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COLABORACIÓN 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
NOTA 
 
La traducción de este libro es un proyecto de Erotic By PornLove, 
Reading Girls. No es, ni pretende ser o sustituir al original y no tiene 
ninguna relación con la editorial oficial, por lo que puede contener 
errores. 
 
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dichas producciones con fines lucrativos. 
 
 
 
 
 
 
 
MAFIA MADMAN 
THE KINGS OF ITALY Kings 3 
MILA FINELLI 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
“La mejor arma contra un enemigo es otro enemigo”. 
 
FRIEDRICH NIETZSCHE. 
 
 
 
 
 
 
 
 
SINOPSIS 
Ella no es un ángel... y él es el mismísimo diablo. 
 
GIA 
Puede que sea una princesa de la mafia, pero tengo planes 
más grandes que permanecer en este mundo protegido. 
Estoy en Milan para perseguir mis sueños como diseñadora 
de moda. Tener una aventura es lo último en lo que pienso, excepto 
que él es guapo, encantador e italiano. En otras palabras, es 
irresistible. 
¿Qué tiene de malo divertirse un poco? 
 
ENZO 
Años de trabajo, mi familia y casi mi vida... todo me fue 
robado. Durante cuatro años reconstruí mi imperio, conspirando 
en secreto, planeando hacerlo sufrir como sufrí yo. 
Cuando el arma perfecta cae en mi regazo, ¿quién soy yo para 
decir que no? 
Excepto que a Gia no parece importarle mi oscuridad. A ella 
le gusta, incluso le agrada. 
No puedo dejar que me distraiga, por mucho que la desee. No 
importa el fuego que arde entre nosotros. La tendré y luego la 
romperé. 
Si espera piedad, se sentirá decepcionada. No soy un héroe. 
Soy un rey despiadado, nacido para ser el villano. 
The Kings Of Italy #3. 
 
 
 
 
 
 
 
ÍNDICE 
COLABORACIÓN ................................................................................. 2 
NOTA .................................................................................................. 3 
MAFIA MADMAN ................................................................................ 4 
MILA FINELLI ..................................................................................... 4 
SINOPSIS ............................................................................................. 6 
ÍNDICE ................................................................................................ 7 
CAPÍTULO UNO .................................................................................. 9 
CAPÍTULO DOS ................................................................................. 19 
CAPÍTULO TRES ................................................................................ 35 
CAPÍTULO CUATRO .......................................................................... 47 
CAPÍTULO CINCO ............................................................................. 64 
CAPÍTULO SEIS ................................................................................. 79 
CAPÍTULO SIETE ............................................................................... 95 
CAPÍTULO OCHO ............................................................................ 108 
CAPÍTULO NUEVE .......................................................................... 123 
CAPÍTULO DIEZ .............................................................................. 136 
CAPÍTULO ONCE ............................................................................ 150 
CAPÍTULO DOCE ............................................................................ 162 
CAPÍTULO TRECE ........................................................................... 175 
CAPÍTULO CATORCE ...................................................................... 187 
CAPÍTULO QUINCE ......................................................................... 202 
CAPÍTULO DIECISÉIS ...................................................................... 217 
CAPÍTULO DIECISIETE .................................................................... 235 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO DIECIOCHO ................................................................... 248 
CAPÍTULO DIECINUEVE ................................................................. 254 
CAPÍTULO VEINTE .......................................................................... 271 
CAPÍTULO VEINTIUNO ................................................................... 286 
CAPÍTULO VEINTIDÓS .................................................................... 312 
CAPÍTULO VEINTITRÉS ................................................................... 330 
CAPÍTULO VEINTICUATRO ............................................................. 346 
CAPÍTULO VEINTICINCO ................................................................ 360 
CAPÍTULO VEINTISÉIS .................................................................... 380 
CAPÍTULO VEINTISIETE .................................................................. 391 
CAPÍTULO VEINTIOCHO ................................................................. 408 
CAPÍTULO VEINTINUEVE ............................................................... 417 
EPÍLOGO ......................................................................................... 427 
AVANCE DE TARGET MAFIA .......................................................... 437 
NOTA DE MILA ............................................................................... 448 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
UNO 
ENZO 
 
Hace cuatro años. 
 
Los recuerdos me atormentan. 
Aunque me rescataron del calabozo de Fausto Ravazzani hace 
tres semanas, hay momentos en los que me parece que sigo allí, 
una cáscara rota de hombre, débil y delirante sobre el suelo de 
piedra. Ahora no puedo cerrar los ojos sin recordar. Dormir se hace 
imposible, los sueños son demasiado agonizantes para soportarlos. 
Mi cuerpo se recupera. Cada día que permanezco en este yate, 
sanando, me hace más fuerte, los moretones se desvanecen. Mi 
mente es otra historia. 
 
 
 
 
 
 
 
No soy ajeno al derramamiento de sangre. Criado en un 
mundo violento por un hombre violento, me enseñaron a ocultar la 
crueldad bajo una sonrisa y un traje de diseñador. Lo había 
equilibrado con facilidad, sin perder nunca el control de la realidad 
mientras cometía incluso los actos más atroces. 
Lo que ocurrió en el calabozo de Ravazzani cambió eso. 
Ya no soy el mismo. Mis hermanos me pidieron que les 
explicara lo sucedido y les diera detalles, pero no pude pronunciar 
las palabras. Los horrores están demasiado frescos, mi humillación 
es demasiado grande. No puedo soportar que me toquen. Tuvieron 
que sujetarme la primera vez que la enfermera me cambió las 
vendas porque no paraba de forcejear para escapar. 
El suave balanceo del yate me arrulla hacia el olvido, pero 
lucho contra eso. No quiero revivir los horrores del calabozo en mis 
sueños. Cuando escucho a mis hermanos susurrar en la habitación 
de al lado, hablo tan fuerte como puedo: 
—¿Qué pasa? 
Vito y Massimo aparecen junto a mi cama. 
—¿Te hemos despertado? —dice Vito. Más cercano en edad a 
mí, es mi segundo al mando y consigliere1—. Deberías dormir. 
Imposible. Prefiero saber por qué están cotilleando como un 
par de nonne2. 
—Dimmi3. 
Mi hermano menor, Massimo, se aclara la garganta: 
—Le estaba diciendo a Vito que Fausto Ravazzani ha sido 
dado de alta del hospital.1 Consigliere. Asesor en italiano. Este se encarga de aconsejar al Don sobre todas sus 
acciones y movimientos. Es su mano derecha. 
2 Nonne. Abuelas, en italiano. 
3 Dimmi. Dime, en italiano 
 
 
 
 
 
 
 
¿Che cazzo4? ¿Tan pronto? 
—Sorprendente, ¿no? —dice Vito—. Todos los informes decían 
que estaba a punto de morir. 
Salir del hospital público es un movimiento inteligente. Mucho 
más seguro para Ravazzani estar dentro del castello5, protegido por 
sus soldados. Esto es lo que lo hace un objetivo tan difícil de 
eliminar. 
Sin embargo, casi lo logré. 
Esconderme para mí es más difícil. Ahora mismo estoy en un 
yate en medio del Mediterráneo con mis hermanos. Mi esposa y mis 
hijos, así como mi hermana menor, han sido escondidos fuera de 
Italia, lejos de mí y de todo lo relacionado con la familia D'Agostino, 
por si los hombres de Ravazzani me encuentran. 
Lamiéndome los labios secos, fuerzo la respuesta: 
—¿Cuándo? 
—Ayer. 
Esto significa que no tengo mucho tiempo. Me está buscando, 
utilizando todos los recursos disponibles para buscar venganza. 
Tengo que ser más inteligente. 
—Agua —digo, y Massimo me ayuda a dar un largo trago. 
Todavía tengo la mano vendada desde que Fausto me cortó la punta 
del dedo índice, y los hombros me duelen por haber estado colgado 
de las manos durante días. Cuando termino, pulso un botón para 
elevar la cama. Mis hermanos construyeron en el yate una 
impresionante sala de hospital de última generación, con tres 
enfermeras y dos médicos. Gracias a Dios, porque nunca he estado 
tan cerca de la muerte. 
 
4 Che cazzo. Qué mierda o Qué Carajo, en italiano. 
5 Castello. Castillo, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
¿Y por qué? ¿Por qué me atreví a tomar más poder? ¿Por qué 
soñé con un imperio mejor para mis hijos? 
No me siento culpable por querer esas cosas. Sí, había 
escuchado el consejo equivocado, pero mis deseos no han 
cambiado. Estoy vivo y recuperándome, a salvo en medio del 
océano, y pronto lo haré sufrir. 
Un pensamiento me mantiene cuerdo. El ojo por ojo no es 
suficiente. 
—Enciende tu teléfono —le digo a Massimo—. Busca un ruido 
de fondo. Una ciudad, preferiblemente en Italia. 
Vito se frota la mandíbula. 
—Crees que te llamará. 
Lo sé en el fondo de mis huesos. 
—A Fausto le gusta burlarse de sus enemigos. También 
intentará saber dónde estoy. Dile al capitán que apague el motor. 
Mi predicción resulta correcta una hora después. 
Mientras una enfermera me da de comer sopa, mi teléfono 
suena con un número bloqueado. Miro a Vito y asiento. La 
enfermera es sacada de la habitación y Massimo comienza a 
reproducir sonidos de fondo. Vito pulsa aceptar y me acerca el 
teléfono a mi rostro. 
—Pronto6 —digo, con toda la fuerza que puedo. 
—Enzo, ¿come stai7? —La voz de Fausto es tensa y demasiado 
fuerte, una actuación si alguna vez he oído una—. ¿Cómo te 
sientes? 
 
6 Pronto. Al contestar el teléfono es como decir diga, en italiano. 
7 Come stai. Cómo estás, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
Mi estómago arde de furia y frustración. Agarro la sábana con 
el puño, pero mantengo el tono uniforme. 
—Nunca estuve mejor, Fausto. Pero basta de hablar de mí. He 
oído que has estado mal. 
—Estoy bien. Más fuerte que un toro. Es una pena que no 
hayas podido quedarte más tiempo. 
Pezzo di merda8. Odio su arrogancia. 
—Sí, bueno. Gracias por tu generosa hospitalidad. Tendré que 
ver cómo puedo pagarte. 
—No hay necesidad de eso —dice—. Fue un verdadero placer. 
Sin duda es cierto. La sed de sangre de Il Diavolo es legendaria 
en la 'Ndrangheta9. Pero no dejaré que se aproveche de mí nunca 
más. 
—Quizás puedas visitarme la próxima vez. A tu esposa parece 
gustarle la casa de la playa. 
Hay una pausa y sé que di en el blanco. Mis labios se curvan 
con satisfacción. 
Finalmente dice: 
—Lo último que supe es que tu casa de la playa está 
destruida. 
Hago un ruido como si eso fuera nada. 
—Todo se puede reconstruir, no hay que preocuparse. Por 
cierto, felicidades por tu matrimonio. —No es el único que está bien 
informado. 
 
8 Pezzo di merda. Pedazo de mierda, en italiano. 
9 'Ndrangheta. Término calabrés. Es una organización criminal de Italia, cuya zona de 
actuación predominante es Calabria. 
 
 
 
 
 
 
 
—Grazie10. No es necesario enviar un regalo. Ya has dejado 
uno. 
Miro mi mano vendada, con la ira obstruyendo mi garganta. 
Madre di Dio11, es un coglione12. Me ha mutilado. Nunca se lo 
perdonaré. 
Antes que pueda responder, Ravazzani dice: 
—Hablando de regalos, ¿has recibido el que te envié? Debería 
haber llegado esta mañana. 
Miro a Vito, que niega con la cabeza y empieza a escribir en 
su teléfono. 
—No —digo—. Todavía no lo he visto. 
—Una muestra especial, solo para ti. Espero que lo disfrutes. 
¿Qué ha entregado Ravazzani? No puedo ni empezar a 
adivinar, pero estoy seguro que no me va a gustar. 
—Seguro que sí. Me aseguraré de enviarte algo a cambio. 
—Si yo fuera tú, me centraría en mis negocios y en mi familia. 
—Su voz es baja y dura, una clara amenaza. 
Excepto que yo no acepto amenazas de este hombre. No 
acepto amenazas de nadie. 
Sonrío. 
—Entonces es una suerte que no seas yo, ¿no? 
—¿Cómo están tu esposa e hijos? —pregunta Ravazzani—. 
¿Tu hermana menor? Se habrán alegrado de verte en tu regreso. 
 
10 Grazie. Gracias, en italiano. 
11 Madre di Dio. Madre de Dios, en italiano. 
12 Coglione. Pendejo o Imbécil, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
Más burlas. Quiero rodear su cuello con mis manos y apretar, 
hasta que sus ojos se salgan de la cabeza. Hasta que los vasos 
sanguíneos estallen y su piel se vuelva púrpura. Se había llevado a 
mi esposa y a mis hijos de sus camas, los había retenido a punta 
de pistola. Es inexcusable en nuestro mundo, donde las esposas y 
los hijos siempre han estado fuera de los límites. 
Ravazzani debió cansarse, porque dice: 
—Debo irme, Enzo, pero espero que te cuides. 
—Sí, cuídate tú también, Fausto. Por favor, dale un beso a tu 
hermosa esposa de mi parte, ¿sí? 
Puedo oír su pesada exhalación de enfado, y disfruto sabiendo 
que lo hice rabiar. Como si fuéramos amigos, dice: 
—Por favor, haz lo mismo con Mariella. Oh, espera. Se fue, 
¿no? Una pena. Sé lo apegado que estabas a tu mantenuta13. 
¿Mencionó a Mariella en lugar de a mi esposa para joderme la 
cabeza? 
La línea se corta y agarro el vaso de agua junto a la cama con 
la mano buena y lo lanzo al otro lado de la habitación. El dolor me 
atraviesa el hombro cuando el vaso se hace añicos contra los 
paneles de roble. Grito: 
—¡Brutto figlio di puttana bastardo14! 
—Cálmate —dice Vito—. Te vas a romper los puntos. 
—Angela, los niños... están a salvo, ¿no? —pregunto. 
—Sí, certo15 No te preocupes —dice Vito, ya escribiendo en su 
teléfono—. Ravazzani no los encontrará en Inglaterra. 
 
13 Mantenuta. Mantenida en italiano. (Es como llaman a las amantes). 
14 Brutto figlio di puttana bastardo. Bastardo hijo de puta, en italiano. 
15 Certo. Por supuesto o cierto, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
Rezo para que sea así. Aunque nuestro matrimonio fue 
concertado, me preocupo por Angela. Es una buena esposa y una 
gran madre para mi hijo y mi hija. Ver a los tres retenidos a punta 
de pistola fue el peor momento de mi vida. Después de mi captura, 
Vito envió a mi familia a un amigo en Inglaterra para mantenerlos 
fuera del alcance de Ravazzani. 
—El paquete —digo—. ¿Qué es? 
Mi hermano revisa su teléfono. 
—Encontraron la caja. Estaba junto a la carretera, fue 
arrojada por un auto que pasaba. 
—¿Qué había dentro? —Massimo lo incita. 
—¿Recuerdas al experto en computadoras de Ravazzani, al 
que chantajeamos para que nos ayudara a matar a Ravazzani? Vic,creo. —La mirada de Vito se encuentra con la mía—. Era su cabeza. 
Cristo. 
—¿El resto de él? 
—Ni idea. 
No siento ningún remordimiento. Vic había sido un medio 
para un fin, la herramienta adecuada para el trabajo en el 
momento. Esa herramienta había fallado, así que ahora no me 
servía de nada. 
Massimo mira entre Vito y yo, con una expresión ansiosa. 
—¿Y ahora qué? ¿Enviamos un mensaje de vuelta o vamos a 
matarlo? —Massimo hace crujir sus nudillos uno a uno, una 
molesta costumbre que le queda de la infancia. 
—No somos lo suficientemente fuertes —dice Vito—. Enzo 
tiene que recuperarse y nosotros tenemos que deshacer el daño del 
secuestro. 
 
 
 
 
 
 
 
Mi hermano no se equivoca. Ser prisionero de Ravazzani ha 
debilitado mi posición en la 'Ndrangheta. Muchos de nuestros 
aliados nos han abandonado, y nuestros enemigos están 
aprovechando la oportunidad para invadir nuestros negocios. Por 
suerte, la empresa de fraudes informáticos, valorada en miles de 
millones de euros, no se había visto afectada. Seguimos ganando 
dinero a manos llenas, lo que significa que puedo reconstruir todo 
lo demás. 
Ravazzani me torturó para conseguir ese negocio de fraude, 
haciendo cosas indescriptibles para obligarme a cederlo. Sin 
embargo, nunca me quebré. No fue el primero en hacerme daño, en 
hacerme sangrar. Mi difunto padre, el antiguo Don D'Agostino, jefe 
de la Napoli 'ndrina16, me enseñó el dolor. Me enseñó a soportar la 
agonía. 
—No te acobardes o te haré más daño —decía mi padre—. 
Debes ser fuerte, Lorenzo. Más fuerte que todos los demás. 
Pero esto fue diferente. Ravazzani me mutiló y humilló. Me 
trató peor que a un perro. Me dejó encadenado y desnudo durante 
días, y ahora perdí mi familia y mi libertad por su culpa. Eso 
retuerce mi mente y alimenta mi rabia. 
He cambiado. El hombre civilizado de antes ya no existe. 
Ahora soy inhumano, una criatura llena de odio y venganza, y 
Ravazzani lo pagará. 
Mirando a mis hermanos, digo: 
—Me buscará en tierra, así que nos quedamos en el agua. Nos 
mantenemos a salvo y somos inteligentes. Más fuertes juntos. 
—Más fuertes juntos —repiten mis hermanos el lema de la 
familia D'Agostino. 
 
16 'ndrina. Es una unidad básica de la 'Ndrangheta de Calabria. 
 
 
 
 
 
 
 
—Compra un yate nuevo —le digo a Vito—. Asegúrate que 
nadie sepa que es mío. Navegaremos hacia el oeste y nos 
esconderemos en la Riviera francesa. 
Mis hermanos me dejan solo y cierro los ojos, agotado. Que se 
joda Fausto Ravazzani. Este siempre ha sido mi juego, no el suyo, 
y necesito tiempo más que nada. 
Al final, destruiré todo lo que le importa hasta que no quede 
nada. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
DOS 
GIA 
 
En la actualidad. 
Milan, Italia. 
 
Una mujer me grita en mi rostro en italiano, pero no puedo 
entenderla. ¿Por qué está tan jodidamente enfadada? Esta mañana 
llegué puntual al trabajo, con un pastelito y un capuchino en la 
mano, lista para afrontar el día. 
Hace falta mucho para ponerme nerviosa, así que me limito a 
dar un sorbo a mi café mientras Valentina sigue despotricando, con 
su piel aceitunada casi morada. Es la ayudante de Domenico, el 
propietario y diseñador jefe de la casa de moda en la que estoy 
haciendo mis prácticas, y no parezco gustarle mucho. 
 
 
 
 
 
 
 
Pero yo no estoy aquí para hacer amigos. Quiero aprender a 
manejar mis diseños y construir una marca, una marca de 
vanguardia sostenible como la de Domenico. Ha creado una de las 
marcas más exclusivas del mundo antes de cumplir los veinticinco 
años. 
—Non capisco17 —digo cuando Valentina toma aire—. 
Lentamente. —Llevo diciéndole a la gente que hable más despacio 
desde que llegué hace tres semanas. 
El labio de Valentina se curva. 
—Tú —cambia al inglés—. No confirmaste las modelos ayer y 
ahora nos falta una. 
—Sí, lo hice. Todas dijeron que estarían aquí. 
—¿Entonces por qué nos falta una modelo, scema? 
La nuca se me calienta. No me gusta que me llamen idiota. La 
gente normalmente me besa el culo, teniendo en cuenta que mi 
padre es uno de los hombres más peligrosos de Toronto. También 
estoy emparentada por matrimonio con Fausto Ravazzani, el 
hombre más peligroso de Italia. 
Excepto que aquí nadie sabe mi verdadero nombre. Cuando 
mi padre finalmente cedió y me permitió hacer unas prácticas en el 
extranjero, me presenté con el nombre de Gia Roberts. A Domenico 
le gustaron mis diseños y me ofreció un puesto por un año. Decidí 
mantener el engaño mientras estuviera aquí, así que le dije a todo 
el mundo que mis guardias de seguridad son porque mi padre es 
un político canadiense. Es el paraíso, ser otra persona durante un 
tiempo. Quiero tener éxito en mis propios términos, no por mis 
conexiones. 
—Basta, Valentina. —Chiara, la otra asistente de Domenico, 
se une a nosotras—. He comprobado la lista de Gia. Todas las 
modelos confirmaron. Esto no es culpa suya. 
 
17 Non capisco. No entiendo, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
Valentina se aleja, murmurando para sí misma en italiano. 
Capto la palabra troia, que sé que significa “puta”. Qué bien. 
¿Estamos de vuelta en el colegio? Valentina me recuerda a todas 
las chicas malas que me habían insultado porque me había metido 
con muchos chicos. 
¿Adivina qué? Me gustan las pollas. Demándame. 
—Grazie —le digo a Chiara, también conocida como mi 
persona favorita aquí. Tiene unos veintitantos años y es una de las 
pocas que me hizo sentir bienvenida. 
—Prego18, pero me temo que tengo malas noticias para ti. 
Sintiendo que necesito cafeína, tomo otro sorbo de mi 
capuchino. 
—¿Oh? 
—Domenico quiere que ocupes su lugar. 
Mis ojos se vuelven enormes. 
—¿De quién, Valentina? 
—Ojalá —dice Chiara—. No, de la modelo que falta. 
¿Qué mierda? 
—Tienes que estar bromeando. 
—No estoy bromeando. —Chiara me toma del brazo y 
comienza arrastrarme hacia la puerta—. Eres hermosa y el vestido 
te quedará bien. 
¿Vestido? Los diseños de Domenico son más bien ropa de calle 
bondage. Correas y hebillas con muy poca tela. Las piezas son 
increíbles, pero yo no quiero ser modelo. Quiero diseñar ropa para 
las modelos. 
 
18 Prego. De nada, en italiano. (También lo usan como “Por Favor”). 
 
 
 
 
 
 
 
No puedo olvidar cómo el modelaje arruinó la vida de mi 
madre. La llevó hasta mi padre, un hombre peligroso y controlador, 
y ella renunció a sus sueños para esconderse detrás de él en 
Toronto, desapareciendo en la oscuridad. Esa nunca seré yo. 
Yo estoy destinada a la grandeza, no al matrimonio. 
Mientras Chiara pulsa el botón del ascensor, doy un paso 
atrás. 
—Dile que gracias, pero que prefiero no hacerlo. 
—No hay que negarse, Gia. Domenico es el jefe. A menos que 
quieras renunciar, lo estás haciendo. —Me mira por encima del 
hombro—. Y relájate. Es un espectáculo privado para su inversor 
más importante. No habrá nadie más. 
El calor me invade, una rebelión familiar que siempre acecha 
bajo mi piel. Tengo el problema que no me gusta que me digan lo 
que tengo que hacer. No soy una persona que siga las reglas, ni 
siquiera soy muy agradable. Soy ruidosa, testaruda y obstinada. 
Básicamente soy exactamente como mi padre, lo que explica por 
qué soy su hija menos favorita. 
El ascensor llega pero no me muevo. 
—Realmente no quiero hacer esto. 
—Dai andiamo19. —Vuelve a agarrarme del brazo y me lleva al 
interior—. Dos horas de cabello y maquillaje, luego treinta minutos 
en tacones. Teniendo en cuenta que tu día suele ser ir por bebidas 
y hacer recados, esto debería ser un buen cambio de ritmo, ¿no? 
—En realidad, es una mierda. No estoy aquí para modelar. 
Estoy aquí para aprender a diseñar ropa. 
 
19 Dia andiano. Vamos, andando. En italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
—No dejes que nadie te oiga decirlo,carissima20. Literalmente 
todo el mundo aquí mataría por llevar uno de los nuevos diseños de 
Domenico, aunque sea por unos minutos. 
Cierto, lo que solo hará que mis nuevos compañeros de 
trabajo se resientan. Genial. 
Las puertas del ascensor se abren y somos recibidas con puro 
caos. Hay gente por todas partes, mientras que los estantes de ropa 
y las estaciones de maquillaje y cabello se distribuyen por todo el 
piso. La música suena en los altavoces, por lo que hay que gritar 
para que te escuchen. 
Me encanta. 
Algún día voy a ser yo, supervisando mi colección antes que 
salga a la pasarela. Aprobando peinados y paletas de maquillaje, 
eligiendo zapatos y accesorios. Yo seré la jefa, dando órdenes a un 
equipo de secuaces. 
—Ahí estás, bella. —Un pequeño grupo se separa para revelar 
a Domenico, y éste se dirige directamente hacia el ascensor, con 
sus manos moviéndose rápidamente—. Vai, vai21. No hay mucho 
tiempo. 
Chiara me da un suave empujón y todo se difumina después. 
Manos me agarran y empiezan a trabajar en mí de pies a cabeza. 
Mi cabello tarda una eternidad porque hoy lo llevo en un moño 
desordenado, así que tienen que empezar de cero para conseguir el 
estilo recto y rígido de Domenico. El maquillaje es más dramático 
de lo que incluso yo intentaría para ir a la discoteca. Finalmente, 
me envuelven con una de las piezas de la nueva colección. 
Domenico me rodea mientras guía mis pies dentro de las botas 
de cuero con tacón. 
 
20 Carissima. Cariño, en italiano. 
21 Vai. Vamos, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
—¡Dio santo! —Luego me gira hacia un espejo de cuerpo 
entero—. Sei perfetta22. 
Mierda. Me veo bien. Realmente bien. Un complejo entramado 
de tirantes y redes negras cae justo por debajo de mi entrepierna, 
que está cubierta por unas bragas negras, mientras que la mitad 
superior corta mis pequeñas tetas como si fuera hilo dental. El 
efecto general es sexy, glamoroso y atrevido, a medio camino entre 
una dominatriz y una estrella de rock. 
Domenico me arregla un poco el cabello. 
—Te robarás el espectáculo. —Empieza a alejarse—. 
Empezamos en unos minutos. 
—Es solo para tu inversor, ¿verdad? 
—Sí, si —dice por encima del hombro—. Un hombre muy 
poderoso. Uno al que debemos impresionar, ¿capisce? 
Asiento. Probablemente es algún viejo oligarca ruso. 
—Haré lo que pueda, signore23. 
—Llámame Domenico —dice, y pasa a otra modelo. 
El estilista que me atiende silba. 
No sé cómo responder a eso, así que me hago unas cuantas 
fotos y se las envío a Emma, mi hermana gemela. Ella está en la 
universidad en Toronto, estudiando para ser doctora. 
Gemela: Maldita sea, estás muy caliente. 
Yo: Ikr24. 
Yo: Estoy remplazando a una modelo. 
 
22 Sei perfectta. Eres perfecta, en italiano. 
23 Signore. Señor, en italiano. 
24 IKR. Acrónimo de “lo sé, ¿verdad?” 
 
 
 
 
 
 
 
Gemela: ¿Puedes quedarte con el vestido? 
Yo: No lo creo. 
Yo: Te echo de menos. 
Es el tiempo más largo que hemos estado separadas. Es 
extraño no tenerla cerca para mantenerme conectada a la tierra. ¿Y 
quién se encargará que Emma no se entierre en los libros de texto? 
Gemela: Qué pena lo del vestido… y yo también te echo 
de menos 
Yo: Te llamaré más tarde. No estudies mucho. 
Gemela: Tengo un examen de QO mañana. 
En el lenguaje de Emma eso significa química orgánica. Es 
una nerd adorable. 
Gemela: Hablemos después de eso, ¿bien? 
Yo: Bien, pero volaré a casa y te daré una paliza si no me 
llamas después de tu examen. 
Me envía dos emojis con cara de risa. 
Gemela: ¡Diviértete en Milán! 
Le envío el emoji del dedo corazón y guardo el teléfono. Una 
parte de mí todavía no puede creer que papá nos dejara a Emma y 
a mí ir a la universidad, y mucho menos que me permita hacer unas 
prácticas en Milan. Probablemente esto es obra de Frankie. Desde 
que mi hermana mayor se casó con Fausto, mi padre nos dio más 
independencia a Emma y a mí. No hay discusiones sobre 
matrimonios o esponsales, gracias a Dios, y parece dispuesto a 
dejarnos vivir como jóvenes normales de nuestra edad. 
Cuando le pregunté a Frankie al respecto, me dijo que Fausto 
tiene influencia sobre nuestro padre y no teme usarla en nuestro 
favor. 
 
 
 
 
 
 
 
¿Mi hermana mayor es una mierda o qué? 
No hay tiempo para nada más porque nos llevan en manada 
al piso de abajo. Las otras modelos tienen un aspecto similar al mío, 
la misma altura y complexión, también con un cabello y un 
maquillaje espectaculares. La ropa varía en cuanto a sensualidad, 
pero mi traje es el más revelador. Antes que tenga tiempo de pensar 
en eso, las puertas del ascensor se abren y nos dicen que nos 
reunamos en silencio entre bastidores. Los peluqueros y 
maquilladores ultimaron nuestros looks mientras Chiara y 
Valentina nos ponen en orden. 
Cuando estamos listas, empiezan a sonar los primeros 
compases de I'm a Slave 4 U de Britney Spears. Tengo que reprimir 
una sonrisa. A mis hermanas y a mí nos encantaba esta canción 
mientras crecíamos, y Britney era una maldita reina. 
Valentina me sisea cuando chasqueo los dedos al ritmo de la 
canción. Chiara me señala su rostro, recordándome que debo 
mantenerme en mi papel. Asiento y adopto la expresión de “me 
importa una mierda” que me enseñaron antes. 
La fila comienza a moverse cuando las modelos empiezan a 
caminar. Cuando me acerco puedo ver luces y humo sincronizados 
con la música, y mi corazón empieza a latir más rápido. La emoción 
bulle en mi pecho mientras subo los escalones y espero mi señal. 
Voy arrasar en esta maldita pasarela. 
 
 
ENZO 
Una lección que aprendí pronto en la vida: no confiar en nadie. 
Esto incluye a los que toman tu dinero y te hacen promesas. 
Esto significa que superviso mis inversiones cuidadosamente. Si no, 
¿qué va a impedir que alguien me robe? 
 
 
 
 
 
 
 
Domenico es uno de los pocos diseñadores en los que invierto. 
La moda es una buena forma de blanquear mi dinero y siempre me 
ha gustado la ropa, y hasta ahora Domenico demostró ser una sabia 
elección. Su nombre está ahora en todo el mundo, con diseños que 
llevan todas las celebridades. 
Lo que significa que Domenico me responde y está disponible 
en cualquier momento para satisfacer todos mis caprichos. Hoy, eso 
se traduce en una muestra privada de su próxima colección para 
ver los frutos de mi inversión. Espero, solo, en la parte delantera de 
la pasarela, disfrazado con unas gafas de sol y una gorra de béisbol. 
—Signore. —Domenico aparece y se acomoda en el asiento 
contiguo al mío—. Creo que le gustará lo que verá. 
Lo dudo, pero estoy en Milan por otros asuntos, así que es 
una forma fácil de comprobarlo. Todavía estoy en la clandestinidad, 
así que tengo que ser cuidadoso, nunca me quedo en un lugar por 
mucho tiempo. 
Incluso después de cuatro años, mi enemistad con Ravazzani 
sigue ardiendo. Él me quiere muerto, pero yo no le doy la 
oportunidad. En lugar de eso, me mantengo al margen y planeo mi 
venganza. Nunca me verá venir. 
Sufrí mucho más que Ravazzani, perdiendo casi todo, 
incluyendo a mi esposa. Ella murió en un accidente de auto. No 
estábamos unidos, salvo para criar a nuestros hijos, pero ella se 
merecía algo mejor que desangrarse en una pequeña carretera rural 
de Inglaterra. 
Mis hijos perdieron a su madre. Eso me desgarra cada día. 
Asisten a un internado inglés con nombres falsos, y los veo durante 
unas pocas semanas cada verano cuando navegamos juntos lejos 
de Europa. Cualquier otra cosa es demasiado peligrosa para ellos. 
No puedo arriesgarme a que mi enemigo me encuentre y a que les 
haga daño a mis hijos. 
Un odio venenoso se retuerce en mis entrañas, lianas de rabia 
y oscuridad que se extienden para obstruir mi garganta y 
estrangularme. Esto es obra suya. Y Ravazzani lo pagará. 
 
 
 
 
 
 
 
Domenico hace una señal a alguien en los bastidores y la 
músicallena la sala. La cacofonía me hace daño en la cabeza 
mientras un desfile de hermosas mujeres empieza a recorrer la 
pequeña pasarela. Me esfuerzo por parecer interesado. 
Antes de mi cautiverio, charlaba con Domenico durante el 
desfile y luego le echaba el ojo a dos o tres de las modelos. Horas 
más tarde, esas mismas modelos llegaban de algún modo a mi 
habitación de hotel y pasábamos la noche intercambiando 
orgasmos. 
Hoy miro en silencio, estoicamente, deseando que éste recado 
termine. 
Domenico se mueve. 
—La inspiración de la colección... 
Levanto una mano para cortarlo. 
Me importa una mierda su inspiración o la sostenibilidad de 
la ropa. No me importa nada en este momento más que demostrarle 
que estoy vivo y que sigo siendo lo suficientemente formidable como 
para no traicionarme. Lo utilizo para blanquear dinero, nada más. 
Una mujer aparece en la pasarela y el aire sale disparado de 
mis pulmones. 
Esa cara. La conozco. Un recuerdo tira de mi mente, algo que 
debo recordar. Es hermosa. Tal vez me la he follado. 
No, no lo he hecho. No olvidaría tener esas largas piernas 
rodeando mi cintura o a ella... 
La niebla de mi cerebro se despeja y el reconocimiento me 
golpea en el pecho como un martillo. Es imposible. ¿Cómo ha 
sucedido esto? 
Ella se acerca y la verdad se instala en mis huesos. Incluso a 
través de mis gafas de sol puedo ver que se trata de Gia Mancini, y 
que está aquí, en la pasarela de Domenico. ¿Che cazzo? 
 
 
 
 
 
 
 
No la he olvidado del calabozo de Ravazzani mientras miraba 
mi cuerpo roto y ensangrentado en el suelo, mirándome como a un 
animal en el zoo. Una diversión para ella. Esa maldita stronza25. 
Mi conmoción disminuye después de unos cuantos latidos, y 
la estudio mientras mi mente se agita. Odio admitirlo, pero es 
preciosa. El diseño de Domenico la deja casi desnuda, y puedo 
rastrear sus curvas tras los tirantes que lleva. Las altas botas 
negras hacen que sus piernas parezcan aún más largas mientras 
se acerca a mí, y su pequeña cintura se ensancha hasta convertirse 
en generosas caderas. No tiene tetas, pero puedo ver la insinuación 
de sus pezones detrás de la endeble tela. 
Atrevida y sin miedo, me llama la atención mientras se acerca 
al final de la pasarela. ¿Me reconoce? Espero ver alguna señal, 
algún destello en su expresión plana, pero no lo hay. Su rostro 
permanece inexpresivo. 
Se da la vuelta y se aleja, moviendo el culo a cada paso. 
Mantengo mi mirada en esos dos firmes globos hasta que 
desaparece. 
¿Esto es una estratagema de Ravazzani? ¿Un plan para 
sacarme de mi escondite? 
La ira me azota por dentro como un látigo. ¿Me cree tan 
desesperado, tan patético como para perseguir a su cuñada casi 
desnuda y tan sexy como el infierno? 
Las mujeres no significan nada para un hombre que esta 
muerto por dentro. 
En algún momento, la música se detiene. Domenico se mueve 
en su asiento, observándome de cerca. Puedo ver las gotas de sudor 
que se acumulan en su frente. 
Va bene26. Si me teme, me obedecerá. 
 
25 Stronzo(a). Estúpido(a) en italiano. 
26 Va Bene. Está bien, cierto o de acuerdo, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
—Tráela de vuelta —le digo. 
—¿A ella? 
—La modelo de tirantes y botas. 
—No creo... 
—La quiero aquí. Ahora mismo. 
Domenico da un pequeño salto y empieza a escribir en su 
teléfono, moviendo los pulgares febrilmente. Me siento 
perfectamente inmóvil. Intento ver esto desde todos los ángulos, 
como hago con todos los problemas que encuentro. ¿Por qué ella? 
¿Por qué aquí? No tiene sentido. 
Mi participación en los negocios de Domenico es un secreto 
bien guardado. 
—¿Alguien de su personal le ha dicho mi nombre? 
—No, signore —dice rápidamente—. Solo mi contable lo sabe 
y ha jurado guardar el secreto. 
Esto no significa mucho. Se puede hacer hablar a la gente. Mi 
esperanza es que haya infundido suficiente miedo en Domenico 
como para que guarde silencio. 
—La chica, ¿es una de tus modelos habituales? 
—No es una modelo, signore. Hoy estábamos escasos, así que 
ella nos ha sustituido. Es una interna, una don nadie. No es alguien 
de quien debas preocuparte. 
¿Gia Mancini, una interna? ¿Para un diseñador de ropa en el 
que resulta que soy un inversor? Cazzata27. 
No creo en las coincidencias. Algo está mal y tendré 
respuestas. 
 
27 Cazzata. Mentira, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
—¿Su nombre? 
—Gia Roberts. 
Una versión del primer nombre de su padre, Roberto. Qué 
bonito. ¿Significa esto que nadie aquí sabe de su padre o de su 
cuñado? Si es así, esta corderita se ha metido en una guarida de 
leones sin la más mínima protección. 
Por desgracia para ella, yo soy el león más peligroso. 
Pero las cosas que parecen demasiado buenas para ser ciertas 
suelen no serlo. 
Esperamos unos segundos y entonces aparece ella. Todavía 
con el vestido revelador, se acerca a mí con esas largas piernas, y 
no puedo evitar arrastrar mi mirada sobre su piel desnuda. Se 
mueve con seguridad, una mujer acostumbrada a llamar la 
atención allá donde va, y con un cuerpo como el suyo 
probablemente lo hace. 
Pero esto es diferente. Es la hermana de Francesca Ravazzani, 
la enemiga. Gianna me vio en mi peor momento... un hombre roto 
y ensangrentado en el suelo del calabozo de Fausto. Probablemente 
se había reído de eso con sus hermanas después. 
—Vete —digo, con tranquila autoridad. 
Domenico se pone de pie y sale a toda prisa de la gran sala, y 
yo me quito lentamente las gafas de sol, mostrando mi rostro, 
manteniendo la mirada fija en Gia todo el tiempo. Una tormenta, 
salvaje y feroz, se desata en mi interior, una locura provocada por 
los pensamientos sobre mi vergüenza, mi humillación en aquel 
calabozo. Lo dejo de lado por el momento y miro directamente a los 
curiosos ojos de Gia Mancini. Espero. El silencio suele revelar lo 
que las palabras no pueden. 
Ella no se inmuta ni se inquieta. En cambio, deja que sus ojos 
me recorran, examinando. Me preparo para esperar algún 
reconocimiento, alguna señal que me conozca, pero no hay nada, 
 
 
 
 
 
 
 
excepto un parpadeo de interés femenino en sus ojos marrones 
oscuros. 
Sorprendente. 
Después de un largo momento, ladea la cabeza. 
—¿Y bien? 
—¿Cómo te llamas, bella? 
—Gia. 
—¿Tu apellido, Gia? —Dejo que su nombre salga de mi lengua, 
como una caricia de sílabas y vocales. 
—Roberts —dice sin inmutarse. Una muy buena mentirosa, 
obviamente. 
—¿Y qué haces aquí en Milan? 
Ella exhala un suspiro y sacude un poco la cabeza. 
—Escucha, lo entiendo. ¿Una habitación llena de mujeres, un 
tipo como tú? Probablemente estás acostumbrado a elegir. Pero es 
mejor que elijas a otra. Créeme en esto. 
—¿Y si no quiero elegir a otra persona? 
—Seguiré diciéndote que no. 
Así de bocazas y atrevida. No estoy acostumbrado a que me 
hablen de esa manera, especialmente una mujer, pero tengo 
preocupaciones mayores. Si ella está aquí para atraparme, 
entonces ¿por qué rechazarme? No tiene sentido. 
¿Es posible? ¿Realmente no tiene ni idea de quién soy yo? 
La anticipación me tensa los músculos, así que me obligo a 
relajarme y a no parecer amenazante. No puedo asustarla. 
—¿Eres americana? 
 
 
 
 
 
 
 
—Canadiense. —Sus labios se aplanan, como si lamentara 
haberme dicho la verdad—. De Montreal. 
Otra mentira. 
—Ah. ¿Je peux t'offrir un verre? 
Parpadea ante mi francés, claramente sin entender. ¿Admitirá 
su mentira? 
—Oh, fui educada en casa y nunca aprendí francés —dice. 
Es inteligente y testaruda. Engañosa. Todas cualidades que 
yo admiro. 
—Te he preguntado si puedo invitarte a una copa. 
—Mi respuesta es no. ¿Hemos terminado aquí? Realmente 
necesito salir de estos zapatos. 
Mejor dejarla pensar que está a salvo, por ahora. 
—Arrivederci28, Gia Roberts. 
Abre la boca, como si fuera a decir algo más, y luego la cierra. 
Girando, se aleja y estavez me permito disfrutar de la vista. Su culo 
es perfecto, alto y apretado, suplicando ser azotado y follado. 
Ahogo el pensamiento. Tengo que usarla, no follarla. 
Desaparece y un plan toma forma en mi mente, las piezas 
encajan en su lugar como un rompecabezas. Es perfecto. 
Exactamente lo que necesito para vengarme de Fausto Ravazzani. 
¿Todo lo que me hizo? Ahora haré lo mismo con su preciosa 
cuñada. La tomaré y la encarcelaré. Luego infligiré todos los 
horrores del calabozo a Gia sin una pizca de remordimiento. 
Y Ravazzani solo podrá culparse a sí mismo. 
 
28 Arrivederci. Adiós, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
Vito aparece a mi lado. 
—¿Quieres que la lleve al yate? 
—No. —Me levanto y me pongo las gafas de sol—. Quiero que 
la sigan hasta que termine mi reunión de esta tarde. Entonces me 
ocuparé de ella. 
—Es bueno ver que vuelves a interesarte por una mujer, pero 
¿estás seguro que es prudente? 
—Esa no es una mujer. Es el enemigo. 
Y voy a disfrutar rompiéndola. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
TRES 
GIA 
 
—¿Quién es ese tipo? —le pregunto a Chiara entre bastidores 
mientras me pongo mi ropa habitual. 
El inversor secreto de Domenico es increíblemente guapo, 
probablemente de unos 30 años. Tiene unos ojos oscuros que te 
atraen y una mandíbula cincelada que pertenece a los carteles de 
cine. He estado rodeada de suficientes hombres poderosos en mi 
vida como para reconocer a uno, así que sé que es alguien 
importante, pero va vestido con jeans y una camisa de aspecto caro, 
un atuendo poco serio para los negocios. Al menos no es de la mafia. 
Ningún mafioso que se respete se dejaría ver en público con algo 
menos que un traje. 
Apuesto a que es un actor o productor de cine. Un chef 
famoso. 
 
 
 
 
 
 
 
—No lo sé —responde Chiara—. Domenico mantiene los 
nombres de sus inversores muy privados. Sin embargo, debes haber 
causado una buena impresión. No recuerdo que hayan llamado a 
ninguna modelo para una entrevista personal antes. 
—No fue una entrevista. Me preguntó mi nombre y si podía 
invitarme a una copa. —En francés. ¿Sexy y puede hablar varios 
idiomas con fluidez? Podría haber tenido un orgasmo en el acto. 
—¿Y cuál fue tu respuesta? 
—Dije que no, por supuesto. Como si realmente me fuera a ir 
con un extraño al azar en un país extranjero y a beber alcohol. —
¿No ha visto Chiara alguna vez un documental de crímenes reales, 
por el amor de Dios? 
Chiara hace una mueca. 
—A veces a estos hombres, les gustan los desafíos. 
—Bueno, es una pena. No me voy a involucrar con nadie aquí. 
—¿Por qué no? —Chiara me entrega mis pantalones negros 
ajustados—. Los hombres italianos son divertidos, si consigues uno 
que no esté demasiado apegado a su mamá. 
Meto mis piernas en los pantalones. 
—¿No es eso un estereotipo? 
—No, definitivamente no —dice ella riéndose—. Generalmente 
son buenos en la cama, y la mayoría están muy ligados a sus 
madres. 
No me molesto en explicarle por qué no me interesa. Todavía 
me duele haber sido engañada por mi último novio, Grayson, al que 
conocí en la universidad. Después de salir con él durante cinco 
meses, lo descubrí enviando mensajes de texto a otra chica, con la 
que se había estado viendo a mis espaldas. Gracias a Dios que 
siempre usamos condones. 
 
 
 
 
 
 
 
El engaño es un factor decisivo para mí. Crecí rodeada de 
hombres que no tenían en cuenta sus votos ni los sentimientos de 
una esposa. Todos tenían mujeres a su lado, jovencitas bonitas que 
atendían a sus frágiles egos. Esto incluye a mi padre. Yo nunca seré 
ese tipo de novia o esposa. Nunca miraré hacia otro lado o 
compartiré a un hombre, como lo hizo mi madre. 
—Date prisa. —Valentina asoma la cabeza por la cortina, con 
el ceño fruncido en mi dirección—. Tengo un paquete que necesita 
ser entregado al otro lado de la ciudad. 
—De acuerdo —refunfuño, metiendo los pies de nuevo en mis 
zapatos planos—. Dame un segundo. 
Chiara se mueve para ver mejor a la otra asistente. 
—Val, ese inversor, ¿sabes quién es? 
—Sí. 
Al no continuar, Chiara hace un gesto con la mano. 
—¿Y? 
Responde en italiano y es demasiado rápido para que yo 
pueda traducirlo. 
—¿Qué ha dicho? —le pregunto a Chiara cuando Val se va. 
—Que ha jurado guardar el secreto y que no arriesgaría su 
trabajo por contármelo. Pero dijo que el hombre es inofensivo, algo 
relacionado con las finanzas. 
Ah, eso tiene sentido. Probablemente es un capitalista de 
riesgo playboy. Aun así, no estoy interesada. 
—Tienes que aprender más italiano —dice Chiara, mientras 
nos dirigimos a las oficinas. 
—Lo sé, lo sé. Pero aquí todo el mundo habla también inglés. 
Realmente no me he sentido en desventaja. 
 
 
 
 
 
 
 
—Sin embargo, la gente puede joderte, insultarte o mentirte. 
Es por tu propia protección. —Pulsa el botón del ascensor—. Por 
eso necesitas un amante italiano. Puede susurrarte italiano al oído 
mientras estás en la cama. 
Eso suena bien, pero también lo es escuchar una aplicación 
de idiomas en pijama mientras como helado. Los vibradores dan 
mucho menos trabajo que los hombres. Los chicos normalmente 
quieren hablar de mi padre o de mi educación. La gente de fuera de 
la mafia está obsesionada con ella, tratándola más como un 
espectáculo secundario que como una empresa criminal misógina. 
—Aquí. —Valentina espera en la oficina con un paquete en la 
mano—. Entrega esto y trata de no perderte de nuevo. 
Me trago una réplica furiosa. Cuando recién llegué me había 
perdido una vez y Valentina nunca me deja olvidarlo. 
—No lo haré. —Me apresuro para ir a mi escritorio y tomo mi 
bolso. Un rápido vistazo a mi correo electrónico no muestra nada 
súper importante, así que tomo el paquete de Valentina y me voy. 
Es casi la una, la hora en que los italianos hacen una pausa 
de noventa minutos para comer. Esta es una de las cosas que más 
me gustan de trabajar en Italia, se toman el descanso y la comida 
muy en serio. 
Después de comprobar la dirección, me pongo los auriculares 
y empiezo a caminar hacia la estación de metro. Christian, uno de 
los dos hombres que mi padre contrató para vigilarme, me sigue a 
una distancia discreta. Intento ignorar a los guardias en la medida 
de lo posible. Trabajan para mi padre, lo que significa que no puedo 
despedirlos ni convencerlos que son innecesarios. Dios sabe que lo 
he intentado. 
Es extraño, porque mi padre no oculta su desprecio por mí. 
Incluso cuando era más joven, estaba claro que Frankie era la 
responsable, la hija en la que se apoyaba para ocuparse de todo en 
la casa. Y Emma era la favorita de papá, la hija tranquila y 
estudiosa, la que nunca causaba problemas. Eso me dejaba a mí, 
 
 
 
 
 
 
 
la rebelde, siempre luchando por su atención. Pero cuanto peor me 
comportaba, más me ignoraba. 
Ni una sola vez había dicho que me amaba, que estaba 
orgulloso de mí. Sus palabras eran frías y planas, desaprobación en 
cada sílaba. Frankie me dijo que era mi edad, que no me 
preocupara, pero ¿cómo podría una niña no buscar la aprobación 
de un padre? 
Cuando llegué a la adolescencia, ya no me importaba lo que 
él pensara. Papá no me vigilaba como a mis hermanas, por lo que 
era más fácil salirme con la mía. Eso me venía muy bien. 
Cuando tuve quince años, uno de los guardias de papá me 
quitó la virginidad. Tony era increíblemente guapo y estaba 
aterrorizado que nos atraparan. Sin embargo, no nos descubrieron, 
y los dos pasamos un glorioso verano follando antes que lo 
trasladaran a otro lugar de la organización. 
Desde entonces no había ningún guardia menor de cuarenta 
años en la finca. Siempre me pregunté si papá se había enterado de 
lo de Tony y yo, pero sospecho que fue el hecho de tener tres hijas 
adolescentes lo que provocó el cambio, y no la preocupación por mi 
virtud. 
A la mayoría de los guardias no les había gustado más que a 
mi padre. 
—Aléjate de esa —le había susurradoun soldado a otro sobre 
mí unos años después—. Es un problema. Una zorra hambrienta de 
polla con problemas con papi de un kilómetro de largo. 
Que se joda ese cerdo misógino. 
Doblo la esquina y paso por delante de una hilera de 
trattorias29, cuyos asientos al aire libre empiezan a llenarse para el 
almuerzo. En el cristal me fijo en el reflejo de un hombre al otro 
lado de la calle que me mira fijamente mientras camino. Nuestros 
 
29 Trattorias. Es un local o tipo de restaurante en Italia. No se sirve comida bajo un 
menú, se paga por cubierto, el ambiente es informal y relajado. 
 
 
 
 
 
 
 
pasos coinciden, como si siguiera mi ritmo. Los vellos de la nuca se 
me erizan, un escalofrío me recorre la espalda. Qué raro. Miro por 
encima del hombro a Christian, pero está esquivando a unos padres 
que intentan razonar con un niño que llora. 
En este momento pasa un tranvía que me impide ver la calle 
de enfrente. Cuando por fin se pierde de vista, el hombre ha 
desaparecido. Suelto una larga exhalación. 
Estoy siendo paranoica. ¿Por qué demonios va a seguirme 
alguien? Gia Roberts no es nadie aquí, solo una simple interna. 
Tengo que controlarme. 
Después de cruzar la ciudad en metro para dejar el paquete 
de Valentina, me muero de hambre. Me detengo a comer y descargo 
algunas aplicaciones de idiomas para probar. Chiara tiene razón. 
No dominar el italiano es una desventaja. Normalmente puedo 
seguir el ritmo cuando la gente habla despacio, pero eso no es lo 
ideal. 
Después de terminar un delicioso risotto de setas, vuelvo a la 
oficina y voy directamente a mi piso. Unas cuantas personas se 
aglomeran alrededor de mi escritorio. ¿Ha pasado algo? ¿Qué están 
mirando? 
—Ciao30... —Cierro la boca cuando veo un enorme ramo de 
flores encima de mi escritorio. Son flores elegantes, de las que 
tienen nombres que no puedo pronunciar. Como algo que se ve en 
un hotel o en una revista. ¿Son para mí? 
Chiara llega y ordena a todos que vuelvan al trabajo. 
—Estas son muy caras —me dice—. Tienes un admirador. 
—Pero no lo tengo. Estas no pueden ser para mí. 
—Comprueba la tarjeta. Definitivamente son para ti, 
carissima. 
 
30 Ciao. Hola, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
Efectivamente, el nombre Gia Roberts está escrito en el sobre. 
Saco la tarjeta. 
Prometo invitarte a esa copa, Gia Roberts. 
Mierda. Esto es del inversor de Domenico, el hombre del 
desfile de antes. El corazón me da un salto en el pecho mientras 
toco un pétalo pálido. Esto es ridículo. Le dije que no estoy 
interesada. Sin embargo, me siento halagada. Ningún hombre me 
había enviado nunca algo tan caro y hermoso. 
—¿Me lo vas a decir? 
—No. —Me meto la tarjeta en el bolsillo. No quiero que nadie 
en el trabajo sepa que el inversor de Domenico me envía flores. 
—Era el hombre, ¿no? El inversor del desfile de esta mañana. 
Miro a mí alrededor, asegurándome que no nos escuchen. 
—Shh. No se lo digas a nadie, especialmente a Domenico. No 
quiero que la gente cotillee sobre mí. 
Chiara se pone la mano en el corazón. 
—Te juro que no diré nada. —Luego vuelve a mirar el arreglo 
floral—. Questi sono molto belli31. Va muy en serio contigo. 
Meto el bolso en el cajón del escritorio y trato de apartar el 
arreglo floral de mi camino. 
—Entonces está perdiendo el tiempo. Acabo de salir de una 
relación en la que mi novio me engañó. Me estoy tomando un 
descanso de todos los hombres. 
Chiara hace una mueca, sus ojos marrones son 
comprensivos. 
 
31 Questi sono molto belli. Estos son muy bonitos, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
—Eso puede ser cierto, pero los hombres italianos... pueden 
ser muy persuasivos. Te deseo suerte. 
Sus palabras me acompañan durante el resto del día. 
 
 
ENZO 
No me molesto en llamar. 
Pateo la madera con el pie y la pesada puerta se abre de golpe, 
rebotando contra la pared. El minúsculo apartamento es un 
desastre, con envases de comida y latas de refresco desparramados 
por todas partes, mientras el olor del cuerpo flota como un perfume 
rancio. Tres biombos rodean un gran escritorio, con la silla vacía. 
¿Dónde está? 
El sonido de una ventana que se desliza me hace correr hacia 
la otra habitación. Un hombre intenta escapar hacia el callejón. 
Massimo se precipita, pero me adelanto a él. Estoy ansioso por 
encargarme yo mismo de este stronzo. 
Cuando atrapo al hombre, lo agarro del cabello y tiro como si 
estuviera cerrando una persiana. Gritando, se agarra la cabeza y 
retrocede, cayendo a mis pies. Un mechón de cabello queda en mi 
puño, así que lo suelto y le doy una rápida patada en las costillas. 
—Stefano. Qué alegría verte. 
Jadea, sujetándose el costado. 
—Vi prego, Don D'Agostino. Por favor, no me haga daño. 
—Levántalo —le digo a Massimo—. En la silla. 
Mi hermano menor levanta a Stefano como si no pesara nada 
y lo arroja a la silla del escritorio. Saco unas bridas de mi bolsillo y 
 
 
 
 
 
 
 
aseguro los brazos y las piernas de Stefano donde quiero. Stefano 
sigue suplicándome, pero lo ignoro. 
—Ahora —digo, arrastrando una silla de la pequeña zona de 
la cocina para acomodarme frente a Stefano—. Dime por qué has 
dejado de atender mis llamadas. 
—¿Llamaste? No había... 
Mi puño chasquea contra su mandíbula, echando su cabeza 
hacia atrás y balanceando la silla. 
—No me mientas, coglione. Será peor para ti si mientes. —Le 
doy a Stefano unos segundos para recuperar el aliento. Quiero toda 
su atención—. De nuevo, te pregunto. ¿Por qué has dejado de 
atender mis llamadas? 
—Yo... yo creí que ya no necesitaba trabajar para ti. 
Exactamente como pensaba. 
—¿Crees que tu deuda conmigo está saldada? 
—Vi prego, signore. Hay una mujer... 
Lo golpeo de nuevo, esta vez en la mejilla. La piel se abre y la 
sangre rezuma por su rostro. Me relajo en la silla, mi corazón ni 
siquiera late rápido. Puedo romper a este hombre tan fácilmente. 
Mi mente anhela causar dolor y sufrimiento, empaparse de él y 
absorber la miseria ajena como una esponja. 
No es fácil mantener a todos a raya mientras me escondo. 
Piensan que no estoy mirando, que pueden aprovecharse de mí. 
Como Stefano. Sin embargo, pronto aprenderá lo que significa 
desafiarme. 
Me inclino hacia él. 
—¿Crees que me importa una mierda una mujer? Tu única 
preocupación es hacerme ganar puto dinero. Tu deuda se paga 
cuando yo diga y no un momento antes, ¿capisce? 
 
