme. Ni siquiera me importa. Puedo tomar lo que necesito sin ninguna ayuda de él, muchas gracias. —¡Joder! Qué bien, mafioso. Tan, tan bueno. —Eso es, bella. Eso es una buena chica. —Las palabras me hacen subir más, mis músculos se tensan en preparación. Está dentro de mi cerebro de nuevo, pero estoy demasiado cerca para parar. Sigue hablando. —¿Sientes lo duro que estoy? Tengo tantas ganas de deslizarme dentro de tu coño, desgarrarte y abrirte. ¿No te gustaría estar llena de mi polla? Mi boca se afloja mientras sigo trabajando en su polla. Es increíble, pero sentirlo dentro de mí sería mil veces mejor. —Sí. Dios, sí. —Ruega que te folle, mia sporca puttana. No puedo, así que no digo nada. Solo necesito correrme. —Sé que quieres —dice—. Tu cuerpo está hecho para recibir mi polla. Tu coño está tan vacío ahora mismo. —Oh, Dios —jadeo, ya casi en el aire. Todo en mi interior se enrosca como un resorte y mis muslos tiemblan. Sus labios rozan mi oreja. —¿Quieres luchar, micina? ¿Quieres luchar contra mí? Entonces puedo sujetarte y follarte tan fuerte... Eso desata mi orgasmo. —¡Joder, sí! —Empiezo a convulsionar, cada molécula de mi cuerpo inundada de placer. Una luz brillante inunda la parte posterior de mis párpados y siento que sus manos se dirigen a mis caderas, ayudándome para aguantar el resto de mi clímax—. Qué bueno —jadeo, mientras mis dedos se enredan en su cabello. Apoyo mi frente en la suya mientras intento recuperar el aliento. —¿Te ha gustado el espectáculo, Il pazzo? —Loco. Me rodea la garganta con una gran mano. —¿Quién ha dicho que ha terminado? Aspiro una bocanada de aire sorprendida cuando Enzo se pone de pie con mis piernas aún envueltas alrededor de su cintura, mi tobillo aún encadenado. Sale del jacuzzi como si yo no pesara nada, el agua resbalandopor nuestros cuerpos. Cuando está en la cubierta, me deja deslizarme por su musculoso cuerpo. No pierdo tiempo en poner distancia entre nosotros, lo que significa que puedo ver la gigantesca erección que tiene. Por supuesto que la he sentido hace unos momentos cuando me estuve frotando contra él, pero verla es... uf. La cosa es jodidamente impresionante. E intimidante. Por desgracia, siempre me han gustado los retos. Cuando termino de codiciar su polla, me encuentro con su mirada. Por su sonrisa está claro que sabe en qué estoy pensando. Se apoya en el borde del jacuzzi y se cruza de brazos. A su vez, unos ojos oscuros y brillantes recorren todo mi cuerpo, y unos pinchazos recorren mi piel. —Juguemos a un juego —dice con voz grave. —No, gracias. —Eso no fue una pregunta. Voy a follarte, Gianna. Ahora mismo. Agarro una toalla cercana y la envuelvo alrededor de mi cuerpo. —Vaya. Eso no es un juego y no lo estoy consintiendo. ¿Me oyes, Enzo? No lo consiento. Su labio superior se curva, su expresión es malvada. —Consentiste no hace ni cinco minutos cuando estabas montando mi polla. ¿No lo recuerdas? —Se inclina, mete la mano en sus pantalones desechados en el suelo y saca una pequeña llave—. Además, ambos sabemos que este juego te va a gustar. —No. —Deja de fingir. Sé lo que te gusta. Exactamente lo que me temo. Todavía estoy excitada, a pesar del fantástico orgasmo de hace unos momentos. Hay algo en su forma de hablarme, de tratarme... duro y grosero... que no se parece a nada de lo que he experimentado y, por alguna razón, me excita. Ella es un problema. Una zorra hambrienta de pollas con problemas con papi de un kilómetro de largo. Mientras yo sigo luchando contra las inseguridades del pasado y del presente, Enzo sujeta su polla y la acaricia. Los músculos sobresalen mientras trabaja su polla, y yo me quedo mirando, hipnotizada. Uf. Incluso sus bolas son sexys, y las bolas definitivamente no son sexys. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué este hombre tiene este efecto en mí? —Este es el juego —dice—. Te doy diez segundos de ventaja para correr. Luego te perseguiré. Y cuando te atrape, te inmovilizaré y te follaré. Cuando, no sí. Mis dedos se retuercen en la toalla mientras las imágenes de él sujetándome, empujando entre mis piernas bombardean mi cerebro. La idea está tan mal, pero mi coño se aprieta mientras el deseo me oprime los pulmones como un puño. Intento mantener la voz uniforme: —¿Qué te hace pensar que quiero esto? Niega con la cabeza. —Porque lo mencioné y te corriste con fuerza en mi polla hace dos minutos. Creo que te gusta la idea. Mi respiración se acelera, las fosas nasales se dilatan mientras lucho por conseguir suficiente aire. Él se da cuenta, por supuesto, su mirada se dirige a mi pecho, y sonríe. —¿No te sentirías bien luchando contra mí con toda la fuerza que puedas? ¿Golpearme y patearme todo lo que quieras antes que te meta la polla? —No —susurro débilmente. Estoy muy mojada entre mis piernas y no tiene nada que ver con el jacuzzi. Mi boca está repentinamente seca, así que me lamo los labios—. Estás loco. —Sí, certo. Pero no puedes esconderte de mí, Gia. Veo todo lo que piensas. Ahora mismo estás jadeando incluso mientras lo consideras. Sal de mi cabeza, mafioso. —Tu otra opción —continúa, todavía acariciando lentamente entre sus piernas—. Es ponerte de manos y rodillas en mi cama y presentar tu culo para mí. —De ninguna manera. Nunca dejaré que esa cosa entre en mi culo. Realmente pone los ojos en blanco. —No te mientas, micina. Te prometo que lo amarás más de lo que amas mis dedos ahí, que es decir mucho. Dejo pasar eso por ahora. Tengo problemas más grandes en mis manos. —Quiero la opción c... ninguna de las anteriores. —Cazzata. Tienes las pupilas dilatadas y estás casi hiperventilando de calentura. Date prisa y decide. —Podría hacerte otra mamada. El borde de su boca se tuerce. —Tan ansiosa por chupármela de nuevo. Me gusta esto, Gianna. —Se acerca y yo aprieto más la toalla. ¿Qué va hacer? El pánico revolotea en mi garganta cuando se agacha a mis pies. Con la llave, abre el brazalete de mi tobillo y éste cae al suelo, liberándome. Luego me mira, con los ojos desorbitados. —Empezamos ahora. Diez, nueve, ocho... Dejo caer la toalla y empiezo a correr. El corazón me late con fuerza mientras corro hacia el dormitorio, dirigiéndome a la puerta que conduce al resto del yate. Vuelo como un rayo a través de su oficina y hacia el pasillo principal. Cada centímetro de mi piel está viva, la sangre bombea febrilmente en mis venas. Puedo hacerlo. Puedo alejarme de él, esconderme y finalmente escapar. Es lo que quiero, ¿no? No mientas. Quieres que te atrape. Que te domine y te folle. No puedo. Está mal. Se supone que las mujeres no quieren algo así, especialmente con su secuestrador. ¿Qué está mal en mí? Entonces lo escucho detrás de mí. ¿Ya han pasado diez segundos? Mierda, mierda, mierda. El miedo y la excitación se mezclan en mi cabeza y me esfuerzo por ir más rápido, tratando de llegar a las escaleras antes que me alcance. Casi puedo sentir que me persigue, su lujuria y su agresividad son un perfume en el aire, y mi cuerpo responde a eso a pesar de mí misma. Somos dos animales en celo y yo soy su presa. Justo cuando me agarro a la barandilla de la escalera me levanta de los pies y me arrastra hacia un duro pecho desnudo. La confusión en mi cabeza hace que mi lucha se haga real y forcejeo, pero él me inmoviliza los brazos a los lados. —¡Suéltame, maldito imbécil! En lugar de responder, se da la vuelta y me lleva de regreso por donde hemos venido. Me agito, pateando cualquier lugar que pueda alcanzar, y él gruñe cuando mi talón se conecta con un lado de su rodilla. Lo hago de nuevo, con más fuerza. —¡Basta, stronza! —me gruñe al oído y me rodea con sus brazos. No le hago caso. Sigo pataleando y retorciéndome, como una gata salvaje decidida a hacerle daño a toda costa. Su erección, enorme y dura, se clava en la raja de mi culo. —No te atrevas, Enzo. Te juro que te mataré. Se ríe sombríamente cuando entramos en su oficina, como si se tratara de una gran broma. Me enfurece, y esta vez puedo asestarle una patada en el interior de la rodilla, lo que lo hace tropezar. Me libero y empiezo a correr de nuevo hacia la puerta que da a la cubierta. Esta vez quiero que me alcance. Lo quiero con una desesperación que debería asustarme. Quiero que me necesite más de lo que nadie me ha necesitado nunca, como si fuera a morir si no me folla. Quiero que me domine de la mejor manera. Antes que pueda contemplar a dónde voy, me aborda. Su gran cuerpo se estrella contra mi espalda y me lleva hasta la alfombra de la oficina, uno de sus brazos frena nuestra caída. —¡Vete a la mierda! —Araño y raspo mientras él lucha por controlarme, con los músculos tensos por el esfuerzo, hasta que decide inmovilizarme con el peso de su cuerpo. No puedo moverme. Sus piernas cubren las mías, su pecho se estrella contra mi espalda y sus grandes manos se cierran alrededor de mis muñecas, sujetándome. Le grito y maldigo de todas las maneras que sé. Intento clavarle la cabeza en el rostro, pero no puedo hacer suficiente fuerza en mi posición boca abajo. Me mantiene allí, inmóvil, dejando que me canse. Se mueve para sostenerme con una gran mano, y entonces las puntas de los dedos se deslizan dentro de mi traje de baño para hurgar en mi abertura. —Madonna, tal y como pensaba. Goteando. La humillación me hace forcejear una vez más, y mis pezones rozan la alfombra. —Es miedo, no excitación —jadeo bajo su enorme volumen. Su risa resuena en mis costillas. —Mentirosa. Un grueso dedo me penetra y la presión hace que mi pulso se dispare. Reprimo las ganas de moverlas caderas. Joder, qué bien se siente. —¿Cuántos dedos antes de abandonar la lucha, micina? Maldito sea este hombre. Lo está alargando, siempre decidido a doblegarme sin importar las circunstancias. Como si todo fuera un juego y tuviera que ganar a toda costa. Intento apartarlo una vez más, pero el movimiento solo lleva su dedo más adentro de mí. Inspiro un poco. —Nunca dejaré de luchar contra ti. Aunque mi cuerpo te desee temporalmente, mi mente nunca lo hará. —Supongo que ya veremos, ¿no? —Un segundo dedo se introduce en el interior, más duro que el anterior. El ligero ardor es rápidamente perseguido por una oleada de necesidad. Me recoge el cabello, aparta la pesada masa a un lado y me lame la nuca—. Tan caliente, tan húmeda. Es como el cielo. No puedo esperar a meter mi polla aquí. —¡Hazlo, Il pazzo! Su polla se sacude contra mi culo. —Me gusta que me llames así. —Por supuesto lo haces. —Odio y amo a la vez que gane. Necesito demostrar que aún me queda lucha. Así que me estiro y muerdo su grueso bíceps, apretando con fuerza. —¡Cazzo! —Deja escapar una risa ahogada, con sus caderas embistiendo hacia adelante—. ¡Me vas hacer correrme! Al bastardo le gusta de verdad. Lo suelto y me quedo sin fuerzas. No hay nada que pueda hacer, ninguna lesión que pueda causar, para herir lo suficiente a este hombre. Después de todo, ha sido torturado por los mejores en el negocio. Se mueve y retira sus dedos. Gimo, mis tejidos hinchados lloran de necesidad. Me desata el traje de baño y tira la endeble tela a un lado. Entonces la punta de su polla se arrastra contra mi abertura, burlándose, y yo inclino mis caderas, ansiosa por la invasión. Me besa entre los omóplatos. —Eso es. Estás lista para mí, ¿no? Estoy más allá de la negación, más allá de la atención. —Sí —admito en la alfombra. —Muéstrame. Llévame adentro, troietta. Esto es tan sucio. Tan incorrecto. Sin embargo, mi cuerpo zumba, casi ardiendo de lujuria. Hay una cantidad vergonzosa de humedad entre mis piernas, más de lo que hubiera creído posible considerando las circunstancias. Debería odiar esto. Soy un fracaso en el feminismo. Emma estaría muy decepcionada conmigo si lo supiera. Pero