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Elogios para LA ORACIÓN «Yancey provoca una respuesta profundamente emocional en este libro que está más lleno de añoranzas y de asombros que de respuestas fáciles.» — Publishers Weekly, revisión estrella «Philip Yancey es ese raro ejemplo de fundamentalista autoproclamado en recuperación que es en realidad un ser humano espiritualmente saludable.» — Dallas Morning News «La forma directa y llena de vida de las ilustraciones y los argumentos teológicos, así como la facilidad de lectura, lo hacen accesible incluso a aquellos que vienen a la fe, a la lectura de la Biblia o a la oración por vez primera.» — Christianity Today «Es interesante que la experiencia de leer el libro Oración sea similar a la experiencia de la oración misma: un tortuoso camino con venas de genialidad, comunión, iluminación y satisfacción.» — Plain Dealer «La combinación de talento, investigación y apertura de Yancey con respecto a sus propias luchas, hacen que valga la pena leer el libro Oración, si usted también se ha sentido frustrado alguna vez con su vida de oración.» — Revista Relevant «Una de las numerosas y pequeñas evidencias de lo fuerte que es este libro es el número de veces que lo dejé de leer; el número de veces que interrumpí mi lectura porque me sentía inspirado a orar.» — Books & Culture «Sería difícil hallar una persona mejor que Philip Yancey para guiarnos a través del tema de la oración… Yancey escribe con elegancia y sinceridad, apoyando sus palabras con historias personales e investigación.» — Sojourners «Yancey ha escrito ahora un libro encantador e inquisitivamente sincero acerca de la oración.» — Kirkus Reviews «Cuidadosamente, con inteligencia y compasión, Yancey va avanzando hacia una visión de la oración como una especie de “torpe ensayo”, y finalmente, hacia la clase de conversación que tuvo la humanidad con Dios al principio de la creación. Lo recomendamos altamente.» — Library Journal La misión de Editorial Vida es ser la compañía líder en satisfacer las necesidades de las personas con recursos cuyo contenido glorifique al Señor Jesucristo y promueva principios bíblicos. LA ORACIÓN Edición en español publicada por Editorial Vida – 2007, 2014 Miami, Florida © 2014 por Philip D. Yancey Este título también está disponible en formato electrónico. Originally published in the USA under the title: Prayer: Does It Make Any Difference? Copyright © 2006 by Philip D. Yancey Published by permission of Zondervan, Grand Rapids, Michigan 49530 All rights reserved Further reproduction or distribution is prohibited. Editora en Jefe: Graciela Lelli Traducción: Dr. Miguel Mesías Edición: Madeline Díaz Edición revisada: Andrés Carrodeguas Adaptación del diseño al español: produccioneditorial.com A menos que se indique lo contrario, todos los textos bíblicos han sido tomados de la Santa Biblia, Versión Reina- Valera 1960 © 1960 por Sociedades Bíblicas en América Latina, © renovado 1988 por Sociedades Bíblicas Unidas. Usados con permiso. Reina-Valera 1960® es una marca registrada de la American Bible Society y puede ser usada solamente bajo licencia. Citas bíblicas marcadas «NVI» son de La Santa Biblia, Nueva Versión Internacional® NVI® © 1999 por Biblica, Inc.® Usados con permiso. Todos los derechos reservados mundialmente. Esta publicación no podrá ser reproducida, grabada o transmitida de manera completa o parcial, en ningún formato o a través de ninguna forma electrónica, fotocopia u otro medio, excepto como citas breves, sin el consentimiento previo del publicador. Edición en formato electrónico © septiembre 2014: ISBN 978-0-8297-4057-8 CATEGORÍA: RELIGIÓN / Vida cristiana / Oración 14 15 16 17 18 RRD 06 05 04 03 02 01 CONTENIDO PRIMERA PARTE EN LA COMPAÑÍA DE DIOS 1. Nuestro anhelo más profundo 2. Una mirada desde lo alto 3. Tal como somos 4. El Dios que es 5. Reunidos SEGUNDA PARTE ACLAREMOS LOS MISTERIOS 6. ¿Por qué orar? 7. Una pelea cuerpo a cuerpo 8. La alianza 9. ¿Sirve de algo? 10. ¿Cambia la oración a Dios? 11. Pidan, busquen, llamen TERCERA PARTE EL LENGUAJE DE LA ORACIÓN 12. Anhelo de fluidez 13. Gramática de la oración 14. Sin saber qué decir 15. El sonido del silencio CUARTA PARTE LOS DILEMAS DE LA ORACIÓN 16. Las oraciones no contestadas: ¿De quién es la culpa? 17. Las oraciones no contestadas: Vivir con el misterio 18. La oración y la sanidad física 19. Por qué cosas orar QUINTA PARTE LA PRÁCTICA DE LA ORACIÓN 20. La oración y yo 21. La oración y los demás 22. La oración y Dios Epílogo Recursos sobre la oración Agradecimientos Fuentes Créditos Oramos, sencillamente porque no podemos dejar de orar. WILLIAM JAMES PRIMERA PARTE EN LA COMPAÑÍA DE DIOS La oración existe; no hay duda al respecto. Es la respuesta peculiarmente humana a este interminable misterio de bendición y brutalidad, poder impersonal e intimidad lírica que componen nuestra experiencia de la vida. PATRICIA HAMPL CAPÍTULO 1 NUESTRO ANHELO MÁS PROFUNDO Cuando un estudiante de doctorado de Princeton preguntó: «¿Qué queda en el mundo en lo que podamos basar una investigación para una tesis original?», Alberto Einstein le respondió: «Investiga acerca de la oración. Alguien tiene que hallar algo acerca de la oración». Escogí un mal momento para visitar San Petersburgo, en Rusia. Fui en noviembre del 2002, justo cuando la ciudad estaba en plena reconstrucción preparándose para su tricentenario al año siguiente. Todos los edificios destacados estaban cubiertos por andamios, y los escombros se amontonaban en las calles adoquinadas, lo que convirtió mi salida matutina a trotar en toda una aventura. Salía a correr cuando aún estaba oscuro (el sol se levanta a media mañana en esa latitud) con la cabeza agachada, esquivando los montones de ladrillos y arena de los trabajadores, mientras echaba vistazos hacia delante, tratando de atisbar el tenue brillo que delataba la presencia del hielo. Una mañana, debo haber perdido la concentración, porque de repente me hallé dando con la cara en el suelo, aturdido y tiritando. Me senté. Podía recordar que había movido con rapidez la cabeza hacia un lado cuando caía, para evitar una varilla de acero que sobresalía del borde de la acera en un ángulo perverso. Me quité los guantes, me toqué el ojo derecho y sentí sangre. Tenía todo el lado derecho de la cara empapado de sangre. Me levanté, me quité del traje de correr la tierra y la nieve y me palpé el cuerpo en busca de más daños. Caminé lentamente, tocándome las rodillas y los codos adoloridos. En la boca sentí el sabor de la sangre, y como un par de calles más allá me di cuenta de que me faltaba uno de los dientes del frente. Volví a buscarlo en la oscuridad, pero fue en vano. Cuando llegué a Nevsky Prospekt, un traficado bulevar, noté que la gente se me quedaba mirando. Los rusos rara vez miran a los extraños a los ojos, así que debo haber sido todo un espectáculo. Llegué al hotel cojeando y logré convencer a los escépticos guardias de seguridad para que me permitieran llegar a mi habitación. Llamé a la puerta y dije: «Janet, ábreme, que estoy herido». Ambos habíamos oído historias de horror sobre la atención médica en Rusia, en donde se puede llegar con una herida superficial y salir con SIDA o hepatitis. Decidí curarme yo mismo. Después de rebuscar en el minibar todas las diminutas botellas de vodka, empezamos a limpiar los arañazos que tenía en la cara. El labio superior lo tenía abierto en dos. Apreté los dientes, vertí el alcohol sobre las cortadas y me restregué la cara con una toallita facial de un paquete que me había sobrado del vuelo en Lufthansa. Luego unimos lo mejor posible los bordes de la herida del labio superior con una venda adhesiva, en la esperanza de que se sanara bien. Ya para entonces la zona de la cara que me rodea el ojo se había hinchado y se había convertido en un moretón espectacular, pero felizmente, mi vista no había sufrido daño. Me tomé unas cuantas aspirinas y descansé un rato. Luego regresé a Nevsky Prospekt y busqué un café con Internet.Subí escaleras arriba hasta el tercer piso, usando lenguaje de señas para negociar el precio en rublos, y me senté ante una terminal de computadora. Mis dedos se apoyaron en un teclado extraño, y me vi frente a las letras del alfabeto cirílico en la pantalla. Después de diez minutos de intentos fallidos, al final logré abrirme paso hasta mi pantalla de AOL en inglés. Ah… conectado al fin. Les escribí una nota a un grupo de oración de mi iglesia local en Colorado y a unos pocos amigos y familiares. La red inalámbrica se interrumpía y se volvía a conectar, y cada vez tenía que encontrar AOL de nuevo para volver a escribir el mensaje. El mensaje era sencillo, unos pocos detalles sobre lo sucedido, y después: «Necesitamos ayuda. Por favor, oren». No sabía hasta qué punto eran serias mis lesiones. En los días siguientes se suponía que debía hablar en una convención de libreros de San Petersburgo, y después ir a Moscú para dar más conferencias. La banda de noticias de AOL me decía que unos rebeldes armados chechenos acababan de apoderarse de un teatro lleno de espectadores, y que Moscú estaba bajo control militar. Terminé mi mensaje y oprimí la tecla de «enviar» justamente cuando salió a la pantalla una advertencia para informarme que mi tiempo se estaba acabando. ¿Es así cómo funciona la oración?, me preguntaba al regresar al hotel. Enviamos señales desde un mundo visible hasta otro invisible, con la esperanza de que Alguien las reciba. ¿Y cómo lo sabremos? Con todo, por vez primera en el día, sentí que el nudo de temor y ansiedad que sentía en el estómago se empezaba a aflojar. En unas pocas horas, mis amigos y familiares, las personas que se interesaban por mí, encenderían sus computadoras, leerían el mensaje, y orarían a mi favor. No estaba solo.* Un clamor universal Toda religión tiene alguna forma de oración. Las tribus remotas presentan sus ofrendas y luego oran por cosas de todos los días, como la salud, la comida, la lluvia, los hijos y la victoria en las batallas. Los incas y los aztecas llegaron al extremo de sacrificar seres humanos para atraer la atención de los dioses. Los musulmanes de hoy detienen cinco veces al día lo que están haciendo — conduciendo, tomando café, jugando fútbol— cuando oyen el llamado a la oración. Hasta los ateos hallan maneras de orar. Durante los días victoriosos del comunismo en Rusia, los fanáticos del partido mantenían una «esquina roja», colocando un retrato de Lenin donde los cristianos habían puesto antes sus imágenes. Dejándose llevar por aquel fervor, Pravda publicó este anuncio para sus lectores en 1950: Si enfrentas dificultades en tu trabajo, o de repente dudas de tus capacidades, piensa en él, en Stalin, y hallarás la confianza que necesitas. Si te sientes cansado cuando no deberías estarlo, piensa en él, en Stalin, y tu trabajo marchará bien. Si necesitas tomar una decisión correcta, piensa en él, en Stalin, y hallarás esa decisión.† Oramos porque le queremos agradecer a alguien o algo las bellezas y las glorias de la vida, y también porque nos sentimos pequeños, impotentes, y a veces temerosos. Oramos para pedir perdón, para pedir fuerza, para pedir un contacto con Aquel que es; para tener la seguridad de que no estamos solos. En los grupos de AA son millones los que dirigen a diario sus oraciones a un Poder Supremo, suplicándole que los ayude a controlar sus adicciones. Oramos porque no podemos evitarlo. La palabra inglesa prayer y la palabra española plegaria se relacionan ambas con la palabra latina precarius, de la que se deriva nuestra palabra precario. En San Petersburgo, oré movido por la desesperación. No tenía nadie más a quién acudir. La oración es universal, porque tiene que ver con alguna necesidad humana básica. Tomás Merton dice: «La oración es una expresión de quienes somos… Algo incompleto con vida. Somos una brecha, un vacío que necesita que lo llenen». En la oración rompemos el silencio, y a veces esas palabras fluyen de lo más profundo de nuestro ser. Recuerdo que en los días posteriores al 11 de septiembre de 2001 repetí una y otra vez la oración: «Dios mío, bendice a Estados Unidos». Lo que quería decir era: «Salva a Estados Unidos». Sálvanos. Permítenos vivir. Danos otra oportunidad. Según las encuestas Gallup, serán más estadounidenses los que orarán esta semana, que los que harán ejercicio, conducirán un auto, tendrán relaciones sexuales, o irán a su trabajo. Nueve de cada diez de nosotros oramos con regularidad, y tres de cada cuatro afirman que oran todos los días. Para tener una idea del interés en la oración, escribe «oración» u «orar» en una máquina de búsqueda de la Internet, como Google, y verás cuántos millones de enlaces aparecen. Sin embargo, detrás de esos impresionantes números se halla un enigma. Cuando yo empecé a explorar el tema de la oración cristiana, fui primero a las bibliotecas y leí relatos acerca de algunos de los grandes personajes de oración de la historia. George Müller empezaba cada día con varias horas de oración, implorándole a Dios que atendiera las necesidades prácticas de su orfanato. El obispo Lancelot Andrewes dedicaba cinco horas diarias a la oración, y Charles Simeon se levantaba a las cuatro de la mañana para empezar su régimen de cuatro horas de oración. Las monjas de una orden conocida como «Las que no duermen» oran todavía por turnos a todas las horas del día y de la noche. Susannah Wesley, madre atareada sin privacidad alguna, se sentaba en una mecedora con el delantal puesto sobre la cabeza, orando por John, por Charles y por el resto de sus hijos. Martín Lutero, que dedicaba dos o tres horas diarias a la oración, dijo que deberíamos hacerlo tan naturalmente como el zapatero hace un zapato o el sastre hace un traje. Jonathan Edwards escribió sobre las «dulces horas» pasadas en las riberas del río Hudson, «en rapto y ensimismado en Dios». Mi siguiente paso fue entrevistar a personas comunes y corrientes sobre el tema de la oración. Lo típico era que el resultado fuera más o menos este: ¿es importante la oración para usted? Sí, claro. ¿Con cuánta frecuencia ora? Todos los días. ¿Por cuánto tiempo aproximadamente? Cinco minutos; bueno, tal vez siete. ¿Se siente satisfecho con la oración? En realidad, no. ¿Siente usted la presencia de Dios cuando ora? En ocasiones; no a menudo. Para muchas de las personas con las que hablé, la oración era más una carga que un placer. La consideraban importante, incluso esencial, y se sentían culpables de su fracaso, echándose la culpa a sí mismos. Una lucha moderna Cuando escuchaba las oraciones públicas en las iglesias evangélicas, oía personas que le decían a Dios lo que debía hacer, combinado con sugerencias tenuemente veladas sobre la forma en que otros debían comportarse. Cuando escuchaba las oraciones en las iglesias de teología más liberal, oía llamados a la acción, como si la oración fuera algo que había que dejar detrás para poder hacer la verdadera obra del reino de Dios. El libro teológico de Hans Küng titulado Ser cristiano, un tomo de más de setecientas páginas, no incluye un capítulo; ni siquiera una entrada del índice temático sobre la oración. Cuando se lo preguntaron más tarde, Küng dijo que lamentaba aquel olvido. Se sentía tan hostigado por los censores del Vaticano y por las fechas límite impuestas por su casa editorial, que sencillamente, se olvidó de la oración. ¿Por qué la oración ocupa un lugar tan alto en las encuestas sobre su importancia teórica, y tan bajo en las encuestas sobre la satisfacción real que produce? ¿Qué explica la disparidad entre Lutero y Simeon, que pasaban varias horas de rodillas a diario, y el hombre moderno que cuando ora, al cabo de diez minutos se revuelve incómodo en su silla? Encontré por todas partes una brecha entre la oración en la teoría y la oración en la práctica. En la teoría, la oración es el acto esencial humano; un punto de contacto de un valor incalculable con el Dios del universo. En la práctica, la oración suele ser confusa y plagada de frustraciones. Mi casa editorarealizó una encuesta en su sitio de la web, y de las seiscientas setenta y ocho personas que respondieron, solo veintitrés se sentían satisfechas con el tiempo que pasaban en oración. Esa misma discrepancia fue la que hizo que quisiera escribir este libro. Sin duda alguna, los avances de la ciencia y la tecnología contribuyen a nuestra confusión en cuanto a la oración. En el pasado, los agricultores alzaban la vista y les suplicaban a los cielos que terminara la sequía. Ahora estudiamos los frentes de baja presión, excavamos canales de irrigación y sembramos las nubes con partículas metálicas. En el pasado, cuando un niño se enfermaba, los padres clamaban a Dios; ahora llaman una ambulancia o telefonean al médico. En un gran sector del mundo, el escepticismo moderno contamina la oración. Respiramos una atmósfera de dudas. ¿Por qué permite Dios que la historia marche dando tumbos, y no interviene? ¿De qué sirve la oración ante una amenaza nuclear, ante el terrorismo, los huracanes y los cambios en el clima global? La oración les parece a algunos, como dice George Buttrick, «un espasmo de palabras perdido en medio de una indiferencia cósmica»… y esas palabras las escribió en 1942. La prosperidad también puede debilitar la oración. En mis viajes, he notado que los creyentes de los países en desarrollo dedican menos tiempo a meditar en la eficacia de la oración y más tiempo a orar de verdad. Los ricos se apoyan en sus talentos y recursos para resolver los problemas inmediatos, y en las pólizas de seguros y los planes de jubilación para asegurarse el futuro. Apenas podemos orar con sinceridad diciendo «Danos hoy nuestro pan de cada día» cuando nuestra alacena está repleta de provisiones para un mes. Las presiones en el uso del tiempo desplazan de forma creciente el paso tranquilo que la oración parece necesitar. La comunicación con otras personas sigue haciéndose más breve y más codificada: mensajes de texto, correos electrónicos, mensajes instantáneos. Tenemos cada vez menos tiempo para la conversación, y mucho menos para la contemplación. Tenemos la sensación constante de no tener lo suficiente: no hay suficiente tiempo; no hay suficiente descanso; no hay suficiente ejercicio; no hay suficiente esparcimiento. ¿Dónde cabe Dios en una vida que ya parece andar atrasada con respecto a su agenda? Si decidimos mirar hacia adentro y desnudar nuestra alma, los terapistas y los grupos de respaldo nos ofrecen actualmente unas soluciones que en otros tiempos estaban reservadas solo a Dios. Orar ante un Dios invisible no nos proporciona la misma respuesta que recibimos de un asesor, o de unos amigos que por lo menos asienten con la cabeza para indicar que nos comprenden. ¿Será cierto que hay alguien escuchándonos? Como Ernestine, la operadora telefónica de voz nasal que representaba la comediante Lily Tomlin, solía preguntar: «¿Me he comunicado con la persona con la que estoy hablando?». Para el escéptico, la oración es un engaño; un desperdicio de tiempo. Para el creyente, representa tal vez el uso más importante que se le puede dar al tiempo. Como creyente, estoy convencido de esto último. Entonces, ¿por qué es tan problemático orar? El pastor británico Martyn Lloyd-Jones resume esta confusión: «Entre todas las actividades a las que se dedica el creyente, y que forman parte de la vida cristiana, ciertamente no hay ninguna que cause más perplejidad y suscite tantos problemas, como esa actividad a la que llamamos oración». Una búsqueda de peregrino Escribo sobre la oración como peregrino, no como experto. Tengo las mismas preguntas que se les ocurren a casi todos en algún momento. ¿Está Dios oyendo? ¿Por qué se va a preocupar Dios por mí? Si Dios lo sabe todo, ¿de qué sirve orar? ¿Por qué las respuestas a la oración parecen tan inconstantes, y hasta caprichosas? ¿Tiene mayor posibilidad de sanidad física alguien que tiene muchos amigos que oran por él, que otra persona que también tiene cáncer, pero por la cual solo oran unos cuantos? ¿Por qué Dios a veces parece tan cercano y a veces tan distante? ¿Cambia la oración a Dios o me cambia a mí? Antes de empezar este libro, mayormente evadía el tema de la oración debido a la culpabilidad y a una sensación de inferioridad. Me abochorna admitir que no llevo un diario, no hablo con un director espiritual ni pertenezco a ningún grupo regular de oración. No tengo reparos en confesar que tiendo a ver la oración por el lente de un escéptico, más obsesionado con las oraciones no contestadas, que en el regocijo por las contestadas. En resumen, mi principal cualificación para escribir sobre la oración es que no me siento no cualificado… y tengo un genuino deseo de aprender. Por encima de cualquier otra cosa en mi vida, quiero conocer a Dios. El psiquiatra Gerald C. May observa: «Después de veinte años de escuchar los anhelos de los corazones de las personas, estoy convencido de que los seres humanos tenemos un deseo innato de Dios. Tanto si somos conscientemente religiosos, como si no, este deseo es nuestro anhelo más profundo y nuestro tesoro más preciado». Seguramente, si hemos sido hechos a imagen de Dios, él hallará una manera de satisfacer esos anhelos tan profundos. Esa manera es la oración. Movido por mis instintos de periodista, interrogué a muchos otros con respecto a la oración: a mis vecinos, a otros autores, a los miembros de mi iglesia, a mentores espirituales y a personas comunes y corrientes. He incluido algunas de sus reflexiones en recuadros insertados por todo el libro como ejemplos de encuentros con la oración en la vida real, y también como un recordatorio para mí mismo de que no debía alejarme demasiado de sus preguntas. En su mayoría, uso nombres de pila, aunque algunos de ellos son bien conocidos en los círculos evangélicos, para evitar todo tipo de jerarquías. Cuando de la oración se trata, todos somos principiantes. No he intentado producir una guía que detalle técnicas como el ayuno, los retiros de oración y la dirección espiritual. Investigo el tema de la oración como un peregrino que da una caminata, contemplando los monumentos, haciendo preguntas, meditando las cosas, probando las aguas. Admito un desequilibrio, una reacción desmedida al tiempo pasado entre creyentes que han prometido demasiado y meditado muy poco, y como resultado, trato de errar del lado de la sinceridad y no del fingimiento. Sin embargo, mientras iba escribiendo, llegué a ver la oración como un privilegio, y no como una obligación. Como todo lo bueno, la oración exige cierta disciplina. No obstante, pienso que la vida con Dios debe parecerse más a una amistad que a un deber. La oración tiene sus momentos de éxtasis y también de tedio, sus momentos de distracción con la mente ausente y sus momentos de fuerte concentración, sus destellos de alegría y sus arranques de irritación. En otras palabras, la oración tiene rasgos en común con todas las relaciones personales que realmente importan. Si la oración se destaca como el sitio donde se reúnen Dios y los seres humanos, entonces debo aprender lo que es. La mayoría de mis luchas en la vida cristiana giran siempre alrededor de dos temas: por qué Dios no actúa de la manera que nosotros queremos que actúe, y por qué yo no actúo de la manera que Dios quiere actúe. La oración es el punto preciso en el cual se encuentran esos dos temas. * Todo sanó bien. Y la petición de oración tuvo un beneficio muy práctico. La esposa de mi dentista, que estaba en el equipo de oración, recibió el mensaje, y de inmediato hizo una reservación para mí de modo que al día siguiente de mi regreso de Rusia me hicieron una operación de conducto radicular. † Las citas de otras fuentes, incluyendo la Biblia, se compilan en una lista en la parte de atrás del libro. CAPÍTULO 2 UNA MIRADA DESDE LO ALTO Debemos dejar de fijar nuestras miradas en las luces de cada barco que pasa; lo que debemos hacer es establecer nuestro curso mirando a las estrellas. GEORGE MARSHALL Para ascender a una montaña de cuatro mil metros en Colorado tienesque empezar muy temprano, como a las cuatro de la madrugada, pero debes tomar poco café para evitar la deshidratación. Vas conduciendo el auto por caminos de tierra cuyos surcos le van dando golpe al chasis, en medio de la oscuridad, siempre alerta para no atropellar algún animal salvaje, ascendiendo cada vez más hasta algún punto entre los tres mil y los tres mil doscientos metros de altura, en el cual empiezan los senderos en los que hay que caminar. Allí comienzas la caminata por un bosque de abetos azules, pinos y cipreses, siguiendo un sendero que sientes esponjoso debajo de tus pies debido a las agujas de pino caídas. El suelo despide un acre olor a putrefacción y tierra. Caminas junto a un arroyo que baja con fuerza, blanco y espumoso bajo la luz de la luna previa al amanecer, y su gorgoteo es el único sonido que oyes hasta que despierten las aves. A eso de los tres mil quinientos metros, los árboles van desapareciendo, dando paso a una pradera lustrosa, alfombrada con flores silvestres. Ya para entonces, el sol está saliendo, arrojando primero un resplandor rojizo sobre las cumbres de las montañas, y lanzando después sus rayos por las hondonadas. Brillantes grupos de altramuces, aguileñas y otras flores motean los espacios abiertos, mientras que otras plantas con nombres más exóticos —capuchas de monje, cabezas de elefante, solideos de obispo, campanas, margaritas de pantano— se agrupan cerca de la orilla del agua. Sigues el arroyo hacia arriba, bordeando precipicios, hasta que el sendero de ascenso se desvíe en zigzag por la ladera de hierba del pico que quieres escalar. A estas alturas, tu corazón palpita como el de un corredor, y a pesar del frío de la mañana, sudas debajo de la mochila. Te detienes para beber agua, y luego emprendes el camino por un sendero muy empinado, obligándote a avanzar. El coro que hacen los pájaros al llegar la aurora ha empezado, y te sorprendes ante un destello azulado, brillante como la luz neón, mientras que de repente, una bandada de azulejos refleja los rayos del sol. Las flores silvestres de gran altura se han ido encogiendo hasta sus versiones en miniatura; para verlas de verdad, te tienes que agachar hasta ellas, practicando lo que la gente de esos lugares llama «botánica de vientre». Las marmotas alpinas vadean hasta sus puestos de vigilancia y les silban informes sobre tu progreso a sus colegas que se hallan más arriba. Pronto dejas la tierra y la hierba y empiezas a avanzar por un campo de piedra. Aparecen unos trozos de granito del tamaño de carretillas, decorados con líquenes de matices anaranjados, verde limón y amarillos. Mantienes inclinada la cabeza, tanteando cada roca para ver si tiene estabilidad antes de aplicarle tu peso. Por último, después de una hora de saltar de piedra en piedra, llegas a la cresta, una estrecha línea ascendente que tienes la esperanza de que te lleve hasta la cumbre misma. Te quitas la mochila y te detienes para recobrar el aliento. Tomas más agua y te comes un bocadillo. La sangre que te late con fuerza en las orejas apaga todos los demás sonidos. Mirando hacia atrás lo que ya has recorrido, te alegras de haberlo logrado. Vas a llegar a la cumbre; estás seguro. Al mirar hacia abajo, ves algo; un punto diminuto en el mismo borde del bosque. No; son dos puntos. ¿Animales, o simplemente piedras? Uno de los puntos se mueve; no puede ser una piedra. ¿Una marmota? El tamaño es difícil de medir desde aquí. El segundo punto parece rojo. ¿Se podría tratar de alpinistas? Miras al cielo en busca de señales de esas nubes de tormenta que aparecen antes del mediodía. Si son alpinistas, están jugando con el peligro, porque han empezado su ascenso tres horas después de lo debido. Contemplas el progreso de los dos diminutos puntos a paso de hormiga, mientras avanzan paso a paso por el sendero. Entonces se te ocurre algo: desde el lugar donde los estás observando, hace tres horas tú también eras un punto como esos; una insignificante mancha de vida humana en una montaña gigantesca, formidable, que crea el clima, y a la que no le importa para nada esa mancha. (Un famoso alpinista dijo: «Las montañas no matan a la gente. Simplemente, están donde están».) Te sientes adecuadamente pequeño, casi insignificante. Capta un vistazo diminuto, fraccional, de lo que Dios debe estar viendo todo el tiempo. Uno de los salmos describe el trueno como la voz del Señor, quien estremece la tierra con relámpagos. Por supuesto, sabemos que se produce un relámpago cuando una descarga positiva sale disparada de la tierra para chocar con una carga negativa en la parte inferior de una nube. Cien veces por segundo cae un relámpago en alguna parte en la tierra, y al menos yo, no creo que Dios programe personalmente cada uno de ellos. Sin embargo, me he visto atrapado en tempestades aterradoras cerca de la cumbre de alguna montaña. Con mi picahielos zumbando y un hormigueo en mi cuero cabelludo, me he acuclillado con los pies juntos, para que la carga no atraviese mi cuerpo, separado de mi compañero lo suficiente para aminorar las posibilidades de que ambos muramos, contando los segundos entre una descarga y otra («dos segundos… un kilómetro»), y entonces capto por un instante mi verdadero estado: soy una impotente criatura de dos piernas posada sobre la piel de un planeta fundido. Yo vivo con la esperanza diaria de poner mi vida bajo control. En mi casa dejé un escritorio cubierto de listas de cosas por hacer: estudiar el manual de mi caprichosa impresora, limpiar de agujas de pino los canalones, destapar el inodoro, cambiar los neumáticos de nieve, ir a ver cómo sigue mi vecino enfermo. Tal vez si me tomara un día libre, tendría tiempo… En la montaña, un relámpago que parte una roca en un pico cercano y explota contra mis tímpanos, me hace ver que la idea de llegar a tener alguna vez las riendas en la mano solo es una ilusión. Puedo contar con el momento que tengo ante mí, y nada más. «Hazme saber cuán fugaz es mi vida», decía el salmista en su oración. La tormenta aquí en la montaña responde con sus truenos esa oración. Las prioridades de mi vida se resquebrajan y van a caer a un nuevo lugar. Una mirada desde abajo He tenido indicios de otro punto de observación que empequeñece más aun el tamaño de las montañas. En 1997 me fui de noche a un lago que hay cerca de mi casa para ver un eclipse de luna. Hacia el este, colgado justamente sobre los picos de las montañas, el cometa Hale-Bopp iluminaba el cielo, mucho más brillante que cualquier estrella. Para juzgar su tamaño, estiré ambos brazos, y de un puño al otro cubría a duras penas su estela luminosa. Después contemplé con mis binoculares aquel objeto que había recorrido el sistema solar de un extremo a otro. En otra esquina del cielo, la sombra de la tierra con forma de creciente empezó a cruzar sobre la luna, reduciéndola a un matiz anaranjado que no era natural. Marte, más cerca de la tierra de lo que había estado en siglos, relucía rojo sobre la luna. Conforme el eclipse progresaba, todas las estrellas del cielo se fueron encendiendo más, como controladas por un reóstato. La Vía Láctea se derramaba por toda el firmamento, justamente encima de mí, como si fuera un ancho río de polvo de diamantes. Me quedé contemplando tanto tiempo, que el cuello, que tenía inclinado hacia detrás, se me comenzó a entumecer, y no me fui de allí hasta que se comenzaron a acumular las nubes y la nieve, borrando aquella vista del firmamento. Aquella noche también me sentí adecuadamente pequeño. Para que puedas valorar la escala, piensa que si la galaxia de la Vía Láctea fuera del tamaño de toda Norteamérica, nuestro sistema solar cabría en una taza de café. En estos mismos momentos, nuestras dos naves espaciales Voyager avanzan hacia el borde del sistema solar a una velocidad de más de ciento sesenta mil kilómetros por hora. Durante casi tres décadas han estado alejándose de la tierra de forma vertiginosa, hasta llegar a una distancia de unos catorce mil millones y medio de kilómetros. Cuando los ingenierosle envían una orden a una de estas naves espaciales a la velocidad de la luz, a esa orden le toma trece horas para llegar. Sin embargo, este vasto vecindario de nuestro sol, que en realidad es del tamaño de una taza de café, se encuentra entre varios cientos de miles de millones de estrellas más con todos sus acompañantes, dentro de la Vía Láctea, la cual es solo una entre tal vez cien mil millones de galaxias de este tipo en el universo. Enviar un mensaje a la velocidad de la luz al borde de ese universo llevaría quince mil millones de años. El salmista le preguntaba a Dios: «Cuando contemplo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que allí fijaste, me pregunto: “¿Qué es el hombre, para que en él pienses? ¿Qué es el ser humano, para que lo tomes en cuenta?”» Excelente pregunta, que es también el recordatorio de un punto de vista que olvido con facilidad. Nosotros, los humanos, somos una simple pizca de polvo esparcida sobre la superficie de un planeta que no tiene nada de especial. En el núcleo mismo de toda la realidad se encuentra Dios, fuente inimaginable, tanto de poder como de amor. Frente a una realidad tal, nos podemos arrastrar con una humildad humanoide, o podemos hacer como el salmista; mirar hacia arriba y no hacia abajo, para llegar a una conclusión: «Oh Señor, soberano nuestro, ¡qué imponente es tu nombre en toda la tierra!» Para explorar el misterio de la oración, empiezo recordando aquí el punto de vista al que llego en la cumbre de una montaña cuando miro hacia abajo, o en un observatorio cuando miro hacia arriba. Cada uno de ellos me proporciona solo una fracción de la manera como Dios debe ver la realidad. La oración, como el relámpago, pone al descubierto por un nanosegundo lo que yo preferiría ignorar: mi verdadero estado, que es de una frágil dependencia. Las tareas sin hacer que se acumulan en casa, mi familia y todas mis demás relaciones personales, las tentaciones, la salud, los planes para el futuro… todas esas cosas las llevo a esa realidad más grande, a la esfera de Dios, en donde las hallo curiosamente volcadas al revés. La oración ayuda a corregir la miopía, trayendo a la mente una perspectiva que olvido a diario. Yo sigo invirtiendo los papeles, pensando en las maneras en que Dios debería servirme, en lugar de pensar en lo contrario. Como Dios le recordó ferozmente a Job, el Señor del universo tiene muchas cosas que administrar, y en medio de la lástima por mí mismo haría mejor en contemplar por un momento el propio punto de vista de Dios. ¿Dónde estabas cuando puse las bases de la tierra? ¡Dímelo, si de veras sabes tanto! ¡Seguramente sabes quién estableció sus dimensiones y quién tendió sobre ella la cinta de medir! La paz de las cosas silvestres WENDELL BERRY, COLLECTED POEMS [COLECCIÓN DE POEMAS] Cuando la desesperanza me llena y me despierto a medianoche por el menor ruido temiendo lo que mi vida y las vidas de mis hijos pudiera ser, voy y me acuesto donde el pato salvaje descansa en su belleza sobre el agua, y donde se alimenta la gran garza. Voy a la paz de las cosas silvestres que no oprimen su vida con pensamientos anticipados de aflicción. Voy a la presencia del agua tranquila. Y siento encima de mí las estrellas ciegas durante el día esperando con su luz. Por un momento descanso en la gracia del mundo, y soy libre. La oración eleva mi vista más allá de las circunstancias insulsas o incluso difíciles de la vida diaria, como en el caso de Job, para permitirme vislumbrar por un instante esa perspectiva tan elevada. Me doy cuenta de lo diminuto que yo soy y de lo inmenso que es Dios, y también de la verdadera relación que hay entre ambas cosas. En la presencia de Dios, me siento pequeño porque soy pequeño. Cuando Dios, después de hacer a un lado todas las cáusticas preguntas teológicas del desventurado Job, aquel pobre hombre se derrumbó. Lo lamento, fue lo que dijo Job en realidad. No tenía ni idea de lo que te estaba preguntando. No recibió ni una sola respuesta a sus penetrantes preguntas, pero ya para entonces, le habían dejado de importar. «¿Quién es éste, que oscurece mi consejo con palabras carentes de sentido?» [preguntó Dios] Reconozco que he hablado de cosas que no alcanzo a comprender, de cosas demasiado maravillosas que me son desconocidas. Aunque pateando y chillando por todo el camino, yo estoy aprendiendo aún la lección de Job. Dios no necesita que alguien le recuerde la naturaleza de la realidad, pero yo sí. Nuestro planeta, la tercera roca desde el sol, se ha salido de su eje teológico. El Génesis nos informa que hubo un tiempo en el cual Dios y Adán andaban juntos por el huerto y conversaban como amigos. Nada le parecía más natural a Adán que tener comunión con aquel que lo había hecho, que le había dado un trabajo creativo y que le había concedido el deseo de tener compañía adecuada con aquel encantador don que era Eva. En aquel entonces, la oración era tan natural como la conversación con un colega o un ser amado. Desde el momento de la caída, para Adán y para todos los que hemos venido después de él, la presencia de Dios se ha hecho cada vez más remota, más fácil de dudar e incluso de negar. Todos los días, mi visión trata de nublarme para que no perciba ninguna otra cosa más que el mundo de la materia. Se necesita un acto diario de voluntad recordar lo que Pablo le dijo a la refinada multitud de Atenas: «En verdad, él [Dios] no está lejos de ninguno de nosotros, “puesto que en él vivimos, nos movemos y existimos”». Por esta razón, la oración parece extraña; embarazosa incluso. (¡Qué extraño que la oración les parezca una necedad a los que basan su vida en las tendencias de los medios de comunicación, la superstición, el instinto, las hormonas, los modales sociales, o incluso la astrología!) A la mayoría de nosotros, muchas veces la oración no nos da una confirmación segura de que Dios nos ha oído. Oramos con la fe de que nuestras palabras cruzarán de alguna manera el puente que va del mundo visible al invisible, penetrando una realidad de la cual no tenemos prueba. Entramos en el entorno de Dios, el ámbito del espíritu, que a nosotros nos parece mucho menos real de lo que le pareció a Adán. Cómo unirse a la corriente Jane, un personaje de la obra teatral Our Town [Nuestra ciudad] de Thorton Wilder, recibió una carta dirigida a su granja, ciudad, condado, estado, y luego el sobre continuaba diciendo: «Estados Unidos de América, continente norteamericano, hemisferio occidental, planeta Tierra, sistema solar, universo, la mente de Dios». Tal vez el creyente debiera invertir este orden. Si empiezo por la mente y la voluntad de Dios, viendo el resto de mi vida desde ese punto de vista, los otros detalles caerían en su lugar; o por lo menos, caerían en un lugar diferente. Mi casa se encuentra en un cañón, a la sombra de una gran montaña y junto a un arroyo llamado Bear Creek [Arroyo del oso]. Durante la primavera, cuando la nieve se derrite y después de las fuertes lluvias el arroyo crece, abriéndose paso ruidosamente sobre las piedras, lo veo actuar más como un río que como un arroyo. Ha habido quienes se han ahogado en él. Una vez seguí el curso de Bear Creek hasta su misma fuente, en lo más elevado de la montaña. Me paré en un campo de nieve marcado por las llamadas «copas de sol», depresiones en forma de tazón que se forman conforme la nieve se va derritiendo. Debajo de mí, podía oír un suave borboteo, y por el borde de la nieve se filtraban riachuelos de agua. Estos se reunían en charcos, luego en pequeños estanques alpinos, y después se desbordaban para empezar su largo recorrido montaña abajo, uniéndose a otros riachuelos que toman la forma de arroyo al pie de mi casa. Se me ocurre, pensando en la oración, que la mayoría de las veces avanzo en la dirección equivocada. Empiezo río abajo con mis propias preocupaciones y se las llevo a Dios. Le informo sobre ellas, como si él no las conociera. Le suplico, como si esperara hacerlo cambiar de parecer y vencer su divina renuencia. Mejor me sería empezararroyo arriba, donde comienza la corriente. Cuando cambio de dirección, me doy cuenta de que Dios ya se está preocupando por mis preocupaciones —el cáncer de mi tío, la paz mundial, una familia destrozada, un adolescente rebelde— más de lo que yo me preocupo. La gracia, como el agua, desciende hacia el nivel más bajo. Así corren los arroyos de la misericordia. Empiezo con Dios, que tiene la responsabilidad primaria de lo que sucede en la tierra, y le pregunto qué papel puedo desempeñar yo en la obra divina en la tierra. «¡Pero que fluya el derecho como las aguas, y la justicia como arroyo inagotable!», clamaba el profeta. ¿Voy a quedarme en la orilla o saltar a la corriente? Con este nuevo punto de partida para la oración, mis percepciones cambian. Miro la naturaleza y veo no solo las flores silvestres y los álamos dorados, sino la firma de un grandioso artista. Miro a los seres humanos y veo no solo un «pobre animal bípedo», sino una persona con un destino eterno, hecha a imagen de Dios. Así, las acciones de gracias y las alabanzas surgen como respuesta natural, y no como una obligación. Necesito la visión correctiva de la oración, porque todo el día pierdo de vista la perspectiva de Dios. Enciendo la televisión y me veo frente a una andanada de propaganda que me asegura que el éxito y los logros se miden por las posesiones y por la apariencia física. Mientras voy en auto por la ciudad, veo a un mendigo desharrapado junto a la rampa de salida de una autopista que sostiene un letrero donde dice: «Que Dios lo bendiga. ¿Me puede ayudar?», y desvío la mirada. Oigo en el noticiero que un dictador africano acaba de reducir a escombros barrios enteros de tugurios en una «Operación para sacar la basura», dejando sin vivienda a setecientas mil personas. El mundo oscurece la vista que viene desde arriba. La oración, y solo la oración, restaura mi visión para que se parezca más a la de Dios. Me despierto de mi ceguera para ver que la riqueza me acecha como un terrible peligro, y no como un objetivo que valga la pena perseguir; que el valor depende no de la raza o la situación social, sino de la imagen de Dios que toda persona lleva en sí; que ninguna cantidad de esfuerzo por mejorar la belleza física tiene importancia alguna para el mundo del más allá. Alexander Schmemann, el sacerdote ya fallecido que encabezó un movimiento de reforma en la Iglesia Ortodoxa Rusa, cuenta que una vez viajaba en el metro de París con su prometida. En una de las estaciones, una mujer vieja y fea vestida con el uniforme del Ejército de Salvación, se subió y halló un asiento cercano. Los dos enamorados comentaron en voz baja en ruso lo repulsiva que se veía. Unas pocas paradas más allá la mujer se levantó para salir. Al pasar junto a ellos les dijo en perfecto ruso: «No siempre fui fea». Aquella mujer era un ángel de Dios, les solía decir Schmemann a sus estudiantes. Le abrió los ojos, marcando su visión como con fuego, de una manera que jamás olvidaría. Un hábito de atención «Quédense quietos, reconozcan que yo soy Dios». En este conocido versículo de los Salmos encuentro dos mandamientos de igual importancia. En primer lugar, me debo quedar quieto; algo contra lo cual conspira la vida moderna. Hace diez años respondía mis cartas en un par de semanas, y mantenía contentos a los que me escribían. Hace cinco años, enviaba por fax una respuesta en un par de días, y también parecían contentos. Ahora quieren respuestas por correo electrónico el mismo día, y me reprenden por no usar los mensajes instantáneos o el teléfono móvil.* El misterio, la conciencia de que existe otro mundo, la insistencia más en ser que en hacer, incluso unos pocos momentos de quietud, no surgen de modo natural en mí en este mundo frenético y ruidoso. Tengo que buscar tiempo y permitir que Dios nutra mi vida interior. En un peregrinaje que hizo a pie hasta Asís, la escritora Patricia Hampl comenzó a hacer una lista en respuesta a la pregunta «¿Qué es la oración?» Anotó unas cuantas palabras. Alabanza. Gratitud. Rogar, suplicar, hacer tratos. Quejarse y gemir infructuosamente. Centrarse. Y allí interrumpió la lista, porque descubrió que la oración solo parece un acto del lenguaje: «Fundamentalmente, es adoptar una posición; colocarse a sí misma». Siguió su razonamiento hasta descubrir que «la oración como enfoque no es una manera de limitar lo que se puede ver; es un hábito de atención destinado a imponerse sobre todo lo que existe». Ah, un hábito de atención. Quedarse quieto. Con ese enfoque, todo lo demás queda centrado. En esa brecha dentro de mi rutina, el universo cae todo en su debido lugar. La quietud me prepara para el segundo mandamiento del texto: «Reconozcan que yo soy Dios. ¡Yo seré exaltado entre las naciones! ¡Yo seré enaltecido en la tierra!» Solo mediante la oración puedo creer esa verdad en medio de un mundo que se confabula para suprimir a Dios, y no para exaltarlo. En un testimonio dado en las audiencias ante la Comisión de Verdad y Reconciliación de África del Sur, un ciudadano negro contó cómo clamaba a Dios mientras los oficiales blancos sujetaban electrodos a su cuerpo después de azotarlo con garrotes. Se reían en su cara. Uno de los guardias se burló diciendo: «Nosotros somos Dios aquí». Las audiencias de la Comisión dejaron al descubierto el engaño de semejante afirmación llena de arrogancia, porque los guardias, despojados ya de todo poder, ahora estaban sentados en el banquillo de los acusados con la cabeza inclinada, mientras sus acusadores desfilaban ante ellos. Habían sido destronados. El Salmo 2 muestra a Dios riéndose en los cielos, burlándose de los reyes y gobernantes decididos a rebelarse. El prisionero surafricano, o el pastor hostigado en China, o los creyentes perseguidos en Corea del Norte, tienen que dar un gran salto para lograr esa fe sublime; para creer que Dios es realmente exaltado entre las naciones.