 
 
 
 
 
 
Un talentoso hacker, Stefano encontró vulnerabilidades de 
software dentro de la infraestructura de una empresa que nos 
permitió cosechar sus datos. Empleé a más de una docena de 
genios como él para mi empresa de fraudes y gané millones con sus 
habilidades. Dejando de lado las patéticas circunstancias de vida 
de Stefano, todos estaban bien compensados. 
Nada de eso importa. No lo voy a dejar ir, porque es demasiado 
valioso. Mejor dejarle creer que aún tiene una deuda a cambio de la 
vida de su padre. 
—Salí de mi escondite para verte, Stefano. Eso significa que 
ya estoy enfadado. Ya quiero golpear tu rostro hasta que tu propia 
madre no te reconozca. 
—No, vi prego... 
—Entonces estamos de acuerdo, ¿no? Seguirás trabajando 
para mí hasta que diga lo contrario. 
La sangre gotea sobre su camisa. 
—Por supuesto, Don D'Agostino. 
Saco la navaja del bolsillo y voy a cortar las ataduras que lo 
sujetan a la silla. 
Pero le clavo la navaja en el muslo. 
Stefano aúlla y sus gritos resuenan en el yeso agrietado. Giro 
el cuchillo, provocando más agonía, antes de arrancar el cuchillo y 
soltarlo. Se desploma en el suelo, sujetándose la pierna. La sangre 
se acumula en la gastada alfombra, así que lo rodeo y me agacho 
para agarrarle la cara. Está sollozando, pero lo sujeto con fuerza y 
lo miro fijamente a los ojos. 
—Respondes cuando te llame. Haz lo que te digo. O volveré y 
te meteréel cuchillo por el culo. 
—Sí, Don D'Agostino. 
 
 
 
 
 
 
 
Satisfecho, lo dejo marchar y me dirijo a la puerta, con 
Massimo detrás de mí. Espero a que mi hermano y yo estemos en 
el ascensor antes de decir: 
—Que encuentren a esa mujer a la que está unido. ¿Quién 
sabe cuánto le ha contado? No me gusta. 
—Nos encargaremos de eso —dice Massimo—. ¿Viste ese 
lugar? Era un agujero de mierda. 
—Se parece a tu camarote en el yate. 
—Vaffanculo32. —Massimo levanta el dedo corazón. 
Casi sonrío. Amo a mis hermanos. Cuando me vi obligado a 
esconderme, ambos vinieron conmigo, sin hacer preguntas. 
Empezar este negocio de fraude informático hace unos años fue lo 
más inteligente que hice. Nos permite trabajar fuera de Napoli, y los 
D'Agostino somos ahora más poderosos que incluso nuestro padre 
en los viejos tiempos. 
Pronto saldremos de las sombras y volveremos a la luz. 
Y Gia Mancini es la clave. 
—Comprueba con Vito —le digo—. Asegúrate que no la ha 
perdido. 
Massimo saca su teléfono y empieza a enviar mensajes de 
texto. Cuando llegamos a la planta baja me pongo la gorra y las 
gafas de sol. 
—Sigue con ella —informa Massimo—. Le ha parecido que ella 
lo ha notado en un momento dado, así que se ha retirado un poco. 
—Dile que siga persiguiéndola. 
—Ella tiene un guardia, dice. 
 
32 Vaffanculo. Vete a la mierda, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
Interesante. Su padre lo hizo, por supuesto, pero es un 
esfuerzo perezoso, un guardia. Antes que su hija mayor se casara 
con Ravazzani, Mancini nunca habría permitido que una de sus 
chicas saliera de Toronto, y mucho menos que se fuera sola al 
extranjero. Se ha vuelto audaz, pensando que sus conexiones le 
ofrecerán protección aquí. 
Pero está equivocado. La amenaza de la venganza de 
Ravazzani no significa nada para mí, porque yo lo mataré primero. 
Yo soy más inteligente y no tan arrogante. Él cometerá un error 
mucho antes que yo. 
Un error como dejar que su cuñada viva y trabaje en Milan 
con un solo guardia vigilándola. 
—¿Dónde están ahora? Tenemos que hacer una parada 
primero, pero luego pienso reunirme con ella después del trabajo. 
—Tal como lo prometí. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
CUATRO 
GIA 
 
Cuando salgo de la oficina estoy agotada. Valentina me envió 
hacer dos recados más y luego me gritó por no haberlos hecho lo 
suficientemente rápido. No tengo ni idea de por qué se comporta 
como una zorra, pero estoy más que preparada para ir a casa, 
relajarme y abrir una de las botellas de vino Ravazzani que me ha 
enviado Frankie. 
Dejo el enorme ramo de flores en el trabajo. Encontrar un taxi 
a esta hora del día es imposible, y no tengo fuerzas para llevar el 
enorme arreglo en el metro. Las flores nunca llegarían a cruzar la 
ciudad en una sola pieza. 
Mientras camino por la calle, paso por delante de un brillante 
auto deportivo italiano de color rojo. Mi boca prácticamente se hace 
agua ante la elegante belleza. Nunca vimos autos así en Toronto. 
Durante unas semanas salí con un tipo que tenía un Maserati, que 
 
 
 
 
 
 
 
era divertido de conducir. Pero este auto hace que ese pareciera una 
chatarra. 
La puerta del conductor del auto deportivo se abre y aparecen 
unas largas piernas vestidas de jeans. Disminuyo la velocidad, sin 
querer perder la oportunidad de saber quién es el dueño de 
semejante máquina. 
Cuando se endereza, pongo los ojos en blanco. Por supuesto, 
es él. El Señor Inversor. Cualquiera que pueda permitirse las flores 
que envió hoy, sin duda puede permitirse este auto. ¿Me está 
esperando? 
Si es así, ¿me siento halagada o asustada? 
Detrás de sus gafas de sol, sus ojos recorren mi cuerpo de 
arriba abajo, haciendo que me sonroje y me enfríe al mismo tiempo. 
—Gia Roberts —dice, con su profunda voz italiana. Dios, la 
forma sexy en que pronuncia la primera “R” de Roberts casi me hace 
desear que sea mi verdadero apellido. 
Me detengo en medio de la acera, a una distancia segura. 
—Vaya, vaya. Si es mi acosador. 
—¿Acosador? —Sus cejas se juntan bajo la visera de su gorra 
de béisbol—. ¿Crees que quiero hacerte daño? Estoy herido, bella. 
—Cualquiera que no pueda aceptar un no por respuesta es 
un sos. 
—¿Sos? ¿Qué significa esto? 
—Sospechoso. En otras palabras, tú. 
Empiezo a caminar pasando por delante de él, pero me sigue 
el ritmo. Se mete las manos en los bolsillos. 
—Prometí en la tarjeta que te invitaría una copa. ¿Qué creíste 
que quise decir? 
 
 
 
 
 
 
 
—Mira. Sé que no estás acostumbrado a que te rechacen, pero 
no tengo ganas de darte una patada en el culo ahora mismo. Solo 
capta la indirecta y piérdete. 
—Qué peleona. ¿Has tenido un mal día? Razón de más para 
relajarte y tomar una copa de vino conmigo. 
Exhalo y me detengo para sostener mi teléfono. 
—¿Tengo que llamar a la polizia33? 
Echa la cabeza hacia atrás y se ríe, y yo trato de no observar 
la fuerte columna de su garganta. ¿Por qué la nuez de Adán es tan 
caliente? Me dedica una sonrisa que puede encantar a las bragas 
de una monja. 
—¿La polizia? ¿Y qué he hecho mal, aparte de adularte? Ma 
dai34, déjame invitarte una copa. En un restaurante lleno de gente. 
¿Qué tiene de malo? 
Yo quiero un trago. Desesperadamente. El día de hoy ha sido 
largo y molesto, gracias a Valentina. 
—Porque no te conozco, y sin ofender, eres un poco mayor 
para mí. 
—Conozco a Domenico desde hace unos diez años. ¿Y soy 
demasiado mayor para compartir una copa conmigo? 
Este hombre tiene una respuesta para todo. ¿Está tan mal de 
la cabeza? Tiene que estar rodeado de mujeres dondequiera que 
vaya. 
—¿Por qué yo? 
 
33 Polizia. Policía, en italiano. 
34 Ma dai. De verdad, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
—Porque eres hermosa. —Se acerca un paso más y frunce los 
labios, su voz un profundo estruendo—. No he podido dejar de 
imaginarte con ese vestido de esta mañana. Sei irresistibile35. 
Ya sea por la promesa del vino o por su encanto, puedo sentir 
que me debilito. 
—Ni siquiera sé tu nombre. Por lo que sé, podrías ser un 
asesino. 
—No te diré mi nombre hasta que aceptes. —Señala el teléfono 
que tengo en la mano—. Ponlo en tus redes sociales, si quieres. Dile 
a todo el mundo dónde estás. 
Puedo hacerlo. Abro mi cuenta en las redes sociales y publico 
una selfie de mí afuera del bar. Luego escribo que estoy tomando 
una copa y etiqueto al restaurante. 
—También estoy enviando un mensaje a una amiga. —Le 
envié un mensaje a Chiara diciendo que estaba tomando una copa 
con el inversor de Domenico y le doy la ubicación del restaurante—
. Allí. Si me encuentran muerta en algún sótano, sabrán que fuiste 
tú. 
—¿Por qué querría matar a una mujer tan hermosa? —Me 
toma del brazo y me lleva al interior del restaurante. La anfitriona 
le dedica una sonrisa de bienvenida mientras pide una mesa en el 
fondo, cerca de la cocina. Qué raro. A la mayoría de los hombres 
llamativos les gusta sentarse cerca de la ventana. Quizá este 
hombre no es lo que yo supongo. 
Me tiende la silla, lo que me parece innecesario pero un buen 
detalle, y luego se sienta frente a mí y se quita las gafas de sol. Tiene 
unos ojos oscuros e intensos, de los que encierran secretos sucios 
y promesas rudas que hacen que las chicas buenas corran en otra 
dirección. 
Por desgracia, yo no soy una buena chica. 
 
35 Sei irresistibile. Eres irresistible, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
La anfitriona presenta los menús, pero levanto la mano. 
—Solo vamos a tomar una copa. 
El Señor Inversor corrige con un: 
—Por ahora. 
La anfitriona deposita una carta de vinos sobre la mesa y 
luego nos quedamos solos. Golpeo con las uñas la mesa. 
—¿Me vas a decir ahora tu nombre? 
—Lorenzo. 
Parece un Lorenzo. 
—¿Y a qué te dedicas? 
—A la informática. 
Eso tiene sentido. Probablemente es el Steve Jobs o MarkZuckerberg italiano. 
—¿Y cómo conoces a Domenico? 
Sus labios se tuercen en una sonrisa divertida, su rostro es 
tan apuesto que juraría que se me curvan los dedos de los pies. 
—Esto parece un interrogatorio. 
Antes que pueda comentar algo, el camarero se acerca para 
tomar nuestras órdenes de bebidas. Tomo la carta de vinos, pero 
Lorenzo pone la mano sobre ella. 
—¿Has tomado ya un Aperol Spritz36? 
—No. —Me limito a pedir vino. 
 
36 Aperol Spritz. Es un conocido trago italiano típico del aperitivo que mezcla Aperol, 
prosecco y soda. 
 
 
 
 
 
 
 
—Due, per favore37 —le dice al camarero, y luego habla 
rápidamente en italiano. 
—¿Qué más has pedido? —pregunto, cuando volvemos a estar 
solos. 
—Fruta y queso. Complementa la bebida. 
—¿Qué lleva un Aperol Spritz? 
—Te va a gustar, te lo prometo. Tiene un poco de carácter. 
Como tú. 
No se equivoca. Yo soy la hermana rebelde, siempre con prisa 
por experimentar todo lo posible. Al crecer, aprovechaba cualquier 
oportunidad para salir de la pequeña jaula dorada en la que mi 
padre nos había metido. La bebida, las drogas, el sexo... Nada 
estaba prohibido. Fui a mi primera fiesta rave a los catorce años, 
me hice mi primer tatuaje a los quince. Ni siquiera Emma sabía de 
mi piercing. Se me da bien romper las reglas y mantener el secreto. 
Pero no me gusta que este extraño intente ver dentro de mi 
cerebro. Tengo que permanecer distante y educada durante nuestra 
copa, y luego irme a casa sola. 
Ladeo la cabeza. 
—Entonces, volvamos a cómo conociste a Domenico. 
Se ríe y se echa hacia atrás, desperezándose un poco en su 
silla. Llama la atención sobre la extensión de su pecho, la fuerza de 
sus brazos. 
—Me gusta la moda. También me gustan las mujeres. Me 
pareció natural invertir en algunos diseñadores italianos 
emergentes cuando empecé a ganar dinero. 
—Pero, ¿por qué elegiste a Domenico? 
 
37 Due, per favore. Dos, por favor. En italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
—Sus diseños me atraían. Son ásperos y crudos. Como el 
sexo, ¿no? 
Se me seca la boca mientras el calor me inunda. Bien, ¿así 
que está diciendo eso, soltándolo en medio de un restaurante lleno 
de gente a una desconocida? Este tipo tiene bolas. 
Lo respeto. 
Que Dios me ayude, pero decido seguirle el juego. 
—Tal vez me gusta suave y dulce. —Arrastro las últimas 
palabras, susurrándolas con voz de dormilona. 
Sus fosas nasales se dilatan y la sorpresa brilla en sus ojos 
oscuros. Debí haberlo sorprendido porque no dice nada durante un 
largo segundo. Entonces llegan nuestras bebidas y el momento se 
rompe. 
Puntuación: Gia, uno. Lorenzo, cero. 
No causes problemas en Italia, había dicho Emma justo antes 
de irme. Y regresa con cuidado. 
Odio decepcionar a mi gemela, así que eso significa no 
coquetear con extraños. Una copa esta noche en un bar público y 
eso es todo. 
—Escucha, no debería haber dicho eso. No me hagas caso. A 
veces no contengo a mi boca. 
Eso hace que su mirada se dirija a mi boca y deseo poder 
retirar las palabras. Otra vez. 
Porque ahora probablemente ambos estamos pensando en mi 
boca y en dónde podría ir. Al menos, yo lo hago. 
Como si hubiéramos declarado una tregua, ambos damos un 
sorbo a nuestras bebidas. Es naranja, amarga y burbujeante. Me 
encanta. 
—Qué rico. 
 
 
 
 
 
 
 
—Te gustará aún más con la fruta y el queso, te lo prometo. 
—Se mueve para mirar por encima de su hombro, hacia la calle. 
—¿Preocupado por tu auto? —le pregunto. 
—¿Por qué iba a preocuparme? 
—Por si alguien lo abolla o intenta robarlo. 
Se ríe, como si ambas posibilidades fueran ridículas. 
—Si eso ocurriera, compraría otro, Gia Roberts. 
—Ya sabes lo que dicen de los hombres que conducen autos 
así. 
—¿Oh? —Da un sorbo a su bebida, mirándome por encima 
del borde de su vaso—. ¿Parece que estoy compensando una polla 
pequeña? 
Me gusta cómo nada intimida a este hombre. 
—No, en realidad. No lo pareces. 
No responde, solo sonríe como si compartiéramos un secreto. 
Uf, estos hombres italianos son difíciles de resistir. ¿El resto del 
mundo sabe lo malditamente encantadores y bonitos que son? 
Supongo que no, de lo contrario todas las mujeres del mundo 
se mudarían aquí. 
Se aparta de la mesa. 
—Scusa38. Tengo que ir al baño. Intenta no echarme de 
menos. 
Pongo los ojos en blanco. 
—No te preocupes. No lo haré. 
 
38 Scusa. Disculpa, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
Cuando se va, saco mi teléfono y reviso mis mensajes. Chiara 
me dio un pulgar hacia arriba en respuesta a mi mensaje anterior 
sobre tomar una copa con Lorenzo. Estoy a punto de responder, 
cuando la luz parpadea a mi alrededor y un fuerte sonido ensordece 
mis oídos. Jadeo, con un dolor repentino en todo mi cuerpo. 
Luego estoy en el suelo, con yeso y escombros cayendo del 
techo. No puedo respirar. Siento como si alguien me hubiera dado 
una patada en el pecho. Con fuerza. 
Entonces todo se vuelve negro. 
 
Todo me duele. 
Me zumban los oídos y tengo la cabeza hecha un lío. ¿Qué 
demonios ha pasado? ¿Y por qué siento que me estoy moviendo? Lo 
último que recuerdo es estar en el suelo. Nada tiene sentido ahora. 
Oh, mierda. El restaurante había explotado. Yo estuve en una 
explosión. 
¿Y Lorenzo? ¿Está bien? Fue al baño justo antes que se 
desatara el infierno. 
No puedo abrir los ojos, así que me concentro en mi 
respiración. Inhalando y exhalando. Inhalar y exhalar. Intento 
flexionar los dedos de las manos y de los pies, para ver si hay algo 
roto. Me duele, pero todo parece funcionar. 
El suelo se inclina y me deslizo hacia mi derecha. Estoy en un 
auto, uno que acaba de hacer un giro. ¿Es una ambulancia? Sigo 
sin poder entender, así que me esfuerzo por levantar los párpados. 
En cuanto mi visión se ajusta, me doy cuenta al instante que 
no es una ambulancia. Asientos de cuero suave, un interior 
diminuto, como el de un auto deportivo. Desde el asiento trasero, 
 
 
 
 
 
 
 
puedo ver a un hombre al volante. Otro hombre está en el asiento 
del pasajero. Ojalá supiera qué diablos está pasando. 
La cabeza me palpita, peor que cualquier otro dolor de cabeza 
que hubiera experimentado. Es horrible, como si mi cráneo fuera a 
partirse en dos. Por un momento pienso que puedo enfermar del 
dolor. 
El hombre del asiento del copiloto se gira de repente hacia mí. 
¡Lorenzo! Después de todo, está vivo. Eso es un alivio, pero ¿por qué 
estoy en su auto? 
—¿Qué...? —No puedo terminar la palabra. Mi cerebro y mi 
boca no están conectados en este momento. 
Me mira con desprecio y su rostro se transforma en algo 
monstruoso y odioso. Parece una persona diferente, todo lo 
contrario del hombre que me había encantado en el restaurante. 
Veo cómo mueve los labios, pero no puedo oírlo. Lo único que 
escucho es un terrible zumbido. 
Debí de desmayarme de nuevo porque lo siguiente que sé es 
que me llevan en brazos. El cielo azul llena mi visión y me aplasto 
contra un cálido pecho. El ruido en mis oídos ha disminuido 
ligeramente, lo suficiente como para escuchar el sonido de los 
barcos, como si estuviéramos en un puerto deportivo. 
—¿Zo? —balbuceo, queriendo saber si es él. 
No hay respuesta. Me esfuerzo por mantenerme despierta, por 
sacar las telarañas de mi cerebro. ¿Adónde me lleva? ¿Al hospital? 
Me pregunto si tendré una conmoción cerebral. 
—Por favor —jadeo. 
—¡Stai zitta39, troia! —dice el hombre. 
Maldita sea. Es la segunda vez que alguien me llama puta hoy. 
 
39 Stai zitta. Cállate, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
Quiero gritar y chillar, pero mi cerebro no puede soportarlo. 
Los bordes de mi visión se oscurecen y caigo en la inconsciencia. 
 
Resurjo de la oscuridad. Estoy en un colchón, con las sábanas 
frías debajo de mí, y la luz se filtra a travésde las finas cortinas. 
¿Es el mismo día? ¿O la mañana siguiente? Mierda, no tengo ni idea 
de cuánto tiempo he dormido. 
Me duele la cabeza, aunque no tanto como antes. Al instante, 
me doy cuenta que esto no es el hospital. La habitación es 
demasiado bonita, con paneles de roble y apliques elegantes. No 
hay más muebles que la cama y una mesa auxiliar, lo cual es 
extraño. ¿Y me estoy meciendo? 
Que me jodan. Esto es un yate. Uno grande, si no me 
equivoco. El verano pasado Frankie nos dio un tour en el mega yate 
de Fausto y esto es exactamente lo que parecía y se sentía. 
No, no, no. No quiero estar en el agua. Cualquier cosa menos 
el agua. 
Me giro suavemente sobre la espalda y estiro mis músculos 
doloridos, intentando no pensar en el profundo abismo acuático 
que rodea este yate. En su lugar, pienso en mi cuerpo. Jesús, me 
duele. Antes de nada, tengo que encontrar un baño. 
Gimiendo, me pongo de pie y me dirijo lentamente hacia la 
puerta cerrada del fondo de la habitación. Me tiemblan las piernas, 
mi cuerpo es tan débil como un cordero, pero afortunadamente 
descubro un baño cuando finalmente llego a la puerta. 
Decir que mi reflejo en el espejo es impactante es quedarse 
corto. Me miro fijamente, horrorizada. Mi rostro está cubierto de 
suciedad, mi cabello alborotado y tengo un corte en la mejilla con 
costra de sangre. Has sobrevivido a una explosión. ¿Qué esperabas? 
 
 
 
 
 
 
 
Necesito una ducha, pero de ninguna manera puedo hacerlo 
en este momento. 
Después de usar el baño, abro las pequeñas cortinas para 
mirar por la ventana. Nada más que el océano azul hasta donde 
puedo ver. Además, nos movemos a gran velocidad. 
Me estremezco. 
No sé nadar. Cuando tenía seis años, me resbalé de un yate y 
me sumergí en el lago Ontario sin flotadores. Todavía recuerdo el 
terror de deslizarme bajo la superficie, de no poder respirar. Las 
garras de la muerte me rodeaban los tobillos y tiraban, casi 
reconfortantes, diciéndome que me relajara, que todo estaría bien 
si me rendía. Mis pulmones ardían en busca de aire, el agua era 
demasiado turbia para ver algo, y sabía que iba a morir. 
Más tarde supe que nuestra niñera se lanzó a salvarme, pero 
no recuerdo nada de eso. Esa fue la última vez que me metí en algo 
más profundo que un jacuzzi. Me negué aprender a nadar después 
de aquello. 
Con océano o sin él, tengo que ir a investigar. Quienquiera 
que me haya traído a este yate me debe una explicación. 
En cuanto salgo del baño, sé que no estoy sola. Es como si el 
aire del pequeño camarote se hubiera cargado de electricidad, 
oscuro y peligroso. Me agarro a la pared para estabilizarme y es 
entonces cuando él se adelanta. 
Lorenzo. 
Ha cambiado desde el restaurante, ahora lleva unos jeans 
oscuros y una camisa blanca abotonada. Lleva el cabello peinado 
hacia atrás, como si acabara de ducharse. Su mirada no es de 
preocupación ni de bienvenida. Su mirada me produce un 
escalofrío. 
Sin embargo, no voy a dejar que me intimide. Soy la maldita 
Gia Mancini. Ningún multimillonario informático va asustarme. 
 
 
 
 
 
 
 
—¿Qué demonios? —suelto—. Necesito un hospital, no un 
crucero por el Mediterráneo. 
Su boca se tuerce mientras se acerca. 
—No estás en condiciones de negociar conmigo, Gia Mancini. 
Mis músculos se paralizan mientras mi corazón se acelera 
dentro de mi pecho. ¿Mancini? Definitivamente no compartí esa 
información con él. 
—Ese no es mi nombre —miento. 
—Eres Gianna Mancini, hija de Roberto Mancini y hermana 
de Francesca Ravazzani. Te criaste en Toronto, cursaste dos años 
de universidad allí antes de venir a Milan para hacer unas prácticas 
con Domenico. —Hace una pausa y levanta una ceja arrogante—. 
¿Debo continuar? 
No, no hace falta más. Obviamente, sabe demasiado. Mis uñas 
se clavan en el marco de madera de la puerta detrás de mí, mientras 
mi dañado cerebro se esfuerza por seguir el ritmo. Esto es malo. 
Muy malo. 
—¿Cómo sabes todo eso? 
—Realmente no tienes ni idea, ¿verdad? —Se acerca a la cama 
y se sienta en el colchón, luego se reclina sobre un codo. No me 
engaña. Es como un león relajándose en la llanura, justo antes de 
devorar un antílope—. Y yo que pensaba que tú eras la inteligente. 
El odio en su mirada me aterroriza, y no me entusiasma la 
forma en que había llamado la atención sobre la cama. Me 
mantengo perfectamente inmóvil. 
Excepto por mi boca, que no es buena para la 
autopreservación, aparentemente. 
—Mira, está claro que tienes algún tipo de problema con mi 
padre. Pero probablemente deberías dejarme ir antes que esto se 
ponga feo. 
 
 
 
 
 
 
 
—Mi problema —escupe burlonamente, como si la palabra lo 
ofendiera—. No es con tu padre. Y espero que se ponga muy, muy 
feo. 
Se me hace un nudo en la garganta y el miedo me atraviesa 
como una flecha envenenada. 
—Si no es mi padre, ¿entonces quién? 
—Tu cuñado. 
—¿Fausto? —El esposo de mi hermana es uno de los líderes 
de la 'Ndrangheta, la mafia más peligrosa del mundo. No me cabe 
duda que se ha ganado muchos enemigos a lo largo de los años. Mi 
hermana incluso había sido secuestrada por uno antes de casarse 
con Fausto. 
La expresión de Lorenzo se ensombrece y su boca se convierte 
en una línea blanca de enfado. 
—Así que ahora ves por qué no te dejaré ir. 
Hay algo aquí, alguna conexión que está fuera de mi alcance. 
Ojalá no me doliera tanto la cabeza. Entonces todo esto tendría 
sentido... el secuestro, los enemigos de Fausto. La animosidad de 
Lorenzo hacia mí. 
Oh, joder. 
Mi mirada se dirige a la suya y me doy cuenta. Lorenzo. ¿Cómo 
pude ser tan estúpida? 
—No —susurro, sacudiendo la cabeza—. No, no puede ser. 
—Ah. Por fin lo comprendes, ¿no? 
—Eres Enzo D'Agostino. —Retrocedo, aunque no hay dónde 
ir—. Casi matas a mi hermana. 
Mueve los dedos en un gesto italiano despectivo. 
—Apenas la toqué. No corría ningún peligro por mi parte. 
 
 
 
 
 
 
 
Me froto la frente. Enzo D'Agostino es el inversor de Domenico. 
Me buscó y me convenció para tomar una copa con él, y luego me 
secuestró. 
—Así que la explosión en el restaurante, ¿la planeaste tú? 
—No fue fácil conseguir esa cantidad de explosivos con tan 
poco tiempo de antelación. Deberías sentirte halagada. 
Me tambaleo sobre mis pies, mi cabeza nadando con toda esta 
horrible información. Ha matado a gente en ese restaurante hoy. No 
tengo un recuento de muertes, pero es imposible que todos 
sobrevivieran. Y lo hizo solo para secuestrarme. 
—Eres un maldito psicópata. 
Es como si la temperatura de la habitación bajara cincuenta 
grados mientras su cuerpo se queda muy quieto. 
—Yo tendría cuidado con los nombres con los que me llamas. 
Puedo ponerte las cosas difíciles, Gia. 
—Pero no lo harás, porque si me quisieras muerta ya me 
habrías matado. Entonces, ¿qué quieres de mí? 
Se levanta lentamente de la cama y se acerca a donde estoy 
de pie, y mi temor aumenta con cada uno de sus pasos. Sus cejas 
están fruncidas de forma amenazante mientras su mirada furiosa 
se fija en la mía. ¿Es racional? ¿Se puede negociar con él? No tengo 
ni idea, pero voy a luchar como un demonio si intenta hacerme 
daño. Me enderezo y preparo mis pies. 
No me encontrará como un blanco fácil, ya no. 
Cuando estoy al alcance, levanto la barbilla y espero. Tampoco 
se detiene, inclinándose como si fuéramos amantes. Está tan cerca 
que puedo sentir el calor que irradia de él y oler el fresco aroma de 
su champú o jabón. Una combinación de árbol de té, almizcle y 
pura locura. Contengo la respiración e intento desesperadamente 
no moverme, como si fuera un animal salvaje que puede atacar en 
cualquier momento. 
 
 
 
 
 
 
 
Acerca su boca a mi oído y susurra: 
—Lo que quiero, Gia Roberts Mancini, es venganza. 
Con eso, Enzo gira sobre su talón y se dirige a la puerta. 
Pero no ha terminado. Ni mucho menos. 
—La gente me buscará. No te saldrás con la tuya. 
Cuando se gira, la sonrisa que luce me aterroriza hastael 
alma. 
—Nadie te buscará. Todos creen que has muerto en la 
explosión de hoy. Una chica que se ajusta a tu descripción será 
encontrada entre los escombros cerca de tu teléfono y tu 
identificación. Será imposible identificarla de forma concluyente, 
así que todos asumirán que eres tú. 
Mi mandíbula se abre. 
—No... —Es todo lo que puedo lograr antes que mi aliento se 
atasque en mi garganta. 
—Sí —dice—. Después de todo, publicaste en Internet que 
estabas allí y enviaste un mensaje de texto a tu amiga. Todo el 
mundo confirmará que estuviste en ese restaurante. 
Sí, porque él me había animado a publicar mi ubicación en 
las redes sociales por mi propia seguridad. Ahora tiene sentido. 
—Quieres que todo el mundo piense que estoy muerta. 
Agarra el pomo de la puerta. 
—Por un tiempo, sí. Hasta que esté listo. 
Oh, Dios mío. Mi familia estará devastada. Frankie se culpará 
de alguna manera, y no puedo ni imaginar lo que esto le hará a 
Emma. Sé lo mal que estaría si la pierdo. Sería como cortar uno de 
mis propios miembros. 
 
 
 
 
 
 
 
Cuando todavía estoy luchando con esto, Enzo desaparece en 
el pasillo y escucho el cierre de la puerta. Demasiado débil para 
permanecer de pie, me hundo en el suelo y me abrazo a las rodillas, 
sin apenas notar cómo mi espalda roza el revestimiento de roble. 
¿Qué voy hacer ahora? 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
CINCO 
ENZO 
 
Cuando ocurre algo terrible, surgen dos tipos de personas. 
El primer tipo se encoge y llora, la mente se pliega sobre sí 
misma como un castillo de naipes. Este tipo no puede ver más allá 
de la desesperanza o el miedo para salvarse. 
El segundo tipo lucha. Estas personas se convierten en gatos 
callejeros ante el peligro de muerte, golpeando, arañando y 
rascando para sobrevivir. 
Algo me dice que Gia entrará en el segundo tipo. 
Pero incluso los luchadores pueden romperse. Me mantuve 
fuerte cuando los hombres de Ravazzani me quemaron la piel y me 
clavaron un cuchillo entre las costillas. Y cuando me rompieron los 
huesos y me dislocaron los hombros. Sin embargo, a medida que 
 
 
 
 
 
 
 
pasaba el tiempo, sentí que me debilitaba con la infección y la 
deshidratación. Cada respiración se convertía en una agonía, mi 
cuerpo estaba destrozado más allá de lo comprensible. Odiaba estar 
tumbado en aquel frío suelo de piedra, a merced de mi enemigo. 
Estuve a punto de rendirme, y eso me llenó de una vergüenza 
y una furia increíbles. Nunca me perdonaré los pensamientos que 
pasaron por mi cabeza en esas últimas horas de cautiverio. Debí 
ser más fuerte. 
En este momento comienza el ruido, un golpe incesante que 
se oye incluso con dos cubiertas de por medio. Parece que a mi 
gatita le han salido garras. Bien. Hará que el resultado final sea aún 
más satisfactorio. 
—Parece enfadada —dice Vito, desde la silla cercana a mi 
escritorio. Estamos en la oficina, que se encuentra en la cubierta 
superior, detrás de la caseta del piloto. 
—No es una sorpresa. —Sigo desplazándome por mi correo 
electrónico, escaneando los informes de todo el mundo. 
Empleo a los mejores hackers de Italia y Europa del Este para 
dirigir mi empresa de fraudes. También se aseguran que mi correo 
electrónico sea seguro, absolutamente imposible de rastrear. Esto 
me permite vivir en el yate y controlar mi imperio a distancia. Hago 
alguno que otro viaje al interior para solucionar problemas, pero 
por lo demás me convertí en un fantasma hace cuatro años. 
No es la forma en que mi padre lo hubiera manejado, pero yo 
soy diferente. Había pasado la última década llevando a la 
'Ndrangheta al siglo XXI con un imperio informático global. Los días 
en los que sacudía los pequeños negocios locales por dinero de 
protección habían terminado. 
Pronto transformaré también las drogas. Ravazzani puede 
mantener su anticuado comercio de cocaína y heroína. Tengo a mi 
gente trabajando en nuevos compuestos químicos que 
reemplazaran las viejas fórmulas. Drogas de diseño que no 
causarán tantas sobredosis y arruinarán a los clientes habituales. 
 
 
 
 
 
 
 
—Deberías ir, ¿no? —sugiere mi hermano—. Para calmarla. 
—Es una prisionera, no una invitada. Me importa una mierda 
que esté calmada. 
—¿Y si se hace daño? 
Casi me rio. 
—Teniendo en cuenta que pienso hacerla sufrir, no creo que 
importe. —Señalo el teléfono—. Averigua si la habitación está lista. 
Quiero trasladarla cuanto antes. 
Su camarote actual, aunque escaso, es demasiado cómodo. 
Debiese estar incómoda, como lo estuve yo en el calabozo de 
Ravazzani. La tripulación está redecorando uno de los camarotes 
de la cubierta inferior según mis especificaciones. No es 
exactamente igual a lo que yo había soportado, pero será lo 
suficientemente parecido. 
Vito comienza a enviar mensajes de texto. 
—Necesitan una o dos horas más —dice finalmente. 
—Diles que se den prisa. 
Mi hermano transmite el mensaje y luego se guarda el teléfono 
en el bolsillo. 
—¿Me vas a decir qué piensas hacer con ella? 
La anticipación se arrastra por mi piel como un ejército de 
insectos. ¿Qué voy hacer? Voy a romperla, humillarla y arruinarla. 
Será un cascarón de mujer cuando termine, y entonces se la 
mostraré a Fausto y Frankie. Ellos me darán lo que quiera a cambio 
del regreso de Gia. 
Pero será demasiado tarde. Gia nunca será la misma. 
Me miro la mano, donde Ravazzani me había cortado la punta 
del dedo. Cada día me recuerda el tiempo que pasé en su calabozo, 
encadenado y golpeado. Muerto de hambre y desnudo. No me 
 
 
 
 
 
 
 
trataban mejor que a un animal, acabando con la humanidad que 
poseía. 
Que es exactamente lo que pretendo para Gia. 
—Ya verás —le digo a Vito. 
—No me gustaría verte convertido en él. 
Sé que se refiere a nuestro padre, que no pensaba dos veces 
antes de abusar de una mujer, incluida nuestra madre. Ninguno de 
sus hijos fue concebido por amor, y yo me juré a mí mismo de niño 
que nunca tomaría a una mujer en contra de su voluntad. Nunca 
romperé esa promesa. 
—No tienes que preocuparte. La destruiré, pero no de esa 
manera. 
Entonces suena mi teléfono, un número que reconozco. Paso 
el dedo para contestar. 
—Figlio40, ¿come stai? 
—Papá, me obligan a llamarte. 
A los doce años, Luca es mi hijo mayor. Se parece a su madre 
pero actúa exactamente como yo, heredando de alguna manera mi 
imprudencia y ambición. Es una combinación peligrosa, que yo 
conozco bien. 
—¿Qué ha pasado? 
—Un chico se ha metido con Nic. 
Nic es Nicola, su hermana menor. Luca se detiene un 
momento, las palabras no pronunciadas colgando entre nosotros. 
Nadie jode a un D'Agostino y se sale con la suya. 
 
40 Figlio. Hijo, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
—¿Y? —pregunto. 
—Me he ocupado de eso, pero quieren que me disculpe. 
Hago un sonido despectivo en mi garganta. 
—Esa escuela de ingleses es demasiado blanda. 
—Eso es lo que he dicho. —Toques de acento británico 
matizan ahora los sonidos italianos de su voz y eso me entristece 
más allá de las palabras. Mis hijos llevan demasiado tiempo fuera 
de su país. Luca continúa—: Es el hijo de un aristócrata presumido. 
El padre amenaza con responsabilizar a la escuela. 
—Bien. Deberían proteger mejor a sus alumnas. ¿Está herida? 
—No, no lo creo. 
—Quiero hablar con ella. Dile que me llame. Déjame hablar 
con quién sea de la escuela. 
Se escucha un poco de ruido cuando Luca le pasa el teléfono. 
—Señor Peretti —dice el hombre con un elegante acento 
inglés, dirigiéndose a mí por el nombre falso que Angela y los niños 
adoptaron cuando huyeron de Italia—. Soy el señor Payne, director 
de la escuela preparatoria. Espero que podamos llegar a una 
solución satisfactoria... 
—Señor Payne —digo bruscamente, interrumpiéndolo—. Mi 
hijo no se disculpará, nunca. Y usted tiene suerte que no vaya allí 
personalmente a destrozarlo por permitir que mi hija sufra mientras 
está bajo su cuidado. Si me enteroque alguien de allí... adulto o 
niño... ha jodido a alguno de mis hijos, quemaré esa escuela hasta 
los cimientos. Con usted adentro. 
—Pero, señor —tartamudea Payne—. El otro niño está en el 
hospital. Es el hijo de un conde, así que ya ve mi dilema. 
Me levanto de la silla mientras la rabia se agolpa en mi 
interior. 
 
 
 
 
 
 
 
—¿Estás insinuando que un aristócrata endogámico es más 
importante que mis hijos? 
—Ciertamente no, pero seguro que es capaz de entender que 
se trata de una situación delicada. 
¿Cree que soy estúpido? ¿Solo un italiano rico y tonto? 
—No hay nada delicado en eso. El hijo de este conde se metió 
con mi hija y mi hijo le puso fin. En lo que a mí respecta, ese chico 
debe agradecer que una paliza fue todo lo que recibió. 
Payne aspira un corto aliento de sorpresa. 
—No aprobamos la violencia, señor Peretti. 
—Sin embargo, ¿permites el acoso a una niña de diez años? 
—Como no responde, endurezco la voz—: Cuida mejor a mis hijos, 
Payne. Si me entero que has hecho que Luca se disculpe o que mi 
hija ha tenido otro encontronazo con otro alumno, iré 
personalmente y tú serás mi primera parada. Ahora devuélvele a mi 
hijo su puto teléfono. 
Siguen algunos forcejeos y luego escucho la voz divertida de 
Luca: 
—Has hecho que casi se cague encima, Papá —dice en 
italiano. 
Bien. 
—Estoy orgulloso de ti, Luca —digo—. Sé que esto no ha sido 
fácil ni para ti ni para tu hermana, pero ya falta poco. 
—¿Nos vas a llevar a casa? 
Mi corazón se estruja al escuchar la esperanza en su voz. 
Tengo muchas ganas de verlos a los dos. 
—Pronto, figlio mio. Muy pronto. 
 
 
 
 
 
 
 
—Gracias a Dios. No es terrible aquí, pero la comida es 
pésima. Te echamos de menos. 
—Los echo de menos a los dos, mucho. Ti amo41, Luca. 
—Ti amo41. Le diré a Nic que te llame. —La línea se corta. 
Las emociones se agitan dentro de mi pecho, sobre todo una 
frustración aullante que mis hijos estén tan lejos. Deberían estar a 
mi lado. En lugar de eso, un mocoso inglés de cara pastosa se 
atrevió a meterse con mi dulce principessa42. 
Me inclino y apoyo las palmas de las manos en el escritorio, 
con los brazos temblando de rabia. Ardo en deseos de venganza, de 
equilibrar la balanza y reclamar mi vida. Ya es hora. 
Entonces escucho los gritos de dos cubiertas más abajo. 
Mi boca se curva y las ideas empiezan a arremolinarse en mi 
cabeza, cada una más depravada que la anterior. Voy a humillar a 
Gia Mancini, utilizarla para asegurar mi futuro y hacer que desee 
no haber nacido. 
—¿Qué estás planeando? —pregunta Vito, con la mirada fija 
en mí. 
Enderezándome, señalo su teléfono. 
—Diles que la voy a trasladar ahora, ya sea que la habitación 
esté lista o no. 
—Enzo... 
—¡Hazlo, maldición! —grito, golpeando la palma de la mano 
en el escritorio—. Y no me cuestiones nunca más. Yo soy el capo, 
no tú. 
 
41 Ti amo. Te amo, en italiano. 
42 Principesca. Princesa, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
Levanta las manos en señal de rendición y saca su teléfono. 
Me dirijo a la puerta, más que ansioso por bajar a cubierta y 
ocuparme de mi gatita callejera. 
 
 
GIA 
Tengo la garganta en carne viva de tanto gritar, pero no me 
rindo. No hasta que ese psicópata vuelva a bajar y me deje salir. 
No puede tenerme encerrada para siempre. Antes lo 
estrangularé con mis propias manos. Entiendo que odie a Fausto, 
pero no hay razón para arrastrarme a sus guerras mafiosas. Yo soy 
una espectadora inocente. Bueno, casi inocente. Entré en el 
calabozo de Fausto mientras Enzo estaba retenido allí, pero no le 
hice nada a este hombre. 
El prisionero desnudo en ese calabozo no se parece al hombre 
guapo y encantador que me había llevado a tomar una copa. El 
prisionero estaba ensangrentado e hinchado, magullado y sucio, 
con los brazos colgando en ángulos extraños y las articulaciones de 
los hombros definitivamente dislocadas. El aire había salido 
silbando de sus labios agrietados, su cara era irreconocible. Había 
sufrido, pero no sentí ninguna simpatía por él, no después de haber 
secuestrado a mi hermana y haberle puesto un arma en la boca. 
Así que Enzo D'Agostino puede irse a la mierda. Si piensa que 
puede encerrarme y que obedeceré tranquilamente, se llevará una 
gran decepción. 
Empiezo a gritar y a golpear de nuevo, haciendo todo el ruido 
posible. Rompo una de las patas de la mesita de noche y la utilizo 
como una baqueta en la pared. Y cuando por fin alguien venga a 
desbloquearme, la usaré también como un arma. 
—¡Maldito cobarde! —grito—. ¡Abran la puerta ahora! 
 
 
 
 
 
 
 
Las llaves suenan en el pasillo y la puerta se abre. Me aplasto 
contra la pared, sujetando la pata de la mesa por encima de mi 
cabeza. En el momento en que alguien entre, lo golpearé en el 
cráneo. 
Enzo entra en la habitación y yo no dudo. Me lanzo con todas 
mis fuerzas, pero él esquiva el golpe y rodea la pata de la mesa con 
sus manos. Antes que pueda volver a intentarlo, me quita de un 
tirón el pesado trozo de madera de las manos y lo lanza al otro lado 
de la habitación. 
—Veo que has estado ocupada, micina43 —se burla. 
Pienso en salir corriendo, pero él está bloqueando la única 
salida. Además, ¿a dónde voy a ir? Estamos en un yate en medio 
del océano. 
—No puedes tenerme encerrada, Enzo. 
—¿No puedo? —Arrastra la punta de un dedo por mi pómulo. 
Le aparto la mano de un manotazo. 
—No me toques. 
—Eres increíblemente audaz para una mujer en tu posición. 
Exigir algo cuando no tienes ninguna ventaja. 
—Mi ventaja es que no quieres follar conmigo. Déjame ir antes 
que te arrepientas. 
Echa la cabeza hacia atrás y se ríe. En mi cara. Este hijo de 
puta. 
Cierro los dedos en puños. A la mierda con esto. No se lo 
pondré fácil. 
Mientras él sigue riéndose a mi costa, salgo disparada por la 
puerta y corro por el pasillo. Estoy en buena forma, ya que corro 
casi todas las mañanas cuando el tiempo lo permite. Así que pienso 
 
43 Micina. Gatito(a), en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
que tengo una oportunidad decente de alejarme de Enzo, el tiempo 
suficiente para encontrar un escondite en otra cubierta. 
Cuando empiezo a subir las escaleras, una mano me rodea el 
tobillo y tira con fuerza. Mis brazos se estrellan contra el escalón y 
el dolor me sacude los codos antes de ponerme de pie. Enzo se 
inclina hacia mí y sus ojos bailan divertidos. 
—¿Adónde pensabas ir en este yate? ¿O ibas a arriesgarte con 
los tiburones? 
Por favor. Estaré muerta por ahogamiento antes que los 
tiburones me encuentren. Expulso esos pensamientos de mi 
sistema y lucho en su abrazo. Pero es demasiado fuerte. Sus dedos 
me muerden la piel 
—Suéltame —grito, con los dientes apretados. 
—Basta de esto. Andiamo. 
Aprieto los talones, pero me arrastra como si no pesara nada. 
Avanzamos por el pasillo. Pienso que me lleva de vuelta a mi 
camarote, pero en lugar de eso pasa por delante de él. 
—¿A dónde vamos? 
No contesta. Esto me parece una mala señal. 
Seguimos caminando hacia el final, donde hay una puerta 
entreabierta. La abre de un tirón y me arrastra detrás de él. No 
puedo ver mucho porque la habitación está oscura, pero hay 
suficiente luz para ver unas barras de metal en el centro de la 
habitación. ¿Una jaula? Oh, mierda, no. 
—No pude crear un calabozo con tan poco tiempo, así que tuve 
que improvisar. ¿Qué te parece? 
No puedo hablar a través de mi horror, así que empiezo a 
luchar. Golpeo con mis puños y mis piernas, arañando cualquier 
parte de él que pueda alcanzar. No me va a meter en una puta jaula. 
Prefiero morir antes. 
 
 
 
 
 
 
 
En cuestión de segundos me somete con una especie de llave 
de estrangulamiento que probablemente enseñaron en la escuela 
de la mafia. No puedo moverme, sus brazos atrapan mi espalda 
contra su pecho. Lucho, pero no cede. Lo único que puedo hacer es 
jadear y mirarla jaula. 
—Usamos estas jaulas para pescar en aguas peligrosas, así 
que hice que la soldaran, la fijaron al suelo y le pusieran un fuerte 
candado. También les pedí que hicieran el entorno un poco más 
acogedor para un prisionero. ¿Te gusta? 
Han quitado los paneles y las lámparas de las paredes, 
dejándolas desnudas. También han arrancado la alfombra, así que 
el suelo es de madera. No hay duda de que puedo contraer una 
infección por una astilla aquí abajo. 
¿De verdad, Gia? ¿Te preocupan las astillas? 
Entonces veo las pesadas cadenas en la pared. 
Jesús, este tipo está loco. Me trago el pánico y mantengo la 
voz firme mientras arremeto: 
—Estás jodidamente enfermo, por no decir que deliras si crees 
que puedes mantenerme enjaulada. 
—Puedo hacer lo que quiera contigo, troia. ¿Aún no te has 
dado cuenta? 
—Llámame puta una vez más y te cortaré las bolas, 
D'Agostino. 
Me empuja hacia la jaula. 
—Entra. 
Avanzo a trompicones y me giro para mirarlo. 
—Esto es una locura. No tuve nada que ver con que te 
mantuvieran prisionero en el calabozo de Fausto. ¿Cómo es esto 
justo? 
 
 
 
 
 
 
 
Se lleva la mano a la espalda, saca un arma de la cintura y 
me apunta con ella. 
—Me importa una mierda lo justo. Te dije que me vengaría. 
Ahora, entra o te dispararé. 
—¿Vas a matarme? ¿Cómo es posible que eso sirva a tu 
propósito? 
—No dije que te mataría, dije que te dispararía. En cualquier 
lugar te dolerá y te hará sufrir. 
Sus ojos son intensos y claros, sin la más mínima vacilación 
en su voz. Lo dice en serio. Enzo está lo suficientemente desquiciado 
como para cumplir esa amenaza. 
¿Pero una jaula? No puedo moverme hacia ella. 
Con el arma en alto, se acerca a mí con pasos medidos y yo 
empiezo a retroceder, con las manos tratando de apartarlo. 
—Piensa en lo que estás haciendo. Mi padre y mi cuñado no 
dejarán que te salgas con la tuya. Esta es tu sentencia de muerte, 
Enzo. 
—Te equivocas, esta es tu sentencia de muerte si no haces lo 
que te digo. Métete en la puta jaula, stronza. 
Otro insulto. Este saco de mierda no sabe cuándo parar. 
Mirándolo fijamente, levanto mi barbilla y planto mis pies. 
—Oblígame. 
Sucede en un instante. Se abalanza sobre mí y enreda su 
mano libre en mi larga cabellera, empujándola y obligándome a 
ponerme de puntillas. Luego me empuja hacia la jaula mientras 
gruño de agonía. Cada mechón de cabello está a punto de salirse 
del cuero cabelludo. 
—Suéltame, stronzo —gruño, devolviendo su insulto. 
 
 
 
 
 
 
 
Me suelta de un empujón, retrocede y cierra la puerta de metal 
con un chasquido, y luego la cierra con llave. Me froto la cabeza 
pero no hablo. Estoy demasiado furiosa. 
Sigue apuntándome con el arma. 
—Dame tu ropa. 
Mi mandíbula se abre, el miedo se abre paso en mi garganta. 
—De ninguna manera. 
—Estaba desnudo cuando viniste al calabozo a embobarte 
conmigo. Me parece apropiado, ¿no? Tu ropa, Gia. Ahora mismo, 
maldita sea. 
Nos miramos fijamente, sin pestañear. El corazón me late en 
el pecho como si hubiera corrido una maratón. ¿Va a violarme? Si 
lo intenta, le voy arrancar la polla de un mordisco. 
Tengo que intentar razonar con él. 
—Estuve en ese calabozo durante cinco minutos y apenas te 
miré. ¿Cómo es posible que esto sea lo mismo? 
—Nadie dijo que tuviera que ser exactamente igual. Y las 
reglas las pongo yo. Quítate la ropa y entrégamela, o te dispararé 
en la rodilla izquierda. Te dolerá mucho, probablemente se 
infectará, y nunca volverás a caminar igual. ¿Es eso lo que deseas? 
¿Cómo está sucediendo esto? Jesús, esto es retorcido. 
Mi mente corre, evaluando mis limitadas opciones. ¿Vale la 
pena que me disparen sobre mi dignidad? Sin duda Enzo ha visto 
una variedad de mujeres desnudas en su vida, y yo no me 
avergüenzo de mi aspecto. Está haciendo esto solo para 
humillarme... y mi orgullo exige que no se lo permita. No quiero 
darle esa satisfacción. 
¿Quiere mirarme las tetas y el coño? Bien. No lloraré ni rogaré. 
Y mientras esté encerrada aquí nadie podrá tocarme contra mi 
voluntad. 
 
 
 
 
 
 
 
Me arranco la blusa y la arrojo contra los barrotes. 
Aquellos ojos opacos no se apartan de mi rostro mientras me 
despojo de los pantalones y luego del sujetador. Cuando me quedo 
solo con las bragas, las bajo lentamente por las piernas como si me 
pagaran por hacerlo... y su mirada se desvía para observar, sus 
fosas nasales se dilatan ligeramente. La pequeña reacción me 
impulsa a quedarme completamente desnuda. Mantengo los brazos 
a los lados, dejando que él mire hasta la saciedad. 
Esto es lo que no puedes tener, psicópata. 
Finalmente, hace un gesto de desprecio con la mano. 
—Lástima que seas tan plana. No como tu hermana, Frankie. 
—Lástima que tú seas tan pequeño. —Inclino la cabeza hacia 
su entrepierna—. Sabes, recuerdo más de ese calabozo de lo que 
pensaba. —En realidad no tengo ni idea de cómo es su polla, pero 
él no lo sabe. No la había mirado en el calabozo. Mirar me había 
parecido demasiado cruel, incluso para mí, una adolescente 
obsesionada con la polla. 
Entonces me doy cuenta de mi error. Es bueno que no se 
sienta atraído por mí. Debería estar saltando de alegría en lugar de 
insultarlo. 
La voz de mi hermana es clara como una campana en mi 
cabeza. ¿Por qué no puedes callarte nunca, Gia? 
Un músculo salta en la mandíbula de Enzo mientras se mete 
el arma en la cintura. Luego se inclina para recoger mi ropa y la 
pone en sus brazos. Cuando se endereza, sus labios se curvan con 
satisfacción. 
—Te ves bien detrás de estos barrotes. Una mascota solo para 
mí. Disfruta de tu estancia, Gianna Mancini. 
—Vete a la mierda —siseo en voz baja. 
 