tiene razón. Lo quiero dentro de mí. Ajusto mis caderas, buscando, y la cabeza de su polla se desliza dentro de mí. Joder, sí. No me detengo, sigo moviendo mis caderas, retorciéndome debajo de él, para llevarlo más adentro. Estoy desesperada por llegar al final, hacia el orgasmo explosivo que sé que me espera. —Shh —me dice al oído—. Te daré lo que necesitas. Entonces toma el control, pero presiona mucho más lentamente de lo que yo esperaba. El principio había sido de dominación y fuerza, pero ahora invade con tanto cuidado, como si quisiera que yo sienta cada contracción y cada pequeño movimiento. Esto es casi una seducción, y es peor que el caos de hace unos momentos. Pero no hay forma de detenerlo. Lo anhelo, lo necesito. Con un gruñido, da un último empujón con sus caderas y me llena por completo, y el aire abandona mis pulmones con rapidez. Está caliente, duro y es tan grande, su polla me empala, con el gran peso de su cuerpo impidiéndome moverme. Lo único que puedo hacer es quedarme tumbada y aguantar. Lo que lo hace mil veces más caliente. —Joder —dice en una larga exhalación, y luego susurra una larga cadena de palabras en italiano que suena a la vez desconcertada y excitada. Finalmente, apoya las rodillas en la alfombra y se levanta sobre los codos para penetrarme. Ya no me sujeta, pero no me voy a ir a ninguna parte, no hasta que intercambiemos orgasmos. Al menos me lo debe. Su respiración entrecortada golpea mi mejilla cuando empieza a moverse, con sus caderas en contacto con mi culo. —Eres mía, Gia Mancini. Hasta que decida lo contrario, este coño me pertenece. No puedo responder, porque su polla me está destrozando de la mejor manera. Me encanta cómo se siente dentro de mí, como si no hubiera espacio para nada más. Sin inseguridades ni preocupaciones, sin pasado ni futuro. Solo esto, justo aquí. El sudor cubre mi piel y él me rodea, con su polla golpeando, golpeando, golpeando en mi cuerpo. El placer aumenta y yo cierro los ojos, concentrándome en el orgasmo que está a punto de llegar. Los sonidos de la piel golpeando y la respiración pesada llenan la habitación. Me folla como si fuera su propósito en la vida, completamente dedicado a la tarea y sin bajar el ritmo ni un segundo. Con cada embestida salvaje me desliza un poco por la alfombra, y estoy tan cerca de correrme, con mis músculos apretados y tensos... —Me perteneces, ¿verdad? Dilo, Gianna. Las palabras se retuercen dentro de mí, haciéndome subir, y las paredes de mi coño se contraen alrededor de su polla. —¡Minchia! —gruñe—. Hazlo otra vez. Vuelvo apretar alrededor de él, y gime. —Dímelo. Deja que te oiga decirlo. —Sus dedos se deslizan entre mi cuerpo y la alfombra, bajando hasta encontrar mi clítoris. Me frota en círculos apretados—. Déjame oírte decir que me perteneces. Las palabras salen de mi boca en un jadeo. —Te pertenezco. Todo cambia. Me cabalga aún más fuerte, sin piedad, sin que sus dedos abandonen mi clítoris. —Vieni per me, mia bella troietta. Córrete para mí, mi hermosa putita. La combinación de las palabras con la estimulación es demasiado. Las descargas suben desde los dedos de los pies mientras el orgasmo se apodera de mí. Mi cerebro se desconecta, todo queda en blanco durante un largo momento mientras la euforia me transporta al espacio. —¡Dios, sí! Oh, joder —me escucho gritar a lo lejos mientras me agito sin control. Cuando mi clímax finalmente remite, se pone de rodillas y levanta mis caderas para cambiar el ángulo. Esto le permite penetrar más profundamente, y tras unos cuantos bombeos se hincha dentro de mí, sus caderas estremeciéndose justo antes de que chorros calientes de semen llenen mi coño. —¡Dio cane! —ruge, y las puntas de los dedos se hunden en mi carne. Sin duda, mañana estaré cubierta de moretones. Eso debería horrorizarme, pero no lo hace. Al cabo de un momento, sus movimientos disminuyen, pero sigue meciéndose, con su polla aún palpitando dentro de mí. —Tómalo todo, micina —canturrea y baja para besar mi columna—. Toma todo mi semen. Te lo has ganado. Sei proprio una brava bambina. Eres una buena niña. Jesús, deseo que deje de decir cosas así. Me sonrojo de pies a cabeza y disfruto de los elogios. Sigue salpicando mi piel con besos, mostrando una ternura que no había esperado. Me derrito como la cera de una vela caliente en el suelo. —Sei bellissima —murmura, mientras deja caer besos a lo largo de mi columna vertebral—. Sei perfetta. Eres tan hermosa. Eres perfecta. Me sonrojo ante los cumplidos. ¿Esto está ocurriendo de verdad? Enzo D'Agostino, ¿dulce? ¿Por qué no lo empujo fuera de mí y lo reprendo por ser tan brusco? De repente, se aparta y cae a un lado, con el cuerpo extendido sobre la alfombra, sin tocarme. El aire frío corre sobre mi piel cuando me inclino para verlo y trato de recuperar el aliento. Él mira al techo, con los brazos abiertos y el pecho agitado, mientras el sudor le baja por las sienes y le cae sobre el espeso cabello oscuro. Nos quedamos así durante mucho tiempo, sin que ninguno de los dos hable. No tengo ni idea de qué decir. Me siento destruida de la mejor manera. Se pasa una mano por el rostro. —No he estado dentro de una mujer desde el calabozo, y antes siempre usaba condones. Oh, claro. Ha entrado desnudo, ¿no? Me aclaro la garganta: —Tengo un DIU, eso está cubierto. La sangre se desliza por el interior de su brazo y me doy cuenta que ha sido obra mía, cuando lo he mordido antes. Estoy a punto de disculparme, pero es mi secuestrador. No le debo disculpas. Entonces, ¿porqué siento que lo hago? —Sumérgete en el jacuzzi —dice y se pone de pie—. Si no, esta noche estarás dolorida. No me ayuda a levantarme ni mira en mi dirección. En su lugar, se pone algo de ropa y sale de la oficina, dejándome en el suelo. Desnuda, llena de su semen y sin grilletes. No puedo moverme, demasiado enredada en mis propios pensamientos. Hay mucho que desentrañar, pero hay dos cosas que sobresalen del caos que se arremolina en mi cerebro: Permití que Enzo D'Agostino me folle, y fue el mejor sexo de mi vida. CAPÍTULO DIECISIETE ENZO Subo las escaleras y entro en la oficina. Massimo y Vito están allí y levantan la vista de sus teléfonos cuando entro. Ignoro sus expresiones de sorpresa. Comprendo su preocupación. Yo tampoco sé qué mierda me está pasando. Me siento confundido, enfadado y al límite de mi cordura. El sexo con Gia ha sido mejor de lo que esperaba, pero eso no explica el afecto que le mostré después, besándola tontamente y elogiándola como a una amante. Sin duda se ríe de mí allí abajo, complacida por lo idiota que me he vuelto por ella. Pensando que su coño mágico me hace débil, que puede controlarme con su apretado coño y sus pequeños jadeos. ¿Y lo peor? No estoy seguro de que no pueda. Débil y cansado, anoche me metí en mi cama con ella, necesitando volver a sentir su suave piel contra mí mientras dormía. Ella se había acurrucado cerca de mí, suspirando mientras dormía, y la oscuridad de mi cabeza había desaparecido por un momento. Me enfureció. Vito es el primero en hablar. —¿Estás bien? Hemos oído una pelea. Y tu brazo está sangrando. No respondo. La mirada de Massimo es cautelosa mientras toma el asiento detrás de mi escritorio. —Zo, lo juro. No hice nada inapropiado. —¿No? ¿Entonces no fuiste tú quien le llevó vino y comida? ¿Le diste un bikini y te sentaste con ella en el jacuzzi? —Sí, pero... Clavo un dedo en el escritorio. —Te dije que nadie la ve más que yo. Te dije que te alejaras de ella. —¡Mi despiace! —Apoya las manos en los reposabrazos y se levanta de la silla—. Pero estoy jodidamente aburrido. Llevamos una eternidad en este yate y nunca pasa nada. Me muevo alrededor de mi escritorio en un instante. Mis dedos rodean la garganta de mi hermano y lo empujo contra la pared, inmovilizándolo. —Lo que pasa en este yate, pezzo di merda, es que sigues vivo. Te mantengo aquí para que todos sigamos vivos, maldición. ¡Mantengo a mis hijos en Inglaterra, lejos de mí, para que sigan vivos! —Tranquilos, los dos. —Vito está allí, apartándome—. Todo el mundo está al límite, ¿verdad? No hay razón para pelear. Doy un paso atrás. —Deja de actuar como un mocoso egoísta, Massimo, y aléjate de ella. —No estoy tratando de follarla, lo juro —dice—. Pero tienes que admitir que es hermosa de ver. Una neblina roja cubre mi cerebro y me abalanzo, dispuesto a sacarle sangre. De repente, Vito me bloquea el paso. —Cálmate —dice—. Nadie va a tocarla, ¿capisce? Señalo a la cara de Massimo. —¡Vattene69! Tengo llamadas que hacer y correos electrónicos que contestar. Ya sabes, cosas aburridas que nos hacen ganar dinero y nos permiten seguir vivos. Mientras me dirijo a mi silla, escucho a Vito decirle a Massimo: —Vete de aquí. Antes, cuando escuché a Massimo y a Gia reírse en mi cubierta, estaba en medio de la actualización de una hoja de cálculo. En lugar de abrirla de nuevo, reviso mi correo electrónico. Me incorporo cuando veo lo que me espera. El informe de Stefano sobre Gia. Hago clic con entusiasmo, desesperado por saber todo lo que pueda sobre esta mujer. Empieza con lo más básico, su edad y su familia, dónde se había criado y dónde había ido a la escuela. Sigo avanzando. Luego están sus amigos, dónde vivía en la universidad y sus calificaciones. 69Vattene. Vete, en italiano. Y su ex novio. ¿Che cazzo? Stefano tiene una foto, una publicación en las redes sociales, de Gia sonriendo a un coglione, con su brazo alrededor de ella. Grayson Webber. Apretando los dientes, sigo leyendo. Descubrió a Grayson enviando mensajes de texto a otra mujer, Julia Delgado, con la que se había estado viendo en secreto. La relación terminó abruptamente. ¿Ese testa di cazzo70 se había follado a otra mujer a espaldas de Gia? ¡Che idiota! ¿Una mujer como Gia en tu cama y la engañas? Ella está mejor sin él. Sigo leyendo. Hay fotos de una exposición de diseño en la que Gia había participado en la universidad, lo que explica los bocetos que vi en mi habitación la noche anterior. Quiere ser diseñadora de moda. —¿Cuándo llegaremos a un puerto? —le pregunto a mi hermano, que está trabajando en su escritorio cerca del mío. Vito mira la hora. —Hemos rellenado el depósito de combustible en Cannes, así que no será hasta dentro de un tiempo. ¿Necesitas algo? Puedo hacer que lo traigan. —Quiero un bloc de dibujo electrónico y un lápiz óptico. Que le pongan un software para un diseñador de moda. Vito se queda boquiabierto. 