* Pienso en Pablo cantando en la cárcel de Filipos o en Jesús corrigiendo a Pilato con la verdad: «No tendrías ningún poder sobre mí si no se te hubiera dado de arriba». Incluso en ese momento de crisis, Jesús tenía esa mirada de largo alcance, esa visión procedente de unos tiempos anteriores a la existencia del sistema solar. «Quédense quietos, reconozcan que yo soy Dios»: el imperativo latino que corresponde a las palabras «quédense quietos» es vacate. Simón Tugwell explica: «Dios nos invita a tomarnos un día feriado [vacación]; a dejar de ser Dios por un momento, y permitirle que él sea Dios». Demasiado a menudo pensamos en la oración como un quehacer serio, algo que se debe programar pensando primero en otras citas; ponerlo junto a otras actividades más apremiantes. Según dice Tugwell, no captamos el sentido de estas palabras: «Dios nos está invitando a tomarnos un descanso; a hacer novillos. Podemos dejar de hacer todas esas cosas importantes que tenemos que hacer en nuestra capacidad divina, y dejar que él sea Dios». La oración me permite admitir mis fracasos, debilidades y limitaciones ante aquel que responde a la vulnerabilidad humana con una misericordia infinita. Por supuesto, dejar que Dios sea Dios quiere decir bajarme de mi propio sillón de ejecutivo. Tengo que «descrear» el mundo que he moldeado tan cuidadosamente para promover mis fines y hacer avanzar mi causa. Adán y Eva, los constructores de Babel, Nabucodonosor, los guardias sudafricanos, por no mencionar a todos los que luchan con las adicciones o incluso con el ego, han sabido bien lo que estaba en juego. Si el pecado original se remonta a dos personas que trataron de llegar a ser como Dios, el primer paso en la oración es reconocer o «recordar» a Dios; restaurar la verdad del universo. «Que sepa el Hombre que no mora en su propio mundo», dijo Milton. Extranjeros Durante varios años he tratado de ayudar a una familia japonesa, los Yokota, en su desesperada búsqueda de justicia. En 1977, Megumi, su hija de trece años, desapareció de su casa al regresar de una práctica de bádminton después de las clases. Los perros policíaolfatearon su rastro hasta una playa cercana, pero los afligidos Yokota no tenían ningún indicio que pudiera explicar la súbita desaparición de su hija. Dieciséis años más tarde, mucho después de que los Yokota se resignaran a la idea de que Megumi hubiera muerto, un desertor de Corea del Norte hizo una afirmación sorprendente: una japonesa llamada Megumi, que jugaba bádminton, vivía en Corea del Norte en un instituto de capacitación para agentes de inteligencia. Dijo que veintenas de japoneses habían sido secuestrados y obligados a enseñarles a los espías coreanos el idioma y la cultura del Japón. Reveló unos detalles que partían el corazón en cuanto al secuestro de Megumi: unos agentes la habían secuestrado, la habían envuelto en una estera, y se habían alejado remando hasta un barco espía que los esperaba, donde ella se pasó la noche arañando el casco con los dedos ensangrentados, mientras gritaba: «¡Mamá!» Por años, Corea del Norte negó tales informes, diciendo que eran invenciones. Pero frente a la presión creciente, el mismo Kim Jung II, el «líder amado» de Corea del Norte, terminó admitiendo el secuestro de trece japoneses, entre ellos Megumi. Cinco volvieron al Japón, pero los coreanos del norte insistieron en que los otros ocho, entre ellos Megumi, la cual, según dijeron, había usado en 1993 un kimono para ahorcarse. Gran parte de la información provista por Corea del Norte resultó falsa. Los Yokota se negaban a creer en los informes sobre la muerte de su hija. Por todo Japón surgieron grupos de oración para respaldar a los secuestrados. La señora Yokota viajó por todo el mundo en su búsqueda de justicia, convirtiéndose así en una de las caras más familiares en los medios de comunicación japoneses. Con el tiempo, visitó la oficina oval del presidente de Estados Unidos y le contó su historia en persona al entonces presidente George W. Bush, quien se solidarizó de su causa. En 2004, veintisiete años después de su secuestro, los coreanos del norte les dieron a los padres de Megumi tres fotografías de su hija. La más conmovedora, tomada inmediatamente después de su captura, la mostraba a los trece años todavía en su uniforme escolar japonés, con una expresión insoportablemente triste. «No pudimos impedir el llanto cuando vimos el retrato», les dijo llorando su madre a los reporteros. Otras dos fotografías la mostraban como adulta, una mujer en sus treinta y tantos años, con un abrigo de invierno. Los Yokota acariciaban los retratos una y otra vez, hallando algún solaz en el hecho de que las últimas fotografías mostraban a su hija saludable y razonablemente bien cuidada. Trataban de imaginarse la vida de Megumi. ¿Se habría reunido con otros secuestrados y conversado con ellos para no olvidarse de su lengua materna? ¿Qué la habría ayudado a recordar quién era: no una inmigrante en Corea del Norte, sino una japonesa llevada cautiva contra su voluntad? ¿Habría tratado de enviarles algún mensaje a ellos de forma subrepticia? ¿Habría intentado escapar? ¿Qué recuerdos retendría de su vida en Japón y de su experiencia como hija? ¿Cuántas veces habría mirado hacia el archipiélago japonés y hojeado los periódicos en busca de noticias sobre su país? Dios te bendiga, niña REINER ¡Qué bien recuerdo mi primera oración real! Un líder juvenil estaba explicándole a mi amigo Udo cómo llegar a ser creyente. «Arrodillémonos aquí mismo», dijo. «¿Y tú, Reiner? ¿Quieres también convertirte en creyente?» Sin pensarlo dije que sí, y oré como él nos instruyó. Fue una experiencia inolvidable que me cambió para siempre. Miré a las estrellas del cielo y me sentí conectado con el universo. A los doce años había hallado mi lugar, una identidad nueva por completo. Pocos minutos más tarde volví a la tierra cuando mi madre me gritó por haber llegado a casa tan tarde. Traté de explicarle, pero ella no podía entender. Para ella las oraciones eran recitaciones formales que uno oye en la iglesia, nada tan personal. Por tres días no comí. «Todo lo que hace es pensar en Dios», se quejó mi madre. Tenía razón. Tímido e introvertido, aprendí a orar en voz alta escuchando a otros, aprendiendo sus frases, figurándome cuándo intervenir y cuándo quedarme en silencio. La oración parecía una clase de destreza social. De modo extraño, se hizo más fácil cuando viajé de Alemania a Estados Unidos para estudiar. Orar en mi nuevo lenguaje, el inglés, me obligó a ser más consciente y auténtico. No podía retroceder a los viejos patrones y frases familiares. Con el tiempo llegué a ser pastor. Al escuchar a la gente contar sus tribulaciones y problemas humanos, trataba de responder con algún consuelo. A veces me quedaba con la impresión de que las palabras que les decía en tales momentos se convertían en una oración. Me percaté de que alguien más que nosotros dos estaba presente. También llegué a ser padre, con una hija y un hijo. Mientras ellos dormían, iba a sus dormitorios, los santiguaba, y oraba por su futuro. Como padre tenía muy poco control. Uno tiene que descansar en Dios. Mi hijo sufre de epilepsia. Su primera gran convulsión me dejó aterrado. Llamamos a una ambulancia y lo sostuve en mis brazos mientras su cabeza se sacudía de un lado a otro, frotándole la frente, tratando de decirle palabras tranquilizadoras mientras por dentro sentía lo opuesto a la calma. De forma consciente traté de verter mi espíritu en el suyo, para apropiarme de su dolor. Dudo que me haya sentido jamás más cerca de mi hijo que durante ese primer ataque cuando lo sostuve entre mis brazos… sintiéndonos los dos tan impotentes, con tanto miedo. La oración para mí ha llegado a ser una forma de bendición. Dios te bendiga, le digo al feligrés que me cuenta su historia. Dios te bendiga, niña, digo sobre la cuna de mi hija. Dios te bendiga, diría mientras sostenía a mi hijo en convulsiones. Quiero ser un conducto de la bendición de Dios para otros. Quiero sentir esa bendición para mí mismo, en oración. A veces descanso, reposando en el amor de Dios. A veces me revuelvo y tiemblo, como mi hijo durante una convulsión. En 2004, en un viaje al Asia, se me pidió que les hablara a los grupos combinados de oración en Tokio. Me angustié al pensar en lo que podría decir para darles consuelo a la familia y los amigos interesados en su dolor. Acudí a la Biblia en busca de algo que se pudiera relacionar con la situación de los Yokota, e hice una lista de personas que habían servido a Dios en tierras extranjeras: Abram, que partió hacia una nueva tierra donde estaban Sodoma y Gomorra; José, llevado cautivo, dado por muerto, y surgiendo luego hasta alcanzar una prominente posición en Egipto; Daniel y los demás profetas que sirvieron a gobiernos enemigos en Babilonia (Irak) y después en Persia (Irán); Ester, arriesgando su vida en Persia para salvar a sus compatriotas; Pablo, llevando el evangelio a Roma encadenado, precursor de toda una legión de misioneros que encontrarían resistencia en culturas extranjeras, entre las cuales se incluían los numerosos mártires iniciales del mismo Japón. Todos estos, como Megumi, deben haber luchado por retener un recuerdo de quiénes eran: extranjeros arrastrados a una cultura nueva y extraña. El profeta Daniel desafió las órdenes del tirano para abrir su ventana y orar tres veces al día vuelto haca Jerusalén, su ciudad natal. Para él, para los otros creyentes que vivieron en tierras extranjeras, y tal vez también para Megumi, la oración era el principal recordatorio de una realidad que todo su entorno contradecía. Como canal de la fe, les servía para restaurar la verdad negada por todo lo que los rodeaba. Para nosotros la oración también puede ser ese canal. Vivimos en un planeta destrozado, caído y alejado de la intención original de Dios. Nos exige esfuerzo recordar que fuimos creados por Dios, y fe para imaginar lo que algún día seremos: el triunfo de Dios. ¿Por qué orar? Me he hecho esta pregunta casi todos los días de vida cristiana; en especial cuando la presencia de Dios me parece muy distante, y me pregunto si la oraciónes una forma piadosa de hablar conmigo mismo. Me la he hecho cuando leo teología, preguntándome de qué puede servir repetir lo que Dios con certeza debe saber. Mis conclusiones solo se irán revelando de una manera gradual, pero empiezo aquí, porque la oración ha llegado a ser para mí mucho más que una lista de peticiones que le quiero presentar a Dios. Ha llegado a ser un realineamiento de todo. Oro para restaurar la verdad del universo; para captar vislumbres del mundo y de mí mismo a través de los ojos de Dios. Cuando oro, cambio mi punto de vista, alejándolo de mi propio egoísmo. Subo por encima de la línea de los árboles y miro hacia abajo, a la pizca de polvo que soy. Contemplo las estrellas y recuerdo qué papel podré desempeñar yo, o cualquiera de nosotros, en un universo que se halla más allá de toda comprensión. La oración es el acto de ver la realidad desde el punto de vista de Dios. * Cuando un periodista le pidió a Tomás Merton que diagnosticara la enfermedad espiritual principal de nuestro tiempo, el monje dio una respuesta curiosa de una sola palabra: eficiencia. ¿Por qué? «Desde el monasterio al Pentágono, la planta tiene que funcionar… y hay poco tiempo o energía que quede después para hacer alguna otra cosa». * Una oración del siglo diecisiete de la Casa Británica de los Comunes capta la perspectiva correcta, en palabras que suenan extrañamente foráneas en el clima político de hoy: «Dios Todopoderoso, por quien solo los reyes reinan, y los príncipes decretan justicia; y de quien solo viene todo consejo, sabiduría y entendimiento; nosotros tus siervos indignos, aquí reunidos en tu nombre, de la forma más humilde te rogamos que envíes tu sabiduría celestial de arriba, para dirigirnos y guiarnos en todas nuestras consultas; y concédenos que nosotros, teniendo tu temor siempre ante nuestros ojos, y dejando a un lado todos los intereses privados, prejuicios y afectos parciales, el resultado de todos nuestros consejos, podamos darle gloria a tu nombre bendito». CAPÍTULO 3 TAL COMO SOMOS La oración que precede a todas las oraciones es: «Que sea el yo real el que habla. Que sea el tú real aquel al que le hablo». C. S. LEWIS A veces me pregunto si las palabras que uso no serán la parte menos importante de la oración. ¿Quién soy yo? ¿Quién es Dios? Si puedo responder a esas dos preguntas, las palabras que uso en mis oraciones se desvanecen. La oración me invita a bajar la guardia para presentarle el yo que ninguna otra persona conoce a plenitud, a un Dios que ya lo conoce. Hace unos pocos años recibí una carta de un lector al que llamaré Marcos. Empieza diciendo: He sufrido una enfermedad emocional muy seria toda mi vida de adulto, al borde de un desorden de mi personalidad, con la depresión que la acompaña, una ansiedad extrema y unos síntomas físicos debilitantes. Diré a manera de explicación, y no para echarle la culpa a nadie, que durante los primeros años de mi vida me vi sujeto a un ultraje emocional y sexual muy serio a manos de mi madre. Con eso basta. Pasaba después a decirme que los relatos que pongo en mis libros sobre personas que inspiran, solo le hacían sentirse peor en cuanto a sí mismo. Supongo que mi pregunta es: ¿cuál es la recompensa celestial para los que no estamos trabajando en los campos de Dios dentro de la ciudad? ¿O para los que luchan a diario con la pornografía, para los cuales es un importante avance no pasarse un día en la Internet? ¿O para el que en el momento más alto de su recuperación puede haber tenido tal vez el diez por ciento del carácter moral que posee un creyente promedio? ¿Es necesario ser un creyente servidor y saludable para recibir la gracia de Dios? El evangelio les ofrece consuelo seguro a las personas tan atormentadas como Marcos. Yo le respondí que la gracia de Dios fluye como el agua, descendiendo continuamente desde lo alto hasta lo más bajo. En verdad, al fin y al cabo, ¿cómo podríamos experimentar la gracia, de no ser por nuestros defectos? En los días de Jesús, los cobradores de impuestos, las prostitutas y las personas ceremonialmente inmundas extendían las manos para recibir la gracia de Dios, mientras que los religiosos profesionales cerraban las suyas en crispados puños. Para recibir un don gratuito, el único requisito es tener abiertas las manos. No obstante, mucho tiempo después de mi respuesta, la carta de Marcos me seguía viniendo a la mente. Le había citado las palabras del rey David: «El sacrificio que te agrada es un espíritu quebrantado», y ciertamente, hay ocasiones en las que me apoyo en esa seguridad. Sin embargo, no todas las personas se hallan al borde de un desorden de personalidad, ni todas las personas viven con dudas crónicas acerca de sí mismas. ¿Debemos permanecer siempre sumidos en nuestros fracasos delante de Dios? ¿Cuál es el estado natural que todos compartimos cuando nos acercamos a Dios? ¿Cómo podemos asegurarnos de que es «el yo real» quien está orando? La culpa Los libros que aconsejan sobre la oración insisten en la confesión. Hay quienes llegan pronto a humillarse a sí mismos, sintiendo lo que un autor llamó «el deseo de poner mi personalidad a los pies de alguien, como un cachorrito deposita una pelota llena de baba». He conocido a personas como Marcos, que anhelan el bálsamo sanador de la gracia. Les hablo con deleite sobre las tiernas misericordias de Jesús, que no rechazaba a nadie; que abrazaba al hambriento, al sediento y al que sufre… en otras palabras, a los desesperados. Para otros, y yo soy el primero de la fila, es un doloroso proceso el hecho de ser despojados de la ilusión, de permitir que la resplandeciente luz de la verdad de Dios nos revele quiénes somos en realidad. ¿Qué hace que la confesión sea tan necesaria? Para tener una perspectiva, recuerdo lo que veía desde la cresta de la montaña cuando miraba hacia abajo y veía aquellas diminutas manchas tan distantes, y mucho más lo que sería ver el planeta Tierra desde el otro lado de Andrómeda. Empiezo con la confesión, no para sentirme desdichado, sino más bien para traer a la mente una realidad que a menudo paso por alto. Cuando reconozco dónde me encuentro con respecto a un Dios perfecto, esto restaura para mí el verdadero estado del universo. Sencillamente, la confesión establece las reglas básicas adecuadas de las criaturas con respecto a su Creador. El conocido pastor Haddon Robinson empieza casi todos sus sermones con esta misma confesión muy breve: «Dios mío, si estas personas supieran de mí lo que tú sabes, no escucharían ni una sola palabra de lo que digo». Además de ser buena teología, la confesión es buena sicología.* Al fin y al cabo, la oración es la moneda usada en una buena relación personal. Como muchos otros esposos, tuve que aprender en mi matrimonio que los problemas reprimidos no desaparecen. Lo que sucede es lo opuesto. Traía a colación una ofensa o algún malentendido de poca importancia que se produjo varias semanas o varios meses atrás, solo para descubrir que ya no era poco importante. En las relaciones personales, como en el cuerpo físico, una espina que se halla cerca de la piel puede salir por sí misma; en cambio, una infección interna enterrada profundamente y sin atención amenaza la salud e incluso la vida. Cuando Jesús logró penetrar a través del caparazón de los fariseos, que estaban entre las personas más religiosas de sus tiempos, ellos quisieron deshacerse de él. La verdad duele. Sin embargo, no puedo recibir sanidad a menos que acepte el diagnóstico de Dios, según el cual estoy herido. Dios siempre sabe quiénes somos; nosotros somos los que debemos hallar la manera de vérnoslas con nuestro propio yo. El Salmo 139 clama: «Examíname, oh Dios… Fíjate si voy por mal camino». Para dejar de engañarme a mí mismo, necesito la ayuda del Dios que todo lo sabe, con el fin de sacar a la luz transgresiones ocultas como el egoísmo, el orgullo, el engaño o la falta de compasión. Siempre que me deprimo por mi falta de progreso espiritual, me percato de que mi mismo desaliento es una señalde progreso. Percibo el creciente alejamiento de Dios, principalmente porque tengo una idea más clara de lo que él desea, y de lo lejos que estoy de alcanzarlo. Por eso le pude responder a Marcos con unas palabras de esperanza. Como el alcohólico en recuperación, debido a su debilidad y a su falta casi total de esperanza, él había llegado a tropezones a un estado más accesible a la gracia y la sanidad de Dios. No necesitaba atravesar las dolorosas etapas que se necesitan para humillarse a sí mismo, porque las circunstancias de su vida ya lo habían logrado. Walter Wangerin hijo habla de una ocasión, a principios de su matrimonio, en la que había ofendido en algo a su esposa Thanne. Aunque él estaba estudiando en el seminario con la esperanza de llegar a ser pastor, siempre había evitado orar en voz alta con ella. La oración le parecía un acto demasiado íntimo; demasiado personal. Esta vez, una oleada de culpa barrió con su timidez, y aceptó hacerlo. Se quedaron acostados por un tiempo el uno al lado del otro en la cama, cada uno esperando que el otro empezara. Walt empezó con una oración con el estilo formal de los himnos; algo parecido a lo que había aprendido en el seminario. Después de un instante de silencio oyó la voz sencilla y clara de Thanne hablando de forma humilde, conversando con Dios acerca de él, de su esposo. Al escucharla, se echó a llorar. Su culpa se disolvió, y aprendió que la humillación no era un fin en sí misma, sino un paso necesario para la sanidad. Jesús les advirtió a sus discípulos que no oraran como los hipócritas, a los que les encanta hacer alarde en público; ellos debían entrar en su cuarto y orar a puertas cerradas al Padre, que es el único que ve lo que se hace en secreto. Sus instrucciones han sido un enigma para algunos comentaristas, que hacen la observación de que las casas eran de una sola habitación en los tiempos de Jesús, tal vez incluso la suya propia, y no tenían cuartos personales. Jesús debe haber estado usando una figura retórica para sugerir que construyamos un cuarto imaginario; un santuario del alma que favorezca una franqueza total ante Dios. Aunque no necesito hallar un recinto literal, de alguna manera debo asegurarme de que mis oraciones me brotan del corazón y no son un simple espectáculo. Eso sucede con mayor facilidad en un cuarto cerrado, pero también puede suceder en una iglesia llena de personas, o mientras estamos sentados con nuestro padre anciano en un asilo, o acostados junto a nuestro cónyuge en la cama. Desvalido El teólogo noruego Ole Hallesby decidió que basta con la palabra desvalido para hacer el mejor resumen de la actitud que debe tener el corazón cuya oración acepta Dios. «El que tome la forma de palabras o que no la tome, no significa nada para Dios, sino solo para nosotros mismos», añade. «Solo el que se siente desvalido puede orar de verdad». ¡Qué piedra de tropiezo! Casi desde que nacemos aspiramos a ser autosuficientes. Los adultos celebran como un triunfo cada ocasión en que los niños aprenden a hacer algo por sí mismos: ir al baño, vestirse, cepillarse los dientes, anudarse los cordones de los zapatos, montar en bicicleta o ir caminando a la escuela. Cuando el niño insiste con obstinación: «¡Lo hago yo mismo!», el padre y la madre se enorgullecen en secreto de ese espíritu independiente, aunque el hijo termine armando un caos al tratar de hacer solo esa tarea. De adultos, nos gusta orar a nuestra propia manera, vivir en nuestra propia casa, tomar nuestras propias decisiones y no depender de ayuda externa alguna. Miramos con desdén a los que viven de la beneficencia pública o de la caridad. Si nos tenemos que enfrentar a un reto inesperado, buscamos libros de «autoayuda». Mientras tanto, estamos descartando de modo sistemático la actitud del corazón que es la más deseable para Dios y la que mejor describe nuestra verdadera posición en el universo. «Separados de mí no pueden ustedes hacer nada», les dijo Jesús a sus discípulos, clara realidad que nosotros siempre estamos tratando de negar. Por supuesto, lo cierto es que yo no soy autosuficiente. Cuando estaba en primer grado, detestaba que la maestra se pusiera junto a mí para corregir mis tropiezos en la lectura: ¡Quería «hacerlo yo mismo»! Pero si la maestra no hubiera asumido el papel que le correspondía, tal vez yo nunca habría aprendido a leer libros, y mucho menos a escribirlos. De adulto, dependo de los servicios públicos que me ofrecen electricidad y combustible, de los fabricantes de vehículos que me ofrecen transporte, de los agricultores y granjeros que me dan de comer, de los pastores y mentores que me alimentan espiritualmente. Vivo en una red de dependencia, en el centro de la cual está el Dios en el cual todas las cosas subsisten. La oración me obliga a captar una visión de mi verdadero estado. En palabras de Henri Nouwen: «Orar es andar bajo la plena luz de Dios, y decirle sencillamente, sin trabas: “Yo soy humano y tú eres Dios”. En ese momento se produce la conversión; la restauración de la verdadera relación. El ser humano no es alguien que de vez en cuando comete una equivocación, y Dios no es alguien que perdona una que otra vez. No; los seres humanos son pecadores y Dios es amor». La mayoría de los padres sienten dolores como de parto cuando su hijo o hija supera la dependencia, aun cuando saben que el crecimiento es saludable y normal. Con Dios, las reglas cambian. Yo nunca superaré la dependencia, y si pienso que lo he logrado, me engaño a mí mismo. Pedir ayuda es la raíz de la oración: el Padrenuestro consiste en una serie de peticiones. La oración es una declaración de nuestra dependencia con respecto a Dios. Un personaje en una de las novelas de Henry Adams clama en su frustración: «¡Por qué la iglesia tiene que apelar siempre a mi debilidad y nunca a mi fortaleza!» Puedo pensar en varias razones. En un mundo que glorifica el éxito, la admisión de debilidad desarma el orgullo, al mismo tiempo que nos prepara para recibir la gracia. Mientras tanto, la misma debilidad que nos impulsa a orar se convierte en una invitación para que Dios nos responda con compasión y poder. Cómo llevar secretos JOHN He estado trabajando con personas de la calle, en su mayoría indigentes, por casi veinticinco años. Ayudo en la administración de un café en donde ellos pueden entrar, y luego los domingos tenemos un pequeño culto de iglesia urbana en el segundo piso. Nunca sabemos lo que va a suceder allí. Algunos huelen mal, las personas trastornadas oran demasiado largo, y los visitantes entran y salen del culto. La otra semana una persona oró: «Gracias, Señor, por el Metamucil», y otro respaldó: «Eso es 10-4, Dios». Me sorprendí al enterarme de cuántas personas de la calle son fundamentalistas, por lo menos aquellos que aducen algún tipo de fe. No es de sorprenderse: las misiones a las que asisten predican una dieta continúa de mensajes apocalípticos, y muchas personas de la calle llevan consigo alguna noción de un Dios cruel desde su infancia. Hay una abundancia de vergüenza e indignidad por todos lados. Tengo la teoría de que tanto las personas de la calle como los fundamentalistas sufren de desórdenes de apego. De alguna manera en la infancia nunca aprendieron a vincularse con sus padres y tampoco a relacionarse con Dios. ¿Cómo puede uno confiar en otra persona con la que uno está, mucho menos con Dios? Mis amigos de AA nos dicen que estamos tan enfermos como nuestros secretos. Conozco a muchos con secretos oscuros, y ninguna parte adónde llevarlos. Algunos pierden la cordura, y enloquecen literalmente, porque no pueden aguantar estar solos con sus pensamientos y secretos oscuros. O se emborrachan, o se drogan. Un conocido mío tenía un ministerio en las calles apenas a unas cuadras de distancia. Él tenía secretos acerca de algunos fracasos en su pasado y presiones financieras en su presente que nunca se los dijo a nadie. Estaban embotellados dentro de él. Un día su esposa entró por la puerta del frente y halló su cuerpo colgando de una soga.No puedo decirles el golpe que esto significó para las personas a las que ministró. Ellos mismos a duras penas se aferraban a la vida, y entonces su pastor se suicidó… Todos tenemos nuestros secretos. Los que tenemos la suficiente dicha de tener un cónyuge, un amigo, o alguien en el que podemos confiar, tenemos con quién compartir nuestros secretos. Si no, por lo menos tenemos a Dios, que sabe nuestros secretos antes de que nosotros los contemos. El hecho de que todavía estamos vivos muestra que Dios tiene mucha más tolerancia por cualquier cosa que esos secretos representen de la que nosotros podemos acreditarle. Si tengo el concepto debido acerca de los desórdenes de apego, el mejor ministerio que puedo ofrecer es una relación personal de larga duración. Les digo a las personas que estoy con los pobres todo el día, y eso lo resume. Espero que con el correr de los años y las décadas aprendan a confiar en mí como alguien que puede manejar sus secretos. Y espero que la confianza gradualmente se desborde hacia Dios. Les digo a las personas que encuentran a indigentes en las calles y están confusas en cuanto a cómo responder, que el contacto visual y un oído que escucha pueden ser más importantes que la comida, el dinero o los versículos bíblicos. Necesitan conectarse de alguna manera pequeña con otro ser humano. Un poeta alemán escribió un poema sobre los pobres. Es en realidad una oración: Hazlo de modo que los pobres ya no sean despreciados y desechados. Míralos estando por allí, como flores silvestres, que no tienen ningún otro lugar donde crecer. El Señor levanta a los caídos y sostiene a los agobiados. En la presencia del Gran Médico, mi contribución más adecuada son mis propias heridas. Humilde En unas palabras que se aplican directamente a la oración, Pedro dice: «“Dios se opone a los orgullosos, pero da gracia a los humildes”. Humíllense, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él los exalte a su debido tiempo. Depositen en él toda ansiedad, porque él cuida de ustedes». Observa la progresión: la humildad, al nosotros dejar de lado nuestras pretensiones, hace posible que Dios nos levante. Si trato de ser fuerte, es posible que llegue incluso a bloquear el poder de Dios. El relato de Jesús sobre el fariseo y el cobrador de impuestos traza un agudo contraste entre una oración de superioridad movida por una falsa piedad, que Dios rechaza, y una oración de desesperación —«¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!»— que Dios recibe con los brazos abiertos. Esta es la conclusión que sacó Jesús de su relato: «Pues todo el que a sí mismo se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido». Por un tiempo yo no valoraba la humildad, que confundía con una imagen negativa de mí mismo. Los creyentes humildes parecían arrastrarse, eludiendo los elogios con una actitud de «No soy yo, es el Señor». Sin embargo, desde entonces he podido ver cómo funciona la verdadera humildad en las personas que más admiro. Para ellos la humildad es una decisión continua de atribuirle a Dios, y no a ellos mismos, sus dones naturales, y de usar después esos dones al servicio de Dios. Mi primer jefe, Harold Myra, manifestaba humildad en la manera bondadosa y paciente con que me trataba, siendo yo un escritor joven todavía en pañales. Nunca hizo ningún cambio editorial sin convencerme de forma meticulosa de que aquel cambio mejoraría realmente mi trabajo. Él veía como misión suya, no solo mejorar las palabras, sino también mejorar a los escritores, y solo podía hacerlo si recorría conmigo los pasos que llevaban a la corrección editorial que él proponía. Otros de mis héroes manifestaron su humildad al buscar un grupo soslayado y marginado. Pienso en el doctor Paul Brand, un joven médico prominente que se ofreció como voluntario para ser el primer cirujano ortopédico que trabajó en la India con los leprosos, muchos de los cuales pertenecían a la casta de los intocables. O en Henri Nouwen, profesor en Yale y Harvard, que dejó esas instituciones para convertirse en capellán de unas personas que tenían solo una fracción del cociente intelectual que tenían sus estudiantes: los pacientes con limitaciones mentales de los hogares de l’Arche en Francia y Canadá. Cuando conocí a estos dos hombres, ellos me demostraron cómo un paso hacia abajo puede conducir al éxito que más importa. Todos Estados Unidos contemplaron cómo el presidente Jimmy Carter le hizo frente a la humillación de perder una elección y al subsiguiente desapego de su propio partido. Habiendo sido en un tiempo la persona más poderosa del mundo, decidió no dedicarse a jugar golf y hacer circuitos de programas con entrevistas, y dedicó su retiro a causas como las de ayudar a los pobres de África y construir casas de «Hábitat para la humanidad». Las culturas de la Grecia y la Roma antiguas no favorecían la humildad, y admiraban más bien como valores los logros y la autosuficiencia. Hoy también, una cultura moderna centrada en las celebridades enfoca con sus luces al multimillonario que se deleita en despedir a las personas, y también a las supermodelos, los músicos de rap vanidosos y los atletas jactanciosos. El teólogo Daniel Hawk dice: «El problema humano básico es que cada cual cree que hay un Dios, y ese es él mismo». Necesitamos un fuerte correctivo, y para mí la oración ofrece ese mismo correctivo. ¿Por qué valorar la humildad en nuestro acercamiento a Dios? Porque refleja con precisión la verdad. Sobre la mayor parte de lo que soy —mi nacionalidad y lengua materna, mi raza, mi apariencia y constitución física, mi inteligencia, el siglo en el que he nacido, el hecho de que todavía estoy vivo y con relativa salud— tengo escaso control, o tal vez ninguno. En una escala mayor, tampoco puedo afectar a la rotación del planeta Tierra, ni la órbita que lo mantiene a una distancia adecuada del sol para que no nos congelemos ni nos quememos, o las fuerzas gravitacionales que de alguna manera mantienen girando nuestra galaxia dentro de un exquisito equilibrio. Hay un Dios, y yo no soy ese Dios. La humildad no quiere decir que me arrastre ante Dios, como los funcionarios de las cortes de Asia, que solían arrastrarse por el suelo como gusanos en presencia de su emperador. Significa más bien que en la presencia de Dios, atisbo mi verdadera posición dentro del universo, y eso basta para dejar al descubierto mi pequeñez, al mismo tiempo que revela la grandeza de Dios. La duda En una de sus parábolas más breves, Jesús describió a un hombre que buscaba un tesoro en un terreno. Con demasiada frecuencia me centro en el hecho de que el tesoro está oculto y para excavarlo hay que trabajar. Demasiado a menudo me enfoco en la condición oculta del tesoro y en el trabajo que exige excavarlo. En las creencias cristianas hay muchas cosas que parecen oscuras: Dios oculto como bebé en un pesebre, oculto también en las palabras sagradas compuestas principalmente por judíos a través de su tormentosa historia, y luego, de la manera más improbable, en la Iglesia, una institución que no es ni más santa ni más sobrenatural que… bueno, yo mismo. Sigo hurgando, buscando maneras de explicar una doctrina como la Trinidad, de modo que mis amigos judíos y musulmanes puedan captarla alguna vez. Pongo en tela de juicio el precio del lento plan de Dios para nuestra redención y «re-creación»: ¿En realidad vale la pena todo ese dolor, incluso el de Dios mismo? ¿Por qué Dios puso en marcha un plan de rescate para la especie humana, y no para los ángeles caídos? ¿Determinarán de verdad la manera en que voy a pasar la eternidad mis pocas décadas de estancia en este planeta? Ich bete wieder, du Erlauchter RAINER MARIA RILKE, DE RILKE’S BOOK OF HOURS: LOVE POEMS TO GOD [LIBRO DE HORAS DE RILKE: POEMAS DE AMOR A DIOS] Estoy orando de nuevo, oh Asombroso. Óyeme de nuevo, mientras las palabras desde lo más hondo de mí se elevan hacia ti en el viento. He sido destrozado, despedazado por el conflicto, burlado por la risa, hundido en la bebida. En los callejones helogrado levantarme de la basura y los vidrios rotos. Con la mitad de mi boca tartamudeo ante ti, que eres eterno en tu simetría. Levanto hacia ti mis medias manos en un ruego sin palabras, para que pueda hallar de nuevo los ojos con los que una vez te contemplé. Soy una casa devastada por el fuego en donde solo la culpa a veces duerme antes del castigo que la devora persiguiéndola para sacarla a la luz. Soy una ciudad junto al mar hundiéndome en una oleada tóxica. Soy un extraño para mí mismo, como si algún desconocido hubiera envenenado a mi madre mientras me llevaba en su vientre. Es aquí en todos los pedazos de mi vergüenza que ahora me hallo yo mismo otra vez. Anhelo pertenecer a algo, que me contenga una mente que lo abarca todo y que me ve como una sola cosa. Anhelo ser abrazado en las grandes manos de tu corazón; oh permíteles tomarme ahora. En ellas coloco esos fragmentos, mi vida, y tú, Dios, gástalos de la manera que quieras. En un viaje al Japón me hallaba una noche tarde en el estudio de un pastor en una de las iglesias más grandes de Tokio (lo cual no dice mucho, puesto que la congregación promedio cuenta con unas treinta personas, en una nación donde los cristianos son apenas el uno por ciento de la población). Había llegado por avión esa mañana y ya había pasado por un riguroso día de reuniones. Quería irme a mi habitación del hotel para dormir, pero la hospitalidad japonesa exigía esta visita de cortesía. El pastor sacó una pila de papeles, y mediante un intérprete, me contó que durante toda su carrera se había preocupado por un asunto, pero que tenía temor de hablar con alguien al respecto. ¿Lo podría escuchar yo? Asentí para que continuara y busqué una taza, rompiendo mi norma de no tomar café tarde en la noche. Durante los veinte minutos siguientes, sin interrupción, el pastor descargó la agonía que sentía por el noventa y nueve por ciento de los japoneses que no habían recibido a Jesús. ¿Arderían todos ellos en el infierno debido a su ignorancia? Él había oído hablar de algunos teólogos que creían que las personas tienen una segunda oportunidad después de la muerte, y conocía los misteriosos pasajes de 1 Pedro acerca de que Jesús les predicó a los que estaban en el Hades. Algunos teólogos que él había leído, parecían creer en la salvación universal, aunque ciertos pasajes de la Biblia indicaban lo contrario. ¿Le podría ofrecer yo alguna esperanza? Pensando en voz alta, mencioné que Dios hace que el sol salga sobre justos e injustos, y que no quiere que ninguno perezca. El Hijo de Dios gastó sus últimas fuerzas orando por sus enemigos. Conversamos sobre la idea del infierno que presenta la intrigante fantasía de C. S. Lewis llamada El gran divorcio, en la cual presenta a personas como Napoleón a quienes se les había ofrecido una segunda oportunidad después de la muerte, pero habían optado por rechazarla. Entonces Dios les decía muy a su pesar «Hágase tu voluntad» a los que optaban por ese rechazo final. Por fin le dije: «No sé la respuesta a sus preguntas, pero tengo la certeza de que al final de los tiempos, nadie podrá presentarse ante Dios para decirle: “¡Fuiste injusto!” Cualquiera que sea la manera en que se resuelva la historia, se resolverá del lado de la justicia, atemperada por la misericordia». Como Job, yo no había llegado a esa conclusión mediante la observación o la argumentación, sino a través de un encuentro. «Seguramente Dios será capaz de entender mis dudas en un mundo como este, ¿verdad?», preguntaba la prisionera holandesa Etty Hillesum desde un campo de concentración nazi. Pienso que Dios las entenderá, en parte porque en la revelación de Dios para nosotros se incluyen expresiones elocuentes de esas mismas dudas. Desafío a los escépticos a hallar un solo argumento usado contra Dios por los grandes agnósticos, como Voltaire, David Hume y Bertrand Russell, que no esté ya incluido en libros bíblicos como Habacuc, Salmos, Eclesiastés, Lamentaciones, y sí, Job. Estos fuertes pasajes de la Biblia expresan la angustia del distanciamiento, del dolor y la traición, de una vida que no tiene sentido, de un Dios que parece no preocuparse de uno, o que tal vez ni siquiera exista. Más importante todavía es que estas acusaciones que se encuentran en la misma Biblia están enmarcadas como oraciones. La oración me concede un lugar para que traiga mis dudas y quejas; en suma, mi ignorancia, y las sujete a la luz cegadora de una realidad que no puedo captar, pero puedo en la que aprender a confiar, aunque sea a tropezones. La oración es personal, y mis dudas toman una forma diferente cuando llego a conocer a la Persona a quien las traigo. Durante muchos años no supe ver lo que quería decir Jesús con su parábola. Aquel hombre podría haber trabajado para sacar el tesoro escondido en el campo, pero «lleno de alegría fue y vendió todo lo que tenía y compró ese campo». Después de ese descubrimiento, dudo que haya insistido mucho en el esfuerzo que significaba excavar. La sinceridad Estaba dando una clase en una iglesia de Chicago cuando una joven levantó la mano para hacerme una pregunta. Sabía que era una estudiante tímida, meticulosa, que asistía con fidelidad a las clases, pero que nunca hablaba. El resto de la clase pareció sorprenderse también, y la escuchó con atención. Empezó diciendo: «No siempre soy sincera cuando oro. A veces me parece algo forzado, más parecido a un rito. Me limito a repetir palabras. ¿Oye Dios esas oraciones? ¿Debo continuar, aunque no tenga la confianza de estar haciendo las cosas como es debido?» Dejé que el salón se quedara en silencio por un momento antes de intentar una respuesta. «¿Notaste lo callados que estamos?», le pregunté. «Todos percibimos tu sinceridad. Hace falta una gran valentía de tu parte hacerte así tan vulnerable, y nos has tocado un nervio a todos los que estamos en este salón. Pareces sincera, a diferencia, por ejemplo, de un vendedor, a quien le pagan por dar su discursito. Nosotros nos sintonizamos y te escuchamos con respeto, porque estás actuando con autenticidad. Con Dios, me imagino que es lo mismo. Más que cualquier otra cosa, Dios quiere tu yo auténtico». Los japoneses, famosos por su personalidad inescrutable, tienen dos palabras que dan indicios de la división que hay en la persona humana. Existen el tatemae, la parte exterior de mí mismo que dejo que las personas vean, y el jong ne, que tiene lugar en el interior de la persona, donde nadie puede ver. Tal vez necesitaríamos tres palabras: una para la imagen de nosotros mismos que proyectamos ante nuestros colegas en el trabajo, los cajeros del supermercado y otros que solo son conocidos; otra para las partes más vulnerables de nuestro yo, que hacemos visibles ante ciertos miembros escogidos de nuestra familia y nuestros mejores amigos, y una tercera para esos lugares secretos que nunca damos a conocer. Ese tercer lugar es el que Dios nos invita a abrirle por completo en la oración. La oración le da lugar a lo que no se puede decir; a esos compartimentos secretos de vergüenza y remordimiento que sellamos para que no los vea el mundo externo. En vano a veces levanto barreras para mantener fuera a Dios, ignorando en mi tozudez el hecho de que él mira el corazón, penetrando más allá del tatemae y del jong ne, hasta donde ninguna persona puede ver. Dios le informó al profeta Samuel: «Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón». En verdad, lo que pienso y siento cuando oro, más que las palabras que digo, tal vez sea mi oración real, porque Dios «oye» eso también. Toda mi vida mental tiene lugar ante la presencia de Dios. (Salmos 139:4, 7–8: «No me llega aún la palabra a la lengua cuando tú, Señor, ya la sabes toda… ¿A dónde podría huir de tu presencia? Si subiera al cielo, allí estás tú; si tendiera mi lecho en el fondo del abismo, también estás allí».) Conforme voy aprendiendo a darles voz a esos secretos, el poder que tienen sobre mí se va derritiendo misteriosamente. Sé loque sucede en las relaciones humanas cuando permanezco a un nivel superficial. Con los amigos superficiales hablo del tiempo, los deportes, los conciertos venideros y las películas, manteniéndome todo el tiempo fuera de lo que importa más: la ofensa reprimida, los celos ocultos, los resentimientos por la conducta grosera de sus hijos o las preocupaciones por el bienestar espiritual. Como resultado, esa relación no va a ninguna parte. Por otro lado, las relaciones personales se van haciendo más profundas a medida que les confío mis secretos a mis amigos. De la misma manera, a menos que me abra con Dios acerca de mi amargura por una oración no contestada, mi aflicción por una pérdida, mi sentido de culpa por no haber sabido perdonar, o de una desconcertante sensación de que él no se halla presente, mi relación con él tampoco irá a ninguna parte. Puedo continuar yendo a la iglesia, cantando himnos y cantos de alabanza, incluso dirigiéndome a Dios cortésmente por medio de unas oraciones formales, pero nunca superaré la barrera de la intimidad. «Debemos poner delante de él lo que está en nosotros; no lo que debería estar en nosotros», escribió C. S. Lewis. Para decirlo de otra manera, le debemos confiar a Dios lo que Dios ya sabe. Una amiga de Canadá me escribió para decirme que durante mucho tiempo de su vida, ella se avergonzaba de tener emociones negativas como la tristeza, el temor y la cólera. Trataba de reprimirlas, pero se daba cuenta de que todo falso intento de cambiar las emociones negativas por otras más positivas significaría estar fingiendo que no sentía lo que estaba sintiendo en realidad. Así que llegó a esta conclusión: Y hacer eso delante de Dios es un desperdicio de tiempo. Así que, en lugar de avergonzarme o de fingir, estoy tratando de vérmelas con mis emociones y traerlas ante Dios con sinceridad. He llegado a darme cuenta de que no voy a dejar de sentir emociones, y tal vez emociones fuertes, porque así es como estoy hecha. Soy emocionalmente rica; tengo una elevada cuenta en el banco emocional de la cual puedo hacer retiros. Sin embargo, debo aprender a vivir del modo correcto en medio de mis fluctuantes emociones, y estoy convencida de que Dios me puede enseñar a hacerlo. Expuesto Se me ocurrió un día que aunque a menudo me preocupo de si percibo o no la presencia de Dios, pienso muy poco en si Dios percibe mi presencia. ¿Desnudo las partes más profundas, más ocultas de mí mismo, cuando acudo a Dios en oración? Solo cuando lo haga me descubriré a mí mismo como soy en verdad, porque solo la luz de Dios me puede revelar eso. Me siento desnudo ante esa luz, y veo una persona muy diferente a la imagen que cultivo para mí mismo y para todos los que me rodean. Solo Dios conoce los motivos egoístas que hay detrás de todos mis actos, el nido de víboras que son la lujuria y la ambición, las heridas abiertas que paradójicamente me impulsan a parecer sano. La oración me invita a traer toda mi vida ante la presencia de Dios para limpiarla y restaurarla. Ponerse a sí mismo al descubierto nunca es fácil, pero cuando lo hago, aprendo que debajo de las capas de mugre se encuentra una obra de arte dañada que Dios anhela reparar. «No podemos hacerlo a él visible para nosotros, pero podemos hacernos a nosotros mismos visibles para él», dijo Abraham Joshua Heschel. Yo lo intento con vacilación, vergüenza y temor, pero cuando lo hago, percibo que esas restricciones se disuelven. Mi temor al rechazo da paso al abrazo de Dios. De algún modo, en una manera en la que solo puedo confiar aunque no la entienda, el que yo le presente los detalles íntimos de mi vida es algo que agrada al Señor. «¿Puede una madre olvidar a su niño de pecho, y dejar de amar al hijo que ha dado a luz? Aun cuando ella lo olvidara, ¡yo no te olvidaré! Grabada te llevo en las palmas de mis manos». Pienso en la manera en que las madres consienten a sus infantes, los cuales les ofrecen tan poco en pago. La madre está pendiente de todo estornudo, todo movimiento de la cabeza y guiño de los ojos, todo quejido y sonrisa de su bebé, como si estuviera estudiando para un examen sobre la conducta infantil. Si una madre humana reacciona con un amor tan absorbente, cuánto más Dios. Nosotros los humanos somos la única especie de la Tierra con la que Dios puede sostener una conversación. Solo nosotros podemos expresar alabanza o remordimiento. Solo nosotros podemos formar palabras en respuesta al milagro de la vida, y también a su tragedia. No nos atrevamos a devaluar este papel exclusivo dentro del cosmos que consiste en darles existencia a las palabras… a unas palabras dirigidas a nuestro creador. Y Dios inclina con anhelo su oído hacia estas palabras.* David Ford, profesor de Cambridge, le preguntó a un sacerdote católico cuál era el problema que había escuchado con mayor frecuencia en sus veinte años de oír confesiones. Sin titubear, el sacerdote le respondió: «Dios». Muy pocos de los feligreses que se iban a confesar con él se comportaban como si Dios fuera un Dios de amor, perdón, ternura y compasión. Lo veían como alguien ante quien acobardarse, no como alguien como Jesús, digno de nuestra confianza. Ford comenta: «Tal vez esta sea la verdad más dura de captar. ¿Nos despertamos cada mañana sorprendidos porque Dios nos ama? … ¿Permitimos que guíe nuestro día el deseo que tiene Dios de relacionarse con nosotros?». Leyendo las preguntas de Ford, me doy cuenta de que mi imagen de Dios determina más que cualquier otra cosa mi grado de sinceridad en la oración. ¿Le confío a Dios mi yo desnudo? Tal vez me esconda tontamente, por temor a que Dios se enfade, aunque en realidad el que nos escondamos tal vez sea precisamente lo que más le desagrada a Dios. De mi lado, me parece que he levantado esa pared para protegerme a mí mismo; del lado de Dios, le parece a él una falta de confianza. Comoquiera que sea, la pared nos sigue manteniendo separados, hasta que yo reconozca mi necesidad y el inmenso deseo que tiene Dios de resolverla. Cuando por fin me acerco a Dios con temor y temblor, no encuentro a un tirano, sino a un Dios de amor. El apóstol Pablo oraba diciendo: «Que, arraigados y cimentados en amor, puedan comprender, junto con todos los santos, cuán ancho y largo, alto y profundo es el amor de Cristo». Dudo que Pablo elevara esta oración solo una vez; en cuanto a mí, tengo que repetirla todos los días. Es posible que la razón de ser más grande que tenga la oración sea permitir que Dios ame a nuestro yo verdadero. [Dios] No nos trata conforme a nuestros pecados ni nos paga según nuestras maldades. Tan grande es su amor por los que le temen como alto es el cielo sobre la tierra. Tan lejos de nosotros echó nuestras transgresiones como lejos del oriente está el occidente. Tan compasivo es el Señor con los que le temen como lo es un padre con sus hijos. Él conoce nuestra condición; sabe que somos de barro. SALMOS 103:10–14 * Como Frederick Buechner anota, Dios les hizo a Adán y Eva dos penetrantes preguntas después del primer acto de desobediencia de ellos: «¿Dónde estás?» y «¿qué es lo que has hecho?» Los terapistas, comenta, han estado haciendo las mismas preguntas desde entonces. «¿Dónde estás?» expone la realidad presente. Están escondidos, desnudos, destrozados por sentimientos nunca antes conocidos de culpa y vergüenza. «¿Qué es lo que has hecho?» expone el pasado. En su encuentro con Adán y Eva, Dios expone las consecuencias de la conducta de ellos y luego les provee de ropa para equiparlos para el nuevo estado que se han acarreado encima. «No pueden retroceder, pero sí pueden seguir adelante vestidos de una manera nueva», dice Buechner; lo cual es el resultado que cualquier buen terapista espera lograr. * En El paraíso perdido de John Milton, un Adán y una Eva caídos vagan por la tierra desconsolados, preguntándose por sus obras que han parecido sacar al planeta entero de su eje, cuestionándose si Dios alguna vez se inclinará hacia ellos. Entonces Adán ve un rayo de esperanza: Porque, desde que busqué Enoración a la Deidad ofendida apaciguar, Arrodillado y ante él humillado todo mi corazón, A mi parecer le vi apaciguado y tierno, Inclinando su oído; la persuasión en mí creció De que fui oído con favor; la paz volvió De nuevo a mi pecho. CAPÍTULO 4 EL DIOS QUE ES Quien uno cree que Dios es, no se revela con más exactitud en algún credo, sino en la manera en que uno habla con él cuando nadie más lo está escuchando. NANCY MAIRS En una visita a Nepal compré un molinillo de oración. Con la forma de un rodillo y engastado con piedras de colores, tiene un mango sujeto a un cilindro equilibrado que gira y gira a causa de la fuerza centrífuga cuando yo hago girar mi muñeca. Desatornillando la tapa, se encuentra dentro una compleja oración escrita en letras manuscritas nepalesas. Los budistas devotos de Nepal creen que cada rotación del molinillo envía una oración al cielo. En el exterior de sus templos de cúpulas doradas hay sacerdotes que hacen girar versiones gigantes de estos molinillos todo el día. (Los budistas duchos en tecnología descargan oraciones en los discos duros de sus computadoras, que giran como a cinco mil cuatrocientas revoluciones por minuto.) En Japón observé que visitaban un santuario sintoísta unos hombres y mujeres bien vestidos. Hay un cobrador que acepta tarjetas de Visa y American Express, comodidad importante, puesto que los adoradores deben pagar un mínimo de cincuenta dólares para que un sacerdote eleve sus oraciones por ellos. Primero el sacerdote bate un tambor para captar la atención de los dioses, y luego eleva a ellos la oración. A un lado hay grandes barriles de licor de sake, o vino de arroz, separado para los dioses. Antes de salir, los peregrinos sujetan sus peticiones escritas a los «árboles de oración» que rodean el santuario, y sus hojas de papel blanco se agitan en la brisa como flores de cereza. En Taiwán, caminando por una carretera de montaña, recogí algo que pensé que era basura. Resultó que era «dinero fantasma» arrojado por la ventana por los camioneros para apaciguar a los fantasmas de la carretera y protegerse contra los accidentes. Los templos taoístas venden este dinero, impreso en papel barato como los billetes del juego de Monopolio, y los adoradores en los templos lo queman en paquetes en grandes incineradores. Ese «dinero» puede impedir que el mundo oculto de los fantasmas los acose, o tal vez complacer a un pariente fallecido que necesita dinero en el cielo. Los templos también venden modelos de autos y motocicletas, para que los fallecidos puedan transportarse en el cielo, y además, toda una variedad de alimentos para los dioses. Taiwán es un país de alta tecnología, que fabrica la mayoría de las computadoras portátiles del mundo, y sin embargo, muchos taiwaneses tratan su religión como un amuleto de buena suerte. Consideran a la deidad como una fuerza impersonal que controla el destino. De modo similar, los hindúes de la India apaciguan a sus dioses con ofrendas de alimentos, flores y sacrificios de animales. En realidad, los cristianos muchas veces tratamos la oración de la misma manera. Si cumplo mi deber, entonces Dios «me debe a mí». La adoración se convierte en una especie de transacción: yo le he dado a algo Dios, así que ahora le toca reciprocar a Dios. La oración como transacción, y no como una relación, puede convertirse en una práctica hecha más por deber que por alegría; un ocasional e incómodo ejercicio con una conexión muy escasa con la vida… algo no muy diferente a cuando el monje budista hace girar su molinillo de oración, o la mujer de negocios japonesa realiza sus ritos en el templo. Un hombre puede «decir sus oraciones» por la noche o antes de las comidas, repitiendo las palabras que aprendió en su niñez. Su esposa ora más como quien conversa, en fragmentos y pedazos durante el día, pero ella también ve a Dios distante e inaccesible, situado en alguna parte lejana del cielo. Ninguno de los dos entiende la idea de un Dios amoroso que quiere tener una intervención íntima en sus vidas. Jonathan Aitken, antiguo miembro del Parlamento en Gran Bretaña, compara su relación inicial con Dios a la que podría haber establecido con un gerente de banco: «Hablaba con él con cortesía, visitaba su establecimiento de manera intermitente, en ocasiones le pedía algún pequeño favor o un sobregiro para librarme de alguna dificultad, le agradecía condescendiente su ayuda, mantenía la apariencia de ser uno de sus clientes razonablemente fieles y sostenía un contacto superficial con él sobre la base de que uno de estos días, a lo mejor me era útil». Cuando fue declarado culpable de perjurio y sentenciado a la cárcel, Aitken decidió buscar una relación más personal con Dios. Unas imágenes persistentes Como Aitken pronto descubrió, los que desean comunicarse directamente con Dios se enfrentan a retos singulares. Una carta que recibí de un lector de Cornualles, en Inglaterra, me recordó abruptamente esta realidad. Me crié en un hogar cristiano donde había amor, y asistía a una pequeña capilla rural. Muchos de los cultos eran ocasiones de gran alegría, de estímulo y muy emocionales. Sin embargo, así como lo educaron a usted, a mí también me criaron para que creyera en un Dios muy estricto. Al crecer, sentía temor a su castigo, en lugar de sentir gratitud por su amor. Me deprimí mucho; empecé a cuestionar mi fe y a preguntarme qué era lo que creía… Lo que sí echo de menos es esa relación íntima, esa seguridad emocional que conocía antes que surgieran mis dudas y mis interrogantes. Uno de nuestros himnos dice: «¿Dónde está la bendición que conocí cuando primero vi al Señor?» Ya no tengo con él esa relación cálida, sencilla e íntima que tenía en mi niñez. Toda persona se acerca a Dios con un conjunto de ideas preconcebidas, procedentes de muchas fuentes: la iglesia, las lecciones de la escuela dominical, los libros, las películas, los sermones de los teleevangelistas y los comentarios sueltos, tanto por parte de los creyentes como de los escépticos. Esas cosas tienden a persistir, por igual. Tienden a quedarse grabadas con fuego en la mente, como las imágenes persistentes. Así como el hombre que me escribió desde Cornualles, yo solía concebir a Dios como una especie de superpolicía cósmico resplandeciente; un Dios al que hay que temer en lugar de amar. Una conocida mía se amedrenta cada vez que oye que alguien se dirige a Dios como Padre en su oración, porque los abusos sufridos a manos de su padre terrenal echaron a perder para ella esa palabra para siempre.