 
 
 
 
 
 
Lo siento, le digo mentalmente a mi gemela, que estaría 
horrorizada que no pueda dejar de contrariar a Enzo. No puedo 
evitarlo. Es un idiota. 
Tienes que hacerlo, casi puedo oír a Emma decir. Mantente a 
salvo. No puedo perderte. 
Enzo frunce los labios y niega con la cabeza, como si lo 
hubiera decepcionado. 
—Tenemos que trabajar en tus modales, mascota. Pronto 
vendrás cuando te llame y te sentarás a mis pies como una buena 
chica. 
Sí, eso no va a ocurrir. Nunca. 
Caminando hacia la puerta, me dice por encima del hombro: 
—Ponte cómoda, aunque dudo que sea posible. 
—¡No me dejes aquí, imbécil! —Agarro los barrotes y los 
sacudo, haciendo sonar el metal. Lástima que no este 
estrangulando su cuello en su lugar—. ¿Y la comida? ¿O un baño? 
Sin interrumpir su marcha, desaparece en el pasillo, y 
entonces la cerradura gira. Dios mío, esto es increíble. ¿Por qué los 
hombres más atractivos son también los más locos? 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
SEIS 
ENZO 
 
Vuelvo a la oficina y tiro la ropa de Gia en el sofá. Ignorando 
el ceño de mi hermano, me dirijo a mi silla y me acomodo. Necesito 
volver al trabajo. 
Mi organización requiere mover mucho dinero. Tratamos con 
muchos países y monedas diferentes, con bancos de todo el mundo. 
Para cuando los fondos vuelven a mí, son imposibles de rastrear, lo 
que significa que la Guardia di Finanza puede irse a la mierda. 
Al principio, mi padre me dejó empezar con el fraude 
informático como una travesura, una forma de utilizar el título que 
no quería que obtuviera. En la universidad conocí a unos tipos que 
realizaban estafas de bajo nivel de phishing y rápidamente vi cómo 
podía adaptarlo a una escala mayor. A partir de ahí, nos 
expandimos también al hacking y a la minería de datos. La mayoría 
de mis empleados trabajan ahora en bonitas oficinas con 
 
 
 
 
 
 
 
computadoras de lujo, en lugar de golpear a los drogadictos y a los 
propietarios de tiendas por dinero. 
Vito se aclara la garganta. 
—Tomaste su ropa. 
—Sí. 
Sinceramente, me arrepiento. Gia es preciosa con la ropa 
puesta. ¿Sin ropa? Es una maldita diosa. Había insultado su falta 
de pechos como una forma de desviar mi deseo, pero cualquiera con 
ojos sabría que es una mentira. Su forma alta y ágil, tienecurvas 
en todos los lugares adecuados, y su pequeña cintura enmarca un 
vientre suave. Tiene unos pezones perfectos y un culo que podría 
iniciar una guerra entre naciones amigas. 
Y lo mejor de todo es que, como está depilada y desnuda, tuve 
una vista sin obstáculos de la pequeña barra vertical que perfora 
su clítoris. 
Mamma mia44, esa joya. Quiero pasar la lengua por encima, 
apretarla con los dientes y tirar suavemente de ella hasta que jadee 
debajo de mí. 
Ella tampoco se acobardó. Como hombre que nunca se 
acobarda, lo agradezco. Gia luchó contra mí y maldijo, se mantuvo 
firme y conservó su dignidad. Madonna45, ¿hay algo más caliente? 
Abro mi laptop y trato de concentrarme en el trabajo. Hay 
cientos de correos electrónicos e informes que revisar, pero mi 
mente sigue volviendo a ese camarote, a ese piercing. 
Cazzo. Necesito rascar este picor antes de hacer una 
estupidez. 
Mirando a mi hermano, le pregunto: 
 
44 Mamma mia. Madre mía, en italiano. 
45 Madonna. Virgen, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
—¿Las chicas que trajimos la última vez, las de Cannes? 
Su rostro revela una absoluta falta de sorpresa. 
—¿Quieres que las haga volar de nuevo? 
—Sí. ¿Cuándo? 
—Dos días, probablemente. 
Asiento. 
—Organízalo. Hazlo saber a la tripulación. 
—¿Esto es por ella? 
—No seas ridículo —digo—. Odio todo lo relacionado con ella. 
Mira su teléfono y comienza a desplazarse. 
—Eso es bueno. Porque Massimo dice que la están vigilando 
en la sala de seguridad. Al parecer... 
¡Dio santo! Me levanto de la silla antes que Vito pueda 
terminar la frase. Me dirijo a la sala de seguridad, que no está lejos 
de la oficina, y abro la puerta. Efectivamente, Massimo y dos 
miembros de la tripulación están reunidos alrededor de las 
pantallas, con la atención puesta en un monitor en particular. No 
tengo que adivinar cuál es. 
—¡Che cazzo! —grito—. ¿No hay nadie más que yo trabajando 
por aquí? 
Massimo me hace un gesto para que me acerque. 
—Ma dai, Enzo. Tienes que ver esto. Está haciendo yoga. 
Desnuda. 
Aprieto la mandíbula, molesto conmigo mismo y con ellos. 
—Apágalo. No quiero que nadie vea esa cámara más que yo. 
 
 
 
 
 
 
 
Massimo gime como un niño petulante y sigue mirando la 
pantalla. 
—No, por favor. Hasta ahora no ha habido ninguna mujer a 
bordo que esté tan buena, y no te creerás lo flexible que es. Te lo 
ruego, solo un ratito ¡Dio cane46! ¿Has visto eso? 
En tres pasos llego al monitor y lo apago. Los señalo a todos 
a los rostros, con una expresión inflexible. 
—Soy el único que la vigilará a partir de ahora. Cualquiera 
que sea sorprendido observándola será cortado en pedazos y 
arrojado por la borda. ¿Me han entendido? 
—Sí, Don D'Agostino —murmuran todos, excepto mi hermano 
menor. No me gusta el brillo sospechoso de sus ojos, pero lo ignoro. 
Todos en este yate responden ante mí, incluidos mis hermanos. 
Me dirijo a la puerta. 
—Massimo, conmigo. 
Cuando estamos en el pasillo, le pongo una mano en el 
esternón y lo empujo contra la pared. 
—¿En qué estabas pensando, alentándolos? 
Intenta apartar mi mano, pero la presiono con más fuerza. Me 
frunce el ceño. 
—Está caliente y desnuda. No puedes decirme que no miraste 
cuando tuviste la oportunidad. 
Lo hice, pero intento olvidarlo. 
—Quiero humillarla, no excitarte. No lo vuelvas hacer. 
 
46 Dio cane. Maldita sea, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
—Bien, pero no sabes lo que te pierdes ahí adentro. Madre di 
Dio, hizo esa cosa con la pierna... —Silba—. ¿Y has visto su 
piercing? 
Me invade un sentimiento extraño, un nudo oscuro en la boca 
del estómago. Es ira contra mí mismo, contra mi hermano. Enfado 
con la mujer de la jaula por no haberse escondido de las miradas 
indiscretas. Peor aún, es el impulso posesivo de mantenerla solo 
para mí, donde yo soy el único autorizado a verla. 
A la mierda. Yo soy el jefe. 
—Es mi prisionera... mía, no tuya. No puedes entrar ahí ni 
mirarla. ¿Está claro? 
—¿Qué está pasando? —Vito se apresura por el pasillo, con el 
ceño fruncido por la preocupación. 
Soltando a Massimo, doy un paso atrás. 
—Nadie entra en su habitación excepto yo. —Mis hermanos 
intercambian una rápida mirada que me pone los vellos de punta, 
así que pregunto—: ¿Algo que decir? 
Vito me estudia y casi puedo ver cómo le da vueltas la cabeza. 
—¿No vas a dejar que nadie entre ahí? ¿Ni siquiera a un 
miembro de la tripulación? —Cuando no respondo, pone los ojos en 
blanco—. Zo, necesitará comer, usar el baño. Para ducharse. 
Me paso una mano por el cabello. Cuando se me ocurrió la 
idea de una jaula ayer en Milan, no había considerado ninguno de 
estos aspectos prácticos mundanos. Después de todo, Ravazzani no 
se había preocupado de ninguna de esas cosas conmigo. Yo estuve 
sucio, encadenado a una pared y dejado para hacer mis 
necesidades en un cubo. Gia experimentará lo mismo, o peor. 
El ojo por ojo no es suficiente. 
—Es una mujer, no un hombre —añade Massimo como si yo 
necesitara este recordatorio—. No son tan fuertes como nosotros. 
 
 
 
 
 
 
 
Me dan ganas de reír. Si él hubiera sido al que estuvo 
luchando por meter a Gia en esa jaula, no diría que es débil. 
—Ella es fuerte —gruño—. Y le daré todo lo que necesite. 
Aunque suena como una sucia promesa sexual, me refiero a 
las necesidades básicas. Ella no recibirá nada excepto lo que yo le 
proporcione. La dejaré comer de mi mano, pero solo después que 
me ruegue que la alimente. 
Vito frunce el ceño. 
—¿Y si estás ocupado? 
Me inclino y gruño: 
—¿Por qué me presionas con esto? ¿Esperando que te deje ser 
el que la cuide? 
—No, pero estás actuando de forma muy extraña. Como si 
estuvieras celoso. 
—Vete a la mierda. Estoy tratando de vengarme. 
—¿Lo estás? 
Cerrando mi puño, lo clavo en la pared. El dolor sube por mi 
brazo y lo agradezco, utilizándolo para alimentar mi ira. 
—Esto no es de tu maldita incumbencia. Dejen de 
interrogarme los dos. 
Vito no se echa atrás, por eso es mi consigliere. 
—Es de mi incumbencia, y de la de Massimo también. 
Sufriremos las consecuencias cuando Ravazzani se entere de lo que 
has hecho. Cristo santo, Zo. Hemos vivido en este yate contigo 
durante cuatro años. Tenemos derecho a conocer tus planes. 
Insieme siamo più forti. 
Juntos somos más fuertes. 
 
 
 
 
 
 
 
Mientras tomo aire y me calmo, puedo ver que tienen razón, 
aunque no quiera admitirlo. 
—Bien. Le diré a Cecilia que la vigile. 
Vito se acaricia la mandíbula, una señal para cuando está a 
punto de decir algo que sabe que no me va a gustar. 
—No estás planeando forzarla, ¿verdad? 
No puedo creer que esté preguntando esto de nuevo. Yo soy el 
que recuerda los gritos de mi madre, oyéndola suplicar a mi padre 
que parará. Excepto que él nunca lo hizo. Al día siguiente él 
desaparecía y ella se quedaba en la cama, magullada y dolorida, 
diciéndonos que estaba “enferma”. Pero yo sabía la verdad. 
Y mi hermano también lo sabe. Miro fijamente a Vito. 
—Aunque la idea de meter mi polla dentro de ella no me diera 
náuseas, ¿crees sinceramente que lo haría? 
—No, pero le quitaste la ropa, Zo. 
—Porque eso es lo que me hizo. Repetiré cada una de mis 
pesadillas sobre Gia Mancini, y será mejor que los dos no intenten 
detenerme. 
Empujando a ambos, me dirijo hacia las cubiertas inferiores, 
que es donde normalmente se encuentran los miembros de la 
tripulación. Cecilia, la viuda del consigliere de mi padre, es la ama 
de llaves del yate y supervisa a las dos criadas y al personal de 
cocina. Pidió el trabajo cuando murió su esposo, diciendo lo mucho 
que quería navegar en aguas abiertas. Le pago bien y es 
extremadamente leal a los D'Agostino, a mí en particular, así que 
cuidar de Gia no será un problema. Cecilia seguirá mis 
instrucciones al pie de la letra. 
Y cualquier intento por parte de Gia de ganarse lasimpatía o 
la ayuda de Cecilia fracasará estrepitosamente. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
GIA 
Intento mantenerme activa en la jaula. 
A pesar que las cámaras vigilan sin duda todos mis 
movimientos, hago yoga y estiramientos, luego flexiones y 
abdominales. Si D'Agostino cree que me debilitará al confinarme, 
estoy decidida a demostrar que se equivoca. Me mantendré en 
forma y preparada. Todo lo que necesito es una pequeña 
oportunidad para escapar y la aprovecharé. 
Incluso si significa saltar por la borda. 
No tengo nada que perder. El mundo entero me da por 
muerta. Si me ahogo, es mejor que estar a merced de Enzo 
D'Agostino. Solo Dios sabe qué horrores ha planeado ese psicópata 
para mí. 
Las horas pasan y la sed se apodera de mí. 
—Necesito agua —grito por décima vez, agitando las manos. 
No puedo ver las cámaras, pero es imposible que no me estén 
vigilando. Fausto tiene una habitación entera dedicada a la 
seguridad en el castello, y Enzo seguramente tiene lo mismo. 
Mafiosos paranoicos hijos de puta—. ¡Agua, Enzo! ¡Hola! 
Pronto mi vejiga se une a la diversión, y estoy desesperada por 
usar el baño. Mi piel arde de indignación y furia. ¿Tengo que orinar 
en la maldita jaula? Uf. 
Justo cuando creo que voy a explotar, escucho unas llaves en 
la puerta. Enzo entra a grandes zancadas, con aspecto fresco y bien 
hidratado, lo que me hace odiarlo aún más. Me apoyo en los 
barrotes para mirarlo. 
—¡Ya era hora, stronzo! 
Una señora mayor lo sigue a la habitación. Lleva el cabello 
blanco recogido en un moño y un vestido de algodón con estampado 
 
 
 
 
 
 
 
floral, de esos que hacen que todas las mujeres parezcan peras, 
independientemente de su tipo de cuerpo. No sé qué hace mezclada 
con D'Agostino, pero tengo problemas mayores en este momento. 
—Necesito agua y un baño ahora. 
Mete las manos en los bolsillos de sus jeans, una pequeña 
sonrisa curva sus labios. 
—Esto no es un hotel, Gianna. Si quieres algo, debes 
pedírmelo amablemente. 
Oh, este hijo de puta. 
—A menos que quieras que orine en esta jaula, será mejor que 
me lleves al baño. 
—Entonces, orina en tu jaula. Nadie lo limpiará y te verás 
obligada a permanecer en tu propia mugre. Como yo. 
—Eres un monstruo. 
—Eso me han dicho. Esta es Cecilia. Cuando seas una buena 
chica, dejaré que Cecilia te lleve al baño y te alimente. ¿Estás 
preparada para pedírmelo amablemente? 
Inspiro profundamente y aguanto hasta que me arden los 
pulmones. No quiero jugar a este juego con él. Quiero que me deje 
ir. Pero me matará de hambre y me dejará morir de deshidratación 
si no lo hago. 
Exhalando, intento que mis labios formen las palabras... pero 
no puedo. 
Los segundos pasan hasta que Enzo le dice algo a Cecilia en 
italiano. Luego la señora mayor se va, cerrando la puerta 
suavemente tras ella. Apoyo la frente en los barrotes, maldiciendo 
mi propia terquedad. 
—La envié afuera para esperar —dice Enzo mientras se acerca 
a la jaula—. Para que tú y yo podamos charlar. 
 
 
 
 
 
 
 
Espero, sin decir una palabra. No me fío de este hombre. 
Apoya un hombro contra los barrotes, lo suficientemente 
cerca como para que pueda agarrarlo. No lo hago, por supuesto, 
porque es inútil. Lucharé con él, pero no hasta que esté fuera de la 
jaula. 
—No puedes ganar en una batalla conmigo, micina. Seré yo 
quien te dé lo que necesitas, pero solo después de que juegues bien. 
—Arrastra un dedo por el dorso de mi mano donde se enreda en los 
barrotes—. Te romperás, Gianna. Te lo prometo. Resistirse es una 
pérdida de tiempo. 
—Déjame salir de aquí. 
Frunce los labios y niega con la cabeza. 
—Eso no es pedirlo amablemente. 
—Por favor. 
Se aparta de los barrotes y se dirige a la puerta. Me siento 
aliviada. Por fin permitirá que Cecilia me lleve al baño. 
—Es una pena que no hayas podido cooperar —dice por 
encima del hombro—. Quizá otras horas te hagan cooperar más. 
—¿Qué? No. He dicho por favor, ¡Por el amor de Dios! —Hago 
sonar los barrotes, con el pánico retorciéndose en mi pecho. No 
puede irse. Esto es insoportable—. ¿Qué quieres de mí? 
Se detiene con la mano en el pomo de la puerta. 
—Suplícame. 
Cruzo las piernas, el dolor en mi mitad inferior agoniza. Pero 
todavía no puedo hacerlo. Cuando el silencio se prolonga, abre la 
puerta y desaparece. 
—¡Maldita sea! —grito. Entonces mi mitad práctica, el lado 
con dolor literal, asume el control de mi boca—. Por favor, Enzo. Te 
lo ruego. ¡Te lo ruego! No te vayas. —Me odio a mí misma por ceder 
 
 
 
 
 
 
 
tan fácilmente. Las lágrimas me pican en el fondo de los ojos 
mientras miro la puerta, esperando que se vuelva a abrir. 
Sigue cerrada. 
Mierda, mierda, mierda. Me hundo en el suelo y me hago un 
ovillo. El tiempo se prolonga. Cada segundo parece una hora. La 
presión en mi vejiga consume mi mente y jadeo por el dolor. Es 
terrible, peor que los dolores del periodo o de cuando me hice el 
piercing. El tatuaje de las costillas no fue nada comparado con esto. 
¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Horas? No estoy segura de 
cuánto tiempo más podré aguantar. 
Tal vez debo dejarlo pasar, orinar en la jaula como un animal. 
Pero mi cerebro se rebela ante la idea, y desde algún lugar lejano 
me escucho gemir. La puerta se abre, pero no puedo moverme. Ni 
siquiera puedo levantar la cabeza. Que me mate. Al menos no 
tendré que soportar esto por más tiempo. 
El metal suena y puedo oír cómo se abre la puerta de la jaula. 
Unas manos apartan suavemente unos mechones de cabello de mi 
rostro. 
—¿Estás preparada para darme lo que quiero? —susurra. 
Ya no tengo fuerzas para luchar. Lamiéndome los labios secos, 
rasgo: 
—Por favor. Te lo ruego. 
—Va bene, micina. Va bene. 
Unos brazos fuertes se deslizan bajo mi cuerpo y me levantan. 
Jadeo y luego gimo, con nuevas olas de dolor recorriéndome. 
—Shh —dice—. Estará mejor en segundos. Aguanta, chica 
testaruda. 
Escucho otra puerta y luego sus zapatos golpean el azulejo. 
Mi trasero se encuentra con el asiento del inodoro. 
 
 
 
 
 
 
 
—¿Puedes sostenerte? —pregunta, manteniendo sus manos 
en mis hombros para estabilizarme. 
—Puedes salir. —Mi voz se quiebra, el alivio está tan cerca que 
me entumece. 
Me suelta y escucho cómo sus zapatos se retiran. Llevo tanto 
tiempo reteniendo la orina que tardo varios segundos en convencer 
a mi cuerpo que salga. Cuando finalmente lo hago, la liberación es 
como un orgasmo. Mis miembros se hunden y mis ojos se 
humedecen. Dios, no quiero volver a pasar por eso. 
Me tiemblan las piernas cuando me levanto para lavarme las 
manos. Cuando están limpias, ahueco las palmas, las lleno de agua 
del grifo y bebo. La puerta se abre detrás de mí y aparece Enzo. Me 
encuentro con su oscura mirada en el espejo y espero verlo 
sonriendo con suficiencia por su victoria. En cambio, parece 
pensativo, como si intentara ver dentro de mi cabeza. 
Lo ignoro y trago varios bocados más de agua. 
—No es necesario —dice—. Tengo comida y agua aquí afuera 
para ti. 
—Mezclada con drogas, sin duda. 
—Yo no drogo a las mujeres. 
Por alguna razón le creo. Me seco la boca con el dorso de la 
mano. 
—Prefieres los juegos mentales. 
Parpadea tres veces. ¿Lo he sorprendido? 
—Sí, los prefiero —responde—. Y aprenderás que siempre 
gano. 
Solo porque nunca ha jugado en mi contra. 
No soy una virgen inexperta ni una tímida introvertida. 
Conozco a los hombres y lo que les gusta, sus debilidades cuando 
 
 
 
 
 
 
 
se trata de mujeres. Y con toda su inteligencia y poder, Enzo 
D'Agostino es solo un hombre. 
¿Quiere jugar? Bien. Pero jugaremos a mi manera. 
—Date la vuelta —ordena, sacando un trozo de cuerda de 
nylon de su bolsillo—. Pon las manos en la espalda. 
En silencio, obedezco y observo en el espejo del baño cómo se 
acerca. Así que no me pierdo cuando comprueba mi culo y mis 
piernas con un lento barrido de su mirada antes de empezar a 
enrollar la cuerda alrededor de mis muñecas. Sí. Solo un hombre. 
Voya atormentarlo de una manera que nunca esperará. Se va 
a arrepentir de haberme secuestrado, pero ya será demasiado tarde. 
Su mierda está tan jodida y ni siquiera lo sabe todavía. 
Agarrando mis muñecas atadas, me lleva a la otra habitación. 
Una sola silla espera, junto con una mesa con platos y botellas de 
agua. Gracias a Dios. Me va a dejar sentarme y comer. 
Cuando empiezo a sentarme en la silla, me levanta de un 
tirón. 
—Eso no es para ti. —Luego se sienta y señala el suelo junto 
a sus pies—. Arrodíllate. 
Apenas me abstengo de poner los ojos en blanco. Claramente, 
Enzo tiene una verdadera perversión de cautiverio D/S. Desde el 
momento en que me desperté en esta pesadilla, me ha amenazado 
con sentarme a sus pies. Supongo que está a punto de hacer 
realidad sus sueños pervertidos. 
Pero él no sabe que esta chica puede superarse desde el fondo. 
Sosteniendo su mirada, bajo lentamente sobre mis rodillas, 
mi pecho casi tocando su muslo. Con las manos atadas a la 
espalda, mis tetas están al frente y en el centro, con los pezones 
como puntos duros en el aire frío. Se queda muy quieto, con una 
expresión ilegible. Justo cuando pienso que no me encuentra 
atractiva, sus ojos se dirigen a mis pechos y traga con fuerza. 
 
 
 
 
 
 
 
Oh, sí. Esto va a ser fácil. 
Después de colocar una servilleta en su regazo, se ocupa de 
cortar lo que hay en el plato. 
—¿Tienes hambre? 
Me quedo mirando el cuchillo que tiene en la mano y me 
pregunto cómo puedo robarlo. 
—Más o menos. Tengo sobre todo sed. 
Da un mordisco a lo que parece ser una chuleta de cerdo con 
hierbas y dados de tomate, los músculos de su fuerte mandíbula 
trabajando mientras mastica. Cuando termina, se limpia la boca 
como si tuviera todo el tiempo del mundo. 
—¿Y cómo se pide lo que se quiere? 
—¿Posso avere acqua per favore, signore47? —Mi voz es una 
súplica ronca, íntima, del tipo que usaría para pedirle a un hombre 
que me folle más fuerte. 
Enzo se congela. No sé decir si le sorprendió mi tono o el hecho 
que se lo pedí en italiano. Pero he cenado afuera lo suficientemente 
a menudo durante mi estancia en Milan como para saber pedir 
cosas… aunque nunca le he hablado a un camarero de esa manera. 
Después de un largo rato, agarra una botella de agua, la 
destapa y se vuelve hacia mí, abriendo las piernas para rodearme 
con sus muslos. Una mano se desliza bajo mi barbilla para 
sujetarme, mientras la otra me lleva la botella a los labios. 
—Bebe —ordena, sus dedos presionando mi piel con 
autoridad. 
Me apetece mucho el agua, pero ¿me arrepentiré de haberla 
bebido después? 
 
47 Posso avere acqua per favore, signore. Puedo tener agua por favor, señor. En 
italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
—¿Me vas a dejar usar el baño de nuevo? 
—Eso depende de ti, ¿no? ¿Serás una buena gatita? 
A la mierda. Tengo demasiada sed. Mis labios se separan y el 
agua fresca llena mi boca. Mientras bebo, lo observo mirando mis 
labios todo el tiempo, y un extraño cosquilleo recorre mi piel. Odio 
a este hombre hasta los huesos, pero la forma en que me mira 
ahora... con una fascinación complaciente... hace que mi corazón 
palpite con fuerza. 
Tengo que controlarme. Un día y ya tengo un grave caso de 
síndrome de Estocolmo en marcha. 
Aparta la botella, la deja sobre la mesa y recupera los 
cubiertos para cortar un trozo de cerdo. Los músculos de sus 
antebrazos se mueven bajo una superficie de piel bronceada y vello 
castaño, sus manos son delicadas pero capaces. 
Cuando está listo, me acerca el tenedor a los labios. 
—Abre —espeta, la posición y la petición no pasan 
desapercibidas para mí. Es muy sexual, como si me estuviera 
metiendo la polla en la boca. ¿Es consciente de eso? 
Tonto. 
Me inclino hacia adelante, separo los labios y presento mi 
lengua, luego espero con los ojos cerrados. Desliza el tenedor en mi 
boca y tomo el trozo de carne de las púas lentamente, gimiendo 
como si fuera lo mejor que he probado en mi vida mientras mastico. 
La actuación es digna de un premio, llamando la atención sobre mi 
lengua y mi boca de las formas más depravadas. 
Que conste que yo hago una buena mamada cuando lo deseo, 
así que espero que Enzo se esté replanteando todas sus decisiones 
vitales ahora mismo. 
Por si acaso no lo está, me trago la carne y me lamo los labios. 
—Qué delicia. 
 
 
 
 
 
 
 
Un rubor sube por su cuello, su pecho ahora sube y baja 
rápidamente. En un instante me pone de pie y me lleva a la jaula 
con el plato en la mano. Me empuja dentro y tropiezo, con las manos 
todavía en la espalda. 
—¡Oye! 
Antes que me dé cuenta lo que esta ocurriendo, coloca el plato 
y dos botellas de agua en la jaula conmigo, y luego me encierra de 
nuevo. 
—Dame tus manos. —Levanta una navaja. Cuando me acerco 
lo suficiente a los barrotes, pasa la mano y corta la cuerda, 
liberando mis brazos. 
Se da la vuelta y sale a toda prisa de la habitación... pero no 
antes que vea la erección que cubre la parte delantera de sus 
pantalones. 
¡Ja! Sonrío mientras bajo a comer. Si se siente atraído por mí, 
lograré que me deje salir de la jaula. 
Y si me deja salir de la jaula, Enzo D'Agostino es hombre 
muerto. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
SIETE 
ENZO 
 
Aunque sigo deseando humillar a Gianna Mancini, ahora 
también quiero azotarla y follarla. Mi polla sigue dura esta mañana, 
la piel tensa mientras la sangre palpita a lo largo de mi longitud. 
Madre di Dio. No tiene sentido. 
Ella no es nada para mí, un medio para un fin. Mi instrumento 
de venganza, nada más. Pero ahora la deseo. Mucho. Verla de 
rodillas, a mi merced, tomando comida y bebida de mi mano... 
disfrutando. Cazzo, esa visión me perseguirá. 
En la cubierta, intento trabajar en la pequeña oficina junto a 
mi camarote. En vez de eso, me encuentro activando la transmisión 
de la cámara de seguridad de la habitación de Gia para observarla. 
Es mi prisionera. Puedo hacer lo que me dé la gana. 
 
 
 
 
 
 
 
Aparece en la pantalla, sentada con las piernas cruzadas en 
el suelo de su jaula, desayunando. Esta mujer no es tímida. No es 
una flor marchita, sino una leona feroz. Cualquier otra en su 
situación ya habría llorado o se habría derrumbado. Gia ha 
permanecido fuerte, solo suplicando cuando las necesidades de su 
cuerpo la abruman. Yo respeto eso. 
Me hace desear aún más domarla. 
Mi polla palpita detrás de la cremallera mientras la observo. 
Ansío alivio, sobre todo después de negarme a darme placer desde 
que salí de su habitación ayer. Estira los brazos por encima de la 
cabeza, arqueando la espalda, con sus pezones apretados pidiendo 
mi boca. 
No puedo aguantar más. Cerrando mi laptop, me desabrocho 
rápidamente el cinturón, me desabrocho los pantalones, y luego 
saco mi polla. Cierro los ojos y me imagino a una mujer cualquiera 
de rodillas, tomando mi polla entre sus deliciosos labios. La punta 
de mi polla gotea pre-semen y me la unto por la longitud para 
dejarla resbaladiza. Joder, sí. 
Pero cuanto más me acaricio, más se parece la mujer de mi 
cabeza a Gia. No puedo parar, no una vez que ella está allí, 
esperándome tan dulcemente mientras me follo su hermoso rostro. 
Soy brusco, sujetando su cabello con fuerza, haciéndola amordazar 
mientras la meto profundamente en la garganta. Sus ojos se 
humedecen, pero le encanta, pidiendo más y yo la alabo, diciéndole 
lo buena zorra que es. 
Mi mano se acelera mientras la necesidad me araña las 
entrañas. Joder, no voy a durar. 
Pienso en correrme en la lengua de Gia, llenando su vientre 
con todo lo que se agita en mis bolas, y mis músculos se tensan. 
Jadeando, empiezo a eyacular sobre mi mano, con gruesas líneas 
de semen saliendo de la punta de mi polla. Sigue y sigue, tanto en 
exceso como en defecto. Cuando termino, me hundo en la silla y 
trato de recuperar el aliento. ¿Alguna vez me he corrido tan rápido? 
No en años, desde luego. 
 
 
 
 
 
 
 
Voyal baño y me limpio rápidamente. Vuelve la claridad y 
ahora detesto aún más a Gianna Mancini. 
Cuando vuelvo a entrar en mi oficina, escucho que alguien 
llama a la puerta. La abro y me encuentro con Vito, que me mira 
con desconfianza. 
—Ma ¿cosa vuoi48? —pregunto, mientras vuelvo a mi 
escritorio. 
—La noticia de su muerte apareció anoche a última hora. 
Pensé que te gustaría ver. —Vito está alrededor del escritorio antes 
que pueda detenerlo, lo que significa que ve que tengo la 
transmisión activa de la cámara de seguridad en mi pantalla 
cuando accede a la laptop—. Ah. Eso explica la puerta cerrada. 
—Cierra la boca, stronzo —le espeto. 
Sabiamente, no dice nada más mientras abre un sitio de 
noticias. Ahí esta, justo en la página de inicio. 
 
LA EXPLOSIÓN DE UNA BOMBA EN MILAN MATA A 3 
PERSONAS Y HIERE A 13. 
HEREDERA CANADIENSE PRESUNTAMENTE MUERTA. 
 
—¿Presunta? —Vito se burla—. La chica que colocaste cerca 
de la mesa era una coincidencia perfecta con Gia. 
—No te preocupes —digo, desplazando el artículo—. Todavía 
están investigando, así que aún no pueden asegurarlo. Pero lo 
harán. —Hago clic en otros sitios de noticias, empapándome de toda 
la información que puedo encontrar. No consiguieron contactar con 
Roberto Mancini para que de una declaración, pero hay una foto de 
la gemela de Gia, Emma, en la calle en Toronto. Domenico hizo una 
declaración diciendo que Gia trabajaba allí con un nombre falso, 
 
48 Ma ¿cosa vuoi? Pero, que quieres. En italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
pero que están conmocionados por la pérdida de una amiga y colega 
tan maravillosa. Luego hay fotos de la cuenta de redes sociales de 
Gia que la muestran fuera del restaurante. 
Nada de Frankie o Ravazzani. No es sorprendente, pero me 
gustaría poder ver su reacción, su devastación. Empaparme de sus 
lágrimas. 
En cambio, tendré que esperar hasta que sepan que Gia está 
viva y aquí como mi prisionera. Dio, espero con ansias ese día. 
Suena el móvil de Vito. Comprueba la pantalla y dice: 
—Pietro. —Es nuestro primo, el que ayuda a dirigir nuestra 
organización en Napoli—. Pronto —responde Vito, después de poner 
la llamada en el altavoz. 
—¿Estás con Don D'Agostino? 
—Estoy aquí —digo, recostándome en mi silla. 
—Han atacado la casa de Pozzuoli —dice Pietro con 
rotundidad. 
Frunzo el ceño. Para comprobar si hay traidores, a menudo se 
nos “escapa” a varios miembros de la tripulación dónde me alojo, 
salvo que siempre es una casa vacía en medio de la nada. Esta vez 
la información llegó a mi enemigo. 
—Ravazzani debió haber quedado muy decepcionado. 
—Incendió el lugar por lo que he oído. 
Vito cruza los brazos sobre el pecho. 
—Podemos rastrear la fuga hasta el responsable, ¿no? 
—Por supuesto —dice Pietro—. Hice que alguien se encargara 
de eso antes de llamar. 
—¿Quién fue? 
 
 
 
 
 
 
 
—Andrea Di Vittorio. 
—¡Cristo! —Vito sisea. 
Mis manos se cierran en puños y las aprieto contra las 
cuencas de los ojos. Andrea está emparentado conmigo a través de 
mi difunta esposa, y mi padre lo había ascendido a lo largo de los 
años para darle más responsabilidades. ¿Por qué mierda le había 
dado a Ravazzani mi paradero? 
—¿Estamos seguros? 
—Él era el único que sabía cuál era la casa. Los otros solo 
conocían la ciudad. 
—Quiero saber la conexión con Ravazzani —digo, pinchando 
con el dedo en el escritorio—. Y quiero hacerlo yo mismo. Quiero 
mirar a Andrea a la cara mientras me explica por qué me ha 
traicionado. —Tratar con el primo de mi esposa me distraerá de mi 
otra prisionera. 
Vito silencia el teléfono. 
—No solo es arriesgado, sino que tendremos que dar la vuelta. 
Llevará tiempo. Tendremos que retrasar a las mujeres otro día. ¿Por 
qué no dejar que Pietro se encargue? 
—Porque soy el puto jefe. Tu polla puede esperar. Hazlo, Vito. 
Vito pulsa un botón y luego le pregunta a Pietro: 
—¿Dónde lo tienes? 
—En la carnicería al lado de la iglesia en Via Posillipo. 
—¿Podrá aguantar hasta mañana? 
—Me aseguraré que siga con vida si ustedes vienen. 
—Vamos a ir —digo, inclinándome más cerca del teléfono—. 
No se lo digas. Quiero que sea una sorpresa. 
 
 
 
 
 
 
 
—Por supuesto, Don D'Agostino. Pronto. 
Vito cuelga y luego se frota la mandíbula. Cazzo, ¿dos veces 
en un día por cuenta de mi hermano? 
—Déjalo salir —le ordeno—. Solo di tu parte. 
—Hiciste explotar un restaurante en Milan. Has secuestrado 
a la cuñada de Ravazzani. ¿Crees que es prudente pisar suelo 
italiano tan pronto? Creo que es mejor quedarse en el mar hasta 
que las cosas se calmen. 
—No me gustan las visitas en el yate. —Cuanta menos gente 
conozca el yate, mejor. En cuatro años solo tres de mis capitanes 
habían estado a bordo y confiaba en ellos implícitamente. Noto que 
Vito está a punto de discutir, así que levanto la mano—. Las 
mujeres son diferentes y lo sabes, así que no intentes usar eso en 
mi contra. 
—No me quejo de las mujeres, créeme. No puedo hacerme 
tantas pajas. 
—Bien. Así que estamos de acuerdo. Un viaje rápido para 
tratar con Andrea, y luego zarparemos hacia Francia para recoger 
a las mujeres. 
Vito comienza a desplazarse en su teléfono. 
—¿Alguna idea de cómo Andrea conoce a Ravazzani? 
—Ninguna. Su padre era de bajo nivel, nunca habría tenido 
ese tipo de conexiones. Y Andrea fue ascendido solo gracias a mi 
matrimonio con su prima. 
Me dirijo a la nevera y saco un agua con gas. Tomo un largo 
sorbo de agua, que me recuerda a mi pequeña gata callejera. ¿Qué 
hace en su jaula? La tentación de comprobar la transmisión de 
seguridad vuelve a susurrar en mi piel, pero no lo hago. Dejo que 
Cecilia se ocupe de Gia. 
 
 
 
 
 
 
 
—Que los chicos de Munich investiguen a Andrea —le digo a 
Vito, refiriéndome a mis mejores hackers—. Ellos sabrán descubrir 
cualquier mierda que se pueda encontrar. Diles tan rápido como 
puedas. Le diré al capitán que dé la vuelta y regrese por donde 
hemos venido. 
Vito asiente y busca su teléfono. 
—No volverás a pasar por la habitación de cierta prisionera, 
¿verdad? 
—Haz lo que te dicen, fratello49. 
—Note la forma en que la miraste, Zo. Antes que supieras 
quién era. 
—¿Y? ¿Crees que soy tan débil que dejaré que sus tetas y su 
culo me engañen para olvidar quién es? 
Suspira con fuerza. 
—No lo sé. No eres el mismo hombre que entró en ese 
calabozo. 
Aprieto el puño para recordarme la punta del dedo que me 
falta, una costumbre que desarrollé en los últimos cuatro años. No 
es que sea necesario un solo recordatorio cuando tengo tantos, 
como las cicatrices que cubren mi cuerpo o el dolor persistente en 
los hombros. O las pesadillas, cómo odio que me toquen. Cada día 
vivo con las secuelas de lo que Ravazzani me hizo. 
—No tienes que preocuparte —le digo—. Lo que pasó en ese 
calabozo asegura que nunca olvidaré, y ciertamente nunca 
perdonaré, no importa lo que Gia Mancini intente hacer. 
—Soy tu hermano y tu consigliere. Es mi trabajo 
preocuparme. 
 
49 Fratello. Hermano, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
—Es una pérdida de tiempo. —Me dirijo a la puerta—. Ella es 
un medio para un fin, nada más. 
 
 
GIA 
Hace tiempo que no veo a Enzo. 
La señora mayor italiana, Cecilia, vuelve cada pocas horas 
para llevarme al baño y traerme comida. Es un enigma. Aunque 
parece la simpática abuela de alguien, lleva un arma y me amenaza 
como una criminal empedernida. No es cruel, pero tampoco es 
amable. Me esposa antes de abrir la jaula y no me da la espalda ni 
baja el arma ni un solo segundo mientras me dirige al baño. 
La observo detenidamente, esperando mi momento. ¿Podré 
vencerla en una pelea? Tengo que estar segura. No tendré una 
segunda oportunidad. 
—¿Cuánto tiempo has trabajado para los D'Agostino? —le 
pregunto, mientras coloca mi comida en el fondo de la jaula. Si 
puedo establecer una relación con ella, conseguir que confíe enmí, 
entonces tendré más posibilidades de sorprenderla con la guardia 
baja. No quiero acabar con una herida de bala de una nonna de 
gatillo fácil. 
Ella no responde. 
Sigo intentándolo. 
—¿Eres pariente de ellos? —Todavía nada. Vuelve a cerrar la 
jaula y me indica que me de la vuelta para poder quitarme las 
esposas. Cuando estoy libre, me froto las muñecas—. ¿Alguna vez 
te mareas? 
Su rostro permanece estoico, sin que se mueva ni un 
músculo. La mujer es como una piedra, sin ninguna emoción. 
 
 
 
 
 
 
 
Cuando empieza a marcharse, sigo hablando. 
—¡Oye! ¿Crees que podría conseguir una almohada o una 
manta aquí? Anoche me estaba congelando. Ni siquiera voy a ser 
exigente con el número de hilos. 
Cierra la puerta de golpe y con llave. 
Maldita sea. Qué frialdad, esa señora. Realmente quiero algo 
caliente para cubrirme. ¿Va hacer que me congele de nuevo toda la 
noche en el duro suelo? Agito los brazos y llamo: 
—¡Enzo! Sé que estás mirando, maniático. Quiero una 
almohada o una manta. Vamos. Ya es bastante malo que me tengas 
encerrada y dejes que Cruella de Vil me cuide. ¡O me dejas ir o me 
traes una manta! De algodón orgánico, de ser posible. 
Maldita sea. Pateo los barrotes. Esto no tiene sentido. Si está 
mirando, no va a volver pronto. 
Suspirando, me siento en el suelo de la jaula. Si tan solo 
pudiera dibujar diseños mientras estoy sentada aquí sin hacer 
nada. ¿Cuáles son las probabilidades que Cecilia me de lápices y 
papel? Resoplo. La mujer preferirá dispararme, sin duda. No tiene 
ni un hueso de compasión ni de cuidado en su cuerpo. ¿Dónde está 
la solidaridad femenina? Como mujer, ¿no debería intentar ayudar 
a otra mujer a escapar de esta pesadilla? 
Las llaves tintinean y me pongo en tensión. Espero que Enzo 
entre a toda prisa, maldiciendo y reprendiendo mi petición. 
En cambio, es un hombre, el que me había seguido por la 
calle. Y trae una manta. 
—Tú —jadeo—. Eras tú en Milan. 
—Ciao, Gianna. Soy Vito D'Agostino, uno de los hermanos de 
Enzo. 
Eso explica el parecido. Los dos son altos, con el cabello 
oscuro y castaño, y con la misma barbilla obstinada. El cabello de 
 
 
 
 
 
 
 
Vito es un poco más corto que el de su hermano, y su expresión es 
pensativa donde la de Enzo es suspicaz y amarga. 
—¿Es para mí? 
Comienza a introducir la gruesa tela a través de los barrotes. 
—Aquí, tómala. 
No hace falta decírmelo dos veces. Agarro el borde y tiro hacia 
mí. 
—¿Por qué haces esto? 
—Mi hermano... —Hace una pausa y sacude la cabeza—. No 
lo juzgues con demasiada dureza. Ha experimentado cosas que le 
han retorcido la mente. —Se señala la sien, como si me dijera algo 
que yo no sé. 
—Sí, eso es dolorosamente obvio. Pero no necesita 
secuestrarme y mantenerme en una jaula, por el amor de Dios. No 
le he hecho nada. —La manta cae en mis brazos y rápidamente me 
envuelvo en ella. Dios, esa pequeña cantidad de calor se siente bien 
en mi piel desnuda. 
—Él no lo ve igual, pero lo creas o no, no aprobamos la 
violencia contra las mujeres. 
—No estoy segura que Enzo haya recibido ese memorándum. 
—Ese no es el tipo de violencia al que me refiero. 
Violación, entonces. De ser cierto, es un alivio. Será un horror 
menos del que preocuparme durante mi encarcelamiento. 
Vito continúa: 
—Pero debes tener en cuenta una cosa. ¿Lo que tu cuñado le 
hizo a mi hermano? Lo cambio. 
—Si esperas que me compadezca de Enzo, no lo hago. 
Secuestró a mi hermana y le puso un arma en la boca. 
 
 
 
 
 
 
 
Levanta los hombros en un elegante encogimiento de 
hombros. 
—No estaba cargada. Y en ese momento solo era su amante. 
No sabíamos de su embarazo. 
—¿Qué era eso de no aprobar la violencia contra las mujeres? 
Si escuchar sus palabras echadas en cara le molesta, no lo 
demuestra. En cambio, ladea la cabeza. 
—¿Cuánto sabes tú de lo que hacen tu padre y tu cuñado, 
señorita Mancini? 
No me gusta lo que esto implica, que mi padre y Fausto hagan 
lo mismo. 
—Ellos no secuestran mujeres, Signore D'Agostino. 
—¿No lo hacen? ¿Cuándo Ravazzani sacó a la esposa e hijos 
de Enzo de sus camas, luego los ató y los retuvo a punta de pistola? 
¿Qué fue eso? 
¿Lo hizo? Frankie se había olvidado de contarme esa parte de 
la historia. Tal vez Vito esta mintiendo. 
—Mentira. Las esposas y los hijos están fuera de los límites. 
—No para Ravazzani, aparentemente. Esa fue la última vez 
que mi hermano vio a su esposa. Ella murió después y los niños 
fueron enviados lejos. Así que ya ves, ha perdido mucho más que 
Ravazzani. 
Se me hace un nudo en el estómago. No lo sabía. No es de 
extrañar que Enzo esté centrado en la venganza… pero esa 
venganza no tiene por qué incluirme a mí. 
—No tengo nada que ver con los negocios de Fausto. Estoy 
viviendo en Milan, estudiando para ser diseñadora de moda. 
—Eres una oportunidad, una que no desperdiciaremos. Aun 
así, haré todo lo posible para mantenerte a salvo. 
 
 
 
 
 
 
 
—Pero tu hermano es el jefe. —Lo que significa que Enzo tiene 
todo el poder sobre todos en este yate, incluyendo a Vito. 
—Es cierto, pero soy la única persona a la que escucha. —Se 
encoge de hombros con esa elegante manera italiana—. Haré todo 
lo posible para protegerte. Si haces lo que te digo y dejas de 
contrariar a mi hermano, puede que sobrevivas a lo que ha 
planeado. 
Eso suena siniestro. 
—¿Sabes lo que ha planeado? 
Un destello de algo... inquietud... cruza el rostro de Vito, y el 
nudo de mi estómago se tensa. 
—No, pero no lo compartiría aunque lo supiera—. Traerte 
esto. —Señala la manta—. Ya es ir en contra de los deseos de mi 
hermano. 
—Entonces, ¿por qué hacerlo? 
—Probablemente debo mentir y decirte que es porque odio 
verte sufrir. 
—¿Pero la verdad? 
—Es que mi hermano te ve en la cámara de seguridad. Solo 
él, nadie más. No me gustan las ideas que se le ocurren. Mantente 
tapada, Gianna Mancini. 
Oh, ¿así que esto es mi culpa? 
—Escucha, no estoy tratando de atraerlo. ¿Qué es esto, la 
maldita escuela secundaria? ¿Las chicas necesitan un código de 
vestimenta para que los preciosos chicos no se empalmen en la 
clase de gimnasia? 
La boca de Vito se tensa, su postura es más rígida, más 
enojada. 
 
 
 
 
 
 
 
—No, será mejor que escuches. Mi hermano no es un chico y 
tú no quieres su atención, no de ese tipo. Harías bien en sentarte 
aquí en silencio y hacer lo que se te dice. No causes problemas ni 
lo hagas enfadar, ¿capisce? 
—No puedo evitarlo —espeto—. No soy capaz de ser una 
cautiva dócil y cooperativa. Simplemente no está en mí. 
—Por tu bien, espero que te equivoques. —Se dirige a la 
puerta, con sus zapatos de cuero golpeando el suelo de madera—. 
De lo contrario, puede que no sobrevivas a tu estancia en este yate. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
OCHO 
ENZO 
 
Sé que algo va mal incluso antes de acceder a la cámara de 
seguridad de Gia a la mañana siguiente. 
Anoche estuvo callada. Demasiado silenciosa. Cada vez que 
me acerqué a su camarote solo hubo silencio. Ignoré las ganas de 
verla, en persona o con la cámara, desde que le di la cena el 
miércoles por la noche. La cinta colocada en la puerta esta intacta, 
lo que significa que no ha escapado. Eso es lo único que importa. 
Pero no puedo resistir más la tentación. Cuando la imagen de 
seguridad llena por fin mi laptop, mis músculos se traban de 
sorpresa. Gia está envuelta en una gruesa manta. ¡Cazzo madre di 
Dio! ¿Quién se atrevió a ir en mi contra y darle eso? 
Mi pecho se agita con la respiración agitada mientras la 
observo, acurrucada en un pequeño ovillo en el suelo de la jaula, 
 
 
 
 
 
 
 
durmiendo. No se merece esa comodidad, ese lujo. En el calabozo 
de Ravazzani temblaba y me debatía en el frío suelo de piedra sin 
mantas ni almohadas. Ella debe soportar lo mismo... o peor. 
El ojo por ojo no es suficiente. 
Esto no es obra de Cecilia. No se atrevería, teniendo en cuenta 
que la mujer es tan maternal como un insecto que secome a sus 
propias crías. Maldito Vito. Es la única persona que intentaría algo 
tan audaz, tan imprudente. Tan absolutamente irrespetuoso. 
Si no fuera mi hermano, lo destriparía como a un pez y lo 
tiraría por la borda. 
Hablaré con él más tarde, después de hacer una visita a mi 
prisionera. Tiene que entender que encantar a mi hermano no le 
hará ningún bien. Yo soy el jefe, su guardián, y está claro que 
necesita un recordatorio de este hecho. 
Me aparto de mi escritorio, salgo de mi oficina y bajo las 
escaleras. Mi piel arde de rabia y traición. La puerta de Vito se abre 
mientras camino por el pasillo hacia mi calabozo improvisado. 
—¡Enzo! —grita tras de mí. 
Me detengo y me giro lentamente, sin molestarme en ocultar 
la rabia y la violencia que se están gestando en mi interior. 
—Si yo fuera tú, fratello, me escondería. 
No dice nada, se limita a asentir una vez y vuelve a su 
camarote. Continúo hasta la última puerta y la desbloqueo. 
—¡Levántate! —gruño a la forma tendida en la celda mientras 
entro. Su respiración cambia a medida que se va despertando, pero 
está tardando demasiado para mí. Pateo los barrotes de la jaula, 
haciéndolos sonar—. Levántate, stronza. 
 
 
 
 
 
 
 
Tiene la audacia de estirarse lentamente en lugar de 
encogerse de miedo al instante. Che palle50, esta mujer. 
—¿Qué quieres, Enzo? 
Nadie me habla con una falta de respeto tan flagrante, excepto 
ella. ¿Tiene ganas de morir? 
—Te he dicho que te levantes. No lo volveré a decir. 
Envolviéndose en el edredón, se sienta. Unos largos y 
desordenados mechones de cabello castaño oscuro le caen 
alrededor de los hombros, con los ojos entrecerrados. Junto con su 
expresión suave y sus músculos relajados, parece recién follada. Mi 
polla responde, aunque yo quiera que no lo haga. La excitación no 
es la señal que quiero enviar en este momento. 
—Ya está. Ya me he levantado —dice entre un bostezo—. 
Ahora, di lo que tengas que decir y vete. Quiero volver a dormir. 
La miro fijamente, luchando contra el caos de mi mente. 
¿Cómo expresarlo con palabras? Quiero humillarla y herirla, pero 
también quiero follarla. Quiero enterrar mi rostro entre sus piernas 
durante tanto tiempo que su coño lleve la huella de mi lengua. 
Quiero deslizar mi polla entre sus labios y disparar hacia su 
garganta hasta que se ahogue con mi semen. 
Pero me molesta este deseo por ella, una mujer que es mi 
enemiga. Amenaza todo lo que estoy planeando. Necesito hacerla 
gritar de dolor, no de éxtasis. 
Abro la jaula y entro en ella, luego agarro la manta. De un 
fuerte tirón, le arranco la tela del cuerpo. Rueda por el suelo y sus 
miembros desnudos se mueven en todas direcciones. 
—¡Oye! ¡Devuélveme eso, imbécil! 
 
50 Che palle. Que bola, en italiano 
 
 
 
 
 
 
 
La ignoro y tiro la pesada manta fuera de la jaula. Cuando 
gruño en su dirección, se detiene y sus ojos se vuelven cautelosos. 
¿Está comprendiendo por fin la gravedad de mi ira? 
—Levántate —le ordeno con los dientes apretados. 
Lentamente, se pone en pie. Madonna, es preciosa, con 
piernas largas y piel aceitunada. Aquel piercing en el capuchón del 
clítoris brilla a la luz, tentándome con su sola presencia, y el tatuaje 
en sus costillas, varias líneas de escritura oscura, se mueve y 
ondula al respirar. Incluso sus uñas son tentadoras, de un color 
violeta intenso casi negro, como el color de mi alma. 
Entonces me doy cuenta que me está estudiando a su vez. Su 
atrevida mirada me recorre las piernas y la entrepierna, los 
abdominales y el pecho, sus pezones se convierten en pequeñas 
puntas apretadas. ¿Excitación? Su respiración es más rápida de lo 
habitual, así que puede ser miedo. Pero lo dudo. Me cuesta creer 
que algo asuste a esta mujer. 
Lo que significa que se siente atraída por mí. Parece 
inconcebible, teniendo en cuenta cómo la he tratado, pero tal vez 
Gia Mancini y yo somos el mismo tipo de jodido. 
Archivo la posibilidad para más adelante. Si resulta ser cierto, 
podría utilizar esa información contra ella. 
Dando un paso adelante, acorto la distancia entre nosotros. 
No se mueve, aunque no espero que lo haga. Su cuello se inclina 
para sostener mi mirada mientras me alzo sobre ella, tan cerca que 
nuestros pechos casi se tocan. Puedo ver cada pestaña, cada mota 
de oro en sus iris. Puedo trazar los pequeños pliegues entre sus 
cejas. 
Con cuidado, le pongo la mano en la garganta, rodeando la 
suave carne con los dedos. Su pulso martillea contra mi palma, y 
la energía corre por mis venas. 
—¿Quién te ha dado esa manta? —Sé la respuesta, pero 
quiero ver si me lo dice. 
 
 
 
 
 
 
 
Su labio se curva. 
—No puedo creer que alguna vez pensé que eres lo 
suficientemente encantador y guapo como para tomar una copa 
contigo. 
Pero lo hizo porque yo había adoptado mi antiguo personaje, 
aunque había sido una lucha, solo para hacerla entrar en ese bar. 
Pero ya no soy un hombre tan deseable y elegante, no después de 
días de extrema tortura. Estoy retorcido, la oscuridad burbujeando 
cada vez más cerca de la superficie, con mi mente tambaleándose 
al borde de la cordura en todo momento. Y me importa una mierda. 
Eso solo me hará más temido, más poderoso en mi mundo. 
Mis fosas nasales se dilatan. 
—Responde a la pregunta. ¿Quién te dio la manta? 
—No lo diré. —Su voz es suave pero fuerte—. Necesito todos 
los amigos que pueda conseguir por aquí. 
—No tienes amigos en este yate, Gia. Y cualquiera que te 
ayude será castigado. 
—¿De verdad, Enzo? ¿Por una manta? 
No me importa su tono frívolo, así que aprieto mis dedos en 
su garganta. Luego me inclino y acerco mi boca a su oído: 
—¿Crees que a tu cuñado le importó una mierda mi 
comodidad cuando estuve desnudo y frío en el suelo de piedra? ¿Se 
me permitió una almohada o una manta? 
—Si vas a estrangularme, me gustaría que lo hicieras y 
acabaras de una vez. Todo este juego previo es realmente aburrido. 
Dio, esa maldita boca. Sin poder contenerme, aspiro su 
cabello y su piel. Cecilia la ha dejado ducharse, pero Gia aún huele 
un poco a explosivos. Me gusta ese aroma en ella. Me da ganas de 
lamer el humo de su piel. 
—Interesante elección de palabras. ¿Quieres follarme, micina? 
 
 
 
 
 
 
 
Ella se resiste a mi abrazo. 
—Prefiero luchar contra ti. 
No lo dudo, y es difícil decir qué prefiero en este momento. 
Tanto follar como pelear me parecen buenas ideas. 
Ella continúa tratando de alejarse de mí. 
—Y no sé lo que significa micina así que deja de llamarme así. 
—Significa gatita. —Hago una pausa—. Ya sabes, coñito. —
Sonrío, esperando enfurecerla—. Y pelear solo terminaría con que 
me suplicaras por mi polla. 
—Estás alucinando. ¿Estás tan excitado aquí en el océano que 
necesitas secuestrar mujeres para tener sexo? 
—Jamás se me han puesto los pelos de punta con las mujeres. 
Si no me dieras tanto asco, ya te habría hecho vomitar. 
—Por favor. ¿Así que la erección que vi ayer fue por asco? 
La sangre sube a mi polla, endureciéndome aún más en mis 
jeans. Cazzo, esta diablesa. Quiero atarla y amordazarla, luego 
follarla hasta que se corra tantas veces que llore. 
—Tal vez la visión de una mujer de rodillas, suplicando, me 
excita. 
—No lo dudo. Supongo que tendría que sentir tu polla ahora 
mismo para probar esa teoría. Como no estoy de rodillas, no estarás 
duro, ¿verdad? 
¿Se atreverá? 
Nadie me toca. Desde que salí del calabozo, no puedo tolerar 
la sensación de las manos de alguien sobre mí, salvo un simple 
abrazo de mis hijos. Ser tocado me recuerda haber sido atado y 
torturado, humillado durante días. Temiendo que volvieran y me 
infligieran más sufrimiento. 
 
 
 
 
 
 
 
Pero soy un hombre y sigo necesitando follar. Así que con las 
mujeres, les ato las muñecas durante la intimidad, dejándome el 
control absoluto en todo momento. Esta situación difícilmente 
puede calificarse de íntima, pero Gia es losuficientemente 
imprevisible como para agarrarme la polla. No puedo arriesgarme. 
Me aparto de inmediato y ella mira rápidamente mi 
entrepierna. 
—Estás duro —susurra—. Muy duro. 
La puerta se abre de repente y mi cabeza se levanta. Cecilia 
se detiene en la entrada. 
—Mi scusi, signore —dice, retrocediendo y cerrando la puerta. 
—¡Figurati51! —grito a la mujer mayor—. ¡È tutto a posto52! 
Dejo la celda de Gia abierta de par en par mientras cruzo la 
habitación. Es mi forma de decirle que puede intentar escapar, pero 
que será inútil. Cuando llego a la puerta, le digo a Cecilia en 
italiano: 
—No la pierdas de vista cuando la jaula esté abierta. 
Cecilia agacha la cabeza. 
—Por supuesto, Don D'Agostino. 
—Tenemos invitados que vienen mañana por la noche. Vito te 
lo ha dicho, ¿verdad? 
—Sí. Tendré todo preparado. 
—Grazie. Hablando de mi hermano, ¿lo has visto? 
—El señor Vito está comiendo en la cubierta del balneario —
dice ella. 
 
51 Figurati. Olvídalo, en italiano. 
52 È tutto a posto. Todo está bien, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
Perfecto. Tratar con mi hermano es exactamente la salida que 
necesito en este momento para descargar mi frustración. Aprenderá 
a no desobedecer mis órdenes, especialmente cuando se trata de mi 
prisionera. 
—Disfruta de tu estancia, mascota —le espeto a mi cautiva 
mientras salgo. 
—Muérete, maníaco. —La escucho gritar tras de mí, y mis 
labios se crispan mientras lucho contra una sonrisa. 
 