70Testa di cazzo. Idiota o pedazo de idiota, en italiano. —Dime que estás bromeando. —¿Prefieres que la vuelva a meter en la jaula? —Por supuesto que no. Pero, ¿regalos? —Tú eres el que quiere que la trate con cariño, ¿no? —Sigo recorriendo el informe—. Y no es un regalo sino una moneda de cambio. Eso debe satisfacer a mi hermano porque vuelve a su trabajo y me deja tranquilo. Finalmente encuentro lo que estaba buscando. El informe de salud de Gia. No mintió sobre el DIU, lo cual es un alivio. Además, no tiene ninguna enfermedad de transmisión sexual desde su última revisión, que fue justo antes de mudarse a Milan. Y no ha tenido hombres desde Grayson. Para una mujer a la que le gusta el sexo tanto como a Gia, no es tan activa como habría supuesto. ¿Ese chico, el que la engañó, le ha roto el corazón? ¿Y por qué me importa si la respuesta es afirmativa? GIA Los motores vuelven a encenderse esta noche. Estoy sentada en la cubierta, aburrida e inquieta, con el oscuro océano a nuestro alrededor. Después que Enzo se marchó, me sumergí en el jacuzzi y me duché. Me vestí con unos pantalones cortos y un top del montón de ropa que había traído Massimo. En todo momento espero que mi secuestrador entre en la suite y se burle de mí, para luego obligarme a desvestirme. Que me ponga de rodillas y me haga rogar. Pero la puerta sigue cerrada. Como mínimo, me merezco comida. ¿No sabe él que me muero de hambre? Tengo una pequeña nevera llena de agua embotellada, pero no es suficiente. Está claro que piensa que puede follarme y luego ignorarme. Que me quedaré quieta como una buena mascota, incluso cuando no esté encadenada. Supongo que no le importa que me muera de hambre. Cecilia normalmente me trae la comida, pero no hay ni rastro de ella después que Enzo se fuera esta tarde. Vieni per me, mia bella troietta. Con una mueca de dolor, me rasco el esmalte de uñas desconchado. ¿Y por qué no iba asumir que puede tratarme como una mierda? Me abrí de piernas tan fácilmente para él, le dije todo lo que quería oír. Probablemente está contando toda la experiencia a sus hermanos, todos ellos riéndose de lo desesperada que estuve. Qué mujerzuela, qué patética. A la mierda con eso. No estoy desesperada ni soy patética. No puede tratarme así y salirse con la suya. Siempre le decía a Emma que se defendiera, ¿por qué no sigo mi propio consejo? En el pasado, cuando alguien me hacía daño, me aseguraba que hubiera consecuencias. Yo soy la maldita Gia Mancini. No dejaré que este stronzo me controle. Levantándome, atravieso el dormitorio y entro en la oficina vacía. No miro a propósito la alfombra mientras continúo haciala parte principal del yate. Ya tengo suficientes recuerdos de lo que ha pasado antes, no necesito más. Las risas resuenan adelante, así que sigo el sonido. La risa equivale a la felicidad, lo que significa que Enzo no está involucrado. Bien. Puedo prescindir de ver su rostro petulante. Entro en lo que es un comedor y encuentro a Massimo y Vito en la mesa. Sus sonrisas se apagan al verme. —¡Señorita! —dice Vito, poniéndose de pie mientras me estudia de pies a cabeza—. ¿Qué estás haciendo? —Buscando comida. —Señalo las bandejas de la mesa—. ¿Te importa? —No, en absoluto. —Es Massimo quien responde. Se levanta y me tiende una silla—. Por favor, acompáñenos. —Gracias. —Me siento y comienzo a llenar un plato vacío con piccata de pollo en salsa de limón y alcaparras. Vito me sirve una copa de vino blanco. —Te ha quitado la cadena. No me lo esperaba. Yo tampoco. Y parece que Enzo no puso al corriente a sus hermanos de todos los detalles de la tarde. —Tu hermano está lleno de sorpresas, supongo. Los dos hombres intercambian una mirada que no entiendo, así que dirijo mi atención a la comida. Maldición, está buena. Rico y suave como la mantequilla, el pollo se derrite en mi boca. —Dios, esto está increíble —murmuro—. Quienquiera que cocine la comida en este yate vale cada centavo. Massimo sonríe astutamente. —Lo he hecho yo. —Vaya, Maz. Está jodidamente bueno. —Toma todo lo que quieras —dice Vito—. Si hubiera sabido que no te iba a llevar la cena, habría mandado algo. —Hablando de Lucifer, ¿dónde está? Massimo se ríe hasta que Vito le lanza una mirada de desaprobación. —Está en la oficina, trabajando hasta tarde —dice Vito. —Siento haberte causado problemas hoy, bella —dice Massimo, aunque sus ojos brillantes me dicen que no está tan arrepentido. —No te preocupes. —Tomo un trozo de pan y lo mojo en la salsa de piccata—. Tu hermano es un idiota. Nada de lo que hiciste cambia eso. —Harías bien en no enfadarlo, Gia. Este consejo es de Vito, que está empezando a enojarme de verdad. —¿Quieres que me cubra, Vito? Así no lo atraeré con mis artimañas femeninas otra vez. —Demasiado tarde para eso —murmura Massimo. —Lo que no entienden los dos —espeto—. Es que no quiero estar aquí. No estoy tratando de seducir a tu hermano. Massimo levanta las palmas en señal de rendición y Vito se limita a dar un sorbo a su vino. Yo me concentro en comer. Tras unos momentos de silencio no puedo aguantar más. —Me he dado cuenta que los motores se han vuelto a poner en marcha. ¿Adónde vamos? He oído que hay unas bonitas playas en Siderno. —Linda —dice Massimo—. Eres muy graciosa, bella. —Fratello —sisea Vito, y luego pronuncia una larga retahíla de italiano rápido. Massimo pone los ojos en blanco pero se queda callado. Me gustaría entender ese intercambio. ¿Esta Vito enfadado porque Massimo me hizo un cumplido? —No te gusto, ¿verdad? —le pregunto a Vito. Golpea la punta de los dedos sobre la mesa mientras me mira fijamente durante un largo rato. —No importa si me gustas o no. No quiero que una mujer... una Mancini, nada menos... cause problemas entre hermanos. ¿Hermanos, en plural? Massimo está hablando por teléfono, sin prestarme atención, así que no ve la expresión de horror que seguramente estoy mostrando. ¿Está Vito realmente preocupado que también empiece a follarme a su hermano menor? Jesús, como si quisiera hacerlo. No me interesa Massimo de esa manera. Una voz familiar grita: —¡Vito! ¿Dove sei71? —¡Eccomi72! —Vito responde. Me quedo paralizada y luego obligo a todos mis músculos a relajarse. No estoy haciendo nada malo. Si no le gusta que cene aquí, es una pena. Tomo más piccata de pollo. Enzo entra a toda prisa, con un montón de papeles en la mano, pronunciando un rápido italiano, y se detiene al verme sentada a la mesa. Sigo masticando y me enfrento a su mirada sorprendida. A tu gatita se le escapó la correa, mafioso. Se ha duchado y cambiado desde nuestra épica fiesta de golpes en su oficina, pero tiene el cabello revuelto, como si se hubiera pasado las manos por la frustración. No parece un hombre que acaba de tener el mejor orgasmo de su vida. No, solo fui yo, supongo. Lo que sea. Espero que la marca de la mordedura en su brazo le duela mucho. —Acompáñanos —dice Massimo, señalando la silla vacía. 71Dove Sei. Dónde estás, en italiano. 72 Eccomi. Aquí estoy, en italiano. —O no lo hagas —digo—. En serio, por favor, no lo hagas. —No me había dado cuenta que todo el mundo está comiendo —dice en voz baja y amenazante—. Creo que yo también comeré. Que me jodan. Se acomoda en el asiento del fondo, frente a mí, y se sirve una copa de vino. Luego se acerca y rellena mi copa. —¿Disfrutas de la comida? Levantando otro bocado, digo: —Es lo mejor que he tenido en la boca desde que me secuestraron. —Toma eso, Enzo. La comisura de su boca se crispa antes de volverse hacia sus hermanos. —Los dos. Fuera. Massimo prácticamente salta de su silla y sale de la habitación. Vito se va más despacio, asegurándose de compartir una mirada con Enzo antes de salir. Es similar a lo que hacíamos Emma y yo, una comunicación silenciosa que Frankie llamaba nuestra fusión mental de gemelas. ¿Están Enzo y Vito tan unidos que pueden leer la mente del otro? Cuando nos quedamos solos, Enzo toma un trozo de pan. Lo moja en un plato de aceite de oliva y le da un mordisco. Intento no mirarle la boca ni la fuerte mandíbula mientras mastica. —¿Qué haces aquí, micina? —Comiendo. —Señalo mi plato—. ¿Has olvidado que los prisioneros necesitan comida? De repente, con un poderoso empujón, tira todas las fuentes y platos de la mesa al suelo. Observo, con la boca abierta, cómo todo se estrella contra el suelo, toda esa gloriosa comida desperdiciada. La extensión de la mesa de madera ante él está ahora despejada. —Ven aquí. —Extiende la mano, con su mirada oscura brillando en la luz del techo. —¿Por qué? —No confío en que no haga algo terrible. —Levántate y trae tu sexy culo hasta aquí, bambina. —¿O? —Entonces vuelve a la jaula. No estoy segura que lo diga en serio, pero no puedo arriesgarme. Además, él ya hizo lo peor. Me ha follado y lo he amado. No hay nada más bajo que eso. Con la barbilla en alto, me levanto y me acerco, y cuando estoy a su alcance me agarra la muñeca y se aparta para hacerme sitio entre sus muslos. Antes que pueda oponer resistencia, se levanta, me agarra por las caderas y me sube a la mesa. Luego se eleva por encima de mí, rodeándome, mientras me siento en la mesa. Se inclina y arrastra su nariz a lo largo de mi mejilla, sus manos van a mi cintura. La proximidad hace que pueda oler algún tipo de jabón cítrico o champú. Puedo ver los ásperos vellos que cubren su mandíbula, las pequeñas motas de ámbar en sus ojos. Odio no poder dejar de fijarme en esas cosas. Peor aún, que me parezcan atractivas. Estoy tan distraída que no me doy cuenta que me está desabrochando los pantalones. —¿Qué estás haciendo? —digo, con la voz más entrecortada de lo que me hubiera gustado—. Estoy bastante dolorida por lo de antes, D'Agostino. —Te lo dije. Estoy comiendo. —Me pone una mano en el esternón y empuja mi espalda hacia la mesa. Luego, con un rápido movimiento, me desnuda de la cintura para abajo. Oh, mierda. Se refiere a mí. Miro al techo e intento encontrar una razón por la que debo poner fin a esto. Excepto que la excitación que galopa por mis venas me ruega que deje que suceda. Recuerdo lo bueno que es en el oral, cómo sabe exactamente qué botones apretar para que me corra tan fuerte, y quiero volver a experimentarlo. Vuelve a sentarse en su silla y me besa la cara interna del muslo, lo que me pone la pielde gallina. —¿Nada que decir? Como es de esperar, su presumida satisfacción saca a relucir mi ironía. —¿Necesitas indicaciones? Se ríe en mi piel, sus manos me abren ampliamente. —Ya conozco bien tu coño, así que no. Pero siéntete libre de hacer todo el ruido que quieras. Grita para que todo el yate se entere a quién perteneces. Dios, no debería encontrar eso tan caliente. Está mal, y sin embargo estoy goteando ante la idea que todo el mundo me escuche, que todo el mundo sepa lo que Enzo me está haciendo ahora mismo a la vista de todos. Alguien podría pasar y vernos. Me estremezco, mi coño se aprieta. ¿Tengo que luchar contra él en esto? Estoy confundida, ebria de deseo y mucho más excitada de lo que quiero admitir. Su lengua se encuentra con mis pliegues y aspiro un suspiro. —Mmm —gruñe en voz baja en su garganta—. Estás muy mojada. ¿Esto es por mí? Dejo escapar un jadeo cuando me lame a lo largo de mi abertura. —Es por la piccata de pollo. La punta de su lengua juega con mi piercing, moviéndolo y haciéndome retorcer. Cada remolino y movimiento hace saltar chispas en mi interior. —Cazzata —susurra—. Esto es por mí. Te gusta la posibilidad que alguien me vea comiéndote, que todo el mundo te oiga correrte. Me gusta. De verdad, de verdad que sí. —Puede ser, pero lo único que haces es hablar, así que supongo... Me chupa el clítoris y eso me hace callar. CAPÍTULO DIECIOCHO ENZO Después que Gia se corre en mi lengua, la pongo de pie y deslizo mis manos bajo su trasero para levantarla. Por un momento pienso que se resistirá, pero se limita a rodearme con los brazos y las piernas y a sujetarse mientras la llevo hacia las escaleras. Murmura: —Espero que alguien desinfecte esa mesa antes de la próxima comida. Mis labios se mueven, con la risa en la garganta. —¿Te acabo de dar un orgasmo fantástico y te preocupan los gérmenes? Suspirando, apoya la cabeza en su brazo, con la frente pegada a mi garganta. Puedo sentir su dulce aliento en mi piel, su aroma a mi alrededor. La abrazo con más fuerza. Subo los escalones, y el cansancio hace que cada paso me parezca más pesado. Sorprendentemente, Gia permanece en silencio. ¿También está confundida por esta insana atracción entre nosotros? Cuando llego a mi dormitorio, aparto las sábanas, la bajo a la cama y empiezo a despojarme de mi ropa. Todavía desnuda de cintura para abajo, se apoya en los codos y me observa. —Quítate la camiseta —le ordeno. Hace lo que le pido, pero frunce el ceño. —Mi coño está fuera de servicio, D'Agostino. Creo que lo has roto. Me meto en la cama y me acuesto junto a ella. Luego arrastro las mantas sobre los dos. Estoy medio empalmado, pero puedo esperar a que se recupere para follarla de