* Otra amiga creció con la imagen de un Dios de raza caucásica que estaba por allá arriba, con una gigantesca barba blanca y unas manos inmensas; un autócrata que guardaba el historial de todos sus defectos. Años más tarde, le describió esa imagen de Dios a un mentor espiritual suyo. Después de una larga pausa de comprensión, el mentor le sugirió: «¿Por qué no piensa simplemente en despedir a ese Dios?» Eso fue lo que hizo. Yo no crecí con una imagen visual así de Dios, tal vez porque mi iglesia advertía con mucha severidad contra las «imágenes talladas» y mantenía sus paredes de bloques de cemento libres de todo arte religioso. Más bien solía oír hablar de los papeles que desempeña Dios, como creador o juez, por ejemplo, y pensar en él primordialmente dentro del cumplimiento de esas funciones. Se me hacía difícil imaginarme a una Persona real detrás de esos papeles, de la misma manera que me era difícil en primer grado imaginarme que había una persona real detrás del cargo de maestra o el de director. Ahora, ya adulto, todavía me relaciono con las personas en virtud de sus funciones: la cajera de Starbucks, el empleado del lavado de autos, la persona que apoya mi software por teléfono desde la India. Sin embargo, cuando escojo a mis amigos, a las personas que quiero conocer a un nivel más íntimo, voy más allá de lo externo para llegar a la persona real que yace debajo de todo aquello. Paso tiempo con mis amigos más íntimos, no debido a lo que ellos pueden hacer por mí, sinopor el placer de estar en su compañía. ¿Cómo puedo hacer esto con Dios? Una vasta diferencia Todos mis amigos tienen cosas similares y cosas distintas a las mías. Uno de ellos comparte conmigo el mismo trasfondo fundamentalista sureño, pero le parece muy extraño que yo lea las páginas deportivas; otro disfruta de muchos de los mismos autores que yo leo, pero piensa que soy un viejo anticuado, porque escucho música clásica. Todas las relaciones generan una especie de danza entre las dos personas. ¡Cuánto más cuando se trata de un Dios santo e inefable que vive en la esfera del espíritu! Me siento abrumado por la vastedad de Dios, por el desequilibrio que significa cualquier relación entre una criatura y un ser así. Agustín de Hipona decía: «Puesto que es de Dios de quien estamos hablando, no lo entendemos. Si lo pudiéramos entender, ya no sería Dios». Los seres humanos, que a duras penas nos comprendemos a nosotros mismos, queremos acercarnos a un Dios que jamás podremos comprender. Con razón han existido creyentes a través de los siglos que se han sentido más cómodos dirigiendo sus oraciones a los santos o apoyándose en intermediarios. Por ser periodista, he tenido la ocasión de pasar momentos con personas famosas que me hacen sentir muy pequeño. He entrevistado a dos presidentes de Estados Unidos, a miembros de la banda roquera U2, a personas laureadas con el premio Nobel, a estrellas de televisión y atletas olímpicos. Aunque preparo de antemano mis preguntas a cabalidad, son raras las ocasiones en que duermo bien la noche anterior, y tengo que luchar con mis nervios. No me atrevería a decir que soy amigo de esas personas. Me pregunto lo que haría si estuviera sentado en algún banquete junto a, digamos, Albert Einstein o Mozart. ¿Conversaríamos sobre trivialidades? ¿Haría el ridículo? En mi oración me acerco al Creador de todo lo que existe; alguien que me hace sentir infinitamente pequeño. ¿Cómo puedo hacer otra cosa más que guardar silencio ante su presencia? Más aún, ¿cómo puedo creer que cualquier cosa que yo diga le importa a Dios? Si doy un paso atrás para mirar el cuadro general, me llego incluso a preguntar por qué un Dios tan glorioso e incomprensible se habría molestado en realizar un experimento tan trivial como el planeta Tierra.* La Biblia resalta a veces la distancia entre los humanos y Dios (súbditos de un rey, acusados ante un juez, criados de un amo), pero otras veces insiste en la intimidad (la novia y el novio, las ovejas y el pastor, el linaje de Dios). No obstante, no cabe la menor duda de que Jesús mismo nos enseñó a tener en cuenta la intimidad con Dios. En sus propias oraciones usaba la palabra Abba, una palabra de trato tan informal, que antes de él, los judíos no la habían usado nunca en oración. Nació una nueva manera de orar, dice el erudito alemán Joachim Jeremias: «Jesús habla con su Padre de forma natural, íntima y con la misma sensación de seguridad con la que le habla un hijo a su padre». Las primeras iglesias adoptaron el estilo íntimo de oración que tenía Jesús. «Ustedes ya son hijos. Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: «¡Abba! ¡Padre!», les aseguró Pablo. En otro lugar, el apóstol habla de la intimidad, dando un paso más: «No sabemos qué pedir, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras». Por un lado sostengo la verdad de la vastedad de Dios, y por el otro sostengo la verdad del deseo de intimidad que tiene Dios. Dante hablaba sobre «el amor que mueve al sol y a las otras estrellas». Yo contemplo las estrellas y me maravillo por la evidente insignificancia de todo el experimento humano; luego, leo un pasaje bíblico que me dice que Dios se regocija por nosotros con cantos. Solo últimamente he entendido que la vasta diferencia entre Dios y nosotros es la que permite esta misma capacidad. Dios opera según unas reglas de tiempo y espacio diferentes. Y la infinita grandeza de Dios, que nosotros esperaríamos que nos hiciera sentir insignificantes, en realidad hace posible esa misma intimidad que deseamos. Un Dios que no está sujeto a nuestras reglas temporales tiene la capacidad de invertir en todas las personas de la Tierra. Dios tiene, y de manera muy literal, todo el tiempo del mundo para cada uno de nosotros. El salmista exclamaba: «Mil años, para ti, son como el día de ayer, que ya pasó», y lo opuesto también tiene aplicación: para Dios, un día es como mil años.* Una pregunta muy frecuente: «¿Cómo es posible que Dios escuche millones de oraciones a la vez?», delata nuestra incapacidad para pensar fuera del tiempo. No soy capaz de imaginarme a un Ser que pueda escuchar miles de millones de oraciones en miles de lenguajes distintos, porque mi humanidad me limita. Atrapado en el tiempo, no puedo concebir la infinitud. Irónicamente, la distancia entre Dios y la humanidad, una distancia que nadie puede captar, es la que permite que exista esa intimidad. Jesús, que aceptó las limitaciones temporales mientras vivía en este planeta, entendía mejor que nadie la vasta diferencia entre Dios y los seres humanos. Obviamente, conocía la grandeza del Padre y a veces reflexionaba con nostalgia sobre el gran cuadro general, «la gloria que tuve contigo antes que el mundo existiera». Sin embargo, nunca puso en duda el interés personal de un Dios que observa a cada golondrina y cuenta los cabellos de nuestra cabeza. Vayamos más al punto. Jesús valoraba la oración lo suficiente como para dedicarle muchas horas. Si yo tuviera que responder en pocas palabras la pregunta «¿Por qué orar?», diría: «Porque Jesús lo hizo». Él cruzó el abismo que hay entre Dios y los seres humanos. Mientras estaba en la tierra, fue vulnerable, como nosotros somos vulnerables; rechazado, como nosotros somos rechazados; y probado, como nosotros somos probados. En todos los casos su respuesta era la oración. Una presencia impredecible Además de la desproporción entre nosotros y Dios, relacionarse con él presenta otro reto serio: su invisibilidad. Aunque nosotros «vivimos, nos movemos y existimos» en Dios, como Pablo dijo, mi conciencia de su presencia puede ser tan cambiante como el clima. Pienso en la persona que me escribió desde Cornualles, la cual había perdido ese sentido de intimidad: «¿Dónde está la bendición que en un tiempo conocí?» Estas cosas alimentan mi fe: las epifanías de la belleza en la naturaleza, los resplandores de la gracia y el perdón, el retrato de Dios que capto en Jesús, los encuentros conmovedores con personas que llevan de verdad su fe a la práctica. Y estas cosas alimentan mis dudas: la desconcertante tolerancia que Dios tiene ante las atrocidades de la historia, mis oraciones no contestadas, los períodos prolongados de algo que parece ser una ausencia de Dios. Las reuniones con Dios pueden estar llenas de éxtasis y alegría, o de soledad y silencio, pero siempre incluyen un misterio. Para vérmelas con algo tan impredecible, me digo a mí mismo que toda amistad tiene un lado nebuloso; que todas las relaciones a veces revelan y a veces esconden. Cuando me pregunto por qué Dios no «se asoma» nunca, recuerdo que cuando lo hacía, en especial en los días del Antiguo Testamento, su aparición no mejoraba la comunicación. Por lo general, la persona caía al suelo, abrumada por una luz cegadora. Comoquiera que sean, me consuelo, porque todas las relaciones atraviesan sus altibajos. A veces la comunicación es verbal, y a veces se realiza en medio del silencio; a veces es muy cercana y a veces es distante. Por lo general, estas explicaciones que me doy a mí mismo no me convencen. Lo que me queda es la inquietante verdad de que es Dios, y no yo, quien tiene el control supremo de nuestra relación. Etty Hillesum, la joven judía que llevó un diario durante su encarcelamiento en Auschwitz, escribió acerca de un «diálogo ininterrumpido» con Dios. Tenía epifanías, incluso en aquel lugar moralmente estéril. «A veces, cuando me paro en alguna esquina del campamento, con los pies plantadosen tu tierra, mis ojos se elevan hacia tu cielo y a veces las lágrimas corren por mis mejillas; son lágrimas de honda emoción y gratitud». Conocía el horror. «Y quiero estar allí precisamente, en lo más duro de eso que la gente llama horror, para poder decir todavía: la vida es hermosa. Sí, aquí estoy tirada en un rincón, agotada, mareada, con fiebre e incapaz de hacer nada. Sin embargo, también estoy con el jazmín y con el pedazo de cielo que veo al otro lado de mi ventana». Cuando se escucha con el alma ANTHONY Como un hombre de cuarenta y nueve años que avanza a tropezones por este pasaje a mitad de la vida, he estado lidiando con un divorcio y tratando de superar la muerte de mi padre, entre otros retos. Es debido a estas experiencias, y a lo que he aprendido en cuanto a mí mismo, que me doy cuenta de la importancia de llevar una vida más espiritual. Tratar de vivir a la altura del código de honor de la masculinidad tradicional (no pedir ayuda, no llorar, conservar la lógica, tener el control, etc.) solo ha conducido a un comportamiento nada saludable y destructivo. He empezado a dedicar un tiempo para ayudarme a tener una relación más sincera con Dios. Dedico tiempo para la oración y la reflexión, las largas caminatas, las lecturas espirituales. En realidad, me hago a mí mismo una serie de preguntas todos los días que me ayudan a enfocarme en lo espiritual en lugar de apoyarme en las partes materiales de mi vida. Preguntas como: ¿Cómo puedo andar más despacio? ¿Cómo puedo simplificar las cosas? ¿Cómo puedo traer silencio a mi vida? ¿Cómo puedo saborear este momento? ¿Cómo puedo hablar cuando debo? (Decir la verdad) ¿Cómo puedo establecerme? (Establecer raíces y rituales) ¿Cómo puedo despojarme de mi armadura y máscaras? ¿Cómo puedo suavizar mi enfoque de la vida? ¿Cómo puedo servir a la comunidad? Estas preguntas me ayudan a tocar mi alma, a escuchar a mi alma, y a acercarme más a Dios. Como dijo J. Heinrich Arnold: «El discipulado cristiano no es un asunto de nuestro propio hacer, sino que es una cuestión de darle campo a Dios para que él pueda vivir en nosotros». Etty llegó a esta conclusión: «Una vez que se ha empezado a andar con Dios, todo lo que hace falta es seguir andando con él, para que la vida se convierta en una larga caminata; en un sentimiento maravilloso». Leí sus palabras, tan llenas de una fe desafiante, y me pregunté qué habría escrito yo en mi diario privado, mientras respiraba cada día la ceniza de los hornos; del holocausto de una raza «escogida» por Hitler. Sí, andar con Dios hace de la vida una larga caminata… Sin embargo, ¿para cuántos, y con cuánta frecuencia, es un sentimiento maravilloso? La oración es un acto subversivo realizado en un mundo que pone a la fe constantemente en tela de juicio. Es posible que haya sentido ese distanciamiento en el mismo acto de orar y, sin embargo, continúo orando por fe y buscando otras señales de la presencia de Dios. Según pienso, si Dios no estuviera presente a un nivel submolecular en toda la creación, el mundo simplemente dejaría de existir. Dios está presente en las cosas hermosas y las cosas extrañas que hay en la creación, la mayoría de las cuales pasan sin que ningún observador humano las detecte. Dios está presente en su Hijo Jesús, que visitó el planeta y ahora nos sirve de abogado a los que dejó detrás. Dios está presente en los que sufren hambre, en los indigentes, en los enfermos y los presos, como afirmó Jesús en Mateo 25, y nosotros servimos a Dios cuando les servimos a ellos. Está presente en las comunidades de base de la América Latina, y en las iglesias en los hogares que se reúnen de manera clandestina en los graneros de China, y también en las catedrales y los edificios construidos para su gloria. Está presente en el Espíritu, que gime sin palabras a favor nuestro y que les habla con suave voz a todas las conciencias sintonizadas con él. He aprendido a ver la oración, no como mi manera de proclamar la presencia de Dios, sino más bien como mi manera de responder a esa presencia de Dios, que es una realidad, tanto si la detecto, como si no. Para citar a Abraham Joshua Heschel, «El contacto con él no es un logro nuestro. Es un don que nos viene de lo alto, como un meteorito, más bien que un cohete que se eleva. Antes que las palabras de la oración afloren a nuestros labios, nuestra mente debe creer que Dios está deseoso de acercarse a nosotros, y en que podemos preparar el camino para su venida. Esa creencia es la idea que nos conduce a la oración». El que yo sienta la presencia de Dios, o su ausencia, no es ni su presencia ni su ausencia. Siempre que me fijo en las técnicas, o me hundo en el sentimiento de culpa por mis oraciones tan insuficientes, o me alejo desencantado cuando una oración no recibe contestación, me recuerdo a mí mismo que la oración consiste en estar en compañía de Dios, quien ya está presente.* Una amiga mía llamada Joanna, atractiva joven de raza mezclada, va todos los días a visitar las prisiones más violentas de Suráfrica. Sus esfuerzos allí han producido resultados tan asombrosos en cuanto a calmar la violencia, que han motivado dos veces el que la BBC haga un documental sobre ella. Al tratar de explicar esos resultados, Joanna me dijo: «Pero por supuesto, Philip, Dios ya está presente en la cárcel. Yo me limito a hacerlo visible». He llegado a ver la oración según esta misma manera de pensar. Dios ya está presente en mi vida y en todo lo que me rodea; la oración me ofrece la posibilidad de prestarle atención a esa presencia y responder ante ella. Cómo oír a Dios El autor Brennan Manning, que dirige retiros espirituales varias veces al año, me dijo una vez que nadie que ha seguido su régimen de retiro en silencio ha dejado de oír a Dios. Intrigado, y algo escéptico, me inscribí en uno de sus retiros, que duraba cinco días. Cada uno de los que asistimos se reunía cada día durante una hora con Brennan, quien nos asignaba tareas de meditación y trabajo espiritual. También nos reuníamos para un tiempo diario de adoración, durante el cual solo Brennan hablaba. Por lo demás, éramos libres de emplear nuestro tiempo como quisiéramos, con un solo requisito: dos horas de oración al día. Dudo que le hubiera dedicado más de treinta minutos seguidos a la oración en toda mi vida. El primer día me fui a caminar por el borde de un prado y me senté con la espalda contra un árbol. Había traído la tarea que me había asignado Brennan para ese día, y un cuaderno en el cual anotaba mis pensamientos. Me preguntaba: ¿Cuánto tiempo podré mantenerme despierto? Para mí suerte, una manada de ciento cuarenta y siete alces (tuve tiempo abundante para contarlos) llegó al mismo campo donde yo estaba sentado. Ver un alce es emocionante, pero ver ciento cuarenta y siete en su hábitat natural es fascinante. Sin embargo, como pronto aprendí, observar a ciento cuarenta y siete alces durante dos horas es, por decirlo con delicadeza, algo aburrido. Bajaban la cabeza y masticaban hierba. Alzaban la cabeza al unísono y miraban a un cuervo ronco. Bajaban la cabeza de nuevo y masticaban la hierba. Durante aquellas dos horas no sucedió nada más. No los atacó ningún puma; ningún macho atacó a otro entrelazando con él los cuernos. Todos los alces hacían lo mismo: bajar la cabeza para masticar la hierba. Después de un tiempo, la misma placidez de la escena empezó a afectarme. Los alces no habían notado mi presencia, y sencillamente, me convertí en parte de su ambiente, asumiendo sus propios ritmos. Ya no pensé en el trabajo que había dejado en casa, en las fechas límite que tenía que cumplir ni en la lectura que Brennan me había asignado. Mi cuerpo se relajó. En aquel pesado silencio, mi mente quedó en silencio. El Maestro Eckhart dijo: «Mientras más tranquila está la mente, más poderosa, más digna, más profunda, más eficaz y más perfecta es la oración». El alce no tiene que esforzarse para tener la mente tranquila; se siente contento pasando todo el día en un prado con los demás alces, masticando la hierba.El enamorado no tiene que esforzarse para atender a su enamorada. Yo he orado por tener esa clase de atención a Dios totalmente absorta, y en momentos fugaces la he recibido. Pronuncié pocas palabras durante mis dos horas de oración aquel día, pero aprendí una lección importante. Job y los Salmos dicen con claridad que Dios halla placer, no solo en la compañía humana, sino también en las numerosas y diversas criaturas de este planeta. Una escena de la naturaleza que se destaca para mí como algo memorable, Dios la «ve» todos los días. He encontrado otra vista de mi lugar en el universo y del lugar de Dios… la vista desde arriba. Nunca volví a ver a los alces, aunque todas las tardes los buscaba por los campos y en el bosque. En los pocos días que siguieron, le dije muchas palabras a Dios. Cumplía cincuenta ese año, y le pedí dirección sobre cómo debía preparar mi alma para el resto de mi vida. Hice listas, y me vinieron a la mente muchas cosas que no me habrían venido al pensamiento, de no haber estado sentado en un prado durante horas. Aquella semana se convirtió en una especie de examen espiritual que me señalaba la senda para seguir creciendo. Me di cuenta de la cantidad de imágenes persistentes de Dios traía todavía conmigo desde mi infancia, y cómo le respondía a Dios con cierta reserva; tal vez incluso con desconfianza. No oí ninguna voz audible, y sin embargo, al final de la semana estaba de acuerdo con Brennan: había oído a Dios. Llegué a convencerme más que nunca de que Dios halla maneras de comunicarse con los que le buscan de verdad, en especial cuando nosotros disminuimos el volumen de la estática que nos rodea. Recuerdo haber leído el relato de alguien que estaba buscando avance en su vida espiritual, e interrumpió una vida muy atareada para pasarse unos días en un monasterio. El monje que llevó al huésped a su celda le dijo: «Espero que tu estadía sea bendecida. Si necesitas algo, dínoslo saberlo y te enseñaremos a vivir sin ello». Aprendemos a orar orando, y esas dos horas concentradas al día me enseñaron mucho. Para empezar, necesito pensar más en Dios que en mí mismo cuando estoy orando. Incluso el Padrenuestro se centra primero en lo que Dios quiere de nosotros. «Santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad». Dios quiere que deseemos estas cosas; que orientemos nuestra vida alrededor de ellas. ¿Cuán a menudo acudo a Dios, no con las peticiones de un consumidor, sino simplemente con el deseo de pasar un tiempo con él; de discernir lo que él quiere de mí y no lo contrario? Cuando hice esto en aquel prado lleno de alces, descubrí misteriosamente que las respuestas a mis oraciones en busca de dirección habían estado a mi alrededor todo el tiempo. Nada había cambiado, con la excepción de mis receptores; mediante la oración, los había abierto a Dios. El poeta Rilke escribió: «Porque todas las cosas te cantan; solo que a veces las oímos con más claridad». La oración que se centra en Dios, la oración meditativa, puede servir como una especie de olvido de sí mismo. Hay quienes han dicho que esto es un acto «inútil», porque no lo hacemos para obtener algo, sino de forma espontánea, tan inútilmente como un niño cuando juega. Después de un largo tiempo con Dios, mis peticiones urgentes, que me habían parecido tan significativas, cobraban una nueva luz. Empecé a pedirlas por amor a Dios, y no por mí mismo. Aunque mis necesidades pueden empujarme a la oración, en ella me encuentro cara a cara con mi necesidad más grande: un encuentro con el propio ser de Dios. La oración que se basa en una relación personal, y no en una transacción, puede ser la manera que más realza la libertad de comunicarse con un Dios cuyo punto de vista privilegiado jamás podremos alcanzar, y ni siquiera imaginar. Citando un salmo, Pedro nos asegura que «los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos, atentos a sus oraciones». No necesitamos tocar un tambor, ni sacrificar animales, para captar la atención plena de Dios; ya la tenemos. * George MacDonald dio este consejo para aquellos cuya imagen positiva de un «padre» ha quedado manchada: «Debes interpretar la palabra por todo lo que te ha faltado en la vida». La paternidad de Dios representa un ideal que para muchos ha quedado muy estropeado. *Reynolds Price sugiere una respuesta por analogía: «De la variedad de emociones que podrían inspirarlo a usted o a mí, o a cualquier otro ser humano racional, para crear el universo, el amor parece ser la más probable que motivaría una empresa tan gigantesca y de tan larga duración». Entendemos los motivos de Dios solo por comparaciones débiles. Por ejemplo, ¿por qué los padres soportan el esfuerzo, el gasto y el sacrificio de criar a sus hijos? Por amor. Y eso, en verdad, es la misma motivación descrita por Jesús: «Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito». Al crear a los seres humanos, Dios quería a alguien a quien amar tanto como a alguien capaz de devolver ese amor, sin que importe cuán débilmente lo haga. *La física moderna nos ayuda a concebir la naturaleza relativa del tiempo. De acuerdo a la teoría de la relatividad de Einstein, una persona viajando a la velocidad de la luz vería la historia entera del universo pasar ante sí en un solo instante. Por otro lado, un Dios que abarca el universo entero puede «ver» lo que sucede en la tierra y lo que sucedió hace quince mil o hace mil millones de años de manera simultánea (palabra que en realidad no se aplica a un Dios eterno). Vemos las estrellas como solían ser, recibiendo en la Tierra la luz que generaron hace millones de años. Como el novelista holandés Harry Mulisch especula en su fantasía The Discovery of Heaven [El descubrimiento del cielo], si tuviéramos la tecnología para colocar un espejo en un objeto celestial a una distancia de cuarenta años luz, disparando imágenes de la tierra a ese espejo, y luego contemplándolo mediante un telescopio muy poderoso, veríamos ahora mismo el reflejo de lo que tuvo lugar en la tierra hace ochenta años: cuarenta años para que la imagen de la Tierra alcance el planeta distante, y cuarenta años para que el reflejo regrese a la Tierra. El pasado y el presente se funden. Un Ser omnipresente lo suficiente grande como para coexistir en la galaxia Andrómeda y también en la Tierra experimentaría el tiempo de una manera diferente por completo, percibiendo a la vez tanto la historia de la tierra como la historia de mil millones de años de antigüedad de la galaxia, así como también todos los años entre lo uno y lo otro. Si una estrella estalla en Andrómeda, este Ser toma nota de eso de inmediato, y sin embargo también lo «ve» desde el punto de vista de un observador en la tierra muchos años después como si acabara de suceder. Dios está fuera del tiempo, dicen los teólogos, de una manera que nosotros apenas empezamos a imaginarnos. El tiempo, como todo lo demás en la creación, en última instancia sirve al Creador. * Austin Farrer da un recordatorio importante: «La oración puede parecer aburrida y difícil; aunque si nos entregamos a ella, de forma habitual, acaba siendo menos tediosa y menos obstruida que cuando empezó. Lo que es solo tedioso, oscuro y laborioso de nuestro lado no lo es del lado de Dios, que se regocija en el movimiento más pequeño de nuestra buena voluntad hacia él; y donde vemos el más pequeño vestigio de su presencia, allí con querubines y serafines y todas las huestes de los cielos está él». CAPÍTULO 5 REUNIDOS Si el hombre no fue hecho para Dios, ¿por qué es feliz solo en Dios? Si el hombre fue hecho para Dios, ¿por qué se opone tanto a Dios? BLAISE PASCAL El principal propósito por el que existe la oración no es hacernos la vida más fácil, ni darnos poderes mágicos, sino lograr que conozcamos a Dios. Yo necesito a Dios más que a cualquier cosa que pudiera conseguir de él. Sin embargo, cuando trato de conocerlo mediante la oración, afloran ciertos problemas. Hace años, cuando estaba empezando mi carrera de escritor en la revista Campus Life [Vida universitaria],solía conversar acerca de estos problemas con mi colega Tim Stafford. Más tarde él escribió sobre ellos en su libro Knowing the Face of God [Conocer la cara de Dios], y simplemente voy a citarlo: Contemplar en silencio los ojos de una amiga puede parecer más puro, y por supuesto, más romántico, que limitarse a hablar. Pero la conversación es la que cultiva las relaciones personales, y no el silencio. Aunque nunca minimizaré los efectos de unos ojos hermosos, espero hablar con las personas a las que quiero, y oír que ellas me hablan. No cultivamos una relación con una frase o dos dichas cada pocos años. La conversación entre verdaderos amigos es un torrente que fluye constantemente. Así que tengo un problema con Dios. Nunca he tenido una conversación con él; nunca he oído su voz audible. Aunque a veces siento poderosas emociones religiosas, soy cauto en cuanto a interpretar mis impulsos y sentimientos como mensajes de Dios. No quiero tomar el nombre del Señor en vano. No quiero decir: «El Señor me dijo», cuando en realidad lo que he oído es una grabación mental de la voz de mi madre. He pasado un buen número de horas hablándole a Dios, y él todavía no me ha contestado con una voz que sea innegablemente suya. Tim añade que continúa orando, presentándole peticiones a Dios y elevándole alabanzas y adoración, pero las preguntas persisten. ¿Por qué alabar a Dios que, a diferencia de los amigos, no necesita que le levanten el ánimo? ¿Por qué informarle a Dios sobre nuestras necesidades, si él ya las sabe? ¿Por qué darle gracias a Dios, que no tiene necesidad alguna de que le demos una palmadita por la espalda? Hay quienes dicen que debemos orar, no porque Dios lo necesite, sino porque nosotros lo necesitamos. Cuando le alabamos, nos recordamos a nosotros mismos lo que es esencialmente importante. Cuando le damos gracias, recordamos con humildad nuestra total dependencia de su cuidado. Cuando oramos por otras personas, nos sentimos después animados a salir y hacer algo para ayudarlas. Desde esta perspectiva, la oración es un ejercicio de autoayuda. Sin duda, la oración hace estas y otras cosas buenas por mí, pero si esas son las razones principales para orar, mi «relación personal» con Dios está en problemas. La oración que es solo un ejercicio útil no es una conversación. Es más algo así como escribir un diario, que también es bueno para uno, pero que es algo totalmente privado y unilateral. ¿Por qué orar? ¿Qué hace de esta práctica extraña, y tan problemática para muchos, algo importante para Dios? Por qué oró Jesús Miro primero a Jesús buscando ideas sobre los misterios de la fe, y con respecto a la oración, él no parece haber compartido algunas de mis luchas más grandes. Él nunca se preguntó si Dios existía; si alguien estaba escuchándolo de verdad. Nunca cuestionó la importancia de la oración; en realidad, huía de las multitudes de necesitados para poder pasar un tiempo a solas con Dios, y a veces le dedicaba toda la noche a esa tarea. La forma en que Jesús hablaba y oraba hacía posible todo lo demás. Jesús parecía sentirse totalmente cómodo con el Padre e incómodo con el mundo. A él, la oración le recordaba de una manera refrescante la realidad cósmica, la «vista desde arriba», oscurecida tan a menudo en el planeta Tierra. A veces recordaba ese ambiente oculto: orando en la cena la noche en que fue arrestado, recordaba «la gloria que tuve contigo antes que el mundo existiera». En ocasiones, sentía tanta frustración con el estado en que se hallaba la tierra, que dejaba escapar un suspiro: «¡Ah, generación incrédula! … ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos?» Jesús vino de un lugar en el cual las órdenes de Dios no encontraban oposición; él sabía exactamente lo que pedía cuando nos enseñó a orar así: «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo». Así como Jesús tenía reminiscencias acerca de su identidad suspendida, en unos pocos casos el Padre también la trajo con ternura a colación. «Tú eres mi Hijo amado; estoy muy complacido contigo», le dijo mientras Jesús salía del agua el día en que fue bautizado. Oímos unas palabras similares de reconocimiento en el monte de la Transfiguración, un encuentro tan cercano, que dejó a los discípulos aterrados y con la cara pegada al suelo, y otra vez en un melancólico momento, poco antes de su muerte. Cada una de estas veces, los espectadores oyeron la voz y quedaron aturdidos por el fenómeno. Jesús, refugiado del cielo, sintió consuelo, no aturdimiento. De sus treinta y tantos años sobre la tierra, tenemos solo estos tres indicios de reafirmación sobrenatural. El resto del tiempo, Jesús se apoyaba para su nutrición espiritual en lo mismo en que nos apoyamos nosotros: en la oración. La oración era la fuente de fortaleza que lo preparaba para desempeñar su tarea en sociedad con Dios Padre en la tierra. Jesús admitía voluntariamente esa dependencia: «El hijo no puede hacer nada por su propia cuenta, sino solamente lo que ve que su padre hace». En un significativo comentario también dijo: «Su Padre sabe lo que ustedes necesitan antes que se lo pidan». No puede haber querido decir que la oración sea innecesaria, porque su propia vida lo negaría. Solo puede haber querido señalar que no necesitamos esforzarnos en convencer a Dios de que se preocupe por nosotros; el Padre ya se preocupa, y más de lo que podemos saber. Orar no es cuestión de darle a Dios nueva información. En lugar de presentarle nuestras peticiones como si tal vez él desconociera nuestras necesidades, tal vez sea más apropiado decir: «¡Dios mío, tú sabes que necesito esto!». Y es así como Tim Stafford halló una especie de respuesta a sus preguntas sobre la oración: Aquí, a mi parecer, está la clave para comprender lo que es más personal en la oración. No oramos para decirle a Dios algo que él no sabe, ni para recordarle cosas que haya olvidado. Él ya se interesa por las cosas por las que oramos… Sencillamente, ha estado esperando a que nosotros nos preocupáramos por ellas junto con él. Cuando oramos, estamos junto a Dios y miramos con él hacia esas personas y esos problemas. Cuando levantamos los ojos desde ellos hasta él, lo hacemos con una alabanza de amor, tal como miramos a nuestros amigos más viejos y más queridos y les decimos cuánto los queremos, aunque ya lo saben… Le hablamos como les hablamos con nuestros amigos más íntimos, para poder tener comunión en amor. La amistad La forma en que Tim muestra la oración como una relación tiene una resonancia especial dentro de mí, porque por un período de tiempo trabajamos estrechamente como amigos y colegas. Asistíamos al mismo grupo de oración, leíamos muchos de los mismos libros, nos editábamos el uno al otro los artículos, y enfrentábamos los mismos desafíos relacionados con la profesión. Sentados en una cancha de tenis esperando una vacante, conversábamos sobre cosas triviales, como los deportes o el tiempo. Otras veces hablábamos de nuestro futuro, de las mujeres que amábamos, de nuestras familias, de nuestros sueños y desencantos. Tiempo con Dios SARA Como nueva creyente asistí a una institución privada donde la única opción real para el compañerismo era un grupo de oración carismático. Muchas veces en ese grupo tuve un fuerte sentido de la presencia de Dios… un sentido que ha venido y se ha ido con los años desde entonces. No crecí con la idea de que Dios respondiera oraciones específicas, y debo decir que siempre que oía a los creyentes orando por los lugares de estacionamiento y cosas parecidas me fastidiaba. Pero cuando mis hijos adolescentes se fueron a la universidad y quedaron expuestos a conductas arriesgadas, elevaba oraciones muy específicas de desesperación en las primeras horas de la madrugada. Como madre, una lee noticias de orgías, borracheras y fiestas sexuales en los planteles, y se siente muy impotente, preguntándose qué estarán haciendo los hijos. A veces pienso en las madres cuyos hijos se han suicidado. Ellas también oraban… Estoy tratando de orar menos «paternalmente», en otras palabras, diciéndolea Dios qué hacer. Más bien trato de mirar qué hay detrás de los síntomas de rebelión y de la conducta arriesgada, y le pido a Dios que ayude a mis hijos a hallar mejores maneras de encontrar significado y de manejar el estrés en sus vidas. He tenido otras luchas emocionales serias con Dios, a veces por asuntos personales tales como el matrimonio, pero también con relación a la política, a los ataques terroristas, a la guerra, la destrucción ambiental y otros asuntos. El hecho de que Dios no parece contestar las oraciones de muchos por la paz y el bienestar tal vez debería alterarnos a nosotros los creyentes mucho más. No oro según una fórmula en realidad. Y nunca he tomado una clase de oración centrada o de técnicas de meditación. Pero sí veo a un director espiritual cada seis semanas o algo así. Eso me ayuda a ser responsable por una disciplina, y también a tener a alguien que me señale lo que tal vez sea el movimiento de Dios en mi vida. De otra manera, trato de orar según el flujo de mi vida, esforzándome por alcanzar lo que parece usable, sincero, significativo, e incluso disfrutable. Doy por sentado que eso es lo que Dios quiere que la oración sea: útil, sincera, disfrutable. Algo que me haga querer pasar tiempo con él. Mientras estudiaba para un doctorado, a menudo me preguntaba cómo integrar el trabajo académico con Dios. Hallé una cita de Abraham Joshua Heschel que coloqué en mi escritorio: «La universidad es un santuario… aprender es una forma de adoración». Veo la oración no como un acto separado, sino como algo íntimo en mi vida. Oro en los interludios del día: durante la caminata de tres minutos a la casa de mi amiga, mientras espero en la fila, conduciendo. La oración es como un ejercicio. Sé que es buena para mí y que me beneficio de ella. Sin embargo, como con el ejercicio, quisiera hacerla más a menudo. Sé que me aprovecharía más. La analogía de la amistad también tiene raíces bíblicas. La Biblia habla de Abraham y Moisés, diciendo que eran amigos de Dios, y de David calificándolo como un hombre conforme al corazón de Dios. «Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando», les dijo Jesús a sus discípulos, y luego les explicó: «Ya no los llamo siervos, porque el siervo no está al tanto de lo que hace su amo; los he llamado amigos, porque todo lo que a mi Padre le oí decir se lo he dado a conocer a ustedes». Después de habernos dado el conocimiento, Jesús nos pide ahora que formemos una sociedad con Dios para llevar a cabo su obra en la tierra. Al hacerlo, podremos considerar a Dios como un amigo, y no solo como un jefe. La oración es la base de esa amistad. Me siento atraído hacia mis amigos por diferentes razones. Con algunos comparto valores e intereses comunes, pero también disfruto con los amigos excéntricos, que me animan a ver las cosas de formas no convencionales. En todos los casos, busco alguien que recompense mi sinceridad y no la castigue; que empuje a mi yo introvertido a un nivel más profundo de intimidad. Busco compañeros para el camino, personas a las que no vacilaré en llamar si me enfermo, o si quiero dar una fiesta de sorpresa. Quiero alguien con quien pueda contar, y si eso no resulta, alguien capaz de enfrentar la situación cuando expreso que me siento dolido o traicionado. Me comunico con mis amigos a diferentes niveles. Paso una tarde jugando golf con tres amigos y esa noche mi esposa me pregunta de qué hablamos. Mi mente se queda en blanco. ¿Viste a dónde se fue la pelota? ¡Buen tiro! ¿Cómo se corrige ese golpe? Ah, tal vez hablemos de la familia, de los planes para las vacaciones o para el trabajo, pero en segmentos de cinco minutos, mientras caminamos de una bola a la siguiente. Tenemos una comunicación más profunda mientras disfrutamos de un refrigerio en la casa club, que en cinco horas en la cancha de golf. Con ciertos amigos, me gusta exponerles mis ideas y opiniones. ¿Por quién piensas votar? ¿Por qué? ¿Qué piensas de la situación en el Oriente Medio? Con otros, y aquí el campo se estrecha enormemente, expreso mis emociones y mi vulnerabilidad. Hablamos de nuestros matrimonios, de los padres que envejecen, de los hijos, de las desilusiones serias, de las luchas con la lujuria y con otras tentaciones. Puedo contar con los dedos de una mano a mis amigos más íntimos, aquellos con los que hablaría de cualquier cosa. Casi ni puedo pensar en un límite para nuestras conversaciones. Llegamos a ese nivel de relaciones después de largas horas juntos y de considerables riesgos. Si un médico me informara mañana que tengo una enfermedad terminal, ellos serían los primeros a los que llamaría. La mayoría de mis amigos íntimos viven en otras ciudades, y como resultado, los veo solo una vez al año. Sin embargo, cuando nos reunimos, dejamos a un lado la charla insulsa y vamos directamente al grano de lo que nos interesa más. No me preocupo de que me juzguen, o de que me achaquen segundas intenciones, o de que conviertan el asunto en un chisme. Con mis verdaderos amigos me siento seguro. La amistad con Dios abarca todos y cada uno de estos niveles de comunicación. Dios se preocupa tanto por lo ordinario y cotidiano, como por las experiencias extraordinarias. Le llevo tanto mis fracasos y pecados (confesión, arrepentimiento), como mis triunfos y alegrías (alabanza, acción de gracias). Le llevo también mis preocupaciones y afanes (petición, intercesión). El mismo intento de esconder algo de Dios es una necedad, porque él sabe todo lo que yo soy: tanto el jong ne como el tatemae; tanto mis genes como mi medio ambiente; tanto mis pensamientos y motivaciones como mis acciones. Puedo quedarme sentado en silencio ante Dios, y sin embargo todavía nos comunicamos… a veces incluso mejor. Solía quedarme perplejo por el comentario de Jesús: «Su Padre sabe lo que ustedes necesitan antes que se lo pidan». ¿Por qué molestarse en orar entonces? Mediante la amistad, entiendo su noción de la intimidad. Mientras más conozco a alguien, menos información necesito comunicarle. Cuando voy a ver a un nuevo médico tengo que llenar complejos formularios con todo mi historial médico; cuando voy a ver al médico de la familia, que sabe todo eso, nos concentramos en lo que me está molestando en ese momento. De un modo similar, los amigos superficiales y yo tenemos que ponernos al día en cuanto a nuestras vidas cada vez que nos vemos; con mis amigos más cercanos, que ya saben todos esos detalles, pasamos con rapidez a las «cuestiones del alma», más personales. Los Salmos expresan todo los niveles de amistad con Dios, quien en ciertos sentidos es como nosotros y en otros no lo es. Van desde las insignificancias hasta las cosas profundas; desde el enojo hasta la alabanza. Al parecer, Dios es la clase de amigo que recompensa la sinceridad, porque ¿cuál otra razón tendría la Biblia para incluir los Salmos más quejumbrosos? Jesús mismo acudió a ellos en el momento en que se sintió traicionado. Clamó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?», citando un salmo para verter su sentimiento de abandono, incluso invocando a Dios por su nombre. Dios nos conoce por completo, dijo C. S. Lewis; nos conoce como a los gusanos, las coles o las nebulosas; como objetos del conocimiento divino. «Ese es nuestro destino, nos guste o no. Pero aunque este conocimiento nunca varía, la calidad de la manera en que somos conocidos por él sí puede variar». Podemos estar de acuerdo con toda nuestra voluntad en ser conocidos de esa manera; ante él, nos podemos quitar el velo; nos podemos ofrecer a presentarnos ante su vista. Podemos invitar a Dios a nuestra vida, e invitarnos a nosotros mismos a la de él. Cuando hacemos esto, poniéndonos nosotros mismos en un equilibrio personal con Dios, por así decirlo, las relaciones se vuelven cálidas y cobra vida el potencial de una amistad extraordinaria. Porque Dios es una persona también, y aunque es una persona muy diferente a nosotros, es alguien del que podemos estar seguros de que satisface más condiciones de las que la palabra significa, y no menos.Un diálogo continuo Estoy escribiendo lejos de casa, recluido en las montañas en medio del invierno. Al final de cada día hablo con mi esposa Janet sobre los sucesos del día. Le cuento cuántas palabras he escrito, los obstáculos que he encontrado al hacerlo; le hablo de los senderos marcados para esquí nórdico o zapatos de nieve que he explorado (el ejercicio me sirve bien sea como cura o rendición ante el bloqueo del escritor), y le digo cuál alimento congelado empacado había comido en la cena. Ella me cuenta cómo va mejorando de su incómodo resfrío, de la correspondencia que se ha ido acumulando en mi ausencia, de los vecinos con los que ha hablado mientras sacaban a pasear a los perros por la calle. Hablamos del clima, de los sucesos del día, de las noticias de los parientes, de los compromisos sociales que se aproximan. En esencia, meditamos sobre el día el uno con el otro, y mientras lo hacemos, los detalles salen a una nueva luz. Todavía esperando JOANNE Si me hubieras preguntado como joven creyente si creía en la oración, te hubiera dicho con rapidez que sí. Te habría contado del tiempo en que resbalé en la nieve y no me lastimé, o de la ocasión en que dejé caer la llave de la casa en alguna parte de mi Dodge Dart del 74 y no la pude hallar por horas, hasta que oré. Tal vez Dios cuida de los creyentes neófitos, no lo sé. Sin embargo, él no parece cuidar a los veteranos. Podría dar una lista quizá de cien oraciones que no han sido contestadas. No estoy hablando de oraciones egoístas, sino de oraciones importantes: Dios, cuida a mis hijos, mantenlos lejos de las amistades equivocadas. Los tres acabaron en problemas con la ley, abusando de las drogas y del alcohol. Tengo que decir que el relato de Jesús de la viuda persistente que continuaba acosando al juez queda arruinado. Miles de personas oran por un líder cristiano que tiene cáncer, y él se muere. ¿Qué quiso decir Jesús con esa parábola, que continuamos dándonos de cabeza contra una pared? He estado viviendo al borde del abismo por varios años ya. Sí, he tenido momentos de intimidad, he sentido la presencia de Dios, y solo esos recuerdos son lo que me impiden abandonarlo todo. Dos veces, tal vez tres, he oído a Dios. Una vez la voz casi parecía audible. Yo estaba conduciendo al hospital siendo una señorita que acababa de salir de la universidad, luego de haberme enterado de que tenía leucemia, cuando estas palabras de Isaías vinieron de manera brusca a mi mente: «Así que no temas, porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios. Te fortaleceré y te ayudaré; te sostendré con mi diestra victoriosa». Me aferro a esos pocos recuerdos, y no consigo nada más, ninguna nueva señal de que Dios esté escuchando. Pienso que tal vez el veinte por ciento de mis oraciones no consiguen nada parecido a la respuesta que quiero. Con el tiempo, me doy por vencida. Oro por las cosas que pienso que van a suceder. O simplemente no oro. Reviso mi diario y veo a Dios haciendo cada vez menos. Me enfado. Como una niña, dejo de hablar. Soy pasiva y agresiva con Dios. Lo esquivo. Tal vez más tarde. Fui a ver a un mentor y le abrí mi alma, describiéndole en detalle todo lo que había atravesado en los pasados pocos años con mi salud y en especial con mis hijos. «¿Qué hago?», le pregunté. Se quedó sentado allí por un largo tiempo y dijo: «No lo sé, Joanne». Lanzó un suspiro. Yo esperaba palabras de sabiduría. Ninguna brotó. Es lo mismo con la oración. Lo que acabo de describir tiene un sorprendente parecido con la oración. Según una antigua definición, orar es «estar en la compañía de Dios». Me gusta esta idea. Abarca las epifanías que suceden durante mi día: dar la vuelta en un recodo en un sendero para esquiar y ver a una zorra gris alejándose; contemplar los matices alpinos rosados en las montañas mientras el sol se pone; encontrarme con un viejo amigo en el supermercado. Al incorporar esas experiencias a mis oraciones, las prolongo y saboreo para que no caigan demasiado rápido en el banco de mi memoria, o fuera del mismo. «Orar es aprovechar al máximo nuestros momentos de percepción», dice Alan Ecclestone. «Uno se detiene en lo que ha sucedido, le da vueltas una y otra vez, como una persona que examina un regalo, lo pone dentro del contexto del pasado y del futuro, prolonga en la mente sus posibilidades, le da tiempo al momento para revelar lo que está contenido en él». Al fin y al cabo, Janet estaba compartiendo vicariamente mis experiencias mientras yo se las describía, mientras que Dios estaba presente en todas ellas. Por otra parte, estar en la compañía de Dios también incluye expresar nuestros momentos de prueba y de frustración. En la película El violinista en el tejado, Tevye sostiene un diálogo continuo con Dios, dándole crédito por las cosas buenas, pero también lamentándose por todo lo que sale mal. En una escena se sienta abatido a un lado del camino, con su caballo cojo. Le dice a Dios: «Puedo entender que me castigues a mí en las ocasiones en que soy malo; o a mi esposa por hablar demasiado; o a mi hija, porque se quiere casar con un gentil, pero… ¿qué tienes contra mi caballo?». Jesús fijó el modelo de la oración como una forma continua de amistad. El Antiguo Testamento contiene muchas oraciones hermosas y magníficas, por lo general hechas por un rey o por un profeta, y los judíos tendían a ver las oraciones como recitaciones formales dirigidas por otra persona. Incluso los Salmos contienen anotaciones para usarlos en la adoración colectiva, y no en la meditación privada. Hay estudiosos que sugieren que Jesús inventó prácticamente la oración privada. En el Antiguo Testamento, nadie se había dirigido de manera directa a Dios, llamándole «Padre», mientras que Jesús lo hizo unas ciento setenta veces. La oración modelo que él nos enseñó trata sobre las cuestiones de la vida diaria: la voluntad de Dios, la comida, las