Una gorra de béisbol me cubre la cabeza al entrar en la 
carnicería en Napoli. Un hombre está detrás del mostrador, el resto 
del local vacío. No se trata de vender carne. Mis hombres la utilizan 
para todo tipo de fines, pero sobre todo para el trabajo más 
sangriento. Los desagües del almacén de carne facilitan la limpieza. 
Me quito las gafas de sol y paso a la parte de atrás, con Vito y 
Massimo detrás de mí. Pietro se reúne con nosotros en el pasillo. 
—Don D'Agostino —dice, con una respetuosa inclinación de 
la barbilla—. ¿Come stai? 
—He tenido días mejores. Acabemos con esto. 
Empezamos a avanzar y Pietro mira por encima del hombro a 
mis hermanos. 
—¡Vito! ¿Qué te ha pasado en el rostro? ¿Te has encontrado 
con un esposo celoso? 
Vito tiene fama de acostarse con mujeres casadas, al menos 
cuando vivíamos aquí. Sin embargo, las heridas de hoy son de mi 
parte. Golpearlo redujo un poco mi enojo, pero todavía estoy 
enojado con él por haberle dado a Gia esa manta. 
Vito se ríe, aunque suena hueco. 
 
 
 
 
 
 
 
—Los esposos, se vuelven perezosos y gordos, facilitan que 
hombres como yo se lleven a sus esposas a la cama. —Una no 
respuesta, la favorita de Vito cuando está fuera de la familia 
inmediata. Es lo que lo convierte en el consigliere perfecto. 
Pietro mantiene abierta la puerta del congelador de carne y 
todos entramos. 
—Piensas demasiado con la polla, coglione. 
—No hay tal cosa —dice Massimo, dándome un codazo—. 
¿Verdad, Enzo? 
No respondo. Massimo me está tocando las bolas, como lo 
hace desde que le di un puñetazo a Vito en el desayuno. Mis dos 
hermanos me acusaron de actuar con celos por Gia, lo cual es 
absurdo. Mi polla la desea, pero ¿celos? No, la necesito miserable y 
asustada, incapaz de dormir por la noche y agotada de tanto 
preguntarse cuándo la mataré. 
Cuando sea una cáscara rota de mujer, llamaré a Fausto y le 
dejaré ver a mi cautiva. Entonces me dará lo que pida, o rebanaré 
a su cuñada y la arrojaré al mar como si fuera carnaza. 
Pero hay otros asuntos en este momento. Como descubrir por 
qué el primo de mi esposa muerta me traicionó. 
Andrea cuelga de un gancho para carne por sus manos 
atadas, con la cabeza colgando. Las puntas de sus pies apenas 
rozan el suelo, y sé por experiencia propia cuánto duele esta 
posición cuando no puedes soportar el peso de tu cuerpo. Ravazzani 
me había dejado en esa posición durante días. Incluso ahora no 
puedo levantar los brazos por encima de la cabeza sin sentir una 
punzada de dolor. Pero hoy no siento absolutamente nada mientras 
me acerco a mi presa, dispuesto a masacrarlo. 
—Cugino53 —digo, y Andrea se sobresalta por la sorpresa. 
Excelente. 
 
53 Cugino. Primo, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
Lo agarro del cabello y echo su cabeza hacia atrás hasta que 
puede verme el rostro. 
—He oído que has estado ocupado —gruño—. En Pozzuoli. 
—No sé nada —resopla. 
No le creo. Los hombres culpables suplican de forma tan 
convincente como los inocentes cuando se sienten amenazados. 
—¿Cuántos favores, Andrea? 
Un gemido escapa de su boca, sus párpados se cierran. 
Sacudo su cabeza como un muñeco de trapo. 
—¿Cuántos favores te he hecho desde que me casé con tu 
prima? —Le doy una bofetada en la cara y sus ojos se abren—. 
¿Veinte? ¿Treinta? Me pides que te preste dinero. Te conseguí la 
casa en San remo para ti y tu amante. Más responsabilidad en la 
'ndrina. Una parte del imperio del fraude. Te apoyaste en tu 
conexión con Angela para conseguir más y más de mí. 
Extiendo la mano y alguien desliza el mango de un cuchillo en 
mi palma. Lo aprieto y pongo la punta del cuchillo bajo el ojo 
derecho de Andrea. 
—¿Y qué has hecho para pagarme, cugino? Le dijiste a 
Ravazzani dónde encontrarme... 
—¡No! —Se debate como un pez en un anzuelo, pero no lo dejo 
ir. El acero perfora su carne y la sangre corre por su mejilla. 
—Sujétenlo —les digo a mis hermanos. Massimo y Vito 
sujetan los hombros de Andrea para estabilizarlo. 
—Por favor. Madre di Dio —gime Andrea. 
—Tu Dios no te salvará ahora. Solo yo. Así que dime qué 
hiciste. ¿Cómo hiciste llegar el mensaje a Ravazzani? 
 
 
 
 
 
 
 
—¡Lo juro, no fui yo! —Casi lo grita, con el rostro blanco de 
dolor. 
Me inclino y muevo la punta del cuchillo hasta justo debajo 
de su ojo. 
—Si no me lo cuentas todo, te sacaré el ojo de la cuenca y lo 
dejaré caer al suelo. Podrás verlo con tu ojo bueno, tu globo ocular 
inútil tirado en el piso. 
—Por favor, Don D'Agostino —susurra. 
Mi paciencia se evapora y le sujeto la cabeza donde quiero, y 
comienzo a clavar la punta del cuchillo en un lado de la cuenca del 
ojo. 
—Espera —se lamenta y me detengo—. El hijo —dice—. Lo 
conocí en un club. 
Atónito, doy un paso atrás. 
—¿Conociste a Giulio Ravazzani en un club? 
—En aquel momento no usaba ese nombre, pero sí. 
Giulio Ravazzani dejó la mafia hace años para ir a vivir su vida 
gay en Europa. Nadie lo ha visto u oído desde entonces. Y créanme, 
traté de localizarlo. ¿Ahora Andrea dice que se encontró con Giulio 
en un club y se hizo amigo de él? 
—Cazzata. No te creo, maldición —gruño, clavándole la culata 
del cuchillo en la sien—. Estás mintiendo, pedazo de mierda. 
Andrea se balancea un poco en el gancho, con el cuerpo 
inerte. ¿Lo he noqueado? 
—Desnúdalo y échale agua helada. Si tengo que cortarle las 
bolas para obtener respuestas, lo haré. 
Cuando finalmente despertamos a Andrea, está desnudo y 
temblando. Le paso el cuchillo por el pecho, un corte poco profundo 
que no pone en peligro su vida, pero que escoce muchísimo. 
 
 
 
 
 
 
 
—Ahora será mejor que digas la verdad, cugino. O te voy a dar 
de comer tus bolas de una en una. 
—Yo... no... miento. —Después de varias respiraciones dice—
: Era un club gay. 
—No eres gay —gruño—. Te he visto con más coños que Vito 
y Massimo juntos. 
—¡Oye! —Massimo frunce el ceño, ofendido. Lo ignoro. 
—Me gustan las mujeres, pero... a veces dejo que los hombres 
me la chupen. 
Miro a Vito en busca de confirmación, pero mi hermano se 
limita a encogerse de hombros. Vuelvo acercarme a Andrea. 
—¿Estás diciendo que te has follado al hijo de Ravazzani? 
—No. Llevo a Bianca conmigo. Le gusta ver a los extraños... 
chuparme la polla. 
—Nada de esto importa, mierda —digo, golpeando su pecho 
de nuevo—. No me importa a quién te gusta follar. ¿Cómo me has 
traicionado,Andrea? Escúpelo antes que te corte en pedazos. 
—Alguien grabó un vídeo mío con un desconocido. Me estaban 
chantajeando. Le pedí ayuda a Giulio. 
—¿Ayuda con qué? 
—El hombre que me estaba chantajeando. Giulio lo mató. 
Con el pulgar, presiono el hombro dislocado de Andrea y lo 
escucho aullar durante unos minutos. Cuando se calma lo 
suficiente, le digo: 
—¿No pensaste en acudir a mí, tu primo y capo? 
 
 
 
 
 
 
 
—Mi dispiace54—solloza—. No quería que nadie de aquí se 
enterara. 
—¿Dónde fue eso? 
—En Ámsterdam. 
¿Giulio Ravazzani, en Amsterdam? Lo guardo para más tarde. 
—¿Qué nombre estaba usando? 
—Gabriel Sánchez. 
Español. Inteligente. Lo suficientemente cerca del italiano 
como para no llamar la atención. 
Andrea sigue llorando. 
—Por favor, no sé nada más que eso. 
Vuelvo a presionar su hombro, esta vez con más fuerza. 
Cuando los gritos se apagan, le gruño al oído: 
—Yo decido cuándo hemos terminado, pezzo di merda. 
¿Dónde lo conociste? 
—En un café. En algún lugar cerca de Sarphatipark. 
—¿Y a cambio de hacer desaparecer tu problema te pidió mi 
paradero? 
—Por favor, Don D'Agostino. No tuve otra opción... 
No necesito escuchar más. Le corto la garganta con un 
movimiento limpio, cortando las arterias y dejando que se desangre. 
Le indico a Pietro que termine con Andrea, y luego me dirijo a 
mi consigliere mientras hago lo posible por limpiarme las manos. 
—Consigue sus aparatos electrónicos. Quiero que los envíen 
a Munich. A ver qué pueden encontrar los chicos en ellos. —Giulio 
 
54 Dispiace. Disculpa o perdón, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
es demasiado listo para eso, pero vale la pena comprobarlo—. Luego 
que empiecen a buscar cualquier rastro de Gabriel Sánchez en 
Ámsterdam. 
—Lo haré —dice Vito asintiendo. Cuando empiezo a salir, 
pregunta—: ¿Adónde vas? 
—A ver al cura. 
El rostro de Vito expresa su descontento, pero sabe que no 
debe intentar detenerme. 
—Ve con él —le dice a Massimo. 
Me dirijo a la parte trasera de la carnicería y salgo al exterior. 
Ésta conduce a un callejón por el que puedo acceder a una puerta 
lateral de la iglesia. Entro y me encuentro con unas vidrieras 
familiares y un roble reluciente de cientos de años de antigüedad. 
El aire cambia de inmediato, volviéndose quieto y rancio. Es 
como si el tiempo se hubiera detenido aquí, la iglesia católica está 
tan arraigada en el pasado que todo lo moderno había pasado de 
largo. Solía encontrarlo reconfortante, un lugar para tranquilizar mi 
mente. No me gusta la religión en sí, pero disfruto de la rutina, del 
alivio de saber lo que va a pasar. La familia D'Agostino ayudó a 
construir esta iglesia y yo envío cantidades impías de dinero aquí 
cada año, aunque ya no soy un visitante habitual. 
Mis zapatos no hacen ruido en el viejo suelo de mármol. Sin 
embargo, Massimo hace mucho ruido, así que sin duda el padre 
Valerio sabe de nuestra presencia. Hace tres años que no vengo. Ya 
era hora de hacerlo. 
Las estatuas de los santos me miran fijamente mientras me 
deslizo en el confesionario y cierro la puerta, y luego me arrodillo, 
con la madera desgastada clavándose en mis rodillas. Penitente, 
cruzo las manos y espero. Minutos después, escucho que la otra 
puerta se cierra suavemente. 
 
 
 
 
 
 
 
—Buongiorno55, Lorenzo —saluda el padre Valerio tras abrir la 
mampara—. Ha pasado mucho tiempo. 
—¿Cómo está tu artritis? 
—Bene, grazie. ¿Empezamos? 
—Sí. 
—In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti —dice y ambos 
hacemos la señal de la cruz—. Amén. 
Inclino la cabeza. 
—Bendígame, Padre, porque he pecado. Han pasado tres años 
y cuatro meses desde mi última confesión. —Fue justo después de 
enterarme de la muerte de mi esposa. Llegué a altas horas de la 
noche y desperté a Valerio de la cama para que me confesara, 
necesitando purgar la culpa y el dolor de mi corazón. No había 
funcionado. 
—Nuestro amoroso y misericordioso Dios está siempre 
dispuesto a escuchar tus pecados, hijo mío. Confía en su perdón. 
—He matado a un hombre hace veinte minutos. 
El padre Valerio se aclara la garganta con delicadeza. Pero no 
es el primer asesinato que confieso, ni será el último. Pregunta: 
—¿Y estás arrepentido, hijo mío? 
Casi me rio. 
—Acabemos con esto, padre, y seguiré mi camino. Y recuerda 
que no me has visto. Si se lo dices a alguien, tu collar no te salvará 
de mi castigo. 
Salgo unos segundos después, con el alma salvada. 
 
55 Buongiorno. Buenos días, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
NUEVE 
GIA 
 
A medida que avanza la tarde, comprendo que tengo que salir 
de este yate. 
Enzo está desquiciado. Una maldita manta lo ha llevado al 
límite. Quiere mantenerme encerrada, desnuda y fría, para poder 
humillarme y torturarme. No sé qué pasará si me quedo. 
El yate giró ayer, con el sol apareciendo del otro lado. Eso 
significa que nos dirigimos de nuevo hacia la costa italiana. ¿Por 
qué? 
De ninguna manera Enzo cambió de opinión acerca de 
mantenerme cautiva, así que algo más debe haber sucedido. 
Cualquiera sea la razón, estoy agradecida. Más cerca de Italia 
significa más cerca de la ayuda, más cerca de mi hermana y su 
poderoso esposo. Si de alguna manera puedo volver a suelo italiano, 
 
 
 
 
 
 
 
todo lo que tengo que hacer es susurrar el nombre de Fausto y 
conseguiré un santuario al instante y a salvo de lo que Enzo planee. 
Pero eso significa meterme en el agua. 
No estoy segura de poder hacerlo, pero ¿qué opción tengo? No 
puedo quedarme aquí. Tal vez podré encontrar un pequeño kayak 
o balsa en algún lugar a bordo. 
Hablar con Cecilia no me sirvió de nada, así que me dedico a 
observar. Me fijo en sus hábitos y gestos, en los patrones de sus 
visitas, buscando una debilidad. Cualquier cosa que pueda 
aprovechar para liberarme, incluso una simple horquilla que pueda 
robar de su cabeza. 
Por desgracia, la mujer es enérgica y eficiente. No hay 
horquillas sueltas ni clips que pueda utilizar para intentar forzar la 
cerradura de la jaula. Me apunta con un arma todo el tiempo que 
estoy fuera de la jaula y nunca me deja sola, ni siquiera para ir al 
baño. 
Y entonces tengo mi golpe de suerte. 
A última hora de la tarde me lleva al baño cuando suena un 
golpe en la puerta. Cecilia mira por encima del hombro. 
—Quédate aquí —ordena y desaparece. 
Santa mierda. Estoy sola. 
Sé que no dispongo de mucho tiempo. No hay forma de buscar 
un arma o prepararme, así que hago lo único que se me ocurre en 
ese instante. Quito el rollo de papel higiénico de la pared, separo el 
tubo metálico y arranco el resorte. No estoy segura de poder 
esconderlo en mi mano sin que ella se de cuenta. Cuando intento 
comprimirlo, el resorte se me escapa de las manos y sale disparado 
hacia el suelo. 
Me pongo rígida y me abalanzo sobre el pequeño trozo de 
metal. Presa del pánico, me lo meto en la boca. Mientras no decida 
 
 
 
 
 
 
 
repentinamente que quiere mantener una conversación conmigo, 
estaré bien. 
Me tiemblan las manos cuando vuelvo a montar el artilugio, 
rezando para que se mantenga unido el tiempo suficiente para 
engañar a Cecilia. Luego me sonrojo y voy a lavarme las manos. 
Cecilia vuelve y me mira. El resorte metálico me hace daño en 
las encías, pero me callo. Necesito esto para escapar. 
Como es de esperar, Cecilia no dice nada mientras me 
acompaña de vuelta a la jaula. Una vez dentro, coloca un plato y 
tres botellas de agua en el suelo, y luego asegura el candado. En 
cuanto sale de la habitación, toso en mi mano para las cámaras y 
me quito disimuladamente el resorte de la boca. De momento lo 
pongo bajo el muslo, por si alguien me observa. 
Hace años que no fuerzo una cerradura. Con la esperanza de 
descubrir algo escandaloso, como el dinero en efectivo o las drogas 
de mi padre, aprendí a forzar cerraduras cuando era adolescente,pero solo encontré cajas de aburridos papeles y muebles viejos. Qué 
decepción. 
Termino mi cena y me bebo toda el agua. Cuando escape 
necesitaré mis fuerzas. Mi miedo al mar y mi incapacidad para 
nadar significan que tengo que encontrar un salvavidas o un 
dispositivo de flotación antes de poder patear hasta la orilla. Solo 
Dios sabe cuánto tiempo me llevará, pero tengo que estar 
preparada. 
Los minutos pasan. Cecilia vuelve para retirar el plato de 
plástico vacío y darme más agua. Decido esperar a que todos a 
bordo se acuesten. 
Cuando todo está tranquilo, me encorvo, dando la espalda a 
la cámara, y comienzo a trabajar en el resorte. Necesito que el metal 
esté lo más recto posible para poder abrir la cerradura. Entonces 
rompo el metal por la mitad. Es un trabajo difícil, pero solo necesito 
dos trozos pequeños. Con toda la naturalidad que puedo, doblo una 
de las piezas para formar un ángulo de 90 grados. Tengo los dedos 
 
 
 
 
 
 
 
doloridos y en carne viva cuando termino, pero lo hago. Ahora tengo 
un pico y una herramienta de tensión. 
El problema es la cámara. Observar movimientos simples 
usando mi espalda es una cosa; forzar una cerradura es otra. Vito 
dijo que solo Enzo vigila mi cámara de seguridad, pero no puede 
vigilarla toda la noche. El hombre tiene que dormir en algún 
momento. Tendré que arriesgarme. ¿Qué otra opción hay? 
Entonces escucho los débiles sonidos de los bajos. Risas... 
risas femeninas. Santa mierda. ¿Los chicos de D'Agostino están 
celebrando una fiesta de coños allá arriba? 
Mis labios se tuercen en una sonrisa. Esto es perfecto. Con 
suerte, Enzo tiene alguna chica chupándosela y no se dará cuenta 
de mi huida hasta que sea demasiado tarde, el muy idiota. 
Espero un poco más. Los necesito borrachos y distraídos. 
Cachondos y desnudos. Así que escucho y me estiro, dándole todo 
el tiempo que me atrevo. Luego me pongo a trabajar. 
La cerradura de la jaula es del tipo que se puede comprar en 
una ferretería, pero es la misma que mi padre había usado en su 
gabinete de licores allá en Toronto. Solo me lleva unos minutos 
recordar cómo manipular los pasadores. Una vez que los tengo en 
su sitio, giro la herramienta de tensión y la cerradura se abre de 
golpe. ¡Mierda, sí! 
Salgo de la jaula tan silenciosamente como puedo. Cierro los 
ojos y me concentro en mi respiración. Me preparo para que me 
descubran en cualquier momento, para que Enzo entre como un 
toro y me meta en la jaula. 
No entra nadie. 
Por lo que puedo ver, Cecilia no ha cerrado la puerta de la 
cabina cuando se fue. Probablemente pensaron que la cerradura de 
la jaula sería suficiente para retenerme. O quizás esta puerta no 
tiene cerradura por fuera. No lo sé, pero rezo mientras giro el pomo. 
Está abierta. 
 
 
 
 
 
 
 
Santa mierda. Vamos, hijos de puta. 
Lentamente empujo la madera para abrirla, echando un 
vistazo para asegurarme que el pasillo está despejado. No hay 
nadie, gracias a Dios. 
Desnuda, me pongo de puntillas por el pasillo y subo las 
estrechas escaleras. Necesito encontrar una balsa sin que me vean 
ni me escuchen, y el mejor lugar para hacerlo es probablemente la 
cubierta más cercana al agua. Desgraciadamente, por el ruido, allí 
es exactamente donde se celebra la fiesta. Es demasiado arriesgado. 
En su lugar, me dirijo a la parte delantera del yate. Tiene que 
haber algo que me sirva para mantenerme a flote, aunque sea un 
salvavidas. Bordeo la cocina, que está oscura, y me acerco a la proa. 
La distribución del yate no es exactamente como la de la 
embarcación de Fausto, aunque es igual de bonita. Madera brillante 
y paredes de color crema, todo ordenado y lujoso. Nada más que lo 
mejor para secuestradores y asesinos. 
Me deslizo por una puerta y acabo en una oficina vacía. ¿La 
de Enzo? Hay dos escritorios con monitores de ordenador y una 
barra contra una pared. Una camisa de vestir de manga larga está 
tirada sobre el respaldo de una de las sillas, así que la tomo y me 
la pongo. La costosa tela me parece celestial después de haber 
estado desnuda y con frío durante tanto tiempo. 
Lo siguiente es un dormitorio. Vaya, esto es una puta 
maravilla. Tiene una pared de ventanas que dan a una cubierta... 
¡Mierda! Me agacho. Hay gente en la terraza. 
Manteniéndome perfectamente quieta, escucho, petrificada de 
ser descubierta mientras los espío. Un hombre joven, 
probablemente de unos veinte años, está allí, con una mujer 
desnuda en su regazo. Se inclina y esnifa polvo blanco... supongo 
que cocaína... de sus tetas. Qué elegante. Otro hombre está en el 
jacuzzi. Es Vito, y no está solo. Hay dos mujeres allí con él, una que 
claramente esta montando su polla en el agua y otra sentada a su 
lado, besándolo. 
 
 
 
 
 
 
 
No veo a Enzo. 
Eso me preocupa. Tal vez está en uno de los dormitorios, 
prefiriendo la privacidad para sus momentos de sexo. Ese no parece 
ser su estilo, pero ¿qué sé yo? 
Tengo que llegar al otro extremo del yate. Si salto por la borda 
aquí, entraré en pánico y me ahogaré. Mi corazón ya está acelerado 
dentro de mi pecho, mi respiración es superficial y rápida, como si 
no pudiera obtener suficiente aire. 
Cálmate. Puedes hacerlo. 
Volviendo sobre mis pasos, me deslizo hacia el exterior, 
agarrándome a la barandilla con fuerza mientras avanzo por las 
ventanas que rodean el comedor vacío. El viento me azota el cabello 
y sopla a través de la fina camisa que llevo, y la música se hace más 
fuerte. El agua brilla con un inquietante color turquesa alrededor 
de las luces del yate bajo la superficie. Se me pone la piel de gallina 
al contemplar lo que acecha en aquellas profundidades, pero tengo 
que arriesgarme. 
No voy a volver a esa jaula. 
Me acerco a las escaleras y me detengo. Enzo. ¡Mierda! Está 
sentado en el pequeño sofá, frente a mí. Por suerte, tiene los ojos 
cerrados, la cabeza echada hacia atrás mientras una mujer está de 
rodillas entre sus piernas, con las manos atadas a la espalda, 
haciéndole una mamada. Es lo más relajado que lo he visto, su 
rostro inundado de placer. Tiene los dedos en el cabello de la mujer 
mientras guía sus movimientos, mostrándole lo que le gusta. 
Profundo y áspero, por lo que puedo ver. 
Ni siquiera la música alta puede ahogar los gemidos de la 
mujer mientras lo chupa, vendiendo realmente la vibración de 
estrella porno que Enzo sin duda requiere de sus amantes. 
Tal vez la visión de una mujer de rodillas, suplicando, me 
excita. 
 
 
 
 
 
 
 
No debo mirar. 
Pero no puedo apartar la vista. 
El calor me recorre las venas mientras me quedo allí, 
paralizada. Me digo a mí misma que es solo sorpresa y vergüenza, 
pero sospecho que es algo más. Me imagino que soy yo en su lugar, 
de rodillas entre sus piernas, obligada a meter su gran polla en mi 
garganta y a chuparla. 
Mierda. Realmente necesito salir de aquí. Solo hay una cosa 
que puedo hacer. 
Antes que pueda pensarlo mejor, agarro un cojín de una silla 
cercana, me subo a la barandilla y me dejo caer al abismo. 
 
 
ENZO 
Un pequeño chapoteo corta el ruido de mi cerebro y mis 
párpados se abren de golpe. 
Me alegro de la interrupción. Mi mente se había desviado 
involuntariamente hacia pensamientos sobre mi cautiva desnuda 
bajo cubierta durante esta mamada, deseando poder follar su rostro 
en su lugar. 
Aparto a Helene de mi polla y me pongo de pie. Ella no dice 
nada ni se mueve, simplemente me mira con grandes ojos curiosos. 
—Attendez56 —le digo en francés, mientras me meto la polla 
en los jeans y me alejo. 
Cuando llego a un lateral, sé al instante lo que ha pasado. Mis 
músculos se tensan de furia y sorpresa, la visión de esos largos 
miembros y ese cabello oscuro en el agua es como una sacudida de 
 
56 Attendez. Espera, en francés. 
 
 
 
 
 
 
 
electricidad en mi corazón. Se agita, no nada realmente, se aferra a 
un cojín. ¿De verdad cree que podrá llegar atierra de esta manera? 
Entonces pierde el agarre al cojín y desaparece bajo la 
superficie. Finalmente me doy cuenta. 
No sabe nadar. 
¡Cazzo! No me paro a pensar. Me subo a un costado y me 
zambullo. El agua está fresca, mis jeans absorben la humedad 
como una esponja para pesarme. Pateo con fuerza hacia la 
superficie, encuentro su cabeza meciéndose en la tenue luz y 
comienzo a nadar hacia ella. 
Cuando vuelvo a mirar hacia arriba, no la encuentro. 
¡Minchia57! 
No, es inaceptable. No voy a dejar pasar esto tan fácilmente. 
Es demasiado perfecto, y yo he llegado demasiado lejos. La necesito 
viva para consumar mi venganza. 
Alejo de mi mente cualquier otra razón posible. 
Entonces aparece, su desesperado grito de aire ondula en el 
agua y me congela la sangre. Nado furiosamente, apresurándome a 
alcanzarla antes que se hunda de nuevo. Cuando llego al lugar 
donde la vi por última vez, ha desaparecido. El agua salada me 
escuece los ojos mientras nado y la luz de la luna no me ayuda. 
Pero entonces las puntas de los dedos rozan finos mechones de 
cabello. 
La agarro tan fuerte como puedo y la atraigo hacia mí. 
Una vez que tengo mi brazo alrededor de su cintura, lucho 
hacia la superficie. Nos abrimos paso y aspiro aire, Gia hace lo 
mismo a mi lado. 
Ella no se resiste mientras nado hacia la parte trasera del 
yate. Una vez allí, rodeo la escalera metálica con sus brazos. 
 
57 Minchia. Mierda, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
—Sujeta esto —grito, y luego subo a la plataforma. Girando, 
la arrastro rápidamente junto a mí, donde se desploma, con los ojos 
apretados. Jadeo y trato de recuperar el aliento, observándola 
atentamente mientras empieza a toser. 
—¿Por qué? —dice entre carraspeos—. ¿Por qué me has 
salvado? 
Me paso una mano por el rostro mojado y considero la 
pregunta. La verdadera respuesta es... turbia. Quiero decir que es 
porque ella es una moneda de cambio, demasiado valiosa para 
perderla. Pero la verdad probablemente tiene más que ver con la 
propia mujer y con esa malsana fascinación que parece crecer 
cuanto más estoy en su presencia. 
Pero nunca lo admitiré. 
—Te lo dije. Venganza. —Me arrodillo y la levanto. Las 
lágrimas caen por su rostro y se queda sin fuerzas en mis brazos. 
Insólitamente, algo en mi pecho se revuelve, una parte de mí, 
muerta hace tiempo, vuelve a la vida ante su derrota. 
No quiero que sea derrotada. Quiero que luche y me desafíe. 
Nada de esto tiene sentido, pero hace tiempo que he dejado de 
intentar comprender el funcionamiento de mi cerebro después del 
calabozo. Aquel lugar me había alterado, como si hubiera 
reordenado mi ADN, y antes no había sido precisamente un hombre 
sensato. Ahora soy un desastre de hombre. 
Pero mientras sostengo a una Gia desnuda y temblorosa 
contra mi pecho y la subo al yate, sé exactamente a dónde la llevo. 
Helene no dice nada cuando paso y agarro una manta del sofá. 
—Quédate aquí —le digo, y envuelvo a Gia con la manta lo 
mejor que puedo sin acostarla. 
Cuando paso por el puente, aparece un miembro de la 
tripulación. Su mirada se amplía cuando me ve, empapado y 
cargando a Gia. 
 
 
 
 
 
 
 
—Don D'Agostino. ¿Está usted bien? 
—Que envíen té caliente a mi camarote. 
Asiente y desaparece. Sigo hacia la proa y entro en mi 
dormitorio. Todavía con Gia en brazos, me dirijo hacia el jacuzzi de 
mi cubierta, donde mis hermanos están de fiesta con sus mujeres. 
—Fuera de aquí, maldita sea. —Me miran como si no pudieran 
creer lo que están viendo—. ¡Fuera! —grito, sin querer dar 
explicaciones—. Vayan al otro extremo del yate. 
Massimo se quita suavemente a la chica de encima, dejándola 
en la cubierta, y luego agarra su bebida y su cocaína antes de irse. 
Vito susurra a las mujeres que están con él en el jacuzzi y salen, se 
ponen la bata y desaparecen. Se rasca la mandíbula pensativo, 
observándome. 
No quiero escuchar lo que mi hermano tenga que decir. 
Girando sobre mis talones, me dirijo al baño y abro el agua 
caliente de la ducha. Gia se estremece contra mi pecho, incluso bajo 
la manta, y sospecho que el susto es la causa, no el frío de la 
inmersión. 
Vito tiene una toalla enrollada en la cintura cuando aparece 
en la puerta del baño. 
—Enzo... 
—No quiero oírlo, maldición —espeto. Gia se estremece, 
aunque dudo que entienda el italiano. Más bien reacciona a mi 
tono. Suavizando mi voz, le digo a Vito—: Más tarde. 
Él suspira y cierra la puerta, y entro en la ducha 
completamente vestido con Gia aún en brazos. La sostengo bajo el 
chorro y el vapor hasta que susurra: 
—Por favor, bájame. 
Con cuidado, la pongo de pie, pero no la suelto. La sostengo 
por la cintura, sujetándola, mientras intento no mirar la forma en 
 
 
 
 
 
 
 
que las gotas de agua caen en cascada sobre su esbelto cuerpo, 
deslizándose por los regordetes montículos de su culo y bajando por 
sus largas piernas. 
—Deja de mirarme el culo. —Se apoya en el azulejo, 
enterrando su rostro entre los brazos, escondiéndose de mí—. Dios, 
por favor. Déjame en paz. 
Sus hombros tiemblan y sospecho que la causa son más 
lágrimas. En un instante me quito la ropa mojada y la tiro al suelo 
del baño. Agarro el champú y le echo una buena cantidad en la 
cabeza, luego empiezo a aplicárselo en los largos cabellos. 
—¿Qué estás haciendo? —pregunta por encima del hombro. 
¿No es obvio? 
—Lavándote el cabello. 
—Quiero decir, ¿por qué estás siendo tan amable conmigo? 
No estoy seguro. Si fuera inteligente, la metería de nuevo en 
la jaula, la cerraría tres veces y tiraría la llave. Pero no puedo 
hacerle eso, al menos no ahora. 
Le masajeo el cuero cabelludo, haciendo espuma con el 
champú, y ella gime. El sonido se dirige directamente a mi polla, 
haciendo que mis bolas, ya llenas, pesen aún más. En lugar de eso, 
intento concentrarme en su cabello, enjuagándola suavemente bajo 
el chorro de agua. 
—¿Sabes nadar? 
Unos ojos rojos y sospechosos se dirigen a los míos, como si 
estuviera evaluando si debe ser sincera o no. 
—No. Casi me ahogo cuando tenía ocho años. Después de eso 
no he vuelto a sumergirme. 
—¡Cristo! ¿En qué estabas pensando al tirarte al agua de esa 
manera? 
 
 
 
 
 
 
 
Una chispa ilumina su mirada, una que me es familiar. 
—Oh, no lo sé. Tal vez en que quería escapar de mi jaula por 
cualquier medio, aunque significara morir. 
Sacudiendo la cabeza, alcanzo el acondicionador. Ella se 
queda aquí, inmóvil, dejando que la atienda. 
—No quieres decir eso. 
—¡Sí, lo digo en serio! —Me empuja el pecho desnudo—. 
Lárgate de aquí, Enzo. 
Espero que la bilis me llene la garganta por el contacto, pero 
no lo hizo. ¿Che cazzo? 
Se aparta de mí. 
—Por favor, te lo ruego. Por el amor de Dios, déjame en paz 
cinco minutos. 
Estudio su espalda, con una extraña decepción instalada 
entre mis omóplatos. ¿Debería quedarme? Algo me dice que no me 
vaya, pero no puedo pensar con claridad con ella desnuda y mojada, 
a escasos centímetros de mí. 
Inseguro, me enjuago y salgo de la ducha, luego me ato una 
toalla alrededor de la cintura y salgo del baño. Me pongo unos 
pantalones cortos deportivos, pero no me molesto en ponerme una 
camiseta. Llega el té, así que hago que dejen la bandeja sobre la 
mesa. Luego tomo mi teléfono y le envío un mensaje a Vito para que 
averigüe exactamente cómo se escapó mi cautiva. Quiero 
respuestas. 
No puedo volver a meterla en la jaula, no hasta que sepa que 
puedo contenerla. 
Pero, ¿realmente la mantendré aquí? ¿Conmigo? 
Una mujer no ha dormido en mi cama desde Mariella y mi 
esposa. ¿Y si tengo una pesadilla? Es un riesgo demasiado grande. 
No, yo sujetaré a Gia y luego dormiré en mi oficina de abajo. 
 
 
 
 
 
 
 
Pienso en su cuerpo desnudo en mi cama, en su aroma en mis 
sábanas, y puedo sentir que me pongo nervioso de nuevo. Es 
luchadora, imprevisible. Domarla será un reto que disfrutaré 
enormemente. Será un polvoincreíble. Casi se me cae la baba. 
Gruñendo, me tiro del cabello. ¿Qué diablos estoy haciendo? 
¿Pedirle un té? ¿Ayudándola a ducharse? ¡Intentó escaparse de mí! 
Debería estar dándole unos azotes en el culo y encadenándola a la 
pared en su calabozo improvisado. Soy patético, jadeando tras el 
coño de esa chica. 
Debes ser fuerte, Lorenzo. Más fuerte que todos los demás. 
Las palabras de mi padre siguen resonando en mis oídos todos 
estos años después. Se pondría furioso si me viera pensando en esa 
chica, mi enemiga. Esto tiene que terminar. 
Me levanto y llevo la bandeja del té al pasillo. Luego busco un 
par de esposas y me siento en la cama a esperar. 
 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
DIEZ 
GIA 
 
Las lágrimas son una pérdida de tiempo. 
Lógicamente, lo sé. Pero la conmoción de estar a punto de 
ahogarme combinada con la inesperada ternura de Enzo después 
de rescatarme... por no hablar de la pérdida de mi mejor 
oportunidad de escapar... es demasiado para soportar. 
Mis lágrimas se mezclan con el agua mientras me pregunto 
qué va a pasar ahora. ¿Me volverá a meter en la jaula? También hay 
cadenas en la pared de esa habitación. Tal vez las use esta vez. 
Decida lo que decida, sé que Enzo no me dará otra 
oportunidad de liberarme. 
Estoy atrapada en este yate, a su merced. 
 
 
 
 
 
 
 
Exhalando, cierro los ojos y trato de reunir fuerzas. Dejo que 
el agua caliente empape mis músculos mientras dejo de lado el 
horror de casi ahogarme una vez más. Dios, ¿por qué me he metido 
tan imprudentemente? 
Emma se pondría furiosa conmigo por haber estado a punto 
de morir. Cuídate, Gigi. 
Lo siento, Em. Lo haré mejor. 
De acuerdo, bien. Así que Enzo me tratará como basura hasta 
que se me ocurra algo. 
Tal vez deba intentar seducirlo. Lo consideré antes, la noche 
que me alimentó de rodillas. Probablemente no necesitaría mucho 
estímulo para tener éxito... pero ¿a qué precio? ¿Qué parte de mi 
alma estoy intercambiando para acostarme con el enemigo de mi 
familia? 
Al final no importa, porque no tengo otra jugada. Enzo no 
sentirá piedad, ni remordimientos por la violencia que me infligirá. 
No estoy segura de cuál es su objetivo, pero tampoco parece estar 
interesado en obtener ningún tipo de rescate. Solo quiere hacerme 
sufrir. 
La puerta del baño se abre de golpe y me pongo en guardia. 
¿Qué demonios? 
Un Enzo sin camiseta entra furioso, con el rostro como un 
trueno. Abre la puerta de la ducha y cierra el agua. 
—Sal. 
—¿Qué estás haciendo? No he terminado... —Me agarra del 
brazo y me saca de la ducha. Goteo por todo el suelo de baldosas y 
mis pies resbalan—. ¡Oye! Suéltame, neandertal. 
Me ignora. 
Intento clavar mis talones mojados mientras me arrastra 
fuera del baño, pero él es más grande y más fuerte. Entramos en el 
 
 
 
 
 
 
 
dormitorio y me arroja sobre la cama como si no pesara nada. Sus 
ojos son... aterradoramente salvajes. El miedo me invade y el 
instinto me hace luchar para escapar, pero él es más rápido. Me 
agarra por el tobillo y tira de mí hacia atrás, luego me acomoda para 
que mi cabeza esté sobre la almohada. 
¿Qué está planeando? La mirada despiadada que tiene en su 
rostro dice que no es noche de películas y palomitas en la cama. 
—Suéltame. Deja de maltratarme. 
—Deja de retorcerte. Te vas a quedar aquí. 
¿Aquí, con él? ¿Habla en serio? 
Mientras lidio con el shock de esa declaración, algo metálico 
se cierra alrededor de una de mis muñecas y me doy cuenta de lo 
que está pasando. Me está esposando a su cama, ¡Maldita sea! 
—¡Basta ya! —Lucho, pero es demasiado tarde. Estoy atada. 
Se ríe cuando mi pie conecta con su cadera. 
—Sigue arañando, micina. Me gusta. 
—Seguro que sí, psicópata. —Me retuerzo y giro, pero el metal 
se clava en mi carne, haciéndome estremecer. Enzo se deja caer en 
la cama, con sus manos presionando mis muslos para que no 
pueda moverme. 
Se cierne sobre mí, este gran mafioso italiano, y mis ojos se 
arrastran por su torso. Odio admitirlo, pero su cuerpo es 
jodidamente impresionante. La piel aceitunada, llena de cicatrices 
y áspera, se tensa sobre los músculos abultados, haciéndolo 
parecer un violento guerrero de antaño. La cantidad perfecta de 
vello oscuro le salpica el pecho, y su abdomen es una cordillera de 
crestas y protuberancias. Guau. 
No sé qué pensar de este hombre tan confuso. Había sido tan 
amable conmigo, llevándome a la ducha y lavándome el cabello. 
 
 
 
 
 
 
 
Ahora me está encadenando a su cama. ¿Me odia o quiere 
cuidarme? ¿Y por qué no dejó que me ahogara? 
Sus labios se tuercen cruelmente y su mirada brilla. 
—Me gustas así. Indefensa y a mi merced. Tal vez debo sujetar 
tus dos manos. 
—No te atrevas, imbécil. 
—Hmm. ¿Preferirías volver a tu jaula en su lugar? 
—Sí —miento, mientras me esfuerzo por recuperar el aliento. 
—No te creo, y no importa. Me gusta que estés aquí, atada a 
mi cama. Mis sábanas olerán a tu coño. —Su mirada recorre 
lentamente mi cuerpo desnudo y la piel se me pone de gallina. 
—¿Es aquí donde me agredes sexualmente? —Dios, ¿por qué 
pregunté eso? Ahora estaré pensando en ello. 
—No voy a tocarte. 
—Tus ojos locos y el bulto en tus pantalones cortos dicen lo 
contrario. —Ambos son imposibles de ignorar. 
—Interrumpiste mi mamada esta noche. Estaba recordando 
la boca de Helene y lo bien que se sentía envuelta en mi polla. 
—Mentiroso. Estabas en el agua fría, así que esto no es una 
sobra de tu amiga de alquiler de arriba. 
—Esa amiga de alquiler es una actriz francesa. 
Pongo los ojos en blanco. 
—Debe serlo para hacerte creer que realmente disfrutaba 
chupándote la polla. 
Un sonido de asombro escapa de su garganta. 
—Madre di Dio. Tu boca no es más que un problema. 
 
 
 
 
 
 
 
Si la seducción es el único camino que queda, ahora es mi 
oportunidad. Tengo que aprovecharla. 
Le dirijo lo que espero que sea una sonrisa traviesa. 
—Bueno, me han dicho que mi boca es buena para algunas 
cosas. 
Se queda inmóvil, con las cejas fruncidas, como si estuviera 
intentando descifrar mi coqueto comentario. El viento azota las 
ventanas mientras el yate se mece suavemente en el agua, pero 
ninguno de los dos habla. Vamos. Sabes que me deseas, Enzo. Solo 
necesito que me quite las esposas. Entonces podré trabajar mi 
magia en él. Pronto estará bajo mi hechizo y podré encontrar alguna 
forma de escapar. 
En lugar de liberarme, se baja de la cama y se pone de pie. 
—No te preocupes. Suplicarás por mi polla antes que todo 
acabe, Gianna. 
Fuerzo una fuerte dosis de bravuconería en mi voz y digo: 
—Más bien tú suplicarás, Lorenzo. 
Se inclina hacia abajo y presiona mis antebrazos para 
mantenerme quieta mientras su boca se encuentra con mi oreja: 
—Que empiece el puto juego, micina. 
Las seductoras palabras son como un narcótico para mi 
sistema, haciendo que mis músculos se tensen y mi sangre cante. 
Mi núcleo se aprieta, y me pregunto sinceramente si acabo de 
cometer un grave error. Ahora verá esto como una especie de 
desafío. 
No deberá ser difícil superarlo. Estoy segura que puedo 
mantener la ventaja y hacer que me desee más que yo a él. ¿Qué 
tan difícil puede ser cuando su polla reacciona así durante nuestras 
breves interacciones? Me desea tanto. 
Pobre mafioso. Voy a destruirlo. 
 
 
 
 
 
 
 
Entonces se aleja de la cama, hacia la puerta, y veo cómo se 
mueven los músculos de su espalda. Maldita sea, está muy bien 
dotado. ¿Hay un gimnasio en este yate? 
Concéntrate, Gia. 
Respiro profundamente. Tengo una batalla por delante y no 
es momento para distracciones. 
 
 
ENZO 
Me despierto solo, en mi oficina. 
Anoche me mantuve alejado de ella. Deseaba 
desesperadamente quedarme a su lado, lo cual es peligroso, así que 
me obligué a marcharme. Esto me dio un poco de paz. 
Dando vueltas, me quedo mirando el techo. Cazzo, es la mujer 
más atractiva que he conocido, pero es su actitud luchadora lo que 
realmente me excita. Ninguna mujer me habíahablado como ella, 
insultándome un minuto y coqueteando al siguiente. 
Me han dicho que mi boca es buena para algunas cosas. 
La sangre recorre mi longitud, endureciéndome, y me palpo la 
polla, deseando que se detenga. Necesito mantener el control, 
controlar el deseo desenfrenado que siento por ella. Me duele por 
besarla, tomar su boca y pasar mi lengua por sus labios. Quiero 
saborear esa terquedad y esa columna vertebral, doblegarla poco a 
poco hasta que se sienta flexible en mis brazos. 
Es una bonita fantasía. ¿Y no sería la máxima venganza 
contra Ravazzani, convertir a su cuñada en mi juguete sexual? La 
tendría de todas las maneras posibles, la convencería que me gusta, 
hasta que sea completa y totalmente mía. 
 
 
 
 
 
 
 
Entonces mostraré mi nueva mascota al mundo entero. 
Fausto se volvería loco. 
La idea echa raíces y florece en mi mente, comienzo a trazar 
los movimientos necesarios para convertir mi plan en una realidad. 
No creo que vaya a ser difícil. Anoche me echó el ojo cuando la 
sujeté en la cama, con sus pezones formando puntas apretadas. 
Obviamente no le repugna mi cuerpo. Empezaré por ahí. 
La puerta se abre y Vito entra, con una taza de café en la 
mano. Tiene un aspecto irritantemente renovado, como si se 
hubiera follado todo el estrés de la noche anterior. Me siento 
lentamente y me paso una mano por el cabello. 
—¿Qué hora es? 
—Justo antes de las siete. Toma. —Me entrega la taza—. 
Pensé que te vendría bien. 
Mi hermano sabe que ya casi no duermo. Me anima a tomar 
pastillas para dormir, diciendo que necesito el sueño, pero me 
resisto a las drogas. Mi madre había tomado una sobredosis de 
pastillas para escapar de mi padre después de soportar años de su 
crueldad. No la había culpado. 
No, es preferible permanecer despierto hasta que me agote, y 
luego conseguir una o dos horas de sueño irregular. Cualquier cosa 
más y mis sueños se llenan de dolor y agonía impotentes. 
El resultado me deja exhausto pero no cansado, una 
descripción que solo los que padecen insomnio crónico pueden 
entender de verdad. Es un cansancio profundo, como si mi mente 
se arrastrara por el barro. Aun así, es mejor que revivir lo ocurrido 
en el calabozo de Ravazzani noche tras noche. 
Gruño de agradecimiento cuando acepto la taza y me trago el 
ardiente líquido de dos tragos. 
—¿Las chicas se han ido? 
 
 
 
 
 
 
 
—Sí, desde hace dos horas. Massimo sigue desmayado abajo. 
¿Cómo está tu cautiva? Viva, supongo. 
—Sí, está viva. 
—¿Qué pasó anoche? 
—Es obvio, ¿no? —Pongo la taza vacía sobre la mesa—. Ella 
saltó. 
—¿Y la salvaste en lugar de dejar que se ahogara? 
—Es demasiado valiosa para perderla, todavía no. 
—¿Demasiado valiosa o demasiado follable? 
—Tal vez son dos al mismo tiempo. 
—¿Ya te la has follado? 
Me recuesto en el sofá y lo miro con el ceño fruncido. 
—¿Por qué te importa? ¿Esperas que te toque a ti? 
Se toma su tiempo para responder, con los labios tensos por 
la ira. 
—Porque estás obsesionado con ella, fratello, y no me gusta. 
—No tiene que gustarte. Solo tienes que hacer lo que yo diga. 
Por cierto, ¿cómo se ha escapado? 
—Forzó la cerradura. Cecilia debió haberla dejado sola en el 
baño porque el resorte del rollo de papel higiénico ha desaparecido. 
Sin duda eso es lo que usó. 
¿Sabe cómo forzar cerraduras? Micina inteligente. 
—Esto no es divertido, testa di cazzo58 —espeta Vito, 
señalando con un dedo en mi dirección. 
 
58 Testa di cazzo. Cabeza de polla, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
—No me divierte —gruño—. Y no me presiones, stronzo. Yo 
decidiré el destino de Gia Mancini, nadie más. No intentes interferir 
de nuevo. —Señalo su rostro—. O te haré algo peor. 
Vito se pasa la mano por la mandíbula mientras mira la pared. 
En voz baja, dice: 
—Ella te está cambiando. Te está distrayendo. 
—¿Distrayendo? ¿De qué? ¿de una mamada? —bajo la voz y 
me encuentro con su mirada—. Sé lo que estoy haciendo, y mi plan 
hará que Ravazzani se arrodille, te lo prometo. Confía en mí. 
Lo que sea que ve en mis ojos hace que mi hermano asienta, 
sus hombros se relajan. 
—Bien. ¿Me dirás lo que estás planeando? 
Normalmente confío en mi consigliere, así que no sé por qué 
de repente tengo el impulso de ocultarle esto. ¿Por qué es ella? 
La razón no importa. No quiero seguir hablando de Gia, así 
que cambio de tema. 
—¿Alguna noticia de Ámsterdam? ¿Han encontrado a Giulio 
Ravazzani? 
—Hasta anoche seguían excavando. Gabriel Sánchez es un 
nombre común. 
Me levanto y voy a mi laptop. 
—Quiero enviar a Alessio a Ámsterdam. 
—Quieres darle un golpe a Giulio. 
—Sí, y Alessio me debe después de joder el trabajo en Siderno. 
Alessandro Ricci es el mejor francotirador de Europa. 
Entrenado por los militares italianos, Alessio se convirtió en un 
asesino a sueldo y es utilizado por todo el mundo, incluidas las 
agencias gubernamentales. Le había pagado para que matara a 
 
 
 
 
 
 
 
Fausto Ravazzani hace cuatro años, un trabajo que no logró 
completar. Solo yo sé que ha sido él quien había disparado a 
Ravazzani, y planeo utilizar esa información para conseguir lo que 
quiero de Alessio. Que es matar a Giulio Ravazzani. 
Vito asiente una vez. 
—En cuanto tengamos la ubicación de Giulio, haré que 
Alessio tome un avión. 
—Bien. —Atacaré a Ravazzani por todos lados. Su hijo, su 
cuñada. Su tráfico de drogas. Todo lo que pueda destruir, lo haré. 
No será nada cuando termine con él. 
Envío a Vito por más café e intento trabajar, pero no puedo 
concentrarme en mi laptop. Peor aún, mis ojos se desvían hacia la 
aplicación de la cámara de seguridad. Solo yo tengo acceso a las 
cámaras de mi dormitorio, y la tentación de verla me corroe. 
¿Está dormida? 
La idea de verla acurrucada en mi cama me hace abrir la 
cámara antes que pueda detenerme. Necesito ver su aspecto 
mientras duerme, relajada y desprevenida. La imagen se carga y 
puedo verla, tumbada de lado con un brazo bloqueado sobre la 
cabeza, con el cabello extendido sobre las almohadas. 
Puedo entrar ahí y hacerle lo que quiera ahora mismo. La 
parte violenta de mi cerebro me dice que rodee su garganta con las 
manos y la estrangule. La otra parte me insta a deslizarme detrás 
de ella, levantar su pierna y meterle la polla en el coño. Hacerla 
gemir y gritar mi nombre. 
Dio, me gusta esa idea. 
Pero no lo haré. Se trata de doblegarla, de hacerla rogar, 
dispuesta a hacer lo que yo quiera. Tengo que ser paciente. El 
resultado final valdrá la pena. 
 
 
 
 
 
 
 
Sin dudar de mi decisión, cierro la cámara de seguridad y mi 
laptop, y salgo de la oficina. Bajo y me dirijo directamente a mi 
habitación. 
Verla en persona es mucho mejor que en la computadora. Los 
ojos de Gia están cerrados, con sus largas pestañas apoyadas en 
las mejillas, y su respiración es uniforme y constante, suave y 
confiada. Mozzafiato59. ¿Por qué es tan condenadamente bella? 
Me estiro en la cama junto a ella, pero no la toco. Luego cruzo 
las manos detrás de la cabeza y espero. La luz de la mañana inunda 
ahora la habitación y dudo que ella duerma mucho más. 
Muy lentamente, se acerca a mí. Primero sus pies se rozan 
con mis piernas, sus dedos buscando. Cazzo, su piel es tan suave. 
Respiro hondo, esperando que el pánico se apodere del toque ajeno, 
pero nada. 
No lo entiendo. ¿Es porque está dormida? No, porque también 
me tocó en la ducha. 
Un minuto más tarde, se desplaza hacia atrás y se aprieta 
contra mi costado, su culo se acurruca en mi cadera y la sangre 
acude a mi polla. Huele como mi gel de baño, con un toque de 
tomillo y almendras. No puedo evitar rodar hacia ella, dejar que mi 
gorda longitud se encaja entre aquellas nalgas regordetas. Cristo 
santo, su culo es perfecto. 
Ella rogará que mi polla llene ese apretado agujero. 
Lo sé en el instante en que se despierta. Su respiración 
cambia y sus músculos se tensan ligeramente. 
—Buongiorno,mia prigioniera. —Mi prisionera. 
Ella se pone rígida. 
—¿Qué estás haciendo? 
 
59 Mozzafiato. Impresionante, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
—Estaba aquí tumbado cuando te acurrucaste a mi lado. 
Frotándote contra mí como una gatita. 
—Mentira. Nunca lo haría. 
—¿Debo mostrarte el video de seguridad para probarlo? 
—¿Estás grabando esto? —Su cabeza se inclina mientras 
trata de localizar la cámara. 
—Hay cámaras por todas partes en este yate, micina. —Paso 
mi mano por su muslo—. Pero no te preocupes. Solo yo tengo acceso 
a las cámaras de mi camarote. 
—¿Me estuviste observando anoche? 
No había estado, no anoche, pero ella no necesita saber eso. 
—Sí. 
—Eres un maldito enfermo, Enzo. 
Sé que esto es cierto. 
—Apuesto a que te gusta la idea que te mire. Ciertamente diste 
un espectáculo para las cámaras cuando estabas en esa jaula. 
Intenta alejarse de mí y la dejo. No irá muy lejos, no con su 
muñeca todavía encadenada a mi cabecera. 
—Necesito usar el baño. 
Metiendo la mano en el bolsillo de mis pantalones cortos, saco 
la pequeña llave de metal y abro su único brazalete. No pierde el 
tiempo y sale corriendo de la cama como si estuviera en llamas. ¿Su 
vejiga, o está corriendo asustada? 
Minutos después escucho que se abre la ducha. Me levanto 
de la cama y me dirijo al baño. Es el momento de empezar los 
juegos. 
 
 
 
 
 
 
 
Ella ya está en el agua cuando entro. Su cabeza se dirige hacia 
mí cuando me quito los pantalones cortos. 
—¿Qué estás haciendo? 
—Duchándome. 
—No conmigo. Sal. 
Abro la puerta de cristal y entro. Ella retrocede, con cuidado 
de no tocarme, mientras me acerco al chorro. Cerrando los ojos, 
dejo que el agua llueva sobre mí, mojando mi piel, y puedo sentir 
su mirada absorbiéndola. Sé que estoy en buena forma. Algunas 
noches hago ejercicio durante dos o tres horas en el gimnasio del 
yate. Mi polla está ya medio dura, colgando densamente entre mis 
piernas. 
Sin decir nada, alcanzo el jabón y me echo un chorro en las 
manos. Lo uso en mi cuerpo, lavando mis brazos y mi pecho, ella 
ni siquiera finge no mirar. Su atención sigue clavada en mis manos, 
así que reduzco la velocidad mientras me limpio el vientre, 
arrastrando la espuma por cada cresta muscular, esperando que 
aparte la mirada. Pero no lo hace. 
—¿Te gusta lo que ves? —le pregunto. 
Un rubor se desliza por su cuello, su pecho subiendo y 
bajando, pero ella me mira con desprecio. 
—No seas ridículo. No te quiero a ti, ni a ese monstruo. 
Ahora estoy completamente empalmado, con la longitud 
apuntando directamente a ella. Me doy un movimiento con jabón. 
—¿No tienes curiosidad? 
—¿Curiosidad? ¿Por tu polla? —Toma el jabón corporal y 
comienza a limpiarse los brazos y los hombros, moviéndose con una 
eficacia innecesaria—. Sé cómo funciona una polla, Enzo. 
—¿No eres virgen? 
 