nuevo. —Relájate. Solo quiero dormir. —¿Dónde dormiste anoche? —Aquí, pero no por mucho tiempo. —Llegué alrededor de las tres, desesperado por unas horas de descanso, y me fui cuando salió el sol. Gia no intenta tocarme, solo mantiene las manos cruzadas sobre su estómago. Me acerco más, rodando para quedar de cara a ella y pasando un brazo por encima de su cintura. —No me extraña que estés tan jodido. Tienes insomnio. —Te gusta mi tipo de jodido —susurro, en la suavidad de su cabello. Ella no lo niega, y nos quedamos en silencio durante un largo momento, con el sueño tirando de los bordes de mi mente. Todo se ralentiza, se vuelve confuso, y lo agradezco. Le daré unos minutos más de libertad antes de volver a retenerla por la noche. —¿Qué le pasó a tu esposa? Su pregunta me despierta de golpe. —¿Por qué quieres saberlo? —¿La mataste? —¿Crees que mataría a la madre de mis hijos? —Sacudo la cabeza—. Dai, Gianna. —No es inaudito en la mafia. Eso es cierto. Hubieron rumores sobre el viejo Mommo y cómo sus esposas seguían desapareciendo. Pero no quiero pensar en ese bastardo nunca más. Espero que esté ardiendo en el infierno ahora mismo. —Fue un accidente de auto —digo. —Oh, eso es terrible. ¿Estaban tus hijos en el auto con ella? —No. Ella estaba con uno de mis guardias. Ninguno de los dos llevaba el cinturón de seguridad y murieron al instante. —Qué terrible. ¿La echas de menos? Frunzo el ceño. —Nuestro matrimonio no era así. Era una relación de pareja, no de amor. —Supongo que lo entiendo. Creo que mi madre se arrepintió de casarse con mi padre cuando se hizo mayor. Al menos, eso es lo que dijo Frankie. —Ella murió cuando eras joven, ¿no? —Todo el mundo conocía a la bella Sophia Romano Mancini, una famosa modelo antes que Roberto se casara con ella y se la llevara a Toronto. —Sí, cuando tenía ocho años. ¿Cómo son tus hijos? —¿Por qué tantas preguntas? Ella levanta un hombro. —Soy curiosa. Si quieres que me entretenga, cómprame un teléfono. Gruño. La probabilidad de eso es nula. —Luca es el mayor, tiene doce años. Nicola tiene nueve. —¿Alguna vez has pasado tiempo con ellos? Me inclino hacia atrás para ver si habla en serio. —¿Che cazzo? Por supuesto que sí. —Oh. —Se mordisquea el labio inferior. Ah, así que Roberto no ha sido un buen padre. Tampoco lo había sido el mío. Cuando nació Luca juré no repetir los errores del pasado. Nunca quise que mis hijos crecieran como yo, en el terror y el odio. Torturados y atormentados. Los protegería de toda la violencia y la fealdad de mi mundo. Y había funcionado, hasta que Ravazzani los sacó de sus camas. Me acomodo una vez más a su lado y cierro los ojos. Las palabras empiezan a salir antes que pueda detenerlas. —A Luca le encantaba la comida y siempre estaba en la cocina. Le enseñaba las recetas de mi abuela y lo llevaba al mercado. Incluso a los ocho años era bueno con los cuchillos. Podía cortar una cebolla como un chef de restaurante. —Eso es muy dulce. ¿Y tu hija? Un dolor se retuerce en mi pecho al pensar en mi principessa. —Hacía poco que le había enseñado a montar en bicicleta — digo, con voz ronca—. Se cayó y se raspó la rodilla, así que le puse una venda especial de color morado porque es su color favorito. —Los amas. —No te sorprendas. Amo a mis hijos más que a nada en el mundo. —Entonces, ¿dónde están? ¿Por qué no están en el yate contigo? La piel se me pone caliente y los músculos de la espalda se tensan. ¿De verdad es tan despistada? —Los tengo en un lugar seguro. Mi vida está amenazada constantemente, así que mis hijos están escondidos por su propio bien, lejos de mí. En algún lugar donde Ravazzani nunca los encuentre. —Fausto no haría daño a tus hijos, Enzo. Resoplo ante su ingenuidad. —Apuntó con un arma a mi hijo y a mi hija, los amenazó delante de mí. No hay límite a lo que haría para hacerme daño a mí o a mi familia, si se sintiera justificado. —¿Los ves a menudo? No estoy seguro de cuánto debo decirle. —No. Solo durante períodos muy breves. —Esos pocos días deben ser agradables. Lo son. No puedo empezar a describir lo mucho que significan para mí esas visitas con mis hijos. Sin ellas, no estoy seguro de haber sobrevivido a los últimos cuatro años. Permanece en silencio durante mucho tiempo y puedo sentir que me deslizo hacia el sueño. Entonces dice: —Ojalá mi papá me hubiera enseñado a montar una bicicleta. —¿No sabes montar una bicicleta? —Claro que sé. —Mira al techo, sonriendo, como si estuviera reviviendo un buen recuerdo—. Frankie nos enseñó a Emma y a mí. Los guardias se rieron de nosotras todo el tiempo, pero Frankie los hizo volverse. Fue muy divertido, todos esos hombres grandes y aterradores mirando hacia otro lado porque ella no quería herir nuestros sentimientos. Observo su hermoso rostro y se me hincha el pecho. Siento como si de repente me hubieran devuelto algo que me faltaba. Casi, una sensación de déjà vu. Me siento cómodo conella de un modo que no tengo con nadie más, incluso antes del calabozo. ¿Pero por qué la abrazo y comparto mis pensamientos íntimos? No lo hice ni con mi esposa ni con Mariella. Esta mujer es mi cautiva. Tomará cualquier información que le dé y la usará en mi contra a la primera oportunidad. Es lo que cualquiera haría en su lugar. Cazzo, soy un maldito tonto. Levanto la mano y agarro una de las correas fijadas a la cabecera. —Dame tu mano. Ella rueda hasta el otro lado de la cama y se levanta. Me inclino hacia arriba, listo para la batalla. —¿Adónde crees que vas? —Al baño. Jesús, cálmate. Si me vas a encadenar a la cama, será mejor que haga pis antes. Cerrando los ojos, la dejo ir. Descansaré hasta que vuelva, y luego la esposaré a la cama de nuevo. CAPÍTULO DIECINUEVE GIA Me miro en el espejo del baño. Apenas reconozco a la persona que se refleja. Es tarde, mucho después de medianoche. Todavía me hormiguea el coño por el orgasmo absolutamente asombroso que me dio en la mesa del comedor. Todo lo que Enzo me hizo estuvo mal, tan jodido y equivocado. Normalmente no confío en los hombres, especialmente después de lo de Grayson. Sin embargo, confío en Enzo. No me ha mentido. Me dijo exactamente por qué estoy aquí y lo que significo para él. Venganza contra Fausto. Entonces, ¿por qué ya no estoy luchando contra él? En cambio, estoy coleccionando orgasmos como algunas mujeres coleccionan bolsos de diseño. Sei bellissima, sei perfetta. Mi estómago se agita al recordarlo. Me gusta cuando se pone dulce y me susurra italiano sexy al oído. Me gusta cómo me alaba durante el sexo. Me gusta su insana necesidad de mí, cuando se vuelve casi salvaje mientras follamos. Me gusta la forma en que habla de sus hijos, la forma en que sacrifica todo para mantener a su familia a salvo. Me gusta lo inteligente que es, lo despiadado. Lo impredecible. Mierda. Me gusta. En serio, realmente me gusta. ¿Qué mierda? Enzo voló un restaurante, me secuestró y me encerró en una jaula, por el amor de Dios. Es capaz de una violencia indescriptible. Sin embargo, esto no me repulsa tanto como debería. Jesús. Poco más de una semana con él y ya estoy borracha de polla. Se supone que este hombre no debe gustarme. Es mi secuestrador. Además, es un mafioso. Nunca podría tener sentimientos por un mafioso como mi padre. Papá había robado el futuro de mi madre y la hizo miserable con su estilo de vida infiel y controlador. Esa vida podría funcionar para mi hermana mayor, pero no es lo que yo quiero. Sin embargo, me desmayo tras Enzo como una chica de trece años que acaba de recibir su primer beso. Dios, estoy jodida, como decían los guardias de papá. Tal vez sí tengo problemas con papá. Tal vez haber crecido en esa vida me cambió y me hizo imposible escapar. ¿Me estoy engañando a mí misma al esperar una relación y una carrera normales? Mis ojos se vuelven vidriosos en el espejo, las lágrimas pican en la parte posterior de mis párpados. Mi plan había sido seducir a Enzo, acercarme a él y luego matarlo. Pero hace días que no pienso en hacerle daño. Ni siquiera estoy segura de poder hacerlo en este punto. Amo a mis hijos más que a nada en el mundo. Ha enseñado a su hija a montar en bicicleta. Y le había puesto una venda morada en la rodilla cuando se había caído. Me agarro al mostrador y agacho la cabeza. Toda mi vida había deseado ese tipo de atención por parte de mi padre. ¿Cómo puedo matar a Enzo y privar a esa pequeña chica de un padre que la ama así? Pero tampoco quiero ser el peón de Enzo. Esto tiene que parar. Tengo que hacer algo antes que sea demasiado tarde. Enzo está en la otra habitación, esperándome, así que tengo que recomponerme. De lo contrario, él sabrá que algo está pasando. Ese hombre es terriblemente perspicaz. Práctico una expresión vacía en el espejo. Cuando me siento segura de mi actuación, abro la puerta y entro en el dormitorio. El alivio se apodera de mí. Enzo está dormido. Observo cómo su pecho sube y baja uniformemente, sus largas pestañas besan la parte superior de sus mejillas. Las líneas de su rostro se han atenuado y parece mucho más joven que cuando está despierto. Despreocupado, sin la amargura y la ira que suelen marcar su expresión. Dios mío, es un hombre apuesto. Contrólate, Gia. Tengo que hacer algo. Nadar hasta un lugar seguro es imposible, pero tiene que haber un teléfono en algún lugar por aquí. Una laptop, una tablet... algo que pueda usar para hacerle saber a mi familia que estoy bien. Si Fausto se entera que estoy en un yate frente a la costa de cualquier lugar, ¿podrá lanzar una misión de rescate? ¿Enzo se hace el dormido? Lo dudo. Estaría tratando de esposarme a la cama en lugar de fingir. Tengo que arriesgarme. En silencio, me pongo una camiseta y unos pantalones cortos, y empiezo a arrastrarme hacia la puerta, con los dedos de los pies clavados en la alfombra en silencio. Todo el tiempo mantengo los ojos fijos en el rostro de Enzo, preparándome para que se despierte y me empuje a la cama. Si me descubre merodeando, se volverá loco. No se mueve, su respiración es constante, incluso cuando llego a la puerta. Aquí no pasa nada. Me escabullo y entro en la oficina. No me atrevo a encender la luz, pero puedo ver bien. El escritorio está vacío, salvo por algunos papeles y unos cuantos bolígrafos. El escritorio no tiene cajones con cerraduras para forzar. Maldita sea. No he visto a Enzo con un teléfono móvil, pero Massimo llevaba uno. ¿Hay un teléfono común para el personal? En algún lugar de este yate hay una forma de comunicarme con el mundo exterior y voy a encontrarla. Sigo adelante. La cocina está a oscuras y también el comedor. Una rápida búsqueda no me permite encontrar nada útil. Abajo están los camarotes, donde tengo más posibilidades de encontrarme con alguien. Eso significa que tengo que subir a la siguiente cubierta. No sé lo que voy a encontrar, así que voy despacio, dando cada paso sin hacer ruido. Al final de la escalera hay una sala bien iluminada en la que hay un hombre sentado tras los mandos. Me agacho rápidamente, esperando que no me vea. Debe de ser la caseta del piloto. Manteniéndome agachada, empiezo a explorar. Un gimnasio. Esto explica cómo Enzo se mantiene en tan increíble forma. Pero no contiene nada más que un leve olor a soluciones de limpieza y olor corporal. La siguiente habitación es una gran oficina, la que claramente usa Enzo. Bingo. Entro, cierro la puerta suavemente y dejo que mis ojos se adapten a la penumbra. Hay dos escritorios enfrentados, y el más grande tiene un par de monitores gigantes encima. Tiene que ser el de Enzo. Por favor, por favor, por favor que haya algo que pueda usar. Me acerco sigilosamente y casi me desmayo de la emoción. ¡Una laptop bloqueada! Mi esperanza muere unos minutos después