deudas, el perdón, la tentación; y sus propias oraciones mostraban una comunión espontánea con el Padre que no tenía precedentes. Sus discípulos, que no era novatos en cuanto a la oración, se maravillaron ante esta diferencia. Por eso le pidieron: «Enséñanos a orar». Sin embargo, como todo seguidor de Jesús aprende, la oración no brota de modo natural en nosotros, como lo hacía en el revolucionario original de la oración. Yo encuentro que la oración es un arduo trabajo, y no el refugio rejuvenecedor que significaba para Jesús. Lucho por verla como un diálogo, y no como un monólogo. ¿Cómo puedo tener comunión con un Dios que tiende a no usar palabras audibles para responderme? Cuando repaso el día con mi esposa por teléfono, ella me responde con sus risas y su comprensión. Dios no; al menos en ninguna forma que yo pueda medir. Como entrenamiento de base, leo los Salmos. Leo las oraciones de Jesús y las oraciones de sus seguidores. Al hacerlo, aprendo algo en cuanto a los misteriosos caminos de Dios: veo una extraña preferencia por los personajes de malas pulgas e incluso por los rebeldes (esto me consuela), una propensión a poner a prueba la fe, una desconcertante tolerancia ante la libertad humana, una lentitud para actuar, una timidez. Aprendo que Dios y yo tenemos ideas diferentes en cuanto al uso del poder, y unas líneas de tiempo distintas. Dios no necesita demostrar nada. En mis oraciones, hablo a tropezones al principio. «Nunca me he distinguido por mi facilidad de palabra», como Moisés. Abro mi alma, poniendo voluntariamente al descubierto lo que Dios ya sabe por su propia sabiduría. Los Salmos hablan de jadear con la boca abierta, de tener sed del Dios viviente, de anhelar con intensidad a Dios, como la tierra reseca anhela el agua. Estas expresiones se parecen a las cartas de un enamorado con añoranza en el corazón, y esencialmente, eso es lo que somos los que le buscamos. Me digo a mí mismo que Dios está inclinando su oído a mi oración, y con el tiempo aprendo a creerlo. Veo que Dios, como la mayoría de nosotros, se interesa ante todo en que se le ame, que se le crea, que se confíe en él, yse le honre. Conforme persisto en la oración, reconozco a un compañero que responde y que toma el otro lado del diálogo, una clase de álter ego interno que representa el punto de vista de Dios. Cuando quiero el desquite, ese compañero me recuerda el perdón; cuando estoy obsesionado con mis propias necesidades egoístas, me veo golpeado por las necesidades de otros. De repente me doy cuenta de que no estoy hablando conmigo mismo en este diálogo interno. El Espíritu de Dios está orando conmigo, comunicando la voluntad del Padre. «Mi secreto es muy simple: oro», escribió la religiosa Teresa de Calcuta, maestra moderna del arte de orar: Orar es simplemente conversar con Dios. Él nos habla; nosotros escuchamos. Nosotros le hablamos a él; él escucha. Es un proceso de doble vía: hablar y escuchar. Aprender a dialogar con Dios es algo que nunca termina, porque él y yo somos compañeros desiguales. Admitir esto, postrarme ante esto, me ayuda a abrir los oídos. Buscar a Dios a pesar de las diferencias que hay entre nosotros, me ayuda a abrir primero la boca, y después el corazón. Una apasionada alianza Decir de Dios y de mí que somos compañeros desiguales es usar un eufemismo digno de risa. Y sin embargo, al invitarnos a hacer la obra del reino en la tierra, Dios ha establecido realmente una especie de alianza para las parejas desiguales de amigos. Delega una labor en los seres humanos, para que hagamos juntos la historia, por así decirlo. Por supuesto, esa sociedad tiene un socio dominante: algo así como una alianza entre Estados Unidos y Fiji, tal vez, o entre Microsoft y un programador que es estudiante de secundaria. Sabemos bien lo que sucede cuando los seres humanos forman esas alianzas desiguales: el socio dominante arremete con todo su peso por todos lados y la mayoría de las veces el subordinado se tiene que quedar callado. Dios, que no tiene razones para sentirse amenazado por nosotros, lo que hace es invitarnos a un flujo continuo y franco de comunicación. A veces me he preguntado por qué Dios le asigna un valor tan alto a la franqueza, hasta el extremo de soportar arranques injustos. Al revisar las oraciones que aparecen en la Biblia, me quedo aturdido al ver cuántas tienen un tono petulante: Jeremías quejándose de las injusticias; Job admitiendo: «¿Qué ganamos con dirigirle nuestras oraciones?»; Habacuc acusando a Dios de estar sordo. La Biblia nos enseña a orar con una abrasadora sinceridad. Walter Brueggemann sugiere una razón obvia para la franqueza en el libro de los Salmos: «Porque la vida es así, y estos poemas tienen el propósito de hablar sobre toda la vida, y no solo sobre una parte de ella». Brueggemann halla discordante ir a una iglesia evangélica muy animada, y oír en ella solo cantos alegres, cuando la mitad de los Salmos son «cantos de lamentación, protestas y quejas sobre la incoherencia que se experimenta en el mundo. Al menos, es evidente que una iglesia que continúe cantando “cantos felices” frente a la cruda realidad está haciendo algo muy diferente a lo que la misma Biblia hace». En un tiempo, yo pensaba que los Salmos eran una especie de libro pensado para dar consuelo en los funerales y junto a las camas de los hospitales. Al analizarlos con cuidado, he aprendido algo desde entonces. Como Brueggemman insiste, los Salmos incluyen pasajes que son coléricos, quejicosos, quisquillosos, de remordimiento, explosivos, ruidosos, irreverentes, y ah, tan humanos. Se leen más como memorándums privados sin inhibiciones, destinados al socio principal. (Los profetas proporcionan el lado de Dios de la ecuación.) Dios formó con nosotros una alianza basada en el mundo tal como es, lleno de fallos, mientras que la oración lo llama a cuentas por la forma en que deberían marchar las cosas en el mundo. Por un tiempo, mi esposa y yo participamos en un grupo de parejas que estudió el libro Tú no me entiendes, de Deborah Tannen, quien explora en él la diferencia entre el estilo de comunicación masculino y el femenino. Con valentía, la autora se concentra en un estereotipo común de la conversación femenina, que por lo general es conocido como «refunfuñar», y que ella sustituyó por una frase mucho más respetable: «lamentación ritual». Sobre este tema, la conversación de nuestro grupo ascendió en intensidad, mientras el taciturno Gregg entraba en un estado especial de animación. «¡Eso, hablemos de eso!», dijo. «Recuerdo un viaje para esquiar en el que me reuní con unos compañeros en Jackson Hole, Wyoming. Pasamos tres días juntos, y después nuestras esposas se nos unieron. Los hombres nos estamos divirtiendo de lo lindo. De repente, cuando las mujeres aparecieron, todo cambió. Nada parecía bien. El tiempo estaba demasiado frío, la nieve estaba demasiado crujiente, en el condominio se filtraban ráfagas de aire frío, el supermercado no tenía suficientes provisiones, la bañera del agua caliente estaba sucia. Todas las noches las oíamos quejarse de sus músculos adoloridos y de ampollas donde les apretaban las botas de esquiar. La cosa es que los hombres habíamos estado experimentando todo eso por tres días, pero en realidad nunca nos había molestado. Estábamos pensando en esquiar. Aquello se convirtió en un chiste. Escuchábamos quejarse a las mujeres, luego nos mirábamos unos a otros, entornábamos los ojos, y decíamos: “¡Las mujeres están aquí!”». La explicación de Tannen para esta forma de conducta es que las mujeres tienden a unirse en el sufrimiento. Mediante las quejas, mediante las murmuraciones, reafirman sus conexiones mutuas; conexiones fortalecidas mediante el ritual de la lamentación: «Nos unimos para enfrentarnos a la dureza de los elementos». Las mujeres no quieren forzosamente que el problema se resuelva —¿quién puede arreglar el clima, por ejemplo?— sino que sobre todo quieren comprensión y simpatía. En cambio, los hombres por instinto lo que quieren es responder a una queja a base de arreglar el problema que la causó. De otra manera, ¿para qué quejarse? Otro varón de nuestro grupo no tenía apreciación por el ritual de enlaces mutuos entre las mujeres. «Todos ustedes conocen la “oración de la serenidad”, ¿verdad?», preguntó. «Dios mío, concédeme valor para cambiar las cosas que puedo cambiar, serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, y sabiduría para darme cuenta de la diferencia. ¿En dónde entra la serenidad en el cuadro de ese «ritual de la lamentación»? Todo este asunto me parece más bien una contaminación emocional. Tú te sientes mal, y me lo echas encima, haciendo que yo también me sienta mal. No lo comprendo». Puesto que yo estaba dando un curso de Biblia en aquellos momentos, me asombró descubrir la gran cantidad de comunicaciones de la Biblia con Dios a las que les falta serenidad, por decirlo con suavidad. En la oración, Dios parece animar a la lamentación ritual. Jeremías lloró, se quejó y llenó de lamentaciones un libro entero. Job, quien pronunció los discursos más irreverentes de la Biblia, surge al final como un héroe y como director espiritual de sus amigos censurados por Dios. Si me pregunto hasta qué punto es adecuado tener un arranque de este tipo ante Dios, me basta con mirar a Jesús, su Hijo, quien oró «con fuerte clamor y lágrimas», y en Getsemaní se postró angustiado en el suelo, derramando sudor como gotas de sangre. Deborah Tannen hace notar que las mujeres por lo general viven más que los hombres, y se pregunta si su tendencia a permitir que sus emociones salgan de su sistema, en lugar de sofocarlas dentro, no contribuirá a su mayor longevidad. La Biblia y la raza judía vienen de una cultura oriental que valora los estallidos emocionales y los sentimientos intensos. Incluso hoy, en un mercado del Oriente Medio se pueden pasar diez minutos regateando en voz alta el precio de una bolsa de tomates. Este apasionado estilo establece un agudo contraste con el de los griegos y romanos del mundo antiguo, que buscaban un punto medio dorado para las emociones; una estoica respuesta de pasión restringida. El que Dios permita, e inclusoestimule, tales estallidos de pasión, demuestra la fuerza de su alianza con nosotros. Los verdaderos amigos y los verdaderos socios se consideran responsables los unos por los otros. Los socios del Antiguo Testamento apelan a la reputación de Dios, incluso a su orgullo: «¡No permitas que tus enemigos te humillen!» Defienden su papel en la alianza: «¿Pueden los muertos levantarse a darte gracias?» Traen a colación actos previos de su gracia, repitiendo las propias palabras de Dios y sus promesas. Señalan sus propias contribuciones, su «justicia». Cuando todo eso falla, apelan a la compasión de Dios: «Ten misericordia de mí». Leer estas oraciones me da libertad para quejarme porque el mundo no marcha conforme a como yo pienso que debería marchar. Creo en el amor de Dios y su justicia, y lo que más veo es opresión, violencia y pobreza. Los malvados prosperan, mientras que les suceden cosas malas a las personas buenas. Las lamentaciones de la Biblia me recuerdan de forma lúgubre lo que creo intelectualmente, y luego sacan a la luz lo que no compagina con mis creencias. De las oraciones de la Biblia, aprendo que Dios quiere mantener dentro de su alianza el que acudamos a él en persona con nuestras quejas. Si yo marcho por la vida fingiendo sonreír mientras por dentro sangro, deshonro esa relación. En The Hasidic Tales [Los cuentos jasídicos] se incluye la historia de Dovid Din, de Jerusalén, a quien se le acercó un hombre que sufría una crisis de fe. Cuanta respuesta intentaba darle Reb Dovid, el hombre la descartaba. Así que Reb Dovid se contuvo y se limitó a escuchar a aquel hombre mientras despotricaba. Lo escuchó durante horas, y al final le dijo: «¿Por qué estás tan furioso con Dios?» La pregunta dejó estupefacto al hombre, puesto que no había dicho absolutamente nada acerca de Dios. Se quedó muy callado, miró a Dovid Din y dijo: «Toda mi vida he tenido tanto miedo de expresar mi cólera contra Dios, que siempre he dirigido mi furia contra la gente que está conectada con él. Pero hasta este momento no había entendido eso». Entonces Reb Dovid se puso de pie y le indicó al hombre que lo siguiera. Lo condujo al Muro de los Lamentos, lejos del lugar en donde la gente ora, al sitio donde estaban la ruinas del templo. Cuando llegaron a aquel lugar, Reb Dovid le dijo que ya era hora de que expresara toda la cólera que sentía contra Dios. Entonces, por más de una hora, el hombre golpeó la pared del Kotel con sus manos y gritó todo lo que tenía en el corazón. Después de esto, empezó a llorar sin parar, hasta que poco a poco sus gritos se fueron volviendo gemidos que a su vez se convirtieron en oraciones. Y fue así como Reb Dovid le enseñó cómo orar. SEGUNDA PARTE ACLAREMOS LOS MISTERIOS ¡Señor, oye! ¿Acaso el que hizo el oído no oirá? GEORGE HERBERT CAPÍTULO 6 ¿POR QUÉ ORAR? Las oraciones son como cascajo lanzado a la ventana del cielo, en la esperanza de atraer la atención del ser amado… R. S. THOMAS ¿Se preocupa Dios en realidad por los detalles de nuestra vida, tales como lograr que se venda una casa o hallar un gato perdido? Si la respuesta es que sí, entonces, ¿qué decir cuando un huracán que arrasa una ciudad o un tsunami que arrastra a un cuarto de millón de personas? ¿Por qué Dios parece tan caprichoso en cuanto a decidir si va a intervenir en este caótico planeta, y cuándo hacerlo? Las oraciones de petición tienden a caer en una de estas dos categorías: problemas o insignificancias. Como por instinto, clamamos a Dios cuando un problema nos golpea. Un padre que vela junto a la cama de un hijo enfermo, un pasajero de avión que se siente aterrado, un marinero atrapado en una tempestad eléctrica; todos clamamos a Dios cuando estamos en peligro, a veces diciendo solamente: «¡Oh, Dios mío!» En ese momento, me olvido de cualquier concepto sublime sobre mantenerse en la compañía de Dios. Quiero la ayuda de un Poder más grande que yo. «En las trincheras no hay ateos», suelen decir los capellanes de las fuerzas armadas. También oramos por cosas insignificantes. En La guerra y la paz, de Tolstói, un cazador ora con fervor para que el lobo que está persiguiendo venga hacia él. «¿Por qué no me concedes esto?», le pregunta a Dios. «¡Sé que tú eres grande y que no debo pedírtelo, pero por favor, haz que ese viejo lobo venga hacia donde estoy yo, y que Karay [el perro] salte sobre él, delante del “tío” que está observando desde allá, le clave los dientes en la garganta y lo acabe!» En parte para dejar atrás el amargo sabor del divorcio, un amigo mío se fue a Sudamérica y visitó un parque nacional. Oraba con diligencia, siempre con buenos motivos, según me aseguró, para poder ver algunos mamíferos raros y serpientes. Para aumentar las posibilidades, se quedaba despierto durante la noche, e incluso se pasó veinticuatro horas trepado en una plataforma de un árbol, acosado por los mosquitos. Otros miembros del grupo en esa gira ecológica encontraron mamíferos raros al azar, mientras que mi amigo nunca logró verlos. Volvió del viaje preguntándose si Dios alguna vez interviene en nuestra vida: ni sus urgentes oraciones con respecto al divorcio, ni sus oraciones llenas de adoración con la finalidad de apreciar las maravillas de la naturaleza, recibieron una respuesta. Por supuesto, si verdaderamente nuestras oraciones por cosas insignificantes recibieran respuesta —si el lobo de Tolstói hubiera caminado en dirección a Rostov y toda una variedad de mamíferos indígenas hubieran desfilado ante la torre de observación de mi amigo— eso habría suscitado otros problemas serios. Un profesor de filosofía dijo: «Si Dios puede influir en el curso de los sucesos, entonces un Dios que esté dispuesto a curar resfriados y conseguir espacios para estacionar los autos, pero que no esté dispuesto a evitar lo sucedido en Auschwitz o en Hiroshima, sería moralmente repugnante. Puesto que los sucesos de Hiroshima y Auschwitz se produjeron realmente, debemos llegar a la conclusión de que Dios no puede influir en el curso de los sucesos mundiales, o tiene como norma no hacerlo». Incluso para el que rechace esta extrema conclusión del profesor, las preguntas acuciantes persisten. ¿De qué sirve? No queriendo tratar la oración como una abstracción, abrí una gaveta de mi archivo y leí las cartas que había recibido de los lectores de mis libros. Ellos me formulan preguntas en cuanto a la oración, no de modo abstracto, sino personal, y muchas veces penetrante. Un preso me escribió desde Indiana: «La supervisión global de Dios sobre la creación es clara en la Biblia, pero ¿se preocupa algo por nosotros hasta el punto de llegar a intervenir en las insignificancias de nuestra vida? ¿O están destinadas sus promesas de ayudarnos solo a nuestro yo espiritual, para ayudarnos en cuanto a nuestra manera de reaccionar ante los sucesos, pero no para afectar a los sucesos en sí?» Me mencionó sus propias circunstancias, tan problemáticas: su encarcelamiento, una hermana en vías de divorciarse, una novia que lo abandonó; y luego me habló sobre una familia de un barrio pobre con la cual mantiene una estrecha amistad. El hijo adolescente ha sufrido de asma crónica, principio de parálisis cerebral, ultrajes físicos por parte de su padre, vergüenza por sus diversas discapacidades, y por último, el asesinato de su madre. Algo anda mal cuando todo eso les sucede a inocentes como ellos, en especial cuando Jesús habló de forma tan penetrante acerca de su protección de los mansos y de hacerles el bien a los «más pequeños». Sigo recordando la escena del momento en que llevé en mi coche a aquel adolescente para buscar el sitio donde estaba la tumba de su madre, solo para descubrir que sus parientes no habían tenido suficientes medios como para comprar una lápida. Suplicar la intervención de Dios en alguna parte de la triste vida de esas personas no habría sido una petición frívola para conseguir algún acto de magia, sino una manifestación de la misericordia más elemental. El preso había leído acerca del productor de películas Francis FordCoppola, el cual dirigió una de sus películas por completo desde un remolque remoto, observando los procedimientos en un banco de monitores y comunicándose con los actores y el personal mediante un micrófono y audífonos. «¿Gobierna Dios el mundo de esa manera?», me preguntaba. Otro lector, de Idaho, me describía sus luchas con la oración como quejidos de clase media en cuanto a cosas como las deudas por los estudios universitarios, el mal manejo del dinero, las peleas en el matrimonio, un negocio fracasado y un padre que estaba envejeciendo. No obstante, el tono de la carta se animaba, cuando mencionaba a su hijo, que debido a un derrame cerebral durante el nacimiento, había crecido con un pie gravemente deformado y una mano inútil. «Oramos a diario para que Dios sane su cuerpo», escribía el padre. ¿Se preocupa Dios por asuntos así? La mayoría de nosotros tenemos deseos secretos; si no de sanidad, de éxito, felicidad, seguridad y paz. «¿Nos atrevemos a pedirle a Dios algunas de estas cosas? … Busco un camino por el que pueda andar, y enseñarle a mi hijo». Una mujer de cuarenta y un años me escribió primero acerca de su conversión de judía a seguidora de Jesús, y luego sobre una espantosa prueba, un cáncer de seno que se había extendido a los pulmones y al hígado. A veces se alejaba por completo de Dios, pero «después de mantenerme taciturna en silencio por un período de días o de semanas volvía a Dios lentamente y de mala gana, con un rictus de amargura en la cara, pero reconociendo que no sabría cómo vivir alejada de Dios». A lo largo de toda su larga odisea, se angustiaba porque quería saber cómo orar. ¿Cuál es el propósito que tiene orar para que algo suceda? Puedo entender la oración como un medio de tratar simplemente de establecer una comunión con Dios. Pero, ¿por qué debo orar para que alguien se sane, o mi esposo consiga un trabajo, o mis padres reciban la salvación? Oro por otras personas, porque muchas veces siento que eso es lo único que puedo hacer, y me aferro a la esperanza de que tal vez, solo tal vez, en esta ocasión, mi oración importará. Con mi puño crispado DEE La oración es un área en la que echo de menos con desesperación a mi anciano amigo Paul. Solía mirar furtivamente de reojo su cara cuando oraba. La última vez que oré con él, abrí mis ojos y vi que tenía sus manos plegadas sobre la mesa de la cocina con su cabeza apoyada sobre ellas. Postrado ante su Hacedor. Siempre sentí que cuando Paul oraba, Dios pedía silencio en el cielo, se inclinaba hacia delante en su trono y decía: «Guarden silencio, mi siervo fiel Paul está orando». Ahora atesoro ni reunión de oración los miércoles por la noche con la viuda de Paul, Margaret. Me voy a su casa enseguida después de mi trabajo. Comemos juntas y nos vamos a la reunión de oración de su iglesia, y después tenemos nuestro propio tiempo de oración. Ella también ora de una manera que hace silenciar al cielo. Me pregunto si vivir en oración viene con la edad, si tal vez para cuando yo tenga ochenta y más años, también tendré esa fe sencilla, elegante y confiada. Allá por mis años de oscurantismo mi terapista, que también había trabajado conmigo para que perdonara a mi padre, me sugirió que, dada la alternativa entre perdonar a mi padre por lo que me había hecho y el infierno, yo escogería el infierno. Él tenía razón. Sería el infierno, sin cuestionarlo. En algún punto en mi oscuridad, mientras todavía levantaba contra la cara de Dios mi puño crispado, empecé a orar: «Él no quiere que ninguno perezca sino que todos vengan al arrepentimiento». Persistía en recordarle a Dios que «ninguno» y «todos» son palabras incluyentes, y que por consiguiente, debía incluirme a mí. Eso era todo lo que podía orar. Sentada en mi cubículo en mi trabajo un día, me sentí abrumada de repente por el anhelo de que alguien orara por mí, y pensé en Paul y Margaret. De forma milagrosa, ellos estaban en casa y no tenían compromisos. También vinieron mi pastor y su esposa, y sentados en la sala de Paul y Margaret dejé salir toda la mugre de la alcantarilla de mi corazón. Paul sintió, además de orar por mí, que también debía orar por mi padre. Yo no estaba tan segura. Recuerdo con claridad las primeras palabras de mi pastor en su oración: «No quiero orar por este hombre». En realidad no hay palabras en el inglés para describir cómo me sentí cuando terminaron de orar por mí. La combinación de todas las emociones me hizo sentir como si me fuera a desintegrar. En un movimiento nada característico, estiré mi mano y la coloqué sobre la rodilla de Paul. Él de inmediato tomó mi mano y la sostuvo entre las suyas, acariciándola con ternura. Esa sesión de oración fue el asalto inicial a la fortaleza del mal que había en mi corazón. Muchas veces cuando oro siento que estoy levantando contra el rostro de Dios mis puños crispados (desafío) o golpeándolos contra su pecho (aflicción). Quisiera poder simplemente colocar mis manos sobre sus rodillas, y que él las sostuviera entre las suyas. Vi una película en la que la protagonista está dolida y furiosa, y golpea con sus puños el pecho del héroe. Conforme él con toda calma toma entre las suyas las manos de la mujer, la cámara se concentra en una vista de cerca de ambas manos; las de él sosteniendo las de ella. Esta imagen es una oración visual mía. Mis guías espirituales siempre amonestan a nuestra congregación a que pasemos horas en oración, intercediendo por los necesitados. ¿Por qué, si Dios tiene planes y sabe lo que queremos y necesitamos y lo que es mejor para nosotros, debo pasar horas pidiéndole que cambie de parecer? ¿Y cómo orar con fe cuando al parecer esa clase de oración rara vez recibe respuesta? Me hablaba de los cientos de personas que estaban orando para que ella se sanara de su cáncer, y se preguntaba si sus oraciones importaban. «¿Tengo yo más probabilidades de ser sanada, que mi amiga que también tiene cáncer, pero que solo tiene un puñado de personas que oran de manera regular por ella? A veces bromeo diciendo que Dios me tiene que sanar, o le tendrá que dar cuentas a cada una de esas personas que están orando por mí». Esta mujer es maestra de primaria en una escuela evangélica, y un día asignó esta tarea: si encontraran a Jesús andando por la calle, ¿qué le preguntarían? La mayoría de los alumnos escribieron preguntas llenas de curiosidad: «¿Cómo es el cielo?» y «¿Cómo eran las cosas cuando eras niño?» Un escolar escribió: «¿Por qué no sanas a mi mamá?» y «¿Por qué mi papá no halla un empleo?» Con gran emoción, reconoció la letra de aquel alumno… Era su propio hijo. La carta más inquietante de todas habla de la herida abierta dejada por una oración no contestada. Durante años, unos padres habían orado, pidiéndole a Dios que protegiera a su hijo, que estaba emocionalmente perturbado. Un día recibieron una llamada de su hija para avisarles que acababa de encontrar al joven de veintidós años muerto por envenenamiento con monóxido de carbono. Aquella carta expresaba su sencilla reacción ante Dios: «Señor, hemos orado continuamente por nuestros tres hijos. ¿No has oído nuestras oraciones?» Después de esto, la madre había escrito algunos de sus versículos favoritos de la Biblia: «Lo que pidan en mi nombre, yo lo haré… Nunca los dejaré, ni los abandonaré… Mi gracia es suficiente… Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman». ¿Cómo podía ella reconciliar esos versículos con el suicidio de su hijo? Jesús en oración Aunque contesté cada una de aquellas cartas, hacerlo me dejó con más preguntas que respuestas. Todo lo que sigue —en verdad, la existencia misma de este libro— brota de mi búsqueda de respuestas, por lo que enfocaré estas preguntas desde diferentes ángulos mientras camino alrededor del misterio que constituye oración. ¿Qué puedo descubrir en cuanto a la oración, que pueda ofrecer consuelo de alguna manera? Como punto de arranque tomé historias de la vida real sobre un preso, un hombre de clase media de Idaho, una sobreviviente de cuarenta y un años quetiene cáncer de seno y una familia devastada por el suicidio, y busco las ideas de un rabino del siglo primero que cambió el mundo. Con seguridad, Jesús conocía tanto el potencial como las limitaciones de la oración. He dicho que la respuesta más sencilla a la pregunta «¿Por qué orar?» es «Porque Jesús lo hizo». ¿Qué relevancia pueden tener las oraciones de Jesús para las personas que me escriben esas cartas? Los evangelios recogen apenas un poco más de una docena de oraciones específicas de Jesús, junto con varias parábolas y enseñanzas sobre el tema. Él seguía la práctica judía normal de visitar la sinagoga, la «casa de oración», y de orar por lo menos tres veces al día. Podemos estar seguros también de que oraba en privado, porque cuando sus discípulos le pidieron que los enseñara a orar, les dijo que se debían retirar para estar a solas. Esas oraciones suyas causaron una impresión en sus seguidores: los evangelios mencionan cinco veces que Jesús acostumbraba orar a solas. Como muchos de nosotros, Jesús acudió a la oración en momentos en que existían problemas. Sin duda, oró con intensidad mientras ayunaba y meditaba en las Escrituras durante sus cuarenta días de tentación en el desierto. Oró en voz alta cuando se acercaba su encuentro con la muerte, expresando con palabras su conflicto interno: «Ahora todo mi ser está angustiado, ¿y acaso voy a decir: “Padre, sálvame de esta hora difícil”? ¡Si precisamente para afrontarla he venido!» Sus oraciones en el huerto de Getsemaní lo empujaron hasta el borde mismo de su resistencia, y cayó a tierra tres veces, abrumado. Las oraciones de Jesús no escondían nada. Dos de sus oraciones en momentos de problemas (el Abba de Getsemaní y el Eloi de la cruz) fueron tan conmovedoras, que las palabras del lenguaje semita original quedaron grabadas en la mente de los que las oyeron. De las siete veces que habló desde la cruz, por lo menos tres fueron oraciones. En Hebreos se nos informa que «Jesús ofreció oraciones y súplicas con fuerte clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte»… pero por supuesto, no fue salvado de la muerte. Como los que me escriben esas cartas, como todos nosotros a veces, Jesús conocía lo que sentimos cuando no recibimos una respuesta a nuestras súplicas. Al parecer, la otra forma típica de petición, la oración por las cosas insignificantes, tenía escaso lugar dentro de la práctica de Jesús. Las cosas comunes y corrientes de todos los días, sí: el Padrenuestro menciona el pan cotidiano, las tentaciones y las relaciones rotas, pero estas peticiones tienen muy poco de triviales. Por cierto, las oraciones de Jesús presentan una impresionante falta de preocupación por sus propias necesidades. Es posible que las palabras «No me hagas beber este trago amargo» representen la única vez que Jesús pidió algo para sí mismo. Sin embargo, si bien hizo pocas peticiones para sí mismo, oró con frecuencia por los demás. Oraba por los hijos que las madres le traían, y por «la gente que está aquí presente» junto a la tumba de Lázaro, y por Simón Pedro, a quien esperaba un tiempo de prueba. En su oración final de intercesión, como último aliento de gracia, rogó a favor de sus perseguidores: «Padre… perdónalos, porque no saben lo que hacen». Cuando estaba a solas, se apoyaba en la oración como manera de recargar su espíritu. Después de un día agotador de ministerio —escogiendo discípulos, predicándoles a las multitudes, sanando enfermos— se retiraba a un lugar aislado para orar. El tentador había usado en el desierto la seducción de la popularidad y la aclamación para probarlo, y tal vez necesitara escapar de aquel clamor para hacer más firme su resistencia y renovar su sentido de misión. «Yo tengo un alimento que ustedes no conocen», les aseguró a sus discípulos, que se preocupaban porque él no comía en esas ocasiones. Las oraciones de Jesús se intensificaron alrededor de algunos sucesos clave: su bautismo, en una sesión de toda la noche antes de escoger a sus doce discípulos, en el Monte de la Transfiguración, y en especial mientras se preparaba para partir. Una vez prorrumpió en una exuberante oración, cuando un grupo numeroso de seguidores suyos que había enviado en una misión a corto plazo regresó con informes sobre su triunfo espiritual. Oró por sus discípulos para que el Espíritu Santo descendiera como el «Consolador para que los acompañe siempre». En una oración larga y magnífica recogida en Juan 17, oró no solo por sus discípulos inmediatos, sino también por todos aquellos que a lo largo de toda la historia creeríamos en él gracias al mensaje de ellos. ¿Tiene importancia la oración? Después de examinar la práctica de Jesús en cuanto a la oración, me doy cuenta de que su ejemplo responde a una pregunta importante sobre la oración: ¿Tiene importancia? Cuando se filtran las dudas y me pregunto si la oración es una forma santificada de hablar conmigo mismo, recuerdo que el Hijo de Dios, el que hizo existir los mundos con su palabra y sostiene todo lo que existe, sintió una imperiosa necesidad de orar. Oraba como si su oración fuera a cambiar las cosas; como si el tiempo que le dedicaba a la oración importara tanto como el tiempo que dedicaba a atender a las personas. Un amigo médico que se enteró de que yo estaba investigando sobre la oración, me dijo que debía empezar con tres suposiciones previas bastante grandes: (1) Dios existe; (2) Dios es capaz de oír nuestras oraciones; y (3) Dios se interesa en nuestras oraciones. «Ninguna de estas tres afirmaciones se puede demostrar ni refutar», dijo. «Hay que creer en ellas, o no creer». Por supuesto, tiene razón, aunque a mí el ejemplo de Jesús me ofrece una fuerte evidencia a favor de esas creencias. Desechar la oración, llegar a la conclusión de que no importa, significa ver a Jesús como un iluso. En correspondencia a las creencias de su pueblo, Jesús creía realmente que la oración puede cambiar las cosas. Los romanos de aquellos tiempos les dirigían sus oraciones a sus dioses como quien agita un amuleto de la buena suerte, sin esperar mucho en realidad. Los escépticos griegos denigraban la oración, y sus dramaturgos entretejían en sus obras oraciones absurdas, ridículas e incluso obscenas para hacer que el público riera hasta desternillarse. Solo los obstinados judíos, a pesar de su trágica historia de oraciones sin contestar, sostenían que un Dios supremo y amante gobernaba sobre la tierra, escuchaba sus oraciones y algún día las respondería. Jesús afirmó ser parte de esa respuesta; él era el cumplimiento del anhelo judío por el Mesías. «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre», dijo una vez, y anduvo por todas partes manifestando que la voluntad del Padre era darles de comer a los hambrientos, sanar a los enfermos y poner en libertad a los cautivos. Cuando recibo cartas de personas con problemas insolubles, les digo que no puedo responder cuando me preguntan «¿Por qué?» Sin embargo, sí puedo responder a otra pregunta: la de querer saber qué siente Dios con respecto a las dificultades por las que ellos están pasando. Sabemos cómo se siente Dios, porque Jesús nos mostró un semblante bañado a veces en lágrimas. Podemos seguir a Jesús por los evangelios y ver cómo reaccionó ante una viuda que había perdido a su hijo, una mujer marginada cuya hemorragia no cesaba, e incluso un oficial romano cuyo criado estaba enfermo. En su tierna misericordia, Jesús nos dio una señal visible sobre cómo el Padre debe estar escuchando nuestras oraciones. «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo», nos enseñó a decir cuando oremos, y él, mejor que todas las demás personas, conocía mejor que nadie el contraste existente entre uno y otro lugar. En la tierra, se enfrentaba a diario con muestras de oposición a esa voluntad. Las madres le traían a sus bebés enfermos, los mendigos le suplicaban, las viudas se afligían, los demonios se burlaban de él, sus enemigos lo acechaban. En un ambiente tan ajeno, acudió a la oración como refugio ante las multitudes lloronas que lo acosaban, y también comorecuerdo de su verdadero hogar, un lugar donde no hay lugar para el mal, el dolor ni la muerte. Jesús se aferraba a la oración como si en ello le fuera la vida, porque le daba dirección y energía para conocer y hacer la voluntad del Padre. Para mantener la fe en el mundo «real» del que había venido, para alimentar su memoria con la luz eterna, tuvo que pasarse noches enteras orando, y otras veces, levantarse antes del amanecer. Aun entonces, a veces se exasperaba con el ambiente terrenal que lo rodeaba («¡Ah, generación incrédula!… ¿Hasta cuándo tendré que estar con ustedes?».) A veces luchaba contra la tentación («No pongas a prueba al Señor tu Dios»), y a veces dudaba («“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”»). Los escépticos suscitan preguntas en cuanto a la utilidad de la oración: Si Dios sabe qué es lo mejor, ¿de qué sirve orar? Un pastor me preguntó: «¿Debería simplemente dejar de molestar a Dios con mis insignificantes peticiones por mí mismo y por los demás, y dejar que él siga en su tarea de gobernar el universo, mientras yo hago lo más que puedo por atender las cosas aquí abajo?»* Ante estas preguntas, no tengo mejor respuesta que el ejemplo de Jesús, que conocía mejor que cualquiera de nosotros la sabiduría del Padre y, sin embargo, sentía una fuerte necesidad de inundar los cielos con sus peticiones. Aunque Jesús no nos ofreció ninguna prueba metafísica sobre la eficacia de la oración, el mismo hecho de que él oraba le da validez. «Pidan y recibirán», dijo con franqueza, lo cual es una reprensión para cualquiera que considere la petición como una forma primitiva de oración. Cuando sus discípulos no pudieron sanar a un muchacho endemoniado, él tuvo una simple explicación: la falta de oración. Los límites de la oración Y sin embargo, según parece, la oración no fue un asunto sencillo, ni siquiera para Jesús. Una vez escribí un artículo titulado «Las oraciones no contestadas de Jesús», y me dio un cierto consuelo más bien melancólico revisar el historial de sus oraciones y hallar que con respecto a la oración, él también participaba plenamente de la condición humana. Como los que me escriben cartas, Jesús conocía el desengaño que producen las oraciones no contestadas. Al fin y al cabo, su oración más larga se centra en una petición de unidad «para que todos sean uno, Padre, así como tú estás en mí y yo en ti». La más ligera familiaridad con la historia de la Iglesia (formada, según un conteo reciente, por treinta y cuatro mil denominaciones y sectas distintas) muestra lo lejos que está esa oración de ser contestada. Incluí en mi lista de oraciones problemáticas la noche en la cual Jesús buscó dirección para escoger a los doce discípulos a quienes les confiaría su misión. «Por aquel tiempo se fue Jesús a la montaña a orar, y pasó toda la noche en oración a Dios», relata Lucas. «Al llegar la mañana, llamó a sus discípulos y escogió a doce de ellos, a los que nombró apóstoles». Sin embargo, a leer los evangelios, me pregunto si aquella extraña docena de hombres constituiría la respuesta a una oración. Entre ellos estaba, como lo señala Lucas de manera explícita, «Judas Iscariote, que llegó a ser el traidor», por no mencionar a los ambiciosos Hijos del Trueno y al impetuoso Simón, al que Jesús pronto reprendería llamándole «Satanás». Me pregunto si cuando Jesús más adelante suspiró exasperado por estos doce: «¿Hasta cuándo tendré que soportarlos?», no estaría poniendo momentáneamente en duda la indicación que le había dado su Padre en la ladera de aquella montaña. En su sugestivo libro The Gospel According to Judas [El evangelio según Judas], el teólogo Ray Anderson medita en el hecho de que Jesús escogiera a Judas como uno de los doce. ¿Vio de antemano el destino de Judas la noche en que oró? ¿Le recordó al Padre aquella oración cuando Judas se levantó de la mesa en la última cena para ir a traicionarlo? Anderson deriva de las experiencias de Judas un principio clave en cuanto a la oración: «La oración no es un medio de quitar de en medio los elementos desconocidos e impredecibles de la vida, sino más bien una manera de incluir lo desconocido e impredecible en el resultado que produce la gracia de Dios en nuestra vida». Ciertamente, las mismas oraciones de Jesús por sus discípulos no eliminaron «los elementos desconocidos e impredecibles». Los doce sorprendieron y desilusionaron periódicamente a Jesús con sus mezquinos intereses y su fe tan insuficiente. Al final, los doce le fallaron en su hora de mayor necesidad. Sin embargo, a la larga, once de los doce sufrieron una transformación lenta, pero continua, haciendo surgir una especie de respuesta a largo plazo a la oración original de Jesús. Juan, uno de los Hijos del Trueno, se suavizó hasta ser «el apóstol del amor». Simón Pedro, que se ganó el regaño de Jesús por retroceder a la idea de un Mesías sufriente, más tarde mostró cómo «seguir en sus pasos» al sufrir como Cristo lo hizo. La única excepción, Judas, traicionó a Jesús, y sin embargo ese acto lo condujo hasta la cruz y la salvación del mundo. De una manera extraña y misteriosa, la oración incorpora lo desconocido e impredecible a la obra de la gracia de Dios. Aunque las oraciones de Jesús no nos ofrecen una fórmula infalible, sí nos dan indicios de cómo Dios obra —y cómo no obra— en este planeta. En especial, cuando surge el problema, nosotros queremos que él intervenga de manera más decisiva. En cambio, las oraciones de Jesús subrayan el estilo moderado de Dios, motivado por su respeto a la libertad humana. Muchas veces, Dios está gobernando cuando se niega a actuar. Una escena en particular muestra las limitaciones que tiene la oración en sí misma. «Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido zarandearlos a ustedes como si fueran trigo», le informó Jesús a Pedro, usando de manera deliberada su antiguo nombre. «Pero yo he orado por ti, para que no falle tu fe». Con su característica falta de reflexión, Pedro insistió en que seguiría a Jesús a la cárcel y a la muerte, y entonces Jesús le reveló la horrible verdad de que en realidad le negaría tres veces ese mismo día antes que el gallo cantara. No puedo evitar preguntarme por qué Jesús no le negó a Satanás su petición de poner a prueba a Simón: «No, él está fuera de tus límites. ¡No puedes tocarlo!» O por qué no fortaleció milagrosamente a Pedro para que pudiera resistir aquel zarandeo. Lo que hizo fue escoger la táctica más sutil de orar para que no vacilara la fe de Pedro. Búsqueda del tesoro HAROLD Hasta donde puedo recordar, la oración ha sido una presencia en mi vida. Por años daba una caminata de oración de una hora todos los días por una vieja vía ferroviaria detrás de mi casa. Llevaba listas de respuestas a la oración. Otras veces sencillamente dejaba de orar por un tiempo, debido a la frustración y a las preguntas en cuanto a su utilidad… pero siempre volvía a hacerlo. Al leer acerca de personas como la Madre Teresa, Billy Graham, Henri Nouwen, me anima el hecho de que todos ellos lucharon con la oración en algún momento. Varios días atrás me desperté deprimido, como a menudo me sucede, y oré: «Señor, me hallo en un abismo emocional. Necesito tu ayuda para salir». Para las once esa mañana, se me ocurrió que Dios había respondido a esa oración, e hice una pausa para agradecerle. Mediante la oración vuelvo a conectarme con Dios todo el día. La química de mi cuerpo en realidad cambia conforme le entrego de forma consciente a Dios mis problemas y busco su ayuda. En verdad vivimos un día a la vez. De nada sirve en realidad afanarnos por el futuro, que no podemos controlar, o por el pasado, que no podemos cambiar. Así que le pido a Dios que me ayude a aprovechar al máximo lo que él quiere recalcar en mi día. Cada día es una especie de búsqueda del tesoro, buscando los tesoros de Dios, pero requiere una conexión intencional con Dios despertarme, hacerme consciente. Para mí, la oración es clave para hacer de la vida una aventura. En la serie Señor de los anillos de Tolkien, el pobre Frodo solo recibesuficiente dirección para el siguiente paso de la jornada. Al mirar hacia atrás, todo resulta, pero la mayoría del tiempo él deambula de aquí para allá confundido e impotente. Solo en ocasiones, y de maneras sutiles, Gandalf le brinda ayuda y dirección de forma activa. Como Frodo, vivimos en un mundo de oposición, saturado de sexo y lleno del mal, violencia y pobreza. ¿Es este el mundo de mi Padre? Acudo a Dios con quejas y lamentos. Lucho con Dios, y le exijo que rinda cuentas. Y pienso que Dios recibe bien ese diálogo. En el proceso, aprendo lo que soy. Alguien le preguntó al asesor suizo Paul Tournier: «¿Cómo define usted a un hipócrita?», y él replicó: C’est moi, soy yo. La oración me recuerda esa verdad. La oración también endereza mis expectativas. A mi hijo, pequeño para su edad, le encanta jugar al fútbol estadounidense. Él practica con fidelidad, bregando por el lodo, y durante los juegos espera que lo aplasten los jugadores de defensa que pesan como cincuenta kilos más que él. Mi hijo ve el fútbol como una especie de batalla, y naturalmente esta incluirá dolor y conflicto. Yo veo la vida del creyente en este planeta como una batalla también. Tratamos de seguir a Dios en un lugar que está en activa rebelión contra él. No espero que la oración haga esto más fácil, o menos lleno de problemas. Lo que sí espero es que me dé la fuerza interna para seguir luchando. La persistencia es mi manera de demostrar la fe. Por supuesto, la fe de Pedro sí falló, y tres veces. ¿Pertenece esta petición a la lista de las oraciones no contestadas de Jesús? ¿O más bien sugiere el patrón subyacente sobre la forma en que Dios opera en la tierra? Esta escena con Pedro tiene paralelos fascinantes con el relato sobre Judas. Allí también un discípulo de confianza fracasó en una prueba de fe, con unas consecuencias que parecían catastróficas. Lucas, estupefacto ante una traición tal, se limita a informar: «Entonces entró Satanás en Judas». ¿De qué otra manera se puede explicar su manera de obrar? Judas y Pedro se vieron atrapados en un drama de guerra espiritual que no podían reconocer ni imaginar. Satanás persiguió directamente a ambos discípulos; sin embargo, cada uno de ellos tenía una medida de responsabilidad personal, porque Satanás no conquista a nadie sin su cooperación. Ambos hombres fracasaron tristemente en su prueba de fe, traicionando a un maestro al que habían seguido por tres años. No obstante, incluso después de su fracaso, ambos se enfrentaron a la posibilidad de redención. Uno se dio cuenta de su error y se ahorcó. El otro también se percató de su error, pero se arrepintió, y llegó a ser uno de los pilares de la Iglesia. ¿Es posible que la oración de Jesús por Pedro impidiera que se convirtiera en otro Judas? ¿Y qué clase de oración habría podido hacer por Judas, él que nos había enseñado a orar por nuestros perseguidores, que fue lo que él mismo lo hizo desde la cruz? Su última escena juntos muestra a Jesús diciéndole a Judas: «Amigo… ¿a qué vienes?». La prueba de Pedro es un débil eco del complot contra Job: Satanás pide permiso para hacer de las suyas, Dios se lo concede y entonces, mostrando una restricción que aturde, espera para ver cómo responde aquel ser humano sometido a la prueba. Pedro, al igual que Job y que cualquier otro, tenía la libertad de superar la prueba o de fracasar en ella. Jesús añade otro factor: su propia oración ferviente a favor de Pedro. El resultado de estos complots en personas como Job, Judas y Pedro, arroja una luz sobre el gran enigma de la historia humana. ¿Por qué Dios se cruza de brazos mientras Satanás hace de las suyas; mientras unos tiranos perversos oprimen a las personas buenas; mientras un traidor entrega al enemigo al propio Hijo de Dios? La Biblia señala un fuerte contraste entre el estilo del mal, que aplasta la libertad, y el estilo del bien, que la respeta. En una vívida escena de posesión demoníaca, Marcos 9 nos muestra a un joven que echa espuma por la boca, cruje los dientes y se lanza al fuego o al agua. Cada una de esas maneras de posesión maligna va transformando al muchacho en una caricatura de ser humano, abrumando por la fuerza a su libertad. Compara esta escena con la habitación del Espíritu Santo en el creyente. Pablo nos advierte: «No apaguen el Espíritu» y «No agravien al Espíritu Santo de Dios». El Señor del universo se hace tan pequeño, tan respetuoso de la libertad, que se pone a sí mismo en cierto sentido a nuestra merced. Las palabras no logran captar la enormidad del descenso que se produce en un Dios soberano cuando toma residencia en una persona y en realidad le dice: «No me hagas daño. No me alejes». El poeta John Donne oraba diciendo: «Golpea mi corazón, Dios Uno y Trino». Sin embargo, Dios lo hace muy pocas veces. Dios atrae, y espera. Las oraciones de Jesús por Pedro, y también tal vez por Judas, expresan el respeto inimaginable que tiene Dios por la libertad humana. Incluso cuando percibe que su amigo íntimo lo va a traicionar, Jesús no interviene con un milagro que aplaste su libertad. Permite que la historia siga su curso, a un enorme costo personal, orando todo el tiempo para que incluso la traición y la muerte sean redimidas como parte de la obra de la gracia de Dios. Por amor a Pedro y a Judas, y al mundo, esa oración halló una respuesta. Las oraciones que no se hacen Aprendo tanto de las oraciones que Jesús no hizo, como de las que hizo. Las que no hizo también subrayan el estilo misterioso en que Dios obra en este planeta. Cuando su primo Juan fue encarcelado y enfrentaba la seguridad de una ejecución, Jesús no oró para pedir que fuera milagrosamente liberado, así como no oró para que Satanás no pudiera tocar a Pedro, o para que Judas cambiará de parecer. En un aparte deslumbrante, reprendió a Pedro por su resistencia violenta en Getsemaní: «¿Crees que no puedo acudir a mi Padre, y al instante pondría a mi disposición más de doce batallones de ángeles?» Una legión romana tenía seis mil soldados, lo que significa que Jesús tomó la decisión no pedirle al Padre setenta y dos mil ángeles de refuerzo en el momento de su arresto. Judas y Pedro oyeron ambos aquella audaz afirmación, pero es evidente que ni el uno ni el otro la creyeron, puesto que Judas siguió adelante con su traición, mientras Pedro huía a esconderse en la oscuridad. Como resultado de la oración que Jesús no elevó, en lugar de una película al estilo de la Guerra de las galaxias, con un cielo lleno de ángeles guerreros y un feroz combate cósmico, tenemos una película como la de Mel Gibson, con una figura solitaria cuyo cuerpo es flagelado hasta convertirlo en guiñapo. ¿Qué habría pasado si Jesús hubiera hecho esa oración? ¿Cómo habría cambiado la historia? Jesús le habría podido poner fin al mal, y dicho sea de paso, a toda la historia humana, pidiendo fuerzas celestiales de rescate, pero tomó la decisión de no hacerlo. En lugar de una victoria obtenida por la fuerza, optó por una senda de redención mucho más ardua (para él y para el resto de nosotros). Todo el que lucha con Dios puede dirigir su mirada a aquella oscura noche en la cual el propio Hijo de Dios luchó con el Padre. «Abba, Padre», dijo, «todo es posible para ti». Ah, hay una salida. Al fin y al cabo, no tengo por qué soportar el dolor y la humillación. Es cierto que todo es posible. Hay unas legiones de ángeles en espera de mis órdenes. «No me hagas beber este trago amargo». Ya está; ya lo dije. La oración sin pronunciar ha pasado por mis labios. Me rindo, me someto. No puedo soportar el futuro, ni puedo soportar el presente. Tiene que haber alguna otra manera. Te suplico, Padre, si hay alguna otra manera… «Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú». Más que cualquier otra cosa yo quiero el rescate y la liberación de