 
 
 
 
 
 
—Si esperas arruinarme reventando mi cereza, pierdes el 
tiempo. No soy virgen desde hace mucho, mucho tiempo. 
Entonces desliza las manos hacia sus pechos y veo cómo las 
pequeñas burbujas acarician su piel aceitunada y se enredan en 
las duras puntas de sus pezones. Mamma mia, quiero lamerla y 
morderla, limpiarla con mi lengua. Antes de darme cuenta, mi mano 
está de nuevo en mi polla, apretando. 
Cuando su mano enjabonada se introduce entre sus piernas, 
aquel piercing me guiña el ojo, burlándose de mí. Se limpia los 
pliegues con los dedos, frotándose por todas partes, y no puedo 
aguantar más. Suelto: 
—Tengo una propuesta para ti. 
—Déjame adivinar. Quieres follar conmigo. ¿De verdad crees 
que soy tan fácil? 
No, pero estoy seguro de poder seducirla para que coopere. 
Excepto que no quiero una vez. La quiero ávida de mi polla sin 
parar, suplicando por ella. 
—No tiene nada que ver con follar. Tiene que ver con que 
vuelvas a tu jaula o no. 
Sé que esto la atraerá. Ella enarca una ceja y luego pasa por 
delante de mí para enjuagarse con el chorro de agua. El agua 
resbala sobre su piel y mi lengua se frota contra la parte posterior 
de mis dientes, la necesidad de ella estrangulando mis pulmones. 
—¿Qué tendría que hacer? —pregunta. 
Mi voz esta ronca de deseo cuando digo: 
—Haz que te corras y déjame ver. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
ONCE 
GIA 
 
¿Habla en serio? 
—¿Quieres ver cómo me masturbo? 
—Sí. —Ahora se está acariciando la polla, los músculos de su 
brazo se flexionan mientras bombea esa gigantesca vara entre sus 
piernas. Dios, tiene una polla magnífica y siento un tirón de 
respuesta en mi parte inferior. 
Ya estoy mojada... siento la humedad resbaladiza entre mis 
piernas desde hace unos segundos... pero no he dejado que nadie 
me vea masturbarme antes. Es algo íntimo, un momento privado 
para mí y mis fantasías, sin que se permitan hombres reales. Solo 
los falsos. La idea que alguien lo observe me hace sentir vulnerable, 
expuesta. Como si me hubieran quitado las capas, eliminando 
cualquier protección y dejando mi yo más básica y no perversa. 
 
 
 
 
 
 
 
—¿Por qué? —pregunto, todavía hipnotizada por su 
masturbación. 
—Por la misma razón por la que me estás viendo hacer esto. 
Es sexy, ¿no? 
No estoy segura de poder hacerlo, pero tampoco quiero volver 
a esa jaula. 
—Necesito entender exactamente lo que estás ofreciendo. 
¿Hago que me corra sin tu ayuda y no me vuelves a meter en la 
jaula? ¿O encadenarme a la pared? ¿O esposar mis manos a tu 
cama? 
—Sí. Te lo prometo. 
Tiene que haber una trampa. Esto es demasiado bueno para 
ser verdad. 
—¿Dónde me pondrás? 
—En una habitación con cama. 
—¿Y un baño? 
—Y un baño. 
Después de las últimas veinticuatro horas eso suena como un 
hotel de lujo. Y mi plan es seducirlo. Solo que no esperaba que fuera 
tan fácil. Lo estaré llevando por la polla en muy poco tiempo. 
Estúpido mafioso italiano. Mis días de ser su prisionera están 
contados. 
—De acuerdo. —Ocultando mi sonrisa, alcanzo el pomo de la 
puerta de la ducha—. Vamos. 
—No. —Me sujeta el brazo, manteniéndome en la ducha—. 
Aquí mismo. 
La ducha es pequeña, su gran volumen ocupa la mayor parte 
de la habitación. Me sentiría más cómoda en una cama con Enzo 
 
 
 
 
 
 
 
de pie, muy lejos, pero percibo por la mirada salvaje de sus ojos que 
esa idea no funcionará. 
—Cambia de lugar conmigo, entonces. 
Nos cruzamos y dejo que mi culo roce su muslo. Lo siento 
respirar y tengo que reírme. Ja, ja. No tiene ni idea de a quién se 
enfrenta, ¿verdad? 
Enzo no dice nada, solo se mueve hacia el chorro mientras me 
dirijo al extremo opuesto de la ducha. Su mandíbula está tensa 
mientras me observa, con la mano de nuevo en la polla, 
acariciándola. 
—Ahora, micina —susurra, un suspiro como una brizna de 
vapor en el aire—. Déjame ver cómo trabajas tu clítoris. 
—Deja de hablar. —Cierro los ojos y trato de silenciarlo 
mientras deslizo mis manos entre mis piernas—. Necesito fingir que 
no estás aquí. 
—Cazzata. Te gusta ver cómo trabajo mi polla. Abre los ojos. 
—No —digo tercamente. 
—Hazlo, o el trato se cancela. 
Mis párpados se abren de golpe y lo miro fijamente. 
—Imbécil. —Clavo mi mirada en su polla y trato de no pensar 
a quién está unida. 
Mi coño está hinchado, resbaladizo. Preparado para el sexo. 
Me toco el piercing, burlándome, y escucho a Enzo gruñir en su 
garganta. Empiezo hacer círculos con los dedos, con la joya 
clavándose en las puntas de los dedos. Mi clítoris palpita, 
asomando detrás de su capucha, y me froto mientras veo cómo su 
puño aprieta la cabeza de su polla. Una gota de humedad aparece 
en la punta y él utiliza su pulgar para untarla por toda la cabeza. 
Me lamo sin querer los labios, preguntándome por su sabor, y olas 
de calor recorren mis miembros, instalándose en mi núcleo. 
 
 
 
 
 
 
 
—Toccati —murmura—. Apri le gambe. 
—En inglés, stronzo. 
—Tócate y abre las piernas, troietta. 
Putita. 
Dios, quiero odiarlo por eso, pero una ráfaga de calorme 
desgarra. 
—Jesús —susurro, mientras abro ligeramente las piernas—. 
Eres un idiota. 
—¿Te gusta que te insulten, Gianna? —Suelta su polla y 
coloca sus manos a ambos lados de la ducha, exhibiéndose para 
mí—. ¿Te gusta que te tiren del cabello? ¿Te gusta recibir la corrida 
de un hombre en tu rostro? 
Mierda, cuando pregunta esas cosas con su voz grave con 
acento italiano, suena a puro sexo. Sin duda, Enzo folla como una 
bestia, duro y sucio. Yo aún no he experimentado eso. Los hombres 
con los que he estado me trataban con educación, como si fuera de 
cristal. Mi relación de cinco meses con Grayson había sido la más 
larga, y la mayoría de las veces había terminado en el baño después. 
Una vez le pedí que me azotara y me dijo que no quería degradarme 
de esa manera. 
Algo me dice que Enzo no tendría problema en cumplir esa 
petición. 
Excepto que no pienso dejar que tenga la sartén por el mango. 
—¿Es eso lo que te gusta hacer a las mujeres en la cama, Don 
D'Agostino? 
Ignorando mi pregunta, se queda mirando mi mano entre las 
piernas. 
—Me gustaría que estuvieras sentada en mi rostro ahora 
mismo. Te lamería y te mordería, te chuparía el clítoris hasta que 
te desmayaras. Quiero tirar de tu piercing con los dientes hasta que 
 
 
 
 
 
 
 
te escueza, y luego hacer que te corras tan fuerte que te chorrees 
sobre mí. 
Jesús, mierda. 
Mis dedos se mueven más rápido, mi placer subiendo, 
expandiéndose. Me quedo mirando su ancha polla, que sobresale 
orgullosa de su cuerpo, meciéndose en el vapor, con su piel lisa y 
sus venas a lo largo de los lados. La cabeza está enrojecida y 
redonda, goteando líquido nacarado. Imagino que ese grosor me 
perfora en mi interior, me parte por la mitad y me llena, más de lo 
que había sentido nunca. Mi coño se aprieta alrededor del vacío y 
gimo. 
—Usa tus dedos dentro de tu coño —dice—. Imagina que soy 
yo. 
Es como si pudiera ver mis pensamientos. Meto dos dedos en 
mi canal, ansiando ese ardor al estirarme por primera vez, y bombeo 
hasta que los dedos están completamente dentro. Jadeo, con los 
párpados tan pesados que ahora son ranuras. 
—¿Te gusta eso, no? —ronronea—. Dime, micina. 
—Me gusta. 
—¿Deseas que esa sea mi polla? 
Me lamo los labios mientras miro su erección, demasiado 
excitada para mentir. 
—Sí. 
Se agarra de nuevo, con sus fuertes dedos envolviendo la polla 
mientras tira. 
—Te follaría tan bien, sporca puttana60. Profundo y duro. Te 
daría toda mi corrida, todo lo que estoy guardando en mis bolas 
solo para ti. 
 
60 Sporca puttana. Puta sucia, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
—Dios, ¿nunca te callas? —jadeo, mientras empiezo acariciar 
mi clítoris de nuevo. Me tiemblan las piernas, mis movimientos son 
descoordinados porque estoy muy excitada. Tan cerca. Tan 
necesitada. 
—Y lo tomarás, ¿no? —continúa, claramente sin importarle 
que esta sea una conversación unilateral—. Nunca he visto a una 
mujer tan hambrienta. ¿No sabían esos chicos de Canadá cómo 
follarte? Apuesto a que te dejaron insatisfecha. 
Sal de mi cabeza, mafioso. 
Sigo adelante, el orgasmo está tan cerca que prácticamente 
puedo saborearlo. Sí, sí, sí. Sé que esto va a ser bueno. 
—Detente. 
La palabra resuena en el pequeño espacio como un látigo. Sin 
quererlo, le obedezco, mi mano se calma. Entonces me doy cuenta 
de lo que está haciendo, jugando a su juego. Al diablo con esto. 
Quiero un orgasmo, así que sigo frotando. 
—Ni hablar. Estoy demasiado cerca. 
Las líneas de su rostro se endurecen, sus músculos se 
hinchan, y la mirada en sus ojos es casi maníaca. 
—Detente o nuestro trato se cancela. 
De alguna manera fuerzo mi mano hacia mi muslo. 
—Eres un imbécil. 
Alcanza a cerrar el agua, luego sigue tirando perezosamente 
de su polla. 
—Ponte de rodillas. 
Mierda. Debí saber que no me dejaría correr fácilmente. 
—¿Por qué? 
 
 
 
 
 
 
 
—Porque yo lo digo, maldición. 
No aparto la mirada. ¿Es esto un juego de humillación? Este 
hombre es imprevisible y malvado. Debería estar temblando de 
miedo. 
Estoy temblando, pero no es porque tenga miedo. 
¿Qué va hacer? No tengo ni idea. 
Lo que significa que tengo que averiguarlo. 
Lentamente, doblo las rodillas y me poso en la húmeda 
baldosa, con las piernas abiertas de forma obscena, exponiendo 
todo. Mi clítoris hinchado palpita, mi coño sin duda abultado y 
enrojecido, y él lo toma, su boca se afloja mientras su mano se 
mueve más rápido a lo largo de su polla. Esto le gusta. Su pecho se 
agita, la respiración sale rápidamente de sus pulmones. 
—Suplícame —dice en un tono bajo—. Suplícame que te deje 
correr. 
Yo puedo jugar a su manera... o él puede jugar a la mía. De 
los dos, estoy segura que yo puedo durar más sin un orgasmo. 
Con las manos apoyadas en los muslos, empiezo a canturrear: 
—¿Ve lo mojada que estoy, Don D'Agostino? ¿Puedes 
comprobar lo excitada que estoy viendo cómo masturbas esa gran 
polla suya? Apuesto a que tienes que usar lubricante cuando follas, 
eres tan grande. ¿Las mujeres gritan cuando las penetras? ¿Las 
haces sangrar, les dejas los coños en carne viva? 
Su mano vuela, bombeando más fuerte, apretando, su 
respiración entrecortada. 
—¡Minchia! —sisea—. Esa puta boca. 
—Te gustaría llenarla, ¿verdad, Don D'Agostino? —gruñe y sé 
que he acertado—. Ver mis labios estirados ampliamente mientras 
te metes en mi garganta, tan profundo que me haría llorar. ¿Me 
harías beber tu semen, tragarlo hasta que mi vientre se desborde? 
 
 
 
 
 
 
 
—¡Cazzo! —grita al techo, mientras echa la cabeza hacia 
atrás. Gruesas hileras de semen brotan de la punta de su polla, su 
gran cuerpo se convulsiona, se estremece, mientras su rostro se 
relaja por el puro placer. Con su expresión libre de su habitual 
cinismo maligno, es mucho más guapo. Sin darme cuenta, muevo 
mis dedos para rodear mi clítoris de nuevo mientras veo a este 
peligroso pero falible hombre desmoronarse. 
Es hermoso. 
Cuando sus párpados se abren de golpe, estrecha su oscura 
mirada hacia mí. En dos pasos tengo su mano alrededor de mi 
brazo, tirando bruscamente para ponerme de pie. 
—¡Oye! —digo, tratando de alejarme mientras me saca de la 
ducha—. Te he seguido el juego. Ahora me toca a mí. 
—No me seguiste el juego y ahora vas a sufrir por eso. 
Una vez más me arrastra, mojada, hasta el dormitorio. 
¿Tendré alguna vez la oportunidad de secarme con una toalla en 
este maldito yate? 
—¿Quieres dejar de arrastrarme? Se está haciendo viejo. 
—Lo que también se está haciendo viejo es la forma en que me 
desobedeces. Ahora serás castigada. 
No me gusta la idea de los “castigos” de Enzo. Después de 
todo, ató a Frankie y le metió un arma en la boca. 
Me tira a la cama y luego sigue para inmovilizarme con su 
cuerpo. 
—¡Suéltame, mafioso! Eres demasiado pesado. —No puedo ver 
lo que está haciendo, pero hay algo en la cabecera del colchón. Unos 
dedos fuertes me agarran la mano y tiran hasta que mi brazo se 
endereza, entonces siento una gran correa alrededor de mi muñeca. 
¡Mierda!—. Prometiste que no volverías a esposarme. 
—No te estoy esposando. Te estoy atando. 
 
 
 
 
 
 
 
—Eso es lo mismo, hijo de puta. 
Empiezo a forcejear en este momento, tratando de luchar 
contra él con todo lo que tengo. No quiero estar a su merced. ¡Se 
supone que debe estar a la mía! Le digo todas las palabrotas que 
conozco mientras él se acerca al otro lado y saca otra correa. 
Maldito equipo BDSM. En cualquier otra circunstancia estaría 
saltando de alegría, lista para jugar. 
En cambio, fantaseo con estrangularlo con la correa. 
Para cuando estoy atada con los brazos estirados por encima 
de la cabeza, ambos respiramos con dificultad. Sigo luchando, así 
que me inmoviliza las piernas con su torso. 
Con los ojos brillantes de triunfo, me abre los muslos. 
—Mira este pobre coño. Sei bagnata. Tan mojado. —Usando 
su dedo corazón, hace girar el piercinguna vez. Jadeo, las ondas 
de choque reverberan por mi clítoris, mi vientre, hasta los dedos de 
los pies. 
—Maldita sea —escupo, odiándolo por haberme excitado. Otra 
vez. 
—Suplícame. —Otro movimiento. El ligero toque es como un 
atizador caliente en mis venas y gimo. 
Luego aprieto los dientes, luchando contra la reacción de mi 
cuerpo. No es así como debe ser. Debería estar volviéndolo loco, 
haciéndolo jadear por mí. 
—Se sentiría tan bien, ¿no? Mi lengua en tu clítoris, 
lamiéndote. Esos chicos con los que estuviste, ¿sabían cómo 
comerte el coño? Apuesto a que no tenían ni idea. 
Jesús, su voz. 
Entonces empieza a susurrar en italiano, que no entiendo, 
pero los sonidos son muy sexys. Capto las palabras para rostro y 
boca, y puedo adivinar que habla de comerme. No quiero decirle que 
 
 
 
 
 
 
 
tiene razón, que nunca me he corrido con un oral. Grayson lo hizo 
un par de veces cuando lo pedí pero no parecía muy interesado, así 
que dejé de pedírselo. Enzo parece muy, muy interesado, si su 
expresión es algo a tener en cuenta. 
Siento que caigo bajo su hechizo, que quiero suplicar, aunque 
solo sea para experimentarlo una vez. Siento curiosidad por ese 
supuesto orgasmo cataclísmico que resulta de recibir una comida 
de coño y de la que hablan las mujeres cuando los hombres no 
están cerca. Mi cuerpo palpita de excitación, con cada latido de mi 
corazón como un tambor entre mis piernas. Mis caderas se agitan 
hacia su rostro. 
—Eso es —cambia al inglés—. Lo deseas tanto, mia sporca 
puttana. Dilo: “Ti prego, Don D'Agostino”. 
Esto está resultando mal. 
—¿No preferirías dejarme chupar tu polla? —Lo intento. 
Chupando suavemente, sopla en mi clítoris y mi espalda se 
arquea, el aire caliente es una caricia dolorosa en mi carne 
hipersensible. Miro al techo e intento respirar. Trato de calmar mi 
corazón acelerado. 
—Aquí —dice—. Te ayudaré. Repítelo. Voglio la tua testa fra le 
gambe61. 
Sé que voglio es “quiero” y gambe significa “piernas”. Puedo 
completar el resto basándome en nuestra posición. 
—Prefiero morir que rogarte por algo. 
Se levanta de la cama usando los brazos, luego se queda de 
pie y niega con la cabeza. 
—Veremos si lo dices de verdad, ¿no? 
 
61 Voglio la tua testa fra le gambe. Quiero tu cabeza entre mis piernas, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
 
Girándose, empieza a caminar hacia el armario abierto en el 
otro lado de la habitación. Me esfuerzo sin éxito por liberarme de 
las correas mientras él desaparece en el interior. 
—Espera, ¿a dónde vas? Tienes que liberarme. 
Esta en bóxer ajustado cuando sale, con un par de jeans en 
las manos. 
—Me voy a trabajar durante unas horas. No te preocupes, 
volveré. —Se coloca los jeans y sus músculos se mueven mientras 
se viste. 
—No te atrevas a dejarme aquí, imbécil. —Estoy hecha un lío, 
palpitante y húmeda. El olor a sexo, a mí, flota en el aire. Necesito 
tener las manos libres para encontrar alivio. 
—¿Estás lista para rogar? 
—No —grito—. ¿El tiempo que pasaste en el calabozo te dejó 
sordo? 
—Mencionar el calabozo es imprudente, Gianna. —Con el 
ceño fruncido, se mete de nuevo en el armario. 
No puedo resistirme a provocarlo. 
—¿Por qué? ¿No te gusta que te recuerden cuando te trataban 
así? 
—Porque me recuerda lo mucho que quiero vengarme de tu 
cuñado, y tú eres ese instrumento de venganza. 
Cuando vuelve ya se ha puesto una camiseta, pero de las 
caras. Con sus jeans de diseño, su reloj caro y su cabello mojado y 
desordenado, parece un modelo de portada. He visto bastantes en 
Milan mientras trabajaba para Domenico. Enzo podría adornar la 
portada de cualquier revista masculina. 
Pero es la confianza en sus hombros, el duro gesto de su 
mandíbula, lo que lo distingue como alguien peligroso. Alguien 
 
 
 
 
 
 
 
despiadado. No es una rata de gimnasio mimada; es un asesino a 
sangre fría. 
Un asesino que deseo desesperadamente que me folle. 
Dios, ¿qué me pasa? 
—Quiero volver a la jaula —intento. Al menos allí tendré el 
uso de mis manos y no lo olería a mi alrededor. 
—No. —Se acerca y se pone en el lado de la cama más cercano 
a mí. Con la punta de los dedos busca lentamente la punta de mi 
pezón. Intento apartarme, negándome el placer, pero solo consigo 
hacerme daño en las muñecas. Se ríe, el muy bastardo—. Creo que 
te mantendré aquí, esperando y lista para mí. A presto, micina. 
¿Es de verdad? Mi cuerpo se siente como un alambre, tenso y 
al límite. Antes que pueda incinerarlo con la mirada, se da la vuelta 
y se dirige a la puerta. Me quedo boquiabierta. ¿De verdad va a 
dejarme así? 
—¡No te atrevas a irte, D'Agostino! Juro por Dios que te 
apuñalaré a la primera oportunidad que tenga si te vas de aquí. 
—Espero que lo hagas —dice por encima de su hombro—. La 
visión de la sangre me pone duro. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
DOCE 
ENZO 
 
Con la bebida agarrada en mi mano, me apoyo en la barandilla 
y observo cómo el yate atraviesa el agua azul. Nos dirigimos al 
suroeste, lejos de Cannes y hacia aguas abiertas. Pienso en Gia, 
encadenada a mi cama, con su coño mojado e hinchado, y lo único 
en lo que puedo concentrarme es en meter mi polla en ese apretado 
y húmedo agujero. 
Nadie me culparía por tomarla. Teniendo en cuenta mi 
historia con Ravazzani, probablemente lo esperan. Pero no me 
apresuraré. Será mucho más satisfactorio si ella está dispuesta. 
Tengo que doblegarla, conquistarla hasta que haga cualquier 
cosa que le pida... chuparme, follarme, suplicarme. Quiero su 
mente, no su cuerpo. Ella será mi pequeño juguete, mi pequeña 
mascota. Solo pensar en Gianna así de dispuesta, así de servil, me 
 
 
 
 
 
 
 
hace doler las bolas. Ravazzani odiará ver a su cuñada degradarse 
por mí, que es lo que más deseo. 
Doy un sorbo a mi bebida y trato de despejar mi mente 
mientras el viento azota mi cabello. No me gusta mi reacción ante 
ella. Debe tenerme miedo, aterrorizada por lo que puedo hacerle, y 
sin embargo pelea y me maldice cada vez que puede. Ninguna mujer 
había actuado así conmigo. Conocen mi trabajo, mi reputación. 
Siempre hacen lo que yo digo, sin hacer preguntas. Sin embargo, 
Gia sigue presionándome, pinchándome. 
¿No se da cuenta del peligro que supone darme cuerda? 
Las reglas y los límites no significan nada para mí, y desde 
que escapé del calabozo ni siquiera sé obedecer ninguno. Me 
tambaleo al borde de la cordura en todo momento. Mis únicos 
objetivos son proteger a mi familia y vengarme de Ravazzani por 
cualquier medio. No me importan los sentimientos de Gia ni su 
comodidad. 
¿Puedes ver lo excitada que estoy viendo cómo te masturbas 
con esa gran polla que tienes? 
Se veía tan perfecta, de rodillas a mis pies. Exactamente 
donde debe estar. Le haré pagar por haberme sacado el semen de 
las bolas demasiado pronto. 
La puerta se abre detrás de mí y mis hermanos salen a la 
cubierta. Massimo parece desaliñado y con resaca, como si Vito lo 
hubiera sacado de la cama. 
—¿Ya estás bebiendo? —pregunta Vito, mientras ambos se 
apoyan en la barandilla junto a mí. 
—No dejes que lo huela —dice Massimo, girando la cabeza 
hacia otro lado—. O vomitaré sobre la barandilla. 
Miro fijamente a mi hermano menor. 
—Tienes que dejar de beber y consumir tanto. 
 
 
 
 
 
 
 
—Lo dice el hombre que se toma un trago a las diez de la 
mañana. 
—Puedo hacer lo que me dé la gana —espeto—. No es lo mismo 
para ti. Los alcohólicos y los drogadictos se vuelven descuidados. 
Cuando te descuidas, te mueres. 
—Ma dai, Enzo. Se me permite salir de fiesta de vez en cuando. 
—Define de vez en cuando. Por lo que veo es todos los días. 
Massimo se aparta de la barandilla y se gira. 
—Me vuelvo a la cama antes que vomite. 
Cuando Vito y yo nos quedamos solos, dice: 
—Intenta no ser demasiado duro con él. Está aburrido y echa 
de menos su antigua vida. 
—Me importa una mierda lo que eche de menos. ¿Crees que 
noextraño a Luca y Nicola? ¿Nuestra hermana? ¿Mi casa? Estoy 
tratando de mantenernos a todos vivos. 
Vito levanta las manos. 
—Lo sé, pero es joven. Recuerda cómo eras tú a esa edad. Se 
trata de probarte a ti mismo y de coños. 
Para mí no fue así. Todavía estaba bajo el pulgar de mi padre 
mientras me forjaba en el hombre que quería que fuera: despiadado 
y sin piedad. Un asesino sin remordimientos. En gran parte lo he 
conseguido. He necesitado cinco días en un calabozo medieval para 
completar el trabajo. 
No quiero hablar de todo esto ahora. 
—¿Fue por eso que viniste aquí? 
—Acabo de enterarme por mi contacto en la Questura di 
Milano. Ravazzani está intentando conseguir una prueba de ADN 
de la chica encontrada en la explosión del bar. 
 
 
 
 
 
 
 
Hago una pausa, con mi bebida a medio camino de la boca. 
—¿Che cazzo? 
—Esa fue mi reacción. Debe sospechar que no es Gia. 
—¿Cómo? 
—No tengo ni idea. 
—Entremos y pongamos a Ravazzani al teléfono. Después de 
todo, aún no he ofrecido mis condolencias. 
—¿Estás seguro que eso es prudente? 
—Él espera que llame. —Es lo que hacemos, después de todo. 
Aprovechamos cada oportunidad para golpear al otro. Si no le doy 
a esta herida, se preguntará por qué y sospechará de mi 
participación—. Parecerá sospechoso si no lo hago. 
Entramos y busco ruidos de la ciudad en mi teléfono mientras 
Vito marca. Pone su teléfono en la mesa cerca de mí mientras 
suena. Respirando profundamente para calmarme, espero a que el 
testa di cazzo responsable de todos mis problemas conteste. 
—Pronto —dice una voz profunda y familiar, una que todavía 
escucho en mis pesadillas. 
—Ciao, Ravazzani. ¿Come stai? 
—D'Agostino. Ha pasado mucho tiempo. —Hay movimiento en 
el fondo, como si fuera a un lugar privado. 
—Espero no haberte sorprendido en un mal momento —
digo—. He oído que no estás trabajando tanto estos días. —Se 
rumorea que pasa la mayor parte del tiempo con su esposa y sus 
hijos, algo que yo también estaría haciendo si no me hubiera robado 
mi vida. 
—Siempre tengo tiempo para ti. ¿Cómo van tus vacaciones? 
Vacaciones. Bastardo. 
 
 
 
 
 
 
 
—Llamé para ofrecer mis condolencias. 
No habla durante un largo segundo. 
—¿Por? 
—Tu cuñada. Me enteré que tuvo un terrible accidente. Es 
una pena. 
—Sí, muy terrible. Curioso, también. 
Mantengo mi voz ligera. 
—¿Es así? 
—Las grabaciones de las cámaras de la calle y del restaurante 
fueron borradas a distancia. Haría falta un hacker informático con 
talento para borrar esas cámaras. 
Sí, se necesitaría, y por eso contrato a los hackers con más 
talento de Europa. 
—Eso es extraño. ¿Así que sospechas de juego sucio? 
—En el mundo en que vivimos, siempre sospechamos, ¿no? 
—Sí, certo. Por eso estoy investigando el incendio provocado 
en una de mis propiedades. Está en Pozzuoli, a las afueras de 
Napoli. 
Silencio desde el otro lado. 
—No entiendo —continúo—. Porque la casa ni siquiera estaba 
a mi nombre. Quién fue a buscarme debió de sentirse muy 
decepcionado al encontrarla vacía. Enfurecido, incluso. 
Casi puedo oír cómo rechina los dientes antes que diga: 
—Quizá viajaron una gran distancia y pensaron que lo menos 
que podías hacer era estar allí para recibirlos. 
 
 
 
 
 
 
 
—Supongo, pero los visitantes inesperados nunca son 
bienvenidos. Pienso hablar con quién los haya invitado. —En otras 
palabras, Giulio Ravazzani. 
—Lo entiendo. Siento lo mismo por quien es responsable de la 
muerte de mi cuñada. 
—Sorprende que tu nombre no la haya protegido en tu propio 
país, ¿no? Eso debe escocer. ¿Significa esto que estás decayendo, 
Fausto? 
—Supongo que lo veremos con el tiempo. Ahora debo colgar. 
Mi esposa y mis hijos me necesitan. ¿Recuerdas cómo era eso, no? 
Debe ser duro para ti, estar separado de tu familia durante tanto 
tiempo. 
Aprieto los puños y me imagino arrancando el corazón que 
late en su pecho. 
—¿Y cómo está la tua bella moglie62? Por favor, dale mi amor. 
Cuelga. 
Suspirando, cierro los ojos. Lo odio tanto. 
—Sospecha de mí. 
—Sí, eso está claro —coincide Vito—. Pero todavía no sabe lo 
del accidente de Angela. 
Eso es un alivio. 
—Lo que significa que no sabe que Luca y Nicola están en 
Inglaterra. —Es posible que respete a mis hijos por lo que pasaría 
si no lo hiciera. Ahora tiene hijos pequeños y se convertirían en un 
juego limpio, una posibilidad que cualquier padre desea evitar. 
 
62 Tua bella moglie. Tu hermosa esposa, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
 
Vito se acerca para apagar el sonido de mi teléfono cuando no 
me muevo. 
—Puedo intentar retrasar la prueba de ADN, si quieres. 
—Sí, lo que haga falta. Si el agente no acepta un soborno para 
hacerlo, hagamos que Stefano o alguno de los otros borre los 
registros que sean necesarios para retrasarlo. 
—Por supuesto. ¿Vas a ir a la oficina? 
Consulto mi reloj. Lleva tres horas atada, desnuda y 
cachonda. ¿Habrá sufrido bastante? 
La anticipación zumba en mi al pensar en su clítoris 
hinchado, empujando contra esa joya de metal. Con los pezones 
duros en el aire frío. Mi micina estará escupiendo furiosa para 
cuando yo vuelva, desesperada por el alivio. No puedo esperar. 
Es hora de ir a jugar con mi mascota. 
 
 
GIA 
Me despierto atrapada y desorientada. 
Almohadas y sábanas suaves. Claro, la cama de Enzo. Me dejó 
aquí y me he vuelto a quedar dormida. Intento moverme, pero no 
puedo hacerlo. Algo me pesa. 
Entonces me despierto del todo, con los ojos entrecerrados por 
la brillante luz del sol que entra por el cristal. En la distancia no 
hay nada más que azul hasta donde yo puedo ver. 
¿Por qué no puedo moverme? 
—¿Has disfrutado de la siesta? 
 
 
 
 
 
 
 
¡Oh, ese imbécil! Me sacudo y tiro una patada, esperando 
como el demonio que lo alcance en el trasero. 
—¡Suéltame! 
Se ríe entre dientes. 
—Una pena. Me gustabas dormida y dulce. 
Intento empujarlo más lejos sin usar las manos. 
—Suéltame ahora, Enzo. 
En un instante está encima mío, todo ese músculo duro 
inmovilizándome hasta el punto de no poder moverme. Oh, Dios. 
Puedo sentirlo en todas partes, especialmente su polla, que es 
gruesa contra mi vientre. Luchar contra él solo nos excita a los dos, 
aparentemente, y ahora estoy pensando en el sexo. En esa gran 
polla y en cómo se sentiría dentro de mí. 
Y lo odio por eso. 
Un aliento caliente recorre mi mejilla mientras me acaricia. 
—Ah, te gusta luchar y follar al despertar, ¿no es así, troietta? 
—Sus labios rozan mi mandíbula y me hacen temblar. 
—Suéltame. —Mi voz es débil, como si mi cuerpo no estuviera 
totalmente de acuerdo con esa decisión. 
—¿Estás preparada para suplicar? —Aprieta sus caderas 
contra mi montículo y casi gimo cuando mi piercing se arrastra 
contra su polla. 
—Nunca te rogaré por nada, mafioso. 
Se ríe con una sonrisa oscura y me sorprende bajando la 
cabeza. 
—¿Te gustaría visitar el baño? 
 
 
 
 
 
 
 
Después de haber estado esposada a la cama durante horas, 
pienso que la respuesta es obvia. Pero si cree que volveré a rogar 
por eso, se espera otra cosa. Primero me mearé en la cama. 
—Sí. 
Sin decir nada, deshace las correas alrededor de mi muñeca. 
Mirándolo con desconfianza, me froto las muñecas y trato de 
recuperar la sensibilidad en mis brazos entumecidos. 
—¿Cuál es la trampa? 
—No hay trampa. Confío en que uses el baño y luego vuelvas 
a la cama. 
—¿Y si no lo hago? 
—Entonces te perseguiré, y no te gustará lo que ocurra 
cuando te capture. 
El corazón me late con fuerza en el pecho, la emoción de 
desobedecerle me recorre, me atrae, a pesar del riesgo. Y es muy 
arriesgado. Mi vida está en manos de este hombre. No hay nada que 
le impida volver a meterme en la jaula. Diablos, puede arrojarme al 
océano ahora que conoce mi debilidad. Puede torturarme. Puede 
cortarme partes del cuerpo y enviárselas por correo a mi padre si 
quiere. 
Y aun así el deseo de rebelarmeme incita. 
—Me portaré bien —digo con dulzura. Demasiado dulce, pero 
realmente necesito orinar y alejarme un momento de él. 
Sus cejas se hunden como si no confiara en mí. 
—Y no te des placer ahí adentro porque lo sabré y te castigaré. 
—En serio, ¿cómo no te ha asesinado una mujer antes? Eres 
lo peor. 
 
 
 
 
 
 
 
—Vai avanti63 —dice, y agita la mano hacia el baño. 
La puerta del baño está casi completamente cerrada cuando 
habla: 
—Ah, me olvidé de mencionar que voy a revisar cada orificio 
cuando vuelvas a la cama. Así que no se te ocurra esconder el 
resorte del rollo de papel en ningún sitio. 
Me quedo paralizada. Así que se enteró de cómo me había 
escapado de la jaula. Supongo que no debo sorprenderme. 
—No sé de qué estás hablando. 
—Supongo que lo veremos cuando vuelvas, ¿no? 
Bastardo. 
Me tomo mi tiempo para ir al baño y lavarme el rostro. 
Mientras me cepillo los dientes, miro la navaja de Enzo y lo afilada 
que está. Deseo poder agarrar una, esconderla y usarla para 
asegurar mi libertad. Pero él espera que saque un arma del baño. 
¿Realmente revisará mis orificios? Aprieto los músculos del culo, 
apretando fuerte como si quisiera mantenerlo afuera. Mejor que ni 
lo intente. 
Después de beber un poco de agua del grifo, decido 
enfrentarlo. Sea cual sea el infierno que tiene planeado para mí hoy, 
puedo soportarlo. 
Abro la puerta y entro en el dormitorio. Está exactamente 
donde lo dejé en la cama, pero parece ansioso, nervioso. Las líneas 
de su rostro están marcadas, su cuerpo está anormalmente quieto 
mientras mira el agua. Cuando me ve, su mirada se estrecha como 
si intentara ver dentro de mi cerebro. Camino con la cabeza alta 
hacia mi lado de la cama y espero. 
—¿Y bien? 
 
63Vai avanti. Adelante o continua, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
—Acuéstate. 
En cambio, le doy una vuelta completa a mi cuerpo. 
—Sin armas, como puedes ver. 
—He dado una orden, Gia. Ponte en la cama. 
—Mis orificios están fuera de los límites, D'Agostino. 
El lado de su boca se tuerce como si me encontrara divertida. 
—Será más fácil para ti si no creas problemas. 
—Pero me gustan los problemas —digo sin pensar, porque es 
cierto. 
Sin embargo, no he pensado en la forma en que esto se 
transmitirá. Básicamente lo estoy desafiando. 
Su expresión se vuelve dura, un poco aterradora. 
—Te daré la cuenta de tres. Si no estás en la cama antes de 
eso, iré por ti y habrá consecuencias. 
Nos miramos fijamente y trato de no reaccionar mientras 
contemplo esto. No tengo ni idea de lo que hará si le desobedezco, 
pero si quiero meterme en su piel, tengo que entrar en su juego. Por 
el momento. 
Bajo a la cama y me estiro. En sus ojos color café brilla la 
satisfacción y luego dice: 
—Los brazos por encima de la cabeza. 
—No hace falta que me sujetes. 
—Yo decidiré si es necesario o no. Los brazos, ahora. 
Lentamente levanto los brazos. Se acerca a mí y me coloca un 
brazalete en una muñeca. Luego se levanta y da la vuelta para 
sujetar también mi otra mano. Lo miro fijamente, preguntándome 
qué va a hacer. No me gusta estar tan desequilibrada con nadie, 
 
 
 
 
 
 
 
especialmente con un hombre que ha jurado utilizarme como 
venganza. 
—¿Y ahora qué? —No puedo evitar preguntar. 
No contesta mientras se dirige hacia el extremo de la cama. 
Su fuerte pecho desnudo me distrae ante la luz del sol, con una 
infinidad de cicatrices y marcas ásperas que cruzan su piel como 
un mapa de carreteras. Es un hombre cruel, inflexible y sin miedo 
a la violencia, y sin embargo, me ha tratado con tanta delicadeza la 
noche anterior después de rescatarme. ¿Qué significa eso? 
Aprieto los labios cuando saca un juego de las mismas 
ataduras a los pies de la cama. Oh, mierda. ¿Quiere asegurar 
también mis piernas? 
La pregunta se responde pronto cuando me agarra el tobillo y 
me pone el brazalete sobre el pie. 
—No hace falta que hagas esto —me apresuro a decir—. No 
voy a ir a ninguna parte. —Gracias a las correas de sujeción de las 
muñecas. 
El brazalete me aprieta la pierna derecha. Satisfecho, se 
mueve hacia el otro lado y empiezo a respirar profundamente, 
luchando contra el impulso de patear y pelear. ¿Qué está 
planeando? ¿Por qué me necesita abierta sobre la cama? Con 
cualquier otro hombre supondría que se trata de un juego sexual, 
pero a Enzo le gusta más el castigo que el placer. 
Cuando estoy atada, se sube a la cama, sus músculos se 
mueven mientras se arrastra entre mis muslos, y mis nervios se 
retuercen en mi vientre. Esto no es bueno. ¿Por qué no me enfrenté 
a él antes? Nuestras posiciones deberían estar invertidas ahora 
mismo, para que pueda arrastrarme sobre él y volverlo loco. 
Sus palmas se deslizan por mis muslos y se me pone la piel 
de gallina. Me acaricia el piercing una vez, con su voz como un 
susurro seductor: 
—¿Debo dejar que te corras, bambina? 
 
 
 
 
 
 
 
Niña. 
El calor florece en mi coño, esas palabras están cargadas de 
formas que no puedo empezar a descifrar. ¿Realmente va a jugar la 
carta de papá ahora? Joder. Es como si pudiera ver en mi mente la 
mejor manera de manipularme. 
—No lo hagas —le suplico, sin importarme que suene débil. 
Me recorre suavemente mi abertura con el dedo corazón. 
—Tal y como pensaba. Mojada. —Se lleva el dedo a la boca y 
lame mi excitación—. Te gusta eso, cuando te llamo niña. 
—No, no me gusta —digo, con el pecho agitado por la fuerza 
de mi respiración—. No necesitas hacer esto. 
—¿Te duele por dentro? —Desliza su dedo directamente en mi 
canal, presionando profundamente hasta que está completamente 
asentado. Entonces curva su dedo, golpeando un punto que yo 
había jurado que era un mito urbano. 
Mi espalda se inclina sobre la cama, los miembros se tensan 
contra las ataduras, y me muerdo el labio para permanecer callada. 
No quiero pensar en lo bien que se siente cualquier parte de él 
dentro de mí, en que ese dedo no es suficiente. 
—Por favor —jadeo, sin estar segura de lo que pido. 
Él bombea su mano, la fricción es deliciosa y frustrante a la 
vez. Luego añade otro dedo, yendo despacio hasta que lo introduce, 
y yo gimo. La presión es jodidamente increíble. 
—Mira qué bonito —dice— chupando mis dedos. Qué goloso es 
este coño. No te preocupes, micina. Voy a cuidar muy bien de ti. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
TRECE 
GIA 
 
Contengo la respiración. 
No sé lo que va a pasar. Solo sé que va a ser malo. 
Si se burla de mí, será horrible. Peor que horrible. Esta 
mañana ya ha sido bastante frustrante. No quiero volver a pasar 
por eso. 
Pero si realmente me da placer, si me rindo a él, será 
humillante. Se impondrá, y eso es lo que más me asusta. 
Lamiéndome los labios secos, me obligo a decir: 
—No necesito que me cuides. Deja que yo me ocupe de ti. 
 
 
 
 
 
 
 
Bombea sus dedos perezosamente, entrando y saliendo, 
arrastrando contra mis tejidos sensibles. Inhalo bruscamente, el 
placer me atraviesa como un rayo. 
—Claro que sí —dice en tono sombrío—. Eres una sporca 
troietta, tan deseosa de eso. Tan necesitada. 
Mi cuerpo se tensa hacia la fuente de este gozo, persiguiéndolo 
y convirtiéndome en una mentirosa. 
—No, no lo hago. No lo hago. Dios, no. Joder, sí. —¿Estoy 
balbuceando? Apenas puedo seguir la conversación mientras me 
folla con sus dedos. 
—¿Oyes lo mojado que está tu coño para mí? —Los sonidos 
resbaladizos llenan el dormitorio y quiero morirme de vergüenza. Se 
ríe—. Puedo olerte desde aquí. 
Entonces sus dedos abandonan mi coño y me relajo 
ligeramente, hasta que los desliza en la raja de mi culo, buscando. 
Oh, mierda. Joder, no. Me aprieto, esperando evitar lo que sospecho 
que va a suceder. 
—Relájate —canturrea—. Déjame entrar. Deja que te palpe, 
que te revise en busca de cualquier arma que puedas esconder. 
Mentira. No está comprobando si hay armas. 
—Esto es ridículo. Sabes que no estoy escondiendo nada. 
Encuentrael anillo fruncido del músculo y lo rodea con las 
puntas de los dedos. Tiro de las ataduras, tratando de alejarme de 
él. No porque no me guste que me toquen ahí. Todo lo contrario. 
Me gusta demasiado. 
Y no quiero que Enzo use ese conocimiento en mi contra. 
—No estoy ocultando nada, lo juro. Deja que te la chupe. —Le 
daré la mejor mamada de su vida. Lo que sea necesario para 
evitarlo. 
 
 
 
 
 
 
 
—Shh. —Inclinándose, presiona un beso en mi piercing—. 
Solo quiero hacerte sentir bien. 
Mi cuerpo me traiciona, ablandándose al instante ante las 
palabras, y él se aprovecha al máximo. La punta de su dedo penetra 
en mi culo, y el conocido ardor enciende mi estómago, un pellizco 
perseguido por un placer increíble. A menudo utilizo juguetes 
anales cuando me masturbo, y siempre me corro como un cohete. 
Dios, por favor, que este hombre no se entere de lo sensible que soy 
ahí. 
Me invade con cuidado, dándome tiempo para adaptarme, 
observando mi rostro todo el tiempo. Intento que mi expresión no 
revele nada de lo que siento, pero cuando se retuerce y bombea, 
gimo en lo más profundo de mi garganta. 
—Cazzo, qué bien, ¿no? —murmura, y luego pasa la lengua 
por mi piercing—. Eres una chica sucia, ¿verdad? Te gusta que te 
toquen el culo. 
—Oh, joder. 
—Ese es mi lugar favorito para poner mi polla. —Otro 
movimiento de su lengua mientras trabaja con sus dedos y gimo de 
nuevo—. Puedes llevarme ahí, creo. 
—De ninguna manera. Eres demasiado grande —jadeo, 
moviendo la cabeza de un lado a otro de la almohada—. Deja de 
hablar y haz que me corra, mafioso. 
Gruñe y empieza a usar sus labios y su lengua ligeramente en 
mi piercing, como si estuviera investigando el tacto del metal. Suena 
contra sus dientes. La presión en mi interior se hace más fuerte, se 
enrosca como un resorte, y no puedo recuperar el aliento. Entonces 
su pulgar se desliza en mi coño. 
La plenitud, oh Dios mío. Antes que pueda detenerme, estoy 
moviendo las caderas, desesperada, fuera de mí, empujándome 
sobre sus dedos y follando su mano. Me retuerzo y maldigo, tan 
cerca del orgasmo. Lo necesito. Está ahí, avanzando hacia mí y 
 
 
 
 
 
 
 
ocupando todo el espacio de mi parte inferior, subiendo desde los 
dedos de los pies. 
—Eso es. Usa mis dedos para correrte —dice—. Madre di Dio, 
eres lo más caliente que he visto nunca. 
Entonces empieza a comerme. Lame y chupa como si yo fuera 
una comida y él estuviera hambriento, su atención se centra en mi 
clítoris, girando y chupando, y de repente sé lo que me he estado 
perdiendo todos estos años. Dios mío, es increíble. Domina mi 
cuerpo en segundos, como una especie de mago del coño, porque al 
instante estoy a punto de correrme. Mis muslos empiezan a temblar 
y mis pulmones no pueden tomar aire. 
Y él se detiene. 
—¡No! —grito. Tambaleándome, trato de acercar mi montículo 
a su rostro—. No te detengas. Oh, Dios. 
Aprieta un beso en mi muslo. 
—Suplícame, Gianna. Suplícame que te haga correr. 
—¿Por qué me haces esto? ¡Maldito psicópata! —Estoy justo 
ahí, flotando en el borde, el aire entrando y saliendo de mis 
pulmones. Quiero gritar, quiero llorar. Quiero arañar su rostro con 
mis uñas. Quiero arrastrarme a su regazo y montar su polla hasta 
el orgasmo. 
—Esas no son las palabras. Inténtalo de nuevo. 
Se aparta cuando intento acercarme, rechazándome, con su 
pulgar y sus dedos apenas dentro de mí. Es horrible, peor que esta 
mañana. Estoy tan caliente y excitada que el aire se siente doloroso 
en mi piel. 
Dos dedos me pellizcan el pezón. Con fuerza. 
—Dilo y te dejaré correr. 
Mi cuerpo pronuncia las palabras antes que mi cerebro pueda 
decirle que no lo haga. 
 
 
 
 
 
 
 
—Por favor, Enzo. Por favor, haz que me corra. 
Su boca vuelve a mi clítoris y con dos pasadas de su lengua 
me convulsiono, mi visión se oscurece mientras el placer me 
arrastra. Las paredes de mi coño se cierran en torno a su pulgar, 
mientras los músculos de mi trasero se cierran sobre sus dedos. Me 
escucho gritar como si estuviera en la distancia, el subidón es tan 
increíblemente bueno, mejor que cualquier droga que hubiera 
probado. 
Parece durar días, pero probablemente solo son segundos. A 
medida que bajo, la vergüenza va sustituyendo a la euforia. Le rogué 
a Enzo D'Agostino, el secuestrador de mi hermana y enemigo jurado 
de la familia Ravazzani, que me haga correr. También lo disfruté. 
Me tocó y lo disfruté. 
Jesús Cristo. ¿Qué me pasa? Me dejo caer en la cama, 
derrotada. 
Reduce la velocidad de sus movimientos y luego saca sus 
dedos de mí. Me estremezco. Se nota la ausencia de lubricante. Baja 
y lame mi orificio, dando vueltas para recoger el lubricante 
adicional, y luego introduce su lengua dentro de mí, penetrándome 
como una lanza. Jadeo, la sensación me toma por sorpresa, solo 
para ser perseguida por un placer que me hace doblar los dedos de 
los pies. 
Tampoco se detiene y me folla con la lengua, gruñendo 
mientras me abre las piernas al máximo. 
—Estás muy mojada —gruñe—. ¡Me encanta, joder! 
—Tan bueno —murmuro, mucho más allá del punto de 
coherencia—. ¡Sí, Dios! Es tan bueno. 
Tras unos cuantos empujones más de su lengua, se dirige a 
mi clítoris, pero esta vez no se burla. Me lame sin piedad, 
implacablemente, hasta que empiezo a temblar, mis caderas se 
agitan mientras persigo un segundo orgasmo. 
 
 
 
 
 
 
 
Casi floto en la cama cuando por fin llego a la cima, mi cuerpo 
se rompe en un millón de pedazos, destrozado. Grito su nombre y 
me tenso contra las ataduras que me sujetan mientras sigo y sigo, 
oleada tras oleada de felicidad al rojo vivo. 
Enzo se pone de rodillas y empieza a masturbar su polla con 
furia. Su mirada se fija en mi coño hinchado hasta que sus 
movimientos se vuelven descoordinados, sus caderas tartamudean, 
y chorros calientes caen sobre mi vientre y mi pecho. Como si me 
estuviera marcando. 
Aprieta para sacar cada gota de semen de su polla y ponerla 
sobre mi cuerpo, y luego se sienta sobre sus piernas, con el pecho 
agitado. Yo estoy cubierta de él, el líquido enfriándose en mi carne 
desnuda. Complacida y utilizada por el último hombre por el que 
debo sentirme atraída. 
Oh, cómo han caído los poderosos. 
—Te ves bien así. —Traza una gota gorda y la frota en mi piel—
. Empapada en mi corrida. Sei una sporca puttana. 
—Disfrútalo —jadeo—, porque es la última vez que pasará. 
—Te ha gustado. —Se unta más de su semen, observando sus 
dedos con una extraña luz en los ojos—. Admítelo. 
—Locura temporal provocada por la falta de comida. 
Echa la cabeza hacia atrás y se ríe. 
—Ya veremos la próxima vez, ¿no? Ahora que sabes lo bien 
que se está entre nosotros, no creo que te pelees tanto. 
Mierda. Eso es exactamente lo que me temo. 
—No va a haber una próxima vez, imbécil. 
Me da un golpecito en el piercing y me sacudo, aspirando una 
respiración aguda mientras una sacudida de lujuria me atraviesa. 
Me sonríe sombríamente. 
 
 
 
 
 
 
 
—Habrá muchas, muchas veces, troietta. Y amarás cada 
minuto. 
La promesa me produce un escalofrío y no digo nada más. Se 
baja de la cama, se pone de cara a las ventanas y se estira, 
dejándome mirar a escondidas su gran cuerpo. Pantorrillas 
esculpidas y muslos gruesos. Un culo duro y musculoso y una 
cintura esbelta. Su espalda es una compleja serie de músculos 
envueltos en piel cicatrizada. Tiene lo que parecen ser cicatrices de 
disparos, junto con rayas... ¿fue azotado?... No es de extrañar que 
esté loco. Nadie puede soportar todo ese dolor y salir cuerdo. 
Tengo que encontrar una manera de resistirme a él. Para 
destruirlo. Es lo que mi hermana se merece. Es lo que yo merezco, 
también. 
Y ahora estoy lo suficientemente cerca como para acabar con 
él. Todo lo que tengo que hacer es jugar cualquier juego que tenga 
en mente, hacerle creer que es mutuo, y conseguir que baje la 
guardia. Entonces podré clavarle un cuchillo directamente en el 
corazón. 
Podré matar a EnzoD'Agostino. 
Es perfecto. 
Enzo se dirige al baño y me quedo boquiabierta. ¿Realmente 
me está dejando aquí? 
—Desátame —grito a su espalda—. ¡Así podré limpiar tu 
semen! 
—No lo creo. Me gusta verlo ahí. Y será un buen recordatorio 
para ti, ¿no? 
Desaparece en el baño y me quedo sola. En la cama de Enzo 
D'Agostino, cubierta de su semen. 
Que se joda mi vida. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
ENZO 
Me dirijo a la cocina, donde varios miembros de la tripulación 
están trabajando en la cena de esta noche. Pido comida para dos 
en mi camarote, lo que puedan preparar rápidamente, y luego llamo 
a la tripulación de mantenimiento para que me den un largo tramo 
de cadena. 
Provisiones para la tarde. 
Casi me masturbo en la ducha después de dejarla, incluso con 
mi semen aun secándose en su piel. No puedo dejar de pensar en 
lo hermosa que es, en lo caliente que se siente su coño y su culo en 
mis dedos. Lo receptiva que es a mis caricias. Cazzo, quiero jugar 
con ella todo el día, llevarla al borde del orgasmo y negárselo, 
aunque solo sea para ver qué puedo hacerlo. 
No esperaba disfrutar tanto comiéndola. Lo hice para 
demostrar que la controlo. Para hacerla rogar, y luego marcarme en 
su mente y su cuerpo hasta que haga cualquier cosa que le pida. 
Pero su sabor, la sensación de su clítoris en mi lengua... y ese 
piercing. Mamma mia, casi pierdo el control. No pude parar, 
sacándole un segundo orgasmo. 
Nunca había tenido tantas ganas de follar. Necesité todo mi 
autocontrol para no meter mi polla en su interior y montarla hasta 
vaciarme. 
Pronto. Muy pronto. 
Nadie sabe mejor que yo cómo funciona la tortura. La 
anticipación es la peor parte, la espera de lo que vendrá después. 
Me aseguro que Gia sea cautelosa, que esté nerviosa cuando vuelva. 
Espera con ansias mis visitas porque eso significa que su mente no 
puede dejar de dar vueltas con la preocupación. Todo forma parte 
del proceso de descomposición. 
 
 
 
 
 
 
 
Decido que el trabajo puede esperar y vuelvo a mi camarote. 
Gia está abierta ampliamente en la cama, con los ojos clavados en 
mí. Meto mis manos en los bolsillos, sin molestarme en ocultar mi 
sonrisa. 
—¿Me has echado de menos, mia sporca puttana? 
—Desátame, hijo de puta. 
—Que boca. Tendré que ver si le encuentro un mejor uso 
después. 
Suena un golpe en la puerta. 
—¡Prego! —grito. 
Los ojos de Gia se abren ampliamente, la sospecha llenando 
su expresión. 
—¿Quién está ahí? ¿Qué estás planeando? 
—Es la tripulación. —Héctor y otros dos jóvenes entran, con 
los brazos llenos de todo lo que necesito para comer en la cubierta. 
Mantienen la mirada esquiva mientras caminan. 
Gia está de espaldas, con la piel de un rojo apagado. Entonces 
noto su respiración acelerada y cómo sus pezones se ponen rígidos. 
¿Le gusta que la miren? Tengo que averiguarlo. 
Me estiro en la cama junto a ella. Intenta apartarse, pero es 
inútil, gracias a sus ataduras. Recorro con el dedo el semen seco en 
su suave vientre mientras mi tripulación trabaja justo al otro lado 
del cristal. 
Ella se retuerce en un esfuerzo por eludir mi contacto. 
—Estás intentando humillarme. 
Me inclino para lamer su pezón y me alegro cuando se 
estremece. 
—Creo que te gusta. 
 
 
 
 
 
 
 
—No me gusta. 
—¿Y si te hago correr mientras ellos miran? —Muerdo el pico 
suavemente—. Podrían verme comerte el coño y meterte el dedo en 
el culo. ¿Te gustaría? 
—No —respira, pero no hay certeza detrás de eso. Se está 
arqueando hacia mí ligeramente, aunque probablemente no se da 
cuenta. 
Los tres miembros de la tripulación evitan a propósito mirar 
en dirección a mi cama. Sonriendo, vuelvo a acercar mi boca a su 
pecho y chupo con fuerza. Cuando la suelto, la piel está roja e 
hinchada. Acerco mis labios a su oreja: 
—Intentan no mirar, pero no pueden evitarlo —miento—. 
¿Crees que se les pone dura la polla al ver tu magnífico cuerpo 
expuesto así? 
Cierra los ojos. 
—¿No me has humillado lo suficiente por hoy? 
No, ni de lejos. 
—Siempre puedes volver a la jaula, micina. Pero no había 
pensado que fueras tan fácil de vencer. —Deslizo mi mano por su 
muslo lentamente, dándole tiempo suficiente para darse cuenta de 
lo que estoy haciendo—. Siguen observando, deseándote. Deseando 
ser ellos los que te besen y toquen. 
Se estremece, con la respiración entrecortada, pero no dice 
nada. 
Mis dedos llegan a su coño y la humedad acumulada en su 
abertura me dice todo lo que necesito saber. Deslizo dos dedos 
dentro de ella y su espalda se inclina. Cazzo, es hermosa. 
—Oh, mia sporca puttana. Te gusta esto. 
—Vete a la mierda, Enzo. 
 