cuando no puedo adivinar la contraseña de Enzo para desbloquear el maldito aparato. Mierda. El escritorio tiene cuatro cajones. Están cerrados con llave, por supuesto, pero todo lo que necesito son herramientas para hurgar. Rápidamente encuentro dos clips en una pequeña taza en el segundo escritorio. Parece que tarda una eternidad, pero abro los cajones de Enzo uno por uno. En el último cajón encuentro lo que busco. Un teléfono por satélite. Santa mierda. ¡Vamos, hijos de puta! Está medio cargado y no tiene contraseña, así que estoy marcando antes de tomar mi siguiente respiración. Cuando el teléfono empieza a sonar puedo sentir cómo mi corazón intenta salirse del pecho. —¿Hola? —susurra mi gemela. —¡Emma, soy yo! —Las lágrimas brotan de mis ojos, el alivio me recorre como el agua—. Soy yo, soy yo, soy yo. —Oh Dios, Gigi. Lo sabía. Sabía que no estabas muerta. —Enzo D'Agostino me secuestró antes que estallarala bomba. —¿Y dónde estás ahora? Ella parece apagada. Extraña y demasiado silenciosa. Como si se estuviera escondiendo. —¿Qué pasa? —Estoy... escondida. Creo que me han oído. Mis músculos se aprietan y puedo sentir su ansiedad a través del teléfono. —¿Dónde estás? —Estoy en Milan. He venido para intentar encontrarte. —¿Qué? —grito—. ¿Por qué diablos papá permitió eso? —Él no lo sabe. Cree que estoy en la universidad. Es una larga historia. ¿Podemos hablar de esto más tarde? Hay unos tipos que me siguen y no parecen amistosos. En absoluto. Aspiro un poco de aire. —¿Qué diablos? ¿Quiénes son? Dime exactamente dónde estás... La línea se corta. —¡No! —Miro el teléfono, aturdida—. ¡Maldita sea! Emma. Está en problemas. Mi estómago se anuda dolorosamente. ¿Quién podría querer hacer daño a mi dulce hermana? Intento llamarla dos veces pero no contesta. —¡Mierda! Tengo que localizar a Frankie. Justo cuando empiezo a marcar, la luz inunda la habitación. Girando, encuentro a Enzo de pie, con el ceño fruncido sobre unos furiosos ojos oscuros y los músculos sobresaliendo. ¡No! Dios, todavía no. Retrocedo, tratando de alejarme de él mientras sigo marcando. —¡Aléjate de mí, D'Agostino! —Te has portado mal, micina. —Su voz es baja y tensa, la promesa de retribución en cada sílaba. —¡No te acerques a mí! —Esquivo el escritorio, pero él es más rápido. En un instante sus largos brazos me atrapan y me arrancan el teléfono de las manos—. ¡No! —grito con todas mis fuerzas, luchando contra él con todo lo que tengo. Ya no se trata de mí; Emma está en problemas y tengo que ayudarla. Todo es culpa mía. Lo araño y lo rasguño. Le doy patadas y puñetazos a todo lo que puedo alcanzar, intentando quitarle el teléfono de las manos. Estoy salvaje, desquiciada. Una mujer sin nada que perder. Él gruñe cuando mi puño conecta con su mandíbula, y sus brazos me inmovilizan al instante. —¡Basta, Gianna! —¡Está en peligro, simio! Tengo que hacer algo. Tengo que avisar a alguien que pueda ayudarla, imbécil. De repente, estoy en el suelo, con un mafioso furioso inmovilizándome. —Cálmate. Hablo en serio, Gia. Cálmate o te llevo a la jaula. Lucho un poco más, con la esperanza de romper su agarre, pero cuando se hace evidente que no va a ceder, me desplomo sobre la alfombra. El dorso de los párpados empieza a arder, así que giro la cabeza y trato de recuperar el aliento. ¿La han atrapado esos hombres? No puedo soportar la idea que Emma esté en peligro. —¿A quién mierda llamaste? —espeta Enzo. Una lágrima se desliza a lo largo de mi sien, y hasta la línea del cabello. —Mi hermana —susurro—. Emma. Ella... —Me trago un sollozo—. Está en Milan. Dijo que había hombres persiguiéndola. Luego el teléfono se cortó. —Se me entrecorta la respiración y cae otra lágrima. Mierda, voy a perder la cabeza. —¿Ha ido a Milan? ¿En qué mierda estaba pensando tu padre al dejarla ir allí? —No lo sabe. Cree que está en la universidad. Enzo se relaja un poco, manteniendo un agarre firme sobre mí, pero al menos sin asfixiarme. —Vino a buscarte. —Sí. —Empiezo a llorar entonces, sin importarme que él esté presenciando mi dolor. —Por favor, Enzo. Sé que me odias a mí y a toda mi familia, pero por favor. Tienes que dejarme llamar a Frankie. Fausto puede salvar a Emma. Sus labios se tuercen en una fea mueca. —Maldito Ravazzani. Puedo hacer más que él, y mucho más rápido. —Pero... —Me pongo de lado y estudio su rostro mientras la esperanza brilla en mi pecho—. ¿La ayudarás? Por favor, Enzo. Su mirada se dirige a mi boca. —¿Qué harás por mí a cambio? Debí saber que intentaría negociar conmigo, que no me ayudará por la bondad de su corazón. Eso es porque no tiene corazón. Lo vuelvo a poner en su contra. —¿Qué quieres? —Tu completa obediencia en todo. —Sexo, quieres decir. —Todas las cosas, Gianna. —La punta de los dedos recorre mi mejilla y luego mi mandíbula—. Quiero que aceptes tu destino, que te sometas a mis deseos. Que me sirvas y me complazcas. Que hagas lo que yo quiera, cuando yo quiera. ¿Tengo alguna opción? No tengo forma de contactar con Frankie, y ¿quién sabe lo que le está pasando a Emma ahora mismo? Dejaría que Enzo me degradara por el resto de mi vida si eso significa salvar a mi gemela. —Sí, sí. Ahora, por favor, ve a salvarla. Lo que tengas que hacer. Sus ojos brillan con triunfo. —Dame tu palabra. Si rompes tu promesa, ambas sufrirán por eso. No hay vacilación en la forma en que lo dice, ni ningún indicio de exageración. Creo que habla en serio. —Prometo hacer lo que quieras si salvas a Emma. Se levanta del suelo con una mano, una hazaña que me habría impresionado si no estuviera tan preocupada por mi hermana. —Vamos a trabajar, micina. ENZO Con dos llamadas telefónicas descubro quién se llevó a Emma Mancini y dónde la tienen. Miro a Gia, sentada frente a mí, y su rostro bañado en lágrimas me hace sentir algo dentro de mí. Me mira con seriedad, con esperanza, como si yo pudiera resolver todos los problemas del mundo entero. Ninguna mujer me ha mirado de esa manera. Angela se había mostrado cautelosa, resignada. Conocía al hombre que yo era, sabía exactamente lo que podía esperar de nuestro matrimonio. Mariella me veía como un hombre importante que le compraría cosas bonitas, la llevaría a lugares agradables y nunca le exigiría nada más que lo físico. La forma en que Gia me mira, como si yo fuera su protector... ¿Su salvador? Madonna, podría acostumbrarme a eso. Cuelgo, llamo a la caseta del piloto y les pido que vuelvan a Milan inmediatamente. Luego le explico la situación a Gia. —Hay un grupo de rusos que trabaja en algunas de las ciudades más grandes y que se aprovecha de las chicas jóvenes en los aeropuertos. Chicas que parecen pérdidas, que viajan solas. Emma debió atraer la atención equivocada cuando llegó a Milan y estos hombres la siguieron. Gia traga con fuerza, con las manos cruzadas en el regazo. Nunca la había visto tan quieta. —¿Qué hacen con las chicas? —Las venden en burdeles o a ricos compradores extranjeros. —La 'ndrina local suele llevarse una parte de los beneficios para mirar hacia otro lado, pero no se lo menciono. Su rostro se desploma, sus ojos se abren ampliamente por el pánico. —No podemos dejar que le pase eso. Vamos a salvarla, ¿verdad? Me gusta que nos considere un equipo, aunque en realidad estemos en bandos opuestos. Por alguna razón quiero tranquilizarla. —La sacaré. —¿Le harán daño? ¿La están violando ahora mismo? Sacudo la cabeza. —No es así como funciona. La ven como una mercancía. Querrán mantenerla pura, sin daños. Si no, no hay compradores. Exhala y parte de la tensión abandona sus hombros. Mi pobre micina, cargando con tanta preocupación, pero yo haré las cosas mejor para ella. La puerta de la oficina se abre de golpe. Vito está allí, vestido con jeans y sin camisa, con el cabello despeinado. —¿Hemos dado la vuelta? —Sí —respondo—. Tenemos otro recado en Milan. —¿A quién? —Emma Mancini. —Señalo con la cabeza a Gia. Vito parpadea como si acabara de notar su presencia, y luego entrecierra los ojos hacia mí. —¿Che cazzo? —La han secuestrado los rusos, probablemente para venderla en el mercado abierto. —¿Y? Sé lo que está pensando, las preocupaciones que seguramente le rondan por la cabeza. Pero no le debo explicaciones. —Y nos estamos encargando de eso. —Habla en inglés —espeta Gia—. ¿De qué estás hablando? Mi hermano se frota la mandíbula. —Necesito hablar contigo a solas —continúa en italiano. —No. —Empiezo a marcar de nuevo, esta vez a Stefano. Pago por tener hackers en nómina. —Enzo, hablo en serio. —Vito está ahora frente a mi escritorio—. Debemos discutir esto. No puedespreocuparte honestamente por tu puta... Cuelgo el teléfono antes de terminar de marcar. —Cuida tu lengua, fratello —gruño. —¡Madre di Dio! ¿Ahora te lleva por la polla? Me pongo de pie, avanzando hacia él. —Yo soy el capo, Vito, no tú. Yo tomo las decisiones, no tú. Así será hasta que me muera. —Sigo avanzando hasta que estamos a escasos centímetros de distancia, y entonces susurro—: Si quieres desafiarme, entonces, por supuesto, intenta tomar la corona. Pero te prometo que no será fácil. —No quiero la corona —escupe y retrocede un paso—. Pero es un momento terrible. ¿Qué pasa con Gabriel Sánchez? Se supone que lo vamos a encontrar, ¿no? Levanto una ceja hacia Vito y digo en inglés: —Primero nos ocupamos de Emma Mancini. —¿Vas a traerla a bordo? —pregunta Vito en italiano. Mis labios se curvan en una pequeña sonrisa. ¿De verdad cree que no he descubierto cómo utilizar esto en mi beneficio? No solo me da más ventaja con Ravazzani, sino que también me da ventaja sobre otra persona. —Sí, certo. —Ya veo. —Va bene. Ahora, levanta a Massimo y tráelo aquí. Tenemos que reunirnos con unos rusos en Milan. Vito se va y yo me pongo detrás de mi escritorio. Retrocediendo, palmeo mi regazo. —Cierra la puerta y ven aquí. La cautela se apodera de su expresión y no se mueve. —¿Por qué? —Porque tengo que hacer una llamada para ayudar a tu hermana y quiero jugar con tus tetas mientras lo hago. Ella junta los labios, como si estuviera conteniendo una maldición o una negativa, pero ambos sabemos que hará lo que yo quiera. Quizás la mantendré en el yate indefinidamente, hasta que me canse de ella. Pronto tendré a las dos gemelas Mancini, y podré utilizar a Emma como ventaja con Ravazzani. No estoy listo para dejar ir a Gia. ¿Aún niegas que estás obsesionado con ella? Me quito la voz de Vito de la cabeza. Esto no es obsesión, es poder. Es conveniencia y venganza. No he terminado de degradar a Gia de todas las maneras que sé. Hasta entonces, ella se quedará conmigo en el yate. En silencio, cierra la puerta de la oficina y se dirige hacia mí. Su obediencia me pone la polla dura. La sangre corre por mi cuerpo, mi corazón late con satisfacción, mientras ella se desliza en mi regazo. Se sienta con cautela, como si tuviera miedo de relajarse, pero sé que eso no durará. La rodeo con el brazo y la acomodo a mi gusto, con su culo sobre mi entrepierna y su espalda sobre mi pecho. Muevo cada una de sus piernas para colocarlas en la parte exterior de mis muslos, dejándola abierta para mí. Mis labios recorren su garganta, inhalando su aroma femenino mientras saboreo su suave piel. —Tan hermosa, tan complaciente —murmuro—. Quítate esta camiseta. Preséntame tus tetas. Hace lo que le pido, revelando la suave piel dorada de la parte superior de su cuerpo. Sus pechos son pequeños pero aún puedo apretarlos, y me alegro cuando sus pezones se endurecen. Pellizco uno y ella jadea. —Sí, eso es. Me gusta esto. Quizá te tenga aquí todo el día mientras trabajo. ¿Te gustaría, bambina? —No creo que seas muy productivo. —Su voz es ronca, como se pone cuando está excitada. —¿Estás mojada? —Enzo, mi hermana, ¿recuerdas? Concéntrate. —Oh, estoy