manos del enemigo. Eso es lo que tú también querrías; no solo por mí sino por el mundo entero. No podemos tener lo uno sin rendir lo otro, y para eso, por supuesto, fue para lo que vine. Por tanto, me rindo. Tu voluntad más grande, más costosa, Padre,es también la mía. En esa lucha, que fue en todo sentido una súplica auténtica de sudor, sangre y ardiente apelación a los cielos, la suerte de Jesús quedó sellada… por decisión propia. De manera insólita, mantuvo su tranquilidad de espíritu través de todo lo que siguió: los juicios ante el Sanedrín, Herodes, Pilato, las flagelaciones, la tortura y la misma crucifixión. La pasión de Cristo de Mel Gibson no siempre lo muestra de esa manera, pero en los relatos de los evangelios, el menos intimidado, el personaje más ecuánime de la escena, es Jesús. Cuando se les presenta a los guardias que lo arrestan, ellos retroceden y caen en tierra. Jesús es el que da las órdenes, como le recuerda a Pilato: «No tendrías ningún poder sobre mí si no se te hubiera dado de arriba». Para la mayoría de nosotros la oración sirve como recurso de ayuda en tiempos de prueba o de conflicto. Para Jesús, fue la batalla misma. Una vez que la oración de Getsemaní lo había sintonizado con la voluntad del Padre, lo que sucedió después solo fue el medio para cumplirla. Hasta ese punto fue importante su oración. En palabras de Haddon Robinson: ¿Dónde sudó Jesús con grandes gotas de sangre? No fue en la sala de Pilato, ni en el camino al Gólgota. Fue en el huerto de Getsemaní. Allí «ofreció oraciones y súplicas con fuerte clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte» (Hebreos 5:7). Si yo hubiera estado allí y presenciado esa lucha, me habría preocupado por el futuro. «Si él está tan quebrantado, que todo lo que hace es orar», habría dicho yo, «¿qué hará cuando se enfrente a una crisis real? ¿Por qué no se puede enfrentar a esta odisea con la misma calma confiada de sus tres amigos que duermen?» Sin embargo, cuando llegó la prueba, Jesús fue a la cruz con valentía, y sus tres amigos se sintieron destruidos y se alejaron. El dolor paternal Al final, ¿qué puedo aprender del ejemplo de Jesús en cuanto al funcionamiento de la oración? Más preciso aún: ¿qué les puedo decir a las personas cuyas cartas he citado antes en este mismo capítulo? Quisiera poder decirles que el Padrenuestro va a recibir una respuesta más rápida; que pronto será hecha la voluntad de Dios en esta tierra como ya lo es en el cielo. Creo en los milagros, pero también creo que son milagros; raras excepciones a las leyes normales que gobiernan el planeta. No puedo prometer, como tampoco puede hacerlo nadie, que la oración va a resolver todos los problemas y eliminar todo sufrimiento. Al mismo tiempo, sé que Jesús les ordenó a sus seguidores que oraran, con la certeza de que eso marcaría una diferencia dentro de un mundo lleno de oposición a la voluntad de Dios. Por la razón que sea, Dios ahora tolera a un mundo en el cual los padres maltratan físicamente a sus hijos discapacitados, en el que hay niños que viven con defectos congénitos, hay cáncer de seno con metástasis, y jóvenes perturbados que se suicidan. ¿Por qué Dios actúa tan raras veces, respondiendo nuestras peticiones de oración con una intervención milagrosa? ¿Por qué el sufrimiento se distribuye tan al azar, de manera tan desigual? Nadie sabe la respuesta completa a esas preguntas. Por un tiempo, Dios ha decidido operar en este planeta destrozado, principalmente de abajo hacia arriba, antes que de arriba hacia abajo, esquema de actuación al cual el propio Hijo de Dios se sujetó mientras estuvo en la tierra. En parte por respecto a la libertad humana, Dios permite a menudo que las cosas funcionen «naturalmente». Con todo, podemos tener una seguridad: Dios siente la misma compasión por el sufrimiento humano que demostró Jesús mientras andaba entre nosotros. Cuando miró a la ciudad de Jerusalén, sabiendo lo que sus dirigentes tenían guardado para él, clamó: «¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como reúne la gallina a sus pollitos debajo de sus alas, pero no quisiste!» Aunque no era padre, sabía bien lo impotentes que se sienten los padres amorosos que ven cómo sus hijos toman decisiones autodestructivas. Cuando oro, mantengo presente ante mí el rostro compasivo de Jesús. Jesús conocía también lo costosa que era esa limitación que Dios se había impuesto a sí mismo; el profundo costo personal que tendría el permitir que el mundo se saliera con la suya con respecto a él. Entendía que la redención surge cuando se atraviesa el dolor, no cuando se lo evade: «Por el gozo que le esperaba, soportó la cruz». De alguna manera el sufrimiento redimido es mejor que la falta absoluta de sufrimiento; la Pascua de Resurrección es mejor que saltarnos por completo el Viernes Santo. Aunque Jesús conocía de antemano el esquema de la redención —él mismo se lo había revelado a sus discípulos— qué remoto debe haberle parecido en el huerto y en la vía dolorosa. Y qué remoto nos parece a todos nosotros en medio de nuestras pruebas. La oración de Jesús por Pedro presenta el mismo esquema con un marcado relieve. En parte, Satanás se salió con la suya en cuanto Pedro, puesto que lo zarandeó como al trigo. Pero en respuesta a la oración de Jesús, aquel zarandeo libró a Pedro de sus cualidades menos atractivas: su arrogante confianza en sí mismo, su irritabilidad y su propensión a la violencia. Los evangelios presentan a Pedro tratando de convencer a Jesús para que evadiera la cruz, escondiéndose en la oscuridad de la noche durante el juicio de Jesús, y jurando que no lo conocía siquiera. Sin embargo, en su primera epístola, un apóstol Pedro transformado usa palabras como humilde y sométanse, y recibe el sufrimiento como una insignia de honor. Dios no les ha puesto un bozal a las fuerzas del mal; al menos todavía no,* pero nos ha provisto de recursos que van más allá de nuestra conciencia, entre ellos el interés personal de su Hijo, para contrarrestar el mal, e incluso transformarlo. Sabemos que la oración es importante, porque después de dejar la tierra, Jesús la convirtió en una de sus tareas primarias: «Por eso también puede salvar por completo a los que por medio de él se acercan a Dios, ya que vive siempre para interceder por ellos». Así como una vez oró por Pedro, ahora ora por nosotros, y esto incluye a aquellos cuyas cartas he citado. Es más, el único vislumbre que nos da el Nuevo Testamento sobre lo que Jesús está haciendo ahora mismo, lo presenta a la diestra de Dios, «intercediendo por nosotros». En tres años de ministerio activo, Jesús cambió el paisaje moral del planeta. Desde entonces, y durante casi dos mil años, ha estado usando otra táctica: la oración. Cuando yo traiciono el amor de Dios y la gracia que él ha tenido conmigo, me refugio en la promesa de que Jesús ora por mí, como lo hizo por Pedro, no para que yo nunca me tenga que enfrentar a una prueba, ni para que nunca falle, sino para que al final yo permita que Dios use las pruebas y los fracasos con el fin de moldearme de manera que sea más útil para su reino; que sea alguien más parecido a Jesús. * El filósofo Rousseau tenía una explicación similar a por qué él no oraba: «¿Por qué debo pedirle que cambie por mí el curso de las cosas? Yo que debería amar, sobre todo, el orden establecido por su sabiduría y mantenido por su providencia, ¿debería desear que ese orden sea disuelto por mi gusto?» * La Biblia promete que este estilo de obrar es temporal. Contrástese la oración de Jesús por Pedro con esta predicción de cómo Jesús tratará con el mal en el futuro: «Entonces se manifestará aquel malvado, a quien el Señor Jesús derrocará con el soplo de su boca y destruirá con el esplendor de su venida». CAPÍTULO 7 UNA PELEA CUERPO A CUERPO La oración bíblica es impertinente, persistente, desvergonzada, indecorosa. Se parece más a los regateos en un bazar al aire libre, que a los corteses monólogos de la iglesia. WALTER WINK La iglesia a la que asisto reserva un breve momento para que las personas de las bancas puedan orar en voz alta. Con el correr de los años he oído centenares de esas oraciones, y con muy pocas excepciones, es cierto que se lespuede aplicar la palabra cortés. Sin embargo, hay una que se destaca en mi memoria debido a su cruda emoción. En voz clara pero temblorosa, una joven empezó con estas palabras: «¡Dios mío, te odié después que me violaron! ¿Cómo pudiste permitir que esto me sucediera?» La congregación se quedó repentinamente en silencio. Se acabaron los ruidos de papeles y los movimientos de la gente en sus asientos. «Y detestaba a la gente de esta iglesia que trataba de consolarme. Yo no quería consuelo. Quería venganza. Quería desquitarme. Gracias, Dios mío, porque no te diste por vencido conmigo, ni tampoco lo hicieron algunas de estas personas. Tú me seguiste buscando, y ahora vuelvo a ti y te pido que sanes las cicatrices de mi alma». De todas las oraciones que he oído en la iglesia, esa es la que más se parece al estilo de las oraciones de las que encuentro la Biblia repleta, en especial las de los favoritos de Dios, como Abraham y Moisés. En la autobiografía de Nelson Mandela encontré otra oración típica del estilo de la Biblia: La oración de apertura de uno de los ministros se me ha quedado grabada todos estos años y ha sido una fuente de fortaleza en tiempos de dificultad. Le agradeció al Señor su abundancia y su bondad, su misericordia y su interés por todos los hombres. Pero entonces se tomó la libertad de recordarle que algunos de sus súbditos son más pisoteados que otros, y que a veces da la impresión de que él no les estuviera prestando atención. El ministro dijo después que si el Señor no mostraba un poco más de iniciativa para conducir a los negros a la salvación, los negros tendrían que tomar las cosas en sus propias manos. Amén. Un siglo antes de Mandela, la antigua esclava Sojourner Truth, dirigente del movimiento abolicionista y del movimiento para conseguir el derecho a voto de las mujeres, no tenía reparos en orar exactamente lo que le venía a la mente. Cuando su hijo cayó enfermo, oró diciendo: «Oh, Dios mío, tú sabes lo afligida que estoy, porque ya te lo he dicho una y otra vez. Ahora, Señor, ayúdame a sanar a mi hijo. Si tú estuvieras en problemas en que yo estoy, y yo pudiera ayudarte como tú me puedes ayudar a mí, ¿piensas que no lo haría? Sí, Dios mío, tú sabes que lo haría». Cuando cayó en dificultades financieras, oró así: «Oh, Dios mío, tú sabes que no tengo dinero, pero puedes hacer que otras personas hagan algo por mí, y debes hacer que lo hagan. Nunca te daré paz hasta conseguirlo, Señor». Cada una de estas oraciones llenas de enojo, hechas en siglos sucesivos, sigue el camino trazado en la Biblia hace mucho tiempo. El regateador Abraham, un hombre justamente celebrado por su fe, oía a Dios en visiones, en conversaciones de persona a persona, e incluso en una visita personal que le hizo en su carpa. Dios le ponía delante unas promesas resplandecientes, una de las cuales lo sorprendió por completo. Era la seguridad de que sería el padre de una gran nación. Abraham tenía setenta y cinco años cuando oyó por primera vez esa promesa, y en los pocos años que siguieron, Dios la mejoró más aún al indicarle que tendría una descendencia tan abundante como las arenas de la tierra y las estrellas del cielo. Mientras tanto la naturaleza seguía su curso, y a una edad en la que les habría debido estar acariciando la cabeza a sus bisnietos, Abraham seguía sin hijos. Él sabía que le quedaban pocos años de fertilidad, si es que le quedaba alguna. En una de las visitas de Dios, le hizo la amenaza velada de que conseguiría un heredero mediante una unión con una de sus criadas. A los ochenta y seis años, siguiendo las sugerencias de su estéril esposa Sara, eso fue precisamente lo que hizo. La siguiente vez que Dios lo visitó, ese descendiente, un hijo llamado Ismael, era un adolescente marginado que andaba deambulando por el desierto, víctima de los celos de Sara. Abraham se rio con fuerza cuando Dios le repitió la promesa, y ya para entonces, el sarcasmo se había infiltrado en su respuesta. «¿Acaso puede un hombre tener un hijo a los cien años, y una mujer como Sara ser madre a los noventa?» Sara participó en aquella amarga broma, rezongando: «¿Acaso voy a tener ese placer, ahora que ya estoy consumida y mi esposo es tan viejo?». Dios les respondió con un mensaje que a los oídos de Abraham debe haber parecido una noticia buena y mala a la vez. Ciertamente tendría un hijo, pero solo después de realizar una cierta cirugía menor en la parte de su cuerpo necesaria para la acción. Así se convirtió, tanto en padre de la circuncisión, como de Isaac. Ese patrón de desánimo y acción, de un Abraham que se enfrenta a Dios solo para ser derribado de nuevo, forma el trasfondo de una impresionante oración; en realidad un extenso diálogo entre Dios y Abraham. «¿Le ocultaré a Abraham lo que estoy por hacer?», empieza Dios, como si reconociera que una alianza válida requiere de una consulta antes de tomar cualquier decisión importante. Entonces, le revela su plan de destruir a las ciudades de Sodoma y Gomorra, notorias por su perversidad y por haber contaminado moralmente a la familia del propio Abraham. Ya en aquel momento, Abraham había asumido el papel que le correspondía en la alianza y no hizo ningún intento por esconder su desagrado. «¡Lejos de ti el hacer tal cosa! ¿Matar al justo junto con el malvado, y que ambos sean tratados de la misma manera? ¡Jamás hagas tal cosa! Tú, que eres el Juez de toda la tierra, ¿no harás justicia?» A continuación se produce una sesión de regateo muy parecida a las que se producen en cualquier bazar del Oriente Medio. Y si hay cincuenta personas justas en la ciudad, ¿la perdonarás? Muy bien; si puedo hallar cincuenta justos, perdonaré a las dos ciudades. De repente, Abraham recuerda con quién está regateando —Reconozco que he sido muy atrevido al dirigirme a mi Señor, yo, que apenas soy polvo y ceniza— pero a continuación reduce su petición a cuarenta y cinco personas. ¿Cuarenta y cinco? No hay problema. No se enoje mi Señor, pero permítame seguir hablando. Abraham se postra, y luego continúa presionando. ¿Cuarenta? ¿Treinta? ¿Veinte? ¿Diez? Todas las veces, Dios acepta sin discutir, y dice al fin: «Aun por esos diez no las destruiré». Aunque no se pudieron hallar diez justos para salvar a Sodoma y Gomorra, Abraham recibió lo que en realidad quería: la liberación para su sobrino y las hijas de este. Nosotros, los lectores, nos quedamos con la frustrante realidad de que Abraham dejó de pedir antes que Dios dejara de conceder. ¿Qué habría sucedido si Abraham hubiera regateado más fuerte aun y le hubiera pedido que perdonara a aquellas ciudades por amor a un justo, su sobrino Lot? ¿Estaba Dios, que le concedía con rapidez cuanto le pedía, buscando en realidad un defensor; un ser humano con suficiente intrepidez como para expresar el instinto tan profundo que era su propia misericordia? Como Abraham aprendió, cuando apelamos a la gracia y la compasión de Dios, el Dios aterrador desaparece muy pronto. «Eres lento para la ira y grande en amor, y… perdonas la maldad y la rebeldía». Dios es más misericordioso de lo que podemos imaginarnos, y recibe de buen grado nuestras apelaciones a esa misericordia. Cómo discutir con Dios Salta medio milenio hacia delante, hasta el momento en que aparece en la escena otro experto regateador. Dios, que «se acordó del pacto que había hecho con Abraham», escoge expresamente a Moisés, un hombre con el historial perfecto para realizar una tarea de suma importancia. Moisés se había pasado la primera mitad de su vida aprendiendo las habilidades del liderazgo en el imperio dominante del momento, y la otra mitad aprendiendo destrezas de supervivencia en el desierto, después de huir para evitar una condena por homicidio. ¿Quién mejor para dirigir por el desierto hasta la tierra prometida a una tribu de esclavos liberados? Así, para no dejar lugar a dudas, Dios se le presenta un día a Moisés por medio de un fenómeno nada natural: una zarza que arde sin consumirse. Como es lo adecuado, Moisés esconde el rostro, con miedo a mirar,cuando Dios le anuncia su misión: «Han llegado a mis oídos los gritos desesperados de los israelitas, y he visto también cómo los oprimen los egipcios. Así que disponte a partir. Voy a enviarte al faraón para que saques de Egipto a los israelitas, que son mi pueblo». A diferencia de Abraham, Moisés se pone a discutir desde la primera reunión. Prueba a utilizar una falsa humildad: ¿Y quién soy yo para presentarme ante el faraón? Cuando esto le falla, apela a otras objeciones: No sé tu nombre… ¿y qué tal si los israelitas no me creen?… Nunca he sido elocuente. Dios responde a cada una de ellas, haciendo unos pocos milagros para que quede establecida su credibilidad. Moisés le sigue suplicando que lo exima: Oh, Señor, por favor, envía a algún otro. A Dios se le agota la paciencia, y estalla en ira, pero aun así, le sugiere un acuerdo: que comparta su misión con su hermano Aarón. El famoso éxodo de Egipto comienza de este modo, solo después de una prolongada sesión de regateo. Moisés utiliza este talento para la negociación; aquel desenfado suyo, en una prueba suprema ocurrida un tiempo más tarde, cuando la paciencia de Dios con la tribu se ha agotado de verdad. Después de observar las diez plagas que cayeron sobre Egipto; después de salir de la esclavitud ilesos y cargados con un gran botín; después de ver cómo el ejército del faraón, que era la última palabra en poder militar, ahogándose en el agua; después de seguir una nube de día y una columna de fuego por la noche; después de recibir una provisión milagrosa de agua y comida (parte de la cual aún estaba en plena digestión) … después de todo esto, los israelitas tienen miedo, o se aburren, o son «tercos» según el diagnóstico de Dios, y lo rechazan todo a favor de un ídolo de oro que les ha hecho el hermano de Moisés, el mismo Aarón que Dios había nombrado en aquel acuerdo inicial. Dios había tenido más que suficiente. «Déjame que los destruya y borre hasta el recuerdo de su nombre. En cambio, de ti haré una nación más fuerte y numerosa que la de ellos». Moisés conoce bien el poder destructor que Dios puede desatar, porque lo ha visto en Egipto con sus propios ojos. Déjame, le dice Dios. Moisés oye esa palabra, no como una orden, sino como el suspiro de un padre acosado que ha llegado al final de sus posibilidades y, sin embargo, quiere de alguna manera que alguien lo detenga… En otras palabras, como una posición abierta a la negociación. Moisés despliega los argumentos. Mira todo lo que tuviste que pasar para librarlos de Egipto. ¿Cómo quedaría ahora tu reputación? ¡Piensa en cómo se van a burlar los egipcios! No te olvides de las promesas que le hiciste a Abraham. Vacía todo un costal repleto con las promesas hechas por Dios mismo.* Durante cuarenta días y cuarenta noches yace postrado ante el Señor, negándose a comer y beber. Al fin, Dios se rinde: «Ve a la tierra donde abundan la leche y la miel. Yo no los acompañaré, porque ustedes son un pueblo terco, y podría yo destruirlos en el camino». Moisés gana esa discusión también, puesto que Dios acepta a regañadientes acompañar a los israelitas durante el resto del camino. Algún tiempo más tarde, todo se ha vuelto al revés. Esta vez es Moisés el que está listo para darse por vencido. «¿Acaso yo lo concebí, o lo di a luz, para que me exijas que lo lleve en mi regazo, como si fuera su nodriza, y lo lleve hasta la tierra que les prometiste a sus antepasados?» Y en esta ocasión es Dios el que le responde con compasión a Moisés, lo tranquiliza, le hace ver que comprende sus quejas, y le indica que nombre a setenta ancianos para que compartan su carga. Moisés no ganó todas sus discusiones con Dios. La más notable que perdió fue aquella en la cual no lo logró persuadir para que le permitiera entrar personalmente en la tierra prometida (aunque esa petición también le fue concedida muchos años después en el Monte de la Transfiguración). Pero su ejemplo, como el de Abraham, demuestra que Dios invita a la discusión y a la lucha, y que a menudo cede, en especial cuando el punto de contención es su misericordia. De hecho, en la discusión misma podemos adquirir las cualidades del propio Dios. ¿Más que suficiente? JENNY Mi padre bebía demasiado, y todavía lo hace. Mamá se pasó la mayoría de mi infancia deprimida, así que yo crecí con un vacío muy hondo en el pecho. Quería que alguien me protegiera, me cuidara y quisiera estar conmigo. Quería que alguien me amara, y eso no iba a suceder en mi casa. Así que iba a la iglesia con la esperanza de que tal vez habría algo allí. Papá nos llevaba a la iglesia… la única vez cuando no estaba bebiendo. Pronto descubrí que lo que había encontrado en la iglesia era más que un papá sobrio. Un sábado por la tarde me quedé en la parte de atrás de la iglesia y miré a la cruz, y se me ocurrió que si Jesús murió por mí, entonces debía amarme. Mi vida empezó a cambiar a los diez años cuando hallé a Dios y él me halló. Ahora continúo mi lucha porque soy soltera, y en realidad no quiero serlo. La soltería es un asunto incómodo para hablar, en especial en una cultura como la iglesia que siempre está promoviendo la familia y el matrimonio. ¿Qué anda mal con ella?, piensa la gente. ¿Es lesbiana? ¿Es demasiado estirada? Tal vez tiene miedo de comprometerse. Ah, pobrecita. El canto «Enough» [«Suficiente»] de Chris Tomlin está forjado como una oración: «Todo de ti es más que suficiente para todo de mí. Tú satisfaces toda sed y toda necesidad. Jesús, tú eres más que suficiente». Las Escrituras concuerdan, prometiendo que Cristo llena todo de toda manera posible: «Así que mi Dios les proveerá de todo lo que necesiten, conforme a las gloriosas riquezas que tiene en Cristo Jesús». Dios y yo tenemos una discusión continua en cuanto a estos pasajes. ¡Después de todo, si una no está casada tiene que hallar a alguien con quien pelear! La pelea va más o menos así: «Dios, si en realidad tú eres más que suficiente, ¿por qué simplemente no te encargas de mi problema?». Dios no responde, y la pelea continúa. «Está bien, si tú en verdad eres suficiente, ¿por qué es más difícil ser soltera ahora de lo que lo era hace doce meses? ¿Por qué el asunto se pone más difícil y no más fácil?» Y Dios ni así contesta, y la pelea sigue y sigue. La verdad es que el cuarenta y nueve por ciento de las veces Dios no es suficiente. Duele. Es difícil conducir a casa sola todo el tiempo. Pero el cincuenta y uno por ciento de las veces sí lo es. En especial cuando me apoyo en otros en el cuerpo de Cristo —y en las familias cariñosas que me han «adoptado»— para llenar ese vacío que tengo muy dentro. Mientras tanto, seguimos luchando, Dios y yo. «La oración no consiste en vencer la renuencia de Dios», escribe el arzobispo Trench, «sino en aferrarse a su inclinación más elevada». Una extraña intimidad Si Abraham y Moisés fueran los únicos ejemplos bíblicos de personas que discutieron con Dios a su mismo nivel, me costaría trabajo ver en sus encuentros un modelo de oración. Sin embargo, ellos son dos representantes típicos de un estilo que se encuentra a lo largo de toda la Biblia. (¿Tal vez este mismo rasgo sea el que explique por qué Dios los escogió para tareas tan importantes?) Las discusiones con estos dos gigantes de la fe parecen sosegadas, si se las compara con las peroratas de Job. Sus tres amigos dicen sandeces y fórmulas piadosas, usando el recatado lenguaje que oigo a menudo en las oraciones públicas de la iglesia. Defienden a Dios, tratan de calmar los estallidos de Job, y hallan razones para aceptar el mundo tal como es. Job no acepta nada de eso. Protesta con amargura el hecho de ser víctima de un Dios cruel. Le habla a Dios directamente desde el corazón… un corazón profundamente herido. Casi abandona la oración, porque les dice a sus apenados amigos: «¿Qué ganamos con dirigirle nuestras oraciones?» Sin embargo, en un giro irónico al final del libro, Dios se pone de manera abierta del lado de Job y de su enfoque expresado sin tapujos, desechando la verborrea de los amigos con un estallidode desdén. De igual manera, los salmistas se quejan de la ausencia de Dios y de las aparentes injusticias. Un salmo atribuido a David capta el espíritu de esto: Cansado estoy de pedir ayuda; tengo reseca la garganta. Mis ojos languidecen, esperando la ayuda de mi Dios. Toda una letanía de protestas en los Salmos y en los libros de los profetas le recuerda a Dios que el mundo anda al revés; que muchas de sus promesas se quedan sin cumplir; que la justicia y la misericordia no gobiernan la tierra. Los dos profetas más prolíficos responden al llamado de Dios de manera muy similar a la de Moisés. Isaías tiene esta reacción inicial: «¡Ay de mí, que estoy perdido! Soy un hombre de labios impuros y vivo en medio de un pueblo de labios blasfemos». Jeremías murmura una excusa inmediata: «¡Soy muy joven, y no sé hablar!». Después retrocede ante las tareas que Dios le asigna a lo largo de toda su larga carrera. No se cohíbe: «¡Ah, Señor mi Dios, cómo has engañado a este pueblo y a Jerusalén! Dijiste: “Tendrán paz”, pero tienen la espada en el cuello». Abraham Heschel, el gran judío estudioso de los profetas, subraya este espíritu de protesta: «La negativa a aceptar la dureza de los caminos de Dios en nombre de su amor era una forma auténtica de oración. En verdad, los profetas antiguos de Israel no tenían el hábito de estar de acuerdo con los rigurosos castigos de Dios, y sencillamente, no asentían diciendo: “Hágase tu voluntad”. A menudo lo retaban, como si dijeran: “Cámbiese tu voluntad”». Heschel añade: «El hombre nunca debe capitular, ni siquiera ante el Señor». Ya he hablado de la lucha que tuvo lugar en el huerto de Getsemaní; de Jesús luchando con la voluntad de Dios y aceptándola solo como último recurso, puesto que no había ninguna otra salida. Más adelante, cuando Dios escogió a la persona más improbable (un notorio atropellador de los derechos humanos llamado Saulo de Tarso) para llevar su mensaje a los gentiles, un dirigente de la Iglesia le dijo que él no estaba de acuerdo: «Señor, he oído hablar mucho de ese hombre y de todo el mal que ha causado a tus santos en Jerusalén». Esta discusión en particular, Dios la cortó, diciéndole: «¡Ve!… porque ese hombre es mi instrumento escogido». Varios años más tarde, el mismo hombre, ahora llamado Pablo, estaría él mismo regateando con Dios, orando repetidas veces para que le quitara una dolencia física. Oración después del maremoto ISAAC (DESDE SINGAPUR) Dios mío, clamamos por las víctimas, incluso más por los que no creen en tu nombre. Ten misericordia de todos nosotros. Con certeza nuestros corazones duelen al ver a las personas sufrir grandemente en esta catástrofe del maremoto. A veces tales cosas hacen que nos preguntemos si te preocupas por algo. Sé que no nos castigaste por nuestros pecados, porque viniste a salvar a los pecadores. Sabemos que nos amas, porque viniste a morir por nosotros. Sin embargo, ¿por qué escoges guardar silencio ahora? ¿Por qué fue el mundo hecho imperfecto con tantas fallas por debajo? No puede ser nuestra obra lo que causó las fallas, ¿verdad? ¿Te duele el corazón al ver a las familias separadas, las vidas jóvenes cegadas y desperdiciadas? Sabemos que la vasija no puede cuestionar al alfarero, sabemos que tú tienes la verdad, ¿y a quién podemos acudir sino a ti? Pero no podemos dejar de pensar que si un hombre puede perdonar y amar a su enemigo, ¿cómo puede el autor del amor dejar que los que no creen en él perezcan? Perdónanos por dudar de tu amor… dudamos porque creemos que eres amor y buscamos explicaciones para lo malo que sucede. Sabemos que nuestras preguntas no encontrarán respuestas en la tierra, y simplemente te pedimos que continúes guardando viva nuestra fe en ti. Amén. ¿Por qué Dios, el gobernante todopoderoso del universo, recurre a un estilo de relación con los seres humanos que parece más bien una negociación o un regateo, por decirlo más crudamente? ¿Nos exige Dios este ejercicio como parte de nuestro régimen de entrenamiento espiritual? ¿O es posible que, si es que puedo usar tal vocabulario, cuente con nuestros arranques como una ventana abierta al mundo, o como un despertador que podría desencadenar su intervención? Al fin y al cabo, fue el clamor de los israelitas el que lo movió a llamar a Moisés. Yo comprendo mejor lo que Dios quiere de nosotros en la oración, por medio de una analogía con las personas más cercanas a mí. Pienso en mi hermano, que es el único que conoce los secretos de vergüenza y dolor de nuestra infancia. Pienso en mi esposa, que sabe más de mí que cualquier otra persona en la tierra, y con la que lo negocio todo, desde qué pedir en un restaurante hasta el estado de la nación en el cual vivimos. O en mi editor, que me sostiene las manos en cada una de las etapas plagadas de angustia por las que pasa la producción de un libro. Con cada una de estas personas, mis socios íntimos, actúo de una manera que me recuerda esas escenas de regateo con Dios. Les hago sugerencias, retrocedo, me acomodo a su punto de vista, llego a un arreglo y salgo cambiado. Como Abraham, me acerco a Dios al principio con temor y temblor, solo para aprender que él quiere que me deje de arrastrar y empiece a discutir. No me atrevo a aceptar con mansedumbre el estado del mundo, con todas sus injusticias y desigualdades. Necesito recordarle al Señor sus propias promesas, y su propio carácter. En la película The Apostle [El apóstol], de Robert Duvall, hay una escena en la cual Sonny, un predicador de mal genio y con todo un historial de delitos, camina con fuerza por todo un cuarto del segundo piso, dándoles patadas a los muebles y gritando. Un vecino llama para quejarse del ruido: «Suena como si hubiera un loco allí». La mamá de Sonny sonríe y explica que solo es él, Sonny. «Desde que era un muchachito pequeño, mi hijo ha estado hablando con el Señor. A veces le habla y a veces le grita, y esta noche sucede que le estaba gritando». Los que luchan con Dios Yo solía preocuparme por lo deficiente que es mi fe. En mis oraciones, espero poco y me satisfago con menos. La fe se siente como un don que la persona tiene, o no tiene; no como algo que se pueda desarrollar con el ejercicio, como si se tratara de un músculo. Sin embargo, mi actitud va cambiando a medida que comienzo a entender la fe como una forma de interactuar con Dios. Tal vez no pueda acumular una gran fe en los milagros, o tener grandes sueños, pero sí puedo ejercer de verdad mi fe al interactuar con Dios en mi oración. Recuerdo una escena que tuvo lugar a principios de mi matrimonio. Estábamos visitando a unos amigos en la región occidental del país. Ellos habían hecho arreglos para que nos quedáramos en una casa de huéspedes de cuatro dormitorios que no tenía otros ocupantes en esos días. Durante la cena, hubo un comentario que no le gustó a uno de nosotros, y al poco tiempo se había desatado una fuerte pelea matrimonial. Nos quedamos hasta altas horas de la noche tratando de resolver la situación, pero la conversación, en lugar de unirnos, solo nos alejaba cada vez más. Consciente de que tenía una reunión de negocios al día siguiente, salí hecho una tromba de nuestro dormitorio y me fui a otro en busca de paz y sueño. Pocos minutos después, la puerta se abrió y apareció Janet con un nuevo conjunto de argumentos que respaldaban su punto de vista. Yo me fui a otro dormitorio. Lo mismo sucedió. ¡Ella no me iba a dejar en paz! La escena se volvió casi cómica: un esposo enojado e introvertido, huyéndole a una esposa insistente y extrovertida. Al día siguiente (y no antes), ambos nos pudimos reír. Así aprendí una lección importante: que no comunicarse es peor que pelear. En una lucha, por lo menos intervienen ambas partes. Esa imagen de la pelea evoca una última escena de la Biblia, el prototipo de la lucha con Dios. Jacob, el nieto de Abraham, se ha ido abriendo paso por la vida mediante trucos y engaños, y ahora se debe enfrentar a las consecuencias en la persona de su malhumorado hermano, a quien le ha robado su primogenitura.Atormentado por el temor y la culpa, Jacob envía por delante a su familia con todas sus posesiones para que crucen un río llevando elaboradas ofrendas de paz para apaciguar a Esaú. Ha vivido veinte años en el exilio. ¿Lo recibirá Esaú con la espada o con un abrazo? Tiembla solo en medio de la oscuridad, esperando. Alguien se tropieza con él —¿un hombre? ¿un ángel?— y Jacob hace lo que siempre ha hecho. Pelea como si su vida dependiera de ello. Los dos pelean cuerpo a cuerpo durante toda la noche, sin que ninguno aventaje al otro, hasta que por fin los primeros rayos del alba iluminan el horizonte. «¡Suéltame!», dice aquella misteriosa figura, estirando la mano hacia abajo con un toque tan potente, que le disloca la cadera a Jacob. Cojeando, vencido, asustado hasta los huesos, Jacob todavía se las arregla para aferrarse a él: «¡No te soltaré mientras no me bendigas!», le dice a aquel personaje. En lugar de dislocarle el cuello con otro toque, la figura le da con ternura a Jacob un nuevo nombre, Israel, que significa «el que lucha con Dios». Por fin Jacob comprende la identidad de su oponente. Poco más tarde, ve que se aproxima su hermano Esaú con cuatrocientos hombres y va cojeando a encontrarse con él. Sus propias luchas habían comenzado antes del nacimiento, con un encuentro dentro del útero materno. Ahora, el momento de la verdad ha llegado. «El que lucha con Dios» extiende los brazos. Arthur Waskow, un autor judío contemporáneo, se tropezó con esta antigua historia en medio de un largo pleito con su propio hermano, con el que había estado buscando una reconciliación. En una ocasión, se encontraron ambos en una cabaña de Maryland, encerrados por la nieve que caía, y hablaron de manera profunda, como adultos, por primera vez en su vida. En otra ocasión, se encontraron en Oregón en un frío día de otoño. Su hermano se le quedó mirando con frialdad y le dijo que al fin y al cabo, algún día tendría que matarlo. Después de estas experiencias, Arthur escribió un libro, Godwrestling [Lucha con Dios], acerca de dos hermanos cuyo padre se llamaba Waskow y otros dos hermanos cuyo padre se llamaba Isaac. «Luchar es algo muy parecido a hacer el amor», escribió, recordando cómo en la niñez él y su hermano solían pelear en la cama por la noche, lanzando sus cuerpos el uno contra el otro, solo para caer de espaldas, agotados. Pero Esaú luchó para ponerse de pie él solo. Y contuvo la respiración al ver a su hermano al otro lado del río: Esto también se parece mucho a pelear en la guerra. Jacob sintió algo de ambas cosas: hacer el amor y hacer la guerra, con el elusivo personaje en la noche y con su velludo hermano en el día. Desde la distancia, es difícil distinguir entre un estrangulamiento y un abrazo. Dios no cede con facilidad. Sin embargo, al mismo tiempo, parece recibir de buen grado la persistencia que nos mantiene luchando mucho después que el encuentro ha quedado decidido. Tal vez Jacob aprendiera por vez primera en aquella larga noche a la orilla del río cómo se puede transformar la pelea en amor. «¡Ver tu rostro es como ver a Dios mismo!», le dijo a su hermano, palabras inimaginables si no se hubiera encontrado cara a cara con Dios la noche anterior. Aunque Jacob hizo muchas cosas equivocadas en la vida, llegó a ser el epónimo de una tribu y una nación, y también de todos los que luchamos con Dios. Todos somos hijos de Israel, indicaba Pablo; todos los que luchamos con Dios, que nos aferramos a Dios en medio de la oscuridad, que lo perseguimos de cuarto en cuarto, que le decimos: «No te soltaré». A nosotros nos pertenecen la bendición, la primogenitura y el reino. Lo opuesto a la indiferencia «La oración en su forma más alta y su éxito más grandioso asume la actitud de alguien que lucha con Dios», afirma E. M. Bounds, quien escribió ocho libros sobre la oración. Nuestros estallidos sin limitaciones no amenazan a Dios para nada, y a veces parecería incluso que lo cambiaran. Como lo demostró el toque en la coyuntura de la cadera de Jacob, Dios habría podido terminar aquel encuentro en cualquier momento de aquella larga noche en descampado. Pero aquel misterioso personaje persistió, tan deseoso de que Jacob se aferrara a él, como lo estaba Jacob de asirse a él sin dejarlo ir. Tengo el privilegio de estar asociado con un grupo de Inglaterra llamado St. Columba’s Fellowship [Asociación de San Columbano]. Su membresía está constituida por el personal de algunos asilos de ancianos, enfermeras y otras personas que trabajan con moribundos. A mi esposa y a mí a veces nos invitan para que hablemos en las conferencias de la asociación. En una de esas conferencias, oímos hablar al capellán de un asilo acerca de un paciente que pidió verlo, porque se hallaba en una gran angustia emocional. Se encontraba en las últimas etapas del cáncer, y se sentía muy culpable porque había pasado la noche anterior vociferando, despotricando e insultando a Dios. A la mañana siguiente se sentía de un modo horrible. Se imaginaba que había perdido para siempre toda posibilidad de vida eterna, y que Dios jamás perdonaría a alguien que lo había maldecido y maltratado tanto. —¿Qué piensas que es lo opuesto al amor? —le preguntó el capellán al paciente. —El odio —replicó el hombre. Muy sabiamente, el capellán le respondió: —No; lo opuesto al amor es la indiferencia. Tú no has sido indiferente a Dios; de lo contrario, nunca te hubieras pasado la noche conversando con él y diciéndole con sinceridad lo que tenías en el corazón y en la mente. ¿Sabes cuál palabra cristiana describe lo que acabas de hacer? Esa palabra es “oración”. Te has pasado la noche orando. ROY LAWRENCE * Martín Lutero sugiere esta imagen: «Nuestro Señor Dios no puede hacer otra cosa que oírme; arrojé el costal ante su puerta. Froté los oídos de Dios con todas sus promesas en cuanto a oír la oración». En otra parte él escribe de su lucha con Dios con respecto a la sanidad de su amigo Felipe Melanchthon: «Esta vez le he suplicado al Todopoderoso con gran vigor. Le he atacado con sus propias armas, citando de las Escrituras todas las promesas que podía recordar, que las oraciones deben ser concedidas, y le dije que debe concederme mi oración para que yo de aquí en adelante tenga fe en sus promesas». CAPÍTULO 8 LA ALIANZA El universo está terminado. Su más grande pieza maestra, todavía sin terminar, aún en proceso de creación, es la historia. Para convertir en realidad sus grandes planes, Dios necesita la ayuda del hombre. ABRAHAM JOSHUA HESCHEL La historia es el relato de cómo Dios ha ido delegando poder. Después de otorgarle a la especie humana el don del libre albedrío, invitó a sus representantes a actuar como socios suyos, e incluso a discutir y a luchar con el que los había creado. Sin embargo, prácticamente todos los que escogió para encabezar una nueva aventura —Adán, Abraham, Moisés, David— terminaron siendo una desilusión, al menos parcial. Al parecer, Dios se ha comprometido a trabajar con socios humanos, por ineptos que estos sean. Jesús permaneció en la tierra solo lo suficiente para reunir una docena de seguidores (no menos defectuosos), a los que les entregó las llaves del reino de Dios. Contra toda probabilidad, el movimiento salió adelante, y la alianza de Dios con la humanidad no se ha detenido desde entonces. Somos «colaboradores al servicio de Dios», dijo el apóstol Pablo. Colaboramos con las acciones de Dios en el mundo.* Y como colaboradores suyos, él nos anima a someterle nuestras peticiones, nuestros deseos y nuestras súplicas en oración. No obstante, incluso mientras escribo estas palabras, suena una alarma de advertencia. Algo ha cambiado desde los días bíblicos. Adán sostenía conversaciones con Dios, Abraham regateó con él como si fuera un rematador de subasta, Moisés vio una zarza que ardía, Samuel oyó la voz audible de Dios, los discípulos hablaron con Jesús, Dios encarnado. Dios irrumpía en la historia humana. ¿Sucede esto todavía hoy? Si un socio tiene unos poderes tan sorprendentes, ¿por qué no usarlos conmás frecuencia a favor del otro? Todo universitario que busca la voluntad de Dios, todo padre o madre que cuida a un hijo enfermo, todo creyente perseguido que vive bajo un régimen hostil, se hace esta misma pregunta. Hace unos años escribí un libro (Desilusión con Dios) en un esfuerzo por entender lo que motiva esas irrupciones y por qué aparecen de forma tan esporádica. Por ejemplo, las diez plagas que lanzó por medio de Moisés siguieron a cuatro siglos de silencio por parte de Dios. El llamado al profeta Samuel llegó en un tiempo en el cual «no era común oír palabra del Señor, ni eran frecuentes las visiones». En búsqueda de un esquema de conducta, estudié todos los milagros de los que se nos informa en la Biblia, todas las apariciones de Dios, todas las palabras que dijo. Llegué a una conclusión: muchas de nuestras desilusiones presentes proceden de la expectación de que Dios actúe hoy de aquellas mismas maneras tan espectaculares. Nosotros también queremos oír la voz de Dios desde una zarza que arde, que sane nuestras enfermedades y que resucite a nuestros seres amados fallecidos. Oímos los emocionantes relatos de la Biblia, escuchamos entusiastas sermones sobre ellos, oramos con fe… y no conseguimos los mismos resultados. Mirando más de cerca, detecté un esquema de actuación de Dios en el Antiguo Testamento como el que interviene con renuencia en la historia. Dios espera, escoge un socio, se mueve con agonizante lentitud, hace unos pocos milagros, y luego espera un poco más. En los evangelios, la actividad sobrenatural irrumpe de nuevo, con el poder que irradia de Jesús. Sin embargo, Jesús también intervino de forma selectiva, realizando milagros, no con la idea de curarlo todo, sino con la idea de que sirvieran como señales del gobierno de Dios. Un cambio en proceso Jesús también anunció un cambio principal. En aquellos días, los judíos iban al templo para adorar al Señor, creyendo que la presencia de Dios reposaba allí. Pero cuando una samaritana le preguntó en cuanto al lugar apropiado para adorar a Dios, Jesús le respondió: «Se acerca la hora, y ha llegado ya, en que los verdaderos adoradores rendirán culto al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren». Desplazó la presencia de Dios de un lugar tradicional en un edificio (que predijo que pronto sería destruido), para reubicarla en un lugar muy improbable: la gente común y corriente, como la propia samaritana. Tal como el apóstol Pablo lo explicaría más tarde, Jesús reparó la brecha existente entre Dios y los seres humanos. Ya no tenemos que acercarnos a él por medio de un sacerdote que exige sacrificios rituales. Nosotros mismos somos el templo de Dios, el hogar del Espíritu. Dios vive dentro de nosotros. Y esa es la razón decisiva que Jesús dio para explicar por qué él debía irse: «Les conviene que me vaya porque, si no lo hago, el Consolador no vendrá a ustedes; en cambio, si me voy, se lo enviaré a ustedes». Dios no diseñó este planeta como una arena en la cual demostrar las destrezas que doblegan las leyes naturales, por más que a veces los seres humanos anhelemos tanto que eso se produzca. En primer lugar, él quiere relacionarse con sus criaturas de una manera personal: amar y ser amado. Restaurar esa relación ha sido algo dolorosamente lento, plagado de errores, y repleto de reajustes y comienzos. Si nos comparamos con los relatos del Antiguo Testamento sobre sus milagros y sus triunfos, a menudo nos parece que se ha producido un retroceso. Es todo lo contrario; el Nuevo Testamento presenta un avance largo pero continuo en la intimidad con Dios. Conozco creyentes que anhelan fervientemente el estilo antiguo de ese Dios de obrador de prodigios que derribó faraones, arrasó los muros de Jericó y quemó a los sacerdotes de Baal. Yo no. Pienso que el reino avanza ahora mediante la gracia y la libertad, lo cual ha sido el objetivo de Dios desde siempre. Acepto la seguridad que nos dio Jesús de que su partida de la tierra representaba un progreso, porque abría una puerta para que viniera el Consolador, el gran Consejero. Ya sabemos cómo trabajan los consejeros: no dan órdenes ni imponen cambios usando la fuerza externa. Un buen consejero trabaja desde dentro, sacando a la superficie la salud adormecida. En una relación entre socios tan desiguales, la oración constituye un medio ideal. La oración significa cooperación con Dios; es un consentimiento que abre el camino para que obre la gracia. La mayoría de las veces, el Consolador nos comunica las cosas de forma sutil: alimentando de ideas nuestra mente, trayendo a nuestra conciencia un comentario cáustico que acabamos de hacer, inspirándonos a tomar una decisión mejor que la que nosotros solos habríamos tomado, arrojando luz sobre los peligros ocultos de las tentaciones, sensibilizándonos ante las necesidades de otros. El Espíritu de Dios susurra en lugar de gritar, y trae paz; no conflicto. Aunque una alianza así con Dios puede carecer del aspecto dramático de las sesiones de regateo con Abraham y Moisés, el progreso en la intimidad es asombroso. Escucha al apóstol Pablo mientras él trata de explicar la situación: Lleven a cabo su salvación con temor y temblor, pues Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad. He trabajado con más tesón que todos ellos, aunque no yo sino la gracia de Dios que está conmigo. Ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica. La alianza es un lazo tan estrecho, que llega un punto en el cual es difícil distinguir quién está haciendo las cosas: Dios, o su socio humano. Así de cercano a nosotros ha llegado a estar Dios. Los incidentes divinos Debido a que vivimos en un mundo material, la mayoría de las maneras en que encontramos a Dios —en la naturaleza, en la Biblia, en el Verbo hecho carne, en los sacramentos, en las demás personas, en la Iglesia— incluyen algo material. Sin embargo, el estado propio de Dios, su entorno favorito, por así decirlo, es el ámbito del espíritu. La oración refleja esa diferencia entre nosotros. Aunque le podamos pedir que intervenga directamente, no debe sorprendernos que nos responda de una manera más oculta, en colaboración con las propias decisiones de la persona. El alcohólico ora: «Señor, mantenme libre hoy del licor». Es más posible que la respuesta a esa oración le venga desde adentro, ya sea de una resolución más firme, o de un grito para pedirle ayuda a un amigo leal, que de algún prodigio, como sería la desaparición mágica de las botellas de licor que había en un estante. En el curso normal de la providencia, Dios obra mediante la creación, y en ella; no a pesar de ella. Por esto la mayoría de las respuestas a la oración son difíciles de demostrar con alguna certeza. En The Screwtape Letters [Las cartas del diablo a su sobrino], de C. S. Lewis, un diablo viejo le da este consejo sobre la oración a un joven recluta: Preocúpalo con la acuciante sospecha de que esa práctica es absurda y no puede tener un resultado objetivo. No olvides usar el argumento de «cara yo gano, cruz tú pierdes». Si lo que él pide en oración no sucede, eso será una prueba más de que las oraciones de petición no sirven; si resulta, él, por supuesto, podrá ver las causas físicas que conducen a la respuesta de Dios y, «por consiguiente, habría sucedido de todas maneras», y así la oración concedida se convierte en una prueba tan buena como la oración rechazada para demostrar que la oración es ineficaz. El concepto que Lewis presenta de manera satírica en Las cartas del diablo a su sobrino, lo explora de una manera más filosófica en su obra Los milagros: Esta imposibilidad de que existan pruebas empíricas es una necesidad espiritual. El que sabe empíricamente que un suceso ha sido causado por su oración, se siente como si fuera un mago. La cabeza le da vueltas, y el corazón se le corrompe. El creyenteno debe preguntar si este o aquel suceso se produjo a causa de una oración. Más bien debe creer que todos los sucesos, sin excepción, son respuestas a la oración en el sentido de que son, o bien respuestas positivas o negativas a las oraciones de todos los interesados, y Dios ha tenido en cuenta las necesidades de todos ellos. Todas las oraciones son escuchadas, aunque no todas las oraciones son respondidas positivamente. Lewis llega a esta conclusión: «Solo la fe responde por la existencia de una conexión. Ninguna prueba empírica la podría demostrar». Creemos que una oración ha sido contestada, no gracias a algún criterio científico que lo demuestre a base del principio de causa y efecto, sino debido a que tenemos fe. Al confiar en el carácter de Dios, podemos ver en la relación entre nuestra oración y un suceso algo más que una simple coincidencia. Vemos una verdadera alianza, íntima y entretejida. Los grupos de doce pasos a veces repiten este dicho: «La coincidencia es la manera que tiene Dios de proteger su anonimato». Sí, y tal vez la fe es nuestra manera de reconocer la actividad de Dios tras bastidores. Al pensar en las respuestas a la oración, debo concordar con Lewis en que casi todas ellas no admiten otra explicación. Hace un mes me hallaba frenético en el centro de Budapest después de un vuelo de diez horas. En mi computadora portátil tenía mis notas preparadas para dar una serie de conferencias, y después de registrarme en el hotel me di cuenta de que había dejado el cordón eléctrico y el transformador en la sala de algún aeropuerto de tránsito. Los almacenes cerrarían en una hora, y al día siguiente era domingo; no tenía ni idea de dónde podría hallar repuestos para la computadora en aquella ciudad desconocida, y mucho menos andarme moviendo por los transportes públicos para llegar a una tienda. Hice una rápida oración y empecé a buscar alguien que hablara inglés. No tuve éxito. Cuando ya empezaba a sentirme desesperado, un joven y su madre se acercaron y me dijeron: «¿Podríamos ayudarle en algo?» Aquel joven era un universitario que acababa de terminar su examen de capacidad en inglés, y ambos iban a una estación de trenes junto a un centro comercial donde había un almacén de computadoras… uno de los dos que había en Budapest. Según resultó, en ese almacén tenían el repuesto particular que necesitaba. ¿Fue coincidencia? Hace un año asistí a una conferencia de mil doscientas personas y me fui a comer solo. Entré en el comedor, atravesé una larga hilera de mesas y escogí un asiento al azar. Al conversar con las otras cinco personas sentadas a la mesa, descubrí que estaban asistiendo a la conferencia y eran miembros de una misma familia. El padre, en su hogar de Michigan, estaba atravesando las últimas etapas del cáncer de esófago, a días de distancia de su muerte, y en el último minuto, dos parientes habían hecho arreglos para quedarse con él. Las hijas habían conducido su auto durante veinte horas, incluyendo la noche entera, desde otro estado. Durante seis meses, la madre no había dejado solo a su esposo. Había venido a la conferencia esperando hablarme del tema del sufrimiento, porque sabía que mi esposa había trabajado como capellana en un asilo de enfermos desahuciados. La señora había traído una larga lista de preguntas, con la débil esperanza de pasar algún tiempo conversando conmigo. ¿Me importaría? Una bendición franciscana Que Dios te bendiga con una incomodidad por las respuestas fáciles, las medias verdades, y las relaciones personales superficiales para que puedas vivir hondo en tu corazón. Que Dios te bendiga con el enojo contra la injusticia, la opresión y la explotación de la gente, para que puedas trabajar por la justicia, la libertad y la paz. Que Dios te bendiga con lágrimas para derramar por los que sufren dolor, rechazo, hambre y guerra, de modo que puedas extender tu mano para consolarlos y convertir su dolor en alegría. Y que Dios te bendiga con suficiente necedad para creer que puedes determinar una diferencia en el mundo, para que puedas hacer lo que otros aducen que no se puede hacer para traer justicia y bondad a todos nuestros hijos y a los pobres. Amén. El arzobispo William Temple decía: «Cuando oro, las coincidencias suceden; cuando no oro, no suceden». En lugar de hacerles una detallada disección a este tipo de incidentes, trato de usarlos como bloques de construcción de la fe para verlos como «incidentes divinos», y no como coincidencias. Si lo recuerdo (y me sonrojo al notar la frecuencia con la que lo olvido), le puedo confiar a Dios de antemano una carta difícil que debo contestar, un problema espinoso con el que debo lidiar al escribir, una irritante dolencia física, una llamada telefónica a un pariente necesitado, un compromiso social que temo. El mismo hecho de presentarle estas peticiones a Dios me pone dentro de un marco mental diferente antes del suceso. Si recuerdo hacer una pausa después para reflexionar en lo que ha sucedido, a menudo veo aparecer las huellas de Dios, que no veo por medio de pruebas, sino por fe. Un rabino enseñaba que las experiencias con Dios nunca se pueden planear ni lograr. «Son momentos espontáneos de la gracia, casi accidentales». Un estudiante suyo le preguntó: «Rabino, si percatarse de la presencia de Dios es algo simplemente accidental, ¿por qué trabajamos tan duro en todas estas prácticas espirituales?» El rabino le respondió: «Para estar tan propensos a los accidentes como nos sea posible». Las etapas de la oración Vacilo al usar la palabra etapas por temor a establecer un falso rango de oraciones de novatos y oraciones avanzadas. No estoy describiendo un conjunto de destrezas, ni la competencia en la oración, sino más bien una maduración progresiva de nuestra alianza con Dios. Por experiencia propia, puedo identificar por lo menos tres de estas etapas. La primera etapa es una petición sencilla, como la de un niño, con respecto a algo que deseo. Varias veces, nuestros amigos han enviado a sus hijos para que nos visiten en Colorado. Puesto que no tengo experiencia como padre, me sorprende la relación unilateral que se produce entre un niño y un adulto. Los chicos dan por sentado de manera automática que yo voy a despertarlos, limpiar su cuarto, darles de comer, transportarlos a lugares divertidos y pagar por todo. Tal vez en ocasiones digan «gracias», pero casi nunca expresan su opinión y rara vez inician una conversación. Los adultos, según ellos piensan, existen para satisfacer todas sus necesidades. En una palabra, los muchachos son inmaduros, y a veces me recuerdo yo mismo esa palabra cuando acoso a Dios con una serie de peticiones, queriendo que sea él quien resuelva mis problemas y satisfaga mis deseos. Con todo, no puedo descartar esas peticiones parecidas a las de un niño, porque impresionaban a Jesús, en especial cuando le venían de una fuente improbable: una mujer extranjera, un centurión romano, los amigos de un paralítico que habían abierto un agujero en el techo. La mayoría de las respuestas espectaculares a la oración que conozco personalmente les han llegado a nuevos creyentes que «no sabían nada mejor» que orar por lo que querían. Me maravillo por esa confianza semejante a la de un niño. Martín Lutero decía que primero debemos abrir ampliamente nuestro delantal, y después pedirle con toda osadía a nuestro Padre lo que queremos recibir de él. Un creyente japonés me contó que en su primer viaje a Estados Unidos quedó aturdido por lo directas que eran nuestras oraciones. El estadounidense que ora, me dijo, se parece a la persona que va a un restaurante y pide: «Una hamburguesa bien cocinada, pero sin pepino ni lechuga… y con salsa de tomate adicional, por favor». El japonés se parece más a un turista que entra a un restaurante en el extranjero y no puede leer el menú. Termina comunicando, mediante gestos y consultas a su librito de frases, que le gustaría la especialidad de la casa. Ese enfoque oriental en la oración, sugiere mi amigo, incluye más confianza, y también más suspensoy aventura. Uno nunca sabe qué es lo que va a recibir, porque el anfitrión es quien lo decide. Ambas culturas tienen algo que aprender la una de la otra en cuanto a hacer peticiones en la oración. La segunda etapa en la oración (y de nuevo, no uso la palabra etapa para indicar un valor más alto) incluye una clase de meditación a la que he llamado «estar en la compañía de Dios». Los místicos sugieren que debemos progresar más allá de las peticiones de oración para dedicarnos más bien a hacer de la meditación nuestro objetivo primario. Yo no puedo estar de acuerdo con esa supresión de la petición, por la sencilla razón de que cuando Jesús enseñó a orar, insistió en las peticiones. ¿Acaso no es el Padrenuestro mismo una serie de peticiones? Sin embargo, con el tiempo he llegado a apreciar cómo la meditación puede transformar mis peticiones. En última instancia, quiero orar por lo que Dios quiere, y si Dios no quiere algo para mí, yo tampoco debo quererlo. Pasar un tiempo en oración meditativa y llegar a conocer a Dios, me ayuda a alinear mis deseos con los de él. Nunca puedo alinearme enteramente con la voluntad de Dios, porque no tengo la capacidad de conocerla por completo. No obstante, lo que sé les da forma a mis oraciones.* Un conocido pastor solía expresarlo así: «Nada está más allá del alcance de la oración, excepto lo que está fuera de la voluntad de Dios». Por supuesto, no conocemos por completo la voluntad de Dios, lo cual explica por qué oramos. Jesús oró diciendo «Hágase tu voluntad» al final de su lucha con Dios en Getsemaní, como una resolución de todo lo que había tenido lugar antes, incluyendo una clara petición para que hubiera otra salida. He llegado a convencerme de que la frase «hágase tu voluntad» debe hallarse al final de mis oraciones, y no al principio. Si empiezo con ese calificador, me veré tentado a editar mis oraciones, a suprimir mis deseos, a resignarme a lo que suceda. De esa manera, estoy impidiendo lo que Dios quiere de mí: que le dé a conocer mis peticiones, y al hacerlo, me dé a conocer yo mismo. He descubierto que Dios responde con sabiduría a las oraciones de una manera diferente a la que yo concibo. Oro para que mi libro gane un premio y lo que hallo es que necesito mejorar mi forma de escribir. Oro para llegar a ser rico y descubro que el dinero sería una maldición que me distraería de otras cosas más importantes. Después de haber pasado por una cantidad suficiente de este tipo de lecciones, ajusto mis inmaduras oraciones a la luz de lo que he aprendido al conocer a Dios mediante la meditación. En estos días, los clubes de salud ofrecen cursos de «meditación» que tienden a hacer énfasis en la relajación y en el perfeccionamiento de uno mismo. Corremos el riesgo de perder el verdadero significado de la meditación, que pone el énfasis no en mí, que oro, sino en Dios, que es el objeto de mis oraciones. Si busco a Dios más que a cualquier otra cosa, a la larga buscaré más lo que Dios quiere de mí, y con eso estaré satisfecho. La autora Patricia Hampl dice que la oración solo parece un acto del lenguaje. Lo principal es que necesitamos colocarnos en la posición correcta delante de Dios. «Enfócate. Colócate en esa posición, y todo lo que te quedará por decir son las palabras». El libro de Daniel da una bella ilustración de la fe que abarca tanto un deseo personal de liberación, como también la aceptación de la voluntad de Dios, pase lo que pase. Tres jóvenes, al explicarle al rey por qué ellos no lo iban a adorar a pesar de que los amenazaba con un horno encendido, le anunciaron: «Si se nos arroja al horno en llamas, el Dios al que servimos puede librarnos del horno y de las manos de Su Majestad. Pero aun si nuestro Dios no lo hace así, sepa usted que no honraremos a sus dioses ni adoraremos a su estatua». La frase en cursiva sugiere la tercera etapa de la oración, la etapa de sumisión que Jesús alcanzó después de una larga noche de lucha: «Pero no se cumpla mi voluntad, sino la tuya». Al final, aprendo que Dios ha dispuesto que la oración sea un medio de conseguir que en la tierra se haga su voluntad, y no la nuestra. Sí, Dios oye y responde mis peticiones. Sí, de alguna manera incorpora esas peticiones a un plan suyo de acción en la tierra. Pero como muchos mártires han aprendido, incluyendo al propio Hijo de Dios y a los creyentes de la Iglesia perseguida de hoy, no siempre conseguimos lo que deseamos fervientemente. «Sé lento para orar», advierte Eugene Peterson. «La oración nos pone en el riesgo de involucrarnos en las condiciones de Dios… Orar no nos suele conseguir lo que queremos, sino lo que Dios quiere, algo que está muy distante de aquello que nosotros concebimos como nuestros mejores intereses. Y cuando nos demos cuenta de lo que está pasando, muchas veces será demasiado tarde para retroceder». Socios del reino A veces, cuando me siento desconcertado por la manera en que opera el mundo, dejo que mi mente vague por las alternativas posibles. Es de suponer que Dios habría podido establecido la creación con reglas muy diferentes. Podría haber decidido que actuaría con intervenciones más frecuentes y espectaculares (aunque este enfoque no pareció cambiar mucho las cosas para los israelitas en el desierto). También se podría haberse retirado mucho más, tal como piensan los deístas: como un relojero que puso las cosas en movimiento y luego se alejó de ellas (en cuyo caso la oración se volvería irrelevante). Sin embargo, desde el mismo principio Dios se ha apoyado en socios humanos en cuanto al avance del proceso de la creación. Después de preparar a Adán para que cultivara la tierra y supervisara a los animales, dejó en sus manos el trabajo del huerto. En toda la historia ha continuado usando ese esquema de conducta. Aunque la tierra provee de semillas, suelo y lluvia, las cosechas de alimentos solo crecen con el cultivo del hombre. Existen abundantes materiales para usarlos en la tecnología, pero los mismos seres humanos deben ser los que se imaginen de qué manera usarlos. Cuando Dios quería un lugar para morar en la tierra, el tabernáculo y el templo no descendieron del cielo como si fueran naves espaciales; hubo miles de artistas y artesanos que trabajaron para construirlos. «Edificaré mi iglesia», anunció Jesús, proclamando el nuevo reinado del reino de Dios en la tierra. Esa Iglesia también ha tomado forma gradualmente y a tropezones durante más de veinte siglos, con muchos bochornosos reveses, además de los avances. Pienso en la profunda aflicción que Dios debe sentir ante algunos capítulos de la historia del cristianismo. Sin embargo, como Pablo dice, usando una insólita metáfora: «Ni puede la cabeza decirles a los pies: “No los necesito”». Dios ha hecho que el trabajo del reino dependa de una especie humana notoriamente inconstante. Un atareado día, después de resucitar a una niña muerta y sanar a una mujer enferma, después de devolverles la vista a dos ciegos y la voz a un mudo, Jesús parecía abrumado ante aquella tarea inconclusa. Las multitudes se habían reunido, y él sentía una oleada de compasión «porque estaban agobiadas y desamparadas, como ovejas sin pastor». Frente a tal necesidad humana interminable, presentó uno de los pocos mandamientos directos sobre una razón por la cual orar: «Pídanle, por tanto, al Señor de la cosecha que envíe obreros a su campo». ¡Qué petición tan extraña! Si Jesús percibía que se necesitaban más obreros, ¿por qué no limitarse a conseguir más, o pedírselos él mismo al Señor de la cosecha? Esa escena, como muchas otras, nos muestra el papel que Jesús tenía en mente para sí mismo. Sí, había causado un impacto duradero en un pequeño rincón de la Tierra Santa, pero necesitaría socios para que llevaran las buenas nuevas del reino a Roma y a los continentes más lejanos. Él mismo ya había apelado al Señor de la cosecha en una lucha de toda la noche que tuvo por resultado aquellos doce discípulos que tenía ante sí. Ahora llamaba a esos doce para que oraran pidiendo más obreros porque él sabía que el Padreescucharía sus oraciones. Los estaba recibiendo de buen grado como socios del reino. A fines del siglo diecinueve, William Carey sintió el llamado para viajar a la India como uno de esos obreros de la cosecha. Los pastores que lo rodeaban se burlaron de la idea: «Joven, si Dios quisiera salvar a los paganos de la India, ciertamente lo podría hacer sin individuos como tú o como nosotros». No habían captado la idea de la alianza. Dios hace muy poco en la tierra sin seres humanos como tú; como nosotros. Somos socios de la obra de Dios en la tierra, e insistimos en que se haga su voluntad, al mismo tiempo que nos entregamos a cuanto esto exija de nosotros. Jesús nos enseñó a orar diciendo: «Venga tu reino, hágase tu voluntad». Estas palabras no son plácidas invocaciones, sino exigencias expresadas en imperativo. ¡Danos justicia! ¡Endereza el mundo! Dios ha llamado a sus socios en la tierra para que le sirvan de heraldos ante un mundo que va camino de la sanidad y la redención. Socios de justicia GARY Apenas graduado de la universidad trabajé con el obispo Desmond Tutu en África del Sur confrontando los crímenes del apartheid, y más tarde llegué a ser un abogado que investigaba el genocidio en Ruanda y el abuso policiaco en Estados Unidos. Llegué a convencerme de que los creyentes necesitan servir en el frente de la justicia, así que funde una organización (International Justice Mission [Misión Internacional de Justicia]) que enfoca la luz de la verdad de Dios —al igual que la presión legal y la publicidad poderosa— sobre casos específicos de injusticia. Operamos en doce naciones, especializándonos en casos de tráfico humano, esclavitud, detención ilegal y tortura, así como también ayudando a las viudas y los huérfanos. Desde el mismo comienzo estaba convencido de que necesitábamos recordarnos que la obra de la justicia es una obra de Dios, y que Dios está de nuestro lado en la batalla por la justicia. De otra manera, pudiéramos sentirnos abrumados por la enormidad del mal que confrontamos. Temo un deslizamiento hacia lo que yo llamo «esfuerzo sin oración». Así que todos los días todo nuestro personal empieza con treinta minutos de silencio, en los cuales estimulamos la oración y la meditación. No hablamos, ni trabajamos. Nos sentamos en nuestros escritorios y oramos. Además, todos los días nos reunimos a las once en punto y pasamos treinta minutos orando unos por otros y por los casos en los cuales estamos interviniendo. Nuestro personal a menudo informa que esta es la parte más significativa de su día. También descansamos en más de cinco mil socios de oración que han convenido en orar por nuestro trabajo. Una vez al año los invitamos a todos para una conferencia y un retiro de oración en el cual nos ponemos al día y oramos juntos. Alguien me preguntó si algo cambiaría si tuviéramos cincuenta mil personas en esa lista en lugar de cinco mil. No lo sé. Lo que sí sé es que Dios se preocupa por la justicia en el mundo, que se agrada cuando más de los suyos intervienen en estos asuntos, y que la Biblia nos enseña que Dios se mueve por nuestras oraciones. Como un beneficio colateral, mientras más personas participan, más socios tiene Dios en la obra de su reino aquí en la tierra. En nuestras oraciones apelamos a los propios deseos de Dios: «Tú eres el que ama a este niño que está esclavo en Tailandia». Pudiera contarles muchos relatos de respuestas al parecer milagrosas a la oración: por ejemplo, de víctimas que estaban suplicando ayuda a Dios justo antes de que uno de nuestros abogados u obreros sociales apareciera. A veces nuestra fe se ve puesta a prueba. Esta mañana continuamos orando por la liberación de nueve mujeres que están presas en Asia suroriental. Hace casi nueve meses organizamos una redada principal en un prostíbulo, libertando a más de noventa mujeres de la esclavitud sexual. ¡Qué gozo! Sin embargo, muchas de estas mujeres habían sido víctimas del tráfico humano a través de las fronteras internacionales y no tenían documentos. El país donde estaban, que de mala gana había cooperado con nuestra redada, puso a las mujeres indocumentadas en la cárcel. Mes tras mes hemos estado trabajando para ponerlas en libertad y reunirlas con sus familias en su propio país. Oraremos por ellas mañana, y pasado mañana, hasta que sean puestas en libertad. Mientras tanto, trabajamos lo más duro que podemos para lograr justo eso. Dios y nosotros tenemos diferentes papeles que desempeñar. Tal como Dios le dijo con claridad a Job, nosotros los humanos carecemos de la capacidad necesaria para imaginarnos la providencia y la justicia cósmicas, o para responder a los porqués de las cosas. Nuestro papel consiste más bien en seguir los pasos de Jesús, haciendo el trabajo del reino por medio de nuestras obras y de nuestras oraciones. ¿Qué es lo que Dios está haciendo en el mundo? La respuesta a esto es otra pregunta: ¿qué es lo que el pueblo de Dios está haciendo? Nosotros somos el cuerpo de Cristo en la tierra, por tomar prestada la metáfora de Pablo. Estamos «en Cristo», frase que el Nuevo Testamento repite ciento sesenta y cuatro veces. A quienes nosotros les ministramos, Cristo también les ministra; a quienes nosotros perdonamos, Cristo también los perdona. Cuando tenemos misericordia de los desvalidos, los alcanzamos con las manos del mismo Cristo. Más directo aun: Cristo ora por aquellos por los que nosotros oramos. Pablo dijo: «Ustedes ya son hijos. Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: «¡Abba! ¡Padre!» Aunque no sabemos por qué debemos orar, o cómo orar, el Espíritu intercede por nosotros: «Y Dios, que examina los corazones, sabe cuál es la intención del Espíritu, porque el Espíritu intercede por los creyentes conforme a la voluntad de Dios». El Espíritu de Cristo está obrando dentro de nosotros, aunque carezcamos de la sabiduría y de las palabras necesarias para orar. Aunque no sepamos la voluntad de Dios sobre un asunto determinado, el Espíritu que está dentro de nosotros la sabe con toda certeza. En otras palabras, nuestras oraciones más inmaduras tienen un corrector innato. Aunque nosotros nos sintamos ignorantes en nuestras oraciones, el Espíritu no. Aunque nos sintamos agotados y confusos, el Espíritu no. Aunque nos falte fe, al Espíritu no. Dios no está tan lejano como para que necesitemos levantar la voz para ser oídos. Solo tenemos que gemir. Una doble actuación Hay quienes se preocupan de que la oración nos pueda conducir a la pasividad; de que nos repleguemos a la oración como un sustituto para la acción. Jesús no vio contradicción entre las dos cosas: él pasaba largas horas en oración y después largas horas atendiendo a las necesidades humanas. La Iglesia del libro de los Hechos hizo lo mismo, poniendo en práctica una auténtica confraternidad. Oraron pidiendo dirección en cuanto a atender a las viudas, y después nombraron diáconos a fin de dejar en libertad a los otros líderes para el vital acto de la oración. Si dejaban de orar, simplemente era posible que dejaran de atender a las viudas. Cuando se presentaron controversias culturales entre judíos y gentiles, oraron juntos y después reunieron un concilio para llegar a un acuerdo. El apóstol Pablo oraba con diligencia por las primeras iglesias, pero también les escribió y las visitó. Oraba y trabajaba con la misma entrega. En un viaje por mar, después de quedar convencido como resultado de sus oraciones de que todos los pasajeros sobrevivirían a un inminente naufragio, procedió a hacerse cargo de los doscientos setenta y seis que iban a bordo, dando órdenes y organizando los esfuerzos de salvamento. Los relatos de Hechos presentan una doble actuación que hace imposible distinguir entre la obra de Dios y la obra de los creyentes… lo cual es exactamente lo que Dios quiere. Recuerda el paradójico mandato de Pablo a los Filipenses: «Lleven a cabo su salvación con temor y temblor, pues Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad». En mis propiasfrustraciones con la oración, solía centrarme en la falta de intervención de Dios. ¿Por qué Dios no quiere hacer lo que le pido? Mi perspectiva ha cambiado a medida que he ido entendiendo la oración como una alianza, una interacción sutil entre lo humano y lo divino que va realizando la obra de Dios en la tierra.* Dios me pide que me le dé a conocer a él en oración, y luego convierte mis oraciones en un plan maestro para mi vida… Un plan que yo solo puedo captar de manera muy tenue. Eugene Peterson, el traductor de The Message [El mensaje], destaca la elusiva «voz media» de la gramática griega, que es un tono a medio camino entre la voz activa y la voz pasiva. Mi gramática dice: «La voz media es el uso del verbo que describe a los sujetos como participando en los resultados de la acción». Leo esto ahora y me parece una descripción de la oración cristiana: «El sujeto como participando en los resultados de la acción». Yo no controlo la acción; ese sería un concepto pagano de la oración: poner a los dioses a trabajar mediante mis encantamientos y mis ritos. Yo no soy controlado por la acción; ese sería un concepto hindú de la oración en el cual me desplomo pasivamente dentro de la voluntad impersonal y fatídica de los dioses y las diosas. Yo entro en la acción empezada por otro, mi Señor Creador y Salvador, y participo en los resultados de la acción. Yo no la hago, ni otro la hace por mí; mi voluntad desea participar en aquello que es deseado. Peter, mi pastor, se pasó un día de arduo trabajo instalando piedras en un camino que hizo en su patio. Cada una de aquellas piedras pesaba entre cincuenta y cien kilos, y la labor exigió toda su fuerza, además de unas cuantas herramientas para colocarlas en su lugar. Becky, su hija de cinco años, le suplicaba que le dejara ayudarle. Cuando él le sugirió que cantara para animarlo en su trabajo, la niña se negó. Ella quería ayudar. Con cuidado, y cuando no representaba un peligro, dejó que ella pusiera sus manos sobre las piedras y las empujara mientras él las movía. Peter admite que en realidad, la ayuda de Becky le complicó la tarea. Él habría instalado aquellas piedras en menos tiempo sin la «ayuda» de su hija. Sin embargo, al final del día, no solo tenía unas nuevas piedras bien colocadas, sino también una hija que rebosaba de orgullo y sentía que había logrado hacer algo. «Papá y yo pusimos las piedras», anunció ella en la cena aquella noche. Y él fue el primero en estar de acuerdo. * En su lenguaje del siglo catorce, Julián de Norwich identificó la oración como el principal canal por el que Dios continúa su alianza hoy. «La oración une al alma con Dios… Porque él nos sostiene en amor y nos quiere como socios de su buena obra, y por consiguiente, nos estimula a orar por lo que le agrada hacer». *El teólogo Terrance Tiessen escribe: «En muchas ocasiones nos hallamos nosotros mismos inseguros de la acción específica que Dios quisiera llevar a cabo en la situación que nos confronta, y así presentamos nuestras peticiones, pero las calificamos con la condición: “Si es tu voluntad”. Esto no es falta de fe; es falta de conocimiento. Creemos que Dios hará lo que es mejor, pero estamos inseguros de qué es eso y así pedimos conforme a nuestra mejor sabiduría». Søren Kierkegaard lo dice de esta manera: «La verdadera relación en la oración no es cuando Dios oye lo que pedimos, sino cuando el que ora continúa orando hasta que él es el que oye, el que oye lo que Dios quiere». *El dramaturgo irlandés Sean O’Casey hace que uno de sus personajes diga: «Ellos dos te darán un dolor de cabeza al escucharlos; Jerry que no cree en nada, y Bentham que lo cree todo. ¡El uno dice que todo es Dios y no el hombre, y el otro dice que todo es el hombre y no Dios!». CAPÍTULO 9 ¿SIRVE DE ALGO? La tierra admira, el infierno arde, los amigos gritan, los santos oran… SHAKESPEARE, RICHARD III «La electricidad reemplazará a Dios. Los campesinos le deberían dirigir a ella sus oraciones; de cualquier modo, van a sentir sus efectos mucho antes de que sientan algún efecto venido de lo alto», escribió Vladimir Lenin en los días iniciales de la revolución rusa. Años más tarde, cuando el presidente Roosevelt sugirió que se consultara al papa sobre la política europea, Stalin, sucesor de Lenin, dijo con sorna: «¡El papa! ¿Cuántas divisiones militares tiene el papa?». ¿Ejerce la oración algún impacto real en el mundo exterior, o es meramente una conversación privada con Dios? Digo esto como una pregunta seria, no retórica. En Rusia visité grandes catedrales que durante cincuenta años fueron obligadas a alojar museos del ateísmo: Lenin y sus secuaces cerraron el noventa y ocho por ciento de las iglesias de la Unión Soviética, incluso mientras los sacerdotes y los feligreses estaban orando para mantenerlas abiertas. Hitler asesinó a seis millones de judíos y varios millones de cristianos, y las oraciones de estos para pedir su liberación se volvieron ceniza en los hornos junto con sus cuerpos. Los esfuerzos por rastrear las huellas del paso de Dios por la historia fracasan invariablemente. Tolstói no logró hallarles ningún sentido teológico a las ruinosas y desafortunadas aventuras de Napoleón en Rusia. Declarar el estado moderno de Israel como una respuesta a las oraciones de los judíos europeos les suena hueco a los creyentes palestinos expulsados de sus casas. ¿Fue «el milagro de Dunkirk» una respuesta a la oración? ¿Y qué decir de Hiroshima? Así como los profetas del Antiguo Testamento no podían imaginarse que Dios hiciera uso de naciones paganas como Babilonia y Asiria, todo lo que nosotros podemos hacer es encerrar en un círculo las preguntas y sacudir la cabeza ante el misterio. Las encuestas muestran que la aguda decadencia de la fe en Europa se remonta a la desesperanza que se afianzó después de dos guerras mundiales devastadoras en el continente. ¿Cómo podían suceder tales cosas en una Europa cristiana? Incluso a los mismos fieles, las oraciones con relación a los sucesos actuales —la guerra contra el terrorismo, la proliferación nuclear, la catástrofe del medio ambiente— les pueden parecer inútiles. Richard Mouw cuenta que un turista observaba a un judío devoto orando en el Muro Occidental («de los Lamentos») de Jerusalén. El judío se balanceaba de atrás hacia adelante con los ojos cerrados, golpeándose el pecho, levantando a veces las manos. Cuando terminó, el turista le preguntó: «¿Por qué oraste?» —Oro por la justicia. Oro por la salud de mi familia. Oro por la paz del mundo, en especial de Jerusalén —responde el judío. —¿Son eficaces esas oraciones? —pregunta el turista. —Es como hablarle a una pared. Nuestra arma más fuerte Poco después de la reelección de George W. Bush en 2004, la revista Time publicó una historia de primera plana sobre los veinticinco evangélicos más influyentes de Estados Unidos. Los medios de comunicación se rompían la cabeza tratando de entender a este bloque de votantes que se había vuelto poderoso recientemente. El presidente Bush entendía de verdad su importancia estratégica, porque cada semana la Casa Blanca arreglaba una conferencia telefónica por video con evangélicos destacados. En realidad, Time parecía catalogar la influencia de los evangélicos por su proximidad al círculo íntimo de la Casa Blanca. ¿La invitaron a tomar desayuno allí? ¿Logró que incluyeran su nombre en la lista de llamadas por conferencia? Conozco algunos de los dirigentes evangélicos que incluyó Time en su lista, y conozco también la seducción del poder. Sé lo que es volver de una reunión en la Casa Blanca, cargado con un gran número de libros de información y recuerdos, considerándome importante a mí mismo, para entrar en mi cuarto de oración y tratar de recuperar la perspectiva de Jesús sobre el mundo. Al fin y al cabo, Jesús nunca consiguió que lo invitaran a Roma, el centro del poder en sus tiempos, y la única vez que visitó un palacio provincial, llegó al extremo de una soga, con las manos atadas a la espalda. A pesar de su aparente impotencia, Jesúspredijo que un reino sobreviviría al imperio más poderoso de sus días; que abarcaría todo el mundo y sería más grande y duradero —hasta la eternidad— que todos los reinos construidos de piedra y cemento. Cuando oro, en especial después de codearme con los que están en el poder, debo recordar que el reino de Dios no es un apéndice de la política de Estados Unidos, ni un simple bloque de votantes, ni tampoco una asociación internacional o una versión gentil y moral de las Naciones Unidas, útil para tareas como dar de comer a los huérfanos y perforar pozos. El gobierno de Dios abarca todas las instituciones humanas y toda la historia. «El planeta mismo vive y es sostenido como si fuera con los brazos de Atlas, mediante las oraciones de aquellos cuyo amor no se ha enfriado. ¡El mundo vive por esas manos levantadas, y por nada más!», tronaba Helmut Thielicke. No hablaba como un monje que vivía en otro mundo, sino como un pastor que vivió en el idólatra reinado de Hitler en Alemania y padeció bajo las bombas incendiarias de los aliados en Stuttgart. Mis viajes me han llevado a lugares como Myanmar (Birmania) y China, en donde es más probable que el gobierno llame a los dirigentes cristianos a la prisión, y no al centro del poder. He oído horribles relatos de persecuciones; de personas que han pasado veinte años en una celda helada sin una frazada; de azotes, torturas e intimidaciones. Entrevisté a un pastor chino que pasó dos décadas en la cárcel, pero aun así, cada año dirige a cientos de convertidos en una oración de dedicación a orillas de un río, mientras todos los presentes saben que el acto de bautizarlos lo puede conducir a su propio arresto y a la prisión. «¿Qué pueden hacer por ustedes los creyentes del resto del mundo?», le preguntaba, y cada vez, sin excepción, recibí la misma respuesta: «Pueden orar. Por favor, dígales a las iglesias que oren por nosotros». Las primeras veces que oí esta respuesta quise decirle: «Sí, por supuesto, pero queremos ayudar de verdad. ¿Qué más podemos hacer?» Desde entonces he aprendido que los creyentes que no tienen acceso al poder terrenal, creen realmente que la oración les da acceso a un poder mayor. Consideran que la oración es nuestra arma más fuerte contra las fuerzas invisibles. Creen las palabras del apóstol Pablo: «Porque nuestra lucha no es contra seres humanos, sino contra poderes, contra autoridades, contra potestades que dominan este mundo de tinieblas, contra fuerzas espirituales malignas en las regiones celestiales». Cuando el profeta Daniel no recibió respuesta a su oración, se retiró durante tres semanas para ayunar y realizar otras disciplinas espirituales, perplejo ante el silencio de Dios. Por último, una criatura con el semblante resplandeciente llegó como un relámpago para explicarle la demora: «Durante veintiún días el príncipe de Persia se me opuso, así que acudió en mi ayuda Miguel, uno de los príncipes de primer rango. Y me quedé allí, con los reyes de Persia». Lo que a Daniel le parecía otro caso más de oración no contestada, había desatado, de una manera inexplicable para él, una batalla entre combatientes invisibles en el ámbito espiritual. Hay una pregunta que obsesiona a los pensadores modernos: «¿Por qué suceden cosas malas?», pero que en la Biblia es tratada sistemáticamente de una manera muy escasa, porque los escritores bíblicos creían saber por qué suceden las cosas malas: vivimos en un planeta gobernado por poderes que se proponen bloquear y pervertir la voluntad de Dios. El Nuevo Testamento describe de forma explícita a Satanás como «el dios de este mundo» y «el que gobierna las tinieblas». ¡Por supuesto que suceden cosas malas! En un planeta gobernado por el maligno, lo que podemos esperar es violencia, engaño, enfermedad y toda suerte de oposición al reinado de Dios. Libre al fin SERGEY Los que vivimos bajo el comunismo sabemos bien el poder de la oración. Mi padre trabajaba en los cohetes soviéticos en Siberia, y yo crecí bajo la propaganda del ateísmo y el comunismo. De manera constante se nos decía que nuestro sistema era mejor que el de occidente, aunque todos sabíamos que era lo opuesto. Nadie jamás podía imaginarse que el comunismo algún día caería y que la Unión Soviética se desintegraría. Incluso hoy pocos le dan crédito a lo que pienso que fue la fuerza real: el poder de la oración. Por toda Europa Oriental la iglesia organizaba marchas de paz con «personas de poder» marchando por las calles y sosteniendo velas. Nadie libró una guerra, y se dispararon muy pocos disparos, sin embargo, el poderoso imperio soviético se deshizo. Para ese tiempo mi familia se había establecido en Ucrania, y desde entonces hemos visto nuestra propia «revolución naranja» derribar a un gobierno corrupto. Esa revolución, en el 2004, se esparció principalmente mediante mensajes de texto por teléfonos celulares. Desde ese momento nosotros los cristianos hemos organizado un tiempo nacional de oración a las diez todas las noches para orar por nuestra nación. Hemos organizado grupos de tres, «tríos», para enseñarnos los unos a los otros a orar. Como ven, la mayoría de nosotros solo ha conocido las oraciones largas, formales y aburridas que oímos en las iglesias. ¡Apenas ahora estamos descubriendo el privilegio de conversar con Dios como con un amigo! He oído relatos increíbles de fe de Ucrania y sus vecinos. Un amigo mío de Moldova solía decirles a sus padres ateos que se iba al baño que estaba afuera, y luego saltaba la cerca y oraba con su vecino. A veces los cristianos fueron bautizados en lagos helados, después de romper el hielo. Los visitantes extranjeros introducían de contrabando libros y Biblias, los cuales repartían de acuerdo a un sistema secreto bien complejo. Muchos, muchos pastores pasaron tiempo en la cárcel por su trabajo con la iglesia. Ahora que somos libres, estamos en peligro de darnos a la complacencia, de no atesorar la libertad de adorar. De hecho, algunos creyentes en partes de lo que fue la Unión Soviética en realidad han dado su voto para que los comunistas vuelvan al poder porque la iglesia era mucho más pura en esos días. Parece que manejamos la persecución mejor que la prosperidad. Yo, por mi parte, oro que nunca volvamos a esos días. Oro que aprendamos a alabar a Dios por lo que tenemos, antes que tener que suplicar por ello. Oramos, porque contra esas fuerzas no tenemos ninguna manera más poderosa de unir a los dos mundos, el visible y el invisible. Le presento a Dios mi mundo, sean cuales fueren sus circunstancias, y le pido que me ayude a prepararme para contrarrestar las fuerzas del mal. Como Daniel, la iglesia perseguida se enfrenta a esas fuerzas, que toman para ella la forma de unos gobiernos hostiles y una oposición violenta. La iglesia europea se enfrenta a ellas, ocultas bajo las formas del cinismo y la indiferencia. La iglesia de Estados Unidos se enfrenta a la seducción de apoyarse en el poder, la riqueza y la influencia política. El mundo en desarrollo se enfrenta a la enfermedad, la pobreza y la corrupción política. Karl Barth escribió: «Cuando juntamos las manos en oración, iniciamos un levantamiento contra el desorden que hay en el mundo». Seguramente, el profeta Daniel habría estado de acuerdo. Al juntar las manos para orar tres veces al día, estaba actuando en desobediencia civil contra un régimen tirano que había prohibido su oración. Lo que siguió, después de su arresto y confinamiento al foso de los leones, demostró quién tenía el verdadero poder. Escenas de levantamientos Nuestros propios tiempos han presenciado levantamientos movidos por la oración. En la década de los ochenta, un pastor llamado Laszlo Tokes se hizo cargo de una pequeña iglesia reformada, donde les ministraba a sus compatriotas húngaros, una minoría oprimida que vivía dentro de las fronteras de Rumanía. Su predecesor había respaldado de forma evidente al gobierno rumano comunista, incluso hasta el punto de llevar una estrella roja sobre sus ropajes eclesiásticos. En cambio, Tokes habló contra la injusticiay protestó contra las acciones del gobierno. Pronto su iglesia empezó a llenarse todos los domingos, reuniendo adoradores y disidentes, tanto de ascendencia rumana como húngara. La membresía creció de cuarenta personas a cinco mil. El valiente nuevo pastor atrajo también la atención de los agentes especiales. Estos lo amenazaron muchas veces con la violencia, y una noche enviaron a la policía para que lo desalojara. La palabra se propagó con rapidez y cientos de cristianos —bautistas, ortodoxos, reformados y católicos por igual— salieron de sus casas y rodearon la de Tokes como un muro de protección. Se quedaron allí día y noche, entonando himnos y sosteniendo velas. Pocos días más tarde, la policía se abrió paso por entre los que protestaban, para arrestar a Tokes. En lugar de dispersarse e irse a sus casas, los manifestantes decidieron marchar a la estación de policía. Conforme el desfile avanzaba ruidosamente por las calles, cada vez más personas se unían. Al final, la multitud creció en la plaza central hasta llegar a los doscientos mil; casi toda la población de esa región. El ejército rumano envió tropas que abrieron fuego contra la multitud en un sangriento incidente, matando a cien e hiriendo a muchos más. Aun así, toda la gente se mantuvo en su sitio, rehusando dispersarse. Un pastor local se levantó para hablarles a los manifestantes en un esfuerzo por calmar la ira que crecía y evitar un motín en gran escala. Comenzó con una sola palabra: «Oremos». En un movimiento espontáneo, aquella gigantesca masa de agricultores, maestros, universitarios, médicos y obreros cayó de rodillas y repitió el Padrenuestro… Era un acto corporativo de desobediencia civil. A los pocos días, la protesta se propagó hasta Bucarest, la capital, y poco tiempo después, el gobierno que había gobernado a Rumanía con puño de hierro se vino al suelo. Durante los días más negros del gobierno comunista, los polacos solían bromear, diciendo que había dos soluciones a su crisis política, una solución realista y otra milagrosa. Según la solución realista, la Virgen de Czestochowa aparecería en el cielo, asustando a los rusos para que se fueran. Según la solución milagrosa, los rusos empacarían sus cosas y se irían sin más. Nadie lo predijo, pero fue precisamente este milagro el que sucedió. ¿Cuántas divisiones tiene el papa? Al parecer, unas cuantas, según salieron las cosas. Varios millones de polacos le dieron la bienvenida al papa Juan Pablo II a su tierra natal, gritando en desafío a los dirigentes comunistas: «¡Queremos a Dios! ¡Queremos a Dios!» El estribillo se repitió por más de trece minutos, y los historiadores trazan el principio de la resistencia y la solidaridad polaca a aquel dramático día. La ciudad de Leipzig, en Alemania Oriental, había sido escenario en 1953 de una violenta protesta contra el gobierno comunista, la cual fue aplastada por la fuerza. En cuatro décadas, la violencia no cambió nada detrás de la Cortina de Hierro. En cambio, en 1989 unos cristianos, reunidos en la iglesia donde Juan Sebastián Bach solía tocar el órgano, comenzaron la práctica de realizar marchas de oración a la luz de las velas. Diez mil personas, treinta mil, cincuenta mil, y después medio millón, se unieron en Leipzig a las marchas, y un millón más en Berlín, hasta que por último, una noche, la misma muralla de Berlín, malhadado símbolo de la Cortina de Hierro, cedió ante una clase diferente de poder y se deshizo en millones de pedazos. El profeta Isaías dijo acerca del Mesías que habría de venir: «Destruirá la tierra con la vara de su boca, matará al malvado con el aliento de sus labios». Parece una paradoja unir los sustantivos —boca, aliento, labios— con unos verbos tan violentos. Pienso en los europeos orientales marchando por sus calles adoquinadas, sosteniendo diminutas velas en las manos protegiéndolas del viento y entonando himnos, mientras los francotiradores observaban nerviosamente desde los tejados. Pienso en los museos en lugares como Leipzig y Budapest, en donde los turistas ahora recorren los mismos cuartos de interrogatorios que una vez mantuvieron a naciones enteras en las garras del terror. Pienso en una mañana helada en la que fui a trotar por Moscú y llegué a un parque en el que yacen tiradas en el suelo unas gigantescas estatuas de Lenin, Stalin y Marx, íconos que en el pasado habían sido elevados a la categoría de dioses, y ahora están apiladas como leña en un lote vacante. La oración que desarma ¿Sirve de algo la oración en los sucesos mundiales? Cambia de escenario; vamos a Suráfrica. A principios de la década del noventa, todo el mundo sabía que el gobierno racista de Suráfrica tenía que cambiar, pero la mayoría de los observadores esperaban que ese cambio llegara acompañado por un baño de sangre masivo. Conozco a un hombre llamado Ray McCauley, un predicador pentecostal con un fascinante relato sobre su vida y una imponente presencia física (compitió contra Arnold Schwarzenegger en la competencia de Míster Universo). En los días finales del régimen del «apartheid», el emergente liderazgo negro de Nelson Mandela y del arzobispo Desmond Tutu trató de obtener el apoyo de Ray, sin duda porque la audiencia semanal de su programa de televisión representaba un público muy numeroso. Un día, Mandela llamó a Ray para pedirle ayuda. Cuarenta y cinco personas de color habían sido asesinadas en una ciudad, y Ray fue con el arzobispo Tutu para visitar y consolar a las familias. Una semana más tarde, los dos volvieron para asistir al servicio fúnebre en un estadio repleto donde había quince mil personas. Al terminar el servicio, cundió la ira por la multitud como si fuera corriente eléctrica. Los oradores improvisados pedían que marcharan todos juntos en masa para vengarse. Ray notó con algo de nerviosismo que era el único blanco presente en aquella volátil multitud. El arzobispo Tutu se volvió a él y le dijo: «Ray, no te preocupes. Yo me encargo de estos manifestantes». Ray recuerda: «Vi entonces una de las escenas más conmovedoras de mi vida. Desmond Tutu se paró ante aquella multitud de quince mil personas, hizo señas con la mano para que guardaran silencio, y empezó a hablar con su voz melódica y de aguda: “Yo soy su obispo, nombrado por Dios”. Sí. ¡Eso es! ¡Predícalo! “Me han otorgado el Premio Nobel de la Paz”. ¡Ya lo tienes! Sí, sí. Amén. “¿Y ven ustedes a ese perro policía que hay allí? ¡Ese perro puede ir a playas de Suráfrica donde ni siquiera tolerarían mi presencia!” »La multitud estalló. Lo aclamaban, pisaban fuerte y agitaban pañuelos. Tutu le siguió dando impulso a la situación. Los tenía comiendo de su mano. Entonces sucedió lo más extraordinario. En los treinta minutos siguientes, usando solamente palabras [«la vara de su boca»], aquel gran hombre de Dios silenció a la multitud, trajo paz a aquella situación que más parecía un barril de pólvora, y terminó orando. Los quince mil manifestantes, muchos de los cuales querían sangre, se limitaron a salir e irse a sus casas». Pocos meses más tarde, Tutu y McCauley se situaron ante una multitud más numerosa aun, esta vez de cien mil personas. Con anterioridad los africanos de color habían marchado en una de las regiones de su tierra natal, una zona que era una especie de reservación dedicada a los nativos africanos. El líder de la región les había ordenado cruelmente a las tropas armadas que dispararan sobre los que marchaban, matando a veintiocho e hiriendo a doscientos. Ahora, una gigantesca muchedumbre se reunía en la frontera. De nuevo Tutu voló con un grupo de dirigentes de la iglesia para tratar de calmar la escena. «¿Cuándo se va a acabar todo esto?», le preguntó Tutu a la multitud. «Tenemos un país que está a punto de estallar. Nos pasamos el tiempo limpiando las lágrimas de los ojos de la gente». Detrás de él, los vehículos blindados bloqueaban la carretera y los soldados apuntaban sus armas hacia la multitud. Ray, bien conocido como predicador, pero neófito como político, se halló en medio del drama tal vez más tensoal que se enfrentaba la nueva nación que trataba de nacer. «No sabía qué hacer», dijo Ray. «Una vez más, el arzobispo Tutu me dijo: “Yo me encargo de los manifestantes”. Pero luego añadió: “Será mejor que tú vayas allá a calmar a los soldados”. »Me fui hacia ellos; unos nerviosos muchachos agazapados detrás de sus ametralladoras y respaldados por tanques. Se les podía ver el miedo en los ojos. Al fin y al cabo, se estaban enfrentando a cien mil manifestantes de color que repetían consignas enardecidos. Él sabía que la mayoría de aquellos muchachos blancos eran calvinistas y asistían a la iglesia. Les pregunté si podíamos orar, y todos se quitaron con respeto las gorras y los cascos. Puse todo lo que tenía en aquella oración, y fui sincero en cada palabra que dije. Nos pasamos todo el día allí un grupo entero de dirigentes de la iglesia, y realmente creo que nuestras oraciones con ambos grupos ayudaron a calmar lo que podría haber sido una escena de gran violencia». Dos años después, en vísperas del cambio en Suráfrica, McCauley se halló ante el rey de los zulúes. Nelson Mandela se había enfurecido y se había sentido traicionado al enterarse de que el gobierno blanco de Suráfrica, con el que había estado negociando, les había estado pagando en secreto a los guerreros zulúes para que llevaran a cabo matanzas en diversas poblaciones de gente de color, a fin de propagar la discordia. Mientras tanto, el rey zulú favorecía un boicot de las primeras elecciones abiertas de la nación, lo cual socavaría la legitimidad de estas. El futuro de la nación pendía de una balanza, y tanto emisarios como diplomáticos luchaban por impedir que el frágil plan de transición se deshiciera. Brotaron grupos de oración por toda la nación para implorarle a Dios que hiciera un milagro que de alguna manera permitiera que los obstinados dirigentes blancos de la nación y el antiguo terrorista Mandela llegaran a un acuerdo. McCauley hizo arreglos para fletar un vuelo junto con el arzobispo Tutu, solo doce días antes del día para el cual estaban programadas las elecciones. Los pastores se pasaron seis horas con el rey zulú. Ray recuerda: «Él estaba sentado en una especie de trono portátil cubierto por mantos de piel de leopardo, rodeado por guerreros con lanzas. Incluso ahora no puedo creer lo que hice, pero en ese momento sentí el impulso del Espíritu. Le dije: “Oh rey, tú eres un gran rey, pero estoy seguro que también tú desearías arrodillarte ante el Rey de reyes”. El rey vaciló por un momento, luego se levantó de su trono y se arrodilló. Oré por la paz ese día, y todos los días posteriores a los cuales se enfrentó nuestra nación. Oré contra la violencia. Oré para pedir unidad. Oré por el reino de Dios». Después de la reunión, el rey hizo un llamado urgente a los zulúes para que dejaran de luchar y permanecieran calmados y en paz. Las elecciones tuvieron lugar según lo programado, y sin violencia. «Nunca volveré a dudar del poder de la oración», dijo Ray. «Figúrense, cada uno de los dos grupos pensaba que Dios estaba de su lado. Y sin embargo, en medio de la crisis, ambos estuvieron dispuestos a postrarse; a someterse ante el Dios que pensaban servir». Un ángulo de reposo Después del cambio en Suráfrica, el arzobispo Desmond Tutu descubrió que su trabajo apenas había empezado. Aceptó la ardua asignación de presidir las audiencias de la Comisión de Verdad y Reconciliación en Suráfrica. Los relatos de los horrores parecían no tener fin. Oyó relatos grotescos de golpizas, de torturas con descargas eléctricas, de abusos contra mujeres embarazadas, y de la práctica de «poner un collar» que era en realidad un neumático encendido. Día tras día, durante casi dos años, escuchó relatos sobre las obras del infierno que habían sido llevadas a la práctica en su propia nación. En medio de ese tiempo, un reportero le preguntó: «¿Por qué ora usted?». Si tu día empieza del lado equivocado, continúa torcido. Lo