 
 
 
 
 
 
Continúo la fantasía para ella. 
—Los hombres están distraídos, trabajando mucho más lento 
para poder ver lo que te estoy haciendo. —Ella jadea y bombeo mis 
dedos, follándola con ellos. Me inclino para susurrar—: ¿Los invito 
a unirse a nosotros? 
—No te atrevas —gruñe ella, y lucha contra sus ataduras. 
No tengo ningún deseo de compartirla, pero eso no significa 
que no pueda burlarme de ella con esa posibilidad. 
—¿Estás segura? Uno podría follar tu boca, otro tu coño. Otro 
podría chuparte las tetas. ¿No te gustaría que varios hombres 
adoren tu cuerpo a la vez? 
Las paredes de su coño se tensan, más humedad inundando 
su canal. Sí, eso le gusta mucho. 
—Don D'Agostino —llama Héctor, sin mirar la cama mientras 
ronda cerca de la puerta—. Hemos terminado. ¿Quiere algo más? 
Sigo metiendo y sacando los dedos de Gianna. Aunque tiene 
los ojos cerrados, está al límite, su cuerpo vibra de excitación y 
terror. Es un cóctel embriagador que quiero saborear. 
—Grazie, Hector. ¿Has traído la cadena? 
—Sí, Don D'Agostino. Está en la mesa. 
Lamo el pezón de Gia. 
—Tráela aquí. 
Héctor se gira para hacer lo que le pido y Gia sisea: 
—Te odio. 
Si su coño no estuviera apretando mis dedos como si no 
quisiera que me vaya, podría creerle. 
 
 
 
 
 
 
 
Héctor se cubre los ojos y lanza la fina cadena en mi dirección. 
Aterriza en el suelo, a metro y medio de la cama. Me apiado de él. 
—Puedes irte —digo, liberando mis manos de Gia antes de 
levantarme de la cama para recoger la cadena. 
Los miembros de la tripulación desaparecen. Desato las 
ataduras que rodean las piernas de Gia, luego encuentro en mi 
cajón una gruesa esposa de cuero para los tobillos y se la aseguro 
en la pierna derecha. No dice nada cuando le suelto las manos, solo 
baja los brazos y gira los hombros. 
Empiezo a tirar de la cadena a través del bucle metálico de la 
tobillera. Ella pregunta: 
—¿Qué estás haciendo? 
—Asegurándote y dándote de comer. 
—¿No hemos jugado ya a este juego? 
—Sí, pero tengo que asegurarme que no volverás a saltar por 
la borda. 
—No tienes que preocuparte por eso. Definitivamente no lo 
haré. 
—Perdóname si no te creo. —Agachándome, envuelvo el otro 
extremo de la cadena alrededor de la base de la cama, y luego la 
cierro con un juego de esposas. A menos que pueda levantar una 
cama atornillada al suelo, no va a ir a ninguna parte. Hago un gesto 
con la mano—. Levántate, mascota. Ven a comer. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
CATORCE 
GIA 
 
Esto tiene que ser una trampa de algún tipo. 
Enzo no va a dejarme andar con las manos libres, ¿verdad? 
Tengo la impresión que es inteligente, una especie de niño prodigio 
de la mafia. Entonces, ¿por qué no está preocupado por mis 
represalias? 
Porque no cree que sea capaz de hacerlo. 
Bien. Que me subestime... y cuando le clave un cuchillo en el 
corazón, reiré de último. 
Me levanto del colchón y me pongo de pie lentamente. Mi 
cuerpo está dolorido pero aún excitado, gracias a la boca y los dedos 
del mafioso. Ojalá no me afectara así, pero es como si hubiera 
 
 
 
 
 
 
 
metido la mano en mi cerebro y hubiera arrancado mis 
pensamientos más oscuros. 
¿No te gustaría que varios hombres adoraran tu cuerpo a la 
vez? 
Sí, claro. Quiero decir, ¿no lo desean todas las mujeres? Tal 
vez Enzo no es tanperceptivo después de todo. 
Mi captor está sentado en la mesa de la cubierta, sirviendo 
tranquilamente agua con gas, despreocupado. Pero hay un notable 
bulto en sus jeans. Está claro que no soy la única que se ha 
excitado con lo que acaba de pasar. Esto es exactamente lo que yo 
quiero. No es inmune a mí, lo que significa que tengo ventaja. 
Sin un ápice de vergüenza, salgo a la cubierta, agradecida por 
sentir el sol en mi piel. Estar desnuda nunca me ha incomodado, y 
pasar tiempo rodeada de diseñadores y modelos me hizo ver que no 
tiene nada especial. Inclino mi rostro hacia el cielo y me estiro, 
dejando que me contemple largamente. 
Cuando por fin me siento, se mueve en su silla y mete la mano 
entre las piernas para ajustarse. Ja. Espero que esté empalmado y 
sea miserable. 
Alcanzo el agua. 
—¿No vas hacer que me siente a tus pies esta vez? 
—¿Estás tan ansiosa por comer de mi mano, gatita? 
Lo estoy volviendo a poner en mi contra, a pesar que fue él 
quien salió corriendo de la habitación la última vez. Que no quiera 
repetir esa experiencia lo dice todo. 
En lugar de responder, me concentro en la comida. Tomo un 
poco de pasta y verduras, y me pongo a comer. No dice nada 
durante un largo rato, solo me mira con el ceño fruncido. 
—Tienes hambre —comenta, como si fuera una gran 
revelación. 
 
 
 
 
 
 
 
—Sí, genio. Eso es lo que suele ocurrir cuando la gente no 
recibe comida durante mucho tiempo. —Le lanzo una mirada 
aguda—. ¿No te dieron de comer en el calabozo de Ravazzani? 
Resopla y se queda mirando el agua. 
—No. 
Jesús. Estuvo allí durante días. 
—¿Estabas hambriento después de escapar? 
—No pude comer alimentos sólidos durante dos meses. 
Una pizca de lástima se instala en mi estómago, pero la 
aparto. Había secuestrado y herido a mi hermana. Lo que le 
ocurriera en ese calabozo fue merecido. 
Me quedo mirando su dedo, el que tiene la punta perdida. ¿Le 
molesta? Fausto le había dado ese trozo de mano de Enzo a Frankie 
como un jodido regalo. ¿Será Enzo consciente de eso? 
—¿Admirando el trabajo de tu cuñado? —Enzo da un sorbo a 
su agua y flexiona los dedos de la mano que estoy estudiando. 
—¿Fueron esos los dedos que tenías dentro de mí? 
Hace una pausa, como si la pregunta lo sorprendiera. 
—No. Usé esta mano. —Levanta la otra mano de la mesa y se 
lleva los dedos a la nariz—. Cristo, me gusta cómo hueles, micina. 
—Eres un animal. —Inclino la barbilla hacia la mano con el 
dedo que falta, sin estar dispuesta a dejarlo ir todavía—. ¿Te dolió? 
—Un poco, pero no tanto como la operación para repararlo 
después de la infección. 
Vaya. Ahogo una mueca de dolor y luego casi me golpeo a mí 
misma. No debo sentir pena por él. Vuelvo a prestar atención a mi 
comida, decidida a no hacerle más preguntas. 
 
 
 
 
 
 
 
—También está adormecido —continúa—. Así que si quiero 
sentir el calor de tu coño o de tu culo, debo usar mi otra mano. 
—Ya podemos dejar de hablar de eso. 
—¿Pero por qué? ¿No quieres oír cómo he tenido que volver a 
aprender a cerrar el puño y a teclear? ¿Cómo a veces juro que siento 
que me pica? 
Termino el bocado que estoy masticando y luego me limpio la 
boca con una servilleta. 
—No siento ninguna simpatía por ti. Sabías a lo que te 
comprometiste cuando aceptaste ser don, y también cuando te 
enfrentaste a Fausto Ravazzani. 
Su expresión se vuelve tan amenazante, tan enfadado, que se 
me eriza el vello de la nuca. 
—Hablas de cosas que no entiendes. Si no aprendes tu lugar, 
te enviaré de nuevo a la jaula. 
—¿Y cuál es mi lugar, Enzo? No soy tu invitada ni tu amante, 
así que no tienes mi cooperación ni mi silencio. Devuélveme a la 
maldita jaula si no te gusta. 
—¿Crees que no puedo hacerte cooperar? —Empuja su silla 
hacia atrás de la mesa y se pone de pie. El bulto entre sus piernas 
sigue allí, todavía prominente. Extiende la mano por mi nuca y me 
pone de pie—. Veo que me miras la polla. Tal vez debería metértela 
en la garganta, hacer que te ahogues con ella. 
Ignoro la forma en que mi cuerpo reacciona ante su áspero 
agarre. 
—Te la arrancaré de un mordisco si lo haces. 
Sus dedos se aprietan, su pulgar acariciando mi piel. 
—No lo creo. Creo que quieres mi polla en tu boca tanto como 
yo quiero ponerla allí. 
 
 
 
 
 
 
 
Lo miro fijamente. Todo en mi interior me dice que luche, que 
arremeta. Lógicamente, sé que no debo hacerlo, pero soy una gran 
bola de hormonas y de ira en torno a este hombre. Sin embargo, 
nada de eso me dará lo que necesito, que es ganarme su confianza. 
Tengo que mantener la calma, mantener el control en todo 
momento. 
Tengo que jugar a su juego, y luego ganarle la partida. 
Me lamo los labios. 
—Puede que sí, pero aún no te la has ganado. 
Me mira como si tuviera dos cabezas. 
—¿Crees que tengo que ganarme una mamada tuya? 
—No lo hago por cualquier tipo al azar que conozco. —Empujo 
su pecho para poner algo de distancia entre nosotros y 
sorprendentemente me deja ir. 
Su mirada se estrecha, estudiándome, mientras vuelvo a 
sentarme. Como otra aceituna antes de acomodarme en la silla. 
Necesito comer todo lo posible. ¿Quién sabe cuándo volverá 
alimentarme? 
Él se recuesta en su silla. 
—Dai, Gianna. ¿No te gusta hacer mamadas? 
¿Qué significa eso? Siento el juicio en su voz. ¿Cree que solo 
porque me gustan los hombres debe gustarme tener sus pollas en 
la boca? 
—No he dicho eso. He dicho que no lo hago por cualquiera. 
Tiene que ser alguien que realmente me guste. 
—¿Por qué? Te comí el coño y te odio. 
Cada músculo de mi parte inferior se aprieta al recordarlo. Ha 
sido jodidamente fantástico. 
 
 
 
 
 
 
 
—Bien, pero la mayoría de los chicos no lo hacen. 
Su mandíbula se abre y parpadea un par de veces. 
—Vete a la mierda de aquí. Estás mintiendo. 
Cuando no respondo, su boca se curva en una sonrisa 
cómplice y siniestra. Es entonces cuando me doy cuenta de mi 
error. 
Se abalanza al instante sobre este nuevo dato y su cuerpo se 
inclina hacia el mío. 
—¿Alguien te ha comido el coño antes que yo, micina? 
Me concentro en mi plato y murmuro: 
—Sí, por supuesto. Jesús, supéralo. 
—Ahora entiendo por qué te corriste tan fuerte... dos veces... 
cuando te comí el coño. Soy muy bueno en eso, ¿no? 
No estoy dispuesta a decirle la verdad, así que opto por el 
sarcasmo. 
—No podría decirlo. Nunca tuve otro secuestrador que me 
comiera el coño, así que no tengo nada con qué compararlo. 
—Termina tu almuerzo —dice en tono oscuro, con una 
expresión inescrutable. De alguna manera, sé que está planeando 
algo. Se nota en la tensión de sus hombros y en la atención que 
presta a mis movimientos. Su mirada no vacila, no se aparta de mi 
rostro, y yo... no lo odio. 
Finjo ignorarlo mientras sigo comiendo, deslizando el tenedor 
en mi boca y lamiendo las púas lentamente. Su suave respiración 
me anima y me siento un poco más recta en la silla. 
Es una sensación de empoderamiento. Me siento poderosa. 
Soy su cautiva y estoy encadenada a su cama, pero en este 
momento parece que lo tengo en las palmas de mis manos. 
 
 
 
 
 
 
 
Estoy aprendiendo que estar cerca de Enzo es como caminar 
por la cuerda floja, emocionante y aterrador al mismo tiempo, tan 
diferente de los otros hombres que he conocido. Puede hacerme 
daño en cualquier momento, pero algo me dice que no lo hará, no 
después de salvarme en el agua la noche anterior. Tuvo mucho 
tiempo para torturarme, pero no lo hizo. 
Y puede obligarme a algo sexual, pero no me violará. Aparte 
de degradarme y complacerme, no me ha tocado. Tampoco me ha 
obligado a tocarlo. 
Estamos jugando a un juego, pero no conozco las reglas. 
Menos mal que nunca me molesto en seguir las reglas de todos 
modos. 
No me apresura, simplemente se sienta en silencio y me 
observa mientras como. Cuando no puedo soportar otro bocado, me 
limpio la boca con la servilleta. 
—Ya he terminado. 
—Ve al baño y vuelve. 
El dominio en su voz me hacelevantarme antes que pueda 
detenerme. Mientras camino hacia el baño, me pregunto por qué 
obedecí tan fácilmente. Puedo fingir que es parte de mi actuación... 
pero ¿he estado actuando? 
Es muy considerado por parte de mi secuestrador permitirme 
la cadena suficientemente larga para llegar al baño. Muy lejos de 
cuando me encerró en la jaula y me hizo rogar. ¿Lo estoy 
ablandando? Uso el baño y me lavo las manos, luego humedezco 
un paño y me limpio el semen seco del cuerpo. 
Eres lo más sexy que jamás he visto. 
No esperaba cumplidos. Burlas y amenazas, sí. Así que tal vez 
me estoy metiendo un poco en su piel. 
Bien. 
 
 
 
 
 
 
 
Cuando no puedo retrasarlo más, respiro profundamente y 
abro la puerta. Enzo está estirado en la cama, desnudo, mirándome 
fijamente. La mesa del almuerzo fue retirada, la tripulación se 
retiró hace rato. Su polla, de un tamaño considerable, está medio 
dura, apoyada en el muslo. Me da una palmadita en el colchón. 
—Ven y túmbate. Es hora de tu recompensa. 
 
 
ENZO 
Observo cómo Gia echa un vistazo a la cubierta. ¿Buscando a 
alguien que la rescate? 
Reprimo una sonrisa. No hay rescate para ella. No de mí. 
—Ahora, Gia. 
Responde a mi orden, arrastrándose al instante sobre la 
cama, y me gusta lo ansiosa que se mueve cuando uso ese tono de 
voz. Silenciosa, se estira sobre su espalda y espera, como una 
buena gatita. 
Pero puedo ver dentro de su mente. Todavía no está 
destrozada, lo que significa que es un acto para ganarse mi 
confianza. 
Pobre y equivocada micina. 
No tiene ninguna confianza que ganar. Si Gia piensa que 
alguna vez bajaré la guardia con ella, se equivoca. Es un medio para 
un fin para mí. 
Aun así, puedo seguirle el juego, dejarla creer que estoy 
cayendo bajo el hechizo de su coño. 
—Brazos arriba —digo, complacido cuando obedece. La 
rebelión se arremolina en el fondo marrón de su mirada, pero no 
 
 
 
 
 
 
 
dice nada, simplemente observa cómo le aseguro las manos a la 
cama con las esposas. Por el momento le dejo las piernas libres. 
Cuando está esposada, me apoyo en un codo y la miro. Es tan 
jodidamente hermosa. Mientras que su hermana mayor parece una 
estrella del porno, Gia es más bien una actriz de Hollywood. 
Elegante y refinada, con piernas infinitas, pero con una pizca de 
fuerza, como la joven Angelina Jolie. 
—Abre las piernas —le ordeno—. Muéstrame tu coño. 
Un músculo salta en su mandíbula pero hace lo que le pido. 
Su piercing me llama como una capa roja a un toro, pero decido 
hacerla esperar. En su lugar, tomo su pezón en mi boca y chupo 
hasta que gime. Luego cambio al otro lado y le presto la misma 
atención. 
—Tus tetas son preciosas —le digo antes de pasar mis dientes 
por su pezón—. ¿Puedes correrte solo con que te las chupen? 
—Eso no es nada. —Su voz es jadeante y llena de burla—. Es 
solo algo que el porno y las novelas románticas reclaman para que 
las mujeres se sientan inadecuadas. 
Sacudo la cabeza ante su ingenuidad. 
—He hecho que muchas mujeres se corran así. 
—Seguro que sí —murmura. 
Cazzo, su boca. Si no tuviera planes para ella, me pasaría todo 
el día chupándole las tetas hasta que llegue al orgasmo. Me muevo 
entre sus piernas, con mi rostro directamente sobre su coño. 
—Dejaré eso para otro momento. Prefiero continuar nuestra 
discusión del almuerzo. 
Las arrugas se forman en su frente mientras frunce el ceño. 
—¿Qué discusión? 
 
 
 
 
 
 
 
Le acaricio los pliegues resbaladizos, inhalando el aroma 
almizclado de su excitación. Ya está mojada e hinchada. Esto va a 
ser fácil. 
—Sobre comer coño —digo vagamente, antes de rodear su 
piercing con la lengua y jugar con ella. 
Ella me observa, con los ojos fijos, mientras hago girar mi 
lengua alrededor de ese pequeño trozo de metal. Sus labios se 
separan ligeramente al tiempo que su respiración se acelera, y 
comienzo a lamerla con seriedad, centrándome en su clítoris. Está 
resbaladiza y deliciosa, y puedo sentir cómo los músculos de sus 
muslos empiezan a temblar a ambos lados de mí mientras sus 
ruidos se hacen más fuertes, más desesperados. 
—Oh, mierda. Oh, Dios. Oh, joder. 
Sí, ya casi. 
Su clítoris se aprieta contra mi lengua y me aparto 
inmediatamente, deslizándome para besar el interior de su muslo. 
Gia se derrumba sobre el colchón. Espero a que me reprenda, pero 
no lo hace. Su pecho sube y baja mientras intenta recuperar el 
aliento. Me acerco a sus tetas y empiezo a trabajar sus pezones, 
chupando uno mientras retuerzo el otro. Cuando ella sacude sus 
caderas contra mi estómago, vuelvo a su coño, lamiéndolo de 
nuevo. 
Me detengo justo antes que se corra. 
Lo hago dos veces más. A la cuarta vez, ella jadea y gime, un 
desastre incoherente. 
—Maldita sea —gime—. ¿Intentas que te suplique un 
orgasmo? 
Suelto su pezón con un chasquido. Está hinchado y rojo, 
mojado por mi boca. 
—No. 
 
 
 
 
 
 
 
—Entonces, ¿qué mierda? Por favor, Enzo. No puedo soportar 
más burlas. 
—Deja que te folle la boca y que me corra en tu garganta. 
Entonces dejaré que te corras. 
—Imbécil. —Se retuerce, tratando de sacarme de encima. Pero 
soy demasiado grande y demasiado decidido. Yo tendré esto. Me 
arrastro hacia su coño de nuevo. 
—No, por favor. Es demasiado. 
Presiono con suaves besos su clítoris, que está congestionado. 
—Dime que quieres mi polla en tu boca. Dime que te tragarás 
mi semen. 
—¡Enzo! 
—Llámame padrone y deja que te folle la boca. —Le doy un 
golpecito a su piercing con la punta de la lengua. 
—No sé lo que significa esa palabra, así que no. 
—Significa amo. —Ninguna otra mujer me ha llamado por ese 
nombre antes, pero sé que Gia lo odiará, y por eso lo sugiero. 
—Vete a la mierda. Nunca te llamaré así. 
Vuelvo a burlarme de ella, metiendo mi lengua en su abertura, 
clavándola como una polla. Su espalda se arquea mientras sus 
miembros tiemblan, y suelta una serie de creativas palabrotas en 
inglés. Casi sonrío cuando me aparto para besar su estómago. 
—Por favor —casi grita. 
—La palabra, Gianna. Dimmi. Entonces abrirás la boca y te 
tragarás mi polla. 
Aprieta los párpados. 
 
 
 
 
 
 
 
—Dios, te odio. No, es más que eso. Odio es una palabra 
demasiado suave para lo mucho que te desprecio. 
La ignoro y chupo su clítoris un par de veces. Ella trata de no 
reaccionar, de engañarme, pero yo estoy prestando atención a su 
cuerpo, no a su rostro. El sudor cubre su piel aceitunada, cada 
tendón se esfuerza por aguantar. No puede aguantar mucho más. 
Cuando está cerca, me aparto. 
Es entonces cuando veo que la derrota se refleja en sus 
rasgos. Por fin se da cuenta que no puede ganar. 
Le doy un beso en el estómago. 
—Dilo y dejaré que te corras después que yo me corra. 
—Por favor, padrone —susurra—. Per favore. 
El rayo de placer que recibo de esta pequeña victoria supera 
todo lo que he experimentado como Don D'Agostino. Mejor que el 
poder, el dinero, todo eso. Mi polla palpita, y nunca había estado 
más duro. Más desesperado. 
Me siento a horcajadas sobre su cabeza, con las rodillas sobre 
la almohada sosteniéndola, y apunto mi polla a su boca. 
—Mettilo in bocca64. 
Sus labios se separan y lo aprovecho al máximo, deslizando 
mi erección en ese cálido refugio, y es incluso mejor de lo que 
imaginaba. Casi se me ponen los ojos en blanco y tengo que 
tomarme un momento para recomponerme y no descargarme antes 
de tiempo. Entonces su lengua revolotea en la parte inferior de mi 
polla y mis caderas se flexionan, empujando mi polla más 
profundamente. 
—¡Cazzo, Gianna! —jadeo, mientras golpeo la entrada de su 
garganta. 
 
64 Mettilo in bocca. Póntelo en la boca, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
Es preciosa, tan jodidamente sexy con sus labios estirados 
alrededor de mi longitud, y comienzo a follar lentamente su boca, 
viendo como mi polla desaparece y vuelve a emerger recubierta de 
su saliva. 
—Bellissima65 —respiro—.Tu sei perfetta. 
Hay determinación en su mirada, como si fuera a hacerme la 
mejor mamada de mi vida o morir en el intento. Sin poder evitarlo, 
acelero, la sensación de ella es demasiado fuerte, demasiado buena, 
y los cosquilleos recorren la parte posterior de mis muslos. Gruño 
y utilizo su boca para correrme, agarrándome al cabecero de la 
cama y empujando mis caderas con brusquedad. Se le humedecen 
los ojos, pero nunca se aparta, nunca se atraganta, simplemente 
toma todo lo que le doy en silencio. Una mascota perfecta. 
Mi mascota perfecta. 
Al instante, mis bolas se tensan y me corro en su garganta, 
con chorros calientes que explotan en su boca mientras tiemblo y 
me estremezco, el orgasmo no se parece a nada que hubiera sentido 
antes. Es increíble, sigue y sigue, como si me estuviera volviendo al 
revés, dejándome seco. 
—¡Minchia! —grito al techo—. Bébeme, chica hermosa. 
Finalmente, me retiro de su boca y un largo hilo de mi semen 
mezclado con su saliva se desliza desde su lengua hasta la punta 
de mi polla. Es sucio y visceral, una imagen que nunca olvidaré 
mientras viva. Luego se lame los labios, rompiendo esa última 
conexión, pero no dice nada. Le acaricio el cabello. 
—La mia troia —canturreo, y luego me sitúo entre sus 
piernas—. Te daré tu recompensa. 
Chuparme la ha mojado aún más. La humedad se acumula 
en su entrada, así que meto mis dedos en su coño y lamo su clítoris 
 
65 Bellissima. Bellísima o muy hermosa, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
rápidamente. No tengo que esperar mucho antes que sus músculos 
se contraigan y grite: 
—¡Oh, joder! —Sus muslos se aprietan a ambos lados de mi 
cabeza mientras se convulsiona, su coño ordeñando mis dedos, y 
por un breve momento deseo que se corra sobre mi polla. 
Cuando se relaja debajo de mí, disminuyo la presión, sabiendo 
que estará sensible y adolorida. Pero estoy satisfecho. Me dio lo que 
quería. Sin quitar los dedos, me estiro en la cama junto a ella, 
apoyado en un brazo. 
—¿Te gusto ahora, micina? 
Si su mirada pudiera matarme, moriría en el acto. No hay 
nada más que pura aversión mirándome. 
—Quiero cortarte las bolas y tirarlas por la borda. 
Me rio. 
—¿Ves? Podemos odiarnos pero seguir teniendo un sexo 
increíble. 
—Si discuto contigo, solo vas a bordearme hasta que esté de 
acuerdo. 
—Ahora estás aprendiendo. Será mucho más fácil para ti si 
no peleas conmigo. —Saco lentamente mis dedos de su coño y los 
llevo a su boca—. Lame. 
Ella saca la lengua y me deja deslizar mis dedos en su boca. 
—Madre di Dio —susurro, con la plenitud creciendo en mis 
bolas de nuevo mientras ella se limpia de mi piel—. Sei molto 
sporca66. 
Por mucho que quiera seguir provocándola, tengo que 
trabajar. Mi imperio no se ejecuta solo. De mala gana, me retiro y 
me levanto del colchón. Está despeinada y enrojecida, flácida y bien 
 
66 Sei molto sporca. Eres muy sucia, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
usada. Dio cane, me gusta verla así en mi cama, sujeta y a mi 
merced. 
Me vuelvo a vestir y luego libero sus manos. 
—No te metas en problemas. 
—¿Me dejas sin atar? 
—Incluso si consigues forzar el candado de la cadena, ¿a 
dónde irás? ¿Al agua de nuevo? —Sacudo la cabeza—. No lo creo. 
—Quizá encuentre un arma y te arranque el corazón cuando 
vuelvas. 
Tan sanguinaria y feroz. Sin duda lo intentaría si encontrara 
un arma a su alcance, pero no lo hará. 
Lo que ella no se da cuenta es que yo ya no temo a la muerte. 
Me he enfrentado a ella y he sobrevivido. Ahora mis días son 
atormentados y mis noches están llenas de agonía. Cuando llegue 
mi final, lo recibiré con agrado. 
Me pongo la camisa y me dirijo a la puerta. 
—Espero que lo hagas, Micina. Espero que lo hagas. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
QUINCE 
GIA 
 
Inclino mi rostro hacia el sol mientras la brisa besa mi cálida 
piel. Estamos anclados en medio de un agua azul aguamarina, con 
un cielo brillante resplandeciendo en lo alto. No hay nada a nuestro 
alrededor, y estoy sola en la cubierta, la cadena que me rodea el 
tobillo me permite el movimiento suficiente para llegar incluso a la 
bañera de hidromasaje. 
Si pudiera olvidar de quién es este yate... y el brazalete 
medieval en el tobillo... estaría en el cielo ahora mismo. 
Todo el día de ayer busqué algo para forzar la cerradura de mi 
tobillera. Por desgracia, no hay nada. Enzo se llevó el resorte del 
rollo de papel higiénico y no hay nada más afilado que me ayude a 
escapar. Sí, encontré su ropa, que me permitió al menos cubrirme. 
No me importa si eso lo hace enfadar o no. Ya me ha humillado lo 
suficiente. 
 
 
 
 
 
 
 
Está claro que a Enzo le gusta la ropa. Tiene más ropa que 
casi todos los que conozco, un armario lleno de camisas y jeans de 
diseño, trajes y zapatos. Reconozco las marcas... todas italianas... 
y las cosas no son baratas. 
No volvió ni anoche ni esta mañana, lo que no me deja más 
alternativa que pensar. Sobre todo en esa mamada... 
Quiero decir que lo odio, que después me sentí violada, pero 
sería una mentira. Fue poderoso, dejar que me follara la boca y ver 
el placer aturdido en su rostro mientras se la chupaba. Pensará en 
la mamada durante mucho, mucho tiempo. Tampoco había tardado 
más que un minuto o dos en correrse. 
Bellissima. Tu sei perfetta. 
No quiero admitir, ni siquiera a mí misma, lo mucho que me 
gusta que me elogie. Qué triste es que un hombre que me ha 
secuestrado sea el primero en aumentar realmente mi confianza. Es 
tan jodido. Pero Enzo no tiene ninguna razón para mentir, ninguna 
razón para ganarme con falsos cumplidos. Las palabras son 
sinceras, reticentes, como si él tampoco pudiera creérselo del todo. 
Se me curvan los dedos de los pies al recordar su voz 
pronunciando todas esas palabras sensuales. Jesús, el hombre 
puede hablar sucio en italiano como nadie. No sé por qué reacciono 
con tanta fuerza, pero lo hago. 
—¡Ciao! ¿Permesso67? 
Es una voz masculina, pero una que no reconozco. Me giro, 
tiro de la camiseta de Enzo un poco más abajo sobre mis muslos 
desnudos y cruzo las piernas. 
—¡Prego! 
Dios, espero que sea comida. 
 
67Permesso. Permiso o permitir, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
Un hombre joven, probablemente de unos veinte años, 
atraviesa el dormitorio y sale a la cubierta. El cabello oscuro y la 
barbilla son puro D'Agostino. Es el hombre al que había visto 
esnifando coca de un par de tetas la noche de mi fuga. 
Levanta la bandeja en sus manos. 
—Ciao, bella. Te he traído la comida. 
Me siento más erguida. 
—Hola. Gracias. 
Pone la bandeja en la mesa y se acomoda en la silla vacía. 
—Soy Massimo. El hermano divertido. 
No puedo evitar sonreír. 
—Entonces me alegro mucho de conocerte por fin. 
Con un guiño, añade: 
—También soy el hermano atractivo. 
Los tres hombres D'Agostino son atractivos, pero no voy a 
decírselo. Ni siquiera el ahogamiento me hará admitirlo. Estudio la 
bandeja. 
—¿Y qué has traído? 
Se frota las manos dramáticamente. 
—Veamos. He traído sándwiches, vino, ensalada... —
Entonces rebusca en su bolsillo y arroja un paquete de polvos 
blancos sobre la mesa—. Y una fiesta. 
No es la primera vez que veo cocaína, pero me quedo 
boquiabierta. 
—Sabes que soy la prisionera de tu hermano, ¿verdad? 
 
 
 
 
 
 
 
—Lo que significa que probablemente necesitas un escape 
incluso más que yo. 
Tomo un sándwich y me alegro de encontrar mozzarella 
fresca, tomate y albahaca en un panecillo de ciabatta. 
—¿Sabe tu hermano que esnifas tu almuerzo? 
Se forma una pequeña hendidura entre sus cejas mientras 
frunce el ceño. 
—Creí que eras la hija salvaje de Mancini. 
—Lo soy, y ya me he metido coca antes. Pero no a la luz del 
día. 
Desliza el paquete de polvos a un lado y toma el sándwich 
extra. 
—Bueno, otras semanas en este barco y locomprobarás. 
También estarás desesperada por cualquier tipo de 
entretenimiento. 
—¿Cuánto tiempo llevas en el yate? —pregunto, y le doy un 
mordisco al sándwich. Oh, Dios. Casi gimo. Es lo mejor que he 
probado en mucho tiempo. Los italianos sí que saben de comida. 
—Un poco más de cuatro años. 
Eso tiene sentido. Por lo que dijo Frankie, todos suponían que 
Enzo se escondía en Italia o en Europa. No sabían que Enzo había 
tomado el agua en su lugar. Inteligente, mafioso inteligente. 
Abro la botella de vino y lleno una copa hasta el borde. Beban, 
perras. 
—Debes sentirte solo. 
Massimo se encoge de hombros. 
—Traemos mujeres cada pocas semanas. No es terrible. 
 
 
 
 
 
 
 
Recuerdo el festival de sexo de la noche de mi fuga, la mujer 
que le hacía una mamada a Enzo. Massimo y Vito también habían 
estado ocupados. 
—¿No es arriesgado? Una de ellas podría hablar. 
—Ellas no saben nuestros verdaderos nombres. Además, nos 
movemos constantemente, nunca nos quedamos en un lugar por 
mucho tiempo. 
—Bueno, eres bienvenido a pasar el rato conmigo durante el 
día. Me aburro como loca. 
—No debería quedarme mucho tiempo. —Se sirve vino—. A mi 
hermano no le gustará que esté aquí. 
—A la mierda lo que piense Enzo. —Tomo un buen trago de 
vino blanco—. Es un idiota. 
—No siempre fue así —dice Massimo. El comentario es similar 
a lo que me dijo Vito allá en la jaula, que el calabozo ha cambiado 
a Enzo para mal. 
—Perdóname si no te creo —murmuro—. Sé lo que le hizo a 
mi hermana. 
Massimo se encoge de hombros antes de recostarse en su 
silla, con la copa de vino en la mano. 
—En su mayor parte la dejó al cuidado de Mariella en la casa 
de la playa. 
No quiero debatir el concepto de hospitalidad de Enzo con 
Massimo. Se trata de una batalla perdida. Ya que parece 
conversador, decido sonsacarle información. 
—¿Cómo era Mariella? 
Hace un ruido e inclina su rostro hacia el sol. 
—Una stronza. Pero es hermosa y hacía todo lo que mi 
hermano le pedía. 
 
 
 
 
 
 
 
Algo de eso me molesta. No me gusta pensar en Enzo 
dominando a otra mujer, consiguiendo que haga lo que él quiere. 
Espera, ¿otra? Quise decir cualquiera. No me gusta pensar en él 
dominando a cualquier mujer. 
Mierda, eso tampoco suena bien. 
Bebo más vino. 
—¿Qué pasó con ella? 
—Está en Milan, viviendo con un diseñador. ¿Tal vez lo 
conoces? Brunello Calli. 
Conozco a Brunello. Es mayor y muy exigente. Las modelos se 
quejan de él todo el tiempo. 
—Parece un poco viejo para ella. 
—A algunas mujeres les gustan los hombres mayores, ¿no? 
Considero esto mientras bebo más vino. 
—¿Qué edad tienen tú y tus hermanos? 
—Yo tengo veintiocho años, Vito tiene treinta y dos. Enzo tiene 
treinta y ocho. 
Mierda, es dieciocho años mayor que yo. Casi el doble de mi 
edad. ¿Por qué no me repugna? 
Dejando eso a un lado por ahora, pregunto: 
—¿Los separan cuatro años a cada uno? 
—¿Revelador, no? Creo que se puede decir que ninguno de 
nosotros fue espontáneo. 
—Supongo que tus padres no estaban felizmente casados. 
Resopla. 
 
 
 
 
 
 
 
—No había nadie feliz en nuestro hogar mientras crecía. Mi 
padre era un hombre cruel. A Enzo no le gustará que te lo cuente, 
pero es cierto. 
Ouch, eso es sombrío. Puede que mi padre me ignorara, pero 
mis hermanas y yo tuvimos una infancia feliz. Sobre todo porque 
Frankie nos cuidó a Emma y a mí. ¿Quién sabe qué habría pasado 
si no fuera por mi hermana mayor? 
—¿Y la esposa de Enzo? 
—Tienes mucha curiosidad por mi hermano. —Me estudia, y 
no me importa la especulación que ilumina su oscura mirada—. Si 
esperas entenderlo, pierdes el tiempo, bella. 
Puedo creer eso. 
—Llámame Gia. ¿Y por qué dices que es una pérdida de 
tiempo? 
—Porque va un paso por delante en todo momento. No se 
puede ser más astuto que él. 
Tal vez, tal vez no. Enzo no se ha encontrado con alguien como 
yo antes. 
—Tal vez, pero tengo curiosidad por una mujer que mira hacia 
otro lado mientras su esposo mantiene una relación tan abierta con 
su amante. 
Massimo parece confundido por mi comentario. 
—Así es como se hacen las cosas aquí. Ninguna buena esposa 
italiana quiere a su esposo de esa manera. 
Hola, patriarcado. Me alegro de verte de nuevo. 
—¿Cómo sabes eso? ¿Le has preguntado alguna vez? 
—¡Che cazzo! ¿Preguntarle a la esposa de Enzo si le gustaba 
follar? ¿Ma sei pazza? 
 
 
 
 
 
 
 
—¿Qué significa eso? 
—¿Estás loca? 
Entonces, la versión masculina de “loco” es pazzo. Tengo que 
recordar esa palabra. 
—A las mujeres también les gusta follar, Massimo. 
—Ya lo sé —murmura, sin mirarme a los ojos—. Pero las 
esposas no. Se las elige por su pureza, para que cuiden de nuestros 
hogares y críen a nuestros hijos. 
Esto suena como algo que había escuchado cientos de veces 
y luego memorizado. Hago un gesto con la mano, apretando los 
dedos y agitándolos. 
—Como dicen los italianos, ¡Cazzata! 
Se ríe, el viento agita su cabello oscuro. 
—Me gustas. Eres divertida. 
Es ridículo que el feminismo sea una novedad aquí. 
—El matrimonio es largo y duro. Cuando eliges un cónyuge 
tienes que encontrar a alguien que te respete, que sea tu igual. 
—Me quedé en blanco después de que dijeras largo y duro —
dice con una sonrisa de satisfacción. 
Riendo, agarro un tomate cherry de la ensalada y se lo lanzo 
a la cabeza. 
—Eres asqueroso. 
—Y también encantador. Admítelo. 
La verdad es que lo es. No tengo ni idea de cómo Massimo y 
Enzo pueden estar relacionados. 
—Bien, sí. Tienes un cierto encanto, para las mujeres a las 
que les gustan los cavernícolas. 
 
 
 
 
 
 
 
—¿Cómo puede ser esto de cavernícola? Creo que deberíamos 
terminar nuestro almuerzo y luego llevar esta botella de vino al 
jacuzzi. 
Eso suena como una excelente idea, excepto por un problema. 
—No tengo traje de baño. 
—La ropa de Mariella probablemente todavía está a bordo. 
Puedo encontrarte uno. 
Oh, genial. Justo lo que quiero. Vestirme como la antigua 
amante de Enzo. 
Aun así, ese jacuzzi suena bien. 
—De acuerdo. ¿Hay alguna posibilidad que me sueltes? —
Señalo el brazalete alrededor de mi tobillo. 
—Si lo hago, mi hermano me colgará de las bolas, bella. 
—¿No se enfadará porque estés aquí? 
—Él y Vito están ocupados trabajando. Suelen estar todo el 
día con llamadas y correos electrónicos. 
—Entonces, ¿qué haces? 
—Boh... ver películas, tumbarme al sol. Nadar. Hablar con la 
tripulación. 
No es de extrañar que estuviera de fiesta y esnifando coca. 
Massimo está ávido de responsabilidades y Enzo no le da nada que 
hacer. 
—Podemos entretenernos, entonces. 
—Va bene. —Se aparta de la mesa y se pone en pie—. Iré a 
buscar las cosas de Mariella. 
—¿Puedes hacerme otro favor? 
—Mientras no requiera soltarte, sí. 
 
 
 
 
 
 
 
—No lo requiere. Quiero papel y lápices para dibujar. 
—¿Cómo, dibujos? 
—Diseños. Voy a convertirme en diseñadora de moda. 
Me sonríe. 
—Me encanta la ropa, pero me gustan más las modelos. 
Pongo los ojos en blanco hacia el cielo. 
—Por supuesto que sí. ¿Adivina qué? Si me dejas ir, te 
presentaré a algunas. 
—Dai, Gia —dice con una sonrisa de satisfacción—. Con una 
llamada telefónica puedo tener a diez mujeres aquí para montar mi 
polla. Mis hermanos y yo estamos nadando en hermosos coños. 
Una piedra se instala en la boca del estómago. No sé por qué 
eso me molesta, pero lo hace. Mejor no desempacar eso ahora. 
—¿Cómo podría olvidarlo? 
—No te preocupes —dice Massimo mientras se aleja—. Si te 
hace sentir mejor, nunca había visto a mi hermano actuar así por 
una mujer. 
Tomo mi vino, preguntándome qué ha visto Massimo en mi 
rostro para hacer un comentario tan ridículo. No estoy celosa. Enzo 
puede follarse a todas las mujeres de aquí a Roma por lo que me 
importa. ¿Esta gente cree sinceramente que yo quiero su atención? 
Por favor, padrone. Por favor. 
La vergüenza caliente me recorre la piel. Vuelvo a llenar mi 
copa e intento decirme a mí misma queno tuve elección. Me había 
obligado a decir esas palabras. ¿No es así? Entonces recuerdo el 
orgasmo que había experimentado poco después... 
Valió la pena. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
ENZO 
El hombre al otro lado de la conferencia telefónica sigue 
zumbando y yo escucho con media oreja. Vito y yo estamos en 
nuestra oficina de la cubierta superior, pero yo pienso en mi 
prisionera. Su olor, su piel. La mirada en su rostro cuando 
finalmente la dejé correrse. Es demasiado perfecta, con una actitud 
luchadora y unos apetitos jodidos que coinciden con los míos. 
Quiero perseguirla por el bosque, luego atraparla y follarla en 
el suelo, con ella resistiendo y fingiendo luchar contra mí. Cazzo, 
quiero ponerla a prueba. Ahora mismo. 
Desde su asiento frente a mí, Vito alcanza a silenciar el 
teléfono. 
—¿Estás prestando atención? Y no mientas, porque ya sé la 
respuesta. 
—Entonces, ¿por qué haces la pregunta? —Quiero quitarle el 
silencio al teléfono, pero me agarra del brazo. 
—No podemos permitirnos errores, Zo. 
Le frunzo el ceño. 
—¿Y qué es exactamente lo que te preocupa, fratello? 
—Tu cabeza lleva días fuera de sí y tenemos asuntos serios 
que tratar. 
Sacudo su mano, luego quito el silencio del teléfono e 
interrumpo nuestro contacto en Bélgica. En un francés impecable, 
respondo a cada una de las cuestiones planteadas, relatándolas 
casi palabra por palabra. Mi mirada no se aparta de la de mi 
hermano, y puedo comprobar su sorpresa. Cuando desconectamos, 
 
 
 
 
 
 
 
unos minutos más tarde, había satisfecho a ambas partes y nos he 
ahorrado un montón de dinero. 
Recostado en mi silla, levanto una ceja hacia él y lucho por 
mantener la calma. 
—¿Decías? 
Levanta las palmas de las manos. 
—Me disculpo. 
—No vuelvas a interrogarme. Me estoy cansando de tener esta 
conversación contigo. 
Mi hermano no parece convencido. En cambio, se acaricia la 
mandíbula con los dedos, pensativo. 
—Deberíamos grabar un vídeo de ella y enviárselo a 
Ravazzani. 
—No. —La reacción es instantánea y visceral, basada en la 
emoción y no en la lógica, pero todo en mí se rebela ante la idea. 
Templando mi tono, digo—: Todavía no. Es demasiado pronto. 
—Cuanto más tiempo se quede, mayor será la posibilidad de 
que nos resulte contraproducente. 
—¿Y cómo nos va a resultar contraproducente? 
Nos miramos fijamente, el momento se prolonga en la quietud. 
El yate está anclado, así que los motores están en silencio, el agua 
en calma. Sé lo que Vito está pensando, y me pregunto si tendrá las 
bolas para decírmelo a la cara. Yo ya estoy al límite. Tal vez una 
pelea con mi hermano es exactamente lo que necesito para dejar de 
pensar en mi pequeña cautiva. 
Levanta las manos. 
—Bien. Veo que no estás dispuesto a renunciar a ella. ¿Me 
dirás al menos lo que estás planeando? 
 
 
 
 
 
 
 
—De nuevo, no. No te va a gustar y no me van a convencer de 
lo contrario. 
—Planeas hacerle daño. 
—No de la manera que estás pensando. ¿Dónde estamos con 
la búsqueda de Giulio Ravazzani? 
—Gabriel Sánchez salió ayer de Ámsterdam y tomó un vuelo 
a Barcelona. Eso es todo lo que sé. 
—Probablemente se enteró de la desaparición de Andrea Di 
Vittorio y comprendió que ha sido comprometido. Sin duda, ahora 
está usando otro alias. 
—Sí, eso es lo que suponemos. Tengo que buscar en todos los 
registros de vuelos de Barcelona y en las grabaciones de seguridad 
del aeropuerto. 
—Que revisen también Madrid. Es posible que el billete a 
Barcelona sea un despiste. 
—Si Barcelona es falso, entonces Giulio podría estar en 
cualquier parte del mundo. 
—Es cierto, pero el despiste funciona mejor si se acerca a la 
verdad. Quiere que creamos que está en Barcelona para que no 
busquemos en las otras ciudades de España. Prueba con Madrid, 
luego con Málaga. 
—Lo haré. —Vito comienza a escribir en su teléfono. 
Una hora más tarde, estoy hablando por teléfono con un 
director de banco con el que trabajo en Haití, moviendo dinero, 
cuando Vito llama mi atención. Levanta su móvil delante de mi 
rostro. 
—Stefano está llamando —dice—. Probablemente por la 
prueba de ADN. 
—Contesta y pon el altavoz —le ordeno, y luego le digo a mi 
contacto que le devolveré la llamada. 
 
 
 
 
 
 
 
Vito pulsa algunos botones y deja el móvil sobre el escritorio. 
—Pronto. 
—Ciao, Vito. Supongo que Don D'Agostino está contigo. 
—Estoy aquí —digo—. Informe. 
—¿Esa base de datos que me pediste que alterara? No fue un 
problema. He borrado algunos de los archivos relevantes y he 
cambiado los otros que quedaban. 
—Va bene —dice Vito—. Buen trabajo, Stefano. El dinero será 
transferido esta tarde. 
—Grazie, Stefano —añado. Entonces decido añadir otra tarea 
a su lista. Es algo que me ronda por la cabeza—. Quiero que hagas 
algo más por mí. 
—Por supuesto, Don D'Agostino. —Suena resignado, pero me 
importa una mierda. 
—Quiero que investigue los antecedentes de alguien. Quiero 
conocer cada detalle de su vida, por pequeño o insignificante que 
sea. ¿Capisce? 
—Si, no hay problema. 
—Cada detalle, Stefano. Incluyendo los registros de salud. Te 
veré bien compensado por eso. 
—Entiendo. Solo necesito un nombre y una ciudad de 
nacimiento. 
—Gianna Mancini, Toronto. 
Vito se queda muy quieto al otro lado del escritorio, pero lo 
ignoro. 
—Informaré en cuanto pueda —dice Stefano—. No debería 
tardar más de un día. 
 
 
 
 
 
 
 
—Bien. Envíame un correo electrónico de la forma habitual. 
Terminamos la conversación y vuelvo a mi laptop, dejando a 
Vito con su desaprobación. Finalmente, mi hermano dice: 
—¿Sigues negando que estás obsesionado con ella, fratello? 
Me desplazo por mi lista de correos electrónicos no leídos. 
—Cuanta más información tenga sobre ella, más podré usar 
en su contra. 
—¡Cazzata! 
—Cuida tu tono conmigo. Y cuando quiera tu opinión sobre 
mi prisionera te la pediré. Si no, mantén la boca cerrada y deja que 
yo me encargue. 
—Solo promete pensar con la cabeza y no con la polla, per 
favore. 
No estoy seguro que eso sea una posibilidad a estas alturas, 
así que no digo nada. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
DIECISÉIS 
GIA 
 
Las cosas están mejorando para esta prisionera, aunque solo 
sea un poco. 
Ahora tengo un amigo en el yate. Massimo vuelve hoy con 
comida y vino, y descubro que tenemos mucho en común. Es 
divertido estar con él y, aún mejor, no se parece en nada a su 
hermano mayor. 
Massimo me trajo lápices y papel, que me permitieron hacer 
bocetos anoche y esta mañana. También me enseñó dónde está 
escondida la televisión en el dormitorio de Enzo y dónde encontrar 
la colección de DVDs. 
Y lo mejor de todo es que Enzo no ha vuelto desde la épica 
mamada que le hice. Probablemente todavía está tambaleándose, 
 
 
 
 
 
 
 
tratando de decirse a sí mismo que no quiere una repetición. Pero 
volverá, listo para más de mis habilidades especiales. 
Al menos, estoy bastante segura que no ha vuelto. Tengo un 
vago recuerdo de un cuerpo cálido detrás de mí durante la mitad de 
la noche, abrazándome con fuerza, con suaves respiraciones en mi 
cabello. El lado vacío de la cama estaba frío esta mañana cuando 
finalmente me desperté, así que no puedo estar segura. 
Massimo y yo nos relajamos en el jacuzzi después de comer. 
Si no fuera por mi cadena en el tobillo, casi puedo fingir que no 
estoy cautiva. Me está mostrando vídeos divertidos de las redes 
sociales, y luego pasa un vídeo de cocina. 
—Espera —digo, agarrando su muñeca—. Quiero ver lo que 
están haciendo. 
—Son espaguetis a la carbonara, como los hacen en Roma. 
—¿Hay diferentes formas de hacerlos? 
—La verdadera forma clásica es con panceta. Los americanos 
intentan hacer trampa usando tocino. 
—Los americanos —me burlo, haciéndolo reír—. ¿Qué saben 
ellos de comida? 
—Exactamente. Lo haré alguna vez para ti. 
—¿Sabes cocinar? 
Baja la cabeza, como si estuviera avergonzado. 
—No es difícil. 
Hay más en esta historia. Y la cantidad de vídeosde cocina 
que hemos pasado en su feed de repente tiene sentido. 
—Espera, puedes, como, cocinar de verdad, ¿no? Te interesa 
la comida. 
 
 
 
 
 
 
 
—Me gusta cocinar. Me da algo que hacer. Pero una vez que 
estemos de vuelta en tierra, tomaré mi lugar como un verdadero 
D'Agostino. Un asesino y un ejecutor, ayudando a dirigir la 'ndrina. 
—¿Por qué no puedes hacer eso ahora? 
—No quieren mi ayuda. Me tratan como si fuera un estúpido. 
Un niño. Especialmente Enzo. 
No quiero defender a mi captor, pero pienso que esto es vender 
al mafioso un poco. 
—¿Has hablado con él de eso? 
Massimo resopla. 
—¿Crees que es razonable en su estado actual? 
—Obviamente quiere mantenerte oculto y a salvo en este 
momento, pero no siempre estarás atrapado en el yate... 
—¿Pasando una buena tarde? 
Ambos nos sobresaltamos al oír la furiosa y profunda voz 
cerca de la puerta. Massimo permanece en silencio, pero respondo 
a la oscura mirada de Enzo con una propia. 
—Sí, así que siéntete libre de irte antes de arruinarlo. 
—No creo que sea yo quien se vaya, micina. 
Massimo se levanta e inmediatamente sale del jacuzzi. 
—Mi dispiace, fratello... 
Enzo levanta una mano y se adelanta. 
—Me ocuparé de ti más tarde. Ve a buscar a Vito. 
En silencio, Massimo agarra una toalla y se la pone alrededor 
de la cintura. Se aleja y escucho cómo se cierra la puerta, mi 
atención sigue puesta en el mafioso enfadado que está de pie junto 
al jacuzzi. 
 
 
 
 
 
 
 
—No sé por qué estás enfadado. Todavía estoy encadenada. 
Sus dedos comienzan a desabrochar su camisa. 
—No me había dado cuenta que estabas aburrida, Gianna. 
—Estoy cautiva en el yate de un psicópata y no tengo nada 
que hacer. Por supuesto que estoy jodidamente aburrida. 
Su camisa golpea la cubierta y trato de no mirar toda la 
tonificada piel aceitunada que exhibe. 
—¿Así que no hiciste una línea o dos mientras tú y mi 
hermano pasaban el rato? 
¿Es eso lo que piensa que Massimo y yo estábamos haciendo 
aquí? Pongo una fuerte dosis de sarcasmo en mi voz. 
—Es un poco temprano para la coca y esto no es un club 
nocturno, pero no rechazaría un poco de molly68. ¿Tienes algo? 
—Me traerán un poco mañana —responde, mientras se 
desabrocha los jeans. 
Me doy cuenta que se está desnudando. 
—¿Qué crees que estás haciendo? 
—Mi gatita necesita entretenerse, por lo visto. —Se baja los 
jeans por sus gruesos muslos y mis ojos casi se salen de mi cabeza. 
—¿Siempre vas en plan comando? 
En lugar de responder, se mete en el jacuzzi y se sienta. 
—Ven aquí, micina. 
—Estoy bien donde estoy. 
 
68Molly. Es una droga sintética que altera el estado de ánimo y la percepción, 
usualmente conocida como éxtasis. 
 
 
 
 
 
 
 
—Ven aquí ahora mismo, o te ataré a mi cama y te azotaré 
hasta que llores. 
—¿Por qué? 
—Porque te voy a castigar y si te lo tengo que volver a pedir, 
te azotaré y te daré con un cinturón en el culo. 
—No te atreverías. 
Su sonrisa es positivamente tortuosa. 
—Nunca dudes de mis palabras, Gia. Siempre digo lo que 
quiero decir. Ven aquí, maldición. Ahora. 
Mi corazón se acelera mientras floto más cerca. Nunca sé lo 
que va hacer... y eso me excita como ninguna otra cosa. Me 
encuentro a su lado, con el cuerpo zumbando con la posibilidad. 
Empiezo a poner mis manos sobre sus hombros, pero él me agarra 
las muñecas y me lleva los brazos a la espalda. 
—Súbete encima, de cara a mí. 
Me sujeta las muñecas con una mano, mientras su otra palma 
se posa en mi cadera, ayudándome a subir a horcajadas sobre su 
regazo. La posición arquea mi cuerpo hacia adelante y levantando 
mis tetas. Mis pezones se asoman a través del top del traje de baño, 
y él rodea uno con sus labios y lo chupa con fuerza. 
Gimo y puedo sentir cómo su polla se engrosa, se alarga en el 
agua. Hay una energía oscura burbujeando entre nosotros, que se 
alimenta de nuestra ira y nuestra lujuria. 
Raspa con sus dientes mi pezón cubierto de tela y luego lo 
suelta. 
—Frota tu coño en mi polla. Hazte correr como la sucia gatita 
que eres. 
Un pequeño escalofrío me recorre, pero lo miro por encima de 
la nariz. 
 
 
 
 
 
 
 
—Vete a la mierda, Enzo. 
Desata los cordones de mi top y lo deja flotar. La brisa fresca 
me roza los pechos mientras él pasa largos minutos chupando y 
mordiendo cada teta, dejando marcas que sin duda sentiré durante 
días. Me pellizca y tira de los pezones, casi abusando de ellos, y no 
puedo evitar gemir. Algo en su dominio y agresividad me excita. 
Cuanto más me da, más deseo, arqueándome hacia él y suplicando 
en silencio que siga. 
—No voy a tocar tu coño —susurra, lamiendo mi cuello—. Si 
quieres excitarte, tienes que utilizarme y frotarte contra mi polla. 
Estoy muy mojada, mi cuerpo ya arde y estoy deseando 
correrme. Me duelen los hombros por estar sujeta, pero en el buen 
sentido, y ansío hacer rodar mis caderas sobre su gorda polla. Mi 
clítoris palpita, y no estoy segura por qué me lo niego. Si él no va a 
darme placer, puedo hacerlo yo misma. 
Como para insistir en su caso, me besa la garganta y luego 
hunde sus dientes en la carne, y un largo gemido sale de mi boca. 
—No hace falta que te resistas. —Mueve sus labios a lo largo 
de mi mandíbula y me balanceo hacia él—. Tu coño debe estar 
húmedo y necesitado. Piensa en lo bien que te sentirás al correrte. 
—Dios, eres lo peor. —Derrotada, bajo y presiono mi sexo 
sobre su polla. Está muy dura y gruesa, más que suficiente para 
hacer el trabajo. Enzo gruñe pero se queda quieto. No estoy segura 
de cuál es su juego, pero necesito este orgasmo. 
—Adelante —susurra—. Desliza tu clítoris por toda mi polla. 
—Se deleita con uno de mis pezones, aplicando presión, y eso lo 
hace. Empiezo a moverme, balanceando tímidamente mis caderas, 
y la sedosa fricción de mi traje de baño sobre su polla es mi nueva 
cosa favorita, como el chocolate y la cachemira todo en uno. 
Me muevo más rápido. 
 