concentrado. —Hundo mis dientes en el lugar donde se encuentra su cuello y su hombro. Ella gime y yo reprimo una sonrisa—. Toma el teléfono satelital. Intenta darme el teléfono, pero sigo besando su hombro y masajeando su teta. Le digo: —Llama a este número. —Por cada botón que pulsa, yo tiro de su pezón. Cuando la llamada se conecta, ella se retuerce sobre mi polla semidura. —Dame el teléfono. —Con una mano agarro el teléfono y meto la otra en sus pantalones. Esta caliente y húmeda, y juego con su piercing, amando su tacto bajo las puntas de los dedos. —Pronto —dice una voz al otro lado del teléfono. —Stefano, necesito algo. —Por supuesto, Don D'Agostino. ¿Qué es? Empiezo acariciar el clítoris de Gia, frotándolo en pequeños círculos. Ella se funde conmigo, su cuerpo me deja hacer lo que quiero. —Hay una casa abandonada en Via dei Garofani. El número veinticinco. Necesito ver quién entra y sale, cuántos hombres hay dentro. ¿Puedes poner cámaras allí? —Sí. Puedo ir por la mañana... —Ahora, Stefano. Inmediatamente. Gia aspira con fuerza, sus miembros vibran mientras sus caderas se balancean en mi mano. Sigo trabajando su clítoris, extendiendo la humedad por toda su cálida carne. Luego meto un dedo en su interior y ella gime. Stefano se aclara la garganta: —Iré ahora. Te llamaré cuando todo esté en su sitio. —Bien. —Lamo el lóbulo de la oreja de Gia mientras cuelgo. —¿De qué iba eso? —ella jadea, mientras bombeo mi dedo. —Estoy poniendo cámaras en la casa donde tu hermana está retenida. Necesito saber cuántos hombres hay dentro. —¿Entonces qué? —Entonces entramos y la sacamos. —¿Matarás a los rusos? Presiono el talón de mi mano contra su clítoris. —¿Quieres que lo haga? —Joder, sí —suspira, y no estoy seguro de si estamos hablando de los rusos o de su inminente orgasmo. Con Gia, probablemente ambas cosas. Sigo metiéndole los dedos, amando la forma en que sus paredes me agarran. Deseo que sea mi polla, pero está demasiado dolorida y yo tengo cosas que hacer. Pero pronto. —¿Quieres que haga daño a los hombres que se llevaron a tu hermana? ¿Qué los mate con mis propias manos? ¿Qué cubra mi piel con su sangre? Se estira por encima de su cabeza y enhebra sus dedos en mi cabello. —No debería pensar que eso es sexy, pero que Dios me ayude, lo pienso. —Porque estás tan jodida como yo. Sucia y retorcida, como yo. —No —gime ella, arqueando la espalda mientras presiono su punto G. —No lo niegues, mia sporca troietta. Cuando no dice nada, retiro mis dedos y le doy una palmadita en el muslo. —Arriba. —Espera, ¿qué pasa? —Se pone de pie torpemente, con los pantalones cortos desabrochados para mostrar su vientre plano y bronceado. Mamma mia, podría pasar días explorando su cuerpo. —Tengo que ir a trabajar. —Me levanto y le agarro el rostro con las dos manos—. Vuelve a la cama y déjame planear cómo salvar a tu hermana. —¿Cuándo vas a dormir? ¿Está preocupada por mí? Se me forma un nudo en el pecho. Hace tiempo que nadie se preocupa lo suficiente por mí. Inclinándome, la beso fuerte y profundamente. Sus labios son suaves y exuberantes, su lengua ansiosa contra la mía, y me tomo mi tiempo. No he besado a una mujer en mucho tiempo, pero esto se siente natural. Fácil. Gia también da todo lo que recibe, su boca no tiene miedo y es audaz mientras sus manos se enredan en mi cabello. Cuando termino, me mira con una expresión extraña en su rostro. —Esta es la primera vez que me besas. No estoy preparado para explorar por qué he decidido besarla ahora, así que le doy una palmada en el culo y me aparto. —No te preocupes. Bajaré a terminar lo que hemos empezado aquí dentro de un rato. Ella asiente y se aparta de mí. La dejo ir, mis brazos cayendo a los lados. Mientras cruza el suelo, añado: —Y no te toques el coño. Con toda seguridad lo sabré y me encantará castigarte por eso. Su mirada brilla con desafío mientras dice por encima del hombro: —¡Es mío y si quiero lo tocaré, mafioso! Está sonriendo cuando cierra la puerta tras ella. Que empiece el puto juego, micina. CAPÍTULO VEINTE GIA Me paseo por la habitación de Enzo, tratando de mantener la calma. De alguna manera, conseguí dormir unas horas anoche, pero llevo despierta desde el amanecer, aterrorizada por lo que le esta ocurriendo a Emma. Me obligo a respirar profundamente. No tengo ninguna duda que Enzo salvará a mi gemela. Pienso en él en su escritorio, tan intenso, intimidando a los demás para que hagan lo que él quiere. Consigue que las cosasse hagan, eso es seguro. Un pequeño grupo de traficantes sexuales rusos no es nada para Don D'Agostino, mi mafioso desquiciado y astuto. ¿Mi? Me muerdo el labio, mi pecho se hincha con un fuerte suspiro. Sí, está claro que me he metido en un buen problema cuando se trata de este hombre. La llegada de Emma a Italia tiene que servir como recordatorio de mis prioridades: proteger a mi familia. En cuanto Emma regrese a salvo a Canadá, podré concentrarme en conseguir que Enzo abandone su venganza contra Fausto. Tampoco quiero que Frankie salga herida. Pero esto tiene que esperar hasta que Emma esté a salvo, lejos de los traficantes rusos. ¿Y dónde está Enzo? Me estoy volviendo loca aquí abajo. Es de tarde y no lo he visto en todo el día. Él y sus hermanos han estado encerrados en la oficina, haciendo planes. Tengo que saber qué está pasando. ¿Cuándo vamos a ir a rescatar a Emma? Salgo del dormitorio y me apresuro para subir las escaleras. Dos hombres están a los mandos de la caseta del piloto y ambos me miran fijamente cuando paso por allí, y luego bajan la barbilla casi con respeto. Huh. Eso es raro. Un minuto más tarde, me abro paso hasta la oficina de Enzo sin molestarme en llamar a la puerta. Los tres hermanos D'Agostino están allí, con Enzo detrás de su escritorio y Vito y Massimo en las sillas. Cada uno de ellos me mira como si tuviera dos cabezas. ¿Acaso nadie los interrumpe? —Gianna, estamos ocupados —dice Enzo—. Espérame abajo. —No voy a seguir esperando abajo —espeto—. ¿Qué está pasando con el rescate de Emma? La oscura mirada de Enzo se estrecha sobre mí y se inclina hacia atrás en su silla. Pronuncia una rápida frase en italiano para sus hermanos, y los D'Agostino más jóvenes se levantan y se dirigen a la puerta. Massimo me guiña un ojo al pasar y Vito hace como si yo no existiera. Cuando nos quedamos solos, digo: —Por favor, cuéntame. ¿Qué está pasando? Me estoy volviendo loca ahí abajo. Él aprieta los dedos y me considera. —¿Dudas de mis habilidades o de mi palabra de liberar a tu hermana? ¿Qué? ¿De dónde viene eso? —No, pero necesito saber cuándo ocurre esto. Han pasado casi veinticuatro horas. —Han pasado un poco más de dieciséis y estoy esperando hasta el anochecer. ¿Alguna otra pregunta? No me gusta su actitud despectiva, como si yo fuera una mujer histérica. —Sabes que estamos hablando de mi gemela, ¿verdad? Estás actuando como si me estuviera entrometiendo en tus preciosos asuntos de la mafia. —Te estás entrometiendo. Dije que me encargaría de eso, lo que significa que confías en mí para manejarlo, Gianna. —No, esto no funciona así. No soy tu pequeña esposa mafiosa en casa criando a tus hijos. Y definitivamente no soy tu mantenuta, pasando el rato abajo, pintándome las uñas hasta que llegas para regalarme tu polla mágica. Soy una Mancini y esta es mi hermana. —Y la traeré aquí, viva. Tengo miedo de esto. —No, la traeremos aquí viva. Se ríe como si fuera una gran broma. —No irás, Micina. —Voy a ir contigo, Enzo. Esto no es negociable. La diversión muere en su rostro. —¿Crees que esto es una negociación? ¿Conmigo? No tienes nada que negociar. Cualquier cosa que tengas la tomaré. Tenemos un trato, ¿recuerdas? Oh, realmente es demasiado. Me cruzo de brazos sobre el pecho. —Sí, prometí obediencia, pero eso solo ocurrirá después que mi hermana sea rescatada. Hasta entonces, lucharé contra ti con uñas y dientes en todo, especialmente en lo que se refiere a ir contigo a Milan. —Me gusta luchar contigo. Y si lo hacemos, prepárate para que te folle en el suelo de mi oficina. —Dios, eres imposible. —Meto mis dedos en mi cabello y respiro profundamente. Tengo que razonar con él—. Tengo que estar allí, Enzo. Estará asustada, posiblemente drogada. Probablemente esté herida. Alguien tiene que sostener su mano y asegurarse que está... No puedo terminar, mi garganta se cierra como un puño. Las lágrimas amenazan y me esfuerzo por contenerlas. Tengo que ser fuerte por Emma; no puedo derrumbarme. Con unos pocos pasos, está rodeando su escritorio y tirando de mí hacia sus brazos. Es fuerte y sólido, muy cálido, y huele como el jabón de ducha al que soy secretamente adicta. Su corazón golpea mi mejilla y me hundo contra él, dejando que me sostenga por un momento. —Deja que me encargue de esto por ti —dice en voz baja—. Te quedarás aquí y te mantendrás a salvo. —Por favor, no. Sé que parezco una loca, pero necesito estar allí, tocarla cuanto antes. Ella es mi otra mitad. Necesito asegurarme que está bien. —Es demasiado peligroso, Gia. No puedo estar preocupado por ti y por los rusos al mismo tiempo. ¿Estará preocupado por mí? Antes que pueda evitarlo, el placer se envuelve en mi corazón como una enredadera, cavando y escarbando profundamente. No puedo soportar a este hombre cuando es dulce. Levanto mis brazos y los pongo alrededor de sus hombros, dejando que mis dedos jueguen con las puntas de su suave cabello. —Me mantendré al margen, lo prometo. Esperaré afuera. —Estás tratando de manipularme. —Sí, certo —digo en mi mejor italiano antes de apretar pequeños besos en su mandíbula—. Per favore, Il pazzo. Déjame ir contigo. —Me gusta oírte hablar en mi idioma —susurra, acariciándome hasta que su boca encuentra la mía. Me besa suavemente, tentativamente, como si le sorprendiera la necesidad, y yo lo recibo con entusiasmo, tratando de convencerlo con mis labios. En cuestión de segundos, inclina la cabeza y toma el control, con sus manos rodeando mi cráneo y su lengua ahora en mi boca. Perdida en un mar de sensaciones, aguanto, la habitación da vueltas. Nuestras batallas desaparecen y lo único en lo que puedo concentrarme es en este beso, en esta inexplicable lujuria que estalla cada vez que nos tocamos. Finalmente, se aparta. —Debo traer a mis hermanos de vuelta. Hay más detalles que resolver antes que nos vayamos. —¿Nos vayamos? Te refieres a mí también. ¿Verdad? —No, Gianna. —Seré tan buena, padrone —susurro, abrazándolo más fuerte—. No causaré ningún problema. Seré tu bambina perfecta. —Siempre eres un problema, micina. Y no cambiaré de opinión. No es seguro. —No haré nada que ponga en peligro mi seguridad, lo prometo. Se aleja, poniendo distancia entre nosotros, y su expresión se vuelve plana y seria. —Te quedarás aquí. Te encerraré si es necesario. Esto me está molestando mucho. No me está escuchando. —A la mierda. Me voy contigo. Una sonrisa tortuosa se extiende por su rostro, del tipo que usa justo antes de hacerme algo malo. Sus dedos me señalan mientras se acerca. —Ven conmigo, gatita. Es hora de tu correa. Me aparto de su alcance y grito: —Si vuelves a meterme en esa jaula, te cortaré las bolas, D'Agostino. —Sigues intentando darme órdenes. ¿No has aprendido aún quién te controla? Con una ráfaga de velocidad, me lanzo alrededor del escritorio, poniendo la pesada madera entre nosotros. Inmóviles, nos miramos fijamente. Puedo ver que su ojo derecho se mueve, así que intento una vez más apelar a su intelecto. —Enzo, por favor. Sé razonable. Me volveré loca si tengo que sentarme aquí y esperar mientras intentas rescatarla. —Y yo me volveré loco si tengo que preocuparme por tu seguridad en Milan. No, quédate en el yate. Confía en que me encargaré de esto por