que he hallado es que levantarme un poco más temprano y tratar de tener una hora de quietud en la presencia de Dios, meditando sobre algún texto de la Biblia, es algo que me sostiene. Trato de tener dos o tres horas de quietud al día, e incluso cuando hago ejercicios, cuando paso media hora en la máquina de trotar, uso ese tiempo para interceder. Trato de tener un mapa mental del mundo y lo recorro, continente por continente, solo que al llegar al África, trato de hacerlo con más detalle, y le ofrezco todo eso a Dios. Entonces se ponía sus vestimentas judiciales y tomaba asiento al frente de una comisión que trataba de llevar verdad y reconciliación a una tierra moralmente manchada. El músico Bono le preguntó una vez a Tutu cómo se las arreglaba para hallar un tiempo de oración y meditación. Tutu le respondió: «¿De qué estás hablando? ¿Piensas que podríamos hacer todo esto si no encontráramos ese tiempo?». En la oración, nos presentamos ante Dios para suplicarle por nuestra situación, y también por las condiciones del mundo que nos rodea. Cuando yo hago esto, la oración me fortalece para que me una a la obra de convertir el mundo en un lugar donde se haga realmente la voluntad del Padre, tal como se hace en el cielo. Al fin y al cabo, somos el cuerpo de Cristo en la tierra; él no tiene aquí otras manos, más que las nuestras. Y sin embargo, para actuar como cuerpo de Cristo necesitamos una conexión ininterrumpida con la Cabeza. Oramos para poder ver el mundo con los ojos de Dios, y luego unirnos al torrente de poder que se desata. En las montañas donde vivo, los geólogos y los mineros usan la elegante expresión «ángulo de reposo» para describir el ángulo preciso en que un peñasco reposa en la ladera de una colina, en lugar de rodar cuesta abajo. Pienso en esa imagen como el punto en que la oración y la acción se encuentran. De vez en cuando, uno de esos peñascos se afloja, liberando la energía potencial en un deslave que altera de forma permanente el paisaje. Algo similar ocurre en una avalancha, cuando se desprende montaña abajo una acumulación de copos de nieve diminutos, casi sin peso alguno. El secreto de Dietrich Bonhoeffer, dijo un teólogo alemán, fue la manera creativa en que combinaba la oración con su situación terrenal, forjando una espiritualidad que le daba tanto espacio a la piedad tanto como al activismo. Mientras estaba recluido en un monasterio, esperando órdenes del movimiento de resistencia alemana, Bonhoeffer escribió: «En realidad, un día sin oración por la mañana y por la noche y sin intercesión personal es un día sin significado ni importancia». Era pastor, y continuó teniendo tiempos regulares de oración incluso después de ser encarcelado por participar en un complot contra Hitler. Bonhoeffer captaba la naturaleza de la oración como una alianza con la actividad de Dios sobre la tierra. Reprendía a los cristianos alemanes que se apartaban de la piedad, al mismo tiempo que se resignaban a los males que los rodeaban («Simplemente, así son las cosas»). No nos podemos limitar a orar y después esperar que Dios haga el resto. Al mismo tiempo, Bonhoeffer advertía contra un activismo que se opusiera a las fuerzas del mal sin echar mano del poder de la oración. La batalla contra el mal requiere tanto de la oración como de la acción llena de oración. Paciente en la adversidad NEIL Al presente sirvo como director nacional de Estados Unidos de OMF International, organización que brotó de la Misión Interior a China. Desde el mismo comienzo nuestro fundador, Hudson Taylor, estableció una dependencia vital en Dios mediante la oración. Por ejemplo, la misión nunca pide dinero; simplemente damos a conocer nuestras necesidades y luego oramos. Nuestra fe ha sido probada muchas veces, pero nunca de manera tan severa como en 1949 cuando el gobierno maoísta ordenó a todos los misioneros extranjeros que salieran de China. Teníamos más de novecientos obreros en ese país, todos los cuales estaban convencidos de que Dios los había llamado a China. ¿Cómo podían compaginar eso con la fría realidad política de la expulsión?Los dirigentes de la Misión se reunieron para considerar las alternativas para el futuro, y por los primeros dos días oraron. Algunos sugirieron que se cerrara la misión. ¿Acaso Dios no había dirigido a Hudson Taylor y al resto a China, y no a ninguna otra parte? Otros propusieron que los misioneros se reubicaran en otros países de Asia… una opción que al final se acordó. Hoy OMF tiene personal en países cerrados o que son un riesgo para la seguridad de los cuales no podemos hablar en público. Nos sentiríamos impotentes para ofrecerles respaldo sin la oración. Estoy convencido de que Dios introdujo en el diseño de la historia el potencial para ser afectado por nuestras oraciones, para realizar cosas no posibles mediante el mero ingenio humano. A veces oímos de grandes irrupciones, tales como los despertamientos espirituales de Corea del Sur y de China. Piensen en la ironía de China: ¡después de que todos los misioneros fueron sacados a patadas y el gobierno dictó una legislación restrictiva contra la religión, se desató el más grande despertamiento numérico en la historia del mundo! Sin embargo, a veces oímos de grandes derrotas, de una oposición obstinada, de misioneros perseguidos e incluso sacrificados como mártires (perdimos setenta y nueve misioneros o hijos de ellos en la rebelión Bóxer de 1900). Continuamos orando, y permitimos que Dios lo resuelva todo. No podemos imponer sobre otros nuestra voluntad, así como tampoco podemos obligar a nadie a que respalde financieramente nuestro trabajo, o a que se ofrezca como voluntario con nuestra misión… ni tampoco quisiéramos hacerlo. Presentamos nuestras peticiones y oramos, como el Catecismo de Heidelberg lo dice, somos pacientes en la adversidad y agradecidos en la prosperidad. Antes de unirme a la oficina de Estados Unidos trabajé como cirujano misionero en Tailandia. Para mí, las misiones médicas proveen un ejemplo excelente de hermanamiento. Dios nos ha dado el honor de hacer su voluntad en la tierra, lo que incluye brindar salud y consuelo en donde hay heridas y aflicción. Nuestro equipo quirúrgico oraba con los pacientes antes de administrar la anestesia. Al mismo tiempo hacía todo lo que estaba a mi alcance para aplicar mis destrezas a favor de ellos. Muchas veces hacía una pausa durante una operación, aturdido, abrumado, y levantaba mi cabeza para contemplar por la ventana y orar: «He llegado al fin de mi conocimiento, Dios», oraba. «Necesito tu ayuda, tu dirección». En días pasados el desarrollo tendía a seguir a la evangelización. Primero proclamábamos el evangelio, y después ministrábamos a las necesidades físicas proveyendo ayuda con los suministros de agua, la agricultura o la salud. Ahora, a menudo sucede lo inverso: la obra de desarrollo provee una entrada a los países restringidos, y las conversiones fluyen a partir de nuestro ministerio compasivo. De esa manera, también, somos socios de Dios. Procuramos hacer la voluntad de Dios en la tierra como lo es en el cielo, para que el nombre de Dios sea conocido, incluso santificado, entre todo pueblo. Durante la década de los sesenta y de los setenta, la oración casi desapareció de los planteles de los seminarios protestantes tradicionales, que insistían en el evangelio social. El que una persona hablara de una vida privada de oración la hacía sospechosa, y tal vez provocaba incluso un sermón sobre los peligros del pietismo. Como resultado, muchos protestantes empezaron a visitar monasterios en búsqueda de orientación espiritual. Así aprendieron de activistas como Dorothy Day y Thomas Merton que la acción social sin el respaldo de la oración puede conducir al agotamiento y la desesperanza. En mis viajes por el extranjero he visto con claridad los resultados de la acción acompañada por la oración. Los creyentes tenemos una fe firme en un Dios poderoso y bueno y un llamamiento igualmente firme para vivir en la práctica las cualidades de ese Dios en un planeta dañado y rebelde. Por esta razón, por dondequiera que han ido los misioneros cristianos, han dejado un sendero de hospitales, clínicas, orfanatos y escuelas. Predicar a Dios sin el reino no es mejor que predicar el reino sin Dios. Nosotros mismos no nos hallaremos de ninguna manera en la clase de circunstancias dramáticas a las que se enfrentaron Bonhoeffer en Alemania y Tutu en Suráfrica. Pero cada uno de nosotros, cada cual a su propia manera, sentiremos la tensión entre la oración y el activismo; entre la acción y la contemplación. Yo recibo una circular de la organización «The Center for Action and Contemplation» [«El centro para la acción y la contemplación»] y esas dos palabras juntas abarcan la mayoría de lo que somos llamados a hacer los que seguimos a Jesús. El fundador del centro dice: «Muchas veces le he dicho a la gente que la palabra más importante en nuestro título no es la palabra “acción” ni tampoco la palabra “contemplación”, sino la conjunción “y”». Un acicate a la acción Los críticos ven la oración como un desperdicio de tiempo; una manera escapista de lidiar con los problemas. Charles Dickens trazó esa caricatura de la oración mediante un personaje con un nombre muy adecuado: el señor Pecksniff. Mientras daba gracias antes de una abundante comida, Pecksniff entregó «al cuidado de la Providencia a todas las personas que no tienen nada que comer, puesto que estaba claro que el negocio de esta (así dice realmente la oración) era cuidar de ellas». Santiago responde a la queja levantada por Dickens en un lenguaje igualmente incisivo: Supongamos que un hermano o una hermana no tienen con qué vestirse y carecen del alimento diario, y uno de ustedes les dice: «Que les vaya bien; abríguense y coman hasta saciarse», pero no les da lo necesario para el cuerpo. ¿De qué servirá eso? Así también la fe por sí sola, si no tiene obras, está muerta. Yo añadiría: «Si alguno me dice: “Voy a orar por ti”, pero no hace nada más, ¿de qué me sirve?» Yo tenía razón al preguntarles a los cristianos de China y Myanmar: «¿Qué más podemos hacer?», pero solo si insistía en las palabras qué más. «Señor, las cosas por las que oramos nos dan la gracia necesaria para trabajar en ellas», dijo Sir Thomas More. Orar puede ser una empresa arriesgada, según he descubierto, puesto que el Espíritu me condena con frecuencia por medio de lo mismo que es motivo de mi oración. «Señor, ayuda a mi vecina, que es madre soltera y lleva una vida tan difícil». Ah, ¿le he ofrecido llevar a su hijo a esquiar últimamente? «Padre, te pido por el matrimonio de Brandon y Lisa, que está en problemas». ¿Y yo qué estoy haciendo para respaldarlos, mantenerlos unidos y exigirles responsabilidad? La expresión natural de la voz interna de la oración es la acción, así como la voz interna de mi cerebro guía todas mis acciones corporales. Ester hizo que los judíos de Persia ayunaran y oraran por tres días, y luego realzó todos sus encantos para ir a ver al rey. La iglesia primitiva oró por la seguridad de Pablo y después lo descolgó por el muro de la ciudad en un canasto para que pudiera escapar. Pablo mismo usó en todo su poder el sistema legal romano como manera de proteger sus derechos, y en última instancia, cumplir con su sincera oración de llevar el evangelio a Roma. A veces, como el muchacho que les pide a sus padres que resuelvan un problema de matemáticas mientras él juega con sus videos, nosotros le pedimos a Dios cosas que debemos hacer nosotros mismos. Israel clamaba a Dios pidiéndole que lo volviera a rescatar: «¡Despierta, brazo del Señor! ¡Despierta y vístete de fuerza! Despierta, como en los días pasados, como en las generaciones de antaño». En el siguiente capítulo aparece la respuesta: «¡Despierta, Sión, despierta! ¡Revístete de poder!». Al principio, la oración puede parecer como un alejamiento, un tiempo de reflexión para meditar en el punto de vista de Dios. Pero esa ventaja nos presiona a su vez para que realicemos la voluntad de Dios; la obra del reino. Somos colaboradores de Dios, y como tales, acudimos a la oración para prepararnosa cumplir con esa alianza. Karl Barth, quien vivió en los días críticos del gobierno nazi, declaró que la oración era «el trabajo verdadero y adecuado del creyente», y observó que «los obreros, pensadores y luchadores del mundo más activos en el servicio divino han sido al mismo tiempo, y de forma manifiesta, los más activos en la oración». En la actualidad, en la ciudad de Los Ángeles el día de trabajo en el comedor de beneficencia Catholic Worker [Obrero Católico] comienza con esta oración: «Haznos dignos, Señor, de servir a nuestros hermanos y hermanas que viven y mueren en la pobreza y el hambre. Dales hoy a través de nuestras manos su pan cotidiano, y por medio de nuestro amor y comprensión, dales paz y alegría». Un voluntario informa que a menudo esta oración inicial no basta: Tan pronto como estas palabras salen de nuestra boca, empieza el vigoroso trabajo de picar legumbres para la sopa y la ensalada, mientras nos preparamos para más de mil comidas que serviremos en unas pocas horas. Como resultado, a veces me dejo agobiar por la pesada responsabilidad de esta tarea, y tengo que dar un paso atrás para repetir de nuevo las palabras de la oración. Entonces recuerdo: «Ah, sí, yo no estoy a cargo, sino Dios. De alguna manera, habrá suficiente comida; de alguna manera, habrá suficiente tiempo para prepararla; y de alguna manera habrá suficientes voluntarios para servirla. De alguna manera, saldremos adelante este día». Durante la preparación de la comida, alguien se ofrece voluntariamente para salir a orar durante una hora. La cuadrilla insiste en esta práctica, aunque ese par de manos adicionales pudiera estar picando legumbres o preparando café. Quieren que la obra sea de Dios, y no de ellos. Y al eliminar el tiempo para la oración, estarían sometiéndose a la adicción al trabajo tan típica de nuestra cultura. Además, una mañana por semana la comunidad entera se reúne para tener media hora de oración meditativa. Para los activistas que están al frente, la oración sirve en parte como oasis y en parte como sala de urgencias. Disciplinas para obreros de emergencia Después que el mortal tsunami de 2004 azotó a las naciones de Asia, sintonicé la Radio Pública Nacional y oí a un budista, a un musulmán y a un cristiano dar sus puntos de vista acerca de la tragedia. El budista explicaba que en realidad no creía en un Dios personal y veía los desastres naturales como parte inevitable del destino, aunque él y muchos otros budistas les estaban ofreciendo ayuda a las víctimas. El musulmán tenía un diagnóstico más incisivo: tal vez el tsunami habría sido un castigo, o por lo menos una advertencia, para los musulmanes de la región que no habían estado tomando en serio su religión. El comentarista les recordó a los oyentes que la mayoría de las víctimas del tsunami eran budistas o musulmanas, antes de pasarle el micrófono al cristiano, representante de una organización internacional de ayuda. «No tengo ninguna buena explicación sobre por qué sucede algo así, y no pretendo adivinar cuál ha sido la participación de Dios», dijo. «Estamos allí en el terreno, porque seguimos a Jesús, un hombre que definió el amor contando el relato del buen samaritano que ayudó a alguien que era enemigo étnico y religioso suyo. Él demostró ese mismo amor, y nosotros creemos que al imitarlo a él estamos haciendo la voluntad de Dios en la tierra». Pocos días después, recibí un correo electrónico de un conocido, Ajith Fernando, que estaba ayudando a organizar el trabajo de auxilio en Sri Lanka. Él lo titulaba «Disciplinas para obreros de emergencia», un buen título para todo el que participe en la obra del reino de Dios. Ajith mencionó que durante los tiempos de desastre tendemos a presionarnos nosotros mismos más allá de lo que es saludable. Luego les daba consejos prácticos a otros obreros de auxilio. Duerman lo suficiente. No descuiden a su familia. Atiendan a sus necesidades emocionales. Para poder ayudar a otros, ustedes mismos tienen que estar fuertes. Por último, pasó a las disciplinas espirituales. Personas como la Madre Teresa nos han demostrado que cualquiera que quiera ministrar en las crisis a largo plazo, debe llevar una vida saludable de devoción. Dios ha impreso en nuestros sistemas un ritmo de vida que no debemos violar: dar y tomar; trabajar y descansar; servir y adorar; actividad comunitaria, actividad familiar y soledad. Sin embargo, es demasiado fácil en tiempos como estos descuidar algunas de las disciplinas menos activas de la lista… Cada vez que me siento a orar o a leer la Biblia, me da la impresión de que hay muchas demandas más urgentes que claman por mi atención. Yo vivo a gran distancia de la devastación causada por el maremoto. Oré por Ajith y por los demás obreros de la región, algunos de los cuales conozco, y di dinero para ayudarlos. Debo admitir que me pareció un hilo muy frágil orar por personas que lo habían dejado todo para ayudar a sus países a que se recuperaran. Y sin embargo, Ajith sería el primero en decir: «No, la oración es esencial. Yo vivo gracias a la oración. Solo ella puede fortalecerme para luchar contra la desesperanza y la fatiga». Conozco a un hombre de Chicago que acampa durante una semana en los edificios abandonados, consagrando el edificio, orando para encontrar una manera de transformarlo, de manera que les sirva a los indigentes. Luego va, recoge fondos y busca voluntarios para rehabilitar los edificios. Varios centenares de indigentes tienen ahora un lugar donde vivir, gracias a los esfuerzos de este hombre. También conozco a un matrimonio de Nueva Jersey que vio letreros en su calle y anuncios en el periódico en los que se les notificaba a los vecinos de su barrio que un delincuente sexual fichado por las autoridades acababa de ser puesto en libertad y se había mudado al vecindario. La pareja empezó a orar por el hombre cuyo retrato aparecía en los letreros, y de vez en cuando lo veía en la calle. Los vecinos daban un rodeo para evitar la casa en que estaba viviendo, a veces escribían pintadas en sus paredes, y les advertían a sus hijos que se cuidaran de aquel hombre. Después de orar, esta pareja lo visitó y más tarde abrió las puertas de su casa para un desayuno semanal con antiguos delincuentes como él. Durante veintiún años han estado auspiciando este desayuno. Los hombres más despreciados de la zona tienen un lugar donde ir en el que se sienten bienvenidos y se les trata como seres humanos. ¿Qué sucedería si siguiéramos literalmente la orden de Jesús de amar a nuestros enemigos y orar por los que nos persiguen? ¿Cómo afectaría esto la reputación de los creyentes de Estados Unidos si se nos llega a conocer, no por nuestro acceso a la Casa Blanca, sino por nuestro acceso al cielo a favor de los que discrepan de nosotros tenazmente, e incluso con violencia? En una escena que aparece en el Apocalipsis, el apóstol Juan ve de antemano un eslabón directo entre el mundo visible y el invisible. En un momento cumbre dentro del relato, el cielo guarda silencio. Siete ángeles se quedan de pie, cada cual con una trompeta, esperando como por espacio de media hora. Reina el silencio, como si todo el cielo estuviera escuchando de puntillas. Entonces un ángel recoge las oraciones del pueblo de Dios en la tierra, todas las oraciones acumuladas ya sean de furor, alabanza, lamento, abandono, desesperanza o petición, las mezcla con incienso, y las presenta ante el trono de Dios. El silencio se rompe al final cuando aquellas fragantes oraciones son arrojadas a la tierra. Dice el texto: «Y se produjeron truenos, estruendos, relámpagos y un terremoto». Walter Wink comenta con respecto a esta escena: «El mensaje es claro: la historia les pertenece a los intercesores, que creen en el futuro y lo traen a la existencia». Los que oran son agentes esenciales en la victoria final sobre el mal, el sufrimiento y la muerte. CAPÍTULO 10 ¿CAMBIA LA ORACIÓN A DIOS? La oración es el poder gracias al cual tiene lugar lo que de otra manera no tendría lugar. ANDRÉS MURRAY «Yo,el señor, no cambio» (Malaquías 3:6). «Dentro de mí, el corazón me da vuelcos, y se me conmueven las entrañas» (Oseas 11:8). Esas dos afirmaciones, ambas registradas en la Biblia como palabra de Dios, enmarcan un misterio. Pudiera traer a colación otros versículos que describen a un Dios inmutable y equilibrarlos con otros pasajes donde se muestra que Dios cambia de parecer. A decir verdad, queremos algo de ambas cosas: un Dios digno de confianza con quien podamos contar, y al mismo tiempo, un Dios atento a nosotros al que podamos afectar. No todos se preocupan por los detalles filosóficos de la oración. No obstante, para los que lo hacemos, la conclusión a la que lleguemos en cuanto a este asunto bien podría determinar cómo vemos la utilidad —o la inutilidad — de la oración. Orígenes fue el primer escritor cristiano de quien se sabe que meditó en la paradoja de orar a un Dios que no cambia: «Primero, si Dios sabe de antemano lo que va a suceder y si debe suceder, estaremos orando en vano. Segundo, si todo sucede de acuerdo a la voluntad de Dios y lo que él desea está determinado y ninguna de las cosas que él desea puede ser cambiada, también oramos en vano». Orígenes se colocó firmemente del lado de un Dios inmutable, argumentando que desde el momento de la creación, Dios podía ver de antemano todo lo que nosotros escogeríamos libremente, incluyendo el contenido de nuestras oraciones. Muchos filósofos siguieron la misma pista: Emmanuel Kant, por ejemplo, llamó «una ilusión absurda y presuntuosa» pensar que el que ora pueda desviar los planes de Dios. El calvinismo, con su énfasis en la soberanía absoluta de Dios, cambió el enfoque de la oración de sus efectos en Dios a los efectos en el que ora. El devoto Jonathan Edwards cuestionaba la oración de petición. Esto es lo que escribió: «No se debe pensar que a Dios lo podamos mover adecuadamente o hacer que esté bien dispuesto por medio de nuestras oraciones»; lo que sucede es que Dios nos otorga su misericordia «como si se le convenciera por medio de la oración». (Debo notar que el mismo Juan Calvino no tenía dudas en cuanto a la oración. Instaba a la gente a orar e incluyó un capítulo al respecto en su Institución, a continuación del capítulo sobre la predestinación. En cuanto a sus seguidores más extremos dijo: «Por consiguiente, es muy absurdo disuadir a los hombres en cuanto a la oración, a base de pretender que nuestras súplicas importunan en vano a esa Divina Providencia que siempre está vigilando sobre el gobierno del universo».) Según los descubrimientos de la ciencia iban hallando explicaciones a fenómenos que la gente siempre había considerado como parte de la providencia, los hijos e hijas del Siglo de las Luces fueron viendo menos razones para orar. El ciclo natural de tempestades y sequías se hizo más predecible, aparentemente menos sujeto a los caprichos de Dios o de los que le dirigían sus oraciones. Thomas Hardy describió a Dios como «la Cosa adormilada, oscura y tonta que le da la vueltas a la manivela de este insulso espectáculo». En la novela moderna Slaughterhouse-Five [Matadero cinco], Kurt Vonnegut se mofa de la oración en una escena en que el personaje principal, Billy Pilgrim, se desconcierta ante la bien conocida oración de la serenidad: DIOS MÍO, CONCÉDEME SERENIDAD PARA ACEPTAR LAS COSAS QUE NO PUEDO CAMBIAR, VALOR PARA CAMBIAR LAS COSAS QUE PUEDO, Y SABIDURÍA PARA SABER SIEMPRE LA DIFERENCIA. Entre las cosas que Billy Pilgrim no podía cambiar estaban el pasado, el presente y el futuro. Vonnegut no tenía necesidad de indicar la conclusión obvia: ¿de qué sirve la oración en un mundo tan predeterminado? El punto de vista bíblico Sin embargo, vayamos a la noción bíblica de la historia y veremos un cuadro en el cual Dios es un ser personal que oye atentamente las oraciones y las responde. Jesús llenaba ese retrato, y los discípulos retomaron la oración justo donde Jesús la había dejado, haciéndole peticiones específicas y personales a Dios para que actuara. La oración más famosa, la Oración Modelo (o el Padrenuestro), fue enseñada por Jesús de forma espontánea en respuesta a la petición de sus discípulos, que querían aprender a orar. En la introducción de esta oración modelo, Jesús reconocía que Dios ya conoce nuestras necesidades de antemano: Y al orar, no hablen solo por hablar, como hacen los gentiles, porque ellos se imaginan que serán escuchados por sus muchas palabras. No sean como ellos, porque su Padre sabe lo que ustedes necesitan antes que se lo pidan. Ustedes deben orar así… Algunos ven la omnisciencia de Dios como un disuasivo para la oración: ¿por qué orar si Dios ya lo sabe? En contraste, Jesús trata el conocimiento de Dios, no como un disuasivo, sino como una motivación positiva para orar. No tenemos que esforzarnos por captar la atención de Dios mediante palabras largas y exhibiciones ostentosas. No tenemos que convencer a Dios de nuestra sinceridad ni de nuestras necesidades. Ya contamos con el oído atento del Padre, por así decirlo. Dios lo sabe todo acerca de nosotros, y sin embargo nos escucha. Podemos ir directamente al grano. «La oración sostiene unidos los fragmentos destrozados de la creación. Hace posible la historia», escribió Jacques Ellul, un moderno pensador francés que no pudo evadir las afirmaciones directas de la Biblia de que Dios actúa en respuesta a la oración. Al contrario: los grandes sucesos del Antiguo Testamento —la familia de Abraham, la elevación de José en Egipto, el éxodo, el peregrinaje por el desierto, las victorias de Josué y del rey David, la liberación de Israel de manos de Asiria y de Babilonia, la reconstrucción del templo, la venida del Mesías— tuvieron lugar solo después que el pueblo de Dios clamó a él en oración. Por todas partes, la Biblia muestra que los seres humanos afectamos profundamente a Dios, tanto en sentido positivo, como negativo. Dios «se complace en los que le temen, en los que confían en su gran amor». Sin embargo, como los profetas dicen, a veces el Señor también se siente agobiado por la desobediencia, y a la larga, su paciencia llega a su fin: «Por mucho tiempo he guardado silencio, he estado callado y me he contenido. Pero ahora voy a gritar como parturienta, voy a resollar y jadear al mismo tiempo». El Nuevo Testamento insiste en que nuestras oraciones marcan una diferencia para Dios y para el mundo: Pidan, y se les dará. La oración de fe sanará al enfermo… La oración del justo es poderosa y eficaz. Porque los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos, atentos a sus oraciones. No tienen, porque no piden. Subrayando estas generosas promesas, la Biblia habla de las oraciones de los profetas y los apóstoles para pedir sanidades físicas, e incluso la resurrección de personas ya muertas. Sara, Rebeca, Raquel, Ana y Elisabet oran para que Dios las libre de su infertilidad; Daniel ora en un foso de leones, y sus tres amigos oran en medio del fuego. Cuando Dios envió al profeta Isaías, la persona más relacionada con Dios de sus tiempos, para informarle al rey Ezequías que su muerte es inminente, Ezequías oró para pedir más tiempo. Antes que Isaías hubiera dejado los predios del palacio, Dios cambió de parecer, concediéndole a Ezequías quince años más de vida. En una especie de prueba negativa sobre el poder de la oración, Dios le ordenó tres veces a Jeremías que dejara de orar; él no quería que se alteraran sus planes de castigar a una nación rebelde. Al fin y al cabo, la oración había conmovido la firme resolución que Dios había tenido antes. «¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!», proclamó el profeta Jonás en una ciudad pagana, pero «al ver Dios lo que hicieron, es decir, que se habían convertido de su mal camino, cambió de parecer y no llevó a cabo la destrucción que les había anunciado». El Antiguo Testamento informa cuatro veces que Dios «desistió» o «se compadeció» en respuesta a una petición, y cada cambio detuvo un castigo que había prometido. Una obra en proceso ¿Cómo reconciliamos al Dios inmutabledescrito en la Biblia con el Dios que responde, también reflejado en las Escrituras? Por irónico que parezca, el evangelista Carlos Finney, quien se alejó del calvinismo estricto de su juventud, basaba su creencia, irónicamente, en el poder de la oración en el carácter inmutable de Dios: «Si me preguntas por qué él responde a veces a la oración, mi respuesta es esta: porque él es inmutable». Para darte un ejemplo, un Dios sujeto a unas cualidades inmutables como el amor y la misericordia debe perdonar a un pecador que ora con arrepentimiento. Dios cambia de curso como reacción al cambio de curso del pecador, y lo hace así, debido a esas cualidades eternas suyas. El teólogo contemporáneo Clark Pinnock sigue una línea lógica similar. Puesto que la naturaleza de Dios es amor, dice, Dios debe ser impresionable y tener compasión: «Debido a que el amor de Dios nunca cambia, la experiencia de Dios debe cambiar». Pinnock contrasta dos modelos de la soberanía de Dios. Podemos imaginarnos a Dios como un monarca distanciado, alejado de los detalles del mundo, o nos lo podemos imaginarnos como un padre cariñoso con los rasgos de amor, generosidad y sensibilidad; un ser infinito que interactúa personalmente con la creación y responde a ella. En concordancia con esto, Dios tiene en cuenta nuestras oraciones como un padre sabio tendría en cuenta las peticiones de un hijo suyo. Andrew Murray, quien era calvinista, llegó a la conclusión de que «Dios permite realmente que la oración le haga decidir algo que de otra manera no habría hecho». Murray señala a la Trinidad como un indicio de la forma en que Dios puede cambiar de parecer. Hemos visto cómo Jesús se apoyaba en la oración en la tierra para tener comunión con su Padre y para hacerle peticiones, algunas de las cuales, es necesario notarlo, no le fueron concedidas. Ahora Jesús, como abogado nuestro, representa los intereses humanos dentro de la Deidad. El apóstol Pablo afirma que el Espíritu Santo también tiene un papel íntimo en la oración: «No sabemos qué pedir, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras». En uno de los pocos versículos en que menciona a todas las personas de la Trinidad, Pablo las une a las tres: «Pues por medio de él [Cristo] tenemos acceso al Padre por un mismo Espíritu». Padre, Hijo y Espíritu Santo tienen una especie de conversación interna, lo cual demuestra que Dios acoge de buen grado el debate y el consejo. C. S. Lewis parecía fascinado por los interrogantes que presenta la oración; en especial cómo es que un Dios soberano puede escuchar nuestras oraciones y responderlas. Siendo un joven cristiano inglés, se había sentido abochornado en cuanto a orar por su hermano Warren, que estaba en el extranjero, hasta que supo que los japoneses habían atacado Shanghái. ¿De qué serviría una diminuta oración contra lo inevitables que son el destino o la providencia? A raíz de esto, se dedicó a explorar el tema en varios de sus libros y muchos de sus ensayos y cartas. Prueba escrita GAIL Si alguna vez tengo dudas de que Dios oiga y responda a nuestras oraciones, saco mi diario de oración. En esos días mi «altar» es un escritorio de computadora. Me siento allí todos los días con una Biblia abierta y anoto en mi diario espiritual en la computadora. Necesito esa clase de enfoque para ayudarme a meditar. Le pregunto a Dios lo que debo hacer ese día, y uno por uno los nombres vienen a mi mente. Para cuando concluyo ese tiempo, por lo general tengo tres o cuatro horas de trabajo delante de mí, pues estoy convencida de que Dios a menudo descansa en nosotros como una ayuda para responder las mismas peticiones que le hacemos. Cada día imprimo mi diario y lo uso con frecuencia, recordándome a mí misma lo que he aprendido. Luego, una vez al año condenso y compilo todo el asunto. Divido mis notas en categorías: nociones, poesía, acontecimientos destacados de la familia, arrepentimiento, tiempos divertidos, aflicciones… y respuestas a la oración. La síntesis del diario del año pasado llevó cincuenta y seis páginas en una letra del tamaño de las notas al pie de la página. Al leerlo de nuevo, simplemente me asombro al ver cómo Dios obró en respuesta a mis oraciones. Veo menos severidad en el esposo de mi sobrina, que es agnóstico. Veo una transformación en los miembros de mi grupo pequeño y despertamientos espirituales en mis vecinos. Veo un crecimiento en mi propio matrimonio. Solía pensar que si trabajo lo suficiente para ser lo bastante buena, Dios respondería a mis oraciones de la manera que yo quiero. Ahora he aprendido a postrarme más. Yo soy solo una mayordoma, una obrera, sin ningún concepto real de lo que es mejor para mí. Los tiempos duros que he atravesado, y han habido muchos, me han enseñado que Dios puede usar cualquier cosa para sus propósitos. A veces mi esposo y yo hemos anhelado un resultado en particular, solo para darnos cuenta más tarde que habría sido desastroso para nosotros. He aprendido a ser humilde por medio de la oración. Dios es el jefe, y no yo. Cualquier cosa que me haga postrarme más es buena para mí porque parece que Dios se deleita grandemente en levantarnos. Soy bendecida al tener un esposo que ora conmigo. ¿Por qué tantos hombres tienen dificultades para orar con sus esposas (y viceversa) cuando tal vez participan a gusto en los grupos de oración con personas que son casi unos extraños? Tal vez se deba a que podemos distinguir cualquier superficialidad en las oraciones de nuestros cónyuges. No podemos fingir. Esa también es una manera de mantenerme humilde. En una ocasión, presentó el problema en la voz de un escéptico parecido a Kurt Vonnegut: No pienso que sea probable para nada que Dios necesite del consejo mal informado (y contradictorio) de nosotros los seres humanos en cuanto a la forma de gobernar el mundo. Si Dios es totalmente sabio, como dices que es, ¿no sabe él ya lo que es lo mejor? Y si es totalmente bueno, ¿no lo va a hacer, tanto si nosotros oramos, como si no? En respuesta a esto, dijo que se puede usar este mismo argumento contra cualquier actividad humana, y no solo contra la oración. «¿Por qué lavarte las manos? Si Dios quisiera que estuvieran limpias, lo estarían sin que tuvieras que lavártelas… ¿Por qué pedir la sal? ¿Por qué ponerte las botas? ¿Para qué hacer nada?» Dios podría haber arreglado las cosas de manera que nuestro cuerpo se nutriera a sí mismo de forma milagrosa sin necesidad de comida, que nos entrara el conocimiento en el cerebro sin que tuviéramos que estudiar, que apareciera mágicamente un paraguas para protegernos de la lluvia. Pero escogió un estilo diferente de gobernar el mundo; una alianza que descansa en la agencia y la decisión del ser humano. Dios le concedió a la favorecida especie humana la «dignidad de la causalidad», para tomar prestada una frase de Pascal. Por consiguiente, el escéptico está poniendo objeciones, no solo a la oración, sino también a las reglas básicas de la creación. Dios creó la materia de tal manera que podamos manipularla, al derribar árboles para construir casas y contener ríos para formar represas. Dios nos concedió tal amplitud de libertad a los humanos, que nos podemos oprimir unos a otros, rebelarnos contra nuestro Creador, e incluso asesinar al propio Hijo de Dios. Lewis sugiere que nos es mejor imaginarnos al mundo, no como un estado gobernado por un potentado, sino como una obra de arte, a veces incluso como una obra teatral, que se halla en proceso de creación. El dramaturgo permite que sus personajes afecten a la propia obra, y después incorpora todas las acciones de ellos en el resultado final. Según esta noción, la oración como medio de avance del reino de Dios no es más extraña que los demás medios. Jesús les dijo a sus discípulos que fueran a todas las naciones y predicaran el evangelio, dando inicio así al movimiento misionero, con su imponente historia. ¿No habría servido lo mismo al propósito de Dios haber puesto un cartelón gigantesco en el cielo? Sanar a los enfermos,visitar a los presos, dar de comer a los hambrientos, alojar a los extraños… Jesús también ordenó estas actividades, delegándolas en nuestras manos en lugar de ampliar su propio ministerio en Galilea hasta una escala mundial. De la misma manera, Dios escoge aquel curso de acción en el cual sus socios humanos puedan contribuir más. Lewis resume el drama de la historia humana como una obra «en la cual la escena y el bosquejo general de la historia los fija el autor, pero ciertos detalles menores se dejan a la improvisación de los actores. Tal vez sea un misterio la razón por la cual nos ha permitido que hagamos que ocurran sucesos reales, pero es igualmente extraño que nos permita que hagamos que estos sucesos se produzcan mediante nuestra oración, antes que por cualquier otro método». La oración es un instrumento diseñado por el poder de Dios, tan real y «natural» como cualquier otro poder que Dios pueda usar. Su complejidad eterna Envidio, de verdad que envidio, a los que oran con una fe sencilla, sin afanarse por saber cómo funciona la oración ni cómo gobierna Dios este planeta. Por alguna razón, no puedo evitar ponderar estos imponderables. Al mismo tiempo, un poco de lectura sobre física moderna y cosmología me ha convencido de que las criaturas atadas al tiempo y al espacio jamás podrán captar algo más que un ápice de ese gobierno que sostiene el universo. Por ejemplo, el físico Stephen Hawking cita con aprobación la noción de Agustín de que todo Dios debe existir fuera del tiempo. Los humanos estamos confinados a un universo de tiempo y espacio que empezó en un momento del tiempo, pero Dios no lo está. Los experimentos sobre la relatividad han demostrado que, por extraño que parezca, el tiempo mismo no es una constante. Según la velocidad de una persona se acerca a la velocidad de la luz, el tiempo «anda más lento» para esa persona, así que un astronauta lanzado al espacio a alta velocidad regresará notablemente más joven que su gemelo que se quedó en casa. Los cosmólogos especulan seriamente en cuanto a una flecha invertida del tiempo que nos podría permitirnos viajar hacia el pasado. Hay películas populares, como The Time Machine [La máquina del tiempo] o Back to the Future [Regreso al futuro], que presentan las aventuras que el viajero podría tener, tentado a cambiar los detalles de la historia incluso antes que ocurran. ¿Cómo afecta la eternidad de Dios a la oración? C. S. Lewis decidió que era del todo razonable orar al mediodía por una consulta médica que podría haberse realizado a las diez de la mañana, siempre y cuando no sepamos el resultado final antes que oremos. «Ciertamente, el suceso ya ha sido decidido, en el sentido de que fue decidido “antes de todos los mundos”. Pero una de las cosas que se tienen en cuenta al decidirlo, y por consiguiente una de las cosas que en realidad hacen que suceda, puede ser esta misma oración que ahora estamos haciendo». Lewis nota que tal idea sería menos chocante para los científicos modernos que para los no científicos. Los modelos antiguos de física también establecieron un rastro claro de causa y efecto. Una bola de billar golpea a otra, la energía es transferida y ambas bolas se mueven en direcciones predecibles y determinadas. En cambio, los nuevos modelos tienen que ver con la teoría de la complejidad y la teoría de la información. En un sistema complejo —como una sola célula en el cuerpo humano, mucho menos todo un cuerpo, y mucho menos una comunidad que abarca a muchas personas, todas las cuales ejercen su libre albedrío— las reglas sencillas de causa y efecto no tienen aplicación. Cada peldaño de la escalera, desde la materia hasta la mente, y hasta las muchas mentes, introduce nuevos y asombrosos niveles de incertidumbre y complejidad. Necesitamos un modelo mucho más complicado y sí, más misterioso que cualquier cosa que Isaac Newton pudiera haber soñado para llegar a saber por qué las cosas suceden y si la oración tiene algún lugar en este proceso. Los científicos insisten en que la medición de la rotación de una partícula puede afectar a la rotación de otra partícula a miles de millones de kilómetros de distancia. Algunos incluso sugieren, en una teoría llamada «el efecto mariposa», que el hecho de que un solo insecto agite las alas puede contribuir a la gran cadena causal que produce un huracán en el golfo de México o un tornado en Texas. ¿Quién puede decir con seguridad qué es lo que causa algún suceso determinado, ya sea en la naturaleza o en un ser humano?* ¿Qué causó los huracanes que asolaron a la Florida en 2004 y a Nueva Orleans en 2005? O bien, si un adolescente decide emborracharse un fin de semana, ¿qué tienen que ver en esa decisión sus genes, la química de su cerebro, la educación recibida de sus padres y ese obstinado libre albedrío? ¿Qué papel desempeña Dios en sucesos naturales como las anomalías del clima o los defectos de nacimiento? ¿Influye alguna vez la oración en esos sucesos? ¿Por qué la gente debe sufrir las calamidades naturales? ¿Por qué el dolor y el placer están distribuidos de manera tan desigual y tan al azar? Cuando Job, el personaje del Antiguo Testamento, presentó su angustiada versión de tales preguntas, Dios prorrumpió en una lección suya propia de ciencia. El pobre Job se arrepintió en polvo y ceniza, quedando avergonzado en silencio por su ignorancia frente a la «teoría de la complejidad» del propio Dios. (En un aparte intrigante del relato, Dios les informó a los amigos de Job, que pensaban que lo habían resuelto todo en función de la causa y el efecto, que no los trataría de acuerdo a la «necedad» de ellos… ¡sino de acuerdo a la oración de Job por ellos!) En varias ocasiones, según muestra el texto bíblico, Dios ha desempeñado realmente un papel directo en la manipulación de los sucesos naturales: causando una sequía o una plaga de langostas, invirtiendo el curso de una enfermedad o discapacidad, e incluso restaurando la vida de un cadáver. No obstante, aparte de estos sucesos poco frecuentes llamados milagros, la Biblia insiste en la continuidad de la providencia divina; en que la voluntad de Dios se realiza mediante el curso común de la naturaleza y la actividad humana ordinaria: la lluvia cae y las semillas brotan, los agricultores siembran y cosechan, el fuerte cuida del débil, los que tienen les dan a los que no tienen, los sanos les ministran a los enfermos. Nosotros tendemos a situar la actividad de Dios en una categoría diferente a la de la actividad natural humana; la Biblia tiende a unirlas. De alguna manera, Dios obra en toda la creación, en toda la historia, para producir los resultados finales. Cuando se pierde el control JIM Aunque me crié en la iglesia, por muchos años simplemente no le presté atención a Dios. Nunca dudé que él estuviera allí, pero pienso que le guardaba rencor por algunas de las cosas que me habían sucedido. Volví a Dios durante una reunión de los Guardadores de Promesa en un estadio de fútbol. Mientras miles de hombres cantaban los viejos himnos me quedé sentado allí y lloré, percatándome de que por razones egoístas me había mantenido a mí mismo y a toda mi familia lejos de la iglesia por lo menos durante dos décadas. Por un tiempo me volví insaciable. Leí todo libro cristiano que pude hallar. Sufriendo de insomnio, me despertaba en plena noche y leía por varias horas. Durante esos días le traía a Dios una lista de peticiones y quejas. A decir verdad, pasaba mucho tiempo quejándome ante Dios. Entonces fui a un retiro silencioso. Por una semana simplemente escuché. Dios me habló, y llevé un diario espiritual por primera vez en mi vida. Cultivé un gusto por la intimidad con Dios, una diminuta muestra de lo que debe querer decir «orar sin cesar». Pablo habla de que el Espíritu gime dentro de nosotros, y al fin empecé a entender lo que eso significa. Ahora no paso el tiempo preocupándome: «¿Está Dios ahí o no?» Doy por sentada la presencia de Dios. Tampoco paso mucho tiempo pidiéndole cosas al Señor. Las peticiones específicas son casi una bromapara mí. En esencia, quiero una nueva seguridad de que Dios me ama, y de que entiende lo que me preocupa. He aprendido a confiar en Dios. Cuando hago eso, todo lo demás se reduce en importancia. Solía probar a Dios, orando cosas como: «Si en realidad estás escuchando, haz que un venado cruce el camino en los próximos diez minutos». ¡A veces esto en realidad sucedía! Pero empecé a ver lo superficial que eran esas oraciones. Estaba tratando de controlar a Dios. Lo mismo ocurría con mis peticiones específicas: le pedía a Dios que hiciera que mis hijos actuaran de las maneras que yo quería que ellos lo hicieran. Ya no hago eso. He aprendido que las cosas que obtengo y persigo a menudo resultan desilusionantes y amargas. Las mejores cosas en la vida son los dones inesperados que se me dan… «notas de gracia», como un amigo mío las llama. La oración funciona de la misma manera. No estén afanosos, pero oren por todo, les dice Pablo a los filipenses. Esa es la clave para la paz de Dios. Atesoro el tiempo que paso con Dios más que las peticiones que quiero que él cumpla. El acto de la oración une al Creador con la criatura, la eternidad con el tiempo, en todo el insondable misterio que implica esa convergencia. Yo puedo ver la oración como una manera de pedirle a un Dios eterno que intervenga de manera más directa en nuestra vida terrenal, atada al tiempo. (En realidad, así lo hago todo el tiempo, orando por los enfermos, por las víctimas de una tragedia, por la seguridad de la iglesia perseguida.) En un proceso que apenas estoy aprendiendo, también puedo ver la oración desde el otro lado, como una manera de entrar en los ritmos de la eternidad y alinearme con la «vista desde arriba» de Dios; como una manera de armonizar mis propios deseos con los de Dios y así contribuir mientras estoy en la tierra, al efecto que Dios ha deseado por toda la eternidad. En la oración pido, y adquiero gradualmente, confianza en el amor, la justicia, la misericordia y la santidad de Dios, a pesar de todo lo que pudiera poner en duda estos rasgos. Me sumerjo en las inmutables cualidades de Dios y paso entonces a hacer la parte que me corresponde, al poner en práctica esas cualidades en la tierra. «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo». Muchas veces acudo a la oración sintiéndome asediado. Las noticias de CNN me recuerdan la pobreza y la injusticia, la crueldad humana y el terrorismo, las amenazas nucleares y otras mil cosas que fomentan la ansiedad. Mi angustia se eleva en espiral dentro de mí al pensar en la familia, los amigos y los vecinos, muchos de ellos luchando contra la enfermedad, el divorcio, las obligaciones financieras o los hijos en dificultades. Para vergüenza mía, las interrupciones triviales en mi propia vida desplazan a menudo estas preocupaciones: una computadora con problemas, una serie de reparaciones en el auto o en la casa, una lista de cosas por hacer que nunca se acaba. Le confieso a Dios mis pecados y me doy cuenta de que son los mismos pecados que le confesé ayer, y la semana pasada, y la semana antepasada. ¿Cambiará algo alguna vez? ¿Cambiaré yo? Entra en tu cuarto secreto y cierra la puerta, nos aconsejó Jesús. Me imagino a mí mismo haciendo eso mismo: entrando en un aposento con mis cargas apremiantes, atadas al tiempo, y pidiéndole a Dios que me renueve, que me refresque, que me recuerde… en otras palabras, que ponga algo de eternidad en mí. Trato de separar mi mente de mí mismo; de vaciarla. Pienso en las monjas de la Madre Teresa, arrodilladas en su capilla mucho antes del alba, pidiendo energía y fuerza para vivir el día que comienza, y ayudar a los indigentes de Calcuta a tener una muerte misericordiosa. Pienso en los trabajadores de los asilos de enfermos desahuciados, en los capellanes de las Fuerzas Armadas y en tantos otros siervos de Dios que se enfrentan a diario a montañas ante las cuales mis propias preocupaciones se vuelven trivialidades. Pienso en Jesús mismo, enfrentando el día más negro de la historia humana, haciendo una pausa para elevar la oración más larga registrada en los evangelios: la oración de Juan 17. Amor eterno La escena de Jesús reunido en un aposento cerrado con una docena de amigos, uno de ellos un traidor, mientras afuera los guardias del templo y los legionarios romanos se ciñen las espadas, toman los látigos y otros artefactos de tortura, preparándose para otra noche de monótono trabajo, se destaca en la historia humana como un retablo. Un callado momento de oración profunda y sincera, una conexión sutil con la eternidad, mientras afuera mismo, las fuerzas invisibles del mal se movilizan hostiles. Vislumbrando su muerte, Jesús ora al Padre por sus discípulos: «Ahora vuelvo a ti, pero digo estas cosas mientras todavía estoy en el mundo… no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo». Como para subrayar este punto, repite: «No te pido que los quites del mundo, sino que los protejas del maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco lo soy yo». Él también debe ver al grupo reunido alrededor de la mesa como un retablo del conflicto que se está desatando en el mundo. Durante treinta y tres años Jesús se había despojado de sus prerrogativas divinas, incluyendo la omnisciencia y una eternidad que ve toda la historia en un instante. (Una vez admitió que no sabía la hora del juicio final y la sanidad de la tierra, aunque el Padre sí la sabía.) Sin embargo, en esta oración él une el tiempo y la eternidad, recordando por un momento su deslumbrante existencia antes de ofrecerse de manera voluntaria por este planeta violento: «Y ahora, Padre, glorifícame en tu presencia con la gloria que tuve contigo antes de que el mundo existiera». Jesús recuerda la vida antes del planeta Tierra; la eternidad antes del tiempo. En esta oración larga, luminosa, da la última respuesta a los porqués. ¿Por qué la creación? ¿Por qué el libre albedrío? ¿Por qué la historia humana y el violento ataque del tiempo? Desde el principio, desde antes del principio, Dios quiso compartir con otras criaturas el amor y la comunión —la vida— que ha disfrutado la deidad antes de la creación, ahora, y para siempre. A pesar de todo lo que ha sucedido y está a punto de suceder, Dios se ha comprometido a restaurar la creación a su diseño original; a recuperar su perfecta intimidad con los seres humanos y el amor de ellos. La oración de Jesús renueva la visión, para él mismo y para nosotros. El Nuevo Testamento da indicios en unos cuantos lugares más de que Dios nos escogió «desde antes de la creación del mundo». Pablo afirma que la gracia de Dios se «nos concedió… en Cristo Jesús antes del comienzo del tiempo», y que Jesús, «a quien Dios escogió antes de la creación del mundo, se ha manifestado en estos últimos tiempos en beneficio de ustedes». Nuestra vida eterna nos fue prometida «antes de la creación». Así, lo esencial de la esperanza —el amor de Dios, el cielo, la gracia y la resurrección— la Biblia lo fundamenta específicamente fuera del tiempo y de la creación. Mucho antes de la teoría de Einstein sobre la relatividad del tiempo y del espacio; mucho antes de cualquier idea sobre una Gran Explosión como origen del universo, los escritores del Nuevo Testamento establecieron que estas verdades eran literalmente eternas. Nuestro sol, ahora de edad mediana, se extinguirá en unos cuatro o cinco mil millones de años. A la larga, es posible que todo el universo se colapse. Sin embargo, en las palabras del Creador tenemos la seguridad de que volveremos a reunirnos. El universo no es un lugar triste y solitario. Al fin y al cabo, los pródigos tienen un hogar. Entre todo lo que Jesús dijo esa noche en aquella habitación a la luz de las lámparas en un barrio de Jerusalén, un comentario debe haber dejado a sus discípulos más perplejos que cualquier otro. Jesús conocía el efecto melancólico de sus palabras acerca de su inminente muerte: «Como les he dicho estas cosas, se han entristecido mucho». Así que para animarlos, añadió: «Pero les digo la verdad: Les conviene que me vaya». Estaspalabras me aturden también a mí. No puedo evitar el pensar en todas las maneras en que Dios hubiera podido lograr que se hiciera su voluntad en el mundo: proveyendo suficiente maná para resolver el problema del hambre en el planeta; erradicando cada nueva cadena de virus y bacterias mientras pasa en su mutación hacia una forma peligrosa; estrechando los márgenes de la libertad humana para eliminar a tiranos como Hitler y Pol Pot. Pero lo que hizo, fue enviar a su Hijo para que viviera en un rincón remoto de la tierra por unos pocos años. Este entregó en persona el mensaje que quería trasmitir y luego se fue, afirmando que de alguna manera, su ida sería para nuestro bien. Pronto los discípulos, que estaban acostumbrados a presentarle en persona sus preguntas, quejas y peticiones a Jesús, tendrían que apoyarse en un enfoque diferente: la oración. De todos los medios que Dios podría haber usado, la oración parecía el más débil, el más resbaladizo y el más fácil de ignorar. Y así es, a menos que Jesús tuviera razón en esa afirmación tan desconcertante. Él se fue por amor a nosotros, como una forma de compartir el poder, de invitarnos a la comunión directa con Dios y de darnos un papel crucial en la lucha contra las fuerzas del mal. Cómo dar a conocer las peticiones Karl Barth, teólogo del siglo veinte que insistió en el tema de la soberanía de Dios, no veía contradicción en un Dios que decide permitir que las oraciones lo afecten. «Él no es sordo, sino que escucha; más aún, actúa. No actúa de la misma manera si oramos que si no oramos. La oración ejerce una influencia sobre las acciones de Dios; incluso sobre su existencia. Eso es lo que la palabra “respuesta” significa». Barth continúa diciendo: «El hecho de que Dios se rinda a las peticiones del ser humano, cambiando sus intenciones como respuesta a la oración del hombre, no es una señal de debilidad. Él mismo, en la gloria de su majestad y poder, lo ha dispuesto así». ¿Por qué orar? Porque es evidente que a Dios le gusta que le pidamos. Ciertamente, él no necesita nuestra sabiduría ni nuestro conocimiento, y ni siquiera la información que contienen nuestras oraciones («Su Padre sabe lo que ustedes necesitan antes de que se lo pidan»). Pero al invitarnos a la alianza de la creación, también nos invita a una relación personal. «Dios es amor», dijo el apóstol Juan. Dios no solo tiene amor o siente amor. Dios es amor y le es imposible no amar. Como tal, anhela una relación con las criaturas que ha hecho a su imagen. «No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias», insiste Pablo. La versión La Biblia de las Américas habla de «dar a conocer» nuestras peticiones. ¿Cómo le podemos dar a conocer a Dios una petición que él ya sabe? La relación es la clave. En ocasiones recibo en el correo una petición de ayuda de parte de un extraño; a menudo de un preso o de alguien que vive en un país extranjero. Unas veces contesto; otras veces verifico la información con una persona local, y a veces me abstengo de participar, por temor a fomentar un aluvión de peticiones similares. Sin embargo, cuando mi vecino, o mi sobrino, o alguien que conozco, tiene una necesidad, hago todo lo que puedo para satisfacer esa necesidad. Las relaciones aumentan la urgencia de cualquier información… esto marca la diferencia entre ver los informes noticiosos sobre una tragedia en el extranjero y ver los mismos informes cuando un hijo o su prometida están allí. Piensa de nuevo en el acto del arrepentimiento. Confesarle mis pecados a Dios es comunicarle algo que él ya sabe. Sin embargo, de alguna manera, ese acto de confesión estrecha nuestra relación y permite una intimidad que no podría existir de otra manera. Me hago a mí mismo vulnerable y dependiente, provocando una unidad entre Dios y yo. La misma clase de intimidad tiene lugar cuando (muy rara vez) le pido disculpas a mi esposa por algo que los dos sabemos. No le estoy dando información; le estoy dando mi corazón, mi humilde yo. Nunca podré imaginar el papel preciso de la oración en sucesos como la ruta de un huracán o la caída del comunismo. Ninguno de nosotros, seres humanos atados al tiempo, tiene esa capacidad. En cambio, acudo a Dios con mis preocupaciones, como un hijo acude a un padre amoroso. Admito mi dependencia y le doy a conocer mi petición, plenamente consciente de que será Dios y no yo el que tomará la decisión final. En el tiempo que paso con Dios, tal vez reciba una noción diferente del mundo, o por lo menos una nueva apreciación desde mi limitado punto de vista. A cambio de esto, Dios recibe mi atención, mi participación, mi alma. Al usar la oración, en lugar de usar otros medios más directos, Dios escoge de nuevo el estilo que más fomenta la libertad para actuar en el mundo. Él espera que se le pida, sujetando a nosotros de alguna manera inescrutable su actividad en la tierra. ¿Acaso el reino o «la voluntad de Dios» avanza más lentamente debido a esa decisión?