 
 
 
 
 
 
Pronto mis caderas se agitan, el placer aumenta, y él se inclina 
hacia atrás para observarme. Ni siquiera me importa. Puedo tomar 
lo que necesito sin ninguna ayuda de él, muchas gracias. 
—¡Joder! Qué bien, mafioso. Tan, tan bueno. 
—Eso es, bella. Eso es una buena chica. —Las palabras me 
hacen subir más, mis músculos se tensan en preparación. Está 
dentro de mi cerebro de nuevo, pero estoy demasiado cerca para 
parar. 
Sigue hablando. 
—¿Sientes lo duro que estoy? Tengo tantas ganas de 
deslizarme dentro de tu coño, desgarrarte y abrirte. ¿No te gustaría 
estar llena de mi polla? 
Mi boca se afloja mientras sigo trabajando en su polla. Es 
increíble, pero sentirlo dentro de mí sería mil veces mejor. 
—Sí. Dios, sí. 
—Ruega que te folle, mia sporca puttana. 
No puedo, así que no digo nada. Solo necesito correrme. 
—Sé que quieres —dice—. Tu cuerpo está hecho para recibir 
mi polla. Tu coño está tan vacío ahora mismo. 
—Oh, Dios —jadeo, ya casi en el aire. Todo en mi interior se 
enrosca como un resorte y mis muslos tiemblan. 
Sus labios rozan mi oreja. 
—¿Quieres luchar, micina? ¿Quieres luchar contra mí? 
Entonces puedo sujetarte y follarte tan fuerte... 
Eso desata mi orgasmo. 
—¡Joder, sí! —Empiezo a convulsionar, cada molécula de mi 
cuerpo inundada de placer. Una luz brillante inunda la parte 
posterior de mis párpados y siento que sus manos se dirigen a mis 
 
 
 
 
 
 
 
caderas, ayudándome para aguantar el resto de mi clímax—. Qué 
bueno —jadeo, mientras mis dedos se enredan en su cabello. 
Apoyo mi frente en la suya mientras intento recuperar el 
aliento. 
—¿Te ha gustado el espectáculo, Il pazzo? —Loco. 
Me rodea la garganta con una gran mano. 
—¿Quién ha dicho que ha terminado? 
Aspiro una bocanada de aire sorprendida cuando Enzo se 
pone de pie con mis piernas aún envueltas alrededor de su cintura, 
mi tobillo aún encadenado. Sale del jacuzzi como si yo no pesara 
nada, el agua resbalandopor nuestros cuerpos. 
Cuando está en la cubierta, me deja deslizarme por su 
musculoso cuerpo. No pierdo tiempo en poner distancia entre 
nosotros, lo que significa que puedo ver la gigantesca erección que 
tiene. Por supuesto que la he sentido hace unos momentos cuando 
me estuve frotando contra él, pero verla es... uf. La cosa es 
jodidamente impresionante. E intimidante. 
Por desgracia, siempre me han gustado los retos. 
Cuando termino de codiciar su polla, me encuentro con su 
mirada. Por su sonrisa está claro que sabe en qué estoy pensando. 
Se apoya en el borde del jacuzzi y se cruza de brazos. A su vez, unos 
ojos oscuros y brillantes recorren todo mi cuerpo, y unos pinchazos 
recorren mi piel. 
—Juguemos a un juego —dice con voz grave. 
—No, gracias. 
—Eso no fue una pregunta. Voy a follarte, Gianna. Ahora 
mismo. 
Agarro una toalla cercana y la envuelvo alrededor de mi 
cuerpo. 
 
 
 
 
 
 
 
—Vaya. Eso no es un juego y no lo estoy consintiendo. ¿Me 
oyes, Enzo? No lo consiento. 
Su labio superior se curva, su expresión es malvada. 
—Consentiste no hace ni cinco minutos cuando estabas 
montando mi polla. ¿No lo recuerdas? —Se inclina, mete la mano 
en sus pantalones desechados en el suelo y saca una pequeña 
llave—. Además, ambos sabemos que este juego te va a gustar. 
—No. 
—Deja de fingir. Sé lo que te gusta. 
Exactamente lo que me temo. Todavía estoy excitada, a pesar 
del fantástico orgasmo de hace unos momentos. Hay algo en su 
forma de hablarme, de tratarme... duro y grosero... que no se parece 
a nada de lo que he experimentado y, por alguna razón, me excita. 
Ella es un problema. Una zorra hambrienta de pollas con 
problemas con papi de un kilómetro de largo. 
Mientras yo sigo luchando contra las inseguridades del 
pasado y del presente, Enzo sujeta su polla y la acaricia. Los 
músculos sobresalen mientras trabaja su polla, y yo me quedo 
mirando, hipnotizada. Uf. Incluso sus bolas son sexys, y las bolas 
definitivamente no son sexys. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué este 
hombre tiene este efecto en mí? 
—Este es el juego —dice—. Te doy diez segundos de ventaja 
para correr. Luego te perseguiré. Y cuando te atrape, te inmovilizaré 
y te follaré. 
Cuando, no sí. 
Mis dedos se retuercen en la toalla mientras las imágenes de 
él sujetándome, empujando entre mis piernas bombardean mi 
cerebro. La idea está tan mal, pero mi coño se aprieta mientras el 
deseo me oprime los pulmones como un puño. 
Intento mantener la voz uniforme: 
 
 
 
 
 
 
 
—¿Qué te hace pensar que quiero esto? 
Niega con la cabeza. 
—Porque lo mencioné y te corriste con fuerza en mi polla hace 
dos minutos. Creo que te gusta la idea. 
Mi respiración se acelera, las fosas nasales se dilatan 
mientras lucho por conseguir suficiente aire. Él se da cuenta, por 
supuesto, su mirada se dirige a mi pecho, y sonríe. 
—¿No te sentirías bien luchando contra mí con toda la fuerza 
que puedas? ¿Golpearme y patearme todo lo que quieras antes que 
te meta la polla? 
—No —susurro débilmente. Estoy muy mojada entre mis 
piernas y no tiene nada que ver con el jacuzzi. Mi boca está 
repentinamente seca, así que me lamo los labios—. Estás loco. 
—Sí, certo. Pero no puedes esconderte de mí, Gia. Veo todo lo 
que piensas. Ahora mismo estás jadeando incluso mientras lo 
consideras. 
Sal de mi cabeza, mafioso. 
—Tu otra opción —continúa, todavía acariciando lentamente 
entre sus piernas—. Es ponerte de manos y rodillas en mi cama y 
presentar tu culo para mí. 
—De ninguna manera. Nunca dejaré que esa cosa entre en mi 
culo. 
Realmente pone los ojos en blanco. 
—No te mientas, micina. Te prometo que lo amarás más de lo 
que amas mis dedos ahí, que es decir mucho. 
Dejo pasar eso por ahora. Tengo problemas más grandes en 
mis manos. 
—Quiero la opción c... ninguna de las anteriores. 
 
 
 
 
 
 
 
—Cazzata. Tienes las pupilas dilatadas y estás casi 
hiperventilando de calentura. Date prisa y decide. 
—Podría hacerte otra mamada. 
El borde de su boca se tuerce. 
—Tan ansiosa por chupármela de nuevo. Me gusta esto, 
Gianna. —Se acerca y yo aprieto más la toalla. ¿Qué va hacer? 
El pánico revolotea en mi garganta cuando se agacha a mis 
pies. Con la llave, abre el brazalete de mi tobillo y éste cae al suelo, 
liberándome. Luego me mira, con los ojos desorbitados. 
—Empezamos ahora. Diez, nueve, ocho... 
Dejo caer la toalla y empiezo a correr. 
El corazón me late con fuerza mientras corro hacia el 
dormitorio, dirigiéndome a la puerta que conduce al resto del yate. 
Vuelo como un rayo a través de su oficina y hacia el pasillo 
principal. Cada centímetro de mi piel está viva, la sangre bombea 
febrilmente en mis venas. Puedo hacerlo. Puedo alejarme de él, 
esconderme y finalmente escapar. Es lo que quiero, ¿no? 
No mientas. Quieres que te atrape. Que te domine y te folle. 
No puedo. Está mal. Se supone que las mujeres no quieren 
algo así, especialmente con su secuestrador. ¿Qué está mal en mí? 
Entonces lo escucho detrás de mí. ¿Ya han pasado diez 
segundos? 
Mierda, mierda, mierda. El miedo y la excitación se mezclan 
en mi cabeza y me esfuerzo por ir más rápido, tratando de llegar a 
las escaleras antes que me alcance. Casi puedo sentir que me 
persigue, su lujuria y su agresividad son un perfume en el aire, y 
mi cuerpo responde a eso a pesar de mí misma. Somos dos animales 
en celo y yo soy su presa. 
Justo cuando me agarro a la barandilla de la escalera me 
levanta de los pies y me arrastra hacia un duro pecho desnudo. La 
 
 
 
 
 
 
 
confusión en mi cabeza hace que mi lucha se haga real y forcejeo, 
pero él me inmoviliza los brazos a los lados. 
—¡Suéltame, maldito imbécil! 
En lugar de responder, se da la vuelta y me lleva de regreso 
por donde hemos venido. 
Me agito, pateando cualquier lugar que pueda alcanzar, y él 
gruñe cuando mi talón se conecta con un lado de su rodilla. Lo hago 
de nuevo, con más fuerza. 
—¡Basta, stronza! —me gruñe al oído y me rodea con sus 
brazos. 
No le hago caso. Sigo pataleando y retorciéndome, como una 
gata salvaje decidida a hacerle daño a toda costa. Su erección, 
enorme y dura, se clava en la raja de mi culo. 
—No te atrevas, Enzo. Te juro que te mataré. 
Se ríe sombríamente cuando entramos en su oficina, como si 
se tratara de una gran broma. Me enfurece, y esta vez puedo 
asestarle una patada en el interior de la rodilla, lo que lo hace 
tropezar. Me libero y empiezo a correr de nuevo hacia la puerta que 
da a la cubierta. 
Esta vez quiero que me alcance. 
Lo quiero con una desesperación que debería asustarme. 
Quiero que me necesite más de lo que nadie me ha necesitado 
nunca, como si fuera a morir si no me folla. Quiero que me domine 
de la mejor manera. 
Antes que pueda contemplar a dónde voy, me aborda. Su gran 
cuerpo se estrella contra mi espalda y me lleva hasta la alfombra de 
la oficina, uno de sus brazos frena nuestra caída. 
—¡Vete a la mierda! —Araño y raspo mientras él lucha por 
controlarme, con los músculos tensos por el esfuerzo, hasta que 
decide inmovilizarme con el peso de su cuerpo. 
 
 
 
 
 
 
 
No puedo moverme. Sus piernas cubren las mías, su pecho se 
estrella contra mi espalda y sus grandes manos se cierran alrededor 
de mis muñecas, sujetándome. Le grito y maldigo de todas las 
maneras que sé. Intento clavarle la cabeza en el rostro, pero no 
puedo hacer suficiente fuerza en mi posición boca abajo. Me 
mantiene allí, inmóvil, dejando que me canse. 
Se mueve para sostenerme con una gran mano, y entonces las 
puntas de los dedos se deslizan dentro de mi traje de baño para 
hurgar en mi abertura. 
—Madonna, tal y como pensaba. Goteando. 
La humillación me hace forcejear una vez más, y mis pezones 
rozan la alfombra. 
—Es miedo, no excitación —jadeo bajo su enorme volumen. 
Su risa resuena en mis costillas. 
—Mentirosa. 
Un grueso dedo me penetra y la presión hace que mi pulso se 
dispare. Reprimo las ganas de moverlas caderas. Joder, qué bien 
se siente. 
—¿Cuántos dedos antes de abandonar la lucha, micina? 
Maldito sea este hombre. Lo está alargando, siempre decidido 
a doblegarme sin importar las circunstancias. Como si todo fuera 
un juego y tuviera que ganar a toda costa. 
Intento apartarlo una vez más, pero el movimiento solo lleva 
su dedo más adentro de mí. Inspiro un poco. 
—Nunca dejaré de luchar contra ti. Aunque mi cuerpo te 
desee temporalmente, mi mente nunca lo hará. 
—Supongo que ya veremos, ¿no? —Un segundo dedo se 
introduce en el interior, más duro que el anterior. El ligero ardor es 
rápidamente perseguido por una oleada de necesidad. Me recoge el 
cabello, aparta la pesada masa a un lado y me lame la nuca—. Tan 
 
 
 
 
 
 
 
caliente, tan húmeda. Es como el cielo. No puedo esperar a meter 
mi polla aquí. 
—¡Hazlo, Il pazzo! 
Su polla se sacude contra mi culo. 
—Me gusta que me llames así. 
—Por supuesto lo haces. —Odio y amo a la vez que gane. 
Necesito demostrar que aún me queda lucha. Así que me estiro y 
muerdo su grueso bíceps, apretando con fuerza. 
—¡Cazzo! —Deja escapar una risa ahogada, con sus caderas 
embistiendo hacia adelante—. ¡Me vas hacer correrme! 
Al bastardo le gusta de verdad. Lo suelto y me quedo sin 
fuerzas. No hay nada que pueda hacer, ninguna lesión que pueda 
causar, para herir lo suficiente a este hombre. Después de todo, ha 
sido torturado por los mejores en el negocio. 
Se mueve y retira sus dedos. Gimo, mis tejidos hinchados 
lloran de necesidad. Me desata el traje de baño y tira la endeble tela 
a un lado. Entonces la punta de su polla se arrastra contra mi 
abertura, burlándose, y yo inclino mis caderas, ansiosa por la 
invasión. Me besa entre los omóplatos. 
—Eso es. Estás lista para mí, ¿no? 
Estoy más allá de la negación, más allá de la atención. 
—Sí —admito en la alfombra. 
—Muéstrame. Llévame adentro, troietta. 
Esto es tan sucio. Tan incorrecto. Sin embargo, mi cuerpo 
zumba, casi ardiendo de lujuria. Hay una cantidad vergonzosa de 
humedad entre mis piernas, más de lo que hubiera creído posible 
considerando las circunstancias. 
Debería odiar esto. Soy un fracaso en el feminismo. 
 
 
 
 
 
 
 
Emma estaría muy decepcionada conmigo si lo supiera. Pero 
tiene razón. Lo quiero dentro de mí. 
Ajusto mis caderas, buscando, y la cabeza de su polla se 
desliza dentro de mí. Joder, sí. No me detengo, sigo moviendo mis 
caderas, retorciéndome debajo de él, para llevarlo más adentro. 
Estoy desesperada por llegar al final, hacia el orgasmo explosivo 
que sé que me espera. 
—Shh —me dice al oído—. Te daré lo que necesitas. 
Entonces toma el control, pero presiona mucho más 
lentamente de lo que yo esperaba. El principio había sido de 
dominación y fuerza, pero ahora invade con tanto cuidado, como si 
quisiera que yo sienta cada contracción y cada pequeño 
movimiento. Esto es casi una seducción, y es peor que el caos de 
hace unos momentos. Pero no hay forma de detenerlo. Lo anhelo, 
lo necesito. 
Con un gruñido, da un último empujón con sus caderas y me 
llena por completo, y el aire abandona mis pulmones con rapidez. 
Está caliente, duro y es tan grande, su polla me empala, con el gran 
peso de su cuerpo impidiéndome moverme. Lo único que puedo 
hacer es quedarme tumbada y aguantar. Lo que lo hace mil veces 
más caliente. 
—Joder —dice en una larga exhalación, y luego susurra una 
larga cadena de palabras en italiano que suena a la vez 
desconcertada y excitada. Finalmente, apoya las rodillas en la 
alfombra y se levanta sobre los codos para penetrarme. Ya no me 
sujeta, pero no me voy a ir a ninguna parte, no hasta que 
intercambiemos orgasmos. Al menos me lo debe. 
Su respiración entrecortada golpea mi mejilla cuando empieza 
a moverse, con sus caderas en contacto con mi culo. 
—Eres mía, Gia Mancini. Hasta que decida lo contrario, este 
coño me pertenece. 
No puedo responder, porque su polla me está destrozando de 
la mejor manera. Me encanta cómo se siente dentro de mí, como si 
 
 
 
 
 
 
 
no hubiera espacio para nada más. Sin inseguridades ni 
preocupaciones, sin pasado ni futuro. Solo esto, justo aquí. El 
sudor cubre mi piel y él me rodea, con su polla golpeando, 
golpeando, golpeando en mi cuerpo. El placer aumenta y yo cierro 
los ojos, concentrándome en el orgasmo que está a punto de llegar. 
Los sonidos de la piel golpeando y la respiración pesada llenan 
la habitación. Me folla como si fuera su propósito en la vida, 
completamente dedicado a la tarea y sin bajar el ritmo ni un 
segundo. Con cada embestida salvaje me desliza un poco por la 
alfombra, y estoy tan cerca de correrme, con mis músculos 
apretados y tensos... 
—Me perteneces, ¿verdad? Dilo, Gianna. 
Las palabras se retuercen dentro de mí, haciéndome subir, y 
las paredes de mi coño se contraen alrededor de su polla. 
—¡Minchia! —gruñe—. Hazlo otra vez. 
Vuelvo apretar alrededor de él, y gime. 
—Dímelo. Deja que te oiga decirlo. —Sus dedos se deslizan 
entre mi cuerpo y la alfombra, bajando hasta encontrar mi clítoris. 
Me frota en círculos apretados—. Déjame oírte decir que me 
perteneces. 
Las palabras salen de mi boca en un jadeo. 
—Te pertenezco. 
Todo cambia. Me cabalga aún más fuerte, sin piedad, sin que 
sus dedos abandonen mi clítoris. 
—Vieni per me, mia bella troietta. 
Córrete para mí, mi hermosa putita. 
La combinación de las palabras con la estimulación es 
demasiado. Las descargas suben desde los dedos de los pies 
mientras el orgasmo se apodera de mí. Mi cerebro se desconecta, 
 
 
 
 
 
 
 
todo queda en blanco durante un largo momento mientras la 
euforia me transporta al espacio. 
—¡Dios, sí! Oh, joder —me escucho gritar a lo lejos mientras 
me agito sin control. 
Cuando mi clímax finalmente remite, se pone de rodillas y 
levanta mis caderas para cambiar el ángulo. Esto le permite 
penetrar más profundamente, y tras unos cuantos bombeos se 
hincha dentro de mí, sus caderas estremeciéndose justo antes de 
que chorros calientes de semen llenen mi coño. 
—¡Dio cane! —ruge, y las puntas de los dedos se hunden en 
mi carne. Sin duda, mañana estaré cubierta de moretones. 
Eso debería horrorizarme, pero no lo hace. 
Al cabo de un momento, sus movimientos disminuyen, pero 
sigue meciéndose, con su polla aún palpitando dentro de mí. 
—Tómalo todo, micina —canturrea y baja para besar mi 
columna—. Toma todo mi semen. Te lo has ganado. Sei proprio una 
brava bambina. 
Eres una buena niña. 
Jesús, deseo que deje de decir cosas así. Me sonrojo de pies a 
cabeza y disfruto de los elogios. Sigue salpicando mi piel con besos, 
mostrando una ternura que no había esperado. Me derrito como la 
cera de una vela caliente en el suelo. 
—Sei bellissima —murmura, mientras deja caer besos a lo 
largo de mi columna vertebral—. Sei perfetta. 
Eres tan hermosa. Eres perfecta. 
Me sonrojo ante los cumplidos. ¿Esto está ocurriendo de 
verdad? Enzo D'Agostino, ¿dulce? ¿Por qué no lo empujo fuera de 
mí y lo reprendo por ser tan brusco? 
De repente, se aparta y cae a un lado, con el cuerpo extendido 
sobre la alfombra, sin tocarme. El aire frío corre sobre mi piel 
 
 
 
 
 
 
 
cuando me inclino para verlo y trato de recuperar el aliento. Él mira 
al techo, con los brazos abiertos y el pecho agitado, mientras el 
sudor le baja por las sienes y le cae sobre el espeso cabello oscuro. 
Nos quedamos así durante mucho tiempo, sin que ninguno de los 
dos hable. No tengo ni idea de qué decir. Me siento destruida de la 
mejor manera. 
Se pasa una mano por el rostro. 
—No he estado dentro de una mujer desde el calabozo, y antes 
siempre usaba condones. 
Oh, claro. Ha entrado desnudo, ¿no? 
Me aclaro la garganta: 
—Tengo un DIU, eso está cubierto. 
La sangre se desliza por el interior de su brazo y me doy 
cuenta que ha sido obra mía, cuando lo he mordido antes. Estoy a 
punto de disculparme, pero es mi secuestrador. No le debo 
disculpas. Entonces, ¿porqué siento que lo hago? 
—Sumérgete en el jacuzzi —dice y se pone de pie—. Si no, esta 
noche estarás dolorida. 
No me ayuda a levantarme ni mira en mi dirección. En su 
lugar, se pone algo de ropa y sale de la oficina, dejándome en el 
suelo. Desnuda, llena de su semen y sin grilletes. 
No puedo moverme, demasiado enredada en mis propios 
pensamientos. Hay mucho que desentrañar, pero hay dos cosas que 
sobresalen del caos que se arremolina en mi cerebro: 
Permití que Enzo D'Agostino me folle, y fue el mejor sexo de 
mi vida. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
DIECISIETE 
ENZO 
 
Subo las escaleras y entro en la oficina. Massimo y Vito están 
allí y levantan la vista de sus teléfonos cuando entro. Ignoro sus 
expresiones de sorpresa. 
Comprendo su preocupación. Yo tampoco sé qué mierda me 
está pasando. Me siento confundido, enfadado y al límite de mi 
cordura. El sexo con Gia ha sido mejor de lo que esperaba, pero eso 
no explica el afecto que le mostré después, besándola tontamente y 
elogiándola como a una amante. 
Sin duda se ríe de mí allí abajo, complacida por lo idiota que 
me he vuelto por ella. Pensando que su coño mágico me hace débil, 
que puede controlarme con su apretado coño y sus pequeños 
jadeos. 
¿Y lo peor? No estoy seguro de que no pueda. 
 
 
 
 
 
 
 
Débil y cansado, anoche me metí en mi cama con ella, 
necesitando volver a sentir su suave piel contra mí mientras 
dormía. Ella se había acurrucado cerca de mí, suspirando mientras 
dormía, y la oscuridad de mi cabeza había desaparecido por un 
momento. 
Me enfureció. 
Vito es el primero en hablar. 
—¿Estás bien? Hemos oído una pelea. Y tu brazo está 
sangrando. 
No respondo. 
La mirada de Massimo es cautelosa mientras toma el asiento 
detrás de mi escritorio. 
—Zo, lo juro. No hice nada inapropiado. 
—¿No? ¿Entonces no fuiste tú quien le llevó vino y comida? 
¿Le diste un bikini y te sentaste con ella en el jacuzzi? 
—Sí, pero... 
Clavo un dedo en el escritorio. 
—Te dije que nadie la ve más que yo. Te dije que te alejaras 
de ella. 
—¡Mi despiace! —Apoya las manos en los reposabrazos y se 
levanta de la silla—. Pero estoy jodidamente aburrido. Llevamos 
una eternidad en este yate y nunca pasa nada. 
Me muevo alrededor de mi escritorio en un instante. Mis 
dedos rodean la garganta de mi hermano y lo empujo contra la 
pared, inmovilizándolo. 
—Lo que pasa en este yate, pezzo di merda, es que sigues vivo. 
Te mantengo aquí para que todos sigamos vivos, maldición. 
¡Mantengo a mis hijos en Inglaterra, lejos de mí, para que sigan 
vivos! 
 
 
 
 
 
 
 
—Tranquilos, los dos. —Vito está allí, apartándome—. Todo el 
mundo está al límite, ¿verdad? No hay razón para pelear. 
Doy un paso atrás. 
—Deja de actuar como un mocoso egoísta, Massimo, y aléjate 
de ella. 
—No estoy tratando de follarla, lo juro —dice—. Pero tienes 
que admitir que es hermosa de ver. 
Una neblina roja cubre mi cerebro y me abalanzo, dispuesto 
a sacarle sangre. De repente, Vito me bloquea el paso. 
—Cálmate —dice—. Nadie va a tocarla, ¿capisce? 
Señalo a la cara de Massimo. 
—¡Vattene69! Tengo llamadas que hacer y correos electrónicos 
que contestar. Ya sabes, cosas aburridas que nos hacen ganar 
dinero y nos permiten seguir vivos. 
Mientras me dirijo a mi silla, escucho a Vito decirle a 
Massimo: 
—Vete de aquí. 
Antes, cuando escuché a Massimo y a Gia reírse en mi 
cubierta, estaba en medio de la actualización de una hoja de 
cálculo. En lugar de abrirla de nuevo, reviso mi correo electrónico. 
Me incorporo cuando veo lo que me espera. El informe de 
Stefano sobre Gia. 
Hago clic con entusiasmo, desesperado por saber todo lo que 
pueda sobre esta mujer. Empieza con lo más básico, su edad y su 
familia, dónde se había criado y dónde había ido a la escuela. Sigo 
avanzando. Luego están sus amigos, dónde vivía en la universidad 
y sus calificaciones. 
 
69Vattene. Vete, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
Y su ex novio. 
¿Che cazzo? 
Stefano tiene una foto, una publicación en las redes sociales, 
de Gia sonriendo a un coglione, con su brazo alrededor de ella. 
Grayson Webber. 
Apretando los dientes, sigo leyendo. 
Descubrió a Grayson enviando mensajes de texto a otra mujer, 
Julia Delgado, con la que se había estado viendo en secreto. La 
relación terminó abruptamente. 
¿Ese testa di cazzo70 se había follado a otra mujer a espaldas 
de Gia? 
¡Che idiota! ¿Una mujer como Gia en tu cama y la engañas? 
Ella está mejor sin él. 
Sigo leyendo. Hay fotos de una exposición de diseño en la que 
Gia había participado en la universidad, lo que explica los bocetos 
que vi en mi habitación la noche anterior. Quiere ser diseñadora de 
moda. 
—¿Cuándo llegaremos a un puerto? —le pregunto a mi 
hermano, que está trabajando en su escritorio cerca del mío. 
Vito mira la hora. 
—Hemos rellenado el depósito de combustible en Cannes, así 
que no será hasta dentro de un tiempo. ¿Necesitas algo? Puedo 
hacer que lo traigan. 
—Quiero un bloc de dibujo electrónico y un lápiz óptico. Que 
le pongan un software para un diseñador de moda. 
Vito se queda boquiabierto. 
 
70Testa di cazzo. Idiota o pedazo de idiota, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
—Dime que estás bromeando. 
—¿Prefieres que la vuelva a meter en la jaula? 
—Por supuesto que no. Pero, ¿regalos? 
—Tú eres el que quiere que la trate con cariño, ¿no? —Sigo 
recorriendo el informe—. Y no es un regalo sino una moneda de 
cambio. 
Eso debe satisfacer a mi hermano porque vuelve a su trabajo 
y me deja tranquilo. Finalmente encuentro lo que estaba buscando. 
El informe de salud de Gia. 
No mintió sobre el DIU, lo cual es un alivio. Además, no tiene 
ninguna enfermedad de transmisión sexual desde su última 
revisión, que fue justo antes de mudarse a Milan. Y no ha tenido 
hombres desde Grayson. 
Para una mujer a la que le gusta el sexo tanto como a Gia, no 
es tan activa como habría supuesto. ¿Ese chico, el que la engañó, 
le ha roto el corazón? 
¿Y por qué me importa si la respuesta es afirmativa? 
 
 
GIA 
Los motores vuelven a encenderse esta noche. 
Estoy sentada en la cubierta, aburrida e inquieta, con el 
oscuro océano a nuestro alrededor. Después que Enzo se marchó, 
me sumergí en el jacuzzi y me duché. Me vestí con unos pantalones 
cortos y un top del montón de ropa que había traído Massimo. En 
todo momento espero que mi secuestrador entre en la suite y se 
burle de mí, para luego obligarme a desvestirme. Que me ponga de 
rodillas y me haga rogar. 
 
 
 
 
 
 
 
Pero la puerta sigue cerrada. 
Como mínimo, me merezco comida. ¿No sabe él que me muero 
de hambre? Tengo una pequeña nevera llena de agua embotellada, 
pero no es suficiente. 
Está claro que piensa que puede follarme y luego ignorarme. 
Que me quedaré quieta como una buena mascota, incluso cuando 
no esté encadenada. Supongo que no le importa que me muera de 
hambre. Cecilia normalmente me trae la comida, pero no hay ni 
rastro de ella después que Enzo se fuera esta tarde. 
Vieni per me, mia bella troietta. 
Con una mueca de dolor, me rasco el esmalte de uñas 
desconchado. ¿Y por qué no iba asumir que puede tratarme como 
una mierda? Me abrí de piernas tan fácilmente para él, le dije todo 
lo que quería oír. Probablemente está contando toda la experiencia 
a sus hermanos, todos ellos riéndose de lo desesperada que estuve. 
Qué mujerzuela, qué patética. 
A la mierda con eso. 
No estoy desesperada ni soy patética. No puede tratarme así 
y salirse con la suya. Siempre le decía a Emma que se defendiera, 
¿por qué no sigo mi propio consejo? En el pasado, cuando alguien 
me hacía daño, me aseguraba que hubiera consecuencias. 
Yo soy la maldita Gia Mancini. No dejaré que este stronzo me 
controle. 
Levantándome, atravieso el dormitorio y entro en la oficina 
vacía. No miro a propósito la alfombra mientras continúo haciala 
parte principal del yate. Ya tengo suficientes recuerdos de lo que ha 
pasado antes, no necesito más. 
Las risas resuenan adelante, así que sigo el sonido. La risa 
equivale a la felicidad, lo que significa que Enzo no está involucrado. 
Bien. Puedo prescindir de ver su rostro petulante. 
 
 
 
 
 
 
 
Entro en lo que es un comedor y encuentro a Massimo y Vito 
en la mesa. Sus sonrisas se apagan al verme. 
—¡Señorita! —dice Vito, poniéndose de pie mientras me 
estudia de pies a cabeza—. ¿Qué estás haciendo? 
—Buscando comida. —Señalo las bandejas de la mesa—. ¿Te 
importa? 
—No, en absoluto. —Es Massimo quien responde. Se levanta 
y me tiende una silla—. Por favor, acompáñenos. 
—Gracias. —Me siento y comienzo a llenar un plato vacío con 
piccata de pollo en salsa de limón y alcaparras. 
Vito me sirve una copa de vino blanco. 
—Te ha quitado la cadena. No me lo esperaba. 
Yo tampoco. Y parece que Enzo no puso al corriente a sus 
hermanos de todos los detalles de la tarde. 
—Tu hermano está lleno de sorpresas, supongo. 
Los dos hombres intercambian una mirada que no entiendo, 
así que dirijo mi atención a la comida. Maldición, está buena. Rico 
y suave como la mantequilla, el pollo se derrite en mi boca. 
—Dios, esto está increíble —murmuro—. Quienquiera que 
cocine la comida en este yate vale cada centavo. 
Massimo sonríe astutamente. 
—Lo he hecho yo. 
—Vaya, Maz. Está jodidamente bueno. 
—Toma todo lo que quieras —dice Vito—. Si hubiera sabido 
que no te iba a llevar la cena, habría mandado algo. 
—Hablando de Lucifer, ¿dónde está? 
 
 
 
 
 
 
 
Massimo se ríe hasta que Vito le lanza una mirada de 
desaprobación. 
—Está en la oficina, trabajando hasta tarde —dice Vito. 
—Siento haberte causado problemas hoy, bella —dice 
Massimo, aunque sus ojos brillantes me dicen que no está tan 
arrepentido. 
—No te preocupes. —Tomo un trozo de pan y lo mojo en la 
salsa de piccata—. Tu hermano es un idiota. Nada de lo que hiciste 
cambia eso. 
—Harías bien en no enfadarlo, Gia. 
Este consejo es de Vito, que está empezando a enojarme de 
verdad. 
—¿Quieres que me cubra, Vito? Así no lo atraeré con mis 
artimañas femeninas otra vez. 
—Demasiado tarde para eso —murmura Massimo. 
—Lo que no entienden los dos —espeto—. Es que no quiero 
estar aquí. No estoy tratando de seducir a tu hermano. 
Massimo levanta las palmas en señal de rendición y Vito se 
limita a dar un sorbo a su vino. Yo me concentro en comer. Tras 
unos momentos de silencio no puedo aguantar más. 
—Me he dado cuenta que los motores se han vuelto a poner 
en marcha. ¿Adónde vamos? He oído que hay unas bonitas playas 
en Siderno. 
—Linda —dice Massimo—. Eres muy graciosa, bella. 
—Fratello —sisea Vito, y luego pronuncia una larga retahíla 
de italiano rápido. Massimo pone los ojos en blanco pero se queda 
callado. Me gustaría entender ese intercambio. ¿Esta Vito enfadado 
porque Massimo me hizo un cumplido? 
—No te gusto, ¿verdad? —le pregunto a Vito. 
 
 
 
 
 
 
 
Golpea la punta de los dedos sobre la mesa mientras me mira 
fijamente durante un largo rato. 
—No importa si me gustas o no. No quiero que una mujer... 
una Mancini, nada menos... cause problemas entre hermanos. 
¿Hermanos, en plural? Massimo está hablando por teléfono, 
sin prestarme atención, así que no ve la expresión de horror que 
seguramente estoy mostrando. ¿Está Vito realmente preocupado 
que también empiece a follarme a su hermano menor? Jesús, como 
si quisiera hacerlo. No me interesa Massimo de esa manera. 
Una voz familiar grita: 
—¡Vito! ¿Dove sei71? 
—¡Eccomi72! —Vito responde. 
Me quedo paralizada y luego obligo a todos mis músculos a 
relajarse. No estoy haciendo nada malo. Si no le gusta que cene 
aquí, es una pena. Tomo más piccata de pollo. 
Enzo entra a toda prisa, con un montón de papeles en la 
mano, pronunciando un rápido italiano, y se detiene al verme 
sentada a la mesa. Sigo masticando y me enfrento a su mirada 
sorprendida. A tu gatita se le escapó la correa, mafioso. 
Se ha duchado y cambiado desde nuestra épica fiesta de 
golpes en su oficina, pero tiene el cabello revuelto, como si se 
hubiera pasado las manos por la frustración. No parece un hombre 
que acaba de tener el mejor orgasmo de su vida. 
No, solo fui yo, supongo. 
Lo que sea. Espero que la marca de la mordedura en su brazo 
le duela mucho. 
—Acompáñanos —dice Massimo, señalando la silla vacía. 
 
71Dove Sei. Dónde estás, en italiano. 
72 Eccomi. Aquí estoy, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
—O no lo hagas —digo—. En serio, por favor, no lo hagas. 
—No me había dado cuenta que todo el mundo está comiendo 
—dice en voz baja y amenazante—. Creo que yo también comeré. 
Que me jodan. 
Se acomoda en el asiento del fondo, frente a mí, y se sirve una 
copa de vino. Luego se acerca y rellena mi copa. 
—¿Disfrutas de la comida? 
Levantando otro bocado, digo: 
—Es lo mejor que he tenido en la boca desde que me 
secuestraron. —Toma eso, Enzo. 
La comisura de su boca se crispa antes de volverse hacia sus 
hermanos. 
—Los dos. Fuera. 
Massimo prácticamente salta de su silla y sale de la 
habitación. Vito se va más despacio, asegurándose de compartir 
una mirada con Enzo antes de salir. Es similar a lo que hacíamos 
Emma y yo, una comunicación silenciosa que Frankie llamaba 
nuestra fusión mental de gemelas. ¿Están Enzo y Vito tan unidos 
que pueden leer la mente del otro? 
Cuando nos quedamos solos, Enzo toma un trozo de pan. Lo 
moja en un plato de aceite de oliva y le da un mordisco. Intento no 
mirarle la boca ni la fuerte mandíbula mientras mastica. 
—¿Qué haces aquí, micina? 
—Comiendo. —Señalo mi plato—. ¿Has olvidado que los 
prisioneros necesitan comida? 
De repente, con un poderoso empujón, tira todas las fuentes 
y platos de la mesa al suelo. Observo, con la boca abierta, cómo 
todo se estrella contra el suelo, toda esa gloriosa comida 
 
 
 
 
 
 
 
desperdiciada. La extensión de la mesa de madera ante él está 
ahora despejada. 
—Ven aquí. —Extiende la mano, con su mirada oscura 
brillando en la luz del techo. 
—¿Por qué? —No confío en que no haga algo terrible. 
—Levántate y trae tu sexy culo hasta aquí, bambina. 
—¿O? 
—Entonces vuelve a la jaula. 
No estoy segura que lo diga en serio, pero no puedo 
arriesgarme. Además, él ya hizo lo peor. Me ha follado y lo he 
amado. No hay nada más bajo que eso. 
Con la barbilla en alto, me levanto y me acerco, y cuando estoy 
a su alcance me agarra la muñeca y se aparta para hacerme sitio 
entre sus muslos. Antes que pueda oponer resistencia, se levanta, 
me agarra por las caderas y me sube a la mesa. Luego se eleva por 
encima de mí, rodeándome, mientras me siento en la mesa. 
Se inclina y arrastra su nariz a lo largo de mi mejilla, sus 
manos van a mi cintura. La proximidad hace que pueda oler algún 
tipo de jabón cítrico o champú. Puedo ver los ásperos vellos que 
cubren su mandíbula, las pequeñas motas de ámbar en sus ojos. 
Odio no poder dejar de fijarme en esas cosas. Peor aún, que me 
parezcan atractivas. 
Estoy tan distraída que no me doy cuenta que me está 
desabrochando los pantalones. 
—¿Qué estás haciendo? —digo, con la voz más entrecortada 
de lo que me hubiera gustado—. Estoy bastante dolorida por lo de 
antes, D'Agostino. 
—Te lo dije. Estoy comiendo. —Me pone una mano en el 
esternón y empuja mi espalda hacia la mesa. Luego, con un rápido 
movimiento, me desnuda de la cintura para abajo. 
 
 
 
 
 
 
 
Oh, mierda. Se refiere a mí. 
Miro al techo e intento encontrar una razón por la que debo 
poner fin a esto. Excepto que la excitación que galopa por mis venas 
me ruega que deje que suceda. Recuerdo lo bueno que es en el oral, 
cómo sabe exactamente qué botones apretar para que me corra tan 
fuerte, y quiero volver a experimentarlo. 
Vuelve a sentarse en su silla y me besa la cara interna del 
muslo, lo que me pone la pielde gallina. 
—¿Nada que decir? 
Como es de esperar, su presumida satisfacción saca a relucir 
mi ironía. 
—¿Necesitas indicaciones? 
Se ríe en mi piel, sus manos me abren ampliamente. 
—Ya conozco bien tu coño, así que no. Pero siéntete libre de 
hacer todo el ruido que quieras. Grita para que todo el yate se entere 
a quién perteneces. 
Dios, no debería encontrar eso tan caliente. Está mal, y sin 
embargo estoy goteando ante la idea que todo el mundo me 
escuche, que todo el mundo sepa lo que Enzo me está haciendo 
ahora mismo a la vista de todos. 
Alguien podría pasar y vernos. 
Me estremezco, mi coño se aprieta. ¿Tengo que luchar contra 
él en esto? Estoy confundida, ebria de deseo y mucho más excitada 
de lo que quiero admitir. 
Su lengua se encuentra con mis pliegues y aspiro un suspiro. 
—Mmm —gruñe en voz baja en su garganta—. Estás muy 
mojada. ¿Esto es por mí? 
Dejo escapar un jadeo cuando me lame a lo largo de mi 
abertura. 
 
 
 
 
 
 
 
—Es por la piccata de pollo. 
La punta de su lengua juega con mi piercing, moviéndolo y 
haciéndome retorcer. Cada remolino y movimiento hace saltar 
chispas en mi interior. 
—Cazzata —susurra—. Esto es por mí. Te gusta la posibilidad 
que alguien me vea comiéndote, que todo el mundo te oiga correrte. 
Me gusta. De verdad, de verdad que sí. 
—Puede ser, pero lo único que haces es hablar, así que 
supongo... 
Me chupa el clítoris y eso me hace callar. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
DIECIOCHO 
ENZO 
 
Después que Gia se corre en mi lengua, la pongo de pie y 
deslizo mis manos bajo su trasero para levantarla. Por un momento 
pienso que se resistirá, pero se limita a rodearme con los brazos y 
las piernas y a sujetarse mientras la llevo hacia las escaleras. 
Murmura: 
—Espero que alguien desinfecte esa mesa antes de la próxima 
comida. 
Mis labios se mueven, con la risa en la garganta. 
—¿Te acabo de dar un orgasmo fantástico y te preocupan los 
gérmenes? 
Suspirando, apoya la cabeza en su brazo, con la frente pegada 
a mi garganta. Puedo sentir su dulce aliento en mi piel, su aroma a 
mi alrededor. La abrazo con más fuerza. 
 
 
 
 
 
 
 
Subo los escalones, y el cansancio hace que cada paso me 
parezca más pesado. Sorprendentemente, Gia permanece en 
silencio. ¿También está confundida por esta insana atracción entre 
nosotros? 
Cuando llego a mi dormitorio, aparto las sábanas, la bajo a la 
cama y empiezo a despojarme de mi ropa. Todavía desnuda de 
cintura para abajo, se apoya en los codos y me observa. 
—Quítate la camiseta —le ordeno. 
Hace lo que le pido, pero frunce el ceño. 
—Mi coño está fuera de servicio, D'Agostino. Creo que lo has 
roto. 
Me meto en la cama y me acuesto junto a ella. Luego arrastro 
las mantas sobre los dos. Estoy medio empalmado, pero puedo 
esperar a que se recupere para follarla de nuevo. 
—Relájate. Solo quiero dormir. 
—¿Dónde dormiste anoche? 
—Aquí, pero no por mucho tiempo. —Llegué alrededor de las 
tres, desesperado por unas horas de descanso, y me fui cuando 
salió el sol. 
Gia no intenta tocarme, solo mantiene las manos cruzadas 
sobre su estómago. Me acerco más, rodando para quedar de cara a 
ella y pasando un brazo por encima de su cintura. 
—No me extraña que estés tan jodido. Tienes insomnio. 
—Te gusta mi tipo de jodido —susurro, en la suavidad de su 
cabello. 
Ella no lo niega, y nos quedamos en silencio durante un largo 
momento, con el sueño tirando de los bordes de mi mente. Todo se 
ralentiza, se vuelve confuso, y lo agradezco. Le daré unos minutos 
más de libertad antes de volver a retenerla por la noche. 
 
 
 
 
 
 
 
—¿Qué le pasó a tu esposa? 
Su pregunta me despierta de golpe. 
—¿Por qué quieres saberlo? 
—¿La mataste? 
—¿Crees que mataría a la madre de mis hijos? —Sacudo la 
cabeza—. Dai, Gianna. 
—No es inaudito en la mafia. 
Eso es cierto. Hubieron rumores sobre el viejo Mommo y cómo 
sus esposas seguían desapareciendo. Pero no quiero pensar en ese 
bastardo nunca más. Espero que esté ardiendo en el infierno ahora 
mismo. 
—Fue un accidente de auto —digo. 
—Oh, eso es terrible. ¿Estaban tus hijos en el auto con ella? 
—No. Ella estaba con uno de mis guardias. Ninguno de los 
dos llevaba el cinturón de seguridad y murieron al instante. 
—Qué terrible. ¿La echas de menos? 
Frunzo el ceño. 
—Nuestro matrimonio no era así. Era una relación de pareja, 
no de amor. 
—Supongo que lo entiendo. Creo que mi madre se arrepintió 
de casarse con mi padre cuando se hizo mayor. Al menos, eso es lo 
que dijo Frankie. 
—Ella murió cuando eras joven, ¿no? —Todo el mundo 
conocía a la bella Sophia Romano Mancini, una famosa modelo 
antes que Roberto se casara con ella y se la llevara a Toronto. 
—Sí, cuando tenía ocho años. ¿Cómo son tus hijos? 
—¿Por qué tantas preguntas? 
 
 
 
 
 
 
 
Ella levanta un hombro. 
—Soy curiosa. Si quieres que me entretenga, cómprame un 
teléfono. 
Gruño. La probabilidad de eso es nula. 
—Luca es el mayor, tiene doce años. Nicola tiene nueve. 
—¿Alguna vez has pasado tiempo con ellos? 
Me inclino hacia atrás para ver si habla en serio. 
—¿Che cazzo? Por supuesto que sí. 
—Oh. —Se mordisquea el labio inferior. 
Ah, así que Roberto no ha sido un buen padre. Tampoco lo 
había sido el mío. Cuando nació Luca juré no repetir los errores del 
pasado. Nunca quise que mis hijos crecieran como yo, en el terror 
y el odio. Torturados y atormentados. Los protegería de toda la 
violencia y la fealdad de mi mundo. 
Y había funcionado, hasta que Ravazzani los sacó de sus 
camas. 
Me acomodo una vez más a su lado y cierro los ojos. Las 
palabras empiezan a salir antes que pueda detenerlas. 
—A Luca le encantaba la comida y siempre estaba en la 
cocina. Le enseñaba las recetas de mi abuela y lo llevaba al 
mercado. Incluso a los ocho años era bueno con los cuchillos. Podía 
cortar una cebolla como un chef de restaurante. 
—Eso es muy dulce. ¿Y tu hija? 
Un dolor se retuerce en mi pecho al pensar en mi principessa. 
—Hacía poco que le había enseñado a montar en bicicleta —
digo, con voz ronca—. Se cayó y se raspó la rodilla, así que le puse 
una venda especial de color morado porque es su color favorito. 
 
 
 
 
 
 
 
—Los amas. 
—No te sorprendas. Amo a mis hijos más que a nada en el 
mundo. 
—Entonces, ¿dónde están? ¿Por qué no están en el yate 
contigo? 
La piel se me pone caliente y los músculos de la espalda se 
tensan. ¿De verdad es tan despistada? 
—Los tengo en un lugar seguro. Mi vida está amenazada 
constantemente, así que mis hijos están escondidos por su propio 
bien, lejos de mí. En algún lugar donde Ravazzani nunca los 
encuentre. 
—Fausto no haría daño a tus hijos, Enzo. 
Resoplo ante su ingenuidad. 
—Apuntó con un arma a mi hijo y a mi hija, los amenazó 
delante de mí. No hay límite a lo que haría para hacerme daño a mí 
o a mi familia, si se sintiera justificado. 
—¿Los ves a menudo? 
No estoy seguro de cuánto debo decirle. 
—No. Solo durante períodos muy breves. 
—Esos pocos días deben ser agradables. 
Lo son. No puedo empezar a describir lo mucho que significan 
para mí esas visitas con mis hijos. Sin ellas, no estoy seguro de 
haber sobrevivido a los últimos cuatro años. 
Permanece en silencio durante mucho tiempo y puedo sentir 
que me deslizo hacia el sueño. Entonces dice: 
—Ojalá mi papá me hubiera enseñado a montar una bicicleta. 
—¿No sabes montar una bicicleta? 
 
 
 
 
 
 
 
—Claro que sé. —Mira al techo, sonriendo, como si estuviera 
reviviendo un buen recuerdo—. Frankie nos enseñó a Emma y a mí. 
Los guardias se rieron de nosotras todo el tiempo, pero Frankie los 
hizo volverse. Fue muy divertido, todos esos hombres grandes y 
aterradores mirando hacia otro lado porque ella no quería herir 
nuestros sentimientos. 
Observo su hermoso rostro y se me hincha el pecho. Siento 
como si de repente me hubieran devuelto algo que me faltaba. Casi, 
una sensación de déjà vu. Me siento cómodo conella de un modo 
que no tengo con nadie más, incluso antes del calabozo. 
¿Pero por qué la abrazo y comparto mis pensamientos 
íntimos? No lo hice ni con mi esposa ni con Mariella. Esta mujer es 
mi cautiva. Tomará cualquier información que le dé y la usará en 
mi contra a la primera oportunidad. Es lo que cualquiera haría en 
su lugar. 
Cazzo, soy un maldito tonto. 
Levanto la mano y agarro una de las correas fijadas a la 
cabecera. 
—Dame tu mano. 
Ella rueda hasta el otro lado de la cama y se levanta. Me 
inclino hacia arriba, listo para la batalla. 
—¿Adónde crees que vas? 
—Al baño. Jesús, cálmate. Si me vas a encadenar a la cama, 
será mejor que haga pis antes. 
Cerrando los ojos, la dejo ir. Descansaré hasta que vuelva, y 
luego la esposaré a la cama de nuevo. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
DIECINUEVE 
GIA 
 
Me miro en el espejo del baño. Apenas reconozco a la persona 
que se refleja. 
Es tarde, mucho después de medianoche. Todavía me 
hormiguea el coño por el orgasmo absolutamente asombroso que 
me dio en la mesa del comedor. 
Todo lo que Enzo me hizo estuvo mal, tan jodido y equivocado. 
Normalmente no confío en los hombres, especialmente después de 
lo de Grayson. Sin embargo, confío en Enzo. No me ha mentido. Me 
dijo exactamente por qué estoy aquí y lo que significo para él. 
Venganza contra Fausto. 
Entonces, ¿por qué ya no estoy luchando contra él? En 
cambio, estoy coleccionando orgasmos como algunas mujeres 
coleccionan bolsos de diseño. 
 
 
 
 
 
 
 
Sei bellissima, sei perfetta. 
Mi estómago se agita al recordarlo. Me gusta cuando se pone 
dulce y me susurra italiano sexy al oído. Me gusta cómo me alaba 
durante el sexo. Me gusta su insana necesidad de mí, cuando se 
vuelve casi salvaje mientras follamos. Me gusta la forma en que 
habla de sus hijos, la forma en que sacrifica todo para mantener a 
su familia a salvo. Me gusta lo inteligente que es, lo despiadado. Lo 
impredecible. 
Mierda. Me gusta. En serio, realmente me gusta. 
¿Qué mierda? 
Enzo voló un restaurante, me secuestró y me encerró en una 
jaula, por el amor de Dios. Es capaz de una violencia indescriptible. 
Sin embargo, esto no me repulsa tanto como debería. 
Jesús. Poco más de una semana con él y ya estoy borracha de 
polla. 
Se supone que este hombre no debe gustarme. Es mi 
secuestrador. Además, es un mafioso. Nunca podría tener 
sentimientos por un mafioso como mi padre. Papá había robado el 
futuro de mi madre y la hizo miserable con su estilo de vida infiel y 
controlador. Esa vida podría funcionar para mi hermana mayor, 
pero no es lo que yo quiero. 
Sin embargo, me desmayo tras Enzo como una chica de trece 
años que acaba de recibir su primer beso. Dios, estoy jodida, como 
decían los guardias de papá. Tal vez sí tengo problemas con papá. 
Tal vez haber crecido en esa vida me cambió y me hizo imposible 
escapar. ¿Me estoy engañando a mí misma al esperar una relación 
y una carrera normales? 
Mis ojos se vuelven vidriosos en el espejo, las lágrimas pican 
en la parte posterior de mis párpados. Mi plan había sido seducir a 
Enzo, acercarme a él y luego matarlo. Pero hace días que no pienso 
en hacerle daño. Ni siquiera estoy segura de poder hacerlo en este 
punto. 
 
 
 
 
 
 
 
Amo a mis hijos más que a nada en el mundo. 
Ha enseñado a su hija a montar en bicicleta. Y le había puesto 
una venda morada en la rodilla cuando se había caído. Me agarro 
al mostrador y agacho la cabeza. Toda mi vida había deseado ese 
tipo de atención por parte de mi padre. ¿Cómo puedo matar a Enzo 
y privar a esa pequeña chica de un padre que la ama así? 
Pero tampoco quiero ser el peón de Enzo. Esto tiene que parar. 
Tengo que hacer algo antes que sea demasiado tarde. 
Enzo está en la otra habitación, esperándome, así que tengo 
que recomponerme. De lo contrario, él sabrá que algo está pasando. 
Ese hombre es terriblemente perspicaz. Práctico una expresión 
vacía en el espejo. Cuando me siento segura de mi actuación, abro 
la puerta y entro en el dormitorio. 
El alivio se apodera de mí. 
Enzo está dormido. Observo cómo su pecho sube y baja 
uniformemente, sus largas pestañas besan la parte superior de sus 
mejillas. Las líneas de su rostro se han atenuado y parece mucho 
más joven que cuando está despierto. Despreocupado, sin la 
amargura y la ira que suelen marcar su expresión. 
Dios mío, es un hombre apuesto. 
Contrólate, Gia. 
Tengo que hacer algo. Nadar hasta un lugar seguro es 
imposible, pero tiene que haber un teléfono en algún lugar por aquí. 
Una laptop, una tablet... algo que pueda usar para hacerle saber a 
mi familia que estoy bien. Si Fausto se entera que estoy en un yate 
frente a la costa de cualquier lugar, ¿podrá lanzar una misión de 
rescate? 
¿Enzo se hace el dormido? Lo dudo. Estaría tratando de 
esposarme a la cama en lugar de fingir. Tengo que arriesgarme. 
En silencio, me pongo una camiseta y unos pantalones cortos, 
y empiezo a arrastrarme hacia la puerta, con los dedos de los pies 
 
 
 
 
 
 
 
clavados en la alfombra en silencio. Todo el tiempo mantengo los 
ojos fijos en el rostro de Enzo, preparándome para que se despierte 
y me empuje a la cama. Si me descubre merodeando, se volverá 
loco. 
No se mueve, su respiración es constante, incluso cuando 
llego a la puerta. Aquí no pasa nada. Me escabullo y entro en la 
oficina. No me atrevo a encender la luz, pero puedo ver bien. El 
escritorio está vacío, salvo por algunos papeles y unos cuantos 
bolígrafos. El escritorio no tiene cajones con cerraduras para forzar. 
Maldita sea. 
No he visto a Enzo con un teléfono móvil, pero Massimo 
llevaba uno. ¿Hay un teléfono común para el personal? En algún 
lugar de este yate hay una forma de comunicarme con el mundo 
exterior y voy a encontrarla. Sigo adelante. 
La cocina está a oscuras y también el comedor. Una rápida 
búsqueda no me permite encontrar nada útil. Abajo están los 
camarotes, donde tengo más posibilidades de encontrarme con 
alguien. Eso significa que tengo que subir a la siguiente cubierta. 
No sé lo que voy a encontrar, así que voy despacio, dando cada 
paso sin hacer ruido. Al final de la escalera hay una sala bien 
iluminada en la que hay un hombre sentado tras los mandos. Me 
agacho rápidamente, esperando que no me vea. Debe de ser la 
caseta del piloto. 
Manteniéndome agachada, empiezo a explorar. Un gimnasio. 
Esto explica cómo Enzo se mantiene en tan increíble forma. Pero no 
contiene nada más que un leve olor a soluciones de limpieza y olor 
corporal. 
La siguiente habitación es una gran oficina, la que claramente 
usa Enzo. 
Bingo. 
Entro, cierro la puerta suavemente y dejo que mis ojos se 
adapten a la penumbra. Hay dos escritorios enfrentados, y el más 
grande tiene un par de monitores gigantes encima. Tiene que ser el 
 
 
 
 
 
 
 
de Enzo. Por favor, por favor, por favor que haya algo que pueda 
usar. Me acerco sigilosamente y casi me desmayo de la emoción. 
¡Una laptop bloqueada! 
Mi esperanza muere unos minutos después cuando no puedo 
adivinar la contraseña de Enzo para desbloquear el maldito 
aparato. Mierda. 
El escritorio tiene cuatro cajones. Están cerrados con llave, 
por supuesto, pero todo lo que necesito son herramientas para 
hurgar. Rápidamente encuentro dos clips en una pequeña taza en 
el segundo escritorio. 
Parece que tarda una eternidad, pero abro los cajones de Enzo 
uno por uno. En el último cajón encuentro lo que busco. Un teléfono 
por satélite. 
Santa mierda. ¡Vamos, hijos de puta! 
Está medio cargado y no tiene contraseña, así que estoy 
marcando antes de tomar mi siguiente respiración. Cuando el 
teléfono empieza a sonar puedo sentir cómo mi corazón intenta 
salirse del pecho. 
—¿Hola? —susurra mi gemela. 
—¡Emma, soy yo! —Las lágrimas brotan de mis ojos, el alivio 
me recorre como el agua—. Soy yo, soy yo, soy yo. 
—Oh Dios, Gigi. Lo sabía. Sabía que no estabas muerta. 
—Enzo D'Agostino me secuestró antes que estallarala bomba. 
—¿Y dónde estás ahora? 
Ella parece apagada. Extraña y demasiado silenciosa. Como 
si se estuviera escondiendo. 
—¿Qué pasa? 
—Estoy... escondida. Creo que me han oído. 
 