ti. ¿Confiar? ¡Ja! Me pide la única cosa que me resulta imposible de dar, especialmente con los hombres. —No te ofendas, pero no le confío a nadie la seguridad de mi gemela, excepto a mí. El cambio le sobreviene de inmediato. Es como si todo el aire hubiera sido aspirado de la habitación. Su expresión se vuelve dura, su cuerpo una pared de granito. Este es el mafioso, el Il pazzo que inspira terror en toda Italia. El hombre que se había enfrentadoa Fausto Ravazzani... y sobrevivió. La mirada de Enzo brilla al acercarse y no me atrevo a moverme. Es aterrador. No es como antes, durante nuestros juegos, cuando quería darle cuerda para ver qué pasaba. Este es un hombre peligroso que ha sido llevado al límite. Este es un hombre con el que no se jode. Me apoya contra el escritorio, su gran cuerpo se apodera del mío mientras me rodea la garganta con la mano. —No acepto órdenes de nadie. No doy explicaciones a nadie. Yo soy el jefe, Gianna. Para bien o para mal, soy el puto jefe. Así que cuando digo que te quedas aquí, te quedas aquí, maldita sea. Y no dudaré en encadenarte, meterte en la jaula o atarte para que así sea. ¿Capisce? Lo miro fijamente. Quiero desafiarlo desesperadamente, pero mis instintos de autoconservación se activan. —Bien —me obligo a decir con los dientes apretados—. Me quedo. Se relaja y su agarre en el cuello se suelta ligeramente. —Esa es la respuesta correcta. Ahora, ¿tengo que sujetarte? ¿O puedo confiar en que serás una buena chica mientras estoy afuera, rescatando a tu hermana? Imbécil. —Puedes confiar en mí con una condición. —Levanta una ceja arrogante pero no dice nada. Lo señalo a la cara—. Quiero hablar con ella por teléfono en cuanto la tengas en un lugar seguro. —Va bene. Haré que Cecilia te traiga el teléfono para hablar con Emma cuando llegue el momento. —Lo digo en serio, Enzo. En el momento en que esté a salvo. Necesito escuchar su voz. ENZO Mientras nos preparamos para llevar la pequeña lancha a la orilla, Gia se queda cerca, observando. Sé que está nerviosa y que preferiría acompañarnos a Milan, pero no puedo permitirlo. Ella distraería a los hombres y me distraería a mí. La brisa le aparta el cabello de la cara y admiro su belleza. Madre di Dio, es preciosa. Esta noche parece tan joven y vulnerable, la habitual mordacidad ha desaparecido de su expresión, sustituida por la preocupación por su hermana. A veces lamento que no nos hubiéramos conocido en otras circunstancias, que no estuviera emparentada por matrimonio con mi peor enemigo. Que la hubiera conocido en un bar o en una discoteca y la hubiera convencido para que viniera a casa conmigo. Habría sido la mantenuta perfecta. Compruebo mis armas una vez más y le pregunto a Vito: —¿Has estado en contacto con Stefano? ¿Está todo listo? —Sí. Obviamente no tienen ni idea de quién es, porque solo hay unos diez hombres adentro. Me rio. —Es su error. —¿Qué estás diciendo? —Gia pregunta por encima del viento—. ¿Está bien mi hermana? —Está bien —digo en inglés—. Tienen diez hombres custodiándola. —¿Cuántos tienes tú? —Cinco, incluyéndome a mí. —Oh, Dios. —Gia se tapa la boca con una mano y me agarra del brazo con la otra—. Estás recogiendo más hombres, ¿verdad? ¿O se encuentran contigo allí? Resoplo, mis dedos se enroscan en su garganta. Su pulso martillea contra mi palma. —No necesito más hombres para enfrentarme a diez rusos. Me mira como si hubiera dicho algo increíblemente estúpido. —No, no. Necesitas más. Esperaba que tuvieras un ejército esperando. Tipos con equipo táctico completo con ametralladoras y lanzagranadas. Quiero reír, pero sé que no está pensando con claridad por culpa de su hermana. Acerco mi boca a su oído. —No te preocupes, bambina. Esto es lo que mejor hago. Mi teléfono suena con la llamada que estaba esperando, así que la suelto y contesto. Es Stefano con otro informe sobre los rusos. Cree que son probablemente Bratva, basándose en sus tatuajes, lo que significa que tenemos que hacer otra llamada. —Tenemos que ponernos en contacto con Campione cuando terminemos —le digo a Vito en italiano una vez que cuelgo el teléfono, refiriéndome al jefe de la 'ndrina de Lombardo—. Estos son Bratva, así que Campione tiene que estar preparado. —Cazzo —sisea Vito—. Deberíamos haberlo sabido. —¿Qué pasa? —pregunta Gia, girando su cabeza entre nosotros—. ¿Ha pasado algo? No estoy acostumbrado a dar explicaciones a las mujeres, pero con ella es natural. Tal vez sea porque es mi prisionera o por su personalidad. Es fácil hablar con Gia y es fuerte. Resistente. Más o menos como yo. —Los rusos son mafiosos, Bratva. No son traficantes de bajo nivel, y podrían tomar represalias contra la 'ndrina italiana de la zona. Su rostro palidece. —Oh, mierda. ¿Bratva? Ahora tienes más hombres, ¿no? No estarás pensando todavía en ir allí con solo cinco de ustedes, ¿verdad? Massimo se ríe y Vito sonríe. Intento no parecer ofendido. —Mujer, ¿de verdad crees que la Bratva son más terroríficos que la 'Ndrangheta? ¿Qué nos asustaran unos cuantos tatuajes y unos dientes perdidos? Ma dai, Gianna. —Esta es la vida de mi hermana, imbécil. Deja de ser tan presumido y condescendiente. Sacudo la cabeza. —Espera y verás. Confía en mí. Estos rusos no son rivales para los D'Agostino. Tras darle un breve beso, desciendo a la pequeña lancha. Mis hermanos me siguen y pronto estamos volando por el corto tramo de agua hacia tierra firme. No me vuelvo a propósito para mirar a Gia, aunque puedo sentir sus ojos preocupados en mi espalda. Una vez que llegamos a los muelles de Génova, nos amontonamos en grandes camionetas y partimos. Milan está a dos horas en auto hacia el norte, y me encuentro observando el paisaje nocturno de mi país natal a través de la ventanilla con avidez. Lo echo de menos. Las vistas y los olores, la posibilidad de comer en un restaurante. De caminar por la calle sin disfrazarme. Una vez que vuelva a tener estas cosas, nunca más las daré por sentadas. Hablamos de negocios durante el viaje, y en poco tiempo llegamos a Milan. Un subidón de adrenalina se apodera de mi torrente sanguíneo, mi mente ansía la violencia, anticipa el derramamiento de sangre. Es el momento de concentrarse. Rico, uno de mis hombres, detiene el auto. Estamos a una calle de la casa donde los rusos tienen a Emma Mancini. Salimos de las dos camionetas y volvemos a revisar nuestras armas. Una mujer mayor sale de su casa, nos echa un vistazo y vuelve a entrar. Escucho que las cerraduras de su puerta se activan. Una mujer inteligente. Dos de mis hombres me siguen mientras me dirijo a la parte trasera de la casa. Vito y Massimo van a la parte delantera. Espero unos segundos y pateo la puerta trasera, haciendo que la madera se abra de golpe y que los rusos corran por sus armas. Mato a dos antes que puedan sacar sus armas. Una bala no me alcanza, así que me agacho y disparo en la dirección del tiro. Mis hombres están detrás de mí, disparando ahora también hacia la cocina. Todo termina rápidamente. Cuatro rusos han muerto y salimos de la cocina para adentrarnos en la casa. Puedo oír a mis hermanos gritar mientras disparan a los rusos en otra parte de la casa, pero prefiero no hablar. No quiero que mi enemigo sepa mi ubicación hasta que sea demasiado tarde. Señalo a mis hombres que revisen las habitaciones contiguas, mientras me dirijo a las escaleras. Subo los escalones lentamente, porque sé que un ruso debe estar escondido cerca de la cima. Prácticamente puedo oler su vodka barato y su miedo. Capto un sutil cambio en la luz contra la pared y me burlo. ¡Che idiota! Levanto la mano por encima de la cabeza y disparo tres veces. El hombre cae al suelo con un golpe seco. Luego me muevo a mayor velocidad para no quedar atrapado en las escaleras. Una vez arriba, empiezo a buscar en cada habitación. Mis hombres están ahora también en el segundo piso. Escucho disparos en una habitación al final del pasillo, pero los ignoro. Emma está aquí en alguna parte y tengo que encontrarla. Un movimiento detrás de mí se registra un segundo antes que un garrote se encaje en mi cuello. Por suerte, consigo meter unos cuantos dedos bajo la cuerda antes que se tense, así quesuelto el arma y tiro con ambas manos, intentando evitar que el garrote me estrangule. Sin embargo, mi atacante es fuerte y me esfuerzo por mantener un precioso centímetro entre la cuerda y mi piel. No tengo mucho tiempo. Usando mis piernas, empujo hacia atrás, embistiendo al ruso contra la pared. Gruñe y maldice, así que vuelvo a hacerlo, con la esperanza de aturdirlo durante una fracción de segundo. Entonces saco el gran cuchillo que llevo atado al cinturón y se lo clavo al instante en el muslo. Grita y sus brazos me sueltan. Giro y esta vez le clavo el cuchillo en el vientre, tirando hacia arriba para causarle más daño. Con la cara contorsionada por el dolor, intenta apartarme de un empujón, pero no lo consigue. —¿Dónde? —pregunto en ruso, clavando más el cuchillo—. ¿Dónde están las chicas? —No hay chicas —dice con un murmuro. —Mentira. Dime dónde están o derramaré tus intestinos por todo el suelo. —Yoooo... Duda y le retuerzo el cuchillo, lo cual sé personalmente que es insoportablemente doloroso. Puedo sentir su sangre goteando por todas partes, cubriendo mis manos y mi ropa. Casi lo agradezco. He nacido para esto. Cuando deja de gritar, le doy una oportunidad más. —Dime ahora mismo o te cortaré la polla antes. —Al otro lado de esa pared. —Inclina la cabeza—. Hay una habitación falsa. No sirve de nada, así que saco mi cuchillo de su vientre y le abro la garganta. Un rojo intenso brota de la herida y un poco me salpica el rostro. Intento limpiarlo mientras lo dejo caer al suelo. —¡Aquí dentro! —llamo a mis hombres. Pronto aparecen Vito y Rico. —¿Dónde? —La cabeza de Vito gira—. No veo nada. Ya está palpando la pared, tratando de determinar cómo se abre. —Detrás de esta pared de alguna manera. Una voz desde el interior de la pared grita: —Se abre desde el otro extremo. Un armario en uno de los dormitorios. Vamos al dormitorio del otro lado y, efectivamente, hay un armario barato contra la pared. Lo apartamos y encontramos una puerta cerrada. —Atrás —digo, y luego disparo al candado. Cuando conseguimos abrir la puerta, descubrimos a siete chicas adentro, la mayoría de ellas sucias y vestidas con ropas andrajosas. El hedor que sale del interior de la habitación es horrible. Está claro que algunas de las chicas llevan mucho tiempo aquí. —Cristo santo —murmura Massimo. Emma Mancini tiene el brazo alrededor de una de las chicas más jóvenes, que no debe tener más de trece o catorce años. —¿Quién eres? —me pregunta en italiano, con la mirada fija en mi aspecto ensangrentado. —Soy Enzo D'Agostino. Me envía tu hermana. Emma asiente, como si eso fuera lo que esperaba. —Aquí —dice, guiando a la chica más joven hacia adelante— . Sácala primero, por favor. —Mis hombres ayudarán a estas otras chicas. Tú vendrás conmigo. A diferencia de su obstinada hermana, Emma no discute. Levanta la barbilla y da un valiente paso adelante, dispuesta a aceptar su destino. La tomo del brazo y la llevo a través de la casa, pasando por los cadáveres. Cuando estamos afuera, pregunta: —¿Has hecho daño a mi hermana? —No. No la suelto, sino que sigo caminando hacia el auto. Vito y Massimo se quedarán atrás para ocuparse de las secuelas, así que Rico se pone al volante de la camioneta. Emma y yo nos deslizamos en el asiento trasero, donde le entrego una barrita de proteínas y una botella de agua sin abrir. —Toma. —Grazie —dice en voz baja y destapa el agua. Se la termina rápidamente y le doy otra. La sangre se está secando en mi ropa y mi piel, y mi cuerpo zumba por la batalla. Es un subidón