* Sí, de la misma manera que los padres aminoran el paso cuando su hijo pequeño está aprendiendo a caminar. La meta de ellos es preparar a esa otra persona, y no prepararse ellos mismos. *Las conversaciones de los cosmólogos modernos traen a la mente debates arcanos de la Edad Media. En el siglo dieciséis, en un esfuerzo por reconciliar la soberanía y el libre albedrío, el jesuita español Luis de Molina propuso un «conocimiento medio» de Dios: la capacidad de proyectar de antemano lo que toda criatura posible haría y también cómo esas decisiones libres podrían afectar cada mundo posible. Stephen Hawking y varios laureados con el Premio Nobel endosan una teoría de muchos mundos en la cual cualquier decisión que tome puede tener un efecto en algún universo alterno, aunque yo solo percibo el presente a mi consciencia. (La teoría de la cuerda propone por lo menos ocho dimensiones adicionales de realidad no detectables para nosotros.) *C. S. Lewis escribe: «Porque él parece no hacer nada por sí mismo que tal vez pueda delegar en sus criaturas. Nos ordena que hagamos con lentitud y a tropezones lo que él podría hacer perfectamente en un abrir y cerrar de ojos. Nos permite que descuidemos lo que deberíamos hacer, o que fallemos. Quizás no nos damos cuenta plenamente del problema, por así decirlo, de permitir que libres albedríos finitos coexistan con la omnipotencia. Esto parece incluir en todo momento casi una suerte de abdicación divina». Lewis admite en otro libro: «La creación parece ser delegación de cabo a rabo. Él no hará nada simplemente por sí mismo que pueda ser hecho por sus criaturas. Supongo que esto es porque es un dador». CAPÍTULO 11 PIDAN, BUSQUEN, LLAMEN … y si por la oración incesante yo pudiera esperar cambiar la voluntad del que todo lo puede, no cesaría de cansarlo con mis asiduos clamores. JOHN MILTON El relato de Jesús acerca de dos vecinos de una ciudad debe haber provocado sonrisas y risas contenidas en su público del primer siglo. Un hombre le abre la puerta tarde una noche a un huésped inesperado —nada raro en un clima desértico que anima a viajar después que se pone el sol— pero encuentra vacía su alacena. En una región famosa por su hospitalidad, ninguna persona decente habría dejado fuera a un cansado viajero o lo mandaría a la cama sin darle de comer, así que el anfitrión se va a la casa de un amigo para pedirle pan. Kenneth Bailey, un misionero presbiteriano que vivió en el Líbano durante cuarenta años, aclara algunos de los matices culturales que hay detrás del relato. Los árabes palestinos usan el pan como los occidentales usamos los cubiertos: rompen un pedazo del tamaño de un bocado, lo mojan en un plato común de carne y legumbres, y se llevan a la boca todo el bocado. Tal vez el hombre de la alacena vacía le estuviera pidiendo a su amigo tanto las hogazas de pan como el plato principal, lo cual era lo típico. Los pobladores se prestaban los alimentos con frecuencia entre sí en una emergencia de hospitalidad. Bailey recuerda uncaso: «Mientras vivíamos en las primitivas aldeas del Medio Oriente, descubrimos para nuestra sorpresa que esta costumbre de pedir prestado de los vecinos algo adecuado para los invitados se extendía incluso a nosotros cuando éramos los invitados. Aceptábamos una invitación a una comida al otro lado de la ciudad, y llegábamos para comer en nuestros propios platos, que los anfitriones le habían pedido prestados tranquilamente a nuestro cocinero». Sin embargo, en el relato de Jesús, el vecino se niega con obstinación a darle a su vecino lo que le pide (lee Lucas 11). Él ya se ha ido a la cama; se ha acostado con su familia en una colchoneta en aquella casa de un solo cuarto… y además, la puerta ya está cerrada con llave. «No me molestes», le dice a su vecino desde adentro. «No puedo levantarme a darte nada». Un público del Oriente Medio se habría reído a carcajadas ante esta débil excusa. ¿Pueden imaginarse un vecino así?, les está preguntando Jesús. ¡Por supuesto que no! Nadie en mi ciudad actuaría de una forma tan grosera. ¡Si lo hiciera, toda la ciudad lo sabría antes que amaneciera! Entonces Jesús pronuncia la frase divertida: «Les digo que, aunque no se levante a darle pan por ser amigo suyo, sí se levantará por su impertinencia [su persistencia, su carencia de vergüenza] y le dará cuanto necesite». La aplicación a la oración sigue de inmediato: «Así que yo les digo: Pidan, y se les dará; busquen, y encontrarán; llamen, y se les abrirá la puerta». Lucas pone esta historia inmediatamente después de la enseñanza de Jesús sobre el Padrenuestro, estableciendo un agudo contraste entre el vecino renuente y Dios Padre. Si un vecino malhumorado que se ya ha retirado para pasar la noche, que desea más que cualquier otra cosa que nos vayamos, que hace todo lo posible por ignorarnos; si un vecino así al final se levanta para darnos lo que queremos, ¡cuánto más no va a responder Dios ante nuestra osada perseverancia en la oración! Al fin y al cabo, ¿qué padre terrenal va a poner una culebra bajo la almohada de su hijo cuando le pide un pescado, o un alacrán en lugar de un huevo en el plato del desayuno de su hija? El Padrenuestro, reducido muchas veces a un ritual que se repite entre dientes; a un encantamiento, cobra una nueva luz en este relato que le sigue. Debemos orar como el vendedor que introduce el pie como cuña en la puerta; como el luchador que tiene a su oponente aprisionado con una llave y no lo suelta. «Jamás duerme el [Dios] que te cuida», promete un salmo de consuelo. Incluso así, a veces cuando oramos sentimos como si en realidad, Dios se hubiera dormido. Levanta la voz, es lo que te enseña esta historia de Jesús. Esfuérzate, como hizo a medianoche aquel vecino desvergonzado. Sigue golpeando a la puerta. Cómo golpear las puertas Unos capítulos más adelante, Lucas relata otra historia encantadora, esta vez presentando a una viuda persistente como una improbable heroína. Algunas de las parábolas de Jesús dejaron a sus discípulos rascándose la cabeza, pero esta tenía un objetivo inequívoco: «Para mostrarles que debían orar siempre, sin desanimarse». El relato da incluso un paso más arriesgado, al comparar a Dios con un juez encallecido y corrupto que no tiene más remedio que escuchar las fuertes quejas de la viuda. Hoy, muchas ciudades tienen una oficina gratuita de ayuda legal para auxiliar a los pobres y a los clientes desvalidos en sus negociaciones con un sistema tan complicado de tribunales y deposiciones. Para ilustrar una situación muy diferente a la de la época de Jesús, Kenneth Bailey cita una escena presenciada por un viajero occidental en el Irak del siglo diecinueve: En una tarima ligeramente elevada… estaba sentado el kadi, o juez, medio oculto entre almohadones. Lo rodeaban acuclillados varios secretarios y otros notables. El populacho atiborraba el resto del salón y una docena de voces gritaban a la vez, cada una de ellas aduciendo que su causa debía ser la primera en ventilarse. Los litigantes más prudentes no se unían a la refriega, pero sostenían comunicaciones en voz baja con los secretarios, pasando sobornos, eufemísticamente llamados tasas, de la mano de uno a la del otro. Cuando la codicia de los subalternos quedaba satisfecha, uno de ellos susurraba algo al oído del kadi, que pronto llamaba a la mesa a tal y tal caso. Parecía que de ordinario se daba por sentado que los juicios fallarían a favor del litigante que hubiera sobornado con una suma mayor. Pero mientras tanto, una pobre mujer que estaba en la periferia de la multitud interrumpía continuamente los procedimientos con gritos para pedir justicia. Se le había dicho con severidad que guardara silencio, y se le había reprochado el que llegara todos los días. «Y seguiré viniendo», había gritado ella, «hasta que el kadi me oiga». Por fin, al terminar un pleito, el juez exigió con impaciencia: «¿Qué es lo que quiere esa mujer?» Rápidamente le contaron su historia. Su único hijo se lo habían sido llevado como soldado y ella estaba sola, por lo que ya no podía arar su parcela de terreno; sin embargo, el cobrador de impuestos la había obligado a que pagara el tributo, del cual una viuda sola podía estar exenta. El juez hizo unas pocas preguntas y dijo: «Quedas exenta». Así, su perseverancia fue recompensada. Si ella hubiera tenido el dinero para pagarle a un secretario, a lo mejor la habrían eximir mucho antes. El relato de Jesús tiene menos detalles, y solo dos personajes, pero refleja un ambiente casi idéntico. El juez cede al final ante los ruegos de la demandante: «Aunque no temo a Dios ni tengo consideración de nadie, como esta viuda no deja de molestarme, voy a tener que hacerle justicia, no sea que con sus visitas me haga la vida imposible». (La frase «me haga la vida imposible» en realidad traduce una expresión de los boxeadores que describe la repetición de golpes debajo de un ojo.) De nuevo Jesús está presentando una parábola de contrastes. En nuestras oraciones, tal vez a veces nos sintamos como la viuda: solos, impotentes, víctimas de la injusticia, despreciados; como si fuéramos los más infelices y los últimos de la fila. Sin embargo, lo cierto es lo opuesto. Tenemos tanto un abogado, como una línea directa con un Padre amante que no tiene nada en común con el insensible juez del relato. Cuando nos parece que Dios se tarda en respondernos, es posible que sospechemos una falta de interés por parte suya. Jesús corrige ese concepto erróneo, señalándonos más allá de cómo nos podamos sentir, para darnos la seguridad de la misericordia de Dios. Si hasta esta viuda logra que le haga justicia un juez sin corazón, cuánto más Dios «hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche». Después, precisamente cuando sus oyentes vuelven a sentirse cómodos y seguros, aparece el aguijón final: «No obstante, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?» Los discípulos deben haber sabido exactamente lo que Jesús quería decir, porque acababa de hablarles de su regreso futuro, su Segunda Venida. Es cierto que la justicia reinará un día. El Hijo del Hombre aparecerá esta vez con gran poder y gloria, para cumplir con su promesa de cambiar las cosas en este violento planeta, reparando todo error y restaurando al mundo a lo que Dios quería que fuera: un mundo sin jueces injustos ni viudas olvidadas; sin pobreza, ni muerte, ni sufrimiento, ni rebelión. Hasta que llegue ese día futuro, habrá quienes se sentirán tentados a dudar; a dejar de creer en Dios por completo, o a ver a Dios como un juez sin misericordia. Años después de oír esta parábola en persona, el apóstol Pedro escribió que en los últimos días algunos se burlarán de estas profecías: «¿Qué pasó con esa promesa de que volvería? Nuestros padres murieron, y nada ha cambiado desde el principio de la creación». Después de más de veinte siglos de espera, la situación de este planeta irredento nos tienta cada vez más a darnos por vencidos; a perder la fe en un Dios poderoso y lleno de amor. Jesús relató la historia de la viuda persistentepara enseñarnos a «orar siempre, sin desanimarnos». Esta historia es una prueba de fe, y la respuesta correcta a esta prueba es la perseverancia en la oración. Hay versiones de la Biblia que califican de «importunos» a la viuda y al hombre que pidió prestado el pan en los relatos de Jesús. A veces nuestras peticiones nos parecerán fastidiosas, como lo implica la palabra. Pienso en William Wilberforce, sometiendo el mismo proyecto de ley año tras año ante el Parlamento Británico, mientras abogaba de manera importuna por la abolición de la esclavitud. O en el senador William Proxmire, pronunciando un discurso todos los días en el piso del Senado —tres mil doscientos once discursos pronunciados en diecinueve años— hasta que sus colegas aprobaron por fin una ley que prohibía el genocidio. Pienso en la hermana Helen Prejean, presentada en la película Dead Man Walking [El muerto que anda], la cual recorrió incansable Estados Unidos abogando contra la pena de muerte. Y en Martin Luther King hijo, hablando con los ensangrentados manifestantes de Selma desde los escalones del Capitolio del estado de Alabama, formulando una y otra vez su pregunta acerca de la justicia: «¿Hasta cuándo?… ¿hasta cuándo?… ¿hasta cuándo?». Los activistas que hacen suya una causa —la deuda del tercer mundo, el SIDA en África, la indigencia, el aborto, el tráfico sexual, el racismo, los crímenes de odio, los conductores borrachos, la atención a la salud, las guerras injustas, el medio ambiente, la pornografía, la reforma de las cárceles, el terrorismo, los derechos humanos, y otras mil— sin duda llegarán a un momento en que se agotarán, y tal vez se vean tentados a abandonar la lucha. A ellos Dios se les debe parecer al juez encallecido o al vecino tacaño que Jesús presenta en sus relatos. Jesús insiste en lo contrario. A diferencia del juez y del vecino, Dios tiene una infinita tolerancia ante nuestras peticiones y exigencias, en especial las que respaldan la causa del propio reino de Dios. ¿Por qué otra razón habría la Biblia de incluir tantos Salmos importunos y tantas lamentaciones proféticas? En su sermón «La parábola de la viuda importuna», Helmut Thielicke anota: «Dios todo lo que hace es ofrecerle a su Iglesia que ora una participación en el gobierno del mundo». Los gigantes de la historia, dice Thielicke (pensando en sus contemporáneos Hitler y Stalin), atraviesan el escenario bajo la ilusión de que están dirigiendo el drama del mundo, aunque en realidad solo sean unos actores de segunda a los que se les permite entrar a la escena por un momento. El poder real está en los que perciben la historia como el drama del propio Dios; que utilizan un poder accesible solo a los que piden, buscan y llaman. La oración deja a Dios en libertad para actuar. Cuando nos rebelamos contra el desorden del mundo con nuestras acciones y oraciones, rehusando resignarnos al mal, demostramos que todavía hay, según la frase de Jesús, «fe en la tierra». Alguien con quien hablar SUSAN Toda relación personal exige trabajo: el matrimonio, la paternidad, la amistad. No debería sorprendernos que una relación con Dios también exija esfuerzo. Cuando lucho, me vuelvo a la imagen que Jesús usó, de Dios como Padre. Mi esposo voló a China para recoger a nuestra hija adoptiva. Yo me sentía impotente al quedarme en casa y oraba por esa personita que cambiaría nuestras vidas de modo tan dramático. Cuando volvió, me contó cómo lloraba en el autobús mientras iba camino al orfanato para recogerla. Él ya se había sentido vinculado a ella, que se unía a nuestra familia, aunque tenía solo una fotografía para identificarla. Si nosotros los humanos tenemos esa clase de lazos, imagínese Dios… Aprendí a orar con mi esposo tarde en la noche. Atravesábamos una etapa difícil en el matrimonio, y no sabíamos a donde más acudir. Al principio sentía que mis palabras no tenían mucha coherencia. Nunca había orado en voz alta en las reuniones del grupo de oración. Me aterraban. Pero con mi esposo a mi lado simplemente podía hacerle saber a Dios mis necesidades. Pensé en todas las personas de los grupos de doce pasos como Alcohólicos Anónimos. Ellos elevan oraciones sencillas, algo como: «¡Mantenme sobrio!» sin tener ningún concepto real de Dios. Sin embargo, Dios parece responder a esas oraciones. A menudo oro hasta quedarme dormida. Trato de calmarme, pensando para mis adentros: Tengo que dormir, tengo que dormir. Por supuesto, nada sucede. Ahora, cuando no puedo dormir, tengo alguien con quien hablar. No tengo que manejar mi vida sola. Dios puede ayudarme a impedir que el corazón se me salga por la garganta. Solía preocuparme por quedarme dormida mientras oraba. Ahora, como madre, lo comprendo. ¿Qué padre no quisiera que su hijo se quedara dormido en sus brazos? Pueden pasar generaciones antes que la oración persistente reciba su respuesta. ¿Cuántos soldados murieron antes que las oraciones del propio Thielicke por la paz y la justicia en Alemania, su tierra natal, fueran contestadas? ¿Cuántos judíos murieron orando por un futuro en unos momentos en que parecía que se estaba incinerando a su raza entera? Los filipinos oraron de modo importuno para pedir alivio antes que el Poder del Pueblo derribara a su corrupto régimen. Millones de prisioneros languidecieron en los campamentos antes que la Cortina de Hierro cayera frente a las filas de manifestantes pacíficos. ¿Cuántos cristianos chinos todavía sufren prisión y torturas mientras fuera de los muros de las cárceles continúa creciendo con gran ímpetu un avivamiento espiritual? A un nivel más personal, ¿cuántas víctimas de abusos suplican sanidad y todavía se despiertan todos los días sintiéndose golpeadas y avergonzadas? Los adictos oran pidiendo liberación y luego se levantan todos los días para luchar con las mismas batallas implacables. Los padres sufren en oración por unos hijos que parecen decididos a vivir su vida destruyéndose a sí mismos. Siempre recuerdo a un amigo alcohólico que me expresó su frustración porque oraba a diario para que Dios le quitara el deseo de beber, pero cada mañana sus pensamientos volaban hacia el whisky Jack Daniel’s. ¿Estaría Dios oyéndolo por lo menos? Más tarde se le ocurrió que el deseo de consumir alcohol era la principal razón por la que oraba con tanta diligencia. La tentación persistente lo había empujado a la oración persistente. El mal se levanta como una gran puerta de hierro, «las puertas del reino de la muerte», según la ilustración de Jesús, y las oraciones lo golpean a martillazos. Las puertas no amenazan; ni siquiera avanzan. Simplemente están allí, esperando el asalto. Nuestras oraciones nos pueden parecer tan diminutas como el ruido que hace un martillo cuando rebota contra una plancha de metal, pero hemos recibido de Jesús la firme promesa de que las puertas del infierno no prevalecerán. Podemos estar seguros de que caerán hechas pedazos, como el muro de Berlín que en un tiempo dividía a Alemania, o la Cortina de Hierro que dividió a Europa. Con una vez no basta El autor Jerry Sittser ve la persistencia a través de los ojos de un padre. «Mis hijos me han pedido muchas cosas a lo largo de los años: un aparato para oír discos compactos, una bicicleta, un bote, un auto, una casa, unas vacaciones exóticas… Cuanta cosa se le ocurra, ellos me la han pedido. La mayoría de las veces no les hago caso. Cuando llegan con sus peticiones, tengo el corazón endurecido; soy un padre de granito. Sin embargo, cuando persisten, mis oídos les prestan atención, porque la persistencia quiere decir por lo general que están hablando en serio en cuanto a algo». A diferencia de los padres humanos, Dios conoce mi verdadera motivación, pura o impura, noble o egoísta, desde el momento de la petición original. Al meditar en los relatos de Jesús, no puedo evitar preguntarme por qué Dios le da un valor tan alto a la persistencia. Si a mí se me hace tedioso repetir las mismas peticiones una y otra vez, seguramente Dios también se canse de oírlas. ¿Por qué debo golpear la puerta o abrirmepaso a codazos hasta el salón del trono? ¿Por qué no basta con una sola petición sincera? En busca de indicios, acudo primero al relato de la vida de Jesús, y en varias escenas puedo ver el valor de la persistencia. Después que Lázaro murió, sus dos hermanas, la industriosa Marta y la contemplativa María, acusaron a Jesús: «Señor… si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». Después desahogaron la aflicción y la frustración que tenían acumuladas; tanto, que Jesús también se hundió en la tristeza… antes de concederles su deseo más profundo en uno de sus mayores milagros. En otra escena, una mujer cananea importunó a Jesús con respecto a su hija enferma. «Despídela, porque viene detrás de nosotros gritando», le instaron los discípulos, recordándonos a los villanos de corazón duro de las parábolas de Jesús. Hasta el mismo Jesús la hizo a un lado, primero no haciendo caso de su petición y después poniendo en tela de juicio que ella tuviera derecho a hacerla. La mujer extranjera persistió y Jesús, impresionado, le concedió su deseo y después la elogió como modelo de fe. Junto a un pozo de Samaria, Jesús entabló una conversación con una mujer en cuanto al estilo de vida de ella y sus creencias religiosas. De camino a Jerusalén, discutió con un joven rico sobre los peligros de las riquezas. La mujer persistió y vio su vida era transformada; el joven rico se dio por vencido y se alejó triste. En estas escenas aprendo el interés que tiene Dios en el proceso por el cual yo estoy atravesando. Siempre respetuoso de la libertad humana, Dios no nos tuerce el brazo. Ve mi persistencia como una señal de mi deseo genuino de cambio, el único requisito previo para el crecimiento espiritual. Cuando de veras quiero algo, me esfuerzo y persisto. Ya sea que esté caminando cuesta arriba por las montañas de Colorado, ahuyentando de mi tejado a los pájaros carpinteros, o tratando de conseguir una conexión de alta velocidad a la Internet para mi casa, estoy dispuesto a hacer lo que sea necesario. ¿Muestro el mismo espíritu en cuanto a la oración? «La oración no cambia a Dios, pero cambia al que ora». Es posible que Søren Kierkegaard fuera el primero en hacer este comentario, pero lo he visto repetido en docenas de libros y artículos. Por razones que quedaron explicadas en el capítulo anterior (principalmente el testimonio de la Biblia misma), no puedo estar totalmente de acuerdo con la primera parte de la fórmula. Dios quiere que le presentemos nuestras peticiones con valentía y sin reservas. De no hacerlo así, lo más probable es que me pierda algunas sorpresas encantadoras. ¿Y si los diez leprosos que estaban junto al camino no le hubieran gritado a Jesús para pedirle que los sanara, o si la mujer cananea hubiera abandonado por timidez su petición a favor de su hija? Con demasiada frecuencia, los que oran usan la supuesta inmutabilidad de Dios como una excusa para no orar: «Si Dios ya ha decidido el futuro, ¿para qué molestarme?» La ironía está en que ese mismo fatalismo es el que hace fracasar la segunda parte de la fórmula, porque lo que hacemos en realidad es cambiar, precisamente cuando estamos atacando al cielo con nuestras oraciones. Si yo dejo de creer que Dios oye mis peticiones —el punto en el que insisten las dos parábolas de Jesús— lo más probable es que deje de orar, apagando así el modo primario que tiene Dios para relacionarse conmigo. La oración persistente nos continúa uniendo a Dios y a mí, y tiene varios beneficios importantes. A medida que voy vertiendo mi alma ante Dios, me voy sacando lo que llevo en el pecho, por así decirlo; pasándole parte de mi carga a aquel que mejor la puede manejar. Poco a poco, según voy conociendo a Dios, voy aprendiendo que él no tiene nada en común con un juez injusto ni con un vecino tacaño, aunque a veces pueda parecerlo. Lo que aprendo al pasar momentos con Dios me prepara mejor para discernir lo que él quiere hacer en la tierra, y también mi papel en ese plan. Cicerón hizo una cortante evaluación del propósito que tiene la oración pagana: «No oramos a Júpiter para que nos haga buenos, sino para que nos dé beneficios materiales». Al creyente se le aplica algo que se parece más a lo contrario. Tal vez nos acerquemos a Dios con algún beneficio material en mente, y a veces lo recibimos por medio de su bendición. Pero en el mismo acto de orar, también abrimos un canal que Dios puede usar para transformarnos; para hacernos buenos. La oración persistente me cambia, al ayudarme a ver el mundo y mi vida a través de los ojos de Dios. Según progresa nuestra relación personal, me percato de que Dios tiene una idea mucho más clara que la mía en cuanto a lo que yo necesito. Cuando persigo con persistencia a otra persona, por lo general estoy tratando de persuadirla para que adopte mi punto de vista. Quiero que el vendedor de autos acepte el precio que le ofrezco, o que el vecino vote por mi candidato. Sobre todo en las primeras etapas de la oración, puedo acercarme a Dios de la misma manera, pero inevitablemente me encuentro con que él es el socio más sabio y antiguo de la relación. De hecho, descubro que Dios ya ha estado pidiendo, buscando y llamando también de esas maneras sutiles que yo ignoro con tanta facilidad. «En un Dios que no oye, recibe ni atiende una sola oración, tal vez la más débil o peor, yo no puedo creer, pero un Dios que les concediera a todos los hombres y a todos los grupos humanos cuanta petición le hagan, sería un Dios perverso; no sería un Dios, sino un demonio», dice George McDonald. La oración no es un monólogo, sino un verdadero diálogo en el cual cada una de las partes se ajusta a la otra. Aunque le traigo a Dios mis preocupaciones sinceras, con el tiempo tal vez me marche con un conjunto de preocupaciones totalmente diferente. Cuando Pedro subió al techo a orar (Hechos 10), básicamente estaba pensando en la comida. Ni siquiera sabía que descendería de aquel techo convencido de que había sido un racista y un legalista. En la oración persistente, mis deseos y mis planes se van adaptando gradualmente a los de Dios. Ganar al perder «¿Por qué me debería yo pasar una hora en oración, cuando durante todo ese tiempo no hago otra cosa que no sea pensar en las personas con las que estoy enfadado, las personas que están enfadadas conmigo, los libros que debo leer o escribir, y otros miles de cosas triviales que se apoderan de mi mente por un momento?» Henri Nouwen formulaba esta pregunta de formas diferentes, jugando con diferentes respuestas. A veces volvía a la necesidad de disciplina espiritual; de ser fieles incluso cuando no veamos ninguna recompensa aparente: «En primer lugar, no debemos orar porque sea algo que nos hace sentirnos bien o nos ayuda, sino porque Dios nos ama y quiere contar con nuestra atención». Al final, Nouwen llegó a la conclusión de que estar «sentado en la presencia de Dios por una hora cada mañana, día tras día, semana tras semana y mes tras mes, en una confusión total y con una miríada de distracciones, cambia de manera radical mi vida». Aprendió a ser humilde y dependiente, y después de horas de oración persistente, sin ninguna señal obvia de fruto, se dio cuenta de que en realidad, un delicado susurro le había estado hablando todo el tiempo. ¿«La oración no cambia a Dios, sino que cambia al que ora»? Quizá a veces, los cambios internos que produce la oración hacen posibles las respuestas que hemos estado buscando por largo tiempo; ese «cambio» en Dios, por así decirlo. La oración persistente nos lleva a un nuevo estado espiritual para que Dios pueda tratar con nosotros. Tal vez por eso Abraham, Moisés, Jacob y los demás se hallaron luchando tan ferozmente: aquella lucha que parecía ser contra Dios estaba desarrollando en ellos unas cualidades semejantes a las de Dios que él había querido que tuvieran desde el principio. «¿Acaso no es el más grande desastre posible, cuando uno está luchando con Dios, el que no nos venza?», preguntaba Simone Weil. Para decirlo de otra manera, lo que parece ser una derrotaen el momento puede producir una victoria duradera. Jacob, el tramposo, andaba arrogante con sus dos piernas buenas; Israel entró cojeando a la historia como el padre de las naciones. El valor real de la oración persistente no es tanto que consigamos lo que queremos, sino que lleguemos a ser la persona que deberíamos ser. Ya sea subiendo una montaña o escribiendo un libro, tengo una actitud hacia la vida que está orientada a una meta, a lograr una misión, y la oración me detiene en seco. Aprendo que no puedo «arreglar» a la gente por la que estoy orando. No puedo lograr todo lo que quiero en el marco de tiempo que quiero. Debo aminorar el paso y esperar. Tengo que presentar mis peticiones de una manera que parezcan al principio como una rendición. Se las «entrego» a Dios, y mediante ese acto de sumisión, él puede empezar al fin a desarrollar en mí las cualidades, o el «fruto», que siempre había necesitado: paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza. El ser humano ora, dijo Agustín, «para que él mismo pueda ser construido, no para que Dios pueda ser instruido». Examino mi propia vida de oración, tan errática, y la veo a veces como un tiempo en el que Dios ha obrado realmente para alisar las protuberancias y limar las asperezas. Veo derrotas y victorias. Como el hijo que deja de hostigar a su padre, a veces veo que consigo una respuesta a mi persistente petición después de aprender a vivir sin lo que pido. La respuesta me llega entonces de sorpresa, como un inesperado don de la gracia. Busco el don, y en su lugar, hallo al Dador, y a la larga termino poseyendo el don que ya no estoy buscando. La versión de Lucas de la parábola del vecino tacaño termina con estas palabras: «Pues si ustedes, aun siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!» Mateo repite las mismas palabras, aunque con un cambio: «Pues si ustedes, aun siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en el cielo dará cosas buenas a los que le pidan!». En la oración presentamos peticiones, a veces de forma repetida, y luego nos ponemos en la posición de recibir el resultado. Oramos por lo que Dios quiere darnos, que pueden ser cosas buenas, o puede ser el Espíritu Santo. (Desde el punto de vista de Dios, no hay mejor respuesta a la oración persistente que el don del Espíritu Santo, quien es Dios mismo.) Como Pedro, podemos orar para pedir comida y recibir una lección sobre racismo; como Pablo, podemos orar para pedir sanidad y recibir humildad. Podemos pedir alivio de las pruebas y recibir paciencia para soportarlas. Podemos orar para ser liberados de la cárcel y recibir fuerzas para redimir el tiempo que estemos allí. Pedir, buscar y llamar son cosas que realmente afectan a Dios, como Jesús reitera, pero también ejercen un efecto duradero en el que pide, busca y llama. «Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica», les escribió Pablo a los efesios. El término hechura trasmite en forma más bien torpe el significado de la palabra griega poiema, origen de la palabra poema. Lo que Pablo nos está diciendo es que somos la obra de arte de Dios. Pablo, toda con su historia de azotes, prisiones, naufragios y motines, conocía las tribulaciones que hacen falta para dominar ese arte… y el papel que la oración desempeña. La oración nos ofrece una oportunidad para que Dios nos remodele; para que cincele el mármol como el escultor, retoque los colores como el artista, corrija el estilo como el escritor. Esa obra continúa hasta la muerte, y nunca la llegamos a perfeccionar en esta vida. TERCERA PARTE EL LENGUAJE DE LA ORACIÓN Ruegas. Gimes. Cargas a Dios con vacías alabanzas. Le dices pecados que él ya conoce muy bien. Tratas de cambiar su inmutable voluntad… Y a veces, por la gracia de Dios, tu oración es escuchada. FREDERICK BUECHNER CAPÍTULO 12 ANHELO DE FLUIDEZ La paradoja de la oración es que exige un esfuerzo serio, a pesar de que solo la podemos recibir como un don. No podemos planificar, organizar ni manipular a Dios, pero sin una disciplina cuidadosa, no podremos recibirle tampoco. HENRI NOUWEN No puedo recordar un tiempo en que no haya orado. De niño, repetía oraciones antes de dormirme, e inclinaba la cabeza antes de cada comida. Asistía fielmente a las reuniones de oración de los miércoles por la noche, y a los cultos de vigilia en víspera del Año Nuevo, a pesar de lo mucho que retaban mi capacidad de niño para no dormirme. Oraba con una confianza infantil; tanto que los amigos de la familia que habían perdido un anillo de bodas o una mascota llamaban por teléfono para pedir mis oraciones, y muchas veces volvían a llamar para informarnos sobre un resultado feliz. (Mientras tanto, un auto arrollaba a las mascotas de mi propia familia, morían enfermas o las atacaban los perros de los vecinos, a pesar de mis súplicas para que fueran protegidas.) Durante varios años asistí a una universidad bíblica que obligaba a la oración con el mismo rigor de una academia militar. Sonaba un timbre a las seis de la mañana, y se exigía que todos los alumnos comenzaran a las seis y media un «tiempo de quietud» de media hora en el que leíamos la Biblia y orábamos. A veces los decanos se aparecían de sorpresa en los dormitorios, y abundaban los cuentos de algún decano abriendo una puerta y encendiendo una luz para hallar a un estudiante arrodillado junto a su cama mientras su compañero estaba sentado en la suya con una Biblia abierta, ambos totalmente dormidos en aquella oscuridad absoluta. La universidad también programaba periódicamente unos «días de oración». En lugar de ir a las clases, orábamos en privado y en grupos la mayor parte del día, hasta que nos reuníamos por la noche para un culto triunfal de oración y testimonios. Los alumnos informaban sobre las respuestas a la oración; por ejemplo, donativos monetarios llegados a tiempo que les permitían quedarse en la universidad. En uno de esos cultos, oí a mi compañero de cuarto confesar con lágrimas una serie de aventuras alocadas que yo sabía que él estaba exagerando. Como los presos que se jactan de sus crímenes, aquellos jóvenes pecadores obtenían un prestigio invertido mediante un dramático arrepentimiento público. Otro alumno pidió oración por su novia, herida gravemente en un accidente automovilístico mientras iba a verlo a él. En realidad, aquel joven triste y solitario, que era de mi propia ciudad natal, no tenía novia, era homosexual, y terminaría muriendo de SIDA, pero él se había fabricado el cuento para atraer atención y simpatía. Desde entonces, a lo largo de los años, he trabajado con organizaciones cristianas y he sido miembro de varios comités de iglesias, de manera que he asistido a numerosas sesiones de grupos de oración. Algunas me han conmovido profundamente y me han unido al grupo. Otras me han parecido una especie de ejercicio para conseguir posiciones, y yo también he sentido la tentación de obtener prestigio a base de orar de un modo impresionante, en el cual mis palabras se dirigían tanto a los que me rodeaban, como a Dios. He pasado por ocasiones en las cuales la oración tenía poco sentido. Las preguntas que ya he mencionado (¿Por qué decirle a Dios lo que ya sabe? ¿Por qué pedirle a Dios que sea misericordioso, si él ya lo es por naturaleza? A fin de cuentas, ¿por qué orar?) me cerraban la boca. Durante un año continuo, no pude concebir ninguna oración propia auténtica, de manera que me limitaba a leer las oraciones de una Liturgy of the Hours [«Liturgia de las horas»], pidiéndole a Dios que recibiera aquellas palabras escritas y las aceptara como oraciones mías, tanto si las sentía con sinceridad, como si no. Por fin un día se disipó la nube y me pregunté cuál habría sido mi problema durante todo aquel tiempo. Desde entonces, no he vuelto a pasar por momentos de tanto bloqueo y tanta desolación, y sin embargo,nunca he dejado de luchar con el acto de orar. Cuando oigo a unas personas que se pasan una hora al día meditando, me pregunto cómo lo logran. Yo lucho para poder permanecer durante un cuarto de hora, y cualquier cosa que sea más larga tiende a degenerarse en una distracción y en lapsos de concentración. Lo típico es que tenga la sensación de que mi mundo, atiborrado de tareas no hechas y cartas sin contestar, se impone sobre un tiempo de orden pasado con Dios. Sin embargo, estoy aprendiendo a desmantelar las barreras que separan el acto de orar del resto de mi vida, e invitar a Dios para que «se imponga» en mi vida tan estrictamente regulada. Un ajuste de expectativas Incluso cuando la oración parece una obligación, algo así como una tarea escolar, mantenemos la esperanza de que pueda crecer hasta llegar a ser algo más. Un tesoro escondido yace dentro de ella, y quisiéramos poder extraerlo. Un nuevo país nos espera, y quisiéramos conocer el lenguaje en el cual conversar. Balbuceamos como infantes, añorando tener fluidez. «Yo era menos un hombre orando, que un hombre que era un hombre orando», recuerda Frederick Buechner sobre una época en la cual sus oraciones le parecían egocéntricas y teatrales. Hay quienes tratan de orar, sin sentir nunca que alguien los esté escuchando al otro extremo. Se echan la culpa a sí mismos por hacerlo mal, sintiéndose siempre fracasados. Un australiano me escribió sobre su preocupación por los que se sienten autistas en la oración: no solo las personas deprimidas o con una personalidad al borde de algún desorden, sino también las personas tímidas comunes y corrientes que se sientan en las bancas, y que no se consideran merecedoras de la atención de Dios. Otra amiga mía que sabía que yo estaba investigando sobre la oración, me escribió para decirme que según ella había notado, son pocos los que hallan la oración satisfactoria, fácil o provechosa. Entonces añadía: Pienso que la oración es algo parecido a las relaciones sexuales. (La gente siempre para la oreja cuando digo esto.) La mayoría de las personas se quejan de su vida sexual; son pocas aquellas a las que les va bien. El sexo y la oración son relaciones íntimas y excesivamente embellecidas. Se nos lleva a creer que debemos llegar a la estratósfera, tanto en la relación sexual como en la oración. Esto crea unas falsas expectativas. Y siempre destruye la intimidad. Esta mujer pasó varios meses en África, lo que la obligó a adoptar un ritmo de vida más lento. Allí halló el silencio necesario para orar de una manera nueva. «Una vez más, como pasa con las relaciones sexuales, estamos tan atareados y llenos de la cacofonía de la vida, que nos es difícil relajarnos, permanecer en silencio y comunicarnos». Al pensar en su insólita analogía, se me ocurrió que la lectura de un libro sobre la oración tiene algunos paralelos con la lectura de un manual sobre la vida sexual. Lo que suena tan emocionante en el papel tiene escaso parecido con la forma que suele tomar la vida sexual entre dos personas vulnerables que se acercan a la relación con unas expectativas diferentes. Como el sexo, la oración se centra en la relación más que en la técnica, y las diferencias entre los dos que participan en la oración son mucho más profundas que las diferencias entre dos cónyuges. ¿Debería sorprendernos que surjan problemas? Nuestra cultura, saturada por los medios de comunicación, nos condiciona a esperar una reparación rápida de todos nuestros problemas. Sin embargo, los problemas en las relaciones personales rara vez se prestan a soluciones rápidas y fáciles. Por ejemplo, no he visto que los anaqueles de libros sobre «cómo salvar su matrimonio» hayan tenido algún efecto discernirle en las tasas de divorcio. Si relacionarnos con otra persona es algo tan resistente a los consejos a base de fórmulas, ¿cuánto más lo será nuestra relación con Dios? Lo más probable es que no encontremos el secreto para estar en la compañía de Dios en un nuevo conjunto de cintas grabadas, en un libro nuevo, en un predicador diferente ni en un seminario de fin de semana. Cómo excavar un agujero pequeño KARL RAHNER, EN THE NEED AND THE BLESSING OF PRAYER [NECESIDAD Y BENDICIÓN DE LA ORACIÓN] ¡Ah, oración de todos los días! Eres pobre, y un poco estropeada, y lo peor para llevar puesto a diario. Los pensamientos augustos y los sentimientos exaltados son difíciles para ti. Tú no eres una sinfonía exaltada en una gran catedral, sino más bien como un canto piadoso, bien intencionado y que sale del corazón, un poco monótono e ingenuo. Sin embargo, oración de todos los días, eres una oración de lealtad y confiabilidad, la oración del servicio desprendido y sin recompensa a la majestad divina, eres la dedicación que hace iluminar las horas grises y convierte en grandiosos los momentos triviales. No preguntas por la experiencia del que ora, sino por el honor de Dios. No quieres experimentar algo, sino creer. Tu paso a veces puede ser cansado, pero con todo andas. A veces puedes parecer salir apenas de los labios y no del corazón. Pero, ¿no es mejor que por lo menos los labios estén bendiciendo a Dios que cuando el ser humano entero se queda mudo? ¿Y no hay más esperanza entonces de que el sonido de los labios halle un eco en el corazón que cuando todo en el hombre se queda en silencio? Y en nuestras ocasiones carentes de oración, lo que fastidia a uno y a otros como una oración de labios para afuera es más a menudo en realidad la oración de un corazón pobre pero leal que de forma laboriosa y sincera, a pesar de toda sus debilidades, agotamiento y descontento interno, está por lo menos de continuo excavando un pequeño agujero por el cual un pequeño rayo de luz eterna penetra a nuestro corazón que está sepultado por el todos los días. Después de leer veintenas de libros y entrevistar a veintenas de personas en cuanto a la oración, sería de esperar que tuviera una mejora más notable en mi propia vida de oración. Si invirtiera la misma energía en, digamos, el golf, o en aprender otro idioma, quizá vería buenos resultados. Aun así, veo que la oración comprende un esfuerzo de la voluntad. A veces resulta satisfactoria, y a veces no, al menos de una manera que pueda detectar al momento. La oración me exige fe para creer que Dios me oye, aunque no tenga ninguna evidencia firme, y que mi oración es importante para él. Ni una cosa ni otra me resulta fácil. Cuando entro en otra cultura, tengo que comunicarme según sus reglas, y no según las mías. En el sur de la India aprendí que sacudir la cabeza de un lado a otro quiere decir «sí», aunque en mi cultura quiera decir «no». Cuando me casé, aprendí que los hombres somos de Marte y las mujeres son de Venus; después de treinta y cinco años, todavía estoy descubriendo los puntos en los cuales somos diferentes. Y cuando quiero conocer a Dios, debo aprender una nueva manera de comunicarme. A fin de cuentas, estoy buscando la compañía de un Dios invisible. Hace poco recibí noticias de un médico misionero que permaneció los tres años pasados en el Ecuador. Sus cartas cuentan algunas de las frustraciones que trae consigo el aprendizaje de un idioma. Todavía, después de tres años, comete equivocaciones infantiles en su gramática, hace el ridículo frente a los que hablan el español como lengua materna, y solo puede expresar a tropezones lo que su cerebro procesa de forma fluida. Hablar español ha sido una lección continua en humildad, decía. Hace progresos, sí, pero todos los días se da cuenta de que no ha logrado comunicarse por completo y de que se ha perdido matices de significado. Mientras leía su carta, establecí un paralelo con la oración. Si quiero tener fluidez en un lenguaje extranjero, debo dedicarle tiempo, y sin duda, también tengo que renunciar a algo mientras lo hago. Debo seguir trabajando en ese esfuerzo y persistiendo, a pesar de estar pasando por los incómodos sentimientos del principiante. Persevero, solo porque valoro el resultado final. Casi todo lo que vale la pena —aprender un deporte, dominar la