 
 
 
 
 
 
Mis músculos se aprietan y puedo sentir su ansiedad a través 
del teléfono. 
—¿Dónde estás? 
—Estoy en Milan. He venido para intentar encontrarte. 
—¿Qué? —grito—. ¿Por qué diablos papá permitió eso? 
—Él no lo sabe. Cree que estoy en la universidad. Es una larga 
historia. ¿Podemos hablar de esto más tarde? Hay unos tipos que 
me siguen y no parecen amistosos. En absoluto. 
Aspiro un poco de aire. 
—¿Qué diablos? ¿Quiénes son? Dime exactamente dónde 
estás... 
La línea se corta. 
—¡No! —Miro el teléfono, aturdida—. ¡Maldita sea! 
Emma. Está en problemas. Mi estómago se anuda 
dolorosamente. ¿Quién podría querer hacer daño a mi dulce 
hermana? Intento llamarla dos veces pero no contesta. 
—¡Mierda! 
Tengo que localizar a Frankie. 
Justo cuando empiezo a marcar, la luz inunda la habitación. 
Girando, encuentro a Enzo de pie, con el ceño fruncido sobre unos 
furiosos ojos oscuros y los músculos sobresaliendo. 
¡No! Dios, todavía no. 
Retrocedo, tratando de alejarme de él mientras sigo 
marcando. 
—¡Aléjate de mí, D'Agostino! 
—Te has portado mal, micina. —Su voz es baja y tensa, la 
promesa de retribución en cada sílaba. 
 
 
 
 
 
 
 
—¡No te acerques a mí! —Esquivo el escritorio, pero él es más 
rápido. En un instante sus largos brazos me atrapan y me arrancan 
el teléfono de las manos—. ¡No! —grito con todas mis fuerzas, 
luchando contra él con todo lo que tengo. Ya no se trata de mí; 
Emma está en problemas y tengo que ayudarla. Todo es culpa mía. 
Lo araño y lo rasguño. Le doy patadas y puñetazos a todo lo 
que puedo alcanzar, intentando quitarle el teléfono de las manos. 
Estoy salvaje, desquiciada. Una mujer sin nada que perder. 
Él gruñe cuando mi puño conecta con su mandíbula, y sus 
brazos me inmovilizan al instante. 
—¡Basta, Gianna! 
—¡Está en peligro, simio! Tengo que hacer algo. Tengo que 
avisar a alguien que pueda ayudarla, imbécil. 
De repente, estoy en el suelo, con un mafioso furioso 
inmovilizándome. 
—Cálmate. Hablo en serio, Gia. Cálmate o te llevo a la jaula. 
Lucho un poco más, con la esperanza de romper su agarre, 
pero cuando se hace evidente que no va a ceder, me desplomo sobre 
la alfombra. El dorso de los párpados empieza a arder, así que giro 
la cabeza y trato de recuperar el aliento. ¿La han atrapado esos 
hombres? No puedo soportar la idea que Emma esté en peligro. 
—¿A quién mierda llamaste? —espeta Enzo. 
Una lágrima se desliza a lo largo de mi sien, y hasta la línea 
del cabello. 
—Mi hermana —susurro—. Emma. Ella... —Me trago un 
sollozo—. Está en Milan. Dijo que había hombres persiguiéndola. 
Luego el teléfono se cortó. —Se me entrecorta la respiración y cae 
otra lágrima. Mierda, voy a perder la cabeza. 
—¿Ha ido a Milan? ¿En qué mierda estaba pensando tu padre 
al dejarla ir allí? 
 
 
 
 
 
 
 
—No lo sabe. Cree que está en la universidad. 
Enzo se relaja un poco, manteniendo un agarre firme sobre 
mí, pero al menos sin asfixiarme. 
—Vino a buscarte. 
—Sí. —Empiezo a llorar entonces, sin importarme que él esté 
presenciando mi dolor. 
—Por favor, Enzo. Sé que me odias a mí y a toda mi familia, 
pero por favor. Tienes que dejarme llamar a Frankie. Fausto puede 
salvar a Emma. 
Sus labios se tuercen en una fea mueca. 
—Maldito Ravazzani. Puedo hacer más que él, y mucho más 
rápido. 
—Pero... —Me pongo de lado y estudio su rostro mientras la 
esperanza brilla en mi pecho—. ¿La ayudarás? Por favor, Enzo. 
Su mirada se dirige a mi boca. 
—¿Qué harás por mí a cambio? 
Debí saber que intentaría negociar conmigo, que no me 
ayudará por la bondad de su corazón. 
Eso es porque no tiene corazón. 
Lo vuelvo a poner en su contra. 
—¿Qué quieres? 
—Tu completa obediencia en todo. 
—Sexo, quieres decir. 
—Todas las cosas, Gianna. —La punta de los dedos recorre 
mi mejilla y luego mi mandíbula—. Quiero que aceptes tu destino, 
que te sometas a mis deseos. Que me sirvas y me complazcas. Que 
hagas lo que yo quiera, cuando yo quiera. 
 
 
 
 
 
 
 
¿Tengo alguna opción? No tengo forma de contactar con 
Frankie, y ¿quién sabe lo que le está pasando a Emma ahora 
mismo? Dejaría que Enzo me degradara por el resto de mi vida si 
eso significa salvar a mi gemela. 
—Sí, sí. Ahora, por favor, ve a salvarla. Lo que tengas que 
hacer. 
Sus ojos brillan con triunfo. 
—Dame tu palabra. Si rompes tu promesa, ambas sufrirán 
por eso. 
No hay vacilación en la forma en que lo dice, ni ningún indicio 
de exageración. Creo que habla en serio. 
—Prometo hacer lo que quieras si salvas a Emma. 
Se levanta del suelo con una mano, una hazaña que me habría 
impresionado si no estuviera tan preocupada por mi hermana. 
—Vamos a trabajar, micina. 
 
 
ENZO 
Con dos llamadas telefónicas descubro quién se llevó a Emma 
Mancini y dónde la tienen. 
Miro a Gia, sentada frente a mí, y su rostro bañado en 
lágrimas me hace sentir algo dentro de mí. Me mira con seriedad, 
con esperanza, como si yo pudiera resolver todos los problemas del 
mundo entero. 
Ninguna mujer me ha mirado de esa manera. Angela se había 
mostrado cautelosa, resignada. Conocía al hombre que yo era, sabía 
exactamente lo que podía esperar de nuestro matrimonio. Mariella 
me veía como un hombre importante que le compraría cosas 
 
 
 
 
 
 
 
bonitas, la llevaría a lugares agradables y nunca le exigiría nada 
más que lo físico. 
La forma en que Gia me mira, como si yo fuera su protector... 
¿Su salvador? Madonna, podría acostumbrarme a eso. 
Cuelgo, llamo a la caseta del piloto y les pido que vuelvan a 
Milan inmediatamente. Luego le explico la situación a Gia. 
—Hay un grupo de rusos que trabaja en algunas de las 
ciudades más grandes y que se aprovecha de las chicas jóvenes en 
los aeropuertos. Chicas que parecen pérdidas, que viajan solas. 
Emma debió atraer la atención equivocada cuando llegó a Milan y 
estos hombres la siguieron. 
Gia traga con fuerza, con las manos cruzadas en el regazo. 
Nunca la había visto tan quieta. 
—¿Qué hacen con las chicas? 
—Las venden en burdeles o a ricos compradores extranjeros. 
—La 'ndrina local suele llevarse una parte de los beneficios para 
mirar hacia otro lado, pero no se lo menciono. 
Su rostro se desploma, sus ojos se abren ampliamente por el 
pánico. 
—No podemos dejar que le pase eso. Vamos a salvarla, 
¿verdad? 
Me gusta que nos considere un equipo, aunque en realidad 
estemos en bandos opuestos. Por alguna razón quiero 
tranquilizarla. 
—La sacaré. 
—¿Le harán daño? ¿La están violando ahora mismo? 
Sacudo la cabeza. 
—No es así como funciona. La ven como una mercancía. 
Querrán mantenerla pura, sin daños. Si no, no hay compradores. 
 
 
 
 
 
 
 
Exhala y parte de la tensión abandona sus hombros. Mi pobre 
micina, cargando con tanta preocupación, pero yo haré las cosas 
mejor para ella. 
La puerta de la oficina se abre de golpe. Vito está allí, vestido 
con jeans y sin camisa, con el cabello despeinado. 
—¿Hemos dado la vuelta? 
—Sí —respondo—. Tenemos otro recado en Milan. 
—¿A quién? 
—Emma Mancini. —Señalo con la cabeza a Gia. 
Vito parpadea como si acabara de notar su presencia, y luego 
entrecierra los ojos hacia mí. 
—¿Che cazzo? 
—La han secuestrado los rusos, probablemente para venderla 
en el mercado abierto. 
—¿Y? 
Sé lo que está pensando, las preocupaciones que seguramente 
le rondan por la cabeza. Pero no le debo explicaciones. 
—Y nos estamos encargando de eso. 
—Habla en inglés —espeta Gia—. ¿De qué estás hablando? 
Mi hermano se frota la mandíbula. 
—Necesito hablar contigo a solas —continúa en italiano. 
—No. —Empiezo a marcar de nuevo, esta vez a Stefano. Pago 
por tener hackers en nómina. 
—Enzo, hablo en serio. —Vito está ahora frente a mi 
escritorio—. Debemos discutir esto. No puedespreocuparte 
honestamente por tu puta... 
 
 
 
 
 
 
 
Cuelgo el teléfono antes de terminar de marcar. 
—Cuida tu lengua, fratello —gruño. 
—¡Madre di Dio! ¿Ahora te lleva por la polla? 
Me pongo de pie, avanzando hacia él. 
—Yo soy el capo, Vito, no tú. Yo tomo las decisiones, no tú. 
Así será hasta que me muera. —Sigo avanzando hasta que estamos 
a escasos centímetros de distancia, y entonces susurro—: Si quieres 
desafiarme, entonces, por supuesto, intenta tomar la corona. Pero 
te prometo que no será fácil. 
—No quiero la corona —escupe y retrocede un paso—. Pero es 
un momento terrible. ¿Qué pasa con Gabriel Sánchez? Se supone 
que lo vamos a encontrar, ¿no? 
Levanto una ceja hacia Vito y digo en inglés: 
—Primero nos ocupamos de Emma Mancini. 
—¿Vas a traerla a bordo? —pregunta Vito en italiano. 
Mis labios se curvan en una pequeña sonrisa. ¿De verdad cree 
que no he descubierto cómo utilizar esto en mi beneficio? No solo 
me da más ventaja con Ravazzani, sino que también me da ventaja 
sobre otra persona. 
—Sí, certo. 
—Ya veo. 
—Va bene. Ahora, levanta a Massimo y tráelo aquí. Tenemos 
que reunirnos con unos rusos en Milan. 
Vito se va y yo me pongo detrás de mi escritorio. 
Retrocediendo, palmeo mi regazo. 
—Cierra la puerta y ven aquí. 
La cautela se apodera de su expresión y no se mueve. 
 
 
 
 
 
 
 
—¿Por qué? 
—Porque tengo que hacer una llamada para ayudar a tu 
hermana y quiero jugar con tus tetas mientras lo hago. 
Ella junta los labios, como si estuviera conteniendo una 
maldición o una negativa, pero ambos sabemos que hará lo que yo 
quiera. Quizás la mantendré en el yate indefinidamente, hasta que 
me canse de ella. Pronto tendré a las dos gemelas Mancini, y podré 
utilizar a Emma como ventaja con Ravazzani. No estoy listo para 
dejar ir a Gia. 
¿Aún niegas que estás obsesionado con ella? 
Me quito la voz de Vito de la cabeza. Esto no es obsesión, es 
poder. Es conveniencia y venganza. No he terminado de degradar a 
Gia de todas las maneras que sé. Hasta entonces, ella se quedará 
conmigo en el yate. 
En silencio, cierra la puerta de la oficina y se dirige hacia mí. 
Su obediencia me pone la polla dura. La sangre corre por mi cuerpo, 
mi corazón late con satisfacción, mientras ella se desliza en mi 
regazo. Se sienta con cautela, como si tuviera miedo de relajarse, 
pero sé que eso no durará. La rodeo con el brazo y la acomodo a 
mi gusto, con su culo sobre mi entrepierna y su espalda sobre mi 
pecho. Muevo cada una de sus piernas para colocarlas en la parte 
exterior de mis muslos, dejándola abierta para mí. 
Mis labios recorren su garganta, inhalando su aroma 
femenino mientras saboreo su suave piel. 
—Tan hermosa, tan complaciente —murmuro—. Quítate esta 
camiseta. Preséntame tus tetas. 
Hace lo que le pido, revelando la suave piel dorada de la parte 
superior de su cuerpo. Sus pechos son pequeños pero aún puedo 
apretarlos, y me alegro cuando sus pezones se endurecen. Pellizco 
uno y ella jadea. 
—Sí, eso es. Me gusta esto. Quizá te tenga aquí todo el día 
mientras trabajo. ¿Te gustaría, bambina? 
 
 
 
 
 
 
 
—No creo que seas muy productivo. —Su voz es ronca, como 
se pone cuando está excitada. 
—¿Estás mojada? 
—Enzo, mi hermana, ¿recuerdas? Concéntrate. 
—Oh, estoy concentrado. —Hundo mis dientes en el lugar 
donde se encuentra su cuello y su hombro. Ella gime y yo reprimo 
una sonrisa—. Toma el teléfono satelital. 
Intenta darme el teléfono, pero sigo besando su hombro y 
masajeando su teta. Le digo: 
—Llama a este número. —Por cada botón que pulsa, yo tiro 
de su pezón. Cuando la llamada se conecta, ella se retuerce sobre 
mi polla semidura. 
—Dame el teléfono. —Con una mano agarro el teléfono y meto 
la otra en sus pantalones. Esta caliente y húmeda, y juego con su 
piercing, amando su tacto bajo las puntas de los dedos. 
—Pronto —dice una voz al otro lado del teléfono. 
—Stefano, necesito algo. 
—Por supuesto, Don D'Agostino. ¿Qué es? 
Empiezo acariciar el clítoris de Gia, frotándolo en pequeños 
círculos. Ella se funde conmigo, su cuerpo me deja hacer lo que 
quiero. 
—Hay una casa abandonada en Via dei Garofani. El número 
veinticinco. Necesito ver quién entra y sale, cuántos hombres hay 
dentro. ¿Puedes poner cámaras allí? 
—Sí. Puedo ir por la mañana... 
—Ahora, Stefano. Inmediatamente. 
Gia aspira con fuerza, sus miembros vibran mientras sus 
caderas se balancean en mi mano. Sigo trabajando su clítoris, 
 
 
 
 
 
 
 
extendiendo la humedad por toda su cálida carne. Luego meto un 
dedo en su interior y ella gime. 
Stefano se aclara la garganta: 
—Iré ahora. Te llamaré cuando todo esté en su sitio. 
—Bien. —Lamo el lóbulo de la oreja de Gia mientras cuelgo. 
—¿De qué iba eso? —ella jadea, mientras bombeo mi dedo. 
—Estoy poniendo cámaras en la casa donde tu hermana está 
retenida. Necesito saber cuántos hombres hay dentro. 
—¿Entonces qué? 
—Entonces entramos y la sacamos. 
—¿Matarás a los rusos? 
Presiono el talón de mi mano contra su clítoris. 
—¿Quieres que lo haga? 
—Joder, sí —suspira, y no estoy seguro de si estamos 
hablando de los rusos o de su inminente orgasmo. Con Gia, 
probablemente ambas cosas. 
Sigo metiéndole los dedos, amando la forma en que sus 
paredes me agarran. Deseo que sea mi polla, pero está demasiado 
dolorida y yo tengo cosas que hacer. Pero pronto. 
—¿Quieres que haga daño a los hombres que se llevaron a tu 
hermana? ¿Qué los mate con mis propias manos? ¿Qué cubra mi 
piel con su sangre? 
Se estira por encima de su cabeza y enhebra sus dedos en mi 
cabello. 
—No debería pensar que eso es sexy, pero que Dios me ayude, 
lo pienso. 
 
 
 
 
 
 
 
—Porque estás tan jodida como yo. Sucia y retorcida, como 
yo. 
—No —gime ella, arqueando la espalda mientras presiono su 
punto G. 
—No lo niegues, mia sporca troietta. 
Cuando no dice nada, retiro mis dedos y le doy una palmadita 
en el muslo. 
—Arriba. 
—Espera, ¿qué pasa? —Se pone de pie torpemente, con los 
pantalones cortos desabrochados para mostrar su vientre plano y 
bronceado. Mamma mia, podría pasar días explorando su cuerpo. 
—Tengo que ir a trabajar. —Me levanto y le agarro el rostro 
con las dos manos—. Vuelve a la cama y déjame planear cómo 
salvar a tu hermana. 
—¿Cuándo vas a dormir? 
¿Está preocupada por mí? Se me forma un nudo en el pecho. 
Hace tiempo que nadie se preocupa lo suficiente por mí. 
Inclinándome, la beso fuerte y profundamente. Sus labios son 
suaves y exuberantes, su lengua ansiosa contra la mía, y me tomo 
mi tiempo. No he besado a una mujer en mucho tiempo, pero esto 
se siente natural. Fácil. Gia también da todo lo que recibe, su boca 
no tiene miedo y es audaz mientras sus manos se enredan en mi 
cabello. 
Cuando termino, me mira con una expresión extraña en su 
rostro. 
—Esta es la primera vez que me besas. 
No estoy preparado para explorar por qué he decidido besarla 
ahora, así que le doy una palmada en el culo y me aparto. 
 
 
 
 
 
 
 
—No te preocupes. Bajaré a terminar lo que hemos empezado 
aquí dentro de un rato. 
Ella asiente y se aparta de mí. La dejo ir, mis brazos cayendo 
a los lados. Mientras cruza el suelo, añado: 
—Y no te toques el coño. Con toda seguridad lo sabré y me 
encantará castigarte por eso. 
Su mirada brilla con desafío mientras dice por encima del 
hombro: 
—¡Es mío y si quiero lo tocaré, mafioso! 
Está sonriendo cuando cierra la puerta tras ella. Que empiece 
el puto juego, micina. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
VEINTE 
GIA 
 
Me paseo por la habitación de Enzo, tratando de mantener la 
calma. De alguna manera, conseguí dormir unas horas anoche, 
pero llevo despierta desde el amanecer, aterrorizada por lo que le 
esta ocurriendo a Emma. 
Me obligo a respirar profundamente. No tengo ninguna duda 
que Enzo salvará a mi gemela. Pienso en él en su escritorio, tan 
intenso, intimidando a los demás para que hagan lo que él quiere. 
Consigue que las cosasse hagan, eso es seguro. Un pequeño grupo 
de traficantes sexuales rusos no es nada para Don D'Agostino, mi 
mafioso desquiciado y astuto. 
¿Mi? Me muerdo el labio, mi pecho se hincha con un fuerte 
suspiro. Sí, está claro que me he metido en un buen problema 
cuando se trata de este hombre. 
 
 
 
 
 
 
 
La llegada de Emma a Italia tiene que servir como recordatorio 
de mis prioridades: proteger a mi familia. En cuanto Emma regrese 
a salvo a Canadá, podré concentrarme en conseguir que Enzo 
abandone su venganza contra Fausto. Tampoco quiero que Frankie 
salga herida. 
Pero esto tiene que esperar hasta que Emma esté a salvo, lejos 
de los traficantes rusos. ¿Y dónde está Enzo? Me estoy volviendo 
loca aquí abajo. Es de tarde y no lo he visto en todo el día. Él y sus 
hermanos han estado encerrados en la oficina, haciendo planes. 
Tengo que saber qué está pasando. ¿Cuándo vamos a ir a 
rescatar a Emma? 
Salgo del dormitorio y me apresuro para subir las escaleras. 
Dos hombres están a los mandos de la caseta del piloto y ambos me 
miran fijamente cuando paso por allí, y luego bajan la barbilla casi 
con respeto. Huh. Eso es raro. 
Un minuto más tarde, me abro paso hasta la oficina de Enzo 
sin molestarme en llamar a la puerta. 
Los tres hermanos D'Agostino están allí, con Enzo detrás de 
su escritorio y Vito y Massimo en las sillas. Cada uno de ellos me 
mira como si tuviera dos cabezas. ¿Acaso nadie los interrumpe? 
—Gianna, estamos ocupados —dice Enzo—. Espérame abajo. 
—No voy a seguir esperando abajo —espeto—. ¿Qué está 
pasando con el rescate de Emma? 
La oscura mirada de Enzo se estrecha sobre mí y se inclina 
hacia atrás en su silla. Pronuncia una rápida frase en italiano para 
sus hermanos, y los D'Agostino más jóvenes se levantan y se dirigen 
a la puerta. Massimo me guiña un ojo al pasar y Vito hace como si 
yo no existiera. 
Cuando nos quedamos solos, digo: 
—Por favor, cuéntame. ¿Qué está pasando? Me estoy 
volviendo loca ahí abajo. 
 
 
 
 
 
 
 
Él aprieta los dedos y me considera. 
—¿Dudas de mis habilidades o de mi palabra de liberar a tu 
hermana? 
¿Qué? ¿De dónde viene eso? 
—No, pero necesito saber cuándo ocurre esto. Han pasado 
casi veinticuatro horas. 
—Han pasado un poco más de dieciséis y estoy esperando 
hasta el anochecer. ¿Alguna otra pregunta? 
No me gusta su actitud despectiva, como si yo fuera una 
mujer histérica. 
—Sabes que estamos hablando de mi gemela, ¿verdad? Estás 
actuando como si me estuviera entrometiendo en tus preciosos 
asuntos de la mafia. 
—Te estás entrometiendo. Dije que me encargaría de eso, lo 
que significa que confías en mí para manejarlo, Gianna. 
—No, esto no funciona así. No soy tu pequeña esposa mafiosa 
en casa criando a tus hijos. Y definitivamente no soy tu mantenuta, 
pasando el rato abajo, pintándome las uñas hasta que llegas para 
regalarme tu polla mágica. Soy una Mancini y esta es mi hermana. 
—Y la traeré aquí, viva. 
Tengo miedo de esto. 
—No, la traeremos aquí viva. 
Se ríe como si fuera una gran broma. 
—No irás, Micina. 
—Voy a ir contigo, Enzo. Esto no es negociable. 
La diversión muere en su rostro. 
 
 
 
 
 
 
 
—¿Crees que esto es una negociación? ¿Conmigo? No tienes 
nada que negociar. Cualquier cosa que tengas la tomaré. Tenemos 
un trato, ¿recuerdas? 
Oh, realmente es demasiado. Me cruzo de brazos sobre el 
pecho. 
—Sí, prometí obediencia, pero eso solo ocurrirá después que 
mi hermana sea rescatada. Hasta entonces, lucharé contra ti con 
uñas y dientes en todo, especialmente en lo que se refiere a ir 
contigo a Milan. 
—Me gusta luchar contigo. Y si lo hacemos, prepárate para 
que te folle en el suelo de mi oficina. 
—Dios, eres imposible. —Meto mis dedos en mi cabello y 
respiro profundamente. Tengo que razonar con él—. Tengo que 
estar allí, Enzo. Estará asustada, posiblemente drogada. 
Probablemente esté herida. Alguien tiene que sostener su mano y 
asegurarse que está... 
No puedo terminar, mi garganta se cierra como un puño. Las 
lágrimas amenazan y me esfuerzo por contenerlas. Tengo que ser 
fuerte por Emma; no puedo derrumbarme. 
Con unos pocos pasos, está rodeando su escritorio y tirando 
de mí hacia sus brazos. Es fuerte y sólido, muy cálido, y huele como 
el jabón de ducha al que soy secretamente adicta. Su corazón 
golpea mi mejilla y me hundo contra él, dejando que me sostenga 
por un momento. 
—Deja que me encargue de esto por ti —dice en voz baja—. Te 
quedarás aquí y te mantendrás a salvo. 
—Por favor, no. Sé que parezco una loca, pero necesito estar 
allí, tocarla cuanto antes. Ella es mi otra mitad. Necesito 
asegurarme que está bien. 
—Es demasiado peligroso, Gia. No puedo estar preocupado 
por ti y por los rusos al mismo tiempo. 
 
 
 
 
 
 
 
¿Estará preocupado por mí? Antes que pueda evitarlo, el 
placer se envuelve en mi corazón como una enredadera, cavando y 
escarbando profundamente. No puedo soportar a este hombre 
cuando es dulce. 
Levanto mis brazos y los pongo alrededor de sus hombros, 
dejando que mis dedos jueguen con las puntas de su suave cabello. 
—Me mantendré al margen, lo prometo. Esperaré afuera. 
—Estás tratando de manipularme. 
—Sí, certo —digo en mi mejor italiano antes de apretar 
pequeños besos en su mandíbula—. Per favore, Il pazzo. Déjame ir 
contigo. 
—Me gusta oírte hablar en mi idioma —susurra, 
acariciándome hasta que su boca encuentra la mía. Me besa 
suavemente, tentativamente, como si le sorprendiera la necesidad, 
y yo lo recibo con entusiasmo, tratando de convencerlo con mis 
labios. 
En cuestión de segundos, inclina la cabeza y toma el control, 
con sus manos rodeando mi cráneo y su lengua ahora en mi boca. 
Perdida en un mar de sensaciones, aguanto, la habitación da 
vueltas. Nuestras batallas desaparecen y lo único en lo que puedo 
concentrarme es en este beso, en esta inexplicable lujuria que 
estalla cada vez que nos tocamos. 
Finalmente, se aparta. 
—Debo traer a mis hermanos de vuelta. Hay más detalles que 
resolver antes que nos vayamos. 
—¿Nos vayamos? Te refieres a mí también. ¿Verdad? 
—No, Gianna. 
—Seré tan buena, padrone —susurro, abrazándolo más 
fuerte—. No causaré ningún problema. Seré tu bambina perfecta. 
 
 
 
 
 
 
 
—Siempre eres un problema, micina. Y no cambiaré de 
opinión. No es seguro. 
—No haré nada que ponga en peligro mi seguridad, lo 
prometo. 
Se aleja, poniendo distancia entre nosotros, y su expresión se 
vuelve plana y seria. 
—Te quedarás aquí. Te encerraré si es necesario. 
Esto me está molestando mucho. No me está escuchando. 
—A la mierda. Me voy contigo. 
Una sonrisa tortuosa se extiende por su rostro, del tipo que 
usa justo antes de hacerme algo malo. Sus dedos me señalan 
mientras se acerca. 
—Ven conmigo, gatita. Es hora de tu correa. 
Me aparto de su alcance y grito: 
—Si vuelves a meterme en esa jaula, te cortaré las bolas, 
D'Agostino. 
—Sigues intentando darme órdenes. ¿No has aprendido aún 
quién te controla? 
Con una ráfaga de velocidad, me lanzo alrededor del 
escritorio, poniendo la pesada madera entre nosotros. Inmóviles, 
nos miramos fijamente. Puedo ver que su ojo derecho se mueve, así 
que intento una vez más apelar a su intelecto. 
—Enzo, por favor. Sé razonable. Me volveré loca si tengo que 
sentarme aquí y esperar mientras intentas rescatarla. 
—Y yo me volveré loco si tengo que preocuparme por tu 
seguridad en Milan. No, quédate en el yate. Confía en que me 
encargaré de esto por ti. 
 
 
 
 
 
 
 
¿Confiar? ¡Ja! Me pide la única cosa que me resulta imposible 
de dar, especialmente con los hombres. 
—No te ofendas, pero no le confío a nadie la seguridad de mi 
gemela, excepto a mí. 
El cambio le sobreviene de inmediato. Es como si todo el aire 
hubiera sido aspirado de la habitación. Su expresión se vuelve dura, 
su cuerpo una pared de granito. Este es el mafioso, el Il pazzo que 
inspira terror en toda Italia. El hombre que se había enfrentadoa 
Fausto Ravazzani... y sobrevivió. 
La mirada de Enzo brilla al acercarse y no me atrevo a 
moverme. Es aterrador. No es como antes, durante nuestros juegos, 
cuando quería darle cuerda para ver qué pasaba. Este es un 
hombre peligroso que ha sido llevado al límite. 
Este es un hombre con el que no se jode. 
Me apoya contra el escritorio, su gran cuerpo se apodera del 
mío mientras me rodea la garganta con la mano. 
—No acepto órdenes de nadie. No doy explicaciones a nadie. 
Yo soy el jefe, Gianna. Para bien o para mal, soy el puto jefe. Así 
que cuando digo que te quedas aquí, te quedas aquí, maldita sea. 
Y no dudaré en encadenarte, meterte en la jaula o atarte para que 
así sea. ¿Capisce? 
Lo miro fijamente. Quiero desafiarlo desesperadamente, pero 
mis instintos de autoconservación se activan. 
—Bien —me obligo a decir con los dientes apretados—. Me 
quedo. 
Se relaja y su agarre en el cuello se suelta ligeramente. 
—Esa es la respuesta correcta. Ahora, ¿tengo que sujetarte? 
¿O puedo confiar en que serás una buena chica mientras estoy 
afuera, rescatando a tu hermana? 
Imbécil. 
 
 
 
 
 
 
 
—Puedes confiar en mí con una condición. —Levanta una ceja 
arrogante pero no dice nada. Lo señalo a la cara—. Quiero hablar 
con ella por teléfono en cuanto la tengas en un lugar seguro. 
—Va bene. Haré que Cecilia te traiga el teléfono para hablar 
con Emma cuando llegue el momento. 
—Lo digo en serio, Enzo. En el momento en que esté a salvo. 
Necesito escuchar su voz. 
 
 
ENZO 
Mientras nos preparamos para llevar la pequeña lancha a la 
orilla, Gia se queda cerca, observando. Sé que está nerviosa y que 
preferiría acompañarnos a Milan, pero no puedo permitirlo. Ella 
distraería a los hombres y me distraería a mí. 
La brisa le aparta el cabello de la cara y admiro su belleza. 
Madre di Dio, es preciosa. Esta noche parece tan joven y vulnerable, 
la habitual mordacidad ha desaparecido de su expresión, sustituida 
por la preocupación por su hermana. A veces lamento que no nos 
hubiéramos conocido en otras circunstancias, que no estuviera 
emparentada por matrimonio con mi peor enemigo. Que la hubiera 
conocido en un bar o en una discoteca y la hubiera convencido para 
que viniera a casa conmigo. 
Habría sido la mantenuta perfecta. 
Compruebo mis armas una vez más y le pregunto a Vito: 
—¿Has estado en contacto con Stefano? ¿Está todo listo? 
—Sí. Obviamente no tienen ni idea de quién es, porque solo 
hay unos diez hombres adentro. 
Me rio. 
 
 
 
 
 
 
 
—Es su error. 
—¿Qué estás diciendo? —Gia pregunta por encima del 
viento—. ¿Está bien mi hermana? 
—Está bien —digo en inglés—. Tienen diez hombres 
custodiándola. 
—¿Cuántos tienes tú? 
—Cinco, incluyéndome a mí. 
—Oh, Dios. —Gia se tapa la boca con una mano y me agarra 
del brazo con la otra—. Estás recogiendo más hombres, ¿verdad? 
¿O se encuentran contigo allí? 
Resoplo, mis dedos se enroscan en su garganta. Su pulso 
martillea contra mi palma. 
—No necesito más hombres para enfrentarme a diez rusos. 
Me mira como si hubiera dicho algo increíblemente estúpido. 
—No, no. Necesitas más. Esperaba que tuvieras un ejército 
esperando. Tipos con equipo táctico completo con ametralladoras y 
lanzagranadas. 
Quiero reír, pero sé que no está pensando con claridad por 
culpa de su hermana. Acerco mi boca a su oído. 
—No te preocupes, bambina. Esto es lo que mejor hago. 
Mi teléfono suena con la llamada que estaba esperando, así 
que la suelto y contesto. Es Stefano con otro informe sobre los 
rusos. Cree que son probablemente Bratva, basándose en sus 
tatuajes, lo que significa que tenemos que hacer otra llamada. 
—Tenemos que ponernos en contacto con Campione cuando 
terminemos —le digo a Vito en italiano una vez que cuelgo el 
teléfono, refiriéndome al jefe de la 'ndrina de Lombardo—. Estos son 
Bratva, así que Campione tiene que estar preparado. 
 
 
 
 
 
 
 
—Cazzo —sisea Vito—. Deberíamos haberlo sabido. 
—¿Qué pasa? —pregunta Gia, girando su cabeza entre 
nosotros—. ¿Ha pasado algo? 
No estoy acostumbrado a dar explicaciones a las mujeres, 
pero con ella es natural. Tal vez sea porque es mi prisionera o por 
su personalidad. Es fácil hablar con Gia y es fuerte. Resistente. Más 
o menos como yo. 
—Los rusos son mafiosos, Bratva. No son traficantes de bajo 
nivel, y podrían tomar represalias contra la 'ndrina italiana de la 
zona. 
Su rostro palidece. 
—Oh, mierda. ¿Bratva? Ahora tienes más hombres, ¿no? No 
estarás pensando todavía en ir allí con solo cinco de ustedes, 
¿verdad? 
Massimo se ríe y Vito sonríe. Intento no parecer ofendido. 
—Mujer, ¿de verdad crees que la Bratva son más terroríficos 
que la 'Ndrangheta? ¿Qué nos asustaran unos cuantos tatuajes y 
unos dientes perdidos? Ma dai, Gianna. 
—Esta es la vida de mi hermana, imbécil. Deja de ser tan 
presumido y condescendiente. 
Sacudo la cabeza. 
—Espera y verás. Confía en mí. Estos rusos no son rivales 
para los D'Agostino. 
Tras darle un breve beso, desciendo a la pequeña lancha. Mis 
hermanos me siguen y pronto estamos volando por el corto tramo 
de agua hacia tierra firme. No me vuelvo a propósito para mirar a 
Gia, aunque puedo sentir sus ojos preocupados en mi espalda. 
Una vez que llegamos a los muelles de Génova, nos 
amontonamos en grandes camionetas y partimos. Milan está a dos 
horas en auto hacia el norte, y me encuentro observando el paisaje 
 
 
 
 
 
 
 
nocturno de mi país natal a través de la ventanilla con avidez. Lo 
echo de menos. Las vistas y los olores, la posibilidad de comer en 
un restaurante. De caminar por la calle sin disfrazarme. 
Una vez que vuelva a tener estas cosas, nunca más las daré 
por sentadas. 
Hablamos de negocios durante el viaje, y en poco tiempo 
llegamos a Milan. Un subidón de adrenalina se apodera de mi 
torrente sanguíneo, mi mente ansía la violencia, anticipa el 
derramamiento de sangre. Es el momento de concentrarse. 
Rico, uno de mis hombres, detiene el auto. Estamos a una 
calle de la casa donde los rusos tienen a Emma Mancini. Salimos 
de las dos camionetas y volvemos a revisar nuestras armas. Una 
mujer mayor sale de su casa, nos echa un vistazo y vuelve a entrar. 
Escucho que las cerraduras de su puerta se activan. Una mujer 
inteligente. 
Dos de mis hombres me siguen mientras me dirijo a la parte 
trasera de la casa. Vito y Massimo van a la parte delantera. Espero 
unos segundos y pateo la puerta trasera, haciendo que la madera 
se abra de golpe y que los rusos corran por sus armas. Mato a dos 
antes que puedan sacar sus armas. 
Una bala no me alcanza, así que me agacho y disparo en la 
dirección del tiro. Mis hombres están detrás de mí, disparando 
ahora también hacia la cocina. Todo termina rápidamente. Cuatro 
rusos han muerto y salimos de la cocina para adentrarnos en la 
casa. Puedo oír a mis hermanos gritar mientras disparan a los rusos 
en otra parte de la casa, pero prefiero no hablar. No quiero que mi 
enemigo sepa mi ubicación hasta que sea demasiado tarde. 
Señalo a mis hombres que revisen las habitaciones contiguas, 
mientras me dirijo a las escaleras. Subo los escalones lentamente, 
porque sé que un ruso debe estar escondido cerca de la cima. 
Prácticamente puedo oler su vodka barato y su miedo. Capto un 
sutil cambio en la luz contra la pared y me burlo. ¡Che idiota! 
Levanto la mano por encima de la cabeza y disparo tres veces. 
El hombre cae al suelo con un golpe seco. 
 
 
 
 
 
 
 
Luego me muevo a mayor velocidad para no quedar atrapado 
en las escaleras. Una vez arriba, empiezo a buscar en cada 
habitación. Mis hombres están ahora también en el segundo piso. 
Escucho disparos en una habitación al final del pasillo, pero los 
ignoro. Emma está aquí en alguna parte y tengo que encontrarla. 
Un movimiento detrás de mí se registra un segundo antes que 
un garrote se encaje en mi cuello. Por suerte, consigo meter unos 
cuantos dedos bajo la cuerda antes que se tense, así quesuelto el 
arma y tiro con ambas manos, intentando evitar que el garrote me 
estrangule. Sin embargo, mi atacante es fuerte y me esfuerzo por 
mantener un precioso centímetro entre la cuerda y mi piel. No tengo 
mucho tiempo. 
Usando mis piernas, empujo hacia atrás, embistiendo al ruso 
contra la pared. Gruñe y maldice, así que vuelvo a hacerlo, con la 
esperanza de aturdirlo durante una fracción de segundo. Entonces 
saco el gran cuchillo que llevo atado al cinturón y se lo clavo al 
instante en el muslo. 
Grita y sus brazos me sueltan. Giro y esta vez le clavo el 
cuchillo en el vientre, tirando hacia arriba para causarle más daño. 
Con la cara contorsionada por el dolor, intenta apartarme de un 
empujón, pero no lo consigue. 
—¿Dónde? —pregunto en ruso, clavando más el cuchillo—. 
¿Dónde están las chicas? 
—No hay chicas —dice con un murmuro. 
—Mentira. Dime dónde están o derramaré tus intestinos por 
todo el suelo. 
—Yoooo... 
Duda y le retuerzo el cuchillo, lo cual sé personalmente que 
es insoportablemente doloroso. Puedo sentir su sangre goteando 
por todas partes, cubriendo mis manos y mi ropa. Casi lo agradezco. 
He nacido para esto. 
Cuando deja de gritar, le doy una oportunidad más. 
 
 
 
 
 
 
 
—Dime ahora mismo o te cortaré la polla antes. 
—Al otro lado de esa pared. —Inclina la cabeza—. Hay una 
habitación falsa. 
No sirve de nada, así que saco mi cuchillo de su vientre y le 
abro la garganta. Un rojo intenso brota de la herida y un poco me 
salpica el rostro. Intento limpiarlo mientras lo dejo caer al suelo. 
—¡Aquí dentro! —llamo a mis hombres. 
Pronto aparecen Vito y Rico. 
—¿Dónde? —La cabeza de Vito gira—. No veo nada. 
Ya está palpando la pared, tratando de determinar cómo se 
abre. 
—Detrás de esta pared de alguna manera. 
Una voz desde el interior de la pared grita: 
—Se abre desde el otro extremo. Un armario en uno de los 
dormitorios. 
Vamos al dormitorio del otro lado y, efectivamente, hay un 
armario barato contra la pared. Lo apartamos y encontramos una 
puerta cerrada. 
—Atrás —digo, y luego disparo al candado. 
Cuando conseguimos abrir la puerta, descubrimos a siete 
chicas adentro, la mayoría de ellas sucias y vestidas con ropas 
andrajosas. El hedor que sale del interior de la habitación es 
horrible. Está claro que algunas de las chicas llevan mucho tiempo 
aquí. 
—Cristo santo —murmura Massimo. 
Emma Mancini tiene el brazo alrededor de una de las chicas 
más jóvenes, que no debe tener más de trece o catorce años. 
 
 
 
 
 
 
 
—¿Quién eres? —me pregunta en italiano, con la mirada fija 
en mi aspecto ensangrentado. 
—Soy Enzo D'Agostino. Me envía tu hermana. 
Emma asiente, como si eso fuera lo que esperaba. 
—Aquí —dice, guiando a la chica más joven hacia adelante—
. Sácala primero, por favor. 
—Mis hombres ayudarán a estas otras chicas. Tú vendrás 
conmigo. 
A diferencia de su obstinada hermana, Emma no discute. 
Levanta la barbilla y da un valiente paso adelante, dispuesta a 
aceptar su destino. La tomo del brazo y la llevo a través de la casa, 
pasando por los cadáveres. 
Cuando estamos afuera, pregunta: 
—¿Has hecho daño a mi hermana? 
—No. 
No la suelto, sino que sigo caminando hacia el auto. Vito y 
Massimo se quedarán atrás para ocuparse de las secuelas, así que 
Rico se pone al volante de la camioneta. Emma y yo nos deslizamos 
en el asiento trasero, donde le entrego una barrita de proteínas y 
una botella de agua sin abrir. 
—Toma. 
—Grazie —dice en voz baja y destapa el agua. Se la termina 
rápidamente y le doy otra. 
La sangre se está secando en mi ropa y mi piel, y mi cuerpo 
zumba por la batalla. Es un subidón como ningún otro, y lo había 
echado de menos durante los últimos cuatro años. Mirando a 
Emma, le digo: 
—Ha sido una estupidez que hayas venido a Milan. 
 
 
 
 
 
 
 
—Quiero verla. 
—No te preocupes. —El borde de mi boca se curva—. Te 
llevaré directamente a ella. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
VEINTIUNO 
GIA 
 
No puedo dejar de abrazar a mi hermana. 
Como prometió, Enzo rescató a Emma y me dejó hablar con 
ella por teléfono mientras volvían de Milan. Dos horas más tarde, la 
pequeña lancha aparece en la distancia y no aparto los ojos de mi 
gemela en ningún momento. 
La agarro en cuanto sube a la cubierta. Las luces del yate me 
permiten ver lo mal que la han tratado esos imbéciles rusos. 
Necesito asegurarme que está aquí, ilesa y a salvo. 
—Pensé que no volvería a verte. 
—Lo mismo. Me alegro mucho de verte. 
Las lágrimas se deslizan por mis mejillas y por mi mandíbula. 
Nos quedamos así durante unos minutos, y algo se instala dentro 
de mí, como si hubiera vuelto a conectar con la otra mitad de mi 
alma. 
 
 
 
 
 
 
 
Finalmente, me retiro. Ambas sonreímos y nos limpiamos el 
rostro. Entonces, al mismo tiempo, nos damos cuenta que tenemos 
público. 
Enzo está apoyado en la borda del yate, observándonos. Lo 
miro. Está cubierto de sangre, incluso en la cara y las manos. 
¿Quieres que lastime a los hombres que se llevaron a tu 
hermana? ¿Matarlos con mis propias manos? ¿Cubrir mi piel con su 
sangre? 
Un escalofrío me recorre. 
—Veo que sigues vivo. 
Su boca se curva en esa forma arrogante suya y se aparta del 
borde del yate. 
—Todavía vivo, Micina. Y he hecho lo prometido. Sabes lo que 
significa, ¿no? 
Obediencia en todo. 
—Sí. 
—Va bene. —Mira por encima de mi hombro—. Cecilia, 
asegúrate que la señorita Mancini se instale abajo y se le dé comida 
y agua. 
—Sí, Don D'Agostino. 
Me hace un gesto. 
—Ven, Gianna. Te quiero en mi camarote. 
—No, Enzo. —Agarro a Emma y la sujeto—. Ella acaba de 
llegar. Quiero pasar tiempo con ella. 
—Más tarde. —Hace un gesto a Cecilia—. Lleva a la señorita 
Mancini, por favor. 
—Enzo... 
 
 
 
 
 
 
 
Gira hacia mí, con la barbilla baja en señal de desafío. 
—¿Recuerdas nuestro trato? Eres mía, Gianna. Lo que yo 
pida, cuando lo pida. 
—Está bien, Gigi. —Siempre la pacificadora, Emma me da un 
apretón—. Estoy agotada. Solo quiero ducharme y dormir. Podemos 
ponernos al día mañana. 
Le beso la mejilla. 
—Te veré a primera hora de la mañana. 
—Bien. —Me abraza y me susurra al oído—: Ten cuidado. Sé 
inteligente. 
Asiento y me trago el nudo en la garganta mientras la alejan 
de mí. Al menos está conmigo aquí, en el yate, lejos de esos 
imbéciles rusos. 
Una mano me agarra la muñeca. 
—Ven. —Enzo no dice nada más y comienza a arrastrarme 
hacia abajo. Lo sigo, sabiendo lo que probablemente va a pasar. 
Y lo deseo. 
Ya respiro con fuerza, con la anticipación palpitando en mis 
venas. Ya no puedo negar mi necesidad de él. Así que, sea cual sea 
el jodido camino que tomaremos, voy a seguirlo de buen grado. 
Después de todo, he aceptado y soy una mujer de palabra. 
Cuando llegamos a su camarote, tira de mí y sus manos se 
posan en mis caderas. La sangre salpica su piel, empapa su ropa, 
y no sé por qué no me repugna totalmente. Es como un caballero 
que regresa de la batalla. 
—¿Quieres oír cómo lo hice, micina? ¿Quieres los detalles de 
cómo maté a esos hombres? 
Que Dios me ayude, pero lo quiero. Entre mis piernas palpita 
con cada latido de mi corazón. 
 
 
 
 
 
 
 
—Sí. 
Me aparta el cabello de mi rostro y su voz está llena de orgullo 
cuando dice: 
—Por supuesto que sí, mi bambina sedienta de sangre. Métete 
en la ducha conmigo y te lo contaré mientras me chupas la polla. 
Me doy la vuelta y me dirijo hacia el baño, y me da una 
palmada en el culo en el camino. Mientras abro el agua de la ducha, 
empieza a despojarse de la ropa sucia, revelando un cuerpo al que 
me estoy volviendo adicta. 
Me desnudo y me meto en la ducha. El agua corre por mi piel 
y por mi cabello. Cuando abro los ojos, él esta allí, completamente 
desnudo y con la polla ya dura. Madre di Dio, como le gusta decir. 
Me aparto para que pueda lavarse la sangre. 
—Aquí. 
Se acerca y deja que el agua se deslice sobre su cuerpo. Un 
chorro de color rosacorre por el desagüe de la ducha mientras se 
lava rápidamente. Volviéndose hacia mí, dice: 
—Ya sabes lo que quiero. 
Es seguro decir que ambos estamos de acuerdo con esto. No 
pierdo el tiempo y me arrodillo sobre la resbaladiza baldosa. Él no 
se mueve, así que avanzo hasta tener la punta de su erección al 
alcance de la mano. Abro la boca y chupo la cabeza, usando la 
lengua en la parte inferior. 
Su palma recorre mi cabello húmedo. 
—C'è la mia bambina. 
Ahí está mi niña. 
Empujo mi rostro hacia su pelvis, tomando más de él. Me llena 
la boca, tan gruesa y suave, y puedo saborear el pre-semen que 
gotea de la punta. Cierro los ojos, saboreando la sensación, amando 
el poder que esto me da sobre su placer. 
 
 
 
 
 
 
 
Mueve sus caderas, follando mi boca, y yo la tomo con avidez, 
relajando mi garganta para evitar las arcadas. Me aseguro que mis 
labios se mantengan apretados en su polla, y agito mi lengua hasta 
que gruñe. 
—Ojos hacia arriba. 
Levanto la vista hacia su rostro, que está tenso por la lujuria, 
con las pupilas dilatadas. Empieza hablar entonces, contándome 
que ha pateado la puerta trasera y disparado a dos hombres antes 
que pudieran alcanzar sus armas. Al ruso que había disparado 
mientras estaba en las escaleras. Luego el hombre que intentó 
estrangularlo, al que había abierto la garganta con su cuchillo. 
Para cuando termina, estoy jadeando, más excitada de lo que 
puedo soportar. Empiezo a meter la mano entre mis piernas, 
dispuesta a correrme, pero sus dedos se retuercen en mi cabello. 
—Todavía no. Pon las manos en la espalda. 
Obedezco y sus fosas nasales se dilatan al ver mi conformidad. 
—¿A quién perteneces, troietta? 
Sé que quiere una respuesta, así que empiezo a soltarlo. Niega 
con la cabeza y me mantiene en mi sitio. 
—No, no te apartes. Con la boca llena de mi polla, dime a 
quién perteneces. 
Sosteniendo su mirada, doy una respuesta confusa alrededor 
de la carne rígida. 
—Mmmu. 
La satisfacción tuerce su expresión y empuja profundamente, 
haciéndome dar arcadas. 
—Así es. Qué buena gatita eres. Creo que te recompensaré. —
Cierra el agua, se aparta y su polla cae de mi boca—. Arriba. 
Cuando me levanto, señala detrás de mí. 
 
 
 
 
 
 
 
—Ve a la cama. Acuéstate, con los brazos sobre la cabeza y 
las piernas abiertas. 
No me molesto en secarme al salir del baño. En su lugar, me 
estiro sobre las sábanas frías, el agua secándose en mi piel y 
haciéndome temblar. Mi clítoris está hinchado y pide atención. 
Enzo entra en el camarote, con su gloriosa polla moviéndose 
a cada paso. Va a meterme ese monstruo en el coño y no puedo 
esperar. 
Apoya una rodilla en la cama y se mete entre mis piernas. 
—Dio, estás muy mojada. ¿Escuchar mis asesinatos esta 
noche te excita? 
Mete dos dedos en mi interior y jadeo, mi mitad superior se 
inclina. 
—¡Dios, sí! 
—¿Este coño está vacío? ¿Necesitas que te lo llene? —Bombea 
su mano, dándome una muestra de la fricción que ansío—. 
Suplícame. Scopami forte73, padrone. 
Clavo las uñas en el cabecero. 
—¡Scopami forte, Lorenzo! 
—Cazzo —grita—. Quiero azotarte durante horas, pero no 
puedo esperar. —En un instante está de rodillas entre mis muslos, 
alineándose en mi abertura y empujando. 
La presión es muy fuerte. No estoy segura de estar totalmente 
preparada. 
—Oh, mierda. 
 
73 Scopami forte. Follame duro, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
—Shh —dice, deslizando sus palmas por mis piernas—. 
Puedes tomarme, bambina. 
Mira como su polla me abre, sus caderas se mueven 
lentamente, como si quisiera que sienta cada centímetro. Mis ojos 
casi ruedan hacia atrás en mi cabeza. 
—Qué bueno, mafioso. Jesús, me estás matando. 
Sube una mano por mi cadera, a lo largo de mis costillas y 
sobre un pecho, hasta llegar a mi garganta. 
—No, no te estoy matando... pero podría hacerlo fácilmente, 
¿no? —Sus dedos cubren mi cuello y aprietan, no lo suficiente como 
para cortarme el aire pero sí para hacer que mis ojos se abran. Está 
sonriendo hacia mí—. Estás viva a mi merced, Gianna. 
En este momento, un torrente de humedad cubre su polla y 
se introduce aún más, hasta casi el fondo. Me aprieta un poco más 
la garganta. 
—Te gusta eso, ¿no? Estar a mi merced. 
¿Tengo miedo? ¿Estoy excitada? ¿Qué está sucediendo dentro 
de mí en este momento? 
Mis labios se separan con la fuerza de mi respiración, mi pulso 
palpita bajo su mano. Se desliza hasta el fondo, con su polla 
completamente asentada y ocupando todo el espacio dentro de mí. 
Muevo las caderas, tratando de incitarlo a seguir. Tengo muchas 
ganas de correrme. 
—Por favor, tienes que moverte. 
En cambio, se queda quieto y me mira fijamente. 
—Voy asfixiarte mientras te follo. 
El pánico me llena el pecho. No estoy preparada para ese tipo 
de juegos. Eso es una mierda de siguiente nivel. 
—No, espera. No me hagas daño. 
 
 
 
 
 
 
 
Sus labios se curvan en una sonrisa retorcida, una que 
reconozco bien. 
—Micina —musita—. No te haré daño. Te lo prometo. —Da un 
suave empujón con sus caderas—. Voy apretar tu garganta. Te 
mareará y tu orgasmo será mil veces más intenso. 
Sé que a mucha gente le gustan los juegos de respiración y la 
estrangulación, pero a mí me parece peligroso. Trago saliva. 
—¿Y se supone que debo confiar en ti? 
—Sí, hazlo. No te preocupes, sé cómo hacerlo correctamente. 
Te va a encantar. —Se queda mirando su mano en mi garganta, 
luego se retira y embiste mi coño, y la fricción envía ondas de 
choque a través de mis miembros. Gruñe en lo más profundo de su 
garganta—. Obediencia en todo, ¿recuerdas? 
Mierda, esto es una especie de prueba jodida. 
—¿No deberíamos tener un contrato o una palabra de 
seguridad? O... —Mis palabras mueren cuando da un áspero 
empujón, sacudiendo mi cuerpo, y grito—. ¡Oh, sí! Más de eso. 
—No hay acuerdo ni palabra de seguridad. El miedo y el 
peligro lo harán más excitante para ti. 
—Lo dudo. Solo lo hará más excitante para ti. 
—Certo. —Comienza a moverse dentro y fuera, con su mano 
apoyada en mi garganta. No ejerce ninguna presión real, solo 
aumenta la tensión, haciéndome preguntar cuándo empezará, y por 
alguna razón la incertidumbre hace que me ponga más caliente. El 
sudor me invade la frente, mi cuerpo ya está preparado para 
correrse, así que muevo las caderas, intentando alcanzar el punto 
adecuado para que me lleve al límite. 
—Mírame —me ordena. 
Abro los párpados y leo la intención en su mirada. Joder, 
¿estoy preparada? Me gusta mucho la sensación de su mano en la 
 
 
 
 
 
 
 
garganta, y de alguna manera sé que Enzo no va a matarme así. 
Sea lo que sea, lo que esta planeando, no es una muerte por polla. 
Y aunque me siento un poco estúpida, confío en él en esto. 
Asiento. 
Cuando empieza a follarme de nuevo, me aprieta la garganta, 
presionando. No aparto la vista de él, insegura de lo que estoy 
sintiendo mientras el flujo de sangre en mi cabeza disminuye. Me 
observa el rostro. 
—Ahí tienes, bambina. Se siente muy bien, ¿no? 
El miedo y la excitación me hacen entrar en una espiral. 
—Oh, Dios —digo, ahora mareada. 
Me cabalga con fuerza, balanceando la cabecera contra la 
pared, y mis músculos internos se aprietan alrededor de su polla. 
Gruñe. 
—Puedo sentirte. Joder. 
Me suelta el cuello, y lo que sigue es una descarga que no 
había experimentado en toda mi vida. Mi coño se aprieta cuando el 
orgasmo me golpea. Mi grito ronco resuena en toda la habitación, y 
clavo mis uñas en sus brazos mientras el clímax se prolonga. 
Cuando finalmente desciendo, él me observa con una 
expresión que roza el asombro. 
—Madre di Dio, eres lo más sexy que he visto nunca. 
Antes que pueda hablar, empieza a moverse, sin retener nada 
mientras usa todo su cuerpo para follarme. Gruñendo por el 
esfuerzo, me sujeta mientras sus caderas chocan con las mías, 
como un hombre poseído, y ni siquiera diez golpes después