como ningún otro, y lo había echado de menos durante los últimos cuatro años. Mirando a Emma, le digo: —Ha sido una estupidez que hayas venido a Milan. —Quiero verla. —No te preocupes. —El borde de mi boca se curva—. Te llevaré directamente a ella. CAPÍTULO VEINTIUNO GIA No puedo dejar de abrazar a mi hermana. Como prometió, Enzo rescató a Emma y me dejó hablar con ella por teléfono mientras volvían de Milan. Dos horas más tarde, la pequeña lancha aparece en la distancia y no aparto los ojos de mi gemela en ningún momento. La agarro en cuanto sube a la cubierta. Las luces del yate me permiten ver lo mal que la han tratado esos imbéciles rusos. Necesito asegurarme que está aquí, ilesa y a salvo. —Pensé que no volvería a verte. —Lo mismo. Me alegro mucho de verte. Las lágrimas se deslizan por mis mejillas y por mi mandíbula. Nos quedamos así durante unos minutos, y algo se instala dentro de mí, como si hubiera vuelto a conectar con la otra mitad de mi alma. Finalmente, me retiro. Ambas sonreímos y nos limpiamos el rostro. Entonces, al mismo tiempo, nos damos cuenta que tenemos público. Enzo está apoyado en la borda del yate, observándonos. Lo miro. Está cubierto de sangre, incluso en la cara y las manos. ¿Quieres que lastime a los hombres que se llevaron a tu hermana? ¿Matarlos con mis propias manos? ¿Cubrir mi piel con su sangre? Un escalofrío me recorre. —Veo que sigues vivo. Su boca se curva en esa forma arrogante suya y se aparta del borde del yate. —Todavía vivo, Micina. Y he hecho lo prometido. Sabes lo que significa, ¿no? Obediencia en todo. —Sí. —Va bene. —Mira por encima de mi hombro—. Cecilia, asegúrate que la señorita Mancini se instale abajo y se le dé comida y agua. —Sí, Don D'Agostino. Me hace un gesto. —Ven, Gianna. Te quiero en mi camarote. —No, Enzo. —Agarro a Emma y la sujeto—. Ella acaba de llegar. Quiero pasar tiempo con ella. —Más tarde. —Hace un gesto a Cecilia—. Lleva a la señorita Mancini, por favor. —Enzo... Gira hacia mí, con la barbilla baja en señal de desafío. —¿Recuerdas nuestro trato? Eres mía, Gianna. Lo que yo pida, cuando lo pida. —Está bien, Gigi. —Siempre la pacificadora, Emma me da un apretón—. Estoy agotada. Solo quiero ducharme y dormir. Podemos ponernos al día mañana. Le beso la mejilla. —Te veré a primera hora de la mañana. —Bien. —Me abraza y me susurra al oído—: Ten cuidado. Sé inteligente. Asiento y me trago el nudo en la garganta mientras la alejan de mí. Al menos está conmigo aquí, en el yate, lejos de esos imbéciles rusos. Una mano me agarra la muñeca. —Ven. —Enzo no dice nada más y comienza a arrastrarme hacia abajo. Lo sigo, sabiendo lo que probablemente va a pasar. Y lo deseo. Ya respiro con fuerza, con la anticipación palpitando en mis venas. Ya no puedo negar mi necesidad de él. Así que, sea cual sea el jodido camino que tomaremos, voy a seguirlo de buen grado. Después de todo, he aceptado y soy una mujer de palabra. Cuando llegamos a su camarote, tira de mí y sus manos se posan en mis caderas. La sangre salpica su piel, empapa su ropa, y no sé por qué no me repugna totalmente. Es como un caballero que regresa de la batalla. —¿Quieres oír cómo lo hice, micina? ¿Quieres los detalles de cómo maté a esos hombres? Que Dios me ayude, pero lo quiero. Entre mis piernas palpita con cada latido de mi corazón. —Sí. Me aparta el cabello de mi rostro y su voz está llena de orgullo cuando dice: —Por supuesto que sí, mi bambina sedienta de sangre. Métete en la ducha conmigo y te lo contaré mientras me chupas la polla. Me doy la vuelta y me dirijo hacia el baño, y me da una palmada en el culo en el camino. Mientras abro el agua de la ducha, empieza a despojarse de la ropa sucia, revelando un cuerpo al que me estoy volviendo adicta. Me desnudo y me meto en la ducha. El agua corre por mi piel y por mi cabello. Cuando abro los ojos, él esta allí, completamente desnudo y con la polla ya dura. Madre di Dio, como le gusta decir. Me aparto para que pueda lavarse la sangre. —Aquí. Se acerca y deja que el agua se deslice sobre su cuerpo. Un chorro de color rosacorre por el desagüe de la ducha mientras se lava rápidamente. Volviéndose hacia mí, dice: —Ya sabes lo que quiero. Es seguro decir que ambos estamos de acuerdo con esto. No pierdo el tiempo y me arrodillo sobre la resbaladiza baldosa. Él no se mueve, así que avanzo hasta tener la punta de su erección al alcance de la mano. Abro la boca y chupo la cabeza, usando la lengua en la parte inferior. Su palma recorre mi cabello húmedo. —C'è la mia bambina. Ahí está mi niña. Empujo mi rostro hacia su pelvis, tomando más de él. Me llena la boca, tan gruesa y suave, y puedo saborear el pre-semen que gotea de la punta. Cierro los ojos, saboreando la sensación, amando el poder que esto me da sobre su placer. Mueve sus caderas, follando mi boca, y yo la tomo con avidez, relajando mi garganta para evitar las arcadas. Me aseguro que mis labios se mantengan apretados en su polla, y agito mi lengua hasta que gruñe. —Ojos hacia arriba. Levanto la vista hacia su rostro, que está tenso por la lujuria, con las pupilas dilatadas. Empieza hablar entonces, contándome que ha pateado la puerta trasera y disparado a dos hombres antes que pudieran alcanzar sus armas. Al ruso que había disparado mientras estaba en las escaleras. Luego el hombre que intentó estrangularlo, al que había abierto la garganta con su cuchillo. Para cuando termina, estoy jadeando, más excitada de lo que puedo soportar. Empiezo a meter la mano entre mis piernas, dispuesta a correrme, pero sus dedos se retuercen en mi cabello. —Todavía no. Pon las manos en la espalda. Obedezco y sus fosas nasales se dilatan al ver mi conformidad. —¿A quién perteneces, troietta? Sé que quiere una respuesta, así que empiezo a soltarlo. Niega con la cabeza y me mantiene en mi sitio. —No, no te apartes. Con la boca llena de mi polla, dime a quién perteneces. Sosteniendo su mirada, doy una respuesta confusa alrededor de la carne rígida. —Mmmu. La satisfacción tuerce su expresión y empuja profundamente, haciéndome dar arcadas. —Así es. Qué buena gatita eres. Creo que te recompensaré. — Cierra el agua, se aparta y su polla cae de mi boca—. Arriba. Cuando me levanto, señala detrás de mí. —Ve a la cama. Acuéstate, con los brazos sobre la cabeza y las piernas abiertas. No me molesto en secarme al salir del baño. En su lugar, me estiro sobre las sábanas frías, el agua secándose en mi piel y haciéndome temblar. Mi clítoris está hinchado y pide atención. Enzo entra en el camarote, con su gloriosa polla moviéndose a cada paso. Va a meterme ese monstruo en el coño y no puedo esperar. Apoya una rodilla en la cama y se mete entre mis piernas. —Dio, estás muy mojada. ¿Escuchar mis asesinatos esta noche te excita? Mete dos dedos en mi interior y jadeo, mi mitad superior se inclina. —¡Dios, sí! —¿Este coño está vacío? ¿Necesitas que te lo llene? —Bombea su mano, dándome una muestra de la fricción que ansío—. Suplícame. Scopami forte73, padrone. Clavo las uñas en el cabecero. —¡Scopami forte, Lorenzo! —Cazzo —grita—. Quiero azotarte durante horas, pero no puedo esperar. —En un instante está de rodillas entre mis muslos, alineándose en mi abertura y empujando. La presión es muy fuerte. No estoy segura de estar totalmente preparada. —Oh, mierda. 73 Scopami forte. Follame duro, en italiano. —Shh —dice, deslizando sus palmas por mis piernas—. Puedes tomarme, bambina. Mira como su polla me abre, sus caderas se mueven lentamente, como si quisiera que sienta cada centímetro. Mis ojos casi ruedan hacia atrás en mi cabeza. —Qué bueno, mafioso. Jesús, me estás matando. Sube una mano por mi cadera, a lo largo de mis costillas y sobre un pecho, hasta llegar a mi garganta. —No, no te estoy matando... pero podría hacerlo fácilmente, ¿no? —Sus dedos cubren mi cuello y aprietan, no lo suficiente como para cortarme el aire pero sí para hacer que mis ojos se abran. Está sonriendo hacia mí—. Estás viva a mi merced, Gianna. En este momento, un torrente de humedad cubre su polla y se introduce aún más, hasta casi el fondo. Me aprieta un poco más la garganta. —Te gusta eso, ¿no? Estar a mi merced. ¿Tengo miedo? ¿Estoy excitada? ¿Qué está sucediendo dentro de mí en este momento? Mis labios se separan con la fuerza de mi respiración, mi pulso palpita bajo su mano. Se desliza hasta el fondo, con su polla completamente asentada y ocupando todo el espacio dentro de mí. Muevo las caderas, tratando de incitarlo a seguir. Tengo muchas ganas de correrme. —Por favor, tienes que moverte. En cambio, se queda quieto y me mira fijamente. —Voy asfixiarte mientras te follo. El pánico me llena el pecho. No estoy preparada para ese tipo de juegos. Eso es una mierda de siguiente nivel. —No, espera. No me hagas daño. Sus labios se curvan en una sonrisa retorcida, una que reconozco bien. —Micina —musita—. No te haré daño. Te lo prometo. —Da un suave empujón con sus caderas—. Voy apretar tu garganta. Te mareará y tu orgasmo será mil veces más intenso. Sé que a mucha gente le gustan los juegos de respiración y la estrangulación, pero a mí me parece peligroso. Trago saliva. —¿Y se supone que debo confiar en ti? —Sí, hazlo. No te preocupes, sé cómo hacerlo correctamente. Te va a encantar. —Se queda mirando su mano en mi garganta, luego se retira y embiste mi coño, y la fricción envía ondas de choque a través de mis miembros. Gruñe en lo más profundo de su garganta—. Obediencia en todo, ¿recuerdas? Mierda, esto es una especie de prueba jodida. —¿No deberíamos tener un contrato o una palabra de seguridad? O... —Mis palabras mueren cuando da un áspero empujón, sacudiendo mi cuerpo, y grito—. ¡Oh, sí! Más de eso. —No hay acuerdo ni palabra de seguridad. El miedo y el peligro lo harán más excitante para ti. —Lo dudo. Solo lo hará más excitante para ti. —Certo. —Comienza a moverse dentro y fuera, con su mano apoyada en mi garganta. No ejerce ninguna presión real, solo aumenta la tensión, haciéndome preguntar cuándo empezará, y por alguna razón la incertidumbre hace que me ponga más caliente. El sudor me invade la frente, mi cuerpo ya está preparado para correrse, así que muevo las caderas, intentando alcanzar el punto adecuado para que me lleve al límite. —Mírame —me ordena. Abro los párpados y leo la intención en su mirada. Joder, ¿estoy preparada? Me gusta mucho la sensación de su mano en la garganta, y de alguna manera sé que Enzo no va a matarme así. Sea lo que sea, lo que esta planeando, no es una muerte por polla. Y aunque me siento un poco estúpida, confío en él en esto. Asiento. Cuando empieza a follarme de nuevo, me aprieta la garganta, presionando. No aparto la vista de él, insegura de lo que estoy sintiendo mientras el flujo de sangre en mi cabeza disminuye. Me observa el rostro. —Ahí tienes, bambina. Se siente muy bien, ¿no? El miedo y la excitación me hacen entrar en una espiral. —Oh, Dios —digo, ahora mareada. Me cabalga con fuerza, balanceando la cabecera contra la pared, y mis músculos internos se aprietan alrededor de su polla. Gruñe. —Puedo sentirte. Joder. Me suelta el cuello, y lo que sigue es una descarga que no había experimentado en toda mi vida. Mi coño se aprieta cuando el orgasmo me golpea. Mi grito ronco resuena en toda la habitación, y clavo mis uñas en sus brazos mientras el clímax se prolonga. Cuando finalmente desciendo, él me observa con una expresión que roza el asombro. —Madre di Dio, eres lo más sexy que he visto nunca. Antes que pueda hablar, empieza a moverse, sin retener nada mientras usa todo su cuerpo para follarme. Gruñendo por el esfuerzo, me sujeta mientras sus caderas chocan con las mías, como un hombre poseído, y ni siquiera diez golpes después